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Abordajes Multidisciplinares Rurales

Este documento presenta una recopilación de trabajos de investigación desarrollados en el marco de dos proyectos sobre el espacio rural argentino dirigidos por María Laura Freyre y Cecilia Pernasetti. La primera parte incluye estudios que caracterizan la expansión del capitalismo en el agro y sus consecuencias, abordando problemáticas de pequeños productores ante el avance del agronegocio. La segunda parte se enfoca en prácticas alimentarias y de medicina tradicional de grupos subalternos rurales.

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Abordajes Multidisciplinares Rurales

Este documento presenta una recopilación de trabajos de investigación desarrollados en el marco de dos proyectos sobre el espacio rural argentino dirigidos por María Laura Freyre y Cecilia Pernasetti. La primera parte incluye estudios que caracterizan la expansión del capitalismo en el agro y sus consecuencias, abordando problemáticas de pequeños productores ante el avance del agronegocio. La segunda parte se enfoca en prácticas alimentarias y de medicina tradicional de grupos subalternos rurales.

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ISBN 978-950-33-1739-6

Investigar en “el campo”:


experiencias de abordajes
multidisciplinares en el espacio
rural y periurbano argentino

María Laura Freyre


Juan Manuel Barri
Cecilia Pernasetti
(Eds.)

Colecciones
del CIFFyH
Investigar en el campo: experiencias de abordajes multidisciplinares en el espacio rural y periurba-
no argentino /María Laura Freyre...[et al.]; editado por María Laura Freyre; Juan Manuel Barri;
Cecilia Pernasetti. - 1a ed. - Córdoba : Universidad Nacional de Córdoba. Facultad de Filosofía y
Humanidades, 2023.
Libro digital, PDF

Archivo Digital: descarga y online


ISBN 978-950-33-1739-6

1. Antropología. 2. Etnografía. 3. Ambiente Rural. I. Freyre, María Laura, ed. II. Barri, Juan Ma-
nuel, ed. III. Pernasetti, Cecilia, ed.
CDD 301.072

Diseño de portadas: Manuel Coll y María Bella


Diagramación: María Bella

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons


Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional.
Investigar en “el campo”:
experiencias de abordajes
multidisciplinares en el espacio
rural y periurbano argentino
Autoridades de la FFyH - UNC

Decana
Lic. Flavia Andrea Dezzutto

Vicedecano
Dr. Andrés Sebastián Muñoz

Área de Publicaciones
Coordinadora: Dra. Mariana Tello Weiss

Centro de Investigaciones de la FFyH


María Saleme de Burnichon
Dirección: Dr. Eduardo Mattio
Secretaria Académica: Lic. Marcela Carignano
Área Educación: Dra. Gabriela Lamelas
Área Feminismos, Género y Sexualidades: Lic. Ivana Soledad Puche
Área Historia: Dr. Pablo Requena
Área Letras: Dra. Florencia Ortiz
Área Filosofía: Dra. Guadalupe Reinoso
Área Ciencias Sociales: Dra. Cecilia Inés Jiménez
Índice

Introducción 13

Parte I. Historización y sistematización de experiencias


de articulación entre docencia, investigación y extensión
por María Laura Freyre 15

El trabajo de campo en el campo


por Camila Pereyra y Juan Barri 25

Apuntes teórico- metodológicos del trabajo de campo


en un contexto rural isleño
por Juan Casimiro Tommasi 41

Desigualdad, diferenciación y dislocamiento


Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino
por Erika Decándido 55

Teoría Marxista de la Dependencia y Teoría de la renta


de la tierra ¿Relaciones (im)posibles?
por Ayelén Branca 83
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales
en medio del conflicto socioambiental
por Victoria Barri 103

Reseña del trabajo final titulado “La horticultura en


el Cinturón Verde de Córdoba. Una etnografía sobre
prácticas y trayectorias productivas en el periurbano
cordobés”, de Andrés Quiroga
por Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber 133

Reseña del trabajo final de grado “Las estrategias de


reproducción social de los productores familiares
en la zona sur de la ciudad de Córdoba, en el marco
de las transformaciones del espacio periurbano
durante el período 1990-2015”, de Renata Lipari
por Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber 143

Reseña de “En la tierra con riego: una etnografía sobre


las experiencias históricas de los y las habitantes de la zona
de riego en Santiago del Estero” (2020), de Camila Pereyra
por Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber 153

Parte II. Prácticas de producción, circulación y consumo


de alimentos y plantas medicinales en situaciones de
resistencia y subalternidad 167

Etnografías comparadas desde territorios


en transformación
por Carolina Lemme y Pamela Grisel Tello 171

¿Para qué te vas a la curandera?


por Micaela Belén Crespo y Violeta Furlan 187

La hoja de coca. Vigencia y estigma


por Liliana Vilte 207
Agroecología en primera persona
por Maribel Coseano y Cristina Mancini 229

Experiencias y reflexiones en torno a la defensa del


territorio y la recuperación de sabores del monte
por Valentina Saur Palmieri y Ana Cecilia Galasse Tulián 247

De la comunidad (autosuficiente) imaginada


a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías
por Cecilia Pernasetti Brizuela 267
Introducción

E l conjunto de textos que presentamos en este libro es el resultado de


varios años de trabajo llevado adelante por dos equipos de investiga-
ción que integramos recientemente, junto a otros dos equipos, un gran
programa de investigación denominado “Transformaciones estructurales,
procesos y prácticas políticas y experiencias formativas en espacios rurales y ur-
banos” dirigido por la Dra. María del Carmen Lorenzatti y radicados en el
Área de Ciencias Sociales del CIFFYH-FFYH-UNC.
Las personas que integramos estos espacios de investigación hemos
transitado un camino en común como docentes de la Licenciatura en An-
tropología FFYH, compartiendo trabajo en diferentes cátedras. Se trata
de los proyectos “Técnicas, prácticas y procesos en la Argentina rural actual”
dirigido por la Dra. María Laura Freyre y Co-dirigido por el Dr. Juan
Manuel Barri y “Prácticas de producción, circulación y consumo de alimentos
y plantas medicinales en situaciones de resistencia y de subalternidad” dirigido
por la Mgter. Cecilia Pernasetti. Desde los orígenes de estos proyectos, la
apuesta común que hemos asumido puso foco en abrir espacios de for-
mación en los cuales poner de relieve los aportes de la perspectiva etno-
gráfica como propuesta de investigación. Desde este núcleo y siguiendo
el postulado del antropólogo Eric Wolf nos propusimos analizar, proble-
matizar y complejizar los fenómenos sociales del espacio rural argentino,
teniendo en cuenta que tanto lo que permanece como lo que cambia, debe
ser explicado.
El libro está organizado en dos partes en las que presentamos los re-
sultados de investigación de los proyectos mencionados. Cada una de las

13
Introducción

partes está precedida por una introducción que describe brevemente la


historia, los objetivos de investigación y sistematiza el contenido de los
capítulos. Nos interesa abordar particularmente los sentidos desplegados
en las prácticas de los agentes, siendo ésta una dimensión imprescindible
en el proceso de descripción interpretativa y explicativa de los fenómenos
socio-antropológicos en el mundo rural.
La primera parte gira en torno a trabajos que nos permiten caracte-
rizar las dimensiones centrales del proceso de expansión y generalización
de las relaciones capitalistas en el agro y describir las consecuencias espe-
cíficas de la expansión de la frontera agropecuaria en diversas regiones de
nuestro país. Los textos presentados aquí abordan las problemáticas de
pequeños productores familiares hortícolas, campesinos, asalariados ru-
rales, pescadores y productores convencionales ante el avance sostenido
del agronegocio, el manejo del agua y frente al conflicto ambiental.
La segunda parte gira en torno a la antropología de la alimentación
y pone foco en las prácticas de producción, circulación, preparación y/o
consumo de alimentos y plantas medicinales, que llevan a cabo grupos so-
ciales diversos que tienen en común una particular condición de subalter-
nidad dentro del sistema hegemónico de alimentación y salud. Las inves-
tigaciones desarrolladas tienen como ámbito zonas rurales o periurbanas
de Córdoba, Catamarca y Salta, y tematizan la cuestión de la “transmisión
de saberes tradicionales” junto con -y en tensión con- la construcción de
nuevos saberes y prácticas que sostienen y construyen vida en común a
contrapelo del modo convencional de alimentarse y sanarse. Este entre
otros aspectos nos convocó a incorporarnos a un Programa de mayor al-
cance con otros grupos que indagan en problemáticas similares.

Imagen 1. “Sin título”. Fuente: Pereyra (2019)

14
Parte I

Historización y sistematización de
experiencias de articulación entre docencia,
investigación y extensión
María Laura Freyre*

E n el año 2016 comenzamos una línea de investigación enmarcada en


los proyectos B aprobados y financiados por SECyT-UNC para el pe-
ríodo 2016-2017. En ese entonces el proyecto se tituló: “Producción y re-
producción de las prácticas culturales de productores y pobladores rurales, ante
el avance sostenido del agronegocio en Argentina (1994-2015)” fue dirigido por
el Dr. Juan Manuel Barri, co-dirigido por María Laura Freyre y radicado
en el área de Ciencias Sociales del CIFFyH. El desafío que asumimos ori-
ginalmente fue crear un espacio para articular la investigación sobre pro-
blemáticas ligadas a los espacios rurales y la profundización de las discu-
siones y lecturas que desarrollábamos en el marco de nuestras tareas como
docentes (profesor adjunto a cargo y profesora asistente respectivamente)
en la asignatura “Etnografía en Contextos Rurales” del segundo año de la
carrera de Licenciatura en Antropología (FFyH-UNC).
Durante esos años, los primeros pasos del equipo de investigación es-
tuvieron ligados a ampliar nuestra formación en torno a las relaciones y
procesos ocurridos recientemente en el mundo rural argentino. Enton-
ces, nos propusimos dar cuenta de los siguientes objetivos: caracterizar
las dimensiones centrales del proceso de expansión y generalización de
las relaciones capitalistas en el agro; describir las consecuencias especí-
ficas de la expansión de la frontera agropecuaria en diversas regiones del
país, concentrando la atención en las provincias de Córdoba, Entre Ríos y
Chaco; y analizar los procesos de organización y resistencia de pequeños
productores familiares, campesinos, asalariados rurales y pescadores arte-
sanales ante el avance sostenido del agronegocio.
Desde los comienzos hemos compartido como posicionamiento epis-
temológico, un enfoque que combina distintas técnicas de investigación

* CIFFyH-FFyH-UNC. Correo electrónico: [Link]@[Link]

17
Parte I. Historización y sistematización de experiencias
de articulación entre docencia, investigación y extensión

utilizadas en el campo de las ciencias sociales y una metodología de trabajo


en reuniones quincenales o mensuales que combinan la lectura y análisis
de material bibliográfico de interés común con la lectura de producciones
de los miembros del equipo, ponencias, artículos para presentar en revis-
tas científicas, proyectos de trabajo final de grado y capítulos de tesis de
posgrado. Nuestra perspectiva metodológica contempla el diagnóstico y
el trabajo con fuentes secundarias de datos cuantitativos (Censos Nacio-
nales Agropecuario, estadísticas provinciales, encuestas, diagnósticos téc-
nicos, imágenes satelitales), y una reflexión sobre el potencial de diversas
herramientas cualitativas (entrevistas y observación) en relación con la
construcción del objeto de estudio. Nos interesa abordar particularmente
los sentidos desplegados en las prácticas de los agentes, siendo ésta una
dimensión imprescindible en el proceso de descripción interpretativa y
explicativa de los fenómenos socio-antropológicos en el mundo rural.
Nuestro compromiso ha sido apostar por la producción colectiva del co-
nocimiento, el respeto por el trabajo de los compañeros y enriquecer los
textos y materiales desde estas instancias de discusión y diálogo interdisci-
plinario. Los debates entre las personas del equipo fueron fundamentales
para la contención afectiva e intelectual, y para la elaboración de nue-
vos interrogantes relacionados con los distintos enfoques que aportan las
inscripciones disciplinares diversas de los integrantes. Por ello, nuestra
perspectiva transdisciplinar ha tomado de manera reflexiva elementos de
la filosofía, la antropología, la sociología, la geografía, las ciencias agrope-
cuarias y la ingeniería ambiental.
En todo este tiempo, también nos propusimos como meta enrique-
cer nuestras discusiones en diálogo con diferentes colegas y miembros de
otros equipos de investigación. En este sentido hemos presentado avances
y resultados de nuestras investigaciones en congresos y jornadas de traba-
jo específicos del campo de los estudios rurales como por ejemplo las Jor-
nadas Interdisciplinarias de Estudios Agrarios y Agroindustriales. Tam-
bién en las VI Jornadas Internacionales de Problemas Latinoamericanos,
15° Encuentro de Jóvenes Investigadores, VIII Jornadas de Investigación
en Antropología Social “Santiago Wallace”, la 8° Conferencia Latinoame-
ricana y Caribeña de Ciencias Sociales, 1° foro mundial del pensamiento
crítico, 12° Congreso Argentino de Antropología Social, XXVII Jornadas
de Historia Económica y más recientemente las I Jornadas Argentinas de
Sociología Rural (Encuentro pre ALASRU).

18
María Laura Freyre

Esta parte de la compilación se abre con el texto escrito por Juan Ma-
nuel Barri y Camila Pereyra, titulado “El trabajo de campo en el campo”,
en el cual los autores reflexionan sobre los horizontes epistemológicos de
la Etnografía para la comprensión y explicación de los fenómenos antro-
pológicos en los contextos rurales. Uno de los primeros pasos que dimos
en nuestro recorrido de investigación se centró en torno a ligar el conoci-
miento antropológico con el mundo rural. Así, en este capítulo los autores
se preguntan acerca de qué tipo de concepción etnográfica nos permite
alcanzar un conocimiento más acabado de la diversidad (ecosistémica,
productiva y social) de los contextos rurales.
En el marco de aquel primer proyecto, acompañamos la realización
del trabajo final de Licenciatura en Antropología de Casimiro Tommasi
titulado “Pescador, cazador y puestero: Trabajo y reproducción social en el Delta
entrerriano”, aprobado en mayo de 2018. Ese mismo año se incorporó una
selección de páginas de este trabajo como material de lectura obligatoria
para la realización del primer trabajo práctico evaluable de la asignatu-
ra “Etnografía en Contextos Rurales”. Esta experiencia de diálogo entre
docencia e investigación resultó fructífera y estimulante para los y las
estudiantes. Así, el ejercicio de analizar una investigación de tipo etno-
gráfica sobre las formas de trabajo y reproducción social en la zona del
Delta de Entre Ríos y reflexionar sobre sus aportes a la comprensión del
mundo rural en Argentina se proponía como la articulación práctica para
problematizar, en el nivel del registro epistemológico, la contribución del
enfoque etnográfico al análisis de las memorias culturales y las prácticas
sociales en los contextos rurales. El objetivo de esta actividad ponía foco
en comprender el potencial explicativo de esta herramienta cualitativa en
la construcción de conocimiento antropológico sobre relaciones, proce-
sos e identidades, y en especial, a partir de un ejemplo concreto de inves-
tigación, destacar el análisis situado en el mundo rural contemporáneo
desde los ojos de un egresado reciente, con trayectorias de formación y
estudiantiles compartidas con los propios cursantes de la mencionada
asignatura. Asimismo, el trabajo de lectura y análisis de la literatura espe-
cífica a las problemáticas rurales que realizamos en el marco del equipo de
investigación permitió nutrir la tarea docente, brindando insumos para la
actualización del programa de la asignatura e incorporando diversidad en
los abordajes propuestos por nuevos textos año a año.

19
Parte I. Historización y sistematización de experiencias
de articulación entre docencia, investigación y extensión

En esta compilación, Tommasi presenta algunas reflexiones deriva-


das de aquella investigación y del desarrollo de su trabajo de campo en el
marco de su formación doctoral en curso en el artículo titulado: “Apuntes
teórico- metodológicos del trabajo de campo en un contexto rural isleño”.
Continua con el análisis en clave epistemológica y, en este texto, el autor
aborda los desafíos que supone la construcción de un problema etnográ-
fico y una forma particular de comprender el principio de la reflexividad
como especificidad de la mirada antropológica.
Pensamos que hacer ciencia en diálogo con los territorios y movi-
mientos sociales es uno de los horizontes de la producción de conoci-
miento crítica y comprometida con las problemáticas locales. En octubre
de 2016 cinco miembros del equipo de investigación participamos del “En-
cuentro de Investigadores populares. 10 años del grupo de memoria histórica” or-
ganizado por el MoCaSE vía Campesina, jornadas de discusión realizadas
durante dos días en la Universidad Campesina UNICAM, Ojo de Agua,
Santiago del Estero. En esa oportunidad, además de conocer las instala-
ciones de la primera universidad campesina y sus formas de organización,
compartimos junto con proyectos de investigación de otras universidades
nacionales como La Plata, Salta, Santiago del Estero, etc. y nos propusi-
mos reflexionar y problematizar acerca de las relaciones entre el saber de
la “academia” y el saber de los territorios organizados.
En el año 2017 gracias a la generosidad de la profesora Cragnolino
fui invitada a coordinar como directora suplente el proyecto radicado en
(FFyH-UNC) “Escuela Campesina como Derecho” en el marco del Programa
Nacional de Voluntariado. Entonces, se abrió la posibilidad de añadir a
la ya mencionada vinculación entre docencia e investigación, la articu-
lación con la extensión universitaria. Estudiantes de diversas carreras de
grado de la UNC se interesaron por este proyecto que involucró en los
años en que funcionó (desde 2015 hasta 2021) múltiples actividades jun-
to con Movimiento Campesino de Córdoba, puntualmente las sedes de
UCATRAS (Unión Campesina de Traslasierra) y APENOC (Asociación
de Pequeños Productores del Noreste de Córdoba). Entre ellas se desta-
can, talleres de música, de lectura, de celumetraje y de cerámica. En este
último, aprendimos a hacer un horno de papel de diario para cocinar las
piezas, y diferentes técnicas y acabados con materiales del lugar. Algunos
de los integrantes de los equipos de investigación participaron de estas

20
María Laura Freyre

prácticas extensionistas y nutrieron los diálogos entre la universidad y los


territorios rurales.
En este mismo sentido, se destacan las experiencias formativas junto
con el Movimiento sin Tierra de Brasil (MST). En el año 2019, durante
un mes, Ayelén Branca y Camila Pereyra, han participado de un Curso de
Estudios sobre las Revoluciones en la Escuela Nacional Florestán Fernandes,
Vila Pirituba, San Pablo. En dicha experiencia, no solo se ha podido pro-
fundizar en la caracterización de la historia política internacional y regio-
nal, sino también en los vínculos con organizaciones sociales relaciona-
das con, o integrantes de movimientos campesinos contemporáneos. Al
mismo tiempo, han sido vivencias fundamentales en lo que respecta al
conocimiento sobre el funcionamiento de la escuela y asentamientos del
MST, sus formas de organización y perspectiva de construcción de poder
popular.
En línea con el trabajo junto a los movimientos sociales, en esta com-
pilación, la Dra. Erika Decándido, docente en la Universidad Nacional de
Villa María, presenta el artículo titulado “Desigualdad, diferenciación y dis-
locamiento. Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino”. Aquí
reflexiona tomando como base su experiencia de trabajo de campo jun-
to al MCC en el marco de su trabajo de investigación doctoral titulado
“Un abordaje sociológico de las relaciones políticas en el espacio rural. El caso
de UCOS y APENOC” Tesis del Doctorado en Estudios Sociales de América La-
tina, Centro de Estudios Avanzados, Facultad de Ciencias Sociales, UNC
defendida en 2020. En este texto la autora da cuenta de las maneras en
que la Organización convive con otras formas de vinculación política que
movilizan los campesinos en torno a la comunidad local, con las cuales
se superpone y articula, reconfigurándose dialécticamente entre sí. Así,
permite reconocer la importancia de atender a las relaciones que las orga-
nizaciones sociales tienen con el “afuera”.
El equipo inicial fue creciendo y se incorporaron nuevas personas. Una
segunda etapa se constituyó a partir de la aprobación y financiamiento de
un nuevo proyecto de investigación enmarcado en la línea FORMAR de
SECyT-UNC titulado “Caracterización de prácticas, procesos y relaciones en
el marco de las transformaciones de la estructura productiva en los contextos
rurales (1990-2018)”, también dirigido por el Dr. Juan Manuel Barri y co-di-
rigido por María Laura Freyre para el período 2018-2019. En continuidad
con las investigaciones desarrolladas anteriormente, esta nueva apuesta

21
Parte I. Historización y sistematización de experiencias
de articulación entre docencia, investigación y extensión

estuvo centrada en asumir una perspectiva relacional y la necesaria com-


plejización de aquellos enfoques que se reducen a dar cuenta solo de los
aspectos económico-productivos de las prácticas sociales. Tal es así que
nos propusimos dirigir la atención hacia los procesos estructurales (en es-
pecial los asociados a la consolidación de un modelo agrícola concentrado
e impulsado por las corporaciones trasnacionales agropecuarias mediante
la difusión de los transgénicos) y al mismo tiempo hacia las prácticas de
producción y reproducción social, sin desestimar las múltiples dimensio-
nes de la vida social en los contextos rurales. Como novedad, durante este
proyecto, de la mano de nuevos participantes, se incorporaron investiga-
ciones que tuvieron como objeto de indagación al periurbano cordobés
y los productores del cinturón verde, las tensiones emergentes entre la
producción de alimentos para poblaciones urbanas y los cambios en el uso
del suelo en la ciudad de Córdoba, la situación de los productores campe-
sinos y su prácticas políticas en el noreste de la provincia de Córdoba, y un
abordaje histórico territorial sobre las luchas campesinas en el norte del
Cauca, Colombia. Como eje articulador, además, nos propusimos enton-
ces reflexionar sobre cómo estos procesos se desarrollaron en el marco de
modelos de acumulación en disputa en América Latina.
Desde una mirada filosófica, la Lic. Ayelén Branca presenta en esta
compilación el artículo titulado “Teoría Marxista de la Dependencia y
Teoría de la renta de la tierra ¿Relaciones (im)posibles?”. Aquí, analiza los
aportes teórico-metodológicos de la TMD recuperando algunas concep-
ciones respecto a la temática de la renta de la tierra como dimensión im-
portante para comprender el lugar central que han ocupado la producción
de mercancías agrarias y mineras destinadas al mercado mundial como
aspecto particular en los países de América Latina (AL) dadas las formas
de subordinación que adopta en el marco del capitalismo dependiente. La
autora plantea que desde un enfoque metodológico integral y dialéctico,
las TMD aportan una clave para comprender el modo particular en el que
se inserta AL en el capitalismo mundial sin desvincularlo de las condicio-
nes específicas de la producción en el plano local.
Desde 2020 estamos desarrollando el proyecto de investigación nueva-
mente bajo la línea FORMAR, titulado “Técnicas, prácticas y procesos en
la Argentina rural actual”, aprobado y financiado por SECyT-UNC para el
período 2020-2022, dirigido por la Dra. María Laura Freyre y co-dirigido
por el Dr. Juan Manuel Barri. En esta oportunidad planteamos una nueva

22
María Laura Freyre

propuesta de investigación que se concentra en dos dimensiones analíti-


cas que nos han permitido focalizar, profundizar y condensar las pesquisas
previas. A saber: a) prácticas, procesos y relaciones políticas en los espa-
cios rurales y b) desarrollo y transformación de las fuerzas productivas en
los espacios rurales.
En este tiempo hemos sumado nuevos integrantes, como por ejemplo
Victoria Barri, Lic. en Ciencias Ambientales quien presenta el artículo
titulado “¿Agroecología como “plan B”? La perspectiva de los productores con-
vencionales en medio del conflicto socioambiental”. Aquí explora los saberes,
las representaciones y las prácticas de los productores convencionales en
relación a la posibilidad de prescindir del uso de agroquímicos e iniciarse
en una transición agroecológica, tomando como caso el escenario de dis-
putas del partido de General Las Heras, provincia de Buenos Aires desde
un enfoque etnográfico. La autora propone una categorización analítica
de las condiciones objetivas y simbólicas que moldean la manera de pensar
y actuar de los productores convencionales en escenarios de conflicto so-
cioambiental. Acertadamente, nos ayuda a comprender que los procesos
de transición agroecológica no dependen de “la voluntad” de los produc-
tores sino de un conjunto de factores que nos ayuda a complejizar a partir
de su caso de estudio.
Finalmente, como fruto de los diversos desafíos que hemos presentado
aquí y el trabajo desarrollado a lo largo de estos años, cerramos esta parte
exponiendo reseñas a tres trabajos finales de grado que realizaron perso-
nas que han sido y son parte de este proyecto de investigación. Marianela
Scavino Treber y Marcia De Mendoza Quaranta, integrantes más recien-
tes del equipo, estudiantes avanzadas de la Licenciatura en Antropología
escribieron las siguientes reseñas. Dos trabajos finales de Licenciatura en
Antropología: a) “La horticultura en el Cinturón Verde de Córdoba. Una et-
nografía sobre prácticas y trayectorias productivas en el periurbano cordobés”,
realizado por Andrés Quiroga, dirigido por Juan Manuel Barri y co-diri-
gido por Erika Decándido, defendido en 2021; y b) “En la tierra con riego.
Una etnografía sobre las experiencias históricas de los y las habitantes de la zona
de riego en Santiago del Estero”, realizado por Camila Pereyra aprobado en
2020. Y un trabajo final de Licenciatura en Geografía: “Las estrategias de
reproducción social de los productores familiares en la zona sur de la ciudad de
Córdoba, en el marco de las transformaciones del espacio periurbano durante el

23
Parte I. Historización y sistematización de experiencias
de articulación entre docencia, investigación y extensión

periodo 1990-2015”, realizado por Renata Lipari, dirigido por María Laura
Freyre y co-dirigido por Juan Manuel Barri, aprobado en 2019.

Imagen 1. “Sin título”. Fuente: Pereyra (2022)

24
El trabajo de campo en el campo

Camila Pereyra*
Juan Barri‡

Imagen 1. “Sin título”. Fuente: Pereyra (2023)

Introducción

E l presente texto tiene como objeto principal delimitar el horizonte


epistémico y metodológico de la Etnografía para la comprensión y
explicación de los fenómenos antropológicos en los contextos rurales.
En cierta medida, se trata de formular la pregunta acerca de qué tipo de
concepción etnográfica nos permite alcanzar un conocimiento más aca-
bado de la diversidad (ecosistémica, productiva y social) de los contextos

* INDES-CONICET, FCSHyS-Universidad Nacional de Santiago del Estero. CI-


FFYH, FFYH-Universidad Nacional de Córdoba. Licenciada en Antropología
por la Facultad de Filosofía y Humanidades-Universidad Nacional de Córdoba.
Doctoranda en Ciencias Antropológicas por la Facultad de Filosofía y Humani-
dades-Universidad Nacional de Córdoba. Becario Doctoral Conicet. Contacto:
camiapereyra@[Link]

Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades “María
Saleme de Burnichon” (CIFFyH), Universidad Nacional de Córdoba (UNC).
Doctor en Estudios Sociales Agrarios. Profesor de la materia “Etnografía en
Contextos Rurales”-Carrera de antropología-FFYH-UNC Contacto: jmanuel-
barri@[Link]

25
El trabajo de campo en el campo

rurales. De igual manera, la definición socio-territorial contenida en el


concepto de espacio social rural (Cragnolino, 2011) también será puesta
en discusión para interpretar y explicitar de la mejor manera posible la
contribución de la etnografía a su caracterización y descripción.
De lo que se trata es, entonces, de reconocer que la intervención activa
de lx antropólogx y lx investigadorx en la descripción y explicación de las
relaciones y procesos de los contextos rurales a partir del uso de las meto-
dologías etnográficas necesita ser problematizada a la luz de los recorridos
teóricos y de investigación de aquellxs autorxs que fueron señalando los
contornos disciplinares del trabajo de campo prolongado y reflexivo. Al
mismo tiempo, es necesario reconocer que existen un conjunto de inves-
tigaciones sobre la cuestión agraria y las nuevas ruralidades que han avanza-
do sistemáticamente en la caracterización de las dinámicas propias de los
procesos sociales en el mundo rural, sin los cuales el conocimiento socio
antropológico agrario resultaría seriamente diezmado. En suma, a esto se
pretende articular la dimensión histórica y política en la construcción y
definición de un campo de estudio concreto, “lo rural”; es decir, dar cuen-
ta de que estos recorridos teóricos y metodológicos estuvieron (y están)
atravesados por dimensiones políticas e históricas particulares para Lati-
noamérica en general y Argentina en particular.

Etnografía en contextos relacionales

Hacer una reconstrucción exhaustiva de los procesos históricos y metodo-


lógicos que fueron constituyendo a la etnografía en el recurso metodoló-
gico fundamental del trabajo de campo en la Antropología Sociocultural
excede límites de este trabajo1.

1 Referencias significativas acerca de la indagación sobre la trayectoria histórica


de la disciplina antropológica, las particularidades históricas y políticas que die-
ron lugar a la “etnografía” cómo perspectiva acuñada y aplicada para el estudio
de diversos temas de investigación son tratados en Guber, 1991. “Salvaje metro-
politano”; Guber, 2001. “La etnografía. Método, enfoque y texto; Ratier, 2018.
“Antropología rural argentina. Etnografias y ensayos” y los trabajos historia de
Silla sobre la antropología argentina relacionada con las ideas de Marcelo Bór-
mida (2021; 2019). También la sistematización de producciones en latinoamérica
“Antropología hechas en…” coordinados por la Asociación Latinoamericana de
Antropología en 2020.

26
Camila Pereyra y Juan Barri

Es de interés en este trabajo la tarea de ir construyendo, con base en


la contribución de diversos autores del campo de la Antropología y otros
provenientes de la Sociología, una definición precisa –aunque no por ello
menos flexible– que indique qué entendemos cuando hacemos referencia
a la Etnografía y al trabajo de campo. Para ello, tomaremos aquí funda-
mentalmente los aportes de Justa Ezpeleta y Elsie Rockwell (1983), El-
sie Rockwell (1986a y 1986b), Paul Willis (1988), Rosana Guber (1991;
2001), Claude Grignon y Jean-Claude Passeron (1992), Pierre Bourdieu
(1999), P. Bourdieu, J. Chamboredon y J. Passreron (2008) y Eduardo Me-
néndez (2010), Elisa Cragnolino (2011) y Thomas Patterson (2014).
Partimos de la idea señalada por Rockwell (1986a) y Guber (1991)
de que toda descripción etnográfica lleva implícitas conceptualizaciones,
siendo el proceso de reflexión teórica la mejor manera de explicitar los
conceptos y los sistemas de relaciones que se van poniendo en juego en el
proceso de construcción de conocimiento. Sostener que describir es una
forma de interpretar, supone considerar que la teoría cumple un papel
fundamental en la planificación provisoria y el diseño del trabajo de cam-
po, y también en la interpretación de la información que vamos recopi-
lando a partir de este. Esto significa que la conceptualización es anterior
lógicamente a la observación, pero de ninguna manera implica defender
que la formalización teórica y metodológica defina a priori cronológica-
mente el universo de lo observable. A la falsa dicotomía empirismo-ra-
cionalismo, se trata de oponer una propuesta dialéctica y relacional de la
etnografía en el proceso de construcción del conocimiento antropológico.
Plantear una concepción dialéctica, empírica e histórica, siguiendo la
propuesta de Patterson (2014), implica reconocer que los sistemas de re-
ferencia conceptual sirven como instrumentos a partir de los cuales asu-
mimos el proceso de construcción del objeto de investigación; pero que la
dimensión temporal posee un importante rol en la interpretación de las
imbricaciones de los contextos locales, los contextos globales, los agentes
en juego y sus formas de entender la realidad. Esto va en línea con lo
planteado por Rockwell (1986a), Geertz (2006) y Guber (1991) respecto
de que la tarea de lx etnógrafx se constituye a partir del trabajo analitico
antropológico, de documentar lo no documentado, aludiendo a una dimen-
sión de los fenómenos socio-antropológicos que no es relevada por otras
disciplinas de las ciencias sociales. Este elemento original instituyente del
registro de lo que aparece como ausente, y que Ezpeleta y Rockwell (1983)

27
El trabajo de campo en el campo

y Rockwell (1986b) entienden como la dimensión cotidiana de la histo-


ria no narrada de las clases dominadas, como de las perspectivas –dadas
por supuestas– de las clases dominantes. Esto forma parte también de un
proceso de construcción del objeto en el que se pueden incorporar otras
técnicas de investigación que nos permitirán acercarnos de manera más
exhaustiva a delimitar las condiciones del espacio relacional en el que los
procesos estudiados se vuelven inteligibles.
Los dilemas teórico-epistemológicos que se suscitan en torno al regis-
tro etnográfico y a la prioridad gnoseológica fundamental que tiene recu-
perar la manera en que lxs agentes interpretan el mundo encuentran respues-
tas teóricas y operativas concretas cuando, como señala Rockwell (1986a),
no le exigimos al trabajo de campo que nos garantice la objetividad sino
asegurar la objetivación. Esto implica reconocer el proceso de construcción
del objeto como tal, esto es, como la tarea activa de lx investigadorx en
terreno, explicitando la función estructurante de los marcos teóricos y
advirtiendo la dialéctica reflexiva del proceso que conlleva construir una
interpretación técnica que utiliza como insumo fundamental los sentidos
y prácticas que lxs agentes despliegan en su vida cotidiana. La articulación
entre “categorías nativas” y “categorías teóricas” resulta una herramienta
de análisis que expande las posibilidades en la creación, construcción y
retroalimentación de conocimientos. Rockwell (1986a) y Guber (1991)
señalan que el método adquiere la forma de un conjunto de procedimien-
tos que orientan la práctica de investigación, que incluye una dimensión
reflexiva en el proceso de investigación, en un sentido similar al que plan-
teaban Bourdieu, Chamboredon y Passeron (2008) y que encontraba en la
de vigilancia epistemológica un insumo fundamental.
El trabajo analítico que guía la aplicación de los procedimientos cua-
litativos, que de ninguna manera implica someter el proceso de construc-
ción del conocimiento a la esclavitud metodológica hacia modelos teó-
ricos formalizados, debe permitir al etnógrafo reconocer en un primer
momento las relaciones sociales particulares que definen las formas mate-
riales y simbólicas propias del contexto estudiado en una integración de
teoría y descripción (Rockwell, 1986a y Menéndez 2010). En este sentido,
describir y explicar se alejan de las lecturas hermenéuticas que dan prio-
ridad exclusiva y excluyente a la dimensión simbólica de la realidad y que
encuentran en la interpretación de estos múltiples sistemas simbólicos lo-
cales los referentes empíricos que funcionan como su fundamento último.

28
Camila Pereyra y Juan Barri

Evitar la tentación populista que critican Rockwell (1986a) y Grignon y


Passeron (1992) no debe llevarnos a desplazar a la dimensión simbólica
y cultural de las estructuras de relaciones sociales sino, por el contrario,
ubicar estas subjetividades, sistemas de referencias simbólicas y prácticas
culturales en estructuras relacionales que no giran en un vacío histórico
material. En tal sentido, resulta valiosa la tesis de Willis (1988: 12) quién
al referirse a la forma de caracterizar la cultura obrera indica que no se
puede partir de un modelo neutral, ni hablar como si se tratase de una
categoría mental, sino que esta cultura de clase comprende experiencias
y un conjunto de tipos sistemáticos de relaciones que no sólo establecen
un conjunto de opciones y decisiones concretas en situaciones concretas,
sino que también estructuran de manera real la forma en que se realizan y
definen ese universo de posibilidades.
De idéntica forma, para un enfoque antropológico relacional es nece-
sario enfatizar, como señala Guber (1991: 36-37), la prioridad epistémica
que tiene para el etnógrafo la diversidad propia del mundo social y la sin-
gularidad socio-cultural de los diversos grupos humanos; la estancia pro-
longada propia del proceso de investigación encuentra su llave de acceso a
la dimensión subjetiva y simbólica cuando reconstruye la perspectiva pro-
pia de lxs agentes nativxs, poniendo en aplicación procedimientos cualita-
tivos que permiten reconocer las manifestaciones culturales de lxs agen-
tes, sin reemplazarlas por esquematismos etnocentristas. En términos de
Briggs (2004), esto se traduce en mapear las cartografías discursivas de
lxs sujetxs, transformando los problemas de investigación en preguntas
sobre problemáticas concretas en el campo y no cómo escenificaciones
icónicas de una otredad “única”, “original” y “aislada” del mundo social.
Se trata de construir referencias teóricas-metodológicas que no sacrifi-
quen la alteridad en nombre de la sistematicidad y, a la inversa, que no
impongan, como imperativo metodológico, la singularidad simbólica de
lo local en detrimento de los análisis relacionales que puedan dar cuenta
de las diversas formas –materiales y simbólicas– en la que se desarrolla la
vida social. La perspectiva del agente puede visualizarse como tal en tanto
y en cuanto, como señala Guber (1991: 41-42), no se la subsuma específi-
camente al plano simbólico sino que se tome su significado de la totalidad,
entendida como parte de las relaciones sociales. Hay que vincular el uni-
verso de los significantes que se reconstruyen atendiendo a la perspectiva

29
El trabajo de campo en el campo

de lxs agentes en las condiciones socioculturales históricamente situadas


en las que se inscriben.
Plantear la importancia de la práctica etnográfica desde la perspecti-
va relacional es, en efecto, traer la propuesta de Elisa Cragnolino (2011)
de entender los espacios sociales a indagar como un campo de relaciones
sociales desiguales y de poder, aludiendo a un “historicismo radical” para
comprender las particularidades en los sentidos y las prácticas observadas
en el trabajo de campo.

la antropología y la cuestión agraria

En el caso de la etnografía aplicada a los espacios rurales, los contextos


locales son los contextos rurales. De allí que la estancia prolongada en
terreno –el trabajo de campo a partir del cual se utilizan herramientas
como la entrevista no dirigida, la observación en territorio, etc.– se realice
en el “campo”. Por ello, es importante definir la naturaleza de aquello que
denominamos contextos rurales, donde se producen y reproducen social-
mente las poblaciones nativas. Lo primero que corresponde señalar es que
lo rural aparece como una categoría relativa que se utiliza para distinguir
un conjunto de relaciones sociales diferentes a las que se dan en el espacio
urbano. Y en este sentido, no alcanza con una mera distinción espacial o
demográfica, sino que es necesario preguntarse por qué lo rural resulta
particularmente diferente de lo urbano.
En el camino a esbozar una respuesta se puede decir que histórica-
mente la ciencia de la otredad desarrolló su trabajo de campo con poblacio-
nes que no pertenecían a las potencias colonialistas, al menos durante el
largo período de constitución disciplinar. No sería dificultoso demostrar
que los trabajos de campo que dieron origen a la etnografía como meto-
dología se realizaron en contextos rurales, diversos a los de las urbaniza-
ciones de los países industrializados o en vías de industrialización. Y allí se
abre la primera vía de respuesta, asociada al hecho de que la concentración
demográfica y funcional de la población es una característica que se acen-
túa a partir del desarrollo de las fuerzas productivas y la emergencia de las
relaciones de producción que le corresponden, propias de esa estructura
relacional asimétrica que es el modo de producción capitalista. Y una de
las características centrales del capitalismo como forma de organización

30
Camila Pereyra y Juan Barri

social de la producción es su tendencia expansiva, tanto en extensión como


en profundidad (Iñigo Carrera, 1991).
Una vez definida la concepción de la etnografía que entiende que los
procesos socio culturales no giran en un vacío material, la consecuencia
metodológica de esta primera caracterización es reconocer la necesidad de
visualizar en cada contexto local la forma en que el capital, como relación
social de producción, se presenta en ese territorio con sus lógicas cultura-
les y materiales diferenciales y las compele, las subsume, las transforma o
las desplaza. De tal manera, resulta imprescindible, entonces, acercarnos
a alguna caracterización de esta forma en la que la diversidad –propia de
las poblaciones asentadas en el medio rural– se encuentra históricamente
bajo formas sociales que la ubican en una relación asimétrica. Y resulta
imprescindible abordar la llamada cuestión agraria siendo una caracterís-
tica central de la expansión imperialista la compulsión emparejadora del
capital (Bartra, 2006).
Más explícita que implícitamente vemos que opera aquí la mediación
de un marco teórico que dispone de un conjunto de categorías para des-
cribir el contexto relacional. Pero esta mediación que llama a atender las
formas en que las personas producen y reproducen su vida material, no
nos obliga a desviar la atención sobre aquello que interesa a lx etnógrafx:
rescatar la diversidad y prestar especial atención a la perspectiva de lxs
agentes. En términos históricos y antropológicos el lugar de la diversidad
en la coyuntura expansiva del capital y sus formas culturales, políticas e
institucionales lo ocupan las poblaciones campesinas, categoría que nos sir-
ve para visualizar los procesos de producción y reproducción de la vida
material y la diversidad cultural de las poblaciones nativas no capitalistas.
La cuestión agraria fue durante mucho tiempo para el etnógrafo el con-
texto en el que se abordó la cuestión campesina, sin que ello haya impli-
cado el olvido o la negación de la multiplicidad de identidades culturales
que caen bajo esta categoría que describe a las poblaciones a partir de sus
prácticas culturales en la agricultura.
Según el antropólogo argentino Eduardo Archetti, uno de los pri-
meros antropólogos que se dedicó exhaustivamente a explicar la diver-
sidad socio cultural a partir de esta categoría de “campesinos”, fue Erik
Wolf (1971 y 1999) de quien tomamos dos referencias muy importantes
en términos metodológicos. La primera señala que aun cuando se trabaja
sobre poblaciones que reflejan una diversidad socio cultural que la ideo-

31
El trabajo de campo en el campo

logía dominante busca negar, se debe evitar el prejuicio conservador de


la cristalización cultural. Es decir, es necesario reconocer que tanto lo que
permanece como lo que cambia debe ser explicado. Segundo, estudiar a las
poblaciones campesinas, aun cuando encontremos elementos recurrentes
en sus formas de organización social, productiva y familiar, no debe impe-
dirnos reconocer que estas estructuras de relaciones locales se insertan en
contextos materiales y culturales más amplios y complejos.
Esta mirada antropológica sobre lo rural que reconociendo la impor-
tancia de las condiciones materiales de existencia no elimina el estudio de
la diversidad social y cultural de estas poblaciones, y menos aún la nece-
sidad de estudiarlas a partir de reconocerlas en sistemas de relaciones so-
ciales de mayor alcance, nos permite incorporar a un conjunto significa-
tivo de antropólogos que asumieron la tarea de pensar la diversidad ante
la amenaza de las tendencias homogeneizantes del capital. Entre estos se
destaca el antropólogo francés Claude Meillassoux (1999), quien tomando
insumos de la crítica de la economía política se dedicó a estudiar la forma
en que el colonialismo Europeo sometía a las poblaciones africanas a un
proceso de super-explotación basado en las lógicas económicas diferen-
ciales del contexto Europeo y de las comunidades domésticas africanas.
Llevó adelante esta tarea sin desconocer el lugar que tenían los patrones
culturales hegemónicos y la ideología racista en la reproducción de esta
relación de explotación.
Desde la antropología, se dedican a documentar lo no documentado
en el contexto actual de profundización del capitalismo agrario. En el con-
texto argentino, se encuentra en el trabajo de campo prolongado, un insu-
mo sin el cual se perderían de vista las formas diferenciales en las que las
poblaciones nativas viven, interpretan y sufren estos procesos que ame-
nazan sus posibilidades de reproducción y sus identidades colectivas. Al
mismo tiempo, recuperar esta perspectiva relacional nos permite integrar
la discusión sobre la diversidad cultural con la problemática de la subalterni-
dad, los procesos concretos de resistencia y las estructuras de desigualdad
construidas históricamente en el campo de “lo rural”.

la antropología y las ruralidades:

Lejos de dar por hechos a los conceptos, los estudios referidos a la ru-
ralidad ofrecen el ejercicio constante de complejizar la realidad social.

32
Camila Pereyra y Juan Barri

Cragnolino y Lorenzatti (2016), invitan a pensar lo rural con la cita de


Neufeld que dice que “lo rural” debe ser explicado. Las autoras dicen que es
importante incluir en el análisis las especificaciones ligadas con la historia,
las prácticas simbólicas y las relaciones de desigualdad estructural (2016:
66). De esta forma, queremos dar lugar a la complejización conceptual y
teórica que se hizo presente en la literatura académica sobre lo rural en
estas latitudes.
Fue el mismo Hugo Ratier el que ofreció, desde los comienzos, la pre-
gunta por la definición de las poblaciones rurales y sus habitantes (2018).
En los tomos de “Antropología Rural Argentina: etnografías y ensayos”
(2018), el autor propone una ruta de indagación que da lugar a compren-
der los pueblos rurales, las identidades rurales a través del fútbol y de las
redes de intercambio presentes en los poblados. Así, la dicotomía rural/
urbano se difumina, y las convivencias de estos dos mundos (que se pre-
sentan como ajenas en el sentido común) crean una definición amplia y
contextual de las realidades estudiadas.
De igual forma, Gras (2012) trabaja a partir de las tesis de “”las nue-
vas ruralidades” cuestiones referidas a las transformaciones en el sector
agrario argentino y cómo estas afectaron a las poblaciones rurales, tanto
dispersas como más concentradas. Lo interesante de la propuesta de esta
autora es que, a partir del ejercicio etnográfico de trabajar sobre el sistema
agrario nacional, se articula la complejización de las múltiples y difusos
concepciones de “lo rural” con un una historización crítica de las estructu-
ras desiguales de la cuestión agraria nacional.
Siguiendo esta línea, Barri (2014) propone una postura que considera-
mos relevante para nuestra propuesta metodológica. A partir de los apor-
tes de Fradejas y Arias, el autor expone los peligros de reducir las nuevas
ruralidades a meras descripciones, romantizaciones y “celebraciones” de
las estrategias surgidas en contextos desfavorables y agudizaciones de las
estructuras de desigualdad y subordinación frente a las transformaciones
socioproductivas y económicas del país (en el agro chaqueño en el caso).
Bajo el llamado a “no subestimar el orden superestructural” de las relacio-
nes en contextos rurales, Barri propone indagar las emergencias y diversi-
dades a la luz de los contextos históricos, económicos, sociales y políticos
específicos.
De esta forma, entendemos la importancia de complejizar lo que en-
tendemos como “lo rural”, separándolos de definiciones homogéneas y

33
El trabajo de campo en el campo

autárquicas, relacionadas limitante con poblaciones dispersas o grupos


subordinados. Pero comprendemos esta compleja definición de lo rural,
llamando la atención a las particularidades y diversidades etnográficas, de
la mano con el reconocimiento de los modos super-infra-estructurales
que dan lugar a determinadas formas de presentar los vínculos sociales en
el campo de “lo rural”.

La antropología en contextos rurales en nuestros territorios: América


Latina y Argentina

La perspectiva etnográfica orienta y construye preguntas de investigación


con base en la alteridad. La categoría de alteridad hace referencia a pensar
y comprender lo que se observa en el trabajo mediante un proceso de
objetivación, de construir para el análisis unx otrx. Esteban Krotz (2004)
hace referencia a esta particularidad de la construcción de las preguntas de
estudio de la antropología, y define este proceso como una estrategia para
comprender lo que observamos e indagamos como un hecho complejo de
relaciones sociales y culturales. Relaciones que merecen ser entendidas
de manera tal que se pretenda dar cuenta de “cada elemento particular
dentro de la totalidad cultural” (Krotz, 2004: 8). Así mismo, este mismo
autor plantea que el origen de la pregunta antropológica estuvo marcado
por la idea de “viaje” (2004: 7), de contacto cultural entre el observador que
va hacia donde viven aquellas personas a quienes observará. Así, este autor
menciona el acto de viajar como un hecho fundante en la antropología y
su forma de hacer preguntas de investigación. Ahora bien, con el correr
del tiempo y el desarrollo de teorías y metodologías más flexibles, la an-
tropología dejó de ser la rama de las ciencias encargada, exclusivamente,
de viajar muchos kilómetros para observar; sin embargo, el viaje es aún un
ritual antropológico que se habita, y dio (y sigue dando) inicio a numero-
sas investigaciones.
Esta construcción de alteridad (para la pregunta antropológica) que
marcó una distinción disciplinar en su origen, sigue siendo parte del con-
junto posible de herramientas de investigación. La tentación etnográfica
de trabajar en la construcción de conocimientos, articulando la perspec-
tiva teórica y la perspectiva de lxs actorxs en el campo, de viajar hacia el
contacto cultural, no estuvo aislada de los contextos políticos de nivel glo-
bal y de sus particularidades locales. La antropología en América Latina,

34
Camila Pereyra y Juan Barri

muy tempranamente, se interesó por viajar hacia los territorios rurales,


tratando de entender los distintos mundos rurales y sus lógicas. Viajar ha-
cia el campo, hacia los distintos mundos rurales latinoamericanos, en los
años 50 y 60, demuestra dos puntos importantes. El primero es que el viaje
que da inicio a las preguntas por unx otrx totalmente desconocido acorta
sus kilómetros, y el proceso de extrañamiento-acercamiento que propone
la etnografía pasa a tener como autores a lxs mismxs habitantes del con-
tinente. Ya no se busca lo exótico extranjero, sino que se da lugar a una
pregunta antropológica sobre lo (relativamente) cercano. Por otro lado, la
mayoría de las primeras antropologías de nuestro continente estuvieron
preocupadas en la cuestión del compromiso y accionar político revolucio-
nario de la época. Es decir, construir en lxs sujetxs rurales un campo de
estudios guardaba relación con los procesos revolucionarios ocurridos en
Rusia, China, Vietnam, México y Cuba que tuvieron como protagonistas
políticos a lxs campesinxs. Hacer trabajo de campo en el campo respondía
a un interés contextual particular. ¿Quiénes y cómo eran lxs sujetxs ru-
rales en América Latina? Era la pregunta que en América Latina estaba
naciendo junto con la antropología como ciencia social empírica, y junto
con la esperanza de lxs investigadorxs de procesos revolucionarios en sus
respectivos países.
La construcción de una antropología que se pregunte por lo rural en
América Latina tenía sus especificidades según el territorio nacional en
cuestión. Lo rural y lo agrario en este hemisferio del planeta estaba (y
aún está) ligado a las dependencias geopolíticas en el modo de producción
capitalista. La extracción de recursos naturales, la explotación de mano
de obra agrícola, la producción y venta de materias primas fueron (y son)
partes concretas y claves del entramado global de producción capitalista.
Esta cuestión no es menor a los fines de problematizar cómo se construye
la pregunta antropológica por lo rural en la región; la construcción de
alteridad ya no se fundaba sólo por la diferencia a priori, sino que se pusie-
ron en tensión las relaciones de poder en las investigaciones, y la alteridad
también empezó a construirse en término de desigualdades (Boivin, Ro-
sato y Arribas. 2010: 115).
Claudia Briones (1998) propone el concepto de “aboriginalidad” para
dar cuenta de los procesos en los que se da lugar la construcción de “lo
indígena”. Retomamos su propuesta a los fines de pensar que lo rural, tal
como la autora propone metodológicamente, se debe pretender de enten-

35
El trabajo de campo en el campo

der en una trama vertical (es decir, con una perspectiva histórica) y en una
trama horizontal (es decir, es una trama geográfica). La problemática de
“lo rural”, de “el campo”, no es una problemática automática y coherente,
sino que no fueron, no son, ni serán lo mismo los modos en que “lo rural”
y “lo agrario” se presenten a lo largo del tiempo y en diferentes territorios
continentales, nacionales y provinciales. Es decir, a modo de ejemplo, no
es lo mismo ocupar lugares en los espacios sociales rurales en los años
30 que ahora, ni en Chiapas, México que en el noroeste cordobés. Estas
diferencias también tuvieron lugar en las diversas líneas de investigación
y los diversos modos de trabajar con la problemática rural en el mundo2.
Con esto queremos decir que las definiciones sobre los contextos rurales
son definiciones que se construyen relacional y contextualmente, a partir
de realidades socio-históricas complejas, en oposición a ser entendidas de
forma automática y lineal por el anclaje geográfico de lo rural (en con-
traposición a lo urbano por ejemplo) o por sujetxs sociales especializados
(como el campesinado).
Una vez expresado esto, expondremos brevemente las particularida-
des de hacer trabajo de campo en el campo en Argentina. Si se entiende el
territorio nacional como un campo de relaciones, hay dos ejes en los que
proponemos pensar este asunto. El primero es el de dar cuenta la relación
particular que existió (y existe) con lo rural. La historia argentina tiene un
gran apartado sobre su propia historia agraria. La implantación y conso-
lidación del “modelo agroexportador nacional” resultó como apoyo fun-
damental para la consolidación del Estado Nación, que luego de la crisis
de ’30, las elites vuelcan el proyecto económico a un proceso de industria-
lización de materias primas, y que luego se articula con los capitales em-
presariales, financieros y agrarios para dar lugar al modelo del agronego-
cio3. Es en estas relaciones sociales, políticas y económicas históricamente
construidas que se consolida un modelo hegemónico para la producción

2 Existe una relación entre los análisis marxistas, la condición de clase y el cam-
pesinado en los estudios sobre la temática en México; la transversalidad entre la
cuestión indígena y campesina en diversos puntos de la región; la relación entre
la esclavitud y el trabajo campesino en Brasil y Colombia; el accionar política, las
militancias y el sector rural en Colombia y en Brasil. Por nombrar algunas de las
producciones específicas en los países sobre el tema.
3 Si bien nosotros no trabajaremos este tema en particular, lo entendemos a par-
tir del abordaje en profundidad desde la historia económica (Basualdo E. , 2010;
Braun, 1973; Dos santos, 1969; Cueva, 1977; Grass y Hernandez, 2013).

36
Camila Pereyra y Juan Barri

agrícola en donde lo estatal, lo político, lo económico y lo agrario están


estrechamente vinculados4, mientras que daba lugar a la subordinación y
explotación de lxs habitantes de las zonas rurales.
El último de los ejes propuestos se relaciona con la forma en que el
contexto argentino, sobre la construcción de lo rural, se articuló con la
antropología argentina. Hugo Ratier (2014; 2018) resuelve una historiza-
ción exhaustiva sobre la antropología vinculada a lo rural en el país. En
relación a lo mencionado con respecto al vínculo entre el viaje como ritual
de investigación y al compromiso político de lxs investigadorxs, el caso
argentino no se muestra exento. A su vez, Rosaba Guber (2010) aborda
el momento histórico de inicio y consolidación de las ciencias antropo-
lógicas en el campo académico nacional (los años 70), vinculando este
momento a los mismos nombres a los cuales hace referencia Ratier en
su trabajo: Hebe Vessuri, Santiago Bilbao, Eduardo Archetti, Kristi Anne
Stolen, Esther Hermitte, y Leopoldo Bartolomé. Aquellas biografías de
investigadores/as que rescata Guber en el inicio disciplinar (y de las cuales
remarca su compromiso político y militante con el sector rural) son las
mismas que destaca Ratier para pensar los orígenes de un núcleo de antro-
pología rural en Argentina. La pregunta sobre las relaciones sociales en el
sector rural, los inicios del trabajo de campo en el campo y la construcción
de alteridad en este campo en específico estuvo estrechamente vinculada
con la importancia que los distintos contextos económicos y políticos del
país le dieron a la realidad agraria, rural y campesina.

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Imagen 2. “Sin título”. Fuente: Pereyra (2022)

40
Apuntes teórico- metodológicos
del trabajo de campo en un
contexto rural isleño
Tommasi Juan Casimiro*

Imagen 1. “Arreando animales”.


Fuente: Tommasi

La construcción del problema etnográfico y el principio de la


reflexividad

E ste texto busca retomar algunas reflexiones metodológicas derivadas


del trabajo de campo etnográfico llevado a cabo en la región superior
del Delta del Paraná, en el marco de lo que fue mi tesis de licenciatura en
Antropología, dirigida por Bompadre José María y Barri, Juan Manuel, y
lo que actualmente es el proyecto de investigación doctoral en Estudios
Sociales Agrarios (CEA-UNC) dirigido por Ferrero, Brian Germán, y Pa-
zzarelli Francisco.
Quisiera expresar aquí parte de mi experiencia al llevar adelante tra-
bajo de campo etnográfico con poblaciones que habitan espacios rurales
* CIT- CONICET. Universidad Nacional de Rafaela. CIFFYH. Universidad Na-
cional de Córdoba. Licenciado en Antropología por la Facultad de Filosofía y
humanidades. Universidad Nacional de Córdoba. Doctorando en Estudios So-
ciales Agrarios por la Facultad de Ciencias Sociales. Universidad Nacional de
Córdoba. Becario Doctoral Conicet. Contacto: [Link]@[Link]

41
Apuntes teórico- metodológicos del trabajo de campo en un contexto rural isleño

isleños, con el extenso abanico de contextos sociales que incluye hablar de


lo rural en Argentina.
En primer lugar, quisiera hacer algunas observaciones en torno a las
dificultades encontradas a la hora de tener que definir tanto los sujetos de
estudio como el objeto de investigación. Estas fueron un puntapié para
reflexionar acerca de cómo la construcción analítica muchas veces en-
cuentra dificultades en la articulación entre teoría y etnografía, derivando
en una reducción del campo etnográfico para poder cumplimentar los ob-
jetivos de delimitarlo metodológicamente.
Recuerdo que durante el proceso de investigación para realizar el tra-
bajo final de la licenciatura me encontré reiteradamente frente a la pre-
gunta de compañeros acerca del “qué” estaba investigando. La respuesta
siempre refería a “un pequeño paraje rural del Delta donde la gente pesca,
caza y cuida ganado en las islas”. A veces atinaba a decir “trabajo con pes-
cadores del Delta en Entre Ríos”. Lo cierto es que en mi imaginario nin-
guna de las respuestas me dejaba satisfecho, sentía que al explicarlo recor-
taba rotundamente los objetivos del trabajo en curso. ¿Estaba estudiando
“pescadores”? ¿O quizá relaciones sociales y productivas de habitantes de
un paraje rural costero? ¿Cómo abarcar las múltiples actividades que los
sujetos realizaban en este contexto? y ¿cómo se vinculan las relaciones so-
ciales productivas con las trayectorias individuales y familiares? Me daba
cuenta de que se me tornaba difícil definir qué era lo que estaba investi-
gando cuando el centro de análisis buscaba abordar diferentes relaciones
sociales, no solo reconociendo aquellas prácticas usualmente entendidas
como productivas, sino también buscando acceder a aquellas prácticas y
relaciones importantes para los sujetos con quienes trabajaba.
Recuerdo que cuando presentaba avances del trabajo final en diferen-
tes jornadas, los comentarios más recurrentes marcaban y referían a este
trabajo como una tesis “sobre pescadores”. Siempre que se daban estos
comentarios, sentía que eran insuficientes, o que no había podido trans-
mitir un panorama claro de las dinámicas cotidianas de las personas con
quienes trabajé. Traté de no definir a los nativos apelando a identidades
laborales específicas principalmente por dos motivos; uno porque ellos
no se definían como tales, en ningún momento se identificaron como una
comunidad de pescadores, ni nada por el estilo.1 En segundo lugar porque, si
1 Es más, en una de las primeras charlas que mantenía con dos personas del lugar
recuerdo que uno de ellos me dijo: “nosotros pescamos porque no hay otra cosa,
no te creas que es fácil vivir de esto”.

42
Tommasi Juan Casimiro

bien no creo que hablar de pescadores, cazadores o productores ganaderos


sea incorrecto en términos de recorte analítico, me parece que apelar a es-
tas categorías para definir a estos grupos sociales no tenía mucho sentido
etnográficamente, ya que aparecían más bien como posiciones ocupadas
por personas en relaciones productivas, laborales, espaciales; siendo parte
de un ensamble variado de actividades que se realizan en esta región y que,
en relación a diferentes factores que fui trabajando en la tesis de licencia-
tura, se jerarquizan y combinan entre sí.
Sin embargo, esto que me sucedía en campo, si bien era resultado del
acceso y la inmersión propia del trabajo etnográfico, tenía su correlati-
vo en un problema epistemológico muy propio de las ciencias sociales
en general, que es este vínculo entre estructuración-subjetivación-inter-
pretación. Desde dónde partir en esta articulación metodológica, era una
decisión meramente epistemológica que tenía que tomar en el proceso
de investigación. La etnografía como bien dice Julieta Quirós (2014), nos
permite estudiar lo social como proceso vivo, por lo que es necesario hacer
el esfuerzo de abandonar nuestros cerrojos epistemológicos que nos lle-
van a ver lo social como un cúmulo de interpretaciones, para poder ver las
formas en las que esa otredad con la que trabajamos, se expresa.

Los antropólogos en campo deberíamos desplazar nuestra atención desde


lo que las personas dicen o tienen para decirnos a nosotros, hacia lo que las
personas se dicen y tienen para decirse entre ellas. El material que resulta
de esa escucha paciente y no direccionada debería, además, ser analizado
menos en términos de su “semántica” –el/los significados/s de tal o cuál
noción– y más en términos de su pragmática: ¿de qué hablan las personas
en este lugar? ¿Qué se preguntan? ¿Qué se responden? ¿Qué signos son
pertinentes? ¿Qué producen (hacen, deshacen, transforman) esos signos
en las situaciones, interacciones y relaciones estudiadas?” (Quiros, 2014,
p. 56)

En esta dificultad por definir en términos de grupos sociales a los su-


jetos con los que trabajaba, emergían cuestiones vinculadas a las prácticas
cotidianas que eran importantes registrar. Quizás parte de los problemas
asociados al enfoque etnográfico (Rockwell, 2005) impliquen justamente
eso, la confrontación explícita entre nuestras formas de pensar y explicar
la realidad social con las que lidiamos constantemente en el proceso de
construcción del problema etnográfico, y las realidades locales para las
que nuestras explicaciones, y sobre todo nuestros problemas teóricos, se

43
Apuntes teórico- metodológicos del trabajo de campo en un contexto rural isleño

tornan escasos. En un sentido similar a lo planteado por Quirós, Rockwell


(2009) distingue el análisis etnográfico de la interpretación hermenéutica
centrada en la comprensión de texto, la cual no incluye necesariamente
el proceso de transformación conceptual propio del análisis etnográfico.
Si bien es necesario afirmar, siguiendo a (Rockwell, 1987), que a toda
descripción le antecede algún nivel de conceptualización teórica, dicho
postulado podría ampliarse diciendo que no a toda conceptualización teó-
rica se le admite cualquier campo. Las relaciones que se producen entre
investigador/a y nativo/as adquieren ciertas formas y desprendimientos
no controlados que nos obligan a estar atentos teóricamente, no en el sen-
tido de mantener la coherencia de nuestro corpus teórico, sino de estar
dispuestos a advertir los efectos de teoría (Goldman, 2016) que nuestras
relaciones en el campo dejan entrever.
Aquella sensación (me atrevo a pensar que será una sensación com-
partida por aquellas personas que hacen etnografía) de que por momentos
no estamos pudiendo dar cuenta de lo que el campo manifiesta, es una
buena señal en el trabajo de campo. Algunos autores plantean el proce-
dimiento de la “reflexividad” como forma de estar conscientes y atentos
a las condiciones de accesibilidad y a las nociones con las que ingresa-
mos a campo, cuestión que no es menor. Bourdieu plantea además que la
objetivación pasa no solo por el individuo que hace la investigación, en
su idiosincrasia biográfica, sino por la posición que ocupa en el espacio
académico y los sesgos implicados por el punto de vista que adopta. (Bour-
dieu & Wacquant, 2005) Sin embargo, considero que, como dice Michael
Holbraad (2014) es necesario pensar también estas condiciones implica-
das en el proceso de reflexividad no como sociales, culturales o políticas,
sino como ontológicas, es decir, condiciones que pertenecen al orden de
lo que las cosas pueden ser.

Adaptando una metáfora de Roy Wagner (1987), el giro ontológico in-


volucra una inversión figura/fondo de la idea misma de reflexividad, de
modo que la etnografía se vuelve el fondo sobre el que los compromi-
sos ontológicos –¿qué es x? – son figurados y refigurados. Pues sí, en la
versión posmoderna, la reflexividad antropológica tomó la forma de la
“deconstrucción” –desmitificar críticamente representaciones positivas
refiriéndolas a sus condiciones de producción (sociales, culturales, polí-
ticas, etc.)–, en su versión ontológica la reflexividad equipara el impulso

44
Tommasi Juan Casimiro

crítico de la deconstrucción con los actos generadores de construcción.


(2014, p.134)

Desplazamientos metodológicos. De sujetos a relaciones

Como mencioné previamente, una de las dificultades que encontré ha-


ciendo trabajo de campo fue la cuestión de la definición acerca de los su-
jetos con los que trabajaba. Esta dificultad estaba vinculada a su vez a una
cierta confusión acerca de lo que era efectivamente mi objeto de estudio,
ya que aún no me había percatado lo suficiente de que éste no era ni los
sujetos con los que trabajaba, ni las particularidades de la localidad donde
observaba. Pensándolo bien el problema en el que estaba inmerso estaba
vinculado al problema del holismo del concepto de sociedad como vector
explicativo de las prácticas locales. Esta dificultad en torno a establecer
una identificación colectiva (al menos explícitamente) de los nativos se fue
transformando progresivamente de un problema a un dato etnográfico,
que, si bien no fue el eje central de la tesis finalmente, me ayudó a pensar
algunos procesos sociales que observaba con cierta dificultad.
Es una característica de muchos entornos rurales en Latinoamérica,
como ya bien lo han observado diferentes investigadores (Grass, 2004;
Neiman, Bardomás, Jiménez, & Blanco, 2002; De Grammonr & Valle,
2009; Giarraca, Grass, & Aparicio, 2001) el hecho de que las familias orga-
nicen su vida cotidiana a partir de la combinación de diferentes actividades
productivas (cuestión que analizada conceptualmente como pluriactivi-
dad). En la antropología y sociología rural, un concepto que ha sido uti-
lizado para pensar estas economías rurales y los grupos que la producen,
es el de campesinado. Si bien ha tenido diferentes alcances y ha sido funda-
mento de extensos debates teóricos, se lo ha utilizado principalmente para
caracterizar unidades productivas agrícolas en contextos rurales; unidades
que utilizaban su producción para consumo doméstico y en ciertos casos
para su comercialización, sin contar con posibilidades de acumulación y
apropiación de ganancias en términos económicos. El trabajo directo de
la tierra es una de las características más recurrentes que ha implicado
el concepto de campesino, aunque no esté definido únicamente por este2.
También se ha caracterizado a estas economías domésticas en espacios

2 (Wolf, 1955), (Meillasoux, 1977), (Archetti, E. P., & Stölen, K. A., 1975) (Ar-
chetti, 1977) (Bartra, 2006)

45
Apuntes teórico- metodológicos del trabajo de campo en un contexto rural isleño

rurales con la figura de pequeño productor, y en ciertos trabajos también


encontramos ambas bajo la noción de pequeño productor campesino.
Una cuestión importante para observar es la triangulación entre teo-
ría, método y epistemología en los estudios etnográficos en espacios ru-
rales. ¿Cuáles son las características generales de ella? ¿Cómo se define la
especificidad de su objeto de estudio? Las discusiones teórico-metodoló-
gicas en este sentido son muy amplias y de larga data en el campo de los
estudios sociales.
En la división disciplinar que fue caracterizando a las ciencias sociales
se cedía a la antropología el estudio de las llamadas sociedades primitivas,
aunque luego se fue dando atención a todos aquellos aspectos de la vida
regional o aldeana que aparecían como supervivencias de modos de pro-
ducción y de organización social pre capitalistas y preindustriales, o que
se remitían a particularidades étnicas y culturales muy antiguas (Godelier,
1976).
Estas discusiones fueron marcando el terreno de la antropología a me-
diados del Siglo XX, variando las formas de definición según los enfoques
teóricos de aquellos/as investigadores/as. Los principales debates al res-
pecto se basan en las condiciones específicas del campesinado, presentando
diferentes formas de comprensión y clasificación de estos grupos.
Para mi trabajo en particular, me encontraba reiteradamente ante pro-
blemas vinculados a que estas clasificaciones y debates que puedan darse
en torno a un concepto en particular, como en este caso el de campesino,
en el que se enmarcaron las principales discusiones de la antropología que
trabajaba en contextos rurales, me hacía perder el foco de mi campo etno-
gráfico. Esta disyuntiva que ocurría en mi proceso de investigación hacía
que en determinadas ocasiones no priorizara lo que las personas tienen para
decirse entre ellas como fuente de aquello que era realmente importante, y
no solamente como mero contexto del cual extraer insumos para teorías
antropológicas.
Sin querer menospreciar la importancia de los debates teóricos en los
que se enmarcan estas discusiones, entiendo que son relaciones y procesos
lo que encontramos en campo, más que sujetos o clasificaciones sociales de-
limitadas. Muchas veces estas relaciones no se orientan hacia un cierre en
términos conceptuales, de manera que es necesario preguntarse, ¿por qué
forzar a estos procesos a encajar en nuestras delimitaciones teóricas, –a
modo de seguir agregando capas a discusiones teóricas que están basadas

46
Tommasi Juan Casimiro

en principios epistemológicos bien delimitados–? Incluso, muchas veces,


ni siquiera se corresponden con lo que las personas con las que trabajamos
consideran importante en sus vidas cotidianas.
Categorías sociales y analíticas en el proceso de investigación
Si bien las discusiones teóricas que he venido mencionando acerca de
las particularidades productivas de grupos campesinos o de poblaciones
habitantes de contextos rurales fueron un puntapié en las preocupacio-
nes del diseño de la investigación, el trabajo de campo etnográfico obligó
a reformular algunas cuestiones. Algunos de los problemas teóricos que
movilizaban mis preguntas parecían encontrar resonancia como local-
mente relevantes, sin embargo, otros, sobre todo aquellos vinculados a la
delimitación de estas particularidades productivas locales y a las formas de
identificación en torno a estas, no eran tan importantes en las considera-
ciones de las personas con quienes trabajaba.
En la experiencia que he venido relatando acerca de mi trabajo final
de licenciatura una noción que me surgía como importante en el trabajo
de campo era el término isla. Esta era mencionada reiteradamente para
referir a lugares, experiencias, memorias y prácticas diversas.
Caracterización de La isla
En términos geográficos, la isla se refiere al conjunto de islas e islotes
que se forman y transforman a partir de las dinámicas hídricas del río
Paraná, específicamente en su delta hasta su desembocadura en el Río de
la Plata. Estos territorios tienen dimensiones variables y están surcados
por arroyos y canales que se desprenden del río, alimentando también
lagunas internas en las islas. Las islas están en constante formación debido
a la acumulación de sedimentos por la acción del río, y en ellas conviven
diferentes temporalidades que dejan ver los rastros de movimientos tanto
del río como de antiguos movimientos de ingreso y regresión marino.
En términos ecológicos “toda la región conforma una extensa y com-
pleja planicie inundada con gran singularidad y riqueza desde el punto de
vista ecológico y biogeográfico. Si bien no se presentan casi especies endé-
micas de flora y fauna, la singularidad e importancia radican en la penetra-
ción, a través de los corredores fluviales, de especies de linaje subtropical
que, al coexistir con elementos de las áreas templadas vecinas, conforman
ensambles de composición específica propia” (Málvarez, Boivin y Rosato,
2008: 28).

47
Apuntes teórico- metodológicos del trabajo de campo en un contexto rural isleño

Además, hace algunos años, Málvarez (1997) elaboró una zonificación


regional que establece una clasificación de cuatro unidades de paisaje, di-
ferenciando en cuanto a la predominancia de especies vegetales, cursos de
agua, morfología de las islas, entre otros patrones de paisaje.
Las islas donde realizo trabajo de campo se pueden caracterizar por su
fisonomía típica: porciones territoriales con bordes elevados, conocidos
como “albardones”, que han sido formados por la acumulación progresiva
de sedimentos y por efectos antrópicos de las poblaciones prehispánicas
que habitaron la región, elevando estas zonas en las riberas de los arro-
yos, estableciendo allí sus residencias temporarias. El interior de las islas
presenta una fisonomía más baja y aplanada que los albardones, lo que las
vuelve zonas de inundabilidad periódica. Estas zonas bajas suelen presen-
tar especies herbáceas acuáticas y latifoliadas que son localmente aprecia-
das por su gran calidad forrajera para el engorde de los animales vacunos.
En cuanto a la dimensión histórica y cultural, la isla ha sido habitada
desde hace siglos por distintas poblaciones indígenas y, posteriormente,
por poblaciones mestizas y criollas. Su ubicación estratégica como zona de
confluencia de ríos y su riqueza ecológica han sido factores determinantes
en la historia de la región, marcada por la presencia de pueblos originarios
y la posterior colonización española. En términos socioeconómicos, la isla
presenta una compleja trama de relaciones entre los actores sociales y las
dinámicas de producción, comercialización y consumo. La pesca y la ga-
nadería son actividades económicas centrales en la isla, y están marcadas
por la presencia de actores locales y foráneos, relaciones de poder asimé-
tricas y procesos de intermediación y especulación que son claves en las
condiciones de vida de las comunidades locales.
La isla se presenta como un campo problemático de investigación
debido a su complejidad y multidimensionalidad. Su caracterización re-
quiere de un abordaje interdisciplinario que considere sus dimensiones
geográficas, ecológicas, históricas, culturales y socioeconómicas, así como
las relaciones y tensiones entre ellas. Además, la heterogeneidad de las ex-
presiones sobre la isla implica la necesidad de construir diálogos y acuer-
dos conceptuales que permitan una comprensión más amplia y contextua-
lizada de las realidades locales.
En una primera instancia tomaba estas referencias solamente como un
contexto en el cuál se desenvolvían un conjunto de prácticas sociales de

48
Tommasi Juan Casimiro

diferente tipo. Es decir, la isla meramente como un espacio que hacía de


soporte de ciertas prácticas locales.
En el transcurso del proceso de investigación fue necesario comenzar
a darle a este término el lugar de categoría social (Rockwell, 1987) para in-
tentar acceder al amplio abanico de realidades a la que se hacían referencia
cuando se lo utilizaba. Pensar este término como categoría social impli-
caba atender sus potencialidades conceptuales más que la multiplicidad
de significados a la que pudiera evocar. Es decir, no se trataba de buscar
diferentes sentidos o significaciones en torno a la isla, a partir de expe-
riencias locales sino indagar en las funciones operativas que hacían de la
isla un concepto que no se podía restringir solamente a una delimitación
subjetiva.
Lo que quiero remarcar es que la isla como concepto aparecía como
resultado de múltiples operaciones de singularización derivadas de rela-
ciones concretas y parciales que las personas realizaban en diferentes mo-
mentos y lugares. Pensando de esta manera es que la isla estaba compuesta
por ensambles de prácticas que se tornaban difícil comprimir o aplanar
bajo una forma de definición particular. Con esto no estoy sugiriendo que
la isla sea una idea del orden de lo subjetivo o que pueda pensarse como un
concepto abstracto. Por el contrario, su densidad pragmática se basaba en
conjuntos de técnicas y relaciones parciales y localizadas a las que refería.
Es decir, permitía nombrar diferentes relaciones a la vez (prácticas de caza
y pesca, vínculos con diversos animales, tareas relacionadas con la activi-
dad ganadera), y al mismo tiempo podía también significar algo concreto
en determinados momentos para diferentes personas (sitios de pesca, un
puesto o ranchada, estado general del campo en relación a la ganadería). Es-
tas relaciones diferentes podían agruparse como parte de algo en común
que propuse pensar como un modo de habitar, propio del vivir de la isla
como se afirmaba localmente en reiteradas oportunidades.
Estos movimientos derivados de cuestiones que aparecían a partir del
proceso de trabajo de campo etnográfico, produjeron transformaciones
en las preguntas que orientaban la investigación. Trayendo nuevamente
a Rockwell,

no se trata, entonces, de asumir como propias y analíticas todas las cate-


gorías sociales locales para ver la realidad tal como la ven los habitantes.
Tampoco conviene desechar todas esas categorías como prenociones ca-
rentes de significado teórico. Al descubrir y usar categorías de conoci-

49
Apuntes teórico- metodológicos del trabajo de campo en un contexto rural isleño

miento local, es importante retomarlas en el análisis en la medida que


expliquen mejor la dinámica observada y se puedan integrar al trabajo
conceptual y a la elaboración del texto etnográfico. (Rockwell, 2009, p.
67)

Detenerse en la profundidad de experiencias que me habilitaba pensar


la noción de isla como era producida localmente, fue sin dudas tornándose
uno de los objetivos principales del proceso analítico, fundamentalmente
del proceso de construcción del “objeto” de investigación. Considero que
no han sido suficientes los alcances parciales del trabajo final de licen-
ciatura para trabajar en profundidad esta cuestión de pensar la isla como
concepto, sino que ha sido más bien una posibilidad de narrar analítica-
mente experiencias etnográficas que intentaban traicionar lo menos posi-
ble aquellas realidades locales a las que hacían referencia.
A modo de cierre: Conceptualización y re conceptualización, una
práctica necesaria
Para finalizar, quisiera reflexionar brevemente en torno al proceso de
conceptualización característico de los objetivos de un trabajo de investi-
gación etnográfica.
Es una cuestión ampliamente aceptada el hecho de que el conocimien-
to antropológico trabaja en pos del cuestionamiento de aquello que se da
por hecho, (desnaturalización del sentido común) introduciendo modos
de pensar y ser en el mundo que evidencian el alcance parcial de los con-
ceptos con los que pensamos generalmente la realidad. De hecho, se po-
dría decir que este ha sido el principal objetivo crítico que ha tenido la
disciplina en sus diferentes corrientes.
Esta crítica que la etnografía admite como potencial epistemológico, ha
sido abordada desde diferentes enfoques teóricos. Desde los argumentos
que explican el porqué de ciertas motivaciones prácticas en determina-
dos contextos; hasta aquellas interpretaciones que realizan un ejercicio
de traducción de significados y fundamentos de las prácticas sociales de
determinados grupos; el problema en torno a la generación de conceptos
novedosos para el pensamiento y análisis teórico ha sido históricamente
una cuestión transversal.
Rockwell considera la conceptualización como fundamental en el tra-
bajo antropológico, criticando explícitamente aquellos ensayos sobre in-
vestigación etnográfica que parecieran suponer que el proceso de concep-
tualización es prescindible. Una relación fundamental en este sentido es la

50
Tommasi Juan Casimiro

que se da entre descripción y conceptualización en el trabajo etnográfico.


La autora plantea que “mi reflexión parte del hecho de que se observa y se
describe, necesariamente, a partir de determinada concepción del objeto
(…) pues no puede haber una descripción directa de los hechos que no sea
mediada por un esquema mental” (2009, p. 92). En este sentido, propone
explicitar y aceptar aquello que en el trabajo etnográfico se percibió como
“perturbación”, advirtiendo aquello que no cabe en el esquema lógico que
se tenía en las etapas iniciales del proceso de investigación. Este trabajo
de vigilancia conceptual permite la elaboración de las descripciones que
serán luego las fuentes necesarias a partir de las cuales trabaja la antro-
pología. A su vez, insiste en que se requiere la especificación del contexto
etnográfico ya que la validez del conocimiento que se construye se postula
solo para un contexto dado.
Estoy de acuerdo con estas afirmaciones en el proceso de construcción
etnográfica, fundamentalmente con la cuestión de que quien hace etno-
grafía no lo hace sin mediación de algún esquema mental que condiciona
de cierta manera aquello que merece la pena ser observado. Sin embargo,
considero que es posible pensar en la radicalización del trabajo de concep-
tualización recuperando la cuestión que mencionábamos anteriormente
con Holbraad acerca del mantener abierta la pregunta de lo que las cosas
efectivamente pueden ser.
Encuentro interesante este camino propuesto que el autor denomina
como el proceso de re conceptualización ontológica. Entre sus argumen-
tos es fundamental el hecho de tomar seriamente la tarea de proveer las
conceptualizaciones que sean necesarias para dar sentido a las descripcio-
nes etnográficas (que es fundamentalmente el material con el que trabaja
la antropología). Si bien, como decía Rockwell, las descripciones etno-
gráficas aplican para contextos particulares, en reiteradas ocasiones estos
contextos han sido fuente de argumentos que culminan en un relativismo
de índole cultural.

Incluso, si los cambios necesarios siempre han sido una característica de


las interpretaciones antropológicas, por lo general se han agotado en ideas
del tipo “para los x, el tiempo es circular, y el pasado regresa para siempre
al presente (…) solo nos tomaría un momento darnos cuenta de que, tan
equívoca que suene, la idea de que el pasado regresa al presente de manera
continua es profundamente confusa: ¿qué cosa exactamente es lo “pasado”
del pasado si regresa siempre al presente? (Holbraad, 2014, p. 136)

51
Apuntes teórico- metodológicos del trabajo de campo en un contexto rural isleño

Es en este sentido, un buen trabajo etnográfico sin dudas nos da herra-


mientas muy efectivas para “exotizar lo familiar” (Da Matta, 1999), pero
además nos permite la posibilidad de explorar en la creación conceptual
más allá de la crítica. Este trabajo conceptual no solamente refiere a ser
rigurosos/as con el manejo y utilización de ciertas categorías teóricas y su
articulación en diferentes repertorios etnográficos, sino más bien, implica
adentrarse en la posibilidad –o, mejor dicho, la experimentación– de crear
conceptos que puedan valerse por sí mismos, fundamentados en aquello
a lo que hemos podido acceder mediante nuestra inserción etnográfica en
aquello que Quirós menciona como procesos vivos.
Estas contingencias etnográficas tienen la potencialidad de ser las
fuentes a partir de las cuales transformemos perpetuamente los conceptos
utilizados en los procesos de construcción de conocimiento antropológi-
co.

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52
Tommasi Juan Casimiro

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Apuntes teórico- metodológicos del trabajo de campo en un contexto rural isleño

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Imagen 2. “Campear”. Fuente: Tommasi (2022)

Imagen 3. “El puesto”. Fuente: Tommasi (2022)

54
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento
Relaciones políticas en torno a un
Movimiento Campesino
Erika Decándido*

Imagen 1. “Estamos todos hoy acá”. Fuente: Decándido (2018)

Introducción

E n este escrito se presentará el resultado de una de las dimensiones


abordadas en mi tesis doctoral. En dicha investigación se realizó un
abordaje sociológico, desde una perspectiva bourdeana, de las relaciones
políticas1 del espacio rural del noroeste de la provincia de Córdoba a partir

1 Delimito como políticas a aquellas relaciones en las que circulan bienes mate-
riales y/o simbólicos factibles de ser invertidos por todas o alguna de las partes en
capital político.

* Instituto Académico Pedagógico de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional


de Villa María / Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Hu-
manidades de la Universidad Nacional de Córdoba. erikadecandido85@yahoo.
[Link]

55
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

de un análisis centrado en la trama vincular que se estructura en torno a


dos centrales de una organización movimentista2.
El Movimiento podría definirse, provisoriamente y recuperando la
perspectiva del propio colectivo, como un movimiento social de fami-
lias campesinas cuyo principal objetivo es mejorar las condiciones de vida
de los pequeños productores rurales a partir de la organización colectiva,
como contrapartida a las consecuencias negativas de la expansión de las
relaciones capitalistas en el agro.
Si bien esta organización fue el epicentro del trabajo de investigación,
ni el objeto de estudio ni las unidades de análisis se restringieron a su ex-
clusivo abordaje “como cuerpo” (Bourdieu: 2007). Por el contrario, tanto
el bagaje conceptual como el enfoque del trabajo de campo acompañaron
una mirada inquieta por identificar, describir y comprender las hetero-
geneidades de posiciones y relaciones que se producen hacia dentro del
Movimiento (analizarlo “como campo”), y también las relaciones, redes
y disposiciones que se producen en otros espacios sociales, en otras redes
vinculares, pero que inciden en las formas que este grupo adquiere3. Fun-
damentalmente sobre esto último versa el presente texto.
El recorrido de análisis trazado en el trabajo de tesis dejó planteada
una situación que constituye la base de la interpretación que se presen-
tará en estas páginas: la red vincular del Movimiento no monopoliza los
intercambios políticos en el espacio rural del noroeste de Córdoba. Tam-
poco monopoliza las disposiciones, las prácticas y las relaciones políticas

2 Se nominará ficcionalmente a este espacio como “El Movimiento”, aun-


que también utilizaré la palabra Organización para referirme a él. Central es la
denominación utilizada por los miembros del Movimiento para referir a cada una
de las seis organizaciones de primer grado que lo conforman, mediante las cuales
está presente en 9 departamentos del arco noroeste de la provincia de Córdoba.
El criterio de división de las centrales es prioritariamente territorial: cada una se
define en relación al espacio geográfico sobre el que tiene influencia directa. Las
dos centrales que conforman el referente empírico de mi tesis se ubican en los
departamentos de Minas y Cruz del Eje.
3 El actor colectivo fue abordado a lo largo del trabajo a partir del principio teó-
rico-metodológico bourdiano según el cual los cuerpos sociales tienen una doble
dinámica: como cuerpo y como campo (Bourdieu, 2007). En tanto cuerpo, las di-
námicas que regulan la cotidianeidad del Movimiento se encuentran atravesadas
por las condiciones del campo al que dirigen sus apuestas como colectivo. En tanto
espacio vincular, las relaciones que se circunscriben a este espacio se estructuran
en relación a tramas vinculares que lo exceden.

56
Erika Decándido

de quienes lo conforman. Frente a ese hallazgo, el objetivo es poner en


relación las disposiciones, prácticas y relaciones que configuran el Movi-
miento con otras dinámicas de vinculación y articulación colectiva que se
despliegan en el espacio social rural del noroeste cordobés.
Si bien el marco teórico-metodológico que respaldó la investigación
incluyó herramientas de los estudios sobre patronazgo, mediación social,
intercambio, reciprocidad que deberán quedar excluidas de este recorte;
para el momento interpretativo que se expondrá en este artículo asumió
peso preponderante el constructo teórico-metodológico que Alicia Gu-
tiérrez (2007) desarrolla, desde una perspectiva bourdeana, en torno a la
noción de “redes de reciprocidad”4. Esta noción refiere a espacios sociales
en los cuales circulan bienes materiales y simbólicos o, para ser más espe-
cíficos, capitales de diferente tipo en forma de bienes, servicios y recono-
cimiento.
Tomando como referencia directa el análisis realizado por la autora
en su libro “Pobre…como siempre”, delimito como unidad de análisis
prioritaria de este artículo aquellas dinámicas relacionales que atraviesan
el espacio rural y se asientan en vínculos personalizados no horizonta-
les y que pueden ser interpretados en términos de reciprocidad asimétrica
(Gutiérrez, 2007). Esta categoría resulta útil para conceptualizar aquellas
redes que, ancladas en el espacio rural local, se sustentan en la desigualdad
entre las partes y, sobre todo, en disposiciones que reconocen (aunque no
siempre legitimen) esa desigualdad como fundamento y condición de la
relación.
Respaldado en esta propuesta, el entrecruzamiento, o la mutua inci-
dencia, de dichas dinámicas relacionales con las propias del Movimiento
fue abordado en su dimensión estructural (identificando que hay recursos
que circulan de una a otra red, que unas y otras convergen en redes de
mayor nivel, que las posiciones ocupadas en unas redes inciden en las ló-
gicas relacionales de otras), pero también en su dimensión disposicional
(reconociendo y distinguiendo principios y saberes prácticos aprendidos
4 Por cuestiones de espacio solo serán esbozadas aquí de manera breve y conci-
sa las principales categorías conceptuales implicadas en la interpretación. Dado
que priorizaré el componente interpretativo, quedará excluida la exposición de
los fundamentos e implicancias de asumir esta perspectiva. Por el mismo motivo,
fueron excluidas de este escrito las referencias empíricas directas. La delimitación
temática, por su parte, excluye lo relativo a las relaciones de reciprocidad horizon-
tal que también fueron abordadas en la tesis.

57
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

en relación con ciertas formas del intercambio son activadas en otros es-
pacios vinculares).
Se expondrán, en este sentido, los diferentes procesos y mecanismos
mediante los que los agentes llegan a ocupar una posición específica, así
como las consecuencias que estos procesos de estructuración tienen sobre
las formas en que dichas posiciones son articuladas diferencialmente en la
red vincular de las centrales del Movimiento.
El trabajo de campo del que derivan los resultados aquí presentados se
concentró en 13 viajes que se distribuyeron entre julio de 2015 y septiem-
bre de 2016. El universo de interacciones habilitadas durante las estadías
en el lugar se desplegó fundamentalmente en torno a actividades propias
del Movimiento y en estancias en las unidades domésticas de los agentes
que participan de este espacio. Además de observación y registro etnográ-
fico, se realizaron entrevistas semi-estructuradas y entrevistas etnográfi-
cas. También se analizaron documentos elaborados por el Movimiento y
entrevistas semiestructuradas realizadas en el marco de otra investigación
propia, durante el año 2009.
La exposición se ordena de acuerdo a tres grandes núcleos analíticos,
antecedidos por un apartado preambular en el que se presentan algunas
especificaciones del Movimiento y se delimita la unidad de análisis de este
escrito. Para ello, se refiere brevemente a resultados de investigación cuyo
tratamiento no ha sido incluido aquí, pero que respaldan esa construcción
sociológica y operan como supuesto de partida de las interpretaciones
aquí compartidas. En cada una de las tres partes siguientes se reconstru-
yen una posición de sujeto que, en términos metodológicos, no representa
ni una generalización inductiva ni una descripción de situaciones concre-
tas, sino una construcción sociológica que (con base en la articulación de
datos empíricos con herramientas teóricas) permitió reconstruir “en el
papel”, con fines estrictamente analíticos, posiciones específicas que ayu-
daron a comprender y explicar, de manera estructural, cómo sus estrate-
gias se articulan al espacio vincular de la Organización.
En la primera de ellas atenderé a las formas en que los ideales de ho-
rizontalidad e igualdad promovidos desde el proyecto del Movimiento se
tensan con disposiciones jerárquicas, presentes en esta y en otras redes de
reciprocidad asimétrica desplegadas en la historia y en la actualidad del es-
pacio social rural. A partir de esa tensión reconstruyo la vinculación entre
agentes que, tomando como punto de partida sus posiciones desiguales en

58
Erika Decándido

la estructura social y en la división del trabajo político, establecen vínculos


de intercambio que tienen a esta desigualdad inicial como fundamento y
condición.
En la siguiente, trabajaré sobre procesos por medio de los que agentes
con estructuras patrimoniales de capital económico y cultural inicialmen-
te similares a las de sus co-residentes elaboran e implementan estrategias
de diferenciación (sobre todo de acumulación de capital social y simbó-
lico) que los reubican en una posición privilegiada y los habilita como
líderes naturales de su comunidad local. se tomarán en cuenta las formas
en que el vínculo particular con el Movimiento consolida o deslegitima
esas posiciones, así como las prácticas y relaciones que se asocian a ellas.
Por último, en el cuarto apartado, se aborda el proceso por medio
del que la incorporación de compañeros campesinos a la Organización en
la posición de militantes provee a algunos agentes de herramientas para
diferenciarse de los otros miembros de su comunidad y convertirse en
referentes legítimos del colectivo. Este proceso es interpretado en clave
de dislocamiento.

El Movimiento como epicentro

El Movimiento es una organización de segundo grado que se define como


movimiento social de base territorial y campesina5. Tiene presencia en la
región desde finales de la década de 1990, y su objetivo manifiesto es “rei-
vindicar la producción rural y la vida campesina, garantizar el acceso a los
recursos, a la salud, a la educación y el derecho a la tierra. Por condiciones
de trabajo más justas y una mejor distribución de las ganancias.”6
Si bien las estrategias políticas y jurídicas para resistir colectivamente
a los desalojos y a la penalización de las prácticas en defensa de la pose-

5 En la tesis (Decándido, 2019) he analizado y problematizado la noción de campe-


sinos organizados como categoría política y como categoría analítica. Allí se plan-
tean los alcances, los límites y las negociaciones que produjeron esa categoría en el
contexto de estudio: se da cuenta de los intercambios que se dieron entre actores
académicos y locales, y del trabajo político de producción y circulación de sentidos
sobre qué implica ser y presentarse como campesinos en el noroeste de córdoba a
principios del S XXI. Para ampliar puede verse lo publicado en Decándido (2021).
6 Extraído de la página web oficial del MCC: [Link]
[Link]/2010/07/el-movimiento-campesino-de-cordoba-na-
ce_894.html [Consultado en junio de 2022]

59
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

sión de tierras son unos de los aspectos más conocidos de su práctica, la


cotidianeidad del proceso organizativo se asienta en estrategias diversas,
dirigidas a disputar recursos materiales y simbólicos que circulan fun-
damentalmente en el campo político (estatal y no-estatal) para movili-
zarlos colectivamente en el territorio de acuerdo a criterios y principios
orientados a generar organización. Es decir, capaces de producir instancias
colectivas de circulación y elaboración de sentidos sobre cuáles son las ne-
cesidades, las problemáticas, las inquietudes, las demandas de las familias
de la región (y del sector campesino, en sentido más amplio), así como de
promover, favorecer y apuntalar prácticas colectivas basadas en la autoor-
ganización de la comunidad.
Las acciones concretas, por lo tanto, son variadas (negociaciones
y gestiones para incidir en las políticas públicas para el sector; gestión
de recursos de diferentes escalas estatales y de organismos no guberna-
mentales, elaboración, gestión e implementación de proyectos dirigidos
a mejorar las condiciones de producción, de comercialización, de traba-
jo, educativas, culturales, de comunicación, de género; desarrollo de es-
trategias jurídicas para defensa del derecho a la tierra; acciones directas
confrontativas, movilizaciones, alianzas y negociaciones con otros actores
políticos, estrategias comunicacionales y formación política, etc.) y fueron
cambiando de acuerdo a las condiciones del campo político y a las formas
que asumieron las dinámicas relacionales hacia dentro del Movimiento.
Esas acciones específicas sobre el territorio, circunscritas a la proble-
mática campesina en escala local, se articulan con un proyecto político que
tiene como objeto la transformación social general y se encuentra asen-
tado en la búsqueda de mayor igualdad en las condiciones de vida y dis-
tribución del poder. Sin embargo, la mediación simbólica y práctica entre
ambas instancias no es automática ni autoevidente, sino resultado de un
trabajo político. Si bien todas las personas que hacen parte del Movimien-
to son agentes de ese trabajo, no lo hacen ni bajo las mismas condiciones,
ni movilizando los mismos recursos, ni con las mismas expectativas, ni
en igual intensidad y perdurabilidad, ni de acuerdo a los mismos criterios
morales y prácticos. Dentro de esta heterogeneidad de formas de partici-
par hay agentes que pueden caracterizarse como “políticamente activos” y
otros que se acercan más a la noción de “políticamente pasivos” (Bourdieu:
2001). Los primeros, consagrados generalmente por sus compañeros con
un reconocimiento positivo, acumulable como capital político y conden-

60
Erika Decándido

sado en la categoría de técnicos o militantes, ocupan una posición específica


en la red vincular de la organización. Aquella se traduce en una mayor
capacidad para definir las reglas del ‘juego organizativo’ y, por lo tanto,
para producir un grupo y no otro; para legitimar unas formas (y no otras)
de decir, de ser, hacer dentro de los límites del Movimiento; para incidir
en las condiciones de efectividad de algunas estrategias (más que de otras)
de acuerdo a su ‘conveniencia’ a los “intereses del colectivo”7.
No obstante la fuerza centrípeta de este trabajo político, la investiga-
ción permitió también reconocer otra fuerza incidiendo, otro movimien-
to, otras dinámicas y otros circuitos en los que las disposiciones y prácticas
políticas se producen. Una fuerza social que también incide en las formas
que efectivamente asume el colectivo en estudio: la participación en el
Movimiento recorta y delimita, para los agentes, un espacio de vincula-
ción que se superpone con otras redes de relaciones que se despliegan en
las comunidades locales8. La participación en la Organización no sustitu-
ye, no soterra las otras formas de vinculación, sino que, por el contrario,
es en relación a ellas que se comprenden y explican algunas de las dimen-
siones de la participación de diferentes agentes en el Movimiento.
En este punto del argumento quedará claro, ya, que el Movimiento no
ha sido construido aquí como exclusiva ni prioritaria unidad de análisis,

7 En la tesis se trabaja en extenso las condiciones sociales del trabajo político por
el cual se produce esta red vincular como un movimiento social campesino. Allí
se da cuenta en detalle de las posiciones y relaciones entre distintos “tipos” de
agentes. Algunas conclusiones de esa dimensión de análisis fueron publicadas en
Decándido (2021).
8 Esta noción es una reapropiación analítica de la categoría nativa comunidad, que
es utilizada por los miembros del Movimiento tanto para referir a la menor uni-
dad de co-residencia en los espacios rurales, como también a la mínima unidad
político-territorial de la Organización. El adjetivo local servirá, entonces, a los fi-
nes de diferenciarla de la comunidad organizada y referirá al espacio habitado en
su escala local en el contexto rural. Con esta unidad hago referencia a un espacio
de relaciones circunscritas a zonas de mayor o menor extensión y complejidad,
aquello que Hobsbawm llamó “pequeño mundo” y que refiere al espacio social de
convivencia dentro del cual las transacciones entre las personas son sistemáticas,
y se encuentran fuertemente atravesadas por la personalización del vínculo: las
gentes se conocen todos entre sí (1976: 6). En términos más operativos, Alicia
Gutiérrez conceptualiza estas relaciones como redes locales, en función de las cua-
les “se pueden organizar un conjunto de estrategias de reproducción ligadas a la
organización doméstica interna de cada familia y colectivas entre los grupos de
co-residentes” (2007: 182)

61
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

sino que es abordado, más bien, como el epicentro de un espacio de rela-


ciones que traspasa sus límites (hacia “fuera”) y desdibuja su homogenei-
dad (hacia dentro). Los siguientes apartados focalizan la mirada en el ‘más
allá’ de las fronteras del colectivo, por lo cual la estructura del argumento
pone el eje en la comunidad local y toma al Movimiento como parte de un
universo de relaciones que lo exceden y atraviesan.

Cuando el intercambio presupone la desigualdad

A lo largo del trabajo de campo, y una vez entrenada la mirada para cap-
tar disposiciones y prácticas que se salieran, por alguna tangente, de lo
posible y lo pensable dentro de las normas de reciprocidad legítimas para
el funcionamiento del cuerpo-movimiento (fundamentalmente refiero a
la valoración positiva de la horizontalidad como principio de regulación
y simbolización de los intercambios entre agentes más o menos activos
políticamente), pude reconocer y reconstruir indicios de una dinámica
relacional de intercambios políticos con anclajes históricos y actuales en
las comunidades locales. Estructurada en torno a vínculos personaliza-
dos, atravesados por la dimensión afectiva, la confianza, la moral, y cuya
condición de efectividad es que se da entre agentes que ocupan posiciones
(ubicación relacional) diferentes y desiguales, sostiene redes personaliza-
das de reciprocidad asimétrica que facilitan o posibilitan el acceso de las
familias campesinas a recursos materiales y simbólicos que circulan en
otros universos sociales.
Algunos de mis interlocutores más viejos me relataron sus memorias
sobre las relaciones que sus familias o vecinos entablaban con gente rica e
influyente. El ejemplo típico, aunque también asumía otras formas con-
cretas, es el de la relación entre los dueños de chacras o estancias y sus
puesteros o empleados, a quienes les asignaban una parcela y una vivienda
dentro de su propiedad, les apadrinaban los hijos, les conseguían medi-
camentos, los llevaban a la ciudad en caso de necesidad, les facilitaban
trámites, etc. También se remite a estos actores como quienes estaban en la
política: en los gobiernos locales, como legisladores provinciales o incluso
en instancias nacionales. En términos generales, el interconocimiento y
reconocimiento, el afecto y la confianza son elementos constitutivos de
estas relaciones. Se destaca la dimensión personalizada del vínculo como
fundamento de la reciprocidad, asentada en el reconocimiento de la auto-

62
Erika Decándido

ridad y en el principio de lealtad atravesado por criterios morales de eva-


luación del otro según el binomio bueno/malo. En términos burdamente
simplificados, es recurrente esta estructura de razonamiento: aquel que, a
pesar de no necesitar nada de mí, me ayuda, merece lealtad.
En los relatos que refieren a un pasado más próximo o a la actualidad,
y también de acuerdo a lo que reconstruí en las observaciones de campo,
este tipo de redes de intercambio asume algunas cualidades novedosas,
aunque mantiene cierto parentesco con las lógicas más antiguas. Priori-
tariamente, se establecen con agentes cuyas estrategias de reproducción
se asientan en instrumentos que se se ubican fuera de la comunidad local
(como por ejemplo con Cáritas, asociaciones filantrópicas del más diverso
tipo, referentes de instituciones públicas de salud, educación o desarrollo
social, de ONGs, punteros políticos, etc.) y que son reconocidos por los
residentes rurales como medio de acceso a recursos foráneos. Los inter-
cambios que las conforman son significados habitualmente en términos
de ayuda. En torno a ello, se movilizan disposiciones según las cuales los
vínculos son significados y practicados de acuerdo a principios de recipro-
cidad atravesados por el respeto a la jerarquía y a la autoridad, y asentados
en la lealtad y el agradecimiento.
Las continuidades abstraídas analíticamente para tipificar y caracteri-
zar esta lógica del intercambio nos llevan a destaca el carácter vertical de
estas redes asimétricas, en tanto se producen entre actores en posiciones
sociales diferentes, lo cual impide que lo que circula sea un mismo tipo de
capitales a modo de don y contra-don diferido en el tiempo. Por el contra-
rio, este tipo de relaciones, como plantea Gutierrez (2007), se asienta en
el intercambio de ‘cosas diferentes’9.
Por lo general, esta lógica de intercambio es cuestionada por los mili-
tantes como instancias que reproducen las condiciones de subordinación
de las familias, en cuanto se estructuran con base en la construcción de
un destinatario pasivo, incapaz y necesitado. En contraposición, desde el
proyecto organizativo se proponen y promueven vínculos igualitarios, ho-
rizontales y construidos con base en un sujeto activo social, económica y

9 En la investigación el análisis de estas redes se valió del concepto de “mediador”,


para lo cual se articularon elementos planteados por autores como Julian Pitt-Ri-
vers, Eric Wolf, o Robert Redfield, con la perspectiva Bourdeana. Aunque esa
dimensión de análisis es parte constitutiva de los hallazgos que aquí presento, fue
omitida de este artículo por las necesidades propias de la delimitación del objeto.

63
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

políticamente que, en articulación igualitaria con otros, sea protagonista y


artífice de sus conquistas10.
Uno de los mecanismos que ilustra esta intencionalidad es la propuesta
de sustitución de la noción de ayuda por la de acompañamiento para referir
a las relaciones entre militantes y compañeros campesinos (categorías nativas
que organizan la distinción entre agentes políticamente más y menos ac-
tivos). Mientras que su conceptualización en términos de ayuda refuerza
la visualización de las relaciones de desigualdad en las que se fundamenta
la circulación, la idea de acompañamiento desplaza el protagonismo hacia
‘los acompañados’ y resalta el carácter provisorio y secundario de la tarea
de mediación por oposición a la idea de asistencia o ayuda, que presupone
una dirección unilateral de transferencia de ‘algo’ que unos tienen y otros
no. Ya ha señalado Cowan Ros (2013) que estas operaciones simbólicas
funcionan en base a su condición de eufemismos que tienden a desdibujar,
ocultar o negar aquellos aspectos que son constitutivos de esta relación
pero que son percibidos como ilegítimos.
Independientemente de las consecuencias prácticas y simbólicas de
estas operaciones de crítica, el intercambio entre militantes y compañeros
campesinos comparte, en términos estructurales, muchas de estas cuali-
dades. Fundamentalmente, que puede caracterizarse como asimétrica:
la posición de militante justamente presupone la previa acumulación de
(por lo menos) capital político, lo que redunda en una mayor capacidad
de acceso a recursos del colectivo y a la definición de los criterios para su
gestión y distribución. Desde la posición de los agentes políticamente me-
nos activos, se ofrece, a cambio de ese trabajo, reconocimiento (no pocas
veces significado jerárquicamente) y el compromiso en la recreación del
colectivo (lealtad al Movimiento). En segundo lugar, que se ve atravesada
por la personalización del vínculo, por la dimensión afectiva y por el com-
promiso moral entre las partes. Por último, porque vincula lo local con
otros espacio sociales y geográficos. Esto último no sólo en tanto permite
a las familias de las comunidades locales el acceso a recursos exógenos,
sino porque existe un entrecruzamiento sumamente significativo, en el
Movimiento, entre la posición de militante, la de clase y la de foráneo11.
10 En Decándido (2010) empezaba a tematizar, aunque con otros recursos con-
ceptuales, la tensión entre las propuestas de horizontalidad y las disposiciones je-
rárquicas.
11 Parte relevante de los actores políticamente activos son provenientes de otros
espacios geográficos y encarnan posiciones sociales desiguales a las de quienes

64
Erika Decándido

La asimetría es, por tanto, también condición de efectividad de la re-


ciprocidad entre estos actores. No obstante, lo distintivo de estos inter-
cambios es el cuestionamiento de la desigualdad, la pretensión de des-
dibujar las señales de jerarquía, el compromiso con prácticas tendientes
a desarticular sus condiciones de reproducción. Fundamentalmente, por
parte de los militantes, pues lo que se pone en jaque con la evidencia de las
desigualdades no es el intercambio en sí, ni su efectividad práctica para las
estrategias de reproducción de las familias campesinas, sino el proyecto
organizativo: la base de legitimidad de la existencia del Movimiento (y
de sus militantes, claro) como expresión colectiva de un proceso eman-
cipatorio.
Muy a pesar del constante trabajo de crítica y reflexión que se pro-
mueve desde los espacios del Movimiento, y aunque ese esfuerzo ha he-
cho mella en muchos de sus miembros, no son en nada despreciables las
disposiciones jerárquicas que atraviesan también esta trama relacional,
que la configuran en términos de espacio de intercambios asimétricos y
que movilizan estrategias coherentes con este sentido práctico. Los datos
relevados no son suficientes para aseverar consistentemente que la géne-
sis social de estas disposiciones, ampliamente extendida entre los campe-
sinos con los que pude interactuar durante mi trabajo, sea la historia de
las redes políticas de reciprocidad asimétrica de la región. Lo relevante, en
todo caso, es señalar que esas disposiciones existen, operan y se actualizan
en estrategias de reproducción de las familias campesinas y entre las cuales
se encuentran incluidas aquellas que se valen de participación en el Movi-
miento mediante la relación con los militantes.
La titulación universitaria, el capital político acumulado, las señales
de clase, la condición de foráneo, el carisma (claro que no como habilidad
natural, sino como disposición aprendida), la entrega al Movimiento (el
trabajo político) son signos de distinción que -aunque muchas veces disi-

despliegan sus estrategias de reproducción social en torno al espacio rural: son


agentes foráneos (generalmente oriundos de espacios urbanos), de clase media,
con trayectorias de formación profesional y de socialización política desplegadas
en otros espacios geográficos y sociales (entre los cuales la universidad ocupa un
lugar muy relevante), que se han instalado en la región ‘por opción militante’, y
cuyas estrategias individuales, familiares y colectivas se encuentran fuertemente
estructuradas por un proyecto político-territorial y vinculadas con apuestas en el
campo político. Su caracterización se trabaja detenidamente en la tesis, y puede
consultarse de manera resumida en Decándido (2021).

65
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

mulados por los propios militantes- son reconocibles por sus compañeros
campesinos y movilizados en los sentidos jerárquicos que estos últimos le
otorgan al vínculo.
Es importante señalar la recurrencia e intensidad de los debates que
quienes conducen el proyecto organizativo tienen respecto a estos des-
ajustes, y la constante preocupación por desarrollar ingenierías participa-
tivas dirigidas a subsanar estas distancias estructurales o, al menos, a difi-
cultar su reproducción. Existe una multiplicidad de mecanismos puestos
en marcha estratégicamente por parte de los militantes para revertir los
efectos de poder que tienen estas relaciones de desigualdad (Decándido y
Ruffini, 2018).
Considero que, aunque en términos políticos haya un rechazo a cual-
quier disposición que reproduzca y profundice esas desigualdades hacia
dentro de la organización, es sociológicamente comprensible que algunos
actores sean reconocidos por otros como superiores si tomamos en cuenta
aquello que Hobsbawm (1976) describe para los “campesinos tradiciona-
les” como “conciencia realista de su propia inferioridad”. Conciencia que,
desprovista de los juicios valorativos que generalmente le endilgamos,
refiere más bien al saber práctico de que las condiciones estructurales de
producción no pueden ser borradas de un plumazo mediante la simple
enunciación de la indeseabilidad de toda jerarquía (p. 8).
Una cosa es bregar por establecer vínculos que no generen ni profun-
dicen desigualdades, definirlos como horizontales, construir mecanismos
que disuadan de movilizar privilegios posicionales en relaciones de poder
sobre otros compañeros, y reconocer el efecto político que ello genera
hacia el interior de un colectivo. Otra muy diferente es afirmar, con ri-
gor sociológico, que es posible horizontalizar, mediante el control de las
modalidades de interacción o mediante operaciones simbólicas, relaciones
fundadas en posiciones estructuralmente asimétricas.
Particularmente, más que enfatizar en este punto (que poco tiene de
novedoso) me interesa señalar la productividad que esta asimetría tiene
en la creación y recreación de la red vincular circunscrita al Movimiento.
En este espacio de circulación de recursos y sentidos hay relaciones que no
existirían si no fuera porque se asientan en esta desigualdad, en el recono-
cimiento del otro como alguien que puede mediar en el acceso a recursos
que no podrían gestionarse en redes horizontales y que, muy a pesar de los

66
Erika Decándido

principios políticos orientados a la horizontalidad, esa asimetría es consti-


tutiva de la red vincular.

Procesos de diferenciación y distinción de algunos de los pobladores


locales

Además de estas relaciones entre agentes con trayectorias sociales y po-


siciones estructurales desiguales, he podido reconstruir otra lógica rela-
cional que tiene significativa incidencia en la forma en que se configura
la red que conforma las centrales. Esta también se encuentra asentada en
posiciones desiguales, solo que, en este caso, la desigualdad se constituye
en el mismo momento de la relación: a partir de una división del trabajo
que redunda en la acumulación de capital político por una de las partes. En
este sentido, se podría decir que la desigualdad es menos una condición de
los intercambios que una consecuencia suya.
En su libro “Pobre…como siempre” Gutiérrez analiza cómo, frente a
un contexto excepcional (una inundación) que prefigura las condiciones
para un proceso de trabajo comunitario, las redes de reciprocidad hori-
zontal son activadas como principal lógica de vinculación. Concomitan-
temente, sucede un proceso de diferenciación/distinción de algunos de
estos agentes que, a partir de la acumulación de cierto capital simbólico
(reconocimiento, autoridad), llegan a ocupar posiciones de dominación
en relación al resto de los vecinos. Posición que asume la forma particular
de “liderazgo” definido por ella como “una suerte de capital socio-polí-
tico en el ámbito de la comunidad, que no está institucionalizado como
tal” (2007, p. 145) y que se encuentra fundado en el reconocimiento de
la capacidad para gestionar lo común (para ordenar, para organizar, para
hacer las cosas). De esta forma, la autora pone sobre relieve los procesos
sociales por medio de los cuales ciertos actores ocupan, en el grupo, una
posición particular que, entre otras cosas, los habilita a establecer vínculos
con agentes o instituciones “por fuera” de la comunidad.
Quienes encarnan esta posición en mi caso de estudio, por lo general,
son varones y mujeres de más de 40 años, con cierta disponibilidad de
tiempo (garantizada por el lugar que ocupan en la división familiar del
trabajo, asociadas a las etapas de reproducción de la unidad doméstica,
a sus condiciones laborales, experiencias de migración, etc.) para dedi-
carse al despliegue de estrategias que no se restringen directamente a la

67
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

reproducción material de la vida. Sus procesos de socialización política


no se acotan al paso por el Movimiento, y presuponen la adquisición de
competencias que en ocasiones son incluso ilegítimas en relación a los
principios ideológicos movilizados en ese espacio. Suelen estar especial-
mente dispuestos a dar testimonio o a asumir el rol de portavoces de al-
gún colectivo frente a aquellos que convocamos su relato. Habitualmente
se presentan discursiva y pragmáticamente como vecinos que disfrutan
y acostumbran a trabajar desinteresadamente para la comunidad aún desde
antes –y más allá– de la Organización.
Su capital simbólico se funda en la meritocracia legitimada en el sa-
crificio y en el saber hacer (Gutiérrez, p. 2007) aprendido a lo largo de
su trayectoria de socialización política, generalmente autodidacta, a partir
de hacerse cargo de cuestiones que competen a la comunidad (tales como
juntar fondos para cooperadoras, organizar rifas, establecer vínculos con
punteros, organizaciones partidarias, ONGs, iglesias, etc.) y que les permi-
ten acceder a recursos. La obtención de recursos materiales para beneficio
personal directo no es lo primordial. Por el contrario, al “gestionar para la
comunidad” acumulan fundamentalmente capital social, simbólico y polí-
tico (estos tres como parte de una compleja dinámica de reconversiones)
que los ubica en una posición particular en las redes que entablan con sus
vecinos.
Estos capitales son inescindibles de la destreza del líder que consiste
en la habilidad (socialmente adquirida) propia de un saber hacer, un sa-
ber moverse que, conjugado con un estar comprometido con la comunidad,
les permite ocupar el lugar de intermediarios. Posición que no es más ni
menos que un lugar jerarquizado en un espacio social ordenado a partir
de la división del trabajo por lo común. Desde esta posición participan de
redes de reciprocidad indirecta especializada entre la comunidad local y
actores vinculados a espacios sociales en los que se disputan y distribuyen
recursos.
Las tareas que hacen por y para la comunidad son la fuente principal
de su capital social-simbólico y del capital-información en el que asientan
su posición relativa. Estas prácticas, por su parte, se encuentran reforza-
das por su asociación con representaciones que las hacen aparecer como
desprovistas de interés y que, mediante esa articulación simbólica, son
significadas como entrega, generosidad y desapego del actor particular en
beneficio del colectivo. Representaciones que se traducen en capital sim-

68
Erika Decándido

bólico y que asume la forma de reconocimiento, condición necesaria para


legitimar el papel de representantes y portavoces legítimos en el momen-
to de gestionar recursos en las relaciones con los agentes que controlan su
distribución directa o que tienen incidencia en la definición de los crite-
rios de dicha distribución.
En todos sus niveles, los vínculos que componen estas redes se en-
cuentran atravesados por lazos personalizados (que pueden ser directos o
indirectos) en los que se movilizan capitales sociales de tipo vecinal, de pa-
rentesco, de amistad, que están fundados en el conocimiento de la persona
y se encuentran ligados indisociablemente al individuo por sus “cualida-
des” y atributos” intransferibles. A su vez, estos atributos habitualmente
son naturalizados, disociados de las condiciones sociales de producción
y atribuidas a quien las posee como si fueran capacidades innatas que los
convierten en líderes “naturales” (Bourdieu, 2001).
Quienes ocupan estas posiciones cuentan, entonces, con capital sim-
bólico, capital social y capital cultural (información), además de que ma-
nejan un saber práctico devenido de un conocimiento de las reglas básicas
del juego y de cómo movilizar oportuna y eficazmente esos capitales. Ese
patrimonio los posiciona desigualmente en relación con los demás miem-
bros de la comunidad local, desigualdad que aparece desdibujada por el
efecto del reconocimiento y valoración positiva de sus pares. Un recono-
cimiento que, en este caso, no se asienta en el respeto por lo socialmente
superior sino en el respeto por un igual que hace cosas por y para todos.
A diferencia de la lógica vincular que caractericé en el punto anterior,
en este caso las estrategias de inauguración y sostenimiento de redes vin-
culares en las que ocupan el lugar de intermediarios se encuentran en la
génesis de sus procesos de diferenciación y de distinción.
La identificación de estos “líderes” y el trabajo para su incorporación
orgánica al Movimiento es una constante en la estrategia de los militantes
de esta organización. En esta estrategia se considera que aquellos acto-
res cuentan con un acumulado de capital político que ha sido adquirido
mediante el desarrollo de una diversidad de estrategias de las cuales el
Movimiento no había sido parte y que, además, son movilizadas como
un patrimonio personal, encarnado en su individualidad y factible de ser
movilizado, por consiguiente, de acuerdo a decisiones y estrategias indi-
viduales.

69
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

No es menor la ventaja relativa frente a los militantes foráneos (o de


cualquier agente externo que pretenda establecer redes vinculares con las
comunidades rurales) quienes deben dedicar parte de su trabajo político
a desmarcarse de su posición privilegiada y a construir lazos personales
y de confianza con los residentes rurales. Estos líderes locales tienen la
ventaja de contar con una trayectoria de co-residencia que puede movili-
zarse en forma de capital simbólico: confianza basada en el conocimiento
y reconocimiento en términos personales. No dejan de ser reconocidos y
tratados, en este sentido, como campesinos auténticos, condición nada des-
preciable que, además de ubicarlos en una posición particular hacia dentro
del Movimiento, puede ser movilizada en las relaciones con otros actores
vinculados al campo político.
Cuando acceden a incorporarse a la red vincular de alguna de las cen-
trales, es frecuente que dispongan su participación en la organización en la
clave habitual de sus prácticas de vinculación política: asumen tareas tales
como la de convocar a reuniones, coordinar horarios y movilidad con los
militantes que acompañan a su comunidad12, organizar y dinamizar las tareas
colectivas, y gestionar recursos. También suelen ser quienes amplían las
instancias de relacionamiento a familias aún no integradas a la dinámica
organizativa. Por lo general, se adjudican tareas de representación y parti-
cipan o han participado (más o menos sistemáticamente) de instancias de
organización que exceden el espacio de su comunidad (referentes de algún
equipo de trabajo y/o de toma de decisiones a nivel provincial, nacional
o internacional) donde asumen una posición de representación de algún
colectivo (ya sea de su comunidad o incluso de grupos más amplios).
Estas instancias contribuyen a la consagración de estos actores que,
asumiendo lugares funcionales al proyecto político del Movimiento, en-
cuentran ocasión de demostrar quién se es, cómo los demás los recono-
cen y, con ello, de institucionalizar (y fortalecer) su posición frente a sus
co-residentes.
En ambos casos, las prácticas asociadas a las tareas en la Organización
no suelen ser estructuralmente diferentes a aquellas que se desplegaban y
despliegan en las redes vinculares articuladas con otros actores: tanto en

12 Una de las tareas principales de estos actores es la de favorecer, garantizar y


fortalecer la dinámica organizativa en cada una de las comunidades organizadas, así
como la vinculación de estas unidades con la central a la que pertenecen y con el
Movimiento a nivel provincial.

70
Erika Decándido

un caso como en otro, estos actores se autorreferencian como quienes –


antes y durante, dentro y fuera del Movimiento– ayudan a resolver los pro-
blemas de su comunidad. En este sentido, los criterios de reconocimiento de
los líderes locales no siempre coinciden con los propuestos para ellos por
los militantes. Sus prácticas, y los sentidos que circulan en torno a ellas,
no se encuentran exclusivamente mediadas por los principios y lógicas
propias de aquellas valorizadas positivamente por el proyecto hegemóni-
co del Movimiento.
De hecho, estos actores generalmente sostienen relaciones con otros
mediadores y se siguen articulando a redes que exceden la del Movimien-
to, sin que esta superposición de canales de circulación de recursos y de
gestión de beneficios sea concebida y problematizada por ellos como con-
tradictoria. Esta diversificación de estrategias vinculares funciona com-
plementariamente en cuanto contribuye a un mismo fin: canalizar recur-
sos o garantizar mejores condiciones para la reproducción social de los
vecinos de la comunidad, y a la vez reproducir la posición que estos líderes
locales ocupan en ella.
Desde el punto de vista político-estratégico del Movimiento, la inten-
ción de incorporar a estos agentes a la red vincular de las centrales se basa
en el supuesto (por cierto, basado en un reconocimiento de su posición
social específica) de que manejan un conocimiento riguroso de las reglas
de interacción propias de su comunidad. Pero también en la pretensión
(esta sí, no siempre cumplida) de que esa posición de liderazgo puede ser
reconvertida (mediante el trabajo de formación política) a la de referente
orgánico del Movimiento, la de militante que se apropie y represente el
proyecto hegemónico del colectivo.
Analizado esto en términos de expectativas de reciprocidad, podría
decirse que se espera que, a cambio del reconocimiento extra que les da su
posición en el Movimiento, transfieran su capital simbólico al colectivo.
Que, como dijera Bourdieu (1988), se entreguen incondicionalmente al
aparato que los consagra (p. 170).
Sin embargo, el hecho de que no le deban a la Organización sino una
parte de su capital simbólico, los ubica en una posición particular que los
libera del compromiso de cumplir con ciertas “lealtades” y compromisos.
Los exime de la presión de desdibujarse en ese proyecto. Por un lado, no
están obligados a representar la voz oficial del Movimiento (de hecho, en
muchas ocasiones no lo hacen). Por el otro, no están condicionados a res-

71
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

tringir sus estrategias a esa red vincular (tampoco lo hacen). Esta posición
ambigua es fuente de constantes tensiones e incertidumbres en relación
con los militantes que, a la vez que los reconocen como portadores de un
capital simbólico insustituible, pretenden que ese capital sea transferido
completamente al colectivo-Movimiento para, de esa forma, extender el
alcance de la representación legítima de los campesinos de la región.
En términos concretos y generales, se espera que quien ocupa posicio-
nes de mayor responsabilidad promueva, a partir de las ventajas relacio-
nadas a ese lugar, el crecimiento cuantitativo y cualitativo de los vínculos
en función de esos principios programáticos. Si se hace provecho de esa
posición para producir o reproducir lógicas que puedan evaluarse como
contrarias a dichos principios (para beneficio personal, para acumular po-
der, para desarticular los vínculos que sostienen la lógica organizativa,
para cuestionar los principios de legitimación de las prácticas y relaciones)
se desencadenan desajustes que pueden tomar la forma de discusiones,
sanciones, rupturas y hasta desvinculaciones.
A pesar de esto, no siempre los líderes locales cumplen con las expec-
tativas de asumir los principios éticos y prácticos del proyecto del Movi-
miento, delegar su capital simbólico al colectivo y renunciar (o subordinar
a un segundo plano) sus otras prácticas políticas a las vinculadas con este
espacio. Sostener esta condición de “ambigüedad” no es tarea sencilla, ya
que supone el riesgo de ser sancionados o desvalorizados, de perder la
cuota de capital simbólico que obtienen de la Organización, de ver soca-
vada su legitimidad hacia dentro de este colectivo y debilitada su posición.
Aquí se evidencia una diferencia estructural de poder entre quienes tienen
mayor capacidad de definir las reglas del juego de este campo y quienes,
para cuestionarlas, deben poner en riesgo su posición.
Frente a estas condiciones, los líderes locales se ven obligados a un
esfuerzo extra en comparación con los militantes, ya que precisan cons-
truir una imagen de sí acorde a las expectativas legítimas que circulan en
el espacio. Para ello, deben aprender a identificar y gestionar lo que puede
ser mostrado y lo que no; lo que puede ser dicho en cada espacio, lo que
debe ser silenciado, lo que puede mezclarse y lo que debe permanecer se-
parado. También en estos tabúes se sostienen –y se ven amenazadas– estas
reciprocidades.
La gestión de estas situaciones es uno de los principales obstáculos
con los que se encuentran los militantes en el trabajo de promover trans-

72
Erika Decándido

formaciones en las prácticas y los valores de quienes conforman el Movi-


miento. No sólo porque a partir de ello se generan escenarios conflictivos
que dificultan la sostenibilidad de algunas relaciones. Sino porque allí se
expresan de forma radical los límites estructurales de un supuesto fundan-
te de las relaciones de militancia: el de que la formación política cambia
las conciencias, que inaugura un proceso irreversible de transformación
subjetiva y objetiva de los compañeros capaz de desarticular otros móviles
de la conducta (como los intereses personales) u otras lógicas relaciona-
les reproductoras de relaciones de desigualdad. Ese desajuste señala, una
vez más, los límites que tiene ese proyecto político para monopolizar los
sentidos y las prácticas de representación legítima de la población y sus
intereses.
No obstante, considero menos relevante señalar las condiciones de
eficacia y los límites de la violencia simbólica (implicada en este como en
cualquier proceso de formación política) que reconocer las repercusiones
prácticas que ello tiene en la lógica relacional entre militantes y líderes
locales, lógica en la cual se ponen a jugar expectativas desajustadas con las
condiciones estructurales de los términos de la relación.
¿Cómo es posible incorporar coherentemente, bajo el paraguas del
proyecto de transformación social hegemónico en el Movimiento, a
agentes cuyas posiciones sociales se encuentran justamente asentadas en
relaciones que lo trascienden y que muchas veces son contradictorias con
esos principios? Pretender que renuncien o subordinen al proyecto colec-
tivo la reproducción de aquellas relaciones y disposiciones sobre las cua-
les consiguieron ocupar una posición diferencial en relación a los demás
miembros de la comunidad local implica desconocer (o cuestionar) el peso
estructurante que tienen los mecanismos que siguen operando en estos
espacios de vinculación a pesar de las transformaciones producidas por
la presencia de la Organización en ellos. Es evidente que el tránsito por
espacios como el Movimiento no garantiza la desarticulación de lógicas
capaces de boicotear y desestabilizar el proyecto político que, aunque he-
gemónico, requiere ser recreado y reconfigurado constantemente en diá-
logo y disputa con estas otras fuerzas sociales que también lo constituyen.

73
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

El Movimiento como génesis de un dislocamiento. Los referentes


campesinos

Para el desarrollo de este último punto tomaré como eje expositivo una
posición de sujeto que denominaré “referentes campesinos” y que refiere a
agentes de las comunidades locales (es decir, cuyas trayectorias sociales se
encuentran ancladas primordialmente a la residencia en el espacio social
rural) que han transitado un proceso de socialización política estrecha-
mente vinculado al proyecto del Movimiento y que, a partir de ello han
acumulado capitales que incidieron en su reposicionamiento social ge-
neral y, en particular, en una redefinición del lugar que ocupaban en sus
comunidades de origen. A diferencia de aquellos que ocupan la posición
de líderes locales, la posición de estos agentes se asienta prioritariamente
en un proceso de acumulación de capitales (cultural, simbólico, social) es-
trechamente asociado al proyecto político de la Organización.
Así como en el caso anterior señalé que desde el Movimiento se desa-
rrollan estrategias de identificación e incorporación de los líderes locales
que pretendí caracterizar, aquí me detendré en otra estrategia que está di-
rigida a las posiciones de sujeto que se abordan en este punto y que, si bien
incide de manera diferente en las dinámicas locales, es complementaria y
se encuentra articulada con las primeras: la formación de cuadros.
En un trabajo sobre un movimiento social rural brasilero, Guedes
(2006) analiza cómo, mediante cursos de formación política y desde una
intencionalidad materializada en la formación político-pedagógica, se
busca difundir la “identidad militante” y posicionarla como la forma legíti-
ma de ser líder en los movimientos sociales. Estos espacios generalmente
procuran producir subjetividades revolucionarias, por lo que el tránsito
por estos dispositivos de formación resulta ser una oportunidad de acu-
mulación de capitales que son valorados positivamente hacia dentro de los
espacios organizativos.
A diferencia de los líderes locales, la posición de referente campesino
es ocupada generalmente (aunque no exclusivamente) por jóvenes que
no contaban con una trayectoria de socialización política ni con capitales
reconvertibles en el campo político local antes de empezar a participar
de espacios vinculados al Movimiento. Si no tenían capital político para
intercambiar en esa red vincular tenían, en cambio, energía y predispo-
sición para dedicarse al cumplimiento de tareas diseñadas y planificadas

74
Erika Decándido

específicamente por la Organización: un habitus compatible con la lógica


de un espacio que demanda una entrega que sobrepasa el cumplimiento
de tareas puntuales, que exige un compromiso activo por la recreación
continua del proyecto ideológico y que, con ello, compromete a los sujetos
en una ética de la militancia que atraviesa la integridad de su vida y sus
relaciones.
Hemos podido reconocer que no todos los habitus se encuentran dis-
puestos hacia la ilusio que estructura este juego. Sin embargo, cuando
esta correspondencia se da, las posibilidades de transformación subjetiva
son vastas y su efectiva realización modifica radicalmente la vida de estas
personas al tiempo que renueva las esperanzas colectivas de un cambio
posible. Son actores que tienen para ofrecer un elemento fundamental
para la recreación del grupo como tal, para la reproducción de un espacio
colectivo articulado: “le ven el interés”. Son capaces de depositar en el pro-
yecto organizativo su placer, su afecto, sus intencionalidades, su tiempo.
Creen y apuestan a los principios hegemónicos en torno a los cuales se
estructura el colectivo y contribuyen, de esa forma, a reforzar la lógica del
juego. Eligen ocupar un papel activo en esa tarea.
En este sentido, son actores imprescindibles para la legitimación del
proyecto colectivo porque, socializados políticamente por y para la Orga-
nización, son garantía de organicidad. Eso es lo que convierte al campesino
con conciencia de sí en un actor tan atractivo para los cientistas sociales, y en
objeto de admiración y deslumbramiento de quien apuesta por un mundo
más justo e igualitario. Considero que escribir sobre sus condiciones so-
ciales de producción de estas posiciones es, por ello, un poco más difícil y
un poco más necesario.
En esta apuesta se comprometen las fibras más íntimas de las sensibi-
lidades. Los procesos de formación política se encuentran íntimamente
atravesados por relaciones personalizadas y mediadas por el afecto. Inclu-
ye una amplia diversidad de experiencias que no prescinden de –pero que
tampoco se agotan en– la participación en cursos o talleres, en acciones y
eventos públicos; la asunción de tareas y responsabilidades; la ocupación
de posiciones de representación, de movilización. En primer lugar, por-
que, como he escuchado repetidamente en el campo, todos los espacios de
la organización son de formación, pero también porque estas experiencias
están atravesadas por lazos afectivos que tienen una especial intensidad y

75
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

se sostienen en una red vincular de base ideológico-afectiva -en términos


de Cowan Ros y Arqueros (2018)- constitutiva del Movimiento.
En la combinatoria de esas experiencias a lo largo del tiempo se alter-
nan y articulan una variedad de aprendizajes y elementos inmateriales que
impactan en su socialización política: saberes prácticos y técnicos, prin-
cipios éticos, vínculos emocionales, saberes teóricos y posibilidad de am-
pliar el universo de interacciones mediante las salidas. Aquellos inciden,
modifican integralmente la vida de estas personas en el mismo momento
en el que aprenden a hablar el lenguaje del movimiento social y adquieren
conocimientos prácticos imprescindibles para jugar el juego político. Esta
disposición emocional configura subjetividades sensibles a las apuestas
prácticas que son requeridas para hacer parte de este campo.
Sin embargo, estas condiciones no son suficientes para garantizar la
reconversión de estrategias, ya que la disponibilidad de energía requerida
para reproducir la organización interfiere con aquella que demandan las
tareas dirigidas a la reproducción de la unidad doméstica. Esta tensión
se ve atravesada por las condiciones laborales, por la lógica de división
familiar del trabajo y por el momento particular en la trayectoria de la
unidad doméstica. Tener disponibilidad de tiempo y posibilidad de dis-
locarse más o menos constante y/o permanentemente es un aspecto que
varía de acuerdo a las etapas de la unidad doméstica y al lugar que el agente
ocupa en ella.
Este desajuste es, no obstante, una preocupación que se asume colec-
tivamente y que procura garantizarle, a quienes deciden apostar a la mili-
tancia, condiciones más favorables para que puedan hacerlo. Para ello se
despliegan estrategias tales como la remuneración de las tareas dedicadas
a la organización, la procura de convergencia entre la actividad laboral
rentada y actividades que promuevan proyectos colectivos (empleos pú-
blicos o tareas rentadas –no pocas veces en condiciones de precarización
laboral– en los diversos programas o proyectos de salud, educación, pro-
ductivos gestionados por medio del Movimiento). El dislocamiento físico
hacia los lugares en los que se desarrollan las actividades de la organiza-
ción también es motorizado y sostenido generalmente con recursos de
las centrales. Estas estrategias desplegadas para garantizar, o al menos
favorecer, la disponibilidad para la participación en tareas de la organiza-
ción deriva en una especie de profesionalización de la labor de militancia
(Cowan Ros, 2013).

76
Erika Decándido

El acceso a recursos gestionados por el colectivo no es un fin en sí mis-


mo, sino un medio que presupone y posibilita un giro significativo en sus
estrategias de reproducción, una reconversión en el sistema de estrategias
que repercute tal vez menos en el volumen de capitales que en su com-
posición relativa. Esta reconversión consiste en el redireccionamiento de
las estrategias de reproducción hacia la acumulación de capital político (el
capital militante, en sentido más estricto).
Estas estrategias colectivas contribuyen a garantizar unas condicio-
nes materiales básicas y a disminuir las distancias con aquellos que tienen
una posición social más favorable (fundamentalmente con los militantes
foráneos). Al mismo tiempo, generan desigualdades hacia el interior de
las comunidades rurales en la medida en que contribuyen a producir un
proceso de diferenciación de estos agentes que, con la asunción de tareas
colectivas remuneradas, acceden a la vez al capital económico y a un capi-
tal simbólico (por su condición de representantes legítimos del colectivo)
que los reposiciona en relación a sus co-residentes.
A su vez, la reconversión implica hacer apuestas y ocupar posiciones
en ámbitos que no son habituales en el sistema de estrategias de sus veci-
nos, de sus co-residentes. Es en este sentido que señalo un dislocamiento:
un cambio significativo del espacio social en el que se despliegan las es-
trategias de reproducción, y también dislocamiento en el sentido en que
utiliza esta palabra Delma Neves (1997), como nuevo modo de vida que
presupone una “resocialización” para la ocupación de esas nuevas posicio-
nes (p. 250).
Como afirma Bourdieu, las estrategias de reconversión que presupo-
nen reorganizar una forma de capital en otra más rentable o más legítima
dependen de la posibilidad objetiva de ganancia ofrecidas a sus inversio-
nes en cierto estado de los instrumentos de reproducción y del capital que
han de reproducir (2014, p. 135). En este sentido, la existencia y el sos-
tenimiento de estos espacios organizativos y el desarrollo de estrategias
colectivas para garantizar el rendimiento del capital político de las familias
que apuestan a su acumulación, se vuelve condición estructural para la
efectividad del Movimiento. Esto explica también, en parte, que aquellos
agentes que encuentran oportunidad de acumular capital militante con-
tribuyan y se comprometan fuertemente a reproducir las condiciones que
posibilitan el rendimiento de su nueva estructura patrimonial.

77
Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

Dado que el dislocamiento se encuentra estrictamente asociado a la


red vincular del Movimiento, la legitimidad de las posiciones de estos
agentes es indisociable del colectivo, al que le deben su nueva vida, signifi-
cada como resultado y fundamento de la participación en la Organización.
A cambio, a modo de reciprocidad indirecta, ofrecen el compromiso con
la expansión de los efectos transformadores de ese proyecto y con su re-
producción. Ponen a disposición su cuerpo y energía para la constante y
cotidiana recreación del proyecto político, a la vez que aseguran la adhe-
sión a estos principios y se comprometen éticamente con ellos. Devienen
militantes.
Con ello contribuyen a legitimar unas prácticas, una ética, una tra-
yectoria y una forma de participación en detrimento de otras. En ese mo-
vimiento atraen nuestras miradas, interpelan nuestras inquietudes, nos
conquistan. Porque son percibidos como la práctica y el discurso correcto
en el cuerpo correcto, expresión singular de una transformación social
que aparece como real, como posible. Es bastante fácil construirlos, in-
cluso utilizando herramientas sociológicas, como objeto de deslumbra-
miento y romantización, y enaltecerlos en el filo de esa cúspide que es la
idealización. En ese lugar son convertidos en objeto de admiración que
solo será reconocido en la medida en que contribuya a recrearnos las es-
peranzas. En ese lugar están condenados, por los mismos que los idealiza-
mos, a la inmovilidad e inflexibilidad, a mantener un equilibrio que evite
caer en el desprecio. O, peor, en la invisibilidad de la que salieron.

Conclusión. El después del análisis

En el espacio rural de los departamentos Minas y Cruz del Eje conviven


distintas instancias de circulación de bienes materiales y simbólicos facti-
bles de ser reconvertidos en capital político. Muchas de ellas se articulan,
en algún punto, con el Movimiento: lo exceden, al mismo tiempo que lo
configuran como tal. En este artículo presenté tipificadamente tres diná-
micas vinculares que se intersectan con la red desplegada en torno al Mo-
vimiento. Las tres se anclan en la comunidad local y se asientan en algún
tipo de desigualdad entre co-residentes.
Dada la perspectiva asumida, se puso atención a las posiciones por
sobre las interacciones, reconociendo así el peso estructurante que los
lugares sociales ocupados por ciertos agentes tienen sobre sus prácticas,

78
Erika Decándido

y atendiendo a las formas en que los desplazamientos operados en esas


posiciones relativas impactan en las formas que toman las relaciones. Se
asumió (y corroboró) que esas posiciones estructuran las estrategias que
se ponen en juego en las redes políticas y las disposiciones a desplegar
formas específicas –y diferenciales– de involucrarse, de significar y de re-
lacionarse en el Movimiento.
Con base en esta operación analítica se reconstruyeron tres dinámi-
cas típicas. En cada una de ellas adquieren preponderancia interpretativa
estructuras conceptuales distintas: desigualdad, para el primer caso; dife-
renciación y distinción, para el segundo; dislocamiento, para el tercero.
Se reconoció que hay dimensiones del funcionamiento de la trama
vincular anclada en el Movimiento que solo se comprenden por referen-
cia a un más allá, y que, concomitantemente, el análisis de los vínculos y
relaciones desplegados en las comunidades rurales de Minas y Cruz del
Eje debe contemplar la incidencia que sobre ellos tiene la presencia del
Movimiento en la región.
Lo que pretendo aportar con este artículo al análisis sociológico de los
procesos organizativos es el reconocimiento de la importancia de atender
a las relaciones que las organizaciones sociales tienen con el “afuera”. Pero
no solo en tanto “cuerpo-organización”, sino, fundamentalmente, a partir
de observar aquellas redes políticas que sus miembros establecen más allá
–y a pesar– del colectivo.
En mi caso, eso supuso descentrar la mirada de la organización como
unidad delimitada herméticamente; renunciar a la tentación de asumir su
proyecto político como única vara de medición de las adhesiones de quie-
nes participan del espacio, y atender al lugar que sus miembros ocupan en
diferentes niveles de redes vinculares.
Esa operación contribuyó a comprender y a explicar diferentes formas
de hacer parte del Movimiento y a identificar disímiles maneras de dar
sentido a esa participación y al colectivo como tal. Además, aportó ele-
mentos para entender de manera más compleja y completa los desajustes y
tensiones entre aquellas expectativas que se encuentran sustentadas en los
principios éticos condensados en un proyecto organizativo, y las prácticas
y disposiciones que efectivamente regulan este espacio de vinculación.
En última instancia, lo que se comparte en estas páginas es una apues-
ta a asumir que, tras las tensiones y no adhesiones a los valores y com-
promisos presupuestos en los programas políticos de las organizaciones,

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Desigualdad, diferenciación y dislocamiento.
Relaciones políticas en torno a un Movimiento Campesino

operan condiciones sociales concretas que no admiten una explicación


exclusivamente resuelta en términos de enajenación o falsa conciencia. Y
que esas condiciones se encuentran estructuradas por posiciones, estrate-
gias y relaciones endógenas a los espacios organizativos que estudiamos,
pero también por su relación con posiciones, estrategias y relaciones que
se configuran exógenamente, es decir, en relación a las apuestas que los
agentes realizan en otros campos, redes o universos sociales.

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81
Teoría Marxista de la Dependencia
y Teoría de la renta de la tierra
¿Relaciones (im)posibles?
Ayelén Branca*

E s posible afirmar que más allá de los diversos grados de desarro-


llo industrial para el mercado interno que se dieron en los países de
América Latina (AL) sus economías se han centrado en la producción de
mercancías agrarias y mineras destinadas al mercado mundial. Ante la ne-
cesidad de caracterizar y comprender las dinámicas propias de las forma-
ciones sociales latinoamericanas es menester atender a dos cuestiones: el
lugar que ocupa la región en el sistema mundial capitalista, y la dinámica
que asume aquí renta de la tierra (agraria y minera).
En el campo de los estudios latinoamericanos, a partir de la segunda
mitad del Siglo XX, emergen multiplicidad de perspectivas teórico-me-
todológicas de relevancia para abordar estas problemáticas: en vistas de
comprender las particularidades de AL como parte del sistema mundial
capitalista, las Teorías Marxistas de la Dependencia (TMD) constituyen
un punto de partida ineludible; respecto al estudio sobre la renta de la tie-
rra se destacan los aportes de Bartra (2006), Astarita (2010), Iñigo Carrera
(2007, 2017 y 2022) y otrxs autorxs que se inscriben también en las co-
rrientes marxistas de la dependencia como Carcanholo (1982, 1984, 2013)
y Osorio (2017a, 2017b, 2020).
Es innegable el valor que adquieren las TMD en la historia del pen-
samiento crítico latinoamericano, siendo renovadas hasta la actualidad
(Amaral, 2012; Beigel 2010; Carcanholo, 2013; Katz, 2016 y 2019; Feliz y
Haro, 2018; Osorio, 2016 y 2020; Sotelo, 2020, entre otros). Así mismo,
esta perspectiva teórica ha sido foco de múltiples críticas; una de ellas es
la supuesta “ausencia” de un abordaje de la problemática de la renta de la
tierra. Juan Iñigo Carrera, uno de los autores que más ha desarrollado esta
temática, afirma que es imposible que las TMD comprendan el fenómeno
de la renta de la tierra en la región. Sin embargo, aquí sostenemos que
es posible identificar en el marco de los desarrollos teóricos de las TMD
abordajes apropiados sobre la renta de la tierra.

* CONICET - CIFFYH, UNC. [Link]@[Link]

83
Teoría Marxista de la Dependencia y Teoría de la renta de la tierra
¿Relaciones (im)posibles?

En el presente trabajo, que no es sino un primer acercamiento a este


amplio campo de debates y análisis, presentamos los aportes teórico-me-
todológicos de la TMD, en términos generales, y en particular, buscamos
recuperar algunas concepciones respecto a la temática de la renta de la
tierra. Para llevar adelante la tarea propuesta, recogeremos críticas y posi-
ciones de Iñigo Carrera. Cabe destacar que excede con creces a este trabajo
abordar con profundidad estos debates que –inscritos en una interpre-
tación de la obra de Marx y en búsqueda de comprender el desenvolvi-
mientos históricos del capitalismo a nivel global y local– ponen en juego
interpretaciones en torno a la ley del valor, la teoría del valor trabajo, la
formación de precios en el mercado, la relación entre precios de mercado
y valor, entre precios de producción y precios de mercado.

La Teoría Marxista de la Dependencia: América Latina en el sistema


mundial capitalista1

Las tesis sobre la dependencia surgieron en Brasil a principios de la década


del 60 a partir de los trabajos de docentes de la Universidad de Brasilia
como: André Gunder Frank, Victor Nunes Leal, Theotônio dos Santos,
Vânia Bambirra y Ruy Mauro Marini. Asimismo, las influencias de in-
telectuales relevantes como Sergio Bagú y Florestan Fernandes son cen-
trales. Desde este momento, tanto en AL como en el exterior, se generó
una gran pluralidad de perspectivas al interior de las llamadas teorías o
corrientes de la dependencia. Una síntesis general de estas perspectivas
es la que realiza Sotelo Valencia, quien afirma que “existen dos corrientes
de la teoría de la dependencia: una de origen weberiano-keynesiano-fun-
cionalista con ciertos insumos marxistas representada, grosso modo, por
Fernando Henrique Cardoso… y la otra enraizada en los planteamientos y
tesis fundamentales del marxismo” (2020, p. 84).
La perspectiva específicamente marxista, inscrita en la tradición de
la crítica a la economía política, habilita una comprensión de las parti-
cularidades regionales, identificando las dinámicas que se reproducen de
manera diferenciada en el sistema mundial capitalista que se expande de

1 En este apartado se hace una breve síntesis de lo desarrollado en el Trabajo Final


de Filosofía (2021), “Aportes teóricos y epistemológicos de la Teoría Marxista de
la Dependencia de Ruy Mauro Marini. El problema de las clases sociales en Amé-
rica Latina”, realizada junto con Gabriela Giacomelli y dirigida por Juan Barri.

84
Ayelén Branca

manera heterogénea (Osorio, 2020). La categoría de dependencia desa-


rrollada por autorxs clásicos como Theotônio dos Santos (1969), Vânia
Bambirra (1972) y Ruy Mauro Marini (1973) da cuenta de una relación
histórico-estructural que asume distintas especificaciones en la concretiza-
ción a lo largo de la historia y los diferentes territorios de AL.
Las TMD se diferencian tanto de aquellas perspectivas que entien-
den a AL como una excepcionalidad como de las que imprimen conceptos
abstractos generales que niegan las dinámicas propias de las formaciones
sociales regionales. Por su parte, las TMD recuperan el materialismo dia-
léctico marxista a los fines de comprender la forma que adopta el capitalis-
mo dependiente y, así, las particularidades de AL como parte del sistema
mundial. A partir de este principio metodológico, se llevó adelante un
estudio sobre la realidad social latinoamericana que parte de un análisis
de la forma que adopta el capitalismo dependiente. Desde una mirada his-
tórica se ubica el origen del capitalismo dependiente en el desarrollo del
modelo exportador de materias primas gestado en AL una vez alcanzada
la independencia formal en el marco de la Revolución Industrial en Eu-
ropa. A partir de estos dos fenómenos interrelacionados, AL se inserta
en el mercado mundial desde una posición subordinada que condiciona
en su interior las relaciones sociales de producción. Si es la Revolución
Industrial la que da lugar a la división internacional del trabajo, no es sino
el rol que asumieron en el mercado mundial las economías dependientes
lo que permite que la gran industria se desarrolle. Así, se reconoce un
doble papel de AL en la expansión de la gran industria: primero, como
proveedora de materias primas que cubre las exigencias de la expansión
de la producción en los centros capitalistas, y luego como proveedora de
productos industriales de bajo valor agregado que permite mantener los
bienes-salarios de los países centrales a bajo costo para reducir el valor de
la fuerza de trabajo. La reducción de los bienes-salarios junto al aumento
de la productividad permite a los centros aumentar la plusvalía relativa
(Marini, [1973] 2008a).
De esta forma, la dependencia latinoamericana se explica a partir de
las contradicciones de la producción capitalista en general y del modo en
que AL se inserta en la dinámica del comercio internacional. En este de-
venir histórico, se estructuran dinámicas económico-políticas específicas
que habilitan la reproducción constante de la dependencia en los marcos

85
Teoría Marxista de la Dependencia y Teoría de la renta de la tierra
¿Relaciones (im)posibles?

del sistema capitalista: las transferencias de valor, la interrupción del ciclo del
capital y la superexplotación.
A través de la recuperación de la teoría de valor de Marx, específica-
mente la configuración de la ley del valor en el ámbito de la circulación
de capitales desarrollada en el tomo III de El Capital (2009c), se presenta
la relación de dependencia como uno de los mecanismos que contrarresta
la caída tendencial de la tasa de ganancia en el capitalismo central. Dicho
mecanismo, opera en AL a partir de distintas formas de transferencias de
valor que se dan desde capitales, ramas de producción y/o países con bajo
nivel de desarrollo capitalista, hacia los capitales, ramas y países altamente
desarrollados. Cada uno de estos tipos de transferencias de plusvalor es-
tán relacionado con los distintos ciclos del capital –mercantil, productivo
y dinerario– que se expresa en las distintas formas que asume el capital:
comercial, industrial y capital que deviene en interés (Reyes, 2020).
En el ciclo dinerario del capital se generan relaciones de intercambio
desigual debido al funcionamiento de la ley del valor en el mercado mundial
que rige la formación de precios de producción mundiales, tal como expli-
ca Marini (2008a) a partir de los aportes de Marx (2009a, 2009b) se da una
transferencia de valor desde los capitales y ramas con baja composición
orgánica del capital hacia aquellas que tienen una composición elevada.
En el caso del capital industrial, la transferencia está dada por inversio-
nes directas en países dependientes del capital transnacional con sede en
países imperialistas. De esta forma, los grandes capitales extranjeros no
solo participan del proceso de producción de mercancías en regiones de-
pendientes, sino que participan del proceso de extracción y apropiación
del plusvalor. Por último, y con respecto al capital dinerario o financiero
que deviene en interés, generan transferencias de valor debido al pago de
intereses de la deuda pública, bonos gubernamentales, amortización de
préstamos bancarios, etc. Es importante señalar, aunque puede ser obvio
porque la realidad lo impone, que estos diferentes tipos de transferencias
internacionales de plusvalor se articulan, retroalimentan y asumen dife-
rentes pesos relativos específicos en distintos momentos (Reyes, 2020).
Las transferencias de valor, y en particular el intercambio desigual,
tienen como consecuencia la interrupción del ciclo de valorización del capital
a escala local, es decir, parte del valor producido en AL no puede ser acu-
mulado en la economía local. Esta interrupción sería saldada por los capi-
talistas de países dependientes en el momento interno de la producción:

86
Ayelén Branca

las naciones desfavorecidas por el intercambio desigual no buscan tan-


to corregir el desequilibrio entre los precios y el valor de sus mercancías
exportadas (lo que implicaría un esfuerzo redoblado para aumentar la
capacidad productiva del trabajo), sino más bien compensar la pérdida
de ingresos generados por el comercio internacional, recurriendo a una
mayor explotación del trabajador. (Marini, 2008a, p. 123)

La mayor explotación del trabajador es lo que Marini denomina superex-


plotación y puede definirse como el pago de la fuerza de trabajo por debajo
de su valor, el cual está representado por el costo de reproducción de la
fuerza de trabajo y constituye una característica estructural del capitalis-
mo dependiente. Hay tres mecanismos que la definen: el aumento de la
intensidad del trabajo, la prolongación de la jornada laboral y la reducción
del consumo del obrero. Esta última es la modalidad específica de AL ya
que, al destinar su producción a las necesidades del mercado mundial, la
región no depende de la capacidad interna de consumo. Se daría así una
escisión entre las esferas de circulación y producción. A diferencia de lo
que sucede en el “capitalismo clásico”, la clase trabajadora pierde su doble
carácter de productora y consumidora. En consecuencia:

... la tendencia natural del sistema será la de explotar al máximo la fuerza


de trabajo del obrero, sin preocuparse de crear las condiciones para que
este la reponga, siempre y cuando se le pueda reemplazar mediante la in-
corporación de nuevos brazos al proceso productivo. (Marini, 2008a, p.
134)

La superexplotación es, de este modo, una “mayor explotación del tra-


bajador” como forma de contrarrestar la transferencia de valor hacia las
economías centrales; al mismo tiempo fundamento de la reproducción
constante de la dependencia (Carcanholo, 2013; Osorio, 2020).

La economía exportadora es, pues, algo más que el producto de una eco-
nomía internacional fundada en la especialización productiva: es una for-
mación social basada en el modo capitalista de producción, que acentúa
hasta el límite las contradicciones que le son propias. Al hacerlo, configu-
ra de manera específica las relaciones de explotación en que se basa, y crea
un ciclo de capital que tiende a reproducir en escala ampliada la depen-
dencia en que se encuentra frente a la economía internacional. (Marini,
2008b, p. 134)

87
Teoría Marxista de la Dependencia y Teoría de la renta de la tierra
¿Relaciones (im)posibles?

Desde un enfoque metodológico integral y dialéctico, las TMD apor-


tan una clave para comprender el modo particular en el que se inserta AL
en el capitalismo mundial sin desvincularlo de las condiciones específicas
de la producción en el plano local.

Dependencia y renta de la tierra en América Latina, relaciones


imposibles

La teoría marxista de la dependencia ni siquiera puede


considerar la existencia de la renta.
Juan Iñigo Carrera

Ahora bien ¿qué lugar tiene la renta de la tierra en la TMD? Una de las
críticas más desarrolladas hacia esta teoría es aquella que sostiene que no
es posible caracterizar correctamente las formaciones sociales latinoame-
ricanas debido a una imposibilidad de concebir, en justa medida, el lugar
de la renta de la tierra (agraria y minera) en regiones de principal produc-
ción primaria. La afirmación, arriba referida de Iñigo Carrera, desarrolla:

La teoría marxista de la dependencia ni siquiera puede considerar la exis-


tencia de la renta. Para sostenerse sobre las apariencias invertidas de la
circulación como determinantes de las trabas específicas al desarrollo de
las fuerzas productiva propias de las economías latinoamericanas, necesita
ignorar la particularidad que realmente presenta el cambio internacional
de materias primas por productos industriales con referencia a dicha es-
pecificidad, a saber, el aflujo de renta diferencial y de simple monopolio
de la tierra hacia estas economías. Por eso, las obras fundantes de la teo-
ría omiten la cuestión por completo. El intento de subsumir en ella a la
determinación de la especificidad nacional latinoamericana caracterizada
a partir del aflujo y reflujo de la renta, sumando esta determinación a su
propio planteo originario del intercambio desigual, es pretender explicar
un mismo fenómeno sobre dos bases absolutamente irreconciliables entre
sí. Pretender incorporar a la teoría de la dependencia esa determinación
en sustitución del supuesto del intercambio desigual, es pretender con-
servar el nombre cuando el nuevo contenido mismo pone en evidencia la
vacuidad de ese nombre. (Iñigo Carrera, 2018, p. 47)

Recuperamos esta extensa cita para poder abordar cuáles serían las
limitaciones indicadas por este autor - de renombre en lo que respecta al

88
Ayelén Branca

estudio sobre la renta de la tierra en la región- quien entiende que la renta


es un determinante central de la formación social, en particular de Ar-
gentina (2007, 2017 y 2022). En un primer momento, Iñigo afirma que la
TMD parte de “apariencias invertidas de la circulación como determinan-
tes de las trabas específicas al desarrollo de las fuerzas productivas propias
de las economías latinoamericanas”. Esta crítica, identifica en las TMD
un punto de partida según el cual las relaciones en el mercado mundial a
priori determinan relaciones desiguales, en particular, por el tipo de bie-
nes intercambiados. Sobre este punto cabe destacar, por un lado, que la
perspectiva de las TMD, y en particular los aportes de Marini, superan las
perspectivas cepalinas (Prebisch,1986; Rodriguez, 1980), según la cual el
problema radica en el tipo de bienes y el deterioro de los precios del in-
tercambio, ya que integra en el análisis la explicación que Marx desarrolla
sobre la dinámica de la competencia capitalista en el comercio dentro de
una misma rama de producción y entre diferentes ramas2, lo extiende a
la dinámica de mercado mundial y distingue dos procesos. Por un lado,
al interior de una misma rama se da la formación de un valor mundial de
las mercancías. Por el otro, entre distintas ramas nos encontramos con la
redistribución del plusvalor socialmente producido.
Así mismo, como muestran estudios de envergadura como los de Bar-
tra (2016) y Osorio (2017a), es posible reconocer que en niveles de con-
cretización más bajos el deterioro en los precios del intercambio ha sido y,
en muchos casos es, una realidad:

Sea por diferencias productivas que implican intercambios de más horas


de trabajo por menos horas de trabajo o por transferencia de valor, el
capitalismo dependiente sufre importantes pérdidas. Estos dos procesos
se encuentran en la base del deterioro de los términos de intercambio, en
perjuicio de los precios de los productos exportados por las economías
dependientes. (Osorio, 2017a, p. 85)

En el caso de la agricultura [...] el establecimiento de la cuota media de


ganancia entraña la cesión de una parte de la plusvalía ahí obtenida a otras
ramas de composición orgánica superior, de tal modo que la transferencia
favorable de la que se beneficia la agricultura al imponerse en el precio un

2 En El Capital Marx relaciona la existencia de distintas ramas con la división


del trabajo al interior de una sociedad en las cuales se producen distintos tipos de
valores de uso (Marx, 2010a).

89
Teoría Marxista de la Dependencia y Teoría de la renta de la tierra
¿Relaciones (im)posibles?

costo falso es más o menos neutralizada por las transferencias desfavora-


bles que le impone la nivelación de la ganancia. (Bartra, 2006, p. 85)

Esta perspectiva confronta directamente con los estudios de Iñigo Ca-


rrera, que se puede entrever en lo sostenido en el texto referido, al afirmar
que la TMD “necesita ignorar la particularidad que realmente presenta el
cambio internacional de materias primas por productos industriales con
referencia a dicha especificidad, a saber, el aflujo de renta diferencial y de
simple monopolio de la tierra hacia estas economías” (Iñigo Carrera 2018,
p. 47). Es decir, desde la concepción del autor, al contrario de lo que sos-
tienen las TMD, hay una afluencia de valor en sentido inverso, desde los
centros a las periferias, desde los capitales industriales a los productores
de materias primas, debido a que las condiciones intensivas y extensivas
de producción dan lugar a la renta diferencial y, en definitiva, lo que él
concibe como la renta de simple monopolio de la tierra.
Iñigo Carrera reconstruye una teoría marxista de la renta (Libro III,
Vol. VIII del Capital) y define:
La renta propiamente capitalista de la tierra, y a ella nos vamos a re-
ferir aquí, es la forma social históricamente específica que emerge de esa
base material en tanto los condicionamientos particulares en cuestión son
objeto de apropiación privada en el modo de producción capitalista. Y la
forma de esa apropiación privada es la potestad de ejercer el monopolio
sobre la porción del suelo en que dicho condicionamientos opera (Iñigo
Carrera, 2022, p. 167)
Si en condiciones normales el precio de comercio se encuentra regido
por el precio de producción, en condiciones naturales diferenciales, se da
una mayor productividad que da lugar a una tasa de ganancia superior a
la general. Esta tasa de ganancia extraordinaria que se convierte en renta
para el terrateniente, debido al monopolio sobre condiciones naturales di-
ferenciales, es lo que se considera como renta diferencial I, definido como:
“efecto diferencial de los condicionamientos naturales no controlables
sobre la productividad del trabajo…las mismas determinaciones corres-
ponden al efecto que dichos condicionamientos pueden tener sobre la
duración de los procesos de producción” (Iñigo Carrera, 2017, p. 9). Esta
renta se debe al uso extensivo de la tierra en condiciones naturales favo-
rables. Por otro lado, se reconoce un segundo tipo de renta diferencial (II)
vinculado a la aplicación intensiva de capital en la tierra. En síntesis, tanto

90
Ayelén Branca

en lo que concierne a la renta de la tierra como a la formación de la tasa


de ganancia e intercambios en el mercado mundial el autor sostiene que:

La formación de la tasa general de ganancia se realiza a través de la com-


petencia entre los capitales por la ganancia extraordinaria originada por
la aplicación intensiva de porciones sucesivas de capital sobre la tierra
con una productividad del trabajo superior a la que determina al precio
comercial del producto. La ganancia extraordinaria pasa entonces a ser
embolsada como renta por parte del terrateniente. Se trata de una ren-
ta proveniente del ejercicio del monopolio sobre condiciones naturales
diferenciales y, por lo tanto, de una segunda forma de renta diferencial.
La primera proviene de la aplicación extensiva del capital sobre la tierra;
esta segunda, de la aplicación intensiva del capital sobre la misma tierra, o
renta diferencial II. (Iñigo Carrera, 2017, p. 18)

Por su parte, como sintetiza De paula (2020), Iñigo Carrera estable-


ce una diferenciación entre valor social (establecido en la producción, y
cuantitativamente indeterminado para los sectores productores de ren-
ta) y valor de mercado (determinación de la apropiación) que tiene con-
secuencias en la interpretación de los orígenes del plusvalor apropiado
como renta de la tierra. Así, busca demostrar la imposibilidad de una renta
absoluta de la tierra en el capitalismo contemporáneo y defender su posi-
ción de que la renta se define como un tipo de monopolio simple o renta de
simple monopolio (2017). Para esto, realiza un análisis sobre los costos tota-
les y los gastos salariales para la industria y la agricultura en Estados Uni-
dos (1925-2009) y Argentina (1925-2014), y sobre el mercado mundial del
petróleo y la producción de soja en Estados Unidos. Concluye, para todos
los casos, que la composición de capital en estos sectores generadores de
renta es mayor que la composición social media, y así, que la renta de la
tierra absoluta no tiene viabilidad en el capitalismo contemporáneo (Iñigo
Carrera, 2017).
Entonces, en el desarrollo histórico del capitalismo a escala global y la
configuración de regiones industrializadas y otras productoras de mercan-
cías portadoras de renta el autor identifica dos procesos de acumulación
diferentes en el marco de la unidad de la economía mundial. Esta perspec-
tiva se relaciona directamente con su crítica general respecto a la unidad
de análisis en las teorías del imperialismo y de la dependencia marxistas:

91
Teoría Marxista de la Dependencia y Teoría de la renta de la tierra
¿Relaciones (im)posibles?

El proceso mundial de acumulación del capital industrial no arranca his-


tóricamente tomando la forma concreta inmediata de tal. Por el contrario,
arranca como la confluencia de varios procesos nacionales de acumula-
ción que pugnan por desarrollarse sobre la base de abarcar dentro suyo
la producción de la generalidad de las mercancías que consumen. (Iñigo
Carrera, 2008, p. 452)

Iñigo insiste en que el punto de partida sobre la “forma particular del


proceso de acumulación capitalista” en los países latinoamericanos, y del
desenvolvimiento de la “ley del valor” en las particularidades de las esferas
nacionales de AL debe ser el papel de la apropiación y redistribución de la
renta de la tierra. Por su parte, debido a los condicionamientos naturales,
cada país sostiene, en sus ramas primarias locales, productividades del tra-
bajo muy superiores a las que determinan los respectivos precios norma-
les que rigen el mercado mundial. Esto último pondría en cuestión otro de
los presupuestos de las TMD: el hecho de que la composición orgánica del
capital es menor en las regiones dependientes. Sobre este punto, podemos
asumir una perspectiva histórica, si bien es cierto que el desarrollo en el
sector agropecuario y minero es central en el capitalismo contemporáneo
y los estudios empíricos de Iñigo sobre el caso de la agricultura en Estados
Unidos aportan datos relevantes en este sentido, no es un argumento su-
ficiente para negar las relaciones de dependencia, pues en distintos nive-
les de abstracción entran en juego, como vimos, diferentes relaciones de
transferencias de valor, ya sea en forma de capital dinerario, productivo o
financiero. El propio Iñigo admite que tanto en América Latina como en
algunas regiones de Asia y África (Iñigo Carrera, 2022, p. XII), donde la
producción primaria y minera tiene gran peso, la producción de mercancías
portadoras de renta se da por capitales extranjeros altamente concentrados.
Así mismo, ante la pregunta sobre quién se apropia, en todo caso, de la
riqueza que emerge de esa renta diferencial, los estudios de Iñigo demues-
tran que, para casos centrales como Argentina y Brasil, no hay una apro-
piación nacional:

Tanto la Argentina como el Brasil son economías nacionales que se han


caracterizado por contraer deudas públicas externas con capitales acree-
dores que provienen de los mismos países compradores de las mercancías
portadoras de la renta de la tierra. Estas deudas se contraen a tasas de
interés notablemente más altas que las que pagan los propios estados na-
cionales de los países originarios de los préstamos. El monto adeudado se

92
Ayelén Branca

va multiplicando, mientras los fondos recibidos se esfuman sin haberse


aplicado a expandir la capacidad productiva nacional, hasta parecer su-
perar toda posibilidad de pago. Sin embargo, justamente en momentos
de fuerte aflujo de la renta hacia las economías nacionales deudoras, sus
estados muestran disponer de una renovada capacidad de pago que les
permite cancelar las deudas acumuladas. (Iñigo Carrera, 2017, p. XIV)

Una vez más, Iñigo reconoce cierta condición de subordinación, de-


marcada no solo por transferencias de recursos debido a inversión directa,
sino también por endeudamientos, lo que desde la TMD se comprendería
como transferencias de valor en forma de capital que devenga interés. En
este sentido, se podría encontrar un punto de convergencia que tiene que
ver con transferencias que se dan desde regiones periféricas a centrales
debido a los procesos de inversión extranjera directa (capital productivo),
es decir, por endeudamientos (capital que devenga en interés). En este
punto se deja ver tanto en las TMD como en la perspectiva de Iñigo que
el problema no se reduce al tipo de bien producido, sino, en un grado de
mayor concreción con la propia historia regional, el modo en que se ha
desarrollado el mercado exportador de materias primas y el lugar central
que ha tenido la inversión extranjera directa. Sin embargo, Iñigo Carrera
niega la noción de transferencias de valor; punto de contraste con las TMD,
relevante para comprender las relaciones en las que se inscriben y condi-
cionan las formas sociales de AL:

Los problemas comienzan con lo que Íñigo Carrera llama “flujos interna-
cionales”, sin asumir que constituyen transferencias de valor ni intercam-
bio de valor. Señala Carrera que, en la división internacional del trabajo
[se establece] una relación específica entre un ámbito nacional donde se
concentra el capital industrial en general [economías desarrolladas], y
otro donde se concentra el capital agrario [economía argentina] que pone
en acción una productividad del trabajo que supera a la que determina
el precio de producción en el mercado mundial. (Osorio, 2017a, p. 139)

Renta de la tierra y dependencia en América Latina, relaciones posibles

Frente a las críticas de Iñigo Carrera encontramos aportes fundamentales


de autores inscritos en la perspectiva de la TMD como Jaime Osorio (2017
y 2020), ya referida, y la de Reinaldo Carcanholo (1982, 1984 y 2013).
Ambos sucesores de Marini que habilitan herramientas para considerar la
renta de la tierra en el capitalismo dependiente.

93
Teoría Marxista de la Dependencia y Teoría de la renta de la tierra
¿Relaciones (im)posibles?

Como presentamos en el primer apartado, uno de los aportes funda-


mentales de la perspectiva de la dependencia se relaciona con su abordaje
integral y desde la totalidad (Osorio 2016 y 2020) donde se conjugan dis-
tintos niveles de abstracción y dimensiones de análisis (Bambirra, 1977;
Carcanholo 2013). Desde categorías más abstractas y estructurales que
nos permiten una caracterización global, como la de capitalismo, emer-
ge la noción de capitalismo dependiente, en la que podemos reconocer
particularidades regionales sobre las que se pueden ir agregando estudios
más concretos donde caracterizar las especificidades de las distintas for-
maciones sociales. En este marco, la renta de la tierra se presenta como un
fenómeno a abordar en un grado menor de abstracción dentro del marco
general que guía el análisis: la ley del valor trabajo (Marx, 2009a).
En los trabajos de Carcanholo (1982; 1984; 2013) encontramos estu-
dios donde la cuestión de la renta de la tierra es analizada a partir del de-
sarrollo de la teoría del valor-trabajo (ley del valor) a nivel internacional
(en el mercado mundial) (De Paula, 2020). En primer lugar, en su Tesis
Doctoral (1982) titulada “La transferencia de valor y el desarrollo del ca-
pitalismo en Costa Rica” y dirigida por Ruy Mauro Marini, Carcanholo
analiza las condiciones de producción de café en Costa Rica en el período
de 1960-1975, las transferencias de la renta de la tierra en la producción
y apropiación del valor, y como afecta esto en la posibilidad de desarrollo
industrial del país en este contexto. En el texto de 1984 “Renda da terra:
uma concreção teórica necessária”, Carcanholo generaliza este análisis a
contextos similares y especifica la concepción teórica sobre la renta de
la tierra. Desde su perspectiva se reconoce la posibilidad de afluencias de
valor apropiadas en forma de renta debido a las condiciones diferenciales
de producción:

Algumas vezes, a elevada capacidade de produção de valor por parte do se-


tor agroexportador, que lhe permite ser fonte de transferência de riqueza
(ou “recursos”), é atribuída à elevada magnitude de renda diferencial que
é possível produzir nesse setor./ Acreditamos que um enfoque desse tipo
é bastante adequado e relevante, particularmente nos casos de países onde
a exportação de café teve ou tem importância, como Brasil, Colombia,
Costa Rica, El Salvador. Além da relevância de tal enfoque, é evidente sua
coerencia teórica, se levarmos em conta que a teoria da renda da terra não
é mais do que continuidade da teoria do valor. (Carcanholo, 1984, p. 108)

94
Ayelén Branca

Aquí, a diferencia de lo sostenido por Iñigo -según el cual no es posi-


ble que se de renta absoluta en el capitalismo contemporáneo-, la apro-
piación de una ganancia extraordinaria en forma de renta de la tierra se
puede dar por la diferencia entre los precios de mercados vigentes en el
mercado mundial y los precios de producción dentro del país analizado,
lo que lleva a definir el concepto de renta absoluta nacional de monopolio
(Carcanholo, 1984). Se presenta, entonces, el debate en torno al origen
del plusvalor apropiado en forma de renta. Como vimos, para Iñigo, este
origen se encuentra por fuera del sector productor de renta, mientras que
para Carcanholo ese valor puede haber sido producido también al interior
del mismo sector:

Isso significa que a renda diferencial pode ser, em parte, valor transferido
de outro capital da sociedade. Pode ocorrer, também, que seja, simples-
mente, parte do valor produzido no mesmo setor agrícola (isso ocorreria
se o preço de produção regulador de mercado fosse menor do que o valor
social). (1984, p. 113)

Carchanolo concluye que la renta como tal no es un valor totalmente


producido, ni tampoco apropiación, sino uno generado:

Acreditamos que é de fundamental importância a conclusão de que a ren-


da diferencial noa se define por sua apropriação, nem tampouco por sua
produção, pois não é produzida. A renda diferencial é, na verdade, uma
forma de valor produzido, em parte, em lugar indeterminado. Produz-se
o valor, mas a renda é gerada. (1984, p. 114)

Esta diferencia permite comprender que la capacidad de que en un


país agroexportador se genere renta diferencial, debido a las condiciones
particulares en el marco de la estructura productiva mundial, no significa
que tenga la capacidad de apropiación de esta renta (1984). Aquí entra en
juego la relación entre los precios de producción y de mercado. Cuan-
do el precio en el mercado mundial corresponde al precio de producción
regulador del mercado, es suficiente para una apropiación nacional y se
forma lo que Carcanholo llama renta absoluta de monopolio o renta absoluta
nacional de monopolio que, al contrario de la renta diferencial, se define por
su apropiación. Es decir, la renta absoluta de monopolio se define por la
diferencia entre el precio en el mercado mundial y el precio de producción

95
Teoría Marxista de la Dependencia y Teoría de la renta de la tierra
¿Relaciones (im)posibles?

en el mercado nacional cuando esa diferencia es apropiada por la actividad


productora de esa mercancía portadora de renta.
Por su parte, cuando una parte de la magnitud del valor de la renta ab-
soluta nacional de monopolio de gran magnitud es transferida por alguno
de estos mecanismos conscientes de políticas económicas a otros sectores
de la economía, y en particular a la industria, pasa a convertirse en sobre-
excedente agroexportador. En el caso de alcanzar una dimensión extraordi-
naria, podría tener relevancia para garantizar un verdadero sostenimiento
de desarrollo industrial en el país. En este sentido, la teorización de Car-
canholo no solo hace una contribución central para analizar la forma que
puede tomar la renta de la tierra en países dependientes, inscriptos en
el marco del mercado mundial, sino también para pensar las dinámicas
sociales y políticas internas que habilitaría la consecución de políticas eco-
nómicas que disputen la apropiación de la renta de la tierra por capitales
extranjeros o grandes terratenientes. Siempre atendiendo a las dinámicas
concretas que se dan dentro del mercado mundial y el sistema capitalista
heterogéneo.

Consideraciones finales

Frente a posiciones como las de Iñigo Carrera que niegan la posibilidad de


pensar en la dimensión de la renta de la tierra desde la TMD, encontramos
abordajes como los de Osorio y Carcanholo, que demuestran lo contrario.
Desde estas perspectivas la problemática de la renta asume dentro de las
relaciones capitalistas dependientes un grado más bajo de concreción, es
decir, se interpreta como una de las determinaciones del desarrollo de la
ley del valor trabajo en el marco del sistema mundial capitalista heterogé-
neo. De esta forma, es posible analizar distintas posibilidades de concre-
tización de la renta de la tierra con un marco general del desarrollo de la
teoría del valor en el mercado mundial. Esto se diferencia de la perspectiva
de Iñigo que, como vimos, toma como característica fundamental la adop-
ción de la categoría de la renta de la tierra como punto de partida del aná-
lisis de la particularidad de las regiones productoras de materias primas.
El punto de partida de este autor puede ser importante a fin de analizar las
determinaciones propias de nuestras regiones, pero no deja de presentar
limitaciones metodológicas en la medida que presupone que hay un úni-
co aspecto de la apropiación de plusvalor fundamental para caracterizar

96
Ayelén Branca

la forma de acumulación de las economías dependientes o “periféricas”.


Se obtura una perspectiva desde la totalidad que inscriba los fenómenos
locales en el proceso sistémico mundial al determinar dos formas de acu-
mulación (clásica y por renta), sin considerar previamente el movimiento
de la producción a escala mundial y los procesos que se dan en el sistema
mundial capitalista heterogéneo (De Paula, 2020). Aparece, de alguna for-
ma, una presuposición de formas nacionales diferenciadas con legalidades
propias. Una de las críticas que tantas veces se ha hecho a las TMD, res-
pecto de la noción de “Capitalismo sui generis”, parece alcanzar la mirada
de Iñigo.
Más allá de los debates teóricos respecto a las posibilidades de transferen-
cias de valor, de intercambio desigual y posibilidad de concebir correcta-
mente el lugar de la renta de las regiones dependientes que deja abierto un
campo a seguir profundizando, es interesante destacar los esfuerzos que
teóricos marxistas latinoamericanos llevan adelante a los fines de analizar
nuestra realidad social desde una perspectiva crítica y transformadora.

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¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales
en medio del conflicto socioambiental
Victoria Barri*

Imagen 1. “Trigo agroecológico”. Fuente: Barri (2020)

Introducción

L a agroecología es considerada un nuevo enfoque productivo, un nue-


vo campo de conocimientos que reúne, sintetiza y aplica saberes de
otras disciplinas, con una óptica holística y sistémica, a fin de generar y
validar estrategias adecuadas para el diseño y manejo de los agroecosiste-
mas (Sarandón, 2002). La agroecología suele aparecer en el discurso de
las organizaciones sociales, como una solución esperanzadora para resol-
ver los conflictos socioambientales en torno al uso de agroquímicos. Sin
embargo, esto no resulta una tarea sencilla. Se reconoce que transformar
sistemas convencionales a otros de base agroecológica requiere cambios
graduales en las formas de manejo y de gestión de los agroecosistemas

* Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades “María


Saleme de Burnichon” (CIFFyH), Universidad Nacional de Córdoba (UNC). Li-
cenciada en Ciencias Ambientales, Facultad de Agronomía de la Universidad de
Buenos Aires (FAUBA). Contacto: barri@[Link]

103
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

(Caporal, 2004). Para la comprensión de este proceso, conocido como


transición agroecológica, Gliessman, et al. (2019) identifica cinco nive-
les o etapas. El inicio de la transición agroecológica en sus primeros dos
niveles implica “reducir el consumo y uso de insumos costosos, escasos,
o ambientalmente nocivos” (nivel 1) y “sustituir prácticas e insumos con-
vencionales” (nivel 2). Por lo tanto, el uso de agroquímicos se presenta
como el principal factor de disputas y el primer aspecto a resolver para
transformar el enfoque de producción.
Algunxs autorxs sostienen que para abordar el enfoque de producción
agroecológico existen “escenarios” que implican un punto de inflexión
(Marasas et al. 2012) o “factores” que animan a lxs productorxs conven-
cionales a iniciar la transición (Gliessman, 2002). Por lo tanto, la posibili-
dad de inicio de una transición agroecológica así planteada depende de es-
cenarios que motivan la voluntad del productxr y su accionar. Entonces, si
consideramos que el inicio de una transición agroecológica depende de “la
voluntad” de lxs productorxs convencionales, quedan algunas cuestiones
sin develar: ¿Cuáles son los fenómenos que inciden en la manera que una
persona dedicada a la producción piensa y actúa? ¿Qué elementos inciden
en la persona a la hora de decidir si utilizar agroquímicos o no? ¿Cuáles
son sus historias, orígenes y trayectorias? ¿Cómo estas trayectorias con-
dicionan su capacidad de iniciarse en la agroecología? ¿Cómo influye el
escenario de conflicto socioambiental en el accionar de estos actores?
Desde las ciencias sociales autores como Bourdieu señalan que no hay
prácticas racionales en las personas que viven experiencias y trayectorias
distintas, sino que sus prácticas son “razonables”: se adecuan a las con-
diciones de sus propias historias de vida (Gutiérrez, 1997). Es decir, las
personas no se comportan voluntariamente de manera racional, sino que
actúan de la manera que han aprendido a vivir, a hacer y a reproducirse
socialmente dentro de las posibilidades de clase, género, generación, etnia
(entre otras) que la sociedad les permite transitar. Por su parte, Guber
(2004: p. 14) reconoce la existencia de un “universo de referencias com-
partido (...) [entre ciertos actores] que subyace y articula el conjunto de
prácticas, nociones y sentidos organizados por la interpretación y activi-
dad de los sujetos sociales”. Este universo es denominado por la autora
como “perspectiva del actor” y es el que determina la realidad social y cul-
turalmente posible.

104
Victoria Barri

Hasta aquí he explicitado el marco teórico que contiene y fundamenta


el objetivo general del trabajo que originó el presente artículo, el cual fue:
explorar los saberes, las representaciones y las prácticas de lxs productor-
xs convencionales,1 en relación a la posibilidad de prescindir del uso de
agroquímicos e iniciarse en una transición agroecológica en medio del
conflicto socioambiental de General Las Heras, provincia de Buenos Ai-
res, Argentina (Barri, 2020). En función de este horizonte se plantearon,
entre otros, los siguientes objetivos específicos: 1) Caracterizar a lxs pro-
ductorxs convencionales de General Las Heras; y 2) Relevar la perspectiva
de lxs productorxs convencionales sobre el uso de los agroquímicos y la
transición agroecológica en el partido.
Para ello, se utilizaron las entrevistas etnográficas o no directivas, el
análisis de publicaciones en los medios locales de comunicación, así como
también el análisis del trabajo de campo como observadora participante.
La observación participante fue un recurso importante de la presente in-
vestigación, ya que se abarcó desde diversos roles: primero, como habi-
tante del partido y desde el trabajo en Orgánicos Todo Manso, una expe-
riencia comunitaria de agricultura que significó un intercambio constante
de información, materiales, alimentos y semillas en el territorio; y luego,
mediante la colaboración en el colectivo de Vecinxs Autoconvocadxs, un
grupo reducido, fluctuante y heterogéneo, conformado por habitantes
de diferentes pueblos del partido, que ha tomado protagonismo en las
acciones colectivas de denuncia, debate y difusión en contra del uso de
agroquímicos en el partido de General Las Heras. Esta posición buscó ser
una forma de validación que permitiese alcanzar una construcción más
realista y completa del escenario de conflicto socioambiental.

1 A los fines del presente trabajo, nos referimos a aquellxs “productorxs conven-
cionales” que se dedican a la implantación de cultivos extensivos anuales adoptan-
do el modelo hegemónico actual de producción. Esto es, el modelo caracterizado
por el uso de la tecnología de siembra directa, semillas transgénicas e insumos
químicos, entre ellos, fertilizantes y agroquímicos de origen sintético.
En el resto del trabajo hablamos de “productores convencionales” por qué las per-
sonas entrevistadas y conocidas como productoras durante el trabajo de campo
son en su totalidad varones.

105
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

El conflicto socioambiental de General Las Heras y el trabajo de


campo

El partido de General Las Heras pertenece a la cuarta corona de la re-


gión metropolitana de Buenos Aires, se trata de un partido históricamen-
te agropecuario, predominantemente ganadero donde el conflicto por el
uso de agroquímicos solía reducirse a conflictos entre particulares. En el
año 2019, se reconoce como hito la fumigación con herbicida/as a pocos
metros de las viviendas habitadas y la escuela rural de la localidad de Ge-
neral Hornos. Este suceso fue denunciado por vecinxs y difundido en los
medios locales de comunicación, puesto qué implicaba una infracción de
la ordenanza municipal qué regula el uso de agroquímicos (Ordenanza
N°69/2010). La ordenanza aprobada en el año 2010 prohíbe el uso de es-
tos productos a menos de 2000 metros del ejido urbano y a menos de 200
metros de las escuelas rurales. Sin embargo, la misma no había sido publi-
cada en el boletín oficial, por lo tanto, no había sido difundida ni aplicada
en el territorio hasta la fecha.

Imagen 2. Ubicación del Partido de General


Las Heras, Buenos Aires, Argentina.

106
Victoria Barri

A partir de la inconformidad y la preocupación creciente por los ries-


gos para la salud de las aplicaciones de agroquímicos, en el año 2019, se
inicia la conformación del grupo de Vecinxs autoconvocadxs de General
Las Heras mencionado anteriormente. La acción a nivel local fue retro-
alimentada por conflictos en partido aledaños donde existen grupos de
sociabilidad y proximidad (Marcos Paz, Luján, General Rodríguez, Mer-
cedes) y en partidos donde la repercusión de las disputas han trascendi-
do la escala local (por ejemplo Pergamino, donde una pericia determinó
18 agroquímicos en el agua destinada a consumo humano implicando el
procesamiento de tres productores rurales por el delito de contaminación
del ambiente). En el mismo período, el poder legislativo municipal -re-
presentado por el Honorable Concejo Deliberante del partido- resuelve
abrir una comisión para tratar posibles modificaciones a las normativas
que regulan el uso de agroquímicos. Dicha comisión consta de un grupo
reducido de concejales quienes son designados para reunir información,
consultar a la población y tomar decisiones legales respecto a las ordenan-
zas. Esta decisión administrativa representó la apertura de un espacio de
debate, diálogo, intercambio y participación que es considerado “inédi-
to” entre los nacidxs y criadxs del territorio; y qué constituyó la principal
arena pública local, -esto es en otras palabras- el espacio de construcción
y expresión de los argumentos de los actores sociales involucrados en la
problemática (Merlinsky, 2013).
Por consiguiente, la observación-participante en las reuniones en co-
misión permitió reconocer el entramado social involucrado en el conflic-
to, caracterizar a los actores clave y significó otro espacio de interacción
con algunos de los productores entrevistados. Considero pertinente ex-
plicitar, en este caso, la calidad de las “entradas” o “formas de contacto”
que permitieron las entrevistas con los productores (Rockwell, 1987). En
la mayoría de los casos, accedí a las entrevistas a través de colegas, amigxs
y/o dueños de los campos arrendados; quienes influenciaron a los produc-
tores a aceptar la entrevista apelando a que el perfil de la entrevistadora,
en relación al conflicto, era bastante “neutro” y por lo tanto, daba lugar al
diálogo. La mayoría de los entrevistados tenían conocimiento sobre mi
trabajo como productora hortícola agroecológica y sobre la siembra de
trigo agroecológico de la cual había participado. Estos aspectos que hacían
al perfil de la entrevistadora, invitaron a reflexionar sobre la factibilidad
de un cambio de modelo productivo desde la “empatía”, desde una especie

107
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

de afinidad identitaria. Por lo tanto, a pesar de que la mayoría conocía mi


participación en la asamblea de Vecinxs Autoconvocadxs, esto no repre-
sentó una limitación a la hora de contar sus propias prácticas (e incluso
sus propias infracciones). Ya que, por estar interiorizada en los aspectos
que hacen a la agronomía no entré (por lo menos del todo) dentro de
esa otredad “fanática” que generó un conflicto “sin sentido”, según iden-
tificamos en el discurso de los productores y desarrollamos en el último
apartado. De todas formas, las entrevistas no fueron los únicos espacios de
encuentro con estos productores. Las reuniones en comisión del Concejo
Deliberante, los intercambios por las redes sociales, los encuentros casua-
les en la vía pública y otras situaciones puntuales, me permitieron dialogar
aún más con estos actores.
A partir del lo observado, se logró como resultado una aproximación a
los perfiles identitarios de los productores convencionales, y una descrip-
ción compleja de las condiciones objetivas y simbólicas que moldean la
manera de pensar y actuar de los productores en relación a la posibilidad
de prescindir del uso de agroquímicos e iniciar la transición agroecológica
en el partido de General Las Heras.

Los productores convencionales de General Las Heras

Una parte de los entrevistados coincide con el perfil identitario de empre-


sario rural. Siguiendo con el análisis de los rasgos materiales y simbólicos
que observaron Gras y Hernández (2009) en la región pampeana, encon-
tramos las siguientes similitudes: El rol del conocimiento está arraigado
en la ciencia y la profesión, los productores valoran y depositan su con-
fianza en el conocimiento científico y técnico difundido por instituciones,
tanto públicas como privadas;2 La tierra es considerada un recurso econó-
mico del cual hay que sacar provecho de forma eficiente: es un patrimonio
de potencial productivo. Los empresarios rurales acceden a este recurso a
través de la herencia familiar (por lo tanto, conlleva un valor simbólico);
y, por último, el vínculo entre la familia y la explotación pareciera limitar-

2 Las instituciones mencionadas en las entrevistas son: el Instituto Nacional de


Tecnología Agropecuaria (INTA), la Cámara de Sanidad Agropecuaria y Ferti-
lizantes (CASAFE), la Asociación Argentina de Productores en siembra Directa
(AAPRESID) y la Asociación Argentina de Consorcios Regionales de Experimen-
tación Agrícola (AACREA).

108
Victoria Barri

se a la gestión. Los productores considerados dentro de este perfil hacen


partícipe a la familia con una lógica empresarial. Cuando los familiares
participan de la producción, los roles se limitan a la gestión, delegando
funciones y reservando el trabajo a campo para personal asalariado. Esto
último guarda relación con los parámetros de managerialización que exige
la economía globalizada.
En cambio, aquellos productores que se alejan del perfil identitario
de empresario rural parecerían presentar rasgos aún más heterogéneos,
pero mostrando similitudes con los del perfil de chacarero desplazado
(Gras y Hernández, 2009). A partir de sus diversos orígenes y trayectorias
observamos las siguientes coincidencias: se reconocen a sí mismos como
pequeños productores y remarcan que la escala de producción en la cual
se involucran es pequeña (se refieren a extensiones del territorio de entre
100 y 300 hectáreas); para permanecer en la cadena productiva comple-
mentan la producción de granos con otras actividades económicas tales
como prestación de servicios de siembra o laboreo, producción de quesos,
reproducción de semillas, etc.; sus conocimientos se basan en los saberes
prácticos acumulados por su trayectoria y la de sus antepasados, tomando
parcialmente los conocimientos técnicos divulgados por las agronomías
y las instituciones del sector agropecuario. Se caracterizan por no poseer
estudios terciarios o universitarios, sin embargo, han realizado sus estu-
dios secundarios en escuelas agrotécnicas y la mano de obra empleada es
en su mayoría familiar. Reducen costos empleando su mano de obra: son
tanto administradores como empleados de sí mismos, realizan algunas ta-
reas junto con familiares y cuando emplean trabajadores son “como de la
familia”.
Los productores entrevistados, de ambos perfiles, también podrían
considerarse como una “generación testigo” (Gras y Hernández, 2009).
La mayoría de ellos conocieron (desde diversos orígenes y trayectorias) el
mundo de la agricultura familiar y el mundo del agronegocio, por lo tan-
to, pueden dar testimonio de las diferencias entre ambos e interpretar la
posibilidad de un nuevo cambio productivo desde esta experiencia social
compartida.
A continuación se presentan los resultados vinculados al segundo
objetivo de la investigación ordenados en dos apartados: La dimensión
objetiva del conflicto y la dimensión simbólica del conflicto. Dentro de
la dimensión objetiva del conflicto fueron contempladas aquellas condi-

109
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

ciones qué actúan como estructuras estructurantes y que interactúan de


forma “tangible” con la persona dedicada a la producción (lo social hecho
cosa). Allí se encuentran diferenciados cuatro “niveles de interacción” con
el conflicto: el contexto regulatorio sobre el uso de insumos en la produc-
ción, las condiciones económicas y los riesgos de la actividad, el lugar del
conocimiento y los procesos técnicos y por último, las políticas de gobier-
no y el fomento a la agroecología.
La elección de estas categorías analíticas, denominadas “niveles de in-
teracción”, ha sido en función de la redundancia de aparición y semejanza
entre los aspectos que aparecieron con mayor frecuencia en las entrevis-
tas etnográficas y en el trabajo de campo. Es decir, la clasificación de las
interacciones fue creada y definida en el presente trabajo según lo que se
interpretó como idea central de cada grupo de observaciones.
En cuanto a la dimensión simbólica, por su parte, refiere a los saberes
y las prácticas individuales, las representaciones, percepciones y connota-
ciones, que los productores le otorgan al conflicto, al uso de agroquími-
cos y a la posibilidad de proyectar una transición agroecológica (lo social
hecho cuerpo). Dentro de esta dimensión se distinguieron los siguientes
niveles de interacción: el de la imagen ante la comunidad local, el de cons-
trucción de una la otredad y el de las convicciones.
A los fines del presente trabajo, se entendieron por “saberes” al cúmulo
de conocimientos obtenidos por los productores a partir de su formación
profesional, su contexto laboral, y sus experiencias personales sobre el
uso de agroquímicos y la producción extensiva de alimentos. Referido a
las “prácticas”, se contemplaron aquellas acciones realizadas por los pro-
ductores para la producción de alimentos, vinculadas a la transformación
del enfoque productivo convencional o a la resolución del conflicto en
torno al uso de agroquímicos observadas. Y por último, se consideran
como “representaciones” a aquellas percepciones y connotaciones que los
productores le otorgan al conflicto, al uso de agroquímicos y a las posibi-
lidades de proyectar una transición agroecológica.
Cabe resaltar que la caracterización e identificación empírica de las re-
presentaciones, implica desde la óptica de Bourdieu, el reconocimiento de
un habitus que actúa como estructura estructurada y estructurante. Esto
significa que existen ciertos principios generadores y organizadores de las
representaciones, que conforman disposiciones duraderas y transferibles
que pueden ser agrupadas según la clase social (Bourdieu, 1991). La rela-

110
Victoria Barri

tiva homogeneidad de los habitus de clase que resulta de la homogeneidad


de sus condiciones de existencia es lo que hace que las prácticas puedan
estar objetivamente concordadas por fuera de todo cálculo estratégico y
de toda referencia consciente a una norma mutuamente ajustada (Gutié-
rrez, 1997).
Por su parte, Guber (1991) señala la existencia de un “universo de re-
ferencias compartido” qué incluye tanto las acciones como las connotacio-
nes y percepciones, puesto que, las prácticas de los sujetos presuponen los
marcos de significados constituidos en el proceso de la vida social. Es decir
que, la perspectiva del actor “no está subsumida exclusivamente en el pla-
no simbólico y en el nivel subjetivo de la acción”, sino que este concepto
“considera a la acción en su totalidad, es decir, considerando el significado
como parte de las relaciones sociales”. Por lo tanto ambos autores, tanto
Bourdieu (1980) como Guber (1991), señalan el carácter indisoluble de las
dimensiones objetiva y simbólica y esto último, a los fines de este trabajo
da cuenta de la importancia de estudiar la perspectiva de un grupo reduci-
do de actores, puesto que los hallazgos pueden ser extrapolados en parte,
para comprender a actores con las mismas condiciones de existencia.

La dimensión objetiva del conflicto

El contexto regulatorio sobre el uso de insumos en la producción

Cuando en el año 2019, emerge en el ámbito público el conflicto socioam-


biental en General Las Heras, sucede un cambio abrupto en el marco le-
gislativo que regula la actividad de lxs productorxs. La ordenanza de regu-
lación de agroquímicos, sancionada el año 2010, no había sido presentada
en el boletín oficial, ni difundida por los medios locales hasta ese entonces.
Las zonas de amortiguación o distancias de no aplicación de agroquímicos
que esta ordenanza dispone, son de las más altas entre los partidos de la
provincia de Buenos Aires: 2000 metros del ejido urbano. Sin embargo,
es sólo a partir de la visibilización del conflicto y las denuncias colectivas
realizadas por vecinxs, que la ordenanza preexistente se convierte en una
posible limitación para los productores.
A partir de los relatos de los entrevistados y la participación en las
reuniones en comisión del poder ejecutivo municipal, identifiqué un pro-
blema en torno a la definición de agroquímico que propone la reglamen-

111
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

tación.3 Esta implica una incoherencia en relación al proceso de transición


agroecológica, ya que no contempla los casos de sustitución de insumos, y
prohíbe incluso el uso de sustancias naturales y biológicas (como pueden
ser los biofertilizantes orgánicos, los preparados biodinámicos repelen-
tes o los inoculantes de microorganismos benéficos, entre otros). Existe,
además, un grado de desinformación en cuanto a las normativas por parte
de los productores. Sin embargo, esto resulta especialmente desfavorable
para las iniciativas de transición, cuando los responsables de los organis-
mos reguladores son quienes están desinformados, ya que no colaboran
con los propósitos de la reglamentación.

Yo fui al municipio [para que avisaran a la gente que iba a echar un ferti-
lizante orgánico] (…) pero hasta ellos tienen mal entendida la normativa.
No se puede hacer agricultura al lado del pueblo [me dijeron]. ¡No! ¿Cómo
no se puede? No se puede aplicar glifosato, 24D (…) (Entrevista a produc-
tor M., 2020)

Estos aspectos observados actúan como condición objetiva estructu-


rante modificando la capacidad de los productores de recrear estrategias y
prácticas productivas de forma gradual, y al mismo tiempo, estrechando
su posibilidad de accionar entre la disyuntiva binaria: continuar en infrac-
ción o dejar de producir.

Las condiciones económicas y los riesgos de la actividad

A partir de la década del 90, el nuevo modelo productivo del agronegocio,


trajo aparejado un cambio en las formas de pago de la renta de la tierra
(Manildo, 2013). El precio de arrendamiento está atado al valor en quin-
tales de soja y la duración de los contratos se caracteriza por ser de plazos
cortos, imposibilitando de esta forma la proyección de la producción a
largo plazo en un mismo lote. De esta forma se ve limitado el desarrollo de
otras actividades con rentabilidades inferiores, se reduce la diversificación
de la actividad y rara vez los productores tienen en cuenta los perjuicios
ambientales para el futuro.
Algunos productores encuentran injusta la distribución de los riesgos
de la producción y buscan formas alternativas de hacer contratos por la

3 Véase Definición 1o del Artículo 2o del Título I de la Ordenanza Municipal N°


69/2010.

112
Victoria Barri

renta de la tierra. Al mismo tiempo, ciertos dueños de los campos deciden


priorizar contratos donde se realicen rotaciones y se cuide la fertilidad
de su propiedad a largo plazo. De esta forma se consiguen acuerdos más
“justos” que amortiguan los intereses especulativos atados a los precios del
mercado de grano. Sin embargo, estas formas alternativas de contrato de
arrendamiento presentan complicaciones a la hora de plantear una tran-
sición agroecológica. Una de las estrategias recomendadas para comenzar
a realizar la transición es reemplazar insumos por procesos, disminuir los
costos de producción y el riesgo financiero asociado (Cerdá, 2014). De
esta manera, a pesar de que el cambio de enfoque productivo represente
una disminución en los rendimientos de los cultivos, los productores si-
guen percibiendo beneficios similares. No obstante, en el caso de aquellos
contratos de arrendamiento cuyo pago es a porcentaje de cosecha, esta es-
trategia puede representar una desmotivación para la persona dueña de la
tierra. Ya que, a menores rindes, menor el ingreso percibido. Por lo tanto,
queda en evidencia la importancia del rol de propietarix de la tierra como
sujeto implicado en el conflicto bajo estudio y la complejidad de entrama-
dos sociales de los que depende la transición agroecológica.
En este sentido, las observaciones de campo confirman lo que se ha
registrado en las entrevistas. Por ejemplo, es el caso de un productor ga-
nadero familiar quien tiene una pequeña chacra donde el crecimiento
demográfico ha avanzado de tal forma que ya no le permite pastar sus
vacas en las veredas, como solía hacerlo. En esta búsqueda de tierras para
alquilar, los precios que encuentra son inalcanzables. En una oportunidad
lo acompañé a caballo a hablar con vecinos de una de las localidades de
General Las Heras. Llegamos a un campo donde el dueño y su encarga-
do nos atendieron mientras juntaban leña al costado del alambrado. Hace
tres años consecutivos que el dueño alquila ese campo para la rotación
de trigo-soja. El dueño de este campo asegura que el productor ganadero
“no va a conseguir dónde alquilar” ya que “a los dueños del campo no les
conviene, saben que pueden sacar más plata de los que hacen agricultura”.
Por otra parte, los productores afirman qué tanto las eventualidades
meteorológicas como las condiciones económicas cambiantes, hacen de
la actividad agrícola, una inversión riesgosa que da poco lugar al error
humano. Los costos de insumos (semilla, combustible, pesticidas y fertili-
zantes), sumados a la inestabilidad de los precios de mercado del grano a

113
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

cosecha, las retenciones,4 las relaciones de cambio de la moneda y los im-


puestos fluctuantes definen a la agricultura de forma tal que cada tempo-
rada, cada ciclo productivo es una “apuesta”, una especie de “ruleta rusa”.

Yo para sembrar las 300 has que siembro más o menos tenés una inversión
de 40, 45 mil dólares ¿no? ¡Que enterrás! Yo le preguntaría a cualquiera de
ustedes si me dan 40 mil dólares para meterlo debajo de la tierra y a ver si
por ahí te saco el 10%, [pero] por ahí lo pierdo. ¿Te animás? ¿Cuantos se
animan? (Entrevista a productor M., 2020)

Todos los productores hicieron alusión a la importancia del aspecto


económico en contraposición con el conflicto socioambiental. Por lo tan-
to, la rentabilidad económica de la actividad parece ser uno de los elemen-
tos bisagra de la transición agroecológica en estos productores.
“Algo que no podés evitar es el lado económico. Te tiene que rendir
sí o sí. Si no te rinde no sirve (...)” (Entrevista a productor Ar., 2020).
La lógica con la que se encadena la economía en un sistema productivo
convencional no da lugar a la resignación de cultivos por proliferacio-
nes de insectos o malezas. Los costos de inversión son altos. Por lo tanto,
aceptar perder una cosecha por cuestiones que los productores podrían
controlar con los agroquímicos –cuya eficacia ya han probado por años–
no entra dentro de las posibilidades contempladas por ellos. Esta opción
es considerada únicamente en aquellos cultivos que se realizan de forma
experimental o cuando la persona dedicada a la producción ya no dispone
de capital para financiarlo (Craviotti, 2014). Es entonces, cuando toma
especial importancia el conocimiento de las técnicas alternativas y el con-
tacto con experiencias concretas en agroecología.

El lugar del conocimiento y los procesos técnicos

En líneas generales, podría considerarse que los productores cuentan con


escasos conocimientos y herramientas técnicas para realizar una con-
versión del sistema productivo. Dejar de usar agroquímicos implica en
4 Las “retenciones” o derechos de exportación son impuestos aduaneros que se
aplican en Argentina de forma masiva a los productos de origen agropecuario,
así como también a la agroindustria (Barsky, 2015). Sin embargo, estos recaen
sobre todo en el productor, ya que los demás integrantes de la cadena trasladan el
descuento realizado en el precio que pagan por la materia prima de origen agro-
pecuario.

114
Victoria Barri

la reflexión de los productores: suspender el uso del sistema de siembra


directa,5 y volver al sistema de labranza convencional anterior a los años
90. Esto último, según los saberes de los entrevistados, no es una opción
ecológicamente superadora, ya que implica: un aumento de las emisio-
nes de dióxido de carbono (debido a un mayor gasto en combustible), la
pérdida de la estructura del suelo, la pérdida del horizonte superficial por
erosión eólica y la destrucción del hábitat de algunas especies de la fauna
nativa. “Tenés que dejar el glifosato y volver a quemar gasoil (…) Es volver
30 años atrás” (Entrevista a productor Ar., 2020).
La producción extensiva sin agroquímicos para algunos de los pro-
ductores es inimaginable dentro del conocimiento de las técnicas y de las
condiciones económicas que el escenario actual dispone. Por un lado, esto
se debe a que, según los entrevistados, el aumento de la mano de obra que
representa un enfoque distinto de producción complicaría la actividad
tanto por temas económicos como por temas legales y/o logísticos. “Vos
calculá. Con el glifo trabajas menos. Fumigar: en un día haces 100 hectá-
reas, y para disquearlo6 te lleva 2 días o 3 según el equipo obviamente (…)
Y tenés que gastar más gasoil” (Entrevista a productor Ar., 2020)
Por otra parte, los productores destacan las complicaciones que con-
lleva aplicar los conceptos agroecológicos en un espacio sin ordenamiento
territorial y como emprendimientos aislados (con las externalidades nega-
tivas de la producción convencional como vecina). Los productores con-
sideran, por ejemplo, que el equilibrio entre especies consideradas plaga y
especies controladoras de estas últimas, solo puede lograrse en extensio-
nes amplias donde el hábitat no esté fraccionado. 7 “Yo voy a hacer ecolo-
gía acá ¿y pretendo que la vaquita de san Antonio sobreviva si el de al lado
me la está matando con insecticida?” (Entrevista a productor M., 2020).
5 La técnica de labranza del suelo con siembra directa es utilizada junto con la
práctica del barbecho químico, lo cual implica la utilización de herbicidas sinté-
ticos.
6 Práctica de labranza mecánica que ultiliza como herramienta la rastra de discos.
7 Cabe destacar al respecto, la existencia de ciertos trabajos que evidencian la rápi-
da recuperación de la biodiversidad y los servicios eco-sistémicos en producciones
de pequeña extensión con enfoques agroecológicos (Iermanó et al., 2015). Por
ejemplo, en el caso de las experiencias en los últimos 10 años del Módulo Agro-
ecológico de Barrow perteneciente al Instituto Nacional de Tecnología Agro-
pecuaria (INTA), se registró una mayor diversidad de especies (en términos de
riqueza y abundancia) en comparación con los módulos que llevaron un manejo
convencional.

115
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

En cuanto a la reducción de los insumos químicos utilizados, los pro-


ductores señalaron con énfasis sus conocimientos y criterios para llevar
a cabo aplicaciones seguras y en mínimas cantidades. Por ejemplo, uti-
lizando mayor cantidad de agua aumenta la efectividad de la aplicación,
permitiendo utilizar dosis más bajas que las recomendadas. Sin embargo,
ellos mismos destacaron que esta leve diferencia en la forma de aplicación
implica una inversión mayor en tiempo y combustible, por lo tanto, rara
vez es llevada a cabo por los productores a pesar del conocimiento adqui-
rido. “Vos llamas un mosquito y el tipo quiere hacerte el campo entero lo
más rápido posible (…). Porque si compró una herramienta, la tiene que
pagar” (Entrevista a productor Ar., 2020).
A partir de estos relatos, aparece un nuevo actor que no había sido
contemplado antes en el discurso de nuestros interlocutores: el contra-
tista.8 En nuestro universo de estudio, la mayoría de los productores
entrevistados no cuenta con mosquito fumigador. Por lo tanto, esta he-
rramienta –ya sea utilizada para fumigar con productos agroquímicos o
con productos contemplados por la agroecología– está en manos de otro
protagonista, cuyos orígenes y trayectorias, y cuyos saberes, prácticas y
representaciones que influyen sobre su accionar “razonable” también de-
berían ser considerados.
En contraposición a sus limitaciones percibidas, los productores re-
saltaron su empeño en reducir la utilización de agroquímicos. En algunos
casos incluso, consideran que sus prácticas son de alguna manera agro-
ecológicas por responder al objetivo de reducir el impacto ambiental de
la producción. “Ahora en el CREA también estamos haciendo estudios
para fumigar menos, (...) para hacer cultivos de cobertura. Entonces vos
te ahorras dos fumigadas” (Entrevista a productor I., 2020)
Desde el enfoque agroecológico, podría considerarse que estos pro-
ductores están en el nivel 1 de la transición agroecológica (Gliessman et
al., 2019), ya que están buscando incrementar la eficiencia de prácticas
convencionales para reducir el consumo y uso de insumos ambiental-
mente nocivos. Sin embargo, la reducción del uso de agroquímicos en la
8 Este se caracteriza por ser un tipo de empresario capitalista que invierte en ma-
quinaria y no en tierra (Intaschi y Hernández, 2009). Se trata en su mayoría de
productores arrendatarios o ex productores que se volcaron a esta profesión atraí-
dos por la gran demanda de trabajo que generaron los pools de siembra, entendi-
dos estos últimos como megaproductores “sin tierra” asociados a una forma jurídi-
ca de fondo común de inversión (Murmis citado en Intaschi y Hernández, 2009).

116
Victoria Barri

mayoría de estos productores no tiene como fin avanzar en los siguientes


niveles, por lo tanto, no está intencionado hacia una transición agroeco-
lógica. Solo dos de los productores entrevistados están comenzando a rea-
lizar los cambios que involucra el nivel 2 de la transición agroecológica
planteada por Gliessman et al. (2019), es decir, a sustituir prácticas e in-
sumos convencionales por prácticas alternativas sostenibles. Sin embar-
go, estas acciones se están llevando de forma experimental, en pequeñas
proporciones de la extensión de la cual son responsables los productores
entrevistados.

Agarré un lote de 10 has (...) la mitad lo hice con el foliar [biofertilizante


orgánico] y la otra mitad sin (...) No pagué ni el bidón. Lo que sí noté, es
que tuve un ataque de isoca y la parte que se fumigo [con el foliar] no tuvo
isoca. (Entrevista a productor M., 2020)

Lo poco que sé de agroecología es porque hace un año empezamos con los


chicos a hacer un lote de maíz orgánico [de 20 hectáreas]. Si me pregun-
tas: “¿hoy te darías vuelta un 100% solo? Y no, no puedo. Porque no sé. No
porque no quiera eh. (Entrevista a productor Ar., 2020)

A continuación, explicamos los aspectos que configuran esta situación


encontrada de forma repetitiva en los relatos, aquella en la que los produc-
tores “no saben cómo” convertir su sistema productivo. Un elemento ob-
servado muy importante a destacar es que el conocimiento agroecológico
al que tuvieron alcance la mayoría de los productores se expresa en forma
de conceptos teóricos, rara vez como experiencias prácticas y casi nunca
como técnicas recomendadas. La totalidad de los productores aseguraba
no tener contacto con productores agroecológicos. Esto pareciera “alejar”
al productor del enfoque agroecológico. “Lo que dice el tipo es bárbaro.
Pero yo prefiero escuchar al tipo que lo está haciendo con su bolsillo y
está viviendo de eso, ese si me sirve. Cerdá no”9 (Entrevista a productor
M., 2020).
Por otra parte, los productores están acostumbrados a elegir sus
prácticas en función de las recomendaciones de las instituciones históri-
camente reconocidas y de las tecnologías promocionadas por la agrono-

9 Eduardo Cerdá es el ingeniero agrónomo presidente de la Red Nacional de Mu-


nicipios y Comunidades que fomentan la Agroecología (RENAMA) y la actual au-
toridad a cargo de la nueva Dirección de Agroecología perteneciente al Ministerio
de Agricultura de la Nación.

117
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

mía.10 Más allá de que dichas recomendaciones y tecnologías sean puestas


en duda por parte de los productores, e incluso ligeramente modificadas y
adaptadas a sus criterios, se observó que “la base” de su conocimiento está
allí. En este sentido, algunos productores reconocen un sesgo en difusión
de prácticas agrícolas y en la formación académica que han recibido los in-
genieros agrónomos, es decir, aquellos que poseen y comparten “el saber
avalado”.11“¡Se crearon durante 20 años ingenieros agrónomos para este
sistema!”(Entrevista a productor M., 2020).
En líneas generales, a partir de los relatos y la observación, se puede
corroborar que los productores depositan su confianza en las prácticas
que son bien promocionadas, cuyas cualidades son resaltadas con énfasis
y cuya implementación consiste en reproducir una forma estipulada de
hacer agricultura: ya sea en forma de receta o de paquete tecnológico.

Yo creo que primero tendría que haber desde un organismo [técnico], por
ejemplo, el INTA, que diga: “el camino es por acá, ahora no podemos usar
más agroquímicos, pero podemos hacer maíz y soja con” pongámosle “tal
paquete tecnológico”. Pero el paquete tecnológico no existe hoy (…) Hoy
no tenés nada de eso. Te mandan a fundirte. ¿Por qué te van a cortar el
chorro sin tener un plan B? (Entrevista a productor E., 2020)

A modo de comparación, el marketing característico de las prácticas de


la agricultura convencional se hace ausente en el enfoque agroecológico.
Por el contrario, el enfoque agroecológico no propone recetas, ni paque-
tes tecnológicos. Por lo tanto, la inexistencia de estas al inverso que en la
agricultura convencional, desconcierta al productor y convierte a la pro-
puesta de transición agroecológica en algo demasiado complejo, incierto
o utópico. Esto implica un grado de desconfianza en los productores, un
recelo a experimentar que queda reflejado en las siguientes reflexiones:

10 Estas son una suerte de negocio de ramos generales para el sector agropecua-
rio donde se comercializan insumos agroquímicos, se recomiendan y asesoran las
cantidades y las formas de aplicación y frecuentemente se brindan charlas sobre
las nuevas tecnologías.
11 En relación a ello, Grosso y Albaladejo (2009) quienes estudiaron la desterri-
torialización de la profesión de ingeniero agrónomo, reconocen que con la emer-
gencia de la nueva agricultura los empleos de estos profesionales comenzaron a ser
cada vez más dependientes de un sector privado, el cual los moviliza hacia la venta
de agroinsumos o hacia un trabajo meramente técnico de fiscalización de cultivos
o de aplicación de procedimientos cual recetas.

118
Victoria Barri

¿Dónde voy a comprar vaquitas de san Antonio para 800 hectáreas? Es


buenísima la idea, pero la práctica no lo podés llevar a cabo (Entrevista a
productor I., 2020)
Tendría que dejar de hacer agricultura (…) ¿Cómo lo hago? Enséñenme
porque no sé (…) Qué me digan cómo y buenísimo. Tratamos de hacerlo.
Después yo agarro la calculadora (...) porque yo vivo de esto (Entrevista
a productor I., 2020)
Vos trae una herramienta, trae un cambio y una buena explicación. La
realidad es esa, por la plata baila el mono. No creo que la gente sea fa-
nática de los agroquímicos. Los usa como una herramienta porque es la
única que tenemos, ¿me entendés lo que te digo? (Entrevista a productor
S., 2020)

A partir de lo expuesto en las líneas anteriores, se comprende la es-


casa difusión, el limitado entendimiento y el bajo acceso a herramientas
prácticas, experiencias, asesoramiento y apoyo técnico con el que cuentan
los productores para concretar una transición agroecológica. Como la for-
mación de profesionales y el desarrollo de tecnologías dependen en gran
medida de los lineamientos de las instituciones públicas, observaremos
las condiciones objetivas con las que los productores interactúan en el
siguiente nivel de interacción analítico: el de las políticas de gobierno.

Las políticas de gobierno y el fomento a la agroecología

La regulación del Estado con fines recaudatorios se presenta como otra de


las condiciones estructurantes en el conflicto bajo estudio. Las políticas
públicas que regulan la actividad agrícola tienen influencia en el accionar
de los productores ya que, a través de restricciones y retenciones, modifi-
can las conveniencias económicas del sector. Esta influencia es reconocida
por los productores y justifica en cierta medida su accionar.

Yo creo que la regulación del Estado cuando solamente lo mira desde el


punto de vista recaudatorio (…) y no le importa si quemaste el suelo, que
es lo que pasó entre el 2004 y 2010. [Sino] cuando la soja valía 600 dóla-
res ¿Para qué se le pusieron retenciones al trigo y al maíz? ¿Y cerraron la
exportación ganadera? Toda soja era. ¿Por qué? (Entrevista a productor
M., 2020)

119
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

Las medidas de regulación del Estado históricamente han encauzado


a los productores a producir granos para la exportación, principalmente
aquellas especies cuyo valor de mercado sea el más alto y por lo tanto
generen mayor cantidad de divisas, es decir, una mayor recaudación para
el Estado Nacional. En este sentido, el Plan Estratégico Agroalimentario
Argentino tenía como meta el aumento en la superficie sembrada para
granos “de la mano de la siembra directa” en un 27% entre los años 2010-
2020. La expectativa era aumentar de 33 millones de hectáreas en el año
2010, a 42 millones de hectáreas en el año 2020, sin mencionar los efectos
en el ecosistema y las culturas locales.12
En cuanto a los riesgos de deriva durante la aplicación de agroquími-
cos las instituciones públicas, en conjunto con las organizaciones de pro-
ductores difunden y apelan a las “Buenas Prácticas Agrícolas”. Estas, esta-
blecen condiciones óptimas de velocidad y dirección del viento a la hora
de fumigar, recomiendan tecnologías apropiadas para regular el tamaño
de la gota asperjada (picos pulverizadores para la maquinaria) y reducir
la evaporación del producto (coadyuvantes y tensioactivos), entre otras.
Todas estas medidas reducen notablemente la magnitud de la deriva pri-
maria (al momento de la aplicación). Sin embargo, las “Buenas Prácticas
Agrícolas” difundidas son insuficientes para evitar la deriva secundaria y
la deriva terciaria (Tomasoni, 2013).13
Al respecto, los productores reconocen el rol del Estado como regu-
lador y responsable por los efectos de la agricultura en el medio ambiente
y resaltan la inviabilidad de una transición de enfoque productivo sin un
apoyo del Estado. Por lo tanto, según los productores este aspecto juega
un papel central en el conflicto ya que configura el escenario que hará
posible o no la transición agroecológica.

12 “En nuestra Patria ha nacido un nuevo capitalismo nacional que apuesta a pro-
ducir más y mejor, que incorpora valor agregado en origen, que adopta nuevas
tecnologías, y que, de la mano de la siembra directa, en este contexto, logró pa-
sar de 68 millones a más de 100 millones de toneladas de cereales y oleaginosas.”
(Prólogo Julián Andrés Domínguez, Ministro de Agricultura, Ganadería y Pesca
de la Nación, Plan Estratégico Agroalimentario y Agroindustrial, Participativo y
Federal 2010-2020.)
13 Estos fenómenos explican el motivo por el cual se han encontrado residuos de
plaguicidas en espacios urbanos, en el polvillo de las aspiradoras de hogares cerca-
nos a cultivos, en especies sensibles, en ambientes acuáticos y en el agua de lluvia
(Chang, 2018; Tomasoni, 2013; Alonso, 2018).

120
Victoria Barri

El empresario va a ganar plata, sino no sería empresario. ¿Por qué le piden


humanidad al que no es humano? El responsable es el Estado (…) Cuando
vos tenés un bidón de glifosato que en la etiqueta dice: “aprobado por el
SENASA, ¿Por qué me decís asesino si el Estado dice que estoy haciendo
bien? (Entrevista a productor M., 2020)

Y voy probando ecología por qué a mí me interesa. Pero el Estado no me


dice: “vos haces agroecología te liberas de impuestos” o “tal impuesto no
lo vas a pagar”. Bien, listo. Entonces me entusiasma algo. (Entrevista a
productor M., 2020)

Con lo expuesto hasta aquí, comprendemos la importancia de las con-


diciones objetivas que estructuran la realidad de los productores del parti-
do de General Las Heras. En el apartado siguiente profundizaremos sobre
la carga simbólica del caso, que interactúa de forma recíproca con estas
condiciones objetivas y moldea la realidad de nuestros interlocutores.

La dimensión simbólica del conflicto

La imagen ante la comunidad local

Se ha encontrado que la mayoría de los productores se sienten señalados o


difamados por sus propios vecinos. La reacción ante este juicio inesperado
por parte de la sociedad oscila entre la ira, la tristeza y la incomprensión.
Pero, todos comparten el sentimiento de injusticia que se ve reflejado en
alguna parte de su discurso. “Me dijeron que mi vieja tiene cáncer porque
yo ando con los venenos. No me merezco que me digan eso” (Entrevista
a productor M., 2020).
Los sentimientos de indignación se ven asociados a la pérdida del
prestigio social y la pérdida del reconocimiento en un pueblo donde to-
dxs se conocen. Los productores se sienten atacados injustamente, cuando
consideran que sus intenciones son buenas y las diferencias se podrían
haber solucionado de otras formas.

Hay un lote que un vecino hace 8 años me dijo: “haceme la gauchada y no


fumigues más acá”. Y no fumigué nunca más. Por una cuestión de palabra.
Tiramos los caballos, las vacas. Hoy es campo natural (… Ese lote es ina-
provechable. (Entrevista a productor A., 2020)

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¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

La dicotomía entre “el bien y el mal” que plantea el juicio moral sobre
el uso de agroquímicos se hace expresa en el discurso de los producto)res.
Algunos reconocen que usar agroquímicos “está mal” (porque es dañino
para el ambiente y las personas), pero son conscientes de las condiciones
objetivas estructurantes que los llevan a usar este insumo y, por lo tanto,
no sienten remordimiento por ello. Otros consideran que están actuan-
do desde “el bien” y que utilizar estos insumos no implica ningún daño
al prójimo o al ambiente. De todas formas, ambos consideran exagerado
que su accionar sea juzgado de “mal intencionado” o “perverso”. Esto se
evidencia en expresiones como: “No te estoy hablando que soy un santo.
Los insumos los utilizo” (Entrevista a productor Ar., 2020) y “No hay que
demonizar” (Nota de campo, Productor y Secretario de la sociedad Rural
de General las Heras, 2019).
Por último, las entrevistas nos permiten dar cuenta de la complicación
que representa la estigmatización del mosquito fumigador y la maquinaria
terrestre de fumigación para la transición agroecológica:

La sociedad creó un monstruo: “el mosquito” (Entrevista a productor S.,


2020)

Voy al municipio [y me dicen] ¿y cómo le vas a explicar a toda la gente


que vos lo que estás echando es un producto orgánico? Te van a putear.
Te van a tirar cascote. Estás fumigando. [Yo digo] ¡Pero no se prohibió el
uso del fumigador! ¡Se prohibió el uso de ciertos agroquímicos! Sí, pero
¿cómo les explicas? (Entrevista a productor M., 2020)

Tanto la mochila pulverizadora, el mosquito, como la fumigadora de


arrastre funcionan como herramientas que también son utilizadas en la
transición agroecológica; Principalmente en los niveles 1 y 2 de la transi-
ción, puesto que para concretar este proceso gradual de transformación se
contempla la aplicación de insumos más benignos tales como los prepara-
dos, los repelentes, los abonos, los caldos y los fermentos contemplados en
la agricultura orgánica, biodinámica, regenerativa o permacultural.
La construcción de una otredad
En la mayoría de los productores surge un sentimiento de rivalidad
con esa parte de la sociedad que considera inapropiadas las prácticas que
estos realizan. Este sentimiento construye “una otredad” incomprendida,
que es juzgada de exagerada y/o incoherente: los ecologistas o agroecoló-

122
Victoria Barri

gicos. Algunos productores consideran al surgimiento del conflicto y la


visibilización de este como una cuestión de “fanatismo”. La palabra “fa-
náticos” hace alusión a “un sin sentido”, a un accionar fundamentalista
por parte de lxs vecinxs que reclaman el no uso de agroquímicos. Esta
forma de percibir las acciones y los argumentos de aquellxs, se hace pre-
sente principalmente en el discurso de los productores identificados como
empresarios rurales. “Yo con fanáticos no quiero. Porque el fanático no
sirve. Yo no soy un fanático del glifosato, glifosato corazón” (Entrevista a
productor S., 2020).
La mayoría de los relatos coinciden en otorgar un grado de ignorancia
a la persona vecina que reclama por las fumigaciones, incluso a funciona-
rixs públicxs y entidades reguladoras. Especialmente los casos de produc-
tores que han sido denunciados expresaron indignación ante las acciones
o argumentos de estos sujetos. “¡Pero hay que tener fuentes!” (Entrevista
a productor S., 2020). “Hay una desinformación total. Todo es malo” (En-
trevista a productor I., 2020)
En algunos casos, se busca deslegitimar las acciones de protesta dando
cuenta de las variadas actividades contaminantes que se realizan alrede-
dor, o señalando los hábitos poco ambientalistas que llevan incluso aque-
llxs que exigen el no uso de agroquímicos y/o pregonan la agroecología.

¿Por qué no empezamos con otros temas?, ¿Por qué no miramos otras
cosas? Los trenes, por ejemplo. ¿Porque tenemos que andar con camiones
transportando las cosechas? Que es más contaminante y más peligroso.
(Entrevista a productor S., 2020)

Si vos medís el nivel de toxicidad de gente que tira Raid (...) Pongamos
todo en la balanza. (Entrevista a productor I., 2020)

En el caso de los productores que comenzaron a realizar experiencias


relacionadas a la transición agroecológica, quienes coinciden con un perfil
identitario semejante al de chacarero desplazado, se presentaron ciertas
diferencias. Ellos manifiestan reflexiones que evidencian la comprensión
de esta “otredad”. Por ejemplo, los productores reconocen que los aconte-
cimientos explican las reacciones y el accionar de lxs vecinxs, y hasta en-
cuentran enriquecedor el intercambio de perspectivas con esta otra parte.

123
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

Porque el tipo se cansó de que lo envenenaran. (…) Y, “si la vez anterior


me tapaste con veneno, y yo que sé que estás echando ahora”. Hago mea
culpa de la parte de los que estamos de este lado, no me saco el poncho.
(Entrevista a productor M., 2020)

Esa es la otra parte linda, mezclarte. No mezclarte, porque suena como


que antes había algo para pelear. Pero… te das cuenta que podés charlar
tranquilamente. Por ejemplo, a vos no te gusta el químico (...) pero vos no
me estas discriminando a mí porque sigo utilizando en parte agroquími-
cos. (Entrevista a productor Ar., 2020)

Aparentemente el sentimiento de empatía hacia “el que está del otro


lado” ha permitido una apertura al intercambio y, al mismo tiempo, una
diversificación de los vínculos que ha fortalecido las intenciones de los
productores de probar nuevas formas de producir. Es entonces que, los
productores consiguen correrse del paradigma de “fin del mundo”, aquel
en el que no hay nada para hacer con lo que sucede y en el que no tiene
ningún sentido un cambio de lógicas productiva, para posicionarse desde
un paradigma de nuevas posibilidades donde otra forma de hacer agricul-
tura “quizás” sea posible.

Las convicciones

La mayoría de los productores percibe a la toxicidad de los agroquímicos


como relativa. Según sus relatos, la toxicidad de estos productos está di-
rectamente relacionada con las dosis aplicadas y con las formas de aplica-
ción. Por lo tanto, los problemas relacionados al uso de agroquímicos se
podrían solucionar simplemente mediante el control de las “buenas prác-
ticas agrícolas”. Este aspecto se refleja en las siguientes afirmaciones: “¿Es
probablemente cancerígeno? Sí, como lo es el té y el azúcar” (Entrevista a
productor E., 2020).
Se ha observado que todos los productores reconocen la necesidad
de reducir paulatinamente el uso de agroquímicos. Ya sea por cuestiones
económicas y/o ambientales, están convencidos de que las aplicaciones
deben ser realizadas cada vez con menor frecuencia y en menores dosis.
En cambio, en cuanto a la posibilidad de prescindir totalmente del uso de
agroquímicos, algunos productores consideran que sería un desperdicio
de tecnología: “una pena”. No encuentran motivo suficiente para justificar

124
Victoria Barri

un cambio tan drástico y reconocen su falta de convicción para comenzar


una transición agroecológica.

¿Por qué vas a cortar algo que bien usado tiene un mínimo impacto
ambiental? (…) Creo que son herramientas que hay que seguir usando (…)
Si me preguntas, ¿qué me faltaría para dejar de usar agroquímicos? Prime-
ro que nada: la convicción. (Entrevista a productor E., 2020)

Gran parte de los productores señala que la demanda mundial de ali-


mentos es uno de los factores que justifica los medios. Es decir, encuentran
necesario usar la tecnología basada en el uso de agroquímicos para poder
producir más cantidad de alimentos, así sea en detrimento de la calidad.
Algunos productores, en cambio, encuentran motivación en repensar
su forma de hacer agricultura. Sin embargo, destacan que el entramado
de relaciones sociales implicadas en la producción y el escenario político
y económico complejo sobre el cual están posicionados, convierten a la
transición agroecológica en un gran desafío. Un desafío que solo podrá
ser realizado de forma paulatina en cuanto las reglas de juego cambien a
su favor.

La transición va a ser difícil y lenta. ¡Si no podemos ni limpiar el Riachuelo


hace 50 años!14 (Entrevista a productor M., 2020)

Por ejemplo, hoy yo lo veo más fácil salir a pedir 100 litros de [glifosato] a
pagar a cosecha que encontrar ese productor que tenga los kilos de semilla
que me hagan falta para sembrar soja orgánica. O maíz, o soja, o vicia o
trigo sarraceno. Y hay cultivos que yo no te sabría decir si funcionan en
este campo. ¿Y si no funciona? ¿Y si me va mal? Vuelvo todo para atrás.
(Entrevista a productor Ar., 2020)

Algunos de los productores reconocen que la dificultad del cambio


de enfoque productivo se asocia, además, a una especie de “resistencia al
cambio”. Para los productores cambiar implica una dificultad: lo nuevo se
14 El Riachuelo es el último tramo del curso principal de la cuenca Matanza-Ria-
chuelo, el cual presenta altos niveles de contaminación proveniente de desechos
industriales y cloacales. Este rio es considerado un ícono nacional de la injusticia
ambiental, puesto que a pesar de que en el año 2008 la Corte Suprema dictó una
sentencia histórica en la cual ordenó su saneamiento por parte del Estado Nacio-
nal, la provincia de Buenos Aires y el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos
Aires, esto aún es una deuda pendiente.

125
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

acompaña de incertidumbres y se aleja de la costumbre, de la rutina y de la


experiencia propia que generan seguridad. Al mismo tiempo, reconocen
que el aprendizaje en agricultura es un proceso lento, ya que los ciclos de
los cultivos son largos en relación con el ciclo de vida del agricultor. Por
todo ello es que “hacer experiencias” o “probar cosas nuevas” representa
un riesgoso desafío que no es tomado a la ligera. “Cada prueba te lleva un
año. Tengo casi 50. ¿Cuántos años más de agricultura me quedan? ¿20, 25
años? Son 25 pruebas” (Entrevista a productor M., 2020).
En relación a esto último, algunos de los productores demostraron ser
conscientes de que ya en los años 90 tuvieron que cambiar su forma de
producir para no “quedarse atrás”. Por lo tanto, reconocen que el cambio
de enfoque que está en discusión en la actualidad “tampoco es imposible”.
Esto indica que los elementos objetivos y simbólicos qué permitieron el
cambio de tecnología en los años 90, podrían ser considerados en el aná-
lisis de las representaciones en relación a la transición agroecológica. La
siguiente reflexión explica la similitud de los procesos:

Cuando salió el glifosato era difícil dejar el arado. Hoy la veo igual (…)
Cuando empezó lo de la siembra directa (…) Uno que quería adelantar se
tenía que sumar a esa parte nueva, por allá por los 90. También tenías el
que te decía que no iba a funcionar, tenías el que decía que las máquinas
no iban a poder entrar (…) hasta que se puso en práctica año tras año y
ahora cualquiera lo puede hacer. (Entrevista a productor Ar., 2020)

Esta observación también fue realizada por el ingeniero agrónomo


convocado por la Sociedad Rural de General Las Heras en una de las reu-
niones en comisión del Concejo Deliberante:

Yo soy especialista en siembra directa. Cuando se propuso que los produc-


tores hicieran siembra directa en vez de usar el manejo convencional de
arado de reja, costaba mucho que los productores se animaran. Los dos o
tres primeros años los rindes cambiaban, era muy difícil de convencerlos
de que iban a recuperar (…) Nosotros lo primero que tenemos que hacer
es cambiar la cabeza (…). (Nota de campo, Ingeniero agrónomo del INTA
convocado por la Sociedad Rural de General Las Heras, 2019)

La totalidad de los productores entrevistados coincide en afirmar con


seguridad que si se resuelve la cuestión económica podría ser factible dejar
de utilizar agroquímicos definitivamente. Por lo tanto, si el escenario y

126
Victoria Barri

las condiciones estructurantes favorecieran económicamente al produc-


tor que no utilizara agroquímicos, esto podría traccionar un cambio en la
producción. “A todos nos van a convencer por el bolsillo (…) Una forma
de convicción es la económica” (Entrevista a productor E., 2020).
En síntesis, los productores ven una posibilidad de transición si esta
fuera respaldada o incentivada por un plus en el beneficio económico per-
cibido. De hecho, según el experto en siembra directa, este aspecto fue lo
que permitió el cambio de tecnología en los años 90. Quienes continuaban
utilizando la labranza convencional con arado, recién incorporaron dicha
tecnología cuando los costos disminuyeron notablemente:

La siembra directa se pudo instalar cuando Monsanto [ahora BA-


YER-Monsanto] perdió la patente del Glifosato entonces China empezó
a producir el principio activo (…) Los precios bajaron, por lo tanto, el
costo de la tecnología bajó. Así fue como los productores entraron en la
rueda (Nota de campo, Ingeniero agrónomo del INTA convocado por la
Sociedad Rural de General Las Heras, 2019)

En este sentido, es pertinente resaltar lo que Manildo (2013) ha seña-


lado en sus estudios sobre las transformaciones del agro-pampeano. Para
los años 90, la búsqueda de adaptación y adopción de las nuevas tecno-
logías de los productores, hizo relucir los intentos de permanencia en el
mundo de la agricultura. Sin embargo, el resultado de los esfuerzos no
solo dependió de los umbrales de viabilidad que determinó ese escenario
específico, sino que también dependió de los recursos disponibles y estra-
tegias de cada agente:

Las nuevas condiciones estructurantes replantean los umbrales de viabili-


dad –dimensión objetiva de los procesos– sin embargo, los sujetos no son
meros agentes pasivos frente a ellos, de modo que, en el intento de perma-
nencia, pondrán en acto estrategias diferentes en función de los recursos
de los que disponen –dimensión agente–. (Manildo, 2013)

Conclusiones

Lo explorado en los apartados anteriores nos permite identificar que la


transición agroecológica se representa como: una opción inviable, un de-
safío trabajoso y/o una oportunidad para permanecer en el sector, según

127
¿Agroecología como “plan B”?
La perspectiva de los productores convencionales en medio del conflicto socioambiental

las individualidades de cada productor. Se representa como una opción


inviable en aquellos productores identificados como empresarios rurales,
cuya prioridad está en obtener los mayores rendimientos posibles, maxi-
mizar los beneficios, simplificar su sistema y sostener su escala de pro-
ducción. Para los productores cuyo perfil se asemeja más al de productor
familiar capitalizado y al de chacarero desplazado, la transición agroeco-
lógica significa un desafío trabajoso. A pesar de ello están considerando
aceptar este desafío, puesto que la tecnología actual es una dificultad que
amenaza con volver a desplazarlos (ya sea por endeudamientos o limita-
ción en el acceso a la tierra). Por último, particularmente en el caso del
productor entrevistado que no posee tierras propias y realiza su produc-
ción en tierras arrendadas a porcentaje de cosecha, la transición repre-
senta una oportunidad, un nicho de producción. Ya que, según su propia
reflexión, si aprende a hacer agroecología, podría competir como arren-
dador de aquellas tierras que queden dentro de las zonas de amortiguación
exigidas en la ordenanza.
Según identificamos en las entrevistas, quienes fueron reconocidos
como semejantes al perfil de chacarero desplazado, se encuentran en un
proceso de revisión de su enfoque productivo que fue facilitado por la
interacción con esa “otredad” reconocida, por estar en juego su imagen
ante la sociedad, por replantearse las convicciones propias y por encon-
trar un “camino de salida” al sistema que amenaza con desplazarlos aún
más (mediante el endeudamiento y la incapacidad de acceder a la tierra).
Por lo tanto, la carga simbólica del conflicto interactuó de forma recíproca
con las condiciones objetivas y moldeó parcialmente la realidad de estos
productores.
Por consiguiente, el conflicto socioambiental es considerado un dis-
parador de la reconstrucción de los saberes, las prácticas y las represen-
taciones de los productores convencionales, en cuanto la carga simbólica
y la oportunidad objetiva de dicha situación los invita a reflexionar sobre
las coherencias de su accionar y a tomar decisiones al respecto. De todas
formas, la habilitación o no de la transición agroecológica a partir del
conflicto socioambiental dependerá de cada productxr en particular, en
cuanto sus orígenes y trayectorias y su universo de referencia configura-
rán una forma distinta de diálogo interno entre lo simbólico y lo objetivo,
y, por lo tanto, diversas “posturas razonables”.

128
Victoria Barri

Agradecimientos

A los productores que se animaron a expresarse, al colectivo de Vecinxs


Autoconvocadxs de General Las Heras, a Juan, a Nela y a mis compañerxs
de vuelta al campo los Todo Manso.

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¿Agroecología como “plan B”?
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Reseña del trabajo final titulado
“La horticultura en el Cinturón Verde de Córdoba.
Una etnografía sobre prácticas y trayectorias
productivas en el periurbano cordobés”,
de Andrés Quiroga

Marcia de Mendoza Quaranta *


Marianela Scavino Treber‡

L a etnografía, principal herramienta de la antropología, busca com-


prender procesos complejos desde la perspectiva de los sujetos invo-
lucrados, siendo una de sus principales riquezas el acceso a la dimensión
subjetiva de estos procesos sociales. Andrés Quiroga se propone en su
trabajo final de Licenciatura en Antropología analizar las prácticas y tra-
yectorias de lxs productorxs hortícolas del cinturón verde de la Ciudad de
Córdoba (CVC), entendiendo a las trayectorias como “una herramienta
para encontrar recorridos comunes y divergencias entre sujetos en un
determinado contexto histórico” (Quiroga, 2022:8). Así, a través de este
enfoque, el autor analiza distintos tipos de trayectorias: las de productorxs
que continuaron en la producción hortícola, las de aquellxs que debieron
abandonarla y las de lxs nuevxs productorxs que lograron insertarse o
reinsertarse en la actividad a través de la agroecología. Su trabajo de cam-
po consistió en la participación de instancias estatales de encuentro con
productorxs promovidas por la Secretaría de Agricultura Familiar (SAF)
y por el Observatorio de Agricultura Urbana, Periurbana y Agroecología
del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (O-AUPA, INTA).
Esto le permitió establecer vínculos con algunxs de ellxs y luego realizar

* Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades “María


Saleme de Burnichon” (CIFFyH). Estudiantes de la Licenciatura en Antropo-
logía, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba
(UNC). Mail: marciademendoza4@gmail.

Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Humanidades “María
Saleme de Burnichon” (CIFFyH). Estudiantes de la Licenciatura en Antropo-
logía, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba
(UNC). Mail: [Link]@[Link]

133
Reseña del trabajo final titulado “La horticultura en el Cinturón Verde de Córdoba. Una etnografía
sobre prácticas y trayectorias productivas en el periurbano cordobés”, de Andrés Quiroga

entrevistas en profundidad. Así, pudo acercarse a los espacios familiares y


a la cotidianidad productiva, buscando acceder a las significaciones de los
sujetos sobre las transformaciones del espacio periurbano. En paralelo,
su participación en el equipo de investigación (FFyH-UNC) que realiza
la presente publicación le permitió entrar en contacto con estudiantes de
diferentes disciplinas y temas de estudio, procurando construir una visión
colectiva sobre las transformaciones ocurridas en la producción agrope-
cuaria en Argentina en los últimos 20 años.
A lo largo de su trabajo, Quiroga nos hace partícipes del proceso de
construcción del objeto de estudio, compartiendo sus prenociones, inte-
reses iniciales y sus virajes a medida que avanza su experiencia de campo,
dejando claro que no se trata de un proceso acabado sino de una cons-
trucción que resulta de la articulación entre la lectura, la escritura y el
trabajo de campo. Al respecto, Quiroga describe cómo las relaciones que
fue construyendo en el territorio le permitieron abrir nuevas preguntas.
En este sentido, su interés por comprender las transformaciones en la
producción agropecuaria comienza a gestarse en un contexto de grandes
debates públicos en torno al conflicto agrario de 2008 debido a la resolu-
ción 125, la cual pretendía establecer retenciones móviles a los principales
cultivos de exportación, así como al surgimiento de conflictos socioam-
bientales por la aplicación de agroquímicos cerca de zonas residenciales.
Su primera aproximación se dio en el marco de una reunión de produc-
torxs del CVC organizada por el INTA y dirigida por lxs técnicxs de esta
agencia. A través de estas instancias pudo familiarizarse con las principa-
les problemáticas que afectan a lxs productorxs periurbanxs, tales como:
la escasez de agua, la expansión de la mancha urbana y la transmisión
intergeneracional de la producción. A su vez, durante estos encuentros,
Quiroga comienza a notar que algunxs productorxs lo vinculaban con la
agroecología y asumían que era un universitario que concurría a los en-
cuentros con intereses puramente académicos, llevándolo a reflexionar
sobre su lugar como antropólogo en ese espacio.
Por otro lado, los intercambios con lxs productorxs pusieron en evi-
dencia las tensiones entre dos lógicas productivas: las Buenas Prácticas
Agrícolas (BPA) y la Agroecología. Desde la SAF y el INTA se fomenta
la agroecología, definida como un conjunto de prácticas productivas que
proponen reducir al máximo el uso de insumos químicos. En su dimen-
sión social, incluye mejoras en la calidad de vida, producción de alimentos

134
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

sanos, y comercialización directa mediante la creación de redes de pro-


ductorxs. Así, la agroecología se posiciona como un modelo productivo
alternativo al agronegocio. Sin embargo, Quiroga sostiene que es impor-
tante reconocer que las instituciones no son homogéneas, sino que en su
interior coexisten intereses contrapuestos. Por ello, advierte que la agro-
ecología no constituye una política integral por parte del INTA, sino más
bien una perspectiva difundida sólo por algunos de sus programas. Por
su parte, las BPA son motorizadas por el Ministerio de Agricultura de la
Provincia de Córdoba, y consisten en manuales y recomendaciones pro-
movidas por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación
y la Agricultura (FAO) para un buen uso de los agroquímicos. La aplicación
de las BPA es obligatoria según la Ley Provincial 10.663 e indispensable
para la comercialización en el Mercado de Abasto. De esta manera, dichas
instancias nos permiten ver en acción las prácticas estatales que mediante
sus regulaciones pretenden moldear a los sujetos y promover determina-
das prácticas en detrimento de otras.
Además de esas dos lógicas productivas, una de las principales referen-
cias estatales en el imaginario de lxs productorxs es el Mercado de Abas-
to, único lugar autorizado para la venta mayorista de frutas y verduras.
Allí confluyen diferentes agencias estatales: encontramos la cooperativa
formada por lxs operadorxs permanentes del mercado, MERCOOP, que
maneja las naves donde venden grandes comercializadorxs y acopiador-
xs; y asociaciones de productorxs como APRODUCO que administra la
playa donde lxs quinterxs venden su propia producción y dicta los cursos
obligatorios sobre BPA. Por otro lado, el Servicio Nacional de Sanidad
Agroalimentaria (SENASA) es el encargado de realizar controles broma-
tológicos y de nivel de agroquímicos en los productos.
La centralidad que ocupa el Mercado en el análisis de Quiroga no es
casual, sino que se corresponde con el lugar que le asignan lxs productorxs
en su cotidianidad. La trayectoria de Adela, una de las productoras entre-
vistadas por el autor, da cuenta de la importancia que tiene la comerciali-
zación al estructurar la producción. Por un lado, determina la variedad de
cultivos a producir, y con ello la división de tareas entre familiares, quie-
nes complementan sus producciones en pos de abastecer su puesto en el
mercado. Así, vemos que la forma de funcionamiento de la quinta de Ade-
la está intrínsecamente relacionada con la composición de su familia. Por
otro lado, el acceso a la comercialización directa depende de la inversión

135
Reseña del trabajo final titulado “La horticultura en el Cinturón Verde de Córdoba. Una etnografía
sobre prácticas y trayectorias productivas en el periurbano cordobés”, de Andrés Quiroga

en capital cultural: en el caso de Adela, su paso por la educación formal le


permite hacer las cuentas y los trámites necesarios para acceder al Mercado
(Quiroga, 2022:40). Es este capital, aprendido fuera de la quinta, el que le
permite adaptarse a los cambios en las condiciones productivas hortícolas
e incluso mejorar su posición social. En el caso de Adrián, la siguiente tra-
yectoria reconstruida por el autor, la importancia de la educación radica
en la posibilidad de salir de la producción y del sacrificio que esta implica.
Para él, mediante la educación sus nietxs podrán abandonar la producción
e insertarse en el mercado laboral de la ciudad sin perder su status social.
En el relato de Adrián, Quiroga advierte la diferenciación social y pro-
ductiva ocurrida en las últimas décadas en el CVC debido a la concen-
tración de la producción. Esto guarda relación con la especialización en
hortalizas pesadas (papa, zanahoria y batata) en productorxs que poseen
más de 50 ha y tienen la posibilidad de invertir en maquinaria e insumos
necesarios para que la actividad sea rentable. Otras de las transformacio-
nes ocurridas en el CVC están ligadas a los nuevos barrios cercanos, como
la contaminación de los canales y la falta de agua para el riego y las limita-
ciones para fumigar cerca de las áreas residenciales.
Mediante el análisis de estas dos trayectorias de continuidad, Quiroga
pretende reconstruir algunas de las características de la producción fami-
liar del CVC en la actualidad. En ambas aparecen las acciones del estado a
través de sus regulaciones, por ejemplo, mediante la exigencia de contra-
tos de alquiler y de las escrituras de propiedad de las tierras para acceder
al Mercado. Además, analiza cómo la valorización de la tierra afecta de
forma diferencial a los distintos sectores del periurbano cordobés hacien-
do que las experiencias particulares varíen. Conforme a esto, observa que
mientras al este de la ciudad los precios de los terrenos bajan, al sur se
elevan debido a la instalación de urbanizaciones cerradas y usos industria-
les, siendo las explotaciones paperas las más rentables y predominantes
para este sector. Otro aspecto a destacar es la correspondencia entre el
ciclo doméstico y el ciclo productivo, permitiendo la división de tareas y
la especialización productiva entre los distintos miembros de la familia.
En este contexto también cobra relevancia la mediería, un tipo de rela-
ción económica muy difundida en la horticultura argentina basada en la
asociación entre un patrón -que aporta la tierra y la maquinaria- y un me-
diero -que aporta la fuerza de trabajo-, en la que el pago es proporcional a
la producción. Con todo esto, el autor encuentra en estas trayectorias de

136
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

continuidad características propias de la producción familiar en donde la


organización familiar del trabajo y la inversión en capital cultural cum-
plen una función central en la producción.
Habiendo descrito las trayectorias de continuidad, el autor pasa a ana-
lizar las trayectorias de lxs productorxs desplazadxs de la producción. La
categoría de “desplazados” es recuperada de Manildo (2013) para referir-
se a aquellos sujetos que discontinuaron su actividad productiva, lo que
también implicó dislocamientos identitarios y formación de nuevas sub-
jetividades. Dicho esto, resulta novedoso el abordaje de estos procesos de
desplazamiento en el espacio periurbano, considerando sus especificida-
des sociales y productivas en el marco de las transformaciones del modelo
productivo en las últimas décadas.
La trayectoria de Hector, ex quintero de Chacra de la Merced, refleja la
disminución de las unidades productivas en esta zona por el avance urba-
no y la instalación de canteras, beneficiadas por su suelo arenoso que an-
teriormente favorecía a la producción hortícola. Sumado a eso, la incor-
poración de familias productoras bolivianas al CVC hizo que sea imposible
competir con ellas, ya que ofrecían mano de obra barata (Quiroga, 2022:63).
A raíz de lo mencionado, la totalidad de los quinteros de la zona optaron
por mudarse o cambiar de actividad –en el caso de Hector, comenzando a
trabajar en una fábrica–.
En Colonia Tirolesa fueron otros los factores que provocaron el des-
plazamiento de lxs productorxs hortícolas. Quiroga considera que el he-
cho de ser un pueblo hace que se produzcan subjetividades diferentes a
las de otros contextos periurbanos, ligándose la historia familiar con la
historia comunitaria. Jorge, otro de los productores entrevistados, destaca
en su relato la crisis de los ’70 que llevó a la venta de su quinta familiar y
al cambio de rubro, dedicándose a partir de entonces a la fábrica de ma-
quinarias para ladrillos. Sumadas a la disminución del volumen de agua en
el Canal Maestro Norte, las políticas económicas (como la circular 1050,
promulgada por Martinez de Hoz durante la última dictadura militar)
tornaron impagables los créditos hipotecarios y la venta de las tierras se
volvió inevitable. Con esto inició una transformación que culminó en los
2000 con la desaparición casi total de los pequeños productores, entre los que
se encontraba Jorge.
En la misma localidad, el autor recupera otra trayectoria de desplaza-
miento que lo obliga a replantearse sus preguntas e intereses. Este es el

137
Reseña del trabajo final titulado “La horticultura en el Cinturón Verde de Córdoba. Una etnografía
sobre prácticas y trayectorias productivas en el periurbano cordobés”, de Andrés Quiroga

caso de Severio, a quien, tras el abandono de la producción, la agroecolo-


gía le permitió reincorporarse a la actividad, enlazando la experiencia del
desplazamiento con la adopción de una nueva forma productiva. Severio
trabajó desde niño en la producción familiar, hasta que una intoxicación
con agroquímicos le impidió participar por unos años, dejando marcas
en su cuerpo que le recuerdan los perjuicios de la producción conven-
cional. Luego de su reincorporación, la producción de su familia creció
hasta los ‘90, momento en el que el endeudamiento y la baja del precio de
las verduras llevó a la quiebra de la explotación. Quiroga, haciendo uso
de las virtudes de la etnografía, registra los cambios en la gestualidad, en
la corporalidad y en el discurso de su interlocutor al relatar su desplaza-
miento, marcas que le permiten entender el significado traumático de esa
experiencia (Manildo, 2013). Sin embargo, Severio continuó trabajando
en la verdura y, marcado por la experiencia de intoxicación, eligió producir
de otro modo mediante la agroecología en una tierra cedida. En el análisis
de su discurso, Quiroga identifica cómo opera la tradición selectiva (Wi-
lliams, 2000) al recuperar saberes y formas de producir de sus abuelos.
Además, considera cómo el cuerpo y su brazo hipertrofiado a causa de
la intoxicación operan como marca de autoridad discursiva y, al mismo
tiempo, materialización de los riesgos de la producción convencional. Así,
“los movimientos discursivos mediante los cuales Severio explica su ads-
cripción a la agroecología demuestran los diferentes usos de la identidad,
de la tradición y las apropiaciones que habilita” (Quiroga 2022:72).
Cabe destacar que tanto en el relato de Jorge como en el de Severio
se encuentran referencias al proceso de diferenciación social derivado de
la transformación de la actividad agropecuaria en Colonia Tirolesa. Lxs
productorxs que continuaron en la producción agrícola se especializaron
en los cereales, llegando a poseer miles de hectáreas en otras provincias.
A partir de este cambio productivo emergieron nuevas identidades, con
nuevos modos de consumo e intereses. En este sentido, Quiroga analiza
los marcadores de clase que aparecen en el discurso de los “desplazados”
y que son utilizados para establecer distancia moral para con sus coterrá-
nexs, quienes cambiaron junto con el nuevo modelo de producción.
Así, mediante la reconstrucción de estas trayectorias Quiroga se detie-
ne a analizar los diferentes modos en que fue vivido el desplazamiento de
la producción en el espacio periurbano. Algunxs, como Héctor de Chacra
de la Merced, terminaron insertándose en otros mercados laborales de-

138
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

bido al drástico cambio en el uso del suelo, proceso que fue vivido como
inevitable, aunque manteniéndose presente la ligazón afectiva con la tie-
rra. En Colonia Tirolesa, en cambio, el desplazamiento de la producción
fue similar a lo ocurrido en los pueblos sojeros en donde se delimitaron
“ganadores” y “perdedores” (Gras y Hernández, 2009). En este sentido,
la pérdida de la tierra y del status de productor es asimilado como una
responsabilidad individual, aunque en el caso de Severio, este encontró
en la agroecología un anclaje para sostenerse en la producción hortícola
haciendo uso de los saberes heredados de su familia.
El trabajo etnográfico le permitió al autor establecer contacto con otr-
xs productorxs que, como Severio, trabajan en la producción hortícola
agroecológica. Así, indaga sobre estos nuevxs productorxs que, utilizan-
do capitales acumulados a partir de otras experiencias, se incorporan a la
actividad agropecuaria. Quiroga reconstruye las trayectorias de Luciano
y Manuel, jóvenes que comparten ciertos conocimientos técnicos sobre
la agroecología: Luciano es un ingeniero agrónomo que fue trabajador
de la SAF y, antes de su despido en 2018, se dedicaba a asesorar a pro-
ductorxs hortícolas en la transición hacia la agroecología; mientras que
Manuel estudió durante tres años en la carrera de agronomía en Córdo-
ba. A Luciano su trabajo le permitió construir redes sociales que fueron
fundamentales para insertarse años después como productor hortícola en
Colonia Tirolesa. Al momento de las entrevistas, producía en ¾ de hec-
tárea, dentro un terreno de 6 ha. que le pertenece a la familia de Manuel,
quien también produce allí. Junto con ellos, en el mismo espacio, produce
el movimiento de agricultores urbanos. Manuel, luego de abandonar sus
estudios universitarios, decidió mudarse a Colonia Tirolesa para dedicar-
se a la producción hortícola. Al margen de sus conocimientos técnicos
sobre la agroecología, reconoce que la experiencia y saberes que le han
transmitido lxs productorxs de la zona han sido fundamentales. En este
sentido, Quiroga identifica que, si bien se trata de dos lógicas productivas
diferentes, existen algunas similitudes entre la producción agroecológica
y la convencional. Por ejemplo, Manuel también utiliza guano de gallina
como fertilizante y realiza remoción de tierra –algo que, aunque no es
aconsejado por los postulados de la agroecología, realiza debido a la de-
gradación del suelo–. Además, suelen venderse sus productos entre sí para
garantizar una oferta variada en la instancia de comercialización, como
lo hace la familia de Adela. Por otro lado, Quiroga identifica que existen

139
Reseña del trabajo final titulado “La horticultura en el Cinturón Verde de Córdoba. Una etnografía
sobre prácticas y trayectorias productivas en el periurbano cordobés”, de Andrés Quiroga

preocupaciones comunes a todos lxs productorxs hortícolas como la falta


de agua para riego, la dificultad en el acceso a tierra y el tiempo excesivo
que deben dedicarle a la comercialización.
Sin embargo, en el ámbito productivo encontramos variaciones entre
las diferentes lógicas de producción. Lxs productorxs agroecológicxs op-
tan por cultivar mayor diversificación de especies en espacios más reduci-
dos. En relación a las técnicas es donde se hallan algunas de las diferencias
más profundas, ya que la agroecología propone evitar el uso de insumos
químicos. Por ello, Luciano y Manuel optan por eliminar las malezas de
modo manual, práctica que implica mayor tiempo de trabajo y esfuerzo
físico. Esto, a su vez, configura un modo particular de organizar el trabajo
entre productorxs, que “varía entre lo individual y lo colectivo” (Quiro-
ga, 2022: 83), habilitando la producción conjunta y la complementación
de productos para la venta. Además, el autor describe algunas estrategias
con las cuales lxs productorxs procuran agregar valor, por ejemplo, me-
diante la producción de conservas, así como la cría de animales para au-
toconsumo. Finalmente, Quiroga menciona que la agroecología no solo
implica una transformación de la producción, sino que también propone
otro modo de comercialización, a través de circuitos más cortos que esta-
blezcan vínculos directos entre productorxs y consumidorxs. Cabe desta-
car que, en el caso de lxs productorxs agroecológicxs, Quiroga retoma a
Williams (2000) para advertir que la apropiación selectiva de la tradición
permite darle sentido al camino productivo emprendido por estos sujetos
(Quiroga 2022:82), y la producción agroecológica se encuentra como ca-
mino posible en tanto se construye sobre una historia familiar ligada a la
producción.
En resumen, la importancia de identificar, describir y analizar las
estrategias desplegadas por los sujetos radica en que ellas nos permiten
comprender cómo las transformaciones del periurbano se incorporan en
la cotidianidad de estos sujetos (Bourdieu, 2007), considerando las parti-
cularidades que adquieren en sus diferentes regiones. Al respecto, el autor
destaca que en el CVC sur la especialización en hortaliza pesada da lugar
a nuevos sujetos productivos, con capacidad de inversión en maquinaria
y una mayor escala de producción. Por el contrario, en la zona de Chacra
de la Merced el avance de proyectos mineros de extracción de áridos llevó
a la desaparición de la horticultura. Por último, Colonia Tirolesa presenta

140
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

las dinámicas propias de pueblo rural en donde la transformación de los


lazos comunitarios cobra centralidad.
Por otro lado, a partir del trabajo de campo el autor pudo distinguir
diversas modalidades de intervención estatal que imponen distintas lógi-
cas regulatorias relacionadas a las BPA y a la agroecología. Esta observa-
ción lo lleva a reflexionar sobre cómo esas lógicas de regulación estatal
buscan construir cierto tipo de productor, dando un puntapié para futuras
investigaciones.
Finalmente, recapitula sobre cómo lxs productorxs periurbanos del
CVC constituyen un sujeto productor particular. En ellos, la movilidad
es una marca común y está presente en todas las trayectorias analizadas,
aspecto que relaciona con los cambios constantes que atraviesan los te-
rritorios periurbanos, pero también con el peso de la población migrante
en la producción hortícola a lo largo de la historia. Además, cabe resaltar
la centralidad que la comercialización y el Mercado de Abasto tienen en
la vida cotidiana de las familias productoras, tanto como lugar para crear
lazos de confianza con clientes, como también para ver en acción a las
instituciones reguladoras. Por último, hablar de lxs productorxs periur-
banxs nos remite necesariamente a aquellxs que fueron desplazadxs de la
producción agropecuaria. Para eso, el análisis de las trayectorias de des-
plazamiento desde la perspectiva de Manildo (2013) permite superar la
dimensión económica para advertir el desanclaje identitario. En este sen-
tido, la trayectoria de Severio es central en el trabajo de Quiroga, ya que
pone en manifiesto la posibilidad de reinserción en la actividad a través de
la agroecología, una forma productiva que trae consigo la emergencia de
nuevos sujetos productivos y, por lo tanto, reconfigura las relaciones en
el espacio productivo hortícola. En palabras del autor: “en estas tensiones,
en las que influyen factores como el avance del capital inmobiliario, la
producción agrícola extensiva, y actores sociales como los productores
agroecológicos, los técnicos estatales y los nuevos pobladores, se define el
futuro de estos territorios productivos” (Quiroga, 2022:88).

Referencias bibliográficas

Bourdieu, P. (2007). El sentido práctico. Buenos Aires: Siglo XXI editores.

141
Reseña del trabajo final titulado “La horticultura en el Cinturón Verde de Córdoba. Una etnografía
sobre prácticas y trayectorias productivas en el periurbano cordobés”, de Andrés Quiroga

Gras, C. y Hernández, V. (2009). Reconfiguraciones sociales frente a las


transformaciones de los 90: desplazados, chacareros y empresa-
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dez, V. (coord.), La Argentina rural: de la agricultura familiar a los
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en las transformaciones recientes de la producción familiar pampeana.
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Quiroga, A. (2022). La horticultura en el Cinturón Verde de Córdoba. Una


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cordobés. Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Na-
cional de Córdoba. Córdoba, Argentina.

Williams, R. (2000). Marxismo y literatura. Barcelona: Ediciones Penín-


sula.

Imagen 1. “Sin título”. Fuente: Lipari (2019)

142
Reseña del trabajo final de grado
“Las estrategias de reproducción social de los
productores familiares en la zona sur de la ciudad
de Córdoba, en el marco de las transformaciones
del espacio periurbano durante el período 1990-
2015”, de Renata Lipari

Marcia de Mendoza Quaranta


Marianela Scavino Treber

Imagen 1. “Sin título”. Fuente: Lipari (2019)

R enata Lipari es geógrafa egresada de la Facultad de Filosofía y Hu-


manidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Durante su for-
mación de grado fue delimitando su interés por los espacios periurbanos.
Un seminario de grado la acercó a las discusiones sobre estos espacios y
la producción agroecológica, lo que la llevó a participar de la Cooperati-
va San Carlos, dedicada a la producción hortícola agroecológica. Desde
este espacio comenzó a delimitar su proyecto de trabajo final. En el año
2016, tras haber cursado la materia Etnografía en Contextos Rurales de
la Licenciatura en Antropología, se incorporó al equipo de investigación
dirigido por docentes de esta cátedra. Allí siguió indagando y problema-
tizando acerca de las transformaciones estructurales del espacio periur-

143
Reseña del trabajo final de grado “Las estrategias de reproducción social de los productores
familiares en la zona sur de la ciudad de Córdoba, en el marco de las transformaciones del espacio
periurbano durante el período 1990-2015”, de Renata Lipari

bano ocurridas desde 1990 hasta 2015, preguntándose por las dinámicas
y formas específicas que adquieren las prácticas culturales de los sujetos
que habitan en contextos rurales. En particular, Lipari hizo foco en lxs
productorxs familiares del espacio periurbano de la Ciudad de Córdoba y
en sus estrategias de reproducción social, en un contexto de transforma-
ciones socio-territoriales referidas a la expansión de la mancha urbana de
Córdoba y la expansión de la frontera agropecuaria. Para comprenderlas,
se posiciona desde el marco del “Constructivismo estructuralista” de Pierre
Bourdieu, que le permitirá identificar y caracterizar a los agentes sociales
considerando sus capitales y su capacidad de influir sobre la configuración
del espacio, así como la intervención del Estado en sus diferentes niveles.
Su ingreso a campo estuvo marcado por la invitación a participar de un
relevamiento de emprendimientos productivos en el cinturón hortícola
de la ciudad de Córdoba coordinado por el Observatorio de Agricultura
Urbana, Periurbana y Agroecología (O-AUPA) perteneciente al Instituto
Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).
En su trabajo, considerando las reconfiguraciones productivas de los
años 90 y su efecto en la dinámica del espacio, Lipari analiza cómo se
transforman los usos del suelo y, con ello, la producción hortícola del
cinturón verde y las trayectorias de sus productorxs. Su recorte espacial
comprende un cuadrante de la zona sur de la ciudad de Córdoba, limitado
por el anillo de circunvalación, los corredores de Av. Ciudad de Valpa-
raíso (camino San Antonio) al oeste, y el Camino 60 cuadras que abarca
una superficie de 1.226 hectáreas. En esta zona la autora identifica tramas
y tensiones en relación a diversos usos del suelo: aquellos vinculados a la
producción hortícola y extensiva; también a usos residenciales (tanto de
barrios cerrados como de programas estatales de vivienda, viviendas par-
ticulares y tomas de tierra); a instalaciones de industrias de escala mediana
y pequeña; así como a servicios sociales como escuelas y centros de salud.

144
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

Imagen 2. Imagen satelital. Área de estudio: zona sur de la


ciudad de Córdoba. Fuente: Lipari (2019)

En el capítulo uno, la autora describe el marco teórico-metodológico


desde el cual se posiciona. La perspectiva de la geografía crítica rural es un
abordaje que destaca las interrelaciones entre los procesos sociales y las

145
Reseña del trabajo final de grado “Las estrategias de reproducción social de los productores
familiares en la zona sur de la ciudad de Córdoba, en el marco de las transformaciones del espacio
periurbano durante el período 1990-2015”, de Renata Lipari

formas espaciales atendiendo a cómo los agentes disputan la apropiación y


el uso del espacio. En esta clave considera a las unidades domésticas como
unidad de análisis, en tanto las define como sujetos de las estrategias de
reproducción social y agentes claves en las transformaciones del espacio
periurbano. Este énfasis en los agentes sociales y la perspectiva de los su-
jetos contrasta con otros estudios del espacio periurbano de Córdoba que
suelen centrarse en la expansión de la mancha urbana dejando de lado las
consecuencias socio-territoriales sobre las trayectorias de lxs productorxs
del cinturón verde. Para este análisis utilizó tanto métodos cualitativos
como cuantitativos, sirviéndose de la observación participante y las en-
trevistas semi estructuradas, así como de estadísticas y encuestas cerradas,
que fueron técnicas utilizadas en el marco del relevamiento de O-AUPA.
Por otro lado, analizó fuentes secundarias (notas de medios gráficos, in-
formes, etc.) y documentos, como las ordenanzas sobre el uso del suelo.
Luego, Lipari nos introduce a los debates en torno al concepto de es-
pacio periurbano. Surgido tras la acelerada urbanización de las ciudades
latinoamericanas a partir de la década de los años 70, este concepto busca
superar la clásica dicotomía urbano-rural para analizar los procesos socia-
les, reconstruyendo las complejas tramas de espacios y agentes. Retoman-
do los aportes de Coppi (2002), la autora propone pensar en términos de
proceso de periurbanización, en el cual intervienen diferentes agentes en la
disputa por los usos del suelo dentro de contextos históricos que están en
constante transformación. En el caso de la Ciudad de Córdoba, el espacio
periurbano se encuentra dentro de la región metropolitana y se extiende
hacia otras localidades. En este se encuentra el cinturón verde con sus
quintas y huertas familiares y comerciales, en donde se producen las hor-
talizas que abastecen a la población urbana. Es allí donde Lipari observa
un proceso de constante achicamiento de estos espacios productivos.
Sobre el final del primer capítulo, la autora describe la situación actual
de lxs trabajadorxs del cinturón hortícola. Recupera la legislación laboral
aplicada en los años noventa que establece el registro de lxs trabajadorxs
rurales en un contexto de flexibilidad laboral. Sigue a García y González
(2015) y sugiere que en los territorios periurbanos de argentina la mano
de obra va a configurarse con base en esta flexibilización, la cual implica
precarización e incremento de la vulnerabilidad social (informalidad, ex-
plotación y bajos salarios).

146
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

En el segundo capítulo se caracterizan, por un lado, los procesos de ur-


banización y disputas por la apropiación y el uso del espacio periurbano; y
por otro, la expansión de la frontera agropecuaria, ambos procesos ligados
a la valorización capitalista. En torno al proceso de urbanización se recu-
peran los aportes de David Harvey (2007) para analizar las transformacio-
nes de las ciudades capitalistas, las cuales comienzan a adquirir, desde las
décadas de 1970 y 1980, una perspectiva empresarial respecto al desarrollo
económico. En este marco, la autora realiza una historización del lugar
que ocuparon los grupos desarrollistas en la transformación de la Ciudad
de Córdoba durante las últimas décadas y las alianzas que establecieron
con el Estado municipal y provincial. En este sentido, destaca la interven-
ción estatal en la regulación y control del uso del suelo, tanto a través de
las políticas públicas ligadas a la vivienda de sectores populares, como por
medio de convenios urbanísticos con los grupos empresariales basados en
la excepción a las normativas vigentes. Así se construyen urbanizaciones
residenciales especiales o barrios cerrados, que incorporan el suelo rural a la
mancha urbana. Con el auge del desarrollo inmobiliario se produce el au-
mento de los precios del suelo y vivienda, dificultando el acceso a la tierra
para sectores populares. Paralelamente, el estado provincial lleva adelante
políticas habitacionales que actúan también como políticas de seguridad
mediante la estigmatización de las clases populares y relocalización de
asentamientos precarios en las zonas periféricas, proceso que enmascara
una segregación territorial. Como ya se ha mencionado, Lipari analiza
estos procesos siguiendo los aportes de Harvey (2007), quien enfatiza la
estrecha relación existente entre el urbanismo y el capitalismo: mediante
la urbanización, el mercado inmobiliario absorbe el excedente de capital
y se establece una relación empresarial entre el sector público y privado.
En este proceso de reconfiguración del espacio periurbano, signado
por alianzas del sector público y privado de la Ciudad de Córdoba, y por
procesos de segregación social, Lipari investiga cómo es afectada la pro-
ducción hortícola. En este sentido, señala las nuevas relaciones laborales
que se establecen con lxs habitantes de los barrios populares, quienes rea-
lizan trabajos temporales en la producción, y las problemáticas que deri-
van de la cercanía entre los espacios productivos y residenciales, como
por ejemplo, los robos en la producción y la contaminación de los canales
de riego.

147
Reseña del trabajo final de grado “Las estrategias de reproducción social de los productores
familiares en la zona sur de la ciudad de Córdoba, en el marco de las transformaciones del espacio
periurbano durante el período 1990-2015”, de Renata Lipari

En la segunda parte del capítulo dos, la expansión de la frontera agro-


pecuaria es analizada desde la óptica del proceso de acumulación por despo-
sesión descrito por David Harvey, pensando el caso de estudio a partir de
la desposesión de la tierra productiva debido al agronegocio y el proceso
de sojización. Para esto, la autora historiza el proceso de sojización en
Argentina, destacando la adopción de un nuevo paquete tecnológico de-
pendiente de insumos externos y problematiza su impacto en los cintu-
rones hortícolas. A través de los relatos extraídos de entrevistas, describe
cómo lxs productorxs hortícolas extensivos (dedicadxs principalmente a
cultivar papa y zanahoria) se ven obligadxs a combinar sus cultivos con
oleaginosas –principalmente soja– utilizadas para el “pago a cosecha” de
los nuevos insumos requeridos. A su vez, se explica que la incorporación
de estos últimos no solo afectó el rendimiento en la producción (por los
gastos que implica) sino que trajo aparejadas nuevas problemáticas debi-
do a la ley provincial de productos químicos o biológicos de uso agrope-
cuario (N° 9164) sancionada en 2005, que limita las pulverizaciones cerca
de áreas residenciales. En el marco de estas nuevas dificultades, la autora
pudo identificar que muchxs productorxs eligieron relocalizarse para po-
der continuar con la producción hortícola.
En el capítulo tres, la autora se dedica a caracterizar las trayectorias de
lxs productorxs familiares y sus estrategias de reproducción social desde la
perspectiva teórica de Bourdieu. Desde este abordaje se propone analizar
las posiciones de lxs productorxs en el espacio social periurbano conside-
rado la relación dialéctica entre las estructuras sociales externas e interna-
lizadas. A través del trabajo de campo, reconstruye las diversas trayecto-
rias migrantes de lxs productorxs, entendiendo el concepto de trayectoria
como “una serie de posiciones sucesivamente ocupadas por un mismo
agente (o un mismo grupo) en un espacio en sí mismo en movimiento y
sometido a incesantes transformaciones” (Bourdieu, 2011, p. 127). Lipari
identifica dos trayectorias asociadas a dos movimientos migratorios. La
primera, ocurrida a finales del siglo XIX y principios del XX constituida
por migrantes provenientes de Europa, principalmente de Italia y Espa-
ña. A estxs migrantes el Estado les facilitó tierras productivas cercanas
a la Ciudad, dando origen a las “quintas de los gringos”, las cuales fueron
estimuladas por las nuevas infraestructuras de transporte y el crecimiento
poblacional. Si bien en sus orígenes se trataba de una producción diver-
sificada, para la década de 1990 comenzó a adoptarse una especialización

148
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

productiva que continúa hasta la actualidad basada en la producción de


hortalizas pesadas en combinación con oleaginosas. También fueron in-
corporando, desde 1980, mano de obra migrante proveniente de Bolivia,
a quienes luego les fueron arrendadas y vendidas sus tierras. La segunda
trayectoria que caracteriza Lipari se corresponde entonces con este se-
gundo movimiento migratorio, en el que lxs quinterxs europexs “hijos de
los gringos” fueron reemplazados por los “quinteros bolivianos”.
La caracterización de las trayectorias migrantes son el punto de par-
tida de la autora para identificar y describir las diferentes estrategias de
reproducción social que llevan adelante los sujetos, es decir, “el conjunto
de prácticas mediante las cuales los agentes intentan conservar o aumen-
tar su patrimonio y mantener o mejorar su posición en las estructuras de
relaciones de clase” (Bourdieu, 1988, p. 122). A través de su trabajo de
campo, identifica tres estrategias de lxs pequeñxs y medianxs productorxs:
las estrategias sucesorias, las de inversión económica y las de acumulación
de capital social y redes sociales.
En torno a la primera, distingue estrategias sucesorias en relación a
la propiedad de la tierra, dificultadas por la informalidad en la titularidad
(lo cual también limita su venta), y estrategias sucesorias ligadas a tran-
sición generacional en la actividad hortícola, limitada por una población
envejecida y la ausencia de hijos varones, que serían los indicados, según
lxs productorxs, para continuar con la producción. Las estrategias de in-
versión económica son aquellas que permiten la perpetuación o aumento
del capital y corresponden al tipo de producción, al tipo de aprovisiona-
miento de agua para el riego, a la mano de obra y a la maquinaria utili-
zada. Para analizar este tipo de estrategia, la autora compara diferentes
características de lxs productorxs paperxs y quinterxs. En relación al tipo
de producción, en el caso de lxs paperxs se destaca el monocultivo o la
combinación con oleaginosas en explotaciones medianas y grandes, mien-
tras que en la producción quintera se cultiva mayor diversidad de especies
en unidades productivas menores. En cuanto a la mano de obra, en ambos
casos es fundamental la participación de la mano de obra familiar, pero
mientras lxs primerxs emplean más trabajadorxs temporales, lxs quin-
terxs emplean más trabajadorxs permanentes. En general, no se perciben
grandes inversiones en maquinarias agrícolas en la actividad hortícola,
aunque el sector papero está relativamente más capitalizado que el quin-
tero. En cuanto a las estrategias de acumulación de capital social y redes

149
Reseña del trabajo final de grado “Las estrategias de reproducción social de los productores
familiares en la zona sur de la ciudad de Córdoba, en el marco de las transformaciones del espacio
periurbano durante el período 1990-2015”, de Renata Lipari

sociales, la autora las analiza según la participación política en organi-


zaciones de productorxs y el tipo de asesoramiento técnico que reciben
para la producción. Al respecto, destaca especialmente los vínculos que
lxs productorxs entablan con las empresas agroquímicas de la zona, ya que
la mayoría de lxs entrevistadxs recibe este tipo de asesoramiento. Otrxs
productorxs optan por contratar profesionales autónomxs, mientras que
las agencias estatales como el Instituto Nacional de Tecnología Agrope-
cuaria (INTA), la Dirección de Producción de la Agricultura Familiar de
la Provincia (DIPAF), o Subsecretaría de Agricultura Familiar (SAF) y la
municipalidad de Córdoba a través de la Dirección de Ferias y Mercados
(Lipari, 2019, p. 87), son las menos consultadas. Por último, la autora pro-
fundiza en un aspecto fundamental para comprender las relaciones entre
los agentes que habitan y producen en el espacio periurbano: la disputa
por el agua, un recurso central para la actividad hortícola, amenazado por
la contaminación de los canales de riego provocada por las actividades
en áreas no agropecuarias. Para comprender este conflicto, Lipari tam-
bién reconstruye las tensiones que se generan al interior de la producción
hortícola por el acceso al recurso hídrico y las desigualdades que existen
entre lxs productorxs. A partir del análisis de las entrevistas, identifica el
malestar de lxs quinterxs, quienes requieren –a diferencia de lxs paperxs–
de mayores cantidades de agua y riegos más frecuentes, necesidades que
no siempre son contempladas por el Consorcio de Riego de Zona Sur, el
ente que suministra el recurso.
A lo largo de este trabajo final, vimos de qué manera el trabajo de
campo le permitió a la autora identificar, describir y analizar minuciosa-
mente las distintas estrategias que adoptaron y adoptan lxs productorxs
hortícolas de la zona sur del cinturón verde de la Ciudad de Córdoba en
el marco de las transformaciones socio-espaciales contemporáneas del pe-
riurbano cordobés. En su análisis fue tejiendo una trama entre los proce-
sos de urbanización y expansión de la frontera agropecuaria, dándole es-
pecial atención a los agentes que promovieron aquellas transformaciones
–reconstruyendo sus intereses en el suelo periurbano y los recursos que
utilizaron para apropiárselo y modificarlo– y el impacto que tales proce-
sos tuvieron en las trayectorias de pequeñxs y medianxs productorxs de
hortalizas quienes, a causa del avance de la ciudad y la frontera agrope-
cuaria, se encuentran ante serias dificultades para seguir practicando sus
modos de habitar y trabajar la tierra. Por último, deja abierta la puerta a

150
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

nuevos interrogantes y perspectivas, por ejemplo, acerca de cómo pensar


la transición generacional desde una perspectiva crítica de las relaciones
de género y la división del trabajo, atendiendo a la desvalorización del
rol de las mujeres en las actividades agropecuarias. También, se pregun-
ta por la incidencia de las estrategias educativas en la continuidad de la
actividad hortícola, así como por las estrategias de reproducción social
de lxs trabajadorxs rurales, tanto permanentes como estacionales. Con
esa intención atendimos al modo en que fue construyendo su objeto de
indagación y problematizando las transformaciones del suelo periurbano
desde el diálogo con lxs productorxs, así como las estrategias con las cua-
les lxs productorxs hortícolas responden. Este trabajo es resultado de una
trayectoria compuesta por múltiples aristas que van desde experiencias y
compromisos políticos, a instancias de reflexión académica compartida
con profesorxs y estudiantes de diferentes disciplinas. Con esta reseña, las
autoras invitamos a la lectura de Renata Lipari, tanto por sus aportes a la
comprensión de las trayectorias de lxs productorxs del periurbanx y los
conflictos socio-territoriales que allí se gestan, como por el recorrido que
ha trazado como tesista, en el marco de un proyecto que tiene como uno
de sus ejes la formación de futuros docentes e investigadorxs.

Bibliografía

Bourdieu, P. (1988). Cosas dichas. España: Gedisea.

Bourdieu, P. (2011). Las estrategias de reproducción social. 1° edición. Bue-


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Garcia, M., & González, E. (2016). El nuevo Régimen de Trabajo Agrario.


Desajustes y propuestas de adecuación para el sector hortí­cola del
periurbano bonaerense sur. Mundo Agrario, 16 (33). ISSN 1515-
5994. Recuperado a partir de [Link]
[Link]/article/view/MAv16n33a02.

151
Reseña del trabajo final de grado “Las estrategias de reproducción social de los productores
familiares en la zona sur de la ciudad de Córdoba, en el marco de las transformaciones del espacio
periurbano durante el período 1990-2015”, de Renata Lipari

Harvey, D. (2007). Espacios del capital. Hacia una geografía crítica. Madrid:
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Lipari, R. (2019). “Las estrategias de reproducción social de los produc-


tores familiares en la zona sur de la ciudad de Córdoba, en el
marco de las transformaciones del espacio periurbano durante el
período 1990-2015”. Facultad de Filosofía y Humanidades, Uni-
versidad Nacional de Córdoba. Córdoba, Argentina.

Imagen 3. “Sin título”. Fuente: Lipari (2019)

152
Reseña de “En la tierra con riego:
una etnografía sobre las experiencias históricas
de los y las habitantes de la zona de riego
en Santiago del Estero” (2020), de Camila Pereyra
Marcia de Mendoza Quaranta
Marianela Scavino Treber

Imagen 1. “Sin título”. Fuente: Pereyra (2022)

“E n la tierra con riego” es una etnografía de Camila Pereyra que cons-


tituyó su trabajo final de Licenciatura en Antropología de la Univer-
sidad Nacional de Córdoba. En él, como el subtítulo lo indica, se propone
analizar las experiencias históricas de lxs habitantes de la zona de riego en
Santiago del Estero. La autora plantea este trabajo como un “documen-
to de amor” atravesado por distintos sentires y afectos, como “el amor a
Santiago” (su provincia de origen) y el amor hacia el monte organizado,
reconociendo su experiencia de militancia en el Movimiento Campesino
de Santiago del Estero-Vía Campesina. En este sentido, la autora concibe
su trabajo de campo como fruto de múltiples articulaciones, en las cuales
las fronteras entre su “formación militante y profesional se encuentran
juntas por los campos de Santiago” (Pereyra, 2020, p. 114).
De esta manera, siguiendo el curso del agua por los canales, Pereyra
realiza una “etnografía multisituada” (Dufy y Weber, 2009; Marcus, 2001)
recorriendo diferentes espacios geográficos y sociales que le permite com-

153
Reseña de “En la tierra con riego: una etnografía sobre las experiencias históricas de los y las
habitantes de la zona de riego en Santiago del Estero” (2020), de Camila Pereyra

prender la complejidad de los fenómenos sociales, en donde las dimen-


siones geográficas e históricas tienen límites más bien difusos y relacio-
nales. Conforme a esto, su trabajo va a transcurrir en la zona de riego
del departamento de Robles, entre los parajes de El Rosario, Lomitas y
la ciudad de Fernandez, atendiendo a la configuración de una red de re-
laciones laborales, escolares y familiares que se construye entre los tres
lugares. Su trabajo de campo incluyó estadías prolongadas en la casa de
la familia Lemos en Lomitas, también en El Rosario –punto de partida de
su trabajo de campo–, y en la Unidad Ejecutora del Servicio de Riego del
Río Dulce en Fernández, lo que le permitió reunirse con representantes
de las organizaciones gubernamentales que regulan el agua de la provincia
y desde donde partían sus viajes hacia los canales con los ingenieros de la
institución. Por otro lado, accedió a distintos documentos institucionales
en archivos y bibliotecas que le permitieron reconstruir la historia del
riego en la provincia.
A partir de esas experiencias de campo, y considerando que las pregun-
tas nacen desde los campos, retoma a Lenoir (1993) para pensar cómo los
problemas sociales y las preocupaciones políticas (en este caso, el trabajo y
el acceso al agua) se logran convertir en un objeto de estudio a partir de los
contextos históricos específicos. Algunas de las preguntas que nacen del
trabajo etnográfico giran en torno a las experiencias históricas del trabajo
en la zona de riego y, en consonancia con la línea de trabajo del equipo que
lleva adelante esta publicación, Pereyra se cuestiona acerca del modo en
que estas se reconfiguran a partir de las transformaciones productivas en
el mundo del agro argentino. En este sentido, toma el concepto de “expe-
riencias históricas” de Thompon (1989) que propone una visión procesual
de la vida cotidiana de los sujetos desde la perspectiva de ellos.
Dicho esto, la autora estructura su trabajo en tres capítulos: tierra y
territorio, trabajo y agua. En el primero, se propone desnaturalizar las
representaciones hegemónicas en torno al territorio santiagueño y sus
pobladorxs, reflexionando acerca de cómo estas se construyen. La autora
propone una escritura reflexiva acerca de las implicancias de escribir en
y desde Santiago y cómo esto significa “escribir al calor de ‘La Brasa’”. “La
Brasa” es la denominación que se le dió a un grupo de intelectuales locales
conformado en la década del ‘20, cuyas preocupaciones giraban en torno a
la explotación de los trabajadores rurales, el impacto de la modernización
y los sentidos hegemónicos en torno a la identidad santiagueña. Al res-

154
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

pecto, la autora nos advierte de la necesidad de adoptar una mirada crítica


para pensar “con y contra La Brasa” (Pereyra, 2020:23)1, que también ha
calado en la construcción de una imagen “tradicionalmente santiague-
ña”. En este sentido, nos invita a cuestionar los discursos hegemónicos
que apelan a las tradiciones y mediante los cuales se siguen configurando
relaciones de dominación históricas, “haciendo ‘tradición’ la explotación
del hombre por el hombre” (Pereyra, 2022:26). El “tradicional” territorio
santiagueño se contradice con la experiencia de campo, que presenta un
santiago heterogéneo, complejo, en donde “aunque no llueva, se te mojan
los pies” como le indican sus interlocutorxs, en una provincia que suele
ser representada por la sequía y el desmonte. Así, dejándose afectar por
el campo y siendo atravesada por la zona de riego, Pereyra recupera la
noción de paisaje de Ingold (2002) para describir el territorio desde la
perspectiva de las personas que lo habitan, destacando cómo en la acción
de regar lxs productorxs construyen el espacio y, a su vez, este espacio
marca la experiencia de lxs primerxs.
Para comprender estos procesos, Pereyra ofrece una descripción de la
zona de estudio y su ubicación en Santiago del Estero, provincia argentina
que pertenece al “chaco occidental árido”. En el área de la Mesopotamia,
región que se ubica entre el Río Dulce y el Salado, se encuentra la zona de
riego. La autora realiza una historización del riego en la zona recuperando
valiosos aportes de Tasso (2007) y Fazio (1889), en donde, como veremos
más adelante, el cultivo por inundación y por canales existe desde la épo-
ca prehispánica. Para terminar el primer capítulo, describe su inserción
en el campo, compartiéndonos el camino recorrido para llegar a él y sus
primeras observaciones de la vida cotidiana de lxs pobladorxs de la zona.

1 La autora toma como referencia de esta expresión al trabajo de Alicia Gutiérrez,


“Con y contra Marx: el materialismo histórico de Pierre Bourdieu” (2003).

155
Reseña de “En la tierra con riego: una etnografía sobre las experiencias históricas de los y las
habitantes de la zona de riego en Santiago del Estero” (2020), de Camila Pereyra

Imagen 2. “Ríos y zona de riego en Sgo. del estero”


Fuente: Pereyra (2020)

En el segundo capítulo la autora indaga acerca de los sentidos en torno


al trabajo, preguntándose qué significa “criarse trabajando en el campo” y
cómo se da ese proceso, considerando ese “en el campo” como “una forma
particular de trabajar articulada con un espacio y unas relaciones sociales
específicas del contexto” (Pereyra, 2020, p. 44). Al respecto, la autora res-
cata otros estudios en los cuales se ha indagado acerca de las perspectivas
de lxs trabajadorxs rurales y donde estas suelen asociarse a la idea de “des-
tino”, representando la reproducción social del trabajo agrícola como algo
esperable e inevitable. En cambio, Pereyra sostiene que lxs productorxs
entrevistados no fueron criados para trabajar en el campo en tanto “des-
tino”, sino que “se habían criado en, por, y gracias al trabajar en el campo”
(Pereyra, 2020, p. 45). Es decir, que la vida y el trabajo en el campo es algo
agradecido por las posibilidades que ofrece y deseado por los valores que
transmite, incluyendo placer e implicando la elección de ciertos esquemas

156
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

de “valores del campo” –relacionados con la tranquilidad, la relación con


la naturaleza y el vínculo con los vecinos–.
Rescatando la perspectiva de los actores sobre el trabajo y la crian-
za, junto con una concepción marxista del trabajo y los aportes de Iñigo
Carrera (2013), define al trabajo como un conjunto de relaciones sociales
vividas entre personas, lugares y tiempo. En esta línea, sostiene que tra-
bajando se construye un mundo particular en el campo, al mismo tiempo
que este mundo cría a las personas. Por otro lado, al escuchar sobre las
crianzas de lxs productorxs trabajando en el territorio, Pereyra advierte
que estas dan cuenta de las transformaciones productivas ocurridas en las
últimas décadas, diferenciándose un antes y un hoy en los relatos de lxs
entrevistadxs.
Otra cuestión que atraviesa el trabajo en el campo es el “saber hacer-
lo”, y es mediante la experiencia que lxs trabajadorxs aprehenden el saber
legitimado sobre el trabajar en el campo. Nuevamente, la crianza aparece
como origen de ese saber, que también se define en oposición a un saber
institucionalizado, como puede ser la educación formal y los saberes téc-
nicos de los ingenieros.
Pereyra se pregunta, siguiendo el hilo de la crianza, qué es el campo, y
recurre a Cragnolino (2011) y Quiros (2014) para pensarlo como “espacio
social rural” y como “proceso vivo”, considerando la red de relaciones que
se forma entre la naturaleza, las personas, sus prácticas y las dinámicas de
poder. Con esto, el campo de la zona de riego está formado por distintos
campos que incluyen también diferentes categorías de agricultores, con base
en las cuales se construyen diferentes concepciones sobre el campo. Así, la
autora identifica diferencias entre el campo donde habita la gente en sus
fincas familiares, y el campo donde no vive nadie, caracterizado por gran-
des extensiones pertenecientes a un único productor que no habita en
el territorio. Este último caso refleja la distribución desigual de capitales
económicos, en donde la “gente” fue separada de los medios de producción
y de los espacios geográficos.
En este capítulo, la autora también analiza las lógicas económicas y
su relación con las prácticas culturales que atraviesan los sentidos de tra-
bajo. En este sentido, sostiene que las formas de existencia y subsistencia
son asimiladas a través de los sistemas culturales, es decir, de una forma
determinada de ser e interpretar el mundo. Al intentar reconstruir la ra-
cionalidad económica nativa, resultan importantes los cálculos concretos

157
Reseña de “En la tierra con riego: una etnografía sobre las experiencias históricas de los y las
habitantes de la zona de riego en Santiago del Estero” (2020), de Camila Pereyra

que lxs productorxs utilizan para definir lo que “conviene” producir y los
gastos que “conviene tener” y los que no. Por ejemplo, en torno a los usos
del dinero, el hecho de que en la ciudad sea necesario comprar todos los
insumos para subsistir, hace que para lxs agricultorxs de la zona sea con-
veniente vivir en el campo.
Por último, a partir de una descripción pormenorizada de distintas
situaciones etnográficas, la autora se detiene en la cebolleada, parte impor-
tante en las experiencias de trabajo de lxs habitantes de esta zona de riego.
Analizando el trabajar desde las dimensiones de la experiencia, el saber y
el querer, detalla los distintos momentos y técnicas de la producción, los
modos de organizar el trabajo y la importancia del riego –pues sin riego
no habría cebolla–. Con base en lo mencionado, se entiende que la forma
de trabajar en la cebolla constituye un “modo” particular de hacerlo que
involucra un complejo lenguaje simbólico y un modo de relacionarse con
la tierra con riego. De la misma manera se detiene a hacer una “etnografía
del alfa”, un cultivo para el cual también resulta fundamental el riego y
que, además, representa el origen de “todo un nuevo modo de trabajar el
y en el campo” (Pereyra, 2020, p. 68), ya que es una producción fundadora
de las transformaciones estructurales de la agricultura en la provincia. A
lo largo de ambas descripciones etnográficas se hace presente el saber tra-
bajar, que se produce mediante los saberes “técnicos” y “locales”, pero tam-
bién en las relaciones sociales que se trazan entre las personas, el cultivo y
el ambiente. Y, una vez más, el hecho de trabajar desde la perspectiva de
la experiencia histórica permite advertir las transformaciones del trabajo a
partir de la maquinización de la producción. Esto mismo se pone de mani-
fiesto en los recuerdos del trabajo en el algodón, en donde el antes implica-
ba una amplia oferta de trabajo que fue reducida por la introducción de las
maquinarias agrícolas, impactando así en las experiencias de trabajo. En
el caso del algodón, a partir de los años 90, se da una subsunción real del
trabajo al capital mediante la mecanización y automatización del trabajo y
la adopción de un paquete biotecnológico que alteró el entramado de rela-
ciones entre cultivos, saberes y personas. (Pereyra, 2020, p. 75). Debido a
esto, en los campos de algodón ya “no hay gente”, y este proceso fue dando
lugar a la construcción de alteridad basada en la desigualdad de acceso y
control de los medios de producción.
Ahora bien, la autora advierte que ese “convenir” que guía el trabajo de
lxs productorxs se piensa con la intención de generar ganancias, sea plata

158
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

o redes de relaciones sociales que funcionen como inversión a futuro. En


este sentido, resulta interesante la propuesta de la autora por compren-
der ese querer “ganar plata” dentro de su “lógica interna” –analizando el
uso que hacen del dinero, los objetivos y proyecciones que tienen sobre
sus ingresos– para romper con las definiciones de los modos de producir
campesinos como formas no capitalistas de producción, y reconociendo
que los procesos productivos son resultado de relaciones sociales en un
contexto histórico específico.
El tercer capítulo se enfoca en el agua, pues como sus interlocutorxs
le indicaban, “sin riego, no había estas plantaciones”. Así, vivir en la “zona
de riego” implica convivir con el sistema de riego, que desde 1930 hasta la
actualidad articula relaciones de poder, políticas, familiares, de trabajo y
con el ambiente entre lxs pobladorxs de la zona. Con esto, Pereyra se pro-
pone analizar desde una descripción histórica, las relaciones entre el riego
y lxs habitantes de la zona, y cómo se configuran y se viven las políticas
de riego. Para esto, se propone estudiar el rol del Estado en la creación
de políticas públicas de control, gestión y promoción de los sistemas de
riego, así como el papel de los agentes privados que han intervenido en la
creación de canales y acequias. El hecho de seguir el curso de los canales
de riego como estrategia metodológica le permitió moverse por distintos
lugares fuera de Lomitas y El Rosario y encontrarse con personas de otras
disciplinas. Así, entró en contacto con funcionaros de la Superintendencia
de Riego, el Ministerio del Agua y Medio Ambiente de la provincia, y con
ingenieros, con la intención de conocer y aprender sobre el agua.
En este momento del análisis se detiene a describir históricamente la
formación del sistema de riego, en el cual los canales y las acequias trans-
portan agua del Río Dulce a los campos con cultivos, haciendo que el agua
“llegue” a la zona de estudio. Para esto, se posiciona desde una visión an-
tropológica del agua, comprendiendo que no se trata de un mero recurso
natural sino de “un vector de socialización, moderador de los paisajes y
de los tiempos” en este espacio (Pereyra, 2020, p. 86). Ahora bien, esas
estrategias que permitieron llegar al Río tan lejos están insertas en ciertas
dinámicas de poder, por lo que es importante reconocer las desigualdades
y jerarquías en la distribución del agua. En este sentido, podríamos enten-
der a los flujos del agua de riego como flujos de poder.
Retomando la historización, Pereyra comenta que el Río Dulce fue
importante para definir los primeros asentamientos desde la conquista,

159
Reseña de “En la tierra con riego: una etnografía sobre las experiencias históricas de los y las
habitantes de la zona de riego en Santiago del Estero” (2020), de Camila Pereyra

siendo el riego por bañado indispensable para cultivar en 1552. En 1577


se realiza el primer canal artificial, y hasta 1860 no habrá nuevas construc-
ciones para el regadío, momento en el que aumentó la explotación agraria
con la instalación de los ingenios azucareros y, con ello, la demanda de
agua para el riego. Frente a esta situación, lxs productorxs más capitaliza-
dos construyeron sus acequias que, aunque funcionaban como “comuna-
les”, estaban bajo la autoridad del propietario. Con la emergencia de estas
nuevas explotaciones se reconfiguró la distribución de la tierra y las rela-
ciones entre los agentes implicados en la esfera productiva agrícola. Mu-
chas familias de las élites locales se consolidaron dentro de la producción
agrícola concentrando grandes superficies de tierra; simultáneamente,
lxs inmigrantes recién llegadxs comenzaron a intervenir con sus técnicas
en el desarrollo agrícola. De esta manera, en 1870 comienza a articularse
una clase gobernante interesada en la agricultura de riego y la ganadería,
representando los intereses de las familias tradicionales locales. En este
contexto, el Estado intentó participar de la gestión de las acequias, creán-
dose en 1886 el primer canal gestionado y construido por el Estado en la
“zona regable”. En resumen, “el sistema de regadío se funda principalmen-
te, desde sus orígenes y en paralelo a un sistema jerarquizado en el mundo
rural, a una estructura de dominación y a la construcción de una hege-
monía a partir de la clase (procesual y dinámica) agrícola con los capitales
necesarios para construir acequias propias y privada” (Pereyra, 2020, p.
90). Por eso, considerar las dinámicas de poder en el flujo del agua resulta
fundamental para comprender la experiencia de lxs pequeñxs y medianxs
productorxs, quienes disputaban activamente el acceso al agua para riego.
Luego de las sequías de los años 30 y la emergencia de demandas por esxs
productorxs en contra de la desigualdad en el reparto de agua, el Estado
provincial comenzó a planificar la infraestructura necesaria para, 10 años
después, inaugurar el Canal Matriz. Para 1966 el Estado provincial crea la
“Corporación del Río Dulce”, con la intención de garantizar políticas pú-
blicas de regadío para el cultivo de la zona, siendo el organismo responsa-
ble de producir un desarrollo regional integral a través del riego, con una
planificación basada en la colonización de áreas de influencia del Río Dulce
(ubicando a productores en terrenos aptos) y en la realización de canales
para el sistema de riego. Sin embargo, la autora advierte que este siste-
ma de riego planificado no constituyó una reforma agraria, sino más bien
una “política de desarrollo integral regional” que respondió a un cambio

160
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

tecnológico a nivel mundial y la propuesta de “desarrollo” de los años 70,


destinada a combatir la “pobreza” del “Tercer Mundo”. En este sentido, el
proyecto dependió desde sus orígenes de la inversión de capitales extran-
jeros, ya que el financiamiento provincial no era suficiente. Por lo tanto,
esta tecno-política se inserta en un contexto de una retirada del Estado y
la emergencia de la etapa neoliberal, donde Estados Unidos aparece como
el garante de la modernización ideal. En la actualidad, el Sistema de Riego
del Río Dulce depende de la Unidad Ejecutora de Riego de la provincia,
y desde la década de los 70 ha pasado por varias ampliaciones. A conti-
nuación, la autora se propone entender esta institución como parte del
Estado provincial, pero también como agencias estatales y personas que se
articulan para gestionar el riego en Santiago. En este sentido sostiene que
el “Sistema de Riego del Río Dulce es la nueva forma jurídica y social que
surge para administrar el agua de riego y reemplazar a las antiguas figu-
ras de autoridad en torno al agua, los grandes productores, ‘empresarios’
de la agricultura”. (Pereyra, 2020, p.100). En la experiencia etnográfica
con técnicos e ingenieros de la Unidad Ejecutora, nota que algunas de las
tensiones en torno a la administración del agua se basan en el modo de
concebirla, ya sea como un recurso escaso o como un derecho de todxs lxs
pobladorxs. Estas disputas por el sentido del agua implican diferentes usos
y formas de acceso, razón por la cual resulta pertinente preguntarse cómo
se construyen y disputan estos sentidos.
En suma, esta etnografía propone indagar acerca de las experiencias
históricas de lxs pobladorxs del departamento de Robles, preguntándose
acerca de los sentidos en torno al trabajo y el agua. En palabras de la auto-
ra, “existe una triangulación entre la tierra, el riego y la forma de trabajar
en el campo en términos de formas de construir posibilidades particulares
y sentidos en la vida social de las personas que habitan la tierra con riego”
(Pereyra, 2020, p.106). Destacamos no solo el trabajo realizado en el cam-
po, sino el desarrollo del texto etnográfico, donde articula su trayectoria
de militancia con la práctica antropológica, haciendo etnografía desde el
compromiso político con la experiencia y la perspectiva de lxs habitantes
de la zona de riego, luchando, así, por democratizar los territorios dentro
y fuera del texto.

161
Reseña de “En la tierra con riego: una etnografía sobre las experiencias históricas de los y las
habitantes de la zona de riego en Santiago del Estero” (2020), de Camila Pereyra

Referencias bibliográficas

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162
Marcia de Mendoza Quaranta y Marianela Scavino Treber

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Thompson, E. P. (1989) La formación de la clase obrera en Inglaterra, Ed:


Barcelona: Crítica.

Imagen 3. “Don Suarez cortando alfa”. Fuente: Pereyra (2020)

Imagen 4. “Embolsando”. Fuente: Pereyra (2020)

163
Parte II

Prácticas de producción, circulación y consumo de


alimentos y plantas medicinales en situaciones de
resistencia y subalternidad

Breve presentación del grupo y de los textos

N uestro equipo se conformó inicialmente en 2016 como grupo de es-


tudio sobre Antropología de la Alimentación a iniciativa de algunxs
de estudiantes de las Licenciaturas de Antropología y Biología; posterior-
mente nos incorporamos al Centro de Investigaciones de la Facultad de
Filosofía y Humanidades (CIFFyH) con un proyecto de investigación y en
el año 2018 obtuvimos financiamiento de la Secretaría de Ciencia y Téc-
nica de dicha facultad. Esto permitió la consolidación y complejización del
trabajo que ya veníamos realizando. El proyecto reúne investigaciones en
el marco de tesinas de grado y tesis posgrado, de Prácticas Profesionales
Supervisadas (PPS) y de Proyectos de Extensión, que ponen el foco en
las prácticas de producción, circulación, preparación y/o consumo de ali-
mentos y plantas medicinales, que llevan a cabo grupos sociales diversos
que sin embargo tienen en común una particular condición de subalter-
nidad dentro del sistema hegemónico de alimentación y salud. Desde el
inicio el equipo de trabajo tuvo un carácter interdisciplinario, ya que se
conformó por docentes y estudiantes de grado y posgrado de Antropolo-
gía y Biología. Este carácter se amplió y profundizó en 2019 con la incor-
poración de dos Licenciadas en Nutrición.
El hecho de que lsx integrantes del equipo desarrollan actividades pro-
pias de la investigación, la extensión y las prácticas profesionales supervi-
sadas, provocó que las reflexiones grupales siempre estuvieran atravesadas
por la necesidad de indagar sobre las especificidades y las zonas comunes
de estas actividades, de tal modo que las mismas se enriquecieron mu-
tuamente y las fronteras entre ellas se volvieron más porosas. En térmi-
nos generales, como equipo nos proponemos describir y comprender los
modos de hacer y de producir sentidos y saberes sobre prácticas siempre
complejas de producción, circulación y consumo de alimentos y plantas
medicinales, para lo cual buscamos: a. Explorar y profundizar en análisis y

167
Parte II. Prácticas de producción, circulación y consumo de alimentos y plantas
medicinales en situaciones de resistencia y subalternidad

debates producidos por las ciencias sociales, sobre la cuestión del carácter
de prácticas o estrategias “de resistencia” entre grupos subalternos tan-
to rurales como urbanos; b. Indagar sobre las correspondencias entre las
perspectivas etnográficas e históricas para construir categorías de análisis
apropiadas para describir y explicar trayectorias tanto de sujetos sociales
como de objetos materiales (alimentos, plantas) a lo largo del tiempo; c.
Construir categorías de análisis que pongan en juego los saberes discipli-
nares que el grupo reúne y los saberes locales identificados en el trabajo
de campo; d. Profundizar en la discusión y reflexión sobre problemáticas
teórico-metodológicas involucradas en las experiencias etnográficas de
Prácticas Profesionales Supervisadas, Extensión e Investigación. Todas
las investigaciones tuvieron en común la perspectiva etnográfica como
propuesta de investigación.
Las investigaciones desarrolladas tienen como ámbito zonas rurales o
periurbanas de Córdoba, Catamarca y Salta, y en muchos casos ponen el
foco en la cuestión de la transmisión de saberes tradicionales de comunidades
de agricultores y ganaderos que habitan esas zonas. De allí la invitación
a incorporarnos a un Programa de mayor alcance con otros grupos que
indagan en problemáticas similares.

Sobre los textos

Se trata de escritos que retoman las discusiones del equipo y buscan plas-
mar la dinámica de estas discusiones, sustentada en la lectura de material
bibliográfico y los informes y relatos de experiencias de investigación de
lxs integrantes. En esa dinámica, aparecían nuevas preguntas, reformula-
ciones, sugerencias de bibliografías, y también resonancias con las inves-
tigaciones de los que en ese momento oficiaban la escucha.
Es así que, en términos generales, las contribuciones del equipo a este
libro se pueden dividir en dos grandes grupos. Por un lado, textos que
ponen a consideración resultados parciales de investigaciones realizadas
en el marco de tesinas de grado y posgrado, que han sido defendidas o
están en proceso de defensa. Se trata de trabajos que ofrecen información
sistematizada de observaciones de campo, comparan datos y reflexiones
producto de investigaciones relacionadas, o se detienen en antecedentes
que han permitido avanzar hacia nuevas búsquedas o preguntas. Aquí se
ubican los siguientes: “Etnografías comparadas desde territorios en trans-

168
Breve presentación del grupo y de los textos

formación”, de Carolina Lemme y Pamela Grisel Tello; “¿Para qué te vas


a la curandera?” de Micaela Belén Crespo y Violeta Furlan; y “La hoja de
coca, vigencia y estigma”, de Liliana Vilte.
Otro grupo de textos parte de la necesidad de poner por escrito lo que
se está viendo y procesando en trabajos de campo vigentes, y cómo ese
trabajo pone en crisis algunas categorías y certezas e interpela la propia
subjetividad de las investigadoras. Textos que invitan a ser confrontados
más puntualmente con literatura específica, con nuevas revisiones de las
notas de campo o con la continuidad del trabajo de campo. En este gru-
po se encuentran los siguientes: “Agroecología en primera persona”, de
Maribel Coseano y Cristina Mancini; “Defendiendo el territorio y recu-
perando los sabores del monte” de Valentina Saur Palmieri y Ana Cecilia
Galasse Tulián y “De la comunidad (autosuficiente) imaginada a los ur-
banitas de la pre-puna de Belén. Un intento de conjurar categorías”, de
Cecilia Pernasetti Brizuela
Esperamos que la lectura de los textos provoque preguntas, reflexio-
nes y entusiasmo para emprender nuevas investigaciones y nuevos mo-
dos de acercarse a comprender los temas y problemas que nos ocupan y
preocupan.

169
Etnografías comparadas desde
territorios en transformación
Carolina Lemme*
Pamela Grisel Tello ‡

Introducción

E ste artículo recupera dos experiencias etnográficas realizadas en la


provincia de Córdoba, Argentina para la obtención del título de grado
en la licenciatura en Antropología de la Universidad Nacional de Córdo-
ba. Ambos trabajos finales se llevan a cabo sobre territorios denomina-
dos “en transformación”, espacios atravesados por cambios estructurales
que marcaron modificaciones en la cotidianidad de sus habitantes. Por
un lado, el análisis etnográfico sobre las prácticas hortícolas del Cinturón
Verde de Córdoba zona sur, elaborado en el marco de las prácticas pre-
profesionales supervisadas (PPS). Las mismas fueron realizadas en el Ob-
servatorio de Agricultura Urbana, Periurbana y Agroecología (O- AUPA)
con asiento en la Agencia de Extensión Rural del Instituto Nacional de
Tecnología Agropecuaria (AER-INTA). Por el otro, el análisis etnográfi-
co sobre la relación entre la comunidad local del barrio Los Manantiales
y el área protegida: Reserva Hídrica Natural Municipal Los Manantiales
(RHNMLM), situada en Río Ceballos, Córdoba.
En las últimas décadas se ha producido un aumento en la conflicti-
vidad ambiental en Argentina, relacionado con los procesos de extracti-
vismo y urbanizaciones ligadas al neoliberalismo, manifestándose en la
acumulación capitalista basada en el despojo de lo común. Estas dinámi-
cas cada vez más violentas que se imprimen sobre distintas regiones del
planeta, se materializan en técnicas peligrosas y agresivas para el medio
ambiente, como el fracking, la minería a cielo abierto, los monocultivos,
las mega urbanizaciones y el desmonte (Acosta et al., 2014).

*Facultad de Filosofía y Humanidades, Departamento de Antropología, Universidad Nacio-


nal de Córdoba. carolinalemme23@[Link]

Facultad de Filosofía y Humanidades, Departamento de Antropología, Universidad Nacio-
nal de Córdoba. pamegt710@[Link]

171
Etnografías comparadas desde territorios en transformación

Este artículo se interesa por los procesos extractivistas que imponen


políticas hegemónicas que reconfiguran territorios productivos y protegi-
dos. En lo que se refiere a estos procesos analizamos las transformaciones
y las migraciones que se sucedieron en el espacio periurbano de la ciudad
cordobesa y el área protegida, Reserva Hídrica Natural Municipal Los
Manantiales, ubicada en el corredor de Sierras Chicas Córdoba. Segui-
damente, desarrollamos experiencias etnográficas vinculadas a modos de
vida en resistencia asociados a estos territorios. Indagamos sobre prácticas
locales y estrategias que se modifican, negocian y resisten ante el avance
del extractivismo y el agronegocio, para mantener modos de hacer y habi-
tar territorios en transformación.

Territorios en transformación

Los procesos globales inciden directamente en las transformaciones terri-


toriales de las metrópolis y las zonas periurbanas de distintas provincias
de nuestro país. Estos cambios están dados por la expansión neoliberal y
las lógicas de los mercados inmobiliarios. Entre los efectos de la reconfi-
guración de los territorios, causada por el crecimiento exponencial de la
población urbana, están los procesos de desestructuración de los espacios
rurales, que complejizan la antigua dicotomía urbano/rural con la emer-
gencia de una heterogeneidad de interfases entre campo y ciudad (Salazar
Mejía et al., 2021).

El cinturón verde de Córdoba

Uno de los territorios que sufrió múltiples transformaciones en los últi-


mos años fue el Cinturón Verde de la ciudad de Córdoba. El acercamiento
hacia este territorio fue a través del O-AUPA, el cual entiende al Cinturón
Verde como un sistema de producción de alimentos de proximidad en
riesgo, fragmentado y disperso. Es así que, parte de las reflexiones plas-
madas en este texto inician en la propuesta institucional de hacer un re-
levamiento que permita conocer quiénes son los que producen hoy en el
Cinturón Verde y, abastecen de verdura a los mercados locales de la pro-
vincia. La importancia de obtener datos de la actual situación que atravie-
sa el área de producción de alimentos de Córdoba permite a la institución,
visibilizar y disputar políticas que defiendan a un territorio productivo,

172
Carolina Lemme y Pamela Grisel Tello

amenazado por las inversiones inmobiliarias, el avance de la urbanización


y el agronegocio.
En Argentina se denomina cinturón verde al espacio periurbano en
donde se producen hortalizas en las llamadas quintas o huertas familiares,
destinadas al consumo de la ciudad. Para Barsky (2005) el periurbano es
una construcción conceptual reciente caracterizada como un complejo te-
rritorial que expresa una situación de interfaz, entre dos tipos geográficos;
el campo y la ciudad. Siguiendo al autor es un territorio resbaladizo y en
permanente transformación, con heterogeneidad de usos de suelo.
El concepto de cinturón es desarrollado en Europa, es una planifica-
ción urbana moderna que luego fue extendida hacia el resto del mundo
desde el siglo XIX. Lo que hoy se conoce como Cinturón Verde de Cór-
doba, se inicia a partir de la constitución del sistema productivo territorial
durante las primeras décadas del siglo XIX, con la configuración del siste-
ma de regadío (dique San Roque y el sistema de canales Norte y Sur) y la
quinta de los gringos1 (Boccolini et al., 2018). A medida que fue abastecida
la producción hortícola por el sistema de regadío, se amplió a tierras más
alejadas del centro de la ciudad, vendidas principalmente a inmigrantes
italianos y transformadas en quintas (Boccolini et al., 2018). La migración
europea asentada se vio favorecida por las políticas de estado que desde
1860 promueven al “inmigrante deseable”2 y al mismo tiempo la existencia
de los indeseables, para el mercado de trabajo nacional (Bompadre, 2007).
Desde 1990 los antiguos quinteros españoles e italianos se ven reempla-
zados paulatinamente por las familias bolivianas (Pizarro, 2011) que, a
diferencia de estos, no cuentan con políticas que permitan el acceso a la
propiedad de la tierra.
Según Coppi (2002) la década de los noventa fue la “bisagra” hacia un
proceso de profundización de la crisis del sector frutihortícola, gran parte
de los agentes que participaban se enfrentaron a la aplicación de políticas
tendientes a la concentración del capital y la liberación del mercado. El
área de producción de alimentos de Córdoba se ve atravesada por profun-
1 En 1886 la provincia de Córdoba sanciona el marco jurídico para la figura de
las colonias, modalidad de entrega de tierra agrícola para familia migrantes de
Europa, lo que posteriormente se conoce como la quinta de los gringos (Boccolini
et al., 2018).
2 En 1876 se sanciona la Ley conocida como Ley Avellaneda, como política de
atracción y retención del inmigrante europeo honorable y laborioso (Courtis y
Pacecca, 2007)

173
Etnografías comparadas desde territorios en transformación

das pujas territoriales y transformaciones, que Carvajal (2014) caracteriza


durante el periodo del 2002 -2012 como significativas. Siguiendo a la au-
tora, en el año 2002 la crisis económico-social que atraviesa el país impuso
obstáculos al desarrollo del sector, pero también el surgimiento de acti-
vidades rentables como el desarrollo urbanístico y la producción de com-
modities. La urbanización, dice Carvajal, valorizó la tierra impulsando un
alto costo de oportunidades a los quinteros a seguir con la producción o
vender las tierras; y al modificarse las ordenanzas de uso de suelo impi-
dió la realización de una de las prácticas fundamentales de la producción
del Cinturón Verde: la pulverización de agroquímicos. La producción de
commodities, el aumento de la rentabilidad de estos cultivos, incentivó
el reemplazo de las especies hortícolas por soja. Y agrega un tercer fac-
tor que generó dificultades en la producción hortícola: la escasez de agua.
Todos estos factores analizados por la autora impactaron en las formas de
trabajo y la disminución del corredor productivo, ante un estado que no
generó acciones para su preservación.
En los últimos 20 años la superficie cultivada del cinturón verde de
Córdoba se redujo a un 60% debido a la presión urbana y la expansión del
uso de semilla de soja transgénica. Sin embargo, a pesar de esta reducción,
la productividad global ha aumentado debido a la adopción de innovacio-
nes tecnológicas (Pizarro, 2011) y la producción de hortalizas de Córdoba
ocupa hoy el tercer lugar a nivel nacional.

Reserva Hídrica Natural Municipal Los Manantiales

El acercamiento a la RHNMLM se propició en primera instancia como


vecina del barrio Los Manantiales y, en un segundo momento, en el mar-
co del Trabajo Final de la licenciatura. Dicha condición como habitante
del barrio se dio hasta el año 2015, en una etapa en el que la RHNMLM
no estaba implementada, es decir, todavía las ordenanzas de uso de suelo
y normativas regulatorias no estaban puestas en práctica en el territorio,
así como tampoco se contaba con personal ligado a la Reserva (guardapar-
ques y coordinadores). En el año 2020 se produce una nueva proximidad a
la RHNMLM, en el contexto de los incendios forestales ocurridos dentro
del área protegida (AP), situación que favorece retomar el vínculo con lxs
antiguxs vecinxs y da inicio al trabajo de campo para la tesis de la carre-
ra. Durante los años abarcados entre el 2015 y 2020, paulatinamente se

174
Carolina Lemme y Pamela Grisel Tello

produce en el territorio la implementación de las normativas, así como


también se contrata personal, se dispone de un “Destacamento de Guar-
daparques” y se consigue movilidad para que el personal pueda circular
por el área. El devenir del proceso de la Reserva y las consecuencias que
había tenido para la población local eran preguntas que abrían una di-
mensión en la que se quería seguir indagando y que guiarían el proceso
investigativo.
Una de las metodologías a la que se recurrió fue la utilización de entre-
vistas con una perspectiva biográfica, buscando conocer en profundidad
cómo habían llegado lxs distintxs vecinxs al barrio y como sus trayecto-
rias de vida se entrelazaban con la de construcción de la Reserva hasta su
situación actual.
La RHNMLM se ubica en el corredor de Sierras Chicas, siendo las
principales transformaciones en el uso del suelo las producidas por los
negocios inmobiliarios y las grandes urbanizaciones. Desde la década de
1980, el corredor se incorpora en una lógica de peri-urbanización me-
tropolitana que incluye el extractivismo inmobiliario y el desarrollismo
urbano como una nueva forma de territorialización del capitalismo neo-
liberal (Chiavasa et al., 2013). Estos procesos de cambio en el territorio
fueron reemplazando y desplazando prácticas y formas de subsistencia de
las poblaciones locales, como el turismo, la ganadería y la agricultura, ges-
tionados a nivel familiar (Deon, 2015).
En marzo del año 2008 el Consejo de la Unión Internacional para la
Conservación de la Naturaleza (UICN), reconoció al cambio climático
como la mayor amenaza para la biodiversidad y destacó a las AP como
una de las soluciones más eficaces. De este modo, las AP, se presentan
como una solución a la crisis ambiental global, y su emergencia respon-
de en muchos casos a conflictos socioambientales de carácter local, que
con posterioridad se desdibujan, englobándose en las disposiciones de las
pautas generales que persigue la preservación de la naturaleza (Campo
Muñoz, 2021).
La creación de la RHNMLM fue el fruto de un proceso que se empezó
a plasmar mucho tiempo antes de su declaración en el 2008. La moviliza-
ción de la población del barrio Los Manantiales en la búsqueda de herra-
mientas para cuidar el territorio data de fines de la década del 1990. En el
año 2004, la amenaza de la llegada del tendido eléctrico al barrio, fue el
punto de partida que consolidó la organización de un grupo de vecinxs

175
Etnografías comparadas desde territorios en transformación

en la Asociación Civil Los Manantiales (ACLM). El tendido eléctrico


para este grupo implicaba la urbanización dentro de un loteo en donde
no había lugares destinados a espacios verdes, lo que transformaría radi-
calmente el lugar en un barrio más, totalmente urbanizado y sin espacios
de monte. En términos de Castro y Arqueros (2018) hay una territoria-
lización en donde la comunidad local busca la reivindicación y defensa
de un “espacio de vida” ante las amenazas de cambios en el mismo, como
veremos más adelante.
Ciertas experiencias fueron configurando en el grupo de vecinxs del
barrio Los Manantiales la posibilidad de encontrar herramientas para
sostener su modo de vida. En primer lugar, la experiencia de algunxs po-
bladores locales de la vida transformada por la urbanización, y con esto
nos referimos al fenómeno de metropolización en relación con la capital
cordobesa. En segundo lugar, la experiencia de las personas que venían
huyendo de las grandes ciudades, sobre todo de Buenos Aires, que se co-
rresponden a nuevos estilos de ruralidad o neorruralidad, abogando por
su “derecho a la naturaleza” (Quirós, 2019). En tercer lugar, la experiencia
de sentirse protectores y guardianes del lugar resguardándolo de los de
afuera, turistas, y sobre todo inversionistas inmobiliarios. Consideramos
que esta configuración es la que enciende la llama de la Conservación.

Migraciones comparadas

Los territorios en transformación, están atravesados por procesos migra-


torios, en diferentes direcciones y sentidos. Tanto en los espacios pro-
ductivos como en áreas de conservación, encontramos que la movilidad
poblacional, las idas y venidas de sus habitantes, es una constante y los
define como tal. Estos movimientos de personas, colectivos y familias van
acompañados de modos de hacer y relacionarse con la naturaleza, resis-
tiendo ante modelos hegemónicos de vida y trabajo que los posiciona en
los márgenes del sistema.

La migración boliviana en territorios productivos

Magliano y Mallimaci Barral (2015) estudian los rasgos principales de la


migración boliviana a la ciudad de Córdoba recuperando la categoría de
edades de la migración acuñada por Sayad en el año 1977. Las autoras ar-

176
Carolina Lemme y Pamela Grisel Tello

gumentan que desde la década de los años ‘60 las migraciones fronterizas
concentradas en la región del norte argentino con idas y venidas cons-
tantes (primera edad migratoria), se dirigen paulatinamente a las grandes
ciudades de Buenos Aires, Mendoza y especialmente Córdoba. Es decir,
cambia el carácter de la migración fronteriza rural-rural a la migración
rural-urbano, dando inicio así a la segunda edad migratoria caracterizada
por proyectos más sedentarios. Este cambio para Magliano y Mallimaci
Barral es producto de diversas transformaciones socio-económicas que
sucedieron en el país como causa de la migración interna a las grandes
urbes, vinculadas con las condiciones favorables generadas por las políti-
cas de industrialización de la década del 30 y 40 en el litoral pampeano. El
impacto de la caída de las economías regionales, generó la movilización de
la población hacia zonas urbanas para insertarse en el sector de servicios,
construcción y trabajo agrícola en los Cinturones Verdes.
Benencia (2012) afirma que en la actualidad la migración boliviana
hegemoniza no solo la mano de obra en los cinturones verdes del país,
sino también domina los eslabones más importantes de la cadena agroa-
limentaria. Siguiendo al autor a partir de 1970, más de la tercera parte de
la migración boliviana asentada en la Argentina se concentra en las ciu-
dades capitales de la Región Pampeana, como el Gran Córdoba y el Área
Metropolitana de Buenos Aires. Particularmente en Córdoba las familias
bolivianas ocupaban el 50% de la mano de obra de la producción hortícola
en el año 2002 (Coppi, 2002).
La llegada de migrantes oriundos de Bolivia al sector hortícola cordo-
bés fue paulatino. Pizarro (2011) argumenta que el aumento de la produc-
ción en fresco, la incorporación de innovación tecnológica, los cambios
en las formas de comercialización y la flexibilidad del trabajo, permitieron
la demanda de mano de obra en el sector, lo que posteriormente llevó
a la contratación de trabajadores y trabajadoras de Bolivia. En 1990 los
antiguos quinteros españoles e italianos, denominados localmente como
gringos, son gradualmente reemplazados por quinteros bolivianos (Piza-
rro, 2011).

La migración neorrural en territorios de conservación

La neorruralidad o migración de amenidad (Moss, 2006), se ha convertido


en una de las formas de migración interna en las últimas décadas, en don-

177
Etnografías comparadas desde territorios en transformación

de personas se trasladan de la ciudad al campo en búsqueda de un nuevo


estilo de vida en relación con la naturaleza. La opción de instalarse en
pequeñas localidades generando proyectos alternativos de vida han propi-
ciado transformaciones en las sociedades en donde se establecen (Trima-
no, 2019). Algo característico de este tipo de migrantes es que hacen una
representación idílica de lo natural, en donde se puede llevar a cabo una
vida más relajada y amena, construyendo imaginarios que ofrecen una
sensación de retroceso en el tiempo, de volver a la tierra, a la vida sencilla,
así como a un sentimiento de espíritu comunitario (Halfacree, 2013). Qui-
rós (2019) analiza la migración neorrural en las sierras de Córdoba, foca-
lizando las relaciones de alteridad entre lxs recién llegadxs y los nacidxs y
criadxs, los neorrurales o más conocidos como los jipis son identificados
como ecologistas siendo la población que más participa en el activismo
ambiental. La autora describe que lxs autóctonxs no son interpelados por
este discurso ambientalista, pero esto no implicaría que no les interese su
entorno. Si no más bien se podría interpretar en un contexto relacional,
que lxs neorrurales al representar a la naturaleza como un patrimonio a
ser preservado y contemplado terminan excluyendo la perspectiva de los
nacidos y criados, así como sus relaciones con el entorno, siendo muchas
veces sus prácticas y actividades calificadas como contrarias a la conser-
vación.
Hay una extensa bibliografía antropológica que explora la relación
entre comunidades tradicionales y las AP, sin embargo, poca literatura
tiene en cuenta el movimiento neorrural como actores claves dentro de
los procesos de conservación (Cortes-Vazquez, 2014), en parte se debe
que estas poblaciones han sido excluidas de las etiquetas de “comunidad
tradicional” o autóctona.
Dejar la vida enajenante en las ciudades, por la idea del retorno a la
naturaleza, intentando construir nuevas relaciones de convivencia más
armónicas con el entorno y entre las personas, es en principio lo que unió
a la mayoría de lxs migrantes neorrurales en el barrio de Los Manantiales.
Además, fue definiendo una identidad común: la manatialera, cuyo sentido
radica en la protección del lugar que permite la reproducción de un modo
de vida en contacto con la naturaleza.

178
Carolina Lemme y Pamela Grisel Tello

Relaciones con la naturaleza: productiva y de conservación

Los procesos de transformación y migración que atravesaron estos espa-


cios productivos y de conservación se ven asociados a prácticas y modos
de vida que resisten al avance de un sistema extractivista que las interpela
constantemente. Hay una territorialización en donde las poblaciones mi-
grantes buscan la reivindicación y defensa de un “espacio de vida” ante las
amenazas de cambios (Castro y Arqueros, 2018). En el caso del Cinturón
Verde, esta defensa se lleva a cabo a través de prácticas hortícolas diversas
en un territorio caracterizado por el avance del monocultivo. Las familias
migrantes de Tarija en el cinturón verde zona sur, forman parte de un
pequeño sector que resiste al monocultivo de papa spunta. Desde la déca-
da de los 70 se instala en la región la maquinaria agrícola a motor para la
producción de papa y la reducción de mano de obra.
Las familias horticultoras de Bolivia se ven asociadas a formas de saber
y hacer entendidas como relaciones específicas de agenciamientos (Lema
y Pazzarelli 2018). Esto lo podemos observar con la llegada de Don Be-
nito a la quinta de una de las familias protagonistas del trabajo de campo
realizado en el año 2018. Don Benito es nombrado por su familia como la
persona que les enseñó a criar las plantas, es decir, tratarlas como si fuera
una madre, que las plantas sienten y si no le das tierra no crecen. Les enseñó a
cultivar diverso y bien variadito.
Recuperando los estudios de Lema (2013) podemos decir que la crian-
za constituye la gramática de la sociabilidad en el mundo andino, es un
concepto que implica “conversación, diálogos, entendimiento, pactos,
negociaciones, reciprocidad, intercambio y acuerdos entre humanos y
no humanos” (pp. 9). Siguiendo a la autora, es un concepto que carga de
agencialidad no solo a las plantas, sino también al suelo, el clima y el es-
pacio que se habita. Criar es una noción nativa, que da cuenta del trato
humano que establecen las familias con las plantas que cultivan, pero tam-
bién con un entorno mayor vivo por el cual se accede a la abundancia y
buenas cosechas, resultado del compromiso mutuo de agentes activos en
el hacer (Lema, 2013). Asimismo, es un modo que se funde en menor o
mayor medida con un modelo de producción basado en el uso del paquete
tecnológico, instaurado fuertemente en la agricultura periurbana de los
Cinturones Verdes del país.

179
Etnografías comparadas desde territorios en transformación

La producción hortícola de las familias tarijeñas va acompañada por


la ch´alla, acto ritual cotidiano de libación que se hace desde siempre y
en cualquier parte que trabajen la tierra. El Chango, unos de los interlo-
cutorxs principales, dice: en el primer sapinazo3 se pone la semilla y se tira
vino a la tierra ¡Como nacen de hermosas! ¡toda la vida que yo sembré, ch´alle!
(…). La ch´alla y la cría de plantas, se hace desde la potencia benévola o
devastadora de la tierra que se tornasola según las relaciones en que se vea
implicada, junto a ciertas acciones concretas por parte de los humanos
(Lema, 2013). Forma parte de la concepción de la tierra como un cuerpo
vivo, al cual se lo puede abrir para enterrar, que se debe alimentar y respe-
tar. Un cuerpo que da y recibe. La tierra como sujeto, no como objeto, es
constitutiva e influyente en diferentes dimensiones de sus vidas.
En el caso de la comunidad manantialera las prácticas de resistencia ante
las transformaciones del territorio se ven asociadas a la creación y soste-
nimiento de un área de conservación. Aquí la agricultura no es el medio
por el cual se resiste, sino que es la organización vecinal la que lucha por
su “derecho a la naturaleza” (Quirós, 2019) ante modelos hegemónicos
de urbanización y desarrollo. La ACLM fue la herramienta jurídica que
permitió que el grupo de vecinxs del barrio Los Manantiales disputará
decisiones territoriales. Obtuvieron la personería institucional en el año
2006. Entre los años 2004 y 2008, las personas que conformaban la asocia-
ción civil eran mayormente vecinxs y las actividades propuestas estaban
focalizadas en la dimensión territorial del barrio. La movilización social
desarrollada a partir de la creación de la ACLM se hizo visible en diver-
sos ámbitos políticos de la localidad de Río Ceballos. Cristian vecino de
Manantiales se refiere al impacto generado por la organización vecinal
y al horizonte de posibilidades que impulsó la asociación de la siguiente
manera: este grupo de personas nos convertimos de objetos de políticas a sujetos
de creación de políticas públicas. En otras palabras, esta propuesta realizada
por la iniciativa de un grupo vecinal fue tomada por el Estado municipal
convirtiéndola en ordenanza de creación de un AP, la transformación de
la ACLM en un actor político decisivo en la transformación del territorio.
En el año 2008 se redactó la ordenanza de creación de la RHNMLM,
aquí comienza un nuevo periodo, donde los términos y tiempos entran en
otras dinámicas. Esta inquietud vecinal desencadenó un ‘proceso de insti-

3 Hace referencia a la herramienta manual denominada sapin, a través de la cual


cavan la tierra.

180
Carolina Lemme y Pamela Grisel Tello

tucionalización’ tanto de la RHNMLM como de la ACLM, generando con


el correr de los años contradicciones y tensiones entre las instituciones y
la población local vinculado a las diferentes comprensiones de qué y cómo
se conserva este territorio.
El proceso institucional de la Reserva produjo que las decisiones y la
gestión territorial se burocratizaran entrando en tensión con las urgencias
y problemáticas de la población local. Sin embargo, la Reserva, permitió
institucionalmente restringir la expansión urbana hacia el territorio con-
servado. Por lo tanto, el grupo de vecinos que impulsó la figura de AP
como estrategia para defender un “espacio de vida”, sigue reafirmando y
poniendo en valor la conservación de la naturaleza; por lo que decimos
que su modo de vida se vuelve Reserva.

Conclusión

Este trabajo tuvo como objetivo poner en diálogo dos etnografías situadas
desde territorios en transformación, vislumbrando puntos de encuentro
entre las áreas productivas y de conservación. En primer lugar, ambos
territorios están atravesados por procesos estructurales que transforman
la vida cotidiana de sus habitantes. Transformaciones ligadas a lógicas
hegemónicas de acumulación de capital, cuyos efectos desestructuran los
espacios rurales propiciando la emergencia de una heterogeneidad de in-
terfases entre campo y ciudad. En segundo lugar, la conformación de estos
territorios está marcada por trayectorias asociadas a procesos migratorios
que permiten habitar espacios desde la sostenibilidad de prácticas locales
y relaciones particulares con la naturaleza.
En el caso de la neorruralidad al estar vinculados desde su origen a la
vida en la ciudad, es idealizada la vida en la naturaleza. Diegues, (2000) ar-
gumenta que luego de la revolución industrial, la vida en las ciudades pasó
a ser criticada por la contaminación que generaban; la vida en el campo
pasó a ser idealizada sobre todo por las clases sociales que no estaban vin-
culadas a la producción agrícola. Además, sostiene que con el crecimiento
poblacional en las ciudades se fue generando un sentimiento antisocial
y de enajenación, lo que originó un sentimiento de contemplación de la
naturaleza como lugar de retiro espiritual.
En cambio, para las familias horticultoras el campo es una noción na-
tiva que no solo hace alusión a la dimensión productiva, la cual prevalece

181
Etnografías comparadas desde territorios en transformación

en la denominación de quinta o cinturón verde. El campo es una noción


que abarca no solo dimensiones de trabajo, sino también de vida, más que
un espacio geográfico que denota ruralidad y naturaleza, es la forma en que
se viene al mundo. La noción de campo permite ahondar en todo aquello
que resulta significativo para las familias, un mundo que no solo está res-
tringido al habitar productivo.
Analizar estos territorios en transformación nos posibilitan entender
procesos y prácticas que caracterizan modos de habitar y resignificar espa-
cios en constante cambios. Ambas poblaciones sostienen modos de hacer
agricultura y conservar la naturaleza que permiten sostener la vida a tra-
vés de prácticas que pregonan por un habitar ligado al cuidado de la tierra
y su carácter de sujeto “vivo”.

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185
¿Para qué te vas a la curandera?

Micaela Belén Crespo*


Violeta Furlan ‡

Inquietudes iniciales y construcción del objetivo

E n el marco del proyecto multidisciplinario “Prácticas de producción,


circulación y consumo de alimentos y plantas medicinales en situa-
ciones de resistencia y de subalternidad” se desarrollan trabajos que hacen
foco en la condición de marginalidad o subalternidad de estas prácticas,
llevadas a cabo por grupos sociales diversos dentro del sistema hegemóni-
co de alimentación y salud.
En este texto abordamos el análisis de prácticas terapéuticas y la con-
cepción de salud del sistema etnomédico del Valle de traslasierra trabaja-
dos en la tesina de grado titulada “Las plantas medicinales en los itinerarios
terapéuticos del Valle de Traslasierra, Córdoba, Argentina”.
El trabajo fue llevado a cabo en el año 2020, el territorio de estudio fue
en San Javier y localidades aledañas, entrevistamos a terapeutas referentes
de la biomedicina, medicinas tradicionales, autotratamiento y medicinas
alternativas, según la categorización que propone Idoyaga Molina (2005).
Los conocimientos recopilados representaron una diversidad y rique-
za de prácticas, recetas, valores, rituales y símbolos, en especial por parte
de las medicinas tradicional y alternativa.
Es por esto que pretendemos en este trabajo poder realizar una pro-
fundización en el análisis de esta información para seguir indagando sobre
las aristas que surgieron a partir del trabajo de campo. La reflexión sobre
el entramado de prácticas y cosmologías en interacción desde un análisis
contextualizado, permite entender la existencia de un pluralismo médico
en constante cambio.

* Bióloga, Profesora en Ciencias Naturales, Centro de Investigaciones de la Facultad de Fi-


losofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba, [Link]@[Link].

Doctora en Ciencias Biológicas, Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y
Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba, violetafurlan@[Link]

187
¿Para qué te vas a la curandera?

Antecedentes académicos:

Nos centramos en el campo del saber de la etnomedicina, entendida des-


de la perspectiva de Arenas (2012). Este autor define a la etnomedicina
como el estudio integral que abarca los conceptos de salud-enfermedad,
los conocimientos sobre la nomenclatura de las enfermedades, las nocio-
nes etnofisiológicas, nociones del cuerpo, etiológicas, así como las prácti-
cas diagnósticas y terapéuticas. En donde las plantas medicinales son una
pequeña parte de este universo temático permitiendo la comprensión de
cómo se inserta la medicina en las sociedades.
Desde este enfoque trabajamos el uso de plantas en relación a la salud
a partir del diálogo interdisciplinario entre los saberes académicos y sabe-
res “otros”. Retomamos el concepto de saberes dado que conforman un
corpus de conocimientos con una lógica y modo de construcción propia
que puede ser visto como otra ciencia más, la ciencia del otro cultural o
etnociencia (Martínez, 2015). En este trabajo, entendemos a los saberes
“otros”, como saberes etnomédicos locales, tradicionales o ancestrales,
arraigados en un espacio-tiempo particular y asociados a diferentes ac-
tores.
Desde una perspectiva etnográfica entendemos al “sistema etnomédi-
co” como prácticas de curación o mantenimiento de la salud de diferentes
grupos humanos. A su vez, evocan diversos sentidos, etiologías de la en-
fermedad y la salud, tratamientos, dolencias y formas de diagnosticarlas,
etc. En este sentido, Hilgert (2009) expresa que el camino de complemen-
tariedad de los sistemas terapéuticos se está transitando en toda Latinoa-
mérica. En Argentina, un país multiétnico y pluricultural, es caracterizado
por Idoyaga Molina (1999) como la coexistencia o el traslapo de diferentes
sistemas terapéuticos.
Estas prácticas pueden visualizarse a través de los “itinerarios terapéu-
ticos”, los cuales son un conjunto de prácticas sanitarias o recorridos de
la población que se enmarcan en un contexto de procesos que se llevan a
cabo en la búsqueda de mejorar la salud. En este sentido, resultan de gran
aporte las ideas de Menéndez (2003) quien plantea que las diversas formas
de atención a la salud que operan actualmente en un contexto determina-
do, que tienen que ver con las condiciones religiosas, étnicas, económico/
políticas, técnicas y científicas de una sociedad; y señala la proliferación de

188
Micaela Belén Crespo yVioleta Furlan

las articulaciones transaccionales entre las diferentes formas de atención


dentro de relaciones de hegemonía y subalternidad.
Consecuentemente, el discurso biomédico se sitúa en general desde
una concepción de Modelo Médico Hegemónico (MMH), se encuentra
basado en saberes y nociones sobre un cuerpo biológico y orgánico (Fou-
cault, 1996) y perdura a partir de su transmisión por medio de diversas
instituciones, como los hospital y las escuelas.
El MMH se caracterizaría, entonces, por su Biologismo, a-sociabili-
dad, a-historicidad, a-culturalismo, individualismo, eficacia pragmática,
orientación curativa, relación médico/paciente asimétrica y subordinada,
exclusión del saber del paciente, profesionalización formalizada, iden-
tificación ideológica con la racionalidad científica, la salud/enfermedad
como mercancía, tendencia a la medicalización de los problemas, tenden-
cia a la escisión entre teoría y práctica (Menéndez, 2003, p. 194).
Desde allí se ha constituido como saber legitimado sobre el cuerpo,
estableciendo a su vez relaciones de subalternidad con otros saberes que
han sido excluidos o negados. En definitiva, en toda sociedad existen re-
presentaciones y prácticas para entender, enfrentar y de ser posible, so-
lucionar la incidencia y las consecuencias generadas por los daños en la
salud. Es decir, que cada comunidad resuelve cotidianamente cómo cuidar
la salud y cómo recuperarla. Desde esta mirada se visibilizan múltiples
modos de pensar y de actuar, con una diversidad de significaciones que se
atribuyen al hecho de estar sano o enfermo.
El análisis de narrativas acerca de los itinerarios terapéuticos, pone
en evidencia la pluralidad en la atención médica que se manifiesta en la
complementariedad de las diferentes medicinas. También muestra los
criterios, motivaciones y condicionamientos para priorizar, seleccionar y
combinar diferentes escenarios, actores y prácticas sanitarias (Martínez,
2007).
A raíz de varios encuentros con pobladores del Valle de Traslasierra
(Córdoba, Argentina) en el marco de un proyecto de extensión universi-
taria titulado: “Sabores de Monte; Que nuestro alimento sea nuestra medicina”
(N°29560309, S.E.U; U.N.C.) realizado durante el año 2018, surge nuestro
interés por profundizar los conocimientos en el área de la etnomedicina.
De esto se desprende nuestra inquietud por conocer los itinerarios tera-
péuticos dentro del sistema etnomédico, y la búsqueda en indagar los sen-

189
¿Para qué te vas a la curandera?

tidos que se ponen en juego en las estrategias que las personas emprenden
en la búsqueda de mejorar la salud.

Aspectos metodológicos y éticos:

Abordamos la reflexión a partir de la experiencia etnográfica, en la cual


realizamos observación participante (Guber, 1991) como una técnica sis-
temática que permite al investigador/a participar en intensas experiencias
de los grupos con quienes trabajamos.
Con el fin de describir el “sistema etnomédico”, tomamos la catego-
rización de los tipos de medicina que propone Idoyaga Molina (2005).
Trabajamos bajo los conceptos de biomedicina, de medicinas tradiciona-
les, de autotratamiento, de medicinas religiosas y medicinas alternativas.
Con biomedicina referimos a la medicina alopática y a las psicoterapias,
oficialmente reconocidas y ofertadas en hospitales y otras unidades de sa-
lud, tanto públicas como privadas y de complejidad diversa. Por otro lado,
las medicinas tradicionales las entendemos como el shamanismo en las
sociedades indígenas y el curanderismo. Ésta última es por lejos la más di-
fundida, se trata de una oferta común en áreas rurales y urbanas. En líneas
generales, sus nociones y prácticas sintetizan antiguos saberes biomédicos
muchos de ellos de origen humoral, como también saberes y prácticas de
tradición popular aportados por les migrantes y una terapia ritual en su
mayoría de raigambre católica. Por su parte, el autotratamiento incluye el
consumo de fármacos de laboratorio, de remedios vernáculos preparados
en la casa y ciertas terapéuticas rituales de raigambre católica, entre otras
técnicas. En la categoría medicinas alternativas se engloba a las medicinas
difundidas en las últimas décadas, ligadas al fenómeno de la new age y que
además pueden pensarse como efecto secundario de la globalización, tales
como la acupuntura, el reiki, la reflexología, la aromaterapia, el shiatsu, la
cromoterapia, la terapia de vidas pasadas, la medicina ayurvédica, la as-
trobiología, entre muchas otras de un número siempre creciente de espe-
cialidades y especialistas. Más allá de sus especificidades, estas medicinas
tienen aspectos comunes, tales como el abordaje holístico de la salud y las
ideas de energía, que son centrales para entender las teorías etiológicas de
la enfermedad y los significados de los tratamientos terapéuticos.
Sistematizamos la información recopilada sobre las concepciones y
representaciones de salud, en un cuadro comparativo y realizamos un

190
Micaela Belén Crespo yVioleta Furlan

análisis cualitativo descriptivo. Se definen como concepciones y repre-


sentaciones de salud a las ideas que las personas describen sobre el mismo
concepto de salud, el funcionamiento del sistema de salud, las prácticas
cotidianas en relación al mantenimiento de la salud (que pueden ser acor-
des o no con las ideas que se tienen sobre este concepto). Asimismo, se
buscó agrupar bajo esta categoría de análisis a todas aquellas percepciones
que se tienen sobre la salud y la enfermedad que fueron observadas, siste-
matizadas o descriptas por las propias personas colaboradoras.
Utilizamos el término colaborador/a desde la perspectiva teórica, ya
que implica un enfoque colaborativo con los grupos sociales estudiados y
por lo tanto se posiciona desde un enfoque ético-respetuoso hacia estas
culturas. Un ejemplo de ello es el código de ética de la Sociedad de Latino
Americana de Etnobiología (cláusula 9: Cano et al., 2016) que expresa cla-
ramente cómo les habitantes locales deben ser considerados colaborado-
res, co-investigadores, coautores y expertos/as, reemplazando y dejando
atrás el término informante (Furlan et al. 2020).

Presentación de colaboradorxs:

En este caso, se eligió trabajar con terapeutas de cada tipo de medicina y


sus propios itinerarios terapéuticos. Lxs terapeutas entrevistades y/o co-
laboradores fueron 19, pertenecen a un rango etario de entre 35 y 75 años,
16 (84,2%) de las personas son de género femenino y sólo 3 (15,8%) son
de género masculino, la mayoría vivió toda su vida en San Javier o hace
más de 20 años que viven y trabajan en las cercanías del lugar. Sólo dos
personas habitan el valle de Traslasierra hace 5 años aproximadamente.
Para comprender las representaciones del concepto de salud en cada
tipo de medicina, creemos necesario describir la formación como profe-
sionales de cada tipo de terapeuta. En cuanto a la medicina biomédica,
las personas entrevistadas fueron 6, de las cuales 2 son profesionales en
medicina clínica y 4 se dedican a la enfermería siendo agentes sanitarios,
auxiliar de enfermería, paramédicos, y/o enfermeras profesionales. En
cuanto a la medicina tradicional las terapeutas colaboradoras fueron 8, su
aprendizaje es principalmente a partir de las tradiciones orales, siendo sus
abuelas, tías o parejas quienes les trasmitieron los saberes. Por otra parte,
las personas entrevistadas que practican la medicina alternativa, fueron
5 y se han formado en carreras universitarias al menos por tres años, en

191
¿Para qué te vas a la curandera?

biología, antropología o psicología, realizan talleres, cursos, o seminarios


acerca de usos y terapias con plantas, ya sea formación en terapias florales,
medicina comechingona, medicina china, etc. Además, algunas personas
mencionaron que el conocimiento de las plantas fue adquirido a través de
tradiciones orales y conversaciones con pobladores del lugar.

Acerca de las concepciones de salud:

Durante las conversaciones con representantes de la biomedicina surgie-


ron los siguientes discursos, por ejemplo, las enfermeras destacaron que:
“bueno, es un bienestar físico, mental, eso es gozar de buena salud, te-
ner buena salud”. Cabe aclarar que esta frase, surgieron en la mayoría de
los relatos de colaboradores representantes de la biomedicina y ponen en
evidencia la influencia del modelo médico hegemónico. Está definición
corresponde con la de preámbulo de la constitución de la Organización
Mundial de la Salud, fue adoptada por la Conferencia Sanitaria Interna-
cional, entró en vigor en 1948 y no ha sido modificada desde entonces.
En este sentido, toman relevancia David Le Breton (2002) y Bruno
Latour (2007, 2012), al realizar un recorrido sobre la construcción so-
cio-histórica de la concepción moderna hegemónica del cuerpo. Dicha
concepción se liga al pensamiento racional positivista, y deriva del pa-
radigma cartesiano a partir del cual se asentaron los pilares de la práctica
científica hegemónica y de la modernidad misma.
Sin embargo, lxs colaboradores incorporan y resignifican el sentido de
salud desde sus propias subjetividades, mencionando a la salud comuni-
taria, la prevención y promoción de la salud, el hecho de reírse y el buen
humor como formas de tener buena salud, etc. Algunos comentarios al
respecto fueron los siguientes:

La salud para mí es todo lo que nos hace bien, todo lo que nos alimen-
ta, esa energía positiva que hace que podamos tener ganas, que podamos
enfrentar la enfermedad, las dificultades; y la salud es la base de una co-
munidad, si no hay salud... no... es lo que yo veo ¿viste? ... porque acá lo
principal es eso… […] Acá hacemos prevención y promoción de la salud
eso es lo principal; …Claro, reírse y no amargarnos de tanta cosa, porque
por supuesto que a la salud la tenemos que cuidar, también le decimos a
la salud buena energía, también sería eso, que yo lo tenga y poderlo dar,
por eso yo en este dispensario yo me rio mucho y me divierto con mucha
gente, […] entonces siempre con una risa ando.

192
Micaela Belén Crespo yVioleta Furlan

En este sentido, observamos que se introducen ciertos enfoques que


entran en contradicción con el modelo biomédico de las enfermedades.
Además, Le Breton (2002) señala, la existencia cada vez más frecuente de
médicos que se reconocen con dificultades dentro del marco clásico, y que
comienzan a optar por “nuevas medicinas”, o bien intentan “tomar más
en cuenta la personalidad del enfermo en el contexto familiar” tal como
sucede en algunos relatos de este trabajo (Le Breton, 2002, p. 177).
Consecuentemente una médica clínica explicó su significado de salud:

sentirse bien, sentirse en armonía con todos los demás [...] me parece que
todas las enfermedades son, empiezan cuando la mente nos está jugando
mal, […] ¿me entendés? pero no hay nadie que te lo diga a esas cosas, por
eso es que los médicos no se animan a hablar porque los médicos tenemos
que basarnos en el método científico.

De esta manera, difieren en el enfoque que atomiza el cuerpo y la en-


fermedad para ampliar el campo de focalización, hacia la trayectoria de
vida, las relaciones sociales y las representaciones culturales. Frente a la
idea biomédica de la universalidad de las enfermedades, se contrapone de
cierta manera una concepción basada en la idea de redes multicausales, a
la vez, sutilmente se defiende una visión multidimensional que recupera
la condición de hecho social, cultural, político y económico de la enfer-
medad a pesar de que la racionalidad médica ha logrado imponerse como
el único sistema médico ofertado y legalizado por el Estado (Belmartino,
2005).
De este modo, el discurso biomédico ha logrado perdurar a partir de
su transmisión por medio de diversas instituciones, y se ha constituido
como saber legitimado sobre el cuerpo. A su vez, estos procesos estable-
cieron relaciones de subalternidad con otros saberes que fueron excluidos
o negados. En cuanto a la medicina tradicional, los discursos de las cola-
boradoras refieren a la salud como lo más importante, por ejemplo, una
curandera explicó:

La salud para mí, yo me siento feliz al ver una persona sana y sí, que siento
mucha tristeza al ver una persona enferma, es algo como que la tengo yo a
la enfermedad ¿me entiende? [..] entonces para mí la salud es lo principal,
no importa no tener dinero, no importa vivir en una casa con todos sus
lujos, no. [...] En una persona sana yo lo que veo es esa vitalidad que tiene,
y sé que esa persona está feliz porque está sana, pero no es feliz a veces

193
¿Para qué te vas a la curandera?

una persona sana, porque tiene mucho dinero y no es feliz, entonces esa
persona está enferma a la vez. Porque hay muchas personas que no se con-
trolan, no se hacen ver, porque están pendientes del dinero, del trabajo,
pero la salud es lo mejor, es lo que uno tiene que llevar y no entienden.

Otras colaboradoras agregaron los siguientes comentarios:


Y bueno es lo primordial, sin salud no hacemos nada, porque por ahí
podemos proyectar muchas cosas, pero sin salud no sirven los proyectos
que podés tener, vos decís “quiero terminar mi casa” pero si no tenés salud
¿de qué te sirve?”; Para mí la salud es todo, si no tenés la salud no tenés
nada.; para mí es lo grandioso, lo mejor.
Por último, un experto en medicina tradicional comentó: “Para mí la
salud es saber curarse a uno mismo”. En este sentido David Le Breton
(2002) entiende que las medicinas “paralelas” a la biomedicina constituyen
un recurso contemporáneo que denota la emergencia de valores que or-
ganizan la vida social, centrados en una preocupación por lo “natural”, por
el cuerpo y el derecho a la salud.
Estos saberes, han sido deslegitimados desde el sistema biomédico
hegemónico, sin embargo, actualmente en nuestro país, existen sitios en
donde se busca que estos tipos de medicinas vuelvan a complementarse.
Por ejemplo, en el año 2001 en Neuquén, se inauguró el Centro de Salud
Intercultural “Raguiñ Kien” con un abordaje de atención que combina la
biomedicina y la medicina mapuche. Estas estrategias de salud integradas,
se corresponden con un sistema de creencias en el que corporalidad, salud,
enfermedad y medio-socioambiental se entrelazarían de una forma parti-
cular, diferente al de la biomedicina.
Así mismo, desde la medicina alternativa, una terapeuta explica su re-
presentación de salud de la siguiente manera:

Es un estado óptimo de la vida y el concepto de estado óptimo varía en


cada persona, y lo que por ejemplo… yo hablo con el lenguaje con el que
he sido formada y no se puede nombrar la palabra enfermedad, porque
no existe, entonces eso te marca que no existe una estructura mental que
determine el concepto de enfermedad, la manera más cercana a la enfer-
medad, le llaman: desequilibrio.

De esta manera, una terapeuta especialista en arteterapia y biodecodi-


ficación explicó:

194
Micaela Belén Crespo yVioleta Furlan

para mí la salud es el estado de orden y de belleza que somos, nosotros


somos seres sanos y perfectos, para mí la enfermedad es la posibilidad que
tenemos para hacernos consientes de un desorden que inconscientemente
estamos repitiendo, ¿sí?

Por otro lado, una terapeuta de flores de Bach comentó:

Para mí la salud es el equilibrio o poder llegar a un equilibrio, en lo que es


la parte emocional en lo que es la parte física y también la parte energética
que es parte de las dos ¿no? Por así decirlo sería como cuerpo-mente-alma
eso para mí es la salud que esas cosas estén en equilibrio y la salud para
mí también tiene que ver con… digamos cuando uno puede hacer, decir
y pensar con coherencia, eso para mí es la salud, como que si falla una de
las patas o hay un desequilibrio en lo emocional se va a reflejar en lo físico
y viceversa. Y bueno lo que le agregaría es que para mí la salud más allá
de tener algo, digamos de gozar de una buena salud física, la salud para
mí también tiene que ver con estar conectado a sus deseos y poder tomar
decisiones, eso también me parece cosas fundamentales como para poder
hacernos cargo de nuestra vida desde un lugar autentico y con cierta cohe-
rencia ¿no? Cómo realmente podés llegar a conocerte porque si no es muy
difícil, uno en realidad construye algo que no es auténtico y la autenticidad
para mí también es salud.

Por último, un terapeuta y productor de tinturas y aceites medicinales


explica:

Para mí alguien saludable es alguien que puede llevar una vida dignamen-
te y que pueda disfrutar de la vida. La salud para mí también es aceptación,
nadie está libre, a mi entender, del sufrimiento y de la enfermedad, enton-
ces para mí la salud tiene que ver en cómo vamos procesando todo eso,
[…] nuestra salud también es transformación, es aceptación como te digo,
es una utopía pretender no enfermarte o no sufrir es imposible, así que
podemos estar pasando un proceso de enfermedad y sin embargo estar sa-
ludables con nosotros mismos y con los de más, salud también es venerar
a nuestros antepasado agradecer todo lo que uno tiene y cuidar esta tierra
y trabajarla con amor. La salud para mí es quererte, respetarte, perdonar-
te. […] siempre lo que digo es que hay pilares para la salud, y esos pilares
tienen que ver con la alimentación, la forma de vida. Es interesante en
todo lo que es las plantas medicinales en la prevención de enfermedades.

A diferencia de las concepciones de colaboradorxs biomédicxs, las


representaciones de salud de terapeutas alternativos y tradicionales pre-

195
¿Para qué te vas a la curandera?

valece una idea holística de salud, ya que incorporan nociones del auto-
conocimiento, la espiritualidad y la emocionalidad. En este sentido, una
terapeuta alternativa menciona el equilibrio entre cuerpo-mente-alma,
asimismo emergen ideas sobre el campo energético de la persona, la acep-
tación de los deseos propios, etc. Se incluye en estos discursos un cambio
en la noción misma de “salud” que pasa a ser considerada en términos
de bienestar bio-psico-social, más que como mera ausencia de enferme-
dad. Es así que las lógicas universalizantes y homogeneizantes que en el
modelo médico hegemónico resultan eficaces, no logran cubrir el amplio
espectro de lo que en la actualidad es entendido socialmente como “estar
sano” (Saizar, Bordes y Sarudiansky, 2011).
Para abordar estos aspectos, Hilgert (2009) en su trabajo en las yungas
argentinas, toma el concepto de Idoyaga Molina que incluye el aspecto
religioso del individuo. En el oeste formoseño Scarpa (2012) menciona
que los criollos homologan la curación con “la salvación espiritual”. Por
otro lado, en el chaco semiárido de Salta, Suarez (2012) describe la cosmo-
visión Wichí y explica que se considera a una persona sana cuando su “hu-
sek” (alma, buena voluntad, esencia vital) está con su cuerpo. Asimismo,
entre las comunidades Tobas de Formosa, Arenas (2012) también men-
ciona a la enfermedad asociada a espíritus y explica que las enfermedades
graves se consideran producto de la hechicería de algún chamán.
Esto daría paso a la vez a una visión dialéctica y holística de los fenó-
menos como la salud, la enfermedad, la aflicción y la muerte. Cabe acla-
rar, que algunos terapeutas biomédicos reconocen el poder en relación a
lo sagrado que tienen las curanderas para la población, por ejemplo, una
enfermera explicó:
“No le puedo decir (al paciente): “No, vos si viniste a la doctora ¿para
qué te vas a la curandera?” No podes, tenés que respetar la idea de la gen-
te.” En este sentido, el abordaje reflexivo de estos fenómenos introduce
ciertos enfoques que entran en contradicción con el modelo biomédico
hegemónico.
La influencia de lo simbólico en los discursos, comprende el poder del
“contexto particular de la curación, los modos rituales y la fé con la que
se los prescribe, las formas, el modo o la actitud con la que este se admi-
nistra” (Martínez, 2010, p. 76). Martínez, (2010), señala que la eficacia de
ciertas plantas reside en el plano de los significados antes que en su po-
tencialidad farmacológica. De esta manera, introduce el plano simbólico

196
Micaela Belén Crespo yVioleta Furlan

proponiendo un abordaje sobre las plantas que excede su caracterización


como portadoras de principios activos, para involucrar otras dimensiones
de las mismas que hacen a la eficacia terapéutica.
En esta misma línea, Silvia Citro (2015) plantea que un tratamiento
eficaz de los procesos de salud-enfermedad-atención implicaría ocuparse
no sólo de un supuesto cuerpo natural, objeto de intervenciones y medi-
camentos, sino que conllevaría un abordaje interdisciplinar de la persona,
que incluya los aspectos psicológicos, intersubjetivos y socio-culturales.

Acerca de los Itinerarios Terapéuticos

Los itinerarios terapéuticos nos muestran el traslapo entre los tipos de


medicinas y cómo se articulan diferentes escenarios y actores. Así como
los caminos recorridos por las personas para recuperar la salud. Desde la
perspectiva de lxs terapeutas, hay ciertas dolencias por las cuales visitan o
recomiendan a una persona a practicar otro tipo de terapia.
En la figura 1 puede observarse el diagrama de itinerarios terapéuticos
según lxs terapeutas locales. Las flechas indican el sentido de la recomen-
dación de uno u otro tipo de medicina. Dentro de las flechas se indican los
tipos de sistemas corporales1 y dolencias por las que son recomendados.
Cuando la flecha se vuelve sobre sí misma indica recomendaciones de los
diferentes terapeutas sobre su propio tipo de medicina. Allí se describen
las dolencias asociadas a ese itinerario de recomendaciones y visitas mu-
tuas entre tipos de medicinas.

1 Tipos de sistemas corporales mencionados: DI: Dolor o inflamación; SU: Sín-


dromes culturales; SD: Sistema Digestivo; SR: Sistema Respiratorio; y SN: Sistema
Nervioso.

197
¿Para qué te vas a la curandera?

Figura 1: Diagrama de itinerarios terapéuticos

Lo primero a destacar es que todxs lxs colaboradorxs afirmaron que


sus prácticas terapéuticas se encuentran influenciadas por otros tipos de
medicinas y que realizan prácticas de autotratamiento. Sobre esto, David
Le Breton (2002) señala que “se sabe que, en general, el fracaso de un
tratamiento médico lleva a los clientes a volcarse hacia prácticas de otro
orden” (Le Breton, 2002, p. 173).
Es así como desde la medicina biomédica se mencionan al herpes o
culebrilla, al empacho, la ojeadura, la pata de cabra, dolores musculares,
esguinces y contracturas como las principales razones por las que visitan
y recomiendan a sus pacientes que visiten a terapeutas tradicionales. Sólo
dos personas referentes de este tipo de medicina aseguraron que no reco-
miendan otro tipo de terapeuta. Igualmente, el estrés, el síndrome verti-
ginoso y afecciones al sistema osteo-artro-muscular fueron mencionados

198
Micaela Belén Crespo yVioleta Furlan

como razones para visitar y recomendar a terapias alternativas tales como


el reiki, tratamientos con piedras calientes, osteopatía y medicina china.
Al mismo tiempo, desde la medicina alternativa y tradicional, se mencio-
nan problemas de salud agudos, como neumonía o cirugías, o también
ante la necesidad de estudios por imágenes como razones por las cuáles
consultan y recomiendan a sus consultores que visiten a terapeutas bio-
médicos.
Por otra parte, todas las personas entrevistadas también visitan y re-
comiendan a terapeutas de su mismo tipo de medicina. Por ejemplo, una
terapeuta alternativa especialista en plantas visita y recomienda a otros
terapeutas alternativos especialistas en memoria celular o en respiración
evolutiva. A su vez, terapeutas biomédicos visitan y recomiendan a otros
terapeutas biomédicos con alguna especialidad diferente. Por último, en el
caso de terapeutas de la medicina tradicional, por ejemplo, las curanderas,
también visitan y recomiendan a otras curanderas ya sea porque difieren
en la especialidad o en el caso del empacho porque se considera que nadie
puede curar el empacho dentro de la misma familia. Cabe destacar que
desde la medicina tradicional no consultan ni recomiendan a terapeutas
alternativos y viceversa.
Estos itinerarios se encuentran inevitablemente imbricados en la tra-
yectoria en pos de la salud y en el contexto socioambiental en que ésta se
desarrolla. La recurrencia simultánea a varios tratamientos y la existencia
de visiones discordantes, y hasta contradictorias, sobre las prácticas te-
rapéuticas evidencian que tanto la dolencia como la cura son experien-
cias intersubjetivamente construidas, en la que el paciente, su familia y
aquellos que viven próximos están continuamente negociando significa-
dos (Alves y Souza, 1999). Esta realidad hace referencia a las palabras de
Menendez (2003) cuando menciona que el MMH ha entrado en crisis en
varios momentos, pero que, sin embargo, ha tenido la capacidad de res-
tituirse mediante diferentes mecanismos, como la adopción de algunas
técnicas curativas alternativas, o a partir de su eficacia paliativa.
Asimismo, un colaborador representante de la biomedicina menciona:

no soy mucho de recetar... pero sí les pregunto, y les digo que prueben…
porque yo no tengo el conocimiento que tienen en el campo, ellos ya han
usado toda su vida la planta y que yo les diga que la usen es como… a lo
sumo trato de aprender yo… cuando trabajaba en las rabonas me pregun-

199
¿Para qué te vas a la curandera?

taban: ¿qué puedo usar para no usar un medicamento para la tos, o que
puedo hacer para no tomar el ibuprofeno o el paracetamol?, y trato de
irme formando y reconozco que me falta muchísimo.

En este sentido, destacamos en el análisis de los itinerarios terapéu-


ticos que el reconocimiento local entre diferentes tipos de medicinas y
sus referentes claves se dan en el territorio, es parte de la dinámica de
atención de la salud y tiene dolencias puntuales que separan las incumben-
cias de cada tipo de medicina. Respecto a esto, David Le Breton, (2002)
menciona: “Son actividades concebidas y percibidas por los sujetos como
al margen, vinculadas especialmente con la iniciativa individual, aunque,
como ya hemos visto, los valores activos en un momento determinado
orientan la elección de los sujetos” (Le Breton, 2002, p. 128).

En la figura 2 se muestra el mapa de colaboradores, representades


con pseudónimos para preservar su identidad y sus propios recorridos
terapéuticos. Los actores representados con “XXX” son aquellos que no
fueron entrevistades y representan en todos los casos a más de una perso-
na que no han sido identificadas excepto en la medicina tradicional donde
sí fueron identificados, pero no se logró acceder a la entrevista.

Figura 2: Mapa de colaboradores y sus recorridos

200
Micaela Belén Crespo yVioleta Furlan

En primer lugar, observamos mayor articulación entre los referentes


terapéuticos de la que esperábamos, por lo que la red de actores que cons-
truimos pone de manifiesto lo complejo y dinámico que es el entramado
entre escenarios y actores en la zona de estudio. A su vez, existe mayor
afinidad entre colaboradores de la medicina biomédica y tradicional.
En segundo lugar, se evidencia menor afinidad entre terapeutas al-
ternativos y biomédicos. En este sentido, la biomedicina constituye en
sí, un paso obligado en la mayoría de los recorridos, lo contrario a lo ob-
servado por Martinez (2007) en el Rio Bermejito, Chaco. A su vez, en
las recomendaciones entre terapeutas hay una mayor afinidad entre la
biomedicina y la medicina tradicional, en segundo lugar, entre terapeutas
biomédicos con terapeutas alternativos.
Por el contrario, aparentemente no existen relaciones entre terapeu-
tas de la medicina alternativa y tradicional. Esto puede deberse al des-
conocimiento sobre terapias alternativas por parte de terapeutas tradi-
cionales, aunque a la inversa, sucede que terapeutas alternativos conocen
tratamientos y plantas muy comunes de la medicina tradicional pero no a
curanderas/os de la zona.
Resulta evidente que las medicinas tradicionales y biomédicas convi-
ven y comparten conocimientos desde hace más tiempo que con las tera-
pias alternativas en el lugar, tal como lo describen Luján et al. (2017) para
la misma zona de estudio. Para finalizar podemos afirmar que todas las
colaboradoras practican a su vez el autotratamiento, consumiendo princi-
palmente infusiones de plantas cuyo uso y conocimiento conciernen a la
comunidad en general. Algunos ejemplos de estos relatos son los siguien-
tes. Una médica clínica explica: “Y después el boldo2, la manzanilla3 los
he usado en mi persona, entonces como los usé y son buenos, me gusta
recetar”.
Terapeutas referentes de la medicina alternativa comentaron:

Bueno, con respecto a las plantas que utilizó yo, actualmente utilizó mu-
chas plantas nativas de acá del monte y las voy utilizando depende de la es-
tación por ejemplo ahora en invierno utilizo la cola de caballo4, la ortiga5”;

2 Peumus boldus
3 Matricaria chamomilla
4 Equisetum giganteum
5 Urtica spp.

201
¿Para qué te vas a la curandera?

“yo he recolectado muchísimas veces plantas y las tomo por intuición,


por saber que las necesito, las encuentro cuando las tengo que encontrar.

Por último, terapeutas tradicionales explicitaron:

Otro que a mí me gusta es el limón6 cortado en rodajas con romero7, eso


es rico; Para mí siempre uso la tusca8, el quebracho blanco9 que es para
los piojitos. Los sujetos y grupos sociales reconstituyen y organizan una
parte de estas formas de atención en actividades de autotratamiento o au-
toatención.

En esta línea, indagar en la trayectoria terapéutica de colaboradores


resulta interesante para comprender los espacios, tiempos y actores in-
volucrados en la trama de estas relaciones. También para comprender los
caminos a través de los cuales van eligiendo y articulando las diversas for-
mas de atender los procesos de salud-enfermedad-atención.

Consideraciones finales

En este trabajo se da a conocer la existencia de un pluralismo médico en


constante cambio, lo que demuestra que las condiciones locales por parte
de terapeutas son propicias para generar estrategias de salud integradas.
Es relevante entender que no hay una sola medicina (en referencia a la
biomedicina), David Le Breton (2002) señala la importancia de que la cali-
dad terapéutica frente a lxs enfermos no es la misma de un servicio a otro,
resultando más o menos favorable o nocivo en la eficacia terapéutica, y
que presentan para patrones diferenciales en cuanto a las afecciones trata-
das según los tipos de medicinas.
Esperamos que el desarrollo de esta reflexión pueda aportar significa-
tivamente en la construcción de una mirada crítica sobre la salud-enfer-
medad-atención para propiciar la implementación de políticas sanitarias
que reivindiquen el pluralismo medico de nuestro país.
Ponemos de manifiesto la necesidad de seguir investigando y reflexio-
nando sobre el entramado de prácticas sanitarias y cosmologías en in-

6 Citrus x limon
7 Rosmarinus officinalis
8 Vachellia aroma
9 Aspidosperma quebracho-blanco

202
Micaela Belén Crespo yVioleta Furlan

teracción, con el fin de generar herramientas que estimulen modos de


atención a la salud que permitan a la población poder elegir libremente
por una u otra terapia, y que contribuyan a un equilibrio saludable de la
comunidad con el ambiente.

Agradecimientos:

Agradecemos a lxs colaboradores entrevistadxs en este trabajo quienes


brindaron su tiempo, sabiduría y sobre todo confianza. Muchas gracias
a las mujeres del equipo de investigación “Prácticas de producción, cir-
culación y consumo de alimentos y plantas medicinales en situaciones de
resistencia y de subalternidad” dirigido por la Profesora y Mgter. Cecilia
Pernassetti, en el CIFFyH, quienes nos acompañaron e impulsaron a es-
cribir esta reflexión y quienes colaboraron con comentarios y sugerencias.

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205
La hoja de coca.
Vigencia y estigma
Liliana Vilte*

Introducción

A ctualmente la hoja de coca sigue siendo relacionada al plano de los


estupefacientes y la toxicomanía asociada a su consumo. Sin embar-
go los modos de consumo y participación de la hoja de coca se adaptan a
diferentes escenarios de la modernidad y se reproducen en múltiples prác-
ticas culturales tanto de comunidades vinculadas al mundo andino como
ajenas a éste. Habiendo nacido y crecido en los Valles Calchaquíes (Salta),
desde que tengo memoria recuerdo haber visto en diferentes actividades
agrícolas, ganaderas, celebratorias o de curación la presencia de la hoja de
coca. Desde hace varios años resido en la cuidad de Córdoba, y aquí sigo
observando su presencia integrada de diversas maneras. Estas situaciones
en que de manera reiterada me encuentro a la hoja de coca me llevaron a
indagar diferentes fuentes para plantearme en futuras indagaciones desde
la perspectiva del giro ontológico, cómo se dan hoy y cuáles son los senti-
dos que entrañan las relaciones con la hoja de coca. Entonces la propuesta
de este ensayo es indagar diferentes fuentes bibliográficas para recuperar
algunas aproximaciones sobre la hoja de coca. Para ello tendré en cuenta
la evidencia arqueológica, histórica, y etnográfica de fuentes bibliográficas
y documentales. Intentaré poner en evidencia los procesos de persecución
y prohibición de la hoja de coca, para conocer cuál es la situación en
nuestro país. Finalmente teniendo en cuenta las prácticas que revelan la
persistencia de memorias de larga duración en escenarios donde la mer-
cantilización marca zonas de inclusión y exclusión, me plantearé posibles
cuestiones a averiguar mas adelante.

* Departamento de Antropología, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacio-


nal de Córdoba. E-mail: [Link]@[Link]

207
La hoja de coca. Vigencia y estigma

Saliendo del corral ontológico.

Sobre el origen de la coca contaban los indios del Cuzco la leyenda si-
guiente:

[antes que] estuviese como ahora está en árboles, era mujer muy hermosa
y que por ser mala de su cuerpo la mataron y la partieron por medio y la
sembraron, y de ella había nacido un árbol, al cual llamaron /ma/macoca
(sic) y cocamama y desde allí la comenzaron a comer, y que se decía que la
traían en una bolsa, y que esta no se podía abrir para comerla si no era
después de haber tenido cópula con mujer, en memoria de aquella, y que
muchas pallas ha habido y hay que por esta causa se llamaron coca, y que
esto lo oyeron decir a sus pasados los cuales contaban esta fábula y decían
que era el origen de la dicha coca.

La anterior es una versión recabada en el Valle de Yucay el 2 de julio


1571, que Levillier da a conocer en su obra Don Francisco de Toledo T. 2,
p. 172 (citado por Rorstworowski, 1973: 199)
Desde hace un tiempo, desde el llamado giro ontológico surgieron
perspectivas que pretenden echar luz sobre aquellos modos, confusos ante
la lente occidental, de ser, hacer y habitar ciertos paisajes. Algunos de es-
tos enfoques pretenden cuestionar la visión dominante que tenemos del
mundo: el dualismo naturaleza/cultura propia de las sociedades moder-
nas. Descola (2012) define a la ontología dominante como naturalismo,
en cuya concepción la agencia es reclamada solo para los seres humanos a
partir de su separación del mundo como totalidad y la consiguiente arro-
gación de derechos para observar, clasificar, medir, explicar y explotar
a los demás entes que habitan el/los mundos, asignándoles un carácter
pasivo. En ciertos casos esas esferas, que son vistas de modo estático desde
el naturalismo, son percibidas desde otras perspectivas como solapamien-
tos móviles donde las fronteras se diluyen desafiando los modos conven-
cionales de entendimiento. Al poner en cuestión nuestras percepciones
del mundo, estas perspectivas reivindican formas alternas de entender las
articulaciones entre los seres que clasificamos como perteneciente a lo na-
tural o lo cultural.
Ejemplo de esto es el mundo andino, en el que los seres que lo cons-
tituyen y pueblan no son siempre percibidos y vividos como en el na-
turalismo, sino que poseen diversas manera de vinculación y comunica-

208
Liliana Vilte

ción. “Algunos vegetales, como otras materialidades, pueden detentar una


interioridad, y por ello debemos entender que algunos objetos/cuerpos
poseen la capacidad no sólo de participar de acciones, sino también afec-
tarla, a través de la intensión, su agencia” (Amuedo, 2015: 7). Desde esta
perspectiva el lugar de las plantas no es estático sino intersustancial; la
planta es a la vez vegetal, sujeto, herramienta y ancestro (Flores y Echazú
Böschemeier, 2016).
Esto se ve más claramente en el caso de las plantas que tienen efectos
psicotrópicos, las que ocupan un lugar destacado en las relaciones entre
humanos y vegetales, tal como lo señalan Evans Schultes y Hoffman en su
libro Plantas de los Dioses:

la íntima relación entre el mundo vegetal y el organismo humano se ma-


nifiesta en particular en que algunas plantas producen sustancias que pue-
den influir en las profundidades de la mente y del espíritu del hombre.
Los efectos maravillosos, inexplicables y hasta pavorosos de estas plantas
aclaran lo importante que fueron en la vida religiosa de las culturas anti-
guas y la veneración como […] sagradas con que son tratadas por ciertos
grupos nativos que han conservados sus tradiciones” (Evan Schultes y Ho-
ffman,1982: 10)

Cabiesse, en ese sentido, incluye a la Coca entre Las Siete Ñustas de


Wiracocha1, junto a las mishas2, el llanto del sacerdote3, el tupac sayri4,
el san pedro5, la ayahuasca6 y las campanillas infernales7, refiriéndose a
la magia e importancia de las plantas que usan los curanderos (Cabiese,
1998: 81).
Del mismo modo existen estudios etnográficos del mundo andino en
los que se da cuenta de relaciones disimiles que se establecen entre las
personas y otras formas de existencia, donde las plantas tienen un papel

1 Conjunto de plantas que son empleadas por los conocedores de pueblos amazó-
nicos y andinos con fines curativos, entre otros.
2 Brugmansias.
3 Anadenanthera.
4 Nicotianas.
5 Trichocereus.
6 Trichocereus.
7 Ipomeas.

209
La hoja de coca. Vigencia y estigma

activo en la reproducción de la vida comunitaria (Spedding, 1994; Rivera


Cusicanqui, 2003; Allen, 2008; Amuedo, 2015, entre otros)

La coca y sus usos en los Valles Calchaquíes, Salta

Según Mamani Pocoaca la palabra coca proviene de la voz aimara kuka


que significa árbol (2006: 41). Feldman nos hace notar cómo esta manera
de designar a la coca nos revela el lugar de arquetipo de todos los árboles
que se le asigna a la planta de coca lo que a su vez nos habla de la importan-
cia de ésta para la cultura aimara y andina en general (Feldman, 2011). En
la actualidad la coca es un arbusto, planta leñosa que se ramifica desde la
base y cuyas ramas crecen entre dos a cinco metros de altura dependiendo
de la variedad y del lugar en donde se desarrollan. Volviendo a lo refe-
rido por Mamani Pocoaca, la transformación de árbol a arbusto habría
sido consecuencia de la domesticación y su progresiva implantación en
diferentes ecosistemas que junto a la disminución de altura favorecía su
cosecha y accesibilidad. La importancia de la planta de coca reside en sus
hojas ya que éstas una vez recolectadas y secadas ingresan en diferentes
circuitos de participación y aplicaciones.
En comunidades de noroeste argentino y en el Valle Calchaquí es-
pecíficamente la hoja de coca aparece en diversas situaciones que pude
apreciar. La más común es el coqueo8, una práctica ancestral que consiste
en acomodar un conjunto de hojas de coca entre los molares y la mejilla
interior para insalivarlas, en este acto también se utiliza algún medio alca-
lino generalmente llijta9 o bica,10 para al cabo de unos minutos poder ex-
traerles los jugos. Esta acción se realiza además de ser una costumbre por-
que “cuando nosotros coquiamos11 nos aliviamos y sentimos más juerza12,
valor para trabajar la tierra, […] para seguir a los animales en los cerros, le
pedimos a la Mamita Virgen Pachamama protección porque en los cerros,
en todas partes hay juerzas, cosas hay, a veces se ven, a veces no pero hay

8 Del verbo coquear. En el mundo andino se utilizan también las palabras pijchar,
acullicar, chacchar, , bolear, para referirse a la acción del coqueo.
9 Pasta semi blanda a base de cenizas vegetales que se usa para acompañar el co-
queo.
10 Bicarbonato de sodio.
11 Del verbo coquear.
12 Fuerza, vitalidad, energía.

210
Liliana Vilte

que pedir permiso con respeto y recién pasar porque te pueden pillar13”
(Comunicación personal con doña V.G. habitante de Molinos, Salta. 08-
03-2023). Anteriormente en una visita que le hice esta misma persona
me contaba que hace ya cuanta14 su abuelo preparaba su propia llijta y que
cada coquero tenía su propia receta de cómo hacerla. Cuenta que utilizaban
jume15, un arbusto muy característico de la zona de los Valles Calchaquíes,
en la elaboración de la pasta que acompaña la coca en al acto de coquear.
Recuerdo de pequeña haber visto a miembros de mi familia utilizar esta
misma planta para obtener la ceniza para la masita que acompaña la coca,
utilizaban además almidón de maíz. Además la coca no puede faltar en
ocasiones importantes de la vida de los vallistos como por ejemplo las
señaladas16 o las corpachadas17 en que está presente desde el inicio hasta el
final, como comida para compartir y amenizar, pero también hace parte
de los pagos junto a otros elementos que consisten en una ofrenda que se
quema o que se entierra dependiendo de la tradición familiar o comuni-
taria. Asimismo está presente en sesiones de curaciones a los que muchos
vallistos todavía asistimos frecuentemente (a pesar de las exhortaciones
de los curas) en busca de alivio a las dolencias fiscas y espirituales. Men-
cionaré otros ejemplos en que la hoja de coca está presente. Habiendo
acompañada a mi madre por mucho tiempo mientras transitaba una en-
fermedad desconocida que la llevó de este plano, una curandera de Payo-
gasta me dijo que lo que le pasaba a mi madre era porque había sufrido

13 Las entidades que habitan los territorios pueden agarrar a las personas quedán-
dose con sus ánimos o almas.
14 Hace referencia a mucho tiempo atrás.
15 Allenrolfea vaginata; especie arbustiva de la familia de las amarantáceas.
16 Celebración, convite que consiste en marcar con un corte en las orejas a ani-
males (llamas, cabras, vacas, ovejas) para señalarlos como propios de determina-
da familia. Estos eventos empiezan muy temprano a la mañana y generalmente
también incluyen la castración de los machos que no serán sementales. Todo el
evento se da en un contexto de rituales de agradecimientos, pedidos y pagos a la
Madre Tierra.
17 En los Valles Calchaquíes ritual de agradecimiento a la Pachamama, general-
mente en el mes de Agosto pero también en otras ocasiones como por ejemplo los
primeros días de noviembre cuando las almas visitan a los vivos y luego del con-
vite algunas familias entierran parte de las ofrendas. Asimismo algunas familias
corpachan en tiempos de inicio de la cosechas.

211
La hoja de coca. Vigencia y estigma

un gran susto por lo que su espírito18 o ánima/ánimu19 había abandonado


el cuerpo y ella iba a tratar de hacerlo regresar. De manera que procedió a
preparar los remedios entre los cuales estaba una bolsita de hoja de coca.
Prendió una vela en la habitación oscura en que nos encontrábamos y
eligió de la bolsita hojas enteras y del mismo tamaño. Procedió a buscar
entre el cabello de mi madre su remolino, que son entendidos como por-
tales por muchos vallistos, y habiéndolo encontrado se frotó con alcohol
las manos y con su mano derecha alzo las hojas de coca y con la izquierda
tomo una campera de mi madre y comenzó a invocar al espírito asustado.
También invocaba la ayuda de la Mamita Virgen, Pachamama Santa Tierra20,
le pedía a Pachatata21 que si había visto por el campo al ánimu de mi ma-
dre le avisara y acompañara para que pudiera volver. No fue la única vez
que visitamos curanderos y siempre que lo hicimos nos pedían hojas de
coca aunque sea un poquito. Existen en los Valles Calchaquíes curanderos
de todo tipo y por lo que pude saber por vivencias y conversaciones con
conocidos siempre la hoja de coca está presente. Me contaba don Juan,
vecino de los valles que cuando él era joven sus padres lo dejaron en el
puesto cuidando los animales y una tarde cuando los encerró en el corral
les faltaba como diez entre los cuales había dos cabras preñadas. Su aflic-
ción se acrecentaba con el paso de los días porque en esos tiempos andaba
el lión22. Don Juan llevaba a las chivas23 a los lugares donde sospechaba que
podrían estar las extraviadas y nada. Un día decide bajar hasta el poblado y
prestarse un caballo para ir a consultar a un puesto entre los cerros donde
vivía una anciana que estaba perdiendo la visión de los ojos pero que to-

18 Espíritu.
19 Alma, ánimo.
20 Comúnmente y en diferentes ocasiones las personas usas estas denominaciones
como sinónimos. Rara vez se le invoca de una sola manera.
21 Según mis antepasados este ser/persona habitan en los campos, en los cerros
no muy altos, protege a los animales de ser cazados por diversión y no por necesi-
dad. Dicen que es un señor viejito y bajo. Sus ropajes lucen hilachosos porque él es
una persona de ¡ya cuanta! [hacen referencia a mucho tiempo] y su ropa se gastó.
Viste pantalón de barracan [tejido tradicional] y poncho color marrón ceñido a la
cintura con una soga u onda que a veces se transforma en víbora, lleva además un
sombrerito viejo y ushutas [ojotas]. Raras veces se deja ver en los campos, car-
gando su atado de leña se va presuroso. A veces se sabe que anda por las quebradas
porque se lo hoye silbar.
22 Vocablo regional que hace referencia al puma andino.
23 Cabras.

212
Liliana Vilte

dos los lugareños sabían que era de las mejores curanderas y conocedora
de las artes de encontrar respuestas. Recuerda que la mujer apenas le sin-
tió llegar salió del puesto, y apenas él se bajó del caballo lo saludo y le dijo
que no se preocupe porque había soñado que iría a verla afligido. Contó
que tomaron mates y que después procedió a acomodar hojas de coca que
tenía en doble bolsita diciendo “vamos a ver que dice la mamita”. Después de
un rato de hacer como que veía y de palpar las hojas le avisó que vio a las
cabras mañeriando24 en unas peñas en un lugar cerca de El Duraznillo. Juan
ahora se reconoce un ferviente católico temeroso de Dios y asombrado
me contó una tarde que nunca sabrá que fue aquello que vivió porque le
pareció obra de mandinga25, porque tal como le dijo la anciana encontró
las cabras sanas en el lugar indicado. Pero no solo en los ámbitos rurales la
coca tiene presencia activa también es usada por los habitantes de las ur-
bes. Muchas personas que no se reconocen indígenas o campesinos como
tal, coquean durante las jornadas de trabajo, en los viajes, en los eventos
festivos, etc. También los viajeros y turistas que visitan los valles la con-
sumen en infusiones, o industrializada en forma de caramelos o pastillas
para evitar y/o aliviar el apunamiento26.

La clasificación botánica de la coca

Castro de Mata respecto a la clasificación botánica de la planta de la hoja


de coca, relata que en 1750 llegaron hasta el herbario del Museo de Histo-
ria Natural de París, provenientes del ahora territorio boliviano, plantas
que recibieron el nombre de Erythroxylum coca por Jean-Baptiste Lamark
(Castro de la Mata, 2003). De manera que los arbustos denominados
coca pertenecen al género Erythroxylum de la familia de las Eritroxilá-
ceas constituidas por unas 250 especies autóctonas que crecen de forma
silvestre en las zonas tropicales americanas a excepción de Erythroxylum
coca y E. novogranatense. Las mencionadas son cultígenos milenarios que

24 Mañerear se usa para definir la acción de un grupo del rebaño que se separa
de la tropa principal por haberse asustado con los truenos en una tormenta por
ejemplo, o porque el puma los corrió o porque simplemente se separaron y no
regresan al corral al caer la tarde.
25 Palabra que hace referencia al diablo.
26 También conocido como mal de altura. Consiste en malestares físicos debido a
dificultades de adaptación a la baja presión del oxígeno en lugares que se encuen-
tran a mayor altitud que los de residencia de los viajeros.

213
La hoja de coca. Vigencia y estigma

fueron domesticados hace bastante tiempo, el suficiente como para de-


rivar en dos variedades cada especie, a saber, Erythroxylum coca var. coca,
Erythroxylum coca var. ipadu y Erythroxylum novogranatense var. novogra-
natense y Erythroxylum novogranatense var. truxillense (Davis, 2004)27. De
las numerosas especies del género Erythroxylum, solamente en las men-
cionadas se logró aislar 14 alcaloides entre ellos la cocaína, mientras que
en ninguna de las especies silvestres se han detectado contenidos signifi-
cativos de alcaloides (Ossio et. al., 1989). Ambas especies se diferencian
por su contenido químico: Erythroxylum coca contiene mayor cantidad de
cocaína y menos aceites aromáticos (Canelas Orellana y Canelas Zannier,
1983). Otro dato relevante es que Erythroxylum coca var. coca es el tronco
primigenio que dio origen a las otras tres. De manera que son cuatro las
variedades cultivadas que poseen propiedades relevantes en torno a la in-
dagación de su vigencia y el porqué de su estigmatización.

Rastreando a la coca

Existen evidencias arqueológicas para Sudamérica que dan cuenta de la


participación de la coca en múltiples contextos que se remontan a 6.500 a
8.000 años de antigüedad en Las Vegas, Ecuador (Stothert, 2003, en Igaky,
2010). En el año 2010 un artículo de BBC Ciencia, daba cuenta de que el
doctor Tom Dillehay junto a otros investigadores de la Universidad de
Vanderbilt, encontró evidencias del consumo de coca y el preparado de
sustancias alcalinas en el noroeste de Perú, en ruinas de un pueblo caza-
dor. Según los investigadores las muestran datan de unos 8.000 años.28
Los casos peruanos son los más representativos y las evidencias abarcan
desde el Horizonte cultural denominado Precerámico (transición Pleisto-
ceno - Holoceno), hasta el Horizonte Tardío que corresponde al Imperio
Inca (1.438 – 1533 d. C)29 (Castro de Mata, 2003). También en el norte
de Chile las evidencias arqueológicas revelan la presencia de la coca en el
Valle de Azapa desde el periodo Formativo (1000 a.C -500 d.C) hasta el
horizonte Inca (1400-1500 d.C) (Ogalde et al, 2010).
27 Para una descripción más detalla sobre las variedades de coca ver Feldman,
2011.
28 En Perú ya se masticaba coca hace 8000 años. En [Link]
do/noticias/2010/12/101202_coca_masticada_men. Consultado en marzo de
2023
29 Para una descripción más detallada ver Castro de Mata, 2003.

214
Liliana Vilte

Según Feldman, son numerosos los cronistas que en el tiempo de la


conquista aportaron información relevante acerca de la extensión del uso
y la valoración de la hoja de coca. Algunos son Pedro Cieza de León, Juan
de Betanzos, Cristobal de Molina de Santiago, Juan Polo de Ondegardo,
Hernando de Santillán, Agustín de Zárate, Berónimo Benzoni, Pedro Pi-
zarro, Cristobal de Molina, Joseph de Acosta, Francisco de Ávila, Inca
Garcilazo de la Vega, Felipe Guamán Poma de Ayala, Martín de Murúa,
Joan de Santacruz Pachacuti Yamqui, Pablo José de Arriaga y Bernabé
Cobo (Felman, 2003).
Ramiro Castro de Mata (2003) en su obra Inventario de la hoja de coca
en el apartado tercero, hace una recopilación muy interesante de las pri-
meras relaciones de los navegantes y exploradores de fines del siglo XV
y comienzos del siglo XVI en donde se hace referencia al uso de mastica-
torios por los indios de las islas y el continente recientemente explorado.
Por ejemplo:

En lugar de moneda que usan es cierta yerba que llaman en su lengua


coca, que es como hoja de arrayán, la cual trayéndola en la boca no sienten
hambre ni sed por todo el día. Yo la he visto traer continuamente, si quizá
no es otra, a la gente de la provincia de Cumaná […]. También se usa traer
yerba en la boca en las provincias dentro de la tierra que van a Popayán,
y así debe ser por toda aquella tierra y reinos ó por mucha parte dellos,
puesto que no sabré decir si es toda una la coca del Perú y las yerbas que
por las otras provincias traen las naciones dellas en la boca. Si son diversas
deben tener la misma virtud, y el fin de traerlas debe ser por conseguir el
mismo fructo (Las Casas [1550] en Castro de Mata, 2003: 36)

Por su parte el cronista Felipe Huamán Poma de Ayala en su obra


Nueva Corónica y Buen Gobierno (2001, [1616]) –que versa sobre la historia
del inca y del gobierno virreinal, escrita en época de intensa persecución
contra la religión inca (Adorno, 1978)—, en algunos pasajes ilustra y des-
cribe varias escenas que dan cuenta de manera ambigua las variedades de
formas y contextos en que utilizaban los indios las hojas de coca:

Sacrificaban los yndios questaban fuera de la montaña llamado Haua Anti;


adoraban al ticre, otorongo. Dizen que le enseñó el Ynga que él mismo se
abía tornado otorongo y ancí le dio esta ley y sacrificaban con sebo quema-
do de colebra y mays y coca y pluma de páxaros de los Andes; los queman y
adoran con ella a los otorongos. (Poma de Ayala, 2001: 271)

215
La hoja de coca. Vigencia y estigma

Más adelante dice:

Otros hichezeros toman zebo de carnero y de culebra y de león y de otros


animales y may[s] y sangre y chicha y coca y lo queman y hazen hablar del
fuego los demonios. Y lo pregunta y lo rresponde y dizen lo que a de aver
y lo que pasa; por ellos lo saven. Todos los que comen coca son hicheseros
que hablan con los demonios, estando borracho o no lo estando y se tor-
nan locos lo que comen coca. (…). Acimismo adoran los árbores de la coca
que comen ellos y ací les llaman coca mama [la coca ceremonial] y lo bezen;
luego lo mete en la boca. (Poma de Ayala, 2001: 280)

El proceso de extirpación de idolatrías en poblaciones indígenas du-


rante la colonia tenía como fin erradicar por medio de la persecución y el
castigo, las creencias y prácticas rituales propias por considerarlas liga-
dos a las manifestaciones paganas y cosas del demonio. La persistencia de
creencias autóctonas junto a la utilización de diversos elementos primor-
diales para la vida como por ejemplo la coca, dificultaba y ponía en peligro
los proyectos de instauración del cristianismo e hispanización del nuevo
mundo. Posteriormente, durante el auge de la minería, advirtiendo que
era una manera barata que les permitía a los colonos tener a disposición
mano de obra para exprimirlas hasta los límites físicos, la usaron como
medio de pago y de tributo a la corona y al clero (Larrea Torrelio, 2015).

La coca en el noroeste argentino

La antigüedad de las prácticas en la que la coca participa, denotan la con-


tinuidad y persistencia de modos alternos de coexistencia entre los seres
que pueblan el mundo andino. El Noroeste Argentino (NOA) está cons-
tituido por valles, puna y el sistema montañoso surandino, en el que las
relaciones inter-étnicas entre comunidades de diferentes ecosistemas son
muy activas. Una de las tesis sobre cuándo habría llegado la coca a esta
región sostiene que llega al actual NOA con la influencia de Tiahuanaco
(1500 a.C – 1200 d.C) en el periodo que se conoce como de integración
andina (600 d.C - 1100 d.C) (Flores, 2016). Habría sido con la expan-
sión del imperio incaico (1438– 1533 d.C) -Qollasuyu- que se fortalece su
importancia entre las comunidades de esta región. Según Abduca (2010)
habría sido en el siglo XVIII cuando se empezó a consumir de manera
masiva la coca en el NOA.

216
Liliana Vilte

A pesar de las diferentes coyunturas la coca supo abrirse paso entre


los prejuicios y los intereses. Adbuda y Metaal retoman de Ambrosetti un
artículo publicado en Anales de la Sociedad Científica Argentina en 1896,
en el que refiriéndose al NOA y más precisamente a Salta, se detiene en la
coca y en su acción sobre los hombres del altiplano diciendo que “los co-
queros justifican a su modo este repugnante vicio” Exponen para el NOA
que hacia 1920

el consumo de coca por sectores no indígenas es flagrante y se ha extendi-


do por todo Salta y Jujuy […] Un cronista literario porteño, severo crítico
del coqueo, afirmó por aquellos años que “al viajar en tren hacia el norte
del país desde Buenos Aires se advierte que los consumidores aumentan
a medida que el tren avanza, pasando la estación de Tucumán (Adbuda y
Metaal, 2013: 47).

Además este buen hombre habría observado atónito que

la práctica del hábito, no es propiedad exclusiva de la llamada clase baja


[…] el viajero se convence, con pena, que en todas las clases sociales existe
el coquero […] y aun en la clase obrera extranjera que se asimila a los usos
y costumbres del lugar con una facilidad admirable” (Adbuda y Metaal,
2013:3).

En base a los relatos podemos ver cómo la coca estaba presente en la


cotidianeidad de diversas personas sin importar las distancias.

Amor y odio, verde o blanca

Desde la época de la colonia se escribió sobre la coca; exploradores, pres-


bíteros, médicos y hasta soldados se ocuparon para defenderla, denostarla
o sacarle provecho. El punto es que hubo una época en que el interés dejó
de ser la hoja y sus virtudes, ese momento marcó un antes y un después, y
convirtió a la coca en algo más complejo.
García Hoyos señala que en Alemania en 1855, Friedrich Gaedele lo-
gra aislar las sustancias aceitosas de la planta de coca (García Hoyos, 2007).
Luego las versiones más difundidas dicen que a partir de 1858 el quími-
co alemán Albert Niemann experimentaba en un laboratorio a partir de
mezclar coca peruana con diferentes solventes para dar con la fórmula
de la cocaína, logrando su cometido en 1859 y 1860 (Freud, 1980; García

217
La hoja de coca. Vigencia y estigma

Hoyos 2007, Feldman, 2011; López Restrepo, 2018). Sin embargo la so-
cióloga boliviana Rivera Cusicanqui afirma que fue en La Paz, Bolivia, en
1858 donde por primera vez se logra sintetizar la hoja de coca, refutando
la versión anterior. Lo habría hecho un italiano apellidado Pitzi. Luego la
fórmula fue robada y llevada a Alemania (Rivera Cusicanqui, 2012). En
los años siguientes Friedrich Wöhler y Karl Schroff descubren los efectos
anestésicos de la cocaína suministrada por vía oral y Vonn Anrep observó
el efecto anestesiante de la cocaína mediante inyección subcutánea. En
1862 se clasifica a la cocaína en los anuarios científico de Alemania y es
la empresa Merck, primer fabricante comercial de la morfina, quien em-
pieza a producir cocaína conservando el monopolio hasta que en 1880 la
cocaína es incluida en el listado oficial de drogas de la farmacopea de los
Estados Unidos (López Restrepo, 2018). Las experimentaciones y aplica-
ciones médicas gracias a los efectos analgésicos y anestésicos fueron en
aumento desembocando en el uso descontrolado que género adicción,
dependencia psíquica y simultáneamente un boom económico (García
Hoyos, 2007).
Rivera Cusicanqui afirma que durante un primer momento del boom
de la cocaína, Perú fue el primer exportador de pasta base legal hasta que
en 1880 empezó a competir con Java, colonia de Holanda por aquellos
años. Así hacia 1908 la isla de Java se convirtió en el mayor exportador
de coca para cocaína que se industrializaba en Japón y Alemania. Esto fue
posible porque lograron implantar la variedad de coca andina, predilecta
de la industria farmacéutica por su mayor contenido del alcaloide (Rivera
Cusicanquie, 2012).
Respecto del mercado mundial de la hoja de coca, para 1863 este se
amplió debido a que el químico francés Angelo Mariani, creo Vin Tonique
Mariani, una preparación que comercializaba como un tónico medicinal y
que estaba compuesta por extracto de coca y vino de Burdeos. Esta bebida
fue muy popular al punto de que entre 1863 y 1885, Mariani fue el princi-
pal comprador mundial de la hoja y la mayor parte la adquirió en Bolivia
(López Restrepo, 2018).
En 1884 Sigmund Freud publica Ueber Coca, ensayo en el discurre so-
bre las propiedades de la coca para el tratamiento de malestares físicos
como la tensión nerviosa. Sin embargo no deja explicitada la diferencia
entre la hoja de coca y el clorhidrato de cocaína por lo que se entendía
que la segunda era un concentrado de la primera lo cual marcaría de algún

218
Liliana Vilte

modo el devenir de la hoja de coca. Siguiendo a García Hoyos, en 1895


Freud estima que la adicción a la cocaína depende de las particularidades
del usuario y recomienda su uso controlado en pacientes con ansiedad y
estrés.
Mientras tanto en 1885 en Estados Unidos, John Stylh Perberton lan-
za en Atlanta la primera versión de la bebida gaseosa Coca-Cola en base a
hoja de coca descocainizada y nuez de cola importada del norte africano. A
principios del siglo XX la industria farmacéutica a nivel global empieza a
competir por el mercado y en su afán, utilizan cocaína pura como base de
numerosos medicamentos (antipsicóticos, ansiolíticos y otros) de venta
libre, ejemplo de esto es la farmacéutica norteamericana Parke Davis, la
cual comercializaba cocaína en polvo para inhalación, esta práctica se ex-
tiende rápidamente entre los grupos pudientes de Norteamérica y Euro-
pa, generando drogodependencia. Mientras, en Sudamérica los países de
Perú y Bolivia declaran el cultivo de la planta de coca como monopolio es-
tatal ya que representa sus mayores ingresos. En 1906 en Estados Unidos
el presidente Roosevelt firma un acta con el fin de controlar y dominar
los venenos y drogas peligrosas, sin embargo ese mismo año su país es el
mayor importador de cocaína y hoja de coca. Entretanto en Europa se le-
gisla para contrarrestar los males: en Enero de 1912, en La Haya se firma
la Convención Internacional del Opio, la cual cataloga tanto a la coca y a
la cocaína como drogas prohibidas. Si bien este convenio fue suscrito en
su momento por cinco países, cobró validez mundial en 1919 cuando fue
incorporado al Tratado de Versalles.
A partir de este momento se inicia la campaña denigratoria de la hoja
de coca. En 1922 el congreso norteamericano declara a la cocaína como
narcótico y prohíbe su importación y consumo. Tres años más tarde La
Convención Internacional del Opio, instaura el Comité Central Perma-
nente de Estupefacientes y solicita a los países integrantes información
relativa a la producción y elaboración de los mismos. En esta ocasión se
declara a la coca nociva para la salud. En varios países latinoamericanos se
legislan o modifican las reglamentaciones para restringir el cultivo, mer-
cadeo y consumo de coca.
En Julio de 1931 en Ginebra, la Sociedad de las Naciones crea la Con-
vención Internacional sobre Fabricación y Reglamentación de la Distri-
bución de Estupefacientes. En esa ocasión se solicitó informes al gobierno
argentino, y las autoridades de Buenos Aires cursaron el pedido a las seis

219
La hoja de coca. Vigencia y estigma

provincias del NOA. Sólo respondió la provincia de Jujuy, presentando un


informe en el que se consideraba la coca como “hábito”, y no como “toxi-
comanía”, el autor era el joven médico jujeño Carlos Alvarado.
Terminada la segunda Guerra Mundial y en un contexto de reordena-
miento político-económico, en Octubre de 1945 nace la ONU que a tra-
vés de la OMS intentaba controlar la producción de coca. En tanto 1949,
se envió una comitiva a Perú y Bolivia, al frente de esta se encontraba
Howard Fonda banquero norteamericano y presidente de la American
Pharmaceutical Association. En su visita solo se entrevistaron con per-
sonas de las elites y confirmando sus prejuicios, concluyeron que la hoja
de coca producía retardo mental y que era la causa de la pobreza de éstos
países, recomendaban erradicar el consumo por parte de la población lo-
cal. Por disposiciones de esta organización internacional se permiten los
monopolios de coca solo en Bolivia y Perú, la cual luego debe ser acopiada
y exportada a los Estados Unidos para su industrialización con fines far-
macéuticos, según informa Rivera Cusicanqui (2012). La autora concluye
que la principal misión era barrer a la competencia, puesto que la molécu-
la de cocaína es transformada en novocaína, lidocaína, etc. todos anestési-
cos controlados a través de las Naciones Unidas por la OMS.
A pesar de ello en 1950 desde la ONU se emite un informe en el que
se afirma que la “masticación de la hoja de coca es un hábito no adictivo y
que posee valor nutricional” (García Hoyos, 20011, p. 171); sin embargo,
el Comité de la OMS en 1953 afirma que en coqueo milenario debe ser
considerado toxicomanía y clasifica a la coca como droga y recomienda
su prohibición.
En 1961 la Conferencia Internacional del Consejo Económico y Social
de la ONU, se reunió en Nueva York para adoptar una Convención Única
de Estupefacientes. De manera que mediante este convenio cambia la pos-
tura de 1950 y determina que “La masticación de la hoja de coca quedará
prohibida dentro de los 25 años siguientes a la entrada en vigor de la pre-
sente Convención” (Inc. E, art. 27). Esta misma Comisión prohíbe el uso
de la cocaína y la describe junto a la hoja de coca y a la heroína como los
estupefacientes más dañinos, sin hacer distinciones entre la hoja de coca y
la cocaína. En 1964 se ratifica y entra en vigor la Convención Única de la
ONU a favor de la erradicación de la planta de coca. En 1971 añaden a la
Convención Única de Estupefacientes, un capitulo respecto las sustancias
psicotrópicas, en esta oportunidad a la hoja de coca se la clasifica junto al

220
Liliana Vilte

opio, la marihuana y la adormidera, sin embargo este hecho no cambió en


nada la situación de persecución que sufre la hoja de coca.
En la década de 1970, la cocaína es un producto importante para la
economía mundial; su ilegalidad la transforma en una mercancía sobre-
valorada, y su consumo se masifica en todos los sectores de la sociedad.
En 1975 Roderick Burchard indica que de los 14 alcaloides que posee la
hoja de coca, al ser masticada añadiéndole una sustancia alcalina como
ocurre en el consumo tradicional, la cocaína es degradada y se convierte
en ecgonina (Burchard, 1986). En la misma línea Neischulz demuestra en
un estudio con ratas que la ecgonina, sustancia responsable de los efectos
principales producto del coqueo, no es adictiva y es 80 veces menos tóxica
que la cocaína (Hoyos, 2011).
En los inicios de la década de los noventa [Link]. propone la creación
del Grupo de Dublín, con el fin de hacer más eficientes –que los de la
ONU—, los controles sobre las drogas en los países en riesgo. Mientras
tanto se confirma que existen cultivos de coca en regiones cálidas de Eu-
ropa y Estados Unidos. En 1989 se cumplía el plazo de 25 años en los que
debió haberse erradicado completamente en Sudamérica el cultivo de coca
según la Comisión de Estupefacientes de la ONU30. En este sentido los
países de Perú y Bolivia llevaron adelante reiterados reclamos respecto
del status de la hoja de coca en la convención de 1961. La demanda era
por la reconsideración de la abundante información producto de diversas
investigaciones científicas que daban cuenta no solo de la inocuidad de la
práctica del coqueo sino de los variados beneficios para la salud humana
por ejemplo el estudio Nutricional Value of Coca publicado en 1975 (Duke
et all., 1996)
En 1991 se emprendió un estudio a cargo del Instituto Interregional
de las Naciones Unidas para Investigaciones sobre la Delincuencia y la
Justicia y la OMS, enmarcado en El Proyecto Cocaína entre los años 1991
– 1995. Supuestamente se publicaría en 1995 pero es al día de hoy que
sigue sin publicarse debido a que los resultados no se correspondían con el
discurso demonizante que ciertos sectores pretendían instaurar (Henman,
2005)

30 Más detalles sobre el control de drogas de las Naciones Unidas y posibles re-
formas, en la página Web del TNI en español [Link]

221
La hoja de coca. Vigencia y estigma

En 2011 la ONU reiteró el pedido de prohibir el coqueo, dos años más


tarde, gracias a la votación de la gran mayoría de los países integrantes,
la ONU dio marcha atrás y finalmente aceptó el coqueo como práctica
ancestral.

La ambigüedad de ley nacional y la cuasi-legalidad de la coca.

Actualmente en Argentina en general y particularmente en el NOA no se


cultiva ninguna de las especies de coca y por ahora no se tienen evidencias
de que sí haya ocurrido en el pasado, aunque existen zonas que tienen
las condiciones adecuadas para su desarrollo como las yungas jujeñas y el
bosque tropical chaqueño. Sí existen en cambio, pruebas de que ha sido
históricamente traída desde las tierras bajas31 por diferentes grupos a tra-
vés del tiempo (Flores, 2011).
Según Abduca (1994) a partir de 1990 se importaban desde Bolivia
más de 1.100 toneladas de hojas de coca al año. Al no ser una región pro-
ductora sino consumidora de coca, el NOA no comparte muchos de los
problemas que padecen las comunidades en la que si se cultiva , las cuales
viven con amenazas constantes no solo de las guerrillas del narcotráfico y
los fuerzas armadas, sino también de los intereses de los gobiernos y de la
injerencia extranjera. El NOA recibe parte de la coca que sale de las Yun-
gas y el Chapare de Bolivia, en primer lugar llega a las ciudades norteñas
y desde allí se redistribuye a los pueblos del interior y en menor medida a
las grandes ciudades.
En Argentina el cultivo de la planta de coca está prohibido por ley.
En 1989 al cumplirse el plazo impuesto por la ONU de erradicación de la
producción y consumo de coca, en Argentina se logra modificar el Código
Penal a través de la Ley de Estupefacientes 23.737. Esta fue sancionada en
Septiembre de 1989 y promulgada al mes siguiente. El artículo 15 versa
“La tenencia y el consumo de hojas de coca en su estado natural, destinado
a la práctica del coqueo o masticación, o a su empleo como infusión, no
será considerada como tenencia o consumo de estupefacientes” El juez
federal de Garantías N° 1, de Salta Julio Bavio explica para el caso del NOA
que la venta de hoja de coca se hace abiertamente en negocios habilitados
(2022, en prensa). Por su parte Abduca sostiene que la coca pasó a tener
un carácter de cuasi-legalidad (2016, en prensa), ya que si bien la ley con-
31 Selva amazónica.

222
Liliana Vilte

templa la tenencia y el consumo, no reglamenta su importación, la cual se


hace de manera clandestina al ingresar por medio del contrabando. La ley
23.737 no hace referencia al transporte de la coca para consumo ni tam-
poco estipula una cantidad máxima permitida, esto genera que la decisión
de su secuestro quede a criterios de las autoridades porque la ley sí prohíbe
el transporte de materias primas para la elaboración de estupefacientes. Al
respecto Bavio expresa que si la ley contiene una palabra indígena32 y te-
niendo en cuenta el reconocimiento de su pre-existencia étnica33, las con-
versaciones para avanzar en la legislación y administración deben tomar
como base los derechos reconocidos a los pueblos milenarios que desde
hace mucho tiempo utilizan la coca (Bavio, 2022, en prensa).
A pesar de que la ley fue modificándose a través de los años, no se ac-
tualizó en nada el artículo 15. En el año 2000, la Administración Nacional
de Medicamentos, Alimentos y Tecnología médica (ANMAT), estableció
por medio de la disposición 1788 una serie de organismos vegetales que
no pueden formar parte de medicamentos fitoterápicos, incluyendo en el
listado a la hoja de coca, a pesar de que ésta es utilizada como tratamiento
de ciertos males, el de altura por ejemplo. Lo que podemos vislumbrar es
que existen además de vacíos legales, cierta contraposición de intereses
en las normas ya vigentes que requieren de voluntad pero también de la
participación fehaciente de los interesados.

A modo de cierre

A pesar de la demonización y persecución sufrida la coca se mantiene vi-


gente desafiando los límites y adecuándose a diversos escenarios. La coca
mantiene su agencia histórica como ser sagrado, como alimento/medici-
na, como camino, como medio, como ofrenda.
Las fuertes revisadas dan cuenta del extenso recorrido de las hojas de
coca. Si bien lo referido a la legalidad es importante, también lo es su di-
mensión ontológica. Porque a pesar de que la modernidad avanza sobre
los territorios produciendo transformaciones significativas, los poblado-

32 Coqueo
33 A partir de la Reforma de la Constitución de nuestro país (1994) se introduce
el Artículo 75 inciso 17 en el que se reconoce la preexistencia étnica de los pueblos
indígenas, al tiempo que jurídicamente se le garantiza el respeto a sus identidades
y les habilita participación en la gestión de los intereses que les afecten.

223
La hoja de coca. Vigencia y estigma

res de mundos se reacomodan. La idea es intentar averiguar cuándo y de


qué manera participa la hoja de coca en la vida de comunidades del Valle
Calchaquí medio, teniendo en cuenta que en los últimos años la industria
del turismo se asienta cada vez con mayor determinación. Esta circuns-
tancia produce reacomodamientos no siempre armoniosos de las partes,
pero también excluye o alienta a los pobladores a desenraizarse y migrar
a las ciudades. ¿Conservan estas personas alguna relación con la hoja de
coca? ¿Practican algún ritual o coquean? ¿Cuáles son los sentidos que en-
trañan las prácticas en que interviene la hoja de coca? Esas serán algunas
huellas que intentare rastrear.

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227
Agroecología en primera persona

Maribel Coseano*
Cristina Mancini ‡

Introducción:

E s necesario especificar que la agroecología, es un concepto dinámico y


en construcción, ya que existen variados matices en su configuración
conceptual y por lo tanto, en su materialización operativa. Debido a esto,
algunxs autorxs enfatizan que la dificultad con los enfoques agrícolas he-
gemónicos se debe a que no han tenido en cuenta las variaciones en los
ecosistemas, las relaciones económicas y las organizaciones sociales que
existen en cada región, y por consiguiente el desarrollo agrícola no ha es-
tado a la par con las necesidades y potencialidades de los campesinxs loca-
les (Altieri y Nicholls, 2000). Así la agroecología se considera un paradig-
ma emergente basado en la agricultura familiar, la producción nacional de
alimentos por campesinxs y el empleo consciente de los bienes naturales
(Altieri y Toledo 2011). Desde esta perspectiva se reconoce el importante
aporte de la familia productora, rural y urbana, no sólo como fuerza labo-
ral sino como medio transmisor de saberes, valores y otras características
propias de su identidad (Manzanal y González, 2010).
Frente a este marco, es que surgen las ferias y nodos agroecológicos
en Argentina, como una alternativa de re-existencia al sistema alimenta-
rio hegemónico, poniendo en valor productos provenientes de sistemas
alimentarios alternativos, vinculados con ciertos rasgos o valores, como
soberanía alimentaria, equidad social, sustentabilidad y una calidad con
referencia local y como resistencia ideológica al modelo hegemónico ac-
tual de producción de alimentos (Marques, F; Oliveira, D ,2016). En el
caso de la región de estudio, el Gran Córdoba, nos proponemos observar
la manifestación de estas prácticas contrahegemónicas en las experiencias

* Doctoranda en Estudios sociales agrarios,Centro de estudios avanzados, Universidad Na-


cional de Cordoba. c.e [Link]@[Link]

Doctoranda del Doctorado en Ciencias Antropológicas, radicada en IDACOR, Museo de
Antropología, Universidad Nacional de Córdoba c.e:crismanci9@[Link]

229
Agroecología en primera persona

de la Feria Agroecológica de Córdoba (FACba) que incorporamos en este


artículo porque la consideramos pionera en este tipo de propuestas colec-
tivas, a partir de la cual fueron surgiendo espacios como la Feria Serrana
Agroecológica de Unquillo (FSAUn), y la Feria Agroecológica de Río Ce-
ballos, en las cuales específicamente nuestro trabajo se está desarrollando.

Imagen 1. Ubicación de las Ferias Agroecológicas

El presente trabajo intenta ser un escrito en donde la subjetividad no


quede en el revés de la trama. Queremos plasmar las vivencias de lxs pro-
tagonistxs, centrándonos en quienes participan en la Feria Agroecológi-
ca de Córdoba (FACba) y en la FSAUN como recurso metodológico que
nos permita aproximarnos al problema de investigación. Lo que sigue son

230
Maribel Coseanoy Cristina Mancini

testimonios de nuestrxs interlocutorxs y a ellos sumamos el aporte de


nuestras propias voces como testimonios, porque ambas autoras partici-
pamos activamente en dos experiencias de Ferias Agroecológicas: Cris-
tina Mancini fue feriante en la FACba e integra colectivos cuyo eje ver-
tebrador es la Agroecología. Por su parte Maribel Coseano está llevando
adelante un Proyecto de Extensión Universitaria que vincula la Feria Se-
rrana Agroecológica de Unquillo (FSAUn) con escuelas de Sierras Chicas.
La idea de presentarlos en “primera persona” es solo un primer paso para
tomar la necesaria distancia para, como investigadoras, analizar nuestra
propia experiencia como “nativas”, junto con la de nuestros entrevistados.
Consideramos que esta forma de presentar los primeros materiales de in-
vestigación contribuyen a plantear nuestras inocultables afinidades con el
objeto de estudio, al que es necesario aproximarse operando una ruptura
con las representaciones del sentido común y las relaciones más obvias
entre las cosas.
También ha sido un primer paso para poner sobre la mesa lo que ve-
níamos haciendo desde nuestras respectivas disciplinas, encontrando el
necesario nexo entre las propias experiencias que se entraman con la ex-
periencia personal de otros. Lo consideramos como puntada inicial para
,como sugiere Rockwell (2009),”documentar lo indocumentado” y desa-
rrollar junto con el trabajo de campo que aún queda por hacer, un arduo
trabajo teórico que permitirá una mayor explicitación de las conceptua-
lizaciones aquí meramente esbozadas y un mayor acercamiento a la em-
piria. Somos conscientes del trabajo que tenemos por delante , tal como
señala Bourdieu(1968): “El principio explicativo del funcionamiento de
una organización(...) en rigor, es la captación de la lógica objetiva de la
organización lo que proporciona el principio capaz de explicar, precisa-
mente, aquellas actitudes, opiniones y aspiraciones”(pag. 34).
Finalmente el hilo mostrará el tapiz, siempre inacabado y fluctuante,
que las personas en la densa red de relaciones que vislumbramos, iremos
tejiendo.
Al elaborar este texto desandamos de alguna manera el camino que
nos trajo hasta aquí, acompañadas por las emociones más arraigadas y
quizá por eso menos conscientes.

231
Agroecología en primera persona

Las semillas viajan, también por el tiempo

Un primer ejercicio fue recorrer los senderos de la memoria y volver a


pisar sobre las huellas de nuestros ancestros, que llegaron a esta tierra
cruzando océanos, transitando la línea que marcaban las altas cumbres
nevadas, o el curso de los ríos. Descendemos de quienes tuvieron un es-
trecho contacto con la tierra, ya sea que fueran de aquí o que vinieran
desde tierras lejanas, cercados por las vicisitudes de la guerra, el hambre,
la voracidad de siempre de unos pocos o el anhelo de avanzar más allá del
horizonte. Memorias que reaparecen, cuando el tiempo ya hizo su tra-
bajo de borrar los esfuerzos inútiles, los fracasos o las historias sin final
feliz. Pero las cosas que quedaron para ser olvidadas de pronto cobran
vida y nutren a aquellxs que aún pueden escuchar historias alrededor de
un fuego crepitante. La manera en que el abuelo tejía con las varas del
sauce mimbre los canastos, en los que se guardaban los huevos que a una
docena de gallinas les gustaba poner cerca de la represa. La luz tenue que
iluminaba la casa familiar mediante la electricidad proporcionada por el
molino de viento que también servía para extraer agua de una cisterna, el
viaje en carro hasta el mercado de abasto de la ciudad que se prolongaba
mucho más de lo necesario, para no cansar a los caballos. Las hectáreas
con durazneros y damascos, las plantas de ciruela y las higueras a lo largo
de la canaleta, los injertos en los frutales, la miel mezclada con el yogur
cremoso y agradablemente agrio. Los cultivos crecían tanto en los cercos
como en la huerta más pequeña gracias al conocimiento de los ciclos de
la tierra y por saber “leer” el sol, la luna, el aire, la lluvia y a los pequeños
seres que intuyen, de una forma que nos resulta inescrutable, los capri-
chos del clima. Nadie definía procesos o realizaba abstrusas taxonomías,
pero las prácticas familiares heredadas en relación con la agricultura in-
vitaban a observar, sentir, probar, saborear, oler, disfrutar de los colores
y las formas y sobre todo a no desperdiciar nada, porque todo puede ser
devuelto a la tierra para incorporarse de nuevo al ciclo de la vida.Y sobre
todo la necesidad de la ayuda de los otrxs para poder realizar los trabajos
más arduos, intercambiar lo que daba la tierra y juntarse para los festejos
y también mediar en los conflictos, que no eran pocos y que generaban
enemistades duraderas.

232
Maribel Coseanoy Cristina Mancini

Es posible pensar que lo que hoy llamamos “Agroecología”, fue la for-


ma de trabajar la tierra de esos agricultorxs1 previa a la tecnificación del
campo de la mano de la Revolución Verde2. Ellxs llevaron adelante prác-
ticas colectivas de producción3, como fue cavar kilómetros de canaletas
para traer el agua a sus chacras, organizarse para reparar una herramienta,
auxiliar a otrx ante una racha de malas cosechas o cuando tenían que pe-
lear contra el burócrata de turno por papeles “mal llenados”. Luego vino
la llamada Revolución Verde y la semilla de los ancestros quedó latente,
renaciendo en lugares más recónditos, refugiándose en los patios alrede-
dor de algún naranjo o limonero que la protegía de la helada o en macetas
en los balcones de las cocinas.

1 Ese término era usado por lxs abuelos de una de la autoras para referirse a ellos
mismos y a sus parientes más próximos. Quizá por su origen italiano también so-
lían usar “campesino”. Sería interesante indagar porqué sus hijxs y nietxs dejaron
de usarlo y en cambio al hacer referencia a lo que para ellxs fue un ascenso social,
el hecho de trasladarse a la ciudad y completar estudios universitarios, emplea-
ban la frase “hijx de chacarero” señalando con esta expresión el mérito de haber
“superado a sus abuelxs”.
2 En las décadas del 60’ y el 70’ irrumpe en el mundo la denominada “revolución
verde” (que implicaba el uso masivo de fertilizantes, agroquímicos y moderna ma-
quinaria agrícola),impulsada por las potencias capitalistas bajo el argumento de
que así se lograría una mayor producción mundial de alimentos (Altieri, 2001;Se-
villa Guzmán, 2006). En Argentina, la “revolución verde” fue fomentada princi-
palmente por el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA, creado
durante el gobierno militar de 1956),y adoptada acríticamente tanto por los secto-
res terratenientes como los medianos productores pampeanos y extrapampeanos
(tabaco, azúcar, yerba mate, etc.) ligados a la agroindustria (Teubal et al., 2005).
Sin embargo, el tiempo demostraría que lo que en realidad generó la revolución
verde en la Argentina fue un proceso de transformación de las relaciones produc-
tivas del campo (que pasaron a regirse por la lógica productiva de la agroindus-
tria). Wahren, J., & Barri, F. (2010).
3 Lo comunitario como una forma de establecer y organizar relaciones sociales de
“compartencia” (Martínez Luna, 2014) y co-operación ‒vínculos y haceres com-
partidos y coordinados‒ que tienden a generar equilibrios dinámicos no exentos
de tensión con el fin de reproducir la vida social, en medio de los cuales una colec-
tividad tiene y asume la capacidad autónoma, auto-determinada y auto-regulada
de decidir sobre los asuntos relativos a la producción material y simbólica necesa-
ria para garantizar su vida biológica y social a través del tiempo p.20

233
Agroecología en primera persona

Llegaron luego los tiempos de las bolsas blancas4 y desiertos verdes


que avanzaban comiéndose el suelo, el monte, envenenado los ríos, en-
fermando y matando a las personas5. Otrxs vendieron sus tierras porque
no pudieron aguantar “el paquete tecnológico”: semilla más agroquímico,
que sí pudieron y asumieron aquellxs que se plegaron a las propuestas de
las corporaciones. Estas megaempresas transnacionales venden semillas
genéticamente modificadas, tecnología que permite que solo esa semilla
prospere ya que puede soportar el herbicida que extingue toda otra forma
de vida en el suelo que compita con ella.

Las semillas brotan en condiciones adversas

Ante esta situación de daño a los seres vivos, a principios de este siglo
comenzaron a germinar grupos que no se resignaban a que la diversidad
que nos regala la tierra, la inmensa cantidad y variedad de cultivos que a
lo largo de milenios las comunidades habían sabido criar6 fuera devastada
por el avance de los monocultivos y las soluciones impuestas desde los
intereses hegemónicos. Surgieron en América Latina movimientos que
asumieron la defensa del derecho de los pueblos a conservar las semillas,
la lucha para que sean las comunidades las que tengan en sus manos los
sistemas alimentarios se propaga en los países más castigados por la ex-
portación de commodities. Así en 1984 se constituyó el Movimiento de
Trabajadores Rurales sin Tierra de Brasil (MST)7 que lucha aún por la
reforma agraria y la justicia social8. En nuestra provincia en 1999, surge el

4 Venta de soja a partir de la comercialización del grano cosechado en la anterior


cosecha, vendido como semilla sin pagar regalías a la empresa Monsanto dueña
de la patente de la soja RR, que contribuyó a la expansión de ese cultivo. Carlos
Vicente, Argentina, batalla por las semillas entre poderosos Red Nacional de
Acción ecologista. [Link]
argentina_batalla_por_las_semillas.htm
5 Balmaceda & Deon, 2022 lo denomina SATAN (Sistema Alimentario Transna-
cional/transgénico de AgroNegocio)
6 Lema, V. (2014).
7 En 1984 se constituyó el Movimiento de trabajadores Rurales sin Tierra de
Brasil (MST), que articuló organizaciones sociales, sindicatos y activistas del sur
de ese país. Recuperado en 24 de julio de 2022, de [Link]
[Link]?script=sci_arttext&pid=S0187-57952010000100012&lng=es&tlng=es.
8 Zibechi, Raúl. Los movimientos sociales latinoamericanos: tendencias y desa-
fíos. En: OSAL : Observatorio Social de América Latina. No. 9 (ene. 2003- ). Bue-

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Maribel Coseanoy Cristina Mancini

Movimiento Campesino de Córdoba, agrupando a familias, que reivindi-


can la vida campesina y el acceso a la tierra.
Tal como nos cuenta Luciano, ingeniero agrónomo, docente de la
Universidad Nacional de Córdoba (UNC), distintas organizaciones si-
guieron constituyéndose:

En el 2010 nace el MAUC9 (Movimiento de Agricultoras y agricultores


Urbanos de Córdoba) espacio que agrupa a pequeños productores agro-
ecológicos, fui parte de éste desde el inicio y en la actualidad. En el 2012
surge desde una familia de productores la demanda de información para
cambiar su forma de producción de alimentos, ya que varixs familiares es-
taban y continúan enfermxs debido a los agroquímicos que utilizaban en
el campo. Desde el MAUC apoyamos el camino hacia la transición agro-
ecológica. El 2013 fue el año donde se hizo realidad la Feria Agroecológica
de Córdoba (FACba), la cual nace desde un proyecto de extensión uni-
versitaria de la UNC y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria
(INTA), desde la Secretaría de Agricultura Familiar, al mismo tiempo se
formaliza a través de resolución de la Secretaría de Extensión Universi-
taria (SEU), la Cátedra libre Agroecología y Soberanía Alimentaria de la
Facultad de Ciencias Agropecuarias, UNC (ClaySa). Además de diferentes
Cátedras de la Facultad de Ciencias Agropecuarias (FCA), se venía tra-
bajando la temática de agroecología, que luego se termina plasmando en
un proyecto de extensión dando nacimiento a la FACba y donde la coo-
perativa San Carlos pasa a formar parte del colectivo de feriantes con sus
bolsones de verduras de estación.

Entre esas organizaciones surge la FACba, que se inauguró el 9 de


noviembre de 2013, en El Bosquecito de la Facultad de Ciencias de la In-
formación, funcionó en una primera etapa cada 15 días los sábados de 9 a
13,30 horas. Una publicación del INTA registró el acontecimiento10:

nos Aires : CLACSO, 2003- . -- ISSN 1515-3282 Disponible en:[Link]


[Link]/ar/libros/osal/osal9/[Link][Link]
ar/ar/libros/osal/osal9/[Link]
9 Movimiento de Agricultoras y Agricultores urbanos de Córdoba. s.f.). Inicio
[Página de Facebook]. Facebook. Recuperado el 23 de julio de 2022 de https://
[Link]/Agricultorxsurbanos/
10 Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA). 19 de noviembre
de 2013. [Link]
ca-de-cordoba-capital

235
Agroecología en primera persona

Unos 40 pequeñxs productorxs familiares y huerterxs, ofrecieron sus


productos para comercialización en esta primera feria, productos como
frutas, verduras, plantas ornamentales, plantas aromáticas, huevos y miel,
obtenidos por medio de un sistema agropecuario que conserva los recur-
sos naturales[...] tiene proyectado incluir productorxs de materia prima
como verduras y hortalizas, con el objetivo de ofrecer productos frescos,
al público que busca consumir este tipo de productos.

Imagen 2. Feria agroecológica de Córdoba

Para Maribel, coautora de este artículo, la Agroecología marcaría sus


decisiones vitales:

Estaba en la dulce espera de mi primer hijx, cuando tuve la oportunidad


de participar de una reunión de la Cátedra Libre de Agroecología y Sobe-
ranía Alimentaria, donde un grupo de ingenierxs agrónomxs nos comen-
taron acerca de la Agroecología y además que había intenciones de reunir
a lxs productorxs familiares de Córdoba, que ya estaban produciendo sin
agroquímicos, en una feria para que puedan vender sus excedentes.

Luego de esa reunión, habiendo pasado ya varios meses, pude visitar la


FACba que recién comenzaba sus actividades. Con mi hijx en brazos re-
corrí los distintos puestos en busca de alimentos para preparar sus pri-
meras papillas. Allí conocí a los integrantes de la Cooperativa San Carlos
a quienes les compré un bolsón de verduras de estación. Tomé el zapa-
llo, observe su color ,me llamó la atención cómo durante la cocción su
aroma característico fue impregnando mi cocina y luego se transformó
en la primera comida de mi hijx y así estrenó su paladar con alimentos
semisólidos, el resultado fue que comió todo lo que se le había servido
en el plato. Pasó el tiempo y por circunstancias ajenas a mi voluntad tuve

236
Maribel Coseanoy Cristina Mancini

que comprar verdura en la verdulería del barrio, así pude comprobar las
grandes diferencias en el color, aroma y en el sabor. El bebé ya no comió
con tanta facilidad y mientras se hervía la verdura ya no se olía el aroma
a alimento fresco. Entonces podría definir a este hecho como el primer
acercamiento a la Agroecología, así en “primera persona”. Estas simples y
sencillas percepciones sobre un alimento, pueden dar cuenta si es sano y
madurado en la [Link]én comprarlo en la FACba , es saber que te-
nés la posibilidad de conocer al productxr y cómo produce,el cual siempre
tiene la tranquera abierta para que si lo deseas , puedas visitar su espacio
de producción.

En esta misma línea Sonia, feriante por muchos años y que en la ac-
tualidad participa como visitante todos los sábados, nos cuenta cómo vi-
vió los inicios de lo que luego se consolidó como un espacio agroecológico
en plena Ciudad Universitaria de Córdoba.

Fue un encuentro de personas que tenían un huerto o hacían una pro-


ducción de cultivos en espacios más grandes, trataban de que estén más
libres del sistema de agrotóxicos, todo eso se dio en las primeras reunio-
nes. Había una diversidad de opiniones y experiencias distintas. Muchas
personas no tenían los elementos pero tenían la intención de participar
y estaban en una transición, que implicaba ir cambiando las prácticas de
producción y conocer el sentido de la Agroecología.

Dal, una asidua visitante y colaboradora también de la Feria aporta su


parecer acerca del proceso que se llevó a cabo para identificar los intereses
de cada integrante de la FACba y cómo se consensuaron los objetivos del
grupo:

En realidad no sabría decir si se identificaron o se construyeron intereses


comunes. Hasta donde sé, desde los organizadores, Facultad de Agrono-
mía de la Universidad de Córdoba, INTA, las Secretaría de Extensión de
las Facultades, se procuró invitar a pequeños productores agrícolas, mi-
croemprendedores y locos sueltos, para construir un espacio de lo que
en ese momento se consideraba como la economía social, para proponer
un acercamiento entre estos actores y los consumidores, con la idea de
apuntalar la agroecología, la economía alternativa, la vida más amigable
con el planeta.

En esa necesaria interacción e intercambio quisimos saber si se pudo


reconocer la calidad y pertinencia de saberes propios y diversos que cada

237
Agroecología en primera persona

integrante traía como bagaje y cómo se conjugaron con las premisas que
pudieron surgir desde el asesoramiento técnico, Dal, explicó:

Respecto de los saberes propios sólo tengo algún conocimiento de lo que


ocurría con los agricultores, por el trabajo de investigación en el que ven-
go participando, así que puedo decir algo también hablando desde el pre-
sente. En el caso de los yuyeros puedo opinar por lo que hablo con ellos y
veo qué ocurre en calidad de visitante. Los profes de agronomía se inte-
resan bastante en reconocer y rescatar los saberes que traen, referidos a la
producción. Ellos tratan de contribuir con lo que conocen de sus estudios
y los que van incorporando en su recorrido por todas estas experiencias.
Los yuyeros van con los propios conocimientos y los comparten con quie-
nes les parece y hasta donde ellxs quieren. Hay un par altamente genero-
sos traen sus mezclas de hierbas y sus plantas medicinales y de las otras.
Otros son más “orgullosos”, por darle alguna denominación y “si te gusta
qué bueno y me lo comprás y sino tu ruta”. Respecto de lo que llamás ase-
soramiento técnico sólo conozco el que hacen sobre la producción: ma-
nejo de la tierra, semillas, fertilizantes agroecológicos También están los
que venden estos últimos productos y preparados para control biológico.

Sonia da indicios de la red de relaciones de la Feria, desde las prácticas


de quienes ofrecen sus productos y de quienes los adquieren como una
necesidad de elegir otra forma de alimentarse, algo que estaba en el aire y
que se concretaba en ese espacio inaugural.

En la feria había gente con distintas ideas de cómo hacer las cosas, esto
implicaba fricciones, opiniones distintas respecto a métodos y formas
todo un proceso que llevaba su tiempo. En ese momento se podía ir a
las huertas, ver cómo se cultivaba. Hubo que decidir la ubicación de los
puestos de venta, pero sobre todo lo que nos motivaba era el aporte a
una ciudad, ser referentes de algo, mostrar que había un camino, que la
tierra cuando se da ese proceso de comprensión da mucho más que de
otra manera.

Respecto a la relación de la FACba con los organismos estatales, Sonia


recuerda:

Algunos técnicos del INTA nos apoyaban. Llevó su tiempo, es algo que
nunca termina porque en los grupos aparecen cosas que se van discutien-
do, los productores se dieron cuenta que las personas buscaban mejorar
la calidad de su alimentación y eso fue crucial. Hubo un momento en que
ya no se dependía del INTA. Se armaron comisiones en la Feria para ga-

238
Maribel Coseanoy Cristina Mancini

rantizar la producción agroecológica, el grupo iba a los campos, si estaban


en transición se los ayudaba para que lograran la producción necesaria.
Se hacía acopio e intercambio de semillas. Lo académico tenía su límite,
sobre todo cuando intentaban que la feria funcionará de acuerdo a linea-
mientos puramente técnicos, por eso hubo problemas con algunos del
INTA que tenían otras miradas, no era sencillo llegar a un consenso.

Respecto a su experiencia como feriante, Cristina recuerda:

Tratando de seguir en algo los pasos de mis abuelxs, al finalizar el 2013


participé con un par de compañerxs en la FACba, para vender planti-
nes de aromáticas y hortalizas. Para mi sorpresa, me vi inmersa casi en
problemas semejantes a los que afligían a mis abuelxs: la dificultad para
conseguir semillas, el alto costo de las herramientas y de los repuestos de
máquinas, el gasto en combustible para el traslado de la producción hasta
el lugar de venta, los márgenes de ganancia escasos, el costo del agua, los
imprevistos meteorológicos que arruinaban los cultivos. No me tocó ex-
perimentar las peleas interminables con los acopiadores y revendedores
de productos agrícolas que en la intermediación se quedaban con buena
parte de las ganancias,la queja permanente en mi familia cuando vivía-
mos en el campo. De todas formas en otro tiempo y a pequeña escala las
dificultades inherentes a este tipo de actividad se habían presentado. No
fue menor el trabajo de acordar con los compañerxs el poner precio a
los plantines, decidir las ofertas, qué tipos de especies cultivar, las formas
de embalaje para que lucieran más vistosos, el margen de ganancias y el
tiempo de trabajo de cada unx. Estas dificultades me impidieron perdurar
mucho tiempo como productorx y feriantx.

Sin embargo, durante mi participación en la FACba pude registrar entre


lxs compradorxs interés por todo lo que ofrecía ese espacio, traían sus
propias preguntas. La información a veces fragmentaria a la que accedían
en las redes sociales lxs motivaba a asesorarse, intentando que los datos,
consejos o conocimientos que recopilaban en la Feria les permitiera culti-
var en espacios reducidos o en macetas, la frase recurrente era: “tener un
pedacito de naturaleza en mi balcón”.

Sonia aporta al respecto:

También era muy rico el intercambio. Venía gente con plantas, semillas
para regalar, te contaban lo que hacían los abuelos, sus recetas. Los cursos
del INTA se dieron un tiempo, luego ya no, pero cada persona traía un
bagaje de conocimientos, que no se le da el valor que tiene hasta que podés
hablar de eso, ponerlo en práctica, eso está en la memoria colectiva.

239
Agroecología en primera persona

Algo importante de resaltar, y que se ha incrementado es el interés de


las instituciones educativas, sobre todo las escuelas primarias, por incor-
porar en las actividades escolares el cultivo de una huerta, algo relevante
para el desarrollo de la agroecología.

En ese sentido Maribel, en el año 2014, luego de culminar su licencia por


maternidad, se reintegra a la actividad académica y de extensión univer-
sitaria junto con el equipo de docentes y estudiantes de la Licenciatura
en Nutrición11. Diseñan un proyecto de extensión el cual se postula para
becas de la Secretaría de Extensión Universitaria de la UNC que luego
fue seleccionado. Este tenía como fin promover, desde espacios de debate
y reflexión, la producción, comercialización y consumo responsable de
alimentos agroecológicos. Se trabajó indagando en qué forma los mode-
los de producción de alimentos impactan sobre la salud de las personas,
como así también en la naturaleza. Otro punto relevante fue revalorizar
la producción local de alimentos frescos, sanos, sin agroquímicos y de qué
manera su consumo contribuye a reducir la huella hídrica12. Al respecto
Maribel relata:

El equipo se conformó en dos grandes grupos: uno llevaría a cabo activi-


dades todos los sábados en la FACba y el otro debería viajar para trabajar
en escuelas ubicadas sobre la ruta E53, en la zona de las Sierras Chicas
,ambos conformados por nutricionistxs e ingenierxs agrónomxs. Decidí
viajar para así disponer de los fines de semana con mi familia. Comencé
a transitar mi camino en la Agroecología. Recuerdo cuando subí al co-
lectivo, con mi carpeta del proyecto bajo el brazo y pregunté al conduc-
tor si me dejaba en la ruta E53. Al llegar a la escuela primaria pública
Bernardino Rivadavia (pequeña, con solo un curso por división) tuve mi
primer choque con las exigencias académicas: entender los tiempos de los
pobladores de estas localidades, que no son los mismos con los que nos
manejábamos en la ciudad. Luego contacté con la escuela primaria pú-
blica Vélez Sarsfield de Unquillo, considerada como referente zonal, con
700 estudiantes y 35 docentes. En ambas instituciones se trabajó con lxs
directivxs y docentes; primero construyendo esta nueva mirada sobre la
producción de alimentos que ayudaba a integrar los contenidos de varias
de las asignaturas. Desde mi rol como extensionista - nutricionista junto
a mis compañerxs agrónomxs tomamos la huerta escolar como disposi-
tivo axial educativo de soberanía alimentaria y del desarrollo comuni-

11 Facultad de Ciencias Médicas..Universidad Nacional de Córdoba.


12 Huella Hídrica (HH) es un indicador medioambiental que mide el volumen de
agua dulce (litros o metros cúbicos) utilizado a lo largo de toda la cadena de pro-
ducción de un bien de consumo o servicio.

240
Maribel Coseanoy Cristina Mancini

tario.13Las actividades desarrolladas permitieron espacios de discusión


donde se reflexionó sobre alimentación y consumo responsable desde un
enfoque de salud integral, revalorizando la identidad local y significados
socio-culturales.

Además, se acompañó en los procesos de admisión y puesta en marcha


de un puesto de venta de la huerta escolar en la Feria Serrana Agroeco-
lógica de Unquillo (FSAUn). Esta vinculación ayudó a comprender a los
estudiantes cómo funciona un circuito corto de producción de alimentos
agroecológicos. También, los estudiantes junto a sus docentes diseñaron
de manera colectiva material didáctico y folletos sobre la relación de la
producción de alimentos y el impacto en la salud de las personas que luego
fueron entregados en las Jornadas de difusión de las Ferias de Ciencias
Escolares y FSAUn.

Imagen 3. Actividades en escuelas de Sierras Chicas

Este desarrollo de las relaciones comunitarias, que vertebra la Agro-


ecología, se lleva a cabo en base a prácticas de intercambio y reciprocidad
que Sonia explicita también de este modo:

13 En el marco del proyecto 2021-2023 “Sistema agroalimentario local agroeco-


lógico. Un camino posible hacia la soberanía alimentaria en Córdoba”, se trabaja
sobre y desde el objetivo reflexión-acción la interconexión de la naturaleza con
los alimentos sanos y la salud humana como derechos de las personas, para un
consumo/comensalidad responsable.

241
Agroecología en primera persona

La Feria es un lugar amable y especial podés hablar con los que atien-
den los puestos y preguntar y también aportar: “Yo tomo este yuyo para
tal cosa”, intercambiar directo como fue siempre, antes que existieran los
súper, lxs cajeros que miran la máquina, que no existe nadie para nadie,
esos ‘no lugares’. También pasa que cuando un feriante tiene un problema
se da ese vínculo solidario, le ayudan a trasladar sus cosas en la camioneta
de otro, hay trueques, se ayudan entre todos.
Esos “no lugares” que trae Sonia de la mano, se contraponen al “lugar
antropológico”14, pleno de sentidos y significados que los mismxs sujetxs
le otorgan, mediante relaciones “cara a cara”, vitales, con historias para
ser contadas.
La FACba también es un lugar donde se plantean y visibilizan proble-
máticas ambientales acuciantes de los barrios cercanos y de diversas co-
munidades. Se puede nombrar solo algunxs de lxs muchxs que han pasado
por este espacio convocante: representantes de Barrio Ituzaingó Anexo
denunciando las fumigaciones con glifosato sobre lxs pobladorxs 15; lxs
convocadxs contra la megaminería de Andalgalá, Catamarca16; lxs vecinxs
del barrio Parque San Antonio, afectadxs por la fábrica de bioetanol Porta
Hnos17; las organizaciones que defienden el monte autóctono a raíz de
graves incendios intencionales en la provincia de Córdoba con fines de
especulación inmobiliaria18; las asambleas que luchan contra autovías que

14 Para la antropología, el lugar es un espacio fuertemente simbolizado, es decir,


que es un espacio en el cual podemos leer en parte o en su totalidad la identidad
de los que lo ocupan, las relaciones que mantienen y la historia que comparten.
Augé Marc, (2007).
15 Grupo De Madres De Barrio Ituzaingó Anexo.(s.f.). Inicio [Página de Face-
book]. Facebook. Recuperado el 22 de julio de 2022. [Link]
[Link]
16 Asamblea El Algarrobo. (s.f.). Inicio [Página de Facebook]. Facebook. Recu-
perado el 22 de julio de 2022. [Link]
17 Fuera Porta. (s.f.) Inicio [Página de Facebook]. Facebook. Recuperado el 22 de
julio de 2022. [Link]
18 Feria Agroecológica de Córdoba. (s.f.) Inicio [Página de Facebook]. Facebook.
Recuperado el 22 de julio de 2022. [Link]
gicaCordoba/posts/incendios-en-cordoba-estas-son-nuestras-verdades-codebo-
na/3054555504771125/

242
Maribel Coseanoy Cristina Mancini

afectan los ecosistemas serranos19. Estas intervenciones se llevan a cabo


mediante debates, charlas, radios abiertas y talleres.
La FACba congrega experiencias, lenguajes y miradas, en palabras de
Sonia:

Se presentan grupos de música y solistas20, que les cuesta tener un espacio,


la feria brinda esa posibilidad, estás bajo los árboles, tomás unos mates y
hay un taller de yoga, conjuntos de música o un equipo de nutricionistas
que preparan comidas con las verduras de los puestos, o un grupo de mu-
jeres bolivianas cocinando recetas exquisitas de su tierra.

Imagen 4. Cocina colectiva

Consideraciones finales

En este trabajo se dan a conocer las voces de algunxs protagonistxs que


han participado y aún lo hacen en la conformación y desarrollo de la FA-
Cba y FSAUn, incluyendo las nuestras como autoras del presente texto.
Intentamos que sus palabras articulen el relato de lo vivido y que sean
también sus voces las que den cuenta de cómo esta práctica va entrete-
jiendo relaciones sociales que exceden incluso los objetivos de quienes
tomaron el desafío de conformar un ámbito de intercambio en base a la

19 Redacción La Tinta. (23 junio de 2022).Autovía de Punilla: las máquinas avan-


zan, el conflicto crece. [Link]
nas-avanzan/
20 Feria Agroecológica de Córdoba. (27 de julio de 2022) [Link]
com/FeriaAgroecologicaCordoba/posts/

243
Agroecología en primera persona

Agroecología. Lo que nos anima a seguir es visibilizar y aportar para que


las prácticas colectivas de producción sigan haciendo posible que se man-
tenga tanto la diversidad biológica como la cultural de las comunidades.

Referencias Bibliográficas

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245
Experiencias y reflexiones en torno
a la defensa del territorio y la recuperación
de sabores del monte1
Valentina Saur Palmieri*
Ana Cecilia Galasse Tulián‡

H ace ya varios años que, quienes escribimos estas páginas, nos conoci-
mos. Cada una se encontraba transitando los caminos del norte cor-
dobés y, quizás debido a eso, ambas nos encontramos en un taller abierto
y degustación de miel de abejitas nativas en Cruz del Eje. Fue la palabra
arrope la que nos condujo a nuestra primera charla. Las dos estábamos
indagando sobre aquella preparación tradicional con consistencia de jarabe
realizada con frutos del monte. Además, nos dimos cuenta que compartía-
mos el gusto por las largas conversaciones y mates en los patios de tierra
de lxs abuelitxs que viven monteadentro, grandes conocedorxs del bosque
nativo y sus comidas.
Cecilia se había mudado hacía ya unos años a la zona de El Salto (Dep-
to. Cruz del Eje) donde se encontraba “guardianando”2 (como todavía lo
hace) el territorio de la Reserva Semillamadre3, a la vez que se re-conec-
taba con su historia familiar y raíces originarias4 (actualmente integra la
1 Una primera versión de este trabajo fue presentada en las III Jornadas Argenti-
nas de Etnobiología y Sociedad (La Plata – Noviembre 2021).
2 Este término, en este caso mencionado por Cecilia, refiere a estar protegiendo y
cuidando un territorio de amenazas como los desmontes e incendios. Su sentido
es abordado nuevamente hacia el final del texto.
3 Para hallar más información, visitar: [Link]
4 Cecilia nació en capital federal y desciende, por parte materna, de la familia Tu-
lián. Lxs Tulián son originarixs de la zona actualmente denominada San Marcos
Sierras y pertenecen al pueblo Henia, preexistente a la llegada de la conquista eu-
ropea. Sandalio Tulián, tatarabuelo de Cecilia, emigró de Córdoba a la provincia
de Santa Fe a mediados del siglo XIX. La elección de Cecilia de vivir en el norte

* CONICET - Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Universidad Nacional de


Córdoba. altea345@[Link]

Semillamadre, Reserva de Bosque Nativo. Comunidad originaria Tay Pichin, pueblo Ca-
miare Comechingón. Paraje El Salto, San Marcos Sierras, Córdoba, Argentina. ceciga-
lasse@[Link]

247
Experiencias y reflexiones en torno a la defensa del territorio
y la recuperación de sabores del monte

Comunidad originaria Tay Pichin del pueblo Camiare Comechingón).


Por su parte, Valentina se había recibido de bióloga en la Universidad
Nacional de Córdoba y estaba comenzando a desarrollar su proyecto de
tesis doctoral acerca de los saberes y prácticas que realizan las personas
con las plantas silvestres comestibles. A partir de ese primer diálogo, nos
seguimos encontrando en Semillamadre, en arropeadas5 y caminatas bajo
el bosque, compartiendo además la preocupación por la grave situación de
desmonte en la provincia de Córdoba, y participando de distintos espacios
asamblearios organizados para accionar frente a la urgencia que exigía
(como sigue exigiendo) dicho contexto.
A raíz de estas preocupaciones e intereses compartidos, y del víncu-
lo que se generó entre nosotras, hemos podido intercambiar pareceres y
construir nuevos conocimientos de forma colaborativa. A su vez, en este
transitar entre quebrachos blancos6, asambleas ambientales, comunida-
des indígenas y por los márgenes de una ciencia indolente7, nos hemos
encontrado con otras personas y experiencias. El presente texto pretende
plasmar estos recorridos reflexivos y las preguntas que han surgido.
El escrito comienza denunciando la situación ambiental de Córdoba
para luego historizar brevemente la lucha de las organizaciones que se
encuentran denunciando el despojo de los territorios impuesto por el sis-
tema extractivista. A posteriori, relatamos el abordaje metodológico por
el cual nos aproximamos a las experiencias de tres colectivas de personas
vinculadas a la defensa del monte y sus comidas. Son aquí las voces de

cordobés la llevó a adentrarse en la historia de su familia y en su identidad origi-


naria.
5 Encuentro que, a modo de ceremonia, convoca a distintas personas durante va-
rios días para compartir y participar de la elaboración de arrope, desde la colecta
y hervido de los frutos hasta la cocción final para obtener el punto (consistencia)
deseado de la preparación.
6 Los quebrachos blancos (Aspidosperma quebracho-blanco Schltdl.) son árboles que
pueden alcanzar los 20 m de alto y son característicos de la fitorregión chaqueña.
Hacemos referencia a ellos por su abundancia dentro del territorio de la reserva
Semillamadre y zonas aledañas.
7 Hemos tomado este calificativo siguiendo a Boaventura de Sousa Santos (2010)
y su crítica a la razón indolente a raíz de que, aunque una de las autoras posee
vinculaciones con la institucionalidad académica, no congeniamos con el mono-
polio de la verdad ejercido por la ciencia moderna ni con el desentendimiento de
las realidades de los distintos territorios que, la mayoría de las veces, posee dicha
epistemología dominante.

248
Valentina Saur Palmieri y Ana Cecilia Galasse Tulián

lxs protagonistas las que conducen la narración. Por último, proponemos


algunos comentarios que buscan continuar propiciando reflexiones y pro-
fundizando los entramados comunitarios que el bosque nativo habilita…

La organización colectiva frente al extractivismo

En la provincia de Córdoba se estima que, a principios del siglo XX, el


71,4 % de la superficie provincial estaba cubierta por bosques (Zak et al.,
2019). La reducción de la cobertura boscosa ha sido drástica a lo largo de
todo el siglo. Sin embargo, en las últimas décadas del siglo XX y princi-
pios del XXI, las tasas de deforestación se han encontrado entre las más
altas del mundo, estimándose en 2010 una cobertura boscosa provincial
de entre el 2 y el 7% (Agost, 2015; Zak et al., 2019). Los principales facto-
res han sido el avance del desmonte para el agronegocio (monocultivo de
commodities), el corrimiento de actividades ganaderas hacia zonas consi-
deradas marginales (bovinización del noroeste provincial) y, en el sector
serrano, proyectos mineros, incendios y el desarrollismo urbano (Agost,
2015; Deon, 2021).
Esta acometida neoextractivista ha movilizado a grandes sectores de
la población cordobesa desde comienzos de este siglo. Desde las primeras
manifestaciones de afectadxs por el uso masivo de agrotóxicos llevadas
adelante por el Grupo de Madres de Barrio Ituzaingó Anexo en el año
2002, distintas asambleas y colectivas de personas se han organizado en
la defensa del bosque nativo y su salud (tal es el caso del Paren de fumi-
gar, asambleas “despierta” contra la minería, Coordinadora en Defensa del
Bosque Nativo, entre otras; Berger y Carrizo, 2020; Deon, 2016). Además,
los pueblos indígenas de Córdoba en lucha ininterrumpida desde hace más
de 500 años, aunque invisibilidados por la historia oficial8, se encuentran
en proceso de re-organización, visibilización y re-identificación indígena
(Palladino, 2018; Reyna, 2020). Los movimientos campesinos también
han tenido una fuerte repercusión en los discursos locales relacionados a
la conservación del monte junto a la vida campesina (Decándido, 2020).
Todas estas formas organizadas han ido conformando y difundiendo
en toda la provincia discursos en torno a la necesidad de conservar los
remanentes de bosque nativo a la vez que ponderan las implicancias del

8 Para un estudio profundo de los imaginarios hegemónicos en torno a lo indíge-


na en Córdoba, consultar la obra de Reyna (2020).

249
Experiencias y reflexiones en torno a la defensa del territorio
y la recuperación de sabores del monte

bosque para las comunidades humanas. Así, “el monte” y la “vida en el


monte” se han instalado en la agenda pública. En el mismo sentido, se han
gestado y retomado alternativas de vida y producción tendientes a (con)
vivir con el bosque nativo, en clave agroecológica y de soberanía alimen-
taria (Balmaceda y Deon, 2019).
Quienes escribimos estas páginas hemos sido participes de algunas
de estas construcciones colectivas y, en este sentido, la presente pro-
puesta busca poner en evidencia y realizar un primer análisis reflexivo
de algunas de las experiencias que hemos conocido en los últimos años.
Concretamente, hemos observado la (re)emergencia de un interés por la
recuperación de saberes y usos locales de las plantas silvestres comesti-
bles. Por este motivo, en el presente trabajo, quisimos indagar acerca de
la vinculación entre los colectivos y comunidades organizadas por la con-
servación del bosque nativo y la revalorización de la “vida en el monte”
y, específicamente, de sus comidas. Específicamente, nos preguntamos
¿cómo se articulan la resistencia frente a los desmontes con las prácticas
de aprovechamiento de plantas silvestres comestibles en dichos espacios
y comunidades? ¿Cuáles son las vías de circulación de saberes en relación
a estas plantas?

Sobre el abordaje metodológico

Entre octubre de 2020 y septiembre de 2021 realizamos entrevistas abier-


tas a personas de tres espacios organizados relacionados a lo que sus pro-
pixs miembrxs mencionan como “la defensa del territorio” o “la conser-
vación del monte nativo” en la provincia de Córdoba (Argentina). Por un
lado, la Comunidad Ticas del Pueblo Comechingón (valle de Punilla) don-
de dialogamos con Aldo y Mauricio (“Mauri”) Gómez y Soledad Chialva
(“Sol”); la Comunidad Tay Pichín de San Marcos Sierras donde tuvimos la
oportunidad de entrevistar a Juan Carlos Tulián (“Capi”), “Yaya” y Alejan-
dra. También participó Maira Suárez quién realizó una lectura crítica de
las ideas que guiaron el texto (julio 2022)9. Por último, conversamos con
María Eliana Grassano (“Suri Mistol”) de la colectiva Rumba Cosechera
(Sierras Chicas).

9 Los nombres de las personas entrevistadas que figuran en el texto son sus deno-
minaciones reales y se utilizan con el consentimiento de cada una de ellas.

250
Valentina Saur Palmieri y Ana Cecilia Galasse Tulián

Este abordaje se vio facilitado por los lazos de confianza ya estableci-


dos entre las autoras y las personas participantes. Además, pretendiendo
profundizar la construcción de conocimientos con otrxs, un primer boce-
to del presente trabajo fue discutido y mejorado con las personas de los
tres espacios participantes, quienes validaron las ideas centrales del texto
y aportaron en la selección y reescritura de sus propios testimonios que
respaldan lo argumentado en estas páginas.
A lo largo de todo el texto, los términos locales son puestos entre co-
millas, mientras que las cursivas indican expresiones que las autoras de-
sean enfatizar.

Las comunidades organizadas y la recuperación de alimentos del


bosque nativo

Comunidad Ticas del Pueblo Comechingón

Lxs Ticas son originarixs del departamento Minas (noroeste de Córdoba)


y fueron desplazados forzosamente hacia el sector de Punilla durante la
época colonial (ca. 1700). Luego de muchos años de invisibilización, du-
rante la década de 1980 comienzan a reivindicar su identidad indígena y
su “estar en la tierra” (Avalle y Reinoso, 2020). En el año 2009, a partir del
otorgamiento de la personería jurídica del Instituto Nacional de Asuntos
Indígenas, la comunidad obtiene el reconocimiento de su pre-existencia
étnica y territorial al Estado Nacional (Palladino, 2017), aunque es impor-
tante aclarar que dicha conquista jurídica, constituyó más bien un “hecho
reivindicativo”, y no una condición para su existencia (Avalle y Reinoso,
2020, p. 43). Lxs Ticas se refieren a sí mismos como “guardianes de la
Pacha y el monte” (Palladino, 2017, p. 17). En este sentido, en el territorio
que actualmente defienden en inmediaciones de Bialet Massé (Cochatala-
sacate en su denominación originaria) (Figura N°1), vienen desarrollando
diversas estrategias comunitarias para resguardar su cultura y el bosque
nativo del avance del desarrollismo inmobiliario (Avalle y Reinoso, 2020).
Lxs Ticas refieren a múltiples especies de plantas del bosque nativo
y modos de emplearlas para la elaboración de comidas. Tal es el caso del
chañar, la quina, el tasi, el camambú, la tunilla, la tuna, verdolaga, amor

251
Experiencias y reflexiones en torno a la defensa del territorio
y la recuperación de sabores del monte

seco, entre otras plantas10 y de preparaciones como arropes, galletas, café,


harina y chicha11. En relación a ellas, se encuentran realizando un “resca-
te”12 de saberes y prácticas poco vigentes en el presente, aunque frecuentes
en la vida rural del pasado cordobés: “Una de las experiencias que venimos
haciendo y repitiendo es el tema de los arropes, en eso del rescate” (Sol,
agosto 2021).
En este proceso de recuperación se hilvanan los recuerdos de infancia,
el aprendizaje junto a otrxs vecinxs, la consulta de fuentes escritas y, ade-
más, un componente “intuitivo”, de invención y experimentación:

Una de las cosas que hemos tratado de rescatar, que hemos plantado las
penquitas, es el tunal. Porque es parte de la cultura y del rescate que esta-
mos haciendo. El arrope de tuna es una exquisitez. Tengo la experiencia
de muy chiquitito, de mi mamá, “La Lucía”, que se juntaba con Doña Eu-
genia, otra vecina, debajo de un árbol, había un tunal inmenso, y estaba
con la vecina una semana procesando todas las tunas del tunal. Y nosotros
jugando. Era una fiesta […] Esas son las cosas que uno tiene guardado,
pero también las trae a este tiempo, a estas prácticas. Nosotros hablamos
mucho de rescate de las cosas. Y de la preservación. (Aldo, agosto 2021)

A partir del habitar “comunitariamente”13 el territorio de Cochatala-


sacate, del encuentro con otrxs, es que se desarrolla este saber-hacer colec-
tivo. Por ejemplo, en relación a la experiencia de elaboración de arrope de
chañar:

10 En sus denominaciones botánicas académicas: Geoffroea decorticans (Gillies ex


Hook. & Arn.) Burkart, Chenopodium sp. L., Araujia sp. Brot., Physalis viscosa L.,
Opuntia sulphurea Gillies ex Salm-Dyck, Opuntia ficus-indica (L.) Mill., Portulaca
oleracea L., Bidens pilosa L., respectivamente.
11 Bebida fermentada realizada en base a las vainas de algarroba, Neltuma spp.
12 Se refiere a visibilizar y poner en valor los usos y preparaciones que son poco
frecuentes en la actualidad pero que son bien conocidos y/o recordados por las
personas mayores de la región.
13 La noción de comunidad, tomada aquí de lo expresado por lxs Ticas en las
entrevistas, remite a aquella definición que se propone desde los feminismos co-
munitarios en oposición al modo de habitar de la sociedad individualista. Es decir,
remite a una forma de organización social donde priman las relaciones recípro-
cas, autónomas y no jerárquicas entre sus miembros, los cuales no necesariamente
comparten lazos de parentesco (Paredes, 2014). Para profundizar en lo que lxs
Ticas entienden por dicho término, se recomienda el trabajo de Palladino (2017).

252
Valentina Saur Palmieri y Ana Cecilia Galasse Tulián

…fue más intuitivo. Fue una juntada, estábamos varixs. El último arrope
éramos un montón en casa (comenta Mauri). Eso fue de tres días y colec-
tivo (aclara Sol). Nos quedamos a convivir para hacer el arrope todo el
tiempo que procesamos la fruta y todo. Y de ahí salieron galletitas... todo
inventado... lo usamos como harina [a la pulpa del chañar que se gene-
ra con la confección del arrope], lo mezclamos como harina me parece...
(agrega Mauri). Le pusimos cáscara de naranja y mandarina. Muy rico. Y
también pasas de uva. (relata Sol. Entrevista colectiva, agosto 2021)

Además, las semillas de los frutos de chañar utilizados para la con-


fección de arrope, se emplean para generar plantines destinados a la res-
tauración del bosque nativo. Otras estrategias son también emprendidas
para permitir el desarrollo de otras especies vegetales, por ejemplo, la
exclusión del ganado: “al haber menos animales, hay mucho mucho de
las hierbas, especialmente más chicas que empiezan a salir” (Aldo, agosto
2021). Estas plantas, en cuyo (re)surgir acompañan la defensa de Cocha-
talasacate, reactivan recuerdos y movilizan saberes. Del mismo modo, la
recuperación del “alimento ancestral” se entreteje con la restauración del
territorio que la comunidad se encuentra cuidando. Pero no olvidemos
lo que nos enseñan lxs hermanxs Ticas: “Sí, somos guardianes del monte.
Pero el monte [también] nos guardiana” (Sol, julio 2022).

253
Experiencias y reflexiones en torno a la defensa del territorio
y la recuperación de sabores del monte

Figura 1: Área de estudio. a, provincia de Córdoba, Argentina. b, ubi-


cación de las localidades mencionadas en el texto. Escalas: a, 1000 km; b,
100 km.

Comunidad Indígena Tay Pichín. Pueblo Camiare Comechingón

Lxs miembrxs de esta comunidad, entre ellxs una de las autoras de este
trabajo, habitan en la localidad de San Marcos Sierras (Dpto. Cruz del Eje)
(Figura N°1). Se reunieron en el 2016 en el marco del proceso personal y
colectivo de autoidentificación indígena. Vieron la necesidad de organi-
zarse frente a las amenazas locales, tales como proyectos mineros, des-
montes y obras estatales, que atentan contra sitios sagrados (sitios arqueo-
lógicos) y bosque nativo (La Tinta, 2021; Morán, 2021; Radio Garabato,

254
Valentina Saur Palmieri y Ana Cecilia Galasse Tulián

2021). En este sentido, la comunidad viene realizando mapeos colaborati-


vos de sitios ancestrales junto a docentes y estudiantes de la Universidad
Nacional de Córdoba14. Asimismo, la comunidad posee íntima relación
con la reserva Semillamadre, donde no sólo se protege el bosque nativo
sino también el patrimonio arqueológico, a la vez funciona un vivero, un
banco de semillas de especies autóctonas y un “aula abierta ambiental”.
En el diálogo con lxs miembrxs de la comunidad se hacen presentes
frutos comestibles que son recolectados en el monte y diversos modos de
uso. Se alude al mistol15 y el pichico16, la harina de algarroba, el empleo del
molle17 en el mate y en la confección de aloja, el tala, tuna colorada, car-
dón, ucle, uvita del campo18, chañar, tasi, pasionaria19, los diferentes co-
lores que presentan los frutos dulces del piquillín20, entre otros vegetales
y prácticas. Tal como manifestaron lxs Ticas, en la Tay Pichín también se
encuentran dinamizando saberes en relación a las plantas del bosque nati-
vo. Debido a que algunxs integrantes de la comunidad han tenido mayor
vinculación con estos alimentos a lo largo de toda su vida, muchas veces
son ellxs quienes comparten los modos de hacer que, a partir de allí, se vuel-
ven colectivos. En este sentido, se lleva a cabo un proceso de indagación,
local y cotidiano, sobre el monte nativo y los seres que lo habitan que, a
su vez, se comparte con otrxs en caminatas y talleres abiertos. Igualmente,
lxs miembrxs de la comunidad manifiestan la necesidad de registrar por
escrito estos saberes: “En algún momento hay que escribir… porque hay
muchas cosas que se van perdiendo” (Capi, agosto 2021).
En otro orden de cosas, lxs interlocutorxs de la Tay Pichín revelan su
gran preocupación respecto al cercamiento de los territorios ancestrales
de la comunidad. El avance inmobiliario en la zona de San Marcos Sierras

14 Para conocer esta cartografía interactiva, recomendamos ingresar a: https://


[Link]
15 Sarcomphalus mistol (Griseb.) Hauenschild
16 Golosina confeccionada a partir del machacado de los frutos de mistol. Tam-
bién denominada bolanchao.
17 Lithraea molleoides (Vell.) Engl.
18 En el orden que aparecen mencionadas: Celtis sp., Opuntia ficus-indica (L.)
Mill. f. amyclaea (Ten.) Schelle, Cereus forbesii Otto ex C.F. Först., Stetsonia coryne
(Salm-Dyck) Britton & Rose, Salpichroa origanifolia (Lam.) Baill., respectivamente.
19 Passiflora caerulea L.
20 Condalia spp.

255
Experiencias y reflexiones en torno a la defensa del territorio
y la recuperación de sabores del monte

hace que, cada vez más, se les dificulte acceder a determinados lugares
para la colecta de las plantas que utilizan.
Por otra parte, desde la reserva Semillamadre, y con acompañamien-
to de la comunidad, se organizan anualmente “arropeadas” en el tiempo
que maduran los frutos del monte. Las arropeadas constituyen encuentros
abiertos al público visitante, tanto de localidades aledañas como de otras
regiones, destinadas a la realización colectiva de un “arrope”. Se compar-
ten, por lo general durante tres días, las actividades implicadas en la reco-
lección, procesamiento y cocción prolongada de frutos para la elaboración
de este jarabe que concentra los azúcares propios de la fruta. Aunque en
Semillamadre se realizan principalmente arrope de algarroba y de mis-
tol, porque son las especies que abundan en la reserva, esta preparación
también puede ser realizada con otras especies tales como el chañar y la
tuna, como indicaron lxs miembxs de la comunidad Ticas. Las arropeadas
movilizan memorias, saberes y prácticas donde, además de implicarse en
la praxis culinaria, lxs asistentes tejen redes comunitarias en relación a la
defensa del bosque nativo. De esta manera,
en la práctica colectiva de colecta de frutos, preparación del arrope y
en el compartir los sabores de los alimentos gestados colectivamente, se
teje y se fortalece la trama de relaciones que abarca más allá de la comida
como objetivo en sí mismo, involucrando la predisposición y disponibili-
dad para organizarse frente a otras situaciones, por ejemplo un incendio
forestal.
Por otro lado, apartándose las categorías estancas que acostumbra la
cultura occidental, lxs integrantes de la comunidad reconocen una cone-
xión indisoluble entre alimento y medicina. Arropes, tés de hierbas, etc.
son concebidos de un modo más amplio que la sola ingesta alimenticia.
Por su parte, el “Círculo de barro”21 es otro espacio donde participa
la comunidad y en cual dialogan saberes en torno a la confección de ollas
y otros artefactos con arcillas locales. Así, la recuperación de saberes an-
cestrales que se encuentran desarrollando involucra diversas dimensiones
del hacer.

21 Para hallar más información, visitar: [Link]


rro

256
Valentina Saur Palmieri y Ana Cecilia Galasse Tulián

Rumba Cosechera

Radicada en Villa Animí (Sierras Chicas, Dpto. Colón) (Figura N°1), es


una colectiva de personas que “recolectan”, “cosechan” y “elaboran” pro-
ductos alimenticios y medicinales a partir del bosque nativo (i.e. café de
mistol y algarroba, arropes, tés) y de especies cultivadas en quintas y casas
particulares (i.e. cascarillas de cítricos, vinagres, dulces, chutney), tanto de
Córdoba como de otras geografías (por ej., provincia de La Rioja). Apro-
vechan estos alimentos para el autoconsumo, y además los ofrecen en las
ferias agroecológicas del corredor de las sierras chicas.
Suri, una de las integrantes de la Rumba Cosechera, nos comparte que
los viajes de recolección de esta colectiva comenzaron en el verano de
2017, a partir del nacimiento de su hijx: “Nos vimos con mucha vida y
con ganas de recolectar lo que la naturaleza nos brinda, ahí empezamos a
movernos y hacer viajes para poder encontrarnos con ellos [los frutos del
bosque nativo]” (Suri, octubre 2020).
Suri relata que su primera experiencia en la colecta de frutos de mistol,
en las cercanías del Río Quilpo (Dpto. Cruz del Eje), fue a modo de prue-
ba, colocando una sábana debajo de dichos árboles:

removíamos las ramas y caían verdes y notamos que esa no era la forma
de recolectarlo […] Nos dimos cuenta que algunas prácticas todavía no
las teníamos tan internalizadas y que reconocer dónde es que están los
árboles y a dónde nos podemos acercar lleva un conocimiento de campo
muy amplio. (Suri, octubre 2020)

Fue en un segundo viaje donde, a partir del encuentro con otrx com-
pañerx y de compartir con una familia de San José de las Salinas (Dpto.
Tulumba), pudieron “conectar con la recolección a mano”: “Vimos que
allí debajo de los mistoles estaba despejado, que lo podíamos barrer y ro-
daban... tamizarlos […] y que todo se volviera un poco más dinámico y
cobrara sentido…” (Suri, octubre 2020). A partir de allí, la Rumba Cose-
chera se volvió

una coope tribal, porque es dinámica, versátil, siempre se va sumando


gente distinta. Nos vamos coordinando y enlazando para hacer cosechas
puntuales, específicas, entre amistades y grupos de afinidad. Y así nutrir-
nos de ese alimento y nutrir otros proyectos […] siempre va teniendo
nuevas conformaciones y disponibilidades para proponerse distintos

257
Experiencias y reflexiones en torno a la defensa del territorio
y la recuperación de sabores del monte

viajes que hacen a ir avanzando y reconociendo distintos territorios para


poder identificar dónde están los árboles, cuáles son los territorios más
cuidados y que posibiliten potencialidades de frutos para su recolección
y para su recuperación de variedades y de especies. (Suri, octubre 2020)

Es así que Suri nos comparte su trayectoria de aprendizajes en la ob-


servación y (re)conocimiento del monte nativo imbricado con el encuen-
tro con otrxs. Además, plantea un vínculo estrecho entre la revitalización
de los saberes y prácticas sobre estas formas otras de alimentación y medi-
cina y la conservación del bosque nativo:

Ir reconociendo los árboles y lo que la naturaleza misma nos brinda para


poder ir haciendo ese mapa de recolección en los lugares... y que también
se va reconfigurando ya que la avanzada de los incendios está afectando
los pocos parches que nos quedan de monte nativo. Esto es también re-
pensar y repensarnos como Rumba la importancia que tiene la recolec-
ción para recuperar variedades que están en peligro de extinción. (Suri,
octubre 2020)

Refiere a su vez que la recolección de frutos y semillas de “Ximenia”22


en cercanías del río Pinto (Dpto. Punilla), ha servido para, además de la
confección alimentos, la generación de plantines. Debido a que dicha re-
gión se vio arrasada por un gran incendio a fines del año 202023, Suri des-
taca que dicha colecta ha servido para lograr que esas “variedades” locales,
lo que desde la academia se denominaría “germoplasma”, no se pierdan.

Gran parte de esos plantines [de “Ximenia”] ahora ya están siendo planti-
nes para su reproducción y es parte también de las transformaciones que
vamos realizando en esto de conectar con las cosechas y cómo, cuando
volvemos a nuestras bases, podemos transformar los frutos secos en plan-
tines, en vinagre, tostados, torrados, arrope, patay... (Suri, octubre 2020)

En el marco de las reflexiones que se están desarrollando en los distin-


tos territorios en relación a la agroecología (ver por ejemplo Balmaceda
y Deón 2019, Sarmiento y Rossi 2020), Suri explicita una articulación es-

22 Se refiere por su denominación botánica académica, a Ximenia americana L.,


también conocida como pata o albarillo.
23 En el año 2020, hasta el mes de octubre, ya se habían quemado más de 300.000
hectáreas en la provincia de Córdoba, siendo el Dpto. Punilla el segundo con ma-
yor cantidad de superficie incendiada (Mari et al., 2020).

258
Valentina Saur Palmieri y Ana Cecilia Galasse Tulián

trecha entre este enfoque y las actividades que desarrolla la Rumba Cose-
chera con el bosque nativo:

Es clave la agroecología en tanto y en cuanto pensar que podemos colabo-


rar a la conformación y creación de los bosques comestibles y a la recupe-
ración de semillas, especies, variedades que hacen poder conectar con lo
que tenemos a nuestro alrededor, con observar, con reconocer los ciclos
[…] Conocer las prácticas que pueden adaptarse acá es importante y las
prácticas puntuales de recolección de lo que está a nuestro alrededor, de
cómo podemos aprovecharlos y transformarlos hará que vayamos cons-
truyendo cada vez más soberanía alimentaria y la soberanía de nuestros
cuerpos, para poder elegir y decidir y ser mucho más libres. (Suri, octubre
2020)

Es así, que el bosque nativo lejos de las narrativas conservacionistas


que pretenden erradicar lo humano de dicho ecosistema (Klier y Folguera,
2017), emerge como una trama compleja de relaciones. No sólo constituye
un territorio dador de vida brindando alimentos, medicinas, sino que tam-
bién lo integran las prácticas comunitarias, con un rol activo de defensa,
cuidado, recuperación, resiembra:

Este territorio es el agua, los recursos naturales por los cuales vienen y que
nosotras tenemos que defenderlos desde las prácticas para lograr no sólo
sobrevivir sino también vivir dignamente, con calidad de vida, y nutrir-
nos sin pesticidas. (Suri, octubre 2020)

Algunas reflexiones finales

El amor al bosque nativo cordobés nos ha movilizado a encontrarnos con


otras personas que comparten dicho cariño. En esta oportunidad, nos
acercamos a tres espacios organizados con inquietudes en relación a su
aprendizaje y trasmisión de saberes acerca de las plantas alimento. Partimos
del intercambio de experiencias sobre un gran abanico de especies vege-
tales comestibles y actividades de preparación y consumo. Así, nos fuimos
introduciendo en los mundos de relaciones que las personas establecemos
con las plantas que están presentes en nuestro cotidiano. En este sentido,
recorrimos las distintas trayectorias personales y colectivas que nos acer-
caron a entender estos vínculos.

259
Experiencias y reflexiones en torno a la defensa del territorio
y la recuperación de sabores del monte

En particular, nuestrxs interlocutorxs están llevando a cabo procesos


grupales de indagación-aprendizaje respecto a los conocimientos y prácti-
cas relacionadas a la alimentación con el monte. Se encuentran tanto “recu-
perando”24 saberes de su infancia (“retomando”25), así como descubriendo
e incorporando formas de procesamiento “nuevas” para ellxs. Este transi-
tar se ve facilitado por los encuentros y charlas con lxs ancianxs del lugar
(pertenecientes a la misma comunidad o vecinxs), así como la consulta de
diversas fuentes: libros, internet, asistencia a talleres y cursos (por ejem-
plo, de medicina ayurvédica) y del intercambio con otrxs actorxs socialxs
(tales como biólogxs, ingenierxs forestales, etc.).
En estas páginas quisimos además destacar que las mismas personas
habitantes de un territorio, en este caso los tres espacios organizados de la
provincia de Córdoba que protagonizan este escrito, se encuentran inves-
tigando, aprendiendo y comunicando colectivamente sobre las especies
vegetales allí presentes y las prácticas asociadas tanto a la alimentación
como a modos otros de habitar el monte nativo. Estos recorridos locales
constituyen epistemologías contrahegemónicas, formas colectivas de cons-
trucción de conocimientos que disputan al modo establecido por la cien-
cia moderna individualista que se impone como único criterio de verdad
(lo que de Sousa Santos, 2010, denomina monocultura del saber). Asimis-
mo, dichos procesos se corresponden con lo que Baldauf (2019) deno-
mina autobotánica, donde la observación atenta del entorno juega un rol
primordial. Y así nos lo remarca Aldo de la Comunidad Ticas, cuando
intercambiamos pareceres en torno a estas ideas: “es más bien un observar
cómo se manifiesta la naturaleza, es también experimentar, es decir desde
la experiencia propia” (Aldo, julio 2022). La experimentación emana al
mismo tiempo como forma de hacer propias y resignificar las plantas sil-
vestres comestibles y recetas tradicionales.
Los saberes se recuerdan, reconstruyen, retoman, co-construyen,
comparten, circulan, están arraigados y emergen del territorio que cada
comunidad está “guardianando” y que a su vez “lxs guardiana”. En este
24 El verbo “recuperar” es usado por nuestrxs interlocutorxs como sinónimo de
“rescatar”, el cual fue explicado anteriormente.
25 El vocablo “retomar”, aunque similar a “rescatar” y “recuperar” en su referencia
a la revalorización de conocimientos y prácticas, tiene una connotación particular
ya que lxs sujetxs que retoman un saber reconocerían que dicho conocimiento no
es algo que las personas poseen sino que ese saber está en los territorios y son las
personas las que facilitan su reproducción.

260
Valentina Saur Palmieri y Ana Cecilia Galasse Tulián

mismo sentido de continuidad, reciprocidad y pertenencia con el bosque


y en la práctica compartida es que los conocimientos “se hacen cuerpo” y
se desdibujan los límites entre el territorio-tierra y el territorio-cuerpo
(Cabnal 2010). Asimismo, cada colecta grupal de frutos, cada arropeada
colectiva, se convierte en activa estrategia de resistencia frente al desmon-
te y el avasallamiento de los territorios comunitarios donde se arraigan
las luchas.
Por otro lado, son estrechas las conexiones entre la conservación del
bosque nativo y la posibilidad de las comunidades de continuar recreando
sus modos de vida de forma “soberana”: las comunidades están decidiendo
cómo habitar su territorio y qué comer. De esta manera, la recuperación
de saberes se da en el marco de la defensa del territorio y ocurre en clave
de soberanía alimentaria.
A modo de cierre, retomando lo transitado en estas páginas junto a
lxs Ticas, miembrxs de la comunidad Tay Pichín y junto a Suri de Rumba
Cosechera, vimos que la alimentación es un territorio imbricado. El comer
está entrelazado con la medicina, con la memoria de los pueblos, con los
sabores de infancia y las anécdotas que aún quedan por contar. Sin em-
bargo, lejos de constituir relatos pasados desdibujados ante el centenario
saqueo extractivista, los espacios organizados nos refieren a un prolífico
presente (y futuro) originario, desde donde se dinamizan saberes y prác-
ticas. Asimismo, la alimentación es construcción cotidiana y colectiva, es
espacio de encuentro.
En esta misma línea, la vida en el monte no se piensa como algo idílico
y lejano, no se piensa sólo como un modo de vida que “se está perdiendo”
o “del antes”. Tampoco como un forma romántica y acrítica de culto a la
vida silvestre (Martínez-Alier, 2005), sino como alternativas reales, como
verdaderos intentos de reterritorializar prácticas y formas alternativas de
habitar.
Este entendimiento del territorio como sistema biocultural implica
no sólo restablecer la relación entre plantas y personas, sino también (re)
construir un entramado comunitario donde la protección del monte se
vuelve un punto clave en la recuperación de la memoria de los pueblos.
Por último, reconociendo que comer es mucho más que ingerir alimentos,
en este contexto de defensa de los territorios, las iniciativas aquí aborda-
das constituyen nuevas-viejas formas de reconocer que somos parte de la
comunidad de la tierra.

261
Experiencias y reflexiones en torno a la defensa del territorio
y la recuperación de sabores del monte

Agradecimientos

Agradecemos a lxs hermanxs y compañerxs de las comunidades Tay Pi-


chín, Ticas y de la Rumba Cosechera, por su lucha cotidiana frente al mo-
delo de violencia extractivista, colonialista y patriarcal, y por permitirnos
compartir su testimonio en estas páginas. Gracias también por los aportes
al escrito. Todos los saberes y prácticas aquí enunciados pertenecen a los
colectivos organizados que participaron de este trabajo. Muchas gracias al
equipo del proyecto “Prácticas de producción, circulación y consumo de
alimentos y plantas medicinales en situaciones de resistencia y de subal-
ternidad” (CIFFyH, FFyH-UNC) dirigido por Cecilia Pernasetti, por los
comentarios y sugerencias en una versión previa del escrito. Agradece-
mos también a lxs revisorxs anónimxs cuyos aportes contribuyeron a me-
jorar el manuscrito inicial.

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265
De la comunidad (autosuficiente) imaginada
a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías1
Cecilia Pernasetti Brizuela*

“Tal vez descubra que la antropología


es devastadora de obviedades”
Honorio M. Velasco
Introducción. Un pueblo de la sierra reeditado

Introducción

E n lo que sigue me interesa describir un momento significativo en el


devenir de la investigación que estoy realizando, en particular al ini-
cio del proceso. La investigación continuó en varias etapas, incluyendo
una estadía prolongada permanente en campo de más de tres meses en el
último año: nuevos datos y nuevas preguntas surgieron y se construyeron
después de este momento que voy a describir. Pero creo que es pertinente
re-tomar y poner por escrito algunos presupuestos y pre-nociones inicia-
les con las que llegué al campo que fueron cuestionados al familiarizarme
con la riqueza y complejidad de la vida de mis interlocutorxs. Reconoci-
mientos de este tipo suelen suceder en el transcurso del trabajo etnográ-
fico, y por mi parte siempre me sentí agradecida cuando están narrados
de manera explícita, porque permiten recrear el camino de la reflexión y
la construcción de categorías, que siempre es accidentado. Este escrito es
también un modo de recuperar los diálogos que propiciaron las reunio-
nes del equipo del proyecto cuyas investigaciones recoge este libro. Y en
el mismo carácter de esas reuniones, se discutirán aquí momentos de la
experiencia etnográfica y su relación con algunas categorías teóricas o de
la literatura antropológica, sin que sean completos o exhaustivos en las
1 Una versión de este trabajo fue presentada en el 12° Congreso de Antropología
Social, septiembre de 2021

* Departamento de Antropología y Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y


Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba. Email: [Link]@[Link]

267
De la comunidad (autosuficiente) imaginada a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías

referencias bibliográficas con las que se pueden relacionar, dejando esto


para un momento posterior de la escritura.
Dos presupuestos orientaron mis primeros trabajos de campo: por un
lado una preocupación política por el problema de la soberanía alimentaria
y por el otro la presunción de que los pueblos del Norte de Belén se co-
rrespondían al universo del mundo rural o lo rural como opuesto de lo ur-
bano, y que además –a diferencia de otros pueblos también rurales como
los de la pampa húmeda—, tenían una historia de aislamiento y lejanía del
mundo moderno y sus problemas.
Respecto al primero, habíamos leído suficiente material académico
que apuntaba a describir y explicar que tanto la producción agrícola como
la industria alimentaria global no sólo son estructuralmente ineficientes
para nutrir a las sociedades sino perversas, en la medida en que concen-
tran la producción de alimentos en pocas empresas, disminuyen (real y
simbólicamente) el repertorio de alimentos disponibles, utilizan insumos
nocivos para la salud y el ambiente y tienden a destruir formas locales tan-
to de producción como de consumo –sustentadas mayormente en prácti-
cas colectivas—, todo lo cual hace que cada vez se dependa más de lo que
ofrece el mercado para alimentarse (Fischler, 2002; Grass y Hernández,
2009; Vilulla, 2015; Rubio, 2003). El concepto de soberanía alimentaria
aparecía así como la opción más coherente para iluminar un camino de
resistencia a ese sistema. Propuesto por la organización internacional Vía
Campesina en 1996 la idea de Soberanía Alimentaria hace referencia al
derecho de los pueblos a poder producir sus propios alimentos, de manera
saludable y siguiendo sus propias pautas culturales. Supone la búsqueda
de una autonomía alimentaria, es decir, la no dependencia de lo que desde
afuera se decide qué es alimento, cuánto cuesta y dónde y cómo se produ-
ce o se consigue. Supone también la idea de recuperar y revalorizar una
historia local de cultura alimentaria y de cultura productiva, desautorizada
por discursos tecno-científicos.
El segundo presupuesto consistía en que daba como verdad evidente el
hecho de que los pueblos del Norte de Belén históricamente habían estado
y de algún modo eso seguía sucediendo, lejos y aislados, y por lo tanto las
personas de esos pueblos llevaban una vida con características propias di-
ferenciadas no sólo de los habitantes de los grandes centros urbanos sino
también de la ciudad de Belén, capital del departamento. Asumía, además,
que eran mayormente autónomos en cuanto a sus modos de subsistencia,

268
Cecilia Pernasetti Brizuela

ya que, como habitantes de los mundos rurales (o campesinos) producían


casi todo lo que necesitaban para alimentarse.
La primera vez que fui a hacer trabajo de campo en Villavil fue en
el otoño de 20092. A 82 km de la ciudad de Belén, Villavil, con 481 ha-
bitantes según el censo de 2010, es la cabecera del municipio del mismo
nombre, que en el mismo año registraba una población de 1933 habitan-
tes. Según informa un folleto editado por la oficina de turismo, el nom-
bre parece ser un derivado de la palabra Huillahuil que en lengua kakana
significa “aguada de las liebres”. El municipio es amplio y diverso: con
una altitud que va de los 2300 a los 3500 y picos de más de 5000 msnm,
abarca territorios correspondientes a valles precordilleranos, prepuna y
puna, a lo largo de los cuales se encuentran los pueblos de Barranca Larga,
Morteritos, San Antonio, Las Cuevas, Laguna Blanca, Corral Blanco, La
Angostura y Aguas Calientes.3
Viniendo desde el sur, es decir, desde la ciudad de Belén por la ruta
provincial 43, después de atravesar un tramo de 20 km de que ese mo-
mento era de ripio –en la Puerta de Corral Quemado se había terminado
el pavimento—, se atraviesa una pequeña cuesta y aparecen los rastrojos
sembrados y algunas casas que anuncian el pueblo. El camino baja para
cruzar el río, agua clara en un enorme lecho de piedras y arena, y una
vez cruzado comienza la calle central, de 1 km aproximadamente, a cuyos
lados se alinean las casas y sedes institucionales, separadas entre sí por
chacras y fincas. En ese momento, esa calle era el único tramo pavimenta-
do de los últimos 20 km de camino de ripio; el pavimento terminaba en la
iglesia, después de la cual la calle subía y volvía otra vez a ser ruta, que va
hacia el norte y termina en Antofagasta de la Sierra. Antes de esa cuesta,
2 Es necesario aclarar que esa investigación inicialmente no fue orientada desde
un marco académico, sino con el objetivo de relevar y rescatar comidas tradiciona-
les para darles visibilidad, partiendo de un apego afectivo y un interés por aportar
intuitivamente al conocimiento de la región a los ojos del resto de la provincia y
del país.

3 Dentro del departamento Belén, Villavil se encuentra en el Norte Grande, cate-


goría nativa que, junto con la de Norte Chico, divide el norte del departamento en
dos áreas: en el primer caso, la más alejada de la ciudad capital, Belén, y de mayor
extensión, comprende los municipios de San Fernando, Hualfín, Puerta de Corral
Quemado, Corral Quemado y Villavil, El Norte Chico, por su parte, comprende
los municipios de La Puerta de San José y Pozo de Piedra. En el sur del departa-
mento se encuentran los municipios de Belén y de Londres.

269
De la comunidad (autosuficiente) imaginada a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías

está la iglesia; doblando a la izquierda, a una cuadra de la iglesia, la escuela


y al frente la hostería. Una pequeña plaza frente a la iglesia, en forma de
triángulo, hace de rotonda, y permite que los autos den la vuelta y vuelvan
a retomar la calle larga, cuando se quiere regresar al sur.
La investigación que realizábamos en ese momento tenía por objetivo
relevar productos y preparaciones que la gente del lugar señalaba como
comida “local o tradicional” (Pernasetti y Ferré, 2013 y 2015). Había un
interés de nuestra parte por “encontrar” comidas que demostraran una
originalidad respecto a otras “cocinas” del país, asumiendo que esa ori-
ginalidad era producto de una historia larga y diferenciada, precisamen-
te por aquella supuesta condición de aislamiento que, para el caso de la
originalidad culinaria, considerábamos una ventaja. Celebrábamos con
entusiasmo cuando podíamos reconocer ingredientes y formas de coc-
ción “pre-hispánicas” en algunas preparaciones, o lamentábamos cuando
nuestros entrevistados nos hablaban de lo que ya no se producía o no se
cocinaba más.4
Algunos años después, inicié una segunda investigación, en el marco
del Doctorado en Antropología (UNC), orientada a relevar la producción
y circulación de alimentos en el Municipio de Villavil y en particular su
cabecera municipal. Había advertido que, aún con sus fincas, huertas y
ganados, y disposición más o menos suficiente de tierra y agua de riego
los pueblos lejos estaban de autoabastecerse, ni siquiera de verdura fresca,
que era traída desde afuera, incluso de lugares tan lejanos como Mendoza.
Sin pensarlo demasiado, consideraba esto como un “accidente” o “proble-
ma” producto de una historia reciente de despojos que llevó a estos pue-
blos a volverse más vulnerables y más dependientes. Es decir, había un
“antes”, cuando eran comunidades campesinas autosuficientes, y un “aho-
ra” de dependencia de mercados y ayudas externas. Y que la gente sufría
esa situación –inexistente para las generaciones anteriores—, impotente
y sin las herramientas y los recursos dados por la experiencia acumulada.
En ese momento, un seminario del doctorado me permitió rever estu-
dios clásicos sobre conglomerados urbanos. Al revisar mis notas de campo
desde esa perspectiva, extrañamente parecía que esta pequeña comunidad

4 El origen prehispánico de ingredientes o modos de cocción de algunos de los


alimentos fue una información recabada por nosotros a partir de consultas biblio-
gráficas, no porque la gente del lugar nos lo sugiriera en absoluto. Eso, en realidad,
los tenía sin cuidado.

270
Cecilia Pernasetti Brizuela

rural de difícil acceso, aislado en medio de imponentes montañas y tan


alejado de las grandes ciudades, tenía algunas características urbanas. Tres
señales recuperadas en esas notas fueron las más significativas: por un
lado, la notable cantidad de veces que no encontraba a las personas que
buscaba para entrevistar o visitar, porque no estaban en el pueblo, sino
que se habían ido a la ciudad de Belén u otros sitios en el departamento,
a departamentos de la provincia, como la capital (San Fernando del Valle
de Catamarca), Santa María o Tinogasta; a provincias limítrofes como
Tucumán, La Rioja o Salta; pero sobre todo a Buenos Aires y a destinos
de las provincias patagónicas, a más de 2000 km, como Caleta Olivia, Río
Gallegos o Comodoro Rivadavia. La segunda señal era que muchos de los
encuentros y entrevistas, a veces las más sustantivas, se daban en viaje,
es decir, cuando en mi auto llevaba o traía alguna persona desde o hacia
Belén, ya sea que su destino era Belén o era una parada en su camino. Es
muy frecuente que a la salida de los pueblos la gente “haga dedo” para
trasladarse de un pueblo a otro: trabajadores de los municipios, maestras,
madres con niños que van o vuelven del hospital, etc. Entre otras razones,
porque no hay transporte público con suficiente frecuencia o regularidad.
Y finalmente, la tercera advertencia apareció al revisar las entrevistas en
las que algunas personas contaban sus experiencias de vida: la enorme
mayoría había trabajado y vivido lejos de su pueblo, a veces por largos
periodos, de más de 10 años, otras veces cada año durante varios meses,
y eso a lo largo de muchos años. Pero lo mismo habían hecho sus padres
y también sus abuelos. Además, con frecuencia mencionaban su relación
con familiares que residen de manera permanente en otros lugares del
país, a quienes van a visitar y que suelen venir periódicamente al pueblo.
Me di cuenta de mis esfuerzos infructuosos por sostener una unidad
de análisis (el pueblo de Villavil) que no se dejaba circunscribir a los lími-
tes geográficos no sólo del pueblo, sino del Municipio y de la provincia.
Y de que no sólo es posible sino imprescindible, como lo propone Gabriel
Noel (2017), romper esos límites autoimpuestos si yo quería describir y
comprender cabalmente la vida de la gente de Villavil. Empezó a hacer
aguas la idea de una comunidad campesina autosuficiente que alguna vez fue
y a la que hay que regresar.

271
De la comunidad (autosuficiente) imaginada a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías

Los límites geográficos y las redes de vida

La autosuficiencia alimentaria es una bandera que se levanta junto con la


de soberanía alimentaria, y yo la relacionaba directamente con la posibili-
dad de producir y obtener en el lugar lo necesario para alimentarse. Pero
la autosuficiencia en sentido amplio (también la posibilidad de contar con
servicios, salud, educación, cerca de las viviendas) lejos de ser una carac-
terística propia de las comunidades campesinas o rurales, lo es más bien
de las grandes urbes, según sugiere Wirth (2005). Asimismo, al revisar lo
urbano como “modo de vida” más que como espacio geográfico, tal como
lo propone ese autor, advierto que mis interlocutorxs del pequeño Villa-
vil, cumplen cabalmente con una de las tres características centrales de
los “urbanitas”: la heterogeneidad, entendida como la movilidad frecuente y
diríamos sistemática de las personas entre y a través de grupos con otros
modos y experiencias de vida diferentes a sí mismos. Precisamente la mo-
vilidad de mis interlocutorxs, que pasan gran parte de su vida viviendo en
otros lugares, les da un carácter más cosmopolita que, me arriesgo a decir,
el de aquel habitante de la ciudad de Buenos Aires, quien nunca o en muy
pocas ocasiones se ha movido de su lugar de residencia. Es así que me em-
pecé a interesar por ese movimiento de personas y también y por lo tanto
de cosas en el pueblo, que sólo empecé a notar en mi estadía de campo, y
que por momentos se me hacía vertiginosa.
Como en otros pueblos del noroeste argentino, las familias de Villavil
tienen ya una larga experiencia, acumulada durante varias generaciones,
de ganarse la vida en lugares distantes del pueblo. Rápidamente diremos
que, según testimonios recabados y la información de investigaciones en
pueblos cercanos (Molina Pico, 2017; Bellina, 2005) se parte de los pue-
blos buscando otros ingresos que complementen lo obtenido por el traba-
jo agrícola y artesanal (tejidos e hilados de oveja, llama y eventualmente
vicuña). Habría una dificultad estructural en la propia configuración de la
propiedad de la tierra y la disponibilidad de agua para siembra y pastura
para ganados, en un territorio calificado como árido5. En el departamento
Belén la mayoría de las explotaciones agropecuarias están en el estrato
de los productores minifundistas (pequeño productor): según el Censo

5 No vamos a dar aquí más precisiones sobre territorio, clima, estructuras agro-
productivas, porque lo que interesa es, a manera de ensayo, recuperar un proceso
reflexivo y proponer una interpretación que puede ser rebatida.

272
Cecilia Pernasetti Brizuela

Nacional Agropecuario de 2018, más del 70% de las explotaciones agrope-


cuarias (EAPs) tienen una extensión de hasta 5 hectáreas y cubren alrede-
dor del 5% de la superficie total.
En la historia corta, la que queda en la memoria, por lo menos desde
los años 40 del Siglo XX partían los hombres, a veces también acompaña-
dos de sus esposas, a la zafra de Jujuy y Salta y luego de Tucumán. Pasaban
a veces hasta 6 meses y regresaban. En el pueblo los esperaba el resto de la
familia que se encargaba del cuidado de la chacra y los animales. Más ade-
lante los destinos fueron la cosecha de uva en Mendoza, las explotaciones
petroleras en el sur del país, las minas de Farallón Negro y luego de La
Alumbrera, y otros establecimientos mineros de la región. En el caso de
las mujeres, el empleo doméstico en Belén, Catamarca, Buenos Aires, etc.
Paralelamente, muchos jóvenes partían a Belén, Catamarca o Tucumán
para completar sus estudios secundarios o terciarios, ante la falta de oferta
académica local. Considerando a Villavil como origen y destino de regre-
so de los habitantes con los que interactúo, la duración del tiempo fuera
del pueblo varía según el tipo de trabajo y los derroteros que van tomando
las vidas de los y las viajeras. A veces algunos meses cada año fuera del
pueblo, otras veces varios años.
Los migrantes del municipio de Villavil tuvieron que aprender a mo-
verse e interactuar en lugares absolutamente diferentes a los de su pueblo
natal, lo cual a su vez les significó un ejercicio de reflexión inevitable –en
el sentido de no necesariamente buscada—, sobre sí mismos y sus propias
identidades en confrontación con los modos y maneras de otros. En mu-
chos casos hasta adquirir la capacidad de “desaparecer” en el anonimato
tranquilizador de las metrópolis, esforzándose por ser uno más en la mul-
titud; para tiempo después volver a su lugar de origen, sacarse el ropaje y
las maneras fuereñas y recuperar los modos y gestos que le permitan inte-
ractuar como uno más ante los ojos vigilantes de sus vecinos del pueblo. Y
así periódicamente. Como dice Tarrius, “Nadie permanece mucho tiempo
en el territorio circulatorio sin correr el riesgo de una disociación fuerte
entre universo doméstico, residencial, familiar y universo de los comer-
cios, los arreglos, las circulaciones.” (Tarrius, 2000: 65). Tarrius propone
el concepto de territorios circulatorios o territorios de circulación para refe-
rirse a espacios, que en el caso de sus estudios sobre migraciones africanas
en Europa abarcan miles de kilómetros y varias fronteras nacionales, defi-

273
De la comunidad (autosuficiente) imaginada a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías

nidos según relaciones sociales en movimiento. Territorios donde grupos


sociales despliegan su vida, incluso a lo largo de generaciones:

La noción de territorio circulatorio constata la socialización de espacios


según lógicas de movilidad. Esa noción introduce una doble ruptura en las
acepciones comunes del territorio y de la circulación; en primer lugar nos
sugiere que el orden nacido de los sedentarismos no es esencial a la ma-
nifestación del territorio, después exige una ruptura con las concepciones
logísticas de las circulaciones, de los flujos, para conferir sentido social al
movimiento espacial. El desplazamiento que no puede, en esa perspecti-
va, ser considerado como el estado inferior del sedentarismo, confiere a
los que hacen de él su principal lugar de expresión del vínculo social, el
poder del nómada sobre el sedentario: el conocimiento de los saber-hacer
camino, condición de la concentración-difusión de las riquezas materiales
e immateriales, da poder sobre el orden de las sedentaridades y más parti-
cularmente sobre su primera manifestación, el espacio urbano. (Tarrius,
2000: 55)

La noción de territorios de circulación nos ofrece un marco interpre-


tativo general para orientar nuestra mirada en el trabajo de campo, aún
cuando originalmente fue gestada en el análisis de fenómenos diferentes.
Por ahora lo que nos interesa es poner el foco en el pueblo de Villavil
como un nudo dentro de un gran territorio de circulación, tanto para los
que se van y vuelven como para los que permanecen.
La interacción con “otros” también forma parte de la propia vida en el
pueblo: Villavil es, además, un lugar de paso: sus casas se despliegan espe-
cialmente a lo largo de la ruta provincial 43, que en esos no más de 1000
metros deja de ser por unos momentos ruta y se vuelve la calle principal,
para luego volver a ser ruta. Sobre esa calle-ruta se ubican las sedes de las
instituciones más importantes, como la Municipalidad, la iglesia, el Mini
Hospital, el Centro de Exposiciones de Artesanías. ¿Quiénes circulan por
esa ruta? Gentes de la Puna, de pueblos que se ubican más al norte, traba-
jadores y técnicos de las minas de litio, turistas nacionales y extranjeros
que van hacia Antofagasta de la Sierra, funcionarios municipales y pro-
vinciales, trabajadores de Vialidad Nacional, comerciantes, etc. En 2019
se termina de pavimentar la ruta 43 y se construye un puente sobre el Río
Villavil, con un nuevo trazado: la ruta deja de cruzar por el centro del pue-
blo, ahora lo bordea por el margen izquierdo del río y lo cruza a la altura
del inicio de la cuesta de salida del pueblo hacia el norte. Esto dinamizó

274
Cecilia Pernasetti Brizuela

aún más el tráfico hacia el norte, en especial la circulación de camiones,


maquinarias y personas a las nuevas minas de litio de Antofagasta de las
Sierras.
Las nuevas rutas y puentes permiten movilidades diarias para quienes
trabajan en Villavil pero viven en la ciudad de Belén o sitios cercanos: en
el día a día, van y vuelven del pueblo maestras y profesores de las escuelas
primaria y secundaria, empleados y funcionarios municipales. Comer-
ciantes locales van semanalmente a buscar mercadería en Belén, Cata-
marca o Tucumán; o comerciantes de esos lugares vienen periódicamente
con mercaderías.
La promoción del turismo ha sido una de las políticas centrales de
la gestión municipal y provincial en los últimos 15 años del municipio.
Organización de ferias de venta de productos locales, capacitaciones para
la producción de artesanías de interés turístico, de formación de guías,
marcación de puntos de interés como formaciones montañosas, lagunas,
termas, organización de excursiones, etc. En un lapso breve de tiempo el
pueblo pasó de mirar con cierta desconfianza y curiosidad a los viajeros
turistas que se detenían ocasionalmente, a esperar con ansiedad las vaca-
ciones o fines de semana largo para montar la carpa de la feria y producir
artesanías para la venta.
En síntesis, las relaciones sociales en Villavil, desde familiares hasta
comerciales, constituyen una red que lejos de acabarse en los límites del
pueblo, abarca distancias de varios cientos de kilómetros, y no por eso
dejan de ser menos intensas, presentes y significativas.
Más bien, para una gran cantidad de personas, vivir en el pueblo no
quiere decir estar en el pueblo la mayor parte de su vida. Relacionado con
esto, la auto-adscripción frecuente de mis entrevistados refiriéndose a
“ser” de Villavil, o de Laguna Blanca, o de Barranca Larga no quiere decir
estar allí, sino haber nacido y vivido allí sobre todo el tiempo de la infancia
y la adolescencia, y esa condición identitaria no se pierde, aunque nunca se
vuelva. Esto no es novedoso, pero sí lo traigo porque es posible que, du-
rante la ausencia del pueblo, su condición de nacido en, que deviene en ser
de un lugar se ve reafirmada y re actualizada como sostén y marca de iden-
tidad, precisamente por estar fuera del lugar de nacimiento. Por ejemplo,
Marta (nombre ficticio) pudo revertir un momento de discriminación en
la escuela de sus hijos durante el transcurso de su vida en la provincia de
Buenos Aires, cuando recrearon juntos en el escenario las ofrendas que

275
De la comunidad (autosuficiente) imaginada a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías

solían hacer cada 1 de agosto en su pueblo a la Pachamama. Ser de un


pueblo pequeño, con las costumbres de la gente de campo, de ese norte
tan lejano le otorgó frente a las maestras una fuerte marca de dignidad y
respeto, que luego se trasladó a sus hijos. Lo mismo con sus patronas en
el empleo doméstico. Además, su saber hacer las comidas locales, fue una
fuente de ingresos y de reconocimiento y respeto en su barrio.
Por otro lado, haber nacido ahí otorga algunos derechos dentro del
pueblo frente a los que son nacidos en otro lugar. Julia (nombre ficticio),
que llegó a vivir al pueblo cerca de sus treinta años y sin familiares locales,
aunque se casó con un lugareño, tuvo que ganarse con esfuerzo un lugar y
una voz en medio de la trama de relaciones vecinales y familiares locales.
Y a su vez se permite algunas libertades, como discutir algunas reglas táci-
tas de funcionamiento de instituciones como la escuela, o el propio muni-
cipio, cosa que los locales no pueden hacer con tanta soltura, precisamente
por la trama de compromisos vinculares y favores dados y recibidos, no
sólo de ellos mismos sino de sus padres y abuelos, en los que sus vidas
están entretejidas6.

La densidad temporal de prácticas de circulación

Una mañana de mediados de febrero de 2020, salimos desde Villavil hacia


Laguna Blanca con la idea de visitar y conversar con una persona conoci-
da. Antes de entrar a la cuesta que desemboca en la ruta, nos hizo dedo un
muchacho joven, vestido con ropa deportiva claramente a la moda, que
llevaba con soltura. Así conocimos a Nicolás, que estaba yendo a su pue-
blo, Aguas Calientes, pequeña y antigua población de la puna de Belén,
declarada comunidad aborigen Diaguita desde 2017, a 100 km –aproxi-
madamente- de Villavil y a unos 50 de Laguna Blanca. Si lo acercáramos
hasta Laguna Blanca le parecía suficiente, porque tenía el dato que pronto
pasaría por ese lugar una camioneta hacia Aguas Calientes. Venía desde
Belén de hacer trámites bancarios; suele ir a Belén por lo menos cada 15
días. El viaje se hizo largo por dos demoras: las máquinas de vialidad es-
taban arreglando el camino después de una tormenta, por lo que la fila de
camionetas (de excursiones de turistas, de las empresas mineras, de los

6 En un estudio clásico sobre estos temas, Pitt-Rivers (1989) se extiende sobre este
hecho para el caso de los nacidos en Grazalema. En mi caso, este punto está siendo
explorado con más detalle en mi trabajo de campo actual

276
Cecilia Pernasetti Brizuela

municipios y de particulares) se hacía larga cada vez que daban paso. Por
otro lado, había cortes de ruta protesta por las minas de litio, por parte de
algunas de las comunidades originarias (hay 30 comunidades originarias
en Catamarca, la mayoría en el departamento Belén). El estado provincial
tiene una fuerte política de fomento de esa y otras minerías, tanto que
ya casi no quedan kilómetros sin pavimentar en la ruta que va desde la
ciudad de Catamarca hasta Antofagasta de la Sierra, pasando por Villavil,
con modernos puentes, para garantizar la infraestructura necesaria a las
empresas. Nicolás dejó entrever que él está a favor de la explotación del
litio: tendría trabajo cerca de su pueblo. En una de las paradas bajamos a
recoger algunos de los poderosos y perfumados yuyos de la puna, y ante la
primera consulta Nicolás se explayó indicándonos sus nombres, propie-
dades curativas, modos de recolección y secado y nos contó que una de las
actividades centrales de su familia es precisamente cosechar y llevar en ca-
ravanas de mulas estas hierbas, más papines, lana de llama y tejidos desde
Aguas Calientes hacia La Hoyada en el departamento limítrofe de Santa
María, donde los intercambian por despensas varias como azúcar, harina
y yerba mate. Las familias hacen este “cambalacheo”, término local para
referirse al trueque, desde que tienen memoria, y les resulta mucho más
conveniente usar esos senderos de herradura que las rutas, porque son
mucho más directos. Dejamos a Nicolás en la entrada de Laguna Blanca
desde donde sale el camino a Aguas Calientes, no sin antes intercambiar
teléfonos y prometernos futuros encuentros. En mayo de ese año, nos
mandó hermosas fotos con su celular desde el sendero donde marchaba
con la caravana.
Robert Park, en los iniciales estudios sobre las ciudades, propone
como una característica central de las urbes contemporáneas el hecho
de que en sus vecindarios las personas viven “al mismo tiempo en varios
mundos diferentes”:
En el medio urbano el vecindario tiende a perder gran parte de la sig-
nificación que tenía en formas de sociedad más simples y primitivas. Los
accesibles medios de transporte y comunicación que permiten a los in-
dividuos repartir su atención y vivir al mismo tiempo en varios mundos
diferentes, tienden a destruir la permanencia e intimidad del vecindario.
(Park, 1999: 55).
Lo traigo aquí irónicamente porque su propuesta parece suponer que
los contactos entre mundos diversos son fenómenos exclusivamente mo-

277
De la comunidad (autosuficiente) imaginada a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías

dernos (consecuencia de los nuevos y accesibles medios de comunicación)


y de las grandes urbes, cosa que a la luz de lo relatado más arriba resulta
difícil de asegurar. ¿Por cuantos “mundos diferentes” atravesó Nicolás solo
ese día que lo conocimos? ¿Por cuántos mundos diferentes atraviesa en un
año de su vida? ¿Viven –o vivían— las gentes de Villavil o de Aguascalien-
tes en sociedades “más simples”?
El relato de Nicolás me sirve también para poner de relieve la profun-
didad histórica de las movilidades en la región: lo que hacen Nicolás y su
familia cada año es poner en acto una experiencia de muchos siglos en la
región, tal vez de milenios. Esther Hermitte (1972) señala que la funda-
ción de Belén, en 1678, responde

no sólo al interés por controlar la zona frente a los indios, sino al valor
estratégico del área. En efecto, por Belén pasaba el camino que llevaba
de Santiago a Copiapó en el norte de Chile, y también el único que, sin
tramontar serranía, cruzaba de norte a sur desde el Alto Perú hasta Cuyo.
El cruce de los dos caminos, por los que transitaban las arrias de mulas,
convertía a Belén en el más importante nudo comercial de todo el Oeste
Catamarqueño. (Hermitte, 1972: 4).

Más adelante agrega:

Belén escapa a ese quietismo comercial con el que se define a Catamarca.


El activo tráfico de mulas, su cría en invernación en las estancias del dis-
trito, el transporte de mercaderías y personas debe haber originado con
seguridad un número de actividades derivadas del comercio que se refle-
jarían en el panorama económico local.” (Hermitte, 1972: 12)

Las caravanas de intercambio constituyen una práctica andina que se


remonta a la época prehispánica, que han tenido continuidad durante la
colonia y, evidentemente, hasta nuestros días. Dentro de la bibliografía
consultada se describen rutas de intercambio que tienen más de 2000 años
y abarcan el territorio del actual noroeste argentino, el desierto de Ata-
cama y el litoral del Pacífico en Chile (Molina Otarola, 2013; Núñez y
Nielsen, 2011).
Frente a esta información histórica, y a partir de las conversaciones
con mis interlocutorxs, asumo la hipótesis de que no es solamente la falta
de fuentes de trabajo locales, o la necesidad de completar ingresos fami-
liares las que llevan a las personas de la región a salir de sus pueblos. Hay

278
Cecilia Pernasetti Brizuela

también una dinámica de movimiento que se disfruta, que forma parte


de los saberes apreciados (conocer los caminos, los senderos, las rutas y
los sitios de trabajo), una riqueza de vínculos afectivos a la distancia, un
gusto por volver pero también por partir a sitios lejanos, traer novedades,
o contrastar con la propia experiencia, cómo es la vida (mejor, peor), en
otros lugares. Y una historia fuerte de desarraigos y movimientos que tal
vez sean la marca identitaria de muchos pueblos en América Latina.7

Movilidad y arraigo antes y ahora: los tiempos de la labor agrícola y


los tiempos del estado

El interés inicial de mi trabajo de campo que tenía como presupuesto la


idea de que los pueblos norte de Belén habían conocido épocas de mayor
bienestar, basadas sobre todo en la autosuficiencia alimentaria y menor
dependencia del exterior, se vio interpelado de dos modos: por un lado,
la constatación de que siempre estuvieron conectados con el exterior, in-
cluso desde tiempos remotos, y por otro lado, que la producción local de
alimentos no es una preocupación de mis nativos. El hecho de que lleguen
camiones desde Tucumán con lechugas frescas es parte del dinamismo de
pueblos acostumbrados a ver salir, entrar y pasar camiones y camionetas
de todo tipo (antes caravanas de mulas y antes todavía caravanas de lla-
mas), y a nadie le molesta. Y esto porque no viven los límites geográficos
del pueblo como fronteras en el despliegue de sus vidas.
De ese modo, las personas están igual de conectadas con el afuera que
con el adentro, pues gran parte de su vida sucede en tránsito de un lugar a
otro. Sus relaciones sociales, las que constituyen el entramado de su vida
cotidiana, se establecen no solamente “cara a cara” (como podría supo-

7 Si nos detenemos en la historia local larga, la conquista y los siglos de la colonia


significaron un tremendo movimiento de familias aborígenes que al final de las
guerras calchaquíes en 1666, eran llevadas y traídas según el capricho y el poder de
los encomenderos, en lo que se conoce como proceso de “desnaturalización” en los
Valles Calchaquíes. Villavil se encuentra a pocos km de Hualfín y de Santa María,
de donde se sabe por fuentes documentales que fueron sacados numerosos grupos
y llevados a Córdoba, Catamarca, La Rioja, mientras traían de Tinogasta o La Rio-
ja familias a trabajar en haciendas enormes que abarcaban casi todo el municipio
(Quiroga, 2003; Lorandi, 1997)

279
De la comunidad (autosuficiente) imaginada a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías

nerse si hablamos de “comunidades” o de pueblos pequeños) sino, y en


algunos casos de manera fundamental, a través de la distancia.
Pero no se trata sólo de distancias, sino también de tiempos. Para
tener una comprensión cabal de cómo viven, y cómo se alimentan, las
personas cuyas relaciones sociales involucran movimientos y distancias
geográficas, es necesario reconocer no sólo los espacios sino los ritmos
temporales de esas relaciones. Precisamente Tarrius pone énfasis en in-
corporar la dimensión temporal al analizar poblaciones móviles: “Estos
pasos, estas competencias se identifican más en el tiempo de las travesías
de universos de normas que en las modalidades de recorrido de espacios
partidos, separados” (Tarrius, 2000: 49).
Considero, como decía más arriba, a Villavil como nudo de esas cir-
culaciones, como el sitio de arraigo a donde se vuelve, para los que han
vuelto o vuelven periódicamente. El arraigo está dado por esa parte de la
pluriactividad de mis interlocutures que es su actividad agrícola. La diná-
mica de algún modo nómade de la gente de los pueblos del Norte Grande
de Belén, cuyas formas de “ganarse la vida” involucraron desde tiempos
antiguos no sólo destinos sino también oficios diversos, parece haber te-
nido, sin embargo, un centro, un nudo estable a donde llegan y de donde
parten esas vidas móviles, y ese nudo aglutinador era la labor agrícola y
la crianza de animales. Esto es: el ritmo del año según el tiempo de siem-
bra, desyerbado, cosecha; el tiempo de pasto verde o de conseguir alfa. El
ritmo del día según toque el turno de riego o la hora de llevar y traer las
ovejas o las cabras al cerro.
En los últimos veinte años, aparece de manera contundente otro pro-
tagonista, otra fuente de trabajo cada vez más importante, el estado, que
ahora sí parece cambiar ese ritmo más o menos estable aún dentro de la
gran movilidad de la gente del pueblo.
A partir de los datos puntuales obtenidos hasta ahora, en las últimas
dos décadas, el ingreso preponderante de las familias, lo que les permi-
te un sustento más o menos básico y regular para desarrollar su vida, es
obtenido a partir del estado, municipal, provincial o nacional, ya sea en
forma de sueldo por empleo o en forma de alguno de los diversos planes
sociales o de apoyo a la salud, la maternidad, la educación, la infancia, la
ancianidad, etc. El estado, sobre todo el estado empleador, marca ahora el
modo y el ritmo de vida en los pueblos del municipio Villavil, tanto que es
muy difícil gestionar la vida por fuera de su órbita.

280
Cecilia Pernasetti Brizuela

Si bien antes de la presencia fuerte del estado la búsqueda de fuentes


laborales pasaba por salir del pueblo, siempre quedaba alguien a cargo de
la tierra o los animales, generalmente la madre y los hermanos pequeños,
o la esposa y los hijos. Una de las ventajas de la intervención del estado
como empleador o ayuda social es precisamente que no sea necesario para
la mayoría, salir del pueblo para conseguir un ingreso. Sin embargo, la di-
námica de producción agrícola y ganadera se ve supeditada a los horarios
libres de los que disponen los productores que son también empleados
asalariados (municipales, provinciales, nacionales), por lo tanto entra en
contradicción con sus horarios de ingreso y salida, horas extras, vacacio-
nes. Esto desalienta la continuidad de prácticas que hasta una generación
anterior eran parte de lo que organizaba la vida cotidiana del pueblo, con
sus ciclos anuales de siembra y cosecha. Ahora sí cada vez más el ritmo
diario se parece al de los empleados de oficinas, privadas y públicas, de
las grandes urbes. Aquel nudo organizador, el trabajo agrícola, es ahora
más débil, ha disminuido drásticamente la cantidad y variedad de la pro-
ducción agropecuaria, pero se resiste a desaparecer, porque sin eso que
se produce no alcanza: el estado da regularidad de ingresos, pero no su-
ficiencia.8
El choque de ritmos se vive no sin ansiedades y conflictos, y con eso
se construyen también prácticas novedosas de hacer vida en común y de
imaginar un estado que pueda torcerse y tener la plasticidad que exige el
tiempo del trabajo con la tierra y el ganado.
Nuestra etnografía se orientó a indagar con nuestros interlocutorxs
de campo sobre cómo se viven estos nuevos dilemas. Todavía estamos en
proceso de análisis e interpretación de la información obtenida y de in-
dagación de los procesos históricos que fueron construyendo la situación
actual. La fuerte presencia actual del estado empleador aparece como la
única salida para viable para la región.
Algunxs de mis interlocutorxs e interlocutoras me referían sobre la
dificultad central de contar con rastrojos y agua para poder continuar con
la labor agrícola. La idea general es que ya no llueve como antes o que las
vertientes tienen menos agua. Pero indagando o un poco se descubre que

8 Tener un cordero o lechón para vender en tiempo de necesidad, para ofrecer


una comida de celebración familiar, es un capital que se busca sostener y cuidar.
La chacra que da verduras para consumo doméstico y venta local o trueque sigue
siendo central para la economía de la mayoría de las familias.

281
De la comunidad (autosuficiente) imaginada a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías

tiene que ver más con la falta de gestión, mantenimiento y construcción


de canales de riego y el cuidado y también mantenimiento de las vertien-
tes. Más que la escasez de tierra y agua, producto de la geografía y aridez
del clima, influyen las grandes tendencias de políticas económicas nacio-
nales y globales que desalientan un tipo de producción en beneficio de
otro (por ejemplo, la producción de forrajeras reemplazando a las chacras)
o directamente promueven el cese de cualquier producción agrícola. Esto
es importante y está estrechamente ligado a lo que al inicio mencionamos
como presupuestos iniciales de mi investigación, la idea de que los pue-
blos estaban aislados, es decir, aislados también de un proceso histórico
que modernizó y desarrolló otras regiones del país. Y que ese aislamiento
era básicamente producto de las condiciones naturales de su paisaje mon-
tañoso y su clima árido con escasas lluvias, en comparación con la prós-
pera y fértil pampa húmeda. Esta situación viene de larga data, y tiene que
ver con otro modelo previo, el de país proveedor de ganado para el Potosí,
tal como refería Hermitte más arriba.
Laura Quiroga señala cómo la descripción de algunos valles como “oa-
sis” (en su caso el Valle de El Bolsón, también dentro del municipio de Vi-
llavil) vuelve parte de la naturaleza una construcción histórica previa, con
lo cual es posible que llegue a ocultar los trabajos humanos que o hicieron
del lugar un sitio fértil o ayudaron a que se sostenga como tal

Al respecto, las palabras de Federico Espeche resultan significativas cuan-


do describe el occidente catamarqueño como un ámbito donde reina lo
espontáneo (1875). Esta descripción de fines del siglo XIX atribuye a la
“naturaleza” las condiciones productivas y laborales del campo catamar-
queño, hasta el punto de considerar como “vivienda natural” la casa cam-
pesina. Según este informe, la cría de ganado en la región era posible gra-
cias a las pasturas naturales producto de condiciones climáticas favorables.
Sin embargo –como espero demostrar a lo largo de este trabajo- considero
que esta situación no se deriva de condiciones ecológicas particulares y
determinantes sino de la “naturalización” de una forma de relaciones so-
ciales y productivas que se instauran durante la colonia: la ganadería ex-
tensiva, basada en la reproducción del ganado en amplios espacios a costos
mínimos de reproducción y extracción (Quiroga, 2003: 303)

En el mismo sentido, relativiza la idea de “escasez” como condición


límite para la producción local

282
Cecilia Pernasetti Brizuela

El agua constituye un recurso estacional y escaso, sin embargo, es necesa-


rio relativizar el concepto de escasez dado que la obtención de los recursos
no está determinada exclusivamente por la “abundancia” del mismo sino
por posibilidades tecnológicas y condiciones sociales y jurídicas de acceso
y apropiación. ¿El agua escasa es causa “natural” del despoblamiento que
los geógrafos mencionados describen? La respuesta a las condiciones ob-
servadas en el siglo XX es tan geográfica como política y tan económica
como histórica. (Quiroga, 2003: 303)

Por su parte Delfino et al señalan, haciendo referencia a Laguna Blan-


ca, la puna de Belén –que hasta hace menos de un año formaba parte del
municipio de Villavil y ahora constituye un municipio autónomo—:

La irrupción de una lógica económica europea en amplias geografías ame-


ricanas implicó una ruptura, al menos parcial, con el orden económico
prehispánico. Para el Norte del Departamento Belén, donde se localiza el
Distrito de Laguna Blanca, las primeras menciones a las que hemos podi-
do acceder enfatizan las cualidades del ambiente en relación a una exten-
siva explotación ganadera. Muy por el contrario, las fuentes arqueológicas
para momentos prehispánicos reflejan un paisaje rural intenso, equilibra-
do entre una gran actividad productiva agropecuaria y artesanal. (Delfino;
Díaz y Espiro (2007: 107)

Estas referencias históricas sirven aquí para dar una pauta de por dón-
de está construyéndose nuestra argumentación. La propuesta de la sobe-
ranía alimentaria como modo de resistencia supone centralmente la posi-
bilidad de producir los propios alimentos; pero también asumir que eso es
lo que se quiere hacer, de allí que decíamos es una categoría política más
que descriptiva. Queda ver cómo las familias productoras de Villavil se las
siguen arreglando para ganarse la vida sin resignar sus chacras, frutales,
huertas y animales.
Por último, respecto al título de este artículo, tal vez las gentes de la
pre-puna de Belén tampoco se dejen clasificar fácilmente como urbani-
tas. Ni rurales ni urbanos, otro mundo donde el arraigo y el movimiento,
ambos al mismo tiempo, forman parte de una tradición milenaria, que
todavía persiste.

283
De la comunidad (autosuficiente) imaginada a los urbanitas de la pre-puna de Belén.
Un intento de conjurar categorías

Agradecimientos

Agradezco a mis interlocutorxs en Belén y Villavil, por su generosidad y


lucidez
A lxs integrantes del equipo de investigación por la posibilidad de
conversar y compartir inquietudes e impresiones del trabajo de campo y
de las lecturas compartidas.
Agradezco también a lxs evaluadorxs por sus sugerencias y comenta-
rios

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