Valor Filosófico según Russell
Valor Filosófico según Russell
Este material de apoyo académico se reproduce para uso exclusivo de los alumnos de la
Universidad de Lima y en concordancia con lo dispuesto por la legislación sobre los derechos de
autor: Decreto Legislativo 822.
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LECTURA N° 1
EL VALOR DE LA FILOSOFÍA
Bertrand Russell
PRESENTACIÓN DE LA LECTURA1
por Octavio Alfonso Chon Torres
Hombre práctico:
Es el tipo de persona materialista que vive seguro de su existencia, ya que
siente que todo se encuentra bajo control. No valor la filosofía en su real dimensió n
porque es incapaz de hacerlo, solo le interesa lo que puede tocar y ver. No puede
lograr la contemplació n filosó fica y es esclavo de la tiranía de la costumbre.
Tiranía de la costumbre:
¿Por qué la costumbre es tirana? Porque sin darnos cuenta nos impone una
visió n sesgada de la realidad. No está mal en sí mismo acostumbrarse a cierta
rutina, ya que forma parte del día a día. Lo que es un inconveniente es que esta
costumbre llegue a tal punto que en nuestra mente no podamos ver nada con ojos
frescos por
1
Al hablar de Bertrand Russell, se hará referencia directa al texto de Russell, B (1995). El Valor de la Filosofía.
En Los problemas de la filosofía. Cap. XV. (pp. 129-135). Bogotá : Labor, que se encuentra inmediatamente
después de la presentació n.
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estar condicionados por las experiencias pasadas. La tiranía sucede allí donde
reflejamos al mundo nuestras expectativas y esperamos que las cosas sucedan de
la forma que estamos acostumbrados que sucedan. Esto supone un impedimento
para llegar a la contemplació n filosó fica.
Contemplación filosófica:
Es la capacidad que tiene una persona para poder asombrarse, ver las cosas
de una manera imparcial, liberá ndonos de nuestros prejuicios por un momento,
tratando de captar las cosas como son, y no como quisiéramos que sean. Para
lograrlo, no debemos imponer nuestro punto de vista -porque eso sería alimentar
el ego-, tampoco debemos estar a favor o en contra, sino al contrario, saber prestar
atenció n. De esta forma, nos olvidamos de nosotros mismos y lo má s se realza es la
adquisició n del conocimiento.
No-yo:
El no-yo es una situació n que se genera cuando, de manera indirecta, nos
engrandecemos. Cuando lo que má s importa es el conocimiento imparcial, no
estamos pensando en satisfacer nuestro punto de vista, sino que nos sumergimos
en la pasió n por el saber, por el amor a la sabiduría. Así, nos olvidamos de nosotros
mismos como espectadores y entramos en el á mbito del no-yo, y en ese momento
somos -metafó ricamente hablando- uno con el universo. La grandeza no viene de
forma directa porque para hacerlo tienes que dejar de pensar en tus propios
intereses e inclinaciones.
3
EL VALOR DE LA FILOSOFÍA
Bertrand Russell
Referencia APA:
2. EL TEXTO SELECCIONADO.
EL VALOR DE LA FILOSOFÍA
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campos hostiles: los amigos y los enemigos, lo ú til y lo adverso, lo bueno y lo malo;
contempla el todo de un modo imparcial. La contemplació n filosó fica, cuando es
pura, no intenta probar que el resto del Universo sea afín al hombre. Toda
adquisició n de conocimiento es una ampliació n del yo, pero esta ampliació n es
alcanzada cuando no se busca directamente. Se adquiere cuando el deseo de
conocer actú a por sí solo, mediante un estudio en el cual no se desea previamente
que los objetos tengan tal o cual cará cter, sino que el yo se adapta a los caracteres
que halla en los objetos. Esta ampliació n del yo no se obtiene, cuando, partiendo del
yo tal cual es, tratamos de mostrar que el mundo es tan semejante a este yo, que su
conocimiento es posible sin necesidad de admitir nada que parezca serle ajeno. El
deseo de probar esto es una forma de la propia afirmació n, y como toda forma de
egoísmo, es un obstá culo para el crecimiento del yo que se desea y del cual conoce
el yo que es capaz. El egoísmo, en la especulació n filosó fica como en todas partes,
considera el mundo como un medio para sus propios fines; así, cuida menos del
mundo que del yo, y el yo pone límites a la grandeza de sus propios bienes. En la
contemplació n, al contrario, partimos del no yo, y mediante su grandeza son
ensanchados los límites del yo; por el infinito del Universo, el espíritu que lo
contempla participa un poco del infinito.
Por esta razó n, la grandeza del alma no es favorecida por esos filó sofos
que asimilan el Universo al hombre. El conocimiento es una forma de la unió n del
yo con el no yo; como a toda unió n, el espíritu de dominació n la altera y, por
consiguiente, toda tentativa de forzar el Universo a conformarse con lo que
hallamos en nosotros mismos. Es una tendencia filosó fica muy extendida la que
considera el hombre como la medida de todas las cosas, la verdad hecha para el
hombre, el espacio y el tiempo, y los universales como propiedades del espíritu, y
que, si hay algo que no ha sido creado por el espíritu, es algo incognoscible y que
no cuenta para nosotros. Esta opinió n, si son correctas nuestras anteriores
discusiones, es falsa; pero ademá s de ser falsa, tiene por efecto privar a la
contemplació n filosó fica de todo lo que le da valor, puesto que encadena la
contemplació n al yo. Lo que denomina conocimiento no es una unió n con el yo,
sino una serie de prejuicios, há bitos y deseos que tejen un velo impenetrable entre
nosotros y el mundo exterior. El hombre que halla complacencia en esta teoría del
cono cimiento es como el que no abandona su círculo doméstico por temor a que su
palabra no sea ley.
La verdadera contemplació n filosó fica, por el contrario, halla su
satisfacció n en toda ampliació n del no yo, en todo lo que magnifica el objeto
contemplado, y con ello el sujeto que lo contempla. En la contemplació n, todo lo
personal o privado, todo lo que depende del há bito, del interés propio o
deldeseo perturba el objeto, y, por consiguiente, la unió n que busca el
intelecto. Al construir una barrera entre elsujeto yelobjeto, estas cosas
personales y privadas llegan a ser una prisió n para el intelecto. El espíritu libre
verá , como Dios lo pudiera ver, sin aquí ni ahora, sin esperanza nitemor -fuera
de las redes de las creencias habituales y de los prejuicios tradicionales-
serena, desapasionadamente, y sin otro deseo que el del conocimiento, casi un
conocimiento impersonal, tan puramente contemplativo como sea posible
alcanzarlo para el [Link] esta razó n también, el intelecto libre apreciará má s
el conocimiento abstracto y universal, en el cual no entran los accidentes de la
historia particular, que el conocimiento aportado por los sentidos, y dependiente,
como es forzoso en estos conocimientos, del punto de vista exclusivo y personal, y
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de un cuerpo cuyos ó rganos de los sentidos deforman má s que revelan.
El espíritu acostumbrado a la libertad y a la imparcialidad de la
contemplació n filosó fica, guardará algo de esta libertad y de esta imparcialidad en
el mundo de la acció n y de la emoció n. Considerará sus proyectos y sus deseos
como una parte de un todo, con la ausencia de insistencia que resulta de ver que
son fragmentos infinitesimales en un mundo en el cual permanece indiferente a las
acciones de los hombres. La imparcialidad que en la contemplació n es el puro
deseo de la verdad, es la misma cualidad del espíritu que en la acció n se denomina
justicia, y en la emoció n es este amor universal que puede ser dado a todos y no
solo a aquellos que juzgamos ú tiles o admirables. Así, la contemplació n no só lo
amplia los objetos de nuestro pensamiento, sino también los objetos de nuestras
acciones y afecciones; nos hace ciudadanos del Universo, no só lo de una ciudad
amurallada, en guerra con todo lo demá s. En esta ciudadanía del Universo consiste
la verdadera libertad del hombre, y su liberació n del vasallaje de las esperanzas y
los temores limitados.
Para resumir nuestro aná lisis sobre el valor de la filosofía: la filosofía debe
ser estudiada, no por las respuestas concretas a los problemas que plantea, puesto
que, por lo general, ninguna respuesta precisa puede ser conocida como verdadera,
sino má s bien por el valor de los problemas mismos; porque estos problemas
amplían nuestra concepció n de lo posible, enriquecen nuestra imaginació n
intelectual y disminuyen la seguridad dogmá tica que cierra el espíritu a la
investigació n; pero, ante todo, porque por la grandeza del Universo que la filosofía
contempla, el espíritu se hace a su vez grande, y llega a ser capaz de la unió n con el
Universo que constituye su supremo bien.
3. ACTIVIDADES.
3.1. RETROALIMENTACIÓN
Luego de haber leído y subrayado las ideas importantes del texto “El valor de la
filosofía” de B. Russell, te invitamos a desarrollar las siguientes preguntas e
indicaciones.
A. Elabora un resumen del texto leído que evidencie el valor que concede
Bertrand Russell a la filosofía. Puedes utilizar un mapa conceptual, un mapa
mental, un cuadro sinó ptico o un mapa semá ntico. (Al final encontrará s unos
enlaces de ayuda).
B. ¿Qué entiende Russell por el “hombre prá ctico”? Explícalo con tus propias
palabras.
C. Segú n el autor, la filosofía es una forma de conocimiento que se aplica a dos
campos. ¿Cuá les son?
D. En filosofía, al contrario que en las ciencias, no se puede hablar de verdadero
progreso. ¿Có mo explica el autor este hecho?
E. ¿A qué se refiere Russell cuando habla de “la incertidumbre propia de la
filosofía”?
F. Russell afirma que la filosofía, “nos libera de la tiranía de la costumbre”. Explica
dicha afirmació n. Presenta tu opinió n sobre el tema.
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G. Russell destaca tres cualidades valiosas en la filosofía. ¿Cuá les son? ¿Está s de
acuerdo?
H. Con respecto a la contemplació n filosó fica, ¿có mo lo definirías con tus palabras?
¿có mo se relaciona con el conocimiento?
3.2. AUTOEVALUACIÓN
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a) La contemplació n filosó fica, que posee una perspectiva amplia del
universo, pues observa el todo de manera pura e imparcial, sin
necesidad de probar nada.
b) La especulació n filosó fica que considera el mundo como un medio para
sus propios fines, porque cuida lo má s importante, el yo que no tiene
límites.
c) La contemplació n filosó fica que por su grandeza ensancha los límites
del yo, puesto que lo infinito del universo es la prueba de la existencia
del espíritu puro, Dios.
d) La contemplació n filosó fica que se complace en percibir la belleza en
toda cosa material, sin buscar una utilidad prá ctica, sino el puro gozo
del arte creativo.
e) La percepció n filosó fica que considera al hombre como la medida de
todas las cosas, puesto que el tiempo y el espacio son categorías
humanas.
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6. ¿Por qué es necesario, de acuerdo a Bertrand Russell, relacionar el yo con
el no yo?
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a) Porque en algú n momento ambos estuvieron unidos, pero lo hemos
olvidado. El destino filosó fico será , sin embargo, volverlos a su estado
iniciá tico.
b) En realidad, es absolutamente innecesario, toda vez que ambos son
construcciones imaginarias, quiméricas y retó ricas.
c) No es necesario, pues el no yo eventualmente devendrá yo, de modo
que todo esfuerzo resulta fú til, infructuoso y romá ntico.
d) Porque debemos asumir que hay algo má s allá de nuestro alcance y se
espera una fusió n inevitable de aquello con nosotros, es decir, los que
hacemos filosofía.
e) Porque de ese modo podemos buscar las respuestas filosó ficas a
nuestras interrogantes y, a partir de ahí, plantear nuevas preguntas.
C. Una breve explicació n del valor de la filosofía por el estudiante Alexis Lizana:
[Link]
F. Un video con algunos consejos para leer textos filosó ficos presentados por
Adalberto Pagola:
[Link]
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G. Un video que presenta los pasos para escribir los mejores trabajos filosó ficos
presentado por Amílcar Paris Mandoki: [Link]
v=VI9TZqXJXBw
RESPUESTAS RUSSELL:
1C–2B–3A–4C–5D–6E–7C
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LECTURA N° 2
¿QUÉ ES EL CONOCIMIENTO?
Hospers
PRESENTACIÓN DE LA LECTURA2
por Richard Antonio Orozco Contreras
Hospers, J. (1976) presenta en este texto la respuesta clá sica al problema del
conocimiento. ¿Qué es el conocimiento para Hospers? É l nos dirá en el texto que el
conocimiento es una creencia verdadera con razones suficientes que la justifican.
Esta es, como digo, la respuesta clá sica que fue presentada ya por Plató n hace 25
siglos. No es la ú nica respuesta al problema del conocimiento, pero es la que el
sentido comú n ha aceptado. Ahora bien, el mérito del texto de Hospers está en
explicarla con detalle y con ejemplos. Para comenzar, él aclara que esta definició n
no se refiere a todo tipo de conocimiento, pues en la vida encontramos otras
formas de conocimiento distinto. A este tipo de conocimiento que él definió lo
llamamos conocimiento proposicional. Se trata de un conocimiento que está
expuesto en proposiciones (oraciones, enunciados, teorías, etc.). El ejemplo
paradigmá tico del conocimiento proposicional es el conocimiento científico. Pero
Hospers indica muy bien que no es el ú nico tipo de conocimiento que encontramos
en nuestra vida. É l presenta dos tipos de conocimiento má s: 1) el contacto directo,
es decir, aquel tipo de conocimiento al que nos referimos cuando decimos que a tal
persona no lo conozco, porque no he tenido contacto directo con él. 2) el
conocimiento como habilidad, es decir, ese tipo de conocimiento al que nos
referimos cuando decimos que sabemos montar en bicicleta. Así, y habiendo
distinguido los tipos de conocimiento y precisando cuá l es el conocimiento que él
quiere definir, procede a explicarnos su definició n.
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conocimientos. Hay algunas creencias que no son conocimientos, porque no tengo
justificació n para creer, pero hay otras que sí tengo justificació n y a esas creencias
las llamo conocimiento.
El segundo requisito es el objetivo. Es decir, no basta con creer en algo para que
sea conocimiento. Como bien lo aclara Hospers, no todas nuestras creencias son
conocimientos. Para que sean conocimiento deben, ademá s, ser objetivamente
verdaderas. Si resulta que lo creíamos como conocimiento, pero luego descubrimos
que no era verdadero, entonces no lo llamamos conocimiento y má s bien decimos
que era un error. Por ejemplo, antes pensá bamos que el sol giraba alrededor de la
tierra, pero ahora sabemos, por nuestra nueva informació n, que eso no es así, que
má s bien es la tierra la que gira alrededor del sol. Entonces, eso que antes
sabíamos no era conocimiento, era un error. Y lo que sabemos hoy, que la tierra
gira alrededor del sol, es conocimiento porque es objetivamente verdadero. Eso
quiere decir, que no depende de lo que las personas crean o acuerden, lo
objetivamente verdadero hace menció n justamente a una verdad má s allá del
parecer humano.
Referencia APA:
2. Texto seleccionado
¿QUÉ ES EL CONOCIMIENTO?
Habiendo examinado algunos de los candidatos a la posició n de fuentes del
conocimiento, volvemos a la cuestió n de que es el conocimiento o, en otras palabras,
¿qué es conocer algo? La palabra ≪conocer≫ es escurridiza. No siempre se usa de
la misma forma. He aquí algunos de sus principales usos:
Ahora bien, ¿qué es lo que exigimos para conocer en este tercer y muy importante
sentido? tomando la letra ≪p≪ para representar cualquier proposició n, ¿qué
requisitos han de satisfacerse para que se pueda decir de alguien que conoce p?
Hay, después de todo, muchas personas que pretenden que conocen algo que no
conocen; así que, ¿có mo se pueden separar las pretensiones de conocer correctas
de las incorrectas?
a) P ha de ser verdadera. En el momento en que tengamos razó n para creer que una
proposició n no es verdadera, queda inmediatamente descalificada la pretensió n de
saberla de cualquier persona: no podemos saber p, si p no es verdadera. Si digo
≪sé p, pero p no es verdadera≫, mi enunciado es autocontradictorio, pues parte
de lo que implica saber p es que p sea verdadero. Aná logamente, si digo ≪él sabe p,
pero p no es verdadera≫, también esto es autocontradictorio. Puede que yo
pensase que sabía p; pero si p es falsa, en realidad no lo sabía. Solo pensé que sí. Sin
embargo, si pretendo saber p, aun admitiendo que p es falsa, mis oyentes pueden
concluir acertadamente que todavía no aprendí a usar la palabra ≪saber≫. Esto ya
estaba implícito en nuestra discusió n previa, pues, ¿qué es lo que sabemos sobre p
cuando sabemos p? Sabemos que p es verdad, naturalmente; la misma formulació n
resuelve la cosa: saber p es saber que p es verdadera.
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(existentes y disposicionales); si usted me dice que cree algo, sé que usted está en
cierto estado psicoló gico —de creencia—, pero no tengo derecho a concluir nada
sobre si lo que usted cree es verdad. En cambio, no tengo derecho a decir que usted
sabe p a menos que p sea verdadera. A diferencia de preguntarse, creer y dudar,
saber no es meramente un estado mental: se requiere que la proposició n que usted
asegura saber sea verdadera. Así, cuando leemos en una novela ≪ella estaba
convencida de que se encontraba incurablemente enferma≫, no tenemos derecho
a concluir que ella estaba incurablemente enferma, pero si leemos ≪ella sabía que
estaba incurablemente enferma≫, estamos capacitados para sacar esta conclusió n,
y para acusar al autor de incoherencia si posteriormente resulta que su
enfermedad, después de todo, no era incurable. Pero el requisito de verdad,
aunque necesario, no es suficiente. Hay cantidad de proposiciones verdaderas, por
ejemplo en la física nuclear, que ni usted ni yo sabemos que son verdaderas a
menos que seamos especialistas en ese campo. Pero el hecho de que sean
verdaderas no implica que sepamos que son verdaderas. Y hay cantidad de
enunciados verdaderos que podríamos hacer sobre la flora y la fauna del fondo del
océano, si estuviésemos en condiciones de ir allí y observar por nosotros mismos;
pero, por ahora, aunque bien podrían ser verdaderos muchos enunciados que
podríamos hacer, no estamos en situació n de saber que son verdaderos. ¿Qué má s
se requiere entonces?
b) No solo ha de ser verdad p; hemos de creer que p es verdad. Este puede ser
llamado el ≪requisito subjetivo≫; hemos de tener cierta actitud hacia p, no solo la
de preguntarnos o especular sobre p, sino creer positivamente que p es verdad.
≪Yo sé que p es verdad, pero no creo que lo sea≫ no solo sería una cosa muy
curiosa de decir; daría derecho a nuestros oyentes a concluir que no hemos
aprendido en qué circunstancias usar la palabra ≪creer≫. Puede haber muchos
enunciados que creamos pero no sepamos si son verdaderos, pero no puede haber
ninguno que sepamos verdadero y sin embargo no creamos, puesto que creer es
parte (una característica definitoria) de saber. ≪Sé p≪ implica ≪creo p≫, y ≪él
sabe p≪ implica ≪él cree p≫, pues creer es una característica definitoria de saber.
Pero creer p no es una característica definitoria de que p sea verdadera: p puede
ser verdadera aunque ni yo ni nadie la crea. (La Tierra era redonda antes de que
nadie creyese que lo era). No hay contradicció n ninguna en decir ≪él creía que p
(esto es, creía que p es verdadera), pero p no era verdadera≫. Ciertamente, a cada
momento decimos cosas de este tipo: ≪É l cree que la gente le persigue, pero,
desde luego, no es verdad≫. En este punto hemos de tener sumo cuidado, pues
mientras que no hay contradicció n en ≪él lo cree, pero no es verdad≫, o en ≪es
verdad, pero no lo cree≫, hay, si no contradicció n, al menos gran extravagancia en
decir ≪es verdad, pero yo no lo creo≫. Desde luego se puede decir esto en broma,
o como una mentira deliberada. Pero, ¿y si se dice sinceramente? No solo sería
extravagante, sino autocontradictorio; pues entonces mi enunciado pararía en
esto: que yo lo digo y lo creo, a pesar de lo cual no lo creo, y esta parte final, ≪lo
creo pero no lo creo≫, me pondría en contradicció n.
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No hay ningú n problema con 1: sin duda hay innumerables proposiciones
verdaderas que yo no creo, aunque no sea por otra razó n que porque nunca las he
oído. Tampoco lo hay con 2: puedo estar mintiendo o bromeando. El problema
comienza con 3, porque decirlo sinceramente significa que yo creo lo que digo. Esto
es má s explícito en 4, donde especificamos que se entiende por ≪sinceramente ≫,
y aquí damos en una contradicció n: creerlo pero no creerlo.
Podemos, sin embargo, tener algunas dudas sobre esta segunda condició n. Creer
parece ser cosa de grado; podemos creer con diversos grados de convicció n que
pasan por la duda y finalmente la no creencia. ≪Lo creo —podemos decir— pero
no con mucha fuerza≫. ¿Con cuá nta fuerza hemos de creerlo para satisfacer la
condició n? ¿Hemos de creerlo realmente? En tanto que la proposició n es
verdadera,
¿no podemos saberla sin creerla realmente? ≪Yo sé que he ganado el premio de un
milló n de dó lares, pero no puedo creerlo todavía≫. Esta ú ltima forma de expresió n
generalmente es retó rica: lo creemos (de otro modo no estaríamos tan
sorprendidos), pero no obstante nos resulta muy impresionante creerlo; o lo
creemos (≪con la cabeza≫ sabemos que es verdad), pero aú n no podemos
digerirlo, no podemos sentir hacia ello lo mismo que sentimos normalmente
cuando creemos algo (nuestros sentimientos no está n armonizados con la
creencia). ≪Sé que el mundo no es plano, pero aú n no puedo creerlo≫. Ahora
≪creer≫ ha trasladado su significado a ≪responder emocionalmente a ello como
a mis otras creencias≫. O: puede que yo sepa las respuestas a todas las preguntas
del examen, pero no puedo creer que las sepa, esto es, no tengo gran confianza en
que las sepa. Pero este caso es engañ oso: cuando no tengo gran confianza en que
las sepa, no es que no las crea (las respuestas), sino que no sé que puedo darlas.
Saberlas presupone que sea capaz de darlas, y creer que las conozco implica creer
que puedo darlas, pero conocerlas no implica creer que puedo darlas. No
confundamos las dos cosas; conocer o creer las respuestas y conocer o creer que
puedo dar las respuestas son dos cosas diferentes.
A pesar de los diversos grados de convicció n con que se puede creer, sería
extremadamente raro decir, si no es en sentido retó rico, ≪sé p, pero no creo p≪,
tan raro, por cierto, que una persona que fuese por ahí diciendo cosas tales como
≪sé que los perros tienen cuatro patas, pero no lo creo≫ y ≪sé que 2 má s 2 es
igual a 4, pero no lo creo≫ bien podría ser acusada de no haber aprendido qué
significa la voz
≪conocer≫ en nuestro lenguaje, lo mismo que podría ser acusado de esto si
pretendiese saber proposiciones que admite ser falsas. Así que, con estas
aclaraciones, puede quedar como está nuestro segundo requisito. Hemos
examinado dos requisitos del conocer, uno ≪objetivo≫ (p ha de ser
verdadero) y uno
≪subjetivo≫ (p ha de ser creído). ¿Son suficientes? ¿Se puede decir que
conocemos algo, si lo creemos y lo que creemos es verdad? Si tal, podemos definir
el conocimiento simplemente como creencia verdadera, y este sería el fin de la
discusió n.
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cuando lo pronunciamos, pero ¿sabíamos que era verdadero cuando lo
pronunciamos? Estaríamos inclinados a decir que no; no está bamos en condiciones
de saberlo. Fue una conjetura afortunada. Incluso si teníamos algún indicio de que
era verdadero, no lo sabíamos en el momento en que lo dijimos. Por tanto, se
requiere otra condició n má s para impedir que pase por conocimiento una
conjetura afortunada.
c) Hemos de poseer elementos de juicio a favor de p (razones para creer p). Cuando
conjeturá bamos qué tiradas de la moneda serían cara, no teníamos ninguna razó n
para creer que serían acertadas nuestras conjeturas, de modo que no lo sabíamos.
Pero después de que nos fijamos en todas las tiradas y observamos
cuidadosamente de qué lado cayó la moneda cada vez, lo supimos. Tuvimos la
prueba de nuestros sentidos —así como los de las personas de nuestro alrededor,
y fotografías si hubiésemos deseado tomarlas— de que esta tirada fue cara, esa
cruz, y así sucesivamente. De igual modo, cuando predecimos, sobre la base de la
puesta de sol roja de hoy, que mañ ana hará buen tiempo, no sabemos aún si
nuestra predicció n será confirmada por los hechos; tenemos (quizá s) una razó n
para creerlo, pero no podemos estar seguros. Pero mañ ana, cuando salgamos a la
calle y veamos que tal tiempo hace, lo sabremos seguro; cuando llegue mañ ana
tendremos ante nosotros la prueba total, cosa que aú n no tenemos esta noche.
Mañ ana ≪estará presente la prueba≫; esta noche, no es conocimiento, sino solo
una ≪conjetura aprendida≫.
Este es, entonces, nuestro tercer requisito: que haya elementos de juicio. Pero en
este punto comienza nuestro problema. ¿Cuá ntos elementos de juicio ha de haber?
≪Algunos≫ no vale como respuesta: puede ser que haya algunos elementos de
juicio que indiquen que mañ ana va a hacer sol, pero todavía no sabemos que será
así. ¿Y ≪todos los elementos de juicio disponibles≫? Tampoco esto servirá ; todos
los elementos de juicio ahora disponibles pueden no ser bastantes. Todos los
elementos de juicio de que ahora disponemos está n lejos de hacernos capaces de
haber si hay seres conscientes en otros planetas. No lo sabemos, incluso después
de haber examinado todos los elementos de juicio que hay a nuestra disposició n.
¿Y ≪elementos de juicio suficientes para darnos una buena razón para creerlo≫?
Pero ¿cuá ntos elementos de juicio son estos? Yo puedo haber conocido a alguien y
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haberlo encontrado escrupulosamente honesto siempre; prá cticamente por
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cualquier criterio, esto constituiría un buen elemento de juicio de que será honesto
la pró xima vez, y aun así puede no serlo; supongamos que la pró xima vez le roba a
alguien la cartera. Yo tenía una buena razó n para creer que seguiría siendo
honesto, sin embargo, yo no sabía que seguiría siendo honesto, pues no resultó
cierto. Todos estamos familiarizados con casos en que alguien tenía una buena
razó n para creer una proposició n que, sin embargo, ha resultado ser falsa.
≪Quizá no tengamos por qué llegar tan lejos como para decir "todos los elementos
de juicio" y "elementos de juicio completos" y cosas por el estilo. Todo lo que
hemos de decir es que debemos poseer elementos de juicio adecuados≪. Pero,
¿cuá ndo son adecuados los elementos de juicio? ¿Es algo menos que ≪todos los
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elementos de
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juicio que pueda haber≫? ≪Bueno, adecuados para capacitarnos conocer≫. Pero
esta pequeñ a adició n a nuestra definició n nos mete en un círculo. Estamos
intentando definir ≪conocer≫, y no podemos hacerlo empleando la conveniente
frase ≪suficiente para capacitarnos conocer≫. Pero una vez que hemos
abandonado la expresió n ≪para conocer≫, nos quedamos una vez má s con
nuestro problema: ¿cuá ntos elementos de juicio son los adecuados? ¿Son los
adecuados cuando hay algo menos del total? Si no tenemos todos los indicios, sino
solo el 99,99 por 100 de ellos, ¿no podría ser que ese 0,01 por 100 que fuese en
contra del resto y nos exigiese concluir que esa proposició n, después de todo, no
puede ser verdadera, y por tanto que no la sabíamos? Es seguro que ha ocurrido
con bastante frecuencia que un enunciado que pensá bamos saber, al que quizá
incluso habríamos apostado nuestras vidas, resultó al final falso o dudoso. Pero en
ese caso, después de todo, realmente no lo sabíamos: los elementos de juicio eran
buenos, incluso abundantes, pero a pesar de todo no lo suficientemente buenos, no
eran realmente adecuados, puesto que no fueron suficientes para garantizar la
verdad de la proposició n. ¿Podemos saber p con algo menos del total de los
elementos de juicio sobre p que pueda haber?
En este momento puedo replicar: ≪Pero yo sabía que estaba, incluso cuando lo
dije. Lo sabía porque 1) lo creía, 2) tenía buenos fundamentos en que basar la
creencia y
3) la creencia era verdadera. Y yo lo llamaré conocimiento siempre que se
satisfagan estas tres condiciones. Esta es la forma en que usamos la voz "conocer”
todos los días de nuestras vidas. Son conocidas aquellas proposiciones que se
creen con buenas razones, y cuando dije que la estantería aú n estaba en mi
despacho, estaba emitiendo una de tales proposiciones≫.
Pero mi oponente puede replicar: ≪No obstante, usted no lo sabía. Tenía una
buena razó n para decirlo, lo admito, pues no vio ni oyó a nadie moviéndola. Tenía
buenas razones, pero no una razó n suficiente. Los elementos de juicio que usted
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ofreció eran compatibles con que su enunciado fuera falso. Suponga que usted
hubiese emitido
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su afirmació n, yo la hubiese negado, fuésemos ambos a su despacho y, para gran
sorpresa suya (y mía también), allí no estuviese la estantería. ¿Podría, entonces,
usted haber pretendido saber que estaba allí todavía?≫.
≪De acuerdo, hubiese sido erró nea. Pero ahora, por favor, observe que la ú nica
diferencia entre los dos casos es que en el primero la estantería estaba y en el
segundo no. Los elementos de juicio en los dos casos eran exactamente los mismos.
Usted tenía exactamente las mismas razones para decir que la estantería estaba
todavía en el segundo caso (en que se halló que no estaba) que las que tenía en el
primer caso (en que se halló que seguiría allí). Y dado que, como usted mismo
admite, no lo habría sabido en el segundo caso, no pudo haberlo sabido tampoco en
el primero. Usted lo creía con una buena razó n, pero no lo sabía≪.
Aquí mi oponente puede haber obtenido una ventaja importante; puede haberme
convencido de que, puesto que yo admití no saber en el segundo caso, no pude
tampoco saber en el primero. Pero a mi vez puedo hacer aquí una importante
observació n: ≪Mi creencia era la misma en los dos casos; los elementos de juicio
eran los mismos en los dos casos (vi mi estantería dos minutos antes y no oí ni vi a
nadie quitá ndola). La ú nica diferencia era que en el primer caso la estantería
estaba y en el segundo no (p era verdadera en el primer caso, falsa en el segundo).
Pero esto no muestra que yo no lo supiese en el primer caso. Lo que muestra es que,
aunque podía haberme equivocado, no me equivoque. Si la estantería no hubiera
estado, no podría haber pretendido que sabía que estaba; pero dado que la
estantería estaba, yo lo sabía, aunque (sobre la base de los elementos de juicio que
poseía) pude haberme equivocado≫.
≪Sí, resultó ser verdad, tuvo suerte. Pero, como ambos opinamos, una conjetura
afortunada no es conocimiento≫.
≪No, no lo estaba. Usted tenía una buena razó n, una razó n excelente, pero no
suficiente las dos veces— para creer que aú n estaba allí la estantería. Pero en el
segundo caso no estaba, así que no lo sabía; por tanto, en el primer caso, en que sus
elementos de juicio eran exactamente los mismos, tampoco lo sabía; usted solo lo
creía con una buena razó n, pero no era bastante: su razó n no era suficiente, y por
tanto usted no lo sabía≪.
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enunciado. Parece, entonces, que estoy operando con una definició n de
≪conocer≫ o ≪saber≫ menos exigente que la de él. Estoy usando ≪saber≫ en el
sentido débil, segú n el cual se una proposició n cuando ya creo, tengo una buena
razó n para creerla y es verdadera. Pero él usa ≪saber≫ en un sentido má s
exigente: lo usa en el sentido fuerte, que requiere que, para saber una proposició n,
esta ha de ser verdadera, he de creerla, y he de poseer elementos de juicio
absolutamente concluyentes a su favor.
Supongamos que mientras escribo esta pá gina alguien me llama en la habitació n de al lado:
≪No puedo encontrar el tintero: ¿hay alguno en la casa?≫ Yo replicaría ≪aquí hay un
tintero≫. Si el otro dijese en todo de duda ≪¿está s seguro? Miré antes allí≫, yo respondería
≪sí, sé que está aquí, ven y tó malo≫.
¿Podría ahora resultar falso que haya un tintero justo frente a mí en este escritorio? Muchos
filó sofos así lo han pensado. Dirían que pueden ocurrir muchas cosas de tal naturaleza que, si
ocurrieran, probarían que yo estaba engañ ado. Estoy de acuerdo en que podrían ocurrir
muchas cosas extraordinarias, en el sentido de que no es ló gicamente absurdo suponerlas.
Podría ocurrir que al intentar coger este tintero mi mano pareciese pasar a través de él y yo no
sintiese el contacto de ningú n objeto. Podría ocurrir que en el momento siguiente! el tintero
desaparecería de la vista repentinamente; o que me encontrase bajo un á rbol del jardín sin
ningú n tintero; o que una o má s personas entraran en esta habitació n y declarasen con
evidente sinceridad que no veían ningú n tintero sobre el escritorio; o que una fotografía
tomada ahora a la superficie del escritorio mostrase claramente todos los objetos que había
encima menos el tintero. Habiendo admitido que estas cosas podrían ocurrir, ¿estoy compelido
a admitir que, si ocurrieran, ello probaría que no hay un tintero aquí ahora? En absoluto. Yo
podría decir que cuando mi mano pareció pasar a través del tintero debí sufrir entonces una
alucinació n; que si el tintero se hubiese desvanecido de repente, habría dejado
milagrosamente de existir; que las otras personas estaban conspirando para volverme loco, o
eran ellos mismos víctimas de alucinaciones extraordinariamente concurrentes; que la cá mara
fotográ fica tenía una falla rara o que fue trucada al revelar el negativo: . . .No solo no tengo que
admitir que aquellos extraordinarios sucesos fuesen prueba de que aquí no hay un tintero; el
hecho es que no lo admito. No hay nada en absoluto que, de ocurrir en el momento siguiente o
al añ o siguiente, yo lo llame una prueba de que no hay un tintero aquí ahora. Ninguna
experiencia o investigació n futura podría probarme que estoy en un error. Por tanto, si yo
dijese ≪sé que aquí hay un tintero≫, estaría usando ≪saber≫ en sentido fuerte.
29
que el sol saldrá mañ ana, etc. Tengo excelentes razones (elementos de juicio) para
creer todas estas cosas, elementos de juicio tan fuertes que (como decimos)
equivalen a la
30
certeza. Y no obstante, hay acontecimientos que sería concebible que ocurriesen y
tales que, si ocurrieran, llevarían la duda a nuestras creencias o incluso mostrarían
que eran falsas. (Si usted pretende saber muchas de las proposiciones del ejercicio
3, será , en la mayoría de los casos, en el sentido débil de ≪saber≫).
Y sobre este punto han sido completamente escépticos muchos de los filó sofos; han
admitido de pocas proposiciones, si hay alguna, que podamos saber que son
verdaderas en sentido fuerte. Muchos de ellos no estarían siquiera de acuerdo con
el ejemplo del tintero: dirían que nuestras pruebas (elementos de juicio) de que
estaba el tintero no eran concluyentes, y que, si de repente nos hallá semos
transportados a un jardín y sin tintero, tendríamos derecho a dudar de que
estuviésemos en lo cierto la primera vez al decir que allí había un tintero. Muchos
añ adirían que incluso aunque no hubiese un misterioso cambio de locació n, aú n no
sabríamos (en sentido fuerte) que estaba allí el tintero. Dirían que hasta para la
presencia de un tintero hay un nú mero infinito de pruebas de ensayo, que nunca se
pueden realizar, que no podemos observar eternamente, pero que cada
observació n añ adiría má s elementos de juicio a favor de la proposició n sin tornarla
cierta por ello. Tal persona es un escéptico. Pretendemos (dice) conocer muchas
cosas acerca del mundo, pero en realidad ninguna de estas proposiciones se puede
conocer de cierto. ¿Qué habremos de decir de la posició n escéptica?
32
ciertas?≫.
≪Yo puedo entender —se podría argü ir— que usted cuestione algunos
enunciados, incluso la mayoría. Pero si sigue con este divertido juego hasta abarcar
todos los enunciados, está sencillamente equivocado, y creo que puedo mostrarle el
porqué. Usted puede ver a alguien entre la niebla o con mala luz y no saber (no
tener certeza) si tiene mano derecha. Pero, ¿no sabe que usted tiene mano derecha?
¡Está ahí! Suponga que ahora levanto mi mano y digo ≪he aquí una mano≫. Ahora
usted me dice: ≪Dudo de que haya una mano.≫ Pero, ¿qué má s elementos de
juicio quiere usted? ¿En qué consiste su duda? ¿No cree a sus ojos quizá ? Muy bien,
venga y toque la mano. ¿Aú n no está satisfecho? Mírela concienzudamente y
tó quela, fotografíela, llame si quiere a otras personas para que den su testimonio.
Si después de todo esto usted sigue diciendo que no tiene certeza, ¿qué má s
quiere? ¿En qué condiciones admitiría que es cierto, que usted lo sabe? Puedo
entender su duda cuando hay alguna condició n sin satisfacer, alguna prueba
incompleta. Al principio, quizá usted dudase de que, si intentaba tocar mi mano,
encontrara algo que tocar; pero entonces tocó , y así resolvió aquella duda. Resolvió
nuevas dudas llamando a otras personas, etc. Usted realizó todas las
comprobaciones relevantes y resultaron favorables. Así que ahora, al final del
proceso, ¿de qué duda? !Ah! Sé lo que usted dirá: ≪Aú n dudo que eso sea una
mano≫. Pero, ¿no es ahora una fó rmula vacía decir ≪dudo≫? Ahora no puedo
atribuir ningú n contenido a esa llamada duda, pues nada hay sujeto a la duda;
usted mismo no puede especificar otra comprobación que, realizada, resolviera su
duda. ≪Duda≫ deviene palabra vacía. Usted no duda ahora de que si levantase su
mano tocara la mía, la tocaría, o de que si Smith y otras personas fuesen
convocadas, también testificarían que esto es una mano, pues ya hemos hecho todo
eso. Así que, ¿qué es lo que específicamente pone en duda usted? ¿Qué posible
prueba hay cuyo resultado negativo teme usted? Yo sostengo que no hay ninguna.
Usted está confundiendo una situació n en la que la duda es comprensible (antes de
hacer las comprobaciones) con la situació n posterior en que no lo es, pues ha sido
del todo disipada. Suponga que duda de que esta sustancia que hay sobre la mesa
es queso. Usted está de acuerdo en que, si es queso, posee ciertas características
definitorias A, B, C y D. Le muestro que tiene A, luego B, luego C. luego D. Y no
obstante usted duda de que sea queso. ¿Qué má s puedo decir? Usted está de
acuerdo en que si tiene A, B, C, D es queso, y está de acuerdo en que tiene A, B, C, D;
de modo que ló gicamente no puede evitar la conclusió n de que es queso≫.
≪Pero su así llamada duda deviene no significativa cuando nada hay abierto a la
duda, cuando las comprobaciones han sido llevadas a cabo y todos sus resultados
son favorables. Suponga que un médico examina a un paciente y dice: "Es probable
que usted tenga el apéndice inflamado”. Aquí aú n se puede dudar, pues las señ ales
33
pueden ser equívocas. Así que el médico opera al paciente, encuentra el apéndice
inflamado, lo extirpa y el paciente se restablece. Ahora, ¿cuá l sería el sentido de que
el médico dijese "es probable que tuviese el apéndice inflamado"? Si verlo y
extirparlo solo lo hace probable, ¿qué lo haría cierto? O, usted va conduciendo y
oye un golpe regular y rá pido y dice: “Es probable que tenga un neumá tico
pinchado”. Hasta aquí tiene razó n; solo es probable, el golpe puede ser causado por
otra cosa. Así que se baja y mira, allí está el neumá tico, pinchado. Encuentra un
clavo hincado, cambia el neumá tico, y luego reanuda la marcha sin má s golpeteos,
¿va a decir ahora “solo es probable que el coche tuviese un neumá tico pinchado”?
Pero dadas todas esas condiciones va a ser meramente probable, ¿qué cosa en el
mundo lo haría cierto? ¿Me puede describir las circunstancias en las cuales usted
diría que es cierto? Si no puede, entonces la solució n “ser cierto” no tiene ningú n
significado tal y como usted la está usando. Simplemente la está usando de forma
tan especial que no tiene aplicació n en absoluto, y no hay ninguna razó n para que
nadie siga su uso. En la vida diaria tenemos una distinció n muy convincente y ú til
para la aplicació n de las palabras “probable” y “cierto”. Decimos que es probable la
apendicitis antes de la operació n, pero cuando el médico tiene el apéndice del
paciente ante sí, visible sobre la mesa de operaciones, entonces es cierto, ese es
exactamente el tipo de situació n en que aplicamos la palabra “cierto” como opuesta
a “probable”. Ahora usted, por alguna razó n, le tiene tal afició n a la palabra
“probable” que la usa para todo, la usa para describir ambas, la situació n
preoperatoria y la postoperatoria, y la palabra “cierto” queda sin ninguna
aplicació n. Pero esto no es má s que una manipulació n verbal de su parte. Usted no
ha cambiado nada; solo ha tomado, por así decir, dos botellas con contenidos
diferentes, y en vez de poner las etiquetas diferentes (“probable” y “cierto”), como
hacemos los demá s, pone la misma etiqueta (“probable”) en ambas. ¿Qué ventaja
puede haber en esto? Solo es un obstá culo verbal. Y dado que ha hecho que la
palabra “probable” abarque ambas situaciones, ahora tenemos que inventar un par
de palabras diferentes para señ alar la distinció n perfectamente clara entre la
situació n antes de la operació n y durante la operació n, la misma diferencia que
previamente señ alamos por medio de las palabras “probable” y “cierto” hasta que
usted usó la palabra “probable” para aplicarla a ambas. ¿Qué ganamos con su
manipulació n verbal?≫
35
les conciernen. Por eso es por lo que incluso objeto su ejemplo de la mano. Si yo
admito que estoy realmente viendo y tocando la mano, no puedo ciertamente
retractarme y dudar de que exista, pues el enunciado “realmente la veo” ya implica
“existe”. Pero, ¿có mo sé que estoy realmente viendo y tocando la mano; o, para
decirlo de manera diferente, que estoy viendo y tocando una mano real? Si lo
admito, usted me tiene copado. Pero está admisió n inicial, que usted da por
supuesta en su ejemplo, es precisamente la que yo no concedo≫.
Parecería que los oponentes han llegado a un punto muerto. Los problemas
fundamentales suscitados en esta discusió n imaginaria son extremadamente
complejos: ¿Có mo sé que son de fiar mis percepciones sensoriales? ¿Có mo puedo
saber que no estoy alucinando o soñ ando? ¿Está todo enunciado sobre el mundo
sujeto a un nú mero infinito de comprobaciones, que, por supuesto, nunca pueden
ser realizadas? Y si tal, ¿se sigue de aquí que nunca podemos conocer la verdad de
ninguno de estos enunciados? Habiendo llevado la controversia hasta este punto,
desgraciadamente hemos de posponer la discusió n de esos profundos problemas
hasta el capítulo 8. La razó n de esto, aunque ahora pueda no ser evidente, es que el
tratamiento de estos problemas se torna completamente técnico, y no podemos
plantearlos con fruto hasta que no se hayan examinado primero cierto nú mero de
otros problemas. El capítulo 8 está dedicado al tratamiento de este y otros temas
que se relacionan con el conocimiento perceptivo. Por el momento nuestro interés
es meramente definir “conocimiento”, y el caso del conocimiento perceptual solo
ha sido usado con propó sitos de ejemplificació n. Hasta que no retomemos el tema
en el capítulo 8, no cuestionaremos la afirmació n de que hay un mundo físico, de
que podemos lograr conocimiento de este por medio de los sentidos y que a veces,
en todo caso, nuestros juicios sobre él son verdaderos. Dado que hemos creído de
todas maneras estas cosas durante toda la vida, no puede haber ningú n mal en
creerlas acríticamente un poco má s.
Entre tanto será bueno señ alar que hay otras dos clases de proposiciones que no
han sido desmenuzadas aú n por el hacha del escéptico:
37
los enunciados que hacemos en la vida diaria, incluidos todos los que usamos como
ejemplos en esta secció n, van má s allá de esto).
2. También hay enunciados que no hablan sobre nosotros ni sobre el mundo, como
≪los gatos son gatos≫ y ≪las rosas rojas son rojas≫. Estos enunciados se llaman
≪analíticos≫, y empezaremos con su tratamiento el capítulo pró ximo. El aná lisis
de estos enunciados es una condició n indispensable para considerar un conjunto
de enunciados llamados ≪verdades de razó n≫, para los que no necesitamos
elementos de juicio o, si los necesitamos, no es el sentido que hemos considerado
en este capítulo. Estas son verdades del ≪á mbito de la necesidad≫.
Ejercicios
1. ¿En cuantos de estos casos es proposicional el conocimiento en cuestió n?
Explíquelo en cada caso enunciando las proposiciones cuando estén presupuestas.
a) ¿Conoce usted la solució n de este problema?
b) ¿La conoce íntimamente?
c) ¿Puede conocer realmente la mente humana?
d) ¿Sabe usted como realizar una apendectomía?
e) ¿Sabe por qué abandono así a su familia?
f) ¿Sabe a cuá l de sus pretendientes acepto?
g) Una persona no conoce la guerra hasta que no la -ha visto.
b)¿Sabe usted como es la sensació n de deja vu?
i) No sabría que hacer en tal situació n.
j) ¿Conoce el significado de esta palabra?
2. ¿Puede usted conocer (en oposició n a tener una buena razó n para creer) una
proposició n que verse sobre el futuro. De sus razones.
3. En cada uno de los siguientes ejemplos, sabe (no meramente cree, o tiene una
buena razó n para creer) que la proposició n es verdadera? Defienda su respuesta.
a) La carretera continua al otro lado de la colina.
b) Si suelto este trozo de tiza caerá ,
c) El primer piso de este edificio no está ahora sumergido en agua.
d) La mesa tiene un dorso y una parte interior, aunque no pueda ahora percibirlos.
e) Este cuervo que hay ante mí es negro.
f) Todos los cuervos son negros.
g) Usted tiene nervio ó ptico.
h) Usted ahora no es multimillonario.
i) En cierto tiempo existió Julio Cesar.
j) Usted desayuno esta mañ ana.
k) El sol saldrá mañ ana.
/) Usted no es la reencarnació n de Bach,
m) Tengo sangre, huesos y ó rganos vitales, y no estoy hecho de paja.
n) Esta mesa no se convertirá en ascensor para bajarnos por las escaleras.
o) Una perra nunca dará a luz garitos.
p) Usted nunca será padre (o madre) de una naranja.
q) Usted no está ahora dormido (o muerto).
r) Usted no comió ayer para la cena bolitas de naftalina.
s) Esta mesa es la misma que estaba ayer en esta 'habitació n.
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t) Ahora existen en el mundo salas cinematográ ficas.
u) Usted nació (no salió de un huevo ni fue generado espontá neamente).
v) Todos los seres humanos son mortales.
w) La Tierra es (aproximadamente) esférica.
x) Usted no tiene ahora una alucinació n por la que cree ver una mesa.
y) La Tierra no vino a la existencia hace cinco minutos.
z) 2 má s 2 es igual a 4.
aa) Usted no está sonando en este momento.
bb) Usted está viendo ahora varios colores.
cc) Usted es má s joven que sus padres.
dd) Usted no es un ruiseñ or.
ee) La instalació n eléctrica de una casa es algo que se debe hacer bien o no hacerlo.
5. ¿Estaría usted de acuerdo con los siguientes enunciados? Por qué o por qué no?
a) Una persona solo puede conocer lo que ha percibido con sus sentidos.
b) Ver es creer.
c) No creas nada de lo que oyes y solo la mitad de lo que ves.
d) Todo veredicto basado en indicios circunstanciales esta falto de certeza.
e) Usted no puede conocer nada que no haya probado.
f) Por la fe se puede conocer do que nunca se podría conocer por la experiencia
sensorial o la razó n.
g) Creer algo implica estar dispuesto a aguar sobre la suposició n de que es verdad.
h) La gran extensió n de nuestros conocimientos actuales sería imposible, si no se
aceptase Ja autoridad como medio de conocimiento.
i) Si algo me fue revelado, debe ser verdad; si no es verdad, solo me pareció revelado.
6. Para conocer afro usted ha de poseer elementos de juicio a su favor. ¿Debe saber
también que son elementos de juicio o es suficiente con tenerlos?
7. Valore la siguiente definició n de ≪conocer≫: Conocer es 'la capacidad de estar
en lo cierto regularmente. Si yo siempre puedo decirle a usted cuá les son sus
'pensamientos, conozco cuales son, aunque no sepa como lo sé (no pueda aducir
ningú n elemento de juicio) y pueda incluso no creer lo que digo (puedo decir
simplemente: lo que se me pasa por la cabeza, sin darle ningú n crédito en
especial). Así que la creencia y los elementos de juicio deberían excluirse en
cualquier definició n del conocimiento: todo lo que exige el conocer es capacidad de
estar regularmente en lo cierto.
8. Valore esta afirmació n: ≪Algunas proposiciones han de ser ciertas, pues si
ninguna lo fuese, ninguna podría ser probable. La probabilidad es un concepto
derivado del de certeza. Si no supiésemos que es que algo sea cierto, no tendríamos
un patró n de referencia para estimar la probabilidad. Ni siquiera seriamos capaces
de saber que significa la palabra "probable"≫.
39
3. Actividades
3.1 Retroalimentación
Luego de haber leído y subrayado las ideas importantes del texto de John Hospers,
te invitamos a desarrollar las siguientes preguntas e indicaciones.
A. Utiliza un organizador visual y elabora una síntesis del presente texto de John
Hospers, ¿Qué es el conocimiento?, rescatando los conceptos má s importantes.
Puedes usar uno de los recursos virtuales ofrecidos abajo.
B. Indique, de acuerdo a Hospers, cuá les son los tres requisitos que existen para
que cuando una persona afirma algo, esa afirmació n sea un ejemplo de
conocimiento.
3.2 Autoevaluación
A. conoce Juliaca.
B. sé preparar cebiche.
C. sé que Juan es capaz de hacerlo.
40
D. sabe que es verdad que el agua hierve a los 100° C.
E. cree que es cierto que Bruto apuñ aló a Julio César.
5. Según la propuesta de J. Hospers, tres son los requisitos para considerar que 'X
conoce p ' o “X sabe p”. Si “X” es una persona, determine, de las siguientes cuatro
proposiciones, cuál o cuáles constituye(n) dichos requisitos.
A. Conoce Juliaca.
B. Sabe que es verdad que el agua hierve a los 100° c.
C. Cree que es cierto que bruto apuñ aló a julio césar.
D. Conoce que juan es capaz de hacerlo.
E. Sabe preparar arroz con pato.
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3.3 Recursos
B. Un video que presenta una conversació n con John Hospers y sus principales
ideas sobre e conocimiento. A Conversation with John Hospers
[Link]
RESPUESTAS HOSPERS:
1D – 2B – 3C – 4B – 5A – 6E
42
LECTURA N° 3
MITO DE LA CAVERNA
Platón
PRESENTACIÓN DE LA LECTURA3
por Miguel Ángel Espinoza Soria
3
Al hablar de Plató n, se hará referencia directa al texto de Plató n (1986) La Repú blica. Libro VII. En Diálogos.
Tomo IV. (pp. 218-241). Madrid: Gredos, que se encuentra inmediatamente después de la presentació n.
43
traumatizante. Si antes no veía o veía poco por la falta de luz, ahora tampoco puede
ver o ve muy poco por el exceso de luz solar. Con estos símbolos, Plató n nos dice
que los procesos de cambio, de mal para bien o de superació n de etapas inferiores
por etapas superiores, significan siempre gran dificultad, mucho esfuerzo,
necesaria superació n, adaptació n y transformació n. El ojo que ha visto la luz del
sol, símbolo del Bien y de todo lo bueno, y que ha visto todo a la luz del sol,
adquiere el verdadero conocimiento de la realidad. Inicialmente, este nuevo y
luminoso conocimiento no es aceptado, ni asumido por el recién liberado, debido a
la erró nea costumbre de las cosas aprendidas en las penumbras. La ignorancia es
para la mayoría una pesada cadena de la que les cuesta liberarse.
44
MITO DE LA CAVERNA
Platón
Referencia APA:
Plató n (1986) La Repú blica. Libro VII. En Diálogos. Tomo IV. (pp. 218-241).
Madrid: Gredos.
2. Texto seleccionado
VII LIBRO
45
—Pero son como nosotros. Pues, en primer lugar, ¿crees que han visto de sí
mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en
la parte de la caverna que tienen frente a sí?
—Claro que no, si toda su vida está n forzados a no mover las cabezas.
—¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro lado del
tabique?
—Indudablemente.
—Pues entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar
nombrando a los objetos que pasan y que ellos ven?4
—Necesariamente.
—Y si la prisió n contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno
de los que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo
que oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos?
—¡Por Zeus que sí!
—¿Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los
objetos artificiales transportados?
—Es de toda necesidad.
—Examina ahora el caso de una liberació n de sus cadenas y de una curació n de su
ignorancia, qué pasaría si naturalmente5 les ocurriese esto: que uno de ellos fuera
liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la
luz y, al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de
percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que
respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora,
en cambio, está má s pró ximo a lo real, vuelto hacia cosas má s reales y que mira
correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado
de tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no piensas que
se sentirá en dificultades y que considerará que las casas que antes veía eran má s
verdaderas que las que se le muestran ahora?
—Mucho má s verdaderas.
—Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y
trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas casas que podía percibir, por
considerar que estas son realmente má s claras que las que se le muestran?
—Así es.
—Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo
antes de llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría acaso y se irritaría por ser
arrastrado y, tras llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le
impedirían ver uno solo de los objetos que ahora decimos que son los verdaderos?
—Por cierto, al menos inmediatamente.
—Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En
4O sea, los objetos transportados del otro lado del tabique, cuyas sombras, proyectadas sobre el
fondo de la caverna, proyectadas sobre el fondo de la caverna, ven los prisioneros.
5 No se trata de que lo que les sucediese fuera natural —el mismo Plató n dice que obraría
46
primer lugar, miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los
hombres y de los otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los
objetos mismos. A continuació n, contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el
cielo mismo, mirando la luz de los astros y la luna má s fá cilmente que, durante el
día, el sol y la luz del sol.
—Sin duda.
—Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imá genes en el agua o en
otros lugares que le son extrañ os, sino contemplarlo como es en sí y por sí, en su
propio á mbito.
—Necesariamente.
—Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las
estaciones y los añ os y que gobierna todo en el á mbito visible y que de algú n modo
es causa de las cosas que ellos habían visto.
—Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.
—Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de
sus entonces compañ eros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del
cambio y que los compadecería?
—Por cierto.
—Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las
recompensas para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los
objetos que pasaban detrá s del tabique, y para el que mejor se acordase de cuá les
habían desfilado habitualmente antes y cuá les después, y para aquel de ellos que
fuese capaz de adivinar lo que iba a pasar, ¿no te parece que estaría deseoso de
todo eso y que envidiaría a los má s honrados y poderosos entre aquellos? ¿0 má s
bien no le pasaría como al Aquiles de Homero, y «preferiría ser un labrador que
fuera siervo de un hombre pobre»6 o soportar cualquier otra cosa, antes que
volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida?
—Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.
—Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no
tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?
—Sin duda.
—Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia
con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera
confusamente hasta que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se
acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿no se expondría al ridículo y a que se
dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se había estropeado los ojos, y que
ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos
y conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos y
matarlo?
—Seguramente.
—Pues bien, querido Glaucó n, debemos aplicar íntegra esta alegoría a lo
6 En Od. XI 489-390.
47
que anteriormente ha sido dicho, comparando la regió n que se manifiesta por
medio de la vista con la morada-prisió n, y la luz del fuego que hay en ella con el
poder del sol; compara, por otro lado, el ascenso y contemplació n de las cosas de
arriba con el camino del alma hacia el á mbito inteligible, y no te equivocará s en
cuanto a lo que estoy esperando, y que es lo que deseas oír. Dios sabe si esto es
realmente cierto; en todo caso, lo que a mí me parece es que lo que dentro de lo
cognoscible se ve al final, y con dificultad, es la Idea del Bien. Una vez percibida,
ha de concluirse que es la causa de todas las cosas rectas y bellas, que en el
á mbito visible ha engendrado la luz y al señ or de ésta, y que en el á mbito
inteligible es señ ora y productora de la verdad y de la inteligencia, y que es
necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado
como en lo pú blico.
—Comparto tu pensamiento, en la medida que me es posible.
—Mira también si lo compartes en esto: no hay que asombrarse de que
quienes han llegado allí no estén dispuestos a ocuparse de los asuntos humanos,
sino que sus almas aspiran a pasar el tiempo arriba; lo cual es natural, si la
alegoría descrita es correcta también en esto.
—Muy natural. ·
—Tampoco sería extrañ o que alguien que, de contemplar las cosas divinas,
pasara a las humanas, se comportase desmañ adamente y quedara en ridículo por
ver de modo confuso y, no acostumbrado aú n en forma suficiente a las tinieblas
circundantes, se viera forzado, en los tribunales o en cualquier otra parte, a
disputar sobre sombras de justicia o sobre las figurillas de las cuales hay
sombras, y a reñ ir sobre esto del modo en· que esto es discutido por quienes
jamá s han visto la Justicia en sí.
—De ninguna manera sería extrañ o.
—Pero si alguien tiene sentido comú n, recuerda que los ojos pueden ver
confusamente por dos tipos de perturbaciones: uno al trasladarse de la luz a la
tiniebla, y otro de la tiniebla a la luz; y al considerar que esto es lo que le sucede al
alma, en lugar de reírse irracionalmente cuando la ve perturbada e incapacitada
de mirar algo, habrá de examinar cuá l de los dos casos es: si es que al salir de una
vida luminosa ve confusamente por falta de há bito, o si, viniendo de una mayor
ignorancia hacia lo má s luminoso, es obnubilada por el resplandor. Así en un caso
se felicitará de lo que le sucede y de la vida a que accede; mientras en el otro se
apiadará , y, si se quiere reír de ella, su risa será menos absurda que si se descarga
sobre el alma que desciende desde la luz.
—Lo que dices es razonable.
—Debemos considerar entonces, si esto es verdad, que la educació n no es
como la proclaman algunos. Afirman que, cuando la ciencia no está en el alma,
ellos la ponen, como si se pusiera la vista en ojos ciegos.
—Afirman eso, en efecto.
—Pues bien, el presente argumento indica que en el alma de cada uno hay
48
el poder de aprender y el ó rgano para ello, y que, así como el ojo no puede
volverse
49
hacia la luz y dejar las tinieblas si no gira todo el cuerpo, del mismo modo hay que
volverse desde lo que tiene génesis con toda el alma, hasta que llegue a ser capaz
de soportar la conternplaci6n de lo que es, y lo má s luminoso de lo que es, que es
lo que llamamos el Bien.
—¿No es así?
—Sí.
—Por consiguiente, la educació n sería el arte de volver este ó rgano del
alma del modo má s fá cil y eficaz en que puede ser vuelto, mas no como si le
infundiera la vista, puesto que ya la posee, sino, en caso de que se lo haya girado
incorrectamente y no mire adonde debe, posibilitando la correcci6n.
—Así parece, en efecto.
—Ciertamente, las otras denominadas 'excelencias' del alma parecen estar
cerca de las del cuerpo, ya que, si no se hallan presentes previamente, pueden
después ser implantadas por el há bito y el ejercicio; pero la excelencia del
comprender da la impresió n de corresponder má s bien a algo má s divino, que
nunca pierde su poder, y que segú n hacia dó nde sea dirigida es ú til y provechosa,
o bien inú til y perjudicial. ¿O acaso no te has percatado de que esos que son
considerados malvados, aunque en realidad son astutos, poseen un alma que
mira penetrantemente y ve con agudeza aquellas cosas a las que se dirige, porque
no tiene la vista débil, sino que está forzada a servir al mal, de modo que, cuanto
má s agudamente mira, tanto má s mal produce?
—¡Claro que sí!
—No obstante, si desde la infancia se trabajara podando en tal naturaleza
lo que, con su peso plomífero y su afinidad con lo que tiene génesis y adherido
por medio de la glotonería, lujuria y placeres de esa índole, inclina hacia abajo la
vista del alma; entonces, desembarazada ésta de ese peso, se volvería hacia lo
verdadero, y con este mismo poder en los mismos hombres vería del modo
penetrante con que ve las cosas a las cuales está ahora vuelta.
—Es probable.
—¿Y no es también probable, e incluso necesario a partir de lo ya dicho,
que ni los hombres sin educació n ni experiencia de la verdad puedan gobernar
adecuadamente alguna vez el Estado, ni tampoco aquellos a los que se permita
pasar todo su tiempo en el estudio, los primeros por no tener a la vista en la vida
la ú nica meta7 a que es necesario apuntar al hacer cuanto se hace privada o
pú blicamente, los segundos por no querer actuar, considerá ndose como si ya en
vida estuviesen residiendo en la Isla de los Bienaventurados?8
—Verdad.
—Por cierto, que es una tarea de nosotros, los fundadores de este Estado, la
50
de obligar a los hombres de naturaleza mejor dotada a emprender el estudio que
hemos dicho antes que era el supremo, contemplar el Bien y llevar a cabo aquel
ascenso y, tras haber ascendido y contemplado suficientemente, no permitirles lo
que ahora se les permite.
—¿A qué te refieres?
—Quedarse allí y no estar dispuestos a descender junto a aquellos
prisioneros, ni participar en sus trabajos y recompensas, sean éstas
insignificantes o valiosas.
—Pero entonces —dijo Glaucó n— seremos injustos con ellos y les
haremos vivir mal cuando pueden hacerlo mejor?
—Te olvidas nuevamente9, amigo mío, que nuestra ley no atiende a que
una sola clase lo pase excepcionalmente bien en el Estado, sino que se las
compone para que esto suceda en todo el Estado, armonizá ndose los ciudadanos
por la persuasió n o por la fuerza, haciendo que unos a otros se presten los
beneficios que cada uno sea capaz de prestar a la comunidad. Porque si se forja a
tales hombres en el Estado, no es para permitir que cada uno se vuelva hacia
donde le da la gana, sino para utilizarlos para la consolidació n del Estado.
—Es verdad; lo había olvidado, en efecto.
—Observa ahora, Glaucó n, que no seremos injustos con los filó sofos que
han surgido entre nosotros, sino que les hablaremos en justicia, al forzarlos a
ocuparse y cuidar de los demá s. Les diremos, en efecto, que es natural que los que
han llegado a ser filó sofos en otros Estados no participen en los trabajos de éstos,
porque se han criado por sí solos, al margen de la voluntad del régimen político
respectivo; y aquel que se ha criado solo y sin deber alimento a nadie, en buena
justicia no tiene por qué poner celo en compensar su crianza a nadie. «Pero a
vosotros os hemos formado tanto para vosotros mismos como para el resto del
Estado, para ser conductores y reyes de los enjambres, os hemos educado mejor y
má s completamente que a los otros, y má s capaces de participar tanto en la
filosofía como en la política. Cada uno a su turno, por consiguiente, debéis
descender hacia la morada comú n de los demá s y habituaros a contemplar las
tinieblas; pues, una vez habituados, veréis mil veces mejor las cosas de allí y
conoceréis cada una de las imá genes y de qué son imá genes, ya que vosotros
habréis visto antes la verdad en lo que concierne a las cosas bellas, justas y
buenas. Y así el Estado habitará en la vigilia para nosotros y para vosotros, no en
el sueñ o, como pasa actualmente en la mayoría de los Estados, donde compiten
entre sí como entre sombras y disputan en torno al gobierno, como si fuera algo
de gran valor. Pero lo cierto es que el Estado en el que menos anhelan gobernar
quienes han de hacerlo es forzosamente el mejor y el má s alejado de disensiones,
y lo contrario cabe decir del que tenga los gobernantes contrarios a esto».
—Es muy cierto.
51
—¿Y piensas que los que hemos formado, al oír esto, se negará n y no
estará n dispuestos a compartir los trabajos del Estado, cada uno en su turno,
quedá ndose a residir la mayor parte del tiempo unos con otros en el á mbito de lo
puro?
—Imposible, pues estamos ordenando a los justos cosas justas. Pero
ademá s cada uno ha de gobernar por una imposició n, al revés de lo que sucede a
los que gobiernan ahora en cada Estado.
—Así es amigo mío: si has hallado para los que van a gobernar un modo de
vida mejor que el gobernar, podrá s contar con un Estado bien gobernado; pues
só lo en él gobiernan los que son realmente ricos, no en oro, sino en la riqueza que
hace la felicidad: una vida virtuosa y sabia. No, en cambio, donde los pordioseros
y necesitados de bienes privados marchan sobre los asuntos pú blicos,
convencidos de que allí han de apoderarse del bien; pues cuando el gobierno se
convierte en objeto de disputas, semejante guerra doméstica e intestina acaba
con ellos y con el resto del Estado.
—No hay cosa má s cierta.
—¿Y sabes acaso de algú n otro modo de vida, que el de la verdadera
filosofía, que lleve a despreciar el mando político?
—No, por Zeus.
—Es necesario entonces que no tengan acceso al gobierno los que está n
enamorados de éste; si no, habrá adversarios que los combatan.
—Sin duda.
—En tal caso, ¿impondrá s la vigilancia del Estado a otros que a quienes,
ademá s de ser los má s inteligentes en lo que concierne al gobierno del Estado,
prefieren otros honores y un modo de vida mejor que el del gobernante del
Estado?
—No, a ningú n otro.
3. Actividades
3.4 Retroalimentación
Luego de haber leído y subrayado las ideas importantes del Libro VII de la República
de Plató n, te invitamos a desarrollar las siguientes preguntas e indicaciones.
3.5 Autoevaluación
A. El destino que dios o los dioses predeterminan para todo ser humano.
B. Un obstá culo que limita el entendimiento del mundo.
C. La condició n natural y propia del ser humano al nacer.
D. El contexto social en el que nacen todas las personas.
E. El nivel socioeconó mico al que pertenece cualquier ciudadano.
53
E. Las sombras son la mentira y el error, mientras que la luz es la verdad y la
certeza.
I. La Idea del Bien es necesaria tenerla siempre presente para poder obrar
con sabiduría.
II. La regió n que se manifiesta a la vista, es decir la caverna, se compara con
la morada-prisió n.
III. La luz del fuego que brilla en la caverna se compara con el poder del
conocimiento humano.
IV. Lo que dentro de lo cognoscible se ve, al final y con dificultad, se compara
con la Idea del Bien.
V. El ascenso y contemplació n de las cosas de arriba es el camino del alma
hacia lo inteligible.
54
A. Porque ellos no quieren gobernar a pesar de que poseen la idea del sumo
bien.
B. Porque buscan la verdad desinteresadamente y pueden guiar a
los ciudadanos por el camino correcto.
C. Porque ellos está n capacitados para ordenar las finanzas pú blicas.
D. Dada la imposibilidad de conocer la idea del bien, los esclavos no pueden
gobernarse por ellos mismos.
E. No interesa que el filó sofo gobierno o no gobierne, pues ellos pueden influir
en las decisiones pú blicas.
3.6 Recursos
55
E. Un video de la televisió n españ ola se explica la teorías de las ideas de Plató n,
las reflexiones del filó sofo sobre el conocimiento, la ética y la política.
También se ofrecen unos breves apuntes biográ ficos.
[Link]
RESPUESTAS PLATÓN:
1B - 2D - 3E - 4D – 5A – 6E – 7B – 8A – 9C
56
LECTURA N° 4
PRESENTACIÓN DE LA LECTURA10
por Javier Francisco Chávez del Río
Popper afirma que, refutar una teoría o postulado o hipó tesis debe ser
entendida como la contestació n, exigencia de verificació n o comprobació n de
dichos enunciados. Para que sea científica, no basta con refutar una teoría, sino que
dicha teoría debe tener la capacidad de la refutabilidad. Para entender a Popper
hay que considerar que la refutabilidad es la “propiedad que tiene una hipó tesis de
permitir la elaboració n de pruebas que pudieran demostrar que es falsa, es decir,
una hipó tesis es refutable cuando su posible falsedad es comprobable” (Sá nchez,
Reyes,
10 Alhablar de Karl Popper, se hará referencia directa al texto de Popper, K. (1991) La ciencia: conjeturas y
refutaciones. En Conjeturas y refutaciones. El desarrollo del conocimiento científico. (pp. 57-87). Barcelona:
Paidó s, que se encuentra inmediatamente después de la presentació n.
57
& Mejía, 2018).11 Así pues, Popper sostiene que, para ser colocados en el nivel de
científicos, los enunciados y las hipó tesis deben de tener la capacidad de someterse
observaciones posibles y concebibles (p. 50), má s comprensible: pueden ser
sometidas a comprobació n o experimentació n.
Segú n Popper, una teoría irrefutable no significa que es una teoría cierta y
verdadera, sino todo lo contrario, pues cuando es irrefutable, la teoría se presenta
como absoluta, incuestionable y dogmá tica, ya que solo puede ser aceptada por
creencia subjetiva. Al mismo tiempo, Popper considera que algunas hipó tesis
planteadas nacen como mitos, pero con el tiempo se desarrollan y pueden contener
preá mbulos de teorías científicas y llegar a ser tratables. Es má s, la mayor parte de
las teorías científicas han nacido como mitos.
11
Sánchez, H., Reyes, C., & Mejía, K. (junio de 2018). Manual de términos en investigación científica, tecnológica y
humanística. Recuperado el 2 de abril de 2022, de [Link]
[Link]
58
LA CIENCIA: CONJETURAS Y REFUTACIONES
Karl Popper
Referencia APA:
2. El texto seleccionado
12
Conferencia pronunciada en Peterhouse, Cambridge, en el verano de 1953, como parte de un curso
sobre el desarrollo y las tendencias de la filosofía británica contemporánea organizado por el British
Council. Fue publicada originalmente con el título. “Philosophy of Science: a Personal Report”, en British
59
Philosophy in Mid Century, ed. C. A. Mace, 1957.
60
ofrecer a ustedes un informe acerca de mi propia labor en la filosofía de la ciencia a
partir del otoñ o de 1919, época en que empecé a abordar el problema siguiente
“¿Cuá ndo debe ser considerada científica una teoría?” o “¿Hay un criterio para
determinar el cará cter o status científico de una teoría?”
El problema que me preocupaba por entonces no era “¿Cuá ndo es verdadera
una teoría?” ni “¿Cuá ndo es aceptable una teoría?” Mi problema era diferente. Yo
quería distinguir entre la ciencia y la pseudociencia, sabiendo muy bien que la
ciencia a menudo se equivoca y que la pseudociencia a veces da con la verdad.
Conocía, por supuesto, la respuesta comú nmente aceptada para mi problema:
que la ciencia se distingue de la pseudociencia -o de la “metafísica”- por su método
empírico, que es esencialmente inductivo, o sea que parte de la observació n o de la
experimentació n. Pero esa respuesta no me satisfacía. Por el contrario, a menudo
formulé mi problema como el de distinguir entre un método genuinamente
empírico y un método no empírico o hasta seudo empírico, vale decir, un método
que, si bien apela a la observació n y a la experimentació n, con todo no logra
adecuarse a las normas científicas. Este ú ltimo método puede ser ejemplificado por
la astrología, con su enorme masa de datos empíricos basados en la observació n,
en horó scopos y en biografías.
Pero, dado que no fue el ejemplo de la astrología el que me condujo a
plantearme ese problema, quizá s sea conveniente que describa la atmó sfera en la
que surgió mi problema y los ejemplos por los cuales fue estimulado.
Después del derrumbe del Imperio Austriaco se había producido una
revolució n en Austria: el aire estaba cargado de lemas e ideas revolucionarias, y de
nuevas y a menudo audaces teorías. Entre las teorías que me interesaban, la teoría
de la relatividad de Einstein era, sin duda, la má s importante. Otras tres eran la
teoría de la historia de Marx, el psicoaná lisis de Freud y la llamada “psicología de
individuo” de Alfred Adler.
La gente decía muchas insensateces acerca de esas teorías, especialmente
acerca de la relatividad (como ocurre todavía hoy), pero tuve la fortuna de hallar
personas capaces que me introdujeron al estudio de ésta. Todos nosotros -el
pequeñ o círculo de estudiantes al que yo pertenecía- está bamos conmovidos por el
resultado de las observaciones efectuadas por Eddington del eclipse de 1919, que
aportaron la primera confirmació n importante de la teoría de la gravitació n de
Einstein. Fue para nosotros una gran experiencia, que tuvo una perdurable
influencia sobre mi desarrollo intelectual.
Las otras tres teorías que he mencionado eran también muy discutidas entre
los estudiantes, por aquel entonces. Yo mismo entré en contacto personal con
Alfred Adler y hasta cooperé con él en su labor social entre los niñ os y jó venes de
los distritos obreros de Viena, donde había creado clínicas de guía social.
Durante el verano de 1919 comencé a sentirme cada vez má s insatisfecho con
esas tres teorías, la teoría marxista de la historia, el psicoaná lisis y la psicología del
individuo; comencé a sentir dudas acerca de su pretendido cará cter científico. Mis
dudas tomaron al principio la siguiente forma simple: “¿Qué es lo que no anda en el
61
marxismo, el psicoaná lisis y la psicología del individuo? ¿Por qué son tan
diferentes de las teorías físicas, de la teoría de Newton y especialmente de la teoría
de la relatividad?”
Para aclarar este contraste debo explicar que poco de nosotros, por entonces,
habríamos dicho que creíamos en la verdad de la teoría einsteniana de la
gravitació n. Esto muestra que no eran mis dudas acerca de la verdad de esas otras
tres teorías lo que me preocupaba, sino alguna otra cosa. Tampoco consistía en que
yo simplemente tuviera la sensació n de que la física matemá tica era má s exacta
que las teorías de tipo socioló gico o psicoló gico. Así, lo que me preocupaba no era
el problema de la verdad, en esta etapa al menos, ni el problema de la exactitud o
mensurabilidad. Era má s bien el hecho de que yo sentía que esas tres teorías,
aunque se presentaban como ciencias, de hecho, tenían má s elementos en comú n
con los mitos primitivos que con la ciencia; que se asemejaban a la astrología má s
que a la astronomía.
Hallé que aquellos de mis amigos que eran admiradores de Marx, Freud y
Adler estaban impresionados por una serie de puntos comunes a las tres teorías,
en especial su aparente poder explicativo. Estas teorías parecían poder explicar
prá cticamente todo lo que sucedía dentro de los campos a los que se referían. El
estudio de cualquiera de ellas parecía tener el efecto de una conversió n o
revelació n intelectuales. Que abría los ojos a una nueva verdad oculta para los no
iniciados. Una vez abierto los ojos de este modo, se veían ejemplos confirmatorios
en todas partes: el mundo estaba lleno de verificaciones de la teoría. Todo lo que
ocurría la confirmaba. Así, su verdad parecía manifiesta y los incrédulos eran, sin
duda, personas que no querían ver la verdad manifiesta, que se negaban a verla, ya
porque estaba contra sus intereses de clase, ya a causa de sus represiones aú n “no
analizadas” y que exigían a gritos un tratamiento.
Me pareció que el elemento má s característico de esa situació n era la
incesante corriente de confirmaciones y observaciones que “verificaban” las
teorías en cuestió n; y este aspecto era constantemente destacado por sus
adherentes. Un marxista no podía abrir un perió dico sin hallar en cada pá gina
pruebas confirmatorias de su interpretació n de la historia; no solamente en las
noticias, sino también en su presentació n -que revelaba el sesgo clasista del
perió dico- y, especialmente, por supuesto, en lo que el perió dico no decía. Los
analistas freudianos subrayaban que sus teorías eran constantemente verificadas
por sus “observaciones clínicas”. En lo que respecta a Adler, quedé muy
impresionado por una experiencia personal. Una vez, en 1919, le informé acerca de
un caso que no me parecía particularmente adleriano, pero él no halló dificultad
alguna en analizarlo en términos de su teoría de los sentimientos de inferioridad,
aunque ni siquiera había visto al niñ o. Experimenté una sensació n un poco
chocante y le pregunté có mo podía estar tan seguro. “Por mi experiencia de mil
casos”, respondió ; a lo que no pude evitar de contestarle: “Y con este nuevo caso,
supongo, su experiencia se basa en mil y un casos”.
Lo que yo pensaba era que sus anteriores observaciones podían no haber sido
62
mucho mejores que esta nueva; que cada una de ellas, a su vez, había sido
interpretada a la luz de “experiencias previas” y, al mismo tiempo, considerada
como una confirmació n adicional. “¿Qué es lo que confirman?”, me pregunté a mí
mismo. Solamente que un caso puede ser interpretado a la luz de una teoría. Pero
esto significa muy poco, reflexioné, pues todo caso concebible puede ser
interpretado tanto a la luz de la teoría de Adler como de la de Freud. Puedo ilustrar
esto con dos ejemplos diferentes de conductas humanas; la de un hombre que
empuja a un niñ o al agua con la intenció n de ahogarlo y la de un hombre que
sacrifica su vida en un intento de salvar al niñ o. Cada uno de los dos casos puede
ser explicado con igual facilidad por la teoría de Freud y por la de Adler. De
acuerdo con Freud, el primer hombre sufría una represió n (por ejemplo, de algú n
componente de su complejo de Edipo), mientras que el segundo había hecho una
sublimació n. De acuerdo con Adler, el primer hombre sufría sentimientos de
inferioridad (que le provocaban, quizá s, la necesidad de probarse a sí mismo que
era capaz de cometer un crimen), y lo mismo el segundo hombre (cuya necesidad
era demostrar a sí mismo que era capaz de rescatar al niñ o). No puedo imaginar
ninguna conducta humana que no pueda ser interpretada en términos de
cualquiera de las dos teorías. Era precisamente este hecho -que siempre se
adecuaban a los hechos, que siempre eran confirmadas- el que a los ojos de sus
admiradores constituía el argumento má s fuerte en favor de esas teorías. Comencé
a sospechar que esta fuerza aparente era, en realidad, su debilidad.
Con la teoría de Einstein la situació n era notablemente diferente. Tomemos
un ejemplo típico: la predicció n de Einstein justamente confirmada por entonces
por los resultados de la expedició n de Eddington. La teoría gravitacional de
Einstein conducía a la conclusió n de que la luz debía sufrir la atracció n de los
cuerpos de gran masa (como el sol), precisamente de la misma manera en que son
atraídos los cuerpos materiales. Como consecuencia de esto, podía calcularse que
la luz de una estrella fija distante cuya posició n aparente es cercana al sol llegaría a
la tierra desde una direcció n tal que la estrella parecería haberse desplazado un
poco con respecto al sol; en otras palabras, parecería como si las estrellas cercanas
al Sol se alejaran un poco de éste y una de otra. Se trata de algo que normalmente
no puede observarse, pues durante el día el abrumador brillo del Sol hace
invisibles a tales estrellas; en cambio, durante un eclipse es posible fotografiar
dicho fenó meno. Si se fotografía la misma constelació n de noche, pueden medirse
las distancias sobre las dos fotografías y comprobar si se produce el efecto
predicho.
Ahora bien, lo impresionante en el caso mencionado es el riesgo implicado en
una predicció n de ese tipo. Si la observació n muestra que el efecto predicho está
claramente ausente, entonces la teoría simplemente queda refutada. La teoría es
incompatible con ciertos resultados de la observación, en nuestro caso con
resultados que todos habrían esperado antes de Einstein. 13 Esta situació n es muy
diferente de
13
Se trata de una simplificación, pues aproximadamente la mitad del efecto de Einstein podía ser
63
deducido de la teoría clásica si se adopta una teoría corpuscular de la luz.
64
la descripta antes, cuando resultaba que las teorías en cuestió n eran compatibles
con las má s divergentes conductas humanas, de modo que era prá cticamente
imposible describir conducta alguna de la que no pudiera alegarse que es una
verificació n de esas teorías.
Las anteriores consideraciones me llevaron, durante el invierno de 1919-20,
a conclusiones que reformularé de la siguiente manera:
(1) Es fá cil obtener confirmaciones o verificaciones para casi cualquier teoría,
si son confirmaciones lo que buscamos.
(2) Las confirmaciones só lo cuentan si son el resultado de predicciones
riesgosas, es decir, si, de no basarnos en la teoría en cuestió n, habríamos
esperado que se produjera un suceso que es incompatible con la teoría, un
suceso que refutara la teoría.
(3) Toda “buena” teoría científica implica una prohibició n: prohíbe que
sucedan ciertas cosas. Cuanto má s prohíbe una teoría, tanto mejor es.
(4) Una teoría que no es refutable por ningú n suceso concebible no es
científica. La irrefutabilidad no es una virtud de una teoría (como se cree
a menudo), sino un vicio.
(5) Todo genuino test de una teoría es un intento por desmentirla, por
refutarla. La testabilidad equivale a la refutabilidad. Pero hay grados de
testabilidad; algunas teorías son má s testables, está n má s expuestas a la
refutació n que otras. Corren má s riesgos, por decir así.
(6) Los elementos de juicio confirmatorios no deben ser tomados en cuenta,
excepto cuando son el resultado de un genuino test de la teoría; es decir,
cuando puede ofrecerse un intento serio, pero infructuoso, de refutar la
teoría. (En tales casos, hablo de “elementos de juicio corroboradores”).
(7) Algunas teorías genuinamente testables, después de hallarse que son
falsas, siguen contando con el sostén de sus admiradores, por ejemplo,
introduciendo algú n supuesto auxiliar ad hoc, o reinterpretando ad hoc la
teoría de manera que escape a la refutació n. Siempre es posible seguir tal
procedimiento, pero éste rescata la teoría de la refutació n só lo al precio
de destruir o, al menos, rebajar su status científico. (posteriormente,
llamé a tal operació n de rescate un “sesgo convencionalista” o una
“estratagema convencionalista”.)
Es posible resumir todo lo anterior diciendo que el criterio para establecer es
status científico de una teoría es su refutabilidad o su testabilidad.
II
14
Véase, por ejemplo, mi libro Open Society and its Enemies, cap. 15, sección III, y notas 13-14.
15
Las “observaciones clínicas”, como todas las observaciones, son interpretaciones a la luz de teorías
(ver más adelante, sección IV y sigs.); y sólo por esta razón parecen dar apoyo a las teorías a cuya luz se
las interpreta: Pero el verdadero apoyo sólo puede obtenerse de observaciones emprendidas como test
(“intentos de refutación”); y para este propósito es menester establecer de antemano criterios de
refutación: debe acordarse cuáles son las situaciones observables tales que, si se las observa realmente,
indican que la teoría está refutada. Pero ¿qué tipos de respuestas clínicas refutarían para el analista, no
solamente un diagnóstico analítico particular, sino el psicoanálisis mismo? ¿Y alguna vez han discutido o
acordado tales criterios los analistas? ¿Acaso no hay, por el contrario, toda una familia de conceptos
analíticos, como el de “ambivalencia” (no quiero sugerir con esto que no haya ambivalencia), que hacen
difícil, si no imposible, llegar a un acuerdo acerca de tales criterios? Además. ¿cuánto se ha avanzado en
el examen de la cuestión relativa a la medida en la cual las expectativas (c0nscientes o inconscientes) y
las teorías definidas por el analista influyen en las “respuestas clínicas” del paciente (para no hablar ya
de los intentos conscientes por influir en el paciente proponiéndoles interpretaciones, etc.)? Hace años
introduje el término “efecto edípico” para describir la influencia de una teoría, expectativa o predicción
sobre el suceso que predice o describe: se recordará que la cadena causal conducente al parricidio de Edipo
comenzó con la predicción de este suceso en el oráculo. Es un tema característico y recurrente de tales
mitos, pero no ha logrado atraer el interés de los analistas, lo cual no sea casual. (El problema de los
sueños confirmatorios sugeridos por el analista es discutido por Freud, por ejemplo, en Gesammelte
66
Schriften, III, 1925, donde dice en la pág. 314: “Si alguien afirma que la mayoría de los sueños utilizables
67
yo, el superyó y el ello, su derecho a pretender un status científico no es
substancialmente mayor que el de la colecció n de historias homéricas del Olimpo.
Estas teorías describen algunos hechos, pero a la manera de mitos. Contienen
sugerencias psicoló gicas sumamente interesantes, pero no en una forma testable.
Al mismo tiempo, comprendí que tales mitos son susceptibles de desarrollo y
pueden llegar a ser testables; que, en un sentido histó rico, todas -o casi todas- las
teorías científicas se originan en mitos; y que un mito puede contener importantes
anticipaciones de teorías científicas. Ejemplo de esto son la teoría de la evolució n
por ensayo y error, de Empédocles, o el mito de Parménides del universo compacto
e inmutable, en el que nada sucede nunca y que, si le agregamos otra dimensió n, se
convierte en el compacto universo de Einstein (en el cual tampoco sucede nada,
jamá s, puesto que, desde un punto de vista tetradimensional, todo está
determinado y establecido desde un comienzo). Creo, pues, que, si una teoría no es
científica, si es “metafísica” (como podríamos afirmar), esto no quiere decir, en
modo alguno que carezca de importancia, de valor, de “significado” o que “carezca
de sentido”.16 Pero a lo que no puede aspirar es a estar respaldada por elementos
de juicio empíricos, en el sentido científico, si bien, en un sentido genético, bien
puede ser el “resultado de la observació n”.
(Ha habido muchas otras teorías de este cará cter precientífico o
pseudocientífico, algunas de ellas, desgraciadamente, tan difundidas como la
interpretació n marxista de la historia; por ejemplo, la interpretació n racista de la
historia, otra de esas imponentes teorías que todo lo explican y que ejercen el
efecto de revelaciones sobre las mentes débiles.)
Por consiguiente, el problema que traté de resolver al proponer el criterio de
refutabilidad no fue un problema de sentido o de significado, ni un problema de
verdad o aceptabilidad, sino el de trazar una línea divisoria (en la medida en que
esto puede hacerse) entre los enunciados, o sistemas de enunciados, de las ciencias
empíricas y todos los otros enunciados, sean de cará cter religioso o metafísico, o
simplemente seudocientífico. Añ o má s tarde, probablemente en 1928 o 1929,
llamé a este primer problema el “problema de la demarcación”. El criterio de
refutabilidad es una solució n de este problema de la demarcació n, pues sostiene
que, para ser colocados en el rango de científicos, los enunciados o sistemas de
enunciados deben ser susceptibles de entrar en conflicto con observaciones
posibles o concebibles.
en un análisis… deben su origen a la sugestión (del analista), no puede hacerse ninguna objeción desde
el punto de vista de la teoría analítica.” Pero agrega, sorprendentemente: “Pero en este hecho no hay
nada que disminuya la confiabilidad de nuestros resultados.”)
16
El caso de la astrología, que es actualmente uan típica pseudo-ciencia, puede ayudar a ilustrar este
punto. Hasta la época de Newton fue atacada por los aristotélicos y otros racionalistas por una razón
equivocada: por su afirmación, ahora aceptada, de que los planetas ejercen “influencia” sobre los
sucesos terrestres (“sublunares”). De hecho, la teoría gravitacional de Newton, especialmente la teoría
lunar de las mareas, fue -hablando en términos históricos- un resultado del saber astrológico. Newton al
parecer, se resistía a adoptar una teoría que provenía del mismo establo, por ejemplo, que la teoría
según la cual las epidemias de “influenza” se deben a “influencia” astral. Y Galileo, sin duda por la misma
razón, rechazó la teoría lunar de las mareas. También sus recelos hacia Kepler pueden explicarse
68
fácilmente por sus recelos hacia la astrología.
69
3. Actividades
3.1 Retroalimentación
Argumento 1 Argumento 2
Psicoaná lisis
Psicología de
Adler
Marxismo
3.2 Autoevaluación
70
Primera Columna Segunda Columna
A. Observaciones emprendidas I. Que es posible medir.
como test
B. Método empírico. II. Es esencialmente inductivo y parte de
la observació n o
de la experimentació n.
C. Las seudociencias III. Intentos de refutació n.
IV. Puede explicar todo lo que sucede en
la ciencia.
V. Todo lo que ocurre en la realidad
confirma la teoría.
A. VFVV
B. FVVV
C. FFVV
D. FFVF
E. VVVV
71
4. La preocupación primaria que movió la filosofía de la ciencia de Popper
estuvo dirigida a diferenciar entre ciencia y pseudociencia. Dicha
preocupación, Popper la explicó con las siguientes consideraciones:
A. VVVF
B. FFFV
C. VVFF
D. VFFF
E. VVVV
72
I. Porque aplicó el criterio de la intuició n dudosa y percibía como má s
engañ osas las tres primeras y menos engañ osa la teoría de Einstein.
II. Tenía la sensació n simple y directa de que la física matemá tica era
siempre infalible con respecto a las de tipo socioló gico o psicoló gico que
eran falibles.
III. Porque las tres primeras ofrecían un poder explicativo absoluto de sus
campos de estudio, como si fuese una extraordinaria conversió n o
revelació n intelectual.
IV. Porque le preocupaba muchísimo que tuvieran un cuerpo de doctrina
presentable ante la comunidad científica, y la teoría de Einstein era la
má s famosa por su exactitud.
V. Porque la ciencia, si en algo se distingue de la pseudociencia, es por su
método empírico, que es esencialmente inductivo, pues parte de la
observació n y de la experimentació n.
A. I y III
B. II y IV
C. III y V
D. I y IV
E. II y V
73
8. De acuerdo a lo que Popper refiere sobre el marxismo, es correcto decir
que:
[Link] como verdaderos (V) los argumentos que Karl Popper presenta
como propios sobre la demarcación entre ciencia y metafísica.
A. VVFF
B. VFVF
C. FFVF
74
D. VFFF
75
E. VFFV
3.3 Recursos
A. Un inédito video en el que podemos apreciar al propio Sir Karl Raimund Popper
brindando una explicació n de las teorías científicas.
[Link]
RESPUESTAS POPPER:
1A – 2E – 3B- 4B – 5A – 6C – 7A – 8E – 9D – 10E
76