Los Raros
Rubén Darío
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Texto núm. 946
Título: Los Raros
Autor: Rubén Darío
Etiquetas: Crítica
Editor: Edu Robsy
Fecha de creación: 23 de julio de 2016
Edita textos.info
Maison Carrée
c/ Ramal, 48
07730 Alayor - Menorca
Islas Baleares
España
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PROLOGO
Fuera de las notas sobre Mauclair y Adam, todo lo contenido en este libro
fué escrito hace doce años, en Buenos Aires, cuando en Francia estaba el
simbolismo en pleno desarrollo. Me tocó dar a conocer en América ese
movimiento y por ello y por mis versos de entonces, fuí atacado y
calificado con la inevitable palabra «decadente...» Todo eso ha
pasado,—como mi fresca juventud.
Hay en estas páginas mucho entusiasmo, admiración sincera, mucha
lectura y no poca buena intención. En la evolución natural de mi
pensamiento, el fondo ha quedado siempre el mismo. Confesaré, no
obstante, que me he acercado a algunos de mis ídolos de antaño y he
reconocido más de un engaño de mi manera de percibir.
Restan la misma pasión de arte, el mismo reconocimiento de las jerarquías
intelectuales, el mismo desdén de lo vulgar y la misma religión de belleza.
Pero una razón autumnal ha sucedido a las explosiones de la primavera.
Rubén Darío.
París, Enero de 1905.
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EL ARTE EN SILENCIO
No se ha hecho mucho comentario sobre L’Art en silence, de Camilo
Mauclair, como era natural. ¡El «Arte en silencio», en el país del ruido! así
debía ser. Y pocos libros más llenos de bien, más hermosos y más nobles
que éste, fruto de joven, impregnado de un perfume de cordura y de un
sabor de siglos. Al leerle, he aquí el espectáculo que se ha presentado a
mi imaginación: un campo inmenso y preparado para la labor; un día en su
más bello instante, y un labrador matinal que empuja fuertemente su
arado, orgulloso de que su virtud triptolémica trae consigo la seguridad de
la hora de paz y de fecundidad de mañana. En la confusión de tentativas,
en la lucha de tendencias, entre los juglarismos de mal convencidos
apóstoles y la imitación de titubeantes sectarios, la voz de este digno
trabajador, de este sincero intelectual, en el absoluto sentido del vocablo,
es de una transcendental vibración. No puede haber profesión de fe más
transparente, más noble y más generosa.
«Creo en la vanidad de las prerrogativas sociales de mi profesión y del
talento por sí mismo. Creo en la misión difícil, agotadora y casi siempre
ingrata del hombre de letras, del artista, del circulador de ideas; creo que,
el hombre que en nombre del talento que Dios le ha prestado, descuida su
carácter y se juzga exonerado de los deberes urgentes de la existencia
humana, desobedece a la humanidad y es castigado. Creo en la
aceptación de todos los deberes por la ayuda de la caridad y del orgullo;
creo en el individualismo artístico y social. Creo que el arte, ese silencioso
apostolado, esa bella penitencia escogida por algunos seres cuyos
cuerpos les fatigan e impiden más que a otros encontrar lo infinito, es una
obligación de honor que es necesario llenar, con la más seria, la más
circunspecta probidad; que hay buenos o malos artistas, pero que no
tenemos que juzgar sino a los mentirosos, y los sinceros serán premiados
en el altísimo cielo de la paz, en tanto que los brillantes, los satisfechos,
los mentirosos, serán castigados. Creo todo eso, porque ya he visto
pruebas alrededor mío, y porque he sentido la verdad en mí mismo,
después de haber escrito varios libros, no sin sinceridad ni trabajo, pero
con la confianza precipitada de la juventud.»
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En efecto, ¿quiénes habrían podido prever, en el autor de tantas páginas
de ensueños,—«corona de claridad» o «sonatitas de otoño»—este rumbo
hacia un ideal de moral absoluta, en las regiones verdaderamente
intelectuales donde no hay ninguna necesidad de hacer ruido para ser
escuchado? El ha agrupado en este sano volumen a varios artistas
aislados, cuya existencia y cuya obra pueden servir de estimulantes
ejemplos en la lucha de las ideas y de las aspiraciones mentales.
Mallarmé, Edgar Poe, Flaubert, Rodenbach, Puvis de Chavannes y Rops,
entre los muertos, y señaladas y activas energías jóvenes. Antes,
conocidos son sus ensayos magistrales, de tan sagaz ideología, sobre
Jules Laforgue y Auguste Rodin.
Cada día se afirma con mayor brillo la gloria ya sin sombras de Edgar Poe,
desde su prestigiosa introducción por Baudelaire, coronada luego por el
espíritu transcendentalmente comprensivo y seductor de Stephane
Mallarmé. Mas entre lo mucho que se ha escrito respecto al desgraciado
poeta norteamericano, muy poco llegará a la profundidad y belleza que se
contienen en el ensayo de Mauclair. Es un bienhechor capítulo sobre la
psicología de la desventura, que producirá en ciertas almas el bien de una
medicina, la sensación de una onda cordial y vigorizante. Luego el espíritu
penetrante y buscador, hace ver con luz nueva la ideología poeana, y
muchos puntos que antes pudieran aparecer velados u obscuros, se ven
en una dulce semiluz de afección que despide la elevada y pura estética
del comentarista.
Una de las principales bondades es la de borrar la negra aureola de
hermosura un tanto macabra, que las disculpas de la bohemia han querido
hacer aparecer alrededor de la frente del gran yanqui. En este caso, como
en otros, como en el de Musset, como en el de Verlaine, por ejemplo, el
vicio es malignamente ocasional, es el complemento de la fatal
desventura. El genio original, libre del alcohol, u otro variativo semejante,
se desenvolvería siempre, siendo, en esa virtud, sus floraciones, libres de
obscuridades y trágicas miserias. En resumen, Poe queda para el
ensayista, «sin imitadores y sin antecesores, un fenómeno literario y
mental, germinado espontáneamente en una tierra ingrata, místico
purificado por ese dolor del que ha dado la inolvidable transposición,
levantado en ultramar, entre Emerson misericordioso y Whitman profético,
como un interrogador del porvenir.»
De Flaubert—ese vasto espectáculo—presenta una nueva perspectiva. La
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suma de razonamientos nos conduce a este resultado: «Flaubert no tiene
de realista sino la apariencia, de artista impasible la apariencia, de
romántico la apariencia. Idealista, cristiano y lírico, he ahí sus rasgos
esenciales.» Y las demostraciones son llevadas por medio de la amable e
irresistible lógica de Mauclair, que nos presenta la figura soberbia del
«buen gigante», por ese aspecto que permanece ya definitivo. Es también
de un fin reconfortante, por el ejemplo de voluntad y de sufrimientos, en la
pasión invencible de las letras, la enfermedad de la forma, soportada por
otros dones de fortaleza y de método.
Sobre Mallarmé la lección es todavía de una virtud que concreta una moral
superior. ¿Acaso no va ya destacándose en toda su altura y hermosura
ese poeta a quien la vida no consentía el triunfo, y hoy baña la gloria, «el
sol de los muertos», con su dorada luz?
La simbólica representación está en la gráfica idea de Felician Rops: el
harpa ascendente, a la cual tienden, en el éter, innumerables manos de lo
invisible. La honorabilidad artística, el carácter en lo ideal, la santidad, si
posible es decir, del sacerdocio, o misión de belleza, facultad inaudita que
halló su singular representación en el maravilloso maestro, que a través
del silencio, fué hacia la inmortalidad. Una frase de Mme. Perier en su
«Vida de Pascal», sirve de epígrafe al ensayo afectuoso, admirable y
admirativo, justo, consagrado al doctor de misterio: «Nous n’avons su
toutes ces choses qu’apres sa morte.»
La estética mallarmeana por esta vez ha encontrado un expositor que se
aleje de las fáciles tentativas de un Wisewa, de las exégesis divertidas de
varios teorizantes, como de las blindadas oposiciones de la retórica
escolar, o lo que es peor, junto a la burda risa de una enemistad que no
razona, la embrolladora disertación de más de un pseudo-discípulo.
Las páginas dedicadas a Rodenbach, con quien la juventud le une más
cercanamente, en una afección artística fraternal, mitigan su tristeza en la
afirmación de un generoso y sereno carácter, de una vida como autumnal,
iluminados crepuscularmente de poesía y de gracia interior. «Le hemos
conocido irónico, entusiasta, espiritual y nervioso; pero era, ante todo, un
melancólico, aun en la sonrisa. Le sentíamos menos extraño por su voz y
ciertos signos exteriores, que lejano por una singular facultad de reserva.
Ese cordial era aislado de alma. Había en esa faz rubia y fina, en esa boca
fina, en esos ojos atrayentes, una languidez y un fatalismo que no dejaban
de extrañar. Es feliz, pensábamos, y, sin embargo, ¿qué tiene? Tenía el
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gusto atento y la comprensión de la muerte. Se detenía en el dintel de la
existencia, y no entraba, y desde ese dintel nos miraba a todos con una
tristeza profundamente delicada. Ha vuelto a tomar el camino eterno: era
un transeunte encantador que no ha dicho todo su pensamiento en este
mundo. Estaba «hanté» por su misticismo minucioso y extraño, evocaba
todo lo que está difunto, recogido, purificado por la inmóvil palidez de los
reposos seculares. Llevaba por todas partes su claustro interior, y si ha
deseado ser enterrado en esa Bruges que amó tanto, puede decirse que
su alma estaba dormida ya en la pacífica belleza de una muerte
harmoniosa.» Decid si no es este camafeo de un encanto sutil y revelador,
y si no se ve a su través el alma melancólica del malogrado animador de
«Bruges la muerta.» Estos párrafos de Mauclair son comparables, como
retrato, en la transposición de la pintura a la prosa, al admirable pastel en
que perpetúa la triste faz del desaparecido, el talento comprensivo de Levy
Dhurmer.
Algunos vivos, son también presentados y estudiados, y entre ellos uno
que representa bien la fuerza, la claridad, la tradición del espíritu francés,
del alma francesa, el talento más vigoroso de los actuales escritores de
este país.
He nombrado a Paul Adam. Así sobre Elemir Bourges de obra poco
resonante, pero muy estimado por los intelectuales, consagra algunas
notas, como sobre León Daudet.
La parte que denomina «El crepúsculo de las técnicas», debía traducirse a
todos los idiomas y ser conocida por la juventud literaria que en todos los
países busca una vía, y mira la cultura de Francia y el pensamiento
francés, como guías y modelos. Es la historia del simbolismo, escrita con
toda sinceridad y con toda verdad; y de ella se desprenden utilísimas
lecciones, enseñanzas cuyo provecho es inmediato, así el estudio sobre el
sentimentalismo literario, en que el alma de nuestro siglo está analizada
con penetración y cordura a la luz de una filosofía amplia y generosa, poco
conocida en estos tiempos de egotismos superhombríos y otras
nieztschedades. No sabría alabar suficientemente los capítulos sobre arte,
y el homenaje a altos artistas—artistas en silencio—como Puvis y Felician
Rops, Gustave Moreau y Besnard, así como los fragmentos de otros
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estudios y ensayos que ayudan en el volumen a la comprensión, al peso, y
para decirlo con mi sentimiento, a la simpatía que se experimenta por un
sincero, por un laborioso, por un verdadero y grande expositor de
saludables ideas, que es al propio tiempo, él también, un señalado, uno
que ha hallado su rumbo cierto, y como él gustará que se le llame, un
artista silencioso.
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EDGAR ALLAN POE
En una mañana fría y húmeda llegué por primera vez al inmenso país de
los Estados Unidos. Iba el «steamer» despacio, y la sirena aullaba
roncamente por temor de un choque. Quedaba atrás Fire Island con su
erecto faro; estábamos frente a Sandy Hook, de donde nos salió al paso el
barco de sanidad. El ladrante slang yanqui sonaba por todas partes, bajo
el pabellón de bandas y estrellas. El viento frío, los pitos arromadizados, el
humo de las chimeneas, el movimiento de las máquinas, las mismas
ondas ventrudas de aquel mar estañado, el vapor que caminaba rumbo a
la gran bahía, todo decía: «all right.» Entre las brumas se divisaban islas y
barcos. Long Island desarrollaba la inmensa cinta de sus costas, y Staten
Island, como en el marco de una viñeta, se presentaba en su hermosura,
tentando al lápiz, ya que no, por la falta de sol, la máquina fotográfica.
Sobre cubierta se agrupan los pasajeros: el comerciante de gruesa panza,
congestionado como un pavo, con encorvadas narices israelitas; el
clergyman huesoso, enfundado en su largo levitón negro, cubierto con su
ancho sombrero de fieltro, y en la mano una pequeña Biblia; la muchacha
que usa gorra de jokey y que durante toda la travesía ha cantado con voz
fonográfica, al son de un banjo; el joven robusto, lampiño como un bebé, y
que, aficionado al box, tiene los puños de tal modo, que bien pudiera
desquijar un rinoceronte de un solo impulso... En los Narrows se alcanza a
ver la tierra pintoresca y florida, las fortalezas. Luego, levantando sobre su
cabeza la antorcha simbólica, queda a un lado la gigantesca Madona de la
Libertad, que tiene por peana un islote. De mi alma brota entonces la
salutación: «A ti, prolífica, enorme, dominadora. A ti, Nuestra Señora de la
Libertad. A ti, cuyas mamas de bronce alimentan un sinnúmero de almas y
corazones. A ti, que te alzas solitaria y magnífica sobre tu isla, levantando
la divina antorcha. Yo te saludo al paso de mi «steamer», prosternándome
delante de tu majestad. ¡Ave: Good morning! Yo sé, divino icono, oh
magna estatua, que tu solo nombre, el de la excelsa beldad que encarnas,
ha hecho brotar estrellas sobre el mundo, a la manera del fiat del Señor.
Allí están entre todas, brillantes sobre las listas de la bandera, las que
iluminan el vuelo del águila de América, de esta tu América formidable, de
ojos azules. Ave, Libertad, llena de fuerza; el Señor es contigo: bendita tú
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eres. Pero ¿sabes? se te ha herido mucho por el mundo, divinidad,
manchando tu esplendor. Anda en la tierra otra que ha usurpado tu
nombre, y que, en vez de la antorcha, lleva la tea. Aquélla no es la Diana
sagrada de las incomparables flechas: es Hécate.»
Hecha mi salutación, mi vista contempla la masa enorme que está al
frente, aquella tierra coronada de torres, aquella región de donde casi
sentís que viene un soplo subyugador y terrible: Manhattan, la isla de
hierro, New-York, la sanguínea, la ciclópea, la monstruosa, la tormentosa,
la irresistible capital del cheque. Rodeada de islas menores, tiene cerca a
Jersey; y agarrada a Brooklin con la uña enorme del puente, Brooklin, que
tiene sobre el palpitante pecho de acero un ramillete de campanarios. Se
cree oir la voz de New-York, el eco de un vasto soliloquio de cifras. ¡Cuán
distinta de la voz de París, cuando uno cree escucharla, al acercarse,
halagadora como una canción de amor, de poesía y de juventud! Sobre el
suelo de Manhattan parece que va a verse surgir de pronto un colosal Tío
Samuel, que llama a los pueblos todos a un inaudito remate, y que el
martillo del rematador cae sobre cúpulas y techumbres produciendo un
ensordecedor trueno metálico. Antes de entrar al corazón del monstruo,
recuerdo la ciudad que vió en el poema bárbaro el vidente Thogorma:
Thogorma dans ses yeux vit monter des murailles
De fer dont s’enroulaient des spirales des tours
Et des palais cerclés d’arain sur des blocs lourds;
Ruche énorme, gékenne aux lúgubres entrailles
Où s’engouffraint les Forts, princes des anciens jours.
Semejantes a los Fuertes de los días antiguos, viven en sus torres de
piedra, de hierro y de cristal, los hombres de Manhattan.
En su fabulosa Babel, gritan, mugen, resuenan, braman, conmueven la
Bolsa, la locomotora, la fragua, el banco, la imprenta, el dock y la urna
electoral. El edificio Produce Exchange entre sus muros de hierro y granito
reune tantas almas cuantas hacen un pueblo... He allí Broadway. Se
experimenta casi una impresión dolorosa; sentís el dominio del vértigo. Por
un gran canal cuyos lados los forman casas monumentales que ostentan
sus cien ojos de vidrios y sus tatuajes de rótulos, pasa un río caudaloso,
confuso, de comerciantes, corredores, caballos, tranvías, ómnibus,
hombres-sandwichs vestidos de anuncios, y mujeres bellísimas.
Abarcando con la vista la inmensa arteria en su hervor continuo, llega a
sentirse la angustia de ciertas pesadillas. Reina la vida del hormiguero: un
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hormiguero de percherones gigantescos, de carros monstruosos, de toda
clase de vehículos. El vendedor de periódicos, rosado y risueño, salta
como un gorrión, de tranvía en tranvía, y grita al pasajero
¡intanrsooonwoood! lo que quiere decir si gustáis comprar cualquiera de
esos tres diarios el «Evening Telegram», el «Sun» o el «World.» El ruido
es mareador y se siente en el aire una trepidación incesante; el repiqueteo
de los cascos, el vuelo sonoro de las ruedas, parece a cada instante
aumentarse. Temeríase a cada momento un choque, un fracaso, si no se
conociese que este inmenso río que corre con una fuerza de alud, lleva en
sus ondas la exactitud de una máquina. En lo más intrincado de la
muchedumbre, en lo más convulsivo y crespo de la ola de movimiento,
sucede que una lady anciana, bajo su capota negra, o una miss rubia, o
una nodriza con su bebé quiere pasar de una acera a otra. Un corpulento
policeman alza la mano; detiénese el torrente; pasa la dama; ¡all right!
«Esos cíclopes...» dice Groussac; «esos feroces calibanes...» escribe
Peladan. ¿Tuvo razón el raro Sar al llamar así a estos hombres de la
América del Norte? Calibán reina en la isla de Manhattan, en San
Francisco, en Boston, en Washington, en todo el país. Ha conseguido
establecer el imperio de la materia desde su estado misterioso con Edison,
hasta la apoteosis del puerco, en esa abrumadora ciudad de Chicago.
Calibán se satura de wishky, como en el drama de Shakespeare de vino;
se desarrolla y crece; y sin ser esclavo de ningún Próspero, ni martirizado
por ningún genio del aire, engorda y se multiplica; su nombre es Legión.
Por voluntad de Dios suele brotar de entre esos poderosos monstruos,
algún sér de superior naturaleza, que tiende las alas a la eterna Miranda
de lo ideal. Entonces, Calibán mueve contra él a Sicorax, y se le destierra
o se le mata. Esto vió el mundo con Edgar Allan Poe, el cisne desdichado
que mejor ha conocido el ensueño y la muerte...
¿Por qué vino tu imagen a mi memoria, Stella, Alma, dulce reina mía, tan
presto ida para siempre, el día en que, después de recorrer el hirviente
Broadway, me puse a leer los versos de Poe, cuyo nombre de Edgar,
armonioso y legendario, encierra tan vaga y triste poesía, y he visto
desfilar la procesión de sus castas enamoradas a través del polvo de plata
de un místico ensueño? Es porque tú eres hermana de las liliales vírgenes
cantadas en brumosa lengua inglesa por el soñador infeliz, príncipe de los
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poetas malditos. Tú como ellas eres llama del infinito amor. Frente al
balcón, vestido de rosas blancas, por donde en el Paraíso asoma tu faz de
generosos y profundos ojos, pasan tus hermanas y te saludan con una
sonrisa, en la maravilla de tu virtud, ¡oh mi ángel consolador, oh mi
esposa! La primera que pasa es Irene, la dama brillante de palidez
extraña, venida de allá, de los mares lejanos; la segunda es Eulalia, la
dulce Eulalia de cabellos de oro y ojos de violeta, que dirige al cielo su
mirada; la tercera es Leonora, llamada así por los ángeles, joven y radiosa
en el Edén distante; la otra es Frances, la amada que calma las penas con
su recuerdo; la otra es Ulalume, cuya sombra yerra en la nebulosa región
de Weir, cerca del sombrío lago de Auber; la otra Helen, la que fué vista
por la primera vez a la luz de perla de la luna; la otra Annie, la de los
ósculos y las caricias y oraciones por el adorado; la otra Annabel Lee, que
amó con un amor envidia de los serafines del cielo; la otra Isabel, la de los
amantes coloquios en la claridad lunar; Ligeia, en fin, meditabunda,
envuelta en un velo de extraterrestre esplendor... Ellas son, cándido coro
de ideales oceanidas quienes consuelan y enjugan la frente al lírico
Prometeo amarrado a la montaña Yankee, cuyo cuervo, más cruel aun que
el buitre esquiliano, sentado sobre el busto de Palas, tortura el corazón del
desdichado, apuñalándole con la monótona palabra de la desesperanza.
Así tú para mí. En medio de los martirios de la vida, me refrescas y
alientas con el aire de tus alas, porque si partiste en tu forma humana al
viaje sin retorno, siento la venida de tu sér inmortal, cuando las fuerzas me
faltan o cuando el dolor tiende hacia mí el negro arco. Entonces, Alma,
Stella, oigo sonar cerca de mí el oro invisible de tu escudo angélico. Tu
nombre luminoso y simbólico surge en el cielo de mis noches como un
incomparable guía, y por tu claridad inefable llevo el incienso y la mirra a la
cuna de la eterna Esperanza.
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El hombre
La influencia de Poe en el arte universal ha sido suficientemente honda y
transcendente para que su nombre y su obra no sean a la continua
recordados. Desde su muerte acá, no hay año casi en que, ya en el libro o
en la revista, no se ocupen del excelso poeta americano, críticos,
ensayistas y poetas. La obra de Ingram iluminó la vida del hombre; nada
puede aumentar la gloria del soñador maravilloso. Por cierto que la
publicación de aquel libro cuya traducción a nuestra lengua hay que
agradecer al señor Mayer, estaba destinada al grueso público.
¿Es que en el número de los escogidos, de los aristócratas del espíritu, no
estaba ya pesado en su propio valor, el odioso fárrago del canino
Griswold? La infame autopsia moral que se hizo del ilustre difunto debía
tener esa bella protesta. Ha de ver ya el mundo libre de mancha al cisne
inmaculado.
Poe, como un Ariel hecho hombre, diríase que ha pasado su vida bajo el
flotante influjo de un extraño misterio. Nacido en un país de vida práctica y
material, la influencia del medio obra en él al contrario. De un país de
cálculo brota imaginación tan estupenda. El don mitológico parece nacer
en él por lejano atavismo y vese en su poesía un claro rayo del país de sol
y azul en que nacieron sus antepasados. Renace en él el alma
caballeresca de los Le Poer alabados en las crónicas de Generaldo
Gambresio. Arnoldo Le Poer lanza en la Irlanda de 1327 este terrible
insulto al caballero Mauricio de Desmond: «Sois un rimador.» Por lo cual
se empuñan las espadas y se traba una riña que es el prólogo de guerra
sangrienta. Cinco siglos después, un descendiente del provocativo Arnoldo
glorificará a su raza, erigiendo sobre el rico pedestal de la lengua inglesa,
y en un nuevo mundo, el palacio de oro de sus rimas.
El noble abolengo de Poe, ciertamente, no interesa sino a «aquellos que
tienen gusto de averiguar los efectos producidos por el país y el linaje en
las peculiaridades mentales y constitucionales de los hombres de genio,»
según las palabras de la noble señora Whitman. Por lo demás, es él quien
hoy da valer y honra a todos los pastores protestantes, tenderos, rentistas
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o mercachifles que lleven su apellido en la tierra del honorable padre de su
patria, Jorge Washington.
Sábese que en el linaje del poeta hubo un bravo Sir Rogerio que batalló en
compañía de Strongbow, un osado Sir Arnoldo que defendió a una lady
acusada de bruja; una mujer heroica y viril, la célebre «Condesa» del
tiempo de Cromwell; y pasando sobre enredos genealógicos antiguos, un
general de los Estados Unidos, su abuelo. Después de todo, ese sér
trágico, de historia tan extraña y romanesca, dió su primer vagido entre las
coronas marchitas de una comedianta, la cual le dió vida bajo el imperio
del más ardiente amor. La pobre artista había quedado huérfana desde
muy tierna edad. Amaba el teatro, era inteligente y bella, y de esa dulce
gracia nació el pálido y melancólico visionario que dió al arte un mundo
nuevo.
Poe nació con el envidiable don de la belleza corporal. De todos los
retratos que he visto suyos, ninguno da idea de aquella especial
hermosura que en descripciones han dejado muchas de las personas que
le conocieron. No hay duda que en toda la iconografía poeana, el retrato
que debe representarle mejor es el que sirvió a Mr. Clarke para publicar un
grabado que copiaba al poeta en el tiempo en que éste trabajaba en la
empresa de aquel caballero. El mismo Clarke protestó contra los falsos
retratos de Poe que después de su muerte se publicaron. Si no tanto como
los que calumniaron su hermosa alma poética, los que desfiguran la
belleza de su rostro son dignos de la más justa censura. De todos los
retratos que han llegado a mis manos, los que más me han llamado la
atención son el de Chiffart, publicado en la edición ilustrada de Quantin, de
los «Cuentos extraordinarios,» y el grabado por R. Loncup para la
traducción del libro de Ingram por Mayer. En ambos Poe ha llegado ya a la
edad madura. No es por cierto aquel gallardo jovencito sensitivo que al
conocer a Elena Staneand, quedó trémulo y sin voz, como el Dante de la
«Vita Nuova...» Es el hombre que ha sufrido ya, que conoce por sus
propias desgarradas carnes cómo hieren las asperezas de la vida. En el
primero, el artista parece haber querido hacer una cabeza simbólica. En
los ojos, casi ornitomorfos, en el aire, en la expresión trágica del rostro,
Chiffart ha intentado pintar al autor del «Cuervo,» al visionario, al
«unhappy Master» más que al hombre. En el segundo hay más realidad:
esa mirada triste, de tristeza contagiosa, esa boca apretada, ese vago
gesto de dolor y esa frente ancha y magnífica en donde se entronizó la
palidez fatal del sufrimiento, pintan al desgraciado en sus días de mayor
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infortunio, quizá en los que precedieron a su muerte. Los otros retratos,
como el de Halpin para la edición de Amstrong, nos dan ya tipos de
lechuguinos de la época, ya caras que nada tienen que ver con la cabeza
bella e inteligente de que habla Clark. Nada más cierto que la observación
de Gautier:
«Es raro que un poeta, dice, que un artista sea conocido bajo su primer
encantador aspecto. La reputación no le viene sino muy tarde, cuando ya
las fatigas del estudio, la lucha por la vida y las torturas de las pasiones
han alterado su fisonomía primitiva: apenas deja sino una máscara usada,
marchita, donde cada dolor ha puesto por estigma una magulladura o una
arruga.»
Desde niño Poe «prometía una gran belleza.»
Sus compañeros de colegio hablan de su agilidad y robustez. Su
imaginación y su temperamento nervioso estaban contrapesados por la
fuerza de sus músculos. El amable y delicado ángel de poesía, sabía dar
excelentes puñetazos. Más tarde dirá de él una buena señora: «Era un
muchacho bonito.»
Cuando entra a West Point hace notar en él un colega, Mr. Gibson, su
«mirada cansada, tediosa y hastiada.» Ya en su edad viril, recuérdale el
bibliófilo Gowans: «Poe tenía un exterior notablemente agradable y que
predisponía en su favor: lo que las damas llamarían claramente bello.»
Una persona que le oye recitar en Boston, dice: «Era la mejor realización
de un poeta, en su fisonomía, aire y manera.» Un precioso retrato es
hecho de mano femenina: «una talla algo menos que de altura mediana
quizá, pero tan perfectamente proporcionada y coronada por una cabeza
tan noble, llevada tan regiamente, que, a mi juicio de muchacha, causaba
la impresión de una estatura dominante. Esos claros y melancólicos ojos
parecían mirar desde una eminencia...» Otra dama recuerda la extraña
impresión de sus ojos: «Los ojos de Poe, en verdad, eran el rasgo que
más impresionaba y era a ellos a los que su cara debía su atractivo
peculiar. Jamás he visto otros ojos que en algo se le parecieran. Eran
grandes, con pestañas largas y un negro de azabache: el iris acerogris,
poseía una cristalina claridad y transparencia, a través de la cual la pupila
negraazabache se veía expandirse y contraerse, con toda sombra de
pensamiento o de emoción. Observé que los párpados jamás se contraían,
como es tan usual en la mayor parte de las personas, principalmente
cuando hablan; pero su mirada siempre era llena, abierta y sin
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encogimiento ni emoción. Su expresión habitual era soñadora y triste:
algunas veces tenía un modo de dirigir una mirada ligera, de soslayo,
sobre alguna persona que no le observaba a él, y, con una mirada
tranquila y fija, parecía que mentalmente estaba midiendo el calibre de la
persona que estaba ajena de ello.—¡Qué ojos tan tremendos tiene el señor
Poe!—me dijo una señora. Me hace helar la sangre el verle darse vuelta
lentamente y fijarlos sobre mí cuando estoy hablando.» La misma agrega:
«Usaba un bigote negro esmeradamente cuidado, pero que no cubría
completamente una expresión ligeramente contraída de la boca y una
tensión ocasional del labio superior, que se asemejaba a una expresión de
mofa. Esta mofa era fácilmente excitada y se manifestaba por un
movimiento del labio, apenas perceptible y, sin embargo, intensamente
expresivo. No había en ella nada de malevolencia; pero sí mucho
sarcasmo.» Sábese, pues, que aquella alma potente y extraña estaba
encerrada en hermoso vaso. Parece que la distinción y dotes físicas
deberían ser nativas en todos los portadores de la lira. ¿Apolo, el crinado
numen lírico, no es el prototipo de la belleza viril? Mas no todos sus hijos
nacen con dote tan espléndido. Los privilegiados se llaman Goethe, Byron,
Lamartine, Poe.
Nuestro poeta, por su organización vigorosa y cultivada, pudo resistir esa
terrible dolencia que un médico escritor llama con gran propiedad «la
enfermedad del ensueño.» Era un sublime apasionado, un nervioso, uno
de esos divinos semilocos necesarios para el progreso humano,
lamentables cristos del arte, que por amor al eterno ideal tienen su calle de
la amargura, sus espinas y su cruz. Nació con la adorable llama de la
poesía, y ella le alimentaba al propio tiempo que era su martirio. Desde
niño quedó huérfano y le recogió un hombre que jamás podría conocer el
valor intelectual de su hijo adoptivo. El señor Allan—cuyo nombre pasará
al porvenir al brillo del nombre del poeta—jamás pudo imaginarse que el
pobre muchacho recitador de versos que alegraba las veladas de su
«home», fuese más tarde un egregio príncipe del arte. En Poe reina el
«ensueño» desde la niñez. Cuando el viaje de su protector le lleva a
Londres, la escuela del dómine Brandeby es para él como un lugar
fantástico que despierta en su sér extrañas reminiscencias; después, en la
fuerza de su genio, el recuerdo de aquella morada y del viejo profesor han
de hacerle producir una de sus subyugadoras páginas. Por una parte,
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posee en su fuerte cerebro la facultad musical; por otra, la fuerza
matemática. Su «ensueño» está poblado de quimeras y de cifras como la
carta de un astrólogo. Vuelto a América, vémosle en la escuela de Clarke,
en Richmond, en donde al mismo tiempo que se nutre de clásicos y recita
odas latinas, boxea y llega a ser algo como un «champion» estudiantil; en
la carrera hubiera dejado atrás a Atalanta, y aspiraba a los lauros
natatorios de Byron. Pero si brilla y descuella intelectual y físicamente
entre sus compañeros, los hijos de familia de la fofa aristocracia del lugar
miran por encima del hombro al hijo de la cómica. ¿Cuánta no ha de haber
sido la hiel que tuvo que devorar este sér exquisito, humillado por un
origen del cual en días posteriores habría orgullosamente de gloriarse?
Son esos primeros golpes los que empezaron a cincelar el pliegue amargo
y sarcástico de sus labios. Desde muy temprano conoció las acechanzas
del lobo racional. Por eso buscaba la comunicación con la naturaleza, tan
sana y fortalecedora. «Odio sobre todo y detesto este animal que se llama
Hombre», escribía Swift a Pope. Poe a su vez habla «de la mezquina
amistad y de la fidelidad de polvillo de fruta (gossamer fidelity) del mero
hombre.» Ya en el libro de Job, Eliphaz Themanita exclama: «¿Cuánto
más el hombre abominable y vil que bebe como la iniquidad?» No buscó el
lírico americano el apoyo de la oración; no era creyente; o al menos, su
alma estaba alejada del misticismo. A lo cual da por razón James Russell
Lowell lo que podría llamarse la matematicidad de su cerebración. «Hasta
su misterio es matemático, para su propio espíritu.» La ciencia impide al
poeta penetrar y tender las alas en la atmósfera de las verdades ideales.
Su necesidad de análisis, la condición algebraica de su fantasía, hácele
producir tristísimos efectos cuando nos arrastra al borde de lo
desconocido. La especulación filosófica nubló en él la fe, que debiera
poseer como todo poeta verdadero. En todas sus obras, si mal no
recuerdo, sólo unas dos veces está escrito el nombre de Cristo. Profesaba
sí la moral cristiana; y en cuanto a los destinos del hombre, creía en una
ley divina, en un fallo inexorable. En él la ecuación dominaba a la creencia,
y aun en lo referente a Dios y sus atributos, pensaba con Spinoza que las
cosas invisibles y todo lo que es objeto propio del entendimiento no puede
percibirse de otro modo que por los ojos de la demostración olvidando la
profunda afirmación filosófica: «intelectus noster sic ¿de habet? ad prima
entium quœ sunt manifestissima in natura, sicut oculus vespertilionis ad
solem.» No creía en lo sobrenatural, según confesión propia; pero
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afirmaba que Dios, como creador de la naturaleza, puede, si quiere,
modificarla. En la narración de la metempsícosis de Ligeia hay una
definición de Dios, tomada de Granwill, que parece ser sustentada por
Poe: Dios no es más que una gran voluntad que penetra todas las cosas
por la naturaleza de su intensidad. Lo cual estaba ya dicho por Santo
Tomás en estas palabras: «Si las cosas mismas no determinan el fin para
sí, porque desconocen la razón del fin, es necesario que se les determine
el fin por otro que sea determinador de la naturaleza. Este es el que
previene todas las cosas, que es ser por sí mismo necesario, y a éste
llamamos Dios...» En la «Revelación Magnética», a vuelta de divagaciones
filosóficas, Mr. Vankirk—que, como casi todos los personajes de Poe, es
Poe mismo—afirma la existencia de un Dios material, al cual llama materia
suprema e imparticulada. Pero agrega: «La materia imparticulada, o sea
Dios en estado de reposo, es en lo que entra en nuestra comprensión, lo
que los hombres llaman espíritu.» En el diálogo entre Oinos y Agathos
pretende sondear el misterio de la divina inteligencia; así como en los de
Monos y Una y de Eros y Charmion penetra en la desconocida sombra de
la Muerte, produciendo, como pocos, extraños vislumbres en su
concepción del espíritu en el espacio y en el tiempo.
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LECONTE DE LISLE
Ha muerto el pontífice del Parnaso, el Vicario de Hugo; las campanas de la
Basílica lírica están tocando vacante. Descansa ya, pálida y sin la sangre
de la vida, aquella majestuosa cabeza de sumo sacerdote, aquella testa
coronada,—coronada de los más verdes laureles—llena de augusta
hermosura antigua y cuyos rasgos exigen el relieve de la medalla y la
consagración olímpica del mármol.
Homéricos funerales deberían ser los de Leconte de Lisle. En hoguera
encendida con maderos olorosos, allá en el corazón de la isla maternal, en
donde por primera vez vió la gloria del Sol, consumiríase su cuerpo al
vuelo de las odas con que un coro de poetas cantaría el Triunfo de la Lira,
recitaríanse estrofas que recordarían a Orfeo encadenando con sus
acordes la furia de los leopardos y leones, o a Melesigenes cercado de las
musas en la maravilla de una apoteosis. ¡Homéricos funerales para quien
fué homérida, por el soplo épico que pasaba por el cordaje de su lira, por
la soberana expresión y el vuelo soberbio, por la impasibilidad casi
religiosa, por la magnificencia monumental estatuaria de su obra, en la
cual, como en la del Padre de los poetas, pasan a nuestra vista
portentosos desfiles de personajes, grupos esculturales, marmóreos
bajorrelieves, figuras que encarnan los odios, los combates, las terribles
iras; homérida por ser de alma y sangre latinas y por haber adorado
siempre el lustre y el renombre de la Hélade inmortal! Griego fué, de los
griegos tenía, como lo hizo notar muy bien Guyau, la concepción de una
especie de mundo de las formas y de las ideas que es el mundo mismo del
arte; habiéndose colocado por una ascensión de la voluntad, sobre el
mundo del sentimiento, en la región serena de la idea, y revistiendo su
musa inconmovible el esculpido peplo cuyo más ligero pliegue no pudiera
agitar el estremecimiento de las humanas emociones, ni aun el aire que el
Amor mismo agitase con sus alas. «Vuestros contemporáneos,—díjole
Alejandro Dumas (hijo),—eran los griegos y los hindus.» Y es, en efecto,
de aquellos dos inmensos focos de donde parten los rayos que iluminan la
obra de Leconte de Lisle, conduciendo uno la idea brahamánica desde el
índico Ganges cuyas aguas reflejaran los combates del Ramayana y el
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otro la idea griega desde el harmonioso Alfeo, en cuyas linfas se viera la
desnudez celeste de la virgen Diana.
La India y Grecia eran para su espíritu tierras de predilección: reconocía
como las dos originales fuentes de la universal poesía, a Valmiki y a
Homero. Navegó a pleno viento por el océano inmenso de la teogonía
védica, y profundo conocedor de la antigüedad griega, y helenista insigne,
condujo a Homero a orillas del Sena. Atraíale la aurora de la humanidad, la
soberana sencillez de las edades primeras, la grandiosa infancia de las
razas, en la cual empieza el Génesis de lo que él llamara con su verbo
solemne «la historia sagrada del pensamiento humano en su florecimiento
de harmonía y de luz;» la historia de la Poesía.
El más griego de los artistas, como le llamara un joven esteta, cantó a los
bárbaros, ciertamente. Como había en su reino poético, suprimido todo
anhelo por un ideal de fe, la inmensa alma medioeval no tenía para él
ningún fulgor; y calificaba la Edad Media como una edad de abominable
barbarie. Y he aquí que ninguno entre los poetas, después de Hugo, ha
sabido poner delante de los ojos modernos, como Leconte de Lisle, la vida
de los caballeros de hierro, las costumbres de aquellas épocas, los hechos
y aventuras trágicas de aquellos combatientes y de aquellos tiranos; los
sombríos cuadros monacales, los interiores de los claustros, los cismas, la
supremacía de Roma, las musulmanas barbaries fastuosas, el ascetismo
católico, y el temblor extranatural que pasó por el mundo en la edad que
otro gran poeta ha llamado con razón, en una estrofa célebre, «enorme y
delicada.»
Puso el espíritu sobre el corazón. Jamás en toda su obra se escucha un
solo eco de sentimiento; nunca sentiréis el escalofrío pasional. Eros
mismo, si pasa por esas inmensas florestas, es como un ave desolada. No
se atrevería la Musa de Musset a llamar a la puerta del vate serenísimo; y
las palomas lamartinianas alzarían el vuelo asustadas delante del cuervo
centenario que dialoga con el abad Serapio de Arsinoe.
Nacido en una isla cálida y espléndida, isla de sol, florestas y pájaros, que
siente de cerca la respiración de la negra Africa, sintióse poeta el «joven
salvaje»; la lengua de la naturaleza le enseñó su primera rima, el gran
bosque primitivo le hizo sentir la influencia de su estremecimiento, y el mar
solemne y el cielo le dejaron entrever el misterio de su inmensidad azul.
Sentía él latir su corazón, deseoso de algo extraño, y sus labios estaban
sedientos del vino divino. Copa de oro inagotable, llena del celeste licor,
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fué para él la poesía de Hugo. Al llegar «Las Orientales» a sus manos, al
ver esos fulgurantes poemas, la luz misma de su cielo patrio le pareció
brillar con un resplandor nuevo; la montaña, el viento africano, las olas, las
aves de las florestas nativas, la naturaleza toda, tuvo para él voces
despertadoras que le iniciaron en un culto arcano y supremo.
Imaginaos un Pan que vagase en la montaña sonora, poseído de la fiebre
de la harmonía, en busca de la caña con que habría de hacer su rústica
flauta, y a quien de pronto diese Apolo una lira y le enseñase el arte de
arrancar de sus cuerdas sones sublimes. No de otro modo aconteció al
poeta que debiera salir de la tierra lejana en donde nació, para levantar en
la capital del Pensamiento un templo cincelado en el más bello paros, en
honor del Dios del arco de plata.
El que fué impecable adorador de la tradición clásica pura, debía
pronunciar en ocasión solemne, delante de la Academia francesa que le
recibía en su seno, estas palabras: «Las formas nuevas son la expresión
necesaria de las concepciones originales.» Digna es tal declaración de
quien sucediera a Hugo en la asamblea de los «inmortales» y de quien
como su sacrocesáreo antecesor, fué jefe de escuela, y de escuela que
tenía por fundamento principal el culto de la forma. Hugo fué en verdad
para él la encarnación de la poesía. Leconte de Lisle no reconocía de la
Trinidad romántica, sino la omnipotencia del «Padre»; Musset, «el Hijo», y
Lamartine «el Espíritu», apenas si merecieron una mirada rápida de sus
ojos sacerdotales. Y es que Hugo ejercía sobre él la atracción astral de los
genios individuales y absolutos; el hijo de la isla oriental fué iniciado en el
secreto del arte por el autor de «Las Orientales»; el que debía escribir los
«Poemas antiguos» y los «Poemas bárbaros», no podía sino contemplar
con estupor la creación de ese orbe constelado, vario, profuso y estupendo
que se llama «La Leyenda de los siglos.» Luego, fué a él, barón, par,
príncipe, a quien el Carlomagno de la lira dirigiera este corto mensaje
imperial y fraternal: «Jungamus dextras.» Después, él fué siempre el
privilegiado. Hugo le consagró. Y cuando Hugo fué conducido al Pantheón,
fué Leconte de Lisle quien entonó el himno más ferviente en honor de
quien entraba a la inmortalidad. Posteriormente, al ocupar su sillón en la
Academia, colocó aún más triunfales palmas y coronas en la tumba del
César literario. Recorrió con su pensamiento la historia de la poesía
universal, para llegar a depositar sus trofeos en aras del daimon
desaparecido, y presentó con la magia de su lenguaje la creación toda de
Hugo. Hizo aparecer con sus prestigios incomparables «Las Orientales»,
21
cuya lengua y movimiento, según confesión propia, fueron para él una
revelación; el prefacio de «Cromwell», oriflama de guerra, tendido al
viento; las «Hojas de otoño», los «Cantos del crepúsculo», las «Voces
interiores», los «Rayos» y las «Sombras», a propósito de los cuales lanzó
una flecha de su carcaj dirigida al sentimentalismo; los «Castigos», llenos
de rayos y relámpagos, bajo los cuales coloca los «Yambos» de Chenier y
las «Trágicas» de Agrippa d’Aubigné; «La Leyenda de los siglos», «que
permanecerá como la prueba brillante de una potencia verbal inaudita,
puesta al servicio de una imaginación incomparable.» Y todos los poemas
posteriores, «Canciones de calles y bosques», «Año terrible», «Arte de ser
abuelo», el «Papa», la «Piedad suprema», «Religión y religiones», «El
asno», «Torquemada» y los «Cuatro vientos del Espíritu.» De todas estas
últimas obras nombradas, la que llama su atención principal es
«Torquemada.» ¿Por qué? Porque Leconte de Lisle sentía el pasado con
una fuerza de visión insuperable, a punto de que Guyau llama a la Trilogía
«Nueva leyenda de los siglos.» «Bien que ningún siglo, escribe el poeta,
haya igualado al nuestro en la ciencia universal; que la historia, las
lenguas, las costumbres, las teogonías de los pueblos antiguos nos sean
reveladas de año en año por tantos sabios ilustres; que los hechos y las
ideas, la vida íntima y la vida exterior; que todo lo que constituye la razón
de ser, de creer, de pensar de los hombres desaparecidos, llama la
atención de las inteligencias elevadas, nuestros grandes poetas han
raramente intentado volver intelectualmente la vida al pasado.» Tiempos
primitivos, Edad Media, todo lo que se halla respecto a nuestra edad
contemporánea como en una lejanía de ensueño, atrae la imaginación del
vate severo. La exposición de la obra novelesca de Víctor Hugo, dióle
motivo para lanzar otra flecha que fué directamente a clavarse en el pecho
robusto de Zola, cuando habló de «la epidemia que se hace sentir
directamente en una parte de nuestra literatura, y contamina los últimos
años de un siglo que se abriera con tanto brillo y proclamara tan
ardientemente su amor a lo bello» y de «el desdén de la imaginación y del
ideal que se instala imprudentemente en muchos espíritus obstruídos por
teorías groseras y malsanas.» «El público letrado, agrega, no tardará en
arrojar con desprecio lo que aclama hoy con ciega admiración. Las
epidemias de esta naturaleza pasan y el genio permanece.»
Al contestar el discurso del nuevo académico, Alejandro Dumas, hijo, entre
sonrisa y sonrisa, quemó en honor del recién llegado este puñado de
incienso: «Cuando un gran genio (Hugo) ha tenido desde la infancia el
hábito de frecuentar un círculo de genios anteriores, entre los cuales
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Sófocles, Platón, Virgilio, Lafontaine, Corneille y Moliére no ocupan sino un
segundo término y en donde Montaigne, Racine, Pascal, Bossuet, La
Bruyere no penetran, se comprende fácilmente que el día en que ese gran
genio distingue entre la muchedumbre que se agita a sus pies un poeta y
le marca en la frente con el signo con que ha de reconocer, en lo porvenir,
a los de su raza y familia, ese poeta tendrá el derecho de estar orgulloso.
Ese poeta sois vos, señor.»
Fueron ciertamente los «Poemas bárbaros» la anunciación espléndida de
un grande y nuevo poeta. ¿Qué son esos poemas? Visiones formidables
de los pasados siglos, los horrores y las grandezas épicas de los bárbaros
evocados por un latino que emplea para su obra versos de bronce, versos
de hierro, rimas de acero, estrofas de granito. Caín surge en el ensueño
del vidente Thogorma, en un poema primitivo, bíblico, que se desarrolla en
la misteriosa, inmemorial «ciudad de la angustia», en el país de Hevila.
Caín es el mensajero de la nada. Luego, es aún en la Biblia donde se halla
el origen de otros poemas; la viña de Naboth, el Eclesiastés, que declara
cómo la irrevocable Muerte es también mentira; después el poeta va de un
punto a otro, extraño cosmopolita del pasado; a Tebas, donde el rey Khons
descansa en su barca dorada; a Grecia donde surgirá la monstruosa
Equidna, o un grupo de hirsutos combatientes; a la Polinesia, en donde
aprenderá el génesis indígena; al boreal país de los Nornos y escaldas,
donde Snorr tiene su infernal visión; a Irlanda, tierra de bardos. Y se
advierten blancas pinturas de países frígidos, figuras cinceladas en nieve;
Angantir que dialoga con Hervor; Hialmar que clama trágicamente, el oso
que llora, los cantos de los cazadores y runoyas; el norte aun, el país de
Sigurd; los elfos que coronados de tomillo danzan a la luz de la luna, en un
aire germánico de balada; cantos tradicionales; Kono de Kemper; el
terrible poema de Mona; cuadros orientales como la preciosa y musical
«Verandah»; las frases ásperas de la naturaleza; el desierto; la India y sus
pagodas y fakires; Córdoba morisca; fieras y aves de rapiña; fuentes
cristalinas, bosques salvajes; la historia religiosa, la leyenda, el
Romancero; América, los Andes...; y sobre todo esto, el «Cuervo», el
cuervo desolador, y la silenciosa, fatal, pálida y como deseada imagen de
la Muerte, acompañada de su obscuro paje, el dolor.
En los «Poemas antiguos» resucita el esplendor de la belleza griega,
lanzando al mismo tiempo un manifiesto a manera de prólogo. He aquí lo
que pensaba de los tiempos modernos: «Desde Homero, Esquilo y
Sófocles que representan la poesía en su vitalidad, en su plenitud y en su
23
unidad armónica, la decadencia y la barbarie han invadido el espíritu
humano. En lo tocante a arte original, el mundo romano está al nivel de los
Dacios y de los Sármatas; el cielo cristiano, todo es bárbaro. Dante,
Shakespeare y Milton, no tienen sino la altura de su genio individual; su
lengua y sus concepciones, son bárbaras. La escultura se detiene en
Fidias y en Lisipo; Miguel Angel no ha fecundado nada; su obra, admirable
en sí misma, ha abierto una vía desastrosa. ¿Qué queda, pues, de los
siglos transcurridos después de la Grecia? Algunas individualidades
potentes, algunas grandes obras sin liga y sin unidad. La poesía moderna,
reflejo confuso de la personalidad fogosa de Byron, de la religiosidad
ficticia de Chateaubriand, del ensueño místico de Ultra-Rhin y del realismo
de los lakistas, se turba y se disipa. Nada menos vivo y menos original,
bajo el aparato más ficticio. Un arte de segunda mano, híbrido,
incoherente. Arcaísmo de la víspera, nada más. La paciencia pública se ha
cansado de esta comedia sonoramente representada a beneficio de una
autolatria de préstamo. Los maestros se han callado o quieren callarse,
fatigados de sí mismos, olvidados ya, solitarios en medio de sus obras
infructuosas. Los poetas nuevos, criados en la vejez precoz de una
estética infecunda, deben sentir la necesidad de remojar en las fuentes
eternamente puras la expresión usada y debilitada de los sentimientos
generosos. El tema personal y sus variaciones demasiado repetidas, han
agotado la atención; con justicia ha venido la indiferencia, pero si es
posible abandonar a la mayor brevedad esa vía estrecha y banal, es
preciso aun no entrar en un camino más difícil y peligroso, sino fortificado
por el estudio y la iniciación.
«Una vez sufridas esas pruebas expiatorias, una vez saneada la lengua
poética, las especulaciones del espíritu perderán algo de su verdad y su
energía cuando dispongan de formas más netas y más precisas. Nada
será abandonado ni olvidado; la base pensante y el arte habrán recobrado
la savia y el vigor, la harmonía y la unidad unidas. Y más tarde, cuando
esas inteligencias profundamente agitadas se hayan aplacado, cuando la
meditación de los principios descuidados y la regeneración de las formas
hayan purificado el espíritu y la letra, dentro de un siglo o dos, si todavía la
elaboración de los tiempos nuevos no implica una gestación más alta, tal
vez la poesía llegaría a ser el verbo inspirado e inmediato del alma
humana...»
Esa declaración demuestra el por qué Leconte de Lisle no vibraba a
ningún soplo moderno, a ninguna conmoción contemporánea, y se
24
refugiaba, como Keats, aunque de otra suerte, en viejas edades paganas
en cuyas fuentes su Pegaso se abrevaba a su placer.
Los «Poemas trágicos» completan la trilogía. Hay como en los anteriores
una rica variedad de temas, predominando los paisajes exóticos,
reconstrucciones históricas, o fantásticas y brillantes pinturas de asuntos
legendarios. El kalifa de Damasco, abre la serie, entre imanes de Meca y
emires de Oriente.
Es este un libro purpúreo. Los «Poemas bárbaros» son un libro negro. La
palabra más usada en ellos es noir. Libro rojo es éste, ciertamente, que
comienza con la apoteosis de Muza-al-Kebir, en país oriental, y concluye
en la Grecia de Orestes, con la tragedia funesta de las Erinnias o Furias.
Oiréis entre tanto un canto de muerte de los galos del siglo sexto,
clamores de moros medioevales; veréis la caza del águila, en versos que
no haría mejores un numen artífice; después del águila vuela el albatros, el
«prince des nuages» de Baudelaire; pasan lúgubres ancianos como
Magno; frailes como el abad Jerónimo, cual surge en poema que sin duda
alguna, Núñez de Arce leyó antes de escribir «La visión de fray Martín»;
monstruos simbólicos como la Bestia escarlata; tipos del romancero
español como don Fadrique, y entre todo esto el severo bardo no desdeña
jugar con la musa, y ensaya el pantum malayo, o rima la villanelle como su
amigo Banville.
Las «Erinnias» es obra de quien puede recorrer el campo de la poesía
griega, y conversar con París, Agamenón o Clitemnestra. Artistas egregios
ha habido que hayan comprendido la antigüedad profunda y
extensamente; mas de seguro ninguno con la soberanía, con el poder de
Leconte de Lisle. Pudo Keats escribir sus célebres versos a una urna
griega; pudo el germánico Goethe despertar a Helena después de un
sueño de siglos y hacer que iluminase la frente de Euforión la luz divina, y
que Juan Pablo escribiese una famosa metáfora. Leconte de Lisle
desciende directamente de Homero; y si fuese cierta la transmigración de
las almas, no hay duda de que su espíritu estuvo en los tiempos heroicos
encarnado en algún aeda famoso o en algún sacerdote de Delfos.
Bien sabida es la historia del Hamlet antiguo, de Orestes, el desventurado
parricida, armado por el destino y la venganza, castigador del materno
crimen, y perseguido por las desmelenadas y horribles Furias. Sófocles en
su «Electra», Eurípides, Voltaire, Alfieri, han llevado a la escena al trágico
25
personaje.
Leconte de Lisle, en clásicos alejandrinos que bien valen por hexámetros
de la antigüedad, evoca en la parte primera de su poema a Clitemnestra,
en el pórtico del palacio de Pelos; a Tallibios y Euribates, y un coro de
ancianos, asimismo la sollozante Casandra de profética voz. En la
segunda parte, ya cometido el crimen de su madre, Orestes, vengará,
apoyado por el impulso sororal de Electra, la sangre de su padre. Las
Furias le persiguen entre clamores de horror.
El poeta, como traductor, fué insigne. A Homero, Sófocles, Hesiodo,
Teócrito, Bion, Mosco, tradújolos en prosa rítmica y purísima en cuyas
ondas parece que sonasen las músicas de los metros originales.
Conservaba la ortografía de los idiomas antiguos; y así sus obras tienen a
la vista una aristocracia tipográfica que no se encuentra en otras.
Cuando Hugo estaba en el destierro, la poesía apenas tenía vida en
Francia, representada por unos pocos nombres ilustres. Entonces fué
cuando los parnasianos levantaron su estandarte, y buscaron un jefe que
los condujese a la campaña. ¡El Parnaso! No fué más bella la lucha
romántica, ni tuvieron los Joven-Francia más rica leyenda que la de los
parnasianos, contada admirablemente por uno de sus más bravos y
gloriosos capitanes. De esa leyenda encantadora y vívida, no puedo
menos que traducir la hermosa página consagrada al cantor excelso por
quien hoy viste luto la poesía de Francia, la Poesía universal.
«...Y lo que nos faltaba también era una firme disciplina, una línea de
conducta precisa y resuelta. Ciertamente, el sentimiento de la Belleza, el
horror de las abobadas sensiblerías que deshonraban entonces la poesía
francesa, ¡lo teníamos nosotros! ¡Pero qué! tan jóvenes,
desordenadamente y un poco al azar era como nos arrojábamos a la
brega, y marchábamos a la conquista de nuestro ideal. Era tiempo de que
los niños de antes tomaran actitudes de hombres, que de nuestro cuerpo
de tiradores formase un ejército regular. Nos faltaba la regla, una regla
impuesta de lo alto, y que sobre dejarnos nuestra independencia
intelectual, hiciera concurrir gravemente, dignamente, nuestras fuerzas
esparcidas, a la victoria entrevista. Esta regla la recibimos de Leconte de
Lisle. Desde el día en que François Copée, Villiers de l’Isle Adam, y yo,
tuvimos el honor de ser conducidos a casa de Leconte de Lisle,—M. Luis
Ménard, el poeta y filósofo, fué nuestro introductor,—desde el día en que
tuvimos la alegría de encontrar en casa del maestro a José María de
26
Heredia y a León Dierx, de ver allí a Armand Silvestre, de reencontrar a
Sully Prudhomme, desde ese día data, hablando propiamente, nuestra
historia, que cesa de ser una leyenda; y entonces fué cuando nuestra
adolescencia se convirtió en virilidad. En verdad nuestra juventud de ayer
no estaba muerta de ningún modo, y no habíamos renunciado a las
azarosas extravagancias en el arte y en la vida. Pero dejamos todo eso a
la puerta de Leconte de Lisle, como se quita un vestido de carnaval, para
llegar a la casa familiar. Teníamos alguna semejanza con esos jóvenes
pintores de Venecia que después de trasnochar cantando en góndola y
acariciando los cabellos rojos de bellas muchachas, tomaban de repente
un aire reflexivo, casi austero, para entrar al taller del Ticiano.
»Ninguno de aquellos que han sido admitidos en el salón de Leconte de
Lisle, olvidará nunca el recuerdo de esas nobles y dulces tardes, que
durante tantos años, fueron nuestras más bellas horas. ¡Con qué
impaciencia al pasar cada semana esperábamos el sábado, el precioso
sábado, en que nos era dado encontrarnos, unidos en espíritu y corazón,
alrededor de aquel que tenía nuestro corazón y toda nuestra ternura! Era
en un saloncito, en el quinto piso de una casa nueva, boulevard de los
Inválidos, en donde nos juntábamos para contarnos nuestros proyectos,
llevar nuestros versos nuevos, y solicitar el juicio de nuestros camaradas y
de nuestro grande amigo. Los que han hablado de entusiasmo mutuo, los
que han acusado a nuestro grupo de demasiada complacencia consigo
mismo, esos, en verdad, han sido mal informados. Creo que ninguno de
nosotros se ha atrevido, en casa de Leconte de Lisle, a formular un elogio
o una crítica sin llevar íntimamente la convicción de decir la verdad. Ni más
exagerado el elogio, que acerba la desaprobación.
»Espíritus sinceros, he ahí en efecto lo que éramos; y Leconte de Lisle nos
daba el ejemplo de esa franqueza. Con rudeza que sabíamos que era
amable, sucedía que a menudo censuraba resueltamente nuestras obras
nuevas, reprochaba nuestras perezas y reprimía nuestras concesiones.
Porque nos amaba no era indulgente. Pero también ¡qué precio daba a los
elogios, esta acostumbrada severidad! ¡Yo no sé que exista mayor gozo
que recibir la aprobación de un espíritu justo y firme. Sobre todo, no creáis,
por mis palabras, que Leconte de Lisle haya nunca sido uno de esos
genios exclusivos, deseosos de crear poetas a su imagen, y que no aman
en sus hijos literarios sino su propia semejanza! Al contrario. El autor de
«Kain» es quizá, de todos los inventores de este tiempo, aquel cuya alma
se abre más ampliamente a la inteligencia de las vocaciones y de las
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obras más opuestas a su propia naturaleza. El no pretende que nadie sea
lo que él es magníficamente. La sola disciplina que imponía—era la
buena—consistía en la veneración del Arte, y el desdén de los triunfos
fáciles. El era el buen consejero de las probidades literarias, sin impedir
jamás el vuelo personal de nuestras aspiraciones diversas, él fué, él es
aún, nuestra conciencia poética misma. A él es a quien pedimos, en las
horas de duda, que nos prevenga del mal. El condena, o absuelve y
estamos sometidos.
»¡Ah! yo me acuerdo aún de todas las bromas que se hacían entonces,
sobre nuestras reuniones en el salón de Leconte de Lisle. ¡Y bien! los
burlones no tenían razón, pues, en verdad, lo creo y lo digo, en esta época
felizmente desaparecida en que la poesía era por todas partes burlada; en
que hacer versos tenía este sinónimo: ¡morir de hambre!; en que todo el
triunfo, todo el renombre, pertenecía a los rimadores de elegías y verseros
de couplets, a los lloriqueadores y a los risueños; en que era suficiente
hacer un soneto para ser un imbécil y hacer una opereta para ser una
especie de grande hombre; en esta época era un bello espectáculo el de
aquellos jóvenes prendados del arte verdadero, perseguidores del ideal,
pobres la mayor parte, y desdeñosos de la riqueza, que confesaban
imperturbablemente, venga lo que viniere, su fe de poetas, y que se
agrupaban, con una religión que nunca ha excluído la libertad de
pensamiento, alrededor de un maestro venerado, pobre como ellos!
»Otro error sería creer que nuestras reuniones familiares fuesen sesiones
dogmáticas y morosas. Leconte de Lisle era de aquellos que pretenden
apartar, sobre todo del elogio, su personalidad íntima y por tanto mi
conversación no tendrá aquí anécdotas. No diré de las sonrientes dulzuras
de una familiaridad de que estábamos tan orgullosos, de las cordialidades
de camarada que tenía con nosotros el gran poeta, ni de las charlas al
amor del hogar—porque se era serio, pero alegre—ni todo el bello humor
casi infantil de nuestras apacibles conciencias de artistas en el querido
salón, poco lujoso, pero tan neto y siempre en orden, como una estrofa
bien compuesta; mientras la presencia de una joven en medio de nuestro
amistoso respeto, agregaba su gracia a la poesía esparcida.»
Tal es el recuerdo que consagra Catulle Mendés en uno de sus mejores
libros, al hoy difunto jefe del Parnaso. El alentó a los que le rodeaban,
como en otro tiempo Ronsard a los de la Pléyade, al cual cenáculo ha
consagrado Leconte de Lisle muy entusiásticas frases; pues quien en «Las
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Erinnias» pudo renovar la máscara esquiliana, miraba con simpatía a
Ronsard, que tuvo el fuego pindárico, anhelo de perfección y amor
absoluto a la belleza.
Mas Leconte brillará siempre al fulgor de Hugo. ¿Qué porta-lira de nuestro
siglo no desciende de Hugo? ¿No ha demostrado triunfantemente
Mendés—ese hermano menor de Leconte de Lisle—que hasta el árbol
genealógico de los Rougon Macquart ha nacido al amor del roble enorme
del más grande de los poetas? Los parnasianos proceden de los
románticos, como los decadentes de los parnasianos. «La Leyenda de los
siglos» refleja su luz cíclica sobre los «Poemas trágicos, antiguos y
bárbaros.» La misma reforma métrica de que tanto se enorgullece con
justicia el Parnaso, ¿quién ignora que fué comenzada por el colosal artífice
revolucionario en 1830?
La fama no ha sido propicia a Leconte de Lisle. Hay en él mucho de
olímpico, y esto le aleja de la gloria común de los poetas humanos. En
Francia, en Europa, en el mundo, tan solamente los artistas, los letrados,
los poetas, conocen y leen aquellos poemas. Entre sus seguidores, uno
hay que adquirió gran renombre: José María de Heredia, también como él
nacido en una isla tropical. En lengua castellana apenas es conocido
Leconte de Lisle. Yo no sé de ningún poeta que le haya traducido,
exceptuando al argentino Leopoldo Díaz, mi amigo muy estimado, quien
ha puesto en versos castellanos el «Cuervo»—con motivo de lo cual el
poeta francés le envió una real esquela—, «El sueño del cóndor», «El
desierto», «La tristeza del diablo», y «La espada de Angantir», todo de los
«Poemas bárbaros», como también «Los Elfos», cuya traducción es la
siguiente:
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Del bosque por arduo y angosto sendero
en corcel obscuro marcha un caballero.
Sus espuelas brillan en la noche bruna,
y, cuando en su rayo le envuelve la luna
fulgurando luce con vivos destellos,
un casco de plata sobre sus cabellos.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
29
Cual ligero enjambre, todos le rodean,
y en el aire mudo raudos voltegean.
—Gentil Caballero, ¿dó vas tan de prisa?
La reina pregunta, con suave sonrisa.
Fantasmas y endriagos hallarás doquiera;
ven, y danzaremos en la azul pradera.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
—¡No! Mi prometida, la de ojos hermosos
me espera y mañana seremos esposos.
Dejadme prosiga, Elfos encantados,
que holláis vaporosos el musgo en los prados.
Lejos estoy, lejos de la amada mía,
y ya los fulgores se anuncian del día.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
—Queda, caballero, te daré a que elijas
el ópalo mágico, las áureas sortijas
y, lo que más vale que gloria y fortuna:
mi saya tejida con rayos de luna.
—¡No!—dice él.—¡Pues anda!—Y su blanco dedo
su corazón toca e infúndele miedo.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Y el corcel obscuro, sintiendo la espuela,
parte, corre, salta, sin retardo vuela,
mas el caballero, temblando, se inclina:
ve sobre la senda forma blanquecina
que los brazos tiende, marchando sin ruido.
—¡Déjame, oh, demonio, Elfo maldecido!
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
—¡Déjame, fantasma siempre aborrecida!
30
Voy a desposarme con mi prometida.
—Oh, mi amado esposo, la tumba perenne
será nuestro lecho de bodas solemne.
¡He muerto!—dice ella, y él, desesperado,
de amor y de angustia cae muerto a su lado.
De tomillo y rústicas hierbas coronados
los Elfos alegres bailan en los prados.
Duerma en paz el hermoso anciano, el caballero de Apolo. Ya su espíritu
sabrá de cierto lo que se esconde tras el velo negro de la tumba. Llegó por
fin la por él deseada, la pálida mensajera de la verdad.
Fínjome la llegada de su sombra a una de las islas gloriosas, Tempes,
Amatuntes celestes, en donde los orfeos tienen su premio. Recibiránle con
palmas en las manos, coros de vírgenes cubiertas de albas, impalpables
vestiduras; a lo lejos destacaráse la harmonía del pórtico de un templo;
bajo frescos laureles, se verán las blancas barbas de los antiguos amados
de las musas, Homero, Sófocles, Anacreonte. En un bosque cercano, un
grupo de centauros, Quirón a la cabeza, se acerca para mirar al recién
llegado. Brota del mar un himno. Pan aparece. Por el aire suave, bajo la
cúpula azul del cielo, un águila pasa, en vuelo rápido, camino del país de
las pagodas, de los lotos y de los elefantes.
31
PAUL VERLAINE
Y al fin vas a descansar; y al fin has dejado de arrastrar tu pierna
lamentable y anquilótica, y tu existencia extraña llena de dolor y de
ensueños, ¡oh, pobre viejo divino! Ya no padeces el mal de la vida,
complicado en ti con la maligna influencia de Saturno.
Mueres, seguramente en uno de los hospitales que has hecho amar a tus
discípulos, tus «palacios de invierno», los lugares de descanso que
tuvieron tus huesos vagabundos, en la hora de los implacables reumas y
de las duras miserias parisienses.
Seguramente, has muerto rodeado de los tuyos, de los hijos de tu espíritu,
de los jóvenes oficiantes de tu iglesia, de los alumnos de tu escuela, ¡oh,
lírico Sócrates de un tiempo imposible!
Pero mueres en un instante glorioso: cuando tu nombre empieza a triunfar,
y la simiente de tus ideas, a convertirse en magníficas flores de arte, aun
en países distintos del tuyo; pues es el momento de decir que hoy, en el
mundo entero, tu figura, entre los escogidos de diferentes lenguas y
tierras, resplandece en su nimbo supremo, así sea delante del trono del
enorme Wagner.
El holandés Bivanck se representa a Verlaine como un leproso sentado a
la puerta de una catedral, lastimoso, mendicante, despertando en los fieles
que entran y salen, la compasión, la caridad. Alfred Ernst le compara con
Benoit Labre, viviente símbolo de enfermedad y de miseria; antes León
Bloy le había llamado también el Leproso en el portentoso tríptico de su
«Brelan», en donde está pintado en compañía del Niño Terrible y del Loco:
Barbey d’Aurevilly y Ernesto Hello. ¡Ay, fué su vida así! Pocas veces ha
nacido de vientre de mujer un sér que haya llevado sobre sus hombros
igual peso de dolor. Job le diría: «¡Hermano mío!»
Yo confieso que después de hundirme en el agitado golfo de sus libros,
después de penetrar en el secreto de esa existencia única; después de ver
esa alma llena de cicatrices y de heridas incurables, todo al eco de
32
celestes o profanas músicas, siempre hondamente encantadoras; después
de haber contemplado aquella figura imponente en su pena, aquel cráneo
soberbio, aquellos ojos obscuros, aquella faz con algo de socrático, de
pierrotesco y de infantil; después de mirar al dios caído, quizá castigado
por olímpicos crímenes en otra vida anterior; después de saber la fe
sublime y el amor furioso y la inmensa poesía que tenían por habitáculo
aquel claudicante cuerpo infeliz, sentí nacer en mi corazón un doloroso
cariño que junté a la grande admiración por el triste maestro.
A mi paso por París, en 1893, me había ofrecido Enrique Gómez Carrillo
presentarme a él. Este amigo mío había publicado una apasionada
impresión que figura en sus «Sensaciones de Arte», en la cual habla de
una visita al cliente del hospital de Broussais. «Y allí le encontré siempre
dispuesto a la burla terrible, en una cama estrecha de hospital. Su rostro
enorme y simpático cuya palidez extrema me hizo pensar en las figuras
pintadas por Ribera, tenía un aspecto hierático. Su nariz pequeña se dilata
a cada momento para aspirar con delicia el humo del cigarro. Sus labios
gruesos que se entreabren para recitar con amor las estrofas de Villón o
para maldecir contra los poemas de Ronsard, conservan siempre su
mueca original, en donde el vicio y la bondad se mezclan para formar la
expresión de la sonrisa. Sólo su barba rubia de cosaco, había crecido un
poco y se había encanecido mucho.»
Por Carrillo penetramos en algunas interioridades de Verlaine. No era éste
en ese tiempo el viejo gastado y débil que uno pudiera imaginarse, antes
bien, «un viejo robusto.» Decíase que padecía de pesadillas espantosas y
visiones en las cuales los recuerdos de la leyenda obscura y misteriosa de
su vida, se complicaban con la tristeza y el terror alcohólicos. Pasaba sus
horas de enfermedad, a veces en un penoso aislamiento, abandonado y
olvidado, a pesar de las bondadosas iniciativas de los Mendés o de los
León Deschamps.
¡Dios mío! aquel hombre nacido para las espinas, para los garfios y los
azotes del mundo, se me apareció como un viviente doble símbolo de la
grandeza angélica y de la miseria humana. Angélico, lo era Verlaine; tiorba
alguna, salterio alguno, desde Jacopone de Todi, desde el Stabat Mater,
ha alabado a la Virgen con la melodía filial, ardiente y humilde de
«Sagesse»; lengua alguna, como no sean las lenguas de los serafines
prosternados, ha cantado mejor la carne y la sangre del Cordero; en
ningunas manos han ardido mejor los sagrados carbones de la penitencia;
33
y penitente alguno se ha flagelado los desnudos lomos con igual ardor de
arrepentimiento que Verlaine cuando se ha desgarrado el alma misma,
cuya sangre fresca y pura ha hecho abrirse rítmicas rosas de martirio.
Quien lo haya visto en sus «Confesiones», en sus «Hospitales», en sus
otros libros íntimos, comprenderá bien al hombre—inseparable del
poeta—y hallará que en ese mar tempestuoso primero, muerto después,
hay tesoros de perlas. Verlaine fué un hijo desdichado de Adán, en el que
la herencia paterna apareció con mayor fuerza que en los demás. De los
tres Enemigos, quien menos mal le hizo fué el Mundo. El Demonio le
atacaba; se defendía de él, como podía, con el escudo de la plegaria. La
Carne sí, fué invencible e implacable. Raras veces ha mordido cerebro
humano con más furia y ponzoña la serpiente del Sexo. Su cuerpo era la
lira del pecado. Era un eterno prisionero del deseo. Al andar, hubiera
podido buscarse en su huella, lo hendido del pie. Se extraña uno no ver
sobre su frente los dos cuernecillos, puesto que en sus ojos podían verse
aún pasar las visiones de las blancas ninfas, y en sus labios, antiguos
conocidos de la flauta, solía aparecer el rictus del egipán. Como el sátiro
de Hugo, hubiera dicho a la desnuda Venus, en el resplandor del monte
sagrado: «¡Viens nous en...!» Y ese carnal pagano aumentaba su lujuria
primitiva y natural a medida que acrecía su concepción católica de la culpa.
Mas ¿habéis leído unas bellas historias renovadas por Anatole France de
viejas narraciones hagiográficas, en las cuales hay sátiros que adoran a
Dios, y creen en su cielo y en sus santos, llegando en ocasiones hasta ser
santos sátiros? Tal me parece Pauvre Lelian, mitad cornudo flautista de la
selva, violador de hamadriadas, mitad asceta del Señor, eremita que,
extático, canta sus salmos. El cuerpo velloso sufre la tiranía de la sangre,
la voluntad imperiosa de los nervios, la llama de la primavera, la afrodisia
de la libre y fecunda montaña; el espíritu se consagra a la alabanza del
Padre, del Hijo, del Santo Espíritu, y, sobre todo, de la maternal y casta
Virgen; de modo que al dar la tentación su clarinada, el espíritu ciego, no
mira, queda como en sopor, al son de la fanfarria carnal; pero tan luego
como el sátiro vuelve del boscaje y el alma recobra su imperio y mira a la
altura de Dios, la pena es profunda, el salmo brota. Así, hasta que vuelve a
verse pasar a través de las hojas del bosque, la cadera de Kalixto...
Cuando el Dr. Nordau publicó la obra célebre digna del Dr. Triboulat
Bonhoment, «Entartung», la figura de Verlaine, casi desconocida para la
generalidad—y en la generalidad pongo a muchos de la élite en otros
34
sentidos—surgió por la primera vez, en el más curiosamente abominable
de los retratos. El poeta de «Sagesse» estaba señalado como uno de los
más patentes casos demostrativos de la afirmación pseudocientífica de
que los modos estéticos contemporáneos son formas de descomposición
intelectual. Muchos fueron los atacados: se defendieron algunos. Hasta el
cabalístico Mallarmé descendió de su trípode para demostrar el escaso
intelectualismo del profesor austro alemán, en su conferencia sobre la
Música y la Literatura dada en Londres. Pauvre Lelian no se defendió a sí
mismo. Comentaría cuando más el caso con algunos ¡dam! en el François
I o en el D’Harcout. Varios amigos discípulos le defendieron; entre todos
con vigor y maestría lo hizo Charles Tennib, y su hermoso y justificado
ímpetu correspondió a la presentación del «caso» por Max Nordau:
«Tenemos ante nosotros la figura bien neta del jefe más famoso de los
simbolistas. Vemos un espantoso degenerado, de cráneo asimétrico y
rostro mongoloide, un vagabundo impulsivo, un dipsómano... un erótico...
un soñador emotivo, débil de espíritu, que lucha dolorosamente contra sus
malos instintos y encuentra a veces en su angustia conmovedores acentos
de queja, un místico cuya conciencia humosa está llena de
representaciones de Dios y de los santos; y un viejo chocho, etc.»
En verdad que los clamores de ese generoso De Amicis contra la ciencia
que acaba de descuartizar a Leopardi después de denventrar al Tasso,
son muy justos, e insuficientemente iracundos.
En la vida de Verlaine hay una nebulosa leyenda que ha hecho crecer una
verde pradera en que ha pastado a su placer el «pan-muflisme.» No me
detendré en tales miserias. En estas líneas escritas al vuelo, y en el
momento de la impresión causada por su muerte, no puedo ser tan
extenso como quisiera.
De la obra de Verlaine, ¿qué decir? El ha sido el más grande de los poetas
de este siglo. Su obra está esparcida sobre la faz del mundo. Suele ya ser
vergonzoso para los escritores apteros oficiales, no citar de cuando en
cuando, siquiera sea para censurar sordamente, a Paul Verlaine. En
Suecia y Noruega los jóvenes amigos de Jonas Lee, propagan la influencia
artística del maestro. En Inglaterra, a donde iba a dar conferencias, gracias
a los escritores nuevos, como Symons, y los colaboradores del Yellow
Book, el nombre ilustre se impone; la New Rewiew daba sus versos en
francés. En los Estados Unidos antes de publicarse el conocido estudio de
Symons en el «Harpers’s»—«The decadent movement in literature»—la
35
fama del poeta era conocida. En Italia, D’Annunzio reconoce en él a uno
de los maestros que le ayudaran a subir a la gloria; Vittorio Pica y los
jóvenes artistas de la Tavola Rotonda exponen sus doctrinas; en Holanda
la nueva generación literaria—nótese un estudio de Werwey—le saludan
en su alto puesto; en España es casi desconocido y serálo por mucho
tiempo: solamente el talento de Clarín creo que lo tuvo en alta estima; en
lengua española no se ha escrito aún nada digno de Verlaine; apenas lo
publicado por Gómez Carrillo; pues las impresiones y notas de Bonafoux y
Eduardo Pardo, son ligerísimas.
Vayan, pues, estas líneas, como ofrenda del momento. Otra será la
ocasión en que consagre al gran Verlaine el estudio que merece. Por hoy,
no cabe el análisis de su obra.
«Esta pata enferma me hace sufrir un poco: me proporciona, en cambio,
más comodidad que mis versos, que me han hecho sufrir tanto! Si no
fuese por el reumatismo yo no podría vivir de mis rentas. Estando bueno,
no lo admiten a uno en el hospital.»
Esas palabras pintan al hermano trágico de Villón.
No era mala, estaba enferma su animula, blandula, vagula... ¡Dios la haya
acogido en el cielo como en un hospital!
36
EL CONDE MATÍAS AUGUSTO DE VILLIERS
DE L’ISLE ADAM
¡Va oultre!
(Divisa de los Villiers de L’Isle Adam.)
Este era un rey...» Así, como en los cuentos azules, hubiera debido
empezar la historia del monarca raté, pero prodigioso poeta, que fué en
esta vida el conde Matías Felipe Augusto de Villiers de l’Isle Adam.
Puédese construir este fragmento de historia ideal: «Por aquel tiempo—fué
a mediados del indecoroso siglo XIX,—el país de Grecia vió renacer su
esplendor. Un príncipe semejante a los príncipes antiguos, se coronó en
Atenas, y brilló como un astro real. Era descendiente de los caballeros de
Malta; había en él algo del príncipe Hamlet y mucho del rey Apolo; hacía
anunciar su paso con trompetas de plata; recorría los campos en carrozas
heroicas, tiradas por cuadrillas de caballos blancos; echó de su reino a
todos los ciudadanos de los Estados Unidos de Norte América; pensionó
magníficamente a pintores, escultores y rimadores, de modo que las
abejas áticas se despertaban a un sonido de cinceles y de liras; pobló de
estatuas los bosques; hizo volver a los ojos de los pastores la visión de las
ninfas y de las diosas; recibió la visita de un soberano soñador que se
llamaba Luis de Baviera, señor hermoso como Lohengrin, y a quien amaba
Loreley y vivía junto a un lago azul nevado de cisnes; llevó a Wagner a la
harmoniosa tierra del Olimpo, de modo que el bello sol griego puso su
aureola de oro en la divina frente de Euforión; envió embajadas a los
países de Oriente y cerró las puertas del reino a los bárbaros occidentales;
volvió gracias a él la gloria de las musas; y cuando murió no se supo si fué
un águila o un unicornio quien llevó su cuerpo a un lugar misterioso.»
Pero la suerte, ¡oh, sire, oh excelso poeta! no quiso que se realizase ese
adorable sueño, en este tiempo que ha podido envolver en la más alta
apoteosis la abominable figura de un Franklin!
Villiers de l’Isle Adam es un sér raro entre los raros. Todos los que le
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conocieron conservan de él la impresión de un personaje extraordinario.
A los ojos del hermético y fastuoso Mallarmé es un tipo de ilusión, un
solitario,—como las más bellas piedras y las más santas almas:—además,
en todo y por todo, un rey; un rey absurdo si queréis, poético, fantástico;
pero un rey. Luego un genio. «El joven más magníficamente dotado de su
generación», escribe Henry Laujol. Mendés exclama a propósito de
Villiers, en 1884:
«¡Desgraciados los semidioses! Están demasiado lejos de nosotros para
que les amemos como hermanos y demasiado cerca para que les
adoremos como a maestros.» El tipo del semi-genio, descripto por el poeta
de «Panteleia», es verdadero. Más de una vez habréis pensado en ciertos
espíritus que hubieran podido ser, como una chispa más del fuego celeste
con que Dios forma los genios, genios completos, genios totales; pero que,
águilas de cortas alas, ni pueden llegar a la suprema altura, como los
condores, ni revolar en el bosque, como los ruiseñores.
Van más allá del talento los semi-genios; pero no tienen voz para decir,
como en la página de Hugo, a las puertas de lo infinito: «Abrid; yo soy el
Dante.» Por lo tanto flotan aislados sin poder subir a las fortalezas titánicas
de Shakespeare, ni acogerse a los kioscos floridos de Gautier. Y son
desgraciados.
Hoy, ya publicada toda la obra de Villiers de l’Isle Adam, no hay casi
vacilación alguna en poder saludarle entre los espíritus augustos y
superiores. Si genio es el que crea, y el que ahonda más en lo divino y
misterioso, Villiers fué genio.
Nació para triunfar y murió sin ver su triunfo; descendiente de nobilísima
familia, vivió pobre, casi miserable; aristócrata por sangre, arte y gustos,
tuvo que frecuentar medios impropios de su delicadeza y realeza. Bien
hizo Verlaine en incluirle entre sus poetas Malditos. Aquel orgulloso, del
más justo orgullo; aquel artista que escribía: ¿«Qué nos importa la justicia?
Quien al nacer no trae en su pecho su propia gloria no conocerá nunca la
significación real de esa palabra»,—hizo su peregrinación por la tierra
acompañado del sufrimiento, y fué un maldito.
Según Verlaine, y sobre todo, según su biógrafo y primo R. du Pontavice
de Heussey, comenzó por escribir versos. Despertó a la poesía en la
campaña bretona, donde, como Poe, tuvo un amor desgraciado, una
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ilusión dulce y pura que se llevó la muerte. Es de notarse que casi todos
los grandes poetas han sufrido el mismo dolor: de aquí esa bella
constelación de divinas difuntas que brillan milagrosamente en el cielo del
arte, y que se llaman Beatrice, Lady Rowena de Tremain; y la dama
sublime que hizo vibrar con melodiosa tristeza el laud de Dante Gabriel
Rossetti. Villiers a los diecisiete años, cantaba ya:
¡Oh! vous souvenez vous, forêt délicieuse,
de la jolie enfant qui passait gracieuse,
souriant simplement au ciel, à l’avenir,
se perdant avec moi dans ces vertes allées?
¡Eh bien! parmi les lis de vos sombres vallées
vous ne la verrez plus venir.
Villiers no volvió a amar con el fuego de sus primeros años; esa casi
infantil pasión, fué la más grande de su vida.
Advierte Gautier, al hablar en sus «Grotesques», de Chapelain, cómo la
familia de éste, contrariando el natural horror que los padres tienen por la
carrera literaria, se propuso dedicarle a la poesía. El resultado fué dotar a
las letras francesas de un excelente mal poeta. No fué así por cierto el
caso de Villiers. Sus padres le alentaron en sus luchas de artista; desde
los primeros años; por ley atávica existía en toda esa familia el sentimiento
de las grandezas y la confianza en todas las victorias. Jamás dejaron de
tener esperanza los buenos viejos,—principalmente ese soberbio
marqués, buscador de tesoros,—en que la cabeza de su Matías estaba
destinada para la corona, ya fuese la de los reyes, o la verde y fresca de
laurel. Si apenas logró entrever ésta en los últimos días de su
existencia,—a punto de que Verlaine le llamase «tres glorieux»—la de
crucificado del arte llevó siempre clavada, el infeliz soñador.
Cuando Villiers llegó a París era el tiempo en que surgía el alba del
Parnaso. Entre todos aquellos brillantes luchadores su llegada causó
asombro. Coppée, Dierx, Heredia, Verlaine, le saludaron como a un
triunfante capitán. Mallarmé dice: «¡Un genio!» Así lo comprendimos
nosotros. El genio se reveló desde las primeras poesías, publicadas en un
volumen dedicado al conde Alfred de Vigny. Luego, en la «Revue
Fantaisiste» que dirigía Catulle Mendés, dió vida al personaje más
sorprendente que haya animado la literatura de este siglo: el Dr. Tribulat
Bonhomet. Solamente un soplo de Shakespeare hubiera podido hacer
vivir, respirar, obrar de ese modo, al tipo estupendo que encarna nuestro
39
incomparable tiempo.
El Dr. Tribulat Bonhomet, es una especie de Don Quijote trágico y maligno,
perseguidor de la Dulcinea del utilitarismo y cuya figura está pintada de tal
manera, que hace temblar. La influencia misteriosa y honda de Poe ha
prevalecido, es innegable, en la creación del personaje.
Oigamos a Huyssmans: habla de Des Esseintes: «Entonces se dirigía a
Villiers de l’Isle Adam, en cuya obra esparcida notaba observaciones aún
sediciosas, vibraciones aún espamóticas; pero que ya no dardeaban—a
excepción de su Claire Lenoir, al menos—un horror tan espantable...»
La historia de «discréte et scientifique personne, dame veuve Claire
Lenoir», que es la misma en que aparece el Dr. Bonhomet, tiene páginas
en que se cree ver un punto más allá de lo desconocido.
Shakespeare y Poe han producido semejantes relámpagos, que medio
iluminan, siquiera sea por un instante, las tinieblas de la muerte, el obscuro
reino de lo sobrenatural. Este impulso hacia lo arcano de la vida persiste
en obras posteriores, como los «Cuentos crueles», los «Nuevos cuentos
crueles», «Isis» y una de las novelas más originales y fuertes que se
hayan escrito: «La Eva futura.» Espiritualista convencido, el autor,
apoyado en Hegel y en Kant, volaba por el orbe de las posibilidades,
teniendo a su servicio la razón práctica, mientras tomaba fuerza para
ascender y asir de su túnica impalpable a Psiquis. Tullia Fabriana, primera
parte de «Isis», acusa en Villiers, a los ojos de la crítica exigente,
exageración romántica.
A esto no habría que decir sino que Tullia Fabriana fué el «Han de
Islandia» de Villiers de l’Isle Adam.
Su vida es otra novela, otro cuento, otro poema. De ella veamos, por
ejemplo, la leyenda del rey de Grecia, apoyados en las narraciones de
Laujol, Verlaine y B. Pontavice de Heussey. Dice el último: «En el año de
gracia de 1863, en la época en que el gobierno imperial irradiaba con su
más fulgurante brillo, faltaba un rey al pueblo de los helenos. Las grandes
potencias que protegían a la heroica y pequeña nación a que Byron
sacrificó su vida, Francia, Rusia, Inglaterra, se pusieron a buscar un joven
tirano constitucional para darlo a su protegida. Napoleón III tenía en esta
época voz preponderante en los congresos, y se preguntaban con
ansiedad si él presentaría un candidato y si éste sería francés. En fin, los
40
diarios aparecían llenos de decires y comentarios sobre ese asunto
palpitante: la cuestión griega estaba a la orden del día. Los noticieros
podían sin temor dar rienda suelta a la imaginación, pues mientras que las
otras naciones parecían haber definitivamente escogido al hijo del rey de
Dinamarca—el emperador, tan justamente llamado «el príncipe taciturno»
por su amigo de días sombríos, Carlos Dickens, el emperador, digo,
continuaba callado y haciendo guardar su decisión. Así estaban las cosas,
cuando una mañana de principios de Marzo, el gran marqués (habla del
padre de Villiers) entra como huracán en el triste salón de la calle Saint-
Honoré, blandiendo un diario sobre su cabeza y en un indescriptible
estado de exaltación que pronto compartió toda la familia. He aquí en
efecto la extraña noticia que publicaban esa mañana muchas hojas
parisienses: «Sabemos de fuente autorizada que una nueva candidatura al
trono de Grecia acaba de brotar. El candidato esta vez es un gran señor
francés, muy conocido de todo París: el conde Matías Augusto de Villiers
de l’Isle Adam, último descendiente de la augusta línea que ha producido
al heroico defensor de Rodas y al primer gran maestre de Malta. En la
última recepción íntima del emperador, habiéndole a éste preguntado uno
de sus familiares sobre el éxito que pudiera tener esta candidatura, su
majestad ha sonreído de una manera enigmática. Todos nuestros votos al
nuevo aspirante a rey.» «Los que me han seguido hasta aquí se figurarán
seguramente el efecto que debió producir en imaginaciones como las de la
familia de Villiers semejante lectura, etc., etc.» Hasta aquí Pontevice. Sea,
pase que haya habido en la noticia antes copiada, engaño o broma de
algún mistificador; pero es el caso que en las Tullerías se le concedió una
audiencia al flamante pretendiente, para tratar del asunto en cuestión. He
allí que bien trajeado—¡no, ah, con el manto, ni la ropilla, o la armadura de
sus abuelos!—fué recibido el conde en el palacio real, por el duque de
Bassano. Villiers vivía en el mundo de sus ensueños, y cualquier monarca
moderno hubiera sido un buen burgués delante de él, a excepción de Luis
de Baviera, el loco. Matías I, el poeta, desconcertó con sus rarezas al
chambelán imperial; creyó ser víctima de ocultos enemigos, pensó una
tragedia shakespeariana en pocos minutos; no quiso hablar sino con el
emperador. «Il vous faudra done prendre la peine de venir une autre fois,
monsieur le comte, dis le duc en se levant; sa majesté était occupée et
m’avait chargé de vous recevoir.» Así concluyó la pretensión al trono de
Grecia, y los griegos perdieron la oportunidad de ver resucitar los tiempos
de Píndaro, bajo el poder de un rey lírico que hubiera tenido un verdadero
cetro, una verdadera corona, un verdadero manto; y que desterrando las
abominaciones occidentales—paraguas, sombrero de pelo, periódicos,
41
constituciones, etc.,—la Civilización y el Progreso, con mayúsculas, haría
florecer los viejos bosques fabulosos, y celebrar el triunfo de Homero, en
templos de mármol, bajo los vuelos de las palomas y de las abejas, y al
mágico son de las ilustres cigarras.
Hay otras páginas admirables en la vida de este magnífico desgraciado.
Los comienzos de su vida literaria los han descripto afectuosamente y
elogiosamente, Coppée, Mendés, Verlaine, Mallarmé, Laujol; los últimos
momentos de su vida, nadie los ha pintado como el admirable Huyssmans.
El asunto del progreso con motivo de «Perrinet Lecrerc», drama histórico
de Lockroy y Anicet Bourgeois, dió cierto relieve al nombre de Villiers;
pues únicamente una alma como la suya hubiera intentado, con todo el
fuego de su entusiasmo, salir a la defensa de un tan antiguo antepasado
como el mariscal Jean de l’Isle Adam, difamado en la pieza dramática
antes nombrada. Después el duelo con el otro Villiers militar, que
desdeñándole antes, al llegar el momento del combate, le abraza y
reconoce su nobleza.
Algunas anécdotas y algunas palabras de Coppée:
Se refiere a la llegada de Villiers al cenáculo parnasiano: «Súbitamente en
la asamblea de poetas un grito jovial fué lanzado por todos: ¡Villiers! ¡Es
Villiers! Y de repente un joven de ojos azul pálido, piernas vacilantes,
mordiendo un cigarro, moviendo con gesto capital su cabellera
desordenada y retorciendo su corto bigote rubio, entra con aire turbado,
distribuye apretones de mano distraídos, ve el piano abierto, se sienta, y,
crispados sus dedos sobre el teclado, canta con voz que tiembla, pero
cuyo acento mágico y profundo jamás olvidará ninguno de nosotros, una
melodía que acaba de improvisar en la calle, una vaga y misteriosa
melopea que acompañaba duplicando la impresión turbadora, el bello
soneto de Beaudelaire:
Nous aurons des lits pleins d’odeurs légers.
Des divans profonds comme des tombeaux, etc.
Después, cuando todo el mundo está encantado, el cantor, mascullando
las últimas notas de su melodía, se interrumpe bruscamente, se levanta,
se aleja del piano, va como a ocultarse a un rincón del cuarto, y enrollando
otro cigarrillo, lanza a su auditorio estupefacto un vistazo desconfiado y
circular, una mirada de Hamlet a los pies de Ofelia, en la representación
del asesinato de Gonzaga. Tal se nos apareció, hace diez y ocho años en
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las amistosas reuniones de la rue de Douai, en casa de Catulle Mendés, el
conde Auguste Villiers de l’Isle Adam.»
El año de 1875 se promovió un concurso en París, para premiar con una
fuerte suma y una medalla, «al autor dramático francés que en una obra
de cuatro o cinco actos, recordara más poderosamente el episodio de la
proclamación de la independencia de los Estados Unidos, cuyo centésimo
aniversario caía en 4 de julio de 1876.» El tema habría regocijado al Dr.
Tribulat Bohomet. Villiers se decidió a optar al premio y a la medalla.
El jurado estaba compuesto de críticos de los diarios, de Augier, Feuillet,
Legouvé, Grenville, Murray, del «Herald» de New York, Perrin y, como
presidente de honor, Víctor Hugo. El conde Matías creó una obra ideal en
un terreno prosaico y difícil.
No lo hubiera hecho de distinto modo el autor de los «Cuentos
extraordinarios.» En resumen, y, naturalmente, no se ganó el premio.
Furioso, fulminante, se dirigió nada menos que a casa del dios Hugo, que
en aquellos días estaba en la época más resplandeciente y autocrática de
su imperio. Entró y lanzó sus protestas a la faz del César literario, a quien
llegó a acusar de deslealtad, y a cuya chochez aludió.
Un señor había allí entre los príncipes de la corte, que se encaró con
Villiers y le arrojó esta frase: «¡La probidad no tiene edad, señor!»
Villiers le midió con una vaga mirada, y muy dulcemente respondió al viejo:
«Y la tontería tampoco, señor.»
Cuando Drumont hizo estallar su primer torpedo antisemita, con la
publicación de la France juive, los poderosos israelitas de París buscaron
un escritor que pudiese contestar victoriosamente la obra formidable del
panfletista. Alguien indicó a Villiers, cuya pobreza era conocida; y se creyó
comprar su limpia conciencia, y su pluma. Enviáronle con este objeto un
comisionado, sujeto de verbo y elegancia, comerciante y hombre de
mundo. Este penetró a la humilde habitación del poeta insigne, le babeó
sus adulaciones mejor hiladas, le puso sobre el techo de la sinagoga, le
expuso las injusticias persistentes e implacables del rabioso Drumont y,
por último, suplicó al descendiente del defensor de Rodas, dijese cuál era
el precio de sus escritos, pues éste sería pagado en buenos luises de oro
inmediatamente. Quizá no habría comido Villiers ese día en que dió esta
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incomparable respuesta: «¿Mi precio, señor? No ha cambiado desde
Nuestro Señor Jesucristo: ¡treinta dineros!»
A Anatole France, cuando llegó un día a pedirle datos sobre sus
antepasados:
«—¡Cómo! ¡queréis que os hable del ilustre gran maestre y del célebre
mariscal, mis antepasados, así no más, en pleno sol y a las diez de la
mañana!»
En la mesa del pretendido delfín de Francia Naundorff, con motivo de un
rasgo de soberbia y de desprecio que tuvo aquél para con un buen
servidor, el conde de F... y en momentos en que este pobre anciano se
retiraba llorando avergonzado:
«—Sire, bebo por vuestra majestad. Vuestros títulos son decididamente
indiscutibles. ¡Tenéis la ingratitud de un rey!»
En sus últimos días, a un amigo:
«—¡Mi carne está ya madura para la tumba!»
Y como estas, innumerables frases, arranques, originalidades que
llenarían un volumen.
Su obra genial forma un hermoso zodiaco, impenetrable para la mayoría:
resplandeciente y lleno de los prestigios de la iniciación, para los que
pueden colocarse bajo su círculo de maravillosa luz. En los «Cuentos
crueles», libro que con justicia Mendés califica de «libro extraordinario»,
Poe y Swift aplauden.
El dolor misterioso y profundo se os muestra, ya con una indescriptible,
falsa y penosa sonrisa, ya al húmedo brillo de las lágrimas. Pocos han
reído tan amargamente como Villiers. «Le Nouveau Monde», ese drama
confuso en el cual cruza como una creación fantástica la
protagonista—obra ante la cual Maeterlink debe inclinarse, pues si hay
hoy, drama simbolista, quien dió la nota inicial fué Villiers—, «Le Nouveau
Monde», digo, aunque difícilmente representable, queda como una de las
manifestaciones más poderosas de la moderna dramática. El esfuerzo
estético principal consiste a mi modo de ver, en la presentación de un
personaje como mistress Andrews—en el medio norteamericano, de suyo
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refractario a la verdadera poesía—, tipo rodeado de una bruma legendaria,
hasta convertirse en una figura vaporosa, encantada y poética. A Edilh
Evandale sonríen cariñosa y fraternalmente las heroínas de las baladas
sajonas. La Eva Futura no tiene precedente ninguno; es obra cósmica y
única; obra de sabio y de poeta; obra de la cual no puede hablarse en
pocas palabras. Sea suficiente decir que pudieran en su frontispicio
grabarse, como un símbolo, la Esfinge y la Quimera; que la andreida
creada por Villiers no admite comparación alguna, a no ser que sea con la
Eva del Eterno Padre; y que al acabar de leer la última página, os sentís
conmovidos, pues creéis escuchar algo de lo que murmura la Boca de
Sombra. Cuando Edison estuvo en París en 1889, alguien le hizo conocer
esa novela en que el Brujo es el principal protagonista. El inventor del
fonógrafo quedó sorprendido. «He aquí dijo, un hombre que me supera:
¡yo invento; él crea!» «Ellen» y «Morgane», dramas. La fantasía despliega
sus juegos de colores, sus irisados abanicos. «Akedysseril», la India con
sus prestigios y visiones; coros de guerreras y guerreros, el himno de
Iadnour-Veda y la palabra de la felicidad; evocaciones de antiguos cultos y
de liturgias suntuosas y bárbaras; sacrificios y plegarias; un poema de
Oriente, en el cual la reina Akedysseril aparece, hierática y suprema,
vencedora en su esplendorosa majestad.
No cabría en los límites de este artículo una completa reseña de las obras
de Villiers; pero es imposible dejar de recordar a «Axel», el drama que
acaba de presentarse en París, gracias a los esfuerzos de una noble y
valiente escritora: Madame Tola Doirán.
«Axel», es la victoria del deseo sobre el hecho; del amor ideal sobre la
posesión. Llégase hasta renegar—según la frase de Janus—de la
naturaleza, para realizar la ascensión hacia el espíritu absoluto. Axel como
Lohengrin, es casto; fin de esa pasión ardorosa y pura, no puede tener
más desenlace que la muerte.
Ese poema dramático, escrito en un luminoso, diamantino lenguaje,
representado por excelentes artistas, y aplaudido por una muchedumbre
de admiradores de poetas, de oyentes escogidos—sin que dejase de
haber, según las crónicas, gentes «malfilatres», como diría el inmortal
maestro,—hubiera sido para él conquista soberana en vida. ¡Mas quien fué
tan desventurado, no tuvo ni esa realización de uno de sus más fervientes
deseos, en tiempos en que se ponía los pantalones de su primo y tomaba
por todo alimento diario una taza de caldo!
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En 1889, en el establecimiento de los hermanos de San Juan de Dios, de
París, el conde Matías Augusto de Villiers de l’Isle Adam, descendiente de
los señores de Villiers de l’Isle Adam, de Chailly, originarios de la Isla de
Francia; quien tuvo entre sus antepasados a Pedro, gran maestre y porta-
oriflama de Francia; a Felipe gran maestre de la orden de Malta y defensor
de la isla de Rodas en el sitio impuesto por la fuerza de Solimán; y a
Francisco, marqués, «gran louvetier de France» en 1550; se unía, en
matrimonio, en el lecho de muerte, a una pobre muchacha inculta con la
cual había tenido un hijo. El reverendo padre Silvestre, que había ayudado
a bien morir a Barbey d’Aurevilly, casó al conde con su humilde y antigua
querida, la cual le había amado y servido con adoración en sus horas
amargas de enfermo y de pobre;—y el mismo fraile preparóle para el
eterno viaje. Luego, después de recibir los sacramentos, rodeado de unos
pocos amigos, entre los cuales Huyssmans, Mallarmé y Dierx, entregó su
alma a Dios el excelso poeta, el raro artista, el rey, el soñador. Fué el 20
de Agosto de 1889. Sire, «¡Va oultre!»
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LEON BLOY
Je suis escorté de quelqu’un qui me chuchote sans cesse que la vie bien
entendue doit être une continuelle persécution, tout vaillant homme un
persécuteur, et que c’est la seule manière d’être vraiment poète.
Persécuteur de soi-même, persécuteur du genre humain, persécuteur de
Dieu. Celui qui n’est pas cela, soit en acte, soit en puissance, est indigne
de respirer.
León Bloy. (Prefacio de «Propos d’un entrepreneur de démolitions».)
Cuando William Ritter llama a León Bloy «el verdugo de la literatura
contemporánea», tiene razón.
Monsieur de París vive sombrío, aislado, como en un ambiente de espanto
y de siniestra extrañeza. Hay quienes le tienen miedo; hay muchos que le
odian; todos evitan su contacto, cual si fuese un lazarino, un apestado; la
familiaridad con la muerte ha puesto en su sér algo de espectral y de
macabro; en esa vida lívida no florece una sola rosa. ¿Cuál es su crimen?
Ser el brazo de la justicia. Es el hombre que decapita por mandato de la
ley. León Bloy es el voluntario verdugo moral de esta generación, el
Monsieur de París de la literatura, el formidable e inflexible ejecutor de los
más crueles suplicios; él azota, quema, raja, empala y decapita; tiene el
knut y el cuchillo, el aceite hirviente y el hacha: más que todo, es un monje
de la Santa Inquisición, o un profeta iracundo que castiga con el hierro y el
fuego y ofrece a Dios el chirrido de las carnes quemadas, las disciplinas
sangrientas, los huesos quebrantados, como un homenaje, como un
holocausto. «¡Hijo mío predilecto!» le diría Torquemada.
Jamás veréis que se le cite en los diarios; la prensa parisiense, herida por
él, se ha pasado la palabra de aviso: «silencio.»
Lo mejor es no ocuparse de ese loco furioso; no escribir su nombre,
relegar a ese vociferador al manicomio del olvido... Pero resulta que el loco
clama con una voz tan tremenda y tan sonora, que se hace oir como un
clarín de la Biblia. Sus libros se solicitan casi misteriosamente; entre
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ciertas gentes su nombre es una mala palabra; los señalados editores que
publican sus obras, se lavan las manos; Tresse, al dar a luz «Propos d’un
entrepreneur de démolitions», se apresura a declarar que León Bloy es un
rebelde, y que si se hace cargo de su obra, «no acepta de ninguna manera
la solidaridad de esos juicios o de esas apreciaciones, encerrándose en su
estricto deber de editor y de «marchand de curiosités litteraires.»
León Bloy sigue adelante, cargado con su montaña de odios, sin inclinar
su frente una sola línea. Por su propia voluntad se ha consagrado a un
cruel sacerdocio. Clama sobre París como Isaías sobre Jerusalén:
«¡Príncipes de Sodoma, oid la palabra de Jehová; escuchad la ley de
nuestro Dios, pueblo de Gomorra!» Es ingenuo como un primitivo, áspero
como la verdad, robusto como un sano roble. Y ese hombre que desgarra
las entrañas de sus víctimas, ese salvaje, ese poseído de un deseo
llameante y colérico, tiene un inmenso fondo de dulzura, lleva en su alma
fuego de amor de la celeste hoguera de los serafines. No es de estos
tiempos. Si fuese cierto que las almas transmigran, diríase que uno de
aquellos fervorosos combatientes de las Cruzadas, o más bien, uno de los
predicadores antiguos que arengaban a los reyes y a los pueblos
corrompidos, se ha reencarnado en León Bloy, para venir a luchar por la
ley de Dios y por el ideal, en esta época en que se ha cometido el
asesinato del Entusiasmo y el envenenamiento del alma popular. El
desafía, desenmascara, injuria. Desnudo de deshonras y de vicios, en el
inmenso circo, armado de su fe, provoca, escupe, desjarreta, estrangula
las más temibles fieras: es el gladiador de Dios. Mas sus enemigos, los
«espadachines del Silencio», pueden decirle, gracias a la incomparable
vida actual:
«los muertos que vos matáis,
gozan de buena salud.»
¡Ah, desgraciadamente es la verdad! León Bloy ha rugido en el vacío.
Unas cuantas almas han respondido a sus clamores; pero mucho es que
sus propósitos de demoledor, de perseguidor, no le hayan conducido a un
verdadero martirio, bajo el poder de los Dioclecianos de la canalla
contemporánea. Decir la verdad es siempre peligroso, y gritarla de modo
tremendo como este inaudito campeón es condenarse al sacrificio
voluntario. El lo ha hecho; y tanto, que sus manos capaces de desquijadar
leones, se han ocupado en apretar el pescuezo de más de un perrillo de
cortesana. He dicho que la gran venganza ha sido el silencio. Se ha
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querido aplastar con esa plancha de plomo al sublevado, al raro, al que
viene a turbar las alegrías carnavalescas con sus imprecaciones y
clarinadas. Por eso la crítica oficial ha dejado en la sombra sus libros y sus
folletos. De ellos quiero dar siquiera sea una ligera idea.
¡Este Isaías, o mejor, este Ezequiel, apareció en el «Chat Noir!»
«Llego de tan lejos como de la luna, de un país absolutamente
impermeable a toda civilización como a toda literatura. He sido nutrido en
medio de bestias feroces, mejores que el hombre, y a ellas debo la poca
benignidad que se nota en mí. He vivido completamente desnudo hasta
estos últimos tiempos, y no he vestido decentemente sino hasta que entré
al «Chat Noir.» Fué Rodolfo Salis, «le gentil homme cabaretier», quien le
ayudó a salir a flote en el revuelto mar parisiense.
Escribió en el periódico del «cabaret» famoso, y desde sus primeros
artículos se destacaron su potente originalidad y su asombrosa bravura.
Entre las canciones de los cancioneros y los dibujos de Villete, crepitaban
los carbones encendidos de sus atroces censuras; esa crítica no tenía
precedentes; esos libelos resplandecían; ese bárbaro abofeteaba con
manopla de un hierro antiguo; jinete inaudito, en el caballo de Saulo,
dejaba un reguero de chispas sobre los guijarros de la polémica.
Sorprendió y asustó. Lo mejor, para algunos, fué tomarlo a risa. ¡Escribía
en el «Chat Noir!» Pero llegó un día en que su talento se demostró en el
libro; el articulista «cabaretier» publicó «Le Revelateur du Globe», y ese
volumen tuvo un prólogo nada menos que de Barbey d’Aurevilly.
Sí, el condestable presentó al verdugo. El conde Roselly de Lorgues había
publicado su «Historia de Cristóbal Colón» como un homenaje; y al mismo
tiempo como una protesta por la indiferencia universal para con el
descubridor de América. Su obra no obtuvo el triunfo que merecía en el
público ébrio y sediento de libros de escándalo; en cambio, Pío IX la tomó
en cuenta y nombró a su autor postulante de la Causa de Beatificación de
Cristóbal Colón, cerca de la Sagrada Congregación de los Ritos. La
historia escrita por el conde Roselly de Lorgues y su admiración por el
«Revelador del Globo» inspiraron a León Bloy ese libro que, como he
dicho, fué apadrinado por el nobilísimo y admirable Barbey d’Aurevilly.
Barbey aplaudió al «obscuro», al olvidado de la Crítica. Hay que advertir
que León Bloy es católico, apostólico, romano intransigente—, acerado y
diamantino. Es indomable e inrayable: y en su vida íntima no se le conoce
la más ligera mancha ni sombra. Por tanto, repito, estaba en la obscuridad,
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a pesar de sus polémicas. No había nacido ni nacería el onagro con cuya
piel pudiera hacer sonar su bombo en honor del autor honrado, el
periodismo prostituído.
La fama no prefiere a los católicos. Hello y Barbey, han muerto en una
relativa obscuridad. Bloy, con hombros y puños, ha luchado por sobresalir,
¡y apenas si lo ha logrado! En su «Revelador del Globo» canta un himno a
la Religión, celebra la virtud sobrenatural del Navegante, ofrece a la iglesia
del Cristo una palma de luz. Barbey se entusiasmó, no le escatimó sus
alabanzas, le proclamó el más osado y verecundo de los escritores
católicos, y le anunció el día de la victoria, el premio de sus bregas. Le
preconizó vencedor y famoso. No fué profeta. Rara será la persona que,
no digo entre nosotros, sino en el mismo París, si le preguntáis: «¿Avez-
vous la Baruch?» ¿ha leído usted algo de León Bloy? responda
afirmativamente. Está condenado por el papado de lo mediocre: está
puesto en el índice de la hipocresía social; y, literariamente, tampoco
cuenta con simpatías, ni logrará alcanzarlas, sino en número bastante
reducido. No pueden saborearle los asiduos gustadores de los jarabes y
vinos de la literatura a la moda, y menos los comedores de pan sin sal, los
porosos fabricantes de crítica exegética, cloróticos de estilo, raquíticos o
cacoquimios. ¡Cómo alzará las manos, lleno de espanto, el rebaño de
afeminados, al oir los truenos de Bloy, sus fulminantes escatalogias, sus
«cargas» proféticas y el estallido de sus bombas de dinamita fecal!
Si el «Revelador del Globo» tuvo muy pocos lectores, los «Propos», con el
atractivo de la injuria circularon aquí, allá; la prensa, naturalmente, ni
media palabra. Aquí se declara Bloy el perseguidor y el combatiente. Vese
en él una ansia de pugilato, un gozo de correr a la campaña semejante al
del caballo bíblico, que relincha al oir el son de las trompetas. Es poeta y
es héroe y pone al lado del peligro su fuerte pecho. El escucha una voz
sobrenatural que le impulsa al combate. Como San Macario Romano, vive
acompañado de leones, mas son los suyos fieros y sanguinarios y los
arroja sobre aquello que su cólera señala.
Este artista—porque Bloy es un grande artista—se lamenta de la pérdida
del entusiasmo, de la frialdad de estos tiempos para con todo aquello que
por el cultivo del ideal o los resplandores de la fe nos pueda salvar de la
banalidad y sequedad contemporánea. Nuestros padres eran mejores que
nosotros, tenían entusiasmo por algo; buenos burgueses de 1830, valían
mil veces más que nosotros. Foy, Beranger, la Libertad, Víctor Hugo, eran
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motivos de lucha, dioses de la religión del Entusiasmo. Se tenía fe,
entusiasmo por alguna cosa. Hoy es el indiferentismo como una anquilosis
moral; no se piensa con ardor en nada, no se aspira con alma y vida a
ideal alguno. Eso poco más o menos piensa el nostálgico de los tiempos
pasados, que fueron mejores.
Una de las primeras víctimas de «Propos» elegida por el Sacrificador, es
un hermano suyo en creencias, un católico que ha tenido en este siglo la
preponderancia de guerrero oficial de la Iglesia, por decir así, Luis Veuillot.
A los veintidós días de muerto el redactor de «L’Univers», publicó Bloy en
la «Nouvelle Revue» una formidable oración fúnebre, una severísima
apreciación sobre el periodista mimado de la curia. Naturalmente, los
católicos inofensivos protestaron, y el innumerable grupo de partidarios del
célebre difunto señaló aquella producción como digna de reproches y
excomuniones. Bloy no faltó a la caridad—virtud real e imperial en la tierra
y en el cielo—; lo que hizo fué descubrir lo censurable de un hombre que
había sido elevado a altura inconcebible por el espíritu de partido, y
endiosado a tal punto que apagó con sus aureolas artificiales los rayos de
astros verdaderos como los Hello y Barbey. Bloy no quiere, no puede
permanecer con los labios cerrados delante de la injusticia; señaló al
orgulloso, hizo resaltar una vez más la carneril estupidez de la
Opinión—esfinge con cabeza de asno, que dice Pascal—, y demostró las
flaquezas, hinchazones, ignorancias, vanidades, injusticias y aun villanías
del celebrado y triunfante autor del «Perfume de Roma.» Si a los de su
gremio trata implacable León Bloy, con los declarados enemigos es
dantesco en sus suplicios; a Renán ¡al gran Renán! le empala sobre el
bastón de la pedantería; a Zola le sofoca en un ambiente sulfídrico.
Grandes, medianos y pequeños son medidos con igual rasero. Todo lo que
halla al alcance de su flecha, lo ataca ese sagitario del moderno Bajo
Imperio social e intelectual. Poctevin, a quien él con clara injusticia llama
«un monsieur Francis Poctevin», sufre un furibundo vapuleo; Alejandro
Dumas padre es el «hijo mayor de Caín»; a Nicolardet le revuelca y golpea
a puntapiés; con Richepin es de una crueldad horrible; con Jules Vallés
despreciativo e insultante; flagela a Willette, a quien había alabado, porque
prostituyó su talento en un dibujo sacrílego; no es miel la que ofrece a
Coquelin Cadet; al padre Didon le presenta grotesco y malo; a Catulle
Mendés... ¡qué pintura la que hace de Mendés!; con motivo de una estatua
de Coligny, recordando «La cólera del Bronce», de Hugo, en su prosa
renueva la protesta del bronce colérico... azota a Flor O’Squarr, novelista
anticlerical; la fracmasonería recibe un aguacero de fuego. Hay alabanzas
51
a Barbey, a Rollinat, a Godeau, a muy pocos. Bloy tiene el elogio difícil. De
«Propos» dice con justicia uno de los pocos escritores que se hayan
ocupado de Bloy, que son el testamento de un desesperado, y que
después de escribir ese libro, no habría otro camino, para su autor, si no
fuese católico, que el del suicidio. No hay en León Bloy injusticia sino
exceso de celo. Se ha consagrado a aplicar a la sociedad actual los
cauterios de su palabra nerviosa e indignada. Donde quiera que encuentra
la enfermedad la denuncia. Cuando fundó «Le Pal», despedazó como
nunca. En este periódico que no alcanzó sino a cuatro números, desfilaban
los nombres más conocidos de Francia bajo una tempestad de epítetos
corrosivos, de frases mordientes, de revelaciones aplastadoras. El
lenguaje era una mezcla de deslumbrantes metáforas y bajas groserías,
verbos impuros y adjetivos estercolarios. Como a todos los grandes
castos, a León Bloy le persiguen las imágenes carnales; y a semejanza de
poetas y videntes como Dante y Ezequiel, levanta las palabras más
indignas e impronunciables y las engasta en sus metálicos y
deslumbrantes períodos.
«Le Pal» es hoy una curiosidad bibliográfica, y la muestra más flagrante de
la fuerza rabiosa del primero de los «panfletistas» de este siglo.
Llegamos a «El Desesperado», que es a mi entender la obra maestra de
León Bloy. Más aun: juzgo que ese libro encierra una dolorosa
autobiografía. «El Desesperado» es el autor mismo, y grita denostando y
maldiciendo con toda la fuerza de su desesperación.
En esa novela, a través de pseudónimos transparentes y de nombres
fonéticamente semejantes a los de los tipos originales, se ven pasar las
figuras de los principales favoritos de la Gloria literaria actual, desnudos,
con sus lunares, cicatrices, lacras y jorobas. Marchenoir, el protagonista,
es una creación sombría y hermosa al lado de la cual aparecen los
condenados por el inflexible demoledor, como cadena de presidiarios.
Esos galeotes tienen nombres ilustres: se llaman Paul Bourget, Sarcey,
Daudet, Catulle Mendés, Armand Silvestre, Jean Richepin, Bergerat, Jules
Vallés, Wolff, Bounetain y otros, y otros. Nunca la furia escrita ha tenido
explosión igual.
Para Bloy no hay vocablo que no pueda emplearse. Brotan de sus prosas
emanaciones asfixiantes, gases ahogadores. Pensaríase que pide a
Ezequiel una parte de su plato, en la plaza pública... Y en medio de tan
profunda rabia y ferocidad indomable, ¡cómo tiembla en los ojos del
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monstruo la humedad divina de las lágrimas; cómo ama el loco a los
pequeños y humildes; cómo dentro del cuerpo del oso arde el corazón de
Francisco de Asis! Su compasión envuelve a todo caído, desde Caín hasta
Bazaine.
Esa pobre prostituta que se arrepiente de su vida infame y vive con
Marchenoir, como pudiera vivir María Egipciaca con el monje Zózimo, en
amor divino y plegaria, supera a todas las Magdalenas. No puede pintarse
el arrepentimiento con mayor grandeza y León Bloy, que trata con hondo
afecto la figura de la desgraciada, en vez de escribir obra de novelista ha
escrito obra de hagiografo, igualando en su empresa, por fervor y luces
espirituales, a un Evagrio del Ponto, a un San Atanasio, a un Fra
Domenico Cavalca. Su arrepentida es una santa y una mártir: jamás del
estiércol pudiera brotar flor más digna del paraíso. Y Marchenoir es la
representación de la inmortal virtud, de la honradez eterna, en medio de
las abominaciones y de los pecados; es Lot en Sodoma. «El desesperado»
como obra literaria encierra, fuera del mérito de la novela, dos partes
magistrales: una monografía sobre la Cartuja, y un estudio sobre el
Simbolismo en la historia, que Charles Morice califica de «único», muy
justamente.
«Un brelan d’excomunniés», tríptico soberbio, las imágenes de tres
excomulgados: Barbey d’Aurevilly, Ernest Hello, Paul Verlaine: «El Niño
terrible», «El Loco» y «El Leproso.» ¿No existe en el mismo Bloy un algo
de cada uno de ellos? El nos presenta a esos tres seres prodigiosos;
Barbey, el dandy gentilhombre, a quien se llamó el duque de Guisa de la
literatura, el escritor feudal que ponía encajes y galones a su vestido y a su
estilo, y que por noble y grande hubiera podido beber en el vaso de
Carlomagno; Hello, que poseyó el verbo de los profetas y la ciencia de los
doctores; Verlaine, Pauvre Lelian, el desventurado, el caído, pero también
el harmonioso místico, el inmenso poeta del amor inmortal y de la Virgen.
Ellos son de aquellos raros a quienes Bloy quema su incienso, porque al
par que han sido grandes, han padecido naufragios y miserias.
Como una continuación de su primer volumen sobre el «Revelador del
Globo», publicó Bloy, cuando el duque de Veraguas llevó a la tauromaquia
a París, su libro «Christophe Colombo devant les taureaux.» El honorable
ganadero de las Españas no volverá a oir sobre su cabeza ducal una voz
tan terrible hasta que escuche el clarín del día del juicio. En ese libro
alternan sones de órgano con chasquidos de látigos, himnos cristianos y
53
frases de Juvenal; con un encarnizamiento despiadado se asa al noble
taurófilo en el toro de bronce de Falaris. La Real Academia de la Historia,
Fernández Duro, el historiógrafo yankee Harisses, son también objeto de
las iras del libelista. Dé gracias a Dios el que fué mi buen amigo don Luis
Vidart de que todavía no se hubiesen publicado en aquella ocasión sus
folletos anticolombinos. Bloy se proclamó caballero de Colón en una
especie de sublime quijotismo, y arremetió contra todos los enemigos de
su Santo genovés.
Y he aquí una obra de pasión y de piedad, «La caballera de la muerte.» Es
la presentación apologética de la blanca paloma real sacrificada por la
Bestia revolucionaria, y al propio tiempo la condenación del siglo pasado,
«el único siglo indigno de los fastos de nuestro planeta, dice William Ritter,
siglo que sería preciso poder suprimir para castigarle por haberse rebajado
tanto.» En estas páginas, el lenguaje, si siempre relampagueante, es noble
y digno de todos los oídos.
El panegirista de María Antonieta ha elevado en memoria de la reina
guillotinada un mausoleo heráldico y sagrado, al cual todo espíritu
aristocrático y superior no puede menos que saludar con doloroso respeto.
Los dos últimos libros de Bloy son «Le Salut par les juifs» y «Sueur de
sang.»
El primero no es por cierto en favor de los perseguidos israelitas; más
también los rayos caen sobre ciertos malos católicos: la caridad frenética
de Bloy comienza por casa. El segundo es una colección de cuentos
militares, y que son a la guerra francoprusiana lo que el aplaudido libro de
d’Esparbés a la epopeya napoleónica; con la diferencia de que allá os
queda la impresión gloriosa del vuelo del águila de la leyenda, y aquí la
Francia suda sangre... Para dar una idea de lo que es esta reciente
producción, baste con copiar la dedicatoria:
A LA MÉMOIRE DIFFAMÉE
de
François-Achille Bazaine
Maréchal de l’Empire
Qui porta les péchés de toute la France.
Están los cuentos basados en la realidad, por más que en ellos se llegue a
lo fantástico. Es un libro que hace daño con sus espantos sepulcrales, sus
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carnicerías locas, su olor a carne quemada, a cadaverina y a pólvora. Bloy
se batió con el alemán de soldado raso; y odio como el suyo al enemigo,
no lo encontraréis. «Sueur de sang» fué ilustrado con tres dibujos de
Henry de Groux, macabros, horribles, vampirizados.
Robusto, como para las luchas, de aire enérgico y dominante, mirada firme
y honrada, frente espaciosa coronada por una cabellera en que ya ha
nevado, rostro de hombre que mucho ha sufrido y que tiene el orgullo de
su pureza: tal es León Bloy.
Un amigo mío, católico, escritor de brillante talento, y por el cual he
conocido al Perseguidor, me decía: «Este hombre se perderá por la
soberbia de su virtud, y por su falta de caridad.» Se perdería si tuviese las
alucinaciones de un Lamennais, y si no latiese en él un corazón antiguo,
lleno de verdadera fe y de santo entusiasmo.
Es el hombre destinado por Dios para clamar en medio de nuestras
humillaciones presentes. El siente que «alguien» le dice al oído que debe
cumplir con su misión de Perseguidor, y la cumple, aunque a su voz se
hagan los indiferentes los «príncipes de Sodoma» y las «Archiduquesas de
Gomorra». Tiene la vasta fuerza de ser un fanático. El fanatismo, en
cualquier terreno, es el calor, es la vida: indica que el alma está toda
entera en su obra de elección. ¡El fanatismo es soplo que viene de lo alto,
luz que irradia en los nimbos y aureolas de los santos y de los genios!
55
JEAN RICHEPIN
A propósito de «Mes Paradis»
Para frontispicio de estas líneas, ¿qué pintor, qué dibujante puede darme
retrato mejor que el que ha hecho Teodoro de Banville, en este precioso
esmalte?
«Este cantor, de toisón y negro rostro ambarino, ha resuelto parecerse a
un príncipe indio, sin duda con el objeto de poder desparramar, sin llamar
la atención, un montón de perlas, de rubíes, de zafiros y de crisólitos. Sus
cejas rectas casi se juntan, y sus ojos hundidos, de pupilas grises,
estriados y circulados de amarillo, permanecen comunmente como
durmientes y turbados, coléricos, lanzan relámpagos de acero. La nariz
pequeña, casi recta, redondamente terminada, tiene las ventanillas
móviles y expresivas; la boca pequeña, roja, bien modelada y dibujada,
finamente voluptuosa y amorosa; los dientes cortos, estrechos, blancos,
bien ordenados, sólidos como para comer hierro; dan una original y viril
belleza al poeta de las «Caricias.» La largura avanzada de la mandíbula
inferior, desaparece bajo la linda barba rizada y ahorquillada; y ocultando
sin duda una alta y espaciosa frente, de la cima del cráneo se precipita
hasta sobre los ojos una mar de hondas apretadas: es la espesa y brillante
y negra y ondulante cabellera.» Confrontando esta pintura con la agua-
fuerte de León Bloy, la fisonomía adquiere sus rasgos absolutos: sea al
amor de aquella cariñosa efigie, o al corrosivo efecto de los ácidos del
panfletista, la figura de Richepin es interesante y hermosa. Robusto y
gallardo, tiene a orgullo el ser turanio, bohemio, cómico y gimnasta. Hace
sus versos a su imagen y semejanza, bien vertebrados y musculosos;
monta bien en Pegaso como domaría potros en la pampa; alza los cantos
metálicos de sus poemas como un hércules sus esferas de hierro, y juega
con ellos, haciendo gala de bíceps, potente y sanguíneo. En el feudalismo
artístico en que Hugo es Burgrave, Richepin es barón bárbaro, gran
cazador cuyo cuerno asorda el bosque y a cuyo halalí pasa la
tempestuosa tropa cinegética, en un galope ronco y sonoro, tras la furia
erizada y fugitiva de los jabalíes y los vuelos violentos de los ciervos.
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Los que le colocan en el principado del «cabotinismo», ¿no creen que
tenga derecho este hombre fuerte a cortarle la cola a su león?
No son pocos los golpes que ha recibido y recibe, desde la catapulta de
Bloy hasta las flechas rabelesianas de Laurent Tailhade. A todos resiste,
acorazando su carne de atleta con las planchas de bronce de su confiada
soberbia. Busca lo rojo, como los toros, los negros y las mujeres
andaluzas, princesas de los claveles: de sus instrumentos el tímpano y la
trompeta; de sus bebidas el vino, hermano de la sangre; de sus flores las
rosas pletóricas: de su mar las ásperas sales, los iodos y los fósforos.
Como Baudelaire, revienta petardos verbales para espantar esas cosas
que se llaman «las gentes.» No de otro modo puede tomarse la ocurrencia
que Bloy asegura haber oído de sus labios, superior, indudablemente, a la
del jardinero de las «Flores del Mal», que alababa el sabor de los sesos de
niño...
La «chanson des gueux», fué la fanfarria que anunció la entrada de ese
vencedor que se ciñó su corona de laureles en los bancos de la policía
correccional. «Mon livre n’a point de feuille de vigne et je m’en flatte.»
Voluntariamente encanallado, canta a la canalla, se enrola en las turbas de
los perdidos, repite las canciones de los mendigos, los estribillos de las
prostitutas; engasta en un oro lírico las perlas enfermas de los burdeles;
Píndaro «atorrante» suelta las alondras de sus odas desde el arrollo. Los
jaques de Quevedo no vestían los harapos de púrpura de esos jaques; los
borrachos de Villón no cantaban más triunfantemente que esos borrachos.
Cínica y grosera, la musa arremangada baila un «chahut» vertiginoso;
vemos a un mismo tiempo el Moulin Rouge y el Olimpo; las páginas están
impregnadas de acres perfumes; brilla la tea anárquica; los pobres cantan
la canción del oro; el coro de las nueve hermanas, ya en ritmos tristes o en
rimas joviales, se expresa en «argot»; la Miseria, gitana pálida y
embriagada, danza un prodigioso paso, y de Orión y Arturo forma sus
castañuelas de oro. La creación tiene su himno; las bestias, las plantas,
las cosas, exhalan su aliento o su voz; los jóvenes vagabundos se juntan
con los ancianos limosneros; el son del pifferaro responde a la romanza
gastada del organillo. Oid un canto a Raul Pouchon, valiente cancionero
de París, mientras rimando una frase en griego de Platón, se prepara el
juglar a disculparse de su amor por las máscaras, apoyado en el brazo de
Shakespeare.
Se ha dicho que no es la voz de los verdaderos «gueux» la que ha sonado
57
en la bocina de Richepin, y que su sentimiento popular es falsificado; el
mismo Arístides Bruant, clarín de la canción, le aplaude con reservas y
señala su falta de sinceridad. No he de juzgar por esto menos poeta a
quien ha revestido con las más bellas preseas de la harmonía el poema
vasto y profundo de los miserables.
En «Las Caricias» se ve al virtuoso, al ejecutante, al organista del verso;
acuña sonetos como medallas y esterlinas; tiene la ligereza y el vigor;
chispas y llamaradas, saltantes «pizzicati» y prestigiosas fugas.
Como tirada por catorce cisnes, la barca del soneto recorre el lago de la
universal poesía; a su paso saluda el piloto paraísos de Grecia,
encantadas islas medioevales, soñadas Cápuas, divinos Eldorados; hasta
anclar cerca de un edén Watteau, que se percibe en el país de un abanico
de catorce varillas. La delicadeza y distinción del poeta dan a entender que
lo púgil no quita lo Buckingham.
En este poema, como en todos los poemas, como en todos los libros de
Richepin, encontraréis la obsesión de la carne, una furia erótica
manifestada en símiles sexuales, una fraseología plástico-genital que
cantaridiza la estrofa hasta hacerla vibrar como aguijoneada por cálida
brama; un culto fálico comparable al que brilla con carbones de un
adorable y dominante infierno en los versos del raro, total, soberano poeta
del amor epidérmico y omnipotente: Algernon C. Swinburne.
Al eco de un rondó vais al país de las hadas y de los príncipes de los
cuentos azules; huelen los campos florecidos de madrigales; tras el reino
de Floreal, Thermidor os enseñará su región, en donde a la entrada, se
balancea un macabro ahorcado alegre, que me hace recordar cierta agua-
fuerte de Felicien Rops, que apareció en el frontispicio de las poesías del
belga Théodore Hannon. Tras las brumas de Brumario, Nivoso dirige sus
bailarinas en un amargo cancán; y después de estas caricias, de estas
«Caricias», queda en el ánimo una pena tan honda, como la que aprieta y
persigue a los fornicarios en los tratados de los fisiólogos y la anunciada
en los versículos de los libros santos.
En «Las Blasfemias» brota una demencia vertiginosa. El título no más del
poema, toca un bombo infamante. Lo han tocado antes, Baudelaire con
sus «Letanías de Satán» y el autor de la «Oda a Priapo.» Esos títulos son
comparables a los que decoran, con cromos vistosos los editores de
cuentos obscenos. «¡Atención, señores! ¡Voy a blasfemar!» ¿Se quiere
58
mayor atractivo para el hombre, cuyo sentido más desarrollado es el que
Poe llamaba el sentido de perversidad? Y he aquí que aunque la protesta
de hablar palabras sinceras manifestada por Richepin, sea clara y franca,
yo,—sin permitirme formar coro junto con los que le llaman cabotín y
farsante,—miro en su loco hervor de ideas negativas y de revueltas
espumas metafísicas, a un peregrino sediento, a un gran poeta errante en
un calcinado desierto, lleno de desesperación y de deseo, y que por no
encontrar el oasis y la fuente de frescas aguas, maldice, jura y blasfema.
Cuando más, me acercaría a la sombra de Guyau, y vería en esta obra
única y resonante, un concierto de ideas desbarajustadas, una harmonía
de sonidos en un desorden de pensamientos, un capricho de portalira que
quiere asombrar a su auditorio con el estruendo de sonatas estupendas y
originales. De otro modo no se explicaría ese paradojal grupo de sonetos
amargos, en el que las más fundamentales ideas de moral se ven
destrozadas y empapadas en las más abominables deyecciones.
Ese soneto sobre Padre y Madre, forma pareja con la célebre frase
frigorífica que León Bloy asegura haber oído de boca de Richepin. El
carnaval teológico que en las «Blasfemias» constituye la diversión principal
de la fiesta del ateo, con sus cópulas inauditas y sus sacrílegos cuadros
imaginarios, sería motivo para dar razón al iconoclasta Max Nordau, en
sus diagnósticos y afirmaciones. Pocas veces habrá caído la fantasía en
una histeria, en una epilepsia igual; sus espumas asustan, sus
contorsiones la encorvan como un arco de acero, sus huesos crujen, sus
dientes rechinan, sus gritos son clamores de ninfomaníaca; el sadismo se
junta a la profanación: ese vuelo de estrofas condenadas precisa el
exorcismo, la desinfección mística, el agua bendita, las blancas hostias, un
lirio del santuario, un balido del cordero pascual. La cuadrilla infernal de los
dioses caídos no puede ser acompañada sino por el órgano del Silencio.
Habla el ateo con las estrellas, para quedar más fuerte en su negación, y
su plegaria, cuando parodia la oración, como un pájaro sin alas, cae. El
judío errante dice bien sus alejandrinos y prosigue su marcha. Las letanías
de Baudelaire tienen su mejor paráfrasis en la apología que hace Richepin
del Bajísimo.
Con una rodilla en tierra, y en vibrantes versos, entona, él también su
¡Pape Satán, Pape Satán alepe! Mas donde se retrata su tipo desastrado,
es en las que él llama canciones de la sangre: su árbol genealógico florece
rosas de Bohemia: sus antepasados espirituales están entre los invasores,
los parias, los bandidos cabalgantes, los soldados de Atila, los florentinos
59
asesinos, los atormentadores, los sucubos, los hechiceros, y los gitanos.
En esas canciones se encuentra una estrofa harmoniosísima que Guyau
considera como la mejor imitación fonética del galope del caballo,
olvidando el ilustre sabio el verso que todos sabemos desde el colegio:
Cuadrupedantem puten sonitu quatit
ungula campum...
Nada existe de divino para el comedor de ideales; y si hace tabla rasa con
los dioses de todos los cultos y con los mitos de todas las religiones, no
por eso deja de decir a la Razón desvergüenzas, de abominar a la
Naturaleza, montón de deyecciones, según él, y de reirse, tonante y
burlón, del Progreso, para señalarse como precursor de un Cristo venidero
cuya aparición saluda, el blasfemo, con los tubos de sus trompetas
alejandrinas. Eran sus intenciones, según confesión propia, cuando echó
al mundo ese poema candente y escandaloso, instaurar a su modo una
moral, una política y una cosmogonía materialista. Para esto debía
publicar después de las «Blasfemias», el «Paraíso del Ateo», el
«Evangelio del Antecristo» y las «Canciones eternas.» El poema nuevo
«Mis paraísos» corresponde a aquel plan.
Una palabra siquiera sobre una de las obras más fuertes, quizá la más
fuerte, de Jean Richepin: «El Mar.» Desde Lucrecio hasta nuestros días,
no ha vibrado nunca con mayor ímpetu el alma de las cosas, la expresión
de la materia, como en esa abrumadora sucesión de consonantes que
olea, sala, respira, tiene flujo y reflujo, y toda la agitación y todo el encanto
vencedor de la inmensidad marina. De todos los que han rimado o escrito
sobre el mar, tan solamente Tristán Corbiére (de la academia hermética de
los escogidos), ha hecho cantar mejor la lengua de la onda y del viento, la
melodía oceánica. Hay que saber que Richepin, como Corbière, conoce
prácticamente las aventuras de los marineros y de los pescadores, y bajo
sus pies ha sentido los sacudimientos de la piel azul de la hidra. No sé si
de grumete empezó; pero sí que ha hecho la guardia, a la media noche,
delante de la mirada de oro de las estrellas; y envuelto en la bruma de las
madrugadas, ha dicho entre dientes las canciones que saben los lobos de
mar. Loti delante de él es un «sportman», un «yachtman»; René Maizeroy,
un elegante que va a tomar las aguas a Trouville; Michelet, un admirable
profesor; solamente Corbière le presta su pipa y su cuchillo y le aplaude
cuando salmodia sus cristalizadas letanías, o enmarca maravillosas
marinas que no han sabido crear los pintores de Holanda, o retrata y
60
esculpe los tipos de a bordo, o con la linterna mágica de un poder
imaginativo excepcional ilumina cuadros fantasmagóricos sobre las olas,
concertando la muda melodía de los castos astros con la polémica eterna
de las ebrias espumas.
El Richepin prosista ha cosechado laureles y silbas; pues si con sus
cuadros urbanos de París ha realizado una obra única, con sus novelas ha
llegado hasta las puertas aterradoras del folletín. Jamás creería yo en un
rebajamiento intelectual de tan alado poeta, y no seré de los que lo
aburguesan, a causa de tal o cual producción; y que son los mismos que
llaman a Zola «un monsieur a génie.» Mme. André se va con sus tristezas
humanas; y «Braves gens» junto con Miark, ceden el paso al «conteur.»
Pues si algún poder tiene Richepin después del de lírico, es el que le dá la
forma rápida y vivaz del cuento. Ya nos pinte las intimidades de los
cómicos, a los cuales le acerca una simpatía irresistible; ya vaya al jardín
de Poe a cortar adelfas o arrancar mandrágoras, al lívido resplandor de las
pesadillas; ya juegue con la muerte, o se declare paladín de anarquistas,
humillando, mal poeta en esto, la idea indestructible de las jerarquías, su
palabra tiene carne y sangre, vive y se agita, y os hará estremecer.
En «Mes Paradis» hay ya una ascensión. Como las «Blasfemias», el
poema está dedicado a Maurice Bouchor. Quien, espiritual y místico,
deberá aplaudir el cambio experimentado en el ateo. Ya no todo está
regido por la fatalidad, ni el Mal es el invencible emperador. La explicación
podrá quizá encontrarse en esta declaración del poeta: «Las Blasfemias»
fueron escritas de veinte a treinta años, y «Mis Paraísos», de treinta a
cuarenta.» Comienza su último poema con un tono casi prosáico, y
protesta su buena voluntad y la sinceridad de su pensamiento. Buen
gladiador, hace su saludo antes de entrar en la lucha. Luego, las primeras
bestias fieras que le salen al encuentro son dragones de ensueño, o frías
víboras bíblicas que nos vienen a repetir una vez más que en el fondo de
toda copa hay amargura, y que la rosa tiene su espina y la mujer su
engaño. Vuelve Richepin a ver al diablo, a quien canta en sonoros versos
de pie quebrado; antes le había visto igual físicamente a un hermano de
Bouchor, ahora le adula, le ruega y le habla en su idioma, como un
ferviente adorador de las misas negras.
Pero no todo es negación, puesto que hay una voz secreta que pone en el
cerebro del soñador la simiente de la probabilidad.
Para ser discípulo del demonio, Richepin filosofa demasiado, y, sobre
61
todo, el tejido de su filosofía sopla un buen aire que augura tiempo mejor.
La barca en que va, con rumbo a las Islas de Oro, pasa por muchos
escollos, es cierto; pero esto nos da motivo para oir el suave son de muy
lindas baladas. Sensual sobre todo, el predicador del culto de la materia
nos dice cosas viejas y bien sabidas. ¿Es acaso nuevo el principio que
resume la mayor parte de estas primeras poesías: «comamos, bebamos,
gocemos, que mañana todo habrá concluído?» ¿O este otro: «vale más
pájaro en mano que buitre volando?» Oh, sí; los panales, las rosas, los
senos de las mujeres, las uvas y los vinos, son cosas que nos halagan y
encantan; pero ¿esto es todo? Diré con el mismo Richepin: «Poète, n’as tu
pas des ailes?»
El amor a los humildes se advierte en toda esta obra; no un amor que se
cierne desde la altura del numen, sino un compañerismo fraternal que
junta al poeta con los «gueux» de antaño. Las canciones transcienden a
olores tabernarios. Decididamente, ese duque vestido de oro tiene una
tendencia marcada al «atorrantismo.» Gracias a Dios, que buen aire ha
inflado las velas y tenemos a la vista las costas de las anunciadas áureas
islas. Sabemos aquí que la vida vale la pena de nacer; que nuestro cuerpo
tiene un reino extenso y rico; que nada hay como el placer, y que la
felicidad consiste en la satisfacción de nuestros instintos. Islas de oro
pálido, islas de oro negro, islas de oro rojo, ¿son estas las flores que
brotan en vuestras maravillosas campiñas?
Lo que llama al paso mi atención son dos coincidencias que no tocan en
nada la amazónica originalidad de Richepin, pero me traen a la memoria
conocidísimas obras de dos grandes maestros. En la página 229 de «Mes
Paradis» tiembla la cabellera de Gautier, y en página 368 se lee:
Enivre-toi quand même, et non moins follement,
de tout ce qui survit au rapide moment,
des chimères, de l’art, du beau, du vin, des rêves
qu’on vendange en passant aux réalités brèves, etc.
Lo cual se encuentra más o menos en uno de los admirables poemas en
prosa de Baudelaire.
Todo hay, en fin, en esas islas de oro: maravillas de poesía satiriaca,
estrofas en que ha querido demostrar Richepin como él también puede
igualar las exquisiteces de la poética simbolista; paisajes de suprema
belleza, decoraciones orientales, ritmos y estrofas de una lengua asiática
62
en que triunfa el millonario de vocablos y de recursos artísticos;
relámpagos de pasión y ternuras súbitas; las apoteosis del hogar y la
poetización de las cosas más prosáicas; las flautas y harpas de Verlaine
se unen a las orquestas parnasianas; el treno, el terceto monorrimo de los
himnos latinos precede al verso libre; el elogio de la palabra está hecho en
alejandrinos que parecen continuación de los célebres de Hugo, y si turba
la harmonía órfica la obsesión de la metafísica, pronto nos salva de la
confusión o del aburrimiento al galope metálico y musical de las cuádrigas
de hemistiquios. En largo discurso rimado nos explicará por qué es a
veces prosáico, o trivial. Su pensamiento pesa mucho, y no pueden
arrastrarlo en ocasiones las palabras.
Islas de oro pálido, islas de oro rubio, islas de oro negro, todas sois como
países de ensueño. No hay arcos de plata y flores para recibir al
catecúmeno. Richepin no es aún el elegido de la Fe. Lo que hay de
consolador y de divino en este poema es que al concluir presenciamos la
apoteosis del amor. Y el Amor lleva a Dios tanto o más que la Fe. Amor
carnal, amor ideal, amor de todas las cosas, atracción, imán, beso,
simpatía, rima, ritmo, ¡el amor es la visión de Dios sobre la faz de la tierra!
Y pues que vamos a esos paraísos, a esas islas de oro, celebremos la
blancura de las velas de seda, el vuelo de los remos, el marfil del timón, la
proa dorada, curva como un brazo de lira, el agua azul, ¡y la eterna corona
de diamantes de la Reina Poesía!
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JEAN MOREAS
El retrato que el holandés Byvanck hizo de Moreas en un libro publicado
no ha mucho tiempo, no es de una completa exactitud. Moreas no está
contento con la imagen pintada por el Teniers filólogo, como llama Anatole
France al profesor de Hilversum. Ha llegado hasta calificar a éste, en el
calor de la conversación, sencillamente de «imbécil.» Palabra que no osé
contradecir, aunque me pareció harto dura e injusta, y de todo punto
inaplicable para el excelente villonista, para el «sabio pensativo» para
quien, según el mismo France, con todo y ser filólogo, se interesa por el
movimiento intelectual...
Cierto es que en su libro, a vuelta de justos elogios y de una admiración
que demuestra indudablemente su sinceridad, nos ha dado un Moreas
caricatural, un Moreas inadmisible para los que tenemos el gusto de
conocerle. Y no puede ser excusa salvadora, el que las anécdotas bufas
referentes al poeta estén en la narración de Byvanck puestas en los labios
de antiguos amigos del hoy jefe de la escuela romana. ¡Todo lo contrario!
Bien sabe el pensador de Holanda que del «cher confrère» y del «cher
maître» gustan mucho los dientes literarios en todas partes del mundo...
Un mordisco al «querido compañero», un arañazo al «querido maestro»,
no hay nada mejor, principalmente cuando ello va acompañado con la
salsa del ridículo! Es un don especial del lobo humano. Al lobo humano
parece que el arte le pusiese en el hígado una extraña y áspera bilis.
Hasta hoy no se ha visto sino muy raras veces una amistad profunda,
verdadera, desinteresada, y dulcemente franca, entre dos hombres de
letras. ¡Y los poetas, esos amables y luminosos pájaros de alas azules!
Los triunfos de Moreas, enconaron a muchos de sus colegas. El banquete
que se dió, cuando la aparición del primer «Pelerin Passionné» fué causa
de bastantes rencores. No impunemente se logra una victoria.
Moreas, si es que era tal como aparece retratado en el libro de Byvanck,
ha cambiado en dos años muy mucho. Cierto es que hay algo en él del
espadachín idealizado en sus hermosos versos:
La main de noir gantée a la hanche campée,
64
avec sa toque à plume, avec sa longue epée,
il passe sous les hauts balcons indolemment.
Por lo demás, si usa siempre el «monocle», no dice «Píndaro y yo», ni se
admira de tener las manos blancas y finas. La «toque a plume» es un
flamante sombrero de copa; su traje es correcto, de intachable corte. Alta y
serena frente; cabello de klepto; porque, como en París se sabe, Moreas,
es griego de Galia.
«No es un pachá, es un klepto de negra cabellera.» Cuerpo fuerte y bien
erguido, manos aristocráticas, el aire un si es no es altivo y sonrientemente
desdeñoso; gestos de gran señor de raza; bigotes bien cuidados. Y entre
todo esto, una nariz soberbia y orgullosa, a propósito de la cual, un
periodista risueño, ha dicho que Moreas es semejante a una cacatúa.
¿Qué misteriosa razón hará que ese apéndice facial llame tanto la
atención de la crítica? La nariz de Moreas es, vuelvo a repetirlo, una
soberbia y orgullosa nariz, ni atrozmente aumentada con un garbanzo,
como la de Cicerón, ni tan desarrollada como la de Cornéille, ni fea hasta
la provocación y el insulto, como la de Cyrano de Bergerac. En resumen,
nuestro poeta tiene un gallardo tipo de caballero.
Con ropilla y sombrero emplumado, se podría afirmar: «Velázquez pinxit.»
Como Ronsard y como Chenier tiene en las venas sangre de Grecia. Su
familia es originaria del Epiro y su apellido es ilustre: Diamanto; precedido
de la palabra Papa, y seguido de la terminación «poulos», lo primero para
indicar que hay entre los miembros que ilustran la casa, un gerarca de la
iglesia, y lo segundo, que es en griego equivalente al «off», al «vitch» o al
«ski» slavos. A principios del siglo, esa familia de nombre inmenso,
«Papadiamantopoulos», emigró al Peloponeso, a la Morea; y de aquí el
nuevo nombre, el nombre adoptivo hoy en uso. El poeta es de raza de
héroes. Su abuelo fué un gran luchador por la libertad de la Grecia. Su
padre había quedado en la capital y era dignatario de la corte del rey
bávaro Othon, impuesto por las potencias. «Y aquí,—decía Moreas a
Byvanck,—y aquí comienza la historia de mi rebelión. Mis padres habían
concebido una alta idea de mi porvenir y querían enviarme a Alemania,
donde recibiría una buena educación. Hay que recordar que la influencia
alemana prevalecía en la corte. Había aprendido a un tiempo griego y
francés, y no separaba ambas lenguas. Quería ver la Francia; niño aun, ya
tenía la nostalgia de París. Creyeron forzar mi resistencia, enviándome a
Alemania, y me volví dos veces. En fin, me fuí a Marsella y de allí a París.
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Era que el destino me señalaba mi ruta; pues yo era aún muy joven para
darme cuenta de mis acciones. He sufrido horriblemente; pero no me he
dejado abatir y he mantenido alta la cabeza. Mi familia me reprochaba mi
pereza,—según sus palabras,—y hacía espejear ante mis ojos el alto
empleo que hubiera podido obtener en Atenas. Pero basta. Se siente uno
herido en lo más vivo cuando las personas que ama no le comprenden, y
aun le hieren. Yo nunca he hablado de esto con nadie...»
Y he ahí que ha llegado en la terrible ciudad de la gloria a conquistarse un
envidiado nombre. Después de brega y sufrimiento, el desconocido es ya
«alguien.» Anatole France, a quien siempre habrá que citar, le llama «el
poeta pindárico de palabras lapidarias.» Si Moreas no fuese tan
descuidado de su renombre, si tuviese el don de intriga y de acomodaticia
humildad de muchos de los que fueron antaño sus compañeros, su gloria
habría sido sonoramente cantada por el clarín prostituído de la Fama fácil.
Mas el joven «centauricida» está acorazado de orgullo, casqueado de
desdén olímpico. Alrededor de ese orgullo y ese desdén, se ha formado
más de una leyenda, que circula por los cafés estudiantiles y literarios del
Barrio Latino.
Ya es el Moreas hinchado de pretensiones, irrespetuoso con los genios,
con los Santos Padres de las letras, que observa con su «monocle» a
Píndaro, que blasfema de Hugo y acepta con reservas a Leconte de Lisle;
ya es el Narciso que se deleita con su belleza en un espejo de cervecería;
ya es el corifeo de las primeras armas, que entraba al café seguido de una
cohorte de acólitos papanatas; ya es el rival de Verlaine, que ve de reojo al
fauno maldito; ya el recitador de sus propios versos, que se alaba pontifical
y descaradamente, delante de un concurso asombrado o burlón. Después
de todo, la mala voluntad ha quedado vencida. No hay sino que reconocer
en el autor del «Pelerin Passionné», a un egregio poeta. «El único,—dice
el escritor holandés,—que en todo el mundo civilizado puede hablar de su
Lira y de su Musa, sin caer en ridículo.» Moreas ha tomado muchos
rumbos antes de seguir la senda que hoy lleva. El apareció en el campo de
las letras, como revolucionario. Una nueva escuela acababa de surgir,
opuesta hasta cierto punto a la corriente poderosa de Víctor Hugo y sus
hijos los parnasianos; y en todo y por todo, a la invasión creciente del
naturalismo, cuyo pontífice aparecía como un formidable segador de
ideales. Los nuevos luchadores quisieron librar a los espíritus enamorados
de lo bello, de la peste Rougon y de la plaga Macquart. Artistas, ante todo,
eran, entusiastas y bravos, los voluntarios del Arte.
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Tales fueron los decadentes, unidos en un principio, y después separados
por la más extraña de las anarquías, en grupos, subgrupos, variados y
curiosos cenáculos. Moreas, como queda dicho, fué uno de los primeros
combatientes; él, como un decidido y convencido adalid, tuvo que sostener
el brillo de la flamante bandera, contra los innumerables ataques de los
contrarios. Casi toda la prensa parisiense disparaba sus baterías sobre los
recién llegados. Paul Bourde se alzaba implacable en su burla, desde las
columnas del «Temps.» Llamaba a los decadentes con tono de reproche,
hijos de Baudelaire; dirigía sus más certeros proyectiles contra Mallarmé,
Moreas, Laurent Tailhade, Vignier y Charles Morice; y pintaba a los
odiados reformadores, con colores chillones y extravagantes perfiles.
Todos ellos no eran sino una muchedumbre de histéricos, un club de
chiflados. Las fantasías escritas de Moreas, eran según el crítico, sentidas
y vividas. ¿El joven poeta quería ser Khan de Tartaria, o de no sé dónde,
en un bello verso? Pues eso era muestra de un innegable desorden
intelectual. Moreas era un sujeto sospechoso, de deseos crueles y
bárbaros. Además, los decadentes eran enemigos de la salud, de la
alegría, de la vida, en fin. Moreas contestó a Bourde tranquilo y
bizarramente. Le dijo al escritor del más grave de los diarios que no había
motivo para tanta algarada; que el distinguido señor Bourde se hacía eco
de fútiles anécdotas inventadas por alegres desocupados; que ellos, los
decadentes, gustaban del buen vino, y eran poco afectos a las caricias de
la diosa Morfina; que preferían beber en vasos, como el común de los
mortales, y no en el cráneo de sus abuelos; y que, por la noche, en vez de
ir al sábado de los diablos y de las brujas, trabajaban. Defendió a la
censurada Melancolía, de la Risa gala, su gorda y sana enemiga.
«Esquilo, dijo, Dante, Shakespeare, Byron, Goethe, Lamartine, Hugo, los
grandes poetas, no parece que hayan visto en la vida una loca kermesse
de infladas alegrías.» Fué el campeón de las lágrimas. Después se ocupó
de la exterioridad de la poesía decadente y expuso sus cánones. Al poco
tiempo apareció en el «Fígaro» un manifiesto de Moreas. Fué la
declaratoria de la evolución, la anunciación «oficial» del simbolismo. Los
simbolistas eran para los románticos rezagados y para el naturalismo, lo
que el romanticismo para los pelucas de 1830. ¿Pero no eran ellos los de
la joven falanje, nietos de Víctor Hugo?
Ese célebre manifiesto en que aparecían declarados los principios del
simbolismo, el organismo de la naciente escuela, su ritual artístico, su
teoría, sus intentos y sus esperanzas, fué analizado y combatido por
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Anatole France con la manera magistral y la superior fuerza que distinguen
a ese escritor. Moreas respondióle, en unas cuantas líneas, con
caballeresca cortesía, manteniendo, buen paladín, sus ideas. De esto hace
ya algunos años.
Moreas desdeña hoy, mira con cierta reprochable falta de cariño, sus
primeras producciones. ¿Por qué? Ellas marcan el sendero que debía
seguir el talento del autor, son los vuelos en que se ensayaban las alas, y
para el observador o el biógrafo, constituyen valiosísimos documentos.
Nuestro poeta no habla nunca de sus trabajos en prosa. Como todo
verdadero poeta, es un excelente prosador. A pesar de las inextrincables
montañas simbólicas y de las raras brumas, amontonadas en el «The chez
Miranda», o en las «Demoiselles Gobert», ambas obras escritas en
colaboración con Paul Adam, esos dos trabajos primigenios son ya un
augurio de poder y de victoria. Hay en ellos riqueza, derroche de
intelectualidad y de pasión artística. Son revuelta y amontonada pedrería,
joyas regadas; lujo desbordado de la fantasía, locura de ansioso príncipe
adolescente. ¿Que hay distancia de esos libros al último «Pelerín?» Claro
está.
«He crecido»,—dice Hugo en una célebre epístola. El antiguo camarada
de Moreas, el Paul Adam de estos momentos, que corona de gemas
ilustres la cabeza hierática de las princesas bizantinas, ¿no empieza a
mostrar los quilates de sus oros y diamantes allá, al principio, cuando los
tanteos de su pluma delineaban los contornos de un estilo prestigioso y
potente?
El Moreas de «Les Syrtes», no es, en verdad, el lírico capitolino y regio de
los últimos poemas; sin embargo, algunos proferirían muchos de esos
primeros versos a varias de las sinfonías verbales recientemente escritas
por el joven maestro. La razón de esto quizá esté en que hay en la
primavera de su poesía más pasión y menos ciencia. Es innegable que la
orquestación exquisita del verso libre, «la máquina del poema poliformo
modernísimo», son esfuerzos que seducen; más es irresistible aquella
magia, de los vuelos de palomas, de las frescas rosas, bien rimadas en
estrofas harmónicas: la consonancia dulce de los labios, luciente de los
ojos, ideal y celeste de las alas y el lenguaje de la pasión y de la juventud.
Esto, volviendo a afirmar que el verso libre, tal como hoy impera en la
poética francesa, es en manos de una legión triunfante de rimadores,
instrumento precioso, teclado insigne y vasto de incomparable polifonía.
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Mas volvamos a los primeros versos de Moreas. «¡Syrtis inhóspita!»
Clama Ovidio. «Incerta Syrtis», dice Séneca. Aun no ha acabado la aurora
de esperezarse, y ya la barca del joven soñador ha padecido la rudeza de
los escollos. ¡El poeta empieza por el recuerdo! Ya hay un tiempo ido, al
cual el alma vuelve los nostálgicos ojos. Quizá no es la culpa del sonador.
El viene después del enfermo René y del triste Olimpio.
Es el invierno. Arde en la chimenea
El fuero brillador que estalla en chispas,
como dice un poeta mi amigo a quien quiero mucho. Fuera pasan los
vientos de la fría estación. Dentro, el gato mayador se enarca y se estira
lánguidamente. Algo flota sobre la ramazón bordada de los cortinajes.
Es el pasado; es el pasado, que clama lamentando las ternuras acabadas
y los amores difuntos. El recuerdo vuela primero al divino país de Grecia.
Allá es donde «bajo los cielos áticos los crepúsculos radiosos tiñen de
amatista los dioses esculpidos en los frisos de los pórticos; donde en el
follaje argentado de los árboles de torsos flacos, crepitan las agrias
cigarras, ebrias de las copas del Estío.» Es en la tierra de las olímpicas
divinidades y, de las musas, donde la virgen helénica, de florecientes
senos, despertó el amor del adolescente, poniendo el embriagador vino del
primer beso sobre sus labios secos de sed. Luego pasará la dama
enigmática, encarnación del inmortal femenino. Va en una barca mágica o
en una góndola amorosa, y a su paso hacen vibrar el aire los «pizzicatti»
de las mandolinas. Es la mujer ideal del ensueño largo tiempo acariciado,
la dama que se yergue como una flor, con su falda de brocatel, cual
pintado por el viejo Tintoreto. Eva y Helena, hermanas fatales, reinarán
siempre, bajo apariencias distintas. Si un rostro de niña rubia se asoma a
la ventana, será la pálida Margarita. En un paisaje duro y vigoroso, al
canto de las cascadas, brotará la forma de una catalana, de pie pequeño y
ojos brilladores; y en París,—seguramente en un decorado de cámara
privada,—ríe la serpentina parisiense, bajo su sombrero florido.
Y es en ese instante, cuando el poeta casi siempre casto, pone el oído
atento a la lección del encendido Sátiro. Al vagar ideal, hará sus ramilletes
galantes en los parques ducales, cerca de los viejos chambelanes que
madrigalizan. Nos mostrará a esa misteriosa Otilia de labios de bacante y
ojos de madona, que cruza semejante a la vaga figura de un mito, en tanto
que las harpas dejan escapar un trémulo acorde en el salón de las
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armaduras. La oda irá, como una águila, a tocar con sus alas la frente del
vate recordándole las futuras apoteosis de la Gloria. Nuestros ojos se
detendrán ante un retrato de mujer, esfíngico y encantador, o veremos al
enamorado dedicar, adorador de unas blancas manos, perlas a los dedos
liliales. Querrá también, tentado como Parsifal, ofrecer sacrificios a la
Venus carnal y matadora; pero protegido por especial virtud, cual por un
Graal Santo, volverá a flotar en el azul de la eterna idealidad. En el claro
de la luna, un beso. El amor que soñará será triste y sollozante, lleno de
meditaciones y furtivas caricias. Canta su amargura delante de la triunfal
beldad, y, a pesar de la obsesión de los deseos clandestinos, y del soplo
impulsivo de Mefistófeles, el alma flota en un delicado y místico ambiente.
El sueña con la bella vida del amor invencible. La canción invernal
languidece en las cuerdas. La amada y el amado están cerca de las llamas
de oro de la chimenea, y admiran un paisaje de desconocido pintor, donde
en una fiesta de colores corre el agua de una fuente, bajo un toldo de
hojas; se alza a lo lejos, la montaña, y, en primer término, bajo el sol del
trópico, grandes bueyes blancos,—como los del robusto Pierre
Dupont,—elevan hacia el cielo la doble curva de los firmes cuernos. La
feliz pareja sólo soñará un instante, pues pronto llega la amarga onda a
invadir los corazones. Los corazones sangran martirizados como en los
versos de Heine; el invierno será tan sólo nuncio de penas y de
desiluciones; los besos han partido como pájaros en fuga; las rosas están
marchitas, y los brazos deseosos, los brazos viudos, en vano buscarán la
mística figura. Es un cuento de amor, un cuento otoñal, escuchado cuando
el viento de la tarde pasa haciendo temblar las ramas de los árboles
deshojados. Todo muy confuso, diréis, muy wagneriano. Muy bello.
De cuando en cuando convierte el triste los ojos a una visión que presto
desaparece. Son las negras cabelleras, los talles, las caderas
harmoniosas, las pupilas húmedas, de miradas profundas. ¡Y las manos!
Esta deliciosa parte de la escultura femenil, atrae especialmente a Moreas.
¡Qué preciosos retratos nos haría este encantador, de Diana encombando
un arco, o de Ana de Austria deshojando una rosa, o vertiendo en una
copa de plata un poco de sangre moscatel!
Carmencita, la española, desfila, mas no como era de esperar, en un paso
de cachucha o en un giro de fandango; a esa hechicera meridional, canta
el poeta un lied del norte.
Amores, intenciones de amor, ya en la basílica al brillo aurisolar de la
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custodia, o en el aposento tapizado de rosa y aromado de lilas; y como
divino pájaro de un alba inextinguible, se ve al ave azul que resucita las
esperanzas; pero la cual buscara en vano el náufrago, pues volará hacia
esas sirtes en que el propio piloto ha buscado el naufragio. Hasta el final
de este primer libro se siente el influjo del desencanto. Mas aun, la sombra
de Baudelaire sugiere a ese joven ágil y pletórico, que aprendió a amar y a
cantar en Atenas, sugiere vagas ideas obscuras, relámpagos de
satanismo. El se pregunta:
Quel succûbe au pied bot m’a t-il donc envouté?
Sin saberse en qué momentos, han empezado a vegetar en el jardín del
soñador, las plantas que producen las flores del mal. Y sobre el suelo en
que crecen esas plantas, bien pueden ya percibirse a la luz del claro sol,
las huellas del pie hendido de Verlaine. Por allí ha pasado Pan, o el
demonio. La pobre alma quiere librarse de las llamas libertinas, de las
larvas negras, de las salamandras invasoras. Lamenta la pérdida de la
alegría de su corazón, la sequedad de su rosal espiritual, sobre el que ha
agitado las alas un mal vampiro. El tenderá sus brazos a la naturaleza y al
Oriente divino. Pero todas sus quejas serán vanas; y aun más,
incomprensibles. Ya Mallarmé se oye sonar; sus trompetas cabalísticas
auguran una desconocida irrupción de rarezas, bellas, muy bellas y
luminosas, pero caóticas, como una puesta de sol en nuestros cielos
americanos, en que la confusión es el mayor de los encantos.
La adolescencia es ida, y los años de las dulces cosas juveniles, cuando
Julieta nos canta con su dulce voz vencedora de la de la alondra: «¡No te
vayas todavía!» «Las Cantinelas» encierran el nuevo período. El traje del
caballero es de un tono más obscuro. La espada siempre pende al cinto;
se nota el triunfo de los terciopelos sobre los encajes. Ha sufrido el joven
caballero griego. No son por cierto notas alegres las que primero
escuchamos. Los sonetos, que vienen como heraldos, traen vestiduras de
duelo. La pena del placer perdido hace demandar las voces arrulladoras y
los aromas embriagantes; el jardín de Fletcher decorado por la musa
sonámbula de Poe, solloza en sus fuentes; hay una atmósfera de duelo,
de llanto, casi de histerismo, y una luz espectral sirve de sol, o mejor dicho
de luna.
Que je cueille la grappe, et la feuille de myrte
qui tombe, et que je sois à l’abri de la syrte
où j’ai fait si souvent naufrage près du port.
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Así canta el mal herido de desesperanzas.
Su voz se dirige a las hadas propicias, pero ellas no llegan todavía. El va
cerca de la mar, de la mar femenina y maternal, a dejar en sus riberas lo
que queda de sus ensueños y hasta el último hilo de la púrpura de su
orgullo. Su alma está triste hasta la muerte. En el interludio parece que
quisiera entregarse a la felicidad de una alegría ficticia. Así el gaitero de
Gijón de nuestro admirado y querido Campoamor, toca la gaita y rige las
danzas con el alma apuñalada de pena. Gestos, expresiones, impresiones
fugaces, paisajes nocturnos en una calle parisiense; y en las estrofas una
mezcla de vaguedad germánica y de color meridional.
El «never more» fatídico del cuervo de Poe, es escuchado por el cantor
nostálgico, a la luz del gas de París.
Preséntasenos también una legendaria escena nocturna que ya habíamos
visto, lector, acompañada por blanda música, gracias al inmenso cordaje
de la lira de Leconte de Lisle. Los Elfos del norte cantan coronados de
hojas perfumadas y frescas, cuando el caballero de la balada viene en su
caballo negro, haciendo espejear su casco argentino a la luz de la luna. Es
osado, y sus armas no han conocido nunca la vergüenza de las derrotas.
Su corcel va como si fuese alado, a las punzadas de las espuelas de oro.
El caballero muere vencido en las «Odas bárbaras.»
El personaje de Moreas, cuya figura no se alcanza a ver y cuyo caballo
apenas se oye galopar, no es aprisionado por el encanto. En el instante
del nacimiento de la aurora, lo que alcanza a divisarse en la selva es la
silueta del emperador Barbarroja, que medita, apoyada la frente en las
manos.
Pero he aquí que nos ilumina el sol de Florencia. Después de tanta niebla,
halaga por una visión de claros ríos y de puentes pintorescos.
El cielo es azul y entre dos rimas y dos acordes musicales, desfilan una
marquesa enamorada y un envuelto capuchino. Moreas es un exquisito
grabador de viñetas. Riega los madrigales y miniaturas, decora y viste sus
personajes sin que una falta de tocado turbe la exactitud de ese conocedor
de todos los refinamientos.
«Las Asonancias» son bosquejos de leyendas; pocas, pero admirables,
72
cortas, pero conmovedoras. El klepto siente volver a su memoria las
narraciones de la infancia: Maryó tejiendo su lana, vencedora en su
fidelidad; y, tal como se sabe en las narraciones de la isla de Candia, la
mala madre que oye hablar al corazón desde el plato y que después sufre
el castigo de sus crímenes. En esta sección nos deleita el errante perfume
de la fábula, las ingenuas repeticiones de versos y de palabras de los
poemas primitivos, los metros apropiados a la música de las danzas; y
nuestro asonante español, aplicado en estrofas cortas, y en argumentos
donde aparece algún héroe de gesta o alguna princesa de tradición, en
sangrientos sucesos de antiguos adulterios y de incestos inmemoriales.
Poesía de leyenda y de romancero; damas del tiempo de Amadis;
armaduras que se entrechocan en la sombra medioeval.
En cuanto el poeta dirige las riendas de Pegaso a la región de los
conceptos puros, nos sentimos envueltos en una sombra absolutamente
alemana. Su metafísica adormece. Subimos a alturas inaccesibles,
rodeadas de obscuridad. Felizmente pronto entramos al reino encantado
de las ficciones portentosas. Raimondin, corre a nuestra vista, en su
cabalgadura, y la celeste claridad le envuelve en su sutil polvo de plata.
Los castillos del tenebroso encantamiento se deshacen y la Enteléquia,
desnuda, resplandece al amor de la luz del día. No es sino en una fuga
crepuscular donde se esfuma la vieja de Berkeley, el enano Fidogolain,
«que, ni muy loco ni muy vulgar, sabía cantar baladas», y la Muerte, la
Thanatos cabalgante, que exige para el contorno de su esqueleto el lápiz
visionario de Alberto Durero.
Refiriéndose a la concepción que de la dignidad de su arte han tenido dos
ilustres prerafaelistas ingleses—casi huelga nombrarlos: Rossetti y Burne
Jones—dice un escritor britanico que la desventaja única de la elevación
aristocrática de su ideal es la de ser incomprensible excepto para unos
pocos. Algo semejante puede afirmarse de la obra de Moreas.
Tal como los ritos musicales de Beyruth, Meca de los wagneristas, o como
las excelencias delicadas del arte pictórico de los primitivos, las poesías
del autor del «Pelerin Passionné» necesitan para ser apreciadas en su
verdadero valor, de cierto esfuerzo de intelecto, y de cierta iniciación
estética. «Autant en emporte le vent» fué escrito de 1886 a 1887. Es en
ese librito donde se encuentran las que se podrían llamar primeras
manifestaciones quatrocentistas de Moreas. Madeleine, Agnes, Enone,
son encantadoras figuras del siglo décimoquinto; sus facciones exigen la
73
humana sencillez y al propio tiempo la milagrosa expresión de un Botticelli.
La Edad Media es para nuestro poeta como para Dante Gabriel Rossetti,
familiar y amada, y los sujetos que ella le sugiere, son plausiblemente
idealizados, sin una tacha anacrónica, sin una falta o debilidad en la idea
íntima ni en la ornamentación exterior.
El espíritu vuela a los tiempos de la caballería. Leyendo los poemas
medioevales de Moreas se comprende el valor del conocido verso de
Verlaine:
... le Moyen âge énorme et délicat...
El poeta vive la vida de los príncipes enamorados, de los guerreros
galantes. Los lugares que se presentan a nuestra vista son los viejos
castillos tradicionales y poéticos; o alguna decoración que aparece como
por virtud de un ensalmo, o del movimiento de la mano de una hada. Las
parejas llenas de amor, cortan flores en fantásticos parques. Tras un rosal
se alcanza a ver de cuando en cuando, ya la joroba de un bufón, ya la cola
irisada de un pavo real. «Agnes» es una deliciosa y extraña sinfonía. Las
estrofas están construídas de mano maestra, y el alma atenta del artista se
siente acariciada por la repetición de un suave «leit-motive.»
La poética de Moreas está definida en estas cortas palabras del maestro
Mallarmé:
«Une euphonie fragmentée, selon l’assentiment du lecteur intuitif, avec une
ingénue et precieuse justesse...»
En resumen, Moreas posee un alma abierta a la Belleza como la
primavera al sol. Su Musa se adorna con galas de todos los tiempos,
divina cosmopolita e incomparable poliglota. La India y sus mitos le atraen,
Grecia y su teogonía y su cielo de luz y de mármol, y sobre todo, la edad
más poética, la edad de los santos, de los misterios, de las justas, de los
hechos sobrenaturales, la edad terrible y teológica; la edad de los
pontífices omnipotentes y de los reyes de corona de hierro; la edad de
Merlin y de Viviana, de Arturo y sus caballeros; la edad de la lira de Dante,
la Edad Media. El nombre del «Pelerin Passionné» está tomado de
Shakespeare. La colección de versos amorosos de Moreas no tiene con la
del poeta inglés ningún punto de contacto, como no sea el pertenecer al
mismo género, al erótico, y el empleo de variedad de metros y de
caprichos rítmicos. Shakespeare usa desde el verso que equivale en
74
inglés a nuestro endecasílabo español:
When my love swears that she is made of truth,
hasta los «trenos», imitados de los himnos latinos cristianos:
Beauty truth and varity
grace in and simplicity
here enclosed in cinders lie.
Y Moreas, siguiendo las huellas de Lafontaine, ya aumentando o cortando
a la moderna el número de sílabas, ha logrado hacer de sus poemas, con
una técnica delicada y fina, maravillas de harmonía; que por supuesto, no
han dejado de producir escándalo en la crítica oficial.
La aparición del «Pelerin» fué saludada con un gran banquete que presidió
Mallarmé y que fué un resonante triunfo. Fué la exaltación de la obra del
joven luchador, que en aquellos instantes representaba el más bello de los
sacerdocios; el del Arte. Eran ya conocidas esas creaciones y amables
resurrecciones que atraviesan por la senda del Peregrino. Enone, la del
claro rostro, que arrastra en el poema un rico manto constelado de rimas
como piedras preciosas, en una gradería de estrofas de pórfido, y del más
blanco pentélico, el caballero Joë, meditabundo, que en revista mental,
mira el coro de beldades que guarda en su memoria, entre las cuales:
Madame Emelos, la castellana de Hiverdum que se llamaba Bertranda, y
Sancha que engañó al amante con tres capitanes. Doulce, a su vez, es
una princesa de cuento azul.
En el «Pelerin» es donde florece de orgullo el laurel heleno-galo. Sin temor
a la edad contemporánea, se proclama Moreas tal como se juzga. Alaba el
arte que inventa. Mantenedor del renombre griego, de la tradición latina,
no vacila en llevar consigo, junto a la lira de Pindaro, la lanza de Aquiles; y
no hay sino inclinarse ante el orgullo de sus carteles y el esplendor de sus
trofeos. Sus alegorías pastorales son un escogido ramillete eclógico, con
más de una perla que no sería indigna del joyero de la Antología. Y para
concluir: si escuchamos un clamor de trompas, y percibimos una bandera
agitada por un fuerte brazo, es que la campaña Romanista ha sido
empezada. ¡A otros las nieblas hiperbóreas y los dioses de los bárbaros!
El jefe que llega es nuestro bravo caballero; la diosa de azules ojos que le
cubre con su égida es Minerva: la misma que protegerá al editor
Vanier,—según sus editados,—y le hará ganar tanto dinero como Lemerre;
75
y el abanderado, que viene cerca del jefe, henchido de entusiasmo, es el
caballero Mauricio Du Plessis, lugarteniente de la falange, y cuyo «Primer
libro pastoral» es su mejor hoja de servicios.
Moreas confía en su completa victoria. Nuevo Ronsard, tiene por
Casandra una beldad galo-greca. Y él confía en que gracias a sus ritos
Sur de nouvelles fleurs, les abeilles de Grèce
Butineront un miel français.
Y con Racine exclama:
Je me suis applaudi, quand je me suis connu...
Así vive en París, indiferente a todo, desdeñando escribir en los diarios,
enemigo del reportaje; en una existencia independiente, gracias a su
familia «reconciliada ya con las rimas», como dice Mendés; ignorando que
existen Monsieur Carnot, el sistema parlamentario y el socialismo. No ha
parido hembra humana un poeta más poeta...
76
RACHILDE
Tous ceux qui aiment le rare, l’examinent
avec inquiétude.
Maurice Barrès.
Trato de una mujer extraña y escabrosa, de un espíritu único
esfíngicamente solitario en este tiempo finisecular; de un «caso»
curiosísimo y turbador, de la escritora que ha publicado todas sus obras
con este pseudónimo, Rachilde; satánica flor de decadencia picantemente
perfumada, misteriosa y hechicera y mala como un pecado.
Hace algunos años publicóse en Bélgica una novela que llamó la atención
grandemente y que según se dijo había sido condenada por la justicia. No
se trataba de uno de esos libros hipománicos que hicieron célebre al editor
Kistemaekers, en los buenos tiempos del naturalismo; tampoco de esas
cajas de bombones afrodisíacos a lo Mendés, llenas de cintas, aromas y
flores de tocador. Se trataba de un libro de demonómana, de un libro
impregnado de una desconocida u olvidada lujuria, libro cuyo fondo no
había sospechado en los manuales de los confesores: una obra
complicada y refinada, triple e insigne esencia de perversidad. Libro sin
antecedentes, pues a su lado arden completamente aparte, los carbones
encendidos y sangrientos del «divino marqués», y forman grupo separado
las colecciones prisioneras y ocultas en el «inferi» de las bibliotecas. Este
libro se titulaba «Monsieur Venus», el más conocido de una serie en que
desfilan las creaciones más raras y equívocas de un cerebro
malignamente femenino y peregrinamente infame.
Y era una mujer el autor de aquel libro, una dulce y adorable virgen, de
diecinueve años, que apareció a los ojos de Jean Lorrain, que fué a
visitarla, como un sér extraño y pálido, «pero de una palidez de colegiala
estudiosa, una verdadera «jeune fille», un poco delgada, un poco débil, de
manos inquietantes de pequeñez, de perfil grave de efebo griego, o de
joven francés enamorado... y ojos—¡oh los ojos!—grandes, grandes,
cargados de pestañas inverosímiles, y de una claridad de agua, ojos que
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ignoran todo, a punto de creer que Rachilde no ve con esos ojos, sino que
tiene otros detrás de la cabeza para buscar y descubrir los pimientos
rabiosos con que realza sus obras.»
Esa mujer, esa colegiala virginal, esa niña era la sembradora de
mandrágoras, la cultivadora de venenosas orquídeas, la juglaresa
decadente, amansadora de víboras y encantadora de cantáridas, la
escritora ante cuyos libros, tiempos más tarde, se asombrarán, como en
una increíble alucinación, los buscadores de documentos que escriban la
historia moral de nuestro siglo. Los pintores potentes, dice Barbey
d’Aurevilly, pueden pintarlo todo, y su pintura es siempre bastante moral
cuando es trágica y da el horror de las cosas que manifiesta. No hay de
inmoral sino los «Impasibles» y los «Mofadores.»
Rachilde no es impasible ¡qué iba a serlo ese crujiente cordaje de nervios
agitados por una continua y contagiosa vibración!—ni es mofadora,—no
cabe ninguna risa en esas profundidades obscuras del Pecado, ni ante las
lamentables deformaciones y casos de teratolología psíquica que nos
presenta la primera inmoralista de todas las épocas.
Imaginaos el dulce y puro sueño de una virgen, lleno de blandura, de
delicadeza, de suavidad, una fiesta eucarística, una pascua de lirios y de
cisnes. Entonces un diablo,—Behemot quizá,—el mismo de Tamar, el
mismo de Halagabal, el mismo de las posesas de Lodun, el mismo de
Sade, el mismo de las misas negras, aparece. Y en aquel sueño casto y
blanco hace brotar la roja flora de las aberraciones sexuales, los extractos
y aromas que atraen a incubos y sucubos, las visiones locas de incógnitos
y desoladores vicios, los besos ponzoñosos y embrujados, el crepúsculo
misterioso en que se juntan y confunden el amor, el dolor y la muerte.
La virgen tentada o poseída por el Maligno, escribe las visiones de sus
sueños. De ahí esos libros que deberían leer tan solamente los
sacerdotes, los médicos y los psicólogos.
Maurice Barrès coloca «Monsieur Venus», por ejemplo, al lado de
«Adolphe», de «Mlle. de Maupin», de «Crime d’Amour», obras en que se
han estudiado algunos fenómenos raros de la sensibilidad amorosa. Mas
Rachilde no tiene, bien mirado, antecesores,—a no ser la «Justina»,—o
ciertos libros antiguos cuyos nombres apenas osan escribir los bibliófilos
del amor, o del Líbido, como el Inglés que anima D’Annunzio en su
«Piacere.» Apenas podrían citarse a propósito de las obras de Rachilde,
78
pero colocándolas bastante lejanamente, algunas pequeñas novelas de
Balzac, la «Religiosa» de Diderot, y en lo contemporáneo, «Zo Har» de
Mendés. Un compañero tiene, sin embargo, Rachilde, pero es un pintor, un
aguafuertista, no un escritor: Felicien Rops. Los que conozcan la obra
secreta de Rops, tan bien estudiada por Huysmans, verán que es justa la
afirmación.
El mayor de los atractivos que tienen las obras de Rachilde, está basado
en la curiosidad patológica del lector, en que se ve la parte autobiográfica,
en que se presenta al que observa, sin velos ni ambajes, el alma de una
mujer, de una joven finisecular con todas las complicaciones que el «mal
del siglo» ha puesto en ella. Barrès se pregunta: ¿Por qué misterio
Rachilde ha alzado delante de sí a Rauole de Vénerande y Jacques
Silvert? ¿Cómo de esta niña de sana educación han salido esas
creaciones equívocas? Es en verdad el problema atrayente y curioso. No
hay sino pensar en lejanas influencias, en la fuerza de ondas atávicas que
han puesto en este delicado sér la perversidad de muchas generaciones;
en el despertamiento, descubrimiento o invención de pecados antiguos,
completamente olvidados y borrados del haz de la tierra por las aguas y
los fuegos de los cielos castigadores.
Exponiendo los títulos de sus obras, puede entreverse algo de las
infernales pedrerías de la anticristesa: «Monsieur de la Nouveauté», «La
femme du 199^o», «Monsieur Venus», «Gueue de poisson», «Histoires
bêtes», «Nonó», «La virginité de Diane», «La voise du sang», «A mort»,
«La Marquese de Sade», «Le tiroir de Mimi-Corail», «Madame Adonis»,
«L’homme roux», «La sanglante ironie», «Le Mordu», «L’animale»: parece
que se miraran nudos de brillantes y coloreados áspides, frutos bellos,
rojos y venenosos, confituras enloquecedoras, ásperas pimientas, vedados
genjibres. Entrar en detalles no podría, a menos que lo hiciese en latín, y
quizás mejor en griego, pues en latín habría demasiada transparencia, y
los misterios eleusíacos, no eran por cierto para ser expuestos a la luz del
sol.
Los tipos de sus obras son todos excepcionales.
Su libro «Sangrienta ironía», por ejemplo, presenta, como todos los otros
suyos, a un desequilibrado, un «détraqué.» Se trata de un joven que ha
asesinado a su querida en un momento de alucinación. Prisionero, cuenta
y explica por qué sucesión de causas ha llegado a cometer aquel acto. La
figura de Sylvain d’Hauterac, el desequilibrado, es una de las mejores
79
creaciones de Rachilde, pero la crítica le ha señalado como inverosímil.
Ello no quita que la obra sea de una vida intensa, y de un análisis
psicológico admirable.
Ha escrito un drama simbolista titulado «Madame la Mort.» La acción se
circunscribe a una lucha desesperada del protagonista, entre la muerte y la
vida. A propósito; ¡qué dibujo macabro el de Paul Gauguin; dibujo que
simboliza a Madama la Muerte!
Un fantasma espectral en un fondo obscuro de tinieblas. Se advierte la
anatomía de la figura; un gran cráneo; el espectro tiene una mano llevada
a la frente, una mano larga, desproporcionada, delgada, de esqueleto; se
miran claramente los huesos de las mandíbulas; los ojos están hundidos
en las cuencas.
El artista visionario ha evocado las manifestaciones de ciertas pesadillas,
en que se contemplan cadáveres ambulantes, que se acercan a la víctima,
la tocan, la estrechan, y en el horrible sueño, se siente como si se
apretase una carne de cera, y se respirase el conocido y espantoso olor de
la cadaverina...
La novela «Monsieur Venus» es un producto incúbico. Jacques Silvert es
el Sporus de la cruelmente apasionada cesarina; un Sporus vulgar de ojos
de cordero; bestia, sonriente, pasivo. Raoule de Vénerande una especie
de mademoiselle Des Esseints, se enamora de ese primor porcino; se
enamora, aplicando a su manera el soneto de Shakespeare:
A womans’s face, with natures own
hand painted...
Raoule de Vénerande es de la familia de Nerón, y de aquel legendario y
terrible Gilles de Laval, sire de Rayes, que murió en la hoguera; según él
por causa de Suetonio. En cuanto al emasculado y detestable Jacques,
ridículo Ganimedes de su amante vampirizada, es un curioso caso de
clínica, cliente de Krafft-Ebing, de Molle, de Gley. La androginia del florista
la explica Aristófanes en el banquete de Platón. Krafft-Ebing le colocaría
entre los casos que llama de «eviratio, o transmutatio sexus paranoia.»
El Sar Peladán en su etopea ha abordado temas peligrosos, con su
irremediable tendencia a idealizar el androginismo. Barbey también
penetró en algunos obscuros problemas; mas ni el autor de las
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«Diabólicas», ni el Mago y caballero Rosa Cruz, han logrado como
Rachilde poseer el secreto de la Serpiente. Ella dice a nuestros oídos:
...des mots si specieux tout has
que notre âme depuis ce temps tremble et s’tonne.
Una mujer, una joven delicada, intelectual, cerebral, os descubre los
secretos terribles: he ahí el mayor de los halagos, el más tentador de los
llamamientos. Y advertid que penetramos en un terreno dificilísimo y
desconocido, antinatural, prohibido, peligroso.
Hay un retrato de Rachilde, a los veinticinco años. De perfil; desnudo el
cuello, hasta el nacimiento del seno; el cabello enrollado hacia la nuca,
como una negra culebra; sobre la frente, recortado, según la moda
pasada, recortado y cubriendo toda la frente; la mirada, ¡qué mirada!
mirada de ojos que dicen todo, y que saben todo; la nariz delicada y
ligeramente judía; la boca... ¡oh boca compañera de los ojos! y en toda ella
el enigma divino y terrible de la mujer: «Misterium.» Sobre el pecho blanco,
prendido con descuido, hay un ramillete de botones de rosas blancas.
Sé de quien, estando en París, no quiso ser presentado a Rachilde, por no
perder una ilusión más. Rachilde es hoy madame Alfred Vallette; ha
engordado un poco; no es la subyugadora enigmática del retrato de
veinticinco años, aquella adorable y temible ahijada de Lilith.
Casada con Alfred Vallette es hoy «mujer de su casa» mas no deja de
producir hijos intelectuales. Hace novelas, cuentos, críticas.
Tiene Rachilde un vivo sentido crítico, descubre en la obra que analiza; las
faces más ocultas, con su hábil y rápida perspicacia de mujer. En la revista
que dirige Vallette, suele escribir ella ya un «compte rendu» teatral, ya una
vibrante exposición de un libro nuevo; critica con la firmeza de una
ilustración maciza, y con la admirable visión de su raro talento. Tiene
palabras especiales que os descubren siempre algo ignorado y «sobre
entendido» de una sutileza y malicia que inquietan.
Es profundamente artista. Oid este grito: «¡Oh, son necesarios, esos, los
convencidos de nacimiento, para que se enmiende o reviente la Bestia
Burguesa, cuya grasa rezumante concluye por untarnos a todos!
«Obra de odio y obra de amor deben unirse delante del enemigo maldito:
81
la humanidad indiferente.»
Veamos algunas de sus ideas, al vuelo. «El verso libre—dice a propósito
de un libro de su amiga María Krysinska—es un encantador «non sens»,
es un tartamudeo delicioso y barroco que conviene maravillosamente a las
mujeres poetas, cuya pereza instintiva es a menudo sinónimo de genio. No
veo ningún inconveniente en que una mujer lleve la versificación hasta su
última licencia!»
En el prólogo de su teatro, hállase esta franca declaración: «Moi, je ne
connais pas mon école, je n’ais pas d’esthétique.»
Según Charles Froment, en nuestra época no se tiene en absoluto la
noción de lo bello. Rachilde escribe su «Vendeur de Soleil», pieza
dramática que se ha presentado casi en toda Europa con éxito, para
demostrar que los únicos que no han visto el sol son los románticos. ¿Y si
buscando bien encontrásemos en la genealogía de Rachilde sangre
romántica?... Ella, ciertamente, ha empezado conversando con «Joseph
Delorme», y ha bebido en el mismo vaso que Baudelaire, el Baudelaire de
las poesías condenadas: «Le Léthe», «Les metamorphoses du Vampirer»,
«Lesbos...» y que escribió un día en sus «Fusées»: «Moi, je dis: la volupté
unique et suprème de l’amour git dans la certitude de faire le mal. Et
l’homme et la femme savent, de naissance, que dans le mal se trouve
toute volupté.»
En nuestros días, dice Rachilde, hay instigadores de ideas—como antes
«moneurs de loups»—pues en nuestra época llamada moderna, mil veces
más siniestra que la sangrienta Edad Media, son precisas apariciones mil
veces más flagelantes; y esos «meneurs», conduciendo sus ideas
carniceras a los asesinatos de las viejas teorías, de los viejos principios,
abriendo locamente los ojos del espíritu, son también los precursores del
Angel! ¡Bien locas las gentes que no comprenden que los tiempos están
próximos, porque los azuzadores de ideas se suceden con una asombrosa
rapidez sobre el sombrío horizonte!
Así, ¿no tengo razón en llamar a Rachilde madama la Anticristesa? Ella
comprende, ella sabe, y ella es también un Signo. ¡Qué página escribiría el
profético Bloy sobre las anunciaciones del Juicio!
¿Cómo dar una muestra de lo que escribe Rachilde, sin grave riesgo...?
Felizmente encuentro una paginita magistral, inocente y hasta santa, que
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escribió con el título: «Imagen de Piedad.»
Es la que sigue:
«Era de aquellos que no conocen ni el reposo, ni las fiestas, el pobre buen
hombre viejo. Llevaba al dueño de su pequeño cortijo, la entrega del mes
de Agosto: el medio saco de trigo molido, tres pares de pollos, cuyos
huesos sobresalían bajo las plumas erizadas, y un poco de manteca. Sus
hijos, desembarazándose del servicio para ir a los oficios, le habían puesto
la brida del asno en el puño, del viejo asno casi tan enfermo como él y;
«Hue! Papá! Conduisez droit notre Martin...!»
En momentos en que él llegaba a la orilla, recibió en plena frente como un
deslumbramiento, una visión del paraíso, y permaneció allí estúpidamente
plantado, en una admiración respetuosa; el asno, reculó, afirmándose
sobre sus jarretes: era la procesión que se desenvolvía, con sus grandes
muselinas talares, sus banderas llenas de reflejos, sus cordones floridos,
con sus ángeles, niños y niñas, «tout en neuf»; inflando sus mejillas bajo
sus coronas de rosas. Después el sacerdote, vestido de un inmenso manto
de oro, levantando al buen Dios, pálido, a través de una custodia de
fuego...
Los jovencitos y las jovencitas se codearon y, querían reventar de risa;
ciertamente, no se desarreglaría ese bello orden de cosas por un viejo
hombre acompañado de un asno viejo. Y toda la procesión rozó a esos
dos séres ridículos con el extremo de sus suntuosas vestiduras de reina.
El viejo tuvo conciencia de su indignidad, se puso le rodillas, se quitó su
gran sombrero. El asno bajó las orejas lamentablemente, sus orejas
demasiado largas, roídas de úlceras y cubiertas de moscas. De la alforja
de la izquierda, las cabezas asustadas de los volatiles, salieron abriendo el
pico, tendiendo la lengua puntiaguda, muertos de sed, pues hacía un calor
espantable, un pleno sol que devoraba el piadoso grupo con sus dientes
de brasa. El campesino se apoyaba en el animal y el animal en el
campesino, sudando uno y otro, los flancos palpitantes, no osando ni uno
ni otro mirar esas manificencias que caían del cielo con llamas. La
procesión, con su paso lento, ceremonioso, de gran dama, se acercaba al
próximo altar de Corpus; eso no concluía; siempre filas nuevas de mujeres
endomingadas, nuevas filas de los señores notables; no volvería el viejo
de su asombro de haber visto una tan enorme muchedumbre de cristianos
bien puestos. En fin, llegó el momento en que pasaron los cojos, los
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enfermos, las madres llevando los niños de pecho, los mal vestidos, la
vergüenza de la parroquia: «Menoux», el de las muletas, que tomaba rapé
cada diez pasos: Ragotte, la bociosa, que tenía la manía de plantar su
enfermedad sobre un vestido de cachemir verde.
Entonces, nuestro viejo se levantó, vacilante sobre sus piernas doloridas,
conmovido; levantó al asno por la rienda, siguió... No sabía ya lo que
hacía, pero se sentía a su vez tirado como su asno, por una cuerda
invisible, un hilo de oro salido de los rayos de la custodia, que corría a lo
largo de las guirnaldas de flores y llegaba a su frente de viejo
encaprichado, bajo la forma lancinante de una flecha de sol. Muy chico,
antes (¡oh! en la mañana de los tiempos), ha seguido al sacerdote con
vestidos purpúreos, arrojando hojas de rosa entre los humos del incienso,
y había tenido gozos de orgullo; más grande, se había colocado tras las
mozas risueñas, intentando en veces distraerlas de su rosario; había
tenido las mismas altiveces inexplicables, los mismos fuertes latidos de
corazón, confundiendo el brillo de las piedras preciosas, de las casullas,
con la dulce emulación de los ojos de «Marión», su prometida... y después,
no se acordaba mucho, los años corrían todos iguales, como las tocas
blancas, como las alas palpitantes de todas esas cabezas de mujeres
piadosas, perdiéndose sobre las azules lejanías del cielo... No se
acordaba más; seguía, sin embargo, siempre el último, el menos digno,
tirando de su asno con mano obstinada, olvidando hasta el objeto de su
viaje. Y «Martin» dócilmente, ritmaba su marcha con el coro del cántico;
los pollos, fuera de la alforja inclinaban la cresta, con aire de resignarse,
pues que se iba al paso...
Había quienes se volvían a menudo entre la fila de fieles escandalizados.
Se le enviaban muchachos para decirle que se volviese... o que dejase su
asno. ¡Qué cola de procesión, la de Martín! Circulaban risas de
muchachas, con susurros de abejones; y solamente, el señor cura, no
quería darse cuenta de nada, aparentando no entender lo que venía a
murmurarle su sacristán al presentarle el incensario.
La procesión después de las paradas de uso, se entró bajo el pórtico de la
iglesia. El viejo se encontró solo, en medio de una playa desierta. Entrar
con «Martín» no era casi posible. Abandonar a «Martín», los pollos, la
manteca, la montura, ni pensarlo quería. Y no tendría él su parte de la gran
bendición, de aquella que inclinada a los fieles, cargados de pecados,
sobre las baldosas, como las espigas maduras bajo el vencedor
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relámpago de la hoz... Lanzando un profundo suspiro, el pobre viejo se
signó, descubierta su frente, una última vez, ante la ojiva sombría del
pórtico. Mas he aquí que, bruscamente, brota de esa obscuridad temible
una extraordinaria aparición: del fondo de la iglesia, el cura llevaba la
custodia; sí, el cura asombrando a sus feligreses endomingados, el cura
con su casulla luminosa, aureolado de estrellas, de cirios, nimbado de las
nubes del incienso... y el sacerdote, con una mirada de extraña dulzura,
pronuncia las palabras sagradas, mientras que resplandece, más
fulgurante aún, la custodia de allá arriba, el sol, sobre el humilde viejo que
lloraba de alegría, sobre el triste «Martín» cuyas orejas ulceradas,
pendían, ¡ay, tan lastimosamente...!»
Esa página de Rachilde da a conocer el fondo de amor y de dulzura que
hay en el corazón de la terrible Decadente. Rachilde, la Perversa, habría
sido disputada entre Dios y el diablo, según Luis Dumur. ¡Qué casuísta,
qué teólogo podría demostrarme la victoria de Satanás en este caso?
Rachilde se salvaría, siquiera fuese por la intercesión del viejo campesino
y por la apoteosis de «Martín», el cual también rogaría por ella... ¿No se
salvó el Sultán del poema de Hugo, por la súplica del cerdo?
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GEORGE D’ESPARBÉS
Como el hecho no demuestra sino la oportunidad de una ocurrencia de
poeta, que en todo caso no merece sino aplausos, y como me fué narrado
delante de Jean Carrere, que aprobaba con su sonrisa, no creo ser
indiscreto al comenzar estas líneas contando la historia de un telegrama
de Atenas, leído en el reciente banquete de Víctor Hugo y firmado George
D’Esparbés, telegrama que reprodujo toda la prensa de París.
Jean Carrere, en unión de otros jóvenes brillantes y entusiastas, literatos,
poetas, quisieron manifestar que no era cierta la fea calumnia levantada
contra la juventud literaria de Francia, que ha sido tachada de irrespetuosa
para con Víctor Hugo.
Para ello, y con motivo de la nueva publicación de «Toute la Lyre»,
organizaron un banquete que tuvo la correspondiente resonancia; un
banquete que pudiérase llamar de desagravio.
Fueron ágapes a que asistió gran parte del París literario—viejos
románticos, parnasianos y escuelas nuevas, y de las que brotó, maldita flor
de discordia—a pistola, treinta pasos, sin resultado—un duelo entre
Catulle Mendés y Jules Bois, quienes no hace mucho tiempo eran
excelentes amigos. Fué la fiesta una deuda pagada, una ceremonia
cumplida con el dios, y la cual, con gran pompa, y por contribución
internacional, debería realizarse anualmente. Esta es una idea poético-
gastronómica que dejo a la disposición de los hugólatras.
En la mesa, cuando el espíritu lírico y el champaña hacían sentir en el
ambiente un perfume de real mirra y de glorioso incienso, en medio de los
vibrantes y ardientes discursos en honor de aquél que ya no está,
corporalmente, entre los poetas, después de los brindis de los maestros, y
de los versos leídos por Carrere y Mendés, se pronunció por allí el nombre
de George D’Esparbés. D’Esparbés no estaba en el banquete, él, que ama
la gloria del Padre, y que como él ha cantado, en una prosa llena de
soberbia y de harmonía, los hechos del «cabito», la epopeya de Napoleón.
Jean Carrere, el soberbio rimador, se levanta y ausenta por unos
86
segundos. Luego, vuelve triunfante, mostrando en sus manos un despacho
telegráfico que acababa de recibir, un despacho firmado D’Esparbés.
¿Pero dónde está ahora él? Nadie lo sabe. Está en Atenas, dice Carrere.
Y lee el telegrama, una corona de flores griegas que desde el Acrópolis
envía el fervoroso escritor a la mesa en que se celebra el triunfo eterno de
Hugo. Pocas palabras, que son acogidas con una explosión de palmas y
vivas. Nadie estaba en el secreto. Cuando aparezca D’Esparbés no hay
duda de que «reconocerá» su telegrama.
Y ahora hablemos de esa portentosa «Leyenda del Aguila» napoleónica.
La «Leyenda del Aguila» es un poema, con la advertencia de que
D’Esparbés canta en cuentos. La epopeya es toda una, mas cada cuento
está animado por su llama propia, en que el lirismo y la más llana realidad
se confunden.
No hace falta el verso, pues en esta prosa marcial cada frase es un toque
de música guerrera, las palabras suenan sus fanfarrias de clarines, hacen
rodar en el ambiente sus redobles de tambores, son a veces un cántico, un
trueno, un ¡ay!, un omnisonante clamor de victoria.
También el final es triste, al doble sonoro y doloroso de las campanas que
tocan por la caída del imperio. Napoleón no aparece aumentado, no es un
Napoleón mítico y de fantasía; antes bien, algunas veces como que el
poeta se complace en achicar más su tan conocida pequeña estatura.
Pensaríase en ocasiones un joven Aquiles comandando un ejército de
cíclopes, guiando a la campaña batallones de gigantes. Porque si emplea
el lente épico D’Esparbés, es cuando pinta las luchas, el decorado, el
campamento, los soldados imperiales. Los soldados crecen a nuestra
vista, aparecen enormes, sobrehumanos, como si fuesen engendrados en
mujeres por arcángeles o por demonios. Sus talantes se destacan
orgullosa y heroicamente. Tienen formas homéricas, son verdaderos
androleones; llega a creerse que al caer uno de ellos herido, debe temblar
alrededor la tierra, como en los hexámetros de la Iliada.
Tal húsar es inmenso; tal granadero podría llamarse Amico o Polifemo; tal
escuadrón de caballería podría entrar en el versículo de un profeta, terrible
y devastador como una «carga» de Isaías. Y en todo esto una sencillez
serena y dominadora. Podría intercalarse en este libro, sin que se notase
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diferencia en tono y fuerza, el episodio de Hugo en que vemos a Marius
asomarse a la ventana y lanzar un ¡viva al emperador! al viento y a la
noche.
D’Esparbés ha elegido para su obra el cuento, este género delicado y
peligroso, que en los últimos tiempos ha tomado todos los rumbos y todos
los vuelos. La prosa, animada hoy por los prestigios de un arte
deslumbrador y exquisito, juntando los secretos, las bizarrías artísticas de
los maestros antiguos o los virtuosísimos modernos, es para él un rico
material con que pinta, esculpe, suena y maravilla. Batallista de primer
orden, conciso, nervioso y sugestivo, supera en impresiones y
sensaciones de guerra a Stendhal y a Tolstoi, y si existe actualmente
quien puede igualarle—alguno diría superarle—en campo semejante, es
un escritor de España, Pérez Galdós, el Pérez Galdós de los «Episodios
Nacionales.»
Desde que comienza el poema, con el cuento de los tres soldados; tres
húsares altos como encinas, viene un potente soplo que posee, que
arrebata la atención. Estamos enfrente de tres máquinas de carne de
cañón, tres soldados, rudos y musculosos como búfalos, tres grandes
animales crinados del rebaño de leones del pastor Bonaparte. Porque es
de ver cómo esos sangrientos luchadores, esos fieros hombres del
invencible ejército, hablan del «emperadorcito», del pequeño y real ídolo,
como de un divino pastor, como de un David. Así cuando se pronuncia su
nombre, las fauces bárbaras, los fulminantes ojazos, se suavizan con una
dulce y cariñosa humedad. Son tres soldados que después de la jornada
de Jena, tienen, lo que es muy natural en un soldado después de una
batalla, tienen hambre.
Ingenuamente y «necesariamente» feroces, esos tres hombres degüellan
a uno del enemigo, con la mayor tranquilidad, pero sufren y se inquietan
cuando sus caballos no comen.
Por eso cuando hallan un cura que les hospeda, en Saalfeld, del lado de
Erfurth, y les da buena vianda y buen pan, lo que está conforme con la
lógica militar es que sus tres cabalgaduras, también hambrientas, entren a
comer en los mismos platos de ellos, espantando a la criada, y haciendo
que el sacerdote medite, y vea el alma de esos hombres; y no se extrañe.
Es uno de los mejores cuentos del poema. No resisto a citar una frase.
Los soldados comen como desesperados de apetito. El cura les
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contempla, meditabundo y sacerdotal. De cuando en cuando les hace
preguntas. Ha tiempo que están en armas. Desde jóvenes han oído las
trompetas de las campañas. No saben de nada más. Y sobre todo,
Napoleón se alza delante de ellos semejante a una inmortal divinidad. El
cura dice a uno:
«—Y vos, hijo mío, ¿creéis en Dios padre todopoderoso?»
El soldado no comprende bien. Piensa: «Dios padre... Dios hijo... Dios...»
«—¡Y bien!—grita de repente:
«—¡Todo eso...! ¡eso es la familia del Emperador!»
Después surge a nuestra vista un colosal tambor mayor del ejército de
Italia, «alto como una torre y tierno como un saco de pan.» Su nombre es
un verdadero nombre de gigante, más hermoso y tremendo que el de
Cristóbal o el de Fierabrás, o el de Goliat; se llama Rougeot de
Salandrouse. Un gallardo bruto, que cuando reía, «il montrait comme les
bêtes une épaisse gueule de chair rouge qui semblait saigner.»
Este bello monstruo que gustaba de las viejas historias de guerra y de las
sublimes mitologías, amaba sobre todo la harmonía musical, las cornetas,
los parches del combate. Bonaparte le nombró subteniente, teniente y
capitán; después de lo de Arcola, después de lo de Mantua, después de lo
de Trebia. Pero el hijo de Apolo cifraba su ambición en las pompas
radiantes, en los compases, en el bastón que guiaba a los tambores:
quería ser tambor mayor. Lo fué después de mucho pedirlo al emperador;
y el titánico testarudo saludó con su admirable uniforme y sus vanidosos
gestos, el triunfal sol de Austerlitz. Le vió Lannes desde su caballo, le vió
Soult, le vió Bernadotte, le vió el insigne caballero Murat: y junto con
Berthier y Janot, le vió, sonriendo, el «petit caporal», príncipe y dueño del
Aguila. Y cuando llega la áspera brega, en medio de los choques, de la
confusión sangrienta y de la muerte, la figura de Salandrouse, guiando sus
tambores, adquiere proporciones legendarias.
Herido, soberbio, incomparable, hace que los parches no cesen de tocar
un son de victoria; y hay que ir a arrancarle de su puesto, donde se
yergue, maravilloso como un dios, al canto ronco y sordo de los pellejos
cribados.
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El desdén de la muerte, el respeto de la consigna, el amor a la vida militar,
y sobre todo, la adoración por el que ellos miran como favorecido de la
omnipotencia divina;—conquistador victorioso, señor del mundo,
Napoleón,—forman el alma de estos épicos relatos.
Ya es el conde subteniente que sufre sin gemir, y muere oyendo leer, cual
si fuese un santo breviario, un libro de oro de la nobleza heroica; ya es el
grupo de bravos rústicos que no sabían cargar los fusiles en medio de la
más horrible carnicería, y que luego fueron condecorados; ya son los
rudos gascones que luchan como tigres y gritan como diablos; ya es la
marcha que bate un tamborcito casi femenil, para que desfilen ante los
ojos aquilinos de Bonaparte ciento veinticinco hombres, resto de los treinta
y ocho mil de Elkingen, o la visión de los cascos coronados por penachos
de cabellos de mujeres españolas; o «Le Kenneck», valiente y fiel, delante
del rey de Prusia; o el águila del Imperio que sale, apretando el rayo con
las garras, del vientre del caballo muerto; o esta orden trágica, casi
macabra, dada en lo más duro de la batalla: «En avant, les cadavres...!» o
el capellán que parafrasea la Biblia al ruido de las descargas; o ese cuadro
cuya sencilla magnificencia impone, asombra y encanta, cuando el Cabito
tiene frío, y va a la tienda de la guardia inmortal, y duerme y se le hace
lumbre con millones de oro, con Murillos, con Goyas, con portentos de
Velázquez, con encajes de marquesas y abanicos de manolas; o el león
de vida de gato que creía ser inmortal si no se le mataba con su sable; o el
abandono de los caballos, alas de los caballeros; o el oficial que
condecora y el emperador que aprueba; o el fantasma del «shakó», que se
alza para responder con bizarría y cae en la muerte; o Duclós con sus
charreteras, que condecora llorando a un viejo luchador, y cuando el
emperador le pregunta: «Duclós, ¿conoces a ese hombre?» le contesta:
«¡Señor, es mi padre!» o el águila, el águila viva, que vuela y grita sobre el
pabellón que marcha al Austria; o el fúnebre clamor del abismo; o, en fin,
los cañones que doblan cuando ya el Grande ha caído, ¡lúgubres y fatales
campanas del Imperio!
¡Libro magistral; poema ardiente y magnífico!
La mujer no aparece sino raras veces, y en los recuerdos de los héroes:
las madres, las abuelas llenas de canas, alguna esposa que está allá lejos!
Donde brota un grupo de ellas, como un coro de Esquilo, terribles,
suplicantes, gemidoras como mártires, coléricas como gorgonas, es en el
capítulo, en el cuento de las crines. A un gran número de las hijas de
90
España, en su pueblo invadido, un coronel fantasista, jovial y plúmbeo,
hace cortar las cabelleras para adornar los cascos de sus dragones. Y
como una mujer, aullante de dolor como Hécuba, se presenta con sus
espesos cabellos ya canosos, el coronel se los hace también cortar y los
pone sobre su cabeza marcial, donde los hará agitarse el huracán de la
guerra. Y otra mujer brilla como una estrella de virtud y de grandeza, divina
suicida, augusta delante de la muerte. Sucumbe con su niño en el más
sublime de los sacrificios; pero también quedan emponzoñados, rígidos y
sin vida, en la casita pobre, ocho cosacos como ocho bestias fieras.
¿Qué otra figura femenil? Hay una, envuelta en el misterio. Ella, la vaga, la
anunciadora de las desgracias, la que se pasea silenciosa por los vivacs,
haciendo malos signos; ella, solitaria como la Tristeza, y triste como la
Muerte. ¿Qué otra más? La Victoria, de real y soberano perfil, de cuello
robusto y erectas mamas; creatriz de los lauros y de los himnos.
Este libro es una obra de bien. El es fruto de un espíritu sano, de un poeta
sanguíneo y fuerte; y Francia, la adorada Francia, que ve brotar de su
suelo—por causa de una decadencia tan lamentable como cierta, falta de
fe y de entusiasmo, falta de ideales;—que ve brotar tantas plantas
enfermas, tanta adelfa, tanto cáñamo indiano, tanta adormidera, necesita
de estos laureles verdes, de estas erguidas palmas. Libros como el de
D’Esparbés recuerdan a los olvidadizos, a los flojos y a los epicúreos el
camino de las altas empresas, la calle enguirnaldada de los triunfos.
Y puesto que de Vogüe ha visto el feliz anuncio de un vuelo de cigüeñas,
alce los ojos Francia y mire si ya también vuelve, sonora, lírica, inmensa,
el Aguila antigua de las garras de bronce.
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AUGUSTO DE ARMAS
Hace algunos años un joven delicado, soñador, nervioso, que llevaba en
su alma la irremediable y divina enfermedad de la poesía, llegó a París,
como quien llega a un Oriente encantado. Dejaba su tierra de Cuba en
donde había nacido de familia hidalga. Tenía por París esa pasión
nostálgica que tantos hemos sentido, en todos los cuatro puntos del
mundo; esa pasión que hizo dejar a Heine su Alemania, a Moreas su
Grecia, a Parodi su Italia, a Stuart Merril su Nueva York. Hijo espiritual de
Francia y desde sus primeros años dedicado al estudio de la lengua
francesa, si llegó a escribir preciosos versos españoles, donde debía
encontrar la expresión de su exquisito talento de artista, de su lirismo
aristocrático y noble, fué en el teclado polífono y prestigioso de Banville.
¡Banville! Pocos días antes de morir aquel maestro maravilloso y
encantador, recibió un libro de versos en cuya portada se leía: «Augusto
de Armas—Rimes Byzantines.» Leyó las rimas cinceladas de Armas y
entonces le escribió una carta llena de aliento y entusiasmo.
Theodore de Banville había escrito, a propósito de Wagner, estas
palabras: «Le vrai, le seul, l’irrémisible défaut de son armure c’est qu’il a
fait des vers français. L’homme de génie, qui doit tout savoir, doit savoir
entre autres choses, que nul étranger ne fera jamais un vers français qui
ait le sens commun. On t’en fricasse des filles commes nous! voilà ce que
dit la Muse française á quiconque n’est pas de ce pays ci, et lorsqu’elle
disait cela en se mettant les poings sur les hanches, Henri Heine, qui était
un malin, l’a bien entendu.» Ciertamente, le escribió el gran poeta a
Augusto de Armas,—he dicho eso; pero huélgome de confesar que vos
sois la excepción de lo que afirmé.
Basta leer una sola de las poesías del refinado bizantino de Cuba, para
reconocer que fué con justicia armado caballero de la musa francesa al
golpe de la espada de oro de Banville. ¿Quién ha cantado en más ricos
hemistiquios el oleaje sonoro de los alejandrinos? Como Carducci que
lleno del fuego de su estro entona su cántico «¡Ave o Rima...!» como
Sainte Beuve que a manera de Ronsard celebra ese mismo encanto
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musical de la consonancia, Augusto de Armas, con el más elevado deleite,
alaba la forma del verso francés en que se han escrito tantas obras
maestras y tantos tesoros literarios; alaba el instrumento que ha hecho
resonar desde el «Poema de Alejandro» hasta las colosales harmonías de
«La Leyenda de los siglos».
Su libro es labrado cofrecillo bizantino, lleno de joyas. Su verso es flor de
Francia; su espíritu era completamente galo. Ha sido uno de los pocos
extranjeros que hayan podido sembrar sus rosas en suelo francés, bajo el
inmenso roble de Víctor Hugo. El abate Marchena no sé que haya hecho
en francés nada como su curiosidad latina del falso Petronio; Menéndez
Pelayo, pasmo de sabiduría, según se dice en España, dudo que se
acomodase a las exigencias de las musas de Galia; Longfellow dejó muy
medianejos ensayos, como su juguete «Chez Agassiz», Swinburne, que
como Menéndez Pelayo versifica admirablemente en lenguas sabias, en
sus versos franceses va como estrechado y sin la libertad y potencia de
sus poesías en su lengua nativa. Lo mismo Dante Gabriel Rossetti.
Heine lo que escribió en francés fué prosa; lo propio Tourgueneff. Los
casos que pueden citarse, semejantes al de Augusto de Armas, son el de
su paisano José María de Heredia, que se ha colocado orgullosamente
entre el esplendor de sus trofeos; el de Alejandro Parodi, que ha logrado
hasta el laurel de las victorias teatrales: el de Jean Moreas, gran maestro
de poesía; el de Stuart Merril, que sólo puede ser yankee porque como
Poe nació en ese país que Peladan tiene razón en llamar de Calibanes; el
de Eduardo Cornelio Price, distinguido antillano, el de García Mansilla,
poeta y diplomático argentino que escribe envuelto en el perfume del jardín
de Coppée. Pero José María de Heredia llegó a París muy joven, y apenas
si tiene de americano el color y la vida que en sus sonetos surgen, de
nuestros ponientes sangrientos, nuestras fuertes savias y nuestros calores
tórridos. Heredia se ha educado en Francia; su lengua es la francesa más
que la castellana. Parodi, por una prodigiosa asimilación, pertenece al
Parnaso francés; Moreas llegó de Atenas, histórica hermana de París;
Stuart Merrill, como Poe, brota de una tierra férrea, en un medio de
materialidad y de cifra, y es un verdadero mirlo blanco; formando Poe, el
pintor misterioso y él, la trinidad azul de la nación del honorable presidente
Washington; Price, no pasa de lo mediano; y García Mansilla, me figuro,
que a pesar de sus preciosas producciones, y con todo y creerle
dominador de la rima francesa y poeta y refinado artista, me figuro, digo,
que debe de ser un cultivador elegante de la poesía, un trovero gran señor
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que ritma y rima para solaz de los salones, versos que deben ser impresos
en ediciones ricas y celebrados por lindas bocas en las bellas veladas de
la diplomacia.
Augusto de Armas representaba una de las grandes manifestaciones de la
unidad y de la fuerza del alma latina, cuyo centro y foco es hoy la luminosa
Francia. El, que había nacido animado por la fiebre santa del arte, llevó al
suelo francés la representación de nuestras energías espirituales, y
Bánville pudo reconocer que el laurel francés, honra y gloria de nuestra
gran raza, podía tener quien regase su tronco con agua de fuente
americana, y que un americano de sangre latina podía ceñirse una corona
hecha de ramas cortadas en el divino bosque de Ronsard.
¿Pero el soñador no sabía acaso que París, que es la cumbre, y el canto,
y el lauro, y el triunfo de la aurora, es también el maelstrom y la gehenna?
¿No sabía que, semejante a la reina ardiente y cruel de la historia, da a
gozar de su belleza a sus amantes y en seguida los hace arrojar en la
sombra y en la muerte? ¡Pobre Augusto de Armas! Delicado como una
mujer, sensitivo, iluso, vivía la vida parisiense de la lucha diaria, viendo a
cada paso el miraje de la victoria y no abandonado nunca de la bondadosa
esperanza. Entre los grandes maestros, encontró consejos, cariño,
amistad. Dios pague a Sully Prudhomme, al venerable Leconte de Lisle, a
Mendés y a José María de Heredia, los momentos dichosos que podían
dar al joven americano, alimentando su sueño, su noble ilusión de poeta. Y
también a los que fueron generosos y llevaron a la cama del hospital en
que sufría el pálido bizantino de larga cabellera, el consuelo material y la
eficaz ayuda. Entre estos diré dos nombres para que ellos sean estimados
por la juventud de América: es el uno Domingo Estrada, el brillante
traductor de Poe, y el otro M. Aurelio Soto, expresidente de la república de
Honduras.
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LAURENT TAILHADE
Rarísimo. Es, ni más ni menos, un poeta. Estas palabras que se han dicho
respecto a él no pueden ser más exactas: «Es un supremo refinado que se
entretiene con la vida como con un espectáculo eternamente imprevisto,
sin más amor que el de la belleza, sin más odio que a lo vulgar y lo
mediocre.»
Como poeta, como escritor, no ha tenido la notoriedad que sólo dan los
éxitos de librería, los cuales desprecia el olímpico Jean Moreas, supongo
que, fuera de la razón lírica, porque recibe una buena pensión de su
familia de Atenas. Como hombre, raro es el que no conozca a Tailhade en
el «quartier.»
Y a propósito, ¿recuerdan los lectores lo que aconteció a este otro poeta
cuando el alboroto de los estudiantes, años há? No le dieron sus versos,
por cierto, la fama que los garrotazos y heridas que recibió. Poco más o
menos sucede ahora con Laurent Tailhade. Sus libros, que antes
solamente circulaban entre un público escogido y en ediciones de
subscripción, es probable que tengan hoy siquiera sea una pasajera boga;
aunque su refinamiento y su aristocracia artística no serán ni podrían ser
para el gran público de los indudablemente ilustres Tales y Cuales. El
cómo ve la vida Laurent Tailhade, lo explica un caricaturista de esta
manera: «El poeta, vestido a la griega, toca la lira admirando un hermoso
caballo salvaje. Poseído del «deus», no advierte el peligro. Resultado:
Orfeo recibe un par de coces que le echan fuera de la boca toda la
dentadura.»
Y Castelar a su vez, hablando de la explosión que tan maltrecho dejó al
lírico: «Hallábase allí entre tantos adoradores de la belleza divorciada del
bien, un escritor anarquista, el amado Tailhade, quien dijo que importaba
poco el crimen cometido por Vaillant, ante la hermosura de su actitud y de
su gesto al despedir la bomba, sólo comparables, añado yo, al gesto y
actitud de Nerón, cuando, vestido de Apolo y llevando en las manos áurea
cítara tañida por sus delicados dedos, celebraba el incendio de la sacra
Ilión entre las llamas que consumían la Ciudad Eterna. Pues bien, el
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apologista de Vaillant y su crimen estaba en el comedor cuando estalló la
nueva bomba; y efecto del estallido, cayó casi deshecho en tierra,
perdiendo un ojo arrancado a su rostro por los vidrios ardientes. Al sentirse
así, no dijo nada el cuitadísimo de gestos y actitudes, llevóse la mano a la
herida y gritó: «¡Al asesino!» Hay providencia.»
¡El «amado Tailhade», anarquista!
El gusta de los buenos olores y de las cosas bellas y poéticas. No quiso ir
al último banquete de la Pluma, porque «olía a remedios.» ¿Será
anarquista el que sabe como todos que, no digamos el anarquismo sino la
misma democracia, huele mal?
Tengo a la vista sus «Vitraux.» Mi número es el 226 del tiraje único de
quinientos ejemplares que sobre rico papel de Holanda hizo el editor
Vanier. «Vitraux» es la primera parte de «Sur Champ D’Or.» La carátula
está impresa a tres tintas, rojo, violeta y negro, sobre un papel
apergaminado. Y la dedicatoria que escribió ese admirador de Vaillant es
la siguiente:
A Madame
La Comtesse Diane de Beausaq
L. T.
Laurent Tailhade dedica a esa dama aristocrática sus versos, porque debe
de ser bella, tiene un lindo nombre y el blasón es siempre bello. Y
pronunció la «boutade» sobre Vaillant porque, como Castelar, se imaginó
que el dinamitero había lanzado la bomba con un bello gesto. En cuanto a
Nerón, era sencillamente otro poeta, muy inferior por cierto al raro de quien
hoy escribo. Porque, no, no haría ni con todas las lecciones de cien
Sénecas, el imperial rimador, versos a sus dioses, como estos burilados,
miniados adorables versos que Tailhade ha escrito «Sur Champ D’Or» en
homenaje a la religión católica... y a la mujer amada. Es un homenaje
sacrílegamente artístico, si queréis; son joyas profanas adornadas con los
diamantes de las custodias, labradas en el oro de los altares y de los
cálices. Cierto que en los tercetos a nuestra Señora, no se muestra el
resplandor sagrado de la fe que vemos en la liturgia de Verlaine; son obras
inspiradas en la belleza del culto cristiano, del ritual católico.
Pero después de «Pauvre Lelian», que con fe pura y profunda y arte de
insigne maestro, ha escrito prodigios de rimado amor místico, nadie ha
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igualado siquiera al Laurent Tailhade de los «Vitraux» en ninguna lengua,
por la gracia primitiva, el sagrado vocabulario y el sentimiento de las
hermosuras y magnificencias del catolicismo. Es aquí demasiado profano,
es cierto, y vierte en el agua bendita un frasco de opoponax... ¿Le
perdonaremos en gracia al «bello gesto?» Para escribir estos poemas ha
debido recorrer los viejos himnarios, las prosas, los antiguos cantos de la
iglesia; las sequencias de Notker, las de Hildegarda, las de Godeschalk y
las poesías de aquel divino Hermanus Contractus que nos dejó la perla de
la Salve Regina.
Laurent Tailhade es buen latinista, y ha versificado imitando a Adam de
Saint-Víctor.
Ejemplo:
¡Saivi vincia! ¡fulge lemur!
Amor nunc foveamur:
Per te, virgo, virginemur.
Sus «Vitraux» son comparables a los de las antiguas catedrales. En ellos
la Virgen conversa ingénuamente con el encantador serafín:
Les calcédoines, les rubis
Passementent ses longs habits
De moire antique et de tabis.
Ses cheveux souplets d’ambre vert
Glissent comme un rayón d’hiver
Sur sa cotte de menu-vair.
¡Oh! ses doigts frêles et le pur
Mystère de ses yeux d’azur
Eblouis du pardon futur!
Tremblante elle reçoit l’Ave.
Par qui le front sera lavé
De l’antique Adam réprouvé.
«Emperière au bleu pennon,
Sur le sistre et le tympanon,
Les cieux exaltent ton renom.
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¡Toi de Jessé royal provin,
Pain mistique, pain sans levain,
Font scellé de l’Amour divin!
¡Toison de Gédéon! ¡Cristal
Dont le soleil oriental
N’adombre pas le feu natal...!
La letanía continúa magnífica y preciosamente encadenada. Delicado,
perfumado con mirra celeste, su «Hortus Conclusus» resuena con el eco
de un himno en la fiesta de la purificación:
Quia obsequentes oferunt
Ligustra et alba lilia.
Candor sed horum vincitur
Candore casti pectoris.
Siempre la Reina Virgen, la «Mère Marie» de Verlaine—¡y de todos los
que sufren!—aparece radiante, vestida de sol, la Hija del Príncipe que
cantó el Profeta. Todos los bálsamos de consolación brotan de ella: todos
los perfumes: el del olibán, el del cinamomo, el del nardo de la Esposa del
Cantar de los Cantares.
Un soneto litúrgico hay que no puedo menos que reproducir. Para él no
habría traducción posible en verso castellano.
Es este:
Dans le nimbe ajouré des vierges byzantines,
Sous l’auréole et la chasuble de drap d’or
Où s’irisent les clairs saphirs du Labrador,
Je veux emprisonner vos grâces enfantines.
¡Vases myrrhins! ¡trépieds de Cumes ou d’Endor!
¡Maître-autel qu’ont fleuri les roses de matines!
Coupe lustrale des ivresses libertines,
Vos yeux sont un ciel calme ou le désir s’endort.
¡Des lis! ¡des lis! ¡des lis! ¡Oh pâleurs inhumaines!
¡Lin des etoles, chœur des froids catéchuménes!
¡Inviolable hostie oferte à nos espoirs!
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Mon amour devant toi se prosterne et t’admire,
Et s’exhale, avec la vapeur der encensoirs,
Dans un parfum de nard, de cinname et de myrrhe.
Imaginaos un enamorado que fuese a las santas basílicas a arrancar los
mejores adornos para decorar con ellos la casa de su querida. Podría citar
exquisitas muestras de este volumen admirable; pero sería alargar mucho
estas apuntaciones. He de observar, sí, algo de su poética. Hay en ella
mezcla de Decadencia y de Parnaso. Algunas veces se pregunta uno: ¿es
esto Banville? Prueba:
C’est un jardin orné pour les métamorphoses
Où Benserade apprend ses rondeaux aux Follets,
Où Puck avec Trilby, près des lacs violets,
Débitent des fadeurs, en adorables poses.
Y el «Menuet d’automne», es un espécime de la poética modernísima.
Pero en todo se reconoce la distinción, la aristocracia espiritual y la
magnífica realeza de ese «anarquista.»
Cierto es que es éste el anverso de la medalla: la faz del inmortal Apolo.
En el reverso nos encontramos con una cara conocida, ancha y risueña,
con la cabeza de un bonachón y pícaro fraile que nos saluda con estas
palabras: ¡Buveurs très illustres, et vous, verolés très précieux!...» Laurent
Tailhade ha renovado a Rabelais en sus escasamente conocidas «Lettres
de mon Ermitage.» Después, su risa hiriente y sonora se ha derramado en
una profusión de baladas que le han acarreado un sinnúmero de
enemigos. En este terreno es una especie de León Bloy rimador y jovial.
Quisiera citar algún fragmento de las cartas o de las baladas; ¿pero cómo
serán ellas cuando en las revistas que se han publicado se ven llenas de
lagunas y de puntos suspensivos? Con un tono antiguo y bufonesco, burla
a sus contemporáneos, empleando en sus estrofas las palabras más
brutales, obscenas o escatológicas. Sus baladas son el polo opuesto de
sus «Vitraux.» Esas baladas se conocieron en las noches literarias de la
«Plume» u otras semejantes, y hoy pueden verse en un elegante volumen
ilustrado por H. Paul. Nombres de escritores, asuntos políticos y sociales,
son el tema. Ya despelleja a Peladan,
...C’est Peladan-Tueur-de Mouches...
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Quand Peladan coiffé de vermicelle...,
ya pone en berlina a Loti, o a Bonnetain, o a Barres, o a Jean Moreas; ya
la emprende con el senador Bérenger, de pudorosísima memoria; ya toma
como blanco al burgués y alaba la terrible locura de Ravachol o de Vaillant.
Allá en el fondo de su corazón de buen poeta, hallaréis honrada nobleza,
valor, bravura y un tesoro de compasión para el caído. Exactamente lo
mismo que en el fulminante Bloy.
Como conferencista ha traído un escogido público a la Bodiniére. Su figura
es apropiada a la elocuencia, y sus gestos son bellos, en verdad.
Hay un retrato de «Dom Juniperien»—pseudónimo suyo, en el
«Mercure»—que le representa sentado en una vieja silla monástica,
vestido con su hábito de religioso, la capucha caída. La frente asciende en
una ebúrnea calva imponente; sobre el cuello robusto se alza la cabeza
firme y enérgica; los ojos escrutadores brillan bajo el arco de las cejas; la
nariz recta y noble se asienta sobre un bigote de sportman, cuyas guías
aguzadas denuncian la pomada húngara. De las obscuras mangas del
hábito salen las manos blancas, cuidadísimas, finas, regordetas, abaciales.
Fué de los primeros iniciadores del simbolismo. Vive en su sueño. Es raro,
rarísimo. ¡Un poeta!
100
FRA DOMENICO CAVALCA
No tengo conocimiento de que se haya traducido a nuestra lengua ningún
libro del «primitivo» Fra Domenico Cavalca, en cuyas obras en prosa y en
verso brilla la luz sencilla y adorable, la expresión milagrosa de las pinturas
de un Botticelli. Al menos, Estelrich, que es, en lo moderno, quien mejor se
ha ocupado en su magnífica Antología, de las traducciones de obras
italianas en idioma español, no cita en las noticias bibliográficas de su obra
el nombre del fraile Cavalca, de cuyas producciones dice Manni, citado por
Francisco Costero, hablando de las «Vite scelte dei santi padri», que son
merecedoras de todo encomio, «non solamente pel fatto di nostra favella,
ma exiandio per la materia stessa di erudizione, di buon costume, di ottimi
esempli, di antichi riti e di profonda, sovrana dottrina fornita e ripiena»:
Costero le coloca en el rango de primer prosista de su tiempo, apoyado en
Barretti, y en la mayor parte de los críticos modernos.
Si la pintura «primitiva» ha dado vuelo a la inspiración de los prerrafaelitas,
la poesía, la literatura trecentista y quatrocentista, resuena también en el
laud de Dante Gabriel Rosseti, en la lira de Swinburne. En Francia ha
inspirado a más de un poeta de las escuelas nuevas. Verlaine, Moreas,
Vielli Griffin,—quien con su Oso y su Abadesa ha escrito una obra
maestra,—son muestra de lo que afirmo. Ese mismo Laurent Tailhade, ese
mismo poeta de las baladas anárquicas, ha escrito antes sus «Vitraux», en
los cuales hallaréis oro y azul de misal viejo, sencillas pinceladas de Fra
Angélico. Hay un tesoro inmenso de poesía en la gloriosa y pura falange
de los místicos antiguos.
Cuando en nuestra Bolsa el oro se cotiza duramente, cuando no hay día
en que no tengamos noticia de una explosión de dinamita de un escándalo
financiero o de un baldón político, bueno será volar en espíritu a los
tiempos pasados, a la Edad Media.
Le Moyen Age énorme et délicat...
He aquí a Cavalca, dulce y santo poeta que respiraba el aroma
paradisíaco del milagro, que vivía en la atmósfera del prodigio, que estaba
101
poseído del amor y de la fe en su Señor y rey Cristo. Antes que él, Fra
Guittone d’Arezzo pedía en un célebre soneto a la Virgen, que le
defendiese del amor terreno y le infundiese el divino; y el inmenso Dante,
en medio de sus agitaciones de combatiente, ascendía por las graderías
de oro de sus tercetos, al amor divino, conducido por el amor humano.
Eran los antiguos místicos prodigiosos de virtud; sus grandes almas
parece que hubiesen tenido comunicación directa con lo sobrenatural; de
modo que el milagro es para ellos simple y verdadero como la eclosión de
una rosa o el amanecer del sol. ¡Y qué artistas, qué iluminadores! En la
tela de la vida de un anacoreta, de un solitario, os bordan los paisajes más
ideales, las flores más poéticamente sencillas que podáis imaginar. La
caridad, la fe, la esperanza iluminan, perfuman, animan las obras. Es el
tiempo del imperio de Cristo. Para aquellos corazones únicos, para
aquellas mentes de excepción, la cruz se agiganta de tal manera que casi
llena todo el cielo. El Padre mismo y la Paloma blanca del Espíritu están
en el resplandor del Hijo. Y la Madre, la emperatriz María, pone con su
sonrisa una aurora eterna en la maravilla del Empíreo.
La hagiografía fué en aquellos siglos ocupación de las mejores almas. Fra
Domenico, si dejó escritos religiosos y teológicos, y vulgarizó más de una
obra desconocida, si fué poeta en sus serventesios y laudes, lo que le ha
señalado un puesto único en la literatura mística universal, son las
«Vidas»; aunque ellas no sean originales sino arreglos y versiones. «Le
Vite de Santi Padri» furono scritte parte de San Gerolamo, parte da
Evagrio del Ponto e da Sant’ Atanasio, e Fra Domenico Cavalca le
tradusse del latino», dice Costero. Pero hay tal encanto, tal ingenua gracia
y tal animación en ese italiano antiguo; es tan nítido y suave el estilo de
Fra Domenico, que la obra pasa a ser suya propia. No conozco las otras
traducciones suyas de obras diversas, como el «Pangilingua» o «Suma de
Vicios», de Guillermo de Francia, u otras de que habla Costero: Un diálogo
y una epístola de San Gregorio, las «Ammonizione» de San Jerónimo a
Santa Paula, un libro de Fra Simone de Cascia, el «Libro de Ruth», y
«Tratado de Virtudes y Vicios.»
La musa de Cavalca, dice De Sanctis, es el amor. Respira, en efecto, amor
todo aquello que brota de su pluma: el absoluto amor de Dios. La ternura
rebosa en la vida de Santa Eugenia, que tanto entusiasmó a escritora
como la Franceschi Ferrucci. En la de San Pablo, primer ermitaño, flota un
ambiente de deliciosa fantasía. No creo equivocarme si digo que Anatole
102
France ha leído a nuestro autor para escribir imitaciones tan preciosas
como la «Leyenda» y «Celestín» de su «Etui de nacre.» Las creaciones
del paganismo alternan con las figuras ascéticas. Pinturas hay de Fra
Domenico que tienen toda la libertad de la inocencia, y que en boca de un
autor moderno serían demasiado naturalistas. En la vida de San Pablo es
donde se cuenta el caso de aquel mancebo que, tentado para pecar, por
una «bellísima meretriz», sintiéndose ya próximo a faltar a la pureza, se
cortó la lengua con los dientes y la arrojó sangrienta a la cara de la
tentadora.
El viaje de San Antonio en busca de su hermano en Cristo, Pablo, que
habitaba en el Yermo, es página curiosísima.
Allí es donde vemos afirmada la existencia real de los hipocentauros y de
los faunos. El Santo peregrino encuentra a su paso un «mezzo uomo e
mezzo cavallo», que conversa con él y le da la dirección que debe seguir
para encontrar al eremita. Luego un sátiro, un «uomo piccolo, col naso
ritorto e lungo, e con corna in fronte, e piedi quasi come di capra», le
ofrece dátiles y le ruega que interceda por él y sus compañeros con el
nuevo Dios, con el triunfante Cristo.
Para Fra Domenico, que era un digno poeta, la existencia de esos seres
fabulosos es cosa indiscutible e indudable. Más aun, da en su apoyo citas
históricas. «De estas cosas, dice, no hay que dudar, por creerlas increíbles
o vanas; porque en tiempo del emperador Constantino, un semejante
hombre vivo fué llevado a Alejandría, y después, cuando murió, su cuerpo
fué conservado «(insalato)» para que el calor no le descompusiese, y
llevado a Antioquía, al emperador, de lo cual casi todo el mundo puede dar
testimonio.»
Pero nada como la odisea de los monjes Teófilo, Sergio y Elquino, cuando
se propusieron, para edificación de la gente, narrar y escribir las
admirables cosas que Dios les había hecho ver, en su viaje en busca del
Paraíso terrenal. Esto se ve en la vida de San Macario. Habiendo
renunciado al siglo, entraron a un monasterio de Mesopotamia de Siria, del
cual era abad y rector Asclepione. El monasterio estaba situado entre el
Eufrates y el Tigris. Teófilo un día en medio de una mística conversación,
propuso a sus dos nombrados hermanos en Cristo ir en peregrinación por
el mundo, «hasta llegar al lugar en que se junta el cielo con la tierra.»
Partieron todos juntos, y la primera ciudad que encontraron después de
muchos días de caminar fué Jerusalém, en donde adoraron la santa cruz y
103
visitaron los lugares santos. Estuvieron en Belén, y en el monte de los
Olivos. Después se dirigieron a Persia, el cual imperio recorrieron. Luego
van a la India, y empiezan para ellos los encuentros raros, los peligros y
las cosas extranaturales. Les rodean tres mil etiopes, en una casa
deshabitada en la cual habían entrado a orar; les cercan de fuego, para
quemarles vivos; oran ellos a Cristo; Cristo les salva; les encierran para
darles muerte de hambre; Dios les saca libres y sanos. Pasan por montes
obscuros, llenos de víboras y fieras. Caminan días enteros y pierden el
rumbo. Un bellísimo ciervo llega de pronto y les sirve de guía. Vuelven a
encontrarse solos, en un lugar lleno de tinieblas y de espantos: una
paloma se les aparece y les conduce. Encuentran una tabla de mármol
con una inscripción referente a Alejandro y a Darío. En la cual tabla miran
escrita la dirección nueva que deben tomar. Cuarenta días más de
peregrinación y caen rendidos de cansancio. Llaman a Dios, y adquieren
nuevas fuerzas. Se levantan y ven un grandísimo lago lleno de serpientes
que parecían arrojar fuego, «y oímos voces, dice la narración, salir
estridentes de aquel lago, como de innumerables pueblos que gimiesen y
aullasen.» Una voz del cielo les dijo que allí estaban los que negaron a
Cristo.
Hallaron después a un hombre inmenso—una especie de
Prometeo—encadenado a dos montes, y martirizado por el fuego. Su
clamor doloroso «s’udiva bene quaranta miglia alla lunga...» Después en
un lugar profundísimo, y horrible, y rocalloso y áspero—los adjetivos son
del original—vieron una fea mujer desnuda a la cual apretaba un enorme
dragón, y le mordía la lengua. Más adelante encuentran árboles
semejantes a las higueras, llenos de pájaros que tenían voz humana y
pedían perdón a Dios por sus pecados. Quisieron nuestros monjes saber
qué era aquello, mas una voz celeste les reprendió: «Non ci conviene a voi
conoscere li segreti giudici di Dio; andate alla vïa vostra.» Con esta franca
indicación los buenos religiosos prosiguieron su camino. Hallan en seguida
cuatro ancianos, hermosos y venerables, con coronas de oro y gemas,
palmas de oro en las manos; ante ellos, fuego y espadas agudas.
Temblaron los peregrinos; pero fueron confortados: «Seguid vuestro
camino seguramente que nosotros estaremos en este lugar, por Dios,
hasta el día del juicio.»
Anduvieron cuarenta días más, sin comer. Después viene la pintura de una
visión semejante a las visiones, de los fuertes profetas—Ezequiel,
Isaías—, pero en un lenguaje dulce y claro, de una transparencia
104
cristalina. No es posible dar traducidas las excelencias originales. Dicen
que, en su camino, escucharon como cantar la voz de un pueblo
innumerable; y sintieron al mismo tiempo perfumes suavísimos, y una
dulzura en el paladar como de miel.
Gozaban todos los sentidos santamente. Como en la bruma de un
ensueño, vieron un templo de cristal, y un altar en medio, del cual brotaba
una agua blanca como la leche, y alrededor hombres de aspecto santísimo
que cantaban un canto celestial con admirable melodía. El templo, en su
parte del mediodía, parecía de piedras preciosas; en su parte austral era
color de sangre; en la del occidente, blanco como la nieve. Arriba estrellas,
más radiantes que las que vemos en el cielo:—sol, árboles, frutas y flores
y pájaros mejores que los nuestros; y este precioso detalle: «la terra
medesima e dall’ uno lato bianca come neve e dall’ altro rosa.» No
concluyen aquí las maravillas encontradas por estos divinos Marco Polos.
Después de verse frente a frente con una tribu extrañísima—a la cual
ponen en fuga de muy curiosa manera, gritando,—Dios calma sus
hambres y sedes con hierbas que brotan de la tierra como cayó el maná
bíblico del cielo.
Todo cubierto de cabellos blancos, «come l’uccello delle penne», aparece
ante ellos el ermitaño San Macario. Si la blancura de sus cabellos ha sido
comparada con la de la nieve, no obsta para compararla con la de la leche.
El retrato del solitario: «Su faz parecía faz de ángel; y por la mucha vejez
casi no se veían los ojos. Las uñas de los pies y de las manos cubrían
todo el cuerpo; su voz era tan sutil y poca que apenas se oía, la piel del
rostro casi como una piel seca.»
Así León Bloy dibujaría una de sus viñetas arcaicas, a imitación de los
viejos maestros alemanes. Macario conversa con los peregrinos, después
de reconocer en ellos a hijos y ministros de Dios, y les aconseja no
proseguir en su intento de llegar al Paraíso.
El mismo ha querido hacer el viaje: lo ha hecho: ¡está tan cerca aquel
lugar de delicias donde vivieron Adán y Eva! veinte millas, no más. Pero
allá está el querubín con una espada de fuego en la mano, para guardar el
árbol de la vida: sus pies parecen de hombre, su pecho de león, sus
manos de cristal. Macario recomienda sus huéspedes a sus dos leones:
«Hijitos míos, esos hermanos vienen del siglo a nosotros: cuidado con
hacerles ningún mal.» Cenaron raíces y agua; durmieron. Al siguiente día
ruegan a Macario que les narre su vida. Nuevos y mayores prodigios.
105
Macario, nacido en Roma, cuenta cómo dejó el lecho de sus nupcias, la
propia noche de bodas, para consagrarse al servicio de Cristo.
Guías sobrenaturales, milagrosos senderos, hallazgos portentosos; todo
eso hay en la vida del anciano. También él, perdido en el monte, tuvo por
compañero a un onagro maravilloso, después de ser conducido por el
arcángel Rafael; muéstrale el sendero que debe seguir luego un ciervo
desmesurado; frente a frente con un dragón, el dragón le llama por su
nombre y le conduce a su vez, mas ya transformado en un bellísimo joven.
Halló una gruta y en ella dos leones, que desde entonces fueron sus
compañeros. Esos dos leones escoltaron como pajes, un buen trecho, a
los peregrinos, cuando se despidieron del santo eremita.
Al tratar de los demonios y sus costumbres, en las «Vidas», Fra Domenico
es copioso en detalles. Deben haber consultado sus obras los Bodin,
Gorres, Sinistrari, Lannes, Sprenger, Remigius, del Río, para escribir sus
tratados demonológicos. En la vida de San Antonio Abad toma el Bajísimo
formas diversas: ya es una mujer bellísima y provocativa; o un mozo
horrible; o surge el diablo en forma de serpiente; y fieras, leones
fantásticos, toros, lobos, basiliscos, escorpiones, leopardos y osos, que
amenazan al solitario en una algarabía infernal. Después en otro capítulo,
explícase cómo los demonios pueden venir en forma de ángeles
luminosos, y parecer espíritus buenos. San Antonio cuenta de cuantas
maneras se le aparecieron: en forma de caballeros armados, o de fieras o
monstruos; de un gigante y de un santo monje. San Hilarión les oye llorar
como niños, mugir como bueyes, gemir como mujeres, rugir como leones.
San Abraham mira a Lucifer en su celda en medio de una maravillosa luz,
o en forma de hombre furioso, de niño, de una agresiva multitud. A San
Macario le tienta en figura de preciosa doncella, ricamente vestida. A San
Patricio le arroja a un fuego demoníaco, del cual se libra por la oración.
Pero casi siempre es en forma de mujer, o por medio de la mujer que
Satán incita, pues según dice con justicia Bodin: «Satán par le moyen des
femmes, attire les hommes a sa cordelle.» Y es probado.
Lo que se presenta con especial y primitiva gracia en las «Vite» son las
adorables figuras de las santas. Semejan imágenes de altar bizantino, de
vidrieras medioevales; la virgen Eufrasia; Eugenia, mártir; Eufrosina que
vivió en un monasterio con hábito masculino, como murió Palagia; María
Egipciaca, dulce pecadora que va a Dios y resplandece como una estrella
en el cielo de la santidad; Reparada, que cambia en agua fría el plomo
106
derretido y entra al horno ardiente y sale intacta.
Al acabar de leer la obra de Fra Domenico Cavalca siéntese la impresión
de una blanda brisa llena de aromas paradisíacos y refrescantes. Hay algo
de infantil que deleita y pone en los labios a veces una suave sonrisa.
Todas las literaturas europeas tienen esta clase de
escritores—hagiógrafos o poetas,—por desgracia hoy demasiado
olvidados e ignorados.—Raro es un Rémy de Gourmont que resucite y
ponga en maravilloso marco las bellezas del latín místico de la Edad
Media, por ejemplo. No son muchos—no digo entre nosotros; eso es
claro—los que conocen joyeles como las «Secuencias» de santa
Hildegarda, y otros tesoros de poesía mística antigua. Alemania posee el
«Barlaam» y «Josaphat», el cántico de San Hannon, etcétera. Tieck
intentó que la poesía alemana de su tiempo se abrevase en las límpidas
aguas de Wackenroder y otros autores de su tiempo. Fué un precursor de
Dante Gabriel Rossetti, del prerrafaelismo; y sufrió por sus intentos más de
una picadura de las abejas de Heine.
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EDUARDO DUBUS
Los violines también se callan, los violines que tocaban tan vigorosamente
para la danza, para la danza de las pasiones; los violines se callan
también. Estas palabras de la «Angélica» de Heine, escucháis al entrar al
parque solitario en donde la fiesta tuvo sus luces y sus cantos.
Eduardo Dubus es un raro poeta, poeta que enguirnalda con rosas
marchitas el simulacro de la Melancolía.
Vamos allá al recinto abandonado... ya pasó la hora de la partida; ya las
barcas van lejos; ya las marquesas, los caballeros galantes, los abates
rosados van lejos. Callaron los violines y partieron, con su dulce alma
harmoniosa... Los violines, silenciosos, van ya lejos...
En mes rêves, ou regne une Magicienne,
Cent violons mignons, d’une grâce ancienne,
Vêtus de bleu, de rose, et de noir plus souvent
Viennent jouer parfois, on dirait pour le vent,
Des musiques de la couleur de leur coutume,
Mais on pleurent de folles notes d’amertume,
Que la Fée, une fleur au lèvres, sans émoi,
Ecoute longuement se prolonger en moi,
El dont je garde souvenir, pour lui complaire,
Et maint joyau voilé d’ombre crépusculaire,
Qu’orfèvre symbolique et pieuse sortis
A sa gloire,
Quand les violons sont partis.
Si vuestra alma pone el oído atento, en las fiestas de ensueños del poeta,
oiréis los maravillosos sones de los violines: los azules cantan la melodía
de las dichas soñadas, los alcázares de ilusión, las babilonias de pálido
oro que vemos a través de las brumas de los vagos anhelos; los rosados
dicen las albas de las adolescencias, la luz adorable del orto del amor, la
primera sutil y encantada iniciación del beso, las palomas, las liras; los
negros, ¡oh los negros! son los reveladores de las tristezas, los que plañen
108
los desengaños, los que sollozan líricos de profundis, los que riman la
historia de los adioses, en una enternecedora lengua crepuscular. Todos
ellos mezclan a sus sones divinos la nota melancólica; todos a su «gracia
antigua», agregan como una visión de desesperanza: así escucha el
Hada, una flor en los labios...
La aparición de Ella, es semejante a una de las deliciosas visiones de
Gachons, ese discípulo prestigioso de Grasset, rosa suave, violeta suave,
un poniente melancólico; la Mujer surge intangible; no es la Mujer, es la
Apariencia; sus ojos son adoradores de los sueños, enemigos de las
fuertes y furiosas luces; aman las neblinas fantásticas; buscan las lejanías
en donde crece el sublime lirio de lo Imposible. Luego la contemplamos en
un jardín hesperidino:
Parmi les fleurs pâles, aux senteurs ingénues,
Qui n’ont jamais vibré sous les soleils torrides,
Elle va le regard éperdu vers les nues.
Son âme, une eau limpide et calme de fontaine:
Sous le grand nonchaloir des ramures funèbres,
Reflète indolement la rêverie hautaine
Des lis épanouis dans les demi ténébres.
Une angélique Main, qui lui montre la Voie,
Seule dans sa pensée eut la gloire d’écrire,
Et le ciel, d’une paix divine lui renvoie
L’écho perpétuel de son chaste sourire...
Es una misteriosa y pura figura de primitivo: su paso es casi un
imperceptible vuelo; su delicadeza virginal tiene el resplandor albísimo de
una celeste nieve... Etcétera...
Y así podría seguir, violineando poema en prosa, para encanto de los
snobs de nuestra América ¡que también los tenemos! si no debiese
presentar como se lo merece, en la serie de los Raros, a este poeta
Dubus, que es ciertamente admirable, y en el mismo París, como no sea
en ciertos cenáculos literarios, muy escasamente conocido.
León Deschamps compara la cara de Dubus a «la máscara de Baudelaire
joven», lo cual quiere decir que era de un hermoso tipo, si recordáis la
impresión de Gautier; era joven y vigoroso, «un grand enfant rêveur,
109
pervers pas mal et fantasque joliment.» Del retratito pintado con humor y
cariño por su amigo el jefe de «La Plume», se ve que había en el lírico
envainado un fantasista, y en el soñador un terrible, que quería a toda
costa espantar a los burgueses. No hay que olvidar que los peores
enemigos de las «gentes», se han hallado siempre entre los hombres
jóvenes y cabelludos que besan mejor que nadie las mejillas, muerden las
uvas a plenos dientes y acarician a las musas, como a celestiales amadas
y ardientes queridas. Era así Dubus.
No se adivinaría tras su faz, al melancólico que deslíe los pálidos colores
de sus ensueños, en los versos exquisitos que rimaba, cuando los violines
habían ya partido...
Quería tener fama en «Francisco I», en el «Vachette», en todo el barrio de
ser morfinómano y no había visto nunca, dicen sus íntimos, una Pravaz; de
ser pornógrafo y era casto, tan casto en sus versos, como un lirio de
poesía; de mal «sujeto», y era un excelente muchacho. Su Maga le
protegía; su Maga le enseñaba la más dulce magia; su Maga le enseñaba
los melodiosos versos, las músicas de sus enigmáticos violines...
Henri Degrou—otro perfecto desconocido—nos ha contado de él cómo
apenas tenía diez años de vida artística; que comenzó en el «Scapin» de
Vallette con Denise, Samain, Dumur, Stuart Merril, que luego juntando dos
cosas horriblemente antagónicas, poesía y política, fué conferencista
revolucionario en la sala Jussieu; y se batió en duelo; periodista clamoroso
y aullante en el «Cri du Peuple», en la «Jeune Republique» y en la
escandalosa «Cocarde» de boulangística memoria; poeta en el «Chat
Noir», con Tinchant y Cross, y compañero constante de la parvada
mantenedora de las «revistas jóvenes», entre las cuales brotaron dos que
hoy son lujo intelectual del alma nueva de Francia, y a las que no nombro
por ser muy conocidas de los «nuevos.»
Hízose luego Dubus pontífice o cosa así de una de esas religiones de
moda más o menos indias o egipcias; budhista, kabalista, o lo que fuese,
lo que buscaba su espíritu era huir de la banalidad ambiente, hallar algo en
que refugiarse, sediento de ensueños y de fábulas, enemigo del bulevar,
de Coquelin y de la «Revue de Deux Mondes», uno de tantos «des
Esseintes», en fin.
Cuando la publicación de su libro-bijou, «Quand les violons sont
partis»,—libro especial, defendido de los hipopótamos callejeros porque
110
era de subscripción y no se vendía en las librerías,—los pocos, los que le
comprendieron, le saludaron como a uno de los más ricos y brillantes
poetas de la nueva generación.
Ni desconyuntó el verso francés; ¡y era revolucionario y simbolista! ni
mimó a Mallarmé; ¡y era decadente...! ni ostentó la escuadra de plata y la
cuchara de oro de los impecables albañiles del Parnaso; ¡y era
parnasiano! Lo único que le denunciaba su filiación era un cierto perfume
de Baudelaire; pero un Baudelaire tan sereno y melancólico...
Al comenzar vimos cómo era el alma del poeta, es decir, la mujer, la
inspiración. Simboliza Dubus en ella a la reina de un soñado país que se
desvanece, de un reino hechizado que se borra, que se esfuma:
Elle pairait ainsi bien Reine pour ces temps
Enveloppés de leur linceul de décadence,
Où tante joie est travestie de Mort qui danse,
Et l’Amour en vieillard, dont les doigts mécontents,
Brodent, sans foi, sur une trame de mensonge
Des griffons prisonniers dans des palais de songe.
En ella, como en un altar, se verifican todos los sacrificios, se queman
todos los inciensos. Se miran, como a través de una gasa diamantina, o
más bien, de clara luz lunar, los jardines de su vida, su primavera, en un
estrecimiento de oro; o es ya su perfil, el perfil de una emperatriz
bizantina—algo como la Ana Commeno que pinta Paul Adam—sus deseos
y sus ensueños, bajeles-cisnes que parten a desconocidos países de
amor, en busca de nuevos ardores, de nuevos fuegos: y mirad la
transformación: cómo la mujer intangible marchita ahora con sólo su
aliento las corolas frescas; cómo estremece de asombrado espanto los
blancores liliales con sólo la visión de sus crueles e imperiales labios de
púrpura, la roja violadora de lises.
La segunda parte del libro está precedida de un son de siringa de Verlaine;
Cœurs tendres, mais affranchis du serment.
En toda obra de poeta joven actual se ve necesariamente pasar la sombra
del Capripede.
Es el que ha enseñado el secreto de las vagas melodías sugestivas, de
111
aquellas palabras
si specieux, tout bas,
que hacen que nuestro corazón «tiemble y se extrañe...» primero con la
proclamación del imperio musical—de la «musique avant toute chose»—y
las maravillas del matiz, en una poética encantadora y sabia; después con
la sapientísima gracia de una sencillez más difícil que todas las
manifestaciones que parecieron al principio tan abstrusas.
Dubus canta su romanza teniendo la visión de aquel parque verleniano en
que iban las bellas, prendidas del brazo de los jóvenes amantes,
soñadoras; y en donde los tacones luchaban con las faldas...
J’aimerais bien vous égarer un soir
Au fond du pare desert, dans une allée
Impénétrable à la nuit etoilée:
J’aimerais bien vous égarer un soir.
Je ne verrais que vos longs yeux féeriques
Et nous vivons lèvres closes, rêvant
A la chanson languisante du vent;
Je ne verrais que vos longs yeux féeriques.
Luego las pequeñas cosas divinas del amor, en medio de los perfumes del
gran bosque misterioso, las dos almas olvidadas de la tierra; vuelos de
mariposa, sombras propicias...
Quelle serait la fin de l’aventure?
Un madrigal accueilli d’airs moqueurs?
Nous fûmes tant les dupes de nos cœurs?
Quelle serai la fin de l’aventure?
Abates de corte, marquesas, ecos de las Fiestas galantes. Como en éstas,
la expresión de un indecible «régret», y el refugio de la desolación en el
ensueño.
En ritmos de Malasia continúan las lentas y vagorosas prosas de las
ilusiones fugitivas, de las «reveries» crepusculares, de las laxitudes que
dejan los apasionados besos idos; se oyen en el «pantum» como las
quejas de un viejo clavicordio, que hubiese sido testigo de las horas de
112
pasión, en la primavera en que florecieron las ilusiones, y que hoy
rememora ¡tan tristemente! las albas amorosas que pasaron. ¿Hay algo
más melancólico que el rostro de viuda de esa musa entristecida que tiene
por nombre Antes?
En «Les Jeux fermés» las reminiscencias de Verlaine aparecen más claras
que en ninguna. Si me favoreciese la memoria, recordaría el pasaje
original del maestro. Pero los pocos lectores para quienes escribo estas
líneas, podrán hacer la confrontación:
Toute blanche, comme une aubépine fleurie,
Voici la Belle-au-bois-dormant: on la marie,
Ce soir, au bien-aimé qu’elle atendit cent ans.
Cendrillon passe au bras de l’Adroite-Princesse...
Et les songes épars des contes, vont sans cesse
Souriant aux petits enfants jusqu’au reveil.
La parte siguiente la preside Mallarmé; un Mallarmé que viene desde las
lejanías del Eclesiastés:
¡La chair est triste hélas! et j’ai lu touts les livres!
¿Los violines, los dos violines de la cuadrilla, lloran, o ríen? Es el fin del
baile. La respuesta quizá la encontraríamos en «La Nuit perdue», bajo los
tilos radiosos de girándulas, en donde la orquesta da al aire alegres y
frívolos motivos.
Aquel mismo parque lleno de adorables visiones, y de ruidos de músicas
suaves y de besos, es el lugar de la nueva escena. Al claro de la luna se
inicia un amorío deleitoso y loco. Pero el éxtasis es rápido. No quedará
muy en breve sino la lánguida atonía del recuerdo.
«La Mensonge d’Autunne» está escrita con la manera suntuosa y
hermética de Mallarmé: apenas entrevistas apariencias, enigmáticas
evocaciones, músicas sutiles y penetrantes, despertadoras de
sensaciones que un momento antes ignoraba uno dentro de sí mismo.
Aurora. Ha pasado la noche de la fiesta. «El oro rosado de la aurora
incendia los «vitraux» del palacio en donde se danza una lenta pavana
desfalleciente, a los perfumes enervantes del aire puro.»
113
Un detalle:
L’éclat falot de la bougie agonise
A l’infini, dans les glaces de Venise.
¿Habéis visto un final de fiesta, cuando el alba empieza y la luz del sol va
inundado el salón iluminado por las arañas y los candelabros? Los rostros
cansados, las ojeras, las fatigas del cuerpo y una vaga fatiga del alma.
La musique a des sons bien étranges;
On dirait un remords qui pérore.
Mourants ou morts dejà les sourires mièvres,
Les madrigaux sont morts sur tous les lèvres.
Dans la salle de bal nue et vide
Reste seul un bouquet qui se fane,
Pour mourir du même jour livide
Que l’espoir des danseurs de pavane.
L’éclat falot de la bougie agonise
A l’infini, dans les glaces de Venise...
Después una canción jovial cuyo final nos llevará al ineludible páramo de
los desengaños; una «feerie»—para Rachilde—que sería
maravillosamente a propósito para ser interpretada por Odilon Redon.
Y en los «bailes», son las alegres danzantes, las amadas, las
adoradas—¡ah, crueles gatas nietzschianas!—las alegres danzantes que
danzan al son de los violines y de las flautas.
Entre aromas y sonrisas y músicas, helas allí del brazo de los caballeros,
de los pobres enamorados caballeros.
—Bellas nuestras, ¿queréis colocar en el lugar de las rosas, sobre vuestro
corazón los corazones nuestros?
¡Ah! ellas dicen que sí, toman los corazones, se los prenden al corpiño, y
ríen. Los pobres caballeros partirán y han de ver cómo las bellas danzan
en la sala del baile, y cómo se desprenden los corazones de los corpiños,
y cómo ellas siguen danzando,
114
... et leurs petits souliers
Glissent éclaboussés de gouttes purpurines.
Otra noche de fiesta. Los pájaros azules han volado desde el amanecer
del día, pero vuelven como heridos, con un incierto vuelo. Las rosas del
camino están más pálidas y son más raras que nunca. Las flores están
desoladas bajo un cielo ahogador. Casi concluye esta parte con una
sensación de pesadilla.
Ciertamente, el poeta sabía ya cómo la carne es triste; y había leído todos
los libros...
En la otra parte, cuyo epígrafe es este verso de Gerard de Nerval:
Crains dans le mur un regard qui t’epie,
es una sucesión de cuadros fastuosos, en donde predomina siempre la
bruma de una tristeza irremediable. Es el reino del desencanto.
Así en un soneto invernal, como en el «pantun» del Fuego, dedicado a
Saint Pol Roux El Magnífico; como en el palacio monumental que alza en
una Babilonia de ensueño; como en la canción «para la que llegó
demasiado tarde»; como en Epaves, donde los galeones cargados de
esperanzas se hunden en un océano de olvido, antes de llegar a la
España soñada; como en el jardín muerto, un jardín a lo Poe, en donde
reina la Desolación.
La parte siguiente presídenla dos corifeos de la Decadencia (¡habrá que
llamarla así!): Villiers de l’Isle Adam y Charles Morice.
El Eterno Femenino alza al cielo un cáliz enguirnaldado de locas flores de
voluptuosidad:
La haute coupe, d’un metal diamanté
Où se profilent de lascives silhouettes,
A l’attirance d’un miroir aux alouettes,
Et nos divins désirs, qu’elle eblouit un jour,
Viennent, l’aile ivre, éperdument voler autour
Criant la grande soif qui nous brûle la bouche,
Jusqu’à l’heure de la communion farouche
Où chacun boit dans le metal diamanté
115
La Science: qu’il n’est au monde volupté
Hormis les fleurs dont s’enguirnalde le calice,
Pour que s’immortalice un merveilleux supplice.
Las letanías que siguen tienen su clarísimo origen en Baudelaire; pero
tanto Dubus, como Hannon, como todos los que han querido renovar las
admirables de Satán, no han alcanzado la señalada altura. No se puede
decir lo mismo respecto a la «Sangre de las rosas», en donde el autor se
revela exquisito artista del verso y poeta encantador.
Después oímos el canto que rememora el naufragio de los que, atraídos
por las fascinantes sirenas, hallaron la muerte bajo la tempestad, «cerca
de los archipiélagos cuyos bosques exhalan vagas sinfonías y perfumes
cargados de languideces infinitas.»
C’était le chant suave et mortel des sirenes,
Qui avançaient, avec d’ineffables lenteurs,
Les bras en lyre et les regards fascinateurs,
Dans les râles du vent diviniment sereines.
Algo soberbio es «El Idolo», poema fabricado lapidariamente, cuyo
símbolo supremo irradia una majestad solemne y grandiosa.
Seguidamente viene la última parte, en la cual vuelve a oirse el paso del
Pie de chivo, y su flauta de carrizos:
¿Te souvient-il de notre extase ancienne?
Llama a la Resignación, con una cordura completamente verleniana; Don
Juan se queja en dísticos. Es ya un piano viejo y roto, demasiado usado.
Ha cantado muchos amores y muchas delicias. Las mujeres han
aporreado sus teclas con aires infames, y «traderiderá y laitou»,
¡Tant et tout! que les tremolos
Eussent la gaîté des sanglots.
En el parque antiguo yace la estatua de Eros, caída; las canciones ha
tiempo que se han callado: el solitario desterrado halla apenas un refugio:
el orgullo de los recuerdos: «Superbia.» Al finalizar hay un clamor de
resurrección.
Pour devenir enfin celui que tu recèles,
116
Et qui pourrait périr avant d’avoir été
Sous le poids d’une trop charnelle humanité,
¡O mon âme! il est temps enfin d’avoir des ailes.
Concluye el libro con un inmemoriam a la adorada que un tiempo sacrificó
el corazón del pobre poeta; a la adorada reina, amante de la sangre del
sacrificio, cruel como todas las adoradas,—Herodias.
Los violines se han callado, los violines han partido. Y el poeta ha partido
también, camino del cielo de los pobres poetas, camino de su hospital.
Los violines negros deben haber iniciado un misterioso «De profundis», los
violines negros que le acompañaron en sus desesperanzas y en sus
dolores, cuando la vida le fué dura, la gloria huraña y la mujer engañosa y
felina.
117
TEODORO HANNON
...M. Théodre Hannon, un poéte
de talent, sombré, sans excuse de
misère, a Bruxelles, dans la cloaque
des revues de fin d’année et les
nauséeuses ratatouilles de la basse
presse.
J. K. Huysmans.
Arthur Symons?... no estoy seguro; pero es en libro de escritor inglés
donde he visto primeramente la observación de que la mayor parte de los
poetas y escritores «fin de siglo» de París, decadentes, simbolistas, etc.,
han sido extranjeros y, sobre todo, belgas.
Escribo hoy sobre Theodore Hannon, quien si no tiene el renombre de
otros como Maeterlink, es porque se ha quedado en Bruselas, de revistero
de fin de año y periodista, cosa que a Des Esseintes provoca náuseas.
¡Raro poeta, este Theodore Hannon! Apareció entre la pacotilla
pornográfica que hizo ganar al editor Kistemackers, propagador de todas
las cantáridas e hipomanes de la literatura. Fueron los tiempos de las
nuevas ediciones de antiguos libros obscenos; de la reimpresión del «En
18...» de los Goncourt, con las partes que la censura francesa había
cercenado. Paul Bonnetain daba a luz su «Charlot s’amuse», Flor O’squarr
su «Cristiana», que le valdría unos cuantos golpes del knut de León Bloy,
Poetevin, Nizet, Caze... la falange escandalosa se llamaba en verdad
legión. Entonces surgió Hannon con su «Manneken-pis», anunciado como
«curiosísimo y originalísimo volumen.» Amédée Lynen le había ilustrado
con dibujos «ingenuos.» No siendo suficiente esa campanada, dió a luz el
«Mirliton.» El diablo de las ediciones, Kistemacker, no podía estar más
satisfecho rabudo y en cuclillas, sobre las carátulas. «Las Rimas de Gozo»
nos muestran ya un Theodore Hannon, si no menos tentado por el
demonio de todas las concupiscencias, suavizado por los ungüentos y
perfumes de una poesía exquisita. Depravada, enferma, sabática si
118
queréis, pero exquisita.
He ahí primero ese condenado suicidio del herrero, que dió tema a Felicien
Rops para abracadabrante aguafuerte, que no aconsejo ver a ninguna
persona nerviosa propensa a las pesadillas macabras. Esos versos del
ahorcado, parécenme la más amarga y corrosiva sátira que se ha podido
escribir contra la literatura afrodisíaca. No tendría Theodore Hannon esas
intenciones; pero es el caso que le resultaron así.
Discípulo de Baudelaire «su alma flota sobre los perfumes», como la del
maestro. Busca las sensaciones extrañas, los países raros, las mujeres
raras, los nombres exóticos y expresivos. Me imagino el enfermizo gozo de
Des Esseintes al leer las estrofas al Opoponax: «¡Opoponax! nom très
bizarre—et parfum plus bizarre encore!» Tráele el perfume de apelación
exótica, visiones galantes, tentadores cuadros, maravillosos conciertos
orgiásticos; la nota de ese aroma poderoso sobrepasa a las de los demás,
en un efluvio victorioso.
Gusta del opoponax porque viene de lejanas regiones, donde la naturaleza
parece artificial a nuestras miradas; cielos de laca, flores de porcelana,
pájaros desconocidos, mariposas como pintadas por un pintor caprichoso:
el reinado de lo postizo. El poeta de lo artificial se deleita con los vuelos de
las cigüeñas de los paisajes chinos, los arrozales, los boscajes ocultos y
misteriosos impregnados de vagos almizcles. Estrofas inauditas como esta:
La chinoise aux lueurs des bronzes
En allume ses ongles d’or
Et sa gorge citrine où dort
Le désir insensé des bonzes.
La japonaise en ses rançons
Se sert de tes âcres salives.
Luego se dirigirá a Marión, la adorada que adora el opoponax. (El amor en
la obra de Hannon no existe sino a condición de ser epidérmico). Para
adular a la mujer de su elección le canta, le arrulla, lo diré con la palabra
que mejor lo expresa, le maulla letanías de sensualidad, collares de
epítetos acariciadores, comparaciones pimentadas, frases mordientes y
melifluas... Es el gato de Baudelaire, en una noche de celo, sobre el tejado
de la Decadencia. El opoponax es su tintura de valeriana.
Como paisajista es sorprendente. Nada de Corot; para hallar su
119
procedimiento es preciso buscarlo entre los últimos impresionistas. Tal
pinta una tarde obscura de tempestad y nubarrones; mar brava, negros
oleajes, vuelo de pájaros marinos; o un florecimiento de nieve, los acuosos
vidrios del hielo, la blancura de las nevadas; sinfonías en blanco, inmensos
y húmedos armiños. Pero de todo brota siempre el relente de la tentación,
el soplo del tercer enemigo del hombre, más formidable que todos juntos:
la carne.
Solamente en Swinburne puede hallarse, entre los poderosos, esta poética
y terrible obsesión. Mas en el inglés reina la antigua y clásica furia
amorosa, el Líbido formidable que azotaba con tirsos de rosas y ortigas a
la melodiosa y candente Safo. Theodore Hannon es un perverso, elegante
y refinado; en sus poemas tiembla la «histeria mental» de la ciencia, y la
«delectación morosa» de los teólogos. Es un satánico, un poseído. Mas el
Satán que le tienta, no creáis que es el chivo impuro y sucio, de horrible
recuerdo, o el dragón encendido y aterrorizador, ni siquiera el Arcángel
maldito, o la Serpentina de la Biblia, o el diablo que llegó a la gruta del
santo Antonio, o el de Hugo, de grandes alas de murciélago, o el labrado
por Antokolsky, sobre un picacho, en la sombra. El diablo que ha poseído
a Hannon es el que ha pintado Rops, diablo de frac y «monocle»,
moderno, civilizado, refinado, morfinómano, sadista, maldito, más diablo
que nunca.
Si Gorres escribiese hoy su «Mística diabólica», no pintaría al Enemigo,
«alto, negro, con voz inarticulada, cascada, pero sonora y terrible...
cabellos erizados, barba de chivo...» antes bien: buen mozo, elegante,
perfumado con aromas exóticos, piel de seda y rosa, bebedor de ajenjo,
sportman, y, si literato, poeta decadente. Este es el de Theodore Hannon,
el que le hace rimar preciosidades infernales y cultivar sus flores de fiebre,
esas flores luciferinas que tienen el atractivo de un aroma divino que diera
la eterna muerte.
Hannon pagó tributo a la chinofilia y tejió sedosos encajes rimados en
alabanza del Imperio Celeste y del Japón... Allá le llevó el amor acre y
nuevo de la mujer amarilla y el opio sublime y poderoso, según la
expresión de Quincey. También, como al autor de las «Flores del Mal», le
persigue el spleen. Luego, lanza en esas horas cansadas y plúmbeas, su
desdén al amor ideal. Rompe los moldes en que su poesía pudiese formar
este o aquel verso de oro en honor de la pasión espiritual y pura; fleta un
barco para Cíteres, y arroja al paso ramos de rosas a las mujeres de
120
Lesbos. La vendedora de amor será glorificada por él y corre hacia el
abismo de las delicias en una especie de fatal e ineludible demencia. Va
como si le hubiese aguijoneado los riñones una abeja del jardín de
Petronio.
Héle allí bajando a la bodega de los abuelos, a buscar el buen vino viejo
que le pondrá sol y sangre en las venas; o en el tren expreso que va a
llevarle a saborear los labios deseados; o admirando en una íntima noche
de Diciembre, la estatua viviente de las voluptuosidades felinas. De pronto
un efecto de luna en un mar de duelo, en un fondo negro de tinieblas. El
«odor di femmina» se encuentra en una serie de versos, como esos
perfumes concentrados en los «sachets» de las damas. A veces creyérase
en una vuelta a la naturaleza, a las frescas primaveras, pues brilla sobre la
harmonía de una estrofa, la sonrisa de Mayo. Es una nueva forma de la
tentación, y si oís el canto de un mirlo será una invitación picaresca. Como
su maestro de una malabaresa, Hannon se prenda de una funámbula,
para la cual decora un interior a su capricho, y a la que ofrece la sonata
más amorosamente extravagante del harpa loca de sus nervios. Todo,
para este sensual, es color, sonido, perfume; línea, materia. Baudelaire
hubiera sonreído al leer este terceto:
Le sandrigham, l’Ylang-Ylang, la violette
de ma pâle Beauté font une cassolette
vivante sur laquelle errent mes sens rôdeurs.
Si hay celos son celos del mar, que envuelve en un beso inmenso el
cuerpo amado. He visto cuadros, muchos, que representan sugerentes
escenas de baños de mar; pero ningún pintor ha llegado, a mi juicio, a
donde este maldito belga que hasta en el agua inmensa y azul vierte filtros
amatorios, como un brujo. En ocasiones es banal, emplea símiles
prosaicos, como ferroviarios y geográficos. Pero cuando canta las medias,
esas cosas prosaicas, os juro que no hay nada más original que esa
poesía audaz y fugitiva; sobre una alfombra de seda e hilos de Escocia,
danza la musa Serpentina uno de sus pasos más prodigiosos. Cuando
llega Mayo, madrigaliza el poeta tristemente. No es raro: «Omnia animal
post...» etc.
121
A Louise Abbema dedica una linda copia rítmica de su cuadro «Lilas
blancas»; ¡suave descanso! Pero es para, en seguida, abortar una
estúpida y vulgar blasfemia. ¿Hannon ha querido imitar ciertos versos de
Baudelaire? Baudelaire era profunda y dolorosamente católico, y si
escribió algunas de sus poesías «pour épater les bourgeois», no osó
nunca a Dios. Pasa Theodore Hannon con sus bebedoras de fósforo: esas
son las musas y las mujeres que le llevan la alegría de sus rimas; dedica
ciertos limones a Cheret, y el pintor de los joviales «affiches» gustará de
esas limonadas; quema lo que él llama «incienso femenino», en una copa
de Venus con carbones del Infierno; pinta mares de espumosas ondas
lesbianas y celebra a su amada de figura andrógina; es bohemio y
errabundo, soñador y noctámbulo; prefiere las flores artificiales a las flores
de la primavera; labra joyas, verdaderas joyas poéticas, para modistas y
perdularias; dice sus desengaños prematuros; nos describe a Jane, una
diablesa; nos lleva a un taller de pintor en donde un pobre viejo modelo
sufre su martirio; los «Sonetos sinceros» son tres canciones del amor
moderno, llenas de rosas y de besos, y sus iconos bizantinos son obras
maestras de «degeneración.» Tomando por modelo las letanías infernales
de Baudelaire, escribe las del Ajenjo, que a decir verdad, le resultaron más
que medianas. Su histerismo estalla al cantar la Histeria; su «Mer
enrhumée» es una extravagancia. Canta a unos ojos negros y diabólicos
que le queman el alma; canta el pecado. Nos presenta un cuadro de
«toilette» que es adorable de arte y abominable de vicio; en sus versos se
sienten todos los perfumes, y se miran todos los afeites y menjurjes de un
tocador femenino, desde el coldcream diáfano, la leche de Iris, la Crema
Ninon, el blanco Emperatriz, el polvo divino, el polvo vegetal, hasta la
azurina, el carmín, Ixor, new-mownhay, frangipane, steplanotis... ¡qué sé
yo! todo en los más cristalinos, diamantinos, tallados, cincelados,
admirables frascos. ¡Raro poeta este Theodore Hannon!
122
EL CONDE DE LAUTRÉAMONT
Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo.
El se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida
sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el
empíreo en recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió loco.
Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud;
un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en
que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros
cascabeles de la Locura.
León Bloy fué el verdadero descubridor del conde de Lautréamont. El
furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma
del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un
reducidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama
«Cantos de Maldoror», en el cual está vaciada la pavorosa angustia del
infeliz y sublime montevideano, cuya obra me tocó hacer conocer a
América en Montevideo. No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en
esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las
constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar mucho
con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o gusto de
un manjar nuevo. Hay un juicioso consejo de la Kabala: «No hay que jugar
al espectro, porque se llega a serlo»: y si existe autor peligroso a este
respecto, es el conde de Lautréamont. ¿Qué infernal cancerbero rabioso
mordió a esa alma, allá en la región del misterio, antes de que viniese a
encarnarse en este mundo? Los clamores del teófobo ponen espanto en
quien los escucha. Si yo llevase a mi musa cerca del lugar en donde el
loco está enjaulado vociferando al viento, le taparía los oídos.
Como a Job le quebrantan los sueños y le turban las visiones; como Job
puede exclamar: «Mi alma es cortada en mi vida; yo soltaré mi queja sobre
mí y hablaré con amargura de mi alma.» Pero Job significa «el que llora»;
Job lloraba y el pobre Lautréamont no llora. Su libro es un breviario
satánico, impregnado de melancolía y de tristeza. «El espíritu maligno,
dice Quevedo, en su «Introducción a la vida devota», se deleita en la
123
tristeza y melancolía por cuanto es triste y melancólico, y lo será
eternamente.» Más aun: quien ha escrito los «Cantos de Maldoror» puede
muy bien haber sido un poseso. Recordaremos que ciertos casos de
locura que hoy la ciencia clasifica con nombres técnicos en el catálogo de
las enfermedades nerviosas, eran y son vistos por la Santa Madre Iglesia
como casos de posesión para los cuales se hace preciso el exorcismo.
«¡Alma en ruinas!» exclamaría Bloy con palabras húmedas de compasión.
Job:—«El hombre nacido de mujer, corto de días y harto de
desabrimiento...»
Lautréamont:—«Soy hijo del hombre y de la mujer, según lo que se me ha
dicho. Eso me extraña. ¡Creía ser más!»
Con quien tiene puntos de contacto es con Edgar Poe.
Ambos tuvieron la visión de lo extranatural, ambos fueron perseguidos por
los terribles espíritus enemigos, «horlas» funestas que arrastran al alcohol,
a la locura, o a la muerte; ambos experimentaron la atracción de las
matemáticas, que son, con la teología y la poesía, los tres lados por donde
puede ascenderse a lo infinito. Mas Poe fué celeste, y Lautréamont
infernal.
Escuchad estos amargos fragmentos:
«Soñé que había entrado en el cuerpo de un puerco, que no me era fácil
salir, y que enlodaba mis cerdas en los pantanos más fangosos. ¿Era ello
como una recompensa? Objeto de mis deseos: ¡no pertenecía más a la
humanidad! Así interpretaba yo, experimentando una más que profunda
alegría. Sin embargo, rebuscaba activamente qué acto de virtud había
realizado, para merecer de parte de la Providencia este insigne favor...
»¿Más quién conoce sus necesidades íntimas, o la causa de sus goces
pestilenciales? La metamorfosis no pareció jamás a mis ojos sino como la
alta y magnífica repercusión de una felicidad perfecta que esperaba desde
hacía largo tiempo. ¡Por fin había llegado el día en que yo me convirtiese
en un puerco! Ensayaba mis dientes sobre la corteza de los árboles; mi
hocico, lo contemplaba con delicia. «No quedaba en mí la menor partícula
de divinidad»: supe elevar mi alma hasta la excesiva altura de esta
voluptuosidad inefable.»
124
León Bloy, que en asuntos teológicos tiene la ciencia de un doctor, explica
y excusa en parte la tendencia blasfematoria del lúgubre alienado,
suponiendo que no fué sino un blasfemo por amor. «Después de todo,
este odio rabioso para el Creador, para el Eterno, para el Todopoderoso,
tal como se expresa, es demasiado vago en su objeto, puesto que no toca
nunca los Símbolos», dice.
Oid la voz macabra del raro visionario. Se refiere a los perros nocturnos,
en este pequeño poema en prosa, que hace daño a los nervios. Los perros
aullan «sea como un niño que grita de hambre, sea como un gato herido
en el vientre, bajo un techo; sea como una mujer que pare; sea como un
moribundo atacado de la peste, en el hospital; sea como una joven que
canta un aire sublime—; contra las estrellas al norte, contra las estrellas al
este, contra las estrellas al sur, contra las estrellas al oeste; contra la luna;
contra las montañas; semejantes, a lo lejos, a rocas gigantes, yacentes en
la obscuridad—; contra el aire frío que ellos aspiran a plenos pulmones,
que vuelve lo interior de sus narices rojo y quemante; contra el silencio de
la noche; contra las lechuzas, cuyo vuelo oblicuo les roza los labios y las
narices, y que llevan un ratón o una rana en el pico, alimento vivo, dulce
para la cría; contra las liebres que desaparecen en un parpadear; contra el
ladrón que huye, al galope de su caballo, después de haber cometido un
crimen; contra las serpientes agitadoras de hierbas, que les ponen temblor
en sus pellejos y les hacen chocar los dientes—; contra sus propios
ladridos, que a ellos mismos dan miedo; contra los sapos, a los que
revientan de un solo apretón de mandíbulas (¿para qué se alejaron del
charco?); contra los árboles, cuyas hojas, muellemente mecidas, son otros
tantos misterios que no comprenden, y quieren descubrir con sus ojos fijos
inteligentes—; contra las arañas suspendidas entre las largas patas, que
suben a los árboles para salvarse; contra los cuervos que no han
encontrado que comer durante el día y que vuelven al nido, el ala fatigada;
contra las rocas de la ribera; contra los fuegos que fingen mástiles de
navíos invisibles; contra el ruido sordo de las olas; contra los grandes
peces que nadan mostrando su negro lomo y se hunden en el abismo—, y
contra el hombre que les esclaviza...
«Un día, con ojos vidriosos, me dijo mi madre:—Cuando estés en tu lecho,
y oigas los aullidos de los perros en la campaña, ocúltate en tus sábanas,
no rías de lo que ellos hacen, ellos tienen una sed insaciable de lo infinito,
como yo, como el resto de los humanos, a la «figure pale et longue...»
«Yo,—sigue él,—como los perros sufro la necesidad de lo infinito. ¡No
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puedo, no puedo llenar esa necesidad!» Es ello insensato, delirante; «mas
hay algo en el fondo que a los reflexivos hace temblar.»
Se trata de un loco, ciertamente. Pero recordad que el «deus» enloquecía
a las pitonisas, y que la fiebre divina de los profetas producía cosas
semejantes: y que el autor «vivió» eso, y que no se trata de una «obra
literaria», sino del grito, del aullido de un sér sublime martirizado por
Satanás.
El cómo se burla de la belleza,—como de Psiquis, por odio a Dios,—lo
veréis en las siguientes comparaciones, tomadas de otros pequeños
poemas:
«...El gran duque de Virginia, era bello, bello como una memoria sobre la
curva que describe un perro que corre tras de su amo...» «El vautour des
agneaux, bello como la ley de la detención del desarrollo del pecho en los
adultos cuya propensión al crecimiento no está en relación con la cantidad
de moléculas que su organismo se asimila... El escarabajo, «bello como el
temblor de las manos en el alcoholismo...»
El adolescente, «bello como la retractibilidad de las garras de las aves de
rapiña», o aun «como la poca seguridad de los movimientos musculares
en las llagas de las partes blandas de la región cervical posterior», o,
todavía, «como esa trampa perpetua para ratones, «toujours retendu par
l’animal pris, qui peut prendre seul des rongeurs indéfiniment, et
fonctionner même caché sous la paille», y sobre todo, bello «como el
encuentro fortuito sobre una mesa de disección, de una máquina de coser
y un paraguas...»
En verdad, oh espíritus serenos y felices, que eso es de un «humor»
hiriente y abominable.
¡Y el final del primer canto! Es un agradable cumplimiento para el lector el
que Baudelaire le dedica en las «Flores del Mal», al lado de esta
despedida: «Adieu vieillard, et pense a moi, si tu m’as lu. Toi, jeune
homme, ne te désespere point; car tu as un ami dans le vampire, malgré
ton opinion contraire. En comptant l’acarus sarcopte qui produit la gale, tu
auras deux amis.»
El no pensó jamás en la gloria literaria. No escribió sino para sí mismo.
Nació con la suprema llama genial, y esa misma le consumió.
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El Bajísimo le poseyó, penetrando en su sér por la tristeza. Se dejó caer.
Aborreció al hombre y detestó a Dios. En las seis partes de su obra
sembró una Flora enferma, leprosa, envenenada. Sus animales son
aquellos que hacen pensar en las creaciones del Diablo; el sapo, el buho,
la víbora, la araña. La desesperación es el vino que le embriaga. La
Prostitución, es para él, el misterioso símbolo apocalíptico, entrevisto por
excepcionales espíritus en su verdadera trascendencia: «Yo he hecho un
pacto con la Prostitución, a fin de sembrar el desorden en las familias...
¡ay! ¡ay...! grita la bella mujer desnuda: los hombres algún día serán justos.
No digo más. Déjame partir, para ir a ocultar en el fondo del mar mi tristeza
infinita. No hay sino tú y los monstruos odiosos que bullen en esos negros
abismos, que no me desprecien.»
Y Bloy: «El signo incontestable del gran poeta es la «inconsciencia»
profética, la turbadora facultad de proferir sobre los hombres y el tiempo,
palabras inauditas cuyo contenido ignora él mismo. Esa es la misteriosa
estampilla del Espíritu Santo sobre las frentes sagradas o profanas. Por
ridículo que pueda ser, hoy, descubrir un gran poeta y descubrirle en una
casa de locos, debo declarar en conciencia, que estoy cierto de haber
realizado el hallazgo.»
El poema de Lautréamont se publicó hace diez y siete años en Bélgica. De
la vida de su autor nada se sabe. Los «modernos» grandes artistas de la
lengua francesa, se hablan del libro como de un devocionario simbólico,
raro, inencontrable.
127
PAUL ADAM
De cuando en cuando, la primera página del «Journal» viene como
pesada. Dos, tres, cuatro columnas nutridas, negras, casi de una sola
pieza, hacen ya adivinar la firma. Y el lector avisado se prepara, alista bien
su cabeza, limpia los cristales del entendimiento, y recibe el regalo con
placer y confianza. Es el artículo de Paul Adam. Y es como salir al campo,
o a la orilla del mar. Hay, pues, algo más que el aposento perfumado, los
senos lujuriosos, los chismes de la condesa, los cancanes de la política,
las piernas de las bailarinas y las evoluciones del protocolo. La sensación
es de extrañeza al propio tiempo que de satisfacción. Salir de la perpetua
casa de cita, del perpetuo bar, de los perpetuos bastidores, del perpetuo
salón «coú l’on flirte»; dejar la compañía de lechuguinos canijos y de
vírgenes locas de su cuerpo, por la de un hombre fuerte, sano, honesto,
franco y noble que os señala con un hermoso gesto un gran espectáculo
histórico, un vasto campo moral, un alba estética, es ciertamente
consolador y vigorizante. Los politiqueros de la patriotería dan vueltas
cada mañana al mismo cantar. Rochefort redobla cotidianamente en su
viejo tambor, furioso; Drumont destaza su semita de costumbre; Coppée,
inválido lírico metido a sacristán, se pone a la par del ridículo Dérouléde;
los escritores de la literatura, explotan sus distintos lenocinios; M. Jean
Lorrain cuenta sus historias viciosas de siempre; Mendés, cuya
pornografía de color de rosa no está ya de moda, hace la crítica teatral,
generalmente plástica; Fouquier, el maestro periodista, da lecciones útiles
y generosas;—entre todos, más alto, más joven, más enérgico, más
vigoroso, Paul Adam aparece,—al lado de Mirbeau;—llega con su misión,
obligatoria y dignificadora, y ara en la prensa, en el campo malsano de
esta prensa, con su deber, firme arado.
Yo admiro profundamente a M. Paul Adam. Noble por familia y origen, se
ha consagrado a una tarea de solidaridad humana cuyos frutos se vierten
para los de abajo. Dueño de una voluntad, propietario de un carácter,
fecundo de ideas, pletórico de conocimientos, archimillonario de palabras,
ha desdeñado la parada de un Barrés, que le hubiera conducido a una
diputación, ha rechazado los flonflones de la literatura fácil, la «gloriole» de
128
los éxitos azucarados; ha podado su antiguo estilo de ramas superfluas;
ha puesto su cuño de pensamientos circulantes en pleno sol, en plena
claridad; se ha ido a vivir fuera de París, para trabajar mejor; y diciendo la
verdad, clamando al porvenir, recorriendo lo pasado, estudiando lo
presente, sacudiendo la historia, escarbando naciones, da,
periódicamente, su ración de bien para quien sepa aprovecharla.
No haya vacilación en creer que éstos son pocos. Para los de abajo la
elevación mental, la frase simplificada y amacizada de M. Paul Adam no
es fácilmente accesible; para los puros ideólogos, este organizador, este
lógico, este filósofo de combate, no inspira completa confianza. Por otra
parte, la media intelectualidad halla la selva demasiado tupida, y la pereza
es enemiga del hacha, encuentra el mar muy peligroso, y cree más
agradable fumar, sentada en una piedra de la orilla, por donde los
ensueños pasan y se cogen con la mano.
Hablando recientemente con el poeta Moreas, cuyos olímpicos juicios son
conocidos y sonreídos, preguntéle, su opinión sobre su antiguo
colaborador y amigo. Con las condiciones que él suele establecer, el
amable descontentadizo me concedió: «Mais il est tres fort, tout de
même!» Sabido es que M. Paul Adam comenzó en el grupo de los que en
un tiempo ya lejano se llamaron simbolistas y decadentes, y que escribió
en unión de Moreas «Les demoiselles Goubert» y «Le thé chez Miranda»,
con un estilo ultra exquisito, jeroglífico casi y quintaesenciado, obras en
que se llevaba al extremo un propósito intelectual, para dejar mejor
asentadas las doctrinas entonces flamantes que producirían en lo futuro
muchos fracasados, pero algunos nombres que ilustran la prosa y la
poesía francesas contemporáneas, y que, recorriendo el mundo, causarían
en todos los países y lenguas civilizados, movimientos provechosos.
¿Quién reconocería al pintor extraño de aquellas decoraciones y al tejedor
de aquellas sutiles telas de araña, en el musculoso manejador de mazas
dialécticas, fundidor de ideas regeneradoras y trabajador triptolémico de
ahora?
Amontona en la balanza del pensamiento francés, libro sobre libro, y ya su
obra pesa como la carga de cien graneros. Esta transformación la ha
operado la voluntad guiadora de la labor; la labor ordenada que lleva su
propósito, y la conciencia que hace cumplir con la tarea que se creó una
obligación, una obligación para con su propia personalidad, que se difunde
en el bien de su patria, la Francia, y por lo tanto en favor de toda la estirpe
129
humana.
Desde «Soi», hasta sus novelas de alta psicología histórica, una obra
enorme atestigua la potencia de ese singular entendimiento. Sus
reconstrucciones bizantinas son de un encanto dominador, y junto a lo
concreto de la época, brilla el lujo de un tesoro verbal único, de un decir
que no admite complementos, total. Batallista, arregla, táctico del estilo,
sus escenas y su decoración, con una magistralidad soberbia y
matemática. Y, conciso en lo abundoso, rico de perspectivas, de líneas y
colores, con dos o tres pincelazos planta su cuadro a la vista, neto,
definitivo. En sus estudios del alma de las muchedumbres, como en sus
análisis de tipos psíquicos, su fino espíritu ahonda y aclara, en súbitos
golpes de luz, los más hondos recodos. Y jamás el soplo nórdico, la cosa
germana, o la cosa escandinava, o la cosa rusa, le han perturbado o
fascinado en su camino. M. Paul Adam permanece francés, nada más que
francés, y lleno del soplo de su época, cumple con su deber actual, pone
su contingente en la labor de ahora, y hace lo que puede por ver si no es
imposible la regeneración, la consecución de un ideal de grandeza futura,
humano, seguro y positivo.
No creáis que porque su amor a la justicia y su pasión de belleza y de
verdad le conduzcan a la exaltación de las ocultas fuerzas populares, haya
en él ni un solo momento, un adulador de muchedumbres, ni un político de
oportunidades, ni un cantor de marsellesas y carmañolas. Moralmente, es
un aristócrata, y no confundirá jamás su alma superior, en el mismo rango
o en la misma oleada que la de los rebaños pseudosocialistas. El obra en
pro de los trabajadores; lleva su utopia por el sendero en que se suele
encontrar el casi imposible sueño de la supresión de la miseria y del
desaparecimiento de los ejércitos guerreros. Un crítico sutil y penetrante,
M. Camille Mauclair, concentra en estas palabras la sociología de M. Paul
Adam:
«Para él no hay más que un asunto en los libros y en la vida: la lucha de la
fuerza y del espíritu. El opone la fuerza creadora a la destrucción, la
fecundidad activa al nihilismo de la guerra, el internacionalismo al
«chauvinismo», los conflictos de clases a los conflictos de naciones, el
intelectualismo al militarismo, Lucifer y Prometeo a Júpiter y a Jehová,
dioses de la fuerza brutal.»
M. Paul Adam es un intelectual, en el único sentido que debía tener esta
palabra. El pone en el intelecto la fuente del perfeccionamiento, y da a la
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idea su valor de multiplicación vital, y de repartidora de bienes en la
muchedumbre humana.
Si M. Paul Adam, guiado por su voluntad de siempre, quisiese un día ir a la
acción política, a la lucha directa, sería un gran conductor de pueblos; pero
me temo mucho que tuviese la suerte de un héroe ibseniano. En las
muchedumbres no tienen éxito los cerebrales; el sentimentalismo priva en
seres casi instintivos. El pueblo oye y entiende con mayor placer y facilidad
las tiradas tricolores de un Coppée, que las altas palabras de quien se
desinteresa de las bajas aventuras presentes, y desea formar caracteres,
hacer vibrar noblemente las conciencias y asentar y rehacer y solidificar la
patria.
Una de las fases más simpáticas y sobresalientes de M. Paul Adam, es su
faz de periodista. El «Triomphe des mediocres» es una obra maestra en su
género. Sin la escandalosa escatología pátmica de León Bloy, sin las
farsas, o compadrerías de un Drumont, o de un Rochefort, ha blandido las
más bien templadas ideas, ha herido mucho y bien en esas carnes
sociales, ha flagelado costumbres, se ha burlado duramente de los
carnavales políticos, de las paradas monarquistas, de la caridad falsa, de
la ciencia abotonada y de palmarés; ha denunciado a inicuos, a
sinvergüenzas y mercaderes de patriotismo, falsos socialistas,
aristocráticas fantochesas, cepilladores de moral y remendones de la
virginidad literaria.
¡Y qué hermosa prosa, de un lirismo sofrenado, que va latigueando a un
lado y otro, sin desbocarse, sin sobresaltos, sin caídas, que dice lo que
hay que decir, y nada más; que tiene el adverbio justo, el verbo propio, y
que clava el adjetivo como un rejón, de manera que queda vibrante,
arraigado y seguro! No hay duda de que M. Paul Adam es uno de los
maestros de la prosa contemporánea, en ese maridaje estupendo de la
claridad con la energía, la vivacidad con la fiereza y el ímpetu con la
ponderación.
Y este vigoroso que tiene la medula de un sabio y las alas de un artista,
llena su misión con la mayor serenidad y tranquilidad, no lejos del sonoro y
ronco maelstrom de París. Uno de los mayores bienes que su
personalidad esparce, es ese continuo ejemplo de actividad, esa incesante
campaña, esa inextinguible ansia de trabajar, y de trabajar bien. «La lucha
por el pan, por el oficio de escritor y de periodista, salva a los fuertes de la
abstracción estéril», dice M. Mauclair. Y dice bien. A pesar de su
131
alejamiento de centros y camarillas, o por esto mismo, creo que se le
respeta y se le reconoce como el más potente y el más noble. Al verle así,
en su aislada residencia, sin mezclarse en las locuras y chismes y
revueltas parisienses, cultivando su vasto talento con tanta voluntad y
tanto tino, me suelo imaginar a uno de esos gentiles hombres de la
campaña, que mientras la ciudad danza y se prostituye, siembran sus
campos, tranquilos y laboriosos, y llenan, llenan sus trojes; y cuando la
peste llega y llega el hambre a la ciudad, dan la limosna de sus graneros,
abren sus depósitos, brindan sus almacenes.
Y quizá muy pronto tenga hambre Francia.
132
MAX NORDAU
Mi distinguido colega en «La Nación», Dr. Schimper, se ocupó el año
pasado del primer volumen de «Entartung» de Max Nordau. Ha poco ha
aparecido el segundo: la obra está ya completa. Una endiablada y extraña
Lucrecia Borgia, doctora en medicina, dice en alemán, para mayor
autoridad, con clara y tranquila voz, a todos los convidados al banquete del
arte moderno: «Tengo que anunciaros una noticia, señores míos, y es que
todos estáis locos.» En verdad Max Nordau no deja un solo nombre, entre
todos los escritores y artistas contemporáneos, de la aristocracia
intelectual, al lado del cual nos estriba la correspondiente clasificación
diagnóstica: «imbécil», «idiota», «degenerado», «loco peligroso».
Recuerdo que una vez al acabar de leer uno de los libros de Lombroso,
quedé con la obsesión de la idea de una locura poco menos que universal.
A cada persona de mi conocimiento le aplicaba la observación del doctor
italiano y resultábame que, unos por fas, otros por nefas, todos mis
prójimos eran candidatos al manicomio. Recientemente una obra nacional
digna de elogio, «Pasiones», de Ayarragaray, llamó mi atención hacia la
psicología de nuestro siglo, y presentó a mi vista el tipo del médico
moderno que penetra en lo más íntimo del sér humano. Cuando la
literatura ha hecho suyo el campo de la fisiología, la medicina ha tendido
sus brazos a la región obscura del misterio.
Allá a lo lejos vense a Moliére y Lesage atacar a jeringazos a los
esculapios. Había cierta inquina de los hombres de pluma contra los
médicos, y el epigrama y la sátira teatral no desperdiciaban momento
oportuno para caer sobre los hijos de Galeno. Sangredo había nacido, y no
todo él del cerebro de su creador, pues sabemos por Max Simón que
Sangredo vivió en carne y hueso en la personalidad del médico Hecquet.
El mismo Max Simón hace notar la acrimonia especial con que el más
ilustre de los poetas cómicos y el más grande de los novelistas de su
época atacaron a los médicos. En uno y otro, dice, se nota un verdadero
desprecio por el arte que profesan aquellos a quienes atacan. Moliére,
irónico y fuerte, Lesage, injurioso y despreciativo, están siempre listos con
sus aljabas. Monsieur Purgón, formalista, aparatoso y ciego de intelecto, y
133
los dos Tomases Diafoirus aparecieron como encarnaciones de una
ciencia tan aparatosa como falsa. Sangredo fué, según Walter Scott, el
mismo Helvecio. En resumen, los ataques literarios se dirigían contra los
doctores de sangría y agua tibia. Son los tiempos en que Hecquet publica
«Le Brigandage de la Médecine», en el cual están en su base los
principios de Gil Blas, y en el que eran más que comunes diálogos a la
manera del que en una obra del gran cómico sostienen Desfonandrés y
Tomes.
Si los médicos del siglo XVII se enconaron con las bromas de Moliére, los
del siglo XVIII no fueron tan quisquillosos con las sátiras de Lesage. En
nuestro siglo, la última gran campaña literaria, el movimiento naturalista
dirigido por Zola, tiene por padre a un médico, Claudio Bernard. En tanto
que la literatura investiga y se deja arrastrar por el impulso científico, la
medicina penetra al reino de las letras; se escriben libros de clínica tan
amenos como una novela. La psiquiatría pone su lente práctico en
regiones donde solamente antes había visto claro la pupila ideal de la
poesía. Ante el profesor de la Salpetriére, junto con los estudiantes han ido
los literatos. Y en el terreno crítico cierta crítica tiene por base estudios
recientes sobre el genio y la locura: Lombroso y sus seguidores.
Guyau, el admirable y joven sabio, sacrificó en las aras de los nuevos
ídolos científicos. El comprobó, como un profesor que toma el pulso, el
estado patológico de su edad, el progreso de fiebre moral siempre en
crecimiento. El juntó en un capítulo de un célebre libro a los neurópatas y
delincuentes, como invasores, como conquistadores victoriosos en el reino
de la literatura. «Et s’y font une place tous les jours plus grande»—, decía
de ellos. Como principal síntoma del mal del siglo, señala la manifestación
de un hondo sufrimiento, el impulso al dolor, que en ciertos espíritus puede
llegar hasta el pesimismo. El tipo que el filósofo presenta es aquel infeliz
Imbert Galloix, cuya pálida figura pasará al porvenir iluminada en su
dolorosa expresión por un rayo piadoso de la gloria de Víctor Hugo. ¡Y
bien! si la desgracia es desequilibrio, bien está señalado Imbert Galloix.
Ese gran talento gemía bajo la más amarga de las desventuras. Sentirse
poseedor del sagrado fuego y no poder acercarse al ara; luchar con la
pobreza, estar lleno de bellas ambiciones y encontrarse solo, abandonado
a sus propias fuerzas en un campo donde la fortuna es la que decide, es
cosa áspera y dura. A propósito de un joven cubano poeta muerto
recientemente en París—¡Augusto de Armas, uno de tantos Imbertos
Galloix!—dice con gran razón el brillante Aniceto Valdivia: «Sólo un
134
temperamento de toro, como el de Balzac, puede soportar sin rajarse, el
peso de ese mundo de desdenes, de olvidos, de negaciones, de injustos
silencios bajo el cual ha caído el adorable poeta de «Rimes Byzantines.»
La autopsia espiritual que del desgraciado joven ginebrino hace el sereno
analizador sociólogo, me parece de una impasible crueldad.
Aquí de las comparaciones que ofrece la nueva ciencia penal, entre los
desequilibrados, locos y criminales. Porque un cierto Cimmino, bandido
napolitano, se ha hecho tatuar en el pecho una frase de desconsuelo,
quedan condenados a la comparación más curiosamente atroz todos los
admirables melancólicos que representan la tristeza en la literatura. El
nombre de Leopardi, por ejemplo, aparecerá en la más infame
promiscuidad con el de cualquier número de penitenciaria o de presidio,
por obra de tal razonamiento de Lacassagne o de tal opinión de Lombroso.
En las especializaciones de Max Nordau la falta de justicia se hace notar,
agravándose con una de las más extrañas inquinas que pueden caber en
crítico nacido. Bien trae a cuento Jean Thorel un caso gracioso que aquí
citaré con las mismas palabras del escritor: «Recuerdo haber leído una
vez en una revista inglesa un largo estudio, muy concienzudo, de
argumentación apretada e irrefutable, que probaba—que no se contentaba
con afirmar, sino que probaba con numerosos ejemplos—que Víctor Hugo
era un escritor sin talento y un execrable poeta. Para mejor convencer a
sus lectores, el crítico que se había señalado la tarea de «demoler» a
Víctor Hugo, había tenido cuidado de acompañar cada una de sus citas de
una notita que hacía conocer el título de la obra de que se había extraído
la cita, con todas sus indicaciones accesorias, lugar y año de publicación,
número de la edición, cifra de la página cuyo era el verso citado, etcétera.
Y se tenía inmediatamente el sentimiento de que si en verdad se hallaba
en tal página de tal libro, el mal verso que se acaba de leer en la revista,
Víctor Hugo era, realmente, un poeta lastimoso. Me decidí temblando a
llevar a cabo esta verificación, y encontré que cada vez que el pícaro verso
estaba en realidad en el libro indicado, descubría también al mismo tiempo
que al lado de ése había diez, cien o mil versos que eran de una completa
belleza.» Tiene razón Jean Thorel. Max Nordau condena el poema entero
por un verso cojo o luxado; y al arte entero, por uno que otro caso de
morbosismo mental. Para estimar la obra de los escritores a quienes
ataca, pues principalmente por los frutos declara él la enfermedad del
árbol, parte de las observaciones de los alienistas en sus casos de los
manicomios. Al tratar Guyau de los desequilibrados, hablaba de «esas
literaturas de decadencia que parecen haber tomado por modelos y por
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maestros a los locos y los delincuentes.» Nordau no se contenta con dirigir
su escalpelo hacia Verlaine, el gran poeta desventurado o a uno que otro
extravagante de los últimos cenáculos de las letras parisienses. El
sentencia a decadentes y estetas, a parnasianos y diabólicos, a ibsenistas
y neomísticos, a prerrafaelistas y tolstoistas, wagnerianos y cultivadores
del yo; y si no lleva su análisis implacable con mayor fuerza hacia Zola y
los suyos, no es por falta de bríos y deseos, sino porque el naturalismo
yace enterrado bajo el árbol genealógico de los Rougon-Macquart.
Una de las cosas que señala en los modernos artistas como signo
inequívoco de neuropatía, es la tendencia a formar escuelas y
agrupaciones. Sería deliciosamente peregrino que por ese solo hecho
todas las escuelas antiguas, todos los cenáculos, desde el de Sócrates
hasta el de N. S. Jesucristo y desde el de Ronsard hasta el de Víctor
Hugo, mereciesen la calificación inapelable de la nueva crítica científica.
Otras causas de condenación: amor apasionado del color: fecundidad:
fraternidad artística entre dos; esta afirmación que nos dejará
estupefactos, gracias a la autoridad del sabio Sollier: es una particularidad
de los idiotas y de los imbéciles tener gusto por la música. Thorel señala
una contradicción del crítico alemán que aparece harto clara. La música,
dice éste, no tiene otro objeto que despertar emociones; por tanto, los que
se entregan a ella son o están próximos a ser degenerados, por razón de
que la parte del sistema nervioso que está dotada de la facultad de
emotividad, es anterior atávicamente a la substancia gris del cerebro, que
es la encargada de la representación y juicio de las cosas; y el progreso de
la raza consiste en la superioridad que adquiere esta parte sobre la
primera. Entretanto Nordau coloca entre los grandes artistas de su
devoción a un gran músico: Beethoven. De más está decir que las ideas
que Max Nordau profesa sobre el arte son de una estética en extremo
singular y utilitaria. El carro de hierro, la ciencia, ha destruído según él los
ideales religiosos. No va ese carro tirado, ciertamente, por una cuádriga de
caballos de Atila. Y hoy mismo, en el campo de humanidad, después del
paso del monstruo científico, renacen arboles, llenos de flores de fe.
Tampoco el arte podrá ser destruído. Los divinos semi-locos «necesarios
para el progreso,» vivirán siempre en su celeste manicomio consolando a
la tierra de sus sequedades y durezas con una armoniosa lluvia de
esplendores y una maravillosa riqueza de ensueños y de esperanzas.
Por de pronto, en «Degeneración,» los números de hospital, entre otros,
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son los siguientes: Tolstoï,—puesto que lleno de una santa pasión por el
mujick, por el pobre campesino de su Rusia, se enciende en religiosa
caridad y alivia el sufrimiento humano, queda señalado. Queda señalado
también Zola, ese búfalo, Dante Gabriel Rossetti tiene su pareja en tal
casa de orates, en tal lesionado que padece de alalia. Esto a causa de los
motivos musicales de algunos de sus poemas que se repiten con
frecuencia. Deben acompañar lógicamente en su desahucio, al exquisito
prerrafaelista, los bucólicos griegos, los autores de himnos medioevales,
los romancistas españoles y los innumerables cancioneros que han
repetido por gala rítmica una frase dada en el medio o en el fin de sus
estrofas. El admirado universalmente por su alta crítica artística, Ruskin,
queda condenado: es la causa de su condenación el defender a Burne
Jones y a la escuela prerrafaelista. En el proceso del libro, desfilan los
simbolistas y decadentes. El ilustre jefe, el extraño y cabalístico Mallarmé
con el pasaporte de su música encantadora y de sus brumas herméticas,
no necesita más para el diagnóstico. Charles Morice, de larga cabellera y
de grandes ideas, al manicomio. Lo mismo Regnier, el orgulloso ejecutante
en el teclado del verso; Julio Laforgue, que con la introducción del verso
falso ha hecho tantas exquisiteces; Paul Adam, que ya curado de ciertas
exageraciones de juventud, escribe sus «Princesas Bizantinas;» Stuard
Merril, prestigioso rimador yankee-francés; Laurent Tailhade, que resucita
a Rabelais después de cincelar sus joyas místicas. No hay que negarle
mucha razón a Nordau cuando trata de Verlaine, con quien—en cuanto al
poeta,—es justo. Mas el que conozca la vida de Verlaine y lea sus obras,
tendrá que confesar que hay en ese potente cerebro, no el grano de locura
necesario, sino la lesión terrible que ha causado la desgracia de ese
«poeta maldito.» En cuanto a Rimbaud—a quien un talento tan claro como
el de Jorge Vanor coloca entre los genios,—tan orate como él, aunque
menos confuso, y a Tristan Corbiere, a quien sus versos marinos salvan...
Después René Ghil y su tentativa de instrumentación, Gustavo Khan y su
apreciación del valor tonal de las palabras son más bien—a mi
ver—excéntricos literarios llevados por una concepción del arte, en verdad
abstrusa y difícil. Y por lo que toca a Moreas, cuyo talento es sólido é
innegable, y a quien por buena amistad personal conozco íntimamente,
puedo afirmar que lo que menos tiene dañado es el seso. Risueño, poeta,
conocedor de su París, ha sabido cortarle la cola a su perro, y, nada más.
Los wagnerianos van en montón, con el olímpico maestro a la cabeza. No
oye el médico de piedra el eco soberbio de la floresta de armonías.
Mientras Max Nordau escribe su diagnóstico, van en fuga visionaria
137
Sigfrido y Brunhilda, Venus desnuda, guerreros y sirenas, Wotan
formidable, el marino del barco-fantasma; y, llevado por el blanco cisne,
alada góndola de viva nieve, rubio como un Dios de la Walhalla, el bello
caballero Lohengrin.
Pláceme la dureza del clínico para con el grupo de falsos místicos que
trastruecan con extravagantes parodias los vuelos de la fe y las obras de
religión pura.
Así también a los que, sin ver el gran peligro de las posesiones satánicas
que en el vocabulario de la ciencia atea tienen también su
nombre—penetran en las obscuridades escabrosas del ocultismo y de la
magia, cuando no en las abominables farsas de la misa negra. No hay
duda de que muchos de los magos, teósofos y hermetistas están
predestinados para una verdadera alienación.
Todos los médicos pueden testificar que el espiritismo ha dado muchos
habitantes a las celdas de los manicomios.
Por la puerta del egoísmo entran los parnasianos y diabólicos, los
decadentes y estetas, los ibsenistas, y un hombre ilustre que,
desgraciadamente, se volvió loco: Federico Nietzsche. ¿El egoísmo es un
producto de este siglo? Un estudio de la historia del espíritu humano,
demostrará que no.
No ha habido mejor defensor del egoísmo bien entendido, en este fin de
siglo, que Mauricio Barrés. Ya Saint-Simón, en la aurora de estos cien
años, combatía el patriotismo en nombre del egoísmo. Y en el estado
actual de la sociedad humana, ¿quién podrá extrañar el aislamiento de
ciertas almas estilitas, de pie sobre su columna moral, que tienen sobre sí
la mirada del ojo de los bárbaros?
Entre los parnasianos, si no cita a todos los clientes de Lemerre, que con
el oro de la rima le repletaran su caja de editor millonario, señala al
soberbio Theo, que va a su celda, agitando la cabellera absalónica y junto
con él Banville, el mejor tocador de lira de los anfiones de Francia. ¿Y
Mendés?
On y rencontre aussi Mendés
A qui nul rythme ne resiste,
Qu’il chante l’Olimpe ou l’Ades.
138
También se encuentra allí Mendés, entre los degenerados, a causa de sus
versos diamantinos y de sus floridas priapeas. Y al paso de los estetas y
decadentes, lleva la insignia de capitán de los primeros Oscar Wilde. Sí,
Dorian Gray es loco rematado, y allá va Dorian Gray a su celda. No puede
escribirse con la masa cerebral completamente sana el libro «Intentions...»
Y lo que son los decadentes,—¡Nordau como todos los que de ello tratan,
desbarra en la clasificación!—van representados por Villiers de L’Isle-
Adam, el hermano menor de Poe, por el católico Barbey d’Aurevilly... por el
turanio Richepin; por Huyssmans, en fin, lleno de músculos y de fuerzas
de estilo, que personificara en Des Esseintes el tipo finisecular del cerebral
y del quintesenciado, del manojo de vivos nervios que vive enfermo por
obra de la prosa de su tiempo. Si sois partidarios de Ibsen, sabed que el
autor de «Hedda Gabler» está declarado imbécil. No citaré más nombres
de la larga lista.
Después de la diagnosis, la prognosis; después de la prognosis, la terapia.
Dada la enfermedad, el proceso de ella; luego la manera de curarla. La
primera indicación terapéutica es el alejamiento de aquellas ideas que son
causa de la enfermedad. Para los que piensan hondamente en el misterio
de la vida, para los que se entregan a toda especulación que tenga por
objeto lo desconocido, «no pensar en ello.» Cuando Ayarragaray entre
nosotros señala el campo, la quietud, el retiro, «Cantaclaro» protesta.
Nordau pasando sobre el hegelianismo y el idealismo trascendental de
Ficht en persecución del «egoísmo morboso», explica etiológicamente la
degeneración como un resultado de la debilidad de los centros de
percepción o de los nervios sensitivos; cuando trata de la curación debe
permitir que sus lectores abran la boca en forma de O. Receta: prohibición
de la lectura de ciertos libros, y, respecto a los escritores «peligrosos», que
se les aleje de los centros sociales, ni más ni menos como a los lazarinos
y coléricos. Y «¡horresco referens!» que de no tomar tal medida, se les
trate exactamente como a los perros hidrófobos. Este seráfico sabio trae a
la memoria al autor de la «Modesta proposición para impedir que los niños
pobres sean una carga para sus padres y su país, y medio de hacerles
útiles para el público.» Ya se sabe cuál era ese medio que Swift proponía
«with the tread and gaiety of an ogre», que dice Thackeray: comerse a los
chicos. Mas cuando Max Nordau habla del arte con el mismo tono con que
hablaría de la fiebre amarilla o del tifus; cuando habla de los artistas y de
los poetas como de «casos», y aplica la thanathoterapia, quien le sonríe
fraternalmente es el perilustre Dr. Tribulat Bonhomet, «profesor de
139
diagnosis», que gozaba voluptuosamente apretándoles el pescuezo a los
cisnes de los estanques. El, antes de la indicación del autor de
«Entartung» había hecho la célebre «Moción respecto a la utilización de
los terremotos.» El odiaba científicamente a «ciertas gentes toleradas en
nuestros grandes centros, a título de artistas», «esos viles alineadores de
palabras, que son una peste para el cuerpo social.» «Es preciso matarlos
horriblemente», decía. Y para ello proponía que se construyese en lugares
donde fuesen frecuentes los temblores de tierra, grandes edificios de
techos de granito; y «allí invitaremos para que se establezca a toda la
inspirada «ribambelle de ces pretendus Reveurs», que Platón quería,
indulgentemente, coronar de rosas y arrojarlos de su República.» Ya
instalados los poetas, los «soñadores», un terremoto vendría y el efecto
sería el que caracterizaba Bonhomet con esta inquietante onomatopeya:
¡¡¡Krrraaaak!!!
Pero el viejo Tribulat no era tan cruel, pues ofrecía dar a sus condenados a
aplastamiento, horizontes bellos, aires suaves, músicas armoniosas. Por
tanto, yo, que adoro al amable coro de las musas, y el azul de los sueños,
preferiría, antes que ponerme en manos de Max Nordau, ir a casa del
médico de Clara Lenoir, quien me enviaría al edificio de granito, en donde
esperaría la hora de morir saludando a la primavera y al amor, cantando
las rosas y las liras y besando en sus rojos labios a Cloe, Galatea o
Cidalisa!
140
IBSEN
No hace mucho tiempo han comenzado las exploraciones intelectuales al
Polo. Ya Leconte de Lisle había ido a contemplar la naturaleza y aprender
el canto de las runoyas; Mendés a ver el sol de media noche y a hacer
dialogar a Snorr y Snorra, en un poema de sangre y de hielo. Después, los
Nordenskjöld del pensamiento descubrieron en las lejanas regiones
boreales, seres extraños e inauditos: poetas inmensos, pensadores
cósmicos. Entre todos, hallaron uno, en la Noruega; era un hombre fuerte
y raro, de cabellos blancos, de sonrisa penosa, de miradas profundas, de
obras profundas. ¿Estaba acaso en él el genio ártico? Acaso estaba en él
el genio ártico. Parecería que fuese alto como un pino. Es chico de cuerpo.
Nació en su país misterioso; el alma de la tierra en sus más enigmáticas
manifestaciones, se le reveló en su infancia. Hoy, es ya anciano; ha
nevado mucho sobre él; la gloria le ha aureolado, como una magnificente
aurora boreal. Vive allá, lejos, en su tierra de fjords y lluvias y brumas, bajo
un cielo de luz caprichosa y esquiva. El mundo le mira como a un
legendario habitante del reino polar. Quienes, le creen un extravagante
generoso, que grita a los hombres la palabra de su sueño, desde su frío
retiro; quienes, un apostol huraño, quienes, un loco. ¡Enorme visionario de
la nieve! Sus ojos han contemplado las largas noches y el sol rojo que
ensangrienta la obscuridad invernal: luego miró la noche de la vida, lo
obscuro de la humanidad. Su alma estará amargada hasta la muerte.
Maurice Bigeon, que le ha conocido íntimamente, nos le pinta: «La nariz es
fuerte, los pómulos rojos y salientes, la barbilla vigorosamente marcada,
sus grandes anteojos de oro, su barba espesa y blanca donde se hunde lo
bajo del rostro, le dan «l’air brave homme», la apariencia de un magistrado
de provincia, envejecido en el cargo. Toda la poesía del alma, todo el
esplendor de la inteligencia, se han refugiado, aparecen en los labios finos
y largos, un tanto sensuales, que forman en las comisuras una mueca de
altiva ironía; en la mirada, velada y como abierta hacia adentro, ya dulce y
melancólica, ya ágil y agresiva, mirada de místico y luchador, mirada
turbadora, inquietante, atormentada, bajo la cual se tiembla, y que parece
escrutar las conciencias. Y la frente, sobre todo, es magnífica, cuadrada,
141
sólida, de potentes contornos, frente heroica y genial, vasta como el
mundo de pensamientos que abriga. Y, dominando el conjunto,
acentuando todavía más esta impresión de animalidad ideal que se
desprende de su fisonomía toda, una crinada cabellera blanca, fogosa,
indomable...
...Un hombre, en resumen, de esencia especial, de tipo extraño, que
inquieta y subyuga, cuyo igual es inencontrable—un hombre, que no se
podría olvidar aunque se viviese cien años.»
Pues todo hombre tiene un mundo interior y los varones superiores
tiénenlo en grado supremo, el gran escandinavo halló su tesoro en su
propio mundo. «Todo lo he buscado en mí mismo, todo ha salido de mi
corazón.»
Es en sí propio donde encontró el mejor venero para estudiar el principio
humano. Hizo la propia vivisección. Puso el oído a su propia voz y los
dedos al propio pulso. Y todo salió de su corazón. ¡Su corazón!
El corazón de un sensitivo y de un nervioso. Palpitaba por el mundo.
Estaba enfermo de humanidad.
Su organización vibradora y predispuesta a los choques de lo
desconocido, se templó más en el medio de la naturaleza fantasmal, de la
atmósfera extraña de la patria nativa. Una mano invisible le asió, en las
tinieblas.
Ecos misteriosos le llamaron en la bruma. Su niñez fué una flor de tristeza.
Estaba ansioso de ensueños, había nacido con la enfermedad. Yo me lo
imagino, niño silencioso y pálido, de larga cabellera en su pueblo de Skien,
de calles solitarias, de días nebulosos. Me lo imagino en los primeros
estremecimientos producidos por el espíritu que debía poseerle, en un
tiempo perpetuamente crepuscular, o en el silencio frío de la noche
noruega. Su pequeña alma infantil, apretada en un hogar ingrato, los
primeros golpes morales en esa pequeña alma frágil y cristalina, las
primeras impresiones que le hacen comprender la maldad de la tierra y lo
áspero del camino por recorrer. Después, en los años de la juventud,
nuevas asperezas. El comienzo de la lucha por la vida, y la visión
reveladora de la miseria social. ¡Ah, él comprendió el duro mecanismo; y el
142
peligro de tanta rueda dentada; y el error de la dirección de la máquina; y
la perfidia de los capataces y la universal degradación de la especie. Y su
alma se hizo su torre de nieve. Apareció en él el luchador, el combatiente.
Acorazado, casqueado, armado, apareció el poeta. Oyó la voz de los
pueblos. Su espíritu salió de su restringido círculo nacional; cantó las
luchas extranjeras; llamó a la unión de las naciones del norte; su palabra,
que apenas se oía en su pueblo, fué callada por el desencanto; sus
compatriotas no le conocieron; hubo para él, eso sí, piedras, sátira,
envidia, egoísmo, estupidez: su patria, como todas las patrias, fué una
espesa comadre que dió de escobazos a su profeta. De Skien a Grimstad,
a Cristianía. De la mano de Welhaven su espíritu penetra en el mundo de
una nueva filosofía. Después del desencanto, halla otra vez su joven musa
cantos de entusiasmo, de vida, de amor. En los tiempos de las primeras
luchas por la vida había sido farmacéutico. Fué periodista después. Luego,
director de una errante compañía dramática. Viaja, vive. De Dinamarca
vuelve a la capital de su país, y se ocupa también en cosas de teatro. En
su trato con los cómicos—tal Guillermo Shakespeare—comienza a
entrever el mundo de su obra teatral. Está pobre, no le importa; ama. Se
enloquece de amor: tanto se enloquece que se casa. Una dulce hija de
pastor protestante, fué su mujer. Imagínome que la buena Daë Thoresen
debe de haber tenido los cabellos del más lindo oro, y los ojos divinamente
azules.
Después de su «Catilina», simple ensayo juvenil, el autor dramático surge.
La antigua patria renace en «La Castellana de Ostroett»; los que conocéis
la obra ibseniana, oiréis siempre el grito final de Dame Ingegerd,
agonizante: «¿Lo que yo quiero? Un ataúd, un ataúd cerca del de mi hijo.»
Después «Los Guerreros de Helgeland» esa rara obra de visionario.
Recordad:
«Hjordis.—El lobo, allí está, ¿lo ves? allí. No me deja nunca; me tiene
clavados sus ojos rojos, incandescentes. ¡Ah, Sigurd, es un presagio! Tres
veces se me ha aparecido, y seguramente eso quiere decir que moriré
esta noche.
Sigurd.—¡Hjordis! ¡Hjordis!
Hjordis.—Acaba de desaparecer allá, en el suelo. Ahora, ya lo sé.
143
Sigurd.—¡Oh, Hjordis, ven, estás enfermo! Volvamos a casa.
Hjordis.—No: esperaré aquí. Tengo muy poco tiempo de vida.
Sigurd.—¿Pero qué tienes?
Hjordis.—¿Qué tengo? No sé. Pero ya lo ves, tú has dicho la verdad hoy.
Gunuar y Daquy están allí, entre nosotros. Dejémosles. Dejemos esta vida;
así podemos vivir juntos.
Sigurd.—¿Podemos? ¿Tú lo crees?
Hjordis.—Desde el día en que has tomado otra mujer, yo estoy sin patria
en este mundo», etc.
«Los pretendientes a la corona», donde hay el admirable diálogo, entre el
Poeta y el Rey, y el cual tiene que haber influído muy directamente en la
forma dialogal característica de Maeterlink, en sus dramas simbólicos,
seguida en parte por Eugenio de Castro en su suntuoso «Belkiss.» Véase:
El rey Skule.—Me hablarás de eso dentro de poco. Pero dime, Skalda, que
has errado tanto por países extranjeros, ¿has visto una mujer que ame al
hijo de otra? Y cuando digo amar, entiendo amar no con un sentimiento
pasajero, sino amar con todas las ternuras del alma.
El poeta Jatgeir.—Eso no acontece sino a las mujeres que no tienen hijos.
El rey.—¿A ellas solamente?
El poeta.—Sobre todo a las que son estériles.
El rey.—¿Sobre todo a las que son estériles? ¿Aman entonces a los hijos
de otra, con todas las ternuras de su alma?
El poeta.—Sí, a menudo.
El rey.—Y, ¿no es cierto? Sucede que esas mujeres estériles matan a los
hijos de otra, despechadas de no haber tenido ellas.
El poeta.—Sí. Pero eso no es obrar prudentemente.
El rey.—¿Prudentemente?
144
El poeta.—No, no es obrar prudentemente, porque dan a aquellos cuyos
hijos matan, el don del sufrimiento.
El rey.—Pero ¿crees tú que el don del sufrimiento sea una buena cosa?
El poeta.—Sí, señor.
El rey.—Islandés, hay como dos hombres en ti. Estás entre la
muchedumbre, en algún alegre festín, y pones un manto sobre tus
pensamientos. Se está a solas contigo, y te asemejas a los raros a
quienes voluntariamente se escogería por amigos. ¿Por qué es así?
El poeta.—Señor, cuando os queréis bañar en el río, no os desvestís cerca
de donde pasan los que van a la iglesia, sino que buscáis un lugar
solitario...
El rey.—Naturalmente.
El poeta.—¡Y bien! yo también tengo el pudor del alma y por eso es que no
me desvisto cuando hay tanta gente en la sala.
El rey.—¿Eh? Cuéntame, Jatgeir, cómo has llegado a ser poeta y quién te
ha enseñado la poesía.
El poeta.—Señor, la poesía no se aprende.
El rey.—¡La poesía no se aprende! Entonces, ¿cómo has hecho?
El poeta.—He recibido el don del sufrimiento y así he llegado a ser poeta.
El rey.—Así, pues, ¿el don del sufrimiento es necesario al poeta?
El poeta.—Para mí fué necesario; pero hay otros a quienes ha sido
concedida la alegría, la fe o la duda.
El rey.—¿Aun la duda?
El poeta.—Sí; pero es preciso que sea la duda de la fuerza y de la salud.
El rey.—¿Y cuál es la duda que no sea la de la fuerza y de la salud?
El poeta.—Es la duda que duda aún de su duda.
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El rey.—Paréceme que eso debe ser la muerte.
El poeta.—Es más horrible que la muerte misma: son las tinieblas
profundas», etc.
La «Comedia del Amor» marca el humor fino que hay también en Ibsen,
siempre a propósito de errores sociales; y es una puerta de libertad,
abierta al santo instinto humano de amor.
Con la hostilidad de los cómicos cuya dirección tenía, y el clamor de odio y
de villanía que contra él alzaron unos cuantos periodistas, tuvo que
mostrar hombros de hierro, cabeza resistente, puños firmes. Su tierra le
desconocía, le desdeñaba, le odiaba, le calumniaba. Entonces, sacudió el
polvo de sus zapatos. Se va, mordiendo versos contra el rebaño de tontos;
se va, desterrado por la fosilizada familia de retardatarios y de puritanos.
Así, más se ahonda en su corazón el sentimiento de la redención social.
El revolucionario fué a ver el sol de oro de las naciones latinas.
Después de este baño solar nacieron las otras obras que debían darle el
imperio del drama moderno, y colocarle al lado de Wagner, en la altura del
arte y del pensamiento contemporáneo. El había sido el escultor en carne
viva, en su propia carne. Animó después sus extraños personajes
simbólicos por cuyos labios saldría la denuncia del mal inveterado, en la
nueva doctrina. Los pobres tendrán en él un gran defensor. Es un
propósito de redención el que le impulsa. Es un gigantesco arquitecto que
desea erigir su construcción monumental, para salvar las almas por la
plegaria en la altura, de cara a Dios.
El hombre de las visiones, el hombre del país de los kobolds, encuentra
que hay mayores misterios en lo común de la vida que en el reino de la
fantasía: el mayor enigma está en el propio hombre. Y su sueño es ver la
vida mejor, el hombre rejuvenecido, la actual máquina social despedazada.
Nace en él el socialista; es una especie de nuevo redentor.
Así surgen «El pato salvaje», «Nora», «Los aparecidos», «El enemigo del
pueblo», «Rosmersholm», «Hedda Gabler.» Escribía para la
muchedumbre, para la salvación de la muchedumbre. La máquina recibía
rudos golpes de su enorme martillo de dios escandinavo. Su martilleo se
oye por todo el orbe. La aristocracia intelectual está con él. Se le saluda
como a uno de los grandes héroes. Pero su obra no produce lo que él
146
desea. Y su esfuerzo se vela de una sombra de pesimismo.
Fué a ver el sol de las naciones latinas.
Y en las naciones latinas encuentra luchas y horrores, desastres y
tristezas: su alma padece por la amargura de Francia. Llega un momento
en que juzga muerta el alma de la raza. Mas no se va del todo la
esperanza de su corazón. Cree en la resurrección futura: «¿Quién sabe
cuándo la paloma traerá en su pico el ramo precursor? Lo veremos. Por lo
que a mí toca, hasta ese día, permaneceré en mi habitáculo enguatado de
Suecia, celoso de la soledad, ordenando ritmos distinguidos. La multitud
vagabunda se enojará sin duda alguna, y me tratará de renegado; pero
esa muchedumbre me espanta, no quiero que el lodo me salpique; y
deseo, en traje de himeneo, sin mancha, aguardar la aurora que ha de
venir.» ¡Ah, la pobre humanidad perdida! ese extraño redentor quiere
salvarla, encontrar para ella el remedio del mal y la senda que conduce al
verdadero bien. Pero cada instante que pasa le da muerte a una ilusión.
Los hombres están originalmente viciados. Su mismo organismo es un
foco infectivo; su alma está sujeta al error y al pecado. Se va sobre
lodazales o sobre cambroneras. La existencia es el campo de la mentira y
el dolor. Los malos son los que logran conocer el rostro de la felicidad, en
tanto que el inmenso montón de los desgraciados se agita bajo la tabla de
plomo de una fatal miseria. Y el redentor padece con la pena de la
muchedumbre. Su grito no se escucha, su torre no tiene el deseado
coronamiento. Por eso su agitado corazón está de luto, por eso brotan de
los labios de sus nuevos personajes palabras terribles, condenaciones
fulminantes, ásperas y flagelantes verdades. Es pesimista por obra de la
fuerza contraria. El ha entrevisto el ideal, como un miraje. Ha caminado
tras él, ha despedazado sus pies en las piedras del camino, no ha logrado
sino cosechas de decepciones, su fata-morgana se ha convertido en nada.
Y su progenie simbólica está animada de una vida maravillosa y elocuente.
Sus personajes son seres que viven y se mueven y obran sobre la tierra,
en medio de la sociedad actual. Tienen la realidad de la existencia nuestra.
Son nuestros vecinos, nuestros hermanos. A veces nos sorprende oir salir
de sus bocas nuestros propios íntimos pensamientos. Y es que Ibsen es el
hermano de Shakespeare. El proceso shakespeareano de León Daudet
tendría mejor aplicación si se tratase del gran escandinavo. Los tipos son
observados, tomados de la vida común. La misma particularidad nacional,
147
el escenario de la Noruega, le sirve para acentuar mejor los rasgos
universales. Después, él, el creador, ha exprimido su corazón: ha
sondeado su océano mental; ha penetrado en su obscura selva interior; es
el buzo de la conciencia general, en lo profundo de su propia conciencia. Y
había habido un día en que desde el vientre materno su alma se llenara de
la virtud del arte. Su dolencia debía de ser la sublime dolencia del genio;
de un genio peregrino, en que se juntarían las ocultas energías psíquicas
de países remotos en los cuales parece que se encontrase, en ciertas
manifestaciones, la realidad del Ensueño. Y ese «aristo», ese excelente,
ese héroe, ese casi super-hombre, había de hacer de su vida un
holocausto; había de ser el apóstol y el mártir de la verdad inconquistable,
un inmenso trueno en el desierto, un prodigioso relámpago en un mundo
de ciegas pupilas. Y buscó los ejemplos del mal por ser el ambiente del
mal el que satura el mundo. Desde Job a nuestros días, jamás el diálogo
ha sentido en su carne verbal los sacudimientos del espíritu que en las
obras de Ibsen. Habla todo, los cuerpos y las almas. La enfermedad, el
ensueño, la locura, la muerte toman la palabra; sus discursos vienen
impregnados de más-allá. Hay seres ibsenianos en que corre la esencia
de los siglos. Nos hallamos a muchos miles de leguas distantes de la
literatura, esa agradable y alta rama de las Bellas Artes. Es un mundo
distinto y misterioso, en que el pensador tiene la estatura de los
arcángeles. Se siente, en lo obscuro vecino, una brisa que sopla de lo
infinito, cuyo sordo oleaje oímos de tanto en tanto.
Su lenguaje está construído de lógica y animado de misterio. Es Ibsen,
uno de los que más hondamente han escrutado el enigma de la psique
humana. Se remonta a Dios. Parte la fuente de su pensar de la montaña
de las ideas primordiales. Es el héroe moral. ¡Potente solitario! Sale de su
torre de hielo para hacer su oficio de domador de razas, de regenerador de
naciones, de salvador humano, su oficio, ay, ímprobo, porque cree que no
será él quien verá el día de la transfiguración ansiada.
No os extrañéis de que sobre su obra titánica floten brumas misteriosas.
Como en todos los espíritus soberanos, como en todos los jerarcas del
pensamiento, su verbo se vela de humareda cual las fisuras de las
solfataras y los cráteres de los volcanes.
Consagrado a su obra como a un sacerdocio, es el ejemplo más admirable
que puede darse en la historia de la idea humana, de la unidad de la
acción y del pensamiento.
148
Es el misionero formidable de una ideal religión, que predica con inaudito
valor las verdades de su evangelio delante de las civilizadas flechas de los
bárbaros blancos.
Si Ibsen no fuera un sublevado titán, sería un santo, puesto que la
santidad es el genio en el carácter, el genio moral. Y ha sentido sobre su
faz el soplo de lo desconocido, de lo arcano; a ese soplo ha obedecido su
autoinvestigación en las tinieblas del propio abismo. Y va por la tierra en
medio de los dolores de los hombres siendo el eco de todas las quejas.
Los versos al cisne, recordados por Bigeon, cantan así: «Cisne cándido,
siempre mudo, en calma siempre! Ni el dolor ni la alegría pueden turbar la
serenidad de tu indiferencia; protector majestuoso del Elfo que se
aduerme, tú te has deslizado sobre las aguas sin jamás producir un
murmullo, sin jamás lanzar un cántico.
Todo lo que juntamos en nuestros pasos, juramentos de amor, miradas
angustiosas, hipocresías, mentiras ¡qué te importaban! ¿Qué te
importaban?
Y sin embargo, la mañana de tu muerte suspiraste tu agonía, murmuraste
tu dolor...
¡Y eras un cisne!»
El olímpico pájaro de nieve cantado tan melancólicamente por el Poeta
ártico—y que en su ciclo surgiera de manera tan mágica y armoniosa por
obra del dios Wagner—es para Ibsen nuncio del ultraterrestre Enigma.
He ahí que la inviolada Desconocida aparecerá siempre envuelta en su
impenetrable nube, fuerte y silenciosa; su fuerza, el fin de todas las
fuerzas, y su silencio, la aleación de todas las armonías.
¿Cuál sería el poeta que apoyado en el muro kantiano ordenase con
mayor soberanía el himno de la Voluntad? ¿Quién diría la voluntad del
Mundo y el mundo de la Voluntad? Necesitaríase un Pitágoras moral. El
Noruego ha comprendido esa armonía y sus cantos han sido seres vivos.
Ha sido un intérprete de esa representación de Dios. Ha sido un
incansable minador de prejuicios y ha ido a perseguir el mal en sus dos
principales baluartes, la carne y el espíritu. La carne, que en su infierno
contiene los indomables apetitos y las tormentosas consecuciones del
149
placer, y el espíritu, que presa de vacilaciones o esclavo de la mentira o
arrebatado del pecado luciferino, cae también en su infierno.
Autoridad, constitución social, convenciones de los hombres engañados o
perversos, religiones amoldadas a usos viciados, injusticias de la ley y
leyes de la injusticia; todo el viejo conjunto del organismo ciudadano; todo
el aparato de cultura y de progreso de la colectividad moderna; toda la
grande y monstruosa Jericó, oye sonar el desusado clarín del luminoso
enemigo, pero sus muros no se conmueven, sus fábricas no caen. Por las
ventanas y almenas adviértese cómo las caras rosadas de las mujeres que
habitan la ciudad ríen y los hombres se encogen de hombros. Y el clarín
enemigo suena contra los engaños sociales; contra los contrarios del ideal;
contra los fariseos de la cosa pública; contra la burguesía, cuyo principal
representante será siempre Pilatos; contra los jueces de la falsa justicia,
los sacerdotes de los falsos sacerdocios; contra el capital cuyas monedas,
si se rompiesen, como la hostia del cuento, derramarían sangre humana;
contra la explotación de la miseria; contra los errores del estado; contra las
ligas arraigadas desde siglos de ignominia para mal del hombre y aun en
daño de la misma naturaleza; contra la imbécil canalla apedreadora de
profetas y adoradora de abominables becerros; contra lo que ha
deformado y empequeñecido el cerebro de la mujer, logrando convertirla,
en el transcurso de un inmemorial tiempo de oprobio, en ser inferior y
pasivo; contra las mordazas y grillos de los sexos; contra el comercio
infame, la política fangosa y el pensamiento prostituído: así en «Los
aparecidos», así en «Hedda Gabler», así en «El enemigo del pueblo», así
en «Solness», así en «Las columnas de la sociedad», así en «Los
pretendientes a la corona», así en «La Unión de los jóvenes», así en «El
pequeño Eyolf».
El arcángel de la guarda del enorme Escandinavo tiene por nombre
Sinceridad. Otros hay que le escoltan y se llaman Verdad, Nobleza,
Bondad, Virtud. Suele también acompañarle el querubin Eironeia. Al final
de las «Columnas de la sociedad», Lona proclama la grandeza de la
Libertad y de la Sinceridad. Camille Mauclair decía al finalizar su
conferencia sobre «Solness», cuando Lugne-Poe hacía a París el servicio
que acaba de hacer a Buenos Aires Alfredo de Sanctis: «Seamos sinceros
delante de nosotros mismos, cuidémonos del demonio tonto.» ¡Cuán
elevado y provechoso consejo intelectual! Y Laurent Tailhade al predicar a
su vez las excelencias de «El enemigo del pueblo», decía: «Si algo puede
hacer perdonar al público de las primeras representaciones, mundanos y
150
bolsistas, pilares de club y folicularios, bobos y snobs de todo pelaje, la
asombrosa impericia que le distingue, el apetito monstruoso que muestra
comunmente para toda especie de chaturas, es la acogida que ha hecho
desde hace tres años a los dos genios, cuya amargura parece caber
menos en lo que se llama tan justamente «el gusto francés»; me refiero a
Ricardo Wagner y a Henrik Ibsen.» Si esto ha sido aplicado a París,
pongan oído atento los centros pensantes de otras naciones. Surjan las
excelencias del gusto nacional y asciéndase a las altas cimas de la Idea y
del Arte; escúchese la doctrina de los señalados maestros conductores,
exorcícese con ideal agua bendita al tonto demonio.
Ibsen no cree en el triunfo de su causa. Por eso la ironía le ha cincelado su
especial sonrisa. ¿Pero quién podría afirmar que no pueden llegar todavía
a ser dorados por el fulgor de la esperada aurora, los cabellos blancos e
indomables de ese soberbio y hecatonquero Precursor del Porvenir?
151
JOSÉ MARTÍ
El fúnebre cortejo de Wagner exigiría los truenos solemnes del
«Tannhauser»; para acompañar a su sepulcro a un dulce poeta bucólico,
irían, como en los bajos relieves, flautistas que hiciesen lamentarse a sus
melodiosas dobles flautas; para los instantes en que se quemase el cuerpo
de Melesígenes, vibrantes coros de liras; para acompañar—¡oh! permitid
que diga su nombre delante de la gran Sombra épica; de todos modos,
malignas sonrisas que podáis aparecer, ya está muerto...!—para
acompañar, americanos todos que habláis idioma español, el entierro de
José Martí, necesitaríase su propia lengua, su órgano prodigioso lleno de
innumerables registros, sus potentes coros verbales, sus trompas de oro,
sus cuerdas quejosas, sus oboes sollozantes, sus flautas, sus tímpanos,
sus liras, sus sistros. Sí, americanos, hay que decir quien fué aquel grande
que ha caído! Quien escribe estas líneas que salen atropelladas de
corazón y cerebro, no es de los que creen en las riquezas existentes de
América... Somos muy pobres... Tan pobres, que nuestros espíritus, si no
viniese el alimento extranjero, se morirían de hambre. Debemos llorar
mucho por esto al que ha caído! Quien murió allá en Cuba, era de lo
mejor, de lo poco que tenemos nosotros los pobres; era millonario y
dadivoso: vaciaba su riqueza a cada instante, y como por la magia del
cuento, siempre quedaba rico: hay entre los enormes volúmenes de la
colección de «La Nación», tanto de su metal fino y piedras preciosas, que
podría sacarse de allí la mejor y más rica estatua. Antes que nadie, Martí
hizo admirar el secreto de las fuentes luminosas. Nunca la lengua nuestra
tuvo mejores tintas, caprichos y bizarrías. Sobre el Niágara castelariano,
milagrosos iris de América. ¡Y qué gracia tan ágil, y qué fuerza natural tan
sostenida y magnífica!
Otra verdad aun, aunque pese más al asombro sonriente: eso que se
llama el genio, fruto tan solamente de árboles centenarios—ese
majestuoso fenómeno del intelecto elevado a su mayor potencia, alta
maravilla creadora, el Genio, en fin, que no ha tenido aún nacimiento en
nuestras repúblicas, ha intentado aparecer dos veces en América; la
primera en un hombre ilustre de esta tierra, la segunda en José Martí. Y no
152
era Martí, como pudiera creerse, de los semi-genios de que habla Mendés,
incapaces de comunicar con los hombres, porque sus alas les levantan
sobre la cabeza de éstos, e incapaces de subir hasta los dioses, porque el
vigor no les alcanza y aun tiene fuerza la tierra para atraerles. El cubano
era «un hombre.» Más aun; era como debería ser el verdadero super-
hombre, grande y viril; poseído del secreto de su excelencia, en comunión
con Dios y con la naturaleza.
En comunión con Dios vivía el hombre de corazón suave e inmenso; aquel
hombre que aborreció el mal y el dolor; aquel amable león de pecho
columbino, que pudiendo desjarretar, aplastar, herir, morder, desgarrar,
fué siempre seda y miel hasta con sus enemigos. Y estaba en comunión
con Dios, habiendo ascendido hasta él por la más firme y segura de las
escalas: la escala del Dolor. La piedad tenía en su sér un templo; por ella
diríase que siguió su alma los cuatro ríos de que habla Rusbrock el
Admirable; el río que asciende, que conduce a la divina altura; el que lleva
a la compasión por las almas cautivas, los otros dos que envuelven todas
las miserias y pesadumbres del herido y perdido rebaño humano. Subió a
Dios, por la compasión y por el dolor. ¡Padeció mucho Martí!—desde las
túnicas consumidoras, del temperamento y de la enfermedad, hasta la
inmensa pena del señalado que se siente desconocido entre la general
estolidez ambiente; y por último, desbordante de amor y de patriótica
locura, consagróse a seguir una triste estrella, la estrella solitaria de la Isla,
estrella engañosa que llevó a ese desventurado rey mago a caer de pronto
en la más negra muerte!
Los tambores de la mediocridad, los clarines del patrioterismo tocarán
dianas celebrando la gloria política del Apolo armado de espada y pistolas
que ha caído, dando su vida, preciosa para la humanidad y para el Arte y
para el verdadero triunfo futuro de América, combatiendo entre el negro
Guillermón y el general Martínez Campos!
¡Oh, Cuba! eres muy bella, ciertamente, y hacen gloriosa obra los hijos
tuyos que luchan porque te quieren libre; y bien hace el español de no dar
paz a la mano por temor de perderte, Cuba admirable y rica y cien veces
bendecida por mi lengua; mas la sangre de Martí no te pertenecía;
pertenecía a toda una raza, a todo un continente; pertenecía a una briosa
juventud que pierde en él quizá al primero de sus maestros; pertenecía al
porvenir!
153
Cuando Cuba se desangró en la primera guerra, la guerra de Céspedes;
cuando el esfuerzo de los deseosos de libertad no tuvo más fruto que
muertes e incendios y carnicerías, gran parte de la intelectualidad cubana
partió al destierro. Muchos de los mejores se expatriaron, discípulos de
don José de la Luz, poetas, pensadores, educacionistas. Aquel destierro
todavía dura para algunos que no han dejado sus huesos en patria ajena o
no han vuelto ahora a la manigua. José Joaquín Palma, que salió a la
edad de Lohengrín con una barba rubia como la de él, y gallardo como
sobre el cisne de su poesía, después de arrullar sus décimas «a la estrella
solitaria» de república en república, vió nevar en su barba de oro, siempre
con ansias de volver a su Bayamo, de donde salió al campo a pelear
después de quemar su casa. Tomás Estrada Palma, pariente del poeta,
varón probo, discreto y lleno de luces, y hoy elegido presidente por los
revolucionarios, vivió de maestro de escuela en la lejana Honduras;
Antonio Zambrana, orador de fama justa en las repúblicas del norte que a
punto estuvo de ir a las Cortes, en donde habría honrado a los
americanos, se refugió en Costa Rica, y allí abrió su estudio de abogado;
Eizaguirre fué a Guatemala; el poeta Sellén, el celebrado traductor de
Heine, y su hermano, otro poeta, fueron a Nueva York, a hacer
almanaques para las píldoras de Lamman y Kemp, si no mienten los
decires; Martí, el gran Martí andaba de tierra en tierra, aquí en tristezas,
allá en los abominables cuidados de las pequeñas miserias de la falta de
oro en suelo extranjero; ya triunfando, porque a la postre la garra es garra
y se impone, ya padeciendo las consecuencias de su antagonismo con la
imbecilidad humana; periodista, profesor, orador; gastando el cuerpo y
sangrando el alma; derrochando las esplendideces de su interior en
lugares en donde jamás se podría saber el valor del altísimo ingenio y se
le infligiría además el baldón del elogio de los ignorantes;—tuvo en cambio
grandes gozos: la compresión de su vuelo por los raros que le conocían
hondamente; el satisfactorio aborrecimiento de los tontos, la acogida que
«l’élite» de la prensa americana—en Buenos Aires y Méjico,—tuvo para
sus correspondencias y artículos de colaboración.
Anduvo, pues, de país en país, y por fin, después de una permanencia en
Centro América, partió a radicarse a Nueva York.
Allá, a aquella ciclópea ciudad, fué aquel caballero del pensamiento a
trabajar y a bregar más que nunca. Desalentado, él tan grande y tan
fuerte, ¡Dios mío! desalentado en sus ensueños de Arte, remachó con
154
triples clavos dentro de su cráneo la imagen de su estrella solitaria, y
dando tiempo al tiempo, se puso a forjar armas para la guerra, a golpe de
palabra y a fuego de idea. Paciencia, la tenía; esperaba y veía como una
vaga fatamorgana, su soñada Cuba libre. Trabajaba de casa en casa, en
los muchos hogares de gentes de Cuba que en Nueva York existen; no
desdeñaba al humilde: al humilde le hablaba como un buen hermano
mayor, aquel sereno e indomable carácter, aquel luchador que hubiera
hablado como Elciis, los cuatro días seguidos, delante del poderoso Otón
rodeado de reyes.
Su labor aumentaba de instante en instante, como si activase más la savia
de su energía aquel inmenso hervor metropolitano. Y visitando al doctor de
la Quinta Avenida, al corredor de la Bolsa y al periodista y al alto empleado
de La Equitativa, y al cigarrero y al negro marinero, a todos los cubanos
neoyorkinos, para no dejar apagar el fuego, para mantener el deseo de
guerra, luchando aún con más o menos claras rivalidades, pero, es lo
cierto, querido y admirado de todos los suyos, tenía que vivir, tenía que
trabajar, entonces eran aquellas cascadas literarias que a estas columnas
venían y otras que iban a diarios de Méjico y Venezuela. No hay duda de
que ese tiempo fué el más hermoso tiempo de José Martí. Entonces fué
cuando se mostró su personalidad intelectual más bellamente. En aquellas
kilométricas epístolas, si apartáis una que otra rara ramazón sin flor o
fruto, hallaréis en el fondo, en lo macizo del terreno, regentes y ko-
hinoores.
Allí aparecía Martí pensador, Martí filósofo, Martí pintor, Martí músico,
Martí poeta siempre. Con una magia incomparable hacía ver unos Estados
Unidos vivos y palpitantes, con su sol y sus almas. Aquella «Nación»
colosal, la «sábana» de antaño, presentaba en sus columnas, a cada
correo de Nueva York, espesas inundaciones de tinta. Los Estados Unidos
de Bourget deleitan y divierten; los Estados Unidos de Groussac hacen
pensar; los Estados Unidos de Martí son estupendo y encantador diorama
que casi se diría aumenta el color de la visión real. Mi memoria se pierde
en aquella montaña de imágenes, pero bien recuerdo un Grant marcial y
un Sherman heroico que no he visto más bellos en otra parte; una llegada
de héroes del Polo; un puente de Brooklin literario igual al de hierro; una
hercúlea descripción de una exposición agrícola, vasta como los establos
de Augías; unas primaveras floridas y unos veranos ¡oh, sí! mejores que
los naturales; unos indios sioux que hablaban en lengua de Martí como si
Manitu mismo les inspirase; unas nevadas que daban frío verdadero, y un
155
Walt Whitman patriarcal, prestigioso, líricamente augusto, antes, mucho
antes de que Francia conociera por Sarrazin al bíblico autor de las «Hojas
de hierba.»
Y cuando el famoso congreso pan-americano, sus cartas fueron
sencillamente un libro. En aquellas correspondencias hablaba de los
peligros del yankee, de los ojos cuidadosos que debía tener la América
latina respecto a la Hermana mayor; y del fondo de aquella frase que una
boca argentina opuso a la frase de Monroe.
Era Martí de temperamento nervioso, delgado, de ojos vivaces y
bondadosos. Su palabra suave y delicada en el trato familiar, cambiaba su
raso y blandura en la tribuna, por los violentos cobres oratorios. Era
orador, y orador de grande influencia. Arrastraba muchedumbres. Su vida
fué un combate. Era blandílocuo y cortesísimo con las damas; las cubanas
de Nueva York teníanle en justo aprecio y cariño, y una sociedad femenina
había que llevaba su nombre.
Su cultura era proverbial, su honra intacta y cristalina; quien se acercó a él
se retiró queriéndole.
Y era poeta; y hacía versos.
Sí, aquel prosista que, siempre fiel a la Castalia clásica, se abrevó en ella
todos los días, al propio tiempo que por su constante comunión con todo lo
moderno y su saber universal y políglota, formaba su manera especial y
peculiarísima, mezclando en su estilo a Saavedra Fajardo con Gautier, con
Goncourt,—con el que gustéis, pues de todo tiene; usando a la continua
de hipérbaton inglés, lanzando a escape sus cuádrigas de metáforas,
retorciendo sus espirales de figuras; pintando ya con minucia de pre-
rafaelista las más pequeñas hojas del paisaje, ya a manchas, a pinceladas
súbitas, a golpes de espátula, dando vida a las figuras; aquel fuerte
cazador, hacía versos, y casi siempre versos pequeñitos, versos
sencillos—¿no se llamaba así un librito de ellos?—versos de tristezas
patrióticas, de duelos de amor, ricos de rima o armonizados siempre con
tacto; una primera y rara colección está dedicada a un hijo a quien adoró y
a quien perdió por siempre: «Ismaelillo.»
Los «Versos sencillos», publicados en Nueva York, en linda edición, en
156
forma de eucologio, tienen verdaderas joyas. Otros versos hay, y entre los
más bellos «Los zapaticos de Rosa.» Creo que como Banville la palabra
«lira» y Leconte de Lisle la palabra «negro», Martí la que más ha
empleado es «rosa.»
Recordemos algunas rimas del infortunado:
¡Oh, mi vida que en la cumbre
Del Ajusco hogar buscó,
Y tan fría se moría
Que en la cumbre halló calor!
¡Oh, los ojos de la virgen
Que me vieron una vez,
Y mi vida estremecida
En la cumbre volvió a arder!
II
Entró la niña en el bosque
Del brazo de su galán,
Y se oyó un beso, otro beso,
Y no se oyó nada más.
Una hora en el bosque estuvo,
Salió al fin sin su galán:
Se oyó un sollozo; un sollozo,
Y después no se oyó más.
III
>
En la falda del Turquino
La esmeralda del camino
Los incita a descansar:
El amante campesino
En la falda del Turquino
Canta bien y sabe amar.
Guajirilla ruborosa,
157
La mejilla tinta en rosa
Bien pudiera denunciar,
Que en la plática sabrosa
Guajirilla ruborosa,
Callar fué mejor que hablar.
IV
Allá en la sombría,
Solemne Alameda,
Un ruido que pasa,
Una hoja que rueda,
Parece al malvado
Gigante que alzado
El brazo le estruja,
La mano le oprime,
Y el cuello le estrecha
Y el alma le pide—,
Y es ruido que pasa
Y es hoja que rueda;
Allá en la sombría,
Callada, vacía,
Solemne Alameda...
—¡Un beso!
—¡Espera!
Aquel día
Al despedirse se amaron.
—¡Un beso!
—Toma.
Aquel día
Al despedirse lloraron.
VI
La del pañuelo de rosa,
La de los ojos muy negros,
No hay negro como tus ojos
158
Ni rosa cual tu pañuelo.
La de promesa vendida,
La de los ojos tan negros,
Más negras son que tus ojos
Las promesas de tu pecho.
Y este primoroso juguete:
De tela blanca y rosada
Tiene Rosa un delantal,
Y a la margen de la puerta
Casi, casi en el umbral,
Un rosal de rosas blancas
Y de rojas un rosal.
Una hermana tiene Rosa
Que tres años besó abril,
Y le piden rojas flores
Y la niña va al pensil,
Y al rosal de rosas blancas
Blancas rosas va a pedir.
Y esta hermana caprichosa
Que a las rosas nunca va,
Cuando Rosa juega y vuelve
En el juego el delantal,
Si ve el blanco abraza a Rosa
Si ve el rojo da en llorar.
Y si pasa caprichosa
Por delante del rosal,
Flores blancas pone a Rosa
En el blanco delantal.
Un libro, la Obra escogida del ilustre escritor, debe ser idea de sus amigos
y discípulos.
Nadie podría iniciar la práctica de tal pensamiento, como el que fué, no
solemne discípulo querido, sino amigo del alma, el paje, o más bien «el
hijo» de Martí: Gonzalo de Quesada, el que le acompañó siempre leal y
159
cariñoso, en trabajos y propagandas, allá en Nueva York y Cayo Hueso y
Tampa. ¡Pero quién sabe si el pobre Gonzalo de Quesada, alma viril y
ardorosa, no ha acompañado al jefe también en la muerte!
Los niños de América tuvieron en el corazón de Martí predilección y amor.
Queda un periódico único en su género—, los pocos números de un
periódico que redactó especialmente para los niños. Hay en uno de ellos
un retrato de San Martín, que es obra maestra. Quedan también la
colección de «Patria» y varias obras vertidas del inglés, pero eso todo es
lo menor de la obra literaria que servirá en lo futuro.
Y ahora, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los
que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer y a perder el
tesoro de tu talento. Ya sabrá el mundo lo que tú eras, pues la justicia de
Dios es infinita y señala a cada cual su legítima gloria. Martínez Campos,
que ha ordenado exponer tu cadáver, sigue leyendo sus dos autores
preferidos: «Cervantes...» y «Ohnet.» Cuba quizá tarde en cumplir contigo
como debe. La juventud americana te saluda y te llora; pero ¡oh, Maestro!
¿qué has hecho...?
Y paréceme que con aquella voz suya, amable y bondadosa, me reprende,
adorador como fué hasta la muerte del ídolo luminoso y terrible de la
Patria; y me habla del sueño en que viera a los héroes: las manos de
piedra, los ojos de piedra, los labios de piedra, las barbas de piedra, la
espada de piedra...
Y que repite luego el voto del verso:
¡Yo quiero, cuando me muera,
Sin patria, pero sin amo,
Tener en mi losa un ramo
De flores y una bandera!
160
EUGENIO DE CASTRO
(Conferencia leída en el Ateneo de Buenos Aires).
Señor presidente, señoras, señores: Os saludo al comenzar esta
conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro y la literatura portuguesa. Es
el asunto para mí gratísimo. Mi deseo es que al acabar de escuchar mis
palabras llevéis con vosotros el encanto de un nuevo y peregrino
conocimiento: el del joven ilustre que hoy representa una de las más
brillantes fases del renacimiento latino, y que, como su hermano de
Italia—el Ermete maravilloso—se mantiene en la consagración de su ideal
«en la sede del arte severo y del silencio», allá en la noble y docta ciudad
de Coimbra. Este nombre os despierta, desde luego, el recuerdo de una
antigua vida escolar, los estudiantes tradicionales, la Fuente de los
Amores, el Mondego, celebrado en los versos, y la figura dulce y trágica de
aquella adorable señora que tuvo el mismo apellido que nuestro poeta:
Inés de Castro, tan bella cuanto sin ventura. Es en aquella ciudad
universitaria en donde ha surgido el admirable lírico que había de
representar, el primero, a la raza ibérica, en el movimiento intelectual
contemporáneo, que ha dado al arte espacios nuevos, fuerzas nuevas y
nuevas glorias. Vogüe, que antes mirara el vuelo simbólico de las
cigüeñas, anunciaba, no hace mucho tiempo, a propósito de la obra de
Gabriele D’Annunzio, una resurrección del espíritu latino. Las harpas y las
flautas sonaban del lado de Italia. Hoy la armonía se oye del lado de
Iberia. Ya es un conjunto de músicas orientales; ya un son melodioso de
siringa, semejante a los que la muerte ha venido a suspender en los labios
del divino Panida de Francia, Paúl Verlaine; ya un heráldico trueno de
trompetas de plata, que avisa el paso de una caravana salomónica.
¿Conocéis al prestigioso Gama que corona Camöens de esplendorosas
gemas poéticas en los triunfos de sus «Lusiadas»? Es el viajero casi
mitológico que vuelve de los países recónditos a donde su valor y su sed
de cosas desconocidas le han llevado. A semejanza de aquellos antiguos
atrevidos navegantes portugueses que iban a las playas distantes de las
tierras asiáticas y africanas en busca de tesoros prodigiosos y volvían con
las perlas arábigas, los diamantes de Golconda, las resinas y aromas y
161
ámbares recogidos en los misteriosos continentes y en los hechiceros
archipiélagos, trayendo al propio tiempo la impresión de sus visiones en la
realidad de las leyendas, en las visitas a islas raras y penínsulas de
encantamiento, Eugenio de Castro, bizarro y mágico Vasco de Gama de la
lira, vuelve de sus incursiones a un Oriente de ensueño, de sus
expediciones a los fantásticos imperios, a países del pasado, lleno de
riquezas, dueño de raras piedras preciosas, conquistador y argonauta,
vestido de suntuosos paramentos e impregnado de exóticos perfumes.
Señores: Mientras nuestra amada y desgraciada madre patria, España,
parece sufrir la hostilidad de una suerte enemiga, encerrada en la muralla
de su tradición, aislada por su propio carácter, sin que penetre hasta ella la
oleada de la evolución mental de estos últimos tiempos, el vecino reino
fraternal manifiesta una súbita energía; el alma portuguesa llama la
atención del mundo, la patria portuguesa encuentra en el extranjero
lenguas que la celebran y la levantan, la sangre de Lusitania florece en
harmoniosas flores de arte y de vida: nosotros, latinos, hispano-
americanos, debemos mirar con orgullo las manifestaciones vitales de ese
pueblo y sentir como propias las victorias que consigue en honor de
nuestra raza.
Es digno de todas nuestras simpatías ese bello y glorioso país de
guerreros, de descubridores y de poetas. Una de las más gratas
impresiones de mi vida ha sido la que produjo esa tierra en que florerecen
los naranjos. Lisboa, hermosa y real, frente a su soberbia bahía, un cielo
generoso de luz, una tierra perfumada de jardines, una delicia natural
esparcida en el ambiente, una fascinación amorosa que invita a la vida,
altivez nativa, nobleza ingénita en sus caballeros, y en sus damas una
distinción gentilicia como corona de la belleza. Y consideraba al hollar
aquella tierra, las proezas de tantos hijos suyos famosos, Magallanes cuyo
nombre quedó para los siglos en el extremo sur argentino, Alburquerque,
el que fué a la lejana Goa, Bartolomé Díaz y la figura dominante,
aureolada de fuegos épicos, del gran Vasco.
Y evocaba la obra de la lira, los ingenuos balbuceos en la corte de Alfonso
Henriquez, en donde la linda Doña Violante, antojábaseme harto cruel, con
el pobre Egas Moniz, agonizante de amor, por aquel «corpo d’oiro»; los
trovadores, formando sus ramilletes de serranillas; Don Diniz, el rey poeta
y sapiente, semejante a Alfonso de España, y a quien Camoëns compara
con el grande Alejandro:
162
Eis depois vem Dinis, que bem parece
Do bravo Afonso estirpe nobre e dina,
Com quem a fama grande se escurece
Da liberalidade Alexandrina.
Com este o Reino próspero florece
(Alcançada já a paz áurea divina)
Em constituições, leis e costumes,
Na terra já tranquila claros lumes.
Fez primeiro em Coimbra exercitar-se
O valeroso officio de Minerva;
E de Helicona as Musas fez passar-se
A pizar do Mondego a fertil herva.
Quanto pode de Athenas desejar-se,
Tudo o soberbo Apollo aqui reserva:
Aqui as capellas dá tecidas de ouro,
Do bacharo e do sempre verde louro.
«Y después viene Dionisio, que bien parece del bravo Alfonso estirpe
noble y digna; por quien la fama grande se obscurece de la liberalidad
Alejandrina: Con éste el reino próspero florece (ya alcanzada la áurea paz
divina) en constituciones, leyes y costumbres, e iluminan claras luces la ya
tranquila tierra. Hizo primero en Coimbra que se ejercitase el valeroso
oficio de Minerva; y las musas del Helicón por él fueron a pisar la fértil
hierba del Mondego. Cuanto puede de Atenas desearse, todo el soberbio
Apolo aquí reserva: Aquí da las coronas tejidas de oro y de siempre verde
laurel». Y luego los romanceros, el «Amadís» que despierta el «Quijote»;
Mascías que muere por el amor, y tanto porta-lira que en tiempos propicios
a las Musas las glorificaron en el suelo lusitano.
No había llegado aún a mis oídos el nombre de Eugenio de Castro, ni a mi
mente el resplandor de su arte aristocrático. La literatura portuguesa ha
sido hasta hace poco tiempo escasamente conocida. Existe cerca de
nosotros un gran país, hijo de Portugal, cuyas manifestaciones espirituales
son en el resto del continente completamente ignoradas; y hay, señores,
en Portugal, y hay en el Brasil una literatura digna de la universal atención
y del estudio de los hombres de pensamiento y de arte. En nuestra
América española, el conocimiento de la literatura de lengua portuguesa
se reduce al escaso número de los que han leído a Camoëns, la mayor
parte en malas traducciones y vaya por lo antiguo. En cuanto a lo
163
moderno, se sabe que ha existido un Herculano gracias a los versos de
Núñez de Arce, y un Eça de Queiroz, por un «Primo-Basilio», que ha
esparcido a los cuatro vientos, en castellano, una feroz casa editora
peninsular.
No era poco el triste asombro del eminente Pinheiro Chagas, cuando en
Madrid en la hospitalaria casa del conde de Peralta oía de mis labios la
lamentación de semejante indiferencia. ¡Pero qué mucho, si en España
misma, a pesar del esfuerzo de propagandistas como la Pardo Bazán y
Sánchez Moguel, el alma lusitana es tanto o más desconocida que entre
nosotros! Y de Gil Vicente a nuestros días, hay un teatro vario y rico. De
Sa de Miranda y Camoëns, a João de Deus, el camino lírico está lleno de
arcos triunfales. De Duharte Galvao a Alejandro Herculano la historia
levanta monumentales y fuertes construcciones; la filosofía y la filología y
la erudición están representadas por más de un nombre ilustre en los
anales de la civilización humana; su lengua, que ha pasado por
evoluciones distintas, ha llegado a ser en manos de Eugenio de Castro y
de sus seguidores, el armonioso instrumento que nos da esas puras joyas
del arte moderno, como «Sagramor» y «Belkiss».
Este siglo tuvo mal comienzo para el pensamiento portugués. Sus alas no
se abrieron en el aire angustioso que esparciera la tempestad napoleónica.
¿Qué figuras vemos aparecer en esa agitada época? Una especie de
Quintana, José Agustín de Macedo, que sopla su hueca trompa; una
especie de Ponsard, Aguiar Leitao, que se pavonea entre la pobreza y
sequedad de sus tragedias; y el curioso y desjuicido José Daniel, que a
falta de Terencio y Plauto, se iba solo, por una senda poco envidiable.
Manuel de Nascimiento, arrojado por una tormenta política, estaba en
París. El obispo Lobo, a quien se ha comparado con de Maistre, señala el
principio de una nueva era. Almeida Garret, que como Nascimiento había
ido a París y había sido ungido por Hugo, llevó a su país la iniciación
romántica. Eugenio de Castro reconoce en uno de sus escritos, cómo el
fondo del alma portuguesa está impregnado de melancolía. Ciertamente,
ese pueblo viril siente de modo hondo y particular el soplo de la tristeza.
Los portugueses tienen esa palabra que indica una enfermiza y especial
nostalgia, un sentimiento único, lleno de la más melancólica dulzura:
«saudade.» Tal sentimiento forma gran parte del espíritu de la poesía de
Almeida Garret, que había llevado su barca sobre las mansas y sonoras
olas del lago lamartiniano. El es uno de los precursores del nuevo
movimiento. El marca un nuevo rumbo a la generación literaria, afianzando
164
en un sólido fundamento clásico, pero con largas vistas hacia el futuro. El
prefacio de «Doña Branca», que Loiseau parangona con el de «Cronwell»,
fué un manifiesto que señaló definitivamente la renovación. El
sentimentalismo de los románticos y las caballerescas aventuras están de
triunfo. Doña Branca está en el castillo morisco con una hada, y Adozinda,
pura como un lirio de nieve, es perseguida, cual la memorable italiana, por
el incestuoso fuego paternal. Almeida Garret—sin que intente defender la
perfección de su obra—ha quedado como uno de los grandes románticos,
que a comienzos de esta centuria han iniciado una revolución en formas e
ideas en el arte de escribir. Antonio Feliciano de Castilho se presenta,
«enfant sublime», con su áulico «Epicedion» a los quince años; su obra
posterior, si es de un romántico declarado, como que procede
inmediatamente de Nascimiento, arranca en su fondo de antiguas fuentes
clásicas, a punto de que se haya nombrado a propósito de su
«Primavera», a Safo, Anacreonte y Ovidio. Y se yergue luego, altiva y
majestuosa, la talla de quien, cuando cayó en la tumba, hizo brotar de la
más bien templada lira castellana un célebre canto fúnebre: comprenderéis
que me refiero a Alejandro Herculano. El gran historiador fué asimismo
aficionado a las musas. Cuando vayáis por su jardín lírico, no dejéis de
observar que por ahí ha pasado el Lamartine de las «Meditaciones.» Pero
era un vigoroso, era un fuerte, y en la piedra fina y duradera de su prosa,
supo construir más de un soberbio monumento. Si sus novelas y los que
podíamos llamar con Galdós, episodios nacionales, son de notable valer,
su fama se sienta sobre el pedestal de su obra histórica, al cual su violento
liberalismo no alcanzó a producir raja alguna. Castello Branco dejó una
producción copiosísima en donde se pueden encontrar algunos granos de
oro. Nos hallamos en pleno período contemporáneo. La voz de Pinheiro
Chagas resuena. Magalhaes Lima va agitar a París la bandera portuguesa;
brillan los nombres de Casal Ribeiro, Machado, Oliveira Martins y tantos
otros, entre los cuales despide excepcional luz el del noble y egregio
Teófilo Braga. Conocemos algunas poesías de Antero de Quental. Doña
Emilia nos informa desde Madrid, de cuando en cuando, que existen tales
o cuales liras lusitanas.
Leopoldo Díaz, hábil husmeador de elegantes novedades, nos traduce una
que otra poesía portuguesa; nos comienzan a llegar los ecos de un
renacimiento en las letras brasileras y en notables revistas jóvenes; y de
pronto un clamor doloroso nos anuncia al mismo tiempo que la muerte de
Verlaine, la del gran poeta João de Deus.
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El viejo João de Deus, «el poeta del amor», a quien Louis Pitate de Brinn
Gaubast no ha vacilado en llamar «un Verlaine—con la pureza de un
Lamartine», fué también un precursor de los artistas exquisitos que hoy
han colocado a tan gran altura las letras portuguesas. Como en España,
como entre nosotros, la exageración romántica, el lacrimoso, falso y
grotesco lirismo personal que tuvo la fecundidad de una epidemia, halló en
Portugal su falange en los seguidores de Palmeirim y João de Lemos.
Contra esos se opuso João de Deus, ayudado por el triste y malogrado
Soares de Passos, que iniciaron algo semejante a la labor parnasiana de
Francia, pero poniendo en el fondo del vaso buen vino de emoción. La
obra de João de Deus, condénsala en pocas palabras Teófilo Braga:
«volvió a la elocución más ideal por la naturalidad; dió al verso la armonía
indefectible por la concordancia de los acentos métricos con la
acentuación de las palabras; hizo de la rima una sorpresa y al mismo
tiempo un colorido vivo; combinó nuevas formas estróficas, renovando
también el soneto y el terceto camonianos, con un tinte de gracia de los
modismos populares. En la fábula de la «Cabra» o «Carneiro e o
Cebado,» resolvió magistralmente el problema presentido por los llamados
nephelibatas, de la remodelación de la estructura del verso; encontró que
el verso puede quebrarse en los hemistiquios más caprichosos, y aun sin
sílabas definidas, pero siempre cayendo dentro de la armonía fundamental
y orgánica del verso tal como el oído romántico lo estableció. La perfección
de la forma no bastaba para que João de Deus ejerciese un influjo
inmediato; sería admirado como artista, pero no tendría el invencible poder
de sugestión en los espíritus. Además de esa perfección parnasista, sus
versos expresan estados de alma, la pasión íntima, vaga y casi timorata de
los antiguos trovadores; aspiraciones indefinidas, como las de los
neoplatónicos o petrarquistas del Renacimiento; la unción mística, como la
de los versos de los poetas extáticos españoles; y, finalmente, la sátira
mordiente, como la de los «goliardos» y estudiantes de la tuna de las
universidades medioevales, cuyo espíritu se advierte en las estrofas de
«Dinheiro,» la «Lata» y la «Marmelada». La impresión que produjo cuando
la poesía caía desacreditada por las exageraciones ultra románticas, fué
grande, se hizo sentir en una rápida transformación de gusto y esmero en
los nuevos poetas. Con verdad y justicia, João de Deus fué proclamado el
maestro de todos nosotros.»
Muerto ese maestro ilustre, a quien con tanto amor celebra Teófilo Braga,
y cuyos despojos se habían cubierto de blancas rosas frescas y de
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laureles, un joven le despide con un saludo glorioso, como se saluda a un
pabellón, en el instituto de Coimbra. Ese joven era el mismo que enviara al
féretro del consagrado cantor de amores, una corona de violetas y
crisantemos, con esta leyenda: «A João de Deus, Eugenio de Castro.» Le
despide con nobleza y orgullo principales, salvando la esencia lírica del
maestro. Su ofrenda fué la presentación verdadera de la obra de João de
Deus, libre de las tachas y aglomeraciones perturbadoras que impone la
crítica indocta y fácil en la incompetencia de sus admiraciones. Lamentó
con una honda voz de artista puro, la belleza poluta por la brutalidad de la
moderna vida, por las bajas conquistas de interés y de la utilidad. «El
americanismo reina absolutamente: destruye las catedrales para levantar
almacenes: derrumba palacios para alzar chimeneas, no siendo de
extrañar que transforme brevemente el monasterio de Batalha en fábrica
de conservas o tejidos, y los Jerónimos en depósito de carbón de piedra o
en club democrático, como ya transformó en cuartel el monumental
convento de Mafra. Las multitudes triunfantes aclaman al progreso; Edison
es el nuevo Mesías; las Bolsas son los nuevos templos. El humo de las
fábricas ya obscurece el aire; en breve dejaremos de ver el cielo!» Tal es
la queja; es la misma de Huysman en Francia, la queja de todos los
artistas, amigos del alma; y considerad si se podría lanzar con justicia ese
Clamor de Coimbra, en este gran Buenos Aires que con los ojos fijos en
los Estados Unidos, al llegar a igualar a Nueva York, podrá levantar un
gigantesco Sarmiento de bronce, como la libertad de Bartholdi, la frente
vuelta hacia el país de los ferrocarriles.
Ese artista que de tal manera exclama «¡en breve dejaremos de ver el
cielo!», es uno de los más exquisitos con que hoy cuenta la moderna
literatura europea, o mejor dicho, la moderna literatura cosmopolita. Pues
existe hoy ese grupo de pensadores y de hombres de arte que en distintos
climas y bajo distintos cielos van guiados por una misma estrella a la
morada de su ideal; que trabajan mudos y alentados por una misma
misteriosa y potente voz, en lenguas distintas, con un impulso único.
¿Simbolistas? ¿Decadentes? Oh, ya ha pasado el tiempo, felizmente, de
la lucha por sutiles clasificaciones. Artistas, nada más, artistas a quienes
distingue principalmente la consagración exclusiva a su religión mental, y
el padecer la persecución de los Domicianos del utilitarismo; la aristocracia
de su obra, que aleja a los espíritus superficiales, o esclavos de límites y
reglamentos fijos. Entre las acusaciones que han padecido, ha sido la de
la obscuridad. Se les adjudicó el imperio de las tinieblas. Las gentes que
se nutren en los periódicos les declararon incomprensibles. En los países
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del sol, se dijo: «son cosas de los países del Norte. Esos hombres trabajan
en las nieblas; sigamos nuestras tradiciones de claridad.» Y resulta por fin,
que la luz también pertenece a esos hombres, y que los palacios
sospechosos de encantamiento que se divisaban entre las brumas de
Escandinavia y en tierras donde sueñan seres de cabellos dorados y ojos
azules, alzan también sus cúpulas entre las fragancias y esplendores del
mediodía, y en tierras en que los divinos sueños y las prodigiosas visiones
penetran también por las pupilas negras.
En los tiempos que corren, dice de Castro, el diletantismo literario, ese
joyero de piedras falsas, dejó de ser un monopolio de los burgueses, ha
pasado hasta las más bajas clases populares. Cuando las otras
ocupaciones intelectuales, la filosofía y el derecho, las matemáticas y la
química, por ejemplo, son respetadas por el vulgo, no hay por ahí «boni
frate» que no se juzgue con derecho de invadir el campo literario,
exponiendo opiniones, distribuyendo diplomas de valer o de mediocridad.
Lo cierto es, sin embargo, que la literatura es sólo para los literatos, como
las matemáticas son sólo para los matemáticos y la química para los
químicos. Así como en religión sólo valen las fes puras, en arte sólo valen
las opiniones de conciencia, y para tener una concienzuda opinión
artística, es necesario ser un artista.
¿Ha tenido que luchar Eugenio de Castro? Indudablemente, sí. No
conozco los detalles de su campaña intelectual; pero no impunemente se
llega a tan justa gloria a su edad, ni se producen tan admirables poemas.
La gloria suya, la que debe satisfacer su alma de excepción, no es por
cierto la ciega y panúrgica fama popular, tan lisonjera con las medianías;
es la gloria de ser comprendido por aquellos que pueden comprenderle; es
la gloria en la comunidad de los «aristos.» Su nombre no resuena sino
desde hace poco tiempo en el mundo de los nuevos. Su «Oaristos»
apareció hace apenas seis años. Después se sucedieron «Horas,»
«Sylva,» «Interlunios.» No he leído sus obras sino después que conocí al
poeta por la crítica de Italia y Francia. Abonado por Remy de Gourmont y
Vittorio Pica, encontró abiertas de par en par las puertas de mi espíritu. Leí
sus versos. Desde el primer momento reconocí su iniciación en el nuevo
sacerdocio estético y la influencia de maestros como Verlaine. Y en veces
su voz era tan semejante a la voz verleniana, que junté en mi imaginación
el recuerdo de de Castro, al del amado y malogrado Julián del Casal, un
cubano que era por cierto el hijo espiritual de «Pauvre Lelian». Eran versos
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de la carne y versos del alma, versos caldeados de pasión, o de fe; ya
reflejos de la roja hoguera swinborniana o de los incensarios y cirios de
«Sagesse.»
Oid:
«Tu frialdad acrece mi deseo: cierro los ojos para olvidarte, y cuanto más
procuro no verte, cuanto más cierro los ojos, más te veo.
Humildemente tras de ti sigo, humildemente, sin convencerte, cuanto
siento por mí crecer el gélido cortejo de tus desdenes.
Sé que jamás te poseeré, sé que «otro» feliz venturoso como un rey
abrazará tu virginal cuerpo en flor.
Mi corazón entretanto no se detiene: aman a medias los que aman con
esperanza—: amar sin esperanza es el verdadero amor.»
Ya en «Horas» el tono cambia.
«No perpetuemos el dolor, seamos castos de una castidad elevada. Tú
como Inés, la santa de los tupidos cabellos, yo como el purísimo San Luis
Gonzaga.
¡La Pureza conviene a almas como las nuestras, las mucosas tientan
solamente a las almas vulgares, la sonrisa con que me encantas sea rosa
mística! y sean las miradas tuyas el argentino «pax tecum».
No son ya tus gráciles gracias de doncella las que me cautivan. Del
Arcángel la espada reluciente decapitó a la Lujuria que hiere y que hiela: lo
que adoro es tu corazón.»
Después llegó a mis manos, en el «Mercure de France», un poema
simbólico y extraño, de un sentimiento profundamente pagano, hondo y
audaz. «Sagramor» y «Belkiss» me hechizaron luego.
«Sagramor» comienza en prosa, en la prosa musical y artística de de
Castro. Sagramor es un pastor al principio. Luego, caballero, recorrerá
todas las cimas de la vida, en busca de la felicidad. Goza del amor, de las
grandezas mundanas, de la variedad de paisajes y cielos, de las victorias
de la fama: Como un eco del Eclesiastés debía repetirle a cada instante la
vanidad de las cosas humanas. ¿Qué le consolará de la desesperanza,
169
cuando ha hallado polvo y ceniza? Ni la ciencia, ni la luz del creyente, ni la
voz de la triste Naturaleza. Hay una virgen fiel que podría salvarle y
acogerle: la Muerte; pero la Muerte no le abre sus brazos. A través de
soberbios episodios, en mágicos versos, desfila una sucesión de visiones
y de símbolos que va a parar al obscuro reino de la invencible Desilusión,
a la fatal miseria del Tedio. En lo más amargo del desencanto, Sagramor
quiere consolarse con el recuerdo de su primera y dulce pasión, Cecilia,
que apenas surge un instante, «creatura bella bianco vestita», y
desaparece. Oid las voces que llegan de tanto en tanto, a invitarle al goce
de la existencia:
PRIMERA VOZ
O viandante que estáis llorando, ¿por qué lloras? Ven conmigo; reiremos
cantando las horas. ¡Ven, no tardes; yo soy el Amor; quiero dar alas a tus
deseos! ¡De lindas bocas, copas en flor, beberás dulces, suaves besos!
SAGRAMOR
¿Besos...? Los besos, hojas vertiginosas, son venenos. Deshojan rosas
sobre las bocas, pero abren llagas en el corazón...
SEGUNDA VOZ
He aquí oro, llénate de oro, toma, no llores... Con los ducados de este
tesoro, tendrás palacios, gemas y flores... Mira, ve cuán rubio es el oro y
cómo resplandece...
SAGRAMOR
¿Oro...? ¿y para qué? La Felicidad no la vende nadie.
TERCERA VOZ
¿Por qué lanzas tan lamentables quejas, con tan tétrico y angustioso tono?
¡Viajemos! gozaremos bellos días...
SAGRAMOR
El mundo es pequeño. Lo he recorrido ya todo.
CUARTA VOZ
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Soy la Gloria, alegre genio de un radioso país solar... ¡Tú serás el mayor
poeta del mundo!
SAGRAMOR
Dicen que el mundo está para concluir...
QUINTA VOZ
Serás un sabio: desde mi albergue verás pronto aclarado todo.
SAGRAMOR
Si hubiera conservado mi ignorancia, no me habría sentido tan
desventurado...
SEXTA VOZ
Yo soy la muerte victoriosa, madre del misterio, madre del secreto...
SAGRAMOR
¡Oh, no me toques! ¡Vete! ¡Tengo miedo de ti!
SÉPTIMA VOZ
¡Yo soy la vida! Ya que el morir te da miedo, te daré mil años.
SAGRAMOR
¡No, Dios mío! ¡No he sufrido ya tantos atroces desengaños!
MUCHAS VOCES
¿Quieres los más raros, los más dulces placeres? ¿Quieres ser estrella,
quieres ser rey? Responde. ¿Qué quieres?
SAGRAMOR
No sé... No sé...
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Un delicado poema suyo:—«La Monja y el Ruiseñor», que dedicó a su
amigo el conde Robert de Montesquiou-Fezensac,—otro exquisito de
Francia. Os traduciré fielmente esos preciosos versos.
De los argentinos plátanos a la sombra
La linda monja, que antes fuera princesa,
Deja vagar sus ojos por el paisaje...
Vese el monasterio, a lo lejos, entre las hojas...
Allá, en un balcón que domina las aguas,
Las otras monjas ríen, contemplando
El polífono mar, tan agitado,
Que de las olas los límpidos aljófares
Sobre la tela de los hábitos cintilan,
Dando a aquellas pobrecillas el aspecto
De reinas que se divierten en una boda.
La princesa real, que se hizo monja,
Que una corona trocó por cilicios,
Y las fiestas por la dulce paz del claustro,
Lejos de las compañeras sonrientes
Jamás a las diversiones de ellas se junta.
Cuando no duerme o reza, su vida
Es vagar por el encierro,
Tan ajena a sí misma, tan suspensa
Cual si las nieblas de un sueño atravesase...
La monja piensa...
Un día, siendo novicia,
Al despertar, sus claros ojos vieron
Cerca de sí un ruiseñor dulcísimo
Que le dijo:
«Soy yo, el alma tuya,
Que esta forma tomé, para, volando,
Recorrer distantes, luminosos países,
Cuyos prodigios mil y mil encantos
Vendré a contarte en las serenas noches...»
172
Entonces, el ruiseñor batió las alas;
Pero nunca más volvió a su dueña
Que por volverle a ver se desespera,
Sufriendo tanto que llorosa juzga
Haber tenido quizá dos almas,
Porque, huyendo la una, no sentiría
Tales penas, si no le quedase otra.
Apágase el día...
He aquí que al nacer la luna
Entre las aves que vuelven a sus nidos
A la esbelta monja se acerca un ruiseñor
Mirándola y remirándola, hasta que rompe
En un argentino cantar:
«¿No me conoces?
Soy yo, tu alma... ten paciencia
Si de ti me he apartado por tanto tiempo.
¡Ah! Pero tú no calculas, amiga mía,
Cuán lindas cosas he visto, qué lindas cosas
Traigo que contarte...»
La paz de la noche
Se aterciopela por los tranquilos prados;
Y entonces la monja que en transporte lánguido
Parece oir allí celestes coros,
A la linda monja cuyos ojos mansos
Se van cerrando en mística voluptuosidad,
El airoso ruiseñor cuenta los viajes
Que hizo por las estrellas diamantinas...
¡Oh! ¡qué dulce cantar! Cantar tan lindo
Que el sol nació, subió, y en fin hundióse,
Sin que la monja en su curso reparase
Toda abstraída al oir el divino canto...
¡Y el canto no termina! Y la luna blanca
De nuevo surge en el aire, de nuevo expira,
Nuevamente el sol brilla y palidece,
Y siempre el canto encanta a la monja.
173
El canto celestial la va llevando
Por divinos jardines maravillosos
Donde los pálidos ángeles sonrientes,
Con aéreos vestidos de perfumes,
Andan curando heridas mariposas.
Llévala el canto por la vía láctea,
Donde hay floresta, blancas, todas blancas,
Y donde en lagos de leche pasan cisnes
Arrastrando de los serafines extáticos
Las barcas de cristal llenas de lirios...
¡Y el ruiseñor no cesa! Cuenta, cuenta
Maravillas, prodigios, esplendores...
Y la linda monja, al oirlo, sueña, sueña...
Sin comer ni dormir, días y días...
Muere por fin el otoño, llega el invierno,
Cae nieve, el frío corta, mas la monja
Sólo oye al ruiseñor... y nada siente...
Muere el invierno, llega la primavera,
Retorna el verano y pasan meses,
Pasan años, ciclones, tempestades,
¡Y el ruiseñor no cesa! cuenta... canta...
Y la linda monja al oirlo, sueña, sueña...
¡Oh, qué delicia aquella! ¡Qué delicia!
De sus compañeras queda apenas
El frío polvo en las frías sepulturas,
Y el fuego destruyó todo el convento
—¡Y sin embargo, la monja no sabe nada!
Oyendo al ruiseñor no vió el incendio
Ni los dobles oyó que anunciaran
De las otras monjas la distante muerte...
Nuevos años se extinguen...
Una guerra
Tuvo lugar allí, muy cerca de ella,
Que nada oyó ni vió, escuchando el canto:
Ni el funesto estridor de las granadas,
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Ni los suspiros vanos de los moribundos,
Ni la sangre que a sus pies iba corriendo...
¡Un día, al fin, el ruiseñor se calló!
De los argentinos plátanos a la sombra
La monja despertó, suavemente
Y murió, como un niño que se duerme,
Mientras el ruiseñor volaba, ledo,
Para el país que tanto le deslumbrara...
El ruiseñor había cantado trescientos años...
Si no habéis podido juzgar de la melodía original del verso, de seguro os
habrá complacido esa deliciosa fábula. Si os fijáis bien, podréis encontrar
que ese ruiseñor es hermano de aquel que oyó el monje de la leyenda;
pero confesaréis que ambos pájaros paradisíacos cantan unánimes con
igual divina gracia.
Y he aquí que llegamos a la obra principal de Eugenio de Castro,
«Belkiss», traducida ya a varios idiomas y celebrada como una verdadera
obra maestra.
Léese en el «Libro de los Reyes», en la parte del reinado de Salomón: «Et
ingressa Jerusalem multo cum comitatu, et divitiis, camelis portantibus
aromata, et aurum infinitum nimis, et gemmas pretiosas, venit ad regem
Salomonen, et locuta est ei universa quæ habebat in corde suo.» Y más
adelante: «Rex autem Salomon, dedit reginæ Saba omnia quæ voluit et
petivit ab eo; exceptis his, quæ ultro obtulerat ei numere regio. Quæ
reserva est, et abiit in terram suam cum servis suis.» Es esa reina de
Saba, la Makheda de la Etiopía de cuya descendencia se gloria el negus
Menelik, la Belkiss arábiga. Al solo nombrar a la reina de Saba sentiréis
como un soplo perfumado de ungüentos bíblicos, miraréis en vuestra
imaginación un espectáculo suntuoso de poderío oriental; tiendas regias,
camellos enjaezados de oro, desnudas negras adolescentes con flabeles
de plumas de pavos-reales; piedras preciosas y telas de incomparable
riqueza. ¡Y bien! Eugenio de Castro ha evocado mágicamente la
misteriosa y bella persona. La reina de Saba de Axum y del Hymiar se
anima, llena de una vida ardiente, en fabulosas decoraciones, imperiosa
de amor, simbólica víctima de una fatalidad irreductible.
Es un poema dialogado, en prosa martillada por un Flaubert nervioso y
175
soñador, y en donde la reminiscencia de Mæterlink queda inundada en un
torbellino de luz milagrosa, y en una harmonía musical, cálida y vibrante.
Lo pintoresco, las acotaciones, en su elegancia arqueológica nos llevan a
recodar ciertas páginas, de «Herodias» o de la «Tentación de San
Antonio.» Belkiss en sus suntuosos triunfos, habrá de padecer después el
ineludible dolor. Para que David nazca ella pasará sobre la experiencia y
sabiduría de Jophesamin, su mentor o ayo; y sentirá primero la tempestad
de amor en su sexo y en su corazón; y hará el viaje a Jerusalem, entre
prodigios y misterios, y sentirá por fin el beso del adorado rey, y temblará
cuando contemple bajo sus pies las azucenas sangrientas.
Una sucesión de escenas fastuosas se desarrolla al eco de una
wagneriana orquestación verbal. Puede asegurarse sin temor a
equivocación, que los primeros «músicos,» en el sentido pitagórico y en el
sentido wagneriano, del arte de la palabra, son hoy Gabriel D’Annunzio y
Eugenio de Castro.
Quisiera daros una idea de ese poema—que ha rendido la indiferencia
oficial en Portugal,—donde a los veintisiete años ha sido su autor elegido
miembro de la Real academia de Lisboa, y que ha arrancado aplausos
fraternales en todos los puntos del globo en que existen cultivadores del
arte puro. Mas tendría que ser demasiado profuso, y prefiero aconsejaros,
como quien recomienda una especie rara de flor, o un delicioso licor
exótico, que leáis Belkiss, en la versión de Picca, en italiano, que es de
todo punto admirable, o, en el bello librito arcaico impreso en Coimbra por
Francisco Franca Amado. Y tened presente que hay que acercarse a
nuestro autor con deseo, sinceridad y nobleza estéticas. Os repetiré las
palabras del crítico italiano: «Ciertamente, la poesía de Eugenio de Castro
es poesía aristocrática, es poesía decadente, y por lo tanto, no puede
gustar sino a un público restricto y selecto, que, en los refinamientos de las
ideas y de las sensaciones, en la variedad sabia y musical de los ritmos,
halla una singular voluptuosidad del espíritu. El común de los lectores,
acostumbrados a los azucarados jarabes de los poetitas sentimentales, o
solamente de gusto austero y que no aprecian sino la leche y el vino
vigoroso de los autores clásicos, vale más que no acerquen los labios a las
ánforas curiosamente arabescadas y pomposamente gemadas de los
cantos ya amorosos, ya místicos, ya desesperados del poeta de Coimbra;
ya que en ellos está contenido un violento licor que quema y disgusta a
quien no está hecho a las fuertes drogas de cierta refinada y excepcional
literatura modernísima.»
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Se trata, pues, de un «raro.» Y será asombro curioso el de aquellos que
lean a Eugenio de Castro con la preocupación de moda de los que creen
que toda obra simbolista es un pozo de sombra. «Belkiss» está lleno de
luz.
Señores: He concluído esta conferencia sobre el poeta Eugenio de Castro
y la literatura portuguesa.
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Rubén Darío
Félix Rubén García Sarmiento, conocido como Rubén Darío (Metapa, hoy
Ciudad Darío, Matagalpa, 18 de enero de 1867-León, 6 de febrero de
1916), fue un poeta, periodista y diplomático nicaragüense, máximo
representante del modernismo literario en lengua española. Es,
posiblemente, el poeta que ha tenido una mayor y más duradera influencia
en la poesía del siglo XX en el ámbito hispánico. Es llamado príncipe de
las letras castellanas.
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Para la formación poética de Rubén Darío fue determinante la influencia
de la poesía francesa. En primer lugar, los románticos, y muy
especialmente Víctor Hugo. Más adelante, y con carácter decisivo, llega la
influencia de los parnasianos: Théophile Gautier, Leconte de Lisle, Catulle
Mendès y José María de Heredia. Y, por último, lo que termina por definir
la estética dariana es su admiración por los simbolistas, y entre ellos, por
encima de cualquier otro autor, Paul Verlaine. Recapitulando su trayectoria
poética en el poema inicial de Cantos de vida y esperanza (1905), el
propio Darío sintetiza sus principales influencias afirmando que fue "con
Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo".
Muy ilustrativo para conocer los gustos literarios de Darío resulta el
volumen Los raros, que publicó el mismo año que Prosas profanas,
dedicado a glosar brevemente a algunos escritores e intelectuales hacía
los que sentía una profunda admiración. Entre los seleccionados están
Edgar Allan Poe, Villiers de l'Isle Adam, Léon Bloy, Paul Verlaine,
Lautréamont, Eugénio de Castro y José Martí (este último es el único autor
mencionado que escribió su obra en español). El predominio de la cultura
francesa es más que evidente. Darío escribió: "El Modernismo no es otra
cosa que el verso y la prosa castellanos pasados por el fino tamiz del buen
verso y de la buena prosa franceses".
A menudo se olvida que gran parte de la producción literaria de Darío fue
escrita en prosa. Se trata de un heterogéneo conjunto de escritos, la
mayor parte de los cuales se publicaron en periódicos, si bien algunos de
ellos fueron posteriormente recopilados en libros.
Rubén Darío es citado generalmente como el iniciador y máximo
representante del Modernismo hispánico. Si bien esto es cierto a grandes
rasgos, es una afirmación que debe matizarse. Otros autores
hispanoamericanos, como José Santos Chocano, José Martí, Salvador
Díaz Mirón, Manuel Gutiérrez Nájera o José Asunción Silva, por citar
algunos, habían comenzado a explorar esta nueva estética antes incluso
de que Darío escribiese la obra que tradicionalmente se ha considerado el
punto de partida del Modernismo, su libro Azul... (1888).
Así y todo, no puede negarse que Darío es el poeta modernista más
influyente, y el que mayor éxito alcanzó, tanto en vida como después de su
muerte. Su magisterio fue reconocido por numerosísimos poetas en
España y en América, y su influencia nunca ha dejado de hacerse sentir
en la poesía en lengua española. Además, fue el principal artífice de
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muchos hallazgos estilísticos emblemáticos del movimiento, como, por
ejemplo, la adaptación a la métrica española del alejandrino francés.
Además, fue el primer poeta que articuló las innovaciones del Modernismo
en una poética coherente. Voluntariamente o no, sobre todo a partir de
Prosas profanas, se convirtió en la cabeza visible del nuevo movimiento
literario. Si bien en las "Palabras liminares" de Prosas profanas había
escrito que no deseaba con su poesía "marcar el rumbo de los demás", en
el "Prefacio" de Cantos de vida y esperanza se refirió al "movimiento de
libertad que me tocó iniciar en América", lo que indica a las claras que se
consideraba el iniciador del Modernismo. Su influencia en sus
contemporáneos fue inmensa: desde México, donde Manuel Gutiérrez
Nájera fundó la Revista Azul, cuyo título era ya un homenaje a Darío,
hasta España, donde fue el principal inspirador del grupo modernista del
que saldrían autores tan relevantes como Antonio Machado, Ramón del
Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez, pasando por Cuba, Chile, Perú y
Argentina (por citar solo algunos países en los que la poesía modernista
logró especial arraigo), apenas hay un solo poeta de lengua española en
los años 1890-1910 capaz de sustraerse a su influjo. La evolución de su
obra marca además las pautas del movimiento modernista: si en 1896
Prosas profanas significa el triunfo del esteticismo, Cantos de vida y
esperanza (1905) anuncia ya el intimismo de la fase final del Modernismo,
que algunos críticos han denominado postmodernismo.
La influencia de Rubén Darío fue inmensa en los poetas de principios de
siglo, tanto en España como en América. Muchos de sus seguidores, sin
embargo, cambiaron pronto de rumbo: es el caso, por ejemplo, de
Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig, Juan Ramón Jiménez o
Antonio Machado.
Darío llegó a ser un poeta extremadamente popular, cuyas obras se
memorizaban en las escuelas de todos los países hispanohablantes y eran
imitadas por cientos de jóvenes poetas. Esto, paradójicamente, resultó
perjudicial para la recepción de su obra. Después de la Primera Guerra
Mundial, con el nacimiento de las vanguardias literarias, los poetas
volvieron la espalda a la estética modernista, que consideraban anticuada
y excesivamente retoricista.
Los poetas del siglo XX han mostrado hacia la obra de Darío actitudes
divergentes. Entre sus principales detractores figura Luis Cernuda, que
reprochaba al nicaragüense su afrancesamiento superficial, su trivialidad y
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su actitud "escapista". En cambio, fue admirado por poetas tan
distanciados de su estilo como Federico García Lorca y Pablo Neruda, si
bien el primero se refirió a "su mal gusto encantador, y los ripios
descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos". El
español Pedro Salinas le dedicó el ensayo La poesía de Rubén Darío, en
1948.
(Información extraída de la Wikipedia)
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