0% encontró este documento útil (0 votos)
210 vistas109 páginas

Oíd, Oíd. Relatos Históricos de La Nueva Galicia

Este documento narra la historia de Juan de Ibarra, apodado "el Mulatillo", un hombre mulato que sufría algún tipo de enfermedad mental y que se creía un príncipe y cardenal con poderes sobrenaturales. El Mulatillo causaba disturbios en la ciudad de Guadalajara del siglo XVII, interrumpiendo misas, peleando con niños y molestando a las mujeres. A pesar de ser encerrado varias veces en la cárcel, lograba escapar. Sus acciones generaban tanto seguidores como detractores,

Cargado por

Myrna Ojeda
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
210 vistas109 páginas

Oíd, Oíd. Relatos Históricos de La Nueva Galicia

Este documento narra la historia de Juan de Ibarra, apodado "el Mulatillo", un hombre mulato que sufría algún tipo de enfermedad mental y que se creía un príncipe y cardenal con poderes sobrenaturales. El Mulatillo causaba disturbios en la ciudad de Guadalajara del siglo XVII, interrumpiendo misas, peleando con niños y molestando a las mujeres. A pesar de ser encerrado varias veces en la cárcel, lograba escapar. Sus acciones generaban tanto seguidores como detractores,

Cargado por

Myrna Ojeda
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Oíd, oíd

RELATOS DE LA NUEVA GALICIA


SIGLOS XVI Y XVII

Alfredo Orozco Myrna Ojeda


Oíd, oíd
Relatos de la Nueva Galicia
siglos XVI y XVII
Autores
© Alfredo José Orozco Martín del Campo
© Myrna Ojeda Álvarez

Editor literario
© Myrna Ojeda Álvarez

primera edición, marzo 2021


isbn 978-607-99126-1-1

imagen de portada
Mapa de la Nueva Galicia, 1550.
Fuente: [Link]//MP-MEXICO,560.
[Link]

diseño, maquetación
y versión digital

Se autoriza la reproducción de este libro total o parcialmente,


por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea
para uso personal y sin fines de lucro y citando a los autores.

editado en méxico
Oíd, oíd
Relatos de la Nueva Galicia
siglos XVI y XVII

Alfredo Orozco Myrna Ojeda


Presentación

E ste libro surgió tras una serie de conversaciones con su editora


(ahora coautora), quien me señaló insistentemente la importancia
y la necesidad de contar algunas de las anécdotas, casos e historias que
había encontrado a lo largo de mi investigación doctoral en torno al
gobierno y funcionamiento de la Real Audiencia de Guadalajara en
el siglo XVII. La editora hizo hincapié (en su tono particular) en que
mucho de lo que yo le contaba de mi tesis era interesante, pero que
pocas personas la leerían en un formato tan sobrio y aburrido, a fin de
cuentas escrito para un público académico.
Así las cosas, pasó el tiempo y me sugirió (casi obligó a) escribir
sobre algunos aspectos relevantes de lo que yo había encontrado con
mi trabajo en los archivos, en forma de relatos; esto, con el fin de
que más personas tuvieran acceso y conocieran las que ella considera
interesante historias de la Guadalajara y la Nueva Galicia de los siglos
XVI y XVII.
Los relatos aquí reunidos, entonces, son todos ellos fruto de una
ardua investigación documental en diversos archivos, como lo fueron
el Archivo de La Real Audiencia de Nueva Galicia (ARANG) de la
Biblioteca Pública del Estado de Jalisco “Juan José Arreola” (a la que

5
agradecemos infinitamente su trabajo de resguardo, mantenimiento y
excelente disposición y atención por parte de su personal) y el Archivo
General de Indias (AGI), lo que significó un considerable esfuerzo de
organización y redacción, así como un minucioso trabajo de edición
y corrección.
La importancia de la divulgación de estos relatos (quizás la mejor
forma de narrar la historia) es que nos puede ayudar a entender y, tal
vez, a formarnos una idea mucho más completa de nuestro pasado;
espero que sea una forma amena de conocer los hechos acontecidos en
la región, de comprender mejor la época, las personas y las instituciones
que le dieron vida hace más de 300 años. Además, deseo que al conocer
sobre nuestro pasado nos apropiemos de esos espacios y de aquellos
lugares, personajes y acontecimientos sobre los que aquí narramos, con
el fin de entender que en buena parte todo ello permitió y significó
lo que hoy es nuestra ciudad, nuestro territorio y, tal vez, nosotros
mismos.

Alfredo José Orozco Martín del Campo


Marzo de 2020
El Mulatillo que se decía
príncipe y cardenal

S iendo presidente y gobernador interino de la Nueva Galicia el


licenciado Juan Miguel de Agurto y Álava (1673-1678), sucedió
que llegó a la ciudad de Guadalajara un tal Juan de Ibarra, procedente
de Lagos de Moreno, ya que, según uno de los testigos (portero de la
Audiencia), al llegar a Guadalajara se quejó ante el tribunal de que lo
habían desterrado de dicha villa. A él, tanto los testigos como en los
informes, le apodaron “el Mulatillo”.
El dicho Juan, tal parece, padecía algún mal o enfermedad mental,
pero a pesar de ello gozó de cierta popularidad y picardía en sus
acciones. Por estar “enfermo” se le dejaba hacer y decir cosas por la
ciudad, por ser un incapaz; así que él se intitulaba a sí mismo “príncipe
cardenal”, decía que tenía grandes poderes, como el ser invisible, y
que al mismo tiempo estaba en Roma y en España (bilocación), que
su poder le fue otorgado por los mismísimos ángeles y que el papa
y la reina gobernadora le otorgaron poderes terrenales, ante lo cual
mostraba un atadillo de papeles y pergaminos con garabatos, diciendo
que eran bulas y cédulas reales. También hacia proclamas públicas en

9
la ciudad, pegando por las calles papelones y edictos que solo tenían
garabatos y dibujos propios de un niño, pregonando tonterías; otras
veces se autodenominaba el “correo de la muerte”, para lo que se
ponía un capisayo de papel con el que corría por toda la ciudad.
Vestía el Mulatillo de forma fastuosa, algunas veces pieles de civolo
(bisonte), y otras se hacía vestir, con un paño cosido, el hábito de
Alcántara, de Santiago u otras órdenes de caballería. Usaba tonsura de
clérigo o de fraile según su ánimo, también se ponía un sombrero con
muchos listoncillos de colores, portaba un palo con lazos y papeles
pegados, ordenaba sacerdotes y daba prebendas a los muchachos de la
ciudad; por todo ello, las autoridades lo tenían por aperjudicial.
No fue hasta que un día importunó a ciertos muchachos fuera
de la iglesia Catedral, cuando se dio una guerra de pedruscos entre
sus seguidores y otros chicos que llegó a tales dimensiones, que los
canónigos y el deán (que se llevaron un par de pedradas) se quejaron
ante la Audiencia, además de que resultaron descalabrados un par de
mozuelos. Dichas batallas no eran ajenas a Guadalajara, pero de común
se llevaban a cabo en los márgenes del río San Juan de Dios. Todo
indica, además, que el tal Juan de Ibarra mantenía ya una corte de
seguidores y una de detractores; por tal motivo, el Gobernador tuvo
que mandarlo encerrar en la cárcel de la ciudad.
Sin embargo, al no poderle fincar proceso alguno, por ser el dicho
Juan un incapaz, solo se le retuvo en la cárcel un tiempo, mientras los
ánimos de sus compinches se calmaban. No obstante, sus rivales en la
guerra de pedruscos seguían aventando piedras y porquería a la cárcel
para volverlo loco, mientras que sus seguidores lo hacían al palacio de
la Audiencia, exigiendo su liberación.
Es interesante que, según el testimonio del alcalde de la cárcel,
los demás presos le temían mucho al Mulatillo y se arrinconaban al
otro lado del calabozo, por lo que se le tuvieron que poner esposas

10
Plaza Mayor de Guadalajara, litografía a color / Carl Nebel.
Fuente: Carl Nebel, Voyage pittoresque et archéologique dans la partie la plus intéressante
du Mexique, Paris: Chez M. Moench, 1836.

y grilletes que con mucha habilidad, y casi de forma milagrosa, se


lograba quitar. Se dice también que logró tener mucha amistad con
el perro bravo del alcalde, quien solo a él obedecía; empero, al ver al
Mulatillo, ambos comenzaban a aullar y espantar a todos los presos,
provocando molestia en toda la prisión. Por todo esto, el presidente
ordenó al alcalde y a otro criado sacarlo lleno de grilletes en una mula
y aventarlo al otro lado del Río Grande, cerca de Tolotlán, territorio ya
de la Nueva España, para desentenderse de él.
Con todo, a los pocos días se le vio nuevamente en la ciudad
haciendo proclamas, interrumpiendo misas y molestando a mujeres y
hombres que ya empezaban a temerle a él y a su corte, por lo que, para
prevenir otro incidente, se le volvió a encerrar. Sucedió, entonces, que

11
el sábado anterior al domingo de ramos se hizo la visita de la cárcel por
los oidores (como cada sábado se hacía), mas cuando estos entraron se
encontraron con el Mulatillo totalmente desnudo, salvo una corona de
espinas, y gritando improperios a los ministros, mientras con una mano
blandía las cadenas que se había quitado y con la otra sostenía un palo,
ante lo cual los señores salieron de la cárcel y no se pudo terminar el
recorrido.
Así las cosas, el siguiente viernes, y sin entenderse cómo, logró
escapar de la cárcel. Lo hizo vestido (o más bien desvestido) de forma
indecorosa, con la corona de espinas en la cabeza, las cadenas puestas y
un palo como cetro, e interrumpió la procesión del santo entierro que
salía del convento de San Francisco golpeando a los frailes, exigiendo
que se le dejara gobernar el cortejo por su calidad de cardenal y
causando gran consternación entre la población. Ante la llegada del
alcalde de la ciudad y sus hombres, se metió el Mulatillo al convento,
a lo que tuvo que ser llamado el provisor y juez eclesiástico porque
se acogió al derecho de asilo. Una vez sacado del convento, y ante la
molestia de los frailes, se ordenó a Gaspar Pérez, ministro de vara, que
lo llevara bien sujeto con grillos hasta Zacoalco; el dicho ministro
declaró después que en diversas ocasiones lo mordió y en una, incluso,
le arrancó parte de la ropa de la capa con los dientes.
Volvió el tal Juan de nueva cuenta a la ciudad, a los pocos días, y se
dedicó a pelear con los muchachos y a gritar e importunar a las mujeres
que al salir de misa le rehuían. Seguía pegando papeles en las esquinas
y, en cierta ocasión en que pegó un “bando” en la esquina del palacio
de la Audiencia, al ser increpado por el portero y otros sirvientes de los
oidores, aquel se puso muy furioso. Todo terminó, al fin, en una pelea
entre los sirvientes del oidor Fernando de Haro y el Mulatillo y sus
compinches, de la que salió herido (con un brazo roto) un tal Alonso

12
Iglesia de San Francisco en Guadalajara, vista general. Ca. 1890 / Octaviano de la Mora.
Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH. [Link]

de Villa Cañas, criado de don Fernando. La pelea llegó a tal magnitud


que tuvieron que salir el alcalde y sus hombres a poner orden.
Sin embargo, los criados del oidor (e incluso el oidor mismo, que
al parecer seguía muy molesto por el susto de la visita en la cárcel)
quedaron muy enojados por haber perdido la pelea, por lo que un
par de días después emboscaron al dicho Juan de Ibarra, lo ataron, lo
pusieron en cueros y le dieron muchos azotes, dejándolo en muy mal
estado; ante tales hechos, el gobernador lo metió en una celda y mandó
que lo curaran, para después enviarlo al hospital de San Juan de Dios.
Estuvo un par de días al cuidado de los frailes, según contó el propio
fray Juan de Lanzarote, sacerdote y capellán de dicho hospital, quien
relató cómo vio por él y cómo se le trató (con azotes y reprimendas)
su locura, teniéndolo en un cuarto del hospital hasta que, en cierta

13
Iglesia de San Juan de Dios. 1900-1910 / Atonio Servín.
Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH. [Link]

ocasión, se quitó los grillos y arrancó la ventana, escapando a la iglesia


donde se le mandó prender. Ante tales hechos, y a falta de casa de locos
en la ciudad, tuvo el presidente que mandarlo a la ciudad de México,
costeando para ello el traslado de varias personas.
De Juan de Ibarra no se volvió a saber; sin embargo, tras los
hechos y ante la poca capacidad de gobierno del presidente, el
oidor Fernando de Haro se quejó con el rey y el Consejo de Indias,
por lo que se mandó hacer una investigación sobre lo ocurrido.
Por dicha investigación y de los testimonios de la misma conocemos
estos incidentes.
Se le acusaba de otras muchas cosas al gobernador, entre ellas, de
nepotismo; pero parece ser que la causa principal del juicio fue el
caso del mulatillo, por lo que, finalmente, Juan Miguel de Agurto fue
removido de su cargo. Todo indica, pese a lo anterior, que su defensa
fue fructífera, ya que posteriormente se le nombró presidente de

14
Guatemala y luego oidor de la Audiencia de Granada, en España, de la
cual llegó, también, a ser presidente.
La acusación, defensa y posterior remoción del gobernador son
relevantes porque es solo a través de estos documentos que sale a la luz
la historia de personaje tan singular, el Mulatillo, un hombre del que,
si no fuera porque transgredió la paz con su locura, no hubiéramos
conocido su existencia en la cotidianidad de la ciudad de Guadalajara
del siglo XVII.

15
Las juras reales
en Guadalajara

S e conocen como “juras reales” las ceremonias por medio de las


que se celebraba y reconocía el ascenso de un nuevo rey al trono.
Las juras reales seguían a los lutos reales; esto era por la muerte e
inmediata sucesión de los monarcas, lo que hacía que se percibiera a
la monarquía como un ente perpetuo, pues siempre había algún rey
en el trono. Al menos durante el siglo XVII fueron eventos sumamente
raros y constituyeron sin lugar a dudas el rito cívico más importante
durante el periodo virreinal, ya que en ellas se reforzaba la soberanía
del monarca y se renovaban los lazos de lealtad con y de sus súbditos.
Durante dicho siglo se celebraron apenas en dos ocasiones: las juras
de Felipe IV en 1621 y las de Carlos II en 1666, antecedidas por
las demostraciones de duelo por Felipe III y por el mismo Felipe IV,
respectivamente.
Así, por ejemplo, la muerte de Felipe III, acaecida el 31 de marzo
de 1621, se informó por cédula del primero de abril del mismo
año, aunque no fue hasta el 16 de septiembre que esta se recibió

17
en Guadalajara. Ante la noticia, los cinco miembros de la Audiencia
respondieron:

[…] Dios fue servido de llevarse para sí al rey nuestro señor don Phelipe tercero
y de la sucesión de V[uestra] Majestad en estos reinos, cuya ganancia solo pudo
suplir y contrapesar a tan grande pérdida y templar el dolor y sentimiento que
ha tenido esta Audiencia con el consuelo y satisfacción que se debe tener (según
la santa vida, reales costumbres y celo católico de su Majestad) de que goza
de mejor Reino. Y en cumplimiento de lo que V. Majestad nos manda, queda
esta Audiencia ocupada así en que se celebren y hagan las obsequias y justas
demostraciones de dolor y tristeza del fallecimiento de tan gran rey y señor,
como las que se deben hacer de contento y alegría en la jura de V. M[ajestad],
cuya feliz sucesión sea por muchos años y con la gran dicha y aumento de otros
muchos Reinos que los vasallos y criados de V. Majestad deseamos y hemos
menester.Y por la gran merced y favor que V. Majestad nos hace de mandarnos
continuar en nuestros oficios, quedamos con el justo reconocimiento y cuidado
de acertar a cumplir las obligaciones que tenemos de servir a V. Majestad.1

Casi un mes después de llorar al difunto rey se llevó a cabo la jura de


Felipe IV, el 24 de octubre de 1621. Para ello, se hizo un tablado grande
en la plaza pública (donde hoy se encuentra el Teatro Degollado), en el
que se puso el real dosel y las sillas para los escaños del Cabildo, la Real
Audiencia y el alférez real; en mitad del mismo se puso un sitial con
dos almohadas de terciopelo y sobre ellas el cetro y la corona dorada.
Posteriormente, la Audiencia salió de las casas de palacio, ubicadas
en ese entonces entre los conventos de san Agustín y santa María de
Gracia, con el presidente a caballo, acompañado de muchas personas. Al

1 Carta de la Audiencia de la Nueva Galicia al rey de 23 de septiembre de 1621. AGI, GUADALAJA-


RA, 9, R.1, N.2.

18
entrar a la plaza lo recibió una compañía de infantes engalanados con
sus uniformes y con mucho orden capitaneada por el alcalde ordinario
que a la razón era el alférez. Joseph de Lima, en ese entonces escribano
del cabildo, dio la orden a dicha compañía de dar una salva en honor a
la Real Audiencia. Se sacaron los arcabuces de las armerías por orden
del presidente y hubo gran regocijo por parte de todos.
En los documentos existentes se cuenta cómo, sentados en el tablado,
los miembros de la institución recibieron al Cabildo acompañado del
alférez real, quien estaba en las casas de la ciudad y de ahí salió, armado
con peto y espaldar, “coselete grabado muy galán”, junto con un paje
también a caballo; tras él, los cuatro reyes de armas asimismo dispuestos
con cotas y morriones, con las armas reales en los pechos y espaldas; y
junto a él venía su padrino con el estandarte real.
Al llegar a la Audiencia hicieron una gran reverencia para luego
decir en voz alta:“¡Oíd, oíd!”, y ya calmada la multitud que en ese lugar
se encontraba, gritaron los reyes de armas para que todos pudieran
escuchar: “Viva el rey don Felipe IV, Nuestro Señor, guárdele Dios
muchos años, Rey de Castilla y de León y de las Indias y de este reino
de la Galicia y Nueva España, ¡viva, viva, muchos años!” A lo anterior
respondieron toda la Real Audiencia y las personas que ahí estaban:
“¡Viva muchos años su majestad!” Y   tras de esto, el alférez tremoló el
estandarte real diciendo en altas voces: “¡Viva el Rey nuestro Señor,
Rey de Castilla, de León y de las Indias, Nuevo Reino de Galicia
y Nueva España!”, e inmediatamente después derramó monedas de
reales por toda la plaza, diciendo por lo alto: “Estas son las monedas del
Rey nuestro Señor, a quien juramos y obedecemos por Señor natural”.
Al término de esto se levantaron el gobernador y los oidores y
mandaron a Fernando de Velasco (tesorero de la real caja) a que llevara
una almohada en la que tenía la corona, y en cuerpo de Audiencia
fueron juntos a la iglesia Catedral; del lado derecho iba el alférez real

19
Matriz de un grabado de Pedro de Villafranca Malagón con el busto de Felipe IV para
las “Difiniciones de la Orden y Cavalleria de Alcantara, con la historia y origen de ella”.
Archivo Histórico Nacional de Madrid, OBJETOS, N.13.

20
y el señor presidente del lado izquierdo. Al llegar a la iglesia, salió el
obispo vestido de pontifical, junto con el cabildo, cantando el salmo Te
Deum laudamus, ante lo cual el presidente hizo el juramento ordinario
sobre el misal sostenido por el obispo. Al finalizar la ceremonia todos
retornaron a las casas reales, en donde dejaron al señor presidente, y
con esto se acabó la jura.
Era en ese entonces gobernador y presidente el señor licenciado don
Pedro de Otalora, y estaban con él el oidor más antiguo, el Licenciado
Bartolomé de la Canal de la Madrid, don Diego de Medrano, Gaspar
de Chávez Sotomayor y Antonio de Villacreces, así como el fiscal de su
majestad, el doctor Juan de Castro de la Cerda.
Casi cuarenta y cuatro años más tarde se celebraron los lutos por la
muerte de Felipe IV, con las demostraciones de duelo acostumbradas
por la Audiencia y por parte de las personas principales de Guadalajara.
El encargado de recibir el pésame era el presidente y gobernador, quien
se encontraba esperando a todas las autoridades en una sala enlutada,
“cubierta la cabeza con capuz y loba con falda de más de siete varas”.
Al llegar los oidores en cuerpo de Real Audiencia, salió para recibirlos;
después, arribaron el deán y el cabildo catedralicio; les siguieron los
oficiales reales por sí solos y luego el Cabildo, Justicia y Regimiento.
Vinieron entonces los religiosos: primero Santo Domingo, seguido
de San Francisco, San Agustín, la Compañía, Redención de cautivos,
San Juan de Dios, Nuestra Señora de Belén, Padres Oblatos, los
capellanes de monjas, y luego los colegios de San Juan y Seminario,
en ese orden. Posteriormente, las clases de abogados, procuradores,
escribanos y receptores; entraron en seguida los diputados de comercio
y, finalmente, el pueblo de Analco por memorial. En nombre de todos
habló el capellán real.
Cuentan que después, en la misma disposición, pasaron a dar el
pésame a la esposa del presidente, y por la tarde se presentó el tribunal

21
Túmulo funerario levantado en la ciudad de Lima para las exequias del Rey Felipe III.
Archivo General de Indias [AGI], MP-ESTAMPAS, 187.

de la Santa Cruzada y la venerable Tercera Orden de la Penitencia.


Luego, se hizo el novenario en el palacio real.
La demostración de entierro tuvo lugar por la tarde. La procesión
se hizo llevando el alférez el estandarte real, en medio del presidente
y del oidor más antiguo, y por delante los oficiales reales con el cetro,
la corona y la espada, para hacer seguidamente el paseo del entierro
con todas las denominaciones religiosas. Salieron desde el palacio por
los portales, hacia la Compañía, y luego dieron vuelta por la Merced
para coger hacia el palacio episcopal, y así entraron en la santa iglesia
Catedral, donde ya había un túmulo muy suntuoso.

22
Carlos II. Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Mediateca INAH. [Link]

23
La jura de Carlos II, último de la dinastía de la casa de Austrias,
se llevó a cabo el día 8 de septiembre del año de 1666, y se hizo de
manera similar a la jura de su padre, Felipe IV, si bien con algunas
modificaciones. En primer lugar, y por motivo de la mudanza de las
casas reales en la década de 1650, la ceremonia se hizo ya en el nuevo
palacio y con mucha más gala. En el frente de este se instaló un manto,
y cerca de ahí, la plataforma con sus pirámides en las cuatro esquinas,
en cuyos remates había globos redondos con cantidad de palomas y
pájaros cada uno. En la cabecera de la misma se puso un baldaquín
de damasco carmesí de Granada con flecos de oro y seda que tenía
bordadas en oro y plata las armas reales. En dicho baldaquín se colocó
un retrato de su majestad, el rey don Carlos II, de cuerpo entero sobre
un mundo, toisón al cuello, plumas en el sombrero, cetro en la mano
y todo proporcionado al cuerpo, pues hay que recordar que el nuevo
monarca apenas tenía cuatro años.
En su descripción del evento, el escribano del cabildo agregó
que, debajo del baldaquín, se puso un sitial bien aderezado, y a cada
uno de sus costados se colocaron escaleras “anchas y capaces”, con
pasamanos para poder subir y bajar por ellas. Del lado derecho del sitial
se dispusieron los asientos para la Real Audiencia y del izquierdo los
de la ciudad, y en la cabecera de estos se pusieron dos sillas de espaldar
de baqueta de Moscovia donde se sentaron el alférez mayor, el capitán
Agustín de Gamboa, y el licenciado don Antonio de Vargas, abogado
y alcalde ordinario de primer voto como corregidor, que apadrinó al
referido alférez.
El palacio se adornó con mucha suntuosidad; así, en los corredores,
ventanas y azoteas se colgaron, por lo bajo, tapicería, y por lo alto,
rejas de terciopelo y damasco carmesí con goteras de brocado, muchas
banderas y gallardetes de múltiples colores, todo muy bien cuidado y
con mucho orden.

24
En aquel tiempo era presidente el licenciado Antonio Álvarez
de Castro, quien a diferencia de su antecesor no montó a caballo,
sino en una carroza con vidrieras cristalinas, brocados dorados y las
guarniciones blancas correspondientes. Iba vestido el presidente de
terciopelo rojo, acompañado de sus cocheros y lacayos con libreas de
paño y brocadura de hilo de oro y cabos correspondientes, así como
los pajes y gentilhombres iban vestidos de damasco y mangas de tela.
Las procesiones para tal jura se llevaron a cabo de la forma siguiente:
En las puertas del ayuntamiento (hoy Plaza de la Liberación) se juntaron
el Cabildo, Justicia y Regimiento de la ciudad. Asimismo, estaban todos
aquellos que en algún momento fueron alcaldes ordinarios de esta, y al
llegar la compañía de infantería salieron juntos hacia la casa del capitán
Agustín de Gamboa, alférez real.
Ya en su casa los esperaba el alférez a caballo, por lo que continuaron
el cortejo con el capitán y su padrino, el alcalde ordinario de la ciudad,
a la cabeza, hacia el palacio episcopal. Este estaba ricamente adornado
de “mandarín, azul y nácar”, y en las ventanas esperaban su ilustrísima
el obispo Francisco Verdín y Molina y su familia. Continuaron en
procesión hasta la iglesia y convento de Nuestra Señora de la Merced y
regresaron a la plaza. De vuelta en el ayuntamiento, se apeó el Cabildo
e ingresó a las salas para salir de nuevo a caballo.
Al palacio de la Real Audiencia ingresaron el Ayuntamiento
y el alférez para pedir permiso de sacar el real estandarte. Una vez
concedido por parte de su señoría, salieron junto con los ministros de
la Real Audiencia: el presidente, los oidores y los oficiales de la real
caja, tesorero y contador. Subieron al tablado y el alcalde ordinario
tomó el real estandarte y se lo entregó al alférez (quien más tarde fuera
coaccionado judicialmente por el escribano para devolverlo), y tras
los acatamientos al real retrato y a la Audiencia, se dirigió a esta y al
presidente y dijo: “Esta muy noble y leal ciudad de Guadalajara, por sí

25
y como cabeza de este reino de la Nueva Galicia y León, quiere alzar
pendón y aclamar la católica majestad del Rey don Carlos, segundo
de este nombre, nuestro señor que Dios guarde. Y para que este acto
se haga con la autoridad que se requiere, suplica esta ciudad a vuestra
señoría le alce en su real nombre”, ante lo cual se levantó el presidente
y, tras mostrar el debido respeto, recibió el pendón y lo terció.
Tras esto, los cuatro reyes de armas se pusieron uno a cada ángulo
y el más antiguo gritó: “Silencio, silencio, silencio. Oíd, oíd, oíd”, y
se sosegó la gente; dijo el señor presidente: “¡Nueva Galicia, Nueva
Galicia, Nueva Galicia! ¡Guadalajara, Guadalajara, Guadalajara! Por el
católico Rey don Carlos Segundo, nuestro señor, Rey de Castilla, de
León y de las Indias, que Dios guarde muchos y felices años”, a lo que
la Real Audiencia y la vecindad dijeron: “Amén, amén, amén. ¡Viva,
viva, viva!”
Al momento se derramaron monedas y se tocaron las campanas de
la Catedral y de todas las iglesias; mientras, se abatía el estandarte, la
infantería hizo una salva y, del palacio, donde se encontraban la esposa
del presidente y otras señoras en una ventana, y en otro balcón el señor
obispo, se derramaban colaciones.
Luego de esto, el señor presidente y gobernador entregó el
estandarte al alférez real, quien lo recibió de rodillas y, una vez que lo
tomó, volvió a decir el rey de armas: “Silencio, silencio, silencio. ¡Oíd,
oíd, oíd!” Ya sosegada la gente, dijo el alférez mientras tremolaba el
estandarte:“¡Nueva Galicia, Nueva Galicia, Nueva Galicia! ¡Guadalajara,
Guadalajara, Guadalajara! Por el católico Rey don Carlos Segundo
nuestro señor, Rey de Castilla, de León y de las Indias, que Dios
guarde muchos y felices años”, a lo que el pueblo respondió: “Amén,
amén, amén. ¡Viva, viva, viva!” V   ino una segunda salva de la infantería,
acompañada de las campanas, las trompetas y chirimías, mientras se
derramaban más monedas. Terminado esto, el alférez pidió permiso

26
a su señoría para continuar con la procesión y, tras concedérselo, se
pusieron de pie presidente y Audiencia, ante lo cual montaron todos
juntos en dirección de la calle San Francisco.
Una vez llegada la procesión a la iglesia y convento de San
Francisco, volvieron por la calle de la casa del doctor Gerónimo de
Luna (fiscal de la Real Audiencia) en dirección al ayuntamiento. En
las casas del cabildo, subieron al tablado frontero y, una vez allí, dichas
personalidades repitieron el mismo ceremonial.
Bajaron del tablado y volvieron al de la Real Audiencia, donde el
alférez dijo al señor presidente: “Señor, esta muy noble y leal ciudad
de Guadalajara, cabeza de este reino de Nueva Galicia, cumpliendo
con la lealtad y obediencia que tiene y debe al Rey nuestro señor don
Carlos segundo que Dios guarde, ha hecho las aclamaciones y alzado
su pendón real en las partes acostumbradas, como dará por testimonio
su escribano mayor de cabildo que está presente ante vuestra señoría
y señores de la Real Audiencia”, ante lo cual respondió el dicho
escribano que lo dicho era verdad; contestó el presidente con gratitud
y, al momento, se abrieron los globos y salieron las palomas y pájaros.
Acabado dicho acto, todos, incluida la Audiencia, bajaron del teatro y
se fueron a la iglesia Catedral llevando el estandarte el alférez y, a su
izquierda, el presidente y gobernador.
En la Catedral salió a recibirlos el señor obispo vestido de pontifical,
y a su lado estaban el chantre, el provisor y vicario general, así como
el señor deán, los prebendados y el clero de la ciudad. El obispo les
dio a besar la cruz que traía, luego entraron todos a la Catedral y se
sentaron en sus respectivos lugares, tanto la Audiencia como el Cabildo.
Terminadas las oraciones, salieron de nuevo rumbo a palacio.
Ya en palacio, como era costumbre, se trajeron en acompañamiento
al presidente y los oidores; estos se quedaron y volvió el alférez a ponerse
a caballo junto con Justicia y Regimiento de la ciudad, marchando por

27
la calle de San Agustín. Recorrieron dicha calle y al llegar al convento
de santa María de Gracia retornaron a las casas del cabildo, donde
se dejó el estandarte bajo el baldaquín. Por la noche se quemó un
castillo, hubo fuegos artificiales y de nuevo se bajó el estandarte para
una segunda aclamación de los indios, alcaldes y principales de los
pueblos cercanos a la ciudad, los cuales, muy adornados y vestidos a su
usanza, dieron coronas de flores al presidente. Este ordenó al intérprete
de la Real Audiencia que dijera y explicara a estos en lengua mexicana
que el rey Carlos II era el nuevo rey, a lo que los naturales dijeron:
“Guadalajara, Guadalajara, Guadalajara, por el rey Carlos segundo
nuestro señor, ¡viva, viva, viva!”
Sobre las fiestas que se organizaban ya de manera privada, el
presidente Antonio Álvarez de Castro (el mismo que celebró las juras
de Carlos II) describió la celebración del nacimiento del monarca, lo
que permite conocer sobre las costumbres y quiénes asistían a estas.
Dijo que comenzaban en su casa y a ella asistía toda la Audiencia y sus
familias, el obispo con el cabildo eclesiástico, así como el cabildo seglar,
todos los superiores de las órdenes religiosas y la nobleza local, cada
uno con mucha ostentación y agasajo por el significado del día.
Mientras, en las afueras de palacio se hacía otra fiesta, más popular,
la cual se veía por parte de los convidados desde los balcones de palacio,
y por las noches se prendían luminarias, fuegos artificiales y había
también dos carros de música. Por las tardes se hicieron corridas de
toros, guerras de cañas y escaramuzas con el acompañamiento de una
compañía de infantería. Dichas fiestas duraron ocho días sin desgracia
alguna.

28
Dibujo de la función pública y cortejo organizado y sufragado por Felipe Bartolomé
Ramírez Hernández de la Mota, cacique de la villa de San Miguel el Grande, con motivo
de la proclamación del rey Carlos IV, el 7 de mayo de 1791. AGI, MP-MEXICO, 434.

29
La llegada de los presidentes
gobernadores a Guadalajara

L a llegada de un presidente y gobernador letrado a Guadalajara


era un evento sumamente importante y poco frecuente. Desde el
nombramiento del primero de ellos, el Dr. Jerónimo de Orozco, en
1572, hasta 1708, año en que se sustituyeron los letrados por militares,
durante el reino de los Austrias fueron designados solo veinticuatro
gobernadores letrados. De estos, únicamente catorce tomaron posesión
de su cargo, lo que hizo que la llegada de dichos funcionarios fuera
todo un acontecimiento que, ya desde principios del siglo XVII, estaba
bastante organizado y protocolizado.
El primero de cuya llegada y recibimiento tenemos noticia fue de
don Juan de Villela, en 1607, quien tuvo como comisionado al alférez
Diego de Porres, mismo que lo fue a recibir a México y, debido a la
pobreza y cortedad de la incipiente ciudad, asumió los costos del viaje,
ya que el cabildo de Guadalajara no lo pudo hacer. Se acordó con
la Audiencia que, una vez llegado el nuevo presidente, hubiera una
compañía de infantes que saliera hasta el pueblo de Analco, el cual se
encontraba en ese entonces en las afueras de la ciudad, por lo que el

31
ayuntamiento tenía que recibir a su señoría al entrar en su jurisdicción.
Asimismo, se convino que después se hicieran en la plaza de la ciudad
las fiestas con juegos de cañas, corridas de toros y otras celebraciones.
Seis años más tarde, con el nombramiento del Dr. Alonso Pérez
Merchán, se le encomendó a don Francisco Suárez Ybarra, alcalde y
alférez mayor, ir a recibir al presidente; esto, a su costa y sin ayuda
alguna, porque él se comprometió a hacerlo con su propia hacienda
para servir a la ciudad.
Parece que ya para 1629 el cabildo tenía más recursos, porque al
mandar recibir al presidente Morquecho a México, tanto al alcalde
ordinario, Joan de Robles, como al depositario general, Diego
Fernández de Córdoba, se les concedieron doscientos pesos en reales
de los propios de la ciudad como ayuda para dicho fin.
Para el recibimiento del Dr. Juan de Canseco y Quiñones, en 1636,
se envió a Diego de Cueto Bustamante, alguacil mayor, y se le ayudó
con mil pesos de las carnicerías. De igual modo, se acordó que a la
llegada del presidente se organizaría una fiesta de juego de cañas, siendo
los encargados de ello el regidor Martín Casillas de Cervera y Diego
Sánchez Caballero, su cuñado, quien había sido alcalde ordinario de la
ciudad.
Parece que la tradición de mandar a México a algún funcionario
del cabildo perduró y siguió en forma, aunque en algunos momentos
existieron rencillas entre este y la Audiencia, como sucedió en el caso
del recibimiento del doctor Baeza en 1642, para el que no se podían
poner de acuerdo en a quién enviar. Finalmente, ganó la Audiencia y
se mandó a Diego Sánchez Caballero, con ayuda de mil pesos.
Hacia el año de 1662, con motivo del nombramiento y la inminente
llegada del presidente Antonio Álvarez de Castro, y debido a que solo
había al momento dos oidores y el fiscal estaba en cama, se pidió por
parte de los ministros al cabildo

32
[…] que por él se reciba y hospede a dicho presidente en el pueblo de San Pedro,
donde es forzoso y siempre se ha buscado, dichos señores de la Real Audiencia y
el Cabildo le vayan a dar la bienvenida, y sin que sirva de ejemplar, y por esperar
esta ciudad en dicho señor presidente padre y amparo, acordaron que para la
comida y cena que en dicho pueblo de San Pedro se ha de dar y demás regalo de
su señoría, se libren y den a Juan de Páez […] a quien se nombra comisario para
que aderece, ponga camas, reciba y hospede a su señoría lo mejor que se pueda.1

Ya para la segunda década del siglo XVIII, se mandó información al


rey en la cual se recordaba y daba testimonio del estilo que había
habido en recibir a los señores presidentes, gobernadores y capitanes
generales de este reino cuando entraban a servir sus empleos.2 En
dicho documento, caracterizado principalmente por las quejas de
lo costoso del recibimiento, se cuenta que había sido “inmemorial
costumbre” que siempre que venían los presidentes a tomar posesión
de sus empleos fueran recibidos por los señores oidores “más y menos
antiguos de esta real Audiencia”.3
De tal modo, el oidor menos antiguo (o más moderno, según se
vea) debía recibirlo en el paso del Río Grande o de Tololotlán, donde
se hallaba el puente que hasta hoy en día se conoce como Puente
Grande, antes de cuya construcción se debía esperar a que las canoas
cruzaran trabajosamente. Para la recepción, pues, se debía llevar desde
Guadalajara todo en hombros de cargadores, incluso las camas, por no

1 Juan López. Actas de cabildos de la ciudad de [Link] segundo 1º de enero del año 1636 al
18 de junio del año de 1668. Guadalajara: Ayuntamiento de Guadalajara, 1984, p. 244.
2 “Diligencias llevadas a cabo por la Real Audiencia de Guadalajara para el cumplimiento de la Real
Cédula de 25 de febrero de 1725 en la que se ordena la remisión de informe sobre la manera y
estilo en que se proceden los ministros de la Audiencia en el recibimiento del Presidente de la Real
Audiencia, Gobernador y Capitán General de la Nueva Galicia para tomar posesión de su empleo”.
BPEJ, ARANG, Ramo Civil, Caja 50, Expediente 8, Progresivo 649, Año 1726.
3 Ídem.

33
Puente Grande en Guadalajara, 1915.
Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH. [Link]

haber poblado cercano; también se cuenta que, a partir de la edificación


del puente en 1719, se construyó a su vez una casa

[…] que no es más que un corredor, una sala, una recámara o dormitorio, un
patio y una cocina, todo corto, y no hay otras viviendas ni casas, ya que la dicha
casa está destinada para la residencia del guarda de la aduana y su familia, que
en aquel país no hay otra cosa que agua, ni forma de providencia, por lo que es
necesario que se lleve todo desde esta ciudad.4

En ese lugar, además de preparar la casa y llevar todo, el dicho oidor


debía dar comida o cena, según la hora, llevando para ello diversos

4 Ídem.

34
manjares costosos, como chocolate, dulces y vinos, así como todo tipo
de enseres para la comida del presidente y toda su comitiva.
Esta costumbre fue suprimida por real cédula del 12 de agosto de
1726, tras el cumplimiento de los despachos del 13 de marzo de 1723
y del 25 de febrero de 1725 en los que se ordenó llevar a cabo tal
informe, por lo que se relevó a los miembros de la Audiencia de esa
inconveniencia. A partir de dicha fecha, se encargó del recibimiento al
alguacil mayor de Guadalajara, como había sido antes de construirse el
puente, pues era la persona más desocupada y gozaba del mismo sueldo
que los oidores.
Se acordó, pues, que ya no se siguiera esa costumbre debido a que, al
haber ya un puente, no se necesitaba del oidor, por lo que se recibía al
presidente en una mansión en el pueblo de San Pedro (Tlaquepaque),
donde pernoctaba y se quedaba de diez a quince días con su familia.
Todo lo anterior era sufragado por el oidor más moderno, a quien
se le “ayudaba” con 150 pesos que salían de las penas de cámara; sin
embargo, varios testigos declararon que dichos gastos normalmente
ascendían a ochocientos o mil pesos.
Ya en la ciudad, el oidor más antiguo esperaba al presidente en
el palacio, donde debía dar comida y cena por tres días, disponer
chocolate, dulces y el adorno de todos los aposentos del palacio, así
como reparar las piezas y los pasillos, además de los pajares para las
mulas y caballos, y surtir las despensas. En los documentos se señala,
también, que se requerían muchos días para, entre otras cosas, hacer
palillos de dientes, dulces cubiertos y frutas confitadas.
Dicho oidor corría, asimismo, con los gastos de las fiestas que
seguían a la llegada: espectáculos como corridas de toros, fuegos
artificiales, bailes y música, si bien el cabildo de la ciudad “ayudaba con
ciertos gastos”. Así, por ejemplo, se cuenta cómo, cuando el doctor José
de Miranda Villayzán recibió al doctor Vidal Abarca, tuvo que traer de

35
México y otras ciudades especias, vinos, pasas, almendras, alcaparras y
alcaparrones.
Una vez arribado el nuevo funcionario, era recibido por todas las
autoridades civiles y eclesiásticas y, ya hecho el juramento ante la Real
Audiencia, subía a los estrados de esta y se integraba a sus funciones de
gobierno y justicia.

“Casas de el Cavildo y Ayuntamiento de esta ciudad de Guadalaxara, capital de el Reyno


de la Nueva Galicia, en la América Septentrional. Qoe oy que sirven de Palacio y havitación
al Muy Ill[ustr]e S[eño]r D[on] Josseph de Burgos, Cavallero de el Orden de Sanctiago, de
el Concejo de S. M., Coronel de sus Reales Exércitos, Governador y Capitán G[ene]ral de
este Reyno de la Nueva Galicia y Precidente de la Real Audiencia y Chansillería de el, etc.”
Fuente: AGI, MP-MEXICO,130.

36
Doña Mariana de Ribera
y Córdoba, la gobernadora

L a Nueva Galicia estuvo presidida desde 1572 por un funcionario


con el título de gobernador, el cual, a su vez, ostentaba la presidencia
de la Real Audiencia, institución colegiada conformada por cuatro
oidores y que cogobernaba e impartía justicia; por ello, desde ese año
en que se nombró como presidente al Dr. Jerónimo de Orozco, hasta
1708, en el que se designó a un militar, la región estuvo gobernada
por un presidente y gobernador letrado, es decir, un funcionario con
estudios de jurisprudencia.
Durante este periodo, catorce presidentes llegaron a tomar
posesión; sin embargo, de muy pocos tenemos constancia de que
estuvieran casados o de que trajeran a su esposa o familia. La primera
“gobernadora” (que así se les decía, por estar casadas con el gobernador)
de la que tenemos noticia fue doña Mariana de Ribera y Córdoba,
esposa del Dr. Juan de Canseco y Quiñones, quien gobernó Nueva
Galicia desde 1637 hasta 1640.
Doña Mariana de Ribera y Córdoba, nacida en Concepción, Chile,
a principios del siglo XVII, fue hija de Inés de Córdoba y Alonso de

37
Ribera Zambrano y Montesinos, capitán general, conquistador y, en
ese entonces, gobernador de Chile.
Se casó en Perú (por poderes), el 23 de diciembre de 1621, con el
entonces alcalde del crimen de México, el licenciado Juan de Canseco
y Quiñones, originario de León y colegial de Cuenca, egresado de la
universidad de Salamanca y de 42 años, quien para esas fechas ya estaba
en México. En 1624, Canseco ascendió al puesto de oidor, al año
siguiente fue designado rector de la Pontificia Universidad de México
y el 11 de enero de 1636 fue nombrado presidente de la Audiencia de
Guadalajara.
Para su recibimiento en Guadalajara se envió a Diego de Cueto
Bustamante, para ese entonces alguacil mayor, a la ciudad de México,
y a su llegada se organizó una fiesta de juego de cañas, siendo los
encargados de ello el regidor Martín Casillas de Cervera y Diego
Sánchez Caballero. Del periodo de gobierno del Lic. Canseco apenas
tenemos algunas noticias por las cartas que remitió a España.
Así, en una carta del 4 de enero de 1638, informó que el reino
estaba en paz y no tenía queja alguna de los oidores, por lo que no era
necesaria una visita; además, informó al rey de su vejez y mala salud,
por lo que rogó a su majestad que le fuera dada una plaza en Madrid
para jubilarse.
Tras muchas dilaciones, se informó que la visita sería llevada a cabo
por el Lic. Francisco de Rojas, misma que estaba planeada desde hacía
más de una década, pero que por diversas vicisitudes no se pudo hacer
hasta ese año. Ya que una visita consistía en una extensa investigación
mandada hacer por el rey a alguna institución, la cual conllevaba
grandes gastos y preocupaciones para la entidad visitada, ningún
ministro quería que esta se hiciera.
Para 1640, las preocupaciones del presidente se agravaron debido al
conflicto que tuvo con el virrey por la jurisdicción de Nueva Vizcaya.

38
Así, tras el motín y la rebelión en Durango por la llegada de Francisco
Montaño como el nuevo gobernador de aquella región (quien iba
acompañado por el oidor Juan Manjarrez), se le negó la entrada a la
ciudad, por lo que tuvo que regresar a Guadalajara. Dicho conflicto
hubo de ser resuelto por el Consejo de Indias en favor de la Audiencia
de Guadalajara y en perjuicio del virrey.
Si bien no tenemos noticias directas de doña Mariana durante estos
años, parece que fue creciendo en influencia y poder, ya que poco a
poco logró tener más autoridad en la sociedad tapatía, junto con el
entonces fiscal Jerónimo de Alzate. Murió el doctor Juan de Canseco y
Quiñones el veintiséis de octubre de 1640 y, en el ínterin de la llegada
del nuevo presidente, ella y el fiscal tomaron el gobierno.
Criollo al igual que doña Mariana, originario de la ciudad de
México, de cuya universidad se graduó de bachiller, Jerónimo de
Alzate se trasladó a España en 1617 para estudiar Cánones y Leyes en la
Universidad de Salamanca. Obtuvo el grado de bachiller en Cánones
y regresó a Nueva España en 1622. Estudió Leyes en México y volvió
a Europa en 1634 para ser auditor general de la Armada y Flota; allá
obtuvo la licenciatura y el doctorado en Cánones por la Universidad
de Ávila.
Nombrado fiscal de la Audiencia de Guadalajara por título del 23 de
marzo de 1637, en abril viajó con dos criados a Nueva Galicia, donde
seguramente, en el tiempo del gobierno del Dr. Quiñones, intimó
con doña Mariana, ya que muy pronto, tras la muerte de su marido,
contrajeron nupcias. Tal casamiento, que tuvo lugar en Catedral de
forma secreta porque contravenía las leyes de la época, fue auspiciado
por el deán de la misma y tuvo como testigos a dos frailes de san
Francisco.
De todo esto dio cuenta el siguiente gobernador, el Dr. Baeza,
quien tuviera serias dificultades y pleitos con el Dr. Alzate, ya que,

39
Interior de la Catedral Metropolitana de Guadalajara. Ca. 1890 / Octaviano de la Mora.
Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH. [Link]

según su testimonio, doña Mariana y este tuvieron sobrada mano en


todos los negocios. Además, debido a que ella contaba con muchísima
autoridad a causa del que fue su marido, le causaba notables embarazos
para gobernar y en la administración de justicia, pues doña Mariana
tenía gran cantidad de dependientes, deudos y parientes a los cuales
agasajaba y manifestaba familiaridad. También con estas artes se

40
congraciaba con la gente común, a la cual visitaba, y realizaba juegos y
entretenimientos con mercaderes.
Todo este conflicto parece que fue breve, porque el fiscal y su mujer
tuvieron que abandonar Guadalajara al poco tiempo; si bien, según lo
que nos refiere Thomas Calvo,1 el Dr. Pedro Fernández de Baeza y su
esposa, Clara de Zúñiga, protagonizaron también un par de escándalos
de corrupción.
El matrimonio del doctor Alzate y doña Mariana salió, pues, de
Guadalajara en 1650, con gran prisa y escándalo, para ir a defenderse
a España de las acusaciones que se le hacían por “gobernar” e impedir
el buen gobierno del nuevo presidente, quien en diversas cartas lo
denunció. Tras algún tiempo, parece que logró cierta reivindicación;
sin embargo, de doña Mariana perdemos la pista a partir de aquel año.
No obstante, las noticias de que gobernó tras el poder de su primer
marido y de que a la muerte de este continuó ejerciendo su dominio
causando gran escándalo y problemas al nuevo gobernador, demuestran
la gran importancia e inteligencia que tuvo esta mujer en Guadalajara
a mediados del siglo XVII. Sirva, pues, este relato, para visibilizar a tan
inteligente mujer.

1 Thomas Calvo. La Nueva Galicia en los siglos XVI y XVII. México: Centro de Estudios Mexicanos y
Centroamericanos, 1989, pp. 146-147.

41
Una disputa por el honor
en la Nueva Galicia

E n la memoria de los tapatíos ha quedado muy grabado el pleito


entre el presidente y gobernador de Nueva Galicia, el doctor
Alonso de Ceballos Villagutierre, y el obispo Juan de Santiago de León
y Garavito; ese conflicto se perpetuó en la historia gracias al licenciado
Mota Padilla, quien relató en su obra Historia del reino de Nueva Galicia en
la América Septentrional cómo ambos funcionarios fueron muy celosos
de sus jurisdicciones.1 Y  a en el siglo XX, también Juan B. Iguíniz2 y
Rubén Villaseñor Bordes3 comentaron y estudiaron dicha disputa.
Habría que decir que ambos jóvenes funcionarios ya se conocían y,
de hecho, tuvieron amistad en Salamanca, donde estudiaron. El obispo
Santiago de León y Garavito era cordobés y, tras esgresar de aquella
universidad, fue elegido canónigo de la catedral de Badajoz. Ocupó

1 Matías de la Mota Padilla. Historia del reino de Nueva Galicia en la América Septentrional. Guadalajara:
IJAH-INAH, UDG, Colección Histórica de Obras Facsimilares 3, 1973.
2 Juan B Iguíniz. Los gobernantes de Nueva Galicia, datos y documentos para sus biografías. Guadalajara:
Gobierno de Jalisco, Secretaría General, Unidad Editorial, 1981.
3 Rubén Villaseñor Bordes. “Un obispo y un presidente de Audiencia”. Historia Mexicana. Vol. 4, No.
1 (Jul. - Sep., 1954). El Colegio de Mexico. pp. 99-106 [Link]

43
distintos cargos y empleos, como los de gobernador y visitador del
obispado, y fue nombrado también diputado en la Corte. Se le designó
obispo de Puerto Rico, pero incluso antes de haberse hecho efectivo
tal nombramiento fue promovido al obispado de Guadalajara, en 1676,
por lo que pasó a tomar dicho cargo con treinta y cinco años.
Por su parte, el gobernador Ceballos Villagutierre egresó asimismo
de la Universidad de Salamanca y, luego de ser ordenado sacerdote,
fue nombrado fiscal de la Inquisición de México en 1673; tras poco
tiempo, se le otorgó la dignidad de presidente y gobernador de la
Audiencia de Nueva Galicia, con apenas cuarenta y ocho años.
Si bien Mota Padilla (que en su infancia vivió los hechos, o al
menos se los contaron), nos relata que el motivo del pleito fue lo
puntillosos que eran ambos con respecto a sus atribuciones, en un
largo expediente de 1679 se cuenta cómo se mandó hacer una
investigación de lo sucedido.4 En el informe aparece que el obispo
era amigo muy cercano de los oidores y que estos le “envenenaron
el oído”; por ello, al llegar el presidente a Guadalajara, el obispo no
lo quiso ir a ver, aduciendo que estaba visitando su diócesis, ni le dio
la bienvenida como representante de la autoridad real. Todo indica,
pues, que la desavenencia fue culpa de los oidores; el caso es que el
gobernador los reprendió y les prohibió visitar al obispo, por lo que
luego este, muy apurado, respondió mandando a un capellán con
chocolate y dulces a decirle que el que debía hacer la primera visita
era el presidente. El pleito siguió y creció por el modo en que, según
uno y otro, interpretaban las cédulas reales sobre el lugar que ocupaba
cada cual en las ceremonias y procesiones.

4 Cartas y proceso del presidente y obispo de Guadalajara. 1678- 1681. Archivo General de Indias,
GUADALAJARA,14, R.6, N.4.

44
Y si bien la Audiencia le daba la razón al presidente, ya que se
señaló que la dignidad de la misma se vio demeritada, tal institución,
que para ese entonces contaba con cinco oidores, se comenzó a dividir,
unos en favor de este y otros en favor del obispo. A su vez, la ciudad
y los oficiales reales se decantaron por darle la razón al presidente, así
como el cabildo eclesiástico por el obispo.
Al parecer, y en eso interviniero igualmente los oidores, se hizo
una consulta al Consejo de Indias y se mandó una cédula que ordenó
que se cumpliera otra de 1605, en la cual se establecían los lugares que
debían ocupar el presidente, la Audiencia, el obispo y los dos cabildos,
tanto el eclesiástico como el civil, en las ceremonias, por lo que a
regañadientes se avinieron ambos y se hicieron las respectivas visitas,
primero el obispo y luego el presidente, para posteriormente ir juntos
a recorrer la ciudad en carro.5
Dicha cédula mandaba que

• […] cuando el obispo y presidente concurrieren en procesiones y otros actos


eclesiásticos, el presidente pasare con la Audiencia y el obispo delante con su
clerecía atrás del preste que fuere revestido y luego se siga inmediatamente
presidente y Audiencia.
• Que al echar el agua bendita antes de la misa mayor se eche primero al
obispo y clerecía que estuvieren con él, estando juntos, y luego al presidente y
Audiencia.
• En cuanto si se ha de dejar el evangelio al presidente cuando se acabare de
decir, declaro que no, porque esto se ha de hacer con solas las personas de los
virreyes.

5 Ídem.

45
• Y en el dar de la paz, ordeno que estando en la capilla mayor el obispo se la
dé primero a él y después al presidente y estando el obispo en el coro salgan
juntas dos paces, una para el obispo y otra para el presidente.
• En cuanto a la persona que la ha de llevar [la falda del obispo], se guarde lo
que está dispuesto por el ceremonial.
• En cuanto si le han de llevar al obispo la falda alzada, declaro que en los
actos eclesiásticos al obispo le lleven la falda, aunque vayan ahí el presidente y
Audiencia, mas que no haya ahí si no el criado que la llevare, y cuando fuere
a las casas reales, se le lleve hasta la puerta del aposento donde estuviere el
presidente, y ahí la haga soltar, y el obispo ha de hacer el juramento que debe
de no tomar los derechos reales y de guardar mi patronazgo.
• Y que yendo a oír los divinos oficios el presidente con oidores en forma
de Audiencia a la iglesia Catedral, han de salir a recibirle por lo menos dos
prebendados de la dicha iglesia […]. 6

Sin embargo, la rencilla entre ambos continuó y se acrecentó por un


episodio acontecido en 1693,cuando un tal José Mercado fue perseguido
por el robo de cuatrocientos pesos, se refugió en el convento de san
Francisco y los alguaciles lo sacaron (con gran escándalo de los frailes)
mientras se controvertía la violación de inmunidad, por orden de dos
de los oidores. Ante esto, los frailes se quejaron con el obispo, quien
excomulgó a los dos oidores, aunque después, y gracias a que el fiscal
adujo ciertas disposiciones reales, se les levantó la excomunión. En el
transcurso de todo esto, al ladrón se le mandó ahorcar, pero camino
a la ejecución los estudiantes de la Compañía de Jesús arrebataron al
reo de los alguaciles y se lo llevaron al Colegio, por lo que varios otros
eclesiásticos se aliaron en contra de la Audiencia. Finalmente, esta ganó
el pleito y todo volvió a la normalidad.

6 Ídem.

46
En cuanto al doctor Ceballos, continuó como presidente hasta
1700, cuando fue nombrado presidente interino de Guatemala, si
bien murió apenas pasado un tiempo de haber tomado posesión. No
obstante, su largo periodo como gobernador de Nueva Galicia estuvo
caracterizado por los continuos pleitos con el obispo, ya que, aunque
con las nuevas cédulas la Audiencia no dio más problemas, por quince
años lidió con acusaciones diversas por parte de Santiago de León.
Ejemplo de las mismas es aquella carta del 26 de julio de 1692,7 donde
lo inculpó de vivir públicamente mal amistado con diferentes mujeres
y de tener hijos con algunas de ellas; también criticó su modo de vida,
incluido el hecho de haber convertido el palacio de gobierno en garito
público, instalando mesas de juego, naipes y caja.

Edificio del Seminario de San José, ahora el Museo Regional de Guadalajara.


“Liceo de Varones en donde estuvieron algunos presos” / Gustavo F. Solís.
Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH. [Link]

7 Carta de 26 de julio de 1692, AGI, GUADALAJARA, 232, L.7, F227V-230V.

47
En otra, del 16 de agosto de 1686, lo acusó de haber dado licencia
para que se corriesen toros en la plazuela del palacio viejo, con motivo
de una fiesta que hacían los mulatos de Guadalajara a la Santísima
Cruz. El obispo no solo se opuso a la misma, sino que denunció al
presidente de obstaculizar la celebración de los oficios divinos, ya que
dicha plazuela estaba anexa al convento de religiosas de Santa María de
Gracia y al de San Agustín.8 Así fueron otras muchas acusaciones, todas
en este tenor, lo que apunta más en el sentido del honor de ambos que
en el de la defensa de sus fueros, como lo señala Mota Padilla.9
El obispo murió en 1694, tras una grave enfermedad y sin poder
terminar uno de sus proyectos más importantes: el de la fundación del
Seminario de San José, en Guadalajara.

8 Carta de 16 de agosto de 1686, AGI, GUADALAJARA, 231, L.6, F71R-72V.


9 Matías de la Mota Padilla, op. cit., p. 398.

48
La visita a la Audiencia
de Guadalajara

E n 1635 se ordenó una visita a la institución más importante del


reino de Nueva Galicia: la Audiencia. Dicha visita, prácticamente
una investigación o auditoría, implicaba la llegada de un funcionario
externo mandado por el rey, quien indagaba e informaba de todo al
monarca; esta figura jurídica, de larga duración en el antiguo régimen,
fue una eficaz forma de controlar a los ministros del imperio.
De una carta se desprende que la razón de la visita fueron los
excesos que cometieron los oidores. Sin embargo, para entender
cuáles eran las razones de fondo es necesario tomar en cuenta la
situación en la que se encontraba la Audiencia, y es que, a más de
diez años desde la muerte del presidente Otalora (sucedida en 1624),
entre sus integrantes no había conformidad. Esto se debió a que la
Audiencia quedó con la presidencia vacante por casi cinco años, bajo
la dirección, y no el mando, de Bartolomé de la Canal, uno de los
primeros criollos en ser nombrado oidor. Hombre ya muy mayor, a
decir de las cartas y los memoriales, el licenciado de la Canal sumió
a la Audiencia en una especie de letargo en que nada se hacía, el que

49
Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralbo, décimo quinto virrey de la Nueva
España (1624-1635). Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH.
[Link]

50
resulta ser el origen de los problemas que dicha institución tuvo ya
bien entrado el año de 1632.
Fue el marqués de Cerralbo, virrey de Nueva España, quien informó
por una carta que mandó al rey sobre la llegada del nuevo presidente
de Guadalajara, diciendo que este, el licenciado Morquecho, era tan
viejo y estaba tan impedido por la gota y los achaques, que hacía lo que
podía, que era bien poco. Ya que tampoco los demás oidores eran tan
jóvenes (pues el menor de ellos, el licenciado Medrano, tendría ya unos
50 años, mientras que sus homónimos pasaban todos de los 70), no es
raro que en las mencionadas misivas y consultas abunden las quejas
sobre la Audiencia y sus ministros.
Estas quejas versan principalmente sobre tres materias concretas: el
hecho de que entre ellos no se ponían de acuerdo (situación que se
agravó con la llegada del nuevo presidente); su negación constante a
hacer las visitas al reino (las que acostumbraba hacer regularmente uno
de los oidores para impartir justicia en zonas alejadas de Guadalajara);
y, finalmente, aunque de forma menos concreta, las acusaciones de
favorecer a sus allegados.
En la correspondencia de los oidores y del presidente se puede
observar el trasfondo del desacuerdo; por una parte, el mal carácter del
licenciado Núñez Morquecho se deja ver ya desde una de las primeras
cartas, en la cual se quejó del nepotismo de los oidores, puesto que, a
falta de dirigente, empezaron a otorgar cargos a sus familiares (cosa no
poco frecuente, como es el caso del hermano del licenciado Medrano,
al que se le otorgó un corregimiento). Asimismo, afloraron situaciones
que por desidia se dejaron de solventar, entre otras, que no se mandaban
informes y no se resolvía la situación de otros funcionarios, como el
caso del corregidor de Zacatecas, a quien el presidente señalaba de
“enfermo y loco”, pues, entre otras cosas, tenía sin salir de su casa más
de dos años.

51
En un despacho del 20 de junio de 1629, relató el doctor Morquecho
cómo los oidores estaban tan encontrados y enemistados que admitían
recursos para no llevar los casos con ellos, por lo que el conflicto entre
los mismos y el presidente no se dejó esperar, de forma que el 29 de
junio los oidores Medrano, Chávez y Villacreses escribieron una carta
al rey.
Señalaban los oidores en la misiva que, a poco más de un mes de la
llegada del doctor Diego Núñez Morquecho, comenzó este a hacerles
sobradas demostraciones de desafición y desabrimiento; esto, porque
le molestó mucho que la Audiencia no hubiera enviado a ninguna
persona a México para que lo recibiera y acompañara en el viaje
hasta Guadalajara, ante lo cual los oidores se justificaron diciendo que
todo había sido muy apresurado. A lo anterior, agregaron el relato del
incidente que sucedió en Catedral el primer día de pascua, cuando,
una vez llegado a esta ciudad, el doctor Morquecho hizo poner su
silla por delante de la Audiencia y no a la par, como era costumbre,
suscitando el enojo de los ministros.
En consecuencia, entre otras cosas, los ministros y el presidente
comenzaron con problemas de jurisdicción sobre las labores de
gobierno y justicia propias de la Audiencia, de modo que el doctor
Morquecho ordenó que todo lo de gobierno lo viera solo él, ante lo
que los oidores señalaron que se exasperaba con ellos, con las partes
y con sus abogados; además, apuntaron con coraje que en los pleitos
de justicia no los dejaba votar con libertad y los insultaba si no le
obedecían.
Asimismo, realizaron señalamientos sobre el estado de salud del
presidente y cómo se conducía, ya que tenía serios problemas que
le impedían realizar todas sus funciones y apenas si podía trabajar;
por los mismos achaques bajaba tarde a la Audiencia y los hacía
esperar mucho tiempo, y sucedía igual en la capilla donde se decía

52
misa. También contaron cómo el dicho presidente mostraba mucho
disgusto por haber venido a esta Guadalajara, diciendo incluso
que “daría diez mil pesos por no haber venido acá” y que estaba
arrepentido de aceptar la plaza.
Efectivamente, todo parece indicar que una de las razones de los
problemas fue la avanzada edad de los ministros. De hecho, en el
expediente se encuentra una serie de cartas del presidente Morquecho
en las que se queja de que nadie quería hacer la visita al reino desde
hacía nueve años. Sin embargo, junto con las cartas del presidente
aparecen las excusas de los oidores para no hacer tal recorrido; así, el
licenciado Medrano se excusó señalando que muchas veces hacía sala
solo, ya que estaba el presidente tan impedido y tullido del mal de
gota y por la vejez, que en una silla de manos lo tenían que subir a los
estrados reales dos de sus esclavos negros.
Enterado ya de los pleitos entre los oidores y el presidente, el 31 de
marzo de 1631 escribió el virrey marqués de Cerralbo para informar
cómo en Guadalajara había grandes encuentros entre el licenciado
Diego Núñez Morquecho y don Antonio de Villacreces, oidor, y cómo
ambos le dirigieron cartas, de manera que, como él se encontraba
sin jurisdicción para dar las órdenes precisas, solo pudo decir lo que
sentía. Afirmó el virrey que por aquí tenían poco que hacer y que se
entretenían con discordias que no habían faltado desde que él había
llegado a la Nueva España, por lo que terminó opinando que lo mejor
era quitar la Audiencia de Guadalajara.
Poco tiempo después murió el licenciado Morquecho, en enero de
1632, y luego el licenciado Villacreces, el 3 de enero 1633. Durante ese
año, las cartas remitidas a España apenas si eran firmadas por el antiguo
fiscal, el Dr. Damián Gentil de Parraga, quien fue nombrado oidor. De
esta forma, la institución quedó casi acéfala hasta la llegada, a finales del

53
año de 1632, de los nuevos oidores, el Dr. Antonio de Salazar y el Lic.
Francisco de Medrano y Pacheco.
En esa misma época se nombró como presidente de Nueva Galicia
a otro oidor de Lima, Alonso Pérez de Salazar y Rosales, quien declinó,
mediante carta del 8 de marzo de 1634, en la ciudad de los Reyes.
Así las cosas, al tiempo de la visita (casi nueve años después de
los hechos que la motivaron) se entiende por qué el virrey pidió al
visitador que se concentrara en la segunda parte de la cédula, en la que
se señalaba que el mismo debía dar su opinión sobre la conveniencia
de suprimir o no la Audiencia.
De ahí, pues, que se haya procurado realizar la visita no tanto por el
castigo de los excesos de los ministros en lo particular, que ya estaban
muertos, sino que se buscaba obtener una solución para la tan poco
eficiente institución y, de decidir mantenerla, encontrar la forma en
que sería mejor gobernarla; por lo anterior, tras la muerte de don
Francisco de Quiroga, el primer oidor designado para hacer la visita,
se nombró al licenciado Francisco de Rojas para evaluar la viabilidad
de la misma.
Francisco de Rojas y Oñate, bautizado en Madrid en el año de
1588 y oidor de México a partir del año de 1626, volvía de hacer
una visita a la Audiencia de Filipinas cuando se le nombró para esta
comisión. Hombre de 50 años, se quejó y buscó no hacer la visita
debido a su edad y sus continuos achaques provocados por el viaje a
aquellas tierras; finalmente, fue el designado por el virrey y, a pesar de
las excusas, se le obligó a acudir a Guadalajara.
Llegó el señor visitador en febrero de 1638 y comenzó con su
trabajo; sin embargo, se topó con la oposición (nada rara) de los
visitados. Primero, con la del recientemente nombrado presidente
Canseco y Quiñones, quien se extrañó de la necesidad de la visita, ya
que a su parecer el virrey no debió mandarla.

54
Palacio de Medrano, nombre que adquirió dicha finca tras la compra
y remodelación por dicho oidor. Se encontraba en donde hoy está ubicada
la Arena Coliseo, pero fue destruida a principios del siglo XX.
Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH. [Link]

Juan de Canseco y Quiñones, natural de León, fue alcalde del crimen


en México y oidor de la misma ciudad, por lo que conoció las visitas
efectuadas a aquella. Nombrado presidente de Guadalajara en enero
de 1636, sus argumentos para evitar la visita fueron principalmente
de índole económico, si bien posteriormente intentó salirse de la
jurisdicción del visitador.

55
Una vez resuelto el asunto del presidente y otras contradicciones
hechas por el fiscal al virrey (pues, como decíamos, se alegó que este
no tenía jurisdicción para nombrar un nuevo visitador), el licenciado
Rojas procedió con su trabajo, no sin antes imponerles sendas multas
al fiscal y al escribano por orden de aquel. No obstante, el único oidor
que opuso una mayor resistencia a la visita fue el licenciado Francisco
de Medrano y Pacheco, quien, como el ministro más antiguo, tenía
ciertas prerrogativas, por lo que interpuso ante la misma Audiencia una
serie de recursos para interrumpir y no permitir la auditoría, pero el
visitador anuló todo lo actuado por el oidor.
En primer término, Francisco de Rojas revisó el archivo para ver
los pleitos existentes; comenzó por los asuntos fiscales, entre los que
incluyó las residencias, y que en total resultaron 206, mismos que
remitió al fiscal para que los prosiguiese; continuó con los del juzgado
de difuntos, de los cuales 115 estaban parados y entre todos no se
adeudaban ni 26 mil pesos, por lo que procedió a que se cobraran; de
los pleitos civiles y criminales refirió que eran 596 casos pendientes,
tanto de poca como de mucha importancia.
El visitador, desde un principio, se decantó por la conservación
de la Audiencia y defendió su puesto en la ciudad de Guadalajara, ya
que este creía que era el más propicio por encontrarse equidistante
de Zacatecas, Hostotipac, Lagos, Ávalos, Amula, Zapotlán, Autlán
y Durango, con lo que se conseguía administrar justicia a todos los
vasallos con mayor comodidad.
Posteriormente justificó que, si bien la Audiencia llevaba pocos
casos, su mayor aporte era la población y pacificación de la provincia,
así como la conversión de los naturales, remarcando que la razón de
faltar los dichos pleitos, principalmente los criminales, nacía del miedo
y del respeto que se le tenía, pues su autoridad bastaba para frenar a
los delincuentes y a la gente vagabunda y facinerosa, la cual abundaba,

56
según él, ya que al ser Nueva Galicia el límite de los reinos de su
majestad, se hacía receptora de todo este género de gente, que llegaba
huyendo.
Finalmente, argumentó que la experiencia había mostrado, en
los casos de la supresión de las Audiencias de Filipinas y Chile, las
inconveniencias que esto había ocasionado, y cómo tuvieron que
volverlas a fundar. Le recordó, además, a su majestad cómo en aquellas
ocasiones se quitaron por las mismas razones por las que entonces se
intentaba quitar la de Guadalajara, “ociosidad y gasto”, y, sin embargo,
aquellas tenían una jurisdicción menor que esta.
Una vez dadas sus impresiones y opiniones, claramente a favor de
mantenerla, el visitador pasó a señalar en seis capítulos las medidas que
él sugería que podían combatir sus males si esta se conservaba. Sugirió,
en primer lugar, reformar la disposición de que, vacada la presidencia,
el gobierno pasara a la Audiencia en su conjunto, ya que esto era lo que
más graves daños había provocado en los últimos años. Propuso que, si
así ocurría, quedara el decano al mando de la institución, y recomendó
encarecidamente que el nombramiento de presidentes tardara el menor
tiempo posible, por lo que solicitó que se designaran como presidentes
a los oidores de México para que esta no quedara sin cabeza.
Así, finalmente, el visitador pidió que se le hiciera justicia y se le
permitiera volver a su plaza de oidor en México. Por documentos
hallados, pudimos conocer que continuó como tal e incluso, en 1647,
se le promovió a presidente de la Audiencia de Charcas, cargo que
declinó.
La información del visitador Rojas fue, sin duda alguna, la más
autorizada y completa de las que llegaron al Consejo de Indias, ya que
al año de su visita se trató de tomar una determinación por petición
expresa del duque de Escalona, quien en carta de 25 de noviembre
de 1640 señaló que la Audiencia “causa más embargo que provecho”.

57
Diego López Pacheco, duque de Escalona, virrey de Nueva España (1640-1642).
Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH. [Link]

58
De ahí que el Consejo decidiera estudiar el caso, y su decisión de que
de momento no convenía quitar la Audiencia fue en buena medida
gracias al informe del visitador.
Sin embargo, por decisión real, se pidieron más informes de distintas
autoridades y se emitió la cédula de 12 de febrero de 1642, en la que el
rey ordenó a su primo, el duque de Escalona, para entonces virrey de
Nueva España, que mandara los informes para determinar si había de
extinguirse o no la Audiencia de Guadalajara.
Lamentablemente, el dicho virrey no pudo mandarlos por algunos
conflictos políticos externos (la anexión de Portugal por España) y fue
su sucesor, el Conde de Salvatierra, quien contestó, en una carta de 21
de febrero de 1645, que para él la Audiencia debía desaparecer, ya que
solo se ocupaba en pelear y competir sus jurisdicciones en las materias
de hacienda y guerra con los virreyes, que las tenían encargadas.
Por su parte, el fiscal de Guadalajara, el Dr. Jerónimo de Alzate (del
que ya hablamos en otro relato) se decantó, el 12 de febrero de 1645,
por la supresión de la Audiencia. Así lo expresó en un capítulo de carta
en el que reiteró que en ella había muy pocos negocios, por lo que
de ordinario sobraban las dos horas del tiempo de asistencia al que
estaban obligados los oidores; sobre todo porque, en reciente fecha, se
le habían suprimido al presidente la superintendencia de la hacienda y
la de guerra, que le solían estar agregadas. Por tanto, opinó que lo más
conveniente sería eliminarla y sujetarla a la de México.
Juan de Palafox y Mendoza, obispo de Puebla y virrey interino,
también dio su opinión a favor de la supresión, contestando a la cédula,
en una carta del 9 de enero de 1649, que en pasadas ocasiones, cuando
el asunto sobre la extinción de la Audiencia se trató en el Consejo
(hacía más de veinte años), siempre fue del parecer que convenía su
permanencia; sin embargo, había cambiado de opinión después de
haber visto su situación, los pocos españoles y pleitos que había en ella,

59
García Sarmiento de Sotomayor, Conde de Salvatierra, décimo noveno virrey
de Nueva España. Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH.
[Link]

60
Juan de Palafox y Mendoza, virrey de Nueva España, arzobismo de México y obispo
de Puebla. Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH.
[Link]

61
así como las muchas discordias que
se levantaban y formaban entre la
Audiencia, los virreyes y los goberna-
dores de la Nueva Vizcaya.
Finalmente, Palafox recalcó que los
pocos pleitos que se formaban en este
distrito y las poquísimas apelaciones
podían fácilmente ir a la Audiencia de
México, que no estaba más lejos de
muchas partes que la de Guadalajara,
y que esto ahorraría mucho dinero y
tiempo.
De la misma opinión fue el
arzobispo de México, Juan de Ma-
ñozca y Zamora, quien se decantó
por la supresión de la Audiencia en
Juan de Mañozca y Zamora, una carta del 12 de mayo de 1649,
arzobispo de México en 1643. eso sí, tras consultar a personas
Fuente: Instituto Nacional de
“entendidas y con experiencia”, por
Antropología e Historia. Mediateca
INAH. [Link] lo que dio las siguientes razones:
primeramente, señaló que la distancia
no era ningún problema y dio cuenta de cómo Guadalajara, a su juicio,
estaba muy cerca de México, y ya que los pleitos eran pocos y se
dilataban aquí, bien podrían estos acudir a México a pedir justicia
con mayor comodidad, ya que al no ser vecinos de México serían
atendidos con mayor justicia; en segundo lugar, que la Audiencia de
Guadalajara, por los pocos pleitos que tenía, no servía más que para
causar litigios y revoluciones entre los oidores y el virrey, por lo que
valoró que era de mucha conveniencia el consumirla, poniendo en su

62
lugar un gobernador que condujera todo lo que tocare a este obispado,
con las apelaciones a aquella corte.
También la Audiencia de México fue consultada, y esta fue la única
institución que defendió la existencia de su homónima. De tal manera
lo hizo en carta del 23 de marzo de 1649, en la que señalaba, entre
otras cosas, el problema que se tendría al nombrar un gobernador,
pues al ser temporal, darían ventajas y beneficios a sus familiares y
amigos, sin tener oposición como se tenía con la Audiencia; además,
remarcó lo extendido del reino y que las poblaciones eran lejanas entre
sí. Finalmente, coincidió con el oidor Rojas en que tenía por eficaz a
la Audiencia, cuya su falta de pleitos se debía al temor y freno de los
delincuentes a ser castigados, así como el hecho de que su distrito era
mucho más grande y poblado que cuando se fundó.
Todo, pues, nos indica que se siguió la recomendación de la
Audiencia de México y del visitador, ya que la idea de suprimir la
Real Audiencia de Nueva Galicia dejó de aparecer en las cédulas, y esta
institución continuó trabajando de la forma que estilaba.
Y es que la Audiencia, a fin de cuentas, era la única institución capaz
de mantener la paz, al menos en el imaginario de la época, pues quedaba
como la única autoridad letrada en un territorio donde mandaban los
obispos, gobernadores, corregidores, alcaldes y encomenderos con total
libertad a causa de la lejanía. La corona necesitaba una institución, por
más pequeña, ociosa y costosa que esta pareciera a ojos de los demás
ministros, encabezada por burócratas leales en un territorio en vías de
expansión y crecimiento, por lo que ese fue el argumento decisorio del
Consejo de Indias: si la Audiencia de Nueva Galicia fue necesaria en el
siglo XVI, cuando se creó, ¿cómo no iba serlo en el XVII, cuando ya era
mucho más grande y estaba mucho más poblada?

63
El viejo presidente Santiago de Vera
y su médico

P robablemente ninguno de los presidentes gobernadores letrados


de Guadalajara tuvo una carrera tan larga e importante como
la tuvo Santiago de Vera. Nacido en Madrid, graduado de bachiller,
licenciado y luego doctor, fue nombrado oidor de la Real Audiencia
de Santo Domingo en 1568, por lo que se embarcaría al año siguiente
junto con su mujer, Isabel Rodríguez, y sus hijos.
Poco tiempo sirvió en dicha Audiencia, pues fue suspendido por
un par de años tras una visita; sin embargo, poco después, en 1573, se le
designó oidor de la Real Audiencia de Nueva Galicia, en donde apenas
sirvió cinco años, hasta que se le promovió a alcalde del Crimen de la
Real Audiencia de la ciudad de México.
En 1582 fue nombrado rector de la Real y Pontificia Universidad
de México,1 y cuando en 1583 se decidió que se estableciera una
Audiencia en la ciudad de Manila, fue nombrado como su primer
presidente; además, se le concedieron los empleos de gobernador y

1 María Carreño Alberto. La Real y Pontificia Universidad de México, 1536-1865. México D.F.: Univer-
sidad Nacional Autónoma de México, 1961, p. 207.

65
Mapa de la bahía de Manila y ensenada de Súbic.
Fuente: Ministerio de Cultura y Deporte, Portal de Archivos Españoles PARES, ES.41091.
AGI//MP-FILIPINAS, 146. [Link]

capitán general de Filipinas. Embarcó en Acapulco en 1584, mismo año


en que inauguró el tribunal. Debió hacer grandes progresos en Manila,
porque el Consejo de Indias, en 1588, lo destinó como oidor de la
Real Audiencia de México. Poco antes de partir a México enviudó, y
ya en aquella ciudad sirvió por poco tiempo en dicha plaza, pues se le
nombró presidente de la Real Audiencia de Nueva Galicia, a donde
llegó a finales de 1593.
Llegó, pues, a Guadalajara, a una edad avanzada, como premio a
sus servicios. Si bien se preocupó por la pacificación de la provincia
de Huainamota y por defender su dignidad frente a los oidores que

66
Patio de la Real y Pontificia Universidad de México, al fondo a la izquierda
se encuentra la Coatlicue / Pedro Gualdi. Mediados del siglo XIX. Fotografía del libro
de Miguel Ángel Fernández, Historia de los museos de México.
Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH. [Link]

le quisieron quitar el mando del reino, su principal interés durante su


largo gobierno fue pedir en numerosas ocasiones ante el Consejo de
Indias la remuneración de sus funciones, en él y en sus hijos, además de
solicitar continuamente su jubilación por sus muchos achaques.

67
Fue a principios del siglo XVII cuando, por su edad y mala salud, la
Audiencia contrató a uno de los mejores médicos de su época, el Dr.
Juan de Cárdenas, que a la razón trabajaba en el hospital de la ciudad.
Juan de Cárdenas nació cerca de Sevilla y llegó a Nueva España
a la edad de catorce años, en torno a 1577. En la recientemente
fundada universidad novohispana estudió artes y medicina; ya desde
1584 ejercía su profesión de médico en Guadalajara, donde trabajó en
el Hospital de San Miguel, antecesor del Hospital Civil. En 1588 se
estableció en la ciudad de México, donde continuó en el ejercicio y
el magisterio de la medicina, aunque parece que de continuo acudía
a Guadalajara a tratar pacientes. El Dr. Cárdenas es recordado por su
libro sobre historia natural publicado en 1591, la Primera parte de los
problemas y secretos maravillosos de las Indias, dedicada al entonces virrey
Luis de Velasco.
Si bien el doctor Thomas Calvo ha estudiado ampliamente la
personalidad del doctor Vera y cómo, mediante una serie de agregados
y parientes, logró gobernar la Nueva Galicia,2 en esta ocasión
quisiéramos hablar de los últimos días del viejo presidente.
Hombre sumamente preparado, gobernó con mano firme, aunque
con no pocos problemas; entre ellos, la falta de agua de Guadalajara y lo
poco poblada que estaba. Así, organizó que parte de lo que se cobraba
de impuestos de la carne y el vino fuera destinado a obra pública,
para con esto abastecer de agua a los vecinos. Ya hacia el final de su
vida, pareciera que el doctor Vera empezó a dejarse gobernar por sus
parientes y a tener problemas con la Audiencia debido al nepotismo
por el cual se caracterizó, por lo que entre 1602 y 1605 abundaron las
quejas al respecto.

2 Thomas Calvo, Poder Religión y Sociedad en la Guadalajara del siglo XVII, Guadalajara, 1991. pp. 20 a
33. Así como La Nueva Galicia en los siglos XVI y XVII. Traducción de Ma. De la Luz Ayala. Guada-
lajara: El Colegio de Jalisco, CEMCA, 1989, pp. 135-157.

68
Portada de la Primera parte de los problemas y secretos maravillosos de las Indias.
Compuesta por el Doctor Juan de Cárdenas, médico.
Fuente: Biblioteca digital hispánica, Biblioteca nacional de España. [Link]

69
En 1603, el doctor Vera dio nueva cuenta al rey de sus achaques, de
sus muchos años y de la necesidad de su jubilación; también remarcó
el hecho de que los oidores pretendieron quitarle el gobierno debido
a que se había hecho costumbre que la Audiencia fuera cogobernada
por todos los ministros, pues por un largo tiempo no se había tenido
presidente gobernador en la región, ya que tras la muerte del anterior
quedó vacante la presidencia de la Audiencia durante casi doce años.
Ante esto, el rey tuvo que manar una cédula expresa para que fuera
el presidente el único en gobernar; así lo señaló el propio Vera en 1604,
al decir “[…] que los oidores de esta Audiencia pretendieron tener la
gobernación del reino y que con ellos y no solo yo la tuviese […] por
lo que se mandó que lo oidores no se entrometiesen ni me impidiesen
en ella, de que relación dio gusto y me van a la mano de suerte que
muchas veces no me dejan gobernar con libertad”.3
Para el año de 1606, escribió el oidor Juan Páez de Vallecillo
con relación a por qué no había hecho la visita del reino que se le
encomendó, señalando que esto se debió a la salud de los miembros
de la Audiencia, la muerte del fiscal y, finalmente, la del doctor Vera,
por lo que él había tenido que hacer audiencia solo; así lo relató en su
carta de 15 de abril:

[…] cayeron juntos malos de calenturas los licenciados Pareja y Fuente y el


presidente estaba por sus ordinarios achaques también en cama y así hube de
hacer solo algunos días de audiencia y acudir a los demás ministerios de mi
oficio, y por verme solo se avino el presidente a bajar a los estrados, después de
algunos días lo hizo también el doctor Pareja, aunque achacoso como lo está
todavía. El presidente volvió a recaer, y a los 30 de diciembre fue nuestro señor

3 Carta de la Audiencia de 10 de abril de 1604, AGI, GUADALAJARA,7, R.2, N.14.

70
servido de llevárselo de esta vida, y a los 23 de agosto antes murió también el
fiscal […].4

Murió, pues, el viejo presidente, quien fue enterrado en el templo de


san Agustín, y poco después el médico Juan de Cárdenas tuvo que
presentar una demanda ante la Audiencia para exigir que de los bienes
que quedaron del dicho letrado se le pagaran sus honorarios y los
medicamentos utilizados en su larga enfermedad, todo por un valor
de ochenta y tres pesos y seis tomines. Dentro de la extensa lista de
medicamentos que el doctor presentó, resalta una gran cantidad de
vino y aguardiente, así como una curiosa receta que se mandó dar
al presidente para sus males cardiacos, la cual consistía en “polvos de
dianmbra, de dianton, diamargariton y polvos de coral, así como polvos
de rosa y sándalos”.5
Moriría al poco tiempo el célebre galeno en la ciudad de México,
a los cuarenta y seis años de edad.6 Sirva, pues, este breve relato para
recordar cómo estas dos personalidades coincidieron, en sus últimos
días, en la entonces pequeña ciudad de Guadalajara.

4 Carta de la Audiencia de 15 de abril de 1606, AGI, GUADALAJARA, 7, R.4, N.32.


5 “Petición de Juan de Cárdenas para que, de los bienes del presidente de la Real Audiencia, difunto,
se le paguen los medicamentos requeridos para la enfermedad”. BPEJ, ARANG, Ramo Civil, Caja
3, Expediente 3, Progresivo 32, año 1606.
6 Carlos Viesca Treviño, “Hechizos y hierbas mágicas en la obra de Juan de Cárdenas”, Estudios de
historia novohispana, vol. 9, núm. 9, 1987. [Link]
article/view/3308/2863

71
La cárcel de corte

L as Ordenanzas de Monzón fueron una serie de disposiciones


legales para la regulación de las Audiencias Americanas que luego
se incorporaron a las Leyes de Indias; ambas mandaban que en cada
una de las ciudades donde residiere una Audiencia debía haber una casa
“[…] donde esté y habite el presidente y oidores y esté nuestro sello
y registro, y la cárcel y alcaide de ella”.1 Si bien, a partir de la década
de 1650, la Real Audiencia de Guadalajara se ubicó nominalmente
en donde hoy día se encuentra el Palacio de Gobierno del estado de
Jalisco, su sitio en sus primeros noventa años no está del todo claro.
Aunque ya desde marzo de 1574 el doctor Orozco manifestó la
necesidad de un inmueble para la Audiencia y la cárcel, debido a la
pobreza del reino no se pudo contar con uno; 2 un año después, sin
embargo, lograron comprarse unas casas y solares, siendo a un lado
del actual templo y exconvento de san Agustín donde la Audiencia se

1 Felipe II en Monzón, a 4 de octubre de 1563.


2 Carta del doctor Orozco al rey de 16 de marzo de 1574. AGI, GUADALAJARA, 5, R. 16, N.39.

73
Palacio de Gobierno de Jalisco. Ca. 1910.
Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH. [Link]

instaló por un tiempo. De este periodo sabemos por un testimonio del


fiscal Gaspar de Chávez y Sotomayor, quien, en 1608, señaló que el
edifico era muy antiguo y frágil, hecho de adobes y mal parado, y del
cual habían sucedido muchas fugas de presos, por lo que se acordó que
se hiciese una cárcel dentro de las mismas casas reales y que, así mismo,
se diese y edificase en ellas un lugar para los oficiales, para guardar y
cobrar la real hacienda y tenerlos más cerca. Además, se previó que del
dinero de la venta de la vieja cárcel y de los demás gastos de justicia
y penas de cámara se fuese edificando la nueva, porque decía el fiscal
que los presos y la Audiencia estaban tan distantes que incluso se tenían

74
que pagar al capellán trescientos pesos para ir a darles los sacramentos,
de manera que si la cárcel estuviera cerca, los presos podrían oír misa
desde una ventana en la capilla sin ser vistos de los de la real Audiencia
ni ellos de los presos, y así se salvaban las apariencias y el gasto del
capellán.3
Así las cosas, la cárcel de corte quedó contigua a la Audiencia hasta
la mudanza al actual solar que ocupa el Palacio de Gobierno; esto,
en tiempos del Dr. Baeza (1643-1654), quien relató que, luego de
llegar a Guadalajara, se le presentó el Cabildo para manifestarse sobre
la conveniencia de mudar las casas reales de donde estaban a la plaza
principal, y le propuso distintos beneficios para el real despacho y la
comodidad de los negociantes, así como para “cuestiones de ornato y
lustre” de la ciudad.
Por tal motivo, remitió dicha consulta al real acuerdo, y una vez
conforme el fiscal por las cédulas reales y ordenanzas, y porque el
gasto de reparar el antiguo palacio hubiera sido excesivo, se tomó la
resolución de mudar las casas reales. La descripción del viejo inmueble
es bastante triste; señalaba el Cabildo que era muy sabida la antigüedad
del edificio y mayor el peligro de que se cayera, pues contaba cómo

[…] con muy pequeño movimiento que se haga en sus cuartos, también, porque
el maderamen está en muchas partes apolillado, y todo el cuarto principal de
vivienda inclinado hacia la parte oriente y sostenido con unos estribos, que
es remedio momentáneo o poco durable, pues de verdad no es suficiente a
sustentar tanta máquina, y si se tratara de reparar como conviene, es menester
casi hacerlo de nuevo […]. 4

3 Carta del fiscal de Guadalajara, Gaspar de Chávez y Sotomayor al rey de 20 de octubre de 1608.
AGI, GUADALAJARA, 8, R.1, N.12.
4 Ídem.

75
Fachada de la Cárcel Real de Sevilla hacia la calle Sierpes. Plano de Juan Navarro. Ca.1714.
Fuente: Wikimedia Commons, the free media repository. 9 Oct. 2020. [Link]

Ya una vez mudados al nuevo edificio, fue la cárcel de corte una tranquila,
sin muchos movimientos; según los testimonios que tenemos por las
visitas e interrogatorios que realizaban los oidores a los prisioneros,
normalmente los sábados, apenas cinco o seis presos estaban ahí.
Por un relato de la época, “El Pasajero”, de Cristóbal Suárez de
Figueroa, escrito en 1617, nos podemos dar una idea de las prisiones
del antiguo régimen, en este caso, de las cárceles en España; así lo
contaba:

Por ligerísima ocasión, venga la cárcel, los grillos, el calabozo; molestias dadas
solo con fin de apartar el pellejo de la carne y poner en los dientes el espíritu
del afligido, que ya no le falta sino espirar del todo. Del modo que se suelen
convocar todos los perrazos de una calle para despedazar al perrillo forastero que
pasa por ella, así, en llegando a tocar cualquier miserable los límites de alguna

76
plazuela, las gradas de algún tribunal, no se ven sino juntas de mordedores, para
consumirle y destrozarle. El carcelero, el procurador, el solicitante, el escribiente,
y, sobre todo, el abogado, escribano y juez, arañazos de mayor cuantía. Adviértase
qué tal puede quedar quien pasa por tantos colmillos, quien es chupado de tantas
sanguijuelas: sin sangre al fin, sin sustancia, sin vida.5

Otro autor, Cristóbal de Chaves, en su Relación de la Cárcel de Sevilla,


escrita entre 1585 y 1597, nos cuenta sobre las cárceles de aquella
época, en las que

Antes que amanece hay muchos procuradores que llaman de abajo, que entran
en la cárcel a saber los presos que han entrado de noche.Y hay un lenguaje entre
ellos extraño: ¿Acá está vuestra merced? ¿Pues, por qué, señor? Ríase vuestra
merced de eso; calle, dé acá dineros que yo lo soltaré luego. El escribano y el juez
son mis amigos y no hacen más de lo que yo quiero.6

Sin embargo, en estos lares, todo indica que el clima tranquilo y la poca
población hacían de Guadalajara una ciudad pacífica, “corta”, como
señalan las autoridades de la época, y donde, a diferencia de nuestro
sistema penal actual, que busca la “readaptación social” de los culpables,
el proceso criminal y civil hispano (que también ameritaba, en algunos
casos, cárcel), fue un sistema meramente de detención; es decir, solo
se detenía al inculpado durante el proceso. Después de las sentencias
no existían penas de prisión, sino que generalmente eran pecuniarias
y, en los casos más graves, el destierro y la muerte. Si bien existían los

5 “El Pasajero. Advertencias utilísimas para la vida humana”, por el Dr. Christóbal de Suárez de
Figueroa, Madrid, Luis Sánchez, 1617.
6 “Relación de las Cosas de la Cárcel de Sevilla y su trato”. Cristóbal de Chaves, p. 72, apud. Fernan-
do Rodríguez de la Flor. Mundo simbólico. Poética, política y teúrgia en el barroco hispano. Madrid: Akal
Universitaria, 2012, p. 188.

77
Relación de visitas hechas por los oidores de la Real Audiencia a la cárcel real
entre los meses de junio y a septiembre de 1650.
Fuente: BPEJ, ARANG. Ramo Civil Caja 12, Expediente 20, Progresivo 175, Año 1650.

78
trapiches y los presidios donde se cumplían las penas, este no era el
caso de la cárcel real, que solo fungía como prisión preventiva.
Muestra de los pocos presos que tenía dicha cárcel a mediados del
siglo XVII la podemos ver en los documentos que hablan de la visita
hecha por dos de los oidores el 7 de marzo de 1650, donde constan
apenas seis presos: tres españoles, un mulato y dos indígenas.
En otros testimonios de finales del siglo XVII, en los que el antiguo
alcaide de la cárcel de Guadalajara remata su oficio (es decir, que vende
su cargo), y en los que proporciona una lista de los bienes que custodia
para ser otorgados al futuro comprador, se muestra el pobre inventario
de lo que entregó. Entre los pocos bienes muebles de la cárcel de la
real Audiencia de Guadalajara que estaban bajo su cuidado (y que nos
hablan del trato que recibían quienes por ahí pasaban) se enuncian los
siguientes:

• Diez pares de grillos grandes


• Los aros en que se pegan las cadenas y entre ellas una del pescuezo
• Dos cadenas gruesas la una con remache y la otra con cuentas
• Una chapa de hierro y un martillo con que se machacan los grillos
• El burro de dar tormento con su cincho de hierro
• Un candado grande del calabozo grande
• Otro chico del poste
• Una penca de azotar
• Dos hábitos de la misericordia de sayal blanco, uno con sus monterillas.7

7 “Solicitudes para el oficio de Alcalde de la Real Cárcel”, BPEJ, ARANG, Ramo Civil Caja 41,
Expediente 10, Progresivo 549, Año 1698.

79
Suplicio Inquisitorial, grabado. Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia.
Mediateca INAH. [Link]

80
La justicia en la Nueva Galicia
a principios del siglo xvii

A principios del siglo XVII, el reino de Nueva Galicia se ubicaba en


el límite septentrional de las posesiones de la corona española del
Nuevo Mundo.  Al norte, sus límites estaban en proceso de exploración
y conquista, si bien al sur colindaba con la jurisdicción civil del Reino
de Nueva España y el obispado de Michoacán, aunque cabe destacar
que dichas demarcaciones eran un poco más precisas.
En 1621, Domingo Lázaro de Arregui escribió una descripción
geográfica de la Nueva Galicia con el objeto de hacer una división
entre el obispado de Guadalajara y una nueva sede episcopal; al hablar
del Reino de Nueva Galicia señalaba que tenía por límite, por la parte
oriental, la Nueva España; por la más occidental de ella, la provincia
de Michoacán y la provincia de Ávalos; y por la parte septentrional,
el Nuevo Reino de León y el de la Nueva Vizcaya, “que corre por
aquella parte al occidente hasta tocar el mar del sur en las provincias de
Sinaloa, de donde, por la parte occidental y austral, le ciñe el dicho mar

81
Mapa de la zona occidental del virreinato, procedente del Nuevo atlas o Theatro del
mvndo de Janssonio publicado en 1653. Fuente: Sociedades en construcción, la Nueva Galicia según
las visitas de oidores, (1606-1616). Jean-Pierre Berthe,Thomas Calvo, Águeda Jiménez Pelayo.
Centro de estudios mexicanos y [Link] Edition Books.
[Link]

hasta que en la provincia de Autlán vuelve a tocar a la Nueva España”.1


Este reino incluía, así, las 150 leguas de longitud que tenía desde la
laguna de Chapala a los últimos términos de la provincia de Culiacán,
y otras tantas que había del valle de Banderas, costa del mar del sur, a

1 Domingo Lázaro de Arregui. Descripción de la Nueva Galicia. François Chevalier (editor), Sevilla:
Escuela de Estudios Hispano-Americanos de la Universidad de Sevilla, 1946, p.7.

82
los últimos de la jurisdicción del Mazapil, que lindaba con el Nuevo
Reino de León, tierra que al norte corría por la Florida.
La demarcación de la Nueva Galicia se dividía en ese entonces en
jurisdicciones o partidos, los cuales variaban; a principios del mismo
siglo tenía diecinueve alcaldías mayores y siete corregimientos, siendo
la ciudad de Guadalajara la sede de la Audiencia, además de las tres
provincias subordinadas a ella: Culiacán, Chamela y Sinaloa.
Sin embargo, la jurisdicción superior la tenía la Real Audiencia, es
decir, que llevaba las materias civil y criminal (la última de las cuales
es la que nos interesa), por lo que conocía de las apelaciones y casos
graves de los alcaldes y corregidores en ambas materias, quienes las
veían en primera instancia. La Audiencia también tenía jurisdicción
en primera instancia o grado en los casos de Corte y en todo lo que
pasara a cierta distancia a la redonda de Guadalajara, y en segundo
grado conocía de todas las apelaciones de los jueces inferiores, aunque
hay que aclarar, como lo señalan María del Refugio González y Teresa
Lozano al hablar de la administración de justicia en Nueva España, que

dentro de este complejo mosaico administrativo y de gobierno, la administración


de justicia provincial o local se hallaba en manos de gobernadores, alcaldes
mayores y corregidores. En las más alejadas zonas del norte esa misma función
correspondía a la autoridad española, aunque fuera religiosa, de la más alta
jerarquía que hubiera en la [Link] es el caso de los presidios y las misiones.2

¿Qué asuntos y cuántos se veían en la Audiencia? Debido a lo poco


poblado del reino, esta tenía poco trabajo; en casi diez años, de 1612

2 María del Refugio González y Teresa Lozano, “La Administración de Justicia”, El gobierno provincial
en la Nueva España, 1570-1787. Woodrow Borah (coordinación). 2ª Edición, México: Universidad
Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 2002, p. 80.

83
a 1621, apenas se vieron 588 asuntos en total, de los cuales solo 157
fueron casos criminales.
Al clasificar los crímenes de acuerdo con los derechos tutelados que
se vieron trasgredidos, como son la vida, el patrimonio, la integridad,
la moral y el orden público, resalta que más de la mitad de los casos
pertenecía a este último, cuyas sentencias se caracterizaron por su
magnanimidad. Generalmente eran sentencias de “dejar de hacer”, en
especial cuando se trataba de los abusos por parte de los encomenderos
y otras autoridades (exceptuando el caso del alcalde de Zapotlán,
que fue desterrado del reino por abusar de su cargo y maltratar a la
población local, en concreto, a los indígenas). Asimismo, los casos de
ofensas a las autoridades fueron levemente sancionados con multas o
con orden de “poner conformidad”.
En cuanto a las sentencias dadas por el Real Acuerdo, ya decía
Francisco Tomás y Valiente que “la justicia penal de la monarquía
absoluta oscilaba entre la crueldad y el indulto”,3 y no le faltaba
razón. Existía una variedad y multiplicidad de sentencias que suelen
ser clasificadas doctrinalmente como graves o leves, dependiendo del
delito cometido. Por ejemplo, de los 31 casos de asesinato, solo a cinco
se les condenó a diez años de destierro (más penas de cámara), dos
fueron condenados a doscientos azotes y uno más fue condenado a
ser “ahorcado en ausencia”, es decir, si algún día lo aprehendían. Los
demás fueron exculpados o se confirmó la sentencia del juez inferior,
o sea que contamos apenas ocho sentencias con penalidad para el
delito de asesinato. Con respecto a los cuatro homicidios en adulterio
(entendidos en cuanto a que el asesino mató a su mujer o al amante),
todos fueron exculpados, tal y como se mandaba ya desde las partidas.

3 Francisco Tomás y Valiente, El derecho penal de la monarquía absoluta (siglos XVI - XVII - XVIII),
Madrid: Editorial Tecnos, 1969, p. 408.

84
Las penas, como señalábamos, iban desde ordenar el no hacer,
pasando por penas pecuniarias, azotes, el destierro o el servicio
obligatorio (en minas a los indígenas y en presidios a los españoles),
por lo que solo podemos dar generalidades. El robo era condenado
con restitución del bien más una cantidad extra y las usuales penas de
cámara (a excepción de un robo de infante que se condenó con el
destierro y trabajo en galeras, y algunos casos de robo mayor de ganado
que fueron condenados a destierro). Caso aparte pareciera un robo de
tienda en el que se puso especial atención: se vio hasta siete veces, y en
una de las vistas se ordenó el tormento de los testigos (todas mujeres,
por cierto), cosa rara, ya que la Audiencia, al ser un tribunal procesal,
solo debía verificar la legalidad de lo hecho por el tribunal inferior.
También es significativo el hecho de que la Audiencia solía no
revocar las sentencias de los jueces inferiores, si bien es cierto que, al
modificarlas, siempre daba penas inferiores, lo cual era lo usual. En
ningún caso la sentencia era mayor a la que el juez menor había dado,
aunque las sentencias confirmatorias fueron la mayoría.
En cuanto a los delitos en contra de la integridad, lo usual era una
restitución económica para la víctima y otra para cubrir los gastos
procesales. Sucedió, no obstante, de manera diferente con un esclavo
que atacó al mayordomo de una hacienda, al cual se le condenó a
doscientos azotes, a ser desollado de los pies y a servir en un mortero
por diez años; esto, a pesar de las protestas de su amo y tío del agredido.
Los delitos en contra de la moral generalmente fueron exculpados,
salvo uno que otro que fueron amonestados, como aquel del jugador
de naipes al que se le obligó a no reincidir; los casos de bigamia fueron
absueltos, y en uno de ellos, a un tal Diego López de Medina, quien
estaba casado en Castilla, por ser el carpintero de la Parroquia de
Zacatecas se le concedido “prórroga” de un año para que terminara su
trabajo y, finalmente, se le absolvió.

85
Otra cosa fueron los cuatro casos de personas condenadas a muerte
(el caso de la condena de horca fue en ausencia) en los diez años que
abarcan los memoriales. Las cuatro sentencias fueron de hoguera o
quema a indígenas varones por cometer pecado nefando de bestialidad;
los dos primeros se vieron en el año de 1612, el primero por cometer
dicho delito con una perra y el segundo con una yegua; ambos fueron
condenados a “sentencia ordinaria de quemar”. El tercer caso fue en
1614 y vino en apelación del alcalde mayor de Fresnillo, siendo el
acusado un “indio chichimeco” que había cometido el pecado con
una yegua, el cual fue sentenciado a tormento para que confesara y
luego se le aplicó la misma pena que a los anteriores.
El último caso es más singular, ya que vino del alcalde de los Ramos
con sentencia de tormento para que confesara; sin embargo, el acusado
presentó pruebas que no se le admitieron, por lo que se revocó el
tormento y fue condenado a la pena ordinaria de quema. Lo curioso
es que la perra con la que cometió el delito también fue sentenciada a
sangrar “para dar ejemplo”.
De ordinario se sostienía que el pecado nefando o contra natura
era de jurisdicción inquisitorial; sin embargo, la Nueva Recopilación
señalaba en su ley “que los dichos Inquisidores no tengan jurisdicción
[…] para conocer de los delitos que de uso se hará mención, sino que
el conocimiento y determinación de ellos quede a los jueces seglares,
como en las causas criminales […] el crimen nefando contra naturam
[…] ”.4 Así mismo, la Recopilación ordenaba que

[…] cualquier persona de cualquier estado, condición, preeminencia o dignidad


que sea, que cometiere el delito nefando contra naturam siendo en el convencido
por aquella manera de prueba, que según Derecho es bastante para probar el

4 Novísima Recopilación, Ley I, Titulo 3º, Libro 12.

86
delito de herejía o crimen laesae Majestatis, que sea quemado en llamas de fuego
en el lugar, y por la justicia a quien perteneciere el conocimiento y punición del
tal delito[...] y sin otra declaración alguna, todos sus bienes así muebles como
raíces, los cuales desde agora confiscamos y hacemos por confiscados y aplicados
a nuestra cámara y fisco [...].5

Además, al ser los acusados indígenas, quedaban fuera del ámbito


jurisdiccional del Santo Oficio, por lo que los oidores de Guadalajara
aplicaban dicha ley como ordenamiento criminal, si bien en ninguno
de los casos hubo confiscación de bienes, seguramente porque los reos
no los tenían.
Clasificamos, pues, las sentencias en pecuniarias, corporales, de
servicio o destierro, muerte y de hacer o no hacer; estas últimas eran
casos en que se ordenó haber paz entre dos individuos o dejar de
“molestar” a una [Link]én hubo nueve absoluciones y trece autos
interlocutorios, es decir, resoluciones que decidían sobre incidentes o
cuestiones previas a la sentencia final, tales como prisión preventiva,
traslados a alguna autoridad o sometimiento a tormento para que se
confirmara la confesión.
Finalmente, también encontramos las sentencias que confirmaban
o revocaban una anterior, tanto de alguna autoridad como de
corregidores y alcaldes, así como de la propia Audiencia, lo cual es
interesante porque nos confirma (valga la redundancia) que la Audiencia
no solía cambiar de parecer o contradecir a la justicia inferior, pues
apenas tenemos doce “cambios de opinión”. Aunque esta es una lista
indiciaria de las menciones a tal o cual sentencia, ya que estas suelen
repetirse por ser distintas vistas (así, por ejemplo, de las siete órdenes
de tormento, seis son del mismo caso), esto nos habla mucho de la

5 Idem.

87
Escenas de los diferentes tormentos aplicados por la Inquisición: agua, fuego, potro
y estajada. Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH.
[Link]

región y sus habitantes, y si la Real Audiencia de Guadalajara era un


tribunal pequeño, los casos criminales vistos, apenas uno o dos al mes,
revelan que a esta solo llegaba, efectivamente, una pequeña cantidad
de asuntos, ya que, con seguridad, en su mayoría fueron resueltos por
los alcaldes mayores y corregidores. La Audiencia, finalmente, era un
tribunal poco accesible a la población, ya fuera por lo costoso del
trámite o lo dificultoso de su acceso geográfico o técnico, además de
la poca y dilatada población que existía en la región.

88
Los desacatos del oidor
Arévalo Sedeño

E n el año de 1612, mientras los señores oidores de la Real Audiencia


de la Nueva Galicia escuchaban la misa que se daba para ellos en
la capilla de la misma, un evento causó revuelo entre los asistentes: el
licenciado Pedro Arévalo Sedeño, mientras caminaba hacia su lugar, y
en lo que había parecido un arranque de ira, había asestado un fuerte
golpe con su gorro a Francisco Ruiz de Guzmán. El hecho, que generó
la indignación de los asistentes, fue informado al rey Felipe III en un
par de cartas que el mismo Ruiz de Guzmán, administrador real de
azogues, escribió con el fin de obtener [Link] la encomienda que
el rey hizo al presidente de la Audiencia, Alonso Pérez de Merchán, de
informarlo sobre dichos eventos, este emprendió, el 21 agosto de 1615,
una investigación en la que se recopilaron los testimonios de dicho
agravio.
El mismo día en que inició la averiguación dio cuenta de lo
sucedido en la capilla Luis de Rivera, vecino de la ciudad de Zacatecas
que en aquel entonces se encontraba tratando un pleito en esta
Audiencia y que llegó al tiempo de comenzar la misa, por lo que

89
decidió quedarse a escucharla. Se colocó de Rivera fuera de la capilla,
en las piezas por las que se entraba a ella; delante de él se encontraban
Francisco Ruiz de Guzmán y el escribano y secretario real, Bartolomé
de Colmenares; detrás del testigo, a un lado, estaba Francisco Martín
de Rivera, procurador de número de la Audiencia, y al otro, Hernando
de Medinilla Alvarado, clérigo de evangelio y vecino de Guadalajara.
Desde aquel lugar vio Rivera cómo el licenciado Sedeño se limpió
los zapatos antes de entrar en la capilla y comenzó a avanzar hasta
el lugar en que se encontraba hincado Ruiz de Guzmán, al tiempo
que el sacerdote alzaba el santísimo sacramento, de manera que al
emparejársele le asestó con la gorra un golpe en el rostro, tan fuerte,
que el sonido pareció una bofetada. En su testimonio, Luis de Rivera
dio cuenta tanto de las palabras que dirigió Sedeño a Ruiz de Guzmán,
quien le reclamó no haberse levantado al ver que se acercaba, como de
la reacción de este último, quien afligido y turbado le pidió al mismo
Rivera que fuera testigo de tan grande afrenta.
Unos días después del barullo ocasionado por tales eventos, se
encontró el mismo testigo con Diego de Ibarra, contador de la real
caja (ya fallecido para el momento de la investigación), en la plaza
pública de la ciudad. De Ibarra le preguntó sobre lo acontecido y
dijo saber por Sedeño de la mala actuación de Guzmán, quien no se
quiso levantar cuando este entró a la capilla. Conociendo de Rivera la
amistad entre estos dos, y para evitar que dicho oidor hiciera mal a su
causa, prefirió no decir nada de lo que había visto.
El segundo día de septiembre dio su testimonio Francisco Martín
de Rivera; en este describió, sin mayor variación que el del anterior,
el acomodo de los presentes y cómo tanto él como Luis de Rivera
se levantaron al paso del oidor Sedeño. Ya que se había hincado
apresuradamente para adorar al santísimo sacramento, Martín de
Rivera solo escuchó el golpe, pero al alzar el rostro vio al licenciado

90
Sedeño muy alterado y enojado, con su gorra en la mano, y le oyó
decir “mucho de hora mala cuando yo entrare”1 y algunas palabras que
no había escuchado muy bien, dirigidas a Ruiz de Guzmán, después
de lo cual preguntó sobre lo sucedido a quien estaba junto a él.
El mismo día del mismo año, Hernando de Medinilla Alvarado
relató ante los escribanos reales Bartolomé de Colmenares y Andrés
Venegas cómo una mañana de hacía tres años, poco más o poco
menos, había visto pasar al licenciado Sedeño camino a la Audiencia y,
entendiendo que iba escuchar la misa, se fue tras él. Se quedó parado
Medinilla en la puerta de la capilla, y desde ahí observó cómo, al llegar
al lugar donde se encontraba Ruiz de Guzmán, Sedeño “se alteró e
hizo ruido”,2 y aunque no vio el golpe, por la aflicción de aquel y
por la cólera que mostró este último al sentarse en su lugar, tuvo por
cierto que dio con su gorro un golpe a Ruiz de Guzmán. Ante el
alboroto, Medinilla decidió ir a escuchar misa a otra parte, pero al día
siguiente el afrentado lo buscó para pedirle que diera testimonio, en su
momento, del agravio que había decidido reclamar.
Dio su versión de los hechos, también aquel día, el propio
Bartolomé de Colmenares, quien se sentó dando la espalda a la puerta
que separaba la capilla de otro aposento por donde se entraba a la
misma. Se encontraban en los estrados reales, de rodillas, los licenciados
Juan de Dávalos y Toledo y Bartolomé de la Canal, oidores de dicha
Audiencia, junto con el fiscal Gaspar de Chávez Sotomayor, así como
los testigos anteriores en el acomodo señalado. Escuchó Colmenares
el ruido que hizo Sedeño al entrar, volvió la cara y vio que traía ya
la gorra en la mano derecha; presenció el golpe y oyó las palabras
que dirigió a Ruiz de Guzmán, así como el alboroto que ocasionó

1 AGI, GUADALAJARA, 8, R.8, N.34, 1615.


2 Ídem.

91
Bartolomé Pérez de la Canal, abogado de la Real Audiencia de la Nueva España
y Guatemala y oidor de Guadalajara. Sobre la mesa se ve un bonete cilíndrico similar
al que hubiera usado Arévalo Sedeño para golpear a Ruiz de Guzmán.
Fuente: Instituto Nacional de Antropología e Historia. Mediateca INAH.
[Link]

92
y la inquietud con la que permaneció Sedeño el resto de la misa.
Al igual que los otros asistentes, Colmenares observó el sentimiento
del reclamo de Guzmán, que llegó incluso al llanto “por ser hombre
como es honrado y muy anciano”,3 según lo reconocieron asimismo,
insistentemente, los demás informantes.
A raíz de estas declaraciones, Pérez de Merchán hizo investigar la
causa del agravio, de donde nos enteramos de los hechos ocurridos
casi un año antes del gorrazo, cuando Pedro Arévalo Sedeño realizó
una visita a Ruiz de Guzmán en la ciudad de Zacatecas, de donde era
administrador de las minas de Abino. Resultó de la visita que, según
el oidor, Ruiz de Guzmán había hecho malos manejos de los tesoros
de su majestad, por lo que fue llevado preso y se remitió la causa a la
Audiencia de Guadalajara, donde el 8 de noviembre de 1611 se dio
conclusión definitiva al caso y se liberó al inculpado con un pago de
apenas cuatrocientos cincuenta pesos de oro común, en contra de la
primera sentencia promovida por Sedeño.
Así pues, tal parece que el enojo de Arévalo Sedeño se debió a que
fue contrariado por los demás oidores, quienes comenzaron a quejarse
de sus excesos y malos tratos, por los que fue puesto en reclusión
en septiembre de 1614. Meses después, sin embargo, por cédula real
se dieron instrucciones para liberarlo del encierro en que se había
puesto y para que volviera al ejercicio de su oficio, por lo cual se
envío al mismo Colmenares a avisarle que se había levantado su arresto.
El conflicto siguió, no obstante, pues el 2 de octubre de 1615 dio
cuenta el escriba de cómo, al llevar la notificación de su liberación al
oidor, este contestó con groserías y exigiendo una copia de todos los

3 Ídem.

93
documentos de su caso “para guarda de su derecho”,4 antes de poder
salir de su casa o decir cosa alguna.
Bartolomé de Colmenares dio noticia al presidente de la Audiencia
sobre los insultos recibidos, por lo que Pérez de Merchán le solicitó
que escribiera lo que Sedeño respondió al recibir el traslado. En su
respuesta a la notificación, que no quiso aceptar por estar Colmenares
recusado de sus causas, Sedeño apuntó cómo “si no fuera por estos
negocios yo hubiera tenido promoción a México en la plaza que se
dio a Diego López Dueño”,5 de lo que encontraba culpables a Ruiz de
Guzmán, Pedro Alonso Bayo y Francisco Quintero Vela, personalidades
de la Ciudad, estos últimos, con los que aparentemente había tenido
otros altercados. Además, el oidor reclamó también a los testigos que
participaron en la entrega de la notificación, entre otras cosas, por
no haber ido a visitarlo durante su encierro. A los pocos días todos
los presentes, entre los que se encontraban el alguacil Antonio de
Camarena, Pedro de Palencia, relator de la Audiencia, y Francisco de
Nájera, portero de la misma, dieron testimonio de que fue verdad lo
que vieron y lo que dijo Sedeño a Colmenares.
Ya para enero de 1616, el mismo Colmenares entregó los autos de
la real cédula por la que se mandó poner en libertad a Arévalo Sedeño,
así como de todo lo que pasó después y que el señor presidente le
mandó escribir. Por estos documentos sabemos lo que sucedió en la
Audiencia el 5 de octubre de 1615, según la declaración del doctor
Pérez de Merchán, quien contó que al segundo día de que Sedeño
regresara a ella, después de escuchar la misa, los oidores se sentaron
en sus lugares, donde permanecieron unos momentos hablando de
buen grado; entró entonces el licenciado Sedeño y se quitó la gorra

4 AGI, GUADALAJARA, 8, R.8, N.35, 1615.


5 Ídem.

94
Plano de las salas y dependencias de la Real Audiencia de Manila, instalada en un ala
del piso principal del Real Palacio, y perspectiva de la Sala de la Audiencia con su estrado y
mobiliario. Fuente: Ministerio de Cultura y Deporte, Portal de Archivos Españoles PARES,
[Link]//MP-FILIPINAS,174. [Link]

95
mirando a las armas reales que estaban pintadas en la pared, subió a su
lugar y, con voz descompuesta, se dirigió al presidente para reclamar
que “mande vuestra señoría que me traten con el término que es
razón, y que cuando subiere a los estrados me quiten la gorra”.6 Exigía,
pues, dicho oidor, que el resto de los señores le mostraran respeto, pero
no obtuvo por contestación más que la del licenciado de la Canal,
quien lo acusó de ser el culpable de la delación de su matrimonio.
Después de otras palabras y descomposturas, tuvo el presidente que dar
fin a la vista y despacho de los negocios a causa de las inobediencias y
del escándalo que se había provocado.
El escribano de cámara Bartolomé de Colmenares dio igualmente
su testimonio de lo acontecido el mismo día, el cual solo varía del
aquel del presidente en la especificidad de algunos diálogos. Contó
Colmenares cómo de la Canal se negó a quitarse la gorra al paso de
Sedeño y las repetidas veces que Pérez de Merchán los mandó callar
a todos; destacó, además, que Sedeño pidió permiso a este último de
irse a su casa porque tenía necesidad del cuerpo, cosa que le negó para
evitar que “se descontrolara el pueblo”.7 No logró, sin embargo, serenar
ni a Sedeño ni a Canal, por lo que pidió al secretario que le diera por
testimonio que ordenó a aquel oidor que se callara y no lo hizo.
De la Canal denunció que Sedeño solo había acudido a la Audiencia
a “alborotar la paz y conformidad que esta Audiencia tiene, que aquí
estábamos en paz quietos como unos religiosos y ahora nos alborota
a todos y ha puesto a probar la paciencia de todos, y dar ocasión a
que se pierda y falte estar tan calmados estamos y todo el reino tan
afligido como lo tiene el señor licenciado Sedeño deshonrándolos a
todos sin quedar ninguno”, así como de inquietar a los vasallos del rey

6 Ídem.
7 Ídem.

96
por salir armado y “con dos hombres de a caballo y otros de a pie”.8
Tras una larga serie de insultos y reclamos, el presidente los amenazó,
ya muy colérico, con proceder en contra de ellos, y mandó luego al
portero a que dejara entrar a los pleiteantes; pero ante los gritos del
señor Sedeño, que hablaba tan alto y tan descompuesto, entró a la
Audiencia mucha gente, entre ella Diego, su esclavo, armado con un
bordón y una espada en la cintura, lo que generó gran alboroto entre
los presentes. Ordenó el presidente a los alcaldes y al alguacil, que ahí
estaban, que prendieran al esclavo y le quitaran las armas, por lo que
este salió corriendo de la sala.
Momentos después regresó don Diego de Unzueta, alcalde
ordinario, a la Audiencia con las armas, a lo que el licenciado Sedeño
alegó que las traía “para resguardo de mi persona porque no me maten,
que no tengo seguridad de mi vida”.9 Contestó de la Canal que nadie
lo quería matar y, levantándose las faldas, dijo: “Vean de vuestra señoría
y todos en el mundo que no traigo armas ni pareció tenerlas”. Ante
tantas descortesías, Pérez de Merchán mandó al mismo secretario de
cámara a que les notificase que se callaran para dejarlo oír los pleitos,
pero Sedeño alegó tenerlo recusado, por lo que solo quiso recibir la
notificación de Andrés Venegas.
Pidió permiso de nuevo aquel oidor de retirarse, alegando que
temía por su seguridad y que de la Canal, cuyo lugar estaba a un lado
suyo, le había estado diciendo palabras al oído para provocarlo. Ante
la negativa, se cambió de asiento al lado izquierdo del presidente, y
cuando se presentó el primer pleito interrumpió para que le diera
su lugar don Juan Dávalos, a lo que Pérez de Merchán le ordenó que
regresara a su silla y se sosegara. Dado que Sedeño no dejaba de hablar,

8 Ídem.
9 Ídem.

97
mandó el presidente que se fuera a su casa y que cesara la audiencia
del día, “porque estaba como una carnicería que no era bueno ver
pleitos de aquella manera”.10 Bajaron entonces los oidores de los
estrados y, según el testigo, sin haber persona que lo perturbara, insistió
el mismo Sedeño en que temía por su vida, por lo que su señoría envió
a los tenientes del alguacil mayor, Bartolomé de la Cruz y Antonio
Camarena, a que lo acompañaran a su casa.
Fue testigo de los hechos, igualmente, Andrés Venegas, quien narró
que, mientras estaba en el archivo, supo que había llegado Sedeño a la
Audiencia y, tras el ruido que hubo y que la gente entrara en esta, fue
a la misma y al llegar a su puerta vio a don Diego de Unzueta Ibarra,
a Bartolomé de Mesa y a otras personas asidas del esclavo de Arévalo
Sedeño, a quien habían desarmado. Más o menos en el mismo tenor
que el otro escribano de cámara,Venegas agregó a lo dicho por aquel
solo que el presidente llevó del brazo a Sedeño hasta la puerta de la
plaza de las casas reales y que entró de nuevo en la sala de la Audiencia
muy afligido, tanto, que le dio un desmayo del que se repuso apenas
un cuarto de hora después; lo sostuvo en sus brazos don Diego de
Medrano y, cuando vino en sí, suspirando y con los ojos llenos de
agua, lo subieron a su aposento a descansar. Señaló el testigo el muy
grande sentimiento y lástima que él y el resto de los presentes tuvieron
por ver así a de Merchán, cuyo poder no obedecieron los oidores
aunque los mandó callar ocho o nueve veces. Agregó Venegas su
temor a que sucediera una desgracia y a que, por los inconvenientes
que “pueden resultar de estas discordias, en especial a los que osan estar
en el Audiencia por oficio de pluma como lo es este testigo”,11 tuviera
que huir a otras tierras.

10 Ídem.
11 Ídem.

98
El seis de octubre de 1615 compareció ante el presidente Gabriel
Villegas, vecino de Zacatecas que se encontraba en la ciudad por otros
pleitos. Contó el testigo que iba en camino a las casas de palacio entre
las ocho y las nueve de la mañana, y llegando a dicha propiedad escuchó
muchas voces y ruido, entre las que reconoció la del licenciado Pedro
Arévalo de Sedeño. Llamó Villegas a Ruiz de Guzmán, quien estaba
en la puerta de la iglesia de Santa María de Gracia y fue corriendo a su
encuentro. Entraron juntos en la real sala de justicia y vieron a Sedeño
levantado de su asiento y al presidente pidiéndole continuamente que
se sentara y que no alborotara a la Audiencia, lo que aquel desobedeció
para continuar gritando que no quería sentarse junto a de la Canal
porque a su lado no tenía ninguna seguridad.
Villegas hizo énfasis en la desobediencia del oidor y en la modestia
con que Canal respondió a aquellos señalamientos pidiendo al secretario
que diera testimonio de que Sedeño había dicho que por no matarlo
se ocultaba de su lado. Maravillado y espantado ante tantos desacatos,
vio entrar a Unzueta con las armas que había quitado al esclavo y todo
lo que vino después, hasta que el señor presidente “en presencia de
todo el pueblo que había venido a la Audiencia sospechando que el
dicho licenciado Sedeño había de hacer algún alboroto”,12 ordenó que
cesara la vista de los casos. Mandó echar de ahí su señoría a la chusma,
y al poco rato vio Villegas pasar a un criado con un jarro de agua que
dijo ser para Pérez de Merchán, a quien le había dado un desmayo a
causa de la pesadumbre y la cólera que le habían causado.
El portero de la Audiencia, Juan Díaz de Pangua, fue llamado
también a testimoniar el día siete del mismo mes. Díaz relató que
se encontró en el zaguán de la casa real a Sedeño acompañado de
Francisco Quijada, su criado y allegado, y que detrás de ellos venía

12 Ídem.

99
un negro llamado Diego y un muchachillo mestizo que era su paje.
Entró el testigo con el oidor a la sala y escuchó cómo, sin saludar a
los demás señores, dijo unas palabras en latín que no entendió, pero
que luego le dijeron que querían decir “si no me tuvieres por senador,
no os tendré por emperador”. Reclamó Sedeño lo que ya sabemos a
su señoría y, después de la discusión con de la Canal, solicitó permiso
para irse, a lo que el presidente contestó que si tenía necesidad “allí
estaba un aposento y un retrete para cualquier ocasión, que habiendo
pasado tan gran escándalo y alboroto como aquí ha habido, si ven salir
a vuestra merced juzgará el pueblo que ha habido mucho mal y se
desconsolará”.13
Sucedió, pues, todo lo ya contado por los otros testimoniantes, hasta
que Pérez de Merchán echó a la gente y sufrió el desmayo referido.
Como todos aquellos, Díaz de Pangua dio su opinión de lo sucedido,
y antes de hablar de la lástima que había sentido por la aflicción del
presidente, cuestionó los dichos de Sedeño, pues no sabía que hubiera
“persona en el lugar que le quisiera ofender ni disgustar, y porque
siempre le ha visto andar de noche y de día con mucha dignidad, y
que si alguien le quería matar, entiende este testigo que luego lo hacía
porque le dieran el dicho gorguz [el arma] y no porque se recelase de
nadie”.14
El último en testificar fue don Bartolomé Palomino, corregidor de
Tequisistlán y Copala, el nueve de octubre del mismo año. Señaló el
corregidor que por las nueve de la mañana iba camino a la Audiencia
y que se apuró porque oyó gritos. Al entrar en ella, vio a Diego
de Unzueta que tenía el bordón “de palo de Brasil con un hierro
esquilmado puesto a un lado que al parecer tenía un palmo muy agudo,

13 Ídem.
14 Ídem.

100
el cual tenía una punta muy aguda y una espada desnuda”,15 que había
quitado al esclavo del señor Sedeño. Después de narrar los mismos
acontecimientos con lujo de detalle, comentó Palomino que entendía
que todo lo que había dicho el licenciado lo hizo para recuperar su
bordón o lancilla, y no por los temores que tenía, y se lamentó de que
haya sido aquel el culpable del desmayo de su señoría.
Así las cosas, el presidente y gobernador Alonso Pérez de Merchán
decidió, el 10 de octubre de 1615, enviar al rey el contenido de la
investigación, sin esperar a tener los testimonios que faltaban por
examinar. En cumplimiento de lo anterior, Bartolomé de Colmenares
hizo copia de la información original al día siguiente, por lo que tales
diligencias fueron enviadas a España sin demora. Según parece, estas
pesquisas tuvieron como resultado la remoción de Arévalo Sedeño de
su cargo de oidor de Guadalajara, el cual dejaría en 1617 para bien y
tranquilidad de esta Audiencia.

15 Ídem.

101
Expediente de información y licencia de pasajero a Indias del licenciado
Pedro de Arévalo Sedeño, fiscal del crimen de la Audiencia de México. 1623.
Fuente: Ministerio de Cultura y Deporte, Portal de Archivos Españoles PARES, ES.41091.
AGI//CONTRATACION, 5386, N.51. [Link]

102
Anexo
Presidentes y Gobernadores
Periodo
de la Nueva Galicia

Dr. Jerónimo de Orozco 1572-1580, murió en Zacatecas, pacificando la región

El decano con la Audiencia 1580-1593

Dr. Santiago de Vera 1593-1605, murió el 30 de diciembre 1605

El decano con la Audiencia 1606-1607

Lic. Juan de Villela 1607-1609, nombrado visitador

El decano con la Audiencia 1609-1611

Dr. Alonso Pérez Merchán 1611- murió el 8 de noviembre 1617

El decano con la Audiencia 1617-1618

Lic. Pedro de Otalora 1618- murió 18 de abril 1624

El decano con la Audiencia 1624-1629

Dr. Diego Núñez Morquecho 1629- murió el 22 de enero de 1632

El decano con la Audiencia 1632-1636

Dr. Juan de Canseco y Quiñones 1636- murió el 26 de octubre de 1640


Presidentes y Gobernadores
Periodo
de la Nueva Galicia

El decano con la Audiencia 1640-1641

Dr. Pedro Fernández de Baeza 1641- murió el 4 de febrero 1655

El decano con la Audiencia 1655-1656

Dr. Antonio de Ulloa y Chávez 1656- murió el 7 de mayo 1661

El decano con la Audiencia 1661-1662

Dr. Antonio Álvarez de Castro 1662- removido en 1670

El decano con la Audiencia 1670

Lic. Francisco Calderón Romero (interino) 1670- murió el 19 de mayo 1672

El decano con la Audiencia 1672-1673

Lic. Juan Miguel de Agurto y Álava


1673-1678
(interino)

El decano con la Audiencia 1678

Dr. Alonso de Ceballos Villagutierre 1678- nombrado presidente de Guatemala en 1700

105
Contenido

Presentación / 5

El Mulatillo que se decía príncipe y cardenal / 9


Las juras reales en Guadalajara / 17
La llegada de los presidentes gobernadores
a Guadalajara / 31
Doña Mariana de Ribera y Córdoba,
la gobernadora / 37
Una disputa por el honor en la Nueva Galicia / 43
La visita a la Audiencia de Guadalajara / 49
El viejo presidente Santiago de Vera
y su médico / 65
La cárcel de corte / 73
La justicia en la Nueva Galicia a principios
del siglo xvii / 81
Los desacatos del oidor Arévalo Sedeño / 89

Anexo / 103
Oíd, oíd
Relatos de la Nueva Galicia
siglos xvi y xvii

Se terminó de editar
en el mes de marzo de 2021
en Guadalajara, Jalisco
México

También podría gustarte