El efecto Pigmalión debe su nombre a una leyenda relatada por Ovidio, en la que su protagonista
era el rey Pigmalión. Este rey afirmó que no se enamoraría de ninguna persona que no fuera
perfecta. Como es evidente, esta búsqueda causaba mucha frustración a Pigmalión, pues no daba
con una mujer que cumpliera tal requisito. Por ello, tomó la decisión de dejar la búsqueda y de
comenzar a crear esculturas de mujeres.
Una de estas esculturas se convirtió en su mejor obra, con una belleza tan perfecta que Pigmalión
acabó enamorándose de ella, llamándola Galatea.
Comenzó a actuar con esta escultura como si la mujer fuera real, colmándola de atención, mimo y
cariño. Tanta fue su dedicación con la escultura que, al final, esta se convirtió en una mujer de
carne y hueso.
podemos definir el efecto Pigmalión como la influencia que tienen las creencias de otras personas
sobre nuestras propias capacidades y sobre lo que podemos o no lograr. Es decir, el hecho de que
otras personas me vean como una persona capaz de hacer algo, hará más probable que yo acabe
siendo capaz de hacerlo. Y lo mismo ocurriría de manera contraria. Así, este efecto explica cómo
las expectativas que otras personas depositan en mí acaban siendo integradas y cumplidas por mí,
para bien o para mal.
Al efecto Pigmalión también se le conoce con el nombre de “profecía autocumplida”, en el sentido
de que, cuando otras personas tienen una previsión de cómo vamos a actuar, de qué vamos a
conseguir, o de cómo somos, es probable que estas previsiones o expectativas se acaben
cumpliendo o confirmando. La imagen que yo tengo de mí está muy influida por la forma en la que
otras personas me miren