Arqueología y Etnografía Andina
Arqueología y Etnografía Andina
Cochabamba, Bolivia
2018
María de los Angeles Muñoz Collazos (editora)
Interpretando Huellas: Arqueología, Etnohistoria y Etnografía de los Andes y sus Tierras Bajas, 2018.
748 p. il. ; 21 x 29,7 cm. – (Cochabamba, Bolivia: Octubre, 2018)
INTERPRETANDO HUELLAS. Arqueología, Etnohistoria y Etnografía de los Andes y sus Tierras Bajas
es una publicación del Instituto de Investigaciones Antropológicas y Museo Arqueológico de la
Universidad Mayor de San Simón INIAM-UMSS.
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difusión bajo cualquier medio, sea digital, analógico, magnético u óptico de cualquiera de sus páginas
sin permiso de los titulares de los derechos.
D.L. 2-1-2938-18
ISBN: 978-99974-12-34-8
PRIMERA PARTE
CUESTIONES TEÓRICAS Y METODOLÓGICAS EN LA INTERPRETACIÓN
ARQUEOLÓGICA Y ETNOHISTÓRICA
Presentación
María de los Angeles Muñoz e Isabelle Combès
SEGUNDA PARTE
LA TRAMA DEL PAISAJE
Presentación
Mercedes del Río y Martti Pärssinen
TERCERA PARTE
CAMBIOS Y TRANSFORMACIONES EN LENGUAJES NO VERBALES ANDINOS
Presentación
José Luis Martínez C.
Capítulo 28. Asociarse con ollas: el trabajo de materiales en el proyecto inca imperial ——————————525
Tamara Bray
Capítulo 29. Siento, luego existo. La mirada imperial inca en la región de Fiambalá, Tinogasta,
Catamarca, Argentina —————————————————————————————————537
Martin Orgaz y Norma Ratto
Capítulo 30. Reflexiones corográficas a partir de un mapa del siglo XVII del sur de Charcas ————————551
Pablo Cruz
Capítulo 31. Chullpas y sociedad en la historia prehispánica tardía del altiplano sur ———————————569
Axel Nielsen
Capítulo 32. El animismo en los Andes ———————————————————————————589
Catherine Allen
Capítulo 33. El adorno de barbilla de los señores altiplánicos como símbolo de
continuidad histórica y emblema étnico en los Andes del sur (500-1600 d.C.) —————————————605
Helena Horta
Capítulo 34. “Un ceque de la muerte”. Milagros, memoria y ruptura en San Bartolomé de Carata,
Macha. Siglos XVI-XXI ————————————————————————————————619
Tristan Platt
Capítulo 35. El aporte de la historia oral a la etnohistoria. El caso de Tinguipaya ————————————657
Vincent Nicolas
Capítulo 36. Narrativas del pasado en el saber del yatiri —————————————————————675
Victoria Castro
Capítulo 37. “La piel que habito”. De algunos mecanismos de aparejamientos ontológicos entre
humanos y animales en los Andes del sur ——————————————————————————695
Thérèse Bouysse-Cassagne con la colaboración de Erwan Duffait
Capítulo 38. El autocanibalismo carroñero: una bisagra entre el canibalismo amazónico y el canibalismo andino ——721
Vincent Hirtzel
CAPÍTULO 31
CHULLPAS Y SOCIEDAD EN LA
HISTORIA PREHISPÁNICA TARDÍA DEL ALTIPLANO SUR
Axel Nielsen1
Desde mediados del siglo XX, el concepto de chullpa refiere en la literatura arqueológica a sepulcros –en
forma de torre principalmente, si bien algunos autores lo aplican también a cámaras funerarias en abri-
gos rocosos2– que fueron erigidos durante los períodos Intermedio Tardío e Inca en las tierras altas de
los Andes centrales y meridionales, aunque con particular frecuencia en el altiplano. Teniendo en cuenta
la sofisticada arquitectura de estas estructuras y su coexistencia con otras formas de entierro, muchos
piensan que las chullpas eran tumbas reservadas a las élites en comunidades que reservaban cistas, cuevas
o simples fosas para inhumar a la gente del común3. Isbell (1997), en cambio, argumenta que lo que
distingue a la chullpa de otras formas de entierro es que garantiza el acceso a los cuerpos de los difuntos,
permitiendo la continuidad de la interacción entre vivos y muertos, que es el fundamento del culto a los
antepasados. En su opinión, estos “sepulcros abiertos” jugaron un papel fundamental en la apropiación de
recursos y legitimación de la autoridad bajo el principio de ancestralidad, por lo que serían índices del
surgimiento o consolidación del ayllu como forma de organización política y económica en los Andes.
Ambas formas de entender la función social de las chullpas, en tanto estructuras funerarias, encuentran
respaldo en las fuentes históricas tempranas, que dan cuenta de su uso como sepulcros de personas de
alto rango o de los miembros de un mismo linaje, al tiempo que abundan en referencias a ritos que invo-
lucraban a estas estructuras y a los difuntos allí conservados.
Otra línea interpretativa, inaugurada por Hyslop (1977: 152), pone énfasis en la monumenta-
lidad de las chullpas y su eficacia como marcadores territoriales. La gran visibilidad de las torres pro-
ducto de su tamaño y emplazamiento en sitios elevados, la durabilidad que les garantiza su cuidadosa
factura y su vinculación simbólica con la autoridad política y la memoria social, las convirtieron en
medios eficaces para proclamar de modo duradero los derechos de linajes, ayllus y grupos étnicos
sobre áreas, poblaciones y recursos específicos (Gil García 2002; Mantha 2009). Estos discursos te-
rritoriales se veían respaldados por la asociación de las torres con elementos del paisaje de particular
relevancia cosmológica (p.ej., cerros, manantiales, el sol naciente hacia donde suelen orientarse sus
vanos) y se potenciaban mediante el empleo de formas, mamposterías y decoraciones que operaban
como diacríticos de ciertas comunidades y que se repiten en otros materiales, como la arquitectura
doméstica, la cerámica y el tejido. Los incas apelaron al mismo recurso tras la conquista, erigiendo
torres con sus diseños textiles y estilos lapidarios distintivos (Gisbert et al. 1996; Kesseli y Pärssinen
2005). Fortalecen este argumento las referencias en la documentación colonial a chullpas y otros se-
pulcros visibles entre los mojones que definían los límites territoriales de ciertos grupos desde tiem-
pos del Inca, jalonando inclusive las líneas imaginarias o ceques que organizaban el paisaje sagrado en
torno a importantes centros políticos del Tahuantinsuyo (p.ej. Del Río 2005: 93).
Durante los últimos años, estas ideas han confluido en un modelo relativamente consensuado en
la arqueología, según el cual las chullpas –en tanto monumentos funerarios– serían piezas claves en la
reproducción de los antiguos colectivos étnicos andinos, sus principios de organización, jerarquías y
territorios. Su surgimiento y gran difusión durante los últimos siglos de la era prehispánica revelarían
1
CONICET – Instituto Interdisciplinario Tilcara, Argentina.
2
Debenedetti 1930; Rydén 1947.
3
Arellano y Berberián 1981: 62; Hyslop 1977; Lumbreras y Amat 1968: 96; Rydén 1947.
570 Axel Nielsen
amenazas al orden social establecido, asociadas con guerras endémicas, la expansión de ciertos grupos,
disputas políticas internas o la formación del Tahuantinsuyo, entre otros factores posibles4.
Una propuesta que se aparta de este paradigma fue formulada hace más de tres décadas por
Aldunate, Berenguer y Castro5 a partir del estudio de las chullpas de Toconce (Loa Superior, norte de
Chile). Me interesa destacar su investigación no sólo por su cercanía a Lípez sino porque, al mostrar
que algunas torres no fueron utilizadas como tumbas, deja abierto el camino para otras interpretacio-
nes de este fenómeno. Combinando datos de excavación, un cuidadoso análisis contextual y observa-
ciones etnoarqueológicas, los autores argumentan que las torres de Likán (el principal asentamiento
habitacional de la localidad), no fueron sepulcros sino adoratorios frente a cuyos vanos se realizaban
quemas y se depositaban ofrendas (p.ej. comidas, escudillas cerámicas, instrumentos líticos, conchas
marinas, minerales de cobre, etc.), parte de las cuales era luego arrojada al interior de las estructuras
a través del vano. Estos ritos seguramente involucraban de algún modo a los difuntos –inhumados en
cámaras construidas en cuevas cercanas– pero también a otras deidades concebidas como ancestros
míticos de la comunidad, como los cerros-achachilas que las torres señalan mediante la orientación
de sus vanos. Vale la pena recordar que la realización de ofrendas y otras prácticas rituales en estas
estructuras, tanto en la antigüedad como en épocas recientes, ha sido reiteradamente verificada por
las investigaciones arqueológicas y se encuentra profusamente documentada por la historia y la etno-
grafía (Pärssinen 2005; Tschopick 1946, entre otros).
La demostración de que las torres-chullpa no siempre fueron sepulcros obliga a considerar otros
usos a los que pudieron estar sujetas. Aldunate et al. (1982) identifican cinco hipótesis funcionales
propuestas para estas estructuras en la literatura de los Andes centro-sur, a saber tumbas, marcas
territoriales (las dos preferidas por la literatura arqueológica), altares (la que ellos corroboran en
Toconce), silos y casas. El empleo de las torres como silos (p.ej. Bandelier 1905), ha sido general-
mente desestimado, aunque diferenciar entre sepulcros y depósitos resulta difícil en muchas regiones
donde se emplearon estructuras similares para ambas funciones, teniendo en cuenta que la ausencia
de elementos probatorios en su interior (restos humanos o bienes almacenados) puede ser producto
de saqueos y otras perturbaciones posteriores a su abandono. En esta línea argumental, Sillar (1996)
propone que las estructuras de almacenaje incaicas (qollcas) descienden de las torres funerarias del
período anterior (chullpas), como parte de una tecnología de conservación de alimentos por deshi-
dratación que estaría inspirada en la momificación natural de los cuerpos en aquellos sepulcros sobre
nivel. Más allá de su veracidad6, esta hipótesis invita a pensar que tumbas y depósitos pudieron estar
más estrechamente relacionados a los ojos de sus antiguos constructores de lo que están bajo nuestra
propia lógica (Nielsen 2002 n. 4; también Berenguer 2004: 133-134).
Los datos arqueológicos no avalan el uso de las chullpas como viviendas, aunque ésta es una in-
terpretación bastante difundida entre las comunidades andinas donde estas estructuras se encuentran.
Esta idea se relaciona con el igualmente popular mito de “los chullpa”, seres de un tiempo pre-solar
que vivían a la luz de la luna. Según la gente de Lípez, eran fríos y comían todo crudo pues descono-
cían el fuego; entre otros poderes, hablaban con animales, plantas y rocas, además de tener una fuerza
extraordinaria, de allí la monumentalidad de algunas de las construcciones que dejaron. Cuando salió
por primera vez el sol, encandilados por su claridad y abrasados por su calor, los chullpas trataron de
escapar refugiándose en cuevas y en sus “casitas” (sepulcros) donde muchos de ellos quedaron “char-
queados” junto con su ropa, vajilla y otras pertenencias, como puede verse hasta hoy. A partir de este
mito, es común que la gente denomine chullpas a todos los vestigios arqueológicos que encuentran
en sus tierras, principalmente a los restos humanos y sepulcros (tengan o no forma de torres), pero
también, viviendas y asentamientos en ruinas, concentraciones de restos sin arquitectura asociada o
antiguos artefactos, refiriéndose como chullperíos a los lugares donde estos restos abundan. Después
de todo, son la prueba empírica de la veracidad del mito.
4
Bouysse-Cassagne y Chacama 2012; Duchesne y Chacama 2012; Isbell 1997; Mantha 2009; Pärssinen 2005.
5
Aldunate y Castro 1981; Aldunate et al. 1982; Berenguer et al. 1984.
6
Como explico más adelante, en Lípez estructuras similares sirvieron de tumbas y depósitos tanto durante el Periodo Intermedio
Tardío como durante el Período Inca, lo que no da sustento, en este caso, a la relación temporal propuesta por Sillar.
Chullpas y sociedad en la historia prehispánica tardía del Altiplano Sur 571
Con estos antecedentes, a mediados de los años 1990 comenzamos a investigar la arqueología
de Lípez, donde Arellano y Berberián habían informado la existencia de chullpas como parte de los
elementos distintivos de lo que denominaron “Mallku”, el “Señorío Aymara que se desarrolló en el
altiplano sur de Bolivia y que corresponde a la etapa de desarrollo que se origina después de la de-
cadencia de Tiwanaku” (1981: 53). Según estos autores, los entierros prehispánicos de esta época en
Lípez eran de dos tipos. El primero correspondía a inhumaciones en aleros, directas o delimitadas
con sencillos muros de piedras; el segundo era en torres (chullpas) que, siguiendo la interpretación
más difundida en la época, consideraron que debió estar reservado a las élites. Sin embargo, mientras
excavaron ejemplos del primer tipo de tumba (una sepultura simple en Zoniquera y una colectiva
con un interesante acompañamiento en Mallku Abajo), no vieron restos humanos en ninguna de las
torres examinadas, ni los encontraron al excavar una chullpa en Zoniquera, donde sólo obtuvieron una
azada lítica fracturada (1981: 62). Sí mencionan la existencia de abundantes fragmentos de alfarería
alrededor de las chullpas, lo que recuerda las observaciones realizadas por Aldunate et al. (1982) sobre
las chullpas de Toconce, situadas a menos de 100 km hacia el oeste, allende la Cordillera occidental.
Mencionan también que en otras cuevas “se han construido en su interior paredes de piedra en igual
forma y con las características de
las chullpas (Quebradas Mulatos)”
(Arellano y Berberián 1981: 60),
aunque no parecen haber realiza-
do excavaciones en estos contex-
tos. Indudablemente se refieren a
lo que denominamos “cámaras en
cuevas”, que son muy abundantes
en la región y describiremos en
detalle más adelante.
A poco de comenzar las
prospecciones, advertimos que
tanto las torres como las cámaras
en cuevas son ubicuas en Lípez,
pero su distribución está restrin-
gida a un área de forma triangular
con su base en la margen sur del
Salar –entre San Pedro de Que-
mes y la península de Colcha K–
y su vértice al sur, en Mallku-Zo-
niquera, donde concentraron su
trabajo Arellano y Berberián. El
límite este sigue el curso del Río
Grande de Lípez, mientras que
la cordillera occidental y la re-
gión lacustre altoandina forman
su confín occidental (Fig. 1). Esta
región, que oportunamente de-
finimos como “Norte de Lípez”
(Nielsen 1997), es la porción del
altiplano sur donde es viable el
cultivo a temporal de especies mi-
crotérmicas (papa y quinua) que,
tanto en tiempos prehispánicos
como actuales, se combinó con el
pastoreo para formar la base de la Fig. 1. Ubicación de los principales sitios mencionados en el texto
572 Axel Nielsen
economía. Dentro de esta región, los sitios con chullpas se distribuyen desde los fondos de cuenca a
3.670 m hasta alrededor de los 4.500 m, siendo particularmente abundantes en la península de Col-
cha K y los alrededores del Salar de Chiguana.
Tras los primeros años de investigación, pudimos establecer tres puntos respecto a las chullpas
de Lípez, entendidas como “cámaras con vano”, ya sean torres o construcciones en cuevas: 1) pre-
sentan una gran variación formal, desde torres situadas en lugares altamente visibles hasta cámaras
erigidas al interior de cuevas, sin que sea posible marcar divisiones tajantes en esta diversidad (v.gr.
hay torres dentro de cuevas y cámaras subterráneas en pleno campo); 2) estructuras de todas estas va-
riantes han sido empleadas ocasionalmente para albergar difuntos -que por las mismas épocas también
se inhumaron en cistas y directamente en abrigos rocosos- y varias de ellas parecen haber sido objeto
de ofrendas, pero también contienen quinua, coca o vasijas, entre muchos otros bienes que parecen
haber sido almacenados en su interior7; 3) todos los tipos varían considerablemente en su emplaza-
miento, orientación, visibilidad y relación con áreas habitacionales o agrícolas (Nielsen 2002).
¿Cómo hacer frente a semejante diversidad? Una posibilidad sería diferenciar tipos de estructu-
ras, afinando nuestras tipologías morfo-funcionales, reservando el concepto de chullpa para las torres
de uso funerario, por ejemplo y, clasificando a las demás como casas-tumba (cámaras en cuevas) o
cuevas funerarias (sin intervención arquitectónica), trojas, altares, etc. Algunos autores defienden
esta posición con buenas razones, porque permite precisar la notable variabilidad que muestran las
conductas mortuorias, distinguiendo a los sepulcros de otras estructuras de carácter económico (de-
pósitos) o religioso (adoratorios [p.ej. Duchesne 2005; Kesseli y Pärssinen 2005]). De allí que se dude
al momento de comparar distintos tipos de estructuras, torres con cámaras, tumbas con altares o,
peor aún, con silos o casas; a pesar de sus semejanzas, son cosas distintas. Lo que no termina de explicar
esta opción metodológica es por qué durante un período acotado (siglos XIII a XVI), se generalizó el
uso del mismo esquema arquitectónico (cámaras de sólidos muros con un distintivo vano) para servir
diversas funciones en tan distintos contextos.
Buscando una respuesta, propusimos en un trabajo anterior, que estas aparentes inconsistencias
o contradicciones desaparecen si dejamos de mirar a las chullpas como cosas –que son esencialmen-
te aquello para lo que fueron diseñadas– y las pensamos como agentes, personas no humanas8 capaces
de hacer distintas cosas. Específicamente propusimos que las chullpas eran ancestros, capaces de hacer
(servir para) lo que los ancestros hacen (Nielsen 2008). Esto no sólo resuelve el problema de su
polifuncionalidad, sino que también explica por qué aparecen a veces “vestidas” (Gisbert et al. 1996;
Pärssinen 1993 y 2005) o por qué se las “alimentaba” y se les obsequiaba con ofrendas. Si en vez de
adoratorios fueran los adorados, darían cuenta igualmente de las evidencias presentadas por Aldunate
et al. (1982). Lejos de ignorar la variabilidad formal, funcional y contextual que muestra el registro
arqueológico de las chullpas, esta forma de encarar el problema permite aprovecharla para explorar
los poderes, disposiciones y situaciones en que actuaban estas deidades, sus variaciones entre regiones
y sus cambios en el tiempo (p. ej. Rivet 2015; Velasco 2014).
Quisiéramos ahora avanzar en esta dirección, pero antes debemos hacer una reflexión crítica
sobre la hipótesis planteada anteriormente. En los Andes, la ancestralidad opera como un principio
general que permite entender la relación entre las personas –sean o no humanas– que habitan el
mundo, por analogía con las relaciones familiares entre los humanos y las obligaciones que las acom-
pañan, p.ej. en términos de cría, reciprocidad o jerarquía9. De acuerdo con este modelo, que se
aplicaría fractalmente para dar cuenta de las relaciones entre los seres a distintas escalas y en diferen-
tes contextos, habría una correlación entre descendencia, temporalidad, poder, jerarquía y distancia
ontológica. Las personas del mundo se relacionarían en una trama genealógica en la que los seres más
remotos en la cadena de descendencia serían también más antiguos y duraderos, más poderosos y
prestigiosos y más distantes en su condición de ser respecto al humano (runa). Bajo esta lógica, gran
7
De hecho, los actuales habitantes de Lípez se refieren a ambos tipos de estructuras como pirwas, término que significa “depósito”
en quechua.
8
Al hablar de personas, me refiero a seres con consciencia, reflexividad, facultad de elección y, por lo tanto, capaces de establecer
relaciones sociales con los seres humanos e incidir en su destino.
9
Haber 2007; Isbell 1997; Martínez 1989; Van Kessel 1988.
Chullpas y sociedad en la historia prehispánica tardía del Altiplano Sur 573
parte de los seres no-humanos que habitan el mundo andino serían antepasados de los humanos (ru-
nakuna), es decir, más antiguos y longevos, con poder sobre ellos y capaces de protegerlos y nutrirlos
cuando se observan los protocolos rituales necesarios. Esto incluiría no sólo a los difuntos conocidos
en vida y recordados, sino a los mallquis como antepasados genéricos del linaje, pero también a los
monolitos-wanka, ciertas peñas-qhaqa y a los cerros-mallku, entre otras deidades consideradas ances-
tros míticos -generalmente “litificados”– de los ayllus y de los colectivos étnicos. Eventualmente una
lógica semejante se extendió al sol –como progenitor de los incas– mientras que su campo semántico
se extiende a otras entidades que, sin ser estrictamente ancestros, se desempeñaron como lugares de
origen o paqarinas, como sucede con las cuevas (machay) y los ojos de agua.
Teniendo esto en cuenta y dado el auge que ha cobrado en los últimos años la reflexión en las
ciencias sociales sobre la agencia de los objetos, el animismo y la “cuestión ontológica”, hoy creemos
que afirmar que las chullpas son ancestros no es suficiente. Por cierto, es una forma de decir que no
son cosas sino personas no-humanas –huacas en términos andinos (Bray 2015)– pero no aclara quié-
nes son, qué características específicas las distinguen entre otras huacas que gravitan sobre la vida de
la gente. Al investigar este problema es importante tener en cuenta que si las chullpas son personas,
entonces no deberíamos atribuirles una esencia o naturaleza cerrada, sino pensar que, como otros
sujetos históricos, fueron siendo contingentemente en sus “prácticas”. Desde este punto de vista, la
pregunta por la identidad o especificidad de las chullpas dentro del género de las huacas debe ser res-
pondida por referencia a los modos en que participaron de las actividades humanas en distintas épocas
y a las relaciones que de este modo establecieron con otros seres.
En este trabajo nos proponemos realizar una primera exploración sobre el lugar que ocuparon
las chullpas en la sociedad de Lípez, desde su surgimiento en el siglo XIII hasta el siglo XVI, cuando
la invasión europea parece haber puesto fin a su construcción, aunque no a su gravitación sobre la
sociedad humana, como lo indican las prácticas rituales que continúan generando y la temerosa ve-
neración que aún hoy les presta la gente. Para ello, dejaremos de hablar de las chullpas en voz pasiva
para pensarlas en voz activa, como personas capaces de hacer diversas cosas según las circunstancias.
Poniendo énfasis en el análisis arqueológico de sus usos y materialidad (v.gr. materias primas, formas
y tamaños, detalles constructivos, cantidad, distribución espacial, asociaciones), buscaremos enten-
der cómo fueron cambiando sus relaciones con otras personas del mundo andino, incluyendo a otras
huacas y a los propios seres humanos o runakuna, como los llamaremos de aquí en más. En base a esta
información, volveremos al final sobre la identidad de las chullpas.
Antes de comenzar, es necesario explicitar a qué llamaremos chullpa. Si estas estructuras varían en sus
materiales, formas, técnicas constructivas, funciones y contextos ¿cuál es la condición mínima nece-
saria para “ser chullpa”? En sentido amplio, las definiremos como cavidades o cámaras sólidamente
construidas –lo que revela el propósito de perdurar– a las que se accede mediante un estrecho vano.
Aunque el espacio interno es invariablemente reducido, están diseñadas para permitir el ingreso de
un ser humano, como lo demuestran las dimensiones del vano, que nunca son inferiores a 0,38 x 0,38
m. Según la hipótesis que exploraremos en este trabajo, este módulo arquitectónico operaría como
índice (sensu Gell 1998) de una persona de un estatus ontológico superior al humano –una huaca–
convirtiendo las actividades, gestos y experiencias que habilita (affordances; Gibson 1979) o que con-
tingentemente produce en su entorno, en expresiones de su agencia, sus performances en “prácticas”.
Entre las chullpas de Lípez cabe reconocer dos tipos que en realidad se comportan como polos
de un continuo con variantes intermedias, a saber torres exentas y cámaras adosadas. Las torres (Fig.
2) son de planta circular (las más frecuentes), elíptica, rectangular con ángulos redondeados o rectan-
gular propiamente dicha. Por lo general los muros tienden a converger ligeramente en la parte supe-
rior, resultando en formas tronco-cónicas o tronco-piramidales, aunque también hay casos con muros
a plomo (cilíndricas) y, excepcionalmente, ligeramente hiperboloides (Fig. 2e). La gran mayoría son
estructuras simples, aunque están regularmente presentes las chullpas dobles y triples, es decir, dos
574 Axel Nielsen
Sitio Código C AP
14
Cal. AD 2 ∂ Muestra Dendro Tipo Planta Uso Contexto
Qhatinshu 11 SacA 4827 1225±30 690-890 Cardón cámara irregular depósito cueva
Período Inca
Chillchi Wayko A-9607 400±95 1400-1800 Caña cámara irregular depósito cueva
Sia Moqo (axe03) A-15407 350±35 1480-1650 Madera 1491 torre rectang funerario sector
Sia Moqo ch3 M1 AA93726 346±30 1490-1650 hueso hum torre rectang funerario sector
Sia Moqo ch1 - - - madera 1473 torre rectang ¿? vacía sector
Sia Moqo ch6 - - - madera 1521 torre circular funerario sector
Lojo B2 Poz-76161 465±30 1420-1510 quinua cámara irregular depósito cueva
Llacta Khaka 03 A-15410 430±40 1430-1630 madera 1528 cámara circular cueva
Notas. 1 Probablemente madera muerta reutilizada en la construcción. 2 Datación realizada por Arellano sobre madera del techo de una cámara al interior de una cueva
localizada en el valle de Alota (Arellano 2000).
Chullpas y sociedad en la historia prehispánica tardía del Altiplano Sur 577
(Período de Desarrollos Regionales tardío, 1250-1450 d.C., en adelante PDR-II) se utilizaron torres
y cámaras, que fueron usadas tanto para almacenar como para realizar ofrendas. Hasta el momento
no hemos registrado inhumaciones en chullpas pre-incaicas, aunque no nos sorprendería encontrarlas
con el avance de las investigaciones.
En Lípez las chullpas (torres o cámaras) se presentan en cinco contextos diferentes, definidos a partir
de la relación entre las estructuras, las actividades humanas (poblados, cultivos) y ciertos rasgos del
paisaje: 1) en cuevas; 2) en pueblos y pucaras; 3) como sectores cercanos a pueblos; 4) en pueblos vie-
jos ya abandonados y 5) aisladas o en grupos alejados de otros asentamientos. Las cámaras en cuevas se
construyeron entre los siglos XIII y XVI; las chullpas en pueblos y pucaras, en cambio, corresponden
exclusivamente al Período de Desarrollos Regionales tardío, mientras que tanto las chullpas en secto-
res discretos cercanos a poblados como las erigidas sobre pueblos viejos pertenecen al Período Inca.
Carecemos de referencias cronológicas absolutas para las chullpas aisladas, por lo que suponemos por
ahora que se construyeron durante ambos períodos. En los próximos apartados describimos breve-
mente cada uno de estos tipos de contexto.
Chullpas en cuevas
El primer tipo de sitio consiste en cámaras –
excepcionalmente también torres– erigidas
dentro de cuevas o contra afloramientos roco-
sos. Estos son los asentamientos chullparios más
abundantes en Lípez (cientos) y suman el mayor
número de estructuras. La cantidad de chullpas
varía entre una y más de 50 estructuras apiñadas
al interior del mismo abrigo, donde en contadas
ocasiones se encuentra también alguna estruc-
tura de uso doméstico (probablemente refugios
temporarios vinculados a la producción) o arte
rupestre (n = 5), como lo ejemplifica Oqañi-
taiwaj que cuenta con 17 chullpas (14 cámaras
y tres torres), una estructura expeditiva (un
refugio o sepulcro saqueado) y seis paneles con
pinturas rupestres, todas ellas representaciones
de camélidos de perfil esquemático pintadas en
blanco y negro (Fig. 4).
Fig. 4. Chullpas en cuevas en Oqañitaiwaj y pinturas Algunos de estos sitios muestran la varian-
rupestres asociadas te más sorprendente de la arquitectura chullpa
de Lípez, lo que denominamos “cámaras secuen-
ciadas”, donde al interior de la primera cámara visible, se encuentra un segundo vano que conduce a
otra más profunda, donde puede repetirse este rasgo para formar secuencias (de hasta cinco estruc-
turas en nuestros registros) o laberintos (de hasta una docena) de chullpas subterráneas con más de un
recorrido posible. Hasta ahora las hemos observado principalmente en las cuevas y profundas grietas
que se forman en los arrecifes de corales fósiles o estromatolitos que marcan las antiguas costas de los
lagos pleistocénicos Minchín (3.760 msnm) y Tauca (3.720 msnm), un rasgo característico del paisaje
altiplánico meridional. A veces estos recorridos son lineales, atravesando hasta cinco cámaras para
alcanzar casi 7 m de profundidad; en otros casos presentan alternativas de circulación, en las que una
cámara comunica con otras dos o más y desde ellas a otras y así sucesivamente para formar complejos
laberintos subterráneos que pueden integrar una decena de estructuras y emerger a la superficie en
más de un lugar (Fig. 5).
578 Axel Nielsen
Con un to-
tal de 22 dataciones
absolutas realizadas
en 11 sitios, no cabe
duda alguna que es-
tas estructuras fueron
erigidas y utilizadas
tanto durante los De-
sarrollos Regionales
tardíos como en tiem-
pos del Inca. Siete fe-
chas sobre anillos de
árboles tomadas en
chullpas de dos cue-
vas de la localidad de
Llacta Qhaqa (cerro
Chiguana) son par-
ticularmente intere-
santes, ya que revelan
con singular precisión
Fig. 5: Cámaras en cuevas en Qhatinsho 1
la temporalidad de la
construcción de estos
complejos. Seis fechas obtenidas en una de estas cuevas (LLQq 1) se agrupan entre 1328 y 1355
d.C., sugiriendo que este conjunto de casi 20 estructuras fue enteramente construido a mediados del
siglo XIV, mientras que la única datación procedente de una segunda cueva situada a sólo 300 m de
la primera y con una sola chullpa similar a las anteriores dio 1528 d.C., lo que es consistente con la
presencia de alfarería inca en el sitio (Morales et al. 2013). Este ejemplo muestra que, en tiempos del
Inca, no sólo continuaron construyéndose complejos de chullpas en cuevas similares a los anteriores,
sino que se lo hizo en las mismas localidades.
En dos oportunidades hemos observado el uso funerario de las chullpas en estos contextos (Lí-
pez Wayco y Cruz Vinto), aunque la gente del lugar afirma que muchos de ellos contenían cuerpos
hasta hace poco. Todavía no contamos con dataciones absolutas para estos contextos. Sabemos, sin
embargo, que la práctica funeraria más común tanto en el Período de Desarrollos Regionales como
en el Inca, fue la inhumación en cuevas, entierros individuales o colectivos que a veces se encuentran
delimitados por sencillos muros de piedra, como consignaron Arellano y Berberián en sus reconoci-
mientos iniciales (1981). Esto significa que en muchos casos las chullpas coexisten en las cuevas con
los difuntos sin haber sido usadas como sepulcros. Muchas chullpas en cuevas, en cambio, no contenían
restos humanos sino otras cosas, siendo las más comunes: quinua y restos de caña, hojas de plátano y
cordeles empleados en la confección de cestos antiguamente usados para el transporte y almacenaje
de hojas de coca. Como ejemplo de otros elementos que pueden encontrarse en estos contextos, con-
sidérese que durante las intervenciones realizadas en Qhatinsho, por vecinos de la comunidad local
con el propósito de crear un museo, se recuperaron tejidos, cordeles de lana o fibra vegetal, capachos,
sandalias, vasijas, queros de madera sin decoración, implementos para tejer, panes de legía, plumas
de aves de diversos ambientes y estuches para guardarlas, cuentas de distintos materiales y hasta una
trampa para cazar ratones.
refugiarse en épocas de conflicto. En estos sitios las chullpas son tanto cámaras adosadas a peñas como
torres, estas últimas mayoritariamente de planta circular, aunque las hay también elípticas y rectan-
gulares con ángulos redondeados. Se ubican en tres posiciones: en los márgenes del área habitacional,
junto con viviendas y en plazas. Las más numerosas se agrupan en densas formaciones a un costado
de los asentamientos cuando carecen de defensas (Laqaya, Malil), o rodeándolos cuando se trata de
pucaras (Cruz Vinto), como si formaran parte del sistema defensivo. En Mallku y Sedilla, dos pucaras
que aprovechan grandes afloramientos de ceniza volcánica como murallas naturales, las chullpas se
adosan a estos paredones rocosos alrededor del área habitacional. La cantidad de estructuras en estos
contextos se aproxima al número de viviendas (que muestran una similar diversidad de formas en sus
plantas), lo que sugiere cierta correspondencia entre estas chullpas y las casas o las familias que las
habitaban. Laqaya, por ejemplo, posee algo más de 300 chullpas con 210 viviendas en el poblado bajo
y casi un centenar en el pucara; Cruz Vinto, alrededor de un centenar de chullpas y otras tantas casas.
Quizás sea por esta misma razón que los vanos que se han conservado en las chullpas de Cruz Vinto se
orientan hacia el interior del poblado. Las torres no se distribuyen en forma regular, sino irregular-
mente espaciadas, lo que sugiere un crecimiento espontáneo, sin planificación, una característica que
también se aplica a las viviendas.
Esta relación se advierte con mayor claridad aún en la segunda forma en que las chullpas se
presentan en estos contextos, junto con las viviendas en las inmediaciones de los poblados. Estos
contextos no son tan numerosos ni se encuentran en todos los pueblos o pucaras de este período,
pero se repiten lo suficiente para considerarlos un patrón. El pucara de Mallku es un sitio donde esta
vinculación se presenta reiteradamente, asociada con fechas y materiales claramente anteriores al
Período Inca.
Finalmente, tres de los poblados del PDR estudiados poseen plazas bien definidas, todas ellas
con chullpas sobre su flanco oriental (tres en Laqaya, tres en Churupata y dos en Cruz Vinto), a los
que recientemente se agrega el caso de Marcawi, en la zona de San Cristóbal, con una plaza y 8 torres
asociadas (Villanueva y Patiño 2014). Se trata de torres de planta circular, elíptica o rectangular con
ángulos redondeados, que siguen de cerca la morfología, tanto de las viviendas, como de las otras
chullpas al margen de los mismos poblados. Ninguna de estas estructuras parece haber servido de se-
pulcro. Se excavaron total o parcialmente tres de ellas en Laqaya, una en Cruz Vinto y una en Churu-
pata. Todas ellas tenían pisos revestidos en piedra asentada con argamasa y techo de piedra. Tres de las
estructuras investigadas (dos en Laqaya, una en Churupata) se encontraban vacías. La torre excavada
en Cruz Vinto contenía restos de varios contenedores cerámicos y un lente de ceniza en el exterior,
lo que podría indicar tanto almacenaje como la realización de algún rito frente al vano. Una de las
chullpas de Laqaya, en cambio, contenía fragmentos de vasijas e instrumentos líticos y gran cantidad
de quinua, parcialmente contenida en bolsas tejidas, pero también dispuesta en una escudilla, posible
testimonio de una ofrenda al interior del monumento. Esta estructura y otros edificios alrededor de la
plaza de Laqaya fueron quemados en el siglo XV, un evento que coincide con el abandono de la mayor
parte del sitio y con la conquista Inca de la región. La destrucción de huacas acompañada por la drás-
tica remodelación de los espacios públicos asociados, ha sido registrada en otras grandes markas sur
andinas, p.ej. Los Amarillos y Turi. Esta práctica parece vincularse a la reformulación de la memoria
y de las bases cosmológicas de la autoridad legítima durante la formación del Tahuantinsuyo (Nielsen
2008: 227).
ellas fueron levantadas directamente por encima de los muros colapsados de las antiguas viviendas. Se
trata exclusivamente de torres pero con plantas de forma variable, circular, elíptica y rectangular con
ángulos redondeados. Los cinco casos donde hemos observado esta situación (Tapiales, Belen Khasa,
Kamash, Itapilla Kancha y Cajil), son poblados sin defensas y con viviendas circulares cuyos pisos de
habitación han sido fechados en el Período de Desarrollos Regionales tempranos (1000-1250 d.C. o
PDR-I). Aunque no contamos con dataciones absolutas para ninguna chullpa en este tipo de asenta-
miento, todos ellos cuentan con estructuras habitacionales más tardías (rectangulares con techo a dos
aguas) en sus proximidades o directamente intrusivas en los sitios antiguos, lo que lleva a pensar que
la construcción de estas chullpas se relaciona con eventos de re-ocupación que, de acuerdo a la crono-
logía de viviendas que hemos desarrollado (Nielsen 2001), probablemente correspondan al Período
Inca. Por el momento no descartaríamos, sin embargo, la posibilidad de que algunas de ellas ya hayan
sido erigidas durante el período anterior (PDR-II).
Lo que sí sabemos, a partir de la excavación del interior y exterior frente al vano de una chullpa
doble en Itapilla Kancha (Fig. 2b), sitio ubicado a corta distancia del poblado inca e hispano-indígena
de Chuquilla, es que continuaron en uso durante la época colonial. Dentro de esta estructura, que
contaba con un piso cuidadosamente emplantillado, hallamos restos de un cesto de coca, fragmentos
de un pendiente discoidal de malaquita pulida y cuentas europeas de vidrio azul. Partes del mismo
pendiente de roca verde se encontraron afuera, al pie de la abertura, lo que remitiría al doble gesto
propuesto por Aldunate y Castro (1981) para las chullpas de Toconce, consistente en ofrendar frente a
la torre e introducir parte de estos elementos en su interior a través del vano.
Una de las chullpas observadas en este sitio presenta una situación curiosa. Se trata de una gran
torre rectangular con ángulos redondeados. A través del vano y de los intersticios de la bóveda del
techo, sin embargo, se advierte que encierra una torre de planta circular en su interior, resultando en
una masiva estructura de piedras con doble muro doble de casi 1 m de espesor en algunas partes y sólo
una reducida cavidad cilíndrica de menos de 1 m de diámetro. Además de sugerir que las formas rec-
tangulares podrían ser posteriores a las circulares (sin que hayan dejado de construirse estas últimas),
este caso muestra la gran importancia que debió tener la forma de las chullpas, al punto que alguien
consideró necesario revestir esta estructura por completo para corregir su apariencia.
Chullpas aisladas
El último tipo de asentamiento chullpario, quizás sólo una variante del anterior, consiste en chullpas
individuales o grupos de ellas que se presentan aislados en el campo, sobre geoformas diversas y de
distinta visibilidad (lomas, laderas, quebradas, hoyadas), sin que se adviertan otros sitios en su cerca-
nía. En ocasiones estas estructuras están directamente asociadas con vertientes u ojos de agua (p.ej.
Chankos Suni), una relación que también compromete a algunos sitios de cámaras en cuevas. Las
características formales de las chullpas aisladas son similares a las del contexto anterior y, como en los
pueblos viejos, no tienen elementos asociados en superficie más allá de los ocasionales fragmentos ce-
rámicos que, en estos casos, no nos han permitido dirimir su situación cronológica.Tampoco tenemos
excavaciones ni dataciones absolutas de estas estructuras. Prospecciones sistemáticas realizadas en al-
gunas áreas sugieren que estos contextos podrían relacionarse con superficies de cultivo de papas y/o
quinua a temporal, como lo indica el ocasional hallazgo en asociación con algunas de ellas de kayanas
o pisos de trilla, uno de los pocos rastros arqueológicos que deja el cultivo a temporal en el paisaje.
En una escala espacial “gruesa”, se presentan en las mismas áreas donde se encuentran tanto pucaras
del PDR-II como pueblos de época inca, por lo que –hasta contar con más datos– suponemos que se
construyeron durante ambos períodos.
A partir de los datos presentados, pueden esbozarse una serie de cambios en el patrón de
asentamiento de las chullpas, sus prácticas y relaciones con los runakuna y otras personas. Sobre esta
base proponemos algunas interpretaciones sobre la naturaleza de las chullpas y su lugar en la sociedad
582 Axel Nielsen
cámaras en cuevas sirvieron para guardar quinua, coca y una diversidad de bienes, sin descartar la
posibilidad de que algunos de estos hallazgos correspondan a ofrendas. Es importante destacar que,
aunque estas estructuras hayan sido regularmente usadas como depósitos, su diseño dista de ser ideal
para este fin, teniendo en cuenta las dificultades que supone maniobrar bolsas u otros contenedores en
estas profundas grietas y estrechos pasadizos. Pero si aceptamos que este diseño corporiza a un género
de huacas, cabe pensar que, más allá de las consideraciones utilitarias, se confiaba a estas huacas la
seguridad y el bienestar de lo almacenado y que periódicamente se retribuían estos favores mediante
ofrendas.
La presencia de torres y cámaras en pueblos y pucaras muestra otros aspectos de la relación
entre chullpas y runakuna. Su posicionamiento en torno a las áreas habitacionales o en asociación con
los sistemas defensivos, sugiere su vinculación con la protección de los residentes en tiempos de gue-
rra. Recuérdese que la participación activa de huacas en aquellos conflictos está documentada en las
fuentes escritas (Nielsen 2007). Esta interpretación –que no invalida su uso como depósitos– sería
además afín a la idea de atribuir funciones territoriales a las chullpas, llevando a pensarlas no sólo
como marcadores sino como guardianes activos de esos espacios, lo que se condice con otras refe-
rencias que indican que ciertos hitos eran entendidos como huacas, por lo que se les rendía culto en
ciertos momentos del año (Del Río 2005). Sólo hemos excavado una torre en esta posición (en Cruz
Vinto), sin encontrar resto cultural alguno en el relleno eólico acumulado sobre el emplantillado de
piedra. No hemos observado restos humanos en estos contextos, aunque en Laqaya se advierten cistas
funerarias construidas al pie de algunas torres.
Las cantidades, posiciones y orientaciones de las chullpas en poblados y pucaras sugieren dos
niveles de relación con los habitantes de estos asentamientos. Por una parte, parecería haber cierta co-
rrespondencia numérica entre casas y chullpas, un vínculo que estaría también indicado por la orien-
tación de los vanos y por la contigüidad entre chullpas y viviendas en ciertos sitios. Podríamos pensar
que cada nuevo grupo doméstico que se sumaba a la comunidad –por inmigración o fisión– erigía
su casa y su chullpa (tal vez también su cámara en alguna cueva y/o chacra cercana), sirviendo estas
últimas como huacas, altares, mojones, depósitos y (eventualmente) sepulcros para sus miembros.
Por otra parte, las torres asociadas a plazas se desempeñarían en un nivel “supra-doméstico”, como
referentes de ayllus o parcialidades semejantes en la estructura segmentaria de la comunidad. La pre-
sencia de tres torres en la plaza central de Laqaya, enfrentadas a otros tantos edificios aparentemente
destinados a alojar banquetes, se correspondería con una partición del espacio y de las actividades de
carácter público que ha sido reiteradamente observada por la etnografía en comunidades segmenta-
riamente organizadas (p.ej. Martínez 1989; Urton 1992). Bouysse-Cassagne y Chacama (2012: 674)
proponen una relación de este tipo para las torres funerarias de Carangas, según la cual las chullpas
replicarían una estructura anidada como la que unía a los grupos de parentesco o ayllus que represen-
taban, articulando el rito a distintas escalas socio-espaciales.
Lo dicho sobre las funciones territoriales de las torres que rodean los poblados podría apli-
carse a las chullpas que aparecen aisladas o en grupos lejos de los poblados, probablemente vincu-
ladas con áreas de cultivo. Además de vigilar los campos, estas torres podrían haber almacenado la
semilla para la próxima siembra, velando por su fertilidad. Actualmente, muchas familias de Lípez
tienen puestos en las áreas de cultivo alejadas de sus viviendas, que ocupan temporariamente du-
rante las épocas de siembra y cosecha. Suelen constar de refugios expeditivos o simples parapetos
para proteger del viento las áreas de cocina y un depósito semi-subterráneo donde al momento de
la cosecha se almacena la semilla (principalmente de papa en la actualidad) para el año siguiente. Las
chullpas aisladas y los conjuntos de cámaras en cuevas que se encuentran alejados de las áreas pobla-
das, podrían haber actuado como focos de antiguas ocupaciones temporarias análogas, permitiendo
guardar semilla, provisiones y algunos enseres utilizados por los agricultores. Los análisis realizados
sobre quinua recuperada en cuatro sitios de cámaras en cuevas revelaron que dos de ellos contenían
granos sin procesar (Qhatinsho 1 y Cueva del Diablo), que podrían haber servido de semilla para
la siguiente temporada, mientras que en los otros dos (Oqhañitaiwaj y Chinuil Vinto) habían sido
“beneficiados” para consumo humano (López et al. 2012).
584 Axel Nielsen
A lo largo de este trabajo hemos explorado las posibilidades interpretativas que conlleva la premisa
de que las chullpas (definidas genéricamente como torres o cámaras con vano) eran consideradas
personas no-humanas (huacas) y que, por lo tanto, sus interacciones con la gente y otras entidades en
distintos contextos (incluyendo sus “funciones”) podrían entenderse como sus prácticas, como expre-
sión de sus facultades. Habiendo esbozado arqueológicamente algunas de esas acciones, así como sus
cambios bajo el dominio inca, podemos ahora acercarnos a la etnohistoria para indagar si, más allá de
las conocidas referencias a los monumentos funerarios altiplánicos, existen alusiones más generales a
huacas de estas características en las fuentes escritas. Si estas deidades ocupaban un lugar tan destaca-
do en la vida de la gente como la arqueología lo indica, sería difícil creer que pasaran desapercibidas
ante la celosa vigilancia de los evangelizadores.
Lamentablemente, carecemos de documentación específica sobre prácticas religiosas o “ido-
latrías” para Lípez o para las regiones vecinas. No obstante, si extendemos la indagación a los Andes
centrales, surgen claras homologías entre las chullpas y los monolitos o huancas según los caracteriza
Duviols en su clásico estudio sobre el tema (1979). En primer lugar, como los monolitos, las chullpas
se asocian con poblados y a campos de cultivo (¿podríamos hablar de “chullpas marcayoc y chullpas
chacrayoc”?), donde velarían por la fertilidad de la tierra y la vitalidad de las semillas, además de de-
fender las comunidades y sus territorios como antiguos guerreros de piedra (purunauca o purunruna;
Duviols 1979: 19), rodeando poblados, pucaras, áreas agrícolas o fuentes de agua. Las diferencias de
rango entre huancas replicaban las jerarquías inclusivas de los ayllus y sus autoridades en el seno de
las organizaciones segmentarias, un fenómeno que también se advierte en las chullpas, que en algunos
casos parecen vincularse con grupos domésticos y en otros, con colectivos mayores (como sucede en
Chullpas y sociedad en la historia prehispánica tardía del Altiplano Sur 585
las plazas). Las diferencias de elaboración o tamaño que muestran las torres en los sectores cercanos
a pueblos de época inca también podrían denotar jerarquías. Como vástago clavado en la tierra y que
se eleva al cielo, Duviols sostiene que el huanca operaba como vínculo o mediador entre los tres mun-
dos, uku pacha (abajo), kay pacha (donde vivimos) y hanan pacha (arriba), una función que es más clara
todavía en las chullpas que se comportan literalmente como conductos hacia el interior de la tierra.
Los huancas eran dobles líticos del mallqui o cuerpo del ancestro. Como explica Duviols (1979)
este proceso no implicaba una secuencia o metamorfosis, sino un desdoblamiento, por el que una
persona daba origen a dos entidades animadas por su agencia, fenómeno que podía repetirse y en-
gendrar a otras, como lo indica la existencia de varios huancas que encarnaban al mismo ancestro. Si
la relación que planteamos con las chullpas es válida, cabe pensar que cámaras o torres presentes en
distintos contextos (p.ej. cueva, campo y pueblo o en distintas plazas, tal vez sirviendo distintas fun-
ciones) podían estar corporizando a la misma huaca venerada por un grupo doméstico, o por distintas
comunidades, según el caso. En la cúspide de esta jerarquía de ancestralidad, los huancas encarnaban
a los míticos waris, héroes culturales que, luego de emerger de cuevas, ojos de agua y otros portales al
mundo subterráneo que se consideraban lugares de origen de cada ayllu o grupo étnico (paqarinas),
conquistaron su territorio, construyeron canales y terrazas, trajeron los cultivos y enseñaron la agri-
cultura antes de convertirse en piedras o huancas. El mito que remonta el origen de la dinastía inca al
surgimiento de los hermanos Ayar de las cuevas de Pacariqtambo y su posterior litificación muestra
la incorporación de la veneración de los huancas al Tahuantinsuyo. También aquí habría paralelismos,
teniendo en cuenta las evidencias de que, lejos de reprimir el culto a las chullpas, los incas lo reprodu-
jeron y manipularon en función de sus propios objetivos políticos.
Pensar que hay homologías entre huancas y chullpas no implica transponer todas las caracterís-
ticas de los primeros a las segundas o menospreciar la variabilidad que indudablemente caracterizaba
a las antiguas religiones andinas. Si –como hemos argumentado– la materialidad de las huacas y sus
affordances tienen una incidencia real y significativa en cómo se entendían sus poderes y sus relaciones
con los seres humanos, no cabe duda de que las diferencias entre monolitos y cámaras se tradujeron
de diferencias en la concepción de las huacas que encarnaban. La capacidad de las chullpas de contener,
por ejemplo, permitió su empleo como sepulcros y como depósitos, usos que “enredaron” a estas es-
tructuras con el mundo de los muertos y con la agricultura en formas propias. La práctica de ingresar
al interior de cámaras y torres –evidenciada en la estandarización de las dimensiones del vano y en la
presencia de escalones para acceder a él cuando se ubica en la parte superior del muro– también debió
influir en la experiencia de estos monumentos y en su sentido, de modos que aún no comprendemos.
Por el mismo motivo no debemos dar por supuesto que las chullpas tuvieron el mismo signi-
ficado y estuvieron sujetas a las mismas actividades en todas las regiones donde se encuentran. Uno
de los puntos en que coinciden quienes se han ocupado del tema es que las chullpas presentan una
gran variación entre regiones. El fenómeno de las cámaras en cuevas, por ejemplo, que es ubicuo en
Lípez y relativamente frecuente en regiones vecinas (Intersalar, San Juan Mayo, Guayatayoc), no se
presenta en el altiplano central, donde predominan las torres funerarias de adobe, a menudo deco-
radas, mientras que en el Alto Marañón (Perú), las chullpas comparten su función de alojar difuntos
con edificios de varios pisos y con nichos al interior de las viviendas (Mantha 2009). Resulta claro
que estas diferencias debieron correlacionarse con importantes variaciones en las creencias y ritos
asociados a las estructuras que nos ocupan. Queda en manos de la arqueología la tarea de desentrañar
esta diversidad.
586 Axel Nielsen
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