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Cronicas Del Multiverso

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Otros títulos de la colección OBRA GANADORA DEL VÍCTOR CONDE

VÍCTOR CONDE
La Era de la Eternidad PREMIO MINOTAURO 2010 nació en Santa Cruz de Tenerife en 1973.
Héctor García Autor prolífico y polifacético, ha publicado
Crónicas del multiverso es un regreso al auténtico espíritu de la ciencia más de cincuenta libros y ganados múltiples
Simbiosis ficción. Una novela en la que no hay límites para la imaginación, galardones, incluyendo los prestigiosos
Bruno Puelles premios Minotauro, Celsius e Ignotus.
pero cuyos personajes viven situaciones y se enfrentan a dilemas que
resultarán tremendamente cercanos al lector. Su obra abarca casi todos los géneros
El Tercer Mundo después del Sol
imaginables: ciencia ficción, fantasía,
[Link].
La Variedad: una isla de soles rodeada por un inmenso vacío cósmico. juvenil, infantil, serie negra, novela histórica,
Los últimos días de Clayton & Co. Las quince especies inteligentes que habitan en ella están atrapadas, novela filosófica... Hace veinte años creó su

CRÓNICAS DEL MULTIVERSO


Francisca Solar sin posibilidad de escapar aunque siguen tratando de desarrollar sus saga del Multiverso, y desde entonces esta
civilizaciones. Lina Kolbrand es una corsaria estelar, capitana de la nave cuenta con varios galardones de los más
Eurídice. En un audaz golpe de mano, roba una valiosísima mercancía importantes que se conceden en España.
a los urtianos, misteriosos seres inteligentes que funcionan como un

CRÓNICAS
ente colectivo y que son la especie más desarrollada de la Variedad.
La desmesurada reacción de los urtianos parece anunciar una guerra
total contra las restantes especies inteligentes. Pero los urtianos tienen
un objetivo muy distinto. Antes que nadie, han comprendido que el
universo que habitan está muriendo. Los soles se apagan y los límites de

DEL
la Variedad se colapsan. Todo el cosmos parece desintegrarse. ¿Podrán
los habitantes de la Variedad escapar a su prisión, al universo burbuja
que los alberga? ¿Podrán salvar su cultura y sus logros intelectuales? ¿Y

MULTIVERSO
qué hay más allá de los límites de ese universo?

V Í CT O R C O N DE
10293657

Diseño e ilustraciones: Coverkitchen


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Crónicas del multiverso

© Víctor Conde, 2010


© Del mapa, Víctor Conde
© Del prólogo, Víctor Conde 2022

Publicación de Editorial Planeta, SA. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona.


Copyright © 2022 Editorial Planeta, SA, sobre la presente edición.
Reservados todos los derechos.

ISBN: 978-84-450-1284-0
Depósito legal: B. 5.190-2022
Printed in EU / Impreso en UE.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema


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3...

Norte

El viajero ya había estado antes en aquel lugar. O en uno tan pare-


cido que habría resultado imposible separar un recuerdo de otro y
decidir cuál era real y cuál no.
Avanzó por la calle con un andar rápido y enérgico, una actitud
que contrastaba con su cabeza agachada y oculta por una capucha
gris. Sus atuendos no llamaban la atención en aquel entorno, lleno
de los más variopintos ejemplares humanos y alienígenas, pero se
obligó a andar más despacio, con menos resolución, porque en
aquel feudo de fracasados y soñadores sin esperanza era delito saber
con tanta claridad adónde se dirigía uno, y qué pensaba hacer una
vez que llegara.
Lyndur era una ciudad cambiante, tanto como sus habitantes.
Pero también tenía aspectos inmutables, como sus habitantes. Uno
podía caminar por las callejuelas de sus barrios, admirar los ejem-
plares humanos que se amontonaban en la periferia de un sistema
social que era a su vez una periferia de otra cosa, y pensar que había
llegado más allá (en todos los sentidos y dimensiones de esa pala-
bra) que ninguna otra persona de su entorno. Que había viajado lo
más lejos que una nave comercial podía llevarlo jamás… Y no an-
daría desencaminado. También podría pasear por las amplias ave-
nidas llenas de tiendas caras y de clínicas de neurocortado que bro-
taban radialmente del espaciopuerto —verdadero corazón ardiente

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de la ciudad— y sentir que la condición humana era una barrera
invisible contra la que estaba chocando a diario. Sentir que sólo
por ser un bípedo de cerebro bicameral y mente apoyada en un
sucio montón de circuitos de carbono, ninguna nave podría llevar-
lo más allá. Ya no había mundos colonizables después de Lyndur,
sólo un angustioso vacío que tenía tanto de eterno como las cuali-
dades que esos mismos amasijos de carbono atribuían a los dioses,
a las leyendas y a las canciones.
Sentirse un humano, un ente vivo, abandonado en las frías calles
de esa ciudad, era la condición más baja, la más terrible a la que se
podía aspirar; la única que te garantizaba no poder seguir viajando
para perseguir unos sueños que a todos les venían impresos como
equipaje racial, grabados en el mismo cerebro que no dejaba de in-
ventar nuevas formas de estar siempre pasando página. Viajar sólo
le estaba permitido a la materia que no estuviese viva. Soñar no.
El viajero paseó rumbo a su bar favorito. Era una figura alta y
fibrosa, oscura en sus ropajes y en su modo de desplazarse, como si
tuviera miedo de que alguien pudiese apartar de golpe su capucha
y reconocerlo. Llevaba seis días en aquella ciudad, varado como un
pecio, y ya ardía en deseos de abandonarla. Pero aún no tenía la
información que necesitaba.
El cielo estaba azul y radiante, más de lo que parecían permitir
los edificios. Varias circunnavegadoras solares caían a la tierra desde
un lugar que él conocía bien: una órbita donde la luz de estrellas
era como el acero templado. ¿Hermosas? Todo lo que volara era
hermoso, sólo por eso. Con su geometría de piña atrofiada, las
circunnavegadoras eran de las pocas naves capaces de transportar
humanos de un planeta a otro sin matarlos en el proceso; pero eran
lentas, muy, muy lentas, y jamás tendrían la capacidad de una na-
veluz para atravesar el Vacío. El viajero las vio aterrizar, cabalgando
tecnología Ur o Lamsoniana, y se preguntó cuántas almas perdidas
estarían admirando la ciudad desde sus ojos de buey en aquel ins-
tante. ¿Habría neuro-operadores especializados en sueños en los
catálogos de los turistas? Y si era así, ¿eran legales o había que so-
bornar a alguien para sacarlos de sus madrigueras?

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En el aire flotaba un tenue olor a pescado rancio. Era el olor del
código que rezumaban las naves mientras caían, amortajado en
crípticos abismos de matemáticas. El viajero aspiró aquel perfume
de computación, esperando, como siempre, que aunque él no pu-
diese entenderlo su cerebro sí lo hiciera. Pero era un anhelo impo-
sible, incluso para el consabido «algún día». Sólo las naves podían
aspirar, transpirar y entender su propio código. En él viajaba camu-
flada la comprensión del cosmos, la noción misma de las estrellas y
su dédalo de fisión, otra de las maravillas que los humanos tenían
prohibido asimilar.
El viajero no sabía qué hora era, pero el bar estaba en plena
ebullición. Incluso las tiendas de comida rápida estaban abiertas,
regalando atisbos de paredes de color fucsia, cascadas de anuncios
personalizados y áreas de degustación instantánea, donde el regus-
to final de una comida era transmitido a través del oído en lugar de
pasar por el sentido del gusto.
En esencia, el bar era un tugurio como cualquier otro, a la vera
del astropuerto y con todo lo que ello implicaba, pero tenía algo
especial, único, que atraía a la gente del negocio como moscas a un
abandonado terrón de azúcar. Poseía una barra, sí, y un viejo cartel
(no inteligente, sino plano y sin luces) que anunciaba una bebida
retro que no se comercializaba en ningún planeta. Era un antro
embarcado en un largo viaje hasta la madrugada, cuyo plato insig-
nia era mejor no probar hasta que hubiese macerado.
El viajero entró. Localizó una mesa libre y esperó a que alguien
viniese a atenderlo. Los altavoces zumbaron y un negro enorme
armado con un saxo surgió de ellos para cuestionarles cosas tan
básicas como el amor, la soledad o el placer de ver cómo se va de-
rritiendo un helado. El viajero deslizó una mano dentro de sus ro-
pajes, raídos como si hubiesen visto muchos horizontes antes de
quedarse anclados en aquella silla. Extrajo un objeto que se esforzó
por ocultar bajo la mesa, a salvo de miradas ajenas, mientras lo
acariciaba. Era un trozo de metal partido, con unas extrañas ins-
cripciones en su superficie que brillaban en un espectro que el ojo
no podía captar. Estaba frío al tacto, y una leve vibración se trans-
mitía en oleadas por su superficie, haciéndole cosquillas.

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—Ya estamos cerca... —dijo el hombre en un volumen tan bajo
que casi pareció que lo había soñado. Agitó sus afilados dedos, es-
tudiando el retorcido trozo de metal como si contuviera un secre-
to—. Nuestro viaje por fin va a concluir.
Otras personas entraron en el bar. Exploradores. Gusanos del
Margen, los llamaban. Era fácil reconocerlos por su aire de des-
orientación constante, y por sus ojos, radicalmente distintos a los
suyos, lastimados, como si su encuentro con la consabida mujer
fatal ya hubiese tenido lugar. Justo la clase de personas con las que
necesitaba charlar.
Los gusanos también debieron de reconocerlo como uno de los
suyos porque se aproximaron (tras echarle sólo dos o tres miradas
de soslayo) y, sin pedir permiso, ocuparon las sillas libres. El viajero
los miró.
—¿Vienes o te vas? —preguntó uno de ellos, un hombre de
mentón enérgico y ojos rendidos. Sostenía una copa con un líqui-
do que o bien era invisible o bien lo habían servido en tan escasa
cantidad que ni zarandeándolo llegaba al borde.
—Estoy tratando de irme —contestó el hombre de la capucha.
—Aquí todos estamos igual... Pasajes muy caros o falta de rutas.
Una de dos.
—Yo sé adónde quiero ir, y tengo dinero para comprar el pasaje
—puntualizó el viajero—. Pero necesito confirmar una cosa. Una
información.
El segundo gusano, un joven que parecía estar madurando al
revés, pues lo que se le caía de la cabeza eran las canas y no los ca-
bellos marrones y fuertes, arrugó el entrecejo.
—¿Qué clase de información?
El viajero se cernió tanto sobre su copa que pareció que iba a
caerse dentro. En tono confidencial, dijo:
—Cuentan que hay un planeta no lejos de esta estrella, con un
anillo muy delgado de detrito espacial. Chatarra sin valor. —Se
acodó sobre la mesa—. Dicen algunos pilotos que en uno de los
continentes de ese planeta se ha divisado... bueno...
—¿El Cubo?

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El viajero alzó la cabeza y miró al gusano a los ojos. La capucha
se le deslizó hacia atrás, sin llegar a despegarse de su pelo pero reve-
lando un rostro anciano, de ángulos fuertes y decididos, unos la-
bios finos y apretados y una nariz torcida.
—Sabes de lo que estoy hablando. —No era una pregunta.
El gusano que maduraba al revés sacó un pequeño puerto de
datos de su mochila. Lo encendió y buscó una imagen en la me­
moria.
—Yo estuve una vez allí —aseguró.
Su compañero lanzó un bufido.
—¡Mentiroso!
—¡Es verdad! —reaccionó el primero, enseñándole la fotografía
que había seleccionado. Era una imagen desvaída, como si la misma
antigüedad del soporte hubiese corrompido el fichero. El viajero se
dio cuenta entonces de que el joven se parecía tanto a su compañero
que lo podrían haber confundido con su hermano, o con su hijo.
Una vez había conocido a dos personas así, corredores del hielo de
Praxis que se deslizaban a tal velocidad que, según contaba la le-
yenda, algunos se desdoblaban en entes gemelos.
—Abandoné en aquel maldito desierto a una mujer que amé
—aseguró—. Hace tiempo.
—Enséñame esa imagen, por favor —pidió el viajero.
El gusano se la tendió, reticente, pero no puso objeciones cuan-
do lo que recibió a cambio fue otra copa de lo que fuera que estaba
tomando. El viajero tomó el puerto de datos y lo sostuvo con am-
bas manos, con dedos firmes, como si a pesar de su poco peso se le
pudiera escurrir y romperse.
No podía creerlo. Era cierto lo que contaban en el gremio de
exploradores, hogar de los gusanos y de las rémoras que llevaban
siempre pegadas a sus naves. Aquella imagen estaba llena de estáti-
ca y parecía tomada desde un vehículo que se moviera haciendo
piruetas, pero servía para mostrar una gran estructura poligonal
apoyada en una planicie desierta. No había modo de averiguar cuál
era ese mundo, pero en la base de aquel cubo gigantesco (si los
rumores no mentían, tenía trescientos metros de arista y estaba

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hecho de un mineral desconocido, igual que el pequeño fragmento
con el que jugueteaba con sus dedos) se apreciaba algo, un amon-
tonamiento de pequeñas formas geométricas. Por el tamaño y los
pequeños pozos de oscuridad que horadaban aquí y allá sus facha-
das, el viajero dedujo que eran viviendas: las casas de adobe de un
poblado que había crecido apoyado contra el leviatán. Y si los pe-
queños puntitos que mostraba la foto eran lo que parecían, aquel
conjunto de covachas estaba habitado.
—El Cubo —murmuró el gusano del mentón enérgico. Dejó
que la palabra hiciera su efecto durante un momento, como un
ambivalente monolito verbal—. Es un asesino. Algunos afirman
que no es más que una leyenda. Hay mundos enteros que han ba-
sado sus mitologías más arcaicas en estas... cosas.
—No es una leyenda —refutó el viajero—. Existe. ¿Tienes las
coordenadas de este sitio?
Los gusanos soltaron un exabrupto, los dos a la vez, y exclama-
ron:
—¿Estás loco? ¿De veras quieres ir allí?
—Llevo años buscándolo. Sé que allí hay una pregunta esperán-
dome.
—Escucha, amigo, esas cosas no son de este... este... —le costó
elegir una palabra que expresase la suficiente alienidad—. Son
monstruos, monstruos despiadados, y matan a la gente. No sobre-
vivirás al contacto con semejante engendro.
Un resplandor extraño cruzó la mirada del viajero de izquierda
a derecha.
—Conozco los riesgos —aseguró—. Por eso quiero ir.
—Allá tú —dijo el hombre de las canas marrones—. Si estás lo
suficientemente loco, puede que nada pueda pararte.
El viajero se puso en pie, apurando la copa.
—Ya me he enfrentado antes a esas cosas —sonrió—. Y tam-
bién mataré a ésa.

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El nombre del planeta era Gemish III. No había transportes regu-
lares que lo visitasen, así que el viajero tuvo que emplear casi todo
el dinero que le quedaba en alquilar (después de una discusión
bastante acalorada) una nave privada que lo llevase. Ahora, mien-
tras la veía despegar y hacer polvo el mach doce al salir de la atmós-
fera, supo que había hecho bien. Mientras menos constancia que-
dase de sus movimientos, mejor.
Sus botas se hundieron un centímetro en la arena con un so-
nido que evocaba alfombras de corcho. Un abanico de luz dorada
hizo su aparición cuando el sol rebasó el horizonte. En pocos se-
gundos, todo el espectro de colores llenó de vida a un mundo
antes mortecino. El viento, que levantaba una película de polvo a
pocos centímetros del suelo, adquirió un brillo blanco; las nubes
parecieron aureoladas de un contorno azul de arco voltaico; la
lejana muralla de picos de una cordillera se cubrió de diversos
tonos de oro y esmeralda, y el mundo mismo pareció exudar un
calor que surgía de dentro, del corazón de la tierra, y no de su
estrella amarilla.
Y en el horizonte, más cerca de lo que la perspectiva de sus aris-
tas parecía indicar, estaba el monstruo.
El viajero inició su lento andar hacia la sombra que proyectaba
el coloso. Le había pedido al piloto que lo dejase a pocos kilóme-
tros de su objetivo, pues dudaba de cómo reaccionaría éste a la fí-
sica de unos motores cercanos. Podría haber destruido la nave, qui-
zá, o no haber hecho nada en absoluto, como el elefante que ve
pasar una mariposa por encima de sus orejas sin que ésta signifique
nada para él.
El monstruo aparecía difuminado por una especie de neblina.
La mole perfectamente cúbica no estaba posada horizontalmente
en la arena, sino inclinada, medio hundida por una de sus aristas.
Tenía el mismo color que el desierto, aunque el viajero supuso que
se debía a la arena estratificada que lo cubría como una mortaja. En
su base, alrededor de la esquina que desaparecía tragada por las
dunas, crecía el poblado. Era una acumulación de espacios defor-
mes, abigarrados, como barro derretido que los siglos hubiesen pe-

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trificado a su capricho. No se podía hablar de edificios, sino de una
pelea de habitáculos a cual más caótico y peor diseñado.
Cuando los moradores divisaron al encapuchado, salieron a re-
cibirlo. El viajero se encontró con una fila de hombres y mujeres,
todos humanos, vestidos a la usanza de los cava-aguas del bosque
de oasis del sur, con túnicas blancas y vaporosas que flameaban al
viento. Tenían la piel cubierta de tatuajes, y aunque aún estaba
demasiado lejos de ellos para verlas bien, el viajero creyó reconocer
en esas marcas sutiles correspondencias matemáticas.
Uno de los nativos lo saludó, adelantándose. Tenía una nariz
puntiaguda, con dos fosas nasales en forma de hendiduras, y una
boca que parecía una grieta en un tablón de madera. En el aire
había un olor particular, una especie de almizcle con notas de ene-
bro que no arrastraba el viento.
—Saludos, extranjero —dijo el nativo en una lengua que recor-
daba a otras más antiguas y comunes a los planetas del Borde. Su
voz, parecida al viento que atravesaba las viejas piedras, hacía pen-
sar en un interminable lamento solitario—. ¿Por qué te ha traído
el sol?
El viajero alzó la vista hacia el coloso, sobre cuya cima comen-
zaban a arremolinarse unas nubes pardas.
—He venido para responder a la pregunta.
El nativo afiló los ojos. No interpretó las palabras del extranjero
como nuevas o insultantes. Seguramente habría oído esa bravata
infinidad de veces, en boca de otros errantes a los que escupió el
desierto.
—Sabes que si lo haces morirás, ¿verdad? —le advirtió.
—Lo sé —dijo el viajero—. Pero estoy decidido a intentarlo.
—Si ésa es tu voluntad... —se resignó el nativo, con aire de
tristeza (¿decepción, tal vez?). La fila de personas se partió en dos,
y entre todos, hombres, mujeres y niños tatuados, condujeron al
insensato extranjero hasta la base del Cubo.
El viajero se paró delante de él y lo contempló con respeto. Alzó
una mano y lo tocó. Era áspero, pero reconfortante a la vez. Era
como palpar algo que se sabía a ciencia cierta que no podía existir,
y encontrar placeres ocultos en la misma paradoja.

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En cierto modo, también era su dios. Y a su fría y analítica ma-
nera, el viajero también lo adoraba.
—¿Cuál es tu nombre, extranjero? —preguntó una mujer.
El viajero se echó hacia atrás la capucha. Una melena rizada y
canosa se desplegó alrededor de su rostro.
—Me llamo Norte —contestó—. Y he venido para matar a
vuestro dios.

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