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The Friend Zone

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El presente documento es una traducción realizada por Sweet

Poison. Nuestro trabajo es totalmente sin fines de lucro y no recibimos


remuneración económica de ningún tipo por hacerlo, por lo que te
pedimos que no subas capturas de pantalla a las redes sociales
del mismo.
Te invitamos a apoyar al autor comprando su libro en cuanto esté
disponible en tu localidad, si tienes la posibilidad.
Recuerda que puedes ayudarnos difundiendo nuestro trabajo con
discreción para que podamos seguir trayéndoles más libros.
A no le gustan los dramas, lucha hasta la muerte
por sus amigos y no tiene sitio en su vida para los hombres que no la
entienden.
Además, guarda un gran secreto: se someterá a un procedimiento
médico que le impedirá tener hijos.
Planear la boda de su mejor amiga es agridulce para Kristen, sobre todo
cuando conoce al padrino, .
Él es divertido, sexy, nunca se ofende por su racha kilométrica de
sarcasmo, y siempre está una enchilada de pollo delante de su hambre.
Hasta su perro, lo adora.
El único problema: Josh quiere tener una algún día.
Kristen sabe que él estaría mejor con otra persona, pero a medida que
crece su atracción, es cada vez más difícil mantenerlo a distancia.

The Friend Zone, libro 1.


Vi el mensaje de texto mientras el semáforo estaba en rojo.

Celeste: No te voy a dar un centavo, Josh. Vete a la mierda.

―Maldita sea ―murmuré, tirando mi teléfono en el asiento del


pasajero. Sabía que ella haría esto, dejarme atorado con la deuda. Mierda.
Le dejé el contenido de toda la casa y todo lo que le pedí a cambio fue
que pagara la mitad de la factura de Lowe's. La mitad de los
electrodomésticos por valor de tres mil dólares que le dejé generosamente
en lugar de venderlos, a pesar de que la tarjeta y los pagos estaban a mi
nombre. Y, por supuesto, yo fui de alguna manera el imbécil en todo esto
por dejar el estado por un nuevo trabajo tres meses después de que nos
separamos.
Sabía de buena fuente que se juntó con un tipo llamado Brad.
Esperaba que Brad disfrutara de mi estufa de gas inoxidable Samsung
con horno doble.
El calor con olor a asfalto entró a través de mis ventanas abiertas
mientras estaba parado en el embotellamiento a vuelta de rueda en
Burbank. Incluso los domingos había tráfico. Necesitaba arreglar mi aire
acondicionado si quería sobrevivir en California, otro gasto que no podía
pagar. Debería haber caminado a la tienda de comestibles, probablemente
habría llegado más rápido a este ritmo y no habría desperdiciado
gasolina, otra cosa que cuesta el doble que en Dakota del Sur.
Tal vez mudarme fue mala idea.
Este lugar podría llevarme a la bancarrota. Tenía que organizar la
despedida de soltero de mi mejor amigo, hubo gastos de mudanza, el
costo de vida era más alto... y ahora esta mierda.
El semáforo se puso verde y avancé, luego, la camioneta frente a mí pisó
los frenos y golpeé su defensa sacudiéndola.
Mierda, tienes que estar bromeando.
Mi día se había arruinado oficialmente dos veces en menos de treinta
segundos y aún no eran ni las 8:00 am.
El otro conductor entró en un estacionamiento de Vons y me hizo señas
por la ventana para que lo siguiera. Una mujer, lo sabía por una pulsera
en su muñeca. La seña con la mano de alguna manera logró ser sarcástica.
Buena camioneta, sin embargo. Una Ford F-150, aún traía placas de
distribuidor, era una pena que la hubiera golpeado.
Ella se estacionó y me detuve detrás de ella, apagué el motor y busqué
en mi guantera la información de mi seguro mientras la mujer saltaba de
su vehículo y corría para ver su defensa.
―Oye ―dije, saliendo―. Lo siento por eso.
Se dio la vuelta de su inspección y me vio.
―¿Sí sabes que tienes un trabajo, verdad? ¿No golpear el auto frente a
ti? ―Ella ladeó la cabeza.
Era pequeña, tal vez medía el metro cincuenta y siete. Petite. Una
mancha de humedad oscura caía en cascada por la parte delantera de su
blusa. Tenía el cabello castaño hasta los hombros y ojos marrones. Bonita.
Impresionante mirada.
Me rasqué la mejilla, las mujeres irritadas eran mi especialidad. Con
seis hermanas, estaba bien entrenado.
―Vamos a echar un vistazo ―dije tranquilamente, poniendo mi voz
calmada de crisis―. Veamos a lo que nos enfrentamos.
Me agaché entre la parte trasera de su camioneta y la parte delantera de
la mía y examiné los daños mientras ella se paraba sobre mí, con los
brazos cruzados. Levanté la mirada hacia ella.
―Toqué el enganche de tu remolque, tu camioneta está bien. ―La mía
tenía una pequeña abolladura, pero no era nada importante―. No creo
que debamos involucrar a nuestras compañías de seguros.
No podía permitirme tener un accidente en mi historial de manejo, no
era bueno para mi trabajo. Me puse de rodillas y me giré hacia ella.
Ella se inclinó y jaló el enganche. No se movió.
―Está bien ―dijo, obviamente satisfecha con mi evaluación―.
Entonces, ¿terminamos aquí?
―Creo que podemos terminar.
Se dio la vuelta, lanzándose al lado del pasajero de su camioneta
mientras yo me dirigía a la tienda de comestibles. Entró en la cabina con
las piernas colgando del asiento mientras se inclinaba sobre su estómago.
Su sandalia se cayó en el estacionamiento con un plop.
Ella tenía un buen trasero.
―Oye ―dijo, girándose para verme mientras pasaba―. ¿Qué tal si en
lugar de verme el trasero, te vuelves útil y me traes unas servilletas?
Atrapado.
Puse un pulgar sobre mi hombro.
―Oh, no tengo servilletas en mi camioneta.
―Piensa fuera de la caja ―dijo con impaciencia.
Sintiéndome un poco culpable por admirar abiertamente sus atributos,
o más bien por haber sido descubierto haciéndolo, decidí ser útil. Regresé
a mi camioneta, abrí mi bolso de gimnasia y agarré una camiseta. Cuando
se la entregué, ella la agarró y volvió a meterse en la cabina.
Me quedé ahí, sobre todo porque ella tenía mi camiseta favorita, pero
también porque la vista no era motivo de queja.
―¿Todo bien? ―Traté de ver más allá de ella hacia el asiento delantero,
pero bloqueaba mi línea de visión.
Un pequeño perro café claro con barba blanca me gruñó desde la
ventana del asiento trasero, era uno de esos pequeños perros de bolsillo.
Me burlé. Llevaba ropa real.
―Derramé café en la camioneta nueva de mi amigo ―dijo desde
adentro. Perdió su otra sandalia en el estacionamiento sofocante y ahora
estaba descalza, con los dedos de los pies pintados de rojo sobre el
estribo―. Está en todas partes. Así que no, no está bien.
―¿Tu amigo es un imbécil o algo así? Fue un accidente.
Se giró para mirarme como si le hubiera dado una patada a su perro.
―No, él no es un imbécil. Tú eres el imbécil. Probablemente estabas
enviando mensajes de texto.
Ella era luchadora. Aunque un poco demasiado linda para asustarme.
Tuve que esforzarme mucho para evitar que mis labios se levantaran en
las comisuras y me aclaré la garganta.
―No estaba enviando mensajes de texto, y para ser justos, tú pisaste los
frenos sin ninguna razón.
―La razón era que necesitaba parar. ―Se volteó hacia el desorden.
Sospeché que la razón era que se derramó café encima y frenó por
reflejo, pero no iba a pinchar al oso. Bien entrenado.
Deslicé mis manos en mis bolsillos y me balanceé sobre mis talones,
entrecerrando los ojos hacia el letrero de Vons en el estacionamiento a mi
izquierda.
―Okey. Bueno, fue bueno charlar contigo. Deja mi camiseta en el
parabrisas cuando hayas terminado.
Se subió al lado del pasajero de la camioneta y cerró la puerta de golpe.
Negué con la cabeza y me reí entre dientes todo el camino a la tienda.
Cuando volví a salir, ella ya no estaba y mi camiseta no estaba a la vista.
Shawn plantó una silla justo en medio de la sala de estar de la estación
de bomberos y se sentó a horcajadas hacia atrás, frente a mí. Hacía esto
para poder acosarme lo más humanamente posible.
Me senté en uno de los seis sillones reclinables de cuero café
estacionados frente al televisor. Mi Yorkie, Stuntman Mike, se paró en mi
regazo, gruñendo.
Shawn rebotó sus cejas hacia mí bajo su estúpido cabello copetudo.
―¿Qué pasa chica? ¿Pensaste en lo que te dije? ―Él sonrió.
―No, Shawn, no tengo nada de mexicana en mí, y no, no quiero
ninguno.
El capitán de la estación de bomberos, Javier, vino por el pasillo hacia
la cocina mientras yo me inclinaba hacia adelante con una mano sobre la
cabeza de mi perro.
―Shawn, quiero que sepas que, si necesitara el boca a boca y tú fueras
el último paramédico en la Tierra, prefiero las donaciones hechas a la
ASPCA en lugar de las flores en mi funeral.
Javier se rio mientras se servía un café, y Brandon se rio entre dientes
sobre su libro en el sillón reclinable a mi lado.
―Shawn, piérdete.
Shawn se levantó y agarró su silla, murmurando mientras la arrastraba
hacia la mesa.
Sloan volvió rápidamente del baño. Llevaba puesta esa falda blanca de
lino que se compró cuando estuvimos en México el verano pasado y
sandalias que se abrochaban hasta la pantorrilla. Parecía Helena de Troya.
Mi mejor amiga era hermosa. Cabello rubio hasta la cintura, tatuajes de
colores en el brazo izquierdo y una piedra brillante en el dedo anular.
Brandon era su bombero y prometido igualmente atractivo.
Era domingo. Día familiar en la estación cuando los cuatro chicos de
turno podían traer a sus amigos y familiares para desayunar con ellos si
así lo deseaban. Sloan y yo fuimos las únicas interesadas esta mañana. La
esposa de Javier estaba en la iglesia con sus hijas y Shawn no tenía novia.
Imagínate.
Técnicamente yo estaba aquí por Josh, el cuarto miembro del equipo,
aunque nunca lo había visto antes.
Josh, el mejor amigo de Brandon, acaba de ser transferido de Dakota
del Sur para ser el nuevo conductor del camión. Él será el padrino de
Brandon y yo la dama de honor de Sloan para su boda del 16 de abril en
dos meses. Josh se perdió la fiesta de compromiso, por lo que era muy
importante que nos encontráramos de inmediato.
Revisé mi teléfono para ver la hora. Me moría de hambre y me ponía
irritable. El desayuno corría a cargo de Josh hoy, pero aún no había
aparecido, así que nadie estaba haciendo nada y todo lo que había tomado
era café.
Ya me estaba enojando, y ni siquiera lo había conocido todavía.
―Entonces ―dijo Sloan, sentándose en el sillón reclinable al lado de
Brandon―. ¿Vas a decirme dónde conseguiste la camiseta?
Vi la camiseta negra de hombre de Wooden Legs Brewing Company
que me anudé a la cintura.
―No.
Ella volteó a verme.
―Te fuiste por tampones y volviste usando una camiseta al azar. ¿Hay
alguna razón en particular por la que me ocultas esto?
Brandon levantó la vista de su libro, él era un tipo bastante sensato. Por
lo general, no dejaba que las cosas lo molestaran, pero explicarle que había
bautizado su nueva camioneta con mi café Sumatra negro probablemente
me ganaría una severa mirada de desaprobación que de alguna manera
sería peor que si me maldijera.
Opté por no hacerlo.
La limpié, y me las arreglé para no dañar la defensa en el choque que
provoqué al pisar los frenos cuando lo derramé por todas partes. Lo que
no sabía no le haría daño.
Como mi blusa ya estaba arruinada, la usé para limpiar el desorden y
me cambié por la camiseta del chico del estacionamiento en su lugar.
―Es de Tyler ―mentí―. Huele a él, simplemente lo extrañaba.
―Acerqué la nariz a la parte superior del cuello e hice una demostración
de inhalación.
Maldita sea, olía bien.
Ese tipo era un poco sexy, pude ver que había un buen cuerpo debajo
de esa ropa, y era bien parecido también. El tipo de rostro juvenil bien
afeitado que siempre me atraía.
Necesitaba tener sexo, estaba empezando a fantasear con extraños.
Había pasado demasiado tiempo, Tyler no había estado en casa en siete
meses.
El rostro de Sloan se suavizó.
―Aww, eso es tan dulce. Es triste que no puedas estar con él mañana
en el Día de San Valentín, pero solo tres semanas más y lo tendrás para
siempre.
―Sí, su despliegue habrá terminado y oficialmente viviremos juntos.
―Una punzada de nervios se retorció en mi estómago, pero mantuve mi
rostro neutral.
Sloan sonrió y se llevó una mano al corazón. No le agradaba mucho
Tyler, pero seguía siendo una romántica.
Mis cólicos aumentaron y me agarré el estómago con una mueca. Estaba
en medio de otro período épico. Esto, junto con el hambre, los eventos de
antes y el drama policial de las 3:00 am en mi casa del que no le conté a
Sloan, me tenía de muy mal humor. Estaba tan cansada que intenté
enchufar mi cargador en mi taza de café en lugar de en mi teléfono.
Sloan consultó su reloj y luego buscó en su bolso sin pronunciar palabra
y me puso dos Aleve en la mano. Me entregó su vaso de agua y me dio
las pastillas en una rutina bien ensayada que habíamos perfeccionado
durante nuestros cinco años como compañeras de casa.
Tragué las pastillas y me giré hacia Brandon.
―¿Ese libro es bueno?
―No está mal ―dijo, viendo la portada―. ¿Quieres tomarlo prestado
cuando lo termine? ―Luego vio más allá de mí y sus ojos se iluminaron―.
Oh, hola, amigo.
Seguí su mirada hacia la puerta y me quedé boquiabierta. El apuesto
idiota de Vons estaba ahí con bolsas de comestibles.
Nuestras miradas se encontraron desde el otro lado de la habitación, y
nos observamos sorprendidos, luego sus ojos se posaron en mi ”su“
camiseta, y la comisura de su boca se transformó en una sonrisa.
Me puse de pie, poniendo a Stuntman en la silla mientras el chico
dejaba sus compras y caminaba hacia mí. Contuve la respiración,
esperando ver cómo iba a suceder esto.
Brandon dejó su libro sobre el brazo del sillón reclinable y se levantó.
―Josh, esta es Kristen Peterson, la mejor amiga de Sloan. Kristen, Josh
Copeland.
―Bueno, hola, es un placer conocerte ―dijo, agarrando mi mano con
demasiada fuerza.
Entrecerré los ojos.
―Encantada de conocerte también.
Josh no soltó mi mano.
―Oye, Brandon, ¿no compraste una camioneta nueva este fin de
semana? ―preguntó, hablando con su amigo, pero viéndome fijamente.
Lo vi, y sus ojos marrones brillaron.
―Sí. ¿Quieres verla? ―le preguntó Brandon.
―Después del desayuno, me encanta ese olor a auto nuevo, la mía solo
huele a café.
Le puse los ojos en blanco y su sonrisa se hizo más grande. Brandon no
pareció darse cuenta.
―¿Tienes más bolsas? ¿Quieres ayuda? ―preguntó Brandon. Sloan ya
se había levantado y estaba en la cocina desempacando productos.
―Solo un viaje más, yo puedo ―dijo Josh, con sus ojos invitándome sin
palabras a salir.
―Iré contigo ―anuncié―. Olvidé algo en la camioneta.
Sostuvo la puerta para mí, y tan pronto como estuvo cerrada, me giré
hacia él.
―Será mejor que no digas una mierda. ―Puse un dedo en su pecho.
En este punto, se trataba menos del derrame de café y más de no querer
revelar mi descarado intento de encubrir mi crimen. No mentía por regla
general y, por supuesto, la única vez que hice una excepción, estuve
inmediatamente en posición de ser chantajeada. Maldita sea.
Josh arqueó una ceja y se inclinó.
―Me robaste la camiseta, ladrona de camisetas.
Crucé los brazos.
―Si alguna vez quieres volver a verla, mantén la boca cerrada.
Recuerda, tú me chocaste por detrás. Tampoco te irá bien a ti.
Sus labios se curvaron en una sonrisa que era irritantemente atractiva.
Tenía hoyuelos. Hoyuelos de mierda.
―¿Yo te choqué por detrás? ¿Estás segura? Porque no hay evidencia de
que eso sucediera. No hay ningún daño en la camioneta, ni informe
policial. De hecho, mi versión del evento es que vi a una mujer histérica
angustiada en el estacionamiento de Vons y le di mi camiseta para
ayudarla, luego ella se fue con eso.
―Bueno, ahí está tu primer error ―dije―. Nadie creería que estaba
histérica. Yo no soy histérica.
―Buena información. ―Se inclinó hacia adelante―. Ajustaré mi
historia en consecuencia. Una mujer tranquila pero grosera me pidió
ayuda y luego se robó mi camiseta favorita. ¿Mejor? ―Estaba sonriendo
tan grande que casi se estaba riendo.
Idiota.
Apreté los labios y di otro paso más cerca de él. Parecía divertido
cuando invadí su espacio personal. Él no retrocedió y lo vi con el ceño
fruncido.
―Tú quieres tu camiseta, yo quiero tu silencio. Esta no es una situación
difícil de resolver.
Me sonrió.
―Tal vez te deje quedarte con la camiseta. No te queda nada mal.
―Luego se giró hacia su camioneta, riendo.
En honor a la regla de los nuevos cocineros, preparé el desayuno para
la tripulación del turno C. Una sartén de huevo a la mexicana, mi
especialidad.
Estaba a prueba, era el novato. A pesar de que tenía cinco años en el
trabajo, solo tenía cinco turnos en esta estación. Eso significaba que yo era
el último en sentarse a comer y el primero en levantarse y lavar los platos.
Prácticamente era un sirviente, me tenían limpiando baños y cambiando
sábanas. Todo el trabajo duro.
Sloan y Kristen optaron por ayudarme, y Brandon se compadeció de
mí, así que todos se quedaron en la cocina limpiando las encimeras y
quitando la comida de los platos mientras yo los lavaba y Shawn y Javier
jugaban a las cartas en la mesa.
Kristen me vio con furia durante toda la comida, pero solo cuando
pensaba que nadie la estaba viendo. Fue un poco divertido, de hecho.
Seguí bromeando con ella. Por lo que deduje a través de mi insistencia,
les dijo a todos que la camiseta era de su novio.
Yo no iba a decir nada. Brandon no necesitaba que le robaran la
emoción de su nueva camioneta al enterarse de que ya había sido
profanada, pero yo estaba disfrutando mucho jodiendo a Kristen, y ella
no se quedó de brazos cruzados. Me igualó ojo por ojo.
―Entonces, Josh, tú conduces el camión de bomberos, ¿verdad?
―Kristen preguntó casualmente, limpiando la estufa.
―Sí. ―Sonreí.
―¿Eres bueno en eso? ¿No tienes problemas para detener esa cosa
cuando lo necesitas? ―Ella ladeó la cabeza.
―No, mientras alguien no pise los frenos frente a mí, estoy bien.
Mirada. Sonrisa Burlona. Repetir. Y Sloan y Brandon no se daban
cuenta. Era lo más divertido que había hecho en semanas.
Sloan me pasó la tabla de cortar para que la lavara.
―Acompañarás a Kristen por el pasillo en la boda. ―Ella le sonrió a su
amiga―. Ella es mi dama de honor.
―Espero que camines mejor de lo que conduces ―murmuró Kristen en
voz baja.
Sonreí y cambié de tema antes de que Sloan o Brandon hicieran
preguntas.
―¿Cómo se llama tu perro, Kristen?
La pequeña cosa se sentó en su regazo durante todo el desayuno. De
vez en cuando, su cabeza se asomaba por encima de la mesa para ver su
plato, con la punta de la lengua afuera. Parecía un Ewok esponjoso.
―Su nombre es Stuntman Mike.
Levanté una ceja sobre mi fregadero de platos.
―¿Tarantino?
Ella levantó la suya.
―¿Has visto Death Proof?
―Claro, es una de mis películas favoritas. Kurt Russell como Stuntman
Mike. ¿Y tu perro tiene problemas? ―pregunté. El pequeño Yorkie vestía
una camiseta que decía TENGO PROBLEMAS.
―Sí, en su mayoría son con Shawn.
Me reí.
Sloan barrió los tallos de cilantro con su mano y los arrojó a la basura,
y Brandon sacó la bolsa y ató la parte superior.
―Kristen tiene un negocio en línea llamado Doglet Nation ―dijo
Brandon―. Ella vende artículos para perros pequeños.
―¿Ah, sí? ¿Como qué? ―pregunté, poniendo una cacerola en la rejilla
para que se secara.
Kristen sacó los filtros de café y los tiró en la bolsa de abono.
―Ropa, bolsos, golosinas gourmet para perros. Sloan las hornea,
aunque nuestro artículo más caro son nuestras escaleras.
―¿Escaleras?
―Sí, los perros pequeños generalmente no pueden saltar a una cama
alta, así que hacemos escaleras personalizadas que combinan con su juego
de colchas. Colores, alfombras, diseños.
―¿Y la gente compra eso? ―Puse a secar el último plato en la rejilla y
me quité los guantes de goma.
―Oh, sí, lo compran. ¿Por qué gastarías un par de miles de dólares en
una linda cama Pottery Barn o Restoration Hardware, solo para tener una
espantosa escalera de espuma al lado de PetSmart?
Asentí.
―Lo entiendo, supongo.
―Lo que me recuerda, no tengo carpintero ―le dijo a Sloan.
La frente de Sloan se arrugó.
―¿Qué? ¿Desde cuándo?
―Desde que Miguel me abandonó la semana pasada. Consiguió un
trabajo sindical en Universal haciendo trabajo fijo. Me dejó como si fuera
radiactiva y tengo pedido de tres escaleras.
Sloan negó con la cabeza.
―¿Qué vas a hacer?
Kristen se encogió de hombros.
―Puse un anuncio en Craigslist. Espero que el tipo no termine siendo
una especie de pervertido que quiera matarme para vender mis órganos
en el mercado negro.
Resoplé.
Brandon asintió mientras ponía una bolsa nueva en el bote de basura.
―Josh es carpintero. Él es bastante bueno en eso también.
Sloan me vio.
―¿De verdad?
Brandon ya estaba sacando su teléfono celular. Sabía lo que le estaba
enseñando. El bar tiki que construí en mi patio trasero. El bar tiki de
Celeste. El bar tiki de Brad.
―Mira ―le dijo, entregándole el teléfono―. Él construyó esto.
Sloan asintió con aprobación, luego, le pasó el teléfono a Kristen, y lo
vio antes de que sus ojos se dispararan hacia los míos.
―No está mal ―dijo a regañadientes.
―Gracias, pero no estoy buscando ningún trabajo adicional ―dije,
cortándolos. No necesitaba construir escaleras para perros por centavos
en mi día libre. La sala de mi nuevo apartamento todavía estaba llena de
cajas.
―Sí, ¿quién necesita doscientos dólares extra por tres horas de trabajo?
―dijo Kristen, moviendo una mano con desdén―. Miguel no
aparentemente.
Me quedé helado.
―¿Doscientos dólares?
Sloan roció el mostrador con un limpiador multiuso con aroma a limón.
―A veces es más ¿verdad, Kristen? ¿Depende del estilo?
Kristen vio a su mejor amiga como si le estuviera diciendo que se
callara, luego arrastró sus ojos hacia mí.
―Las escaleras cuestan entre cuatrocientos y quinientos dólares cada
una, más gastos de envío. Divido las ganancias al cincuenta por ciento,
menos los materiales, con mi carpintero, así que sí, a veces, es más.
―¿Tienes una foto de las escaleras? ―pregunté.
Kristen me entregó su teléfono sin entusiasmo y me desplacé a través
de la galería de un sitio web de pequeñas escaleras ridículas con Stuntman
Mike posando en ellas con diferentes atuendos. Estas eran fáciles, dentro
de mis posibilidades.
―¿Sabes? Creo que tengo tiempo para esto, lo haré si no tienes a nadie
más. ―Unas cuantas de estas y podría pagar mi tarjeta de Lowe's. Esto
era dinero real.
Kristen negó con la cabeza.
―Creo que prefiero arriesgarme con los ladrones de órganos.
Sloan jadeó y Brandon se congeló y nos vio a Kristen y a mí.
―¿Okey? ―dije, mirándola fijamente―. ¿Qué tal si hablamos de esto
tomando un café?
Kristen entrecerró los ojos y yo arqueé una ceja.
―Bien ―dijo como si fuera físicamente doloroso―. Puedes construir
las malditas escaleras, pero solo hasta que encuentre a un chico diferente,
y estaré buscando a un chico diferente.
Sloan vio de un lado a otro entre nosotros.
―¿Hay algo que ustedes quieran decirnos?
―Lo atrapé mirándome el trasero ―dijo Kristen sin perder el ritmo.
Me encogí de hombros.
―Es cierto, no tengo excusa, es un gran trasero.
Brandon se rio entre dientes y Sloan vio a su mejor amiga. Kristen trató
de parecer enojada, pero me di cuenta de que aceptó el cumplido.
Kristen dejó escapar un suspiro.
―Dame tu dirección de correo electrónico. Te enviaré los pedidos.
Cuando termines con ellos, avísame y generaré y te enviaré las etiquetas
de envío. E inspeccionaré cada pieza antes de que las lleves a FedEx, así
que no intentes hacer nada a medias.
―Espera, ¿no tienes una tienda? ―pregunté―. ¿Dónde se supone que
debo construir esto?
―¿No tienes un garaje o algo así?
―Vivo en un apartamento.
―Mierda. Bueno, parece que esto no funcionará. ―Ella sonrió.
Sloan la vio fijamente.
―Kristen, tienes un garaje vacío para tres autos y ni siquiera te
estacionas en él la mitad del tiempo. ¿No puede trabajar ahí?
Kristen vio a Sloan de reojo.
Sonreí.
―Él puede.
Un fuerte pitido se escuchó en los parlantes de toda la estación, seguido
de las luces rojas. Teníamos una llamada. Kristen sostuvo mi mirada
mientras el despachador recitaba los detalles. Qué lástima. Podría haber
estado un poco más con mi malhumorada dama de honor.
No hubo suerte.
Brandon se inclinó y le dio un beso de despedida a Sloan. Las chicas
probablemente se habrían ido para cuando volviéramos.
―Vamos a terminar de limpiar ―dijo.
―Consigue mi número de Brandon ―me dijo Kristen, cruzando los
brazos sobre su pecho de una manera que creo que estaba destinada a
evitar que le ofreciera una mano para estrecharla.
Como la llamada era médica, no tuvimos que ponernos nuestro equipo
contra incendios, así que Brandon y yo nos dirigimos directamente a la
bahía donde estaba estacionado el camión. Podía sentir los ojos de Kristen
en mi espalda y sonreí. Ella me odiaba, un tema en curso con las mujeres
en mi vida en este momento.
Además de Celeste, mis seis hermanas y mi mamá estaban enojadas
porque me mudé. Incluso mis sobrinitas me estaban ignorando cuando
llamé. Con siete y ocho años y ya habían dominado el equivalente pasivo-
agresivo de niña pequeña de “Estoy bien”.
―¿Qué piensas de Kristen? ―Brandon preguntó con una sonrisa
mientras subíamos al camión.
―Ella parece agradable. ―Me encogí de hombros y me puse los
auriculares.
Brandon y yo pasamos un año juntos en Irak. Él me conocía bien. En
circunstancias normales, Kristen era mi tipo de mujer. Me gustaban las
chicas de cabello castaño pequeñas y las mujeres que aparentemente me
decían que me fuera a la mierda.
―¿Solamente agradable? ―dijo, poniéndose los auriculares―. ¿Es por
eso que estabas viendo su trasero?
Javier tomó su asiento, riendo para sí mismo ante el comentario de
Brandon y Shawn saltó, atrapando el final.
―Kristen es sexy como la mierda. Le veo el trasero cada vez que está
aquí. ―Se puso los auriculares―. Aunque su perro me mordió una vez.
Todos nos reímos y encendí el motor.
―Ella no está interesada en mí. Tiene novio, y no estoy buscando en
este momento de todos modos. ―Presioné el interruptor para abrir la
puerta del garaje―. No he terminado de pagar por la última.
Literalmente.
El interrogatorio comenzó de camino a casa.
―¿Qué diablos estaba pasando entre tú y Josh? ―Sloan preguntó tan
pronto como salimos del estacionamiento de la estación de bomberos en
su viejo Corolla―. ¿Desde cuándo te ofendes porque un tipo te vio el
trasero?
No lo hice. Nada me ofende excepto la coliflor y la estupidez.
Simplemente no quería a este hombre en particular cerca de mí porque si
él me miraba, me iba a costar mucho no verlo de regreso.
Josh era la versión humana del helado en el congelador cuando estás a
dieta. Él era mi tipo, y yo carecía de sexo y yo no era particularmente
masoquista. Pocos hombres podían discutir conmigo cuando estaba en mi
mejor momento, y correr ese desafío era prácticamente un juego previo
para mí. No sentía la necesidad de torturarme innecesariamente
sometiéndome a eso a diario.
―Si te digo la verdad, ¿se la dirás a Brandon? ¿Dónde está tu lealtad
ahora que estás comprometida?
Ella se rio.
―Dime.
Le aclaré lo del café derramado y la camiseta.
―Oh, Dios ―dijo, girando en Topanga Canyon Boulevard―. Brandon
nunca puede saberlo. Como, jamás.
Me burlé.
―Sí, no es broma. Me prestó su camioneta por cinco minutos para un
tampón de emergencia y logré derramar café en ella y tener un accidente
menor con su mejor amigo.
Habría tomado el auto de Sloan, pero era imposible arrancarlo. Venía
con una andanada de instrucciones. Mueve la llave mientras bombeas la
gasolina, pon tu hombro en la puerta para abrirla, no dejes que los
cinturones chirriantes te asusten. No quería encontrarme desangrándome
en el estacionamiento de una tienda de comestibles porque no podía hacer
que el motor encendiera. Aunque podría haber derramado café y tener un
accidente en su auto y nadie se hubiera dado cuenta. Podría haberlo
destrozado y probablemente habría sido una mejora.
―¿Por qué Brandon compra una camioneta y una motocicleta nuevas
y tú tienes que conducir esta basura?
―Me gusta mi auto. ―Sloan torció los labios de lado―. Josh es lindo,
¿no?
―Si no tuviera novio, estaría debajo de él.
Ella jadeó y me vio, con los ojos muy abiertos. Sloan era mucho más
conservadora sexualmente que yo. Sorprenderla era uno de mis
pasatiempos favoritos. Nunca perdía una oportunidad.
Me encogí de hombros.
―¿Qué? No he tenido sexo desde el año pasado, y esta camiseta huele
increíble. ―Volví a hundir la nariz dentro del cuello―. Como a
testosterona y cedro. ¿Y lo viste lavando esos platos? Parecía el Señor
febrero en un sexy calendario de bomberos. Tipos como ese son la razón
exacta por la que mi abuela siempre me decía que usara ropa interior
limpia en caso de que tuviera un accidente automovilístico.
Ella sacudió su cabeza.
―Te juro por Dios que eres un hombre.
―Ojalá fuera un hombre. Entonces no tendría que lidiar con toda esta
plomería defectuosa. ―Volví a tener cólicos y me estremecí, frotándome
el estómago con una mano.
Ella volteó a verme mientras se detenía en un semáforo en rojo.
―¿Está empeorando?
Estaba empeorando.
―No, lo mismo de siempre.
Sloan no necesitaba saber la verdad. Era el tipo de persona que cargaba
sobre sus hombros los problemas de otras personas, especialmente los
problemas de sus seres queridos. No tenía intención de decirle lo que dijo
el doctor hasta que ella regresara de su luna de miel. Que sea ignorante y
feliz.
No tenía por qué arruinar nuestras vidas.

Tyler llamó mientras revisaba mis correos electrónicos, una hora


después de que Sloan me dejara en casa. Todavía tenía cólicos y me sentía
generalmente como una mierda. Vi el timbre del teléfono durante cuatro
timbrazos antes de contestar.
―Hola, bebé. ―Puse más entusiasmo en mi tono de lo que sentía. Eso
era lo que pasaba con las relaciones militares: no recibías muchas
llamadas. Tal vez una a la semana y tenías que contestarlas cuando
sucedieran sin importar si tenías ganas de contestar o no.
Y hoy era un no.
―Hola, Kris ―dijo con ese acento sexy suyo. ¿Un poco de francés, un
poco de español tal vez? Totalmente él―. Recibí el paquete de atención.
Eres mi salvavidas.
Dejé mi computadora portátil en la mesa de café y fui a la cocina con
Stuntman trotando detrás de mí.
―Bien, me preocupaba que no llegara a tiempo.
―Llegó el viernes. No puedo esperar hasta que pueda conseguir granos
de café espresso cubiertos de chocolate cuando me apetezca.
―Sí. ―Tomé una botella de Clorox y un trapo y abrí el refrigerador.
Por lo general, me paseaba cuando estaba hablando por teléfono, pero
limpiaba cuando estaba estresada.
El estrés ganó.
Empecé a sacar tupperwares y cartones de jugo y a colocarlos en el piso,
sosteniendo mi teléfono con mi hombro.
―Compraré algunos para que los tengas en la despensa cuando llegues
aquí.
La despensa. Sería nuestra despensa. No sé por qué esto me extrañó
tanto. Arrastré el bote de basura al lado del refrigerador y comencé a tirar
viejas cajas de comida para llevar.
―Mañana es el día de San Valentín ―dijo, pinchándome.
Hice un gruñido desdeñoso en el refrigerador. Odiaba el día de San
Valentín y él lo sabía. Era una pérdida total de dinero.
―Espero que no estés planeando enviarme flores ―le dije secamente.
Sonrió a través del teléfono.
―¿Qué te gustaría que te enviara entonces?
―Algo práctico que me sirva, como una foto de un pene.
Él se rio.
―Entonces, ¿qué está pasando en casa? ―preguntó.
Alcancé el extremo más alejado del estante superior para sacar una
botella plana de dos litros de Sprite.
―No mucho. Oye, ¿sabes algo sobre trabajar con madera? ―Abrí la
botella con un pith y la volteé boca abajo en el fregadero y esperé a que se
vaciara.
―No. ¿Por qué?
―Oh, es solo que Miguel renunció ―murmuré.
―¿Qué? ¿Por qué?
―Consiguió otro trabajo. Necesito un nuevo carpintero. Tengo a un
tipo, pero no es la mejor opción. ―Sacudí el estante lleno de condimentos
de la puerta―. Él no tiene un taller como Miguel, así que tiene que hacerlo
en mi garaje.
―No sé nada sobre carpintería, Kris. Oye, si pones un anuncio, espera
a que llegue a casa antes de hacer las entrevistas. Hay muchos pervertidos
por ahí y estás sola en casa.
Mi mente fue a mi llamada al 911 esta mañana. No le diría a Tyler sobre
eso. Simplemente lo preocuparía, y no había nada que pudiera hacer al
respecto.
Vacié con cuidado las botellas de mostaza y ketchup y comencé a lavar
la rejilla vacía en el fregadero.
―Entonces, ¿cuál es el plan cuando salgas? ¿Cuánto tiempo crees que
falta para que te contraten?
No era como si tuviera que preocuparse demasiado por las finanzas.
Tyler tenía dinero, pero si él no tuviera un trabajo al que ir todos los días,
no sabía cómo iba a manejar toda la unión.
Llevábamos saliendo dos años, pero él estuvo desplegado todo el
tiempo. Lo conocí en un bar cuando estaba de permiso, la larga distancia
era todo lo que conocíamos. Dos semanas de vacaciones al año, llenas de
sexo y comidas fuera, era una cosa. Tener un novio residente que iba a
asentarse y quedarse conmigo por un tiempo indeterminado era algo
completamente diferente.
Todo el maldito asunto me estresaba. Estaba pasando de tener un
hombre que era casi invisible a tener uno que estaría aquí las 24 horas del
día, los 7 días de la semana.
Y esta era mi idea.
Él quería volver a enlistarse y yo le dije que, si lo hacía, terminábamos.
No podía aguantar otro despliegue, pero últimamente tenía miedo de no
poder hacer esto tampoco. No era que no lo amara, era solo un gran
cambio.
―Tengo una entrevista con el Departamento de Estado tan pronto
como regrese ―dijo―. Puede tomar un tiempo antes de que entre, y
podré pasar mucho tiempo contigo hasta que se acaben las verificaciones
de antecedentes.
Mis labios se fruncieron. Puse el estante boca abajo para que se secara.
―Sí, tal vez podamos alquilar una cabaña en Big Bear o algo así
mientras esperamos. O en Isla Catalina, algo divertido.
―Piensa en grande. ¿Por qué quedarnos en Cali cuando podemos ir a
un lugar en el que nunca hemos estado?
Le encantaba viajar.
Sonreí, débilmente, y fui por el siguiente estante. Stuntman ladró. Se
emocionaba cuando el refrigerador estaba abierto. Nunca le daba de
comer comida humana, pero creo que Sloan le daba a escondidas trozos
de salchicha cada vez que estaba aquí.
―¿Ese es mi pequeño archienemigo? ―preguntó―. Es mejor que ese
perro no me vuelva a morder.
Jalé el estante. Estaba atascado.
―¿O qué?
―O se va a la perrera. ―Él se rio. Estaba bromeando, pero me molestó
igual.
―¿Cómo lidias con los insurgentes armados cuando no puedes con un
Yorkie de dos kilos? ―Le di un fuerte tirón al estante y se separó de la
puerta con un ruido de tarros de condimentos.
―Si ese trasero gordo pesa dos kilos, me comeré el casco. ―Él se rio.
Me reí y sentí que me ablandaba un poco.
―Él es simplemente esponjoso.
―Lo sé. Solo estoy jugando contigo. Sabes que amo a tu perro. ―Él se
detuvo por un momento―. ¿Mi amor?
Nuestro juego. Mis labios se torcieron en una sonrisa y me quedé en
silencio. Dejé el estante de condimentos en la mesa de la cocina y cerré la
puerta del refrigerador.
―¿Amore mio? ―dijo en italiano.
Aún así, esperé. Quería uno más. Tal vez dos.
―¿Meine Geliebte?
¿Alemán tal vez?
―¿Mon amour?
Ugh. Eso lo logró. El francés siempre me atrapaba.
Tyler era un niño militar. Sus papás eran diplomáticos y vivieron en
todo el mundo. Aprendió cuatro idiomas cuando tuvo la edad suficiente
para hablar, y ahora conocía nueve. Él era intérprete. También era uno de
los hombres más inteligentes que conocía.
Se especializó en interpretación simultánea, una habilidad propia.
También sabía árabe y farsi, lo que lo convirtió en un activo particular en
el Medio Oriente. Habían presionado mucho para mantenerlo en servicio.
Decía mucho sobre sus sentimientos por mí que estuviera dispuesto a
dejar todo eso.
Apoyé la espalda en la puerta del refrigerador y me deslicé hasta el
suelo, con una sonrisa en el rostro.
―¿Sí?
―Sé que estás nerviosa por mi regreso a casa, puedo oírte limpiando.
Me conocía demasiado bien.
―¿Y tú no? Quiero decir, seamos honestos aquí, esto es un poco loco,
¿verdad? Nunca hemos pasado más de catorce días juntos y ahora nos
mudaremos juntos. ¿Qué pasa si te vuelvo loco? ¿Y si al día quince quieres
matarme mientras duermo?
¿Y si yo quiero matarte?
Sobre el papel tenía perfecto sentido. Él no tenía un hogar propio. ¿Por
qué conseguir uno? Él estaría aquí todo el tiempo de todos modos, y si iba
a estar aquí, ¿no debería pagar el alquiler?
Este asunto de la mudanza llevaba en proceso seis meses. Tyler y yo lo
decidimos cuando Sloan y yo nos mudamos y obtuve mi propia casa. No
era algo nuevo, pero de repente sentí que se precipitaba hacia mí.
―Kris, lo único loco sería que yo pasara otros dos años a medio mundo
de ti. No eras solo tú quien no podría soportarlo más. Va a ser genial, y si
no es así, me dirás que me vaya a la mierda y me harás mudarme.
Resoplé y puse mi frente en mi mano. Dios, ¿qué diablos me pasaba?
―Tyler, ¿alguna vez te ves actuando como un loco, pero no puedes
parar porque no eres de los que se rinden?
―Eres la mujer menos loca que conozco, es mi cosa favorita de ti. Es
normal estar nerviosa, es un gran paso. ―Cambió de tema―. ¿Cómo te
sientes? ¿Tienes una cita para la cirugía?
―Dentro de dos meses y medio. La semana después de la boda de
Sloan. Ya no estoy anémica ―añadí.
―Bien, ojalá ya estuviera ahí para cuidar de ti.
―¿Ah, sí? ¿Me vas a comprar toallas sanitarias cuando las necesite?
―pregunté con ironía, sabiendo que este encargo era una afrenta a su
hombría. Los hombres eran tan dramáticos sobre la compra de productos
femeninos, nunca entendí cuál era el problema.
―Bueno, no nos adelantemos.
Rodé los ojos con una sonrisa.
―Por suerte para ti, solo hay una necesidad de la que quiero que te
encargues. Estoy trepando por las paredes.
Él se rio.
―Mientras no estés trepando a nadie más.
Mi mente parpadeó traidoramente hacia Josh.
Tyler no tenía nada de qué preocuparse. Yo no era infiel, nunca lo había
sido, y nunca lo sería.
Ser infiel era un escenario completamente evitable siempre que
operaras con la mínima cantidad de sentido común.
Como no ponerse en situaciones vulnerables, como contratar a un carpintero-
bombero para que pase horas trabajando en su garaje.
Josh sería una prueba de resistencia de mi fuerza de voluntad.
―Mira, Kris, tengo que irme. Intentaré llamarte de nuevo en unos días.
No más estrés, no puedo esperar a verte, y te voy a destrozar cuando
llegue ahí ―agregó.
Ahora me tenía de mejor humor. Por supuesto, cuánto podía
destrozarme dependía completamente de dónde estuviera mi ciclo loco
en ese momento, pero me gustó la oferta.
―No puedo esperar. ―Sonreí.
―Te amo.
―Yo también te amo.
Colgamos y examiné el caos que había sacado del refrigerador.
Stuntman se sentó en medio, mirándome. Su pequeña barba blanca
parecía la barba de un cascanueces.
Esto está bien. Todo va a estar bien.
Pero pasé las siguientes tres horas limpiando la cocina igual.
Dos días después de nuestro choque, llamé a la puerta de Kristen. Los
ladridos comenzaron en el otro lado. Acababa de terminar mi turno y
tenía un montón de materiales de construcción en la batea de mi
camioneta, Brandon me dejó asaltar su garaje en busca de herramientas
eléctricas, gracias a Dios. Este trabajo era temporal, no necesitaba comprar
una mierda.
Kristen abrió la puerta, vestida con una bata rosa y una máscara de
barro verde.
―Hola, pasa.
Stuntman Mike rebotó en mis espinillas, me agaché para acariciarlo y
ella me detuvo.
―No, él muerde.
―Ya nos conocimos, me dejó cargarlo en la estación ―le recordé.
―Tiene un sentido de propiedad fuera de lugar sobre mí y su memoria
está almacenada en un cerebro del tamaño de un maní ―murmuró―.
Espera unos minutos hasta que se calme, entonces será más seguro.
Vi hacia abajo a la pequeña bola de pelusa. Él gruñó y movió la
protuberancia de su cola al mismo tiempo. La seguí dentro de la casa, me
incliné y le di una palmadita a Stuntman Mike mientras ella no me veía.
Una torre tambaleante de cajas de FedEx estaba apilada junto a la
puerta principal. La mesa de centro estaba cubierta de montones de
papeles cuidadosamente organizados. Una computadora portátil estaba
en el medio con una cerveza al lado, todavía fría. La botella de vidrio
estaba sudando.
―Ya estás bebiendo, ¿eh? Es la hora del desayuno.
―Comí una Pop-Tart con eso ―se quejó.
Resoplé.
Su casa estaba limpia. Escasa, pero limpia. Olía un poco a cloro. Había
un enorme jarrón de flores en su credenza. Del novio por el Día de San
Valentín, supuse. Odiaba esa fecha, era solo una excusa para gastar dinero
en cosas caras. Me alegré de estar soltero este año.
―Aquí está el garaje. ―Abrió una puerta del cuarto de lavado.
Una diminuta tanga negra de encaje colgaba de una percha sobre la
secadora a la altura de los ojos y la vi más de lo que probablemente era
apropiado.
No había estado con nadie desde Celeste. Estuve demasiado ocupado
y agotado por el nuevo trabajo y la mudanza, y para ser honesto, estuve
disfrutando de no tener que tratar con una mujer. Era un respiro.
Según mi experiencia, todas las mujeres, incluso aquellas con las que
solo estás teniendo sexo, son hasta cierto punto agotadoras. No tenía
ninguna prisa particular por volver a eso.
Me acerqué por detrás de Kristen y vi dentro del garaje por encima de
su hombro. Era un lugar espacioso y casi vacío excepto por algunos
contenedores apilados contra el otro extremo y un Honda negro más
nuevo estacionado en la última plaza. Pulsó un botón en la pared y la luz
del sol entró por debajo de la puerta del garaje que se abría.
Se volteó hacia mí, la máscara verde comenzaba a resquebrajarse por
los bordes.
―El baño está al final del pasillo. Los refrescos están en el refrigerador.
Grita si necesitas algo. Te conseguiré un ventilador, aquí afuera hace
jodidos mil grados. ―Ella me dejó parado ahí.
Bueno, la recepción fue fría, pero al menos me dejó entrar.
Retrocedí con mi camioneta y comencé a descargar, y ella bajó las
escaleras y colocó un ventilador en medio del piso, luego salió al camino
de entrada, con máscara verde y todo, y puso mi camiseta doblada en mis
manos.
―Toma, la lavé.
―Gracias. ―Pasó un auto y el conductor la vio fijamente, volví a
mirarla con una ceja arqueada―. ¿No te importa lo que la gente piense?
―¿Me veo como que me importa?
―No.
―Ahí está. ―Se dio la vuelta y volvió a entrar en la casa y yo le sonreí.
Kristen me pasó por la cabeza varias veces en los últimos dos días. De
hecho, me encontré un poco ansioso por venir y que abusara un poco más
de mí.
Le pregunté a Brandon sobre su novio. No directamente, le pregunté
por qué no le pidió a él que construyera las escaleras. Era solo una excusa
para saber más sobre ella.
Brandon solo lo vio una vez hace casi un año, no tenía mucho que decir
al respecto, aparte de que el tipo parecía estar bien, pero sí dijo que a Sloan
no parecía gustarle por alguna razón. Presioné por más, pero él solo se
encogió de hombros y dijo que ella no era su admiradora.
Dos horas más tarde asomé la cabeza en la sala de estar.
―¿Dónde dijiste que está el baño?
Se había puesto un chándal y una camiseta y estaba acostada en el sofá
con una almohadilla térmica en el estómago. Se había quitado su máscara
de barro.
Ella respondió con los ojos cerrados.
―Al final del pasillo, segunda puerta. Vuelve a bajar el asiento. ―Hizo
una mueca.
―¿Estás bien?
―Bien.
No se veía bien, parecía que estaba teniendo el período del infierno.
―¿Ya te tomaste algo? ―le pregunté.
―Me tomé dos aspirinas a las cuatro de la mañana. ―Incluso sus
palabras sonaban dolorosas.
Vi mi reloj.
―Puedes alternar con Motrin, tengo algunos en mi maleta de gimnasia.
Salí a la camioneta y tomé dos pastillas junto con una botella de agua
del refrigerador y se la entregué. Ella las tomó agradecida.
―¿Recibes muchas llamadas por cólicos menstruales? ―preguntó,
recostándose contra los cojines, cerrando los ojos.
―No, pero crecí con suficientes mujeres para saber cómo hacerlo.
Además, soy paramédico. No deberías tomar aspirinas para los cólicos, el
Aleve o Motrin es mejor.
―Sí, lo sé. Se me acabaron ―murmuró.
―Voy a almorzar. ¿Quieres algo? ―Pensé que, si iba a comer, también
podría preguntarle.
Abrió un ojo y me vio.
―No. ―Luego se incorporó con una mueca―. Necesito ir a la tienda.
―¿Qué necesitas? Yo te lo traigo, voy a salir de todos modos.
Apretó la almohadilla térmica contra su vientre y me vio.
―No quieres comprar lo que necesito. Créeme.
Me burlé.
―¿Qué? ¿Toallas sanitarias? ¿Tampones? Tengo seis hermanas, esta no
es mi primera vez. Envíame un mensaje de texto con lo que quieras. ―Me
giré hacia el garaje antes de que pudiera objetar. No podría importarme
menos comprar las cosas, y ella no me parecía el tipo de mujer que se
avergonzara por los productos femeninos, ni nada, para el caso.
Y no lo hacía, me envió una larga lista. Todo era de alta resistencia.
Ultra esto y nocturna aquello. También le compré algo de Motrin.
Me detuve en McDonald's y le compré comida, pensando que
probablemente estaba demasiado enferma para hacer algo por sí misma.
Cuando regresé, dejé caer la bolsa de tampones al pie del sofá.
―Gracias ―dijo, sentándose para ver en la parte superior de la bolsa―.
Te lo transferiré, nunca conocí a un tipo que estuviera dispuesto a
comprar esas cosas.
―¿Qué, a tu novio le preocupa que el cajero piense que tiene su
período? ―dije, dejándome caer en el sofá junto a ella con la bolsa de
McDonald's en mi regazo.
Ella me dio una pequeña sonrisa. Ya parecía sentirse mejor, el Motrin
debe haber estado funcionando.
Empecé a sacar comida de la bolsa.
―Papas fritas ―dije, poniendo el recipiente rojo en su mano―, y un
hot fudge sundae. ―Puse eso en la otra mano.
Vio de sus manos a mí con confusión.
―Mis hermanas siempre querían algo salado y dulce cuando tenían sus
periodos ―expliqué, sacando el resto de la comida―. Papas fritas y hot
fudge sundaes. Me enviaban a McDonald's. Lo compré en piloto
automático. También hay un Big Mac y dos hamburguesa con queso. No
sabía lo que querías.
Su rostro se suavizó y, por primera vez desde que la conocí, parecía
desprevenida, como si recién ahora hubiera decidido que le agradaba.
Debo haber finalmente hecho mi camino hacia sus buenas gracias.
―Seis hermanas, ¿eh? ¿Más jóvenes? ¿Mayores? ―ella preguntó.
―Todas mayores, mis papás se detuvieron cuando finalmente
consiguieron un hijo.
Papá dijo que había llorado de felicidad.
―Wow, no es de extrañar que llenes de helado a las mujeres que
menstrúan. Apuesto a que cuando sus períodos se sincronizaban, se
sentaban alrededor mirándote feo.
Resoplé.
―¿Big Mac o hamburguesa con queso?
―Hamburguesa con queso. Entonces, ¿cómo conociste a Brandon?
―preguntó, dejando el sundae en la mesa de café y comiendo una de las
papas fritas.
Le entregué una hamburguesa con queso envuelta en papel amarillo.
―Los Marines.
Ella arqueó una ceja.
―¿Eras un Marine?
―Una vez un Marine, siempre un Marine ―dije, tomando la Big Mac
y abriendo la caja.
Me vio de arriba abajo.
―¿Cuántos años tienes?
―Veintinueve, igual que Brandon.
Stuntman Mike saltó repentinamente del sofá y comenzó a ladrar
frenéticamente hacia la nada. Me asustó muchísimo, pero ella ni siquiera
se inmutó, como si fuera algo cotidiano. Se quedó viendo hacia la nada,
parecía satisfecho de que lo que fuera hubiera desaparecido, y luego giró
un par de veces y volvió a acostarse. Su camiseta de hoy decía EXTRAÑO
MIS BOLAS.
―¿Tú cuántos años tienes? ―le pregunté.
―Veinticuatro, como Sloan.
Era madura para su edad, pero siempre pensé que Sloan también lo era.
―Mmm. ―Le di un mordisco y mastiqué pensativamente―. Pareces
mayor.
Una sonrisa de lado me dijo que le gustaba que yo pensara eso.
―¿Qué te parece la nueva estación de bomberos? ―me preguntó.
Ella debe haber visto la respuesta en mi rostro.
―¿De verdad? ¿Es una mierda? ―Parecía sorprendida.
Negué con la cabeza.
―No lo sé. Está bien.
―¿Qué? Dime.
Torcí mis labios.
―Es solo que, en mi antigua estación, no recibíamos una mierda de
llamadas médicas. Quiero decir, solo teníamos, como, tres al día.
―¿Cuántas tienes aquí?
―¿Doce? ¿Quince? Es una estación ocupada, pero las llamadas son una
mierda. Gente sin hogar borrachos. Mierda, eso debería ser un viaje a una
clínica sin cita previa. Fui a una llamada ayer por un dedo del pie
golpeado.
―Bueno, la mayoría de la gente es jodidamente estúpida. ―Ella comió
una papa frita.
―Mi abuelo solía decir siempre, 'Ni siquiera la cinta adhesiva puede
arreglar estupideces' ―dije, poniendo mi pajilla en mi boca.
―Mmm. No, pero puede amortiguar el sonido.
Me eché a reír y casi me atraganto con mi refresco. Me gustaba mucho
más su ingenio cuando yo no era el más afectado.
―¿Sabes? Nunca pensé que ser bombero fuera así ―dijo después de
que me controlé―. Está tan idealizado, es el sueño de todo niño pequeño
―dijo sarcásticamente.
Vi en mi caja de papas.
―No es lo que todos piensan que es, eso es seguro.
Había cuestionado todas mis opciones de vida en la última semana.
Hasta ahora no había mucho que me gustara de nada de eso. Reducido a
un novato, pagando caro por todo, recibiendo llamadas para poner curitas
en idiotas. Excepto esto que estaba resultando interesante...
―¿Por qué te mudaste? ―me preguntó.
Me encogí de hombros.
―Terminé con mi novia de tres años, Celeste. Supuse que debía tener
un cambio de aires. Pensé que me gustaría una estación más concurrida,
y se estaba volviendo un poco demasiado vivir tan cerca de mis hermanas.
Me di cuenta de que me gustaban más cuando estaba desplegado ―dije
secamente.
―¿La ruptura fue idea suya o tuya? ―Desenvolvió la hamburguesa con
queso, sacó el pepinillo y se lo comió primero, luego arrastró el bollo sobre
el papel para quitar las cebollas.
―Mía ―dije.
―¿Y por qué? ―Tomó un bocado.
―Por muchas razones, la más grande es que ella no quería tener hijos
y yo sí. Eso no era negociable.
Ella asintió de nuevo.
―Esa es una grande ―murmuró.
Hubo muchas grandes al final. Tampoco disfrutaba mucho apoyando
su hábito de compras o su incapacidad para trabajar en cualquiera de las
muchas carreras que había elegido. Era una estudiante perpetua, saltaba
de una actividad a otra y nunca se graduaba. Paralegal, técnica
veterinaria, asistente dental, asistente de enfermería, EMT: era la mesera
con más educación en Dakota del Sur.
―¿Y tú? Tienes novio, ¿verdad? ―pregunté, viendo alrededor de su
sala de estar en busca de una foto. Cuando fui a casa de Sloan y Brandon
a recoger herramientas, Sloan tenía fotos, y cuadros por todas partes.
Kristen no tenía nada en sus paredes. Tal vez Sloan se lo llevó todo en la
mudanza.
―Sí, Tyler. Vuelve a casa en tres semanas. Se mudará aquí, también es
un Marine.
Tomé un trago de mi Coca Cola.
―¿Primera vez que vives con alguien?
―Viví con Sloan, pero sí, primera vez que viviré con un novio. ¿Algún
consejo?
Fingí pensar en eso.
―Aliméntalo y dale mucho sexo.
―Buen consejo, aunque espero que eso sea lo que él haga por mí ―dijo
riendo.
Su risa transformó su rostro tan instantáneamente que inmediatamente
me cautivó lo hermosa que era. Natural. Pestañas largas y gruesas, piel
suave e impecable, ojos cálidos. También pensé que era bonita el otro día,
pero fruncir el ceño es un filtro poco halagador.
Me aclaré la garganta, obligándome a apartar la mirada de ella.
―Así que perritos, ¿eh? ―Asentí con la cabeza hacia Stuntman Mike.
Tenía la cabeza en su regazo, y la punta de su lengua estaba afuera. Ni
siquiera parecía real, era como un animal de peluche―. ¿Sabes? No parece
el tipo de perro que tendrías.
Ella me vio con curiosidad.
―¿Qué tipo de perro parece que debería tener?
―No sé. Supongo que tenía una noción preconcebida sobre qué tipo de
personas tienen perros como este. Paris Hilton y viejecitas. ¿Él es la razón
por la que empezaste el negocio? ―Le di un mordisco a mi Big Mac.
―Sí, había cosas que quería comprarle que no podía encontrar en línea.
Así que empecé a hacerlas. La gente se vuelve loca por sus perritos, el
negocio va bien.
Más de lo que yo pudiera creer. Solo con la cantidad de pedidos que ya
me había dado, me di cuenta de que se ganaba la vida decentemente. Era
bastante impresionante.
Incliné la cabeza.
―Aunque son un poco inútiles, ¿no? Los perritos realmente no hacen
nada.
Ella se burló.
―Okey, antes que nada, él puede oírte. En segundo lugar, es un perro
de trabajo.
―¿Qué, un animal de apoyo personal? ―Todo el mundo parecía tener
uno en estos días―. No cuenta. Un perro que sale contigo no es un perro
de trabajo, eso no es un trabajo.
―¿Y qué contaría exactamente? ―me preguntó.
―Un perro policía. Uno de búsqueda y rescate o de servicio. Un perro
de protección. Un perro de caza.
Me vio muy seria, y puso una mano sobre la cabeza de Stuntman Mike.
―Él es un perro de caza.
―Estoy bastante seguro de que eso es un insulto para los perros de caza
en todas partes. ―Busqué mi celular y saqué una foto del perro de mi
amigo con un pato en la boca―. Este es un perro de caza.
Ella no parecía impresionada.
―Sí, ese es un perro que caza patos. Stuntman caza mujeres.
Resoplé.
―¿Qué? Lo digo en serio. Es un cebo para mujeres.
Lo vi. Él era muy lindo.
Puso su hamburguesa con queso en la mesa de café y jaló a su perro a
su regazo como un osito de peluche, acunándolo como un bebé. Su lengua
rodó y colgó de un lado de su boca.
―¿Qué tal esto? La próxima vez que vayas a la tienda, llévalo contigo.
Negué con la cabeza.
―No puedo llevarlo a la tienda.
―¿Por qué?
―Oh, ¿porque no es un animal de servicio?
Ella se rio.
―Stuntman puede ir a cualquier parte. Él está usando ropa. No es un
perro, es un accesorio.
Mastiqué una papa frita pensativamente.
―¿Así que solo lo acompaño con una correa?
―No, lo metes en un bolso.
Negué con la cabeza con una risa.
―No tengo problemas comprando tampones, pero no voy a llevar a un
perro pequeño a una tienda en un bolso.
―No es un bolso, es una mochila, y si esto fuera completamente digno,
¿no crees que todos los chicos lo estarían haciendo? Es una parte central
de la estrategia. Los hombres no tienen perros así, tienen perros así.
―Señaló mi teléfono―. Es adorable. Confía en mí, serás un imán para las
chicas.
No me importaba ser un imán para las chicas, pero me gustaba la idea
de tener una broma interna con ella por alguna razón.
―Okey. Despertaste mi interés, probaré tu teoría.
―¿Y si tengo razón?
―Entonces te diré que tenías razón.
Ella torció los labios hacia un lado.
―No, no es suficiente. Si no me equivoco, posas en algunas fotos del
sitio web con mis mochilas para perros. Necesito un modelo masculino.
Oh, Dios, ¿en qué me metí?
―De alguna manera, todo este asunto se siente como si yo fuera el
perdedor. ―Me reí. Como sea, yo era un buen jugador.
―¿Cómo eres el perdedor? Te estoy dando la oportunidad de usar mi
perro de caza altamente entrenado para atraer a decenas de mujeres a tu
cama.
Sonreí.
―¿Sabes? Sin sonar como un imbécil, realmente no tengo dificultades
para conseguir mujeres.
Ella inclinó la cabeza.
―Sí, puedo ver eso. Tienes toda la cosa del bombero sexy a tu favor.
―Ella agitó una mano sobre mi cuerpo.
Tomé un sorbo de mi refresco y le sonreí.
―Así que crees que soy sexy, ¿eh?
Ella giró para mirarme de lleno.
―Hay algo que deberías saber sobre mí, Josh. Digo lo que pienso. No
tengo un hueso tímido en mi cuerpo. Sí, eres sexy. Disfruta el cumplido
porque no siempre te gustará lo que te diga, y no me importará de
ninguna manera si te gusta o no.

Dos días después estaba de vuelta en la estación. Acababa de sentarme


en la sala de estar después de limpiar la cocina por mi cuenta durante
media hora. Al resto del equipo le gustaba ir al gimnasio después de la
cena. No había suficientes bancos de pesas para todos y como novato,
tenía derecho al último para cualquier cosa, y sobre todo con el equipo de
entrenamiento limitado, así que veía la televisión.
Brandon entró en la sala de estar con una botella de agua y se dejó caer
en un sillón reclinable.
―Shawn perdió el libro que le presté.
―¿Qué libro? ―pregunté, cambiando los canales.
―Devil in the White City. Lo juro por Dios, cada vez que le presto algo a
ese tipo, lo pierde o lo daña.
―¿Revisaste el baño?
―Es el primer lugar donde vi. Estate atento a eso, ¿sí? Apuesto a que lo
dejó en la bahía de aparatos o algo así. Probablemente voy a tener que
comprar una nueva copia ―se quejó.
―¿Por qué se lo prestaste?
Él agitó una mano.
―Eh, no lo sé. Debería darme vergüenza, ¿verdad? ―Sacudió la
cabeza―. Oye, ¿cómo va el trabajo adicional?
Sonreí, pensando en Kristen.
―Ella es genial como el infierno. Pasó el rato conmigo en el garaje un
par de veces los dos días, solo bromeando. Es hilarante.
Sin ofender a Brandon, pero Kristen se estaba convirtiendo en mi
compañera de trabajo favorita, y si tuviera que dejarme mandar, preferiría
que fuera ella cualquier día.
Él se rio.
―Oh, estaba preguntando sobre el trabajo, pero puedo ver dónde está
tu mente. ―Sonrió como si acabara de ganar una apuesta―. Sabía que te
gustaría.
Le di una sonrisa de lado.
―¿Qué sabes sobre ella?
Brandon era probablemente el único amigo con el que podía hablar
sobre esto. Él no me daría una mierda, y Dios sabe que me he sentado en
suficientes conversaciones sobre Sloan.
Se encogió de hombros.
―¿Qué quieres saber?
Todo.
―No sé, solo dime lo que has visto. La conoces desde que conoces a
Sloan.
Lo pensó por un segundo.
―Bien, veamos. Es inteligente.
Podía ver eso. Era buena con las matemáticas. La había visto calcular
los totales de algunos pedidos telefónicos en su cabeza, impuestos y todo.
―Es competitiva, no le gusta perder. El par de veces que Sloan y yo
organizamos póquer, Kristen jugó y llegó a la mesa final en ambas
ocasiones, y esos tipos son bastante buenos. Tiene motivación.
―¿Qué tan sólidos crees que son ella y su novio? ―pregunté―. Vivirán
juntos, así que es serio, ¿verdad?
Esto era lo que realmente quería saber.
Me vio con una ceja levantada.
―Sé que ella le es fiel, amigo.
No estaba insinuando que esperaba que ella fuera infiel, pero ahora
tenía curiosidad.
―¿Cómo lo sabes?
―Quiero decir, nunca he visto nada que me lleve a creer que alguna
vez le ha sido infiel, y ella no parece el tipo. Tiene demasiados principios.
Me gustaba que fuera fiel. Muchas mujeres eran infieles cuando
desplegaban a sus hombres, lo vi bastante a menudo cuando estaba
enlistado. Las largas separaciones pasaban factura. Decía algo sobre su
carácter que mantuviera el rumbo, pero al mismo tiempo, no me gustaba
que significara que probablemente iban bastante en serio.
―¿Crees que se casará con él?
Él sonrió, sacudiendo la cabeza.
―Okey. ―Tomó el control remoto del brazo de mi silla y puso el
televisor en silencio―. ¿Quieres saber lo que pienso? ―Se inclinó hacia
adelante con los codos sobre las rodillas y juntó las manos, adoptando el
modo de líder del escuadrón, estaba a punto de ponerse serio conmigo―.
Creo que no está tan interesada en este tipo como podría.
Ahora, eso era algo. Me acomodé en mi asiento.
―¿Qué te hace decir eso?
―No sé, una corazonada, su lenguaje corporal, Sloan. Cualquier
relación que no tenga al mejor amigo de su lado va a tener desafíos, y no
tuve la impresión de que Kristen estuviera súper enamorada de él, parecía
unilateral entre ellos. Eso es justo lo que pensé cuando los vi juntos, pero
eso fue hace casi un año, las cosas podrían ser diferentes ahora.
Toqué mi dedo en el reposabrazos y vi el tatuaje de los Marines en el
antebrazo de Brandon. El mío estaba en mi pecho. Nos los habíamos
hecho al mismo tiempo.
―Ella no tiene ninguna foto de él en la casa. Ni una. ―A las chicas les
gustaba poner fotos. Tenía que significar algo que no hubiera.
―Eh, hay muchas en su Instagram.
Me desinflé de nuevo.
Me dio una sonrisa divertida.
―Mira, amigo, ya sabes cómo sucede. Vienes de estar en servicio y no
tienes tu casa propia así que te mudas con tu chica. Podría ser solo eso,
conveniencia, o podría ser que estén realmente enamorados. ¿Quieres mi
consejo?
Esperé, mirándolo.
―Quédate por aquí. Una de dos cosas va a suceder cuando este tipo
vuelva a casa: o se separan o se casan, y si se separan, serás el primero en
saberlo. No hay fecha límite. Te gusta salir con ella. ―Se encogió de
hombros―. Así que sal con ella. Sé su amigo.
Su amigo. Podría hacer eso, era bastante fácil. De todos modos, ¿qué
opción tenía?
Me paré en la puerta de mi garaje, sosteniendo un plato, viendo una
espalda musculosa sin camisa inclinada sobre una escalera a medio
construir.
Por eso no lo quería aquí, sabía que sería un problema. Yo tenía novio
y me atraía este chico y ahora Josh estaría aquí, medio desnudo y
sudoroso cada vez que necesitara algo del garaje.
Esta era una mejora agradable de Miguel, seguro.
Josh llevaba trabajando para mí una semana. Ya había hecho cinco
pedidos y los había hecho bien, era un carpintero bastante decente. Recibí
cuatro pedidos más anoche, los suficientes para mantenerlo ocupado y sin
camisa en mi garaje hasta que volviera a su verdadero trabajo para un
turno de cuarenta y ocho horas pasado mañana.
Se dio la vuelta y me dio una de sus sonrisas de un millón de dólares.
Con los dientes rectos y blancos, y sus labios torcidos hacia arriba de un
lado. Su cabello tenía esa cosa desordenada, como una versión adulta de
un remolino. Entonces vio lo que estaba sosteniendo, y se desinfló como
un globo reventado. Bajé los escalones y empujé el plato frente a él.
―Hice lasaña.
La vio con desconfianza. Yo no podía cocinar, no pretendí que pudiera
y él era muy consciente de esto. Era una lasaña de Stouffer que calenté,
así que técnicamente yo la hice.
Hice algunas cosas que compartí con él durante la última semana. Unos
macarrones con queso muy empapados, un sándwich de aspecto triste y
un perrito caliente que había hervido en agua. Quiero decir, si cocinaba
para mí, no iba a dejar de ofrecerle algo, eso sería grosero. Después de
todo, él me alimentó una vez y estaba en mi casa.
O tal vez lo grosero era hacerle comer mi comida, no podría decir cuál
era peor.
―Gracias. ―Tomó el plato―. Huele bien ―dijo casi esperanzado.
Siempre comía lo que le daba, pero también trajo su almuerzo hoy y lo
anunció en voz alta cuando llegó aquí.
―¿Quieres entrar y comer en la mesa? ―le pregunté.
Consultó su reloj y se limpió el rostro con el dorso de la mano. Instalé
el ventilador, pero aún hacían fácilmente treinta grados aquí, incluso con
la puerta del garaje abierta.
―Claro.
Me devolvió el plato y se giró para ponerse una camisa mientras
observaba cómo los músculos contorneados de su ancha espalda
desaparecían bajo la tela gris. Aparté la vista cuando se giró hacia mí para
que no pareciera que lo había estado viendo todo el tiempo.
En el camino hacia el interior, Stuntman saltó a sus pies. Josh lo levantó
y lo sostuvo por un minuto, dejándolo lamer su cara.
La pequeña cosa era una montaña rusa de emociones, pero parecía
querer a Josh. Él odiaba a Tyler. De hecho, me preocupaba cómo se
desarrollaría una vez que Tyler se mudara. Stuntman ni siquiera lo dejaba
sentarse en la cama, incluso pensar en cómo iba a salir eso me lanzó a una
sesión de limpieza maníaca.
Me pregunté si Stuntman dejaría que Josh se sentara en la cama,
apuesto a que lo haría.
Ese pensamiento me hizo querer limpiar también.
Josh se lavó las manos en el fregadero de la cocina, tomó una Coca Cola
del refrigerador y acercó una silla a la mesa. Le dio un mordisco e hizo
una mueca.
―¿Qué?
―Todavía está un poco congelada. ―Tragó saliva, estremeciéndose.
Me levanté, recogí su plato y lo metí en el microondas.
Se limpió la boca con una servilleta y tragó un poco de refresco, como
si estuviera tratando de quitarse los cristales de hielo de los dientes.
―¿Por qué no hacemos un trato? Mientras yo esté aquí, yo haré toda la
comida.
Me encogí de hombros, apoyándome en el mostrador.
―Me ofendería si no fuera tan jodidamente práctico.
Se rio y sus hoyuelos aparecieron. Dios, era un hombre guapo. Yo, en
vez de eso, parecía una vagabunda.
Mi respuesta de culpa hacia el atractivo hombre de la casa fue hacer el
menor esfuerzo por lucir presentable como fuera humanamente posible.
No tenía forma de controlar qué pensamientos sobre Josh pasaban por
mi cabeza. Ese tren fuera de control ya había salido de la estación, pero
podía controlar lo que yo proyectaba. Mi ropa era mi forma externa de
decir: “No, no me interesa” mientras que internamente mi imaginación
estaba desnuda y le faltaba el respeto a mi relación con Tyler de todas las
formas posibles.
Mi cabello estaba en una bola descuidada sobre mi cabeza y me vestí
como si estuviera a punto de jugar un partido de voleibol. Elegí la
camiseta con el agujero en la axila a propósito.
―Oye, quería pedirte un favor ―dijo Josh―. ¿Puedo usar tu baño de
invitados para darme un baño más tarde?
Josh, desnudo en mi ducha.
―Por supuesto.
―Tengo una cita y no quiero tener que conducir a casa y volver.
―¿Y tenemos que agradecerle a Stuntman por esta cita? ―pregunté,
con la esperanza de sonar adecuadamente no afectada por esta noticia.
Como debería ser. El microondas sonó y le devolví su plato.
―Tenías razón. Es un perro de caza ―murmuró.
―¿Qué dijiste? No pude oírte. ―Sonreí.
Me dio una sonrisa de lado.
―Es un perro de caza. ¿Estás feliz?
Llevó a Stuntman a Home Depot en mi desafío y regresó diciendo:
“Avísame cuando quieras hacer la sesión de fotos”.
Puso un dedo exploratorio en el centro de la lasaña, probando la
temperatura, y pareció satisfecho. Se metió el dedo en la boca para chupar
la salsa y empezó a comer. Puse mi propio plato en el microondas y me
recliné en el mostrador para esperar.
Mi celular sonó.

Sloan: ¿Te estás portando bien con tu lindo carpintero?

Sonreí con picardía.

Kristen: No. Acaba de poner un dedo en mi lasaña.


Sloan: ¡¿QUÉ?!

Resoplé.

Sloan: Okey, ahora mi párpado está temblando. Gracias.

Activar el tic nervioso del ojo de Sloan era como tocar la campana en
un juego de fuercitas. Me encantaba. Uno pensaría que después de doce
años estaría insensible a mi sentido del humor, pero nunca dejaba de
ponerse nerviosa.
Sloan: Recuerda, puedes ver, pero no puedes tocar. A menos que rompas con
Tyler

Entrecerré los ojos. A ella le encantaría eso.

Kristen: De ninguna manera.

Los prejuicios de Sloan contra mi novio se redujeron a: “Simplemente


no lo veo”.
No éramos él y yo lo que ella no podía ver. Éramos él y nosotros.
Supongo que entiendo por qué. Quiero decir, Tyler no montaba en
moto, no cazaba, no le gustaba el póquer. Prefería una copa de vino cara
al whisky o la cerveza, le gustaba el teatro sobre las películas. Brandon y
él tuvieron muy poco de qué hablar la única vez que se vieron, excepto
sobre el Cuerpo de Marines, y el trabajo de Tyler era tan especializado que
ni siquiera pudieron conectarse en ese frente.
Tyler no encajaba en la visión de Sloan de nuestro futuro, lleno de
fiestas en la piscina y parrilladas. Era más del tipo de cócteles y platos de
embutidos.
A mí no me gustaban los platos de embutidos. Siempre tenían cosas
raras encima.
Tomé mi lasaña del microondas y me senté frente a Josh.
―Esa fiesta será pronto ―dijo―. ¿Te importa si me arreglo aquí
también? Son treinta minutos en la dirección equivocada si vuelvo a casa.
Sloan planeó una cena para llenar los sobres de las invitaciones de boda
y armar los recuerdos de la boda. Era una actividad obligatoria de la fiesta
nupcial y, al estilo típico de Sloan, quería que todos se vistieran elegantes
para tomar fotos para Instagram.
―Claro. ¿Quieres compartir un Uber? Quiero beber.
―Sí, suena bien.
Sonreí. Me gustaba que fuéramos juntos. Además de ser alimento para
mis fantasías, Josh tenía la distinción de ser una de las pocas personas que
no me molestaba, me gustaba pasar tiempo con él.
Una circunstancia peligrosa para ser seguro.
Mi teléfono celular sonó y respondí, inclinándome en mi silla para
tomar mi portapapeles de pedidos del mostrador. Escribí la orden y
colgué.
Josh me dio una sonrisa divertida.
―Wow, eres tan diferente en el teléfono, tan profesional.
―Solo maldigo en las llamadas de negocios cuando estoy vendiendo
mis camisetas de hijo de perra y pequeño loco de mierda.
Josh se rio entre dientes y cortó otro bocado de lasaña con el borde de
su tenedor.
―¿Qué ordenaron? ¿Alguna escalera?
Una parte de mí esperaba que preguntara porque le gustaba venir y
quería una razón, esa misma parte de mí deliberadamente tiró lasaña en
mi camisa como penitencia. Si tenía un pensamiento inapropiado más
sobre Josh, tendría que ver si tenía algunos rulos viejos para ponerme en
el cabello.
―Ya tiene mis escaleras en cada habitación de su mansión ―dije,
limpiando la mancha de salsa roja con una servilleta―. Dale es mi mejor
cliente. Tiene seis malteses y millones, es dueño de un club de striptease
en el centro de Los Ángeles. Pasó dos años en prisión por evasión de
impuestos. Amo al hombre, cada mes pide veinticuatro camisas para sus
perros. Le gusta que se las entregue en persona.
Su hermosa frente se arrugó.
―¿Le entregas su pedido a un delincuente tú sola?
Le di una ceja arqueada.
―Tiene ochenta y tres años y está solo. ¿Y qué tan peligroso puede ser
un anciano artrítico con una cola de caballo y un perro llamado Sargento
Fluff McStuffs?
Él se rio.
―¿Fluff McStuffs? ¿Todos los perritos tienen nombres estúpidos?
―Tomó un sorbo de su refresco.
Hice una bola con la servilleta y tomé mi tenedor.
―Debes nombrar a cualquier perro de acuerdo con cómo sonará
mientras gritas su nombre y lo persigues por la calle en bata de baño.
Se rio tan repentinamente que la Coca Cola le chorreó por la barbilla.
Se atragantó un momento y le entregué una servilleta.
―Entonces, ¿ya planeaste la despedida de soltero? ―pregunté una vez
que se recuperó.
―Estoy trabajando en eso. No es hasta dentro de un mes y medio, así
que tengo tiempo. ¿Y tú? ―Todavía estaba sonriendo y sacudiendo la
cabeza.
―Primero iremos a un spa de día, luego Hollywood en una limusina
para ir de bar en bar, y le voy a hacer una camiseta de Chupa por un dólar
―dije.
Su frente se arrugó.
―¿Una qué?
―Espera, te la traeré. ―Fui a mi habitación y agarré la camiseta en la
que había estado trabajando. Cuando volví a salir y la sostuve, me vio.
―¿Esos son Life Savers?1
Había cosido los caramelos en la camiseta cada centímetro más o
menos.
―Sí. Chicos al azar pagan un dólar por dulce y tienen que chuparla.
Los de sus pezones son cinco dólares. Ella lo va a odiar.
Empezó a reírse de nuevo.
―¿A dónde vas a llevar a Brandon? ―Coloqué la camiseta con cuidado
sobre el respaldo de una silla y volví a sentarme.

1 Caramelos en forma de salvavidas de diferentes sabores.


Masticó pensativo.
―Estoy pensando en Las Vegas. No a clubes de striptease. Tal vez un
buen resort, una ronda de golf. Un restaurante de carnes. Este trabajo
definitivamente me está ayudando con el presupuesto.
Nunca encontrarías a Brandon en un club de striptease. Hablaba de su
amistad que Josh supiera eso. Podía ver a Brandon siendo un buen
deportista, pero esa no era su escena, era algo introvertido. No le gustaba
bailar, no se acercaba a un bar de karaoke.
―Probablemente le gustaría un afeitado con navaja, tal vez una
degustación de bourbon.
Él me dio un asentimiento de aprobación.
―Me gusta eso. ¿Algo más?
―¿Puedes conseguir una motocicleta? Él ama la suya, seguro le
gustaría montar ahí.
Eso me ganó una sonrisa con hoyuelos.
―Eres buena en esto.
―Estoy llena de ideas. Lástima que nunca nos dejaran hacer algo
divertido para caminar por el pasillo, Sloan quiere que todo sea perfecto.
―Rodé los ojos.
―¿Qué tenías en mente?
―No sé, algo digno de un video viral, tal vez el levantamiento de Dirty
Dancing o algo así.
―Todavía podríamos hacerlo, podría ser una sorpresa. Sabes que les
encantaría una vez que lo vieran.
Lo vi.
―¿Tienes ese tipo de movimientos de baile?
―Demonios, sí, tengo esos movimientos. Nadie pone a Baby en la
esquina2. Avísame cuando quieras empezar a practicar.
Dios, esos hoyuelos.
Las comisuras de mis labios se levantaron.
―Tú y yo podríamos ser la pareja perfecta de padrino y dama de honor.
Me sonrió por un parpadeo de un segundo demasiado largo y algo se
agitó en mi estómago.
No pude evitar pensar que estábamos bien emparejados en más de un
sentido.
Y desparejados de la peor manera posible.

2 El significado detrás de la frase 'nadie pone al bebé en la esquina' es que nadie con talento debe dejar

de expresarlo o mostrarlo, que en este caso se aplica además el personaje principal femenino de la película
Dirty Dancing, cuyo nombre es Baby.
Por qué había decidido ir a esta cita estaba más allá de mí. No había
nada malo con Amanda, era hermosa y agradable, pero mi corazón no
estaba en eso.
Kristen tenía razón: Stuntman Mike era un perro de caza. Era como un
señuelo, una invitación y un cazador, todo en uno.
Me detuve en un lugar de bocadillos antes del Home Depot. Era en un
estudio de yoga donde acababa de terminar una clase y casi todas las
mujeres se me acercaron en un radio de quince metros. Para la mierda tan
loca que era, Stuntman Mike seguro estaba en su elemento con las damas.
El perrito era todo arrogancia y encanto, dejando que lo abrazaran
mientras les lamía la cara. Kristen lo vistió con una camiseta que decía
AMO A MI PAPÁ, y eso inclinó la balanza.
Amanda y yo nos sentamos en un bar a unos diez minutos de la casa
de Kristen. La invité a tomar unas copas en lugar de cenar para poder
pagar la cuenta si no nos llevábamos bien. Llevaba un vestido rosa
ajustado y olía a duraznos. Tenía largo cabello castaño, piernas asesinas,
y lindos ojos.
Demasiado maquillaje. Pidió un martini afrutado y delgado con un paraguas
dentro. No come hamburguesas con queso.
Puso las puntas de sus dedos en mi rodilla.
―Voy a correr al baño de damas. ―Se mordió el labio, con su cabello
cayendo en cascada sobre su hombro―. Tienen ensaladas realmente
buenas aquí. ¿Quieres pedir una mesa? ―Me guiñó un ojo y se bajó del
taburete.
Los cubitos de hielo tintinearon en mi vaso cuando tomé un trago de
mi Old fashioned y la vi caminar hacia el baño.
Me pregunté qué estaba haciendo Kristen.
Saqué mi teléfono celular y busqué su número. Ella contestó al segundo
timbre.
―Hola, ¿Qué pasa? ―me preguntó. Podía escuchar sus dedos
golpeando su computadora portátil.
―¿Qué estás haciendo? ―Me apoyé en la barra.
―Facturando, lo mismo que estaba haciendo cuando te fuiste hace
media hora. Eso fue rápido, a menos que me llames para ver si tú y tu cita
pueden usar mi habitación de invitados…
Sonreí.
―¿Puedo?
―Si cambias las sábanas ―dijo sin perder el ritmo―. Okey, ¿cuál es
nuestra historia, entonces? ¿Soy tu hermana? Necesitaré detalles si voy a
ayudarte apropiadamente, y si ella termina siendo una perra loca que
sigue apareciendo aquí buscándote, te quitaré cien dólares de tu sueldo
por cada vez.
Mi risa hizo que el cantinero se volteara.
―No necesito tu habitación de invitados, pero gracias por la oferta. Lo
tendré en mente. Está en el baño.
―¿Me estás llamando mientras ella está en el baño? Oh, Dios, estás
jodidamente aburrido.
Me reí.
―Acabo de pasar veinte minutos escuchando los beneficios de una
dieta vegana orgánica. Todavía no he cenado y ahora tengo antojo de
pepperoni. Estoy como a diez minutos de ti. ¿Quieres compartir una pizza
en media hora?
―Podría comer algo.
Sonreí. Vi el color rosa acercándose desde mi visión periférica.
―Envíame un mensaje de texto con lo que quieres en tu pizza
―susurré―. Me tengo que ir. ―Colgué y volví a mi cita―. Me acaban de
llamar. ―Saqué mi billetera y puse algunos billetes en la barra―.
Lamento tener que despegarme de ti.
Parecía decepcionada, pero pareció creerme, lo que al menos
disminuyó mi culpa por irme. Nunca debí invitarla a salir en primer lugar.
Simplemente no estaba listo, no volvería a cometer ese error.
Compré una pizza y un poco de cerveza oscura en Stone Brewing y me
dirigí a casa de Kristen, con muchas ganas de volver.
Se me ocurrió que esto era lo que debería haber estado haciendo esta
noche desde el principio, no tenía que esforzarme para salir con ella.
Cuando Kristen abrió la puerta sosteniendo a Stuntman Mike, estaba
en rulos.
Si alguna vez tuve alguna duda sobre si ella estaba remotamente
interesada en mí, su total y absoluta falta de intento de impresionarme era
la respuesta. A ella no le importaba una mierda.
De hecho, me gustaba que fuera ella misma frente a mí, pero la
implicación no me emocionaba, significaba que sus sentimientos hacia mí
eran totalmente platónicos. Para todos los efectos, bien podría haber sido
el amigo gay, o un hermano o algo así. Estaba en la zona de amigos, duro,
y esta era la prueba. Cuanto más la conocía, más me molestaba.
Realmente debe tomarse en serio lo de Tyler.
Se dejó caer en el sofá y puso su computadora portátil en su regazo.
―¿Quieres ver algo?
Después de mover su ordenada pila de facturas, puse la pizza en la
mesa de café.
―Por supuesto. ―Me senté a su lado y le abrí una cerveza.
Había algo íntimo en estar en su casa por la noche, la energía era
diferente. La luz era más tenue y las cosas parecían más tranquilas, y yo
no estaba ahí para trabajar, lo que era un cambio definitivo en la dinámica.
Tomó la cerveza que abrí para ella.
―Gracias. ―Me dio el control remoto―. Sin embargo, tengo que
terminar esta facturación.
―¿Qué hay de Death Proof? ―pregunté, abriendo la tapa de la caja de
pizza―. Ya la viste, así que no te perderás nada.
―Perfecto.
Busqué en Netflix y la encontré. Nos sentamos ahí con Stuntman Mike
entre nosotros usando su camiseta de LAS ZORRAS ME AMAN,
bebiendo cerveza y comiendo pizza durante la primera media hora, luego
hizo un toque final en su computadora portátil y cerró la tapa.
―Entonces, ¿qué estaba mal con ella? ―preguntó, apoyando los pies
en la mesa de café.
―¿Quién?
―Tu cita.
Me encogí de hombros.
―No teníamos nada en común, y creo que no estoy listo para tener
citas.
―Entonces, ¿por qué se lo pediste? ―Me vio, balanceando su cerveza
en su muslo.
―Era instructora de yoga. Pantalones de yoga. ―Reboté mis cejas.
―Bueno, eres un idiota.
―Además, me estaban acosando. Entré en pánico.
Ella resopló.
―¿Te das cuenta de lo flexible que probablemente era? ―Tomó un
trago de su cerveza―. Metiste la pata, amigo.
Sonreí, llevándome la cerveza a los labios.
―Eh, estaré bien. Además, mujeres así dan demasiado trabajo. Cuanto
más guapas son, más locas están. ―Tenía demasiada experiencia con eso.
―Esa no es una regla universal. Sloan no está loca en absoluto y mírala.
Negué con la cabeza.
―No lo sé, parece que podría volverse loca si el tipo correcto la
presionara, creo que Brandon es demasiado suave para desatar la furia.
Ella se rio. Me encantaba cuando se reía, era como una pequeña
recompensa.
―Bueno, tu instructora de yoga era vegana, así que al menos sabes que
ella no habría hervido tu conejo. Hueles bien, por cierto ―dijo, como una
ocurrencia tardía.
―Gracias.
Ella olía bien también. Cuando me devolvió la camiseta, aún quedaba
algo de su perfume, aunque la había lavado. Manzanas verdes. No quería
admitir cuántas veces me había puesto esa camiseta en la nariz. No quería
admitir que había deseado varias veces poder poner mi nariz en su cuello
para ver si olía diferente en su piel.
Me recordé a mí mismo que ya estaba ocupada. Las buenas siempre lo
estaban.
Lo que tenía sentado a mi lado era la “chica genial”. Esa rara mujer que
era hermosa sin estar loca. La chica de la preparatoria que se llevaba con
todos los chicos, pero nunca salía con ninguno de ellos porque ninguno
era lo suficientemente maduro para ella. La chica que tenía un novio que
iba a la universidad y la recogía en su auto después de la escuela. Podía
vencerte en el beer pong y tenía un equipo de fútbol que te patearía el
trasero por decirle una palabra equivocada, pero nunca los dejaba porque
podía cuidarse sola.
―¿Qué? ―preguntó―. ¿Nunca has visto a una mujer con rulos antes?
La estaba viendo, simplemente sentado ahí, viendo el costado de su
rostro como un maldito pervertido.
―Me preguntaba cómo eras en la preparatoria.
―Menos sarcástica. Más flaca.
Sonreí.
―¿Club de drama? ¿Deportes?
―Orquesta.
―Te imaginé como jefa del equipo de debate por alguna razón.
Ella me dio un codazo.
―¿Tú qué tal?
―No me gustaban los deportes, apenas pasaba a través de ellos. No fue
muy memorable. ―Bebí mi cerveza―. ¿Con qué tipo de chicos saliste?
Volvió a ver la televisión.
―Chicos universitarios, en su mayoría.
Lo sabía.
Un teléfono celular sonó desde el extremo de la mesa a mi derecha y
Kristen se enderezó. Dejó su cerveza en la mesa de café y se lanzó en mi
regazo por su teléfono, echándose sobre mí.
Mis ojos se abrieron de par en par, nunca había estado tan cerca de ella
antes. Solo había tocado su mano.
Si la empujaba sobre mis rodillas, podría azotarle el trasero.
Agarró su teléfono y se levantó de mi regazo.
―Es Sloan, he estado esperando esta llamada todo el día. ―Se llevó un
dedo a los labios para que me callara, pulsó el botón Contestar y la puso
en altavoz―. Hola, Sloan, ¿qué pasa?
―¿Me enviaste una papa?
Kristen se tapó la boca con la mano y tuve que ahogar un resoplido.
―¿Por qué? ¿Recibiste una papa anónima por correo?
―Algo está muy mal contigo ―dijo Sloan―. Felicidades, él te dio el
anillo. PotatoParcel.com. ―Parecía estar leyendo un mensaje―.
¿Encontraste una compañía que envía papas por correo con mensajes en
ellas? ¿Dónde encuentras estas cosas?
Los ojos de Kristen bailaron.
―No sé de qué estás hablando, pero ¿tienes la otra cosa?
―Sííí, la nota dice que te llame antes de que la abra. ¿Por qué tengo
miedo?
Kristen se rio.
―Ábrelo ahora. ¿Está Brandon contigo?
―Sí, él está conmigo. Está negando con la cabeza.
Podía imaginarme su cara, y esa sonrisa fácil en sus labios.
―Está bien, lo estoy abriendo. Parece un tubo de toalla de papel. Hay
una cinta en el… ¡AHHHHHH! ¿Estás bromeando, Kristen? ¡Qué
demonios!
Kristen rodó hacia adelante, poniendo su frente en mi hombro mientras
se reía.
―¡Estoy cubierta de brillantina! ¿Me enviaste una bomba de
brillantina? ¡Brandon la tiene toda sobre él! ¡Está por todo el sofá!
Ahora yo me estaba muriendo de risa. Me tapé la boca, tratando de
mantenerme callado, y me incliné hacia Kristen, que estaba aullando, y
nuestros cuerpos temblaban de risa. Sin embargo, no debo haber estado
lo suficientemente callado.
―Espera, ¿quién está contigo? ―preguntó Sloan.
Kristen se secó los ojos.
―Josh está aquí.
―¿No tenía una cita esta noche? Brandon me dijo que tenía una cita.
―Sí la tuvo, pero regresó después.
―¿Regresó? ―Su voz cambió al instante―. ¿Y qué están haciendo?
Recuerda lo que hablamos, Kristen… ―Su tono era burlón.
Kristen volteó a verme. Sloan no parecía haberse dado cuenta de que
estaba en el altavoz. Kristen presionó el botón Contestar y apoyó el
teléfono contra su oreja.
―Te llamaré mañana. ¡Te amo! ―Le colgó y dejó su teléfono sobre la
mesa de café, todavía riéndose.
―¿Y de qué hablaron ustedes dos? ―pregunté, arqueando una ceja.
Me gustaba que ella le hubiera hablado de mí. Me gustaba mucho.
―Solo cosificándote sexualmente, lo de siempre ―dijo, encogiéndose
de hombros―. Nada que un bombero sexy como tú no pueda manejar.
Un bombero sexy como tú. Hice lo mejor que pude para ocultar mi sonrisa.
―Entonces, ¿le haces esto a Sloan mucho? ―le pregunté.
―Todo el tiempo, me encanta jugar con ella. Se altera tan fácilmente.
―Tomó su cerveza.
Me reí.
―¿Cómo duermes por la noche sabiendo que ella encontrará brillantina
en su sofá durante el próximo mes?
Tomó un trago de su cerveza.
―Con el ventilador en medio.
Mi risa salió tan fuerte que Stuntman Mike levantó la vista y ladeó la
cabeza hacia mí.
Cambió el canal y se detuvo en HBO en alguna serie, había una escena
con pétalos de rosa por un pasillo hasta un dormitorio lleno de velas. Ella
negó con la cabeza ante la televisión.
―¿Ves? Simplemente no entiendo por qué eso es romántico. ¿Quieres
pétalos de flores pegados a tu trasero? ¿Y quién va a limpiar toda esa
mierda? ¿Yo? Como, gracias por el sexo floral, ¿pasamos la próxima
media hora barriendo?
―Esas velas son un gran peligro de incendio. ―Incliné mi cerveza
hacia la pantalla.
―¿Verdad? E intenta quitar la cera de la alfombra, buena suerte con
eso.
La vi de reojo.
―Entonces, ¿qué crees que es romántico?
―Sentido común ―respondió ella sin pensarlo―. Mi boda no sería
romántica, sería entretenida. ¿Sabes lo que quiero en mi boda? ―dijo,
mirándome―. Quiero al sacerdote de La princesa prometida. El tipo
mawage.
Tomé un trago de cerveza.
―Yo pondré a mi esposa en una silla cuando se suponga que deba
quitarle la liga, y bailaré a su alrededor al ritmo de 'Stuck in the Middle
with You' como en Reservoir Dogs.
―¡Sí! Y me gustaría que mi esposo apareciera en el último minuto todo
rojo como en The Hangover. Las fotos serían geniales.
Voltee a ver la serie con una sonrisa.
Esta es la cita en la que debería haber estado esta noche. Esta era una
cita con la que me habría ido a casa.
―Oye ―dijo, apoyando la cabeza en el sofá y mirándome―. Lamento
haber sido grosera contigo cuando nos conocimos.
Me reí.
―¿Entonces vas a dejar de joderme sobre mi forma de conducir?
―No, eres un conductor horrible. Me refiero a esas cosas.
Me reí.
―Tuve una mala semana, me atrapaste en una mañana realmente
difícil.
―¿Por qué? ―Tomé un trago de mi cerveza.
Hizo una pausa por un momento como si estuviera debatiendo si
contarme o no.
―Bueno, sabes que Miguel renunció, y mi periodo fue bastante malo.
Realmente no he estado durmiendo, y esa mañana que te conocí, alguien
intentó entrar en mi casa...
―Espera, ¿qué? ―Mi estado de ánimo cambió en un instante. Me senté
y puse mi cerveza en la mesa de café―. ¿Alguien intentó entrar aquí?
¿Quién?
Mi reacción pareció sorprenderla.
―Mira, no puedes decirle a Brandon sobre esto porque Sloan no lo
sabe, le gustan mucho estos programas de crímenes y su imaginación se
volvería loca. No necesito que se vuelva loca conmigo.
―¿Llamaste a la policía?
―Por supuesto.
―¿Lo atraparon?
Ella sacudió su cabeza.
―Encontraron un par de cigarrillos en el patio trasero y una lata de
cerveza. Eran las tres de la mañana, Stuntman comenzó a ladrar, caminé
por la casa y llegué a la puerta trasera justo a tiempo para ver cómo se
movía el pomo de la puerta. La puerta estaba cerrada con llave y se fue
cuando encendí la luz del porche… ¿Qué?
La mirada en mi rostro debe haber sido tan furiosa como me sentía. Esto
no estaba jodidamente bien. Ella estaba aquí sola, con sus 50 kilos de peso,
y alguien intentó venir aquí para hacerle Dios sabe qué.
―¿Tienes un sistema de alarma? ¿Un arma? ―¿Por qué estaba tan
jodidamente indiferente acerca de esto?
―No, pero pronto tendré un Tyler. Nada mejor que un marine armado,
¿verdad?
Fruncí el ceño.
―No deberías estar aquí sola.
―Estaré bien. ―Agitó una mano hacia mí―. No te lo dije para que te
preocuparas, solo quería que supieras por qué me puse loca contigo, fue
como la gota que derramó el vaso en una semana del infierno. Estaba eso
y luego Miguel renunció, y yo estaba exhausta y molesta y eres tan mal
conductor, golpeando a la gente en las intersecciones...
―¿La policía le ha dado seguimiento? ¿Alguien más ha informado de
robos?
―No, pero anoche… ―Se detuvo como si se hubiera detenido a sí
misma.
Esperé.
―Anoche ¿qué?
―Encontré otra lata y dos colillas de cigarrillos esta mañana.
Mi mandíbula se apretó. Eso era todo.
―Voy a pasar la noche aquí hasta que Tyler llegue. ―Hablaba en serio,
y no, no era una opción.
Su rostro se suavizó.
―Si bien aprecio la galantería, de todos modos, estás en la estación la
mitad del tiempo.
―Y en esos días, te irás a casa de Sloan. Si no lo haces, le diré a Brandon
lo que está pasando.
Ella parpadeó hacia mí.
―Mira, si fuera una de mis hermanas, esperaría que alguien hiciera lo
mismo por ella. No deberías estar aquí sola con nada más que el
equivalente canino de un silbato de violación para protegerte. Este hijo de
puta obviamente sabe que estás aquí sola. ¿Y si hubiera entrado? ¿O si te
agarraba mientras paseabas al perro? ―Me levanté.
―¿A dónde vas?
―Nos vamos. No te dejaré aquí mientras corro a casa.
―¿Correr a casa para qué?
―Para conseguir mi arma.
Josh me tendió la mano con expresión severa. No la tomé.
―Esto no está abierto a negociación, vamos ―dijo sin pestañear.
No me moví.
―Tyler no va a estar de acuerdo con esto.
―La próxima vez que llame, me pasas el teléfono.
―¿Qué? ―¿Hablaba en serio?
―Cualquier hombre que permita que su chica esté desprotegida en esta
situación o no está informado o es un imbécil. ¿Cuál es?
Maldita sea, él era bueno.
Presioné mi boca en una línea.
―Está a siete mil kilómetros de distancia, no necesita preocuparse por
algo sobre lo que no puede hacer nada.
Así es como se manejaban las relaciones militares: se ocultaban las cosas
malas el uno al otro. Él no me dijo cuándo explotó un artefacto explosivo
improvisado debajo de un Humvee o cuándo se detonó una bomba
suicida en un puesto de control, y yo no le dije cuándo un perturbado
entró en mi patio por la noche para tomar una cerveza y fumar.
Manteníamos nuestras conversaciones ligeras y divertidas, y esa era la
regla. De lo contrario, perdías la cabeza.
―Eso es lo que pensé ―dijo―. No te dejaré sola aquí, así que tienes
algunas opciones: Llama a Sloan, cuéntale lo que está pasando y quédate
ahí hasta que Tyler venga a casa, vete a un hotel, o déjame dormir aquí,
en la habitación de invitados. ―Me vio, totalmente serio―. Esto no es
diferente a tener un compañero de casa, no hay nada inapropiado al
respecto, no puedes estar aquí sola con esta mierda.
Dejé escapar un suspiro de resignación. Por supuesto él estaba en lo
cierto. Y, sinceramente, yo estaba bastante asustada. La primera vez me
molestó moderadamente, pero pensé que era cosa de una sola vez, pero
esta mañana realmente me asustó. Estuve súper nerviosa cuando Josh se
fue a su cita y me quedé sola en la casa otra vez. Estuve limpiando el estrés
todo el día.
No podía ir a casa de Sloan, una tubería se reventó en su habitación de
invitados la semana pasada y la cama todavía estaba desarmada. No
dormiría en un sofá y no pagaría un hotel. A la mierda.
―Vamos ―dijo.
―¿Tengo que ponerme sostén? Porque si tengo que ponerme sostén, no
voy. ―Parpadeé hacia él como si nada. Tampoco me quitaría los rulos,
por razones ya cubiertas.
Mi comentario me valió un descanso en su expresión seria. Dejé que me
levantara del sofá y lo hice esperar mientras sacaba dos Motrin más para
el camino. Estaba en el día once de mi período y no había señales de que
se acabara, pero al menos finalmente había bajado de ultras a regulares.
Trataba de revisar el panty protector silver siempre que podía.

El apartamento de Josh era un estudio lleno de cajas. Tenía un colchón


en el suelo con un saco de dormir por edredón y una sola lámpara al lado
que constituía todo el mobiliario de la habitación. Olía ligeramente a él:
cedro limpio.
Estaba abriendo cajas con la etiqueta “dormitorio” mientras yo
esperaba, apoyada en la barra de la cocina.
―Todavía no has desempacado mucho ―dije, viendo alrededor. Eché
un vistazo a un armario junto al microondas y lo encontré vacío.
Cerró la tapa de la caja en la que estaba y abrió la siguiente.
―Hago turnos de cuarenta y ocho horas y luego voy a tu casa y
construyo escaleras para perros pequeños. No he tenido tiempo
exactamente.
Sacó una caja de metal negro y la abrió. Metió la mano y la sacó con un
pequeño cañón de mano.
―Wow, esa es una gran pistola.
―Sabes, no eres la primera mujer que me dice eso. ―Sonrió, sacando
algunas balas de una caja y cargándola mientras yo veía.
Maldita sea, era sexy.
Mi teléfono sonó.

Sloan: ¿Josh sigue ahí?

Escribí una respuesta.

Kristen: Sloan, algo serio de macho alfa está pasando en este momento.
Necesito concentrarme.
Sloan: ¿De qué estás hablando?
Kristen: Sacó su pistola y me la está enseñando. Es enorme. Te llamaré
mañana.

Apagué mi timbre, imaginando la mirada horrorizada en el rostro de


Sloan y sonriendo para mis adentros.
Volví a ver a Josh.
―Brandon debería venir a ayudarte a desempacar.
Devolvió la pistola a la caja.
―Está bien, es solo ropa. Lo haré eventualmente. Celeste se llevó todo
lo que había en la casa. ―Él se paró.
―¿La dejaste? ―pregunté, abriendo un cajón junto al fregadero. Dentro
había un solo tenedor de plástico y dos paquetes de ketchup―. Este lugar
es deprimente. ―No es de extrañar que pasara el rato después de que
terminaba de trabajar en el garaje.
―No me sentí bien dejándola con una casa vacía. Me dejó algunas
facturas que me hubiera gustado dejarle a ella también ―dijo, viendo
alrededor de la habitación como si recién ahora se diera cuenta de cómo
debía verse el lugar―. Ella está saliendo con un chico llamado Brad.
Me burlé.
―¿Brad? Apuesto a que usa pantalones cortos de color rosa y huele a
spray corporal Axe.
Se rio y se apoyó contra el mostrador frente a mí, cruzando las piernas
por los tobillos.
Me aclaré la garganta.
―Mi futón realmente apesta. ¿Seguro que quieres hacer esto?
No es que no apreciara el gesto. Me sentiría mejor teniéndolo ahí.
Si Tyler no se estuviera mudando, alguien como Josh sería el
compañero de casa perfecto. Tenía un trabajo estable, no estaba la mitad
de la semana, así que todavía tenía tiempo a solas, y era genial pasar el
rato con él.
La atracción que sentía por él era un problema importante. No podría
vivir a largo plazo con un tipo con el que me gustaría acostarme, porque
probablemente lo haría. Sería demasiado conveniente, pero siempre me
gustó la idea de un compañero de casa masculino, pero nunca tuve la
opción porque viví con Sloan justo después de la preparatoria, lo cual fue
genial, pero en otro universo, habría vivido totalmente con un hombre.
Cruzó los brazos sobre su magnífico pecho.
―Sí, quiero hacer esto. Si algo te pasara porque yo no estuviera ahí, no
podría vivir con eso.
Ladeé la cabeza, mis rulos se movieron.
―¿Cuándo dejaste de dibujar penes en cosas?
Él resopló.
―¿Qué?
―¿Cuántos años tenías cuando dejaste de dibujar penes en cosas?
Pensaba en lo genial que sería un compañero de casa y me di cuenta de
que el único inconveniente sería encontrar penes dibujados en el vapor
del espejo del baño.
Su sonrisa con hoyuelos me hizo sonreír.
―Justo dibujé un pene en la camioneta de Brandon el otro día.
Me reí.
―Así que los hombres nunca lo superan. Lindo.
Él me sonrió.
―¿Eso es realmente en lo que estás pensando ahí parada?
―Bienvenido a mi cerebro. Abróchate el cinturón y mantén los brazos
dentro de la atracción en todo momento ―dije, viendo dentro de un cajón
que abrí con el dedo.
Dentro había una foto junto a un juego de llaves de auto de repuesto y
un bolígrafo. Tomé la foto, estaba enmarcada por cuatro palitos de helado
descuidadamente pintados, como si los hubiera hecho un niño. El imán se
había roto por detrás y estaba en el cajón. Era Josh, sobre sus manos y
rodillas con un niño en su espalda montándolo como un pony. Me reí y él
se comió el espacio entre nosotros y se apoyó contra el mostrador a mi
lado.
―Es mi sobrino, Michael, fue hace dos años. Me la regaló para mi
cumpleaños.
Mi sonrisa cayó un poco.
―Te gustan los niños, ¿eh?
―Los amo.
Estaba parado un poco demasiado cerca. Se cruzó de brazos e hizo que
sus músculos se estiraran y presionaran mi hombro. Dios, olía bien.
Esa instructora de yoga se equivocó cuando lo alejó. Si se hubiera
callado sobre el tofu, él podría estar ahí en lugar de aquí.
Ella se lo pierde.
―¿Quieres una gran familia? ―pregunté, ya adivinando la respuesta.
―Oh, sí. Me encantó crecer en una familia grande, quiero al menos
cinco. De hecho, pensé que a esta edad ya tendría hijos.
―¿Por qué no?
Se encogió de hombros.
―No salí del ejército hasta los veintidós años, no estaba listo todavía, y
luego estuve con Celeste. Ella nunca quiso tener hijos, pero era mucho
más joven que yo, pensé que tal vez cambiaría de opinión a medida que
creciera, ¿sabes?
―Y ella no lo hizo.
Negó con la cabeza.
―No, y estaba jodidamente enojada conmigo por terminar la relación,
también. Por eso le dejé todo. No fue su culpa, yo fui el que cambió las
reglas. Simplemente no podía quedarme en una relación que era un
callejón sin salida como ese.
―Ya veo. ―Un callejón sin salida―. ¿Y vas a hacer que tu esposa te dé
todos los niños que quieras, o vas a adoptar algunos de ellos?
―No, los quiero a la antigua.
Una decepción que no tenía ningún sentimiento correcto cayó en mi
estómago.
Me vio con esos ojos de color marrón oscuro.
―¿Y tú? ¿Gran familia?
Negué con la cabeza, apartando la mirada de él.
―Soy hija única.
―¿Pero te gustan los niños? ¿Quieres tenerlos?
Le devolví su foto, esperando que no pudiera ver la grieta en mi
corazón a través de mis ojos.
―Sí. Sí.
No era una mentira.
Pero tampoco iba a suceder nunca.
Ella no estaba bromeando, su futón realmente apestaba, y estaba duro
como una roca. Cuando volvimos a casa de Kristen, me puse los
pantalones de pijama y una camiseta. Estaba parado frente al intento de
cama, debatiéndome si el sofá era una mejor opción, cuando ella llamó a
la puerta.
Estaba de pie en el pasillo con sus rulos, retorciéndose las manos, con
Stuntman Mike a sus pies mirándome. Por un segundo pensé que había
visto a alguien en el patio y había venido a decírmelo.
―¿Josh? ¿Puedes venir a mi habitación?
Mi sonrisa lobuna rompió parte de la tensión en su rostro.
―Oh, detente. Hay una araña y necesito que la mates, por favor. Antes
de que desaparezca y tenga que quemar toda mi casa.
Me reí.
―¿Debería tomar mi pistola o...?
Ella rebotó nerviosamente.
―Josh, lo digo en serio. Las odio. Por favor, ayúdame.
Saqué algunos pañuelos de papel de la caja que estaba en mi mesita de
noche.
―¿Sabes? Pareces demasiado intrépida para tenerle miedo a las arañas.
―Una viuda negra mató a mi schnauzer cuando era niña, abrazar un
miedo debilitante de por vida a las arañas es más barato que la terapia.
―Se detuvo en la puerta de su habitación como si hubiera un campo de
fuerza invisible, y casi choco con su espalda.
―¿Bien? ¿Dónde está?
Señaló la pared al otro lado de su cama. Era una araña de tamaño
decente, podía ver por qué estaba angustiada.
Su habitación era sorprendentemente femenina. No sé lo que estaba
esperando, tenía montones de cojines y una colcha de aspecto suave sobre
el pie de cama. Olía como el perfume que se había puesto el día que se
puso mi camiseta: manzanas verdes.
Stuntman Mike subió una escalera de caoba que hacía juego con el
marco de su cama y se dejó caer sobre la colcha floral rosa con la lengua
afuera.
La araña marrón se escurrió unos centímetros y Kristen giró y dio un
pequeño salto, enterrando su rostro en mi pecho.
Nunca me habían gustado más las arañas en mi vida.
Puse mis manos sobre sus hombros y con delicadeza la aparté de mi
camino.
―¿Qué hubieras hecho si yo no estuviera aquí? ―pregunté, mientras
presionaba firmemente los pañuelos contra la pared, poniendo fin al
asedio.
―Habría ido a casa de Sloan y Brandon. ―Se apretó contra el marco de
la puerta lo más que pudo mientras yo acompañaba a la araña muerta al
inodoro en su baño de invitados.
Tiré los pañuelos y me giré hacia ella.
―Déjame entenderlo. Empacarás y te irás por una araña, pero ¿tienes
un merodeador en el patio trasero y simplemente lo ignoras?
―Mis prioridades se sienten claras. ―Vio a mi alrededor al inodoro
como si quisiera asegurarse de que realmente se había ido.
―Esa araña parecía embarazada, por cierto. Gracias a Dios que me
llamaste cuando lo hiciste.
Agitó las manos y chilló un poco y me reí de ella. Me crucé de brazos y
me apoyé en la puerta del baño.
―Recibimos una llamada por una araña la semana pasada. Lo creas o
no, fue una de las llamadas menos estúpidas que recibimos.
―En realidad lo entiendo, estuve cerca de llamar al 911 yo misma.
Me reí de ella.
―Bueno, gracias ―dijo―. Si alguna vez puedo devolverte el favor,
házmelo saber. Por ejemplo, si alguna vez necesitas matar una planta del
porche, soy tu chica.
Sonreí y ambos nos quedamos ahí. Ninguno de los dos hizo alguna seña
de irse, a pesar de que era tarde.
Una sonrisa traviesa se deslizó por su rostro.
―¿Estás cansado?
Me gustaba el brillo en sus ojos y no tenía intención de terminar esta
noche si ella no quería, sin importar lo cansado que estuviera.
―No.
―¿Quieres ir a llenar de rollos de papel la casa de Sloan y Brandon?
Mi risa hizo que sus ojos bailaran.
―Sé que es un poco retro de décimo grado ―dijo―. Pero siempre he
querido hacerlo, y no puedes ir a llenar de rollos de papel una casa sola,
es una regla.
―Tendremos que aparecer ahí mañana y ayudarlos a limpiarlo.
Pretender que es solo una coincidencia afortunada ―dije.
―¿Puedes tomar prestada una herramienta de Brandon? Puedo
enviarle un mensaje de texto a Sloan por la mañana para decirle que
vamos a recogerla. Ella cocinará si sabe que vamos, luego desayunaremos
y expiaremos nuestros pecados. ―Ella sonrió.
Media hora más tarde estaba agachado detrás de mi camioneta dos
casas al lado de la de Brandon, planificando con Kristen. Todavía no se
había quitado los rulos.
―Si se despiertan ―susurró―, nos dispersaremos y volveremos a
reunirnos en el lugar de donas en Vanowen.
―Entendido. Si te capturan, sin importar lo que te hagan, no te
derrumbes durante el interrogatorio.
Ella se burló en voz baja.
―Por favor. No pueden romperme. ―Agarró su rollo y salió disparada
de detrás de la camioneta.
Hicimos un trabajo corto de eso, la operación Rollos de papel se completó
en menos de cinco minutos. No hubo víctimas. Regresamos a la camioneta
riéndonos tanto que me tomó tres intentos poner la llave en el encendido.
Entonces me di cuenta de que había perdido un rulo.
Me desabroché.
―No se dejan rulos, es la política del Cuerpo de Marines. ―Salimos
para una misión de reconocimiento en el jardín de Brandon.
Localicé el rulo caído debajo de una pila de rollos de papel junto al
buzón.
―Oye ―susurré, sosteniéndolo en alto―. Lo encontré.
Ella sonrió y trotó por el césped cubierto de papel higiénico, pero
cuando tomó el rulo, la palmeé.
―Estás herida ―susurré―. Perdiste un rulo, los médicos pueden
volver a colocarlo, pero tendré que sacarte de aquí, súbete a mi espalda.
Solo estaba un 50 por ciento seguro de que ella aceptaría esto. Confiaba
en que no quisiera romper el personaje.
Pero ella no se saltó un latido.
―Tienes razón ―susurró―. Hombre caído. Bien hecho.
Se levantó de un salto y la llevé a cuestas a la camioneta, riéndome todo
el camino.
Esos treinta segundos de sus brazos alrededor de mi cuello hicieron
toda mi noche.
Una vez que oficialmente hicimos nuestra escapada y estábamos
manejando por el vecindario, ella se giró hacia mí.
―Oye, ¿quieres ver algo genial?
Quería hacer cualquier cosa que significara pasar más tiempo con ella.
―Sí, seguro.
―Está bien, gira a la izquierda aquí ―dijo―. Es una sorpresa.
Conduje unos pocos kilómetros y luego me dirigió a un
estacionamiento vacío en un centro comercial en Roscoe Boulevard, cerca
de su casa.
―Estaciónate ahí. Ya llegamos.
Me detuve en el lote vacío y apagué la camioneta.
―¿Bien? ¿Cuál es la sorpresa?
Ninguno de los negocios estaba abierto. Era casi la 1:00 de la mañana.
Se desabrochó el cinturón y se sentó de frente a mí, con las piernas
metidas debajo de ella en el asiento. Sus ojos brillaron.
―Mira. ―Señaló el escaparate de una casa de empeño en ruinas frente
a la camioneta.
―¿Qué?
―¿No sabes lo que es eso? ―Me sonrió.
Volví a ver el escaparate, era solo una tienda antigua.
―No. ¿Qué?
Se inclinó y me susurró al oído:
―No he terminado contigo ni por asomo. Me pondré medieval en tu trasero.
Mis ojos se abrieron de par en par.
―No puede ser. ―Salté de la camioneta y me paré frente a la casa de
empeño, examinando las ventanas y el letrero. Ella salió detrás de mí.
―Esta es…? ―pregunté con asombro.
―Sí, la casa de empeños de la escena del gimp en Pulp Fiction.
Sonreí viendo el letrero amarillo.
―Wow.
―Lo sé.
Sabía que la película había sido filmada en California, pero nunca se me
ocurrió buscar los puntos de referencia.
―¿Hay más? ―le pregunté.
―Sí. Está la calle donde Butch atropella a Marsellus, y el exterior de
Jack Rabbit Slim's es en realidad una bolera vacía en Glendale. Podríamos
pasar por ahí en algún momento si quieres, pero la mayoría de los puntos
de referencia ya no están. El restaurante de la escena de Honey Bunny, y
el apartamento donde Vincent muere, todo fue derribado.
Fruncí el ceño, pero no por los hitos demolidos.
Esta era la mejor cita en la que he estado, y ni siquiera era una cita.
La vi, balanceándose sobre las puntas de sus pies en un divisor de
estacionamiento de concreto. Ella no tenía maquillaje, llevaba un pantalón
de chándal y el cabello en malditos rulos. Demonios, ni siquiera se quitó
la camiseta con la enorme mancha de lasaña en el frente antes de que
saliéramos de la casa, y ella era mil veces mejor que la guapísima
instructora de yoga de unas horas antes.
Divertida. Ingeniosa. Elegante. Hermosa.
Una chica genial.
Y nada que yo pudiera tener.
Mi situación de cohabitación con Josh estaba en el día cinco. Me quedé
en la casa de playa vacía de mamá los dos días que él se fue a trabajar,
pero no era ideal, mi inventario estaba en mi casa y tenía que estar ahí
para hacer cualquier trabajo. El viaje era de dos horas, pero él tenía razón:
no podía estar sola en mi casa por la noche, simplemente no era seguro.
Josh y yo habíamos desarrollado una especie de rutina. Comíamos casi
todas las comidas juntos, veíamos maratones de series, nos turnábamos
para pasear a Stuntman e íbamos a comer a altas horas de la noche. Había
planeado alejarme de él tanto como fuera posible, pero solo había un
televisor en la sala de estar y la mesa de café era mi oficina no oficial, y si
ambos necesitábamos comer, no tenía ningún sentido hacerlo por
separado, así que simplemente lo hacíamos juntos.
Todas las mañanas él patrullaba el patio en busca de evidencia de mi
merodeador. Eso era jodidamente sexy, luego nos hacía huevos y nos
sentábamos en la mesa de la cocina hablando hasta que se tenía que ir a
trabajar.
Acababa de regresar de otro turno de dos días. Me senté en los
escalones del garaje hablando con él. Yo llevaba una camiseta teñida que
hice en un campamento de verano hace como nueve años con Sloan y
también me puse el coletero a juego. Estuve cavando profundamente para
mantener mi guardarropa de vagabunda, cada vez se hacía más necesario.
Él me gustaba. Me gustaba demasiado.
Él era divertido. Cuando se fue a su turno de dos días, lo extrañé. A lo
grande.
Esto no era bueno, necesitaba que Tyler volviera a casa.
Josh me estaba contando sobre una llamada que recibió, y me distraje
viéndolo tallar un diseño ornamentado en el costado de una escalera. Me
encantaba que trabajara con sus manos, era más que sexy. Me pregunté
cómo se sentirían esas manos sobre mi piel desnuda. Fuertes y ásperas.
Pensé tanto en ese estúpido paseo a cuestas que cualquiera pensaría
que fue un juego previo. La presión de esos músculos de la espalda y el
calor de su piel contra mis pechos. La forma en que olía. La facilidad con
la que me levantó. Apuesto a que podría hacer flexiones conmigo sentada
sobre su espalda. Luego lo imaginé haciendo flexiones sobre mí mientras
yo estaba acostada en una cama debajo de él.
Dios. Iré directo al infierno.
Metí un dedo en un pequeño agujero en la cintura de mi camiseta y la
rompí un poco.
Tyler estaba llamando. ¿Era coincidencia? ¿O sintió la amenaza desde
el otro lado del mundo?
―Tengo que contestar esto ―le dije.
La llamada telefónica se sentía como un corte de emisión de emergencia
irrumpiendo en uno de mis programas favoritos. Me quedaría sentada
porque tenía que hacerlo, esperando impaciente a que terminara para
volver a ver lo que estaba viendo antes de la interrupción.
Apestaba que me sintiera de esa manera.
Me gustaba hablar con Tyler, simplemente no me gustaba hablar con
Tyler cuando significaba que me quitaba hablar con Josh. Sabía que esto
estaba mal, sabía que no era saludable, y tampoco podía evitar sentirme
así.
Presioné el botón Contestar llamada, me levanté y salí al camino de
entrada calcinado por el sol sofocante, fuera del alcance del oído.
―Hola, bebé.
―Hola, Kris. ¿Qué estás haciendo?
―Pasando el rato con Josh en el garaje. ¿Tú qué estás haciendo?
―Preparándome para verte. Ocho días. ―Podía escuchar la sonrisa en
su voz.
Sí. Ocho días. Entonces sería el Show de Tyler el que estaría viendo.
―Lo sé, no puedo esperar ―dije, forzando el entusiasmo. Vi una grieta
en el camino de entrada y rodé mi pie sobre un diente de león que crecía
en la grieta, aplastándolo contra el concreto, sangrando amarillo y verde.
―¿Te ha dicho algo la policía? ¿Hay alguna actualización?
Una vez que el peligro fue neutralizado por la presencia de Josh en mi
habitación de invitados, le conté a Tyler sobre el intento de allanamiento.
―No, no he oído nada.
―¿Y Josh mantiene sus manos para sí mismo? ―preguntó.
Vi hacia el garaje y los ojos de Josh se alejaron de mí como si hubiera
estado viendo.
Me pregunté si Josh alguna vez pensaba en mí de la forma en que yo
pensaba en él, o si mis intentos de alejarlo tuvieron éxito. Parecía disfrutar
de mi compañía, pero nunca cruzó los límites conmigo. Eso era algo
bueno porque si alguna vez lo hiciera, tendría que hacer que se fuera.
Permanentemente.
―Josh se porta muy bien ―dije, diciendo la verdad―. Quiero decir, ni
siquiera habría aceptado esto si él no fuera el mejor amigo de Brandon.
Fue preseleccionado. ―Todo cierto.
Omití la parte de que tenía un gran enamoramiento por él y que estaba
disfrutando mi tiempo con él más de lo que debería.
―¿Cómo se ve ese tipo a todo esto? ―preguntó Tyler.
―¿Josh? Como un bombero sexy. ―No tiene sentido mentirle. Pronto
lo vería por sí mismo, y Tyler nunca se sorprendía por mi franqueza.
―No más sexy que yo, espero. ―Me estaba dando esa sonrisa
arrogante suya a través del teléfono. El chico sabía que era guapo, no
sonaba particularmente preocupado.
―Es como una especie de lotería, de hecho. Ustedes dos realmente
ganarían en uno de esos eventos para recaudar fondos para 'salvar a los
niños' donde los chicos son subastados.
Me arruinaría en esa recaudación de fondos. Todo por los niños, por
supuesto.
Él se rio.
―Bueno, dile que aprecio que te cuide hasta que llegue a casa.
―Lo haré. Entonces, ¿qué está pasando allá? ―Quería cambiar el tema
lejos de Josh.
―Oh, tengo una historia para ti, en realidad.
Arqueé una ceja. Las historias de Tyler eran geniales.
―¿Montgomery?
―Hansen ―dijo.
Tenía dos amigos ahí, Montgomery y Hansen, que nunca fallaban en
producir buenas historias.
―Hansen acaba de regresar de una licencia, no vas a creer lo que hizo
este tipo.
―Dime ―le dije.
Se lanzó a una historia animada sobre las hazañas de Hansen y sonreí,
recordando por qué Tyler y yo pudimos hacer que una relación a larga
distancia de dos años funcionara, él era genial en el teléfono. Dejé escapar
un suspiro de alivio porque me sentí atraída de nuevo y no estaba
impaciente por colgar y volver con Josh.
―Tenía tres patrulleros y un Bentley estacionados frente a su casa a las
tres de la mañana ―dijo.
―Qué idiota Hansen.
―Lo sé, tenía fotos de todo el asunto. ―Podía imaginarlo sacudiendo
la cabeza, con esos penetrantes ojos verdes riéndose―. El tipo me mata.
―Él se rio.
Suspiré.
―¿Qué vas a hacer cuando ya no salgas con esos chicos? ―Tanto
Hansen como Montgomery se habían vuelto a enlistar.
Se quedó en silencio por un latido demasiado largo.
―Estaremos en contacto, no estoy preocupado por eso. ―Pero algo en
su tono se había aplanado―. Oye, estaba pensando que podríamos hacer
un viaje a España cuando regrese. Me encantaría mostrarte dónde vivía
cuando era niño.
Hablamos unos minutos de España. Entonces tapó el teléfono, como si
estuviera hablando con otra persona.
―Kris, necesito irme. Te llamaré en unos días.
―¿Tyler?
―¿Qué pasa?
Le lancé una mirada a Josh.
―Realmente necesito que vuelvas a casa. Te extraño.
―Yo también te extraño, Kris. Hablaremos en unos días.
Colgamos y me quedé en el camino de entrada por un momento, viendo
a Josh.
Extrañaba a Tyler. La cosa era que, aunque lo extrañaba, realmente no
podía recordarlo.
Tyler se atenuó para mí durante estas separaciones. Era como un fuego
agonizante, pero siempre ardía de nuevo en el segundo que estaba
conmigo de nuevo, y sabía que al menos algo de lo que sentía por Josh era
porque lo que sentía por Tyler se había vuelto confuso y difícil de recordar
durante tantos kilómetros y tanto tiempo.
Josh estaba presente y claro. Por supuesto que me distraía más. ¿Verdad?
Tyler era alguien a quien no había visto en ocho meses, y Josh estaba más
brillante que el sol en este momento. Eso era todo. No era que Josh fuera
algo especial. ¿Cómo podría serlo?
Josh y yo teníamos una división entre nosotros tan grande que bien
podríamos ser una especie diferente. Él quería una familia enorme, y yo...
Solo necesitaba que Tyler volviera a casa, eso era todo. Necesitaba que
volviera a mi vida y tapara el sol.
Necesitaba un eclipse.
Josh me vio y me dio su deslumbrante sonrisa con hoyuelos, y sentí que
mi corazón desleal se sentía atraído hacia él.
Sí, necesitaba un eclipse.
Pero entonces estaría en la oscuridad, ¿no?
Kristen y yo nunca nos tocamos. No desde el paseo a cuestas hace casi
dos semanas.
Quería tocarla. Diablos, pensaba en eso casi constantemente, pero sus
límites estaban bien establecidos. Nunca se sentaba demasiado cerca.
Nunca la atrapaba mirándome. Nunca me dio ni la más mínima
indicación de que estaba interesada.
¿Y por qué lo haría? Ella tenía a Tyler.
En el segundo día que me quedé a dormir, él llamó y la escuché contarle
toda la situación sobre el merodeador y yo en la habitación de invitados.
Ella fue honesta con él y él no pareció molestarse.
Él confiaba en ella.
Tenía todo el derecho a hacerlo, al menos en lo que a mí respecta.
Claramente yo no era una amenaza.
¿Cómo me había metido en esto? Enamorarme de una mujer no
disponible, y eso es exactamente lo que había hecho en las últimas dos
semanas, me había enamorado.
La cagué e iba a pagar por eso cuando su novio regresara y todo
terminara. Debería haber sido más cuidadoso, pasar menos tiempo con
ella, decirle que no a veces cuando quería pasar el rato. Debería haber ido
a citas, visto otras opciones.
Pero no pude hacerlo.
Incluso cuando me sentí cayendo por este pozo sin fondo, no pude
detenerme. Ni siquiera quería.
Hoy se fue a una cita con el peluquero a las 10:00 de la mañana y no
estuvo en casa en todo el día. Más tarde esta noche teníamos la invitación
para la cosa de la boda de Sloan y Brandon.
Era aburrido sin ella aquí. Me dejó a Stuntman Mike vestido con su
camiseta de DOGFATHER, y se convirtió en mi compañero de trabajo.
Casi siempre estuvo dormido, pero de vez en cuando saltaba y ladraba
ante sonidos fantasmales. Mantenía las cosas interesantes.
A las 5:00, Kristen todavía no estaba en casa cuando me metí en la
ducha del baño de visitas para empezar a arreglarme para la fiesta, pero
cuando salí, vestido y listo para irme, me quedé sin aliento en el momento
en que doblé la esquina. Ella estaba sentada en la barra de la cocina,
viendo su teléfono.
Ella era un jodido nocaut.
Era bonita antes, incluso debajo de sus holgadas camisetas y pantalones
de chándal. ¿Pero ahora? ¿Arreglada? Dios, ella era sexy como el infierno.
Llevaba un vestido de cóctel negro ajustado y tacones rojos. Su cabello
estaba suelto y rizado y estaba maquillada. Llevaba un labial de color rojo
brillante.
Cuando levantó la vista, traté de actuar como si no me hubiera
congelado en la entrada.
―Oh, hola. ¿Me cierras la cremallera? ―preguntó, deslizándose del
taburete todavía enviando mensajes de texto. Ella ni siquiera me dio una
segunda mirada.
Me aclaré la garganta.
―Oh, sí. Por supuesto.
Se dio la vuelta y me dio la espalda, sin dejar de ver su pantalla. La
cremallera de su vestido estaba abajo y la parte superior de encaje de una
tanga azul claro se asomaba. Su perfume llegó a mi nariz, y casi podía
saborear las manzanas verdes en mi lengua.
Mierda. Esto era una tortura.
Subí la cremallera, mis ojos siguieron la línea de su columna. No llevaba
sujetador. Ella era pequeña en la parte superior. Eran alegres, no
necesitaba más. Me detuve para mover su cabello y mis dedos tocaron su
cuello mientras lo recogía hacia un lado. Tuve el impulso más increíble de
poner mis labios en el lugar detrás de su oreja, y deslizar mis manos a los
lados de su vestido, alrededor de su cintura, quitándoselo.
Ella tiene novio. Ella no está interesada.
Terminé el trabajo, arrastrando la cremallera hasta arriba. Ella vio su
teléfono todo el tiempo, totalmente imperturbable.
Kristen no era tímida ni conservadora. Eso es lo que había visto en las
últimas semanas. Probablemente ni siquiera pensó dos veces en nada de
esto, pero yo prácticamente jadeé. Estaba teniendo una erección solo de
pie ahí. Esperaba que ella no viera hacia abajo.
Ella habló.
―Okey, tengo un Uber. Estará aquí en cinco minutos. ―Me vio
fijamente por primera vez desde que entré en la habitación―. Te ves
guapo.
La vi.
―Gracias. Tú también.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que ella podría verlo a través de
mi camisa. Las puntas de mis dedos zumbaban con el recuerdo de tocar
su piel.
Stuntman Mike se pavoneó hacia mí y se dejó caer a mis pies. Me agaché
y lo recogí, feliz de tener algo para distraerme.
―Hola, pequeño.
Kristen sonrió, deslumbrando con los labios rojos brillantes sobre los
dientes rectos y perfectos.
―Dios, realmente le gustas. Simplemente no puedo superarlo.
―Sí, pasamos el rato todo el día hoy. ―Besé la parte superior de su
cabeza. Me gustaba, pero esto era para ella. Me encantaba la forma en que
sus ojos siempre brillaban cuando era cariñoso con su perro. Lo apreté
contra mi mejilla y ella se derritió.
Luego suspiró.
―A él no le gusta nadie. Odia a Tyler.
Sí, lo entiendo. Porque yo estoy empezando a odiar un poco a Tyler.
La fiesta era en Luigi’s, bajo las estrellas. Teníamos todo el patio al aire
libre del restaurante italiano favorito de Sloan y Brandon para nuestra
noche de actividades. Primero haríamos la cena seguida de unas horas de
llenar los sobres de las invitaciones de boda y armar los recuerdos: ciento
cincuenta pequeñas velas con aroma a jazmín. Cada una necesitaba una
etiqueta, una caja, papel de seda, una etiqueta colgante y una cinta.
La ensalada caprese, el pollo marsala y la pasta penne se sirvieron estilo
buffet debajo de una celosía blanca cubierta de vides y luces de hadas,
mientras Frank Sinatra cantaba por los altavoces.
Todo era tan Sloan. Estaba orgullosa de su obsesión por Pinterest.
Estábamos todos sentados en una larga mesa de madera con flores
frescas y velas parpadeantes cada pocos metros. La mamá de Sloan y
Brandon y su hermana, Claudia, tomaron el extremo de la mesa. La prima
de Sloan, Hannah, se quedó atrapada junto a Shawn, donde
probablemente él se le habría insinuado toda la noche. Josh se sentó junto
a Brandon y yo terminé junto a Sloan, frente a los dos.
Era una noche perfecta de marzo, el aire era fragante y cálido.
Y el lugar en mi cuello donde los dedos de Josh me tocaron, aún seguía
caliente también.
Dios, se veía increíble esta noche. Necesité todo en mí para no mirarlo.
En el momento en que lo vi, creo que un ovario completo se desprendió y
flotó hacia mi inútil útero para esperar.
Ya había terminado de mentirme a mí misma, durante la última semana
había aceptado el hecho de que me atraía más Josh que Tyler. Por una
avalancha. Por un tsunami, y eso decía mucho porque a Tyler y a mí no
nos faltaba precisamente química.
Y no era solo el cuerpo de Josh. Era él. No había nada de él que no me
gustara, aunque desearía que hubiera.
Era tranquilo y divertido, mis estados de ánimo no lo asustaban,
simplemente se encogía de hombros. Estaba dispuesto a cualquier cosa,
odiábamos las mismas cosas: películas independientes artísticas con
finales que no tenían ningún cierre, piña en la pizza, horario de verano. A
veces decía algo justo cuando yo iba a decirlo, como si nuestros cerebros
funcionaran en la misma longitud de onda.
Todos los días buscaba algún defecto fatal para poder dejar de tener
estos sentimientos, a veces lo interrogaba a propósito sobre cosas, solo
para ver si sus respuestas me irritaban.
Nunca funcionó.
Me sentía bien hoy, no tenía cólicos ni sangraba por primera vez. Mi
período de diecinueve días finalmente había terminado, y pasé la tarde
depilándome y arreglándome en el salón. Lo hice porque sabía que
vendría a esta cosa con Josh esta noche, se suponía que debía estar bien
vestida y, por primera vez, lucir medio decente no traicionaría mis
sentimientos por él. Quería que pensara que era hermosa, solo una vez.
Incluso si solo estaba bromeando con él, solo para ver si podía.
Josh y Brandon estaban enfrascados en una conversación al otro lado
de la mesa, sobre la caza de patos, y Sloan se inclinó y susurró sobre su
tiramisú.
―Josh te ha estado viendo toda la noche.
Agarré mi sangría y tomé un sorbo, y como si tuviera la intención de
probar sus afirmaciones, Josh me vio y sonrió.
Si yo fuera una mujer que se sonrojara, lo habría hecho.
No había hablado con Tyler en días. Me llamó ayer y no respondí
porque estaba viendo Casino con Josh y no quería dejar de estar con él
para hablar con el hombre con el que debería estar hablando.
Era vergonzoso.
Pero solo tenía dos días más hasta que Tyler volviera a casa. Eso era
todo, y luego Josh desaparecía de nuevo en el garaje. Un reloj imaginario
estaba corriendo en mi mente durante días, y estaba entrando en pánico
de nuevo porque Tyler se mudaría. Solo que esta vez tenía más que ver
con la pérdida de Josh que con la preocupación de que Tyler y yo no
funcionaríamos.
Le di un codazo a Sloan.
―Baño. ―Saqué mi silla y dejé mi copa de vino. Sloan se levantó y la
seguí, con la enagua roja silbando debajo de su vestido de lunares.
Una vez en la seguridad del baño de damas, me acorraló frente al
lavabo, sonriendo.
―Ese tipo está tan interesado en ti.
Su pausa me desafió a negarlo. Tal vez yo estaba un poco interesada en
él. Aunque no importaba.
Sin ser cuestionada, ella continuó, con los ojos brillantes.
―¿Y sabes qué más? Brandon no hablará de eso. ¿Sabes lo que
significa? Significa que Josh le está diciendo cosas que no quiere contarme.
―Parecía positivamente encantada con esta información.
No podía mirarla a los ojos. Observé la colorida colección de tatuajes en
su brazo.
―Me gusta, Sloan. Como, demasiado. No me había sentido así en
mucho tiempo. ―Tal vez nunca. Volví a mirarla.
Ella soltó una de sus deslumbrantes sonrisas de reina de belleza.
―¿Vas a romper con Tyler?
Y ahí estaba.
Negué con la cabeza.
―No. Josh y yo nunca seremos algo.
Ella arrugó la frente.
―¿Por qué no? Sería genial. Brandon y yo, tú y Josh. Los Ramírez y los
Copeland podríamos comprar casas contiguas, criar a nuestros hijos
juntos…
Me burlé.
―Bueno, eso escaló rápidamente.
Como si yo no hubiera pensado en lo fácil que sería, lo perfecto, pero
era imposible porque yo no era diferente a su última novia.
Necesitaba decírselo a Sloan, no podía ocultarle esto más. No ahora que
Josh estaba en esto.
Debería habérselo dicho hace semanas, pero Sloan no podía
compartimentar como yo, se pondría mal. Quiero decir, también me puse
mal, pero pude aceptarlo como una de las cosas de mierda que suceden
en la vida que no puedes cambiar, y seguir con mi día, pero no podía
explicar por qué no podía estar con Josh sin sincerarme, y realmente
necesitaba poder hablar con ella sobre esto.
―Sloan, hay algo que necesito decirte.
Su hermosa expresión cayó. Ella conocía mi tono, sabía que esto era
malo.
Metí mi cabello detrás de mi oreja.
―Sabes que he tenido que renunciar a muchas cosas debido a mis
períodos.
Ella lo sabía, éramos amigas desde sexto grado. Ella era muy consciente
de mis pesadillas menstruales de tres semanas de duración. Tuve una
úlcera en el tercer año por tomar demasiado ibuprofeno para el dolor, me
perdí el baile de graduación porque mis cólicos eran tan fuertes que ni
siquiera podía ponerme de pie, ella me llevó a urgencias más veces de las
que podía contar.
―No quería soltarte esto antes de la boda, y lo siento si te hago sentir
mal.
Me armé de valor para decirlo, para decirle con lo que había estado
lidiando durante las últimas seis semanas por mi cuenta.
―Me van a hacer una histerectomía.
La cara de Sloan se rompió al instante. Su mano voló a su boca.
―¿Qué?
Finalmente opté por la opción nuclear. Ya no tendría hemorragias
durante semanas seguidas, ni sufriría innecesariamente, ni seguiría sin mi
vida. Ya era suficiente.
―Normalmente no recomiendan una para mujeres de mi edad, es
electivo, pero los fibromas son severos y afectan mi calidad de vida. La
posibilidad de que alguna vez pueda tener un bebé es casi inexistente.
―¿Cómo se puso tan mal? ―preguntó, casi en un susurro.
―Sloan, siempre ha sido así de malo.
Ella apartó la mirada de mí, con sus ojos buscando en el suelo.
―Oh, Dios, Kristen. Oh, Dios. ¿Por qué no me lo dijiste? Yo... yo
hubiera ido contigo al médico. Hubiera… ―Entonces su boca se abrió y
sus ojos volvieron a levantarse―. Nunca tendrás un bebé ―susurró.
Me encogí de hombros.
―Nunca tendría uno de todos modos.
Parecía afligida.
―Pero existe la posibilidad de que puedas quedar embarazada algún
día, ¿verdad? Incluso si es una pequeña, todavía existe la posibilidad. Si
haces esto…
―Sloan, mi útero es un páramo, siempre lo ha sido. Ha sido una cosa
tras otra desde mi primer período, y ahora también es un holocausto
plagado de fibromas. Tengo el vientre de una cincuentona y lo he probado
todo, sabes que lo he hecho. Pasé la mayor parte de los últimos seis meses
desangrándome hasta tener anemia nuevamente. El DIU que me puse
como último recurso no ha hecho nada. Aún tengo sangrado y cólicos casi
todo el tiempo. Las píldoras anticonceptivas que se suponía ayudarían
hicieron que los tumores crecieran. Es todo. Me quedé sin opciones.
La derrota se movió en su rostro cuando la realidad de lo que estaba
diciendo se asentó. Esto no era algo espontáneo que decidí hacer por
capricho, y ella lo sabía. Sopesé mis opciones, vi a varios especialistas. Leí
los folletos de “dolor de mi útero”, hablé con otras mujeres que tenían los
mismos problemas y lo que habían pasado.
―No voy a mejorar, Sloan.
Vi mi estómago y alisé mi vestido sobre el montículo pequeño, firme y
distendido que era mi abdomen. Parecía embarazada de tres meses. Esa
fue la gota que derramó el vaso, lo que inclinó la balanza. Los tumores
habían comenzado a distender mi útero.
Las búsquedas en Google me mostraron mujeres con mi condición con
estómagos tan grandes en crecimiento que parecían embarazadas de seis
meses. Eso fue el colmo para mí, el insulto final a mi herida. No podía
dejar que esto continuara hasta que se pusiera tan mal, ya había
renunciado a suficiente dignidad.
―El médico dijo que podrían crecer tanto que dificultarían la
respiración y empujar mis otros órganos alrededor. Mira, mírame el
estómago, Sloan.
Vio el triángulo entre mis dedos.
―¿Cuándo? ―Sus ojos marrones parpadearon para contener las
lágrimas.
―Abril, la programé para el jueves después de tu boda. Todavía me
quedaré con mis ovarios para no entrar en la menopausia. Puedo hacer
un embarazo subrogado si alguna vez puedo permitírmelo, así que por lo
menos está está eso.
Ella sollozó.
―Yo llevaría un bebé por ti.
―¿Y crees que Brandon aceptaría eso?
Sacó una toalla de papel del dispensador y se la puso debajo de los ojos.
―Estoy segura de que estaría bien con eso.
Lo dudaba. Brandon era un buen tipo, pero no me lo imaginaba siendo
genial con su esposa embarazada del bebé de otro hombre o prestando su
cuerpo para algo tan serio durante tanto tiempo. No era enteramente
elección de Sloan.
Ya lo había investigado. No era poca cosa en gesto, costo o práctica.
Una sustituta profesional me costaría entre quince y veinte mil dólares
y el in vitro otros doce mil. La tasa de éxito de la FIV era solo del 40 por
ciento, y mi seguro no cubriría ni un centavo. Así que, básicamente, a
menos que me ganara la lotería y tuviera mucha suerte, mi cubo oxidado
de matriz me iba a dejar estéril y sin hijos. Probablemente terminaría
siendo esa tía loca que usa sombreros con velo y huele a naftalina con diez
perros pequeños.
Le sonreí a Sloan, aunque sabía que no me llegaba a los ojos.
―Bueno, crucemos ese puente cuando lleguemos a él. Tyler ni siquiera
quiere hijos, pero aprecio la oferta.
―¿Tyler no quiere niños? ―preguntó, frunciendo el ceño.
Negué con la cabeza.
Ella parpadeó hacia mí.
―¿Hablas en serio? ¿Por qué estás con él, entonces? Tú quieres hijos,
Kristen.
Aparté la vista de ella.
―¡Kristen!
―Sloan, detente.
―¿Qué demonios estás haciendo? ¿Por qué te conformas?
La puerta del baño se abrió y entró una señora. Nos sonrió, y Sloan y
yo nos quedamos ahí incómodamente mientras ella entraba en un
cubículo.
―No me conformo, Sloan ―susurré―. El hombre es un diez. Es
motivado y ambicioso, es listo. Gana buen dinero, tenemos cosas en
común, y seamos honestas: tengo que elegir un hombre que no quiera
tener hijos. Esa es la realidad de mi situación. Josh quiere hijos. Rompió
con Celeste porque ella no los quería, y en el mejor de los casos, si todas
las estrellas se alinean, tal vez pueda tener uno. Un bebé, si soy rica y tengo
mucha suerte. Tyler y yo somos más compatibles.
Ella me vio.
―Oh, Dios, lo estás haciendo. Lo de la hoja de cálculo que siempre haces.
No eliges un novio como eliges qué auto comprar, Kristen. ―Se cruzó de
brazos―. Tú no amas a Tyler, ¿verdad? ―siseó en voz baja―. No estás ni
remotamente enamorada de ese hombre, lo sabía, lo supe cuando los vi
juntos la última vez que vino.
―Lo amo ―insistí.
¿Era una cosa loca como Sloan y Brandon? No. ¿Era lo que sentía que
se estaba gestando por Josh? Definitivamente no, pero era amor. Se sentía
un poco desvanecido en este momento, seguro, pero eso era porque él se
había ido mucho tiempo. Volvería a estar enfocada, siempre lo hacía.
Estaba mayormente segura.
Ella sacudió su cabeza.
―El amor no es una lista de verificación de pros y contras, es un
sentimiento ¿Qué estás haciendo, Kristen?
Lo que estaba haciendo era ser inteligente. Tyler tenía sentido para mí.
Él era el camino de menor resistencia, era exactamente el tipo de hombre
que necesitaba.
―¿Y si estoy siendo un poco racional con Tyler? Más personas deberían
ser racionales en sus relaciones. Si lo fueran, no tendríamos tantas mamás
solteras con papás flojos y cónyuges infieles que destruyen a sus familias.
¿Qué diablos tiene de malo ser práctico y ver las cosas con lógica?
―Termina con él. ―Presionó su boca en una línea―. Rompe con él
antes de que se mude.
La mujer salió del cubículo, se lavó las manos, y Sloan y yo nos
quedamos mirándonos en silencio. La dama arrancó una toalla, se secó las
manos y se fue.
―¿Por qué? ―pregunté una vez que la puerta estuvo cerrada―. ¿Qué
sentido tiene romper una relación perfectamente buena con un hombre
decente que me importa y cuyo estilo de vida se adapta al mío?
―Eh, ¿felicidad? ¿Entonces tal vez puedas tener una oportunidad con
Josh? ¿O alguien como él que quiere hijos? ¿Cómo puedes actuar como si
esto no fuera algo que tú quieres?
―¿A quién le importa si es algo que quiero? ―Levanté las manos―. Es
completamente irrelevante. No puedo tenerlo.
Ella me vio.
―Entonces sigo adelante con Josh. ¿Y luego qué? ¿Nos enamoramos?
¿Para qué? Entonces, ¿quizás pueda decidir establecerse? ¿Para que
pueda salir conmigo unos años hasta que se sienta lo suficientemente
resentido como para dejarme? ¿Después de desperdiciar unos buenos
años cuando podría estar con alguien que pueda darle una familia? O
peor aún, que se quede y que siempre se pregunte ¿y si? ¿Que renuncie a
lo que quiere? Eso suponiendo que incluso me miraría dos veces después
de descubrir que no tengo un puto útero.
Ella negó con la cabeza.
―Al menos dale la oportunidad de tomar la decisión por sí mismo. ¿Y
si está de acuerdo con adoptar?
Solté un suspiro lento.
―Él sí tomó la decisión, con la última, a quién amaba y con quien ya
vivía, y ese hombre no quiere adoptar, quiere a sus propios hijos, ya le
pregunté.
―Okey, bueno, tal vez puedas quedar embarazada. Nunca lo has
intentado. No puedes saber si no lo intentas, y no puedes intentarlo si no
tienes útero ―espetó.
Ladeé la cabeza.
―Nunca usé protección con Tyler. Ni una vez. Ni con ninguno de mis
novios serios desde el tercer año. Llevo ocho años jugando a la ruleta rusa
para bebés y no veo a ningún niño corriendo. ―Extendí los brazos y vi
alrededor del baño―. Y es peor que nunca.
La bocanada de aire que soltó me dijo que sabía que estaba perdiendo
la discusión.
―Solo… ten una conversación honesta con Josh. Quizás…
―No. ―Por primera vez desde que empezamos a hablar de eso, la ira
burbujeó dentro de mí―. ¿Crees que hablar de mis deficiencias como
mujer con un hombre del que estoy medio enamorada es algo por lo que
quiero pasar?
Mi voz se quebró ante mi admisión, y necesité un momento para
recuperar la compostura. Me mordí los labios hasta que la tensión en mi
garganta desapareció.
―¿Por qué le diría, Sloan? ¿Para humillarme? ¿Para que me mire con
lástima? ¿O peor aún, ser rechazada? No va a haber ningún rechazo,
porque no voy a hacer una oferta. No tiene sentido. Me gustaría
ahorrarme esta vergüenza, si te parece bien.
Nos quedamos en silencio, ella luciendo herida y yo tratando de
entender por qué algo tan racional se sentía tan mal.
Dejé escapar un largo suspiro.
―¿Tengo sentimientos por Josh? Sí, los tengo, ¿okey? Es jodidamente
maravilloso y odio no poder tenerlo, pero no puedo. No puedo garantizar
que pueda darle hijos. De hecho, casi puedo garantizar que no puedo. Sé
cómo va esto y no voy a ir ahí.
Mi pausa dejó que las palabras se asentaran. Cuando continué
hablando, mi voz se había vuelto tan cansada que ni siquiera la reconocí
como propia.
―Este no es un hombre que quiere uno o dos hijos, Sloan. Proviene de
una familia numerosa. ¿Sabes lo que me dijo el otro día? ―La amargura
se elevó en mi pecho―. Dijo que quiere un equipo completo de béisbol de
niños. Es todo lo que él quiere, y es lo único que no puedo darle. No
realmente. De ninguna manera que se acerque a lo que ha planeado para
sí mismo.
Mordí el interior de mi mejilla hasta que me dolió y aparté la mirada de
ella.
―No podría sentarse conmigo en el baño y ver la pequeña línea rosada
aparecer en el palo o poner su mano en mi vientre y sentir las patadas de
su bebé. No podría ir conmigo a las ecografías ni tomarme de la mano
mientras pujo. Este es un hombre que quiere ser papá, Sloan, y yo nunca
voy a ser mamá. Simplemente es lo que es.
Su labio inferior temblaba y parecía que iba a empezar a llorar.
Sloan siempre era la emocional, por eso no quería contarle nada. Ahora
iba a ensombrecer lo que debería haber sido un momento despreocupado
para ella antes de su boda. Nunca debí haber dicho nada, fue egoísta de
mi parte.
Suspiré.
―Sloan, eres una romántica. Tienes una visión en tu cabeza de nosotras
embarazadas juntas y los cuatro yendo de vacaciones y empujando
carritos alrededor de la cuadra. Tendrás que adaptarte.
Se secó los ojos con el pulgar.
―Odio esto. Odio que tengas que renunciar a tanto.
―Yo no. No pienses en lo que estoy renunciando, piensa en lo que estoy
recibiendo de vuelta. La idea de nunca tener otro período por el resto de
mi vida me da ganas de llorar de felicidad, estoy tan lista para terminar.
Se veía tan miserable que uno pensaría que le estaban haciendo a ella
una histerectomía. Ella lo odiaba y la amaba por eso.
Puse mis manos en sus brazos.
―¿Sabes lo que realmente necesito? Solo necesito que me escuches y
me apoyes. Es todo. Dime que puedes hacer eso.
Por favor. Se mi amiga. Te necesito.
Ella asintió, cerró el espacio entre nosotras y me abrazó. El olor familiar
de su perfume de madreselva, de mi mejor amiga, me conectó a tierra, y
me di cuenta de lo difícil que había sido no poder hablar con ella al
respecto, o decirle cómo me hacía sentir Josh.
―¿Sloan? ―dije después de un momento, mi barbilla sobre su hombro.
―¿Sí?
―Llené de rollos de papel tu casa con Josh.
Ella sollozó.
―Lo sé.
Me reí un poco y cerré los ojos con fuerza.
―Lo de Josh hubiera sido genial ―susurró en mi oído.
Hubiera sido genial, pero los hombres como Josh ya no eran para mí,
nunca volverían a ser para mí. Hombres que querían esposas
embarazadas y familias numerosas, hijos que se parecieran a sus papás,
estos hombres no eran los que yo podía elegir. Podría tener Tylers, podría
tener más perros, una carrera más grande sin niños que me distrajeran.
Podría tener más ingresos disponibles y una casa limpia sin crayones en
las paredes y pañales sucios para cambiar. Podría ser la tía genial.
Pero no podría tener hijos.
Y yo nunca, jamás, podría tener a Josh.
Sloan y Brandon se despidieron de sus invitados. Solo Kristen y yo nos
quedamos cumpliendo con nuestros deberes de dama de honor y
padrino, ayudándolos a cargar los recuerdos de la boda y las invitaciones
terminadas en la camioneta de Brandon. Kristen, Sloan y yo nos
quedamos en el patio viendo cómo los ayudantes de mesero apagaban las
velas y limpiaban la mesa mientras Brandon firmaba la cuenta.
―Buena fiesta ―le dijo Kristen a Sloan―. Lo hicimos todo.
Brandon le entregó la cuenta al mesero y se colocó detrás de su
prometida, envolviendo sus brazos alrededor de sus hombros. Sloan
sonrió, inclinándose hacia el beso que le dio en la mejilla.
Kristen sacó su teléfono y la vi abrir la aplicación de Uber.
―¿Quieres ir a comer algo antes de que nos vayamos a casa? ―le
pregunté, esperando que aceptara.
Habíamos estado trabajando en nuestros proyectos durante las últimas
tres horas, así que había pasado un tiempo desde que cenamos, pero mi
invitación era solo una excusa para quedarme con ella porque no me
quedaría a pasar la noche hoy.
O cualquier otra, probablemente nunca más.
El intruso del patio trasero fue detenido. Era un chico del barrio,
jodiendo en los patios de la gente. Yo no le había dicho, necesitaba hacerlo,
pero simplemente no me atrevía a decirlo todavía. En el momento en que
supiera que atraparon al tipo, no tendría ninguna razón para quedarme a
dormir esta noche. Tenía trabajo los próximos dos días y cuando volviera,
todo habría terminado, Tyler estaría en casa.
Esta era mi última noche con ella.
Traté de no dejar que la decepción oscureciera mi estado de ánimo y
arruinara el poco tiempo que me quedaba.
―Seguro, pero no puedo encontrar un Uber ―dijo, viendo su
pantalla―. El más cercano está a veintitrés minutos, los bares deben estar
saliendo.
―Puedes tomar mi auto ―dijo Sloan, abrazando los brazos de Brandon
contra su pecho―. Tomamos dos autos porque tenía que llegar temprano,
me iré a casa con Brandon.
Kristen negó con la cabeza.
―No voy a conducir esa cosa.
―Yo lo hago ―le dije―. Puedo conducir cualquier cosa.
―¿Puedes? ―Kristen me vio.
―Jaja. Dame las llaves. Tengo que trabajar mañana, no he bebido nada
además del brindis con champaña.
Sloan me las entregó y nos dimos las buenas noches. Algo andaba mal
con Sloan, le dio a Kristen un abrazo que fue demasiado largo para ser
casual, pero la cara de Kristen era ilegible.
―Entonces, ¿dónde quieres comer? ―pregunté mientras salíamos al
estacionamiento con el clic de los tacones rojos de Kristen.
―Tacos. Conozco un lugar nocturno.
Esto me hizo sonreír para mis adentros. Siempre sabía exactamente
dónde quería comer, no era una de esas mujeres que te daba el discurso
de “no me importa” y luego rechazaba cada sugerencia que le hacías.
Cuando le señalé esto la semana pasada, dijo que ya estaba pensando en
lo que quería para la cena mientras desayunaba. Me encantaba eso de ella.
Me encantaban muchas cosas de ella.
Cuando le abrí la puerta, crujió miserablemente. Sloan conducía un
viejo Corolla, parecía un auto que encontrarías en un depósito de chatarra.
Era una mierda seria.
La puerta del lado del conductor se atascó y tuve que forzarla para
abrirla. Lo puse en marcha, pero apenas, y salí del estacionamiento entre
el chirrido de los cinturones. Kristen me indicó que girara a la izquierda.
Volteé a verla. Estaba tan hermosa esta noche. Los sutiles toques de oro
en su cabello, la profundidad de sus ojos, el ajuste de su vestido. Tuve que
arrastrar mi mirada de nuevo a la calle.
―¿Todo bien contigo y Sloan? Pasaron mucho tiempo en el baño.
―Bien. ―Vio por la ventana.
Ella no me lo iba a decir. Se quedó callada.
―Oye, olvidé decirte algo ―dije a regañadientes.
Se giró hacia mí y me pareció ver un destello de tristeza o cansancio en
sus ojos.
―¿Decirme qué?
―Estaré fuera de tu camino esta noche. Hoy, cuando estabas fuera, tu
vecino de enfrente llevó a su hijo. Aparentemente, él y su pequeño amigo
estaban robando cervezas del refrigerador de su papá y bebiéndolas en tu
patio trasero e intentaron entrar a tu casa para robar licor. La buena
noticia es que tienes un chico cuyo papá lo obligará a cortar el césped
durante el próximo mes.
La vi, y la expresión en su rostro parecía de decepción.
Decepción.
¿Podría ella sentir lo mismo que yo sentía por esto? ¿Era posible que
ella tampoco quisiera que me fuera?
―Oh. Bueno, me alegro de que el misterio se resolviera y estés libre
―dijo.
―¿Puedo ser honesto? ―Hice una pausa, debatiendo qué decir―. Me
gustaba pasar el rato contigo. ―Era lo más cercano que me atrevía a
decirle sin sentir que estaba cruzando la línea.
―A mí también me gustaba pasar el rato contigo ―dijo en voz baja.
El silencio entre nosotros era pesado.
¿Por qué sentía que nos estábamos separando? Supongo que en cierto
modo lo hacíamos. Ambos sabíamos que estaba a punto de terminar.
El lunes, cuando llegara a su casa, tendría que encontrarme con este
tipo. Estrechar su mano. Verlos juntos. No pensaba que pudiera hacerlo,
no realmente. Iba a renunciar, la ayudaría hasta que encontrara a alguien,
pero no podría quedarme después de esto.
El lugar de tacos terminó siendo una camioneta de comida. Se
encontraba en un estacionamiento vacío en la parte más sórdida de Los
Ángeles con poca iluminación y césped que sobresalía de las grietas del
asfalto.
Me hizo desear tener mi arma.
Tiendas de campaña en la acera se alineaban en el exterior de la cerca
del lote, y la farola sobre la entrada parpadeaba.
―¿Estás segura de que quieres comer aquí? ―pregunté, apagando el
motor y escaneando nuestro entorno sin gustarme nada lo que estaba
viendo. Edificios con ventanas rotas, pintas en las paredes. Respondía a
llamadas a áreas como estas con frecuencia. Ninguna de ellas buena.
Apuñalamientos, sobredosis, violaciones.
―¿Por qué? No tienes que estacionar en paralelo. ¿Cuál es el problema?
Me burlé.
―¿De verdad? ¿El estacionamiento en paralelo es lo único que le
impediría comer aquí? Mira este lugar.
―Son los mejores tacos de la ciudad ―dijo mientras se desabrochaba―,
y no pretendas que sabes estacionar en paralelo. Ambos sabemos lo bien
que conduces. ―Ella me sonrió.
Un viejo vagabundo que había estado sentado en el interior de la valla
se acercó arrastrando los pies al auto.
―No. Vámonos. ―dije, girando la llave en el contacto. Hizo un débil
ruido de manivela que no tuve tiempo de procesar porque Kristen abrió
la puerta y salió.
»Mierda ―murmuré, siguiéndola rápidamente. La puerta no se cerró
del todo cuando la cerré de un portazo, pero no tuve tiempo de arreglarla.
El vagabundo estaba casi en el auto, y Kristen estaba... ¿caminando hacia
él?
―Hola, Marv ―dijo mientras corría frente a ella para ponerme entre
ellos. Lancé un brazo sobre su pecho y una mano para detener el avance
del hombre desdentado.
―Hola ―dijo Marv, ignorándome y hablando a mi alrededor con
Kristen como si yo no estuviera ahí.
Ella buscó en su bolso y le entregó dos billetes de dólar sobre mi brazo.
―Disfruta tu comida. Tu puerta está abierta, hijo ―dijo el tipo antes de
volver a la valla arrastrando los pies.
Kristen se volteó hacia mí.
―Él es el tipo que vigila todo. Vamos. ―Hizo un gesto hacia la
camioneta de tacos.
Mi corazón todavía latía en mis oídos.
―¿Hablas en serio? ¿El tipo que 'vigila todo'? ―La seguí, viendo por
encima del hombro al hombre.
―Sí, es un personaje. Algo así como la versión Skid Row del valet.
Recoge la basura, mantiene alejados a los tipos sospechosos. Él hace un
buen trabajo. Mira, no hay agujas por ningún lado, y ese tipo apuñalaría
a alguien por tan solo ver nuestro auto. No es que sea algo para mirar.
―Ella me dio una sonrisa torcida.
Negué con la cabeza.
―No tienes instinto de supervivencia, ¿verdad? Le entregas suéteres
para perros a un delincuente, ignoras cuando tienes un merodeador en el
patio. Ahora le pagas a los vagabundos que 'observan todo'.
―Oye, mis instintos son acertados. Aunque el merodeador resultó ser
un problema, y de todos modos, ya sé cómo voy a morir.
Nos detuvimos frente a la ventana de la camioneta. El generador hizo
un zumbido, y el raspar de las espátulas en una parrilla chisporroteante
tintineó desde el interior.
―¿Cómo? ―le pregunté.
―Mordedura de araña, o ser sarcástica en el momento equivocado.
Me reí entre dientes cuando dos autos más entraron al estacionamiento
en rápida sucesión. Un bonito todoterreno y un modelo Honda más
antiguo. El resto de mi guardia bajó.
―¿Te gusta todo? ―preguntó―. ¿Cebollas? ¿Cosas picosas? ―El olor
a carne asada se filtraba por la ventana, y un hombre de cabello gris con
un delantal blanco sucio esperaba nuestra orden mientras las polillas
revoloteaban alrededor de la luz sobre el menú de la pizarra.
―Como de todo ―dije.
Ella ordenó por nosotros, y pagué, poniendo veinte por la ventana antes
de que ella tuviera la oportunidad de objetar.
―Esto no es una cita ―me recordó, tratando de entregar su propio
dinero en efectivo. Ella nunca me dejaba pagar.
―Sí, pero tú pagaste por nuestra protección ―argumenté.
No parecía complacida, pero aceptó mi excusa. La observé parada ahí,
y una punzada de arrepentimiento de que esto no fuera una cita me
invadió.
No podía creer que tenía que renunciar a ella.
Cuando salió nuestra comida, le dio tres tacos a Marv y nos sentamos
en el capó del auto para comer.
―Fue muy sexy cuando pusiste en modo Marine con ese tipo ―dijo
mientras se quitaba los tacones y los arrojaba por el techo corredizo
abierto.
―No habría dejado que te tocara. ―No dejaría que nadie la lastimara,
nunca.
Tomó un sorbo de su Sprite.
―Lo sé, eso es lo que tenía de sexy.
A pesar de todas sus afirmaciones de que me encontraba sexy, no me
servía de nada. Ella no me quería, nada de esto continuaría una vez que
su novio estuviera aquí. No sería capaz de llevarla a comer tacos o
aparecer con pizza, ni siquiera sería capaz de sentarme en su sala de estar
con ella.
Me preguntaba si este pensamiento tenía algún efecto en ella, o
¿simplemente estaba feliz de que su novio estuviera en casa?
Probablemente era eso último.
Me senté a contemplar el lote, con una sensación de pérdida tirando de
mi corazón.
Ella era como un unicornio, una criatura mítica. Una mujer honesta, sin
dramas, que no decía tonterías, bebía cerveza, maldecía y no le importaba
lo que la gente pensara de ella. Era un unicornio, metida en el cuerpo de
una mujer atractiva con un gran trasero.
Y yo no podía tenerla, así que debería dejar de pensar en eso.
Terminamos de comer y volvimos al auto. No quería llevarla a casa, o
más bien lo hice, pero no para dejarla.
Consideré pedirle que hiciéramos otra cosa, solo para que durara, pero
no podía ser nada que se sintiera como una cita. Ella no estaría de acuerdo
con eso, pero yo no conocía Los Ángeles. No tenía idea de lo que estaba
abierto, y solo podía tomar esto hasta cierto punto sin que rayara en lo
inapropiado para una mujer con novio y límites saludables, así que me
preparé a regañadientes para llevarla a casa.
Esto era todo, la última vez que la tendría a solas. Los momentos finales.
Había tenido todo lo que iba a conseguir.
Giré la llave en el contacto y el motor no arrancó. Mis ojos revolotearon
hacia los suyos y lo intenté de nuevo. El arranque se convirtió en un clic.
―Mierda ―dije, regocijándome internamente ante la idea de estar
varado con ella en un estacionamiento dudoso en medio de la noche.
―¿Necesitamos que nos pasen corriente? ―preguntó, mirándome con
sus bonitos ojos marrones.
―Probablemente ―me quejé, haciendo todo lo posible para no parecer
complacido con este desarrollo. Salí y señalé a los chicos en el Honda que
todavía estaban comiendo en su auto. Un arranque fallido más tarde y
estaba llamando a una grúa.
»Voy a tirarle mucha mierda a Brandon por esto. Sloan no debería
conducir esta cosa ―dije, volviendo al asiento del conductor para esperar.
Esa parte era cierta, pero en aras de extender nuestra noche, no podría
estar más feliz de que Sloan condujera una mierda. Tuve que azotar la
puerta tres veces para que se cerrara, y estaba más que feliz de hacerlo.
―Ella es sentimental, este fue su primer auto. Sloan nunca puede
soportar separarse de nada. ―Bajó su asiento completamente hacia atrás
hasta que estuvo acostada, y se giró de costado para mirarme, con el brazo
debajo de la cabeza―. Todavía tiene los tickets de las entradas de la
primera película a la que fuimos hace como doce años.
La forma en que estaba acostada mostraba la curva de sus caderas, casi
podía imaginarla así a mi lado en la cama. Su lápiz labial se había ido,
pero la mancha todavía estaba en sus labios, haciéndolos lucir rosados y
carnosos. Quería poner un pulgar en su boca, ver si se sentía tan suave
como parecía.
Parecía fuera de lugar en este auto de mierda con tela rasgada y
descolorida en el asiento debajo de ella y cinta adhesiva en la guantera.
Como una elegante protagonista de una película en blanco y negro,
sumergida en una escena que no tenía ningún sentido.
Aparté la mirada, temeroso de que se diera cuenta de que la veía.
―Acuéstate conmigo ―dijo―. ¿Tenemos qué? ¿Una espera de
cuarenta y cinco minutos? También podría ser cómodo.
Bajé mi asiento y vi a través del techo corredizo hacia la versión de las
estrellas de Los Ángeles: los aviones que se alineaban para aterrizar en
LAX.
Nos sentamos en silencio por un minuto, y pensé en esa escena en Pulp
Fiction, cuando…
―¿Sabes cómo se siente esto? ―preguntó―. Esa escena en Pulp Fiction,
cuando…
―Silencios cómodos. Cuando Mia Wallace dice: 'Ahí es cuando sabes
que has encontrado a alguien realmente especial. Cuando puedes cerrar
la puta boca por un minuto y compartir cómodamente el silencio'.
Ella me apuntó con un dedo.
―Disco3.
Sonreímos y nos sostuvimos la mirada por un momento. Un momento
largo y persistente, y luego, solo por un segundo, una fracción de
segundo, sus ojos se posaron en mis labios.
Eso es todo lo que tomó.
En ese momento, lo supe. Ella pensó en besarme en ese momento.
Esto no era unilateral.
Fue el primer indicio que vi de que estaba interesada, que ella pensaba
en mí como algo más que un amigo.
Animado, mi corazón se aceleró cuando comencé a debatir mis
opciones.
El novio.
Mi umbral para ser respetuoso con este bastardo ausente y afortunado
se estaba evaporando. Iba a hacer un movimiento con ella. Si no lo hacía,
nunca me perdonaría por no intentarlo. Si había la más mínima
posibilidad de que ella pudiera estar interesada en mí, tenía que
intentarlo.
¿Pero cómo? ¿Debería intentar besarla? ¿Me diría que me fuera al
infierno?
Probablemente.
¿Qué pasa si deslizo mi mano sobre la suya? ¿La quitaría? Ella lo haría,
sabía que lo haría.

3 En Pulp Fiction, Mia dice “Disco” cuando encuentra la heroína que cree que es cocaína.
Necesitaba algo más. Algo menos. Más sutil. Algo que podría ir en
cualquier dirección para probar las aguas. Algo que podría conducir a otra
cosa.
―Oye, doy un masaje de pies decente si te duelen los pies. ―Asentí con
la cabeza hacia la consola central donde aún descansaban sus tacones
después de caer por el techo corredizo.
Para mi sorpresa, ella giró hasta que su espalda estuvo contra la puerta,
y balanceó sus piernas sobre mi regazo. Puso un brazo detrás de su cabeza
y se echó hacia atrás.
―Hazlo, esos tacones me estaban matando hoy.
Sonreí para mis adentros porque mi estrategia funcionó y puse mi
espalda contra la puerta mientras tomaba su diminuto pie en mi mano.
―Soy un maestro del masaje de pies. 'No te haré cosquillas ni nada' ―le
dije, dándole una línea de Pulp Fiction.
Ella resopló.
―Estoy exfoliada y pedicurada. Alguien debería tocarlos.
Pensé en lo que decía Vincent Vega en la película, que los masajes en
los pies significabn algo. Que los hombres actuaban como si no lo fueran,
pero lo son y por eso son tan geniales.
Esto significaba algo, y sabía que ella lo sabía, estaba tan familiarizada
con esa película como yo, tenía que estar haciendo la conexión.
Y ella lo había permitido.
Me deleité con la oportunidad de tocarla y con el significado tácito
detrás permitiéndome hacerlo.
―Entonces, maestro de masaje de pies, ¿qué otros trucos tienes en tu
bolsa? ―preguntó, dándome una sonrisa de lado.
Presioné un pulgar en su arco y lo rodeé con una sonrisa.
―No te voy a revelar mis secretos. ―¿Qué pasa si los necesito?
Ella se burló.
―Tu género no tiene ningún secreto que todas las mujeres no hayan
visto antes de los veinte años.
Arqueé una ceja.
―¿Alguna vez has oído hablar del hombre desnudo?
Ella puso los ojos en blanco.
―Oh, Dios, el hombre desnudo. Ese es el peor.
Me reí.
―¿Por qué? ¿Porque funciona?
Ella arrugó la cara.
―Tengo que admitir que me ha funcionado en el pasado. Quiero decir,
el tipo está desnudo, la mitad del trabajo ya está hecho para ti. Es un poco
difícil decir que no, pero cuando no funciona, es tan vergonzoso.
Incliné la cabeza de un lado a otro.
―Es arriesgado, te daré eso. Tienes que conocer a tu audiencia, pero los
grandes riesgos pueden generar grandes recompensas.
―Aunque esperar a que tu novia salga de la habitación y luego
desnudarte para sorprenderla cuando regrese es muy poco original.
Ustedes no tienen material nuevo, te juro que podrías retroceder veinte
mil años y asomarte a una cueva y encontrar hombres de las cavernas
dibujando penes en todo y haciendo el hombre desnudo y el helicóptero.
Acerqué su pie y me reí.
―Oye, no te metas con el helicóptero. Es el primer movimiento que
aprendemos. Puede ser un buen rompehielos.
―El helicóptero debería estar prohibido a partir de los ocho años. Voy
a romperte la ilusión en este momento, ninguna mujer está sentada con
sus amigas diciendo: 'Chica, fue el helicóptero más sexy que he visto en
mi vida. Rompió totalmente el hielo'.
Me reí y pasé mi mano por su suave pantorrilla, frotando el músculo.
Me imaginé ese delicado tobillo en mi hombro donde podría besarlo,
pasar mi palma por la parte exterior de su muslo, bajar esas bragas de
encaje azul claro...
Ella sonrió.
―¿Alguna vez has visto la ballena de espaldas?
―No.
―Eso es un avistamiento raro.
Tomé su otro pie y comencé a trabajar en él.
―¿Qué es?
―Es cuando estás en una piscina o un lago o algo así y tú… ¿Sabes qué?
―Ella me despidió―. Es mejor si ves una en persona. No voy a arruinarlo.
Me reí.
―¿Qué? ¿Cuelgas una ballena de espaldas frente a mí y luego
simplemente te la llevas?
Ella sacudió su cabeza.
―Es demasiado mágico. Si te lo digo, simplemente le quitará la
maravilla cuando finalmente veas una.
Empecé a hacerle cosquillas.
―Dime.
Ella chilló y trató de apartar su pie, y lo abracé con más fuerza.
―¿Qué es la ballena de espaldas, Kristen?
―¡Okey! ¡Okey! ¡Hablaré! ―Ella se retorció y se rio y dejé de hacerle
cosquillas, pero mantuve su pie.
Su vestido había subido poco a poco por sus muslos en la lucha, y le di
a la piel desnuda una mirada apreciativa. Ella me vio hacerlo.
Ella me sonrió y tiró de la tela hacia abajo.
―Muy bien, la ballena de espaldas es cuando te metes el bañador bajo
el agua y luego sales como una ballena que salta a la superficie, mostrando
a quien quiera que esté en la piscina tu trasero.
Sonreí.
―¿Cómo nunca he oído hablar de esto?
Ella sacudió su cabeza.
―Ni idea. Ustedes, los hombres, siempre están buscando formas de
joderse mutuamente. Estoy segura de que fue idea de un hombre.
―Se lo haré a Brandon la próxima vez que esté en una piscina con él.
Puso su brazo detrás de su cabeza.
―Oh, bueno, asegúrate de avisarme. Han pasado años desde que vi
una ballena de espaldas. ―Ella me dio una sonrisa burlona.
Esperaba que significara que quería ver mi trasero desnudo.
Cuando presioné ambos pulgares en la punta de su pie, se mordió el
labio.
―Maldita sea, eres bueno en eso.
Deberías ver lo que podría hacer con el resto de ti.
Seguí haciendo círculos con mis pulgares.
―¿Y qué me dices de ti? ¿Algún truco?
Ella resopló.
―Soy una mujer. Puedo entrar en un bar sin un centavo con pantalones
de chándal y un sarpullido cuestionable y salir con las sobras y ebria.
Me estaba riendo de esto cuando sonó su teléfono celular. Tomó su
bolso y sacó su teléfono.
―Es Tyler. ―Ella no respondió. Apagó el timbre.
―¿No vas a contestar? ―Tampoco respondió la última vez que llamó.
No me vio a los ojos mientras guardaba su teléfono.
―Nah.
Cuando finalmente me vio, nos miramos el uno al otro por un
momento.
―¿Por? ―le pregunté.
Una pequeña palabra de tres letras. Una pregunta tan cargada. No
quería hablar de Tyler, quería hablar sobre por qué ella lo ignoraba
cuando estaba conmigo.
La primera vez fue notable, pero esto era una declaración. Incluso si
estaba ocupada, debería haber respondido, solo para asegurarse de que
no era una emergencia. Estaba en una zona de guerra.
Sacó los pies de mi regazo.
―Simplemente no pensé que querrías sentarte aquí y escucharme por
teléfono. ―Se encogió de hombros.
Yo no lo estaba comprando. Eso era una mierda.
―¿Y qué hay del otro día? Son dos llamadas que perdiste. Es difícil
llamar cuando estás desplegado.
―Estábamos viendo una película ―dijo a la defensiva.
Una excusa débil. Una película que ambos habíamos visto media
docena de veces. Ni siquiera le estábamos prestando atención cuando
llamó, estábamos hablando.
―¿Por qué no contestas sus llamadas cuando estás conmigo? ―Era
demasiado honesta para desviar una pregunta directa.
Podría estar llegando. Podría odiar la respuesta. Podría estar
totalmente fuera de lugar, pero tenía que preguntarlo. Tenía que saber si
el tiempo conmigo era tan importante para ella como lo era para mí.
Para mí, incluso los segundos importaban.
Ella me vio fijamente, con los labios ligeramente entreabiertos. Pude ver
su lucha con la respuesta.
Dime.
Luego vio por encima de mi hombro.
La grúa se había detenido en el estacionamiento.
Gracias a Dios. Salvada por la grúa.
Josh me vio largamente antes de apoyar el hombro en la puerta para
salir y encontrarse con el chofer.
Sabía que esto no había terminado, él iba a seguir preguntando. No
pude hacerlo, no iba a mentir, pero no respondería. La verdad no sería
justa para nadie. ¿Cuál era el punto de decirle a Josh que estaba
acumulando cada momento con él? ¿Para qué?
Todavía me hormigueaban los pies donde los había tocado. Irradiaba a
través de mi cuerpo como electricidad, encendiendo todo a medida que
subía. El recuerdo de sus manos fuertes y ásperas hizo que mi respiración
se estremeciera. Era demasiado fácil imaginar esas manos deslizándose
debajo de mi vestido.
Quería que me tocara y me ofreció la oportunidad de dejar que lo
hiciera. No pude decir que no, lo dejé porque era todo lo que obtendría.
Volví a ponerme los tacones, agarré mi bolso y salí para reunirme con
Josh en la camioneta. Me observó mientras hablaba con el conductor de la
grúa y sentí sus ojos en mí como si fueran manos.
Estaba haciendo frío, era pasada la medianoche. Me quedé
abrazándome con mis brazos mientras Josh firmaba unos papeles en un
portapapeles. Se giró hacia mí y cerró el espacio entre nosotros mientras
el tipo de la grúa empezaba a enganchar el auto al polipasto.
―¿Frío? ―Josh se quitó la chaqueta antes de que pudiera responder y
me la arrojó sobre los hombros en un halo de su colonia. Tuve que luchar
para mantener mi rostro neutral. La chaqueta estaba caliente por su
cuerpo, como si fuera él envolviéndose alrededor de mí.
―Gracias ―dije―. Lamento que esto haya sucedido, tienes trabajo
mañana por la mañana.
―Estaré bien. ―Frotó mis brazos sobre la chaqueta, tratando de
calentarme.
Nunca me tocaba, y ahora me había tocado dos veces en cuestión de
minutos, como si un límite tácito se hubiera disuelto.
Deseaba que me rodeara con sus brazos. Parecía el tipo de hombre que
da grandes abrazos. Abrazos de oso. Del tipo que te envolvía.
Por un segundo quise preguntarle si podía abrazarlo. Apuesto a que no
diría que no, pero ya había jugado con suficiente fuego por un día, y eso
sería cruzar la línea.
El masaje de pies había estado cruzando una línea.
Pero Dios, quería el abrazo. Lo deseaba tanto que la atracción hacia él
se sentía física, como el océano arrastrándose contra tus tobillos cuando
la marea retrocedía.
Pero tenía que mantener los límites. Por muchas razones, Tyler siendo
la menor de ellas.
Josh asintió hacia el auto.
―Voy a remolcarlo a un taller cerca de tu casa para que él nos pueda
dar un aventón y luego caminaremos el resto del camino a casa.
El tipo de la grúa habló por encima del sonido de las cadenas
tintineando.
―Ustedes chicos van a tener que sentarse en el regazo, tengo a mi perro
conmigo.
Mis ojos se posaron en los de Josh y negué con la cabeza rápidamente.
―No, no puedo sentarme en tu regazo.
Las palabras salieron de mi boca antes de que supiera lo que estaba
diciendo, pero no podía. Realmente no podía. Si me sentaba en su regazo,
la tentación se catapultaría.
―Buscaré un Uber.
Empecé a marcar en mi teléfono, abriendo la aplicación de Uber.
―¿Qué? ¿Hablas en serio? ―preguntó.
―Sí. No entramos ahí, así que no hay otra opción.
Hizo un ruido de impaciencia.
―Mira, tengo que estar en el trabajo en unas pocas horas y todavía
estoy a una hora de llegar a casa si salgo en este momento. ¿Podemos hacer
esto?
Negué con la cabeza, viendo mi teléfono. Conseguí un Uber, pero
entonces el chofer canceló inmediatamente el viaje. ¡Mierda! Era el área,
nadie quería venir a esta parte del centro de la ciudad tan tarde. Era
demasiado peligroso.
―Entonces vete, estaré bien aquí. Llamaré a un taxi.
Los ojos de Josh se clavaron en mí. Podía sentirlos, pero no me atrevía
a ver hacia arriba.
―Kristen, estamos prácticamente en Skid Row. No te dejaré aquí. Si te
quedas, me quedo, y si haces que me quede, me estás quitando el sueño.
Lo vi, con ojos suplicantes.
―No puedo sentarme en tu regazo ―le dije de nuevo. No me molesté
con una excusa, no me gustaba mentir. Que piense que se trata de Tyler.
Se pasó una mano por el cabello, sacudiendo la cabeza.
―No lo entiendo, Kristen. Eres demasiado práctica para esto. Tenemos
un aventón. Él está aquí. Ahora. Estaremos en tu casa en quince minutos.
No me importa si te sientas en mi maldito regazo.
―Tengo novio. ―No es una excusa. No es mentira. Es completamente
fáctico.
―Bueno, no le voy a contar esta historia si tú no lo haces. Vamos. ―Se
dirigió hacia la puerta de la grúa, con un tono final.
Estaba mal. Estaba mal porque lo mucho que lo deseaba lo hacía mal.
Un paseo de quince minutos sentada en el regazo de Josh sería una
eternidad, y amaría cada segundo y me odiaría por eso.
Vi a mi alrededor desesperadamente, como si un taxi pudiera aparecer
de repente entre las sombras. En vez de eso, la camioneta de tacos tocó la
bocina mientras pasaba junto a nosotros, saliendo del lote. Incluso Marv
había desaparecido. El lote baldío con su tenue iluminación y la pared de
tiendas de campaña inmediatamente pareció amenazante. Ni siquiera
teníamos un auto para sentarnos y esperar mientras yo trataba de
conseguir un taxi para que viniera a buscarnos.
Él estaba en lo correcto, teníamos que tomar este aventón.
Dejé escapar un suspiro, preparándome para lo que tenía que hacer.
Josh subió primero, deslizándose junto a un viejo golden retriever de
cara blanca que ocupaba la mayor parte de la cabina.
Sentía mucho calor de repente. Mucho calor. Me quité la chaqueta, la
doblé sobre mi brazo y subí detrás de él. El me puso sobre sus rodillas,
con sus fuertes manos en mi cintura, y me puse la chaqueta en el regazo.
Josh se inclinó para cerrar la puerta, con su pecho presionando mi
cuerpo, y contuve la respiración ante el contacto.
Mierda, no puedo hacer esto.
Era una sobrecarga sensorial, era tanto de él a la vez que me sentí
mareada. Quería saltar de su regazo y salir al estacionamiento donde
estaría a salvo de mí misma, pero él era el sol, su gravedad era demasiado
fuerte, y ahora que estaba tan cerca, no podía escapar de su atracción.
Cerró la puerta de un portazo y se recostó contra el asiento mientras yo
me sentaba de lado sobre sus rodillas, con la espalda rígida, tratando de
mantener la respiración constante. Hizo un sonido exasperado, como si
estuviera siendo ridícula, y me acercó más hasta que mi hombro presionó
su pecho. Envolvió el cinturón de seguridad alrededor de nosotros,
doblándolo mientras lo hacía, y lo abrochó.
La cabina olía a perro y gasolina.
Y a Josh.
Su aliento me hizo cosquillas en la mejilla.
―Listo. ¿Es eso tan malo? ―preguntó, con voz baja.
Era terrible. Tan jodidamente terrible. Porque era maravilloso y era
mucho más de lo que podía soportar. Era cálido y firme, y olía increíble.
Me hizo querer descansar mi cabeza en su hombro y acariciar su cuello
con mi nariz, y si lo hiciera, y él inclinara su cabeza hacia abajo, lo besaría
y no habría nada que me detuviera.
Ni siquiera podía mirarlo. Estábamos tan cerca que, si lo hacía, tenía
miedo de que nuestros labios se tocaran.
Traté de relajarme. Me incliné hacia él, actuando como si nada de esto
fuera gran cosa mientras secretamente me obsesionaba con cada punto de
contacto: la parte posterior de mis muslos sobre los suyos, la mano que
había puesto sobre su rodilla donde sus dedos rozaban mi pierna
distraídamente, el brazo que casualmente había envuelto alrededor de mi
cintura.
Parecía que nos sentamos ahí durante horas antes de que el tipo entrara
y encendiera el motor.
Una parte de mí disfrutó cada segundo, sentada ahí tan cerca de Josh.
La otra parte de mí estaba torturada, llena de reproches.
Si las cosas fueran diferentes... si mi útero no nos hiciera imposibles, si
no tuviera novio, lo habría besado ahí mismo, donde estaba sentado,
frente al tipo de la grúa y el viejo perro, y lo hubiera hecho. No lo hubiera
pensado dos veces.
Pero las cosas no eran diferentes, eran lo que eran.
La camioneta salió del estacionamiento y Josh me sostuvo en el lugar,
los músculos de su fuerte brazo me mantuvieron firme.
Las calles estaban vacías, un auto de policía ocasional era la única señal
de vida.
Acomodé mi cabello detrás de mi oreja y lamí mis labios, sin saber a
dónde mirar. Vi a Josh, esperando que sus ojos estuvieran al frente,
viendo por el parabrisas, pero en lugar de eso miraban mi boca.
Así que yo vi la suya.
Nuestras miradas se movieron hacia arriba en el mismo momento, y
nuestros ojos se encontraron.
Oh, Dios, Sloan tenía razón. Él estaba dentro de mí, y yo estaba en él.
Y ahora él lo sabía.
La camioneta se tambaleó y el chofer jugó con la radio, y Josh me vio,
con sus ojos marrones entrecerrados. Podía sentir su suave y cálido
aliento en mi rostro, el constante subir y bajar de su pecho, y mi
determinación vaciló. No pude mantener mi posición. ¿Cómo podría? Ni
siquiera podía apartar los ojos.
Sus labios se separaron y el brazo que rodeaba mi cintura me envolvió
otra fracción, los dedos en mi pierna se deslizaron sobre mi rodilla hasta
que su cálida palma ahuecó mi piel desnuda.
Sus movimientos eran sutiles, tan pequeños que casi parecían
insignificantes. El chofer de la grúa ni siquiera lo habría notado si nos
hubiera estado viendo directamente, pero para Josh y para mí, eran hitos.
Preguntas y respuestas. Riesgos y permiso.
Cuando no hice que se detuviera, sus ojos volvieron a mis labios, y su
expresión se oscureció de una manera que me hizo perder el aliento.
Él quiere besarme.
¿Lo haría? ¿Aquí mismo en esta grúa?
Sí. Él lo haría.
Porque si yo fuera él, sin una relación y sin motivos para no hacerlo, yo
también lo haría.
Mi corazón ya palpitante empezó a aletear. Si se inclinaba, yo sería
físicamente incapaz de alejarme, lo dejaría cerrar el espacio entre nosotros
y presionar su boca contra la mía. Quería saber a qué sabía, cómo se
sentirían sus labios tocándome. Estaba perdiendo el sentido del tiempo y
la realidad mientras todo se cerraba a nuestro alrededor y se convertía en
él, cada vez más pequeño, nada más que su rostro, esos ojos, su cabeza
inclinada, nuestras narices tocándose, su aliento en mi labio inferior…
No eres una infiel.
Me eché hacia atrás antes de perder el poder para hacerlo, girando mi
rostro hacia el parabrisas, jadeando por aire.
El hechizo se rompió.
Él apartó la mano de mi rodilla y su agarre alrededor de mi cintura se
aflojó. Podía sentir la decepción en su cuerpo.
Me preguntaba si él podía sentirlo en el mío.
Finalmente, la grúa entró en el estacionamiento del taller mecánico. Me
desabroché y me bajé de él, saltando tan pronto como las ruedas dejaron
de girar, y comencé a caminar las tres cuadras hacia mi casa sin esperarlo.
―¡Kristen, detente!
Seguí caminando.
Él tenía que lidiar con el chofer de la grúa y yo necesitaba poner espacio
entre nosotros y ese aventón. Necesitaba poner a Tyler entre nosotros,
donde pertenecía. Tyler, a quien no le importaba si no podía darle hijos.
Tyler, que no se vería afectado de una forma u otra si me arrancaran el
útero.
Saqué mi teléfono celular para reproducir el mensaje que me dejó, con
la esperanza de que el sonido de su voz me devolviera a la realidad, me
castigara de nuevo, me hiciera darme cuenta de que no, no quería a Josh,
quería a mi novio.
Pero no lo hacía.
Sloan tenía razón, me había conformado, porque cualquier cosa menos
que Josh sería eso.
¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo había caído tan bajo en esta jodida vida que
ni siquiera quería? Yo era una rana en una olla de agua hirviendo.
Marqué mi correo de voz, luchando por recuperar el aliento, la emoción
absorbiendo todo el aire. Llamé para escuchar el mensaje de Tyler como
si fuera mi deber, como si fuera algo desagradable que tenía que hacer por
pura obligación.
―Hola Kris…
¿Tyler y yo compartiríamos silencios cómodos? ¿Me molestaría cuando
estuviera aquí día tras día?
Me molestaría porque no sería Josh. Porque haría desaparecer a Josh, y
cambiaría lo que sentía por Tyler. Ni siquiera sería justo para él, pero sabía
que sucedería, me resentiría con él.
Se me hizo un nudo en la garganta. Yo era una persona horrible. Era
una traición sentirme así por otro hombre, pero no pude detener la
avalancha, no podía recordar a qué olía Tyler, no podía recordar la forma
en que sus brazos se sentían alrededor de mi cuerpo.
Todo era Josh.
―…Probablemente no podré volver a llamarte por unos días y realmente
esperaba que pudiéramos hablar esta noche…
Me obligué a mantener el teléfono pegado a mi oreja, me obligué a
soportar las decisiones que había tomado mientras caían sobre mí y me
enterraban entre los escombros. Cada elección era otra piedra en el
montón. La histerectomía. Piedra. Pedirle a Tyler que se mudara. Piedra.
Pasar tanto tiempo con Josh, dejándome enamorar de él. Piedras, cada vez
más pesadas.
―… He estado tratando de hablar contigo y no he podido comunicarme contigo
por teléfono…
Pasé mi brazo sobre mi estómago y caminé tan rápido como pude con
los tacones. Sabía que Josh estaba detrás de mí en algún lugar y necesitaba
más distancia.
Subí corriendo los escalones de la entrada y saqué la llave de mi bolso,
abrí la puerta y entré con el teléfono pegado a la oreja con el hombro. Iba
a encerrarme en mi cuarto y no darle las buenas noches. No podía estar
cara a cara con él de nuevo. No solos.
―…Significas mucho para mí, Kris, y te amo…
Por mucho que reconociera que Tyler no era lo que realmente quería,
sabía, sin sombra de duda, que él era la única red de seguridad que tenía
entre Josh y yo. Que tenía que permanecer en su lugar, o caería en picado.
No había duda en mi mente. Si no estuviera Tyler, chocaría contra Josh
con tanta fuerza que mi corazón no sobreviviría al impacto.
Solo necesitaba que Tyler llegara a casa. Ahora. Lo necesitaba para
protegerme de mí misma y recordarme por qué estábamos juntos. Para
distraerme y hacer que me volviera a enamorar de él y…
―... Me volví a enlistar.
Me detuve tan rápido que mi tacón se tambaleó y casi me torcí un
tobillo.
¿¿¿Qué???
Mis dedos tropezaron y dejé caer mi celular con un golpe en el piso de
madera. Me apresuré a levantarlo, sostuve el teléfono frente a mí con las
manos temblorosas y reproduje el mensaje nuevamente en el altavoz.
Luego escuché por tercera vez solo para asegurarme de haber
escuchado lo que dijo.
Se volvió a enlistar.
Él rompió conmigo.
Se acabó entre nosotros.
No más red…
Me convertí en un peligro instantáneo para mi propio corazón. Tiré el
teléfono en el sofá, me quité los tacones y corrí hacia la puerta.
Josh ya estaba subiendo mis escalones al trote. Tan pronto como me vio
en la puerta, me regañó.
―No puedes caminar sola en medio de la noche, Kristen. No es se…
Choqué con él, lancé mis brazos alrededor de su cuello y aplasté mis
labios contra los suyos.
Él ni siquiera hizo una pausa, ni por un segundo. Me devolvió el beso.
Su boca tenía urgencia y no hizo preguntas, como si supiera que este
momento era un regalo y no quería correr el riesgo de perderlo, pero
necesitaba que él lo supiera. Me separé, jadeando por aire, y puse mi
frente contra la suya.
―Tyler y yo rompimos. Me dejó un mensaje. Se volvió a enlistar. Le
dije que, si hacía eso, terminábamos, y se volvió a enlistar.
No me importaba. En ese momento de embriaguez, me importaba una
mierda que Tyler y yo hubiéramos terminado.
Estudió mi rostro por una fracción de segundo antes de responder
besándome de nuevo.
Era como deslizarse en sábanas cálidas, se sentía seguro y perfecto.
Todas las piezas diminutas, robadas y fragmentadas de él que había
coleccionado durante las últimas semanas, su olor, la sensación de su
respiración contra mi cuerpo en la grúa, los contornos de su pecho sin
camisa en el garaje, la aspereza de su mano en mi rodilla desnuda, el
estudio de su boca cuando no estaba viendo, todo se unió en una carrera
familiar y estimulante cuando se presionó contra mí y me besó.
Sus manos descendieron por mi espalda para acunar mi trasero y él se
apretó contra mí.
Solo sexo. Eso es todo lo que puede ser.
―¿Tienes un condón? ―respiré
Negó con la cabeza, arrastrando sus labios hacia abajo, devastando un
lado de mi cuello.
Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos.
―No he estado con nadie en más de seis meses y tengo un DIU.
Me besó con rudeza debajo de la mandíbula.
―¿Has estado con alguien desde Celeste?
―No. ―Sus ojos regresaron a los míos y pude ver el deseo, como brasas
ardientes en sus iris―. Y estoy bien sin usar uno si tú lo estás.
Este hombre me deseaba. Nos deseábamos. Yo estaba en esa rara
ventana de tiempo cuando el sangrado se había detenido. Ese respiro una
vez al mes de mi período infernal.
Y estoy enamorada de él.
Iba a vender mi alma para tenerlo. Volaría demasiado cerca del sol.
Pero lo haría con condiciones.
―Okey, sin condón. No me gustan de todos modos, pero Josh, esto es
solo sexo. Nada más ―susurré―. Tienes que estar de acuerdo o se detiene
ahora.
Mis ojos se ahogaron en los suyos. Mis pechos se presionaron contra su
pecho, su aliento rodó por mis labios, sus manos me atrajeron hacia él, y
me sentí pequeña y protegida, acurrucada en su cuerpo firme. Era mejor
que el abrazo que había imaginado. Era paralizante.
Di que sí.
Él no respondió. Sonrió contra mis labios, envolvió mis piernas
alrededor de su cintura y me llevó directo al dormitorio, devorando mi
boca mientras cruzaba tambaleándose la puerta.
Mi vestido se levantó alrededor de mis caderas y sus manos sujetaron
mis muslos desnudos contra él. La tensión en sus pantalones, presionada
contra mis bragas, casi me volvió loca. Me sentí como un animal
enloquecido, quería arrancarle la ropa con los dientes.
Bajó mis pies en medio de la habitación y jalé su camisa, desesperada
por pasar mis manos por su pecho desnudo. Se quitó los zapatos y se quitó
la camisa, y su cálido aroma masculino se instaló mientras forcejeaba con
la hebilla de su cinturón. El tintineo metálico era como una llamada de
apareamiento que nos puso frenéticos a ambos.
Busqué a tientas la cremallera y él se hizo cargo, sus dedos eran más
rápidos que los míos, bajándose los pantalones. Se soltó y yo jadeé.
―Oh, Dios…
El hombre era un toro.
Era el pene más hermoso que jamás había visto. Lo vi, conteniendo la
respiración, preguntándome si cabría.
Si este era un rasgo de la familia Copeland, no es de extrañar que su
mamá tuviera siete hijos. Yo nunca guardaría esto, haría de esta maldita
cosa mi salvapantallas.
Mis ojos muy abiertos regresaron a los suyos, él arqueó las cejas y
sonrió, luego me giró y recogió mi cabello a un lado de mi cuello y besó a
lo largo de mi hombro, presionando la longitud de esa cosa enorme contra
mi trasero mientras desabrochaba mi vestido, dejándolo caer alrededor
de mis tobillos y jadeé como un perro en celo.
―No toques mi estómago ―respiré―. Tengo esta cosa y hace que se
hinche y…
Él asintió contra mi cuello y sus manos se acercaron para ahuecar mis
pechos, apretándome nuevamente por detrás.
Regresé a tierra.
Él gimió, deslizando una mano por la parte delantera de mis bragas.
―Dime lo que te gusta ―susurró contra mi oído, moviéndose contra
mí.
Oh, mi maldito Dios…
¿Qué no me gustaba? Había pasado tanto tiempo y estaba tan privada
que tenía miedo de que me corriera ahí mismo. Mi cuerpo comenzó a
temblar ante la construcción, no podía soportarlo más. Él pareció sentirlo
porque retiró sus dedos justo antes de que me desintegrara en su mano, y
me acostó en la cama, deslizándose sobre mí. Se inclinó sobre sus
antebrazos y pasó un muslo grueso y musculoso entre mis piernas hasta
que golpeó mi centro y succioné aire contra sus labios.
Dios, era tan bueno en esto...
Y él jodidamente lo sabía.
Sonrió y me besó, con su lengua lanzándose en mi boca, y sus ásperas
manos recorriendo mi piel como si quisiera sentir cada centímetro de mí.
Yo hice lo mismo.
Se sentía tan bien tocarlo. Mis ojos pasaron tanto tiempo memorizando
su cuerpo, y mis manos querían mapearlo. Pasé los dedos por su pecho,
sobre la curva de sus anchos hombros pecosos, por los músculos de su
espalda, a lo largo del valle de su columna vertebral. Aspiré su olor
mientras agarraba su firme trasero y lo atraía hacia mí y él gimió,
frotándose con fuerza contra mi pierna.
No podía creer que esto fuera real, que podía tocarlo, que me estuviera
besando, que no hubiera nada entre nosotros más que mi tanga delgada.
Su piel desnuda presionando la mía era la sensación más exquisita de mi
vida, un millón de terminaciones nerviosas conectando con las suyas, con
pequeñas descargas eléctricas que se fusionaban en una enorme oleada.
Se sentó y se arrodilló entre mis piernas, levantó mi pie y lo puso sobre
su hombro.
La vista era jodidamente espectacular.
La definición de su pecho continuó hacia abajo con una línea de vello
en un músculo en V que apuntaba a su pene divino como una flecha.
Extendí la mano y la enrollé alrededor de él, y su respiración se volvió
irregular. Mi mirada volvió a sus ojos entrecerrados, él besó mi tobillo y
lo vi hacerlo, mordiéndome el labio, acariciándolo, mi necesidad se
convirtió en algo tan hambriento que quería rogarle que tuviera piedad
de mí y que me follara de una vez.
Pensé en la forma en que me tocó en el auto, con sus fuertes manos
masajeando mi pantorrilla, y no pude evitar sentir que estaba
continuando algo que había comenzado antes. Pasó sus palmas desde mi
tobillo, detrás de mi rodilla, hasta mi muslo, enganchó mis bragas en sus
pulgares y las bajó y las quitó, luego las hizo una bola en su mano, cerró
los ojos y se las acercó a la nariz, inhalando.
Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, se habían vuelto primitivos.
Vino hacia mí como un animal salvaje.
Se inclinó sobre mí, con la mandíbula apretada, cada músculo de su
cuerpo tenso, y levanté mis caderas. Sostuvo mi mirada mientras se
acomodaba, lento y deliberado, y envolví mis piernas alrededor de su
cintura, feroz por la necesidad, instándolo frenéticamente a profundizar
más.
Uno…
Dos…
No iba a durar ni un minuto y todo estaba sobrecargado, su cuerpo
desnudo presionado contra el mío, la sensación de él dentro de mí,
empujando rítmicamente contra mi centro, más y más profundo, su
respiración temblorosa sobre mi clavícula, sus caderas moliendo entre mis
piernas, su olor, sus sonidos, el calor de su piel, el balanceo de la cama, el
gemido en mi garganta. Mi espalda se arqueó y me desmoroné al mismo
tiempo que él, aferrándome a todo, atrayéndolo hacia mí, palpitando con
su liberación.
Se derrumbó encima de mí y quedé diezmada.
Me quedé ahí como una muñeca de trapo, temblando con réplicas.
Él jadeó para respirar, con su rostro junto a mi oído.
―Santa... maldita... mierda ―jadeó.
Solo asentí. Ni siquiera podía hablar. Nunca había tenido sexo tan
bueno. Nunca en mi vida, y había tenido mi parte de buen sexo. Era como
si hubiéramos estado jugando durante semanas y yo hubiera estado
sexualmente desnutrida, muerta de hambre, esperando a que él me
alimentara.
Me vio después de unos momentos, la tormenta en sus ojos se calmó, y
me besó lenta y delicadamente mientras recuperaba el aliento, dándome
suaves besos a lo largo de mi mandíbula, apartando el cabello de mi frente
con sus dedos.
Me encantaba.
Era tan dulce y tierno, y yo no podía permitirlo.
―¿Puedes traerme una toalla? ―pregunté, poniéndole fin.
Besó mi frente.
―Por supuesto. ―Se levantó y lo vi caminar por la habitación, con su
perfecto cuerpo desnudo recortado por la luz que venía de mi baño.
Regresó un segundo después y me sonrió mientras me entregaba una
toalla.
Mi corazón lo anhelaba, quería acurrucarme con él, que se quedara.
―Okey, es hora de irse.
Se metió debajo de las sábanas.
―Nop. ―Se deslizó y me pasó un brazo por encima.
―¿Qué quieres decir con 'nop'? Terminamos aquí. Gracias, vete a casa
ahora.
Este era el precio, el pago por lo que robé. No podría tenerlo todo.
Intenté quitarle el brazo de encima, pero pesaba, como, un millón de kilos.
Dios, era musculoso.
Me hizo rodar sobre mi costado, jaló mi espalda contra su pecho y me
acurrucó.
―No, me quedaré a pasar la noche. Me quitaste tiempo de mi horario
de sueño, no conduciré media hora hasta mi apartamento solo para
perder más horas de sueño antes de un turno de cuarenta y ocho horas.
―Bueno, entonces dormirás en la habitación de invitados ―dije,
tirando de su mano.
Hizo una prensa con sus brazos sobre mi caja torácica.
―No. Tu futón apesta.
No era que no lo quisiera aquí. Lo quería. Nunca había querido que
nadie se quedara a pasar la noche más en mi vida, y eso es exactamente
por lo que necesitaba irse.
Esto tenía que ser sexo y solo sexo, no era una relación, no podía serlo.
Jamás. Nunca podría dejar que lo confundiera con una, tenía que ser muy
clara al respecto. Yo era un callejón sin salida peor que Celeste, y si él
alguna vez desarrollaba sentimientos o las cosas se volvían confusas,
tendría que terminar con eso.
Necesitaba irse.
―Josh, no nos vamos a abrazar. Esto es una cosa de sexo. ―Traté de
alejarme de él y se rio, acariciando mi cuello.
―Ya basta, somos adultos, podemos compartir una cama por una
noche. Y no te estoy abrazando, te estoy usando como almohada para el
cuerpo.
Rodé los ojos hacía un lado, pero él no lo podía ver.
―Okey, no te haré el desayuno por la mañana.
―Gracias a Dios.
Sonreí.
―Está bien. Quédate, pero no involucres sentimientos, lo digo en serio.
No somos una cosa. ¿Entendido?
―Estás utilizándome para el sexo. Entendido. ―Me acercó más y besó
mi hombro.
―¡Detente!
―Buenas noches. ―Me di cuenta de que estaba sonriendo.
Renuncié a mi lucha y traté de relajarme. El subir y bajar de su pecho
se movía rítmicamente contra mi espalda, y con cada exhalación, me
hundía más profundamente en él, como si perteneciera ahí.
Como si fuera amada.
Cerré los ojos con fuerza, tratando de empujar los sentimientos hacia
abajo.
Esta era una mala idea, no sabía si podría compartimentar esto como
pensé que podría. Especialmente si él iba a estar haciendo esta mierda.
¿Y por qué estaba haciendo esta mierda? ¿No preferían los chicos las
situaciones de solo sexo sin compromiso? ¿No dijo que no estaba listo
para salir? Le estaba poniendo esto fácil.
Mi mente cansada se sumió en el sueño, y mientras yo estaba en algún
lugar de la niebla, enterrada en sus fuertes brazos, acercó su nariz a mi
cabello y aspiró.
Estábamos en su cocina comiendo cereal, mirándonos. Ella se comió el
suyo en una taza medidora porque “le gustaba el mango”. Me hizo
sonreír.
―No me sonrías. ―Me dio una mirada de advertencia. Había estado
peleando desde el momento en que se despertó. Era adorable.
Su cabello caía salvajemente alrededor de su rostro, todavía estaba un
poco rizado por la fiesta, y no vestía nada más que una sudadera de gran
tamaño que dejaba al descubierto un hombro y la tanga de encaje azul
claro que había conseguido quitarle la noche anterior. Ella era hermosa,
tan jodidamente sexy.
―¿Ni siquiera puedo sonreír ahora? ―Le sonreí. Mi corazón estaba tan
malditamente feliz.
Despertar con ella era como Navidad cuando ves que tienes todo lo que
querías. Me desperté con una sonrisa en mi rostro, y luego ella se levantó
y saltó sobre mí de nuevo.
Era un buen día.
―Necesito asegurarme de que tienes claras las reglas aquí ―dijo
mientras comía su cereal―. Esta es una situación de solo sexo, eso es todo.
Amigos con beneficios.
Sí, dijo eso anoche, un par de veces de hecho. Estaba tan concentrado
en la parte sexual de esa declaración que realmente no procesé el resto.
Estaba un poco distraído en ese momento. Ahora que estábamos vestidos
y mi cerebro funcionaba correctamente, estaba listo para abordarlo.
―¿Qué pasa si no quiero que seamos solo amigos con beneficios? ―Le
sonreí.
―Entonces solo seremos amigos. ―Su rostro era de piedra.
Wow. Okey.
¿Estaba realmente empeñada en esto de solo sexo? Casi pensé que me
estaba jodiendo anoche con toda la mierda de “gracias por el sexo, vete
ahora”. Le gustaba hacerme pasar un mal rato, era lo suyo. No pensé que
lo estuviera diciendo del todo en serio.
Decidí pincharla.
―¿Ah, sí? Entonces, ¿podemos ver a otras personas? ―Tomé un
bocado de mi cereal con una sonrisa.
Algo brilló en sus ojos.
―Claro, puedes ver a quien quieras. ―Ella se encogió de hombros,
apartando la mirada de mí.
Estudié el lado de su rostro, su frente se arrugó como lo hacía cuando
estaba frustrada. Le molestaba, podía verlo. Entonces, si le molestaba,
¿por qué insistía en eso?
―Okey, entonces probablemente deberíamos empezar a usar condones
―dije casualmente, haciéndole ver que sabía que mentía.
―Okey, probablemente deberíamos haberlos usado de todos modos.
―Puso su cereal en el fregadero.
Esta no era la respuesta que esperaba, a ella no le gustaban los
condones, así que esperaba algo sarcástico como: “Bueno, yo no soy la que
quiere ver a otras personas”.
Ahora acababa de obligarme a mí mismo a usar condón. Mierda.
Dejé mi cereal en el mostrador.
―Bueno, estás tomando anticonceptivos. Y, claro, si acordáramos ser
exclusivos, podríamos hacerlo sin...
―No, los condones están bien.
Salió de la cocina y la vi marcharse con el ceño fruncido, pero no tenía
tiempo de adentrarme más en eso, tenía que estar en el trabajo en veinte
minutos. Dormí dos horas anoche, estaba exhausto y el trabajo iba a
apestar por eso.
Valió la pena.
Lavé mi plato y fui a buscarla, ella estaba sentada en el sofá con
Stuntman Mike, y su computadora portátil en su regazo.
―Tengo que ir a trabajar ―le dije. Hablaría con ella sobre esto más
tarde.
Puse mi mano en el respaldo del sofá y me incliné para besarla, y ella
sacudió la cabeza hacia atrás.
―No, no nos besaremos a menos que estemos follando.
El comentario me dio un pequeño e inesperado pinchazo en el corazón.
―¿Por qué?
―Porque esto es una cosa de sexo, Josh. Solo será una cosa sexual, no
estamos saliendo. No habrá demostraciones públicas de afecto o de
tomarnos de la mano ni nada de eso. Si no puedes lidiar con eso, entonces
detengamos esto en este momento.
Volteé a verla, y ella volvió a ver su pantalla, sin emociones.
―Okey. ―Me enderecé―. Bueno, te veré en unos días. Por sexo.
―Adiós ―dijo, hablando hacia su computadora.
Le di una mirada más persistente, pero nunca levantó los ojos.
Un muro. Un enorme muro se levantó de repente entre nosotros. ¿Qué
demonios?
No lo entendía. ¿Podría realmente estar hablando en serio acerca de
esto? ¿No quería salir conmigo? ¿En absoluto? ¿Nunca? ¿Por qué?
Esta no era una chica a la que quería llamar a las 2:00 de la mañana para
tener sexo e irme. Me gustaba. Más que gustarme, quería estar con ella.
Esperaba que esto fuera el comienzo de algo entre nosotros. Si ella hubiera
querido ser exclusiva, me habría puesto el título de novio en un segundo.
¿Podría tratarse de Tyler? Quiero decir, supongo que solo pensé por lo
rápido que se arrojó sobre mí que no estaba demasiado molesta por la
ruptura.
No habíamos hablado de eso, y ciertamente no iba a mencionar a Tyler
si ella no lo hacía, y ella no abordó el tema. Ella realmente no tenía filtros,
así que, si él hubiera estado en su mente o si la ruptura la estaba jodiendo,
lo diría, ¿verdad?
Pero lo único que decía era que no me quería.
Eso me comió todo el camino al trabajo.
Una vez que llegué a la estación, Shawn me hizo una lista de dos horas
de tareas de jodido novato, cuando tuve la oportunidad de hablar con
Brandon, él estaba haciendo ejercicio.
El gimnasio era una gran sala alfombrada de gris junto a la bahía de
camiones. Una caminadora, una bicicleta y una máquina elíptica que
nadie usaba nunca estaban en fila frente a una pared de espejos. Tres
bancos de pesas, un saco de boxeo y un estante de pesas se alineaban en
la otra pared con una vista del camión de bomberos a través de una
ventana grande.
Tomé un vaso de agua del dispensador que había junto a la puerta y
me senté en un banco de pesas al lado de donde Brandon estaba sentado
haciendo curls.
―Oye, el auto de Sloan se nos averió anoche, nos dejó varados en un
puto estacionamiento en Skid Row. ―Me incliné hacia adelante con los
codos en las rodillas y sostenía el vaso de agua entre las piernas―. Y me
acosté con Kristen.
Brandon terminó su set.
―Bueno, no puedo decir que ninguna de las dos cosas realmente me
sorprenda. ―Se giró para mirarme y sonrió, moviendo las cejas.
Tomé otro trago de mi agua.
―Ella rompió con su novio anoche.
―Bien. ―Empezó a hacer curls en su otro brazo―. Sloan estará feliz.
―Bueno, me alegro de que alguien obtenga lo que quiere de esto. Ella
no quiere salir conmigo, solo sexo.
―Okey. ¿Cuál es el problema? ―Dejó caer su peso con un golpe―.
Pensé que tú no querías tener citas. ¿No dejaste plantada a esa instructora
de yoga?
―Esto es diferente, me gusta Kristen. Demasiado, y nos llevamos bien.
Nos llevamos jodidamente genial, y lo raro es que sé que a ella también le
gusto, puedo verlo. Algo no se siente bien. ―Terminé mi agua y aplasté
el vaso, tirándolo a la papelera junto a las toallas.
―Mmm. ¿Cómo estuvo el sexo? ―preguntó.
Me burlé.
―Mierda, fue el mejor sexo que he tenido. No estoy bromeando.
Ella se abalanzó sobre mí como un tigre hambriento que escapa de su
jaula. La forma en que olía, la forma en que sabía, incluso pensar en eso
hizo que mi pene se contrajera.
Shawn entró por la puerta y arrojó una toalla de gimnasia en el estante
de pesas.
―¿Qué tal, chicos?
Brandon y yo asentimos con la cabeza hacia él.
―Solo pregúntale cuál es su problema ―dijo Brandon―. Tal vez es
porque acaba de romper con cómo-se-llame. Kristen es bastante franca.
No me la imagino no diciéndote exactamente lo que piensa si le
preguntas.
Shawn se sentó en el otro banco al lado de Brandon.
―¿Estás hablando de Kristen? ¿La amiga de Sloan? ¿Está soltera ahora?
Ella es sexy como la mierda. Yo sí le daría. ―Se acostó y se deslizó debajo
de la barra de pesas.
Agarré su toalla y se la tiré.
―Oye, imbécil, está ocupada.
Shawn se rio, quitándose la toalla del rostro.
―No por ti.
―Sí, por mí. ―Algo así.
Hizo una pausa con las manos en la barra y me vio.
―¡Maldita sea! ¿Estás comiéndote eso? ¡Ella se fue a los barrios bajos,
hermano!
Le mostré el dedo medio.
Brandon se rio entre dientes.
―¿Quieres que le pregunte a Sloan?
―No. ―Kristen y Sloan verían esa mierda a un kilómetro de
distancia―. No le preguntes, no le digas lo que dije, ¿okey?
Recogió su peso y comenzó a hacer curls de nuevo.
―Solo mira cómo va, dale un par de semanas.
Shawn sonrió.
―No puedes asegurar esa mierda, ¿eh?
Lo ignoré y me puse de pie para agarrar pesas para mi barra. No me iba
a meter en esto con él. El consejo de relaciones de Shawn era lo último que
necesitaba. Las chicas le habían tirado huevos a su auto tantas veces que
tuvimos que empezar a cerrar con llave la puerta del estacionamiento de
la estación de bomberos.
Shawn gruñó a través de su set y volvió a colocar la barra en el estante
con un sonido metálico.
―Probablemente quiera volver con el ex.
―Él volvió a enlistarse, es por eso que terminaron ―dije, queriendo
poner esa teoría bajo tierra―. Él no va a volver.
Brandon habló.
―¿Fue su idea romper o de él?
―Suya, o tal vez de él. No estoy seguro. ―Se volvió a enlistar sabiendo
que ella lo dejaría si lo hacía.
No había pensado en eso. Incluso si ella hubiera roto con él, fue forzada.
Así que, en cierto modo, él la dejó.
Mierda, tal vez eso cambiaba las cosas.
Shawn se sentó ahí recuperando el aliento.
―Él extrañará esos paquetes de atención y las fotos de tetas y vendrá a
mendigar. Confía en mí, amigo. Y mientras tanto, ella se vengará y se
abrirá camino a través de su lista de contactos. ―Se agachó y agarró su
botella de agua, tomando un trago―. Parece que acaba de llegar a las j.
Los celos surgieron al pensar en Tyler tratando de recuperarla. Ahora
deseaba haberlo mencionado antes para saber cómo se sentía ella al
respecto.
Brandon rio y cambió de brazo.
―Probablemente solo necesite tiempo, amigo.
Shawn se rio por lo bajo, deslizándose debajo de su barra.
―Probablemente solo necesite P, y no solo la tuya.
―Vete a la mierda ―dije, apretando mi peso en la barra.
Brandon se rio.
―Vamos, han sido, ¿qué? ¿Doce horas desde que rompieron? No
puedes esperar que ella simplemente se sumerja en otra relación, sin
importar cuán increíble puedas ser.
Brandon tenía razón, pero tal vez Shawn también. Llevaba dos años
ocupada. Tal vez estaba feliz de estar soltera y quería ver qué más había
por ahí.
No me gustaba eso en absoluto. No me gustaba nada de lo que señaló
Shawn.
De repente, mi turno de cuarenta y ocho horas me pareció demasiado
largo.
Las luces rojas destellaron a través del gimnasio, teníamos una llamada.
Los tres nos levantamos en un instante.
La voz del despachador llegó por el altavoz.
―Persona caída. Camión diez responde a la persona enferma a las
cuatro treinta y siete de Palm Drive con la unidad médica seiscientos
setenta y cuatro.
Salimos del gimnasio a la bahía y subimos al camión cuando Javier salió
del alojamiento de la tripulación.
―Casi me como un sándwich ―dijo Javier, sentándose en el asiento
delantero con la computadora portátil.
Me subí al asiento del conductor. Shawn se sentó detrás de mí junto a
Brandon y se puso los auriculares.
―Oye, Javier, Josh se está follando a Kristen.
Javier se detuvo en medio de ponerse el cinturón de seguridad y me
vio.
―¿De verdad? ¿No está comprometida?
Encendí el motor y el camión rugió a la vida.
―No, rompió con él anoche. Aunque ella no quiere salir conmigo, y no
me la estoy follando. Me gusta, imbécil ―dije por encima del hombro.
Shawn resopló.
―No, ella te está follando a ti. Oye, hombre, de verdad, si eres una polla
en un frasco, es mejor que no muevas el barco.
Me puse el auricular.
―¿Qué? ―Presioné el botón para abrir las puertas de la bahía y encendí
las luces.
―Eres una polla en un frasco. ¿Chris Rock? Rómpase en caso de
emergencia. Ella tuvo una emergencia, amigo ―dijo Shawn―. Si
comienzas a ponerte todo pegajoso con ella reemplazará tu trasero y
conseguirá un nuevo frasco.
Brandon se rio.
―Creo que lo que está diciendo es que le des espacio.
Javier abrió la computadora portátil.
―Normalmente no estaría de acuerdo con nada y todo lo que dice
Shawn, pero como un anciano casado con dos hijas adultas, tengo que
estar de acuerdo con él. Es demasiado pronto, deja que las cosas sucedan
naturalmente.
Javier vio la computadora portátil y obtuvo los detalles de la llamada.
Era vago. Persona enferma, posiblemente inconsciente.
Más mierda.
Un dolor de muelas. Borrachos. Tantos, tantos borrachos. Demonios,
esta llamada probablemente era un borracho. “Persona caída” era el
código universal para “ni idea, pero probablemente alguien ebrio”.
Cerré la puerta de la bahía detrás de nosotros y encendí las sirenas.
Shawn no lo dejó pasar.
―Oye, tal vez ella obtenga un frasco marrón a continuación. Tengo un
frasco que le puede gustar.
―¿Ah, sí? ―dije, girando hacia Victory―. ¿Hacen frascos así de
pequeños?
Los chicos se rieron y Javier habló con su pantalla.
―Conocí al amor de mi vida a los diecinueve años. Nunca llegué a
jugar en el campo. Ojalá lo hubiera hecho. Ser soltero, tener citas por ahí
mientras tanto.
―He tenido citas ―murmuré.
Nadie era como Kristen. Ingeniosa. Hermosa. Elegante. Ella me hacía
reír. Me encantaba hablar con ella, me encantaba ver lo que pensaba sobre
las cosas. Durante estas últimas semanas, se había convertido en mi otra
mejor amiga, y tener citas no era una opción, era una pérdida de tiempo.
Llegamos a un viejo complejo de apartamentos. Cuando entramos,
tenía razón. Más mierda. Una señora que fingía estar inconsciente
después de una pelea con su esposo. Quería que él pensara que le había
dado un ataque al corazón. Un pequeño y agradable viaje de culpa.
Esta teatralidad parecía ser una aflicción relativamente común aquí.
Había recibido cinco llamadas como esta desde que llegué a California.
Alguien que finge tener una emergencia médica para llamar la atención.
Una pérdida de tiempo y recursos.
No recibíamos llamadas como esta en la pequeña ciudad de Dakota del
Sur. Recibíamos una fracción de las llamadas que aquí, pero cuando las
recibíamos, eran reales. La gente no llamaba al 911 a menos que tuvieran
que llamar. No nos usaban como accesorios para sus dramas. La gente de
los pueblos pequeños tenía orgullo.
No podía esperar para contarle a Kristen sobre esta mierda. Le
encantaba escuchar sobre mis llamadas. Era lo primero en lo que nos
pusimos al día cuando volvía después de un turno, ella tendría algo
divertido que decir con seguridad. La semana pasada metí sin ayuda a
tres borrachos en la parte trasera de una ambulancia, y ella me llamó el
Susurrador de Idiotas.
En el camino de regreso al camión con la tripulación, le hablé en voz
baja a Brandon.
―¿Cómo te mantienes tan jodidamente paciente con esta gente?
Brandon se encogió de hombros.
―Es solo trabajo. Haces todo lo posible por educarlos cuando puedes.
―¿Funciona?
―No ―me dijo con una risa, y Javier se rio entre dientes detrás de él.
Negué con la cabeza.
―¿Sabes? Consideré el Servicio Forestal antes de la mudanza. Estoy
empezando a pensar que debería haber investigado más sobre eso.
Shawn se rio.
―¿Qué? ¿Quieres ser un puto jardinero?
―El Servicio Forestal no es tan malo ―dijo Brandon, cargando su
equipo de nuevo en el camión.
―¿No tener que tratar con la gente? ―dije―. ¿Estar afuera, en la
naturaleza? ¿Qué no te gusta?
Shawn subió al camión.
―Solo estás limpiando maleza. Mierda de Smokey el oso4.
―¿Y es peor que esto? ―pregunté―. Acabamos de revivir a una mujer
que no estaba inconsciente, al menos ahí estaría realmente haciendo algo.
Volví a subir a mi asiento y me puse el auricular. Javier estaba hablando
con alguien del complejo sobre la basura frente a la boca de incendios, así
que todos nos sentamos y esperamos.
Mierda. ¿Qué estaba haciendo con mi vida? ¿Realmente quería hacer
esta mierda durante los próximos veinte años? No sabía si tenía paciencia.
Claro, tenía algunas llamadas geniales a veces, asistí un parto la semana
pasada y apagué un incendio en un auto, pero la mayor parte era una
mierda como esta, y el período de prueba lo empeoraba.
Podría solicitar en el Servicio Forestal, tal vez probar en el norte de
California, vivir cerca de la región vinícola y de los bosques de secuoyas
donde podría haber cazado y ser propietario de algunas tierras.
Pero luego estaba Kristen.
Si me hubiera mudado a otro lugar y hubiera venido aquí para la boda
de Brandon y hubiera conocido a Kristen entonces, hubiera deseado vivir
aquí para cuando terminara la noche. Sabía que lo haría. Ella era especial,
no era solo una chica. Creo que lo supe el día que la conocí.
Saqué mi teléfono celular y me desplacé hasta su nombre, viendo la
línea parpadeante, esperando que escribiera un mensaje de texto. ¿Y
decirle qué? Ni siquiera me dejó darle un beso de despedida esta mañana.
¿Por qué querría saber de mí?
Toda mi vida era un gran período de prueba en este momento. Estaba
en el limbo, esperando a ver si las cosas mejoraban.
Solo había una forma de superarlo. Bajar la cabeza, hacer un buen
trabajo, y hacer lo que me dijeron.
Tendría que esperar mi momento.

4 Personaje publicitario estadounidense, protagonista de una campaña de prevención de incendios

forestales.
El turno de cuarenta y ocho horas de Josh me dio síndrome de
abstinencia. Sentí que había comenzado algún tipo de adicción, y ahora lo
anhelaba, necesitaba verlo como una fijación. De hecho, me subí al auto
para pasar por delante de la estación de bomberos como una acosadora,
y tuve que convencerme a mí misma de no hacerlo.
Debatí enviarle un mensaje de texto, pero decidí no hacerlo porque
¿para qué? ¿Para que podamos estar más cerca? ¿Conocernos mejor? En
todo caso, debería haber estado buscando formas de verlo menos.
Buscando otro carpintero, tal vez incluso rompiendo esta cosa de solo
sexo por completo antes de que estuviera tan metida que nunca pudiera
salir.
Ugh. ¿Qué hice?
Le envié un mensaje de texto a Sloan para ver si podíamos almorzar,
pero su madrastra le estaba organizando una pequeña despedida de
soltera en la casa de su papá en San Diego, y ella se iría los dos días del
turno de Josh. No quería soltarle todo el asunto de “me follé a Josh” por
teléfono, así que me senté durante mis dos días sin él, sola, viendo el reloj
y extrañándolo mientras recorría mi casa de arriba a abajo.
Cuando terminó su turno en la estación de bomberos y finalmente se
dirigió a trabajar en las órdenes que tenía para él, esperé el sonido de la
puerta del garaje abriéndose como un perro esperando a que su amo
llegara a casa.
Me peiné y me maquillé y me vestí con ropa normal por primera vez.
Nada demasiado lindo: pantalones y una blusa con hombros
descubiertos. No quería enviar el mensaje equivocado, el mensaje que
transmitía cómo me sentía realmente.
Una vez que supe que estaba aquí, corrí de regreso al sofá de la sala y
puse mi computadora portátil en mi regazo para que no supiera que había
estado esperando como una especie de fangirl.
Era tan patética.
―Hola ―dijo, entrando en la puerta con una sonrisa. Stuntman rebotó
a sus pies con su camiseta SOY PEQUEÑO Y ODIO A TODOS. Josh se
agachó y lo acarició―. Te traje un burrito de desayuno.
Oh, Dios.
¿Cómo se las arregló para volverse más atractivo en las últimas
cuarenta y ocho horas? Se veía tan lindo en sus jeans y camiseta gris con
ese cabello desordenado y los jodidos hoyuelos que amaba, y el hombre
tenía un maldito burrito para mí encima de todo.
Sin mencionar que ahora podía imaginármelo desnudo.
Mi corazón dio un vuelco con solo mirarlo. Quería correr y saltar sobre
él, envolver mis brazos alrededor de su cuello y besarlo.
―Hola ―murmuré, viendo de nuevo a mi pantalla.
Dejó la comida en la mesa de café, su colonia y el olor a salchicha me
inundaron.
―Gracias ―dije, fingiendo escribir un correo electrónico.
Esperó un largo momento mientras yo golpeaba mis teclas.
―Bueno, supongo que me pondré a trabajar...
No respiré hasta que escuché cerrarse la puerta del cuarto de lavado.
Luego pasó el día en el garaje. No salí con él como solía hacerlo. Me
preguntó si quería almorzar, y por supuesto que dije que no.
Y por supuesto que quería hacerlo.
No trató de tocarme o besarme. Estaba tratando de seguir mis reglas.
Odiaba mis malditas reglas.
A las 4:00, volvió a entrar y se sentó a mi lado en el sofá.
―Estoy en mi periodo, así que…
Él resopló.
―Es bueno saberlo, gracias por la info. ―Abrió una Coca Cola―.
Entonces, ¿qué estamos viendo?
Ahogué una sonrisa.
―Solo estoy devolviendo correos electrónicos, realmente no estaba
prestando atención. ―Cerré mi computadora portátil y deslicé una mano
por su muslo―. ¿Sabes? Podemos hacer otras cosas...
Estaba acostumbrada a ser creativa con mi vida sexual. Los períodos de
tres semanas no me daban muchas opciones y no veía por qué mi pareja
tenía que abstenerse mientras tanto, y yo realmente quería tocarlo.
Aunque solo fuera sexo, solo quería estar cerca de él.
Pero cuando alcancé la hebilla de su cinturón, me detuvo.
―No. Si tú no te estás divirtiendo, yo tampoco.
―¿Quién dice que no me divertiré? ―Sonreí, tratando de liberar mi
mano.
La mantuvo firme.
―Kristen, no. No es por eso que estoy aquí.
Lo vi.
―Entonces, ¿por qué estás aquí?
Me vio con esos ojos de color marrón oscuro.
―Para pasar el rato contigo. Dijiste que somos amigos con beneficios,
¿verdad? Esta es la parte de los amigos, quiero pasar tiempo contigo.
Me dio un vuelco el corazón.
Él se tiene que ir.
―Bueno, tengo planes para esta noche, así que no puedo pasar el rato
contigo ―dije, sentándome en el sofá.
Las comisuras de sus labios bajaron una fracción de pulgada.
―Okey. ¿Cuándo te vas? ¿Quieres ir a cenar o ver algo antes de irte?
Me levanté.
―Me voy ahora, de hecho.
La luz se esfumó de sus ojos, e instantáneamente quise lanzar mis
brazos alrededor de él y retractarme de todo, pedirle que se quedara y se
acurrucara conmigo en el sofá y comiera comida china de las cajas de
comida para llevar y fuera mi novio.
Pero no podía.
Esto. No. Podía. Ser. Una. Relación.
Se levantó del sofá.
―Está bien. Te veré mañana, entonces. ―No me vio antes de irse.
Enterré mi rostro en mis manos. ¿Qué mierda estaba haciendo? Tenía
que dejarlo ir, esto era una tortura.
Esto era ridículo.
Solo quería ser normal con él, quería tratarlo como él me hacía sentir,
darle toda mi atención y besarlo y abrazarlo.
Decirle que estoy enamorada de él.
Pero eso sería atraerlo a una relación sin futuro que sería una pérdida
de tiempo para todos. O peor aún, que me rechazara cuando supiera la
verdad sobre mis problemas de salud, y nada de eso era aceptable.
Con Josh, podría tener un acuerdo de solo sexo con límites estrictos... o
podría no tener nada.
Agarré a Stuntman, subí al auto y fui a la casa de Sloan y Brandon. Ella
abrió la puerta con su camisa de pintura, y su cabello recogido en su
cabeza en un desordenado moño rubio.
―Oh, hola.
Volvió a su taburete frente al caballete en la sala de estar. Era artista,
esta pintura era de una niña en un campo de amapolas.
―¿Dónde está Brandon? ―le pregunté.
Apuntó el control remoto al televisor y silenció su programa policial.
―Está en el garaje.
―Me acosté con Josh.
Se giró hacia mí, con los ojos muy abiertos.
―¡¿Qué?!
―Sí. ―Me dejé caer en el sofá, abrazando a mi perro―. Tyler y yo
rompimos. Me acosté con Josh. Fue jodidamente increíble. Su pene es
glorioso, estoy azotada por la polla5 y enamorada de él, y no sé qué hacer.
Creo que la cagué.
Parecía absolutamente horrorizada. El color desapareció de su rostro.
Ella no sabía qué hacer con “azotada por la polla” creo. Nunca había
tenido una aventura de una noche ni se había acostado con alguien que
no fuera su novio.
Le di un minuto, sabía que ella se pondría al día.
Una vez que se recuperó, se sentó a mi lado.
―Y crees que la cagaste, ¿por qué?
Puse mi rostro en mis manos.
―Él me gusta demasiado. Demasiado, Sloan, y él es todo dulce y quiere
pasar el rato conmigo. Me preguntó si podíamos ser exclusivos y le dije
que no, que es puramente una cuestión de sexo para mí, que no lo es en
absoluto, pero ¿qué más puede ser?
La vi y pude sentir la desesperación prácticamente filtrándose por mis
poros.
―Quiero decir, si realmente le gusto, tengo que terminar esto. No
podemos estar juntos, no estará con alguien que no pueda darle hijos.

5 Estado emocional en el que una mujer está loca y fuertemente apegada a un hombre en función del

sexo que él le da, “le azota”.


Preferiría morir antes que decirle que me van a sacar el útero, y no estoy
en el negocio de engañar a los hombres, ¿verdad? Así que debería
terminarlo, ¿no? ¿Verdad?
Me vio como si me hubiera vuelto loca.
―Dios, nunca te había visto así ―respiró ella.
Tal vez me había vuelto un poco loca, este no era mi modus operandi
normal. Los chicos no me ponían nerviosa. Nunca. Sloan estaba en
territorio virgen conmigo en esto.
―¿Sabes lo que hizo el otro día? ―continué―. Fui a FedEx para dejar
algunas cajas, y cuando regresé, él estaba en la cocina con Stuntman.
Supongo que tiró un refresco y Stuntman caminó a través de él, así que
necesitaba un baño. Entonces Josh lo bañó, entré a la cocina y él estaba ahí
de pie, sin camisa, con Stuntman envuelto en una toalla, y estaba
abrazando a mi perro mojado. Lo juro por Dios, Sloan, nunca he visto
nada más sexy en toda mi vida, el hombre es literalmente perfecto. ¿Cómo
es posible que haya logrado encontrar al hombre perfecto y no pueda
tenerlo?
Me frotó la espalda, sin saber qué hacer.
Apoyé mi frente en mi mano.
―Odio tanto mi útero. El sexo me hace sangrar, he estado sangrando
durante dos días, y como si eso no fuera suficientemente malo, tuve que
decirle que ignorara mi estómago hinchado. Fue jodidamente humillante.
Ella se mostró comprensiva.
―Bueno, ¿qué dijo?
Me burlé.
―Nada, no le importó una mierda, el tipo estaba a punto de tener sexo.
Probablemente ni siquiera lo habría notado, pero sentí que tenía que
explicárselo de todos modos en caso de que lo hiciera, y me encontré
preguntándome si pensaba que se estaba follando a una embarazada.
Los comienzos de las lágrimas me hicieron cosquillas en la parte
posterior de la garganta. Me levanté y fui al baño a buscar un pañuelo.
Me soné la nariz y lo tiré por el inodoro, y la manija del inodoro se me
cayó en la mano, salí y la sostuve. Sloan puso los ojos en blanco y se
levantó del sofá.
Su casa estaba reparándose. Brandon estaba haciendo las reparaciones
y hacía buen trabajo, pero el lugar se derrumbaba tan rápido como podía
arreglarlo.
Me quitó el mango y nos quedamos en el pasillo, flanqueadas por fotos
enmarcadas en las paredes, teniendo un intercambio silencioso.
Prácticamente podíamos leernos la mente, ella odiaba que esto me
estuviera pasando y yo deseaba quitarle ese peso, hacerlo mejor, pero no
podía, y ni siquiera sabía cómo empezar.
―Entonces, ¿qué vas a hacer con él? ―me preguntó.
―No lo sé ―susurré―. ¿Sabes qué es lo que está tan mal? ―Mis ojos
comenzaron a picar―. Él encaja. Como la primera vez que te conocí y
simplemente congeniamos, ¿sabes? Así es con Josh. Él hizo clic, y yo
estaba bien antes de que él llegara. Estaba en paz con mi decisión, y
ahora…
El nudo desconocido que acompañaba a las lágrimas se hinchó en mi
garganta. Esa opresión que tan pocas veces experimentaba porque pocas
veces me inclinaba al llanto.
―El universo se está riendo de mí, Sloan. Tan pronto como pienso que
esto no puede empeorar, es como si dijera: 'Sostén mi cerveza'. A cada
paso, el asunto de los hijos sigue surgiendo, en caso de que olvide lo
mucho que le importa a él. Estos pequeños recordatorios constantes de
que no tengo lo que necesita.
Mi mente fue a Josh sosteniendo a Stuntman en la toalla. Entonces
pensé en él sosteniendo un bebé ahí en su lugar, pero nunca sería el mío.
Ese no sería mi esposo bañando a nuestro bebé en el fregadero de la
cocina, solo tendría ese momento con otra persona.
Eso fue todo. El sollozo estalló fuera de mí y Sloan me tuvo en sus
brazos en un instante.
Yo no era una persona emocional. En el transcurso de nuestra amistad,
Sloan solo me había visto llorar una vez después de un viaje a la sala de
emergencias inducido por cólicos, y eso fue más por el dolor y la
frustración que por el desánimo. Este era un cambio violento en nuestra
dinámica, el momento en que papá se derrumba y mamá, con los ojos muy
abiertos, tiene que consolarlo. Los instintos maternales de Sloan entraron
en modo de crisis, y me abrazó a ella, calmándome y susurrándome al
oído, de la forma en que mi propia mamá nunca lo haría.
Soporté la decisión de esta histerectomía con estoica practicidad, pero
no podía hacer eso con Josh. Simplemente no podía. No había
absolutamente nada práctico en la forma en que ese hombre me hacía
sentir. Me permití jodidamente llorar, y me hizo sentir fuera de control y
sin esperanza.
Alguien golpeó la pared y nos giramos hacia el sonido para ver a
Brandon asomando la cabeza por la puerta hacia el pasillo.
―Oh. Uh, siento interrumpir. Josh está aquí. ¿Está bien si se queda a
cenar?
Josh apareció detrás de Brandon, sujetando a Stuntman. Mi perro
estaba lamiendo su mejilla.
―Hola, Sloan. Kristen. ―Su sonrisa cayó en el segundo que vio mi
rostro.
Me sequé las lágrimas, corrí al baño y cerré la puerta.
El llanto me tomó por sorpresa, nunca se me ocurrió que ella podría
estar así de mal por romper con Tyler. Solo pensé…
Tonto.
Por supuesto que estaba mal. Ni siquiera sé por qué estaba confundido
acerca de esto. Salió con él durante dos malditos años, se suponía que
debían mudarse juntos, por el amor de Dios, y él se volvió a enlistar sin
hablar con ella y la terminó en un maldito mensaje de voz.
Mierda, con razón no quería nada serio conmigo. Probablemente estaba
tan confundida con Tyler que ni siquiera podía pensar con claridad.
Probablemente solo fui algo de rebote para ella.
Shawn tenía razón. Yo era una polla en un frasco.
Me sentí como un idiota, pidiéndole que fuéramos exclusivos. Pensé
que teníamos algo por un momento, que tal vez ella también estaba
interesada en mí, pero ahora sentía que me lo había imaginado todo,
malinterpretado cada señal. Debería haber escuchado lo que decía en
lugar de tratar de comprender cosas que no existían. Ella me dijo antes de
que nada de esto sucediera que necesitaba ser capaz de manejar una
situación de solo sexo, y esto era claramente el por qué.
Y luego aparecí aquí, el día después de que se suponía que Tyler
vendría a casa, cuando probablemente empezaba a afectarle y estaba
tratando de llorar al respecto con su mejor amiga.
Debería darle su espacio. Debería irme.
―Mejor me voy ―le dije a Brandon, bajando a Stuntman Mike.
No tenía la intención de entrometerme en su noche. No sabía que ella
estaba en casa de Brandon hasta que me detuve y vi su auto en el camino
de entrada, y si era honesto, después de verla maquillada y peinada
cuando fui a su casa, me alivió saber que sus planes eran con Sloan y no
con otro chico. Especialmente después de todo lo que dijo Shawn.
Pero esa no era la única razón por la que estaba feliz de ver que
estuviera aquí, solo estaba jodidamente feliz de verla.
Pensé en ella todo el tiempo que estuve en el trabajo, y luego, cuando
finalmente volví, fue una gran decepción.
Antes, podíamos sentarnos juntos en el sofá y hacer tonterías, y ahora,
supongo que necesitaba una razón para pasar el rato con ella en la sala de
estar. Ahora teníamos reglas y todo se sentía rígido.
Por un breve momento deseé que nunca nos hubiéramos acostado. Que
hubiéramos seguido siendo amigos hasta que ella superara a ese payaso,
y entonces tal vez habría tenido una oportunidad con ella, libre y clara.
Porque en este momento sentí que había perdido esa cosa entre nosotros,
esa amistad fácil que estaba ahí antes de que cruzáramos esa línea. Claro,
obtuve sexo de eso, pero no estaba seguro de que valiera la pena el
intercambio. No así.
Sloan dobló la esquina hacia la sala de estar. Parecía cansada.
―Cariño, se rompió la manija del inodoro. ―Puso una pieza de metal
en la mano de Brandon.
―La arreglaré tan pronto como salga Kristen ―dijo.
Sloan me vio mientras sacaba las llaves de mi bolsillo.
―¿Te vas?
―Sí, solo voy a salir.
Volvió a ver hacia el baño y luego me vio de lleno.
―Josh, quédate. ―Ella habló bajo―. Quédate a cenar.
Algo en sus ojos me imploraba, y vi de un lado a otro entre ella y
Brandon. Él no tenía ni puta idea de lo que estaba pasando, estaba tan
perdido como yo. Vio a su prometida como si pudiera obtener la
información del lado de su rostro.
―¿Está segura? ―le pregunté.
―Muy segura ―susurró, lanzando una mirada hacia el baño.
¿Quizás yo era una distracción? ¿Tal vez Sloan sintió que podría
distraer a Kristen de Tyler? No me hacía ilusiones de que Sloan no supiera
que nos habíamos acostado. Kristen definitivamente se lo habría dicho.
Entonces Sloan sabía lo que estaba preguntando.
No quería irme, quería estar donde quiera que estuviera Kristen, y si
Sloan pensaba que estaba bien que me quedara, eso es lo que iba a hacer.
Me quedé.
Brandon y yo regresamos al garaje. Tenía algunos proyectos en los que
podía ayudarlo, y la casa se sentía como si estuviera zonificada para las
mujeres en este momento.
―¿De qué crees que se trató? ―preguntó Brandon tan pronto como
estuvimos solos.
Estaba hablando de la intervención de Sloan, no del llanto de Kristen.
Dada la reciente ruptura de Kristen, el llanto era comprensible.
Me senté en un taburete junto al banco de trabajo y me encogí de
hombros.
―Creo que está mal por lo de Tyler y Sloan cree que voy a distraerla de
eso.
Frunció el ceño y tomó su cerveza. La sostuvo en su regazo y la golpeó
distraídamente con su dedo meñique.
―No sé, estoy un poco sorprendido de que Kristen tenga esta reacción,
si soy honesto. Nunca la he visto así, ni siquiera cuando murió su abuela.
Ella es bastante dura. ―Tomó su cerveza, luciendo tan perplejo como yo
me sentía.
Nos sentamos ahí, ambos luciendo confundidos, como si hubiéramos
tropezado con algún tipo de territorio femenino extranjero.
Normalmente, si me encontraba en una situación en la que una mujer
lloraba y yo no era la causante directa, me alejaba lentamente y dejaba que
las mujeres lo solucionaran entre ellas, pero me molestaba que estuviera
dolida, quería que hablara conmigo.
Mierda, ella solía hablar conmigo.
Brandon me vio.
―¿Qué pasó cuando fuiste ahí hoy?
Negué con la cabeza.
―Ella era la misma, igual de fría. Me echó. Dijo que estaba en su
período, así que no podíamos tener sexo.
―¿Crees que fue una excusa? ―preguntó.
―No, le creí. ―Si Kristen no quería tener sexo, no tenía ninguna duda
de que lo diría. No creí que lo del período fuera inventado, especialmente
porque ella me ofreció alternativas, pero con esta ya eran dos veces en un
mes.
Tal vez tenía problemas con sus períodos. Mi hermana Laura también
los tenía, y usaba el mismo material resistente que usaba Kristen.
Brandon dejó su cerveza y volvió a ver la puerta rota del armario de la
cocina en la que estaba trabajando.
―Ayúdame con esta cosa, voy a tratar de arreglar la bisagra.
Tenía una impresionante mesa de trabajo con letreros de neón de
cerveza Corona colgando sobre ella. Había dos grandes cofres de
herramientas con ruedas, rojos, apoyados contra la pared junto a los
gabinetes que él mismo construyó para todas sus herramientas eléctricas.
Era bueno que estuviera debidamente equipado porque la casa que
compró con Sloan necesitaba trabajo.
Trabajamos en los proyectos durante media hora, mientras yo seguía
viendo la puerta que conducía a la casa. Sabía que Kristen estaba del otro
lado, preparando la cena con Sloan. Podía sentirla.
En un impulso me levanté.
―Vuelvo enseguida.
Entré en el olor a ajo y albahaca y encontré a Kristen sentada en la mesa
de la cocina con Stuntman Mike. Sloan estaba parada frente a una olla
humeante. Las chicas se congelaron de inmediato.
Kristen y yo nos miramos por un momento.
―¿Podemos hablar un segundo? ―pregunté, señalando con la cabeza
a la sala de estar.
Sloan le lanzó una mirada.
Kristen se puso de pie, dejando a su perro.
―Por supuesto.
La seguí a la sala y ella se giró hacia mí, con los brazos cruzados.
―¿Qué?
―Bueno ―dije, cruzando mis brazos también―. Tú y yo vamos a pasar
mucho tiempo juntos en las próximas semanas con la boda y todo. Creo
que deberíamos hablar sobre el elefante en la habitación: tú siguiéndome
hasta aquí.
La atrapé. Sus labios se torcieron en una sonrisa reticente.
Sus ojos estaban hinchados. Rojos. Parecía triste y dolida. Quería
acercarla a mi pecho y abrazarla, decirle que Tyler era un maldito imbécil
por dejarla. El impulso era tan intenso que tuve que apretar los puños
para evitar extender la mano, pero sentí que no me dejaría si lo intentaba.
No me gustaba la sensación de impotencia que me dio.
Me di cuenta, mirándola, que por mucho que jodidamente apestara que
todo lo que yo era para ella en este momento era solo sexo, tomaría lo que
estuviera dispuesta a darme. Si solo quisiera nada más que un amigo con
beneficios en este momento, eso sería para ella, porque la forma en que
me sentía por ella no me dejaría rechazar ninguna oportunidad de tenerla
cerca.
Me aclaré la garganta.
―No sabía que ibas a estar aquí, no estaba tratando de acosarte ―dije
un poco más serio.
―Lo sé. ―Apartó la mirada de mí, y su sonrisa cayó un poco―. Josh,
no estoy segura de que volver a tener sexo sea una buena idea. ―Sus ojos
se posaron en mí.
Mierda.
Podría respetar sus deseos si quisiera echarse atrás por sus propios
motivos, pero si pensaba que me estaba ahorrando dolor mientras
olvidaba a Tyler, necesitaba aclararlo.
―¿Puedo decir algo al respecto? ―pregunté, inclinando mi cabeza un
poco para atrapar sus ojos―. No quieres ningún compromiso en este
momento, lo entiendo, mantengamos las cosas casuales. Nos gusta salir el
uno con el otro, el sexo es bueno, no lo pensemos demasiado.
Ella me vio.
―¿Y estarías bien sabiendo que nunca conducirá a nada más?
No entendía por qué sentía la necesidad de añadir la palabra "nunca".
Superaría a Tyler en algún momento, pero tenía sentido que ella no
quisiera ponerle una marca de tiempo, y tenía la sensación de que, si yo
siquiera aludía a la posibilidad de que algún día fuéramos más, ella se
alejaría. Al menos por ahora, sí, estaba bien con el arreglo actual. Podría
esperar.
―Mis expectativas están controladas ―dije.
―Y vas a ver a otras personas.
Lo dijo más como una afirmación que como una pregunta. Como si ella
estuviera confirmando que yo sabía que esto era una expectativa suya y
que tenía que aceptar cumplirla.
―Si tengo ganas, sí. ―No tenía ganas.
―Y yo veré a otras personas, así que entiendes eso.
Esto era más difícil, pero razoné que ella vería a otras personas ya fuera
que estuviéramos saliendo o no, así que no cambiaba mi decisión, y una
parte de mí pensaba que, si me quedaba, ella no saldría con nadie más.
Disfrutó del sexo tanto como yo, eso era jodidamente obvio. Solo tendría
que satisfacer todas sus necesidades, un deber que estaba más que
dispuesto a cumplir.
―Estás soltera, esperaría que salieras con otras personas también
―dije.
Estudió mi rostro por un momento, como si estuviera buscando una
razón para decir que no. Ella no debe haber encontrado una.
―Okey, si crees que puedes manejarlo ―dijo.
Ninguno de los dos se movió, nos miramos el uno al otro, uno de
nuestros cómodos silencios.
Mis ojos recorrieron abiertamente su hermoso rostro. Sus espesas
pestañas, cabello oscuro que apenas rozaba sus delicados hombros, un
cuello largo y elegante. Labios llenos.
Deseaba poder besarla.
Y lo gracioso era que ella también estaba viendo mi boca, pero su
expresión era de dolor. Como si solo mirarme le doliera.
Maldición, Tyler la jodió. Odiaba a ese maldito tipo.
Sloan llamó desde la cocina.
―La cena está lista.
Kristen se giró sin decir una palabra más, y la seguí en la suave ráfaga
de su perfume de manzanas verdes y me senté junto a ella en la mesa.
Stuntman Mike se dejó caer en el suelo entre nosotros. Me incliné,
acariciando su cabeza y le susurré a Kristen.
―Escuché que este lugar tiene buena comida. ¿Por qué no comemos
aquí más a menudo?
Si estaba aquí para animarla, iba a hacer precisamente eso.
Su rostro se suavizó.
―Es difícil conseguir una reservación ―susurró y volvió a ver mis
labios antes de que sus ojos se encontraran con los míos.
―Conozco a un chico ―le dije―. Aunque escuché que tuvieron que
cerrar por unos días después de que el lugar fuera destrozado hace un par
de semanas.
Ella levantó las cejas.
―¿Ah, sí?
Asentí y vi a Sloan antes de continuar, en voz baja.
―El peor ataque con rollos de papel que se ha visto en Canoga Park.
Sin pistas. Probablemente un trabajo interno.
Ella sonrió, y vi su estado de ánimo levantarse ante mis ojos.
Brandon entró desde la dirección del dormitorio y se sentó, deslizando
algo hacia mí.
―Mira lo que tengo.
Sloan gimió, poniendo una ensalada César en medio de la mesa.
―Oh, Dios. No esa cosa.
―¿Qué es? ―preguntó Kristen, viendo la caja circular de madera.
―Es un silbato para pavos ―dijo Brandon, deslizándose en su silla.
―Sí, y ha estado practicando con él durante semanas. En la casa ―dijo
Sloan, poniendo un plato de pasta sobre la mesa y sentándose―.
Haciendo ruido, todo el día.
Brandon vio divertido a su prometida.
―Oye, si no practico, nunca voy a mejorar.
Sloan sonrió.
―Ajá. ¿Pero en la sala de estar? ¿Cuando estoy pintando? ―Pasó el pan
francés―. Por lo general, está tan silencioso.
―Él tiene razón ―dije, tomándolo para verlo mejor―. Necesita
practicar, se necesita habilidad.
Era un buen silbato, de madera con una pluma de pavo tallada en la
tapa redonda y una varita de cedro a juego para hacer el ruido de
arañazos, el tipo de cosas que le pasas a tu hijo un día.
Asentí con aprobación.
―Bonito. Ya sabes, hay concursos de silbatos para pavos ―le dije a
Sloan―. La gente compite a nivel nacional.
―¿De verdad? ¿Es tan difícil? ―preguntó Sloan, sirviéndose pasta.
―Oh, sí. ―Quité la tapa y pasé un dedo por la superficie negra
rayada―. Hay toneladas de sonidos diferentes que hacen. El kee kee
corre, el escupitajo y tamboreo, aullidos, ronroneos, carcajadas, cloqueos.
Tienes que practicar o no cazarás ningún ave.
Sloan le sonrió a Brandon.
―Bueno, él mantiene mi blog de cocina bastante ocupado. Supongo que
tendré que aguantarlo.
Brandon tomó su mano y la besó, y tanto Kristen como yo sonreímos.
Kristen se giró hacia mí.
―¿Sabes cómo usarlo? ―Su pregunta fue una bandera blanca. Ella
estaba haciendo un esfuerzo para hablar conmigo.
Brandon recogió su cerveza y la inclinó hacia mí.
―Josh es realmente genial en eso. Por eso siempre caza un ave.
Me estaba apoyando para Kristen. Solo esperaba que encontrara sexys
a los pavos muertos.
Kristen me sonrió. Una sonrisa genuina.
―¿Has cazado toda tu vida?
―Sí. ―Puse la tapa en el silbato y se lo devolví a Brandon.
Kristen pinchó su ensalada, luego me vio de nuevo, con ojos inocentes.
―¿Es cierto que 'vegetariano' es una palabra nativa americana para
'mal cazador'?
Brandon se rio tan repentinamente que se atragantó. Le sonreí, feliz de
verla volver a ser la de antes.
―¿Sabes? Todavía no tengo auto ―dijo Sloan sobre su pasta después
de que Brandon dejó de reír―. Ustedes dos descompusieron mi Corolla.
Kristen resopló.
―¿De verdad? ¿Vas a echarnos la culpa? El hámster probablemente
murió.
―¿Qué hámster? ―Sloan parecía confundida.
Kristen ensartó un crutón.
―El que corre en la rueda debajo del capó.
Brandon y yo nos reímos, y Sloan apretó los labios en una línea,
tratando de parecer enojada, pero no pudo mantener la cara seria.
―¿Cómo puedes dejar que ella conduzca esa cosa? ―Negué con la
cabeza hacia Brandon.
―Le dije, no sé cuántas veces, que le compraría un auto nuevo ―dijo
Brandon, sin dejar de reír.
Sloan se encogió de hombros.
―No quiero un auto nuevo, ese fue el auto en el que aprendí a conducir.
Tuve mi primer beso en ese auto.
Brandon le dirigió una mirada fingidamente seria.
―Bueno, entonces definitivamente tiene que irse.
Sloan le sonrió y se inclinó y lo besó fugazmente en los labios y observé
a mi mejor amigo verla por un momento después de que ella volvió a su
comida. Él realmente la amaba.
Recordé la primera vez que empezó a hablar de ella, hace tres años.
Estábamos sentados en un refugio para patos en Dakota del Sur, y habló
durante horas sobre esta mujer que estaba viendo, nunca lo había visto
tan interesado en alguien. Hice una nota mental para hablar de eso
durante mi discurso de padrino.
―Oye, ¿ustedes dos no se conocieron en una llamada? ―pregunté,
tratando de recordar la historia que me había contado―. ¿En un hospital
o algo así?
Sloan sonrió dulcemente hacia Brandon.
―Sí, solo le di mi número porque estaba de uniforme.
Sonreí.
―No se le puede decir que no a un hombre en uniforme, ¿eh?
Giré mi tenedor alrededor de mi pasta. Estaba increíble, era una especie
de boloñesa de venado. Sloan era una gran cocinera, Kristen y yo
deberíamos comer aquí más a menudo.
―No, sí puedo ―dijo―. Es solo que pensé que no dejarían que un
delincuente o un agresor sexual registrado ingresara al departamento de
bomberos.
Brandon se rio entre dientes.
―Estaba acercando la ambulancia a la entrada de urgencias cuando la
vi salir. Era cuando todavía teníamos una ambulancia en la estación.
Entonces recordé la historia, el resto de los detalles se acomodaron
solos. La compañera de casa de Sloan estaba en emergencias y había
estado ahí con ella, esa tenía que haber sido Kristen.
―¿No eras tú en emergencias? ―pregunté, viendo a Kristen.
Kristen era la última persona en ir a urgencias por nada. De hecho, ella
era una de esas pacientes a las que nunca podrías llevar al hospital cuando
realmente lo necesitaran. Testaruda hasta la exageración. Mamá decía que
era el síndrome de la mujer fuerte.
La mayoría de mis hermanas lo tenían.
Kristen no levantó la vista de su plato.
―Me desmayé en una reunión.
Mi frente se arrugó.
―¿Por qué?
―Estaba anémica. ―Lo dijo sin emoción, pero noté la forma en que
Sloan la miraba mientras contaba la historia.
Anémica. Sangrado. ¿Eran así de malos sus períodos?
―¿Cuándo van a arreglar tu auto? ―preguntó Kristen, cambiando de
tema.
―Ya está listo ―dijo Sloan―. Solo necesito que alguien me lleve a
buscarlo. Brandon no puede, estará ayudando a su hermana a mudarse
mañana.
―Bueno, yo te lo puedo traer ―le ofrecí―. Kristen, ¿por qué no te
acompaño a casa esta noche? Dejaré mi camioneta aquí, y puedo pasar la
noche en tu casa. Después de que termine con los pedidos de mañana,
recogeré el auto de Sloan y lo conduciré de regreso.
Era como si toda la habitación contuviera la respiración esperando su
respuesta.
―Claro ―dijo Kristen, encogiéndose de hombros.
Los tenedores volvieron a tintinear en los platos.
Estaba seguro de que me obligaría a entrar en la habitación de
invitados, pero confié en su practicidad y gané. Ella sabía que estaría ahí
mañana por la mañana temprano de todos modos, teníamos un montón
de pedidos. ¿Y por qué negarle a Sloan su auto? Ya había pasado la noche
ahí muchas veces, esto no era nada fuera de lo común. Claramente la
conocía lo suficientemente bien como para anticipar sus procesos de
pensamiento.
Entonces, ¿por qué me sorprendía tanto lo mal que estaba por Tyler?
Justo cuando pensé que podría tener la fuerza para salir, Josh me
empujó hacia adentro.
Jugamos en casa de Sloan hasta casi la medianoche. Sloan nos obligó a
Josh y a mí a estar en el mismo equipo. La destruimos a ella y a Brandon
en charadas.
Cuando Josh y yo nos fuimos juntos, hace media hora, volvimos a ser
los mismos que éramos antes de acostarnos, riéndonos y bromeando.
Toda la rareza se había ido.
Acababa de cepillarme los dientes y ponerme pantalones cortos y una
camiseta sin mangas para dormir cuando llamó a la puerta de mi
habitación. Cuando la abrí, la sonrisa torcida en su rostro me dijo de
inmediato que el engaño masculino estaba en marcha.
―Josh. ¿En qué puedo ayudarte?
Estaba ahí de pie con una camiseta blanca y pantalones de pijama de
franela gris.
―¿Te importa si te hago una pregunta? ―Él sonrió con picardía.
―¿Qué? ―Su olor a cedro masculino se mezclaba con la menta de su
pasta de dientes y me provocó desde la puerta. Era embriagador.
Traté de contener la respiración.
―¿Tienes problemas con tus periodos?
La pregunta me tomó tan por sorpresa que inmediatamente pensé que
Sloan le había dicho algo a Brandon y él le había dicho a Josh, pero
continuó antes de que pudiera preguntar.
―Porque han realizado estudios que muestran que dormir al lado de
un hombre todas las noches puede regular tu período. ¿Lo sabías? Ahora
estoy bastante ocupado ―dijo, viendo hacia el pasillo y luego hacia mí,
con los hoyuelos desbordados―. Pero creo que puedo ofrecerte mis
servicios esta noche a cambio de no tener que dormir en tu futón.
Ahogué una sonrisa.
―Esta pijamada fue idea tuya. Sabías que estarías en la habitación de
invitados.
Hizo un espectáculo de esfuerzo para ver a mi alrededor en mi
habitación.
―Mmm. ¿Puedo revisar tu detector de humo? ―Se apoyó en el marco
de la puerta y cruzó los brazos de esa manera que sacaba sus bíceps y
hacía que su pecho presionara contra su camisa.
Mis ovarios se desmayaron. Maldita sea, era una lástima que estuviera
sangrando. Lo arrastraría directo a la cama y sacaría provecho de este
trato de amigos con beneficios si no fuera así.
Puse un brazo sobre la puerta y luché contra el impulso de sonreír,
presionando mis labios en una línea.
―Mi detector de humo está bien.
―¿Puedo quedarme con el perro?
Me burlé.
―¿Por qué diablos te daría mi perro?
―Así no me sentiré solo. ―Me dio una cara de tristeza fingida.
―Bueno, entonces yo me sentiré sola.
―Puedes resolver los problemas de todos simplemente dejándome
entrar. Si me rechazas, voy a volver haciendo el hombre desnudo ―dijo
con seriedad.
Resoplé. Dios me ayude si volvía con el hombre desnudo. De ninguna
manera era lo suficientemente fuerte como para rechazar a un Josh
desnudo.
―Estoy sangrando. ―Le recordé, esperando que eso lo callara.
Tyler no se me acercaría con un palo de tres metros si estuviera
sangrando. Tuve que ser bastante creativa para mantener nuestra vida
sexual satisfactoria cuando sus descansos cayeron dentro de mi período
de tres semanas.
Sus cejas se dispararon.
―¿Solo sangrando?
―Sí.
Se estrelló contra mí, con sus brazos alrededor de mi cintura, y sus
labios justo en mi cuello.
―No me importa que estés sangrando ―susurró, besándome debajo
de la oreja.
Su repentina proximidad me quitó el aire emocional.
―A mí me importa ―respiré, con las manos en su pecho.
¿A mí? Me importa, ¿verdad?
―Bueno, que deje de importarte ―dijo con voz ronca, sonriendo en mi
cuello.
Me empujó hacia la cama, y su fuerte brazo me guio hacia abajo.
Cuando se deslizó sobre mí, quedé hipnotizada, completamente
indefensa.
Y no estaba mintiendo sobre el sangrado.
Realmente no le importaba.

Me desperté a la mañana siguiente desnuda con mi mejilla pegada al


pecho desnudo de Josh. Me quedé ahí por un momento, con la luz
atravesando mis persianas, escuchando el sonido de los latidos constantes
de su corazón.
Quería darme otros momentos de felicidad antes de tener que echarlo
de mi cama y fingir que no me importaba si él estaba ahí o no.
Él se movió y cerré los ojos y fingí que todavía estaba dormida. Su
cuerpo se movió como si estuviera mirándome, y escuché que su corazón
se aceleraba un poco. Sabía que, si miraba hacia arriba, sonreiría y podría
darle un beso de buenos días.
Pero no lo haría, porque eso no es lo que hacen los jodidos amigos.
Sus labios tocaron suavemente la parte superior de mi cabeza y sus
brazos se apretaron a mi alrededor. Era dulce y tierno.
Y una mala señal.
Dijo que podía manejar esto, que lo de solo sexo estaba bien para él,
pero tendría que vigilarlo y terminar si pensaba que se estaba apegando
demasiado.
Mi estómago gruñó. Me pregunté qué hora era, había un café que...
Salí disparada.
―¿Qué día es? ―Busqué desesperadamente mi teléfono.
Josh se apoyó en los codos y me vio, con el cabello desordenado.
―Ocho de marzo. Martes. ¿Por qué?
Encontré mi teléfono en el cargador: 10:13 am
―¡Mierda!
Saqué las piernas de la cama y me estrellé dolorosamente contra la
mesita de noche con la cadera, deteniendo el bamboleo con las manos.
Levanté a Stuntman del borde de la cama y lo empujé por la puerta
corrediza de vidrio antes de correr al baño.
Oh, Dios, ¿cómo podría haberlo olvidado?
No tenía a Tyler, solo el cabello de recién follada y mi carpintero
desnudo en mi habitación con menos de veinte minutos para
recomponerme. Con una mano me metí el cepillo de dientes en la boca y
con la otra abrí la ducha. Me metí antes de que el agua tuviera
oportunidad de calentarse y me lavé los dientes mientras me mojaba el
cabello en el gélido chorro.
La puerta de la ducha se abrió y Josh entró a mi lado.
―Wow, esto está helado.
Escupí en el desagüe.
―Esta no es tu ducha. Sal.
Se rio, agarrando el jabón.
―¿Tengo que usar una ducha separada ahora? ¿Ni siquiera dejas que
tu pobre amigo con beneficios exhausto se bañe después de que pasó la
noche sirviéndote? ―Se enjabonó el pecho, sonriéndome.
Normalmente, Josh desnudo en mi ducha sería la realización de una
fantasía de muchos años, pero esta mañana solo estaba ocupando espacio
donde yo podría estar afeitándome apresuradamente las piernas.
―¿Cuál es la prisa, a todo esto? ―preguntó.
Me agaché para agarrar mi champú y golpeé su muslo con mi frente.
Cuando volví a levantarme, me estaba sonriendo.
―Mi mamá, tengo un brunch con mi mamá ―dije, frotando mi cabello
frenéticamente―. Se me olvidó. Estará aquí en quince minutos, cree que
Tyler viene conmigo. No sabe que rompimos.
Le arrebaté el jabón, enjuagándome el cabello mientras me lavaba el
cuerpo. Esto era una pesadilla. Una maldita pesadilla.
―Josh, tienes que estar en el garaje cuando ella llegue.
―¿No puedo conocer a tu mamá?
―No. ―Querido Dios, no. Hola, mamá, Tyler y yo rompimos, pero aquí está
mi amigo con beneficios, Josh. ¿No es lindo? Señor, ayúdame.
Mis manos estaban realmente temblando por la adrenalina.
―Está bastante frío aquí ―dijo, deslizando sus manos alrededor de mi
cintura desde atrás, besando el costado de mi cuello.
Me moví.
―Josh, no tengo tiempo para esto. Te dije que esta no era tu ducha.
―Okey, okey. ―Me soltó con una risa.
No se reiría si conociera a Evelyn.
―¿Estás segura de que no puedo conocerla? Soy bueno con las mamás
―dijo, mientras me echaba acondicionador en el cabello.
―No, no puedes conocerla. Solo… ―Froté brutalmente mi rostro y lo
enjuagué, dando un giro rápido para quitarme el jabón y el
acondicionador, luego salté, agarrando la toalla más cercana―.
Simplemente no salgas, y tampoco dejes que Stuntman vuelva a la casa.
Él la odia más de lo que odia a Tyler.
Tropecé por todo el baño, enchufando mi secadora de cabello,
llenándome con loción, y poniéndome rímel. Josh salió y fue al dormitorio
a vestirse.
Diez minutos, tenía diez minutos. Si mi cabello estuviera mojado, ella
sabría que lo olvidé. Sería peor si sabía que lo olvidé.
Ugh. Me iba a molestar tanto por lo de Tyler. Bueno, solo era cuestión de
tiempo. O tal vez, arruinas todas las cosas buenas de tu vida. Fuera lo que
fuera, estaría teñido de decepción y juicio y no tuve suficiente anticipación
para entrar en el estado de ánimo adecuado para tratar con ella.
Estuve tan distraída, y Tyler fue quien guardó la fecha en su calendario.
Y, por supuesto, ella no me llamaría para confirmar o avisarme que estaba
en camino como una persona normal. Ella preferiría que la cagara y me
equivocara en la fecha o me olvidara. Encendí mi secadora de cabello.
¡Seca más rápido, seca más rápido! ¡Maldita sea, ¿por qué lo lavé?!
A las 10:29 salí de mi habitación, lista para abrir la puerta. Ella nunca
llegaba tarde, estaría aquí exactamente a las 10:30, pero cuando bajé por
el pasillo y me puse el arete, mamá ya estaba en la sala.
Hablando con Josh.
El secador de cabello todavía estaba funcionando en la habitación de
Kristen cuando sonó el timbre de camino al garaje. La llamé desde el
pasillo, pero ella no me escuchó. Pensé que también podría ser útil, así
que respondí.
La mujer del porche delantero no era lo que esperaba, podría haber sido
la abuela de Kristen. Tal vez ella era su abuela. Parecía que estaba llegando
a los setenta, aunque seguía siendo guapa. Algo majestuosa.
Vi los pómulos altos, la estructura pequeña y los ojos grandes de
Kristen. Su cabello gris estaba recogido en un moño prolijo y llevaba
perlas.
Cuando me vio, levantó una ceja y me vio como si fuera una lista de
vinos que no tenía su año.
―Bueno, hola. ¿Está mi hija disponible? ―Sus ojos se posaron con
frialdad en mi cabello mojado.
―Saldrá enseguida. Adelante. Soy Josh, su carpintero ―añadí, dándole
una mano para estrecharla.
―Evelyn Peterson. ―Me estrechó la mano con firmeza y luego vio
alrededor de la sala de estar mientras sacaba una pequeña botella de
desinfectante para manos de su bolso y rociaba un poco en su palma.
Eso fue un poco grosero, pero vi esto con diversión.
Vi de dónde sacó Kristen su ceño fruncido, Evelyn no parecía
complacida.
―Espero que no tomes el estado de esta casa como evidencia de una
mala educación ―dijo, frotándose las manos y viendo una botella de
cerveza vacía y un plato sucio en la mesa de café―. Kristen creció con un
ama de llaves, pero me gustaría pensar que le inculqué un sentido de
orgullo. ―Arrugó la nariz ante uno de los huesos medio masticados de
Stuntman Mike en el suelo―. Aunque no siempre sea evidente.
La casa de Kristen estaba impecable. Sería difícil encontrar un poco de
polvo debajo del sofá. ¿A quién le importaba una mierda una botella de
cerveza y un plato?
Se movió alrededor de la mesa de café y tomó un suéter verde para
perro salchicha de una pila que Kristen había estado inventariando. Decía
TE VEO MIRANDO MI SALCHICHA. Evelyn hizo una mueca y lo dejó
con dos dedos.
Mi mamá habría pensado que esa mierda era hilarante, supongo que
Evelyn no era el tipo de dama que bromeaba con salchichas.
Empezaba a sentirme un poco incómodo. Demasiado pretenciosa para
mi gusto. Aún así, yo era una especie de anfitrión en ese momento, y tenía
que entretenerla hasta que Kristen se hiciera cargo.
―Oh… ¿puedo traerte algo de beber? ¿Agua? ―le pregunté.
Su mirada de acero volvió a posarse en mí.
―Gracias, no. ¿Dónde está Tyler?
―No estoy seguro, solo trabajo aquí ―dije. No me correspondía
contarle lo de la ruptura por correo de voz.
Ella entrecerró los ojos.
―Mmm.
Kristen dobló la esquina, con la mano en el arete, y se detuvo en seco
cuando nos vio juntos, luego hizo algo que nunca, en todo el tiempo que
la conozco, la he visto hacer.
Ella se puso roja.
―Estaba empezando a pensar que necesitaba enviar un grupo de
búsqueda ―dijo Evelyn secamente.
Me preparé para la réplica sarcástica de Kristen, pero para mi sorpresa
no respondió. En vez de eso, besó rígidamente a su mamá para saludarla.
―¿Y dónde está Tyler? ―Evelyn le dio a Kristen un beso en el aire―.
Espero que no lleguemos tarde. Ya sabes cómo odio llegar tarde. ―Vio su
reloj de diamantes.
Los ojos de Kristen se movieron nerviosamente hacia mí.
―De hecho, Tyler no vendrá. Terminamos.
Los labios de Evelyn se apretaron en una línea. Esperó un largo tiempo
antes de responder con un frío:
―Ya veo. ―Ella se volvió hacia mí―. Joshua, ¿te importaría unirte a
nosotros? Nuestra reservación es para tres.
Kristen habló rápidamente.
―Tiene muchas órdenes...
―Creo que esta era mi invitación para el brunch ―dijo Evelyn―. Nos
has privado de nuestro trío y no me informaste con anticipación para que
pudiera hacer los arreglos necesarios para ocupar el asiento. Me gustaría
invitar a Joshua, y es mi invitación para extenderla.
Su tono tenía un carácter definitivo. Vi a Kristen, se había quedado
totalmente en silencio.
Kristen, en silencio.
Esto me alarmó más de lo que podía comprender.
Algo protector me dijo que no la dejara sola con esta mujer. Este asunto
de Tyler parecía ser una especie de botón de encendido entre ellas, y tenía
la impresión de que se necesitaba un amortiguador. Tal vez por eso me
preguntó. La silla vacía podría molestar a Evelyn y empeorar las cosas.
―Claro, me encantaría ir.
La alarma rasgó el rostro de Kristen.
Vi mi ropa.
―Aunque no estoy seguro de estar vestido para eso.
No sabía a dónde íbamos, pero tanto Kristen como Evelyn llevaban
vestidos y tacones y yo iba con jeans y una camiseta del Departamento de
Bomberos de Burbank. No tenía nada más para cambiarme.
Evelyn suspiró.
―Encajarás perfectamente con todos los otros millennials mal vestidos
ahí, supongo. Lamento que Kristen no me haya permitido avisarte con
más anticipación. ―Se giró hacia la puerta―. Ah, y ¿Kristen? Realmente
deberías poner tus botes de basura donde no se puedan ver desde la calle.
El atractivo exterior importa, querida.
Evelyn llegó en un Town Car negro con chofer. En el viaje de veinte
minutos al restaurante, quitó la pelusa del vestido de Kristen y comentó
sobre su cabello húmedo. Entre las críticas, me enteré de que era profesora
titular de derecho en la UCLA y jueza.
Hombre, ella era tensa. Me pregunté si alguna vez abrazó a Kristen
cuando era niña. No podía imaginármelo, ni siquiera podía imaginarla
sonriendo. Ahora que lo pienso, ella ni siquiera tenía líneas de risa, solo
dos arrugas profundas entre las cejas donde las maquilló.
Kristen parecía paralizada. Era la cosa más extraña. Seguí mirándola,
tratando de averiguar qué le pasaba. Me recordó a un animal acorralado
tan asustado que su respuesta de lucha o huida se había apagado y
simplemente se quedaba ahí sentado, congelado y aterrorizado.
El restaurante estaba en Simi Valley, y yo definitivamente estaba mal
vestido, los otros millennials no fueron de ayuda, llevaban chaquetas
deportivas y camisas abotonadas. Una mesera nos condujo a una mesa
cubierta de lino blanco con un pequeño jarrón de rosas junto a la ventana.
―Ordenaremos del menú ―le dijo Evelyn a la mesera en un tono
aburrido―. No confío en los buffets ―explicó―. Demasiada gente
tocándolo.
Kristen y yo compartimos una mirada. El buffet se veía increíble, los
dos queríamos comer eso. Tenía una maldita escultura de hielo y una
barra de Bloody Mary. Una gorda costilla de primera estaba en la mesa
de trinchar y patas de cangrejo y camarones frescos flanqueaban la
estación de omelettes.
Pero no quería ser grosero, era un invitado, y Kristen tampoco parecía
que planeara discutir, así que tomamos nuestros menús.
Sin embargo, no sé por qué Evelyn le permitió a Kristen tener uno,
porque cuando llegó la mesera, Evelyn ordenó por ella: huevos Benedict.
Kristen no hizo ningún comentario, pero yo sabía que odiaba los huevos
escalfados, no le gustaban las yemas líquidas, y definitivamente no le
gustaba que le dijeran qué comer.
No entendía esta dinámica en absoluto. Kristen estaba sentada ahí, pero
no se le veía por ninguna parte. Su llama se extinguió por completo, como
si su mamá le hubiera quitado todo el fuego.
Nos entregaron nuestras bebidas. Tomé un sorbo de jugo de naranja y
Kristen tomó un largo sorbo de su mimosa.
Evelyn sacó edulcorante artificial de su bolso y lo vertió en su café.
―Entonces, Kristen. ¿Qué hiciste para que Tyler te dejara?
¿Qué demonios? Mi mano se apretó alrededor de mi vaso.
Kristen dejó con cuidado su copa de champán.
―¿Cómo sabes que no fui yo quien rompió las cosas?
Evelyn parecía divertida, como si la pregunta fuera absurda.
―¿Fue así?
Kristen se sentó rígida, como un estudiante en la oficina del director.
―Se volvió a enlistar.
―Ya veo. ―Evelyn dejó la cuchara sobre el plato―. Bueno, no puedo
decir que esto me sorprenda.
Algo de molestia brilló en los ojos de Kristen, pero pareció reprimirlo.
Ella apretó los labios por un segundo.
―¿Y eso por qué?
Evelyn se llevó la taza de café a los labios y tomó un sorbo.
―Bueno, un hombre motivado como ese quiere lo mismo en una pareja,
¿no? ―Ella se volteó hacia mí―. Joshua, ¿qué es lo que haces? ¿O
construyes productos para perros a tiempo completo?
La pregunta era condescendiente. Por lo que ella sabía, construía
productos para perros a tiempo completo. ¿Y qué diablos estaba mal con
eso?
―Soy bombero y paramédico.
―¿Tienes alguna educación superior?
¿Por qué tenía la sensación de que la pregunta pretendía ser insultante?
Tenía que saber que no muchos bomberos también tenían un doctorado.
Un título de asociado en ciencias del fuego era casi la norma, pero si
tuviera que adivinar, cualquier cosa por debajo de un título de cuatro años
no iba a impresionarla. No podría importarme menos, estaba orgulloso
de lo que hacía para ganarme la vida, pero ella claramente tenía la
intención de resaltar lo que consideraba una deficiencia.
―Nunca fui a la universidad. Entré en el ejército después de la
preparatoria, y luego a la academia de bomberos, por supuesto.
Evelyn habló sobre su café.
―¿Y cuánto tiempo has estado acostándote con mi hija?
―¡Mamá! ―Kristen la vio boquiabierta.
Me recosté en mi silla y me pasé una mano por el rostro. Bueno, la
franqueza de Kristen definitivamente era hereditaria.
Evelyn dejó su taza en el plato y juntó las manos.
―De verdad, Kristen. No necesitamos jugar, todos somos adultos.
―Me lanzó una mirada de desaprobación―. Aunque espero que esta no
haya sido la razón por la que Tyler decidió buscar pastos más verdes. Por
primera vez pensé que estabas en el camino correcto.
Kristen se sonrojó de nuevo y se me erizaron los pelos. ¿Esta mujer era
real?
―Yo no tuve nada que ver con que él rompiera con ella ―dije,
sintiéndome un poco indignado―, y ella tampoco. Ha sido difícil para
ella y me sorprende que no estés más preocupada por cómo se siente en
este momento.
Sentí los ojos muy abiertos de Kristen en un lado de mi rostro.
Continúe.
―Y si te molestaras en preguntarle, te diría que rompió con ella en un
mensaje de voz como un cobarde.
Tal vez eso sacaría a ese payaso del pedestal en el que Evelyn parecía
tenerlo.
La expresión de Evelyn se mantuvo plácida y no tuvo la oportunidad
de responder porque la mesera vino y comenzó a colocar la comida frente
a nosotros.
Kristen vio sus huevos con consternación, era bastante exigente con la
comida y se ponía de mal humor cuando no comía. Tenía la sensación de
que ella lo haría porque su mamá parecía tener algún tipo de control
mental sobre ella, pero lo odiaría.
¿Sabes qué? A la mierda.
Tomé sus huevos Benedict y le di mi tostada francesa.
―A Kristen no le gustan sus huevos así ―le dije a Evelyn, sin siquiera
tratar de ocultar mi molestia.
Kristen me vio como si le acabara de dar uno de mis riñones. Puse una
mano debajo de la mesa y le apreté la rodilla.
Evelyn observó todo el asunto con disgusto desenmascarado.
No podía creer que esta fuera la mamá de Kristen. ¿Cómo esta mujer
crio a alguien tan genial? Si no fuera por el extraño parecido familiar,
pensaría que se trata de una broma elaborada.
Evelyn colocó una servilleta sobre su regazo.
―Joshua, puede que mi impaciencia con mi hija te resulte un poco
confusa, pero no la has conocido por mucho tiempo. Lo que no sabes es
que Kristen tiene tendencia a autosabotearse.
―Lo dudo mucho ―dije, con la mandíbula apretada. Ella no tuvo la
culpa de que Tyler volviera a enlistarse.
Ella se rio.
―Lo harías, pero entonces eres la prueba más reciente, ¿no?
El tenedor de Kristen golpeó el plato con estrépito.
―Veo que estás decepcionada de que Tyler y yo rompiéramos ―dijo
con repentina vehemencia―, pero no es asunto tuyo. Con quién me estoy
acostando no es asunto tuyo.
Los ojos de Evelyn ardían.
―Por supuesto. ¿Por qué cualquier cosa que hagas sería asunto mío? Te
crie para que fueras una persona próspera, me dediqué a tu desarrollo y
has pasado los últimos cinco años deshaciendo sistemáticamente todo lo
que te inculqué. Primero dejaste de tocar piano, despreciaste ir a Juilliard,
luego te alejaste de Harvard para poder jugar a las casitas con Sloan.
Descartaste la educación universitaria de élite que pagué al abandonar la
facultad de derecho para vender ropa para perros…
¿Piano? ¿¿Facultad de Derecho??
¿¿¿Harvard???
Evelyn frunció el ceño.
―Ahora estropeaste la única relación que he aprobado, pero claro,
continúa haciéndolo, Kristen. Ve qué tan lejos puedes caer. Podrías haber
estado teniendo una vida respetable, por el amor de Dios.
Estaba empezando a perder la puta calma.
―Ella se gana la vida de manera respetable ―espeté. Mierda, ganaba el
doble que yo, fácilmente.
Evelyn me envió una mirada cortante.
―Nuestras opiniones sobre lo que constituye una ocupación respetable
son probablemente muy diferentes, jovencito, y te agradeceré que te
mantengas al margen.
Como el infierno que me mantendré al margen.
―Ella comenzó su propio negocio exitoso desde cero. Es su propia jefa
y lo hace desde su sala de estar, creo que deberías estar orgullosa.
―Sí, no es exactamente un laboratorio de metanfetamina el que dirijo,
mamá ―dijo Kristen, sonriendo a su mimosa.
Ahí está mi chica. Puse una mano en su hombro.
―Bueno, nadie dice que debas renunciar a tus pasatiempos, conejita.
Kristen se atragantó y escupió su bebida en su vaso, y ambos nos
echamos a reír.
El vapor salió de las orejas de Evelyn y nos vio. Kristen disminuyó un
ataque de risa, apoyándose en mi hombro.
El hechizo se rompió. Ella estaba de vuelta.
Evelyn se secó la boca con la servilleta y señaló a la mesera con un dedo.
―Bueno, es bueno ver que encontraste a alguien con quien celebrar la
mediocridad, Kristen.
Kristen me sonrió, todavía riéndose.
―Sabemos cómo celebrar, ¿no es así, Joshua?
―Estoy agotado después de la celebración de anoche. ―Me reí,
limpiándome los ojos. Deslicé mi plato lejos de mí y dejé caer mi servilleta
sobre él―. ¿Lista para irnos? ―Saqué mi billetera y tiré algunos billetes
sobre la mesa―. Gracias por la invitación ―le dije a Evelyn mientras
empujaba mi silla―. ¿Kristen? ―Le ofrecí mi mano.
Ella no se movió.
Vamos, Kristen, vámonos. No aguantes esta mierda.
Tomó mi mano con una sonrisa de lado y se levantó.
―Mamá, esto ha sido divertido, como siempre. ―Luego agarró el
dinero que puse sobre la mesa, lo guardó en mi bolsillo trasero, me dio un
apretón en la nalga y me llevó de la mano afuera del restaurante.
Salimos del restaurante al cálido aire del mediodía y nos abrimos paso
entre el valet por la acera con el rápido sonido de mis tacones.
―Jesús, ¿ella es de verdad? ―preguntó Josh, todavía riéndose un poco.
Caminamos a lo largo de una hilera de boutiques y salones―. No pensé
que personas así realmente existieran.
Me burlé.
―Oh, sí, ella es real. Sloan la llama la Reina del Hielo.
Sacudió la cabeza.
―¿Por qué dejas que te hable así? En serio no crees esas cosas, ¿verdad?
―Me vio, y sus cejas pobladas se fruncieron.
Creí haberla decepcionado, y fue difícil no tomar en serio lo que dijo.
Abandoné la facultad de derecho. Renuncié al piano, para el que tenía un
poco de talento y rechacé becas. Teniendo en cuenta lo que podría haber
estado haciendo, de lo que probablemente era capaz si quería aplicarme
y vivir una vida que odiaba, sí, podría ser considerada una decepción. Ella
tenía un punto.
No le respondí.
―Kristen. ―Me detuvo en la acera y puso sus manos en mis brazos―.
Oye, sabes que nada de lo que dijo es cierto, ¿verdad?
Lo vi a los ojos.
―Ella no estaba equivocada en todo eso, Josh. ―Era muy consciente de
mí misma.
Dio un paso más cerca y sus cálidos ojos me anclaron.
―Nada de lo que ella dijo sobre ti es cierto ―dijo con seriedad―. Eres
una de las personas más motivadas que he conocido. Eres inteligente y
exitosa, y Tyler es un maldito imbécil por romper contigo de esa manera.
Esa mierda no fue culpa tuya.
Tyler.
Me estuvo llamando casi todos los días desde que rompió conmigo,
pero no estaba interesada en escuchar lo que tenía que decir.
No podía decidir si la emoción dominante era la culpa por enamorarme
de Josh mientras estábamos juntos, o furia porque Tyler puso fin a dos
años rompiendo todas sus promesas y hacérmelo saber a través del correo
de voz.
Tenía que haber sabido que me iba a dejar, y probablemente lo supo
por un tiempo. No fue más comunicativo con sus planes o reservas sobre
nuestra relación de lo que yo fui sobre mi creciente enamoramiento por
Josh.
Tenía sentimientos acerca de esto, y cero deseos de explorarlos.
Así que hice con Tyler lo que hice con la mayoría de las cosas de mierda
en mi vida. Lo puse donde guardaba mi histerectomía y mi infancia: en
su propio cuartito.
Lancé a Tyler a su espacio de almacenamiento, tiré de la cuerda de la
bombilla, cerré la pesada puerta de metal y eché el pestillo para no tener
que ver las cosas que me dolían y poder seguir con mi vida sin cambios.
Por eso no lloré, así era como vivía usando solo el lado izquierdo de mi
cerebro.
Pero por alguna razón, compartimentar hoy no parecía posible. Lo supe
en el momento en que vi a Josh parado en mi sala de estar con mamá. Era
como si las cosas que pasaban con Josh no pudieran encerrarse. Se
esparcían por todas partes, desordenadas e imposibles de guardar.
La sensación era un poco aterradora, como si hubiera perdido mi
mecanismo de defensa y estuviera desnuda y desarmada. Con los ojos de
Josh mirándome, estaba emocionalmente agotada y en realidad un poco
avergonzada por lo que sucedió hoy, y yo no me avergonzaba.
La opresión en mi garganta amenazó con convertirse en llanto. Llanto.
Otra vez. Por segunda vez en pocos días. Ni siquiera me reconocía.
Él puso una mano en mi mejilla mientras su mirada vagaba por mi
rostro, y tuve miedo de que fuera a besarme. Tenía miedo porque si lo
hacía, en ese momento crudo, no sería capaz de detenerlo. Tenía que
mantener esas cosas bajo control. Por nosotros dos. No podía dejar que
las líneas se desdibujaran.
Pero la comisura de su boca se convirtió en una sonrisa.
―Estás hambrienta. Vamos.
Me llevó al café más cercano.
Como, en serio, el más cercano. Ni siquiera vio el menú en el caballete.
―¿Qué? ―dije, horrorizada mientras me arrastraba adentro de la
mano―. ¿No vamos a revisar al menos las reseñas? ¿Y si solo tiene tres
estrellas?
Levantó dos dedos hacia la anfitriona y se giró hacia mí.
―Me matas, ¿lo sabías? Por un lado, aceptas el peligro en todo
momento y, por el otro, no te arriesgarás a recibir panqueques malos, y
como sea, yo invito.
Negué con la cabeza.
―No, yo pagaré lo mío. No estamos en una cita.
―Lo sé. No te preocupes, no estoy tratando de que sea una cita. ―Hizo
una mueca como si la idea fuera una locura―. Solo me gustaría invitarte
a desayunar, me gusta alimentarte.
―¿Por qué?
Me sonrió y puso sus manos sobre mis hombros.
―Porque eres mucho más amable conmigo cuando comiste. Es más
para mí que para ti, de verdad.
Esbocé una sonrisa y seguimos a la anfitriona a través del restaurante
hasta una mesa en un pequeño patio cerrado. Teníamos el espacio para
nosotros solos.
De hecho, era un poco romántico. Había sillas de bistró que no
combinan y mesas de madera reciclada con pequeños jarrones con
claveles. El patio estaba lleno de macetas con plantas. Varias fuentes
chorreaban a lo largo de los muros de ladrillo enrejado que nos rodeaban,
cojines regados con motivos aztecas en las cabinas, y luces navideñas
colgadas sobre nosotros. Era íntimo y encantador.
Sin embargo, aún así iba a revisar las reseñas.
Una vez que ordenamos, Josh comenzó a bombardearme con
preguntas, creo que estaba empezando a procesar el brunch del terror.
―Creo que no aprecié lo suficiente a mi mamá ―dijo, tomando las
guarniciones de su Bloody Mary y deslizándolas hacia mí en una
servilleta―. ¿Cómo fue crecer con una mamá así?
Mordisqueé la brocheta de encurtidos.
―Como ese brunch, pero durante dieciocho años.
―Ella me recuerda a esa dama de esa película… ―Chasqueó los
dedos―. ¿La de Meryl Streep?
Me burlé.
―¿El diablo viste de Prada? Ella podría ser el diablo. Nadie los ha visto
nunca en la misma habitación al mismo tiempo antes.
Se rio y yo le sonreí débilmente. Dios, él era mi héroe. En los últimos
treinta minutos, Josh hizo el equivalente moderno de matar a un dragón.
Él me salvó. Dos veces. Una vez de la Reina de Hielo y luego otra vez del
hambre.
La comida era mi moneda de cambio. El hambre era una emoción para
mí. Sentía esa mierda en mi alma.
Vi la servilleta que me dio. A él le gustaban todas estas cosas: apio,
pepinillos, aceitunas, camarones. O mi hambre era realmente aterradora
o me la dio porque me estaba cuidando. Él tampoco había comido
todavía, también tenía hambre, pero ni siquiera se guardó una aceituna.
Josh iba a ser un muy buen papá algún día. Era desinteresado y de
principios. Valiente. Leal.
También sería un buen esposo para alguien.
Pensé en cómo me dio su tostada francesa antes, y tuve que agarrar mi
corazón a través de mi vestido.
―¿Estás bien? ―preguntó, mirándome apretar mi pecho.
Asentí.
―Sí.
Es que eres perfecto, y me duele el corazón.
―Oye... ―Sus ojos se entrecerraron en mi mano, y la alcanzó por
encima de la mesa―. ¿Cómo te hiciste esto? ―Pasó un pulgar por la
marca morada justo encima de mis nudillos.
El toque me provocó mariposas.
―Oh, fue un extraño accidente con una Pop-Tart mientras estabas en el
trabajo.
Su pulgar se detuvo y me vio como si estuviera a punto de decirle que
estaba bromeando.
―¿Un accidente con una Pop-Tart? ¿Te lastimaste haciendo una Pop-
Tart?
Retiré mi mano y fingí indignación.
―Sí, lo hice. El relleno de esas cosas es como lava fundida cuando están
calientes, y esta Pop-Tart y yo en particular tuvimos un encontronazo.
Sus ojos bailaban divertidos.
―Realmente necesitamos mantenerte fuera de la cocina.
Me encogí de hombros.
―Entonces cocino de la forma en que conduces. Lo que sea.
Él se rio.
―Oye ―dije, después de un momento―. Lamento que ella te hubiera
insultado. Estaba destinada a lastimarme a mí, no a ti.
Sostuvo su vaso sobre la mesa.
―Eres muy diferente a su alrededor.
Sí. Porque ella tiene la llave de todas las habitaciones.
Nunca había sido capaz de mantenerla fuera.
O encerrarla.
Dejé escapar un largo suspiro.
―En el momento en que estoy en su presencia es como si tuviera seis
años y la decepcionara en su cena con mi concierto de Mozart.
―¿Cuánto tiempo tocaste el piano?
Me agaché y tiré de la parte de atrás de mis talones.
―Quince años. Todos los días durante tres horas, seis días a la semana.
El domingo era para el tenis y cualquier otra actividad que me obligara a
hacer.
Levantó las cejas.
―Wow. ¿Por qué te detuviste?
―Me detuve porque ella me lo impuso.
Tomó un trago.
―¿Eras buena?
―Bueno, eso espero. Si te pasas tres horas al día haciendo lo que sea
durante quince años, más vale que seas bueno ―dije, comiendo una
aceituna.
Tocaría para él si me lo pidiera, y no tocaba para nadie.
El piano era simbólico para mí. Los grilletes de mi infancia, la cadena
de la que me deshice cuando finalmente tuve cierto control de mi propia
vida. Retomarlo de nuevo, a pesar de que era buena en eso, me hacía
sentir como si reconociera que su tiranía tenía mérito. Así que mis dedos
quietos fueron mi rebelión.
¿Pero para Josh? ¿Que me mire con admiración? Tocaría para Josh.
Era una sensación tan extraña querer que él estuviera impresionado
conmigo, pero al mismo tiempo esperar que no le gustara demasiado.
―¿Entraste en Harvard? ¿Y estabas en la facultad de derecho?
―preguntó.
Suspiré.
―Sí, no entendí por qué tenía que dejar a Sloan para ir a Massachusetts
solo para obtener un título que ni siquiera quería, así que fui a la UCLA.
Estaba en mi primer año de la facultad de derecho cuando dejé los
estudios. Obviamente, mi mamá estaba enojada por eso ―murmuré en
mi taza de café.
―¿No querías ser abogada? ―Me dio una sonrisa con hoyuelos―.
¿Discutir para ganarte la vida? ¿Tú? Naciste para eso.
Sonreí.
―Prefiero discutir por diversión.
Además, era demasiado difícil estar sentada en clases a medida que mis
períodos empeoraban cada vez más. Los cólicos, la anemia. Trabajar
desde casa era más fácil para mí, y me gustaba tener mi propio negocio.
Finalmente me estaba divirtiendo con mi vida.
―Tu mamá es mayor de lo que imaginé. ¿Qué edad tiene? ―preguntó.
―Sesenta y siete, quedó embarazada de mí cuando tenía cuarenta y tres
años. Fue un completo shock, no pensó que podría quedar embarazada.
―Ella tuvo los mismos problemas que yo, pero menos severos―.
Básicamente arruiné su vida. Su carrera, sus planes de jubilación, todo se
quedó en espera.
Yo era una gemela, perdió a mi hermano en el cuarto mes de su
embarazo. Si tuviera que quedarse con un bebé, al menos podría haber
sido el niño para que mi papá pudiera transmitir el apellido, pero no, ella
tuvo a la niña en su lugar, la decepcioné antes de que naciera.
Qué diferente crecimos Josh y yo. Sus papás lo intentaron hasta tener
un niño. Él era exactamente lo que querían cuando llegó, y probablemente
fue amado y apreciado por todos los miembros de su familia.
Como si fuera amado y apreciado por mí.
Nos estábamos viendo el uno al otro, disfrutando de uno de nuestros
cómodos silencios. Él se veía adorable, su cabello estaba un poco
desordenado, su camiseta apretada sobre su amplio pecho.
Por un momento pensé si podía o no seguir haciendo esto, no sabía si
podría. Porque incluso si tenía éxito en evitar que me amara, yo estaba
fallando miserablemente en no amarlo a él.
Pensé en cuando desperté con mi rostro presionado contra su corazón
esta mañana, y en cómo se las arregló para meterse en mi habitación
anoche.
Josh era mi droga, mi traficante y ese amigo realmente tóxico que
siempre te empujaba a romper tu sobriedad.
Era como ese cachorro que juras que nunca dormirá en la cama. Es tan
jodidamente lindo, pero tienes que ser el líder de la manada y hacer
cumplir la ley, luego comienza a llorar desde el cuarto de lavado y
terminas cediendo la primera noche.
―¿En qué estás pensando? ―preguntó.
―Traficantes de drogas y cachorros en el cuarto de lavado.
Él se rio.
―Por supuesto que sí.
―¿Tú en qué estás pensando?
―Estoy pensando que tu papá debe haber sido muy bueno. ―Tomó
otro sorbo de su Bloody Mary.
―¿Qué te hace pensar eso?
Se encogió de hombros.
―Una corazonada. Perdiste a tu papá, ¿verdad?
―Sí, cuando tenía doce años. Tuvo un ataque al corazón, fue unos
meses antes de conocer a Sloan.
―¿Cómo era?
Un poco como tú.
Dejé escapar un suspiro lento.
―Era divertido, y relajado. Tendrías que serlo para vivir con una mujer
así. Era profesor de literatura.
Mamá lo escuchaba. Él la suavizaba, y cuando él murió, ella pasó de
difícil a imposible.
Nuestra comida llegó, y respiré aliviada. No quería hablar más de mí.
Mi tortilla española en realidad se veía bastante bien. Empujé mis
croquetas de papa con el borde de mi tenedor y moví la tortilla para que
nada se tocara.
―¿Como es tu familia? ―le pregunté.
Él sonrió y sopló el aire de sus mejillas.
―Bien, veamos. Mis papás están locamente enamorados, papá adora el
suelo que pisa mamá. Tienen doce nietos hasta ahora, así que las
vacaciones en casa son como una boda griega. Mis hermanas son
ferozmente independientes y competitivas entre sí. Se pelean por casi
todo, pero son muy unidas. En este momento están todos unidos en su
cruzada para lograr que regrese a casa.
Saló sus huevos.
―Oye, Tyler no la dejaba hablarte así delante de él, ¿verdad?
Tomé mi primer bocado. Era perfecto, sentí que mi estado de ánimo
mejoraba casi de inmediato.
―No, ella no me hablaba así con él. A ella le gustaba.
Eso fue un respiro. Finalmente había hecho algo bien.
―¿Por qué? ―preguntó, poniendo salsa de tomate en sus croquetas de
papa.
―Tyler era sofisticado, a ella le gustaba eso.
―Oh ―dijo rotundamente, y me di cuenta de lo que había insinuado.
Pero Josh no era sofisticado. No le gustaba el teatro, le gustaban las
películas, como a mí. Prefería la caza, no las galerías de arte. Pizza y
cerveza a tapas y vino.
Y él era perfecto.
―¿Extrañas a tu familia? ―le pregunté, cambiando de tema.
Se encogió de hombros.
―Me alegro de no estar ahí todos los días. Podría llegar a ser un poco
demasiado. ―Le dio un mordisco y masticó por un momento―. ¿Sabes
cuál creo que es el truco para tratar con la familia? He estado pensando
mucho en esto últimamente.
―¿Qué? ―dije, untando mermelada de fresa en mi tostada.
―Casarse con su mejor amigo. ―Se limpió la boca con una servilleta―.
Te casas con tu mejor amigo, y en las reuniones familiares lidias con tus
parientes de mierda juntos. Se ríen de eso y se apoyan mutuamente.
Comparten miradas y se envían mensajes de texto desde el otro lado de
la habitación cuando todos los demás están siendo unos imbéciles, y nadie
más importa realmente porque tienes tu propio universo.
Sostuvo mis ojos por un momento.
―Eso es lo que quiero. Quiero que alguien sea mi universo.
Y él no tendría ningún problema en encontrar eso. Ningún problema.
Josh podría tener a cualquier mujer que quisiera. Después de todo, él era
el sol. Cálido y vital. Sería el centro de una gran familia algún día, tal como
él quería, y todos lo adorarían.
Y yo solo era un cometa pasajero. Una distracción momentánea, inútil
y sin importancia. Era agradable de ver, divertida de observar, pero nunca
daría vida ni sería el centro de nada.
Pasaría como un rayo y me iría, y Josh me olvidaría antes de que nos
diéramos cuenta.
Faltaban tres semanas y media para la boda de Brandon, y habían
pasado dos semanas desde el almuerzo con la Reina del Hielo.
Kristen y yo caímos en una nueva normalidad. Cuando salíamos, era
como antes. Solo amigos. No tocar, no besos, y de vez en cuando, siempre
que tuviéramos sexo primero, me dejaba dormir en su cama y abrazarla,
pero solo si tuviéramos sexo. Creo que, para ella, la celebración posterior
era parte de todo. En el momento en que salíamos de la cama, teníamos
que volver al modo solo amigos. Por supuesto, esto me hizo mucho más
decidido a asegurarme de que termináramos en la cama, no es que
necesitara otra razón para tener sexo con ella, pero ahora tenía una
misión.
Deseaba poder rodearla con un brazo en el sofá cuando veíamos la
televisión o besarla cuando nos cruzábamos en el pasillo, pero sus reglas
eran rígidas. Intenté tomar su mano una vez en un paseo con Stuntman
Mike y ella se enojó conmigo, no me habló durante tres días, y casi rompía
las cosas por eso. Dijo que yo no “entendía” lo que significaba amigos con
beneficios.
Después de eso, no traté de hacer movimientos con ella fuera de sus
reglas, obviamente no estaba lista para una relación emocional. Apestaba,
pero ¿qué podía hacer? Ni siquiera había pasado un mes desde que
terminó con Tyler, supongo que no podía culparla por dudar en dejarme
acercarme a ella todavía.
Me preguntaba todo el tiempo si iba a tener citas, como si necesitara
asegurarse de que cumplía con esa parte del trato. Al principio fui
honesto, le dije que no, que no salía con otras personas, pero ella se puso
muy nerviosa por eso.
Realmente jodidamente nerviosa.
Dijo que, si nuestro arreglo me impedía tener citas, deberíamos
terminarlo. Creo que se sintió mal porque no estaba lista para
comprometerse conmigo y no quería que me perdiera la oportunidad de
encontrar a alguien que lo estuviera. Ella sabía que quería casarme, tener
hijos. Que ya se me hacía tarde.
Así que mentí.
Le dije que me encontraría con alguien para tomar algo y luego me iba
a casa a pasar la noche y me sentaba, tal vez iba al gimnasio. Cuando me
preguntaba sobre mi cita falsa, me encogía de hombros y decía que no
habíamos tenido conexión. Eso pareció aplacarla.
Pero lo extraño era que, por mucho que me presionara para que saliera
con otras mujeres, yo no creía que ella estuviera saliendo con otros
hombres.
Ella solo me enviaba órdenes desde su computadora portátil. Entonces,
cuando estaba en la estación de bomberos y recibía un pedido a las 10:00
de la noche, sabía que ella estaba en casa sentada en el sofá revisando
correos electrónicos, no en una cita, luego esperaba una hora más o menos
y le respondía con una pregunta tonta sobre el pedido, si ella respondía
de inmediato, sabía que todavía estaba sentada en el sofá trabajando. Ella
siempre respondía.
En mis días libres, cuando iba, ella nunca hacía otra cosa que pasar el
rato conmigo. Nunca salía de la habitación para atender llamadas, y no
desaparecía para citas misteriosas ni me daba ninguna razón para creer
que estaba manteniendo su promesa de que saldría con otras personas.
Entonces, ¿por qué, entonces, no quería ser exclusiva? Porque, según
todos los informes, yo era el único hombre con el que estaba, y eso era
algo bueno, porque no pensaba que podría manejarlo si no fuera así.
Estaba esperando pacientemente a que superara a Tyler. No estaba muy
seguro de estar progresando, pero al menos las cosas no parecían
empeorar.
Había algo que decir al respecto.
Eran poco después de las 5:00 p. m. cuando una camioneta negra se
detuvo en el camino de entrada. Como trabajaba con la puerta del garaje
abierta, me convertí en el portero no oficial de Doglet Nation. Firmaba por
todos los paquetes.
Sin embargo, esto no parecía una entrega. El conductor era un hombre
con lentes de sol. Salió, y algo me dijo que no me iba a gustar quién era.
El tipo era guapo, más alto que yo. Hacía ejercicio, eso era obvio. Estaba
bien vestido, tal vez de mi edad.
Entró directamente en el garaje con una confianza que me dijo que tenía
una misión oficial aquí. Alguien que había estado aquí antes y tenía
derecho a volver.
―Tú debes ser Josh ―dijo, quitándose los lentes y ofreciéndome la
mano.
Tenía acento. No era exactamente español, otra cosa. Más exótico,
extranjero. Él no era un cliente, de ninguna manera este tipo tenía un
perro de bolsillo.
―Soy Tyler ―dijo, estrechándome la mano―. ¿Kristen está por aquí?
Unos celos calientes y densos me atravesaron.
¿Este era Tyler? Este tipo parecía un actor principal en una maldita
película de acción.
¿Cómo diablos Brandon no dijo algo sobre esto? Hice todo lo que pude
hacer para mantener mi expresión plana.
―Está en la casa. ¿Te está esperando? ―Crucé los brazos sobre mi
pecho, sin hacer ningún movimiento para llevarlo adentro.
Vio hacia la puerta que conducía al cuarto de lavado.
―No ―dijo, bajando la voz―. No lo hace.
Pareció notar mi postura rígida y me evaluó.
―Estuviste en los Marines. ―Observó el tatuaje del Cuerpo de Marines
en mi pecho desnudo.
―Infantería ―dije.
―Sargento de Artillería.
Me superaba en rango, pero yo no era un militar de carrera como él.
Pero me superaba en rango con Kristen también.
Él parecía ser consciente de esto, algo en sus ojos me hizo sentir que yo
era la ayuda, el humilde guardia de seguridad echándole mierda sobre su
placa en un edificio en el que tenía autorización total.
Su mirada de ojos verdes era fría.
―Quiero agradecerte por quedarte con mi novia mientras la policía
averiguaba quién estaba entrando en el patio. La hizo sentir segura tenerte
ahí.
La posesividad se apoderó de mí.
―Ex novia. Ella es tu exnovia.
Su mandíbula se tensó.
No me gustaba este hijo de puta. No me gustaba que él fuera la razón
por la que Kristen no estaba dispuesta a salir conmigo. No me gustaba
que a ella obviamente le importara más él de lo que yo le importaba. No
me gustaba que él fuera mejor que yo, y no me gustaba que la lastimara.
Lo vi.
Él me devolvió la mirada.
―Encantado de conocerte ―dijo con frialdad, y se dirigió a la puerta.
Puse una mano en su pecho.
―Yo te llevaré adentro.
Vio mi mano y lo vi erizarse.
Haz un movimiento, imbécil. Jodidamente te reto. Dame una razón.
Sus ojos volvieron a levantarse lentamente, y vi mi propio odio
reflejado en su mirada.
Él sabía. Sabía que la había tenido.
Y él era quien probablemente la atraparía.
Pero en ese momento tuvimos un entendimiento. Esta era mi casa. Al
menos ahora lo era, y si él quería entrar, sería yo quien lo llevaría.
Hice que se quedara ahí por un tenso par de segundos antes de girarme
hacia la puerta.
La puerta del garaje se abrió y hablé antes de que Josh doblara la
esquina.
―Oye, ¿quieres probar ese lugar tailandés en un minuto? Podríamos
caminar, tienen ese té que te gusta.
Me senté en el suelo clasificando mi envío de nuevos arneses a cuadros
para perros. El tamaño parecía fuera de lugar, los extrapequeños parecían
pequeños y los pequeños parecían medianos. Estaba reflexionando sobre
eso mientras veía hacia arriba justo cuando Josh entró con Tyler
directamente detrás de él.
Mi respiración se detuvo.
Stuntman enloqueció, se aventó del sofá y fue directo a los tobillos de
Tyler. Con un movimiento fluido, Josh lo recogió antes de que atacara.
Mi perro ladró y gruñó, y Josh se quedó ahí por un momento antes de
terminar de dejar a Tyler de la forma en que dejaba una caja cuando yo
estaba hablando por teléfono: me vio a los ojos, lo dejó junto a la puerta y
se fue.
―¿Qué estás haciendo aquí? ―respiré.
Maldita sea. Se veía bien.
Quiero decir, por lo general se veía bien, pero eso que siempre sucedía
cuando regresaba de sus viajes, ese momento de atracción primitiva e
instantánea que me golpeaba en la cara y me recordaba lo que me había
atraído de él en primer lugar, eso sucedió.
Llevaba una camisa abotonada de manga larga a rayas enrollada en los
codos, con pantalones negros planchados y un cinturón y zapatos color
canela. Su cabello castaño era espeso y estaba peinado, y tenía una ligera
barba. Llevaba el reloj de plata que le regalé la Navidad pasada.
―No contestabas mis llamadas ―dijo, metiendo las manos en los
bolsillos.
Parecía herido, ligeramente desplomado. Nunca lo había visto más que
confiado y sonriente.
―¿Por qué habría de hacerlo? ―Me levanté y me crucé de brazos―.
Terminamos, así que...
La tristeza cruzó por su rostro.
Por primera vez desde que rompimos, se me ocurrió que esto fue duro
para él.
Simplemente pensé que su carrera era más importante, y que estaba
aliviado de no volver a la vida civil. Por su mensaje de disculpa “Me volví
a enlistar sin hablar contigo” tuve la impresión de que, si bien la ruptura
fue un desafortunado subproducto de su decisión, entendió que era la
elección que había hecho y él estaba en paz con eso.
Dio un paso hacia mí.
―Kris, ¿podemos hablar?
―Habla. Hazlo ―dije a la defensiva―. Pero hazlo desde ahí.
Vio hacia el garaje.
―Déjame llevarte a algún lado, a un buen restaurante en donde
podemos sentarnos y hablar.
Me burlé.
―No voy a ir a ninguna parte contigo. Tienes dos minutos, di lo que
viniste a decir y vete.
Su mandíbula se tensó.
―Kris, no me iré hasta que hablemos, y me llevará mucho más de dos
minutos decir lo que vine a decir. Así que, a menos que planees que él me
eche ―asintió hacia el garaje―, entonces vayamos a un lugar privado.
La forma de su boca me dijo que lo decía en serio. No se iría hasta que
lo dejara hablar. Pensé en Josh, en él entrando y saliendo de la casa
mientras Tyler y yo teníamos lo que probablemente iba a ser una
conversación de mierda.
Rodé los ojos.
―Bien. ―Agarré mi bolso de la mesa de café―. Vamos.
Revisó mi atuendo. Estaba en pantalones cortos, chancletas, tenía un
suéter atado a la cintura y vestía una camiseta que decía CUANTO MÁS
CONOZCO PERSONAS, MÁS ME GUSTA MI PERRO.
A Tyler le gustaban los restaurantes caros. La comida mientras estaba
desplegado era terrible, así que cuando llegaba a casa, quería consentirse.
Probablemente terminaríamos en algún lugar elegante o algo así. Estaría
épicamente mal vestida, y me importaba una mierda.
―¿No te vas a cambiar? ―me preguntó.
―No. ―Pasé junto a él hasta la puerta principal―. Tendrás que
presentarle mis disculpas al maître. ―Salí dando pisotones.
Corrió a mi alrededor hasta el lado del pasajero de su camioneta y me
abrió la puerta. Entré malhumorada y vi hacia el garaje mientras Tyler se
deslizaba en el asiento del conductor.
Josh se paró sobre una escalera sosteniendo una pistola de clavos con
Stuntman atado a sus pies, me vio por un segundo antes de volver a su
proyecto, con la mandíbula apretada. Me preguntaba qué pensaba él de
todo esto.
Stuntman ladró y tiró de su correa mientras salíamos del camino de
entrada, y no pude quitarme la extraña sensación de que estaba dejando
atrás a mi familia.
La colonia de sándalo de Tyler estaba más concentrada en la camioneta
cerrada. Explotó en mi rostro a través del aire acondicionado, familiar y
nuevo al mismo tiempo, despertando sentimientos de nostalgia en mi
corazón.
―Te extrañé ―dijo. Alcanzó mi mano, pero tiré de ella.
La pesada puerta tras la que había escondido a Tyler sonó y tembló, y
luego se abrió de golpe. Un tornado de emociones giró a mi alrededor y
no pude procesar ninguna de ellas. Todo lo que sabía era que el consenso
general era que estaba enojada.
Me indignaba que hiciera su elección sin la cortesía de siquiera
hablarme primero.
Sentía culpa de que ya no era el último hombre con el que me había
acostado, que salté sobre Josh literalmente a los pocos minutos de que
rompimos sin siquiera una punzada de arrepentimiento.
Dolida porque él parecía dolido.
Confundida en cuanto a por qué estaba aquí.
Sorprendida de que verlo me hiciera preguntarme por qué había estado
tan nerviosa de que nos mudáramos juntos.
Molesta por no haber tenido más efecto en mí cuando aún estábamos
juntos, así Josh podría haber tenido menos.
Indignada porque él no cumplió sus promesas para que yo tuviera que
cumplir las mías.
Enojada.
Ese era el confuso resumen de cómo me sentía. Estaba enojada.
Vi a Tyler, parecía estar molesto porque no lo dejé tomar mi mano. Su
rostro se había oscurecido.
―¿Estás acostándote con él?
Ambos sabíamos de quién estaba hablando, no había ninguna razón
para actuar ingenuamente.
―Eso no es asunto tuyo ―espeté.
―¿Te acostabas con él cuando estábamos juntos? ―No me vio, pero sus
nudillos estaban blancos sobre el volante.
Enfurecí.
―¿Sabes qué? Para el auto. Déjame salir. ―Me desabroché el cinturón.
―Kris…
―Vete a la mierda, Tyler. Yo te fui fiel y yo no le hice esta mierda a
nuestra relación, tú lo hiciste. Si no querías que me acostara con otras
personas, no deberías haber roto conmigo. Renunciaste al privilegio de
ser el herido en el momento en que me dejaste ese mensaje de voz.
No detuvo el auto.
―Okey ―dijo después de un momento―. Okey, me disculpo. Sé que
no harías eso. Yo solo... viendo cómo se puso por ti, yo... lo siento.
¿Cómo se puso por mí? ¿Qué demonios pasó en el garaje? No iba a
preguntar, pero ¿qué demonios?
Condujo en silencio durante varios minutos. Cuando finalmente volvió
a hablar, su voz era casi un susurro.
―¿Lo amas?
Lo ignoré. Esa respuesta era una que me dolía admitírmela a mí misma.
Me giré hacia la ventana y traté de ordenar mis sentimientos viendo hacia
la calle.
Como era de esperar, eligió un sitio de mariscos ridículamente elegante
y engreído en Malibú. Nuestra mesa estaba debajo de una estúpida
lámpara hecha de coral con vista al mar. Sacó mi silla para mí y me negué
a sentarme, mirándolo con furia hasta que rodeó la mesa hasta su propio
asiento.
Ya había tenido suficiente de su caballerosidad, quería terminar con
esto. En lo que a mí respecta, todo esto era demasiado poco, demasiado
tarde.
Me senté y entrecerré los ojos en el menú, estaba hambrienta e irritable.
El viaje había durado cuarenta y cinco minutos en hora pico. Josh y yo ya
habríamos terminado de cenar, él nunca me dejaba tener tanta hambre,
me habría puesto en el lado del pasajero del auto, cerrado la puerta,
golpeado el vidrio con sus nudillos y presionado una bolsa de papas fritas
contra mi ventana, sonriendo con esos malditos hoyuelos suyos. Josh me
habría llevado a algún lugar al que yo quisiera ir, y él también habría
querido comer ahí porque nos gustaba la misma comida.
Un mesero puso una canasta de pan entre nosotros. Ni siquiera era pan,
solo extrañas galletas saladas irregulares y delgadas como papel con
semillas de sésamo en ellas. Me desencadenó por completo, e
instantáneamente me sentí hambrienta y más molesta.
―Se supone que el tartar de atún es excelente ―dijo Tyler en tono
conciliador.
―¿Lo es? ―Cerré el menú de golpe y lo dejé caer sobre la mesa con un
golpe―. Ordena por mí porque literalmente no tengo idea de qué diablos
estoy viendo.
―Podríamos ir a algún otro lado…
―No, hagamos lo que tú quieras. Como siempre ―dije―. Tengamos
una relación a larga distancia que me deje sola durante meses mientras tú
lo haces, y comamos lo que tú quieras comer. Porque tú eres el importante
aquí, ¿verdad?
No era justo y lo sabía. Me había apuntado a una relación militar, pero
no era racional en ese momento, tenía hambre.
Me incliné hacia adelante.
―Pide ostras. Te reto.
Todo lo que yo necesitaba eran conchas llenas de mocos colocados
frente a nosotros para perder la cabeza por completo.
Presionó sus labios en una línea. Parecía sentir que yo tenía demasiada
hambre para razonar conmigo. Entonces, cuando el mesero regresó, Tyler
hizo nuestro pedido, mirándome todo el tiempo con el rabillo del ojo
como si fuera a voltear la mesa o algo así.
Después volvió a intentar alcanzar mis manos.
―Kristen…
―¿Qué? ―Puse mis manos en mi regazo―. Di lo que tengas que decir,
y hazlo sin tocarme.
―Kris…
―Rompiste conmigo en un mensaje de voz. Dos años y recibo un
mensaje de voz.
Todo lo que hice después de eso fue juego limpio.
Sus espesas cejas bajaron.
―No pude comunicarme contigo por teléfono. Lo intenté durante días.
¿Dónde estabas?
Saliendo con Josh. Entrando en pánico porque ibas a venir a casa.
―Llamaste dos veces, Tyler. Perdí dos llamadas telefónicas, ¿entonces
decidiste replanificar nuestras vidas sin discutirlo conmigo?
La indignación volvió a surgir.
―¿Sabes lo que es tener un novio al que no puedes llamar? ¿No saber
dónde estás porque es clasificado? ¿Nunca tener una cita para las cosas?
¿Ir sola a las bodas? Hice esto por ti durante años, y lo primero que se
supone que ibas a hacer por mí, y me abandonas.
Tomé una de las galletas de la cesta del pan y le di un mordisco de mal
humor.
―¿Qué pasa con mi cirugía? ―Agité la galleta alrededor―. Podría
habérmela hecho hace meses y que Sloan me cuidara, pero nooooo, tú me
dijiste que esperara, querías estar ahí para mí. ―Pongo mis dedos entre
comillas―. Gracias por todos los meses de sufrimiento extra innecesario.
¿Y qué hay de esa casa grande que me hiciste comprar para que tuvieras
espacio para tus cosas? Supongo que seguiré pagando esa enorme renta,
¿verdad?
Lo vi, recostándome en mi asiento.
―Oh, y ¿sabes?, realmente me jodiste con Evelyn también. Me arrojaste
directamente a la guarida del león, así que gracias por eso.
Dejó escapar un suspiro lento.
―Lo sé, y lo siento. ―Se pasó una mano por el rostro―. Necesito que
sepas que esto no fue porque no quisiera estar contigo, nunca fue eso. Esta
no era la vida que quería, Kris. El ejército es todo lo que he conocido.
―Bien. ―Crucé los brazos―. Entonces estás haciendo lo que quieres,
como de costumbre. Tú tomaste tu decisión y lo hiciste sin incluirme. ¿Por
qué estoy aquí?
―¿Ni siquiera me extrañas?
La pregunta me golpeó en el corazón. Sus ojos me suplicaban, me
rogaban que lo extrañara.
No realmente. No hasta que te vi y te dejé salir de tu escondite. Ahora estoy
confundida…
…Josh.
Un impulso de convencerlo de que no me quería se apoderó de mí.
―¿Sabes? Es para mejor de todos modos ―dije, lanzando una mano―.
Porque ni siquiera soy yo misma a tu alrededor, habrías odiado vivir
conmigo una vez que realmente me conocieras.
Él solo me vio, sus ojos se suavizaron como si supiera lo que estaba
haciendo y pensara que era lindo.
―Okey, ¿no me crees? Este lugar ―Lancé una mano hacia el
restaurante―. No me gusta comer en lugares como este. ¿Qué diablos es
la pasta en tinta de calamar? Voy a lugares como este contigo porque a ti
te gusta y solo puedes elegir dónde comer como quince días al año.
Puse una mano en mi pecho.
―Soy muy obstinada sobre dónde quiero comer, ni siquiera sabes eso.
Esa es una parte central de lo que soy como persona, y nunca has visto ese
lado de mí, Tyler.
La comisura de su boca se elevó en una pequeña y divertida sonrisa.
―Esto no es gracioso, estoy siendo totalmente seria. Me enojo muy
fácilmente, soy impaciente y malhumorada, odio a casi todo el mundo. Ni
siquiera nos conocemos realmente, todo lo que has visto es lo mejor de
mí, siendo agradable y usando maquillaje. Esa no es mi verdadera yo.
Josh conoce mi verdadera yo.
Continué.
―Te volviste a enlistar. Ya está, y mi posición con otro despliegue no
ha cambiado. No lo haré, no vamos a volver a estar juntos, así que
agradezco la explicación y el cara a cara, pero nada de eso cambia nada.
Se apoyó en la mesa con los antebrazos y me habló directamente a los
ojos.
―Te amo.
Mi corazón se apretó.
Escuché esas palabras en el teléfono cientos de veces, las escribió en
cartas, pero pasó casi un año desde que me vio a los ojos y me lo dijo a la
cara, y ahora que lo hizo, no había duda de que lo decía en serio.
Esperó, pero no le respondí. No estaba segura de si yo lo amaba.
No estaba segura de que no lo hiciera.
Alguien puso unas ensaladas extrañas mientras Tyler y yo nos veíamos
tensamente al otro lado de la mesa. La colección de cosas verdes olía
levemente a algas marinas, y de hecho sentí un poco de náuseas al verlas.
Lo único que reconocí en el plato fue un tomate cherry, e incluso eso era
amarillo en lugar de rojo. Aparté el plato y me crucé de brazos, frunciendo
el ceño.
Quería apagar la estúpida vela romántica que parpadeaba entre
nosotros. Tomé el vaso y tiré mi agua en ella, y Tyler arrugó la frente como
si me hubiera vuelto loca.
―¿Qué quieres de mí? ―pregunté―. ¿Un cierre? ¿Perdón? ―Tomé la
vela y la moví junto al salero y el pimentero.
Sus hermosos ojos verdes recorrieron mi rostro.
―¿Recuerdas el día que nos conocimos?
Me burlé.
―Por supuesto, fuiste tan patético. ¿Como podría olvidarlo?
Él sonrió.
―Convenciste al pianista en ese bar para que te dejara tocar. Fue
increíble, no podía quitar mis ojos de ti.
La comisura de mi labio se crispó. Fue la última vez que toqué. Hace
dos años.
Tenía un puesto en una feria de mascotas en Orange County y pasaba
la noche sola en un hotel. Tomé algunos tragos, y nadie ahí me conocía.
Las notas se dispararon a través de mis dedos, y lo vi ahí al otro lado de
la habitación, bajo una luz en una mesa de cóctel como una escena de una
película.
Todo a su alrededor se había vuelto borroso.
Él continuó.
―Te pregunté tu nombre y luego lo escribí con caligrafía en una
servilleta, y te reíste de mí y me preguntaste si eso alguna vez funcionó
con alguien. ―Él sonrió un poco―. Lo hizo, ya sabes. Funcionó en todas
las chicas antes de ti.
Esto me hizo sonreír y sentí que me ablandaba.
―Estabas tan bien vestido que pensé que eras gay.
Se rio, sus ojos estaban distantes como si estuviera recuperando un
recuerdo.
―Después de que me hicieras pasar un mal rato por mi estúpida táctica
de ligar, traté de invitarte un trago y dijiste que todo lo que querías era
una servilleta nueva, así que te conseguí una y la doblé en un cisne de
origami. Eso realmente te molestó.
Resoplé. El maldito cisne de origami. Todavía lo tenía, aunque nunca
lo admitiría.
―Estuve bastante salada ese día, no tenía paciencia para los actos
desesperados de origami.
Él se rio.
―Me dijiste que, si podía vencerte en una guerra de pulgares, podría
tener tu número.
Sí. No vi venir esa victoria, nunca me habían vencido. Él tenía pulgares
sorprendentemente ágiles.
Recordé cómo mi corazón se aceleró cuando nuestras manos se tocaron.
Me atrajo inmediatamente, la química fue instantánea.
Negó con la cabeza.
―Nunca había conocido a una mujer como tú antes, me dijiste que me
fuera al infierno y me hiciste desear el viaje.
Movió su silla para quedar sentado en una esquina conmigo. Nuestras
rodillas se tocaron y un pequeño estremecimiento me recorrió.
Qué cerca había estado de vivir con este hombre, de compartir mi vida
con él. Podría haber sido él durmiendo en la cama junto a mí en lugar de
Josh, mi osito de peluche.
Los ojos penetrantes de Tyler parecían llegar a mi alma y no podía
apartar la mirada.
―No podía desperdiciar mi carrera, Kris. Trabajé demasiado para
llegar a donde estoy. Me pusieron una oportunidad frente a mí, entré en
pánico e hice algo estúpido, y desde entonces me arrepiento todos los
días.
Dejó escapar un suspiro tembloroso.
―La mañana después de que te dejé ese mensaje, me desperté y sentí
que me había enterrado vivo. Intenté llamarte de inmediato y... ―Él negó
con la cabeza―. Este silencio ha sido como un asedio, estaba tan
desesperado por verte que casi me ausento sin permiso. No tienes idea de
lo duro que ha sido, he estado fuera de mí.
Alcanzó mi mano de nuevo, su expresión era tan desgarrada que pensé
que podría romperlo si me apartaba, así que a regañadientes dejé que la
tomara. Su toque envió una sacudida inesperada a través de mí, un
escalofrío de recuerdos.
Vio nuestras manos mientras entrelazaba sus dedos con los míos y mi
corazón comenzó a latir con fuerza.
Te recuerdo.
Tyler volvió a mí como si su toque rompiera un hechizo de olvido.
Conocía a este hombre, sabía cómo olía y sabía. Podía reconocer sus
estados de ánimo en una sola palabra. Recordé la mirada en sus ojos
cuando hacíamos el amor y la sonrisa en su rostro por la mañana cuando
nos acostábamos en la cama hablando, compartiendo una almohada.
Recordé el dolor de darle un beso de despedida en el aeropuerto y el vacío
cuando se iba.
Lo recuerdo.
Vio nuestras manos como si le doliera tocarme. Sus ojos regresaron a
los míos.
―Ha sido un vacío absorbente, Kris. Como un agujero negro que se
ensancha cada vez más. Eres lo que espero con ansias, el respiro en medio
de cualquier mierda con la que estoy lidiando, tengo conversaciones
contigo en mi cabeza, y guardo cosas para contarte. Durante los últimos
dos años, He estado en una cuenta atrás de nada más que tú, viviendo mi
vida en los días entre nuestras conversaciones y mi licencia.
Hizo una pausa y estudió mi rostro, estaba pintado de arrepentimiento
y tristeza.
―Me equivoqué ―respiró―. Nunca debí haberlo hecho. Debería haber
vuelto a casa.
Dejé escapar un largo suspiro.
―Y entonces simplemente habrías estado resentido conmigo.
Mierda, ¿no había ningún escenario en el que un hombre pudiera
simplemente estar conmigo sin tener que renunciar a lo único que quería
para sí mismo?
Al paso que iba, la única manera de terminar con alguien por el resto
de mi vida era si me atragantaba con un poco de queso y moría en la
primera cita.
Llegó nuestra comida y comimos en silencio. Vi mi plato y él me vio a
mí. Cuando recogieron los platos, mi ira se había agotado oficialmente y
la reemplacé con culpa.
―Tyler...
Me vio, con sus ojos esperanzados por el cambio en mi tono.
―Estoy enamorada de él, creo que he estado enamorada de él desde el
día que lo conocí.
No vi la necesidad de mentirle. Si iba a ser torturado por su elección,
no quería que me viera con lentes color de rosa.
Se pasó una mano por la boca y se recostó en su silla, con el puño
apretado sobre la parte superior de la mesa.
―Lo imaginé ―dijo finalmente, en voz baja.
Me pregunté cómo lo sabía. ¿Qué había en mí que lo había delatado?
Tal vez ver a Josh lo había delatado.
―¿Estás con él? ―me preguntó.
Negué con la cabeza.
―No.
Apartó la mirada de mí.
―Entonces es un maldito idiota ―dijo, con los ojos vidriosos.
―No es su elección, es mía, y estaría con él si pudiera.
Vio con cansancio la cesta del pan.
―¿Pero no me amas a mí? ―Sus ojos volvieron a los míos.
Me encogí de hombros.
―No lo sé ―le dije honestamente―. Creo que una parte de mí estaba
contigo porque no eras del todo real, ¿sabes? No estabas aquí para lidiar
con mis periodos de mierda y frustrarte sexualmente como los novios
antes que tú. No querías hijos, así que mis problemas no te importaban.
Mamá te amaba, eras fácil, y luego decidimos hacerlo realidad, y estaba
tan asustada de que vinieras a casa. Tenía miedo de vivir contigo y hacer
ese tipo de compromiso, pero entonces, cuando te vi hoy, yo…
Se aferró a mis palabras.
Dejé escapar un suspiro.
―Te vi y me pregunté por qué había estado asustada, creo que me
habría vuelto a enamorar de ti en cuanto llegaras a casa, pero nunca lo
hiciste.
Y necesitaba que lo hicieras. Porque eras lo único que me impedía arrojarme a
las llamas.
Cerró los ojos con fuerza y cuando los abrió, estaban llenos de dolor.
―¿Y qué hay de él?
Me encogí de hombros.
―¿Qué hay con él? No puedo estar con él. Nunca. Él quiere niños, así
que ese es el final de eso.
Negó con la cabeza.
―Esto es mi culpa ―dijo en voz baja―. Todo. Sabía que había algo ahí
con ustedes dos, podía sentirlo y me volví a enlistar de todos modos.
―Me vio, con la angustia grabada profundamente en su frente―. Yo
provoqué esto, prácticamente te entregué a él. Fui tan estúpido.
―No te equivocas ―murmuré.
Me preguntaba qué habría pasado diferente si Tyler hubiera regresado
a casa, si se hubiera mudado. Estaría ahí. Yo lo recordaría, como lo recordé
ahora.
Pero en el fondo, sabía que Tyler nunca tuvo una oportunidad contra
Josh. Josh habría rondado en los bordes de cualquier felicidad que
pudiera haber encontrado con Tyler.
Josh rondaría en los bordes de mi todo por el resto de mi vida,
sospechaba.
Así que era mejor que me acostumbrara.
Tyler pagó la cuenta y cuando nos levantamos para irnos, me vio.
―Quiero llevarte a un lado.
Me llevó a un hotel justo al lado de la playa. Pensé que íbamos a subir
al techo, había visto un cartel de un bar en la azotea, pero nos bajamos en
otro piso. Cuando sacó una llave, me di cuenta de que me estaba llevando
a su habitación.
―Tyler…
―Solo… por favor, Kris. Solo por unos minutos.
Abrió la puerta a un espacio extenso, una enorme ventana panorámica
miraba hacia el océano. Me condujo con una mano en la parte inferior de
mi espalda hacia la habitación y me di cuenta de que no era una habitación
en absoluto, era una suite presidencial.
Una mesa de comedor para ocho estaba a la izquierda con un arreglo
de flores frescas más grande que yo. Una escalera de caracol conducía a
un desván con una biblioteca que daba a una cocina gourmet.
Un elegante piano negro con velas parpadeantes, dos copas de
champán y pétalos de rosa encima se encontraba junto a la puerta abierta
del balcón. El champán estaba anidado en el hielo al lado del banco del
piano.
Obviamente planeó algo romántico para nosotros antes de que le dejara
en claro que no íbamos a volver a estar juntos y le diera la noticia sobre
Josh.
El día no había ido como él esperaba.
Tampoco había ido como yo esperaba.
―No estaba seguro de si debería traerte aquí ―dijo―. No estaba
seguro de que quisieras verme. Me tomó un tiempo encontrar uno que
tuviera un piano. ―Me vio, con sus ojos verdes buscando―. Esperaba que
tocaras para mí, como el día que nos conocimos.
Volví a ver el piano. No quería recrear el día que nos conocimos, no
quería tocar para él o jugar estos juegos.
Lo que quería era irme a casa. Quería estar con Josh.
Nos quedamos ahí en silencio, con el sonido distante del océano
rompiendo a través de la puerta abierta del balcón.
Puso una mano en mi brazo.
―¿Kris? ―Inclinó la cabeza para atrapar mis ojos―. ¿Tocarás para mí?
¿Por favor? ¿Una última vez?
Una última vez.
Así que esto era todo. Nuestro adiós.
Así era como comenzó, y así era como llegaría a su fin. Conmigo,
sentada en un banco de piano mientras él me veía tocar. Era un final
apropiado, me alegré de que lo tuviéramos. Me alegré de que viniera y
dijéramos las cosas que necesitábamos decir. Era mejor así.
Lo vi un momento.
―Está bien, Tyler. Una última vez.
Tomé asiento, poniendo mis dedos sobre las teclas. Una brisa fresca y
salada del océano atravesó las cortinas, la atraje hasta lo más profundo de
mis pulmones y comencé.
Mi mente desapareció en sí misma. No sentí a Tyler sentarse a mi lado,
y no podría decir qué música eligieron mis dedos, o cuánto tiempo toqué.
Quince años de memoria muscular tomaron todas las decisiones.
Cuando terminé, se sintió como si saliera de un sueño. Puse mis manos
en mi regazo y encontré a Tyler sentado a mi lado, sonriendo
amablemente, con los ojos llorosos.
Luego, colocó una mano debajo de mi mandíbula y me besó.
Era suave y delicado, una exploración con la boca cerrada, pero me
atrajo hacia él como una brisa cálida levantando una cometa. Mis brazos
se abrieron paso alrededor de su cuello, y el recuerdo de la forma de su
boca y la sensación de sus labios llenaron los lugares que solían tener
signos de interrogación y esquinas oscuras.
Sí, lo recordaba. Me acordé de nosotros.
Pero él no era Josh.
Su barba se sentía mal, era demasiado alto, y mientras mi corazón latía
con fuerza, no era por él.
Tal vez alguna vez, esto hubiera sido suficiente, incluso podría haber
confundido este sentimiento con amor.
Pero ahora lo sabía.
Se apartó de mí con una mano en la mejilla y lo miré, sintiendo que me
invadía la desesperación.
Esto es tan bueno como nunca lo será.
Si Tyler no pudo eclipsar a Josh, nadie podría, y me hizo empezar a
llorar porque todo el maldito asunto era total y completamente inútil.
Su pulgar se movió a lo largo de mi mandíbula, y sus ojos parpadearon
para contener las lágrimas. Probablemente pensó que me conmovió el
beso. Supongo que lo hizo, pero no en su dirección.
―Te amo Kris. Siempre te amaré ―susurró―. Por favor, perdóname.
Aparté la mirada de él, limpiándome una lágrima de la mejilla.
―Puedo perdonarte si tú puedes perdonarme a mí.
Pasó un brazo alrededor de mis hombros y presionó su mejilla a un lado
de mi cabeza.
Nuestro abrazo estaba lleno de pérdidas, arrepentimientos y qué
pasaría si.
Tyler era una versión de mi vida, un camino que podría haber tomado,
pero ahora estaba tan desviada del rumbo que ya ni siquiera sabía a dónde
me dirigía. Todo lo que sabía era que me dirigía a un callejón sin salida.
Y cuando llegara ahí, estaría sola.
―Kristen, ¿alguna vez has oído hablar del hilo rojo del destino? ―Tyler
dijo sobre mí.
―No. ―sollocé.
Me giró hasta que estaba de frente a él.
―He estado estudiando mandarín ―dijo, hablándome a los ojos―.
Aprendiendo mucho sobre la cultura china, y había una historia que leí
que realmente resonó conmigo.
Extendió la mano y con ternura secó una lágrima de mi mejilla con el
pulgar.
―En la leyenda china, dos amantes están conectados por un hilo rojo
invisible alrededor de sus dedos meñiques. Las dos personas conectadas
por el hilo rojo son amantes destinados desde el nacimiento, sin importar
el lugar, el tiempo o las circunstancias. El hilo puede estirarse o enredarse,
pero nunca se puede romper.
Sus ojos se movían de un lado a otro entre los míos.
―Tú estás en el otro extremo de mi hilo, Kris. No importa lo lejos que
estemos, estás atada a mí. Nos estiré y nos enredé y lo siento, pero no nos
rompí, Kris. Todavía estamos conectados.
Él hizo una pausa. Esa pausa que siempre hacía al teléfono, la que me
decía que estaba a punto de contarme la parte buena.
Luego sacó una pequeña caja de terciopelo negro de su bolsillo y abrió
la tapa.
Mi corazón se detuvo en seco. Oh, Dios.
―Cásate conmigo.
Terminé el último pedido que Kristen tenía para mí, pero me quedé,
quería estar ahí cuando llegara a casa.
Quería ver que ella volviera a casa.
La espera era físicamente dolorosa. Me dolía el pecho como si una
trampa para osos estuviera cerrada sobre mi corazón. Mi mente se volvió
loca. ¿Dónde estaban ellos? ¿En un restaurante hablando? ¿O en un hotel,
en su cama, haciéndolo?
No, ella no lo haría. Estuvimos juntos anoche, no lo haría, ¿verdad?
Mierda, incluso la idea de que ella le permitiera sostener su mano me
hizo colapsar.
Él estaba aquí para volver con ella, no tenía ninguna duda en mi mente.
Lo único que no sabía era qué iba a hacer ella al respecto.
Verla irse me mató.
Pero yo no tenía derecho a ella en absoluto. Ni siquiera tenía derecho a
enojarme. Este era el tipo, el que le rompió el corazón durante el último
mes.
Él era el tipo, y yo no era nadie.
Paseé por el garaje, paseé por la casa. Ella siempre estaba en casa
cuando yo estaba ahí y el vacío en el interior empeoró mi ansiedad,
reforzó lo equivocado de todo. Así que volví afuera donde al menos no
estaba viendo su sofá vacío.
Mi estómago gruñó, pero no podía comer. Incluso Stuntman Mike
estaba tenso, siguió llorando y viendo el camino de entrada, siguiéndome
alrededor de mi estación de trabajo como si hubiera presenciado su
secuestro y estuviera enojado porque no había hecho nada para detenerlo.
Finalmente lo metí en su mochila y lo llevé conmigo.
6:00.
7:00.
8:00.
Solo podía quedarme hasta cierta hora antes de que se hiciera evidente
que la estaba esperando. Nunca había trabajado después de las 9:00 pm,
pero si me iba a casa, nunca sabría cuándo volvió ni cómo volvió. ¿Feliz?
¿Triste? ¿Por la mañana, con la misma ropa?
¿Y si él no la dejaba? ¿Y si volvía para pasar la noche? Apuesto a que a
ese hijo de puta le encantaría restregarme esa mierda en la cara, tal vez
hasta haría una maldita vuelta de la victoria.
Cada auto que pasaba hacía que mi corazón latiera con fuerza y mi
cabeza se sacudiera.
Tal vez debería irme, no sabía si podría soportar verlos como pareja.
Me dije a mí mismo que si ella no regresaba a las 9:00, me iría. Porque
cuanto más tarde se hacía, más probable era que pasaran la noche juntos,
aquí o en otro lugar, y de cualquier manera, era mejor si no lo sabía.
Finalmente, a las 8:17, un Nissan granate se detuvo en el camino de
entrada.
Ella regresó en un Uber.
Sola.
Mi alivio fue un peso de mil kilos fuera de mi pecho. Finalmente podía
respirar de nuevo.
Tres horas, podrían haber estado en un restaurante. El viaje de ida, el
viaje de regreso, eso fácilmente podría haber sido una hora de las tres. Ella
no pasó la noche con él. Y después de todo, ¿solo le dio unas horas y no
lo dejó volver con ella? Tal vez esto era una buena señal.
Me quité la mochila (preferiría morir antes que dejar que me viera usar
su bolso de perro) e hice que pareciera que estaba ocupado poniendo la
alfombra en los escalones ya terminados y no sentado en el garaje
esperando a que volviera a casa como un cachorrito enamorado.
Salió del auto y entró por el garaje, sosteniendo su suéter en la mano,
arrastrando la manga por el camino de entrada. Stuntman Mike corrió a
su encuentro, saltando y llorando a sus pies, pero ella no se agachó para
levantarlo.
―Hola ―dije casualmente mientras se acercaba―. Estoy terminando
aquí.
Se detuvo frente a mí y me estudió sin decir palabra. Traté de averiguar
qué sucedió por la forma en que se veía.
No se arregló para salir con él. Eso era bueno, pero su labial se había
ido. ¿Fue porque comieron? ¿O porque se estuvieron besando? ¿Pelearon
todo el tiempo? ¿Es por eso que sus hombros estaban caídos? Sus ojos
estaban rojos, tenía un poco de rímel corrido, como si hubiera estado
llorando.
―¿Josh? ¿Quieres ir a cantar karaoke conmigo?
Parpadeé hacia ella.
―¿Karaoke?
Ella inhaló, mirándome con cansancio.
―Siento que se acerca una masacre. Es una masacre de limpieza o una
masacre de canto. Cantar podría ser más saludable.
Le sonreí.
―Sí, suena divertido.
Ella me sonrió débilmente.
―Okey, y tienes que darme de comer. Como, pronto.
Levanté una ceja.
―¿Él no te alimentó? ―No comió antes de que se fueran. Se fueron
hacía más de tres horas. Maldita sea, ese hijo de puta jugó con fuego.
Esperaba que ella hubiera sido una pesadilla todo el tiempo.
―Él me dio de comer. ―Hizo una mueca―. Comí un poco de tapenade
de ceviche de lubina chilena deconstruida.
Me burlé.
―¿Eso es una comida?
―No tengo ni idea, me muero de hambre ―murmuró, dándose la
vuelta hacia la casa.
No había salido bien, eso era obvio, y acababan de estar en un
restaurante, como pensé, un restaurante de mierda que a ella no le
gustaba, además de eso. No se anotó ningún punto con ese movimiento
de novato.
La esperanza creció dentro de mí, tal vez esto era lo último que
veríamos de Tyler.
Aun así, ella estaba deprimida.
―¿Está todo bien? ―pregunté, poniéndome de pie.
Se detuvo de espaldas a mí y dejó caer la cabeza.
―Bien. ―Se detuvo por un momento―. Me pidió que me casara con
él.
El puñetazo en mi corazón me dejó sin aliento. ¿Qué?
Agradecí que no me estuviera viendo porque lo habría notado en mi
rostro. No podía recuperar el aliento, casi no pude componerme para
responder.
Me aclaré la garganta.
―¿Ah, sí? ¿Qué le dijiste?
Esperó un momento hasta que respondió, hablando por encima del
hombro.
―Le dije que tal vez.
Mientras se cambiaba, le preparé un sándwich, sin mayonesa, con solo
una pieza de jamón, provolone, sin corteza, como a ella le gustaba. Se lo
di envuelto en una servilleta de papel cuando salió de su habitación.
Parecía que quería llorar cuando me lo quitó, odiaba verla tan alterada.
Llamamos a un Uber para poder beber.
Y planeaba beber.
Le dije que tal vez.
Él quería casarse con ella y ella realmente lo estaba considerando. Me
sentí enfermo.
En el Uber, se sentó a mi lado con la pierna doblada debajo de ella en el
asiento trasero, con la rodilla asomando por el agujero irregular de sus
jeans. Ella se había maquillado, veía con cansancio por la ventana.
Observé su mano en el asiento, su dedo anular estaba desnudo. Por
ahora.
―¿Quieres hablar acerca de eso? ―le pregunté.
Ella me vio.
―¿Quieres hablar de mi novio?
Novio. Ella lo llamó su novio. No exnovio. Novio.
El cuchillo se retorció en mi corazón, pero por pura voluntad logré
mantener mi voz nivelada.
―Por supuesto, tal vez pueda darte una idea.
Estaba dividido entre querer permanecer felizmente ignorante y
necesitar estar informado, la curiosidad morbosa ganó. Razoné que lo que
fuera que iba a suceder pasaría sin importar si conocía los detalles o no, y
si ella me hablara de eso, tal vez podría influir en su decisión a mi favor.
Ella respiró hondo.
―Bueno, se volvió a enlistar, solo que esta vez no estará en zonas de
guerra, estará traduciendo para dignatarios y personal militar de alto
rango.
Arrugué la frente.
―¿Traductor?
―Sí, es lingüista. Habla con fluidez nueve idiomas, diez. Tal vez ahora
son diez. Dijo que está estudiando mandarín. No sé.
Jesucristo. ¿Cómo Brandon no mencionó que este payaso no era un
soldado de infantería haciendo un trabajo duro? ¿Era inteligente, educado
y bien parecido?
Maldito Brandon. Su inclinación por subestimar las cosas me estaba
matando, no estaba preparado para este tipo.
Por eso le gustaba a la Reina del Hielo. Yo parecía un maldito imbécil
al lado de Tyler, con razón Kristen no quería nada serio conmigo.
―Quiere que me case con él, nos mudaríamos al extranjero. ―Sus ojos
revolotearon hasta los míos.
Mi estómago se sacudió.
―¿Y dijiste que tal vez?
―Dije que lo pensaría.
Me rasqué la mejilla, tratando de actuar como si nada de esto me
molestara mientras por dentro estaba perdiendo la puta cabeza.
―¿Cuáles son tus reservas?
Ella no me respondió.
―Sloan te extrañaría si te mudaras ―dije. Sin mencionar lo que me haría
a mí.
Pero ella solo respiró hondo y apartó la mirada.
Vio por la ventana y yo la vi viendo el camino. Cuando se giró hacia mí,
sus ojos estaban llenos de lágrimas, luego se desabrochó, se deslizó en el
asiento y se subió a mi regazo.
Mi corazón saltó ante el inesperado afecto. La acerqué y acomodé su
cabeza debajo de mi barbilla, respirando el olor de su cabello. La
sensación de su pequeño y cálido cuerpo en mis brazos era como estar en
casa. No había otra palabra para eso.
Ella estaba en casa.
Era difícil ver cuánto la afectaba. Esta era la segunda vez que la había
visto llorar y las dos veces habían sido por él.
Los celos eran casi más de lo que podía manejar.
Esta mujer era mía. Ella era mía, no suya. ¿Por qué no podía haberse
mantenido alejado de ella? ¿Dejar que ella simplemente lo superara?
Pero luego me di cuenta de la verdad. Ella no era mía, nunca lo fue.
Yo soy suyo.
Y no es lo mismo.
Estaba bien siendo paciente, porque solo estaba esperando a que ella
superara eso, no me había preparado para que él volviera a su vida, y
ahora, ante la realidad de que podría perderla por completo, me di cuenta
de lo que sabía desde hacía semanas.
Estoy enamorado de ella.
Y ahora este tipo con el que ni siquiera podía empezar a competir
podría arrebatármela.
Me sentí impotente. En pánico. Una respuesta de lucha se disparó en
mi interior y no tenía a dónde ir, porque no podía hacer una mierda al
respecto. Todo lo que podía hacer era ser yo, y eso no era suficiente.
Una cosa de sexo. Solo será una cosa sexual.
Levantó la cabeza y plantó un suave beso debajo de mi barbilla, y casi
me rompió el jodido corazón. Ella nunca era así conmigo, y por mucho
que me encantara, todo estaba alimentado por sus sentimientos por otra
persona. Él la lastimó y yo estaba aquí, así que tenía que ser yo quien la
consolara.
Pero era algo, al menos podría hacer algo por ella más allá de
simplemente rascarle la picazón.
Ella estaba conmigo, abrazándome, dejándome abrazarla. Necesitaba
disfrutar el momento porque no sabía cuántos más obtendría.
Cerré los ojos con fuerza y me obligué a bajar el nudo en la garganta,
traté de concentrarme en su aliento en mi cuello, su mejilla presionada
contra mi clavícula, la vulnerabilidad que me estaba dando y que solo
veía cuando dormía acurrucado junto a ella en esas noches cuando me
dejaba entrar.
Juré hacer que esta noche fuera divertida para que ella lo olvidara.
Y así tendría algo que recordar cuando ella se fuera.
Tropecé fuera del escenario, riendo histéricamente. Josh me atrapó en
la parte inferior de los escalones cuando choqué con su pecho y sentí el
ruido de su risa a través de su camiseta.
Llevaba la camiseta que le robé el día que nos conocimos, la de la
cervecería. Se veía tan bien en ella, su espalda ancha, su cintura afilada, la
tela apretada sobre su pecho contorneado. Respiré hondo y traté de
capturar el aroma que olí ese día cuando la usé, ese cedro masculino que
era Josh. Una vez que lo conseguí, contuve la respiración, no queriendo
dejarlo ir.
Había bebido una pizca de más.
Nos tomamos un trago antes de continuar, y yo ya había tomado dos
cervezas. Acabábamos de rapear “No Diggity” juntos, y me reí a
carcajadas durante la mitad. Josh era bastante bueno, hizo movimientos
de baile y todo.
Deslicé mis brazos alrededor de su cintura, enganchando mis dedos
detrás de su espalda, y me abrazó a él, sonriéndome.
Apoyé la barbilla en su pecho.
―Solo te estoy abrazando porque esas cougars de ahí te tienen el ojo
puesto ―mentí―. Es mi deber como tu amiga protegerte de los
inminentes ataques de las cougars.
Él se rio.
―Gracias por aclarar eso, por un segundo tuve miedo de que me
estuvieras abrazando de verdad.
Haría todo contigo. De verdad.
―Tengo una confesión ―dije, mirándolo―. Realmente no creo que
seas un mal conductor.
Me dio una sonrisa divertida.
―¿Qué? ―Mordí mi labio.
―Solo estoy pensando en algo que dijo Shawn el otro día. Que los
borrachos y los leggins siempre dicen la verdad.
Resoplé.
―No estoy borracha, solo estoy hablando en cursiva, y Shawn es un
idiota. ¿Alguna vez has tenido ganas de decirle a alguien que se calle
cuando ni siquiera está hablando? Así es como me siento literalmente
cada vez que veo su rostro. ―Entrecerré los ojos―. Aunque, hay algo de
verdad en esa cosa de los leggins...
Se rio, la sonrisa arrugaba sus ojos en las esquinas.
Empujé mi labio hacia afuera en un puchero.
―¿Josh? Necesito alitas picantes.
Él me soltó.
―Sí, señora.
Regresamos a nuestra cabina roja con una canción mal cantada de Lola
Simone y él hizo un pedido.
Tomé un largo trago de mi cerveza.
―¿Por qué los chicos siempre se sientan frente a la puerta? ―pregunté,
lamiendo mis labios.
Él me sonrió.
―¿Lo hacemos? ―Vio por encima de mi hombro a la entrada―. Oh,
supongo que lo hacemos. Tal vez sea algún instinto protector, así puedo
estar atento al peligro. Mantener el brazo de mi espada libre para
protegerte. ―Sus hoyuelos brillaron.
Dios.
Tyler era guapo en una especie de forma cincelada, como un modelo en
un anuncio de colonia en blanco y negro. Pero Josh, oh, Dios, Josh. Él me
derretía. Era un oso de peluche, una pieza cálida, hermosa y deliciosa de
todo.
Deseaba dejarlo entrar, que fuera mi novio si quisiera. Dijo la mañana
después de que tuvimos sexo por primera vez que podíamos ser
exclusivos. Él lo haría. Él quería hacerlo.
Cerraría la casa con llave antes de acostarse y me daría un beso de
buenas noches. Tiraría sus camisas en mi silla y ni siquiera me quejaría.
Stuntman podría acostarse con nosotros porque le gusta Josh, y cuando
fuera a trabajar, podría enviarle un mensaje de texto y decirle que lo
extrañaba, y él me lo respondería, y si me dejaba boquiabierta,
simplemente se reiría de mí y me manejaría como siempre lo hacía. Se
dejaba llevar por mis estados de ánimo, como si nada de mí le asustara, y
eso me hacía sentir que podía ser yo misma a su lado. Como si el único
momento en que realmente era yo misma fuera cuando estaba cerca de él.
Tal vez debería casarme con Tyler.
Quiero decir, ¿por qué todos deberían ser miserables, verdad? Si me
casara con Tyler, él sería feliz, y mamá sería feliz. Josh se mudaría a pastos
fértiles y tendría un millón de bebés, y yo estaría con alguien que me
importara que tal vez pudiera distraerme del corazón roto que iba a
cargar por el resto de mi vida.
Tyler y yo nos llevábamos bien. No estaría mal, no seríamos yo y Josh,
pero no habría un Josh y yo, así que ¿no tenía que considerar mis
alternativas? Y Tyler sabía que estaba enamorada de Josh. Sabía lo que
pedía cuando se me declaró.
Mi mejor amiga nunca me volvería a hablar y mi perro probablemente
saldría corriendo. Con Josh.
Me pregunté si Tyler comería alitas picantes y bebería cerveza conmigo.
Probablemente no.
―¿Sabes lo que necesitas, Josh? Una de esas mujeres que sonríe cuando
habla.
Él se rio.
―¿Qué?
―Ya sabes, una de esas mujeres realmente dulces que siempre está
sonriendo. Son grandes mamás, son solidarias y te frotan la espalda
cuando has tenido un mal día. Huelen a galletas y se ríen y usan bufandas
para ir al supermercado.
―Creo que estás borracha. ―Sus ojos brillaron.
Estaba borracha.
Me sonrió.
―Me gustas así.
―Tengo que decirte algo. ―Puse mi cara seria―. No puedes burlarte
de mí.
Se sentó y puso su cara seria también.
―¿Qué?
―¿Más temprano? Tyler me llevó a su habitación de hotel.
El humor en los ojos de Josh se evaporó instantáneamente.
―No, eso no. Nosotros no hicimos eso. ―Lo deseché―. Tenía toda esta
configuración romántica. Cuando llegamos ahí, tenía champán, pétalos
de rosa y velas por todas partes. En todas partes.
La ligereza volvió a sus ojos.
―Ouch.
―Sí, salí de ahí. Realmente me asustó. Porque ¿sabes por qué?
―¿Por qué? ―preguntó.
―Él debería saberlo. Él debería saber que no me gustaría eso, ¿verdad?
Eso significa algo, ¿no?
Su expresión se volvió un poco seria.
―Sí, lo hace.
―¿Soy una perra? Lo soy, ¿verdad? Eso fue realmente dulce, y debería
haberlo apreciado. Soy una perra. Lo sabía.
Él se rio.
―No, eres honesta. ―Sacudió la cabeza y habló en su cerveza―. Y lo
hizo todo mal.
Sonreí.
―¿Ah, sí?
―Sí. ―Dejó su vaso―. Déjame adivinar, el anillo era enorme. ¿Gran
roca?
―Oh, Dios, Josh, ni siquiera lo sabes. Era enorme. Él lo diseñó y lo
mandó hacer. Tenía esta cuerda roja de rubíes alrededor de la banda y…
―Tomé una respiración profunda al recordarlo. Se había gastado una
fortuna en él y yo lo odiaba. Era tan llamativo―. ¿Por qué? ¿Qué tipo de
anillo debería haberme dado?
―Ninguno, querrías elegir tu propio anillo. Probablemente dirías algo
como, 'Yo soy la que tiene que verlo durante los próximos cincuenta años'.
Yo te habría llevado a comprarlo en lugar de simplemente ponértelo.
―¿Cómo sabes que no me gustaría que me pusieran un anillo? ―dije,
entrecerrando los ojos.
Se burló.
―Lo único que te gusta que te pongan son los bocadillos. Tienes una
opinión sobre todo. También eres muy práctica, probablemente elegirías
algo razonable. Sin diamantes. Estoy pensando en una banda grabada.
Nada que haya que reparar o limpiar o que tengas que quitarte para lavar
los platos. ―Me vio por un momento―. Algo personal grabado en el
interior. Algo que solo ustedes dos entenderían.
Él me conoce, me conoce casi mejor que yo misma.
Tuve que apretar los labios para mantener la cara seria. Cambié de
tema.
―¿Sabes lo que me gusta de ti, Josh?
―¿Mi trato con perros pequeños y violentos?
Resoplé.
―Me gusta que no hagas esa cosa de chicos en la que tratas de resolver
todos mis problemas. Los chicos hacen eso, a veces solo queremos
quejarnos, eso es todo. No queremos consejos, solo queremos que nos
escuchen. Eres buen oyente.
Jugó con un posavasos y su sonrisa se hundió un poco.
―Yo trataría de resolver todos tus problemas. ―Sus ojos regresaron a
los míos―. Si quisieras que lo hiciera.
Dios, sí, quiero que lo hagas, pero no puedes y nunca lo harás.
La mesera entregó nuestras alitas.
―Lo remojo dos veces en el aderezo ―le dije, agarrando un palito de
apio―. Si no puedes manejar eso, consigue tu propio ranch.
―Creo que hemos superado un poco eso, ¿no? ―Mojó un muslo, le dio
un mordisco y luego lo volvió a mojar―. Entonces, ¿para cuándo necesita
su respuesta?
Mordí la punta de mi apio, sin mirarlo directamente.
―Él estará aquí por dos semanas, así que supongo que antes de que se
vaya.
Le habló a la canasta de alitas.
―¿A qué te estás inclinando?
Alguien comenzó a cantar “Push It”.
―¡Josh! Vamos a bailar. ¿Puedes?
Si sabía que cambié de tema a propósito, no lo dejó saber. Se limpió las
manos con una servilleta.
―Por supuesto.
Salimos a la delgada multitud de personas frente al escenario y
comenzamos a bailar.
No bromeaba acerca de tener movimientos, era tan bueno en la pista
como en la cama. Bailamos durante tres canciones, riéndonos todo el
tiempo.
Luego, alguien comenzó a cantar una interpretación realmente horrible
de “All of Me” de John Legend. La mujer que la cantaba estaba aún más
borracha que yo.
Josh y yo nos miramos y nos movimos juntos sin decir palabra. Envolví
mi brazo alrededor de su cuello y él sostuvo mi otra mano sobre su
corazón. Todavía estaba un poco sin aliento, y su pecho subía y bajaba
contra mi palma.
Estoy enamorada de ti.
El impulso me golpeó tan fuerte y rápido que ni siquiera lo vi venir.
Estoy tan enamorada de ti.
Con qué facilidad me llegó esto. Con Tyler, la respuesta era turbia y
confusa, pero con Josh, estaba claro. Estaba enamorada de él, y yo estaba
enamorada de él en una especie de “estamos hechos el uno para el otro”.
Pero no lo estábamos, ¿verdad? Porque ¿cómo podría estar hecha para
él si mi cuerpo no podía darle hijos?
Mis ojos comenzaron a lagrimear y él inclinó la cabeza para mirarme.
―Oye, shhhh. Sé que lo que pasó hoy fue duro.
Besó mi frente, tan tiernamente, y me sentí simultáneamente mejor y
peor.
Negué con la cabeza y enterré mi rostro en su pecho. Él no tenía ni idea.
Cuando volví a ver hacia arriba, su rostro preocupado se inclinó sobre
el mío. Quería ponerme de puntillas y besarlo, o dejar que me besara.
Quería que fuera quien me pidiera que me casara con él. Si pudiera estar
con él, le diría que sí en un santiamén, incluso si lo hacía de una manera
cursi y deprimente. Incluso si había pétalos de rosa por toda la maldita
casa.
Dios, ¿no seríamos algo? Si no fuera por eso, esa única cosa que era
todo.
Por un momento, en mi estado de ebriedad, pensé que podría decírselo,
que podría dejar escapar la verdad sobre todo. Sacarlo de mí, ponerlo en
sus manos, dejarlo decidir qué hacer, y entonces tal vez no se sentiría tan
pesado, tal vez estaría bien con eso y él...
¿Él qué, Kristen? ¿Lo resolvería? ¿Renunciaría a sus sueños por ti?
―Soy tan egoísta ―susurré.
Acercó su mejilla a la mía y me habló al oído.
―No lo eres, eres maravillosa, y te ves realmente hermosa esta noche.
Resoplé e incliné la cabeza hacia atrás para verlo a los ojos.
―¿Sabes por qué siempre me veía como una vagabunda a tu alrededor?
Porque me gustabas.
Echó un poco el rostro hacia atrás y sus ojos se abrieron como platos.
―Sí. Me sentí culpable de que me gustaras tanto cuando tenía novio,
así que siempre traté de verme mal frente a ti para que no lo supieras.
Me sonrió.
―Así que la máscara de barro y los rulos y esa tira de la nariz…
―Toda la prueba de mi enorme erección femenina por ti.
Mi embriaguez me hacía descuidada.
Y no podría importarme menos.
―Wow ―dijo, mirándose reflexivo―. Debo haberte gustado mucho.
Una vez no te cepillaste el cabello durante dos días seguidos.
Me eché a reír y él se rio conmigo, poniendo su frente en la mía.
―Y aún así pensaba que eras la mujer más hermosa que había
conocido.
Cerré los ojos con fuerza, respirándolo, sintiendo su aliento en mi cara.
Quería mantener este momento en animación suspendida, estos tiernos
segundos robados. Presioné mi frente contra la suya, con su cálida mano
sobre la mía, y su corazón latiendo contra mi palma. Me hizo girar
lentamente en una pista de baile, diciéndome que era hermosa.
Su voz profunda habló sobre mí suavemente.
―¿Puedo hacerte una pregunta?
―¿Qué? ―susurré, abriendo los ojos.
―¿Qué piensa Sloan de él?
Me reí, sacudiendo la cabeza.
―Sloan lo odia.
―¿Por qué?
―Porque ella cree que me estoy conformando.
Frunció el ceño.
―¿Conformando? ¿Cómo? ¿Le pasa algo? ¿Es un imbécil?
Dejé escapar un largo suspiro.
―No, él no quiere hijos.
Se burló.
―Bueno, ahí lo tienes. Lo de los niños es demasiado importante, no
puedes estar con él.
Se sintió como un puñetazo directo a mi útero. Se me hizo un nudo en
la garganta y tuve que apartar la mirada de él porque iba a llorar.
Ahí estaba, directamente de sus propios labios.
Lo de los niños es demasiado importante, no puedes estar con él.
Dejó de girarnos y puso mi rostro entre sus manos. Una vez que lo
estaba viendo de nuevo, perdí el control, mi barbilla tembló y las lágrimas
se derramaron por mis mejillas.
Sus ojos se movían de un lado a otro entre los míos.
―No te cases con él, Kristen.
Mi corazón se partió por la mitad.
―No te cases con él ―susurró―. Por favor.
Había algo desesperado en la forma en que lo decía. Estudié la mirada
en sus ojos. Angustia. Anhelo. Suplica.
Esta no era la mirada de un hombre que simplemente no quería
renunciar a su amiga con beneficios, esto eran sentimientos. Josh siente algo
por mí.
La comprensión me golpeó como una tristeza profunda, cancerosa y
que llegaba al alma. Estas emociones que podía ver que tenía por mí
deberían haberme hecho feliz. Debería haber estado extasiada al saber que
lo que sentía tal vez no era tan unilateral, pero en vez de eso, una amarga
decepción descendió sobre mi cuerpo debilitándome tanto que me
preocupaba que mis rodillas cedieran.
Tuve que soltarlo.
Esta cosa entre nosotros había ido tan lejos como yo podía permitir que
fuera.
No me iba a casar con Tyler, creo que lo supe todo el tiempo. Después
de que le dije que no, me rogó que lo pensara. Así que lo hice, pero yo no
iba a estar con ninguno de ellos. No podía.
Lo de los niños es demasiado importante, no puedes estar con él.
No podía amar a Tyler como se merecía, y no podía darle una familia a
Josh. Nunca podría darle a ninguno de los dos lo que realmente quería.
Kristen le dijo a Tyler que no a su propuesta, y yo no la había visto en
dos malditas semanas.
Shawn, Brandon y yo nos paramos en la avenida de Las Vegas frente a
las fuentes del Bellagio, esperando que comenzara el espectáculo de agua.
Era el fin de semana de la despedida de soltero de Brandon, no podía
haber sido en peor momento. Estaba perdiendo la puta cabeza, necesitaba
verla.
Revisé mi teléfono de nuevo. Nada.
Shawn me vio revisar mi celular.
―Hombre, ella no está pensando en tu trasero. Mierda, te soltaron.
Brandon tomó un sorbo de su botella de agua.
―Están entrando a darse un masaje, Sloan acaba de enviarme un
mensaje de texto.
Sloan iba a tener su despedida de soltera hoy en California. Odiaba
tener que escuchar sobre el día de Kristen por una tercera persona.
Jodidamente lo odiaba.
La mañana después de la noche de karaoke, nuestro equipo fue enviado
como equipo de emergencia al Parque Nacional Sequoia para combatir un
incendio forestal. Estuvimos ahí durante doce días, y Kristen solo me
llamó una vez durante todo el tiempo que estuve fuera. Ella no contestó
mis llamadas o mensajes de texto, se volvió completamente fría conmigo.
Regresamos justo a tiempo para irnos a Las Vegas, no tuve tiempo de
ir a su casa.
Me arremangué las mangas. Eran las 2:00 de la tarde y la acera irradiaba
calor. Los turistas sudorosos pasaban a nuestro lado. Vacacionistas de
primavera quemados por el sol bebiendo de tazas de recuerdo, un grupo
de mujeres jóvenes que se reían al pasar, acurrucadas alrededor de una
amiga con un velo blanco, dos mujeres de mediana edad con mochilas y
cámaras.
Parejas tomadas de la mano.
Shawn encendió un cigarro.
―Probablemente folle con alguien este fin de semana, hermano.
Deberías hacerlo tú también.
―Cállate la boca, idiota. ―Tiré de la parte delantera de mi camisa,
preguntándome si Shawn tenía razón, y poniéndome irritable solo de
pensarlo.
Brandon despidió a un tipo con lentes de sol que repartía volantes para
un club de striptease.
―No hay ningún cambio en absoluto con ella, ¿eh?
Negué con la cabeza.
―Ha estado así desde la noche de karaoke.
Era como si una enorme torre se hubiera levantado a su alrededor con
un puente levadizo, un foso lleno de pirañas y ametralladoras en la parte
superior. Cortesía de Tyler, sin duda. Jodidamente odiaba a ese tipo.
Quiero decir, realmente no había progresado con ella antes de que él
apareciera, pero al menos ella me hablaba en ese entonces.
En un minuto estaba sentada en mi regazo en un Uber y bailando
conmigo, diciéndome que le gustaba, y al siguiente ni siquiera podía
responderme un mensaje de texto.
Reproduje eso anoche una y otra vez en mi mente, tratando de
averiguar qué salió mal.
Estuvimos bailando lento, y le dije que no se casara con Tyler.
Obviamente estuvo de acuerdo en que yo tenía razón en eso porque salió
a llamarlo y le dijo que no a su propuesta, luego ella regresó siendo una
persona diferente.
Me obligó a llevarla a casa, lloró todo el camino y no me dejó tocarla.
Se encerró en su habitación, me echó de su casa y apenas me habló desde
entonces.
Y no lo entendía.
Esta mañana le envié un mensaje de texto que sabía que era arriesgado,
pero si ella no me hablaba de todos modos, ¿cuál era el daño? Las cosas
no podían empeorar. Escribí las palabras “Te extraño” y me quedé
mirándolo durante cinco minutos completos antes de presionar Enviar.
Eso fue hace tres horas. Me dejó en leído.
Brandon se apoyó en los antebrazos contra la barandilla de hormigón
sobre el lago, entrecerrando los ojos sobre el agua azul verdosa.
―Odio decirlo, pero Shawn podría tener razón. Tal vez deberías ver
qué más hay por ahí.
Ni siquiera podía mirarlo.
―No quiero ver qué más hay por ahí ―dije con los dientes apretados―.
Si se tratara de Sloan, ¿querrías ver qué más hay por ahí?
Mierda, si alguien debería entenderlo, debería ser él. ¿Qué significaba
que incluso Brandon me dijera que lo superara?
Levantó las manos.
―Okey. Tienes razón, lo siento. Simplemente no parece que esta
situación esté mejorando, y odio verte persiguiendo a alguien que no te
está correspondiendo, eso es todo.
―A ella no le gustas tanto, hombre. Capta la indirecta ―dijo Shawn,
expulsando el humo del cigarro―. Déjame preguntarte algo. ―Arrojó
cenizas a la acera―. ¿Cuántas de tus sudaderas tiene ella?
Arrugué la frente.
―Ninguna. ¿Por qué?
―A ella no le gustas, hermano. A las perras les encantan las sudaderas,
si no te las está robando, no quiere tu trasero.
Esto me empujó más profundamente a mi lugar oscuro. Tan ridículo
como sonaba, también sonaba cierto. Incluso Celeste se quedó con
algunas de mis sudaderas al final y ella me odiaba.
A veces me preocupaba que Shawn fuera una especie de idiota sabio de
las relaciones. Demasiado de lo que decía tenía una sabiduría intrincada.
Eso me aterrorizó.
Aún así, había una cosa.
―Si ella no está interesada en mí, ¿por qué me buscó a través de
Brandon?
Eso era raro. Durante todo el tiempo que estuve fuera, ella no devolvió
ninguna de mis llamadas o mensajes de texto, pero luego, en el octavo día
de limpieza de maleza, me trasladaron a un cortafuegos diferente al de
Brandon. Cuando terminó su turno, le dijo a Sloan que no sabía dónde
estaba, y segundos después de que Brandon colgara con Sloan, Kristen
comenzó a hacer estallar mi teléfono. Fue la única vez que hablé con ella,
parecía casi desesperada por saber que estaba bien.
Por supuesto, tan pronto como se dio cuenta de que estaba vivo y no
quemado vivo, me colgó, pero fue entonces cuando me di cuenta de que
había estado usando las actualizaciones de Sloan para saber de mí. ¿Por
qué? ¿Por qué no simplemente contestar una de las muchas llamadas que
le hice?
Shawn resopló.
―Felicidades, hijo de puta. A ella le importa si mueres.
Volteé a verlo. Pero no era solo eso, a veces la sorprendía mirándome.
O cuando estábamos en la cama, me besaba cuando pensaba que estaba
durmiendo. Incluso en la noche de karaoke, ella me abrazó, pero puso una
excusa poco convincente al respecto. Era como si no quisiera que yo
supiera que yo le importaba. Como si estuviera fingiendo.
Shawn me apuntó con su cigarro.
―Esto es lo que obtienes por ser un respondedor de sed.
―¿Un qué? ―dije malhumorado.
―Un respondedor de sed ―dijo Shawn, apoyando la espalda contra la
baranda y cruzando las piernas a la altura de los tobillos―. Un hijo de
puta sediento que coquetea con una perra en el momento en que queda
soltera.
Brandon se rio entre dientes.
Fruncí el ceño hacia Shawn y luego me giré hacia Brandon.
―¿Sloan ha dicho algo al respecto? ¿Algo sobre Tyler? ¿O salir con otras
personas?
Brandon negó con la cabeza.
―No. ¿Quieres que le pregunte?
―No. ―Quería saber, pero no quería que Kristen pensara que había
enviado a Brandon a husmear, y Sloan sabría si él estaba olfateando.
Me pasé una mano por el rostro. Volvería a trabajar en la estación de
bomberos cuando volviera de Las Vegas, así que serían dos días más. ¿Y
entonces qué? ¿Yo estaría ahí y ella me ignoraría en persona? ¿Qué
diablos pasó? Quiero decir, sabía que la aparición de Tyler la había jodido,
pero no vi qué tenía que ver eso conmigo.
Jodidamente la extrañaba, no podía entender cómo ella no me
extrañaba a mí. Incluso a nivel de amistad, ella debería extrañarme.
Pasábamos el rato cada minuto que no estaba en la estación de bomberos.
Éramos unidos. ¿Podría realmente importarle tan poco?
―Simplemente no la he visto en un tiempo ―murmuré, como si eso lo
explicara todo.
―Bien ―dijo Shawn, sonriendo a los traseros de un grupo de mujeres
que pasaban caminando en faldas cortas y tacones altos―. Déjala extrañar
esa mierda. ¿Qué tal, señoritas? ¿Quieren ayudar a un par de bomberos a
celebrar una despedida de soltero?
Se rieron y nos sonrieron, pero siguieron caminando.
Brandon sacó un cigarro de su bolsillo.
―No es el peor consejo ―dijo, encendiendo una cerilla e inhalando la
punta de su cigarro hasta que se encendió―. Trata de pasar un buen rato.
Concéntrate en otra cosa.
La música estalló a nuestro alrededor y las fuentes cobraron vida. Un
instrumental de “Ain't That a Kick in the Head”. El agua se disparó treinta
metros en el aire y bailó al ritmo de la canción, enviando una niebla fría
sobre nosotros.
Fue un contraste vibrante de alta energía con mi estado de ánimo de
mierda.
Brandon y Shawn se apoyaron en la baranda y vieron el show, y yo vi
mi teléfono nuevamente.
Nada.
Vi de mal humor por encima de la franja congestionada a las limusinas
y taxis negros con sus cajas de luz que anunciaban shows que no quería
ver y restaurantes de carnes en donde no quería comer. Lo que quería era
ir a casa y ver a Kristen.
La pelota estaba en su cancha.
Siempre había estado en su cancha, este era su juego.
Tal vez ella realmente no tenía sentimientos por mí, dijo una noche en
el bar de karaoke que estaba enamorada de mí, y ese fue el último hueso
que me arrojó. Demonios, fue el único hueso que me arrojó, y lo había
estado mordiendo desde entonces. En ese momento, incluso tuve un poco
de esperanza de que tal vez, si le daba la patada a Tyler, sería el comienzo
de algo más entre nosotros.
Cada vez que pensaba que me acercaba a más, me lo arrebataba.
Tal vez ella estaba diciendo la verdad, que todo lo que existiría entre
nosotros serían encuentros casuales y sin ataduras.
Tal vez incluso los encuentros casuales hayan terminado.
Cuando terminó el espectáculo de agua, Brandon vio su reloj.
―Quiero ver esa librería rara antes de que cierre.
―Sí, eso suena como una gran idea de mierda ―dijo Shawn―. Oigan,
déjenme tomar una foto de ustedes. Puedes enviársela a Sloan.
Brandon rebuscó en su bolsillo y le entregó su teléfono.
―Déjame tomar una con tu teléfono también ―me dijo―. Puedes
enviársela a Kristen, tal vez la imprima y la guarde donde guarda tus
bolas.
―Idiota. ―Puse el teléfono en su mano.
Brandon y yo posamos contra la barandilla frente al lago y yo fingí una
sonrisa. Shawn se puso de pie y sostuvo el celular de Brandon para la foto,
luego echó el brazo hacia atrás y arrojó el teléfono de Brandon por encima
de nuestras cabezas al agua.
―Oye ―Antes de que pudiera lanzarme por él, el mío fue el siguiente,
luego tomó su propio teléfono y, como un maldito lunático, lo arrojó
también.
―¡¿Qué demonios?! ―Lo empujé.
Se rio, aceptando el empujón.
―¡Ustedes dos hijos de puta están en Las Vegas! Este tipo quiere ir a una
maldita librería rara, y tu trasero prácticamente está llorando por una
chica. ¡Los acabo de liberar, perras!
Incluso Brandon parecía irritado.
―Me vas a comprar un teléfono nuevo, imbécil.
Shawn sacó una botella pequeña.
―Sí, sí. Todos compraremos cosas nuevas cuando ganemos en la mesa
de dados. ―Empujó la botella en el pecho de Brandon―. No más Sloan y
Kristen, ni malditos libros raros tampoco. ¡Estamos en Las Vegas y vamos
a hacer lo que se hace en Las Vegas!
Sloan y yo nos metimos en una alberca de agua color herrumbre que
nos llegaba hasta la cintura, y nos echamos barro en la cara. Empecé su
despedida de soltera en Glen Ivy, un amplio spa en Corona.
Jacuzzis, baños de vapor, saunas. Alquilamos una cabaña junto a una
de las piscinas y pasamos la primera mitad del día descansando y
tomando mojitos. Acabábamos de salir de los masajes y nos dirigimos al
pozo de lodo, una piscina del tamaño de un estanque con un pedestal en
medio con una pila colmada de la arcilla roja característica del spa. Se
suponía que debíamos aplicarlo, dejarlo secar y quitarlo para exfoliar
nuestra piel.
La mamá de Sloan, la prima Hannah y la hermana de Brandon, Claudia,
ya estaban con el barro duro hasta convertirlo en una capa crujiente,
acostadas bajo el sol en tumbonas.
―¿Brandon dijo lo que estarían haciendo hoy? ―pregunté, tratando de
no sonar demasiado interesada.
Sloan se untó barro en el estómago.
―Estaban caminando en la avenida la última vez que me envió un
mensaje de texto, y para que lo sepas, esa es la última actualización que
recibirás de mí. Si lo extrañas, llámalo.
Presioné mis labios en una línea y embarré dos dedos en su mejilla. Se
burló de mí antes con una foto de los chicos en sus motocicletas, no me
dejó verla. Me dijo que, si quería ver fotos de Josh, debería enviarle una
solicitud de Instagram como una persona normal.
―No puedo llamarlo.
Ella puso los ojos en blanco.
―Kristen, esto es tan estúpido.
―Que no lo es.
Ignorarlo era por su propio bien. Josh y yo necesitábamos un reinicio,
especialmente después de algunas de las cosas que le dije cuando estaba
borracha.
Josh estaba un poco enamorado de mí, estaba casi segura, y en última
instancia, teníamos que dejar de salir juntos. Pero aún no podía dejar de
salir con él. Cuando me puse a pensarlo, me di cuenta de que el momento
era complicado, pero sus dos semanas en un equipo de emergencia fueron
la oportunidad perfecta para poner una distancia muy necesaria entre
nosotros. Si seguía queriendo verme cuando volviera, lo vería, pero por
ahora esta era la decisión correcta.
Sloan negó con la cabeza hacia mí.
―No puedes hablar en serio sobre esto. Lo extrañas, y apuesto a que él
también te extraña.
Sabía que me extrañaba, lo dijo en un mensaje de texto no hacía cuatro
horas. No podía dejar de pensar en eso, preguntándome exactamente
cómo quería decir eso. ¿Estaba cachondo? ¿Vio algo divertido que
Brandon no entendería y quería contármelo y le hizo desear que yo
estuviera ahí? O me extrañaba, me extrañaba.
No importaba la respuesta, reforzó mi decisión de retroceder en las
últimas dos semanas. Él no debería extrañarme, éramos amigos con
beneficios, solo debería extrañar el sexo. No iba a alentarlo repondiéndole,
no hablar por teléfono ni enviarle mensajes de texto siempre fue una regla
estricta para mí, y necesitaba apegarme a ella ahora más que nunca. No
quería engañarlo.
―Ve a otras mujeres, ya sabes. Salimos con otras personas ―dije a la
defensiva.
―¿Tú con quién estás saliendo? ―Ella ladeó la cabeza hacia un lado.
Me froté los brazos con barro y observé cómo se esparcía por mi piel
para no tener que mirarla.
―Fui a esa cita con Tyler ―dije sin convicción.
Ella se burló.
―Eso es lo que pensé. ¿Y si está teniendo sexo con estas otras mujeres?
¿Eso no te molesta?
La mera sugerencia de eso se sentía como si hubiera llegado a mi pecho
y exprimido mi corazón. Sí, me molestaba. Intenté no pensar en eso. Josh
tendría sexo con otras mujeres y un día tendría bebés con una de ellas, y
así tenía que ser.
Me encogí de hombros.
―Es soltero, así que puede hacer lo que quiera.
―Mmm. Entonces, ¿por qué no lo haces tú también?
Ella sabía por qué no podía hacerlo. No podría estar con otro hombre.
No quería a nadie más.
Metí el dedo en el montón de barro rojo del pedestal.
―No tendré sexo con nadie más hasta después de la histerectomía.
―¿Cómo te sientes? ―preguntó, viendo mi estómago.
Me puse una camiseta sobre mi traje de baño para cubrir mi vientre.
Aunque podría confundirse con un gran almuerzo, era demasiado tímida
al respecto. Yo sabía lo que era, y si una sola persona me preguntara
cuándo tenía que dar a luz, perdería la cabeza.
―Bueno, el DIU hizo efecto, el médico dijo que tomaría unos meses
comenzar a ayudar con el sangrado, y finalmente veo la diferencia. Ha
sido enorme, de hecho. Solo mancho ahora.
Su sonrisa era extra deslumbrante bajo la arcilla roja en sus mejillas.
―¿De verdad? ¿Podrías vivir así? ¿Quizás posponer la cirugía?
Negué con la cabeza.
―No, no puedo vivir así. Todavía estoy sangrando casi a diario, los
cólicos son horribles y parezco embarazada de tres meses. Mira. ―Me
puse la camiseta alrededor de la cintura y le mostré mi estómago
distendido.
Vio tristemente mi vientre.
Creo que de todo, mi vientre hinchado fue lo que le hizo entender esto.
Ella tenía una hermosa figura de reloj de arena, y lo que mi útero le estaba
haciendo al mío era su pesadilla.
―Estoy tan harta de que esto sea mi normalidad, Sloan. ―Dejé caer la
camiseta―. Todos los días de mi vida durante los últimos doce años, este
útero me ha hecho sentir miserable, nunca ha hecho nada por mí más que
darme pena, y nunca lo hará.
Se me ocurrió que el dolor era literalmente una parte diaria de mi
mundo, lo di por sentado. Viví con eso como alguien aprende a vivir con
ruido de fondo, y ya me cansé de hacerlo.
Mi médico me sugirió escribirle una carta de agradecimiento a mi útero
antes de la cirugía. Para darme un cierre, dijo.
A la mierda mi útero.
No tenía nada que agradecerle, arruinó mi vida mil veces de mil
maneras diferentes. Cada vez que sangraba a través de mis pantalones en
público o vomitaba del dolor, todas las veces que robó mi energía y me
robó hitos y oportunidades, arruinó relaciones y vacaciones, momentos
especiales y sueños.
Y no había terminado. Nunca terminaría de quitarme. Cuando se
hubiera ido, todavía seguiría quitándome.
Ella suspiró.
―¿Cómo piensas explicarle la cirugía a Josh? Quiero decir, el hombre
trabaja en tu garaje. Él lo va a saber.
Aparté la vista de ella hacia las palmeras y las aves del paraíso que
bordeaban el estanque de lodo. Tenía un plan, lo había pensado mucho
durante las últimas dos semanas.
―Voy a despedirlo y terminar las cosas el día después de tu boda.
Sus ojos se abrieron como platos.
―¿Qué?
―Iba a terminarlo después de esa noche en el karaoke, pero luego me
di cuenta de que, si lo hacía antes de la boda, las cosas podrían ponerse
raras y no quería arruinar su día especial.
Con la boda acercándose, los cuatro íbamos a estar juntos. En grande.
No podía dar fe de cómo se sentiría Josh sobre el final de nuestro acuerdo,
pero sabía que a mí me costaría mucho fingir ser feliz una vez que
hubiéramos terminado, y Sloan definitivamente se daría cuenta de eso.
No había forma de que eso no la afectara.
Entonces, ¿por qué hacer las cosas incómodas o tensas? ¿Qué era una
semana y media más? Me apegaría a mis reglas, como siempre lo hacía,
cuando no estaba borracha, y estaría bien. Solo eran once días.
Vi a Sloan.
―Me imaginé que pasaríamos por la boda y luego decirle que no puedo
verlo más. Ya estoy poniendo anuncios de carpinteros, necesito encontrar
a alguien más de todos modos. Se fue por dos semanas, y tuve que poner
mis escaleras en pedidos pendientes.
Ella suspiró.
―Oh, Kristen.
―¿Qué? ―Me encogí de hombros―. Yo sabía que todo esto era parte
de eso. Vendí mi alma, Sloan, por unas buenas semanas. Al menos pude
tenerlo, aunque fuera solo por un rato. Lo dejaré antes de la cirugía, pero
después de tu gran día. Problema resuelto.
Con suerte, él ya tendría a alguien con la que podría distraerse. Sería
más fácil para los dos cuando llegara el momento.
Bueno, sería más fácil para él.
Tendría a las mujeres que estuvo viendo además de mí, recuperaría su
tiempo libre. De todos modos, no podríamos tener relaciones sexuales
durante meses después de la cirugía, así que eso pondría fin a eso.
Eran menos de dos semanas más hasta la boda de Sloan. Menos de dos
semanas más de Josh.
Entonces todo habría terminado.

El teléfono me despertó a las 4:23 de la mañana. No reconocí el número,


pero sabía el código de área de Las Vegas. Me senté y pulsé el botón
Contestar llamada aturdida.
―¿Hola?
―Hola, soy yo.
Mis labios se curvaron en una sonrisa. Era Josh. Josh borracho por lo
que parece.
―Dime que Brandon no necesita dinero para la fianza ―dije,
frotándome los ojos.
―No. Él está bien ―balbuceó―. Me las arreglé para mantenerlo fuera
de la cárcel, soy el mejor padrino de la historia.
Me acosté de lado y metí la almohada debajo de la cabeza.
―Sloan se está volviendo loca, por cierto. Ninguno de ustedes
respondió a sus llamadas.
La verdad es que yo también había enloquecido. La charla de Sloan
sobre Josh acostándose con otras me persiguió toda la noche, y sin que
Sloan supiera dónde estaba Brandon, yo no sabía dónde estaba Josh.
Odiaba eso.
―Shawn arrojó nuestros teléfonos al lago frente al Bellagio.
Resoplé.
―¿Qué?
―Sí, ni siquiera estamos en nuestro hotel. Estamos en... espera. El motel
de la palma retorcida. No pudimos regresar. Muy ebrios.
―Bueno, me alegro de que hayas llamado. Al menos puedo decirle a
Sloan dónde está Brandon por la mañana, él debería haber conseguido un
teléfono. Ella estaba preocupada. ―Y yo también.
―Está demasiado borracho. Shawn le hizo tomar un trago cada vez que
decía 'Sloan'. Tuvimos que llevarlo a la habitación.
Me reí a carcajadas y Josh se rio conmigo, una risa pausada, cansada y
ebria.
Se sentía tan bien hablar con él, lo extrañaba mucho, no me di cuenta
de cuánto hasta que estuvo al teléfono. Deseé que estuviera aquí, en la
cama conmigo en lugar de a quinientos kilómetros de distancia.
―Tuve que ir al centro de negocios para llamarte ―continuó―. No
sabía tu número, así que busqué tu sitio web, no lamento haberte
despertado.
Me burlé.
―¿En serio? ¿Y por qué no? Deberías sentirte terrible, necesito mi sueño
de Belleza.
―No, no lo necesitas. Eres perfecta.
Sonreí.
―Bueno, gracias, borracho Josh. Es muy amable de tu parte decirlo.
Hubo un hipo en la pausa.
―¿Qué hiciste hoy?
Le hablé del spa, del barro y de la camiseta de chupa por un dólar.
―Sloan ganó sesenta y siete dólares. No me habla, pero vendimos
todos sus Life Savers.
Él se rio.
―¿Tienes fotos?
―Sí. Te enviaría algunas, pero no tienes teléfono. Si todavía estás frente
a una computadora, búscame en Instagram.
La insistencia de Sloan de que me conectara con él en Instagram
finalmente me hizo doblarme. No tenía ninguna foto de él, al menos
podría acecharlo cibernéticamente si lo seguía en Instagram, verlo cuando
lo extrañara, que era todo el tiempo.
El teléfono sonó.
―Okey, espera.
Busqué debajo de la cama y saqué mi computadora portátil.
―¿Puedo seguirte también?
―Puedes seguirme a cualquier parte.
Era coqueto cuando estaba borracho. Era lindo. No solía decirme cosas
así. Lo callaba inmediatamente cuando lo hacía, pero borracho Josh no era
realmente Josh.
―¿Cómo es que sobrio Josh no tiene toda esta arrogancia, eh?
―bromeé.
Él resopló.
―La tiene, solo que está tratando de seguir tus muchas reglas. El
borracho Josh no vive según las reglas. Borracho Josh hace lo que borracho
Josh quiere ―dijo, tropezando con las palabras.
―¿Y qué quiere borracho Josh? ―Sonreí, poniendo su nombre en la
barra de búsqueda de Instagram.
―A ti.
Arqueé una ceja.
―Tienes suerte de no estar aquí. Me aprovecharía de ti. Suenas
demasiado ebrio para luchar contra mí.
―Estoy de acuerdo.
Le envié una solicitud de seguimiento, riéndome de su comentario. Un
segundo después obtuve la suya y la aprobé.
Nos quedamos callados mientras veíamos las fotos del otro.
―No sabía que escalabas ―dije. Había una foto de él colgando del
costado de un acantilado muy alto. Tenía puesto un arnés y un casco, y se
veía, como siempre, tan guapo―. Y practicas esquí acuático.
―Tyler ―dijo secamente.
Olvidé que tenía esas fotos ahí. Tyler y yo en el baile de los Marines.
Algunas selfies tontas más durante sus vacaciones. Una de él besándome.
―Celeste es bonita ―repliqué, viendo una foto tras otra de ellos
sonriendo juntos―. Ella era una Sloan. El tipo de mujer que no necesita
maquillaje, del tipo que brilla cuando sonríe.
―Tú eres más bonita ―dijo.
―Y tu pene es más grande que el de Tyler.
Eso me hizo reír. Podía imaginar el brillo en sus ojos y los hoyuelos en
sus mejillas.
Lo extrañaba.
El dolor me atravesó. No lo había visto en mucho tiempo, y de alguna
manera la separación no disminuyó lo que sentía como había pasado con
Tyler.
Tyler se desvaneció. Siempre se desvanecía, aunque hablábamos por
teléfono, Skype y no escribiéramos, pero Josh se volvía más brillante. El
dolor se hacía más profundo cuanto más tiempo pasaba sin él.
Ojalá fuera lo contrario para Josh. Esperaba que el tiempo lejos de mí
hubiera enfriado cualquier sentimiento que pudiera tener, porque no
creía que pudiera mantener mis paredes en pie cuando regresara. Lo
extrañaba demasiado, y el tiempo que iba a estar con él era demasiado
corto ahora.
¿Cómo iba a hacerlo cuando todo terminara, cuando le dijera después
de la boda que no quería verlo más? Me iba a matar.
Volví a las fotos, y mi estado de ánimo se apagó.
Había muchas fotos de él con sus sobrinas y sobrinos. Él cargando a un
nuevo bebé en un hospital. Dando paseos a cuestas. Una foto lo mostraba
enterrado hasta el cuello en la arena de una playa en algún lugar,
flanqueado por dos niños pequeños que se parecían mucho a él,
sosteniendo palas de plástico rojo.
―Realmente amas a los niños, ¿no? ―Era una afirmación, no una
pregunta.
―Ven a Las Vegas. Vamos a casarnos.
Resoplé. Dios, estaba ebrio.
―¿Y eclipsar a Brandon y Sloan?
―Vamos. ¿Por qué no?
―¿Cuánto has bebido?
Otro hipo.
―Eres un unicornio.
Sonreí. Síp. Totalmente ebrio.
Continuó.
―Cuando encuentras un unicornio, te casas con ella. Pienso en ti todo
el tiempo. ¿Alguna vez piensas en mí?
Siempre.
―Cuando estoy cachonda.
Se quedó callado. No se sentía como un silencio cómodo, se sentía como
uno decepcionado. Por lo menos lo era para mí, odiaba las mentiras que
tenía que decir.
―Kristen... creo que voy a vomitar.
Cerré la tapa de mi portátil. La habitación volvió a quedar
completamente oscura, y me senté ahí contra mi cabecera en la oscuridad.
No recordaría esta llamada, estaba demasiado ebrio.
―¿Josh?
Pasó un largo minuto hasta que conseguí un balbuceo.
―¿Sí?
Tomé una respiración profunda.
―Pienso en ti todo el tiempo. Te extraño cuando no estás conmigo.
―¿En serio?
―Sí.
Se sentía tan bien decirlo en voz alta, y decírselo a él. Incluso si estaba
demasiado borracho para recordarlo, se sentía liberador decir solo una
vez cómo me sentía.
Hablé bajo.
―Cuando no estás conmigo, se siente como si estuviera vacía. Me
pregunto qué estás haciendo, con quién estás. Leí tus textos cien veces.
―Mi corazón latía con fuerza―. Quería decirte que te extrañaba, pero no
puedo decirte esas cosas, pero te extrañé. Las últimas dos semanas se
sintieron como una tortura.
Él gimió y escuché el arrastre de algo metálico, probablemente una
papelera.
Suspiré.
―Josh, no te duermas ahí, vuelve a tu habitación.
―No, quiero hablar contigo. ―Sonaba como si estuviera escupiendo.
No escuchó una palabra de lo que le dije.
Nos sentamos en silencio por un momento. Me pregunté si se había
quedado dormido.
―¿Josh?
―Ve por Sloan y conduce hasta aquí mañana. Vamos a casarnos, anda.
Sonreí suavemente.
―No puedo casarme contigo.
Escupió.
―¿Por qué? Sería un buen esposo, cuidaría de ti. Sería un buen papá.
Alejé el teléfono de mi boca cuando una repentina y desgarradora
necesidad de llorar se atoró en mi garganta. Apreté mis labios y me
obligué a calmarme.
―Sé que lo serías ―susurré―. Es por eso que no puedo.
Más silencio.
Luego habló en mi oscuridad.
―Te amo.
Mis lágrimas se derramaron por mis mejillas y el nudo en mi garganta
amenazó con asfixiarme.
―Yo también te amo.
Se cortó la comunicación.
Yo también te amo.
Imaginé que solo había un número limitado de sucesos en la vida que
podrían haber superado ese nivel de intoxicación. Un asesinato. Un
horrible accidente.
Kristen diciéndome que me amaba.
Lo recordaba.
Brandon estaba listo para terminar con Las Vegas. Habíamos planeado
quedarnos una noche más, pero la experiencia de la despedida de soltero
de Shawn fue suficiente para toda la vida. Entonces, después de
arrastrarnos, con resaca, de regreso a nuestro hotel, nos duchamos,
empacamos, fuimos a la tienda de Verizon para que Shawn pudiera
comprarnos teléfonos nuevos y nos dirigimos a casa.
Regresamos a medianoche.
No podía esperar para ver a Kristen. Ella no me esperaba y no llamé.
Quería aparecer mañana por la mañana y sorprenderla. Iba a agarrarla y
besarla le gustara o no, hablarle sobre lo que había dicho, obligarla a dejar
de jugar estos juegos conmigo.
Mi corazón se sintió ligero y esperanzado por primera vez en meses. Ni
siquiera podía dormir, estaba tan emocionado de verla. Debería haber ido
directamente ahí. Me levanté temprano y salí de mi apartamento antes de
que saliera el sol, planeando meterme en la cama con ella.
Pero cuando llegué a su casa y vi la camioneta en el camino de entrada
a las 7:00 de la mañana, volví a la realidad.
Me senté ahí, agarrando el volante con los nudillos blancos. No podía
creer lo que estaba viendo.
Había pasado la noche suficientes veces para saber exactamente cuán
improbable era que una camioneta estuviera estacionada en su camino de
entrada a cualquier hora del día, y mucho menos tan temprano.
Nadie venía aquí. Ella nunca tenía visitas, y además de Brandon y yo,
no tenía amigos que condujeran camionetas.
Ella estaba ahí con un tipo, pensó que estaba fuera de la ciudad y trajo
a casa a un tipo.
Se quedó a pasar la noche.
¿Es esto lo que estuvo haciendo mientras yo estuve en el equipo de
emergencia? ¿Era por eso que no había respondido a mis llamadas?
La realidad de a lo que me inscribí finalmente se hizo presente.
Disgusto, ira, dolor, desilusión: me atravesaron y se asentaron en mi
pecho como un bloque de cemento. Mis ojos se llenaron de lágrimas y me
pellizqué las comisuras, furioso conmigo mismo por pensar que ella me
quería.
Puse la camioneta en reversa y retrocedí por la calle y me estacioné ahí,
viendo la casa, con mi mente acelerada. Quería patear la jodida puerta y
darle una paliza a quien quiera que fuera.
Pero ¿realmente podría estar enojado?
Ella fue clara. Me dejó muy claro que vería a otras personas, que no
quería ser exclusiva. Éramos amigos con beneficios. Eso era todo.
Estuve de acuerdo con esto.
Pero ¿y lo que ella dijo? Ella dijo que me amaba. ¿no? Ella lo dijo,
¿verdad?
¿O lo dije yo primero y luego ella lo dijo de vuelta? ¿O lo dijo como le
decía a Sloan que la amaba?
Obviamente, ella no lo dijo en la forma en la que yo lo dije, o no estaría
viendo la camioneta de un jodido tipo estacionada frente a su maldita
casa. Me senté ahí, viendo el camino de entrada por lo que pareció una
eternidad.
Y luego él salió, ella se paró en la puerta en bata mientras él bajaba
corriendo los escalones. Respiré por la nariz, tratando de mantener la
calma.
No lo podía ver bien. Estaba a principios de los treinta tal vez. Jeans y
una camiseta.
Se subió en su camioneta y se fue, y me pregunté si ella se estaría
duchando ahora o estaba desnuda en la cama. ¿Y si hubiera aparecido una
hora más tarde? ¿Habría follado con los dos el mismo día? ¿Se acostaba
con él después como lo hacía conmigo? ¿Hablando y besándose?
Puse la camioneta en marcha y me fui antes de hacer algo estúpido.
Cuando regresé a mi apartamento, la torre de cajas que aún estaba en
mi sala de estar se burló de mí. Un recordatorio de que había pasado los
últimos dos meses dándole todo mi tiempo libre a una mujer que no me
quería, que podía acostarse con otra persona sin pensarlo dos veces.
Pateé la caja de abajo y todo se volcó, derramando ropa por todo el piso.
Agarré otra caja y la arrojé al otro lado de la habitación y me quedé ahí,
jadeando, en mi cubo de mierda de apartamento.
Harto. Yo estaba jodidamente harto.
Ya no quería nada de esto, no quería esta puta vida. No quería vivir
aquí, no quería mi trabajo de mierda. Deseaba poder olvidarla. Regresar
el tiempo y nunca conocerla, nunca venir aquí.
Saqué mi teléfono y busqué hasta que encontré el número de Amanda,
la instructora de yoga. Me quedé ahí, mirándolo. Podría llamar a esta
mujer, hacer lo mismo, ver a alguien más también. ¿No es eso lo que
debería estar haciendo? Tal vez no me hubiera jodido así si hubiera
mantenido mi parte del trato, si en realidad hubiera estado viendo a otras
personas como dije que lo haría. Como ella me había presionado para que
hiciera.
Escribí un mensaje de texto y estaba a punto de presionar Enviar
cuando sonó mi teléfono.

Kristen: Oye, Sloan dice que llegaron a casa anoche. ¿Quieres venir?

La ironía era demasiada. Ella nunca me enviaba un mensaje de texto,


nunca me pedía que fuera, nunca iniciaba nada, siempre era yo. Ella fue
totalmente fría conmigo durante semanas. Su texto estaba ahí debajo de
mi “Te extraño” sin respuesta y una serie de otras preguntas ignoradas y
esfuerzos de mi parte, y la única vez que finalmente me quería, ni siquiera
podía soportar la idea.

Josh: Estoy enfermo.

Ni siquiera era una mentira. Ni siquiera podía mirarla. No sabía si


alguna vez podría mirarla. Ni siquiera podía imaginarme caminar con ella
por el pasillo en la boda de Brandon la próxima semana.

Kristen: ¿Estás bien?

Negué con la cabeza hacia mi teléfono y lo tiré sobre el colchón.


No, no estoy jodidamente bien.
Ya me cansé.
Sostuve una bolsa de In-N-Out6 y llamé a la puerta. Vi mi reloj: 1:15 pm
Josh tardó un rato en abrirlo, cuando finalmente lo hizo, vi que no estaba
bromeando, realmente estaba enfermo. Parecía una mierda.
Su rostro estaba inexpresivo, como si se sintiera demasiado mal para
reaccionar ante mi visita no anunciada. Tenía los ojos rojos y una camisa
arrugada, como si hubiera estado durmiendo con su ropa, el cabello
desordenado, como si lo hubiera sacado de la cama.
Sonreí.
―Hola. Sorpresa.
Ugh. Extrañaba mucho su rostro.
Mucho.
Cuando Sloan me dijo que Brandon estaba en casa, mi corazón saltó en
mi pecho. Se suponía que llegarían tarde a casa esta noche y Josh tenía
trabajo mañana por la mañana, así que no debía verlo hasta dentro de tres
días más. Por lo general, me aguantaría y esperaría a que él fuera, pero no
pude hacerlo. No podía esperar tres días más para verlo cuando sabía que
estaba en casa, así que rompí mi propia regla y lo invité, y una vez que
descubrí que estaba enfermo, rompí otra de mis reglas y vine a verlo.
No se movió para dejarme entrar, solo me vio fijamente.

6 Cadena de restaurantes de comida rápida del oeste de Estados Unidos.


―Oh, ¿puedo entrar? ―pregunté, viendo a su alrededor en su
apartamento.
Se quedó ahí unos segundos más, luego abrió la puerta y entró en
silencio.
Lo seguí, preguntándome qué diablos le pasaba. No podía estar todavía
con resaca, dos días después. Tal vez el equipo de emergencia y el viaje
finalmente lo alcanzaron. Debe haber estado bastante cansado.
El apartamento estaba oscuro y olía a guardado.
―No respondiste a mis mensajes de texto, así que decidí asegurarme
de que estabas vivo ―le dije, viendo a mi alrededor, sintiendo la urgencia
instantánea de abrir las ventanas y comenzar a limpiar―. Este lugar se ve
como si estuvieras perdiendo en Jumanji. ¿Qué diablos pasó aquí?
Se apoyó contra la barra de la cocina y cruzó los brazos sobre el pecho,
observándome mientras yo dejaba la bolsa de comida. Me acerqué a él y
puse una mano en su mejilla para sentir si tenía fiebre. Cerró los ojos ante
el contacto y respiró por la nariz, haciendo una mueca como si le doliera
que le tocara la cabeza.
―No estás caliente. ¿Te duele la cabeza?
Abrió los ojos y me vio fijamente.
Tenía que ser honesta, esperaba un encuentro más feliz. Pensé…
No sé lo que pensé, no debería estar pensando en nada, tampoco
debería esperar nada.
―¿Estómago? ―le pregunté.
Silencio.
―¿Garganta?
Flexionó la mandíbula.
―No es una buena idea que estés aquí en este momento ―dijo
rotundamente, con voz fría.
Le di una sonrisa torcida. No había ningún lugar en el que preferiría
estar. Me importaba una mierda si era contagioso.
―¿Qué te duele?
Le tomó un momento.
―Todo.
Resoplé.
―Wow. Un hombre frío. Está bien, estoy equipada para lidiar con esto.
Vamos, métete en la cama.
―Kristen, deberías irte. Deberías buscar otro carpintero ―dijo.
―Wow. ¿Te estás muriendo? ―Me reí, abriendo mi bolso y sacando mi
Aleve. Sacudí dos en mi mano y le entregué la Coca Cola que le traje.
»Es gracioso que menciones el tema de conseguir un nuevo carpintero.
―Le entregué las pastillas y él se quedó ahí mirándolas en la palma de su
mano, pasivamente.
»Adivina quién apareció al amanecer esta mañana suplicando que le
devolvieran su trabajo. Miguel. ―Negué con la cabeza. Vio mi anuncio de
carpintero en Craigslist―. Perdió su trabajo en Universal.
Puse mis manos en mis caderas y vi alrededor de su apartamento. Dios,
era un desastre. Había ropa por todos lados. Su maleta de Las Vegas
todavía estaba tirada junto a la cama, probablemente tenía dos semanas
de ropa para lavar.
Parece que mi momento de brillar ha llegado. Este lugar recibiría un
exorcismo, me pondría en eso tan pronto como tuviera al paciente en la
cama.
Me volteé hacia él.
―Ni siquiera quiero saber qué hizo ese tipo para que lo despidieran,
siempre fue un poco espeluznante. Espeluznante como en El silencio de los
corderos, cuando la escena de 'se pone la loción en la piel', y él vino, y yo
estaba en nada más que una bata. ―Me estremecí cuando me dio
escalofríos―. Para ser honesta, fue una lástima que no estuvieras ahí.
Podría haber necesitado un portero.
Sus ojos se clavaron en mí, con su cabello desordenado sobre su frente.
Me vio el tiempo suficiente para que fuera raro y luego dejó su refresco.
En un solo movimiento fluido me tomó en sus brazos y me apretó contra
su pecho, enterrando su rostro en mi cuello, fue tan inesperado que me
congelé.
Y luego me derretí.
Lo había extrañado. Mucho, y me encantaba cuando me abrazaba. Era
algo que no podía permitir fuera del sexo porque me hacía querer no
dejarlo ir nunca, pero este abrazo me tomó por sorpresa, y una vez dentro,
no había forma de salir. Mi corazón no era tan fuerte.
Me apretó contra él con tanta fuerza que por un segundo me preocupé
de que algo anduviera mal. Realmente mal. Envolví mis brazos alrededor
de su cintura y le devolví el abrazo, preguntándome si había recibido
malas noticias. No se veía bien, y nunca rompió mis reglas de no afecto.
―¿Qué pasa? ―susurré.
Negó con la cabeza en el hueco de mi cuello.
―Me alegro de que estés aquí.
Apartó su rostro de mi cuello y parecía que iba a besarme, pero en lugar
de eso, acercó su frente a la mía y cerró los ojos.
Le dediqué una sonrisa sin aliento.
―Bueno, somos amigos con beneficios, ¿verdad? ―dije, con mis labios
a una pulgada de su boca―. Esta es la parte de los amigos.
Y te extrañé, no podía soportar no verte hoy. Quería cuidarte, necesitaba
asegurarme de que estabas bien.
Puso una mano en mi mejilla y pasó un pulgar por mis labios, luego se
inclinó y me besó. Era vacilante y suave, y me disolví en él.
Era como si el espacio que había puesto entre nosotros me hiciera
necesitar más de él para compensarlo, y no podía acercarme lo suficiente
o absorber lo suficiente de él.
Envolví mis brazos alrededor de su cuello y lo besé más fuerte,
presionándome contra él mientras comenzaba a caminar hacia la cama.
Tropezamos con el desorden, nuestras bocas nunca rompieron el
contacto, nuestros pies se enredaron en ropa y cajas desechadas. Golpeé
su lámpara y se cayó de lado con estrépito, pero no nos detuvimos. Nos
quitamos las ropas y volvimos a chocar entre nosotros antes de que
tocaran el suelo.
Para cuando chocamos con el colchón y él se deslizó sobre mí, estaba
hambrienta. Tiré de sus pantalones de chándal, pero él negó con la cabeza
y arrastró mis manos hacia arriba para sostenerlas contra la almohada.
―No. ―Sus labios bajaron por mi mandíbula.
Eché la cabeza hacia atrás mientras su boca se movía a lo largo de mi
piel.
―Que quieres decir con 'no'? ―respiré.
Olía increíble, su embriagador aroma de cedro masculino era como una
feromona evocadora. El calor salió de su pecho, y la forma en que tenía
mis manos aprisionadas, me envolvió en su cuerpo, acurrucada entre sus
fuertes brazos.
―Estás en problemas ―dijo en mi clavícula―. Perdiste los privilegios
de la polla.
Resoplé.
―¿Qué? ¿Por qué?
Regresó y se aplastó contra mi núcleo, disparando electricidad a través
de mi cuerpo, y mi necesidad se intensificó.
―No me hablaste durante dos semanas. ―Chupó mi labio entre sus
dientes―. Estás castigada. ―Su lengua se hundió en mi boca.
Estaba prácticamente jadeando, traté de liberar mis manos y él las
sujetó con más firmeza a la cama, sonriendo maliciosamente contra mis
labios. Negó con la cabeza.
―No. ―Se apretó contra mí, duro como una roca.
Así que será una tortura, entonces.
Hice un ruido de impaciencia.
―Bueno… ¿cómo recupero mis privilegios? ―Moví mis caderas
seductoramente y su respiración quedó atrapada en su garganta. Sonreí y
él cerró los ojos con fuerza, claramente luchando con su boicot.
―Tienes que disculparte por ignorarme.
―Lo siento. ―Mordí su labio.
―Y dime que me extrañaste.
Asentí.
―Sí ―susurré―. Te extrañé.
Abrió los ojos y me vio.
―Dilo otra vez.
Sostuve su mirada seria de ojos marrones.
―Te extrañé, Josh.
Sus ojos se movían de un lado a otro entre los míos, como si estuviera
tratando de determinar si realmente lo decía en serio.
Realmente lo decía en serio. Lo extrañaba incluso ahora, y él estaba justo
aquí.
Él asintió, algo se suavizó en su rostro, y me soltó las manos.
Fui directamente a sus pantalones de nuevo, pero se bajó de mí, se
desnudó y se arrodilló entre mis rodillas, luego agarró la cintura de mis
pantalones cortos y me los bajó.
―¿Estás sangrando?
Sus ojos entrecerrados estaban oscurecidos por el deseo, su respiración
entrecortada. Estaba hambriento. De ninguna manera se había acostado
con alguien más estas últimas dos semanas. Estaba en sequía de sexo del
mismo modo que yo.
Negué con la cabeza.
―No, no estoy sangrando.
Bajó su rostro entre mis piernas y agarró mis caderas, acercándome a
su boca. Jadeé. Su lengua se puso a trabajar, y mis manos volaron a su
cabello.
Oh, mi maldito Dios…
Él nunca había hecho esto antes, por lo general estaba sangrando, y
mierda santa, era un virtuoso con la lengua. No sé qué estaba haciendo ahí
abajo, pero era obvio que estaba en manos de un profesional. Mierda, ¿era
bueno en todo?
Mis rodillas empezaron a temblar. Gemí, y como si supiera que estaba
a punto de perder los estribos, subió y se agachó sobre mí.
―No tengo condón.
¡Nooooooo!
―¿Qué? ¿Por qué? ¿Dónde están?
Su boca descendió por mi cuello, besándome bruscamente.
―En tu casa, donde los dejé ―dijo con voz ronca.
¿Soy la única persona con la que se acuesta? Quiero decir, sé que dijo que sus
citas normalmente no...
Mi juguete favorito se presionó contra mi estómago, provocándome, y
perdí el hilo de mis pensamientos.
A la mierda.
―Sin condón, no me importa ―jadeé―. Eres el único con el que me
acuesto también.
Se levantó de un salto y me vio, su respiración superficial rodó por mi
rostro. Me estudió por un segundo, algo ilegible en sus ojos, luego aplastó
su boca contra la mía y se deslizó dentro de mí.
Había algo más profundo en el sexo esta vez, más emocional,
desesperado. Los dos estábamos frenéticos, como si pensáramos que
nunca más nos íbamos a ver, y la falta de condón, la ausencia de esa
barrera elevaba todo, nos daba más hambre.
Ninguno de los dos íbamos a durar mucho. No había forma.
Sus fuertes embestidas me provocaron espasmos en cuestión de
segundos, mi gemido lo empujó al límite y se derramó dentro de mí,
gruñendo y jadeando.
Se derrumbó y nos abrazamos, recuperando el aliento, su frente se
apoyó contra la mía en un ligero brillo de sudor. Me tomó un minuto
completo reunir la habilidad de hablar.
―Pensé que estabas enfermo ―respiré―. Farsante.
Su risa retumbó contra mis pechos.
―Todo era parte de mi estrategia para que vinieras.
Me reí y él apretó sus brazos contra mis costados y me sonrió,
besándome suavemente, con su corazón latiendo contra mi pecho.
Te amo, Josh. Desearía poder decírtelo. Desearía poder quedarme contigo.
Con una punzada de pavor, me pregunté cómo viviría sin estos
momentos cuando todo llegara a su fin. Tendría que disfrutar cada
segundo de la próxima semana y media con él. Absorberlo, almacenarlo.
Y luego esperaba que fuera suficiente para durar toda la vida.

Estuvimos en su cama durante horas, nunca hicimos eso en mi casa.


Siempre había demasiadas excusas que se me ocurrían para explicar por
qué teníamos que volver al modo solo amigos. Correos electrónicos para
verificar, entregas para firmar, pedidos para trabajar, y una vez que
salíamos de la cama, mis reglas dictaban que el cariño tenía que parar,
pero aquí, no teníamos nada que hacer más que quedarnos entre las
sábanas. Josh no tenía sofá ni televisión, así que pasamos el rato acostados
y, técnicamente, según mis propias reglas, eso significaba que los besos y
el afecto estaban bien.
Estaba disfrutando de la laguna legal, necesitaba cada segundo de eso.
Josh tampoco pareció objetar, estuvimos teniendo sexo todo el día.
Después de nuestro rapidito, tuvimos un maratón largo y lento, lleno de
besos profundos y suaves mecidas, seguido de un jugueteo risueño con
Josh haciéndome cosquillas sin piedad antes de follarme por detrás.
Después de que nos agotamos el uno al otro, nos acostamos ahí, con las
piernas entrelazadas, hablando de todo lo que hicimos durante las
últimas dos semanas. Me contó sobre el equipo de emergencia y cuánto le
gustaba estar en el bosque y no atender llamadas médicas. Lo hermoso
que fue el Parque Nacional Sequoia y cuánto me hubiera gustado una
banda que tocaba en un bar al que iban en sus horas libres.
Yo le conté todo sobre los arreglos para la boda que estuve haciendo
con Sloan y que dejé un pedido grande en la mansión de Dale y cómo
Stuntman volvió a morder al chico de FedEx.
No mencionó llamarme desde Las Vegas, gracias a Dios. Tal vez no lo
recordaba.
Pasó un nudillo por mi mejilla.
―Voy por algo de tomar. ¿Tienes sed? ¿Quieres algo?
―Agua.
Se levantó y me apoyé en los codos para verlo caminar desnudo hacia
la cocina. Podrías rebotar una moneda en el trasero del hombre. Dios,
tenía un gran cuerpo.
El mío, no tanto.
Tenía que hacer mi propia caminata desnuda al baño en un minuto, y
mi pequeño bulto estomacal no tenía por qué pavonearse sin cubrirse. Mi
ropa estaba tirada por todo el lugar, no tenía idea de dónde estaba mi
camisa.
Me senté, tirando de la sábana hasta mi pecho para buscar algo que
ponerme, luego vi una sudadera de Burbank Fire sobre una de sus cajas
sin empaquetar cerca. Me incliné y la agarré antes de que se diera la vuelta
del fregadero.
―¿Te importa si me pongo esto? ―pregunté, poniéndomela antes de
que tuviera la oportunidad de responder. Metí la nariz en el cuello y
respiré, cerrando los ojos.
Volvió a subirse a la cama y me entregó un vaso de agua.
―Puedes quedártela si quieres. ―Me sonrió.
―¿De verdad? ―Dios, nunca la lavaría. La usaría como un cálido
abrazo―. ¿Estás seguro? Esa es una pendiente resbaladiza, Joshua. Las
sudaderas son la ropa de entrada, pronto estaré robando tus camisas y sus
chaquetas. ―Tomé un sorbo y luego puse el agua al lado de la cama y lo
vi.
Se inclinó y me besó, con una sonrisa enorme.
―Estoy seguro ―susurró contra mis labios―. Toma lo que quieras.
Lo vi con una ceja levantada.
―¿Por qué estás tan feliz de que te robe la ropa?
―Solo estoy feliz porque me gusta cuando me llamas Joshua ―dijo,
sonriendo. Sus dedos rozaron el cabello en la parte superior de mi frente
y me besó suavemente.
Había algo tan íntimo en su forma de ser conmigo que tuve que cambiar
de tema.
―¿Qué es esto, Joshua? ―pregunté, apartando la mirada de él,
recogiendo una copia de Under a Flaming Sky de la caja al revés que usaba
como mesita de noche. Me dejé caer sobre mi espalda―. No sabía que te
gustaba leer.
Se deslizó hacia abajo para acostarse a mi lado y se apoyó en su codo.
―Me gusta leer sobre incendios.
Sostuve el libro sobre mi rostro.
―¿Tiene algo de bueno? ¿De qué se trata? ―Le sonreí―. ¿Me leerás un
capítulo?
Tomó el libro de mí y se inclinó sobre el otro lado de la cama.
―Se trata de una tormenta de fuego en Minnesota, allá por 1894.
―Cuando volvió a acostarse, llevaba lentes.
Parpadeé cuando él pasó a la página con las orillas dobladas, y se
deslizó para sentarse contra sus almohadas.
―Cierra la puta boca ―dije, mirándolo fijamente.
Me vio.
―¿Qué?
―¿Usas lentes?
―Solo para leer. ¿Por qué?
Justo cuando pensaba que el hombre no podía ser más atractivo, va y
se pone unos malditos lentes.
―Esto es una broma, ¿verdad? No se te permite ser más sexy de lo que
ya eres. Lo prohíbo.
Dejó el libro sobre su regazo y me sonrió.
―Te gustan los lentes, ¿eh? ―Él rebotó sus cejas―. ¿Quieres que me
los deje puestos la próxima vez?
Me reí.
―Sí, por favor.
Se bajó los lentes y luego se los volvió a poner. Sus ojos se agrandaron.
―Oh, wow. ¡Mira lo bonita que eres!
Me reí y moví su libro, trepando sobre su regazo hasta que me senté a
horcajadas sobre él. Su sudadera subió por mis muslos, entonces sostuve
sus mejillas en mis manos y salpimenté besos por toda su cara. Él cerró
los ojos y me dejó, sonriendo como un niño feliz.
Sonreí ante sus labios vueltos hacia arriba.
―¿Sabes? es Trivia de Tarantino en Malone's esta noche. ¿Quieres ir?
―Me estaba dando un poco de hambre, Josh no tenía nada en su
refrigerador, y comimos las hamburguesas que traje hace horas. Vi mi
reloj―. Pero tendríamos que irnos en, como, diez minutos.
―Claro ―dijo, con sus manos en mis muslos―. ¿Invitamos a Brandon
y a Sloan?
Negué con la cabeza.
―Van a cenar en Luigi’s. Solo seremos nosotros.
Me dio un suave beso en los labios, con los ojos cálidos.
―Es una cita, vámonos.
No era una cita, pero no lo corregí. Solo puso los ojos en blanco y dijo
que era solo una expresión y que no estaba tratando de que tuviéramos
una cita, como siempre lo hacía. No necesitaba el recordatorio.
Desearía que fuera una cita.
Me siguió a casa en su camioneta para que pudiera arreglarme y dejar
salir a Stuntman, luego tomamos un Uber para que ambos pudiéramos
beber.
De camino a Malone’s, revisé mis correos electrónicos.
Me vio mientras tocaba mi teléfono.
―Espera a que nos detengamos, te vas a marear.
―No, no lo haré.
―Sí, lo harás. Sientes náuseas cuando miras tu teléfono en el auto
―dijo.
―Eso es solo cuando tú conduces, porque conduces como loco ―dije,
escribiendo un correo electrónico sobre los suéteres de Pug Life en pedido
pendiente―. Frenas, y pisas el acelerador demasiado fuerte, tomas las
curvas demasiado rápido, y además de eso, ni siquiera maldices.
Él se rio.
―¿Qué tiene que ver maldecir con conducir?
―Si no estás enojado cuando conduces, en realidad no estás prestando
atención.
Lo vi de reojo y vi un hoyuelo en su mejilla. Sonreí en mi pantalla, y
entonces tragué. Me sentía un poco mareada, de hecho. Puse mi teléfono
en mi regazo y cerré los ojos.
―Te lo dije ―dijo en la oscuridad detrás de mis párpados―. Tan terca,
todo el tiempo.
―No, a veces estoy dormida, y como sea, no conoces mi vida.
Él se rio.
―Sí, de hecho, lo hago. Sé todo sobre ti.
Me burlé.
―Ajá.
―¿Qué? Sí. Sé que puedes comerte una bolsa entera de Thin Mints tú
sola.
Resoplé.
―¿Quién no puede?
Continuó.
―Sé que lo que más te gusta es que te rasquen la espalda después de
quitarte el sostén. Estás de mejor humor cuando te acuestas a las once y
media y te levantas a las siete que cuando te acuestas a las doce y media
y te levantas a las ocho. Te gusta el morado. Te encanta el olor de los
claveles, pero odias cuando los chicos te compran flores porque piensas
que es una pérdida de dinero…
Abrí un ojo y lo vi. Estaba hablando con la ventana, viendo el camino.
―Te gusta discutir cuando crees que podrías estar equivocada. Cuando
sabes que tienes razón, no te molestas. Odias compartir tu comida, pero
siempre picas mi plato, por eso siempre pido papas extra. ―Me vio y
sonrió―. Y preferirías echarme mierda por mi forma de conducir que
admitir que te mareas cuando estás viendo el teléfono. ¿Ves? ―Él arqueó
una ceja―. Te conozco.
Mi corazón se sentía como si fuera a partirse por la mitad. Él me conocía.
Me había estado prestando atención, y yo también lo conocía. Lo conocía
por dentro y por fuera.
Me daba cuenta de cómo estuvo el trabajo por la posición de sus
hombros cuando llegaba, y sabía que hablar conmigo sobre una mala
llamada lo ayudaba a desestresarse. Siempre lo escuchaba, aunque a veces
eran difíciles de escuchar.
Cuando se quedaba callado, significaba que estaba cansado. Siempre
elegía helado de pistacho en Baskin-Robbins, pero en Cold Stone prefería
crema dulce. Sabía que le gustaba Stuntman, aunque nunca lo admitiría,
y en secreto le gustaba cuando le echaba mierda. Me daba cuenta por el
brillo en sus ojos.
Y también sabía que esperaba tener más hijos que hijas, que le gustaba
el nombre Oliver para su primer niño y Eva para su primera niña.
Planeaba enseñarles a todos sus hijos a cazar y tenía una colección de ropa
de camuflaje para bebés. Quería construir las cunas él mismo con madera
del bosque alrededor de la casa de sus abuelos en Dakota del Sur.
Quería no menos de cinco hijos, y planeaba tener nueve, y esperaba que
todos sus hijos tuvieran los hoyuelos y el remolino característicos de los
Copeland.
Yo también esperaba eso, quería que consiguiera todas las cosas con las
que soñaba.
Sí. Yo lo conocía. Lo conocía bien.

Obtuvimos el primer lugar en trivia. El premio fueron dos camisetas de


Malone’s.
Después, nos sentamos en una cabina oscura de cuero agrietado en la
parte trasera del bar, cuidando nuestras cervezas con una canasta de alitas
picantes y el famoso queso de Malone’s. Una banda en vivo tocaba
“Wonderwall” en el destartalado escenario. Malone’s parecía un antro, ya
se habían dado dos peleas desde que llegamos aquí. Fue un buen
entretenimiento, mejor que la banda.
Me hice tatuajes falsos por valor de veinte dólares en una máquina
expendedora, y nos dábamos manotazos y nos reíamos de la gente en el
bar.
―Okey ―dijo Josh, presionando una servilleta mojada en mi antebrazo
para hacerme un tatuaje―. Si pudieras convertir cualquier cosa en un
deporte olímpico, ¿por qué ganarías una medalla?
Levanté la servilleta y quité la cubierta de plástico, viendo mi nuevo
tatuaje de rosa.
―Sarcasmo.
Se rio, sus ojos marrones se arrugaron en las esquinas.
―Muy bien, mi turno ―dije, poniendo un tatuaje de ancla en los
impresionantes bíceps de Josh―. ¿Asiento de ventana o pasillo?
Me vio pegar la servilleta mojada.
―Asiento de en medio, de esa manera estoy a tu lado sin importar cuál
quieras.
Ah. Este hombre. Tan desinteresado.
Lo dijo tan casualmente que era como si pensar en mí fuera algo natural,
como si fuera un acto reflejo para él. Mis labios se torcieron en una sonrisa,
y nos miramos el uno al otro por un momento.
Se la estaba pasando bien. Él era feliz. Me preguntaba si él era tan feliz
cuando no estábamos juntos, si se divertía tanto con sus amigos o con el
equipo en el trabajo.
O cualquiera de las citas a las que se fue.
Yo no. Ni siquiera con Sloan. Era diferente con Josh. Solo era.
¿Cuántos días buenos como este nos quedaban? En unas pocas
semanas, no lo vería más, me estaría recuperando de mi cirugía, y él se
habría ido hacía mucho tiempo. La boda no nos juntaría. Ya le devolví el
trabajo a Miguel. Espeluznante o no, necesitaba reemplazar a Josh. Miguel
conocía el trabajo y tenía su propio garaje para construir, así que nunca
tendría que verlo.
Ya estaba todo arreglado. Todo excepto cómo me sentiría cuando todo
esto terminara.
Y no había nada que hacer al respecto.
―Necesito enviarle a Sloan una foto de esto ―dije, sacándome de mis
pensamientos. Incliné la cámara para obtener todo mi brazo, luego me
senté en la cabina y comencé a enviar mensajes de texto―. Sigue
autocorrigiéndome de 'queso 7 ' a 'quest 8 '. ―Negué con la cabeza―.
Créeme, teléfono, nunca voy a hablar de una misión. Es queso. Siempre
queso.

7 Dicho en el original en español.


8 Misión, en inglés.
Josh resopló, luego me dio un codazo, señalando con la cabeza a una
chica con una falda demasiado corta para ella, tambaleándose con tacones
en su camino de regreso del baño.
Me reí.
―Mira al chico con el que va. Está protegiendo la mercancía, gruñendo
sobre ella como un perro con un hueso, viendo a todos los hombres que
se acercan a tres metros de ella.
Josh se rio entre dientes.
―¿Quieres que pruebe tu teoría? ¿Pretender que voy a tratar de hablar
con ella? ―Sus ojos brillaron.
―Oh, Dios, sí. Por favor.
Dejó su cerveza y se deslizó afuera de la cabina, y observé, sonriendo,
mientras se dirigía hacia la barra, lanzándome una mirada lobuna por
encima del hombro. Cuando se acercó, Chico Perro con Hueso infló su
pecho y pasó un brazo sobre las tetas de su chica. Josh giró a la izquierda,
riéndose.
Puse una mano sobre mi sonrisa. Su encanto juvenil siempre me
atrapaba. Él era adorable.
Regresó a nuestra mesa y se deslizó a mi lado, rodeándome con un
brazo.
―Tenías razón.
―Eso fue jodidamente gracioso. ―Me reí, apoyándome en él.
Sus ojos brillaron y se mordió el labio inferior entre los dientes, viendo
mi boca sonriente, y como si no fuera gran cosa, como si no hubiera reglas,
como si fuéramos una pareja que acaba de tener una cita, pasando un
buen rato, se inclinó y me besó.
Y yo lo dejé.
Ella me devolvió el beso, no me apartó, ni se enojó, ni se opuso. No me
recordó que solo somos amigos con beneficios ni me dijo que esto no era
una cita.
Ella me devolvió el beso.
No mencioné la llamada de Las Vegas, no tenía por qué hacerlo. Estaba
tan diferente conmigo hoy que finalmente se sintió como si hubiéramos
doblado la esquina. Tal vez ella me extrañó todas esas semanas o fui yo
diciéndole que la amaba esa noche por teléfono. Tal vez ella había
superado a Tyler, no podía estar seguro de qué fue lo que finalmente la
abrió a mí, todo lo que sabía era que era un regalo.
Sus dedos agarraron la parte delantera de mi camisa y la atraje,
presionándola contra mi pecho, amando el sabor de su lengua, inhalando
su perfume.
El beso era lento y lleno de emoción, y era la primera vez que nos
besábamos cuando no se trataba de sexo.
Aprecié este pequeño gesto, esta pequeña demostración pública de que
tenía algún derecho sobre ella, este contacto robado que no se adhería a
ninguna de sus reglas.
Cuando nos separamos, su sonrisa de lado era ligera y despreocupada.
Ella puso sus brazos alrededor de mi cuello.
―Eres mi persona favorita para echar mierda, ¿lo sabías?
La vi a los ojos.
―Entonces, ¿por qué no estamos juntos, Kristen?
Y entonces, así como así, ella se fue.
Su expresión cayó como una pesada cortina hacia abajo.
La perdí.
Se enderezó y se alejó de mí.
―Es hora de irnos ―dijo rotundamente, viendo a su alrededor en busca
de su bolso.
La decepción me cortó, afilada y violenta. Mi esperanza fue arrancada
de debajo de mí.
No, no hoy. No otra vez.
Flexioné la mandíbula.
―Kristen, respóndeme. ¿Por qué no estamos juntos?
Cuando levantó la vista, su rostro estaba frío.
―Te dije desde el principio que esto solo sería sexo. Nunca te hice creer
que sería algo diferente, Josh.
Negué con la cabeza hacia ella.
―Es algo diferente y lo sabes.
Se dio la vuelta y se deslizó afuera de la cabina en el lado opuesto.
―¿A dónde vas?
―A tomar otro trago ―dijo sin mirarme―. Uno fuerte. Siéntete libre
de irte, me iré en Uber a casa sola.
―¡Kristen!
Ella me ignoró y caminó hacia la barra. Pasé una mano frustrada por
mi cabello.
No puedo hacer esto más.
Y tenía que hacerlo al mismo tiempo. No podía dejar de tomar las
pequeñas sobras que me arrojaba, pero ¿cómo podía seguir viviendo así?
Semanas de esta montaña rusa, de migajas de… algo. La perseguí, corrí
detrás de este escurridizo arco iris de mujer, sin llegar a alcanzarla.
¿Por qué ella seguía haciendo esto?
Se apoyó en la barra y yo me senté, tratando de calmarme un poco antes
de ir tras ella. Vi malhumorado las tarjetas de visita lacadas en la parte
superior de la mesa. Estaba levantando la vista de esto cuando él se acercó
a ella. Un maldito tipo.
Puso su mano sobre ella...
Salí de la cabina en un instante.
Tenía que levantarme, tenía que estar en algún lugar donde no viera el
dolor en mis ojos. Mi máscara solo podía aguantar hasta cierto punto.
Mis límites vacilaron todo el día. Me volví descuidada, me volví
estúpida. Simplemente lo extrañé demasiado, y con tan poco tiempo que
me quedaba, no pude evitarlo. Solo quería mostrarle cómo me hacía
querer estar con él. Solo hoy.
Solo una vez.
Y ahora lo había jodido todo. Nunca debí haber empezado con él. Fue
egoísta e idiota pensar que podría lograr esto, y no debería haber ido ahí
hoy. Debería haber terminado después del karaoke. Lo sabía. Sabía que él
estaba teniendo sentimientos.
―Un trago de Patrón. ―Me apoyé en la gastada barra de madera,
imaginando los ojos de Josh en mi espalda.
Esto era todo. El último día. Todo había terminado. No había más.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Bueno, fue un buen día. Lo fue. Al menos estaba eso. Llegó antes de lo
que esperaba, pero aquí estábamos.
Un cuerpo cálido se acercó a mí mientras me limpiaba una lágrima de
la mejilla y me di la vuelta, esperando a Josh, pero era uno de los chicos
de la fraternidad de la mesa de al lado en trivia.
Echó la cabeza hacia atrás, apartándose el cabello de la frente.
―Oye. ¿Crees en el amor a primera vista?
Estaba ebrio. Ojos rojos, apestando a Jäger. Me vio con lascivia,
demasiado cerca.
Me aparté.
―No, pero ahora creo en la molestia a primera vista ―murmuré.
Chasqueó los dedos a la bartender.
―Sírvele otro trago de lo que sea que tenga. ―Me señaló.
―Oh, no, ella no lo hará. ―Me giré hacia él, irritada, y le dediqué mi
mejor sonrisa sarcástica―. ¿Cuál es tu nombre?
Él sonrió bajo sus sonrosadas mejillas.
―Kyle.
―Okey, Kyle. Estoy tratando de ser una mejor persona en estos días,
así que te voy a decir que te vayas a la mierda de la mejor manera posible.
―Le puse los ojos en blanco―. Vete a la mierda. Por favor.
Él se rio.
―Wow, okey. ―Sopló un aliento amargo en mi cara.
La bartender deslizó mi tequila frente a mí y Kyle dejó caer un billete
en la barra. Lo deslicé hacia él.
―No. ―Negué con la cabeza con incredulidad―. ¿Qué tiene la mirada
en mi rostro que te anima en este momento?
Nunca entendí a los hombres que no aceptaban un no por respuesta.
Abrí mi bolso y pagué.
―Quédate con el cambio. ―Luego recogí mi trago y le di la espalda a
Kyle, sacudiendo la cabeza.
Me agarró del brazo por detrás.
―Oye, no seas jodidamente grosera...
Estaba viendo su mano, lista para presentarle mi codo, cuando de
repente Josh estaba ahí.
Se empujó entre Kyle y yo, apartándolo de mí.
―Oye, quita tus malditas manos de ella.
Luego se lanzó hacia adelante con un empujón, estrellándose contra mí,
derramando mi trago por toda la barra.
Josh se movió tan rápido que Kyle no supo qué lo golpeó.
Josh era grande, pero nunca me pareció alguien que pudiera ser rápido.
Él era como una víbora.
En una fracción de segundo, Kyle cayó contra la barra con el brazo
torcido detrás de la espalda y la mejilla presionada contra el mostrador.
El portero apareció de la nada.
―Tú y tú, fuera ―dijo, señalando a Josh y a Kyle.
Josh soltó al idiota borracho y agarré mi bolso y salté de mi taburete,
escapando antes de que tratara de hacer que lo acompañara. Me abrí paso
a través de mesas altas vacías hacia el baño de damas, pero Josh me
alcanzó y me agarró del brazo.
―¿Así que vas a huir de mí? ¿No vamos a hablar de esto?
Me giré hacia él y jalé mi brazo hacia abajo.
―No, no lo haremos, no hay nada de qué hablar. Estoy soltera, no
somos nada. Lo sabías desde el principio.
El dolor se extendió por su rostro.
Nunca lo había visto así, nunca lo había visto alterado antes por nada.
Siempre era tan relajado, y todo en lo que podía pensar era que había
logrado lastimar a este dulce hombre. Eso me destrozó, no podía seguir
mirándolo.
Traté de pasar junto a él hacia el baño de damas, desesperada por
esconderme del daño que causé, pero me bloqueó el camino.
―¿Cómo puedes actuar como si hoy no hubiera sucedido, Kristen?
―Josh, no quiero discutir contigo. Muévete ―dije, mirándolo.
Apretó la mandíbula y lo empujé, luego me levantó y me tiró sobre su
hombro como si fuera una manguera contra incendios. Gritos y vítores
estallaron en el bar.
―¡Josh! ¡Bájame!
Luché inútilmente contra su agarre. Tenía treinta y cinco kilos sobre mí,
y estaba en una misión. Yo no iba a ninguna parte, sus brazos se cerraron
como una jaula.
―Ya no vas a huir de mí ―dijo―. Me vas a hablar.
Salió a través de las puertas dobles hacia el estacionamiento, y no me
dejó hasta que estuvimos en el divisorio cubierto de hierba junto a la calle.
Tan pronto como puse mis pies en el suelo, la rabia indignada burbujeó.
―Nunca vuelvas a hacer eso. No soy tu maldita posesión ―le siseé.
Sus ojos brillaron.
―No, no eres mi nada, ¿verdad? Puedo tocarte siempre y cuando no
actúe como si significara algo, ¿correcto?
La emoción en su rostro me retorció por dentro. La angustia y la
desesperación se arremolinaron en sus ojos.
Me volteé hacia el bar para escapar de esa mirada, y sus brazos estaban
alrededor de mis hombros en un segundo, bloqueando mi espalda contra
su pecho.
Sus labios fueron a mi oído.
―Puedo ver lo que sientes por mí cuando crees que nadie está viendo.
Jodidamente lo veo, Kristen. ―Su voz se quebró―. Recuerdo lo que me
dijiste esa noche en Las Vegas. Lo recuerdo.
Toda la lucha se escurrió de mi cuerpo en un instante.
Respiró en mi oído.
―¿Por qué no me dejas amarte?
Un sollozo salió de mi boca y me quedé sin fuerzas en sus brazos. Me
levantó, abrazándome, absorbiendo mi rendición.
Giré en el círculo de su abrazo y enterré mi llanto en su camisa. Puso su
rostro en mi cuello y me abrazó con tanta fuerza que no podía respirar,
pero no quería respirar. Quería ser su prisionera, quería nunca escapar.
Las lágrimas brotaron de mí.
―No puedo, Josh. ―Jadeé en su pecho―. No lo sabes todo.
―Entonces dímelo ―dijo. Se apartó de mí y me habló a los ojos―. ¿Qué
pasa? Porque sé que me quieres. Sé que estás actuando, solo dime por qué.
¿Cómo se comparte algo así? ¿Cómo podría decirle que mi cuerpo
nunca podría hacer la única cosa que él necesitaba? No podía. No podía
pronunciar las palabras. No podía soportar ver caer mi valor en sus ojos,
verlo darse cuenta de que en realidad no era lo que él quería.
Menos mujer.
Bienes dañados.
Infértil.
Estéril.
Negué con la cabeza, mordiéndome los labios.
―Josh, deberías olvidarte de mí. Ponte serio con una de esas otras
mujeres que ves. Ten sexo con ellas. Sigue adelante.
Dejó escapar un resoplido de exasperación.
―¿Qué otras mujeres? No hay otras mujeres. Nunca ha habido. ¿Sabes
lo que estoy haciendo cuando crees que tengo citas? Estoy en casa, solo,
deseando estar contigo. Esto es en lo que me has convertido. Finjo ver a
otras personas porque sé que si no lo hago, no me verás más. ¿Por qué?
―¿Tú... no has estado viendo a nadie más? ―Parpadeé hacia él.
―Por supuesto que no. Estoy jodidamente enamorado de ti.
Y como si no pudiera soportar no hacerlo ni por un segundo más, me
agarró y me besó. Sus labios estaban dolidos y desesperados, y yo le
devolví el beso desesperadamente. Me subí a él, peinando mis manos en
su cabello. Deseaba poder ahogarme en él. Necesitaba extinguir la
decepción ardiente en mi alma, y por unos segundos lo hice.
Y luego lo empujé.
Me soltó y me tambaleé hacia atrás en la hierba, y él se quedó ahí,
jadeando.
―Josh, ya no puedo verte, ¿okey? Se acabó. ―Me ahogué con las
palabras.
Observé que lo que dije lo golpeó como una bofetada.
―¿Por qué?
Me limpié la cara con el dorso de la mano y parpadeé entre las lágrimas.
―Porque obviamente te estás tomando esto más en serio de lo que
deberías. Te lo dije. Te dije desde el primer día que esto solo sería sexo.
Nunca te mentí.
Su mandíbula se puso rígida.
―Me estás mintiendo en este momento. Sé que esto no es lo que
quieres. Jodidamente me amas, Kristen. Solo detente. ―Me alcanzó y
aparté su mano de un golpe.
Se quedó mirándome, con la confusión y el dolor grabados en su
hermoso rostro.
―¿Por qué no soy lo suficientemente bueno? ¿Es porque no hablo una
docena de idiomas? ¿No tengo una puta maestría? ¿No gano suficiente
dinero? ¿Qué es?
No eres tú.
Dejé que las lágrimas rodaran por mi rostro y me aferré a mi fachada.
―Pensaste que podías cambiarme al igual que pensaste que podías
cambiar a Celeste. Estás cambiando las reglas, como lo hiciste con ella. No
pongas tu mierda en mí, Josh. Dijiste que podías manejar esto, dijiste que
podías…
―¡No estoy jodidamente loco! ¡Deja de actuar como si estuviera
inventando esto! ―Se pasó las manos por el rostro y cerró los puños sobre
los ojos. Se quedó ahí, respirando entrecortadamente, y yo quería correr
hacia él y lanzarme a sus brazos, pero no me moví.
―Estamos enamorados ―dijo, parpadeando hacia mí a través de las
lágrimas―. Lo estamos. ¿Por qué estás haciendo esto?
Mi labio inferior tembló.
―Bien. Entonces estamos enamorados. ¿Qué quieres de mí, Josh?
Dejó escapar un suspiro tembloroso y el alivio transformó cada
centímetro de su cuerpo. Sus ojos se suavizaron con esperanza.
Cerró el espacio entre nosotros y tomó mi rostro entre sus manos.
―Quiero lo que tuvimos hoy, todo el tiempo. Quiero estar contigo.
Quiero tomar tu mano en un paseo y besarte en una maldita cabina.
Quiero que contestes mis jodidas llamadas y me dejes abrazarte. Quiero
hacer planes contigo para el Año Nuevo y mi cumpleaños y decirle a la
gente que eres mi novia. ―Sus ojos me suplicaban―. Por favor, Kristen.
Solo… detente.
―No puedo tener hijos.
Me obligué a decirlo antes de perder la capacidad de hacerlo.
Tuvo el efecto deseado. Se congeló.
―¿Qué? ―jadeó.
―No puedo tener hijos. Tengo una condición. Nunca los tendré.
Sus manos cayeron de mi rostro. Me vio con la boca abierta, el color
desapareciendo de sus mejillas.
―No puedes... ¿qué... qué?
Retrocedí unos pasos, dándome una ventaja inicial. Él no se movió. Se
quedó ahí, conmocionado, mirándome boquiabierto.
Cuando no volvió a alcanzarme, me di la vuelta y eché a correr.
Llegué a la estación de bomberos temprano esta mañana. No tenía
ninguna esperanza de dormir y necesitaba la distracción.
Kristen nunca volvió a casa anoche.
Mierda, no debería haberla dejado escapar. Estaba tan sorprendido. Se
sentía como si me hubiera tirado una bomba y me hubiera estallado en la
cara, lanzándome metralla emocional. Literalmente, mis oídos
comenzaron a zumbar después de lo que dijo, y ella salió disparada y saltó
al auto de una chica que conoció durante trivia, y se fue en un instante.
Sucedió tan rápido.
Me quedé despierto, esperándola en su sala de estar. Llamé a su
teléfono celular, le envié mensajes de texto, le rogué que volviera a casa y
hablara conmigo.
Me envió un mensaje de texto alrededor de la medianoche diciendo
solo que estaba bien, que no volvería y que por favor sacara a pasear al
perro.
Todo estaba finalmente claro. Todo tenía sentido. Ahora era tan obvio
para mí que me preguntaba cómo no pude haberlo visto. Los cólicos
severos, el sangrado. Su historial de anemia. Los periodos largos.
Las paredes que puso entre nosotros.
Y todas las cosas jodidas que le he dicho.
Que no adoptaría. Que quería una gran familia. Que dejé a Celeste
porque no quería hijos.
La noche de karaoke de repente se veía totalmente diferente para mí,
las semanas posteriores donde ella se enfrió, le dije que, si Tyler no quería
tener hijos, no debería estar con él, que lo de los niños era demasiado
importante.
De hecho, le dije esa mierda.
Estuve disuadiendo a Kristen de salir conmigo casi a diario desde el día
que la conocí.
Mierda, si tan solo lo hubiera sabido.
Tuve toda la noche para pensar en lo que significaba, y no cambió nada.
La amo. No podría no estar con ella. Eso es a lo que seguía volviendo. No
podía alejarme de ella, ni siquiera era capaz de hacerlo. La situación
estaba jodida y maldita, y me importaba una mierda. Ella era la mujer que
amaba, así que tendríamos que lidiar con eso.
Me quedé en la cocina preparando mi segunda taza de café. Los chicos
estaban durmiendo la siesta. La boda era en ocho días y Brandon estaba
fuera por tres semanas. Teníamos un chico nuevo llamado Luke que
tomamos prestado de otra estación. Estaba echando granos en la máquina
cuando escuché su voz.
―Josh…
Me di la vuelta y la tuve en mis brazos en un santiamén.
―Kristen, Oh, Dios, gracias ―respiré, besando un lado de su cuello.
Era como un indulto de una sentencia de prisión verla. Estuve atrapado
aquí durante dos días, dos días en los que no podría llegar a ella, y ella
vino a mí.
Pero ella no me devolvió el abrazo. Puso sus manos en mi pecho y trató
de hacer espacio entre nosotros.
―Josh, solo vine a hablar contigo, ¿de acuerdo?
No quité mis manos de su cintura. Su cara estaba hinchada, como si
hubiera estado llorando toda la noche, había círculos profundos debajo
de sus ojos. Me incliné para besarla y ella se apartó de mí.
―Necesito que te pares ahí. ―Ella asintió hacia el mostrador de la
cocina―. Por favor.
Si se fuera, no sería capaz de ir tras ella. Estaba de turno y no podía salir
de la estación. No quería dejarla ir, pero tampoco quería que volviera a
huir, así que di un paso atrás.
Llevaba pantalones y una de sus blusas con hombros descubiertos que
me encantaban y, aunque parecía cansada, era la mujer más hermosa que
había visto.
Y ella me amaba.
Ni siquiera sabía lo que hice para merecerla, pero sabía que haría
cualquier cosa para compensar la forma en que la había hecho sentir.
Ella respiró hondo.
―Voy a tener una histerectomía parcial la semana después de la boda
―dijo rotundamente―. Tengo fibromas uterinos. Son tumores que crecen
en las paredes de mi útero. Los míos están empotrados, no se pueden
extirpar quirúrgicamente y no respondieron al tratamiento. Causan
sangrado abundante y cólicos. Y... la infertilidad. ―dijo la última palabra
como si tuviera que forzarla.
Se colocó el cabello detrás de la oreja y apartó la mirada de mí, con
lágrimas en sus hermosos ojos.
―Siento no haberte dicho nada. Era vergonzoso para mí, y no necesito
que digas nada, solo necesitaba que supieras por qué, porque nunca fue
mi intención hacerte sentir indeseable. ―Su barbilla tembló y mi corazón
se rompió―. Te quiero, Josh. ―Ella volvió a mirarme―. Siempre lo he
hecho. No imaginaste nada.
La admisión de que ella me quería hizo que mi corazón la alcanzara. Di
un paso hacia ella y ella dio un paso atrás.
Levantó las manos.
―Kristen, nada ha cambiado. Mis sentimientos por ti no han cambiado.
Te quiero, pase lo que pase. Lo siento mucho, no lo sabía. Cuando dije...
Ella sacudió su cabeza.
―Josh, esto no está abierto a discusión. No vine aquí para decírtelo para
que decidas si quieres salir conmigo, eso ni siquiera está sobre la mesa.
Me acabo de dar cuenta de que durante las últimas semanas, te hice sentir
que no te amaba, y lo siento mucho. Pensé que tú... bueno, no sabía que
tenías sentimientos por mí. Pensé que solo yo... como sea, eso es mi culpa.
Nunca debí dejar que eso sucediera.
Me burlé.
―No había nada que pudieras haber hecho para evitar que me
enamorara de ti. Incluso si hubiera sabido esto desde el principio, no me
habría mantenido alejado. Debiste decírmelo.
―No, debería haberme alejado de ti ―dijo―. Lo siento, no lo hice.
El timbre de llamada sonó y las luces rojas comenzaron a parpadear.
Tres pitidos y luego: “Colisión de tráfico, moto derribada en la
intersección de Verdugo y San Fernando Boulevard”.
Mierda.
―Tienes que irte. ―Se giró hacia la puerta.
Me lancé tras ella, agarrando su mano.
―Espera... solo espera.
Ella me vio, con los ojos tristes.
―No hay nada más de qué hablar, Josh.
―Sí hay. ¿Esperarás a que vuelva? ¿Por favor? Solo espera aquí. Veinte
minutos, para que podamos hablar.
Ella apretó los labios en una línea.
―Por favor, Kristen.
Nos miramos el uno al otro por lo que pareció una eternidad. Ella
asintió.
―Bueno.
Respiré aliviado y antes de que pudiera objetar, la atraje hacia mí y la
besé.
―Te amo ―susurré―. Espérame. ―Luego di media vuelta y corrí por
el pasillo mientras el resto del equipo salía de los dormitorios.
Dejarla se sentía mal. Todo entre nosotros era frágil y sabía lo fácil que
podía cerrarse conmigo. El momento de esta llamada no podría haber sido
peor. Prácticamente me sumergí en el asiento del conductor, decidido a
terminar con esto lo más rápido humanamente posible.
Los chicos entraron y Shawn se puso los auriculares.
―Kristen está aquí, ¿eh?
―Ahora no, Shawn. ―Encendí las luces y salí a la calle. El accidente
era solo una cuadra más allá, gracias a Dios.
Javier abrió el portátil.
―Podría ser un conductor ebrio ―dijo, leyendo las notas del informe.
Luke se burló desde el asiento detrás de mí.
―Ni siquiera son las nueve de la mañana.
―Oye, son las cinco en algún lugar. ―Shawn se rio―. Entonces, ¿qué
le pasa ahora?
Giré hacia Verdugo y le mostré a Shawn el dedo medio sobre mi
hombro.
Me detuve en el accidente. La policía ya estaba en el lugar bloqueando
el tráfico en la intersección, así que estacioné el camión detrás de un auto
de policía con las luces encendidas, y Shawn, Javier y Luke bajaron para
buscar el equipo de trauma.
Un Hilton Garden Inn, apartamentos de aspecto más nuevo y un
complejo residencial para personas mayores flanqueaban la avenida de
cuatro carriles bordeada de árboles. Las montañas marrones y cansadas
de Verdugo asomaban en la distancia.
Vi mi reloj mientras salía del camión. Si ella no estaba cuando volviera,
perdería la maldita cabeza.
Dijo que se quedaría, y normalmente hacía lo que decía que haría, pero
esta cosa la tenía mal, y no podía esperar cuarenta y ocho horas para
correr tras ella si se me escapaba otra vez. Me volvería loco.
Mi mente estaba agotada. No dormí anoche, no absorbí completamente
todo lo que dijo en la cocina y algo de eso comenzó a alcanzarme ahora.
No vine aquí para decírtelo para que decidas si quieres salir conmigo. Eso ni
siquiera está sobre la mesa.
Si Kristen pensaba que iba a dejarla ir, estaba jodidamente loca. No
ahora que sabía que ella me amaba. Jamás.
Finalmente entendí el tipo de amor que hacía que los hombres
renunciaran a todo, el tipo que hacía que alguien cambiara de religión o
se volviera vegano o se mudara al otro lado del mundo para estar con la
mujer que amaba. Si alguien me hubiera dicho hace seis meses que
elegiría a una mujer que no pudiera tener hijos, lo habría llamado loco,
pero estar con ella ni siquiera era algo en lo que tuviera que pensar. Yo
quería hijos, pero la quería a ella primero. Todo lo demás era simplemente
todo lo demás.
Claro, una parte de mí lamentaba una vida que sabía que no tendría
ahora. Niños que nunca conocería, un futuro diferente del que había
deseado durante los últimos años, pero lo procesé como si hubiera sido yo
quien acababa de recibir un diagnóstico. Porque en cierto modo, así era.
Esta cosa no se sentía como su problema, se sentía como nuestro problema,
para resolver juntos. Era tanto mío como de ella.
Caí al lado de los chicos y nos abrimos paso hacia la escena, nuestros
pies crujiendo sobre vidrios rotos.
Pasé por encima de un espejo retrovisor y asentí con la cabeza a un
policía que hablaba con una mujer que sollozaba junto a la puerta abierta
de su Kia azul. Supuse que era el otro vehículo involucrado en el
accidente. La defensa tenía daños.
No había marcas de derrape, la señora se saltó un semáforo en rojo.
―Probablemente analgésicos recetados ―murmuró Luke.
Shawn se burló.
―A mí me parece vodka.
Negué con la cabeza.
―Espero que el accidente no arruine su borrachera. La necesitará a
donde va.
Veíamos demasiado de esta mierda, y ahora tenía que estar aquí
limpiando el desastre de esta señora en lugar de hablar con Kristen.
Javier le dio un codazo a Luke, y él se desvió para ver cómo estaba la
dama.
Traté de ponerme en modo de trabajo, aunque la mayor parte estaba en
piloto automático en este momento.
El motociclista yacía boca abajo a seis metros de distancia. Lo habían
aventado. Sabía al verlo que las heridas eran malas. Por el aspecto de su
pierna torcida, quedó atrapado entre el auto y la motocicleta durante el
impacto. La motocicleta destrozada estaba de lado junto a una maceta
llena de aves del paraíso en la acera frente al hotel.
Vi la motocicleta mientras caminaba.
La moto… una Triumph, pero con ese escape nuevo que le acaba de poner.
Volví a ver al paciente, y todo de repente se ralentizó.
El casco... un Bell Qualifier DLX oscuro.
La camiseta del hombre... de la tienda de regalos en el Wynn en Las Vegas.
Shawn y Javier debieron notarlo en el mismo momento, porque sin
hablar, todos comenzamos a correr los últimos metros.
Brandon.
Era Brandon.
Caí de rodillas sobre el asfalto.
―¡Oye! Oye, ¿puedes oírme?
Oh, Dios…
Estaba inconsciente. Puse una mano en su espalda y sentí la ligera
subida y bajada.
Respira. Está vivo.
Este es Brandon. ¿Cómo es este Brandon?
Tomé su mano y comprobé el pulso radial en su muñeca. Era débil y
fibroso, apenas podía sentirlo.
Significaba pérdida de sangre.
No lo vi sangrando mucho, así que tenía que ser interno.
Hemorragia interna.
Podría estar muriendo.
Mi mente se aceleró, necesitábamos estabilizarlo y llevarlo a la
ambulancia.
Shawn se zambulló en su bolsa de trauma y se arrodilló en un riachuelo
de sangre con olor metálico.
―¡Mierda, mierda, mierda! ¡Vamos, hijo de puta, te vas a casar! ¡Tienes
que estar bien!
Sloan.
Mi corazón latía en mis oídos.
―Todo va a estar bien. Vas a estar bien, amigo.
Saqué mi linterna de bolsillo, abrí su visor y le revisé los párpados. Sus
pupilas se encogieron a pequeños puntos negros. Eran iguales y reactivas.
Bien, esa era una buena señal. No tenía daño cerebral, aún no.
Necesitábamos llevarlo a urgencias antes de que su cerebro comenzara a
hincharse.
Tragué aire. Tenía que mantener la calma. ¡Mantén la calma!
La ambulancia se detuvo y Javier corrió para recibirlos.
―¡Necesito un collarín cervical y una camilla! ―grité.
Jesucristo, su casco estaba jodido, abollado por el impacto y cubierto de
marcas de neumáticos.
Ella no se detuvo. La mujer no se detuvo. Era una zona de cuarenta
kilómetros por hora. Un impacto de cuarenta kilómetros por hora si no
iba a exceso de velocidad.
Y probablemente iba a exceso de velocidad.
Saqué mis tijeras de trauma y comencé a cortarle la ropa.
―Lo siento, sé que te gusta esta camiseta, amigo. Volveremos y te
conseguiremos otra, ¿de acuerdo? ―Mi voz tembló.
Mientras cortaba la tela, más heridas florecieron sobre su cuerpo ante
mis ojos.
Luché por darle sentido.
¿A dónde diablos iba? ¿Por qué no estaba en casa con Sloan?
Su esmoquin. Tenía una última prueba de esmoquin hoy a las 9:00 am
Me lo contó.
¿Por qué no pudo llegar tarde? ¿O temprano? ¿Por qué no tomó su
maldita camioneta? ¿O una calle diferente?
Le corté los pantalones. Tenía una fractura. Fractura compuesta, pierna
izquierda. Su fémur quedó expuesto a través de su piel.
Tragué saliva viendo por encima de su cuerpo destrozado, y mi cerebro
marcó las lesiones.
Grave.
Grave.
Grave.
Vi los ojos muy abiertos y asustados de Shawn.
―Tendremos que ponerlo en la tablilla. No podemos traccionar esta
pierna. Vamos a quitarle el casco ―dije rápidamente.
Javier pasó una tablilla mientras Shawn se arrodillaba y acunaba la
cabeza de Brandon. Me estiré y desabroché la correa, y mantuvimos su
cuello estable mientras le quitábamos el casco. Su cabello castaño estaba
enmarañado con sangre.
Shawn estaba llorando.
―La perra ni siquiera se detuvo.
―Manténganse concentrados ―dijo Javier con calma―. Mírame,
Shawn. Es un paciente, él puede ser tu amigo cuando termine esta
llamada, en este momento es un paciente. Haz tu trabajo y él estará bien.
Shawn asintió, tratando de recomponerse. Javier colocó el collarín
cervical en el cuello de Brandon y todos pusimos nuestras manos sobre él,
listos para voltearlo.
―A la cuenta de tres ―dijo Javier, sin levantar la vista, con gotas de
sudor en la frente―. ¡Uno, dos, tres! ―Y con un movimiento fluido lo
giramos sobre la tablilla.
Brandon siempre usaba ropas resistentes cuando montaba, pero él
estaba en una camiseta. Estábamos a treinta grados hoy. Su brazo
izquierdo desnudo estaba destrozado por el asfalto. Parecía como si
hubiera pasado por un rallador de limón. La sangre brotaba de las rayas
blancas de la capa inferior de su piel, y esta era la menor de sus
preocupaciones.
Shawn, Javier y un técnico de emergencias médicas lo subieron a la
camilla mientras yo palpaba su pecho y estómago. Tenía fracturas en las
costillas y rigidez en el abdomen.
―Una posible laceración del hígado ―dije, con un nudo en la garganta.
Javier masculló una maldición y Shawn negó con la cabeza, con los ojos
enrojecidos y vidriosos.
Necesitábamos llevarlo al hospital.
El personal de la ambulancia se hizo cargo.
Informé lo que sabía mientras lo llevábamos a las puertas abiertas de la
ambulancia, mi voz era profesional e incorpórea, como si viniera de otra
persona, alguien que no estaba de pie junto a su mejor amigo gravemente
herido.
―Hombre de 29 años, motociclista atropellado por un vehículo,
lanzado seis metros desde el punto de impacto. El casco tiene daños
importantes. Un pulso radial debilitado y filiforme. Las pupilas son
iguales y reactivas. Fractura expuesta de fémur, raspaduras graves de
asfalto. Insensible.
Subí a la ambulancia y vi a la mujer del Kia azul siendo esposada
mientras las puertas se cerraban de golpe detrás de nosotros.
Lo subimos a la ambulancia en menos de cinco minutos. Me
preocupaba que fueran cinco minutos demasiado tarde.
Me incliné sobre él.
―Oye, amigo. ―Mi voz se quebró―. Aguanta. Estarás bien. Voy a traer
a Sloan aquí, ¿okey?
Las lágrimas picaban en mis ojos, pero mis manos seguían trabajando,
funcionando con memoria muscular. Configuré su IV en el camino. El
paramédico le puso oxígeno mientras el conductor llamaba.
Hicimos un ciclo de su presión arterial. Pusimos el monitor de
frecuencia cardíaca para controlar su corazón, pero nada de esto lo
ayudaba, no era más que revalorar. Eso era todo lo que podíamos hacer.
Revalorar. Fue el viaje más largo de mi vida.
Finalmente, la ambulancia giró bruscamente hacia el estacionamiento
del hospital.
El monitor de frecuencia cardíaca paró.
―¡No! ―Empecé las compresiones torácicas con el pitido largo y
estático del monitor de frecuencia cardíaca cuando la ambulancia se
detuvo en emergencias―. ¡Vamos, Brandon, vamos!
Las puertas de la ambulancia se abrieron y me subí a la camilla y me
senté a horcajadas sobre él, bombeando su pecho con las palmas de mis
manos. Javier, Shawn y Luke estaban esperando, y me agaché cuando nos
bajaron a ambos de la ambulancia y nos llevaron a la sala de
traumatología.
―¡Se está colapsando! ―grité entre embestidas―. ¡Lo estamos
perdiendo!
El equipo de urgencias descendió sobre la camilla.
La habitación era un caos. Órdenes a gritos y ladridos, pitidos de
máquinas y el sonido chirriante de ruedas rodando sobre un suelo duro.
Seguí haciendo compresiones torácicas hasta que trajeron el auto de
choque, no me detuve hasta que vi las paletas.
Un médico con bata blanca esperó a que despejara la camilla y luego
presionó la carga contra el pecho de Brandon.
―¡Despejado!
El cuerpo de Brandon se sacudió y todos se congelaron, viendo las
líneas en el monitor.
Nada.
―¡Despejado!
Se tambaleó de nuevo.
Esperamos.
La irregular V de un latido del corazón hizo que la habitación volviera
a la acción y respiré de nuevo.
La multitud de personas que trabajaban en él me hizo retroceder hasta
el pasillo. Le pusieron una vía central, tomaron radiografías, llamaron a
neurología y luego una cortina se cerró de un tirón y ya estaba hecho. No
había nada más que pudiéramos hacer por él, eso era todo.
Estaba fuera de nuestras manos.
Me quedé ahí jadeando, en estado de shock, con la adrenalina chocando
contra mí ahora que había dejado de moverme. Me vi a mí mismo, mis
manos temblaban. Estaba cubierto de su sangre.
Cubierto con la sangre de mi mejor amigo.
Luke habló detrás de mí.
―Ella estaba borracha.
Mis manos se cerraron en puños y Shawn empezó a jadear.
Sloan. Necesitaba a Kristen para que le avisara a Sloan. Caminé hacia
afuera, rogándole a Dios que Kristen respondiera a mi llamada, que no
hubiera decidido ignorarme de nuevo en el poco tiempo desde que la
había visto. Si ella no respondía y tuviera que enviarle un mensaje de
texto, no podría hacerlo. Mis manos temblaban tan violentamente ahora
que era todo lo que podía hacer para desbloquear mi teléfono y marcar su
número.
Habían pasado veinte minutos desde que la había visto. Veinte minutos
que se sintieron como toda una vida.
Presioné el teléfono contra mi oreja, mi mano temblaba.
No podría quedarme con él. Mi estación tenía un mínimo de personal
obligatorio. No podía irme hasta que alguien me relevara. Tenía que
volver.
―Hola. ―Su voz me dio la primera respiración completa que había
tomado en casi media hora. El solo hecho de saber que ella estaba al otro
lado de la línea me tranquilizó. Todo lo que había pasado entre nosotros
se sentía lejano y sin importancia.
―Kristen, Brandon tuvo un accidente.
Le dije todo, sabía que ella se encargaría del resto. Era capaz: traería a
Sloan al hospital.
Cuando regresé, Javier paseaba por el pasillo, haciendo llamadas
telefónicas para cubrir nuestros turnos, con un dedo presionado contra su
oreja, pero había incendios en el norte, sería difícil encontrar a alguien. Ya
estábamos tomando prestado a Luke tal como estaba.
Shawn respiró en una bolsa de papel con Luke agachado a su lado,
preocupado.
―Acaban de llevarlo a cirugía ―dijo Luke.
Me deslicé contra la pared del pasillo de urgencias mientras las
enfermeras y el personal pasaban a mi lado. Puse mis palmas en mis
párpados y lloré como un bebé.
Colgué con Josh y el interruptor se encendió en mi cabeza.
Sloan lo llamaba mi cerebro de velociraptor porque me hacía feroz y
aguda. Algo grande tenía que desencadenarlo, y cuando lo hacía, mi lado
primario compulsivo, enfocado con láser, se activaba. El mismo que me
dio una puntuación casi perfecta en mis exámenes SAT y me llevó a través
de los finales de la universidad y mamá. El que me hacía limpiar cuando
estaba estresada y amenazaba con lanzarme a un TOC maníaco a gran
escala si no lo controlaba, eso hizo efecto.
La emoción se esfumó, el cansancio de estar despierta toda la noche
llorando se disipó y me convertí en mi propósito.
No me ponía histérica, nunca lo hacía. Cuando estaba en crisis, me
volvía sistemática y eficiente.
Y la transición ahora estaba completa.
Sopesé solo por un segundo si llamar a Sloan y decirle o ir a buscarla.
Decidí ir, estaría demasiado alterada para conducir correctamente, pero
conociéndola, lo intentaría de todos modos.
Según la explicación de Josh de la situación, Brandon no saldría del
hospital en el corto plazo. Sloan no dejaría a Brandon y yo no la dejaría a
ella. Necesitaría cosas para quedarse ahí. Habría que llamar gente, hacer
arreglos.
Empecé a compilar una lista en mi cabeza de cosas que hacer y cosas
que empacar mientras conducía rápida pero metódicamente a casa de
Sloan. Cargador de teléfono, audífonos, cobija, cambio de ropa para Sloan,
artículos de tocador y su computadora portátil.
Me tomó veinte minutos llegar a su casa y salí de mi auto lista para una
extracción quirúrgica.
Me quedé ahí, rodeada por el olor a tierra de las flores recién regadas
del porche de Sloan. La puerta se abrió y vi su rostro felizmente ignorante
una vez más.
―¿Kristen?
No era raro que pasara por aquí, pero me conocía lo suficientemente
bien como para saber instantáneamente que algo andaba mal.
―Sloan, Brandon tuvo un accidente ―le dije con calma―. Está vivo,
pero necesito que tomes tu bolso y vengas conmigo.
Supe de inmediato que había hecho bien en venir a buscarla en lugar
de llamarla. Una mirada a ella y supe que no habría sido capaz de poner
un pie delante del otro. Mientras yo me movilizaba y me fortalecía bajo
estrés, ella se congelaba y se debilitaba.
―¿Qué? ―ella jadeó.
―Tenemos que darnos prisa. Vamos. ―Pasé junto a ella y ejecuté
sistemáticamente mi lista de control. Me di un tiempo de dos minutos
para tomar lo que necesitaba.
Su bolsa de gimnasia estaba en la lavandería, llena de artículos de
tocador y sus auriculares. Agarré eso, saqué un suéter de su armario,
seleccioné un cambio de ropa para ella y metí su computadora portátil
dentro de la bolsa.
Cuando salí de la habitación, se las había arreglado para agarrar su
bolso como le indiqué. Estaba de pie junto al sofá con aspecto alterado,
con sus ojos moviéndose de un lado a otro como si estuviera tratando de
averiguar qué estaba pasando.
Su teléfono celular estaba junto a su caballete y lo agarré, sacando el
cargador de la pared. Tomé su manta favorita del sofá, la metí en la bolsa
y cerré la cremallera.
Lista completa.
Luego la tomé por el codo, cerré la puerta principal y la arrastré hasta
el auto.
―¿Qué… qué pasó? ¡Qué pasó! ―ella gritó, finalmente saliendo de su
shock.
Abrí la puerta del pasajero y la puse adentro.
―Abróchate el cinturón, te diré lo que sé en el camino.
Cuando llegué al lado del conductor, tenía el teléfono pegado a la oreja.
―Él no responde. ¡Él no responde! ¡¿Qué pasó, Kristen?!
Agarré su rostro entre mis manos.
―Escúchame. Mírame. Él está vivo. Fue alcanzado en su motocicleta,
Josh respondió a la llamada. Estaba inconsciente, estaba claro que tenía
algunos huesos rotos y una posible lesión en la cabeza. Está en urgencias
y necesito llevarte al hospital para que estés con él, pero necesito que estés
tranquila.
Sus ojos marrones estaban aterrorizados, pero asintió.
―En este momento tu trabajo es llamar a la familia de Brandon ―dije
con firmeza―. Transmite lo que acabo de decirte, con calma. ¿Puedes hacer
eso por Brandon?
Ella asintió de nuevo.
―Sí. ―Le temblaban las manos, pero marcó.
Conduje rápido y con cuidado mientras Sloan hacía llamadas. Examiné
la calle y pasé veinte por encima del límite de velocidad en la autopista.
Corrí alrededor de los autos usando mi luz intermitente y ondas con la
mano. Cuando llegamos al hospital, la dejé en la entrada de emergencias
y me estacioné, luego corrí con su bolsa para reunirme con ella en la
recepción.
―Está en cirugía ―dijo entre lágrimas cuando entré corriendo por las
puertas automáticas de emergencias, mis zapatos rechinaban en el piso
blanco y brillante.
Vi a la mujer detrás del mostrador de facturación, como un robot
recopilando datos. Podía ver todo. Las manchas de la edad en su frente,
los mechones grises a lo largo de la línea del cabello. La encimera blanca
estéril y el brillo de los pétalos de rosas rosadas en un jarrón detrás del
escritorio.
―¿Dónde podemos esperar? ¿Y puede informarle al médico que su
familia está aquí?
Nos envió a una sala de espera privada para el departamento de
neurología en el tercer piso. Plantas en macetas de plástico brillantemente
iluminadas colocadas en las esquinas de la habitación, paredes azul
sereno, sillas tapizadas de tweed gris uniforme, revistas y cajas de
pañuelos en cada extremo y una mesa de café.
Sloan examinó la habitación. Tal vez era la finalidad de la misma, el
cese del movimiento hacia adelante, pero fue entonces cuando se
derrumbó oficialmente. Enterró su rostro entre sus manos y lloró.
―¿Por qué está pasando esto?
Envolví su suéter alrededor de ella y la puse en una silla.
―No lo sé, Sloan. ¿Por qué pasa algo?
Sabía qué cosas había que hacer, qué tenía que hacer para que ella se
sintiera cómoda, pero no podía sentir nada del pánico o la pena que vi en
Sloan. Me sentí como si estuviera viendo una película con el sonido
apagado. Podía ver lo que estaba pasando, pero no podía conectarme con
los personajes.
Nosotras esperamos, y esperamos, y esperamos.
Entró un oficial de policía y le hizo algunas preguntas a Sloan. Nombre
y dirección confirmados de Brandon, luego nos dijo que la mujer que
causó el accidente fue detenida por conducir bajo los efectos del alcohol.
Sloan volvió a sollozar cuando escuchó eso.
La tapé con su manta y le traje un café. Conecté su teléfono, y le hice
comer la mitad de un sándwich de atún.
La familia comenzó a aparecer y se acurrucaron alrededor de la sala de
espera, susurrando y llorando. La mamá de Brandon rezó en español con
un rosario.
Me senté junto a Sloan, fingiendo emoción, haciendo todos los
movimientos. Luciendo sombría y frotándole la espalda, pero
sintiéndome vacía y alejada porque mi respuesta a la crisis todavía estaba
activada.
Ahora que la adrenalina se había ido, el velociraptor caminaba. No
podía apagar mi cerebro y la necesidad de estar haciendo algo, pero lo
único que podía hacer era esperar. Reboté mi rodilla y rasqué mis
cutículas hasta que sangraron. Le envié un mensaje de texto a Josh y lo
mantuve informado, le habían encontrado un reemplazo en el trabajo,
pero no podía salir hasta las 8:00 p. m.
Luego, diez horas después del accidente, salió el médico.
Sloan saltó de su silla y yo la seguí, lista para absorber lo que dijera con
una precisión que sería capaz de transcribir al papel, palabra por palabra,
dos días después.
La mamá de Brandon se envolvió más apretadamente con su suéter y
se paró hombro con hombro con Sloan. El papá de Brandon pasó un brazo
alrededor de su esposa.
Traté de descifrar el resultado por el rostro anguloso y arrugado del
doctor, pero era ilegible.
―Soy el doctor Campbell, el neurocirujano residente. Brandon está
fuera de cirugía. Él está estable. Pudimos detener la hemorragia interna.
Tuve que quitarle un trozo grande del cráneo para aliviar la presión sobre
su cerebro.
Sloan jadeó y comenzó a sollozar de nuevo. Puse un brazo alrededor de
ella, colocándola entre la mamá de Brandon y yo mientras ella respiraba
en sus manos.
El doctor continuó.
―La buena noticia es que hay actividad cerebral. Ahora, no puedo decir
cómo será su recuperación en este momento, pero las pruebas que le
hicimos fueron prometedoras. Tendrá un largo camino por delante, pero
me siento optimista.
La sala respiró hondo colectivamente.
―Por ahora lo mantendremos conectado a un respirador en un coma
inducido médicamente para permitir que la inflamación baje y darle a su
cerebro la oportunidad de curarse por sí mismo. No sabremos el alcance
de sus heridas hasta que salga del coma, pero de nuevo, me siento
optimista. Es un joven fuerte.
―¿Puedo verlo? ―Sloan se secó los ojos.
―Estará en recuperación durante la próxima hora. Una vez que lo
instalen en la UCI9, puede recibir visitas. Solo quince minutos, no más de
dos personas a la vez.
―¿Cuándo dejará el respirador? ―le pregunté.
―Todo depende de él. Podrían ser días, podrían ser semanas. Semanas
es el escenario más probable.
El doctor Campbell nos pasó al cirujano ortopédico, quien repasó los
siguientes pasos para tratar los huesos rotos de Brandon. Otro cirujano
nos habló de las reparaciones de la laceración de su hígado, luego, un
cirujano plástico nos habló sobre los injertos de piel que necesitaría para
cubrir la extensa raspadura de asfalto en su brazo izquierdo.
Para cuando los médicos terminaron con nosotros, Sloan estaba
aniquilada. La puse de nuevo en su silla y llamé a Josh.
El teléfono seguía sonando cuando lo escuché detrás de mí. Giré y ahí
estaba él.
En el momento en que lo vi, mi desconexión emocional de la situación
se disparó. Mi mecanismo de afrontamiento se alejó de mí como una
banda elástica disparada a través de una habitación, y el peso de lo que
sucedió me golpeó. El dolor de Sloan, la condición de Brandon, el trauma
de Josh. Me arrojé a sus brazos, e instantáneamente me desmoroné.

9 Unidad de cuidados intensivos.


Nunca había confiado en nadie más para que tuviera el control, y mi
mente maníaca se lo dio de inmediato y sin reservas y se retiró a sí misma.
Me abrazó y yo lo abracé con más fuerza de lo que jamás había
abrazado a nadie en mi vida. No estaba segura si lo estaba consolando o
si estaba dejando que él me consolara, todo lo que sabía era que algo
subconsciente en mí me decía que ya no tenía que sostener el mundo
ahora que él estaba aquí.
―Estoy tan feliz de que estés aquí ―susurré, respirándolo mientras mi
cuerpo se volvía a encender de estar en animación suspendida. El sonido
de la película a mi alrededor subió al máximo, mi corazón comenzó a latir
con fuerza, jadeé en su cuello y las lágrimas inundaron mis ojos al
instante.
Acercó su frente a la mía. Se veía como la mierda, se veía mal esta
mañana en la estación, sabía que no había dormido, pero ahora sus ojos
estaban rojos como si hubiera estado llorando.
―¿Alguna actualización? ―Su voz era ronca.
Ni siquiera podía comprender lo difícil que debía haber sido para él ver
lo que vio y permanecer en el trabajo, atendiendo llamadas. Quería
cubrirlo como una manta, quería cubrirlos a ambos, a Josh y a Sloan, y
protegerlos de esto.
Puse una mano en su mejilla, y él se giró y cerró los ojos.
―Él acaba de salir de la cirugía ―le dije. Entonces le conté todo, con
mis manos en su pecho como si me anclaran. Se paró con sus brazos
alrededor de mi cintura, asintiendo y mirándome como si estuviera
preocupado porque yo fuera la que no estuviera bien.
No se me escapó que estábamos abrazados y no me importaba lo que
significaba o qué señales equivocadas podría enviarle en ese momento.
Solo sabía que necesitaba tocarlo, necesitaba esta rendición momentánea.
Para los dos.
Pasaron varias horas antes de que pudiera ver a Brandon. El límite era
estricto para los visitantes en la UCI, y la familia inmediata de Sloan y
Brandon fue la primera en ir.
Ya era de noche, de alguna manera me las arreglé para sobrevivir el
peor día de mi vida. Vi mi reloj, 11:18 pm. Me senté en la sala de espera
con Kristen y Sloan y una multitud fluctuante y cada vez menor de
familiares de Brandon.
Kristen tomó mi mano.
No había dejado de tocarme desde que llegué aquí y estaba agradecido,
la necesitaba. Solo estar ahí con ella me tranquilizó. Había estado dando
vueltas en el trabajo, con las imágenes de Brandon corriendo en un bucle
continuo a través de mi cabeza. El olor a sangre, el crujido de sus costillas
bajo mis palmas, cada herida, repitiéndose una y otra vez, mientras me
preguntaba si había hecho lo correcto con cada una. Si había hecho lo
suficiente para salvar su vida.
Pero los dedos de Kristen entrelazados con los míos lo calmaron todo.
No podía imaginarme pasar por esto sin ella, no sabía cómo me las
hubiera arreglado si no fuera por ella.
Sloan era un maldito desastre. Kristen parecía orbitar a su alrededor en
un flujo constante de conciencia, incluso cuando puso su cabeza en mi
hombro y se quedó dormida. Sloan se levantó para usar el baño y Kristen
abrió los ojos como si pudiera detectar el sonido de Sloan moviéndose,
incluso mientras dormía.
Kristen vio a su amiga salir de la habitación. Cuando Sloan se fue,
Kristen me vio con esos ojos marrones, con una mano enredada en la mía
y la otra en mi pecho, y yo estaba completo solo mirándola.
Esta crisis lo puso todo al descubierto.
Había encontrado a mi persona.
Ella era la base, era la cosa sobre la que se construían todas las demás
cosas. Todo era secundario a estar con ella. No importaba dónde trabajaba
o si me gustaba mi trabajo, dónde vivía o cuántos hijos quería. Mi
felicidad, mi cordura, mi bienestar, todo comenzaba con ella, y ahora que
lo sabía, no quería ser solo su novio, quería todo. Quería que fuera mi
esposa. Quería despertarme con ella todos los días por el resto de mi vida.
Necesitábamos hablar. No ahora. No era el lugar ni el momento
adecuado, pero necesitábamos hablar.
―Puede entrar ahora. ―Una enfermera irrumpió en mis pensamientos.
Kristen se sentó y me dio un apretón en el brazo.
―¿Quieres que entre contigo?
―No, Sloan querrá volver a verlo. Estaré bien. ―Me paré.
Los papás de Brandon se habían ido a casa para cuidar a sus perros y
darse una ducha. Solo la hermana de Brandon, Claudia, permaneció en la
sala de espera. Ya había entrado dos veces en las últimas dos horas y
estaba durmiendo en un banco.
La enfermera me llevó a la UCI.
Vi en penumbra las habitaciones abiertas del hospital mientras
caminábamos por el pasillo, con el olor a antiséptico arremolinándose a
mi alrededor mientras caminaba.
Paramos en la habitación 214.
Su habitación era pequeña, podía ver por qué lo limitaban a dos
visitantes a la vez.
Al igual que las otras habitaciones, la suya estaba atenuada por la hora.
Brandon yacía de espaldas, con las manos a los costados, y un
pulsioxímetro en el dedo índice de la mano derecha. Su cabeza estaba
atada con una gasa blanca gruesa, su pierna izquierda elevada en un
cabestrillo y vendada. Tenía un respirador en el rostro. Los cables
serpenteaban desde su pecho debajo de su bata de hospital.
El pitido suave y silencioso de un monitor cardíaco y la entrada y salida
del respirador eran los únicos sonidos en la habitación. Su mejilla estaba
morada e hinchada, los moretones que había presenciado en la escena
estaban floreciendo.
Me quedé ahí, como si estuviera viendo un desastre demasiado grande
para limpiar y no supiera por dónde empezar. No sabía qué hacer. Me
sentí congelado. Este era un soldado en Irak. Un cazador. Un hombre
fuerte y capaz.
Y ahora estaba destrozado.
Sloan se deslizó en la habitación detrás de mí y se sentó en una de las
sillas junto a la cama, tomando su mano. Mis piernas se desbloquearon y
tomé su ejemplo, sentándome en la silla junto a ella.
Ella lo vio, su barbilla temblaba. Su cabello estaba recogido en un moño
suelto, torcido y descuidado. Su rostro, manchado y rojo.
―Dicen que puede oírnos. Deberíamos hablar con él, Josh.
Me aclaré la garganta y me incliné hacia adelante.
―Hola, amigo. Te ves como una mierda, hombre.
Sloan soltó una carcajada, luego puso su otra mano sobre la de él.
―Toda tu familia estuvo aquí hoy, bebé. Nunca estarás aquí solo,
¿okey? Siempre habrá alguien en la sala de espera para ti, no te voy a
dejar. No puedo estar aquí todo el tiempo, pero estaré afuera.
Me preguntaba por qué a alguien no se le permitía quedarse con él.
Cuando pasaron los quince minutos y la enfermera vino a buscarnos,
Sloan volvió a la sala de espera y yo me dirigí a la estación de enfermeras.
Puse mi sonrisa más convincente, la que parecía funcionar en Kristen, y
me acerqué al mostrador.
La enfermera de mediana edad a cargo de la estación levantó la vista,
vio mi placa de bombero y me dedicó una cálida sonrisa.
―Oh, hola. ¿Qué puedo hacer por ti, jovencito?
Estaba agradecido por mi profesión en este momento. Nadie estaba
nunca infeliz de ver a un bombero.
Puse un pulgar sobre mi hombro.
―Sí, estaba visitando a mi amigo, Brandon, en la habitación 214. ―Vi
hacia la habitación y regresé con una sonrisa que esperaba llegara a mis
ojos―. No pude evitar notar que muchas de las otras habitaciones tenían
visitantes que parecían haber instalado un campamento. ¿Hay alguna
forma de que su prometida pueda quedarse con él? A él realmente le
gustaría eso.
Mi hermana Amber era enfermera y sabía que, en el piso del hospital,
las enfermeras mandaban absolutamente. Podían torcer cualquier política
que quisieran.
Ella me sonrió.
―Bueno, va en contra de las reglas para visitantes, pero creo que
podemos hacer eso. La llamaré para que vuelva a entrar.
También le pedí que dejara entrar a Claudia y me dio el visto bueno.
Cuando regresé a la sala de espera y les di la noticia a Sloan y Claudia,
ambas me abrazaron antes de regresar a la UCI.
Me giré hacia Kristen.
―Deberíamos irnos a casa. Dormir un poco.
Éramos los últimos dos que quedaban en la sala de espera, y el
cansancio comenzó a vencerme. Estaba agotado emocional y físicamente.
Puse mis manos en sus brazos.
―No hay nada más que puedas hacer por Sloan en este momento, y
dormir en una silla no ayudará en nada. Él está estable. Vamos a casa.
Ella se dobló en mi pecho, metí su cabeza debajo de mi barbilla y cerré
los ojos, envolviéndola en mis brazos. Nunca la había visto tan vulnerable.
Su guardia estaba totalmente baja, y eso me hizo sentir protector con ella.
―Vamos. ―Besé su frente, cerró los ojos y se inclinó―. Yo manejaré.
De camino a casa, subió las piernas hasta el pecho y se apoyó contra la
puerta del auto. Sostuve su mano.
Nos detuvimos en Del Taco, compramos comida y comimos mientras
conducíamos. Los dos solo queríamos meternos en la cama. No creo que
ninguno haya dormido la noche anterior debido a nuestra pelea, y ambos
estábamos agotados.
Cuando llegamos a su casa, nos cepillamos los dientes y nos dormimos
sin hablar. Ella se acurrucó contra mí y la abracé toda la noche.
Por la mañana, cuando el sol se coló por su ventana y me desperté junto
a ella por primera vez en semanas, mi corazón se sintió lleno, a pesar de
los eventos de ayer. Acaricié su cabello, respirando el cálido aroma
afrutado que era ella.
Mis manos recorrieron su cuerpo y la atraje hacia mí, besando la parte
de atrás de su cuello, despertándola lentamente. Quería perderme en ella,
solo por un rato, antes de que la realidad de a lo que teníamos que
regresar se enfocara.
Ella se alejó.
―Josh, no.
―¿No qué? ―Respiré, moviéndome contra ella, mi mano deslizándose
entre sus piernas.
Se escapó de mis brazos y se sentó, con su cabello cayendo
seductoramente sobre su ojo.
―No. Ya no vamos a hacer eso.
Me desplomé. Esperaba que ya hubiéramos superado esto.
―Kristen, no me importa la histerectomía. Quiero decir, me importa.
Es una mierda y siento lo que te está pasando, pero eso no cambia lo que
siento por ti. Podemos hablar de…
―No, y no digas que no te importa, porque eso es una mierda. No te
conté sobre eso para que pudieras decir que está bien, o encontrar algún
tipo de solución. ―Se quitó la manta y se levantó―. Ya no nos veremos,
dejé que te quedaras conmigo anoche para que no estuvieras solo. Eso es
todo.
Se giró hacia el baño, me levanté de la cama y la seguí.
Se paró frente al fregadero poniendo pasta de dientes en su cepillo, y
yo me acerqué por detrás y deslicé mis manos sobre sus hombros. Ella se
estremeció.
La vi a través del espejo.
―Kristen, estamos enamorados el uno del otro. Quiero estar contigo.
Sentémonos y tengamos una conversación…
Se volvió hacia mí.
―No. ―Su rostro era duro―. Te escuché hablar sobre tener hijos
durante meses. Ya tuvimos la conversación, muchas veces, y no hay
absolutamente nada que puedas decirme ahora para convencerme de que
de repente no es una prioridad importante para ti. No puedo darte una
familia. No soy diferente de Celeste.
―Celeste no quería hijos. No es lo mismo ―dije.
Se burló, agitando su cepillo de dientes.
―¿Ah, no? El resultado es el mismo. El In vitro solo tiene un cuarenta
por ciento de éxito, ¿lo sabías? ¿Sabes lo que cuesta? ¿O lo difícil que es
encontrar una sustituta? Podríamos intentarlo durante años, ir a la quiebra
y nunca tener un bebé. Ni siquiera uno.
―Entonces podemos adoptar, acoger…
Puso los ojos en blanco y me dio la espalda mientras pasaba su cepillo
de dientes bajo el grifo y se lo ponía en la boca.
―Kristen, estás siendo ridícula.
Volví a poner mis manos sobre sus hombros y se apartó de mí.
Escupió en el fregadero y se giró para verme.
―Josh, no va a suceder, ¿okey?
Mi mandíbula se flexionó.
―¿Por qué no? No tienes derecho a tomar esta decisión por mí. Quiero
estar contigo. Si digo que no cambia nada para mí, entonces no lo hace.
Ella se rio.
―Lo cambia todo. ―Parpadeó hacia mí―. Josh, quise decir lo que dije.
Te amo. Te amo más de lo que jamás he amado a nadie, y te amo
demasiado como para dejar que te conformes. ―Sus ojos se suavizaron
ligeramente―. Sé que piensas que esto es lo que quieres en este momento,
pero en unos años, cuando tengas una esposa embarazada e hijos dando
vueltas alrededor, verás que tenía razón. No puedo darte tu equipo de
béisbol, y no te lo quitaré.
Extendí la mano hacia ella y la apartó.
―No.
―Tú no eres Celeste. Ni siquiera estás en la misma liga, y lo siento si las
cosas que dije antes de saber sobre esto te hicieron sentir mal, no sabía…
―Sé que no lo sabías, así es como sé que estabas siendo honesto.
―Te amo ―dije mirándola a los ojos.
Negó con la cabeza.
―¿Y qué tiene que ver el amor con eso? El amor es completamente
impráctico, Josh. Es estúpido, y nunca debes usarlo para tomar decisiones.
―Sus ojos estaban decididos y nivelados. Se sacó el cabello de la cola de
caballo y agarró una toalla―. Tenemos que bañarnos y volver al hospital,
y no quiero hablar de esto. Nunca más.
Habían pasado veintiún días desde del accidente de Brandon y casi
tanto tiempo desde la última vez que hablé con Josh. La fecha de la boda
llegó y pasó, y Brandon no se había despertado.
Pasé mi tiempo entre el hospital y la casa de Sloan, donde regaba sus
plantas y recibía paquetes. Lavaba toda la ropa que dejaba cuando hacía
sus paradas momentáneas en casa para ducharse y cambiarse antes de
regresar a la UCI. Revisé su correo. Hice todas las llamadas a los
proveedores de su boda para posponerla hasta nuevo aviso.
En el hospital llevaba libros, revistas, café y comida para Sloan para que
nunca tuviera que dejar su vigilia junto a la cama por nada trivial.
Luego me iba a mi casa vacía.
Limpiaba durante horas y horas. Saqué el contenido de cada gabinete
en mi cocina y lo lavé todo. Limpié los cajones del baño. Desarmé mi cama
para aspirar debajo, y todas las líneas de aspiración en la alfombra tenían
que estar en la dirección correcta. Detallé la pintura en mi cuarto de
lavado. Limpié con un palillo las grietas de la estufa y tenía sed de alivio
de mi propia mente.
Mi perfeccionismo era algo que aprovechaba y cultivaba para mis
propios fines, algo útil que me hacía concentrarme para poder hacer las
cosas.
Pero ahora estaba en espiral. Ninguno de los rituales lo mejoró. Nada
calmaba los impulsos ni satisfacía la sensación de estar incompleta. Nada
me dio el control de nuevo.
Extrañaba a Josh. Lo extrañaba como extrañaba mi cordura.
Había quedado claro, casi de inmediato, que la carga de salvarlo de sí
mismo iba a recaer sobre mí.
Después de que le dije que todo había terminado entre nosotros, se
negó a dejarlo, así que dejé de contestar sus llamadas. Lo evité en el
hospital y me negué a hablar con él cuando lo vi. Desde que le devolví a
Miguel su antiguo trabajo, mi garaje estaba vacío y sin vida. El olor de la
colonia de Josh en los cojines de mi sofá era tan tenue que ya no me
envolvía cuando me sentaba.
Fue por su propio bien.
Y la bestia dentro de mí rugió.
Cada día se hacía más fuerte, nadie podía domarla. Josh podría
calmarme, pero no lo dejaría acercarse lo suficiente para intentarlo.
La enfermera Valerie me llamó a la UCI. Deslicé el contenedor de
pastelitos sobre el mostrador de la estación de enfermeras.
―Nadia Cakes.
Ella me sonrió.
―Eres demasiado buena con nosotros, niña. ―Puso los cupcakes frente
a ella, viendo el surtido.
Sloan me asignó el trabajo de darle las gracias al personal de
enfermería. Donas, galletas, flores. Trataba de traerles algo cada dos días.
Las enfermeras habían hecho toda la diferencia en esta situación.
Valerie golpeó distraídamente su bolígrafo en el recipiente transparente
y me vio.
―¿Puedo preguntarte algo?
Me incliné sobre el mostrador, clasificando sus bolígrafos por color.
―¿Qué?
Valerie me agradaba, era mi enfermera favorita. No tenía pelos en la
lengua, nos llevamos bien de inmediato.
―¿Qué te hizo ese chico? Porque no puedo ver ninguna razón por la
que no estés sobre ese hombre como blanco sobre arroz.
Josh. De alguna manera, en las últimas semanas, el personal del hospital
se había enterado de la situación de Josh.
―Valerie, hemos hablado de esto.
Ella arqueó una ceja.
―¿Lo hicimos? Porque fuiste un poco evasiva si me preguntas.
Negué con la cabeza hacia ella. No me metería en eso.
Torció los labios y me dio una sonrisa de complicidad.
―Ese hombre te vuelve loca.
Resoplé.
―No necesito que me vuelva loca, estoy lo suficientemente cerca en
este punto para caminar sola.
Se recostó en su silla, riéndose.
―Vamos, niña. Sloan te ha estado esperando.
Me giré hacia la habitación de Brandon. Sloan estaba sentada en su
lugar habitual, con una pierna debajo de ella. Se veía bien hoy, debía haber
recibido buenas noticias. Estaba pálida y las ojeras acunaban sus ojos,
pero estaba sonriendo.
Abracé sus hombros y me senté en la silla vacía junto a ella.
―Le quitarán el respirador mañana. ―Me sonrió.
―¿De verdad?
―Lo quitaron el catéter ICP10. La hinchazón en su cerebro se ha ido. El
médico dice que tiene muchas esperanzas, que sus escaneos se
iluminaron. ―Le sonrió a Brandon, acostado ahí como lo había estado
durante las últimas tres semanas―. Kristen, él podría estar bien. Como,
de verdad, de verdad bien.

10 Catéter intraventricular, se inserta a través del cerebro hasta el ventrículo lateral.


Sus ojos se llenaron de lágrimas y la abracé. La bestia retrocedió un
poco.
Ella puso una mano sobre su estómago.
―Va a tener meses de fisioterapia. Puede que tenga que volver a
aprender cosas como hablar, pero él todavía está ahí.
Valerie entró y Sloan le sonrió.
―¿Lista para la fiesta de sedantes de hoy? ―Valerie preguntó, jugando
con una bolsa de goteo.
Sloan estaba prácticamente saltando.
―Esto es lo que quería mostrarte. Todos los días le levantan un poco
los sedantes para ver cómo responden sus signos vitales. No demasiado,
o luchará contra el respirador, pero solo lo suficiente para que esté un
poco consciente.
Nos sentamos y lo observamos por unos momentos.
―Está bien, niña ―dijo Valerie―. Haz lo tuyo.
Sloan sonrió y tomó la mano de Brandon.
―Bebé, ¿puedes oírme? Aprieta mi mano si puedes oírme.
Contuve la respiración y observé sus dedos.
Ellos apretaron.
Sloan soltó una carcajada que empujó las lágrimas en sus ojos.
―¿Viste? Bebé, aprieta dos veces si me amas.
Dos apretones.
Nuestra risa era el sonido del alivio. La suya era que Brandon todavía
estaba ahí.
La mía era que ella estaba ahí.
Ella besó su mano.
―Un día más, bebé. Un día más y luego podré verte, ¿okey? Te amo
tanto.
Cuando Valerie volvió a salir, la euforia de Sloan aún persistía en su
hermoso rostro, pero se veía tan, tan cansada.
―Es tu turno de ir a casa esta noche, ¿verdad? ―le pregunté.
Ella y Claudia rotaban las noches en la UCI con la ayuda ocasional de
Josh o Shawn para poder dormir en una cama real de vez en cuando. Los
papás de Brandon tenían problemas de espalda y no podían dormir en
una silla y Sloan se negaba a dejar solo a Brandon.
Nunca se iba más de unas pocas horas, pero la noche en una cama
siempre la transformaba. Parecía que no se había transformado en mucho
tiempo.
―No, Claudia tuvo que volver a trabajar ―dijo―. He hecho el turno
de noche durante los últimos tres días.
―¿Quieres que haga un turno? ―le pregunté. Brandon y yo éramos
amigos, pero no éramos cercanos. Por eso ella nunca aceptó mi oferta de
pasar la noche. ¿Supongo que le preocupaban los silencios incómodos?
Ella sacudió su cabeza.
―Josh se quedará esta noche para que yo pueda irme a casa. Debería
estar aquí en cualquier momento, de hecho ―dijo, viendo por encima del
hombro hacia la puerta.
―Debería irme, entonces. ―Me levanté.
―Kristen. ―Puso una mano en mi muñeca―. Él te extraña mucho.
¿Estás segura de que estás haciendo lo correcto?
―Estoy haciendo lo correcto para él.
Si es adecuado para mí no es relevante.
La abracé una vez más y caminé por el pasillo. Cuando Valerie me dejó
salir, Josh estaba entrando.
Era la primera vez que lo veía en más de una semana. Ambos nos
congelamos.
Su presencia era una caricia física, como una ráfaga de aire cálido.
Mis ojos se posaron sobre él. Tenía las manos en los bolsillos de sus
jeans y vestía la camiseta que ganó en la noche de trivia, también la usaba
mucho.
Era increíble cómo todo lo que tenía puesto se veía sexy en él. El hombre
podría usar un saco de arpillera y verse increíble. Sabía con solo mirarlo
cómo olería, y deseé poder poner mi nariz en el algodón azul.
Había perdido peso, sus músculos estaban más definidos. Sus hoyuelos
no se veían, porque no sonreía.
Se veía bien, pero se veía triste.
Lo superaría pronto. Dentro de unos bebés ni siquiera se acordaría de
mí.
No hizo ningún movimiento para apartarse de mi camino. Aparté la
mirada y pasé junto a él, y él se paró como una estatua, mirándome.
Entonces, de repente, una mano salió disparada y me tocó el brazo, se
arrastró suavemente por mi antebrazo mientras caminaba, a través de la
parte superior de mi mano, sobre mis dedos, y luego desapareció.
No me aparté porque eso habría sido reconocer que él estaba ahí.
Pero los pocos segundos de contacto recorrieron todo mi cuerpo.
Lo sentí el resto del día.
Me quité los lentes y me pellizqué el puente de la nariz, dejando el libro
sobre la mesa junto a la cama de hospital de Brandon.
―Lo siento, tengo que tomarme un descanso. Shantaram es largo,
hombre.
Tardaría un mes en leérselo, pero era el libro que él había empezado en
la estación antes del accidente y sabía que le gustaría oírlo.
Solo me tomó un minuto antes de que mis pensamientos regresaran a
Kristen. Mi mente siempre regresaba a Kristen.
Al menos en el trabajo tenía distracciones. Tomaba turnos extra cuando
podía para no estar en casa, viendo las paredes de mi apartamento,
pensando en ella o preocupándome por Brandon. Iba al gimnasio en mis
días libres después de visitar el hospital. Iba todo el día a veces.
Desempaqué las cajas de mi apartamento, compré un sofá y un televisor.
Intenté mantenerme ocupado.
Pero inevitablemente, sin importar lo que estuviera haciendo, estaba
pensando en ella.
Y ahora, sin el libro para leer, sentado ahí con Brandon en medio de la
noche, no tenía nada que hacer más que pensar.
Vi mi reloj: 2:12 am Me imaginé a Kristen, durmiendo de lado debajo
de su colcha de flores, metiendo la mano debajo de su almohada favorita,
la que tenía la funda de franela beige. Con Stuntman Mike acurrucado
encima de la manta en la maraña de sus piernas. El reloj de su mesita de
noche me daba la luz suficiente para ver sus largas pestañas sobre sus
suaves mejillas.
Mentalmente levanté la manta hasta su barbilla y besé su frente y vi sus
ojos abrirse mientras me sonreía.
Mierda, la extrañaba.
―Ojalá pudieras hablar conmigo ―le dije a Brandon―. Decirme qué
hacer. Necesito que despiertes y me endereces. O incluso mejor, despierta
y enderézala a ella.
Me pasé una mano por el rostro. Cuando la vi hoy, simplemente
confirmó lo que ya sabía. Nunca iba a superarla, nunca iba a dejar de
extrañarla.
Me estaba castigando por un crimen que ni siquiera sabía que había
cometido. Por las cosas que dije y las cosas que quería antes de saber lo
que significarían después. Cada comentario era un clavo en la puerta que
ella me había cerrado.
―Ni siquiera sé cómo empezar a convencerla ―le dije―. Ella ni
siquiera me habla. ―Resoplé―. Déjame a mí estar enamorado de la mujer
más terca del mundo.
Traté de pensar en cuál sería la respuesta de Brandon a esto. Siempre
era tan sensato, él sabría qué hacer.
Cuanto más intentaba influir en ella, más se distanciaba. Cuanto más le
decía que la amaba, más se cerraba, y no sabía cómo detenerlo.
Me incliné hacia adelante, con mis codos en mis rodillas, y vi alrededor
de la habitación fría y estéril. Paredes beige, máquinas grises alrededor de
la cama. Algunas las reconocí, otras no. Los únicos sonidos a esa hora eran
el leve tintineo de un teléfono que sonaba en la estación de enfermeras, el
ping de un ascensor, el sonido lejano de las ruedas de un carrito y el suave
pitido del monitor de signos vitales de Brandon.
No permitían flores ni artículos personales en la UCI, pero Sloan coló
una foto del compromiso, estaba en la mesa al lado de la cama. Era de ella
y Brandon en la playa, con las olas rompiendo alrededor de sus pies, con
el brazo tatuado de ella sobre el hombro de él, mirándose el uno al otro.
Ambos riéndose.
Volví a mirarla y suspiré.
―Te quedarán unas cuantas cicatrices retorcidas, amigo. ―Habían
comenzado los injertos de piel para las raspaduras en su brazo―. Pero
podrás hacer todo lo que planeaste hacer con tu vida. Uno de nosotros va
a conseguir a la chica y te ayudaré en todo lo que pueda, incluso si tengo
que llevar tu trasero al altar.
Podía imaginarme su sonrisa. Con un poco de suerte la vería en unas
pocas horas.
Un golpe en el marco de la puerta me hizo girarme en mi silla.
―Hola, monada. ―Valerie entró en la habitación para su control de
signos vitales, encendió las luces y yo me puse de pie y me estiré.
Como si dormir en una silla no fuera lo suficientemente difícil, la
actividad cada dos horas era el puntapié final. No llamaría dormir a nada
de lo que hacía en estos turnos nocturnos. Tal vez echarse una siesta, pero
no dormir. Cada dos horas movían a Brandon, revisaban sus vías
respiratorias, cambiaban las bolsas, revisaban sus signos vitales. No sé
cómo Sloan se las arregló para hacer esto casi todas las noches durante las
últimas tres semanas.
Sloan era una buena mujer. Siempre me había gustado, pero ahora se
había ganado mi respeto y estaba agradecido de que Brandon y Kristen la
tuvieran.
―¿Decidiste qué día quieres llevar a los niños a la estación? ―le
pregunté a Valerie, bostezando.
Hizo girar el manguito de presión arterial en el brazo de Brandon y
sonrió.
―Estoy pensando en el martes. ¿Estás en el turno del martes?
―Sí.
Escribió algunas notas en el expediente de Brandon y luego me vio con
una ceja levantada.
―¿Alguna actualización con tu amiga?
Me reí un poco.
―No.
Todo el personal de enfermería sabía de mi deprimente vida amorosa.
Algunas de las enfermeras más jóvenes me habían coqueteado
demasiadas veces. No podía decir que tenía novia y no estaba casado, así
que era “soy gay” o “estoy enamorado de esa chica de ahí”.
Preferí lo último, y ahora deseaba haber dicho que era gay.
No sabían por qué Kristen no salía conmigo, solo que no lo hacía. Se
había convertido en el tema favorito de la UCI. Un episodio de la vida real
de Grey's Anatomy. Rara vez superaba una visita de Brandon sin que
surgiera.
El drama se intensificó cuando Kristen fue abordada por el cirujano
ortopédico soltero favorito de las enfermeras. Según el círculo de chismes
de las enfermeras, Kristen le dijo que se fuera a la mierda.
Y al parecer, en realidad sí le dijo: “Vete a la mierda”.
Después de eso, todas estaban seguras de que me estaba esperando.
Solo yo sabía la verdad.
Valerie revisó la temperatura de Brandon.
―¿Sabes? Yo misma le dije a esa chica que está loca. ¿Sabes lo que me
dijo?
Arqueé una ceja.
―¿Qué?
―Ella dijo: 'El hecho de que un hombre te dé el mejor sexo de tu vida
no significa que tengas que salir con su trasero'. Señor, casi me muero ―se
rio.
Resoplé. Sí, eso sonaba como Kristen.
Bueno, al menos había hecho algo bien.
Valerie se rio entre dientes mientras revisaba el pulso de Brandon.
―Saldrá mañana, apuesto a que todos están muy emocionados.
Froté la parte de atrás de mi cuello.
―Estas han sido unas semanas realmente difíciles.
―Lo va a hacer muy bien.
Cambió la bolsa de su goteo intravenoso, luego sacó una pequeña luz
del bolsillo del pecho, la encendió y le abrió el ojo derecho.
―¿Sabes? Muchas de las enfermeras extrañarán el flujo constante de
lindos bomberos que pasan por el...
Hizo una pausa.
Abrió su otro ojo y brilló la luz en su pupila. Se aclaró la garganta
mientras apagaba la luz y se la guardaba en el bolsillo.
―Seguro que los vamos a extrañar chicos. ―Ella recogió su historial.
No me vio, su tono cambió, su cuerpo cambió. Yo mismo había hecho
ese cambio en la escena de una llamada.
Algo está mal.
―¿Qué pasa?
No me respondió.
Saqué mi celular y encendí la linterna. Me incliné sobre Brandon y abrí
su ojo mientras Valerie me observaba sin palabras.
Mi respiración se detuvo en mi garganta.
―No. ¡No!
Vi el otro ojo y mis manos comenzaron a temblar. Tropecé hacia atrás
de la cama y golpeé mi silla, dejando caer mi teléfono celular al suelo con
un ruido.
Valerie me vio e intercambiamos un momento de comprensión.
Sus pupilas estaban dilatadas.
Eran grandes canicas negras en sus ojos.
Cuando sonó el teléfono, lo busqué a tientas en la mesita de noche. Era
del hospital, y también eran las 3:57 de la mañana. Aparté el cabello de mi
frente y me senté.
―¿Hola?
―Kristen.
Era Josh, pero no era él. No era ningún Josh que hubiera oído nunca.
―Kristen, tienes que ir a buscar a Sloan, Brandon tuvo un derrame
cerebral.
Jalé mis cobijas.
―¿Qué? ¿Un derrame? ¿Qué significa eso?
Salté de la cama y me tambaleé por la habitación, agarrando mi sostén
y poniéndome los pantalones.
Él hizo una pausa.
―Tiene muerte cerebral. Él no va a volver de esto. Se acabó. Ve por
Sloan.
Se cortó la comunicación.
Me paré en medio de mi cuarto oscuro. El teléfono permaneció
encendido por un momento, cuando la pantalla volvió a ponerse negra,
me empapé de todo.
El velociraptor rugió y el suelo tembló mientras se lanzaba hacia
adelante.
Mientras conducía hacia casa de Sloan, tuve la surrealista, casi fuera del
cuerpo comprensión, de que estaba a punto de decirle a mi mejor amiga
la peor noticia de su vida. Que en el momento en que abriera esa puerta,
le rompería el corazón y nunca volvería a ser la misma.
Mi estado alterado me permitió procesar esto de una manera
compartimentada. Sabía que no sentiría el momento doloroso cuando
sucediera, sino que lo pondría en una cajita y lo sacaría y lo miraría a
menudo por el resto de mi vida.

Vi a Sloan morir por dentro esa noche.


Lo llamaron un accidente cerebrovascular catastrófico. Un coágulo de
sangre se desplazó desde las heridas de su pierna hasta su cerebro.
Probablemente sucedió mientras Josh estaba sentado con él, fue silencioso
y definitivo, y no había nada que nadie pudiera haber hecho.
Josh tenía razón, Brandon se había ido.
Tres días después del accidente cerebrovascular, un comité de ética
compuesto por los médicos de Brandon, una organización que coordinaba
las donaciones de órganos y un consejero de duelo convocó a la familia
para una reunión a las 11:00 am en el hospital. Me senté afuera de la sala,
balanceando mi rodilla, esperando a que saliera Sloan.
No me había apartado de su lado ni una sola vez desde el derrame
cerebral. Todas las noches dormía en la silla junto a ella junto a la cama
de Brandon. Solo que ahora no estaba sanando en su coma.
Estaba con muerte cerebral.
Josh no había vuelto al hospital desde el diagnóstico de Brandon y no
contestaba mis llamadas.
El cambio era extraño, nuestro hilo de texto pasó de docenas de
mensajes de él sin responder, rogándome que hablara con él, a docenas
de mensajes de texto míos sin respuesta, rogándole que hablara conmigo.
Quería saber que estaba bien.
Su silencio me decía que no lo estaba.
Me puse su sudadera hoy. Nunca la usaba sabiendo que él podría verla.
No quería animarlo, pero basándome en su ausencia durante los últimos
tres días, no pensé que tuviera que preocuparme, y necesitaba sentirlo
envuelto alrededor de mi cuerpo hoy. Necesitaba olerlo en la tela.
Lo necesitaba.
Esta reunión no iba a ser fácil para Sloan, se trataba de los siguientes
pasos.
La puerta de la sala se abrió y salió la mamá de Brandon, hablándole a
su papá en un español lloroso.
Sloan salió de la reunión detrás de ellos y la llevé inmediatamente a una
sala de espera vacía.
Ella era un zombi, había muerto hace tres días cuando lo hizo Brandon.
La luz se había ido de sus ojos, sus piernas caminaban, sus párpados se
movían, pero estaba vacía.
―¿Qué dijeron? ―pregunté, sentándola en una de las sillas acolchadas
a mi lado.
Habló con cansancio, con los ojos bordeados de un tono rojo
permanente.
―Dicen que tenemos que desconectarlo del soporte vital, que su cuerpo
se está deteriorando.
El gemido de la mamá de Brandon llegó por el pasillo, se había
convertido en un sonido que conocíamos muy bien. Ella se derrumbaba
al azar. Todos lo hacían. Bueno, todos menos yo. Estaba vacía de emoción
mientras mi depredador y yo compartíamos espacio. En lugar de sentir
dolor por el sufrimiento de Sloan, me sumergí aún más en mi TOC. Dormí
menos, me moví más, me sumergí más profundamente en mis rituales.
Y nada ayudó.
Sloan no reaccionó al sonido de dolor en el pasillo.
―Su cerebro ya no produce hormonas ni controla ninguna de sus
funciones corporales. Los medicamentos que toma para mantener la
presión arterial y la temperatura corporal dañan sus órganos. Dijeron que,
si queremos donarlos, tenemos que hacerlo pronto.
―Okey ―dije, sacando pañuelos de papel de una caja y poniéndolos
en sus manos―. ¿Cuándo lo harán?
Habló hacia la habitación, a algún lugar detrás de mí. Ella no me vio.
―No lo harán.
La vi.
―¿Qué quieres decir con que no lo harán?
Parpadeó, sus párpados se cerraron mecánicamente.
―Sus papás no quieren quitarle el soporte vital. Están orando por un
milagro. Son muy religiosos, creen que se recuperó una vez y que se
recuperará de nuevo.
Sus ojos se centraron en mí, y las lágrimas brotaron, amenazando con
caer.
―Todo va a ser en vano, Kristen. Es donante de órganos. Él querría eso.
Se va a pudrir en esa habitación y va a morir por nada y yo no tengo voz
en nada de eso.
Las lágrimas se derramaron por su rostro, pero no sollozó.
Simplemente brotaban, como el agua de una manguera con fugas.
La vi boquiabierta.
―Pero… pero ¿por qué? ¿No tenía testamento? ¿Qué demonios?
Ella negó con la cabeza.
―Hablamos al respecto, pero la boda estaba tan cerca que decidimos
esperar. No tengo nada que decir. En absoluto.
La realidad de repente se desplegó ante mí. No sería solo esto, sería
todo. Su póliza de seguro de vida, sus beneficios, su parte de la casa, las
pertenencias de él, no de ella. Ella no obtendría nada.
Ni siquiera un voto.
Ella continuó en su aturdimiento.
―No sé cómo convencerlos. El seguro no cubrirá su estadía por mucho
más tiempo, por lo que se verán obligados a tomar una decisión en algún
momento, pero lo cubrirá el tiempo suficiente para que sus órganos fallen.
Mi cerebro se aferró a una solución.
―Claudia, ella podría ser capaz de convencerlos.
No pudo asistir a la reunión, y se pondría del lado de Sloan, sabía que
lo haría, tenía influencia en sus papás.
―Tal vez Josh también ―continué―. Él les agrada, podrían escucharlo.
―Me paré.
Ella me vio, mientras una lágrima goteaba de su barbilla y aterrizaba
en su muslo.
―¿A dónde vas?
―A buscar a Josh.

Primero fui a la estación, pero Josh no estaba ahí. Lo encontré en casa.


Abrió la puerta después de dejarme golpearla durante casi cinco
minutos. Su camioneta estaba en la cochera. Sabía que estaba aquí.
Abrió la puerta y entró sin mirarme ni decir una palabra. Lo seguí y se
dejó caer en un sofá que nunca había visto.
Su rostro estaba desaliñado, nunca lo había visto nada más que bien
afeitado, ni siquiera en fotos. Tenía bolsas debajo de los ojos, había
envejecido diez años en tres días.
El apartamento estaba hecho un desastre. Las cajas ya no estaban,
parecía que finalmente había desempacado, pero la ropa estaba apilada
en una cesta tan llena que se derramaba por el suelo. Envases de comida
vacíos cubrían las encimeras de la cocina y la mesa de café estaba llena de
botellas de cerveza vacías, su cama estaba deshecha, el lugar olía a
estancado y húmedo.
Un deseo violento de cuidar de él se apoderó de mí. El velociraptor
golpeó su garra en el suelo. Josh no estaba bien.
Nadie estaba bien.
Y eso era lo que me hacía a mí no estar bien.
―Oye ―le dije, parándome frente a él.
Él no me vio.
―Oh, así que me estás hablando ahora ―dijo con amargura, tomando
un largo trago de cerveza―. Genial. ¿Qué quieres?
La frialdad de su tono me tomó por sorpresa, pero mantuve mi rostro
inmóvil.
―No has estado en el hospital.
Sus ojos inyectados en sangre se arrastraron hasta los míos.
―¿Por qué habría? Él no está ahí. Se fue.
Lo vi.
Negó con la cabeza y apartó la mirada de mí.
―Entonces ¿qué quieres? ¿Querías ver si estoy bien? No estoy
jodidamente bien, mi mejor amigo tiene muerte cerebral y la mujer que
amo ni siquiera me habla.
Tomó una tapa de cerveza de la mesa de café y la arrojó con fuerza al
otro lado de la habitación. Mi TOC hizo una mueca.
―Estoy haciendo esto por ti ―susurré.
―Bueno, no lo hagas ―espetó―. Nada de esto es por mí. Nada de esto.
Te necesitaba, y me abandonaste. Solo vete. Sal.
Quería subirme a su regazo. Decirle cuánto lo extrañé y que no lo
volvería a dejar. Quería hacerle el amor y no estar lejos de él nunca más
en mi vida. Y limpiar su maldito apartamento.
Pero en lugar de eso, me quedé ahí.
―No, no me iré. Tenemos que hablar sobre lo que está pasando en el
hospital.
Él me vio.
―Solo hay una cosa de la que quiero hablar. Quiero hablar de cómo tú
y yo podemos estar enamorados el uno del otro y tú no estarás conmigo,
o de cómo puedes soportar no verme ni hablarme durante semanas. De
eso es de lo que quiero hablar, Kristen.
Mi barbilla tembló. Me di la vuelta y fui a la cocina y agarré una bolsa
de basura de debajo del fregadero. Empecé a tirar envases de comida para
llevar y botellas de cerveza.
Hablé por encima del hombro.
―Levántate, date una ducha y aféitate, o no lo hagas si esa es la
apariencia que buscas, pero necesito que arregles tu mierda.
Me temblaban las manos. No me sentía bien. Había estado mareada y
un poco acalorada desde que fui a la estación de bomberos de Josh a
buscarlo, pero me concentré en mi tarea, metiendo basura en la bolsa.
―Si Brandon va a poder donar sus órganos, debe desconectarse del
soporte vital en los próximos días. Sus papás no lo harán y Sloan no tiene
voz ni voto. Tienes que ir a hablar con ellos.
Sus manos subieron debajo de mis codos, y su toque irradió a través de
mí.
―Kristen, detente.
Giré sobre él.
―¡Vete a la mierda, Josh! ¡Necesitas ayuda, y yo necesito ayudarte!
Y luego, tan rápido como surgió la ira, la tristeza se hizo cargo. Las
cadenas de mi cambio de humor se rompieron y los sentimientos
atravesaron mis paredes como el agua rompiendo la grieta de una presa.
Empecé a llorar, no sabía lo que estaba mal conmigo. La fuerza que me
impulsaba a través de mis días simplemente no estaba disponible para mí
cuando se trataba de Josh.
Dejé caer la bolsa de basura a sus pies, me tapé el rostro con las manos
y sollocé, él envolvió sus brazos alrededor de mí, y me perdí por
completo.
―No puedo dejar de limpiar y tengo un monstruo dentro de mi cerebro
y te extraño y Sloan se está desmoronando y sus papás no quieren quitarle
el soporte vital, así que sus órganos se están pudriendo. No puedo hacer
todas las líneas en la alfombra con la aspiradora y Stuntman está en una
perrera y no lo he visto en días, ¡y solo necesito que me dejes limpiar este
maldito apartamento!
No estoy segura de cuánto escuchó, si es que escuchó algo. Estaba
llorando tan fuerte que apenas podía entenderme a mí misma.
Simplemente me abrazó y acarició mi cabello, y por primera vez en
semanas el velociraptor cazó otra presa.
Josh me hacía débil. O fuerte. Ya era difícil decir lo que era sin mi
mecanismo de afrontamiento. Al menos cuando montaba a la bestia, hacía
la mierda, y ahora no era más que un desastre emocional.
Pero al menos el desastre era mío.
¿Por qué tenía este efecto en mí? Tenía esta forma de despertar partes
dormidas de mi alma. Me atravesó y dejó que todo entrara con él como
una tormenta.
Nadé en el agua.
Y al mismo tiempo, algo me decía que, si lo dejaba, me mantendría a
flote, no me dejaría hundirme. Nunca me había sentido tan vulnerable y
segura con nadie.
Me sentí caliente y temblorosa. Jadeé y agarré su camisa hasta que los
espasmos de llanto cesaron. Él me abrazó con tanta fuerza que mis
rodillas podrían haber cedido y no me habría caído ni un centímetro.
―No puedo ser la única que tiene su mierda bajo control ―susurré.
Su pecho retumbó mientras hablaba.
―No parece que tengas tu mierda bajo control…
Resoplé.
―Josh, por favor. ―Lo vi, mis manos temblaban sobre su clavícula―.
Necesito que intervengas, ve a hablar con sus papás, ellos te escucharán.
Él me vio como si verme llorar fuera una agonía. El anhelo en su rostro
era como cuchillas de afeitar para mi corazón. Sus ojos tristes, la forma de
su boca, sus cejas fruncidas.
Me amaba casi tanto como yo lo amaba, y sabía que lo estaba
lastimando. Sabía que pensaba que yo era suficiente, pero no era
suficiente. ¿Cómo podría una de mí ser algún tipo de sustituto de la media
docena de niños que siempre quiso? Simplemente no podía, las cuentas
no cuadraban, la lógica no era buena.
Secó una lágrima de mi mejilla con el pulgar.
―Okey ―susurró―. Iré. Solo, siéntate o algo así. Deja de limpiar.
―Bajó la cabeza para atrapar mis ojos―. ¿Estás bien? Estás temblando.
Puso una mano sobre la mía para calmar el temblor contra su pecho, y
su cercanía me hizo sentir completa por primera vez en semanas.
―Estoy bien ―dije, tragando―. Solo date prisa, ¿okey?
Me vio por un largo momento, como si estuviera tratando de
memorizar mi rostro o robar un segundo extra para abrazarme, luego se
giró hacia el baño.
Cuando se alejó de mí, la ausencia de su cuerpo presionado contra el
mío se sintió como si hubiera perdido mi ropa y me quedara desnuda y
expuesta a los elementos.
Lo extrañé, ninguna cantidad de tiempo aminoró eso, lo empeoró. Mi
corazón era un edificio descuidado y todos los días resistía una tormenta
feroz que goteaba a través de mi techo, inundaba mis pisos y rompía mis
ventanas, y el mal estado me volvía más débil y más cerca del colapso.
El agua se abrió en el baño y vi alrededor del apartamento, mi
compulsión volvía con furia ahora que él se había ido.
Al menos podría hacer esto por él. Podría cuidar su espacio, darle
orden. Lavar su ropa y sus colchas. Hacer que las cosas olieran a limpio,
convertir su hogar en un lugar en el que quisiera estar. Hacer esto que
obviamente no podía hacer por sí mismo en este momento.
Arrasé el lugar. Desnudé la cama, abrí las ventanas. Estaba lavando los
platos cuando empezaron los mareos.
¿Por qué me hormiguean los labios?
Presioné un dedo tembloroso en mi boca.
Y entonces mi visión comenzó a nublarse...
Pasé una navaja por mi mejilla por primera vez en días y estudié mi
rostro en el espejo del baño. Me veía como me sentía.
Perdido.
Era bueno verla. Ella me llenaba. Incluso cuando estaba regañándome
y mandándome, era como tomar una respiración profunda solo por estar
cerca. Cargó mis baterías, me arrastró de vuelta a mí mismo.
Se veía hermosa, pero no se veía bien. Estaba pálida, delgada, había
perdido peso, mucho. No se estaba cuidando a sí misma.
No podía hacer una mierda por mí mismo en este momento, pero podía
hacer cualquier cosa por ella. La cuidaría si me dejara, pero esta era la
primera vez que me hablaba en semanas.
No me había rendido. Nunca podría renunciar a ella, pero me había
cansado. Era tan terca, tan implacable, y mi corazón estaba desgastado.
Sin Kristen y Brandon, no podía moverme más. Quería hablarle a él de
ella y hablarle a ella de él, y ambos se habían ido.
La enormidad de eso era demasiado grande para envolver mi cerebro.
Nunca lo volvería a ver. Nunca volvería a estar con él cazando y
echándonos mierda. No volvería a hablarle nunca más de Kristen, de
Sloan ni de nada.
Yo no sería su padrino. Él nunca sería él mío. Nuestros hijos no jugarían
juntos.
Once años. Fuimos amigos durante once años, y él simplemente se
había ido. Su vida había terminado. Él había conseguido todo lo que iba
a conseguir, y yo no sabía cómo seguir adelante a partir de eso.
Así que no me moví en absoluto.
Casi esperaba que ella se hubiera ido para cuando salí de la ducha. Ella
corría, es lo que hacía conmigo. La mitad de mí que esperaba que todavía
estuviera aquí, y habría apostado dinero por que estuviera limpiando el
lugar, pero cuando salí, ella estaba en el sofá e inmediatamente supe que
algo andaba mal.
Volé a su lado.
―Kristen, ¿qué pasa?
Ella jadeó.
―No puedo ver. Mis... mis ojos están borrosos.
Estaba cubierta de sudor. Temblando, respirando con dificultad. Abrí
su párpado y me dio un manotazo.
Combativa.
Hipoglucémica.
Corrí a la cocina, rezando para que no hubiera tirado toda la basura. Vi
un viejo vaso de In-N-Out con Coca Cola de ayer y lo agarré, corriendo
de regreso al sofá.
―Kristen, necesito que bebas esto. No te va a gustar, pero necesito que
lo hagas.
Estaba sin sabor, viejo y a temperatura ambiente, pero era todo lo que
tenía en el apartamento. Le puse la pajita en los labios.
Ella sacudió la cabeza violentamente y apretó los dientes.
―No.
―Escucha, tus niveles de glucosa están bajos. Necesitas azúcar. Bebe
esto, te sentirás mejor. Vamos.
Trató de quitarme el vaso de las manos y yo lo protegí como si fuera la
cura para el cáncer.
Si no elevaba su nivel de azúcar en la sangre, podría tener una
convulsión a continuación, caer en la inconsciencia, y sus síntomas ya
estaban avanzados.
El pánico se apoderó de mí. Mi corazón latía en mis oídos. ¿Qué le está
pasando?
―Un par de tragos, por favor ―rogué.
Tomó la pajilla en sus labios y bebió, y mi alivio fue palpable.
Le tomó unos minutos y algunos sorbos más, pero dejó de temblar.
Tomé una toalla mojada y le limpié el rostro cuando volvió en sí. Le quité
la sudadera, mi sudadera.
―¿Cuándo fue la última vez que comiste? ―le pregunté.
Todavía estaba un poco desorientada. Cuando me vio, sus ojos
realmente no se enfocaron.
―No sé. No lo hice.
Vi mi reloj. Jesús, eran casi las 2:00 pm
―Vamos, te llevaré a buscar algo de comida. ―La ayudé a levantarse,
pasando un brazo alrededor de su cintura. Ella era tan frágil, los lados de
su estómago estaban duros.
Algo está mal.
La ayudé a subir a mi camioneta y fui al lugar de comida rápida más
cercano que pude encontrar. Probablemente no era lo que ella quería,
odiaba Burger King, pero necesitaba darle comida.
Pasamos por el drive-thru y luego nos estacionamos. Desenvolví su
hamburguesa y la vi comer. Parecía exhausta, su piel era cetrina.
―¿Eres diabética? ―pregunté, estudiándola.
―No. ―Ella olfateó.
―¿Estás segura?
Se comió una papa frita lentamente.
―Sí.
―¿La diabetes corre en tu familia? ¿Alguno de tus parientes la tiene?
―Sé lo que significa 'corre en tu familia' ―espetó. Me lanzó una mirada
y yo sonreí, feliz de que hubiera pasado de hipoglucemia a simplemente
hambre.
―Y no, nadie la tiene. Tampoco yo.
Puse la pajilla en la parte superior de su jugo de naranja y se lo di.
―¿Cómo lo sabes?
―Porque no tengo tiempo para ser diabética, Joshua.
Me burlé. Por supuesto.
―Mira, tienes que ir al médico y hacerte una prueba de glucosa. ¿Esto
ha pasado antes?
Ella sacudió su cabeza.
Vi hacia abajo a su estómago. La camiseta sin mangas que había usado
debajo de mi sudadera estaba ajustada. Por lo que pude ver, su estómago
no se había vuelto más grande de lo que era hace unas semanas. De hecho,
parecía un poco más pequeño. Me pregunté si eso significaba que los
fibromas se estaban reduciendo. ¿Podrían responder a la pérdida de peso
como el resto de ella? No parecía probable.
Quería sentir su abdomen, ver si podía usar mi entrenamiento médico
para descubrir qué estaba mal, pero ella nunca me dejó tocar su estómago.
―¿Cuándo está programada tu cirugía? ―le pregunté.
Tomó un sorbo del jugo.
―Hace dos semanas.
―¿Cuándo vas a reprogramarla?
Ella se encogió de hombros.
―No sé, no pronto. Es una recuperación de seis a ocho semanas. No
tengo a nadie que me cuide…
―Yo me ocuparé de ti.
Apretó los labios en una línea.
―Necesito estar con Sloan.
Me recosté en el asiento, cerrando los ojos. Necesitaba que ella cuidara
de sí misma.
¿Lo que estaba pasando tenía que ver con su condición? Pero la insulina
venía del páncreas. ¿Qué tenían que ver los tumores uterinos con el
páncreas? Me pregunté si lo que fuera que causó esto había estado al
acecho por algún tiempo. Si nunca se permitía tener hambre, nunca
tendría hipoglucemia. Ella siempre fue muy buena para comer, es posible
que nunca dejara que llegara a este punto.
―Estoy bien ―me dijo
Abrí mis ojos.
―No, no lo estás. Luces enferma, estás pálida, tu pulso es débil. Casi te
desmayas ahí atrás, podrías haber tenido una convulsión. ¿Y si hubieras
estado conduciendo?
La protección me recorrió. Ella era mía. Necesitaba poder cuidarla, y no
me dejaba hacerlo. Eso desafiaba todas las leyes de la naturaleza. Estaba
mal. Estábamos enamorados y se suponía que yo debería estar ahí para
ella.
Vio su hamburguesa.
―Josh, estoy un poco agotada, ¿okey? Duermo con Sloan en el hospital
todas las noches. Estoy viviendo de café negro y todo lo que pueda
meterme en la boca. Mi TOC es maníaco…
―¿Tienes un TOC? ―Realmente no me sorprendía. Vi algo de eso en
ella desde que la conocí. Una de mis hermanas lo tenía, lo supe cuando lo
vi.
―Por lo general, no es tan malo, pero empeora cuando estoy bajo estrés.
―Se terminó la hamburguesa e hizo una bola con el papel como si fuera
un esfuerzo hacer eso, luego se recostó contra el reposacabezas y cerró los
ojos.
Se estaba desmoronando, se estaba deteriorando física y mentalmente
tratando de mantener a Sloan unida. ¿Y dónde diablos estaba yo en todo
esto?
Fallándole.
No me pediría ayuda, la conocía lo suficientemente bien como para
saberlo, y ni siquiera estuve en el hospital en tres días para ver cómo
estaba. La dejé sola con la familia de Sloan y Brandon y todo lo demás.
Debería haber estado ahí, tal vez podría haberme adelantado a esto del
soporte vital. Tomar un lugar en el turno de la noche para estar con Sloan
para que Kristen pudiera dormir un poco, asegurarme de que ella
comiera. Hablando conmigo o no, Kristen nunca rechazaba la comida.
Me culpé por esto, pero también la culpé a ella, porque si me hubiera
dejado, yo la habría cuidado. Podríamos habernos cuidado el uno al otro,
y ninguno de nosotros estaría en tan mal estado.
Me acerqué y entrelacé mis dedos con los suyos. No se apartó. Parecía
demasiado cansada para pelear conmigo. Me apretó la mano y la calidez
de su tacto me atravesó.
―Iré al hospital ―dije―. Hablaré con sus papás y me quedaré con
Sloan hoy. Necesito que vayas a casa y duermas, y mañana quiero que
vayas al médico. Llama para programar la cita esta noche porque es
posible que debas ayunar antes de que te hagan un análisis de sangre.
Ella solo me vio, con su hermoso rostro vacío y cansado. Siempre fue
tan fuerte, daba miedo verla así.
El amor le hizo esto. Su amor por Sloan.
Y probablemente su amor por mí también.
Sabía que no era fácil para ella. Sabía que pensaba que estaba haciendo
lo correcto, pero mierda, si simplemente parara. Si ella parara, ambos
podríamos estar bien.
Me vio, cansada.
―Apuesto a que desearías haber pateado los neumáticos antes de caer
en este desastre. ―Sonrió débilmente―. ¿No te alegras de que te haya
salvado de ti mismo?
Negué con la cabeza.
―No, no es así como funciona, Kristen. El amor es para bien o para mal.
Es para siempre y pase lo que pase. El pase lo que pase solo pasó primero
para nosotros.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y apretó los labios.
―Te extraño.
Se me hizo un nudo en la garganta.
―Entonces quédate conmigo, Kristen. En este momento. Podemos
mudarnos juntos, hoy. Dormir en la misma cama. Solo di que sí. Eso es
todo lo que tienes que decir. Solo di que sí.
Lo deseaba tanto que mi corazón se sentía como si estuviera gritando.
Quería sacudirla, secuestrarla y mantenerla como rehén hasta que parara
con esta mierda.
Pero ella negó con la cabeza.
―No.
Solté su mano y me alejé de ella contra la puerta, puse mis dedos en el
puente de mi nariz.
―Nos estás matando a los dos.
―Un día…
―Deja de hablarme de un día. ―Me volteé hacia ella―. Nunca me
sentiré diferente sobre esto.
Esperó un segundo.
―Yo tampoco.
Nos sentamos en silencio por un momento, y cerré los ojos. La sentí
moverse por el asiento, y luego su cuerpo se presionó contra mi costado,
la rodeé con un brazo y dejé que metiera la cabeza bajo mi barbilla.
La sensación de tenerla cerca era terapéutica. Creo que lo era para los
dos. Una compresa tibia para mi alma.
Nunca había tenido todo de ella a la vez, solo había conseguido piezas.
Su amistad sin su cuerpo, su cuerpo sin su amor, y ahora su amor sin nada
del resto.
Pero incluso con los pequeños fragmentos que tenía, era suficiente para
decirme que nunca dejaría de perseguirla por completo. Jamás. Así
viviera cien años. Era ella. Simplemente era ella.
―Kristen, eres la mujer con la que se supone que debo pasar el resto de
mi vida ―susurré―. Lo sé en mi jodida alma.
Ella olfateó.
―Yo también lo sé, Josh, pero eso era antes.
―¿Antes de qué? ―Envolví mis brazos a su alrededor con más fuerza,
las lágrimas pinchaban mis ojos.
―Antes de romperme por dentro. Antes de que mi cuerpo me hiciera
mala para ti. A veces las almas gemelas no terminan juntas, Josh. Se casan
con otras personas, nunca se encuentran, o uno de ellos muere.
Cerré los ojos con fuerza y sentí que el nudo en mi garganta se hacía
más grande. Solo que ella lo admitiera, que reconociera que eso era lo que
éramos, el uno para el otro, era la cosa más validante que me había dado.
―Kristen, sé lo que dije, que no quiero adoptar, que quiero mis propios
hijos y quiero una gran familia, pero tú haces que todo sea diferente.
Estuvo en silencio durante mucho tiempo antes de responderme.
―Josh, si supieras que estar conmigo me quitaría lo único que siempre
he querido, ¿lo harías?
Entendí su razonamiento. Lo entendía, pero no lo hacía más fácil.
―¿Y si fuera yo quien no pudiera tener hijos? ―pregunté―. ¿Me
dejarías?
Ella suspiró.
―Josh, es diferente.
―¿Cómo? ¿Cómo es diferente?
―Porque tú lo vales. Vales cualquier defecto que puedas tener, yo no.
La alejé de mí para poder verla a los ojos.
―¿No crees que vales la pena? ¿Me estás tomando el pelo?
Sus ojos exhaustos me devolvieron la mirada, vacíos.
―No lo valgo, soy un desastre. Soy irritable e impaciente, soy mandona
y exigente, y tengo todos estos problemas de salud. No puedo darte bebés.
No valgo la pena, Josh. No lo valgo. Otra mujer sería mucho más fácil.
―No quiero una mujer fácil. Te quiero a ti. ―Negué con la cabeza―.
¿No lo entiendes? Eres perfecta para mí. Me siento como un hombre mejor
sabiendo que puedo hacer cualquier cosa por ti: prepararte el almuerzo,
hacerte reír, llevarte a bailar. Esas cosas se sienten como un privilegio para
mí. Todas esas cosas que crees que son defectos son lo que amo de ti.
Mírame. ―Levanté su barbilla―. Soy miserable. Soy tan jodidamente
miserable sin ti.
Empezó a llorar de nuevo, la jalé y la abracé.
Esta era la conversación más larga que habíamos tenido sobre esto. No
sé si estaba demasiado cansada y enferma para callarme, o si simplemente
no tenía a dónde correr, atrapada en mi camioneta como estaba, pero me
hizo sentir la esperanza de que al menos estaba hablándome de eso.
Acaricié su cabello con la nariz y la respiré.
―No quiero nada de eso sin ti.
Ella sacudió su cabeza contra mi pecho.
―Desearía poder amarte menos. Tal vez si lo hiciera, soportaría
quitarte tu sueño, pero no sé cómo comenzar a dejar que alguien renuncie
a algo así por mí. Tendría ganas de disculparme todos los días de mi vida.
Tomé una respiración profunda.
―No tienes idea de cuánto desearía poder regresar el tiempo y nunca
poner esa mierda en tu cabeza.
Sus dedos se abrieron y cerraron sobre mi pecho. Me sentía feliz,
sentado ahí en mi camioneta en un estacionamiento de Burger King,
sentía más paz de la que había sentido en semanas solo porque ella estaba
ahí conmigo, tocándome, hablándome, diciéndome que me amaba, y
luego esa alegría se esfumó cuando recordé que esto no iba a durar. Iba a
irse de nuevo, y Brandon ya no estaba, pero era este alivio temporal lo que
me dijo que con ella a mi lado, podría superar cualquier cosa. Podría
navegar los peores días de mi vida mientras se quedara a mi lado.
Si tan solo me dejara ayudarla a superar sus peores días.
Habló contra mi pecho.
―¿Sabes que eres el único hombre por el que he llorado?
Me reí un poco.
―Te vi llorar por Tyler. Más de una vez.
Negó con la cabeza.
―No, siempre fue por ti. Porque estaba tan enamorada de ti y sabía que
no podría estar contigo, me convertiste en una especie de loca.
Ella levantó la cabeza y me vio.
―Estoy tan feliz de haberte conocido, Josh, y me siento tan afortunada
de haber sido amada por alguien como tú.
Ella estaba llorando y yo ya no podía mantener mis propios ojos secos.
Simplemente no podía, y no me importaba si me veía llorar. Había
perdido a las dos personas que más necesitaba en esta vida, y nunca me
avergonzaría de llorar por ninguna de ellas. Dejé caer las lágrimas, y ella
se inclinó y me besó. El jadeo cuando me tocó y la tensión de sus labios
me dijeron que estaba tratando de no derrumbarse, sostuvo mis mejillas
en sus manos, y nos besamos y abrazamos como si nos estuviéramos
diciendo adiós: como amantes a punto de ser separados por un océano o
una guerra, desesperados y demasiado afligidos para dejarnos ir.
Pero ella no tenía que dejarme ir.
Y ella lo haría de todos modos.
Se separó de mí, con la barbilla temblando.
―Mereces compartir todo lo que eres con tus hijos algún día. Tener un
niño pequeño que se parezca a ti y que puedas criar para que sea el mismo
tipo de hombre que eres. Tienes que seguir adelante, ¿okey? Tienes que.
Estábamos de vuelta en el punto muerto. Sostuve su frente contra la
mía por la parte de atrás de su cuello, desesperado por saber qué decir
para que cambiara de opinión, pero no había nada que pudiera hacer.
Estaba tan metida en esta mentalidad. ¿Y cómo podría socavarla cuando
la mayoría de los días no me dejaba acercarme a ella?
―Kristen, nunca voy a renunciar a ti. Simplemente no lo haré, y me
estás haciendo daño. Por favor, deja de lastimarme, te necesito conmigo.
¿Lo entiendes?
Y luego la perdí de nuevo.
Su rostro adquirió esa mirada pétrea que yo conocía tan bien. Se alejó
de mí, regresó al asiento del pasajero, la pared se elevó, pesada y
definitiva.
Me incliné hacia adelante y puse mi rostro entre mis manos.
Esperé unos segundos antes de volver a hablar.
―¿Puedes al menos empezar a dormir un poco? Si voy al hospital, ¿te
quedarás en mi casa y te irás a la cama? ―Volví a mirarla.
Ella asintió.
―¿Josh?
―¿Qué?
―Está tranquila ―dijo.
―¿Qué? ―pregunté suavemente.
―Mi mente, por fin está tranquila. Solo hay silencio cuando estoy
contigo.

Fue necesaria una larga y emotiva charla con Claudia y sus papás, pero
acordaron retirarle a Brandon del soporte vital mañana.
Después de nuestra reunión en su casa, sus papás me dieron un abrazo
de despedida y Claudia me siguió hasta el camino de entrada. El sol se
ponía, la autopista se escuchaba cerca. Arrastré para abrir la pesada
puerta blanca de hierro forjado que encerraba su pequeña propiedad en
el este de Los Ángeles.
Claudia se ofreció a pasar la noche con Sloan en el hospital para que yo
pudiera irme a casa. Solo quería volver con Kristen, quería meterme en la
cama con ella, y sentir el alivio del sueño que solo encontraba cuando la
tenía a mi lado.
―Gracias ―dijo Claudia mientras me alejaba de la puerta.
Ella era la copia al carbón de Brandon. Tenían las mismas expresiones,
los mismos ojos.
Nunca volvería a ver las expresiones de mi amigo, el pensamiento me
golpeó como un puño en el estómago.
Claudia se acurrucó en su suéter.
―No creo que lo hubieran hecho si no hubieras venido, significó algo
para ellos que dijeras que esto era lo que él querría.
Me abrazó y cuando se apartó, se secó los ojos.
―Es difícil argumentar en contra de la fe. No puedes verla, ¿sabes?
―Deberías intentar argumentar en contra de la lógica ―dije, aclarando
el nudo en mi garganta.
Ella olfateó.
―Argumentaría en contra de la lógica cualquier día, se puede razonar
con la lógica siempre que tenga los hechos. Buenas noches, Josh.
En el camino a casa, me encontré con el tráfico de la hora pico. Me senté
ahí pensando en la reunión con los papás de Brandon. Las bocinas
sonaban, y las luces rojas de freno parpadeaban.
Pensé en Kristen, en cómo no importó cuánto le dije que la quería, ella
no titubeó. Quería que creyera en mi amor por ella, que pusiera toda su
fe en algo intangible, de la misma manera que los papás de Brandon
creyeron que sus oraciones serían respondidas, pero Kristen no era así.
Para ella, los sentimientos no eran motivo para tomar decisiones, veía esta
situación como si ella fuera un auto genial que yo no podía pagar. Algo
que yo quería por la forma en que me hacía sentir, no porque hubiera
considerado el precio y tomado una decisión pensada para comprarlo. Era
pros y contras, hechos y números, blanco y negro. Sentido común. Era
práctica y no había nada lógico en estar conmigo.
¿O lo había?
Se puede razonar con la lógica siempre y cuando tengas los hechos...
Dejé de respirar.
Santa mierda.
¡Santa mierda!
¡Estuve argumentando mal!
De repente supe cómo comunicarme con ella, sabía lo que tenía que
hacer.
Llevaría algo de tiempo juntarlo todo, tal vez unas pocas semanas, pero
lo sabía.
Sonreí el resto del camino a casa, hasta que llegué y vi que su auto no
estaba.
En el interior, mi ropa estaba lavada y doblada. El apartamento estaba
impecable y aireado, y la sudadera que le regalé todas esas semanas atrás
estaba cuidadosamente doblada sobre la cama.
Me estacioné en el camino de entrada de Sloan y usé la llave debajo de
la maceta para entrar, como hacía todos los días desde el funeral hace dos
semanas. Seguía diciendo que tenía que hacer una llave, pero nunca tenía
tiempo, entre tratar de dirigir Doglet Nation mientras cuidaba lo que
quedaba de mi mejor amiga, mis días estaban llenos.
Había comenzado a considerar mudarme de nuevo con Sloan. No veía
que pudiera dejar de necesitarme aquí. Su mamá intervenía a veces, hacía
lo que podía, pero tenía un trabajo de sesenta horas a la semana, y el papá
de Sloan vivía a dos horas de distancia. Yo era la última línea de defensa.
La casa olía a flores en descomposición. Dejé a Stuntman en el suelo,
llevé la compra a la cocina y saqué todo de la bolsa, luego comencé a tirar
los ramos de flores, podría abrir su propia floristería con todos los jarrones
vacíos.
La puerta del dormitorio de Sloan estaba cerrada y la dejé dormir.
Sacarla de la cama antes del mediodía era el doble de la lucha, me había
dado por vencida con eso. Aproveché las primeras horas para hacer los
quehaceres.
Esta era mi vida ahora, la segunda mitad de nuestras vidas había
comenzado. El antes había pasado, y ahora vivíamos en el después. Venía
todas las mañanas tan pronto como me despertaba. Me quedaba hasta la
medianoche, y vivía codo a codo con mi velociraptor. Coexistíamos,
cuidando a Sloan.
No traté de limpiar nada que fuera de Brandon, no toqué su ropa sucia,
no tiré la botella de cerveza que estaba en el garaje. La única chispa de
vida que había visto en ella desde el funeral fue cuando se volvió loca
conmigo porque quité y lavé el vaso de agua de casi dos meses del lado
de la cama de Brandon.
Al mediodía, llamé a la puerta de su dormitorio. Cuando no obtuve una
respuesta, entré. Ella yacía envuelta en su edredón azul. Abrí las persianas
y luego la ventana, esperando que el aire fresco le hiciera bien. Le preparé
un baño y me senté en el borde de la cama para levantarla.
―¿Sloan? Vamos. Arriba. Vamos.
Ella gimió.
Jalé las mantas hacia abajo, destapándola. Observé su posición fetal, su
colorido brazo tatuado pegado a su cuerpo.
La sacaría hoy, haría que fuera al parque o a dar un pequeño paseo. Tal
vez podría hacer que se sentara afuera en el porche delantero.
Algo.
―Sloan. Levántate. ―Me acomodé debajo de su brazo y la levanté para
que se sentara. Con algo de esfuerzo la metí en la bañera.
Mientras ella se bañaba, desnudé la cama y lo metí todo en la lavadora.
Lavaba sus sábanas todos los días, gracias a mi TOC. Si iba a estar en su
cama doce horas al día, al menos las sábanas podrían estar limpias. Mi
esfuerzo era mantenerla a ella y todo lo que la rodeaba limpio y
reconfortante.
Mientras ponía detergente en la máquina, sonó mi teléfono celular. Ni
siquiera tuve que ver para saber quién era. Josh me enviaba mensajes de
texto todos los días. Vi el mensaje.

Josh: Solo di que sí.

Tragué el nudo en mi garganta y volví a meter mi teléfono en mi


bolsillo.
Mantenía una correspondencia constante conmigo. Era totalmente
unilateral. A veces decía que me quería y que me echaba de menos. Me
enviaba correos electrónicos que parecían cartas, diciendo dónde estaba o
qué estaba haciendo, como si no quisiera que lo olvidara -como si pudiera-
y todos los días, un mensaje era siempre el mismo.
Solo di que sí.
La semana pasada se fue a su casa en Dakota del Sur por unos días, y
me pregunté si planeaba regresar. No tenía ninguna razón para quedarse
ahora. Odiaba su trabajo, Brandon se había ido y yo nunca le respondía.
No lo había visto ni hablado con él desde el funeral.
Lavé el cabello de Sloan mientras ella abrazaba sus rodillas contra su
pecho, luego la saqué de la bañera, le sequé el cabello con una toalla y lo
peiné en una trenza en el sofá.
Veríamos una película más tarde, yo la elegiría con cuidado como lo
hacía todos los días. No podía ser una historia de amor ni nada triste.
Puse las sábanas en la secadora, luego fui a hacer el almuerzo, mal, y
cuando volví, ella estaba en el sofá viendo el video musical. El maldito
video musical. Otra vez.
Era lo único que parecía interesarle. Un video viral de “El naufragio del
Edmund Fitzgerald”. Un cover. Estaba obsesionada con eso.
Supongo que debería estar feliz de que algo le interesara.
Dejé la comida en la mesa de café.
―Oye, ¿estás segura de que no quieres ayudarme con el almuerzo la
próxima vez? Eres mucho mejor en eso que yo. No sabía cuánto vodka
poner en el arroz.
Ella sonrió un poco, pero fue algo mecánico. Volví por las bebidas.
Cuando salí, ella estaba viendo el video de nuevo.
―¿Cuántas veces has visto eso? ―pregunté, sentándome a su lado.
Ella se encogió de hombros con cansancio.
―Me gusta. ―Su voz era ronca.
Me incliné y vi el video con ella. Una cosa de animación con plastilina
de un naufragio. Un gran carguero en una tormenta siendo arrojado por
las olas hasta hundirse.
Lo vi hasta el final, luego ella lo reprodujo de nuevo.
―¿Por qué te gusta tanto? ―Negué con la cabeza.
Vio la pantalla por un momento.
―Porque me siento como esos hombres. Como si una tormenta viniera
y hundiera algo fuerte, y ahora estuviera perdida en el mar. Ahogándome.
No respondí.
―Me gusta su voz ―agregó.
―¿Por qué no compramos algo de su música? ―Esperemos que no todo
sea jodidamente deprimente―. Veamos si tiene un álbum ―dije, tomando su
teléfono. Estaba empezando a desplazarme por Amazon Music cuando
sonó un mensaje y apareció un texto en su pantalla.

Josh:

―Oh... Josh acaba de enviarte un mensaje de texto. ―Levanté la mirada


hacia ella. No sabía que hablaban―. ¿Él te dio un pulgar hacia arriba?
Ella me vio con desgana.
―Kristen, ¿por qué no has hablado con él?
La pregunta me sorprendió. Mi mejor amiga no había sido mi mejor
amiga en mucho tiempo. No hablábamos de mí ni de lo que estaba
pasando.
Realmente no hablamos de nada.
Volví a desplazarme por el álbum de la artista en su teléfono para no
tener que mirarla.
―¿Qué hay que decir?
Ella se rio. De hecho, me sobresaltó que fuera tan repentino, y la vi
sorprendida.
―Vete a casa, Kristen.
Parpadeé hacia ella.
―¿Qué?
Tomó su teléfono de mis manos.
―Vete a casa. Háblale. Está con él. Se feliz.
Fruncí el ceño.
―Nada ha cambiado, Sloan.
Me vio con los ojos enrojecidos.
―No crees que vales la pena.
Me moví incómodamente.
―¿De qué estás hablando?
―Tu mamá, toda tu vida te hizo sentir que nunca eras lo
suficientemente buena, y tampoco crees que eres lo suficientemente
buena para Josh, pero lo eres.
Negué con la cabeza.
―No. No es eso, Sloan.
―Sí, lo es.
―Sloan, no sabe qué es lo mejor para él. Solo está pensando en este
momento.
―No. Tú eres la que no sabe lo que es mejor para ti. Ella te arruinó. Pasó
toda tu infancia poniendo un listón que sabía que nunca alcanzarías, y
ahora crees que tienes que ser perfecta para ser lo suficientemente buena
para alguien.
Nos miramos mutuamente, luego, el pecho de Sloan comenzó a subir y
bajar de la manera rápida que me indicaba que se avecinaba un colapso.
Instintivamente saqué pañuelos de papel de una caja en la mesa auxiliar
justo cuando sus ojos comenzaron a lagrimear.
―¿Kristen? El accidente de Brandon fue mi culpa.
Estaba acostumbrada a esto, se desconcentraba mucho, pero esta vez
me alegré por el cambio de tema.
―No, Sloan, no lo fue. ―Tomé el plato de su regazo y lo puse en la
mesa de café y tomé sus manos―. Nada de esto fue tu culpa.
Se mordió el labio, y las lágrimas cayeron por sus mejillas.
―Lo es, nunca debí dejarlo andar en esa motocicleta. Debería haber
insistido.
Negué con la cabeza, acercándome a ella.
―No. Era un hombre adulto, Sloan. Él era paramédico. Iba a esas
llamadas de accidentes, conocía los riesgos. No te atrevas a ponerte esto
tú misma.
Su barbilla tembló.
―¿Cómo puedo no hacerlo? ¿No debería haberlo protegido de sí
mismo? Lo amaba. Era mi trabajo.
―No, no lo era. La gente toma sus propias decisiones, Sloan. Vivió la
vida que quería vivir, era un hombre de veintinueve años. Era capaz de
tomar decisiones.
Se secó las mejillas con el dorso de la mano.
―Así que tú puedes decidir por Josh, ¿pero yo no debería haber
decidido por Brandon?
Vi la trampa, pero ya era demasiado tarde.
Ella negó con la cabeza, parpadeando entre lágrimas.
―No tienes idea, ¿verdad? ¿Crees que se está conformando? Para Josh,
no estar contigo es conformarse. ¿No lo entiendes?
―Sloan ―dije suavemente―. Tú no en…
―¿No? ―Ella chasqueó―. ¿Crees que si Brandon no hubiera podido
tener hijos después de su accidente, yo me habría conformado con
quedarme con él? Lo habría tomado de cualquier manera que pudiera
tenerlo. Discapacitado. En silla de ruedas, sin sus malditos brazos y
piernas. Eso con lo que estás obsesionada no importa. Él te ama. Él te
quiere a ti. ―Ella respiró con dificultad―. No seas como yo. No vivas el
resto de tu vida sin el hombre que amas. Vete a casa, Kristen.
―Sloan...
―¡Vete a casa! ¡Fuera de mi casa!
Su grito me puso en acción y me puse de pie.
―Vete a casa. ―Sus ojos se endurecieron―. Y no vuelvas a venir aquí
sin Josh otra vez.
Tomó a Stuntman y lo empujó a mis brazos, luego me empujó fuera de
su casa hacia el porche delantero, tomó la llave de la casa de la jardinera
y me cerró la puerta en la cara.
La conmoción me tuvo parada ahí viendo su puerta por un minuto
completo.
Ella me echó.
Se me fue encima, y la perra loca me echó.
Pasé una mano por encima de la puerta y llamé.
―Sloan, abre.
La cadena raspó la puerta y el cerrojo se cerró.
―¡Sloan! ¡Vamos! ―Presioné el timbre en rápida sucesión.
Nada.
Increíble.
Bueno, esto era simplemente perfecto. ¿Quién iba a hacer su cama? Ni
siquiera podía lavar los platos. Los del almuerzo probablemente se
enmohecerían en la sala de estar. ¿Y la cena? Se moriría de hambre sin mí.
Estaba siendo completamente irrazonable.
Stuntman me vio como si no supiera lo que acababa de pasar. Yo
tampoco.
Caminé hacia el auto y me dejé caer en el asiento del conductor,
cruzando los brazos.
Tal vez la puerta trasera esté abierta.
Sloan y yo nunca habíamos peleado antes.
Dejé escapar un largo suspiro. Lo entendía. Entendía sus sentimientos,
lo hacía. Mi mejor amiga estaba viviendo su pesadilla. Estaba en su propio
infierno personal, y el hombre que yo amaba estaba vivo y aquí, y no lo
tendría. Por supuesto que podía ver cómo la lastimaba eso, y lo triviales
que parecían mis razones frente a lo que ella estaba soportando. Me hizo
sentir como una mierda que ella pensara que yo estaba siendo mezquina.
Pero no cambiaba nada.
Josh quería tomar una decisión ciega, emocional e instintiva que
cambiaría el resto de su vida, y yo no podía ser parte de eso. Simplemente
no podía. Sloan podría estar enojada conmigo todo lo que quisiera. Estaba
haciendo lo correcto y, a veces, hacer lo correcto era impopular, pero eso
no significaba que estuviera mal. A veces tenías que ser cruel para ser
amable, y no iba a dejarme intimidar para que cambiar de opinión.
Conduje a casa, con las palabras de Sloan resonando dolorosamente en
mi mente como una bala que rebota. No cambiaban nada, pero dolían.
Cuando llegué a casa, dejé las llaves de mi auto sobre la mesa de la
cocina y vi alrededor de mi casa inmaculada, sintiéndome perdida.
¿Qué hacía ahora? Siempre había tenido a Sloan. ¿Qué pasaría si
realmente hablaba en serio sobre esto y no me veía más?
De repente me di cuenta de que la necesitaba casi tanto como ella me
necesitaba a mí. Cuidarla me ayudaba a mantenerme firme con Josh,
porque, aunque ella era un desastre, un desastre era algo que había que
arreglar, y ahora, sin la distracción, el vacío era abrumador.
Me senté en la mesa de la cocina y puse una pila de servilletas frente a
mí y comencé a enderezarlas, alineando las esquinas y mordiéndome el
labio, pensando en mi próximo movimiento.
Okey, tal vez lo que dijo sobre mamá era cierto. Dios sabe que podría
pasar el resto de mi vida en terapia trabajando en la mierda por la que me
hizo pasar la Reina del Hielo. Tal vez mamá me jodió y tuve algunos
problemas de autoestima, pero la fría y dura verdad era que venía con
demasiado equipaje, y no valía la pena el sacrificio que Josh tendría que
hacer para estar conmigo. Nunca le podría dar tanto como le quitaría. Eso
no era falta de autoestima, era solo un hecho simple.
Tal vez Sloan estaría de acuerdo con un trato. Hablaría con alguien
sobre algunos de mis problemas si ella aceptara ir a terapia de duelo. No
era ceder ante Josh como ella quería, pero Sloan sabía cuánto odiaba a los
terapeutas, y siempre quiso que viera a alguien. Estaba debatiendo cómo
presentarle esto cuando vi hacia la sala de estar y lo vi: un único clavel
púrpura en mi mesa de café.
Vi alrededor de la cocina como si de repente pudiera encontrar a
alguien en mi casa, pero Stuntman estaba tranquilo, se dejó caer debajo
de mi silla. Me levanté a investigar y vi que la flor estaba encima de una
carpeta con las palabras “simplemente di que sí” escritas en el exterior
con la letra de Josh.
¿Estuvo aquí?
Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Volví a ver alrededor de la sala
de estar como si pudiera verlo, pero era solo la carpeta.
Me senté en el sofá, mis manos en mis rodillas, viendo la carpeta por lo
que parecieron siglos antes de reunir el coraje para ponerla en mi regazo.
Metí el cabello detrás de mi oreja, me lamí los labios, respiré y la abrí.
La primera página decía “Especialistas SoCal Fertility".
Mi respiración se detuvo en mis pulmones. ¿Qué?
Él tuvo una consulta con el doctor Mason Montgomery de SoCal
Fertility. Un subespecialista certificado en endocrinología reproductiva e
infertilidad con la Junta Estadounidense de Obstetricia y Ginecología. Les
habló sobre el in vitro y maternidad subrogada, y se hizo pruebas de
fertilidad.
Puse una mano temblorosa en mi boca, y las lágrimas comenzaron a
nublar mis ojos.
Estudié detenidamente los resultados de su prueba. Josh era una
máquina reproductora, tenía fuertes nadadores y un conteo de
espermatozoides impresionante. Lo rodeó con un círculo y puso una
carita sonriente guiñando un ojo junto a él y yo resoplé.
Describía las altas tasas de éxito de la clínica, más altas que el promedio
nacional, y obtuvo testimonios personales firmados de pacientes
anteriores, mujeres como yo que usaron una sustituta. Carta tras carta de
aliento, dirigida a mí.
La hoja siguiente era un desglose completo del costo del in vitro e
información sobre el seguro médico de Josh y lo que cubría. Su seguro era
bueno, cubría la primera ronda de FIV al 100 por ciento.
Incluso tenía un pequeño plan de negocios. Proponía vender casas para
perros que él construiría, el ingreso adicional recaudaría suficiente dinero
para la segunda ronda de in vitro en unos tres meses.
La siguiente sección estaba llena de folletos del Departamento de
Adopciones Internacionales. Las notas escritas con la letra de Josh decían
que Brasil acababa de abrirse. Desglosó el proceso, el cronograma y los
costos hasta los gastos de viaje y las tasas judiciales.
Pasé una manga llena de folletos a una página sobre cómo obtener una
licencia para el cuidado de crianza. Él ya había pasado por la verificación
de antecedentes y me adjuntó un formulario, junto con una serie de fechas
disponibles para las clases de orientación sobre crianza temporal y las
inspecciones en el hogar.
¿Esto era lo que había estado haciendo? Esto debe haberle llevado
semanas.
Mi barbilla tembló.
De alguna manera, al verlo todo por escrito, sabiendo que estaríamos
juntos en esto, no se sentía tan desesperado. Se sentía como algo que
podíamos hacer. Algo que realmente podría funcionar.
Algo posible.
La última página tenía un sobre pegado. Lo abrí con las manos
temblorosas y mi garganta apretándose.
Sé cómo será el viaje, Kristen, estoy listo para asumir esto. Te amo y no veo la
hora de contarte la mejor parte... solo di que sí.

Dejé caer la carta, me tapé el rostro con las manos y sollocé como nunca
en mi vida.
Él hizo todo esto por mí. Josh vio la infertilidad directamente a los ojos,
y su elección seguía siendo yo.
Él nunca se dio por vencido.
Todo este tiempo, sin importar cuán fuerte lo rechacé o cuán difícil lo
hice, nunca se alejó de mí. Simplemente cambió de estrategia, y él sabía
que, si ésta no funcionaba, probaría con otra, y otra, y otra.
Nunca dejaría de intentarlo hasta que me rindiera.
Y Sloan… ella lo sabía. Sabía que esto estaba aquí, esperándome. Por eso
me echó. Habían conspirado para hacer esto.
En su dolor, cuando más me necesitaba, cuando ni siquiera podía
alimentarse o bañarse, estaba dispuesta a renunciar a mí con la esperanza
de forzarme porque quería esto para mí. Ella quería que yo fuera feliz.
Porque eso es lo mucho que ella me ama. Ella me ama tanto como Josh.
Ellos pensaban que yo valía la pena.
Yo aún no lo creía. Puede que nunca lo crea de verdad.
Pero ellos sí.
Algo dentro de mí se rompió en ese momento, me di por vencida, ya no
tenía fuerzas para alejarme de él. Simplemente no podía hacerlo más, no
había ninguna razón para hacerlo. Sus ojos estaban abiertos.
Stuntman se apretó contra mi costado, mirándome. Me sequé los ojos
con la parte superior de mi camisa.
―Voy a traer a tu papá a casa.
Su lengua sobresalía de la parte delantera de su boca, y parecía que
estaba sonriendo. Tomé mi teléfono y le envié un mensaje a Josh por
primera vez en semanas.
Kristen: Sí.

Esperé, viendo mi teléfono con el corazón en la garganta. El timbre


sonó.
Me reí, saltando del sofá, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas.
Por supuesto que me estaba esperando, eso es todo lo que hacía Josh.
Nunca tendría que volver a hacerlo.
Abrí la puerta. Él estaba de pie en el porche radiante con sus hoyuelos
y su desordenado cabello recogido. Me lancé en sus brazos, y su aroma a
cedro se estrelló contra mí, la forma familiar de su cuerpo se envolvió
alrededor del mío, instantáneamente haciéndome sentir completa. Se rio
con alivio y me levantó del suelo, sosteniéndome tan fuerte que no podía
recuperar el aliento.
―Sí ―susurré―. Sí.
Josh es mío.
La felicidad era casi demasiada, y luego, con la misma profundidad,
cuando me di cuenta de que mi lucha fue en vano, sentí la pérdida de los
últimos meses sin él. Las semanas que podríamos haber estado
cuidándonos, llevándonos a través de esta tragedia.
―Josh, lo siento tanto. Siento tanto haberte lastimado. ―Lo abracé,
llorando―. Gracias por nunca rendirte.
―Shhhhhhhh. ―Me apretó―. Habría luchado por ti toda la vida. Me
alegro de que no me hayas hecho esperar tanto. ―Sonrió con su frente en
la mía, y los ojos cerrados―. ¿Estás lista para la mejor parte?
Sollocé.
―¿Robaste un bebé?
Se rio, pasando un nudillo por mi mejilla, sus ojos marrones se
arrugaron en las esquinas.
―No, pero es casi tan bueno. ―Sostuvo mi mirada―. Ya tengo una
sustituta en fila.
Me eché hacia atrás.
―No. Sloan no está en ningún lugar emocional o mentalmente para
hacer esto. No sé si alguna vez estará en un lugar…
―No es Sloan. ―Me dio una sonrisa―. Son mis hermanas.
Parpadeé.
―¿Qué?
Me sonrió.
―Fui a casa para tener una reunión familiar. Me reuní con mis seis
hermanas y sus esposos. Les dije que estaba perdidamente enamorado de
una mujer muy práctica que no me aceptaría a menos que resolviera esto.
Un risa se ahogó en mis labios y puse una mano sobre mi boca.
―Las seis se ofrecieron como voluntarias. Incluso discutieron sobre
quién iría primero. No era divertido a menos que pudieran discutir.
Resoplé, con ríos derramándose sobre mis mejillas.
Él me atrajo, limpiando las lágrimas de mi rostro.
―Kristen, necesito que sepas que, si ninguna de estas opciones
estuviera disponible para nosotros, aún así te querría. Te quiero pase lo
que pase. Te quiero a ti primero antes de querer cualquier otra cosa. ―Su
rostro era serio y firme―. No tengo oportunidad de ser feliz si no puedo
tenerte. Ninguna.
Enterré mi rostro en su cuello y él me abrazó.
―Es difícil para mí, Josh. Es difícil sentir que soy suficiente ―susurré.
―Bueno, tendré que pasar el resto de nuestras vidas trabajando en eso,
¿no? Lo que me lleva a lo siguiente. Mírame.
Levantó mi barbilla.
―Creo que deberíamos casarnos. ―Sus ojos se movían de un lado a
otro entre los míos―. Hoy.
Estábamos en su porche y ella me vio con esos ojos marrones.
―¿Quieres casarte conmigo ahora? ¿Hoy?
La torre había desaparecido. El puente levadizo, las pirañas, las
ametralladoras… desaparecido. Ella estaba feliz y abierta de par en par y su
amor estaba en todo, se derramaba de ella. Estaba en la forma en que me
veía, en el tono de su voz, en su mano sobre mi pecho y su beso, la sonrisa
que llegaba a sus ojos y la forma de su boca.
Todas estas semanas planeé y oré por este resultado, ni siquiera sabía
qué haría si fallaba, era algo en lo que me negué a permitirme pensar.
Pero no fallé.
Y ahora, verla amarme así era un alivio para mi alma. Tenía todo de ella
por primera vez. Era mía. Ella finalmente era mía.
Pero aún no era hora de celebrar.
Pensé largo y tendido sobre esto durante las últimas semanas. Todavía
no sabíamos si tenía algún problema de salud subyacente, y apostaría mi
vida a que, si lo hiciera, me dejaría de nuevo para evitarme tener que
cuidarla.
Kristen creía en el matrimonio. Ella creía en el para bien o para mal, en
la salud y la enfermedad, y si se comprometía conmigo, sabía que lo
cumpliría. Incluso si ella era la que estaba enferma.
Necesitaba sellar este trato antes de que ella cambiara de opinión. Vi
una y otra vez lo rápido que podía perderla, y no tenía intención de dejar
que eso sucediera poniendo más tiempo entre nosotros mientras
planeábamos una boda. No mientras ella estuviera a una mala visita del
doctor de abandonarme.
―Escúchame ―dije―. El hecho de que esté locamente enamorado de
ti no tiene que ver en esto, lo prometo. Sé cuánto odiarías si quisiera
casarme contigo en algún tipo de sentido romántico, ¿verdad?
Ella se rio. Dios, la extrañé.
―Estás a punto de someterte a una cirugía mayor y tu seguro no es tan
bueno como el mío. Podrías ver a cualquier médico que quisieras. Tendría
acceso a cualquier especialista que desees ver, sin una remisión. No quiero
terminar como Sloan y Brandon. No quiero morir sin estar casado con la
mujer que amo, y quiero que podamos tomar decisiones médicas por el
otro en caso de que nos suceda algo.
Ella se mordió el labio.
―La idea de que mi mamá tenga la palabra final me asusta un poco, de
hecho.
Sonreí. Sabía que era cierto.
―Además, los beneficios fiscales para las parejas casadas son bastante
generosos.
―Eso es verdad. ―Me sonrió, con su bello rostro luminoso y abierto―.
Tengo que decir que tienes un muy buen argumento. ¿Necesitas la
ciudadanía? ¿O tal vez necesitas que te ayude a mover un cuerpo y no
quieres que pueda testificar? Porque si lo hicieras, creo que eso cerraría el
trato.
La acerqué más.
―Cásate conmigo. Ahora. Hoy. Vamos al ayuntamiento y hagámoslo.
Di que sí. Por favor, di que sí.
Ella se encogió de hombros.
―Okey.
Mi corazón explotó en mi pecho.
―¿Sí?
Ella se mordió el labio y sonrió.
―Sí, realmente no puedo discutir con la lista de pros. ―Su ceño se
arrugó―. ¿Pero qué hay de tu familia? ¿No se enojarán porque lo hagas a
escondidas y te cases con una mujer al azar?
A la mierda con mi familia… y lo decía de la manera más amorosa
posible, pero mi familia era lo último en lo que estaba pensando en este
momento. No podría relajarme hasta que Kristen fuera mi esposa. Nada
de esto era real o seguro hasta que nos casáramos.
Esto primero, la familia y respirar hondo después.
Negué con la cabeza.
―Mis papás ya casaron a seis hijas, están aliviados de no tener que
hacer otra boda. Ya les dije lo que planeaba hacer, podemos ir a casa para
una fiesta cuando estemos listos.
―¡Oh! ―Ella rebotó arriba y abajo―. ¿Podemos comprar nuestros
anillos de boda en la casa de empeño de Pulp Fiction?
Sonreí, con una cautelosa emoción filtrándose.
―Lo que quieras. ―Vi mi reloj―. Si queremos hacer esto hoy, tenemos
que irnos. Probablemente puedas tomarte unos minutos para cambiarte.
―Okey, y llamaré a Sloan ―dijo, alcanzando su teléfono.
Se me cayó el estómago. Sabía que esto vendría, y mi corazón dolía
preventivamente con lo que tenía que decirle. Puse una mano en su
muñeca.
―Kristen ―dije suavemente―. Sloan sabe que te iba a proponer
matrimonio. Ella no quiere estar ahí.
Su felicidad se desangró frente a mí, y mi propia alegría por la situación
se hundió. Odiaba verla sufrir. Deseaba poder darle todas las cosas que
quería hoy, pero Sloan no estaba disponible.
La vi suavemente.
―Ella nos apoya, me estuvo ayudando, y me pidió que le enviara un
mensaje de texto con tu respuesta, pero no puede ir a una boda.
Tragó saliva y asintió, con sus ojos marrones brillando lo suficiente
como para hacer que mi corazón se rompiera.
―No. Ella no sería capaz de manejarlo, claro. ―Me sonrió, débilmente
esta vez, tratando de poner una buena cara. La amaba por eso, pero sabía
lo profundamente que esto la lastimaba. También a mí me dolía.
Finalmente nos teníamos el uno al otro, pero ambos habíamos perdido
a nuestros mejores amigos.
Nos sentamos en unos bancos de madera en lados opuestos del pasillo
del juzgado, esperando que nos llamaran. Conseguimos nuestras licencias
de matrimonio y anillos y conseguimos la última cita del día para una
ceremonia civil.
Costaba treinta y cinco dólares casarnos con un juez de paz, más veinte
dólares extra para que dos testigos asignados por el tribunal que no
conocíamos firmaran nuestro certificado de matrimonio.
No tenía flores ni pastel, no tenía puesto un vestido de novia y mi anillo
estaba tan suelto que tuve que poner cinta alrededor para sujetarlo. Llovió
sobre nosotros en el estacionamiento. No tendríamos un primer baile o
fotos o el tipo de la Princesa prometida. Mi mejor amiga no estaría a mi
lado, y el suyo tampoco.
Era la boda más aburrida y triste en la historia de las bodas, y estaba
tan emocionada que no podía dejar de sonreír.
Ahora que lo había aceptado, me di cuenta de lo agotadora que fue mi
cruzada. Como pelear para permanecer despierta cuando solo quieres
dejarte llevar y sumergirte en un sueño.
Dejar que me amara era natural y fácil; era difícil mantenerlo alejado de
mí. Estaba agotada hasta la médula, me había sacado todo, y me sentí
aliviada de que todo hubiera terminado.
Josh llevaba la camiseta de la cervecería del día que nos conocimos
debajo de una chaqueta deportiva, y yo me puse el vestido negro de la
fiesta de Sloan y Brandon, a petición de Josh.
Lo vi, y él levantó la vista del papel en su regazo y me sonrió, con sus
hoyuelos brillando. Estábamos escribiendo nuestros propios votos.
Este hombre estaba a punto de ser mi esposo.
Fue mi novio durante unos tres minutos, mi prometido durante las
últimas dos horas y estaba a punto de ser mi esposo por el resto de mi
vida.
Yo iba a ser Kristen Copeland.
No sé en qué pensaba mientras me observaba desde el otro lado del
amplio corredor del juzgado, pero nunca lo había visto tan feliz.
―¿Kristen Peterson y Joshua Copeland?
Nuestros nombres nos sacudieron de nuestro momento privado. Josh
se levantó y me dio la mano, luego, justo antes de entrar, me atrajo hacia
él.
―¿Estás lista?
Dios, estaba tan lista que ni siquiera era divertido.
―Sí. ―Me mordí el labio inferior y sonreí.
Me acarició la mejilla.
―Sabes que eres lo mejor que me ha pasado, ¿verdad? ―Sus ojos
brillaban de emoción―. Te amo, Kristen. Eres el gran amor de mi vida.
Sus palabras se apoderaron de mi corazón.
―Yo también te amo, Joshua. Para siempre.

La ceremonia fue en una oficina. Nos paramos frente al escritorio


mientras un empleado canoso confirmaba nuestros nombres y revisaba
nuestras identificaciones. Nuestros testigos se pararon contra la pared del
fondo cuando comenzó la ceremonia. Llevábamos unos minutos y estaba
a punto de leer mis votos cuando la puerta se abrió de golpe y Sloan entró.
Mi mandíbula cayó.
Parecía una dama de honor zombie, su trenza estaba chueca y su lápiz
labial rojo estaba torcido. Llevaba el vestido rosa de dama de honor de la
boda de su mamá hace tres años, y se lo había abotonado mal. Sus manos
agarraban las flores medio muertas de su cocina que estuve recogiendo
antes, debía haberlas sacado de la basura. Tenía círculos profundos y
oscuros debajo de los ojos y se veía pálida, incluso con el rubor.
Pero ella estaba aquí.
Lancé mis brazos alrededor de ella.
―No podría no estar aquí ―susurró.
Ni siquiera podía imaginar la fuerza que debió haberle tomado salir de
la casa para estar aquí para mí. La angustia emocional que sentiría al
verme tener la boda que ella nunca tuvo.
Pero ella vino.
Josh la abrazó y, por primera vez, vi la ausencia de Brandon grabada en
su rostro. Estuvo haciendo un buen trabajo tratando de no pensar en eso,
creo, pero con Sloan aquí, Brandon era un vacío.
Esta no era la forma en que se suponía que iba a ser todo esto. Sloan y
Brandon habrían terminado con su luna de miel hace mucho tiempo hoy,
en casa e instalados. No sé dónde estaríamos Josh y yo, pero ahora me
daba cuenta de que no había un mundo en el que los dos no termináramos
juntos. Y Brandon y Sloan habrían estado en nuestra boda, apoyándonos.
En vez de eso, era solo ella, y ya no era realmente ella. No sabía si alguna
vez volvería a serlo.
Pero al menos ella estaba aquí.
Sloan se paró a mi lado y sollocé, tomando el recibo de Taco Bell en el
que anoté mis votos.
Vi a Josh. Su pecho subía y bajaba un poco demasiado rápido. Tenía
esta mirada en su hermoso rostro, un toque de ansiedad, preocupación y
anticipación alrededor de su frente, como si tuviera miedo de que en
cualquier momento le quitaran todo esto, y pudiera cambiar de opinión
repentinamente.
Me lo merecía.
Esta era una boda de escopeta11. Y Josh era el que sostenía la escopeta.
Todo esto fue una campaña rápida para obligarme a casarme antes de
que me orientara. Él quería atraparme antes de que me asustara y saliera
corriendo, por eso apresuró esto. Solo que la broma era para él: yo quería
que me atrapara y nunca cambiaría de opinión, nunca lo dejaría de nuevo.
Si deseaba tanto este cubo oxidado de cuerpo, podría tenerlo, y yo tendría
que pasar el resto de mi vida asegurándome de que se sintiera seguro y
amado.
Lo vi, con mis ojos firmes, y respiré profundamente.
―Joshua, prometo devolverte el mensaje.
Todos en la sala se rieron, incluido mi prometido, y su rostro se relajó.
Yo continué.
―Responderé cada llamada que me hagas por el resto de mi vida.
Nunca me perseguirás de nuevo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas y pareció dejar escapar el aliento que
había estado conteniendo.
―Prometo ir siempre al día de la familia en la estación para que sepas
que te quieren. Prometo apoyarte y seguirte a donde sea hasta que
encuentres el lugar que te haga feliz. Seré tu mejor amiga y trataré de
llenar ese agujero en tu corazón. Voy a cuidarte y amarte, para siempre y
pase lo que pase. ―Le sonreí―. Orbitaré a tu alrededor y seré tu universo,
porque tú siempre has sido mi sol.
Se secó los ojos y tuvo que tomarse un momento antes de leer sus
propios votos.
Mientras esperaba, dejé que su rostro me viera. Me empapé, y dejé que
su amor me recordara una y otra vez que valía la pena.

11 Es una boda que se organiza de forma exprés, por lo general, con el fin de evitar la vergüenza debido
al sexo prematrimonial que posiblemente puede conducir a un embarazo no deseado. La frase es un
coloquialismo principalmente estadounidense , denominado así basado en un escenario estereotipado en
el que el padre de la futura novia embarazada amenaza al novio reacio con una escopeta para asegurarse
de que siga adelante con la boda.
Vio su papel y luego pareció decidir que no lo necesitaba, dejándolo
sobre el escritorio. Tomó mis manos.
―Kristen, prometo que sin importar los problemas de salud que se
avecinan, te amaré y cuidaré de ti. Te demostraré todos los días de tu vida
que lo vales todo. Yo cargaré tus preocupaciones, todo lo que pido es que
lleves tu propio bolso de perro.
La sala volvió a reírse.
―Prometo amar a Stuntman Mike, y matar tus arañas, y evitar que
tengas hambre.
Ahora yo me reía entre lágrimas.
―Siempre te defenderé, siempre estaré de tu lado. ―Luego se volvió
hacia Sloan―. Y prometo protegerte y cuidarte a ti, Sloan, como si fueras
mi hermana, por el resto de mi vida.
Eso fue todo. Las lágrimas corrían por mi rostro, y estaba en sus brazos
y llorando antes de saber que había cerrado la distancia.
Ambos estábamos llorando. Todos estábamos llorando, incluso los
testigos que no tenían idea de lo duro que había sido el viaje para llegar
hasta aquí, y los sacrificios que se hicieron por esta unión.
O a quién habíamos perdido en el camino.
Los consultorios médicos nunca son lo suficientemente cálidos. Uno
pensaría que mantendrían el calor en un lugar donde se espera que se
siente usando nada más que una bata de papel.
Josh se inclinó a mi lado contra la mesa de examen donde estaba
sentada con mis piernas desnudas colgando y sostuvo mi mano para que
no pudiera moverme.
―¿Siempre toma tanto tiempo? ―preguntó, viendo su reloj.
Su anillo de bodas estaba sobre su reloj y le sonreí, a pesar de estar fría
y nerviosa. La inscripción dentro de su anillo decía “Sí”. Yo tenía mi
tamaño de anillo y Josh le había inscrito “mi universo”. Éramos adorables.
También teníamos hambre.
Había pasado casi media hora desde que el técnico de ultrasonido
terminó de tomar imágenes, nadie había regresado desde entonces, y tuve
que ayunar para una prueba de glucosa. Josh no comió en solidaridad, así
que ambos estábamos hambrientos.
Suspiré.
―No sé cuánto tiempo lleva esto, nunca había tenido un preoperatorio
para una histerectomía.
Llevábamos casados cuatro semanas. Fue un mes agitado.
Josh se mudó conmigo, pero casi desde el primer día nos dimos cuenta
de que necesitábamos un lugar más cerca de Sloan. Los dos estábamos ahí
más de lo que estábamos en casa.
Le pedimos que se mudara con nosotros y se negó rotundamente. Le
pedimos que nos mudáramos con ella y también se negó. Así que
estuvimos buscando una casa además de fusionar nuestras vidas, lanzar
nuestra nueva línea de casas para perros y cuidar a mi mejor amiga.
Josh se hizo cargo de todas las reparaciones del hogar que Brandon no
hizo. Él cocinaba la mayoría de nuestras comidas, y yo pasaba casi todos
los días sacándola de la cama, limpiando su casa, tratando de animarla.
Ella no estaba mejorando.
La única vez que pude lograr que saliera de la casa fue para visitar la
tumba de Brandon o para una visita ocasional a Starbucks. Se negó a ir al
médico para recibir asesoramiento o antidepresivos que la ayudaran a
salir adelante. No sabía qué más hacer.
Josh me acarició y cerré los ojos, inclinándome hacia él.
―¿Qué deberíamos llevar a casa de Sloan para el almuerzo?
―preguntó.
―Mmm, le gustan los tacos. Podemos parar en el puesto de tacos de
camino.
Me tomó la mejilla con la mano.
―Suena bien. Recuérdame que arregle la puerta de su dormitorio. La
cerradura se ha estado atascando.
Incliné la cabeza y él me besó. Siempre me estaba besando. Tocándome,
abrazándome, tomando mi mano. No tuvimos luna de miel, pero no
importó.
Cada día era nuestra luna de miel.
La semana pasada vino la mamá de Sloan y pasó unos días con ella para
que Josh y yo pudiéramos volar a Dakota del Sur para que yo conociera a
su familia.
Él no estaba bromeando. Sus hermanas estaban locas.
Amaba a esas perras.
Fue como correr con una manada de lobas alfa luchando por el puesto
de líder de la manada. Fue muy divertido.
Cuando estuvimos ahí, decidimos que su hermana Carmen estaba en el
mejor lugar para ser nuestra primera mamá subrogada. Era una ama de
casa con un hijo pequeño y uno de siete años, y había tenido embarazos
más fáciles.
Yo tenía que ponerme inyecciones diarias antes de que pudieran
recolectar mis óvulos y mis fibromas nunca respondían bien a las
hormonas, así que, aunque estábamos ocupados con Sloan y mi
recuperación iba a ser larga, decidimos programar mi histerectomía.
Era hora. Mis cólicos eran horribles, y seguía sangrando casi a diario.
Los fibromas comenzaron a presionar contra mi vejiga y ya no podía
dormir boca abajo porque era demasiado incómodo, y no importaba
cuántas veces Josh me dijera que era sexy, no tenía ganas con mi barriga.
Estaba lista para terminar.
Josh me estaba besando cuando llamaron a la puerta, y saltamos como
adolescentes a los que acababan de atrapar besándose.
El doctor Angelo entró, viendo mi expediente.
―Bueno, ya tenemos todas sus pruebas aquí. Señor Copeland,
definitivamente tenía razón en preocuparse. ―Pasó una hoja, la escaneó
por un momento y luego se volteó hacia mí―. Están sucediendo algunas
cosas que, lamentablemente, harán que la histerectomía quede fuera de
discusión.
Su rostro era serio.
Cerré los ojos y dejé escapar un largo suspiro. Algo estaba mal conmigo.
Lo sabía.
Dicen que eres tan viejo como te sientes y yo estaba empezando a
pensar que podría ser una especie de reliquia antigua o algo así.
Durante las últimas semanas, tuve dolores de cabeza y estaba realmente
agotada, y estaba perdiendo peso como loca. Seguía teniendo mareos que
no me atreví a contarle a Josh porque me habría arrastrado directamente
a urgencias. Él ya me había estado cuidando sin descanso para medir mis
niveles de glucosa. No tenía tiempo de que me llevaran al hospital, tenía
una mierda que hacer.
Y ahora tenía diabetes o cáncer o alguna rara afección cardíaca, y Josh
iba a tener que cuidar de mi trasero moribundo.
Esta era solo mi suerte. No solo iba a tener que quedarme con mi
estúpido, sangrante y abultado útero, sino que ahora tendría que lidiar
con cualquier otra cosa que estuviera mal conmigo.
En serio, no tenía tiempo para esto. Sloan era un trabajo de tiempo
completo. Mi trabajo era un trabajo de tiempo completo.
Y pobre Josh. Solo quería ser una buena esposa para él. Quería ser
normal y saludable, y si no podía someterme a una histerectomía,
¿podrían recolectarse mis óvulos para el in vitro? Quiero decir, ¿qué
alcance tenía esto? Y si no pudiera hacer in vitro, ¿mi salud nos impediría
poder adoptar? Tenían reglas sobre eso, ¿no? Si te estabas muriendo, ¿no
podrías involucrar a un niño?
Mi velociraptor arañó mi puerta interior, pero Josh puso una mano en
mi hombro y me dio un apretón tranquilizador, y el monstruo volvió a
hibernar.
Sabía que mi esposo no me dejaría, sin importar qué bomba estuviera a
punto de lanzarse, y lo que más me molestaba era que lo había dejado
ponerme un anillo, y ahora no podría dejarlo para evitarle toda una vida
de mis problemas de salud. Bien jugado, Josh. Estaba atrapado conmigo.
Suspiré y me preparé para la noticia.
El doctor Angelo levantó su taburete y se sentó, con su portapapeles en
equilibrio sobre su muslo. Entrelazó los dedos en su regazo.
―Está embarazada, señora Copeland.
Todo se detuvo.
La mano de Josh se aflojó en mi hombro.
Vi al médico.
―¿Estoy qué?
―Tiene poco más de cuatro meses. ―El doctor Angelo nos dio una
sonrisa.
―¿Qué? ―Josh jadeó.
El doctor Angelo giró su taburete frente a la máquina de ultrasonido.
Escribió en el teclado y apareció una imagen en blanco y negro en el
monitor.
Golpeó un bolígrafo en un punto de la pantalla.
―Ahí está el bebé. ―Él inclinó la cabeza―. Aquí hay un pie. Tenemos
la cabeza del bebé aquí. Aquí hay una mano…
Josh y yo vimos boquiabiertos la pantalla, no creo que ninguno de los
dos respirara. Mis oídos comenzaron a sonar.
Un papel en blanco y negro se imprimió debajo del monitor y el doctor
Angelo nos lo entregó.
―La primera foto del bebé.
Josh y yo vimos el papel delgado en estado de shock, cada uno
sosteniendo una esquina.
El doctor Angelo se subió los lentes por la nariz.
―Sus análisis de glucosa regresaron un poco mal. Tiene diabetes
gestacional. A partir de ahora, tendrá que estar atenta a su dieta y deberá
controlar su nivel de azúcar en la sangre. ―Habló con su portapapeles―.
Eso es lo que causó ese ataque de hipoglucemia que mencionó. ―Asintió
hacia Josh―. Le daré una copia impresa de la dieta. Sus ultrasonidos se
ven bien. Su bebé parece estar sano, todo se ve bien.
―¿Cómo? ―respiré―. Tengo un DIU. ¡Y fibromas! ¡He sangrado todo
este tiempo!
El doctor Angelo negó con la cabeza.
―Mencionó sangrar cuando hablamos antes. Las manchas y los cólicos
no son inusuales durante el embarazo, especialmente después del coito, y
por lo que puedo ver, su DIU está, bueno... ―Se rio un poco―. No está
ahí. Yo no lo vi y mi radiólogo tampoco lo vio. Probablemente fue
expulsado durante un flujo menstrual abundante. Si su período es lo
suficientemente abundante, el DIU podría haberse desprendido y pasado
completamente desapercibido.
Josh estaba temblando, podía sentirlo en su mano. Lo vi y sus ojos
estaban muy abiertos. Empecé a reírme como una loca, y tan pronto como
lo hice, él también. El médico esperó pacientemente a que nos
recuperáramos.
―¿Cómo está pasando esto? Cosas como esta simplemente no suceden.
―Levanté la vista, limpiándome las mejillas―. ¿Por qué no siento que se
mueve? ¿Está bien?
Estaba procesando todo esto a una velocidad de mil mierdas por
segundo. No podía creerlo, literalmente no podía creerlo.
El doctor me sonrió tranquilizadoramente.
―Todavía está en una etapa temprana, y si no estaba anticipando estar
embarazada, no es inusual ignorar el movimiento fetal y los síntomas
como algo más.
―Solo pensé que esto era… los fibromas. Estaba tan acostumbrada a
sentirme como una mierda… ―Puse una mano sobre el pequeño bulto
redondo que era mi estómago por primera vez en meses.
Un bebé.
Mi estómago hinchado era un bebé. No una barriga llena de tumores,
sino un bebé.
Yo estaba embarazada.
―Sus fibromas no parecen estar causando ningún problema durante el
embarazo. Los tumores en realidad parecen haberse reducido bastante
desde su última visita ―dijo el doctor Angelo, hojeando mi expediente―.
No es raro que las hormonas del embarazo tengan este efecto.
Los últimos cuatro meses comenzaron a venir a mí en destellos.
―Pero bebí, y no tomé vitaminas y... y...
―La bebida ocasional no dañará el embarazo. Incluso estar un poco
borracha una o dos veces no le hará daño al bebé, y aunque las vitaminas
prenatales son ideales, puede obtener la mayor parte de lo que necesita
en su dieta normal.
Jadeé por aire, me estaba mareando. Me tapé la boca con las manos y
luego me derrumbé. Empecé a llorar descontroladamente. Apreté a Josh
de nuevo, y él me enterró en su pecho.
Ninguno de los dos podía contener nuestras emociones. Probablemente
podrían oírnos a través de toda la clínica, riendo y llorando como locos.
El médico nos entregó pañuelos a Josh y a mí.
―Le recomiendo que lo tome con calma, y nos gustaría verla ganar un
poco de peso. Está a unos diez kilos de donde debería estar. Un embarazo
requiere trescientas calorías adicionales al día. Le quitará todo lo que tiene
si no come bien, y la queremos bien y fuerte para el parto, señora
Copeland.
La habitación giró a mi alrededor. No podía asimilarlo.
Embarazada. Yo. Josh y yo.
Cuando el médico finalmente salió de la habitación después de haber
hecho todas mis preguntas y poder ver al bebé nuevamente en el
ultrasonido y escuchar los latidos del corazón, Josh y yo nos sentamos
abrazados.
―Fue esa noche ―le dije―. La noche de la fiesta de Sloan.
Él se rio y limpió un mechón de cabello húmedo de mi mejilla.
―La primera vez. Fue la única vez que no usamos condones en ese
entonces. Un tiro y te embaracé.
Resoplé.
―Fue tu súper esperma. Gracias a Dios que hiciste de mí una mujer
honesta. Me arrastraste para una ceremonia civil, acorde con mi
escandalosa condición.
Él se rio, luego colocó una mano sobre mi estómago y me vio pidiendo
permiso.
Había tocado cada centímetro de mi cuerpo excepto ahí. Asentí con la
cabeza y puso su cálida palma sobre mi ombligo, y fue el momento más
íntimo de mi vida. Se inclinó y me besó, sosteniendo a nuestro bebé bajo
su mano.
Y entonces el terror se hizo cargo. Me eché hacia atrás, repentinamente
asustada.
―Josh, ¿y si aborto? Mi mamá perdió a mi hermano. ¿Qué pasa si llega
demasiado pronto? ¿Qué pasa si es una niña y tiene los mismos problemas
que yo? ¿Qué pasa si soy una mamá de mierda como mi mamá y no sé
cómo criarla o decirle cuánto la amo o… o… ―La histeria burbujeó fuera
de mí.
Ahora era una mujer que se ponía histérica.
―Oye, oye. No vas a ser una mamá de mierda ―dijo, sosteniendo mi
rostro entre sus manos―. No te pareces en nada a Evelyn. No pienses en
qué pasaría si, porque no hay nada que puedas hacer para detenerlo. Solo
disfrutemos esto, y si las cosas no salen como las planeamos, nos
ocuparemos de eso. Para siempre y pase lo que pase. Juntos.
Asentí, el temblor en mis manos se desaceleró cuanto más me abrazó.
Cerré los ojos y calmé mi respiración, concentrándome en las manos de
mi esposo en mi rostro y su presencia familiar. Mi roca. La calma en mi
tormenta. El susurro de mi grito.
Luego lo vi, y la realidad finalmente se asentó.
―Josh. Vas a ser papá.
Él me dio una sonrisa de lado, con lágrimas y alegría brillando en sus
ojos.
―Kristen… tú vas a ser mamá.
2 años después

Me incliné en la parte trasera de la camioneta y desabroché a Oliver


Brandon de su asiento de seguridad. Kristen se paró a mi lado, con una
bolsa de pañales colgada del hombro.
―¿Estás seguro de que quieres hacer esto? ¿Y si ella se lo come?
Sonreí, levantando al bebé en mis brazos y agarrando su vasito.
―Evelyn lo está intentando, se merece una oportunidad. ―Cerré la
puerta y me giré hacia ella.
Mi esposa me vio.
―Ella te llamó bribón.
Me reí.
―Sí, lo hizo.
Kristen y yo nos divertimos mucho con eso. Era el apodo favorito de
Kristen para mí.
Le di a Oliver su vasito para sorber.
―Pero para ser justos, le dijiste que estabas casada y embarazada a
través de Potatogram. Tenía derecho a estar molesta. Dame esto. ―Tomé
la bolsa de pañales de ella―. No deberías levantar más de lo necesario.
Ella me frunció el ceño.
―Han pasado cuatro meses desde mi cirugía. Puedo llevar una bolsa
de pañales de dos kilos.
Besé el lado de su testaruda cabeza.
Después del nacimiento de Oliver, intentamos durante más de un año
volver a quedar embarazados, pero el rayo no cayó dos veces.
Acudimos a un especialista en fertilidad e hicimos tres rondas in vitro
sin éxito, pero sus fibromas impidieron que los embriones se implantaran.
Kristen era miserable, sus periodos eran una pesadilla, tenía dolor y
estaba al borde de la anemia. Eso, junto con los tratamientos de fertilidad
y el cuidado de un bebé, fue muy duro para los dos.
Odiaba verla sufrir.
Se mostró reacia a apretar el gatillo de la histerectomía esta vez porque
tuvimos suerte una vez, pero después de más de un año, vimos a Oliver
por lo que era: un milagro, y uno que no se repetiría.
Entonces, con muchas garantías de mi parte de que todo estaba bien y
que solo quería que estuviera sana, se sometió a la histerectomía a los
veintiséis años.
Y ella era una persona nueva.
No creo que realmente me diera cuenta de lo fuerte que era mi esposa.
A Kristen no le gustaba decirme cuando no se sentía bien, hizo un buen
trabajo escondiéndolo y poniendo cara feliz, pero cuando los cólicos y el
sangrado ya no eran una parte diaria de su vida, floreció. Dormía mejor,
tenía más energía, la transformó, incluso su hambre era menos aterradora.
Verla así fue un regalo.
―¿Sabes? Mamá probablemente lo tendrá entrenado para ir al baño
mañana ―dijo.
―Bueno. ―Vi hacia el frente de la mansión de la década de los 40’s de
Evelyn―. Esto me gusta cada vez más cada minuto.
Subimos los escalones y Evelyn abrió la puerta antes de que tocáramos.
Todavía no podía acostumbrarme a ver a esta señora sonriendo, pero
ella lo hacía. No con Kristen y conmigo, por supuesto, pero amaba a su
nieto.
―¡Ahí está mi nieto! ―dijo ella con una sonrisa.
Se inclinó y nos dio a Kristen y a mí un beso en el aire y luego tomó a
Oliver de mí en medio de una ráfaga de Chanel No. 5.
María, la enfermera nocturna que Evelyn tenía en la plantilla para que
accediéramos a esta pijamada, tomó la pañalera.
Oliver conocía a María. Evelyn la contrató para que nos ayudara
durante las primeras semanas después del nacimiento y nuevamente
cuando Kristen se estaba recuperando de su histerectomía.
Evelyn se había vuelto muy útil últimamente. Pasó a ser toda zanahoria
y nada de palo ahora que el palo había dejado de funcionar.
Sloan lo estaba haciendo tan bien como podía esperarse. No diría que
estaba prosperando, pero volvía a ser funcional, y algo de eso fue obra de
Evelyn. Además de ayudarnos con nuestro hijo, Evelyn también intervino
para representar a Sloan en la corte de sucesiones para ayudarla a
mantener su casa. No es que fuera mucho a lo que aferrarse. Estuve ahí
semanalmente tratando de mantenerla en pie, pero el gesto significó el
mundo para los tres, y después de eso, me resultó muy difícil rechazar
sus intentos de estar en la vida de su nieto.
Kristen todavía desconfiaba, pero no me preocupaba por eso. Oliver fue
lo primero que Evelyn reconoció que Kristen había hecho bien.
Kristen se mordió el labio con nerviosismo y puse una mano en su
hombro.
―¿Estás segura de que puedes manejar esto, mamá? ―le preguntó.
Oliver siempre había estado con al menos uno de nosotros en un
momento dado. Era su primera vez quedándose a dormir sin nosotros,
pero hoy era una ocasión especial y necesitábamos la casa vacía.
Evelyn le hizo señas para que se fuera, con un brazalete de diamantes
brillando en su muñeca.
―Sí, sí. Ustedes dos váyanse. Feliz cumpleaños. Disfruta de tu noche,
querida.
Evelyn regresó a la casa y le susurró a Oliver que iban a ver el piano de
su mamá. El sonido de las manos del bebé en las llaves siguió cuando
cerramos la puerta detrás de nosotros.
Nos paramos en el porche.
―Libres al fin ―dije, deslizando mis manos alrededor de su cintura.
Ella envolvió sus brazos alrededor de mi cuello y me besó.
―Vamos a hacer eso que nos gusta, toda la noche, ¿verdad?
Puse mis manos debajo de su trasero y mordí su labio, sonriendo.
―Ha pasado tanto tiempo…
―Lo sé, no puedo esperar para llevarte a la cama ―susurró.
Sonreí.
―Estamos hablando de dormir, ¿verdad?
Nos reímos uno contra los labios del otro y la besé profundamente, ahí
mismo, en el porche de Evelyn.
Mierda, nunca tenía suficiente de mi esposa. Era la mujer más sexy del
mundo. Amaba cada centímetro de ella, me encantaban sus estrías y sus
cicatrices, las motas en sus ojos y la marca de nacimiento en su cuello.
Todas sus impecables imperfecciones.
Agradecía cada momento de cada día que Brandon me trajera a ella.
Ella era mi regalo eterno de un hombre al que nunca olvidaría por el resto
de mi vida.
Me separé y puse mi frente sobre la suya.
―Entonces quieres In-N-Out para el almuerzo y carne para la cena,
¿verdad?
Ella asintió y puso su mano sobre mi corazón donde estaba el tatuaje
de su nombre.
―¿Josh? Creo que podría estar lista de nuevo para seguir intentándolo.
¿Deberíamos empezar a hablar de una mamá subrogada? Carmen todavía
está dispuesta a hacerlo, ¿verdad?
Sabía por qué lo estaba preguntando. Todavía quería darme mi equipo
de béisbol, pero mis sueños habían cambiado.
Al ver la tensión del proceso in vitro y cuánto la afectó emocional y
físicamente, solo quería que ella fuera feliz, quería que disfrutara de
nuestro hijo. Nunca se quejó, pero sabía que estaba cansada de las visitas
al médico, las inyecciones de hormonas y la decepción. Si ella estuviera
dispuesta a hacerlo en unos años, tal vez lo intentaríamos de nuevo o
buscaríamos otras opciones. Éramos jóvenes, teníamos tiempo, pero no
quería que lo hiciera por mí porque pensaba que me lo debía. Ya había
hecho suficiente.
Puse mis manos en su rostro.
―Tomémonos un descanso, Kristen. Estoy feliz como estamos, y si esta
es nuestra familia, estoy bien con eso.
El alivio fue visible en sus ojos.
―¿Estás seguro?
Mi boca se curvó en una sonrisa.
―Estoy muy seguro, tengo todo lo que necesito.
La artista Sloan Monroe parece que no puede
encarrilar su vida, pero un cachorro
problemático que salta al azar a su auto con una
mirada de "llévame a casa" en sus ojos está a
punto de cambiarlo todo. Con Tucker a su lado,
Sloan finalmente comienza a sentirse más como
ella misma. Luego, después de semanas de
mensajes de texto sin respuesta, el dueño de
Tucker se reporta. Es un músico que está de gira
en Australia, y en resumidas cuentas: quiere a
Tucker de vuelta.

Bueno, Sloan no va a dejar a su perro sin


pelear, pero ¿y si este tipo, Jason, realmente ama
a Tucker? A medida que sus mensajes de texto
coquetos se convierten en llamadas largas, Sloan
no puede negar una conexión. Jason es
atractivo, agradable y divertido. No se sabe lo
que podría pasar cuando se conozcan en
persona. La pregunta es: con su carrera musical
en ascenso, ¿cuánto tiempo se quedará realmente Jason? ¿Y es posible
que Sloan sobreviva a otra angustia?

The Friend Zone #2.

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