EL MITO EN LA CONSTRUCCIÓN CULTURAL
Manuel Javier Amaro Barriga
Tradicionalmente se ha considerado que el mito es una oposición a la verdad, a la realidad; que no hace sino
explicarlas al margen de la racionalidad. Sin embargo, las mentes creadoras en general, y quienes cultivan la
literatura en particular, han demostrado a lo largo de siglos que existen diversas formas de expresar las
creencias, los temores, los sufrimientos, las esperanzas y, genéricamente, las pulsiones humanas, lo que
significa que el hombre es capaz de transformar sus vivencias y experiencias en verdades colectivas
mediante la fabulación, aunque ésta no sea comprobable científica o racionalmente, lo que, por otra
parte, no debe obstar para reconocer en ella la cimentación y posterior asimilación precisamente de aquello,
de una verdad social aceptada y compartida.
Al respecto, Hübner, afirma: "Por un lado, se confina al mito al reino de la fábula, de los cuentos; en
cualquier caso, a lo no comprobable. Provendría así, más bien de la profundidad del sentir, de lo
inconsciente, de la fantasía, al punto de que no podría realmente ser aprehensible a través de conceptos..."
Sin embargo, el reconocimiento de la validez de los productos de la emocionalidad: la nostalgia, el
presentimiento, la profecía, etc., aun dentro de consideraciones "fuera de la racionalidad", otorgan al mito su
fuerza de cohesión social al constituir descripciones de los temas permanentes de la vida, por tanto
identificables y redimibles por todos aquellos que conforman un conjunto social.
Desde un punto de vista netamente antropológico y funcionalista, Malinowski, con base en sus múltiples
estudios de diversos grupos humanos, abona respecto de la función social del mito: "Lo que realmente
importa en la narración del mito es su función social... comporta, expresa y fortalece el hecho
fundamental de la unidad local y de parentesco del grupo... colabora de una manera importante a la
cohesión y el patriotismo local... genera un sentimiento de unión... integra y fusiona la tradición histórica,
los principios legales y las distintas costumbres...”
El mito, así, se presenta como una construcción de esencia colectiva, lo que significa que su fuerza está
en relación directa con el vigor con que impresiona a muchas personas de varias generaciones para
permanecer asido a la conciencia colectiva. Grandes acontecimientos, reales o imaginarios, muchas veces
remotos, pueden ser fabulados, transformados en historias y aceptados como modelos de comportamiento
para la sociedad.
Bergson decía que "una de las facultades básicas del hombre es la capacidad y la necesidad de envolver los
hechos significantes del cosmos, de la naturaleza, de la religión y de la historia en una trama de fábulas que
los explican y al mismo tiempo los humanizan al relatar su historia."
Los cuentos mitológicos han sido siempre un recurso didáctico en la formación inicial de los niños de
diversas épocas, porque se logra generar en ellos, al margen de las proezas de un héroe espectacular,
sentimientos de esperanza, temores, injusticias, logros y otras sensaciones que, a fin de cuentas, son para
todos comunes. (...)
El mito verdadero es aquel que se construye cuando una gran cantidad de personas se siente
conmocionada en forma decisiva al reconocer su limitación ante poderes no identificables: iniquidad, paso
de lo desconocido a lo conocido, sufrimiento, presencia y vivencia del bien y del mal, redención, el sentido
de la vida, el origen y el destino, la muerte... El pensamiento mítico no niega ni prima sobre las
explicaciones científicas; se constituye como una valoración cualitativa de la realidad al transcribir
legítimamente la experiencia de lo tremendo mediante códigos humanamente comprensibles, porque cuenta,
además, con la virtud de hacer pervivir su validez específica aun después de que la descripción científica
despliega sus argumentos desmitificadores. (…)