0% encontró este documento útil (0 votos)
62 vistas11 páginas

3737-Texto Del Artículo-11302-1-10-20201031

Este documento presenta un análisis de la erótica en la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Explica que el erotismo es una expresión cultural, no natural, y que tiene antecedentes en las culturas del Caribe. También analiza cómo la novela incluye elementos de la tradición oral y las costumbres populares de la región del Caribe colombiano en temas relacionados con la sexualidad. Finalmente, resume algunos de los factores sociales e influencias literarias que contribuyeron a la representación robusta de la sexualidad

Cargado por

selene
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
62 vistas11 páginas

3737-Texto Del Artículo-11302-1-10-20201031

Este documento presenta un análisis de la erótica en la novela Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Explica que el erotismo es una expresión cultural, no natural, y que tiene antecedentes en las culturas del Caribe. También analiza cómo la novela incluye elementos de la tradición oral y las costumbres populares de la región del Caribe colombiano en temas relacionados con la sexualidad. Finalmente, resume algunos de los factores sociales e influencias literarias que contribuyeron a la representación robusta de la sexualidad

Cargado por

selene
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

La erótica del Caribe

en Cien años de soledad


José Luis Como es de público conocimiento, hay diferen-
Garcés González1 cia entre sexualidad y erotismo. La primera es ins-
tintiva, concedida desde el nacimiento; lo erótico,

E
Prefacio por el contrario, no es natural, sino que es cultural.
l término “erótico(a)” procede del latín El erotismo no es reproductivo; lo reproductivo es
eroticus, y la primera acepción del la sexualidad al natural. Lo erótico es la sexuali-
diccionario de la RAE (2004) lo define dad con conciencia, la sexualidad con cultura. Así,
como perteneciente o relativo al amor necesitamos que los humanos sean más eróticos
sensual. Eros, entre los griegos, es el dios del y menos sexuales. De esta manera, incluso, podría
amor, nacido del caos, aunque otras leyendas ase- hablarse de que el erotismo, o la práctica sexual
guran que era hijo de Ares y de Afrodita. Entre erótica, canal de la realización y el placer, puede
los romanos recibió el nombre de Cupido. Como conducir a controlar los embarazos indeseados y a
toda palabra, el vocablo ha tenido su historia, es disminuir las enfermedades venéreas.
decir, ha sufrido su proceso. Ya a comienzos del
siglo XX, Sigmund Freud utilizó el término en su Para el filósofo francés Georges Bataille, el ero-
obra Más allá del principio del placer (1920), en la tismo es sagrado, y por eso es una experiencia
cual el eros designa las pulsiones sexuales, cons- subjetiva e interior que puede compararse con la
tructivas y de autoconservación, en oposición a religión. En consecuencia, hay una connotación
los instintos tanáticos, es decir, de destrucción y ritual en la afirmación “comerse a una mujer”, por
muerte. Como se sabe, es una palabra básica en ejemplo (o “comerse a un hombre”, como diría una
las clasificaciones de su teoría y en las aproxima- mujer). Como sabemos, esta es una de las tantas
ciones al psicoanálisis, su controvertida terapia expresiones populares que se usan en el Caribe
no farmacológica. para designar el acople genital.

1. Escritor, conferenciante, catedrático universitario y director del periódico cultural El Túnel, de Montería, Colombia.
Cuentos suyos han sido traducidos al alemán, al francés, al inglés y al eslovaco. Sus libros más recientes son Los trabajos del
insomnio (Cuentos reunidos, 2017) y la analecta erótica Banquete sagrado (2018). Correo electrónico: jlgarces2@[Link].

77
Fuente: Indira Restrepo

Nobel de literatura (1982) Gabriel García Márquez. Autor de la novela Cien años de soledad.

78
La erótica del Caribe en Cien años de soledad

Desde la más remota antigüedad, comer, en de Aguado: “hay algunas buenas viejas que con el
muchos pueblos, es un acto ritual; es prolongar la dedo corrompen sus hijas pequeñas diciendo que
vida; es incorporar al otro en nosotros; es comul- porque después, cuando crecidas y grandes las
gar con el cuerpo del otro. Entonces, la expresión vengan a casar, ni ellas padezcan dolor, ni sus ma-
“comerse a una mujer [o a un hombre]” implica un ridos fuerza”.
ceremonial que, además del acto físico, podría ser
una expresión de corte religioso. Es decir que esto del erotismo en la realidad tie-
ne su tradición y sus antecedentes, de manera que
Desde la llegada de los peninsulares a Abya al presentarse en la literatura lo que hace esta no es
Yala, lo que después se llamaría América, hay más que nutrirse de las sabias narrativas del pasado.
referencias escritas de lo erótico en estas tierras.
Esto nos indica que existe una tradición en dichos Por otra parte, Cien años de soledad es una clá-
menesteres y que el erotismo no es una presencia sica novela montuna, dentro de la concepción que
yuxtapuesta, o perversidades de escritores sexual- se ha venido reflexionando. Montuna y regional,
mente malamañosos. como el Quijote, por ejemplo. “Montuna” por-
que su corpus acoge una historia originaria que es
Ya es conocida la leyenda de que las amazonas, mítica y raizal, hecha con las esencias de lo pro-
mujeres de un solo seno pues el otro se lo habían pio, del monte que habla y proyecta su historia o,
eliminado para encajar mejor el arco, eran tan si se quiere, con las manifestaciones del mito, la
guerreras y dedicaban con tanta vehemencia sus leyenda, las costumbres, las supersticiones y los
energías a los asuntos bélicos que solo una vez al refranes. Es decir, la plenitud de su historia nos
año incitaban a los hombres para la realización conduce a las expresiones terrígenas de la cultura
de la cópula sexual. Por su parte, en la mitología popular y la tradición oral del Caribe colombiano
mexicana el dios Titlacahuan se convirtió en un y latinoamericano, todo inserto en un lenguaje de
pobre vendedor de chiles frente al palacio donde alta contextura poética.
tenía que pasar la princesa Huémac para que ella
viera y se excitara con la dimensión salvaje de su Algunas personas se alarman cuando las cosas
enorme pene. Asimismo, Juan de Aréiza sostiene del cuerpo se llaman por su nombre y su funciona-
que vio a un ser tan gigante que, estando ambos de miento reales. Cien años de soledad, como muchos
pie, la cabeza del mismo Juan apenas le llegaba al libros, ha sufrido esa discriminación: la represión
enorme gajo de sus órganos sexuales. a las palabras, a los pasajes que se refieren al cuer-
po íntimo. Las instancias represoras de los Estados
Enrique Caballero Escovar (1978) en su libro empiezan por cercenar las palabras y por adulterar
América, una equivocación, sostiene que en la el lenguaje. Lo libertario es señalar con el dedo del
costa colombiana “la suegra era la responsable de lenguaje las cosas tal como son; no temerle al len-
entregar intacta la mercancía nupcial”, y trae la si- guaje, no temerles a las cosas para nombrarlas con
guiente afirmación: precisión y estética. Debemos recordar las pala-
bras de Clemente de Alejandría cuando manifestó:
Me acuerdo que en cierta parte de la provin- “No hay que avergonzarse de hablar de aquello que
cia de Cartagena, cuando casan las hijas y se ha de Dios no se avergonzó de crear”.
entregar la esposa al novio, la madre de la moza,
en presencia de algunos de su linaje (del novio) la Prefacio a la sexualidad
corrompe con los dedos. narrativa de Cien años de soledad
Los siguientes son varios de los antecedentes
Líneas más adelante, Escovar (1978) señala para que se diera en Cien años de soledad una ro-
que en La Palma, según palabras de Fray Pedro busta expresión sexual y erótica:

79
• El entorno social en que se desarrolló Gabriel • El mismo Ramiro de la Espriella, destacado
García Márquez es un factor fundamental. escritor, columnista y político, y quizás el
Como se sabe, la realidad del Caribe está fuer- amigo más importante que tuvo Gabo en su
temente influida por una oralidad sexualizada, periodo cartagenero, acepta que, antes de que
en donde, en términos populares, es raro que García Márquez leyera a Rabelais, fueron las
se dé una conversación que no esté tocada por portentosas historias del sinuano y ebanista
frases o palabras de connotación sexual. Ñoli Cabrales las que le abrieron el camino a la
• El encuentro en Cartagena, en 1948, con el sexualidad narrativa garciamarquiana. Antonio
grupo de sinuanos y monterianos encabeza- Luis Cabrales, el Ñoli Cabrales, se le adelantó
dos por el artista de la madera que respondía a García Márquez en la lectura de Gargantúa
al nombre de Ñoli Cabrales, bautizado déca- y Pantagruel.
das atrás por el famoso cura José Gómez como • El paso por los burdeles de Sucre (Sucre) y
Antonio Luis Cabrales. Ñoli manejaba una jerga Barranquilla le dejó a Gabo una experiencia
temible, como para destrozar el pecado origi- importante. Hasta en eso fue faulkneriano: sus
nal. Una de sus peculiaridades consistía en ir al primeras armas las hizo en el lupanar ambu-
cine solo, pero comprar en galería dos tiquetes. lante de María Alejandrina Cervantes, del
Según decía: uno para él y otro para su miem- pueblo de Sucre, cuyo fuego de lujuria amainó
bro viril, pues lo tenía en tan alta estima que lo los ímpetus de muchos jóvenes de la comarca,
consideraba un miembro más de su familia y incluyendo al futuro nobel. Cuando quería
dialogaba y a veces discutía con él como si fuera ampliar la diversión, la matrona del prostíbulo
—que lo era— una persona independiente. levantaba sus corotos y se llevaba a las mujeres
• Dasso Saldívar, el biógrafo colombiano de y a los jóvenes por todos los caseríos y veredas
Gabo, recoge en dos páginas de alta factura de la región. En una ocasión se perdieron sus
humorística lo que fue una influencia defini- noticias por más de diez días, y allí en esa bara-
tiva en la concepción sexual literaria de García húnda iba el joven Gabriel José. En el contacto
Márquez. Nos cuenta Dasso que en la plaza que tuvo con María Alejandrina Cervantes,
de Bolívar de Cartagena se reunían el joven quien también era torera (al parecer la pri-
escritor y sus amigos, y allí Ñoli Cabrales los mera que hubo en la costa Caribe), García
embrujaba con sus fábulas. Sus oyentes más Márquez escuchó la historia de la niña que iba
asiduos eran Gabo y Ramiro de la Espriella, vendiendo su sexo de pueblo en pueblo para
y el monteriano les refería muchas de las pagarle, por culpable, el incendio que había
aventuras de su asta sexual. Les señalaba, acabado con la casa de su abuela. Es decir, se
por ejemplo, que cuando su falo se erigía, a informó por primera vez de lo que le ocurrió
Ñoli le tocaba apaciguarlo, peinarlo, hacerle a la que más tarde, en literatura, sería la cán-
un camino en la mitad del cráneo y sacarlo a dida Eréndira. Como hecho curioso, reseña
caminar para que lo admiraran las féminas. Gerald Martin, el burdel de María Alejandrina
Comentaba Ñoli que cuando entraban al cine Cervantes se convertiría quince años después
y el filme no le gustaba a su miembro, desde la en un colegio de monjas.
butaca del lado, donde estaba sentado, luego
de discutir con Ñoli por la bolsa de los pasa- Tratamiento de lo erótico-sexual
bocas, su miembro le decía irritado: “Nojoda, en Cien años de soledad
Ñoli, vámonos de aquí, esa película no sirve”, y El tratamiento erótico-sexual en Cien años de
para volver a calmarlo le tocaba sacarlo a dar soledad ha sido muchas veces soslayado en los aná-
una vuelta por los alrededores. Y así abunda- lisis de la magna obra. Para suplir esta carencia es
ban decenas de anécdotas de Ñoli y de pene, necesario abrir la novela y empezar a reseñar y a
que estoy tratando de rescatar si alguien queda interpretar lo erótico en los personajes y en sus re-
vivo para recordarlas. laciones interindividuales.

80
La erótica del Caribe en Cien años de soledad

García Márquez, en Cien años de soledad, animales. Extrañado, el joven le expresa sus dudas
afronta el tema del sexo sin falsos remilgos y se a Petronio, el sacristán. Este —además de aclararle
extiende en él, pues en la novela de Macondo hay sus interrogantes— lo inicia en el coito placente-
un amplio surtido de expresiones sexuales, ancla- ro y misterioso con las burras. Vemos, pues, cómo
das en la abundante tradición oral del Caribe, que un ejercicio de ablución espiritual, que se supone
van desde el voyerismo hasta la zoofilia. Lo sexual, altamente religioso, trae consecuencias profanas.
apenas se apertura el libro, valga señalar, está en Recordemos, por la relación causa-efecto, el rela-
la defensa que hace de su virilidad José Arcadio to “Juana aprendió sus primeras…”, de Álvaro Ce-
Buendía cuando Prudencio Aguilar la pone en peda Samudio, en el que la protagonista se vuelve
duda al regar la especie de que Úrsula se mantenía puta por leer el pornográfico Antiguo Testamento.
virgen después de varios meses de haberse efectua-
do el matrimonio. La respuesta de José Arcadio es b) El miembro y su leyenda
cruzarle la garganta con una lanza. Esto es, lo se- En la costa Caribe, como es de público cono-
xual, de entrada, produce un muerto. cimiento, existe el mito del pene grande. El mito
y la leyenda. Acerca de él ha surgido una oralidad
Analicemos, entonces, las variadas manifesta- fructífera y humorística. Ese órgano ha recibido
ciones que se dan en el texto: centenares de nombres, que por problemas de
tiempo, que no de pudor, no podemos mencionar
a) La zoofilia aquí. Una expresión cabal de la sexualidad del Ca-
En la novela no se narra explícitamente nin- ribe la encontramos en Cien años de soledad en el
gún episodio zoofílico, pero se hace referencia tamaño descomunal de la virilidad de José Arca-
a dos hechos inherentes a la cultura del Caribe dio, probado, entre otras, por la veteranísima Pilar
colombiano. El primero es la mención del manatí Ternera y por la exangüe gitanita de feria, a la cual
cuando José Arcadio Buendía, junto con todos los le tronaron los huesos y se le salieron las lágrimas
hombres de Macondo, decide buscar una vía ha- cuando él se le incrustó en su propio centro.
cia la civilización: esas regiones de embrujos y de
inventos. Se nos dice que estos animales habitan Esta leyenda del hombre costeño superdotado
en la Ciénaga Grande y se los describe como “ce- se halla inserta en la novela, y García Márquez la
táceos de piel delicada con cabeza y torso de mu- desarrolla con un lenguaje que, siendo fiel al color
jer, que perdían a los navegantes con el hechizo de local, convence en su traducción universal. Pilar
sus tetas descomunales” (García Márquez, 1997, p. Ternera le definió su tamaño con dos palabras:
22). Vale resaltar, por la convergencia temática, el “qué bárbaro”, y la gitanita le corroboró sus dimen-
cuento “La manatí”, del escritor sinuano Guiller- siones, además de las reacciones ya descritas, con
mo Valencia Salgado. Texto magistral, elaborado un sudor pálido. La otra gitana, “de carnes esplén-
con el poder de lo sugestivo, lo erótico y lo trágico. didas”, que entró a la tolda donde estaban los jóve-
nes, se la bendijo con una exclamación muy coste-
El segundo hecho se muestra cuando José Ar- ña: “muchacho, que Dios te la conserve”. Lo mismo
cadio Segundo se confiesa, por primera vez, ante puede afirmarse del joven Aureliano, que en la no-
el padre Antonio Isabel. Aquí resulta paradójica vela se lo define como propietario de una “mascu-
la incursión del muchacho en las prácticas zoofí- linidad inconcebible”, encima de la cual paseaba,
licas, porque es el mismo cura quien lo introdu- en perfecto equilibrio, una botella de cerveza.
ce por esos caminos al meterle, al hasta entonces
virginal José Arcadio Segundo, la espinita de la No obstante, para nivelar los tamaños y las pa-
curiosidad. Las cosas pasan de este modo: en la siones, Aureliano, el hijo de Úrsula, hermano me-
confesión, el sacerdote le pregunta no solo si había nor de José Arcadio, sufría la vergüenza de la es-
tenido relaciones sexuales con mujeres, sino con casa dimensión y el menoscabo de una sexualidad

81
desfallecida. No pudo con la gitana, tampoco con la Amaranta mediante ansiosos esfuerzos de ima-
ya decrépita Pilar Ternera. Sin embargo, esta crisis ginación” (García Márquez, 1997, p. 175) ante la
en tamaño y en efervescencia en los Buendía era la imposibilidad de no poder concretar la relación
excepción, no la regla. genital con su tía.

Como se sabe, los Buendía y sus allegados eran, En este acápite podemos incluir otro ejemplo
en su mayoría, de verija caliente o de útero ham- en palabras textuales del autor:
briento. Una rápida mirada nos señala al ya cono-
cido José Arcadio (el del cuerpo tatuado), a Aure- Permaneció inmóvil un largo rato, preguntándo-
liano Segundo (el que hacía el amor como si él solo se asombrado cómo había hecho para llegar a ese
fuera dos hombres), a Rebeca (que era adoptada), abismo de desamparo, cuando una mano con to-
a Aureliano y Amaranta Úrsula, sobrino y tía, que dos los dedos extendidos, que tanteaba en las tinie-
se revolcaban donde fuera y en cualquier momen- blas, le tropezó la cara. No se sorprendió, porque
to, pues la arrechera era insaciable. sin saberlo lo había estado esperando. Entonces se
confió a aquella mano, y en un terrible estado de
c) Sexo, oscuridad e idealización agotamiento se dejó llevar hasta un lugar sin formas
Para muchos, la mejor aliada del sexo es la os- donde le quitaron la ropa y lo zarandearon como
curidad. Allí, más que los genitales, importa el un costal de papas y lo voltearon al derecho y al re-
tacto: los cuerpos en una confusión de extremida- vés, en una oscuridad insondable en la que le so-
des, miedos y desgarramientos interiores. La os- braban los brazos, donde ya no olía más a mujer,
curidad propicia la idealización: el hallazgo men- sino a amoniaco, y donde trataba de acordarse del
tal de otra persona. Esto le sucede a José Arcadio rostro de ella y se encontraba con el rostro de Úrsu-
cuando, trastornado por el olor de Pilar Ternera la, confusamente consciente de que estaba haciendo
(no hay que olvidar qué es el olfato en este apar- algo que desde hacía mucho tiempo deseaba que se
te), llega a su cuarto guiándose como un ciego sin pudiera hacer (García Márquez, 1997, pp. 41-42).
lazarillo, hasta que la mano de la mujer lo tropie-
za y lo devora. En medio del tráfago de sus vísce- d) Sexo público
ras, José Arcadio ve la cara de Úrsula, su madre. En Cien años de soledad las relaciones sexua-
Esta cópula no solo se desarrolla en un ambiente les no se circunscriben a lo íntimo. Amplio es su
de oscuridad, sino de promiscuidad, puesto que espectro social, y muy importante. A veces ad-
“en la estrecha habitación dormían la madre, otra quieren un carácter trágico que —de manera ina-
hija con el marido y dos niños” (García Márquez, pelable— se resuelve con sangre. Así ocurre con
1997, p. 41). José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán: esta, en
los comienzos de la relación, atemorizada de que
Estas mismas circunstancias (oscuridad-pro- les naciera un hijo con cola de puerco, utiliza por
miscuidad) se dan cuando tienen sexo Pilar Ter- un lapso bastante considerable (año y medio) un
nera y Aureliano, quien encuentra en la cama a su “pantalón de castidad” (García Márquez, 1997, p.
amada y pueril Remedios. Años más tarde, con- 35). En el pueblo, la virginidad de Úrsula y la su-
vertido en el coronel Aureliano Buendía, a su ha- puesta impotencia del marido son de público co-
maca arribaban incontables mujeres, todas cubier- nocimiento, hasta el día en que Prudencio Aguilar,
tas con el manto de las sombras. Sin embargo, ya colérico porque perdió en una riña de gallos con
no estará Remedios, sino la guerra. José Arcadio Buendía, le espeta: “A ver si por fin
ese gallo le hace el favor a tu mujer” (p. 34). Como
Otro caso se revela en la pasión que siente Au- se sabe, esas palabras fueron su perdición. El ofen-
reliano José por Amaranta. Este “idealizaba [a dido cura con sangre el ultraje. Muerto Prudencio
las prostitutas] en las tinieblas y las convertía en Aguilar, y recuperado el honor de su hombría, José

82
La erótica del Caribe en Cien años de soledad

Arcadio Buendía desvirga a su esposa. En otras pa- no fuera a perturbar la paz de los muertos” (García
labras, la novela comienza con el sexo frustrado de Márquez, 1997, p. 119), pues los amantes vivían al
la pareja matriz de Macondo. frente del cementerio.

Más adelante, cuando a Macondo llega la com- Tampoco podemos dejar de mencionar ese
pañía bananera y la hojarasca invade todos sus burdel de ensueño en donde “la dueña [una verda-
rincones, se escuchará en la Calle de los Turcos el dera voyerista] entraba en los mejores momentos
estropicio de las parejas gimiendo de amor, en ca- del amor y hacía toda clase de comentarios sobre
lurosas hamacas y a la sombra de los almendros. los encantos íntimos de los protagonistas” (García
Es una especie de voyerismo colectivo, que se pro- Márquez, 1997, p. 453). Aun así, nadie, por más
fundizará en las páginas por venir. descubierto que estuviera, suspendía los afanes
de cuerpo.
e) José Arcadio Buendía Iguarán,
un tipo especial f) El sexo y la belleza
Vayamos al pasado. Cuando nace José Arcadio, Parece ser que la sexualidad y la belleza son
Úrsula, su madre, se asusta cuando le ve al niño el conceptos antípodas, hasta el punto de que se llega
pene demasiado grande. Por ello le pregunta a la a afirmar en los corrillos populares que la mujer
partera si eso no es peligroso. La comadrona le res- bella es sexualmente mediocre, y a la inversa. Por
ponde que, al contrario, “va a ser muy feliz”. En eso, se afirma que “la mujer maluca abajo tiene la
efecto, José Arcadio toma su enorme pene como azuca”. Dos ejemplos podrían reafirmar tal aseve-
instrumento de trabajo. No se ocupa de otras co- ración: Fernanda del Carpio y Remedios, la bella.
sas. Las mujeres le glorifican su herramienta dán-
dole el dinero suficiente para vivir. Inclusive, se fue Fernanda, pese a su hermosura exorbitante, que
con un circo que llegó a Macondo para estar cerca trastocó el ánimo de Aureliano Segundo e hizo que
con la bella gitanita que lo había deslumbrado. En la buscara en tierras desconocidas y lejanas, es una
esos menesteres, vendiendo su descomunal miem- mujer lúgubre, imaginativamente cerrada e inca-
bro, le dio sesenta y cinco veces la vuelta al mundo. paz de envolver en una pasión abrasante —como sí
Es más, cuando no se vendía, se rifaba. Como su- lo consiguió Petra Cotes— a su esposo. Inhabilita-
cedió en la tienda de Catarino cuando acostó so- da para los placeres carnales, “Aureliano Segundo
bre el mostrador toda la dimensión de su “mascu- solo encontró en ella un hondo sentimiento de de-
linidad inverosímil”, tatuada y políglota. En la rifa solación” (García Márquez, 1997, p. 249).
ya mencionada, recogió ciento cincuenta pesos de
la época, con los cuales podía cancelar los gastos Es, sobre todo, una “dama” que considera el
de la invitación que, sin tener dinero, había hecho sexo un ejercicio pecaminoso y contrario al espíri-
a la hora de su llegada al establecimiento y que, por tu. Una obligación, no un acto de fervor y entrega,
otra parte, ya había quedado saldada. de mutua satisfacción. De ahí la escena ridícula
del “camisón blanco, largo hasta los tobillos y con
Ahora bien, el personaje que torna la sexuali- mangas hasta los puños, y con un ojal grande y re-
dad en algo público es José Arcadio. Su descaro no dondo primorosamente ribeteado a la altura del
tiene límites, no solo por la ocasión aquella en la vientre” (García Márquez, 1997, p. 249), con el que
que copula en una carpa con una gitana a la vista espera a su marido antes de hacer el amor; o la de
de una pareja que retoza cerca de ellos, o por su la “golilla de lana” (p. 250) que se ponía luego de
hábito de rifarse entre las mujeres, sino por su rela- hacerlo; o la del “calendario” sexual (p. 248) que
ción con Rebeca. Por esas sesiones agotadoras y es- llevaba rigurosamente y que solo dejaba para el
truendosas que tenían amedrentados a los vecinos, deleite del cuerpo (si bien para ella debía ser tortu-
quienes “rogaban que una pasión tan desaforada ra) 42 lánguidos días hábiles al año.

83
Tan pronto pasa la luna de miel con la interio- ejercicio posamatorio, como sucede con Aureliano
rana, Aureliano Segundo vuelve al fogoso lecho y Amaranta Úrsula, quienes “se entregaron a la ido-
de Petra Cotes. El “amor insípido” de la hermosa latría de los cuerpos” (p. 472) y allí encontraron el
y monacal Fernanda no logró conquistar su cora- vértigo y luego el sosiego de la caricia creativa.
zón, y aquí entra de lleno el fenómeno de la queri-
da, tan común en el machismo latinoamericano: la Hay, en el lenguaje del libro, “caricias estreme-
otra, la concubina, la querida, o la amante, en tér- cedoras” (García Márquez, 1997, p. 87), “caricias
minos más actualizados. En este caso, doña Petra, apremiantes” (p. 376), “manoseos vehementes” (p.
la maestra sexual de Aureliano Segundo, la que le 135) que, sin embargo, no llevan al coito o al or-
había arrebatado su condición de solitario. Un ser, gasmo. Es lo que ocurre con las que le hace una
para él, inolvidable. prostituta a Aureliano en la tienda de Catarino
y que aquel rehúsa, o con las de Aureliano Segun-
Fernanda del Carpio, pues, representa la orto- do y Petra Cotes, cuando ella le dice que “ya los
doxia sexual: el apego inflexible a las reglas. En tiempos no están para estas cosas” (p. 376). Tam-
términos del señor Freud, debía tener toda la sin- bién cabe recordar las de Rebeca y Pietro Crespi,
tomatología de las histéricas, y en esto se separa cuyos contactos fueron, a la postre, el recuerdo de
de Remedios, la bella, quien es, en la novela, la an- una pasión engañosa e inocua.
títesis de lo convencional, la ruptura total de las
normas. Su concepción del cuerpo, la transposi- Las caricias, además, pueden llegar a ser un sus-
ción que hace del tiempo, la rapadura de cabeza tituto del sexo físico. Eso nos lo enseña Amaranta,
y su implacable sentido común lo demuestran. quien apacigua sus soledades y sus frustraciones
La de Remedios no es una belleza sensual; es una con “caricias agotadoras”, primero con Aureliano
belleza trágica. No hay que olvidar que “soltaba José y después con José Arcadio. De cualquier for-
un hálito de perturbación, una ráfaga de tormen- ma, finalmente, este personaje muere con el estig-
to” (García Márquez, 1997, p. 274). Su figura es ma amargo de la virginidad.
asexual. Incluso, cuando está desnuda frente a los
ojos del forastero, no inspira en el lector el mínimo h) El problema del tiempo
deseo erótico. Este resulta ser, literariamente ha- y de los sismos del cuerpo
blando, un aparte circunstancial, aunque signado Cuando se produce el coito satisfactorio, los
por la simpleza inteligente de la joven. De hecho, amantes destrozan el equilibrio del tiempo y des-
de la descripción fugaz de La Elefanta brota más ordenan cualquier manifestación de la normalidad.
sensualidad que del episodio del baño. El final de Ya se sabe: en ese instante hay otros tiempos, esto
Remedios, la bella, no podría ser otro mejor: la as- es, el tiempo sexual y el tiempo erótico. No hay obe-
censión al cielo, ese lugar en donde no hay sexo, diencia a las llamadas sanas costumbres. El apogeo
donde todo lo corpóreo es inocencia, feliz inocen- del instinto, el retorno a la deliciosa animalidad.
cia, en caso de que ese cielo exista. Toda esta trasgresión, manifestación de las pasiones
desbocadas, se puede notar en el texto que sigue:
g) El manoseo y las caricias
En Cien años de soledad las caricias ocupan un Perdieron el sentido de la realidad, la noción del
puesto especial. Pueden ser preludio del acto sexual, tiempo, el ritmo de los hábitos cotidianos. Volvie-
como en el caso de Pilar Ternera con José Arcadio, ron a cerrar puertas y ventanas para no demorarse
cuando esta le toca la zona genital y le dice “qué en trámites de desnudamientos, y andaban por la
bárbaro” (García Márquez, 1997, p. 39), o el de José casa como siempre quiso estar Remedios, la bella,
Arcadio y Rebeca, cuando aquel recorre con sus de- y se revolcaban en cueros en los barrizales del patio,
dos desde los pies hasta los muslos de la muchacha y una tarde estuvieron a punto de ahogarse cuando
y luego la desflora. Asimismo, puede tratarse de un se amaban en la alberca. En poco tiempo hicieron

84
La erótica del Caribe en Cien años de soledad

más estragos que las hormigas coloradas: destroza- De modo que Aureliano seguía siendo virgen
ron los muebles de la sala, rasgaron con sus locuras cuando Amaranta Úrsula regresó a Macondo y le
la hamaca que había resistido a los tristes amores dio un abrazo fraternal que lo dejó sin aliento […]
de campamento del coronel Aureliano Buendía, Tratando de sofocar el tormento, se sumergió más
y destriparon los colchones y los vaciaron en los a fondo en los pergaminos y eludió los halagos
pisos para sofocarse en tempestades de algodón. inocentes de aquella tía que emponzoñaba sus
Aunque Aureliano era un amante tan feroz como su noches con efluvios de tribulación, pero mientras
rival, era Amaranta Úrsula quien comandaba con más la evitaba, con más ansiedad esperaba su risa
su ingenio disparatado y su voracidad lírica aquel pedregosa, sus aullidos de gata feliz y sus cancio-
paraíso de desastres […] Mientras él amasaba con nes de gratitud, agonizando de amor a cualquier
claras de huevo los senos eréctiles de Amaranta Úr- hora y en los lugares menos pensados de la casa.
sula, o suavizaba con manteca de coco sus muslos Una noche, a diez metros de su cama, en el mesón
elásticos y su vientre aduraznado, ella jugaba a las de platería, los esposos del vientre desquiciado
muñecas con la portentosa criatura de Aureliano, desbarataron la vidriera y terminaron amándose
y le pintaba ojos de payaso con carmín de labios en un charco de ácido muriático (García Márquez,
y bigotes de turco con carboncillo de las cejas, y le 1997, p. 449).
ponía corbatines de organza y sombreritos de pa-
pel plateado. Una noche se embadurnaron de pies Otro aspecto que se ventila en Cien años de so-
a cabeza con melocotones en almíbar, se lamieron ledad es el ya mencionado voyerismo, que es la ten-
como perros y se amaron como locos en el piso del dencia morbosa a fisgonear, a espiar lo que hace el
corredor, y fueron despertados por un torrente de otro para conseguir placer mediante esa observa-
hormigas carniceras que se disponían a devorarlos ción no autorizada y furtiva. El caso de Remedios,
vivos (García Márquez, 1997, pp. 470-471). la bella, es bastante explícito. Un hombre, un me-
diodía cuando ella se baña, la mira por las tejas del
Como se ve, el amor pasional subvierte la tradi- techo del baño. El intruso enamora a Remedios,
ción social y las costumbres individuales. Inclusi- y desde las alturas le pide que lo deje lavarle la es-
ve, desbarata la normatividad física. No piensa en palda y, en últimas, le propone matrimonio. La
la vida, no le teme a la muerte. Cuando el ímpetu se muchacha, con perturbadora inocencia, se burla
desboca y el deseo suena sus clarines, no hay res- de esas tonterías. El hombre quiere bajar al baño,
peto de familia que valga. No importa que se llame pero cae de cabeza contra el piso y se mata. Aquí
incesto o reciba cualquier otro nombre. Los hijos el erotismo de la mujer conduce al forastero a la
o las hijas no obedecen a los padres. Los menores, muerte. Eros y Tánatos se relacionan, o se aproxi-
alborotados, no acatan la jerarquía de los mayores. man sospechosamente, según la consabida afirma-
Como sucede aún en la ruralidad de la costa, las ción de Bataille.
muchachas se vuelan con sus novios abriendo por-
tillos en las cercas, saliendo subrepticias a media- i) Prostitución
noche por la puerta del patio, o sacando cualquier Es un lugar demasiado común afirmar que la
pretexto como soltar los burros o echarles el últi- prostitución es el oficio más viejo del mundo, y so-
mo maíz a las gallinas. Ahora, lógico, hay maneras bre el tema ha opinado toda la flora y la fauna de
más urbanas y sofisticadas. la sociología, la psicología, la religión, la sexolo-
gía y la moral. Nada de esto es descubrimiento y,
Como se nota en el siguiente fragmento, aun- lógico, no lo vamos a ampliar aquí; lo importante
que Aureliano quiera meterse de cabeza en la labor es señalar ese aire, al parecer, de cosa desbarata-
intelectual (ya que es el personaje lector de la fami- da o exótica, de “fiesta inconclusa”, que rodea a los
lia) y eludir los acosos de la hembra, el furor de lo burdeles, por llamarlos de algún modo, que apare-
erótico todo lo destroza: cen en Cien años de soledad.

85
La palabra “burdel”, que procede del término minada por el incesto: principio y fin de la
catalán bordel, está presente en la novela. Como estirpe de los Buendía.
tales, desfilan la tienda de Catarino, la casa de Pi- • En el texto se da la sexualidad antagónica entre
lar Ternera, la casa de las matronas francesas, el lo Caribe y lo andino: la primera puede ser
burdel ambulante donde estaba Eréndira con “sus representada por José Arcadio, y la otra, por
teticas de perra”, las hamacas debajo de los almen- Fernanda del Carpio.
dros en los tiempos del banano y el burdel de las • En el lenguaje de la novela uno de los hechos
muchachitas que se acostaban por hambre, entre por destacar es el uso sensual de los adjetivos.
otros. De este último, se narra en la novela: “[…] Da la impresión de que toda la novela está per-
la discusión terminó en la casa de las muchachitas meada por un lenguaje erótico, de extracción
que se acostaban por hambre, un burdel de men- poética y de carnadura imaginativa.
tiras en los arrabales de Macondo. La propietaria • En la mayoría de los personajes de Cien años
era una mamasanta sonriente, atormentada por la de soledad prevalece, hablando con el lenguaje
manía de abrir y cerrar puertas” (García Márquez, del señor Freud, el principio del placer sobre el
1997, p. 453). principio de la realidad. Es decir, se dejan guiar
por la fortaleza brutal de los instintos.
Por otra parte, del extrapolado El Niño de Oro, • En Cien años de soledad el erotismo sexual es
llamado por el autor “un burdel zoológico”, pobla- violento. En la inmensa mayoría de las rela-
do por 200 alcaravanes que hacían de relojes sui- ciones el acople se da por medio de penetra-
zos, se dice: ciones fuertes o bruscas, ya sea por el tamaño
del miembro o por la arremetida genital en los
El aire tenía una densidad ingenua, como si lo aca- movimientos corporales.
baran de inventar, y las bellas mulatas que espera- • La relación sexual excluye casi por completo
ban sin esperanza entre pétalos sangrientos y discos la ternura tradicional. Hay empujes a fondo,
pasados de moda, conocían oficios de amor que el agonía, llanto, aullidos y lágrimas. Al parecer,
hombre había dejado olvidados en el paraíso terre- esto se hace para corroborar la preponderan-
nal (García Márquez, 1997, pp. 459-460). cia del macho y la convicción cultural de que el
hombre existe para penetrar a las mujeres, ojalá
Y eso que se está hablando de El Niño de oro, de con un órgano poderoso y, como consecuencia,
Macondo, marginando los dos lupanares que con preñarlas y ponerlas a poblar la tierra.
el mismo nombre existieron, con bastante fama, • Otra manifestación del espíritu erótico y dioni-
en Cartagena y Barranquilla. siaco son los festines colosales y el apetito des-
aforado de Aureliano Segundo. Era imbatible,
Algunas conclusiones tanto copulando como comiendo, y el festín
de la lectura erótica de gastronómico más destacado fue la competen-
Cien años de soledad cia que protagonizó con Camila Sagastume, más
• Catarino, siempre rodeado de prostitutas, es conocida como La Elefanta, mujer descomunal
el único personaje de la novela con tendencias en el porte físico, pero tierna y fina como un
homosexuales. angelito de la guarda. En la competencia de dos
• Las horas del amor son las de la noche y la días se engulleron una ternera asada, cinco cajas
siesta. El lugar más frecuentado: la hamaca. y media de champaña, dos cerdos, dos pavos
• Así como don Quijote sigue un texto, que es el asados, cincuenta naranjas, ocho litros de café y
de los libros de caballerías, Cien años de sole- treinta huevos crudos. El torneo acabó cuando
dad está signada por uno: el de los pergaminos Aureliano Segundo perdió el conocimiento, se
de Melquíades. Lo particular de este es que su cayó encima de un plato de huesos y terminó ron-
temática es netamente sexual, pues está deter- cando y botando espuma de perro por la boca.

86
La erótica del Caribe en Cien años de soledad

• El resultado más catastrófico de la relación eró- En el ámbito espiritual, el acoplamiento sexual,


tica lo cargan Amaranta Úrsula y Aureliano. Ella con sus tamaños, desafueros y desesperaciones,
quizá era la más liberada y abierta de la familia; se da como una forma de confrontar la soledad
él, el más intelectual, era lector empedernido, que permea a todos los personajes de la novela,
conocedor del sánscrito, el inglés y el francés, y como una posibilidad de enfrentar y postergar
descifrador de los pergaminos de Melquíades, la muerte. No se trata, pues, de lograr una satis-
erudito lector de todas las enciclopedias. Parece facción física, un placer material centrado en los
que tanto intelecto no pudo con la carga erótica órganos genitales, sino de un modo, quizá incons-
y le hubiera tocado pagar el desquite de fuerzas ciente, de afrontar la vulnerabilidad humana y de
poderosas que, ancladas en el destino, conspi- aprovechar el tiempo que nos toca, para vivir muy
raban contra él. próximos de las esencias placenteras del cuerpo.
• En la novela no se mencionan por sus nom- Con cierta dosis de prosopopeya, podríamos decir
bres los genitales. Es más, el nombre del órgano que Cien años de soledad nos enseña que hacer el
sexual femenino parece no existir. Hay tetas, sexo con furor es una forma de aplazar la muerte,
senos, vientre, nalgas; solo eso. En cambio, o una manera de llegar a ser recuerdo: memoria
cuando se hace alusión al pene, se le describe carnal en el tiempo.
como “magnífico animal en reposo” (García
Márquez, 1997, p. 48), “masculinidad inconce-
bible” (p. 454) y “portentosa criatura” (p. 472). Referencias bibliográficas
Cepeda Samudio, Á. (1996). Los cuentos de Juana. Bogotá,
Posfacio Colombia: Editorial Norma.
Una lectura atenta de los elementos erótico-se- Freud, S. (1993). Los textos fundamentales del sicoanálisis.
xuales que se dan en Cien años de soledad nos lleva Barcelona, España: Altaza.
a concluir que el sexo es rabelesiano en el libro o, García Márquez, G. (1997). Cien años de soledad. Bogotá,
en términos más latinoamericanos, constituye el Colombia: Editorial Norma.
apogeo erótico de lo real maravilloso. Esto en el Real Academia Española (2004). Diccionario de la lengua
ámbito físico. española. Madrid, España: Espasa Calpe.

Fuente: Indira Restrepo

87

También podría gustarte