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Mirar con Inocencia en la Onda

Este documento presenta un resumen biográfico del escritor costarricense Alfonso Chase Brenes. Nació en 1944 en Cartago y se crio en zonas bananeras donde desarrolló su amor por la literatura. Estudió en la Universidad de Costa Rica donde se involucró con intelectuales y políticos que moldearon su pensamiento. Ha publicado numerosos libros y poesías que exploran temas como la identidad nacional y la condición humana. Su obra ha tenido una gran influencia en la literatura costarricense.

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Mirar con Inocencia en la Onda

Este documento presenta un resumen biográfico del escritor costarricense Alfonso Chase Brenes. Nació en 1944 en Cartago y se crio en zonas bananeras donde desarrolló su amor por la literatura. Estudió en la Universidad de Costa Rica donde se involucró con intelectuales y políticos que moldearon su pensamiento. Ha publicado numerosos libros y poesías que exploran temas como la identidad nacional y la condición humana. Su obra ha tenido una gran influencia en la literatura costarricense.

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GENERACIÓN URBANA

Alfonso Chase Brenes


(1944)
Alfonso Chase Brenes es un escritor que tiene puertas y
ventanas en el alma, y por ellas sale y entra luz, y hay acceso
para quienes quieran aprender de sus palabras. Incisivo, cordial
y fulminante, sus palabras están cargadas de humor negro,
audacia y asombro. Hijo político de don Ricardo Jiménez, don
José Figueres, Manuel Mora y el doctor Calderón Guardia. En su
filosofía se inscriben los pensamientos de estos magníficos
políticos y de aquellos que, antaño, lucharon por las conquistas
sociales y culturales de este país. Así, se siente hijo dilecto de
una generación de escritores e intelectuales que lo vieron
crecer: los padres de la cultura Roberto Brenes Mesén, Joaquín
García Monge, Rodrigo Facio y Luis Ferrero; Carmen Lyra, Adela
Ferreto, Carlos Luis Sáenz y otros. Con estas perspectivas, se ha
ganado un sitio de honor en la literatura y la historia nacionales,
con 32 publicaciones, muchos premios en su haber y una
provocación tensional que lo ubican en una posición no muy aceptable por la sociedad
costarricense. Su pensamiento, adquirido a través del Partido Comunista Costarricense, ha sido
motivo de polémica y disertación.
Alfonso Chase Brenes nació en Cartago en 1944. Hijo adoptivo, su “padre”, Luis J. Chase, un
perfecto trotamundos, y su abuelo norteamericano, le forjaron sus primeras impresiones, pues
ambos le enseñaron el mundo. Su madre, lo introdujo en el mundo de la literatura, pues lo
aleccionó para que rescatara a aquellas y aquellos escritores olvidados de nuestro país.
En la zona americana golfiteña se crió este hombre de ilustre sangre, en medio de zonas
amarillas y costarricenses, en medio de barracones y baches, antiguas casonas de los
capataces bananeros, donde estuvo hasta 1951. A los 6 años sabía leer y escribir. Su actividad
artística empezó en el Kínder George Washington, y en la Escuela Jesús Jiménez de Cartago.
Luego empezó su peregrinaje por San José, Guadalupe, Colima de Tibás hasta que llegó a
Hatillo. Después de perder todos sus haberes, su padre accede a una casita de bienestar social
otorgada por don Pepe Figueres. Ingresa a la Escuela Manuel Belgrano, de Hatillo, y más tarde,
al Liceo del Sur. Allí escribía cuentos por hambre, y luego para pagar el agua y la luz y comprar
libros. Leyó incansablemente a Herman Hesse, Óscar Wilde y Horacio Quiroga; a Fabián Dobles
y a Carlos Luis Fallas. Su obra se ve influenciada por los colmenares de la Literatura Medieval y
la Literatura Griega. Pero también, por la Literatura Alemana y los pintores españoles.
Adolescente todavía, conoció a Lilia Ramos, quien se convirtió en su sicóloga, y ella le enseñó
que el trabajo hace al hombre. Desde entonces, creció en medio de la argolla de la época, de la
mano de Moisés Vincenzi, Arturo Echeverría, Juan Manuel Sánchez, Julián Marchena y Luisa
González.
La Universidad de Costa Rica fue su casa de estudios a partir de 1959 y allí se rodea de los
intelectuales, entre ellos Teodoro Larte, y políticos de la época, como José Figueres Ferrer,
padres fundadores de una naciente Segunda República. Aquí es donde forma su pensamiento y
logra insertarse en el ámbito literario en forma plena.
Con 21 años a cuestas, publica “Los reinos de mi mundo”, un libro de poesía muy elaborada.
Posteriormente vendría “Árbol del tiempo”(1967), y una novela experimental llamada “Los
Juegos Furtivos”, que fue pionera en literatura urbana. Se convierte en bibliotecario de la
Oficina del Café y luego, se va a rodar por el mundo, Colombia y México, en primera instancia,
Estados Unidos y México, después.
Tras un intento de suicidio, muere su padre y él se convierte en padre de otros. De esos
tiempos turbulentos surgió su libro “Cuerpos” (1972). En México, se codea con Alfredo
Cardona Cardona Peña y Eunice Odio. Y tiene, en Costa Rica, el apoyo de Margarita Bertheau,
Ninfa Santos y Margarita Esquivel. De ellos aprendió que la obra es la que distingue a los
escritores; que la leyenda se desvanece, lo que queda es la obra. A partir de los años setenta,
adquiere una conciencia y una visión política de América, a partir de José Martí, Simón Bolívar,
Francisco Madero y Emiliano Zapata.
Sus cuentos, sus ensayos, sus novelas y sus poesías son obra adelantada en el tiempo.
Representa el momento de ruptura con el pasado extraño de su país y se convierte en un
péndulo de reloj que espera pacientemente para ver la luz del mediodía. Quizá influye mucho
la felicidad de vida que ha tenido: ha amado a muchas personas, no ha sido vengativo y simple
y sencillamente es un hombre de decir las verdades, aunque estas duelan.
En los relatos de Alfonso Chase destaca la preocupación por el tiempo, con reflexiones
reiteradas y múltiples sobre la situación cronológica de la existencia humana. Por otro lado, su
obra define la identidad, nacional o continental, reelaborando, en forma crítica, épocas y
acontecimientos históricos que han sido determinantes en la constitución de los rasgos que
definen a nuestro país.
La obra y la influencia permanente de Alfonso Chase es incalculable dentro de nuestra
literatura. Con su lenguaje, creó un mundo poético donde el amor paternal es el símbolo de la
felicidad; dio nuevos rumbos a los relatos breves y estableció una rutina de escritor que pocos
son capaces de hacer. Por esta razón, su obra es universal en el universo de la literatura.

Mirar con inocencia


“Que vivimos en onda”
A la amistad de Hugo Díaz

Yo en realidad no quería venir hasta aquí. Cosas de la intuición. Me había levantado muy
cansado de tanto ruliar y no tomé café sino que me lavé los dientes, me eché agua en el pelo y
salí a la calle. Es que yo no tenía ganas ya ni de caminar, estaba pesado, pesado, pero a la vez
sentía el estómago liviano y las manos un poco frías. Ud. sabe, estaba mal. Sentía unos
movimientos terribles por todo el cuerpo y cuando alcé los ojos al sol casi me caigo, de débil
que me sentía. Bueno, es que cuando uno se mete en la onda, Ud.sabe, va dejándolo todo. Yo
lo he ido dejando todo. La familia, los tatas, las cosas, los hermanos y entonces está uno
solísimo. Bueno, Ud. sabe, la gente de onda es muy difícil. Muy histérica, gente difícil porque
no entiende muchas cosas y las entiende todas. Claro, todo es mejor! , Ud. sabe, cuando
estamos grifiados. Ud. sabe, hasta el alma, bueno, digamos que vivimos en onda. Yo empiezo
de mañanita, me arrollo unos cuantos y todo se me comienza a aclarar. Bueno, Ud. sabe: la
onda es toda, uno se mete en ella y se le van yendo los días limpiecitos, bueno Ud. sabe,
piecito, las horas se van yendo como mantequilla sobre el pan, los días ya no son días: son otra
cosa, uno no sabe ni dónde está, las horas, se van estirando hasta hacerse largas-largas-largas
y allí vive uno en la onda, cargadito, llenito de cosas adentro del coco, repleto de vocecillas, de
pedacitos de palabras, de gentes que se meten a hablar adentro del cuerpo, bueno, Ud. sabe
eso. Yo sólo decía que uno se levanta en la mañana, se hace su rollito y se lanza a tragar
camino, sin rumbo fijo, buscando a los amigos en Mac Donalds, allí donde la onda está todo el
día. Bueno, Ud. sabe, nunca hay plata, sólo cuando algún piecito nos da algo. Siempre nos dan,
bueno, uno vive con poco y casi no da hambre, Ud. sabe, se toma uno un cafecito y todo sigue
igual: ¿para qué la comida? , son cochinadas que se meten al cuerpo, uno vive mejor en
blanco. Bueno, Ud. sabe, la plata corrompe y estamos viviendo una sociedad corrompida,
putrefacta, digamos que hasta la onda algunas veces se pone fea, se vuelve furris, se
descompone y todo por la gente que juega a la onda, todas esas niñitas de mamá y papá y
todos esos carajitos de pantaloncitos planchados y mota en bolsitas de plástico. Ud. sabe,
piecito. Yo la cultivo en casa, tengo mi maceta, la riego, la asoleo, la limpio, le quito las arañitas
y la cuido como si fuera un animalito, porque Ud. sabe, piecito, todo es negocio en la onda,
todo es negocio. Que el pesca que te llega a lancear, que la cabrilla que te pide un pito. En la
onda hay que tener mucho cuidado, todo está lleno de pescas, Ud. sabe, piecito, que uno se va
volviendo paranoico, que se le paran los pelos cuando un taxi se le arrima, que casi no habla
con muchos chavalos de la barra, que se va quedando solo, porque Ud. sabe, piecito, que lo
gansean a uno, le ponen el material y va Ud. para arriba. Pues sí, yo le decía que había
empezado a caminar por la calle y estaba viendo el sol cuando casi me caigo, viera qué grande
se ve el sol cuando uno anda grifo: de este vuelo, moviéndose como loco, como cuando la
Virgen de Fátima, Ud. sabe, hermanito, el sol es pura vida. Yo siempre me tiro en los potreros y
me quito la ropa para que el sol me dore todo, pura vida, horas y horas con los ojos cerrados,
el sol por todos los poros, cuando me canso me levanto y es como si tuviera cargadas de nuevo
las baterías. Ud. sabe, piecito, es la onda, pura vida. Como le iba contando, esa mañana yo
tenía miedo de que algo me pasara, era un miedo que tenía escondido en el estómago y que
me llegaba hasta las manos y allí se estaba; encendí un bicho y me lo fui sorbiendo, poco a
poco mientras caminaba, y empecé a sentir el sol un poco más fuerte en la cara. A los güilas los
veía lindísimos, todo estaba muy tuanis, los árboles se movían muy al compás de alguna
música, hasta las viejas del barrio me parecieron chévere. Ud. sabe, cuando uno está en onda,
piecito, todo es más claro. Yo agarro un libro y me quedo horas viendo las letras, juego con las
palabras, las muevo, las digo en voz alta y también las pienso, Ud. sabe, es la onda. Yo seguí
caminando por la calle, las gentes me volvían a ver pero yo las confundía con otras caras, sólo
los carajillos estaban bonitos, limpios, llenos de vida, es toda, manillo, es toda. Como le iba
diciendo, la onda lo pone a uno como con el pelo parado, todos los pelillos de los brazos para
arriba, Ud. sabe, se siente uno como andando en tenis, suavecito, suavecito, uno no quiere ni
majar a las hormigas porque son lindísimas desde arriba, pues, como le iba diciendo, esa
mañana estaba asustadísimo, pero yo siempre estoy asustado, bueno, uno se pone paranoico
de lo que le pasa a los demás, los pescas le ponen a Ud. los pitos y fotos pornográficas y del
Che Guevara y se va uno con toda para arriba. Y Ud. sabe, yo sentía en la mañana algo en el
estómago, una sensación de susto sentada por todo el pecho y yo no sabía qué hacer, toda la
onda debía de estar durmiendo porque nadie aparecía por ningún lado, entonces agarré la lata
para San José, saqué la pesetilla, pero el cobra no la recibió, porque él también es de onda y
Ud. sabe, piecito, entre los de onda ños hélp cada vez que podemos. Bueno, yo sigo hablando
de ese miedo que tenía en la boca del estómago, porque a veces el estómago es como una
gran boca y entonces se pone a comérselo a uno por dentro y Ud. siente retortijones y
movimientos y sonidos rarísimos que lo ponen a Ud. nerviosísimo. Pues como le iba diciendo,
yo hasta la hora no me quejo de nada; la vida es tuanis. Yo creo que está bien hecha aunque
hay mucha gente hijoeputa, como esos pescas que llegan al Acuarius, bueno Ud. sabe, se
quieren pasar por gente de onda pero no son, se visten como los de onda, hablan como
nosotros, pero uno los conoce bien, Ud. sabe, ellos siempre tienen su rollito en la bolsa y se lo
ofrecen a las cabrillas si se van con ellos y muchas se van. Conozco a dos que paran a los róeos,
los hacen ir a comprar mota, y luego que se la fuman, se bajan en alguna esquina. La mujer de
onda es difícil, muy suave para todo, como con vaselina, pero se cabrea muy fácil y cuando uno
se empieza a encariñar con ellas: zaaass, se las pintan con otro. Cabrillas tuanis, un poco
locazas, bueno, Ud. sabe, la gente de onda somos unos neuroticazos, pura vida, pero muy
locos, como le iba contando, yo sentía eso que le dije en la boca del estómago que me decía:
No, Ramiro, no te pongas alto tan temprano, cálmate, piecito. Cálmate, y me monté al bus
donde el cobra es de onda, con barba y cinturón de colores, un chavalo tuanis y en todo el
caminó seguí sintiendo ese vacío en el estómago y, Ud. sabe, lo difícil que es ir uno
concentrado en algo, cuando por otro lado la cosa anda furris. Pues si piecito, la onda no es
mala, sólo que no la entienden, a mí me salva mi hermano, es agente de viajes y me compra
lo? cachos y los caballos y me da harina cuando la necesito. Pero como le iba diciendo, yo sabía
que algo me iba a pasar. Yo había estado leyendo esa cosa de la carta de Fátima y tenía taco,
uno se va poniendo asustado y como siempre he dicho: no hay que-creer ni dejar de creer.
Bueno, lid. Sabe, esos folletos son toda, los venden baratos y a mí me gusta instruirme, Ud.
sabe. A mí me verá lid. Siempre con folletos y con libros porque yo soy muy intelectual, me jala
todo eso de yoga y de espíritus y tengo un amigo que me lee las cartas. A mí me encanta ser
intelectual, desde chiquito era un carajillo raro, siempre leyendo libros, periódicos y folletos,
muy leído pero muy vago. Bueno Ud. sabe que yo escribía poemas por vacilón, y las
compañeras de clase me pedían que se los escribiera en el álbum. Ud. sabe, a mí siempre me
ha gustado la poesía, es toda, la poesía es toda. Yo siempre ando viendo cuando hay recitales
de poesía y música protesta, es toda, es toda, la música se me pone en el estómago y se me
pega, la vivo allí y se queda como una mariposa, vibrando por todo el cuerpo, pero como le iba
diciendo esa mañana yo estaba presintiendo que algo raro me iba a suceder. Primero me bajé
cerca del Roxy y me puse a buscar a algunos róeos de onda, los más viejones, que llegan a las
cantinas madrugonas, bueno, es que algunos duermen en ellas, y llegué hasta la Golfiteña y
nada, sólo ese olor a sani-pine que da ganas de arrojar y nadie de onda por ningún lado, sólo
algunas cabrillas, putas de onda, seguro, con botellas de leche en la mano y todos los fresas
yendo al trabajo retrasados. De la Golfiteña subí hasta la esquina del Gimnasio Atlas y llegué
hasta La Cañada y nadie: todo vacío, ya sabe Ud., la gente de onda se levanta muy tarde, están
siempre muy dormilones. La gente de onda como que nació un poco cansada, siempre se están
durmiendo en todo lado, hasta en el cine se duermen y eso que están bien moteados. Bueno,
como le seguía diciendo, llego a La Cañada y no veo a nadie por allí: muy temprano para irme
al Acuarius o a Mac Donalds, porque es la hora que uno ve a los vecinos por toda la Avenida,
yendo y viniendo a los trabajos. Hasta los compañerillos de colegio, con corbata y saco, y
algunos hasta en carro. Toda la gente fresa de San José, camina entre las nueve y las once. Se
meten a las librerías ventanean, beben café y a veces si son chavalos tuanis lo invitan a uno.
Pues como le iba diciendo, en eso que vuelvo a ver para un lado y veo a unos jippies en un yipp
y les hago el saludo y me les quedo viendo y entonces ellos me responden en inglés y yo les
digo: ¿watjapenn? , y me subo al jipp y me dicen que van a Playas del Coco. Y bueno, Ud. sabe,
la gente de onda se ayuda unos con otros, y bueno, eran dos gringas y un carajo mejicano. Y
nos vamos todos con el radio prendido y bueno, Ud. sabe, la gente de onda no tiene que
estarse hablando mucho, uno se queda callado y así habla con los demás. Yo agarré a una de
las gringas y ella no dijo nada, sólo se rió mucho y la iba güeviando durante todo el viaje y
hasta me dejaron manejar un rato y llegamos. Y bueno en la noche nos acostamos todos con
todos, como un sánguche, bueno es que la gente de onda no tiene problemas de ese tipo, Ud.
sabe, ya estamos muy liberados. Yo al menos me he acostado con muchos piecitos, porque son
chavalos tuanis, pero por supuesto: me gustan las hembras, aunque hay chavalos tremendos.
Yo una vez viví con uno en Limón, pero se fue con un negro: muy puto el cabrón. Bueno como
le iba diciendo esa noche fue toda. Tremendo sánguche, y las risas por toda la playa, después
tocamos dulzaina y nos pusimos a contar estrellas y yo inventaba nombres para todas y nos
pusimos bien grifos y oíamos al mar de manera distinta y hasta hablábamos rarísimo. El otro
chavalo se puso a cantar algo y poco a poco nos dormimos. Bueno el resto ya lo sabe Ud.
piecito: pues digamos que vivimos en onda, que el carro no me lo robé yo, sino que lo traían
los gringos, y que ellos se fueron y me dejaron cuidándolo, pues vea piecito, yo sabía que algo
me iba a pasar esa mañana. Yo sentía que tenía algo en la boca del estómago, pero qué se le
va a hacer, piecito, si es que hasta entre la gente de onda hay cada hijoeputa, a pesar de que la
vida, piecito, es pura carnita de pavo. . .

“Con faldas y a lo loco”


Para Inés Trejos, esta crónica de familias.
Estaba preparando las tostadas en la cocina cuando oí aquello: Guauuu, si la abuela todavía la
truena, y volviendo los ojos hacia el comedor, la pude ver perfectamente: blusa plisada color
rosado, enagua tallada, zapatos tacón siete y el pelo, antes recogido, ahora cayéndole a ambos
lados de la cara y la bocota pintada. Yo nada dije, sólo pensé para mis adentros: Alma del
Padre Pío, se nos desviroló la abuela. Y los muchachos empezaron a echarle piropos y ella,
imperturbable, les sonreía muy pícaramente, y se echaba su risita mientras mascaba las
tostadas y bebía la leche, de sorbitos, porque desde esa mañana ya no quiso mas café y sólo
insistía en las tostadas y el yogur, y todas esas cosas que según ella le hacían bien para el feis. Y
yo seguí muy acongojada, haciendo y haciendo tostadas en la cocina y llevándolas hasta que
me percaté que eran demasiadas y estaba muy nerviosa y todo lo botaba y la señora allá
arriba, durmiendo a pierna suelta, con todas esas babosadas en el feis y los muchachos
vacilando a la abuela que seguía sonriendo picadamente y que se estaba como enrollando
toda, muerta de risa, a ratos muy extraña, como si la recorrieran muchos bichitos por todo el
cuerpo. Y los muchachos dejaron de tomar café y llegó el bus del colegio y se montaron a
brincos y a gritos y yo me quedé viéndola y quise decirle algo pero me dio risa y me puse a
carcajearme en la cocina hasta que me dolieron las piernas. Y la abuela se levantó y empezó a
cantar y corrió las cortinitas del livin y se puso a leer el periódico, pierna cruzada, pelo para
atrás, la boca entreabierta, y allí fue cuando de la risa pasé al miedo y empecé a temblar y
decidí llamar a la señora, pero sabía que estaba durmiendo, pues se toma pastillas en la
madrugada para dormir hasta las doce, y S se enoja mucho cuando una hace mucho ruido o
empieza a sacudir los cuadros de arriba y a caminar en el alto. Así que otra vez me empezó a
dar risa pero me contuve, porque me pareció muy feo, y ya para entonces llegó el lechero, con
el ruido de las botellas y el silbido y la abuela abrió la puerta, y como cantando le dijo algo, y el
muchachillo se cagó de risa y empezó a cambiar las botellas mientras le tiraba ojo a las piernas
y al escote de la abuela, que justo es decirlo no estaba tan mal, aunque las tetas le sobresalían
un poco. Ella seguía viéndolo muy fijamente, se pasó la lengua por los labios y le dijo:
—Llámame Norma Juana
Yo casi me desmayo cuando la vi tonteando con el muchachillo, porque esos son muy frescos y
si una se descuida se la levantan, con todo y zapatos. El muchacho terminó de cambiar las
botellas, la abuela le firmó en la tarjetita y le cerró la puerta, lentamente. Yo a esas alturas
estaba pálida, sentía las rodillas bailar solas y las manos se me estaban como arrugando de
tanto mover la esponjita sobre los trastos, quise llamar a la señora, pero me contuve: me dio
miedo que empezara a gritar como loca. Porque se despierta como loca, dando brincos por
toda la cama, eructando, jadeando. Como si estuviera viniendo de muchas pesadillas. Es muy
delicada y si uno la alborota de mañana, sigue con mal genio todo el día y nos hace la vida
insoportable a todos, hasta a los perros, y a la lora la putea porque no la deja dormir la siesta.
Pues la abuela cerró la puerta y a mí me dio terror mirarla a los ojos y ella se vino despacito
hasta mí y se me quedó viendo con la gran bocota pintada de rojo, tirando a lila, y los ojos
pelados y sonrientes. Y yo les juro que a mí me dio mucho miedo porque me di cuenta de que
se estaba desvirolando, o que ya estaba totalmente corrida de tejas y me reí, primero muy
tímidamente, y luego con pequeñas carcajaditas que me empezaron a nacer del sexo, sí, del
sexo, se me treparon por el estómago, me cruzaron los senos y se me salieron por la boca. Ella
me volvió a ver, extrañada, y me dijo:
—Quiubo, Isolina, ¿qué te parezco? Llámame Norma Juana. . .
Yo no pude decirle nada, me quedé como paralítica, porque la voz, oyéndola con cuidado, era
diferente, no era la voz de la abuela, sino que le nacía de lo profundo, ella la hacía nacer como
de los muslos y la proyectaba hacia afuera, como si viniera de un largo viaje. Después de decir
esto se echó para atrás, se puso las manos en las caderas y comenzó a caminar como si tuviera
un hormiguero en el fondis, primero muy acompasadamente, como cuando empieza a
moverse la batidora y después se descocó con un movimiento N" dificilísimo de nalgas,
combinando con los hombros la manera de hacer girar el cuello para que el pelo le acariciara
las orejas. Ahí que yo ya empecé a espantarme v y me agarró una flojera por todo el cuerpo y
en la boca del estómago sentí como fuego y me recordé de las revistas que yo había estado
prestándole, esas fotonovelas de cuadritos que a ella tanto le gustan y esas otras revistas de
modas, de peinados, de consejos, de doctoras corazón y todo eso que tanto me gusta y esc
número dedicado a la Merilín Monró, que tanto nos había impresionado, y que habíamos
comentado la abuela y yo, mientras le planchaba las colchas. Ella siguió moviéndose, como un
trompo ahora, dando pequeñas vueltas por todo el comedor, saltando como una pulga loca
por todo el livin, tocando cariñosamente las flores plásticas que la señora había mandado
colocar para el té de la tarde. Yo estaba como hipnotizada, tenía miedo de que se cayera o que
se hiciera pedazos, de las locuras que hacía, esos giros, esas muecas, muy metida en las cosas
de Jólivud. Como cuando uno ve películas: las sonrisas en que muestran toda la chapa, las
manos como de loca, las caderas como Una batidora.
Miré el reloj y eran las nueve y media. A estas horas la señora apenas estaba en el tercer
sueño, muy roncona, apretada a las almohadas, esparnancada en toda la cama, emitiendo
gruñidos muy raros. Ya la conocía yo cuando abría la puerta, porque creía que le podía dar
algún cardíaco o algún chok, porque a veces lloraba en sueños la doña, mariconeaba toda,
hasta mojaba las almohadas 'y cuando se daba cuenta se ponía histérica y se iba a donde el
viejo que le lee las cartas, el adivino Merlín, para preguntarle sobre esos sueños tan llorosos y
por la tarde, ya bien tarde, regresaba más compuesta. Pues sí, la abuela seguía allí, como una
pulga loca, arreglándose el pelo ahora en el espejo del recibidor, no parando de moverse,
muerta de risa, viéndose las encías en el espejo, pesándose las tetas con las manos como
copas. Yo estaba como hipnotizada, ya lo dije. Me acordé de la medallita del Padre Pío y quise
írsela a poner cuando, abriendo la boca, dijo:
—Decíles que no tengo nada que declarar, decíles que ya es hora que los directivos de los
estudios se den cuenta. Si Jólivud no funciona como debiera funcionar es por culpa de los
directivos, decíles que ya es hora de que se empiece a respetar a los elementos más valiosos
de la industria. . .
Yo me quedé verde, asustada, como hipnotizada. Hice como que iba a abrir la puerta para
decirles a los directivos el recado, pero no me atreví porque me dio mucho miedo que los
vecinos pensaran que yo también me estaba volviendo loca. Ella me miraba fijamente, la
bocota abierta muy raro, los ojos brillantes, las manos en las caderas como la Merilín en
"Jungla de Asfalto", aquella película que tanto me había gustado. Yo seguía viéndola muy raro
y ella no decía nada, hasta que abrí la puerta y empecé a decir, en voz baja: "No tenemos nada
que declarar, señores. . ." Ella se volvió, furiosa, y me dijo:
—Con más fuerza, idiota, no ves que ellos viven jodiéndonos y si no hay plata para mí,
tampoco vos comerás nada, babosa. . .
La voz era diferente. Yo insisto que la voz era bien rara. Como de actriz de televisión,
entonada, como de novela de la tarde, una voz bonita pero que siempre se echaba a perder al
final. Yo cerré la puerta y ella volvió al periódico; pasando las hojas con violencia. Yo siempre
creí que ella era realmente una vieja tremenda, pero que por hipocresía no se animaba a
mandar a todo el mundo al carajo. Confieso que me empezó a gustar su manera de hablar, su
voz tan rara, las manos en las caderas. Era otra, totalmente diferente, y me empecé a reír para
adentro, pensando en que cuando se levantara la vieja, con esa cara de susto que tiene cuando
todavía no se ha arreglado, y viera lo que había pasado, se iba a morir. Pero era aún muy
temprano y seguro ella seguía ruliada, roncando como loca, moviéndose como una gata. La
abuela seguía pasando las hojas del periódico, y se quedó como muerta en la sección de
deportes:
—Qué hombre, Isolina, qué hombre. Mirále los ratones. Qué brazos y qué piernas! , me
recuerda a Zachary Scott. Qué hombre, Isolina, qué hombre. . .
Yo ya no decía nada, y por un momento tuve muchas ganas de ponerme a llorar. Me di cuenta
de que la abuela estaba ya de verdad esperinolada, que se le habían corrido todas las tejas,
que se estaba poniendo para el tigre, que ya no componía nada. Arriba sonó la persiana
corriéndose y al rato oí el agua de la tina, y los trastabillones de la doña, porque se levanta
medio dormida y empieza a golpearse en todo, hasta que se despierta de verdad, se quita la
bata y se mete a la tina, y hay que tener cuidado para que no se vuelva a dormir y hasta se
ahogue. Para estos momentos la abuela se había dado cuenta del ruido de arriba y empezó a
reírse como loca y yo ya estaba sin hacer nada, dando y dando vueltas por toda la cocina,
acomodando los trastes, sacudiendo el polvo de las mesillas, nervioseando por todo lado,
alborotada y asustada como el cuijen. Ella seguía riéndose y yo quería preguntarle algo, pero
tenía miedo de que me contestara alguna malacrianza y si fuera el caso hasta me pegara. En
eso ella dijo:
—Sabes, algunos me creen sueca, pero el color de mi pelo es natural. Así pasa con todo mi
cuerpo, Isolina, no me gusta sentirme bronceada porque me gusta sentirme rubia por todas
partes. Como en aquella película que tanto me costó y en donde conocí a la Yein Rusel. . .
Yo me puse muy asustada porque había leído en la revista toda la vida de la Merilín y me
acordaba de aquella escena en que aparece con la enagua para arriba, con todas las nalgas al
viento, y me imaginé a la abuela en esa pose y me puse a reír como loca. Ella se me quedó
viendo boquiabierta, como histérica, con los ojos pelados hasta lo más:
—Bueno, vos sabes, mi mejor película, aquí entre nos, Isolina, fue "El Príncipe y la Corista",
lindísima, qué vestuario, allí fue donde tuve lo que tuve con Laurence Olivier . . .
Yo no recordaba que ella hubiera tenido nada con Laurence, pero me sorprendió lo bien que
se acordaba de todo. Yo le dije que su mejor película era en realidad aquella en que salía con
aquel hombre disfrazado de mujer, y que yo había llorado mucho al final y que ella estaba
lindísima, en todas las escenas, y que a mí me encantaba verla con el peló un poco corto y sin
esa mirada de mujer alborotada que a veces tenía. Ella me miró fijamente, se levantó, se fue
hasta el livin y regresó con los mismos andares de antes, pero mucho más calmada, más mujer
y menos actriz:
—Yo creo que mi vida cambió totalmente cuando conocí a Artur. Qué tipo Isolina, qué tipo, un
intelectual. Y su papá tan lindo, un viejito muy solo. Ahí fue cuando me hice judía, Isolina, sólo
por amor a Artur. Qué hombre más apasionante. . .!
Yo allí estaba realmente furiosa, porque para mí el único hombre en la vida de la Merilín era el
jugador de béisbol. Muy feo, lo reconozco, pero qué hombre para quererla: un gran tipo. Ella
seguía hablando de cosas de la vida de la Merilín y yo solo estaba esperando a que bajara la
señora para ver qué pasaba, pero la señora no llegaba y yo empezaba a temblar, de risa y
miedo, cada vez que me imaginaba lo que iba a suceder una vez que la señora se diera cuenta
de lo que estaba pasando. Yo sólo esperaba, ya lo he dicho, esperaba, y las horas se me
estiraban y ella seguía hablando y el agua arriba seguía corriendo y la señora estaba
caminando por todo el cuarto, porque seguro se estaba probando los vestidos y se estaba
maquillando cbn todas esas cremas carísimas que compra en las tiendas y que se embarra en
la mañana o en la noche. Ahora la abuela se estaba acariciando las piernas y las estiraba para
arriba, en el borde de un sofá, y se reía para adentro, concentrada en mirarse los tacones:
—Jamás hubiera podido resistir los postizos, me dan aseó, sólo quienes me conocen realmente
saben y pueden probarlo. Y hablando de Ciar Geible, Isolina, sabes: fue como mi padre, te
podría enseñar las fotografías de la película. A mí me gusta, de verdad, estar completamente
vestida o si no completamente desnuda, no me gustan las medias tintas, Isolina, no me gustan.
..
A esta altura de su conversación yo estaba realmente asustada y la señora no venía. Por fin se
oyeron sus pasos y empezó a bajar la escalera como si se fuera a caer, con lentitud, y esa
mirada perfecta, esa cara totalmente color marfil y la sonrisa entre los labios, apenas
entreabiertos. Siguió bajando, despaciosamente, como si fuera a perder el equilibrio. Yo creo
que estaba todavía dormida, y llegó al final de la escalera, dio unas vueltas por el livin, todo lo
tocó, cambió de posición los adornillos y entró al comedor. Allí se hizo la distraída para no dar
color de que se levantaba tarde y poco a poco empezó a ver a la abuela. Todavía recuerdo la
cara de la doña al ver a su mamá de aquella manera. Yo disimulé, en la cocina, viendo sólo de
reojo, con la risa adentro. De locos. Ella nada decía, sólo seguía leyendo el periódico, como si
no la hubiera visto. La señora se fue calmando, con mucho esfuerzo y le preguntó que qué
tenía puesto:
—Chanel cinco, querida, y la radio. . .
La señora se quedó boquiabierta, muerta del susto, horrorizada, espantada hasta los huesos.
Yo seguía riéndome hasta más no poder, pero todo adentro, sin que se dieran cuenta, tenía
miedo y risa y el estómago se me movía sólo como si tuviera cosas. Ella siguió hablando:
—Bueno, ya vos sabes que a los diez años me violó aquel hombre y más adelante me adoptó
aquella familia que bebía wisky como locos, y después aquella otra en que la mujer se quería
acostar con el marido, estando yo en el centro. . .
Yo creí que la casa se iba a venir al suelo y que la señora se iba a desintegrar, con anillos y todo
lo demás, pero sólo se le quedó viendo como desfocada, primero los zapatos y luego el pelo y
luego el cuerpo en conjunto. Se apoyó en el marco de la puerta y dijo:
—Yo creía que la historia era otra, pero si vos la decís así, no hay nada. . .
La voz tampoco era la de la doña, le nacía como en el estómago, le fluía antes de que pudiera
controlar a las palabras. La doña se retiró, muy despacio, y se fue hasta el teléfono para llamar
al don. Y la abuela siguió hablando:
—En la mayoría de las portadas solía llevar una toalla a rayas. Era a rayas porque la portada
era en color y el color lo daban las rayas. Un abanico grande hacía flotar la toalla y mi pelo,
como si hubiera viento. Esto fue después de mi primer divorcio ya que necesitaba ganarme la
vida...
Yo aquí me puse como pepiada y le hablaba del "Príncipe y la Corista" y de Jerry Legüis y de
"Amor en Conserva" y de "Niebla en el Alma", y de Gari Grant y de Din Martin y hablábamos
como locas y fuimos a traer las fotos de la Merilín, y el álbum que yo tenía en mi cuarto, y así
estuvimos hasta que llegaron los muchachos y empezaron a vacilarla y ella feliz, esperinolada,
pierna cruzada y la bocota abierta, como tonta, y yo enseñándole el álbum a los muchachos y
ellos diciendo: ¡qué rica! , ¡mirála, qué rica! , ¡qué piernotas! , ¡qué rica! , y la abuela hablando
de su divorcio de Artur Miler y de que se estaba volviendo vieja y cuando se la llevaron, estoy
segura, se despidió de nosotros, de mí principalmente, como la Merilín de "Con faldas y a lo
loco": el pecho hacia afuera, guindando casi, y la sonrisota y los ojos húmedos, pero sin llorar,
como la Merilín en sus mejores tiempos. . .

“Con la música por dentro”


Es la primera vez que alguien me lo pregunta así, directamente. Pues sí: una era desde chiquilla
media pepiadilla, como loquilla, muy alborotadilla la muchacha: que todos los domingos al
Raventós, a tandar de cuatro, y aquello oscurísimo y una toda copadilla. Con quien fuera, con
quien fuera. Carajillos de copete y de blu yins, botas de tubo o mocasines. Carajillos todos
llenos de vaselina, puros elvis presley y uno en el segundo piso y el viejo con el foco,
alumbrando a las parejas, y luego darle la vuelta al parque y comprar helados de paleta. Es que
una siempre fue muy avispada: puro encendida, una brasa completa, como decían en casa.
Una nace con eso adentro, desde chiquilla, alborotadilla, con la sangre hirviendo. Yo fui la
primera que me puse chemis y mánganos en el barrio: un escándalo. Todas las viejas creían
que yo era una grandísima puta y bueno; yo creo que me hice de tanto que me lo dijeron.
Ahora me acuerdo de que el viejo de la verdulería invitaba a las chiquillas a entrar y nos daba
un peso si nos dejábamos tocar. Yo siempre me dejé y le llevaba el peso a mi mamá y la gran
conchuda lo recibía y ni preguntaba nada. Mi mamá era una santa. Nunca decía nada. Sólo
lavar y lavar, ajeno y propio, porque éramos cinco mujeres: Gladys y Marlene y Anita y dos que
se quedaron difuntas: una de chiquitilla: Adela, y otra de grande: Rosarito, que se le hinchó la
panza y se murió, toda verde y echando espuma. Yo siempre fui una chiquilla muy
desarrollada. Cuando tenía como doce años todos querían hacerme el favor, de tetudilla que
estaba. Tenía una que quitarse a los hombres y a los chiquillos a puro chonetazo. Yo me daba
de mecos con todos los carajillos del barrio y sólo me dejaba tocar por los que me gustaban.
Ahora, ya tan roca, cuando me pongo pepiada, me doy de trancazos con cualquiera. Yo soy
buena para los golpes. A mi marido una vez le dejé el hocico hinchado porque se puso tonto y
empezó a arriarme con una sombrilla delante de los güilas. Yo sólo me estuve quieta, me di
vuelta y le dije: "Ronal, deja de joderme..." Y zazzzzz que le vuelo un vergazo en la pura jeta, y
él que se queda boquiando, el muy idiota, y que se está allí, como un pescado muerto, y yo le
di agua, y ya ve: nunca más me volvió a joder. Luego se fue para la zona y me quedé sola con
los chiquillos y que vuelvo a putiar, bueno; esta vez por pura necesidad. Roñal me conoció en
un salón de baile en Barrio Cuba. Yo iba a bailar con los muchachos y allí lo vigié. El sabía que
yo era media putífera pero le gusté. Nos juntamos, y bueno, nos matrimoniamos por la Iglesia
porque vino la misión y los padrecitos andaban como locos confesando y casando a todo el
mundo. Yo no sé si lo quería. Me encantaba tener una casita y un anafre y repisas y un
moledero, porque yo cocino muy rico y tengo la casa siempre como un ajito. Roñal desde que
se fue no volvió y yo tenía que ganarme los pesos. Se fue porque era un hombre muy ostinado
y muy chichudo y porque fumaba mucha mota y creía que si se iba para la zona dejaba de ver a
sus amigos de aquí. No creo que quisiera mucho a los güilas; no es muy amigo de andar
haciendo cariño. Bueno uno se junta con un hombre y se va aburriendo. La rutina, que dicen.
Yo no nací para muía de carga y cuando me agüevo, se acabó: me agüevo de remate. Me
achanto toda y ni me levanto temprano. Se me lava la voluntad. Ni me baño casi y los güilas
andan chingos y la casa anda toda patas para arriba. Yo antes de vivir con Roñal tenía Un chivo
terrible. Era zapatero en Sagrada Familia y en las noches yo estaba siempre por el Correo,
dándole la vuelta a la cuadra, cuadriando, como digo yo. Escurriéndomele de las perreras y
entonces él llegaba y me hacía caja: "¿Cuánto llevas. . .? " Y yo nunca le decía nada. Se metió
de chivo conmigo así porque así. Me cuadró como hablaba, -muy filosófico. Leía todo el día
periódicos y como a las tres se enrollaba uno y se ponía a clavar zapatos en el taller de un
cuñado. Era muy considerado y tenía el cuarto lleno de recortes de viejas chingas y hasta un
retrato de Fidel y otro del Doctor. Era mariachi. A mí la política es una cosa que me gusta.
Siempre hemos sido en casa muy mariachis. El Doctor era toda. Un hombre pura vida que le
dio casa a unas primas, mías y que era muy caritativo. Ahora el enano se quiere robar el
mandado y dice que el doc era pura vida, pero eso es pura hipocresía. Lo odia, lo odia. Le tiene
una gran tirria. Siempre ha sido un acomplejado. Se cree Napolión y no es más que un roco
vivísimo. Bueno, sí, aquí es el único que hace lo que quiere. Es que es enano pero muy güevón.
Yo voté por él. Sí, voté por él porque creí que iba a ser toda, pero qué va, la vida está muy cara.
Todo el día andan viendo los polis a quién se cargan. Ya ni puede uno vivir en este país. Bueno
la política es una cochinada: todos son iguales: a esto no X. lo salva nadie: sólo Fidel Castro. Ese
sí que se amarra los pantalones. Este país lo que necesita es un dictador. Yo siempre lo he
dicho. Bueno Ud. sabe que ahora en \ los salones viven pidiéndole el carnet a una y viera las
pintas que andan disfrazados de autoridad: puros hampones. Bueno yo ahora me paro en la
esquina de la "N. Farmacia París, por Cuesta de Moras. Allí me estoy: campaneándola. Dejo a
los chiquillos durmiendo, le 'echo candado a la jaus y me vengo a pulsiarla. En esa esquina
nunca hay competencia. Es muy tranquila. Los róeos pasan de refilón; tocan el pito y al dar la
vuelta arregla uno el negocio: Que veinte cañas, que viejo pinche, que si estás pegada, y uno se
sube y a la hora está de vuelta. Yo a veces me hago unas sesenta cañas por noche. Eso cuando
no llueve. Cuando llueve ni llego. Me quedo en la casa o me voy a algún salón a bailar, hasta
las diez. Luego compro algo para los güilas, me tiro un café con un pastelillo en el Cañabar y
me voy a la casa. Desde chiquilla era yo medio loquilla. Muy alborotada siempre. ¿Le conté lo
del viejo de la verdulería? ¡Roco más sátiro! Pero de algo servía. Yo perdí el vidriesillo en una
poza. Allá por los Anonos: muy largo de contar. Por amor, por amor. Un carajillo que jugaba en
el equipo "Los Pinos". Me pepié de él y así pasó todo. En casa se dieron cuenta pero no dijeron
nada. Siempre han sido muy cara de piedra en casa. Ni cuando no llegaba a dormir. Se han
hecho siempre los tontos. Todas en casa somos iguales. Menos Gladys, que se fue a los Yunai,
porque no le cuadraba el barrio. Siempre fue muy hartada, muy echada para atrás: hasta fue al
colegio. Le manda dólares a mamá y cuando vino le trajo a mis güilas juguetes. Es la única de
casa que no nació pepiada. Yo desde chiquilla agarré la carreta y todavía no me he bajado. Yo
nací con la música por dentro. Muy nerviosa y brincona. Hasta me hacían limpias con siete
yerbas, a ver si me volvía más formal y más juiciosa. Nada, nada: la que nació así, agüizoteada,
es para siempre. Yo tengo suerte con los hombres porque soy muy independiente, muy
movida. Yo sola me las arreglo y si a veces tengo chivo o marido es porque me da miedo estar
sola y por si me enfermo porque Ud. sabe: puta enferma es puta muerta. Sólo las muchachas a
veces son tuanis. Yo cuando estoy enferma me voy directa a donde el homeópata y por cinco
cañas me compone. Es toda ese roco. Y tan fácil: sólo echar las bolillas, bebérselas en ayunas y
ya está. A mí me operó el doctor Moreno Cañas. Yo lo vi, alto, con el pelo todo pazuso. De bata
blanca. Me decía: Chávela, bájate las cobijas, enséñame donde te duele. Y yo que me bajo las
cobijas, me alzo la bata y le digo: Aquí doctorcito, por la ingle, y él que me toca y me dice:
Dormite, Chávela, dormite. Y por la virtú que Dios le dio, el Doctor Moreno Cañas me operó en
sueños. Por eso todas las noches verá a la par de la veladora un vasito de agua para el doctor,
que aquí entre nos, lo mataron por política, uno que ahora se hizo evangélico. Pura pantalla: lo
mataron los políticos porque el pueblo lo quería para presidente. Bueno, yo sólo estoy
diciéndole como me lo contó la mujer que nos alquila el cuarto, que le gusta andar moviendo a
los espíritus y tiene un mago, el famoso Merlín, que le saca a uno las cartas, le hace limpias y
hasta ayuda con las botijas. Para mí Merlín es toda. Yo voy cada vez que puedo y él ya ni me
cobra. Cuando tengo mis pesos le llevo: Tome, don Merlín, para que se vaya ayudando. Y él
me va indicando los caminos que me faltan por recorrer todavía y allí van señoras de copete,
estudiantes y hasta artistas: Que si me está dando vuelta el marido, que si la secre me echó
basurilla, que si voy a ganar el año, que si me quiere fulanita, que qué me pasa que no tengo
lana y así Merlín va dándole a uno esperanzas, que es lo que uno más necesita. Yo si me saco la
lotería lo ayudo. Yo le debo mucho a Merlín. Figúrese que él siempre me aconseja que me
quede sola, que no le haga caso a ningún tonto que me salga y por eso soy tan feliz: sin marido
y sin chivo. Mujer independiente, la doña. Que si quiero irme al Puerto: agarro los chiquillos,
les busco la calzoneta y los tenis y yo el vestidillo de baño, así vivo: sin marido y con pereza de
echarme un chivo. Joden mucho. Que se los echen las más cabrillas. Esas apenas están
empezando. Yo ahora estoy muy roca para tener un chivo y me dan risa esos chivos de ahora:
puro gogó, con camisitas de vuelos y zapatos con botones dorados. Todos son una partida de
vicolos, puro vuelta y rosca. Ahora las muchachas tienen que defenderse solas porque los
chivos no sirven de nada. Por eso andamos con chuzo. Mire: Siempre lo cargo en el seno:
filoso: puntiagudito, con cacha de plata, dicen que para abrir cartas. Yo puedo trabajar si
quisiera, pero me aburro. No aguanto que me griten o me estén diciendo: apúrate, apúrate, o
jodiendo con la comida o revisándome las bolsas. Me agüeva que la gente sea ahora tan
desconfiada. Yo soy todo lo que Ud. quiera pero no ladrona. Bueno, si algo se queda por ahí,
me lo alzo, pero es sin culpa: si no lo agarro yo lo agarra otro.
Yo siempre estoy en la esquina frente a Kativo. Allí vendo lotería los domingos. Y tengo clientes
fijos que me buscan para que les venda numeritos y a veces hasta dejo la lotería y me voy con
alguno. Pero no me gusta esta vida. Los güilas se están haciendo grandes y va y me ven algún
día y me daría vergüenza con ellos. El mayor se pasa leyendo y la más chiquita, María, así le
puse cuando estaban dando esa telenovela. Ah, sí, yo tengo tele. Mucha gente nos vive
criticando porque tenemos televisor: que no tienen ni dónde caer muertos y tienen un Filips. Y
bueno; yo les digo: Mira, acaso nos lo regalaron. Casi cuatro años duramos pagándolo. Me ló"
regaló Roñal para el día de la madre. Nada que de segunda. De primera. De la Avenida Central,
de un almacén de polacos. Claro que una estafa: se ganan como el doble en cada aparato. Pues
la más chiquita quiere ser enfermera y yo estoy segura de que la voy a mandar hasta la
Universidad. A mí me gusta mucho el mar. No sé por qué se me ocurre decírselo. . . Pero para
mí el mar es como una pildora. Me calma toda. Me llena de tristeza, pero también me da
tranquilidad. Yo voy como tres veces al año al Puerto. Con los güilas o sola. Me tiro mis
traguitos, mi arrocito cantones o mi chopsui, compro cajetas, pipas, marañones y pasados y
vengo el lunes. Tranquilita, tranquilita, calmada. Viendo el paisaje desde el tren, porque me
encanta viajar en tren: las patas estiradas, la persianilla bajada, los gallos de pollo, la coca y la
siestita. Ya cuando voy llegando a Mata de Limón me pongo como loca y empiezo a oler al mar
y me dan ganas de bajarme, pero me aguanto hasta llegar a la estación. Siempre me pasa lo
mismo. Me esperinolo toda cuando huelo el mar. Me arrebato y no soy más la misma: hablo y
hablo y hablo y los chiquillos se ponen todos malcriados: ay, se pepió my moder, se nos puso
locaza. Y yo los oigo y no digo nada. Total: ¿para qué? Los chiquillos son los chiquillos y entre
menos uno los joda ellos menos se meten con uno. Yo apenas llego al Puerto lo primero que
busco es el salón de baile. Me encanta que tenga luces y una rocola gran-dota. Yo soy buena
para el baile. Le hago a todo. Desde el chachachá hasta la música de ahora. A mí me encantó el
rocanrol. Yo fui muy rocanrolera y llevé mucho palo por eso. Me aprendía los pasos, de tanto
ensayarlos, y bailaba un rocanrol mezclado con süing que era toda. Me encanta esa música.
Claro, también me gusta la romántica. De los nacionales sólo uno: Chico Loria. El de "Si las
flores pudieran hablar" y "Corazón de Roca". El que se murió en un accidente de motocicleta,
hace unos meses.
Yo creo que la que nació para maceta, del corredor no pasa. Es que con el tiempo uno ya no
compone. No es por vieja. Es que se le mata el ánimo. Se jode por dentro. Porque uno puede
estar vieja pero no pendeja. Todavía a mí me hacen tiro muchos. Porque tengo la gracia
escondida. Vaya uno a saber. Yo me he ido hasta con diputados y tuve cosas con un viejo que
tenía un tramo en el mercado. Un roco pura pomada que me llevaba al teatro y a comer donde
los chinos. Pero es que yo soy muy india. Sí, muy india. Yo soy como soy porque nací con la
música por dentro. Muy pepiada. Cuando agarro la carreta nadie me baja. Me gusta tirarme
mis traguitos, alegrona la doña, pero nada más. Y usted sabe: me encanta hablar con los
muchachos jóvenes. Nada más que hablar: vacilar un rato: parlarla hasta que sean la
nocheymedia. Los universitarios son bien relocos, como con la música por dentro. Protestones.
Yo también desfilo el primero de mayo con los güilas. Es que soy muy rojilla. Muy mariachi, la
mujer. Pero no me gustan las universitarias: muy hartadas. Con peinados y con maxifaldas y
como de palo ... Yo quiero que mis hijos vayan a la U y que se vuelvan bien tuanis, pero que no
se me vuelvan hartados. Que se metan en política o en el gobierno, a ver si pescan algo. . .
Bueno, déjese ya de estar jodiendo y pídase otra cuartica. Y si quiere bailar: ¡Sáqueme! Que
aunque vieja yo nunca soy pendeja. Porque como dijo la lora: ¡A mí no me jodan! ¿No ven que
nací pepiada?

“Manual de historia sagrada”


Para Javier Solís
Porque está escrito: El celo de tu casa me consume.
San Juan 2,17.

Todo empezó cuando nosotras, sí, padrecito, nosotras dos, Sor Emérita y la que le habla,
descubrimos que estaba poniéndose muy raro, sí, padrecito: Pésame, Dios Mío y me
arrepiento de todo corazón de haberos ofendido. Pésame por el Infierno que merecí y por el
cielo que perdí, pero mucho mas me pesa, porque pecando ofendí a un Dios tan grande y tan
bueno como vos, antes querría haberme muerto que haberos ofendido y propongo
firmemente no pecar más y evitar todas las ocasiones próximas de pecado, sí, como le íbamos
diciendo, él estaba muy raro, sí, padrecito, empezó a comprar muchos libros en los viajes y
hasta leía la Biblia, esa que Ud. nos ha dicho que no debemos leer, sí, padrecito, sí, nosotras
empezamos a darnos cuenta de que algo raro sucedía, porque él comenzó a encerrarse
muchas horas a leer y no salía del cuarto y
había que llevarle la comida por medio de tres golpes a la puerta, y llamarlo, a veces, por
medio de la campana de la cocina, sí, padrecito, nosotras estábamos de verdad preocupadas
por su salud, temiendo que enfermara, y no decíamos nada por miedo a que nos dijera alguna
cosa fuerte, porque ya sabe Ud. que era bastante malcriado, mejor dicho: chichoso, válgame la
expresión, que no es la más apropiada, pero ya sabe Ud. de nuestra devoción, padrecito, a
todas las cosas que nos manda guardar la Santa Madre Iglesia, menos esas novedades que nos
traen los Concilios, que aquí entre nos, padrecito, a nosotras, ya tan viejas, siempre nos ha
parecido infiltración del diablo en las cosas de Nuestra Santa Madre Iglesia, porque nosotras
sabemos, padrecito, que Dios nos ha creado para conocerlo, amarlo y servirlo en esta vida y
después verlo y gozarlo eternamente en la otra, sí, padrecito, nosotras nos dimos cuenta de
que las lecturas lo estaban volviendo distinto y entonces empezamos a vigilarlo, primero con
mucho cariño, y después con mucho susto, porque nos daba miedo que nos
sorprendiera, pues nosotras, padrecito, sabemos que el conocimiento de la Doctrina Cristiana
es tan importante que supera a todos los demás y que ninguno puede reemplazarlo, por lo
tanto, padrecito, la lectura de esos libros lo empujaba a tomar contacto con cosas extrañas,
pues sabemos, padrecito, que la Iglesia no puede equivocarse en su enseñanza, porque
Cristo le prometió su asistencia hasta el fin de los siglos y por eso es que es infalible: in-fa-li-
ble, y porque todos sabemos que los caracteres de la verdadera Iglesia, los tiene
exclusivamente la Iglesia Católica Romana, llamada así porque su jefe visible es el Obispo de
Roma, que es el Papa, pues sí, padrecito, nosotras, Sor Emérita y la que le habla, nos
dispusimos a vigilarlo más de cerca, cuando empezó a recibir a los estudiantes y cuando en los
sermones comenzó a hacer críticas a los Mayorga, sólo por el hecho de acumular dinero en
los bancos, padrecito, ya que nosotras dos, padrecito, sabemos que la única moral que
debemos estudiar y practicar es la Moral Divina, la que enseñó Jesucristo y que hallamos en los
Mandamientos de Dios y de la Iglesia y que lo que realmente modifica la bondad de nuestros
actos es la pasión, el temor, la violencia y la premeditación, pues nos parecía muy extraño que
pasara las horas reunido a puerta cerrada con los estudiantes y que empezaran a llegar a la
casa barbudos y hasta muchachas en falda corta, padrecito, nosotras estábamos muy
preocupadas, y entonces empezamos a pegarnos a las puertas, a espiar por las rendijas, a
poner las manos como bocinas por las cerraduras, a ver los folletos que le llevaban, a empezar
una cuenta detallada de las limosnas que entraban y a que no gastara el dinero en papel y
tinta para mimeógrafo, o como se llame, porque padrecito, nosotras, Sor Emérita y yo, nos
dimos cuenta de que algo raro estaba pasando cuando nos dijo que no íbamos a comprar más
vino, ni sardinas, ni galletas inglesas, y que no era necesario cambiar las cortinas este año, con
lo que estábamos de ilusionadas, Sor Emérita y la que le habla, en cambiar hasta los muebles
de la sala, pues nosotras no pudimos más y llorábamos en las noches, horas de horas, y
rezábamos por las mañanas jaculatorias extras, pues, padrecito, la que le habla,
principalmente, sabía que al esconder algunos de los dineros de la limosna estaba robando un
poco y añadiendo a su pecado el abuso de confianza, pero yo no podía soportar que esos
melenudos se estuvieran bebiendo la plata de las cortinas en coca cola y tosteles y cigarros y
en el papel y la tinta en que se decían todas esas cosas, que no le hemos dicho todavía, y que
la que habla tenía que repartir a la hora de la misa, pues padrecito, nosotras nos dábamos
cuenta de que él se estaba transformando y que salía de aquellas reuniones agitado, lleno de
intranquilidad, que pasaba horas de horas con la luz prendida, leyendo esos libros que él
disfrazaba con otro forro, para que las señoras no se dieran cuenta de que leía esas cosas, y
padrecito, nosotras, entonces, redoblamos la vigilancia, porque Ud. sabe, padrecito, que el
derecho de propiedad se funda en la ley natural, es un derecho inviolable y es en cierto modo
sagrado; suprimirlo sería destruir el orden, la paz, el trabajo, en una palabra, padrecito,
trastornar la sociedad, y ya Ud. sabe, padrecito, sueños absurdos: quién efectuará esa
repartición, quién estará satisfecho con su lote, cuánto tiempo durará ese estado de cosas, ni
un día, sin duda alguna, padrecito, respétese pues el derecho de propiedad y el orden
establecido por la Providencia, padrecito, nosotras ya no sabíamos qué hacer, estábamos
muy nerviosas y ya no podíamos dormir porque estábamos seguras que allí se había metido el
diablo y todo andaba desordenado y los pisos sucios y los muebles todos quemados por los
cigarros y las cenizas en los suelos y los platos por las mesas y él como si nada, sólo leyendo,
engrampando folletos, preparando charlas con los estudiantes y leyendo, siempre leyendo,
revistas con barbudos con el rostro, estoy segura, padrecito, de Nuestro Señor Jesucristo, y
folletos en que se hacía crítica al Santo Padre y muchas veces, ya al final, se ponía a hablar
cosas horribles de nuestro Arzobispo y de la Santa Madre Iglesia en general, diciendo cosas
que no podemos repetir aquí, padrecito, la que le habla y Sor Emérita, y entonces se peleó con
las señoras de la Cofradía, esas señoras tan buenas que tan bonitas cosas nos bordaban y que
nos regalaban para todo el año provisiones de víveres y vinos y los manteles y hasta tiquetes
para ir a la playa, cuando estuviéramos cansadas, y todo lo lindo que tiene la religión se vino
abajo, padrecito, y nosotras ya servíamos de mal modo y los muchachos nos molestaban y nos
ponían a engrampar esos- folletos y luego rezábamos más de la cuenta para que nuestro Señor
nos borrara el pecado y fue así como ya no pudimos más y caímos en esa tentación que
consiste eh dar a conocer sin mucha necesidad los defectos o faltas reales del prójimo y nos
reunimos con las señoras de la Cofradía, padrecito, y rezábamos en las tardes para que todo
cambiara, pero todo seguía igual y estábamos desesperadas y caímos en ese pecado que
preconiza la invocación expresa, o tácita, de los espíritus para conocer cosas ocultas, lejanas o
de ultratumba, comunicándose con ellos, ya directamente, ya por medio de la persona
hipnotizada, ay, padrecito, llamada médium, pero padrecito, nada sacábamos de eso y cada
día él estaba más cerca de ese error que consiste en fomentar una guerra general de ideas, un
estado de indisposición permanente, de los inferiores contra los superiores, de los pobres
contra los ricos, de los obreros contra los patrones y de todos los que no tienen nada contra
los que tienen algo, así pues padrecito, las señoras, en una reunión dijeron: ¿Y si se muriera? ,
nosotras dos, Sor Emérita y la que le habla, nos. quedamos heladas, pues sabíamos que estaba
todavía muy vigoroso, pero nos quedó la idea y nos dimos a leer el libro de Joaquín Cardoso,
sacerdote jesuíta, padrecito, llamado: "El Comunismo y la conspiración contra el orden
Cristiano" y nos enredábamos cada vez más hasta la que le habla, padrecito, la que le habla
solamente, decidió lo que no me atrevo a contarle, a pesar de que sé, padrecito, que no es de
temerse que el confesor revele los pecados que se le revelan en el sacramento de la confesión,
porque está obligado al sigilio o secreto más inviolable, y entonces padrecito, lo hicimos, una
noche, a la hora de llevarle la leche caliente con unas gotitas de cognac, porque ya sabe Ud. lo
que nos dice la Doctrina Cristiana, porque padrecito, siendo la pena de muerte del todo
legítima, en virtud del derecho que Dios ha delegado a sus representantes, para poder
mantener el orden en la sociedad, los ejecutores de esta sentencia, padrecito, no pecan,
cumpliendo lo que se les ordena, porque hay que evitar que se destruya la propiedad privada,
priven la inmoralidad y el desenfreno de costumbres y que no se siembre por todas partes el
terror y la intranquilidad y que no se le quite a los padres el derecho sagrado que tienen sobre
los hijos, para que sigamos conscientes de nuestros deberes particulares que consisten en
servir con fidelidad y discreción y cuidar de los intereses sagrados como de los propios y de los
de los superiores en el orden espiritual, como el Papa, los Obispos, los Sacerdotes y también, y
por extensión, las señoras de la Cofradía, siempre tan finas con nosotras, pues padrecito, esta
es la cosa que teníamos nosotras, la que le habla y Sor Emérita, que contarle, pues nosotras
sabíamos padrecito, que a veces no es sólo lícito sino obligatorio, descubrir las faltas del
prójimo a la autoridad competente, primero, padrecito, cuando el bien público o el bien moral
del individuo lo exige, y segundo: cuando con ello se puede evitar un daño más grave o injusto
a la sociedad, padrecito, según nos lo enseña el Manual de Historia Sagrada . . .

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