¡SARA, LA COJA!
Hacía un año que había llegado al pueblo para vivir con su nueva
familia. Ella estaba muy contenta y muy feliz, aunque algunas noches tenía
pesadillas, pero nada que su nueva mamá no pudiera solucionar con sus
abrazos y nanas.
Sin embargo, en el colegio los niños se metían con ella. Nunca la
llamaban por su nombre, sino que utilizaban su discapacidad para
insultarla. Incluso, le coreaban una canción titulada La Coja. Sara procuraba
no hacerles caso y disfrutaba del patio leyendo y aprendiendo cosas de
otras culturas.
Los nuevos padres de Sara se habían planteado operarla para
eliminar la cojera con el fin de que no tuviera que aguantar las burlas de los
demás. Pero Sara se negaba. Estaba muy orgullosa del balanceo que su
cuerpo tenía cuando andaba. Para ella ser coja era importante.
En una semana Sara celebraría su cumpleaños. Eran pocos los niños
que iban a acudir a su fiesta y no porque ellos quisieran, sino porque sus
padres les obligaban por su amistad con la familia de Sara.
Cuando llegó el día había caras tristes, excepto la de Sara. Tras
disfrutar de los payasos, de la merienda y de la tarta llegaron los regalos.
Sara quiso adelantarse y pidió permiso para hacer ella un regalo a todos los
niños que habían asistido a su cumpleaños antes de abrir ella sus paquetes.
Sus nuevos padres, extrañados, la animaron a continuar.
Fue entonces cuando Sara quiso regalar a los niños su
historia. Comenzó contando que antes vivían en un bonito país llamado
Siria. Que tenía muchos amigos y siempre estaban jugando en la calle.
Recordó el nombre de todos éstos y el de sus numerosos hermanos. Les
explicó lo feliz que era allí.
Pero un día empezaron a estallar bombas y todos se prepararon para
dejar sus casas en busca de una tierra en paz y que les acogiera. Como ella
era coja, un camión de la Cruz Roja la recogió un viernes por la tarde para
que no tuviera que andar tanto. Su familia y vecinos la seguirían en la
mañana siguiente. Sin embargo, nuevas bombas cayeron esa noche en el
barrio y Sara nunca más supo de ellos.
Sara sabía que su cojera le había salvado la vida y con cada balanceo
de su cuerpo recordaba a sus hermanos y viejos amigos, así como todo lo
que suponía su antigua tierra. Ser coja para ella siempre sería importante.
Desde ese día ningún niño volvió a llamarla coja ni a hacerle vacío.
Todos se disculparon con ella y aprendieron que ser diferente no solo no es
malo, sino que puede enriquecernos a todos.