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Cuento Las cabras testarudas: adaptación del cuento popular de
Puerto Rico.
Vivía en la isla de Puerto Rico un muchacho que trabajaba como
pastor. Cada día salía al campo con su rebaño de cabras para que
comieran hierba y corrieran libres por el monte. Al caer la tarde el
chico silbaba y todos los animales se acercaban a él para regresar a
la granja formando un pelotón.
En una ocasión, a última hora, cuando la luna comenzaba a asomar
entre las nubes, el pastorcillo las llamó como de costumbre pero
algo extraño sucedió: por más que silbaba y hacía gestos con las
manos, las cabras le ignoraban.
No entendía nada y comenzó a gritar como un descosido:
– ¡Vamos, vamos, venid aquí, tenemos que irnos ya!
Nada, las cabras parecían sordas. El chico, desesperado, se sentó en
una piedra y comenzó a llorar.
Al ratito un lindo conejo se paró ante él y le preguntó:
– ¿Por qué lloras, amigo?
– Lloro porque las cabras no me hacen caso y si no regreso pronto
mi padre me va a castigar.
– ¡No te preocupes, tranquilo, yo te ayudaré! ¡Ya verás cómo las
hago caminar!
El conejo empezó a saltar y a gruñir entre las cabras para llamar su
atención, pero ellas continuaron pastando como si fuera invisible.
Abatido, se sentó en la piedra al lado del pastor y comenzó a llorar
junto a él.
En eso pasó una zorra que, viendo semejante drama, se atrevió a
preguntar:
– ¿Por qué lloras, conejito?
– Lloro porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le
hacen caso y si no regresa pronto su padre le va a castigar.
– Tranquilo, os echaré una mano ¡Voy a ver qué puedo hacer!
El zorro se acercó a las cabras con cara de malas pulgas y respiró
una gran bocanada de aire; un segundo después salieron de su boca
unos cuantos aullidos de esos que ponen los pelos de punta al más
valiente.
A pesar de que resonaron en todo el valle ¿sabes qué sucedió?…
Pues que las cabras ni se giraron para ver de dónde venían los
escalofriantes sonidos.
El zorro, con la moral por los suelos, se unió a la pareja con los ojos
llenos de lágrimas.
Al cabo de un rato salió de entre la maleza el temido lobo. Se quedó
muy sorprendido al ver un chico, un conejo y un zorro juntos
llorando a mares. Sintió mucha curiosidad por saber qué les
entristecía tanto y le pareció oportuno preguntar al zorro.
– Perdona si te parezco un metomentodo, zorro, pero ¿por qué
lloras?
– Lloro porque el conejo llora porque el pastor se puso a llorar
porque sus cabras no le hacen caso y si no regresa pronto su padre le
va a castigar.
– Bueno, pues no parece tan difícil… ¡Voy a intentarlo yo!
El lobo pegó un brinco y sacó los colmillos para asustar a las cabras,
pero fracasó. Los blancos y apacibles animales no se movieron ni
medio metro de donde estaban. Pensando que con la vejez había
perdido toda su capacidad de atemorizar, se hizo un hueco en la
piedra y también empezó a lloriquear como un bebé.
Una abejita que volaba cerca se quedó muy sorprendida al ver el
curioso grupo de animales llorando a lágrima viva. Intrigadísima, se
acercó zumbando y, sin posarse, preguntó al lobo:
– ¿Por qué lloras, lobo? ¡No es propio de ti!
– Lloro porque el zorro llora porque vio llorar al conejo que llora
porque el pastor se puso a llorar porque sus cabras no le hacen caso
y si no regresa pronto su padre le va a castigar.
– Estaos tranquilos ¡yo haré que se vayan!
Por primera vez todos dejaron de sollozar y, al unísono, estallaron en
carcajadas. El pastorcillo, sin dejar de reír, le dijo:
– ¿Tú, con lo pequeña que eres? ¡Qué graciosa! Si nosotros no lo
hemos conseguido tú no tienes ninguna posibilidad.
El pequeño insecto se sintió dolido pero no se dio por vencido.
– ¿Ah, no?… ¡Ahora veréis!
Sin perder tiempo se fue hacia el rebaño y comenzó a zumbar sobre
él. Las cabras, que tenían un oído muy fino, se sintieron muy
molestas y dejaron de comer para taparse las orejas.
Entonces, la abeja llevó a cabo la segunda parte del plan: sacó su
afilado y brillante aguijón trasero y se lo clavó en el culo a la cabra
más anciana, que era la líder del grupo. Al sentir el picotazo la vieja
cabra salió corriendo hacia la granja como alma que lleva el diablo,
y todas las demás la siguieron atropelladamente.
El pastor, el conejo, el zorro y el lobo contemplaron atónitos cómo,
una tras otra, atravesaban el cercado y se reagrupaban. Después,
miraron sonrojados a la pequeña abeja y el pastor se disculpó en
nombre de todos:
– Perdona, amiga, por habernos reído de ti ¡Nos has dado una buena
lección! ¡Gracias por tu ayuda y hasta siempre!
La abejita sonrió, les guiñó un ojo, y se fue zumbando por donde
había venido.
Y así es cómo termina esta pequeña historia que nos enseña que lo
importante no es ser grande o fuerte, sino tener confianza en uno
mismo para afrontar los problemas y las situaciones difíciles ¡Si te
lo propones, casi todo se puede conseguir!
El chico que fue a buscar al Viento del Norte
Portada » Cuentos cortos » El chico que fue a buscar al Viento del
Norte
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Cuento El chico que fue a buscar al Viento del Norte: adaptación del
cuento popular de Escandinavia.
Érase una vez un muchacho bueno y trabajador que cada semana se
encargaba de ir al mercado para que no tuviera que hacerlo su
querida madre.
Un día que regresaba a casa con las bolsas llenas, el Viento del
Norte empezó a soplar con tanta fuerza que todos los alimentos
salieron volando y fueron a parar a no se sabe dónde.
Al verse con las manos vacías se enfadó muchísimo y tomó una
decisión: ir a casa del Viento del Norte para mostrarle su indignación
y pedirle que le devolviera la comida que había comprado.
La casa estaba lejísimos y tardó mucho en llegar, pero el viento le
recibió con los brazos abiertos y una sonrisa afable.
– Dime ¿qué deseas de mí? Has caminado durante horas así que
imagino que será algo realmente importante.
– Vengo a pedirte que me devuelvas los alimentos que compré esta
mañana. Tu soplido fue tan fuerte que salieron disparados y casi no
me queda dinero para hacer la compra otra vez.
El viento se sintió un poco avergonzado.
– Lo siento, tienes razón… ¡A veces me cuesta controlar la fuerza!
Te prometo que yo no tengo tu comida y me es imposible
devolvértela, pero para compensarte te regalo este mantel blanco.
– ¿Un mantel? ¡Pero si los manteles no se comen!
– ¡Ja, ja, ja! Tranquilo, es un mantel mágico; cuando quieras comer
solo tienes que decirle: “Mantel, sírveme ricos manjares que estoy
hambriento” ¡Te aseguro que es muy obediente!
El chico aceptó las disculpas y se fue con el mantel bajo el brazo.
Todavía tenía por delante un largo camino de vuelta a casa, así que
paró en una posada para pasar la noche. Entró en la habitación y
enseguida notó que su estómago estaba completamente vacío y sus
tripas no dejaban de sonar. Se quitó rápidamente los zapatos para
ponerse cómodo y extendió el mantel mágico en un rincón.
Tal como le explicó el Viento del Norte, dijo en voz alta:
– Mantel, sírveme ricos manjares que estoy hambriento.
¡Qué maravilla! Sobre el mantel aparecieron varios platos a cada
cual más delicioso: asado de carne, legumbres con verduras, salmón
braseado y tortitas de maíz con chocolate.
¡El muchacho se puso las botas y no dejó ni las migas! Se acostó con
el buche lleno y se quedó profundamente dormido, pero no se dio
cuenta de que había dejado la puerta del cuarto entreabierta y el
posadero lo había visto todo desde el pasillo.
– Ese mantel tiene que ser mío… ¡Ahora mismo voy a dar el
cambiazo!
El muy ladino buscó en un cajón de la cocina un mantel casi
idéntico, y aprovechando que el chico roncaba plácidamente, se
llevó el mantel mágico y dejó el de tela normal y corriente en su
lugar.
Al día siguiente, el joven recogió sus pertenencias y regresó a su
casa. Entusiasmado, le dijo a su madre:
– ¡Mira lo que traigo mamá!
– Ya veo, un mantel blanco… ¿Qué tiene de especial, hijo?
– ¡Ahora verás, observa con atención!
Extendió el mantel y exclamó:
– Mantel, sírveme ricos manjares que estoy hambriento.
Nada sucedió y como es lógico, la madre se quedó mirando la
escena totalmente desconcertada.
– Corazón mío ¿te has vuelto loco?… ¡Estás hablando con un
mantel!
El muchacho no entendía dónde estaba el fallo ¡¿Cómo era posible
que el mantel mágico no funcionara si la noche anterior lo había
hecho perfectamente?!
Indignado, enrolló la tela y se fue a ver de nuevo al viento del Norte.
Caminó y caminó sin descanso hasta que se plantó en su puerta.
– ¿Otra vez aquí, chaval? ¿Sucede algo?
– ¡Este mantel no sirve para nada, solo es un trapo como otro
cualquiera!
– Tranquilízate, amigo, todo tiene solución. No sé qué ha podido
suceder, pero te haré otro regalo aún mejor para que se te pase el
disgusto. Ten, este carnero es para ti.
¿Un carnero?
– Sí, un carnero… ¿A que es monísimo? Pues te diré que además de
bonito es mágico. Cuando necesites dinero dile en voz alta:
“Carnero, dame dinero” ¡Será como tener un banco siempre a tu
disposición!
– ¡Está bien! Espero no tener problemas esta vez. Gracias y hasta
siempre.
El joven emprendió el camino de regreso llevándose al carnero
sujeto con una cuerda como si fuera un perrito. Volvió a parar en la
posada con intención de pasar la noche, pero antes de echarse a
dormir, probó a ver si el carnero era mágico de verdad.
Mirándole a los ojos, le ordenó:
– ¡Carnero, dame dinero!
¡Se quedó asombrado! ¡De la boca del carnero salieron las diez
monedas de oro más relucientes que jamás había visto!
– ¡Madre mía, esto es increíble!… ¡Este carnero es un auténtico
chollo! ¡Qué feliz se va a poner mi madre cuando lo vea!
Se tumbó en la cama y cedió al animal un sitio a sus pies para que
también él pudiera descansar.
Desgraciadamente, tampoco esta vez se dio cuenta de que no había
cerrado del todo la puerta y el avaricioso posadero le había estado
observando todo el rato. En cuanto se quedó dormido el muy rufián
entró sigilosamente y robó el animal dejando otro igual sobre el
colchón.
Al día siguiente el joven y el falso carnero mágico llegaron a casa.
– ¡Mami, mami, mira lo que me ha regalado el viento del Norte!
– Ya veo, ya… ¡un carnero! ¿Para qué lo queremos si no tenemos
granja?
– ¡Ahora mismo lo vas a comprobar!… Carnero, dame dinero.
El carnero ni se inmutó y siguió olfateándolo todo con indiferencia.
El chico repitió la frase en voz más alta por si estaba un poco sordo.
– ¡Carnero, dame dinero!
El carnero se giró hacia él demostrando que sordo no estaba, pero no
soltó ni una simple moneda.
– ¡No es posible!… ¡Pero si anoche me dio diez monedas de oro!
¡Me largo a quejarme al viento del Norte!
Estaba tan molesto que cuando el viento le recibió no se anduvo con
contemplaciones.
– ¡Ya estoy harto! ¡Este carnero tampoco me sirve! No comprendo
qué demonios está pasando pero te aseguro que mi paciencia está
llegando a su fin.
– ¡Vaya, lo siento, amigo! Te daré otro regalo que espero que no te
defraude. Ten este palo, es lo último que me queda. No es un palo
corriente, ya verás. Si le dices “¡Pega, bastón!”, lo hará. Creo que
podrá serte muy útil, confía en mí.
El chico lo cogió de mala gana y se fue de allí poco convencido de
su valor.
– “¡Un palo que pega! ¿Para qué podré necesitar algo así?”
Llegó a la posada de siempre para hospedarse durante la noche, y al
ver la cara de felicidad que puso el posadero cuando lo vio entrar, se
dio cuenta de lo que había sucedido.
– “¡Claro, ya lo entiendo! Este tipo fue quien me robó los dos
regalos y por eso se alegra tanto de verme ¡Se va a enterar el muy
listo!”
Se fue a la habitación, dejó el palo junto a la almohada y se acostó.
Después, cerró los ojos y fingió roncar para que el posadero pensara
que estaba profundamente dormido. Pasados unos minutos, el
hombre entró, cogió el bastón y justo cuando iba a salir el muchacho
gritó:
– ¡Pega, bastón! ¡Pega, bastón!
El palo cobró vida repentinamente y comenzó a darle golpes en las
piernas al posadero, que huyó despavorido por las escaleras. De
nada le sirvió, porque el bastón le persiguió sin piedad.
– ¡Ay, ay, qué dolor! ¡Por favor dile que pare, me está destrozando
los huesos!
– ¡Se lo diré si me devuelves el mantel y el carnero, ladrón de
pacotilla!
– ¡Ay sí, sí! ¡Tienes mi palabra!
El joven vociferó:
– ¡Para, bastón!
El palo regresó a su mano derecha como si fuera un halcón
amaestrado y el posadero, muy a regañadientes, entregó el mantel y
el carnero a su verdadero dueño.
El muchacho regresó a su casa feliz y no con uno sino con tres
valiosísimos regalos: un mantel para tener deliciosa comida en
cualquier momento, un carnero que le daría monedas de oro cuando
se las pidiera y un bastón de armas tomar que le defendería el resto
de su vida.
A partir de ese día, él y su madre fueron muy dichosos gracias al
generoso viento del Norte que, aunque a veces soplaba con
demasiada fuerza, sabía cómo disculparse y compensar sus
meteduras de pata.
La esmeralda encantada
Portada » Cuentos cortos » La esmeralda encantada
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Cuento La esmeralda encantada: adaptación de un cuento popular de
origen desconocido.
Érase una vez un niño que todos los días, al volver de la escuela,
jugaba en el bosque que había cerca de su casa.
Allí se entretenía observando insectos con una pequeña lupa,
trepando por los árboles en busca de hojas con formas raras o
escogiendo flores hermosas para llevar a su mamá.
Un día de otoño, bajo un árbol frondoso que proyectaba una sombra
muy alargada, descubrió una fila de setas y enseguida notó que algo
se movía sobre ellas. Cuando se acercó vio que sobre cada una había
un gnomo ¡Sí, un gnomo de esos de los que tanto se habla en los
cuentos y que a veces pensamos que no existen!
Se frotó los ojos para comprobar que no estaba soñando. No, estaba
bien despierto y los gnomos seguían allí, mirándole con ojos
curiosos y una pícara sonrisa.
Como parecían amigables se puso a charlar con ellos y se
convirtieron en muy buenos amigos. Desde entonces cada tarde el
pequeño regresaba a casa lo antes posible, cogía la merienda, y se
iba corriendo al árbol bajo el que vivían esos pequeñajos tan
divertidos que le contaban emocionantes historias del bosque ¡Jamás
contó a nadie su secreto!
Pasaron los meses y llegó el crudo invierno. La nieve lo cubrió todo
y el niño tuvo que dejar de ver a sus queridos gnomos porque sus
padres no le dejaban salir a jugar afuera ¡Hacía demasiado frío y
podía resfriarse!
– “¡Qué pena no poder visitar a mis amiguitos hasta que vuelva la
primavera! Espero que no les falte comida y puedan resguardarse en
algún sitio calentito hasta que llegue el buen tiempo…”
Uno de esos días fríos y ventosos su padre le pidió que le
acompañara a buscar leña.
– Hijo, ponte el abrigo, las botas de piel y la bufanda que vamos a
buscar algo de madera ¡Abrígate bien!
Tomaron el camino del bosque y casualmente se detuvieron junto al
árbol de los gnomos.
– ¡Este árbol es perfecto para talar!
El niño, horrorizado, juntó las palmas de las manos y le rogó que no
lo hiciera.
– ¡No, papá, no! Es mi árbol favorito y aquí viven unos amigos
míos.
El padre se rio pensando que su hijo tenía demasiada imaginación.
– ¡Ja, ja, ja! ¿Unos amigos tuyos viven este árbol?… Bueno, bueno,
está bien, pero con una condición: a partir de ahora serás tú quien se
encargue de recoger a diario un poco leña para para la chimenea ¿de
acuerdo?
– ¡Sí, papá, te lo prometo, yo me ocuparé!
El niño respiró aliviado y por supuesto cumplió su promesa. Sin
demostrar pereza alguna, todas las tardes después de hacer los
deberes dedicaba un rato de su tiempo a recoger troncos y ramas en
torno a la casa que luego su mamá echaba al fuego.
Un día, por fin, los rayos de sol empezaron a calentar la tierra con
fuerza. La nieve se deshizo y los alegres trinos de los pajarillos
volvieron a escucharse entre los árboles ¡La primavera había llegado
y con ella el momento que nuestro protagonista había estado
esperando con tanto anhelo! Nada más terminar las clases, atravesó
el bosque a toda velocidad para reencontrarse con sus amigos los
gnomos. Allí estaban todos juntos y sonrientes esperando su regreso.
El más anciano se acercó a él de un saltito y le dijo:
– Bienvenido, amigo ¡El invierno ha sido muy largo y teníamos
muchas ganas de verte!
– ¡Yo también a vosotros! ¡Estoy deseando que me contéis nuevas
historias!
– ¿Sí? Pues voy a contarte una ahora mismo…
– ¡Qué bien, empieza por favor!
– Nos hemos enterado de que un amigo nuestro ha trabajado todo el
invierno recogiendo leña para que su padre no talara el árbol donde
vivimos.
– Eh… Sí, bueno… ¡ese amigo soy yo!
El gnomo se rio.
– ¡Ja, ja, ja! Sí, lo sabemos. Es lo más bonito que nadie ha hecho
jamás por nosotros y queremos agradecértelo ¡Eres un niño
maravilloso y un amigo de verdad!
El ser diminuto metió la mano derecha en el bolsillo trasero de su
pantalón rojo.
– Toma esta esmeralda. Aunque parezca una piedra como cualquier
otra es una piedra mágica. Si te la cuelgas al cuello y la llevas
siempre contigo te traerá suerte y fortuna. Tendrás dinero, salud y
amor para siempre.
El niño sonrió y obediente se colocó la esmeralda atada a una cuerda
como si fuera un collar.
– Gracias, amigos, muchas gracias ¡Jamás me la quitaré!
– Te lo mereces por ser tan bueno y generoso.
¡Los gnomos tenían razón! La vida sonrió al hijo del leñador y con
el paso de los años se convirtió en un joven guapo, sano y
afortunado en el amor ¡La piedra era un verdadero talismán! Pero lo
más bonito de todo fue que continuó visitando a sus mejores amigos
sin que nadie se enterara ¡Seguía siendo su más preciado secreto!
El verano que cumplió veinte años la comarca sufrió una fuerte
sequía. Los campesinos estaban desesperados porque la tierra se
resquebrajaba, el grano no crecía y los animales se morían de sed.
La situación era terrible y a todo el mundo le iba mal menos a él,
siempre protegido por la esmeralda mágica.
A pesar de su buena suerte, se sentía fatal por sus vecinos.
– “Es muy triste la situación que está viviendo toda esta gente.
Tengo que hacer algo, pero… ¿cómo podría ayudar?”
De repente, se le ocurrió una idea.
– Ya lo tengo… ¡Puedo vender la esmeralda mágica! La suerte
pasará a otra persona, pero al menos me darán un buen dinero para
comprar víveres y auxiliar a los más necesitados.
Así lo pensó y así lo hizo. Al día siguiente fue a la ciudad más
cercana y encontró un señor muy rico que le pagó cien monedas de
oro, una auténtica fortuna, por la esmeralda de la suerte.
Con el dinero en la mano se fue inmediatamente a un almacén,
compró sacos de alimentos, los metió en un carromato y regresó al
pueblo. Por la noche, de incógnito, fue dejando un saco en la puerta
de cada familia. Cuando los vecinos se levantaron al amanecer se
llevaron una increíble sorpresa ¡Alguien les había regalado comida
para un mes! Todos se preguntaban quién habría sido la persona que
les había salvado la vida, pero no encontraron respuesta.
Esa misma tarde el chico acudió al bosque para reunirse con sus
amigos. Por primera vez en muchos años iba triste porque sentía que
les debía una explicación: había prometido no quitarse jamás la
esmeralda del cuello y en cambio… ¡la había vendido!
Cabizbajo lo confesó todo:
– Amigos, tengo que deciros algo que no os va a gustar: he vendido
la esmeralda que me regalasteis cuando era niño.
El gnomo anciano puso cara de disgusto.
– ¿Qué? ¿Cómo has podido hacerlo? ¡Nos prometiste llevarla
siempre contigo!
El joven se sentía fatal.
– Sé que lo prometí y que gracias a ella he tenido una vida
fantástica, pero no podía soportar ver cómo mis vecinos lo pasaban
mal. La sequía ha arrasado los campos este verano y las familias
estaban desesperadas. Quería ayudar y decidí vender la esmeralda
para comprar alimentos ¡Siento decepcionaros y haber faltado a mi
palabra!
El chico derramó una lágrima esperando una buena reprimenda de
sus amigos pero ¡por supuesto que los gnomos no se enfadaron!
Todo lo contrario: lo comprendieron todo y se sintieron muy
orgullosos de la inmensa generosidad que su amigo humano
guardaba en el corazón.
El más anciano volvió a hablar en nombre de todos.
– Te has convertido en un gran hombre y nos sentimos felices de ser
tus amigos. Has pensado en los demás antes que en ti mismo y eso te
honra.
Igual que aquel lejano día de primavera, metió la mano derecha en el
bolsillo trasero de su pantalón rojo.
– Ten, este pañuelo es para ti. No tiene ningún valor y tampoco tiene
poderes, pero queremos que lo luzcas en el mismo lugar donde
llevabas la esmeralda, atado a tu cuello. Cada vez que lo mires te
recordará lo importante que es seguir siendo bueno y generoso el
resto de tu vida.
El joven se puso el pañuelo, sonrió, y abrazó uno a uno a sus
maravillosos e inseparables amigos secretos.
El granjero y el tokaebi
Portada » Cuentos cortos » El granjero y el tokaebi
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Cuento El granjero y el tokaebi: adaptación del cuento popular de
Corea.
Cuenta esta historia que hace muchos años en un país de Asia
llamado Corea, un hombre vivía con su esposa en una pequeña
granja.
Los dos se querían mucho y disfrutaban de una vida tranquila
rodeados de sus animales, lejos del bullicio de la ciudad. No
necesitaban mucho más para ser verdaderamente felices.
En verano, tras acabar las faenas diarias, solían cenar junto a una
gran ventana que abrían de par en par para poder contemplar cómo
la brillante luna iba subiendo lentamente a lo más alto del cielo y
escuchar los pequeños sonidos que solo se aprecian cuando todo está
en silencio. Para ellos, disfrutar de ese momento mágico no tenía
precio.
Pero una noche, mientras compartían el exquisito arroz con verduras
que tan bien preparaba la mujer, escucharon unos alaridos
terroríficos.
– ¡¿Pero qué es ese escándalo?!
– No lo sé, querida, pero algo muy grave debe estar sucediendo
¡Salgamos afuera a echar un vistazo!
Se levantaron de la mesa asustados y abrieron con mucho sigilo la
puerta. Frente a ellos, junto a las escaleras de la entrada, vieron seis
monstruos no demasiado grandes pero feísimos que estaban
peleándose y chillando como energúmenos.
La mujer se llevó las manos a la cabeza.
– ¡Oh, no, son monstruos tokaebi que vienen a molestarnos! Ten
cuidado con lo que les dices no vayan a enfadarse con nosotros ¡Ya
sabes que tienen muy mala baba!
El buen hombre, a pesar del miedo a las represalias, se armó de
valor y les gritó:
– ¡Fuera de aquí! ¡Estas tierras son de nuestra propiedad, largaos
inmediatamente!
Los tokaebi, lejos de acobardarse y poco dispuestos a obedecer,
comenzaron a reírse a carcajadas. Uno de ellos, el que parecía llevar
la voz cantante, se atrevió a decir:
– ¡Ja, ja, ja! ¿Qué os parece, compañeros?… ¡Que nos larguemos,
dice este! ¡Ja, ja, ja!
Al granjero le temblaban las piernas pero sacó fuerzas de flaqueza.
– ¿No me habéis oído? ¡Quiero que os vayáis ahora mismo,
dejadnos tranquilos!
Nada, ni caso. Los tokaebi se quedaron mirando al granjero con cara
burlona y el jefecillo de la banda dio unos pasos hacia adelante.
– ¡Oye, tú, granjero de pacotilla!… Dices que estos terrenos son
tuyos pero yo digo que son míos ¡A ver cómo arreglamos este
desagradable asunto!
El buen hombre y su esposa se quedaron estupefactos, pero tenían
clarísimo que la granja y las tierras donde vivían eran suyas desde
hacía más de veinte años y no iban a consentir que un arrogante
monstruito se saliera con la suya.
– ¡¿Pero qué dices?! ¡Esta casa y esta tierra son nuestras! ¡Mi esposa
y yo somos los legítimos dueños!
El tokaebi se había levantado ese día con muchas ganas de fastidiar
a alguien y siguió chinchando al hombre con su tonillo insolente.
– ¡No pongas esa cara, granjero! Me parece que tenemos un
problema de difícil solución porque es tu palabra contra la mía, así
que… ¡te propongo un reto!
– ¡¿Qué reto?!
– ¡Uno muy fácil! Tú me harás una pregunta a mí y yo te haré una
pregunta a ti. Quien la acierte será el dueño de todo esto ¿Te atreves
a aceptar mi propuesta o eres un gallina?
El granjero apretó los dientes para contener la rabia ¡Ese
desvergonzado tokaebi le estaba llamando cobarde! En el fondo de
su alma sentía que no debía entrar en su juego porque además se lo
jugaba todo a una pregunta, pero o aceptaba o jamás se libraría su
presencia.
– Está bien, acepto. Acabemos con esto de una vez por todas.
– ¿Habéis oído chicos?… Parecía un miedica pero no… ¡este
granjero es un tipo valiente!
El hombre tuvo que aguantar las ganas de darle una patada en el
culo y mandarlo a la copa del árbol más alto. Su paciencia estaba a
punto de agotarse.
– ¡Pregúntame lo que quieras, no te tengo miedo!
El tokaebi se quedó pensativo unos segundos.
– Está bien, vamos a ver… ¿Cuántos vasos se necesitan para vaciar
el mar?
El granjero se concentró bien para no fallar la respuesta.
– Depende del tamaño del vaso: si es tan grande como el mar, un
único vaso es suficiente para vaciarlo. Si el tamaño del vaso es como
la mitad del mar, se necesitan dos.
El tokaebi se sorprendió por tan buen razonamiento y muy a su pesar
tuvo que dar la respuesta por válida.
– ¡Grrr! ¡Está bien, está bien, has acertado! Veo que eres más listillo
de lo que aparentas ¡Ahora pregúntame tú a mí!
El hombre se colocó de perfil en el umbral de la puerta, con un pie
dentro de la casa y otro fuera. Mirando al tokaebi a los ojos, le
preguntó:
– ¿Estoy entrando o saliendo?
La inteligente pregunta indignó al monstruo porque era imposible
saberlo.
– ¡Grrr! ¡Menuda pregunta, granjero! ¡No lo sé, no lo sé!
– ¡Ah!… ¡¿Qué no lo sabes?! ¡Pues he ganado el reto y ya te estás
largando de mis tierras!
El jefe de los tokaebis echó chispas por la boca de la furia que le
invadió, pero tuvo que cumplir su palabra porque muchos testigos
habían presenciado su estrepitosa derrota.
De muy mala gana dijo a sus colegas:
– ¡Vámonos, aquí ya no pintamos nada! ¡Hasta nunca, granjero
sabiondo!
El granjero y su esposa contemplaron en silencio cómo los seis
monstruos se adentraban en el bosque y desaparecían entre las
sombras. Cuando los perdieron de vista se dieron la mano, entraron
en la casa, y con una sonrisa inmensa de felicidad se terminaron el
delicioso arroz con verduras que habían dejado a medias.
Los loros disfrazados
Portada » Mitos y leyendas » Los loros disfrazados
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Cuento Los loros disfrazados: adaptación de la antigua leyenda de
Ecuador.
Cuenta la leyenda que hace muchísimos años hubo un terrible
diluvio que inundó las tierras de Ecuador.
Las aguas arrasaron campos y los poblados a su paso, obligando a
las personas y a los animales a buscar refugio desesperadamente.
Según parece, en un valle vivían dos hermanos, un chico y una chica
que al ver que la corriente les alcanzaba, corrieron a protegerse en la
cima de una montaña. Allí, en las alturas, encontraron una cueva
seca y confortable que se convirtió en su improvisado refugio hasta
que pasara el peligro.
Una vez dentro se acurrucaron para darse calor y contemplaron
atónitos cómo los ríos de agua subían monte arriba a gran velocidad.
Más que ríos parecían largas y gigantescas serpientes reptando
peligrosamente hacia la cumbre.
Sintieron verdadero pánico al ver que en cualquier momento el agua
desbordada podía alcanzarlos, pero por suerte ¡la montaña era
mágica! Como si tuviera vida propia, cuando el agua estaba a punto
de rebasar la cueva, la cumbre se elevó hacia el cielo. No una sino
varias veces la montaña creció a su antojo para ponerlos a salvo y
los hermanos dejaron de tener miedo.
Eso sí, tuvieron que enfrentarse a otro grave problema: a medida que
pasaban las horas tenían más y más hambre. Se encontraban en una
cueva sobre el pico de una montaña altísima rodeados de agua, lo
cual suponía un inconveniente porque no había ningún lugar donde
buscar alimento.
Aguantaron mucho tiempo sin probar bocado, y cuando estaban a
punto de desfallecer, dejó de llover.
– ¡Mira, hermanita! Parece que las tormentas y las lluvias han
llegado a su fin, pero todo a nuestro alrededor sigue inundado. A ver
si bajan pronto las aguas y podemos volver a casa.
– Sí, pero mientras tanto ¿qué comeremos?… Llevamos varios días
sin llevarnos nada a la boca y yo ya no aguanto más.
Su hermano la miró con tristeza y la abrazó, pues para eso no tenía
solución.
– Lo siento pero solo nos queda confiar en que el agua desaparezca
rápido para poder bajar la montaña y buscar algo que comer.
Esa noche la pasaron como siempre arrimados el uno al otro para no
pasar frío. Al amanecer, un rayito de sol se coló por la cueva y
despertó a la muchacha. Abrió los ojos y su corazón empezó a latir
con fuerza.
– ¡Hermano, hermano, mira esto!
El joven se sobresaltó.
– ¡Madre mía!… ¡Pellízcame por si todavía estoy soñando!
¡No se lo podían creer! Algún desconocido se había colado en la
cueva mientras dormían y había colocado un montón de platos
rebosantes de apetitosa comida sobre un mantel fabricado con hojas.
Carne, mazorcas de maíz, fruta fresca… ¡Jamás habían imaginado
poder darse semejante festín en esa horrible situación!
Se lanzaron sobre las viandas como lobos hambrientos y empezaron
a devorarlas. Comieron hasta que estuvieron a punto de reventar y
después se tumbaron boca arriba, con las manos extendidas y una
sonrisa de oreja a oreja.
– ¡Ha sido la mejor comida de mi vida, hermanita!
– ¡Ay, qué rico estaba todo! Me pregunto quién la habrá traído…
¿Tal vez alguien que nos vigila?
– No tengo ni idea ¡Todo esto es muy extraño!
– Sí, lo es. Esta noche nos quedaremos despiertos por si vuelve y le
daremos las gracias.
Esperaron impacientes a que terminara el día y la luna llena
apareciera en lo alto del cielo. Entonces se agazaparon tras una roca
que había en la cueva y protegidos por la oscuridad esperaron la
visita del misterioso benefactor.
De repente oyeron unos extraños ruiditos y de entre las sombras
surgieron cinco guacamayos disfrazados de humanos.
¡La visión fue impactante para ellos! ¡Quienes les habían dejado la
comida eran cinco loros que iban cubiertos con ropas de personas!…
¡Y volvían cargados con más alimentos!
Estupefactos, salieron de su escondite para darles las gracias, pero
cuando los tuvieron cerca, comenzaron a desternillarse de risa
¡Tenían una pinta tan graciosa y estrambótica que era imposible
aguantar las carcajadas!
– ¡Ja, ja, ja! ¡¿Pero qué hacen estos guacamayos vestidos así?!
– Sí… ¡Ja, ja, ja! ¡En mi vida he visto cosa igual! Se ve que vienen
de una fiesta de disfraces o algo así.
Al escuchar las burlas, los guacamayos se sintieron muy ofendidos.
Sin decir ni palabra se miraron a los ojos y se largaron volando en
un abrir y cerrar de ojos.
Los chicos salieron disparados hacia la entrada de la cueva y
comenzaron a gritar con lágrimas en los ojos.
– ¡Oh, no, no os vayáis por favor! ¡Sentimos mucho haberos
disgustado!
– ¡Por favor, volved! Nos salvasteis la vida y os lo agradecemos
muchísimo ¡Os lo suplico, perdonadnos!
Los guacamayos ya surcaban el cielo muy cerca de las nubes cuando
el viento les llevó el llanto desconsolado de los hermanos. No
pudieron evitar sentir mucha pena por ellos y como eran animales de
buen corazón, hicieron una pequeña pirueta en el aire y regresaron a
la cueva de la montaña.
– ¡Gracias por volver, amigos! Hemos sido muy desconsiderados
con vosotros y os prometemos que no volverá a suceder.
– Mi hermano tiene razón… ¡No volverá a suceder!
Los guacamayos se sintieron valorados y supieron perdonar. Desde
entonces empezaron a acudir cada día a la cueva, siempre
disfrazados de personas, cargados de comida que los chicos
engullían con auténtico placer.
El tiempo fue pasando y el nivel del agua que lo cubría todo fue
descendiendo poco a poco. El sol, cada vez más brillante e intenso,
ayudó a secar la tierra y a que el paisaje recuperara el esplendor de
antaño.
Por fin, una mañana los dos hermanos descubrieron que los ríos
habían vuelto a su cauce y la ladera de la montaña volvía a estar a la
vista ¡No quedaba ni rastro de la inundación!
Esperaron a que las aves fueran a visitarlos y el muchacho les
anunció con emoción:
– Es hora de que regresemos a casa y reanudemos nuestra vida. Os
vamos a echar mucho de menos… ¡Sin vosotros no habríamos
podido sobrevivir!
Su hermana también estaba conmovida.
– ¡Ojalá pudierais venir con nosotros al poblado, queridos
guacamayos!
Se despidieron de los generosos animales con lágrimas en los ojos y
comenzaron a descender la montaña donde tantos días habían
pasado.
Caminaron unos minutos cuesta abajo y echaron la vista atrás con
melancolía ¡Su sorpresa fue mayúscula cuando vieron que los cinco
guacamayos les seguían como perritos falderos!
El chico exclamó entusiasmado:
– Mira, hermana, se ha cumplido tu deseo… ¡Se vienen con
nosotros!
Los dos continuaron felices con la pequeña comitiva detrás, y al
llegar a su poblado ¡oh, sorpresa!…Los guacamayos se
transformaron en seres humanos de verdad ¡Sin duda, al igual que la
montaña, ellos también eran seres mágicos!
Según cuenta esta antigua leyenda, los loritos eran en realidad dioses
de la selva que, hartos de disfrazarse de personas, decidieron seguir
a los hermanos al pueblo y adoptar forma humana de verdad para
vivir entre hombres y mujeres de carne y hueso.
Y también cuenta la leyenda que se integraron muy bien con sus
nuevos vecinos, formaron parejas y tuvieron hijos que heredaron la
belleza y los poderes de sus antepasados, los hermosos guacamayos.
La leyenda del crisantemo
Portada » Mitos y leyendas » La leyenda del crisantemo
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Cuento La leyenda del crisantemo: adaptación de la antigua leyenda
de Japón.
Hace muchos años, en un pueblecito del lejano Japón, vivía un
humilde matrimonio con su pequeño hijo.
Los tres formaban una familia feliz hasta que un día el niño cayó
enfermo. Todas las mañanas se levantaba ardiendo de fiebre y con
la carita pálida como la luna en invierno, pero nadie sabía qué le
pasaba ni cuál era el origen de sus males.
Los padres probaron todo tipo de pócimas y mejunjes, pero ninguno
de los tratamientos surtió efecto y el chiquillo no hacía más que
empeorar. Desesperados, pensaron que solo les quedaba una
oportunidad: visitar al anciano de barbas blancas que vivía en el
bosque.
Según se contaba por toda la región no había hombre más sabio que
él. Conocía todas las hierbas medicinales y los remedios para cada
enfermedad por rara que fuera ¡Quizá pudiera curar a su hijo!
– ¡Querido, tenemos que intentarlo! Quédate con el niño mientras yo
voy a pedir ayuda al anciano del bosque ¡Solo él puede salvar a
nuestro chiquitín!
Derramando lágrimas como gotas de lluvia, la madre se puso una
capa de lana y se adentró entre la maleza. Caminó durante una hora
hasta que por fin divisó una cabaña de madera rodeada por un
cercado. Se acercó a la entrada, llamó a la puerta con el puño y un
hombre muy arrugado con barba blanca hasta la cintura salió a
recibirla.
– ¿Qué buscas por aquí, mujer?
– ¡Perdone que le moleste pero necesito su ayuda!
– No te preocupes; percibo angustia en tus ojos y en tu voz… ¡Pasa
y cuéntemelo todo!
La mujer entró y se acomodó en un sencillo banco construido con un
tronco. Con el corazón encogido y los ojos hinchados de tanto llorar,
explicó al anciano el motivo de su visita.
– Señor, mi hijo de dos años está muy grave. Hace días que enfermó
y no conseguimos bajarle la temperatura ¡Tiene muchísima fiebre y
el rostro blanco como el mármol! No come nada y cada día está más
débil. Si no encontramos una cura para él me temo que…
– Lo siento, lo siento muchísimo…. Voy a ser muy sincero contigo:
no conozco el remedio para la enfermedad de tu hijo, pero puedo
decirte cuántos días va a vivir.
– ¿Cómo dice? ¡¿Y sin son pocos?! …¡No sé si quiero saberlo!
– No pierdas la esperanza… ¡Nunca se sabe!
El anciano la miró con ternura y continuó hablando:
– Escúchame con atención: ve al bosque y busca una planta que da
unas flores amarillas llamadas crisantemos. Elige una de esas flores,
córtala y cuenta los pétalos; el resultado que obtengas será el
número de días que va a vivir tu pequeño, o lo que es lo mismo,
sabrás si se va a curar o no.
La madre, rota de dolor, echó a correr en busca de la planta que el
anciano le había indicado. No tardó mucho en encontrar un arbusto
cubierto de preciosas flores amarillas. Se acercó, arrancó una flor y
contó sus pétalos.
– ¡Oh, no, no puede ser! Sólo tiene cuatro pétalos… ¡Eso significa
que solo va a vivir cuatro días más!
Se derrumbó sobre el suelo y gritó con amargura durante un largo
rato para desahogarse, pero no se resignó a ese cruel destino.
Decidida a alargar la vida de su hijo por muchos años trató de
calmarse, se sentó en una piedra y, con mucha delicadeza, comenzó
a rasgar los pétalos del crisantemo en finísimas tiras hasta que cada
uno quedó dividido en miles de partes.
Cuando terminó, regresó a la cabaña del anciano y le mostró la flor.
El hombre, con mucha paciencia, se puso a contar los pétalos, pero
eran infinitos y le resultó imposible.
Se atusó su larga barba blanca, suspiró y miró a la mujer con una
sonrisa.
– Tengo buenas noticias para ti. Esta flor tiene miles y miles de
pétalos, y eso significa que tu hijito vivirá muchísimos años. Seguro
que se casará y tendrá y muchos hijos y muchos nietos, ya lo verás.
Ahora, regresa junto a él y confía en su recuperación.
– ¡Mil gracias, señor! Jamás olvidaré lo que ha hecho por mí y por
mi familia.
La mujer, desbordante de felicidad, volvió a casa y entró en el cuarto
de su hijo. El chiquitín ya no estaba inmóvil en la cama, sino
sentado sobre unos almohadones, sonriente y comiendo un plato de
sopa ¡Se estaba recuperando!
Pocos días después, el color sonrosado de sus mejillas indicó que
había sanado por completo.
Cuenta la leyenda que desde entonces los crisantemos ya no tienen
cuatro pétalos sino muchísimos, tantos que nadie es capaz de
contarlos todos ¡Puedes comprobarlo cuando veas uno!
El pez de oro
Portada » Cuentos cortos infantiles para niños y niñas » El pez de
oro
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Cuento El pez de oro: adaptación del cuento popular de Rusia.
Había una vez una pareja de ancianos muy pobres que vivía junto a
la playa en una humilde cabaña.
El hombre era pescador, así que él y su mujer se alimentaban
básicamente de los peces que caían en sus redes.
Un día, el pescador lanzó la red al agua y tan sólo recogió un
pequeño pez. Se quedó asombradísimo cuando vio que se trataba de
un pez de oro que además era capaz de hablar.
– ¡Pescador, por favor, déjame en libertad! Si lo haces te daré todo lo
que me pidas.
El anciano sabía que si lo soltaba perdería la oportunidad de
venderlo y ganar un buen dinero, pero sintió tanta pena por él que
desenmarañó la red y lo devolvió al mar.
– Vuelve a la vida que te corresponde, pescadito. ¡Mereces ser libre!
Cuando regresó a la cabaña su esposa se enfadó muchísimo al
comprobar que se presentaba con las manos vacías, pero su ira
creció todavía más cuando el pescador le contó que en realidad
había pescado un pez de oro y lo había dejado en libertad.
– No me puedo creer lo que me estás contando… ¿Tú sabes lo que
vale un pez de oro? ¡Nos habrían dado una fortuna por él! Al menos
podías haberle pedido algo a cambio, aunque fuera un poco de pan
para comer.
El buen hombre recordó que el pez le había dicho que podía
concederle sus deseos, y ante las quejas continuas de su mujer,
decidió regresar al a orilla.
– ¡Pececito de oro, asómate que necesito tu ayuda!
La cabecita dorada surgió de las aguas y se quedó mirando al
anciano.
– ¿Qué puedo hacer por ti, amigo?
– Mi mujer quiere pan para comer porque hoy no tenemos nada que
llevarnos a la boca. ¿Podrías conseguirme un poco?
– ¡Por supuesto! Vuelve con tu esposa y tendrás pan más que
suficiente para varios días.
El anciano llegó a su casa y se encontró la cocina llena de crujiente y
humeante pan por todas partes. Contra todo pronóstico, su mujer no
estaba contenta en absoluto.
– Ya tienes el pan que pediste… ¿Por qué estás tan enfurruñada?
– Sí, pan ya tenemos, pero en esta cabaña no podemos seguir
viviendo. Hay goteras por todas partes y el frío se cuela por las
rendijas. Dile a ese pez de oro amigo tuyo que nos consiga una casa
más decente. ¡Es lo menos que puede hacer por ti ya que le has
salvado la vida!
Una vez más, el hombre caminó hasta la orilla del mar.
– ¡Pececito de oro, asómate que necesito tu ayuda!
– ¿Qué puedo hacer por ti, amigo?
– Mi mujer está disgustada porque nuestra cabaña se cae a pedazos.
Quiere una casa nueva más cómoda y confortable.
– Tranquilo, yo haré que ese deseo se cumpla.
– Muchísimas gracias.
Se dio la vuelta dejando al pez meciéndose entre las olas. Al llegar a
su hogar, la cabaña había desaparecido. Su lugar lo ocupaba una
coqueta casita de piedra que hasta tenía un pequeño huerto para
cultivar hortalizas.
Su mujer estaba peinándose en la habitación principal.
– ¡Imagino que ahora estarás contenta! ¡Esta casa nueva es una
monada y más grande que la que teníamos!
– ¿Contenta? ¡Ni de broma! No has sabido aprovecharte de la
situación. ¡Ya que pides, pide a lo grande! Vuelve ahora mismo y
dile al pez de oro que quiero una casa lujosa y con todas las
comodidades que se merece una señora de mi edad.
– Pero…
– ¡Ah, y nada de huertos, que no pienso trabajar en lo que me queda
de vida! ¡Dile que prefiero un bonito jardín para dar largos paseos en
primavera!
El hombre estaba harto y le parecía absurdo pedir cosas que no
necesitaban, pero por no oír los lamentos de su esposa, obedeció y
acudió de nuevo a la orilla del mar.
– ¡Pececito de oro, asómate que necesito tu ayuda!
– ¿Qué puedo hacer por ti, amigo?
– Siento ser tan pesado, pero mi mujer sueña con una casa y una
vida más lujosa.
– Amigo, no te preocupes. Hoy mismo tendrá una gran casa y todo
lo que necesite para vivir en ella. ¡Incluso le pondré servicio
doméstico para que ni siquiera tenga que cocinar!
– Muchas gracias, amigo pez. Eso más de lo que nunca soñamos.
Casi se le salen los ojos de las órbitas al llegar a su casa y
encontrarse una mansión rodeada de jardines repletos de plantas
exóticas y hermosas fuentes de agua.
– Madre mía… ¡Qué barbaridad! Esto es digno de un rey y no de un
pobre pescador como yo.
Entró y el interior le pareció fastuoso: muebles de caoba, finísimos
jarrones chinos, cortinas de terciopelo, vajillas de plata… ¡Todo era
tan deslumbrante que no sabía ni a dónde mirar!
Creía que lo había visto todo cuando su mujer apareció ataviada con
un vestido de tul rosa, y enjoyada de arriba abajo. No venía sola
sino seguida de tres doncellas y tres lacayos.
– ¡Esto es increíble! ¡Jamás había visto una casa tan grande y tan
bonita! ¡Y tú, querida, estás impresionantemente guapa y elegante!
… Imagino que ahora sí estarás satisfecha… ¡Hasta tenemos
criados!
Con aires de emperatriz, la anciana contestó:
– ¡No, no es suficiente! ¿Todavía no te has dado cuenta de lo
importante que sería capturar ese pez y tenerlo siempre a nuestra
disposición? Podríamos pedirle lo que nos diera la gana a cualquier
hora del día o de la noche. ¡Lo tendríamos todo al alcance de la
mano!
¡La ambición de la mujer no tenía límites! Antes de que el pobre
pescador dijera algo, sacó a relucir el plan que había maquinado para
hacerse con el pececito de oro.
– Atraparlo es difícil, así que lo mejor será ir por las buenas. Ve al
mar y dile al pez de oro que quiero ser la reina del mar.
– ¿Tú… reina del mar? ¿Para qué?
– ¡Que no te enteras de nada, zoquete! Todos los seres que viven en
el mar han de obedecer a su reina sin rechistar. Yo, como reina, le
obligaría a vivir aquí.
– ¡Pero yo no puedo pedirle eso!
– ¡Claro que puedes, así que lárgate a la playa ahora mismo! O
consigues el cargo de reina del mar para mí o no vuelves a entrar en
esta casa. ¿Te queda claro?
Dio tal portazo que el marido, atemorizado, salió corriendo y llegó
hasta la orilla una vez más. Con mucha vergüenza llamó al pez.
– ¡Pececito de oro, asómate que necesito tu ayuda!
– ¿Qué puedo hacer por ti, amigo?
– Mi mujer insiste en seguir pidiendo ¡Ahora quiere ser la reina del
mar para ordenarte que vivas en nuestra casa y trabajes para ella!
El pez se quedó en silencio. ¡Esa mujer había llegado demasiado
lejos! No sólo estaba abusando de él sino que encima lo tomaba por
tonto. Miró con pena al anciano y de un salto se sumergió en las
profundidades del mar.
– Pececito de oro, quiero hablar contigo. ¡Sal a la superficie, por
favor!
Desgraciadamente el pez había perdido la paciencia y no volvió a
asomarse.
El hombre regresó a su casa y se quedó hundido cuando vio que
todo se había esfumado. Ya no había fuentes, ni jardines, ni palacete
ni sirvientes. Frente a él volvía a estar la pobre y solitaria cabaña de
madera en la que siempre habían vivido. Tampoco su mujer era ya
una refinada dama envuelta en tules, sino la esposa de un humilde
pescador, vestida con una falda hecha de retales y zapatillas de
cuerda.
¡Adiós al sueño de tenerlo todo! Muy a su pesar los dos tuvieron que
continuar con su vida de trabajo y sin ningún tipo de lujos. Nunca
volvieron a saber nada de aquel pececito agradecido y generoso que
les había dado tanto. La ambición sin límites tuvo su castigo.
¿Quién es el más hermoso?
Portada » Fábulas » ¿Quién es el más hermoso?
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Cuento ¿Quién es el más hermoso?: adaptación de una antigua
fábula de China.
Hace cientos de años vivía en China un caballero llamado Zou Ji.
Este hombre sabía que era muy guapo y se pasaba el día
contemplándose en el espejo para disfrutar de su propia belleza.
– ¡Ay, qué suerte tengo! Tengo un rostro delicado, un cuerpo esbelto
y una gracia natural que llama la atención ¡La naturaleza ha sido
muy generosa conmigo!
Su estilo y elegancia eran famosos en todo el reino, pero corrían
rumores de que había otro hombre que podía competir con él en
hermosura: un tal señor Xu, que vivía en otra ciudad al norte del
país.
Una mañana una de las sirvientas llamó a la habitación de Zou Ji.
– Señor, le recuerdo dentro de una hora tiene una cita en su
despacho con un importante hombre de negocios.
– ¡Es cierto! Me arreglo y bajo a recibirlo.
Zou Ji se aseó, se vistió con sus mejores ropas, y como siempre, se
encontró guapísimo.
Mientras se repasaba de arriba abajo frente al espejo, preguntó a su
mujer:
– Querida esposa, yo no conozco a ese señor Xu del que tanto
hablan pero tú sí. Dime ¿quién es más hermoso de los dos?
Su esposa le contestó inmediatamente:
– Tú, querido, por supuesto ¡El señor Xu es guapo pero ni en broma
se acerca a tu belleza!
A Zou Ji le agradó mucho la respuesta, pero no se quedó conforme y
decidió pedir una segunda opinión. Salió de su alcoba, bajó la
escalinata de mármol que llevaba al despacho y se cruzó con el ama
de llaves, una mujer de confianza que llevaba más de veinte años
trabajando en el hogar familiar.
El ama le deseó los buenos días con un movimiento de cabeza, sin
detenerse.
– ¡Buenos días, señor!
– ¡Un momento, espera! Quiero hacerte una pregunta y por favor sé
sincera conmigo.
– Usted dirá.
– Sé que tú también conoces al famoso señor Xu y necesito que me
digas si él es más hermoso que yo.
La respuesta fue rotunda:
– Señor, no tenga dudas de ningún tipo ¡Usted es muchísimo más
bello y atractivo que él!
Zou Ji agradeció el cumplido pero la duda siguió rondando por su
cabeza mientras se dirigía a su despacho personal.
Al poco rato llamaron a la puerta. De nuevo, era la sirvienta.
– Señor, su invitado acaba de llegar.
– ¡Gracias, dígale que pase!
Zou Ji recibió al hombre de negocios con sonrisa afable y le invitó a
sentarse en un cómodo sillón.
– Si no le importa, antes de meternos en temas profesionales quiero
hacerle una pregunta muy personal.
– ¡Claro que no me importa! ¿Qué quiere saber?
– Sé que usted vive al norte del país como el señor Xu y que son
amigos de la infancia.
– No se equivoca, así es.
– ¿Y según su opinión él es más hermoso que yo?
El caballero puso cara de sorpresa ante la estrambótica pregunta
pero contestó con seguridad.
– Por favor, no se preocupe por eso ¡Usted es muy hermoso, mucho
más hermoso que él sin punto de comparación!
– Muchas gracias, me deja usted tranquilo. Ahora, si quiere,
cuénteme qué le trae por aquí.
Pasaron tres días y la casualidad quiso que el señor Xu visitara la
ciudad. La noticia corrió como la pólvora, Zou Ji se enteró, y
rápidamente corrió a contárselo a su esposa.
– ¡Querida, el señor Xu estará una temporada en la ciudad y quiero
conocerlo! Le mandé un aviso para que viniera hoy a comer a
nuestra casa y ha aceptado gustoso la invitación.
– ¡Qué buena noticia, amor mío! Avisaré al servicio para que todo
esté listo a la una en punto.
– ¡Estupendo! Me voy arriba a emperifollarme un poco. Tengo que
pensar bien lo que me voy a poner… ¡Al fin voy a comprobar con
mis propios ojos si yo soy más guapo que él!
El señor Xu se presentó muy puntual y el matrimonio salió a
recibirlo. En cuanto Zou Ji lo vio ¡se quedó de piedra!
Se trataba de un muchacho guapísimo que derrochaba una elegancia
innata imposible de superar. Sus dientes eran perfectos, tenía los
ojos grandes de color verde esmeralda y su piel parecía más suave
que la mismísima seda ¡Por no hablar de que se movía de manera
exquisita como si sus pies flotaran sobre el suelo!
Zou Ji se sintió hundido en la miseria ¡Era evidente que el señor Xu
era un tipo mucho más guapo y seductor que él!
Esa noche la decepción y la tristeza no le dejaron dormir. Lo peor
para él no fue comprobar que no era tan guapo como el señor Xu,
sino darse cuenta de algo mucho más importante y en lo que nunca
había pensado.
– “Mi mujer me dijo que yo era más hermoso que el señor Xu
porque me quiere y se desvive por agradarme; mi ama de llaves me
dijo lo mismo porque tiene miedo de que la despida de su trabajo; el
hombre de negocios que me visitó también me aseguró que yo era
más bello porque me necesita para ganar dinero…
Zou Yi, entristecido, suspiró:
– ¡Qué difícil es conocer lo que realmente piensan los demás!
Moraleja: A todos nos gusta que nos digan cosas bonitas y lo
fantásticos que somos, pero es bueno saber que hay personas que lo
hacen solo por interés. Desconfía de quien se pasa el día
piropeándote y diciéndote que eres el mejor en todo. Tú sabes cuáles
son tus virtudes, tus capacidades y tus límites, y lo importante es
confiar en ti mismo y en lo que te dice el corazón.
El zapatero y los duendes
Portada » Cuentos cortos infantiles para niños y niñas » El zapatero
y los duendes
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Cuento El zapatero y los duendes: adaptación del cuento de los
Hermanos Grimm.
Érase una vez un zapatero al que no le iban muy bien las cosas y ya
no sabía qué hacer para salir de la pobreza. Una noche la situación
se volvió desesperada y le dijo a su mujer:
– Querida, ya no me queda más que un poco de cuero para fabricar
un par de zapatos. Mañana me pondré a trabajar e intentaré venderlo
a ver si con lo que nos den podemos comprar algo de comida.
– Está bien, cariño, tranquilo… ¡Ya sabes que yo confío en ti!
Colocó el trocito de cuero sobre la mesa de trabajo y fue a acostarse.
Se levantó muy pronto, antes del amanecer, para ponerse manos a la
obra, pero cuando entró en el taller se llevó una sorpresa increíble.
Alguien, durante la noche, había fabricado el par de zapatos.
Asombrado, los cogió y los observó detenidamente. Estaban muy
bien rematados, la suela era increíblemente flexible y el cuero tenía
un lustre que daba gusto verlo. ¡Sin duda eran unos zapatos
perfectos, dignos de un ministro o algún otro caballero importante!
– ¿Quién habrá hecho esta maravilla?… ¡Son los mejores zapatos
que he visto en mi vida! Voy a ponerlos en el escaparate del taller a
ver si alguien los compra.
Afortunadamente, en cuanto los puso a la vista de todos, un señor
muy distinguido pasó por delante del cristal y se encaprichó de ellos
inmediatamente. Tanto le gustaron que no sólo pagó al zapatero el
precio que pedía, sino que le dio unas cuantas monedas más como
propina.
¡El zapatero no cabía en sí de gozo! Con ese dinero pudo comprar
alimentos y cuero para fabricar no uno, sino dos pares de zapatos.
Esa noche, hizo exactamente lo mismo que la noche anterior. Entró
al taller y dejó el cuero preparado junto a las tijeras, las agujas y los
hilos, para nada más levantarse, ponerse a trabajar.
Se despertó por la mañana con ganas de coser, pero su sorpresa fue
mayúscula cuando de nuevo, sobre la mesa, encontró dos pares de
zapatos que alguien había fabricado mientras él dormía. No sabía si
era cuestión de magia o qué, pero el caso es que se sintió
tremendamente afortunado.
Sin perder ni un minuto, los puso a la venta. Estaban tan bien
rematados y lucían tan bonitos en el escaparate, que se los quitaron
de las manos en menos de diez minutos.
Con lo que ganó compró piel para fabricar cuatro pares y como cada
noche, la dejó sobre la mesa del taller. Una vez más, por la mañana,
los cuatro pares aparecieron bien colocaditos y perfectamente
hechos.
Y así día tras día, noche tras noche, hasta el punto que el zapatero
comenzó a salir de la miseria y a ganar mucho dinero. En su casa ya
no se pasaban necesidades y tanto él como su esposa comenzaron
sentir que la suerte estaba de su parte. ¡Por fin la vida les había dado
una oportunidad!
Pasaron las semanas y llegó la Navidad. El matrimonio disfrutaba de
la deliciosa y abundante cena de Nochebuena cuando la mujer le
dijo al zapatero:
– Querido, ¡mira todo lo que tenemos ahora! Hemos pasado de ser
muy pobres a vivir cómodamente sin que nos falte de nada, pero
todavía no sabemos quién nos ayuda cada noche. ¿Qué te parece si
hoy nos quedamos espiando para descubrirlo?
– ¡Tienes razón! Yo también estoy muy intrigado y sobre todo,
agradecido. Esta noche nos esconderemos dentro del armario que
tengo en el taller a ver qué sucede.
Así lo hicieron. Esperaron durante un largo rato, agazapados en la
oscuridad del ropero, dejando la puerta un poco entreabierta.
Cuando dieron las doce en el reloj, vieron llegar a dos pequeños
duendes completamente desnudos que, dando ágiles saltitos, se
subieron a la mesa donde estaba todo el material.
En un periquete se repartieron la tarea y comenzaron a coser sin
parar. Cuando terminaron los zapatos, untaron un trapo con grasa y
los frotaron con brío hasta que quedaron bien relucientes.
A través de la rendija el matrimonio observaba la escena con la boca
abierta. ¡Cómo iban a imaginarse que sus benefactores eran dos
simpáticos duendecillos!
Esperaron a que se fueran y la mujer del zapatero exclamó:
– ¡Qué seres tan bondadosos! Gracias a su esfuerzo y dedicación
hemos levantado el negocio y vivimos dignamente. Creo que
tenemos que recompensarles de alguna manera y más siendo
Navidad.
– Estoy de acuerdo, pero… ¿cómo podemos hacerlo?
– Está nevando y van desnudos. ¡Seguro que los pobrecillos pasan
mucho frío! Yo podría hacerles algo de ropa para que se abriguen
bien. ¡Recuerda que soy una magnífica costurera!
– ¡Qué buena idea! Seguro que les encantará.
La buena señora se pasó la mañana siguiente cortando pequeños
pedazos de tela de colores, hilvanando y cosiendo, hasta que terminó
la última prenda. El resultado fue fantástico: dos pantalones, dos
camisas y dos chalequitos monísimos para que los duendes mágicos
pasaran el invierno calentitos.
Al llegar la noche dejó sobre la mesa del taller, bien planchadita,
toda la ropa nueva, y después corrió a esconderse en el ropero junto
a su marido. ¡Esta vez querían ver sus caritas al descubrir el regalo!
Los duendes llegaron puntuales, como siempre a las doce de la
noche. Dieron unos brincos por el taller, se subieron a la mesa del
zapatero, y ¡qué felices se pusieron cuando vieron esa ropa tan
bonita y colorida!
Alborozados y sin dejar de reír, se vistieron en un santiamén y se
miraron en un espejo que estaba colgado en la pared. ¡Se
encontraron tan guapos que comenzaron a bailar y a abrazarse locos
de contento!
Después, viendo que esa noche no había cuero sobre la mesa y que
por tanto ya no había zapatos que fabricar, salieron por la ventana
para no regresar jamás.
El zapatero y su mujer fueron muy felices el resto de su vida pero
jamás olvidaron que todo se lo debían a dos duendecillos fisgones
que un día decidieron colarse en su taller para fabricar un par de
hermosos zapatos.
El rey sabio
Portada » Cuentos cortos infantiles para niños y niñas » El rey sabio
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Cuento El rey sabio: adaptación del cuento de Gibrán Jalil Gibrán.
Hace muchos, muchos años en una ciudad de Irán llamada Wirani,
hubo un rey que gobernaba con firmeza su territorio.
Había acumulado tanto poder que nadie se atrevía a cuestionar
ninguna de sus decisiones: si ordenaba alguna cosa, todo el mundo
obedecía sin rechistar ¡Llevarle la contraria podía tener
consecuencias muy desagradables!
Podría decirse que todos le temían, pero como además era un
hombre sabio, en el fondo le respetaban y valoraban su manera de
hacer las cosas.
En Wirani solo había un pozo pero era muy grande y servía para
abastecer a todos los habitantes de la ciudad. Cada día centenares de
personas acudían a él y llenaban sus tinajas para poder beber y
asearse. De la misma manera, los sirvientes del rey recogían allí el
preciado líquido para llevar a palacio. Así pues, el pobre y el rico, el
rey y el aldeano, disfrutaban de la misma agua.
Sucedió que una noche de verano, mientras todos dormían, una
horripilante bruja se dirigió sigilosamente al pozo. Lo tocó y
comenzó a reírse mostrando sus escasos dientes negros e
impregnando el aire de un aliento que olía a pedo de mofeta ¡Estaba
a punto de llevar a cabo una de sus maquiavélicas artimañas y eso le
divertía mucho!
– ¡Ja, ja, ja! ¡Estos pueblerinos se van a enterar de quién soy yo!
Debajo de la falda llevaba una bolsita, y dentro de ella, había un
pequeño frasco que contenía un líquido amarillento y pegajoso. Lo
cogió, desenroscó el pequeño tapón, y dejó caer unas gotas en el
interior del pozo mientras susurraba:
– Soy una bruja y como bruja me comporto ¡Quien beba de esta
agua se volverá completamente loco!
Dicho esto, desapareció en la oscuridad de la noche dejando una
pequeña nebulosa de humo como único rastro.
Unas horas después los primeros rayos del sol anunciaron la llegada
del nuevo día. Como siempre, se escucharon los cantos del gallo y la
ciudad se llenó del ajetreo diario.
¡Esa mañana el calor era sofocante! Todos los habitantes de Wirani,
sudando como pollos, corrieron a buscar agua del pozo para aplacar
la sed y darse un baño de agua fría. Curiosamente, nadie se dio
cuenta de que el agua no era exactamente la misma y algunos hasta
exclamaban:
– ¡Qué delicia!… ¡El agua del pozo está hoy más rica que nunca!
Todos la saborearon excepto el rey, que casualmente se encontraba
de viaje fuera de la ciudad.
Pasó el caluroso día, pasó la noche, y el nuevo amanecer llegó como
siempre, pero lo cierto es que ya nada era igual en la ciudad ¡Todo el
mundo había cambiado! Por culpa del hechizo de la bruja, hombres,
mujeres, niños y ancianos, se levantaron nerviosos y haciendo cosas
disparatadas. Unos deliraban y decían cosas sin sentido; otros
comenzaron a sufrir alucinaciones y a ver cosas raras por todas
partes.
No había duda… ¡Todos sin excepción habían perdido el juicio!
El rey, ya de regreso, fue convenientemente informado de lo que
estaba sucediendo y salió a dar un paseo para comprobarlo con sus
propios ojos. Los ciudadanos se arremolinaron en torno a él, y al ver
que no se comportaba como ellos, empezaron a pensar que se había
vuelto loco de remate.
Completamente trastornados salieron corriendo en tropel hacia la
plaza principal para decirse unos a otros:
– ¿Os habéis dado cuenta de que nuestro rey está rarísimo? ¡Yo creo
que se ha vuelto majareta!
– ¡Sí, sí, está como una cabra!
– ¡Tenemos que expulsarlo y que gobierne otro!
Imagínate un montón de personas fuera de control, totalmente
enloquecidas, que de repente se convencen de que las chifladas no
son ellas, sino su rey. Tanto revuelo se formó que el monarca puso el
grito en el cielo.
– ¡¿Pero qué demonios está pasando?! ¡Todos mis súbditos han
perdido el seso y piensan que el que está loco soy yo! ¡Maldita sea!
A pesar de la difícil papeleta a la que tenía que enfrentarse, decidió
mantener la calma y reflexionar. Rápidamente, ató cabos y sacó una
conclusión que dio en el clavo:
– Ha tenido que ser por el agua del pozo… ¡Es la única explicación
posible! Sí, está claro que todos han bebido menos yo y por eso me
he salvado… ¡Apuesto el pescuezo a que esto es cosa de la malvada
bruja!
Mientras cavilaba, vio de reojo a un alfarero que llevaba una jarra de
barro en la mano.
– ¡Caballero, présteme la jarra!
– ¡Aquí tiene, majestad, toda suya!
El monarca la agarró por el asa, apartó a la gente a codazos y dando
grandes zancadas se plantó frente al pozo de agua sin ningún tipo de
temor. Los habitantes de Wirani se apelotonaron tras él conteniendo
la respiración.
– Así que pensáis que el loco soy yo ¿verdad? ¡Pues muy bien, ahora
mismo voy a poner solución a esta desquiciante situación!
El rey metió la jarra en el pozo y bebió unos cuantos sorbos del agua
embrujada. En cuestión de segundos, tal como había sentenciado la
bruja, enloqueció como los demás.
Y… ¿sabes qué pasó? Pues que los perturbados ciudadanos
comenzaron a aplaudir porque pensaron que al fin el rey ya era
como ellos, es decir… ¡que había recobrado la razón!
La almohada maravillosa
Portada » Cuentos cortos » La almohada maravillosa
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Cuento La almohada maravillosa: adaptación de un cuento popular
de Corea.
Hace muchísimos años un anciano muy sabio paseaba despacito por
un sendero que conducía a la pequeña aldea donde vivía. Iba
cargado con un saco, y entre el peso y tanto andar, empezó a notar
que sus piernas estaban cansadas y necesitaba reponer fuerzas.
Descubrió una arboleda donde daba la sombra y decidió que ese era
el lugar adecuado para hacer un alto en el camino. Buscó el árbol
más frondoso, puso una esterilla a sus pies, se sentó en ella, y para
estar más cómodo apoyó la espalda en el tronco ¡Descansar un rato
le vendría muy bien!
Casualmente pasó por allí un joven campesino.
– ¡Buenas tardes, señor!
El anciano le dedicó una sonrisa e hizo un gesto con la mano
derecha para que se sentase a su lado.
– Si quieres descansar tú también, compartiremos la esterilla y nos
haremos compañía.
El chico aceptó la invitación y los dos se pusieron a charlar. Después
de una hora de animada conversación, el joven, de forma inesperada,
le confesó una pena que llevaba muy dentro del corazón.
– Estamos aquí, riendo y pasando un rato agradable… Seguro que
usted piensa que soy un hombre feliz, pero las apariencias engañan:
mi vida es un desastre y me siento muy desdichado.
El anciano le miró fijamente.
– ¿Y por qué no eres feliz? Eres un chico guapo, estás sano, y
gracias a tu trabajo en el campo siempre tienes comida que llevarte a
la boca ¿No te parecen suficientes motivos para sentirte dichoso?
El campesino, con los ojos llorosos, se sinceró.
– ¡Mire qué pinta tengo! Mi ropa es vieja y a pesar de que trabajo
quince horas diarias sólo puedo permitirme comer pan, sopa y con
suerte, carne un par de veces al mes ¡Mi sueño es convertirme en un
hombre rico para disfrutar de las cosas buenas de la vida!
El viejo le preguntó con curiosidad.
– ¿Y cuáles son para ti las cosas buenas de la vida?
Al joven se le iluminó la cara.
– ¡Pues está muy claro! Tener dinero para vestir como un señor,
comprarme una bonita casa y comer lo que me apetezca, pero por
desgracia, los sueños nunca se hacen realidad.
Nada más pronunciar estas palabras, el campesino, como por arte de
magia, se quedó profundamente dormido. El anciano, sin hacer
ruido, sacó una almohada de su saco y se la colocó bajo la cabeza
para que estuviera más cómodo.
Mientras escuchaba los ronquidos, susurró:
– ¡Esta almohada hará realidad todos tus deseos!
¡Y es que la almohada no era una almohada normal! No era blanda
ni estaba cosida por los lados como todas, sino que era de porcelana
y tenía forma de tubo abierto por los lados.
El chico, apoyado plácidamente sobre ella, comenzó a tener un
sueño maravilloso.
¿Quieres saber qué soñó?…
Soñó que era el propietario de una elegante casa por la que
pululaban un montón de sirvientes, todos a su disposición; por
supuesto, iba ataviado con ropa elegante porque ya no era un simple
campesino sino un hombre sabio experto en leyes ¡Tenía una vida
maravillosa, la que siempre había querido!
El sueño fue muy largo y lo vivió como si fuera absolutamente real.
Tan largo fue que hasta pasó el tiempo y conoció a una mujer
bellísima de la que se enamoró perdidamente. Por suerte fue
correspondido, se casaron y tuvieron cuatro hijos.
Su vida era increíble, pero se convirtió en perfecta cuando el rey en
persona le nombró su consejero principal. Empezó a rodearse de
gente importante que se pasaba el día haciéndole la pelota y
obsequiándole con fabulosos regalos ¡Ahora sí que había
conseguido todo y se consideraba el tipo más afortunado de la tierra!
Así fue hasta que un día las cosas se torcieron. Sucedió algo terrible:
un ministro del rey, que le tenía mucha envidia, le acusó de ser un
traidor. No era cierto, pero no pudo demostrarlo y fue llevado ante
un tribunal.
Con las manos atadas, tuvo que escuchar el veredicto del juez.
– ¡Este tribunal le declara culpable de traición al soberano! El
castigo será el destierro. A partir de hoy, deberá abandonar el país y
se le quitarán todos sus bienes.
– ¡Pero si yo no he hecho nada, soy inocente!
– ¡Silencio en la sala! Como acabo de decir, el estado se quedará con
todo lo que tiene. Nadie podrá darle trabajo y sólo se le permitirá
pedir limosna por las calles ¡Vivirá sin nada el resto de su vida!
¡Dicho esto, que se cumpla la sentencia!
El pánico le invadió y dio un grito de terror que le despertó. Estaba
empapado en sudor y le temblaban las manos. Desconcertado, abrió
los ojos y vio que a su lado estaba el anciano acariciándole la frente
para que se calmara ¡El sueño maravilloso se había convertido en
una horrible pesadilla!
– ¿Qué te pasa, muchacho? ¡Has dormido un buen rato!
El chico contestó con la voz entrecortada:
– He tenido un sueño… ¡un sueño espantoso! Bueno, al principio
fue bonito porque yo era un hombre rico e importante, pero alguien
me traicionó y me acusó de algo que no había hecho ¡y me
condenaron a vivir en la miseria!
– ¡Vaya!… ¿Y qué piensas ahora?
El chico se levantó, se sacudió el polvo de los pantalones, y le dijo
sin dudar:
– ¡Pues que ya no quiero ser un hombre importante! Prefiero seguir
con mi vida sencilla y tranquila donde no hay gente envidiosa ni
falsos amigos. Pensándolo bien, tampoco me va tan mal ¿verdad?
El anciano le guiñó un ojo y le tendió la mano para despedirse.
– Hasta siempre, joven. Espero que a partir de ahora disfrutes de lo
que tienes y sepas apreciar que la felicidad no siempre está en
tenerlo todo, sino en apreciar las pequeñas cosas que nos rodean.
– Así lo haré, señor. Estoy encantado de haberle conocido y espero
que nos veamos en otra ocasión.
– ¡Seguro que sí!
El muchacho se alejó silbando de alegría rumbo a su modesta casa;
el octogenario, con mucho mimo, guardó su valiosa y extraña
almohada en el saco, por si volvía a necesitarla en otra ocasión.
Ciruelas por basura
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Cuento Ciruelas por basura: adaptación del cuento popular de
Bulgaria.
Érase una vez un campesino que se ganaba la vida cultivando
hortalizas y frutas que luego vendía en el mercado. Con el dinero
que obtenía, compraba todo lo necesario para sacar adelante a su
mujer y a su hijo.
El hombre era muy feliz porque tenía una esposa estupenda y se
sentía muy orgulloso de su hijo, un chico fantástico siempre
dispuesto a ayudar en las duras labores del campo y a colaborar en
todo lo que hiciera falta. Además de trabajador, el joven era muy
educado, sensible y buena persona.
Tenía 28 años y el matrimonio creía que ya era hora de que
conociese a la persona adecuada para casarse y formar su propia
familia ¡Además, los dos estaban deseando ser abuelos!
Solo había un problemilla: el chico era muy tímido con las mujeres y
todavía no se había enamorado nunca de ninguna.
El padre pensó que podía echarle una mano y se propuso encontrar
una buena chica para su amado hijo. Un buen día, sin decir nada a
nadie, cogió un enorme saco y lo llenó de jugosas ciruelas amarillas
que él mismo había recogido la tarde anterior. Después lo metió en
un pequeño carruaje que enganchó a su viejo caballo y se fue al
pueblo más cercano.
Se dirigió a la plaza donde estaba el mercado y vio que estaba
repleta de gente. Se situó en el centro y empezó a gritar como un
descosido para que se le escuchara bien:
– ¡Cambio ciruelas por basura! ¡Cambio ciruelas por basura!
Aparentemente el campesino proponía un intercambio genial, así
que como es lógico, todas las mujeres del pueblo empezaron a barrer
y a limpiar sus casas para acumular la mayor cantidad de basura
posible y cambiarla por fruta.
Imagínate la extraña escena: las señoras se acercaban al campesino
cargadas con las bolsas, este las recogía, y a cambio les daba
exquisitas ciruelas. Cuando terminaba, se subía al caballo, se iba a
otro pueblo, buscaba la plaza más concurrida y repetía la operación.
– ¡Cambio ciruelas por basura! ¡Cambio ciruelas por basura!
La propuesta volvía a surtir el efecto deseado: todas las mujeres se
ponían a recoger la porquería que tenían desperdigada por la casa,
llenaban varias bolsas y se la llevaban al campesino, que muy
generoso, les regalaba kilos de ciruelas ¡Para ellas el trato no podía
ser más ventajoso!
Ocurrió que llegó a un pueblo en el que nunca había estado, y al
igual que en las ocasiones anteriores, buscó el lugar donde estaba la
muchedumbre y empezó a anunciar su oferta.
– ¡Cambio ciruelas por basura! ¡Cambio ciruelas por basura!
Una vez más las mujeres se pusieron a limpiar sus casas y salieron
entusiasmadas con las bolsas repletas de desperdicios. Todas,
excepto una preciosa muchacha que se acercó al campesino con una
bolsita muy pequeña, más o menos del tamaño de un monedero.
– ¡Vaya, jovencita, qué poca basura me traes!
La chica, un poco avergonzada, le explicó:
– Lo siento, pero es que yo barro y recojo todos los días la casa
porque me gusta tenerla bonita y aseada ¡Esto es lo único que he
podido reunir!
El hombre intentó disimular su emoción.
– ¿Cómo te llamas?
– Mi nombre es Irina, señor.
– ¿Estás casada, Irina?
La chica se puso colorada como un tomate.
– No, no lo estoy; trabajo mucho y aún no he conocido a ningún
chico que merezca la pena, pero sé que algún día me casaré y
formaré una familia numerosa porque ¡me encantan los niños!
El campesino se quedó encandilado por su dulzura y tuvo claro que
era la chica perfecta para su hijo, justo lo que estaba buscando ¡Su
plan había funcionado!
Le cogió las manos con afecto, la miró a los ojos, y se lo confesó
todo.
– Irina, tengo algo que decirte: he montado todo este tinglado de
cambiar basura por ciruelas con el fin de encontrar una mujer buena
y hacendosa. Tú eres la única que vino a mí con una bolsa pequeñita
porque tu casa está siempre limpia y reluciente; en ella no hay
basura acumulada y eso me demuestra que eres trabajadora, cuidas
tus cosas y te preocupas por lo que te rodea.
– Ya, pero… ¿para qué quiere encontrar una chica como yo?
– Pues porque tengo un hijo maravilloso que está deseando casarse y
formar una familia, pero el pobre trabaja tanto que nunca tiene
tiempo para conocer muchachas de su edad. Por lo que acabas de
contarme a ti te pasa lo mismo, así que creo que no sería mala idea
que os conocierais.
– No, no sería mala idea…
– ¡Pues no se hable más! Te invito a merendar a mi casa ¡Me da en
la nariz que os vais a caer muy bien!
– ¡De acuerdo! Me vendrá bien tomarme una tarde libre y hacer un
nuevo amigo.
El hijo del campesino estaba podando unas rosas en la entrada
cuando vio aparecer a su padre a caballo, acompañado de una mujer
desconocida pero realmente hermosa. Al llegar junto a él, ambos se
bajaron del caballo.
– Hijo mío, esta es Irina, una nueva amiga que quiero presentarte. La
he invitado a merendar con nosotros para que la conozcas y de paso
pruebe el riquísimo bizcocho de naranja que prepara tu madre ¿Te
parece bien?
Ni el joven ni Irina escucharon lo que el campesino estaba diciendo
porque el flechazo fue instantáneo y ambos se quedaron totalmente
embobados mirándose a los ojos, ajenos al resto del mundo.
El campesino se dio cuenta y se alejó en silencio con una sonrisa en
los labios. Sabía que los jóvenes acababan de enamorarse y todo
gracias a la curiosa prueba de cambiar ciruelas por basura.
La piel del venado
En México muchos niños
conocen una antigua y curiosa
leyenda de sus antepasados
mayas que ahora vas a
conocer tú también.
Cuenta la historia que hace
cientos de años los venados
corrían libres por la península
del Yucatán. Aunque el lugar
era ideal porque tenía un clima fantástico y alimentos en
abundancia, había algo que les hacía sentirse infelices y les obligaba
a vivir en un continuo estado de alerta: su propia piel, de un color
tan claro y brillante que se veía a gran distancia, y por tanto, les
convertía en presas fáciles de capturar.
Un día, un joven venado estaba bebiendo agua fresca en un
riachuelo. De repente, un grupo de cazadores empezó a dispararle
flechas desde una colina cercana. Ninguno dio en el blanco pero él,
aterrorizado, comenzó una huida desesperada. Corrió y corrió sin
rumbo fijo, y cuando pensaba que los tenía demasiado cerca y le
iban a atrapar, el suelo se hundió bajo sus pies y cayó al vacío.
Una vez tocó fondo miró aturdido hacia arriba y se dio cuenta de
que había ido a parar a una cueva oculta entre la maleza. Desde ese
lugar oscuro y húmedo podía escuchar las voces de sus atacantes
merodeando por la zona, así que intentó no mover ni un músculo y
mucho menos hacer ruido. Al cabo de un rato los murmullos se
fueron haciendo más débiles y respiró aliviado. ¡No había duda de
que los hombres pensaban que su pieza de caza se había esfumado y
se daban por vencidos!
Estaba a salvo, sí, pero una de las patitas le dolía muchísimo.
– ‘¡Ay!… ¡Ay!… ¡Qué torcedura tan inoportuna! … ¿Qué voy a
hacer ahora si no me puedo levantar para salir de este agujero?’
No sabía nuestro amigo ciervo que se encontraba en la morada de
tres genios buenos y compasivos que, nada más escuchar los
quejidos, acudieron veloces en su ayuda.
El más anciano le saludó con amabilidad en nombre de todos.
– ¡Buenos días! Veo que por pura casualidad has encontrado nuestro
humilde hogar ¡Sé bienvenido!
El pobre se sintió un poco apurado.
– Os pido disculpas por la intromisión, pero iba escapando de unos
cazadores y al pasar junto a unos matorrales noté el suelo blando
y… ¡zas!… ¡Aparecí aquí! Me he librado de ellos pero ¡estoy
herido!
– Veamos, ¿dónde te duele?
– ¡Ay, aquí, en la pata izquierda, junto a la pezuña!
– ¡Tranquilo! Tú quédate quieto que nosotros nos ocuparemos de
todo.
Con mucho cariño y máximo cuidado los tres genios embadurnaron
la pata dañada con un ungüento a base de frutos silvestres, perfecto
para bajar la inflamación y calmar el dolor. Después lo ayudaron a
tumbarse sobre un cómodo colchón y le prepararon algo de comida
para reponer fuerzas. Tan a gusto se encontró que le entró sueño y se
quedó dormidito como un bebé.
El venado recibió todo tipo de atenciones y mimos durante una
semana hasta que se recuperó. Una vez se encontró en plena forma y
sin molestias para caminar, decidió que había llegado el momento de
regresar junto a la manada.
– Amigos, es hora de que me vaya. ¡Jamás olvidaré estos días en
vuestra compañía! ¡Gracias, gracias, gracias!
De nuevo, el mayor fue quien puso voz al sentimiento del pequeño
clan.
– ¡Ha sido un placer! Nosotros también te llevaremos siempre en
nuestro corazón y esperamos que nos visites de vez en cuando. Por
cierto, antes de que te vayas queremos hacerte un regalo, concederte
un don, ¡que para eso somos genios! Dinos… ¿cuál es tu mayor
deseo, lo que más te gustaría tener?
El ciervo se quedó unos segundos calladito, a ver si se le ocurría
algo realmente útil.
– Bueno, la verdad es que no necesito nada material, pero confieso
que me angustia el color de mi piel. Sé que es hermosa, pero tan
clara que los cazadores me detectan desde muy lejos, como vosotros
mismos habéis podido comprobar. Me encantaría pasear seguro por
el bosque y llevar una vida relajada de una vez por todas.
El viejo genio estuvo de acuerdo y aplaudió.
– ¡Buena elección! Eres un cervatillo muy sensato, ¿lo sabías? ¡Ven,
anda, síguenos!
Salieron los cuatro fuera de la cueva y la luz del sol los deslumbró
¡Qué maravilla poder sentir después de tantos días el calorcito y la
brisa suave de la primavera! El venado respiró profundamente para
llenarse del aroma de las flores y en pleno disfrute escuchó la voz de
otro de los genios.
– ¡Túmbate que vamos a solucionar tu problema en un periquete!
El animal se dejó caer sobre la fresca hierba verde y los genios se
pusieron manos a la obra: cogieron tierra oscura y la frotaron con
gran habilidad sobre su pelaje. Cuando acabaron la tarea de untar, se
agarraron de las manos, formaron un círculo y rogaron al sol que
calentara un poquito más fuerte. La enorme estrella amarilla accedió
a la petición y sus rayos chamuscaron lenta y suavemente la delicada
piel del animal.
El tercer genio fue quien indicó que habían terminado.
– ¡Ya está, ya puedes levantarte!
El venado comprobó, completamente fascinado, que el color perla
de su pelo se había transformado en un elegante tono marrón
tostado. El genio más viejecito, que era el que más hablaba, le
informó sobre su nueva situación.
– A partir de ahora tú y tus compañeros luciréis un color de piel
mucho más parecido al de la tierra que pisáis, lo cual os permitirá
camuflaros fácilmente y evitará que los enemigos os vean. Dinos,
¿te gusta el resultado?
– ¡Oh, sí, me encanta! Esto será un seguro de vida para todos los
miembros de mi especie… ¡Es un detalle maravilloso! ¡Os quiero
muchísimo!
Para demostrar su infinito agradecimiento, el venado lamió la carita
de los genios y les dio un fortísimo abrazo. Después, sin mirar atrás
para que no vieran sus lágrimas de emoción, tomó el camino a casa
bordeando la extensa llanura.
Dice esta leyenda que desde ese día, gracias al regalo de los genios
buenos, los venados viven mucho más tranquilos en las increíbles
tierras del Yucatán.