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Este libro fue moderado, traducido, y revisado por NaomiiMora,
con ayuda de Mais; diseñado por Evani del Foro Paradise
Summerland.
Sinopsis Capítulo 24
Capítulo 1 Capítulo 25
Capítulo 2 Capítulo 26
Capítulo 3 Capítulo 27
Capítulo 4 Capítulo 28
Capítulo 5 Capítulo 29
Capítulo 6 Capítulo 30
Capítulo 7 Capítulo 31
Capítulo 8 Capítulo 32
Capítulo 9 Capítulo 33
Capítulo 10 Capítulo 34
Capítulo 11 Capítulo 35
Capítulo 12 Capítulo 36
Capítulo 13 Capítulo 37
Capítulo 14 Capítulo 38
Capítulo 15 Capítulo 39
Capítulo 16 Capítulo 40
Capítulo 17 Siete meses después
Capítulo 18 Agradecimientos
Capítulo 19 Acerca de la autora
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
En una mansión junto al mar, doce hermanas están malditas.
nnaleigh vive una vida protegida en Highmoor, una mansión
junto al mar, con sus hermanas, su padre y su madrastra.
Una vez fueron doce, pero la soledad llena los grandes salones
ahora que cuatro de las vidas de las chicas han sido interrumpidas. Cada
muerte fue más trágica que la anterior —la peste, una caída en picada,
un ahogamiento, una caída resbaladiza—, y hay rumores en todas las
aldeas circundantes de que la familia está maldita por los dioses.
Perturbada por una serie de visiones fantasmales, Annaleigh
sospecha cada vez más que las muertes no fueron accidentes. Sus
hermanas han estado escabulléndose todas las noches para asistir a
bailes brillantes, bailando hasta el amanecer con vestidos de seda y
zapatillas relucientes, y Annaleigh no está segura si tratar de detenerlas
o unirse a sus intentos prohibidos. Porque, ¿con quién o con qué están
bailando realmente?
Cuando la participación de Annaleigh con un misterioso extraño que
tiene secretos propios se intensifica, se da una carrera para desentrañar
la oscuridad que ha caído sobre su familia, antes de que la reclame a ella.
House of Salt and Sorrows – Erin A. Craig
Con mucho cariño a mis abuelos Phoebe y Walter, que siempre
decían que escribiría un libro. Estoy tan feliz de que tuvieran
razón.
a luz de las velas se reflejó en el ancla de plata grabada en el
collar de mi hermana. Era una fea pieza de joyería y algo que
Eulalie nunca habría elegido para sí misma. Le encantaban los
simples hilos de oro, los extravagantes collares de diamantes. No... eso.
Papá debió de haberlo seleccionado para ella. Busqué a tientas mi propio
collar de perlas negras, queriendo ofrecerle algo más elegante, pero el
batallón de portadores del féretro cerró la tapa del ataúd antes de que
pudiera abrir el cierre.
—Nosotros, el Pueblo de la Sal, devolvemos este cuerpo al mar —
entonó el Gran Marinero mientras la caja de madera se deslizaba dentro
de la cripta de espera.
Intenté no notar el fragmento de líquenes que crecían dentro de la
boca abierta, que se abría para tragarla entera. Traté de no pensar en mi
hermana, que estaba viva, caliente y respirando días antes… ser puesta
a descansar. Traté de no imaginarme el delgado fondo del ataúd
engrosándose con la condensación y el agua salada antes de separarse y
derramar el cuerpo de Eulalie en las profundidades acuáticas bajo
nuestro mausoleo familiar.
Intenté, en cambio, llorar.
Sabía que se esperaría de mí, así como sabía que era poco probable
que las lágrimas llegaran. Lo harían más tarde, probablemente esta
noche cuando pasara por su dormitorio y viera las mortajas negras
cubriendo su pared de espejos. Eulalie había tenido tantos espejos.
Eulalie.
Había sido la más bonita de todas mis hermanas. Sus labios rosados
estaban siempre alzados en una sonrisa. Le encantaba un buen chiste,
sus brillantes ojos verdes siempre listos para un rápido guiño. Decenas
de pretendientes competían por su atención, incluso antes de convertirse
en la hija mayor de Thaumas, la que iba a heredar toda la fortuna de
papá.
—Nacimos de la Sal, vivimos de la Sal, y a la Sal volvemos —continuó
el Gran Marinero.
—A la Sal —repitieron los dolientes.
Cuando papá se adelantó para poner dos piezas de oro al pie de la
cripta —pago a Ponto por facilitar a mi hermana su regreso al Agua
Salada—, me atreví a barrer mis ojos alrededor del mausoleo. Estaba
lleno de invitados adornados con sus mejores lanas negras y crepas,
muchos de ellos una vez fueron pretendientes de Eulalie. Le habría
gustado ver a tantos jóvenes con el corazón roto lamentándose
abiertamente por ella.
—Annaleigh —susurró Camille, dándome un codazo.
—A la Sal —murmuré. Me puse un pañuelo en los ojos, fingiendo
lágrimas.
La aguda desaprobación de papá ardía en mi corazón. Sus propios
ojos estaban empapados y su orgullosa nariz estaba roja cuando el Gran
Marinero se adelantó con un cáliz forrado con concha de abulón y lleno
de agua de mar. Lo introdujo en la cripta y vertió el agua en el ataúd de
Eulalie, comenzando ceremoniosamente su descomposición. Una vez que
apagó las velas que flanqueaban la apertura de piedra, el servicio
terminó.
Papá se volvió hacia la masa reunida, un gran mechón blanco
atravesaba su pelo oscuro. ¿Estaba allí ayer?
—Gracias por venir a recordar a mi hija Eulalie. —Su voz,
normalmente tan grande y audaz, acostumbrada a dirigirse a los señores
en la corte, crujía de incertidumbre—. Mi familia y yo los invitamos a
unirse a nosotros en Highmoor para celebrar su vida. Habrá comida y
bebida y... — Se aclaró la garganta, sonando más como un oficinista
tartamudo que el decimonoveno Duque de las Islas Salann—. Sé lo
mucho que habría significado para Eulalie tenerlos allí.
Asintió con la cabeza una vez, y el discurso terminó, con la cara en
blanco. Anhelaba tenderle la mano para aliviar su dolor, pero Morella, mi
madrastra, ya estaba a su lado, con su mano apretada alrededor de la
suya. Se habían casado unos meses antes y aún debían estar en los días
embriagadores y felices de su vida en común.
Este era el primer viaje de Morella al mausoleo de Thaumas. ¿Se
sentía incómoda bajo el escrutinio vigilante de la estatua conmemorativa
de mi madre? El escultor usó el retrato nupcial de mamá como referencia,
transmitiendo el resplandor juvenil en el fresco mármol gris. Aunque su
cuerpo regresó al mar hace muchos años, todavía visitaba su santuario
casi todas las semanas, contándole mis días y fingiendo que me
escuchaba.
La estatua de mamá sobresalía por encima de todo lo demás en el
mausoleo, incluyendo los altares de mis hermanas. El de Ava estaba
bordeado de rosas, su flor favorita. Crecían gordas y rosadas en los meses
de verano, como las pústulas de la peste que se llevaron su vida con sólo
dieciocho años.
Octavia siguió un año después. Su cuerpo fue descubierto en el fondo
de una alta escalera de biblioteca, sus miembros enredados en un
montón de ángulos antinaturales. Un libro abierto adornaba su lugar de
descanso, junto con una cita grabada en Vaipanés, que nunca aprendí a
leer.
Con tanta tragedia comprimida en nuestra familia, parecía inevitable
cuando Elizabeth murió. Fue encontrada flotando en la bañera como un
trozo de madera a la deriva en el mar, ahogada y blanqueada de todo
color. Los rumores corrían de Highmoor a las aldeas de las islas vecinas,
susurrados por las criadas de la cocina a los chicos del establo, pasaban
de los pescaderos a sus esposas, que los difundían como advertencias a
los niños pícaros. Algunos decían que fue suicidio. Incluso más creían
que estábamos malditos.
La estatua de Elizabeth era un pájaro. Se suponía que era una
paloma, pero sus proporciones estaban mal y parecía más bien una
gaviota. Un tributo adecuado para Elizabeth, que siempre quiso volar.
¿Cuál sería el de Eulalie?
Una vez fuimos doce: las Doce de Thaumas. Ahora estábamos en una
pequeña fila, mis siete hermanas y yo, y no pude evitar preguntarme si
había algo de cierto en las sombrías especulaciones. ¿Habíamos enojado
de alguna manera a los dioses? ¿Había una oscuridad marcada en
nuestra familia, sacándonos una por una? ¿O era simplemente una serie
de terribles y desafortunadas coincidencias?
Después del servicio, la multitud se separó y comenzó a revolotear a
nuestro alrededor. Mientras susurraban sus condolencias, noté que los
invitados tenían cuidado de no acercarse demasiado. ¿Era por respeto a
nuestro estado, o les preocupaba que algo se pudiera contagiar? Quise
atribuirlo a una superstición tonta, pero cuando una tía lejana se acercó
a mí, una fina sonrisa en sus delgados labios, la misma pregunta
parpadeó en sus ojos, justo debajo de la superficie, imposible de pasar
por alto:
¿Cuál de nosotras sería la siguiente?
e quedé en el mausoleo cuando todos se fueron al velorio,
queriendo despedirme de Eulalie por mi cuenta, libre de
miradas indiscretas. Prestados sus servicios, el Gran
Marinero recogió su cáliz y sus candelabros, su agua salada y las dos
monedas de mi padre. Antes de emprender el pequeño camino hacia la
costa y volver a su ermita en el punto más septentrional de la Isla de
Selkirk, se detuvo delante de mí. Había visto a los sirvientes sellar la
entrada de la tumba, apilando ladrillos cubiertos con mortero arenoso
sobre la cripta y oscureciendo el torbellino de remolinos debajo de
nosotros.
El Gran Marinero levantó su mano en lo que parecía ser una
bendición. Pero de alguna manera la curva de sus dedos era rara, más
como un gesto de protección.
Para él mismo.
Contra mí.
Sin la presión de la gente en la cripta, el aire se sentía más frío,
asentándose sobre mí como un segundo manto. El incienso dulce y
enfermizo aún bailaba por la habitación, pero no podía bloquear el sabor
de la sal. No importaba en qué parte de la isla estuvieras, siempre podías
saborear el mar.
Los trabajadores gruñían mientras levantaban el último ladrillo en su
lugar, silenciando el agua por completo.
Entonces me quedé sola.
La cripta no era realmente nada más que una cueva, pero por una
característica única: un amplio río corría por debajo, llevando agua dulce
—y los cuerpos de los Thaumases fallecidos—, hacia el mar. Cada
generación había añadido sus propios trozos a ella, moldeando la piedra
alrededor del sitio de entierro o pintando el techo con un elaborado mural
del cielo nocturno. Cada niño en Thaumas aprendía a leer su camino a
través de las constelaciones antes de abrir un libro de cartas. Mi
tatarabuelo empezó a añadir los altares.
Durante el funeral de Elizabeth —un asunto aún más sombrío que el
de Eulalie, con el castigo del Gran Marinero por suicidio—, conté las
placas y estatuas que salpicaban la caverna para pasar el tiempo.
¿Cuánto tiempo pasaría antes de que los altares invadieran
completamente este espacio sagrado, sin dejar lugar para los vivos?
Cuando muriera, no me gustaría que ningún monumento me recordara.
¿Descansó mejor la tía abuela Clarette en su sueño eterno sabiendo que
su busto sería contemplado por generaciones de Thaumases?
No, gracias. Sólo empújame al mar y devuélveme a la Sal.
—Había tantos jóvenes aquí hoy —dije, arrodillándose ante la
húmeda mampostería.
Honestamente, era una maravilla que se molestaran en tapiarlo todo.
¿Cuánto tiempo pasaría hasta que estas piedras se abrieran para que
otra de mis hermanas se meta dentro?
—Sebastian y Stephan, los hermanos Fitzgerald... Henry. El capataz
de Vasa. Y Edgar también.
Me pareció antinatural tener una conversación tan desequilibrada
con Eulalie. Normalmente dominaba todo de lo que formaba parte. Sus
historias, extravagantes y llenas de ingenio hiperbólico, cautivaban a
todo el público.
—Creo que, de todos los dolientes aquí presentes, sus lágrimas fueron
las más grandes. ¿Estabas saliendo a escondidas para conocer a uno de
ellos esa noche?
Me detuve, imaginando a Eulalie en el paseo del acantilado, en un
ondulante camisón de encaje y cintas, su piel blanca como la azucena
empapada de azul por la luna llena. Se habría asegurado de estar
especialmente guapa para una cita secreta con un pretendiente.
Cuando los pescadores encontraron su cuerpo aplastado en las rocas,
la confundieron con un delfín varado. Si realmente había una vida
después de la muerte, esperaba que Eulalie nunca lo supiera. Su vanidad
nunca se recuperaría.
—¿Te tropezaste y caíste? —Mis palabras resonaron en la tumba—.
¿Te empujaron?
La pregunta surgió de mí antes de que pudiera detenerme a
reflexionar. Sabía sin ninguna duda cómo habían muerto mis otras
hermanas: Ava estaba enferma, Octavia era notoriamente propensa a los
accidentes, incluso Elizabeth... Respirando brevemente, metí los dedos
en la gruesa y áspera lana negra de mi falda. Había estado tan abatida
después de Octavia. Todas habíamos sentido las pérdidas, pero no tan
intensamente como Elizabeth.
Pero nadie estaba allí cuando Eulalie murió. Nadie vio que sucediera.
Sólo las brutales consecuencias.
Una gota de agua golpeó mi nariz y otra cayó en mi mejilla mientras
riachuelos entraron en la cripta. Seguro estaba empezando a llover.
Incluso el cielo lloró por Eulalie hoy.
—Te echaré de menos.
Me mordí el labio inferior. Las lágrimas vinieron ahora, pinchándome
los ojos hasta que cayeron libremente. Dibujé una E en las piedras,
queriendo decir mucho más, para sacar mi pena, mi impotencia y mi
rabia. Pero eso no la traería de vuelta.
—Yo... te amo, Eulalie. —Mi voz no era más que un susurro mientras
huía de la caverna oscura.
Afuera, la tormenta se desató, agitando las olas en espumosos gorros
blancos. La cueva estaba al otro lado de la Punta, una península en
Salten, que sobresalía en el mar. Estaba al menos a una milla de la casa,
y nadie había pensado en dejarme un carruaje. Dejé a un lado mi velo
negro y empecé a caminar.
—¿No te olvidas de algo? —preguntó nuestra criada, Hanna, antes de
que bajara a unirme al velorio.
Me detuve, sintiendo el peso de los ojos maternales de la anciana en
mi espalda. Tuve que cambiarme inmediatamente de ropa una vez que
regresé. La tormenta me había empapado, y maldición o no, no planeaba
morir de un resfriado.
Hanna me ofreció una larga cinta negra con una mirada de
expectación. Suspirando, dejé que me rodeara la muñeca con la fina
cinta, como lo había hecho muchas veces antes. Cuando la muerte
visitaba una casa, usabas una cinta negra para evitar que siguiera a tu
ser querido. Nuestra suerte parecía tan mala, que los sirvientes incluso
se dedicaban a atar los trozos de seda alrededor de los cuellos de nuestros
gatos, caballos y pollos.
Terminó el nudo con un moño que habría sido bonito en cualquier
otro color. Todo mi guardarropa no era más que un traje de luto, cada
vestido era de un tono más oscuro que el anterior. No había llevado nada
más ligero que carbón en los seis años desde que Mamá murió.
Hanna había elegido una baratija de satén, no la tela de lana que
picaba del funeral de Elizabeth. Nos dejó ronchas en las muñecas que
nos picaron durante días.
Me ajusté el puño de la manga.
—Prefiero quedarme aquí arriba contigo, la verdad sea dicha. Nunca
sé lo que debo decir en estas cosas.
Hanna me dio una palmadita en la mejilla.
—Cuanto antes llegues, antes terminará todo. —Me sonrió con sus
cálidos ojos marrones—. ¿Me aseguraré de tener una taza de té de canela
esperándote antes de dormir?
—Gracias, Hanna —dije, apretando su hombro antes de salir por la
puerta.
Cuando entré en el Salón Azul, Morella se dirigió hacia mí:
—¿Te sientas conmigo? En realidad, no conozco a nadie aquí —
admitió, tirando de mí hacia un sofá cerca de las altas y gruesas ventanas
de cristal. Aunque salpicadas con brisa de gotas de lluvia, ofrecían una
vista espectacular de los acantilados. Me pareció mal tener el velorio en
esta habitación, mostrando el mismo lugar donde cayó Eulalie.
Quería estar con mis hermanas, pero los ojos de Morella eran tan
grandes y suplicantes. En momentos así, era difícil olvidar que estaba
mucho más cerca de mi edad que de la de Papá.
Nadie se sorprendió cuando tomó una nueva novia. Mamá se había
ido por tanto tiempo, y todos sabíamos que él esperaba tener un hijo
eventualmente. Conoció a Morella mientras estaba en Suseally, en el
continente. Papá regresó del viaje con ella en su brazo, completamente
enamorado.
Honor, Mercy y Verity —las Gracias, como las llamábamos
colectivamente—, todas tan jóvenes cuando mamá falleció, estaban
encantadas de tener esta nueva figura materna en sus vidas. Había sido
institutriz y se ocupó de las niñas inmediatamente. Las trillizas, Rosalie,
Ligeia y Lenore, y yo nos alegramos por papá, pero Camille se ponía rígida
cuando alguien asumía que Morella era una de las Doce de Thaumas.
Miré al otro lado de la habitación el gran cuadro que dominaba una
pared. Representaba un barco siendo arrastrado al abismo azul por un
kraken, ojos gigantescos agrandados en furia. La Sala Azul contenía
muchos tesoros del mar: una familia de erizos espinosos en un estante,
un ancla incrustada de percebes en un zócalo en la esquina, y
especímenes de la colección de conchas de las Gracias en cualquier
superficie lo suficientemente alta como para que pudieran alcanzarlas.
—¿Son los velorios siempre así? —preguntó Morella, extendiendo sus
faldas sobre los cojines de terciopelo de la marina—. ¿Tan serios y
adustos?
No pude evitar mi mirada aturdida cuando dije:
—Bueno, era un funeral.
Se puso un mechón de pelo rubio pálido detrás de la oreja, sonriendo
nerviosamente.
—Por supuesto, sólo quería decir... ¿por qué el agua? No entiendo por
qué no la entierran, como hacen en el continente.
Le di un vistazo a Papá. Él querría que fuera amable, que le explicara
nuestras costumbres. Intenté dejar que un hilo de compasión entrara en
mi corazón por ella.
—El Gran Marinero dice que Pontus creó nuestras islas y la gente de
ellas. Sacó la sal de las mareas del océano para tener fuerza. En eso se
mezcló la astucia de un tiburón toro y la belleza de la medusa lunar.
Añadió la fidelidad del caballito de mar y la curiosidad de una marsopa.
Cuando su creación fue moldeada, sólo dos brazos, dos piernas, una
cabeza y un corazón, Pontus le insufló algo de su propia vida,
convirtiéndose en la primera Persona de la Sal. Así que cuando morimos,
no podemos ser enterrados en la tierra. Nos deslizamos de nuevo al agua
y estamos en casa.
La explicación pareció complacerla.
—Verás, algo así en el funeral habría sido encantador. Había tanto
énfasis en... la muerte.
Le ofrecí una sonrisa.
—Bueno... esta fue tu primera. Te acostumbras a ellas.
Morella extendió la mano, poniendo su mano sobre la mía, su
pequeño rostro serio.
—Odio que hayas pasado por tantas de estas. Eres demasiado joven
para haber sentido tanto dolor y pena.
La lluvia caía con más fuerza, cubriendo Highmoor de grises
confusos. Grandes rocas en el fondo de los acantilados fueron arrojadas
por el mar furioso como canicas en el bolsillo de un niño pequeño, sus
choques haciendo estallar las rocas escarpadas y rivalizaron con el
trueno.
—¿Qué pasa ahora?
Pestañeé, atrayendo mi atención hacia ella.
—¿Qué quieres decir?
Se mordió el labio, tropezando con las palabras desconocidas:
—Ahora que ella... ha vuelto a la Sal... ¿qué se supone que debemos
hacer?
—Eso fue todo. Nos hemos despedido. Después de este velorio, todo
ha terminado.
Sus dedos juguetearon con una inquieta frustración.
—Pero no es así. No es verdad. ¿Tu padre dijo que tenemos que vestir
de negro las próximas semanas?
—Meses, en realidad. Nos vestimos de negro durante seis, y luego de
gris oscuro durante otros seis después de eso.
—¿Un año? —jadeó—. ¿Realmente debo usar esta ropa tan adusta
durante todo un año? —La gente cerca del sofá giró la cabeza hacia
nosotras, habiendo escuchado su arrebato. Tuvo la decencia de
sonrojarse de vergüenza—. Lo que quiero decir es... Ortun acaba de
comprar mi ajuar de novia. No tiene nada de negro. —Había tomado
prestado uno de los vestidos de Camille para hoy, pero no le quedaba
bien. Alisó el borde del corpiño—. No se trata sólo de la ropa. ¿Qué hay
de ti y Camille? Ambas deberían salir a la sociedad, conocer a jóvenes,
enamorarse.
Incliné la cabeza, preguntándome si hablaba en serio.
—Mi hermana acaba de morir. No tengo ganas de bailar.
Un trueno nos hizo saltar. Morella me apretó la mano, devolviéndome
la mirada a la suya.
—Perdóname, Annaleigh, no estoy diciendo nada correcto hoy. Quise
decir... después de tanta tragedia, esta familia debería ser feliz de nuevo.
Ya has llorado lo suficiente para toda una vida. ¿Por qué continuar
cubriéndote de dolor? Mercy, Honor, y la querida pequeña Verity deberían
jugar con muñecas en el jardín, no aceptando condolencias y teniendo
pequeñas charlas ociosas. Y Rosalie y Ligeia, Lenore también, míralas.
Las trillizas encaramadas en un sofá sólo lo suficientemente grande
para dos. Sus brazos se enlazaban el uno al otro, sosteniéndose como
una araña gorda mientras sollozaban dentro de sus velos. Nadie se
atrevía a acercarse a una pena tan concentrada.
—Me rompe el corazón ver a todas así.
Deslicé mi mano para liberarla de la suya.
—Pero esto es lo que se hace cuando alguien muere. No puedes
cambiar las tradiciones sólo porque no te gusten.
—Pero, ¿y si hubiera un motivo de alegría? ¿Algo que debería ser
celebrado, no escondido? ¿No deberían triunfar las buenas noticias?
Un sirviente se acercó, ofreciendo vasos de vino. Tomé uno, pero
Morella lo despidió con un hábil movimiento de cabeza. Rápidamente se
había establecido en su papel de señora de Highmoor.
—Supongo que sí. —Dudé. Otro trueno retumbó en el aire—. Pero no
parece haber mucho que celebrar hoy.
—Creo que sí lo hay. —Inclinándose, Morella bajó su voz a un susurro
conspirativo—. Una nueva vida. —Discretamente puso una mano
protectora sobre su estómago.
Me tragué mi sorbo de vino, casi me ahogo por la sorpresa.
—¿Estás embarazada? —Sonrió—. ¿Lo sabe Papá?
—Todavía no. Estaba a punto de decírselo, pero nos interrumpieron
esos pescadores, con Eulalie.
—Estará muy contento. ¿Sabes de cuánto tiempo estás?
—Tres meses, creo. —Se pasó los dedos por el pelo—. ¿De verdad
crees que Ortun se alegrará? Haría cualquier cosa para verlo sonreír de
nuevo.
Miré a Papá, rodeado de amigos, pero demasiado perdido en los
recuerdos de Eulalie para responder a su conversación. Asentí con la
cabeza.
—Estoy segura de ello.
Respiró hondo.
—Entonces una noticia tan feliz no debería guardarse, ¿verdad?
Morella cruzó al piano de cola en el centro de la habitación antes de
que pudiera responder. Tomando una campana de la tapa, la tocó,
silenciando efectivamente la habitación.
Mi boca se secó cuando me di cuenta de lo que estaba a punto de
hacer.
—¿Ortun? —preguntó, sacudiéndolo de sus pensamientos. Su voz era
alta y aguda, como el tañido de la campana en su mano.
Era la campana de mi madre. Camille y yo la encontramos hace años
mientras jugábamos a disfrazarnos en el ático. Nos había encantado su
tono plateado y se la llevamos a mamá cuando se debilitó y no se le oyó
en toda la casa. Cada vez que la oía sonar, los recuerdos de su último
embarazo volvían a mí con la fuerza de una ola de frío que se estrellaba
en mi pecho.
Cuando estuvo a su lado, Morella continuó:
—Ortun y yo queremos agradecerles a todos ustedes por haber
venido. Los últimos días han sido una noche de oscuridad interminable,
pero su presencia aquí ahora es como los primeros zarcillos cálidos de
un hermoso amanecer elevándose por el cielo.
Sus palabras, aunque obviamente elegidas con cuidado, fluyeron
fácilmente de ella. Mis ojos se entrecerraron. Había practicado esto de
antemano.
—Sus recuerdos de la querida y hermosa Eulalie pintan nuestros
corazones con alegría, levantándolos de la penumbra. Y estamos felices,
felices incluso, porque en esta nueva y audaz mañana, un nuevo capítulo
amanece en la Casa de Thaumas.
Camille, que había estado conversando con un tío al otro lado de la
habitación, me miró con inquietud. Incluso las trillizas rompieron su
estrecho vínculo; Lenore estaba de pie junto al sillón, con sus dedos
clavados en el brazo del cojín.
Morella tomó la mano de papá y apoyó la otra en su estómago plano,
haciendo una amplia sonrisa mientras disfrutaba de la atención.
—Y así como la noche es ahuyentada por el resplandor de la mañana,
también las sombras de la pena serán apartadas por la llegada de nuestro
hijo.
sa mujer! —escupió Hanna mientras terminaba de
desabrochar los pequeños botones que corrían por la parte
—¡ de atrás de mi vestido. Me ayudó a salir del vestido antes de
echar hacia atrás su cabello blanco y negro con un resoplido—. Usando
lo que se suponía que era el día de Eulalie para anunciar tan
sorprendentes noticias. ¡Qué descaro!
Camille se arrojó hacia atrás en mi cama, junto a Ligeia, arrugando
la cubierta bordada.
—¡No la soporto! —Cambió su voz en una burla aguda de Morella—.
Y al igual que el dios de la luz, Vaipany, con su sol, mi hijo será un
brillante y soleado rayo de sol, como el sol, mi hijo. —Camille enterró su
resoplido en una almohada.
—Podría haber elegido su momento con más cuidado —admitió
Rosalie, apoyada en un poste de la cama, girando el extremo de su trenza
rojiza. Las trillizas, idénticas en todos los sentidos, tenían un tono de pelo
castaño que envidiaba, completamente diferente del resto de nosotras.
De todas mis hermanas, Eulalie era la más hermosa, su pelo casi rubio,
pero no del todo. El mío era más oscuro, del mismo tono que la arena
negra de Salann, única en las playas de la cadena de islas.
Solté las ligas alrededor de mis muslos con un bajo murmullo de
acuerdo. Aunque me alegraba por ella y por papá, la noticia debería haber
sido anunciada más tarde. Bajando las medias oscuras y monótonas por
mis piernas, me pregunté de qué estaba lleno el ajuar de Morella. ¿Lo
había forrado papá con medias de seda blanca y cintas y encajes,
pensando que una nueva esposa pondría fin a su mala suerte? Me puse
un camisón de gasa negro sobre mi cabeza, pensando en camisetas de
satén y batas de color de joyas.
—¿Qué significa para nosotros si es un hijo? —preguntó Lenore desde
el asiento de la ventana—. ¿Se convertirá en heredero?
Camille se sentó. Su cara estaba hinchada de tanto llorar, pero sus
ojos de ámbar estaban afilados y malhumorados.
—Yo lo heredo todo. Luego Annaleigh, cuando la maldición me
reclame.
—Nadie está siendo reclamado —espeté—. Eso es un montón de
tonterías.
—Madame Morella no lo cree —dijo Hanna, estirándose de puntillas
para colgar mi vestido en el armario. La fila de sus compañeros de
idéntico color me deprimió.
—¿Que estamos malditas? —preguntó Rosalie.
—Que ustedes heredarán primero. La oí hablando con su tía Lysbette,
parloteando sobre cómo en su estómago está el próximo duque.
Camille puso los ojos en blanco.
—Tal vez así es como se manejan las cosas en el continente, pero no
aquí. Me encantaría ver su cara cuando Papá la corrija.
Hundiéndome en el sillón, me eché una manta gruesa sobre los
hombros. Nunca me había calentado del todo después de mi paseo bajo
la lluvia, y el anuncio de Morella me había dado un escalofrío adicional
en el corazón.
Ligeia arrojó una almohada de un lado a otro.
—¿Así que tu marido se convertiría en el vigésimo Duque de Salann?
—Si quisiera —respondió Camille—. O podría ser duquesa por
derecho propio y dejarlo continuar como consorte. Seguramente Berta te
enseñó todo esto hace años.
Ligeia se encogió de hombros.
—Trato de no recordar nada de lo que dicen las institutrices. Son
todas tan lúgubres. Además, fui la octava hija. Apenas esperaba heredar
nada.
Como sexta hija, ciertamente entendía cómo se sentía. Nacida en el
medio, ahora era la segunda en la línea. La noche después de la muerte
de Eulalie, no pude dormir, sintiendo el peso de las nuevas
responsabilidades presionando mi pecho. El escudo de Thaumas, un
pulpo de plata con brazos agitados, agarrando un tridente, un cetro y
una pluma, salpicaba la arquitectura de todas las habitaciones de
Highmoor. El que estaba frente a mi cama miraba hacia abajo con una
importancia que nunca había notado antes. ¿Y si algo le pasara a Camille
y de repente todo recayera sobre mí? Deseaba haber pasado más tiempo
en mis lecciones de historia y menos en el piano.
Camille me enseñó a tocar. Estábamos escalonadas, la más cercana
en edad de todas las hermanas, excepto las trillizas. Nací diez meses
después que ella, y crecimos como mejores amigas. Cualquier cosa que
hiciera, estaba ansiosa por seguirla después. Cuando cumplió seis años,
mamá le dio lecciones sobre el viejo piano de pared en su salón. Camille
era una alumna muy capaz y me enseñó todo lo que aprendió. Mamá nos
dio versiones a cuatro manos de todas sus canciones favoritas, y pronto
nos consideró competentes para el piano de cola del Salón Azul.
La casa siempre estaba llena de música y risas mientras mis
hermanas daban vueltas por la casa, bailando las canciones que
tocábamos. Pasé muchas tardes en ese banco acolchado, cerca de
Camille, mientras nuestras manos viajaban arriba y abajo por las teclas
de marfil. Todavía prefiero tocar un dúo con ella que el más perfecto solo.
Sin Camille a mi lado, la música se sentía demasiado débil a medias.
—¿Señorita Annaleigh?
Sacada de mi ensueño, miré hacia arriba para ver los ojos de Hanna
sobre mí, las cejas levantadas.
—¿Dijo de cuánto tiempo está?
—¿Morella? Piensa que tres meses, tal vez un poco más.
—¿Más? —Camille sonrió con suficiencia—. Sólo llevan casados
cuatro.
Lenore dejó la ventana y se unió a mí en el sillón.
—¿Por qué te molesta tanto, Camille? Me alegro de que esté aquí. A
las Gracias les encanta tener una madre de nuevo.
—No es su madre. O la nuestra. Ni siquiera se acerca.
—Lo está intentando —coincidió Lenore—. Preguntó si podía ayudar
a planear nuestro baile. Podemos usarla como nuestro debut, ya que no
podemos ir a la corte durante el luto.
—Tampoco puedes lanzar una pelota —recordó Camille.
—¡Pero es nuestro decimosexto cumpleaños! —Rosalie se irguió, un
puchero enmarcando su rostro—. ¿Por qué todo lo divertido tiene que ser
puesto en espera durante todo un año? Estoy cansada de estar de luto.
—Y estoy segura de que tus hermanas están cansadas de estar
muertas, ¡pero así es como es! —explotó Camille, levantándose de la
cama. Dio un portazo detrás de ella antes de que cualquiera de nosotras
pudiera detenerla.
Rosalie parpadeó.
—¿Qué le pasa?
Me mordí el labio, sintiendo que debía ir tras ella, pero demasiado
cansada para cualquier pelea que pudiera surgir.
—Echa de menos a Eulalie.
—Todas la echamos de menos —señaló Rosalie.
Un manto de silencio descendió sobre nosotras mientras nuestros
pensamientos volvían a Eulalie. Hanna recorrió la habitación,
encendiendo cirios antes de bajar las lámparas de gas hasta que se
apagaron. Los candelabros proyectaban sombras vacilantes en los
rincones de la habitación.
Lenore robó parte de mi manta y se metió debajo de esta.
—¿Crees que sería tan malo seguir el plan de Morella? ¿Tener un
baile? Sólo cumplimos dieciséis años una vez.... No podemos evitar que
todo el mundo siga muriendo.
—No creo que esté mal querer celebrarlo, pero piensa en cómo se
siente Camille. Ninguna de nosotras debutó. Elizabeth y Eulalie tampoco.
—¡Así que celébralo con nosotras! —ofreció Rosalie—. Podría ser una
gran fiesta para mostrar a todos que las chicas de Thaumas no están
malditas y que todo está bien.
—Y no cumpliremos dieciséis años hasta dentro de tres semanas.
Podríamos estar de luto hasta entonces y sólo... parar —razonó Ligeia.
—No sé por qué estás tratando de convencerme. Papá es el que tendrá
que aprobarlo.
—Él dirá que sí si Morella le pregunta. —Rosalie sonrió
astutamente—. En la cama.
Las trillizas cayeron en arrebatos de risa. Hubo un golpe en mi puerta
y todas nos callamos, seguras de que era Papá que venía a castigarnos
por hacer tanto ruido. Pero era Verity, de pie en medio del pasillo,
ahogándose en un camisón oscuro dos tallas más grandes que ella. Su
cabello estaba despeinado, y brillantes huellas de lágrimas corrían por
su cara.
—¿Verity?
No dijo nada, pero extendió sus brazos, rogando que la levantaran.
La alcé para abrazarla, oliendo el dulce calor de la infancia. Aunque
estaba sudada por el sueño, piel de gallina corría en sus brazos y se
acurrucó en mi cuello, buscando consuelo.
—¿Qué pasa, pequeña? —Froté círculos tranquilizantes sobre su
espalda, su pelo tan suave como un petirrojo bebé contra mi mejilla.
—¿Puedo quedarme aquí esta noche? Eulalie está siendo mala
conmigo.
Las trillizas intercambiaron miradas de preocupación.
—Puedes, por supuesto, pero ¿recuerdas lo que hablamos antes del
funeral? Sabes que Eulalie ya no está aquí. Está con mamá y Elizabeth
ahora, en el Agua Salada.
Sentí su asentimiento.
—Pero sigue quitándome las sábanas. —Sus delgados brazos
rodearon mi cuello, agarrándose a mí más fuerte que una estrella de mar
en la marea alta.
—Lenore, revisa a Mercy y a Honor, ¿quieres?
Besó la parte superior de la cabeza de Verity antes de irse.
—Apuesto a que sólo se burlaban de ti. Sólo un juego.
—No es uno muy agradable.
—No —acepté y la llevé a la cama—. Puedes quedarte esta noche.
Estás a salvo aquí. Vuelve a dormir.
Verity lloriqueó una vez, pero cerró los ojos y se acomodó en la ropa
de cama.
—Nosotras también deberíamos irnos —susurró Rosalie,
deslizándose de la cama—. Papá nos visitará pronto.
—¿Las acompaño al segundo piso? —ofreció Hanna, sosteniendo un
par de velas para Rosalie y Ligeia.
Rosalie sacudió la cabeza, pero aceptó un abrazo y la luz antes de
salir de la habitación.
—Piensa en lo que dijimos —agregó Ligeia, besando mi mejilla—.
Terminar el luto sería bueno para todas nosotras. —Le dio un abrazo a
Hanna de buenas noches y se escabulló por el pasillo.
Las trillizas se negaban a tener sus propias habitaciones, diciendo
que dormían mejor juntas.
La atención de Hanna se dirigió a mí:
—¿Se irá a la cama también, entonces, señorita Annaleigh?
Eché una mirada a Verity, acurrucada en lo profundo de mis
almohadas.
—Todavía no. Mi mente se siente demasiado llena para dormir.
Cruzó a una mesa lateral, y yo volví al sillón, doblando y desplegando
la manta en mi regazo. Hanna regresó con tazas de té de canela y se sentó
a mi lado. Algo en sus movimientos me transportó seis años atrás, a la
noche del funeral de mamá.
Hanna se había sentado exactamente donde estaba ahora, pero yo
estaba en el suelo, con la cabeza enterrada en su regazo mientras
consolaba a todas mis hermanas. Camille estaba a mi lado, con los ojos
rojos e hinchados. Elizabeth y Eulalie se arrodillaban cerca de nosotras,
empujando a las trillizas en un sollozante abrazo. Ava y Octavia
monopolizaban a Hanna, cada una sosteniendo una Gracia dormida. La
única que faltaba era Verity, con sólo unos días de edad y con su nodriza.
Ninguna de nosotras quería estar sola esa noche.
—Fue un funeral encantador —dijo Hanna ahora, girando su cuchara
y trayéndome de vuelta al presente—. Tantos jóvenes. Tantas lágrimas.
Estoy segura de que Eulalie debe estar contenta.
Tomé un sorbo superficial, dejando que las especias se quedaran en
mi lengua antes de concordar.
—Has estado muy callada esta noche —me dijo cuando el silencio se
hizo demasiado largo.
—No dejo de pensar en lo extraño que ha sido este día. Lo extraño
que ha sido todo desde que... la encontraron. —Mi boca tropezó con las
palabras, como si la idea detrás de ellas fuera una forma demasiado difícil
de manejar como para romper en frases limpias—. Algo se siente mal en
su muerte, ¿no es así?
Hanna me estaba observando.
—Siempre se siente mal cuando una persona joven muere,
especialmente alguien como Eulalie, tan llena de belleza y promesa.
—Pero es más que eso. Pude entender por qué murieron las otras.
Cada muerte fue horrible y triste, pero había una razón para ello. Pero
Eulalie... ¿qué estaba haciendo ahí fuera? ¿Sola y en la oscuridad?
—Tú y yo sabemos que no estaba destinada a estar sola por mucho
tiempo.
Recordé todas esas caras llenas de lágrimas.
—Pero, ¿por qué se encontraría con alguien allí? Ni siquiera le
gustaba ir a los acantilados a plena luz del día. Las alturas la asustaban.
No tiene ningún sentido para mí.
Hanna chasqueó su lengua, dejando a un lado su taza antes de
abrazarme. Capté sólo un rastro de su jabón y luego de la leche y la miel.
Hanna era demasiado práctica para los perfumes o los aceites de baño,
pero su cálido y sencillo aroma me reconfortaba. Lo inhalé mientras mi
cabeza se apoyaba en su hombro.
Ahora era más suave, más generosa, y la piel que se asomaba por el
escote de su camisa estaba alineada y era muy fina. Había sido la niñera
de Highmoor desde que Ava nació, siempre allí para ayudar a sanar las
rodillas despellejadas y calmar los egos magullados. Su propio hijo,
Fisher, era tres años mayor que yo y creció con nosotros. Hanna nos puso
nuestros primeros corsés y nos ayudó a sujetar el pelo, secando las
lágrimas cuando los rizos sin forma se negaban a cooperar. No hubo
ninguna parte de nuestra infancia que ella se perdiera, siempre cerca
para un cálido abrazo o un beso de buenas noches.
—¿Le destapaste la cama por ella esa noche? —pregunté,
sentándome. Hanna habría sido una de las últimas personas en ver a
Eulalie—. ¿Algo se veía raro?
Sacudió la cabeza.
—No que recuerde. Pero no estuve mucho tiempo con ella. Mercy tenía
dolor de estómago. Vino pidiendo un té de menta.
—¿Qué hay de... después? Ayudaste con... su cuerpo, ¿no?
—Por supuesto. Me he encargado de todas tus hermanas. Y de tu
madre.
—¿Cómo se veía ella?
Hanna tragó profundamente e hizo una señal de protección en su
pecho.
—No se debe hablar de esas cosas.
Fruncí el ceño.
—Sé que debe haber sido... debe haber sido terrible, pero ¿había
algo... fuera de lugar?
Sus ojos se entrecerraron escépticamente.
—Cayó en picado más de cien pies, aterrizando en las rocas. Había
bastantes cosas fuera de lugar.
—Lo siento —dije, colapsando. Anhelaba preguntarle si alguien más
había ayudado a preparar el cuerpo para su regreso a la Sal, pero Hanna
ya había terminado de hablar de eso.
—Estás cansada, amor —dijo—. ¿Por qué no te metes en la cama y
ves cómo te sientes por la mañana? —Me besó la parte superior de la
cabeza antes de irse. La puerta se cerró silenciosamente detrás de ella.
Después de comprobar que Verity se había vuelto a dormir, crucé a
la ventana, atraída por una extraña inquietud. Mi habitación daba a los
jardines del lado sur de la casa, tres pisos más abajo. Una amplia fuente,
que mostraba un barco cortador de mármol, estaba en el centro del
césped, justo al lado de un laberinto de setos decorativos.
Verity se revolvió, murmurando incoherencias soñolientas. Había
recorrido la mitad de las pesadas cortinas cuando un parpadeo de luz me
llamó la atención. Aunque la lluvia había terminado, el cielo se ahogaba
con nubes oscuras, oscureciendo las estrellas.
Era una linterna, parpadeando dentro y fuera de los topiarios
esculpidos, conjuntos de ballenas jorobadas saltando. Cuando la luz se
liberó de los árboles, vi dos figuras. La más pequeña llevaba la linterna,
poniéndola a un lado antes de sentarse en el borde redondeado de la
fuente. La luz de las velas atrapó la raya blanca en el cabello de Papá.
¿Qué hacía en los jardines tan tarde la noche del funeral de Eulalie?
Nos mandó a todas a la cama temprano, diciendo que debíamos usar este
tiempo para rezar solemnemente a Pontus, pidiendo al dios del mar que
concediera a nuestra hermana el descanso eterno en el Agua Salada.
La capucha del manto de la otra figura cayó hacia atrás, revelando
una cabeza llena de rizos rubios. Morella. Dio una palmadita en el espacio
vacío a su lado, y Papá se sentó. Después de un momento o dos, sus
hombros comenzaron a temblar. Estaba llorando.
Morella se apoyó en él, envolviendo su brazo alrededor de su espalda
y acercándolo. Miré hacia otro lado mientras le acariciaba la mejilla. No
necesitaba oír lo que decía para saber que sus palabras consolaban a
papá como un bálsamo calmante. Quizás no entendiera nuestras
costumbres isleñas, pero de repente me alegré de su presencia en
Highmoor. Nadie debería tener que soportar tal dolor solo.
Dando la espalda a la ventana, me metí en la cama y me acurruqué
al lado de Verity, dejando que su respiración mesurada me llevara al
sueño.
o primero que vi en la mesa del desayuno fue el vestido de satén
azul de Morella. Unos pliegues de organdí blanco le rodeaban los
codos y una gargantilla de perlas salpicaba su cuello.
Deslumbraba como un colibrí enjoyado en una habitación llena de
retratos cubiertos y coronas de crepé.
Ella levantó la vista de la mesa lateral mientras buscaba entre las
bandejas de comida. Highmoor mantenía un horario matutino relajado.
Todos entraban y salían del comedor, sirviéndose por sí solos.
—Buenos días, Annaleigh. —Morella añadió un bollo de jengibre a su
plato y lo untó con mantequilla—. ¿Dormiste bien?
En verdad, no lo había hecho. Verity era una durmiente inquieta,
arremetiendo como una mula cada vez que se giraba. Mi mente seguía
vagando de regreso a Eulalie y la caminata por el acantilado, demasiado
inmersa para dormitar adecuadamente. Pasaba bastante de la
medianoche cuando me quedé dormida.
—Hola, mi amor —llamó Papá desde la puerta.
Nos volteamos, ambas asumiendo que su saludo era para nosotras,
pero se acercó para darle un beso de buenos días a Morella. Aunque su
levita era oscura, era de un carbón hollín, no del negro cuervo al que me
había acostumbrado.
—Qué bien te ves —dijo él, girándola en un círculo para admirar el
bulto apenas perceptible.
—Creo que el embarazo me sienta bien.
Ella irradiaba una felicidad sonrojada. Los embarazos de mamá
estuvieron llenos de terribles náuseas matutinas, con reposo prescrito en
cama mucho antes del período habitual de parto. Cuando tuve la edad
suficiente, Ava y Octavia me dejaron ayudar con su cuidado,
mostrándome los mejores aceites y lociones para aliviar sus dolores.
—¿Crees que sí, Annaleigh? —preguntó Morella.
Supuse que estaba tratando de ser amable, incluyéndome a mí en la
conversación.
Estudié el brillante satén lapislázuli. Se veía hermosa, pero no era lo
correcto para usar el día después de poner a descansar a una hijastra.
—¿Los vestidos de Eulalie ya son demasiado pequeños para ti?
—¿Mmm? Oh sí, por supuesto. —Aprovechó el momento para pasar
una mano satisfecha por su estómago.
—En realidad… —interrumpió Papá, extendiendo la mano para
agregar un montón de arenques ahumados a su plato—, tenemos algo
que discutir con todas sobre ese mismo tema. Annaleigh, ¿puedes traer
a tus hermanas?
—¿Ahora? —Eché un vistazo a los huevos que acababa de sacar. No
se mantendrían calientes.
—¿Por favor?
Dejando a propósito mi plato a medio terminar en el centro de la
mesa, subí las escaleras. Yo era una madrugadora, pero no todas mis
hermanas compartían mis hábitos matutinos. Mercy y Rosalie eran
completos osos para despertar.
Elegí a Camille primero.
Había abierto las cortinas, dejando que una débil luz grisácea jugara
sobre sus ricos muebles de color ciruela. Me sorprendió verla frente a su
tocador, clavando un alfiler a través de un mechón de cabello. Aunque
tenía los labios y las mejillas desnudos, sobre la mesa había botes de
colorete y frascos de perfume de vidrio tallado. Una funda de crepé negro,
gemela de la que cubría mi propio espejo, estaba arrugada a sus pies. Me
pregunté cuándo la había tirado allí.
—¿Ya regresaste del desayuno? —preguntó.
—Papá quiere a todas abajo. Tiene algo que decirnos.
Su mano se detuvo sobre una caja de joyas, luego, de mala gana,
tomó un pendiente negro azabache.
—¿Dijo sobre qué?
Me senté junto a ella en el banco, pasando los dedos por mi propio
moño. No había visto mi reflejo en casi una semana.
—El vestido azul de Morella decía mucho. Eulalie tendría un gran
berrinche si supiera lo que está pasando. ¿Recuerdas después de la
muerte de Octavia, cuando Eulalie quería ir a ver, qué era, un circo
ambulante o algo así? ¿Y Papá no nos dejaba salir de casa? Dijo: —Hice
más profunda mi voz hasta una aproximación cercana—: Un dolor como
el nuestro no debería ser visto por el ojo público. ¡Y Octavia se había ido
por meses!
—Eulalie estuvo de mal humor durante semanas.
—Y ahora la honramos vistiendo de negro por qué, ¿cinco días? Papá
ya está vestido de gris. No está bien.
Mi hermana abrió un frasco y examinó el labial color vino.
—Estoy de acuerdo.
—¿De verdad? —pregunté, mirándome intencionadamente al espejo.
Le quité el frasco, derramando algo de color en el proceso. Corriendo por
mis dedos, parecía sangre.
Ella alisó un rizo perdido.
—Nunca fui buena peinándome sin un reflejo.
—Yo te hubiera ayudado. ¿Y si Eulalie ...?
Camille puso los ojos en blanco.
—El espíritu de Eulalie no verá una superficie brillante y se quedará
aquí. Apenas podía soportar estar en esta casa durante su vida; ¿qué te
hace pensar que querría quedarse en la muerte?
Dejé el labial, sin saber con qué limpiarme los dedos.
—Estás de un humor.
Me ofreció un pañuelo.
—Dormí mal. No podía quitarme de la cabeza el estúpido comentario
de Ligeia. —Recogió un tono diferente de labial y se limpió un pequeño
brillo de frambuesa sobre su boca. La culpa pesaba mucho en su rostro—
. Nunca conseguiré un marido si algo no cambia.
—Eso no es cierto —protesté—. Cualquier hombre se sentiría honrado
de tenerte a su lado. Eres inteligente y tan encantadora como Eulalie.
Sonrió.
—Nadie era como Eulalie. Pero si me escondo en esta casa lúgubre,
enterrada bajo capas de crepe y seda, nunca encontraré a nadie. No
quiero faltarle el respeto a la memoria de Eulalie o de cualquiera de
nuestras hermanas, pero si pasamos por cada paso del duelo cada vez
que alguien muera, estaremos muertas antes de terminar. Así que... estoy
lista para seguir adelante. Y ninguna cantidad de miradas lastimeras de
tu parte hará que cambie de opinión.
Tomé la cubierta del espejo y hundí los dedos en la tela oscura. No
estaba molesta con Camille. Ella merecía ser feliz. Todas lo merecíamos.
Todas soñábamos con cosas más grandes. Por supuesto, mis hermanas
preferirían estar fuera, en la corte, en conciertos, en bailes. Querían ser
novias, esposas, madres. Sería un monstruo si les negara eso.
Aun así, me aferré a la cubierta.
—Papá nos quiere abajo —gritó Rosalie, interrumpiendo nuestro
momento. Las trillizas se apiñaban en la puerta, mirando hacia adentro.
Atrapadas en la extraña luz de la mañana, su reflejo era una grotesca
masa de extremidades y trenzas. Por un segundo, eran una entidad
conjunta, no tres hermanas separadas.
Lenore se liberó del grupo, despejando la extraña visión de mi mente.
—¿Atarías esto por mí? —Extendió su cinta negra—. Rosalie lo hace
demasiado apretado.
Se arrodilló junto a Camille, levantando su pesada trenza para
exponer la pálida longitud de su cuello. Las trillizas llevaban sus cintas
como gargantillas. Cuando éramos pequeñas, Octavia disfrutaba
contándonos historias espeluznantes y aterradoras a la hora de dormir.
Evocaba historias de damiselas añorantes perdiéndose ante sus
verdaderos amores, fantasmas y duendes, Embaucadores y Heraldos y la
gente tonta que negociaba con ambos. Más tarde, seguras de que aún
estábamos acobardadas por el terror bajo nuestras sábanas, Eulalie y
ella entrarían en nuestras habitaciones y nos quitarían las mantas.
Una de sus historias favoritas era la de una niña que siempre llevaba
un lazo verde alrededor del cuello. Nunca se la veía sin él, en la escuela,
en la iglesia, ni siquiera el día de su boda. Todos los invitados decían que
era una novia encantadora, pero se preguntaron por qué eligió usar un
collar tan sencillo. En su luna de miel, su esposo le regaló una gargantilla
de diamantes, brillando con locura bajo un cielo estrellado. Quería que
los usara, y solo ellos, cuando se fuera a la cama esa noche. Cuando se
negó, él se alejó, molesto. Más tarde regresó y la encontró dormida en su
gran cama, desnuda salvo por los diamantes y la cinta verde.
Acurrucándose junto a ella, retiró sigilosamente la cinta, solo para que
su cabeza rodara fuera de su cuerpo, cuidadosamente cortada por el
cuello.
Las trillizas se deleitaban con esa horrible historia y la pedían una y
otra vez. Cuando Octavia murió, se envolvieron el cuello con crepé negro
con una afectación macabra.
Con el lazo bien atado, Lenore lo giró en un ángulo más alegre.
—Las Gracias ya están abajo. Las despertamos primero.
Camille se levantó del banco. Cuando le ofrecí la funda, la tiró a un
lado, dejando el espejo desnudo y reluciente.
Mercy, Honor y Verity estaban sentadas en el rincón más alejado de
la mesa del comedor. Las niñas mayores trabajaban en platos de huevos
y arenques ahumados. Verity tenía un cuenco de fresas con crema, pero
empujaba las bayas sin comer. Me di cuenta de que se sentaba lo más
lejos posible de Honor y Mercy sin cambiar de asiento. Aparentemente,
aún no las había perdonado por su broma nocturna.
No nos molestamos en preparar nuestros propios platos. Papá se
sentó a la cabecera de la mesa, obviamente con ganas de anunciar sus
novedades.
Empezó sin preámbulos:
—Después del desayuno, hay una maravillosa sorpresa para todas
ustedes en el Salón de Oro.
El Salón de Oro era pequeño y formal, y se usaba solo para invitados
importantes: visitantes de la corte o del Gran Marinero. Hace muchos
años, el Rey y su familia vinieron a quedarse con nosotros durante su
marcha de verano, y la Reina Adelaida lo usó como su sala de estar. Había
felicitado las relucientes cortinas de damasco, y Mamá prometió no
cambiarlas nunca.
—¿Qué pasa, Papá? —preguntó Camille.
—Después de una cuidadosa consideración, he decidido que el tiempo
de la tristeza de nuestra familia ha terminado. Highmoor ha pasado
demasiados años en la oscuridad. Termino con el duelo.
—Enterramos a Eulalie ayer —recordé a la mesa, cruzando los
brazos—. Ayer.
Mi pierna se golpeó hacia atrás cuando alguien me pateó debajo de la
mesa. No pude probarlo, pero habría apostado por Rosalie.
Papá me arqueó una ceja.
—Sé que esto puede parecer prematuro, pero...
—Muy prematuro —interrumpí, y me patearon de nuevo. Esta vez
estaba segura de que era Ligeia.
Papá apretó el puente de la nariz para ahuyentando una migraña.
—¿Parece que tienes algo que te gustaría decir, Annaleigh?
—¿Cómo puedes pensar en hacer esto? No está bien.
—Ya hemos llorado demasiado en nuestras vidas. Ahora es el
momento de nuevos comienzos, y no puedo soportar que nuestro nuevo
comienzo esté cubierto de tristeza.
—Tu nuevo comienzo. El tuyo y el de Morella. Nada de esto estaría
sucediendo si ella no estuviera embarazada.
Las trillizas dejaron escapar un grito ahogado. Vi un destello de dolor
en los ojos de Morella, pero seguí adelante. Al diablo con los sentimientos:
esto era demasiado importante.
—Dijo que es un niño, y tú estás listo para mover la tierra y la luna
para complacerla. Estás dispuesto a olvidarte por completo de tu primera
familia. Tu familia maldita. —La palabra salió, negra y fea.
Verity soltó un ruido a medio camino entre un chillido y un sollozo.
—No hay maldición. —Lenore corrió a su lado, regañándome—. Dile
que no hay maldición.
—No quiero morir —gimió Verity, volcando el cuenco de crema.
—No vas a morir —dijo Papá, agarrando los brazos de su silla con
tanta fuerza que fue un milagro que la madera no se astillara—.
Annaleigh, estás fuera de lugar. Discúlpate de inmediato.
Me levanté y me arrodillé junto a Verity, abrazándola y acariciando
su suave cabello.
—Lo siento. No quise molestarte. Realmente no hay una maldición.
La voz de Papá era fría y plana cuando dijo:
—No quise decir Verity.
Apreté mis labios en silencioso desafío. Aunque mis rodillas se
sentían débiles, me obligué a no apartar la mirada de él.
—Annaleigh —advirtió.
Conté los segundos que pasaban en el pequeño reloj plateado de la
repisa de la chimenea. Después de que pasaron dos docenas, Camille se
aclaró la garganta, llamando la atención de papá.
—¿Dijiste que había algo en el salón?
Se frotó la barba, de repente parecía mucho más viejo.
—Sí. De hecho, fue idea de Morella. Un regalo para todas ustedes. —
Suspiró—. Para celebrar el final de nuestro duelo, hemos traído modistas
para diseñar ropa nueva. Sombrereros y zapateros también.
Todas mis hermanas chillaron, y Rosalie corrió hacia papá, luego
Morella, echándoles los brazos alrededor del cuello.
—¡Gracias, gracias, gracias!
Besé a Verity en la parte superior de su cabeza y me levanté, con la
intención de regresar a mi habitación. No quería ropa nueva. No me iba
a olvidar de las viejas costumbres, sobornada con adornos relucientes y
sedas.
—Annaleigh —gritó Papá, deteniéndome—. ¿A dónde vas?
—Como no necesito ropa nueva, los dejo con ello.
Sacudió la cabeza.
—Todos salimos del luto, incluidas ustedes. No te tendré con ropas
monótonas mientras el resto de nosotros seguimos con nuestras vidas.
Contuve el aliento, pero la púa ardiente no pudo ser contenida.
—Estoy segura de que Eulalie desea poder seguir con su vida
también.
Cruzó la habitación en tres rápidos pasos. Mi padre no era un hombre
violento, pero en ese momento, realmente me preocupaba que pudiera
golpearme. Agarrándome del codo, me arrastró hacia el pasillo.
—Esta obstinación terminará. Ahora.
Aprovechando el temple que no sabía que poseía, negué con la
cabeza, desafiándolo abiertamente.
—Ve, sigue adelante, ya que estás tan decidido a esta nueva vida.
Déjame sola para llorar a mis hermanas como mejor me parezca.
—¡Nadie puede seguir adelante si estás deambulando por la casa
cubierta de negro, sin dejar que se olviden nunca! —Se volvió hacia la
ventana con una maldición de frustración. Cuando miró hacia atrás,
profundas arrugas arrugaron su frente—. No quiero pelear, Annaleigh.
Extraño a Eulalie tanto como tú. Elizabeth, Octavia y Ava también. Tu
madre, sobre todo. ¿Crees que me alegra haber devuelto a la mitad de mi
familia al Agua Salada?
Papá se dejó caer en un pequeño banco de conversación. Era
demasiado bajo para él y sus rodillas se doblaron contra su pecho.
Después de un momento, me hizo un gesto para que me uniera a él.
—Sé que la mayoría de los hombres quieren que sus robustos hijos
jóvenes los sigan, que se hagan cargo de las propiedades, que mantengan
sus nombres, pero siempre me sentí orgulloso de tener tantas niñas.
Algunos de mis mejores recuerdos fueron con ustedes once y su madre,
jugando a disfrazarse, eligiendo muñecas. Amaba esos tiempos. Y cuando
Cecilia estaba embarazada de Verity... fue una sorpresa tan maravillosa.
Cuando falleció, pensé que nunca volvería a tener una felicidad así.
Una lágrima cayó, recorriendo la punta de su nariz. La enjuagó,
mirando las baldosas bajo nuestros pies. Pequeños fragmentos de vidrio
marino formaban un mosaico de olas rompiendo en el pasillo.
—Después de tantos años de tragedia y tristeza, tengo la oportunidad
de recuperar esa felicidad. No es tan completa, ¿cómo podría serlo, con
tantos idos? Pero necesito tomarlo mientras pueda.
La cinta alrededor de mi muñeca ya estaba deshilachada, y jugué con
los extremos con flecos, vencida por una sensación de déjà vu. ¿No era
esto exactamente de lo que Camille y yo acabábamos de hablar?
—¿Supongo que estas modistas podrían tener algunas sedas grises
claras? —razoné, concediendo.
—Cecilia siempre te amó en verde —confió, chocando su brazo con el
mío—. Es por eso que hizo tu habitación con todo ese jade. Dijo que tus
ojos le recordaban al mar justo antes de una gran tormenta.
—Veré lo que tienen —dije, aceptando su mano mientras me
levantaba—. Pero no me verás vistiendo de rosa.
—¡Mira este satén! ¡Es el tono de rosa más delicioso que he visto en
mi vida! —exclamó Rosalie, levantando la tela de roseta sobre su cabeza.
El Salón de Oro era un desastre de telas y adornos. Cajas de lazos y
cordones estaban abiertas como cofres del tesoro, y su contenido se
derramaba. No se encontraba una superficie desnuda. Ya me había
tropezado con tres cajas de botones.
Camille se llevó una muestra de azafrán a la cara.
—¿Qué piensas de este tono, Annaleigh?
—Te queda muy bien —interrumpió Morella. Estaba en medio del
caos, sentada en una tumbona almohadillada como una abeja reina
mimada. No me había mirado desde el incidente en el comedor.
Necesitaba encontrar una forma de disculparme.
—Algo azul resaltaría más tus ojos —dije, recogiendo un rayo de color
cerúleo—. ¿Ves? Y resalta tu color, te ves tan rosada. ¿No crees, Morella?
Ella asintió levemente con la cabeza, pero se volvió para inspeccionar
un trozo brillante de cinta que Mercy sacó de una caja.
—Esta gasa es perfecta para mi señora —dijo una costurera,
interviniendo en la conversación—. ¿Ya ha visto estos bocetos? —Le
ofreció a Camille un puñado de diseños—. Podemos convertir eso en
cualquiera de estos vestidos.
Camille tomó los dibujos y se sentó en un puf cubierto de brillantes
damascos pastel. La costurera se arrodilló a su lado, tomando notas.
En el perchero cerca de mí, trozos de ropa de cama de color crema y
hermosas sedas verdes descansaban sobre perchas acolchadas. Había
seleccionado tres patrones para vestidos largos y sueltos e incluso un
vestido de gala para la fiesta de las trillizas. A pesar de mis recelos, el tul
de espuma de mar, salpicado de lentejuelas plateadas brillantes como
estrellas titilantes, me aturdía de anticipación. Sería un vestido
realmente magnífico.
Lenore abrió una caja adornada.
—¡Oh! ¡Míralas!
En el interior del forro de terciopelo había un par de zapatillas. El
cuero plateado parecía tan suave como la mantequilla y relucía a la luz
de la tarde. Cintas de seda estaban cosidas a cada lado para atar
alrededor del tobillo.
Estos zapatos estaban hechos para bailar.
Verity agarró uno y lo acercó a su cara, inspeccionando con asombro
el patrón de cuentas alrededor del dedo del pie.
—¡Zapatos de hadas!
—Qué impresionante —dijo Morella, admirando al otro.
Reynold Gerver, el zapatero, habló:
—Cada par tarda dos semanas en fabricarse. Las suelas están
acolchadas para mayor comodidad. Podrían bailar toda la noche y a sus
pies no les importaría nada al llegar la mañana.
Rosalie le arrebató el zapato a Verity.
—Quiero un par de ellos para nuestro baile
—¡No, yo los vi primero! —protestó Lenore—. Los quiero.
—Todos deberíamos conseguir un par —dijo Ligeia. Se unió a Morella
en el diván, tocando las cintas—. Solo cumplimos dieciséis años una vez.
Camille levantó la vista de los bocetos.
—¿Se pueden hacer en otros colores? Me encantaría un par en oro
rosa, a juego con mi vestido.
Gerver asintió.
—Tengo muestras de todo mi cuero aquí. —Sacó un libro de debajo
de la tela amarilla desechada. Hizo una pausa, mirando a Morella—.
Debido a que estas zapatillas son tan únicas... pueden costar bastante.
—¿Costar bastante? —La voz de Papá resonó desde la puerta—. Dejo
a mis chicas solas durante una hora y me han dejado sin casa y hogar,
¿verdad?
Rosalie levantó la reluciente zapatilla.
—¡Papá! ¡Mira esta! ¡Estos zapatos serían perfectos para nuestro
baile! ¿Podemos tenerlos? ¿Por favor?
Miró los rostros esperanzados de cada una de mis hermanas.
—¿Supongo que todas quieren un par?
—¿Nosotras también? —preguntó Honor, poniéndose de puntillas
para mirar por encima de una pila de sombrereras.
Mantuvo su rostro como una máscara neutral.
—Necesito verlos. Una de las lecciones más importantes del comercio:
nunca acuerde a un trato hasta que haya inspeccionado la carga.
Rosalie le devolvió la zapatilla a Verity y le dio un codazo. Dio un paso
adelante, sosteniéndolo con reverentes y regordetes dedos.
—Son zapatos de hadas, Papá.
Le dio vueltas una y otra vez con interés teatral.
—Zapatos de hadas, ¿dices? —Sus ojos redondos, del mismo verde
que los míos, estaban radiantes—. Parecen terriblemente delicados. Muy
insustanciales.
El zapatero dio un paso adelante.
—De ningún modo. Se lo aseguro, durarán toda una temporada de
bailes. Hago mis suelas con el mejor cuero del reino. Flexible pero
resistente.
Papá no parecía convencido.
—¿Cuánto por ocho pares? —Morella resopló desde la silla—. Nueve
pares —corrigió papá—. Nueve pares, entregados antes de fin de mes. Mis
hijas darán un baile. Los necesitaremos listos para entonces.
Gerver silbó entre dientes.
—Eso no es mucho tiempo. Tendré que traer más manos...
—¿Cuánto?
Gerver contó con la punta de los dedos y luego se ajustó los lentes de
oro que le colgaban de la punta de la nariz.
—Cada par son ciento setenta y cinco flores de oro. Pero tener nueve
pares en sólo tres semanas... no podría cobrar menos de tres mil.
El humor juguetón de la habitación desapareció. No había ninguna
posibilidad de que papá aceptara semejante extravagancia. No podía
empezar a calcular lo que ya le estaban costando los nuevos vestidos y la
ropa interior.
—Seguramente nueve pares de zapatos no nos enviarán al asilo de
pobres, Ortun —incitó Morella con una sonrisa encantadora.
Verity se puso de puntillas, observando su expresión con absorta
atención. Él se arrodilló a su lado.
—¿De verdad crees que estas zapatillas valen todo eso, niña? —Nos
miró y luego asintió. Su rostro se iluminó con una sonrisa inesperada—.
Vamos, entonces, y elige las tuyas. ¡Zapatos de hadas para todas!
on un último tirón de los remos, llevé mi bote al puerto de
Selkirk, deslizándome a lo largo del muelle blanqueado por el
sol mientras el sol se elevaba sobre el horizonte. En el velatorio
de Eulalie, Morella mencionó que estaba a punto de contarle a Papá lo
del bebé, pero habían sido interrumpidos por los pescadores llevando el
cuerpo de Eulalie a casa. Quizás habían visto algo, algún pequeño detalle
que quizás se hubieran olvidado de decirle a Papá porque creían que la
caída fue un accidente.
Pasé la cuerda por el ojo de una abrazadera abierta y até la soga
sobrante, luego salí.
Necesitaba encontrar a esos pescadores.
Las cinco islas de Salann se extienden por el mar Kaleic como los
grupos de joyas de un collar.
Selkirk era la más lejana al noreste, hogar de pescaderos, capitanes
y marineros. Un bullicioso muelle manejaba los mariscos que llegaban
diariamente en los barcos.
Astrea era la siguiente en la cadena y la más poblada. Tiendas,
mercados y tabernas surgían de sus costas rocosas, una brillante ciudad
de comercio y riqueza. Las trillizas habían estado allí casi todos los días
desde que se anunció su baile, recorriendo las tiendas en busca de
pequeños tesoros. Un par de medias extra, un nuevo tono de tinte de
labios. De alguna manera, Morella convenció a Papá de que todos eran
absolutamente necesarios para las jóvenes que estaban a punto de hacer
su debut social.
Vivíamos directamente en el medio de la cadena, en Salten.
Vasa se estiraba como una anguila larga y delgada, con puertos en
los lados norte y sur. Papá supervisaba el enorme astillero que ocupaba
toda la isla. La mayor parte de la flota naval del rey se había construido
en Vasa. Alguien en la corte lo escuchó una vez alardear de que los barcos
Salann eran los más rápidos de su armada, y Papá había estado radiante
de orgullo durante meses.
La isla final era la más pequeña pero la más importante. Hesperus
era uno de los puestos de defensa más importantes de todo Arcannia. Su
faro, cariñosamente llamado Viejo Maude, era más alto que cualquier otro
en el país. No solo ayudaba a los barcos que entraban y salían del puerto,
sino que también era una excelente posición para detectar barcos
enemigos.
Me encantaba el faro. Se sentía como un segundo hogar. Cuando era
pequeña, me ofrecía voluntaria para limpiar las ventanas en Highmoor
hasta que brillaban, imaginando que estaba puliendo la galería del faro.
Subía a los acantilados más altos y fingía estar en la cima del Viejo
Maude, espiando barcos extranjeros, en realidad pescadores que
buscaban su pesca diaria, y anotando todos los detalles pertinentes en
un libro de contabilidad gigante, como había visto hacer a Silas.
Silas había sido Guardián de la Luz desde que cualquiera pudiera
recordar. Creció en el faro, aprendiendo el funcionamiento de la baliza de
su padre. Cuando quedó claro que Silas nunca tendría hijos propios,
Papá se dio cuenta de que sería necesario elegir un aprendiz como
eventual reemplazo. Rezaba a Pontus todas las noches para que fuera yo.
En su lugar, se eligió al hijo de Hanna, Fisher. Trabajaba en los
muelles, pero Papá dijo que estaba destinado a cosas mayores. De niñas,
Camille y yo lo seguimos por todo Salten, asombradas por cada uno de
sus movimientos y desesperadamente enamoradas. Cuando se fue para
comenzar su aprendizaje, lloré hasta quedarme dormida todas las noches
durante una semana.
Mirando a través del muelle de Selkirk ahora, pude distinguir el
destello de la baliza y me pregunté qué estaba haciendo Fisher.
Probablemente limpiando ventanas. Silas era fanático acerca de ellas.
Bajé por los muelles y me detuve en el primer barco que encontré,
preguntándole al capitán si había oído hablar de algún hombre que
hubiera descubierto un cuerpo cerca de Salten. Me echó, diciendo que
era de mala suerte que una mujer estuviera cerca de los barcos. Otros
dos tripulantes siguieron su ejemplo antes de que encontrara un
marinero dispuesto a hablar conmigo.
—¿La chica del Duque? —preguntó en torno a una bola de tabaco
para mascar. El jugo goteaba de sus labios, manchando su barba de
amarillo—. ¿Hace un par de semanas?
Asentí con entusiasmo, hambrienta de información.
—Querrás hablar con Billups… —Examinó el muelle—. Pero su barco
ya está fuera.
—¿Sabe cuándo volverá? —Con todos los preparativos de la fiesta,
podía estar fuera de casa la mayor parte de la tarde sin que me perdieran.
—Hoy no —dijo, aplastando mi plan—. Ni mañana. Quiere una última
gran atrapada antes de que llegue el Cambio de Estación. —Levantó la
mano en la brisa—. ¿Siente esa ola de frío en el aire? No pasará mucho
tiempo ahora.
Traté de ocultar mi decepción, arreglando mi rostro en una sonrisa
de agradecimiento.
—¿No estaba Ekher con él? —preguntó el compañero del estibador,
que había escuchado la conversación mientras enrollaba un enorme
carrete de cuerda gruesa.
—¿Fue él? No creo que haya dejado los muelles en estos días.
El segundo hombre gruñó y juntos le dieron la vuelta al carrete y lo
pusieron en posición vertical.
—Está un par de muelles más abajo, el viejo remendador de redes.
No puede pasarlo por alto.
Navegué por el laberinto de muelles conectados, sin perder de vista a
alguien con redes. Tres muelles más abajo, lo vi.
Ekher se sentaba en un banco, rodeado de rollos de cordones de color
cobalto e índigo. Décadas de vida en los muelles habían dejado su piel
oscura y curtida, con arrugas surcadas profundamente. Sus nervudos
dedos estaban enganchados alrededor de una aguja curvada que se
usaba para anudar las redes. Mientras bailaban suavemente sobre un
montón de cuerdas a su lado, buscando la pieza correcta, me di cuenta
de que no podía verlas.
Estaba ciego.
Hice una pausa, preguntándome qué debería hacer a continuación.
Era obvio que no podría darme ningún detalle sobre cómo encontrar a
Eulalie; Billups debe haber sido quien la vio. Estaba a punto de irme
cuando lentamente se apartó de su red y me miró directamente con ojos
lechosos y ciegos.
—Si vas a comer con los ojos a un anciano toda la mañana, niña, al
menos ven y hazle compañía. —Extendió la mano, haciéndolo señas con
dedos con garras.
Reprimiendo una risa nerviosa, me acerqué a su banco.
—No me di cuenta de que podía verme —me disculpé, alisando mi
falda de lino.
—Por supuesto que no puedo verte. Estoy ciego —replicó.
Ladeé la cabeza.
—Entonces cómo…
—Tu perfume. O jabón. O lo que sea que usen las chicas jóvenes.
Puedo olerlo a cien pasos.
—Oh. —Mi corazón dio un vuelco con una sorprendente decepción,
entristecida porque su respuesta fuera tan pragmática.
—¿Qué quieres con un viejo remendador ciego de todos modos?
—Escuché que estaba con el pescador que encontró ese cuerpo...
—Cumpliré noventa y ocho el próximo martes, mi niña. Ha habido
muchos cuerpos en mi vida. Deberás ser más específica.
—Eulalie Thaumas. La hija del Duque.
Bajó la aguja.
—Ah. Ella. Terrible cosa.
—¿Su amigo, Billups, pensó que había algo inusual en eso?
—No es muy común ver hermosas señoritas caer de acantilados,
¿verdad? ¿Es eso lo que quieres decir?
Me hundí en el banco junto a él-
—¿Entonces cree que fue un accidente?
Ekher se llevó dos dedos nudosos hacia el pecho, como para
protegerse de los malos espíritus.
—¿Qué otra cosa podría ser? Ella no habría saltado. Vimos el
relicario.
—¿Relicario? —repetí. Nunca había visto a Eulalie con un relicario.
Asintió.
—La cadena se rompió en pedazos, pero aún pudimos distinguir la
inscripción.
Antes de que pudiera preguntar más, se puso rígido y tomó mi mano
entre las suyas. Sus dedos se clavaron en mi palma y grité de sorpresa y
dolor. Su agarre era demasiado fuerte para apartarlo.
—Algo se acerca… —Su voz ronca, dura por el pánico.
Me llevé la otra mano a los ojos, protegiéndome de la brillante luz del
sol. El muelle bullía con sus ritmos y sonidos habituales. Las gaviotas
chillaban en lo alto, conspirando para arrebatar trozos de caña a los
pescadores desprevenidos. Los capitanes les gritaban a los marineros, les
daban órdenes y, a veces, maldecían mientras los obstinados chicos
luchaban contra los dolores de cabeza, sin duda el resultado de un
tiempo salvaje en la taberna la noche anterior.
—No veo nada.
Su agarre se apretó; estaba claramente asustado.
—¿No puedes sentirlo?
—¿Qué?
—Estrellas. Estrellas fugaces.
Eché una mirada dudosa al cielo de la mañana, de color melocotón
profundo y ámbar. Ni siquiera la Diadema de Versia, la más brillante de
todas las constelaciones, que llevaba el nombre de la Reina de la Noche,
era visible.
—¿Qué pasó con el relicario? —pregunté, tratando de dirigir su
atención al asunto en cuestión y lejos de las estrellas invisibles—. ¿Lo
llevaron de vuelta con el cuerpo?
Fijó sus ojos lechosos en mí, claramente ofendido.
—No soy un ladrón.
Pensé en el funeral de Eulalie, recordando ese horrible collar que
había tenido. Fue la única vez que la vi usarlo. ¿Había sido ese el
relicario?
Dejé escapar un suspiro de frustración. El funeral fue hace dos
semanas. Sin duda, su ataúd ya se había abierto, devolviendo a Eulalie
al Agua Salada, con collar y todo.
—¿Recuerda lo que estaba escrito en él?
Ekher asintió.
—Billups lo leyó en voz alta. Se nos llenaron los ojos de lágrimas. —
Se aclaró la garganta como si se preparara para recitar un poema—. 'Vivía
solo / En un mundo de lamentos, / Y mi alma era una marea estancada,
/ Hasta que la hermosa y dulce Eulalie se convirtió en mi ruborizada novia'.
Mi boca se abrió.
—¿Novia? Eulalie no era una novia.
Se encogió de hombros y volvió a clavar la aguja en la soga. Ekher
falló y el metal curvado se hundió en la yema de su pulgar arrugado. No
parecía sentirlo. La sangre oscura tiñó de negro la red índigo.
—Está herido.
Su estado de ánimo cambió abruptamente de nuevo mientras la
sangre brotaba y se frotó los dedos.
—¡Aléjate de mí antes de que pierda todo el dedo, niña tonta! —Arrugó
la nariz y escupió.
Salté lejos de Ekher y corrí por los muelles, pero seguí mirando hacia
atrás mientras me gritaba maldiciones. Nunca había visto que el estado
de ánimo de alguien cambiara tan rápidamente. ¿Tantos años bajo el sol
habían confundido su mente? Mientras le echaba una mirada hacia
atrás, choqué con alguien y casi me caigo.
—Lo siento mucho —exclamé, tratando de equilibrarme.
El sol naciente estaba directamente detrás del extraño, proyectando
a su alrededor una corona brillante que me cegó. Manchas, azul oscuro
y candentes, bailaban ante mis ojos.
Como las estrellas del anciano.
—¿Creo que esto es tuyo? —dijo, acercándose, con el brazo extendido.
A la sombra del resplandor del sol, distinguí unos amistosos ojos azules
que miraban con preocupación.
Me sentí completamente empequeñecida por él, apenas llegando a sus
hombros. Mis ojos se detuvieron en su amplia altura por un momento
más de lo que era completamente apropiado. Debe ser un capitán de
barco, pensé, sintiendo los músculos debajo de su fina chaqueta de lana.
No era difícil imaginarlo levantando una vela pesada, una asta a la vez.
Su cabello era de un largo pasado de moda, los rizos oscuros se
detenían apenas por debajo de la línea de la mandíbula. Un rizo rozaba
la comisura de su boca, atrapado por una brisa, y tuve un repentino y
completamente horrible deseo de apartarlo, solo para sentir su suavidad.
Se aclaró la garganta y mis mejillas ardieron, estaba tan aterrorizada
que de alguna manera hubiera leído mi mente. Había estado sosteniendo
una moneda entre sus dedos mientras yo lo miraba abiertamente
boquiabierta, mi mente corriendo con pensamientos salvajes.
—Dejaste caer esto. —Tomó mi mano y presionó el trozo de cobre en
mi palma.
Un gesto tan simple, realizado todos los días por comerciantes y
compradores, no debería haber sido tan singularmente íntimo, pero su
toque me emocionó. Su pulgar acarició el centro de mi mano, dejando un
hormigueo cuando entregó el dinero en mi posesión. Me quedé sin aliento
mientras me preguntaba irracionalmente cómo se sentiría ese mismo
movimiento contra mi cuello, mis mejillas, mis labios….
—Gracias —murmuré, encontrando mi voz—. Eso fue muy amable.
La mayoría de la gente se lo habría quedado.
—No soñaría con quedarme con algo que no me pertenece. —Sentí
que estaba a punto de sonreír—. Además, es solo un florín de cobre.
Prefiero perder el dinero y aprovechar la oportunidad de hablar con la
chica bonita que lo posee.
Abrí la boca, deseando que saliera cualquier cosa, pero las palabras
me fallaron.
Se acercó más cuando un par de pescadores se precipitaron por el
muelle, con una pesada caja en equilibrio entre ellos.
—En realidad, ¿quizás podrías ser de alguna ayuda?
Mi guardia se disparó. Papá siempre nos advertía que estuviéramos
atentas a los carteristas y ladrones cuando saliéramos de Highmoor.
Quizás devolver mi moneda fue simplemente una artimaña para
estafarme con sumas mayores.
—Soy nuevo aquí y estaba buscando al capitán.
Entrecerré los ojos, manteniendo un ojo cauteloso en sus manos.
Papá dijo que muchos eran tan hábiles en el arte del robo que podían
robarte los anillos de los dedos sin que tú lo supieras.
—Es un gran muelle —dije, señalando a las docenas de barcos que
nos rodeaban—. Con muchos capitanes.
Sonrió sin malicia, sus mejillas traicionando un rastro de su desazón,
y pensé que tal vez sus intenciones eran puras.
—Sí, por supuesto. Estoy buscando al Capitán Corum. Capitán
Walter Corum.
Me encogí de hombros, deseando que la luz en sus ojos no me pusiera
nerviosa. Después de tantos- años de estar encerrada en Highmoor, casi
no tenía experiencia con los hombres. Incluso hablar con el ayudante de
cámara de Papá, Roland, por más de una pregunta o dos me dejaba
siendo un lío sonrosado y balbuceante.
Señalé hacia el mercado más abajo del puerto.
—Alguien allí lo sabrá.
Los ojos del extraño se oscurecieron un poco, su decepción evidente.
—¿Pero no tú?
—No soy de Selkirk.
Se volvió para irse.
—¿Vas a navegar para él? —La pregunta salió demasiado fuerte—.
¿Para el Capitán Corum?
Sacudió la cabeza.
—Está enfermo. Con escarlatina. He venido a cuidarlo.
—Entonces, ¿está muy enfermo?
Se encogió de hombros.
—Supongo que lo descubriré pronto.
Recordé cómo todos se reunieron en el lecho de Ava cuando se sintió
enferma. La habitación se mantuvo a oscuras, las cortinas cerradas
herméticamente contra la luz. Los sanadores dijeron que sacara la plaga
de su cuerpo con el calor, y se volvió insoportablemente sofocante con los
fuegos avivados tan alto como Papá se atrevió. Aun así, los dientes de Ava
castañeteaban tan fuerte que temí que se partieran y cayeran de sus
labios ensangrentados como granizo.
Pero el extraño no parecía un sanador. Estaba hecho para estar en
un barco, muy por encima del mar en el nido del cuervo, a medio camino
de las estrellas. Podía imaginarme el viento tirando de sus rizos oscuros
mientras escudriñaba el horizonte en busca de aventuras.
—Espero que se recupere pronto —ofrecí, mis manos torpes, insegura
de lo que se suponía que debían estar haciendo—. Diré una oración a
Pontus esta noche para una pronta recuperación.
—Eso es muy amable de tu parte... —Se interrumpió, claramente
buscando mi nombre.
—Annaleigh.
Su boca se curvó en una sonrisa, y mi respiración se detuvo cuando
un manojo de nervios revoloteó profundamente dentro de mí.
—Annaleigh —repitió, y en su lengua mi nombre sonaba lleno y
exuberante, como una línea de poesía o un himno.
—Thaumas —agregué, aunque no preguntó. Sonaba como una
asombrosa tonta y quería hundirme en las olas.
Sus ojos se iluminaron, como si reconociera mi apellido, y me
pregunté si conocería a Papá.
—Annaleigh. Thaumas. —Su sonrisa se hizo más profunda—.
Hermoso. —Hizo una profunda reverencia y extendió el brazo como un
cortesano galante—. Espero que nuestros caminos se vuelvan a cruzar
pronto.
Antes de que pudiera expresar mi sorpresa, se había ido y estaba a la
mitad del concurrido muelle, esquivando otra caja que se acercaba.
—¡Espera! —grité y él hizo una pausa, volviéndose.
Su rostro estaba coloreado de inesperado placer mientras esperaba
que continuara.
Aunque mis mejillas se calentaron, me acerqué.
—Puedo mostrarte el camino al mercado... si quieres.
Miró hacia los puestos cubiertos varios muelles más abajo de donde
estábamos.
—¿Ese mercado de allí?
Su tono ligero sugirió que estaba bromeando, pero mi estómago se
retorció en su estupidez. Me obligué a sonreír.
—Sí, bueno, estoy segura de que podrás encontrar tu camino. —
Asentí una vez—. Buen día... —No sabía su nombre, y la despedida se
sintió abierta—. Señor —agregué, dos segundos demasiado tarde.
Mientras me retiraba hacia mi bote, mi cara se puso escarlata. De
repente, sentí una mano deslizarse libremente alrededor de mi muñeca,
haciéndome girar para enfrentar al guapo extraño una vez más. Agarré
su antebrazo para estabilizarme. Parecía más alto de alguna manera, y
noté una cicatriz delgada en forma de media luna en su sien. Sabía que
estaba mirando y rápidamente di dos pasos hacia atrás, permitiendo la
cantidad adecuada de espacio entre nosotros.
—Cassius —proporcionó—. Mi nombre es Cassius.
—Oh.
Ofreció la curva de su codo.
—Estaría muy agradecido por tu ayuda para encontrar el mercado.
Es mi primera vez en Selkirk y odiaría perderme.
—Es un muelle tremendamente grande —dije, mirando el puerto
como si se hubiera triplicado en tamaño.
—¿Me ayudarás, entonces, señorita Thaumas? —Sus ojos bailaron,
su rostro a punto de romper en otra sonrisa.
—Supongo que debería hacerlo.
Nos condujo por otro muelle, girando a la izquierda, luego a la
derecha, luego a la izquierda de nuevo, alargando la corta caminata.
—¿Entonces eres un sanador? —pregunté, bordeando un rollo de
soga. Los muelles se estaban llenando rápidamente de pescadores que
iban a pasar el día—. ¿Dijiste que estabas aquí para cuidar a tu amigo?
—Mi padre —aclaró—. Y no. No tengo ningún entrenamiento especial.
Solo devoción familiar... obligación familiar, en realidad. —Su sonrisa se
volvió rígida—. Esta será nuestra primera reunión, me temo. —Se agachó
hacia mí para evitar una captura de trampas para langostas que habían
sido izadas al muelle desde un barco cercano. Inclinándose, susurró con
complicidad—. Verá, señorita Thaumas, soy un bastardo.
Dijo esto con una imprudencia descuidada, con la intención de
sorprenderme.
—Eso no importa —respondí honestamente—. No debería importar lo
que hicieron tus padres, solo lo que haces como persona.
—Muy generoso de tu parte. Ojalá compartiera más su opinión.
Dimos un giro final, saliendo directamente del muelle y entramos en
el mercado. Las mesas y los reservados se asentaban bajo toldos
improvisados, protegiendo las capturas frescas de los implacables rayos
del sol. Una ligera brisa mantenía a raya el peor de los olores, pero había
un fuerte olor subyacente a pescado destripado que ninguna cantidad de
viento podía eliminar.
—Bueno… —Señalé a los puestos—, esto es todo. Estoy segura de que
cualquiera de los pescaderos puede mostrarle dónde vive. Es una
comunidad pequeña. Todo el mundo conoce a todo el mundo.
Después de que las palabras salieron de mi boca, vi lo ciertas que
eran. Mientras deambulamos entre la multitud, ojos se posaban en
nosotros, reconociéndome instantáneamente como la hija del Duque.
Aunque la mayoría de los comerciantes tuvieron la decencia de
murmurar detrás de las manos levantadas discretamente, todavía podía
escuchar sus acusaciones susurradas.
—Esa es esa chica Thaumas.
—Es una pena lo de…
—... ni siquiera muerta un mes ...
—…malditas…
Los pelos de mi nuca se erizaron ante la mención de la maldición. Era
un rumor tonto, pero los rumores tenían una forma de transformarse en
algo grande y feo. No sabía si Cassius se dio cuenta de que estaba
demasiado avergonzada para mirarlo a los ojos.
—¿Qué lleva puesto? Ni siquiera es gris...
—... haz que se vaya...
—... ella nos traerá su mala suerte...
—¡Oye! ¡Tú allí! —Una voz sonó por encima del murmullo—. ¡No
deberías estar aquí!
—Tengo que irme —dije, soltando mi agarre en su brazo. La necesidad
de huir de los susurros dominó cualquier deseo que tuviera de quedarme
con él—. ¡Espero que encuentres a tu padre y que se recupere pronto!
—Pero… ¡Annaleigh!
Antes de que pudiera detenerme, giré sobre mis talones y corrí de
regreso a la seguridad de mi bote. Necesitaba estar en el agua, entre las
olas. Necesitaba la brisa del mar para alejar el pánico creciente de mí,
necesitaba el tirón rítmico de las olas del océano para volver a poner mi
mente en orden.
No estábamos malditas.
Saltando a mi bote, traté de expulsar los susurros de la multitud.
Pero se quedaron en mi mente, haciendo eco y creciendo hasta que el
puñado de pescaderos se convirtió en una multitud burlona, luego en
una multitud, con antorchas y cuchillos.
Me puse de puntillas, mirando por encima de las tablas del muelle
para ver si alguien me había seguido. Una pequeña parte de mí esperaba
que Cassius lo hubiera hecho, pero este extremo del puerto estaba
tranquilo. Estaba de vuelta en el mercado, probablemente recibiendo una
charla de las hermanas Thaumas. Mi corazón se hundió cuando me
imaginé su sonrisa dorada desvaneciéndose cuando se enterara de las
macabras muertes en Highmoor.
Aunque el único que vio mi estupidez fue un cangrejo violinista que
se deslizaba por las tablas, mi cara se sonrojó. No conocía a Cassius, pero
no podía soportar la idea de que pudiera estar pensando mal de mí.
—No seas absurda. —Desaté apresuradamente la soga del muelle y
me alejé—. No era más que un coqueto hábil, y tienes cosas más
importantes de las que preocuparte.
Fuera del puerto, me detuve para echar un puñado de agua sobre mi
cara acalorada. Había cosas más importantes de las que preocuparse.
¿Qué significaba la inscripción en el relicario? Eulalie, ¿una novia
ruborizada?
No tenía ningún sentido. Aunque había tenido muchos pretendientes,
ninguno de ellos le había propuesto matrimonio.
¿Lo habían hecho?
Frunciendo el ceño, apoyé los remos contra las olas. Solo había dos
razones por las que Eulalie no nos habría hablado de un prometido.
Era alguien que Papá nunca hubiera aprobado...
O alguien a quien Eulalie no conocía.
Entonces mi imaginación saltó, evocando la fatídica anoche de
Eulalie. Debió de haber estado a punto de conocer a este posible
pretendiente, rechazando sus avances, diciéndole que nunca podrían
estar juntos. Se pelearon y los ánimos se elevaron, ardiendo a un tono
febril, hasta que la empujó por los acantilados. ¿Le había arrojado el
relicario para borrar la evidencia de su deseo no correspondido? Me la
imaginé cayendo por el aire, la mirada de confusión en su rostro
convirtiéndose en horror cuando se dio cuenta de que no había forma de
escapar de esto, que no había forma de regresar y corregirlo. ¿Había
gritado antes de estrellarse contra las rocas?
Una ola golpeó el costado de mi bote y me devolvió al presente con un
grito ahogado. Aunque todo era una conjetura, sentí que estaba en el
camino correcto.
La muerte de mi hermana no fue un accidente. No había sido parte
de una maldición oscura.
Fue asesinada.
Y lo iba a demostrar.
Crack.
Crack.
Craaaaaack.
is dedos estaban en la manija del cajón del escritorio de
Eulalie cuando escuché la tabla del suelo en el pasillo y me
quedé inmóvil, con el corazón en la garganta, segura de que
estaba a punto de ser atrapada. Si bien no había una regla real sobre no
ingresar a las habitaciones de nuestras hermanas fallecidas, no se sentía
como el tipo de cosas que quería que alguien supiera. Una avalancha de
posibles excusas se estrelló en mi cabeza como un maremoto hacia la
orilla, cada una sonando débil e increíble.
Cuando nadie entró corriendo en la habitación y me acusó de haber
entrado sin autorización, me acerqué de puntillas a la puerta y miré hacia
el pasillo.
Estaba vacío.
Con un suspiro de alivio, cerré la puerta en silencio y estudié la
habitación de Eulalie, preguntándome dónde mirar a continuación.
Cuando regresé de Selkirk, encontré una casa casi vacía. Morella
había vuelto a llevar a las trillizas a Astrea, y las Gracias todavía estaban
en sus lecciones con Berta. Una serie de notas erróneas resonaban con
fuerza en el piano de la Sala Azul mientras Camille practicaba un nuevo
solo. Con todos ocupados, era el momento perfecto para colarse en la
habitación de Eulalie y buscar algo que probara mi teoría de un amante
desdeñado.
En su ausencia, todo se había recogido en una pulcritud ordenada
que habría odiado en vida. Los libros estaban apilados en ordenadas
torres sobre su escritorio, no esparcidos al extremo de su sillón. El suelo
estaba notablemente libre de ropa y sábanas blancas cubrían la mayor
parte de los muebles.
Caminé por la habitación, sin saber qué buscar hasta que vi el
pedestal alto cerca de la ventana. Un helecho, ahora marchito y con una
desesperada necesidad de atención, languidecía sobre él, ocultando un
cajón oculto que recordé que Ava mencionó una vez. Eulalie guardaba
sus tesoros más queridos en su interior.
Después de varios momentos de pinchar e insistir, descubrí una
palanca y la jalé para revelar un alijo de objetos. Saqué tres pequeños
volúmenes, esperando que fueran diarios llenos de relatos de sus días y
secretos. Hojeando las primeras páginas, vi que eran novelas que Papá le
había prohibido leer, citando pasajes demasiado gráficos para los ojos de
las jóvenes. Dejé los libros a un lado, extrañamente complacida de que
los hubiera leído de todos modos.
En el fondo del cajón había una variedad de cintas para el pelo, joyas
y un bonito reloj de bolsillo. La abrí y encontré un mechón de cabello
atado con un trozo de alambre de cobre. Torciéndolo entre mis dedos, me
pregunté por su color. Cuando Mamá y nuestras hermanas murieron,
todas recibimos mechones de cabello para guardar en libros de recuerdo
o trenzarlos para convertirlos en joyas de luto, pero este mechón era de
un rubio pálido, casi blanco, demasiado claro para haber salido de la
cabeza de una Thaumas. Lo deslicé en mi bolsillo para reflexionar sobre
ello más tarde.
También había un frasco de perfume y un pañuelo demasiado
desprovisto de bordados y encajes para pertenecer a la colección de
Eulalie. Pinchó mis fosas nasales, apestando a humo de pipa
particularmente fuerte.
—¿Qué estás haciendo? —gritó una voz, sobresaltándome.
Salté, dejando caer el pañuelo. Aleteó hasta el suelo como una
mariposa a la primera helada. Con el corazón acelerado, giré la cabeza
hacia la puerta, donde estaba Verity, con el cuaderno de dibujo en la
mano. Sus cortos rizos castaños estaban recogidos hacia atrás con un
gran lazo, y su delantal ya estaba polvoriento por pasteles. Dejé escapar
un suspiro de alivio, agradecida de que Papá no me hubiera atrapado.
—Nada. ¿No se supone que debes estar en clases?
Se encogió de hombros.
—Honor y Mercy están ayudando al Cocinero con canapés para el
baile. Berta no quería enseñarme solo a mí. —Señaló con la cabeza hacia
la habitación de las trillizas al otro lado del pasillo—. Quería ver si Lenore
quisiera sentarse para un retrato.
—Han salido con Morella. Ajustes finales en sus vestidos. —Me moví,
dejando que mi espalda cerrara la puerta del pedestal.
Su boca se frunció en un capullo de rosa mientras me estudiaba.
—No creo que a Eulalie le guste que estés ahí.
—Eulalie ya no está aquí, Verity.
Parpadeó una vez.
—¿Por qué no vas a ver si Cocinero necesita más ayuda? —sugerí—.
Apuesto a que te dejará probar el glaseado.
—¿Estás tomando prestado algo?
—No exactamente. —Me levanté, dejando que mis faldas cubrieran el
pañuelo.
—¿Viniste aquí a llorar?
—¿Qué?
Ella se encogió de hombros.
—Papá lo hace a veces. En el de Ava. Cree que nadie lo sabe, pero lo
escucho de noche.
La habitación de Ava estaba en el cuarto piso, directamente encima
de la de Verity.
Se inclinó y miró por la habitación con curiosidad, pero no estaba
dispuesta a entrar.
—No diré si lo estás.
—No estoy llorando.
Se acercó, haciéndome señas para que me acercara. Dejé el pañuelo
en el suelo, esperando que no lo viera. Verity pasó la punta de un dedo
por mi mejilla y pareció decepcionada cuando se salió seca.
—Todavía la extraño.
—Por supuesto que sí.
—Pero nadie más lo hace. Ya nadie la recuerda. De lo único que
hablan es del baile.
Apreté sus hombros.
—No la hemos olvidado. Tenemos que seguir adelante, pero eso no
significa que no la extrañemos y la amemos.
—Ella no lo cree.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Ella piensa que todos están demasiado ocupados con sus vidas
para recordarla. —Miró hacia el pasillo como si le preocupara que nuestra
conversación estuviera siendo escuchada—. Elizabeth también lo dice.
D.ice que todos nos vemos diferentes ahora. Pero ella no.
—¿Te refieres a cuando la recuerdas?
Sacudió su cabeza
—Cuando la veo.
—En tus recuerdos —presioné.
Después de un momento, me tendió el cuaderno de bocetos y me lo
ofreció.
Antes de que pudiera tomarlo, Rosalie y Ligeia corrieron por el pasillo,
cargando una torre de cajas marcadas con los nombres de varias tiendas
Astreanas.
—¡Oh, bien, ambas están aquí! —dijo Rosalie, luchando por abrir la
puerta de su habitación—. ¡Tenemos que bajar todas, ahora mismo!
—¿Por qué? —preguntó Verity, sus hombros repentinamente tensos,
preocupación evidente en su rostro—. ¿Alguien más murió?
Me estremecí. ¿A qué otro niño de seis años le preocupaba que un
anuncio significara que alguien había muerto?
—¡Por supuesto no! —dijo Ligeia, depositando sus tesoros al pie de
su cama—. ¡Ellos están aquí! ¡Los zapatos de hadas! ¡Pasamos por la
tienda del zapatero y él estaba cosiendo el último juego de cintas!
Los ojos de Verity se iluminaron y el cuaderno de bocetos se olvidó
instantáneamente.
—¿Están aquí ahora?
—¡Ven y mira! —Rosalie corrió por el pasillo, gritando escaleras arriba
para que Camille viniera rápido. Debe haberse retirado a su habitación
después de su sesión de práctica. Ligeia corrió tras Rosalie, sus pasos
pesados en las escaleras traseras.
—Deberíamos irnos —dije.
—No te olvides del pañuelo de Eulalie —dijo Verity, saltando por el
pasillo antes de que pudiera detenerla.
Parpadeé una vez antes de girar para agarrarlo. Cuando me fui, la
puerta se cerró de golpe detrás de mí, como empujada por manos
invisibles.
Estaba lloviendo de nuevo, un aguacero frío que congelaba el aire sin
importar cuántas chimeneas estuviesen encendidas. Las gotas de lluvia
corrían por las ventanas, empañando la vista de los acantilados y las olas
debajo. La Habitación Azul olía a humedad, con un leve rastro de moho.
Morella se sentaba en el sofá más cercano a la chimenea, frotándose
la espalda, con una mueca incómoda dibujada en su rostro. Mi corazón
estaba con ella. Planear y organizar un evento tan grande era un desafío
incluso en las mejores circunstancias. Hacerlo durante el embarazo debía
de ser agotador. Y las trillizas claramente la habían agotado.
—Lenore, ¿crees que podrías encontrar a tu padre? Estoy segura de
que le encantaría ver los zapatos. Mis tobillos se han hinchado
ferozmente con esta tormenta.
Agarré un pequeño cojín con borlas escondido debajo del piano.
—Deberías poner los pies en alto, Morella. Mamá tuvo muchos
problemas con la hinchazón durante sus embarazos. Ella mantenía sus
pies elevados tanto como pudiera. —Coloqué el taburete debajo de sus
piernas, tratando de que se sintiera cómoda—. También tenía una loción
hecha de algas marinas y aceite de linaza. Se la frotábamos en los tobillos
todas las mañanas antes de que se vistiera.
—Algas marinas y aceite de linaza —repitió, y ofreció una pequeña
sonrisa de agradecimiento.
Hice una pausa, sintiendo una manera de ayudarla y compensar mi
arrebato la mañana después del funeral de Eulalie.
—Podría prepararte un poco. Podría ayudar.
—Eso sería muy bueno…. ¿Ya ha llegado tu vestido?
Era la primera vez que mostraba interés en lo que iba a llevar puesto
para el baile. Ella también lo estaba intentando, a su manera.
—Aún no. Camille y yo tenemos nuestras pruebas finales el miércoles.
Si te sientes con ganas, ¿tal vez te gustaría venir con nosotras?
Sus ojos se iluminaron.
—Me encantaría eso. Podríamos almorzar en la ciudad, hacer una
verdadera tarde de ello. ¿Me recuerdas de qué color es?
—Verde mar.
Hizo una pausa, pensando.
—Tu padre mencionó algo sobre un cofre con joyas de Cecilia en
alguna parte. Quizás haya algo adecuado para ti. Recuerdo haber visto
un retrato de ella llevando turmalinas verdes.
Sabía exactamente a qué pintura se refería. Colgaba en un estudio en
el cuarto piso donde Mamá había encajado un pequeño escritorio en un
rincón soleado. En días despejados, se podía ver todo el camino hasta el
faro. Papá colgó el retrato allí después de su muerte.
—Me encantaría algo suyo para el baile. A Camille también le
gustaría, estoy segura.
—¡Y a mí! —intervino Verity, ansiosa por ser incluida.
—Por supuesto —dijo Morella con una sonrisa—. Tendremos que
buscar por ello.
Mercy y Honor entraron corriendo, sin aliento y pegajosas por sus
golosinas.
—¿Rosalie dijo que los zapatos de hadas están aquí? —preguntó
Mercy, inmediatamente viendo las cajas.
Todas habíamos empezado a llamarlos zapatos de hadas. Aunque
sabía que eran solo unas pequeñas zapatillas de cuero, unas zapatillas
de cuero bellamente teñidas y con estilo, las habíamos imbuido de un
toque de magia. Estos zapatos serían el comienzo de nuestro nuevo
comienzo. Una vez que los usáramos, no podríamos evitar ser diferentes
de quienes éramos antes.
Morella golpeó las manos de Mercy.
—Espera a tu padre.
—Y a mí —dijo Camille, irrumpiendo en la habitación con Papá.
Todas nos amontonamos alrededor del sofá, aturdidas por la
anticipación.
—¿Cómo sabemos para quién es cada caja? —preguntó.
—Cada una de nosotras eligió un color diferente —explicó Honor.
—Excepto nosotras —dijo Rosalie, hablando por las trillizas—. Las
nuestras son de plata a juego.
—Bueno, ¿vamos a ver si estos zapatos de hadas merecen tanto
alboroto? —Papá abrió el pestillo y todas jadeamos cuando se abrió la
caja.
Eran de Camille, un resplandeciente oro rosa. Las motas metálicas
estaban grabadas en relieve en el cuero rosa, creando un brillo reluciente.
Nunca había visto nada tan exquisitamente sofisticado.
Después fueron los zapatos de las trillizas. El cuero brillaba como la
preciosa plata de boda de Mamá. Las cintas eran de diferentes tonos de
púrpura, a juego con los vestidos de las niñas. Las de Ligeia eran de un
suave lila, las de Rosalie violeta y las de Lenore de un color berenjena tan
profundo que parecía casi negro.
Las zapatillas de Honor eran de un azul marino oscuro centelleando
con cuentas plateadas como el cielo nocturno.
Mercy había elegido un rosa escarchado para combinar con su flor
favorita, las rosas esterlinas. Incluso les había pedido a las modistas que
le adornaran el vestido con versiones de seda de ellas.
Morella había elegido un par de zapatillas doradas, brillando más que
el sol. Le sonrió a Papá cuando se las presentó con una mirada de tan
tierna admiración que no pude evitar sonreír.
Verity se acercó sigilosamente a Papá mientras sacaba la caja más
pequeña. Se apoyó en su pierna, presionando para ver sus zapatos en el
momento en que se abrió la caja. Cuando la tapa se desprendió, aplaudió
con deleite.
—Qué bonitos zapatos de hadas son estos —elogió papá, sacando las
zapatillas moradas. Manchas de oro se esparcían sobre ellas como
adornos dorados.
—¡Oh, Verity! ¡Son hermosas! —dijo Camille—. Puede que sean las
más bonitas de todas.
Verity se quitó las botas y se las puso, dando un salto en una feliz
pirueta mientras todos aplaudíamos a nuestra pequeña prima ballerina.
—Estos deben ser de Annaleigh —dijo Lenore, sacando la última caja.
Acurrucados sobre una cama de terciopelo azul marino estaban mis
zapatos. Elegí un cuero de jade, y el zapatero había agregado relucientes
pedazos de espuma marina y plata, concentrados fuertemente en los
dedos de los pies y desvaneciéndose a medida que avanzaban por la
zapatilla. Combinarían perfectamente con mi vestido.
Papá sonrió mientras me los entregaba.
—No creo que estos sean zapatos de hadas en absoluto. Se ven
perfectos para una princesa del mar
Verity frunció el ceño.
—Las sirenas no pueden usar zapatos, Papá.
—¡Tonto de mí! —dijo, golpeando su nariz—. ¿Estamos todos
satisfechos?
Todos repicaron con nuestra alegría y Morella tomó su mano.
—Con zapatos como estos, nadie podrá apartar los ojos de nuestras
niñas. Estarán bailando fuera de la casa antes de que nos demos cuenta,
Ortun.
Camille se puso rígida.
—¿Fuera de casa? ¿Qué quieres decir?
Morella parpadeó una vez.
—Solo que estarán fuera y casadas, por supuesto. Dirigiendo sus
propios hogares, como yo.
Papá frunció el ceño.
—Esta es mi casa. —Un mordisco se deslizó en la voz de Camille.
—Hasta que te cases —completó Morella. Cuando se encontró con el
rostro pétreo de Camille, su sonrisa comenzó a desvanecerse—. ¿No es
así? —Morella miró a papá en busca de aclaraciones.
—Como heredera de Thaumas, Camille se quedará en Highmoor,
incluso una vez que esté casada. Sé que es un asunto desagradable en el
que pensar, mi amor, pero cuando yo muera, ella hereda la propiedad.
Morella tiró de uno de sus pendientes de perlas.
—Solo hasta que... —Se calló, sosteniendo su estómago mientras su
rostro se sonrojaba—. ¿Seguramente ustedes chicas deberían estar en
otro lugar?
Las Gracias se pusieron de pie para irse, pero Camille agarró a Mercy
del brazo y la detuvo.
—Esto también les concierne. Todas deberíamos quedarnos para
escucharlo.
Papá parecía incómodo. Se volvió hacia Morella, tratando de entablar
una conversación más íntima.
—¿Pensaste que cualquier hijo que pudiéramos tener juntos
heredaría Highmoor?
Morella asintió.
—Esa es una práctica común.
—Funciona de esa manera en el continente —admitió—. Pero en las
islas, las propiedades se pasan al hijo mayor, independientemente del
sexo. Muchas mujeres fuertes han gobernado las islas Salann. Mi abuela
heredó Highmoor cuando falleció su padre. Duplicó el tamaño del
astillero Vasa y triplicó las ganancias.
Los labios de Morella se apretaron en una línea infeliz. Sus ojos
corrieron sobre nosotras, contando.
—¿Entonces nuestro hijo sería noveno en la fila, aunque sea un niño?
Nunca mencionaste nada sobre esto.
Frunció el ceño.
—No me di cuenta de que necesitaba hacerlo.
Su voz tenía una nota severa de advertencia, e inmediatamente
Morella negó con la cabeza, retrocediendo.
—No estoy molesta, Ortun, solo sorprendida. Supuse que Salann
seguía las mismas tradiciones que el resto de Arcannia, las tierras y los
títulos de familia transmitiéndose de padres a hijos. —Su sonrisa forzada
vaciló—. Debería haber sabido que ustedes, los isleños, serían diferentes.
Papá se levantó abruptamente. Estaba orgulloso de nuestra herencia
marinera y le dolía que otros pensaran menos de nosotros por vivir tan
lejos de la capital.
—Tú también eres isleña —le recordó antes de salir de la habitación
y dejarnos con nuestro montón de zapatos.
ice una mueca mientras los cordones del corsé se empujaron
y se hundieron en el centro de mi cintura.
La dependienta hizo un sonido de disculpa en el fondo de
su garganta.
—Una respiración profunda más, por favor, mi señora.
Los nuevos soportes presionaron mis huesos de la cadera y mi rostro
se torció en una mueca. La asistente me indicó que levantara los brazos
para poder deslizar la seda verde pálido sobre mi cabeza. Mientras la
falda amplia se colocaba alrededor de mi cintura, Camille se asomó por
una pantalla de tela y aplaudió.
—¡Oh, Annaleigh, te ves preciosa!
—Tú también —dije a medias, jadeando. El oro rosa resaltaba los
reflejos de bronce en su cabello, y sus mejillas se sonrojaban con
resplandor.
—No puedo esperar al primer baile.
—¿De verdad crees que conocerás a alguien?
—Papá invitó a todos los oficiales navales que conoce.
Palidecí.
—Y todos esos duques.
Su sonrisa se ensanchó.
—Y todos esos duques.
Papá había prometido invitar al baile a varios posibles pretendientes.
Después de ver un retrato de Robin Briord, el joven Duque de Foresia,
Camille había mostrado un interés poco común en aprender todo lo que
pudiera sobre la provincia boscosa. Daba vueltas a la tienda, sin duda
soñando despierta con él.
Me pregunté por el guapo extraño de Selkirk. Cassius ciertamente se
había comportado como un gran señor. Papá había enviado tantas
invitaciones, quizás él estaría entre ellas. Contemplé brevemente la idea
de nosotros dando vueltas por la habitación, iluminados con cientos de
velas, su mano entrelazada alrededor de la mía. Me acercaría más y, justo
antes de que terminara la música, se inclinaría para besarme...
—Ni siquiera sé qué le diría a un duque —murmuré, haciendo a un
lado la fantasía.
—Estarás bien. Solo tienes que ser tú misma, y filas de pretendientes
le pedirán a Papá su bendición.
Líneas de pretendientes. No podía imaginar un escenario más
mortificante.
Mi mayor esperanza era encontrar a alguien con el mismo tono de
cabello que el mechón del reloj de bolsillo de Eulalie. Lo había estado
llevando conmigo a todas partes, estudiando a cada hombre rubio con el
que me encontraba, buscando una coincidencia.
Morella y la Sra. Drexel, la dueña de la tienda, entraron a la
habitación.
La diseñadora se llevó las manos a la boca con un encanto teatral
antes de hacerme girar en círculo.
—¡Oh cariño! Nunca había hecho un vestido tan esplendoroso a una
chica así. ¡Te ves como las olas del mar en un cálido día de verano! No
me sorprendería que Pontus saliera de Brine para reclamarte como su
esposa.
—Ese es el del agua, ¿verdad? —preguntó Morella.
El resto de nosotros en la habitación asintió con inquietud. No había
forma más rápida de detectar a un continental que hablar de religión.
Otras partes de Arcannia adoraban varias combinaciones de dioses:
Vaipany, señor del cielo y el sol; Seland, gobernante de la tierra; Versia,
reina de la noche; y Arina, diosa del amor. Había docenas de otras
deidades, Heraldos y Embaucadores, que gobernaban otros aspectos de
la vida, pero para la Gente de la Sal, Pontus, rey del mar, era el único
dios que necesitábamos.
—¿Qué piensas del vestido? —preguntó la Sra. Drexel, cambiando de
tema con tacto practicado.
Estudié mi reflejo. Intrincados bordados fluían como ondas a través
del corpiño de seda. Mis hombros estaban completamente desnudos,
salvo por unas pequeñas mangas decorativas onduladas en mis brazos.
Docenas de metros de gasa de seda y tul formaban la falda. Las capas
superiores eran de diferentes tonos de verde claro, menta y berilo, con
destellos de esmeralda y verdín más oscuros asomando desde la parte
inferior.
—Me siento como una ninfa de agua. —Pasé mi mano por el bordado
metálico y el abalorio del generoso escote—. Una ninfa muy desnuda.
Las otras mujeres se rieron.
Tiré del borde, tratando de subirlo más.
—¿Podríamos agregar algo aquí? ¿Una banda de seda o tal vez algún
encaje? Me siento tan... expuesta.
Morella apartó mi mano, dejando al descubierto mi piel desnuda.
—Oh, Annaleigh, ahora eres una mujer adulta. No puedes cubrirte
como una niña. ¿Cómo verá este Pontus tus mejores atributos?
La señora Drexel frunció el ceño ante la mención frívola de Pontus
por parte de Morella, pero no obstante asintió. Con una rápida mirada a
la tienda, bajó la voz a un susurro furtivo.
—No debería decirte esto, pero el otro día tuve una clienta, una clienta
muy especial. Vio tu vestido colgando del perchero y me pidió que le
hiciera uno igual.
—¿Quién fue? —Morella se inclinó con los ojos muy abiertos,
hambrienta de chismes.
La Sra. Drexel sonrió de placer, muy consciente de lo mucho que
todos queríamos saber.
—Oh, no podría decirlo. Pero es una clienta querida. Una criatura
verdaderamente encantadora. Su única petición fue que le hiciera el
vestido rosa más apasionado que pudiera encontrar. Algo que realmente
golpee el corazón de cualquier hombre, mortal o... de otro tipo.
—¡Arina! —jadeó Camille—. ¿Diseñas vestidos para la diosa de la
belleza? —Miró alrededor de la pequeña tienda como si esperara que
Arina saliera de detrás de una pantalla bordada y nos sorprendiera a
todos.
—¿De verdad? —dijo Morella, con la boca abierta.
El giro de los labios de la Sra. Drexel lo delató todo, pero levantó los
hombros en un dramático encogimiento de hombros.
—No se me permite decirlo. —Lanzó un guiño por si acaso—. Pero eso
es todo para decir que este vestido está perfectamente de moda. Modesto
incluso, en comparación con algunos. —Inclinó la cabeza hacia los
vestidos de las trillizas y yo escondí una sonrisa.
—Creo que te ves perfecta —dijo Camille—. Como Mamá.
—La recuerdo —dijo la Sra. Drexel mientras se arrodillaba para
sujetar mi falda con alfileres a la longitud adecuada—. Un alma tan
amable. Vino aquí una vez por algo para ponerse en uno de los bautizos
de barcos de tu padre.
—Era rojo, ¿no? ¿Con una banda ancha sobre el hombro? —Camille
hizo la pantomima del vestido—. ¡Vine con ella para la prueba final! Le
encantaba ese vestido.
—¿Eras esa niña pequeña? ¡Oh, cómo pasa el tiempo! Apuesto a que
tu próxima visita aquí será para un vestido de novia.
Camille se sonrojó.
—¡Ciertamente espero que tengas razón!
—¿Tienes un novio? —preguntó la Sra. Drexel con la boca llena de
alfileres.
—No exactamente. Sin embargo, hay alguien a quien espero conocer
en el baile.
—¡Ha estado practicando su Foresiano durante semanas! —confió
Morella confió con una risita.
La Sra. Drexel sonrió.
—Estoy segura de que quedará impresionado. Ahora, daré los toques
finales a estos dos esta noche y puedo llevarlos a Highmoor mañana.
—Eso sería muy amable, gracias —dijo Morella—. Parece que nuestra
lista de tareas pendientes sigue creciendo cada vez más. Ahora sólo
queda un día.
Al cruzar la calle, lo vi.
El Edgar de Eulalie.
Estaba a una acera de distancia de nosotras, charlando con un trío
de hombres y vestido de negro de la cabeza a los pies. Nuestras miradas
se encontraron y asentí. Su rostro se puso pálido y farfulló algo a sus
compañeros antes de apresurarse a marcharse.
—¡Señor Morris! —grité.
Se detuvo en seco, sus hombros se hundieron con resignación,
atrapado e incapaz de escapar.
—¿Señor Morris? —repetí.
Se volvió con los ojos enloquecidos por el pánico. Pasaron sobre mí y
luego cayeron hasta el borde de mi capa.
—Señorita Thaumas, buenos días. Perdóneme, no esperaba que se
viera tan... fresca.
Su opinión me golpeó tan fuerte como una bofetada. Me había
acostumbrado al júbilo frenético que ahora infundía Highmoor. La luz del
sol entraba a raudales por las ventanas abiertas y había flores recién
cortadas por todas partes. Diariamente llegaban vestidos nuevos y
nuestros armarios eran tumultos de colores.
Todo rastro de luto se había ido. Los sudarios negros de cada espejo
y placa de vidrio se habían reunido en una gran pila en el jardín norte.
Las coronas y cintas de seda, las cortinas de crepé y toda nuestra ropa
oscura se habían prendido en llamas, alimentando una hoguera que
ardió durante tres noches.
Eché un vistazo a mi gabardina azul con inquietud, frotando mi
pulgar sobre las yemas de mis dedos.
—Ha habido varios... cambios en Highmoor.
Se fijó en la ropa colorida, en mi rostro descubierto.
—Lo he oído. Lo siento mucho, debo irme, yo…
—¿Cómo... cómo ha estado? —pregunté, incapaz de evitar que las
palabras salieran de mi boca. Sus ojos oscuros e inquisitivos me
convirtieron en un desastre tartamudo—. No lo hemos visto desde... —No
me atreví a terminar la oración y me aferré al primer tema que me vino a
la mente—. Hemos escuchado que ha sido un buen otoño. ¡Para la pesca!
En… bueno, el agua, por supuesto. Un buen otoño para pescar.
Edgar parpadeó una vez, la confusión se dibujó en su rostro.
—No pesco, en realidad. Soy aprendiz en el taller de relojería.
Mis mejillas ardieron.
—Oh, es cierto. Eulalie nos dijo que…
—¿Cómo está el señor Averson estos días? —interrumpió Camille,
salvándome hábilmente.
Sus ojos se endurecieron con desprecio, mirando su organza rosa
antes de responder.
—Está bien, gracias. —Sacudió una rodilla hacia adelante y hacia
atrás debajo de su levita oscura, claramente listo para que la
conversación terminara.
Camille parecía ajena a su malestar ya que prosiguió:
—Tenemos un reloj de pie que reparó la primavera pasada. ¿Quizás
lo recuerde?
Edgar se ajustó las gafas, disgusto estampado en sus rasgos.
—Sí. ¿Con el pulpo Thaumas como péndulo y los tentáculos tallados
en las pesas?
Ella asintió.
—El mismo. A medida que pasan las horas, los brazos bajan sobre su
presa.
Torció los dedos, nudillos afilados y blancos.
Ella sonrió, aparentemente terminando con los cumplidos.
—Solo estaba localizando a mi hermana. Nuestra madrastra nos
espera.
—Por supuesto, por supuesto. —Movió la cabeza, alejándose incluso
antes de quitarse el sombrero para despedirse. Mientras lo hacía, la luz
del sol brilló sobre su cabeza.
Su cabeza de cabello rubio pálido muy fino.
—¡Espera! —grité, pero se había escapado entre la multitud, casi
huyendo de nosotros.
Camille entrelazó su brazo con el mío, jalándonos hacia la tienda de
té.
—Un hombrecito tan extraño.
Mi corazón se elevó de esperanza.
—¿Tú también lo pensaste?
—Era como si no pudiera alejarse de nosotras lo suficientemente
rápido. —Su risa resonó en el mercado—. Pero, por supuesto, no todo el
mundo está tan interesado en hablar sobre la pesca de otoño como tú,
Annaleigh.
ubí las escaleras con dificultad, agotada por la larga tarde en
Astrea. Después del almuerzo, quería correr a casa y
preguntarle a Papá si Edgar se había acercado a él para
hablarle de su interés en Eulalie, pero Morella tenía otros planes. Nos
llevó de tienda en tienda, evaluando los productos como una urraca en
busca de un tesoro.
Planeaba dejar las compras en mi habitación antes de buscar a Papá,
pero mientras caminaba por el pasillo, vi aire húmedo saliendo del baño.
Olía a lavanda y madreselva, un aroma tan distintivo que me detuve
cuando los recuerdos de Elizabeth inundaron mi mente. Tenía una
mezcla especial de jabón en Astrea solo para ella. No lo había olido desde
el día en que descubrieron su cuerpo. Una de las Gracias debió de haber
encontrado una botella y decidió usarla para sí misma.
Efectivamente, huellas mojadas conducían por el pasillo hacia sus
habitaciones, manchando la alfombra.
Con un suspiro, las seguí. Pasaban por las habitaciones de Honor y
Mercy y se detenían frente a la de Verity. Estaba tumbada en el suelo,
despatarrada con su cuaderno de bocetos y rodeada de colores pastel.
—Tienes suerte de que te atrapé yo y no Papá.
Verity se sentó y dejó caer un pastel azul.
—¿Qué quieres decir?
—No te secaste bien con la toalla y dejaste un desastre acuoso en el
pasillo. Sabes lo mucho que ama esa alfombra.
Mamá y él la habían comprado durante su luna de miel en un bazar.
Papá dijo que le había dado la espalda por un momento y un comerciante
se abalanzó, mostrando sus artículos tejidos a mano. Mamá había
querido comprar una pequeña para su sala de estar, pero su Arpegiano
era tan malo que cuando la alfombra llegó a Highmoor, tenía quince
metros de largo. Le encantaba describir la expresión del rostro de papá
mientras la alfombra se desenrollaba más y más.
—Me baño por la noche. He estado en mi habitación toda la tarde.
¿Vea? —Verity levantó las manos, secas y manchadas de colores.
—¿Entonces quién fue? ¿Mercy u Honor? Todavía está humeando.
Se encogió de hombros.
—Están en el jardín, atando cintas en los arbustos de flores.
Eché un vistazo al pasillo. Las huellas todavía estaban allí, apenas.
En una inspección más cercana, eran demasiado grandes para ser de
Verity.
—¿Estaban aquí las trillizas?
—No.
—Bueno, alguien dejó huellas mojadas detrás y conducen
directamente a tu habitación.
Verity cerró su cuaderno de bocetos.
—No a mi habitación. —Hizo un gesto hacia el pasillo, a la puerta
directamente frente a la de ella.
Elizabeth.
—Sé que le robaste el jabón. El baño olía a madreselva.
—No fui yo.
—¿Entonces quién?
Una vez más, miró significativamente la habitación de Elizabeth.
—No hay nadie ahí.
—No lo sabes.
Me hundí en el suelo junto a ella.
—¿Qué quieres decir? ¿Quién estaría en la habitación de Elizabeth?
Verity me estudió durante un largo momento. Podía ver sus
pensamientos girando. Finalmente, volvió a abrir el cuaderno de bocetos
y pasó las páginas hasta que encontró la imagen correcta.
Era un retrato de Elizabeth. Noté la fecha garabateada en una
esquina sombreada. Verity había dibujado esto recientemente.
—¿Estás teniendo pesadillas de nuevo? ¿Has estado soñando con
Elizabeth?
Verity sufría a menudo de horribles terrores nocturnos. Gritaba tan
fuerte que incluso Papá salía corriendo de su estudio en el ala este.
Cuando la presionaban, nunca podía recordar de qué se trataban.
—Esto no es un sueño —susurró.
Dejé de lado el escalofrío que se había apoderado de mí.
—No hay nadie ahí. Ven y mira.
Verity negó con la cabeza, sus rizos castaños saltaron como
serpientes.
Me levanté del suelo con un frustrado chasquido de faldas.
—Me iré, entonces.
Las huellas casi habían desaparecido, desvaneciéndose de la
alfombra. Si hubiera subido las escaleras solo un minuto después, nunca
las habría visto. Mis dedos se cerraron alrededor de la manija de la
puerta, un caballito de mar bruñido que sobresalía del nogal oscuro, y se
escuchó un crujido detrás de mí. Verity se detuvo en su umbral, los ojos
muy abiertos y suplicantes.
—No entres.
Algo en la forma en que su pequeña mano se clavaba en la jamba
envió una racha de frío corriendo a través de mi pecho. Los vellos de la
parte posterior de mi cuello se erizaron, levantándose en defensa contra
un horror invisible. Era ridículo, pero no podía evitar la mirada de miedo
en los ojos de Verity.
Abrí la puerta con determinación, pero no entré.
El aire se sentía delgado y polvoriento. Después del funeral de
Elizabeth, las criadas quitaron la ropa de cama y cubrieron los muebles
con telas finas y vaporosas. Nunca volvieron a limpiarlo.
Después de un rápido recorrido por la habitación, me volví hacia
Verity.
—No hay nadie aquí.
Sus ojos color verde oscuro se desviaron hacia el techo.
—A veces visita a Octavia.
La habitación de Octavia, otro santuario envuelto e intacto, estaba en
el cuarto piso entre la suite de Papá y la sala de estar de Morella.
Un escalofrío involuntario me sacó del espeluznante trance que Verity
entretejía.
—¿Quién lo hace, Verity? Quiero que lo digas y veas lo absurdo que
suena.
Subió sus cejas, herida.
—Elizabeth.
—Elizabeth está muerta. Octavia está muerta. No pueden visitarse,
porque están muertas y los muertos no se visitan.
—¡Te equivocas! —Corrió a su habitación, agarró el cuaderno de
bocetos y me lo tendió, sin querer entrar en el pasillo.
Pasé las páginas, buscando cualquier prueba que ella pensara que
estos dibujos podrían ofrecer.
—¿Qué se supone que debo mirar?
Pasó a una escena en pasteles negros y grises. En ella, Verity se
acurrucaba en sus almohadas mientras una sombría Eulalie le
arrancaba las sábanas. Su cabeza estaba echada hacia atrás de forma
antinatural. No sabría decir si se suponía que se estaba riendo como una
loca o si el ángulo extraño era el resultado de su caída desde los
acantilados.
Respiré hondo, horrorizada.
—¿Dibujaste esto?
Ella asintió.
Estudié a mi hermana pequeña.
—Cuando los pescadores trajeron a Eulalie de regreso, ¿la viste?
—No. —Pasó la página. Una Elizabeth blanca como la tiza flotaba en
una línea roja de tinta, sorprendiendo a Verity con una túnica, lista para
su baño nocturno.
Pasó otra página. Octavia se acurrucaba en una silla de la biblioteca,
aparentemente sin darse cuenta de que la mitad de su cara estaba
aplastada y su brazo estaba demasiado roto para sostener un libro
derecho. Verity también estaba allí, asomándose por la puerta, una
silueta pequeña y asustada.
Pasó otra página.
Le quité el libro, mirando a Ava. Solo teníamos un retrato de ella
colgado en Highmoor. Era pequeña, nueve años con rizos cortos y pecas.
Esto... esto no se parecía en nada a eso.
—No tienes la edad suficiente para recordar a Ava —murmuré,
incapaz de apartar la mirada de las pústulas supurantes o las manchas
negras de piel infectada en su cuello. Lo más era su sonrisa. Era suave y
llena, exactamente como lo había sido antes de la plaga. Verity solo tenía
dos años cuando Ava se enfermó. No podía saber cómo fue Ava alguna
vez.
Pasé la página y vi un dibujo de las cuatro, mirando a Verity mientras
dormía, colgando de sogas. Disgustada, dejé caer el libro y se escaparon
hojas de papel sueltas, docenas de bocetos de mis hermanas. Explotaron
a través del pasillo como confeti macabro. En las imágenes, estaban
haciendo cosas, cosas ordinarias, cosas que les había visto hacer toda mi
vida, pero en cada dibujo estaban inconfundiblemente y horriblemente
muertas.
—¿Cuándo hiciste esto?
Verity se encogió de hombros.
—Siempre que las veía.
—¿Por qué? —Me atreví a echar un vistazo a la habitación
aparentemente vacía—. ¿Está Elizabeth aquí ahora?
Verity escaneó la habitación antes de mirarme.
—¿La ves?
Se me erizaron los vellos de los brazos.
—Nunca he visto a ninguna de ellas.
Tomó el libro y se retiró a su dormitorio.
—Bueno... ahora sabrás mirar.
—Era Ava, lo juro por el tridente de Pontus.
anna arrojó una canasta de ranúnculos violetas a una mesa
auxiliar. Sus mejillas llenas estaban tan sonrojadas como
manzanas rosadas. Incluso se había alistado como un par de
manos extra hoy.
—¿Me estás diciendo que Verity ve fantasmas? ¿De tus hermanas?
Había estado siguiendo a Hanna por el comedor, contándole los
horrores que había encontrado en el libro de Verity. El día del baile de las
trillizas había amanecido gris y nublado. Una niebla espesa cubría la isla.
A pesar de que era bastante después del mediodía, las luces de gas ardían
intensamente, iluminando al ejército de trabajadores que trabajaban con
las tareas finales antes de que llegaran los invitados.
—Sí. —No quería creer que fuera posible, pero el detalle con el que
Verity dibujó a Ava me estremeció hasta la médula.
—Estos se deben agregar en la glorieta del vestíbulo —instruyó Hanna
a dos hombres en una escalera.
Estaban agregando tiras de vidrio púrpura cortado al candelabro
mientras los lacayos trabajaban a su alrededor, dando los últimos toques
a los cubiertos. Junto a los platos con adornos de plata, decenas de
candelabros de vidrio de mercurio cubrían la mesa del banquete; a
medida que avanzara la cena, las velas largas gotearían cera púrpura
sobre el cristal, deleitando a los invitados. Dejé caer mi canasta de velas
macabras en una silla donde Roland indicó que deberían ir.
—Los fantasmas no existen. Tus hermanas están en su descanso
eterno, en lo profundo de la Sal. No estarían aquí. La imaginación de
Verity está desbocada. Tú lo sabes.
Mi corazón se hundió. Camille había tenido una reacción similar
cuando le hablé de las imágenes anoche. Luego me echó de su habitación,
diciendo que necesitaba un buen descanso antes de la fiesta. Había
cerrado la puerta sin siquiera ofrecerme una vela, lo que me obligó a
correr por el pasillo oscuro, segura de que Elizabeth iba a salir de su
habitación y agarrarme.
Hanna se dirigió al solárium en la parte trasera de la casa.
—Las chicas dijeron que quieren al menos cien velas en vaso aquí —
dijo a los sirvientes escondidos bajo palmeras y orquídeas exóticas—.
Asegúrense de colocarlos uniformemente y, por el bien de Pontus, ¡no los
coloquen demasiado cerca de las plantas! Lo último que necesitamos esta
noche es un incendio. —Volvió al pasillo, chocando contra mí—. ¿No
tienes otro lugar donde estar? —preguntó, exasperada.
—Sé que estás ocupada, pero escucha, por favor. Verity no sabía
cómo era Ava. Era tan pequeña cuando murió.
Hanna me agarró por los hombros, acercándonos, cara a cara.
—Todas se parecen, amor. Una pintura de cualquiera de tus
hermanas en blanco y negro podría confundirse contigo. Creo que estás
viendo lo que quieres.
Mi boca se abrió, dolida.
—¿Por qué querría ver eso? Se veían tan horribles. —Un
estremecimiento de repulsión me invadió al recordar los espantosos
ángulos de sus cuerpos—. Y ella no sabía que Eulalie se rompió el cuello.
—La chica cayó a treinta metros del acantilado. ¿Qué más habría
hecho su cuello?
Un estrépito sonó en las cocinas y Hanna aprovechó el momento para
empujarme a un lado.
—Annaleigh, niña, estás a punto de volverme loca. No recuerdo si se
supone que debo estar puliendo la ropa de cama o doblando la plata. Y
Fisher debe llegar en cualquier momento. Tienes muchos preparativos
para ti misma arriba. Hablaremos de Verity más tarde, lo prometo. Solo
sal de aquí abajo.
Mi mente, arremolinándose con horribles bocetos y fantasmas, se
quedó inmóvil ante sus palabras.
—¿Fisher viene? —Solté mi primera sonrisa del día.
Asintió con la cabeza, su rostro iluminándose.
—Tu padre lo invitó al baile. Quiere presentarlo a los capitanes y
señores. Está tan orgulloso. —Me dio un manotazo—. ¡Ahora vete! Iré
pronto para comenzar con tu cabello.
Subí por las escaleras traseras, estrechas y tan enrolladas como un
caparazón de molusco, para evitar el frenesí del vestíbulo. Al acercarme
al segundo piso, pude escuchar a las trillizas pelearse por los mejores
espejos y quién le robó a quién el labial. Mientras Rosalie gritaba pidiendo
a una sirvienta que la ayudara a buscar un par de peinetas extraviadas,
me apresuré a alejarme.
Una vez en mi habitación, abrí mi escritorio, con la intención de sacar
mi ropa interior. Un sobre gastado presionado contra la parte posterior
del cajón me llamó la atención.
Era una carta de Fisher, escrita hace años, después de haber
comenzado su aprendizaje en Hesperus. Pasé las yemas de mis dedos
sobre la letra familiar.
Realmente ni siquiera debería escribirte, ya que hiciste tal rabieta
cuando el Señor Thaumas me eligió como el próximo Guardián de la Luz,
pero mi madre dice que debería tomar el camino correcto. Es bastante
estúpido, si me preguntas. No hay carreteras en Salten y ciertamente no
en Hesperus.
Aquí hay silencio y Silas me despierta a todas horas de la noche para
fregar las ventanas del Viejo Maude. Lo odio. Eso debería animarte, al
menos. Y si no es así, no importa. Te escribí, como mamá dijo que debía
hacerlo. Así que ahí está.
Pero escríbeme, Pececilla. Extraño mi hogar más de lo que pensaba. Tú,
especialmente.
Sinceramente,
El Terrible Traidor Antes Conocido como Fisher
—¿Te vas a bañar o no? —Camille irrumpió en mi habitación,
sorprendiéndome. Metí la carta debajo de unas medias de lana—. He
estado esperando toda la tarde.
Tomé un par de medias y pasé la mano por la seda, como si buscara
rachas.
—Ve, entonces.
—¿Te has bañado?
Tiré las medias a un lado.
—No. Ni siquiera estoy segura de que vaya a hacerlo.
Hizo una mueca.
—¿Se trata de los dibujos de Verity? Elizabeth no te va a ahogar en la
bañera, pero yo podría hacerlo si me haces llegar tarde. Entra allí antes
de que te ahogue yo misma.
—Solo toma un baño, Camille.
—No quiero que te veas menos que la mejor versión de ti esta noche.
Ambas estaremos encontrando pretendientes. —Tomó mi bata de un
gancho y me la arrojó.
—Pensé que habías dicho que solo necesitaba ser yo misma —
murmuré malhumorada, caminando penosamente por el pasillo.
Camille me siguió, presumiblemente para asegurarse de que entrara.
—Lo mejor versión de ti, bañada —aclaró.
Cerré la puerta en su cara con un poco de satisfacción y rápidamente
la cerré antes de que pudiera entrar por la fuerza, dando más órdenes.
Me enfrenté a la bañera con temor. Esto era una tontería. Me había
bañado aquí muchas veces desde que Elizabeth murió.
Mientras giraba las manijas de latón, esperando el agua, las tuberías
crujieron y traquetearon, como ecos de los gritos de Eulalie cuando
descubrió el cuerpo de Elizabeth.
Después de agregar una pizca de jabón, me quité el vestido de día y
me miré en el espejo. Manchas oscuras bordeaban las líneas biseladas,
nublando el reflejo. ¿Se habían filtrado gotas de sangre de Elizabeth en
el vidrio, manchándolo para siempre?
Traté de dejar que el agua caliente relajara mis músculos tensos, pero
fue inútil. Mi imaginación trabajaba horas adicionales. Los ruidos en la
casa se convirtieron en mis hermanas fallecidas entrando sigilosamente,
listas para que me uniera a ellas. Cuando una barra de jabón golpeó mi
muslo, casi grité.
—Estás siendo ridícula —me reprendí antes de enjuagarme el pelo.
El jabón olía a jacintos y, mientras lo inhalaba, sentí que mi cuerpo
se relajaba, liberando sus preocupaciones.
Venía Fisher.
No lo había visto en años, no desde el funeral de Ava. No se nos
permitía salir de la propiedad mientras estuviéramos de luto, y Silas lo
mantenía demasiado ocupado para visitas frecuentes. Pero había sido un
elemento constante de mi infancia, ansiosa por jugar elaboradas rondas
de escondite o ir a pescar en el pequeño bote que Papá nos dejaba usar
si hacía buen tiempo.
Ahora tenía veintiún años. Por mucho que lo intentara, no podía
imaginarlo como un hombre adulto. Fisher había sido un larguirucho
desgarbado, con una mata de cabello castaño arenoso y ojos brillantes,
siempre dispuesto a hacer travesuras. No podía esperar a verlo de nuevo.
—¿Sigues ahí? ¡Date prisa!
—¡Solo necesito enjuagarme el cabello! —le grité a Camille.
Gimió y se alejó pisando fuerte.
Sumergiéndome bajo el agua, mi cabeza se pegó contra la parte de
atrás de la bañera. Me dejó sin aliento. Me levanté llorando de dolor y,
cuando las estrellas se despejaron de mi visión, solté un grito.
El agua se había vuelto de color púrpura oscuro, casi negro. Salmuera
oscura ardía en mis fosas nasales, cortante y amarga. Luché para
empujarme fuera de la bañera. El fondo estaba resbaladizo con una
viscosidad sedosa. Intenté ponerme de pie, pero mis pies resbalaron y caí
con un golpe espectacular, salpicando agua negra sobre el suelo. Me froté
la cadera, sintiendo ya un moretón.
Traté de llamar a gritos a Camille, pero de repente una fuerza invisible
me tiró hacia abajo. El agua oscura corrió hacia mi boca, llenándola con
un sabor salobre mientras soltaba un grito de ayuda. Empujé hacia
arriba, atragantándome con el olor a pescado.
Fue un sabor sorprendentemente familiar. Uno de los platos favoritos
del Cocinero para preparar en los meses de verano era un risotto negro,
lleno de almejas, chalotes y gambas. El arroz era de una obsidiana exótica
teñida con tinta de calamar.
¡Tinta! La tina estaba increíblemente llena de tinta.
Sin previo aviso, un tentáculo salió disparado del agua, serpenteando
alrededor de mi torso y estrechándose con fuerza. Estaba manchado de
rojo y púrpura, con líneas de ventosas naranjas pegadas a mí. Otro brazo
atacó mi pierna, dándole vueltas con una posesión feroz. Sacudí y pateé,
pero nada pudo apartar a la bestia de mí.
La cabeza bulbosa de un pulpo salió a la superficie, unos inteligentes
ojos ámbar me escudriñaron a través de las pupilas abiertas. Con mi pie
libre, los ataqué, rezando para que me liberaran.
La criatura se echó hacia atrás y pude ver su parte inferior
musculosa. Docenas de ventosas apuntaban directamente a su boca
negra, perversamente afilada. Se abrió una, dos veces, como si
reflexionara sobre qué parte de mí atacar primero.
Se lanzó hacia mí, y justo antes de que sintiera el pico hundirse en
mi muslo, me desperté. Mi corazón latía con fuerza, haciendo eco de sus
acelerados ritmos a través de mi pecho y en mi garganta mientras jadeaba
por aire.
Me había quedado dormida.
Fue un sueño.
Un espantoso, espantoso sueño.
Bajé de nuevo a las refrescantes aguas, dejé escapar un suspiro de
alivio, pero inmediatamente me levanté cuando sonaron golpes contra la
puerta.
—Annaleigh, lo juro, si me haces llegar tarde, ¡te mataré!
—¡Ya voy!
Me empujé fuera del agua, preguntándome cuánto tiempo había
dormido. Mirando la porcelana blanca mientras me secaba, no podía
recordar por qué había estado tan asustada en primer lugar. Era solo
una bañera. Elizabeth muriendo allí no cambiaba eso.
De pie frente al espejo, me retorcí el cabello mojado y vi algo en mi
espalda. Un conjunto de marcas rojas recorría mi columna vertebral, casi
como si me hubieran arañado.
—¿Camille?
Abrí la puerta.
—¡Finalmente! —Irrumpió con los brazos llenos de toallas, jabones y
aceites.
—¿Mirarías esto? —Me volví, mostrándole mi espalda desnuda—.
¿Cómo se ve para ti? No puedo verlo muy bien en el espejo.
Las yemas de sus dedos sobre mi piel estaban frías, presionando el
punto sensible.
—Te rascaste.
—Pero no lo hice.
—¿Mmm?
—No me rasqué.
Se volvió hacia mí, su rostro inexpresivo.
—Debió haber sido Elizabeth, entonces.
—¡Camille!
—Bueno, ¿qué quieres que diga? Es un rasguño. Los tengo todo el
tiempo. Probablemente sucedió mientras te frotabas. —Se sacó la
camisola por la cabeza y se detuvo—. Te frotaste, ¿no?
Se me escapó una risa. Yo no era Verity.
—¡Por supuesto!
Camille notó el baño lleno.
—¡No vaciaste la bañera!
Cuando se inclinó para encontrar el tapón, una mano salió del agua,
agarró su cuello y la arrastró hacia abajo. Elizabeth emergió de las aguas
revueltas, sus ojos se teñían de un verde enfermizo.
—¡Camille! —grité, rompiendo la horrible imagen. Se apartó de la
bañera con un suspiro exasperado.
—¿Ahora qué?
Parpadeé, aclarando mi visión. Este no era como el monstruo con
tentáculos. No me había quedado dormido. Había visto un fantasma, tal
como Verity dijo que pasaría, ahora que sabía mirar.
—Yo... —Camille había dejado muy claro anoche que no quería tener
nada que ver con las visiones de nuestra hermana pequeña.
Golpeó con el pie con impaciencia.
—¿Bien entonces? Sal. Necesito bañarme. Y debes asegurarte de ver
a Hanna antes de que comience con el cabello de las trillizas. Sabes que
Rosalie cambiará de opinión al menos tres veces.
Apenas me había puesto la bata cuando Camille me empujó. Al final
del pasillo había un juego de grandes espejos plateados. Cuando éramos
más pequeñas, Camille y yo nos quedábamos en el medio, mirando el
reflejo de nuestros reflejos hasta que nos mareábamos de risa.
Usando el doble reflejo ahora, bajé la parte de atrás de mi bata.
Camille estaba equivocada. Las marcas rojas no eran un conjunto de
líneas. Eran moretones, perfectamente redondos. Como si alguien
hubiera presionado las yemas de los dedos, tocando para llamar la
atención.
Me subí la bata, corrí a mi habitación y cerré la puerta de un portazo.
ajo el amplio roce de las faldas de tul, flexioné los pies,
contenta de que los zapatos de hadas tuvieran suelas planas
y acolchadas. Habíamos estado paradas en la línea de
recepción durante lo que parecieron horas. Si hubiera estado en tacones,
estaría cojeando hasta la cena. Camille me pinchó en las costillas con su
codo afilado.
—Presta atención —murmuró.
—Esta es mi esposa, Morella, y mis hijas mayores, Camille y
Annaleigh —dijo Papá, saludando a otra pareja. Estrechó la mano del
caballero y besó la punta de los dedos de la mujer—. Y las cumpleañeras,
Rosalie, Ligeia y Lenore.
Pegamos otra ronda de sonrisas, murmurando un hola y dándoles las
gracias por venir.
Rosalie abrió su abanico con un aleteo impaciente, echando un
vistazo a la línea de recepción detrás de Papá.
—Nunca llegaremos al baile —siseó.
Eché un vistazo alrededor del salón de baile, esperando que algunos
de los visitantes se hubieran aventurado en otras partes de la mansión.
¿No habíamos saludado a más personas que éstas? El salón, que podía
albergar fácilmente a trescientas personas, se sentía medio lleno. Una
orquesta de cuerdas tocaba bajo los murmullos de la multitud, haciendo
que la sala pareciera más animada de lo que realmente estaba.
¿Quizás la niebla había detenido a algunos de los invitados en tierra
firme?
Al menos el salón de baile no defraudaba. Las cortinas de terciopelo,
azul marino con relieves plateados, ondeaban artísticamente por toda la
habitación, creando rincones privados perfectos para las citas
románticas. Exuberantes flores de color púrpura goteaban de columnas
estriadas. El candelabro brillaba y centelleaba, sus gotas de cristal
giraban y colgaban para formar los brazos del pulpo Thaumas. El centro
del candelabro formaba el cuerpo, refractando la luz de mil velas
encendidas. La enorme bestia cubría la mitad del techo.
Pero la vista más espectacular era la pared de vidrio. Había estado
cubierta durante años con cortinas negras, como si su mera presencia
despertara más alegría de la debida en una casa de luto. Cuadrados de
vidrio azul y verde daban paso a verde azulado y aguamarina más arriba,
con un glaseado blanco en la parte superior, transformando una pared
del salón de baile en un verdadero tsunami. La luz de docenas de
braseros altos en el patio iluminaba la pared como una joya brillante,
arrojando reflejos de color cerúleo y berilo entre los invitados.
Vi a las Gracias corriendo entre la multitud, persiguiendo al pequeño
perro de la tía Lysbette y riendo con loca alegría.
Camille se inclinó y susurró entre dientes:
—Esos fueron los últimos invitados, gracias a Pontus. Estoy
hambrienta.
—¿Recuerdas algunos de los nombres de estas personas? —pregunté
mientras nos dirigíamos hacia adentro.
—¿Además de los familiares? Solo ese. —Asintió discretamente a
Robin Briord. Estaba de pie en un grupo de jóvenes mirando hacia el
candelabro. Las mejillas de Camille se sonrojaron con una expresión de
hambre que no tenía nada que ver con nuestra inminente cena—.
¿Cuándo debería ir a hablar con él?
Alguien tocó nuestros hombros y dijo:
—¿No hay saludos grandes y elegantes para mí, entonces?
Al volverme, no pude evitar mi chillido de alegría.
—¡Fisher! ¿Eres realmente tú?
Los años de trabajar en Hesperus lo habían cambiado. Había crecido
más alto y lleno, convirtiéndose en un hombre, con líneas por la risa que
enmarcaban cálidos y familiares ojos marrones. Cuando me envolvió en
un abrazo fraternal, sentí el poder detrás de todos sus nuevos músculos.
—¡No sabía que ibas a venir! —dijo Camille—. Annaleigh, ¿tú sí?
—Hanna lo mencionó esta mañana, pero olvidé decírtelo.
Me miró enarcando juguetonamente una ceja. De niñas, las dos
habíamos estado locamente enamoradas de Fisher, y lo seguíamos con
todo el entusiasmo de los desesperadamente no correspondidos. Fue lo
único por lo que realmente peleamos.
—Parece una cosa tremendamente grande para olvidar. Estoy segura
de que no fue intencional. —Su tono era burlón, pero un borde oscureció
sus palabras—. ¿Por cuánto tiempo estarás aquí? —preguntó, volviendo
su atención a Fisher—. Ha pasado tanto tiempo desde que te hemos visto.
Hanna debe estar encantada de que estés en casa.
Él asintió.
—Su padre me pidió que me quedara hasta el Cambio de Estación.
Quería asegurarse de que estuviera en la gran cena de la Primera Noche.
La Primera Noche, a solo unas semanas de distancia, era el comienzo
del Festival de Temporada, celebrando el cambio de estaciones mientras
Pontus agita los océanos con su tridente. El agua fría de abajo
mezclándose con el aire frío de arriba. Con los peces nadando más
profundamente para pasar el invierno en un estado de semi hibernación,
los aldeanos usaban este tiempo para reparar sus botes, remendar sus
redes y pasar tiempo con sus familias. El festival duraba diez días y se
volvía cada vez más salvaje a medida que avanzaba. Las familias de los
mejores capitanes de Papá eran invitadas a dar la bienvenida al cambio
del mar con un festín en Highmoor. Incluso en medio de nuestro duelo
más profundo, era la única celebración que siempre observábamos.
Camille sonrió.
—Maravilloso. No puedo esperar a escuchar todas tus aventuras en
el Viejo Maude. Pero primero tengo una misión propia. —Se alejó, dando
un rodeo hacia Briord, con los ojos enfocados en cada uno de sus
movimientos.
Fisher tomó mi mano, haciéndome girar.
—Te ves muy bonita esta noche, pequeña Pececilla. Muy mayor. ¿Me
guardas un lugar en tu tarjeta de baile? ¿O ya está demasiado llena? Mi
madre siempre decía que tardaba demasiado en ponerme en movimiento
Abrí mi bonito abanico de papel, tendiéndoselo. Servía como una
tarjeta de baile, aunque los espacios estaban sorprendentemente vacíos.
El tío Wilhelm, después de que la tía Lysbette lo insinuara mucho, había
pedido mi primer vals, y un primo lejano había pedido que baile un fox-
trot1. Supuse que una vez que terminara la cena, se llenaría. Después de
todo, era hermana de las invitadas de honor.
—Qué suerte tengo —dijo Fisher, mirando los espacios en blanco—.
¿Puedo ser tan atrevido como para pedir un vals? —Garabateó su nombre
con una floritura.
—Llévatelos todos —le dije, medio en broma.
Mis hermanas y yo fuimos instruidas en el arte de la danza, Berta nos
hizo bailar el vals por el salón, con Camille siempre haciéndome guiar,
pero yo no tenía ninguna aptitud para las bromas ingeniosas o los
coqueteos delicados. La perspectiva de una noche de charla forzada me
hacía sudar.
Fisher estudió la tarjeta antes de seleccionar una polca.
—Me temo que eso es todo lo que puedo ofrecer, Pececilla. Ya le
prometí bailes a Honor y las trillizas.
—Bueno, es su cumpleaños —admití con una sonrisa—. Nadie me ha
llamado así en años.
—Te garantizo que eres una dama demasiado grandiosa estos días
como para desnudarte y nadar en las pozas de marea. —Después de un
segundo sus ojos se pusieron serios—. Lamenté mucho oír hablar de
Eulalie…. Quería ir al funeral, pero hubo esa tormenta. Silas no quería
que lo atrapara solo.
Asentí. Era bueno tener a alguien con quien recordar a Eulalie, pero
no esta noche.
—¿Dónde te han puesto a cenar? —pregunté, desviando la
conversación hacia algo alegre y sin sentido.
—Todavía no he tenido la oportunidad de buscar en las tarjetas de
lugares.
Poniendo mi mano en su codo, nos llevé profundamente en el pasillo.
—¿Echamos un vistazo?
1
N.T. Baile de pareja que se ejecuta con pasos rápidos y cortos, de moda en los años
veinte.
Mercy se dejó caer en la silla junto a la mía, respirando
profundamente. Sus rizos, sujetos a los lados con rosas plateadas,
estaban caídos. Aunque trató de ocultarlo, la atrapé bostezando detrás
de su mano.
—¿Por qué no te vas a la cama? —pregunté—. Es casi medianoche.
Me sorprende que ustedes tres no hayan sido enviadas ya arriba.
—Papá dijo que no tenemos que ser niñas pequeñas esta noche.
Además, ¡no puedo perderme esta fiesta! Camille o tú podrían morir y
nunca tendremos otra.
—¡Mercy!
Frunció el ceño.
—¿Qué? Podría ser cierto.
Suspiré ante su insensibilidad.
—¿Con quién bailabas?
—El hijo de Lord Asterby, Hansel. Tiene doce —dijo, dándole al
número una gran importancia.
—Parecía que te estabas divirtiendo.
Sus cejas se levantaron.
—Solo habló de sus caballos, contándome todas sus razas, cinco
generaciones atrás. Dijo que no quería bailar en absoluto, pero sus
padres lo obligaron.
—Hansel Asterby parece que necesita aprender algunos modales.
Lamento que no te llevaras bien con él.
—¿Todos los chicos son tan aburridos?
Me encogí de hombros. Aunque no era una sorpresa total, Cassius no
había estado entre los invitados. En consecuencia, cualquier otro hombre
parecía un poco menos en comparación.
—No has bailado mucho —observó—. Y Camille parece enojada.
Seguí su mirada hacia donde Camille estaba cerca de la multitud que
rodeaba a Lord Briord. Su rostro estaba tenso, su risa demasiado fuerte.
—Todavía no ha hecho una presentación.
Mercy se llevó la barbilla a la mano; si la orquesta hubiera tocado una
melodía más suave, se habría quedado dormida en un instante.
—Deberíamos preguntarle por qué se demora. No creo que haya
hablado con ninguna de nosotras excepto con Papá. Es tan grosero.
Incluso si no le gusta Camille, es el cumpleaños de las trillizas. Al menos
debería desearles muchos cumpleaños felices.
Yo también lo había notado. También estaba muy consciente de que
mi tarjeta de baile nunca se había llenado. Sin la amabilidad de Fisher,
me habría visto como una solterona amargada.
—Alguien debería obligarlo. —Mercy miró por encima del borde de su
taza.
Lenore se unió a nosotras, sus faldas anchas se amontonaban sobre
los brazos de la silla como una cascada de color ciruela. Se bebió una
copa de champán de un trago.
—El velorio de Octavia fue más animado que esto.
—¿Tú tampoco has estado bailando? —adiviné.
—Solo con Fisher. Es mi cumpleaños. ¿No puedo insistir en que
alguien me pregunte?
Mercy me lanzó una mirada de complicidad.
—No lo entiendo —dijo Lenore—. Todas nos vemos encantadoras.
—Claro que sí —concordé.
—Todas somos educadas y tenemos muchas cualidades excelentes y
admirables —continuó, adoptando el acento afectado de un Arcanniano
continental.
—Mmm.
—Somos ricas —soltó, y comencé a sospechar que no era su primera
o segunda copa de champán.
—Eso somos.
—Entonces, ¿por qué estamos sentadas en la esquina sin pareja de
baile? —Azotó el vaso sobre la mesa. Cayó, pero no se rompió.
—¡Tengo la intención de preguntarle a Lord Briord exactamente eso!
—Mercy estaba al otro lado de la pista de baile, entrando y saliendo de
parejas con justa indignación, antes de que pudiéramos detenerla.
—Deberíamos ir tras ella. —Lenore no hizo ningún esfuerzo por
levantarse—. Se va a avergonzar a sí misma.
—Va a avergonzar a Camille —predije.
—¿No sería divertido?
Lenore llamó a un camarero que llevaba una bandeja de copas de
champán helado. Tomó dos y me dio el segundo. Lo rechacé con la mano.
—¡Casi convoco a un Embaucador aquí y ahora, solo para tener a
alguien con quien bailar! —gimió, bebiendo su bebida.
—No deberías decir cosas así —advertí—. Hay suficientes rumores
sobre nuestra familia tal como está. Además, si Papá te atrapa, te cortará
la cabeza. —Como si fuera una señal, él y Morella pasaron bailando el
vals, sonriendo radiantes el uno al otro. Era difícil creer que se hubieran
sentado en el funeral de Eulalie solo unas semanas antes.
Dejando a un lado el vaso vacío, Lenore tomó el que estaba destinado
a mí.
—¿Qué? —preguntó, viendo mi mirada puntiaguda—. Es mi
cumpleaños. Si no estoy bailando, bien podría llenarme con champán.
Mira —dijo señalando—, incluso Camille está de acuerdo conmigo.
Miré a través de la pista de baile a tiempo para ver a Camille acabarse
una copa de valor líquido. Respiró hondo y se pellizcó las mejillas,
dibujando puntos brillantes de color en su rostro. Sus labios se movieron,
claramente practicando su discurso para Lord Briord.
Mientras se dirigía hacia él, nunca la había visto tan hermosa.
Al llegar al borde exterior de su círculo, se detuvo, inclinando la
cabeza hacia la conversación. Pasó un momento, luego otro, y el tono
rosado desapareció de sus mejillas. Se llevó una mano a la boca y temí
que pudiera estar enferma.
Se apartó del grupo, tambaleándose hacia atrás y se tropezó con una
pareja que bailaba el vals.
—¿Qué pasa con ella? —preguntó Lenore.
—Lo siento, lo siento mucho —se disculpó Camille con los bailarines
antes de encontrar su camino hacia nosotras. Me puso de pie y me
arrastró como un nadador atrapado en la estela de un barco—. ¡Tenemos
que salir de aquí!
—¿Lo que acaba de suceder?
—¡Ahora, Annaleigh, por favor!
Camille no se detuvo hasta que nos adentramos en el jardín. Miles de
velas diminutas salpicaban repisas ocultas a lo largo de los topiarios.
Hubiera parecido mágico si la niebla se hubiera levantado alguna vez.
Ahora las lucecitas jugaban extrañamente con la niebla, creando
fantasmas sombríos, allí un momento y desaparecido al siguiente.
—Camille, cálmate. —Me senté al borde de la fuente.
Lanzó un puño hacia la casa.
—¡Esto no fue más que una estúpida farsa!
—No entiendo lo que está pasando. ¡Dime lo que pasó!
Coloqué mis brazos alrededor de mi pecho, la piel de gallina
ondulando sobre toda esa piel desnuda. Hacía demasiado frío para salir,
pero el frío sólo pareció agudizar los sentidos de Camille. Al menos había
dejado de caminar.
Estudió Highmoor en silencio. El salón de baile, brillando tan
intensamente por dentro, apenas se podía ver. La música de la orquesta
resonaba inquietantemente en la niebla.
—¿Cuántos hombres bailaron contigo esta noche?
Suspiré.
—¿Podrían todos dejar de insistir en eso?
—¿Cuántos? —Se giró, agarrándome por los hombros. Había un brillo
extraño en sus ojos. A la luz de las velas brumosas, Camille parecía medio
enloquecida. Me solté de su agarre, frotando donde sus dedos se habían
hundido.
—Tres.
—Tres. ¿La noche entera?
—Bueno, sí, pero...
Asintió con la cabeza como si ya lo supiera.
—Familiares, ¿verdad? Y ni siquiera muchos de esos.
—Supongo que no. —Mis dientes empezaron a castañetear—. Te vi
intentar hablar con Briord. Solo dime lo que dijo. Atraparemos nuestra
muerte aquí.
Resopló.
—La maldición ataca de nuevo.
Me puse de pie.
—No hay maldición. Voy a volver.
—¡Espera! —Me agarró y sus uñas se clavaron en la suave carne de
mi brazo—. Esperé toda la noche a que se presentara, pero nunca lo hizo.
Así que... decidí que iría y le pediría yo misma un baile.
—Oh, Camille.
Frunció el ceño.
—Lo escuché hablando con uno de sus hermanos menores. El
hermano lo estaba incitando, desafiándolo a invitar a Ligeia a bailar. Él
dijo no. El hermano preguntó por qué, ya que ella era tan hermosa.
—¿Que dijo él?
Exhaló con un suspiro tembloroso.
—Dijo que sí, que Ligeia era preciosa. Tan hermosa como un ramo de
belladona.
No estaba familiarizada con la palabra e intenté dividirla en cosas que
sí sabía.
—¿Hermosas damas?
—Hierba mora. Veneno. Cree que estamos malditas, que
maldeciremos a cualquiera que se acerque demasiado a nosotras. ¡Es por
eso que ninguna de nosotras ha estado bailando!
—Eso no es…
—¡Oh, Annaleigh, por supuesto que lo es! Piénsalo. Ya sea que haya
o no una maldición, la gente cree en ella. Hemos sido juzgadas y
declaradas culpables en opinión del público. Nada cambiará de opinión,
no importa cuántas fiestas bonitas organice Papá. Estamos malditas y
nadie creerá lo contrario.
Me hundí de nuevo, recordando los susurros en el mercado de
Selkirk. Las especulaciones que rápidamente se convirtieron en burlas.
—Es tan injusto.
Asintió.
—Y déjame decirte, el árbol genealógico de Briord está lejos de ser
perfecto. Cuando estaba estudiando sobre él, vi a varios primos
hermanos que se querían muchísimo…. No es de extrañar que tenga
orejas tan grandes.
Sonreí, sabiendo muy bien que una hora antes, Camille había
depositado tantas esperanzas en esas orejas ciertamente grandes.
—Esto no significa que se acabó para nosotras. Hay otros hombres.
Otros duques, en otras provincias. Provincias que nunca han oído hablar
de las Doce de Thaumas. Arcannia es enorme.
Camille hizo un ruido de disgusto y luego se unió a mí en la fuente.
Con su costado pegado al mío, casi podríamos haber estado en el piano.
Extrañaba esos días.
—Incluso si pudiéramos encontrar a estos otros duques desde lejos,
en el segundo en que vinieran aquí, lo descubrirían. Todo el mundo les
diría, ansiosos por ser aquellos acreditados por salvar a Su Gracia de una
unión condenada al fracaso.
—Entonces tal vez vayamos con ellos.
—Papá nunca aprobaría una idea así. —Envolvió su mano alrededor
de la mía, apretando mis dedos congelados hasta que un poco de vida
brotó en ellos—. Al menos siempre nos tendremos la uno a la otra.
Hermanas y amigas hasta el final. Prométemelo.
—Lo prometo.
Una figura se acercó a nosotras, recortada más grande de lo posible
contra la pared de niebla, una capa arremolinándose alrededor de su
cuerpo. Tacones resonaron sobre las baldosas del jardín, dirigiéndose
hacia nosotras. Por un momento, pensé que Papá podría haber venido a
buscarnos, pero la forma sombría se transformó. Era una mujer con
faldas amplias. Una cortina de niebla se arremolinaba a nuestro
alrededor, volviéndose demasiado espesa para verla, pero escuché su
risa, despreocupada y alegre.
Era Eulalie. Apostaría mi vida a eso.
Se me secó la boca cuando me imaginé a su fantasma, destinado a
caminar un bucle sin fin hasta los mismos acantilados donde había
encontrado su fin. Cuando el banco de niebla se dispersó, Camille y yo
estábamos solas en el jardín.
Mis nudillos estaban blancos mientras la sostenía. Ahora tendría que
tomarse en serio los dibujos de Verity.
—Viste eso, ¿no es así?
—¿Ver qué?
—La sombra. La risa... sonaba como Eulalie, ¿no?
Camille me arqueó una ceja interrogante.
—Has bebido demasiado champán. —Se volvió con un roce de faldas,
regresó al interior y me dejó en la niebla.
Los tacones repicaron detrás de mí de nuevo, aunque el jardín estaba
vacío, y corrí tras ella.
is ojos se abrieron, sacando lagañas de las comisuras de mis
ojos. Se sentía demasiado temprano para estar despierta. La
fiesta había terminado más allá de las tres, perfectamente
sincronizada con las mareas para enviar a los invitados de regreso a
Astrea. Boyas de cristal tintado llenas de algas luminiscentes iluminaban
los muelles, dando a los asistentes a la fiesta una vista encantadora
mientras se alejaban apresuradamente de Highmoor tan rápido como sus
tacones los llevaban.
Después de la conversación con Camille en el jardín, había sido difícil
ignorar sus palabras. Vi cómo hermana tras hermana se acercaban a una
conversación solo para encontrarme con medias sonrisas y ojos vidriosos.
Papá y Morella parecían ajenos a ello.
Me di la vuelta con un gemido, queriendo esconderme bajo el calor de
las mantas. Entonces un destello de luz en mi tocador llamó mi atención.
El reloj de bolsillo de Eulalie.
Tenía la intención de mostrárselo a Papá hace días, pero se me olvidó
después de ver el cuaderno de bocetos de Verity. Incluso ahora, un
escalofrío de inquietud recorrió mi espalda al recordar los dibujos
espeluznantes.
Sacando el mechón de cabello del reloj, lo giré entre mis dedos,
estudiando los mechones dorados. El trozo de alambre me había
desconcertado al principio, siempre había visto el cabello atado con
cintas o encajes, pero cuando miré el funcionamiento interno del reloj de
bolsillo, de repente cobró sentido.
Edgar era un aprendiz de relojero.
Trabajaba con bobinas de alambre y resortes.
¿Se había cortado un poco de cabello como ofrecimiento de amor a
Eulalie?
Fruncí el ceño. El asesino de Eulalie era, sin duda, un pretendiente
rechazado, alguien molesto, sus afectos no fueron correspondidos. Si
Eulalie había mantenido este reloj y este mechón de pelo en secreto, era
lógico que compartiera sus sentimientos. ¿Por qué más los habría
guardado?
Pero una ansiedad tan fuerte e inquieta había irradiado de él en el
mercado. Edgar no pudo alejarse de nosotras lo suficientemente rápido.
Edgar sabía algo. Debía de hacerlo.
Jugué con el reloj de bolsillo, reflexionando sobre qué hacer a
continuación. Obviamente necesitaba hablar con él, pero ¿qué diría? Esto
era demasiado grande para manejarlo yo sola. Cerré el reloj de golpe con
un clic resuelto y bajé a buscar a mi padre.
Irrumpí en el comedor, pero estaba claro que había entrado en el
momento equivocado.
Camille, con los dedos mortalmente blancos alrededor del tenedor,
estaba rompiendo sus arenques en pequeños pedazos hasta que parecía
una masacre más que un desayuno. Rosalie estaba bebiendo
malhumorada una taza de té, y Ligeia, plagada de ansiedad, seguía
mordisqueándose las uñas plateadas. Lenore todavía estaba en la cama,
presumiblemente durmiendo tras un merecido dolor de cabeza por el
champán.
Papá estaba sentado en la cabecera de la mesa, con la mandíbula
apretada y un cansancio tenso rodeando sus ojos.
—Fue la primera reunión social de todas. Quizás tener a tantas de
ustedes fuera a la vez hizo que la gente se sintiera incómoda.
Camille frunció el ceño, sus labios delgados y pálidos.
—Estoy de acuerdo contigo, Papá. Las malditas hermanas Thaumas
hicieron que la gente se sintiera incómoda. —Su tenedor chirrió sobre el
plato de porcelana antes de apartarlo.
Debió haberle informado de todo lo que había escuchado anoche.
Suspiró, rechazando su acusación con un movimiento de su mano.
—Nadie cree en las maldiciones excepto esos ridículos campesinos del
pueblo.
Ella golpeó la mesa en un ataque de rabia.
—Robin Briord no es un pescadero, ¡y lo escuché directamente de su
boca! ¡Nunca encontraremos una pareja, ninguna de nosotras! Todas
hemos sido contaminadas por la muerte de nuestras hermanas.
Rosalie tenía lágrimas en los ojos cuando dijo:
—¿De verdad dijo eso?
Camille asintió.
—Supongo que deberíamos considerar nuestra buena suerte.
Siempre tendremos Highmoor. Una vez Papá mue... Cuando yo sea la
Duquesa, siempre tendrás un hogar aquí. —Resopló, sus ojos oscuros y
de mal humor—. La casa de las Solteronas Malditas.
Hubo un pequeño ruido a mi lado. Morella había entrado
sigilosamente, todavía en bata. No sabía cuánto había escuchado, pero
fue suficiente para que la sangre corriera por su rostro afligido. Le ofrecí
una pequeña sonrisa, pero ella se apartó, agarrándose el vientre.
—¿Mi hijo también será maldecido? —preguntó con un destello de
desesperación, sus palabras afiladas flotando sobre la mesa del
desayuno.
Papá saltó de su silla.
—Mi amor, se supone que debes dormir hasta tarde. Después de una
noche tan emocionante, necesitas descansar.
—Papá, tengo algo de lo que necesito hablar contigo —dije,
encontrando mi voz cuando se acercó a nosotras.
—Ahora no, Annaleigh.
—Pero es importante. Se trata de…
—¡Dije que no ahora! He tenido todo lo que puedo soportar de las
noticias importantes esta mañana. —Lanzó una mirada de advertencia a
Camille antes de acompañar a Morella fuera de la habitación.
Mi aliento salió cuando se fueron. Metí el reloj en mi bolsillo. Los
arreglos florales violetas todavía salpicaban la mesa, y el olor a lirios
marchitos me revolvía el estómago. Serví una taza de café, dejándola
negra, y me senté con un suspiro.
—Tan dramática —murmuró Camille.
Pasé el dedo por el asa de la taza.
—A nadie le gusta la situación en la que nos encontramos, pero no
tenemos que atormentarla con eso.
Camille se volvió hacia mí.
—¿Desde cuándo te convertiste en su defensora? Tú también la
odiabas.
Rosalie y Ligeia miraron la puerta, juzgando si podrían salir ilesas de
la habitación.
—Nunca la odié. Está embarazada de nuestro nuevo hermano o
hermana y lo está pasando cada vez más difícil. ¿No deberíamos
permitirle un poco de amabilidad?
—¿Cuánta bondad nos mostraría si su pequeño dios sol heredara
Highmoor? ¿De verdad crees que permitiría alojamiento y comida a ocho
solteronas? Todas seríamos echadas más rápido que las flechas de
Zephyr.
Verity entró y bajó el último escalón.
—¿Quién es más rápido que Zephyr? ¡Nadie puede superar al dios del
viento!
Le lancé a Camille una mirada de advertencia. Las Gracias no
necesitaban saber de ninguna discordia entre nosotras y Morella.
—Tú seguramente, usando esos zapatos —exclamé, viendo sus
zapatillas de hadas asomando por su bata. Las había usado desde que
llegaron. No me hubiera sorprendido que hubiera dormido en ellas.
Verity sonrió, girando para lucirlos mejor, luego giró hacia el buffet y
se puso de puntillas para mirar los pasteles. Camille la ayudó a preparar
un plato. Primero se sirvió una generosa porción de arenques ahumados
antes de agregar la tarta de bayas que señaló Verity.
—Tengo ganas de volver a la cama —admitió Rosalie, extendiendo los
brazos sobre la mesa y bajando la cabeza—. Pasar toda la noche sin bailar
fue agotador.
—¡No es justo! ¡Aún tengo lecciones! —exclamó Verity. Se subió a su
asiento y esperó a que Camille le trajera el plato.
—Pesca primero.
Verity la miró con el ceño fruncido.
—Los tuyos todavía están en tu plato.
—Soy la mayor —respondió Camille.
Verity sacó la lengua, pero finalmente se hundió.
—¿Qué vas a hacer esta mañana, Annaleigh?
El reloj quemaba en mi bolsillo, pero no podía abrirlo ahora. No con
una pelea enconada justo debajo de la superficie.
—Debería caminar por la playa por más algas. Morella está casi sin
loción.
—¿La playa?
Todas nos volvimos para ver a Fisher parado en un arco.
—¿Quisieras compañía? Podría llevarte a remo hasta el pequeño
islote con todas las pozas de marea. Deberías poder encontrar lo que
necesitas.
Sentí los ojos de Camille en mí, pero asentí, sonriéndole a Fisher.
—¿Después del desayuno?
Él sonrió.
Entonces Papá entró y dijo:
—Tenemos que hablar. —Al examinar la habitación, vio a Verity—.
Cariño, ¿por qué no tomas tu desayuno arriba hoy? Puede ser un regalo
especial.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Están en problemas? Camille no se comió sus arenques.
—¿No lo hizo? Quizás le hablaré de eso.
Verity, complacida, salió de la habitación, tarta en mano. Los peces
se quedaron atrás.
—Fisher, ¿nos disculpa? Necesito hablar con mis hijas. En privado.
Fisher desapareció por el pasillo.
Papá esperó un poco antes de atacarnos.
—Morella está muy disgustada —dijo—. Inconsolable.
Camille se enojó, claramente sin retroceder:
—Imagínate cómo nos sentimos. Somos nosotras las que estamos en
peligro de morir, mucho antes de que nazca ese bebé.
Él suspiró.
—Nadie se va a morir.
—Entonces no tiene nada de qué preocuparse, ¿verdad? —Se dejó
caer en la silla—. ¿Supongo que quieres que me disculpe por tener una
conversación que no fue sobre ella y que eligió escuchar a escondidas?
Papá se pasó los dedos por el cabello.
—No lo menciones de nuevo. No alrededor de ella, no entre ustedes.
Voy a poner una suspensión a la maldición. Lo que no existe —agregó—.
Ahora tengo que viajar a la capital esta tarde. Me iré al menos una
semana, tal vez más. Hay un asunto desagradable que el Rey Alderon ha
pedido a su Consejo Privado que intervenga —suspiró—. Morella está
más cansada de lo que deja ver y le vendría bien un poco de cuidado
mientras no estoy. Mimos, incluso. ¿Me entienden?
Rosalie, Ligeia y yo asentimos. Después de un momento
deliberadamente largo, Camille también lo hizo.
—Bien —dijo, y salió de la habitación sin mirar atrás.
Deseé correr detrás de Papá y mostrarle el reloj, pero estaba de muy
mal humor para escuchar. Me gritaría y perdería cualquier posibilidad de
que me tomaran en serio. Miré hacia las profundidades de mi café,
preguntándome qué hacer a continuación.
Fisher asomó la cabeza desde el pasillo.
—¿Annaleigh? ¿Lista?
Empujé la taza a un lado.
—¡Voy!
l cielo era un vasto vacío azul cuando partimos hacia el
pequeño islote al otro lado de Salten. El sol no se había visto
en más de una semana y ahora empapaba en un esplendor
radiante, como disculpándose por su larga ausencia.
Mientras Fisher manejaba la pequeña embarcación, miré a través de
la extensión de mar abierto, contando tortugas marinas. Las bestias
gigantes eran mis favoritas. En primavera, las hembras subían a
nuestras playas para poner sus huevos. Me encantaba verlas nacer. Con
poderosas aletas pectorales y ojos gigantes y sabios, las pequeñas
tortugas eran miniaturas perfectas de sus padres. Se liberarían y se
abrirían camino por la playa, ya atraídos por el mar, al igual que la Gente
de la Sal.
—¡Mira! —Señalé una gran joroba correosa que rompía la superficie
a unos metros de distancia—. ¡Son doce!
Fisher aprovechó el momento para hacer una pausa y bajar los
remos.
—La más grande hasta ahora también. ¡Mira el tamaño de su
caparazón!
La vimos tomar una bocanada de aire y luego sumergirse por debajo
de la línea de agua. El viento despeinó el cabello de Fisher, resaltando las
mechas decoloradas por el sol, y me sorprendió de nuevo lo mucho que
había cambiado desde que dejó Highmoor. Sus ojos se posaron en los
míos mientras sonreía torcidamente.
—Es tan hermoso, ¿no? —Levantó la barbilla, señalando la isla detrás
de mí.
Volví a mirar a Highmoor. Sus cuatro pisos se elevaban abruptamente
desde lo alto de los acantilados rocosos. La fachada de piedra era de un
gris suave, cubierta de hiedra. Un bonito dibujo de tejas azules y verdes
salpicaba el techo a dos aguas, brillando como la joya premiada en una
corona de sirena.
Mis ojos se desviaron hacia el sendero del acantilado.
—Parece que nada malo podría suceder allí, ¿no?
Sus cejas se fruncieron mientras asentía.
—Creo que me topé con algo que no debería antes.
—Ya somos dos.
Su silencio se sintió como un suave empujón para obtener más
información.
—Tenía algo que quería discutir con Papá, pero él y Camille estaban
enfrascados en una batalla por esa tontería sobre la maldición, y nunca
llegué a decírselo. Y ahora se fue a la capital y quién sabe cuándo
regresará.
—¿Es realmente tan urgente?
—Se sentía así esta mañana.
—¿Y ahora?
Me encogí de hombros.
—Supongo que tendrá que esperar, lo sea o no.
Fisher deslizó los dedos sobre los remos, pero no hizo ningún
movimiento para continuar remando.
—Puedes hablarme sobre eso, sea lo que sea. ¿Quizás podría ayudar?
Pasé la mano por el reloj de bolsillo, pero no lo saqué.
—Yo... creo que Eulalie podría haber sido asesinada.
Sus ojos se entrecerraron, el ámbar oscureciéndose.
—Madre dijo que se cayó de los acantilados.
Metiendo mechones sueltos de cabello detrás de mi oreja, asentí.
—Lo hizo.
—No crees que fue un accidente —adivinó.
Me atreví a mirar hacia arriba, encontrándome con su mirada.
—No lo fue.
Una fuerte ola golpeó el costado del bote, sobresaltándonos a ambos.
—¿Por qué no le has dicho nada a Ortun? Siempre solías ir corriendo
hacia él con cualquier problema.
—Quería, pero... es diferente ahora. Él es diferente. Ha tirado en
tantas direcciones —dije, hablando para mí más que para Fisher—. Ya
no es un viudo con una mansión llena de hijas. Es esposo de nuevo. Yo
solo deseo…
—Continúa. —Dio un codazo cuando quedó claro que no iba a
terminar.
Mi boca se elevó en una sonrisa que el resto de mí no sintió.
—Solo desearía poder dejar que él lo manejara. Se siente demasiado
grande para mí sola.
Sonrió.
—Es una lástima que no podamos preguntarle a Eulalie qué le pasó,
¿sabes? Ella nunca fue una de historias cortas, ¿verdad?
—Nunca —concordé.
Nuestras miradas se encontraron y una chispa de intimidad
compartida me calentó. Era agradable volver a hablar de Eulalie con
alguien que realmente la conocía. Con todos los preparativos para el
baile, se sentía como si de alguna manera la hubieran olvidado.
—¿Recuerdas la vez que ella...? —me detuve, mi garganta
inesperadamente apretada.
—Oh, Annaleigh —dijo Fisher, envolviendo sus brazos alrededor de
mí sin dudarlo.
Presioné mi cara contra su pecho, dejándolo abrazarme a mí y a mi
dolor de corazón. Pasó sus dedos por la parte de atrás de mi cuello en
círculos tranquilizadores, y algo que decididamente no era dolor se desató
dentro de mí. Contra mi oído, su corazón se aceleró, igualando el mío. Me
quedé allí, contando los latidos, preguntándome qué pasaría si le
permitía hacer el siguiente movimiento. Pero el agudo chasquido de
desaprobación de Hanna apareció en mi cabeza y me aparté.
Me estudió durante un largo y silencioso momento antes de levantar
los remos. Los hizo trabajar contra las olas, volviéndonos hacia el islote
una vez más.
Mordí la comisura de mi labio, anhelando difundir el aire entre
nosotros. De repente era demasiado pesado, demasiado cargado de
significado sin nombrar.
—¿Fisher? ¿Crees en los fantasmas?
Las palabras salieron antes de que pudiera siquiera pensar en ellas,
y aunque temí que me creyera loca, sus ojos se arrugaron, divertido.
—Fantasmas como... —Meneó los dedos, tratando de parecer
espeluznante.
—No, fantasmas reales. Espíritus.
—Ah, esos.
Las olas que nos rodeaban se oscurecieron cuando pasamos bajada.
Las gaviotas posaban en los rincones y recovecos del islote. Se deslizaban
por encima de nosotros, buscando comida para sus crías.
—Lo hacía cuando era un niño. Me pareció muy divertido inventar
historias y asustar a los niños más pequeños en las cocinas. Una vez le
conté una historia tan espantosa a la hija de Cocinero, que tuvo
pesadillas durante una semana y finalmente me acusó. Madre estaba
menos que complacida.
—¿Y ahora?
—No lo sé. Creo que llegas a un cierto punto en la vida en el que los
fantasmas ya no son divertidos. Cuando muere la gente que amas... como
mi padre, tu madre y tus hermanas... la idea de que puedan quedar
atrapados aquí... es insoportable, ¿no? No puedo imaginar un destino
peor. Invisible, inaudito. Rodeado de gente que cada día te recuerda un
poco menos. Me volvería loco, ¿tú no? —Dejó de remar—. He estado fuera
por un tiempo, pero todavía reconozco esa expresión en tu cara. Algo te
está molestando. No solo lo de Eulalie. Algo más. —Extendió la mano y
me apretó la rodilla—. Sabes que puedes decirme cualquier cosa.
—Verity ha estado viendo fantasmas. —Salió rápidamente, como un
río precipitándose por el borde de un acantilado—. Ava y Elizabeth,
Octavia e incluso Eulalie ahora.
Fisher respiró hondo.
—¿En serio?
Agité mi mano, queriendo dejar la conversación a un lado.
—Suena absurdo, lo sé.
—No, no, no es así. Yo solo... ¿Cómo se ven?
Le hablé del cuaderno de bocetos, de las pústulas de la peste y los
cuellos rotos, los miembros desencajados y las muñecas ensangrentadas.
—Oh, Verity. —Suspiró—. Qué horrible.
Fruncí el ceño.
—Y la cosa es... ahora que me ha hablado de ellos, estoy segura de
que voy a entrar al baño y ver a Elizabeth flotando boca abajo en una
bañera ensangrentada, o ver el cuerpo destrozado de Octavia en el
estudio. No puedo quitarme las imágenes de la cabeza. Veo a mis
hermanas en todas partes.
Su pulgar trazó un círculo cálido a través de mi rodilla.
—Suena terrible. Pero, quiero decir... —Hizo una pausa—. No es como
si realmente fueras a hacerlo.
—No me crees. —Crucé los brazos sobre mi pecho, repentinamente
fría a pesar de la brillante luz del sol.
—Creo que te inquietaron, y eso es perfectamente natural; no es
necesario que te avergüences de ello. Pero realmente no crees que Verity
esté viendo fantasmas, ¿verdad?
—No sé qué pensar. Si no son reales, ¿por qué dibujaría cosas tan
horribles?
Se encogió de hombros.
—Tal vez no sean tan horribles para ella. Piénsalo. Ha estado de luto
desde el día en que nació. ¿Cuándo no ha estado rodeada de dolor? —
Fisher se apartó el pelo revuelto de los ojos—. Eso tiene que afectar a una
persona, ¿no crees?
—Supongo.
Apretó mi pierna una vez más.
—No me preocuparía demasiado por eso. Probablemente sea solo una
fase. Todos pasamos por algunas extrañas.
—Recuerdo la tuya —dije, una sonrisa inesperada se extendió por mis
labios.
Gimió, retrocediendo contra las olas.
—No me lo recuerdes, no me lo recuerdes.
—Nunca olvidaré la forma en que gritaste. —Él sonrió, pero por un
momento, tuve la extraña sensación de que no sabía de qué estaba
hablando—. La serpiente de mar —recordé, levantando las cejas.
Los ojos de Fisher se iluminaron.
—Oh eso. No hay nada de malo en gritar cuando ves una serpiente
tan grande. Eso es solo autopreservación.
—¡Pero era solo un poco de cuerda!
Exclamé, riéndome del recuerdo. Habíamos estado buscando conchas
marinas en la playa cuando apareció un trozo de red. Fisher me había
agarrado de la mano y había salido disparado, gritando como un loco
sobre las serpientes venenosas y nuestra inminente perdición. Nosotras,
las chicas, dejamos hilos de cuerda para que Fisher los encontrara
durante el resto de ese verano.
—Cuerda, serpiente, es lo mismo —dijo, riendo junto a mí.
El barco chocó contra las arenas negras del islote, sacándonos del
tema. Salté del bote y ayudé a Fisher a arrastrarlo hasta la orilla. Más
arriba en la playa, cerca de los asentamientos rocosos, había una serie
de pozas marinas. Durante la marea alta, la pequeña isla estaba
completamente bajo el agua, pero cuando el agua se alejaba, dejaba todo
tipo de tesoros atrapados en el basalto. Siempre se podían encontrar
estrellas de mar y anémonas con tonos de arcoíris, a veces incluso
caballitos de mar, atrapados hasta que regresara la marea. Grandes
grupos de algas a menudo se enredaban en los bordes irregulares. Las
pozas marinas eran el lugar perfecto para encontrar más suministros.
—¿Disfrutaste el baile anoche? —pregunté mientras buscábamos.
—Sin duda fue la velada más glamorosa que he tenido. ¿Y tú?
—Estoy muy agradecida de que estuvieras allí. Ninguna de nosotras
habría bailado de otra manera.
La realización apareció en su rostro.
—Dijiste que tu padre y Camille estaban peleando por la maldición.
¿La gente realmente cree eso?
—Aparentemente.
—Tu familia ha tenido una mala racha de suerte, pero eso no
significa... —Golpeó con la mano a un cangrejo violinista, luchando con
él por un poco de algas marinas—. Lo siento.
—No me importa mucho. Pero Camille es la heredera ahora. Se espera
que se case bien, y le preocupa no encontrar nunca un marido si está
sentada en la orilla de todos los bailes a los que asiste.
Fisher ladeó la cabeza, meditando.
—Si tan solo hubiera una manera de sacar a todas de la isla...
llevarlas lo suficientemente lejos de Salann como para que nadie haya
oído hablar de la maldición Thaumas.
—¡Eso es lo que dije anoche! Pero ella cree que es imposible.
Los ojos de Fisher se desviaron de la isla, buscando en las costas de
Salten como si tratara de recordar algo enterrado.
—Me pregunto... —Se encogió de hombros, riendo para sí mismo—.
Probablemente sean más chismes. Olvídate de que dije algo.
—¿Qué es? —pregunté, uniéndome a él para tirar mi pesca.
—Al crecer en las cocinas, escuchas muchas historias. Y eso es
probablemente todo lo que son.
—Fisher —pedí.
Suspiró.
—Suena un poco loco, ¿de acuerdo? Pero recuerdo haber oído algo
sobre un pasadizo, una puerta secreta. Para los dioses.
—¿Los dioses? —¿Qué estarían haciendo los dioses en Highmoor?
—Hace mucho, mucho tiempo, eran mucho más activos en los
asuntos de los mortales. Les gustaba que les consultaran, sobre todo,
desde el arte hasta la política. Algunos todavía lo hacen. Sabes que Arina
siempre aparece en la ópera y los teatros de la capital. Dice que es una
musa importante.
Asentí.
Se frotó la nuca.
—Bueno, no es como si pudieran tomar un carruaje desde el
Sanctum, ¿sabes? Necesitan una forma de llegar a nuestro mundo.
Entonces están estas puertas. Recuerdo que uno de los lacayos dijo que
había uno en algún lugar de Salten, para que Pontus lo usara cuando
estuviera de viaje. Dices una especie de palabras mágicas y te llevan a
lugares, lugares lejanos como ese. —Chasqueó los dedos—. Pero es solo
una historia.
Una puerta así debía estar marcada de manera especial y ciertamente
nunca había visto algo así en Salten. Probablemente fue una tontería.
Pero…
—¿Alguna vez dijo dónde está la puerta de Pontus? —pregunté,
encogiéndome ante la esperanza que escuché en mi voz.
Fisher negó con la cabeza.
—Olvídate de eso, Annaleigh. —Tomó la cesta y agitó su contenido—
. ¿Esto es suficiente, crees?
—Es suficiente, gracias. Morella lo agradecerá, estoy segura.
Tiramos del bote por la playa, dejándolo encontrar el agua. El sol
brillaba, calentando todo con un brillo dorado. Mis ojos se posaron en
Fisher. Al estudiar la forma en que sus antebrazos se flexionaban
mientras remaba por la bahía, me atreví a recordar cómo se habían
sentido envueltos a mi alrededor.
Un chapoteo sonó delante de nosotros, rompiendo mi ensueño. Una
aleta verde me llamó la atención.
¡Una tortuga marina!
Fisher hizo una mueca, escudriñando las aguas por delante.
—Annaleigh, no mires.
Un tentáculo rojo salió del agua, agitándose agresivamente. Mi
sonrisa se desvaneció. Un rojo así significaba calamar, y se veía enorme.
Mientras el barco pasaba al lado, quise llorar. La tortuga marina
estaba luchando por su vida. Los brazos del calamar se envolvían
alrededor de ella, agarrando y retorciendo y tratando de separar la
concha. Los calamares, incluso uno tan grande como este, no se comían
tortugas.
Solo las perseguían por maldad.
is dedos se deslizaron sobre las teclas del piano, elaborando
una serie de notas. Era una pieza compleja, llena de
deslizamientos que descendían rápidamente y ritmos en
picada, que requerían una concentración absoluta. Desafortunadamente,
mi mente no estaba completamente concentrada en la pieza, y el sonido
me hizo estremecer.
Papá se había ido por más de una semana. No envió noticias de su
llegada de inmediato, y un pánico nervioso se apoderó de Morella, segura
de que la maldición había golpeado. Cuando finalmente recibimos una
carta, la tomó de la bandeja de plata y corrió escaleras arriba para leer
sus palabras en privado.
Había comenzado a aparecer, una pequeña hinchazón en su
estómago que rápidamente se expandió en una curva redonda. El bebé
estaba creciendo demasiado rápido. Llamamos a una partera de Astrea,
y cuando salió del dormitorio de Morella, su rostro estaba serio por la
preocupación.
—Gemelos —dijo—. Activos también.
La comadrona me dio un ungüento para frotar en el vientre de Morella
dos veces al día y dijo que necesitaba descansar lo más posible, mantener
los pies elevados y las emociones bajo control.
Después de otra serie de notas equivocadas, di un golpe seco hasta el
final y golpeé la partitura, estudiando lo que debería haber hecho.
Una sirvienta asomó la cabeza al Salón Azul.
—¿Señorita Annaleigh? —preguntó, y dio una pequeña reverencia—.
Hay un tal Señor Edgar Morris.
Mi respiración se aceleró. ¿Edgar en Highmoor?
—¿Para mí?
—Y la señorita Camille.
—No la he visto desde el desayuno, pero creo que está en su
habitación. —Desde el baile, se había escondido detrás de puertas
cerradas, arremetiendo contra cualquiera que se atreviera a molestarla.
Presioné dedos temblorosos en mi falda. Después del viaje en bote
con Fisher, le había escrito una docena de cartas a Papá, tratando de
explicar mis sospechas y rogándole que regresara pronto a casa para
ayudar. Todas habían terminado en el fuego, viéndose como las
cavilaciones de una loca. Una carta no era el camino a seguir. ¿Cómo
podían las meras palabras transmitir el sentimiento oscuro que crecía en
mi estómago?
—Señorita Thaumas, hola —dijo Edgar, entrando en la habitación.
Una vez más, estaba vestido completamente de negro, todavía
observando el duelo más profundo.
Me volví en el banco y lo vi contemplar la habitación después del
duelo. Los apliques hacían brillar los espejos, e incluso con la mañana
nublada, la habitación parecía mucho más alegre que la última vez que
la había visto.
—Señor Morris.
Aunque era el colmo de falta de respeto, me quedé en el banco del
piano, demasiado sorprendida para moverme. Era como si realmente lo
estuviera viendo por primera vez, detectando detalles que nunca antes
había notado. Una pequeña cicatriz justo encima de su labio superior,
los mismos labios que Eulalie debió haber besado. Y esas eran las manos
que sin duda Eulalie había tomado cuando él le propuso en secreto.
¿Había pasado sus dedos por ese cabello rubio pálido? ¿Se quitaba los
lentes de carey para mirar sus ojos entrecerrados de color avellana?
¿Qué secretos de ella guardaba este hombre?
—Señor Morris, qué sorpresa tan inesperada. —Escuchamos la voz
de Camille antes de que entrara. Edgar seguía de pie cerca del umbral,
inseguro de lo que debería estar haciendo—. Annaleigh, ¿has enviado a
por el té?
Negué con la cabeza.
—Está bien, señorita Thaumas, no tengo la intención de quedarme
mucho tiempo —tartamudeó, extendiendo la mano como para detenerla.
—¿Martha? —gritó Camille, ignorándolo—. Dile al Cocinero que
necesitaremos té y tal vez un plato de esas galletas de limón que hizo
ayer.
—Sí, señora.
—Tome asiento, por favor, señor Morris. ¿Annaleigh?
—¿Qué? pregunté, permaneciendo tercamente en el banco.
—Te unirás a nosotros, ¿no?
Después de una larga pausa, me puse de pie.
—Por supuesto.
Martha entró en un servicio de té. Como la mayor, Camille se puso a
trabajar preparando las tazas de todos. Una vez que nos sirvieron, se
enderezó y miró a nuestro invitado.
—¿En qué podemos ayudarlo hoy, Señor Morris?
Tomó un sorbo de té, dándose fuerzas para la conversación que se
avecinaba.
—Quería disculparme por mi comportamiento en el mercado. Me
temo que no fui del todo yo mismo ese día. Fue una sorpresa verlas a los
dos en público y lucir tan… —Apretó la mandíbula—. Bueno… sus
rostros me recordaron a Eulalie. Me tomó bastante desprevenido. Yo
también... esperaba hablar ustedes. Sobre... esa noche.
Si Camille estaba sorprendida, era mucho más hábil para ocultarlo
que yo.
—¿Qué pasa con eso? —preguntó, revolviendo su té con tanta
suavidad que la cuchara ni una sola vez tintineó.
Se retorció incómodo.
—Supongo que puedo admitir esto ahora, pero estuve aquí... la noche
que sucedió.
—Lo sé —murmuré, mi voz fue tan tranquila que no estaba del todo
segura de haber hablado.
Las cejas de Edgar se arquearon con sorpresa.
—¿Eulalie le habló de mí?
Negué con la cabeza.
—La inscripción, en el relicario...
Se secó la frente con el pañuelo. Incluso eso era negro.
—Me sorprendió verlo en ella en el funeral. Nunca lo usó en vida. Era
nuestro secreto.
—Debió de tenerlo puesto cuando se cayó, pero no creo que nadie lo
haya notado nunca... Los pescadores que la encontraron leyeron el
grabado. Si no lo hubieran hecho, nunca hubiera sabido que Eulalie
estaba comprometida.
—¡Comprometido! —resopló Camille—. No seas absurda. Eulalie no
estaba comprometida.
Edgar se movió hacia el borde de su asiento, enfocando su atención
en mí con una intensidad desconcertante.
—¿Cómo supo que era yo? Fuimos tan cuidadosos.
—Encontré el reloj de bolsillo que había escondido, con el mechón de
cabello. No fue hasta que se quitó el sombrero en el mercado que me di
cuenta de que era una coincidencia perfecta.
—¿Encontró el reloj?
—¿Qué reloj? Annaleigh, ¿qué está pasando?
Por primera vez durante su visita, Edgar sonrió de verdad.
—Pensé con certeza que se había perdido en la Sal. Se lo di en lugar
de un anillo.
La boca de Camille se abrió.
—¿Un anillo?
Me froté la frente.
—La noche en que Eulalie ... se iba de Highmoor para fugarse con
Edgar.
Se echó a reír.
—¿Es esto una especie de broma?
Edgar negó con la cabeza.
—No le creo. Eulalie era la heredera de Highmoor. Ella no dejaría eso.
Tenía una responsabilidad aquí.
—No la quería. Nunca la quiso.
No estaba mintiendo. Papá tuvo que arrastrarla a visitar los astilleros
de Vasa y obligarla a estudiar libros y cuentas. ¿Cuántas veces me senté
al piano y la vi dormirse durante una de las lecciones de Papá sobre
historia familiar?
—Incluso si eso fuera cierto, nunca se habría casado con un aprendiz
de relojero humilde. Quería cosas mejores en la vida.
—¡Camille!
Me hizo callar con una mirada tan letal como una daga.
Edgar ignoró su insulto.
—Estábamos enamorados.
Camille soltó una carcajada.
—Entonces ella no se habría escapado con usted. Se habría casado
con usted en una ceremonia adecuada.
—Estaba asustada.
—¿De qué? —cortó.
Se encogió de hombros.
—Eso es lo que esperaba que supieran. Se suponía que nos
encontraríamos en el acantilado a la medianoche. Esperé durante horas,
pero nunca llegó. Decidí irme y tenía previsto volver por la mañana.
Mientras empujaba mi bote desde debajo de los acantilados… —Hizo una
mueca, tragando un sollozo—. Nunca olvidaré ese sonido mientras viva...
Como el golpe de la carne aterrizando en el bloque del carnicero. —Se
secó la frente de nuevo, las lágrimas corrían por su rostro—. No puedo
dejar de escucharlo. Está sonando en mis oídos incluso ahora. Temo que
me vuelva loco.
—¿La vio caer? —pregunté, horrorizada. Mis ojos estaban muy
abiertos y el horror corrió por mi espalda.
Asintió miserablemente.
—Estaba remando junto a las rocas cuando ella las golpeó. —Se sonó
la nariz con un gran sonido—. Al principio pensé que se había resbalado.
Estaba oscuro, luna nueva. Quizás no pudo ver el camino. Pero cuando
miré hacia arriba... había una sombra mirando por encima de los
acantilados. Cuando vio mi bote, se echó para atrás y se escondió en la
maleza.
—¡Una sombra! —exclamé.
Camille tomó un largo sorbo de té, aparentemente no afectada por su
historia de aflicción.
—¿Entonces qué?
Edgar miró hacia otro lado, su voz se hizo pequeña.
—Me fui.
—Dejó el cuerpo de nuestra hermana en las rocas. —Su rostro era
una aterradora máscara de placidez.
—No sabía qué hacer. Nada podría haberla salvado. Estaba muerta
por el impacto. Tenía que estarlo.
La calma de Camille se rompió, sus ojos brillaban de rabia.
—¿No lo comprobó?
Extendí mi mano para estabilizarla.
—Camille, nadie podría haber sobrevivido a esa caída. Tú lo sabes. —
Me volví hacia Edgar—. ¿Cree que la empujaron? ¿Por esta figura de
sombra?
—Sí.
—¿Fue un hombre? ¿Una mujer? ¿Vio alguna característica?
—No podría decirlo. Estaba tan cerca de los acantilados y las olas
empujaban mi bote. Fue difícil de ver. Pero no puedo olvidar la mirada en
los ojos de Eulalie el último día que la vi viva. Estaba tan asustada. Dijo
que había descubierto algo que no debía y que necesitaba escapar. En
ese momento, pensé que era simplemente un combustible dramático para
comenzar nuestra escapada, siempre tenía su nariz en esas horrorosas
novelas románticas, ya saben… pero ahora me pregunto... —Se quitó los
lentes y las limpió, una, dos, tres. veces.
La boca de Camille desapareció en una delgada línea, y apenas
reconocí la mirada en sus ojos.
—¿Cómo se atreve a entrar en nuestra casa y sugerir que nuestra
hermana, por quien todavía estamos de luto, fue asesinada?
—¿Luto? —dijo con enojo, rodeando la habitación con el brazo con
desdén—. Sí, puedo ver toda la evidencia de eso. Flores recién cortadas y
galletas de limón. Espejos pulidos y bailes. ¡Cómo la alegría de ese vestido
debe levantarle el ánimo de la abyecta desesperación!
—¡Fuera! —Se puso de pie tan rápido que su taza cayó al suelo. El té
derramado empapó el tejido afelpado de la alfombra, dejando una
mancha tan roja como una mancha de sangre.
—¿Annaleigh? —Se volvió hacia mí, implorando—. ¡Sabes algo, debes
de hacerlo!
Me atreví a encontrarme con sus ojos doloridos, pero Camille se paró
frente a mí, bloqueando mi vista.
—¡Roland! —gritó.
Los ojos de Edgar se agrandaron.
—Él no ... ¡no! ¡No él!
Fisher irrumpió en la habitación, obviamente después de haber
escuchado la conmoción.
—¿Camille? ¿Estás bien?
—¡Oh, Fisher, gracias a Pontus! —respondió ella, corriendo hacia él—
. Por favor, acompaña al señor Morris fuera Highmoor. Me temo que nos
ha molestado terriblemente a las dos.
Edgar agarró mis manos, sus dedos estaban resbaladizos y nerviosos.
Me puse rígida ante una invasión tan inesperada.
Apareció Roland e inmediatamente se puso en acción.
—Venga con nosotros, señor. —Agarró a Edgar por la cintura.
—Con calma —dijo Fisher, tratando de alejar a Edgar.
—¡Quítame las manos de encima! —espetó Edgar—. ¡Annaleigh!
Sacudí la cabeza y me hundí más en la silla para evitar ser golpeada
por las extremidades agitadas de Edgar. Sus gritos se convirtieron en
maldiciones mientras lo sacaban a rastras de la habitación. Después de
un momento de pandemonio en el pasillo, la puerta principal se cerró de
golpe.
Fisher regresó con la camisa suelta y la manga rota.
—¿Qué diablos pasó aquí? ¿Quién era ese?
—El prometido de Eulalie, si le crees. Cosa que yo no —dijo Camille,
recuperando su taza caída.
Fisher tomó la silla de la que Edgar había tirado y aceptó la oferta de
té de Camille.
—¿Debemos alertar a las autoridades? ¿Hizo daño a alguna de
ustedes?
—Dudo que sea necesario —respondió—. Probablemente hará algo
extremadamente tonto e irá él mismo.
Ella me miró.
—¿Estás bien, Annaleigh? Estás pálida.
Me sentía clavada en el sillón, incapaz de moverme. Nunca había visto
a alguien en un ataque de dolor y rabia.
—Estaré bien, solo... ¿Quién crees que era la sombra?
Resopló.
—No había sombra. Eulalie no fue empujada por los acantilados. —
Suspiró, jugando con la taza de té—. No puedo creer el descaro de ese
hombre. Mintiéndonos en la cara.
Fisher frunció el ceño, todavía uniendo los hilos.
—¿Mintió? ¿Sobre una sombra?
—Sobre fugarse con Eulalie. Nunca se habría escapado,
especialmente no con él. Tenía muchos otros prospectos, mucho mejores.
Fisher tomó un fuerte sorbo de té mientras recogía dos galletas de la
bandeja. Los ojos de Camille siguieron sus movimientos. Sin decir una
palabra, tomó un plato de postre y se lo ofreció.
Sus ojos se arrugaron en una sonrisa.
—Supongo que mis modales Hesperus no son aptos para cenar en
presencia de damas tan refinadas ahora, ¿eh?
—No dije nada.
Le restó importancia con familiaridad.
—No es necesario, Camille. Nunca es necesario.
Mi mente se sentía como un recipiente de miel volcado. Quería unirme
a sus bromas, pero mis pensamientos estaban atascados en la teoría de
Edgar. No podía dejarlo.
—¿Alguna vez mencionó haber visto algo que se suponía que no debía
ver? ¿Escuchaste algo por casualidad?
Camille frunció el ceño, la luz desapareció de sus ojos.
—No. Y sabes que ella nos confiaba todo. Ese relojero se dio cuenta
de que perdió el mejor emparejamiento de su vida y está tratando de
abrirse camino hasta el nuestro.
—Eso es algo horrible para decir. Está claro que la amaba.
Se rió con una risa seca y aguda.
—Nadie nos amará jamás. Ese baile lo dejó muy claro. Si alguien
muestra interés, es por nuestro dinero. Por nuestra posición. Por lo que
pueden sacar de nosotras.
—No puedes creer eso.
—Y no puedo creer que no lo hagas. Edgar fue lo suficientemente
codicioso como para mirar más allá de la maldición.
Fisher se quedó inmóvil a mitad de la mordida, mirando entre
nosotras, sin saber qué hacer. Le señalé que se fuera, excusándolo de la
habitación. No debería tener que presenciar la pelea gestándose. Con una
sonrisa de agradecimiento, dejó su plato y salió.
—¿Qué? —exigió una vez que éramos solo nosotras—. ¿Crees que
estoy equivocada?
Crucé al piano y recogí mi música.
—Ciertamente espero que lo estés.
Detrás de mí, la escuché resoplar. Cuando me volví, su rostro se
había arrugado y estaba reprimiendo lágrimas calientes y enojadas.
—Al menos tenía a alguien, supongo. Incluso si es un hombrecito tan
triste, sigue siendo un hombre.
Después de un segundo, bajé la música y me uní a ella, la lucha
escapándose de mí.
—Oh, Camille. Vas a encontrar a alguien. Lo harás, lo sé.
—¿Cómo? Es completamente inútil. Voy a morir como una solterona,
sin amor, sin tocar. Ni siquiera me han besado. —Se disolvió en sollozos.
Acaricié su cabello y escuché sus quejas. En mi corazón, sabía que
tenía razón. ¿Habría alguna vez un hombre lo suficientemente valiente
como para arriesgarse a los chismes? Deseé poder decir las palabras
mágicas para arreglar todo de nuevo, pero no sabía por dónde empezar.
Me quedé quieta.
Palabras mágicas.
Palabras mágicas para una puerta mágica. La puerta que mencionó
Fisher. Incluso si fuera un cuento tonto, sacaría a Camille de sus
problemas. Al menos por una tarde.
—¿Alguna vez has escuchado algo sobre la puerta de Pontus?
Con la nariz enrojecida y la cara manchada, se secó las comisuras de
los ojos.
—¿De qué estás hablando?
—Fisher dijo que en algún lugar de Salten se supone que hay una
puerta para los dioses. La utilizan para viajar rápidamente por el reino.
Distancias muy, lejanas a través del reino... —Me detuve
significativamente.
Frunció el ceño.
—Eso suena absurdo.
—Bueno, por supuesto que sí. ¿Pero no sería divertido si no lo fuera?
Podríamos ir a cualquier lugar que quisiéramos. Hacer lo que queramos
y volver antes de la cena.
Camille apartó un mechón de cabello.
—¿Fisher cree que es real?
—Él me lo contó. —No necesitaba mencionar que también lo había
descartado como una tontería.
—¿Dónde se supone que debe estar?
Me encogí de hombros.
—No lo sabe.
Camille miró el reloj del abuelo y una suave sonrisa apareció en su
rostro. Parecía más feliz de lo que la había visto en días.
—Las Gracias pronto saldrán de las lecciones. Supongo que
podríamos ver si quieren convertirlo en una búsqueda del tesoro.
Sonreí.
—Encontraré a las trillizas.
Cuando entré al pasillo, escuché a Camille resoplar desde el sofá.
—Diecinueve años y en la búsqueda del tesoro de una puerta mágica.
—Me miró—. Al menos las Gracias estarán emocionadas.
na puerta mágica? —repitió Honor, dudando de mi
afirmación. Sus ojos se dirigieron a Camille.
—¿
Las ocho estábamos en el solárium, disfrutando de una
fiesta de té improvisada que Fisher trajo. Habíamos encontrado a las
trillizas allí, reclinadas en sillones de mimbre, leyendo poemas y
resollando de risa. Escuché las dos últimas líneas y parecía que habían
encontrado más volúmenes de contrabando de Eulalie. Rosalie, al ver a
las Gracias, deslizó el libro en sus faldas.
Mercy masticó una galleta e imitó el escepticismo de su hermana. Su
cabello oscuro, recogido hacia atrás con un moño, caía hacia un lado
como la seda.
—¿Como en los cuentos de hadas?
—Sí, pero es para que la usen los dioses —dijo Camille—. Y podría
estar en cualquier lugar, así que tendremos que mirar muy
detenidamente.
—¿Cómo se ve? —preguntó Verity. Incluso ella se veía dudosa.
Estaba segura de que las trillizas serían las más difíciles de convencer
y que tendríamos que controlar las Gracias.
—¡Será divertido! —prometió Fisher—. ¿O prefieren quedarse aquí
con Berta? Estoy seguro de que puede buscar más frases para que las
copien mientras estamos fuera.
Las tres rápidamente cambiaron de compás y se bebieron el té con
entusiasmo.
—¿Por dónde deberíamos empezar? —preguntó Rosalie, ayudando a
Lenore y Ligeia a levantarse—. ¿Dónde guardaría un dios su puerta?
—Dijiste que Pontus lo usaba para reuniones sobre asuntos
importantes. ¿Quizás en la oficina de Papá? —razonó Mercy..
Lenore arrugó la nariz.
—Siempre la mantiene cerrada. No podremos entrar.
—¿Qué pasa con la cala en el otro lado de la isla? —sugirió Ligeia—.
Quizás venga directamente del mar.
Honor puso los ojos en blanco.
—Hace demasiado frío para meterse en el agua. Además, en cuanto
se abra la puerta, todo el océano entraría.
Fisher asintió.
—Bien pensado, Honor.
Camille pasó los dedos por el borde de su taza.
—Debe estar oculta de alguna manera... de lo contrario la habríamos
visto antes.
El rostro de Rosalie se iluminó.
—¡Creo que sé dónde está! —En un instante, corría por el camino,
empujando a través de hojas y enredaderas colgantes.
El resto de nosotros la seguimos a un ritmo más pausado. El solárium
estaba demasiado húmedo para correr.
—Vamos, vamos —instó desde lo alto de las escaleras—. ¡Y
necesitaremos nuestras capas!
—¡Hace mucho frío! —chilló Verity, sujetando las solapas de su capa
firmemente sobre su cuerpo.
Un viento fuerte azotaba a Salten, trayendo la salmuera del mar. Las
hierbas largas estaban amarillas y secas, y una capa de hielo crujía a
través de la fuente. No pasaría mucho tiempo hasta el Cambio de
Estación.
—¿A dónde vamos, Rosalie? —gritó Camille, luchando por ser
escuchada sobre el vendaval.
—¡Síganme!
Caminamos tras ella en fila india, dirigiéndonos directamente hacia
las ráfagas. Era más fácil mantener la cabeza gacha y seguir el rastro
hecho por los pies frente a mí. La hierba se moría y estábamos sobre
rocas negras. Manchas de tierra y sal arrastradas por el viento me
picaban los ojos.
Cuando me atreví a mirar hacia arriba, vi que nos dirigíamos hacia la
Gruta. Un sendero estrecho se desviaba del sendero del acantilado,
llevándonos hacia abajo, hacia abajo, hasta una pequeña cueva excavada
en el peñasco. En el interior estaba el santuario de Pontus de nuestra
familia. Cuatro veces al año, al cambiar de estación, traíamos ofrendas
de pescado y perlas y las dejábamos en el altar de plata.
Odiaba esos viajes.
El camino era precario. Un paso en falso y caería en picado a las olas
a continuación.
Nuestro pequeño juego de repente parecía un terrible error.
Mis ojos se posaron en una losa de rocas que surgía del mar como un
puño enojado. Allí fue donde se encontró el cuerpo de Eulalie. Si había
que creerle a Edgar, la empujaron por los acantilados no muy lejos de
donde nos encontrábamos ahora, y su asesino todavía andaba suelto.
Una vez dentro de la cueva, solté un suspiro de alivio. Solo
necesitábamos registrar el santuario y regresar. Todavía debería haber
suficiente luz solar débil para que podamos ver el camino. Podríamos
continuar la búsqueda sin peligro en Highmoor, hasta que todos se
cansaran del juego.
—¿Por dónde deberíamos empezar? —preguntó Rosalie. Nos había
hecho marchar hasta aquí tan llena de triunfo. Ahora que estaba aquí en
el espacio lleno de gente, la duda se apoderó de sus rasgos.
No había puerta.
—Dijiste que probablemente estaba oculta, ¿verdad? —dijo Fisher,
sintiendo nuestros ánimos decaídos—. Miremos a nuestro alrededor. Tal
vez haya una piedra extraña, un símbolo, o... algo.
La pared del fondo de la cueva detrás del altar estaba cubierta con
astillas de vidrio marino, formando una ola que coronaba una estatua de
Pontus. Fundido en oro y más alto incluso que Fisher, el dios del mar
levantaba su tridente por encima de su cabeza, como si estuviera listo
para atacar. Casi parecía un hombre. Su pecho era ancho y musculoso,
pero su mitad inferior estaba llena de tentáculos.
Los brazos retorcidos me recordaron el horrible sueño de la bañera
del día del baile de las trillizas. Incluso ahora podía sentir las filas de
ventosas a lo largo de mis piernas, agarrándome y apretándome. Con un
escalofrío, le di la espalda a la estatua dorada.
—¿Alguien ve algo? —pregunté, cambiando mi enfoque de nuevo a
mis hermanas.
Verity y Mercy se inclinaron sobre los lados de los bancos de piedra.
Honor se arrodilló junto a ellas, pasando los dedos por las conchas que
decoraban las bases.
—Nada aún.
Rosalie negó con la cabeza. Camille y ella pasaban las manos por las
paredes de piedra, buscando pestillos o bisagras ocultas. Ligeia estaba
en la boca de la cueva, mirando los acantilados que rodeaban la entrada.
Fisher estaba cerca, listo para atraparla en caso de que perdiera el
equilibrio.
Me uní a Lenore en el altar, acariciando su tapa plateada.
—¿Dónde más podría estar? —pregunté—. ¿Quizás en la galería?
Está la pintura del Agua Salada. ¿O el baño del cuarto piso? La bañera
es una gran concha. ¿Quizás Pontus puso la puerta allí?
—Pensé que seguro que encontraríamos algo aquí —dijo Rosalie. Sus
ojos se entrecerraron mientras ladeaba la cabeza, recorriendo con la
mirada la pequeña cueva—. ¿Alguien probó la estatua? —La rodeó,
evaluando cada ángulo—. ¿Soy yo o parece que el tridente puede
moverse? ¿Ven el espacio entre sus dedos?
Fisher era el único lo suficientemente alto como para inspeccionarlo
adecuadamente.
—Creo que en realidad lo hace... —Extendió la mano de puntillas y
agarró la barra de metal. Con un chillido oxidado, el tridente giró de modo
que su frente enjoyado ahora miraba hacia la parte posterior del altar.
Y luego la pared comenzó a moverse.
Al principio parecía un truco, las astillas de vidrio marino brillando y
resplandeciendo a la luz moribunda de la tarde. Pero se estaban
moviendo, girando sobre alfileres invisibles. Se retorcieron y movieron
hasta que se liberaron de la pared, derramándose sobre el piso de piedra
con una lluvia de chispas y revelando una entrada de túnel abierta.
Observamos la transformación en un silencio atónito hasta que Verity
se lanzó hacia adelante y se inclinó, presionando su mano contra el suelo.
—¡Esta mojado! —exclamó—. ¡El vidrio de mar se convirtió en agua!
—Eso es imposible —dijo Fisher, interviniendo. Palmeó el área
alrededor de Verity. Cuando miró hacia arriba, sus ojos marrones
estaban muy abiertos de asombro—. ¿Cómo está pasando esto?
—Realmente había una puerta —susurró Camille antes de esbozar
una sonrisa—. ¡Encontramos la puerta!
—Encontramos una puerta —aclaré, mirando las fauces abiertas
frente a nosotros—. ¿Pero a dónde lleva?
Honor se acercó sigilosamente, mirando hacia abajo.
—Hay antorchas...
Su voz era plana, casi como si estuviera en trance. Cuando se acercó
a la entrada, Fisher la tomó en brazos y la cortó.
—No tan rápido, pequeña. —La llevó al abrazo seguro de las trillizas—
. Creo que debería ser yo quien entre primero. Por si acaso.
Dio un paso adelante, sus manos cerradas en puños. Su respiración
sonaba irregular y, por un momento, pensé que podía ver bocanadas en
el aire, como si el túnel fuera mucho más frío que el santuario. Nos miró
de nuevo.
—¿Solo pienso en un lugar mientras paso?
Aunque Camille asintió con la cabeza, parecía horrorizada, asqueada
por lo que había provocado su deseo.
—¿Supongo?
Con una última mirada hacia nosotros, Fisher entró en el túnel,
agachándose bajo el techo bajo.
—¡Oh! —Lo escuchamos jadear, su voz llena de asombro.
Luego se había ido.
Verity miró hacia el pasillo, tan cerca como pudo sin entrar
realmente.
—¡No está allí!
Entonces todas dimos un paso adelante para buscar por nosotras
mismas, pero tenía razón. El túnel parecía extenderse por millas a través
de los acantilados. Antorchas colgaban de los lados, sus llamas
parpadeantes y exuberantes, pero no había rastro de Fisher.
—¿Qué hemos hecho? —murmuró Lenore, apretando su mano contra
su pecho. Su rostro se puso blanco, sus ojos demasiado abiertos. Tropezó
de regreso a uno de los bancos del santuario—. ¿Dónde está él?
—Volverá pronto, estoy segura —dijo Camille.
—¡No lo sabes! ¿Y si nunca regresa? —sollozó Verity. Se apretó contra
mis faldas, temblando—. ¿Y si lo matamos?
Metí la mano en el túnel hasta donde alcanzaban mis dedos
temblorosos. Un grito de alarma me ahogó la garganta cuando mi mano
desapareció ante mí. Ahí estaba mi brazo, mi codo, pero en mi muñeca,
dejaba de estar. Moví los dedos, segura de que los estaba moviendo, pero
no vi nada.
Al ver mi mano faltante, Honor dejó escapar un grito y corrió a los
brazos de Ligeia. Eché mi brazo hacia atrás, repentinamente aterrorizada
de que algo en el otro lado pudiera tirar de mí. Por un momento horrible,
mis dedos flexionados parecían como los de un extraño.
—¿Estás bien, Annaleigh? —Ligeia hizo girar a Honor para mostrarle
que mi mano todavía estaba unida.
—¿Creo que sí? —Estaba en una sola pieza, pero se sentía extraña,
llena de alfileres y agujas.
—¿Dónde está Fisher? ¿Por qué no ha vuelto? —preguntó Rosalie,
paseando frente a la entrada mientras pasaban los minutos—. Alguien
debería ir tras él. —Miró alrededor de la habitación, sus ojos se posaron
en cada una de nosotras—. ¿No deberíamos?
Pasó un incómodo momento de silencio. Acaricié los rizos de Verity,
avergonzada de no haber sido lo suficientemente valiente como para ser
voluntaria.
—Bien, lo haré —dijo Rosalie con un gruñido y atravesó la abertura
antes de que cualquiera de nosotras pudiera detenerla.
Al igual que Fisher, estuvo allí un momento y se fue al siguiente.
—¡Rosalie! —gritó Ligeia mientras se lanzaba por el túnel.
Desapareció en un abrir y cerrar de ojos y Lenore aulló. Camille la
atrapó antes de que también pudiera lanzarse al gran desconocido. Sus
gritos de desesperación resonaron en el santuario.
—Hace frío, hace mucho frío —gimió Lenore, castañeteando los
dientes.
Las trillizas a menudo afirmaban ser capaces de sentir exactamente
lo que las otras hacían, sin importar lo lejos que estuvieran. La mayoría
de la familia se burlaba de ello como un juego infantil, pero recordé una
vez, mientras le estaba enseñando escalas en el Salón Azul, Ligeia tomó
su mano, agarrando un dedo con sorpresa. Rosalie había ido a pescar
con Papá y destripó con entusiasmo su primera pesca, cortándose el
meñique.
Camille colocó su muñeca en la frente de Lenore.
—Ella se siente bien.
—¿Dónde están? —Lenore siguió llorando—. Necesitan regresar de
inmediato. Algo está mal. ¡Puedo sentirlo! Algo está horriblemente...
—¿Qué está pasando? —interrumpió Rosalie, saltando de repente a
la existencia, una sonrisa salvaje plasmada en su rostro—. ¡Estás
actuando como si nunca antes hubieras visto una puerta mágica!
Entonces apareció Ligeia, con Fisher pisándole los talones. Ambos
parecían aturdidos y felices.
—¿Dónde han estado? —preguntó Lenore, saltando para atraer a sus
hermanas a un abrazo de pánico—. No podía sentirles. ¡Hacía tanto frío,
como el hielo!
—Hacía frío al principio —reconoció Ligeia—. Pero también fue... tan
maravilloso.
—¿Dónde fueron? —preguntó Camille, acercándose a la entrada.
Parecía como si quisiera verlo por sí misma.
—Se lo mostraremos. ¡Esta noche! —dijo Rosalie, radiante.
—¿Esta noche? —repetí.
Metió la mano en el bolsillo, sacó una pila de sobres plateados y los
repartió.
—¡Sí! En el baile. Todas hemos sido invitadas.
—¿Baile? —Camille dio la vuelta a su sobre y pasó los dedos por
debajo del borde. Examinó el papel grueso y cremoso que había dentro.
Los bordes parpadearon con dorado. Sus cejas saltaron—. ¿Esto es real?
—Tan real como yo parado aquí ante ti —dijo Fisher, sonriendo
ampliamente—. ¡Realmente funcionó! Dijiste que querías encontrar un
pretendiente, así que cuando entré por la puerta, traté de pensar en un
baile elegante: la música, los vestidos, el baile. Cuando abrí los ojos,
estaba en medio del patio de un palacio, el más grandioso que había visto
en mi vida, y se estaban preparando para una fiesta.
—¡Y yo conseguí que nos invitaran! —gritó Rosalie, riéndose de
nuestros rostros estupefactos—. ¡Bueno, vamos! ¡Tenemos que
prepararnos! ¡No pretendo perderme el primer vals!
uando el reloj del pasillo dio las once, me puse mis zapatos de
hada. El cuero aún brillaba como nuevo.
—Realmente no combinan, ¿verdad? —preguntó Camille,
inclinando la cabeza para estudiar todo el efecto de mi atuendo.
—No tengo nada más que ponerme. Todos mis otros zapatos son
botas —dije, sacando la zapatilla de debajo de mi dobladillo azul marino—
. Nadie las verá, ¿no crees?
Camille frunció los labios.
—Estoy segura de que tienes razón. Y ese vestido es perfecto para ti.
No puedes cambiar eso.
Me volví y me miré en el espejo de su dormitorio. No queríamos que
Hanna supiera que nos estábamos escapando, así que nos estábamos
ayudando a vestirnos. Las trillizas ya estaban en el pasillo, abrochando
los vestidos de las Gracias y colocando sus alas de cartón pintado.
Una vez de regreso en Highmoor, corrimos hacia el ático, asaltando
cajas de viejos vestidos de Mamá. Había docenas para elegir. Las Gracias
habían encontrado vestidos de cuando Ava y Octavia eran pequeñas y los
revisaban con entusiasmo, buscando sus colores favoritos.
Cuando desenterré la reluciente cascada de satén del baúl, grité ante
su elegancia. Aunque tenía un escote alto y modesto en el frente, la
espalda se hundía en una V profunda, exponiendo mi piel y asegurando
que no usaría un corsé esta noche. Una galaxia olvidada de estrellas
doradas y plateadas, bordadas con abalorios e hilos metálicos, moteaba
el corpiño y caía en una cascada por la falda, recordándome las primeras
palabras de la invitación.
Tomé la tarjeta del tocador y volví a hojear la escritura en relieve:
Sonrojado por la luz de las estrellas y la luz de la luna ahogada,
Todos los soñadores están vinculados al castillo.
Al filo de la medianoche, nos relajaremos
Revelando fantasías suaves o desagradables.
Muéstrame pesadillas libertinas o los sueños más luminosos.
Ven, no como eres, sino como quieres que te vean.
—Es un baile temático —había anunciado Camille mientras leíamos
y releíamos las invitaciones, analizando las rimas en busca de
significado—. Pesadillas y ensueños.
Verity frunció el ceño.
—¿Tenemos que ir como algo aterrador?
Mi mente pasó rápidamente a su cuaderno de bocetos y se precipitó,
disipando rápidamente sus temores.
—¡No! Algunas personas lo harán, pero mira: “los sueños más
luminosos”. También podemos ir como algo alegre.
—¿Como hadas? ¿Como nuestros zapatos?
Asentí y Mercy y Honor intervinieron inmediatamente, diciendo que
también querían ser hadas.
—¿Que serás? —preguntó Verity, mirando el vestido en mis manos
con incertidumbre.
Lo sostuve hasta los hombros, dejando que el satén azul bailara sobre
mi cuerpo.
—Una noche de verano, cuando el cielo está lleno de estrellas
brillantes y luciérnagas.
Había parecido una idea encantadora en el ático, pero ahora, con el
vestido, vacilé. Pasando mis manos sobre la tela brillante, me sorprendió
cómo mis dedos sentían cada curva y hueco de mi cintura. Había usado
vestidos de tarde con suaves corsés entrenadores antes, pero estaban
hechos de cordones gruesos y sedas plisadas, nada como este satén de
corte plisado. Abrazaba cada parte de mí como la caricia de un amante.
—¿Crees que la gente lo entenderá? —preguntó Camille, dándose un
último chequeo y abriendo su abanico con un efecto de floritura.
Había encontrado el vestido que la señora Drexel había mencionado
en nuestra última prueba. Aunque la silueta era un poco anticuada, el
satén rojo sangre era tan impresionante que nadie se daría cuenta. Una
ancha faja caía en cascada por el hombro de Camille, uniéndose a un
pesado bullicio de rosetas y cintas. Envolvió una gargantilla de rubí
alrededor de su cuello y se retorció hacia adelante y hacia atrás para
admirar la forma en que la luz de las velas se reflejaba en ella.
Camille había tenido un miedo terrible a los incendios desde que
éramos niñas. Cada otoño, las islas Salann se veían azotadas por
violentas tormentas, y aunque Highmoor estaba salpicado de pararrayos,
cada uno con el pulpo Thaumas, no era del todo inmune. Durante una
tormenta particularmente desagradable hace años, se produjo un
incendio en el vivero. Éramos demasiado jóvenes para recordarlo
realmente, pero Camille juraba que podía recordar el olor a ozono y
madera quemada.
—¿Quizás si agregaras un toque de llamas con tu maquillaje?
Sus ojos se iluminaron.
—¡Eso es genial!
Mientras se dirigía a su tocador, las trillizas corrieron por el pasillo
en escandalosamente traslúcidos vestidos sueltos lavanda. Afirmaron ser
ninfas marinas, y de pronto me sentí muy agradecida de que Papá no
estuviera aquí. Nunca más se nos permitiría salir de Highmoor si nos
atrapaba.
Miré la parte de atrás de mi vestido en el espejo una vez más.
—Tal vez debería ponerme mi vestido verde.
—¿Qué? No, te ves preciosa. —Colocó un poco de brillo naranja de
sus ojos—. Y no permitiré que nos hagas llegar tarde.
—Es tan ... —Pasé mis dedos por la tela una vez más.
Los dientes de Camille parpadearon debajo de una sonrisa maliciosa.
—Carnal.
—Exactamente.
Hubo un suave golpe en la puerta.
—¿Camille? ¿Annaleigh?
Camille se acercó corriendo.
—No puedes estar aquí —dijo entre dientes a Fisher.
Dio un paso atrás, sin atreverse a cruzar el umbral.
—Lo sé, lo sé, pero quería traerles algo. —Levantó las manos y ofreció
un par de adornos brillantes.
—¿Máscaras? —preguntó Camille, tomando una.
—Los vendedores los vendían fuera del palacio. El baile de esta noche
es una mascarada. Las necesitaremos para entrar.
—¡Oh! Gracias, Fisher.
Eligió el antifaz. Lentejuelas plateadas bailaban a lo largo de los
bordes, con un penacho de plumas de pavo real a un lado.
Se miró al espejo.
—¡Es perfecta!
Llevaba el mismo traje que había usado para el baile de las trillizas,
pero Rosalie había enrollado un trozo de tela verde metálico en la manga
de su chaqueta. Reconocí la mano de Verity en el rostro de la serpiente
pintado sobre la suya.
—Te inclinaste a una pesadilla —dije, detectando su miedo de la
infancia.
Fisher se volvió con una sonrisa y luego contuvo el aliento.
—Oh, Annaleigh... —Me sonrojé instantáneamente, sintiendo sus
ojos sobre mí—. Te ves... —Tragó y me tendió una máscara—. ¿Con esto
bastará?
Era una pequeña tira de tul brillante, espolvoreada con brillo, lo
suficiente para oscurecer mis ojos y pómulos. Camille se acercó y metió
las puntas en mi cabello, sujetando la tela en su lugar. Bordeaba mi piel
como una promesa susurrada hecha en las sombras.
—Creo que estamos todos listos —dijo.
Fisher miró hacia el pasillo en busca de sirvientes que se acercaran.
—Hay una cosa más. —Corrió por el pasillo y regresó con tres copas
de vino—. Las robé de la cocina, pensé que podríamos necesitar un poco
de coraje. —Levantó su copa—. Por los bailes de medianoche.
—Y vestidos de satén —agregó Camille, levantando su vino en el aire.
Ambos se volvieron hacia mí expectantes.
—Y a bailar. ¡Siempre a bailar!
La luna era una media luna azul gigante, iluminando nuestro camino
a través del césped y por el acantilado. Colgaba tan baja en el cielo que
podía sentir su tirón persistente tirando del agua, las olas, incluso de
nosotros. Cien mil estrellas brillaban sobre nosotros, como si vibraran de
emoción por la fiesta que se avecinaba.
Los sorbos de vino me habían envalentonado, haciendo que mis pasos
se sintieran más seguros y dejando a un lado cualquier preocupación que
hubiera tenido.
Una vez que estuvimos en la Gruta, Fisher giró el tridente de Pontus
y vimos cómo la pared de olas se retorcía y se disolvía en la entrada del
túnel.
—Recuerden, deben aferrarse a un pensamiento mientras ingresan al
túnel —advirtió Fisher—. Piensen en el baile, la invitación. Las llevará
allí, pero si algo más se les ocurre, quién sabe dónde podrían terminar.
—Quizás deberíamos entrar juntos —dije, mirando la boca del pasaje
como si fuera una bestia a punto de devorarnos a todos—. Tomados de
la mano. Por si acaso.
Las Gracias asintieron con la cabeza, los ojos tan abiertos como flores
de plata bajo máscaras de encajes y joyas de pasta.
—Deberías ir primero, Fisher —razonó Camille—. Asegúrate de que
nos dirigimos al lugar correcto.
Fisher le tendió la mano a Rosalie y ella agarró la de Ligeia. Lenore
fue la siguiente, luego Honor y Camille. Ella tomó a Mercy, quien tomó la
mano de Verity. Mi hermana pequeña me miró antes de apretar mi mano.
—¡Estamos listas! —anunció Verity.
Se metió en el túnel y desapareció de inmediato. Vi cómo, una por
una, mis hermanas entraban al pasillo y desaparecían ante mí. Cuando
Verity se desvaneció con un chillido de placer, me quedé helada. Después
de un segundo, tiró de mi mano, arrastrándome hacia lo invisible.
Fue como si mil pares de dedos bailaran sobre mi piel, haciendo
cosquillas y pinchando, apretando y revoloteando. Cerré los ojos contra
su invasión, presionando hacia adelante. Cuando se detuvieron, estaba
en un bosque de árboles deslumbrantes. Se alzaban como centinelas
silenciosos, elevándose sobre nosotras, con ramas en lo alto. La corteza,
una pizca de oro y plata, se separaba en espirales de papel, como abedul;
debajo de las capas superiores había corazones de oro rosa. Las hojas
metálicas susurraban, sonando como campanas tintineando con la brisa.
—¿No funcionó? —pregunté. Era un bosque hermoso, sin duda, pero
no el baile que esperábamos.
Fisher se dio la vuelta, buscando en el bosque iluminado por la luna.
Alfombras de felpa de musgo esmeralda dieron paso a un camino de
guijarros.
—Sigamos eso.
Las Gracias corrieron por el sendero, brincando, girando y riendo con
regocijo bajo el cielo estrellado. Su alegría era contagiosa, y las seguimos,
con faldas de seda ondeando detrás de nosotras. No tenía idea de lo lejos
que estábamos de casa o de cómo esperaríamos regresar, pero en este
momento embriagador, no me importaba. La euforia era tangible: podía
saborearlo en el aire, la dulzura cubría mi boca y me subía directamente
a la cabeza como champán. Lenore y yo nos abrazamos y giramos en
círculos, nuestra risa se hacía más fuerte y más salvaje cuanto más nos
mareábamos.
Los árboles eventualmente disminuyeron cuando llegamos a las
orillas de un lago iluminado por la luna. Las olas que lamían la orilla
estaban perfumadas con un rico alga verde, no con la sal aguda de
nuestro mar. Al otro lado del lago, en lo alto de una colina, había un
castillo tan perfectamente diseñado que parecía sacado de un cuento de
hadas. Los banderines escarlatas se deslizaban con la brisa mientras
brillantes fuegos artificiales estallaban sobre ellos. Al otro lado del agua,
escuchamos murmullos de agradecimiento y los sonidos de una orquesta
afinando.
—¡Eso es! —exclamó Rosalie—. Ahí es donde estuvimos esta tarde.
—¿Se supone que debemos caminar hasta allí? —preguntó Camille,
entrecerrando los ojos a la distancia—. El baile habrá terminado cuando
lleguemos.
Lenore dejó escapar un grito ahogado.
—¡No, mira!
Señaló un destello brillante en el lago que se acercaba a nosotros. Era
un pequeño tren de barcos, cada uno lo suficientemente grande como
para contener a un solo pasajero. Parecían cisnes enormes,
transportados por un hechizo, sin tripulación. Las trillizas abordaron de
inmediato, su risa rayaba en los chillidos mientras los grandes pájaros
se inclinaban precariamente de un lado a otro.
Fisher ayudó a Camille y las Gracias a subir a los siguientes cuatro
botes.
—¡Dense prisa, ustedes dos! —gritó Ligeia. Ya estaban a la mitad del
lago.
Fisher se dio la vuelta, riéndose de la pura improbabilidad de la
velada.
—¡No puedo creer que realmente estemos haciendo esto! ¿Vamos? —
preguntó, tendiendo su mano.
Su pulgar trazó alrededor de mi palma, enviando retorcidos zarcillos
de inquietud a mi vientre. Aunque su sonrisa estaba llena de alegría, sus
ojos se sentían demasiado fervientes. En una noche tan gloriosa, quería
bailar, estrellas y champán, no cualquier promesa tácita que pudiera
haber en la mirada de Fisher.
—¡Te ganaré! —desafié, acurrucada entre las alas gigantes.
El cisne pareció oírme y se alejó del muelle a un ritmo rápido. No
había remos, ni timón, nada que pudiera usar para guiar el bote, pero
parecía saber exactamente cuál era su rumbo. En Salten, esto habría
sido aterrador, pero cerca de una arboleda de árboles plateados, con una
máscara brillante, lo encontré estimulante.
Llegamos al otro lado del lago en poco tiempo. El castillo se alzaba
sobre nosotros en la cima del acantilado. Un tramo de escaleras
directamente enfrente de los muelles zigzagueaba a través de la colina
hasta las puertas del palacio. Hicimos una pausa para considerar la
subida que teníamos por delante antes de correr por los escalones de
mármol.
—Doscientos diecinueve, doscientos veinte... —dijo Mercy, contando
cada paso para pasar el tiempo. A los trescientos, las trillizas le rogaron
que se detuviera—. Trescientos cuarenta y ocho, trescientos cuarenta-y-
nue-ve… —Arrastró la palabra, luego saltó el último escalón con una
bocanada—. ¡Trescientos cincuenta!
Congregadas en la plaza fuera de las puertas principales, hicimos una
pausa, moviendo nuestros abanicos de un lado a otro para crear una
brisa mientras recogíamos el aliento. El palacio, construido con bloques
de obsidiana, se elevaba a siete pisos de altura, con torretas dentadas en
cada esquina. Altos braseros iluminaban la alfombra carmesí que
conducía a la entrada principal. La fachada reflejaba las llamas
danzantes, parpadeando como si también estuviera en llamas.
Alrededor del lago se levantaban montañas cubiertas de nieve y de
densos bosques. Una niebla se posaba sobre el agua, dando a la escena
una misteriosa suavidad.
—¿Dónde diablos estamos? —preguntó Fisher, respirando el aire
fresco de la noche mientras estaba de pie junto al parapeto de piedra.
Fue el único que no parecía afectado por la escalada. Me preguntaba
cuántas veces al día tenía que subir corriendo la escalera de caracol del
Viejo Maude.
—Nunca me había sentido tan lejos de casa —admitió Camille,
uniéndose a él.
—Eso es porque nunca hemos pasado de Astrea —dijo Ligeia.
—¿Nunca? —Se volvió y nos sonrió—. Entonces, qué hermosa
aventura será tu primer viaje al continente.
Una campana pesada sonó, sonando tan fuerte que lo sentí
profundamente en mi pecho.
—¡Es casi medianoche! —gritó Rosalie—. ¡Tenemos que entrar ahora
o nos perderemos todo!
Sacando las invitaciones de los bolsillos de nuestra capa, nos unimos
a la cola de rezagados que buscaban ser admitidos. Todos estaban
vestidos con tonos de joyas y negros relucientes. Las máscaras iban
desde simples antifaces hasta obras maestras elaboradas con plumas y
joyas. Algunos tenían caras pintadas, dándoles una mirada misteriosa o
labios fruncidos. Había cuernos y escamas, llamas y brillo. Todos
competían por superar el esplendor del palacio.
En el interior, los pasillos estaban adornados con estandartes
escarlata, cada uno bordado con un lobo aullante. No era un escudo con
el que estuviera familiarizada, y tomé nota mental de buscarlo una vez
que regresáramos a Highmoor. Me sentí desesperadamente fuera de mi
elemento navegando por los pasillos prohibidos de color ónix. Incluso el
aire olía más oscuro aquí, fuertemente perfumado con resina
ennegrecida, almizcle e incienso ardiente. Esto era mucho más grandioso
que cualquier cosa que las chicas Thaumas hubiéramos visto jamás.
—Eres la hija de un duque —me susurré—. Perteneces aquí.
Lenore me escuchó y me dio unas palmaditas en la mano.
—Yo también estoy asustada —admitió con una pequeña sonrisa.
Seguimos a la multitud por los pasillos alineados con armaduras
completas. Plumas rojas y espadas malvadas adornaban a los caballeros
congelados, y me pregunté qué tan fuerte podría gritar si uno de repente
cobrara vida. Mercy extendió la mano y tocó un par de botas antes de
apartarla con un regocijo macabro.
La música aumentó en algún lugar a nuestra izquierda. La orquesta
se estaba preparando para la primera pieza. A la vuelta de la esquina, se
abrió un gran salón, con una serie de arcos puntiagudos a lo largo de un
lado, enmarcando el salón de baile.
Multitudes de personas se arremolinaban, hablando y riendo. Todo el
mundo parecía conocer a los demás y nadie nos prestó atención.
Intercambiamos miradas sin aliento. El momento con el que habíamos
estado soñando estaba ahora cerca, pero ninguno de nosotras hizo un
movimiento para entrar.
—Señorita Camille Thaumas. —Fisher dio un paso adelante con una
reverencia galante—. Me sentiría muy honrado de tener su primer baile.
Después de un momento de pausa, asentí con la cabeza, visiblemente
relajada. Entraron y todos los seguimos, bordeando las paredes para ver
cómo comenzaba el baile.
—¿Me concedes este baile?
n hombre vestido de azul oscuro le tendió la mano a Rosalie.
Con una sonrisa ansiosa, fue llevada a la pista de baile llena
de gente. Pronto le siguieron Lenore y Ligeia. Sus vestidos
revoloteaban mientras giraban bajo el fresco más inquietante que jamás
había visto.
Era un bosque pintado, oscuro y profundo. Una manada de lobos
corría a través de árboles negros, persiguiendo un gran ciervo. Los ojos
del venado brillaban de terror mientras se levantaba sobre sus patas
traseras, tratando de liberarse de un lío de zarzas. Verdaderas vides de
hierro forjado se retorcían a lo largo del techo pintado. Algunas caían,
rizándose sobre nuestras cabezas. Otras se enredaban sobre sí mismas,
sosteniendo pequeños orbes de luz roja brillante.
—Pobre ciervo —dijo Verity, siguiendo mi mirada.
—¿Por qué la chica más bonita de la sala está sentada en este baile?
—interrumpió Fisher, acercándose a nosotras.
Camille giraba en los brazos de un hombre que llevaba una máscara
de cuero rojo, como un fénix surgiendo de las llamas. Combinaba
perfectamente con su vestido. Su cabeza se inclinaba hacia él mientras
escuchaba atentamente cada palabra que decía. Se veían radiantes
juntos, un rey y una reina presidiendo su ardiente corte.
Fisher agarró a Verity y la guio al suelo, haciéndola girar una y otra
vez hasta que soltó una carcajada. Me lanzó un guiño, prometiéndome
que sería la siguiente.
Caminé por los lados de la pista de baile, asombrada por el
espectáculo. En el otro extremo del pasillo, una chimenea ocupaba casi
todo el ancho de la pared. Un enorme incendio rugía en la cámara de
obsidiana, donde un cerdo entero se asaba en un asador. Más
enredaderas de metal se deslizaban alrededor de las columnas y a lo largo
de los arcos. Brillantes flores de color cereza, cada una con una pequeña
vela en un vaso en el centro, las adornaban. Los pétalos habían sido
cuidadosamente ensamblados con vidrieras.
—Toda una hazaña de ingeniería, ¿no crees? —Escuché detrás de
mí—. Y no he visto una sola vela quemarse. El personal debe estar
volviéndose loco reemplazando todas esas velas.
Me volví y mi corazón latió violentamente en mi pecho.
—¡Cassius! —Quería exclamar, expresar en voz alta la sorpresa de
verlo aquí, pero mis palabras salieron sin más poder que un susurro sin
aliento.
Iba vestido con un fino traje de la lana más negra, impecablemente
adaptado a su cuerpo. Una máscara oscura oscurecía su rostro desde la
frente hasta la nariz. Diminutas perlas de azabache brillaban en los
bordes.
Ofreció una rápida sonrisa.
—¿Estás tan segura? Estoy usando una máscara.
Aunque bromeaba, reconocería esos ojos azules en cualquier lugar.
Oscuras como el mar, con motas de plata, habían perseguido mis sueños
todas las noches desde nuestro encuentro en Selkirk.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Lo mismo que tú, me imagino. Igual que todos ellos. —Pasó el brazo
por la habitación.
—Están todos bailando —señalé. No sabía si era el anonimato de la
máscara o el atractivo opulento y seductor del castillo, pero nunca me
había sentido tan descarada en toda mi vida. Prácticamente lo estaba
desafiando a que me invitara a bailar.
—¿Nosotros no? —preguntó, mirando a nuestros pies como
sorprendido de encontrarlos quietos—. Deberíamos rectificar eso.
Mis dedos se deslizaron en su mano extendida como agua sobre
rocas. Me condujo al centro de la habitación mientras comenzaba una
nueva melodía. Pasé mi brazo libre por su hombro y sentí que mi
respiración se detenía cuando su otra mano se posó en mi cintura. Una
cálida cinta de deseo se deshizo dentro de mí, y me atreví a preguntarme
cómo se sentirían esos dedos contra mi piel desnuda.
Pronto me enteraría.
Era un baile animado, lleno de giros y giros complicados. Cassius me
guio hábilmente a través de los pasos desconocidos, su sonrisa brillante.
Cuando la canción llegó a su fin, me atrajo hacia sí, tan cerca que pude
sentir el calor de su pecho quemando mi fino satén, antes de retorcerme
en un espectacular giro. Su palma se extendió sobre mi espalda,
soportando mi peso con hábil gracia. Detrás de la máscara, sus ojos me
quemaron.
La multitud estalló en aplausos para la orquesta y sentí un toque en
mi hombro.
—¿Lista para ese baile ahora, Pececilla? —preguntó Fisher—. A
menos que ya hayas hecho planes con...
Inhalé profundamente, recuperando el aliento.
—Fisher, este es Cassius. Su padre es capitán en Selkirk. —Me volví
hacia Cassius—. Fisher es...
—Un amigo de la familia —intervino. Acarició mi codo, atrayéndome
suavemente a su lado—. Un amigo muy cercano.
Se evaluaron mutuamente, sus miradas acaloradas y decididamente
masculinas. Era una sensación extraña estar atrapada entre los dos.
Aunque era halagador, no pude evitar sentirme como un nadador
rodeado por dos tiburones, preguntándome cuál atacaría primero.
Después de una pausa, Cassius movió sus ojos hacia mí, su rostro
se relajó.
—¿Me guardas tu próximo vals?
—Estaría encantada... —comencé a decir, pero Fisher me hizo girar
cuando comenzaba una nueva canción, y no supe si Cassius me había
escuchado.
La mano de Fisher en mi cintura era cálida y segura, y nos guio a
través de los pasos con mucha más confianza de la que había mostrado
en el baile de las trillizas. Aunque nos encaramos durante la mayor parte
del baile, sus ojos nunca se encontraron con los míos, siempre
descansando justo sobre mis hombros como si buscara en la habitación
para asegurarse de que Cassius estaba mirando.
—¿Fisher?
Su rostro se iluminó con una sonrisa triunfante y, cuando nos dimos
la vuelta, atrapé a Cassius saliendo del salón de baile.
—¿Qué? —Se rió al ver mi ceja levantada.
—¿A qué se debió todo eso?
Se encogió de hombros, luego me hizo girar mientras la música se
construía en un crescendo vertiginoso.
—¡Fisher!
—No lo sé. Te vi al otro lado de la habitación, bailando con él, y yo
solo... supe que tenía que intervenir.
Hice una pausa.
—¿Por qué?
Las puntas de sus orejas se enrojecieron y miró hacia otro lado.
—Es difícil de admitir, Annaleigh.
—Siempre hemos sido capaces de decirnos cualquier cosa —dije,
atrayendo su mirada hacia atrás—. ¿No es así?
—Bueno, sí, pero... es solo... —Dejó escapar un suspiro de
frustración—. Realmente no me gustó verte en los brazos de otro hombre.
Mis pasos vacilaron, y Fisher se frotó el cuello, luciendo exactamente
como el niño de doce años del que me había enamorado.
—¿Es extraño oír eso? Se siente extraño decirlo. Toda mi vida pensé
en ti como una hermana… una hermanita a veces exasperante pero
siempre querida. Pero cuando volví a Salten y te vi tan grande y
hermosa... ya no quería que te sintieras como una hermana.
—Oh.
Debería haber dicho más, podía sentirlo rogándome silenciosamente
que dijera más, pero las palabras no estaban ahí. Fisher se quedó
paralizado en medio de una multitud de parejas arremolinándose. Sus
ojos me recorrieron, ámbar preocupado buscando fervientemente algo en
los míos. Pero no encontraron lo que buscaban y abandonó
abruptamente la pista de baile.
Seguí detrás de él, mi estómago revoloteando en un giro de nudos.
Cuando era niña, había soñado con este momento, deseaba y oraba por
su llegada, pero ahora que estaba aquí, se sentía plano. Incluso después
de su admisión, anhelaba buscar en la habitación a Cassius, preocupada
de que pudiera haber escuchado.
—¡Fisher, espera! —exclamé, siguiéndolo a las afueras de la
habitación.
—Olvídalo, Annaleigh. Olvida que dije algo.
Agarré su mano, obligándolo a detenerse.
—¿A dónde vas?
Agitó su brazo, liberándose de mi agarre.
—Cualquier lugar excepto aquí. No me sigas.
—Me sorprendiste. —Mis palabras cayeron, débiles y flojas.
Se pasó los dedos por el pelo.
—Debería haberme quedado callado, especialmente después de todo
lo que dijo Camille sobre ese relojero.
—¿Qué tiene que ver Edgar con todo?
Fisher ladeó la cabeza, la incredulidad se reflejó en su rostro.
—No vas a terminar con un Guardián de la Luz. Yo sé eso. Lo sabía.
Pero cuando te vi con ese vestido esta noche… —Extendió la mano y
apartó un rizo suelto detrás de mi oreja. Su pulgar recorrió mi mejilla—.
Me atreví a soñar de otra manera. —Sacudió la cabeza—. Perdóname. He
hecho un lío esta noche. Solo… necesito solo… —Se volvió y salió
corriendo de la habitación.
—¡Fisher! —lo llamé, pero se había ido.
—¿Pelea de amantes?
Un extraño se cernió sobre mí, increíblemente alto y demacrado. Su
frac había sido cortado de una seda esmeralda magníficamente gruesa.
Bordado en las solapas había un dragón de tres cabezas, con las garras
levantadas como para atacar. Sus ojos parecían parpadear a la extraña
luz floral de las velas, pero era la máscara del hombre lo que me
desconcertó por completo. Hecha de resina transparente, cubría todo su
rostro, ocultando al hombre debajo. Ojos enormes estaban pintados
sobre los suyos, lo que permitía la visibilidad solo a través de pequeños
pinchazos en los iris falsos. Sus pinceladas estaban llenas de celos, locas
de deseo.
—No exactamente.
—Excelente. Entonces, si no estás comprometida de otra manera... —
Levantó un dedo inusualmente largo—. ¿Un baile?
Miré hacia la puerta por la que Fisher había salido, pero no vi ni
rastro de él. Sintiéndome miserable, acepté el brazo del extraño.
—Es una hermosa velada, ¿no te parece? —preguntó el hombre
dragón después de un largo momento de baile silencioso.
—He tenido mejores —admití.
Rio.
—Vamos, vamos. Alégrate. Esto es una fiesta, ¿no es así?
—Supongo que tienes razón —dije, siguiéndolo a través de una serie
de pasos—. ¿Con quién tengo el placer de bailar?
Volvió a levantar ese dedo largo, agitándolo con una sonrisa oscura.
—Ah, ah, ah. El verdadero placer de una velada así es ser tú misma
con un completo extraño, ¿no crees? Derramar tus pensamientos más
íntimos, demasiado oscuros y profundos para hablar a la luz del día,
confesar pecados de pasión y placer, tal vez incluso portarse mal, y nada
de eso importa, porque si no sabes con quién estás jugando, entonces,
¿cuál es el daño? —Su brazo trepó por mi espalda, enrojecida y expuesta,
atrayéndome contra él—. Dime, bella dama, ¿cuáles son tus secretos más
oscuros?
Aunque no podía ver sus ojos reales, los sentí arrastrándose por todo
mi cuerpo.
Cuando la canción llegó a su fin, una cuerda de uno de los violines
se rompió, terminando la nota final con un extraño acorde. Aproveché el
momento para liberarme del agarre del hombre dragón.
—Me temo que debo ir a buscar a mi amigo —balbuceé.
Después de un momento tenso, se rió entre dientes como si hubiera
dicho algo divertido.
—Volveré por ti más tarde. —Golpeó su largo dedo contra mi
muñeca—. Cuenta con eso.
Quería ver a dónde iba, seguirle la pista, pero había demasiados tonos
de verde y se fundió entre la multitud y desapareció en un instante. La
orquesta rebuscó en las partituras antes de encontrar un alegre fox-trot.
—¡Ahí estás! —exclamó Cassius, de repente a mi lado. Ofreció su
mano para el próximo baile.
—¿Podríamos quedarnos fuera de este? —Agité mi abanico de encaje
de un lado a otro. Mi mente estaba confundida con demasiados
pensamientos, demasiado abrumada para bailar.
—¿Te gustaría dar un paseo? Recuerdo haber visto un patio cuando
entré.
Asentí agradecida.
—Por aquí.
Cassius me condujo a través de los enormes arcos que se alineaban
al costado del salón de baile y por el pasillo, tomando más vueltas de las
que podía recordar. Finalmente, salimos a un tranquilo patio, rodeado
por tres lados por imponentes claustros.
El viento soplaba, soplando mechones de cabello en mi cara. Todavía
olía a otoño aquí. Agujas de pino y aire frío y nítido, hogueras y hojas
marchitas, el mundo muriendo mientras se preparaba para renacer.
Respiré hondo, saboreando el fuerte sabor.
Un grito espeluznante rasgó el aire. Otro se unió, y otro, y de repente
la noche se llenó de aullidos vacilantes.
—Los lobos de Pelage —explicó Cassius mientras yo me ponía tensa—
. Vagan por los bosques por la noche, siempre a la caza.
Pelage. Estábamos en Pelage. Intenté imaginarme el mapa que
colgaba en el estudio de Papá, mostrando todas las regiones de Arcannia.
Pelage estaba en la sección noreste del reino, lo más lejos posible de
Salann.
—Casi suena como las ballenas en casa. Puedes escucharlas cantar
en las noches de verano cuando las aguas están quietas. —Pensar en
Salann hizo que mi mente volviera a la única pregunta que había evitado
desde que me encontré con Cassius. Pero necesitaba saberlo—. La última
vez que te vi, estabas en Selkirk...
Sus ojos brillaron bajo la máscara.
—Lo recuerdo. Eras la chica más bonita de los muelles.
Hice una pausa, sorprendida por su abierto coqueteo.
—¿Qué diablos estás haciendo aquí?
Miró al cielo cuando se inició otra andanada de aullidos.
—Podría señalar que estás tan lejos de casa.
—Tienes razón, pero...
—Vine por la misma razón que tú —continuó Cassius, señalando con
la cabeza hacia el castillo—. El baile.
—¿Baile? —repetí—. ¿Viniste hasta aquí a Pelage para bailar?
—¿No es así?
Nuestras miradas se encontraron y tuve la clara impresión de que de
alguna manera me veía más de lo que debería.
—Te estás sonrojando —murmuró, tocando mi mejilla debajo de la
máscara de tul—. No me hubiera esperado eso. —Trazó una de las
estrellas en mi manga, curioso—. ¿Qué se supone que debes ser?
Pasé mis manos por el vestido, el calor se extendió en mis mejillas por
todo mi cuerpo.
—Yo... solo me gustaron las estrellas. Pensé que se veían como un
cielo nocturno de verano.
Su mirada pesaba mucho sobre mi piel.
—Te quedan bien.
—¿Y qué hay de ti? —pregunté, señalando su atuendo completamente
negro—. ¿Tienes miedo a la oscuridad?
—¿Yo? —Miró hacia abajo—. Soy la pesadilla más aterradora de
todas.
Arqueé las cejas, esperando a que se explicara.
—Arrepentimiento.
Sonreí, aunque no fue gracioso.
— ¿Es eso realmente una pesadilla?
—¿Puedes pensar en algo más aterrador?
Otro aullido agudo partió la noche, seguido de una avalancha de
gruñidos. Los lobos debieron de haber captado el olor de algo. Estaban
de caza.
Miramos hacia el bosque, tratando de localizar a la manada, pero
había demasiadas sombras.
Sus dedos rozaron el dorso de mi mano, no más que una pregunta
susurrada, enviando una danza de escalofríos por mi columna. Cuando
miré hacia arriba, vi a Cassius mirándome, pero estaba demasiado
oscuro para ver la intención en sus ojos. Por un momento, el mundo
pareció querer que nos acercáramos más y más. Sentí su aliento en mi
mejilla y supe que, si daba un pequeño paso hacia él, me besaría.
—¿Quieres saber cuál será mi mayor arrepentimiento esta noche,
bonita Annaleigh? —murmuró, sus labios rozando la piel de mi sien.
Cada fibra de mi ser se detuvo en vilo, ansiando que cerrara la brecha
entre nosotros. Mi lengua se sentía demasiado trabada para responder
correctamente, y cuando su mano se deslizó sobre la mía, pensé que mi
corazón se rompería de felicidad.
—Si no paso el resto del baile contigo en la pista de baile.
Suavemente me tiró de regreso al interior, hacia el salón de baile.
Cuando comenzó un nuevo vals, de repente recordé que Cassius nunca
había respondido a mi pregunta sobre lo que estaba haciendo allí.
Me desperté gritando y luchando por liberarme de sábanas
enredadas.
arpadeando contra la luz de la tarde entrando a través de las
cortinas entreabiertas, luché por sentarme, sintiéndome
enferma y lista para vomitar. Mi estómago dio un vuelco. Las
sábanas estaban empapadas de sudor y mi camisón se me pegaba como
un sudario húmedo. Un hedor amargo impregnaba la habitación,
cubriendo mi boca y asfixiándome. Tropecé hacia las ventanas y apreté
mis mejillas enrojecidas contra los fríos cristales, tragando la brisa salada
y volviendo lentamente a mí misma.
Era la tercera noche consecutiva que tenía la pesadilla.
Después de regresar de nuestra noche en Pelage, escabullirnos de
regreso a Highmoor justo antes de que el personal de la cocina se
despertara, me las arreglé para permanecer despierta hasta el desayuno,
luego colapsé en un estupor exhausto. Mientras dormía, Camille y las
trillizas regresaron a la Gruta en busca de invitaciones para el próximo
baile. Y el siguiente baile. Y el siguiente después de ese.
Habíamos ido a bailar todas las noches durante una semana.
No todas, sin embargo. Las Gracias no podían quedarse despiertas
hasta tan tarde. Tenían lecciones con Berta, y ella se había preocupado
por las ojeras bajo sus ojos, preocupando a Hanna y Morella. Se quedaron
atrás, bastante malhumoradas, mientras el resto de nosotras nos
arreglamos y empolvamos, vistiéndonos para lo que fuera el tema de la
noche con los vestidos de mamá. Las afirmaciones de Cobbler Gerver
sobre los zapatos de hadas de que duraran toda una temporada fueron
tremendamente exageradas. Después de una semana de baile, las
costuras se estaban deshaciendo y las suelas estaban deshechas. Nos
vimos obligadas a meter los dedos gordos de los pies en las zapatillas y
sandalias doradas de mamá. El cuero envejecido se deshilachó aún más
rápido y debajo de nuestras camas crecieron pilas de zapatos gastados.
Encontré los bailes muy divertidos al principio, viendo nuevos
lugares, conociendo gente nueva. Un escalofrío recorrió mi columna
vertebral cuando entré en un nuevo salón de baile, esperando que
Cassius estuviera allí. Pero nunca estuvo, y las noches de insomnio me
estaban alcanzando. Me dormía cada vez más tarde, pero mi sueño era
interrumpido por sueños extraños, extensiones de los bailes mismos.
Siempre comenzaban con bastante normalidad, con hermosos
vestidos en hermosos pasillos. Un hombre guapo emergería de la
multitud y le alargaría la mano.
—¿Bailaría conmigo? —preguntaba, y partíamos dando vueltas a
través de una serie de pasos.
Pero a medida que avanzaba el sueño, la música tomaba un tono
diferente, las notas se volvían planas y agrias. Dábamos vueltas una y
otra vez, y una luz extraña aparecía, tiñendo la habitación de un tono
verdoso y enfermizo. Nadie más que yo parecía darse cuenta. La multitud
seguía bailando. Nadie se detenía nunca.
Intentaba hacerlo, forzándome a perder el impulso, suplicando a mi
compañero que me diera un respiro, pero mis pies nunca escuchaban.
Continuarían siguiendo sus pasos, sin importar lo que hiciera.
—Baila conmigo —suplicaba mi compañero, pero la voz nunca se
correspondía con su cuerpo. Era ronco y áspero, como si varias voces
pronunciaran las palabras, queriendo mezclarse en una, pero no
completamente sincronizadas.
Sacudía la cabeza, retrocediendo. Esto no estaba bien. Algo estaba
terriblemente mal. Quería salir de la pista de baile ahora, ahora mismo,
y ahí era cuando ella me agarraba.
Su piel estaba pálida y moteada, como un hongo demasiado grande y
suave. El cabello negro se arremolinaba a su alrededor, enredado en sus
capas de gasa gris, ingrávidos y retorciéndose. Lo peor de todo eran sus
ojos, oscuros como la noche, hostiles y derramando lágrimas negras
como la boca del lobo. Corrían por su rostro, dejando huellas aceitosas
que goteaban hasta sus pies grises descalzos. Dientes afilados y
puntiagudos se mostraban en una sonrisa maliciosa cuando me acercaba
más.
Baila conmigo, susurraba la Llorona, y yo me despertaba jadeando
por aire.
—No me digas que todavía estás en camisón —dijo Hanna, entrando
en mi habitación. Llevaba una cesta de remendar y la dejó con un
suspiro.
—Tuve una mala noche.
—Tú y todos los demás, al parecer. Camille todavía está dormida.
Salvo entrar a su habitación con un par de platillos de metal, no estoy
segura de cómo despertarla. —Se volvió hacia mi escritorio y clasificó las
medias del cesto.
Flexioné mis doloridos pies hacia adelante y hacia atrás. Había roto
el último par de zapatillas de mamá y podía sentir ampollas calientes en
el costado de mis dedos pequeños. Necesitábamos zapatos nuevos.
—Tu padre vuelve a casa hoy —continuó Hanna.
—¿Hoy? —Me iluminé. Quizás volvería de la corte, muy animado y
finalmente podría contarle todo lo que había descubierto sobre la última
noche de Eulalie.
—Madame Morella recibió ayer una carta después de la cena. Ha
estado despierta durante horas, bailando el vals por la casa y cantando
las noticias a cualquiera que quiera escuchar —suspiró—. Y si tengo que
escuchar sobre esos bebés una vez más... ¿De verdad crees que son
niños?
Aparté los últimos rastros de sueño de mis ojos.
—No lo sé. Mamá decía que pensaba que todas seríamos niños
también.
Hanna se acercó a mi armario y sacó un vestido azul.
—Está tan enorme que deben ser chicas. Pero ella está tan segura...
—Sacudió su cabeza—. Me temo que seguramente se decepcionará. —Se
contuvo y me sonrió—. No es que ninguna de ustedes haya sido una
decepción.
Me saqué el camisón empapado por la cabeza antes de ponerme el
vestido que ella me tendió.
—Hablando de hijos... —Su sonrisa se aplastó con una pizca de
tristeza—. Has pasado algún tiempo con Fisher desde que regresó, ¿no
es así?
—Un poco —murmuré con inquietud.
La verdad es que no había hablado con él desde aquella noche en
Pelage. Cuando nuestros caminos se cruzaban, de repente giraba por otro
pasillo, ignorando mis súplicas. Traté de colarme en el ala de los
sirvientes para acorralarlo en su habitación, pero parecía escucharme
venir cada vez. Siempre encontraba la habitación oscura y vacía.
Incluso había dejado de acudir a los bailes, a pesar de los ruegos más
fervientes de las trillizas.
Usando el espejo del tocador, vi su expresión mientras abrochaba el
vestido. Su frente parecía tener más líneas de preocupación de lo
habitual.
—¿Está todo bien, Hanna?
—Oh, bien, bien. Es de esperar, supongo. Es el primer tiempo libre
que tiene en mucho tiempo. Era una tontería pensar que querría pasar
cada segundo libre conmigo.
Fruncí el ceño. Si no estaba en los bailes y no estaba con Hanna,
¿dónde pasaba todo su tiempo?
Hanna pasó una mano por mi espalda, alisando el corpiño.
—Pero olvido que ya no es un niño. —Acarició mi mejilla una vez—.
Tu madre tuvo suerte de tener tantas niñas. Morella debería rezar para
que Pontus le dé hijas en cambio.
—¡Estás en casa! ¡Estás en casa!
Verity, Mercy y Rosalie bajaron corriendo las escaleras y se lanzaron
directamente a los brazos de Papá, cayendo una sobre la otra.
—¿Podemos usar el bote hoy? —preguntó Rosalie sin preámbulos.
—No en este clima. ¿No has estado afuera? —Hizo una pausa,
mirando a Rosalie—. Todavía estás en camisón. —Se volvió hacia mí—.
¿Está enferma?
Abrí la boca, pero me quedé inmóvil. Era terrible mintiendo.
—Tuve un comienzo un poco lento esta mañana —completó Rosalie.
—¿Esta mañana? Son más de las tres. Al menos ustedes dos están
vestidas —respondió, levantando a las niñas por las fajas mientras
chillaban y reían—. ¿Para qué necesitan el bote?
Rosalie palideció.
—Tenemos que ir a la ciudad por... suministros.
—¿Suministros?
—¡Zapatos! —jadeó Mercy jadeó, chillando mientras él la balanceaba.
Las dejó en el suelo, tan sin aliento como estaban.
—¿Zapatos? ¿Para quién?
—¡Todas nosotras! —Verity giró por el pasillo, su emoción demasiado
grande para ser contenida por un cuerpo tan pequeño. Mercy y Rosalie
le pisaron los talones, dejando ecos de risa a su paso.
Miré el perfil de mi padre, contenta de que finalmente estuviéramos
solos nosotros dos.
—Papá, hay algo de lo que quería hablarte.
Pareció sorprendido de verme todavía a su lado.
—¿Seguramente no necesitas zapatos también?
Mis dedos de los pies se retorcían descalzos contra los mosaicos.
—Los necesito, pero eso no es lo que se trata de Eulalie...
El rostro de Papá se endureció. Tendría que andar con cuidado. Esto
no era algo de lo que le gustaría oír.
—¿Qué hay de ella?
Mis uñas se clavaron con fuerza en mis palmas. Necesitaba salir y
decirlo:
—Se trata de sus pretendientes.
—¡Bienvenido a casa, Papá! —dijo Camille, saliendo del Salón Azul
como si hubiera estado practicando al piano durante horas y no acabara
de salir corriendo de la cama.
—Un momento, Camille. Papá y yo estábamos hablando de...
—Solo quería decir saludar. —Se puso de puntillas para darle un
abrazo—. ¿Cómo estuvo el viaje? ¿Cómo está el Rey? Tuviste…
—¡Camille! —exclamé.
Papá levantó las manos y detuvo la pelea antes de que comenzara.
—El viaje estuvo bien. El Rey Alderon espera que te unas a nuestra
próxima reunión del consejo, Camille. Te informaré de los detalles una
vez que me haya asentado.
Sonrió, complacida de haberse salido con la suya.
Papá se volvió hacia mí.
—¿Qué es esto de los pretendientes, Annaleigh?
La sonrisa de Camille se desvaneció.
—¿Pretendientes? ¿Para quién?
—Eulalie —dijo Papá, su tono oscureciéndose.
El peso de sus miradas cayó pesadamente sobre mí.
—¿Se trata de ese relojero? Te dije que era solo una estúpida fantasía
que se había inventado...
—¿Relojero? —interrumpió Papá.
—No se trata de Edgar, y por favor, Camille, ¿nos dejarás en paz? —
supliqué, alzando la voz para ser escuchada por encima de ellos.
Aunque entró en el Salón Azul, un poco de su falda sobresalía del
arco. Obviamente estaba escuchando a escondidas.
—Sigo preguntándome sobre Eulalie —dije, volviéndome hacia
Papá—. Creo que alguien estaba con ella en el acantilado esa noche.
Papá suspiró.
—Cuando alguien muere inesperadamente, es normal querer
encontrar a alguien a quien culpar.
—Esto no es... Esto no es solo dolor, Papá. Realmente creo que
alguien lastimó a Eulalie. A propósito. —Reuní mi coraje y la historia
fluyó rápidamente—. Eulalie se iba a escapar de casa esa noche. Iba a
fugarse con Edgar, el aprendiz de relojero, pero alguien más la estaba
esperando.
Papá ahogó una risa y mi corazón se hundió.
—¿Edgar Morris? ¿Ese hombrecito de los lentes? —Sus labios se
torcieron divertidos—. No tendría el coraje de recoger un florín de cobre
dejada en los adoquines, y mucho menos fugarse con mi hija mayor.
Entró en el Salón Azul, uniéndose a mis hermanas.
—¡Papá, escúchame, por favor! —grité, corriendo tras él—. Edgar se
propuso... le dio a Eulalie el relicario con el que fue enterrada, el que
tiene el ancla y el poema adentro. Dijo que cuando llegó para llevársela,
vio una sombra en el acantilado, justo después de que ella cayera. Debió
haber sido empujada.
—Disparates. —Golpeó su mano, descartando fácilmente mi teoría.
—¡No es! Alguien estaba ahí. Alguien que no quería que Eulalie se
casara con Edgar.
—Ese podría ser cualquiera —interrumpió Camille—. No puedo
pensar en una pareja más improbable.
Papá se hundió en su sillón, riendo—. Muy cierto. Si sospechara a
medias que Edgar era capaz de robar a Eulalie, lo habría empujado a él
por un precipicio. Con alegría. —Se frotó los ojos—. Ya es suficiente de
esto, Annaleigh.
—Pero, ¿cómo puedes estar tan seguro?
—Ya dije suficiente. —Su voz era aguda y rápida, una guillotina
cortando la conversación—. Ahora, ¿qué es esto que escuché sobre
zapatos?
Todas intercambiaron miradas tensas. Finalmente, Honor se abrió
paso y se levantó las faldas para revelar unas zapatillas muy gastadas.
Las suelas estaban raspadas y el tinte azul marino se había desgastado
por completo en algunas partes. La mayoría de las cuentas de plata se
habían desprendido y las cintas estaban completamente hechas jirones.
Papá le quitó un zapato, desconcertado.
—¿Están todos así?
Las trillizas se miraron antes de levantarse las faldas.
—El zapatero prometió que durarían toda la temporada. Parece como
si hubieran visto cien bailes.
Lenore torció la boca, visiblemente incómoda.
—¿Quizás hubo algo mal con el cuero?
—¿Y no tienen otros zapatos? —preguntó Papá, su escepticismo
evidente—. Acabo de pagar tres mil florines de oro por un juego que no
duró un mes.
—Quemaste a los demás —recordó Camille—. En la hoguera con la
ropa de luto, ¿recuerdas?
Papá suspiró y se llevó las yemas de los dedos a la frente.
—Supongo que será necesario un viaje a la ciudad. Pero tendrán que
esperar. Me voy a Vasa pasado mañana, con las primeras luces. Hay un
problema con el casco de una maquinilla. No pagaré por una artesanía
de mala calidad. —Volvió a mirar la zapatilla de Honor—. No en barcos y
ciertamente no en zapatos. Podrían ir a principios de la semana que
viene.
—No podemos andar descalzas hasta entonces —exclamó Rosalie—.
¿Podríamos tomar el bote de remos? Podríamos ir mañana. Todas
sabemos remar.
—Pero no todos ustedes cabrán. —Miró detrás de nosotros—. Ah,
Fisher.
—Bienvenido a casa, señor —dijo Fisher, deteniéndose en la puerta.
Su rostro estaba manchado y su cabello húmedo de sudor. Llevaba un
grueso suéter azul marino y llevaba un cubo de hojas suaves para limpiar
los barcos. Sus ojos ámbar se posaron en mí una vez antes de alejarse.
—¿Disfrutando de tu estancia? Debe ser agradable descansar de la
cocina de Silas, me imagino —dijo papá, acomodándose en su silla.
—Lo es, sin duda. Y es maravilloso poder pasar tanto tiempo con
mamá.
Parpadeé, el dolor de Hanna aún estaba fresco en mi mente.
—Ella me puso a trabajar hoy —continuó, levantando el balde.
Papá hizo una mueca con una risa.
—Raspando percebes como un niño. Siento escuchar eso. —Se
detuvo—. En realidad, podría tener algo para ayudarte. Las chicas tienen
que ir a Astrea mañana si la niebla se levanta. ¿Podrías llevarlas con el
bote?
Fisher asintió.
—Estaría feliz de hacerlo.
—¡Oh, gracias, Papá! ¡Gracias, Fisher! —exclamó Ligeia, echando sus
brazos alrededor del cuello de Papá.
Papá nos hizo una señal de advertencia a todos.
—No tendré el hábito de comprar pares nuevos cada semana. Elijan
algo resistente para pasar al menos el invierno. No más zapatos de hadas.
—Date prisa y elige algo, Rosalie.
onor saltó de un pie al otro, con un gemido petulante
creciendo en su voz. Papá nos había dado botas de marinero,
encontradas en uno de los almacenes cerca del muelle, y eran
demasiado grandes incluso para las niñas mayores. En las Gracias, eran
cómicamente absurdas.
Llevábamos más de una hora en la zapatería. Fisher había traído las
cajas de zapatillas gastadas y había arrojado el contenido sobre la mesa
de Reynold Gerver, exigiendo saber por qué los zapatos se habían gastado
tan rápido.
El pobre zapatero los había girado y farfullado mientras examinaba
sus creaciones, farfullando que tal deshilachado nunca debería haber
ocurrido tan rápidamente. Nos había ofrecido zapatos nuevos a todas, a
una fracción del precio estándar.
—Estos son muy bonitos. —Rosalie tomó un par de zapatos de raso
con un moderno tacón de corte.
—Y poco prácticos —dijo Fisher, arrebatándolos—. Tu padre dejó muy
claro que no te permitiera comprar algo delicado y bonito. Solo encuentra
algo como el resto de tus hermanas.
Nuestras miradas se encontraron y mi garganta se contrajo. Había
anhelado la oportunidad de llevarlo a un lado y suavizar el desastre de
Pelage, pero una tormenta había llegado poco después de que dejamos
Highmoor. Fisher me había alejado, citando su necesidad de
concentración mientras la lluvia nos empapaba hasta los huesos,
haciendo que el corto viaje a Astrea fuera miserable.
Honor se arrojó en una silla en un desmayo digno de escenario, y
Verity estuvo precariamente cerca de derribar una exhibición de cajas
apiladas en la ventana.
—¿Por qué no llevo a las Gracias por una taza de té mientras Rosalie
toma una decisión? —sugerí.
—¿O sidra? —preguntó Verity, mostrándole a Fisher una sonrisa
esperanzada.
Me entregó las monedas.
—Asegúrense de que sus capuchas estén puestas —instruí antes de
abrir la puerta de la tienda.
Corrimos por los adoquines, sorteando charcos de agua de lluvia para
acurrucarnos en el santuario del amplio toldo de la taberna.
—Toma, toma esto —dije, presionando las monedas en la mano de
Honor—. Hay algo que tengo que hacer, un recado, así que ustedes tres
entren, y yo estaré de regreso lo más rápido que pueda.
—¿A dónde vas? —pregunté Verity, claramente queriendo venir
también.
—En ninguna parte con sidra —dije, arrastrándola hacia la gran
puerta de roble—. Hace frío y está húmedo. ¡Apúrense, no querrán
congelarse!
Se apresuraron a entrar y yo volví a la tormenta, dirigiéndome a la
tienda de relojes del señor Averson.
Mi estómago se retorció de culpa al recordar cuán rudo habían sacado
a Edgar de Highmoor. Debería haber detenido a Camille, debería haberme
esforzado más por contactarlo. Me avergonzaba la facilidad con la que me
había distraído.
Los bailes consumían algo más que mis noches. Me dormía mañanas
enteras. A menudo no nos despertábamos hasta que llegaba el momento
de prepararnos para la siguiente fiesta. Después de tantos años de negros
serios y comportamientos tibios, los bailes eran vigorizantes.
Embriagadores. Las máscaras y las joyas falsas, el susurro de las sedas
y los tules, la promesa de hermosas parejas de baile, todo me deslumbró
hasta que me cegaron a mi verdadero propósito.
Me había olvidado de Eulalie.
Y si iba a ser honesta, no me había molestado hasta ahora, cuando
estaba firmemente enraizada en casa, de regreso en Salann, de regreso a
la Sal.
Necesitaba localizar a Edgar y disculparme. No me importaba lo que
pensara Camille. Creía su historia sobre la sombra en el acantilado y
juntos descubriríamos quién era.
Una campana de plata tintineó sobre mi cabeza cuando entré en la
tienda, fuera de la lluvia.
—Ya voy, ya voy —dijo una voz alegre desde el taller. O tal vez vino
detrás de la pila de manos de metal cerca de la esquina. Eran más altos
que yo, usados como torres de reloj en las plazas de la ciudad.
Los engranajes y piezas cubrían todas las superficies disponibles en
la tienda, y filas de relojes se alineaban en las paredes. Los tics
escalonados de los segundos que pasaban se superponían, formando una
sinfonía de ritmos. Era un sonido suave y sutil, pero una vez que notó
las garrapatas, se volvieron imposibles de ignorar.
—¿Cómo puedo ayudarlo hoy? —Edgar salió del taller. Cuando me
vio, se detuvo por completo, casi chocando contra una caja que mostraba
relojes de bolsillo y cadenas—. ¿Qué está haciendo aquí? —demandó, su
tono aumentando—. ¿Viene a echarme de mi propio lugar de trabajo?
Verá que el alcance de Thaumas no llega tan lejos. Buen día.
—¡Edgar, espere! Lo siento mucho por eso. Debería haberlo
defendido, debería haber detenido a Camille. Vine a disculparme y... y
también a hablar.
—¿Hablar? —Me miró a través de sus diminutos anteojos.
—Sobre Eulalie, sobre la sombra.
—Ya te dije todo lo que sé. —Su mano se levantó contra la puerta
batiente.
—No todo —dije, deteniéndolo antes de que pudiera retirarse—. Vi la
forma en que reaccionaste cuando Camille llamó a Roland. —Se puso
rígido cuando mencioné el nombre del ayudante de cámara—. ¿Por qué?
Edgar se volvió, con desgana en su rostro. Se quitó los lentes y los
limpió con el borde de su delantal de lona, esperando el momento
oportuno.
—¿Podría ser la sombra? —adiviné.
Entrecerró los ojos a través de las lentes como si aún estuvieran
sucias.
—No sé quién era la sombra... pero debo admitir que mi primera
suposición sería él. —Las yemas de sus dedos temblaron como si luchara
contra el impulso de volver a limpiarse los lentes—. Cada vez que estaba
en Highmoor, ayudando al Señor Averson con el reloj, entregando un reloj
de bolsillo fijo o un reloj de sobremesa, él siempre estaba ahí, al acecho,
escuchando. Eulalie dijo que era solo parte de su trabajo, esperar a que
lo necesitaran, pero se sentía como algo más que eso…. Se sentía…
—¿Sí…? —susurré, inclinándome.
—Como una obsesión.
Observé la lluvia caer en el empapado mercado de afuera, pensando
en nuestra vida cotidiana en Highmoor. Era cierto, Roland siempre
estaba cerca, dispuesto a ayudar, pero como era uno de los servidores de
mayor confianza de Papá, eso me parecía natural. No sabía mucho sobre
Edgar, pero me arriesgaría a suponer que no se había criado en una casa
como la nuestra, llena de más sirvientes que miembros de la familia.
—¿Eulalie llevaba un diario? —preguntó Edgar, intentando un
enfoque diferente—. Descubrió algo que se suponía que no debía
descubrir. ¿Quizás escribió sobre eso?
Eulalie no era del tipo que derramaba su corazón en hojas, como lo
hacían Lenore y Camille. Odiaba las lecciones de caligrafía cuando
éramos niñas y había que engatusarla para que escribiera cartas a tías y
primas.
—Nunca la vi con uno.
Sus cejas pálidas se fruncieron juntas.
—Cuanto más lo pienso, estoy seguro de que la sombra era Roland —
dijo, echándose hacia atrás—. Nunca le agradé. Si de alguna manera se
entera de que nos escapábamos...
—Entonces, ¿no intentaría detenerte a ti, no a Eulalie? —pregunté.
La acusación de Edgar no me pareció correcta en absoluto. Tenía
demasiados agujeros. Incluso si Roland hubiera estado locamente
enamorado de Eulalie, debe haber sabido que nada saldría de eso. Era la
heredera de Highmoor. Papá nunca la habría dejado cortejar a uno de
sus sirvientes.
Además… era tan viejo….
Uno a uno, los engranajes de los relojes dieron vueltas, repicando el
cuarto de hora. La cacofonía me puso los dientes en el borde,
recordándome que ya había estado fuera demasiado tiempo. Alcancé la
puerta.
—¡Señorita Thaumas, espere! Yo... necesito saber ... Usted me cree,
¿no es así? ¿Sobre la sombra? Eulalie no tropezó y nunca se habría hecho
daño. Usted lo sabe.
Después de un segundo, asentí.
—Quiero saber quién le hizo esto. Quién... la asesinó —dijo la palabra
con una precisión intensa, como si tratara de no tartamudear—. ¿Me
ayudará? ¿Por favor? —Sus ojos, repentinamente brillantes con fervor
justo, me fijaron en mi lugar como una mariposa clavada en un tablero
de sombra.
—Sí —susurré.
Volvió a jugar con sus lentes.
—Sé que no cree que Roland estuvo involucrado, pero prométame que
lo investigará. Pregunte por ahí. Incluso si no fuera él, debió haber visto
algo. Él ve todo.
El último reloj sonó, sus notas ligeramente agudas, dando una
extraña importancia a la idea de Edgar.
—Lo hace —repetí.
—Bueno. Gracias. ¿Asistirá tu familia a algún evento del Cambio de
Estación?
Faltaba solo una semana para el festival. Pronto Highmoor se pondría
del revés, preparándose para el asunto de diez días.
—Siempre vamos al espectáculo después de la Primera Noche.
Una tabla del suelo crujió sobre nosotros y nuestros ojos se dirigieron
al techo. Supuse que estábamos solos. ¿Alguien estaba escuchando
nuestra conversación?
—¿Qué hay allí?
—Solo almacenamiento… ¿Señor Averson? —gritó Edgar.
—¿Sí, Edgar? Sólo me quito la capa —gritó una voz desde el taller
detrás de nosotros—. Esta lluvia no se detendrá pronto.
—Reúnase conmigo aquí antes de la obra —susurró.
Prometí que lo haría.
—Tengo que volver con mis hermanas ahora.
Edgar se echó el pelo hacia atrás y una sonrisa calentó su rostro.
—Bueno. Me alegro de eso... Gracias por creerme, señorita Thaumas.
—Annaleigh —ofrecí, extendiendo una pequeña muestra de amistad.
—Annaleigh.
Corrí por el camino, tomando la ruta más rápida de regreso a la
taberna, al diablo con los charcos.
Solté un suspiro de alivio cuando abrí la puerta y vi a las Gracias en
una mesa, luego me detuve en seco.
No estaban solas.
—¡Annaleigh! —gritó Honor.
Un joven se levantó de la mesa y se volvió ante su saludo. Cassius.
Su rostro se iluminó con una sonrisa cuando me vio.
—Nos encontremos de nuevo.
Sus mejillas estaban rosadas por el frío, y sus rizos oscuros salían de
debajo de un gorro de lana.
—¿Qué estás haciendo aquí? —Inmediatamente deseé poder retirar
la pregunta. Sonaba demasiado acusatoria, demasiado brusca—. ¿Cómo
está tu papá? —Lo intenté de nuevo, suavizándome. Me había olvidado
de preguntar en el baile.
—Lo mismo, me temo. De hecho, vine a Astrea por algunos
suministros. Raíces y hierbas. Hay un curandero en el camino que dice
que ayudará.
—¿Es cierto que, si te da escarlatina, sangras por los ojos? Por eso lo
llaman escarlatina, ¿verdad? —preguntó Honor, inclinándose sobre la
mesa con un regocijo macabro.
—¡Honor! —exclamé, mortificada.
Cassius no pareció inmutarse. Se inclinó cerca de ella.
—¡Peor aún! —Se enderezó, captando mi ceño fruncido mientras se
reían—. Almorcé un poco aquí y estaba saliendo cuando vi a estas
hermosas damas luchando por sentarse. Pensé que podría intervenir y
ofrecer mi ayuda.
—No podían vernos en el mostrador —explicó Mercy.
—Es muy amable por tu parte.
—El placer ha sido todo mío. No tenía idea de lo delicioso que... ¿Qué
es esto que estoy bebiendo?
—¡Sidra de caramelo! —intervino Verity.
—Qué deliciosa puede ser una sidra de caramelo. Pareces necesitar
uno tú misma —ofreció, sacando una moneda.
—Oh, ¿puedo pedirla? —preguntó Mercy, arrebatando el dinero antes
de que él aceptara—. ¿Por favor?
—¡Yo también! —intervino Honor—. Te dejan sentarte en los
taburetes grandes mientras esperas.
—¡Y yo! —gritó Verity para no quedarse atrás.
Saltaron completamente encantadas de que se les permitiera realizar
una tarea tan adulta.
—¿Cómo estás? —preguntó una vez que las chicas estuvieron fuera
del alcance del oído—. Hay cansancio aquí —dijo, haciendo un gesto
alrededor de mis ojos.
Dejé de lado su preocupación.
—Nada que una buena noche de sueño no resuelva. ¿Y tú? ¿Cómo
está realmente tu padre?
—No está bien. —Cassius me ofreció una media sonrisa—. Será una
bendición cuando termine. —Se mordió el labio—. Eso salió mal.
Recordé las últimas horas de Ava, sus jadeos por aire, sus gritos de
liberación.
—No, entiendo lo que quieres decir. Mi hermana…
Asintió en mi silencio.
—Tus hermanas menores son absolutamente encantadoras. La
pequeña, ¿Verity?, Se parece mucho a ti.
—No hablaron demasiado, ¿verdad?
—No un poco. Disfruté de la compañía. Las últimas semanas han sido
una existencia sin amigos.
Murmuré algo sobre relacionarme, luego hice una pausa. No era
exactamente como si hubiera estado atrapado en Selkirk todo el tiempo.
Había ido a Pelage. Al baile.
—Espero que no todas hayan estado sin placer.
Cuando sonrió, sus ojos bailaron, parpadeando en tonos de azul
profundo.
—Por supuesto no.
—No estaba segura de poder verte después... esperaba que nos
encontráramos de nuevo.
—¿De verdad? —Cassius reprimió una sonrisa de satisfacción.
Sin la parte brillante de la máscara para esconderme, mis palabras
se sentían demasiado audaces, demasiado descaradas, pero recordé lo
que había dicho en el baile. El arrepentimiento era la pesadilla más
oscura de todas.
—Realmente.
Su sonrisa se amplió.
—Me alegra oírlo.
Mis mejillas ardieron de placer, y aparté la mirada de él, sintiéndome
demasiado tímido para mirarlo a los ojos.
En la pared detrás de él había un gran tapiz de Arcannia. Cada
sección se tejió con un hilo de diferente color.
Lo señalé.
—¿Dónde está tu casa?
Se volvió para estudiar el mapa.
—Un poquito aquí, un poquito allá. He vivido en casi todas partes.
—¿Un marinero? —adiviné.
—Algo como eso.
—¿Cuál fue tu favorita?
Acercó su silla a la mía, ofreciéndonos a los dos una mejor vista del
tapiz.
—Me gustaron todas, supongo. —Hizo un gesto hacia una muestra
amarilla audaz en el medio del reino—. Eso es Lambent. Estuve allí un
rato en mi infancia. ¿Alguna vez has estado? —Negué con la cabeza—. Es
un desierto largo y caluroso, con colinas de arena hasta donde alcanza
la vista. El sol golpea y seca todo.
—¿Cómo vive la gente así? ¿Tan completamente cortado del agua?
—Hay manantiales de oasis aquí y allá. Y hay grandes bestias
llamadas camellos, con jorobas gigantes y patas desgarbadas. Caminan
así. —Usó sus dedos para representar a una criatura de cuatro patas que
caminaba por la mesa—. Llevan a la Gente de la Luz, adoradores de
Vaipany, a través de las arenas. —Señaló una cordillera, cosida con
puntadas dentadas y rojo sangre—. Cuando tenía ocho años, pasamos
un breve tiempo en las montañas de Cardan.
Me quedé sin aliento.
—Ahí es donde están los Embaucadores, ¿no?
Cassius asintió.
—Y el dios de los negocios impíos, Viscardi.
Me estremecí. Incluso escuchar ese nombre en voz alta hizo que me
doliera la cabeza. ¿Lo tomaría el Embaucador como una invitación a
unirse a nosotros?
—¿Como fue eso?
—Es una comunidad pobre. La gente se gana la vida recolectando la
planta Nyxmist. Sus flores son de color rojo brillante, como geranios. Solo
crecen allí, muy altos, cerca de la línea de nieve. El aceite es apreciado
por los curanderos y se dice que cura casi cualquier enfermedad. Puedes
saber al instante quién cosecha las flores en el pueblo. Sus manos están
perpetuamente teñidas de rojo por un tinte que segrega la planta.
—Qué horrible —murmuré, imaginando un pueblo lleno de gente con
las manos ensangrentadas—. ¿Es así como se llaman? ¿La gente de las
flores?
—La Gente de los Huesos —corrigió.
Mi nariz se arrugó.
—No creo que sea un lugar que me gustaría visitar. ¿Por qué estabas
allí?
Cassius se rió.
—¡No estaba haciendo gangas, si eso es lo que piensas! —Bajó la voz—
. Mi madre tenía asuntos que atender.
No podía imaginarme a Mamá guiándonos por el reino, persiguiendo
activamente su propio sustento, y al instante me intrigó.
—¿Qué hace ella?
—Este era mi favorito —dijo, interrumpiéndome, y se puso de pie para
tocar la sección más al norte del mapa—. Dominio de Zephyr. Pequeños
enclaves de postulantes hacen su hogar en afloramientos rocosos.
Decoran sus aldeas con serpentinas azules y estandartes y banderas.
Docenas de molinos de viento giran todo el día, sus radios hacen una
gran sinfonía de estruendo.
¿Había interrumpido mi pregunta en su entusiasmo, o la había
evitado a propósito?
—La Gente del Vendaval —dije, estudiándolo.
—¡Sí exactamente! —Un reloj colgado sobre la barra dio la hora—.
¿Realmente ya son las tres? —preguntó, entrecerrando los ojos—. Me
temo que debo irme. Vine en el barco de un vecino. Juró que me dejaría
atrás si llegaba tarde.
—Cassius, yo... —Cuando sus ojos se posaron en los míos, mis
pensamientos volaron de mí. Quería saber más sobre él, mucho más,
pero mientras se ponía la gabardina, de repente mi mente estaba en
blanco y mi boca vacía—. ¿Te gusta el strudel?
Sus ojos brillaron divertidos y yo quise encogerme. ¿Qué me había
pasado? Me sentí embrujada, como si alguien más tuviera el control de
mi cuerpo. Alguien que no quería nada más que pasar sus dedos por el
cabello oscuro de Cassius. Alguien que quería jalar esa cabeza llena de
rizos hacia ella y finalmente ser besada. Alguien que quisiera... Mis
mejillas ardieron mientras mi mente se aceleraba con las incorrecciones.
—Bueno, eso depende —respondió, su voz ligera y burlona—. ¿Me
invitas a salir a tomar un strudel, Annaleigh?
—¡No! —El cuello de mi vestido se sentía indescriptiblemente
apretado, y estaba segura de que mis mejillas estaban manchadas de rojo
manzana—. Yo solo... Hay una panadería en el camino que es bien
conocida por eso... si te gustan ese tipo de cosas.
—Me encanta el strudel —confesó—. El de cereza es mi favorito y lo
encuentro aún mejor cuando la comparto en compañía agradable. Pero
realmente debo ir hoy. ¿Puedo verte allí mañana?
Abrí la boca, ansiosa por aceptar, pero un grito me cortó. Llegó del
exterior, seguido de gritos de ayuda.
Cassius se inclinó sobre mí y miró por la ventana. Por un breve
segundo, pude oler su colonia, cálida y ambarina. Mientras se alejaba,
anhelaba olerlo de nuevo.
Él y varios clientes salieron corriendo de la taberna. Hubo otro grito
y se me heló la sangre. Sonaba como Camille. ¿Le había pasado algo a
una de las trillizas? Las Gracias saltaron de los taburetes de la barra,
como si fueran a correr hacia la calle también.
—Quédense aquí —les dije, echándome la capa sobre los hombros—.
En la mesa. Vuelvo enseguida.
Un grupo se reunía más adelante en la calle, frente a la tienda de
relojes. Dejé escapar un suspiro de alivio cuando vi a Camille y las tres
trillizas en el borde exterior. Se aferraban la uno a la otra, con lágrimas
en los ojos.
—¿Qué está pasando? ¿Qué pasó? —pregunté, incapaz de evitar
apretar sus brazos, asegurándome de que estuvieran bien.
—Está muerto —sollozó Camille, envolviéndome con manos
temblorosas—. Está realmente muerto.
Mi corazón se detuvo mientras buscaba entre la multitud, buscando
a Fisher.
—¿Dónde esta él?
Sacudió la cabeza y se volvió hacia Rosalie, secándose las lágrimas.
—¿Fisher? —grité, abriéndome paso entre la multitud apremiante—.
¿Fisher? —Mi voz se quebró, convirtiéndose en un chillido mientras me
empujaba hacia el frente del círculo.
—¡Annaleigh, no! —dijo Cassius, de repente a mi lado, tirándome
hacia atrás, lejos del charco de lluvia.
Mirando hacia abajo, grité.
No era lluvia.
Edgar yacía sobre una creciente extensión de sangre, su cuerpo roto
y aplastado contra los adoquines. Sus anteojos estaban a unos metros
de distancia, uno de los cristales estaba roto. Fisher se arrodillaba junto
a él con la oreja pegada al pecho de Edgar, en busca de señales de vida.
Después de un largo momento, miró a la multitud y negó con la cabeza
con tristeza.
Una mujer se desmayó, cayendo en un profundo estopor y provocó
una ráfaga de conmoción cuando sus compañeros intentaron atraparla.
—¿Qué pasó?
—Estaba en la ventana del segundo piso y simplemente... se cayó —
dijo un hombre cerca de nosotros, señalando hacia el frente de la tienda.
Cassius intentó protegerme del caos, alejándome de la vista del
cuerpo, pero me retorcí para liberarme.
—¿Saltó?
El hombre se encogió de hombros.
—No lo sé.
—Escuché que su novia murió recientemente —dijo una mujer cerca
de nosotros, escuchando nuestra conversación—. Fue demasiado para el
pobre. —Hizo una mueca de tristeza antes de regresar a su negocio.
Esto no tenía ningún sentido. Acababa de hablar con él. Teníamos un
plan para reunirnos la próxima semana. Quería saber qué le pasó a
Eulalie. Para averiguar quién había...
Quién la había matado.
Miré hacia la pronunciada inclinación del techo de la tienda y la
ventana abierta, recordando el crujido del suelo. Alguien había estado allí
con él. Edgar no había estado solo.
Quienquiera que empujara a Eulalie desde los acantilados había
estado con Edgar antes de que cayera. Estaba segura de ello.
Liberándome de Cassius, corrí hacia la tienda, ignorando sus protestas.
Si no subía al segundo piso ahora mismo, perdería al asesino.
Bordeé donde estaba Edgar y me estrellé contra el pecho de Fisher.
—Annaleigh, ¿qué estás haciendo? —preguntó, agarrándome de las
muñecas para detenerme.
—Necesito entrar allí. Subir a las escaleras. ¡Fisher, tienes que
ayudarme!
—¿Ayudarte qué?
—¡Encontrar al asesino! ¡Está dentro!
—¿Asesino? —repitió, buscando a tientas para sostenerme mientras
yo me retorcía de su agarre—. Annaleigh, no hay asesino. Lo vi suceder.
Saltó.
—¡Fue empujado!
—No, no lo fue.
—¡Suéltame! —grité, pisoteando sus pies.
Los brazos de Fisher me rodearon, sosteniéndome mis brazos
agitados
—Cálmate, Annaleigh. Estás haciendo una escena.
Me apretó contra su pecho y vi a mis hermanas con los ojos muy
abiertos por el horror. Las cejas de Cassius se fruncieron con
preocupación. Docenas de espectadores que rodeaban el cuerpo de Edgar
vieron mi ataque. Dejé escapar un suspiro tembloroso, sintiéndome
desinflarme.
Me volví, incapaz de soportar sus miradas sobre mí. Miré hacia arriba
para encontrarme con los ojos de Fisher, suplicante.
—Fisher, sé que estás enojado conmigo, pero, ¿por favor? Por favor
ven conmigo y mira. Visité a Edgar antes. Oímos crujir una tabla del piso
de arriba. Alguien estaba ahí. ¡Alguien nos estaba escuchando! Tengo que
saber quién.
—No estoy enojado contigo, Annaleigh. Yo... me he sentido
avergonzado por lo que pasó, pero no enojado. Nunca podría enojarme
contigo.
—¿Entonces me ayudarás, por favor? Tenemos que encontrarlos
antes de que se escapen.
Se pasó los dedos por el pelo con un fuerte suspiro.
—Iré a buscar. Pero te lo prometo, no había nadie en la ventana más
que Edgar. Quédate aquí.
—¡Ten cuidado! —grité.
Ahora sola en los escalones de la tienda, no sabía qué hacer. Un grupo
de hombres cubrió el cuerpo de Edgar con una sábana y empujó a la
multitud hacia la acera. Quería unirme a mis hermanas y Cassius, pero
de repente estaba aterrorizada de acercarme demasiado al cuerpo. La
sábana blanca se estaba poniendo roja rápidamente. Me volví,
estudiando la exhibición de relojes de bolsillo en la ventana mientras las
lágrimas brotaban de mis ojos.
No había saltado. No podría haberlo hecho.
Fisher regresó momentos después, con los ojos oscuros mientras
negaba con la cabeza.
—Lo siento, Annaleigh. No había nadie allí.
lguien estaba allí! —Repetí horas después, casi gritando de
frustración, mientras Camille se sentaba en su tocador,
—¡ jugando con un nuevo color de rubor. Hizo girar la brocha
sobre sus mejillas, dándoles un tono cremoso de melocotón—. No puedes
ir a bailar esta noche.
—¿Por qué? ¿Porque Edgar se suicidó? Nunca pensé en él en la vida;
difícilmente debería esperarse que lo llore en la muerte.
—Estabas llorando esta tarde. ¡Te vi!
—Fue perturbador. No es como si la gente se lanzara a la muerte cada
vez que hago un viaje al mercado.
Le quité el bote de rubor.
—Por favor, no te vayas. Quédate en casa conmigo.
Ella arqueó una ceja.
—No lo haré. Y tú tampoco deberías. Ven con nosotras y olvídate de
todo. —Sonrió, aplicándose un generoso toque de color a sus labios—.
Por supuesto, supongo que no querrás olvidar todo sobre hoy. —Me
entregó un collar brillante. El tema de esta noche eran las Joyas de la
Corte, y ella llevaba el vestido de oro rosa del baile de las trillizas—.
¿Puedes abrochar eso por mí? El broche es tan pequeño.
—¿Que se supone que significa eso? ¿Qué no debería olvidar?
Su sonrisa era astuta y cómplice.
—Te vi a través de las ventanas de la taberna antes de... Edgar. A
solas con ese chico.
—Las Gracias estaban en la barra, comprando sidra.
Coloqué las joyas falsas contra el hueco de su garganta.
—Te veías muy feliz de estar hablando de sidra. ¿Quién es él, de todos
modos?
—¿No están listas todavía? —preguntó Ligeia, entrando a zancadas—
. ¡Nos vamos a perder la primera cuadrilla!
—Estoy lista —dijo Camille, parándose con un giro.
—Yo no voy.
La cara de Ligeia decayó.
—¿Por qué no?
Dejó el rubor a un lado.
—Vimos morir a un hombre hoy. ¿Cómo es posible que quieran ir a
bailar?
—Realmente no lo vimos morir. Ya estaba muerto. Además,
finalmente tenemos zapatos nuevos.
Jugué con un pequeño pellejo en mi dedo anular. Una gota gorda de
sangre brotó mientras lo arrancaba.
—No están ablandados. Te saldrán ampollas.
Camille me entregó un pañuelo.
—Entonces tendremos ampollas. Vete a la cama, aguafiestas. —Me
dio un beso en la mejilla de buenas noches—. Te sentirás mejor por la
mañana.
Probé una última táctica:
—Parece que también te vendría bien una buena noche de sueño.
A pesar de la mancha de color en sus mejillas, los círculos oscuros
permanecían debajo de sus ojos, morados y visibles contra su piel pálida.
—Haré eso. Mañana.
Camille agarró su bolso y apagó sus candelabros, sumergiendo el
pasillo en una oscuridad total, salvo por el brillo de mi vela. Ligeia y ella
se deslizaron por las escaleras traseras, dirigiéndose a encontrarse con
Rosalie y Lenore en el jardín.
Una risa furtiva escapó de la habitación de Mercy. Sin duda, ella,
Honor y Verity estaban tramando alguna travesura. Escuché en la puerta
durante un largo momento, preguntándome si debería interrumpir su
diversión. Hubo tarareos y risas y Mercy contando golpes por encima de
todo.
—Y uno, dos, tres. Uno dos tres. Uno, dos, tres, gira.
Incluso ellas estaban bailando esta noche.
Después de encender los candelabros a ambos lados de mi cama,
colgué mi vestido de noche y me puse un camisón limpio. Era de gasa
suave, salpicado a lo largo del escote y las mangas con bandas de
campanillas bordadas.
En mi propio tocador, saqué un puñado de horquillas y peiné mis
rizos retorcidos. Mamá decía que cepillarse el cabello antes de acostarse
no solo lo dejaba radiante, sino que también ayudaba a desenredar los
pensamientos reprimidos del día, asegurando un sueño relajado y
tranquilo. No estaba segura de cuántas cepilladas serían necesarias para
desenredar este enredo en particular. Temía no olvidarme nunca de la
imagen de los lentes rotos de Edgar.
El cepillo plateado atrapó la luz de las velas, hipnotizándome a través
del espejo mientras descendía sobre mis cabellos oscuros. ¿Había
cometido un error al no ir con mis hermanas? Estaba demasiado sola con
mis pensamientos aquí. Si hubiera ido a bailar, al menos habría estado
demasiado ocupada para cavilar.
Alguien pasó corriendo por mi puerta, sacándome de mi ensueño.
Asomé la cabeza y miré hacia el pasillo oscuro. Un estallido de risitas
sonó desde las escaleras traseras. Con un suspiro cansado, me dirigí
hacia ellos. Atraparía a las Gracias en cualquier juego que estuvieran
jugando, las enviaría a la cama y luego me iría a dormir yo misma. Era
demasiado tarde para tales tonterías.
Corrí por el pasillo, esperando detenerlas antes de que despertaran a
toda la casa. Al pisar el primer escalón, escuché risas detrás de mí. Me
di la vuelta, sosteniendo mi vela, pero no había nadie. Mirando hacia la
oscuridad, entrecerré los ojos, pero las sombras permanecieron quietas.
—¿Verity? —Siempre podía contar con que se descubriría primero.
Silencio.
—¿Mercy? ¿Honor? Esto no es gracioso.
Desde abajo llegaban golpes sólidos, como pies descalzos corriendo
escaleras abajo. ¿Cómo habían vuelto a las escaleras sin que las
atrapara? Con la irritación en aumento, corrí tras ellas.
Todo parecía estar en orden cuando entré al primer piso. Helechos en
macetas flanqueaban el arco de las cocinas. Nadie podía pasar junto a
ellos sin hacer que su tumulto de hojas se balanceara hacia adelante y
hacia atrás. Estaban quietos. Las Gracias deben haberse dirigido hacia
el frente de la casa.
Mientras caminaba por el pasillo principal, revisando el comedor,
mirando hacia el solárium, se me ocurrió lo oscuro que estaba el piso
principal. No podía ver el brillo revelador de las velas de las niñas. Honor
vivía aterrorizada por la oscuridad; seguramente no habría bajado sin
una luz.
Escuché un ruido que indicara en qué dirección se habían ido. Se
sintió como si ellas también hicieran una pausa, conteniendo la
respiración, de puntillas, tratando de no reír.
Al doblar una esquina, choqué contra una figura oscura. Mi grito
ahogado resonó por el pasillo.
—¡Señorita Thaumas! —exclamó Roland, extendiendo la mano para
estabilizarme.
Me sacudí de su toque, las sospechas de Edgar corriendo por mi
mente.
—Estoy bien —aseguré—. Me has sorprendido.
A pesar de la hora tardía, todavía se veía impecablemente fresco, su
uniforme cuidadosamente planchado y abrochado. Incluso su corbata
estaba atada con estricta precisión.
—Está levantada muy tarde —dijo, sus ojos fijos en los míos, con
cuidado de no reconocer mi camisón—. ¿Hay algo que necesite? ¿Un vaso
de agua? ¿Leche caliente? La cocinera ya se ha acostado, pero estoy
seguro de que podría prepararle un poco de té. ¿Un poco de té de
manzanilla para ayudarla a dormir?
Hice a un lado sus ofrecimientos.
—Estaba buscando a las Gracias. ¿Las ha visto?
—¿No están también dormidas? —preguntó, mirando alrededor de mi
hombro como si fuera a verlas acercándose sigilosamente a nosotros.
La llama de la vela se enganchó en una corriente de aire, lo que
provocó que las sombras bailaran de un lado a otro a través de los
delgados y puntiagudos rasgos de Roland. En un momento, era una
gárgola lasciva; el siguiente, un confidente familiar de confianza.
—Están jugando algo. Tenía la esperanza de acostarlas antes de que
Papá se enterara.
—¿Debo despertar al personal para ayudar?
Negué con la cabeza.
—No, no, claro que no. Estoy segura de que están por aquí en alguna
parte.
Los ojos pálidos de Roland volvieron a los míos. Estaba esperando a
que lo despidiera, lo sabía, pero por un momento, pareció sentir que tenía
otras cosas en la cabeza además de las Gracias.
—¿Se... se acuerda la noche en que Eulalie...?
Frunció sus cejas plateadas, adivinando la noche en cuestión.
—Muy bien, mi señora.
—¿La vio, o vio algo inusual en la casa?
El rostro de Roland decayó.
—Lamentablemente no. Yo... tuve la noche libre por el cumpleaños
de mi madre. Su ochenta cumpleaños, ya ve. Hubo una pequeña
celebración en Astrea. Salí temprano esa tarde para ayudar con los
preparativos. Mi hermano, Stamish, sabe que es el ayudante de cámara
del Rey Alderon, incluso él pudo asistir. Fue una gran fiesta. —Su boca
se torció—. Me culpo por la muerte de Eulalie. Si no me hubiera ido, si
solo hubiera estado aquí, podría haberla detenido.
—¿Detenerla de qué?
Sus largos dedos se flexionaron a los lados.
—No creo que haya salido a caminar a la luz de la luna, como lo hace
su padre... Las sirvientas chismean algo terrible, ya sabe, y estaban
convencidas de que ella huía esa noche. Huyendo —añadió en un susurro
tan bajo que apenas lo escuché—. Cuando limpiaron la habitación de
Eulalie, noté que faltaba una pequeña maleta, al igual que parte de su
ropa y efectos personales. —Sus ojos se oscurecieron—. Ella estaba
huyendo, señorita Thaumas, lo sé.
—Entonces, ¿su acompañante... la empujó desde los acantilados? —
pregunté, con cuidado de no empañar su teoría con mi propio
conocimiento.
Roland se aclaró la garganta, un ladrido repentino y fuerte por el
pasillo vacío.
—¡Ciertamente no! Hacía viento esa noche ... demasiado viento para
estar en los acantilados con un equipaje difícil de manejar. En primer
lugar, nunca debería haber estado ahí fuera…. Es poco sensible hablar
mal de los muertos, pero ese relojero de Astrea no tramaba nada bueno.
Habría avergonzado a esta familia. Avergonzado a Eulalie. Quizás es
mejor que eligiera... —Se interrumpió, sacudiendo la cabeza—.
Perdóneme, señorita Thaumas. Hablo fuera de turno. ¿Cree que
deberíamos volver a encender los candelabros?
—¿Los candelabros? —repetí.
—Para encontrar a las niñas más fácilmente.
Al parecer, nuestra conversación sobre Eulalie había terminado.
—Oh no. Estoy segura de que se cansaron del juego y se dirigieron a
la cama. ¿Quizás debería hacer lo mismo? —ofrecí.
—¿Está segura de que no hay nada más que pueda hacer por usted?
Negué con la cabeza.
—Ya hace mucho. Buenas noches, Roland.
—Dulces sueños, señorita Thaumas.
Doblé por otro pasillo, como si me dirigiera a las escaleras, pero me
detuve donde no se veía la luz de mi vela.
A pesar de la certeza de Edgar, Roland no había estado en Highmoor
la noche del asesinato de Eulalie. Tenía ganas de llorar. No estaba más
lejos de lo que había estado la noche de su velatorio, pero ahora estaba
completamente sola, con la muerte de Edgar para considerar también. ¿A
dónde iba a ir desde aquí?
Secando mis ojos, me aparté de la pared. Necesitaba irme a la cama.
Todo se vería mejor después de una buena noche de sueño.
Al pasar por la galería, un crujido me llamó la atención.
Claramente, las Gracias no habían subido las escaleras después de
todo.
Entré en la habitación larga. Retratos de familiares distantes me
miraban desde marcos elaborados y pesados. El paso de los años no
podía borrar el olor penetrante de las pinturas al óleo y los barnices que
quemaban mi nariz. Pequeñas estatuas, bustos de duques anteriores
sobre pedestales de mármol, salpicaban la habitación.
Al rodear un busto particularmente grande, me detuve en seco.
—¿Verity?
Ella no respondió y miré alrededor de la habitación, preguntándome
si Mercy y Honor la habían dejado allí para sorprenderme.
Se sentaba en medio de un rayo de luna, trazando imágenes por el
suelo con las yemas de los dedos.
—¿Verity? —repetí, me sentía helada y de repente me convencí de que
esta no era mi hermana pequeña en absoluto. Cuando finalmente llegué
a su lado, temí que una extraña estuviera en su lugar.
Una extraña con lágrimas negras corriendo por su rostro.
Pero era Verity, toda rizos y mejillas redondas.
—¡Mira mi dibujo, Annaleigh! —exclamó.
Eché un vistazo al suelo. No había papel, ni colores pastel.
—Creo que estabas caminando dormida, cariño —murmuré
suavemente.
Negó con la cabeza, sus ojos estaban lúcidos y brillantes.
—Ven acá. —Palmeó el suelo frente a ella.
Me arrodillé, segura de que Mercy y Honor estaban listas para salir
corriendo de un rincón oscuro para asustarme. Cuando no lo hicieron,
hice un gesto hacia las baldosas a cuadros entre nosotras.
—Háblame de tu dibujo.
—Es Edgar —dijo, señalando un cuadrado en blanco mientras mi
corazón latía con fuerza hasta detenerse.
—¿Qué?
—Mira, aquí es donde cayó... —Su dedo simulaba un charco de
sangre.
Negué con la cabeza.
—No viste eso.
—... y aquí están sus lentes ...
—No viste nada de eso.
Verity miró hacia arriba, sorprendida.
—No era necesario. Eulalie me lo dijo. —Puso su mano cálida sobre
la mía, juzgando mal la expresión de horror en mi rostro—. No estés triste
por Edgar, Annaleigh. Ahora está con Eulalie. Están juntos.
—¿Eulalie te dijo esto? —repetí, mi estómago se retorcía en dolorosos
nudos. Esto no era normal. Esta no era una fase. Algo estaba
terriblemente, terriblemente mal con mi hermana pequeña.
Asintió con la cabeza, indiferente, y un recuerdo se encendió dentro
de mí. Algo que había dicho Fisher.
Nunca fue alguien de historias cortas, ¿verdad?
—Verity… cuando Eulalie viene de visita, ¿cómo hablas con ella? Si
hubiera algo que quisiéramos preguntarle... ¿podríamos?
—Por supuesto.
—¿Cómo la encuentras? ¿Tienes que esperar a que aparezca?
—¿Quieres hablar con Eulalie?
Hice una pausa. Esto era una locura total. No debería alentarlo.
Asentí de todos modos.
Los ojos de Verity se apartaron de los míos, mirando por encima de
mi hombro.
—Puedes preguntarle ahora si quieres.
Los vellos de la parte posterior de mi cuello se erizaron.
—¿Qué quieres decir?
—Ella está ahí. Ambos lo están.
Seguí su dedo, detectando dos siluetas oscuras en la ventana antes
de volver mi cuello hacia atrás, de cara a Verity. Era un truco de la luz,
largas sombras proyectadas desde los pedestales alrededor de la
habitación. Ésa no era Eulalie.
Y luego lo escuché.
Fue un suave susurro, faldas de seda rastrillando las baldosas de
mármol, acompañado por el clic de los zapatos de vestir de un hombre.
Se dirigían hacia mí.
Los pasos se detuvieron detrás de mí, y de repente los sentí, sentí su
presencia, como un pez entrenado para sentir los movimientos de su
banco incluso antes de que se hicieran. Mi pecho se contrajo, se apretó
demasiado para respirar adecuadamente. Verity sonrió a los visitantes,
pero no me atreví a dar la vuelta y hacer lo mismo. No quería ver a mi
hermana. Así no. Me incliné hacia adelante, manteniendo decididamente
mis ojos en el suelo.
—Ella quiere saber por qué no la miras —dijo Verity, su voz suave y
distante.
—¿Eulalie? —susurré débilmente, sintiéndome como si me hubiera
vuelto loca. Traté de imaginarme que estaba en la cripta, sentada frente
a su estatua. ¿Qué diría entonces?—. Yo... te extraño mucho.
—Ella también te extraña.
—¿Puedes hablarme de esa noche, en el paseo por el acantilado?
Edgar dijo que se suponía que debía encontrarse contigo, pero ¿había
alguien más allí?
Desde el rabillo de mi visión, vi a Verity asentir lentamente, sus
propios ojos indeciblemente grandes.
—¿Quién fue? ¿Quién te asesinó?
Sentí un hormigueo en la piel al sentir que Eulalie se acercaba aún
más a mí. Un olor nauseabundo inundó mis fosas nasales, como el hedor
de un mercado de pescado al final de un día caluroso, la carne se
calentaba y se echaba a perder.
Un par de manos frías agarraron mi hombro, hundí los dientes en el
labio inferior y volteé hacia atrás. Sus uñas habían sido pintadas de un
coral alegre, pero las puntas estaban raspadas y desgarradas y faltaban
dos uñas de la carne empapada. Mis ojos se cerraron con fuerza cuando
se me escapó un gemido.
—¡Tú! —gritó Eulalie, luego me empujó hacia adelante con tanta
fuerza que me golpeé la cabeza contra las baldosas de mármol.
Parpadeé, lista para agarrar a Verity y correr, pero la habitación
estaba vacía.
—¡Verity! —grité, luego bajé la voz—. ¿Eulalie?
Desde el otro extremo de la habitación llegó de nuevo el susurro de
las faldas, cerca de las ventanas. Debió haber agarrado a Verity y haberla
llevado detrás de las cortinas. A Eulalie siempre le había encantado jugar
al escondite.
Tragué hondo y me acerqué a las pesadas cortinas de terciopelo. Mi
imaginación se inundó con un aluvión de imágenes horripilantes
mientras anticipaba lo que estaba a punto de encontrar.
La luz de la luna entraba a raudales en la habitación, plateada y tan
espesa que casi podía tocarla. Con manos temblorosas, tiré de una
cortina hacia atrás, luego el otro, pero mis hermanas no estaban allí.
Movimiento llamó mi atención. Una mariposa, casi tan grande como
mi mano, se aferró al cristal de una ventana. Agitó sus alas, crujiendo
contra el cristal.
Una segunda mariposa salió de los pliegues de las cortinas,
arrastrándose a lo largo de la superficie dentada. Extrañas marcas como
calaveras diminutas y lascivas salpicaban las alas. Cayó una tercera.
Luego una cuarta. Me alejé de la ventana y una aterrizó en mi hombro
con un peso sorprendente. Se atrapó en mi cabello, enredándose y
retorciéndose. Pasé los dedos por el lugar, con la esperanza de rescatarla,
y mi mano rozó algo peludo.
Con disgusto, sacudí mi cabello. El insecto aterrizó en el suelo con
un ruido sordo mucho mayor de lo que debería hacer un insecto.
Inclinándome para examinarlo, me disgustó encontrar la polilla más
grande que jamás había visto. Sus alas estaban hechas jirones y
polvorientas, y se dejó caer contra las baldosas, luchando por
enderezarse. Seis piernas, musculosas y retorcidas, se retorcieron de
rabia. Enormes antenas coronaban la cabeza de la polilla, justo por
encima de sus saltones ojos negros.
—¿Verity? —grité de nuevo, pero no hubo respuesta. Mi hermana
pequeña no estaba aquí y comenzaba a pensar que nunca lo había
estado. Sentía la cabeza suelta y desarticulada mientras luchaba por
procesar lo que me estaba pasando.
Otra polilla voló desde arriba y aterrizó junto a la primera.
Retrocediendo, pisé una. Sintiendo las alas crujir bajo mis dedos de los
pies, entré en pánico y salí corriendo de la habitación antes de que
alguien pudiera venir detrás de mí.
Atreviéndome a mirar atrás, vi un enjambre de polillas, cientos de
ellas, posadas en las estatuas, las pinturas, la repisa de la chimenea, en
cualquier lugar que quisieran. Subí las escaleras hasta el cuarto piso.
—¡Papá! ¡Tienes que despertar! —grité, irrumpiendo en su habitación.
Por los ruidos que salían de la cama, las cortinas afortunadamente
cerradas, de repente fue dolorosamente obvio que Papá no estaba
durmiendo. Los gritos de éxtasis de Morella se convirtieron en un
ahogado aullido de frustración.
—Vete, Annaleigh —ordenó con los dientes apretados.
—Pero hay... —Me detuve. Mi pecho sintió un revoltijo doloroso de
emociones en guerra. El terror que había sentido abajo fue
momentáneamente ahogado por el ácido hirviente de la pura
mortificación.
Las sábanas se desenredaron con otro fuerte suspiro. La cabeza de
Papá asomaba por las cortinas, enrojecida por los esfuerzos en los que
nunca me importó pensar.
—¿Qué pasa, niña?
—No puedo encontrar a Verity, y hay polillas. Cientos de ellas. Por
toda la galería.
Hubo un largo momento de silencio. Traté de no imaginar lo que había
estado sucediendo antes de irrumpir, pero no pude borrar los sonidos de
mi cabeza. Una mano apartó las cortinas y Papá quitó una bata del poste
de la cama, murmurando algo que no pude oír. Vi un destello rápido del
cuerpo blanco de Morella antes de que él corriera las cortinas a su
alrededor.
—Muéstrame —ordenó, haciendo un nudo.
Su rostro estaba terriblemente severo cuando llegamos al piso
principal. Me detuve frente a las puertas de la galería, demasiado
asustada para entrar. No podía soportar ver sus cuerpos peludos
arrastrándose por todo el lugar.
—Annaleigh, explícate.
Me atreví a echar un vistazo. La galería estaba vacía. Papá encendió
varias de las lámparas de gas en busca de pruebas del enjambre, pero no
había nada.
—No entiendo. —Sacudí las cortinas. Quizás algunas se habían
escondido en los pliegues—. Estaban aquí. En todas partes. Pisé una allí
mismo.
Crucé hacia la chimenea. ¿Habían subido todas volando por la
chimenea y se habían aferrado a los ladrillos oscurecidos como
murciélagos en una cueva? Miré hacia arriba, segura de que sería
atacada por alas grandes y enmohecidas.
Estaba vacía.
Papá miró por la ventana, iluminado por la luz de la luna. Olas de
furia tangible irradiaban de él.
—Esto no fue gracioso, Annaleigh.
—Pero, papá, realmente eran...
—Sé que a ustedes las mayores no les gusta mi relación con Morella,
pero ella es mi esposa y no permitiré que vuelvas a interrumpir nuestras
noches así.
Mi boca se abrió. ¿De verdad creía que se trataba de una broma
mezquina?
—Eso no fue lo que... ni siquiera sabía que estabas... —Me detuve,
mis mejillas ardían. Ningún remordimiento podría hacerme terminar esa
frase.
—Vete a la cama, Annaleigh.
—Pero Verity...
—Verity está durmiendo en su habitación. Nos ocuparemos de esto
cuando vuelva de Vasa. —Abrí la boca para protestar, pero
inmediatamente me interrumpió—. Ni una palabra más.
Caminé con dificultad fuera de la habitación cuando quedó claro que
no me iba a escuchar más. Cruzó hasta el vestíbulo y tomó el camino
más largo para evitarme. Mi estómago se retorció cuando lo vi irse.
¿Qué acababa de pasar? Primero Verity y Eulalie, luego las polillas.
Me detuve al pie de las escaleras, luego me di la vuelta y regresé a la
galería, segura de que la encontraría repleta de monstruos voladores.
Estaba vacía.
Me fui, frotándome la sien y sintiéndome que no estaba del todo allí.
Nunca antes había sido propensa al sonambulismo, pero tal vez había
soñado la pesadilla.
Pero se había sentido tan real.
Elizabeth había hablado de haber visto cosas espantosas antes de
tomar su fatídico baño. Sombras que no estaban ahí. Presagios en hojas
de té. Una vez pasó una tarde entera encerrada en su habitación,
demasiado asustada para irse porque había visto un búho pasar volando
a plena luz del día y afirmó que era una señal que presagiaba la muerte.
Los criados susurraron que se había vuelto loca.
Cuando llegué al tercer piso, fui inmediatamente a la habitación de
Verity, convencida de que estaría vacía. Pero la encontré ahí, tal como
Papá había predicho que haría, en la cama y profundamente dormida.
Vi su pecho subir y bajar con lenta regularidad. Había estado
durmiendo durante bastante tiempo, no hablando en el piso de abajo con
nuestra hermana muerta. Me froté los ojos, rechazando una horda de
pensamientos inútiles.
Estaba cansada. Eso era todo. Una mente exhausta era propensa a
jugar malas pasadas; ciertamente había bastantes historias de marineros
adormilados que veían barcos fantasmas o sirenas en la vigilia de
medianoche.
Eso era todo.
Me di la vuelta y me dirigí a mi habitación. Después de una buena
noche de descanso, todo se vería mejor.
Escuché los gritos antes de despertar. Pero esta vez no era mi
pesadilla.
Era Morella.
n el cuarto piso, Roland paseaba fuera del dormitorio,
impedido de entrar por alguna idea ridícula sobre dónde
deberían estar los hombres durante los momentos de crisis
femenina. Mis hermanas rodeaban su cama con dosel, sus rostros
impotentes contra la figura que lloraba en medio de ella.
—¡Hazlo parar! ¡Oh, por favor, Annaleigh, haz que pare!
El camisón de Morella se le subió por encima de la barriga, girando
alrededor de su cuerpo como una anguila mientras se agitaba de un lado
a otro de dolor. Goteaba sudor y ardía al tacto. Me uní a ella en la cama,
tratando de calmar sus estremecimientos.
—¿Dónde duele?
Se frotó su vientre emergente.
—¡Se siente como si me fuera a destrozar!
—Shhh. —La tranquilicé, acariciando su frente—. Necesitas calmarte.
Este pánico no es bueno para los bebés. Rosalie, trae un cuenco de agua
y unas toallas limpias —ordené, tomando el control ya que nadie más lo
había hecho—. Lenore, trae un poco de loción y aceite de lavanda. Verity
y Mercy, vean si Cocinero tiene un poco de té de manzanilla. Honor,
busca un camisón limpio, ¿quieres?
Asintieron y se fueron corriendo. Camille se apoyó en un poste de la
cama, con los dedos entrelazados.
—¿Qué tengo que hacer?
Le quité a Morella el camisón empapado y se lo di a Camille. Se lo
llevó, sosteniéndolo como si contuviera la plaga.
—¿Qué pasó?
—El dolor me despertó. Podía sentirlos pateando, pero se convirtió en
algo peor. Casi como si estuvieran peleando. Y mi piel se siente tan tensa,
como un tambor. Me están partiendo en dos. —Comenzó a sollozar.
Rosalie regresó con una bandeja. Pasé una toalla por la frente de
Morella, haciendo suaves ruidos para calmarla.
—Algo está mal. Algo debe estar mal —aulló.
Me devané la cabeza, tratando de pensar qué harían Ava y Octavia si
estuvieran aquí ahora.
—Parece que están creciendo más rápido que tú —supuse—. ¿Alguien
ha enviado a buscar a la partera?
Alguien debió haber pensado en hacer esto… pero nadie respondió.
—¡Hanna! —grité. Se apresuró a entrar en la habitación, con los
brazos llenos de ropa de cama limpia—. ¡Haz que Roland envíe a buscar
a la partera ahora! —Pasaría al menos medio día antes de que pudiera
llegar la partera desde Astrea.
Hanna salió corriendo de la habitación, casi golpeando a Lenore
cuando entró. Me pasó el frasco de aceite.
—Mantén una toalla fría en la parte de atrás de su cuello —le dije,
entregándole el agua a Lenore. Calenté el aceite entre mis manos antes
de esparcirlo por el estómago de Morella—. La lavanda te ayudará a
relajarte —le dije—. Inhala. ¿No te recuerda a un hermoso día de
primavera?
—Había campos de flores cerca de mi casa cuando era niña —susurró
Morella, con un rastro de sonrisa en su rostro—. Me encantaba correr a
través de todos esos pétalos.
Mientras masajeaba el aceite, una fuerte patada golpeó mi mano y
ella gimió de nuevo.
—¿Están peleando a muerte? —preguntó.
—Probablemente solo estén peleando por el espacio. Debe ser
bastante acogedor allí, ¿no te parece?
Se dobló, jadeando.
—Shhh, shhh, shhh.
Seguí masajeando. Algo largo y liso, tal vez una espalda o tal vez una
pierna, onduló bajo mi mano, y rechacé la idea de que era un movimiento
de algo serpentino.
Los bebés están sanos, los bebés son normales, repetí en silencio una
y otra vez.
Sacando una generosa cantidad de loción, la froté en la piel tensa,
suavizándola y relajándola en el proceso. Verity abrió la puerta y Mercy
trajo una bandeja de té.
—Trajimos algunos de los bollos de jengibre que te gustan, Morella —
dijo Mercy, deslizando la bandeja sobre la mesa de noche. El relajante
aroma de manzanilla emanaba de la pequeña tetera—. Pensamos que tal
vez los bebés tenían hambre.
—Eso es muy amable de su parte —murmuró Morella en torno a otro
movimiento brusco de los gemelos—. Gracias.
Una vez que su abdomen estuvo bien y verdaderamente hidratado, la
vestimos con una bata limpia y la trasladamos a la sala de estar para que
Hanna y las trillizas pudieran cambiar las sábanas. Morella mordisqueó
un bollo mientras las veía trabajar. Honor le cepilló el pelo con
movimientos largos y reconfortantes.
Noté que las lágrimas brotaban de las comisuras de sus ojos. Eran
gordas y se les pegaban a las pestañas, no como las de dolor que le habían
corrido por las mejillas antes, ansiosas por liberarse y esparcir su
miseria.
—Morella, ¿qué pasa?
—Has sido tan amable. Nunca esperé eso.
Apreté su mano.
—Somos familia, nos cuidamos unas a otras. Queremos que te
sientas lo mejor posible en este momento. Todas nosotras.
Morella se quedó sin aliento y asintió con la cabeza, desviando la
mirada hacia la ventana.
—Ojalá Ortun estuviera aquí.
—Estará en casa mañana, creo.
Cuando se fue a Vasa, todos hicimos fila en el vestíbulo para decirle
adiós. Había caminado junto a mí, con la mandíbula apretada en tensión.
Los ojos de Morella se llenaron de dolor.
—Se siente tan lejos.
—Incluso si estuviera en casa, apuesto a que estaría en el pasillo,
escondido con Roland —dije—. Se pone bastante aprensivo con las cosas
del embarazo. Recuerdo que Mamá se burlaba de él. Podía mirar una ola
de doce metros con nada más que un bote sin temblar, pero un pequeño
ataque de náuseas matutinas era suficiente para que corriera en busca
de refugio.
Se alisó el cabello hacia atrás.
—Estoy tan cansada. ¿A alguna de ustedes le importaría ayudarme a
volver a la cama?
Rosalie envolvió sus brazos alrededor de Morella mientras regresaban
a la cama con dosel. Morella se metió entre las sábanas limpias y se subió
el edredón hasta la barbilla.
—Solo necesito descansar —murmuró.
—¿Quieres que nos quedemos contigo mientras te duermes? —
Aunque la mayor parte de su color había vuelto, sus ojos estaban
brillantes y me preocupaba que tuviera fiebre.
Sus ojos revolotearon hasta la parte superior del dosel, mirando al
gran pulpo que formaba el marco de la cama. Su mandíbula tembló
mientras lo estudiaba.
—¿Morella? —pregunté.
—No necesito que se queden todas, pero... hay algo que me pregunto
si podría pedirles que hagan.
Me senté a su lado, con cuidado de no empujar su estómago.
—Cualquier cosa.
—El Festival de Cambio de Temporada está a solo unos días de
distancia. —Apretó los labios—. Aún queda mucho trabajo por hacer.
Planeaba hacerlo una vez que me sintiera mejor, pero he estado tan
cansada las últimas semanas. Yo... siento como si fuera a ser un
desastre. No sé cómo hacer nada de esto. Planificar las comidas,
planificar el entretenimiento. Todavía no he asignado habitaciones para
los invitados. —Tomó mi mano entre las suyas—. Annaleigh...
simplemente no sé qué hacer.
Escuché un sonido sordo desde la puerta. Camille había regresado y
estaba apoyada contra el marco, escuchando.
—Te ayudaremos, por supuesto. ¿Tienes una lista de los invitados?
Asintió.
—En mi escritorio.
Honor corrió hacia él y llevó las hojas de papel a la cama.
—Cocinero y yo hemos repasado la cena de la Primera Noche, pero
aún quedan otras comidas por planificar. Estoy hasta el cuello, me temo.
Nunca había planeado nada a esta escala. —Morella se rió, pero sonó
pequeña y triste—. Nunca antes había estado en algo como esto. No sé
qué se espera. No quiero avergonzar a Ortun.
—No te preocupes por eso —dije con más confianza de la que sentía—
. Descansa un poco ahora. Bajaremos y nos encargaremos de todo.
Camille inmediatamente giró sobre sus talones y se fue. Una por una,
todas las demás asintieron y ofrecieron pequeñas palabras de aliento
antes de salir. Verity retrocedió hasta la cama para darle un beso en la
mejilla a Morella. Recogí los papeles y sus notas y me volví para irme.
Mirando por encima del hombro, sonreí y vi a Morella sentada en la
cama, sosteniendo su barriga y hablando con los bebés. Qué aterrador
era sentir como si pudieras perder algo tan precioso.
—¿Annaleigh? —me llamó Verity.
Morella miró hacia arriba, sorprendida de que no estuviera sola. Me
ofreció una pequeña sonrisa, despidiéndose de mí.
Después de recuperar mi bata y pasar un peine rápidamente por mi
cabello, me dirigí al Salón Azul. Había varios nombres familiares en las
notas de Morella. Sterland Henricks y Regnard Forth encabezaban la lista
de invitados.
Eran dos de los amigos y capitanes más antiguos de Papá bajo la
bandera de Thaumas. Los tres asistieron juntos a la academia naval
cuando eran jóvenes. Sería bueno verlos. Para nosotras eran como tíos.
Había algunos otros capitanes, a quienes conocía sólo de nombre, y
un par de empleados de Papá de las oficinas del Vasa. Me pregunté si
aún serían bienvenidos después del incidente que Papá estaba tratando
de arreglar.
Pasando mis dedos sobre el apellido de la lista, me quedé inmóvil.
“Capitán Walter Corum”.
¡El padre de Cassius! Debe haber enviado su respuesta antes de
enfermarse. Pero tal vez las tinturas que Cassius recogió habían
funcionado y estaría listo para viajar la semana que venía. Cassius
incluso podría tener que acompañarlo como cuidador.
Miré a ambos lados del pasillo, imaginando a Cassius caminando.
Cassius vagando por los terrenos de Highmoor. Cassius y yo colándonos
en el solárium para robarnos besos al amparo de una enorme palmera...
Dejé los pensamientos a un lado. Había una pila de papeles que
revisar y necesitaríamos todo el tiempo que pudiéramos. Podría perderme
en sueños febriles más tarde, una vez que todo estuviera controlado.
Al entrar en el Salón Azul, me detuve en seco. Mis hermanas estaban
esparcidas por la habitación, como si las hubiera colocado un retratista
tratando de capturar a todas con la mejor luz.
Todas ellas.
Camille estaba de pie junto al piano, con la mano apoyada en la tapa.
Rosalie y Ligeia estaban en el sofá de dos plazas, con los brazos
cómodamente enlazados a la espalda. Lenore estaba detrás de ellas, sus
dedos posados sobre el hombro de Rosalie. Honor posaba junto a la
ventana con un libro abierto en la mano, aunque estaba al revés. Mercy
y Verity estaban tendidas cerca del fuego sobre una alfombra gruesa.
Parecían estar inmersas en un juego de cartas, pero no tenían nada por
delante.
Todas miraron hacia arriba cuando entré, sus cabezas girando al
unísono. Parpadeé ante el movimiento antinatural, y por un terrible
segundo, mis otras hermanas se materializaron en la escena. Octavia se
paraba frente a Honor, leyendo el libro boca arriba. Elizabeth se sentaba
al piano, tocando una canción para que la cantara Camille. Eulalie estaba
entre Verity y Mercy, agarrando un puñado de cartas, y Ava estaba al
lado de Lenore, completando su inquietante cuadro con las yemas de los
dedos sobre el hombro de Ligeia.
—Nos encargaremos de todo, Morella —imitó Camille, rompiendo el
momento.
Todo volvió a la normalidad. Solo siete de mis hermanas estaban
ahora en la habitación. Entrecerré los ojos, tratando de recrear la
monstruosa imagen, pero la visión se había ido.
—¿No eres la hija obediente hoy? Cuidando de tu pobre madrastra
enferma, interviniendo para supervisar la Primera Noche. Te presentarás
voluntaria como la cabecera de Thaumas antes de que nos demos cuenta.
Ignoré sus comentarios, uniéndome a las trillizas para clasificar las
notas en la mesa de café.
—No te vi corriendo para ayuda.
—Ni lo haré —ironizó—. Ella se trajo esto a sí misma.
—No puede evitar lo que hacen los bebés.
Camille se encogió de hombros.
—Tales ambiciones y todo en vano. Soñaba con administrar esta finca
y ni siquiera puede manejar el Cambio de Estación. No la ayudaré. Déjala
fracasar y Papá verá la criatura miserable e inútil con la que se casó.
—¡Camille! —exclamó Rosalie—. Te guste o no, no es una forma de
hablar de nuestra madrastra.
—Ella no es mi madre. —Salió furiosa del salón. Sus fuertes pasos
resonaron por el pasillo.
Rosalie se apartó un mechón de cabello de la cara y miró hacia la
puerta.
—¿Qué la hizo enojar?
—No ha estado durmiendo mucho —murmuró Lenore.
Resoplé.
—¿Por el baile? ¿Por qué no se toma una noche libre?
Lenore se agarró la falda.
—Está desesperada por encontrar un novio. Anoche, siguió hablando
y hablando de cómo ya habías encontrado a alguien en Astrea e iba a ser
solterona por el resto de su vida.
—Oh, Camille.
Mordí el interior de mi boca. En este momento había problemas más
importantes que tratar. Pensé en Morella, sola en esa gran cama,
esperando el regreso de Papá. Nunca la había visto tan pequeña y
perdida.
Negué con la cabeza.
—El Cambio de Estación comienza la semana que viene. Solo tenemos
seis días para asegurarnos de que todo esté preparado para la Primera
Noche.
Ligeia se encogió de hombros.
—¿Entonces?
—Tomemos un descanso del baile...
—¿Qué? ¡No! —explotó Rosalie.
—Solo esta semana, para que podamos descansar bien y
concentrarnos en hacer que esto funcione de la manera más fluida
posible. Vieron cuánto dolor tenía Morella. No puede asumir un proyecto
tan grande.
—Podemos hacer todo eso y seguir bailando —protestó Ligeia.
Levanté una ceja.
—¿De verdad puedes? Todas dormimos pasado el mediodía de hoy.
Otra vez.
Incluso Lenore parecía molesta, cruzando los brazos sobre su pecho.
—¿Y luego?
—Necesitamos nuestro descanso. Todas tenemos círculos debajo de
los ojos y nos estamos peleando la una con la otra. No es el fin del mundo.
Solo una semana.
Rosalie entrecerró los ojos.
—¿Y todas iremos a bailar después del Cambio de Estación?
Prometí que lo haríamos.
Las trillizas intercambiaron miradas.
—Bien —dijo Rosalie con un bufido que no me dejó completamente
convencida de que lo decía en serio.
—¿Qué necesitas que hagamos? —preguntó Lenore.
—Si la Primera Noche está planeada, eso deja nueve cenas más para
nuestros huéspedes, suponiendo que no pasen ninguna noche en Astrea.
Tendremos que redactar menús. Mercy, Honor, pasan tanto tiempo en la
cocina con Cocinero. ¿Pueden encargarse de esto?
Asintieron con entusiasmo.
—¿Qué hay de mí? —preguntó Verity.
—Puedes ayudarme con el ala este. Nos aseguraremos de que las
habitaciones estén listas. Debería haber algunos pensamientos de
invierno floreciendo en el solárium. Podrías hacer pequeños ramilletes
para saludar a las familias cuando lleguen.
—¡También podría dibujarles algo! —exclamó.
Recordando la última serie de imágenes que había creado Verity, le
dediqué una sonrisa alentadora pero no prometí nada.
¿Qué más había? Repasé los recuerdos de Cambios pasados.
—Necesitaremos algún tipo de entretenimiento. ¿Quizás podríamos
organizar algunos paseos por el bosque? Se ve tan hermoso en la nieve.
También debemos asegurarnos de tener botes y tripulación a mano para
transportar a los invitados de ida y vuelta a Astrea para todas las
actividades del festival.
En cada Cambio de Estación, había una obra de teatro que mostraba
a Pontus mezclando los océanos con su gran tridente. Los actores
creaban olas usando yardas y yardas de telas iridiscentes. Un año, una
ola fluyó demasiado cerca de los candelabros y se incendió. Ese fue el
año en que Acacia vino al Cambio. Una de las hijas de Pontus, convocó
una tromba para hacer llover su furia sobre las llamas. Cuando se apagó
el fuego, el escenario estaba lleno de charcos y hollín, pero todos
aplaudieron el pensamiento rápido de la diosa.
—¿Puedes pensar en algo más? —preguntó Lenore.
Torcí el anillo de plata en mi dedo índice.
—¿Recuerdas cuando éramos pequeñas y Mamá organizó un
concurso de Cambio de Estación por el mejor castillo de nieve?
—¿Castillo de nieve? —preguntó Honor, muy joven como para haber
participado—. ¿Como un castillo de arena?
—Fue en el jardín —dijo Lenore riendo—. Los castillos, las conchas,
las decoraciones, ¡todo tenía que estar hecho de nieve!
—Casi se me caen las manos tratando de crear ese foso —recordó
Rosalie—. ¿Recuerdas que toda mi agua se seguía congelando?
Ligeia asintió.
—¡Y luego Greigoff se estrelló contra él y toda la fortaleza se vino
abajo!
—¿Quien? —preguntó Verity.
—Greigoff. Era el perro lobo de Mamá. Sus piernas eran casi tan
largas como las mías, y siempre tropezaba con esas patas monstruosas
—dijo Rosalie, riendo—. Nunca había visto un perro más torpe.
—¿Qué le sucedió?
—Murió justo antes de que naciera Mercy. Para entonces tenía casi
quince años y era todo bigotes y barba grises.
La habitación se volvió sombría, contando otra muerte.
—Me gustaría construir castillos de arena en la nieve —dijo Verity.
—Nosotras también —dijo Ligeia, hablando en nombre de las trillizas.
Mercy and Honor asintieron.
Sonreí.
—Bueno. ¿Por qué no desayunamos y luego podemos comenzar con
toda la planificación?
—¿Crees que Morella estará bien? —La voz de Honor sonó
entrecortada y se clavó las uñas en la palma de la mano, preocupada.
—Solo necesita descansar. Tener un bebé ya es bastante difícil y ella
tiene dos.
—No quiero que muera —admitió en voz baja—. No quiero que
ninguna de nosotros muera.
—La partera llegará pronto —le recordó Lenore—. Estoy segura de
que tendrá algo para ayudar con el dolor de Morella. Y el resto de nosotras
estamos bien.
—Eulalie estaba bien, hasta que no.
—Eso fue solo una casualidad. Una casualidad terrible, horrible,
espantosa.
—¿Y las otras? —Su voz sonó agudamente.
Lenore se encogió de hombros, pidiéndome ayuda.
Antes de que pudiera responder, Verity bajó la mirada a su regazo,
retorciendo sus manos hasta que sus dedos se pusieron rojos.
—Tal vez debería irme.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué dirías eso?
Cuando miró hacia arriba, lágrimas brillaban en sus ojos.
—Yo soy la maldición. Todo empezó conmigo. Maté a Mamá.
Las trillizas corrieron hacia ella, arrodillándose a sus pies.
—No hiciste tal cosa.
—Eso no fue tu culpa, cariño.
—No hay maldición. No pienses de esa manera.
Apretó las manos con más fuerza, sus diminutas uñas se volvieron
blancas por la presión.
—Pero si no hubiera sido por mí, ella todavía estaría aquí.
—No lo sabemos —dije, acariciando su cabello—. Pontus la llamó
para que volviera al mar. Lo habría hecho sin importar qué. Y aunque
todas estábamos muy tristes por Mamá, todos estaban muy felices de
conocerte. Papá solía levantarte de la cuna y decirte: “Miren a mi niña
feliz, miren esa hermosa sonrisa”. Sin ti, Verity, tendríamos esta terrible
tristeza en nuestras vidas. Nos trajiste alegría.
Le temblaron los labios y parecía desesperada por creer estas
palabras.
—Me alegro de haber nacido —dijo finalmente—. Y me alegro de que
sean mis hermanas.
Todas nos juntamos en un gran abrazo grupal. Cerré los ojos
mientras mis brazos se envolvían sobre Verity, rezando para que nada
nos volviera a pasar.
El Cambio de Estación llegó en una ráfaga de copos de nieve.
apá estaba en el vestíbulo, esperando que llegaran los
invitados. Morella descansaba arriba, reuniendo la energía
para sobrevivir a la cena. Anhelaba ser vista como la verdadera
y adecuada anfitriona, pero los gemelos tenían otras ideas.
La partera no había encontrado nada malo en ella. Aunque los
gemelos se sentían grandes, culpó al aire fresco del mar y a nuestra dieta
saludable por eso. Me mostró masajes para ayudar a aliviar la tensión en
la espalda baja de Morella y me dijo que siguiera usando el aceite y la
loción. Verity observaba, cautivada y ansiosa por ayudar como pudiera.
Papá miró hacia abajo en nuestra línea de recepción, contando con el
ceño fruncido.
—¿Dónde está Camille?
—Voy, voy. —Camille entró como una brisa, deslizándose en su lugar.
Su cabello estaba azotado por el viento, y por más que lo intentaba, no
podía seguir sonriendo.
Le levanté las cejas. ¿Venía de la Gruta hace un momento? Se había
mantenido fiel a su amenaza de no ayudar con las actividades del
Cambio. En su lugar, fue a bailar todas las noches y dormía cada vez más
tarde, a menudo no se despertaba hasta pasadas las tres de la tarde.
Papá había estado demasiado ocupado con los negocios y Morella para
darse cuenta, pero el resto de nosotras habíamos sentido su ausencia
profundamente.
La puerta se abrió, trayendo una lluvia de nieve y nuestros invitados.
El capitán Morganstin, su esposa Rebecca y sus dos hijas fueron los
primeros. Las Gracias instantáneamente tomaron a las chicas bajo su ala
con promesas de muñecas y gatos más tarde.
El capitán Bashemk fue el siguiente. Su esposa estaba de parto y no
podía viajar, pero trajo a su primer oficial, Ethan. Rosalie batió sus ojos
hacia el hombre más joven, luego miró hacia abajo con una sonrisa
tímida cuando el rostro del oficial se sonrojó.
Sterland y Regnard llegaron juntos, intercambiando historias y
saludando a Papá con abrazos bulliciosos. La esposa de Regnard, Amelia,
los siguió y preguntó por Morella.
Dos jóvenes salieron del frío y miraron el gran vestíbulo de Highmoor
con asombro. Uno era bajo y esbelto, con el pelo tan rubio que parecía
casi blanco. Le dio un codazo a su amigo en las costillas cuando nos vio
a mis hermanas ya mí. El otro era todo su opuesto, elevándose sobre él,
con el pelo negro azabache y una nariz tan torcida que debió haberse roto
al menos dos veces en su vida. Me atrapó mirándolo, pero en lugar de
sonreír, dejó que sus ojos vagaran de arriba abajo por mi cuerpo. Lo sentí
como un escarabajo arrastrándose por mi piel y aparté la mirada.
—¡Jules, Ivor! —exclamó Papá, saludando a sus empleados—. ¿Ya
conocieron a mis hijas? —Escudriñó la habitación en busca de alguien
que estuviera libre para charlar, y yo me metí en la entrada, luciendo
ocupada supervisando a los chicos de librea descargando baúles. Quería
estar disponible en el momento en que llegara el capitán Corum.
Fruncí el ceño. Los trineos estaban vacíos, los invitados
aparentemente todos dentro. ¿Me había perdido de verlo entrar? Me volví
hacia el vestíbulo, contando cabezas.
—¿Estaba el capitán Corum con usted en el barco? —pregunté,
acercándome a Amelia. La pobre Lenore estaba conversando con el
trabajador más alto. Prometí rescatarla después de conocer a Corum.
Amelia se quitó el sombrero y se pasó los dedos por el cabello
plateado.
—¡Oh! Entonces, ¿no has escuchado las noticias? Falleció hace unos
días.
—¡Oh no! —Pobre Cassius. Incluso si no había conocido a su padre
por mucho tiempo, perderlo todavía tenía que doler.
Se inclinó con un susurro:
—Aparentemente, fue escarlatina. Enfermedad espantosa. Sin
embargo, vino su hijo. Debería estar por aquí en alguna parte. —Miró
alrededor de la entrada—. Ahí está.
Me volví y mi corazón pareció detenerse.
—Oh.
Era Cassius. Aquí en Highmoor, hablando con Papá. Cuando sus ojos
se encontraron con los míos, se iluminó.
Una ola de calidez me inundó. Abrí la boca, lista para formar un
saludo de anfitriona, pero no salió nada. Papá vio que me tambaleaba y
lo acercó para que me presentara.
—Esta es mi segunda mayor...
—Annaleigh —terminaron juntos.
Papá nos pasó una rápida mirada evaluativa.
—Annaleigh, este es el hijo del capitán Corum, Cassius. Se unirá a
nosotros durante la semana en lugar de su padre.
—Nos hemos conocido antes —admití, sorprendiendo tanto a Papá
como a Cassius—. En el mercado de Selkirk. Lamento mucho escuchar
sobre la muerte de tu padre.
—En efecto —dijo papá, dándole una palmada en el hombro con un
golpe tranquilizante—. Tu padre fue un gran hombre y lo extrañaremos
profundamente.
Se volvió hacia la habitación, aclarándose la garganta.
—Damas y caballeros, bienvenidos a Highmoor. Mi familia está muy
contenta de que puedan estar con nosotros en esta ocasión. La Primera
Noche siempre ha sido especial para nuestra casa. Nuestro ayudante de
cámara, Roland, les mostrará el ala este para que puedan instalarse
antes de que comience la fiesta.
Cuando la habitación entró en acción, Cassius me tomó del codo,
manteniéndome alejada del bullicio. Lejos de Papá, parecía haberse
relajado, su voz baja y su cadencia tranquila:
—Cuando vi el escudo de Thaumas en el sobre, supe que tenía que
venir, aunque sólo fuera para verte de nuevo. Odié dejarte así en el
mercado la semana pasada, pero tenía que volver con mi padre. —Tragó
una vez—. Para todo el bien que hizo. Murió pocas horas después de que
regresé.
—Oh, Cassius, lo siento mucho. Me alegro de que estuvieras con él al
final.
Miró hacia arriba, sus ojos azules buscando los míos antes de ver a
alguien al otro lado de la habitación.
—Ese es el hombre del mercado. El que descubrió el cuerpo del
relojero.
Me volví y vi a Fisher hablando con Camille. Él miró hacia arriba y
me atrapo mirando. Sosteniendo mi mirada por un largo tiempo,
murmuró algo en el oído de mi hermana. Camille sonrió.
—Ese es Fisher. Está entrenando como aprendiz en el faro de
Hesperus.
Cassius lo estudió, mirando la mano de Fisher serpentear alrededor
del hombro de Camille.
—Forma divertida de entrenar, tan lejos de un faro.
No pude evitar sonreír al recordar su enfrentamiento en el baile en
Pelage.
—¡Suenas celoso!
—Apenas. ¿Y sabes por qué? —Negué con la cabeza—. Porque soy yo
el que susurra en la esquina con la chica más bonita de la habitación.
Luego Cassius se fue, saludando a las trillizas antes de seguir al resto
de la fiesta arriba. Cuando llegó al último escalón, se volvió y me
sorprendió mirándolo. Con un guiño rápido, estaba a la vuelta de la
esquina y fuera de la vista.
Rosalie se apresuró a no perderse nada y dijo:
—¿Quién era ese? —Ligeia y Lenore no se quedaron atrás.
—Cassius Corum.
—¿Y él navega para Papá?
Negué con la cabeza.
—Su padre solía hacerlo.
—Bueno, ciertamente es una mejora de los trabajadores que invitó
Papá —murmuró Ligeia una vez que los invitados habían despejado la
habitación—. Ese pequeño va directo a mi pecho. Pasó toda la
conversación mirando directamente a mi escote.
—No es que haya mucho para mirar —dijo Rosalie, haciéndole
cosquillas.
—Mejor que el otro. Ivor, creo que era —añadió Lenore—. Me miró
lascivamente como una gran gárgola. —Hizo la pantomima de una cara
aterradora y garras en forma de gancho—. Temí que me devoraría en ese
mismo momento.
—Pero Cassius —dijo Ligeia—. Cassius ciertamente tiene potencial.
Rosalie hizo una mueca.
—Paso. Dame un hombre con un bigote grande y tupido, como el
marinero que trajo el capitán Bashemk. ¡Ahora eso es una atrapada!
Necesito un hombre en casa en el océano. Alguien que pueda manejar las
curvas y el tamaño de las olas. —Pasó una mano por la curva de su propia
cadera, hundiéndola teatralmente, su voz volviéndose ronca—. Uno que
puede maniobrar su barco en cualquier puerto, por tempestuoso que sea.
Ligeia resopló, tapándose la boca.
—Uno con un muy largo, muy grueso, muy duro…. Palo de mesana.
Las trillizas estallaron en un ataque de risa y yo puse los ojos en
blanco.
—Si Papá las oye hablar así, se llevará todas sus novelas románticas
y las quemará.
—No seas malhumorada, Annaleigh. Es el Cambio de Estación. Se
nos permite ser un poco descaradas, ¿no es así? —dijo Rosalie—.
Además, puede que te vayas a defender de un palo de mesana propio.
Cassius puede que no sea un marinero, pero no es horrible de ver.
—No creo que él...
—No, definitivamente está interesado en ti —intervino Ligeia—. No lo
viste porque estabas hablando con Amelia, pero todo el tiempo que estuvo
con Papá, no pudo apartar los ojos de ti.
—¿Con quién está sentado junto a la cena?
—Conmigo —dijo Camille, acercándose sigilosamente—. ¿Supongo
que están todas nerviosas por el hijo del Capitán Corum? Vi el acomodo
de asientos. Annaleigh me colocó junto al capitán. No vas a cambiar las
cosas ahora que es su hijo, ¿verdad?
Me arqueó una ceja, retándome a decir que lo haría, y me encontré
deseando darle un buen tirón a su trenza, como cuando éramos niñas.
No me importaba lo cansada que estaba. Se lo había hecho a sí misma
mientras nos dejaba todo el trabajo duro a nosotras.
—No lo soñaría —murmuré.
—Maravilloso. Ahora que eso está arreglado, necesito comenzar a
prepararme para la cena. Ciertamente querré lucir lo mejor posible. —
Subió bailando por las escaleras, tarareando una pequeña canción para
sí misma.
—No dejes que te afecte —dijo Lenore—. Ha estado molesta porque
no ayudó más.
—No ayudó en absoluto.
Lenore se colocó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Y sabe que, como primera hija, debería haberlo hecho. Le preocupa
que Papá piense mal de ella.
Ligeia asintió con la cabeza cuando llegamos al segundo rellano.
—¿Quieres prepararte con nosotros? ¿Para que no tengas que lidiar
con ella?
—No. No dejaré que me moleste. Además, necesito asegurarme de que
las Gracias también se estén preparando.
—Deberías ponerte tu vestido verde esta noche —dijo Rosalie.
—¿El de tu baile?
Asintió.
—Es el tono adecuado y te ves como una sirena en él. ¿Qué podría
ser más perfecto para el Cambio de Estación?
Mi mente se aceleró, evocando el rostro de Cassius mientras me
deslizaba hacia el gran salón con ese vestido. Mi pecho se calentó, y el
rubor subió por mis mejillas mientras me imaginaba sus ojos viajando
sobre mí.
—¿No creen que es demasiado?
—No para la Primera Noche —dijo Ligeia—. Cassius ni siquiera notará
lo que sea que venga Camille.
—Eso no es lo que yo... —balbuceé.
—Solo ponte el vestido, Annaleigh —dijo Lenore, empujándome hacia
las escaleras.
osotros, el Pueblo de la Sal, nos reunimos en esta noche
especial —entonó el Gran Marinero—, para agradecer al
— poderoso Pontus por su gran benevolencia, bendiciéndonos
con una temporada de copiosa abundancia. Las redes de nuestros
pescadores, llenas hasta reventar. Nuestros vientos, fuertes y seguros. Y
las estrellas, claras y verdaderas. Ahora agita las aguas, cambia la
temporada a un tiempo de descanso, repone el mar, cuidándonos como
lo ha hecho durante miles de años.
—Pontus, te lo agradecemos —repetimos juntos.
Nos sentamos en la mesa larga en el gran salón, esperando que
terminara la ceremonia y se sirviera el séptimo plato. Papá y Morella
estaban en la cabecera de la mesa, y mis hermanas y yo estábamos
esparcidas entre los invitados. Desafortunadamente para mí, Ivor se
sentó a mi izquierda. Ya lo había atrapado mirando a escondidas mi
escote dos veces.
El Gran Marinero estaba detrás de su propia mesa. Al otro lado había
una variedad de artículos. Reconocí su cáliz de abulón, lleno una vez más
con agua de mar. Una caracola descansaba sobre sus puntiagudas
puntas, mostrando su pulido núcleo rosa. Había erizos, púrpuras y
espinosos, y grandes estrellas de mar, muertas hacía mucho tiempo, pero
conservadas y pulidas hasta que sus brazos anaranjados brillaban.
—Nosotros, el Pueblo de la Sal, nos reunimos en esta noche especial
para conmemorar las almas de aquellos que nos fueron arrebatados
demasiado pronto, que ahora descansan en el poderoso abrazo de las
olas.
Se refería a los marineros perdidos en tormentas o accidentes de
pesca, pero cuando miré a mi familia, supe que todos estábamos
pensando en nuestras hermanas desaparecidas.
—Queridos, ustedes son conmemorados.
—Nosotros, la Gente de la Sal, nos reunimos en esta noche especial,
—repitió, volviendo claro su discurso—, para recordar quiénes somos.
Los que hacemos nuestro hogar en las islas Salann somos un pueblo
orgulloso, gobernado por un dios orgulloso. Nacemos de la sal y la luz de
las estrellas. Brindemos ahora por eso, para recordar de dónde venimos
y dónde, si Pontus quiere, regresaremos.
Esta era la única parte de la Primera Noche que odiaba.
Todos tomaron la copa pequeña que estaba escondida discretamente
entre las copas de agua y las copas de vino. Cassius, frente a mí, pero
dos personas abajo, retrasó su respuesta a la invitación del Gran
Marinero. Claramente no era un isleño.
Eché hacia atrás el dedal de agua salada y tragué rápido, tratando de
mantener el sabor salobre de mi lengua. Persistió, cortante y mordaz.
Dejé la copa con una mueca, al igual que la mayoría de la mesa. Cassius
se limpió la boca con una servilleta y pareció escupir el agua en ella. Me
sorprendió mirándome y se llevó un dedo a los labios, advirtiéndome que
mantuviera su secreto. Casi me olvido de decir la última de nuestras
líneas.
—Recordamos.
—Y ahora nosotros, el Pueblo de la Sal, ¡celebramos! —exclamó el
Gran Marinero.
En el momento perfecto, las puertas se abrieron y entraron cuatro
mayordomos, levantando una bandeja por encima de sus hombros. Un
pez vela, de casi diez pies de largo y asado, estaba en la bandeja de plata,
apoyado sobre sus pectorales. La aleta dorsal azul marino se abría en
abanico, mostrando el talento de Cocinero. El cuerpo plateado brillaba y,
por un momento, todos pudieron imaginarse a este gran depredador en
la naturaleza, volando fuera del agua con gracia muscular.
Cocinero salió para hacer una pequeña reverencia. Una vez que Papá
hubo cortado el primer filete ceremonial, el capitán Bashemk hizo la
pantomima de desafiar al pez a un duelo, golpeando su larga espada con
su cuchillo de mantequilla. El vino fluyó libremente toda la noche. Las
mujeres bebieron con moderación, pero los hombres ya estaban en pobre
condición por la edad, y aún nos quedaban seis platos.
Papá puso el filete en el plato de Morella con mirada cariñosa.
Ofrecerle la primera pieza era una señal de que la estimaba por encima
de todos los demás en la habitación. El labio inferior de Camille
sobresalió, peligrosamente cerca de la petulancia. Se volvió hacia Cassius
y murmuró algo que lo hizo reír.
Cocinero cortó las otras porciones mientras todos exclamaban ante
la belleza del pescado. Era una extravagancia total, asar un pez vela
entero para un grupo de solo veinticuatro. Sabía que el resto del pescado
se serviría al personal para la celebración de la Primera Noche más tarde
esa noche, pero al mirar a la orgullosa bestia, lamenté que lo hubieran
atrapado. Debería haber estado en la Sal, no entre verduras y frutas
relucientes.
Cuando el Gran Marinero se sentó a comer, la conversación en la
mesa se reanudó.
—Algunas de tus chicas tuvieron un baile de cumpleaños
recientemente, ¿eh, Ortun? —preguntó Regnard, haciendo girar su copa
de vino con un estilo innecesario.
—Mis trillizas —dijo—. Fue una fiesta encantadora. Lamentamos que
te lo perdieras.
—Nos topamos con una tormenta al regresar de Antinopally. La
maldita tormenta nos sacó tres días fuera de curso. —Miró hacia abajo
de la mesa—. Ustedes tienen ¿ahora qué, catorce?
—Dieciséis, tío Regnard —corrigió Rosalie, dándole una sonrisa.
—¡Dieciséis! ¿Y todas todavía en Highmoor?
Su voz tenía una nota de burla, pero un hormigueo recorrió mi
columna de todos modos.
—¿Ninguna de ustedes está comprometida, entonces? —preguntó
Jules, lanzando una rápida mirada a Camille.
Ivor arqueó las cejas y me miró de nuevo.
Sterland se rió entre dientes.
—Ortun, tienes que casar a estas bellezas antes de que te hagan
perder tu dinero y te quedes en la calle.
—No tiene idea, buen señor. Ni idea en absoluto. El costo que... Ya
sabes, hay una historia sobre eso. —Papá se puso de pie, llamando la
atención de la habitación—. Un misterio, en realidad. —Su voz estaba
acalorada por el vino, más relajada de lo que había estado en días—.
Como saben, tengo ocho hijas hermosas, encantadoras y talentosas. Y es
cierto, cuesta bastante mantenerlas diario, pero nunca antes me había
molestado. Pontus ha bendecido a nuestra familia con riqueza, y es un
privilegio gastarla para mantener felices y hermosas a mis hijas. Sin
embargo, los acontecimientos recientes me han hecho pensar. Verán, hay
algo mal con los pies de mis niñas.
—¿Sus pies? —preguntó el Gran Marinero, mirando a cada una de
mis hermanas por turno.
Los invitados se miraron nerviosamente, todos querían mirar debajo
de la mesa para ver qué horribles garras se escondían debajo de nuestras
faldas.
—Usan los zapatos más rápido que nadie que haya conocido. Les
compré zapatos nuevos, zapatillas costosas, justo antes del cumpleaños
de las trillizas. Todas gastadas. Las dejé ir a la ciudad a comprar unos
nuevos; ya están desgastados y deshilachados. Cada dos días, piden ir a
la ciudad a comprar zapatos nuevos, y ahora escucho de mi propio
personal que las trillizas han estado pidiendo prestados los zapatos
adicionales de las sirvientas.
Lancé una mirada rápida a Rosalie. Todas habían prometido dejar de
bailar para el Cambio de Estación. Miró en su regazo, evitando mi mirada.
Incluso las Gracias parecían cautelosas.
—Al principio pensé que era para estar al día de las últimas modas,
adquiriendo cada vez más para sus colecciones, pero no. El cuero está
agrietado y desgastado, rajándose en las costuras.
—Qué extraño —dijo Amelia—. ¿Quizás algo anda mal con los
productos del zapatero?
—¡Eso es lo que pensé, eso es lo que pensé! —gritó Papá, tomando un
gran trago de vino.
Morella se estiró para tirar de él hasta su asiento, pero se soltó de su
agarre, ansioso por continuar su relato.
—Llegué a casa de Vasa hace apenas unos días y tuve que hacer un
viaje inmediato a Astrea para reprender y criticar a este pobre zapatero
por vender zapatos malos a mis hijas. Pero no fue él. La culpa, ya ven,
recae en las chicas.
Los invitados se volvieron hacia nosotras. Cassius me miró fijamente,
reflexionando sobre las palabras de Papá. Miré hacia abajo, una ráfaga
de calor ardiendo en mis mejillas. Presionando un tenedor en mi filete,
separé el pescado hasta que no fue más que un montón de trozos.
Los ojos fríos y muertos del pez vela también parecían mirarme.
—Ningún otro cliente se ha quejado, dice el zapatero. Ni uno. Solo mis
chicas. Deben estar saboteándolos, pero no sé cómo ni por qué. Quizás
puedan saberlo por ellas.
—¡Veamos estos zapatos! —exclamó el capitán Bashemk.
—¡Sí! —su primer oficial vitoreó, envalentonado por la bebida—.
¡Muéstranos los zapatos!
—¿Señoritas? —preguntó Papá.
Lo miramos sin comprender. No era así como se suponía que iba a ir
la Primera Noche. Agitó el brazo, indicando que nos levantáramos.
Después de un momento de vacilación, tiramos las faldas de nuestros
vestidos hacia un lado, mostrando nuestros zapatos. Llevaba mi segundo
par de zapatillas de Astrea. No había ido a bailar desde la muerte de
Edgar, y el cuero aún era fuerte y no tenía raspaduras.
Regnard se inclinó y examinó los pies de Lenore.
—Ortun, tienes razón. Estos zapatos están completamente gastados.
¿Cómo los mantienes en tus pies, niña?
Lenore se quedó paralizada, aterrorizada de que se dirigieran a ella
frente a tanta gente.
—Papá no nos comprará otros —admitió, encogiéndose.
—Ortun, seguro que estás bromeando —preguntó Amelia—. Es
invierno ahora. No puedes dejar que tus hijas anden descalzas en la
nieve.
Papá parecía más divertido que enojado cuando agregó:
—Descubre qué travesuras están tramando y lo arreglaré. ¡Incluso te
compraré un par, Millie! ¡Las zapatillas más bonitas de todo Salann!
Todos rieron.
—¡No, lo digo en serio, lo digo en serio! —gritó alegremente—.
¡Compraré pares para toda la mesa si pueden averiguar qué está
pasando!
—No creo que me vaya bien con zapatos tan delicados como los de la
señorita Annaleigh —dijo el capitán Morganstin, riendo, mientras se
inclinaba para estudiar los míos—. Pero, Ortun, has estado exagerando.
Estos zapatos se ven bien para mí. No tienen ni un rasguño.
—Eso es cierto, eso es cierto. Annaleigh es la única que no ha venido
a pedir más —concordó Papá, con los ojos cada vez más vidriosos. Morella
le puso un vaso de agua frente a él, pero evidentemente lo ignoró.
—¡Qué curioso! —dijo Amelia—. ¿Qué estás haciendo diferente,
Annaleigh?
La mirada de Camille pesaba sobre mí y levanté los hombros, sin
admitir nada.
—¿Ven? ¡No puedo recibir una palabra de ninguno de ellas! —Para
alivio de Morella, Papá se sentó y apoyó los codos en la mesa—. Es
enloquecedor. ¡Estoy casi dispuesto a ofrecer mi patrimonio para
descubrir qué hay detrás de todo esto!
—¡Ahora, hay una idea! —exclamó el capitán Bashemk, pinchando a
Ethan en las costillas—. ¡Dos pájaros de un tiro! ¡Quien resuelva el
misterio gana su bendición para casarse con una de las chicas! ¡Y estoy
seguro de que todos sabemos a quién elegiría!
No necesitaba inclinar la cabeza hacia la derecha para indicar su
elección, pero lo hizo. Camille. Obviamente. Era la más guapa y la más
inteligente. Y era la hija que iba a heredar la fortuna de Papá. Aunque las
islas Salann eran pequeñas, éramos poderosos, y eso podría resultar un
atractivo demasiado grande para ignorarlo.
Papá apuró lo que le quedaba de vino y pidió que lo volviera a llenar.
La mitad se bebió de un solo trago. Parpadeó pesadamente, luchando por
unir las conexiones. Finalmente, miró hacia arriba, sonriendo.
—No es una mala idea, ¿verdad?
Eché un vistazo hacia las trillizas. Parecían tan perplejas como yo me
sentía. ¿Qué estaba pasando? Seguramente Papá no podría hablar en
serio.
—Querido, quizás deberíamos guardar esta idea para otro momento
—sugirió Morella a la ligera—. Se supone que debemos celebrar Pontus y
la Primera Noche, ¿no es así? Odiaría ofender a nuestro estimado Gran
Marinero…
El sacerdote la desdeñó, ansioso por ver cómo se desarrollaba este
drama.
—Podríamos enviar un mensajero a los otros señores de Arcannia —
dijo Papá, todavía pensando—. Ellos podrían ayudar a correr la voz.
Dejaremos que cualquiera en el reino que quiera probar suerte venga a
verlo.
—¿Cualquiera en absoluto? —preguntó Fisher, dejando su copa de
vino en la mesa con un fuerte golpe. Él era el único que conocía nuestro
secreto—. ¿No tendrían que tener un título? —Movió las cejas hacia
Camille.
Ligeia le dio un fuerte codazo en las costillas.
Regnard asintió con la cabeza, subiendo y bajando con gran cuidado.
Amelia le lanzó a Morella una mirada de disculpa. ¿Había algún hombre
en la mesa que no estuviera borracho ahora? Cassius se sentaba
perfectamente quieto, pero sus ojos se movieron alrededor de la mesa,
siguiendo la discusión con interés.
—¡Mejor aún, mejor aún! —dijo el Capitán Bashemk, gritando de
emoción—. Cinco muchachos fornidos se sientan en esta mesa. ¡Que
tengan la primera oportunidad!
—Seis —corrigió Sterland desde el fondo de su copa de vino.
—Vamos, Henricks, ¿no crees que eres un poco mayor para perseguir
a las señoritas? —dijo el Capitán Bashemk con una carcajada.
Sterland se reclinó en su silla, con la boca floja por la borrachera,
mirando a la fila de nosotras. Aparté la mirada cuando sus ojos se
encontraron con los míos. Aunque no era un verdadero tío para nosotros,
no de sangre, todavía se sentía mal.
—Apenas. De hecho, si Highmoor realmente está en la línea, es lógico
que primero pruebe mi suerte con ella. Eso me debes, Ortun.
Regnard se puso serio momentáneamente, mirando entre sus amigos.
—Sterland —advirtió—. No esta noche.
—¿Te… debo? —Papá se erizó y apretó la mano alrededor del tallo de
su copa de vino—. No te debo nada.
—Aquí vamos de nuevo —murmuró Regnard.
Pero Sterland no era de los que se echaban atrás en una pelea.
—Si no fuera por ti…
—Si no fuera por mí, ¿qué? —espetó Papá, su voz elevándose con el
color de sus mejillas—. Si no fuera por mí, no tendrías nada. Sin
educación, sin carrera. Mi familia te creó, ¿y así es como me pagas?
¿Insistiendo en injusticias percibidas? ¿Viviendo en un pasado delirante?
¡He tenido suficiente!
Sus nudillos se pusieron blancos, apretando el vidrio hasta que se
hizo añicos, lloviendo fragmentos brillantes. La sangre salpicó el rostro
de Papá. Una de las piezas voladoras le había golpeado la mejilla,
cortándole profundamente.
—¡Ortun! —exclamó Morella, mojando su servilleta en agua y
tratando de limpiar el corte.
—¡Deja de entrometerte conmigo! —rugió, agitando su brazo para
golpear el suyo a un lado. Platos pesados volaron de la mesa y se
estrellaron contra el suelo.
—Yo... lo siento —dijo Morella, hundiéndose en su silla, luciendo
pequeña y mucho más joven de lo que era.
—Ortun, cálmate —ordenó Amelia—. Estás borracho.
—¿Y si lo estoy? Esta es mi casa. ¡Mi hogar! Todos pueden salir al frío
si no les gusta. —Señaló a Morella con un dedo inseguro—. Incluyéndote.
—Apuró su copa de vino en dos tragos—. ¡Más! —demandó.
Mientras un lacayo corría para obedecer, Morella se secó los ojos,
tragándose las lágrimas. Aunque no sucedía a menudo, Papá podía
entrar en rabietas peligrosas después de beber demasiado. Eran como
tormentas en el mar Kaleic, arruinando un día perfectamente soleado con
vientos huracanados y lluvia penetrante, solo para terminar momentos
después. Mi corazón estaba con Morella, pero era mejor quedarse
tranquilo y dejar pasar su ira.
Después de un doloroso y largo momento de discreto silencio, Ethan
habló, con la voz quebrada de valentía:
—Si habla en serio, mi señor, me encantaría intentar resolver el
misterio.
No era de extrañar. Lo había visto asimilando la belleza de Highmoor
desde su llegada, con los ojos tan abiertos que prácticamente se le salían
del cráneo.
—Como yo —dijo Ivor, su voz tan grave como un cocodrilo. Me guiñó
un ojo y volví la cabeza.
—¡Espléndido! —La voz de Papá sonó borracha por encima de los
invitados.
Jules aplaudió con alegría.
—¿Cuándo comenzamos?
Y así, el ánimo festivo de Papá volvió. Le dio unas palmaditas en la
espalda a Morella, susurrándole con ojos llorosos y arrepentidos. Ella
secó el corte en su mejilla, aparentemente todo perdonado.
—Ah, hijo, qué fortuna podría ser tuya —dijo el Capitán Bashemk,
envolviendo su brazo alrededor de Ethan para darle un consejo
conspirativo.
Rosalie golpeó su copa con la suficiente fuerza para silenciar la
habitación.
—¿No tenemos nada que decir en esto?
Los ojos de Papá se entrecerraron.
—Tuviste tu oportunidad y permaneciste en silencio.
—No veo por qué estás molesta —espetó Camille—. Soy yo quien tiene
que casarse con quien gane. ¡Papá, no puedes hablar en serio! Diles que
todo que es una broma.
—¿Por qué estás tan segura de que te elegirán? —interrumpió Ligeia,
la furia brillaba en sus ojos—. Me imagino que alguien lo suficientemente
ingenioso como para resolver tal misterio podría estar interesado en
cualquiera de nosotras.
Mientras mis hermanas estallaban en disputas, lanzándose insultos
y rabia unas a otras, me recliné en mi silla, deseando que el asiento
acolchado me tragara por completo. La Primera Noche fue un desastre.
Las esposas de los capitanes miraban el circo en un silencio horrorizado
mientras sus maridos gritaban y vitoreaban. En toda la locura, Ivor se
arrastró debajo de la mesa para examinar más a fondo los zapatos.
Cuando su mano rozó mi tobillo y subió por mi pantorrilla, pateé con
fuerza, sin importarme si era su pecho o su cara lo que golpeaba.
Papá se reclinó en su silla y comenzó a reír. Su risa se hizo más fuerte
hasta que su expresión pareció completamente trastornada. Morella le
puso una mano en el brazo, pero él la apartó, golpeando la mesa.
Verity llamó mi atención, la confusión se dibujó en su rostro y me
puso en acción. Me apresuré hasta el otro extremo de la mesa, donde
estaban sentadas las Gracias y las chicas Morganstin. No necesitaban
presenciar semejante absurdo de tantos adultos.
—Vamos, señoritas. —Intenté mantener mi voz tranquila—.
Tendremos un regalo especial esta noche.
—¿Qué es? —preguntó Verity, animándose mientras se deslizaba de
la silla alta.
—Dulces en el aula —inventé, rezando para que Papá y los invitados
no pensaran en llevar sus festividades a esa área de la casa.
—¡Oooh! —suspiró Honor, sus ojos brillando—. ¡Vamos, les mostraré
dónde! —Agarró a una de las chicas de la mano y todas salieron
corriendo.
Siguiéndolas, vi a un mayordomo corriendo por el pasillo con una
jarra de brandy.
—¿Puede informarle a Cocinero que las niñas comerán postre en el
salón de clases esta noche?
Agarró el cuello de la jarra, luciendo un poco asustado.
—El brandy no debe servirse hasta después de la cena, en la
biblioteca. —Se mordió el labio.
—¿Papá pidió eso? —Asintió con la cabeza y suspiré. Lo último que
necesitaba la habitación era licor encima de todo ese vino—. ¿Por qué no
me deja ocuparme de eso? —dije, agarrando la botella—. Pregúntale a
Cocinero si puede preparar café y magdalenas para los invitados en el
pasillo. Dígale que lo haga especialmente fuerte.
Se apresuró a regresar a la cocina. Me quedé en el pasillo por un
momento, golpeando la botella mientras reflexionaba sobre mi próximo
movimiento.
—Eso fue manejado hábilmente—dijo una voz detrás de mí. Cassius
estaba debajo de una ventana arqueada—. No vas a tomar eso y correr,
¿verdad? —preguntó, indicando el brandy.
Dejé escapar una pequeña risa, pero no contenía alegría.
—No. Me preguntaba cómo evitar que Papá se diera cuenta de su
ausencia.
—Se ha vuelto un poco... animado allí.
Esta vez mi risa fue real.
—¿Crees que Sterland estará bien?
Asentí.
—Algo como esto siempre sucede cuando visita Highmoor.
Cassius me ofreció una sonrisa fácil.
—Es una maravilla que alguna vez se atreva a aparecer.
Aparecieron recuerdos de peleas pasadas: los ojos de Sterland
brillaban con ira indignada, el rostro de Papá enrojecido y temblando de
rabia.
—Él y Papá son amigos desde hace mucho tiempo, desde que eran
niños. Es solo... algo que hacen. Sterland incluso estuvo comprometido
con mi tía Evangeline.
—No me di cuenta de que estaba casado...
—No lo está. Evangeline murió antes de casarse. Nunca lo superó.
Highmoor siempre ha sido como un segundo hogar para él… Lamento
todas esas tonterías con el concurso y los zapatos.
Hizo a un lado mi preocupación cuando dijo:
—La gente necesita formas de entretenerse. Esto no es lo peor que
podrían estar haciendo durante el Cambio de Estación, o eso es lo que he
oído.
—¿Es este tu primero?
Una carcajada estalló en el comedor, y Cassius me llevó a un banco
al final del pasillo, lejos del ruido. Me senté, dejando la botella entre
nosotros, pero luego deseé no haberlo hecho. Sin ella para sostener, mis
manos se sentían demasiado libres y no sabía qué debería estar haciendo
con ellas. Estudié la suya, tan suelta y relajada contra sus rodillas, y
coloqué las mías en una aproximación. Todavía se sentían mal.
—Lo es. ¿Camille dijo que las verdaderas festividades comienzan
mañana?
—Sí. Iremos a Astrea por la tarde. Hay un bazar y concursos. Muchos
vendedores venden comida. El festival comienza después del anochecer.
Es tan hermoso. Hay marionetas que parecen medusas y linternas de
papel con forma de grandes que flotan por el teatro. Las palabras no
pueden hacerle justicia.
—¿Y después de eso?
—Más celebración. No estoy segura de cuánto tiempo querrá
quedarse Papá... Se sale un poco de control, pero es el primer descanso
que los pescadores y marineros han tenido desde los Vientos Alisios.
—¿Ese es el comienzo de la temporada de pesca?
—Cuando Zephyr despierta a Pontus, trae vientos cálidos para
derretir el hielo. Pontus usa su tridente para devolvernos las corrientes
cálidas. Los peces regresan y las algas marinas se vuelven verdes y
gruesas.
Cassius se inclinó y una de sus manos chocó contra la mía.
—Sabes, la mayoría de la gente llama a eso primavera.
—No en Salann. —Logré balbucear. Cuando su mano volvió a su
rodilla, mis nudillos sintieron su ausencia agudamente.
—He notado que las cosas se hacen de manera bastante diferente
aquí. —Miró la arquitectura sobre nosotros. Cuando estudió Highmoor,
no era con la misma hambre abierta que Ethan—. Camille heredará todo
esto, ¿no es así?
La última persona de la que quería hablar en un pasillo oscuro con
Cassius era Camille.
La voz de Papá se elevó, retumbando por el pasillo:
—¡Maldito sea este café y estas malditas magdalenas! ¿Dónde está mi
brandy? ¡Pedí brandy!
Con un suspiro interior, me puse de pie. No quería terminar nuestra
conversación, pero tampoco quería que Papá culpara al personal por algo
que había hecho.
—Parece que me he retrasado lo suficiente.
Cassius estiró sus largas piernas frente a él.
—Regreso en un minuto.
—¿No has escuchado lo suficiente sobre zapatos por una noche?
Sonrió y quise correr hacia él.
—¿Por qué los tuyos son los únicos intactos?
Arqueé una ceja.
—¿Por qué? No planeas aceptar el desafío de Papá, ¿verdad?
Volvió a mirar al techo.
—Podría. Es una casa tremendamente hermosa.
—Oh.
Fue un puñetazo en el estómago. Por supuesto que iría tras Camille.
Era una tontería suponer lo contrario. Había una atracción entre
nosotros, lo sabía, pero no podía compararse con el encanto de la finca
Highmoor y el título de Salann.
—¿Dónde está el brandy? —rugió Papá. Hubo un gran estrépito y
golpes. El pobre mayordomo probablemente estaba rodeado de platillos
rotos que chorreaban líquido caliente.
—Necesito irme. —Tomé la botella del banco y me apresuré por el
pasillo.
—Eso no salió como lo imaginaba —admitió Morella, retorciendo los
dedos en la plenitud de su camisón.
espués de la cena, Papá y los capitanes hicieron un recorrido
borracho por la casa, buscando pistas para ayudar a los
muchachos a resolver el misterio de los zapatos. Un
mayordomo dijo que se habían quedado dormidos en el estudio de Papá,
desparramados sobre cualquier superficie remotamente lo
suficientemente cómoda como para tumbarse.
Me arrodillé junto a la tumbona, colocando la loción y el aceite para
su masaje nocturno.
—De ningún modo.
Se reclinó en el sillón, empujando su vientre hacia un ángulo más
cómodo. Podía sentir los duros cuerpos de los gemelos debajo de su piel
tensa y tuve cuidado de no pincharlos demasiado. Por el momento,
parecían estar dormidos.
—Estoy segura de que todo estará bien por la mañana.
Mojando mis dedos en el bote de loción, me concentré en sus
pantorrillas, preguntándome cómo sacar a relucir el arrebato de Papá sin
causarle más angustia. Tenía las piernas hinchadas más gordas que
salchichas rellenas, y los tobillos casi identificables.
—No creo que Papá se tomara en serio ese concurso, ¿verdad?
Mi instinto inicial fue descartarlo como una broma. Era una locura
pensar que Papá regalaría todas sus propiedades a quien pudiera decirle
que estábamos bailando hasta acabarnos las zapatillas. Pero había
cambiado mucho en los últimos meses. Sus emociones pasaban de
excesivos altos a furiosos bajos, como un corcho atrapado en olas
demasiado grandes.
—Me temo que lo conoces mejor que yo.
Su voz sonaba tan triste que levanté los ojos para estudiar su rostro.
—¿Va todo bien, Morella? Entre ustedes dos, quiero decir. Papá no
quiso decir nada de lo que dijo cuando...
No estaba segura de qué decir para mejorarlo. Deseé que Octavia
estuviera aquí. Había sido mucho mejor en este tipo de cosas, siempre
lista con las palabras adecuadas.
Morella jugó con la punta de su trenza, tejiéndola entre sus dedos.
—Creo que sí. Todo ha estado tan fuera de lugar desde Eulalie...
Ortun no ha sido exactamente él mismo. Tiene arrebatos... dice cosas que
no quiere decir. Es su forma de lamentarse, supongo. Eso es todo. —
Sonrió y repitió su última frase en voz baja, tranquilizándose.
—Si alguna vez quisieras hablar de eso... —Levanté la otra pierna,
comenzando tiernos masajes en su pie.
—Eres muy amable, Annaleigh. Muy diferente a tus hermanas.
—Ellas no…
—No quise decir que no sean agradables. Lo son, en su mayoría, pero
tú tienes un corazón más blando que cualquiera de ellas. Sé que no
somos particularmente cercanas, tú y yo, y estoy segura de que hay
momentos en los que ni siquiera te agrado... pero has dado un paso
adelante tantas veces por mí... esta semana cuando debería haber sido
yo haciéndolo.
—Necesitabas descansar.
Puso su mano en la parte superior de mi cabeza, acariciando mi
cabello. Por un breve momento, recordé a Mamá haciendo eso, y mi
corazón se apretó.
—Gracias.
—Sabía que era importante para ti. Lamento que esta noche haya
sido un desastre.
Morella negó con la cabeza.
—Me imagino que será una de esas historias de las que nos reiremos
dentro de muchos años.
—Muchos, muchos años a partir de ahora.
Cerró los ojos y se acomodó más en las almohadas mientras yo
trabajaba en su pie.
—Ojalá las cosas pudieran ser diferentes —admitió en voz baja.
—¿Qué quieres decir?
—Sé que probablemente solo seré una madrastra para ti, pero
desearía... Tu eres el tipo de persona con la que desearía poder ser amiga.
Detuve el masaje. Nunca había considerado la vida solitaria que
llevaba Morella. Se casó con Papá y se mudó tan lejos de todos los amigos
y familiares que había tenido. Las únicas personas a las que podía
acompañar ahora eran sus sirvientes o hijastras. Estábamos demasiado
aislados para ir a la ciudad todos los días a tomar el té o cenar, pero
incluso si no lo estuviéramos, ¿a quién visitaría? Eulalie murió tan poco
después de su llegada que Morella no tuvo tiempo de hacer amigos en
Astrea.
—Somos amigas. —Intenté, pero sabía que no lo éramos, no
realmente. No era el tipo de amiga que ella obviamente anhelaba.
Me ofreció una pequeña y tensa sonrisa.
—Bueno.
Froté pequeñas gotas de aceite de lavanda en sus muñecas, luego en
sus sienes, luego en sus pies. Finalmente, llevé mis manos a su nariz,
ahuecándolas como la partera me había mostrado.
—Inhala —dije.
Respiró profundamente tres veces, sus ojos suaves y somnolientos.
—Descansaré muy bien esta noche. Incluso podría estar preparada
para ir a Astrea mañana con el grupo.
Me sorprendió que Morella quisiera hacer el viaje. No había salido de
casa desde el baile de las trillizas, y habría pensado que todas las
actividades del festival habrían sido demasiado para ella.
—¿Quieres que te ayude a ir a la cama?
—No, creo que me quedaré aquí un rato más. Ortun todavía puede
aparecer.
Volví a colocar los bálsamos en la bandeja y los llevé al tocador.
Chocaron con una pequeña bola de cristal y me apresuré a atraparla
antes de que se rompiera. Era una esfera de vidrio casi perfecta, con un
lado limada hacia abajo para que no rodara. Encerrado en él, suspendido
en una perfección eterna, había una pequeña flor roja, una nube de
pétalos diminutos con volantes.
Lo giré.
—Bonita.
—Mi padre me la regaló por mi quinto cumpleaños. Siempre lo he
guardado conmigo donde quiera que vaya.
Era una maravilla que el pequeño adorno estuviera todavía intacto.
Suseally, el lugar de nacimiento de Morella, estaba a cientos de
kilómetros tierra adentro. Había renunciado a todo lo que conocía para
seguir a Papá a Salann, intercambiando campos de flores y zarzas
boscosas por nuestras olas interminables y costas rocosas. No podía
imaginarme nunca alejarme tanto de mis hermanas, sin importar lo
enamorada que pudiera estar.
Dejé la esfera en el tocador y vi las alianzas de boda de Morella en un
plato de anillos. Sus dedos se habían hinchado demasiado para usarlos.
Golpeé con el dedo el anillo de compromiso.
—¿Cómo sabías que Papá era el indicado para ti?
Morella parecía inquieta cuando dijo:
—Cuando primero… antes del cortejo. ¿Cómo sabías si estaba
interesado en ti?
Ella sonrió.
—¿Alguno de los caballeros de esta noche te ha llamado la atención?
Dejé a un lado los pensamientos sobre la sonrisa de Cassius con un
encogimiento de hombros.
—Tal vez. No lo sé. Pensé... esperaba que pudiera estar interesado en
mí. Románticamente, ya sabes. Pero ahora no estoy segura en absoluto.
Movió las piernas, palmeando un lugar en el diván para que me
uniera a ella.
—Cuéntame todo sobre eso.
Mi rostro decayó.
—No estoy realmente segura de cuánto hay que contar. Él... él me
hizo algunos cumplidos, pero cuando Papá anunció ese concurso...
Negó con la cabeza, sonriendo.
—Ese estúpido, estúpido concurso.
—Camille es mucho más guapa que yo y algún día heredará la
propiedad. Y solo soy... yo.
Morella frotó mi mano con la suya.
—Entonces es un tonto.
Estaba extrañamente complacida de que pensara bien de mí.
—¿Cómo fue tu noviazgo con papá?
Su sonrisa se congeló por un momento, y temí haber fisgoneado
demasiado profundo, demasiado rápido.
—Bueno, nuestro noviazgo fue un poco convencional. Estuvo en
Suseally por un período de tiempo tan corto. Sucedió muy rápido.
Asentí con la cabeza, sin saber si compartiría algo más.
—Pero… había un hombre, antes de todo eso, que me gustaba mucho.
Nuestros ojos atravesarían una habitación llena de gente y enviarían
escalofríos deliciosos por mi columna vertebral. Yo era mucho más joven,
no más que una colegiala ruborizada, en realidad, pero sabía que lo
quería.
Me incliné.
—¿Y te devolvió tus sentimientos?
Asintió con la cabeza, una mancha roja arrastrándose en sus mejillas
incluso ahora.
—Probablemente no debería entrar en esos detalles con la hija de mi
marido.
Mordí el interior de mi mejilla y decidí ser valiente:
—Pero si no estuvieras con la hija de tu marido... ¿si solo estuvieras
hablando con tu amiga?
Sus ojos se iluminaron y se veía más feliz de lo que la había visto en
semanas.
—Si estuviera hablando con mi amiga le diría que, si quiere algo, debe
perseguirlo con todo su corazón.
Asentí, igualando su sonrisa.
—Bueno. Me aseguraré de decirle eso. A tu amiga.
—Oh, Annaleigh —gritó cuando me iba—. Hay un libro en mi mesita
de noche.
Encontré la novela y se la ofrecí, pero me la devolvió a las manos.
—Ya la terminé. Era tan maravillosa que me quedé despierta durante
horas leyéndola. La disfrutarás. ¿Quizás cuando haya terminado,
podríamos discutirlo? Yo... realmente disfruté hablando con mi amiga
esta noche.
No estaba segura de cómo responder. Después de todos los
preparativos para el Cambio de Estación, y luego de la desafortunada
cena de la Primera Noche, estaba exhausta y no quería nada más que
acurrucarme en la cama e irme a dormir.
Pero sus ojos parecían tan esperanzados. Quería una amiga.
Necesitaba una desesperadamente. Y este libro era su forma de extender
una rama de olivo. Seguramente podría leer un capítulo.
—Me gustaría eso —murmuré—. Espero que tengas una buena
noche, Morella. —Cuando crucé el umbral, me volví, segura de que había
dicho algo, pero tenía los ojos cerrados.
Primero soltaron a las ballenas cuando comenzó el festival del Cambio
de Estación.
os faroles de seda flotantes, con forma de orcas y belugas,
iluminaban el escenario con un resplandor dorado luminoso. En
algún lugar de las alas, un cuerno destrozado bramó notas,
sonando inquietantemente similares a las llamadas de una jorobada. Los
actores ataron las cuerdas de las linternas a fragmentos de paisaje
pintados como un arrecife de coral.
Luego vinieron títeres de tiburones y pez vela, luego calamares y
estrellas de mar teñidas de rojo y naranja y elaboradamente articulados.
Olas de peces, cada una atada a una línea individual, nadaban alrededor.
Los titiriteros eran verdaderos artistas, haciendo que los peces cambiaran
al mismo tiempo, como lo haría un cardumen real. Las brillantes aletas
plateadas reflejaban la luz de los globos de seda de arriba.
Un tambor sonó, retumbando tan fuerte que pensé que mi esternón
podría romperse. Otro y otro yendo hacia un clímax estridente. Sentí que
la audiencia dirigía su atención al palco ducal, echando un vistazo rápido
a la reacción de nuestra familia cuando la última criatura marina emergió
al escenario.
Tentáculos morados salieron disparados de una pequeña roca, cada
uno manipulado por niños vestidos de negro. La cabeza se soltó, flotando
con aire caliente y vapor. El pulpo Thaumas se extendió por el escenario,
realizando un elaborado baile sincronizado con la música. Al final, en el
compás final, sus ojos se iluminaron, penetrantes y brillantes.
La audiencia estalló en aplausos. Mientras los titiriteros pasaban a la
siguiente escena del festival, miré a las Gracias. Estaban embelesadas,
apoyadas en la barandilla de la caja para no perderse un momento.
—Qué impresionante —susurró Morella, a mi lado.
Nuestros invitados murmuraron su acuerdo, y me complació ver que
Papá le puso la mano en la rodilla y le dio un apretón afectuoso.
Había sido un día maravilloso. Navegamos a Astrea después del
desayuno y pasamos la tarde participando en las muchas delicias del
festival. Vimos a los pescadores locales traer anzuelos de plata al altar de
Pontus como agradecimiento por una temporada generosa. A lo largo de
la semana, los artistas convertirían los ganchos en esculturas náuticas y
los exhibirían en las calles durante los próximos Cambios de Estación.
Por la noche, brillaban en la oscuridad, rociadas con algas
resplandecientes cosechadas en la bahía.
Nos atiborramos de golosinas de los vendedores ambulantes. En cada
esquina se ofrecían vasos de algodón de azúcar, galletas de almendras
glaseadas en forma de dólares de arena, maíz tostado y cuencos de sopa
de almejas espesa, junto con platos más exóticos: cangrejos y buccinos
de rana roja, cecina de medusa y erizos de mar. Los niños corrían por la
playa con cometas de seda pintados como mantarrayas y caballitos de
mar. Orbes de cristal colgaban de la plaza del pueblo como redes de
burbujas de ballenas jorobadas.
Al final del concurso, el actor que interpretaba a Pontus dio un paso
adelante y anunció que habría un gran espectáculo de fuegos artificiales
a la medianoche, a solo dos horas de distancia.
—¿Podemos quedarnos, Papá? —preguntó Mercy, moviéndose en su
asiento—. ¿Oh, por favor?
El resto de las chicas se unió, suplicando y cautivando. Sus voces se
convirtieron en un clamor antes de que Papá levantara las manos y
mirara a los otros adultos en busca de sus pensamientos. Al ver la ronda
de asentimientos, sonrió al grupo.
—¡Fuegos artificiales!
—Hace un poco de frío, ¿no crees, Ortún? —preguntó Regnard,
dándole una palmada en la espalda—. ¿Qué dices si pasamos el tiempo
en esa taberna que vi al final de la calle? ¡Una ronda de Sirenas
Enredadas para todos!
Las Sirenas Enredadas eran bebidas especiales, que se servían solo
en el Cambio de Estación. Una mezcla de licor y agua tónica, contaban
un toque picante de algas marinas saladas.
—Nunca pude soportarlos. Vayan y diviértanse —sugirió Amelia—.
Vamos, señoritas, ¿no hay una panadería no lejos de aquí?
Las niñas gimieron, queriendo estar en el espectáculo del Cambio
todo el tiempo que pudieran.
Vi la mirada en los ojos de Morella. Había sido un día largo para ella
y, aunque no se había quejado, le debían doler los pies.
—Vi a un comerciante vendiendo helados con sabor cerca de las
esculturas en el parque. ¿Quién quiere té y pastel aburridos cuando
podemos tomar helado picado y crema? ¡Yo invito!
Con un chillido, las chicas se lanzaron por una calle lateral. Lenore y
Ligeia corrieron tras ellas, tratando de mantener a las cinco en línea.
Camille las siguió varios pasos atrás, más interesada en los escaparates
brillantemente iluminados que en la celebración a su alrededor. Rosalie
le guiñó un ojo a Ethan antes de alejarse, claramente esperando que él
la siguiera.
—Nos reuniremos con ustedes más tarde —les prometí a las mujeres
mayores—. Justo antes de que comiencen los fuegos artificiales.
Morella tomó del brazo a Rebecca mientras se alejaban. Recordé lo
sola que se había sentido la noche anterior y mi corazón sonrió por ella.
Quizás haría amigos esta semana después de todo.
Papá soltó un montón de monedas en mi mano.
—Para tus hielos.
Mi boca se abrió.
—Esto compraría hielo picado durante años. —Traté de devolverle los
florines de oro, pero me rechazó. Sus ojos parecían salvajes a la luz de la
luna.
—Entonces gástalo en otra cosa, cariño. Es una celebración. Esta
noche es para la extravagancia.
Los capitanes y marineros lanzaron un grito obsceno detrás de él.
Papá pasó un brazo fraternal alrededor de Sterland y se dirigió al interior.
Cassius fue el último en salir. En el umbral, miró por encima del hombro.
—¿En qué estoy a punto de meterme?
Sus ojos bailaron, y juro que me guiñó un ojo. Quería creer que era
más que un truco de la luz, pero su comentario sobre el concurso de
anoche todavía dolía.
—No dejes que las Sirenas te atraigan demasiado. Escuché que son
potentes.
Me volví y corrí tras mis hermanas. Los gritos de los hombres
resonaban por las calles. No eran los únicos juerguistas esta noche, pero
ciertamente eran los más ruidosos.
El parque se había transformado en el área de preparación para un
concurso de esculturas de hielo. Formas relucientes se elevaban en la
noche, iluminadas con linternas enfocadas. La mayoría brillaba con un
blanco suave, pero otras tenían geles de colores que proyectaban tonos
brillantes en las estatuas de cristal.
Encontré a las chicas dando vueltas alrededor de un palacio helado
en el centro del parque, señalando detalles sorprendentes. Banderas
heladas giraban con la brisa, articuladas con pequeños trozos de metal.
Los bordes de ladrillo estaban suavemente redondeados, haciendo que la
arquitectura fluyera con un remolino de ensueño.
—¡Mira los tridentes en el puente! —dijo una de las chicas
Morganstin—. ¡Como en la obra!
—Este es el castillo de Pontus —explicó Mercy—. Lleva un gran
tridente con él donde quiera que vaya.
—Pensé que vivía en el océano. No hay castillos en el océano.
—Vive en el Agua Salada —dije, interviniendo—. Es una parte del
Sanctum, donde viven los dioses, que se divide en diferentes reinos.
Pontus tiene el Agua Salada, Vaipany la Corona, Arina el Ardor…. ¿No les
enseñaron esto sus padres?
Negaron con la cabeza.
—¡Ooh, mira! —gritó Verity, señalando detrás de nosotros y
terminando la conversación.
Franjas de lino azul colgaban de un semicírculo de árboles. En medio
de la arboleda, una anciana tenía una serie de curiosas cajas de metal.
Agujeros de metal se martillearon en sus bordes y, mientras insertaba
linternas en las cajas, se proyectaban imágenes deslumbrantes en las
tiras de tela. Con un toque de su dedo, las cajas giraron. Los delfines
saltaban dentro y fuera de las olas, las gaviotas volaban con las alas
batiendo y grandes bocanadas de aire salían de las ballenas.
Una multitud se reunió a su alrededor, aplaudiendo, mientras creaba
sus ilusiones. Más adelante en la calle, en la veranda de otra taberna, un
grupo de pescadores irrumpió en un ruidoso canto del mar.
—Me encanta el Cambio de Estación —susurró Rosalie, su hombro
chocando contra el mío mientras compartíamos este momento especial.
Sus ojos vieron algo en la multitud de personas. Seguí su mirada. No
algo. Alguien. Ethan la saludó desde la esquina y vi a Jules y al capitán
Morganstin entre la multitud. Deben haber venido a ver de qué se trataba
la conmoción.
—Creo que solo voy a... —Se calló, incapaz de encontrar una excusa
plausible para irse.
—Sí... creo que es mejor que lo hagas —bromeé con ella, alejándola
con una sonrisa de complicidad.
Se deslizó entre la multitud y cruzó la calle antes de que pudiera
parpadear.
Hubo una carcajada de risitas a mi izquierda, y me volví para ver a
Camille echando la cabeza hacia atrás de la risa por algo que dijo Fisher.
También debe haber venido del bar.
Un poco más allá de ellos, un hombre estaba de pie, su delgada figura
proyectada en una silueta oscura contra las luces de colores. Aunque no
podía estar completamente segura, sentí sus ojos caer sobre mí, su
mirada una presión tangible. Mientras miraba, un recuerdo tintineó
suelto en el fondo de mi mente.
—Lo conozco —susurré.
—¿Mmm? —preguntó Ligeia, retirando su atención del espectáculo
de la caja de luz.
—Ese hombre de allí. Lo reconozco, pero no estoy segura de dónde.
Como si sintiera que estaba hablando de él, levantó la barbilla y me
hizo señas.
—¿Qué hombre? Hay hombres en todas partes —dijo Ligeia, mirando
a la multitud—. ¡Oh, mira las olas! —exclamó, volviendo a la
presentación.
—Está demasiado atestado para mí —dije, presionando una de las
monedas en su mano—. ¿Puedes cuidar a las chicas? Necesito tomar un
poco de aire fresco.
Asintió con la cabeza y me abrí paso entre la multitud, luchando
contra aún más espectadores mientras se unían al espectáculo. Cuando
llegué al lugar del parque donde había estado la figura oscura, se había
ido.
Me volví en círculo, tratando de localizar a alguien con su porte
inusualmente alto. Una sombra se movió contra los árboles en el borde
del parque, el cabello plateado de la figura reflejándose en la luz de la
luna. Miró hacia atrás una vez como para asegurarse de que lo estaba
siguiendo.
Cuando se volvió, las lámparas de gas iluminaron brevemente su
chaqueta, reflejando los hilos dorados bordados en el hombro derecho.
Un dragón de tres cabezas.
Era el hombre del primer baile, en Pelage.
¿Qué estaba haciendo en Astrea?
Curiosa, me agaché por un callejón estrecho y luego por otro, sin
saber a dónde me dirigía. Cada vez que pensaba que me estaba
acercando, vislumbraba el abrigo del hombre dragón desapareciendo por
otra calle. En la oscuridad, con las decoraciones para el Cambio de
Estación, pronto me desorienté por completo. Empujé a través de largas
hebras de cuentas de vidrio marino y las cuerdas de perlas falsas que
formaban una cortina a través de la salida del callejón.
La calle a la que salí se veía diferente al puerto o la plaza del pueblo.
Más oscura, más sucia.
Más fría y húmeda también.
El primer escaparate que vi estaba bañado por un resplandor rosado,
y mi estómago se revolvió cuando adiviné qué mercancía se vendía detrás
de esos espeluznantes adornos. Varias otras casas rosadas se alineaban
en la calle. Algunas tenían chicas en las ventanas, saludando y posando.
Otras estaban inundadas de oropel y llamativas joyas falsas.
El hombre dragón se había ido, desvaneciéndose en el aire, y mientras
miraba a mi alrededor, tratando de orientarme, me pregunté por qué lo
había seguido alguna vez en primer lugar.
Cuando me volví para regresar, un grupo de mujeres jóvenes salió de
una de las casas rosadas y se detuvo justo frente al callejón. Estaban
arregladas como Sirenas. Largos rizos caían en cascada por las espaldas
desnudas, su piel con escalofríos pintada con brillos de bronce y plata.
Dólares de arena y estrellas de mar cubrían sus pechos, pero apenas, y
muy pocas cintas verdes vaporosas formaban sus faldas. Algunas usaban
tacones con plataformas increíblemente altas. Otras llevaban sobre los
hombros sombrillas adornadas como medusas iluminadas.
—¡Tú allí! —gritó una, y al instante sentí que mi cara se sonrojaba,
horrorizada de que me estuviera hablando—. ¿Vienes a echar el ancla,
marinero?
Un trío de risas sonó detrás de mí y las mujeres rompieron filas para
mirar a estos clientes potenciales. Me metí de nuevo en el callejón, el
corazón me latía con fuerza en la garganta.
—Estás muy lejos del parque, ¿no? —Una voz murmuró en mi oído.
Dejé escapar un chillido de sorpresa, segura de que el hombre dragón
había regresado para sorprenderme, pero en cambio era Cassius en el
callejón, sus ojos azules envueltos en sombras.
—Yo podría decir lo mismo de ti. Pensé que estabas con Papá.
Se apartó un mechón de pelo de los ojos y la nariz se arrugó incluso
mientras sonreía.
—Las Sirenas Enredadas no son exactamente de mi gusto. Ivor y
Jules empezaron de nuevo con el misterio de los zapatos y yo salí
mientras podía. Te vi salir del parque a toda prisa y pensé que podrías
necesitar ayuda.
Miré hacia el callejón, pero el hombre dragón realmente se había ido.
—¿Sabes cómo volver al parque? Me temo que estoy confundida.
Su sonrisa se calentó.
—Busquemos nuestro camino juntos.
Nos dirigimos por el callejón, escapando de la calle de las casas
rosadas. Al salir a la siguiente carretera, Cassius pisó una capa de hielo
negro y resbaló. Me agarró instintivamente y luché por sostenerlo, pero
los dos giramos y luego nos estrellamos contra el suelo en una maraña
de capas y extremidades.
—¿Estás bien?
Su voz estaba teñida de preocupación real, pero la hice a un lado con
una risa. Habíamos sido mucho más elegantes en la pista de baile.
—Estoy bien. ¿Estás herido?
—Solo mi orgullo.
Me ayudó a ponerme de pie y, con una sonrisa burlona, le ofrecí mi
brazo como un caballero lo haría con una dama. Se frotó la cadera
magullada y luego aceptó con una risa.
—¿Has disfrutado el día? —pregunté mientras caminábamos por la
calle, tratando de encontrar la ruta más rápida de regreso a la plaza del
pueblo. Había pasado la mayor parte del tiempo con mis hermanas.
Siempre que miraba a Cassius, él había estado en una conversación
profunda con Regnard o Papá.
—Mucho. Es bastante diferente a los festivales a los que estoy
acostumbrado.
—Nunca te pregunté qué eres... ¿Quién te...?
—La Gente de las Estrellas —proporcionó, la diversión escrita en su
rostro mientras yo luchaba con mi pregunta—. Versia.
—La Reina de la Noche. —Miré hacia el cielo, las estrellas
deslumbraban a través de la extensión de tinta—. Parece que ella también
está disfrutando de las festividades.
—Creo que sí.
—¿A dónde irás cuando termine el Cambio de Estación?
—Todavía tengo un poco de trabajo en Selkirk, repasando los últimos
papeles de mi padre, resolviendo algunos de sus asuntos finales, pero no
he pensado mucho en lo que sucederá después de eso. Walter me dejó
algo de dinero y su casa. Quizás me quede allí, aprenda a navegar, a
pescar o...
—Suena maravilloso —interrumpí, imaginando una casa pequeña y
un muelle, mañanas tranquilas despertando bajo el sol, preparando las
redes para el trabajo del día. Trabajo de verdad.
Una de las cejas de Cassius se arqueó.
—¿Cebos y trampas apestosos?
—Tienes todo el mundo abierto para ti. Eso es maravilloso.
Me estudió.
—¿Cuáles son tus grandes sueños, Annaleigh? Si pudieras ir a
cualquier parte, hacer lo que quisieras, ¿qué sería?
—Hay un faro al oeste. La llamamos el Viejo Maude. Desde pequeña
quería vivir allí, mantenerlo limpio y cuidar la luz. Cuando surgió el
puesto de aprendiz, oh, cómo esperaba y rezaba para que fuera mío. Pero
papá envió a Fisher en su lugar.
—¿El mundo entero está abierto para ti y quieres saltar a algunas
islas? —Aunque su pregunta claramente tenía la intención de
molestarme, la verdadera curiosidad brilló en sus ojos.
—No quisiera nunca dejar el mar. Es mi casa.
Doblamos por otra calle y escuchamos los murmullos de una
multitud. Un pequeño puesto al final de la calle vendía chocolate caliente
y té. El vapor se elevaba del pequeño puesto de tablillas, una vista
bienvenida a medida que la noche se hacía más fría.
—¿Te gustaría uno? —preguntó Cassius, hurgando en su bolsillo en
busca de monedas.
—Por favor.
—No hay algas ni nada de eso en esto, ¿verdad? —bromeó con el
hombre, señalando las ollas de cobre—. ¿Solo chocolate?
—El mejor de todas las islas. —Se jactó el vendedor con una sonrisa.
—Excelente. Tomaremos dos.
—Gracias —dije, aceptando la taza de hojalata.
Cassius tomó un sorbo e hizo una mueca.
—Todavía puedo saborear la sal. ¿Está en todo aquí? —El vendedor
se rió y él volvió a probarlo—. Con el caramelo, no es tan malo, ¡pero en
serio! ¡En cada trago!
Caminamos por el parque, abriéndonos paso a través de las
esculturas de hielo hasta que encontramos una sección tranquila con un
banco libre. Estaba justo al lado de una flotilla de tortugas marinas, el
hielo teñido de verde e iluminado con luz azul.
—Esos son mis favoritos.
—Lo sé —dijo, tomando otro sorbo de chocolate.
Lo estudié.
—¿Lo sabes? —Pensé en cada conversación que habíamos tenido,
pero no recordaba haber mencionado antes las tortugas marinas.
Su rostro se congeló por una fracción de segundo antes de esbozar
una sonrisa.
—Verity me lo dijo. A principios de esta tarde, en el concurso de
cometas. Está bastante enamorada de su hermana mayor, ¿sabes?
Tracé pensativamente el borde de mi taza. ¡Había estado hablando
con Verity sobre mí! Me complació más de lo que quería admitir.
—Yo también la quiero muchísimo.
—Puedo ver porqué. Es encantadora. Todas tus hermanas lo son.
Pero debo decirte... —Extendió la mano y tocó mi pulgar. Fue un toque
extrañamente íntimo, acercándome a él—. Creo que eres tú la que me
gusta más.
No pude evitar mi sonrisa acalorada cuando sus palabras me
inundaron, arrastrándome y dirigiéndose directamente a mi corazón.
—¿De verdad? Estaba segura... —Me detuve, no queriendo admitir
mis preocupaciones de la noche anterior.
Asintió con seriedad.
—Oh sí. La mejor de todas. —Tocó mi pulgar de nuevo, deteniéndose
un momento—. Ninguna casa, título o tierras podrían convencerme de lo
contrario.
Avergonzada de ser leída tan fácilmente, sentí que mis mejillas se
ruborizaban.
—Pero anoche dijiste...
—¡Me sentí fatal por eso! Vi cómo los demás estaban salivando por
Highmoor y quise hacer una broma, no especialmente buena, pero te
escabullaste antes de que pudiéramos reírnos.
Miré mi regazo, retorciéndome.
—Es solo que muchos otros buscan exactamente eso. Era fácil creer
que tú también lo estabas.
—Oh, Annaleigh, perdóname, por favor. Odio pensar que te he
molestado. —Ahuecó mi mejilla, sus dedos bailando a través de mi
mandíbula y enviando los más deliciosos aleteos hacia mi pecho—.
Especialmente cuando es tan evidentemente falso. Quise decir lo que dije,
la mejor de todas.
Mi boca estaba demasiado seca para hablar, así que incliné la cabeza,
aceptando su disculpa.
Cassius se volvió hacia la estatua, sonriendo y completamente a
gusto.
—Ahora, cuéntame sobre estas tortugas tuyas.
Revisé mis recuerdos, tratando de tomar uno reluciente, brillante con
todas mis hermanas juntas, felices y completas.
—Fue el verano antes de que Mamá falleciera. Estaba embarazada de
Verity. Nos gustaba bajar a la playa para ver nacer las crías de las
tortugas marinas y dirigirse al mar. Ese año, uno de los nidos no
eclosionó con el resto. Una gran helada llegó antes. Por lo general, las
crías se dirigen directamente al agua, pero el frío debe haberlas
desorientado. Fueron en la dirección equivocada, abriéndose paso
luchando por la duna de arena. No importó cuántas veces les dimos la
vuelta, se iban a la playa. Finalmente, mis hermanas quisieron regresar
a casa. El viento atravesaba nuestros vestidos. Parecía más noviembre
que agosto.
»Nueve de nosotras estábamos jugando en la playa ese día, Mercy y
Honor eran muy pequeñas. Todas marcharon de regreso a la casa sin
una segunda mirada, cansadas de tratar de ayudar a criaturas que no
parecían querer salvarse.
»Recogí las crías en mi falda, como una canasta, y las llevé a casa.
Había muchas de ellas y seguían tratando de liberarse. Llené una bañera
con agua de mar y las puse a todas en ella. —Mi voz era distante,
atrapada en los recuerdos—. Las doncellas estaban furiosas porque
había traído a las pequeñas tortugas, pero Mamá les dijo que me dejaran
en paz. Había bajado las escaleras para verlas dar vueltas en el agua,
ganando fuerza.
Cassius se movió en el banco, inclinando su cuerpo más hacia mí en
lugar de mirar hacia afuera.
—¿Cuánto tiempo los dejaste ahí?
—Casi una semana. Les di algas y huevos de peces pequeños. Cuando
el clima volvió a ser cálido, las llevé de regreso a la playa.
—¿Y todas corrieron por el agua? —supuso.
Sabía que no podía conservarlas, eran salvajes y estaban destinadas
a estar en el mar, pero esperaba que una o dos pudieran quedarse atrás,
todavía necesitándome.
—Hasta la última. Eran tan fuertes. —Sonreí, recordando lo rápido
que sus pequeñas aletas se movieron hacia adelante, ansiosas por
encontrarse con el océano—. Me sentaba con ellas en la bañera, pateando
y batiendo el agua durante horas.
Mientras se reía, su mano cayó sobre la mía. Ocurrió casualmente,
como si fuera perfectamente natural que nuestras manos estuvieran en
un contacto tan íntimo.
—¿Por qué?
Me tomó todo lo que estaba en mi poder para apartar mis ojos del
nudo que nuestras manos formaron.
—Necesitaban aprender a nadar con las olas.
Un destello de esperanza ardió profundamente dentro de mí,
provocado por la fricción de su pulgar sobre mi palma, como un trozo de
pedernal contra una pila de leña.
—Annaleigh Thaumas, valiente héroe de las tortugas marinas
grandes y pequeñas —murmuró, y luego inclinó mi barbilla y me besó.
Aunque nunca me habían besado antes, soñaba despierta sobre cómo
sería, el encuentro de dos pares de labios. ¿Habría explosión de fuegos
artificiales o un batir de alas invisible? Estaba segura de que las novelas
románticas de Eulalie inventaron ese contacto para pasar páginas.
Seguramente no era más que un roce de carne sobre carne, como una
palmada en la espalda o el apretón de manos.
Esto era mucho mejor.
Su boca era cálida contra la mía y más suave de lo que jamás había
imaginado que podría ser la de un hombre. Mi piel chisporroteó cuando
sus manos ahuecaron mis mejillas y presionó un beso en mi frente antes
de regresar a mi boca. Me atreví a levantar los dedos para explorar su
mandíbula. Estaba áspera con la barba y se sentía tan completamente
diferente a mí que pasé mis dedos sobre él, memorizando las líneas.
Finalmente, me aparté, mareada y sin aliento.
—Te ruborizas tan hermosamente. —Sonrió y besó mi mejilla,
frotando sus dedos sobre su resplandor rosado.
—También tú —murmuré, luego negué con la cabeza, mis mejillas se
oscurecieron—. Eso no es lo que quise decir. Lo siento.
Parecía complacido.
—¿Te he puesto nerviosa?
—Un poco —admití. Me moví en el banco, permitiendo que el fresco
espacio entre nosotros aclarara mi mente.
—Oh, mira, los fuegos artificiales están comenzando —dijo, su rodilla
presionada contra la mía mientras miraba hacia arriba.
Seguí su mirada, buscando en el cielo, pero permaneció oscuro.
—¿Dónde? No veo ninguno...
Y luego me besó de nuevo.
e senté abruptamente, sobresaltada del sueño. Parpadeando
aturdida, aparté mi cabello, mi ropa de cama y el sueño de
mis ojos. Los recuerdos de la noche anterior volvieron
flotando a mí a través de una niebla profunda. El Festival de Temporada...
la obra de teatro y las esculturas... Cassius besándome...
En el viaje de regreso en bote, la nieve había comenzado a caer, cada
vez más pesadamente. Cassius y yo usamos el frío como excusa para
sentarnos demasiado cerca el uno del otro, con las rodillas apretadas
atrevidamente. Para cuando llegamos a Salten, el cielo se había
convertido en una furia fría, bombardeando la isla con aullidos helados.
Antes de irme a la cama, vi cómo las olas chocaban contra los acantilados
como arietes.
Un chillido me sacó de mis pensamientos acalorados. Siguieron
gritos, luego un lamento agudo, como un animal atormentado. ¿Qué
diablos estaba pasando? Envolviéndome con mi bata gris, salí al pasillo.
Los sonidos venían de abajo. Eché a correr precipitadamente,
reconociendo los lamentos de Lenore.
—Se han ido —gritó cuando entré a su habitación—- ¡Se han ido,
Annaleigh!
Camille y Hanna ya estaban allí, hablando entre sí con tanta fuerza
que no pude entenderlo. Lenore se arrojó a mis brazos, sus mejillas frías
y húmedas presionando contra las mías. Su cuerpo era un caótico
remolino de cabello suelto y capas de camisón rasgado.
—¿Qué pasó? ¿Dónde están Ligeia y Rosalie?
Pasé mi mano por su cabello, tratando de calmarla. Mis dedos se
engancharon en algo atrapado en sus cabellos. Liberándolo, encontré
una pequeña ramita. Brotes de frutos rojos salpicaban la pequeña rama
marrón.
—¿Estabas afuera? —pregunté, mostrándole la ramita.
—No lo sé, no lo sé —gritó mientras Hanna corría a buscar a Papá—.
¡Pero se han ido!
Apenas evité ser golpeada por sus brazos agitados.
—Camille, ¿qué pasó?
Me ayudó a llevar a Lenore a su cama.
—Por lo que puedo distinguir, se despertó y Rosalie y Ligeia no
estaban en sus camas. Ella ha estado delirando desde entonces.
—¡Es la maldición! —sollozó Lenore, ahogando sus gritos en las
almohadas.
Le froté la espalda.
—¿No podrían estar desayunando? ¿O yendo a caminar por la
mañana? ¿Alguien lo ha comprobado?
Camille negó con la cabeza.
—No lo sé. No puedo sacar nada coherente de ella.
—Lenore, necesitas calmarte. —Mantuve mi voz firme pero suave,
reprimiendo un estremecimiento de miedo ante la mención de la
maldición. No podría enterrar a más hermanas.
—Están muertas. ¡Sé que lo están!
—Cuéntanos qué pasó. ¿Viste algo?
Sacudió la cabeza, miserable, y echó hacia atrás el edredón que la
había envuelto, con los ojos febrilmente brillantes.
—Yo soy ellas. Ellas soy yo. Y se han ido. ¡Simplemente lo siento!
Levanté las manos, mostrándole que no pretendía hacerle daño.
—Está bien. Las encontraremos. ¿Sabes adónde podrían haber ido?
Lenore se sentó con la espalda recta, haciendo contacto visual con
Camille.
—Ella sabe. —Su voz estaba peligrosamente mezclada con acusación.
Los ojos de Camille destellaron hacia el techo cuando una mirada de
rabia pasó sobre ella.
—Está histérica.
Aparté un mechón de pelo de la cara de Lenore, acariciando su
mejilla.
—¿Qué quieres decir con eso? Dime, Lenore. —Se echó hacia atrás,
sollozando, y de repente adiviné lo que quería decir. Me volví hacia
Camille—. ¿Salieron a bailar anoche?
—¿Qué? ¡No! Regresamos de Astrea tan tarde, y llegó la tormenta.
Nadie querría salir con eso.
La mandíbula de Lenore tembló.
—¡Lo hicieron!
Mis ojos se movieron de un lado a otro mientras se lanzaban
acusaciones la una a la otra.
—No tuve nada que ver con eso.
—¡Les dijiste dónde sería el baile!
La boca de Camille se abrió con sorpresa.
—No lo hice.
—¡Te vi!
Ella se volvió hacia mí:
—Annaleigh, te juro que no sé de qué está hablando. Me fui directo a
la cama anoche.
Papá entró en la habitación, poniendo fin a toda conversación sobre
el baile.
—La casa es un caos total. Los criados corren llorando, llorando por
las trillizas. ¿Qué está pasando? —Vio a Lenore—. ¿Dónde están tus
hermanas?
—Rosalie y Ligeia no estaban en sus camas cuando Lenore se
despertó —intercedí para evitar que Lenore recayera. Lo empujé hacia un
lado, tratando de no retroceder; todavía olía a taberna—. Ella cree que
están perdidas.
Papá gimió, pasándose una mano por la frente.
—Tienen que estar en alguna parte. Comenzaré la búsqueda. Quizás
podrías unirte a nosotras… ¿después de un café? Las encontraremos
pronto.
Me aseguraría de ello.
Pasaron horas mientras registraban la casa sin encontrar rastro de
mis hermanas.
—Hemos mirado a través de todo el laberinto de setos, mi señora —
informó Jules, procedente de la tormenta de nieve. Sterland y Fisher
estaban con él—. No encontramos nada.
Cuando la noticia de la desaparición de mis hermanas se extendió
por Highmoor, nuestros invitados se ofrecieron como voluntarios para
ayudar en la búsqueda.
—¿Dónde podrían estar? —preguntó Morella. Se había escondido en
el Salón Azul, entreteniendo a las chicas más jóvenes y manteniéndose
caliente junto a un fuego crepitante. Estaba pálida y demacrada. Me
preocupaba lo que el estrés del día les estaba haciendo a ella y a los
bebés.
Taché el laberinto de la lista de lugares para buscar.
—¿Alguien ha probado la cripta?
—Hay al menos un pie de nieve afuera —dijo Sterland—. Habríamos
visto sus huellas.
—El viento podría haberlas borrado. Creo que deberíamos buscar ahí.
Dile a Papá dónde he ido.
Cassius entró en la habitación, la nieve le cubría los hombros. Había
estado buscando en los establos. Tenía las mejillas de un rojo vivo,
quemadas por el frío y los vientos. Mi oleada de esperanza se estrelló
cuando negó con la cabeza.
—¿Dijiste que vas a salir?
Asentí.
—A la cripta familiar.
—Te acompaño. La tormenta se cerca. No puedo dejarte salir sola con
buena conciencia. No sería seguro.
Toda la mañana lo había evitado, tratando de no pensar en la noche
anterior, en nuestro beso. Necesitaba mantenerme concentrada. Pero
tenía razón. Si salía solo a la tormenta, habría otro grupo de búsqueda
solo para mí.
—Necesito mi capa —dije, corriendo escaleras arriba—. Solo será un
momento.
Sus pasos me siguieron. Cuando nuestras miradas se encontraron,
sentí que mi mandíbula temblaba.
—¿Cómo estás?
Su voz era baja y cálida y amenazaba con deshacer la fachada
endurecida que había tratado de mantener toda la mañana. Aparté una
lágrima de mi ojo, como si no fuera más que una mota de polvo.
—Hoy definitivamente no se trata de mí.
Subió las escaleras entre nosotros.
—Pareces exhausta. Déjame registrar la cripta.
Seguí subiendo.
—No sabes cómo llegar.
—Envía un sirviente conmigo. Estaremos allí en poco tiempo. —Sus
dedos rozaron el hueco de mi espalda—. Annaleigh...
Subí al rellano.
—Necesito hacer esto, Cassius. No puedo quedarme aquí mirando las
mismas habitaciones una y otra vez mientras todos los demás están
buscando. Siento que me estoy volviendo loca. Déjame hacer esto.
—Las encontraremos —prometió, apretando mi mano—. Debe haber
una habitación que estemos perdiendo, ¿o tal vez están jugando una
broma?
Negué con la cabeza.
—Ellas no harían eso. Saben lo que pensaríamos.
Cassius se detuvo en el retrato justo enfrente de mi habitación,
estudiándolo. Había sido pintado antes de que nacieran las trillizas,
cuando solo éramos seis.
—Esas son mis hermanas mayores.
—Ava, Octavia, Elizabeth y Eulalie.
Hice una pausa.
—¿Cómo supiste sus nombres?
Se quedó helado, sus ojos azules oscuros. Por un momento, pareció
preocupado, atrapado en algo.
—En la placa.
Entrecerré los ojos para ver el poco de bronce debajo del marco de la
imagen. No pude distinguir sus nombres en la penumbra.
—Originalmente éramos doce. Pero una por uno, se han ido. Los
aldeanos creen que hay una maldición en nuestra casa. Como ves,
Rosalie y Ligeia nunca fingirían desaparecer. Sería demasiado cruel.
—Tanta pérdida —dijo, sus ojos enfocados en la pintura.
Me aparté de las miradas de mis hermanas.
—Oh.
—¿Qué es?
Estudié la manija de la puerta.
—Estoy segura de que dejé la puerta cerrada.
Pero ahora estaba entreabierta varios centímetros. La abrí de par en
par, esperando encontrar a Ligeia y Rosalie adentro. Cuando vi una forma
oscura cerca de mi escritorio, un grito de sorpresa brotó de mi garganta.
Ivor miró sorprendido, su rostro estaba nublado, pero preso del
pánico.
—¿Qué está haciendo aquí? —pregunté, y sentí a Cassius a mi
espalda, mirando hacia adentro.
Ivor cerró lentamente el cajón. Una de mis medias de seda se
enganchó en el pestillo.
—Buscando a las gemelas.
—¿En el tocador de Annaleigh? —La voz de Cassius estaba oscura
por la advertencia—. Y son trillizas.
Se encogió de hombros.
—Pensé que, con todos ocupados, podría buscar pistas.
—¿Pistas?
—Sobre los zapatos.
—Mis hermanas han desaparecido y está preocupado por nuestros
zapatos? —Volé hacia él, agarrándolo del brazo y empujándolo hacia la
puerta con toda la fuerza que pude reunir. Fue como intentar mover una
montaña—. Esta es mi habitación privada. ¡Salga de aquí!
Ivor se escapó de mi agarre.
—Yo sólo estaba tratando de ayudar.
—Servirse a usted mismo, más bien.
—La dama te ha pedido que salgas de su habitación —le recordó
Cassius, estirando su cuerpo.
Ivor miró de un lado a otro entre nosotros, con una ceja levantada.
—¿Y qué estás haciendo exactamente tú en el cuarto de la dama?
Los ojos de Cassius se entrecerraron. Lo miró fijamente, silencioso e
inmóvil, hasta que Ivor se marchó arrastrando los pies.
—Hay un adorno en su bolsillo que estoy seguro que pertenece a la
señorita Thaumas —llamó—. Déjelo.
Sin mirar atrás, Ivor dejó caer una de mis cintas para el cabello al
suelo, pisándola cuando se fue. Cassius lo siguió para asegurarse de que
no entrara en ninguna de las otras habitaciones.
Mientras recogía la cinta, un recuerdo se agitó profundamente dentro
de mí.
Cabello.
Esta mañana había arrancado una ramita del cabello de Lenore. Una
ramita de bayas. Sabía dónde estaban esos arbustos. Crecían en un
matorral en el bosque no lejos de Highmoor. Lenore debe haber estado
allí. Y las trillizas nunca hacían nada solas….
—Creo que sé dónde podrían estar —dije cuando Cassius regresó.
—¿Dónde?
Corrí escaleras abajo, arrojándome una bufanda alrededor del cuello.
—Sígueme.
omé la ruta más rápida a través de los jardines, pero todavía
estábamos medio congelados cuando entramos en el borde del
bosque. En el camino, estuve atenta a cualquier señal de que
mis hermanas hubieran venido en esta dirección, pero los vientos fuertes
ocultaban cualquier rastro que pudieran haber dejado. Traté de ignorar
los crecientes temores en la boca del estómago mientras torcían mis
esperanzas con sombrío pragmatismo.
Hacía demasiado frío.
Habían desaparecido demasiado tiempo.
No había forma de que las encontraríamos vivas.
¡No!
Me imaginé a Rosalie y Ligeia acurrucadas en la espesura, frías y
desorientadas, pero las cubriríamos con nuestras capas y las llevaríamos
a casa. Se calentarían frente al fuego, animándolas con tazas de sidra
caliente y una buena comida, y todos nos reiríamos de esto algún día.
Corrimos por el bosque tan rápido como nos lo permitía la nieve. En
algunas partes, apenas había polvo de nieve, pero nuestros tobillos se
engancharon en raíces y enredaderas congeladas. En otros, los montones
de nieve llegaban hasta mis rodillas. Dentro de la protección de los
árboles, el viento no era tan fuerte y nuestra visibilidad se multiplicó por
diez.
Cassius se contuvo antes de tropezar con una madriguera.
—¿Qué estarían haciendo aquí?
Empujé a un lado una rama que colgaba bajo, pero se balanceó hacia
atrás y me alcanzó la cara. Mis mejillas estaban demasiado entumecidas
para sentir el escozor. Me dolían los pies, congelados y hormigueantes,
mientras caminaban penosamente por la nieve pesada.
Más adelante había un destello de rojo, el primer color verdadero que
habíamos visto desde que tropezamos con la línea de árboles. ¡Los
arbustos de bayas!
Se agrupaban, formando un seto circular y grueso. Había una brecha
más a lo largo de los arbustos, que se abría en un pequeño claro en el
centro. En los meses de verano, a menudo empacábamos picnics y
pasábamos tardes enteras escondidas en la espesura verde.
Vi huellas en la nieve intacta.
Mi corazón se disparó, tan lleno de esperanza que pensé que podría
estallar. ¡Habían estado aquí!
—¡Rosalie! ¡Ligeia!
Cassius estaba delante de mí ahora, siguiendo las huellas alrededor
del seto. Quería empujarlo fuera del camino y correr más rápido, pero los
bancos de nieve tiraban de mis faldas, manteniéndome varios metros
atrás.
Conté tres juegos de pisadas.
—¡Mira! ¿Lo ves? ¡Quizás todavía estén aquí!
Se detuvo abruptamente en la entrada del matorral, bloqueándome.
Cassius me agarró mientras yo lo esquivaba. Sus dedos se deslizaron
brevemente sobre los míos, pero no fue suficiente para detenerme.
—¡Annaleigh, no!
Me detuve en seco. Todo en el mundo se congeló excepto los latidos
de mi corazón. Golpeó más y más fuerte, más y más rápido, hasta que
sentí su ritmo en el hueco de mi garganta, cortándome la respiración.
Creo que grité, pero no escuché nada, solo el agudo gemido de un
silencio que se hizo demasiado fuerte.
Quería ir hacia ellas, pero la única forma en que podía moverme era
hacia abajo cuando mis rodillas colapsaron debajo de mí y caí en la nieve.
No recuerdo cómo llegué a ellas, debí haberme arrastrado, pero de
repente estaba allí, con mis hermanas, mis manos sintiendo el pulso en
sus gargantas congeladas, sus muñecas azul pálido. Empujé mi oído
hacia sus pechos silenciosos, desesperada por escuchar un latido, pero
no hubo ninguno.
—¿Rosalie? —Mi voz se contrajo en un sollozo mientras tomaba su
mejilla. Las lágrimas corrían por mi rostro. Tenía frío. Estaba tan fría.
Habían estado aquí demasiado tiempo—. ¿Ligeia? Ligeia, Rosalie, por
favor despierten —le rogué a los fríos caparazones de mis hermanas antes
de lanzar mis brazos alrededor de ellas y aullar.
Yacían boca arriba en el centro de la espesura, con los ojos helados
mirando al cielo. Si pudieras ver más allá de los carámbanos en sus
pestañas, la escarcha debajo de sus fosas nasales y el azul de sus labios,
podrían haber estado viendo pasar las nubes, señalando formas
divertidas que veían.
Cassius estaba a mi espalda, tratando de sacarme de los cuerpos. No.
No cuerpos. Rosalie. Ligeia. Mis hermosas y despreocupadas hermanas.
No eran cuerpos. No podrían estar muertas. No podrían estar...
Dejé que sus brazos me abrazaran mientras intentaba absorber mi
dolor. Los sollozos salieron de mi pecho como si me partieran el esternón
en dos, pero me abrazó con fuerza, presionando besos en mi cabello,
acariciando mi espalda, manteniéndome unida y entera.
Cuando me volví hacia mis hermanas, noté que sus manos estaban
unidas y recordé la historia que a Mamá le encantaba contar sobre el día
en que nacieron las trillizas. Habiendo pasado tantos meses abarrotadas
y apretadas juntas, ninguna de ellas pudo soportar aventurarse en el
gran mundo desconocido por su cuenta, por lo que formaron una cadena,
agarrándose de las manos la uno a la otra, su vínculo roto solo cuando
la partera las separó. Primero Rosalie, luego Ligeia, luego Lenore.
Ligeia había extendido su brazo libre hacia la nieve, buscando la
mano de su hermana, buscando a Lenore, desesperada por dejar el
mundo como habían entrado en él. Juntas.
Las lágrimas llenaron mis ojos, cegándome, y no supe más.
—Nosotros, el Pueblo de la Sal, devolvemos estos cuerpos al mar.
a voz del Gran Marinero tenía un rastro de tristeza que no había
detectado en los entierros de mis otras hermanas. Señaló con la
cabeza a Sterland, Regnard, Fisher y Cassius.
Nuestros portadores del féretro improvisados.
La tormenta seguía rugiendo en el exterior, cortando el acceso al
continente y a cualquier pariente dispuesto a desafiar esta nueva
confirmación de la maldición Thaumas. La mayoría de los invitados
habían querido irse de Highmoor después de que encontraran a mis
hermanas. Todos menos los amigos más antiguos de papá y Cassius se
habían ido a Astrea, con la intención de esperar a que pasara la tormenta
lo más lejos posible de nuestro dolor.
Los hombres deslizaron el ataúd dentro de la cripta, tratando de no
gruñir con sus esfuerzos.
Ataúd. Singular.
La cripta solo era lo suficientemente grande como para contener un
féretro a la vez. Thaumas anteriores aparentemente nunca murieron en
parejas. No quería saber qué se había hecho para que Rosalie y Ligeia
encajaran en un ataúd, pero de alguna manera me hizo sentir mejor que
estuvieran allí juntas.
—Nacimos de la Sal, vivimos de la Sal, y a la Sal volvemos —continuó
el Gran Marinero.
—A la Sal —repetimos con indiferencia.
Vertió la copa de agua salada en la caja, apagó las velas y se acabó.
Esta vez no hubo discurso de Papá. Sin velorio. Este no era un
momento para celebrar sus vidas. El duelo se apoderaba de nosotros
como una segunda piel.
Fueron necesarios tres carruajes para que todos regresaran a
Highmoor. Papá, Sterland, Regnard y el Gran Marinero iban a la cabeza.
Me senté en uno con Verity, Mercy y Fisher. Camille, Honor y Cassius los
siguieron. Morella se había quedado en casa, incapaz de salir con tanto
frío, y Lenore...
Lenore.
Había estado en su cama desde que Cassius y yo regresamos a
Highmoor con la triste noticia. No recordaba mucho del viaje de regreso.
Nunca me había desmayado antes. No se parecía en nada a lo que había
leído en esas ridículas novelas románticas que las trillizas releían.
Había cambiado.
Cuando Lenore escuchó la noticia, asintió una vez, nuestras palabras
confirmando lo que ya sabía, y salió de la habitación con una gracia
espeluznante. Hanna corrió tras ella, segura de que se haría daño.
Pero no hubo violencia. No hubo lágrimas, ni gritos ni gemidos ni
llantos. Era como si la chispa de vida que animaba a Lenore siguiera a
sus hermanas, dejando un caparazón vacío. Se despertaba, dormía,
comía y se bañaba, pero en realidad no estaba allí. Incluso cuando me
acurrucaba junto a ella por la noche, no podía soportar dejarla sola,
sabiendo que el dolor que sufría se magnificaba diez mil veces en ella, no
decía nada. Casi deseé el estado frenético y salvaje en el que había estado
antes. Este dolor distante y silencioso era demasiado terrible para
atestiguarlo.
—Las viste, ¿no? —preguntó Verity, llevándome de regreso al paseo
en carruaje. Incluso con las ventanas cerradas y cubiertas, nuestro
aliento flotaba en el aire y todos nos acurrucábamos bajo gruesas mantas
y pieles.
Asentí.
—¿Qué las mató? Papá no lo dirá. Roland me dijo que fue un oso.
—No hay osos en la isla —le recordó Fisher.
—No fue un oso —dije. Mi voz se sentía oxidada, corroída por las
lágrimas.
—¿Entonces qué fue? Dijo que estaban hechas trizas. Había sangre
por todas partes.
—Roland se va a encontrar sin trabajo. Nunca debería haberte dicho
esas cosas. Ni siquiera son verdad. Cuando... las encontramos... estaban
en la espesura, de espaldas.
—¿Alguien las envenenó? —preguntó Mercy.
—¡Por supuesto no!
—¿Entonces cómo?
Me encogí de hombros.
—Parecía que se adentraron en la tormenta y se enfriaron demasiado.
Fue muy pacífico. Y estaban juntas. No creo que estuvieran asustadas o
tristes.
—¿Entonces por qué no regresaron?
Yo misma me preguntaba lo mismo. Lenore había sobrevivido a la
tormenta. Cuando la presionaba para que me diera más detalles,
tratando de averiguar qué había sucedido esa noche, se volvía hacia mí
con su mirada extraña y vacía y simplemente se alejaba.
—No lo sé —admití—. Hay muchas cosas que simplemente no sé.
—La maldición —dijo Verity, su voz suave y pequeña.
—No hay maldición. Solo mala suerte.
—¿No podría la mala suerte ser una maldición? —preguntó Mercy.
—No. Es solo una coincidencia.
—La maldición podría parecer una coincidencia.
—¡No hay maldición! —grité, mucho más fuerte de lo que pretendía.
Las chicas se sorprendieron. No fue agradable haberlas asustado, pero el
carruaje estuvo felizmente silencioso durante el resto del viaje.
Cuando llegamos a Highmoor, Mercy y Verity saltaron del carruaje,
ansiosas por alejarse de mí, pero Fisher se quedó atrás, con el ceño
fruncido en una línea recta.
—¿Qué? —pregunté cuando quedó claro que tenía algo en la punta
de la lengua. Sacudió la cabeza, alcanzando la puerta. Agarré su mano,
deteniéndolo—. Fisher, ¿qué es?
—¿Cassius estaba contigo cuando encontraste a Rosalie y Ligeia?
—Lo estaba.
Sus ojos marrones se posaron sobre los míos por un momento antes
de regresar a la ventana.
—No es nada.
—Obviamente es algo.
Su aliento flotaba a su alrededor en el aire frío.
—Es solo que... yo mismo atravesé ese bosque. Durante la
búsqueda... sé que mi recuerdo de ese día es un borrón, pero siento que
habría visto a las chicas cuando pasé por los arbustos de bayas.
—¿A qué quieres llegar?
Se frotó la frente como si sus dedos pudieran borrar los pensamientos
oscuros que se acumulaban. Cuando sus ojos se encontraron con los
míos, eran tan afilados como tachuelas.
—Estoy diciendo que no estaban allí. Estoy diciendo que alguien las
puso allí más tarde.
—¿Ponerlas allí? —repetí. Un poco de frío se encendió en mi corazón,
corriendo por mis venas como agua helada, congelándome en mi lugar—
. ¿Qué quieres decir? ¿Crees... crees que fueron asesinadas?
—¿No es así? Me dijiste que alguien mató a Eulalie. Me gritaste a mí
y a todo Astrea que Edgar fue empujado. ¿No sospechas que hay un juego
sucio aquí?
Fruncí el ceño, horrorizada.
—No... Eulalie... fue otra persona. Alguien que estaba celoso de Edgar
y... Pero Rosalie y Ligeia... se habían ido a bailar. Simplemente quedaron
atrapadas en la tormenta...
—¿Lo hicieron? —preguntó Fisher, su voz brusca pero no cruel—.
Dijiste que viste tres juegos de huellas en la nieve...
—Esa fue Lenore —dije fácilmente antes de darme cuenta de lo débil
que sonaba.
—¿Por qué solo Lenore regresó? —Fisher se acercó más—. Sabes que
ella no las habría dejado.
—Pero la rama de la baya en su cabello...
—Podría haber sido plantada más tarde.
Imaginé una gran y descomunal sombra que se colaba en la
habitación de mi hermana mientras dormía, dejaba una sola ramita y me
estremecí.
—¿Crees que el tercer par de huellas fueron del asesino? ¿El asesino
de Eulalie?
Asintió.
Mi mente dio vueltas, tratando de recordar todas las razones por las
que pensé que el asesino de Eulalie había sido un amor no correspondido.
Si no lo hubiera sido, si mi teoría hubiera estado equivocada...
—Si Rosalie y Ligeia realmente fueron asesinadas... eso significa que
ninguna de nosotras está a salvo —susurré.
Al mirar por la ventana, vi a Verity y Mercy escuchando
pacientemente a Papá hablar con el Gran Marinero, y mi estómago se
hundió. Alguien podría estar tras ellas. Alguien que…
El último carruaje entró en el patio. Cassius bajó y ofreció su mano
para ayudar a Camille y Honor. Le dio a nuestro cochero una mirada
sostenida antes de acompañarlos al interior.
—¿Cuánto sabemos realmente sobre él? —preguntó Fisher con
tristeza—. Quiero decir, tu padre ni siquiera sabía que Corum tenía un
hijo hasta que apareció. ¿No te parece extraño?
Me dolía la cabeza, una migraña repentina provocada por el frío gélido
y las acusaciones arremolinándose en el aire.
—Es un poco sospechoso, lo admito. Pero eso no significa que sea un
asesino.
—Es cierto, pero...
Levanté la mano y lo detuve.
—Tengo que preguntar esto, Fisher…. ¿No dices nada de esto
porque... porque lo elegí a él antes que a ti?
Su boca se abrió.
—¡Por supuesto no! ¿Cómo puedes siquiera pensar que yo…? —Puso
su mano en la puerta del carruaje, listo para abrirla y dejarme.
—¡Espera! Solo estoy diciendo... —Solté un largo suspiro, negando
con la cabeza—. No sé lo que estoy diciendo. Lo siento. No he estado
durmiendo bien y yo... lo pensaré bien, ¿de acuerdo?
Los ojos de Fisher se clavaron en los míos.
—¿Qué? ¿Ahora mismo?
Se encogió de hombros.
—¿Tienes algo más urgente?
Suspirando, traté de recordar ese día.
—Sterland y tú estuvieron en el laberinto con Regnard y Ethan, ¿no
es así?
—Durante la mayor parte de la mañana.
Los conté con los dedos. Ivor había estado arriba, buscando pistas
sobre nuestras zapatillas gastadas. Otra marca.
—Jules estaba en los establos con Cassius, creo —dije. Incluso
mientras lo decía, mi mente se centró en Cassius entrando solo. Sus
mejillas estaban de un rojo brillante, como si hubiera estado afuera en el
frío durante bastante tiempo.
¿Por qué?
Los establos no estaban lejos de la casa y se calentaban con bancos
de carbón para los caballos.
—¿Estás seguro de que pasaste por los arbustos de bayas?
El hueco de mi garganta se apretó. Me sentí como si estuviera al borde
de un acantilado, con guijarros y grava moviéndose bajo mis pies. Sabía
que estaba a punto de caerme, pero no podía detenerme y salvarme.
Fisher asintió.
—El matorral estaba vacío. Nadie estaba allí.
Miré por la ventana, pero no pude ver nada excepto las mejillas rojas
de Cassius.
Los cristales se empañaron con la condensación de nuestro aliento
mientras Fisher esperaba en silencio, dejándome procesar sus palabras.
—Vamos, vamos a entrar —dijo finalmente, empujando la puerta y
ayudándome a bajar.
Me paré en el patio en medio de una niebla aturdida. Ni siquiera me
inmuté cuando el conductor hizo crujir su látigo, haciendo que los
caballos se pusieran en acción. Aunque pasé mis manos arriba y abajo
de mis brazos para calentarme, no ayudó. No podía sentir nada. Me había
quedado completamente insensible.
—Alguien en esta isla mató a mis hermanas.
El rostro de Fisher estaba lleno de tristeza cuando me tomó del codo
y me guio hacia adentro.
Justo antes de agacharme bajo el pórtico, miré hacia arriba y vi una
figura, perfectamente enmarcada dentro de una de las ventanas del Salón
Azul. Cassius se quedó mirándonos, con líneas de preocupación en la
frente.
Hacía calor en la habitación.
e acostaba junto a Lenore, sin poder dormir. Sábanas
pegadas a mis piernas, retorciéndose y tirando. Traté de
aplanarlas con mi pie, pero solo las enredó más.
¿Cuánto sabemos realmente sobre él?
La voz de Fisher brotó, repitiendo la pregunta una y otra vez hasta
que cada palabra dejó de tener significado, dejando solo un eco confuso
de consonantes resonando en mi mente.
No tenía ningún sentido.
No podía.
Pero sus mejillas estaban tan rojas….
Arreglé la almohada debajo de mí, tratando de ponerme más cómoda,
pero solo sirvió para agitarme más. Cerré mi puño en la suave suavidad,
deseando poder aplastar mis pensamientos hasta tal sumisión.
Ni siquiera estaba en Salann cuando cayó Eulalie, me recordé a mí
misma.
Quieres decir que solo lo conociste después de que ella muriera...
Negué con la cabeza, anhelando silenciar la vocecita. Cassius no tenía
ningún motivo para matar a Rosalie o Ligeia, y estaba conmigo cuando
Edgar murió. No podía ser él.
Pero Eulalie...
Respiré hondo, recordando la pintura al óleo en el pasillo la mañana
que habíamos ido a los arbustos de bayas.
Sabía el nombre de Eulalie.
Sabía los nombres de todas mis hermanas.
No había forma de que hubiera podido leer la pequeña placa
manchada debajo del retrato. Entonces, ¿cómo?
Con un siseo de frustración, me di la vuelta. La luz de la luna
proyectaba sombras y luces en la habitación. Al ver las dos camas vacías,
me di la vuelta, encontrándome cara a cara con Lenore.
Sus ojos estaban abiertos, mirándome. Era la primera vez que
hacíamos contacto visual directo desde que regresé de la espesura.
—Estás despierta —dije innecesariamente—. Lo siento, no puedo
dormir. ¿Te desperté?
Como era de esperar, no respondió.
—¿Siempre hace tanto calor aquí? —Silencio—. Quizás el fuego
prendió demasiado. —Me senté, luchando por liberarme de las sábanas—
. ¿Puedo traerte algo? No viniste a cenar. ¿Qué tal té? ¿Quieres té?
Estaba acostumbrada a las conversaciones unilaterales en el
mausoleo con Mamá, pero me resultaba desconcertante mantener una
cuando había una persona viva y respirando a mi lado, nunca
contestando.
Se dio la vuelta y estudió el dosel. Pasaron los minutos.
Finalmente, pasé mis piernas por el costado de la cama. Mi camisón
se me pegaba, húmedo y sofocante.
—Voy a darme un baño para refrescarme. Traeré un poco de té
después, si todavía estás despierta.
No esperé a que no respondiera.
Hubiera sido más fácil usar mi propia tina en el tercer piso, pero las
tuberías eran ruidosas y no quería despertar a las Gracias. Lenore era la
única que me escucharía aquí abajo.
Mientras se llenaba la bañera, me quité el camisón empapado y lo
dejé amontonado cerca de los lavabos. Era bastante después de la
medianoche, demasiado tarde para lavarme el cabello y tener alguna
esperanza de que se secara antes del amanecer, así que retorcí mi trenza,
quitándola de mis hombros.
El cuarto de baño, todos azulejos de mármol y porcelana, tenía un
frío agudo contrario a la habitación de Lenore. Entré a la bañera,
apreciando el calor del agua. Esta tina era mucho más grande que la
nuestra, podía flotar sobre mi espalda sin tocar los lados.
Cerré los ojos, escuchando las últimas gotas de agua que salían del
pico y resonaban en el arco del techo.
Drip. Drop.
Drio. Drip. Drop.
Caían con un tono hipnótico, adormeciéndome hacia la tranquilidad.
Por primera vez ese día, mis músculos se sintieron como si realmente
pudieran relajarse, mi mente se sintió vacía y en paz.
¿Cuánto sabemos realmente sobre él?
Con los ojos abiertos de golpe, me eché hacia atrás con una maldición
de sorpresa. Lenore estaba de pie junto a la bañera, mirándome en
silencio con los ojos vidriosos.
El agua salpicó por los lados y sobre ella, pero no reaccionó, solo
continuó mirándome con una expresión curiosa en blanco. Su rostro
estaba envuelto en sombras, largo y demacrado, y su cabello colgaba en
mechones oscuros, habiéndose deshecho de la trenza que le hice esa
noche.
—¿Te cambiaste el camisón? —pregunté, estudiando el extraño
encaje—. ¿Qué pasa? ¿Quieres té? Te lo traeré cuando salga —prometí,
hundiéndome en el agua, inclinándome para cubrir tanto de mí como
pude. Nunca había sentido la necesidad de la modestia con mis
hermanas, pasamos la mitad de nuestras vidas cambiándonos una frente
a la otra, pero algo en sus ojos me hizo desear una toalla de baño para
esconderme.
Parpadeó una vez, luego se dio la vuelta lentamente y se tambaleó
hacia la puerta, moviéndose como si sus piernas se hubieran quedado
dormidas.
—¡Lenore! —grité.
Cuando ella no regresó, me levanté del agua humeante y me sequé
con una toalla. Envolviéndome con mi bata, corrí tras ella.
Lenore ya estaba en el rellano de la escalera delantera.
—¿Qué estás haciendo? Te traeré el té. Deberías estar en la cama.
Se volvió hacia mí, pero luego comenzó a bajar los escalones, todavía
moviéndose con un paso incómodo. Con un suspiro, tiré de la bata de
manera más segura a mi alrededor y la seguí.
Al llegar al primer piso, solo pude adivinar adónde se había ido. Probé
en la cocina, pero estaba vacía, al igual que la despensa.
—¿Lenore?
Al regresar al pasillo principal, vi un destello de un vestido blanco y
cabello rojo cruzando hacia la biblioteca. Me apresuré a alcanzarla, pero
la puerta del otro lado de la habitación ya se estaba cerrando cuando
entré.
—¡Lenore, espérame!
Al final del pasillo, una puerta se cerró con un clic. Sonaba como la
puerta de cristal del solárium. ¿Qué podría estar haciendo allí a esta
hora?
Entré en el aire denso y húmedo. Cuando éramos niñas, nos
encantaba pasar las tardes de invierno en el solárium. Sentarse en medio
de una jungla con nieve arremolinándose fuera de las ventanas de vidrio
tintado se sentía mágico.
—¿Lenore? —Llamé de nuevo, dando un paso adelante—. ¿Dónde
estás?
No hubo respuesta, pero una fronda de helecho se balanceó hacia
adelante y hacia atrás. Cerré los ojos y escuché con atención. El goteo del
estanque interior no podía ocultar del todo el susurro de las faldas largas
arrastrándose sobre los adoquines de piedra.
Volviéndome, lo seguí. A los jardineros se les daba libre el primer mes
de invierno, y las palmeras crecían salvajes en su ausencia,
extendiéndose por los senderos sin tener en cuenta a los que necesitaban
pasar. Aparté una hoja particularmente grande del camino, pero casi
tropecé con algo en el medio del camino.
Era el cuaderno de bocetos de Verity.
No lo había visto desde ese día en el dormitorio de Elizabeth. ¿Qué
estaba haciendo en el solárium? ¿Lo había traído Lenore de alguna
manera?
La cubierta de papel se abrió como atrapado por una brisa, revelando
el dibujo de Eulalie arrancando las sábanas de Verity mientras dormía.
Cuando me incliné para recuperar el morboso libro, las páginas
volvieron a pasar, aunque no sentí ninguna brisa. Imágenes de mis
hermanas, horriblemente retorcidas y deterioradas, aparecieron ante mí
en rápida sucesión. Los bocetos de Eulalie, Ava, Octavia, Elizabeth e
incluso Rosalie y Ligeia se voltearon una y otra vez, girados por manos
invisibles. El libro se detuvo abruptamente en el dibujo final.
Era yo.
Yacía en medio de un gran salón de baile, con una multitud de
asistentes a la fiesta mirando lascivamente detrás de máscaras. Mis
faldas de satén se extendían a mi alrededor como un charco, revelando
los ángulos antinaturales de mis tobillos expuestos. Cada una de mis
articulaciones miraba en la dirección incorrecta, como una marioneta con
hilos cortados.
Mi cabeza estaba inclinada hacia atrás y miraba directamente desde
la página con ojos muertos. Mi boca colgaba abierta, suave y floja. Una
mano se extendió, curvada como si hiciera señas al espectador para que
entrara.
Tragando un grito de horror, cerré de golpe el horrible libro,
alejándolo de una patada.
¿Por qué Verity dibujaría tal cosa?
¿O lo había hecho ella?
—¿Lenore? —grité, mi voz crujió mientras mi garganta se cerraba por
el miedo.
Mi dibujo se veía diferente a los demás, su estilo más sutil y refinado.
¿Lo había dibujado Lenore? Había estado en silencio desde que
encontraron a nuestras hermanas. Todos habíamos asumido que era su
forma de estar de luto, pero ¿y si nos equivocábamos? ¿Y si se hubiera
roto?
Eché un vistazo a las palmeras que me rodeaban. Distraída por el
libro, ahora no tenía idea de dónde estaba. Ella podría estar en cualquier
parte del solárium, mirándome, acechándome con esos ojos angustiados.
Un escalofrío recorrió mi cuello y corrí por el camino, zigzagueando
entre las plantas para evitar ser un objetivo fácil. Al doblar la curva, me
detuve en seco, viéndola recortada a la luz de la luna junto a la ventana.
Su mano presionada contra el cristal, como si tratara de agarrar algo
fuera de su alcance. Me miró y luego se dirigió a la izquierda.
Me asomé para ver qué había estado mirando. El ala oeste era
claramente visible desde esta posición ventajosa, sobresaliendo por el
césped delantero. Estaba oscuro, salvo por la luz que entraba por una
ventana del segundo piso.
La habitación de Lenore.
Mi respiración se atascó en mi garganta, casi ahogándome, cuando vi
una forma oscura mirando por la ventana.
Era Lenore.
Me quedé inmóvil, los vellos de mis brazos levantándose. Las
palmeras se movieron de nuevo y el susurro de una falda que no era la
de Lenore se acercó a mí. Con la boca seca de miedo, me volví y no vi a
Lenore, sino a Rosalie y Ligeia, de pie una al lado de la otra, con las
manos juntas, con labios azules a juego y escarcha en el pelo. Sus ojos
eran como canicas lechosas.
—¿Rosalie? —Me atreví a preguntar. Se balanceó de un lado a otro,
sin dar indicios de que me hubiera escuchado—. ¿Ligeia?
Rosalie extendió su brazo libre, apuntándome con un dedo. No, yo
no. En algo que pasaba por encima de mí, por encima del hombro.
Lentamente, como tiradas por una cuerda invisible, volvieron la cabeza
hacia la derecha. Sus cuerpos siguieron, cruzando el camino, atraídas
por algo que no podía ver ni oír.
Me volví para ver si Lenore había visto a sus hermanas, pero su
ventana ahora estaba vacía y oscura. ¿Estaba de camino hacia aquí? Mi
corazón dio un salto cuando lo resolví.
Ellas iban de camino hacia ella.
Eché a correr, empujando a un lado las hojas de las palmeras, mis
pies descalzos resbalando contra las resbaladizas piedras. Me caí una
vez, golpeando mi rodilla contra una estatua. La sangre corrió por mi
pierna, goteando entre mis dedos de los pies, pero no me importaba. Lo
único que importaba era llegar a Lenore antes que mis hermanas.
Cada vez que parecía ganar terreno, aceleraban, sus movimientos
eran un borrón entrecortado, una neblina vibrante dolorosa de ver. El
aire zumbaba mientras se estremecían, y mis tímpanos se sentían como
si fueran a estallar.
Mis hermanas llegaron a la puerta. En un momento, estaban en el
solárium conmigo, y al siguiente, estaban del otro lado del vidrio. Negué
con la cabeza, segura de que era un truco de la luz, pero Rosalie puso la
mano en el panel de vidrio y cerró la puerta. Cerró con un fuerte clic.
Probé la manija, pero me habían encerrado. Golpeé las ventanas con
los puños. Cuando se ablandaron, usé mis palmas, luego mis pies,
tratando de romper el vidrio.
Mis hermanas me miraban con absoluta curiosidad. Ligeia inclinó la
cabeza para estudiar la mancha de sangre a través del cristal después de
que mis nudillos se abrieron. Presionó sus dedos sobre la mancha
escarlata.
—Déjenme salir, por favor —rogué—. ¡No pueden dejarme aquí!
Golpeó en el lugar una vez, luego abrazó a Rosalie de nuevo. Su mano
libre se acercó por reflejo a Lenore, pero colgó libre, errando su objetivo.
Miró hacia el aire a su lado, claramente perturbada, su mano permanecía
vacía.
Con un asentimiento de Rosalie, se fueron, zumbando por el pasillo
de nuevo con ese horrible movimiento vibrante. Fue un alivio ver
desaparecer sus rostros de pesadilla, pero luego me acordé de Lenore y
comencé a golpear las puertas de nuevo, pidiendo ayuda a gritos. No me
importaba si despertaba a toda la mansión y todos pensaran que estaba
loca. Había que detener a los fantasmas de mis hermanas.
Me despertó una serie de suaves clics al otro lado de la puerta.
Yacía aplastada contra los cristales, completamente agotada. Mis
manos estaban en carne viva y ensangrentadas, y me había quedado
ronca de gritar. Después de que mis hermanas se desvanecieran, mis ojos
no parecían funcionar bien, no podía enfocar nada. Los dejé cerrarse
revoloteando, con la intención de descansarlos por un momento, tal vez
dos.
De repente, se abrió la puerta y caí, mi cabeza golpeando el piso de
madera del pasillo con un crujido doloroso. Mirando hacia arriba, casi
bizca, vi la silueta oscura de Cassius mirándome con una vela, su rostro
enmascarado con preocupación.
—¡Annaleigh, ¿qué estás haciendo aquí abajo? Estás herida —dijo,
tomando mis manos entre las suyas.
—¡Aléjate de mí!
Rehuí de su toque, rodando por los escalones hacia el solárium. Mi
cabeza dio vueltas cuando la habitación se inclinó bruscamente hacia la
derecha, volviéndose borrosa hasta convertirse en una neblina confusa
antes de afilarse con demasiada claridad, demasiados colores. Mi
estómago dio un vuelco, luchando con el equilibrio descentrado de la
habitación. Agarré una palmera en maceta para evitar darme la vuelta
con ella.
Se enderezó.
—No era mi intención asustarte. ¿Estás bien? Escuché gritos.
—¡Quédate atrás!
Me sacudí pedazos de tierra y hojas, reprimiendo un gemido. Cada
movimiento de mis manos hinchadas era agonizante, pero no podía
dejarle saber que estaba sufriendo.
Ver los fantasmas de mis hermanas me había convencido de que la
teoría de Fisher era cierta. Habían sido asesinadas y habían regresado,
persiguiéndonos hasta que se encontrara a su asesino. Y aunque me
rompía el corazón pensarlo, Cassius era el sospechoso más probable.
Todos sus movimientos ahora me parecían profundamente
calculados. Una astuta dureza brilló detrás de sus ojos, evaluando la
situación con cuidado, cuidando todos los detalles posibles.
Mi visión volvió a enfocarse y desenfocarse rápidamente, y
brevemente pensé en una conmoción cerebral antes de darme cuenta de
que Cassius estaba usando mi distracción para cruzar lentamente hacia
el solárium.
—Annaleigh, ¿qué pasó? Tus manos se ven horribles.
—¡Te dije que te alejaras de mí!
Se detuvo en el último escalón, y tropecé con el dobladillo de mi bata,
tropezando con el follaje. Si Cassius realmente había matado a mis
hermanas, solo podía asumir que vendría por mí también.
Visiones espantosas llenaron mi mente. Verity descubriendo mi
cuerpo flotando boca abajo en el estanque. Camille cayendo sobre mi
tobillo medio oculto mientras registraban la casa. Lenore despertándose
para ver mi cadáver tendido a su lado. Otro funeral.
¿Qué harían con mi cuerpo? No podía caber en la cripta con Rosalie
y Ligeia aún allí. ¿Me arrojarían al mar? ¿Terminaría en el Agua Salada
con el resto de mi familia, o estaría condenada a dar vueltas sobre las
olas por toda la eternidad, como un barco fantasma que nunca llega a
puerto?
La habitación volvió a girar sobre su eje y luché por no perder de vista
a Cassius.
—Me envenenaste —acusé mientras puntos negros entraban en mi
visión. Esto no podía ser una conmoción cerebral. Había sido drogada.
Su rostro era una perfecta máscara de incredulidad.
—¿Envenenada? ¿De qué estás hablando? ¡Annaleigh, dime qué pasó!
Corrió hacia mí, di la vuelta y corrí por el camino. Derribé plantas en
macetas y pequeñas estatuas, todo lo que pude para frenar su
persecución, pero sus pasos se acercaban cada vez más.
Irrumpiendo a través de los helechos hacia el área de baldosas junto
al estanque, agarré una pequeña mesa de metal y la empuñé entre
nosotros.
—¡Mantente alejado de mí! Sé lo que hiciste.
Incluso mientras le lanzaba la acusación, sabía que no tenía sentido.
¿Envenenada? ¿Cómo? ¿Cuándo? Pero, ¿qué más podría explicar mi
estado de desorientación?
Los ojos de Cassius estaban desorbitados por la confusión, y levantó
las manos, presumiblemente para mostrar que no pretendía hacerme
daño.
—¿Lo que hice? Annaleigh, ¡no he hecho nada!
—Entonces, ¿por qué están muertas mis hermanas?
Una vez que las palabras salieron, no pudieron retroceder. Cortaron
el aire, más afiladas que una hoja dentada, cortando aún más
profundamente.
Nunca olvidaría la expresión de horror en el rostro de Cassius.
—¿Crees que maté a tus hermanas? —Dejó escapar una risa corta y
seca.
—Alguien lo hizo. Alguien en la isla.
Apretó la mandíbula.
—Así que asumiste que era yo, el forastero.
Se volvió para irse, y una ola fría de consternación se estrelló sobre
mí. ¿Por qué se iba? Un asesino no se alejaría de un testigo. Un asesino
se aseguraría de que fueran silenciados. Sus pasos en retirada
martillaban duda tras duda en mi corazón.
¿Me había equivocado de nuevo?
—¡Sabías los nombres de mis hermanas! —grité.
Cassius se dio la vuelta, la indignación herida le oprimía el rostro.
—¿Qué está pasando, Annaleigh? ¿Es tu cabeza? ¿Cuándo te caíste?
—¡Ava y Eulalie. Octavia y Elizabeth. Nunca te dije sus nombres. Los
conocías en el retrato.
—¿Y esto me convierte en un asesino?
—No te hace lucir bien. Y hay otras cosas…. Verity nunca te habló de
las tortugas marinas —deduje, aprovechándome.
—Ella no lo hizo, pero... —Palideció, perdiendo la compostura por un
momento, pero lo vi.
—¿Cuánto tiempo has estado observando a mi familia?
La mesa se desprendió de mis manos cuando un nuevo horror se
apoderó de mí, extendiéndose por mi mente como una marea roja,
envenenando todo lo que tocaba.
—Eulalie no fue la primera, ¿verdad? —Mis labios temblaron—.
Elizabeth no se suicidó. Y Octavia no se cayó. —Un sollozo brotó de mi
pecho—. Has estado detrás de todas sus muertes.
Caí de rodillas, la habitación encogiéndose a mi alrededor. Mi cabeza
daba vueltas en un caos oscuro, palpitando de terror. Un zumbido bajo,
similar al ruido que habían hecho los fantasmas de Ligeia y Rosalie,
zumbó desde las esquinas del solárium. Me encogí contra él, presionando
mis manos sobre mis oídos, pero nada pudo amortiguar el rugido. Se hizo
más y más fuerte, y grité, gritando contra el caos. Estaba segura de que
me estallarían los tímpanos.
Y luego desapareció de repente, y el único ruido que escuché fueron
los pasos de Cassius cuando se acercó a mí.
—Levántate.
Me quedé donde estaba, deseando que la tierra me tragara por
completo.
—Annaleigh —advirtió.
Segura de que estaba a punto de dar el último suspiro de mi vida, me
puse de rodillas, temblando ante él.
—¿De verdad crees que maté a tus hermanas? —Sus ojos vagaron
sobre mí, su decepción era un peso tangible.
La presión en mi cabeza aumentó, como un puño apretado alrededor
de mi cerebro, con los nudillos despiadadamente blancos. Me volví hacia
un lado, vomitando. Cassius estaba inmediatamente a mi lado,
sosteniendo mi cuerpo, reteniendo mi cabello. Murmuró ruidos sin
sentido de seguridad, sus dedos trazando patrones relajantes en mi
espalda mientras vomitaba. Cuando me atreví a encontrar su mirada, fue
como si me hubiera perdido en el agua en una niebla espesa, sin saber
hacia dónde me dirigía, antes de que se levantara un viento rápido,
revelando que la costa había estado frente a mí. a lo largo.
Cuando la claridad se apoderó de mí, mi confusión se convirtió en
horror. ¿Qué había hecho?
—Cassius, lo siento mucho. No... no sé lo que me está pasando. —Me
limpié la boca, deseando agua.
—Podría ser una conmoción cerebral —murmuró, sondeando el nudo
creciente en la parte posterior de mi cabeza—. Déjame ver tus manos.
Con mucha más ternura de la que me merecía, las tomó, examinando
los lados, hinchados y partidos, con los clavos rotos al intentar soltar el
marco de la puerta.
—¿Qué causó esto?
—Yo... pensé que me habían encerrado.
Pude ver en sus ojos que no me creía.
—¿Y no podías esperar a que alguien viniera a pedir ayuda?
Estábamos demasiado cerca el uno del otro. El color tiñó mis mejillas
y mi pecho, y miré hacia abajo, avergonzada de encontrarme con sus ojos.
—Vi a mis hermanas.
—¿Camille y Lenore te encerraron aquí?
Negué con la cabeza.
Frunció el ceño.
—¿Las pequeñas?
Otra sacudida.
—Oh.
Las puntas dentadas de mis uñas se clavaron profundamente en la
palma de mi mano.
—¿Crees en los fantasmas?
Hizo una pausa por un momento tan largo que me preocupaba que
pensara que estaba loca, pero asintió.
—Sí. Tenemos que hacer algo con tus manos.
—¿Mis manos? —repetí. Mis manos eran el menor de mis problemas.
Pero Cassius me sacó del solárium y me llevó por el pasillo antes de
que pudiera protestar. Los candelabros estaban apagados; el pasillo
estaba en silencio. Parecía como si fuéramos las dos únicas personas
despiertas en la casa, en Salann, en todo Arcannia.
—Hanna guarda una cajita de gasas y ungüentos en un kit en la
lavandería —ofrecí, pero pasó por el pasillo sin pausa—. ¿A dónde vamos?
Se detuvo en la puerta que conducía al jardín. Cassius pasó los dedos
por la veta de la madera, incapaz de mirarme.
—Necesitas saber que te iba a contar todo esto eventualmente,
Annaleigh, de verdad que lo iba a hacer.
Mi guardia se levantó, piel de gallina recorriendo mis brazos.
—¿Decirme que?
Empujó la puerta para abrirla, dejando entrar una ráfaga de viento
helado
—Ven conmigo.
Clavé mis pies en la alfombra.
—No podemos salir así. Nos congelaremos en minutos.
—No tomará minutos. Pero tengo que estar afuera.
—¿Para qué?
Me arrastró detrás de él hacia la nieve. Jadeé, mi aliento se me escapó
cuando mil cuchillos congelados mordieron. Mis pies se rebelaron,
dolorosamente entumecidos con cada paso que daba. Los vientos
cortaron la fina seda de mi túnica, y mi cuerpo tembló contra el suyo
mientras me arrastraba tras él.
—¡Cassius, esto es una locura! —protesté, gritando para ser
escuchada sobre las ráfagas.
—Necesito estar lejos de los árboles. No podemos estar debajo de
ninguna rama.
Una vez al aire libre, me apretó contra la longitud de su cuerpo. Me
hundí en su abrazo, buscando todo el calor que tuviera para ofrecer, al
diablo con el decoro. Con mi cabeza escondida debajo de su barbilla,
acurrucada cerca de su pecho, no podía ver lo que estaba pasando, pero
sentí como si estuviéramos en una tromba de agua repentina, todo viento
y gotas de agua helada. La presión se acumuló en mis oídos, haciendo
que mi cabeza diera vueltas. Caí de rodillas, sintiéndome mareada y
enferma.
De repente, el aire se volvió cálido. Suave, uniforme y perfumado con
madreselva.
Abrí los ojos y solté un grito de incredulidad.
stábamos en una abadía. Piedras grises sombrías se elevaban
pisos sobre nosotros, creando un laberinto de columnas y
pasillos arqueados. El bosque circundante, exuberante y verde,
se deslizaba dentro, reclamando los pilares como propios. El techo había
desaparecido, dejando entrar una extraña luz pálida. Las sombras
parecían más nítidas, como si dos juegos estuvieran impresos uno
encima del otro. El cielo se veía como momentos antes del amanecer,
aunque sabía que era tarde por la noche en Salann.
—¿Qué es este lugar? ¿Dónde estamos? —Mi voz no era más fuerte
que un susurro. El aire se sentía lejos de mi pecho y mis manos estaban
temblando.
Me froté los ojos, segura de que todavía estaba dormida, colapsada
cerca de la puerta del solárium. Esto no podía ser real.
Cassius se apartó de mí, mirando hacia el cielo.
—Esta es la Casa de las Siete Lunas. Estamos en la abadía de Versia.
Versia. Ninguna diosa era más poderosa que ella. Gobernaba la noche
y sus cielos, trayendo oscuridad a través de los reinos. Las estrellas la
seguían como joyas en una cola de terciopelo. El propio Pontus la seguía,
un pretendiente enamorado, sus olas siempre atraídas por la belleza de
su luna.
—¿En el Sanctum? Eso no es posible. Los mortales no pueden entrar
en...
Rápidamente negó con la cabeza.
—No, no, no estamos en el Sanctum. Estamos en la isla de Lor, en la
esquina sureste de Arcannia. Aquí es donde vive la Gente de las Estrellas.
—¿Por qué...? ¿Cómo hicimos...? ¿Cómo hiciste..? —Me detuve, de
repente aterrorizada de que estuviera haciendo las preguntas
equivocadas. Me alejé de él hacia un arco de piedra—. ¿Qué eres?
Sus ojos eran oscuros, ilegibles.
—Responderé todo, pero primero, confía en mí...
¿Confiar en él?
No debería.
Pero quería.
Cassius se adentró más en la abadía y me hizo señas para que lo
siguiera. Directamente frente a nosotros, al final de un largo santuario,
estaba el altar. No había una mesa ni un santuario para marcarlo, pero
la pared del fondo era demasiado impresionante para que fuera otra cosa.
Tres amplios arcos puntiagudos se elevaban del suelo, sosteniendo la
pared sobre ellos. Siete círculos idénticos formaban un rosetón vacío.
¿Vidrieras lo había llenado alguna vez? Ahora todo lo que enmarcaban
era una astilla de la luna, perfectamente equilibrada en el círculo
superior derecho.
Riachuelos de agua corrían por la pared de piedra como mercurio,
como si gotas de rocío iluminado por la luna fluyeran de los mismos
ladrillos. Goteaban sobre una gran palangana en forma de media luna
detrás del altar. Sonaba como si nos hubieran transportado a una
tormenta de verano.
Miré hacia las ventanas, hipnotizada por su perfecta simetría.
—¿Annaleigh? —instó Cassius, pausando mi contemplación. Sacó un
cáliz de cristal y lo sumergió en el agua plateada—. Extiende tus manos.
El agua olía a campos de menta silvestre, haciéndome cosquillas en
la nariz y dándome ganas de estornudar. Cuando se derramó sobre mis
nudillos hinchados, dejó huellas de hormigueo sobre mi piel,
hundiéndose y enfriándome, aunque no estaba fría al tacto. Incluso el
aire denso y húmedo no pudo evitar que un escalofrío recorriera mi
espalda.
Flexioné los dedos con asombro. Los hematomas se desvanecieron
mientras la hinchazón disminuía. Se repararon las uñas rotas y
agrietadas. El dolor desapareció por completo de repente.
—Inclínate hacia adelante —instruyó.
Sacando otra taza de agua plateada, la vertió sobre la protuberancia
en la parte posterior de mi cabeza. Mientras se absorbía, pude sentir los
últimos restos de confusión y pánico desaparecer. Volvió a colocar el cáliz
en su nicho tallado y desapareció detrás de uno de los arcos. Froté el
nudo desvaneciéndose, sorprendida de cómo me sentía de repente como
yo misma, como si el agua hubiera ahuyentado una presencia fantasmal,
dejándome solo a mí. Cuando regresó con un vaso de agua, lo bebí
agradecida.
—¿Qué es eso? —pregunté, señalando la pared de la cascada.
—¿Alguna vez le has pedido un deseo a la primera estrella vespertina?
—Por supuesto.
—Versia las recoge, y aquí es donde caen.
Estudié el agua, buscando una señal de sus propiedades mágicas,
pero todo lo que vi fue mi reflejo mirándome.
—Hablas como si la conocieras.
—Lo hago —dijo, y me acercó a una serie de bancos.
Me hundí en el asiento de piedra, jugando con la falda de mi camisón
mientras trataba de darle sentido a todo esto. Antes de que supiéramos
de la puerta en el santuario de Pontus, Fisher dijo que los dioses trataban
directamente con los mortales, interviniendo para mediar disputas,
ayudar con cultivos y cosechas. En el camino, la mayoría se retiró más y
más hacia el Sanctum, contentos de dejar los asuntos mortales a los
mortales.
Pero sabía que algunos dioses todavía usaban emisarios para realizar
tareas por ellos. ¿Cassius era uno de los mensajeros de Versia? Explicaría
sus vagas respuestas sobre su vida antes de aparecer esa mañana en
Selkirk.
—¿Trabajas para ella? —pregunté, tropezando con mis palabras—.
¿Como mensajero?
Sus ojos se arrugaron en una sonrisa.
—No... soy su hijo.
Mi boca se abrió de asombro.
—¿Hijo? Pero eso te haría...
—Mitad dios.
Retorcí mis dedos juntos. Era difícil de entender y casi imposible de
creer, pero estaba sentada aquí, en la abadía de su madre. Sentía el calor
del aire y las piedras bajo mis pies. Su magia curó mis manos. Esto no
se podía inventar.
—¿Por qué no me dijiste esto antes?
Pasó los dedos por sus rizos oscuros, tirando de los extremos.
—¿Recuerdas lo que me dijiste en el parque el día del Cambio de
Estación? ¿Cuántos de los hombres que conoces buscan tu posición y tu
dinero? —Asentí—. Yo también quiero ser querido por lo que realmente
soy. No todo esto. —Levantó la mano, señalando la pared lunar.
—¿Por qué me lo dices ahora?
—Dijiste que estabas siendo perseguida. Por tus hermanas.
Mis manos se cerraron en puños cuando recordé haber abierto los
ojos en la bañera y no ver a Lenore sino a Rosalie mirándome. Cassius
puso sus dedos sobre los míos, cubriéndolos con gran cuidado.
—Sé que no lo estás.
Apretó mis manos una vez, aplastando efectivamente cualquier pizca
de esperanza que tenía dentro de mí.
—Tenías razón, de vuelta en el solárium. No debería haber sabido los
nombres de tus hermanas. Nadie habla nunca de ellas. Pero... las
conocí... y puedo prometerte que no son fantasmas.
Me quedé quieta.
—¿Tú qué?
Se aclaró la garganta.
—El Sanctum está dividido en diferentes regiones, cada lugar es un
refugio separado para el dios o la diosa que alberga. Para mostrarle a
Madre su devoción, Pontus le construyó un palacio de piedra lunar en el
Agua Salada con él. Es donde crecí, mimado profundamente, un extraño
niño medio mortal. Pero a medida que fui creciendo y se hizo obvio que
no tenía los mismos talentos que mis otros medios hermanos, algo de ese
encanto desapareció.
Se frotó la nuca.
—Suena solitario —dije, queriendo compadecerme, pero también
desesperada por escuchar más sobre mis hermanas.
—Lo fue. Madre se había ido un tiempo, cuidando de todo esto. Y no
había nadie que fuera como yo. Todo lo que tenía como compañía eran
las almas de los difuntos. —Ofreció una pequeña sonrisa—. Exploré cada
centímetro del Agua Salada, hablé con quienquiera que me encontrara,
escuché sus historias y un día encontré a Ava. Es tan llamativa, con su
cabello negro y piel pálida. Ella me habló de su vida antes. Sobre sus
hermanas. Acerca de ti. Más tarde, cuando llegó Octavia, trajo nuevas
historias con ella. Luego Elizabeth.
Traté de envolver mi cabeza alrededor de la pura incredulidad de la
conversación.
—Entonces... cuando me conociste en el muelle, ¿ya sabías quién era
yo?
Asintió.
—Eso esperaba. Te pareces a Ava. Luego dijiste tu nombre y lo
confirmaste.
—¿Qué más te dijeron de mí?
—Ava dijo que tenías más o menos mi edad, un poco más joven, tal
vez. Dijo que te encantaba tocar el piano y correr por la finca, fingiendo
ser un capitán de barco en tu barco.
Un rubor se deslizó por mis mejillas, cálido y rosado.
—No tenía más de seis años.
—Elizabeth me contó todo sobre las tortugas marinas.
—Así es como lo supiste.
Tuvo la decencia de parecer disgustado.
—Sí ... Pero así es como sé que no estás siendo perseguida. Tus
hermanas están en el Agua Salada, felices y en paz. No están atrapadas
aquí, con asuntos pendientes. Lo que sea que hayas estado viendo, no
son fantasmas.
—Pero esta noche fueron Rosalie y Ligeia, no sabes si están en el Agua
Salada. Y Verity, ella también las ha visto. Ha hecho los dibujos más
terribles. Y se parecen a ellas. ¿Cómo explicas eso? Es demasiado joven
para recordar a Ava y Octavia.
Se apoyó contra la pared de piedra.
—Podría ser algo más.
Me concentré en su elección de palabra: algo.
Una fila de mujeres entró en la abadía, interrumpiéndonos. Llevaban
túnicas largas de color azul hielo, del color de la luz de la luna, con
capuchas para ocultar sus rostros. Había una docena, sosteniendo
linternas de vidrio de mercurio. Dijes de estrellas plateadas y lunas
doradas colgaban de sus cinturones de cordón, tintineando como
campanillas al pasar. Aunque la mayoría estaban enfocados en el altar,
una chica al final, más joven que el resto del grupo, nos miró con
curiosidad. Al reconocer a Cassius, inmediatamente bajó la cabeza con
reverencia.
—Postulantes de Versia. Las Hermanas de la Noche. Viven en la
abadía, cuidando el muro de los deseos y rindiendo homenaje a mi
madre. Están a punto de comenzar su primer servicio del día. Ven
conmigo. —Cassius me apartó de su ceremonia.
—¿Por qué siete? —pregunté, mirando hacia las ventanas de la luna
mientras nos detuvimos en los escalones que conducían a un patio.
—¿Qué quieres decir?
—Casa de las Siete Lunas. Siete ventanas. ¿Asumo que cada una
tiene una fase diferente de la luna? —asintió—. Pero hay ocho fases.
—No hay ventana para la luna llena. ¿Ves cómo están organizados?
Esos son los cuartos de luna —dijo, señalando—, y la menguante y las
medias lunas. Y en el medio, esa es la luna nueva. En la luna llena, las
postulantes de Versia apagan todas las velas de la abadía para dejar que
la luz bañe todo lo que está allí. —Hizo un gesto hacia el techo abierto.
Lo imaginé de noche, con la luz de la luna plateada lloviendo sobre
las piedras de color gris pálido salpicadas de motas metálicas. Cómo
debían brillar.
—Qué hermosa vista.
—Más tarde esa noche, todas se reúnen aquí con sus velas de deseos.
Encienden linternas de papel y las envían flotando hacia el cielo. Brillan
y destellan, elevándose más y más alto hasta que se unen a los cielos. La
Gente de las Estrellas cree que, en los próximos meses, si ven una estrella
fugaz, es su deseo volviendo a ellos.
Mi boca se curvó, imaginando el cielo iluminado con cientos de
pequeñas llamas.
—Me encantaría ver eso.
—El próximo solsticio está a solo un mes. Debes empezar a pensar en
un deseo muy importante.
Me condujo a través de un conjunto de arcos, mostrándome la vista
más allá de la abadía. Una punta rocosa se extendía hacia el mar, afilada
e irregular. El agua de abajo era de un verde cálido cubierto de espuma
blanca. Tan diferente del Kaleic oscuro y profundo.
—Ahí es donde suelto mi linterna. Se mantiene alejada del resto del
grupo para que no la pierda de vista. Me gusta vigilar mi linterna todo el
tiempo que puedo. —Me miró con una sonrisa tímida—. Si vienes
conmigo, puedes soltar la tuya allí también. No me importaría si nuestros
deseos se mezclan el uno en el otro.
Dos linternas girando juntas en la noche oscura para unirse a las
estrellas. Hacía una imagen tan hermosa en mi mente que quería
enviarlos ahora mismo. Desearía... ¿Qué desearía?
Quería que encontraran al asesino y que mis hermanas dejaran de
morir. Quería que Morella tuviera un parto seguro y gemelos sanos.
Quería que Camille se casara con alguien y formara una familia. Si ya no
fuera la segunda en la fila, podría descubrir qué se suponía que debía
hacer con mi vida. Estudié el perfil de Cassius, disfrutando de la forma
en que la extraña luz se reflejaba en sus pómulos.
En ese momento, más que nada, quería que me besara de nuevo.
—¿Alguno de tus deseos ha regresado?
Su sonrisa de repente se volvió tímida y las puntas de sus orejas
brillaron de color rosa.
—Conocí a la chica que enseñó a las tortugas a nadar con las olas,
¿no es así?
Cassius levantó sus manos, acunando mis mejillas, y presionó un
tierno beso en mi frente. Incliné mi barbilla y sus labios estaban sobre
los míos, suaves y dolorosamente dulces. Pasé mis dedos por su pecho,
dejándolos permanecer en la parte posterior de su cuello y retorcerse en
sus rizos oscuros.
—Todos mis años de imaginarte —murmuró, dejando un rastro de
besos en mi rostro—, y eres mucho más de lo que jamás podría haber
soñado… Hueles a luz del sol —susurró contra mi boca.
—¿La luz del sol huele? —pregunté, jadeando mientras él plantaba
un beso en el hueco de mi garganta.
—Oh, sí —aseguró—. Toda mi vida ha sido luz de la luna y estrellas.
Puedo oler la luz del sol corriendo por tus venas desde el otro lado de una
habitación. Luz solar, calor y sal. Siempre la sal.
Puse mis manos alrededor de sus mejillas, acercando su boca a la
mía y silenciándolo. Mordí su labio inferior, sorprendida por mi propia
osadía. El beso se intensificó entonces y abrí la boca, dejando que mi
lengua se aventurara a encontrar la suya. Sabía crujiente y fresco, como
el rocío de la noche en el jardín o el primer bocado de una manzana verde
brillante.
Un disparo de deseo corrió a través de mí, quemando mis miembros
como un rayo. Sus manos se deslizaron alrededor de mi cintura, tirando
de mí contra él, como cuando nos trajo aquí por primera vez.
Luchando contra cada impulso que navegaba por mi cuerpo, me
aparté, rompiendo el beso, completamente sin aliento.
—¿Cómo llegamos aquí? —pregunté, tratando desesperadamente de
controlar los latidos de mi corazón. Golpeó, cantando el nombre de
Cassius por mis venas tan fuerte que estaba seguro de que podía oírlo—
. ¿Nosotros ... volamos?
Cassius soltó una carcajada y se volvió, mostrándome la espalda.
—¿Ves alas?
—No sé cómo llamarlo. Ni siquiera tuviste que usar una puerta.
Su ceja se arqueó.
—¿Una puerta?
—Usamos la de la Gruta. Para llegar a los bailes.
Inclinó la cabeza.
—No ... no entiendo.
—Hay una puerta que descubrimos en Salten. Pontus la usa para
viajar rápidamente por nuestro mundo. La hemos estado usando para
salir de la isla.
Una bandada de pájaros surgió de la fachada sobre nosotros, un batir
de alas y gorjeos, rompiendo la intensidad de la mirada de Cassius.
—¿Cómo es esta puerta?
Bajé al patio, sintiendo como si hubiera dicho algo malo.
—Está en el santuario de Pontus. Gira su tridente y la puerta
simplemente... aparece.
—¿A dónde te lleva?
Levanté mis hombros.
—Donde quieras. Solo tienes que pensar mucho en el lugar mientras
entras en el pasaje. Así es como llegamos a Pelage esa noche. —Inhalé
bruscamente, uniendo todo—. ¡Y así fue como tú pudiste llegar tan
rápido, pero estar de vuelta en Astrea días después! Tú... volaste —dije,
todavía sin saber cómo llamarlo.
—He estado en Salann desde que llegué para cuidar a mi padre. No
sé de qué estás hablando.
Parpadeé.
—Estuviste ahí. En el castillo con los lobos y la Gente de la Caza.
Asintió.
—Sé dónde está Pelage, pero te lo digo, nunca he estado. No era yo.
Fruncí el ceño, recordando esa noche, ese primer baile. Una sonrisa
apareció en mis labios al recordar sus manos en mi cintura.
—Estoy segura de que eras tú. Tenías puesta una máscara, pero…
Sus ojos se entrecerraron.
—No era yo. —Cassius se volvió y se paseó por un mosaico del cielo
nocturno. Las estrellas titilaban bajo sus pies. De repente se dio la
vuelta—. ¡Tus zapatos!
—¿Mis zapatos?
—Me acabo de dar cuenta, han estado usando esta puerta para ir a
fiestas... ¡están bailando hasta gastarse los zapatos!
Asentí.
—Al principio íbamos todas, pero ese día me detuve en Astrea con
Edgar…. No tenía ganas de bailar después de eso.
—Es por eso que el tuyo era el único par que no estaba gastado en la
Primera Noche.
—Sí, pero... los zapatos no tienen nada que ver con la muerte de mis
hermanas.
—¿No es así? —preguntó, mirándome—. ¿De verdad crees que el
asesino es de Salten?
—Tiene que ser alguien de Highmoor —murmuré con tristeza—. Hubo
esa terrible tormenta la noche en que Ligeia y Rosalie desaparecieron.
Nadie podría haber abandonado la isla durante eso.
—No en barco, desde luego —dijo Cassius—. ¿Pero qué pasa si no son
las únicas que usan esta puerta?
Su razonamiento me tomó con la guardia baja y mi respiración se
entrecortó, congelándome. Nunca se me había ocurrido que la misma
puerta que habíamos estado usando para visitar castillos lejanos y
propiedades podrían ser utilizadas por otros para llegar hasta nosotras.
Si alguien en Arcannia podía entrar en Salten, ¿cómo podría identificar a
los sospechosos?
La fila de postulantes salió de la abadía, atravesó el patio y paralizó
nuestra conversación. Esta vez todas fueron conscientes de la presencia
de Cassius, y se sumergieron en reverencias solemnes al pasar. Bajó la
cabeza, haciendo una pequeña reverencia en respuesta.
Demasiado nerviosa para quedarme quieta, pasé los arcos y salí a los
pastos altos que conducían al acantilado. Pasó una brisa templada que
agitó la falda de mi bata detrás de mí.
—Quiero ver esta puerta —dijo Cassius, viniendo detrás de mí—. Y
uno de esos bailes. Algo en ellos no está bien. Nunca estuve en Pelage.
Alguien... algo podría haber estado usando mi cara para acercarse a ti.
Esa elección de palabra de nuevo: algo.
—¿Crees que el asesino ha estado en los bailes? —Mi estómago se
retorció con un doloroso giro.
—Quizás. Quizás vio a tus hermanas allí y... —Se calló encogiéndose
de hombros.
—Pero Eulalie murió antes de que empezaran los bailes... Tendría que
haberla conocido de otro lugar.
Cassius asintió, considerando eso.
—Todavía quiero ir a uno, mirar a mi alrededor y ver qué puedo
aprender. Están conectados de alguna manera, estoy seguro. Ve si
Camille sale mañana por la noche. —Envolvió sus brazos alrededor de mi
cintura, apoyando su barbilla en mi hombro—. Vamos a resolver esto,
¿de acuerdo? Tú y yo. No estás sola, Annaleigh.
Una quietud cálida y pacífica cayó sobre mí. Por un momento, las
nubes grises sobre nosotros se separaron, pero en lugar de revelar un
cielo iluminado por el sol, el cosmos oscuro y arremolinado de estrellas
nos guiñó un ojo. Una estrella fugaz bailó a través de la abertura, pero
antes de que pudiera señalarlo, los labios de Cassius descendieron sobre
los míos y me olvidé del cielo.
uncionaría esto? —pregunté, sacando el vestido verde mar de
mi armario y levantándolo para que Camille lo inspeccionara.
—¿
Ella arrugó la nariz.
—¡No! Ya lo has usado dos veces, además, en el Cambio de Estación.
¡Esto es un baile en Lambent! ¡Con la Gente de la Luz! Fisher dijo que
todos deben usar tonos pálidos para honrar a Vaipany. Destacarás como
un pulgar dolorido.
Dejé el vestido en el perchero y cerré la puerta.
—Entonces no puedo ir. No tengo nada de eso.
Tomó mi mano.
—Ven conmigo. —Camille corrió hacia su habitación y se arrodilló
junto a su cama. Sacó dos cajas enormes de debajo del edredón y me
entregó una—. ¡Sorpresa!
—¿Qué es esto? —Jadeé mientras quitaba la tapa—. ¡Oh, Camille! —
En el interior, sobre una cama de papel de seda rosa pálido, estaba el
vestido más exquisito que jamás había visto—. ¿De dónde has sacado
esto?
—¿Te acuerdas del baile en Bloem? ¿Con la Gente de los Pétalos?
Por supuesto lo hacía. Fue la velada más opulenta de nuestras vidas.
No había un artículo en todo el castillo que no estuviera adornado con
perlas, joyas u hojas de plata.
—Le pedí a la Señora Drexel que nos hiciera vestidos como los que vi
allí. Los recogí en Astrea la noche del Festival de Temporada. —Tragó—.
Justo antes de Rosalie y Ligeia... —Cuando se encontró con mi mirada,
sus ojos estaban brillantes por las lágrimas no derramadas.
—Es hermoso —aseguré, recogiendo el vestido y dejando que la seda
color durazno cayera al suelo. Las capas eran tan ligeras e insustanciales
que parecían moverse solas. Cuerdas de perlas enrolladas alrededor de
los hombros y en la espalda, tintineando unas contra otras.
—¡Pruébatelo! ¡Pruébatelo! —exclamó, dejando a un lado su momento
de dolor con una sonrisa plastificada.
Cuando le dije a Camille que quería salir, gritó de alegría, lanzándose
a una discusión sobre los bailes que se iban a celebrar. Me sorprendió
que hubiera estado tan pendiente de todos los eventos sociales,
especialmente a la luz de la muerte de nuestras hermanas, pero todas
llorábamos a nuestra manera.
No tenía ganas de ir a este baile. Quería acurrucarme en la cama,
abrigada y segura y rodeada de mis hermanas, como cuando éramos
pequeñas, y dormir. Dormir a salvo de las pesadillas, las maldiciones y
las pesadillas de la Llorona y maldiciones y asesinos. Solo dormir.
Pero Cassius estaba tan seguro de que descubriríamos algo. Si existía
la posibilidad de que el asesino de mis hermanas estuviera allí, tenía que
ir a descubrir todo lo que pudiera.
Camille desabrochó la parte de atrás de mi vestido, liberándome de la
lana oscura, y me ayudó a deslizar el vestido nuevo por mi cabeza. Se
posaba sobre mi cuerpo como un poco de espuma marina. Las perlas
seguían frías mientras rodaban por mi espalda desnuda, poniéndome
nerviosa.
—¡No te mires al espejo todavía! —ordenó, mucho más emocionada
que yo—. Ayúdame a entrar en el mío. Quiero ver cómo se ven juntos.
El suyo también era sin mangas, con un suave escote. Champán
helado y perlas plateadas formaban diseños intrincados a lo largo de la
capa de malla transparente.
—Te ves deslumbrante.
Hizo a un lado mi elogio, rebuscando en una caja en su escritorio.
—Encontré esto entre las cosas viejas de Mamá. Deberíamos usarlas
esta noche. Todo el mundo necesita saber que las hermanas de la Sal
están ahí.
Me entregó una extraña pieza de joyería y le di la vuelta, tratando de
encontrarle sentido. Era el pulpo Thaumas. Su cuerpo, hecho de la perla
más grande que jamás había visto, era un anillo. Los tentáculos
formaban un brazalete de delicado oro rosa, retorciéndose y envolviendo
mi muñeca mientras me ponía la chuchería. Camille optó por una tiara
de estrellas de mar con piedras preciosas y pendientes colgantes de color
rosa pálido.
—Le di a las Gracias otras cosillas del joyero de mamá. Nada
terriblemente valioso, pero estaban contentas.
Levanté la vista del brazalete de Thaumas con alarma.
—¿Vienen las Gracias?
Asintió con la cabeza, jugando con la parte posterior de un pendiente.
—Por supuesto. Todas deberíamos ir, ¿no crees?
—No Lenore —aclaré, rezando para que Camille no la hubiera
empujado a esto.
Sacudió la cabeza con un resoplido.
—Es imposible hablar con ella en este momento. Simplemente se
sienta allí, mirando por encima de tu hombro como si ni siquiera
estuvieras allí.
—Ella está de duelo.
Los labios de Camille se torcieron en un puchero.
—Lo sé. Es solo que... —Dejó escapar un suspiro agudo—. No quiero
parecer insensible, pero ¿no hemos hecho esto lo suficiente? Estoy harta
de estar de luto. Solo quiero vivir sin el miedo de perder a otra de ustedes.
Le levanté una ceja con escepticismo.
—Si muero mañana, ¿me llorarías?
Su rostro cayó, cabizbajo.
—Ni siquiera bromees sobre eso. Claro que sí. Pero... ¿realmente
querrías que me envolviera en tafetán negro y joyas de azabache, otro año
de mi vida en espera solo porque la tuya se acabó?
No lo querría, pero me pareció desagradable decirlo tan pronto
después de la muerte de Rosalie y Ligeia.
—Ven —dijo, tomando mi mano—. Hemos tenido suficiente luto y
dolor para el resto de demasiadas vidas. ¡Esta noche se trata de
champán, caviar y baile!
De camino a la Gruta, estuve atenta a Cassius para asegurarme de
que nos seguía. Mientras seguía a Fisher y las Gracias por el empinado
sendero del acantilado, una forma en sombras se movió desde detrás de
un bosquecillo de árboles.
Una vez dentro de la cueva, Fisher hizo girar el tridente y la pared de
la ola se abrió lentamente, girando hacia el pasaje abierto.
—Así que vamos a Lambent —dije en voz alta, para beneficio de
Cassius. Había escuchado el crujido de un guijarro en el sendero del
acantilado y esperaba que pudiera oírme—. Para el baile de la Gente de
la Luz. Recuerden, todos debemos pensar en eso mientras atravesamos
el túnel.
Honor me lanzó una mirada mordaz.
—No tienes que recordárnoslo. Sabemos cómo funciona.
—Sabemos que sí —dijo Fisher, haciéndola girar a través de la
entrada con una sonrisa mientras se desvanecían—. ¡Pececilla solo quiere
asegurarse de que Mercy no se haya olvidado!
—¡No lo hago! —gritó, corriendo por la abertura y desapareciendo.
Camille y Verity fueron las siguientes, y me atreví a mirar hacia atrás
a la gruta vacía.
—Lambent —repetí antes de seguir a mis hermanas.
El túnel nos llevó directamente al interior del nuevo palacio. Las
paredes de piedra de esta finca eran mucho más claras, casi del color de
una concha manchada por el sol, y el aire era cálido y seco, perfumado
con mirra quemada y flores de loto. Ya extrañaba el sabor salado del mar.
Los candelabros goteaban cera dorada sobre el suelo de piedra de
abajo. El humo de las mechas parpadeantes colgaba pesado, llenando el
pasillo con una bruma gris. Miré hacia la puerta de Highmoor, pero
estaba envuelta en sombras.
Camille me sonrió por encima del hombro mientras hacía girar a
Verity en círculos vertiginosos. El humo daba al aire una cualidad de
ensueño, ralentizaba los movimientos e impartía una extraña
importancia a cada gesto. Parpadeé varias veces, tratando de agudizar
mis pensamientos, pero me sentí drogada. Mi mente luchó por
concentrarse.
Un gran vestíbulo se abrió ante nosotros. A la derecha estaba el salón
de baile y, por los sonidos de la orquesta y el parloteo, la fiesta ya estaba
en pleno apogeo. A la izquierda había una serie de arcos abiertos que
conducían a una terraza iluminada por la luna. Vi los contornos oscuros
de las dunas de arena en la distancia, borrando parte del cielo.
Estábamos muy lejos de la orilla del mar.
Al otro lado de la habitación había una fuente que arrojaba vino.
Parejas vestidas con modas formales de la corte se mezclaban alrededor
de la base circular, sacando tazas para atrapar el líquido escarlata que
fluía de una ornamentada escena de batalla de bronce. En ella, tres
hombres alzaban a otro mientras intentaba escapar de sus manos. Sobre
ellos volaba una horrible figura alada que degollaba al fugitivo con una
guadaña. El vino se desbordaba de la herida de la pobre.
—No miren eso —dije, tratando de desviar la atención de las Gracias
del cuadro sangriento.
El humo me quemó los ojos y, al parpadear, vi que me había
equivocado. La estatua era un querubín que apuntaba con una flecha a
un grupo de chicas sentadas al borde de la fuente. El vino brotaba de sus
cántaros.
Me froté los ojos, tratando de que volvieran a ver la horrible estatua.
¿Cómo lo había malinterpretado tan terriblemente? Antes de que pudiera
mirar más de cerca, Camille tiró de mí hacia el pasillo.
Una pared estaba dividida en una tríada de enormes frescos, cada
uno de los cuales representaba un momento de la creación del mundo.
Vaipany aparecía en el centro, dando vida al sol. A la derecha estaba
Seland, formando la tierra de barro y arcilla, con las manos marrones por
el lodo primigenio. Versia estaba a la izquierda, flotando a través de un
campo de estrellas y planetas. Miré alrededor de la habitación,
preguntándome qué pensaba Cassius de eso.
Grandes ondas de seda dorada colgaban del techo, ondeando hacia
un espectacular candelabro. Gigantes esferas de metal giratorio estaban
suspendidas a mitad del aire. Nunca antes había visto algo así.
Fisher llevó a Verity a la pista de baile, y dos chicos más pequeños le
preguntaron a Honor y Mercy si les gustaría bailar. Camille y yo miramos
a las parejas pasar. Estiré el cuello, buscando entre la multitud a
Cassius.
—¿Ves ese hombre vestido todo de plata junto a las columnas? —me
susurró Camille. Entrecerré los ojos entre la multitud, pero no pude
distinguir a quién señalaba—. Bailamos juntos anoche, un minueto y tres
valses. Es una excelente pareja. —Me empujó hacia él.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, luchando por permanecer en mi
lugar contra sus empujones.
—Él no está bailando. Ve y pregúntale.
Me retorcí de su agarre.
—¡No le voy a pedir un baile a un hombre!
Camille suspiró.
—Eso es tan anticuado —dijo y me dejó, vadeando en el mar de gente.
Volví a mirar el candelabro, estudiando su frenesí cinético. No pude
pensar en ningún medio mecánico para diseñar un movimiento tan
fluido, y para hacer que pareciera como si estuviera flotando, nada
menos. Una advertencia se apoderó de mí. Magia oscura estaba
trabajando aquí.
—No creo que hayamos tenido el placer de conocernos.
Salté, me volví y vi al hombre vestido de plata de Camille.
De cerca, lo reconocí de inmediato. Otra serie de dragones estaba
cosida en el terciopelo pálido de su chaqueta. Ojos hundidos, de un azul
tan pálido que eran casi blancos, me recorrieron, como los brazos
retorcidos de una medusa cerrándose alrededor de su presa.
Extendió una mano descarada, ahuecando mi barbilla y girando mi
cabeza en varios ángulos. Sus dedos eran demasiado largos, demasiado
delgados, demasiado angulosos, y me encogí de su agarre.
—No, ciertamente no olvidaría esa cara. Me sentiría honrado de tener
una pareja tan bonita. ¿Vamos?
El hombre dragón extendió su mano, agarrando la mía cuando dudé.
Me hizo girar hacia la pista de baile con practicado encanto.
—De hecho, creo que nos hemos conocido. Dos veces, de hecho —
comenté. Necesitaba descubrir todo lo posible sobre este baile,
especialmente porque parecía que estaba solo. Cassius todavía no había
aparecido—. Estabas en el baile en Pelag.
—Lo estaba —dijo, conduciéndome a una complicada serie de pasos.
Sus ojos se iluminaron al reconocerlo—. Recuerdo haber bailado contigo,
¡eres una de las chicas Thaumas! Conozco bien a tus hermanas.
—¿De verdad?
Sonrió.
—Ciertamente son las parejas de baile más hermosas. —Me hizo girar
lejos de él, sus ojos vagando por el pasillo—. Pero no veo a las trillizas
aquí esta noche. —Sus dientes destellaron con una advertencia
depredadora—. Espero que no les haya pasado nada.
Estuve a punto de tropezar cuando las campanas de alarma
comenzaron a sonar profundamente dentro de mí.
—¿Por qué dirías eso?
Levantó los hombros en un elegante encogimiento de hombros.
—¿Qué quisieras que diga?
Con un movimiento de su muñeca, me regresó a sus brazos.
—Nunca me preguntaste dónde fue nuestro segundo encuentro —
farfullé, volviendo mi rostro del suyo mientras él maniobraba para
bajarme y se inclinó, respirando mi aroma. Tuve la horrible premonición
de que estaba a punto de lamer el hueco de mi garganta.
—En Astrea, por supuesto. La noche del Festival de Temporada, si no
me equivoco. La noche en que dos de tus hermanas desaparecieron.
Se me escapó el aliento. ¿Cómo iba a saber eso?
—¿Qué hacías en Astrea?
Parpadeó una vez, sus pupilas repentinamente increíblemente
grandes, como los ojos planos y muertos de un tiburón.
—Dime, Annaleigh, ¿por qué me preguntas cosas que ya sabes?
Lo empujé lejos de mí.
—Nunca te dije mi nombre.
El hombre dragón se rio.
—No, pero ella lo hizo. —Señaló con la cabeza hacia el centro de la
habitación, donde Fisher se balanceaba hacia adelante y hacia atrás,
dejando que Verity se pusiera de puntillas.
Saber que este extraño había hablado con Verity me dio ganas de
llorar.
—Mantente alejado de mis hermanas.
Me agarró del codo, acercándome.
—Estamos ocupando espacio en la pista solo estando aquí. Baila
conmigo.
Su agarre era demasiado fuerte y no podía liberarme. Antes de que
pudiera levantar la voz para protestar, Camille y un nuevo compañero
pasaron de largo.
—¿No es esto exquisito? —gritó.
Mi estómago se revolvió mientras la veía alejarse. ¿Por qué no podía
sentir el peligro que yo sentía? Parecía tan despreocupada como una
mariposa, revoloteando de pareja en pareja.
—Baila, Annaleigh —instó el hombre dragón, llevándome de vuelta al
presente. Pasó su pulgar por la curva de mi mandíbula, pasándolo por
mis labios. Atrapada en su agarre, me incliné lo más lejos que pude, pero
todavía sentía el calor de su aliento en mi mejilla—. Baila para mí.
Este hombre tenía algo que ver con la muerte de mis hermanas,
estaba segura. Tenía que encontrar a Cassius. Tenía que buscar ayuda.
Tenía que escapar de este salón de baile y del humo que nublaba mis
pensamientos. Tenía que huir de la música. Estaba desafinada,
demasiado fuerte, poniéndome nerviosa y haciéndome imposible
escuchar, y mucho menos bailar.
—¡Aléjate de mí! —grité y empujé su pecho con todas mis fuerzas.
Cuando me volví para correr, esperaba ruidos de sorpresa y
preocupación, jadeos de los espectadores mientras creaba una escena
bastante ruidosa.
Pero no hubo reacción.
Me detuve en seco, mirando a las parejas en la pista.
Ninguna de ellas había notado mi arrebato. Fue como las polillas. Las
había visto, pero luego Papá no. Esta noche, estaba viendo y escuchando
cosas que multitudes de personas en la misma habitación que yo no
veían.
Primero esa estatua macabra y ahora esta música, nadie más que yo
notaba nada malo en ella. Me di la vuelta, buscando a Cassius. ¿Por qué
no podía ver cuánto lo necesitaba?
Un joven con un chaleco dorado brillante se interpuso en mi camino,
interrumpiendo mis pensamientos.
—¿Me concede éste baile?
Negué con la cabeza y me volví en la otra dirección.
—Ya terminé de bailar.
—Pero la fiesta acaba de empezar. —Se lanzó frente a mí,
sorprendentemente ágil.
—Estoy cansada. Tal vez en otro momento.
—Un baile. —Unió nuestros codos, haciéndonos girar en círculo.
—Realmente preferiría...
—Ven.
Nos llevó más lejos entre la multitud con una serie de pasos que luché
por seguir. La orquesta tocaba una mazurka animada y las parejas que
nos rodeaban se movían demasiado rápido para que pudiera liberarme.
La nota de apertura de otra canción sonó, golpeando el tono
equivocado. Sentí como si mis oídos estuvieran a punto de sangrar.
—Oh, me encanta esta canción. Bonita, bonita dama, ¿puedo tentarla
a otra ronda conmigo? Sería un honor para mí.
—Me temo que ha hablado por ella —dijo una voz desde un lado de
la habitación.
Me volví, esperando ver a Cassius, pero era un hombre bajo y fornido
fumando un puro. Exhaló una extraña nube de humo color lavanda en
mi cara, haciendo que mis ojos se humedecieran. Después de una última
calada, lo pisoteó y me llevó lejos.
Me limpié los ojos, tratando de aclararlos y ordenar mis
pensamientos. Había algo que tenía que hacer, pero parecía que no podía
recordar qué era. Barrí la habitación con la mirada para refrescarme la
memoria. El salón de baile era tan encantador. Tan brillante, suntuoso
y… exquisito.
El hombre bajo y yo pasamos bailando junto a Camille, y su pareja
dijo que deberíamos cambiar después del vals. Acepté de buena gana.
Bailé dos números con él antes de que un niño pequeño con un traje
naranja, que se parecía mucho al hijo de la casa, me preguntara si podía
interrumpir.
Encantada por sus modales impecables, terminé bailando tres veces
con él. Contó chistes tan divertidos que el tiempo pasó volando. Entonces
un hombre rubio me tocó el hombro y me preguntó tan amablemente que
acepté su oferta por una cuadrilla.
—¿Sabes dónde están las mesas de bebidas? —pregunté en mitad del
baile—. No estoy acostumbrada a un clima tan cálido.
Señaló el otro extremo de la habitación.
Una hermosa variedad de mesas contaba con filas de vasos de cristal
y tres tipos diferentes de ponche. Había un castillo en miniatura de
pastelillos apilados y bandejas de carnes exóticas, ahumadas, asadas y
en escabeche. En el centro de todo, en el lugar de honor, había un
magnífico pastel escalonado. Con trece capas de altura y rodeado de
flores comestibles pintadas a mano, era impresionante.
Antes de que pudiera participar de esta fiesta, sentí a alguien detrás
de mí. Era el hombre dragón de nuevo. Se veía completamente
resplandeciente en su frac. El terciopelo era grueso y delicioso y se
adaptaba a su forma con precisión.
—¿Me concedes éste baile?
Estaba a punto de dar mi consentimiento —había pasado un tiempo
tan maravilloso con él antes—, cuando algo cambió dentro de mí.
¿Lo había tenido?
Parpadeé y pareció perder una sombra de su esplendor. Noté una
mancha de barba incipiente que no se había afeitado, y sus ojos parecían
mucho más hundidos de lo que estaban un momento antes.
Raro.
—Gracias, pero creo que me voy a quedar fuera de este.
—¡Disparates! Es el último baile antes de los fuegos artificiales. Baila
conmigo, Annaleigh.
Le tendí la mano, lista para aceptar, pero luego noté el buffet
nuevamente. Había tenido sed antes. Había venido a la mesa a tomar
algo. Qué tontería olvidarlo.
—Voy a tomar un vaso de ponche, pero gracias.
—¿No preferirías algo más fuerte? —Se echó hacia atrás la chaqueta
y dejó al descubierto un delgado frasco. Tomó un largo trago antes de
ofrecérmelo. Lo rechacé—. Entonces ve por tu ponche —se burló—. Pero
luego bailemos.
Esa burla. El tono de su voz ronca, pero reprimiendo tal ira. Sonaba
tan familiar. De repente recordé su pulgar rozando mi boca, lleno de
oscuro deseo, y volví a mis sentidos.
¿Por qué lo había olvidado? ¿Por qué lo había olvidado todo? No
estaba aquí para socializar y bailar toda la noche. Estaba destinada a
buscar información sobre quién querría dañar a mis hermanas.
—No voy a bailar contigo. —Mantuve mi voz fuerte y decidida y giré
sobre mis talones, mirando por encima del buffet, preparando mi mente
para la tarea que tenía entre manos.
Encuentra una taza.
Elige un ponche.
Pero incluso cuando me entrené a mí misma a través de un proceso
tan simple, mis pies trabajaron en abierta rebelión, ansiosos por bailar.
—¿Cuál ponche, Annaleigh? —murmuré, aterrizando en el momento.
Finalmente elegí el rosa. Docenas de fresas heladas flotaban encima.
No habíamos tenido ninguna en meses, desde que comenzó el clima frío,
y esto parecía simplemente encantador.
No. No encantador. Simplemente ponche.
Tomando un gran sorbo, inmediatamente lo escupí. Algo no estaba
bien. Tenía un fuerte sabor metálico, como si se hubieran mezclado una
docena de florines de cobre.
Una semilla de fresa clavada entre mis dientes, lo suficientemente
profundo como para que ninguna cantidad de empujones elegantes con
mi lengua pudiera desalojarla. La liberé con un disimulado movimiento
de mi uña.
Tenía la intención de tirarla a un lado sin pensarlo dos veces, pero
era mucho más grande de lo que debería haber sido una semilla de fresa.
La acerqué para una inspección más cercana.
Era una escama de pescado.
Froté el punto plateado entre mis dedos, desconcertada. ¿Cómo
diablos terminó una escama de pescado en un tazón de ponche de fiesta?
Me volví para informarle a un sirviente sobre la contaminación, luego me
quedé inmóvil. Las boyas rojas festivas que había tomado por fresas no
eran frutas en absoluto. Trozos de mariscos cortados se balanceaban en
el ponche, un auténtico guiso de carnada.
El ponche estaba hecho de sangre.
Mi estómago dio un vuelco, amenazando con volver cada bocado de
la cena que había comido. Los pasteles y las bandejas habían
desaparecido, reemplazados por cadáveres de pescado sacrificados. Una
cola aquí, una aleta dorsal allá. El satén amarillo del mantel estaba
empapado de rojo alrededor de estos cortes de carne. Tentáculos, largos
y viscosos, se agitaban fuera de la mesa, girando en espiral hacia el piso
abajo.
Mis fosas nasales se ensancharon contra el hedor. Este marisco no
había sido recién pescado. Tenía semanas y se había echado a perder.
Tanta gente se arremolinaba, claramente no afectada. ¿Cómo seguían
bailando antes de tal masacre?
Entonces me di cuenta. Solo yo veía esto. Solo yo olía esto. Yo era la
única que notaba alguno de los horrores de esta noche. Había cientos de
personas aquí, pero yo era la única que veía este mundo como era.
¿Cómo era eso posible? ¿Cómo era posible todo esto?
Hay una forma, susurró una pequeña y oscura voz en mi mente.
Sacudí la cabeza, como si estuviera ahuyentando un zumbido de
mosquito.
Nada de esto es real, insistió. Nadie más lo ve porque realmente no
está aquí para verlo. Te has vuelto loca, mi niña.
No. Eso no era todo. Eso no era posible.
No estaba loca.
Tenía que haber otra explicación.
¿La hay?
Sacudiendo mi cabeza, examiné la habitación de nuevo, buscando a
Camille y las Gracias. Nos íbamos. Íbamos a dejar este lugar horrible y
malvado y luego...
Dejé escapar un chillido que solo yo pude oír.
Donde antes había estado el pastel, había una fuente grande. Una
tortuga marina, la más grande que había visto en mi vida, se exhibía
sobre un lecho de anguilas muertas. Su gran caparazón había sido
atacado, aplastado y cortado. No había tenido una muerte fácil. Las
lágrimas brotaron de mis ojos.
Me atreví a acercarme más a la orgullosa bestia. Era enorme y
obviamente bastante mayor. Percebes salpicaban su espalda y sus aletas
estaban marcadas con cicatrices de batalla. Extendí la mano para trazar
una de las largas líneas, pero mi mano se detuvo cuando la cabeza de la
tortuga se movió.
¿Estaba viva? Seguramente nada podría haber resistido las heridas
en su cuerpo, pero ahí estaba de nuevo, el más leve espasmo de su
cabeza. Froté su aleta, haciéndole saber que no estaba sola. A pesar de
que estaba dolorida y asustada y probablemente a punto de morir, quería
que supiera que alguien la amaba y lo lamentaba.
La cabeza cayó hacia mi toque y me atreví a soñar que podría salvarla.
Mis hermanas y yo podríamos tomar la fuente y regresar a Highmoor.
Llenaría el estanque del solárium con agua salada. Podía vivir allí hasta
que se recuperara lo suficiente para regresar al mar.
Volvió a sacudir la cabeza y me incliné. Si estaba a punto de abrir los
ojos, quería ser lo primero que viera. El pico se movió y mi corazón saltó
de anticipación.
Los párpados de la tortuga se abrieron de golpe mientras una hilera
de gordos gusanos blancos cayó del agujero. Se derramaron del cráneo
de la pobre tortuga caretta en el plato. Su cuerpo estaba lleno de ellos,
listo para explotar.
Me di la vuelta, segura de que estaba a punto de enfermarme
horriblemente, y me encontré con el hombre dragón que miraba
lascivamente. Me agarró por los codos, evitando que me cayera.
—¿Estás disfrutando de los refrigerios? —preguntó.
Había tal ligereza en su voz, tan completamente en desacuerdo con lo
que acababa de ver, que me dio la esperanza de que el maldito desastre
fuera una ilusión, al igual que la fuente. Al volverme, esperaba ver el
pastel y los bonitos tazones de ponche, pero la sangre seguía allí,
esparcida por las mesas en un buffet sádico.
—Me siento mareada —confesé, mi cabeza girando por el humo.
¿Puedes encontrar a mis hermanas o a Fisher? ¿Puedes encontrar a
Camille?
Mis rodillas cedieron y me bajó al suelo, con la mano en la nuca. La
habitación entraba y salía de la oscuridad. Cuando el hombre dragón se
inclinó sobre mí, gotas de sudor corrían por su rostro.
Pasé los dedos por su mejilla. Volvieron negros y aceitosos.
La Llorona.
—Baila conmigo —me susurró al oído.
Mi estómago se revolvió, amenazando con perder el control, y me
obligué a alejarme del malvado espectro. El suelo se sentía pegajoso
cuando me arrastré hacia adelante. Pegajoso y en movimiento.
Los gusanos se derramaron de la bandeja de la tortuga en la pista de
baile, retorciéndose al compás de la alegre melodía de la orquesta. El
suelo estaba lleno de cuerpos repugnantes. Había miles de ellos. Se
arrastraron sobre mí, en mis zapatos, debajo de mis faldas, y finalmente
abrí la boca y grité.
—¡Annaleigh!
esde algún lugar lejano, en lo más profundo de mi desmayo,
escuché gritos. Solo quería quedarme donde estaba, en la
profunda y silenciosa oscuridad, pero la voz seguía gritando
mi nombre, cada vez más fuerte. Mi hombro se echó hacia atrás como si
lo empujaran.
—¡Annaleigh, tienes que despertar! —Otro empujón—. Ahora.
Volví en mí con un grito ahogado, mareada de confusión. Tenía la
boca seca y un sabor amargo y metálico cubría mi lengua. Entrecerré los
ojos contra el resplandor de los apliques de mi habitación.
—¿Qué hora es? —murmuré a Hanna, sentándome, lista para
empujarme fuera de la cama.
Pero no estaba en la cama.
Y Hanna no me había despertado.
—¡Cassius! ¿Qué haces en mi habitación? Papá te cortará la cabeza
si te encuentra aquí. —Parpadeé con fuerza y usé mis manos para
protegerme de la luz. ¿Por qué la habitación se sentía tan luminosa?
Se arrodilló a mi lado, agarrándome por los hombros, hundiendo los
dedos profundamente.
—Mírame —exigió, empujando mis manos hacia atrás.
Me tomó de la barbilla y me obligó a mirarlo a los ojos. Su rostro
estaba mortalmente pálido; un brillo de sudor perlaba su frente. Parecía
aterrorizado.
—Suéltame. Eso duele. —Me liberé de su agarre mortal.
Al instante, apartó las manos de mí.
—¿Estás despierta?
—Obviamente. ¿Por qué estás aquí?
Me levanté, haciendo una mueca. ¿Me había levantado de la cama
mientras dormía? ¿O de alguna manera me había quedado dormida en el
suelo después del baile? Me dolía el cuerpo, y cuando di un paso hacia
mi tocador, una punzada de dolor me subió por el pie.
Levantando el dobladillo de mi vestido —¿por qué no me había puesto
un camisón?—, hice una mueca. Mis pies estaban en carne viva con
moretones y ampollas. Realmente necesitábamos zapatos nuevos antes
de volver a bailar.
Me quedé inmóvil cuando los recuerdos regresaron de golpe,
estrellándome con la fuerza de una ola azotada por una tormenta.
El baile.
La sangrienta masacre en las mesas del banquete.
La Llorona.
Me hundí en la silla cuando un grito se me escapó. La Llorona había
estado en el baile. No en mis sueños, pero en realidad allí, a mi lado, sus
largos dedos agarraron mis muñecas. Cerré los ojos, luchando por
recordar lo que había sucedido después de que la vi.
Me había desmayado. ¿Pero entonces, qué?
—¿Me ayudaste a traerme de vuelta después de que me desmayé?
¿Me llevaste de vuelta? —Los ojos azules de Cassius estaban oscuros por
la incomprensión—. ¿Me viste desmayarme en el baile?
Apretó los labios, formando sus palabras con cuidado.
—Annaleigh, no hubo baile.
De repente sentí como si la temperatura hubiera bajado varios grados
y reprimí una ráfaga de escalofríos.
—¿No viniste? Nunca pude encontrarte allí. ¿Se cerró la puerta una
vez que la alcanzaste?
Cassius se arrodilló junto a mi silla, tomando mis manos entre las
suyas.
—No había puerta por la que pasar. Has estado en tu habitación toda
la noche.
Reprimí el cosquilleo de una risa que amenazaba con escapar.
—Eso es absurdo. Estaba en Lambent. Puedo decirte todo lo que
quieras saber sobre el castillo. Yo estaba allí, y también Camille y las
Gracias, y... estaba bailando. ¡Mira mis pies!
Echó un vistazo a mi dobladillo hecho jirones y mis tacones
ampollados y asintió lentamente.
Su silencio fue exasperante.
—¿Cómo explicas eso si no hubo baile? Si no fuiste, te quedaste
dormido o te olvidaste o lo que sea, solo admítelo y dilo, Cassius. Lo sé,
yo estaba ahí. Todas estábamos. ¡Excepto tú!
Se puso de pie, tensó la mandíbula y extendió la mano.
—Creo que tienes que venir conmigo.
—¿Por qué?
—Annaleigh, por favor. Tienes que ver esto por ti misma.
Con cautelosa vacilación, lo seguí al pasillo. Las antorchas estaban
en su configuración más baja, dando el brillo suficiente para resaltar los
retratos que colgaban de las paredes. Nunca había notado cómo los ojos
de mis hermanas parecían parpadear con vida, como lo hacían ahora,
siguiendo nuestro paso con miradas conocedoras. Con un escalofrío,
corrí detrás de Cassius.
Se detuvo frente a la habitación de Camille. Su puerta estaba
entreabierta.
—¿Qué se supone que debo ver?
Señaló el dormitorio con la cabeza.
—Entra.
La habitación estaba a oscuras y estaba a punto de darme la vuelta,
sin querer perturbar el sueño de Camille, cuando la vi. Mi boca se abrió,
como si me hubieran arrojado agua helada, devolviéndome a mis
sentidos.
Estaba bailando.
En medio del cuarto.
No con nadie, pero tampoco completamente sola.
Tenía los brazos extendidos, colocados como si descansaran sobre un
compañero fantasma. La seda de su vestido la seguía como un fantasma
mientras giraba por la habitación. Tenía los ojos cerrados con fuerza y
una sonrisa beatífica en los labios. ¿Estaba durmiendo?
—¡Camille! ¿Qué estás haciendo? ¿Qué…?
Me volví hacia Cassius para ver si podía entender la escena. Tenía la
boca en una línea sombría.
—¿Qué está haciendo? —susurré.
—Bailando.
—¿Pero con quién? Camille...
Extendió la mano y me detuvo.
—No lo hagas. Si está en una fuga disociativa, despertarla de un tirón
podría lastimarlas a los dos. —Se frotó una mancha enrojecida en la
mejilla. ¿Le había golpeado?—. ¿Alguna vez la has visto sonámbula?
Negué con la cabeza.
—Nunca.
Mientras observábamos, Camille maniobró a través de una serie de
intrincados pasos. Este no era el baile de fantasía al que habíamos jugado
en nuestra juventud, con nuestras faldas girando a nuestro alrededor
hasta que nos quedábamos sin aliento de risa.
Se arrojó hacia atrás, llevada por un compañero que no estaba allí.
Su espalda se arqueó lo suficiente como para que su pinza de pelo con
plumas rozara el suelo. Increíblemente, su pierna derecha se levantó y
estaba equilibrada en esta dolorosa contorsión en la planta de su pie
izquierdo. Si hubiera estado en los brazos de un guapo consorte, la pose
habría sido impresionante. Pero sin nadie que soportara su peso, se veía
anormal.
Antinatural.
Poseída.
Cassius tiró de mi manga, arrastrándome por el pasillo. Lo seguí de
mala gana, no queriendo dejar a Camille sola en tal estado.
Se pasó los dedos por el pelo.
—¿Dónde están las habitaciones de las niñas?
Fruncí el ceño.
—Al final del pasillo.
—Muéstrame por favor.
—Esa es la habitación de Mercy —dije, señalando la puerta cerrada a
nuestra izquierda. Mantuve un ojo atento por encima del hombro, segura
de que Camille vendría deslizándose tras nosotros en su misterioso solo
pas de deux.
—Quizá debería ser tú quien entre.
Palmeé el pomo de la puerta, un doloroso nudo de preocupación se
me clavó bajo las costillas. ¿Qué estaba a punto de encontrar?
Las cortinas de Mercy estaban corridas y estaba demasiado oscuro
para ver algo al principio. Entonces una figura blanca brilló a través del
rayo de luz que se derramaba desde el pasillo. Salté hacia atrás,
chocando con Cassius.
Mercy bailaba en sueños, al igual que Camille.
La miré durante un minuto antes de cruzar el pasillo hacia la
habitación de Honor. Estaba realizando una bonita pirueta, con los ojos
cerrados y la boca floja mientras dormía.
Me arrastré hasta la habitación de Verity, mis ojos en llamas por las
lágrimas no derramadas. Con manos temblorosas, abrí la puerta y esperé
a que mis ojos se adaptaran.
Verity tenía miedo de la oscuridad y siempre mantenía las cortinas
parcialmente abiertas, permitiendo que entrara la luz de la luna. Su
habitación estaba en silencio, y entré de puntillas, rezando para
encontrarla cómoda y segura en la cama. Cassius permaneció en la
puerta, su silueta recortada contra las luces de gas del pasillo.
Descorriendo las cortinas de la cama, quise llorar. La cama estaba
vacía; las sábanas estaban intactas.
—Annaleigh —murmuró Cassius cuando una pequeña figura se
deslizó a mi lado.
Verity bailaba el vals, sus pasos eran elegantes y mucho más seguros
de lo que jamás los había visto en la vida real. Me dejé caer en la cama
para evitar que chocara conmigo. Al pasar a través de un rayo de luz de
luna, se volvió y me sonrió.
Tenía los ojos abiertos. Lágrimas aceitosas, oscuras y muy abiertas,
negras como boca de lobo.
—¿Te importaría interrumpir? —preguntó, pero no era la voz de
Verity. Era la cosa de mis pesadillas, que de alguna manera habitaba a
mi hermana.
—¿Verity? —Lágrimas mías corrían por mi rostro. ¿Qué le había
pasado a mi hermana pequeña?
Cassius giró completamente la perilla del gas. Justo antes de que los
candelabros cobraran vida, la cosa que era Verity se dio la vuelta,
mirándolo, pero cuando la habitación se iluminó, el rostro de la Llorona
había desaparecido, y era solo mi hermana pequeña una vez más.
Se derrumbó en el suelo como una marioneta con cuerdas cortadas,
arriba en un momento y en una maraña de ramas y tul al siguiente.
—¡Verity! —grité, corriendo hacia ella. Acuné su pequeño cuerpo
contra el mío, ahogándome con mis lágrimas mientras sus ojos
parpadeaban abiertos. Eran verdes, no negros, y la acerqué a mí,
abrazándola con tanta fuerza como me atrevía con un sollozo de alivio.
—¿Qué estás haciendo aquí, Annaleigh? —preguntó, su voz ronca y
áspera.
Tal como había sido la mía cuando Cassius me despertó….
—¿Estás bien? ¿Estás completamente bien? —pregunté, acariciando
sus rizos, necesitando asegurarme de que realmente era ella.
—Quiero volver a dormir —murmuró somnolienta, con los párpados
cerrándose.
—¡No! —Le di unas palmaditas en las mejillas, tratando de
mantenerla despierta, pero acarició mi cuello y se quedó dormida una vez
más.
—¿Qué está pasando? —pregunté, volviéndome hacia Cassius—.
¿Qué les pasa a mis hermanas?
—Creo que podría ser... —Hizo una pausa y salió al pasillo—.
¿Escuchas eso?
Ladeé la cabeza hacia la puerta, escuchando. Me pareció escuchar
una serie de golpes, pero estaban amortiguados, demasiado lejos para
discernir adecuadamente.
—¿El vestíbulo delantero? —adiviné.
—Vuelvo enseguida —dijo, dejándonos.
Me senté en medio de la habitación de Verity, apretándola contra mi
pecho. Estaba aterrorizada de dejarla ir, segura de que se levantaría y
empezaría a bailar de nuevo. Quería mantenerla a salvo y acurrucada a
mi lado, pero a medida que pasaban los minutos, se puso pesada,
presionando incómodamente mis huesos de la cadera y moviéndose
nerviosamente mientras dormía. Me tambaleé y levanté su cuerpo
postrado hasta la cama.
Le levanté la colcha hasta la barbilla y observé cómo subía y bajaba
su pecho. Sus ojos bailaban bajo sus párpados. Se veía tan contenta, era
difícil imaginar que había estado bailando el vals por la habitación, con
esa cosa usando su cara, momentos antes.
Los golpes se convirtieron en gritos indistintos y escuché pasos
corriendo escaleras arriba. Alguien debía haber ido por Papá.
Me dirigí hacia la puerta, queriendo vigilar a Verity pero también
odiando perderme de qué se trataba la conmoción. Escuché las
maldiciones murmuradas de papá mezcladas con el ruido sordo de sus
pies en la escalera.
—¿Papá? —Llamé por el largo pasillo—. ¿Qué está pasando?
—¡Y has despertado a todos en la casa! —reprendió a Roland. Ambos
todavía estaban vestidos con ropa de cama—. Vuelve a dormir, niña. Es
solo un mensajero.
¿Un mensajero en la oscuridad de la noche?
Eché una mirada por encima del hombro a Verity, que todavía dormía
pacíficamente. Atenuando los apliques, no quería que se despertara en la
oscuridad total, salí corriendo de la habitación y pasé por las puertas de
mis hermanas. Si todavía estaban girando y bailando con sus
compañeros fantasmas, no quería saberlo.
Cuando llegué al vestíbulo, se había reunido una multitud de
cocineros y lacayos, criadas y mayordomos. Rodeaban a un marinero de
aspecto andrajoso. Estaba empapado hasta los huesos, con una manta
de lana sobre los hombros. Aun así, temblaba, casi congelado por la fría
noche. Buscó frenéticamente la habitación hasta que vio a mi padre.
—¡Mi señor! —gritó el marinero—. Traigo noticias espantosas. Ha
habido un naufragio cerca de la costa norte de Hesperus. Muchos han
muerto. Están tratando de salvar la carga, pero el velero está llenándose
de agua rápidamente. Necesitamos ayuda.
Papá dio un paso adelante cuando los reunidos se quedaron
boquiabiertos ante la noticia.
—¿Por qué has perdido todo este tiempo viniendo aquí? Silas necesita
encender el faro de socorro. Los hombres de Selkirk y Astrea acudirán en
su ayuda.
—Primero probamos con Hesperus, milord, pero algo anda mal allí.
Por eso es que el velero encalló. La luz estaba apagada. ¡El Viejo Maude
se ha apagado!
uestra primera prioridad es llegar a los restos del naufragio
—dijo Papá, paseándose frente a la gran chimenea de su
— estudio. Sobre la repisa de la chimenea colgaba el escudo de
nuestra familia. Los ojos del pulpo de Thaumas brillaban a la luz de las
velas, como si le divirtiera nuestra situación.
Cassius, Roland, el marinero y yo nos sentamos en sillas esparcidas
por la habitación. Grandes mapas y cartas oceánicas, sujetos en las
esquinas con pisapapeles en forma de ancla, cubrían el escritorio de
Papá.
—Necesitamos salvar todas las vidas y la carga que podamos. —Papá
hizo un gesto con la cabeza a Roland—. Despierta a todos los hombres
sanos que tenemos y zarpa hacia el Rusalka de inmediato. —Miró por la
ventana detrás del escritorio, estudiando la veleta unida al hastial
inferior—. Los vientos están a nuestro favor, al menos. —Tocó el mapa
donde el marinero dijo que el barco había chocado contra las rocas—. Si
aguantan, deberías poder alcanzarlo en dos horas.
Roland se fue con un clic de sus tacones, llevándose al marinero con
él.
—Papá, ¿qué pasa con el Viejo Maude? —pregunté—. ¿No deberíamos
enviar a alguien para ver cómo está Silas? No recuerdo que se apagara la
luz antes.
Se hundió en su silla, mirando fijamente las crepitantes llamas
mientras se frotaba los círculos debajo de los ojos.
—Simplemente no entiendo lo que está pasando. Primero Eulalie,
luego las chicas. Ahora esto. Es casi como si... —Sacudió la cabeza,
aclarando sus oscuros pensamientos. Me miró confundido, como si
realmente me viera por primera vez esa noche—. ¿Qué llevas puesto,
Annaleigh?
—Yo... —Me detuve, incapaz de responder verdaderamente.
Lo hizo a un lado.
—No importa. Hay que volver a encender el Viejo Maude. Despertaré
a Fisher. Necesita regresar y volver a encender la luz.
Mi mente vagó por las escaleras hasta las habitaciones de mis
hermanas. Fisher había estado en el baile con nosotras. ¿Lo
encontraríamos bailando también en su habitación?
—Papá, hay algo más que necesito decirte —comencé a decir, pero
Cassius movió la cabeza, advirtiéndome que me detuviera.
—Tiene tanto en su plato en este momento, señor —dijo Cassius—.
Déjeme ir y despertarlo.
—Sería muy amable de su parte. Realmente debería ver cómo está
Morella. Estaba tan nerviosa cuando Roland nos despertó. Gracias a los
dos.
Lo vi dirigirse hacia el vestíbulo, con los hombros encorvados por
demasiado peso.
—¿Dónde está la habitación de Fisher? —preguntó Cassius,
llevándome a la tarea que tenía entre manos.
—En el segundo piso, justo encima de las cocinas del lado de los
sirvientes.
Nos apresuramos a subir las escaleras, haciéndonos a un lado
mientras Roland bajaba ruidosamente los escalones más allá de
nosotros, seguido de un grupo de lacayos de ojos somnolientos.
—¿Dijiste que estaba en el baile contigo?
Asentí con la cabeza, llevándolo por el pasillo tenuemente iluminado.
Las paredes eran de un blanco puro, las puertas lisas con manijas de
latón. Una vez estuve en la habitación de Fisher, cuando éramos niños.
Hanna le había dado un jalón en las orejas cuando se enteró.
—¿Va a ser como Camille y las demás?
—No lo sé —respondió Cassius—. Honestamente, no sé qué esperar
de esta noche.
—¿Estaba yo... así? —pregunté, deteniéndome frente a la habitación
de Fisher. No quería imaginarme dando vueltas y contorsionándome en
las poses que había visto realizar a mis hermanas. Que Llorona me
hubiera obligado de alguna manera a hacerlo me hacía querer llorar.
—Lo estabas —confirmó en voz baja—. Pensé que era una broma
horrible, pero pasaste por un rayo de luz de luna y vi tu cara...
—¿Mis ojos estaban completamente negros? —pregunté. Mi voz se
sentía increíblemente pequeña y tensa.
—Pudo haber sido un truco de las sombras… pero fue horrible,
Annaleigh. Era como si te hubieras... ido. Estaba tan asustado de haberte
perdido de alguna manera.
Agarré su mano, llevándola a mis labios.
—Estoy aquí. Todavía soy tuya.
Su boca se curvó en la sombra de una sonrisa.
—¿Mía? ¿De verdad?
—Toda tuya —prometí, y besé sus dedos de nuevo.
Me atrajo, presionando un beso en la parte superior de mi cabeza.
Quería quedarme allí, envuelta en la calidez y seguridad de su abrazo,
pero no podíamos quedarnos. El Viejo Maude necesitaba ser encendido
de nuevo.
Soltando un suspiro tembloroso, me alejé del lado de Cassius.
—Tengo tanto miedo de abrir esta puerta.
—Lo haré yo —dijo, girando la perilla y empujando. Después de un
segundo de vacilación, entró.
—¿Cassius? —grité cuando el silencio se hizo lo suficientemente
fuerte como para resultar ensordecedor.
Agaché la cabeza, entrecerrando los ojos en la oscuridad. Pude
distinguir una cama baja y estrecha con una colcha cuidadosamente
colocada alrededor y un pequeño escritorio y una silla. La ropa de Fisher
colgaba de una serie de clavijas en la pared. Pero no Fisher.
—No está aquí.
—¿Quizás Roland lo despertó?
—Lo hubiéramos visto bajar las escaleras con los otros hombres —
dijo Cassius, asomándose al pasillo.
—Pudo haber escuchado la conmoción y haber bajado antes —
adiviné, pensando en voz alta.
Eché hacia atrás mechones de cabello que se habían soltado de mi
recogido retorcido. Simplemente no tenía ningún sentido. ¿Cuándo había
pasado de estar despierta a tener pesadillas tan horribles?
—¿Crees que está en la Gruta? Tal vez bajó para el baile y…
—No hubo baile —repitió Cassius con firmeza—. No está en la Gruta.
Revisé allí cuando nunca bajaste. Estaba vacío. Sin gente, sin fiestas, sin
puerta mágica. —Dejó escapar un suspiro—. Hay cientos de lugares
donde podría estar ahora, pero no tenemos tiempo para buscar. Es
necesario volver a encender el faro. Tan pronto como sea posible.
—Yo podría encenderlo.
Cassius pareció sorprendido.
—¿Tú?
—Papá me llevó a visitar el Viejo Maude a menudo cuando era niña.
Creo que recuerdo todo lo que Silas me mostró.
—Vístete con ropa más abrigada y encuéntrame en el jardín, fuera de
todos los árboles. Date prisa.
Arqueé las cejas. Dijo lo mismo la noche que viajamos a la Casa de
las Siete Lunas.
—Vamos a Hesperus.
Escuché las olas golpear antes de saber que habíamos dejado Salten.
o acostumbrada a la velocidad a la que Cassius podía viajar,
me aferré a él por un momento, recuperando mi sentido del
equilibrio. Al abrir los ojos, vi al Viejo Maude, su alegre espiral
blanca y negra cubierta con una capa de hielo y dentada con cientos de
carámbanos que colgaban de sus rieles. A la luz oscura de las estrellas,
eran como dientes congelados.
Se veía tan extraña sin su faro para iluminar el cielo nocturno, una
cáscara silenciosa mirando a Salann con ojos ciegos y muertos. Nunca
antes había visto la isla tan oscura. La luna colgaba baja en lo alto, pero
oscuras volutas de nubes pasaban velozmente. Se acercaba una
tormenta.
Aterrizamos en el extremo este de la isla, lejos del Viejo Maude y la
casita de Silas. Me dirigí al camino estrecho, manteniéndome atenta por
Silas. Nunca habría dejado que se apagara la luz. Algo estaba
terriblemente mal.
Muy por debajo de nosotros estaba la costa, arena negra cubierta de
remolinos de nieve blanca. Habiendo pasado tantas horas aquí cuando
era niña, conocía esta isla como la palma de mi mano. A pesar de la
ansiedad y el cansancio que pesaban sobre mi pecho, mi corazón se elevó
al ver las rocas y los riscos familiares.
Doblamos una curva y llegamos cerca del acantilado del faro.
—Oh, Dios —murmuró Cassius, al ver el vasto océano ante nosotros.
Sonreí, complacida de que lo impresionara. Las olas golpeaban la
base del acantilado del Maude, y el aire estaba vivo con ráfagas y un
sabor salado. Olas espumosas salpicaban el agua hasta donde podíamos
ver, y lejos en el mar, se estaba formando una gruesa pared de nubes.
Los relámpagos bailaban a través de ellas, esto prometía ser una
tormenta monstruosa. Tendríamos más nieve en Salten antes de que
anocheciera.
Cassius giró en un círculo lento, observando el diseño de la isla y
mirando la enorme estructura que teníamos ante nosotros.
—¿Qué es eso?
Seguí su mirada hasta la cima del faro.
—Es un pararrayos. Atrae rayos para proteger el resto de la
estructura.
—Estoy seguro de que tendrá bastante esta noche. Es extraño ver
tantos relámpagos con una tormenta de nieve, ¿no? —Entrecerró los ojos
contra los vientos aulladores.
Colina abajo de nosotros estaba la casa de Silas. Todas las ventanas,
estrechas y con cristales gruesos para resistir los vientos del Kaleic,
estaban oscuras.
—La llave debe estar adentro —dije, incapaz de apartar la mirada de
las ventanas. Se sentía como si algo nos devolviera la mirada. Me enterré
más profundamente en mi bufanda—. Silas la tiene colgada en la cocina.
Entramos en la cabaña por la puerta lateral y nos detuvimos en el
vestíbulo. Botas de pescador altas colgaban boca abajo de largas clavijas
sobre una estera, y un pesado abrigo, una vez negro, pero ahora
manchado de sal, descansaba en el gancho superior de un perchero.
—No habría salido de la casa sin esto —murmuré, tocando la lana
gastada del pesado abrigo—. ¿Silas? —grité, alzando la voz—. Es
Annaleigh Thaumas. ¿Estás aquí?
Hicimos una pausa, pero solo oímos el viento en el exterior. Pasó a
toda velocidad junto a la casa, convirtiéndose en un aullido bajo.
—¿Dijiste que la llave está en la cocina? —preguntó Cassius,
incitándome a entrar más en la casa.
En la mesa en el centro del pequeño salón había un quinqué, y
busqué a tientas una caja de fósforos. Intentaba imaginarme a Fisher y
Silas en los sillones raídos, acurrucados alrededor de la chimenea
mientras se turnaban para comprobar la luz del faro. ¿Jugaban a las
cartas para pasar el tiempo? ¿Cantar canciones o contar cuentos
extravagantes? La mecha cobró vida parpadeando, su cálido resplandor
disipó parte del misterio de la noche.
Armados con la luz, rápidamente encontramos el aro de llaves de
hierro colgando junto a la puerta trasera. Cuando lo descolgué, se
escuchó un crujido por encima de nosotros, como si alguien hubiera
pisado una tabla irregular del suelo.
—¿Silas? —grité—¿Eres tú? —Me volví hacia Cassius—. Deberíamos
subir y comprobar. ¿Y si está enfermo?
—Yo iré. —Se ofreció como voluntario, sus ojos encontraron las
destartaladas escaleras que conducían al segundo piso—. Quédate aquí.
Negué con la cabeza cuando sonó otro chillido.
—Silas me conoce. Yo también debería ir.
Cassius me entregó la linterna y recogió un atizador que estaba cerca
de la chimenea. Lo lanzó al suelo, probando su peso.
—Quédate detrás de mí, al menos. Por si acaso.
—¿En caso de qué? —pregunté mientras subíamos las escaleras.
—En caso de que no sea Silas —siseó en voz baja.
Tragué una oleada de miedo mientras subíamos los últimos
escalones.
Había tres habitaciones en el nivel superior. Todas las puertas
estaban cerradas. Cassius abrió la más cercana a nosotros. Era el
dormitorio vacío de Fisher.
El siguiente era el despacho de Silas, abarrotado de libros y registros.
Un viejo globo descansaba debajo de una ventana parcialmente abierta.
Cuando pasó una ráfaga de viento, la esfera giró, crujiendo al girar sobre
su eje oxidado. Recé para que ese fuera el ruido que habíamos escuchado
abajo.
La última habitación era el dormitorio de Silas. Estaba casi sin cosas,
excepto por las pilas de libros que cubrían el suelo. Las cortinas de
algodón liso estaban echadas, dando una vista espectacular del Viejo
Maude. Justo enfrente de la ventana había una amplia cama de latón.
—Oh, Silas —susurré, viendo la forma inmóvil debajo de la colcha
azul marino y blanca.
Estaba acostado apoyado en una almohada, con un libro abierto
sobre el pecho. Su rostro arrugado y curtido parecía tan tranquilo que
podría haber estado dormitando. Pero no se movía, y había un olor
amargo en el aire, arrugando nuestras narices. Probablemente se metió
en la cama hace aproximadamente un día, después de una larga noche
cuidando la llama, y nunca se despertó.
Miré por la ventana al Viejo Maude. Parecía estar mirando con
ansiedad, incapaz de ayudar a su viejo amigo. Esperaba que su amado
faro hubiera sido lo último que viera antes de cerrar los ojos. Lágrimas
brotaron de los míos al recordar su sonrisa torcida y su risa ronca.
Cassius buscó el pulso de Silas, un gesto superficial, antes de
levantarle la colcha sobre su rostro. Salimos de puntillas del dormitorio
y cerramos la puerta con cuidado detrás de nosotros, como si pudiéramos
despertarlo.
—Tendremos que enviar al Gran Marinero a la primera luz —dije una
vez que estuvimos abajo. Mi voz tembló, espesa y triste—. Y a Fisher
también, por supuesto.
—Lamento que se haya ido, Annaleigh —dijo Cassius, apretando mi
hombro suavemente—. Pero parecía que vivió una buena y larga vida.
—No crees que sufrió, ¿verdad?
Limpió las lágrimas de mi mejilla y me dio un abrazo.
—Estoy seguro de que no.
—El Viejo Maude debe haberse quedado sin queroseno, y el faro se
apagó. —Metí la mano en el bolsillo y busqué las llaves.
—¿Sabes cómo rellenarlo?
Asentí.
—Silas siempre me hacía subir el cubo de aceite por los escalones.
Dijo que las rodillas jóvenes podían hacerlo en la mitad del tiempo con la
mitad del esfuerzo.
—Deberíamos darnos prisa, entonces. Una vez que llegue la tormenta,
no podré llevarnos de regreso a Highmoor.
Me subí el pañuelo por la cabeza una vez más, asegurando los
extremos para que no volara.
—¿No puedes viajar en tormentas?
—No con rayos. Es demasiado impredecible.
—Entonces no perdamos el tiempo. —Tanteé el pomo de la puerta,
lista para correr al cobertizo de suministros. Silas guardaba allí grandes
bidones llenos de aceite de queroseno—. ¿Estás listo?
Salimos al viento. El aire era aún más frío ahora, silbando a través de
la isla y azotando copos de nieve en nuestros ojos. Abrí la puerta,
encontré un viejo balde de hojalata y lo llené hasta tres cuartas partes.
El penetrante aroma del queroseno me quemó las fosas nasales.
—¿No necesitarás más? Lo subiré. No te preocupes por el peso —dijo
Cassius.
—El tanque no puede contener más que esto —dije, cerrando el grifo
de queroseno—. Esto mantendrá la llama encendida durante unos días,
al menos hasta que Fisher pueda regresar. Vamos.
Salimos hacia el Viejo Maude, con cuidado de evitar las manchas de
hielo en los escalones del acantilado. Me detuve en el umbral y me quité
un poco de arena del ojo. Una ráfaga de viento pasó a toda velocidad por
el faro y cerró la puerta de golpe con un fuerte estruendo. Sobresaltada,
dejé caer la linterna. El cristal se hizo añicos, las llamas parpadearon
ávidamente sobre el combustible. Hubo un estallido de luz y nos
quedamos en la más absoluta oscuridad.
—¡Lo siento mucho! —exclamé, extendiendo la mano para sentir a
Cassius—. La puerta me golpeó y...
—Está bien —dijo, encontrando mi mano y dándole un apretón
tranquilizador—. ¿Estoy seguro de que hay otra en la cabaña?
—No tenemos tiempo. La tormenta casi está aquí. Hay una linterna
en la mitad de las escaleras. Subiré y la encenderé. Quédate aquí para
que no se derrame nada de combustible.
La tenue luz de las estrellas se filtraba a través del faro desde las
ventanas de la galería de arriba. La barandilla de la escalera de caracol
apenas era visible. La agarré y palpé con el pie en busca del primer
escalón, luego el siguiente y el siguiente después de ese.
Manteniendo una mano en la barandilla para asegurarme en el
oscuro vacío y la otra en la tosca pared de piedra, busqué la linterna a
tientas.
Estaba a unos veinte escalones cuando algo me rozó el pelo, una
caricia fantasma que me detuvo.
—Baila conmigo —susurró una voz suave justo detrás de mi oreja.
—¿Cassius? —grité. ¿Había decidido subir también, en lugar de
esperar a que se apagara la luz?
—¿Sí? —Su voz venía de debajo de mí, en el centro del pozo.
Agarrándome de la barandilla, moví mi otra mano en la oscuridad,
segura de que golpearía el cuerpo de otra persona, de otra cosa, y gritaría.
Pero no había nada, solo el aire frío y húmedo.
—Baila conmigo —repitió la voz suplicante.
—¿Escuchas... escuchas eso? —pregunté, luchando por mantener el
nivel de voz.
—No puedo escuchar nada con ese viento —respondió—. ¿Debería
subir?
Cuando mis dedos rozaron el pequeño globo de cristal, quise llorar de
alivio. Busqué a tientas la puerta de la linterna y encontré la mecha.
Justo antes de que encendiera una cerilla contra la pared, tuve una
terrible premonición cuando lo hice, la Llorona estaría allí frente a mí. Me
imaginé a mí misma, asustada, cayendo por las escaleras de metal y
terminando en una pila irregular de miembros rotos y ensangrentados.
Pero era solo yo, y cuando la mecha cobró vida, un suave resplandor
de luz calentó el hueco de la escalera. Cassius me estaba mirando, cubo
en mano.
—¿Estás bien? —preguntó, dando un paso alrededor de los
fragmentos de vidrio de la linterna rota.
Asentí.
—Mi imaginación me superó por un momento.
Subió los escalones en espiral, arrastrando el queroseno.
—No debería extrañarme después de todo lo que pasó esta noche. ¿A
dónde vamos a llevar esto?
Señalé hacia el eje del faro, donde las escaleras se curvaban una y
otra vez, estrechándose sobre sí mismas en la parte superior como el
cuerpo de una concha.
—Todo el camino hasta la sala de vigilancia. La base del faro está ahí.
Dejó el pesado cubo por un momento y se secó la frente.
—Lidera el camino.
Dejé mi linterna sobre la mesa de la sala de vigilancia y comprobé el
tanque del faro. Estaba vacío.
—Tenemos que volver a arrancar el pistón y luego poner el aceite de
queroseno —expliqué, girando la manija. Una vez que se levantó el peso,
hice que Cassius vertiera el aceite y luego restableciera el peso—. El
pistón presiona el aceite a través de la tubería aquí —dije, mostrándole
el tubo de cobre que llega hasta el quemador en la sala de la galería—. A
medida que la mecha quema el aceite, el tanque lo repone.
—Hasta que se agote —dijo Cassius, dejando el cubo.
—Exactamente. Ahora solo tenemos que encender el quemador y el
faro se encenderá.
Cassius miró por una de las ventanas, hacia la tormenta.
—Deberíamos tener el tiempo suficiente.
—Quédate aquí en caso de que necesite que bajes el pistón de nuevo
para que fluya el queroseno —le dije, dejando la linterna con Cassius
mientras subía las escaleras.
La galería era un lío de sombras oscuras, pero encontré el camino
hacia el faro y la lámpara. Envolviéndome la falda alrededor de los dedos,
los aceites de mi piel harían que el vidrio se calentara de manera desigual
y se rompiera, deslicé el plato a un lado y encendí la mecha. Se estremeció
y parpadeó cuando el queroseno subió desde abajo. Una vez que la llama
estuvo prendida y firme, volví a colocar el vidrio en su lugar y estudié los
espejos giratorios. Funcionaban con un sistema de péndulo, muy
parecido a un reloj de pie.
—¿Cómo se ve? —preguntó Cassius. La llama del faro me ofreció la
luz suficiente para verlo a través de la abertura del suelo.
Me arrodillé, señalando a través del agujero.
—¿Ves esas cadenas cerca de ti? Levanta las pesas por completo y
luego gira el pestillo. Eso pondrá en marcha los espejos, enviando un
destello de luz.
Entrecerrando los ojos hacia la oscuridad, lo vi trabajar, revisando la
mecha, cada pocos segundos para asegurarme de que todavía estaba
fuerte. Incliné uno de los vidrios, cegándome instantáneamente cuando
la habitación se iluminó, amplificada por la serie de espejos.
—¡Esta funcionando! —exclamé, frotándome los ojos. Docenas de
puntos de colores brillantes atravesaron mi visión, haciendo imposible
ver. Escuché a Cassius en las escaleras, acercándose para ver nuestro
trabajo—. Cuidado con el resplandor —advertí. Si Silas estuviera aquí, se
habría reído de un error tan de principiantes.
—¿Annaleigh?
Capté la nota de preocupación en la voz de Cassius. Entrecerrando
los ojos, apenas pude distinguir su forma en las escaleras. Las estrellas
bailaban a su alrededor.
—Annaleigh, acércate a mí.
—¿Qué? ¿Por qué?
Estaba mirando más allá de mí, mirando algo acurrucado en mis
tobillos. Me volví y un chillido salió de mi pecho, dividiendo el mundo en
dos.
Allí, en el suelo, retorcido con rigidez cadavérica y oscurecido por la
descomposición, estaba Fisher.
is rodillas golpearon las tablas de madera mientras caía al
suelo. Traté de cubrirme la boca, pero nada pudo detener los
gritos guturales y ahogados. El cuello de Fisher estaba
horriblemente torcido hacia un lado, sus articulaciones extendidas en
ángulos antinaturales. Los ojos blancos como la leche me devolvieron la
mirada desde las órbitas hundidas. Sabía que en realidad no podían
verme, pero parecían suplicar por su liberación.
—¿Fisher? —sollocé, arrastrándome hacia el cadáver.
Mis manos temblorosas se estiraron para ayudar de alguna manera
antes de caer hacia atrás. No había forma de ayudarlo. Llevaba muerto
mucho tiempo. El hedor fétido de carne podrida era abrumador,
cubriendo mi lengua y garganta. Una oleada de náuseas subió a mi boca
y me volví, escupiéndola.
—No entiendo —gemí.
Cassius estuvo a mi lado en un instante, abrazándome, alejándome
del cuerpo en descomposición de mi amigo de la infancia.
—Lo vi no hace cinco horas. ¿Cómo es esto posible?
Una risa baja vino de las sombras, aparentemente del propio Fisher.
Se hizo más y más fuerte, transformándose en una carcajada de triunfo.
Cassius me ayudó a ponerme de pie y me empujó detrás de él mientras
montaba guardia, y sacó una daga oculta de su bota.
—¿Quién está ahí? —preguntó, apuntando con la hoja al cadáver—.
Muéstrate.
Hubo una onda imposible en el pecho de Fisher, y su brazo colgó de
su cuerpo, golpeando el suelo con una bofetada.
—¿Fisher? —suspiré, atreviéndome a esperar que de alguna manera
todavía estuviera vivo.
El brazo se flexionó, contorsionándose mientras sus piernas
luchaban por empujar la mitad inferior de su cuerpo del suelo. Parecía
que no podían encontrar agarre y tuvieron que presionar nuevamente,
probando su fuerza. Su otro brazo se sacudió debajo de él, de modo que
parecía un cangrejo volteado de espaldas, luchando para enderezarse. Su
torso se retorció y contorsionó, músculos y tendones crujiendo,
chasqueando y estallando en ángulos dolorosos.
Un gemido bajo y agudo salió de mi pecho mientras me acurrucaba
detrás de Cassius, mis dedos apretados alrededor de sus costados,
anclándome a él. Él era real. Él estaba aquí. Todo lo demás parecía
sacado de una oscura pesadilla de la que pronto me despertaría.
Fisher se enderezó y se puso de pie sobre unas piernas demasiado
deterioradas para soportar el peso. Sus rodillas se doblaban, su espalda
ladeada, encorvada y corpulenta. Nos miró por un momento de manera
inexpresiva y pétrea, luego comenzó a toser.
Una flema espesa y viscosa salió de su boca y aterrizó en el suelo
como gotas de alquitrán. Su cuerpo se estremeció por la fuerza, luchando
por expulsar todo lo que estaba alojado en lo profundo de su garganta.
Cuando sus labios comenzaron a desprenderse, curvándose hacia atrás
como rollos de corteza de árbol enrollada, presioné mi cara contra
Cassius, luchando contra la necesidad de vomitar. No quería ver lo que
venía después.
Pero no pude enmascarar los jadeos y gemidos mientras mi amigo
muerto tiraba y luchaba contra el objeto extraño. Con un estallido
húmedo, algo terrible cedió y cayó al suelo. Me asomé por encima del
hombro de Cassius, incapaz de no mirar.
El cuerpo de Fisher yacía abierto, pedazos y partes arrojadas en una
espantosa explosión. En el centro de este horror absoluto estaba una
figura, de espaldas a nosotros. Cubierta de vísceras, giró el cuello de un
lado a otro, estirando los músculos, deleitándose con su repentina
libertad después de un encierro tan estrecho.
Se volvió lentamente, mirando a su alrededor. Cuando nos vio, su
boca oscura brilló en una sonrisa, incluso mientras lágrimas aceitosas
corrían por su rostro.
Sus terribles ojos negros se encontraron con los míos.
—¿Bailas conmigo?
—¿Kosamaras? —jadeó Cassius.
—Hola, sobrino —respondió la Llorona, mirándolo con los ojos
entrecerrados.
Mi boca se abrió con alarma.
—¿Conoces a esta... cosa?
—Mi tía. —Cassius bajó la daga, relacionando cosas de las que yo no
tenía conocimiento—. Las fiestas, el baile... ¿eso fuiste tú?
Los ojos de la Llorona estaban desorbitados bajo la luz pulsante.
—Lo fue, lo fue. Puede que sea mi mejor trabajo hasta ahora. Por
supuesto, no está del todo terminado. —Ladeó la cabeza, mirándome a
su alrededor—. Espero que no te hayas encariñado demasiado con esta.
Ella es la siguiente en mi lista.
—¿Lista? —repetí—. Cassius, ¿qué está pasando?
Cada fibra de mi cuerpo me gritaba que me fuera, que bajara
corriendo las escaleras y saliera al frío, lejos de esta criatura, a un lugar
seguro. Pero, ¿dónde estaba segura? No esta isla, y ciertamente no en
Highmoor. Y con la rápida aproximación de la tormenta, incluso el mar
sería peligroso. Realmente no había ningún lugar adonde ir.
—Kosamaras —susurré, repitiendo el nombre con el que la había
llamado. Lo había escuchado antes. Sacando a la luz los recuerdos de las
lecciones de la infancia sobre la lista de los dioses, los examiné hasta que
lo recordé. Kosamaras era la media hermana de Versia, no del todo una
diosa, pero definitivamente una inmortal—. Heraldo de la Locura.
Se pasó la lengua por las puntas puntiagudas de los dientes.
—Y pesadillas —agregó—. Todos siempre se olvidan de las Pesadillas.
No debería molestarme, lo sé, pero realmente es mi parte favorita. —
Extendió las manos, señalando los restos de Fisher—. Soy tan buena
para ellas.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó Cassius.
Se echó a reír, un pequeño y desagradable tono pulsante en lo
profundo de su garganta, como una cigarra buscando a su pareja.
—Me han invocado, querido muchacho, ¿por qué si no?
—¿Por quién?
—Sabes que no te diré eso, querido sobrino mío.
Pasó rápidamente a su lado, yendo directamente hacia mí, y casi
tropecé con mis faldas para alejarme de ella. Metiéndome en la ventana
de cristal, presionó su cuerpo contra el mío. Hacía un frío sorprendente,
y se me puso la piel de gallina en los brazos.
—Hemos tenido bastantes momentos divertidos, ¿no es así, pequeña
niña Thaumas? Siempre fuiste mi compañera favorita. —Ahuecó mi
mejilla, pasando sus dedos por mi mandíbula.
—¿El baile? —Cada centímetro de mí ansiaba liberarse de su agarre,
pero era más fuerte de lo que parecía, y su agarre en mi muñeca era como
un grillete—. ¿Las fiestas no eran reales? ¿Ninguna de ellas?
Kosamaras se rió encantada.
—¡Ahora te estás dando cuenta! —Se volvió hacia Cassius—. Sabes,
debo dar crédito a lo que es debido. Tu pequeño amor era mucho más
difícil de engañar que la mayoría de sus hermanas. El chico tenía que
deslizarle algo cada vez, solo para noquearla lo suficiente como para
soñar. Vino, té, champán, lo que sea. —Volvió a centrar su atención en
mí—. Pero siempre te tenía bailando al final.
—¿Fisher me drogaba?
Me dio una palmada en la mejilla y se acercó al baile, como una polilla
a una llama.
—¿Él? —preguntó, volviéndose hacia la pila de Fisher—. Nunca ha
sido él. Realmente no. Ha sido un saco de carne en descomposición
durante semanas. Yo... —exclamó la palabra con gran importancia—, lo
controlaba todo.
—Eso no es posible. Lo vi vivo solo...
—¡Viste lo que yo quería que vieras! —espetó, todo rastro de alegría
desapareció de su voz. Alrededor de sus ojos, oscuras redes de venas
palpitaban de rabia y una nueva ola de lágrimas caía en cascada por sus
mejillas, goteando al suelo con abandono—. Todo lo que has visto, todo
lo que has hecho, ha sido lo que quería que hicieras. —Sus ojos se
posaron en Cassius—. Bueno, casi todo.
Un relámpago bailó junto al Viejo Maude, golpeando los acantilados
muy por debajo de nosotros. Quería llorar. La tormenta estaba aquí y
estábamos atrapados en Hesperus hasta que amainara.
—Así que enviaste a las chicas a bailar —dijo Cassius. Si había
notado el rayo, su voz no lo traicionó.
Vi la daga todavía en su mano, flácida a su costado, y pensé
brevemente en robarla para hundirla en su pecho. Pero un poco de acero
ni siquiera arañaría a un inmortal y me estremecí al pensar en lo que me
haría si estuviera enojada.
—Es un atractivo bastante impresionante, muy elaborado, estoy
seguro. Pero no entiendo tu final. ¿Por qué enviarlas a bailar en
extravagantes castillos con bonitos vestidos? Difícilmente parece tu
estilo.
Kosamaras pasó por encima del tobillo de Fisher para mirar por la
ventana. La golpeó una vez, dejando una mancha de sangre en el cristal.
—Veo lo que estás haciendo, sobrino, engatusándome para que te
diga más de lo que debería. —Se encogió de hombros—. No es como si
alguien fuera a creer a ninguno de los dos, ¿verdad? No conmigo en sus
mentes. —Tarareó un bonito vals, bailando alrededor de partes de
Fisher—. Lo admito, la complejidad fue parte del atractivo. Controlar las
visiones de ocho chicas a la vez, sin que ninguna se diera cuenta... era
un desafío que no podía dejar pasar. Y todas estaban tan distraídas y
desfallecidas. Parecía el tema perfecto. Las atraje con adornos y
brillantez, luego dejé que su propia locura se hiciera cargo.
Otra luz estroboscópica iluminó brevemente el cielo, mucho más
brillante que la luz del Viejo Maude.
—Dos ya bailaron hasta morir —continuó, con la voz llena de
orgullo—. Directamente al frío como locas, dando vueltas y vueltas hasta
que se congelaron en bloques de hielo. —Se giró hacia nosotros—. Y esta
... ella está cerca, muy cerca, Cassius. No me sorprendería que se quitara
la vida en cualquier momento. No puedes tener pesadillas como las mías
todas las noches y no romperte. Deberías haber visto la forma en que la
hice retorcerse. ¿Te gustó la tortuga, niña Thaumas? La hice
especialmente para ti.
—¿Qué tortuga? —preguntó Cassius, volviéndose para mirarme. Sus
ojos estaban llenos de preocupación.
—Mataste a Rosalie y Ligeia —murmuré, ignorándolo mientras
recordaba ese horrible día, corriendo por el bosque, con tanta esperanza
de que los encontraríamos vivas—. El tercer par de huellas en la nieve
eran tuyas.
—Las suyas, técnicamente —dijo Kosamaras, señalando a Fisher—.
He estado dentro de él durante mucho tiempo.
Había tantos pensamientos arremolinándose en mi mente, ganando
velocidad a medida que volaban dentro y fuera de foco, exigiendo
atención. Pero todos se quedaron en silencio ante sus palabras.
—¿Cuánto tiempo? —exigí, mi voz mucho más fuerte de lo que
sentía—. ¿Cuánto tiempo llevas haciéndonos esto?
—Annaleigh —advirtió Cassius, estirándose para detenerme.
—No, tengo derecho a saberlo. Dijiste que nos hacías ver cosas, ¿fue
eso lo que vio Elizabeth? Todas pensamos que tenía un toque de locura
en ella, ¿fuiste tú todo el tiempo? ¿Usaste a Fisher para empujar a Eulalie
desde el acantilado? Octavia de la escalera? ¿Cuándo dejó de ser mi
amigo y se convirtió en lo que sea que fuera eso? —Señalé la pila
supurante de partes del cuerpo—. ¿Cuántas de mis hermanas han
muerto por tu culpa?
—Ustedes, los mortales, son todos tan ridículos, engañados e inflados
con su insignificante importancia. ¿Quién eres tú para interrogarme?
—¡Dime!
Sus ojos se entrecerraron, quietos y contemplativos, antes de estallar
en una mancha deslizante y agitada. Estuvo encima de mí en un instante,
sus muslos moteados a horcajadas sobre mi pecho. Sus rodillas
presionaron mi clavícula, cortando mi suministro de aire. Aunque era
más pequeña que yo, su peso era aplastante, presionándome contra el
piso de madera hasta que pensé que mis huesos podrían romperse.
Cuando se inclinó, dos polillas gigantes, como las que había visto esa
noche en la galería, se deslizaron por la línea de su cabello. Se arrastraron
sobre su frente antes de estirar los pies con ganchos para agarrarse a mi
cabello. Alas enmohecidas rozaron contra mí, y sentí que una lengua en
espiral se desenrollaba, lamiendo mi mejilla.
—Sólo dos —siseó—. Por ahora. —Resopló divertida—. Además del
pequeño relojero.
Cassius sacó la daga una vez más.
—Déjala ir, Kosamaras.
Ella lo miró y se rio mientras más lágrimas caían por su rostro.
—Tal vez termine este ahora. Especialmente porque sabe tanto. —
Apretó su agarre y gemí cuando la habitación parpadeó entrando y
saliendo de la oscuridad.
—¡Por favor! —Su voz temblaba, retorciéndose de angustia—. Esta
chica significa el mundo para mí. Nombra el precio y es tuyo.
Justo antes de que se me partieran las costillas, se apartó de mí y se
dirigió al otro extremo de la habitación como si nada la hubiera
molestado. Luché por sentarme, jadeando por respirar. Cassius corrió
hacia mí, acariciando mi cabello, encontrando los latidos de mi corazón,
susurrando promesas. Sentí la presión de sus labios en mi frente, pero
no los sentí realmente. Todo dentro de mí se había adormecido.
—Ahórrame tus ofrendas. Nunca la vas a salvar. Esto no tendrá un
final feliz para ti. Especialmente para ti —dijo, guiñándome un ojo.
—Les contaré todo a mis hermanas. Ellas sabrán que no...
—¿No a qué? ¿No dormir? ¿No soñar? Hemos pasado ese punto, niña
Thaumas. Ahora que estoy aquí. —Hizo una pirueta hacia mí y me dio
unos golpecitos en la frente—. No necesito que duermas. No necesito que
sueñes. Estoy contigo en todas partes.
Vi con horror có.mo su piel se despegaba, dejando huellas dactilares
ensangrentadas en todo lo que tocaba. Incluyéndome a mí.
Cassius le apartó la mano
—¿Quién te llamó? ¿Quién empezó esto?
Un trueno sacudió la isla, sacudiendo los cristales de la galería con
furiosa ferocidad. La llama del faro parpadeó, arrastrada a una danza
espeluznante por una corriente de aire. Hizo que las sombras de la
habitación se cernieran a nuestro alrededor con amenaza antes de
retirarse a los bordes. Casi como…
—El hombre dragón —susurré. —Sé quién te llamó —dije, alzando la
voz—. El hombre del dragón de tres cabezas.
Cassius palideció, sus ojos se posaron en Kosamaras.
—¿Dragón de tres cabezas? ¿Un Embaucador? ¿Es esto cierto?
Sentí sus ojos negros rodar sobre mí, examinándome con renovado
interés.
—Tu amada ve más de lo que pensé. Fue estúpido de su parte ir a
bailar.
—¿Quién? —preguntó Cassius—. Dilo en voz alta.
—Viscardi —dijo con voz ronca Kosamaras, haciendo rodar
largamente la s y la r. Un trueno retumbó sobre nosotros, haciendo eco
de su tono.
—Eso no es posible. Los Thaumas nunca traficarían con él.
Su rostro se iluminó con una sonrisa anormalmente amplia.
—Muestra lo poco que sabes, sobrino. ¿Crees que todos en esa casa
son humanos tan files, un pilar de la comunidad? Se necesitaba a
Viscardi. Viscardi fue llamado.
—Cancélalo, por favor, Kosamaras. Sé que tienes influencia con él. Si
alguien puede hacerlo, eres tú.
Echó la cabeza hacia atrás, riendo.
—Este es el trato más emocionante del que he formado parte, ¿y crees
que lo terminaré solo porque lo pediste educadamente? No. —Hizo una
pausa, escuchando algo que no pudimos oír—. Dejaré a la chica en paz…
—Gracias, Kosamaras —comenzó Cassius.
—… Sólo por esta noche —continuó—. Pero llega el amanecer, todas
las promesas se acaban. —Se volvió hacia mí, lágrimas frescas caían de
sus ojos, pintando su boca de negro—. Nos vamos a divertir mucho más
tarde, tú y yo. Tanta. Diversión. Adiós por ahora, querida Annaleigh.
Sueña conmigo, ¿no? —Me dio unos golpecitos en la nariz antes de
soltarme—. Diviértete jugando con tu pequeña muñeca mientras puedas,
sobrino.
—Debe haber algo para persuadirte de que pongas fin a todo esto, por
favor, Kosamaras —dijo Cassius, acercándose a su tía, con las manos en
alto en señal de súplica—. Algo que quieras.
Su sonrisa se volvió aguda y puntiaguda.
—Sabes, hay algo que me gustaría ahora mismo. Me apetece bailar
con la más pequeña, la pequeña, ¿cómo se llama? ¿Patience? ¿Prudence?
¿Charity? —Sus afilados dientes parpadearon, como un lobo a punto de
matar—. Verity. La he estado visitando durante mucho tiempo. Su
pequeña mente está tan abierta a todo lo que le arrojo: bailes, fiestas,
fantasmas...
Mi corazón dio un vuelco.
—Estás detrás de todas sus visiones.
—Hasta la última. —Sonrió—. Si supieras las cosas que le he
mostrado ... No creerías cómo grita. —Sus ojos brillaron, imaginando
nuevos horrores—. Vuelve rápido a Highmoor. No querrás perdértelo.
—¡No! —grité, lanzándome hacia ella, pero con un trueno, Kosamaras
se había ido.
staba a la mitad de la sala de vigilancia, lista para correr por
la escalera de caracol y salir a la tormenta, antes de darme
cuenta de que estaba sola.
—¿Cassius?
Escuché sus pasos en las escaleras, pesados y regulares. Cuando
finalmente apareció, su rostro estaba grisáceo.
—No puedo llevarnos de regreso allí ahora. —Como para demostrar
su punto, el destello blanco de un rayo se deslizó por el cielo—. Es muy
peligroso. Algo podría pasar...
—¡Algo está pasando! Escuchaste lo que dijo: va tras Verity. ¡No
puedo quedarme aquí y dejar que eso suceda! —Un sollozo salió de mi
garganta, rogando ser liberado. Apreté mis manos en puños. No podía
llorar ahora. Tenía que hacer algo, tenía que actuar—. ¡Ahí hay un barco!
Iré yo misma.
—¿En esta tormenta? Nunca lo lograrás. Annaleigh… —Me agarró del
hombro.
—¡No! —grité, dándome la vuelta—. He perdido a demasiada gente
esta noche. Silas, Fisher... No puedo quedarme aquí, sin hacer nada, y
agregar a Verity a esa lista. Eso me matará.
—Y ella cuenta con eso —gritó Cassius sobre la tormenta—.
Kosamaras sabe que te enfureció. Quiere que hagas algo estúpido.
El sollozo se elevó de nuevo, esta vez estallando libremente.
—¿Por qué? ¿Por qué iba a hacer algo de esto? ¡Nunca le hemos hecho
nada!
—Ella no está apuntando a ti personalmente. Viscardi la usa a
menudo para cobrar su parte de los tratos. Se siente atraído por lo teatral
y Kosamaras nunca decepciona —suspiró—. Es el Heraldo de la Locura,
creando tantas visiones falsas y realidades distorsionadas que la pobre
alma se quita la vida solo para terminar con el tormento.
Una risa, amarga y hueca, salió de mi garganta antes de que pudiera
bloquearla.
—Va a intentar eso con mis hermanas. Tengo que detenerla.
—Descubriremos una manera. —Cassius se echó el pelo hacia atrás—
. Sé que es difícil, pero debemos olvidarnos de Kosamaras por un
momento. Ella es solo la marioneta aquí. Viscardi es el que sostiene los
hilos. Necesitamos averiguar quién pactó el trato.
—¿Y qué? ¿Pedirle cortésmente que lo termine?
Sus ojos se desviaron.
—No exactamente... Esto podría volverse muy peligroso, Annaleigh.
Recordé el cuerpo destrozado de Fisher, las miradas silenciosas de
Lenore, Verity haciendo piruetas alrededor de su habitación con los ojos
negros de Kosamaras.
—Ya se ha... —Me froté las sienes, tratando de pensar con claridad—
. ¿Supongo que no podemos matar a un Embaucador?
—No, son inmortales. Pero… —Sus cejas se fruncieron—. Si el
negociador muere antes de que se cumpla el trato… tendría que terminar.
Viscardi no puede cumplir su parte del pacto con un socio muerto.
—Y otra persona muere —murmuré, mirando hacia el techo. Por
encima de nosotros, el faro del Viejo Maude destellaba una y otra vez.
Exactamente preciso.
Me había encantado esa luz desde mi primer viaje a Hesperus.
Camille y Eulalie se aburrieron en cuestión de minutos, preguntándose,
en voz bastante alta, por qué el faro no hacía algo más emocionante.
Querían bengalas o fuegos artificiales, algo grande y atrevido. No podían
ver la simple belleza de algo que funcionaba con una eficiencia silenciosa,
haciendo exactamente lo que se necesitaba.
Pero yo lo vi.
Respiré profundamente.
—¿Qué pasa si yo misma hago un trato con Viscardi? Podría evitar
que esto suceda y nadie más tendría que morir.
Cassius parecía horrorizado cuando dijo:
—Absolutamente no.
—Cassius, podría ser la única forma de detener esto antes de que
alguien más resulte herido. No puedo perder a otra de mis hermanas.
—Y yo no puedo perderte a ti —dijo, sus ojos brillando sobre los míos
como estrellas ardientes.
Lágrimas calientes cayeron por mis mejillas.
—Debe haber algo que pueda ofrecerle, algo que no lastime a nadie.
Sacudió la cabeza.
—Eso es lo que piensan todos los que lo convocan. Todos piensan que
serán ellos quienes más listos que él. Que ellos serán los que puedan
crear un trato realmente perfecto. Nunca ha sucedido. Viscardi siempre
tiene una ventaja.
Se sentó en el escalón superior, dejando espacio para que me uniera
a él.
—Escuché mucho sobre sus negocios mientras crecía. A Pontus le
gusta invitar a Viscardi al Agua Salada. Nadie le divierte como los
Embaucadores. Todos eran terribles. Viscardi siempre logra colarse en
algún giro, crear alguna travesura. Le contó a Pontus sobre un par de
hermanas que tenían el corazón puesto en el mismo hombre. Cuando el
hombre se enamoró de la hermana menor, la mayor, con el corazón roto,
llamó a Viscardi.
Me hundí a su lado.
—No puedo imaginarme queriendo algo tanto como para convocar a
un Embaucador.
—Cuando cierto tipo de personas se desesperan lo suficiente, están
dispuestas a hacer cualquier cosa.
Truenos, atronadores y salvajes, resonaron alrededor de sus
palabras. La tormenta se hacía aún más fuerte y yo también quería
aullar. Traté de no pensar en lo que estaba pasando en Highmoor en
nuestra ausencia. Solo me volvería loca. Volviéndome hacia Cassius, fijé
mis ojos en él.
—¿Qué pasó con las hermanas?
—Viscardi apareció y escuchó la solicitud de la hermana mayor. Dijo
que le daría el deseo de su corazón, felizmente, pero necesitaba una
pequeña cosa. En realidad, solo un recuerdo. Quería algo de la hermana
menor. Algo que ella considerara precioso.
Sonaba tan simple, un trato tan intrascendente. Si hubiera estado en
el lugar de la hermana menor, ¿qué me quitaría Viscardi? ¿Uno de los
collares de mamá? ¿Mi cinta para el pelo favorita? ¿Qué era lo que
realmente consideraba precioso?
Verity apareció en mi mente, segura y cálida mientras dormía.
Camille a mi lado en el piano, nuestros dedos chocando entre sí mientras
tropezábamos con una nueva canción, riendo con cada nota equivocada.
Las trillizas, las Gracias...
Una fría serpiente de horror se deslizó profundamente dentro de mí,
enroscándose en la boca de mi estómago.
—No estuvo de acuerdo, ¿verdad?
Cassius asintió lentamente, sabiendo que ya había adivinado el
resultado.
—La hermana mayor estaba comprometida con el hombre y se casó
con él, como prometía el trato. Fue una boda hermosa y los aldeanos
dijeron que era una novia encantadora. Pero en el altar, cuando el
hombre terminaba de pronunciar sus votos para unirlos, llegó Viscardi
exigiendo el pago. ¿Pago?, exclamó la novia, mortificada por la
interrupción. Mi hermana está allí, señaló. Incluso lleva sus preciados
peines. Quítaselos y déjame en paz.
Lo agarré del brazo para detener la historia. Era demasiado terrible
de imaginar, y sentí que el final real de alguna manera sería aún peor. La
nieve caía sobre las ventanas y golpeaba el cristal. Miré hacia arriba, de
repente preocupada de ver al hombre dragón en la galería, mirando hacia
adentro, rogando por entrar.
Me froté los brazos, tratando de detener los escalofríos que me
recorrían.
—No puedo creer que alguien que conozco pueda tratar con él.
—Quizás sea un acto de venganza. Un trato por justicia. ¿Conoces a
alguien que haya tenido un desacuerdo con tu padre? ¿Alguien en la
corte? ¿O tal vez uno del personal?
—Papá nunca mencionó ningún problema. Todo el mundo siempre
ha sido tratado bien, con amabilidad. —La respuesta llegó con bastante
facilidad.
Solo que no era del todo cierto. Recordé la mirada de terror en los ojos
del zapatero Gerver cuando fue maldecido y reprendido en su propia
tienda, la rabia de Papá por el más pequeño percance en los astilleros, la
furia con la que había arrojado la botella de brandy a un mayordomo
durante el Cambio de Estación.
Cambio de Estación...
—¿Estás bien? —preguntó—. Te has puesto pálida.
—Tío Sterland. —Mi boca se retorció alrededor de las peligrosas
palabras.
Respiré hondo, el reconocimiento aterrizando.
—Se suponía que debía casarse con tu tía Evangeline…. Dijiste que
murió ... ¿cómo?
Asentí miserablemente.
—Papá y ella eran gemelos. Evangeline era la primogénita, se habría
convertido en la duquesa, heredando todo.
—¿Qué pasó? —presionó Cassius suavemente.
—El padre de Sterland había sido un almirante respetado en la
Marina del Rey y era uno de los aliados más cercanos de mi abuelo.
Cuando el almirante murió en el mar, Sterland y su madre fueron
invitados a quedarse en Highmoor.
Afuera, el viento aullaba, bajo y gutural, como una mujer sollozando.
—De niños, los tres eran inseparables. A medida que crecieron,
Evangeline y Sterland se convirtieron en novios. Cuando los chicos se
fueron a entrenar en la academia naval, mi tía lloró durante meses. Le
rogó a su padre que los trajera de vuelta. Se negó a comer y se puso
pálida y enferma. La única forma en que el abuelo podía apaciguarla era
prometerle que se casaría con Sterland una vez que se graduara y que
nunca volvería a dejar Highmoor.
Cassius contuvo el aliento.
—¿Supongo que eso no le sentó bien a tu padre?
Hice una pausa.
—Hay… historias. Rumores, de verdad. Nunca les he creído, pero si
Sterland lo hace... —Apreté una mano contra mi estómago apretado,
sintiéndome mal—. Pero seguramente no pudo.
—Dime lo que pasó, Annaleigh.
Miré por las ventanas al mar oscuro que nos rodeaba. Un relámpago
dentado cayó desde arriba y abrió un árbol que crecía en el costado de
los acantilados.
—El abuelo no perdió el tiempo en preparar a Sterland como la futura
consorte de Evangeline. Envió largas cartas y libros que detallaban la
historia familiar, poniéndolo al día sobre política y el negocio de envíos
en Vasa. Por lo que tengo entendido, Sterland se burlaba de Papá sin
piedad por todo esto, bromeando diciendo que toda la riqueza y el honor
de Thaumas pronto serían suyos.
Una ráfaga de viento pasó, levantando una fina neblina de nieve. Por
un momento, pude ver el pasado desplegándose ante mí en la niebla,
como si estuviera viendo una ópera en el teatro.
—Los muchachos regresaron a casa para el Cambio de Estación, y
Evangeline estaba encantada de que el trío se reuniera una vez más.
Quería que los diez días fueran como en los viejos tiempos: picnics en el
laberinto, viajes a Astrea, jugar al escondite en el bosque…. Pero una
fuerte tormenta se levantó sin previo aviso. Papá dijo que corrió de
regreso a Highmoor. Sterland regresó, esperando que Evangeline
estuviera con Papá…. No encontraron su cuerpo durante días.
—Entonces Ortun se convirtió en el heredero y Sterland lo perdió todo
—completó Cassius.
Asentí.
—Sé que esto no lo pinta bien, pero Papá nunca habría dañado a
Evangeline.
Cassius me frotó los brazos.
—No importa si lo hizo o no, si Sterland lo cree...
Me sentí enferma de culpa, anhelando protestar. Este hombre era
como un tío para mí. Incluso si realmente quisiera lastimar a Papá,
¿cómo podría sacrificarnos a mis hermanas y a mí? ¿Y con qué fin? ¿Qué
podía esperar obtener de él?
Pero luego recordé la forma en que sus ojos se habían oscurecido por
la rabia silenciosa en la Primera Noche. La amargura que se filtraba de él
como una bolsa de té enturbiando el agua clara. Recordé la mirada de
odio hirviendo justo debajo de la superficie mientras bromeaba acerca de
resolver el misterio de los zapatos y finalmente reclamar lo que le
correspondía.
—Tenemos que decírselo a Papá —susurré. Agarré sus manos,
suplicándole mientras las lágrimas caían de mi rostro—. Cassius, sé que
es peligroso, pero por favor... llévanos de regreso a Highmoor.
Un rayo chocó contra el Viejo Maude, burlándose de mí, y saltamos
cuando el siguiente trueno se estrelló contra nuestros pechos.
—Nunca lo lograríamos dentro de todo esto.
Ríos de lágrimas corrieron por mi rostro. Las empujé hacia atrás,
desesperada por encontrar una salida a esta pesadilla. Nunca me había
sentido tan impotente. Cassius cruzó sus brazos alrededor de mí, me
acunó tiernamente, dejándome gritar y llorar. Cuando estrellé mi puño
contra las escaleras de metal, queriendo lastimar algo tanto como
Kosamaras nos había lastimado, me dejó. Me abrazó hasta que pasó mi
frenesí y el cansancio se apoderó de mí.
Aun así, alisó mi cabello, pasando sus tiernos dedos por el enredo.
Me relajé contra él mientras mis párpados se cerraban.
—¿Annaleigh? —La voz de Cassius era cálida y baja contra mi oído.
Me desperté con un sobresalto. ¿Me había quedado dormida?
—Creo que ha pasado lo peor de la tormenta. Deberíamos intentar
volver a Highmoor antes de que llegue a Salten.
Con un cansado asentimiento, lo seguí escaleras arriba.
Protegiéndome los ojos del lío oscuro en la esquina, abrí la puerta de
vidrio. La atravesamos antes de que las frías brisas pudieran apagar el
faro.
Cassius estudió el cielo durante un largo momento antes de extender
su mano. Quería unirme a él, pero dudé.
—¿Qué vamos a hacer?
—Tus hermanas necesitan saber sobre los bailes, ante todo. Incluso
si no podemos evitar que duerman, necesitan saber que no pueden
confiar en nada de lo que ven. Tenemos que contarle todo a tu padre
también.
—¿Y Sterland? —pregunté, odiando el agudo rayo de miedo que
acechó mi voz.
Apretó la mandíbula.
—Le dejaremos hablar, por supuesto, pero si se reduce a eso... si la
única forma de terminar el trato es... —Extendió la mano hacia su daga,
apretando el pomo—. Seré yo quien lo haga.
—Cassius, no puedo pedirte que...
—Y no lo has hecho. —Aunque sonrió, sus ojos permanecieron
oscuros e indeciblemente tristes.
Di un paso adelante, envolviendo mis brazos alrededor de él y
abrazándolo. Quería agradecerle, quería decirle lo mucho que significaba
que él estuviera aquí, listo para pelear conmigo cuando no era su batalla.
Quería decirle a Cassius que me había enamorado de él, profundamente,
de verdad, pero antes de poder hacerlo, desaparecimos, dejando a al Viejo
Maude en un remolino de nieve y sal.
uando abrí los ojos, Highmoor apareció frente a nosotros, un
monolito oscuro y vigilante. Pero no se parecía al hogar que
conocía y amaba. Parecía una bestia lista para devorarme.
Llegamos al otro lado del laberinto de setos justo cuando el viento se
estaba levantando. Era desconcertante estar en medio de una tormenta
un minuto y verla acercarse desde lejos al siguiente. Las nubes se
agitaron cuando la tormenta tomó fuerza sobre el Kaleic. Cuando
finalmente golpeara a Salten, sería mucho, mucho peor.
Una bola de preocupación me roía profundamente. ¿Alguien nos
creería? La historia sonaba completamente extravagante. Si no lo hubiera
visto por mí misma, nunca lo hubiera creído posible. Me incliné hacia la
calidez de Cassius, deseando que fuera suficiente para arreglar todo de
nuevo.
—¿De verdad quisiste decir lo que le dijiste a Kosamaras? ¿En el faro?
¿Sobre mí?
—Tú eres mi mundo —dijo Cassius solemnemente, sin dudarlo un
momento.
—Y tú eres mío —repetí.
Extendió la mano para pasar sus dedos por mis mechones, juntando
una masa oscura entre sus manos antes de besar mi frente con labios
suaves. Sólo una vez. Me hizo sentir cálida, protegida y querida.
—Vamos a superar esto. Tú y yo. Juntos.
Tomé una respiración profunda y estabilizadora.
—Entonces, entremos.
En lo que ahora parecía otra vida, a mis hermanas y a mí nos había
encantado ver las tormentas que se acercaban en el Salón Azul. Nos
acurrucábamos en los sofás con té o cacao, envueltas en mantas y riendo.
Esos días habían quedado atrás, pero tal vez todo el mundo todavía se
había reunido por costumbre.
Mi estómago se revolvía con cada paso. Mis nervios estaban en carne
viva, sensibles al menor movimiento a nuestro alrededor. Cuando una
sirvienta abrió la puerta del armario de la ropa blanca, casi me muero del
susto.
Cuando entramos al salón, todos miraron hacia arriba. Por un
momento, la habitación estuvo llena, abarrotada incluso de mis
hermanas muertas. Ava estaba de pie con preocupación, con la mano
aferrada a su pecho manchado, y las trillizas se reunían una vez más,
aunque Lenore pareció no darse cuenta de que sus hermanas congeladas
compartían la silla. Parpadeé con fuerza, despejando los trucos de
Kosamaras.
—¡Gracias Pontus! —gritó Papá, cruzando la habitación en tres
grandes zancadas para abrazarme. Por encima del hombro, Sterland se
sentó en el extremo de un sofá y se puso rígido—. ¿Dónde has estado?
¡Hemos estado tan preocupados! —Miró más allá de mí, buscando—.
¿Pero dónde está Verity?
Conté mis hermanas restantes. Camille en un sillón cerca del fuego.
Lenore en el diván. Mercy y Honor en el suelo con un libro de imágenes
entre ellas.
—¿Qué quieres decir? Verity no estaba con nosotros.
—Nunca bajó a desayunar. Cuando subimos, su habitación estaba
vacía, como la tuya. Pensamos que estaba contigo. ¿Dónde has estado?
Una oleada de náuseas me invadió cuando imaginé el diminuto
cuerpo de mi hermana tendido en la nieve, otra víctima del trato de
Viscardi y de los trucos de Kosamaras.
Camille hizo un pequeño ruido, un sonido de horror alojado en lo
profundo de su garganta.
—Oh, Annaleigh, ¿qué has hecho?
Jadeos se alzaron alrededor de la habitación, y Camille se inclinó
hacia adelante, sus ojos calientes y acusadores.
Sentí como si el piso se hubiera caído debajo de mis pies.
—¿Qué quieres decir?
—¿Donde esta ella? ¿Qué le hiciste a Verity?
—¿Hacer? ¡Nada! Estaba en Hesperus, volviendo a encender el faro
del Viejo Maude. Silas murió mientras dormía…. Y Fisher...
El rostro de papá se endureció por la confusión.
—Fisher murió hace semanas, Annaleigh.
—No... quiero decir, sí, lo hizo, pero no lo supimos hasta...
—¿Saber? —repitió Camille. —Hubo un accidente en Hesperus. Una
de las latas de aceite explotó…. Fuimos a su funeral. ¿No te acuerdas?
Lloraste todo el camino hasta allí.
—Y de regreso —agregó Mercy.
—¿Qué? —Escuché sus palabras, entendiendo el significado
individual de cada una, pero cuando se juntaron, cuando se unieron en
una acusación, fue como escuchar un idioma desconocido.
Y luego escuché la risa.
Comenzó en la esquina de la habitación, haciéndose más fuerte y más
profunda hasta que las carcajadas resonaron en el techo abovedado,
amenazando con derrumbarlo. Pero nadie más miró hacia arriba. Me
volví hacia Cassius, pidiendo ayuda en silencio, pero él solo se encogió
de hombros. Él tampoco lo escuchaba.
—¡Kosamaras está detrás de todo! Ella está haciendo que no
recuerden… ninguno de ustedes.
Papá y Camille intercambiaron miradas incómodas.
—Eso no tiene ningún sentido, Annaleigh. ¿Por qué estaría aquí un
Heraldo?
Cerré mis manos en puños, con ganas de gritar. ¿Cómo no pudieron
ver esto?
—Está jugando con sus recuerdos. Ese funeral nunca sucedió. Fisher
ha estado aquí desde el baile de las trillizas.
—Annaleigh, sabes que no lo ha hecho. —Camille se puso de pie—.
Has estado actuando extraño durante semanas. Primero con Eulalie,
luego toda la escena en el mercado con Edgar. Y pensé que debía haber
sido terrible para ti encontrar los cuerpos de ambos. Luego, Rosalie y
Ligeia desaparecieron, solo para que tú las encontraras de nuevo. Y traté
de alejar los pensamientos, las preguntas. Traté de decirme a mí misma
que nunca lastimarías a ninguna de nosotras. Nos amabas demasiado.
¿Pero ahora Verity? Annaleigh, ¿cómo pudiste?
Mi boca se abrió
—No puedes creer eso. No ves las cosas con claridad.
Camille se acercó a mí, cada paso era una nueva amenaza.
—Has estado culpando a la maldición, pero fuiste tú todo el tiempo,
¿no es así?
Quería huir, pero estaba inmóvil en el lugar, demasiado sorprendida
para reaccionar. Aunque sabía que Kosamaras estaba interpretando a
Camille, sus palabras aún dolían, hiriendo profundamente.
—¿Qué estás diciendo?
—Creo que siempre has querido ser la heredera. Heredar Highmoor,
heredar todo.
—¡Camille! —grité—. ¡Sabes que eso no es cierto! ¡Nunca haría nada
para lastimar a ninguna de ustedes, y menos a Verity! Matarla no me
acercaría más a heredar Highmoor. Seguro que ves lo loco que suena.
—Loco —concordó—. ¿Has visto polillas últimamente?
Mis ojos se posaron en Papá. Él era el único que sabía de esa noche
en la galería.
—¡Roland! —gritó Camille, llamando al ayudante de cámara.
—Él no está aquí. Está en el naufragio —dije—. Todos los criados se
fueron para...
Me detuve cuando Roland entró en la habitación. Se detuvo en el
umbral, arqueando las cejas, esperando instrucciones.
—No estás realmente aquí —murmuré—. No puedes estarlo.
Sentí que los ojos de mi familia se posaban sobre mí, sus miradas
pesadas que iban de la lástima al horror, todas presionándome hasta que
no podía respirar.
La habitación giró bruscamente a mi alrededor y caí de rodillas. Los
colores se desvanecieron, dejando todo en tonos de gris, y luego de
repente volvieron a brillar, vívidos y más saturados que nunca. Cerré los
ojos con fuerza contra el brillo, y en algún lugar del fondo de mi mente,
vi exactamente lo que estaba a punto de suceder.
Roland me sacaría de la habitación y me encerraría. Cassius no
podría detenerlos. Decían que me llevarían a Astrea para ser juzgada,
pero Camille no dejaría que la asesina de sus hermanas saliera ilesa de
Highmoor, especialmente con un Heraldo alimentando sus mentiras.
¿Camille envenenaría una de mis comidas? ¿Hacer que parezca que
hubiera usado la ropa de cama para colgarme? Kosamaras tacharía mi
nombre de su lista, un paso más cerca de su objetivo asesino.
La luz de las velas se reflejó en las huellas aceitosas que recorrían el
rostro de Camille. Aunque estaban débiles, fue para suficiente ver que
Kosamaras estaba trabajando, alterando sus recuerdos.
Sin pensarlo, agarré la daga de Cassius y me di la vuelta,
blandiéndola hacia Sterland.
—¡Annaleigh, no! —gritó Cassius detrás de mí, pero no vacilé.
—Annaleigh, deja eso —ordenó Papá, acercándose a mí desde un
lado.
Contraataqué, manteniendo la daga apuntando a Sterland.
—Él hizo esto. Hizo el pacto. Él está detrás de todo, Papá.
La cara de Sterland se puso roja.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
Traté de calmar el temblor en mis manos mientras miraba desde la
hoja de la daga al amigo de toda la vida de mi padre.
—¡Diles! Cuénteles a todos sobre Viscardi y el trato. Diles que el baile
y las fiestas no eran reales. ¡Cuénteles todo sobre el trato que hiciste!
—¿Trato? ¿Qué trato? ¡Annaleigh, te has vuelto loca! —Miró a su
alrededor, presumiblemente buscando un arma.
—Estás castigando a Papá porque se convirtió en el duque, robándote
todo.
Su boca se abrió con sorpresa.
—¿Qué? Yo nunca…
—Sterland, ¿es esto cierto? —preguntó Papá, con los ojos muy
abiertos—. ¿Crees que maté a Evangeline? ¿Mi propia hermana? ¿Solo
por un título?
—Por supuesto que no —dijo Sterland. Levantó las manos mientras
yo daba un paso hacia él, agitando la daga de un lado a otro—. Admito
que se me pasó por la cabeza antes, pero nunca realmente... Ortun, no
sé de qué está hablando la chica. Nunca hice un trato, ciertamente no
con un Embaucador.
—¡Papá, haz algo! —Honor o Mercy, no podía apartar los ojos de
Sterland para asegurarme, dejó escapar un sollozo ahogado.
Un pensamiento se deslizó por mi cabeza como lluvia en un muro de
piedra. Aunque parecía claro que Kosamaras estaba usando las
acusaciones de Camille para hacer que me mataran, ¿tal vez estaba
creando toda esta confusión para hacer que yo atacara a Sterland
primero?
Lo que significaba que Sterland no había hecho el trato ...
¿O había sabido que llegaría a esa conclusión y no sería capaz de
matarlo, protegiendo así al negociador?
O, peor aún, ¿estaba metiendo estas ideas en mi cabeza ahora,
sobrecargándome hasta que rompiera? Me latían las sienes, mi mente
recorría demasiadas posibilidades. ¿Cómo iba a saber cuál era la
correcta?
—Annaleigh, ¿por qué no me das el cuchillo? —dijo Papá,
acercándose lentamente, con las manos levantadas en señal de súplica—
. Estás molesta, obviamente. Has pasado por muchas cosas estas últimas
semanas. Hablemos y estoy seguro de que encontraremos una solución.
—No. Sterland tiene que morir antes de que se pueda completar el
trato. Ésta es la única forma de solucionarlo. Diles, Cassius.
Miré por encima del hombro. Necesitaba su tranquilidad. Esto estaba
girando rápidamente fuera de mi control. Pero cuando miré hacia la
puerta, se había ido.
Se me escapó un sonido de confusión. Salí corriendo al pasillo, pero
no estaba por ningún lado.
—¿Cassius? —Regresando a la habitación, la examiné más a fondo—
. ¿A dónde fue?
Camille frunció el ceño, la confusión nublando su rostro.
—¿Quién?
assius. —Me volví hacia mis hermanas—. Él explicará todo,
Camille. No le hice nada a Verity, te lo prometo...
—
—¿De quién estás hablando, Annaleigh? —La voz de
Camille era tranquila y mesurada, como si estuviera hablando con una
loca. El verdadero destello de miedo en sus ojos me hizo detenerme. Me
miraba como si estuviera loca.
—Cassius... Cassius Corum. Hijo del capitán Corum.
—El capitán Corum está muerto.
—Lo sé. Su hijo ocupó su lugar en el Cambio de Temporada. ¿Por qué
no recuerdas nada de esto? —A pesar de mis mejores esfuerzos, mi voz
subió de tono mientras hablaba, rayando peligrosamente en la histeria.
—Es como Elizabeth de nuevo —murmuró Papá. Su rostro estaba
pálido. Nunca lo había visto tan viejo. Le ofreció a Sterland una mirada
de gastada resignación—. Lo siento mucho, viejo amigo. ¿Nos permitirías
un momento a solas con Annaleigh?
Sterland se apartó de la silla, palmeando a Papá en la espalda con un
compungido pésame.
—Por supuesto, por supuesto. Asunto familiar y todo eso. —Sus ojos
se detuvieron en mí, llenos de tristeza—. Si hay alguna forma en que
pueda ser de ayuda...
Papá le dio las gracias y le indicó que se fuera.
—¿Vas a dejarlo ir? —pregunté, viéndolo salir de la habitación como
un hombre libre—. Papá, él...
—Sterland no es el problema aquí. —La expresión de su rostro decía
todo lo que sus palabras no decían.
—¿Yo lo soy? —pregunté, horrorizada—. ¿Yo?
—Nadie más está viendo gente que no existe.
Mi daga cayó al suelo mientras la habitación entraba y salía de foco.
Era un error. Tenía que serlo. Cassius era real. Había estado con él. Toda
la noche. Él fue quien me contó todo sobre Viscardi y el trato. Kosamaras
y sus juegos.
Sus juegos...
Ella es el Heraldo de la Locura, creando tantas visiones falsas y
realidades distorsionadas que la pobre alma se quita la vida solo para
terminar con el tormento.
Con sus palabras resonando en mis oídos, caí de rodillas, temblando
incontrolablemente. ¿Me había hecho imaginar Kosamaras a Cassius?
¿Era lo suficientemente poderosa como para crear una persona completa
de la nada? Habíamos tenido tantas conversaciones, compartido tantos
besos. Recordé la mirada en sus ojos cuando dijo que le gustaba más.
Todavía podía sentir sus manos en mi cuerpo. Eso no se podía fabricar,
¿verdad? Él era real. Tenía que serlo.
Recordé haber hablado de él con mis hermanas. Lo habían visto, ¡no
era la única! Pero tan rápido como llegó mi pensamiento triunfante, fue
arrebatado, como tratar de aferrarse a las mareas cambiantes con las
manos desnudas.
Rosalie y Ligeia habían hablado con él. Estaban muertas y no podían
responder por él ni por mí.
—¡Honor! ¡Mercy! Estuvieron con él en la taberna de Astrea. Les
compró sidra. —Me miraron sin comprender—. El día que Edgar... el día
que compramos zapatillas nuevas para reemplazar los zapatos de
hadas...
Incluso mientras decía esto, vi un brillo de duda. La incomprensión
me inundó mientras me apartaba las faldas, mirando mis zapatos de
hada, completos e intactos. Parecían tan nuevos como el día en que los
desenvolvimos. Rápidamente los cubrí de nuevo, deseando no haberlo
notado nunca.
—Camille, lo has visto, sé que lo has hecho. ¡Se sentó a tu lado en el
Cambio de Estación! Estuvo en el baile en Pelage... —Negué con la
cabeza, tratando de deshacerme de ese pensamiento. Los bailes no fueron
reales y Cassius no había estado allí.
La verdad se estrelló a través de mí, cayendo desde arriba como un
ancla que se posa en el lecho marino.
Cassius no había estado en el baile de Pelage, a pesar de que estaba
tan segura de su presencia.
Kosamaras me había hecho verlo allí.
Ella me había hecho verlo en todas partes.
Lentamente, mirando a Papá en busca de aprobación, Camille cruzó
la habitación y se arrodilló a mi lado. Frotó suaves círculos en mi espalda,
de la misma forma en la que consolarías a un caballo asustado,
enloquecido por una tormenta.
—¿Te refieres al baile de las trillizas? Annaleigh, no había nadie
llamado Cassius.
—Ese baile no. Deja de decir mi nombre así.
—¿Como?
Aparté su brazo de mí.
—Como si me hubiera vuelto loca. Como si estuvieras tratando de
calmar a una persona loca.
—Nadie piensa que estás loca, Annaleigh —dijo Papá—. Solo estamos
preocupados por ti.
—Y Verity —intervino Honor.
Me giré hacia ella, un gruñido subió a mi garganta.
—¡Se los dije, ella no estaba conmigo!
Camille se mordió el labio inferior, los ojos brillaban por las lágrimas.
—¿Pero tal vez ella estaba con...este...Cassius?
Una afilada espada de miedo se clavó en mi estómago.
—¿Cómo puedes pensar que le haría algo a Verity? ¡Es absurdo!
¡Sabes que nunca podría lastimarla!
—Estoy seguro de que hay una explicación para todo esto —dijo Papá,
recogiendo la daga del suelo. Ahora en sus manos, claramente no era más
que un cuchillo de mantequilla, sin duda extraído del desayuno esa
mañana. El recuerdo brilló en mi mente, brillante y claro. Me vi a mí
misma recogiéndolo del buffet y escondiéndolo en mi falda.
—No —murmuré, mirando el pequeño trozo de bronce—. No, no, no,
no. —Me acurruqué en una bola, agarrando mis brazos sobre mi cabeza,
tratando de hacer que las piezas encajaran—. ¿Qué me está pasando?
La oscura carcajada se elevó de nuevo en la esquina de la habitación.
Camille me miró fijamente, la preocupación grabada en su rostro. Era
obvio que no escuchaba nada. Tan repentinamente como antes, ahora
sonó desde la derecha. Sabía sin mirar que Kosamaras no estaría allí. La
risa continuó, acercándose cada vez más a mí hasta que me di cuenta de
que había estado dentro de mi mente todo el tiempo, fusionándose en mi
cerebro hasta que me rompí.
Me golpeé la sien para desalojar a este intruso tan indeseable, pero
las risotadas no hicieron más que crecer. Me pegué de nuevo. Y
nuevamente, usando más fuerza. Una parte de mí era consciente de que
Papá y Camille se apresuraban a detenerme las manos, parando los
ataques, pero no pude detenerme. Cuando inmovilizaron mis brazos
hacia atrás, me sacudí hacia adelante, tratando de golpearme la cabeza
contra el suelo. Si pudiera abrirla, aunque fuera un poco, la voz podría
escapar y dejarme en paz.
El sonido de la porcelana rompiéndose momentáneamente
interrumpió mi ataque, haciendo que me detuviera. Un jarrón de una de
las estanterías había explotado en cientos de pedazos afilados por el
suelo.
Me sentí tan aliviada al ver que todos giraban la cabeza hacia el ruido
que sollocé.
Un busto de mármol de Pontus se deslizó por el borde de un estante
más alto, empujado por manos invisibles. Se equilibró precariamente por
un momento, como si esperara para asegurarse de que todos lo
estuvieran mirando, antes de caer al suelo.
Honor y Mercy chillaron, alejándose de los pedazos rotos. Ninguna de
las dos llevaba zapatos, se habían negado rotundamente a andar por la
casa con las botas de marinero que les había dado Papá, y lloraron
cuando los afilados fragmentos se hundieron en sus pies.
Haciéndoles eco, un prolongado grito sonó desde arriba. Los vellos de
la parte posterior de mi cuello se mantuvieron firmes a medida que el
tono se hacía más alto, llegando a un final irregular.
—¿Ahora qué? —gimió Papá.
Lenore se enderezó y se sentó en el borde del diván. Por primera vez
desde la mañana en que Rosalie y Ligeia desaparecieron, sus ojos
parecían afilados y presentes. Señaló al techo.
Otro grito desgarró el aire.
—Morella —dijo Mercy, siguiendo el dedo de Lenore.
Me atravesó el estómago, despejando mis pensamientos, y esa risa
horrible, de mi cabeza.
—Los gemelos.
—Quédense aquí. Todas ustedes —ordenó Papá. Los aullidos de
Morella se hicieron más fuertes, destrozando la casa como un tsunami,
bañando todo en su dolor y miseria.
—¿Con ella?
Me volví hacia lo que quedaba de las Gracias. Me tenían miedo. Las
lágrimas picaron en mis ojos mientras las veía alejarse de mi mirada.
—¿Mercy?
—Papá, por favor no nos dejes —gimió, extendiendo los brazos,
claramente queriendo que la llevaran fuera de la habitación.
Con un gruñido de impaciencia, se dobló hacia atrás y se arrodilló
junto a Mercy y Honor, abrazándolas a ambas.
Me agarré los dedos, retorciéndolos en nudos dolorosos, avergonzada
de encontrarme con los rostros de mis hermanas. Las había asustado.
Realmente.creían que le había hecho algo a Verity.
Mi respiración se aceleró.
La noche de las polillas, el fantasma de Eulalie me había acusado de
asesinarla. Lo había hecho pasar por una pesadilla, un caso de
sonambulismo que salió terriblemente mal.
¿Y si no fuera así?
¿Y si Kosamaras me hubiera utilizado para empujar a Eulalie desde
los acantilados? Y Edgar en la tienda, obviamente no había estado con
Cassius cuando ocurrió.
Pero no. Nunca hubiera lastimado a mis hermanas, sin importar qué.
Esto solo era el engaño.
¿No era así?
Si Kosamaras podía devolver la vida a un hombre muerto, crear
docenas de bailes de la nada y hacerme creer en una persona que no era
real, me estremecí al pensar en qué más tenía guardado para mí.
¿Qué le había hecho a mi hermana pequeña?
Papá rompió su abrazo.
—Morella me necesita y necesito que sean valientes ahora mismo. —
Besó sus frentes, una tras otra—. Mis pequeñas y valientes marineras.
Camille... probablemente necesitaré tu ayuda.
Palideció.
—Pero no sé nada sobre el parto. Annaleigh la cuida. Ella es la que
ha estado hablando con la partera. Ella ayudó con los partos de mamá.
Papá me miró de arriba abajo, luego suspiró.
—No la llevaré allí en este estado.
Odiaba la forma en que hablaba sobre mí, como si no estuviera en
condiciones de ser incluida en la conversación. Al estudiar el cuchillo de
mantequilla que tenía en la mano, supuse que podría tener razón.
Abrí la boca, forzando a que mi voz permaneciera tranquila:
—La partera dejó un libro la última vez que estuvo aquí. Hay
imágenes en él. Tú y Camille deberían poder seguirlos. Son muy
detallados.
Una ola de alivio inundó el rostro de Papá.
—Gracias, Annaleigh. ¿Puedes traerlo para nosotros?
Sintiéndome como una marioneta siendo tironeada y sacudida con
cuerdas contra mi voluntad, me acerqué a la estantería de la que se había
caído la estatua. Saqué el grueso volumen del estante y pasé la mano por
su gastada cubierta.
En mi camino de regreso a Papá, rodeé el desorden de porcelana y
mármol, luego me quedé inmóvil. Escrito en el polvo, con la yema de un
dedo invisible, había un mensaje.
YO EXISTO.
Mercy y Honor eran las únicas das que habían estado cerca del
desastre, pero huyeron tan pronto como cayó la estatua. No habrían
tenido tiempo de escribir esto. Un leve destello de esperanza calentó mi
corazón. ¿Cassius lo había escrito de alguna manera? Mi cabeza dio
vueltas cuando me di cuenta de que Kosamaras podría haberlo escrito
con la misma facilidad, queriendo volverme loca de incertidumbre.
—¿Annaleigh? —preguntó Papá.
Eché un vistazo al suelo antes de darle el libro, segura de que las
palabras se habrían ido, que solo estaban en mi mente, como lo había
sido todo lo demás. Pero permanecieron en su lugar.
—Papá, hay algo que deberías ver...
Un nuevo grito cortó el aire.
—Ahora no —dijo, saliendo corriendo de la habitación con Camille.
Un relámpago ardiente atravesó el cielo, seguido segundos después
por un trueno. Resonó en mi pecho, dejándome sin aliento. Incluso eso
no pudo ahogar los sonidos provenientes del cuarto piso.
—Alguien debería llamar a la partera. —Honor se acercó a la ventana
y vio otro relámpago—. ¿Crees que lo lograrán en una tormenta así?
—Yo iré. —Me ofrecí como voluntaria. Era una tontería, pero estaba
desesperada por demostrarles a mis hermanas que no era el monstruo
que ahora creían que era—. Puedo tomar el bote o el velero si los vientos
son demasiado fuertes.
Antes de que alguien pudiera convencerme de que no lo hiciera, el
reloj de oro se desprendió de la repisa de la chimenea y se estrelló contra
el suelo en una pila de engranajes y resortes. Al otro lado de la habitación,
el piano cobró vida, repiqueteando y golpeteando una fea serie de notas
cuando las teclas se presionaron por sí solas. Parecía como si alguien
estuviera caminando a lo largo de marfil, pisando fuerte con sus pies.
Nuestro duende había regresado.
Mercy aulló, saliendo disparada de la habitación, con Honor
pisándole los talones. Lenore me miró en silencio, claramente inquieta.
—Deberías ir tras ellas. Es probable que corran hasta la habitación
de Morella y no necesitan ver nada de lo que está sucediendo allí.
Se mordió el labio y luego asintió.
—¿Lenore? —pregunté mientras llegaba a la puerta—. ¿Realmente no
te acuerdas de Cassius? —Sacudió su cabeza—. ¿Qué pasa con los
bailes? ¿La fiesta? ¿También me lo inventé? Estuviste conmigo en casi
todos ellos.
Abrió la boca, luciendo como si estuviera a punto de negar los
recuerdos, pero se detuvo. Sacudió la cabeza una, dos veces, como si la
despejara de la niebla. Por primera vez desde el funeral, habló:
—Recuerdo haber bailado, pero...
Otro trueno interrumpió su línea de pensamiento, luego un par de
chillidos agudos.
—Vamos. Me quedaré aquí, lo prometo.
Se volvió y corrió por el pasillo detrás de las chicas.
Los relámpagos bailaron peligrosamente cerca de la ventana, y el
tronido de respuesta fue tan fuerte que me agaché, tapándome los oídos.
Los cristales traquetearon en sus marcos. ¿Ese rayo había golpeado la
casa?
Un aullido sobrenatural vino del piso de arriba. Me vinieron a la
mente los recuerdos de los partos de Mamá, pero era demasiado pronto
para Morella, ¿no? Incluso si los gemelos fueron concebidos antes de que
ella se casara con Papá, como Camille estaba muy segura, solo tenía seis
meses. Tal vez. Era demasiado pronto. Demasiado pronto.
Caminé por la habitación, sintiéndome como un animal enjaulado.
Los gritos de angustia de Morella se hicieron cada vez más fuertes,
llegando a mi mente de manera tan penetrante como la risa de
Kosamaras. ¿Los gemelos eran parte del trato? ¿Morella? ¿Cuántas
personas estaban destinadas a morir hoy?
Un fuerte y largo grito resonó en la casa antes de caer en una
inquietante quietud. La tormenta siguió rugiendo, con relámpagos y
truenos, pero solo hubo silencio desde el cuarto piso. Me atreví a cruzar
hacia el pasillo, aguzando el oído por el sonido del llanto de un bebé.
Sólo silencio.
Luego Camille dijo:
—¿Annaleigh? Annaleigh, ¡te necesitamos ahora!
orriendo hacia el dormitorio, me golpeó una pared de aire
teñido con hierro. Las sábanas eran un horror enredado de
sangre y vísceras. Los bebés habían llegado.
Morella estaba desplomada sobre un montón de almohadas,
dormitando o inconsciente, no podría decirlo con certeza. Por un
momento, me preocupé de que estuviera muerta, pero incluso desde el
otro lado de la habitación, podía ver su pecho palpitar. Papá se
arrodillaba al lado de la cama, sus manos envolvieron las de ella mientras
susurraba una oración en silencio.
—¿Los bebés? —pregunté estúpidamente, sorprendida por lo
silenciosa que estaba la habitación.
Camille se volvió y me tendió un bulto cubierto con una manta. Temí
que se acobardaría conmigo, como lo habían hecho Honor y Mercy. Las
lágrimas corrían por su rostro y supe que mis matemáticas eran
correctas. Era demasiado pronto.
Sin decir palabra, me ofreció el bebé. Echando un vistazo dentro de
los pañales manchados, vi una hermosa carita con los ojos cerrados.
Nunca se abrirían. Era un niño. El único hijo de Papa. Nacido muerto.
—¿Qué pasó? —Mantuve mi voz baja. No había ningún otro bulto en
la habitación. Este niño había sido el primero. Morella necesitaba todo el
descanso que pudiera tener si iba a dar a luz a otro hijo en este día
infernal.
Camille miró con inquietud la cama y luego me hizo una seña para
que saliera al pasillo. No podía soportar dejar a mi hermano, por pequeño
que fuera, por muerto que estuviera, solo, así que lo llevé con nosotros.
Froté su espalda, deseando que pudiera devolverlo a nosotras.
—Ya estaba de parto cuando llegamos aquí. Dijo que las
contracciones empezaron rápido y horriblemente fuertes. Había estado
bien en el desayuno, pero luego... Estaba sangrando mucho. No sabía si
eso era normal. No puedo imaginar que lo fuera. —Apartó un mechón de
cabello con la muñeca. Nunca la había visto tan agotada—. Empezó a
pujar, y él salió con un torrente de líquidos y más sangre. Papá lo atrapó
y... nunca hizo ningún sonido. Intentó golpearlo en la espalda, pero
nunca se despertó. No puedo volver a hacer eso, no sola. Sé que no estás
del todo bien ahora mismo, Annaleigh, pero necesito que lo estés.
Necesito a mi hermana. —Contuvo un sollozo.
—Oh, Camille. —La rodeé con mis brazos, sin importarme su ropa
empapada de sangre, sin importarme sus acusaciones o el trato. El alivio
recorrió mi cuerpo mientras ella me devolvía el abrazo.
—¿Qué le está pasando a nuestra familia? —Apenas pude escuchar
la pregunta con su rostro enterrado en mi cuello—. ¿De qué estabas
hablando abajo? ¿Un trato?
—Cassius... —Se apartó y me detuve, viendo el brillo nervioso en sus
ojos—. Creo que alguien en esta casa hizo un trato con uno de los
Embaucadores, Viscardi. Pensé que era Papá, tal vez. Para poder tener
los gemelos. Luego Sterland. Pero ahora ya no sé en qué creo.
—¿Cassius te dijo esto? —Su voz era escéptica pero no cruel.
Mi risa fue corta y sabía a café amargo, demasiado fuerte.
—Me dijo todo tipo de cosas, pero ¿qué es real y qué no? ¿Estamos
realmente aquí, teniendo esta conversación? ¿Qué hay de él? —Levanté
al bebé más alto sobre mi hombro—. ¿Está realmente muerto o es solo
una ilusión?
—¿Una ilusión? —repitió—. No entiendo de qué estás hablando. Por
supuesto que está muerto. Siente su pecho. No hay latido del corazón.
Escucha sus pulmones. Nunca tomaron aliento.
—Pero eso podría ser lo que ella quiere que veamos.
Camille dio un golpe con el pie, su paciencia agotándose demasiado
pronto.
—¿Quién ella? ¿De qué estás hablando?
—Kosamaras. —Froté círculos en la pequeña espalda de mi
hermano—. Ella puede hacernos ver lo que quiera que veamos. Incluso
el hijo de un capitán que nadie más recuerda.
—Oh, Annaleigh. —Puso su mano sobre mi hombro, su voz
arrebatada por la comprensión—. ¿Pero por qué estaría ella aquí? ¿Qué
hicimos para enojarla? —Podía verla queriendo escuchar, queriendo
creer, pero no sabía si realmente confiaba en lo que estaba diciendo o si
era más fácil pensar eso que saber que su hermana era una asesina.
—Está trabajando para Viscardi. Atormentarnos era parte de su trato.
Levantó la vista y me miró a los ojos con exhausta resignación.
—Verity está muerta, ¿no es así?
—No lo sé. —Las lágrimas vinieron, rápidas y repentinas. Mi garganta
se sentía obstruida y gruesa. Kosamaras había llegado a ella de alguna
manera y yo no había estado allí para detenerla. Nunca volvería a ver su
sonrisa torcida o sus felices ojos verdes mirándome—. Creo que sí.
Camille dejó escapar un sollozo y se mordió el dorso de la mano para
sofocarlo. La abracé de nuevo, sosteniendo a nuestro medio hermano
entre nosotras.
Los gemidos de la habitación de Morella nos interrumpieron.
—Debe estar despertando. ¿Crees que el otro gemelo vendrá hoy?
Ya había habido demasiada muerte. No podía perder a ninguno de
ellos también.
—Deberíamos entrar y ver.
—¡Oh, Annaleigh, estás aquí! —Morella extendió las manos y me hizo
señas para que me uniera a ella.
Papá miró a Camille.
—¿Estás segura de que es una buena idea? —Después de un tiempo
para pensarlo, asintió con la cabeza y me permitió el acceso a
regañadientes.
—¿Como te sientes? ¿Ha habido más contracciones?
—No tan intensas. No como antes. —Tenía los labios pálidos, casi del
mismo tono que habían tenido las sábanas, en carne viva, resecos y
agrietados por sus gritos.
Vi a Hanna merodeando en la esquina. Parecía como si hubiera
envejecido una década desde la última vez que la vi, y me pregunté de
nuevo si todos menos yo recordarían la muerte de Fisher. ¿Eran esos
círculos cansados debajo de sus ojos grabados por el dolor o por otra
ilusión de Kosamaras?
—Hanna, ¿puedes traer agua, por favor? Y ropa de cama limpia.
Varios juegos. —Me volví hacia Papá—. ¿Buscar un camisón nuevo para
ella? —Me subí a la cama, esquivando el maldito desastre lo mejor que
pude—. Te limpiaremos, Morella, ¿de acuerdo?
Se hundió hacia atrás y cerró los ojos.
—No necesitas molestarte. Creo que me estoy muriendo.
—No lo estás —le dije con más confianza de la que realmente sentía—
. Dime lo que pasó.
—¿Has visto a tu hermano? —Rompió a llorar—. Estaba descansando
después del desayuno cuando de repente sentí un dolor agudo. Aquí
mismo —dijo, señalando a su costado—. Fue como estar destrozada por
dentro. Luego un gran chorro de agua. Quizás era sangre. Justo cuando
pensaba que el dolor no podía empeorar, lo hizo. Abajo... allá abajo. No
recuerdo mucho después de eso. Pero Ortun… —Los sollozos
atormentaron su cuerpo.
—A veces suceden estas cosas. Papá lo sabe.
El trueno retumbó sobre Highmoor, sacudiendo el aliento de nuestro
pecho. No había forma de que una partera llegara a Salten a tiempo.
Hanna regresó con sábanas nuevas y Papá con ternura levantó a
Morella de la cama y se dirigió al baño. Camille se ofreció a ayudarla a
limpiarla y vestirla mientras Hanna y yo luchábamos con la ropa de
cama.
—Quémalas —le dije, mirando las sábanas ensangrentadas. Se les
habían pegado vetas negras y fibrosas de secreción como brea. No había
forma de que las limpiaran jamás—. Y pídele a alguien que le traiga caldo
caliente. Necesitará mantener sus fuerzas.
Hanna echó un vistazo al diván, donde había descansado con cuidado
a mi hermano pequeño entre suaves almohadas.
—¿Qué debemos hacer con...? —No pudo terminar.
En verdad, no lo sabía. Eventualmente necesitaría un funeral
adecuado, en la cripta. Cuando su cuerpecito finalmente regresara al
Agua Salada, ¿sabría buscar a sus otras hermanas? Seguramente serían
amables con él y le mostrarían amor.
—Déjame cuidar de él —ofreció Papá, volviendo a entrar en la
habitación. Metió a Morella debajo de las sábanas limpias—. Yo cuidaré
de mi hijo.
Morella rompió a llorar una vez que él y Hanna salieron de la
habitación.
—Me va a odiar. —Sus labios temblaron y tomé su mano. Estaba
temblando.
—Él te ama —repetí—. Necesitas calmarte. Tienes que pensar en el
otro bebé.
Sacudió la cabeza con tanta violencia que logró deshacer la cuidadosa
trenza que Camille acababa de trenzar.
—No. No. No voy a pasar por eso de nuevo. No puedo dar a luz a otro
niño muerto.
Mi mano se posó en su vientre, buscando cualquier señal de
movimiento del otro gemelo. Mi corazón se hundió mientras cambiaba de
posición, rezando a Pontus por una señal de vida. Justo cuando me
aparté, su estómago dio un vuelco, el bebé de adentro arremetió como
diciendo: Todavía estoy aquí. No me olviden.
Ella hizo una mueca.
—¿Ves? El otro bebé está vivo y bien. ¡Y se siente muy fuerte! —Traté
de sonreír, con la esperanza de que ella me devolviera la sonrisa, pero
rodó a su lado, lejos de mí.
—No puedo hacerlo —gimió.
En el borde de la cama, Camille se movió, claramente incómoda
esperando. Me miró enarcando una ceja, preguntándome en silencio qué
debíamos hacer. Recordando la bandeja de loción y aceite, me acerqué a
la cómoda.
—¿Por qué no Camille y yo frotamos tus pies? —sugerí, tomando el
frasquito de aceite de lavanda. La relajaría y, con suerte, enmascararía
algunos de los malos olores persistiendo en la habitación. Respirar por la
boca ayudaba sólo hasta cierto punto. Podía saborear la sangre en el aire,
como monedas de cobre pesando mucho sobre mi lengua.
Nos arrodillamos a ambos lados de las piernas de Morella.
Derramando varias gotas del fluido plateado en mi palma, le mostré a
Camille cómo frotar los arcos de sus pies con una presión cada vez mayor.
Morella gimió cuando una leve contracción apretó su abdomen.
Cuando pasó, siguió llorando. Su histeria aumentó, madurando y
volviéndose horrible como una gran ampolla, lista para estallar y
empaparnos a todos con su veneno. Se volvería loca, persistiendo en la
agonía y el dolor del primer parto. Necesitaba una distracción.
—Esto huele bien, ¿no?
Tensó los dedos, apretando la sábana en un puño apretado antes de
alisarla, estirando la ropa hasta que los hilos se partieron y se
desenredaron.
—¿Te recuerda a los campos de lavanda cerca de tu casa?
Había mencionado los campos de flores antes. Quizás si pudiera
hacer que hablara sobre su infancia, se relajaría y dejaría de poner tanto
estrés en el niño restante.
Pasó otra contracción y frunció el ceño.
—¿Mi hogar? No, no teníamos lavanda en las montañas.
Fue mi turno de fruncir el ceño, aunque ella no lo vio. Tenía los ojos
cerrados, anticipando el dolor de la próxima ola.
—Pensé que vivías en las llanuras.
Sacudió su cabeza.
—No. Crecí cerca de uno de los picos más altos de la cordillera. Pero
había las flores más hermosas en las afueras de mi pueblo. Rojo
escarlata, como rubíes brillantes. Tienen un aroma peculiarmente dulce.
Es difícil de describir, pero imposible de olvidar. Lo extraño tanto. —Su
rostro se arrugó mientras se tensaba de nuevo. Cuando pasó la tensión,
abrió los ojos—. Hay uno en mi tocador, esa florecita de cristal. —Su labio
inferior se abrió con nostalgia—. Aunque no puedes olerla.
Camille se bajó de la cama para recuperarlo.
—Es hermoso —dijo, entregándoselo a Morella para que se
concentrara en él—. Como un geranio exótico.
Un recuerdo se agitó dentro de mí. Había escuchado algo sobre
pequeñas flores rojas antes. Algo que Cassius había dicho...
Las montañas de Cardan. La flor de Nyxmist y la Gente de los
Huesos...
La gente de Viscardi.
Otra contracción, más fuerte y más larga que las anteriores. Morella
dejó caer la pequeña baratija en la ropa de cama mientras se doblaba por
el dolor.
Cuando su respiración volvió a la normalidad, levanté la esfera de
cristal, considerándolo.
—Estoy segura de que una vez que todo esto termine, Papá te traerá
un ramo de estos, el más grande que hayas visto. ¡Probablemente llene
toda la casa con ellos!
Su sonrisa era débil, su energía se agotó.
—Solo crecen a las afueras de ese pueblo. Está tan lejos de Salten
que nunca lograrían el viaje.
Todo esto sonaba exactamente como la Gente de los Huesos.
Seguramente un seguidor de Viscardi no tendría reparos en negociar un
acuerdo con él. Clavé mis dedos en su arco, frotando su pie con un
enfoque afilado. Había llegado a la conclusión equivocada con Sterland
antes. No quería volver a cometer ese error.
—Eso es muy malo. Son Nyxmist, ¿no es así?
Al oír el nombre de la flor, se quedó paralizada.
—¿Has oído hablar de Nyxmist?
Me atreví a mirarla a los ojos, yendo por la yugular.
—Nunca me di cuenta de que eras de las Montañas Cardanian. Nunca
hablas de eso.
Camille frunció el ceño, sin darse cuenta de lo que Morella estaba a
punto de revelar.
—Me dijiste que creciste cerca de Foresia, en las llanuras.
Con los ojos muy abiertos, se sintió atrapada en la mentira.
—Me mudé allí… más tarde. Una vez me convertí en partera.
—Una institutriz —le recordé. Su artimaña se estaba mostrando,
deshaciéndose como un carrete de hilo—. Papá dijo que eras institutriz.
Se echó un mechón de pelo detrás de la oreja. Estaba húmedo de
sudor. Su camisón ya estaba empapado mientras se acurrucaba
alrededor de otra contracción. Mis instintos gritaban que la ayudara, que
aliviara su dolor, pero los ignoré y me deslicé fuera de la cama. Cuando
pasó la contracción, se recostó sobre las almohadas, fingiendo dormir.
—¿Cómo pudiste?
Mantuvo los ojos cerrados.
La boca de Camille se abrió.
—¿Fuiste tú? ¿Tú hiciste el trato? —Había unido las piezas.
Los ojos de Morella se abrieron lentamente.
—Realmente no me recuerdan, ¿verdad?
Su voz era tan débil y seca, como hojas susurrantes. No parecía que
fuera a estar mucho tiempo en este mundo.
—Sabía que las pequeñas no lo harían, pero me preocupaban ustedes
dos.
—¿Recordarte? —preguntó Camille, evaluándola con ojos frescos—.
¿Recordarte de qué?
—Serví como una de las parteras del parto de su madre con Verity.
Fruncí el ceño, explorando los confusos recuerdos de las mujeres
vestidas de blanco que habían bajado a Highmoor durante el último
embarazo de Mamá. Papá no había escatimado en gastos, diciendo que
quería la mejor atención posible para ella. Había tantas parteras y
curanderos que no podía recordarlos a todos.
—Yo era mucho más joven —susurró—. Obviamente. Nunca viví en
las llanuras ni trabajé como institutriz. Su padre y yo inventamos todo
eso. Nací en las montañas de Cardan y me enviaron a la capital a estudiar
para partera, como antes mi madre y su madre. —Respiró hondo—.
¿Podrían darme un poco de agua, por favor?
Camille se volvió hacia la jarra en la mesita de noche, pero extendí la
mano y la detuve.
—Cuando acabes tu historia.
Suspiró, frotándose la frente.
—Oh, ¿qué importa ahora? Voy a morir esta noche de todos modos.
Alguien debería saber la verdad. —Se volvió hacia la ventana, sus ojos
yendo de un lado a otro como si estuviera viendo su historia desarrollarse
como una obra de teatro en el escenario—. Nunca antes había visto el
mar. O una casa tan hermosa como Highmoor. Pasé la mayor parte de
mi primera tarde aquí soñando con ser algún día dueña de tal finca….
Cuando sentí los ojos de Ortun sobre mí, decidí que algún día estaba
demasiado lejos.
Una carcajada salió de mí.
—Estás mintiendo. Papá estaba dedicado a Mamá. Nunca se habría
apartado de ella.
—No seas tan ingenua. Sabía que me quería. Lo pude ver en cada una
de sus miradas. —Sonrió tan ampliamente, su labio inferior se abrió y
derramar a llorar sangre mientras un rayo tronaba fuera de la ventana.
Camille hizo un ruido de disgusto.
Los párpados de Morella se cerraron.
—Después del nacimiento de Verity, tu madre estaba muy débil. Tan
cansada y agotada. Dar a luz a doce hijas... Nadie se sorprendió
realmente cuando murió...
Escuchar las palabras que Morella no pronunció me heló la sangre.
Su frente se tensó cuando llegó otra contracción. Cuando pasó, se atrevió
a enfrentar mi mirada de piedra.
—Fue un acto de bondad, Annaleigh, de verdad, debes creerme.
Estaba sufriendo, con mucho dolor. Mezclé un poco de cicuta en su
medicina nocturna y murió mientras dormía, sin que nadie se enterara.
—¿Asesinaste a Mamá? —El rostro de Camille se contrajo de rabia.
Tomó un atizador de hierro de la chimenea y lo blandió hacia ella—.
¡Perra!
—No fue una mala muerte —jadeó—. No sufrió.
—¿Se supone que debemos estar agradecidos por eso? —Camille bajó
el atizador sobre sus piernas, no lo suficientemente fuerte como para
romper un hueso, aunque dejó una desagradable roncha. Morella chilló
y se alejó del alcance del metal.
Le tendí la mano a Camille.
—Déjala terminar. Necesitamos escuchar todo. Mataste a Mamá.
¿Después qué?
—Annaleigh —suplicó—, no fue un asesinato. Probablemente iba a
morir de todos modos. Yo solo... ayudé.
Apreté los dientes, tratando de contener mi furia.
—¿Después? ¿Qué?
—Después de la muerte de Cecilia, todos fuimos despedidos. Mi
madre me suplicó que volviera a casa, pero me quedé en la capital. Un
día me crucé con Ortun, estaba allí por negocios en la corte, y él... estaba
tan perdido sin Cecilia, tan necesitado de consuelo y cuidado... así que
logré superar su dolor de la única manera que conocía. —Sonrió, su
rostro se relajó por un breve momento mientras los recuerdos la
inundaban—. Ortun envió a buscarme todas las noches de esa semana….
Cuando regresó aquí, escribió, diciendo cuánto me deseaba, cuánto me
añoraba. —Cerró los ojos de nuevo—. Y como un becerro estúpido, le creí.
Otra contracción. Otro trueno.
—Siguió así durante meses. Noches de felicidad, seguidas de semanas
de espera por él. En público, necesitaba llorar a Cecilia. Solo necesitaba
esperar un año. Solo un pequeño año. —Tragó—. Pasaron cinco años.
Cada vez que una de tus hermanas moría, Ortun tenía que empezar de
nuevo el proceso de duelo. Dijo que tenía que ser paciente y luego
podríamos estar juntos, pero yo... debería haberlo sabido mejor.
Morella hizo una pausa, con el enrojecido ferozmente y empapado de
sudor.
—Una noche, volvía a casa de un parto y vi a tu padre. No sabía que
estaba en la ciudad. No me había escrito, no me había mandado llamar.
—Morella se echó hacia atrás un mechón de cabello húmedo, jadeando—
. Y en su brazo había una mujer. Solo una niña, en realidad.
Se estremeció de dolor, pero no podía decir si era por una contracción
o por los recuerdos de esa noche.
—Volé hacia él, maldiciendo y gritando, haciendo esa escena. —
Jadeó, luego dejó escapar un profundo gemido—. Agua por favor.
Camille apuntó el atizador hacia su cuello y ella echó la cabeza hacia
atrás, encogiéndose.
—Sigue hablando.
—Me golpeó. Frente a su nueva putita. Ni siquiera le importaba que
ella viera. Me insultó, gritó, me reprendió. Dijo que era una tonta por
haber creído que una persona como él se casaría con alguien como yo.
No tenía título, no era rica. Yo solo era... yo. —Las lágrimas ahora corrían
abiertamente por su rostro.
A pesar de los horrores que había confesado, en este terrible
momento, con mis propias palabras resonando en su voz, quería
consolarla. La había herido mi propio padre, un hombre que decía
amarla.
Un fuerte trueno sonó directamente sobre nosotros, devolviéndome a
mis sentidos. Increíblemente, la tarde se hizo aún más oscura, la
tormenta estaba lista para cortar el cielo en pedazos.
—Me dejó allí, tirada en la calle, como si nunca le hubiera importado.
—Dejó escapar un sollozo entrecortado—. Pero incluso después de todo
eso... todavía lo quería.
Un gemido brotó de las entrañas mismas del vientre de Morella. Sus
piernas se agitaron con tanta fuerza que dio la impresión de que había
más de dos debajo de las sábanas. Mi mirada se desvió hacia el pulpo
Thaumas en la parte superior del dosel de la cama. Sus ojos parecían
estar llenos de condena, entrecerrando los ojos en juicio mientras
escuchaba su relato. Sus brazos descendían en espiral por los postes,
metal contra caoba oscura, extendiéndose en represalia. El plateado
reflejaba los destellos de los relámpagos del exterior y el viento se levantó,
aullando por las ventanas en tonos desiguales.
—Así que convocaste a Viscardi —completé—. ¿Lo convocaste para
que Papá se enamorara de ti?
Morella asintió.
—Y quedar embarazada de un hijo. Si estuviera encinta, Ortun
tendría que casarse conmigo. Después de todo lo que había hecho por
él... me lo merecía. Una vez que regresé a Highmoor, vi que Eulalie me
miraba de cerca. Empezaba a recordar. Luego, esa horrible noche… me
confrontó, diciendo que se lo iba a contar a todos. Yo... no podía dejar
que ella lo arruinara todo.
La sombra de Edgar en el acantilado.
—¿Mataste a Eulalie?
Sus ojos febriles se posaron sobre los míos, suplicándome que
entendiera.
—Ella no lo mantendría en secreto.
Retrocedí, como si me hubieran dado un golpe en el estómago. Me
había hecho amiga de esta mujer, y todo el tiempo había estado matando
a mi familia sin mayor dolor que tachar elementos de una lista. Una
niebla roja nubló mi visión y mi corazón latía al doble. La furia corrió a
través de mi cuerpo, pulsando desde mi centro hasta la punta de mis
dedos. Agarré el atizador de manos de Camille y apunté a la garganta de
Morella.
—Nos usaste como pago por un hijo.
Se encogió hacia la cabecera, tratando de escapar del gancho de
metal.
—Y todo fue en vano. Mi hijo está muerto y yo también lo estaré antes
del final de la noche.
—Bien —escupió Camille.
Un trueno estalló directamente sobre nosotros y Morella se echó a
reír, aferrándose a su vientre cuando la siguiente contracción la desgarró.
Una conmoción se levantó en el otro extremo del pasillo, gritos y chillidos.
—Ve a ver qué es. —Mantuve el hierro apuntado hacia Morella—. Me
quedaré con ella.
Morella vio a Camille irse antes de encontrarse con mi mirada una
vez más.
—Annaleigh, debes creerme. No quería que murieras. Yo... lo hice al
principio, antes de conocerte; quería que Ortun pagara por cómo me
había tratado, pero luego... has sido tan amable conmigo. Me cuidaste,
te hiciste mi amiga. No sabía que Viscardi usaría al Heraldo para cobrar
su pago, realmente no lo sabía. Por eso te di el libro para que lo leyeras...
para que no durmieras por la noche. Así que no soñarías con eso.
No dije nada.
Un débil maullido salió de ella.
—No puedo hacer esto, no puedo —gruñó Morella, con los omóplatos
sobresaliendo. Su mandíbula inferior salió hacia adelante, hundiéndose
en su labio superior—. Podrías hacerlo, sabes. Solo apresúrate y hazlo.
—¿Hacer qué?
Un brillo enloquecido brillaba en sus ojos.
—Pégame. Sé que quieres. Sabes que quieres.
—No lo hago.
—Simplemente levántelo y bájalo sobre mi cabeza. Entonces todo
habrá terminado.
Me aparté de la cama y miré hacia el pasillo mientras aumentaban
los gritos. Los criados pasaron corriendo con cubos de agua y toallas. El
humo salió a raudales de una habitación al fondo.
—Hazlo, Annaleigh —gritó—. Golpéame la cabeza. Golpéame los
sesos. Maté a tu madre. Maté a tus hermanas. Toma tu venganza y
mátame. —Un aullido espeluznante salió de su boca, y una mancha roja
apareció en su camisón, haciéndose más grande y húmeda sobre sus
muslos—. ¡Por favor!
—No me importa lo que te pase, pero no voy a matar a mi hermano.
La risa estalló más allá de los dientes al descubierto, pedazos de
esquirlas crueles y afilados rebotando en las paredes.
—Chica idiota. —Gimió y se agachó mientras comenzaba a pujar,
empujando junto las contracciones, dejando atrás el dolor, liberando al
bebé. Su voz era baja y chirriante, como metal deslizándose por un
acantilado—. Este no es el hijo de tu padre.
Mi estómago dio un vuelco.
—¿Qué?
Jadeó por aire.
—Viscardi y yo tuvimos que sellar nuestro trato de alguna manera.
Una vez que estuvo listo, Ortun cayó a mis pies, rogando por perdón,
rogando por otra oportunidad, rogando volver a mi cama. Y lo dejé. Los
dejé entrar a los dos. Y luego... dejé que me violaran.
Sus gemidos se convirtieron en un chillido de angustia cuando una
forma oscura salió disparada de ella, derramándose sobre la cama en un
lío de miembros enredados y alas oscuras con membranas. Mis ojos
parecían no poder enfocarse en los detalles, no podían entender las
formas que se agitaban en el aire. Una boca demasiado ancha, demasiado
llena de dientes, se abrió y dejó escapar un gemido lujurioso.
No era un bebé. Era un monstruo.
amille irrumpió de nuevo en el dormitorio, su rostro enrojecido
y manchado de hollín.
—Un rayo cayó sobre el techo. ¡El cuarto piso está en llamas!
¡Tenemos que salir! —Se detuvo en seco cuando vio la masa retorciéndose
en la cama.
La cosa se dio la vuelta, dejando al descubierto su lomo alado y agarró
al cordón umbilical. Tiró del extremo opuesto y Morella gritó de dolor,
agarrándose el estómago. Llevándose el cordón a la boca, mordió el
músculo con un chasquido y se liberó. Me volví hacia un lado, incapaz
de evitar vomitar.
Camille me agarró del brazo y tiró de mí hacia la puerta. Los criados
pasaron corriendo, gritándonos que nos apresuráramos a bajar. El fuego
no se pudo controlar. Necesitábamos escapar ahora.
—¡Esperen, no se vayan! —nos gritó Morella con voz alta y aguda. Por
un breve momento, sus ojos perdieron la locura y volvió a parecerse a
nuestra madrastra—. ¡No puedo bajar las escaleras yo sola! No me
dejarían morir quemada, ¿verdad?
De pie en el umbral, clavé los talones, deteniendo la carrera de
Camille hacia las escaleras.
—No podemos simplemente dejarla aquí.
Gimió exasperada.
—¡Eso es exactamente lo que ella nos haría!
Morella luchó por liberar sus piernas empapadas de sangre de las
sábanas mojadas. Inclinó la cabeza, escuchando algo más allá de nuestra
audición. Desde la sala de estar contigua llegó el sonido de pasos
pesados. Mi boca se secó mientras una araña negra del miedo hundió
sus colmillos profundamente en mi estómago.
Viscardi había llegado.
Camille tiró de mi brazo de nuevo.
—¡No podemos quedarnos aquí! ¡El fuego ya está en el pasillo!
La puerta de la sala de estar se abrió de golpe con un crujido,
deteniéndonos en seco. Apareció una figura oscura familiar, recortada en
humo y llamas. Sus rizos plateados bailaban, retorciéndose como
serpientes.
Mientras pasaba junto a la chimenea, como un rey atravesando su
salón del trono, proyectó una sombra en la pared del fondo. Un gran
dragón de tres cabezas con cuernos se mostraba en marcado relieve, con
las alas desplegadas con ferocidad y los dientes al descubierto.
Morella rompió a llorar ante él.
—Mi señor, no lo entiendo. Mi hijo nació muerto. ¡Me traicionaste!
Levantó un dedo con fluida gracia, moviéndolo de un lado a otro. Su
voz goteaba como miel, melodiosa y modulada.
—Morella, cariño. ¿Es esa alguna forma de saludarme?
—¡Mentiste!
En un destello tembloroso y tembloroso, se paró sobre ella,
asomándose, mirando lascivamente como una gárgola del infierno. En la
pared, su sombra de dragón brillaba ceñuda, flexionada y chasqueando,
mientras Morella se retorcía debajo de ella.
—¡Yo. Nunca. Miento! —gruñó.
—¡Mi hijo está muerto!
Sacudió la cabeza.
—Nuestro hijo vive.
—Ortun se ha ido. ¡Juraste que tendría un hijo! Juraste...
Levantó la mano, silenciándola.
—Juré que tendrías un hijo. Y lo tuviste. ¿No fue el cuerpecito sacado
de esta habitación por tu marido el perfecto espécimen de masculinidad?
—Su rostro se volvió pétreo, sus ojos se entrecerraron—. La próxima vez
que convoques al dios de los tratos, recuerda pedir exactamente lo que
quieres.
—¡Lo hice! —aulló.
Viscardi negó con la cabeza, los ojos ocultos en las sombras oscuras.
—Entraste en gran cantidad de detalles con lo que querías: el esposo,
la casa, el hijo que tan tontamente pensaste que heredaría la propiedad,
pero no especificaste que el niño debería nacer vivo. —Extendió la mano
y ahuecó su mejilla, pasando un pulgar alargado por sus labios—. Pero
piensa, cariño. Tu hijo proporcionó al nuestro todo el alimento que
necesitará para el largo viaje a casa.
Tomó al monstruo que chillaba de la ropa de cama y miró hacia abajo
a la cara diminuta con colmillos. El rostro de Viscardi se suavizó con
ternura. Incluso gorjeó arrullos cuando la criatura le mordió el dedo.
—¡No! —chilló Morella, luchando por pararse sobre el colchón
desigual—. ¡No! Te di a tu hijo. Te has llevado a dos de las chicas
Thaumas. Nuestro trato está roto. ¡Quiero romper este trato!
Se volvió hacia ella, acunando a su hijo en el hueco de su brazo.
—¿Roto? ¿Quién eres tú para retirar un juramento?
—No quiero ninguna parte de este juramento. Te llevaste a mi hijo;
¡no tienes a las otras chicas!
Con el fuego arremolinándose en sus ojos, se lamió los dientes con
una lengua bífida, considerando a la pequeña mujer frente a él. Al otro
lado de la pared detrás de ellos, los dragones retrocedieron, aturdidos por
la sed de sangre.
—No puedes simplemente decir que quieres que termine nuestro trato
y esperar que así suceda. Sabes el precio que exijo. Lo único que aceptaré
como pago.
Morella dejó escapar un suspiro tembloroso y asintió con la cabeza,
la resignación nubló su rostro. Miró por encima de su hombro y me miró
a los ojos.
—No le digas a tu padre nada de esto. Dile... dile que lo amaba.
Siempre.
Viscardi volvió a mirarnos, sus labios, demasiado delgados para
llamarlos así, en realidad, se alzaron en una dolorosa sonrisa y guiñó un
ojo. Luego, en ese extraño movimiento borroso, descendió sobre Morella,
de repente mucho más que un hombre. Alas, escamas y garras entraban
y salían del alboroto.
Gritos se levantaron del caos y, por un momento terrible, hicieron eco
de los sonidos que la había escuchado hacer cuando la encontré con
Papá. Pero el placer duró poco y sus gemidos de éxtasis pronto se
convirtieron en chillidos. Los chillidos se convirtieron en gritos. Y luego
los gritos se cortaron en silencio.
Camille se tapó la boca, reprimiendo sus propios gritos cuando vimos
la pálida curva de una costilla que se levantaba de la ropa de cama.
Morella venía de la Gente de los Huesos y ahora estaba reducida a nada
más que un montón de ellos.
Viscardi, un hombre una vez más, se volvió hacia nosotros, con una
lujuriosa apreciación brillando en sus ojos llameantes.
—Siempre me gustó más bailar con ustedes dos —dijo, su mirada
ardía sobre nuestros cuerpos como tierra quemada—. Bonita, bonita
Annaleigh y mi querida Camille... qué diversión podríamos tener juntos...
solo tienen que preguntar.
La mandíbula de Camille se apretó mientras daba un paso adelante.
—¿Qué tan poderoso eres, Embaucador? ¿Eres capaz de cambiar el
curso de las cosas? ¿Cambiar el pasado?
—¡Camille, no! —grité, sintiendo lo que estaba a punto de hacer. La
agarré por los brazos, alejándola del dios sonriente.
—¡Podría traer de vuelta a nuestras hermanas! —siseó—. ¡Podría
traer de vuelta a Mamá!
—¿A qué costo?
—Podría —dijo Viscardi, alzando la voz para que se escuchara sobre
nosotras—. Podría hacer todo eso y más. —Una lengua bifurcada se
deslizó fuera de su boca cubierta de sangre, llamándonos—. Y es posible
que descubran que disfrutan bastante del intercambio.
Negué con la cabeza.
—¡Nunca!
Me miró con sus ojos brillantes y ardientes.
—¿Te preocupa lo que le pasó a Morella? Entiendo completamente,
Annaleigh. Pero nunca serías tan tonta como para cometer los mismos
errores que ella. Eres mucho más inteligente y mucho más...
deslumbrante.
Mis pies comenzaron a acercarse más, aparentemente bajo mi
control, pero cuando traté de obligarme a detenerme, continuaron
adelante. Me atraía hacia él como un pejesapo atrayendo a su presa con
su orbe hipnótico e intermitente.
Sus dedos recorrieron mi mejilla, acariciando la piel con una ternura
seductora que no pude resistir. No fue hasta que volví a acariciar su
palma que me di cuenta de que estaba cubierta con la sangre de Morella.
—¡Annaleigh, detente! —gritó Camille, agarrando mi mano y
sacándome del trance y lejos del alcance de Viscardi. Me apretó fuerte,
arrastrándonos hasta donde estábamos.
Viscardi suspiró, una nube de azufre salía de su labio, pero se encogió
de hombros y nos ofreció una profunda reverencia a las dos.
—Como quieran. —Levantándose con su llorosa progenie,
desapareció en un trueno.
Camille y yo nos miramos a los ojos, jadeando en el aire lleno de
humo, mientras absorbíamos todo lo que había sucedido en este horrible
día.
¿Se acabó realmente? Esperaba sentirme diferente, menos marcada.
Seguramente debería haber algo que indicara que se rompió el trato, pero
no hubo nada.
Un grito procedente del pasillo nos devolvió al presente. El fuego rugía
sin control a través de Highmoor. Si no nos íbamos ahora mismo, no
tendríamos otra oportunidad.
Corrimos hacia el pasillo mientras el techo caía, ardiendo tan rojo
como los ojos de Viscardi, astillándose contra el suelo, incendiando el
corredor. Llamas anaranjadas lamían el papel pintado y, en una
repentina explosión de fuego, desapareció un cuadro al óleo de Eulalie y
Elizabeth.
—¡La escalera trasera! —Tuve que gritar para ser escuchada sobre las
crepitantes llamas.
—El tercer piso ya está en llamas —dijo Camille cuando llegamos al
rellano—. ¿Dónde están las Gracias?
—Estaban en el primer piso con Lenore. —Recé para que no se
hubieran aventurado arriba.
El fuego viajó rápido mientras huíamos por las escaleras, un
monstruoso puño naranja tratando de aplastarnos. Saliendo al jardín,
tosimos el humo. La tormenta azotaba a Salten, lanzando copos afilados
a nuestros ojos. Debería haber hecho frío, pero el fuego arrojaba tanto
calor que no corríamos peligro de congelarnos.
La gente se reunía alrededor de la fuente, apiñándose en busca de
calidez y comodidad. Sollocé de alivio cuando vi a Lenore, Honor y Mercy
juntos bajo una manta.
—¿Camille? ¡Annaleigh! —Hanna lloró al vernos—. ¡Gracias Pontus!
La escalera principal ya estaba en llamas cuando intentamos subir por
ustedes. Tenía tanto miedo de haberlas perdido a las dos. —Nos tomó en
un abrazo dolorosamente fuerte—. ¿Han visto a Fisher?
La miré aturdida.
—¡Fisher! —gritó de nuevo, como si simplemente la hubiera
escuchado mal—. No pude encontrarlo cuando estalló el incendio. ¿Fue
con Roland y los demás al naufragio? ¿Lo viste entonces? ¡No sé dónde
está! —Lágrimas calientes corrieron por su rostro.
Pasé mis dedos por mis propias mejillas, untando hollín y haciendo a
un lado lo último del engaño de Kosamaras.
Había sido una mentira, antes en el Salón Azul, uno de los trucos de
Kosamaras. No ha habido ningún accidente. Sin funeral. Yo era la única
que sabía que Fisher ya estaba muerto. Había muerto antes de llegar al
baile de las trillizas.
Lenore dejó la fuente y se unió a nosotras. Sus ojos estaban llenos de
lágrimas y las llamas se reflejaban en ellos, recordándome el iris ardiente
de Viscardi.
—¿Dónde está Papá? ¿Por qué no está con ustedes?
Hanna dejó escapar otro lamento.
—Ayudó a las pequeñas a salir, luego volvió corriendo, diciendo que
iba tras Lady Thaumas. Estaban arriba ella… —Se interrumpió,
asimilando nuestro silencio—. ¿No lo vieron?
Miré a los ojos a Camille. Ella negó con la cabeza, lágrimas silenciosas
brotando.
—No lo vimos. No desde que se llevó al bebé... no desde que bajó las
escaleras.
—Debemos ir tras él. —Hanna nos soltó, buscando a otros sirvientes
a los que juntar. Mientras miraba a través de la nieve, pude ver que no
había muchos a quienes llamar. Roland y muchos de los lacayos faltaban.
Regnard y Sterland también.
Agarré su manga.
—Las escaleras traseras ya estaban envueltas cuando bajamos. Él no
estaba allí.
Como para confirmar mis palabras, hubo un gran estruendo desde
las profundidades de Highmoor, una sección del piso cedió bajo el peso
de la madera carbonizada y las llamas. Honor y Mercy soltaron gritos y
Hanna comenzó a llorar de nuevo.
Envolví mis brazos alrededor de Camille, envolviéndome contra sus
sollozos. Nadie necesitaba saber qué había sucedido realmente esta
noche. Nos abrazamos la una a la otra con feroz protección y vimos arder
Highmoor.
medida que avanzaba la tarde hacia el crepúsculo, más
sirvientes escaparon de la casa, tapiaron las puertas
traseras haciendo su camino hacia el jardín. Camille se unió
a las chicas en la fuente, acurrucándose contra ellas, consolando sus
lágrimas. Me hizo señas para que viniera también, pero no podía
quedarme quieta. Deambulando entre los grupos de personas, conté
cuántos habían logrado salir, quién seguía desaparecido.
Todos los sirvientes se habían ido. La Rusalka realmente había
encallado y todos habían ido tras ella. Ver a Sterland y Roland en el Salón
Azul había sido otro engaño más.
Mientras las llamas bajaban por el ala, las ventanas se hicieron
añicos por el calor, lloviendo fragmentos de vidrio como malvados copos
de nieve. Algo dentro explotó, reservas de vino o aceite de queroseno, sin
duda, y una bola de fuego se liberó. Bajó volando las escaleras y se dirigió
a un banco de nieve.
No era parte de la explosión, ¡era una persona!
Horrorizada, corrí y arrojé puñados de nieve para sofocar las llamas.
Con dedos temblorosos, di la vuelta al cuerpo y vi no a una sino a dos
personas.
Verity me miró, sonrojada y manchada de hollín, pero parecía
relativamente ilesa.
—¡Annaleigh! —Se lanzó a mis brazos, las lágrimas corrían por sus
mejillas ennegrecidas—. ¡Annaleigh, estás viva! —Se volvió hacia la otra
figura, inmóvil en la nieve—. ¿Cassius está bien?
Miré la pila de ropa quemada, tratando de ver la forma debajo.
—¿Qué dijiste?
—¿Él está bien? —Apartó un trozo de tela, revelando su rostro.
Mi corazón se detuvo. Era Cassius. Era real. Verity lo veía y podía
sentir su cuerpo bajo las yemas de mis dedos. Kosamaras nos había
engañado para que lo olvidáramos.
—¿Cassius?
Verity palmeó sus piernas, buscando una reacción.
—Fue tan horrible, Annaleigh. Me desperté esta mañana y nadie
podía verme ni oírme. Era como si no existiera. Seguí a Mercy and Honor
a todas partes hoy, pero ellas no sabían que estaba allí. Me quedé
dormida en el Salón Azul cuando llegó la tormenta. Cuando me desperté,
había llamas por todas partes. ¡Pero entonces llegó Cassius y él pudo
verme! Me sacó del fuego. ¡Él me salvó!
Me incliné sobre el cuerpo ennegrecido.
—¿Cassius? —Lo sacudí suavemente, despertándolo.
Sus ojos se abrieron de golpe, pero no pudo enfocar. Estaban
inyectados en sangre por el denso humo. ¿Lo había cegado el fuego?
—¿Me ves?
Presioné un beso en su palma ampollada.
—Lo hago, lo hago.
Tosió.
—Te escribí ese mensaje en el polvo... No quería que pensaras que
estabas sola... ¿Estás bien? ¿Verity está bien? —Su voz se quebró, su
garganta estaba en carne viva por respirar los gases nocivos.
—Ella está a salvo. Ella está aquí.
Verity pasó su manita por su rostro arruinado y él sonrió.
—Me salvaste la vida, Cassius.
Cerró los ojos por un momento.
—Bien. Eso está bien. —Buscó a tientas mi mano, la carne de sus
dedos burbujeando con ampollas carbonizadas—- No fue Sterland,
¿verdad?
Negué con la cabeza.
—No te preocupes por eso. Necesitas guardar tu fuerza. El trato se
rompió. Todos estarán a salvo. Eso es todo lo que importa.
Trató de sonreír, aunque claramente le costó.
—No todo el mundo.
Las lágrimas corrieron por mi rostro, aterrizando en el suyo.
—¡No te atrevas a rendirte! Estás fuera de casa y la tormenta
terminará pronto. ¡Enviaremos a buscar a tu madre! Ahí está el muro de
los deseos en su abadía... Todo va a estar bien.
Levantó la mano y me detuvo.
—¿Me llevarás más lejos al jardín? ¿Por favor? ¿Fuera de debajo de
las ramas? Quiero ver las estrellas.
Verity y yo miramos hacia la tormenta. No había forma de que
Cassius viera estrellas esta noche.
—Es una tormenta, mi amor. Quédate aquí y descansa.
Por un momento, sus ojos se iluminaron y se parecía al Cassius que
conocía y amaba.
—¿Dijiste amor?
Presioné el beso más suave que pude en su mejilla.
—Por supuesto lo hice.
—Entonces sácame de debajo de los árboles, Annaleigh.
Con la ayuda de Verity, lo levanté lo más suavemente posible y lo
ayudé a caminar más lejos de la casa, a salir de debajo de las oscuras
ramas de los robles.
Una gran tos atormentó su pecho cuando lo bajamos al suelo. La
sangre le salpicó los labios y quise aullar. No era así como se suponía que
iban a salir las cosas. Las novelas de Eulalie siempre tenían a los villanos
derrotados y a los amantes sanos y salvos, listos para comenzar sus vidas
juntos.
—Cassius, ¿no hay una manera de detener esto? Para llamar a tu
madre y...
Me tomó de la mano y movió la cabeza con un movimiento casi
imperceptible.
—Oh, mi querida Annaleigh, ¿recuerdas cuando dejaste ir a las
tortugas? Algunas cosas no pueden mantenerse. —Ahuecó mi mejilla y
mis lágrimas corrieron por sus dedos—. Sé valiente. Sé fuerte. Siempre
tendrás todo mi corazón.
Tosió de nuevo y su mano cayó floja sobre la nieve.
—¡No! —grité y Verity sollozó, envolviendo sus brazos alrededor de mi
cuello.
Me balanceé hacia adelante y hacia atrás, abrazándola tan fuerte
como me atrevía. El humo en su ropa y cabello me chamuscó las fosas
nasales, aterrizándome en este horrible, espantoso momento. Quería
golpear el suelo, patear y pisotear y arrancar mi corazón destrozado e
inútil de mi pecho.
No podía haberse ido.
Esperé, rezando para escuchar la risa malvada de Kosamaras, pero
esto no era parte de sus trucos. El engaño había terminado y Cassius
estaba muerto.
La nieve se arremolinaba mientras la noche avanzaba hacia la
mañana, amontonándose sobre nosotros, sobre Cassius, hasta que
estuvo escondido bajo una manta blanca. Al escuchar nuestros gritos,
mis hermanas se reunieron a nuestro alrededor, acurrucadas juntas,
cálidas y seguras, las últimas Thaumas.
Cuando la tormenta se despejó y el sol se elevó sobre la fachada
humeante de Highmoor, Camille se puso de pie, inspeccionando su
propiedad en ruinas. Mantuvo su cuerpo rígido y erguido, tratando de ser
fuerte, pero sus hombros temblaban.
Me puse de pie, sabiendo que necesitaba consuelo, alguien que
tomara su mano y enfrentara este desafío con ella. Pero necesitaba ver a
Cassius por última vez. Quería despedirme mientras él todavía fuera solo
mío. No un medio dios. No el hijo de Versia. Sólo mío.
Pero cuando miré hacia atrás, el cuerpo no estaba allí.
Excavé a través de la nieve, sacando puñados, hurgando en ella, pero
él se había ido, se desvaneció como si nunca hubiera existido.
Pero lo había hecho. Verity lo había visto. Ella estaba presionada
contra mí, viva y bien, gracias a él.
Miré hacia el cielo. ¿Versia lo había llevado de alguna manera, de
regreso a su palacio de piedra lunar? ¿De vuelta al Sanctum? Quería
correr hacia la puerta de la Gruta y viajar a la Casa de las Siete Lunas,
exigiendo respuestas, pero me detuve en seco. No había puerta. Nunca
había estado. No tenía forma de llegar a ella y nunca lo sabría.
Una gran parte de la pared del ala este se derrumbó, enviando
temblores a través del jardín y jadeos entre la multitud.
—¿Que hacemos ahora? —preguntó Lenore—. ¿A dónde iremos?
Los ojos de Camille, rojos y acuosos, parpadearon sobre el edificio en
ruinas.
—No iremos a ninguna parte. Somos la Gente de la Sal. Estamos
atadas a esta tierra, a estos mares. El fuego no puede obligarnos a
retroceder. —Se volvió, sus ojos mirándonos a todas, las últimas seis
hermanas Thaumas—. Reconstruiremos.
gárrala fuerte, no las dejen ir todavía!
—¡Pero ya tengo mi deseo! ¡No quiero olvidarlo! —
exclamó Verity, saltando con impaciencia de un pie a
—¡
otro.
—¡Yo también! —Honor se aferró al borde de su linterna de papel con
solo la punta de los dedos, peligrosamente cerca de soltarla.
—Tienen que esperar a que encienda la mía y la de Annaleigh —espetó
Mercy—. ¡Solo quieres que tu deseo llegue primero!
Una brisa de verano bailaba a nuestro alrededor, ligera con el aroma
de las algas y la sal, y por un momento, la mecha de Mercy no se prendió.
Prendió una vez, dos veces. Cuando finalmente se encendió, la linterna
de papel se llenó de aire cálido y se la entregué. Me apresuré a encender
la mía antes de que la paciencia de las Gracias se agotara.
—Muy bien, ¿todos tenemos nuestros deseos? —Mis hermanas
asintieron con entusiasmo, sus ojos reflejaban el feliz resplandor de las
llamas—. Entonces, a la cuenta de tres, los soltaremos. Uno, dos…
—¡Tres! —gritamos juntos y las dejamos ir.
Las pequeñas linternas blancas se elevaron lentamente hacia el cielo,
girando y entrelazándose entre sí, atrapadas en un deslumbrante ballet.
Flotaron más y más alto para unirse a las estrellas.
¿Versia nos miraba con desprecio en este momento, en este hermoso
y claro solsticio de verano? Desde nuestra posición en el Viejo Maude, el
cielo parecía vertiginosamente infinito, un eterno centelleante. Las
estrellas centelleaban con una cantidad extra de resplandor, como si ellas
también lo supieran.
Un nudo creció en mi garganta mientras pensaba en mi deseo. Quería
a Cassius aquí a mi lado en esta exquisita perfección de una noche de
verano. Noches como esta estaban destinadas a ser compartidas,
recordadas y comentadas en los próximos años. Cielos como este estaban
hechos para ser besados debajo.
—¿Qué deseaste? —preguntó Honor.
Verity negó con la cabeza.
—¡No se puede decir o no se hará realidad!
Honor suspiró y volvió su rostro hacia el cielo.
—¿Cuánto tiempo crees que tardan en regresar los deseos?
Me encogí de hombros.
—No lo sé. Eso es parte de la diversión, ¿no? Cada vez que ves una
estrella fugaz, puedes sentirte feliz porque se le regresa el deseo de
alguien.
Estuvimos mirando hasta que las linternas ya no pudieron
distinguirse de las estrellas.
—Espero que mi deseo se haga realidad primero —dijo Honor, con
poca caridad.
La boca de Mercy cayó.
—¡No, el mío!
—Hora de dormir —anuncié antes de que pudiera estallar una
disputa.
Con un mínimo de quejas, las Gracias regresaron a la galería, todavía
penetrante con el olor a pintura fresca, y bajaron por la escalera de
caracol interior del faro. Marchamos de regreso a casa, a nuestra pequeña
cabaña en el acantilado, y se prepararon para dormir. Después de una
historia y un beso en la frente, cada una se durmió con rapidez infantil,
dejándome con mi trabajo como Guardián de la Luz.
Después de esa horrible noche en Highmoor, cuando mis hermanas
volvieron a recordar los falsos recuerdos de Kosamaras, quedó claro que
el Viejo Maude necesitaría un nuevo Guardián, y rápidamente. Camille,
como duquesa de Salann, me dio su bendición de inmediato, enviando
las Gracias conmigo. Con toda la construcción que se estaba llevando a
cabo en Highmoor, habían estado desesperadamente sobre de ella, y creo
que estaba contenta de habérselas quitado de encima mientras se
instalaba en su nueva posición.
Ahora que el clima volvía a ser cálido, Lenore visitaba a menudo,
trayendo a Hanna y canastas de golosinas de casa. Cada vez que venía,
sus ojos parecían un poco menos angustiados, un poco más presentes.
Durante su última estancia, mencionó que estaba pensando en dejar
Highmoor una vez que se completara la renovación. Quería quedarse y
ayudar a Camille, pero se sentía atrapada bajo el peso de los recuerdos.
No sabía adónde quería ir, pero estaba emocionada de descubrir más de
Arcannia.
Entendí cómo se sentía ella. Siempre amé el hogar de mi infancia,
pero estaba feliz de estar libre de él. Aunque el trabajo en Hesperus a
menudo era duro, me sentía llena de propósito y me despertaba cada día
con un corazón feliz. A menudo me imaginaba a Cassius trabajando a mi
lado, acarreando petróleo para la llama, rastreando barcos y las mareas.
Su ausencia permeaba, llenándome de un dolor más profundo que
cualquier cosa que hubiera conocido. Sabía que pasaría el resto de mi
vida suspirando por él.
Mientras regresaba al Viejo Maude, una brisa fresca jugaba con mi
trenza, invitándome a desviarme. Era una noche demasiado bonita para
volver a entrar todavía. En nuestra caminata vespertina, habíamos visto
varios nidos de tortugas marinas en la playa, grandes montículos casi
tan anchos como Verity era alta. La arena encima de ellas se movió
mientras observábamos. Las crías pronto estarían listas para salir al mar.
Vagando por las arenas negras, me quité los zapatos. Las cálidas olas
bañaron mis pies descalzos, tirando del fino lino de mi vestido,
arrastrándome hacia aguas más profundas. Las cigarras zumbaban en
los árboles más hacia el interior, compitiendo con el suave chapoteo del
agua contra la orilla. Cerré los ojos y bebí de la maravilla de esta noche.
La salmuera del océano llenó mi nariz, mis pulmones, todo mi ser, y lo
respiré todo, completamente en paz.
Una perturbación en el agua me sacó de mi ensoñación y abrí los ojos
a tiempo para ver una estrella fugaz atravesando el cielo oscuro. Sonreí
mientras corría hacia el horizonte. Alguna persona afortunada estaba a
punto de recuperar su deseo. Al escuchar otro chapoteo, me volví,
esperando ver un pequeño ejército de crías abriéndose paso por la playa
y hacia las olas.
Me quedé inmóvil y vi una figura alta de pie en el agua hasta los
tobillos, con la luz plateada de las estrellas atrapada en sus rizos
rebeldes.
Cassius.
Cada fibra de mi ser anhelaba que fuera realmente él, no una fantasía
que acechaba mis ojos como lo hizo con mi corazón. No era él. No podía
ser.
Pero parecía tan real.
Una gaviota gritó en lo alto y, por un momento embriagador, las
estrellas parecieron brillar más, deslumbrando el cielo con un brillo
antinatural. Una pequeña astilla de esperanza chispeó dentro de mí,
ardiendo intensamente. ¿Versia había recibido mi deseo? ¿Esa estrella
fugaz era para mí?
—¿Cassius? —Me atreví a susurrar, medio segura de que era un
sueño.
No te despiertes...
Cuando se movió, vadeando en aguas más profundas, mi respiración
se atascó en el hueco de mi garganta. No me iba a encontrar. Abriría su
boca, pero yo nunca escucharía sus palabras. Me despertaba en la sala
de vigilancia del Viejo Maude, completamente sola, de nuevo. Mi corazón
dio un vuelco por la anticipación de la dolorosa decepción que vendría.
No te despiertes...
Con una sonrisa que comenzó en lo profundo de sus ojos brillantes,
Cassius me abrazó con fuerza. Pasé mis manos por sus brazos con
asombro. Estaban increíblemente cubiertos de piel suave, sin rastro de
quemaduras.
Era un sueño. Tenía que ser.
Luego pasó su pulgar por mi mejilla. Sus ojos brillaban con una
alegría ardiente, y sus labios se separaron, a punto de hablar.
¡No te despiertes!
Cuando no lo hice, extendí la mano, mis dedos trazaron la parte
posterior de su cuello, sintiendo sus rizos contra ellos. Cassius soltó un
murmullo de placer antes de darme un beso. Su boca era suave contra
la mía antes de que sus brazos se apretaran alrededor de mí,
atrayéndome hacia un beso más íntimo, un dolor más dulce.
—Todavía sabes a Sal —susurró.
—¿Está pasando esto realmente? —suspiré—. ¿De verdad estás aquí?
Cassius asintió.
—Realmente estoy aquí.
—¿Por cuánto tiempo?
Su sonrisa se hizo más profunda.
—Por el tiempo que me tengas.
Mis dedos temblaron cuando tomé su rostro, mirando hacia arriba
para encontrarme con sus ojos. Quería memorizar todo sobre este
milagro frente a mí.
—¿Verdaderamente? —Asintió—. ¿Cómo?
—De todos los deseos de esta noche, el tuyo fue casi el más ruidoso,
casi el más esperanzador —sonrió—. El segundo más fácil de otorgar.
Un coro de salpicaduras sonó desde la costa. Dimos la vuelta y vimos
una docena de pequeñas tortugas marinas remando en el mar, nadando
en aguas abiertas. Uno rozó mi pierna, dándome un toque amistoso en
mi tobillo con sus aletas antes de dirigirse hacia el azul desconocido.
—¿Casi? —pregunté, mirando hacia el cielo nocturno. La luz de las
estrellas llovió a nuestro alrededor, y no podía imaginar un momento más
dolorosamente perfecto que el que me encontraba ahora, acurrucada
entre las estrellas y la sal con el hombre que amaba, que era a partes
iguales de ambos.
—Sólo hubo uno más fuerte —murmuró antes de que sus labios
descendieran una vez más—. El mío.
oco después del nacimiento de mi hija, me dispuse a escribir
House of Salt and Sorrows. Hacer malabarismos con un
cuaderno y un bolígrafo con un bebé acostado y acurrucado
puede no parecer la mejor manera de crear una historia, pero mi corazón
se desborda de amor cada vez que recuerdo esas tardes tranquilas en su
cuarto de niños. Grace, gracias por tu paciencia y por estar conmigo en
cada paso de este viaje, desde anotar las primeras palabras hasta
ayudarme a dejar mi contrato en el buzón y pronunciarlo "¡Bueno, bueno!"
Ver crecer tu amor por los libros, las máquinas de escribir y los post-its
rosas es realmente una de mis cosas favoritas en la vida. Estoy muy
orgullosa de ser tu mamá.
Sarah Landis, gracias por ver algo especial en mí y mis palabras y
saber qué diablos hacer con ellas. Eres increíble y tengo mucha suerte
de tenerte como mi agente.
Una enorme ola de gratitud a Wendy Loggia, Audrey Ingerson, Alison
Impey, Noreen Herits, Candy Gianetti y todos en Delacorte Press por su
tiempo y cuidado con este libro. Wendy, todavía estoy chillando de alegría
y estoy muy agradecida de que mi libro esté en tus capaces manos.
¡Zapatos de hadas para todos!
Me gustaría agradecer a Jason Huebinger y #PitDark por un
torbellino tan salvaje. Nunca pensé que un pequeño tweet pudiera
cambiar el mundo, pero ciertamente cambió el mío.
A todos mis queridos familiares y amigos, lectores beta y hermanos
de agencias: Jonathan Ealy, Sarah Squire, Sona Amroyan, Charlene
Honeycutt, Maxine Gurr, Susan Booker, Scott Kennedy, Kaylan Brakora,
Jenni Bagwell, Jeannie Hilderbrand, Kate Costello, Peter Diseth, Jeni
Chappelle, Jennie K. Brown, Jessica Rubinkowski, Shelby Mahurin, Ron
Walters, Meredith Tate y Julie Abe: ¡No podría pedir un grupo de personas
más genial para emprender este viaje! Su apoyo y risas significan todo
para mí. ¡Gracias!
Mucho amor y gratitud a Jessica Hahn, quien me enseñó todo lo que
sé sobre la historia del vestido y el diseño. Te debo tantos vestidos de
fiesta brillantes.
Hannah Whitten, magnífica criatura. ¡Creo que has leído este libro
casi tantas veces como yo! No puedo imaginarme haciendo nada de esto
sin ti y, además, no me gustaría. ¡Eres increíble y tengo la suerte de
tenerte como socia y amiga!
Para mi hermana, Tara Whipkey: has estado leyendo mis cuentos
desde que los escribo. Gracias por las tardes corriendo por la cabaña de
troncos, imaginando que éramos sirenas o Chicas del Vagón, por hablar
de mis personajes como si fueran personas reales y por ser la mejor
hermana que una chica podría pedir. ¡Eres una verdadera alegría, y te
amo como loca!
Paul, eres mi todo. Gracias por creer en mí, por prepararme un
delicioso desayuno todas las mañanas y por no creerme nunca cuando
digo que podemos ir a una librería "sólo para mirar alrededor". Es una
bendición tenerte como mi esposo y mejor amigo.
Este libro no existiría sin mis padres, Cyndi y Bob Whipkey, quienes
llenaron mi infancia con Margie the Monkey, Anne of Green Gables y todas
las niñas del Club de Niñeras. Gracias por cada viaje a la biblioteca, por
las pilas interminables y las linternas para leer debajo de las sábanas, y
por nunca decirme que mis sueños eran demasiado grandes o salvajes.
Los amo mucho.
A Erin A. Craig siempre le ha gustado
contar historias. Después de obtener su
BFA en Diseño y Producción Teatral de
la Universidad de Michigan, dirigió
óperas trágicas llenas de jorobados,
sesiones de espiritismo y payasos
asesinos, luego decidió que quería
escribir libros que fueran igualmente
espeluznantes. Lectora ávida, editora
decente, fanática del baloncesto y
coleccionista de máquinas de escribir,
Erin vive en Memphis con su marido y
su hija.