RESUMEN
SEMINARIO 3: LAS PSICOSIS.
JACQUES LACAN.
INTRODUCCIÓN A LA CUESTIÓN DE LA PSICOSIS.
I. INTRODUCCIÓN A LA CUESTIÓN DE LAS PSICOSIS.
Comienza, este año, la cuestión de las psicosis.
Digo la cuestión, porque no puede hablarse de entrada del tratamiento
de las psicosis, como en un principio les comunicó una primera nota, y
todavía menos del tratamiento de las psicosis en Freud, pues nunca habló
de ello, salvo de manera totalmente alusiva.
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En lo que se hizo, en lo que se hace, en lo que se está haciendo en lo tocante
al tratamiento de las psicosis, se aborda mucho más fácilmente las
esquizofrenias que las paranoias, el interés por ellas es mucho más vivaz, se
espera mucho de sus resultados. ¿Por qué en cambio para la doctrina
freudiana la paranoia es la que tiene una situación algo privilegiada, la de un
nudo, aunque también la de un núcleo resistente?
Por supuesto, Freud no ignoraba la esquizofrenia. Se interesó de entrada y
esencialmente en la paranoia. Freud traza una línea de división de las
aguas, si me permiten la expresión, entre por un lado la paranoia, y por
otro, todo lo que le gustaría, dice, que se llamase parafrenia, que
corresponde con toda exactitud al campo de las esquizofrenias. Esta es
una referencia necesaria para la comprensión de lo que diremos luego:
para Freud el campo de las psicosis se divide en dos.
A comienzo del siglo XIX la paranoia en la psiquiatría alemana, recubría casi
íntegramente todas las locuras: el sesenta por ciento de los enfermos de los
asilos llevaba la etiqueta de paranoia. Todo lo que llamamos psicosis o locura
era paranoia.
En Francia, la palabra paranoia, en el momento en que fue introducida en la
nosología fue identificada con algo fundamentalmente diferente. Un paranoico
un paranoico era un malvado, un intolerante, un tipo con mal humor, orgullo,
desconfianza, susceptibilidad, sobrestimación de sí mismo. Esta característica
era el fundamento de la paranoia; cuando el paranoico era demasiado
paranoico, llegaba a delirar.
Como todo perverso, podía ocurrir que el paranoico pasara los límites, y
cayese en esa horrenda locura, exageración desmesurada de los rasgos de su
enojoso carácter.
Clérambault concepción organicista extrema de la psicosis.
El gran secreto del psicoanálisis es que no hay psicogénesis.
A través de este repaso, deben haber reconocido ya los tres órdenes cuya
necesidad para comprender cualquier cosa de la experiencia analítica siempre
les machaco: a saber, lo simbólico, lo imaginario y lo real.
Lo imaginario es sin duda guía de la vida para todo el campo animal. Si la
imagen juega también un papel capital en el campo que es el nuestro, es un
papel que ha sido revisado, refundido, reanimado de cabo a rabo por el orden
simbólico. La imagen está siempre más o menos integrada a ese orden, que,
se los recuerdo, se define en el hombre por su carácter de estructura
organizada.
¿Qué diferencia hay entre lo que es del orden imaginario o real y lo que es
del orden simbólico? En el orden imaginario, o real, siempre hay un más y
un menos, un umbral, un margen, una continuidad. En el orden simbólico
todo elemento vale en tanto opuesto a otro.
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Ya que se trata del discurso, del discurso impreso del alienado, es manifiesto
entonces que estamos en el orden simbólico. Ahora, ¿cuál es el material
mismo de ese discurso? ¿A qué nivel se despliega el sentido traducido por
Freud? ¿Dónde se toman prestados los elementos de nominación de ese
discurso? De manera general, el material, es el propio cuerpo.
La relación con el propio cuerpo caracteriza en el hombre el campo, a fin de
cuentas reducido, pero verdaderamente irreductible, de lo imaginario.
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Es clásico decir que en la psicosis, el inconsciente está en la superficie, es
consciente. Por ello incluso no parece producir mucho efecto el que esté
articulado. Desde esta perspectiva, en sí misma asaz instructiva, podemos
señalar de entrada que, como Freud siempre lo subrayó, el inconsciente no
debe su eficacia pura y simplemente al rasgo negativo de ser un Unbewusst,
un no-consciente. Traduciendo a Freud, decimos: el inconsciente es un
lenguaje. Que esté articulado, no implica empero que esté reconocido. La
prueba es que todo sucede como si Freud tradujese una lengua extranjera,
y hasta la reconstituyera mediante entrecruzamientos. El sujeto está
sencillamente, respecto a su lenguaje, en la misma relación que Freud. Si
es que alguien puede hablar una lengua que ignora por completo,
diremos que el sujeto psicótico ignora la lengua que habla.
¿Es satisfactoria esta metáfora? Ciertamente no. El asunto no es tanto saber
por qué el inconsciente que está ahí, articulado a ras de tierra, queda
excluido para el sujeto, no asumido, sino saber por qué aparece en lo
real.
Bejahung primordial (afirmación) Hay que admitir, detrás del proceso de
verbalización, una Bejahung primordial, una admisión en el sentido de lo
simbólico, que puede a su vez faltar.
Freud admite un fenómeno de exclusión para el cual el término Verwerfung
parece válido, y que se distingue de la Verneinung, la cual se produce en una
etapa muy ulterior. Puede ocurrir que un sujeto rehúse el acceso, a su mundo
simbólico, de algo que sin embargo experimentó, y que en esta oportunidad no
es ni más ni menos que la amenaza de castración. Toda la continuación del
desarrollo del sujeto muestra que nada quiere saber de ella, Freud lo dice
textualmente, en el sentido reprimido.
Lo que cae bajo la acción de la represión retorna, pues la represión y el
retorno de lo reprimido no son sino el derecho y el revés de una misma
cosa. Lo reprimido siempre está ahí, y se expresa de modo perfectamente
articulado en los síntomas y en multitud de otros fenómenos. En cambio, lo
que cae bajo la acción de la Verwerfung tiene un destino totalmente
diferente.
Todo lo rehusado en el orden simbólico, en el sentido de la Verwerfung,
reaparece en lo real.
Se trata, como saben, del Hombre de los lobos, quien no deja de dar fe de
tendencias y propiedades psicóticas, como lo demuestra la breve paranoia que
hará entre el final del tratamiento de Freud y el momento en que es retornado a
nivel de la observación. Pues bien, que haya rechazado todo acceso de la
castración, aparente sin embargo en su conducta, al registro de la función
simbólica, que toda asunción de la castración por un yo (Je) se haya vuelto
imposible para él, tiene un vínculo muy estrecho con el hecho de haber tenido
en la infancia una breve alucinación de la cual refiere detalles muy precisos.
La escena es la siguiente. Jugando con su cuchillo, se había cortado el dedo,
que sólo se sostenía por un pedacito de piel. El sujeto relata este episodio en
un estilo que está calcado sobre lo vivido. Parece que toda localización
temporal hubiese desaparecido. Luego se sentó en un banco, junto a su
nodriza, quien es precisamente la confidente de sus primeras experiencias, y
no se atrevió a decírselo. Cuán significativa es esta suspensión de toda
posibilidad de hablar; y justamente a la persona a la que le contaba todo, y
especialmente cosas de este orden. Hay aquí un abismo, una picada temporal,
un corte de la experiencia, después de la cual resulta que no tiene nada, todo
terminó, no hablemos más de ello. La relación que Freud establece entre este
fenómeno y ese muy especial no saber nada de la cosa, ni siquiera en el
sentido de lo reprimido, expresado en su texto, se traduce así: lo que es
rehusado en el orden simbólico, vuelve a surgir en lo real.
Hay una estrecha relación entre, por un lado, la denegación y la reaparición en
el orden puramente intelectual de lo que no está integrado por el sujeto; y por
otro lado, la Verwerfung y la alucinación, vale decir la reaparición en lo real
de lo rehusado por el sujeto. Hay ahí una gama, un abanico de relaciones.
¿Qué está en juego en un fenómeno alucinatorio? Ese fenómeno tiene su
fuente en lo que provisoriamente llamaremos la historia del sujeto en lo
simbólico. El origen de lo reprimido neurótico no se sitúa en el mismo nivel de
historia en lo simbólico que lo reprimido en juego en la psicosis, aún cuando
hay entre los contenidos una muy estrecha relación.
Nuestro esquema, les recuerdo, figura la interrupción de la palabra plena entre
el sujeto y el Otro, y su desvío por los dos yo, a y a', y sus relaciones
imaginarias. Aquí está indicada una triplicidad en el sujeto, la cual recubre el
hecho de que el yo del sujeto es quien normalmente le habla a otro, y le habla
del sujeto, del sujeto S, en tercera persona. Aristóteles hacía notar que no hay
que decir que el hombre piensa, sino que piensa con su alma. De igual manera,
digo que el sujeto se habla con su yo.
Sólo que en el sujeto normal hablarse con su yo nunca es plenamente
explicitable, su relación con el yo es fundamentalmente ambigua, toda asunción
del yo es revocable. En el sujeto psicótico en cambio, ciertos fenómenos
elementales, y especialmente la alucinación que es su forma más
característica, nos muestran al sujeto totalmente identificado a su yo con
el que habla, o al yo totalmente asumido bajo el modo instrumental. El
habla de él, el sujeto, el S, en los dos sentidos equívocos del término, la
inicial S y el Es alemán. Esto es realmente lo que se presenta en el fenómeno
de la alucinación verbal. En el momento en que aparece en lo real, es decir
acompañado de ese sentimiento de realidad que es la característica
fundamental del fenómeno elemental, el sujeto literalmente habla con su yo, y
es como si un tercero, su doble, hablase y comentase su actividad.
A esto nos llevará este año nuestra tentativa de situar en relación a los tres
registros de lo simbólico, lo imaginario y lo real, las diversas formas de la
psicosis. Nos permitirá precisar en sus mecanismos últimos la función que
debe darse al yo en la cura. En el límite se atisba la cuestión de la relación de
objeto. El manejo actual de la relación de objeto en el marco de una relación
analítica concebida como dual, está fundado en el desconocimiento de la
autonomía del orden simbólico, que acarrea automáticamente una confusión
del plano imaginario y del plano real. La relación simbólica no por ello queda
eliminada, porque se sigue hablando, e incluso no se hace otra cosa, pero el
resultado de este desconocimiento es que lo que en el sujeto pide ser
reconocido en el plano propio del intercambio simbólico auténtico reemplazado
por un reconocimiento de lo imaginario, del fantasma.
II LA SIGNIFICACIÓN DEL DELIRIO.
1
Los fenómenos elementales Los fenómenos elementales no son más
elementales que lo que subyace al conjunto de la construcción del delirio.
Son tan elementales como lo es, en relación a una planta, la hoja en la que se
verán ciertos detalles del modo en que se imbrican e insertan las nervaduras:
hay algo común a toda la planta que se reproduce en ciertas formas que
componen su totalidad.
El delirio no es deducido, reproduce la misma fuerza constituyente, es
también un fenómeno elemental. Es decir que la noción de elemento no
debe ser entendida en este caso de modo distinto que la de estructura,
diferenciada, irreductible a todo lo que no sea ella misma.
A todo esto quería llegar: la dificultad de abordar el problema de la paranoia se
debe precisamente al hecho de situarla en el plano de la comprensión. Aquí el
fenómeno elemental, irreductible, está a nivel de la interpretación.
2
Tenemos pues un sujeto para el cual el mundo comenzó a cobrar significado.
¿Qué se quiere decir con esto? Desde hace un tiempo es presa de fenómenos
que consisten en que se percata de que suceden cosas en la calle, pero
¿cuáles? Si lo interrogan verán que hay puntos que permanecen misteriosos
para él mismo, y otros sobre los que se expresa. En otros términos, simboliza
lo que sucede en términos de significación.
¿A fin de cuentas, qué dice el sujeto sobre todo en cierto período de su delirio?
Que hay significación. Cuál no sabe, pero ocupa el primer plano, se impone y
para él es perfectamente comprensible.
Hasta cuando lo que se comprende no puede siquiera ser articulado,
numerado, insertado por el sujeto en un contexto que lo explicite, está en el
plano de la comprensión. Se trata de cosas que en sí mismas ya se hacen
comprender. Y, debido a ello, nos sentimos en efecto capaces de comprender.
De ahí nace la ilusión: ya que se trata de comprensión, comprendemos. Pues
justamente, no.
La pregunta: ¿quién habla? La pregunta ¿Quién habla?, que ha sido
promovida suficientemente aquí como para adquirir todo su valor, debe
dominar todo el problema de la paranoia.
Alucinacion Ya se los indiqué la vez pasada recordando el carácter central
en la paranoia de la alucinación verbal. Saben el tiempo que tomó percatarse
de lo que sin embargo es a veces totalmente visible, a saber que el sujeto
articula lo que dice escuchar. Fue necesario Séglas y su libro Lecciones
clínicas. Por una especie de proeza al inicio de su carrera, hizo notar que las
alucinaciones verbales se producían en personas en las que podía percibirse,
por signos muy evidentes en algunos casos, y en otros mirándolos con un poco
más de atención, que ellos mismos estaban articulando, sabiéndolo o no, o no
queriendo saberlo, las palabras que acusaban a las voces de haber
pronunciado. Percatarse de que la alucinación auditiva no tenía su fuente en el
exterior, fue una pequeña revolución.
Una de las dimensiones esenciales del fenómeno de la palabra es que el
otro no es el único que lo escucha a uno. En la palabra humana, entre
muchas otras cosas el emisor es siempre al mismo tiempo un receptor,
que uno oye el sonido de sus propias palabras.
3
Análisis del caso de Schreber Tras una breve enfermedad, entre 1884 y
1885, enfermedad mental que consistió en un delirio hipocondríaco, Schreber
que ocupaba entonces un puesto bastante importante en la magistratura
alemana, sale del sanatorio del profesor Flechsig, curado, según parece de
manera completa, sin secuelas aparentes.
Lleva durante unos ocho años una vida que parece normal, y él mismo señala
que su felicidad doméstica sólo se vio ensombrecida por la pena de no haber
tenido hijos. Al cabo de esos ocho años, es nombrado Presidente de la Corte
de apelaciones en la ciudad de Leipzig. Habiendo recibido antes del período de
vacaciones el anuncio de esta muy importante promoción, asume sus
funciones en octubre. Parece estar, como ocurre muy a menudo en muchas
crisis mentales, un poco sobrepasado por sus funciones. Es joven —tiene
cincuenta y un años— para presidir una corte de apelaciones de esa
importancia, y esta promoción le hace perder un poco la cabeza. Está en medio
de personas mucho más experimentadas, mucho más entrenadas en el manejo
de asuntos delicados, y durante un mes trabaja excesivamente, como él mismo
lo dice, y recomienzan sus trastornos: insomnio, mentismo, aparición en su
pensamiento de temas cada vez más perturbadores que le llevan a consultar
de nuevo.
De nuevo se lo interna. Primero en el mismo sanatorio, el del profesor Flechsig,
luego, tras una breve estadía en el sanatorio del doctor Pierson en Dresde, en
la clínica de Sonnenstein, donde permanecerá hasta 1901. Ahí es donde su
delirio pasara por toda una serie de fases de las que da un relato
extremadamente seguro, parece, y extraordinariamente compuesto, escrito en
los últimos meses de su internación.
Freud toma en sus manos en 1909 este libro aparecido en 1903. Habla de él
con Ferenczi durante las vacaciones y en diciembre de 1910 redacta Memoria
sobre la autobiografía de un caso de paranoia delirante.
Comprobarán que el doctor Flechsig ocupa un lugar central en la
construcción del delirio.
(Lacan lee el libro de Shcreber y lo va comentando) El primer capítulo está
ocupado por toda una teoría que concierne, aparentemente al menos, a Dios y
a la inmortalidad. Los términos que están en el centro del delirio de Schreber,
consisten en la admisión de la función primera de los nervios.
Todo está ahí. Estos rayos que exceden los límites de la individualidad humana
tal como ella se reconoce, que son ilimitados, forman la red explicativa, pero
igualmente experimentada, sobre la que nuestro paciente teje cual una tela el
conjunto de su delirio.
Lo esencial se basa en la relación entre los nervios, y principalmente entre los
nervios del sujeto y los nervios divinos, lo cual entraña toda una serie de
peripecias entre las cuales está la Nervenanhang, la adjunción de nervios,
forma de atracción capaz de colocar al sujeto en un estado de dependencia
respecto a algunos personajes, sobre cuyas intenciones el sujeto mismo opina
de diversas maneras en el curso de su delirio. Al comienzo distan de ser
benevolentes, aunque sólo fuese por los efectos catastróficos que experimenta,
pero en el curso del delirio son transformados, integrados en una verdadera
progresión, y así como al inicio del delirio vemos dominar la personalidad
del doctor Flechsig, al final domina la estructura de Dios. Hay verificación,
inclusive progreso característico de los rayos divinos, que son el fundamento
de las almas. Esto no se confunde con la identidad de las susodichas almas;
Schreber subraya claramente que la inmortalidad de las almas no debe
reducirse al plano de la persona. La conservación de la identidad del yo no le
parece que deba ser justificada. Todo esto es dicho con un aire de verosimilitud
que no vuelve inaceptable la teoría.
Los rayos divinos: están obligados a ello, deben hablar. El alma de los
nervios se confunde con cierta lengua fundamental definida por el sujeto,
como se los mostraré por la lectura de pasajes apropiados, con gran
finura.
Teoría de los rayos divinos y la libido Freud señala al final de su análisis del
caso Schreber, que nunca hasta entonces había visto algo que se asemejase
tanto a su teoría de la libido, con sus desinvesticiones, reacciones de
separación, influencias a distancia, como la teoría de los rayos divinos de
Schreber, y no se perturba por ello, ya que todo su desarrollo tiende a mostrar
el delirio de Schreber como una sorprendente aproximación de las estructuras
del intercambio interindividual así como de la economía intrapsíquica.
Encontramos también en el texto mismo del delirio una verdad que en este
caso no está escondida como en las neurosis, sino verdaderamente
explicitada, y casi teorizada. El delirio la proporciona, ni siquiera a partir del
momento en que tenemos su clave, sino a partir del momento en que se lo
toma como lo que es, un doble perfectamente legible, de lo que aborda la
investigación teórica.
III EL OTRO Y LA PSICOSIS.
1
Saben que el psicoanálisis explica el caso del presidente Schreber, y la
paranoia en general, por un esquema según el cual la pulsión inconsciente del
sujeto es una tendencia homosexual.
Se habla de defensa contra la supuesta irrupción —¿por qué dicha irrupción en
determinado momento?— de la tendencia homosexual. Resulta claro, empero,
que hay allí una constante ambigüedad, y que esa defensa mantiene con la
causa que la provoca una relación que dista mucho de ser unívoca. Se
considera que o bien ayuda a mantener determinado equilibrio, o bien provoca
la enfermedad.
También se asegura que las determinaciones iniciales de la psicosis de
Schreber deben buscarse en los momentos en que se desencadenan las
diferentes fases de su enfermedad. Saben que tuvo hacia 1886 una primera
crisis, y se intenta, gracias a sus Memorias, mostrar sus coordenadas: había
presentado en ese entonces, nos dicen, su candidatura al Reichstag. Entre
esta crisis y la segunda, o sea durante ocho años, el magistrado Schreber es
normal, con la salvedad de que su esperanza de paternidad no se ve colmada.
Al término de este período, ocurre que accede, de modo hasta cierto punto
prematuro, al menos en una edad que no permitía preverlo, a una función muy
elevada: presidente de la Corte de apelaciones de Leipzig. Esta función, de
carácter eminente, le confiere, se dice, una autoridad que lo eleva a una
responsabilidad, no exactamente entera, pero si más plena y pesada que todas
cuantas hubiese podido esperar, lo cual crea la impresión de que hay una
relación entre esta promoción y el desencadenamiento de la crisis.
Desencadenamiento de la psicosis En otras palabras, en el primer caso se
destaca el hecho de que Schreber no pudo satisfacer su ambición, en el
segundo que la misma se vio colmada desde el exterior, de un modo que se
califica casi como inmerecido. Se otorga a ambos acontecimientos el mismo
valor desencadenante. Se hace constar que el presidente Schreber no tuvo
hijos, por lo cual se asigna a la noción de paternidad un papel primordial.
Pero se afirma simultáneamente que el temor a la castración renace en él, con
una apetencia homosexual correlativa, porque accede finalmente a una
posición paterna. Esta sería la causa directa del desencadenamiento de la
crisis, que acarrea todas las distorsiones, las deformaciones patológicas, los
espejismos, que progresivamente evolucionarán hacia el delirio.
Por supuesto, que los personajes masculinos del ambiente médico estén
presentes desde el principio, que sean nombrados unos después de otros, y
que ocupen sucesivamente el centro de la persecución muy paranoide que es
la del presidente Schreber, muestra suficientemente su importancia. Es, en
suma, una transferencia, que ciertamente no debe tomarse del todo en el
sentido en que ordinariamente la entendemos, pero que es algo de ese orden,
relacionado de manera singular con quienes tuvieron que cuidarlo.
Si el presidente Schreber entre sus dos crisis, hubiera llegado por casualidad a
ser padre, se pondría el énfasis en esto, y se daría todo su valor al hecho de
que no hubiera soportado esa función paterna. Resumiendo, la noción de
conflicto siempre se utiliza de modo ambiguo: se coloca en el mismo plano lo
que es fuente de conflicto y la ausencia de conflicto, la cual es más difícil de
ver. El conflicto deja, podemos decir, un lugar vacío, y en el lugar vacío del
conflicto aparece una reacción, una construcción, una puesta en juego de la
subjetividad.
El decir psicótico La ambigüedad de la significación misma del delirio, que
aquí concierne a lo que habitualmente se llama el contenido, y que preferiría
llamar el decir psicótico.
2
Experiencia que cuenta Lacan con una paciente El interrogatorio sobrepasó
ampliamente la hora y media antes de que apareciese claramente que en el
límite de ese lenguaje, del que no había modo de hacerla salir, había otro. El
lenguaje, de sabor particular y a menudo extraordinario que es el del delirante.
Lenguaje en que ciertas palabras cobran un énfasis especial, una densidad que
se manifiesta a veces en la forma misma del significante, dándole ese carácter
francamente neológico tan impactante en las producciones de la paranoia. En
boca de nuestra enferma del otro día, por fin surgió la palabra galopinar,
que rubricó todo lo dicho hasta entonces.
Recuerdan que en lingüística existen el significante y el significado, y que el
significante debe tomarse en el sentido del material del lenguaje. La trampa, el
agujero, en el que no hay que caer, es creer que los objetos, las cosas, son el
significado. El significado es algo muy distinto: la significación remite siempre a
la significación, vale decir a otra significación. El sistema del lenguaje,
cualquiera sea el punto en que lo tomen, jamás culmina en un índice
directamente dirigido hacia un punto de la realidad, la realidad toda está
cubierta por el conjunto de la red del lenguaje.
Schreber mismo señala a cada momento la originalidad de determinados
términos de su discurso. Cuando habla, por ejemplo, de Nervenanhang,
adjunción de nervios, precisa claramente que esa palabra le fue dicha por las
almas examinadas o los rayos divinos. Son palabras claves, y él mismo señala
que nunca hubiese encontrado su fórmula, palabras originales, palabras
plenas, harto diferentes de las palabras que emplea para comunicar su
experiencia. Él mismo no se engaña al respecto, hay allí planos diferentes.
A nivel del significante, en su carácter material, el delirio se distingue
precisamente por esa forma especial de discordancia con el lenguaje común
que se llama neologismo. A nivel de la significación, se distingue justamente
porque la significación de esas palabras no se agota en la remisión a una
significación.
La significación de esas palabras que los detienen tiene como propiedad
el remitir esencialmente a la significación en cuanto tal. Es una
significación que fundamentalmente no remite más que a sí misma, que
permanece irreductible. El enfermo mismo subraya que la palabra en sí
misma pesa. Antes de poder ser reducida a otra significación, significa en
sí misma algo inefable, es una significación que remite ante todo a la
significación en cuanto tal.
Dos tipos de fenómenos donde se dibuja el neologismo: la intuición y la
fórmula.
Intuicion delirante La intuición delirante es un fenómeno pleno que tiene
para el sujeto un carácter inundante, que lo colma. Le revela una
perspectiva nueva cuyo sello original, cuyo sabor particular subraya, tal como lo
hace Schreber cuando habla de la lengua fundamental a la que su experiencia
lo introdujo. Allí, la palabra es el alma de la situación.
Fórmula En el extremo opuesto, tenemos la forma que adquiere la
significación cuando ya no remite a nada. Es la fórmula que se repite, se
reitera, se machaca con insistencia estereotipada. Podemos llamarla, en
oposición a la palabra, el estribillo.
Ambas formas, la más plena y la más vacía, detienen la significación, son
una especie de plomada en la red del discurso del sujeto. Característica
estructural que, en el abordaje clínico, permite reconocer la rúbrica del delirio.
Precisamente por ello ese lenguaje que puede engañarnos en un primer
abordaje del sujeto, incluso a veces hasta en el más delirante, nos lleva a
superar esa noción y a formular el término de discurso. Porque estos enfermos,
no hay duda, hablan nuestro mismo lenguaje. Si no hubiese este elemento
nada sabríamos acerca de ello. La economía del discurso, la relación de
significación a significación, la relación de su discurso con el ordenamiento
común del discurso, es por lo tanto lo que permite distinguir que se trata de un
delirio.
El único modo de abordaje conforme con el descubrimiento freudiano es
formular la pregunta en el registro mismo en que el fenómeno aparece, vale
decir en el de la palabra. El registro de la palabra crea toda la riqueza de la
fenomenología de la psicosis, allí vemos todos sus aspectos,
descomposiciones, refracciones. La alucinación verbal, que es fundamental en
ella, es precisamente uno de los fenómenos más problemáticos de la palabra.
3
¿Qué es la palabra? Para nosotros, la estructura de la palabra es que el
sujeto recibe su mensaje del otro en forma invertida. La palabra plena,
esencial, la palabra comprometida, está fundada en esta estructura. Tenemos
de ella dos formas ejemplares.
Fides La primera, es fides, la palabra que se da, el Tú eres mi mujer o el Tú
eres mi amo, que quiere decir: Tú eres lo que aún está en mi palabra, y esto,
sólo puedo afirmarlo tomando la palabra en tu lugar. Esto viene de ti para
encontrar allí la certeza de lo que comprometo. Esta palabra es una palabra
que te compromete a ti. La unidad de la palabra en tanto que fundante de
la posición de ambos sujetos es ahí manifiesta.
Fingimiento El signo en el que se reconoce la relación de sujeto a sujeto, y
que la diferencia de la relación del sujeto al objeto, es el fingimiento, revés de la
fides. Están en presencia de un sujeto en la medida en que lo que dice y hace
—es lo mismo— puede suponerse haber sido dicho y hecho para engañarlos,
con toda la dialéctica que esto entraña, incluyendo en ella el que diga la verdad
para que crean lo contrario. Conocen el cuento judío, puesto en evidencia por
Freud, del personaje que dice: Voy a Cracovia. Y el otro responde: ¿Por qué
me dices que vas a Cracovia? Me lo dices para hacerme creer que vas a otro
lado. Lo que el sujeto me dice está siempre en una relación fundamental con
un engaño posible, donde me envía o recibo el mensaje en forma invertida.
Ven pues la estructura bajo sus dos fases, las palabras fundantes y las
palabras mentirosas, engañosas en cuanto tales.
Por mi parte, dentro de la noción de comunicación en tanto que generalizada,
especifico qué es la palabra en tanto hablar al otro. Es hacer hablar al otro en
cuanto tal. Escribimos, si les parece bien, ese otro con una A mayúscula.
La razón delirante es aquí la siguiente. Tú eres mi mujer: después de todo,
¿qué sabe uno? Tú eres mi amo: de hecho, ¿cómo estar seguro? El valor
fundante de estas palabras está precisamente en que lo apuntado por el
mensaje, así como lo manifiesto en el fingimiento, es que el Otro está ahí
en tanto que Otro absoluto. Absoluto, es decir que es reconocido, pero no
conocido. Asimismo, lo que constituye el fingimiento es que, a fin de
cuentas, no saben si es o no un fingimiento. Esta incógnita en la alteridad
del Otro es lo que caracteriza esencialmente la relación de palabra en el
nivel en que es hablada al otro.
No sólo habla al otro, habla también del otro en tanto objeto. De esto
exactamente se trata cuando un sujeto les habla de él.
Tomen la paranoica del otro día, la que empleaba el término galopinar. Cuando
les habla saben que es un sujeto por el hecho de que trata de engatusarlos.
Precisamente en la medida en que me tomó hora y media sacarle su galopinar
en que durante todo ese tiempo me tuvo en jaque y se mostró sana de espíritu,
está en el límite de lo que puede ser percibido clínicamente como delirio. Lo
que llaman, en nuestra jerga, la parte sana de la personalidad, se basa en que
ella le habla al otro, que es capaz de burlarse de él. En esa medida, existe
como sujeto.
Testimonia Ahora bien, hay otro nivel. Habla de ella, y sucede que lo hace
un poco más de lo que quisiera. Nos percatamos entonces de que delira. Habla
de nuestro objeto común: el otro con una a minúscula. Sigue hablando ella,
pero hay otra estructura que, por cierto, no se entrega por completo. No es
exactamente como si hablase de cualquier cosa; me habla de algo que para
ella es muy interesante, ardiente, habla de algo donde continúa
comprometiéndose de todos modos; en suma, testimonia.
Designé así, en mi primera comunicación al grupo de Evolution psychiatrique,
que en ese momento tenía una originalidad bastante notable, lo que apunta a
las afinidades paranoicas de todo conocimiento de objeto en cuanto tal. Todo
conocimiento humano tiene su fuente en la dialéctica de los celos, que es una
manifestación primordial de la comunicación. Esta es una noción genérica
observable, conductalmente observable. Entre niños pequeños lo que sucede
entraña ese transitivismo fundamental que se expresa en el hecho de que un
niño que le pegó a otro puede decir: el otro me pegó. No miente: el es el otro,
literalmente.
El objeto humano se distingue por su neutralidad y su proliferación indefinida.
No depende de la preparación de ninguna coaptación instintiva del sujeto,
como hay coaptación, enganche de las valencias químicas entre sí. El hecho
de que el mundo humano esté cubierto de objetos se fundamenta en que el
objeto del interés humano es el objeto del deseo del otro.
¿Como es esto posible? Porque el yo humano es el otro, y al comienzo el
sujeto esta más cerca de la forma del otro que del surgimiento de su
propia tendencia. En el origen él es una colección incoherente de deseos
—éste es el verdadero sentido de la expresión cuerpo fragmentado— y la
primera síntesis del ego es esencialmente alter ego, está alienada. El
sujeto humano deseante se constituye en torno a un centro que es el otro
en tanto le brinda su unidad, y el primer abordaje que tiene del objeto es
el objeto en cuanto objeto del deseo del otro.
El objeto solo interesa como objeto de deseo del otro.
Conocimiento paranoico El conocimiento paranoico es un conocimiento
instaurado en la rivalidad de los celos, en el curso de esa identificación primera
que intenté definir a partir del estadio del espejo. Esta base de rivalidad y
competencia en el fundamento del objeto es, precisamente, lo que es superado
en la palabra, en la medida en que concierne al tercero. La palabra es siempre
pacto, acuerdo, nos entendemos, estamos de acuerdo: esto te toca a ti, esto es
mío, esto es esto y esto es lo otro. Pero el carácter agresivo de la competencia
primitiva deja su marca en toda especie de discurso sobre el otro con
minúscula, sobre el Otro en cuanto tercero, sobre el objeto. No por nada
testimonio en latín se denomina testis, siempre se testimonia sobre los propios
cojones. Siempre hay compromiso del sujeto y lucha virtual en la cual el
organismo está siempre latente, en todo lo que es del orden del testimonio.
Esta dialéctica entraña siempre la posibilidad de que yo sea intimado a anular
al otro. Por una sencilla razón: como el punto de partida de esta dialéctica es
mi alienación en el otro, hay un momento en que puedo estar en posición de
ser a mi vez anulado porque el otro no está de acuerdo. La dialéctica del
inconsciente implica siempre como una de sus posibilidades la lucha, la
imposibilidad de coexistencia con el otro.
Esta distinción entre el Otro con mayúscula, es decir el Otro en tanto que
no es conocido, y el otro con minúscula, vale decir el otro que es yo,
fuente de todo conocimiento, es fundamental. En este intervalo, en el
ángulo abierto entre ambas relaciones debe ser situada toda la dialéctica
del delirio. La pregunta es la siguiente: en primer término ¿el sujeto les
habla?; en segundo, ¿de qué habla?
4
El psicótico les habla de algo que le habló ¿De qué les habla? De él, sin
duda, pero primero de un objeto diferente a los demás, de un objeto que
está en la prolongación de la dialéctica dual: les habla de algo que le
habló. El fundamento mismo de la estructura paranoica es que el sujeto
comprendió algo que él formula, a saber, que algo adquirió forma de palabra,
y le habla. Nadie, obviamente, duda de que sea un ser fantasmático, ni
siquiera él, pues siempre está en posición de admitir el carácter perfectamente
ambiguo de la fuente de las palabras que se le dirigen. El paranoico
testimonia acerca de la estructura de ese ser que habla al sujeto.
Deben notar desde ya la diferencia de nivel que hay entre la alienación como
forma general de lo imaginario, y la alienación en la psicosis. No se trata de
identificación, sencillamente, o de un decorado que se inclina hacia el lado del
otro con minúscula. A partir del momento en que el sujeto habla hay un
Otro con mayúscula. Si no, el problema de la psicosis no existiría. Los
psicóticos serían máquinas con palabra.
Es, precisamente, el S en el sentido en que lo entiende el análisis, pero un S
más un punto de interrogación. ¿Cuál es esa parte, en el sujeto, que habla? El
análisis dice: es el inconsciente. Naturalmente, para que la pregunta tenga
sentido, es necesario haber admitido que el inconsciente es algo que habla
en el sujeto, más allá del sujeto, e incluso cuando el sujeto no lo sabe, y
que dice más de lo que supone. El análisis dice que en la psicosis eso es
lo que habla. ¿Basta con esto? En absoluto, porque toda la cuestión es saber
cómo eso habla, y cuál es la estructura del discurso paranoico.
Descansa en el enunciado de una tendencia fundamental que podría tener que
hacerse reconocer en una neurosis, a saber: yo (je) lo amo, y tú me amas. Hay
tres modos de negar esto, dice Freud6 . No se anda con vueltas, no nos dice
por qué el inconsciente de los psicóticos es tan buen gramático y tan mal
filólogo; desde el punto de vista del filólogo efectivamente todo esto es harto
sospechoso. No crean que esto es obvio en las gramáticas francesas de sexto
grado; de acuerdo a las lenguas hay muchas maneras de decir yo (je) lo amo.
Freud no se detuvo ante esto y dice que hay tres funciones, y tres tipos de
delirios y eso funciona.
El primer modo de negación es decir: no soy yo quien lo ama, es ella, mi
consorte, mi doble. El segundo, es decir: no es a él a quien amo, es a ella. A
este nivel la defensa no es suficiente para el sujeto paranoico, el disfraz es
insuficiente, no alejó suficientemente el golpe, hace falta que intervenga la
proyección. Tercera posibilidad: yo (je) no lo amo, lo odio. Aquí tampoco basta
la inversión, eso al menos dice Freud; es necesario que intervenga también el
mecanismo de proyección, a saber: él me odia. En este punto hemos llegado al
delirio de persecución.
La elevada síntesis que entraña esta construcción nos trae luces, pero ven que
las preguntas siguen abiertas. La proyección debe intervenir como un
mecanismo adicional cada vez que no se trata de borrar el yo (je). No es
completamente inadmisible, aunque nos gustaría tener un suplemento de
información. Por otra parte, es claro que el no (ne), la negación considerada en
su forma más formal, en absoluto tiene, al ser aplicada a los diferentes
términos el mismo valor. Pero grosso modo, esta construcción se aproxima a
algo, funciona, y sitúa las cosas en su verdadero nivel tomándolas por este
lado, diría de logomaquia fundamental.
IV «VENGO DEL FIAMBRERO»
1
Freud subrayó hasta qué punto de las relaciones del sujeto con la realidad no
son las mismas en la neurosis y en la psicosis. En particular, el carácter clínico
del psicótico se distingue por esa relación profundamente pervertida con la
realidad que se denomina un delirio. Esta gran diferencia de organización o de
desorganización debe tener, dice Freud, una profunda razón estructural.
¿Cómo articular esta diferencia?
Cuando hablamos de neurosis hacemos cumplir cierto papel a una huida, a una
evitación, donde un conflicto con la realidad tiene su parte. Se intenta designar
a la función de la realidad en el desencadenamiento de la neurosis mediante la
noción de traumatismo, que es una noción etiológica. Esto es una cosa, pero
otra cosa es el momento de la neurosis en que se produce en el sujeto cierta
ruptura con la realidad. ¿De qué realidad se trata? Freud lo subraya de
entrada, la realidad sacrificada en la neurosis es una parte de la realidad
psíquica.
Entramos ya aquí en una distinción muy importante: realidad no es homónimo
de realidad exterior. En el momento en que se desencadena su neurosis, el
sujeto elide, escotomiza como se dijo después, una parte de su realidad
psíquica, o, en otro lenguaje, de su id. Esta parte es olvidada, pero continúa
haciéndose oír. ¿Cómo? De una manera que toda mi enseñanza enfatiza: de
manera simbólica.
Freud, en el primero de los artículos que citaba, evoca ese depósito que el
sujeto pone aparte en la realidad, y en el que conserva recursos destinados a
la construcción del mundo exterior: allí es donde la psicosis toma su material.
La neurosis, dice Freud, es algo muy diferente, porque la realidad que el sujeto
elidió en determinado momento, intenta hacerla volver a surgir prestándole una
significación particular, un sentido secreto, que llamamos simbólico. Pero Freud
no enfatiza este hecho de manera adecuada.
Muchos pasajes de la obra de Freud dan fe de que sentía la necesidad de una
plena articulación del orden simbólico, porque eso es lo que para él está en
juego en la neurosis. A ella le opone la psicosis, donde en un momento
hubo ruptura, agujero, desgarro, hiancia, pero con la realidad exterior. En
la neurosis, es en un segundo tiempo, y en la medida en que la realidad no
está rearticulada plenamente de manera simbólica en el mundo exterior,
cuando se produce en el sujeto huida parcial de la realidad, incapacidad de
afrontar esa parte de la realidad, secretamente conservada. En la psicosis, en
cambio, es verdaderamente la realidad misma la que está primero provista de
un agujero, que luego el mundo fantasmático vendrá a colmar.
No basta con ver como están hechos los síntomas, que aún es necesario
descubrir su mecanismo de formación. Partamos de la idea de que un agujero,
una falla, un punto de ruptura en la estructura del mundo exterior, está colmado
por la pieza agregada que es el fantasma psicótico. ¿Cómo explicarlo?
Tenemos a nuestra disposición el mecanismo de proyección.
La alucinación episódica donde se muestran las virtualidades paranoicas del
hombre de los lobos. Al mismo tiempo que captan muy bien lo que subrayé
diciendo lo que fue rechazado de lo simbólico reaparece en lo real, plantean
una discusión sobre mi manera de traducir el enfermo no quiere saber nada de
ello en el sentido de la represión. Sin embargo, actuar sobre lo reprimido
mediante el mecanismo de la represión, es saber algo acerca de ello, porque la
represión y el retorno de lo reprimido no son sino una sola y única cosa,
expresada no en el lenguaje consciente del sujeto sino en otra parte.
Algunos encuentran una dificultad porque no perciben que lo que está en
juego es del orden de un saber.
Les daré otra cita, tomada del caso Schreber. En el momento en que Freud
explica el mecanismo propio de la proyección que podría dar cuenta de la
reaparición del fantasma en la realidad, se detiene, para observar que en este
caso no podemos hablar pura y simplemente de proyección. Lo cual es harto
evidente con sólo pensar cómo funciona ese mecanismo, por ejemplo, en el
delirio de celos llamado proyectivo que consiste en imputar al cónyuge
infidelidades de las que uno se siente imaginariamente culpable. Otra cosa es
el delirio de persecución, que se manifiesta a través de intuiciones
interpretativas en lo real. Estos son los términos en que se expresa Freud: Es
incorrecto decir que la sensación interiormente reprimida —la Verdrängung es
una simbolización, y Unterdrückung, indica sencillamente algo caído por debajo
— es proyectada de nuevo hacia el exterior —esto es lo reprimido y el retorno
de lo reprimido. Deberíamos decir más bien que lo rechazado —recuerdan
quizás el tono de insistencia que el uso dio a esta palabra— retorna del
exterior.
Hay un momento que es el origen de la simbolización.
Seria mejor abandonar el término proyección. La proyección en la
psicosis es muy diferente a todo esto, es el mecanismo que hace retornar
del exterior lo que está preso en la Verwerfung, o sea lo que ha sido
dejado fuera de la simbolización general que estructura al sujeto.
2
Un delirio de a dos, entre su madre y su hija.
De todos modos me confío que un día, en el pasillo, en el momento en que
salía de su casa, tuvo que vérselas con una especie de mal educado, hecho
que no tenía por qué asombrarla, pues era ese malvado hombre casado que
era el amante regular de una de sus vecinas de vida fácil. Al pasar —no podía
disimulármelo, todavía la hería— él le había dicho una palabra grosera, palabra
grosera que no estaba dispuesta a repetirme, porque, tal como ella lo
expresaba, eso la rebajaba. Me confiesa ese algo con más facilidad que lo que
escuchó: Vengo del fiambrero.
ALUSIÓN Vengo del fiambrero. Si me dicen que hay algo que entender ahí,
puedo muy bien articular que hay una referencia al cochino. No dije cochino,
dije puerco. Ella estaba muy de acuerdo, era lo que quería que comprendiese.
Era también quizá, lo que quería que el otro comprendiese. Sólo que es
precisamente lo que no hay que hacer. Lo que debe interesarnos es saber por
qué, justamente, quería que el otro comprendiera eso, y por qué no se lo decía
claramente sino por alusión. Si comprendo, paso, no me detengo en eso,
porque ya comprendí. Esto les pone de manifiesto qué es entrar en el juego del
paciente: es colaborar con su resistencia. La resistencia del paciente es
siempre la de uno, y cuando una resistencia tiene éxito, es porque están
metidos en ella hasta el cuello, porque comprenden. Comprenden, hacen mal.
El asunto es precisamente comprender por qué se da algo a comprender. ¿Por
qué dijo Vengo del fiambrero, y no cochino?
Dije: Vengo del fiambrero, y entonces, nos largó el asunto, ¿qué dijo él? Dijo:
Marrana.
Ahí lo tienen muy contento, se dirán ustedes, es lo que nos enseña: en la
palabra, el sujeto recibe su propio mensaje en forma invertida. Desengáñense,
precisamente no es eso. El mensaje en juego no es idéntico, ni mucho menos,
a la palabra, por lo menos en el sentido en que la articulo para ustedes como
esa forma de mediación en la que el sujeto recibe su mensaje del otro en forma
invertida.
Primero, ¿quién es este personaje? Ya lo dijimos, es un hombre casado,
amante de una muchacha que es amiga de nuestra enferma y muy implicada
en el deseo del que es víctima: ella es, no su centro, sino su personaje
fundamental. Las relaciones de nuestra sujeto con esta pareja son ambiguas.
Son ciertamente personajes persecutorios y hostiles, pero no son aprehendidos
en forma demasiado reivindicativa, como pudieron darse cuenta con asombro
los que estaban presentes en la entrevista. Las relaciones de la sujeto con el
exterior se caracterizan más bien por la perplejidad: ¿cómo se pudo entonces,
por chismes, por una petición, sin duda, llevarlas al hospital? El interés
universal que se les concede tiende a repetirse.
¿Qué es Marrana? Es, en efecto, su mensaje, pero ¿no es más bien su propio
mensaje?
Al comienzo de todo lo dicho, tenemos la intrusión de la susodicha vecina en la
relación de estas dos mujeres aisladas, que permanecieron estrechamente
unidas en la existencia, que no pudieron separarse en el momento del
casamiento de la más joven, que huyeron súbitamente de la dramática
situación que parece haberse creado en las relaciones conyugales de la joven,
debido a las amenazas de su marido, el cual, según los certificados médicos,
quería, ni más ni menos, cortarla en rodajas. Tenemos ahí la impresión de que
la injuria del caso se ajusta con el proceso de defensa vía expulsión, a la que
se sintieron obligadas a proceder en relación a la vecina, considerada como
primordialmente invasora. Venía a golpear la puerta siempre que estaban
arreglándose, o en el momento en que comenzaban algo, mientras estaban
cenando o leyendo. Se trataba ante todo de alejar a esta persona
esencialmente propensa a la intrusión. Las cosas sólo se volvieron
problemáticas cuando esa expulsión, ese rechazo, esa negativa se realizó
plenamente, quiero decir en el momento en que realmente la pusieron de
patitas en la calle.
¿Debemos situar esto en el plano de la proyección, como un mecanismo de
defensa? Toda la vida íntima de estas pacientes se desenvolvió fuera del
elemento masculino, siempre hicieron de él un extraño con el que nunca se
pusieron de acuerdo, el mundo para ellas era esencialmente femenino.
Este análisis permite comprender que la paciente se siente rodeada de
sentimientos hostiles. Pero el problema no es ése. Lo importante es que
Marrana haya sido escuchado realmente, en lo real.
¿Quién habla? Ya que hay alucinación, es la realidad la que habla.
Nuestras premisas lo implican, si planteamos que la realidad está
constituida por sensaciones y percepciones. Al respecto no hay
ambigüedad, no dice: Tuve la impresión de que me respondía: Marrana,
dice: —Dije: Vengo del fiambrero, y él me dijo: —Marrana.
En primer término, ¿se trata de la realidad de los objetos? ¿Quién suele hablar
para nosotros en la realidad? ¿La realidad es precisamente cuando alguien nos
habla? El interés de las observaciones que hice la vez pasada sobre el otro y el
Otro, el otro con minúscula y el Otro con mayúscula, era hacerles notar que
cuando el Otro con mayúscula habla, no es pura y simplemente la realidad ante
la cual están, a saber, el individuo que articula. El Otro está más allá de esa
realidad.
En la verdadera palabra, el Otro, es aquello ante lo cual se hacen
reconocer. Pero sólo pueden hacerse reconocer por él porque él está de
antemano reconocido. Debe estar reconocido para que puedan hacerse
reconocer. Esta dimensión suplementaria, la reciprocidad, es necesaria para
que valga esa palabra cuyos ejemplos típicos di, Tú eres mi amo o Tú eres mi
mujer, o también la palabra mentirosa, que siendo lo contrario, supone de igual
modo el reconocimiento de un Otro absoluto, al que se apunta más allá de todo
lo que pueden conocer, y para quien el reconocimiento sólo tiene valor
precisamente porque está más allá de lo conocido. Ustedes lo instituyen en el
reconocimiento, no como un puro y simple elemento de la realidad, un peón,
una marioneta, sino un absoluto irreductible, de cuya existencia como
sujeto depende el valor mismo de la palabra en la que se hacen
reconocer.
Diciéndole a alguien: Tú eres mi mujer, implícitamente le dicen Yo (je) soy
tu hombre, pero primero le dicen Tú eres mi mujer, vale decir que la
instituyen en la posición de ser reconocida por ustedes, mediante lo cual
podrá reconocerlos. Esta palabra es entonces siempre un más allá del
lenguaje.
cuando una marioneta habla, no habla ella sino alguien que está detrás. El
asunto es saber cuál es la función del personaje que encontramos en esta
ocasión. Podemos decir que, para el sujeto, manifiestamente habla algo real.
Nuestra paciente no dice que otro habla detrás de él, ella recibe de él su
propia palabra, pero no invertida, su propia palabra está en el otro que es
ella misma, el otro con minúscula, su reflejo en su espejo, su semejante.
Marrana surge en ping-pong y ya no se sabe dónde estuvo el primer
saque.
Que la palabra se expresa en lo real quiere decir que se expresa en la
marioneta. El Otro en juego en esta situación no está más allá de la
pareja, está más allá del sujeto mismo —es la estructura de la alusión: se
indica a sí misma en un más allá de lo que dice—.
El a con minúscula, es el señor con quien se encuentra en el pasillo, la A
mayúscula no existe. a' minúscula es quien dice Vengo del fiambrero. ¿Y de
quién se dice Vengo del fiambrero? De S, a minúscula le dijo Marrana. La
persona que nos habla, y que habló, en tanto delirante, a', recibe sin duda en
algún lado su propio mensaje en forma invertida, del otro con minúscula, y lo
que ella dice concierne al mismo más allá que ella misma es en tanto sujeto, y
del cual, por definición, sencillamente porque es sujeto humano, sólo puede
hablar por alusión.
Exclusión del gran Otro Sólo hay dos maneras de hablar de ese S, ese
sujeto que somos radicalmente; o bien dirigirse verdaderamente al Otro,
con mayúscula, y recibir de él el mensaje que lo concierne a uno en forma
invertida; o bien indicar su dirección, su existencia bajo la forma de
alusión. Si esta mujer es estrictamente una paranoica, es que el ciclo,
para ella, entraña una exclusión del gran Otro. El circuito se cierra sobre los
pequeños otros que son la marioneta que está frente a ella, que habla, y en la
que resuena su mensaje, y ella misma, quien, en tanto que yo, es siempre otro
y habla por alusión. Esto es lo importante.
Habla tan bien por alusión que no sabe qué dice. ¿Qué dice? Dice: Vengo
del fiambrero. Ahora bien, ¿quién viene del fiambrero? Un cochino cortado en
pedazos. Ella no sabe que lo dice, pero de todos modos lo dice Le dice sobre sí
misma a ese otro a quien le habla: Yo, la marrana, vengo del fiambrero, ya
estoy disyunta, cuerpo fragmentado, membra disjecta, delirante, y mi
mundo se cae en pedazos, al igual que yo.
Todavía hay otra cosa, que afecta la temporalidad. Resulta claro, a partir de los
comentarios de la paciente, que no se sabe quién habló primero. Todas las
apariencias indican que no es nuestra paciente, al menos forzosamente. Nunca
sabremos nada sobre este punto, porque no vamos a cronometrar las palabras
desreales, pero si el desarrollo que acabo de hacer es correcto, si la respuesta
es la alocución, vale decir lo que verdaderamente dice la paciente, el Vengo del
fiambrero presupone la respuesta Marrana.
En la palabra verdadera, por el contrario, la alocución es la respuesta. La
consagración del Otro como mi mujer o mi amo es lo que responde a la
palabra, luego, en este caso, la respuesta presupone la alocución. El Otro está
excluido verdaderamente en la palabra delirante, no hay verdad por
detrás, hay tan poca que el sujeto mismo no le atribuye verdad alguna, y
está frente a este fenómeno, bruto a fin de cuentas, en una realidad de
perplejidad. Hace falta mucho tiempo antes de que intente restituir alrededor
de esto un orden al que llamaremos orden delirante.
Estando pues verdaderamente excluido el Otro, lo que concierne al sujeto
es dicho realmente por el pequeño otro, por sombras de otro, o como se
expresara nuestro Schreber para designar todos los seres humanos que
encuentra, por hombrecitos mal paridos, o hechos a la ligera. El pequeño
otro presenta, en efecto, un carácter irreal, tendiente a lo irreal.
3
Real Discurso concreto
Simbólico Significante
Imaginario Significación
El discurso concreto es el lenguaje real y eso, el lenguaje, habla. Los
registros de lo simbólico y de lo imaginario los encontramos en los otros dos
términos con los que articula la estructura del lenguaje, es decir el significado y
el significante.
El material significante es lo simbólico.
Luego está también la significación, que siempre remite a la significación.
Obviamente, significante puede quedar metido ahí dentro a partir del momento
en que le dan una significación, en que crean otro significante en tanto que
significante, algo en esa función de significación. Por eso podemos hablar del
lenguaje. La participación significante-significado sin embargo se repetirá
siempre. No hay dudas de que la significación es de la índole de lo
imaginario. Es, al igual que lo imaginario, a fin de cuentas siempre
evanescente, porque está ligada estrictamente a lo que les interesa, es
decir a aquello en lo que están metidos. Si supieran que el hambre y el amor
son lo mismo, serían como todos los animales, estarían verdaderamente
motivados. Pero, gracias a la existencia del significante, vuestra pequeña
significación personal los arrastra mucho más lejos. Como existe ese maldito
sistema del significante del cual no han podido aún comprender ni cómo esta
ahí, ni cómo existe, ni para qué sirve, ni adónde los lleva, él es quien los lleva a
ustedes. Cuando habla, el sujeto tiene a su disposición el conjunto del
material de la lengua, y a partir de allí se forma el discurso concreto. Hay
primero un conjunto sincrónico, la lengua en tanto sistema simultáneo de
grupos de oposiciones estructurados, tenemos después lo que ocurre
diacrónicamente, en el tiempo, que es el discurso. No podemos no poner el
discurso en determinada dirección del tiempo, dirección definida de manera
lineal, dice Saussure. El discurso se instala en el diacronismo.
Lengua SINCRONICA
Discurso DIACRONICO
La existencia sincrónica del significante está caracterizada
suficientemente en el hablar delirante por una modificación que ya señalé
aquí, a saber que algunos de sus elementos se aíslan, se hacen más
pesados, adquieren un valor, una fuerza de inercia particular, se cargan
de significación, de una significación a secas. El libro de Schreber está
sembrado de ellos.
Tomen una palabra como por ejemplo Nervenanhang, adjunción de nervios,
palabra de la lengua fundamental. Schreber diferencia perfectamente las
palabras que le surgieron de manera inspirada, precisamente por vía de
Nervenanhang, que le fueron repetidas en su significación electiva que no
siempre entiende exactamente. Seelenmord, asesinato del alma, por ejemplo,
es otra de estas palabras, para él problemática, pero que él sabe que tiene un
sentido particular. Por lo demás, habla de todo esto en un discurso que es en
verdad el nuestro, y su libro, debo decirlo, está escrito notablemente, claro y
ágil. Más aún, es tan coherente como muchos de los sistemas filosóficos de
nuestra época, en que a cada rato vemos a algún señor a quien le pica de
golpe, en una vuelta del camino, no sé qué bicho que le hace descubrir que el
bovarismo y la duración son la clave del mundo, y reconstruye todo el mundo
alrededor de esa noción, sin que uno sepa por qué escogió ésa y no otra. No
me parece que el sistema de Schreber sea menos valioso que el de esos
filósofos cuyo tema general acabo de perfilar. Y Freud descubre, cuando llega
al término de su desarrollo, que en el fondo ese tipo escribió cosas estupendas,
que se parecen a lo que yo, Freud, he descrito.
Este libro, escrito entonces en discurso común, señala las palabras que
adquirieron para el sujeto ese peso tan particular. Lo llamaremos una
erotización. Cuando el significante está cargado de este modo, el sujeto se da
perfectamente cuenta. En el momento en que Schreber emplea el término
instancia para definir las diversas fuerzas articuladas del mundo que le ha
tocado, dice: Instancia es mío, no me lo dijeron los otros, es mi discurso
común.
¿Qué pasa a nivel de la significación? La injuria es siempre una ruptura del
sistema del lenguaje, la palabra amorosa también. Que Marrana esté cargada
de un sentido oscuro, cosa probable, o no, con ello ya tenemos la indicación de
la disociación. Esta significación como toda significación que se respete,
remite a otra significación. Es precisamente lo que aquí caracteriza la
alusión. Diciendo Vengo del fiambrero, la paciente nos indica que esto
remite a otra significación.
Luego, está lo real, la articulación real de verdad verdad, que por un juego de
manos pasa al otro. La palabra real, quiero decir, la palabra en tanto
articulada, aparece en otro punto del campo, pero no en cualquiera, sino en el
otro, la marioneta, en tanto que elemento del mundo exterior. El S mayúscula,
cuyo medio es la palabra, el análisis muestra que no es lo que piensa el vulgo.
Está la persona real que está ante uno en tanto ocupa lugar está lo que ven,
que manifiestamente los cautiva, y es capaz de hacer que de repente se echen
en sus brazos, acto inconsiderado que es del orden imaginario; y luego está el
Otro que mencionábamos, que también puede ser el sujeto, pero que no es el
reflejo de lo que tiene enfrente, y tampoco es simplemente lo que se produce
cuando se ven verse.
Variedad de alteridades Hay varias alteridades posibles, y veremos cómo se
manifiestan en un delirio completo como el de Schreber. Tenemos primero el
día y la noche, el sol y la luna, esas cosas que siempre vuelven al mismo lugar,
y a las que Schreber llama el orden natural del mundo. Existe la alteridad del
Otro que corresponde al S, es decir el gran Otro, sujeto que no conocemos, el
Otro que es de la índole de lo simbólico, el Otro al que nos dirigirnos más allá
de lo que vemos. En el medio, están los objetos. Y luego, a nivel del S hay algo
que es de la dimensión de lo imaginario, el yo y el cuerpo, fragmentado o no,
pero más bien fragmentado.
TEMÁTICA Y ESTRUCTURA DEL FENÓMENO PSICÓTICO
V DE UN DIOS QUE ENGAÑA Y DE UNO QUE NO ENGAÑA
¿Qué es la represión para el neurótico? Es una lengua, otra lengua que
fabrica con sus síntomas, es decir, si es un histérico o un obsesivo, con
la dialéctica imaginaria de él y el otro. El síntoma neurótico cumple el
papel de la lengua que permite expresar la represión. Esto hace palpar
realmente que la represión y el retorno de lo reprimido son una única y
sola cosa, el revés y el derecho de un sólo y único proceso.
1
¿Cuál es nuestro método a propósito del presidente Schreber? Avanzamos en
el análisis de este territorio, las psicosis, a partir del conocimiento que tenemos
de la importancia de la palabra en la estructuración de los síntomas
psiconeuróticos. No decimos que la psicosis tiene la misma etiología que la
neurosis, tampoco decimos, ni mucho menos, que al igual que la neurosis es
un puro y simple hecho de lenguaje. Señalamos simplemente que es muy
fecunda en cuanto a lo que puede expresar en el discurso. Prueba de ello es la
obra que nos legó el presidente Schreber, y hacia la que atrajo nuestra mirada
la atención casi fascinada de Freud, quien, en base a esos testimonios, y por
un análisis interno, mostró cómo estaba estructurado ese mundo. Así
procederemos, a partir del discurso del sujeto, y ello nos permitirá acercarnos a
los mecanismos constitutivos de la psicosis.
FANTASMA El presidente Schreber relata con toda claridad las primeras
fases de su psicosis. Y nos da la atestación de que entre el primer brote de lo
psicótico, fase llamada no sin fundamento pre-psicótica, y el apogeo de
estabilización en que escribió su obra, tuvo un fantasma que se expresa con
estas palabras: sería algo hermoso ser una mujer sufriendo el
acoplamiento.
Subraya el carácter de imaginación de este pensamiento que lo sorprende,
precisando a la vez haberlo experimentado con indignación. Hay ahí una suerte
de conflicto moral. Estamos en presencia de un fenómeno que es un fenómeno
preconsciente. Pertenece a ese orden preconsciente que Freud hace intervenir
en la dinámica del sueño, y al que da tanta importancia en la Traumdeutung.
Se tiene claramente la impresión de que eso parte del yo. El énfasis puesto que
ese sería hermoso… tiene todo el carácter de pensamiento seductor, que el
ego está lejos de desconocer.
Freud El mecanismo de formación, dice Freud, se vuelve mucho más
transparente cuando se sustituye la oposición de lo consciente y lo
inconsciente, por la del yo y lo reprimido. Señalemos aquí solamente que los
sueños de castigo no están vinculados necesariamente con la persistencia de
sueños dolorosos, nacen en cambio a menudo, parece, cuando esos sueños
del día son de naturaleza apaciguante, pero expresan satisfacciones interiores.
Todos esos pensamientos prohibidos son reemplazados en este concepto
manifiesto del sueño por su contrario. El carácter esencial de los sueños de
castigo me parece entonces ser el siguiente: los produce no un deseo
inconsciente originado en lo reprimido, sino un deseo de sentido
contrario que se realiza contra éste, deseo de castigo que aunque
inconsciente, más exactamente preconsciente, pertenece al yo.
¿Qué relación hay entre la emergencia en el yo del pensamiento sería
hermoso ser una mujer sufriendo el acoplamiento, y la concepción en la
que florecerá el delirio llegado a su punto culminante, a saber, que el
hombre debe ser la mujer permanente de Dios? Hay razones, sin duda
alguna, para relacionar ambos términos: la primera aparición de ese
pensamiento que atraviesa la mente de Schreber, aparentemente sano
entonces el estado terminal del delirio, que lo sitúa a él mismo como ser
completamente feminizado, una mujer, así lo dice, frente a un personaje
omnipotente con el que tiene relaciones eróticas permanentes. El
pensamiento del comienzo se presenta legítimamente como el atisbo del tema
final. Pero no por ello debemos descuidar las etapas, las crisis que lo hicieron
pasar de un pensamiento tan fugaz a una conducta y a un discurso tan
firmemente delirantes como los suyos.
Está planteada la pregunta de saber si nos encontramos ante un mecanismo
propiamente psicótico que sería imaginario y que iría, desde el primer atisbo de
una identificación y de una captura en la imagen femenina, hasta el
florecimiento de un sistema del mundo donde el sujeto está absorbido
completamente en su imaginación de identificación femenina.
La investigación la debe guiar el discurso del sujeto, es decir la estructura de
ese discurso mismo.
2
Comencé distinguiendo las tres esferas de la palabra en cuanto tal.
Recordarán que podemos, en el seno mismo del fenómeno de la palabra,
integrar los tres planos de lo simbólico, representado por el significante,
de lo imaginario representado por la significación, y de lo real que es el
discurso realmente pronunciado en su dimensión diacrónica.
El sujeto dispone de todo un material significante que es su lengua,
materna o no, y lo utiliza para hacer que las significaciones pasen a lo
real. No es lo mismo estar más o menos cautivado, capturado en una
significación, y expresar esa significación en un discurso destinado a
comunicarla, que ponerla de acuerdo con las demás significaciones
diversamente admitidas.
Esquema L Cuando hice el cuadro de tres entradas, localicé las diferentes
relaciones en las cuales podemos analizar el discurso delirante. Este esquema
no es el esquema del mundo, es la condición fundamental de toda relación. En
sentido vertical, tenemos el registro del sujeto, de la palabra y del orden
de la alteridad en cuanto tal, del Otro. El punto pivote de la función de la
palabra es la subjetividad del Otro, es decir el hecho de que el Otro es
esencialmente el que es capaz, al igual que el sujeto, de convencer y
mentir. Cuando dije que en ese Otro debe haber un sector de objetos
totalmente reales, es obvio que esta introducción de la realidad es siempre
función de la palabra. Para que algo, sea lo que fuere, pueda referirse,
respecto al sujeto y al Otro, a algún fundamento en lo real, es necesario
que haya en algún lado, algo que no engañe. El correlato dialéctico de la
estructura fundamental que hace de la palabra de sujeto a sujeto una palabra
que puede engañar, es que también haya algo que no engañe.
Lo real no engaña La noción de que lo real, por delicado de penetrar que
sea, no puede jugarnos sucio, que no nos engañará adrede, es, aunque
nadie repare realmente en ello, esencial a la constitución del mundo de la
ciencia.
¿Qué aseguraba, en la naturaleza, la no-mentira del Otro en tanto que
real? Las cosas en tanto vuelven siempre al mismo lugar, a saber, las
esferas celestes.
3
Según esta teoría cada nervio del intelecto representa la entera individualidad
espiritual del hombre, lleva inscrito, por así decir, la totalidad de los recuerdos.
Se trata de una teoría sumamente elaborada, cuya posición no sería difícil de
encontrar, aunque sólo fuese como una etapa de la discusión, en obras
científicas reconocidas. Por un mecanismo de imaginación que no es
excepcional, palpamos el vínculo de la noción de alma con la de perpetuidad
de las impresiones. Hay algo irresistible cuando el sujeto se considera a sí
mismo: no sólo no puede no concebir que existe, sino más aún, no puede
no concebir que una impresión participa de su perpetuidad.
Veremos más adelante por qué Schreber partió de la noción de Dios. Ya lo ven
preso de este dilema: ¿quién va a atraer hacia sí más rayos, él o ese Dios con
el que tiene una perpetua relación erótica? ¿Va Schreber a conquistar el amor
de Dios hasta poner en peligro su existencia, o va Dios a poseer a Schreber, y
luego dejarlo plantado? Esbozo el problema de manera humorística, pero no
tiene nada de divertido, puesto que es el texto del delirio de un enfermo.
En su experiencia, hay divergencia entre el Dios que para él es el revés
del mundo y, por otra parte, ese Dios con el cual, en la experiencia más
cruda, tiene relaciones cual si fuese un organismo viviente, el Dios
viviente, como lo llama.
Relación erótica No hay contradicción lógica, hay una contradicción
vivida, viviente, seriamente planteada y vivazmente experimentada por el
sujeto, entre el Dios casi espinoziano cuya sombra, cuyo esbozo
imaginario conserva, y ese que mantiene con él esa relación erótica de la
que le da fe perpetuamente.
Nuestro trabajo es situar estructuralmente el discurso que da fe de las
relaciones eróticas del sujeto con el Dios viviente, que es también el que,
por intermedio de esos rayos divinos, y de toda una procesión de formas
y emanaciones, le habla, expresándose en esa lengua desestructurada
desde el punto de vista de la lengua común, pero asimismo
reestructurada sobre relaciones más fundamentales, que él llama la
lengua fundamental.
Dios no comprende a los hombres A fin de cuentas, Dios sólo tiene una
relación completa, auténtica, con cadáveres. Dios nada comprende de los
seres vivos, su omnipresencia sólo percibe las cosas desde afuera, nunca
desde dentro. Estas son proposiciones que no parecen obvias, ni
exigidas por la coherencia del sistema, tal como podríamos concebirla
nosotros.
El sujeto puede hablarle al Otro en tanto se trata con él de fe o de fingimiento,
pero aquí es en la dimensión de un imaginario padecido donde se produce
como un fenómeno pasivo, como una experiencia vivida del sujeto, ese
ejercicio permanente del engaño que llega a subvertir cualquier orden, mítico o
no, en el pensamiento mismo. Que el mundo se transforme en lo que llamamos
una fantasmagoría, pero que para él es lo más cierto de su vivencia, se debe a
ese juego de engaño que mantiene, no con un otro que sería su semejante,
sino con ese ser primero, garante mismo de lo real.
El propio Schreber señala muy bien que de ningún modo estaba preparado por
sus categorías anteriores para esta experiencia viviente del Dios infinito; hasta
entonces esos asuntos no tenían ninguna especie de interés para él, y, mucho
más que un ateo, era un indiferente.
Puede decirse que, en este delirio, Dios es esencialmente el término polar en
relación a la megalomanía del sujeto, pero lo es en tanto que Dios está
atrapado en su propio juego. El delirio de Schreber nos explicará, en efecto,
que Dios, por haber querido captar sus fuerzas y hacer de él el desecho,
la basura, la carroña, objeto de todos los esfuerzos de destrucción que
permitió a su modo intermedio efectuar, queda atrapado en su propio
juego. El gran peligro de Dios es, a fin de cuentas, amar demasiado a
Schreber, esa zona transversalmente transversal.
Tendremos que estructurar la relación de lo que garantiza lo real en el otro, es
decir, la presencia y la existencia del mundo estable de Dios, con el sujeto
Schreber en tanto realidad organice, cuerpo fragmentado. Veremos, tomando
prestadas algunas referencias a la literatura analítica, que gran parte de sus
fantasmas, de sus alucinaciones, de su construcción milagrosa o maravillosa,
está hecha con elementos en que se reconocen claramente toda suerte de
equivalencias corporales. Pero el pivote de estos fenómenos, es la ley, que
aquí esta enteramente en la dimensión imaginaria. La llamo transversal,
porque se opone diagonalmente a la relación de sujeto a sujeto, eje de la
palabra en su eficacia.
VI EL FENÓMENO PSICÓTICO Y SU MECANISMO
A esta exigencia responde mi pequeño cuadrado, que va del sujeto
al otro, y en cierto modo de lo simbólico a lo real, sujeto, yo, cuerpo y en
sentido inverso, hacia el Otro con mayúscula de la intersubjetividad, el
Otro que no aprehenden en tanto es sujeto, es decir, en tanto puede
mentir, el Otro, en cambio, que siempre está en su lugar, el Otro de los
astros, o si prefieren el sistema estable del mundo, del objeto, y entre
ambos, de la palabra con sus tres etapas, del significante, de la
significación y del discurso.
1
Certeza delirante Lo que está en juego no es la realidad. El sujeto admite,
por todos los rodeos explicativos verbalmente desarrollados que están a su
alcance, que esos fenómenos son de un orden distinto a lo real, sabe bien que
su realidad no está asegurada, incluso admite hasta cierto punto su irrealidad.
Pero, a diferencia del sujeto normal para quien la realidad está bien ubicada, él
tiene una certeza: que lo que está en juego —desde la alucinación hasta la
interpretación— le concierne.
En él, no está en juego la realidad, sino la certeza. Aún cuando se expresa en
el sentido de que lo que experimenta no es del orden de la realidad, ello no
afecta a su certeza, que es que le concierne. Esta certeza es radical. Significa
para él algo inquebrantable.
Esto constituye lo que se llama, con o sin razón, fenómeno elemental, o
también la creencia delirante.
Un fenómeno central del delirio de Schreber, que puede considerarse incluso
inicial en la concepción que se hace de esa transformación del mundo que
constituye su delirio, es lo que llama la Seelenmord, el asesinato del alma.
Ahora bien, él mismo lo presenta como completamente enigmático.
Lo fundamental no es que nosotros hayamos perdido, a causa de esa censura,
la oportunidad de comprender tal o cual de sus experiencias afectivas en
relación a sus familiares, sino que él, el sujeto, no la comprenda, y que, sin
embargo, la formule.
Considera este asesinato del alma como un resorte cierto, que a pesar de su
certeza conserva por sí mismo un carácter enigmático. ¿Qué podrá ser
asesinar un alma? Por otra parte, saber diferenciar el alma de todo lo que tiene
que ver con ella no le es dado a cualquiera, pero sí en cambio a este delirante,
con un matiz de certeza que confiere a su testimonio un relieve esencial.
Fenómeno de los celos Deben adiestrarse a encontrar esa certeza delirante
en cualquier parte que esté. Descubrirán entonces, por ejemplo, la diferencia
que existe entre el fenómeno de los celos cuando se presenta en un sujeto
normal y cuando se presenta en un delirante. No es necesario evocar en
detalle lo que tienen de humorístico, inclusive de cómico, los celos de tipo
normal que, por así decirlo, rechazan la certeza con la mayor naturalidad, por
más que las realidades se la ofrezcan. Es la famosa historia del celoso que
persigue a su mujer hasta la puerta de la habitación donde está encerrada con
otro. Contrasta suficientemente con el hecho de que el delirante, por su parte,
se exime de toda referencia real. Esto debería inspirarnos cierta desconfianza a
propósito de la transferencia de mecanismos normales, como la proyección,
para explicar la génesis de los celos delirantes. Y, sin embargo, verán hacer
muy a menudo esta extrapolación. Basta leer el texto de Freud sobre el
presidente Schreber para darse cuenta de que, a pesar de no tener tiempo
para abordar el asunto en toda su extensión, él muestra los peligros que se
corren, a propósito de la paranoia, haciendo intervenir de modo imprudente la
proyección, la relación de yo a yo, o sea del yo al otro. Aunque esta
advertencia esté escrita con todas sus letras, el término de proyección se usa a
diestra y siniestra para explicar los delirios y su génesis.
Diré aún más: a medida que el delirante asciende la escala de los delirios, está
cada vez más seguro de cosas planteadas como cada vez más irreales. La
paranoia se distingue en este punto de la demencia precoz: el delirante articula
con una abundancia, una riqueza, que es precisamente una de sus
racterísticas clínicas esenciales, que si bien es una de las más obvias, no debe
sin embargo descuidarse. Las producciones discursivas que caracterizan el
registro de las paranoias florecen además, casi siempre, en producciones
literarias, en el sentido en que literarias quiere decir sencillamente hojas de
papel cubiertas de escritura.
Su relación con Dios (mujer de Dios) El mundo que describe está articulado
en conformidad con la concepción alcanzada luego del momento del síntoma
inexplicado que perturbó profunda, cruel y dolorosamente su existencia. Según
dicha concepción, que le brinda por lo demás cierto dominio de su psicosis, él
es el correlato femenino de Dios. Con ello todo es comprensible, todo se
arregla, y diría aún más, todo se arreglará para todo el mundo, ya que él
desempeña así el papel de intermediario entre una humanidad amenazada
hasta lo más recóndito de su existencia, y ese poder divino con el que
mantiene vínculos tan singulares. Todo se arregla en la Versöhnung, la
reconciliación que lo sitúa como la mujer de Dios. Su relación con Dios, tal
como nos la comunica es rica y compleja; con todo, no puede dejar de
impactarnos el hecho de que su texto nada entraña que indique la menor
presencia, la menor efusión, la menor comunicación real, nada que dé idea de
una verdadera relación entre dos seres.
Digamos que el largo discurso con que Schreber da fe de lo que finalmente
resolvió admitir como solución de su problemática, no da en lado alguno la
impresión de una experiencia original en la que el sujeto mismo esté incluido:
es un testimonio, valga la palabra, verdaderamente objetivado.
Reconocimiento del Otro ¿Sobre qué versan estos testimonios delirantes?
No digamos que el loco es alguien que prescinde del reconocimiento del otro.
Si Schreber escribe esa enorme obra es realmente para que nadie ignore lo
que experimentó, e incluso para que, eventualmente, los sabios verifiquen la
presencia de los nervios femeninos que penetran progresivamente en su
cuerpo, objetivando así la relación única que ha sido la suya con la realidad
divina. Es algo que de hecho se propone como un esfuerzo por ser reconocido.
Tratándose de un discurso publicado, surge el interrogante acerca de qué
querrá decir realmente, en ese personaje tan aislado por su experiencia que es
el loco, la necesidad de reconocimiento. El loco parece distinguirse a primera
vista por el hecho de no tener necesidad de ser reconocido. Sin embargo, esa
suficiencia que tiene en su propio mundo, la auto-comprehensibilidad que
parece caracterizarlo, no deja de presentar algunas contradicciones.
Schreber es escritor, no poeta Podemos resumir la posición en que
estamos respecto a su discurso cuando lo conocemos, diciendo que es sin
duda escritor mas no poeta. Schreber no nos introduce a una nueva dimensión
de la experiencia. Hay poesía cada vez que un escrito nos introduce en un
mundo diferente al nuestro y dándonos la presencia de un ser, de determinada
relación fundamental, lo hace nuestro también.
¿Qué es la poesía? La poesía es creación de un sujeto que asume un nuevo
orden de relación simbólica con el mundo.
¿Que diríamos, a fin de cuentas, del delirante? ¿Está solo? Tampoco es esa
nuestra impresión, porque está habitado por toda suerte de existencias,
improbables sin duda, pero cuyo carácter significativo es indudable, dato
primero, cuya articulación se vuelve cada vez más elaborada a medida que su
delirio avanza. Es violado, manipulado, transformado, hablado de todas las
maneras, y, diría, charloteado. Lean en detalle lo que él dice sobre los pájaros
del cielo, como los llama, y su chillido. Realmente de eso se trata: él es sede de
una pajarera de fenómenos, y este hecho le inspiró la enorme comunicación
que es la suya, ese libro de alrededor de quinientas páginas, resultado de una
larga construcción que fue para él la solución de su aventura interior.
Al inicio, y en tal o cual momento, la duda versa sobre aquello a lo cual la
significación remite, pero no tiene duda alguna de que remite a algo. En un
sujeto como Schreber, las cosas llegan tan lejos que el mundo entero es
presa de ese delirio de significación, de modo tal que puede decirse que,
lejos de estar solo, él es casi todo lo que lo rodea.
En cambio, todo lo que él hace ser en esas significaciones esta, de alguna
manera, vaciado de su persona. Lo articula de mil maneras, y especialmente
por ejemplo, cuando observa que Dios, su interlocutor imaginario, nada
comprende de todo cuanto está dentro, de todo lo que es de los seres
vivos, y que sólo trata con sombras o cadáveres. Por eso mismo todo su
mundo se transformó en una fantasmagoría de sombras de hombres
hechos a la ligera, dice la traducción.
2
¿Cómo una construcción así puede producirse en un sujeto?
Delirio como defensa del sujeto. En efecto, deben distinguir siempre
severamente el orden en que se manifiesta la defensa. Supongamos que esa
defensa es manifiestamente del orden simbólico, y que pueden elucidarla en el
sentido de una palabra en sentido pleno, vale decir, que atañe en el sujeto al
significante y al significado. Si el sujeto presentifica ambos significante y
significado, entonces, en efecto, pueden intervenir mostrándole la conjunción
de ese significante y ese significado. Pero tan sólo si ambos están presentes
en su discurso. Si no están los dos, si ustedes tienen la sensación de que el
sujeto se defiende contra algo que ustedes ven y él no, es decir, que ven de
manera clara que el sujeto distorsiona la realidad, no basta la noción de
defensa para permitirles enfrentar al sujeto con la realidad.
3
Freud ALGO QUE FUE RECHAZADO DEL INTERIOR REAPARECE EN EL
EXTERIOR.
Rechazo Previa a toda simbolización —esta anterioridad es lógica no
cronológica— hay una etapa, lo demuestran las psicosis, donde puede
suceder que parte de la simbolización no se lleve a cabo. Esta etapa
primera precede toda la dialéctica neurótica, fundada en que la neurosis
es una palabra que se articula, en tanto lo reprimido y el retorno de lo
reprimido son una sola y única cosa. Puede entonces suceder que algo
primordial en lo tocante al ser del sujeto no entre en la simbolización, y
sea, no reprimido, sino rechazado.
Esto no está demostrado. Tampoco es una hipótesis. Es una articulación del
problema.
En la relación del sujeto con el símbolo, existe la posibilidad de una
Verwerfung primitiva, a saber, que algo no sea simbolizado, que se
manifestará en lo real.
Es esencial introducir la categoría de lo real, es imposible descuidarla en los
textos freudianos. Le doy ese nombre en tanto define un campo distinto al de lo
simbólico. Sólo con esto es posible esclarecer el fenómeno psicótico y su
evolución.
A nivel de esa Bejahung, pura, primitiva, que puede o no llevarse a cabo,
se establece una primera dicotomía: aquello que haya estado sometido a
la Bejahung, a la simbolización primitiva, sufrirá diversos destinos; lo
afectado por la Verwerfung primitiva sufrirá otro.
En el origen hay pues Bejahung, a saber, afirmación de lo que es, o
Verwerfung.
Entonces, en el seno de la Bejahung, ocurren toda clase de accidentes. Nada
indica que la primitiva sustracción haya sido realizada de manera adecuada.
Por otra parte, lo más probable es que de aquí a mucho tiempo, seguiremos sin
saber nada de sus motivos, precisamente porque se sitúa más allá de todo
mecanismo de simbolización. Y si alguien sabe algo de ello algún día, es difícil
que ese alguien sea el analista. En todo caso, con lo que queda el sujeto se
forja un mundo, y, sobre todo, se ubica en su seno, es decir, se las arregla para
ser aproximadamente lo que admitió que era, un hombre cuando resulta ser del
sexo masculino, o, a la inversa, una mujer.
Si lo coloco en primer plano, es porque el análisis subraya claramente que este
es uno de los problemas esenciales. Jamás olviden que nada de lo tocante
al comportamiento del ser humano en tanto sujeto, nada de aquello, sea
lo que fuere, en que se realiza, en que es, lisa y llanamente, puede
escapar del sometimiento a las leyes de la palabra.
El descubrimiento freudiano nos enseña que las adaptaciones naturales están,
en el hombre, profundamente desbarajustadas. No simplemente porque la
bisexualidad desempeña en él un papel esencial. Desde el punto de vista
biológico esa bisexualidad no es extraña, dado que las vías de acceso a la
regularización y a la normalización son en él más complejas, y distintas, en
comparación con lo que observamos en general en los mamíferos y en los
vertebrados. La simbolización, en otras palabras, la Ley, cumple allí un
papel primordial.
Si Freud insistió tanto en el complejo de Edipo que llegó hasta construir una
sociología de tótemes y tabúes, es, manifiestamente, porque la Ley esta ahí ab
origine. Está excluido, en consecuencia, preguntarse por el problema de los
orígenes: la Ley esta ahí justamente desde el inicio, desde siempre, y la
sexualidad humana debe realizarse a través de ella. Esta Ley fundamental
es sencillamente una ley de simbolización. Esto quiere decir el Edipo.
En su seno, entonces, se producirá todo lo que puedan imaginar, en los
tres registros de la Verdichtung, de la Verdrängung y de la Verneinung.
1) La Verdichtung (CONDENSACIÓN) es simplemente la ley del
malentendido, gracias a la cual sobrevivimos, o hacemos varias cosas a
la vez, o también gracias a la cual podemos, por ejemplo, cuando somos
un hombre, satisfacer completamente nuestras tendencias opuestas
ocupando en una relación simbólica una posición femenina, a la par que
seguimos siendo cabalmente un hombre, provisto de su virilidad, en el
plano imaginario y en el plano real. Esta función que, con mayor o menor
intensidad es de feminidad, puede satisfacerse así en esa receptividad
esencial que es uno de los papeles existentes fundamentales. No es
metafórica: cuando recibimos la palabra de verdad recibimos algo.
La participación en la relación de la palabra puede tener múltiples
sentidos a la vez, y una de las significaciones involucradas puede ser
justamente la de satisfacerse en la posición femenina, en cuanto tal
esencial a nuestro ser.
2) La Verdrängung (REPRESIÓN), la represión, no es la ley del
malentendido, es lo que sucede cuando algo no encaja a nivel de la
cadena simbólica. Cada cadena simbólica a la que estamos ligados
entraña una coherencia interna, que nos fuerza en un momento a
devolver lo que recibimos a otro. Ahora bien, puede ocurrir que no nos
sea posible devolver en todos los planos a la vez, y que, en otros
términos, la ley nos sea intolerable. No porque lo sea en sí misma, sino
porque la posición en que estamos implica un sacrificio que resulta
imposible en el plano de las significaciones. Entonces reprimimos:
nuestros actos, nuestro discurso, nuestro comportamiento. Pero la
cadena, de todos modos, sigue circulando por lo bajo, expresando sus
exigencias, haciendo valer su crédito, y lo hace por intermedio del
síntoma neurótico. En esto es que la represiónes el mecanismo de la
neurosis.
3) La Verneinung (NEGACIÓN) es del orden del discurso, y concierne a
lo que somos capaces de producir por vía articulada. El así llamado
principio de realidad interviene estrictamente a este nivel. Freud lo
expresa del modo más claro en tres o cuatro lugares de su obra, que
recorrimos en distintos momentos de nuestro comentario. Se trata de la
atribución, no del valor de símbolo, Bejahung, sino del valor de
existencia. A este nivel, que Freud sitúa en su vocabulario como el de
juicio de existencia, le asigna, con una profundidad que se adelanta mil
veces a lo que se decía en su época, la siguiente característica:
siempre se trata de volver a encontrar un objeto.
Toda aprehensión humana de la realidad está sometida a esta condición
primordial: el sujeto está en busca del objeto de su deseo, más nada lo
conduce a él. La realidad en tanto el deseo la subtiende es, al comienzo
alucinada. La teoría freudiana del nacimiento del mundo objetal, de la realidad,
tal como es expresada al final de la Traumdeutung, por ejemplo, y tal como la
retoma cada vez que ella está esencialmente en juego, implica que el sujeto
queda en suspenso en lo tocante a su objeto fundamental, al objeto de su
satisfacción esencial.
Pero desconocen en su esencia al principio de realidad, que expresa
exactamente lo siguiente: el sujeto no tiene que encontrar al objeto de su
deseo, no es conducido hacia él por los canales, los rieles naturales de una
adaptación instintiva más o menos preestablecida, y por lo demás más o
menos trastabillante, tal como la vemos en el reino animal; debe en cambio
volver a encontrar el objeto, cuyo surgimiento es fundamentalmente alucinado.
Por supuesto, nunca lo vuelve a encontrar, y en esto consiste precisamente el
principio de realidad. El sujeto nunca vuelve a encontrar, escribe Freud, más
que otro objeto, que responderá de manera más o menos satisfactoria a las
necesidades del caso. Nunca encuentra sino un objeto distinto, porque, por
definición, debe volver a encontrar algo que es prestado. Este es el punto
esencial en torno al cual gira la introducción, en la dialéctica freudiana, del
principio de realidad.
Lo que es preciso concebir, porque me lo ofrece la experiencia clínica, es que
en lo real aparece algo diferente de lo que el sujeto pone a prueba y busca,
algo diferente de aquello hacia lo cual el aparato de reflexión, de dominio y de
investigación que es su yo —con todas las alienaciones que supone —
conduce al sujeto; algo diferente, que puede surgir, o bien bajo la forma
esporádica de esa pequeña alucinación que relata el Hombre de los lobos, o
bien de modo mucho más amplio, tal como se produce en el caso del
presidente Schreber.
4
¿Qué es el fenómeno psicótico? La emergencia en la realidad de una
significación enorme que parece una nadería —en la medida en que no se
la puede vincular a nada, ya que nunca entró en el sistema de la
simbolización— pero que, en determinadas condiciones puede amenazar
todo el edificio.
Hay en el caso del presidente Schreber una significación que concierne al
sujeto, pero que es rechazada, y que sólo asoma de la manera más
desdibujada en su horizonte y en su ética, y cuyo surgimiento determina la
invasión psicótica. Verán hasta qué punto lo que la determina es diferente de lo
que determina la invasión neurótica, son condiciones estrictamente opuestas.
En el caso del presidente Schreber, esa significación rechazada tiene la más
estrecha relación con la bisexualidad primitiva que mencioné hace poco. El
presidente Schreber nunca integró en modo alguno, intentaremos verlo en el
texto, especie alguna de forma femenina.
Resulta difícil pensar cómo la represión pura y simple de tal o cual tendencia, el
rechazo o la represión de tal o cual pulsión, en mayor o menor grado
transferencial, experimentada respecto al doctor Flechsig, habría llevado al
presidente Schreber a construir su enorme delirio. Debe haber en realidad algo
un poco más proporcionado con el resultado obtenido.
Les indico por adelantado que se trata de la función femenina en su
significación simbólica esencial, y que sólo la podemos volver a
encontrar en la procreación, ya verán por qué. No diremos ni
emasculación ni feminización, ni fantasma de embarazo, porque esto
llega hasta la procreación. En un momento cumbre de su existencia, no
en un momento deficitario, esto se le manifiesta bajo la forma de la
irrupción en lo real de algo que jamás conoció, de un surgimiento
totalmente extraño, que va a provocar progresivamente una sumersión
radical de todas sus categorías, hasta forzarlo a un verdadero
reordenamiento de su mundo.
Una significación que no remite a nada, pero que afecta al sujeto ¿Qué
sucede pues en el momento en que lo que no está simbolizado reaparece en lo
real? No es inútil introducir al respecto el término de defensa. Es claro que lo
que aparece, aparece bajo el registro de la significación, y de una significación
que no viene de ninguna parte, que no remite a nada, pero que es una
significación esencial, que afecta al sujeto. En ese momento se pone en
movimiento sin duda lo que interviene cada vez que hay conflicto de órdenes, a
saber, la represión. Pero, ¿por qué en este caso la represión no encaja, vale
decir, no tiene como resultado lo que se produce en el caso de una neurosis?
Antes de saber por qué, primero hay que estudiar el cómo. Voy a poner
bastante énfasis en lo que hace la diferencia de estructura entre neurosis y
psicosis.
Cuando una pulsión, digamos femenina o pasivizante, aparece en un sujeto
para quien dicha pulsión ya fue puesta en juego en diferentes puntos de su
simbolización previa, en su neurosis infantil por ejemplo, logra expresarse en
cierto número de síntomas. Así, lo reprimido se expresa de todos modos,
siendo la represión y el retorno de lo reprimido una sola y única cosa. El sujeto,
en el seno de la represión, tiene la posibilidad de arreglárselas con lo que
vuelve a aparecer. Hay compromiso. Esto caracteriza a la neurosis, es a la vez
lo más evidente del mundo y lo que menos se quiere ver.
La Verwerfung no pertenece al mismo nivel que la Verneinung. Cuando, al
comienzo de la psicosis, lo no simbolizado reaparece en lo real, hay
respuestas, del lado del mecanismo de la Verneinung, pero son inadecuadas.
¿Qué es el comienzo de una psicosis? ¿Acaso una psicosis tiene prehistoria,
como una neurosis? ¿Hay una psicosis infantil?
Todo parece indicar que la psicosis no tiene prehistoria. Lo único que se
encuentra es que cuando, en condiciones especiales que deben precisarse,
algo aparece en el mundo exterior que no fue primitivamente simbolizado,
el sujeto se encuentra absolutamente inerme, incapaz de hacer funcionar
la Verneinung con respecto al acontecimiento. Se produce entonces algo
cuya característica es estar absolutamente excluido del compromiso
simbolizante de la neurosis, y que se traduce en otro registro, por una
verdadera reacción en cadena a nivel de lo imaginario, o sea en la
contradiagonal de nuestro pequeño cuadrado mágico.
Proliferación imaginaria El sujeto, por no poder en modo alguno
restablecer el pacto del sujeto con el otro, por no poder realizar
mediación simbólica alguna entre lo nuevo y él mismo, entra en otro
modo de mediación, completamente diferente del primero, que sustituye
la mediación simbólica por un pulular, una proliferación imaginaria, en los
que se introduce, de manera deformada y profundamente a-simbólica, la
señal central de la mediación posible.
El significante mismo sufre profundos reordenamientos, que otorgan ese
acento tan peculiar a las intuiciones más significantes para el sujeto. La
lengua fundamental del presidente Schreber es, en efecto, el signo de que
subsiste en el seno de ese mundo imaginario la exigencia del significante.
La relación del sujeto con el mundo es una relación en espejo. El mundo
del sujeto consistirá esencialmente en la relación con ese ser que para él es el
otro, es decir, Dios mismo. Algo de la relación del hombre con la mujer es
realizado supuestamente de este modo. Pero verán, cuando estudiemos en
detalle este delirio, que por el contrario, los dos personajes, es decir Dios, con
todo lo que supone —el universo, la esfera celeste— y el propio Schreber por
otra parte, en tanto literalmente desarticulado en una multitud de seres
imaginarios que se dedican a sus vaivenes y transfixiones diversas, son
dos estructuras que se acoplan estrictamente. Desarrollan, de modo
sumamente interesante para nosotros, lo que siempre está elidido, velado,
domesticado en la vida del hombre normal: a saber, la dialéctica del cuerpo
fragmentado con respecto al universo imaginario, que en la estructura
normal es subyacente.
Esta estructura hace del mundo imaginario del hombre algo descompuesto por
adelantado. La encontramos aquí en su estado desarrollado, y éste es uno de
los intereses del análisis del delirio en cuanto tal. Los analistas siempre lo
subrayaron, el delirio muestra el juego de los fantasmas en su carácter
absolutamente desarrollado de duplicidad. Los dos personajes a los que se
reduce el mundo para el presidente Schreber, están hechos uno en
referencia al otro, uno le ofrece al otro su imagen invertida.
Lo importante es ver cómo esto responde a la demanda, indirectamente
realizada de integrar lo que surgió en lo real, que representa para el sujeto ese
algo propio que nunca simbolizó. Una exigencia del orden simbólico, al no
poder ser integrada en lo que ya fue puesto en juego en el movimiento
dialéctico en que vivió el sujeto, acarrea una desagregación en cadena, una
sustracción de la trama en el tapiz, que se llama delirio. Un delirio no carece
forzosamente de relación con el discurso normal, y el sujeto es harto capaz de
comunicárnoslo, y de satisfacerse con él, dentro de un mundo donde toda
comunicación no está interrumpida.
VII LA DISOLUCIÓN IMAGINARIA
Hoy en día, se asume el narcisismo como si fuese algo comprensible de suyo:
antes de dirigirse hacia los objetos externos, hay una etapa donde el sujeto
toma su propio cuerpo como objeto.
Lo que repugnaba al narcisismo del susodicho Presidente, era la adopción de
una posición femenina respecto a su padre, posición que implicaba la
castración.
Esto es algo que se satisfaría mejor en una relación fundada en el delirio de
grandeza, o sea que la castración no le importa a partir del momento en que su
pareja es Dios.
En suma, el esquema de Freud podría resumirse así, de acuerdo con las
fórmulas que propone de la paranoia en ese mismo texto: yo (je) no lo amo a
él, es a Dios a quien yo (je) amo e, inversamente, es Dios quien me ama.
Ya les señalé la vez pasada que, después de todo, quizás esto no es
completamente satisfactorio, como tampoco lo son las fórmulas de Freud, por
esclarecedoras que sean. La doble inversión, yo (je) no lo amo, yo (je) lo odio,
él me odia, proporciona indudablemente una clave del mecanismo de
persecución. Todo el problema es ese él; en efecto, ese él está detenido,
neutralizado, vaciado, parece, de su subjetividad. El fenómeno persecutorio
adquiere el carácter de signos indefinidamente repetidos, y el perseguidor, en
la medida en que es su sostén, no es más que la sombra del objeto
persecutorio.
Esto también es cierto para el Dios en juego en el florecimiento del delirio de
Schreber. Por minuciosa que sea, la descripción de esa pareja única llamada
Dios nos deja de todos modos perplejos acerca de su naturaleza. Lo dicho por
Freud sobre el retraimiento de la libido lejos del objeto externo, está realmente
en el meollo del problema. Pero a nosotros nos toca elaborar lo que esto puede
significar. ¿En qué plano se produce ese retiro? Sentimos efectivamente que
algo modificó profundamente al objeto, pero ¿basta imputárselo a uno de esos
desplazamientos de la libido que colocamos en el fondo de los mecanismos de
las neurosis? ¿Cuáles son los planos, los registros, que permitirán delimitar
esas modificaciones del carácter del otro que siempre están, lo sentimos
claramente, en el fondo de la alienación de la locura?
1
El objeto de amor de Dora Dora es una histérica, y en cuanto tal tiene
relaciones singulares con el objeto. Saben que dificultades presenta en su
observación, y también en el desarrollo de la cura, la ambigüedad que persiste
en torno al problema de saber cuál es verdaderamente su objeto de amor.
Freud finalmente vio su error, y dice que sin duda hizo fracasar todo el asunto
por haber desconocido el verdadero objeto de amor de Dora, cortándose
prematuramente la cura, sin permitir una resolución suficiente de lo que estaba
en juego. Saben que Freud creyó entrever en ella una relación conflictiva
debida a su imposibilidad de desprenderse de su primer objeto de amor, su
padre, para ir hacia un objeto más normal, a saber, otro hombre. Ahora bien,
el objeto para Dora no era sino esa mujer a la que se llama, en la
observación, la señora K., que es precisamente la amante de su padre.
El señor K le sirve de yo a Dora La historia, como saben, es la de un
minueto de cuatro personajes, Dora, su padre, el señor K., y la señora K. El
señor K. en suma le sirve a Dora de yo, en la medida en que por su
intermedio puede sostener efectivamente su relación con la señora K.
La mediación del señor K. es lo único que permite a Dora mantener una
relación soportable. Este cuarto mediador es esencial para el mantenimiento
de la situación, no porque el objeto de su afecto sea de su mismo sexo, sino
porque tiene con su padre relaciones profundamente motivadas, de
identificación y de rivalidad, acentuadas además por el hecho de que la madre
en la pareja parental es un personaje totalmente borrado. Por serle la relación
triangular especialmente insostenible, la situación no sólo se mantuvo sino que
fue sostenida efectivamente en esta composición de grupo cuaternario.
Prueba de ello es lo que sucede, el día en que el señor K. pronuncia estas
palabras fatídicas: —Mi mujer no es nada para mí. En ese momento, todo
ocurre como si ella respondiese: —¿Entonces, qué diablos es usted para mí?
Lo abofetea instantáneamente, cuando hasta entonces había mantenido con él
la relación ambigua que era necesaria para preservar el grupo de cuatro. Por
consiguiente, el equilibrio de la situación se rompe.
Dora no es más que una simple histérica, apenas tiene síntomas. Recuerdan,
espero, el énfasis que di a esa famosa afonía que sólo se produce en los
momentos de intimidad, de confrontación con su objeto de amor, y que está
ligada con toda seguridad a una erotización muy especial de la función oral,
apartada de sus usos habituales a partir del momento en que Dora se acerca
demasiado al objeto de su deseo. Es una bagatela y no es lo que la haría
precipitarse a casa de Freud, o que las personas que la rodean se lo
recomendaran. En cambio, a partir del momento en que, al irse el cuarto
personaje, la situación se descompensa, un pequeño síndrome, de persecución
simplemente, vinculado a su padre, aparece en Dora.
Hasta ese momento, la situación era un tanto escabrosa, pero no pasaba
de ser, vamos a llamarla así, una opereta vienesa. Dora se portaba
admirablemente para que no hubiesen líos, y que su padre tuviese con la mujer
amada relaciones normales, cuya índole, a decir verdad, no está muy clara.
Dora encubría el conjunto de la situación, y, a fin de cuentas, estaba bastante
cómoda en ella. Pero a partir del momento en que la situación se
descompensa, ella reivindica, afirma que su padre quiere prostituirla, y que la
entrega al señor K. a cambio de mantener sus relaciones ambiguas con la
mujer de este.
Para que estemos en la psicosis tiene que haber trastornos del lenguaje.
Dora experimenta respecto a su padre un fenómeno significativo, interpretativo,
alucinatorio incluso, pero que no llega a producir un delirio. No obstante, es un
fenómeno que está en la vía inefable, intuitiva, de la imputación a otro de
hostilidad y mala intención, y a propósito de una situación en la que el sujeto
participó, verdaderamente, del modo electivo más profundo.
¿Qué quiere decir esto? El nivel de alteridad de este personaje se modifica, y la
situación se degrada debido a la ausencia de uno de los componentes del
cuadrilátero que le permitía sostenerse. Podemos usar aquí, si sabemos
manejarla con prudencia, la noción de distanciamiento. La usan a diestra y
siniestra, sin ton ni son, pero no es una razón para que nos neguemos a usarla,
a condición de darle una aplicación más conforme a los hechos
2
Estadio del espejo: La relación del narcisismo como la relación imaginaria
central para la relación interhumana (Relación erótica y relación agresiva)
¿Qué noción podemos tener del narcisismo a partir de nuestro trabajo?
Consideramos la relación del narcisismo como la relación imaginaria
central para la relación interhumana. ¿Qué hizo cristalizar en torno a esta
noción la experiencia del analista? Ante todo su ambigüedad. En efecto,
es una relación erótica —toda identificación erótica, toda captura del otro
por la imagen en una relación de cautivación erótica, se hace a través de
la relación narcisista— y también es la base de la tensión agresiva.
El estadio del espejo evidencia la naturaleza de esta relación agresiva y lo que
significa. Si la relación agresiva interviene en esa formación que se llama el yo,
es porque le es constituyente, porque el yo es desde el inicio por sí mismo otro,
porque se instaura en una dualidad interna al sujeto. El yo es ese amo que el
sujeto encuentra en el otro, y que se instala en su función de dominio en
lo más íntimo de él mismo. Si en toda relación con el otro, incluso erótica,
hay un eco de esa relación de exclusión, él o yo, es porque en el plano
imaginario el sujeto humano está constituido de modo tal que el otro está
siempre a punto de retomar su lugar de dominio en relación a él, que en él
hay un yo que siempre en parte le es ajeno. Amo implantado en él por
encima del conjunto de sus tendencias, de sus comportamientos, de sus
instintos, de sus pulsiones. ¿Y dónde está ese amo? ¿Adentro o afuera? Está
siempre a la vez adentro y afuera, por esto todo equilibrio puramente
imaginario con el otro siempre está marcado por una inestabilidad
fundamental.
Imagen especular Esta imagen es funcionalmente esencial en el hombre, en
tanto le brinda el complemento ortopédico de la insuficiencia nativa, del
desconcierto, o desacuerdo constitutivo, vinculados a la prematuración del
nacimiento. Su unificación nunca será completa porque se hace precisamente
por una vía alienante, bajo la forma de una imagen ajena, que constituye una
función psíquica original. La tensión agresiva de ese yo o el otro está
integrada absolutamente a todo tipo de funcionamiento imaginario en el
hombre. El comportamiento humano nunca se reduce pura y simplemente
a la relación imaginaria.
El nombre del padre El complejo de Edipo significa que la relación
imaginaria, conflictual, incestuosa en sí misma, está prometida al
conflicto y a la ruina. Para que el ser humano pueda establecer la relación
más natural, la del macho a la hembra, es necesario que intervenga un
tercero, que sea la imagen de algo logrado, el modelo de una armonía. No
es decir suficiente: hace falta una ley, una cadena, un orden simbólico, la
intervención del orden de la palabra, es decir del padre. No del padre
natural, sino de lo que se llama el padre. El orden que impide la colisión y
el estallido de la situación en su conjunto está fundado en la existencia de
ese nombre del padre. El orden simbólico subsiste en cuanto tal fuera del
sujeto, diferente a su existencia, y determinándolo.
3
Ahora que tienen en mente la función de la articulación simbólica, serán más
sensibles a esa verdadera invasión imaginaria de la subjetividad a la que
Schreber nos hace asistir. Hay una dominancia realmente impaciente de la
relación en espejo, una impresionante disolución del otro en tanto que
identidad. Todos los personajes de los que habla se reparten en dos
categorías que están, pese a todo, del mismo lado de cierta frontera. Están los
que en apariencia viven, se desplazan: sus guardianes, sus enfermeros, que
son sombras de hombres perpetrados en un dos por cuatro luego hay
personajes más importantes, que invaden el cuerpo de Schreber, se trata de
almas, la mayoría de las almas, y a medida que la cosa sigue, se trata, cada
vez más, de muertos.
El sujeto mismo no es más que un ejemplar segundo de su propia identidad.
Tiene en determinado momento la revelación de que el año anterior tuvo lugar
su propia muerte, que fue anunciada en los periódicos. Schreber recuerda a
ese antiguo colega como a alguien con mayores dotes que él. Él es otro. Pero
él es de todos modos el mismo, que se acuerda del otro. Esta fragmentación de
la identidad marca con su sello toda la relación de Schreber con sus
semejantes en el plano imaginario. Habla en otros momentos de Flechsig,
quien también está muerto, y que por ende ascendió adonde sólo existen las
almas en tanto que son humanas, en un más allá donde poco a poco son
asimiladas a la gran unidad divina no sin perder progresivamente su carácter
individual. Hay literalmente fragmentación de la identidad, y el sujeto
encuentra sin duda chocante este menoscabo de la identidad de sí
mismo, pero así es, sólo puedo dar fe, dice, de las cosas que me han sido
reveladas. Y vemos así, a lo largo de toda esta historia, un Flechsig
fragmentado, un Flechsig superior, el Flechsig luminoso, y una parte inferior
que llega a estar fragmentada entre cuarenta y seis almitas.
Este estilo, su gran fuerza de afirmación, característica del discurso delirante,
no puede dejar de llamarnos la atención por su convergencia con la noción de
que la identidad imaginaria del otro está profundamente relacionada con
la posibilidad de una fragmentación, de un fraccionamiento Que el otro es
estructuralmente desdoblable, desplegable, está claramente manifestado
en el delirio.
También está el caleidoscopio que se produce de esas imágenes entre sí.
Encontramos por una parte las identidades múltiples de un mismo personaje,
por otra, esas pequeñas identidades enigmáticas, diversamente punzantes y
nocivas en su interior, a las que llama, por ejemplo, los hombrecitos. Esta
fantasmática sorprendió mucho la imaginación de los psicoanalistas, quienes
se preguntaron si eran niños, o espermatozoides o alguna otra cosa. ¿Por qué
no serían hombrecitos, sin más?
Estas identidades, que tienen respecto a su propia identidad valor de instancia,
penetran en Schreber, lo habitan, lo dividen a él mismo. La noción que tiene de
estas imágenes le sugiere que ellas se achican progresivamente, se
reabsorben, de algún modo son absorbidas por la propia resistencia de
Schreber. Sólo mantienen su autonomía, lo que por cierto quiere decir que no
pueden seguir molestándolo, realizando la operación que llama el apego a las
tierras, de cuya noción carecería sin la lengua fundamental.
Es necesaria esa red de naturaleza simbólica que conserva cierta
estabilidad de la imagen en las relaciones interhumanas.
Dios también tiene sus pisos: hay uno anterior y uno posterior. De un extremo
al otro del delirio de Schreber se presentan fenómenos auditivos sumamente
matizados.
Están cara a cara él y el dios, y éste le dice la palabra significativa, la que pone
las cosas en su lugar, el mensaje divino por excelencia, le dice a Schreber, el
único hombre que queda después del crepúsculo del mundo: Carroña.
El insulto es muy frecuente en las relaciones que la pareja divina mantiene con
Schreber, como en una relación erótica en la que uno de los dos se niega a
entregarse desde el principio, y ofrece resistencia. Es la otra cara, la
contrapartida del mundo imaginario. La injuria aniquilante es un punto
culminante, es una de las cumbres del acto de la palabra.
Por un lado está lo que es echt, palabra casi intraducible, que quiere decir
auténtico, verdadero, y que le es dado siempre en formas verbales que
merecen retener la atención, hay varias especies que son muy sugestivas. Por
otro está lo aprendido de memoria, inculcado a algunos de los elementos
periféricos, incluso caídos, de la potencia divina, y repetidos con una total
ausencia de sentido, en calidad tan sólo de estribillo. A esto se agrega una
variedad extraordinaria de modos del flujo oratorio, que permiten ver por
separado las diferentes dimensiones en las que se desarrolla el fenómeno de la
frase, no digo el de la significación.
Palpamos ahí la función de la frase en sí misma, en tanto no lleva
forzosamente consigo su significación. Pienso en ese fenómeno de las frases
que surgen en su a-subjetividad como interrumpidas, y que dejan en suspenso
el sentido. Una frase cortada por la mitad es audicionada. El resto queda
implícito en tanto significación. La interrupción llama a una caída, que en una
vasta gama puede ser indeterminada, pero que no puede ser cualquiera. Hay
allí una valorización de la cadena simbólica en su dimensión de continuidad.
Se presenta aquí, en la relación del sujeto con el lenguaje así como en el
mundo imaginario, un peligro, perpetuamente sabido: que toda esa
fantasmagoría se reduzca a una unidad que aniquila, no su existencia, sino la
de Dios, que es esencialmente lenguaje. Schreber lo escribe de manera
expresa: los rayos tienen que hablar. Es necesario que en todo momento se
produzcan fenómenos de diversión para que Dios no se reabsorba en la
existencia central del sujeto. Esto no es obvio, pero ilustra muy bien la relación
del creador con lo que ha creado. Retirarle su función y su esencia, deja en
efecto al descubierto la nada correlativa que es su lado de adentro.
La palabra se produce o no se produce. Si se produce, es, en cierta medida,
gracias al arbitrio del sujeto. Por tanto, el sujeto es aquí creador, pero también
está vinculado al otro, no en tanto objeto, imagen, o sombra del objeto, sino al
otro en su dimensión esencial, siempre más o menos elidida por nosotros, a
ese otro irreductible a cualquier cosa que no sea la noción de otro sujeto, es
decir el otro en tanto que él. Lo que caracteriza el mundo de Schreber es
que ese él está perdido, y que sólo subsiste el tú.
La noción del sujeto es correlativa a la existencia de alguien de quien pienso: Él
fue quien hizo esto. No él, a quien veo ahí y que, por supuesto, pone cara de
yo no fui, sino él, el que no está aquí. Ese él es el que responde de mi ser, sin
ese él mi ser ni siquiera podría ser un yo (je). El drama de la relación con el él
subyace a toda la disolución del mundo de Schreber, en la que vemos al él
reducirse a un solo partenaire, ese Dios a la vez asexuado y polisexuado, que
engloba todo lo que todavía existe en el mundo al que Schreber está
enfrentado.
Ciertamente, gracias a ese Dios subsiste alguien que puede decir una palabra
verdadera, pero esa palabra tiene como propiedad la de ser siempre
enigmática. Es la característica de todas las palabras de la lengua fundamental.
Por otra parte, ese Dios parece ser, él también, la sombra de Schreber.
Padece de una degradación imaginaria de la alteridad, que hace que
sufra, al igual que Schreber, de una especie de feminización.
Si hemos pues de esclarecer una nueva dimensión en la fenomenología de las
psicosis, será en torno al fenómeno del lenguaje, de los fenómenos de lenguaje
más o menos alucinados, parásitos, extraños, intuitivos, persecutorios que
están en juego en el caso de Schreber.
VIII LA FRASE SIMBÓLICA
1
Entonces se producen el descubrimiento del narcisismo. Freud se percata de
que hay modificaciones en la estructura imaginaria del mundo y que interfieren
con las modificaciones de la estructura simbólica; cómo llamarla de otro modo,
puesto que la rememoración pertenece forzosamente al orden simbólico.
Cuando Freud explica el delirio por una regresión narcisista de la libido,
cuyo retiro de los objetos culmina en una desobjetalización, esto quiere
decir, en el punto al que ha llegado, que el deseo que ha de ser
reconocido en el delirio se sitúa en un plano muy distinto al del deseo que
ha de hacerse reconocer en la neurosis.
El delirio, en efecto, es legible, pero también está transcrito en otro
registro. En la neurosis permanecemos siempre en el orden simbólico,
con esa duplicidad del significado y del significante que Freud traduce
por el compromiso neurótico. El delirio transcurre en un registro muy
diferente. Es legible, pero sin salida. ¿Cómo puede ser así? Este es el
problema económico que queda abierto en el momento en que Freud
termina el caso Schreber.
En el caso de las neurosis, lo reprimido aparece in loco, ahí donde fue
reprimido, vale decir en el elemento mismo de los símbolos, en tanto el hombre
se integra a él, y participa de él como agente y como actor. Reaparece in loco
bajo una máscara. Lo reprimido en la psicosis, si sabemos leer a Freud,
reaparece en otro lugar, in altero, en lo imaginario, y lo hace, efectivamente, sin
máscara.
El viraje luego de la muerte de Freud El viraje que se operó en el análisis
más o menos hacia la época en que murió Freud, llevó a que nos volviéramos
a encontrar con nuestro viejo centro de toda la vida, el yo, que maneja las
palancas de mando, y guía a la defensa. Ya no se interpreta a la psicosis a
partir de la economía compleja de una dinámica de las pulsiones, sino a partir
de los procedimientos empleados por el yo para arreglárselas con diversas
exigencias, para defenderse contra las pulsiones. El yo vuelve a ser no sólo el
centro, sino la causa del trastorno.
El término de defensa no tiene, a partir de entonces, otro sentido sino el que
tiene cuando se habla de defensa contra una tentación, y toda la dinámica del
caso Schreber es explicada a partir de los esfuerzos por enfrentar una pulsión,
llamada homosexual, que amenazaría su completitud. La castración no tiene
más sentido simbólico que el de una pérdida de integridad física. Se nos dice
terminantemente que el yo, no siendo lo suficientemente fuerte como para
encontrar puntos de ligazón en el medio exterior con el fin de defenderse contra
la pulsión que está en el ello, encuentra otro recurso, que es fomentar esa neo-
producción que es la alucinación, y que es otra manera de actuar, de
transformar sus instintos duales. Sublimación a su manera, pero que presenta
grandes inconvenientes.
Para Schreber, como para los homosexuales, se puede esquematizar la
transformación imaginaria del impulso homosexual en un delirio que hace del
sujeto la mujer de Dios, el receptáculo de la buena voluntad y de los buenos
modales divinos. Es un esquema bastante convincente, y podemos encontrar
en el texto mismo toda clase de modulaciones refinadas que lo justifican.
Asimismo, la distinción que hice la vez pasada entre la realización del deseo
reprimido en el plano simbólico en la neurosis, y en el plano imaginario en la
psicosis, es ya bastante satisfactoria, pero no nos satisface. ¿Por qué? Porque
una psicosis no es simplemente eso, no es el desarrollo de una relación
imaginaria, fantasmática, con el mundo exterior.
2
Este es un sujeto que estuvo enfermo de 1883 a 1884, que tuvo luego ocho
años de respiro, y al cabo del noveno año posterior al inicio de la primera crisis,
en octubre de 1893, las cosas se vuelven a poner en marcha en el plano
patológico. Ingresa a la misma clínica donde había sido atendido la primera
vez, que dirige el doctor Flechsig, y permanecerá ahí hasta mediados de junio
de 1894. Su estado es complejo. Su aspecto clínico puede caracterizarse como
una confusión alucinatoria, e incluso como un estupor alucinatorio. Más tarde
hará un relato ciertamente distorsionado de todo lo que vivió. Es, no obstante,
el período más oscuro de la psicosis. Observen bien que sólo podemos saber
de él a través del delirio, porque igual no estábamos ahí, y sobre este primer
período los certificados de los médicos son pobres. Schreber lo recuerda
seguramente bastante bien en el momento en que va a dar su testimonio como
para poder hacer distinciones en él, y en especial para señalar un
desplazamiento del centro de interés a sus relaciones personales con lo que
llama las almas. Las almas no son ni seres humanos, ni esas sombras con las
cuales trata, sino seres humanos muertos con los que tiene relaciones
particulares, vinculadas a toda suerte de sentimientos de transformación
corporal, de inclusiones, de intrusiones, de intercambios corporales.
Crepúsculo del mundo Ya no está con seres reales: ese no estar más con es
característico, pues está con otros elementos que estorban mucho más. El
sufrimiento es la tonalidad dominante de las relaciones que mantiene con ellos,
y ellas entrañan la pérdida de su autonomía. Esta perturbación profunda,
intolerable, de su existencia, motiva en él toda clase de comportamientos que
sólo indica de modo forzosamente oscuro, pero cuya indicación tenemos por la
manera en que es tratado: es vigilado, encerrado en una celda por la noche,
privado de todo instrumento. Aparece en ese momento como un enfermo en
estado agudo muy grave.
Momento de transformación (febrero-marzo de 1894) Las almas con las que
tiene intercambios en el registro de la intrusión o de la fragmentación somática,
son sustituidas por los así llamados Reinos divinos posteriores. Hay allí una
intuición metafórico de lo que está detrás las apariencias. Estos Reinos
aparecen en forma desdoblada, Ormuz y Ahrimán. Aparecen también los rayos
puros, que se comportan de manera muy diferente a las almas llamadas
examinadas, que son rayos impuros. Los elementos que parten de las almas
examinadas no dejan de perturbarla, y hacen toda clase de jugadas a los rayos
puros, intentando captar para su provecho la potencia de los mismos,
interponiéndose entre Schreber y su acción benéfica. La táctica de la mayor
parte de esas almas, animadas de muy malas intenciones, es descrita
precisamente, y especialmente la del jefe de la banda, Flechsig, quien
fracciona su alma para repartir sus pedazos en el hiperespacio interpuesto
entre Schreber y el Dios alejado. Soy el que está alejado, encontramos esta
fórmula que tiene un eco bíblico en una nota donde Schreber nos informa lo
que Dios le confía. El Dios para Schreber no es el que es, es el que está… bien
lejos.
Los rayos puros hablan, son esencialmente hablantes, hay equivalencia entre
rayos, rayos hablantes, nervios de Dios, más todas las formas particulares que
pueden asumir, incluyendo sus diversas formas milagrosas, entre ellas las
tijeras. Esto corresponde a un período donde domina lo que Schreber llama la
Grundsprache, suerte de muy sabroso alto alemán que tiende a expresarse
mediante eufemismos y antífrasis: una penitencia que se llama una
recompensa, por ejemplo, y en efecto la penitencia es a su manera una
recompensa.
En 1894, Schreber es llevado al sanatorio del Dr. Pierson en Koswitz, donde
permanece quince días. Schreber se queda ahí muy poco tiempo, y lo mandan
al asilo más viejo de Alemania, en el sentido venerable de la palabra, en Pirna.
Antes de su primera enfermedad, estaba en Chemnitz; es nombrado en
Leipzig, y luego, en Dresde, lo nombran Presidente de la Corte de Apelaciones,
justo antes de su recalca. De Dresde va a hacerse atender en Leipzig. Koswitz
esta en alguna parte del otro lado del Elba en relación a Leipzig pero el lugar
donde permanecerá diez años de su vida es río arriba en el Elba.
Cuando entra a Pirna, está todavía muy enfermo, y sólo comenzará a escribir
sus Memorias a partir de 1897–98. Dado que está en un asilo público, y que las
decisiones pueden sufrir en ellos cierta demora, entre 1896 y 1898, aún le
hacen pasar la noche en una celda llamada de demente, a la cual lleva, en una
cajita de hierro blanco, un lápiz, pedazos de papel, y donde comienza a escribir
pequeñas notas, a las que llama sus pequeños estudios. En efecto, además de
la obra que nos legó, existen unos cincuenta pequeños estudios, a los cuales
hace referencia de vez en cuando, que son notas tomadas en aquel momento,
y que le sirvieron de material. Es evidente que este texto, que en suma no fue
redactado antes de 1898, y cuya redacción se extiende hasta 1903, época de
la liberación de Schreber, ya que incluye su procedimiento, da fe de un modo
mucho más seguro, más firme, del estado terminal de la enfermedad. En
cuanto al resto, ni siquiera sabemos cuándo murió Schreber, sino solamente
que tuvo una recaída en 1907, y que fue nuevamente admitido en un sanatorio,
lo cual es muy importante
3
El icc es el discurso del Otro Ese lenguaje, lo podríamos llamar interior,
pero este adjetivo ya falsea todo. Ese monólogo supuestamente interior
esta en perfecta continuidad con el diálogo exterior, y precisamente por
esa razón podemos decir que el inconsciente es también el discurso del
otro. Hay leyes de intervalo, de suspensión, de resolución propiamente
simbólicas, hay suspensiones, escansiones que marcan la estructura de
todo cálculo, que hacen precisamente que esa frase, digamos, interior, no
se inscriba de modo continuo. Esta estructura, que ya forma parte de las
posibilidades ordinarias, es la estructura misma, o inercia, del lenguaje.
Se trata para el hombre justamente de arreglárselas con esa modulación
continua, como para que no le ocupe demasiado. Por eso mismo, las cosas
están arregladas de manera que su conciencia se aparte de ellas. Sólo que
admitir la existencia del inconsciente, significa decir que aunque su conciencia
se desvíe de ella, la modulación de la que hablo, la frase con toda su
complejidad, continúa de todos modos. Este es el único sentido que puede
darse al inconsciente freudiano.
Ya que se buscan las funciones del yo en cuanto tal, digamos que una de sus
ocupaciones es precisamente no dejarse dar lata por esa frase que no para
nunca de circular, y que no pide otra cosa que volver a surgir bajo mil formas
más o menos camufladas y molestas. Una función del yo es que no tengamos
que escuchar perpetuamente esa articulación que organiza nuestras acciones
como acciones habladas. Esto no se desprende del análisis de la psicosis, no
es sino la puesta en evidencia, una vez más, de los postulados de la noción
freudiana del inconsciente.
En los fenómenos, llamémoslos provisionalmente teratológicos, de las psicosis,
esto opera a cielo abierto. No digo que ese sea el rasgo esencial como
tampoco lo es el elemento imaginario del que hablábamos antes, pero se olvida
demasiado que en los casos de psicosis vemos revelarse, del modo más
articulado, esa frase, ese monólogo, ese discurso interior del que
hablaba. Somos los primeros en poder captarlo porque, en cierta medida, ya
estamos dispuestos a escucharlo.
En consecuencia, no tenemos ninguna razón para negarnos a reconocer esas
voces en el momento en que el sujeto nos da fe de ellas como de algo que
forma parte del texto mismo de su vivencia.
4
Esto dice el sujeto en un complemento retrospectivo a sus Memorias. El
enlentecimiento de la frase en el curso de los años, es referido por él
metafóricamente a la gran distancia a la que se han retirado los rayos de Dios.
No sólo hay enlentecimiento, sino demora, suspensión, postergación. Para
nosotros es muy significativo que varíe y evolucione con el correr de los años la
fenomenología misma bajo la que se presenta la trama continua del discurso
que lo acompaña, y que el sentido muy pleno del inicio se vacíe luego de
sentido. Por cierto, las voces hacen también comentarios sumamente curiosos,
del estilo del siguiente: Todo sin-sentido se anula.
El lenguaje juega enteramente en la ambigüedad, y la mayor parte del
tiempo, ustedes no saben absolutamente nada de lo que dicen.
IX DEL SIN-SENTIDO Y DE LA ESTRUCTURA DE DIOS
1
La relación del sujeto con lo simbólico es fundamental. En su fondo, el
inconsciente está estructurado, tramado, encadenado, tejido de lenguaje.
Y el significante no sólo desempeña en él un papel tan importante como el
significado, sino que desempeña el papel fundamental.
El significado no son las cosas en bruto, dadas de antemano en un orden
abierto a la significación. La significación es el discurso humano en tanto
remite siempre a otra significación.
El síntoma siempre está fundado en la existencia del significante en cuanto tal,
en una relación compleja de totalidad a totalidad, o más exactamente de
sistema entero a sistema entero, de universo de significante a universo de
significante.
En una palabra, el ordenamiento final del delirio permite captar los
elementos primarios que estaban en juego. Por ello, el análisis del delirio
nos depara la relación fundamental del sujeto con el registro en que se
organizan y despliegan todas las manifestaciones del inconsciente. So
pretexto de que el sujeto es un delirante, no debemos partir de la idea de
que su sistema es discordante.
Al igual que todo discurso, un delirio ha de ser juzgado en primer lugar como un
campo de significación que ha organizado cierto significante, de modo que la
primera regla de un buen interrogatorio, y de una buena investigación de la
psicosis, podría ser la de dejar hablar el mayor tiempo posible
2
¿Acaso no sabemos nosotros, los psicoanalistas, que el sujeto normal es en lo
esencial alguien que se pone en posición de no tomar en serio la mayor parte
de su discurso interior? Observen bien en los sujetos normales, y por ende en
ustedes mismos, la cantidad de cosas que se dedican fundamentalmente a no
tomar en serio. Es tal vez, sencillamente, la primera diferencia entre ustedes y
el alienado. Por eso en gran medida, el alienado encarna, sin pensarlo siquiera,
aquello en lo cual iríamos a parar si empezáramos a tomar las cosas en serio.
3
Primero, ¿hay un interlocutor? Sí, hay uno, que en el fondo es único. El delirio
de Schreber, a su manera, es un modo de relación del sujeto con el
conjunto del lenguaje.
Lo que Schreber expresa nos muestra la unidad que él percibe en quien
sostiene ese discurso permanente ante el cual se siente alienado, y al mismo
tiempo una pluralidad en los modos y los agentes secundarios a quienes
atribuye las diversas partes del discurso. Sin embargo, la unidad es
efectivamente fundamental, ella domina, y él la llama Dios.
Entonces, ese Dios que se le reveló, ¿cuál es? Es primero presencia. Y su
modo de presencia es el modo hablante.
Esta erotomanía divina ciertamente no debe inscribirse de inmediato en el
registro del superyó. Entonces, aquí tenemos a ese Dios. Ya sabemos que es
el que habla todo el tiempo, el que no cesa de hablar para no decir nada.
Hasta tal punto es esto cierto que Schreber consagra muchas páginas a
examinar qué querrá decir ese Dios que habla para no decir nada, que, sin
embargo, habla sin parar.
Quisiera poner el énfasis ahora en la relación fundamental y ambigua en que
está Schreber respecto a su Dios, que se sitúa en la misma dimensión que la
de su parloteo incesante.
De algún modo, esta relación está presente desde el origen, aún antes de que
Dios se haya descubierto, en el momento en que el delirio tiene como sostenes
a personajes del tipo Flechsig y en primer término al propio Flechsig, su primer
terapeuta. Hay algo en común entre Flechsig, las almas examinadas, los reinos
de Dios con sus diversas significaciones, posteriores y anteriores, superiores e
inferiores, y por fin el Dios último, en el que todo parece al fin resumirse,
instalándose Schreber al mismo tiempo en una posición megalomaníaca. Ya
sea al comienzo del delirio, cuando está en juego la inminencia de una
violación, de una amenaza contra su virilidad, sobre la que Freud puso todo el
énfasis; ya sea al final cuando se establece una efusión voluptuosa donde se
supone que Dios encuentra una satisfacción aún mayor que nuestro sujeto, el
asunto es el siguiente, lo más atroz es que lo van a dejar plantado.
Es imposible no tener la impresión de que la relación global del sujeto con el
conjunto de los fenómenos de los que es presa consiste en esta relación
esencialmente ambivalente: cualquiera sea el carácter doloroso, pesado,
inoportuno, insoportable de esos fenómenos, el mantenimiento de su relación
con ellos constituye una necesidad cuya ruptura le sería absolutamente
intolerable. Cuando ella se encarna, vale decir cada vez que pierde contacto
con ese Dios cada vez que se interrumpe la relación, que se produce el retiro
de la presencia divina, estallan toda suerte de fenómenos internos de
desgarramiento, de dolor, diversamente intolerables.
Este personaje con el que tiene que ver Schreber nunca entiende nada de lo
que es propiamente humano. Sobre las preguntas que Dios le hace para
incitarlo a respuestas implícitas en la interrogación misma, que Schreber no se
permite dar, dice: Se me tienden trampas demasiado necias. ¿Cómo llegar a
concebir que Dios sea tal que de verdad no comprenda nada de las
necesidades humanas? ¿Cómo se puede ser necio hasta el punto de creer, por
ejemplo, que si dejo un instante de pensar en algo, me he vuelto
completamente idiota, o incluso que he vuelto a caer en la nada? Esto, empero,
es lo que hace Dios, y se aprovecha de ello para retirarse. Cada vez que esto
se produce, me dedico a una ocupación y manifiesto mi presencia. Para que
Dios, a pesar de sus miles de experiencias pueda creer esto, tiene que ser
verdaderamente ineducable.
Schreber teólogo Schreber hace sobre este punto desarrollos que
están lejos de ser tontos, emite hipótesis, argumentos, que no
desentonarían en una discusión estrictamente teológica. Siendo Dios
perfecto e imperfectible, la noción misma de un progreso a través de la
experiencia adquirida es totalmente impensable. El propio Schreber piensa, sin
embargo, que este argumento es un poco sofisticado, porque esa perfección
irreductible es completamente sorda a las cosas humanas. A diferencia del
Dios que sondea los riñones y los corazones, el Dios de Schreber sólo conoce
la superficie de las cosas, no ve más que lo que ve, y nada comprende de lo
que es interior, pero como todo está inscrito en algún lado con lo que él llama el
sistema de notación, en fichitas, al final, al cabo de esta totalización, estará de
todos modos perfectamente al tanto de todo.
X DEL SIGNIFICANTE EN LO REAL, Y DEL MILAGRO DEL ALARIDO
1
Psicótico: testimonio abierto En suma, podría decirse, el psicótico es un
mártir del inconsciente, dando al término mártir su sentido: ser testigo. Se trata
de un testimonio abierto. El neurótico también es un testigo de la existencia del
inconsciente, da un testimonio encubierto que hay que descifrar. El psicótico,
en el sentido en que es, en una primera aproximación, testigo abierto, parece
fijado, inmovilizado, en una posición que lo deja incapacitado para restaurar
auténticamente el sentido de aquello de lo que da fe, y de compartirlo en el
discurso de los otros.
Nuestro delirante, Schreber, luego de haber creído ser el sobreviviente único
del crepúsculo del mundo, se resigna a reconocer la existencia permanente de
la realidad exterior. No puede justificar muy bien por qué la realidad está ahí,
pero debe reconocer que lo real efectivamente siempre está allí, que nada ha
cambiado notablemente.
2
El discurso de Schreber tiene ciertamente una estructura diferente. Schreber
señala al inicio de uno de sus capítulos muy humorísticamente: Dicen que soy
un paranoico.
Dicen que soy un paranoico, y dicen que los paranoicos son personas
que refieren todo a sí mismas. Si es así, se equivocan, no soy yo quien
relaciona todo conmigo, es él quien relaciona todo conmigo, ese Dios que
habla sin parar en mi interior mediante sus diversos agentes y
prolongaciones. Él es quien tiene el malhadado hábito, a propósito de
todo lo que experimento, de hacerme notar de inmediato que tiene que
ver conmigo, o incluso que es mío. Por supuesto, estamos en un juego de
espejismos, pero no es un espejismo ordinario, ese Otro considerado como
radicalmente ajeno, como errante, que interviene para provocar una
convergencia en el sujeto a la segunda potencia, una intencionalización del
mundo exterior, que el sujeto mismo, en tanto se afirma como yo (je), rechaza
con gran energía.
Como quien escucha el discurso en una lengua extranjera, habrá visto
perfectamente la frase, pero será una frase muerta, la frase sólo cobra vida a
partir del momento en que presenta una significación.
Por su índole propia la significación, en tanto que se dibuja, tiende a cada
instante a cerrarse para quien la escucha. Dicho de otro modo, el oyente del
discurso participa en forma permanente en relación a su emisor, y hay un
vínculo entre oír y hablar que no es externo, en el sentido de que uno se
escucha hablar, sino que se sitúa a nivel del fenómeno mismo de lenguaje.
3
Les dije la vez pasada que la continuidad de ese discurso perpetuo es vivida
por el sujeto, no sólo como una puesta a prueba de sus capacidades de
discurso, sino como un desafío y una exigencia fuera de la cual se siente
súbitamente presa de una ruptura con la única presencia en el mundo que aún
existe en el momento de su delirio, la de ese Otro absoluto, ese interlocutor que
ha vaciado el universo de toda presencia auténtica. ¿En qué se apoya la
voluptuosidad inefable, tonalidad fundamental de la vida del sujeto, que se liga
a este discurso?
Schreber anota qué sucede cuando ese discurso, al que está suspendido
dolorosamente, se detiene. Se producen fenómenos que difieren de los del
discurso continuo interior, enlentecimientos, suspensiones, interrupciones a las
que el sujeto se ve obligado a aportar un complemento. La retirada del Dios
ambiguo y doble del que se trata, que habitualmente se presenta bajo su
forma llamada interior, se acompaña para el sujeto de sensaciones muy
dolorosas, pero sobre todo de cuatro connotaciones que son del orden
del lenguaje.
En primer lugar, tenemos lo que él llama el milagro del alarido. Le resulta
imposible no dejar escapar un grito prolongado, que lo sorprende con tal
brutalidad que él mismo señala que, si en ese momento tiene algo en la boca,
puede hacérselo escupir. Fenómeno bastante llamativo, si vemos en ese grito,
el borde más extremo, más reducido, de la participación motora de la boca en
la palabra. Si hay algo mediante lo cual la palabra llega a combinarse con una
función vocal absolutamente a-significante, y que empero contiene todos los
significantes posibles, es precisamente lo que nos estremece en el alarido del
perro ante la luna.
En segundo lugar, está el llamado de socorro, que se supone es escuchado
por los nervios divinos que se han separado de él, pero que abandonan tras sí
una suerte de cola de cometa.
Este fenómeno de llamado de socorro es algo distinto al alarido. El
alarido no es sino puro significante, mientras que el pedido de ayuda
tiene una significación, por elemental que sea.
En tercer lugar, hay toda clase de ruidos del exterior, cualesquiera sean,
algo que pasa en el corredor del sanatorio, o un ruido de afuera, un aullido, un
relincho que son, dice, milagros hechos expresamente para él. Siempre es algo
que tiene un sentido humano.
Entre una significación evanescente que es la del alarido, y la emisión obtenida
del llamado, observamos toda una gama de fenómenos que se caracterizan por
un estallido de la significación. Schreber sabe bien que son ruidos reales, que
suele escuchar a su alrededor, pero tiene la convicción de que no se producen
en ese momento por azar, sino para él, en la vía de retorno de la derelicción en
el mundo exterior, y coordinados con los momentos intermedios de absorción
en el mundo delirante.
Los pájaros cantores — que deben ser distinguidos de los pájaros hablantes
que forman parte del entorno divino— que ve en el jardín, y también insectos,
de especies conocidas creados especialmente para él por la omnipotencia de
la palabra divina. Así, entre estos dos polos, el milagro del alarido y el llamado
de socorro, se produce una transición donde pueden verse las huellas del
pasaje del sujeto, absorbido en un vínculo indiscutiblemente erotizado. Las
connotaciones están presentes: es una relación femeninomasculino.
El fenómeno fundamental del delirio de Schreber se estabilizó en un
campo Unsinnig, insensato, de significaciones erotizadas. Con el tiempo,
el sujeto terminó por neutralizar extremadamente el ejercicio al que se
sometió, que consiste en colmar las frases interrumpidas. Pues bien, cada
vez que el sujeto sale de ese campo enigmático, cada vez que se instaura un
estado cuya llegada parecería debe anhelar cual un respiro, se produce una
iluminación en franja del mundo externo, que lo recorre con todos los
elementos componentes del lenguaje, en tanto disociados. Por un lado, la
actividad vocal en su forma más elemental, acompañada incluso por una suerte
de sentimiento de desasosiego vinculado en el sujeto a cierta vergüenza.
Schreber describe el singular trayecto de los rayos que preceden la inducción
de las palabras divinas: transformados en hilos, de los que tiene cierta
aprehensión visual, o al menos, espacial, se dirigen hacia él desde el fondo del
horizonte, rodean su cabeza, para incidir en él por atrás. Todo permite pensar
que este fenómeno, que preludia la puesta en juego del discurso divino en
cuanto tal, se despliega en lo que podría llamarse un traes-espacio vinculado a
la estructura del significante y de la significación, especialización previa a toda
dualización posible del fenómeno del lenguaje.
Intenté hacerles entrever que en Schreber se trata de algo que está siempre a
punto de sorprenderlo, que nunca se descubre, pero que se sitúa en el orden
de sus relaciones con el lenguaje, de esos fenómenos de lenguaje a los que el
sujeto permanece ligado por una compulsión muy especial, que constituyen el
centro en que al fin culmina la resolución de su delirio.
Hay aquí una topología subjetiva, que reposa enteramente en lo siguiente,
que el análisis nos brinda: que puede haber un significante inconsciente. Se
trata de saber cómo ese significante inconsciente se sitúa en la psicosis.
Parece realmente exterior al sujeto, pero es una exterioridad distinta de la que
se evoca cuando nos presentan la alucinación y el delirio como una
perturbación de la realidad, ya que el sujeto está vinculado a ella por una
fijación erótica. Tenemos que concebir aquí al espacio hablante en cuanto tal,
tal que el sujeto no puede prescindir de él sin una transición dramática donde
aparecen fenómenos alucinatorios, es decir donde la realidad misma se
presenta como afectada, como significante también.
XI DEL RECHAZO DE UN SIGNIFICANTE PRIMORDIAL
1
La cuestión del ego es de modo manifiesto primordial en las psicosis, ya que el
ego, en su función de relación con el mundo exterior, está en ellas puesto en
jaque. No deja pues de ser paradójico que se le quiera dar el poder de manejar
la relación con la realidad, de transformarla, con fines que se definen como de
defensa.
La fenomenología aparente de la psicosis indica que ese yo ideal habla. Es una
fantasía, pero a diferencia de la fantasía, o del fantasma, que ponemos de
manifiesto en los fenómenos de la neurosis, es una fantasía que habla, o más
exactamente, es una fantasía hablada. Por eso mismo, ese personaje, que le
hace eco a los pensamientos del sujeto, interviene, lo vigila, nombra a medida
que se suceden la serie de sus acciones, las prescribe, no se explica de modo
suficiente por la teoría de lo imaginario y del yo especular.
No hay pues ego sin ese mellizo, digamos, preñado de delirio. Nuestro paciente
que de vez en cuando nos ofrece imágenes preciosas, en algún momento dice
ser un cadáver leproso que arrastra tras de sí a otro cadáver leproso. Bella
imagen del yo, en efecto, porque en el yo hay algo fundamentalmente muerto, y
siempre redoblado por ese mellizo que es el discurso. La pregunta que
hacemos es la siguiente: ese doble que hace que el yo nunca sea más que la
mitad del sujeto, ¿cómo es que se vuelve hablante? ¿Quién habla?
Los mecanismos en juego en la psicosis no se limitan al registro
imaginario.
La alienación es constituyente en el orden imaginario. La alienación es lo
imaginario en tanto tal. Nada puede esperarse de un abordaje de la
psicosis en el plano imaginario, porque el mecanismo imaginario da la
forma, pero no la dinámica, de la alienación psicótica.
Encontramos la noción de que más allá del pequeño otro imaginario,
debemos admitir la existencia de otro Otro. No nos satisface tan sólo
porque le otorgamos una mayúscula, sino porque lo situamos como el
correlato necesario de la palabra.
2
La realidad está marcada de entrada por el anonadamiento simbólico.
El ser humano no está sumergido sencillamente, como todo hace pensar que lo
está el animal, en un fenómeno como la alternancia del día y la noche. El ser
humano postula el día en cuanto tal, y así el día adviene a la presencia del día,
sobre un fondo que no es un fondo de noche concreta, sino de ausencia
posible del día, donde la noche se aloja, e inversamente por cierto. El día y la
noche son muy tempranamente códigos significantes, y no experiencias. Son
connotaciones, y el día empírico y concreto sólo surge allí como correlato
imaginario, desde el origen, muy tempranamente. Es estructuralmente
necesario postular una etapa primitiva en la cual aparecen en el mundo
significantes en cuanto tales.
Antes de que el niño aprenda a articular el lenguaje, debemos suponer
que hay significantes que aparecen, que ya son del orden simbólico.
Cuando hablo de una aparición primitiva del significante, esto ya implica
el lenguaje.
Apunto exactamente, ahora en mi discurso, a este campo articulación
simbólica, y allí es donde se produce la Verwerfung.
A propósito de la Verwerfung, Freud dice que el sujeto no quería saber
nada de la castración, ni siquiera en el sentido de la represión. En efecto,
en el sentido de la represión, todavía sabe uno algo sobre eso mismo sobre lo
que nada quiere, de cierta manera, saber, y todo el análisis consiste en mostrar
que uno lo sabe muy bien. Si hay cosas sobre las que el paciente nada quiere
saber, incluso en el sentido de la represión, esto supone otro mecanismo.
VERWERFUNG ¿De qué se trata cuando hablo de Verwerfung? Se trata
del rechazo, de la expulsión, de un significante primordial a las tinieblas
exteriores, significante que a partir de entonces faltará en ese nivel. Este
es el mecanismo fundamental que supongo está en la base de la
paranoia. Se trata de un proceso primordial de exclusión de un interior
primitivo, que no es el interior del cuerpo, sino el interior de un primer
cuerpo de significante.
Freud supone que es en el interior de ese cuerpo primordial donde se
constituye el mundo de la realidad, como ya puntuado, ya estructurado en
términos de significantes. Freud describe entonces todo el juego de
comparación de la representación con esos objetos ya constituidos. La primera
aprehensión de la realidad por el sujeto es el juicio de existencia, que consiste
en decir: esto no es mi sueño o mi alucinación o mi representación, sino un
objeto.
Se trata de una puesta a prueba del exterior por el interior, de la constitución de
la realidad del sujeto en un nuevo hallazgo del objeto. El objeto es vuelto a
encontrar en una búsqueda, y por cierto nunca se vuelve a encontrar el mismo
objeto.
Bipartición entre juicio de atribución y juicio de existencia. Hay en la dialéctica
de Freud una primera división de lo bueno y lo malo que sólo puede concebirse
si la interpretamos como el rechazo de un significante primordial. ¿Qué quiere
decir significante primordial? Está claro que, con toda exactitud, no quiere decir
nada.
3
Lo que hay de esencialmente nuevo en mi teoría, dice Freud, es la
afirmación de que la memoria no es simple, que está registrada de
diversas maneras. Desde hace mucho se sabe que el fenómeno de la
conciencia y el fenómeno de la memoria se excluyen.
Al comienzo del circuito de la aprehensión psíquica está la percepción. Esta
percepción implica la conciencia. Debe ser algo semejante a lo que muestra en
su famosa metáfora del bloc mágico.
Ese bloc mágico está hecho de una especie de sustancia de tipo pizarra sobre
la que hay una laminilla de papel transparente. Escriben sobre la laminilla de
papel y, cuando la levantan, ya no queda nada, siempre permanece virgen. En
cambio, todo lo escrito encima aparece superpuesto en la sustancia
ligeramente adherente, que permitió la inscripción de lo que escriben por el
hecho de que la punta del lápiz adhiere el papel a ese fondo que aparece
momentáneamente ennegreciéndolo un poco. Como saben, ésta es la metáfora
funcional mediante la que Freud explica cómo concibe el mecanismo del juego
de la percepción en sus relaciones con la memoria.
¿Qué memoria? La memoria que le interesa. En esa memoria hay dos
zonas, la del inconsciente y la del preconsciente, y después del
preconsciente se ve surgir una conciencia acabada que no puede ser sino
articulada.
Las necesidades de su propia concepción de las cosas se manifiestan en que
entre la Verneinung, esencialmente fugitiva, desaparecida en cuanto aparecida,
y la constitución del sistema de la conciencia, e incluso ya del ego están las
Niederschrift, hay tres.
Freud establece aquí referencias cronológicas, hay sistemas que se
constituyen.
Defensa patológica Lo que da a la defensa su carácter patológico es que, en
torno a la famosa regresión afectiva, se produce la regresión tópica. Cuando
una defensa patológica se produce de manera incontrolada, provoca entonces
repercusiones injustificables, porque lo que vale para un sistema no vale para
el otro. El desorden se origina en esta confusión de mecanismos, y en base a
esto hablamos de defensa patológica.
Neurosis Entre la significación y el significante hay realmente una relación
proporcionada por la estructura del discurso. El discurso, o sea lo que
entienden cuando me escuchan, y que existe —prueba de ello es que puede
suceder que lo comprendan— es una cadena temporal significante. Pero a
nivel de la neurosis, que permitió descubrir el ámbito del inconsciente freudiano
en tanto que registro de memoria, el fulano, en lugar de servirse de las
palabras, se sirve de todo lo que está a su alcance, vacía sus bolsillos, da
vuelta su pantalón, le mete sus funciones, sus inhibiciones, se mete entero
adentro, se cubre la espalda con el significante, se convierte él en el
significante. Su real, o su imaginario, entra en el discurso.
En el campo problemático de los fenómenos de la Verneinung, se producen
fenómenos que deben provenir de una caída de nivel, del paso de un registro al
otro, y que curiosamente se manifiestan con el carácter de lo negado y de lo no
reconocido: es postulado como no existente. Esta es una propiedad
primerísima del lenguaje, porque el símbolo es en cuanto tal connotación
de la presencia y la ausencia
Freud admite formalmente en la carta 52 que la Verneinung primordial conlleva
una primera puesta en signos, Wahrnehmungzeichen. Admite la existencia de
ese campo que llamo del significante primordial. Todo lo que dice a
continuación en esa carta sobre la dinámica de las tres grandes neuropsicosis
a las que se dedica, histeria, neurosis obsesiva, paranoia, supone la existencia
de ese estadio primordial que es el lugar elegido de lo que llamo para ustedes
Verwerfung.
Para comprenderlo, remítanse a lo que señala constantemente Freud, a saber
que hay que suponer siempre una organización anterior, o al menos parcial, del
lenguaje, para que la memoria y la historización puedan funcionar. Los
fenómenos de memoria en los que Freud se interesa son siempre fenómenos
de lenguaje. En otros términos, para hacer significar cualquier cosa hay que
tener ya el material significante. En el Hombre de los lobos, la impresión
primitiva de la famosa escena primordial quedó allí durante años, sin servir
para nada, ya significante empero, antes de poder decir su palabra en la
historia del sujeto. El significante entonces está dado primitivamente, pero
hasta tanto el sujeto no lo hace entrar en su historia no es nada; adquiere
su importancia entre el año y medio y los cuatro años y medio. El deseo
sexual es, en efecto, lo que sirve al hombre para historizarse, en tanto que
es a este nivel donde por primera vez se introduce la ley.
Psicosis: agujero en lo simbólico En las psicosis, la realidad es
reordenada, una parte de la realidad es suprimida, y nunca es verdaderamente
escotomizada. Se refiere, a fin de cuentas, lo verán por el contexto, a un
agujero de lo simbólico, aún cuando en el texto alemán el término empleado es
realidad.
¿Cómo se entra en ella? ¿Cómo es llevado el sujeto, no a alienarse en el otro
con minúscula, sino a volverse ese algo que, desde el interior del campo donde
nada puede decirse, llama a todo lo demás al campo de todo lo que puede
decirse? ¿No evoca esto lo que vemos manifestarse en el caso del presidente
Schreber?: a saber, esos fenómenos de franja a nivel de la realidad, realidad
que se ha vuelto significativa para el sujeto. Su delirio, los psicóticos lo aman
como se aman a sí mismos. Al decir esto, Freud, quien no ha escrito aún su
articulo sobre el narcisismo, agrega que ahí yace el misterio en cuestión. Es
verdad. ¿Cuál es la relación del sujeto con el significante que distingue los
fenómenos mismos de la psicosis? ¿Qué hace que el sujeto se vuelque por
entero en esta problemática?
DEL SIGNIFICANTE Y EL SIGNIFICADO
XII LA PREGUNTA HISTÉRICA
Llegamos a un punto en que el análisis del texto schreberiano nos condujo a
enfatizar la importancia de los fenómenos de lenguaje en la economía de la
psicosis. En este sentido podemos hablar de estructuras freudianas de la
psicosis.
1
¿Qué función tienen esos fenómenos de lenguaje en las psicosis? Sería
sorprendente que el psicoanálisis no aporte un nuevo modo de tratar la
economía del lenguaje en las psicosis, modo que en todo difiere del abordaje
tradicional, cuya referencia eran las teorías psicológicas clásicas. Nuestra
referencia es otra: es nuestro esquema de la comunicación analítica
(esquema L).
Entre S y A, la palabra fundamental que el análisis debe revelar, tenemos la
derivación del circuito imaginario, circuito que resiste a su paso. Los polos
imaginarios del sujeto, a y a', recubren la relación llamada especular, la del
estadio del espejo. El sujeto en la corporeidad y la multiplicidad de su
organismo, en su fragmentación natural, que está en a', toma como referencia
esa unidad imaginaria que es el yo, a, donde se conoce y se desconoce, y que
es aquello de lo que habla; a quién no sabe, puesto que tampoco sabe quién
habla en él.
Final del análisis El sujeto comienza hablando de él, no les habla a ustedes;
luego les habla a ustedes, más no habla de él; cuando les haya hablado de él
—que habrá cambiado sensiblemente en el intervalo— a ustedes, habremos
llegado al final del análisis.
Analista en el lugar del A Si queremos colocar al analista en este esquema
de la palabra del sujeto, puede decirse que está en algún lado en A. Al menos,
allí debe estar. Si entra en el emparejamiento de la resistencia, lo que
precisamente le enseño a no hacer, habla entonces desde a', y se verá en el
sujeto. Si no está analizado, lo que cada tanto acontece, esto se produce con
toda naturalidad, y aún diría que, desde cierto ángulo, el analista nunca es
completamente analista, por la sencilla razón de que es hombre y que participa
él también en los mecanismos imaginarios que obstaculizan el paso de la
palabra. Se trata para él de no identificarse al sujeto, de estar muerto lo
suficiente como para no ser presa de la relación imaginaria, en cuyo seno
siempre se ve solicitado a intervenir, y permitir la progresiva migración de
la imagen del sujeto hacia S, la cosa que revelar, la cosa que no tiene
nombre, que no puede encontrar su nombre a menos que el circuito
culmine directamente de S hacia A. Lo que el sujeto tenía que decir a través
de su falso discurso encontrará paso con mayor facilidad mientras más la
economía de la relación imaginaria haya sido menguada progresivamente.
La palabra se sitúa en el Otro Quiero simplemente indicarles que la palabra
se sitúa en el Otro, por cuyo intermedio toda palabra plena se realiza, ese tú
eres en que el sujeto se sitúa y se reconoce.
En la psicosis hay exlusión del Otro Pues bien, analizando la estructura del
delirio de Schreber en el momento en que se estabilizó en un sistema que
vincula el yo del sujeto a ese otro imaginario, ese extraño Dios que nada
comprende, que no responde, que engaña al sujeto, supimos reconocer que
hay, en la psicosis, exclusión del Otro donde el ser se realiza en la palabra que
confiesa.
Los fenómenos en juego en la alucinación verbal, manifiestan en su estructura
misma la relación de eco interior en que está el sujeto respecto a su propio
discurso. Llegan a volverse más y más insensatos, como se expresa Schreber,
vaciados de sentido, puramente verbales, machacaderas, estribillos sin objeto.
¿Qué es pues esta relación especial con la palabra? ¿Qué falta para que el
sujeto llegue a verse obligado a construir todo ese mundo imaginario? ¿Para
que padezca en su interior este automatismo de la función del discurso? El
discurso no sólo lo invade y lo parasita sino que él está suspendido de su
presencia.
Alusión imaginaria Que el sujeto en la psicosis sólo pueda reconstituirse en
lo que denominaré la alusión imaginaria, se los mostré in vivo en una
presentación de enfermos. A ese punto preciso llegamos. El problema que
debemos indagar es la constitución del sujeto en la alusión imaginaria.
2
El malentendido es el fundamento mismo del discurso interhumano.
Lo que constituye el campo analítico es idéntico a lo que constituye el
fenómeno analítico, a saber, el síntoma. Y también gran número de otros
fenómenos llamados normales o sub-normales, cuyo sentido no había sido
elucidado hasta el análisis, y que se extienden mucho más allá del discurso y
de la palabra, puesto que son cosas que le ocurren al sujeto en su vida
cotidiana. Vienen luego los lapsus, trastornos de la memoria, sueños,
sumémosle la agudeza, la cual tiene un valor esencial en el descubrimiento
freudiano puesto que permite palpar la perfecta coherencia que tenía en la obra
de Freud la relación del fenómeno analítico con el lenguaje.
Comencemos diciendo qué no es el fenómeno analítico.
El análisis arrojó grandes luces sobre lo preverbal. En la doctrina psicoanalítica
está vinculado esencialmente al preconsciente. Es la suma de impresiones,
internas o externas, de informaciones que el sujeto recibe del mundo en que
vive, de las relaciones naturales que tiene con éste, siempre y cuando existan
en el hombre relaciones que sean cabalmente naturales, pero por más
pervertidas que ellas estén, sí existen. Todo lo perteneciente al orden preverbal
participa así de lo que podemos denominar una Gestalt intramundana.
Si seguimos a Freud, por el contrario, resulta claro que ninguna exploración del
preconsciente, por profunda, por exhaustiva que sea, nos llevará jamás a un
fenómeno inconsciente en cuanto tal. Error tanto más grosero, por cuanto no
hay cosa sobre la que Freud insistiese más que sobre la diferencia radical entre
inconsciente y preconsciente.
¿Qué es el inconsciente en relación al preconsciente tal como acabamos de
situarlo?
Si digo que todo lo que pertenece a la comunicación analítica tiene estructura
de lenguaje, esto no quiere decir que el inconsciente se exprese en el discurso.
La Traumdeutung, la Psicopatología de la vida cotidiana y el Chiste lo
transparentan. Es imposible explicar nada en los rodeos de Freud si no es
porque el fenómeno analítico en cuanto tal, cualquiera sea, tiene no que ser un
lenguaje en el sentido de un discurso — nunca dije que era un discurso— sino
que tiene que estar estructurado como un lenguaje. Este es el sentido en
que podemos decir que es una variedad fenoménica, y la más reveladora, de
las relaciones del hombre con el ámbito del lenguaje. Todo fenómeno
analítico, todo fenómeno que participa del campo analítico, del
descubrimiento analítico, de aquello con que tenemos que vérnosla en el
síntoma y en la neurosis, está estructurado como un lenguaje.
Quiere decir que es un fenómeno que siempre presenta la duplicidad esencial
del significante y del significado. Quiere decir que el significante tiene en él su
coherencia y su carácter propios, que lo distinguen de cualquier otra especie de
signo.
¿A partir de qué momento pasamos al orden del significante? El significante
puede extenderse a muchos elementos del dominio del signo. Sin embargo, el
significante es un signo que no remite a un objeto, ni siquiera en estado de
huella, aunque la huella anuncia de todos modos su carácter esencial. Es,
también, signo de una ausencia. Pero en tanto forma parte del lenguaje, el
significante es un signo que remite a otro signo, está estructurado como
tal para significar la ausencia de otro signo, en otras palabras, para
oponerse a él en un par.
Este carácter del significante marca de modo esencial todo lo que es del
orden del inconsciente.
3
Les hablé del Otro de la palabra, en tanto el sujeto se reconoce en él y en
él se hace reconocer.
Se trata de una pregunta que se le plantea al sujeto en el plano del significante,
en el plano del to be or not to be, en el plano de su ser.
Quiero ilustrárselos mediante un ejemplo, una vieja observación de histeria
traumática, sin huella alguna de elementos alucinatorios.
Si la elegí es porque pone en su juego en primer plano ese fantasma de
embarazo y procreación que es dominante en la historia del presidente
Schreber, ya que su delirio culmina del siguiente modo: una nueva humanidad
de espíritu schreberiano deberá ser engendrada por él.
La manifestación sintomática del sujeto está dominada por elementos
relacionales que colorean sus relaciones con los objetos, de modo imaginario.
Se puede reconocer en ellas la relación anal, u homosexual, o esto o lo otro,
pero estos elementos mismos están incluidos en la pregunta que hace: ¿Soy o
no capaz de procrear? Esta pregunta se sitúa evidentemente a nivel del
Otro, en tanto la integración de la sexualidad está ligada al
reconocimiento simbólico.
El sujeto encuentra su lugar en un aparato simbólico preformado que instaura
la ley en la sexualidad. Y esta ley sólo le permite al sujeto realizar su
sexualidad en el plano simbólico. El Edipo quiere decir esto, y si el análisis no
lo supiese no habría descubierto nada.
Lo que está en juego en nuestro sujeto es la pregunta ¿Qué soy? ¿soy?,
es una relación de ser, un significante fundamental. En la medida en que
esta pregunta en tanto simbólica fue despertada, y no reactivada en tanto
imaginaria, se desencadenó la descompensación de su neurosis y se
organizaron sus síntomas.
El carácter problemático de su identificación simbólica sostiene toda
comprensión posible de la observación. Todo lo dicho, todo lo expresado, todo
lo gestualizado, todo lo manifestado, sólo cobra su sentido en función de la
respuesta que ha de formularse sobre esa relación fundamentalmente
simbólica: ¿Soy hombre o mujer?
Caso Dora Dora culmina en efecto en una pregunta fundamental acerca
del tema de su sexo. No sobre qué sexo tiene sino: ¿Qué es ser una
mujer? Los dos sueños de Dora son, al respecto, absolutamente
transparentes, no se habla de otra cosa: ¿Qué es ser una mujer? y
específicamente: ¿Qué es un órgano femenino? Observen que nos
encontramos aquí ante algo singular: la mujer se pregunta que es ser una
mujer; del mismo modo el sujeto masculino se pregunta qué es ser una
mujer.
Para la mujer la realización de su sexo no se hace en el complejo de Edipo en
forma simétrica a la del hombre, por identificación a la madre, sino al contrario,
por identificación al objeto paterno, lo cual le asigna un rodeo adicional. Sin
embargo, la desventaja en que se encuentra la mujer en cuanto al acceso a la
identidad de su propio sexo, en cuanto a su sexualización como tal, se
convierte en la histeria en una ventaja, gracias a su identificación imaginaria al
padre, que le es perfectamente accesible, debido especialmente a su lugar en
la composición del Edipo. Para el hombre, en cambio, el camino será más
complejo.
XIII LA PREGUNTA HISTÉRICA (II): «¿QUÉ ES UNA MUJER?»
1
¿Cuál es el sentido de lo que introdujo Freud con su nueva tópica cuando
acentuó el carácter imaginario de la función del yo? Precisamente la estructura
de la neurosis.
Freud coloca al yo en relación con el carácter fantasmático del objeto. Cuando
escribe que el yo tiene el privilegio del ejercicio de la prueba de la realidad, que
es él quien da fe de la realidad para el sujeto, el contexto está fuera de dudas,
el yo está ahí como un espejismo, lo que Freud llamó el ideal del yo. Su función
no es de objetividad, sino de ilusión, es fundamentalmente narcisista, y el
sujeto da acento de realidad a cualquier cosa a partir de ella.
De esta tópica se desprende cuál es, en las neurosis típicas, el lugar del
yo. El yo en su estructuración imaginaria es como uno de sus elementos
para el sujeto. El neurótico hace su pregunta neurótica, su pregunta
secreta y amordazada, con su yo.
La tópica freudiana del yo muestra cómo una o un histérico, cómo un
obsesivo, usa de su yo para hacer la pregunta, es decir, precisamente
para no hacerla. La estructura de una neurosis es esencialmente una
pregunta, y por eso mismo fue para nosotros durante largo tiempo una
pura y simple pregunta. El neurótico está en una posición de simetría, es
la pregunta que nos hacemos, y es justamente porque ella nos involucra
tanto como a él, que nos repugna fuertemente formularla con mayor
precisión.
Caso Dora.
Freud, según su propia confesión, se equivoca respecto al objeto de deseo de
Dora, en la medida en que él mismo está demasiado centrado en la cuestión
del objeto, es decir en que no hace intervenir la intrínseca duplicidad subjetiva
implicada. Se pregunta qué desea Dora, antes de preguntarse quién desea en
Dora. Freud termina percatándose de que, en ese ballet de a cuatro —Dora, su
padre, el señor y la señora K.— es la señora K. el objeto que verdaderamente
interesa a Dora, en tanto que ella misma está identificada al señor K. La
cuestión de saber dónde está el yode Dora está así resuelta: el yo de Dora es
el señor K. La función que cumple en el esquema del estadio del espejo la
imagen especular, en la que el sujeto ubica su sentido para reconocerse,
donde por vez primera sitúa su yo, ese punto externo de identificación
imaginaria, Dora lo coloca en el señor K. En tanto ella es el señor K. todos sus
síntomas cobran su sentido definitivo.
Explicación del síntoma de la afonía La afonía de Dora se produce durante
las ausencias del señor K., y Freud lo explica de un modo bastante bonito: ella
ya no necesita hablar si él no está, sólo queda escribir. Esto de todos modos
nos deja algo pensativos. Si ella se calla así, se debe de hecho a que el modo
de objetivación no está puesto en ningún otro lado. La afonía aparece porque
Dora es dejada directamente en presencia de la señora K. Todo lo que pudo
escuchar acerca de las relaciones de ésta con su padre gira en torno a la
fellatio, y esto es algo infinitamente más significativo para comprender la
intervención de los síntomas orales.
La identificación de Dora con el señor K. es lo que sostiene esta situación hasta
el momento de la descompensación neurótica. Si se queja de esa situación,
eso también forma parte de la situación, ya que se queja en tanto identificada al
señor K.
¿Qué dice Dora mediante su neurosis? ¿Qué dice la histérica-mujer? Su
pregunta es la siguiente: ¿Qué es ser una mujer?
Por ahí nos adentramos más aún en la dialéctica de lo imaginario y lo simbólico
en el complejo de Edipo. Nunca dejó de insistir, empero, en la disimetría
fundamental del Edipo en ambos sexos.
¿A qué se debe esa disimetría? A la relación de amor primaria con la madre,
me dirán, pero Freud estaba aún lejos de haber llegado a eso en la época en
que comenzaba a ordenar los hechos que constataba en la experiencia. Evoca,
entre otros, el elemento anatómico, que hace que para la mujer los dos sexos
sean idénticos. ¿Pero es ésta sin más la razón de la disimetría?
Diferencia sexual = diferencia significante Tan sólo que la razón de la
disimetría se sitúa esencialmente a nivel simbólico, que se debe al
significante.
Hablando estrictamente no hay, diremos, simbolización del sexo de la
mujer en cuanto tal. En todos los casos, la simbolización no es la misma, no
tiene la misma fuente, el mismo modo de acceso que la simbolización del sexo
del hombre. Y esto, porque lo imaginario sólo proporciona una ausencia donde
en otro lado hay un símbolo muy prevalente.
Es la prevalencia de la Gestalt fálica la que, en la realización del complejo
edípico, fuerza a la mujer a tomar el rodeo de la identificación al padre, y a
seguir por ende durante un tiempo los mismos caminos que el varón. El acceso
de la mujer al complejo edípico, su identificación imaginaria, se hace pasando
por el padre, exactamente al igual que el varón, debido a la prevalencia de la
forma imaginaria del falo, pero en tanto que a su vez ésta está tomada como el
elemento simbólico central del Edipo.
Si tanto para la hembra como para el varón el complejo de castración adquiere
un valor-pivote en la realización del Edipo, es muy precisamente en función del
padre, porque el falo es un símbolo que no tiene correspondiente ni
equivalente. Lo que está en juego es una disimetría en el significante. Esta
disimetría significante determina las vías por donde pasará el complejo de
Edipo. Ambas vías llevan por el mismo sendero: el sendero de la
castración.
La experiencia muestra, empero, una diferencia llamativa: uno de los sexos
necesita tomar como base de identificación la imagen del otro sexo. Que las
cosas sean así no puede considerarse como una mera extravagancia de la
naturaleza. El hecho sólo puede interpretarse en la perspectiva en que el
ordenamiento simbólico todo lo regula.
Donde no hay material simbólico, hay obstáculo, defecto para la realización de
la identificación esencial para la realización de la sexualidad del sujeto. Este
defecto proviene de hecho de que, en un punto, lo simbólico carece de
material, pues necesita uno. El sexo femenino tiene un carácter de
ausencia, de vacío, de agujero, que hace que se presente como menos
deseable que el sexo masculino en lo que éste tiene de provocador, y que
una disimetría esencial aparezca.
La pregunta no está vinculada simplemente al material, a la tienda de
accesorios del significante, sino a la relación del sujeto con el significante
en su conjunto, con aquello a lo cual el significante puede responder.
2
Consideremos las paradojas resultantes de determinados entrecruzamientos
funcionales entre los dos planos de lo simbólico y lo imaginario.
Parecería, por una parte, que lo simbólico es lo que nos brinda todo el
sistema del mundo. Porque el hombre tiene palabras conoce cosas. El
número de cosas que conoce corresponde al número de cosas que puede
nombrar. No hay dudas al respecto. Por otra parte, tampoco hay dudas acerca
de que la relación imaginaria está ligada a la etología, a la psicología animal.
La relación sexual implica la captura por la imagen del otro. En otras palabras,
uno de los dominios se presenta abierto a la neutralidad del orden del
conocimiento humano, el otro parece ser el dominio mismo de la erotización del
objeto. Esto es lo que se manifiesta en un primer abordaje.
Ahora bien, la realización de la posición sexual en el ser humano está
vinculada, nos dice Freud, a la prueba de la travesía de una relación
fundamentalmente simbolizada, la del Edipo, que entraña una posición
que aliena al sujeto, vale decir que le hace desear el objeto de otro, y
poseerlo por procuración de otro. Nos encontramos entonces ahí ante una
posición estructurada en la duplicidad misma del significante y el significado.
En tanto la función del hombre y la mujer está simbolizada, en tanto es
literalmente arrancada al dominio de lo imaginario para ser situada en el
dominio de lo simbólico, es que se realiza toda posición sexual normal,
acabada. La realización genital está sometida, como a una exigencia
esencial, a la simbolización: que el hombre se virilice, que la mujer acepte
verdaderamente su función femenina.
Inversamente, cosa no menos paradójica, la relación de identificación a partir
de la cual el objeto se realiza como objeto de rivalidad está situada en el orden
imaginario. El dominio del conocimiento está inserto fundamentalmente en la
primitiva dialéctica paranoica de la identificación al semejante. De ahí parte la
primera apertura de identificación al otro, a saber un objeto. Un objeto se aísla,
se neutraliza, y se erotiza particularmente en cuanto tal. Esto hace entrar en el
campo del deseo humano infinitamente más objetos materiales que los que
entran en la experiencia animal.
En ese entrecruzamiento de lo imaginario y lo simbólico, yace la fuente de
la función esencial que desempeña el yo en la estructuración de las
neurosis. Cuando Dora se pregunta ¿qué es una mujer? intenta
simbolizar el órgano femenino en cuanto tal. Su identificación al hombre,
portador del pene, le es en esta ocasión un medio de aproximarse a esa
definición que se le escapa. El pene le sirve literalmente de instrumento
imaginario para aprehender lo que no logra simbolizar.
Hay muchas más histéricas que histéricos el camino de la realización simbólica
de la mujer es más complicado. Volverse mujer y preguntarse qué es una
mujer son dos cosas esencialmente diferentes. Diría aún mas, se
pregunta porque no se llega a serlo y, hasta cierto punto, preguntarse es
lo contrario de llegar a serlo. La metafísica de su posición es el rodeo
impuesto a la realización subjetiva en la mujer. Su posición es esencialmente
problemática y, hasta cierto punto, inasimilable. Pero una vez comprometida la
mujer en la histeria, debemos reconocer también que su posición presenta una
particular estabilidad, en virtud de su sencillez estructural: cuanto más sencilla
es una estructura, menos puntos de ruptura revela. Cuando su pregunta cobra
forma bajo el aspecto de la histeria, le es muy fácil a la mujer hacerla por la vía
más corta, a saber, la identificación al padre.
Histeria masculina Indudablemente, la situación es mucho más compleja en
la histeria masculina. En tanto la realización edípica está mejor estructurada en
el hombre, la pregunta histérica tiene menos posibilidades de formularse. Pero
si se formula ¿cuál es? Hay aquí la misma disimetría que en el Edipo: el
histérico y la histérica se hacen la misma pregunta. La pregunta del
histérico también atañe a la posición femenina.
¿Podemos precisar ahora el factor común a la posición femenina y a la
pregunta masculina en la histeria? Factor que se sitúa sin duda a nivel
simbólico, pero sin quizá reducirse totalmente a él. Se trata de la pregunta de la
procreación.
Lo simbólico da una forma en la que se inserta el sujeto a nivel de su ser.
Él se reconoce como siendo esto o lo otro a partir del significante. La
cadena de los significantes tiene un valor explicativo fundamental, y la noción
misma de causalidad no es otra cosa.
Existe de todos modos una cosa que escapa a la trama simbólica, la
procreación en su raíz esencial: que un ser nazca de otro. La procreación está
cubierta, en el orden de lo simbólico, por el orden instaurado de esa sucesión
entre los seres. Pero nada explica en lo simbólico el hecho de su individuación,
el hecho de que un ser sale de un ser. Todo el simbolismo está allí para afirmar
que la criatura no engendra a la criatura, que la criatura es impensable sin una
fundamental creación. Nada explica en lo simbólico la creación.
La cuestión de saber qué liga dos seres en la aparición de la vida sólo se
plantea para el sujeto a partir del momento en que está en lo simbólico,
realizado como hombre o como mujer, pero en la medida en que un accidente
le impide acceder a ello.
Cada neurosis reproduce un ciclo particular en el orden del significante,
sobre el fondo de la pregunta que la relación del hombre al significante en
tanto tal plantea.
En efecto, hay algo radicalmente inasimilable al significante. La existencia
singular del sujeto sencillamente. ¿Por qué está ahí? ¿De dónde sale?
¿Qué hace ahí? ¿Por qué va a desaparecer? El significante es incapaz de
darle la respuesta, por la sencilla razón de que lo pone precisamente más
allá de la muerte. El significante lo considera como muerto de antemano,
lo inmortaliza por esencia.
Como tal, la pregunta sobre la muerte es otro modo de la creación neurótica de
la pregunta, su modo obsesivo.
Schreber Si me intereso especialmente por la pregunta planteada en la
histeria, es precisamente porque se trata de saber en qué ella se diferencia del
mecanismo de la psicosis, principalmente la del presidente Schreber, en quien
la pregunta de la procreación también se dibuja, y muy especialmente la de la
procreación femenina.
3
Es interesante destacar el énfasis que Freud da al significante. La Bedeutung
no puede ser traducida como especificando al significante en relación al
significado. De igual modo, en la carta 52, ya destaqué una vez que Freud
decía lo siguiente: Trabajo con la suposición de que nuestro mecanismo
psíquico nació siguiendo una disposición en capas, mediante un
ordenamiento en el cual cada tanto, el material que se tiene a mano sufre
una reorganización según nuevas relaciones y un trastocamiento en la
inscripción, una reinscripción.
Lo esencialmente nuevo en la teoría, es la afirmación de que la memoria no es
simple, que es plural, múltiple, registrada bajo diversas formas.
Freud subraya que esas diferentes etapas se caracterizan por la pluralidad de
las inscripciones mnésicas.
Primero está la Wahrnehmung, la percepción. Es una posición primera,
primordial, que permanece hipotética, puesto que de algún modo no sale a la
luz en el sujeto. Después está la Bewusstsein, la conciencia. Conciencia y
memoria en cuanto tales se excluyen.
La etapa Wahrnehmung está ahí para indicar que hay que suponer algo simple
en el origen de la memoria, concebida como formada por una pluralidad de
registros. El primer registro de las percepciones, también inaccesible a la
conciencia, está ordenado por asociaciones de simultaneidad.
La Bewusstsein es del orden de los recuerdos conceptuales.
La noción de relación causal aparece ahí en cuanto tal por vez primera. Es el
momento en que el significante, una vez constituido, se ordena
secundariamente respecto a algo distinto que es la aparición del significado.
Sólo después interviene la Vorbewusstsein, tercer modo de reordenamiento. A
partir de este preconsciente se harán conscientes las investiciones, de acuerdo
a ciertas reglas precisas. Esta segunda conciencia del pensamiento está ligada
probablemente a la experiencia alucinatoria de las representaciones verbales, a
la emisión de palabras. El ejemplo más radical es la alucinación verbal,
vinculada al mecanismo paranoico por el cual hacemos audibles las
representaciones de palabras. La aparición de la conciencia está ligada a esto;
si no seguiría sin lazo alguno con la memoria.
En todo lo que sigue, Freud manifiesta que el fenómeno de la Verdrängung
consiste en la caída de algo que es del orden de la expresión significante, en el
momento del pase de una etapa de desarrollo a otra. El significante registrado
en una de esas etapas no pasa a la siguiente, con el modo de reclasificación
retroactiva que necesita toda nueva fase de organización significante-
significación en la que entra el sujeto.
A partir de esto hay que explicar la existencia de lo reprimido. La noción de
inscripción en un significante que domina el registro, es esencial para la teoría
de la memoria, en tanto ella está en la base de la primera investigación por
Freud del fenómeno del inconsciente.
XIV EL SIGNIFICANTE, EN CUANTO A TAL, NO SIGNIFICA NADA
1
¿Qué es la estructura? La estructura es primero un grupo de elementos
que forman un conjunto co-variante.
La noción de estructura es ya en sí misma una manifestación del
significado. La noción de estructura y la de significante se presentan
como inseparables.
Significante Nuestro punto de partida, el punto al que siempre
volvemos, pues siempre estaremos en el punto de partida, es que todo
verdadero significante es, en tanto tal, un significante que no significa
nada.
2
La experiencia lo prueba: mientras más no significa nada, más indestructible es
el significante.
Incluso cuando en el interior de un organismo, viviente o no, se producen
transmisiones fundadas en la efectividad del todo o nada, aún cuando, debido a
la existencia de un umbral, por ejemplo, hay algo que no llega a cierto nivel, y
luego, de golpe, produce determinado efecto no podemos todavía hablar de
comunicación, si en la comunicación implicamos la originalidad del orden del
significante. En efecto, algo es significante no en tanto que todo o nada,
sino en la medida en que algo que constituye un todo, el signo, esta ahí
justamente para no significar nada. Ahí comienza el orden del
significante, en tanto que distingue del orden de la significación. El
mundo humano no implica solamente la existencia de las significaciones,
sino el orden del significante.
Complejo de Edipo: introducción del significante Si el complejo de Edipo no
es la introducción del significante, les pido que me den de él alguna concepción
distinta. Su grado de elaboración sólo es tan esencial para la normalización
sexual porque introduce el funcionamiento del significante en tanto tal en la
conquista del susodicho hombre o mujer.
Súper yo Pero aún es necesario que el sujeto adquiera el orden del
significante, lo conquiste, sea colocado respecto a él en una relación de
implicación que lo afecte en su ser, lo cual culmina en la formación de lo que
llamamos en nuestro lenguaje el superyó. No hace falta buscar demasiado en
la literatura analítica para ver que el uso que se le da a este concepto se
adecua bien a la definición del significante, que es la de no significar nada,
gracias a lo cual es capaz de dar en cualquier momento significaciones
diversas. El superyó plantea la cuestión de saber cual es el orden de entrada,
de introducción, de instancia presente del significante que es indispensable
para que un organismo humano funcione, organismo que no sólo debe vérselas
con un medio natural, sino también con un universo significante.
La histeria es una pregunta centrada en torno a un significante que permanece
enigmático en cuanto a su significación. La pregunta sobre la muerte, la del
nacimiento, son en efecto las dos preguntas últimas que carecen justamente de
solución en el significante. Esto da a los neuróticos su valor existencial.
Pasemos ahora a las psicosis. ¿Qué quieren decir? ¿Cuál es la función de
las relaciones del sujeto con el significante en la psicosis?
3
Les señalé que debía haber algo que no se había realizado, en determinado
momento, en el dominio del significante, que había sido Verworfen. Lo que así
fue objeto de una Verwerfung reaparece en lo real. Este mecanismo es
diferente a todo lo que por otra parte conocemos de la experiencia, en cuanto a
las relaciones de lo imaginario, lo simbólico y lo real.
Freud articuló enérgicamente, incluso en el texto sobre el presidente Schreber
que estamos trabajando, la radical distinción que existe entre convicción
pasional y convicción delirante. La primera surge de la proyección intencional:
por ejemplo, los celos que hacen que esté celoso en el otro de mis propios
sentimientos, en los que imputo al otro mis propias pulsiones de infidelidad. En
lo que respecta a la segunda, Freud tiene esta fórmula: lo que fue rechazado
del interior reaparece en el exterior, o también, como se intenta
expresarlo en un lenguaje amplificador, lo que ha sido suprimido en la
idea reaparece en lo real.
En el caso Schreber, vemos al comienzo un período de trastornos, un momento
fecundo. Presenta todo un conjunto sintomático que, a decir verdad, por haber
sido en general escamoteado, o más exactamente por habérsenos deslizado
de las manos, no ha podido ser elucidado analíticamente, y la mayoría de las
veces es tan sólo reconstruido. Ahora bien, reconstruyéndolo, podemos
encontrar, salvando algunos detalles, toda la apariencia de la significación y de
los mecanismos cuyo juego apreciamos en la neurosis. Nada se asemeja tanto
a una sintomatología neurótica como una sintomatología prepsicótica. Una vez
hecho el diagnóstico, se nos dice entonces que ahí el inconsciente está
desplegado afuera, que todo lo que es del id pasó al mundo externo, y que las
significaciones en juego son tan claras que justamente no podemos intervenir
analíticamente (POSICIÓN CLÁSICA).
¿A partir de qué momento decidimos que el sujeto pasó la barrera, que está en
el delirio?
Periodo prepsicótico Tomemos el período prepsicótico. Nuestro presidente
Schreber vive algo cuya índole es la perplejidad. Nos da, en estado viviente,
esa pregunta que yo les decía estar en el fondo de toda forma neurótica. Es
presa extraños presentimientos, es invadido bruscamente por esa imagen, la
que menos hubiera uno pensado que iba a surgir en la mente de un hombre de
su especie y estilo, que debe ser muy agradable ser una mujer sufriendo el
acoplamiento. Es un período de confusión pánica. ¿Cómo situar el límite entre
ese momento de confusión, y el momento en que su delirio terminó
construyendo que él era efectivamente una mujer, y no cualquier mujer, la
mujer divina o más exactamente, la prometida de Dios?
Compensación imaginaria Es un mecanismo de compensación
imaginario —verificarán la utilidad de la distinción de los tres registros—,
compensación imaginaria del Edipo ausente, que le hubiera dado la
virilidad bajo la forma, no de la imagen paterna, sino del significante, del
nombre-del-padre.
Cuando la psicosis estalla, el sujeto se comportará como antes, como
homosexual inconsciente. Ninguna significación profunda diferente a la del
período prepsicótico emerge. Todo su comportamiento en relación al amigo
que es el elemento piloto de su tentativa de estructuración en el momento de la
pubertad, reaparece en su delirio. ¿A partir de qué momento delira? A partir del
momento en que dice que su padre le persigue para matarlo, para robarlo, para
castrarlo. Todos los contenidos implícitos en las significaciones neuróticas
están ahí.
¿Cuándo comienza el delirio? Pero el punto esencial, que nadie subraya,
es que el delirio comienza a partir del momento en que la iniciativa viene
de un Otro, con O mayúscula, en que la iniciativa está fundada en una
actividad subjetiva. El Otro quiere esto, y quiere sobre todo que se sepa,
quiere significarlo.
En el fondo, se trata en las psicosis, de un impasse, de una perplejidad
respecto al significante. Todo transcurre cual si el sujeto reaccionase a él
mediante una tentativa de restitución, de compensación. La crisis, sin
duda, se desencadena fundamentalmente por una pregunta: ¿Qué es…?
No sé. Supongo que el sujeto reacciona a la ausencia de significante por
la afirmación tanto más subrayada de un otro que, en tanto tal, es
esencialmente enigmático. El Otro, con mayúscula, les dije que estaba
excluido en tanto portador de significante. Es tanto más poderosamente
afirmado, entre el sujeto y él, a nivel del otro con minúscula, del
imaginario. Allí ocurren todos los fenómenos de entre-yo (je) que
constituyen lo aparente en la fenomenología de la psicosis: a nivel del
otro sujeto, de ése que tiene la iniciativa en el delirio, el profesor Flechsig
en el caso de Schreber, o el Dios capaz de seducir que hace peligrar el
orden del mundo debido a su atractivo.
Es a nivel del entre-yo (je), vale decir del otro con minúscula, del doble del
sujeto, que es y no es a la vez su yo, donde aparecen palabras que son
una especie de comentario corriente de la existencia.
XV ACERCA DE LOS SIGNIFICANTES PRIMORDIALES Y DE LA
FALTA DE UNO
1
Durante días y clases, intenté hacer entrever por todos los medios lo que
provisoriamente podemos llamar la autonomía del significante, a saber, que
hay leyes que le son propias. Sin duda, son sumamente difíciles de aislar,
porque siempre ponemos en juego al significante en significaciones. El
significante tiene, independientemente del significado, sus leyes propias.
2
Las significaciones primordiales están sometidas, en su sucesión e instauración
mismas, a leyes que son las del significante.
Tanto el significante-hombre como el significante-mujer son algo diferente a la
actitud pasiva y a la actitud activa, a la actitud agresiva y a la actitud de ceder,
son algo más que comportamientos. Hay ahí detrás, sin duda alguna, un
significante oculto, que, por supuesto, no puede encarnarse en ningún lado,
pero a pesar de ello está encarnado en la medida de lo posible en la existencia
de la palabra hombre y de la palabra mujer.
Si estos registros del ser están en algún lado, a fin de cuentas están en la
palabras.
El complejo de Edipo es esencial para que el ser humano pueda acceder a
una estructura humanizada de lo real.
Para que haya realidad, para que el acceso a la realidad sea suficiente,
para que el sentimiento de realidad sea un justo guía, para que la realidad
no sea lo que es en la psicosis, es necesario que el complejo de Edipo
haya sido vivido. Sin embargo sólo podemos articular este complejo, su
cristalización triangular, sus diversas modalidades y consecuencias, su crisis
terminal, llamada su declinar, sancionada por la introducción del sujeto en una
nueva dimensión, en la medida en que el sujeto es a la vez él mismo, y los
otros dos participantes. El término de identificación que ustedes usan a cada
momento, no significa otra cosa.
El día y la noche, el hombre y la mujer, la paz y la guerra; podría enumerar
todavía otras oposiciones que no se desprenden del mundo real, pero le dan su
armazón, sus ejes, su estructura, lo organizan, hacen que, en efecto; haya para
el hombre una realidad, y que no se pierda en ella. La noción de realidad tal
como la hacemos intervenir en el análisis, supone esa trama, esas
nervaduras de significantes. Esto podría no tener inconvenientes, pero
los tiene, por ejemplo, en lo que se escribe sobre las psicosis.
Ya que distinguimos significante y significado, debemos admitir la
posibilidad de que la psicosis no atañe tan sólo a lo que se manifiesta a
nivel de las significaciones, de su proliferación, de su laberinto, donde el
sujeto estaría perdido, incluso detenido en una fijación, sino que está
vinculada esencialmente con algo que se sitúa a nivel de las relaciones
del sujeto con el significante.
El significante debe primero concebirse como diferente de la
significación. Se distingue por no tener en sí mismo significación propia.
Falta esencial de un significante ¿No es acaso concebible, en los sujetos
inmediatamente asequibles que son los psicóticos, considerar las
consecuencias de la falta esencial de un significante?
Psicosis consiste en un agujero Formulo simplemente de manera clara lo
que está implícito en nuestro discurso cuando hablamos de complejo de Edipo.
No existe neurosis sin Edipo. Admitimos sin problemas que en una psicosis
algo no funcionó, que esencialmente algo no se completó en el Edipo. La
psicosis consiste en un agujero, en una falta a nivel del significante.
3
Hay otra forma de defensa además de la provocada por una tendencia o
significación prohibida. Esa defensa consiste en no acercarse al lugar donde no
hay respuesta a la pregunta.
Estamos seguros que los neuróticos se hicieron una pregunta. Los psicóticos,
no es tan seguro. Quizá la respuesta les llegó antes que la pregunta; es una
hipótesis. O bien la pregunta se formuló por sí sola, lo cual no es impensable.
No hay pregunta para un sujeto sin que haya otro a quien se la haya
hecho. También es posible que la pregunta se haya hecho primero, que no sea
el sujeto quien la haya hecho. Como mostré en mis presentaciones de enfermo,
lo que ocurre en la entrada en la psicosis es de este orden.
Pre-psicosis Un mínimo de sensibilidad que da nuestro oficio, permite
palpar algo que siempre se vuelve a encontrar en lo que se llama la pre-
psicosis, a saber, la sensación que tiene el sujeto de haber llegado al
borde del agujero. Se trata de concebir, no de imaginar, qué sucede para
un sujeto cuando la pregunta viene de allí donde no hay significante,
cuando el agujero, la falta, se hace sentir en cuanto tal.
Taburete de tres pies Todos los taburetes no tienen cuatro pies. Algunos
se sostienen con tres. Pero, entonces, no es posible que falte ningún otro,
si no la cosa anda muy mal. Pues bien, sepan que los puntos de apoyo
significantes que sostienen el mundillo de los hombrecitos solitarios de la
multitud moderna, son muy reducidos en número. Puede que al comienzo
el taburete no tenga suficientes pies, pero que igual se sostenga hasta
cierto momento, cuando el sujeto, en determinada encrucijada de su
historia biográfica, confronta ese defecto que existe desde siempre. Para
designarlo nos hemos contentado por el momento con el término de
Verwerfung.
La falta de un significante En la psicosis el significante está en causa, y
como el significante nunca está solo, como siempre forma algo coherente
—es la significancia misma del significante— la falta de un significante
lleva necesariamente al sujeto a poner en tela de juicio el conjunto del
significante.
Esta es la clave fundamental del problema de la entrada en la psicosis, de la
sucesión de sus etapas, y de su significación.
¿Qué ocurre cuando la verdad de la cosa falta, cuando ya no hay nada para
representarla en su verdad, cuando, por ejemplo, el registro del padre está
ausente?
El padre no es simplemente un generador. Es también quien posee el
derecho a la madre, y, en principio, en paz. Su función es central en la
realización del Edipo, y condiciona el acceso del hijo —que también es
una función, y correlativa de la primera— al tipo de la virilidad. ¿Qué
ocurre si se produjo cierta falta en la función formadora del padre?
El padre pudo efectivamente tener cierto modo de relación como para que el
hijo realmente adopte una posición femenina, pero no es por temor a la
castración. Todos conocimos esos hijos delincuentes o psicóticos que
proliferan a la sombra de una personalidad paterna de carácter excepcional, de
uno de esos monstruos sociales que se dicen sagrados. Personajes a menudo
marcados por un estilo de brillo y éxito, pero de modo unilateral, en el registro
de una ambición o de un autoritarismo desenfrenados, a veces de talento, de
genio. No es obligatoria la presencia de genio, mérito, mediocridad o maldad;
basta con que exista lo unilateral y lo monstruoso. No por azar una subversión
psicopática de la personalidad se produce especialmente en una situación así.
Supongamos que esa situación entrañe precisamente para el sujeto la
imposibilidad de asumir la realización del significante padre a nivel
simbólico. ¿Qué le queda? Le queda la imagen a la que se reduce la
función paterna. Es una imagen que no se inscribe en ninguna dialéctica
triangular, pero, cuya función de modelo, de alienación especular, le da
pese a todo al sujeto un punto de enganche, y le permite aprehenderse en
el plano imaginario.
La imagen adquiere en sí misma y de entrada la función sexualizada, sin
necesitar intermediario alguno, identificación alguna a la madre o a quien
sea. El sujeto adopta entonces esa posición intimidada que observamos
en el pez o en la lagartija. La relación imaginaria se instala sola, en un
plano que nada tiene de típico, que es deshumanizante, porque no deja
lugar para la relación de exclusión recíproca que permite fundar la imagen
del yo en la órbita que da el modelo, más logrado, del otro.
La alienación es aquí radical, no está vinculada con un significado
anonadante como sucede en cierto modo de rivalidad con el padre, sino
en un anonadamiento del significante. Esta verdadera desposesión
primitiva del significante, será lo que el sujeto tendrá que cargar, y
aquello cuya compensación deberá asumir, largamente, en su vida, a
través de una serie de identificaciones puramente conformistas a
personajes que le darán la impresión de qué hay que hacer para ser
hombre.
Muletas imaginarias Así es como la situación puede sostenerse largo
tiempo; como los psicóticos viven compensados, tienen aparentemente
comportamientos ordinarios considerados como normalmente viriles, y,
de golpe, Dios sabe por qué, se descompensan. ¿Qué vuelve súbitamente
insuficiente las muletas imaginarias que permitían al sujeto compensar la
ausencia del significante? ¿Cómo vuelve el significante en cuanto tal a
formular sus exigencias? ¿Cómo interroga e interviene lo que faltó?
Cómo se manifiesta la aparición de la pregunta formulada por la falta del
significante. Se manifiesta por fenómenos de franja donde el conjunto del
significante está puesto en juego. Una gran perturbación del discurso
interior, en el sentido fenomenológico del término, se produce, y el Otro
enmascarado que siempre está en nosotros, se presenta de golpe
iluminado, revelándose en su función propia. Esta función entonces es la
única que retiene al sujeto a nivel del discurso, el cual amenaza faltarle
por completo, y desaparecer. Este es el sentido del crepúsculo de la
realidad que caracteriza la entrada en la psicosis.
XVI SECRETARIOS DEL ALIENADO
1
Aparentemente nos contentaremos con hacer de secretarios del alienado.
Habitualmente se emplea esta expresión para reprochar a los alienistas
su impotencia. Pues bien, no sólo nos haremos sus secretarios, sino que
tomaremos su relato al pie de la letra; precisamente lo que siempre se
consideró que debía evitarse.
De hecho, descubrimos, y no simplemente a propósito de un caso tan notable
como el del presidente Schreber, sino a propósito de cualquiera de estos
sujetos, que si sabemos escuchar, el delirio de las psicosis alucinatorias
crónicas manifiesta una relación muy específica del sujeto respecto al conjunto
del sistema del lenguaje en sus diferentes órdenes. Sólo el enfermo puede dar
fe de ello, y lo hace con gran energía.
Erotización El sujeto da fe efectivamente de cierto viraje en la relación
con el lenguaje, que se puede llamar erotización o pasivización. Su modo
de padecer el fenómeno del discurso en su conjunto nos revela,
ciertamente, unas dimensiones constitutivas, siempre y cuando no
busquemos el menor común denominador entre los psiquismos. Esta
dimensión es la distancia entre la vivencia psíquica y la situación semi-
externa en que, en relación a todo fenómeno de lenguaje, está, no sólo el
alienado, sino todo sujeto humano.
Metodológicamente, tenemos el derecho de aceptar entonces el testimonio del
alienado sobre su posición respecto al lenguaje, y tenemos que tomarlo en
cuenta en el análisis del conjunto de las relaciones del sujeto con el lenguaje.
2
Schreber mismo nos indica que algo en él, en un momento dado, se vio
profundamente perturbado. Cierta fisura apareció en el orden de sus relaciones
con el otro, a la que misteriosamente llama asesinato de alma.
Este queda en la penumbra, nuestra experiencia de las categorías analíticas
nos permite, empero, situarnos al respecto. Se trata de algo que esencialmente
está en relación con los orígenes del yo, con lo que para el sujeto es la elipse
de su ser, con esa imagen en la que se refleja bajo el nombre de yo.
Esta problemática se inserta entre la imagen del yo y esa imagen
sobrelevada, encumbrada con respecto a la primera, la del Otro con
mayúscula, la imago paterna, en tanto instaura la doble perspectiva,
dentro del sujeto, del yo y del ideal del yo, para no hablar en esta ocasión
del superyó. Tenemos la impresión de que en tanto no adquirió, o bien
perdió a ese Otro, que se encuentra con un otro puramente imaginario, el
otro disminuido y caído con quien sólo son posibles relaciones de
frustración: este otro lo niega, literalmente lo mata. Este otro es lo más
radical que puede haber en la alienación imaginaria.
Encontramos luego algunas consideraciones acerca del enlentecimiento de la
cadencia. Es ahí donde debemos hacer avanzar nuestro análisis. Es esencial
para los fenómenos de significación que el significante no se puede cortar. El
significante entraña en sí mismo toda suerte de implicaciones, y no por ser
escuchas o descifradores profesionales pueden en ciertos casos completar la
frase. La unidad de significación muestra de manera permanente al significante
funcionando de acuerdo a ciertas leyes. El hecho de que las voces, en el seno
del delirio, jueguen sobre esta propiedad no puede ser considerado indiferente,
y no podemos eliminar la hipótesis de que el motivo fundamental sea
precisamente una relación más radical, más global, con el fenómeno del
significante.
A partir de allí nos preguntaremos por qué el sujeto emplea, en efecto, todas
sus capacidades en la relación con el significante. Se trata tan sólo de
saber qué significa, en la psicosis, el interés electivo por la relación con el
significante.
Por elaborada que parezca, la equivalencia entre los nervios y las palabras
presentificadas está fundada en la experiencia primitiva del sujeto. Los nervios
son ese palabrerío y esos estribillos, esa insistencia verbalizaba que se ha
convertido en su universo. En cambio, al mismo tiempo, las presencias
accesorias de su medio se ven afectadas de irrealidad, y se vuelven hombres
hechos en un dos por tres. Las presencias que cuentan se han vuelto
esencialmente verbales, y la suma de esas presencias verbales es idéntica
para él a la presencia divina, la sola y única presencia que es su correlato y su
garante.
La cuestión es saber cuánto vale el testimonio del sujeto. Pues bien, nos da su
experiencia, que se impone como la estructura misma de la realidad para él.
El quinto capítulo concierne particularmente a la lengua llamada
fundamental, de la que, ya les dije, según el testimonio del sujeto, está
hecha de una especie de viejo alemán particularmente sabroso, y
entremezclado de expresiones arcaicas emanadas de las subyacencias
etimológicas de esa lengua.
3
No es que Schreber en ese momento estuviese en conflicto con su padre,
quien había desaparecido hacía ya largo tiempo. No es que estuviese en un
momento de fracaso en el acceso a funciones paternas, puesto que al contrario
había entrado en una etapa brillante de su carrera, y estaba colocado en una
posición de autoridad que parecía exigirle asumir verdaderamente una posición
paterna, ofrecerle un apoyo para idealizar esa posición y referirse a ella. El
delirio del presidente Schreber parece depender pues de un vértigo del éxito
más que del sentimiento de fracaso.
Daré, por mi parte, tres respuestas acerca de la función del padre.
Normalmente, la conquista de la realización edípica la integración y la
introyección de la imagen edípica, se hace a través de la relación agresiva. En
otros términos, la integración simbólica se realiza a través de un conflicto
imaginario.
Hay una vía de otra índole. La experiencia etnológica muestra la importancia,
por más residual que sea, del fenómeno de la couvade: en este caso la
realización imaginaria se hace por la puesta en juego simbólica de la conducta.
¿No hay una tercera vía, encarnada de algún modo en el delirio? Esos
hombrecitos son formas de reabsorción, pero también son la representación de
lo que sucederá en el futuro: el mundo será repoblado con hombres-Schreber,
con hombres de espíritu schreberiano, a menudo seres fantasmáticos,
procreación de después del diluvio.
En suma, en la forma normal, el acento recae sobre la realización simbólica del
padre a través del conflicto imaginario; en la forma neurótica o paraneurótica en
la realización imaginaria del padre a través de un ejercicio simbólico de la
conducta. Y aquí ¿qué vemos? Ni más ni menos que la función real de la
generación.
Pero, curiosamente, en el delirio, vemos surgir, en forma imaginaria, la función
real del padre en la generación, al menos si admitimos la identificación que
hacen los analistas entre los hombrecitos y los espermatozoides.
XVII METÁFORA Y METONIMIA (I): «SU GAVILLA NO ERA NI AVARA
NI ODIOSA»
1
El delirante, el psicótico se aferra a su delirio como a algo que es él mismo.
La parte plena de la frase, donde están las palabras-núcleo, como se expresa
el lingüista, que dan el sentido de la frase, no es vivida como alucinatoria. Al
contrario, la voz se detiene para obligar al sujeto a proferir la significación en
juego en la frase.
Ahora, es el momento… ¡de doblegarlo! Esta es la expresión implícita que tiene
peso significativo. Nuestro sujeto nos hace saber que no está alucinado. Está
colocado en el vilo, en lo que queda de vacío después de la parte gramatical o
sintáctica de la frase, formada por palabras auxiliares, articulatorias,
conjuntivas o adverbiales, y verbalizabas de manera súbita y como exterior, en
tanto frase del otro. Es una frase de ese sujeto a la vez vacío y pleno, que
llamé el entre-yo (je) del delirio.
En particular, lo implícito asumió forma alucinatoria y no es dado en voz alta en
la alucinación, es el pensamiento principal. La vivencia delirante del sujeto da
en sí misma su esencia en el fenómeno. Indica que el fenómeno vivido de la
alucinación, elemental o no, carece del pensamiento principal. Nosotros, los
rayos carecemos de pensamientos, vale decir de lo que significa algo.
En relación a la cadena, si puede decirse así, del delirio, el sujeto parece a
la vez agente y paciente. El delirio es más sufrido que organizado por él.
Desde luego, como producto terminado, este delirio hasta cierto punto puede
ser calificado de locura razonante, en el sentido de que su articulación en
algunos aspectos es lógica, pero desde un punto de vista secundario. Que la
locura alcance una síntesis de esta índole, no es un problema inferior al de su
existencia misma. Esto se produce en el curso de una génesis que parte de
elementos quizá groseros de esta construcción, pero que, en su forma original,
se presentan como cerrados, e incluso como enigmáticos.
Incubación prepsicótica Hay primero algunos meses de incubación
prepsicótica en que el sujeto está en un estado profundamente confusional. Es
el momento en que se producen los fenómenos de crepúsculo del mundo, que
caracterizan el inicio de un período delirante. A mediados de marzo de 1894,
entró en el sanatorio de Flechsig. A mediados de noviembre del 93, comienzan
los fenómenos alucinatorios, las comunicaciones verbalizabas que atribuyen a
los diversos escalones de ese mundo fantasmático, formado por dos pisos de
la realidad divina, el reino anterior de Dios y el reino posterior, y de todo tipo de
entidades que están en vías de una reabsorción más o menos avanzada en
esa realidad divina.
Esas entidades, que son las almas, van en sentido opuesto a lo que llama el
orden del universo, noción fundamental en la estructuración de su delirio. En
lugar de tomar el camino de reintegrarse en el Otro absoluto, toman, en
cambio, el de vincularse con Schreber mismo, de acuerdo a formas que varían
en el curso de la evolución del delirio. En el origen, vemos expresado con
claridad, en su experiencia vivida, el fenómeno de la introyección, cuando dice
que el alma de Flechsig le entra de ese modo, y que se asemeja a filamentos
de una telaraña, suficientemente gruesa como para serle inasimilable, que
vuelve a salir por su boca.
De hecho, Schreber estará cada vez más y más integrado a esa palabra
ambigua con la que hace cuerpo y a la que responde con todo su ser. La ama,
literalmente, como a sí mismo. Este fenómeno apenas puede calificarse de
diálogo interior, pues la significación de la preeminencia del juego del
significante, cada vez más vaciado de significación, gira precisamente en torno
a la existencia del otro.
¿Cuál es la significación de esta invasión del significante que tiende a
vaciarse de significado a medida que ocupa más y más lugar en la
relación libidinal, e inviste todos los momentos, todos los deseos del
sujeto?
Incluso cuando las frases pueden tener un sentido, nunca se encuentra
en ellas nada que se asemeje a una metáfora.
2
Su gavilla no era avara ni odiosa — Víctor Hugo.
La metáfora supone que una significación es el dato que domina y desvía,
rige, el uso del significante, de tal manera que todo tipo de conexión
preestablecida, diría lexical, queda desanudada. Resulta claro, empero, que el
uso de la lengua es susceptible de significación sólo a partir del momento en
que se puede decir Su gavilla no era ni avara ni odiosa, vale decir, en que la
significación arranca el significante de sus conexiones lexicales.
Esta es la ambigüedad del significante y el significado. Sin la estructura
significante, es decir, sin la articulación predicativa, sin la distancia mantenida
entre el sujeto y sus atributos, no podría calificarse a la gavilla de avara y
odiosa. Porque hay una sintaxis, un orden primordial de significante, el sujeto
es mantenido separado, diferente de sus cualidades.
Esta fase del simbolismo que se expresa en la metáfora supone la similitud, la
cual se manifiesta únicamente por la posición.
3
Jakobson sostiene que la distribución de determinados trastornos denominados
afasias, debe reverse a la luz de la oposición entre, por una parte, las
relaciones de similitud, o de sustitución, o de elección y también de selección o
de competencia, en suma, de todo lo que es del orden del sinónimo y, por otra,
las relaciones de contigüidad, de alineación, de articulación significante, de
coordinación sintáctica.
Todos conocen la afasia de Wernicke. El afásico encadena una serie de frases
de carácter gramatical extraordinariamente desarrollado. Dirá: Sí, comprendo.
Ayer, cuando estaba allá arriba, ya dijo, y quería, le dije, no es eso, la fecha, no
exactamente, no esa…
El sujeto muestra así un completo dominio de todo lo que es articulación,
organización, subordinación y estructuración de la frase, pero queda siempre al
margen de lo que quiere decir. Ni por un instante se puede dudar que lo que
quiere decir está presente, pero no alcanza a dar una encarnación verbal de
aquello hacia lo que la frase apunta. Si lo enfrentan a ese uso del lenguaje que
la lógica llama metalenguaje, o lenguaje sobre el lenguaje, está perdido.
No se trata de hacer la menor comparación entre un trastorno de este tipo y lo
que sucede en nuestros psicóticos. Pero, cuando Schreber escucha Factum
est, y eso se detiene, es, sin duda alguna, un fenómeno que se manifiesta a
nivel de las relaciones de contigüidad. Las relaciones de contigüidad dominan,
como consecuencia de la ausencia o de una deficiencia de la función de
equivalencia significativa mediante la similitud.
No podemos dejar de tomar en cuenta esta llamativa analogía para oponer
nosotros también, bajo la doble rubrica de la similitud y la contigüidad, lo que
sucede en el sujeto delirante alucinatorio. No podría ponerse mejor en
evidencia la dominancia de la contigüidad en el fenómeno alucinatorio que
señalando el efecto de palabra interrumpida, y de palabra interrumpida tal
como precisamente es dada, es decir, como investida y, digamos,
libidinalizada. Al sujeto se le impone la parte gramatical de la frase, la que
sólo existe por su carácter significante y por su articulación. Esta se transforma
en un fenómeno impuesto en el mundo exterior.
El afásico del que hablaba no podía ir al grano. A ello se debe su discurso en
apariencia vacío, que, cosa curiosa, incluso en los sujetos con más
experiencia, en los neurólogos, provoca siempre una risa embarazada.
Tenemos enfrente un personaje que está ahí, sirviéndose de inmensos blablás,
extraordinariamente articulados, a veces ricos en inflexiones, pero que nunca
puede llegar al núcleo de lo que tiene que comunicar. El desequilibrio del
fenómeno de contigüidad que pasa a primer plano en el fenómeno alucinatorio,
y a cuyo alrededor se organiza todo el delirio, no deja de serle análogo.
Habitualmente, siempre colocamos el significado en un primer plano de nuestro
análisis, porque es, ciertamente, lo más seductor, y lo que, en un primer
abordaje, parece ser la dimensión propia de la investigación simbólica del
psicoanálisis. Pero, desconociendo el papel mediador primordial del
significante, desconociendo que el elemento guía es en realidad el significante,
no sólo desequilibramos la comprensión original de los fenómenos neuróticos,
la interpretación misma de los sueños, sino que nos volvemos absolutamente
incapaces de comprender qué sucede en las psicosis.
Metonimia La forma retórica que se opone a la metáfora tiene un nombre: se
llama metonimia. Designa la sustitución de algo que se trata de nombrar:
estamos en efecto a nivel del nombre. Se nombra una cosa mediante otra que
es su continente, o una parte de ella, o que está en conexión con ella.
Lo que Freud llama condensación en retórica se llama metáfora; lo que llama
desplazamiento, es la metonimia. La estructuración, la existencia lexical del
conjunto del aparato significante son determinantes para los fenómenos
presentes en la neurosis, pues el significante es el instrumento con el que se
expresa el significado desaparecido. Por esta razón, al atraer la atención sobre
el significante, no hacemos más que volver al punto de partida del
descubrimiento freudiano.
Psicosis: invasión psicológica del significante La semana que viene,
retomaremos la cuestión estudiando por qué en la psicosis esos juegos
significantes terminan ocupando por completo al sujeto. En este caso no se
trata del mecanismo de la afasia sino de cierta relación al otro como faltante,
deficiente. A partir de la relación del sujeto con el significante y con el otro, con
los diferentes pisos de la alteridad, otro imaginario y Otro simbólico, podremos
articular esa intrusión, esa invasión psicológica del significante que se llama la
psicosis.
XVIII METÁFORA Y METONIMIA (II): ARTICULACIÓN SIGNIFICANTE
Y TRANSFERENCIA DE SIGNIFICADO
1
Afasia Se expresan admirablemente sobre el tema sin poder decir palabra,
sirviéndose de toda una articulación sintáctica extremadamente matizada
apuntando a algo, cuyo nombre o indicación precisa tienen en la punta de la
lengua, pero son incapaces de hacer otra cosa más que girar a su alrededor.
Cautiva aquí, la permanencia de la intencionalidad del sujeto a pesar de esa
impotencia verbal localizada.
Afasia sensorial El lenguaje de un afásico sensorial es un lenguaje de
paráfrasis. Su jerganofasia se caracteriza por la abundancia y la facilidad de la
articulación y despliegue de las frases, por parcelarias que resulten en último
término. La paráfrasis se opone directamente a la metáfrasis, si llamamos así a
todo lo que es del orden de una traducción literal. Esto significa que si le piden
que traduzca, de un sinónimo, que repita la misma frase, aún la que acaba de
decir, será incapaz de hacerlo. Puede encadenar, sobre vuestro discurso o el
suyo, pero tiene las mayores dificultades para comentar un discurso.
Afasia motora Junto a la afasia sensorial, existe la que burdamente se llama
motora. Comienza con los trastornos del agramatismo, bien conocidos ahora, y
llega a una extrema reducción del stock verbal; en la imagen inmortalizada, es
el famoso lápiz que ya no puede sacar. Se ve perturbada la contigüidad.
La noción ingenua querría que hubiese superposición, un calco entre el orden
de las cosas y el orden de las palabras. Se cree haber dado un gran paso
diciendo que el significado nunca alcanza su meta sino por intermedio de otro
significado, remitiendo a otra significación: es sólo el primer paso, y no se ve
que sea necesario dar otro. Hay que percatarse de que sin la estructuración del
significante, ninguna transferencia de sentido sería posible.
2
Vinculo posicional Primero el vínculo posicional, que es el fundamento del
vínculo que hace poco llamé proposicional. En una determinada lengua,
instaura esa dimensión esencial que es el orden de las palabras. Para que lo
comprendan basta recordarles que Pedro pega a Pablo no es equivalente a
Pablo pega a Pedro.
Todo lenguaje implica un metalenguaje, es ya metalenguaje por su propio
registro. Todo lenguaje implica metáfrasis y metalengua, el lenguaje que habla
del lenguaje, porque debe virtualmente traducirse. La transferencia de
significado, tan esencial en la vida humana, sólo es posible debido a la
estructura del significante. Métanse bien en la cabeza que el lenguaje es un
sistema de coherencia posicional.
3
En el niño prevalece la metonimia sobre la metáfora.
Este fenómeno puede producirse en base a la articulación metonímica. Primero
es necesario que la coordinación significante sea posible para que las
transferencias de significado puedan producirse. La articulación formal del
significante es dominante respecto a la transferencia del significado.
¿Cómo formular ahora la pregunta acerca de la repercusión de toda
perturbación de la relación con el otro en la función del lenguaje? Así como
metáfora y metonimia se oponen, así se oponen las funciones fundamentales
de la palabra: las palabras fundantes y las contraseñas.
El fenómeno delirante, por cierto, desnuda en todos los niveles la función
significante en cuanto tal.
Voy a dar otro ejemplo. Conocen esas famosas equivalencias que el delirante
Schreber dice son formuladas por los pájaros del cielo, desfilando en el
crepúsculo. Encontramos en ellas las asonancias: Santiago o Cartago,
Chinesenthum o Jesus-Christum. ¿Es simplemente lo absurdo lo que podemos
retener ahí? El hecho que impacta a Schreber es que los pájaros del cielo no
tienen cerebro. Freud no tiene dudas al respecto: son jovencitas.
Pero lo importante no es la asonancia sino la correspondencia término a
término de elementos de discriminación muy cercanos, que sólo tienen
alcance, para un políglota como Schreber, dentro del sistema lingüístico
alemán.
Lo buscado es del orden del significante, es decir de la coordinación
fonemática.
La promoción del significante en cuanto tal, la puesta en claro de esa sub-
estructura siempre oculta que es la metonimia, es la condición de toda
investigación posible de los trastornos funcionales del lenguaje en la neurosis y
la psicosis.
XIX CONFERENCIA: FREUD EN EL SIGLO
¿Cómo pudo omitirse el papel fundamental de la estructura del significante?
Evidentemente, comprendemos por qué. Lo que se expresa en el seno del
aparato y del juego del significante es algo que sale del fondo del sujeto, algo
que puede llamarse su deseo. A partir del momento en que el deseo está
capturado por el significante, es un deseo significado. Y todos estamos
entonces fascinados por la significación de ese deseo. Y olvidamos, a pesar de
que Freud lo recuerda, el aparato del significante.
La originalidad de Freud es el recurso de la letra.
No basta decir que es su deseo, pues su deseo es libido, cosa que, no lo
olvidemos, quiere decir ante todo antojo, deseo desmedido, porque habla.
Hay una doble alienación en el movimiento de la teoría freudiana. Está el otro
como imaginario: de ningún modo puedo esperar mi realización y mi unidad del
reconocimiento de un otro que está capturado conmigo en una relación de
espejismo. Está también el otro que habla desde mi lugar, aparentemente, ese
otro que está en mí. Es un otro cuya índole es totalmente diferente que la del
otro, mi semejante.
Si aún hubiese que confirmarlo, sólo tendríamos que señalar de qué modo se
prepara la técnica de la transferencia. Todo está hecho para evitar la relación
yo a yo, el espejismo imaginario que podría establecerse con el analista. El
sujeto no está cara a cara con el analista. Todo está hecho para borrar todo lo
que tenga que ver con una relación dual, de semejante a semejante. Por otra
parte, la técnica analítica deriva de la necesidad de una oreja, de un otro
oyente. El análisis del sujeto sólo puede realizarse con un analista. Esto nos
recuerda que el inconsciente es esencialmente palabra, palabra del otro, y sólo
puede ser reconocida cuando el otro se la devuelve a uno.
. Freud personalmente sólo se formuló una única pregunta: ¿cómo ese sistema
del significante sin el cual no hay encarnación posible, ni de la verdad, ni de la
justicia, cómo ese logos literal puede tener influencia sobre un animal que ni
sabe qué hacer con él, ni puede curarse de él?, ya que en grado alguno
interesa sus necesidades. Es, sin embargo, precisamente esto lo que hace el
sufrimiento neurótico.
El hombre está poseído efectivamente por el discurso de la ley, y con él se
castiga, en nombre de esa deuda simbólica que no cesa de pagar cada vez
más en su neurosis.
¿Cómo puede establecerse esta captura, cómo entra el hombre en esa
ley, que le es ajena, con la que, como animal, nada tiene que ver? Para
explicarlo Freud construye el mito del asesinato del padre.
El psicoanálisis debería ser la ciencia del lenguaje habitado por el sujeto. En la
perspectiva freudiana, el hombre, es el sujeto capturado y torturado por el
lenguaje.
En la perspectiva freudiana de la relación del hombre con el lenguaje, ese ego
no es para nada unitario, sintético, está descompuesto, complejificado en
distintas instancias, el yo, el superyó, el ello.
LOS ENTORNOS DEL AGUJERO
XX EL LLAMADO, LA ALUSIÓN
Freud no ignoraba qué es verdaderamente la estructura jeroglífica. Estaba
enamorado de todo lo que tenía que ver con la cultura del antiguo Egipto. Muy
a menudo hace referencia al estilo, a la estructura significante de los
jeroglíficos, y al modo de pensamiento, a veces contradictorio, superpuesto, de
las creencias de los antiguos egipcios. Se refiere a ellos con agrado para dar,
por ejemplo, una imagen expresiva de tal o cual modo de coexistencia de
conceptos contradictorios en los neuróticos.
Al final del mismo texto, evoca el lenguaje de los síntomas y habla de la
especificidad de la estructuración significante en las diferentes formas de
neurosis y psicosis. De golpe, entonces, compara con sorprendente concisión
las tres grandes neuropsicosis. Por ejemplo, dice, lo que en una histérica se
figura mediante el vómito, en el obsesivo se exteriorizará mediante unas
penosas medidas protectoras contra la infección, y moverá al parafrénico a
quejarse o a sospechar que lo envenenan. Lo que aquí halla expresión tan
diferente es el deseo, reprimido en lo inconciente, de preñez, o
alternativamente la defensa de la persona enferma frente a esa preñez.
1
La noción que tenemos de la realidad como aquello en torno a lo cual giran los
fracasos y tropiezos de la neurosis, no debe desviarnos de observar que la
realidad con que nos enfrentamos está sostenida, tramada, constituida
por una trenza de significantes. Para saber qué decimos cuando decimos,
por ejemplo, que en la psicosis algo llega a faltar en la relación del sujeto con la
realidad, debemos delimitar la perspectiva, el plano, la dimensión propia de la
relación del sujeto con el significante. Se trata, en efecto, de una realidad
estructurada por la presencia de cierto significante que es heredado,
tradicional, transmitido: ¿cómo? Por supuesto, por el hecho de que
alrededor del sujeto, se habla.
Si admitimos ahora, como un hecho corriente en la experiencia, que no haber
atravesado la prueba del Edipo, no haber visto abrirse ante sí sus conflictos y
sus impases, no haberlos resuelto, deja al sujeto con cierto defecto, con cierta
impotencia para precisar esas justas distancias que se llaman realidad
humana, es ciertamente porque creemos que la realidad implica la
integración del sujeto a determinado juego de significantes.
Indicamos al pasar que lo que caracteriza la posición histérica es una pregunta
que se relaciona justamente con los dos polos significantes de lo masculino y lo
femenino. El histérico la formula con todo su ser: ¿cómo se puede ser varón o
ser hembra? Esto implica, efectivamente, que el histérico tiene de todos modos
la referencia. La pregunta es aquello en lo cual se introduce y se conserva toda
la estructura del histérico, con su identificación fundamental al individuo del
sexo opuesto al suyo, a través de la cual interroga a su propio sexo. A la
manera histérica de preguntar o… o… se opone la respuesta del obsesivo, la
denegación, ni… ni… ni varón ni hembra. Esta denegación se hace sobre el
fondo de la experiencia mortal y el escamoteo de su ser a la pregunta, que es
un modo de quedar suspendido de ella. El obsesivo precisamente no es ni uno
ni otro; puede también decirse que es uno y otro a la vez.
En mi discurso sobre Freud de hace quince días, hablé del lenguaje en tanto
habitado por el sujeto, quien toma en él la palabra, más o menos, con todo su
ser, es decir, en parte sin saberlo. ¿Cómo no ver en la fenomenología de las
psicosis que todo, desde el comienzo hasta el final, tiene que ver con
determinada relación del sujeto con ese lenguaje promovido de golpe a primer
plano de la escena, que habla por sí solo, en voz alta, tanto en su sonido y
furia, como en su neutralidad? Si el neurótico habita el lenguaje, el psicótico
es habitado, poseído por el lenguaje.
Lo que ocupa el primer plano muestra que el sujeto está sometido a una
prueba, al problema de alguna falta que concierne al discurso permanente que
sostiene lo cotidiano, el material bruto de la experiencia humana. Del monólogo
permanente algo se desprende, que aparece como una especie de música
polivocal. Su estructura merece que nos detengamos a preguntarnos por qué
está hecha así.
En el orden de los fenómenos es algo que inmediatamente se presenta
como estructurado. A los fenómenos elementales es mas fecundo
concebirlos en términos de estructura interna del lenguaje.
Es preciso vincular el núcleo de la psicosis con una relación del sujeto
con el significante en su aspecto más formal, en su aspecto de puro
significante, y que todo lo que se construye a su alrededor no son más
que reacciones de afecto al fenómeno primero, la relación con el
significante.
“Tomar la palabra” ¿No palpamos ahí en nuestra experiencia misma, y sin
tener que buscar demasiado lejos, lo que está en el centro de la entrada en la
psicosis? Es lo más arduo que puede proponérsele a un hombre, y a lo que su
ser en el mundo no lo enfrenta tan a menudo: es lo que se llama tomar la
palabra, quiero decir la suya, justo lo contrario a decirle sí, sí, sí a la del vecino.
Esto no se expresa forzosamente en palabras. La clínica muestra que es
justamente en ese momento, si se sabe detectarlo en niveles muy diversos,
cuando se declara la psicosis.
Si admitimos que el desfallecimiento del sujeto en el momento de abordar
la palabra verdadera sitúa su entrada, su deslizamiento, en el fenómeno
crítico, en la fase inaugural de la psicosis, podemos entrever como esto
se une con lo que hemos elaborado.
2
La noción de Verwerfung indica que previamente ya debe haber algo que
falta en la relación con el significante, en la primera introducción a los
significantes fundamentales.
Esta es, evidentemente, una ausencia irreparable para toda búsqueda
experimental. No hay ningún medio de captar, en el momento en que falta, algo
que falta. En el caso del presidente Schreber sería la ausencia del significante
masculino primordial, al que pudo parecer igualarse durante años: parecía
sostener su papel de hombre, y ser alguien, igual a todo el mundo. La virilidad
también significa algo para él, porque también es objeto de sus vivas protestas
en el momento de irrupción del delirio, que de entrada se presenta bajo la
forma de una pregunta sobre el sexo, un llamado que le viene desde fuera
como en el fantasma: qué bello sería ser una mujer sufriendo el
acoplamiento. El desarrollo del delirio expresa que no hay para él ningún otro
modo de realizarse, de afirmarse como sexual, sino admitiéndose como una
mujer, como transformado en mujer. Este es el eje del delirio. Porque deben
distinguirse dos planos.
Por una parte, la progresión del delirio revela la necesidad de reconstruir el
cosmos, la entera organización del mundo, en torno a esto; hay un hombre que
sólo puede ser la mujer de un Dios universal. Por otra, no olvidemos que este
hombre parecía saber en su discurso común, hasta la época crítica de su
existencia, como todo el mundo, que era un hombre, y lo que en algún lado
llama su honor de hombre clama a voz en cuello, cuando de golpe llega a ser
cosquilleado con cierta fuerza por la entrada en juego del enigma del Otro
absoluto, quien surge con las primeras campanadas de delirio.
Otro con minúscula / Otro absoluto El primero, el otro con a minúscula, es
el otro imaginario, la alteridad en espejo, que nos hace depender de la
forma de nuestro semejante. El segundo, el Otro absoluto, es aquel al que
nos dirigimos más allá de ese semejante, aquel que estamos obligados a
admitir más allá de la relación de espejismo, aquel que frente a nosotros
acepta o rechaza, aquel que en ocasiones nos engaña, del que nunca
podemos saber si no nos engaña, aquel a quien siempre nos dirigimos.
Su existencia es tal que el hecho de dirigirse a él, de tener un lenguaje
con él, es más importante que todo lo que puede estar en juego entre él y
nosotros.
En efecto, hay una discordancia patente entre la posición freudiana según la
cual el recién nacido, a su entrada al mundo, está en una relación llamada
autoerótica, o sea una relación en la que el objeto no existe, y la observación
clínica de que desde el inicio de la vida, sin duda, tenemos todos los signos de
que toda clase de objetos existen para el recién nacido. Esta dificultad sólo
puede solucionarse distinguiendo el otro imaginario, en tanto estructuralmente
es la forma originaria del campo en que se estructura para el recién nacido
humano una multiplicidad de objetos, y el Otro absoluto, el Otro con A
mayúscula, que es, sin duda, hacia lo que Freud apunta —los analistas luego lo
descuidaron— cuando habla de la no existencia, en el origen, de ningún Otro.
Existe una buena razón para esto, que este Otro está todo en sí, dice Freud,
pero a la vez esta enteramente fuera de sí.
Amor muerto ¿Qué diferencia a alguien que es psicótico de alguien que
no lo es? La diferencia se debe a que es posible para el psicótico una
relación amorosa que lo suprime como sujeto, en tanto admite una
heterogeneidad radical del Otro. Pero ese amor es también un amor
muerto.
El psicótico ama su delirio como a sí mismo.
El psicótico sólo puede captar al Otro en la relación con el significante, y sólo
se detiene en una cáscara, una envoltura, una sombra, la forma de la palabra.
Donde la palabra está ausente, allí se sitúa el Eros del psicótico, allí encuentra
su supremo amor.
Proliferación imaginaria ¿Qué atisbamos de la entrada en la psicosis? En
función de determinado llamado al que el sujeto no puede responder, se
produce una proliferación imaginaria de modos de ser que son otras
tantas relaciones con el otro con minúscula, proliferación que sostiene
cierto modo del lenguaje y la palabra.
3
Desde el origen, subrayé la intrusión de lo que Schreber llama la lengua
fundamental, que es afirmada como una especie de significante
particularmente pleno.
Ese viejo alemán, dice, está lleno de resonancias por su nobleza y sencillez.
Hay pasajes donde las cosas llegan mucho más lejos: Schreber atribuye el
malentendido con Dios al hecho de que éste no sabe distinguir entre lo que
expresa los verdaderos sentimientos de las almitas, y por lo tanto, del sujeto, y
el discurso en que se expresa comúnmente en el curso de sus relaciones con
los otros. Traza así, literalmente, la distinción entre el discurso inconsciente que
el sujeto expresa con todo su ser y el discurso común.
Freud lo dice en algún lado: hay más verdad psicológica en el delirio de
Schreber que en lo que dicen los psicólogos. Esta es la apuesta de Freud.
Schreber es más veraz que todo lo que sobre él pueden decir los psicólogos.
Sabe mucho más sobre los mecanismos y sentimientos humanos que los
psicólogos. Si Dios no presta atención a las necesidades cotidianas del
hombre, si nada comprende del hombre, es porque lo comprende demasiado
bien. Prueba de ello es que introduce en la lengua fundamental lo que ocurre
mientras el hombre duerme, es decir sus sueños. Schreber señala esto como si
hubiese leído a Freud.
A esto se opone desde el comienzo una vertiente del significante dada por sus
cualidades, su densidad propia. No por su significación, sino por su
significancia. El significado está vacío, el significante es retenido por sus
cualidades puramente formales, que sirven, por ejemplo, para hacer
series. Es el lenguaje de los pájaros del cielo, el discurso de las jovencitas, al
que Schreber le otorga el privilegio de carecer de significación.
Entre estos dos polos se sitúa el registro en el que se juega la entrada en la
psicosis: la palabra reveladora, que abre una nueva dimensión y que da un
sentimiento de comprensión inefable, que no recubre nada de lo experimentado
hasta entonces, y, por otro lado, el estribillo, el refrán.
A partir del momento de lo que llamo la campanada de entrada en la psicosis,
el mundo cae en la confusión, y podemos seguir paso a paso como lo
reconstruye Schreber, en una actitud de consentimiento progresivo, ambiguo,
reticente, reluctant, como se dice en inglés. Admite poco a poco que el único
modo de salir de ella, de salvar cierta estabilidad en sus relaciones con las
entidades invasoras, deseantes, que son para él los soportes del lenguaje
desencadenado de su tumulto interior, es aceptar su transformación en mujer.
¿Después de todo, acaso no vale más la pena ser una mujer de espíritu que un
hombre cretinizado? Su cuerpo es así invadido progresivamente por imágenes
de identificación femenina a las que le abre la puerta, deja que lo tomen, se
hace poseer, remodelar por ellas. En algún lado, en una nota, existe la noción
de dejar entrar en él las imágenes. A partir de ese momento reconoce que el
mundo aparentemente no parece haber cambiado tanto desde el inicio de su
crisis: retorno de cierto sentimiento sin duda problemático, de la realidad.
Tratándose de la evolución del delirio, conviene señalar que primero se
producen las manifestaciones plenas de la palabra, las cuales le resultan
satisfactorias. Pero a medida que su mundo se reconstruye en el plano
imaginario, el sentido retrocede a otros lugares. La palabra se produce primero
en lo que llama los reinos de Dios anterior, adelante. Luego, Dios retrocede en
el espacio, alejamiento, y lo que corresponde a las primeras grandes
intuiciones delirantes se escabulle cada vez más. A medida que reconstruye su
mundo, lo que está cerca de él, y con lo que tiene que enfrentarse, la palabra
de ese Dios interior con el que tiene esa singular relación que es una imagen
de la copulación, como lo muestra el primer sueño de invasión de la psicosis,
ese Dios entra en el universo del machaque, del estribillo, del sentido
vacío y de la objetivación. En el espacio vibrante de su introspección, lo
que llama la toma de notas connota de ahí en más a cada instante sus
pensamientos, los registra y los avala. Hay ahí un desplazamiento en la
relación del sujeto con la palabra.
ALUSIÓN Los fenómenos alucinatorios hablados que tienen para el sujeto
un sentido en el registro de la interpelación, de la ironía, del desafío, de la
alusión, aluden siempre al Otro con A mayúscula, como término siempre
presente, pero nunca visto y nunca nombrado, más que de modo indirecto.
Hay pronombres personales que se declinan, yo, me, tú, te, él, le, etcétera. En
el registro me, te, le, el pronombre personal es pasible de ser elidido, en el otro,
yo (moi), tú (toi), él (lui), no se eliden.
¿Ven la diferencia? Yo lo quiero (je le veux) o yo quiero a él (je veux fui) o a
ella (je veux elle), no son lo mismo.
XXI EL PUNTO DE ALMOHADILLADO
1
Les recuerdo que al final del período en que se disuelve para él el mundo
exterior, y arraigándose en ese período, aparece en Schreber una
estructuración de las relaciones del significante y del significado que se
presenta así: siempre hay dos planos.
Sin duda, siempre están indefinidamente subdivididos en su interior mismo.
Pero el esfuerzo de Schreber por situar siempre un plano anterior y un plano
más allá, le es impuesto evidentemente por su experiencia, y ella nos guía
hacia algo verdaderamente fundamental en la estructura psicótica. Se los hice
palpar de manera inmediata en mi presentación.
En uno de los dos planos se producen sobre todo fenómenos considerados por
el sujeto como neutralizados, que significan cada vez menos un verdadero otro,
palabras, dice, aprendidas de memoria, machacadas por quienes se las
repiten, pájaros del cielo que no saben lo que dicen. Este término de pájaro
conduce a la cotorra; se trata de la transmisión de algo vacío que deja al sujeto
hastiado y agotado. Estos fenómenos se sitúan en su nacimiento en el limite de
la significación, pero rápidamente se vuelven todo lo contrario: residuos,
desechos, cuerpos vacíos.
Frases interrumpidas Estas frases detenidas están suspendidas en
general en el momento en que la palabra plena que les daría su sentido
aún falta, pero está implícita.
Lo que primero se manifiesta, al inicio del delirio, como un modo de expresión
inefable y sabroso, se aleja, se vuelve enigmático, pasa a los reinos posteriores
de Dios, a cuyo nivel se multiplican las voces inoportunas y absurdas. Detrás
todavía de esas voces, hay ahí otras voces que se expresan con fórmulas
cautivantes. Recordaré una que no es de las menos impactantes: Ahora nos
falta… el pensamiento principal. Se trata efectivamente de la fe, de la buena fe
mínima implícita en el reconocimiento del otro.
En tal momento de sus alucinaciones llega mucho más lejos aún. Tenemos la
muy singular expresión […]. Es una palabra rara, extremadamente difícil de
traducir. Luego de consultar con personas que saben de ello, llegué a la idea
de que se trata nada menos que de lo que llamo la palabra de base, la clave, la
clavija última, más que la solución.
Escisión y sentido El relieve esencial me parece es el retroceso o migración
del sentido, su escamoteo en un plano que el sujeto se ve llevado a situar
como un trasfondo. Dos estilos, dos claves se oponen. Por un lado, la
escansión, que juega con las propiedades del significante, con la
interrogación implícita que ella supone, y que llega hasta la constricción.
Por otro, el que por naturaleza se sustrae, se perfila como algo que se
sustrae, pero que se plantea al mismo tiempo como un sentido
extremadamente pleno cuya fuga aspira al sujeto hacia lo que sería el
núcleo del fenómeno delirante, su ombligo. Freud habla del ombligo del
sueño: el sentido del sueño parece culminar en un agujero, un nudo, más
allá del cual el sueño parece relacionarse verdaderamente con el corazón
del ser.
¿A fin de cuentas, acaso no sabemos que, en las significaciones que orientan
la experiencia analítica, ese significante está dado por el cuerpo propios? ¿E,
inversamente, cuando habla de ese significante del que tal elemento se
encuentra ausente, no coloca, por una de esas vueltas de prestidigitación cuyo
secreto tiene, la significación en la cumbre del significante? Es siempre un
juego de prestidigitación de un registro al otro según las necesidades de la
demostración.
Las significaciones elementales que llamamos deseo, o sentimiento, o
afectividad, esas fluctuaciones, esas sombras, incluso esas resonancias, tienen
cierta dinámica que sólo se explica en el plano del significante en tanto este es
estructurante.
El significante no sólo da la envoltura, el recipiente de la significación, la
polariza, la estructura, la instala en la existencia.
2
El punto de almohadillado es la palabra temor, con todas sus connotaciones
trans-significativas. Alrededor de ese significante, todo se irradia y se organiza,
cual si fuesen pequeñas líneas de fuerza formadas en la superficie de una
trama por el punto de almohadillado. Es el punto de convergencia que permite
situar retroactivamente y prospectivamente todo lo que sucede en ese discurso.
3
El esquema del punto de almohadillado es esencial en la experiencia
humana.
¿Por qué ese esquema mínimo de la experiencia humana, que Freud nos dio
en el complejo de Edipo, conserva para nosotros su valor irreductible y sin
embargo enigmático? ¿Y, por qué este privilegio del complejo de Edipo? ¿Por
qué quiere siempre Freud, con tanta insistencia, encontrarlo por doquier? ¿Por
qué es ese un nudo que le parece tan esencial que no puede abandonarlo en la
más mínima observación particular? Porque la noción del padre, muy
cercana a la del temor de Dios, le da el elemento más sensible de la
experiencia de lo que llamé el punto de almohadillado entre el significante
y el significado.
En la experiencia psicótica el significante y el significado se presentan en forma
completamente dividida.
Puede creerse que en una psicosis todo está en el significante. Todo parece
estar ahí. El presidente Schreber parece comprender perfectamente bien qué
es ser ensartado por el profesor Flechsig, y otros que lo sustituyen.
¿Dónde, en el significante, está la persona? ¿Cómo se mantiene en pie un
discurso? ¿Hasta qué punto un discurso que parece personal puede, nada
menos que en el plano del significante, llevar huellas suficientes de
impersonalización como para que el sujeto no lo reconozca como suyo?
El sujeto no se despersonaliza en su discurso de cualquier manera.
¿Dónde están en el esquema que les di ese yo (je) y ese tú? ¿Imaginan quizá
que el tú está ahí, a nivel del gran Otro? En modo alguno. Por ahí
comenzaremos; el tú en su forma verbalizaba para nada recubre ese polo que
llamamos el gran A.
XXII «TÚ ERES EL QUE ME SEGUIRÁS»
1
El Otro es un lugar Luego, el Otro es el lugar donde se constituye el yo (je)
que habla con el que escucha. Digo esto luego de algunos comentarios sobre
el hecho de que siempre hay un Otro más allá de todo diálogo concreto, de
todo juego interpsicológico. Decir que el Otro es el lugar donde se
constituye el que habla con el que escucha es algo muy diferente que
partir de la idea de que el otro es un ser.
Se nos hace ver que el dominio del tú y del yo (je) no es adquirido de inmediato
por el niño, adquisición que se resume para el niño a fin de cuentas, en poder
decir yo (je) cuando le dijeron tú, en comprender que cuando se le dice tú vas a
hacer esto, él debe decir en su registro yo voy a hacer esto.
Tomemos nuestro caso Schreber, para quien toda la humanidad pasó un
tiempo en estado de sombras hechas a la ligera; pues bien, hay claramente un
otro para él, un otro singularmente acentuado, un Otro absoluto, un Otro
totalmente radical, un Otro que no es ni un lugar, ni un esquema, un Otro de
quien afirma que es un ser viviente a su manera y que cuando se ve
amenazado es capaz de egoísmo como los otros vivientes. Dios, cuando se ve
amenazado en su independencia por ese desorden del que es el primer
responsable, manifiesta reacciones espasmódicas de defensa. No obstante, la
alteridad que conserva es tal que permanece ajeno a las cosas vivientes, y
sobre todo desprovisto de toda comprensión respecto a las necesidades vitales
de nuestro Schreber.
Que hay para Schreber un otro que es uno, ya lo indica el inicio singularmente
picante, humorístico, de uno de los capítulos de sus Memorias, donde dice que
en modo alguno es él un paranoico. El paranoico es alguien que relaciona
todo consigo mismo, es alguien cuyo egocentrismo es invasor pero yo,
dice, soy completamente diferente, es el Otro quien relaciona todo
conmigo. Hay un Otro, y esto es decisivo, estructurativo.
El Otro debe ser considerado primero como un lugar, el lugar donde se
constituye la palabra.
La palabra los transforma, dándoles cierta relación justa, pero una distancia
que no es simétrica, una relación que no es recíproca. En efecto, el yo (je)
nunca está donde aparece en forma de un significante particular. El yo (je) está
siempre ahí a título de presencia que sostiene el conjunto del discurso, en
estilo directo o en estilo indirecto. El yo (je) es el yo (je) del que pronuncia el
discurso. Todo lo que se dice tiene bajo sí un yo (je) que lo pronuncia. En el
interior de esa enunciación aparece el tú.
2
Ese tú, sería un error desconocer que también está ahí como observador: ve
todo, escucha todo, anota todo. Es precisamente lo que ocurre en Schreber, y
es su modo de relación con eso que se expresa en él mediante ese tú
incansable, incesante, que lo incita a respuestas sin sentido alguno.
Nada es menos sospechoso que lo que se nos presenta por intermedio de este
tú.
Es increíble que podamos olvidar esa arista primera que nuestra experiencia
analítica manifiesta: el tú está ahí como un cuerpo extraño.
Cuando el sentimiento de extrañeza afecta en algún lado, nunca es por el lado
del superyó; es siempre el yo quien se siente perdido, es el yo quien pasa
al estado tú, es el yo quien se cree en estado de doble, es decir expulsado
de casa, mientras el tú queda dueño de las cosas.
Si ella surge, si ella nace, es siempre a causa de un modo de aparición de la
palabra que podemos llamar de diferentes modos, la misión, el mandato, la
delegación, o incluso por referencia a Heidegger, la devolución. Es el
fundamento o la palabra fundante: Tú eres esto, mi mujer, mi amo, mil otras
cosas. Ese tú eres esto, cuando lo recibo, me hace en la palabra otro que
lo que soy.
¿Quién lo pronuncia? ¿Ese tú es el mismo que el tú que navega libremente en
los ejemplos que di? ¿Esta misión es respecto a la pregunta,
fenoménicamente, primitiva o secundaria?
La pregunta tiende a surgir cuando tenemos que responder a la misión. El
tercero allí en juego —lo señalo al pasar— en nada se asemeja a un objeto, el
sujeto se refiere siempre al discurso mismo. Al tú eres mi amo, responde un
cierto ¿qué soy?, ¿qué soy para serlo si es que lo soy? Ese lo no es el amo
tomado como objeto, es la enunciación total de la frase que dice soy tu amo,
como si tu amo tuviese sentido por el sólo homenaje que de el recibo. ¿Qué
soy para ser lo que tú acabas de decir?
4
¿Qué sucede cuando el significante que está en juego, el centro
organizador, el punto de convergencia significativa que constituye, es
evocado, pero falta?
Basta situar nuestra fórmula sobre el esquema que di como siendo el de la
palabra. Tú eres el que me seguirá por doquier. Naturalmente el S y el A son
siempre recíprocos, y en la medida en que es el mensaje del otro el que funda
lo que recibimos, el A está a nivel del tú, el a' minúscula a nivel de el que me, y
el S a nivel de seguirás.
¿Qué sucede si falta el significante que da su peso a la frase, y su acento al tú?
¿Si ese significante es escuchado, pero si nada en el sujeto puede
responderle? La función de la frase se reduce entonces al sólo alcance del tú,
significante libre, no enganchado en ningún lado. No hay ningún tú electivo. El
tú es exactamente aquel al que me dirijo, y nada más. Si digo tú eres, el tú es
el que muere. Exactamente esto se observa en las frases interrumpidas de
Schreber, que se detienen justamente en el punto en que va a surgir un
significante que permanece problemático, cargado de una significación cierta,
pero no se sabe cuál. Significación irrisoria, que indica la hiancia, el agujero,
donde nada significante puede responder en el sujeto.
Justamente en la medida en que ese significante es llamado, evocado,
interesado, surge a su alrededor el puro y simple aparato de la relación al otro,
el farfulleo vacío: Tú eres el que me… El tipo mismo de la frase interrumpida
del presidente Schreber produce, obviamente, una presencia del otro tanto más
radical, tanto más radicalmente otra, puesto que no hay nada que la sitúe a
nivel significante, con lo cual el sujeto podría de algún modo coordinarse.
Schreber lo dice: si por un instante el Otro lo abandona, lo deja caer, se
produce una verdadera descomposición. Esta descomposición del
significante se produce alrededor de un punto de llamado constituido por
la falta, la desaparición, la ausencia de determinado significante en tanto
que en un momento dado, fue llamado en cuanto tal.
¿Cuál fue en el caso del presidente Schreber la significación que fue abordada
así? ¿Qué significante fue llamado entonces, cuya falta produjo una tal
conmoción en un hombre que hasta ese momento se había acomodado
perfectamente al aparato del lenguaje, en tanto establecía la relación corriente
con sus semejantes? ¿La ausencia de qué significante puede explicar que el
machaqueo de la palabra se vuelva para él el modo de relación electivo a un
Otro, que la alteridad se vea reducida al registro único de la alteridad absoluta,
quebrando, disipando la alteridad de todos los seres de su ambiente?
Las palabras claves, las palabras significantes del delirio de Schreber, el
asesinato de almas, la asunción de nervios, la voluptuosidad, la beatitud, y mil
otros términos, giran en torno al significante fundamental, que nunca es
dicho, y cuya presencia ordena, es determinante. Él mismo lo dice. A título
indicativo, y para reasegurarlos mostrando que estamos en un terreno que es
el nuestro, diré que, en toda la obra de Schreber, su padre está citado tan sólo
una vez.
XXIII LA CARRETERA PRINCIPAL Y EL SIGNIFICANTE «SER
PADRE»
3
La carretera, ese sí es un significante que merece ser tomado en cuanto tal: la
carretera, la carretera principal en la que ruedan con sus diversos medios de
locomoción. No es lo mismo una sucesión de carreteras secundarias que una
carretera principal.
Suceden muchas cosas más en la carretera principal. Sucede que vayamos a
pasear por la carretera principal, en forma expresa y deliberada, para hacer
luego el mismo camino en sentido contrario. Este movimiento de ida y vuelta es
también del todo esencial, y nos lleva por el camino de esta evidencia: que la
carretera principal es un paraje, en torno al cual no sólo se aglomeran
todo tipo de habitaciones, de lugares de residencia, sino que también
polariza, en tanto significante, las significaciones.
La carretera principal es así un ejemplo particularmente sensible de lo
que digo cuando hablo de la función del significante en tanto que
polariza, aferra, agrupa en un haz a las significaciones. Hay una verdadera
antinomia entre la función del significante y la inducción que ejerce sobre
el agrupamiento de las significaciones. El significante es polarizante. El
significante crea el campo de las significaciones.
¿Qué sucede cuando no la tenemos a ella, la carretera principal, y nos vemos
obligados, para ir de un punto a otro, a sumar senderos entre sí, modos más o
menos divididos de agrupamientos de significación? Para ir de tal a cual punto,
podremos elegir entre distintos elementos de la red, y podremos hacer nuestra
ruta así o asá, por razones diversas, comodidad, vagabundeo, o simplemente
error de bifurcación.
De esto se deducen varias cosas, que nos explican el deliro del presidente
Schreber.
¿Cuál es el significante que está en suspenso en su crisis inaugural? La forma
ser padre. La función de ser padre no es pensable de ningún modo en la
experiencia humana sin la categoría del significante.
Un efecto retroactivo es necesario para que el hecho de copular reciba para el
hombre el sentido que realmente tiene, pero para el cual no puede haber
ningún acceso imaginario, que el niño sea tan de él como de la madre. Y para
que este efecto de retroacción se produzca, es preciso que la noción ser padre,
mediante un trabajo que se produjo por todo un juego de intercambios
culturales, haya alcanzado el estado de significante primordial, y que ese
significante tenga su consistencia y su estatuto. El sujeto puede saber muy bien
que copular es realmente el origen del procrear, pero la función de procrear en
cuanto es significante es otra cosa.
El significante ser padre hace de carretera principal hacia las relaciones
sexuales con una mujer. Si la carretera principal no existe, nos
encontramos ante cierto número de caminitos elementales, copular y
luego la preñez de la mujer.
Según todas las apariencias el presidente Schreber carece de ese
significante fundamental que se llama ser padre. Tuvo que imaginarse a sí
mismo mujer, y efectuar a través de un embarazo la segunda parte del
camino necesaria para que, sumándose una a otra, la función ser padre
quede realizada.
¿Cómo hacen los así llamados usuarios de las carreteras cuando no hay
carretera principal, cuando es preciso pasar por carreteras secundarias para ir
de un punto a otro? Siguen los indicadores colocados a orillas de la carretera.
Es decir que cuando el significante no funciona, ello se pone a hablar a orillas
de la carretera principal. Cuando no está la carretera, aparecen carteles con
palabras escritas. Acaso sea esa la función de las alucinaciones auditivas
verbales de nuestros alucinados: son los carteles a orillas de sus caminos.
Los significantes se ponen a hablar, a cantar solos. El murmullo continuo de
esas frases, de esos comentarios, no es más que la infinitud de los caminitos
XXIV «TÚ ERES»
2
El asunto es que el otro sea reconocido como tal. ¿Qué es pues necesario para
que el otro sea reconocido como tal? ¿Qué es ese otro? Es, a fin de cuentas, el
otro en tanto que figura en la frase de mandato. Aquí tenemos que detenernos
un instante.
El reconocimiento del otro no constituye un paso inaccesible, pues vimos antes
que la alteridad evanescente de la identificación imaginaria del yo, sólo
encuentra al tú en un momento límite en que ninguno de los dos podrá subsistir
junto con el otro. El Otro con mayúscula es necesario que sea reconocido más
allá de esa relación, aún recíproca, de exclusión, es necesario que en esta
relación evanescente, sea reconocido como tan inasible como yo. En otras
palabras, ha de ser invocado como lo que no conoce de él mismo. Este es el
sentido de tú eres el que me seguirás.
Yo lo soy, lo que tú acabas de decir, que en este caso quiere decir
exactamente: yo soy muy precisamente lo que ignoro, porque lo que tú acabas
de decir es absolutamente indeterminado, no sé a dónde me llevarás. La
respuesta plena al tú eres el que me seguirás, es yo lo soy.
Sucede lo mismo cada vez que, en el llamado proferido al otro, el significante
cae en el campo excluido para el otro, verworfen, inaccesible. El significante
produce en ese momento una reducción, pero intensificada, a la pura
relación imaginaria.
3
Es precisamente el momento en que se sitúa el fenómeno tan singular que hizo
que se halaran los pelos todos los comentaristas del presidente Schreber, el
perpleijizante asesinato de almas, como dice él.
Este fenómeno que para él es la señal de la entrada en la psicosis, puede
cobrar para nosotros, comentaristas-analistas, todo tipo de significaciones, pero
sólo puede ser colocado en el campo imaginario. Se vincula con el cortocircuito
en la relación afectiva, que hace del otro un ser de puro deseo, el cual sólo
puede ser, en consecuencia, en el registro del imaginario humano, un ser de
pura interdestrucción. Hay en esto una relación puramente dual, que es la
fuente más radical del registro mismo de la agresividad.
Pero no necesitamos nada más para comprender que el registro del tú debe
pasar obligatoriamente por la mera relación imaginaria, en el momento en que
es evocado, invocado, llamado desde el Otro, desde el campo del Otro, por el
surgimiento de un significante primordial, pero excluido para el sujeto. Ese
significante, lo nombré la última vez: tú eres el que es, o el que será, padre.
Como significante, en ningún caso puede ser aceptado, en tanto que el
significante representa un soporte indeterminado en torno al cual se agrupan y
se condensan cierto número, ni siquiera de significaciones, sino de series de
significaciones, que convergen por y a partir de la existencia de ese
significante.
Observen ese momento crucial con cuidado, y podrán distinguir este paso en
toda entrada en la psicosis: es el momento en que desde el otro como tal,
desde el campo del otro, llega el llamado de un significante esencial que
no puede ser aceptado.
La pregunta por la generación, término de especulación alquímica, está
siempre a punto de surgir como una respuesta de rodeo, un intento de
reconstituir lo que no es aceptable para el sujeto psicótico, para el ego cuyo
poder es invocado sin que él pueda, hablando estrictamente, responder.
En consecuencia, más allá de todo significante que pueda ser
significativo para el sujeto, la respuesta sólo puede ser la utilización
permanente, y diría, constantemente sensibilizada, del significante en su
conjunto. Observamos, en efecto, que el comentario memorizador que
acompaña todos los actos humanos, es vivificado de inmediato,
sonorizado en sus formas más vacías y más neutras, y se vuelve el modo
de relación ordinaria del ego que no puede encontrar su correlato en el
significante a nivel del cual es llamado.
Precisamente, porque es llamado en el terreno donde no puede responder. El
sujeto que pasó este límite ya no tiene la seguridad significativa usual, sino
gracias al acompañamiento del comentario perpetuo de sus gestos y actos.
Estos fenómenos presentan, en el caso del presidente Schreber, un carácter
excesivamente rico, pero no le son propios, porque entran en la definición
misma del automatismo mental.
Flechsig le dice que desde la última vez, se han hecho enormes
progresos en psiquiatría, que le van a aplicar uno de esos sueñitos que
serán muy fecundos.
Quizás ésta era precisamente la cosa que no había que decir. A partir de
entonces, nuestro Schreber ya no duerme, y esa noche intenta colgarse.
La relación de procreación está implicada, en efecto, en la relación del
sujeto con la muerte.
XXV «EL FALO Y EL METEORO»
1
El delirio puede ser considerado como una perturbación de la relación con el
otro, y está ligado entonces a un mecanismo transferencial.
Para Freud, se nos dice, el delirio de Schreber está ligado a una irrupción de la
tendencia homosexual. El sujeto la niega, se defiende contra ella. En su caso,
que no es el de un neurótico, esta negación culmina en lo que podríamos
llamar una erotomanía divina.
Saben cómo reparte Freud las diversas denegaciones de la tendencia
homosexual. Parte de una frase que simboliza la situación: yo lo amo a él, un
hombre. Hay más de una manera de introducir la denegación en esta frase. Se
puede decir por ejemplo no soy yo quien lo ama o no es a él a quien amo, o
aún no se trata para mí de amor, yo lo odio. Y nos dice también que la situación
nunca es simple, y no se limita a una simple inversión simbólica. Por razones
que considera suficientemente implícitas, pero sobre las que, a decir verdad, no
insiste, se produce una inversión imaginaria de la situación tan sólo en una
parte de los tres términos, a saber, que yo lo odio se transforma por
proyección, por ejemplo, en él me odia. En nuestro caso, no es a él a quien
amo, es a algún otro, un gran Él, Dios mismo, se invierte en él me ama, como
en toda erotomanía. Freud indica con claridad que la salida terminal de la
defensa contra la tendencia homosexual no puede comprenderse sin una
inversión muy marcada del aparato simbólico.
Reconstrucción delirante a. Sin duda, es necesario que sea intensa para
precipitar al sujeto en experiencias que llegan, ni más ni menos, hasta la
desrealización no sólo del mundo exterior en general, sino de las personas
mismas que lo rodean, hasta las más próximas, y del otro en cuanto tal; lo que
era necesaria toda una reconstrucción delirante, después de la cual el sujeto
volverá a situar progresivamente, pero de modo profundamente perturbado, un
mundo donde podrá reconocerse, de modo igualmente perturbado, como
destinado —en un tiempo proyectado en la incertidumbre del futuro, en un
plazo indeterminado, pero ciertamente delimitado— a transformarse en
sujeto por excelencia del milagro divino, o sea a ser el soporte y el receptáculo
femenino de una recreación de toda la humanidad. El delirio de Schreber se
presenta en su terminación con todos los caracteres megalomaníacos de los
delirios de redención en sus formas más desarrolladas.
¿Qué es lo que da cuenta de esa intensidad de la defensa? La explicación de
Freud parece sostenerse enteramente en la referencia al narcisismo. La
defensa contra la tendencia homosexual parte de un narcisismo amenazado.
La megalomanía representa aquello mediante lo que se expresa el temor
narcisista. El agrandamiento del yo del sujeto a las dimensiones del mundo es
un hecho de economía libidinal que se halla aparentemente por entero en el
plano imaginario. Haciéndose objeto de amor del ser supremo el sujeto puede
entonces abandonar lo que en primera instancia le parecía lo más precioso de
lo que debía salvar, a saber, la marca de su virilidad.
Es la castración la que condiciona el temor narcisístico. La aceptación de
la castración es el duro precio que el sujeto debe pagar por este
reordenamiento de la realidad.
Pero en su obra, el objeto fálico tiene un lugar central dentro de la
economía libidinal, tanto en el hombre como en la mujer. La prevalencia
del centro fálico nunca fue modificada.
El análisis de Freud hace girar toda la dinámica del sujeto Schreber en
torno al tema de la castración, de la pérdida del objeto fálico.
Por más debilidades que tenga la argumentación freudiana respecto a la
psicosis, no puede negarse que la función del padre es tan exaltada en
Schreber que hace falta, ni más ni menos, que Dios padre, y en un sujeto para
quien hasta entonces esto no tenía ningún sentido, para que el delirio llegue a
su punto de culminación, de equilibrio. La prevalencia, en toda la evolución de
la psicosis de Schreber, de personajes paternos que se sustituyen unos a
otros, hasta identificarse con el propio Padre divino, con la divinidad marcada
con el aspecto propiamente paterno, es innegable, inquebrantable.
La función del padre y el complejo de castración no puede tratarse pura y
simplemente de elementos imaginarios. En tanto que, el padre, tiene un
elemento significante, irreductible a toda especie de condicionamiento
imaginario.
Nos dicen que la exigencia de una madre es proveerse de un falo imaginario, y
se nos explica muy bien que su hijo le sirve de soporte, harto real, para esa
prolongación imaginaria. En cuanto al niño no hay dudas, varón o hembra,
localiza muy tempranamente el falo, y, se nos dice, se lo otorga generosamente
a la madre, en espejo o no, o en doble espejo. La pareja debería coincidir muy
bien en espejo en torno a esta común ilusión de falicización recíproca. Todo
debería suceder a nivel de una función mediadora del falo. Ahora bien, la
pareja en cambio se encuentra en una situación de conflicto, incluso de
alienación interna, cada quien por su lado. ¿Por qué? Porque el falo, si me
permiten la expresión, se pasea. Está en otro lado. Todos saben dónde lo pone
la teoría analítica: se supone que el padre es el portador. En torno a él se
instaura el temor a la pérdida del falo en el niño, la reivindicación, la privación,
o la molestia, la nostalgia del falo en la madre.
Ahora bien, si en torno a la falta imaginaria del falo se establecen intercambios
afectivos, imaginarios, entre madre e hijo, lo que la convierte en el elemento
esencial de la coaptación intersubjetiva, el padre, en la dialéctica freudiana,
tiene el suyo, eso es todo, ni lo cambia, ni lo dona. No hay ninguna circulación.
La única función del padre en el trío es representar el portador, el que
detenta el falo. El padre en tanto padre tiene el falo: y más nada.
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Esto es tan fundamental que si intentamos situar en un esquema lo que
mantiene en pie la concepción freudiana del complejo de Edipo, lo que está ahí
en juego no es un triángulo padre-madre-hijo, sino un triángulo (padre)-falo-
madre-hijo. ¿Dónde esta el padre ahí dentro? Está en el anillo que permite
que todo se mantenga unido.
La noción de padre sólo se supone provista de toda una serie de
connotaciones significantes que le dan su existencia y su consistencia.
Únicamente a partir del momento en que hablamos de descendencia de varón
a varón se introduce un corte, que es la diferencia de generaciones. La
introducción del significante del padre, introduce de entrada una
ordenación en el linaje, la serie de generaciones.
Psicosis No se trata de la relación del sujeto con un lazo significado en
el seno de las estructuras significantes existentes, sino de su encuentro,
en condiciones electivas, con el significante en cuanto tal, lo que marca la
entrada en la psicosis.
Vean en qué momento de su vida se declara la psicosis del presidente
Schreber. En más de una ocasión estuvo a punto de esperar llegar a ser padre.
De golpe se encuentra investido de una función social considerable, y
que tiene para él mucho valor: se vuelve presidente de la Corte de
apelaciones. Diría que en la estructura administrativa de la que se trata,
se trata de algo que se parece al Consejo de Estado. Helo aquí
introducido en la cumbre de la jerarquía legislativa, entre los hombres que
hacen las leyes y que son todos veinte años mayores que él: perturbación
del orden de las generaciones. ¿A raíz de qué? De un llamado expreso de
los ministros. Esa promoción de su existencia nominal exige de él una
integración renovadora. Se trataba de saber si, a fin de cuentas, el sujeto
llegará o no a ser padre. Esta es la pregunta sobre el padre, que centra toda
la investigación de Freud, todas las perspectivas que introdujo en la
experiencia subjetiva.
FORCLUSIÓN En todo caso, es imposible desconocer, en la
fenomenología de la psicosis, la originalidad del significante en cuanto
tal. Lo que hay de tangible en el fenómeno de todo lo que se despliega en
la psicosis, es que se trata del abordaje por el sujeto del significante en
cuanto tal, y de la imposibilidad de ese abordaje. No retorno a la noción
de Verwerfung de la que partí, y para la cual, luego de haberlo
reflexionado bien, les propongo adoptar definitivamente esta traducción
que creo la mejor: la forclusióni.
Resulta de ello un proceso cuya primera etapa llamamos cataclismo
imaginario, a saber, ya nada de la relación mortal que es en sí misma la
relación al otro imaginario puede ser dado en concesión. Luego,
despliegue separado y puesta en juego de todo el aparato significante:
disociación, fragmentación, movilización del significante en tanto palabra,
palabra jaculatoria, insignificante o demasiado significante, plena de
insignificancia, descomposición del discurso interior, que marca toda la
estructura de la psicosis. Después del encuentro, la colisión, con el
significante inasimilable, se trata de reconstituirlo, porque ese padre no
puede ser simplemente un padre, un padre a secas, el anillo de recién, el
padre que es el padre para todo el mundo. Y el presidente Schreber, en
efecto, lo reconstituye.
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1. En derecho: Vencimiento de una facultad o derecho no ejercido en los plazos prescritos.
2. Figurativamente: exclusión forzada, imposibilidad de entrar, de participar.
3. Psicoanálisis: mecanismo que está en el origen de los estados psicóticos.