Homilía de Corpus
Entorno a la mesa compartida
La eucaristía es la acción de gracias más universal que celebra la Iglesia. Desde el momento
en que Jesús instaura la celebración eucarística o fracción del pan -como se le conocía en las
primeras comunidades cristianas- aquella noche de la última cena, cuyo encuentro ha esperado
compartir Jesús con sus discípulos (Cf. Lc. 22,15). Desde ese momento, hemos hecho memoria
de ello todos los días y se extenderá hasta el fin del mundo.
De este modo, la eucaristía se convierte en el centro de nuestra vida cristiana (Cf. SC 7), es
aquella celebración que nos reúne como comunidad para celebrar el misterio de la fe (Cf. Hch,
2,42), una fe centrada en la persona de Jesús, en su enseñanza y en su invitación universal de
seguirle. Cuando nos acercamos al banquete eucarístico, no lo hacemos desde la soberbia, ni del
orgullo, que nos lleva a sentirnos privilegiados por recibirle, sino desde la sencillez, que nos
lleva a creer y vivir una experiencia cercana con el Dios de la vida; la eucaristía no es un premio
para los justos, como lo ha recordado el papa Francisco en diversas ocasiones, la eucaristía es el
consuelo para los pecadores, que nos lleva al compromiso, de ir configurando nuestra vida a
Jesús.
Hoy el evangelio nos invita a encarnar nuestra vida de fe en medio de la realidad que
vivimos, debemos ser capaces de entrar en la dinámica, de hacer nuestra vida una eucaristía, la
cual, no solo nos lleva a contemplar la fe, sino que nos impulsa hacerla vida en cada uno de
nosotros; de este modo, no podemos vivir ajenos a las realidades injustas que se sirven en el día a
día que se vuelven flagelo para la gente más vulnerable, es por ello, que es imperante la
invitación de Jesús cuando nos interpela con su “denles ustedes de comer” (Lc. 9,13),
despertando nuestra conciencia para un mayor compromiso, sabiendo que no se trata de ser una
ONG que busca resolver los problemas sociales pero desde la distancia; para nosotros la
invitación de Jesús nos lleva a implicarnos en las realidades humanas, cargadas de tantas
injusticias; acompañando a los más vulnerables y desde allí estamos invitados a vivir con fe
nuestra eucaristía, haciendo memoria de Jesús.
Por otro lado, la comunidad se construye desde los fragmentos para hacer el todo. Así como
el pan está hecho con los granos de trigos, del mismo modo, nosotros debemos convertirnos en
esos trigos que se unen para compartir con los demás y así construir la comunidad cristiana. No
estamos llamados a dar de lo que no tenemos, sino a colocar de lo nuestro para los demás,
aunque esto sea “cinco panes y dos peses” porque sabemos que Jesús puede multiplicarlos para
que alcance a todos, si cada uno de nosotros hacemos lo mismo, ya no serán cinco sino serán
muchos.
Pidamos al Señor la gracia de colocar todo nuestro ser al servicio de los otros. Que no seamos
indiferentes, a las realidades complejas que se tejen a nuestro alrededor; y como les he dicho en
otras oportunidades, sigamos construyendo el reino, sigamos apostando por Jesús, y sobre todo,
sigamos ayudando para que muchos hombre vuelvan su rostro a Dios, a través de un encuentro
que renueve la gracia recibida en el bautismo.