El Cur
Curro
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Curro
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El Curro
El Curro
Leticia Ramírez Amaya
Secretaria de Educación Pública
Gabriel Cámara y Cervera
Director General del Consejo Nacional de Fomento Educativo
Edición
Consejo Nacional de Fomento Educativo
Versión escrita
Catalina Fernández Mata
Ilustración
Liliana Infante
Diseño
Mayela Crisóstomo Alcántara
Primera edición: 2000
Onceava reimpresión: 2022
D.R.© Consejo Nacional de Fomento Educativo
Av. Universidad 1200,
col. Xoco, alc. Benito Juárez,
C.P. 03330, Ciudad de México
[Link]/conafe
Impreso en México
ISBN 978- 970-18-3742-9
La historia que dio motivo a este libro fue presentada por Héctor Saúl
Santana Enríquez en la convocatoria Vientos de Historia, realizada
en Chihuahua.
El Curro
Versión escrita de Catalina Fernández Mata
Ilustraciones de Liliana Infante
5
E l C u r r o
Yo soy Manuel Cano y este es mi pueblo,
Santo Domingo, uno de tantos pueblos
mineros que tiene Chihuahua. Como
cualquier otro, que tal vez conozcan, tiene
su iglesia, su presidencia municipal, unos
arcos y bajo ellos algunas tiendas; una de
ellas, la primera que se fundó en el pueblo,
es la mía.
6
La verdad yo noE nacíC en Santo Domingo,
l u r r o
pero después de casi setenta años de vivir
aquí, me he ganado el derecho de
llamarlo mi pueblo.
Hace mucho que no le contaba a
nadie la forma en que llegué aquí
y lo que pasó durante ese primer
año que cambió mi vida, pero
la semana pasada, mientras
leía el periódico sentado
en una banca de la plaza,
pasó frente a mí un joven
que recorría el jardín.
Lo saludé, según
se acostumbra
en estos rumbos,
me contestó
amablemente
y siguió de largo.
Había caminado unos
cuantos pasos cuando,
como arrepintiéndose,
regresó y se presentó:
7
—Buenos días,E soyC Alfredo Morín, estoy
l u r r o
de visita y me preguntaba si usted me
puede ayudar.
Lo miré y, al mismo tiempo que
estiraba la mano, le dije:
—Manuel Cano, para
servirte, ¿qué se te
ofrece?
8
E l C u r r o
—Me dijeron que aquí hay minas
abandonadas, ¿usted las conoce?
—respondió.
Yo soy muy platicador; solo necesito un
pretexto para empezar a hablar y ya lo tenía.
Comencé platicándole sobre la importancia
de las riquezas obtenidas de las minas.
Es más, le aseguré que la ciudad de
Chihuahua se fundó gracias al mineral
extraído de ellas. Con un suspiro agregué
que ahora, en Santo Domingo, muy pocas
minas se encuentran activas y creo que
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ninguna produce oro ni plata; la mayoría
fueron abandonadas y en vez de oírse el
murmullo de los hombres trabajando
en el interior, lo único que se escucha es el
chillido de sus habitantes: los murciélagos,
que todas las noches salen a pasear por los
alrededores.
También le comenté que las minas más
cercanas al pueblo son las de la ruta
llamada Línea Castilla, y le expliqué que
9
E l C u r r o
esa ruta es un camino que pasa por la entrada
de varias minas desde la Buena Tierra, la
más cercana al pueblo, hasta la Mina Vieja,
la más alejada. Que antes se podía ver
transitar muchos camiones cargados de
mineral saliendo camino a la fundición
de Ávalos, y terminé:
—Los choferes tenían que ser muy valientes,
pues la polvorosa carretera bordea
barrancos y precipicios muy
empinados, y más de
un camión acabó en
el fondo de la cañada.
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—Algo me platicaron
sobre la Línea
Castilla; incluso
me contaron de
un aparecido,
¿usted conoce
alguno de
esos cuentos?
—dijo
riéndose.
—Cuentos no, pero sí una historia real —le
contesté muy serio.
El muchacho debe haber pensado
que me molestó su pregunta, pues
me dijo tartamudeando:
—Mi intención no fue molestarlo, yo pensé
que tal vez...
Por la cara que puso solté una carcajada
y agregué:
—No es para tanto, muchacho, pero
de pronto hiciste que recordara
muchas cosas que creí olvidadas.
Entre ellas al Curro, que no es
un cuento, es un ánima que yo
conocí y te puedo platicar su
historia.
Hasta ese momento el
muchacho había estado
parado frente a mí, así que lo
invité a sentarse en la banca.
Él dudó un poco, tal vez pensó
que estaba hablando con el loco
del pueblo, ese que nunca falta.
Por su actitud me di cuenta de que
se iba a despedir, por eso lo tomé
del brazo y lo obligué a sentarse.
12
E l C u r r o
Luego de un gran suspiro, inicié el relato:
—Llegué a este pueblo cuando era muy
joven, más que tú. Necesitaba trabajar y en
las minas abundaba el trabajo; contrataban
a cualquiera que se presentara, porque las
acababan de abrir después de mucho tiempo
de estar abandonadas. Pero la gente de aquí
no quería trabajar en ellas por miedo a los
aparecidos y, en especial, al Curro.
En ese tiempo se decía que quien
se encontraba con él, si no moría en el
instante, regresaba mudo o medio loco;
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que algunos se recuperaron,
pero otros nunca
volvieron
a ser los
mismos,
y nadie
quería
correr
la misma
suerte.
13
E l C u r r o
—La primera vez que oí hablar del Curro
—continué—, yo también creí que era
uno de esos cuentos que inventa la gente
miedosa. Después comprobé en carne
propia que todo lo que decían era verdad.
Me di cuenta de que la narración había
despertado la curiosidad de Alfredo y que
no se marcharía de ahí hasta conocer la
historia completa. Así que seguí hablando:
—Empecé trabajando como minero; era
una labor muy difícil, pues tenía que picar
la roca para sacar el mineral y después
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cargarlo del fondo de la mina a los carros
que lo llevaban al exterior. Créeme,
terminaba muerto de cansancio y casi
nunca veía el sol; ya me sentía un topo.
Después de un tiempo supe que eso de ser
minero no iba conmigo. Así que decidí
irme. Estaba a punto de partir cuando me
enteré de que el velador del último turno
se había marchado del pueblo diciendo
que nunca regresaría.
14
E l C u r r o
Rápidamente fui con el encargado y solicité
el puesto. Yo creí que otros lo pedirían
pues la paga era muy buena, pero no:
enseguida me lo dieron. Comenzaría
a trabajar el lunes siguiente.
Mi trabajo consistía en evitar que,
valiéndose de la oscuridad, alguien se
robara el mineral. Por eso tenía que
realizar varios recorridos por
la Línea Castilla.
El siguiente domingo, mis
compañeros empezaron a
secretear y a señalarme en
cuanto me vieron.
—Y ahora, ¿qué se
traen? —les pregunté.
Como no queriendo,
uno de ellos me dijo
que debía estar loco
para aceptar ese
trabajo.
15
E l C u r r o
Muy seguro de que sus comentarios eran
por envidia, me defendí diciendo que los
locos eran ellos, pues yo ganaría más y
trabajaría menos.
16
E l C u r r o
Claro que mi
argumento no
tuvo efecto,
pues siguieron
diciéndome:
—Es tu
problema,
pero ese
lugar
es muy
peligroso.
Por las noches bajan
de la sierra pumas, linces y uno que otro
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oso, y si te encuentran desprevenido, te
conviertes en su cena.
—¡Bah! Con algunos gritos o un disparo
es fácil espantarlos; es más, no se acercan
donde hay luz —agregué confiado y
queriendo burlarme de su miedo.
No puedo negar que me intrigó su actitud;
si bien en ese tiempo este lugar estaba
alejado de todo y en la sierra había muchos
17
E l C u r r o
animales, no era para tanto; pregunté cuál
era la verdadera razón para decirme que
no aceptara ese trabajo. No tuvieron más
remedio que confesarme que, a pesar de
trabajar en las minas, nunca lo harían
de noche, porque en la Línea Castilla se
aparecía un espíritu que debía ser espantoso,
pues don Chelo, a quien todos llamaban
el Silencioso, se lo había encontrado y
de la impresión se quedó mudo, y un tal
Juan, que una madrugada llegó diciendo
que había visto al aparecido de las minas,
se murió días después. Por último, me
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dijeron que tal vez el otro velador lo había
visto y por eso salió huyendo. A mí seguían
sin convencerme, no podía imaginar de
dónde había salido aquel espíritu, por eso
empezaron a contarme la historia del Curro
desde el principio.
Uno de ellos inició diciéndome:
—Mira, Manuel, las minas donde ahora
trabajamos fueron cavadas durante la Colonia
por los españoles. Todos ellos vivían en la
riqueza a costa del trabajo de los mineros,
que eran como sus esclavos; así construyeron
grandes haciendas en la región. Entre
los dueños de las minas uno se
distinguía por varias razones:
era el más rico, tenía un genio de los mil
demonios, era alto, delgado y bastante bien
parecido; además, siempre vestía con un
elegante traje negro y su inseparable bastón,
cuya empuñadura tenía la cabeza de un
águila de oro puro con ojos de rubíes,
tan rojos como la sangre.
La gente decía que parecía estar
siempre listo para irse a una
fiesta, por eso le pusieron el
Curro, cosa que al principio
le disgustó, y con su bastón
golpeó a más de uno
cuando le llamaban así.
Sin embargo, no logró
evitar que siguieran
utilizando ese apodo;
hasta sus conocidos
le decían Curro.
20
E l C u r r o
Con el tiempo él mismo empezó a presentarse
como el Curro, y su nombre quedó en el
olvido.
El Curro era codo para pagar a sus trabajadores,
pero si alguno de sus vecinos hacía una fiesta,
él organizaba otra mejor con la única
intención de que los demás vieran que tenía
mucho más dinero que sus vecinos. Todo
mundo asistía: unos como invitados, otros eran
contratados para preparar la comida y servir
las mesas; era la única forma de recibir algo
de él.
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Había días en que amanecía de buenas y no
les gritaba a sus trabajadores, pero aun así
nadie se confiaba, pues el Curro era igual
que el viento: en un instante podía cambiar.
Entonces desquitaba su enojo con quien
tuviera cerca; en esos momentos hasta sus
perros se escondían. Por eso no tenía amigos,
y a quienes intentaban serlo se ocupaba de
alejarlos asegurando que se acercaban solo
por interés.
21
E l C u r r o
Algunas veces, cuando
sus vecinos tenían
visitas de la
capital, el Curro
daba muestras
de falsa
amabilidad
y les ofrecía
una comida
para la que
utilizaba
una vajilla especial y cubiertos de oro. Después
de comer los pasaba a su despacho para tomar
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una copa de vino o un café.
Ese lugar era muy especial, como quien dice
era el cuarto de sus tesoros; en él se
encontraban varios baúles llenos de monedas
y barras de oro y plata; bueno, hasta las tazas y
copas en las que servían la bebida eran de oro.
Con tal demostración, el Curro lograba su
objetivo: que más gente se enterara de su
riqueza, aumentando así la envidia que todos
22
E l C u r r o
le tenían. Esto lo puso en peligro, y
más de una vez quisieron matarlo con la
intención de robarle. Pero, para su fortuna,
lo más que le pasaba era que perdiera
el caballo o que tuviera que cambiar
de sombrero. Algunos de sus
trabajadores decían que una
de dos: tenía nueve vidas
como los gatos o había hecho
pacto con el diablo.
Con el tiempo, la extracción
de los minerales se complicó:
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al hacer más profundos los
túneles se inundaban
o se venían abajo.
Debido a eso muchos
españoles consideraron
las minas agotadas
y las abandonaron
para regresar a
España o irse
a la capital.
El único que seguía aferrado a vivir en
la región era el Curro, pues como él mismo
decía, no tenía a nadie. Decidió cerrar
sus minas y dedicarse a cuidar las tierras que
rodeaban su hacienda y las cabezas de ganado
que pastaban en ellas.
24
E l C u r r o
Sus trabajadores también se quedaron,
pensando que no tenían otro lugar adonde
ir y, además, seguir trabajando con el Curro
no podía ser peor que pasar hambre, pero se
equivocaron. Al no tener vecinos se le agrió
más el carácter y se dedicó a hacerles la vida
imposible.
Como prefería estar solo, con frecuencia daba
largos paseos a caballo. Cierto día, en un
ataque de furia, despidió a sus trabajadores,
nada extraño en él: los corría y después
de una semana, cuando se le pasaba el
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berrinche, se paseaba cerca de sus casas y al
primero que encontraba le decía que podían
volver a trabajar, pero aquella vez no fue así.
Pasaron más de cuatro semanas sin que se
dejara ver por ningún lado, así que varios
hombres decidieron ir a la casa del Curro a
ver qué pasaba, más por curiosidad que por
preocupación. Para su sorpresa, no había
señas del Curro por ningún lado. Algo había
ocurrido, pues en el patio andaban las gallinas
y los perros, que se alegraron al ver gente de
25
E l C u r r o
nuevo; la casa tenía ventanas y puertas abiertas
con algunos vidrios rotos y su interior estaba
lleno de hojas secas. Los muebles tenían una
capa de polvo y en los potreros casi todos los
caballos habían escapado, las vacas andaban
desperdigadas por el llano y ahí descubrieron
a su caballo preferido con todo y silla. Después
de revisar la hacienda, se dieron cuenta de que
lo único que faltaba era el Curro y su tesoro,
pues al forzar la puerta del despacho
descubrieron que estaba vacío.
Sus empleados
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conocían lo tacaño y
desconfiado que
era el Curro;lo
último que
hubiera
hecho era
abandonar
su casa,
por ello, lo
dieron por
muerto.
26
E l C u r r o
Se repartieron lo que había de valor dentro
y fuera de la hacienda, como pago por
soportarlo durante tanto tiempo
y se alejaron.
27
E l C u r r o
No faltaron quienes imaginaron tesoros
ocultos y, movidos por la codicia, regresaron
a la hacienda con la idea de encontrarlos;
escarbaron en patios y caballerizas, tiraron
paredes y techos, pero ni un centavo hallaron.
Pasó el tiempo, algunos continuaron
buscando con la esperanza de encontrar
sus riquezas, mas empezó a ocurrir
algo que terminó por alejarlos.
Quienes eran sorprendidos por
la noche en la hacienda,
en la Línea Castilla o
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a la orilla del arroyo,
contaban una historia
parecida: “de pronto
todo quedó en
completo silencio
y se desató
un viento
helado; al
mismo tiempo
apareció un
hombre
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E l C u r r o
alto y vestido de negro que con su sola
presencia nos atemorizó, después nos hizo
señas como para que lo siguieramos, pero todos
huimos asustados y prometimos no regresar”.
En el pueblo empezó a correr el rumor de que
un ánima se aparecía por el rumbo de las
minas. La gente afirmaba que se trataba del
Curro, surgieron muchas historias sobre él y el
misterio creció.
La mayoría se alejó del lugar: si vivo
tenía mal genio, muerto
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sería insoportable;
algunos no lo
creyeron, y
sintiéndose muy
valientes se
aventuraron
por las noches
y regresaron
tan blancos
del susto
que pasaban
29
E l C u r r o
varios días antes de que recuperaran el color
y el habla, si los recuperaban.
Debido al miedo, incluso de día las minas
quedaron desiertas durante muchos años,
hasta que a principios de siglo unos gringos las
compraron y las abrieron nuevamente.
Así terminó el relato de mis compañeros.
Aunque la historia del Curro me interesó,
no creí que tuviera nada que ver conmigo.
Eso había pasado hace muchos años y los
cuentos de un supuesto aparecido, por
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muy malo que fuera en vida, no me harían
perder la oportunidad de un buen trabajo.
Así que les aseguré que esas eran historias
espantatarugos y yo no era ningún tarugo,
y agregué que del miedo se valían los rateros
para espantar a los veladores y robar sin
prisas.
Ellos insistieron y me dijeron que ojalá
me mostrara tan valiente cuando tuviera
enfrente al Curro. Que me cuidara si en
alguna de mis rondas me encontraba con
un hombre que llevara un bastón con la
empuñadura en forma de una cabeza de
águila. Con voz temblorosa agregaron
que si lo veía corriera lo más rápido
posible, que no intentara averiguar
quién era o me podía pesar.
Aquellos cuentos me
sugestionaron un poco;
además, como nunca
había estado solo en
la sierra, las primeras
noches se me hicieron
interminables.
Cuando el viento soplaba,
casi juraba que alguien
chiflaba en el monte. Por estos
rumbos hay un pájaro que
anida en el piso y cuando
duerme hace psss, psss. La primera
vez que lo escuché creí que alguno
de mis compañeros maloras se estaba
burlando de mí, pero cuando
la gente de aquí me platicó
sobre el ave, me moría de la risa.
32
E l C u r r o
Con el tiempo
me olvidé de las
historias que me
habían contado;
además, me fui
acostumbrando
a reconocer
los sonidos
de la sierra
y dejaron de
sorprenderme.
Sin querer me convertí en la única persona
que recorría la Línea Castilla, solo y por las
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noches. Hasta una madrugada de diciembre
en que se desató la peor tormenta que he
visto en toda mi vida. El frío calaba hasta
los huesos y la nieve me cubría arriba de
las rodillas. Al realizar mi última ronda,
cuando llegué al lugar en donde empieza la
bajada a la Mina Vieja, ocurrió lo siguiente:
Con mi lámpara de petróleo me alumbraba
para reconocer en los árboles alguna señal
y encontrar el camino, pues se perdía bajo
33
E l C u r r o
la nieve, lo que me obligó a andar muy
despacio. Me distraje al voltear a ver un
búho que salió volando, y cuando volví a
mirar enfrente distinguí a lo lejos un bulto
negro que se movía por el camino; me
asusté un poco, así que alisté mi rifle, no
fuera la de malas. Por la forma que tenía
pensé que era un oso.
Conforme fui acercándome pude
comprobar que se trataba de un hombre, y
aunque esto hubiera calmado a cualquiera,
a mí no me cayó nada bien, pues en todo
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el tiempo que tenía trabajando como
velador no me había encontrado a nadie;
bueno, alguna vez en el día, pero de
noche jamás. Cuando estuve cerca de él,
inexplicablemente todo quedó en silencio y
el viento se hizo aún más helado.
Seguí caminando y, haciendo de tripas
corazón, lo saludé. Él me contestó y me
hizo la plática; en poco tiempo entramos
en confianza.
34
E l C u r r o
Comentamos que era el peor de los
inviernos, que las nubes anunciaban
una nueva tormenta, que era muy raro
encontrar a alguien por la noche en aquel
camino.
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35
E l C u r r o
Después de un rato, sin darme cuenta iba
siguiendo sus pasos. El camino se hizo cada
vez más fácil, curiosamente ya no había
tanta nieve en el suelo. De pronto supe
que aquel camino no era el de la
Mina Vieja, ni el de otro lugar
que conociera. El hombre se
adelantó un poco, lo iba
a llamar cuando noté
que se apoyaba en
un bastón y que el
mango brillaba;
en un segundo
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recordé las
historias que me
habían contado,
¿aquel hombre
sería el aparecido
del que tanto
hablaban? De solo
pensarlo, la carne se
me puso de gallina,
del susto sentí que
el aire me faltaba.
36
E l C u r r o
En ese momento vi claramente que la
empuñadura de su bastón tenía la forma
de una cabeza de águila.
El hombre volteó y creo que me vio tan
descolorido que me preguntó:
—¿Qué le pasa, amigo? Está muy pálido.
Moví la cabeza, pues de la impresión no
pude hablar, sentí que las piernas me
temblaban, se me iban a doblar las rodillas,
entonces me tomó del brazo y dijo:
—Se siente mal, ¿verdad? Conozco un lugar
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donde puede sentarse a descansar. Debe ser
el frío, recárguese en mí.
Frío el que sentí cuando me agarró del
brazo: estaba más helado que un muerto.
Me llevó a una cueva cuya entrada estaba
muy bien disimulada por una gran roca;
entramos y me ayudó a sentarme en una
piedra. Por una extraña razón dejó de
sentirse frío y el lugar estaba iluminado.
37
E l C u r r o
Se acomodó frente
a mí, me miró un
rato y preguntó:
—¿Cómo se
llama, amigo?
—Manuel
Cano,
señor, para
servir a Dios
y a usted.
Alargó el brazo hacia mí y apretó fuerte
mi mano mientras me decía:
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—Mucho gusto, yo soy el Curro.
—El Curro —repetí tartamudeando.
—El mismo. ¿A poco no le han hablado
de mí?
—Pues sí, pero ya sabe cómo es la gente
de exagerada —le contesté a modo de
disculpa; qué tal si se enojaba.
—Lo que le dijeron no se compara con lo
mal que traté a la gente que me rodeaba.
Pero todo se paga —agregó con amargura.
Después me pidió que lo siguiera.
38
E l C u r r o
Y pues ¿qué hacía?, caminé tras él.
No recuerdo que hubiera alguna
lámpara de petróleo, antorcha o
velas, pero todo estaba iluminado,
¿de dónde venía la luz?
Nunca supe. Al llegar al
fondo de la cueva me
quedé petrificado ante
la visión que tenía
enfrente. Jamás en
mi vida había
visto tanto oro
junto. Me tomó
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del brazo y me
indicó que
me sentara
en un baúl,
después
empezó a
platicarme
sus penas.
—¿Sabe,
amigo?
39
E l C u r r o
Nadie después de mí había entrado a esta
cueva; en varias ocasiones les pedí a otros
que me siguieran y nadie lo hizo; es una
suerte que lo haya encontrado.
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40
E l C u r r o
Como se habrá dado cuenta no es fácil dar
con este sitio. Yo lo descubrí hace mucho
tiempo. Ese día se me ocurrió que era un
buen lugar para guardar mis tesoros, por
eso cada vez que salía a cabalgar sacaba
conmigo un pequeño costal con monedas
y venía aquí a guardarlo.
La desconfianza, mala consejera, me hizo
imaginar que mis trabajadores sospechaban
algo, es más, que quizá me seguían, así que
cambié de planes.
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Un día fingí un enojo y los corrí a todos
para quedarme solo en la hacienda. Guardé
mi oro en costales de cuero y me ayudé
de varias mulas; en cuatro días ya había
trasladado el tesoro completo. Volví a mi
casa, cerré mi despacho con candado y
regresé a sentarme justo aquí —terminó su
relato el Curro.
—¿Y qué sucedió?, ¿por qué no regresó a su
casa? —le pregunté.
41
E l C u r r o
Todavía no sé cómo pude mantenerme
sentado escuchando a aquel hombre o
espíritu; es más, cómo es que me animé
a interrogarlo, olvidando que hablaba con
un muerto.
—Mi avaricia fue la culpable —dijo, y me
indicó que lo siguiera.
Después me pidió que me acercara a un
montón de monedas que se encontraba
en el piso y dijo:
—Quítelas.
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Obedecí su orden
y empecé a quitar las
monedas, que eran
muchas. Para
mi sorpresa,
debajo de ellas
había unos
huesos. Con
la impresión
hasta caí de
espaldas.
42
E l C u r r o
No era para menos, nunca en mi vida había
visto restos humanos.
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43
E l C u r r o
—¿Qué es eso? —grité ante semejante
hallazgo.
Muy tranquilo me contestó:
—Son mis huesos. Ese último día, cuando
me disponía a regresar a mi casa, tropecé,
y para no caer quise detenerme de unos
costales, pero estaban mal acomodados y
me cayeron encima. Así terminó mi vida.
Todo quedó en silencio, solo
escuchaba los latidos de mi corazón.
El Curro dio un gran suspiro y
agregó:
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—Después de tantos años, usted
es el único que ha llegado
hasta este lugar. Ahora que
conoce mi historia quiero
que me haga un gran favor;
por supuesto tendrá su
recompensa.
Ante la sola idea de lo
que se le podía ocurrir a
ese aparecido, sentí un
44
E l C u r r o
vacío en el estómago, no tenía otra que
averiguar qué quería.
—¿En qué consiste el favor? —lo interrogué.
—Es algo muy sencillo: primero tiene que
sacar mis restos de aquí, darles sepultura
en el panteón y entregar una limosna a la
iglesia para que por fin descanse mi alma
—me dijo muy serio—. A cambio, todo
lo que hay en la cueva será suyo.
—¿Así de fácil? ¿Y cómo voy
a encontrar el camino de
regreso después de enterrar sus
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huesos? —le pregunté
desconfiado.
—Si acepta, lo
espero en el
mismo lugar
donde lo
encontré
hoy;
grite mi
nombre
y lo
45
E l C u r r o
traeré aquí de nuevo, después no olvidará
el camino —me dijo.
No puedo negar que en ese momento
los ojos me brillaron, ¡sería rico!
Traté de contestar lo más rápido que pude
y, sin quitar la mirada de lo que sería mío,
acepté.
—Entonces, trato hecho —escuché a mis
espaldas.
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Cuando volteé, el Curro ya no estaba ahí.
Sin pensarlo mucho, en cuanto desapareció
empecé a guardar monedas en todas las
bolsas que tenía y en un costal; después
junté los huesos en otro. Al terminar me
colgué en el hombro los dos costales; pero,
al acercarme a la salida, el costal con los
huesos me pesaba más a cada paso que daba.
En alguna ocasión había escuchado que
los muertos pesan mucho, pero la verdad
nunca me imaginé que fuera para tanto.
46
E l C u r r o
Empecé a tirar monedas en el camino
para ver si así aminoraba la carga, pero
el resultado fue el mismo.
Me senté en el suelo y como los huesos
eran lo que pesaba más, decidí dejarlos
escondidos y seguir solamente con las
monedas. Podía poner algunas marcas
en el camino y regresar con una
mula para cargarlos, ¿quién se
daría cuenta?
Al llegar a la entrada de
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la cueva vi algo extraño:
un palo que sostenía una
calavera con sombrero
de paja. Esto no
tendría importancia
si no fuera porque,
al tratar de salir,
sonó un disparo
y el sombrero
giró sobre
la calavera.
47
E l C u r r o
A toda prisa me escondí tras una piedra.
Pasó un rato y traté de salir de nuevo,
pero otro disparo dio en el sombrero; así
ocurría cada vez que lo intentaba.
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E l C u r r o
Ya sentía pánico,
pensé que me
quedaría ahí
para siempre.
Entonces
aventé el
costal con
monedas,
y regresé
corriendo
en busca
del que tenía los huesos. Me costó
un poco de trabajo encontrarlo, pues
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ahora todo estaba en tinieblas. Cuando
por fin lo hallé, me dirigí a la entrada,
y sería por el miedo, pero ya no pesaban.
Luego fui acercándome despacio reteniendo
el resuello, cerré los ojos, empecé a salir
y ¡sorpresa!, no pasó nada; abrí los ojos y
me eché a correr; a partir de ese momento
se borraron mis recuerdos.
La gente de la compañía minera,
preocupada por mi desaparición, mandó
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a dos hombres a caballo para buscarme
en la sierra; al tercer día me encontraron
casi congelado abrazando un viejo costal
de cuero que no pudieron quitarme por
más que lo jalaron; primero pensaron
que estaba entumido de frío y por eso
no lo soltaba, pero después, ya en mi casa,
en cuanto me dormí intentaron nuevamente
quitarme el costal para que el médico me
revisara, pero dicen que empecé a dar tales
gritos que mejor lo dejaron entre mis brazos.
Los primeros días tuve temperatura y en
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mi delirio gritaba: que si los huesos, que
la mina, que cumpliría, que me perdonara;
luego enmudecí. Mis amigos supusieron
que había visto al Curro y que del susto
había perdido la razón, pero decían que
sobre advertencia no hay engaño.
Para sorpresa de todos, milagrosamente me
recuperé; entonces les platiqué mi aventura,
pero, como era de esperarse, no creyeron
que estuve con el Curro y que, además, me
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había ofrecido su tesoro. Todos se rieron
diciendo que ahora Santo Domingo
tenía su propio loco. Para que me
creyeran les mostré el contenido
del costal y las monedas
que tenía en mis bolsas;
al verlas se quedaron
con la boca abierta.
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En cuanto pude fui al panteón, enterré los
restos del Curro, di la limosna y mandé
decir una misa. Con las monedas que
llevaba en mis bolsas y las que encontré
junto a los huesos fue suficiente
para que pusiera una tienda,
así que abandoné mi oficio
de velador y, lo más
importante, me alejé para
siempre de las minas.
Cuando terminé mi
relato, aquel muchacho
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estaba intrigado y me
preguntó si había
regresado por el
tesoro, a lo que
contesté con una
gran carcajada:
—¡Cómo crees,
muchacho! Ni
loco que estuviera,
de esos sustos con
uno en la vida basta.
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Tú me caes bien y como yo cumplí mi parte
del trato, si quieres te puedo decir el lugar
donde tienes que llamar al Curro; estoy
seguro que sabrá que te envío y te llevará
en mi lugar a la cueva. ¿Te arriesgas?
Contestó que lo pensaría y después de
indicarle cómo llegar a las minas se
despidió. Creo que aún lo sigue pensando
pues no regresó. Hay quienes aseguran que
el Curro se sigue apareciendo en busca de
otro afortunado para entregarle su tesoro.
Yo no les creo.
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Versión digital, octubre de 2022.
ierra de Tesoros
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