Hernán Lara Zavala
El desesperado
2003 - Reservados todos los derechos
Permitido el uso sin fines comerciales
Nos lo vamos a tener que cargar, joven, le dice el patrullero. ¿Pues qué le pasa? No me
parece que esté tomado. Alejandro se encuentra detenido en el asiento de la misma patrulla
que ya lo había arrestado en la zona de tolerancia unas horas antes. Va sin camisa, sin
zapatos y sin chamarra. Son las diez de la noche del viernes santo del año de 1974. Ya le
dije, denos lo que traiga, lo que sea, si no vamos a tener que entambarlo. Alejandro no ha
pronunciado una palabra. Va callado, con la cabeza baja, cubriéndose del frío con los
brazos. Tirita. La patrulla se detiene en la gasolinera de Buenavista. El conductor se baja,
abre la cajuela y saca una sudadera sin mangas y manchada de grasa. Póngasela, le dice, y
se la avienta por la ventana. Es la que uso para echar talacha pero mejor eso que nada.
Alejandro obedece. Desde la patrulla alcanza a ver los ojos luminosos y violentos de Zapata
que miran sobre Cuauhnáhuac. Los patrulleros continúan su camino. Poco antes de llegar a
la comandancia el patrullero se detiene otra vez y se vuelve hacia Alejandro: ya a lo macho
¿no trae ni un quinto? Bueno, cuando menos díganos qué carajos hacía allí. Mire, bájese y
que no lo volvamos a ver porque entonces sí nos lo chingamos.
¿No me oyo?
Llévenme a la cárcel, pide Alejandro con voz apenas audible.
¿Te acuerdas de aquel día en que nos fuimos a Taxco sin que se enteraran tus papás? Les
dijiste que ibas a estudiar en casa de una amiga. Pasé por ti a la preparatoria en La Uva,
aquel vochito morado que se me desbarató no hace mucho en "la pera". Tomamos un
cuarto con vista a Santa Prisca, en donde nos dedicamos durante toda la manana a hacer
el amor y a beber cerveza, Cuando te invite a nadar saliste vestida con un bikini negro que
yo desconocia y que no se me ha podido olvidar.
Alejandro no se rasuró. Se levantó más temprano que de costumbre, se dio un regaderazo y
se vistió con unos jeans descoloridos, unos tenis sin calcetines y una chamarra de mezclilla.
Se amarró una corbata a manera de cinturón. Contó el dinero que había logrado juntar.
Metió los billetes grandes en el bolsillo izquierdo y los billetes chicos en el derecho. Se
aseguró de llevar su acta de nacimiento, su pasaporte, su cartilla y su licencia. Los guardó
celosamente en la chamarra.
Salió de casa de sus padres, en la calle de Matías Romero, y caminó hasta la avenida
Universidad. Allí tomó un trolebús que lo dejó cerca de la C.U. donde empezó a pedir
aventón. Quince o veinte minutos después se detuvo una pick up. ¿Hasta dónde vas?
Cuauhnáhuac. Súbete. ¿De paseo?, le preguntó el tipo. Voy a arreglar un asunto, contestó
Alejandro sin mirarlo. El chofer se volvió a observarlo y al verlo tan ensimismado y
reticente encendió un cigarrillo y le subió el volumen al radio. Condujo en silencio hasta el
libramiento de Cuauhnáhtlac donde lo dejó. Alejandro camino hasta la entrada de la ciudad.
Ahí vio por primera vez los ojos impacientes, iracundos, violentos. Esperan, piensa
Alejandro, esos ojos esperan.
Tenía hambre. Decidió ir a comer al mercado. Cogió un camión en la glorieta de Zapata y
se bajo en el mercado principal. No supo por qué sospechó que ese sería su único alimento
de todo el día. Se sentó en un changarro cualquiera y pidió un plato de pancita, frijoles y
tortillas. Ah, y una Victoria bien fría. ¿Te leo la suerte?, le preguntó de súbito una voz de
mujer. Era una gitana de blusa escotada, faldas largas y vistosas, de cabello rizado y ojos
penetrantes. Tal vez pueda decirte algo que te ayude. ¿Como qué? A ver, muéstrame tu
mano. . . como que has tenido problemas con tus estudios y con tus padres. A ver, sigue. . .
Pero eso no te angustia, sabes que podrás resolverlos cuando te lo propongas. Tu problema
ahora es mucho más serio, ¿me entiendes? Pero primero dame mi dinero, exigió la gitana.
Alejandro sacó un billete y se lo dio. Hoy entrarás en la noche de la purificación sensitiva,
dijo la mujer. Pero antes de que acometas la acción que te has propuesto es necesario que
quedes en estado de pureza, de calma para que así puedas penetrar en la confusión de tu
noche, ¿me entiendes? Tú no vas a robar. El robo ya se lo ha hecho la misma persona y lo
que tú vas a hacer es devolverle el robo al robador, ¿me entiendes? Subirás a una cruz,
abrirás los brazos y ahí esperarás, ¿me entiendes?
Cuando entré al salón de clase te vi sentada en la primera fila, con tu cabello lacio y largo,
tu cara de niña buena ligeramente ladeada y con esa mirada que me permitia vislumbrar a
la mujer que había en ti y que hasta entonces no se te había pegado la gana descubrir. Tal
vez por eso te cayó mal que yo me dirigiera a la última fila del salón, me sentara y subiera
los pies sobre la banca de adelante.
Caminó en dirección del Casino de la Selva, cerca de donde sus padres tenían una casa en
condominio. Necesitaba calma y tiempo así que le hablaría desde allá. No traía la llave, ni
modo, tendría que hablar con don Nico para que lo dejara entrar. Ojalá no se la hiciera
cansada pues la última vez que estuvo allí los vecinos se quejaron con su padre. No había
sido para menos. Su amigo el Daddy y él se habían ligado a unas chavas en el Harry`s que
venían dizque a pasar eI fin de semana en el Casino de la Selva. ¿En el Casino? No la
arruinen no es de su catego, les dijo el Daddy, ¿por qué no vamos mejor a la casa de mi
cuate? La vamos a pasar muy bien sin la bola de burócratas cocinándose en la misma
alberca que nosotros. Y sin más aquellas aceptaron. Llegaron muy calmados, se cambiaron,
se untaron aceite y se tendieron al sol. Se echaron unas cubitas y al calor de los tragos
empezaron a jugar, a aventarse unos a otros a la piscina y al Daddy se le ocurrió sacar la
ropa de los maletines de las dos chavas, para que ya no pudieran ponerse nada, y la aventó
al agua, cosméticos y todo y ellas respondieron aventando el hielo y las cocas y el ron y los
zapatos de ellos y las toallas y hasta la guitarra de su viejo, qué poca, hasta que los cuatro
acabaron en un desmadre de alberca cantando está muy bien, está muy bien, está muy bien,
de esa opinión participo yo también, ¡cabrún! para indignación y enojo de los vecinos. No
hay derecho, éste es un lugar para familias, había reclamado alguien.
Quiobo don Nico, ¿qué no sería tan amable de dejarme entrar? Se me olvidó la llave. Su
papacito me dio órdenes de que no dejara entrar a nadie y menos a usted joven. No hay que
ser, don Nico, mire, nomás quiero echar un telefonazo y darme un chapuzón. Ni siquiera
me voy a quedar a dormir: No le aunque, imagínese si su papá de usted llega a enterarse.
Orale, mire tenga y cómpreme unas cervecitas y vamos a mitas. Híjole joven . . . no puedo,
de veras. . . Órale, ábrame la casa y vaya por mi encarguito. Pero sólo por esta vez, jóven.
Ya vio el problema que se me armó el otro día.
Alejandro abrió las cortinas y se puso el traje de baño. Sacó un toque del bolsillo de su
camisa y se lo fumó calmado, gozando cada jalón. Relajado cogió el teléfono y marcó: casa
del señor Méndez. Chin la ñora. Aclaró la voz ¿perdone. puedo hablar con Adela? ¿Quién
habla? Alejandro señora, soy Alejandro Morales. Mire Alejandro Adela no está pero si
estuviera tampoco se la pasaría. ¿No cree que ya le hizo suficiente daño? Ella ya se olvidó
de usted. Se casó la semana pasada y quién sabe cuando volverá a México. Se fue a vivir a
Francia. Le suplico que ya no vuelva a molestar, ¿quiere? Colgó. Pinche vieja.
¿Y ya te olvidaste de aquella vez que fuimos a Cuetzalan con tus primos? Tu tía no nos
dejaba ni un minuto a solas. Llegaron al Holel Las Garzas y yo tuve que tomar una
habitación aparte, en otro hotel. La tarde en que se te perdieron tus lentes de sol, los
relumbrones que habías comprado en Alemania, doña Estelita te dijo delante de tu tía muy
quitada de la pena, "No se preocupe, hoy mismo le amarro los huevos a San Cutufato y ya
verá que mañana aparecen". ¿Ya se te olvidó cómo te reíste durante horas por la
ocurrencia de la viejita? ¿Y se te olvidó también que esa noche salimos solos por única vez
a caminar por el pueblo y fuímos al cementerio y yo empezé a aullar como lobo y todos los
perros del pueblo me secundaron? ¿Se te olvidó que te abracé y empezamos a besarnos
mientras mis dedos desabotonaban tu blusa? ¿Qué hicimos el amor por primera vez sobre
una tumba y cuando terminamos vimos que una mujer misteriosa nos había estado
observando todo el tiempo? ¿Ya se te olvidó la sensación simultánea de miedo y de placer?
Se dirigió a su recámara, sacó unos lentes oscuros de su buró y buscó entre sus cosas un
libro que lo sacara del azote en el que lo había hundido la madre de Adela. Encontró un
pequeño libro con cubiertas de cuero rojo y salió hasta la orilla de la piscina. Una sensación
de lasitud invadía todo su cuerpo. Tenía la boca seca. Se tendió al sol y empezó a leer sobre
una fuente, una fuente oculta que corría en plena oscuridad y que era el origen de todo. Era
verdad, en algunos cuadros sobre el paraíso terrenal muchos pintores colocaban una fuente
en el centro del Edén de donde supuestamente brotaban las más misteriosas fuerzas. Sí: esa
fuente irradiaba luz en plena oscuridad y sus aguas descendían hasta los mismísimos
infiernos y podían alumbrar cualquier alma, hasta la suya, y se complació en pensar que esa
fuente estaba allí, en Cuauhnáhuac. Hoy intentaría beber de esa fuente. . .
Y aquella primera vez que nos peleamos porque no me quisiste acompañar a visitar a mi
amigo el poeta, según tu porque ahí siempre se cenaba muy tarde y se bebían martinis
durante toda la noche y se oía música guapachosa y todo el mundo le "atoraba" con todo
el mundo pero sobre todo porque le habías prometido a tus papás que no volverías a
llegar a tu casa después de las dos.
¿Le pasa algo, joven? No, don Nico, nada. Ya lleva un rato riéndose solo. Estaba leyendo,
don Nico, y lo que pensaba hizo que me ganara la risa. No ha tomado nada verdad? No, don
Nico, ya sabe que mi papá no deja en la casa ni aguarrás. Aquí está su encarguito jóven
¿tres para mi como quedamos? Y el cambio también es para usted, don Nico. Ya sabe, lo
que se le ofrezca ahí nomás me dice pero que no se entere su jefecito. Hoy hay cuete, don
Nico, ni se las huele que ando por acá. Y no vaya a armar un alboroto como el del otro día,
joven. Tranquilo, don Nico, tranquilo.
Alejandro se metió a la piscina con los anteojos puestos y una cerveza en la mano. Se
sumergió hasta el cuello. Oyó el ruido de las chicharras clamando por lluvia en el agobiante
calor del mediodia. Escuchó: tac tac tac tac tac, luego se intensificó el sonido hasta alcanzar
un tono agudo uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuhhh que logró levantar a Alejandro por los
aires para que, segundos después, el tac tac tac tac lo volviera a depositar sobre la alberca.
Caminó hasta Leandro Valle con su chamarra al hombro. Ahí cogió un Peni-Acapatzingo y
se bajó en la calle de Querétaro llena de pequeños cuartuchos con cortinas de tela floreada
en la puerta. La calle estaba seca, terregosa, llena de hoyos. Que raro: no se veía ninguna
mujer. Eran apenas las tres de la arde pero otras veces, incluso en plena mañana, la Zona
estaba rebosante. Continuó su camino. Frente a uno de los cuartos un numeroso grupo de
mujeres formaba cola. Risas, gritos, empujones. Frente a ellas una patrulla vigilaba el
orden. Qué pasa, le preguntó Alejandro a uno de los policías. Salubridad, contestó el otro,
inspección.
Se metió a una cantina: no había más de seis o siete mesas de metal, todas desocupadas. El
cantinero lo miró desde la barra y una mesera, tosca y fea, se acerco a atenderlo. Un tequila,
pidió. Se lo traen con un poco de asadura como botana. Alejandro bebió su tequila de un
trago, a la cowboy. Su cuerpo se sacudió involuntariamente. Un par de lágrimas asomó por
la comisura de sus ojos. Otro, pidió y ponga un poco de música, dijo dándole dinero a la
mesera que fue hasta la rocola y puso "la número cien".
Fuimos a ver a John Spencer a su estudio, en la Casona de Cuernavaca. Te mostró la
escultura sobre la que estaba trabajando la del padre Quino, en la que se aprecia una
carreta tirada por unos bueyes y su imagen invertida en un reflejo, como evocando que lo
que ocurre en la superficie de la tierra ocurre también en las profundidades del alma.
"Proyectos Celestiales". Nos leyó a San Juan de la Cruz y el homenaje que un poeta joven
de Segovia había escrito:
Es ahora de noche
y tus árboles tristes se desploman. . .
desdeñan los amados
amantes fidelísimos
aunque es de noche
Las mujeres se hallaban ya frente a sus cuartos. Al pasar junto a ellas lo llamaban y le
hacían todo tipo de bromas y proposiciones. Guerito, me pagas el primero y el otro va de
cachucha, le propuso una. Alejandro se volvió. Quien le había dicho eso era una morena
clara, jóven y delgada, con el cabello teñido de rojo que se encontraba sentada frente a su
cuartucho y muy parecida a la gitana que le leyó la suerte. ¿Cuánto? Ella sonrió con
picardía y mencionó una cifra ¿Va en serio lo de la cachucha? Oohhh la pelirroja corrió la
cortina y lo dejó entrar .En el cuarto no había más que una cama, una mesa pegada a la
pared con una jarra, un aguamanil y un rollo de papel sanitario. Dos veladoras iluminaban
un cuadro de la virgen de San Juan de los Lagos. Junto a la mesa había otra silla Alejandro
acomodó la chamarra sobre el respaldo y se empezó a desvestir. La pelirroja se tendió sobre
la cama, se alzó la falda y abrió las piernas. No te vas a encuerar? preguntó Alejandro. Te
cuesta otra lanita. Alejandro asintió y, sin levantarse la mujer se desabotonó la blusa y se
deslizó la falda por las piernas.
Sin besos, pidió ella. Alejandro la abrazó y sintió la mejilla tibia de la mujer. Me picas,
protestó la mujer, tu barba. Alejandro llegó hasta el fondo de la pelirroja y empezó a
socavarla a contraritmo. La mujer se movía con pericia buscando que él eyaculara lo más
pronto posible. A ver si logro el doble clochazo se dijo Alejandro. La mujer movía las
caderas en círculo tomándolo de los hombros susurrándole ya vente guerito, vente. En el
cuartucho asfixiante y bochornoso se empezó a escuchar el splash splash de sus torsos
húmedos por el sudor batiéndose uno contra el otro. El sonido calentó a Alejandro que
empezó a tirar estocadas fuertes y prolongadas. La mujer lo sintió y empezó a bombear. Su
cuerpo se convirtió en una colina por la que empezaron a rodar piedras ardientes que
sacaban chispas en la oscuridad. Alejandro se dejó de mover y empezó a sentir lava
escurriendo densa y ardiente por su cuerpo pero no fue sino hasta que sintió que la pelirroja
dejaba de moverse que el volvió a meter el clutch y entonces arremetió con furia y coraje.
Sus testículos le respondieron y enviaron una nueva y fresca oleada, una erupción que tiñó
el cielo de anaranjado y escupió fuego a borbotones. La peliroja, desconcertada, no supo
cómo reaccionar y no le quedó más que dejarse zarandear como una mariposilla que ha
caído en las garras de una campamocha.
¿Y ese domingo que te estuve buscando entre ciento quince mil espectadores en el Estadio
Azteca?
Quedó tendido sobre ella empapado de sudor. Permanecieron así durante un rato, como dos
perros ensartados después de aparearse ¿Ya levántate no? ¿Y el de cachucha? ¿A poco
creíste que por unos cuantos pesos me iba a quedar contigo toda la tarde ?
Se puso la camisa, se anudó la corbata que llevaba a manera de cinturón y pagó. Salió a la
calle Caminaba por avenida Cuauhtémoc cuando se acordó de su chamarra. Se le había
olvidado.
La pelirroja estaba en su silla recargada contra la pared a la entrada del cuartucho.
Masticaba un chicle y fumaba ¿Qué pasó mi cachondón? ¿Qué no quedaste satisfuchi? Se
me olvidó la chamarra. Pasámela no hay que ser Mira nomás como me irritaste la cara Si
parece que traías lija en los cachetes ¿Mi chamarra, no? ¿Cuál Chamarra mi guero? ¿Qué
no la dejarías en otra parte La dejé en el respaldo de la silla. Pues yo no vi ni madres.
Alejandro intentó meterse al cuartucho pero la pelirroja lo detuvo estirando el brazo:
quiobo, ¿con permiso de quién o qué? Alejandro se quedó inmóvil. Miró al piso y de súbito
pateó las patas de la silla. La pelirroja cayó estrepitosamente y él aprovechó para meterse.
La mujer empezó a dar de gritos. La chamarra ya no estaba sobre el respaldo así que buscó
debajo de la cama. Destendió la cama, quitó las sábanas y nada. Levantó el colchón y
finalmente dio con ella. Metió la mano en los bolsillos: ahí estaban todos sus papeles. Se
disponía a salir cuando vio frente a la entrada a un hombre de su estatura aunque del doble
de su cuerpo, con los brazos en vilo, en son de pelea. ¿Qué te traes güey? le dijo el tipo. Sin
mayor averiguación Alejandro le tiró una patada en los bajos. El gordo se dobló y
Alejandro le prendió un fregadazo en plena jeta. Lo tiró al piso. Intentó huir pero el gordo
logró agarrarlo de una pierna y lo jaló hacia él. Se revolcaban dándose de puñetazos cuando
intervino la policía. Los separaron. Alejandro sangraba de la nariz; lo tenían asido por los
brazos. Sobre su camisa blanca se veían gruesas gotas de sangre. Uno de los policías los
condujo hasta la patrulla, por alterar el orden.
El automóvil de la policía salió quemando llanta, la sirena y las torretas chillando
rojo/azul/rojo/azul. Alejandro alcanzó a ver las caras divertidas de las prostitutas, de los
padrotillos y de los curiosos que se habían juntado frente al cuarto de la pelirroja. Mire, le
dijo el conductor cuando salieron de la zona, no queremos perjudicarlo ni hacerle perder el
tiempo. Póngase a mano y ahí la dejamos. Con la cabeza apoyada en el respaldo del
asiento, deteniéndose la sangre de la nariz con un paliacate, Alejandro sacó unos billetes.
Aquel cinco de mayo la pasé solo en mi casa esperando, llamándote por teléfono todo el
dia. No te pude hallar y salí desesperado a buscarte por los lugares que sabía
frecuentabas. La noche anterior, en una,fiesta, te habías enojado conmigo porque estuve
bailando con otra. Te vengaste con ausencia y con silencio. Al día siguiente me enteré de
que te habías ido a Cuauhnáhuac. Desconocía la dirección de la casa de tus padres, así
que me instale en la Parroquia de donde no me moví hasta verte pasar.
Caminó hasta la Universal y pasó a los mingitorios. Se lavó la cara y las manos. Las
manchas de su camisa llamaban demasiado la atención. Se abotonó la chamarra. Pensó
volver a telefonear pero después de la actitud de la señora decidió ir directamente. Detuvo
un taxi.
El coche lo dejó frente a una casa de piedra en la calle de Cerritos, en Rancho de Cortés. En
uno de los extremos un portón de madera daba acceso al garaje, en el otro había una
pequeña puerta de hierro cortado desde donde una vereda conducía a la casa entre arcos de
bugambilias. Tras la pequeña barda de la entrada se alcanzaban a ver las ventanas de las
recámaras. Una hilera de tabachines en flor iluminaba la calle. Alejandro fue a la puerta de
hierro y tiró de la campana.
¿La señorita Adela?, le preguntó al jardinero.
¿Quién la busca?
Un amigo.
¿Quiere pasar?
La espero.
A poco rato Alejandro la vio venir por la vereda: distraída, miraba hacia el piso mientras
comía una guayaba. Era espigada de la cintura hacia arriba, de talle largo y cintura estrecha;
sus caderas y sus piernas eran fuertes y bien torneadas. Vestía un short blanco y una blusa
roja. Reconoció su cabello largo y lacio, de color oscuro; el flequillo que le caía sobre la
frente. Estaba quemada por el sol, bronceada. Sus ojos risueños, de color café oscuro, se
ensombrecieron al verlo.
Cuando me dijiste que estabas saliendo con él no le di importancia. Sabía que eras tan mía
como yo tuyo y que no teníamos más destino que el uno para el otro.
¿Qué haces aquí?
Necesito hablar contigo.
¿Sabías que me caso mañana?
Por eso precisamente quiero que hablemos.
Imposible. Salí porque creí que se trataba de otra cosa.
Vine a darte tu regalo.
Estoy ocupada. Mi familia está adentro y sabes que no te
pueden ver. Me comprometes. . .
¿Ahí está él?
No, llega hasta mañana.
¿Estás enamorada?
¿Crees que me casaría si no?
Respóndeme. ¿Estás enamorada?
En cierto modo. . .
¿Sí o no?
¿A qué viniste? ¿A molestarme?
Estás hablando como tu mamá.
¿Qué quieres?
¿Que te cases conmigo.
¡Estás loco!
Por una vez en mi vida te estoy hablando en serio.
¿Y esperaste hasta hoy para decírmelo?
Me enteré apenas ayer y de casualidad. No pude ni dormir.
Típico. Terminamos hace más de seis meses y un día antes de mi boda vienes a proponerme
matrimonio; ¿qué te crees, eh?
El hombre que amas.
Fíjate que no. Ni estoy hecha para ti ni tú para mí. Eres demasiado. . . no sé, disperso. . .
¿Y él no? ¿él no?
No, él no.
Qué tierno.
No empieces, por favor.
Vente conmigo, Adela. Vámonos a Guatemala, o a Zihua o a Playa del Carmen, a donde tú
quieras. Aquí traigo lana y todos mis papeles.
No. . .
¿Por qué? Mira Adela. . .
No, no soy tan egoísta como tú.
¿Qué quiere decir eso? ¿Que ya nunca nos vol veremos a ver?
Fíjate que sí. . .
¿Qué, ya te olvidaste totalmente de mí? ¿Ya se te olvidó todo lo que vivimos juntos?
¿Me estás haciendo un interrogatorio o qué?
Dame un beso.
No Alejandro. . .
Alguien se dirigió a Adela desde el fondo del jardín y, en tono enérgico, le ordenó que
entrara inmediatamente.
Lo siento mucho Alejandro, adiós. . .
Adela arrojó al suelo la guayaba que traía en la mano y se retiró.
El padre de Adela llegó hasta la puerta.
Váyase de aquí cuanto antes y deje de molestar a mi hija. Si no voy a llamar a la policía.
Déjeme hablar con ella cinco minutos. Si me lo permite, le doy mi palabra que no volveré a
molestarla.
Ni cinco segundos. Si usted cree que mi hija no tiene quién la proteja está muy equivocado.
Ya me dijo mi esposa que ha estado usted molestando en el teléfono. Conste que ya se lo
advertí, lárguese de aquí o le echo a la policía.
El padre de Adela se retiró.
¡Adela, Adela! ¡Escúchame Adela! ¡Soy yo! ¡Alejandro! ¡Si no sales juro que te vas a
arrepentir!
Alejandro sintió una enorme desesperación. Sacó su acta de nacimiento. La empezó a leer,
íntegra, a voz en cuello: Pedro Alejandro Morales Ricart, dijo y leyó su fecha de
nacimiento, quiénes eran sus padres, quiénes sus abuelos reclamando que si lo consideraban
poca cosa para su hija. Cuando acabó la lectura hizo bola el documento y lo arrojó tras la
puerta de la casa. Luego siguió con su cartilla, con su licencia y con su pasaporte. Se trepó
en uno de los tabachines. Oscurecía. Las chicharras de Cuauhnáhuac zumbaban y, entre las
flores rojas del árbol, Alejandro se sentía en pleno infierno. Necesitaba asomarse a la
recámara de Adela, hacerse visible. La ventana estaba iluminada así que ella debería de
estar allí. ¡Voy a quemar el dinero que junté para irme contigo! advirtió y entre gritos y
amenazas empezó a prenderle fuego a los billetes pidiéndole que se asomara. Quemó billete
por billete y cuando acabó con todo lo que traía amenazó con quitarse la ropa y arrojarla a
la casa: aventó primero la chamarra, luego la camisa ensangrentada, se quitó un zapato y lo
tiró a la ventana iluminada. Quebró el vidrio. Empezó a llover. Trepado sobre el árbol,
empapado y semidesnudo oyó la sirena y vio rojo, vio azul, vio las luces azul y rojo.
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