“AÑO DEL FORTALECIMIENTO DE LA
SOBERANÍA NACIONAL”
El presente trabajo tiene como objetivo presentar al escritor español, Félix
María Samaniego, famoso por sus Fábulas morales; escritas en el
neoclasicismo. Considerado junto con Tomás de Iriarte el mejor de los
fabulistas españoles.
A raíz del descenso militar de España tras las derrotas de la Armada
Invencible y de Rocroi, vinieron la paz de Westfalia y el Tratado de los
Pirineos. Produciendo paralelamente una decadencia artística y literaria,
manifestándose sobre todo desde la muerte del pintor Velázquez y de
Calderón.
Al comienzo del siglo XVIII, la guerra de Sucesión y la entronización de los
Borbones precipitan el proceso de descomposición de las letras españolas.
Durante el reinado de Felipe V se aceptan el imperio de la razón y el
clasicismo francés en la literatura. No hubo grandes genios en este siglo, sin
embargo el conjunto de producciones literarias indica la generalización en
España del interés por los grandes temas universales de la cultura. La
literatura se incorpora de nuevo a Europa, de quien estaba distanciada
desde el siglo XVI. El siglo XVIII recibió críticas contra el barroco que
conducen al dominio del neoclasicismo y del academicismo.
El primer Borbón, Felipe V es quien da pauta fundando en 1713 la Real
Academia Española de la Lengua, imitando la “Académie Française” creada
en 1635 por Richelieu. Gracias a esta corriente literaria es que conocemos
a Samaniego y otros grandes escritores neoclásicos.
Apacentando un joven su ganado, gritó desde la cima de un
collado:
– ¡Favor, que viene un lobo, labradores! Estos abandonando
sus labores, acuden prontamente, y hallan que es una
chanza solamente.
Vuelve a llamar, y temen la desgracia. Segunda vez los burla.
¡Linda gracia! Pero, ¿qué sucedió la vez tercera? Que vino en
realidad la hambrienta fiera.
Entonces el zagal se desgañita, y por más que patea, llora y
grita, no se mueve la gente escarmentada, y el lobo le devora
la manada.
La moraleja: Cuantas veces resulta de un engaño contra el
engañador el mayor daño.
El Jabalí y la Zorra, sus terribles colmillos afilaba/aguzaba un
jabalí en el tronco de una encina. La zorra una vecina del
animal cerdoso, le miraba y le dice:
– Extraño el verte, siendo tú en paz señor de la bellota,
cuando ningún contrario te alborota, que tus armas afiles de
esa suerte.
La fiera responde:
– Tengo oído que en la paz se prepara el buen guerrero, así
como en la calma el marinero.
La moraleja: Vale siempre estar prevenido.
Un señor león andaba como un perro del valle al monte, de
la selva al cerro, a caza, sin hallar pelo ni lana, perdiendo la
paciencia y la mañana.
Por un risco escarpado ve trepar una cabra a lo encumbrado,
de modo que parece que se empeña en hacer creer al león
que se despeña.
El pretender seguirla fuera en vano. El cazador entonces,
cortesano, le dice:
-¡Baja, baja, mi querida, no busques precipicios a tu vida!. En
el valle frondoso pacerás a mi lado con reposo.
– ¿Desde cuándo, señor, la real persona cuida con tanto
amor de la barbona?
Esos halagos tiernos no son por bien, apostaré los cuernos.
Así le respondió la astuta cabra, y él se marchó sin replicar
palabra.
La moraleja: No escuches del enemigo el consejo, si no
quieres perder el pellejo.
Dos amigos iban de paseo cuando de repente ven llegar a un
oso.
Uno de los amigos se sube al árbol y el otro queda en el
suelo, no encontró más remedio que tumbarse y hacerse el
muerto esperando que no pasase lo peor.
Cuando el oso se va, el amigo del árbol se acerca para ver si
el oso hizo daño al que estaba en el suelo.
Estaba a salvo, pero no gracias a su amigo que solo pensó en
su propio bienestar.
La moraleja: si en una relación no hay reciprocidad, vale más
pensarlo dos veces en lugar de confiar en una persona que
no está a la altura. Procura ser siempre alguien de confianza
para otros, sobre todo si les llamas amigos.
En visita una mona con una zorra estaba cierto día, y así, ni
más ni menos, le decía:
– Por mi fe que tenéis bella persona, gallardo talle, cara
placentera, airosa en el andar como vos sola; y a no ser tan
deforme vuestra cola, seríais en lo hermoso la primera.
Escuchad un consejo que ha de ser a las dos muy importante:
Yo os la he de cortar, y lo restante me lo acomodaré por
zagalejo.
– ¡Abrenuncio! -la zorra le responde -. Es cosa para mi menos
amarga barrer el suelo con mi cola larga que verla por pañal
bien sé yo dónde.
La moraleja: por ingenioso que el necesitado sea para pedir
al avariento, éste será de superior talento para negarse a dar
de lo sobrado.
Se reían las monas del leopardo, porque eran muy ágiles, y
en cuanto el felino intentaba atraparlas, saltaban con
destreza a las ramas más altas de los árboles. Y así intentó
cazarlas sin éxito el leopardo un día y otro, hasta que se le
ocurrió una idea. Una mañana, se tumbó bajo un gran árbol,
y se hizo el muerto.
– Vaya, aquí tenemos a nuestro fiero cazador derrotado al
fin-dijo una de las monas al verlo.
– Mira bien, no sea que esté durmiendo- le recriminó una
compañera. Pero la mona le tocó y no se movía. Entonces,
comenzó a saltar de contenta a su alrededor.
– Muerto y bien muerto- gritó la mona bien contenta
Y todas las demás se unieron a la fiesta. Brincaron y
brincaron felices, hasta que el leopardo comenzó a notar
que estaban cansadas. Ya agotadas, las monas se sentaron
en el suelo y entonces el leopardo saltó sin previo aviso
sobre ellas, dándose un gran festín.
La moraleja: no te confíes demasiado, porque el peor
enemigo es precisamente el que no aparenta poder hacer
daño y usa la confianza que genera para dar un golpe de
venganza.
Envidiando la suerte del Cochino, Un Asno maldecía su
destino.
«Yo, decía, trabajo y como paja; Él come harina, berza, y no
trabaja:
A mí me dan de palos cada día; A él le rascan y halagan a
porfia.»
Así se lamentaba de su suerte; Pero luego que advierte
Que a la pocilga alguna gente avanza. En guisa de matanza,
Armada de cuchillo y de caldera, Y que con maña fiera
Dan al gordo Cochino fin sangriento, Dijo entre sí el jumento:
«Si en esto para el ocio y los regalos, Al trabajo me atengo y
a los palos.»
La moraleja: No envidies la suerte que tienen otros, nunca
sabes que les depara el destino es más fácil proponer ideas
que llevarlas a cabo.
Entre montes, por áspero camino, Tropezando con una y
otra peña, Iba un viejo cargado con su leña, maldiciendo su
mísero destino.
Al fin cayó, y viéndose de suerte. Que apenas levantarse ya
podía, Llamaba con colérica porfía, Una, dos y tres veces a
la Muerte.
Armada de guadaña, en esqueleto, La Parca se le ofrece en
aquel punto; Pero el Viejo, temiendo ser difunto,
Lleno más de terror que de respeto, Trémulo la decía y
balbuciente:
"Yo ... señora... os llamé desesperado;
Pero...", "Acaba; ¿qué quieres, desdichado?"
"Que me cargues la leña, solamente".
La moraleja: Tenga paciencia quien se crea infeliz; que aun
en la situación más lamentable, lo más bonito es tener vida.
Un hombre que en el bosque se miraba con un hacha sin
mango, suplicaba a los árboles diesen la madera que más
sólida fuera para hacerle uno fuerte y muy durable.
Al punto la arboleda innumerable le cedió el acebuche, y él,
contento, perfeccionando luego su instrumento, de rama en
rama va cortando a gusto del alto roble el brazo más robusto.
Y a los árboles todos recorría, y mientras los mejores elegía,
dijo la triste Encina al Fresno: "¡Amigo, infeliz del que ayuda
a su enemigo!".
La moraleja: No ayudes nunca a tus enemigos por mucho
que lo imploren.
A la orilla de un pozo, sobre la fresca yerba, un incauto
Mancebo dormía a pierna suelta.
Gritóle la Fortuna:
«Insensato, despierta;
¿No ves que ahogarte puedes, a poco que te muevas? Por ti
y otros canallas a veces me motejan, los unos de
inconstante, y los otros de adversa.
Reveses de Fortuna llamáis a las miserias; ¿por qué, si son
reveses de la conducta necia?»
La moraleja: A menudo culpamos de nuestras desgracias a
"la mala suerte", cuando realmente a veces son
consecuencias de nuestros propios actos.