Reseña
de Timur KURAN (2017): La larga divergencia. La
influencia de la ley islámica en el atraso de Oriente Medio,
Editorial Universidad de Granada, Granada.
Javier GUIRADO ALONSO
TEIM
javierguiradoalonso@[Link]
[Link]
Para citar este artículo: Javier GUIRADO ALONSO (2018), Reseña de Timur KURAN (2017): La larga divergencia. La
influencia de la ley islámica en el atraso de Oriente Medio, Editorial Universidad de Granada, Granada en Revista de
Estudios Internacionales Mediterráneos, 25, 200‐205.
Publicado originalmente en 2011 en inglés como The Long Divergence. How Islamic Law Held Back
the Middle East por Princeton University Press, el ya clásico estudio de Timur Kuran sobre las
razones del atraso económico de Oriente Medio respecto a Europa occidental apareció español en
2017 en la Editorial Universidad de Granada con un título más prudente: La larga divergencia. La
influencia de la ley islámica en el atraso de Oriente Medio.
Ajeno a esencialismos, y siguiendo los modelos de autores como Avner Greif o el Nobel Douglass
North, vinculados a la Nueva Economía Institucional, La larga divergencia propone que las
instituciones existentes en Oriente Medio bloquearon la demanda de estructuras organizativas y
legales que permitieran una gestión de los recursos más productiva. Ha sido, además, base
fundamental para obras que tratan no solamente de explicar este estancamiento, sino de
responder a preguntas derivadas como por qué las tasas de convergencia en Oriente Medio y en
otras regiones del mundo han sido tan desiguales, particularmente en los siglos XIX y XX. El estudio
de 2017 de Jared Rubin (Rulers, Religion and Riches: Why the West Got Rich and the Middle East
Did Not, publicado por Cambridge University Press), discípulo de Timur Kuran, es ejemplo de esta
línea de investigación.
Traducida por María Olalla Luque Colmenero e Ignacio Garrido Manrique, la presente edición de La
larga divergencia incluye un prólogo de Fernando López Castellano en el que resume y
contextualiza los principales hallazgos del libro, y un nuevo prólogo a la edición española del
propio autor. En él, deja de lado a Al Ándalus de los principales argumentos que se tratan más
REIM Nº 25 (diciembre 2018)
ISSN: 1887‐4460
adelante por tener lugar antes de que el aumento del comercio mundial convirtiera las
instituciones islámicas en disfuncionales.
En la introducción, Kuran analiza los argumentos dados sobre el estancamiento económico de
Oriente Medio y presenta el marco y los límites de su propuesta. La primera parte se centra en la
descripción y el análisis de las instituciones islámicas más importantes históricamente,
fundamentalmente el waqf, en comparación con los nuevos modelos organizativos que surgen en
Europa occidental desde el siglo XV y que se desarrollan sobre todo a partir del XVIII. La segunda
parte analiza el estancamiento frente a la aparición de comerciantes occidentales en Oriente
Medio y su impacto en el comercio, la política y las minorías religiosas de la región. En la cuarta
parte Kuran recapitula y ofrece una serie de conclusiones sobre la propuesta.
Kuran plantea que el objetivo de la larga divergencia es “dilucidar por qué la combinación de
instituciones económicas clásicas inherentes al islam, que sí eran compatibles con el éxito
económico en el contexto de la economía medieval, fracasó al asumir las transformaciones
necesarias que deberían haber hecho de Oriente Medio una zona competitiva a escala mundial”
(p. 27).
En el primer capítulo, Kuran explica que el declive de las economías de Oriente Medio es solo un
declive relativo producido por un crecimiento más lento que los países más ricos (p. 38). Así, en
torno al año 1000, Oriente Medio y Europa occidental mostraban un desempeño económico
similar. Sin embargo, Oriente Medio falló al adoptar las medidas que hicieron despegar a los
Estados europeos (p. 39).
El capítulo 2 justifica la relevancia de presentar el islam como argumento para explicar el porqué
del atraso económico de Oriente Medio, y define algunos de los términos clave del libro. En cuanto
a lo primero, Kuran aduce tres razones: que las instituciones económicas de la región estaban
vinculadas a la ley islámica; que la religión, y en concreto el islam, tiene gran importancia como
indicador de estatus social, otorgando diferentes derechos y obligaciones a los musulmanes y a los
no musulmanes; y que han sido muchos los gobiernos y pueblos que han seguido la ley islámica en
el diseño de sus instituciones (pp. 59‐60).
El capítulo 3, que abre la tercera parte, dedicada al estancamiento en los modos de organización,
se centra en cómo el islam, en sus comienzos, supuso un estímulo a la actividad comercial. Sin
embargo, de igual modo que la peregrinación anual a La Meca (hajj) supuso la islamización de una
feria comercial, la penetración de la religión en las prácticas comerciales fue un freno al desarrollo
de otras (p. 83). El propio hajj desincentivó el surgimiento de otras ferias comerciales y reforzó los
lazos familiares a nivel económico, dificultando la acumulación de capital a través de otras fuentes
(pp. 80‐81). Sin embargo, en la primera etapa del islam, las formas comerciales eran similares a las
formas más innovadoras en Europa. Kuran compara la mudaraba (sociedad con un inversor
sedentario y el comerciante que viaja) con la commenda europea, y la musharaka (los mercaderes
también contribuyen a la financiación del trayecto) con la societas maris (p. 85).
En el capítulo 4 Kuran comienza a definir la persistencia de las formas organizativas propias de la
ley islámica que, pese a todo, fue perfectamente eficaz hasta el siglo XV (p. 96). Sin embargo,
algunas características como la excesiva facilidad para romper las relaciones contractuales no
REIM Nº 25 (diciembre 2018)
ISSN: 1887‐4460
201
fomentaba la inversión de grandes cantidades por muchos socios para empresas más lejanas (p.
97). Tampoco permitían que los sucesores heredaran las participaciones, lo que supone una traba
a nivel temporal. En el marco europeo se desarrollaron la compagnia, en la Italia del siglo XIII, una
commenda que permitía la herencia de participaciones, o el sistema de distribución radial, que
permitía unir sociedades jurídicamente independientes, sistema que siguieron los Médici (p. 106).
De origen medieval también son la sociedad colectiva, la sociedad limitada y la sociedad anónima,
algunos de cuyos primeros representantes fueron las compañías de las Indias Orientales inglesa,
francesa u holandesa (p. 108). Esta forma, además, fomentó el desarrollo de la personalidad
jurídica, fundamental a nivel legal y comercial más adelante. Kuran señala que el éxito de estos
modelos se debe a su dinamismo y a haber sido desarrollados por agentes privados (p. 110).
Apunta después el autor que uno de los principales frenos al desarrollo de este tipo de sociedades
en el mundo islámico fue el sistema de sucesión (p. 110), tema del que se ocupa el capítulo 5.
Precisamente, uno de los aspectos que más regula el Corán es la herencia. En lo relativo al ámbito
comercial, lo fundamental es que la ley islámica fragmenta la propiedad. Uno de los recursos para
mantener unida la propiedad de un individuo es el waqf. Sin embargo, su vocación de servicio lo
hace ineficaz como forma comercial (p. 113). La poligamia, por otro lado, aunque solo fue común
entre los ricos, también contribuyó a la fragmentación de la propiedad (p. 116), que no favorece el
desarrollo comercial.
El capítulo 6 analiza la inexistencia del concepto de corporación en la ley islámica. Aunque aparece
en el siglo XIX tomada del Código Mercantil francés, no se difundió en Oriente Medio de forma
mayoritaria hasta el siglo XX. Comparando el bloqueo de la ley islámica con el surgimiento de la
corporación en Europa, Kuran llega a la conclusión de que en determinados momentos se dio un
contexto de vacío de poder que favoreció la creación de sistemas jurídicos privados (p. 135) que se
enmarcan en una trayectoria a largo plazo favorable a la empresa.
Los mecanismos que llevaron al surgimiento de la figura de la empresa en Europa occidental y las
barreras que hubo en Oriente Medio para que no surgiera son analizados en el capítulo 7. Una de
las innovaciones fundamentales fue la introducción de la sociedad por participaciones, que al ser
transferibles reducían el riesgo que asumían los accionistas en proyectos cada vez más complejos
(pp. 151‐152). En cambio, en Oriente Medio no se reconocía la personalidad jurídica ‐otra de las
innovaciones fundamentales‐ y lo más parecido a una sociedad mercantil era el waqf. Se hacía
necesario incorporar “las bolsas de valores, los bancos, la contabilidad moderna, la prensa
económica e incluso un nuevo sistema judicial” (p. 159) para que fraguara la sociedad mercantil en
Oriente Medio. Las características del waqf, que no busca generar beneficios, que no tiene una
participación transferible, que no delimita una separación entre la propiedad del waqf y la de su
administrador y que carece de personalidad jurídica, actuó como inhibidor de tales innovaciones
(p. 160). Del mismo modo, las rentas que obtenían los cadíes de los waqfs hicieron que fueran un
grupo poco favorable a su evolución (p. 161), y otros sectores que podrían haber demandado otras
formas de organización, como los recaudadores de impuestos o los gremios, notaron la falta de
apoyo o la limitación que imponían las autoridades evitaron su desarrollo (pp. 163‐165, p. 167).
El interés y el crédito son el centro del capítulo 8. No fue hasta el siglo XIX cuando aparecieron
bancos modernos en el Imperio otomano. Además, seguían el Código Mercantil francés, no
normativa local. Kuran traza el origen de este desequilibrio en la riba, una institución prohibida por
202
el Corán que consistía en doblar la deuda de un prestatario si no se satisfacía a tiempo (p. 176). Tal
prohibición se extendió en la ley islámica a todo tipo de interés, pese a que no hay en el Corán
ninguna pena terrenal por su cobro (p. 180). De todas maneras, en el Imperio otomano se
cobraron intereses de forma subrepticia, con eufemismos presentes en documentos contractuales
como “pago por ropa”, “cumplimiento religioso” o “impuesto de timbre once por diez” (p. 181).
Frente a los estados de Europa occidental, las sociedades mercantiles islámicas no favorecieron el
desarrollo de la banca moderna en Oriente Medio, ya que se disolvían con la muerte de uno de sus
fundadores, contaban con escasos depósitos (pp. 188‐189) y carecían de personalidad jurídica.
El capítulo 9 inaugura la tercera parte del libro y analiza el éxito de las minorías etnorreligiosas,
sobre todo griegos y armenios, y algo menos los judíos, en el Imperio otomano en el XIX, atribuido
“al favoritismo de Occidente hacia la población no musulmana, al imperialismo europeo y al
carácter exclusivista de las propias minorías” (p. 201). Las potencias europeas crearon unas redes
comerciales que beneficiaron sobre todo a estas minorías, que tenían la posibilidad de elegir bajo
qué jurisdicción operaban, inclinándose en muchos casos por la más favorable legislación de los
Estados europeos. La elección de jurisdicción procede de una tradición que se origina en el pacto
de Omar, que data del siglo VIII, según el cual judíos y cristianos podían elegir un tribunal no
islámico, salvo en el ámbito penal, y se desarrolla plenamente con el sistema de millet otomano.
Sin embargo, no fue hasta el siglo XVIII cuando las minorías religiosas se inclinaron por elegir
tribunales no islámicos de forma mayoritaria, ya que, señala el autor, los tribunales propios eran
más difíciles de costear y las organizaciones comerciales islámicas fueron lo suficientemente
flexibles hasta ese siglo (p. 212).
Así, no fue hasta el siglo XIX cuando las minorías se desarrollaron económicamente frente a la
población musulmana, tal como explica el capítulo 10. Frente a la creencia generalizada de que el
comercio en Oriente Medio estuvo siempre ligado a judíos y cristianos, las fuentes demuestran
que hasta el siglo XIX fueron los musulmanes los principales comerciantes (p. 222). A partir del
siglo XVIII, su actividad descendió en picado y fueron griegos, armenios y judíos quienes se
hicieron cargo de las profesiones más lucrativas (p. 226), ocupando el distrito de Gálata, en
Estambul, centro financiero del Imperio otomano. En ciudades como Esmirna, el comercio quedó
en manos de los griegos; en Beirut, a cargo de cristianos. El fenómeno se dio en las principales
ciudades comerciales. Kuran apunta que esto se debió a la protección que recibieron de las
potencias extranjeras a través de los consulados, extendiendo no solo modelos organizativos sino
también redes comerciales y figuras privilegiadas como la del dragomán, intérprete y asesor local
de cónsules y comerciantes extranjeros en el terreno (pp. 231‐232).
Las capitulaciones, tratados de comercio bilaterales del Imperio otomano, son explicadas en el
capítulo 11. Abolidas con la Gran Guerra, comienzan a firmarse a finales de la Edad Media y,
aunque marginaron a los que no pertenecieran al grupo afectado, introdujeron innovaciones
institucionales a largo plazo que sentaron las bases de algunas reformas cruciales a principios del
XIX (p. 242). Las capitulaciones, en origen, pretendieron atraer a comerciantes extranjeros, que
tributaban por sus mercancías más que los musulmanes, mediante la concesión de privilegios,
derechos y exenciones.
Como explica el capítulo 12, muchos de estos privilegios tuvieron que ver con los tribunales. El
valor que se le daba a los contratos orales frente a los documentos, o la mayor veracidad que se
REIM Nº 25 (diciembre 2018)
ISSN: 1887‐4460
203
concedía al testimonio de un musulmán frente al de un comerciante de otra confesión eran parte
de un sistema que Max Weber llamó “justicia‐cadí” y que tildó de arbitrario (p. 263). En general,
un sistema cerrado, centrado el intercambio personal, generaba unos incentivos que bloqueaban
los requisitos legales del comercio a la europea. Por ello, se introdujo la posibilidad de que los
extranjeros pudieran regirse por sus propios códigos mercantiles.
El capítulo 13 analiza la figura del cónsul. Los comerciantes de Oriente Medio, a diferencia de los
europeos, no tuvieron a su servicio una red de cónsules que velaran por sus intereses, según el
autor porque las instituciones comerciales, acostumbradas al comercio a pequeña escala, no
demandaban una figura de este tipo. Kuran denomina de forma genérica cónsul a la figura que
protegía los intereses de los comerciantes, frente al embajador, que protegía los de los Estados (p.
289), y determina que su función principal era la de “salvaguardar los privilegios capitulares” (p.
290).
La principal conclusión que extrae el autor es que todo el entramado institucional de Oriente
Medio se reforzaba a sí mismo y contribuyó al estancamiento comercial y económico de la región.
Frente a creencias esencialistas, señala que “la región no estaba precisamente abocada a ser una
zona subdesarrollada” (p. 314) ya que contaba con una legislación contractual bastante sofisticada
para la época. No fue hasta el siglo XIX cuando se materializó este estancamiento relativo a Europa
occidental.
De hecho, Kuran sostiene que los descubrimientos que los Estados europeos realizaron
incentivaron el desarrollo de innovaciones organizativas que permitieran financiar empresas
comerciales de mayor volumen a regiones más lejanas. A partir de esta expansión comercial, las
minorías religiosas que vivían en Oriente Medio se beneficiaron de este desarrollo (pp. 317‐319).
En cambio, Oriente Medio sufrió el obstáculo de una serie de instituciones. Kuran distingue dos
tipos, las que estaban presentes en las primeras décadas del surgimiento de islam y las que se
desarrollaron más tarde. Del primer grupo señala el sistema sucesorio y la poligamia, que evitan la
concentración de la riqueza; la prohibición de los intereses; la ausencia de un concepto de
corporación; la elección de legislación de las minorías, que bloqueó el desarrollo del resto de la
población; la prohibición de la apostasía, que impidió a musulmanes beneficiarse de dicha
elección; y la inexistencia de organizaciones que protegieran los intereses de los comerciantes (p.
321).
Del segundo grupo señala el derecho contractual; la institución del waqf, que bloqueó el desarrollo
de instituciones más flexibles; el sistema judicial; y las capitulaciones, que concentraron el
desarrollo en extranjeros y minorías. Como respuesta, las reformas que se hicieron, que no fueron
lo suficientemente eficaces; el alto nivel de corrupción y nepotismo; la incapacidad de los
gobernantes de asumir innovaciones; la debilidad del sector privado y la sociedad civil; o la
incertidumbre política que han supuesto los gobiernos autocráticos e islámicos (p. 328), tampoco
han contribuido a que Oriente Medio haya crecido al nivel de Occidente.
No es, concluye Kuran, el conservadurismo del islam, como se suele decir, el causante del
estancamiento de Oriente Medio, sino un entramado institucional que se refuerza a sí mismo (p.
334).
204
Falta, quizá, alguna referencia a la escasa convergencia entre las economías de Oriente Medio y las
economías más desarrolladas durante el siglo XX o a la ausencia de iniciativas industriales de
cualquier tipo, más allá del comercio con Europa.
En cualquier caso, La larga divergencia presenta, desde el marco de la economía institucional, la
que probablemente sea ya la hipótesis por defecto sobre el estancamiento económico en Oriente
Medio, y se ubica en una literatura junto a otros economistas como Pamuk o Rubin, antes citado,
que proporciona herramientas para el tratamiento de la divergencia no solo para esta región y
marco temporal.
REIM Nº 25 (diciembre 2018)
ISSN: 1887‐4460
205