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Sinopsis
Prólogo
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Epílogo
Sobre la autora
Sinopsis
Aislinn Killeen es una buena chica católica. Cuando su hermana
desaparece durante un viaje a Nueva York, Aislinn deja atrás Dublín, su
ciudad natal, para buscarla. Encuentra refugio con su tío, un sacerdote en la
parroquia católica irlandesa más grande de la ciudad, y confesor de la mafia
irlandesa. Sus investigaciones pronto la llevan al submundo criminal, y a
uno de sus principales protagonistas: Lorcan Devaney.
El reinado de Lorcan Devaney es brutal, su temperamento temido y su
paciencia inexistente.
Aislinn está segura de que él es el hombre que sabe lo que le pasó a su
hermana. Pero atraer la atención de un hombre como Lorcan es peligroso.
Cuando se revelan los secretos del pasado de su familia, se ve obligada a
casarse con el hombre que podría ser responsable de la desaparición de su
hermana.
¿Encontrará a su hermana y escapará del matrimonio indeseado, o
será la segunda Killeen en desaparecer?
Five-Leaf Clover #1
Prólogo
—Va a ser un nuevo comienzo. Puedo sentirlo. Todo aquí me impide
alcanzar mi potencial. En Nueva York, puedo convertirme en alguien
nuevo. Puedo encontrar un agente que realmente me ayude a entrar en
revistas y pasarelas —canturreó Imogen, sus ojos verdes distantes.
Nuestro color de ojos era la única similitud externa que
compartíamos, pero donde mi cabello era rojo, el de Imogen era rubio fresa,
aunque lo había estado tiñendo de un tono más claro de rubio desde que
tenía dieciséis años, odiando el ligero tinte rojo. Mi cabello no solo tenía un
toque de fresa, era rojo, sin importar la iluminación.
Imogen apoyó los codos huesudos en la barandilla del puente,
soñando con un futuro glorioso lejos de nuestra ciudad natal y nuestra
familia. Lejos de todo lo que aparentemente la retenía, agobiándola. Pronto,
Dublín y el río Liffey se desvanecerían y se convertirían en un recuerdo
lejano.
—Te voy a extrañar —le dije. A pesar de nuestras diferencias, Imogen
había sido una constante en mi vida. El agua corriendo debajo del puente
Ha'penny sonaba como un lamento triste, pero amaba mi ciudad natal.
Incluso el chirrido de las ruedas de las maletas mientras los turistas
impacientes arrastraban su equipaje por las calles empedradas, pensando
que podrían descubrir toda la belleza de Dublín en una escapada de fin de
semana. Incluso el hedor a vómito y orina en Temple Bar un domingo por la
mañana.
Tal vez no eso.
Imogen no dijo nada. No estaba segura de si ella no me había
escuchado o no podía decirlo en respuesta. Ella ya se había ido, ya no
estaba disponible para mí. Había estado soñando con irse durante mucho
tiempo, y ahora finalmente tenía el dinero de chantajear al padre de Finn; si
él no pagaba, ella le diría a su esposa que había embarazado a una chica de
dieciséis años.
—¿No quieres esperar hasta el tercer cumpleaños de Finn? Solo faltan
cuatro semanas —dije.
Con los hombros encorvados, los delgados dedos de Imogen se
aferraron a la barandilla.
—No puedo. Ya reservé el vuelo. Tú y mamá cuidarán de él. Ni
siquiera se dará cuenta de que me he ido. En un año o dos, se habrá
olvidado de que existo.
Me dolía el corazón al escuchar sus palabras. Quería culpar a su corta
edad de la incapacidad de Imogen para cuidar a Finn (lo había dado a luz
tres meses después de cumplir diecisiete años) y al hecho de que el
comienzo de la vida de Finn había sido difícil porque había nacido ocho
semanas antes de lo previsto, pero nunca me había impedido cuidarlo. Y ser
joven tampoco había impedido que mamá nos cuidara; ella había dado a luz
a Imogen dos semanas después de su decimosexto cumpleaños, y yo la
seguí doce meses después.
—No puedo llegar a ser grande si no voy a Nueva York —dijo
Imogen, pareciendo culpable por un segundo—. Me estoy haciendo mayor.
Aún tengo una oportunidad de tener una carrera como modelo a los veinte
años, pero no puedo esperar más.
Apareció en algunos anuncios de moda para marcas más pequeñas y
participó en algunos desfiles en centros comerciales de Dublín, pero aparte
de eso, las selfis en su página de Instagram fueron lo más cerca que estuvo
de ser modelo.
—Lo sé.
—Crees en mí, ¿verdad? ¿Que puedo convertirme en una modelo
famosa?
—Lo creo —le dije. Era una verdad a medias. Creía en Imogen. Era
hermosa, alta y delgada, con pómulos altos. Creía en su potencial para
trabajar como modelo, incluso admiraba su empuje, pero me preocupaba
que se cansara rápidamente si las cosas no salían fácilmente o no eran como
esperaba, o que siguiera voces peligrosas que prometían fama rápida a
cambio de algo—. Solo ten cuidado —susurré.
Los ojos de Imogen se arrugaron divertidos.
—Suenas como mamá. Las dos prefieren evitar todo riesgo y vivir en
su cómoda burbuja, en el mismo lugar, con el mismo trabajo, el mismo
novio aburrido, pero yo quiero más. Tengo sueños.
Ignoré el golpe de Imogen a Patrick. Yo también tenía sueños. Pero
aparte de Finn, la casa, el trabajo y Patrick, rara vez me atrevía a pensar en
ellos, y había dejado de compartirlos con nadie más.
—Solo ten cuidado —repetí.
—Haré lo que sea necesario para conseguir lo que quiero, Aislinn.
Mi preocupación se convirtió en un torrente.
1
Aislinn
—El número al que intenta llamar se encuentra fuera de servicio. —
Bip—. No hay conexión con este número. —Bip.
Finalmente bajé el teléfono y lo acuné en mi regazo. Intenté llamar a
Imogen por lo que me pareció la centésima vez en los últimos dos meses.
Nada. Siempre nada.
El primer par de semanas, no me había preocupado demasiado.
Imogen era impredecible y, a veces, se olvidaba de todo menos de sí misma,
pero siempre llamaba o enviaba mensajes de texto después de un tiempo.
Me enojé cuando ni siquiera llamó para desearle un feliz cumpleaños a
Finn; mamá y yo logramos distraerlo con una gran cantidad de pastel de
chocolate, regalos y una visita al zoológico. Dos meses sin decir nada era
demasiado incluso para mi hermana. Algo estaba pasando, y mi instinto me
dijo que no era bueno.
Miré por la pequeña ventana de nuestro apartamento justo encima del
restaurante y bar Merchant's Arch, donde mamá había trabajado como
camarera durante los últimos cinco años; antes era su restaurante, pero las
deudas del pasado de mi padre finalmente nos alcanzaron y se había visto
obligada a renunciar a la propiedad. Ahora todo lo que quedaba de su sueño
era un montón de deudas. Tuvimos suerte de que Sean, el nuevo dueño,
fuera un amor y estuviera loco por mamá.
Esta llamada, o la falta de ella, solo confirmó mi decisión, una que
había tomado hace semanas cuando mi preocupación por Imogen se
transformó en miedo.
Sonó el timbre y cerré mi antiguo portátil. Estaba planeando ver el
video de cocina más reciente de uno de mis chefs favoritos en caso de que
Patrick me dejara plantada nuevamente. Sean le había dado a mamá la
computadora portátil cuando compró una nueva Macbook hace un año. Si
no fuera por él, aún estaríamos atrapadas con nuestra computadora de diez
años. Me levanté de la mesa de la cocina y miré el callejón de abajo que ya
se estaba llenando de fiesteros.
Como de costumbre, Patrick llegaba tarde. La mayor parte del tiempo,
solo veíamos la televisión juntos, porque tenía que quedarme con Finn y
Patrick siempre andaba escaso de dinero. Apareció vistiendo jeans holgados
con sus calzoncillos asomándose por la parte superior, y tuve que morderme
la lengua. Sabía que odiaba el look, pero sus amigos lo usaban y él también,
a pesar de que lo hacía parecer más joven que sus diecinueve años. Su
intento de dejarse crecer la barba, que hasta ahora solo resultó en parches de
vello rubio en las mejillas, la barbilla y sobre el labio superior, no ayudaba.
Su expresión era tensa, casi pareciendo culpable, cuando entró
después de un rápido beso. Olí cerveza en su aliento, lo que probablemente
fue la razón de su tardanza. Se dejó caer en el sofá y encendió la televisión
sin decir una palabra.
Me hundí a su lado.
—¿Podemos hablar?
—Claro —dijo. Su voz sonó apagada. No apartó la mirada de la
televisión.
Suspiré.
—Aún no puedo comunicarme con Imogen, así que seguiré mi plan.
Me dio una mirada confusa.
—¿Qué plan?
—El que te he estado hablando durante las últimas dos semanas —
murmuré—. Sobre mí volando a Nueva York para buscarla.
Asintió, pero me di cuenta de que no había estado escuchando cuando
le conté mi plan por primera vez. Volvió la atención a la televisión.
—Podrían pasar varias semanas antes de que regrese —dije
disculpándome. Nuestro primer aniversario estaba a la vuelta de la esquina
y me sentía culpable por tener que perdérmelo.
Patrick se rascó la cabeza y me miró avergonzado.
—Tal vez sea bueno para nosotros estar separados por un tiempo.
Mis cejas se dispararon hacia arriba. ¿Llevábamos saliendo menos de
un año y él necesitaba espacio?
Bajó la mirada hacia sus zapatillas.
—Quería decírtelo la última vez, pero no sabía cómo… ya sabes,
¿cuando salí con los chicos el viernes pasado?
Asentí, recordando haberlo visto la tarde siguiente, aun apestando a
cerveza y bastante borracho.
—Como que me metí con otra mujer.
—¿Qué?
—Estaba borracho y ella se abalanzó sobre mí. Apenas recuerdo nada.
—¿A qué te refieres con se abalanzó? —pregunté, intentando
mantener mi voz baja porque Finn estaba durmiendo en la habitación de al
lado.
—Me la follé.
Detrás de la culpa, detecté el destello de orgullo y emoción en su voz,
y también se reflejó en sus ojos marrones. Me sentí enferma. Patrick y yo
pasamos tiempo juntos e incluso nos besamos justo después de que él me
engañara. Lo obligué a ducharse para estar sobrio y quitarse el hedor para
que no vomitara.
Me puse de pie, intentando no perderlo.
—¡Deberías haberme dicho de inmediato!
—No quería molestarte.
—No, también esperabas poder follarme —gruñí. Había intentado
convencerme de dormir con él ese día, y si no hubiera estado borracho,
podría haberlo considerado. Me sentía perdida desde que Imogen se fue y
quería consuelo. Pensar que había creído que Patrick podría dármelo me
hizo enojar aún más.
—Tal vez sea lo mejor, ¿sabes? Hablé con los chicos. Llevamos once
meses juntos y me has hecho esperar todo este tiempo. Tengo urgencias.
Mis bolas están azules.
—Estaban —corregí pasando el nudo en mi garganta—. Estaban
azules. No olvides a la chica a la que te follaste. —No mencioné que
habíamos tenido una conversación sobre mi deseo de esperar y Patrick
fingió entender mi razonamiento.
Mi mirada revoloteó hacia el pasillo, medio deseando que Finn
irrumpiera e interrumpiera esta conversación. Las lágrimas presionaban
contra mis párpados. No podía creer que casi le había dado mi virginidad a
un imbécil como Patrick.
—Sí, estaban —coincidió Patrick, de nuevo con un toque de emoción
—. Dijeron que es natural querer extender tus alas como hombre, ¿sabes?
Es la testosterona.
Casi lo pierdo. ¿Dónde estaba tu testosterona cada vez que tenía que
quitar una araña del techo porque no te gustaban? ¿Y cuando dejaste que
esos turistas de Glasgow me tocaran sin decir una palabra porque eran
demasiados para ti?
—Entonces, supongo que eso es todo —dije, sorprendida por la nota
sin emociones de mi voz.
Los ojos de Patrick se abrieron de par en par alarmados. Hizo un
movimiento como para abrazarme, pero esquivé el intento. No quería su
toque.
—Aislinn, aún me preocupo por ti, y no quiero terminar. Solo creo
que necesito un pequeño descanso. Así puedo desahogarme, vivir un poco
sin hacerte daño, ¿no? Y luego, cuando volvamos a estar juntos, estaré lo
suficientemente relajado como para esperar un poco más. Solo será un poco
más de tiempo, ¿verdad?
Lo miré fijamente. ¿Estaba hablando en serio? ¿De verdad pensaba
que volvería con él y de hecho, me acostaría con él?
—Tal vez también extienda mis alas durante nuestro descanso.
Patrick en realidad se rio.
—Sé que no eres el tipo de chica que se acuesta con cualquier chico.
Quieres esperar el momento adecuado con el tipo adecuado.
Sonaba como si aún creyera que él era ese tipo.
—Entonces, ¿vas a acostarte con todas las chicas que te quieran
durante nuestro descanso mientras busco a mi hermana y pienso en nuestra
reunión?
—Yo también te extrañaré, pero es lo mejor.
Mi sarcasmo se había perdido en él. No es que nunca me hubiera
preguntado cómo sería tener sexo, pero las experiencias de mamá e Imogen
me habían alejado de la idea de tener sexo. Sabía todo acerca de la
anticoncepción, pero en mi cabeza, el sexo tenía malas consecuencias.
Nunca había soñado con acostarme con Patrick, pero a veces fantaseaba con
alguna que otra celebridad o héroe de una novela romántica. El sexo nunca
fue lo suficientemente importante para mí como para darle más que un
pensamiento fugaz, y los besos y las caricias de Patrick no habían sido lo
suficientemente placenteros como para tentarme a renunciar a mi plan de
esperar al menos un año antes de acostarme con un hombre.
Había tomado la decisión de acostarme con Patrick antes de mi vuelo
a Nueva York, más por un deber necesario que por el deseo de mi cuerpo.
Ahora me sentía casi aliviada de que Patrick me hubiera engañado y me
hubiera ahorrado nuestro encuentro sexual sin duda decepcionante. Podía
decepcionar a otras chicas todo lo que quisiera por lo que a mí me
importaba.
A pesar de esto, esa noche me quedé dormida con el corazón
apesadumbrado y las mejillas manchadas de lágrimas.
2
Aislinn
Me senté en nuestra pequeña mesa de la cocina en la oscuridad, solo
las luces de la calle de abajo entraban a raudales. Algo me dijo que Imogen
estaba en un gran problema.
Imogen tenía una inclinación por elegir a los hombres equivocados.
Mamá siempre decía que era una de las pocas cosas que había heredado de
ella. Teniendo en cuenta lo que Patrick admitió ayer, yo también parecía
haber heredado ese rasgo.
La puerta chirrió cuando mamá llegó a casa del trabajo en las
primeras horas de la mañana, oliendo a cerveza derramada y humo. Se
quedó helada cuando me vio en la mesa.
—¿Por qué estás levantada? ¿Le pasa algo a Finn?
Negué con la cabeza.
—Está dormido. Lo ha estado durante horas.
Mamá puso un montón de monedas y billetes sobre la mesa. Como de
costumbre, los clientes, en su mayoría hombres, le habían dado una propina
más que generosa. A los treinta y seis años, mamá parecía como si ella
también pudiera caminar por las pasarelas del mundo. Las mujeres le daban
buenas propinas porque era una muchacha jovial cuya risa escandalosa era
contagiosa y les hacía olvidar lo bonita que era.
Se sentó frente a mí, frunciendo el ceño.
—Aislinn, ¿qué pasa? Conozco esa mirada.
—Tengo que ir a buscar a Imogen. Tengo que saber que ella está bien.
Mamá comenzó a negar con la cabeza, tirando de su cabello castaño,
teñido desde que tengo memoria porque no le gustaba su rubio rojizo al
igual que Imogen, en una cola de caballo.
—Aislinn…
Tuvimos esta conversación varias veces antes. Mamá no quería que
me fuera.
—Mamá, no intentes disuadirme. ¿No estás preocupada por Imogen?
Mamá suspiró, mirándose las manos. Sus uñas estaban astilladas y
comenzó a rascarse los bordes, rompiendo aún más el esmalte.
—Por supuesto que lo estoy, pero estoy aún más preocupada por la
verdad.
—Entonces, ¿también tienes un mal presentimiento?
—¿Cómo no puedo? Ya conoces a Imogen. Se parece mucho a mí
cuando tenía su edad, siempre eligiendo al chico equivocado.
Asentí. Imogen tenía mal gusto para los hombres. Casado. Muy viejo.
La mayoría de las veces, criminales o perdedores.
—Mamá, no has tenido citas desde que tengo memoria, así que no
puedo responder por tu gusto por los hombres.
Me desestimó con un gesto de su mano.
—No quiero un hombre en mi vida. No son más que problemas.
Puse los ojos en blanco, pero lo entendía. Antes de Patrick me había
mantenido alejada de los hombres por esa misma razón. No estaba segura
de haber heredado también el mal gusto de los hombres. Ahora, por
supuesto, sabía que lo hice.
No tenía tiempo para alguien de todos modos. El trabajo, Finn y las
tareas del hogar ocupaban la mayor parte de mi tiempo. Sin mencionar que
aún estaba haciendo tiempo todos los días para mejorar mis habilidades
culinarias con la esperanza de poder algún día abrir un restaurante propio.
—Tengo suficiente dinero para pagar un boleto de ida a Nueva York y
algunas noches en un hostal barato.
Hizo una pausa.
—¿Qué hay de Patrick? ¿Qué te dirá cuando te vayas?
Aún no le había dicho a mamá de la ruptura. Estaba exhausta cuando
llegó tarde a casa anoche, y no quería agobiarla con mis problemas.
Mi expresión debe haberme delatado. Los ojos de mamá se abrieron
de par en par.
—¿Qué ocurre? ¿Qué hizo? —Mamá nunca había sido la mayor
admiradora de Patrick, eso y su desconfianza general hacia los hombres,
naturalmente, la hicieron suponer que él había hecho algo, y por una vez
tenía razón.
—Me engañó —dije.
La ira torció los labios de mamá. Me di cuenta de que quería decir
algo realmente horrible, pero era una de esas personas que preferían no
decir nada si no había nada bueno que decir.
—¿Rompiste con él?
Me encogí de hombros.
—Sí. Bueno, algo así. Me pidió que pensara en mi viaje a los Estados
Unidos como un descanso y que nos diera otra oportunidad cuando regrese.
—Caramba, no me digas que estuviste de acuerdo con esta tontería.
Ese es el código masculino para querer hacer trampa sin hacer trampa.
—No estuve de acuerdo. No dije nada. Le pedí que se fuera.
—No le des otra oportunidad. Una vez un tramposo siempre un
tramposo, confía en mí.
—Lo sé, mamá. —Mi papá la había engañado repetidamente y mamá
lo perdonó una y otra vez, hasta que finalmente se detuvo y él se fue. No lo
había visto desde entonces. Eso fue hace catorce años.
—Ahora no quiero pensar en él. Todo en lo que quiero concentrarme
es en Imogen y cómo encontrarla lo más rápido posible.
Mamá asintió escuetamente.
—Es posible que necesites más de unos pocos días para encontrar a tu
hermana, y también necesitas un boleto de regreso. Sabes que no puedo
gastar dinero, no con las horrendas tasas de interés y la terapia de caballos
de Finn.
Pagamos la fisioterapia de Finn con caballos de nuestro propio
bolsillo; no estaba incluido en la atención de la salud pública. Incluso si no
estábamos seguras de si ayudaría con sus espasmos, lo hacía más feliz y
reducía su tartamudeo, por lo que era un dinero bien gastado.
—Encontraré trabajo en Nueva York. También necesitan camareras
allí, ¿verdad?
—Entonces necesitarás una visa de trabajo, y esas son caras.
Mordí mi labio. No había pensado en esa parte.
—Estoy segura de que hay empleadores a los que no les importan las
visas.
Mamá negó con la cabeza.
—No eres una chica que causa problemas. No empieces ahora. No
vayas por la ruta ilegal. No lleva a ninguna parte.
—Mamá, necesito saber qué le pasó a Imogen. No puedo fingir que
todo está bien.
—Tal vez quería cortar todos los lazos con nosotras e Irlanda.
—Tal vez —corregí.
Ojalá pudiera decir que estaba segura de que Imogen no haría eso,
pero era una corredora. Huía de todo lo que le causaba angustia.
—Si ella no nos quiere en su vida, entonces puedo intentar seguir
adelante. Pero, de cualquier manera, necesito saberlo. —No estaba segura si
en realidad podía. Imogen y yo no teníamos muchas cosas en común, pero
la amaba igual. Sin mencionar que no quería que Finn creciera sin su madre
biológica, incluso si mamá y yo lo habíamos criado principalmente nosotras
mismas.
En el pasado, cuando mamá pasaba las noches trabajando para pagar
el alquiler, Imogen y yo nos acurrucábamos en una cama y nos protegíamos
de la oscuridad. Para eso estaban las hermanas.
Mamá miró hacia otro lado, sus labios formaron una línea apretada.
—¿Te acuerdas de Gulliver?
—¿El tío Gulliver? —pregunté. Él era un recuerdo lejano. Alto y
pelirrojo, del mismo tono que mi cabello. Tenía cinco o seis años cuando
nos visitó por última vez. Él y mamá habían peleado ruidosamente, y nunca
lo volví a ver.
—Sí —susurró mamá. Cuando levantó la vista y se encontró con mi
mirada, el temor llenó sus ojos verdes—. Él también está en Nueva York,
dirigiendo la parroquia irlandesa allí.
—Claro, es un sacerdote —dije y luego hice una pausa—. ¿Imogen
también fue a él?
Mamá tragó con fuerza.
—Gulliver y yo no nos hablamos. Cree que soy una pecadora.
—¿No lo intentaste, al menos por Imogen?
Mamá frunció los labios, obviamente no le gustó mi tono indignado.
—Por supuesto que lo intenté. Haría cualquier cosa por ustedes,
chicas, y por Finn. —Tragó ruidosamente—. No hablamos mucho, pero me
dijo que ella fue a verlo. —Mamá se retorció las manos.
—Eso es bueno, ¿verdad? —Si Gulliver la ayudaba, podría estar bien.
Como sacerdote, probablemente tenía los contactos adecuados para
asegurarse de que Imogen no se metiera en problemas—. ¿Durmió en su
casa?
—No —cortó mamá. Luego, en un tono más suave, agregó—: Y
Aislinn, no es bueno. No es bueno en absoluto.
Esperé a que dijera más y tuviera sentido. Mamá era selectiva al
compartir información sobre el pasado.
Se levantó y metió la mano en su bolsillo trasero como si estuviera
sacando su paquete de cigarrillos, pero había dejado de fumar hace más de
dos años. Ahora, yo estaba muy nerviosa.
—Gulliver es el confesor del clan Devaney.
Mi boca se abrió.
—¿Qué?
Mamá negó con la cabeza.
—Nunca quise que lo supieras. Pero si vas a Nueva York, no puedes
ir a ciegas. Debes mantenerte alejada de Gulliver.
—¿El tío Gulliver está involucrado con la mafia irlandesa?
Todo el mundo en Dublín conocía el nombre Devaney. Su clan
gobernaba el submundo de la ciudad. A decir verdad, su influencia en toda
Irlanda también era enorme. En una ocasión, había visto a uno de sus
cobradores de deudas en Merchant's Arch durante uno de mis turnos.
Estaban recolectando dinero para «protección», principalmente de ellos.
—No sabía que el clan Devaney también está en Nueva York.
Mamá parecía cada vez más incómoda, lo que, a su vez, me despertó
cada vez más curiosidad. Siempre nos habíamos mantenido alejadas de los
Devaney y de todos los involucrados con ellos. Llevábamos una vida
mundana, lejos de los problemas. No es que tuvieran ningún interés en
nosotras.
—Lorcan Devaney, el segundo hijo de Devaney senior, gobierna el
clan allí —dijo mamá, y me pregunté cómo diablos lo sabía. Ella debe
haber visto las preguntas arremolinándose en mis ojos—. Tu tío lo
mencionó.
Las palabras fueron apresuradas y más altas que su tono habitual.
Sospechando, entrecerré los ojos.
—¿Crees que Imogen se involucró con la mafia por culpa de
Gulliver? —pregunté, alarmada.
Mamá se encogió de hombros.
—Conoces a Imogen.
Maldición.
—No, ella no sería tan imprudente… ¿verdad? —Si colgaban la
zanahoria correcta frente a su cara, ella intentaría darle un mordisco.
Mamá no dijo nada.
Me levanté y caminé por nuestra pequeña cocina. Las tablas del piso
crujían con cada paso. Afuera alguien gritó algo ininteligible.
—Pero si ese es el caso, es aún más importante para mí encontrarla.
Tal vez ella necesita ayuda para salir del problema.
—O tal vez solo te arrastrará a problemas con ella, Aislinn. —Esto
cambiaba tantas cosas y me dio una ventaja que no tenía antes. Una nueva
esperanza parpadeó dentro de mí, incluso si las noticias sobre la mafia no
eran buenas noticias, por así decirlo—. Júrame que no irás con tu tío. Júralo
por mi vida.
—Mamá…
Mamá se interpuso en mi camino y me agarró de las manos.
—Júralo.
—No puedo. Si Gulliver sabe dónde está Imogen, tendré que hablar
con él.
El agarre de mamá en mi mano se apretó aún más.
—No te acerques al clan Devaney, incluso si el rastro de Imogen
conduce justo allí.
—Mamá, no seas dramática. Estoy segura de que Imogen está bien y
no está involucrada con la mafia. —Apreté los labios en contemplación—.
Tal vez el tío Gulliver conoce un lugar donde puedo trabajar sin una visa de
trabajo.
Los ojos de mamá se abrieron alarmados.
—No.
—Mamá …
Se dio la vuelta y salió. Mis cejas se elevaron. Mamá no era alguien
que huía de un conflicto.
Seguí el sonido de hurgar en la habitación de mamá. Estaba sacando
un baúl de madera del fondo de su armario cuando entré.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, confundida. El cofre estaba
cubierto de polvo y la cerradura estaba oxidada. Nadie lo había abierto en
mucho tiempo.
Los dedos de mamá temblaron cuando abrió el cofre. Dentro había
montones de cartas. Empujándolas a un lado, sacó un pasaporte. Me lo
tendió. Cuando me acerqué, me di cuenta de que era un pasaporte
estadounidense. Lo miré con el ceño fruncido.
—Tómalo —susurró.
Lo tomé de su mano y lo abrí. Mis ojos se agrandaron cuando leí el
nombre de la persona a quien pertenecía el pasaporte:
Aislinn Killeen
Miré a mamá.
—¿Esto es falso?
—No —dijo mamá, con los ojos llenos de desesperación.
Negué con la cabeza.
—No entiendo. Yo… —Tragué pesado—. Pensé que era irlandesa.
—Lo eres. Pero también eres estadounidense.
—¿Cómo…? No puedo…
Mamá se hundió en la suave cama y palmeó el lugar a su lado. Me
dejé caer, mi corazón latía salvajemente en mi pecho.
—¿Sabes que te dije que mis padres murieron cuando solo era una
adolescente?
Asentí. Aunque mamá rara vez hablaba de ellos, había mencionado su
fallecimiento una o dos veces.
—Es cierto que el tío Gulliver me cuidó desde los catorce años.
Trabajó en la parroquia irlandesa en Nueva York por un tiempo, y cuando
tuve que mudarme con él, eso significó mudarme a Nueva York. —Gulliver
era doce años mayor que mamá. Sabía que cuidó de mamá por un tiempo,
pero no que ella había vivido en los Estados Unidos con él. ¿Cuántos
secretos más me ocultó?
—Sin embargo, no fui muy honesta acerca de mis padres. No me
llevaba bien con ellos, así que me mudé con mi hermano. Esperaban que me
pusiera en línea para el futuro.
—¿Están vivos?
Mamá cerró los ojos brevemente.
—No sé. Dejé todo contacto con ellos y Gulliver hace más de una
década.
Estaba aturdida. No podía creer que mamá hubiera mentido sobre
algo que me concernía. ¡Me había ocultado a mis abuelos!
—Tu tío siempre ha tenido conexiones con la mafia. Cuando se mudó
a los Estados Unidos, inmediatamente comenzó a trabajar con la mafia
irlandesa allí, convirtiéndose en su confesor.
Mamá hizo una pausa, cada vez más incómoda.
—Tu hermana y tú nacieron mientras yo aún vivía en los Estados
Unidos. Regresé a Irlanda cuando tenías diez meses.
Parpadeé.
—Por favor, no me digas que mi padre era parte de la mafia irlandesa.
Mamá se rio.
—Solo era un matón común que deseaba ser parte de la mafia
irlandesa. —Mamá hizo una pausa, y me di cuenta de que me estaba
ocultando cosas de nuevo—. Pero debido a la conexión de tu tío, entré en
contacto con el clan Devaney de vez en cuando, y créeme, no quieres
involucrarte con ellos. No les pidas dinero o ayuda. No importa lo que diga
tu tío, aléjate de ellos. Pueden parecer la solución más rápida o fácil para
encontrar a tu hermana, pero créeme, el camino más largo es la única
opción válida.
Asentí, no tanto porque tenía la intención de darle a mamá la promesa
que quería, sino más bien para indicar que estaba escuchando. No tenía
intención de pedir ayuda a ninguna figura dudosa, pero si los Devaney eran
el único camino hacia Imogen…
El apellido Devaney era infame en Dublín. Ahora la insistencia de
mamá en no acercarse nunca a ninguno de los hombres de Devaney tenía
aún más sentido. No me sorprendió mucho que el nombre también tuviera
poder en Nueva York.
—¿Tú y el tío Gulliver pelearon porque él estaba trabajando con la
mafia?
Mamá resopló.
—Trabajando con esos monstruos, tu tío perdona lo imperdonable a
diario, pero no pudo perdonarme por quedar embarazada fuera del
matrimonio.
Había escuchado la historia antes. El resentimiento de mamá hacia
Gulliver solo había aumentado mientras luchábamos por mantener la cabeza
a flote en Dublín. No era rico, pero tenía mucho más dinero que nosotras y
que la mayoría de los sacerdotes, lo que ahora podía explicarse por su
asociación con los Devaney.
Estos nuevos descubrimientos no hicieron nada para disminuir mis
preocupaciones. Si alguien le prometiera a Imogen un camino rápido a la
fama, aunque fuera un Devaney, ella lo aceptaría.
***
El río Liffey corría bajo mis pies mientras estaba parada en el puente
Ha'penny. El Liffey era una constante en mi vida, algo que nunca cambiaba.
Cada vez que venía aquí, las ondas calmaban cualquier preocupación que
me atormentara.
Me encantaba mi ciudad natal, todo, desde sus calles empedradas
hasta el sonido de la música folclórica irlandesa que llegaba de los pubs a
las calles. Lo extrañaría, incluso los ruidosos turistas y el hedor a vómito y
cerveza derramada en cada rincón y grieta del vecindario de Temple Bar.
Cerrando los ojos, tomé otra respiración profunda. A diferencia de
Imogen, nunca quise dejar atrás nuestra ciudad natal, al menos no por más
que unas breves vacaciones, pero ella quería ver el mundo, siempre en
busca de algo más grande y mejor. Ahora, la estaba siguiendo a la gran
ciudad que no tenía nada que yo quisiera, para salvarla, posiblemente de un
destino del que ella ni siquiera quería salvarse.
Reuní la mayor parte del dinero extra que había ganado en los últimos
dos años sirviendo mesas en Merchant's Arch para un boleto de ida a los
Estados Unidos. Lo que quedara tendría que comprarme un billete de
vuelta. Si no encontraba trabajo rápidamente, no tenía ni un centavo para un
hotel u hostal.
Si el tío Gulliver no me acogiera, estaría tirada en la calle. Puede que
a mamá no le guste, pero él era mi mejor opción, confesor de la mafia o no.
***
Finalmente empaqué mi maleta la noche antes de partir hacia los
Estados Unidos. Lo aplacé hasta entonces porque tontamente esperaba que
Imogen llamara o incluso apareciera en nuestra puerta, pero por supuesto
que no lo hizo.
Mi vuelo salía por la mañana, así que necesitaba hacer todo. La puerta
crujió. Me giré para encontrar a Finn asomando su cabeza rubia. Miró la
maleta con temor.
—Oye, ¿qué pasa? ¿Quieres que ponga otro episodio de Peppa Pig
para ti?
Mamá se había ido a trabajar hace dos horas y no tenía otra opción
que sentar a Finn frente al televisor para poder trabajar un poco. Sacudió
levemente la cabeza y siguió mirando mi maleta, que estaba
desordenadamente apilada con ropa. Aún tenía la intención de doblarlas y
clasificarlas en categorías, pero probablemente terminaría cerrando la
maleta para terminar.
—V-v-v-v-volverás de n-n-nuevo con nosotros? —susurró. Que
tartamudeara en mi presencia demostraba cuánto le molestaba este tema.
Lo atraje hacia mí.
—Por supuesto que volveré. ¿Por qué preguntarías algo así?
—Imogen se fue y mi papá nunca me quiso.
Mis ojos ardían.
—Ah, Finn. Imogen se quedó atrapada en Nueva York y necesita mi
ayuda para volver a ti, por eso me voy, y sabes que no puedo estar sin mi
pequeño bichito por mucho tiempo. —Lo abracé muy fuerte y besé su
mejilla—. Te llamaré a menudo, ¿de acuerdo? Y antes de que te des cuenta,
estaré de vuelta con Imogen.
De hecho, esperaba que fuera verdad. No me gustaba mentirle a Finn,
aunque fuera para consolarlo. Ni siquiera estaba segura si Imogen quería
que la encontraran y, si lo deseaba, ¿consideraría siquiera regresar a
Dublín? Nunca había aceptado su papel de madre y, aunque intentaba pasar
tiempo con Finn, siempre había sido más como una hermana para él. ¿Le
importaría si le dijera que la extrañaba? Probablemente no me creería, para
protegerse a sí misma y a su visión del futuro.
A veces esto me enojaba mucho, pero luego recordaba lo feliz que se
veía Imogen antes de irse a Nueva York.
—¿Me ayudarás a ordenar mis calcetines? No puedo hacerlo sola.
Finn se apartó, se pasó la manga por la nariz y asintió. Le encantaba
ayudarme con las tareas y siempre era una buena manera de distraerlo
cuando estaba triste o molesto. Con la lengua metida entre los labios en
total concentración, empezó a amontonar calcetines y medias en una
esquina de la maleta. Las lágrimas quemaron mis ojos. Este era solo un
adiós a corto plazo, pero aún estaba inexplicablemente triste.
3
Aislinn
Los latidos de mi corazón se aceleraron cuando el avión aterrizó en
JFK. Esta era mi primera vez tan lejos de casa. Todo era desconocido,
incluso el olor. Le dije al taxista la dirección de Gulliver, sorprendida por su
tablero decorado. Parecía un santuario sacado de una película de
Bollywood. Los taxistas de Dublín a veces tenían una decoración ocasional,
pero nunca había visto nada como esto. No pude evitar preguntarme si una
de las piezas saldría volando en un accidente automovilístico y me
empalaría.
Cuando finalmente aparté la mirada de las coloridas deidades, mi
respiración se atascó en mi garganta por el tamaño de la ciudad. Los
rascacielos se elevaban sobre nosotros, obstruyendo mi vista del cielo azul
y proyectando sombras en las aceras. El taxi se detuvo justo frente a una
antigua iglesia que parecía completamente fuera de lugar rodeada de
rascacielos.
Le pagué, ignorando su mirada compungida cuando le di una propina
de un dólar, y salí, colgándome la mochila al hombro. La iglesia se veía
sombría en la oscuridad, casi presagiando, sin embargo, la fachada de
piedra rojiza y el camino de piedra alisado por miles de pies me recordaban
más a mi ciudad natal que cualquier otra cosa hasta ahora en esta ciudad
demasiado grande.
Abriendo la puerta, caminé alrededor del edificio, buscando algo que
pareciera una entrada. Una serie de bocinazos seguidos de gritos me hizo
saltar. Dublín no era una ciudad tranquila, fíjate, pero Nueva York era una
avalancha para mi sistema nervioso.
Encontré una pequeña casa adyacente a la iglesia con una campana y
una placa con el apellido de Gulliver debajo: Killeen. No estaba segura de
por qué ver el nombre me sorprendió. Éramos familia, pero no lo había
visto en mucho tiempo. ¿Me daría la bienvenida o me enviaría lejos?
Llamé al timbre. Después de arrastrar los pies detrás de la puerta,
finalmente se abrió. Me tomó un momento reconocer a mi tío. En los
muchos años transcurridos desde la última vez que lo había visto, había
ganado alrededor de nueve kilos y su cabello había retrocedido, pero tenía
el mismo cabello rojo fuego que yo. Sus cejas se fruncieron y luego sus ojos
se abrieron con reconocimiento.
—¿Aislinn?
Asentí y sonreí torpemente.
—Esa soy yo. —Nunca había tenido una pelea con él. Incluso si
mamá estaba enojada con él, y él con ella, eso no significaba que no
pudiéramos llevarnos bien.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, no necesariamente en una
forma de rechazo, pero aún no había sido invitada a entrar. Estaba vestido
con una simple camiseta blanca, pantalones de vestir negros y pantuflas
cómodas.
—¿Tu sobrina no puede venir a visitar a su único tío?
Sacudió la cabeza.
—Aislinn, mentir es pecado. Harías bien en recordar eso, incluso si tu
madre vive una vida pecaminosa.
La ira creció dentro de mí.
—Mamá ha trabajado duro toda su vida y logró criar a dos hijas sola.
—No habría tenido que hacerlo si se hubiera mantenido fiel a nuestras
creencias y hubiera esperado hasta el matrimonio.
No podía creerlo. Pero él era mi única opción en Nueva York. Se
estaba haciendo tarde y no quería recorrer la ciudad buscando un lugar
barato para quedarme.
—Podrías haberla ayudado.
—Ella no quería mi ayuda, y yo no fui quien huyó de aquí.
Suspiré.
—No estoy aquí para hablar de mamá.
—Entonces, ¿por qué estás aquí?
—Imogen —dije, sin ganas de charlar—. Desapareció hace tres
meses, unas semanas después de llegar a Nueva York.
Gulliver sacudió la cabeza con un suspiro.
—Eso es lo que sospechaba.
Se levantó el viento y me estremecí.
—¿Puedo pasar algunas noches contigo mientras la busco?
Gulliver pareció desgarrado. Me escaneó de pies a cabeza. Lo que
estaba buscando, no estaba segura. Esperaba que fuera más acogedor a
pesar de sus discusiones con mamá. Tal vez fui demasiado ingenua.
—Tu hermana se parece demasiado a tu madre. No me sorprende que
se haya metido en problemas.
Lo observé expectante.
—¿Me puedo quedar?
Gulliver finalmente dio un paso atrás y abrió la puerta. Entré en el
estrecho corredor, las tablas del piso crujieron bajo mis pies. La casa no era
grande, un lugar de dos habitaciones con una cocina acogedora y una
pequeña sala de estar. Gulliver me llevó al segundo dormitorio, que también
servía de biblioteca. Todas las paredes, excepto el rincón de la cama,
estaban cubiertas con estantes para libros del piso al techo en una madera
oscura. La mayoría de los tomos hacían referencia a la religión o la historia
de la iglesia, y el olor a papel viejo y polvo flotaba fuertemente en la
habitación.
—Puedes quedarte aquí mientras no traigas problemas a mi puerta.
¿Cómo podría causar más problemas que su conexión con la mafia?
—No lo haré. En cuanto encuentre a Imogen, regresaré a Dublín y
podrás volver a tener tu casa para ti solo.
—Tal vez Imogen no quiere que la encuentren. Huyó de la
responsabilidad y de sus pecados, pero el pecado siempre te encuentra sin
importar a dónde corras.
Dejé caer mi mochila sobre la cama.
—No sé a qué tipo de pecados te refieres. Espero que no estés
hablando de Finn, porque él no es un pecado.
Gulliver me miró de cerca.
—Tu hermana siguió los pasos de tu madre y quedó embarazada con
solo dieciséis años. Veo que te las arreglaste para ahorrarte el mismo
destino. Espero que estés esperando el matrimonio.
Apreté los dientes contra una respuesta mordaz. ¿Cómo iba a saber si
yo también tenía un hijo en casa en Dublín? Como si pudiera ver el
«pecado» en el rostro de una persona. Ridículo. Sin embargo, Gulliver
seguía siendo sacerdote y yo había sido criada para respetar a los miembros
de la iglesia. Probablemente bailaría de alegría si admitiera que aún soy
virgen.
—No soy mejor que mamá o Imogen, porque no son malas por tener
sexo antes del matrimonio o tener un hijo a una edad temprana.
La palabra sexo obviamente hizo que Gulliver se sintiera incómodo
mientras apartaba la mirada de mí.
—Debes estar hambrienta. Entra en la cocina. Tengo un poco de sopa
de calabaza sobrante para ti.
Tenía hambre, así que lo seguí en silencio. Una vez que me senté en el
banco de madera con un tazón de sopa humeante frente a mí, continué con
mi argumento:
—No deberías condenar a mamá e Imogen. No lastimaron a nadie.
Ellas crearon vida y actuaron por amor.
—Más probablemente lujuria —corrigió Gulliver mientras se sentaba
frente a mí con una Guinness. Tomó un sorbo y se echó hacia atrás, sin
dejar de mirarme como si estuviera intentando detectar el pecado en lo más
profundo de mí.
—¿También puedo tener una Guinness? —pregunté, señalando la lata.
—La edad para beber aquí es veintiuno.
Puse los ojos en blanco.
—Tío, he estado bebiendo cerveza desde los dieciséis. No me
emborracharé con una lata de Guinness.
—Aislinn, mientras estás bajo mi techo, cumples mis reglas. Si no
puedes hacerlo, entonces puedes buscar otro lugar para quedarte.
—¿Y cuáles son tus reglas?
—Sin hombres, sin alcohol, sin fiestas.
—Eso está bien para mí —le dije. No había tiempo para fiestas, y
ahora que Patrick me había roto el corazón, tampoco me interesaban los
hombres. Y la Guinness ocasional después del trabajo apenas contaba como
alcohol—. Pasaré todo mi tiempo buscando a Imogen. —Entrecerré los ojos
pensativamente mientras comía otra cucharada de la sopa blanda. Le faltaba
condimento, y la rebanada de pan blanco se me quedó pegada al paladar.
Una pizca de sal, tal vez un poco de nuez moscada y canela, un poco de
ácido para la sopa y un basurero para el pan harían el truco. Si tuviera
tiempo, hornearía un pan de soda—. ¿Se ha acercado Imogen a ti mientras
ha estado aquí?
—Apareció en mi puerta como lo hiciste tú, luciendo como si tuviera
toda la intención de trabajar en las calles.
—Es modelo —dije bruscamente—. Entonces, ¿estuvo aquí, pero no
se quedó contigo? —Imogen nunca mencionó haber hablado con Gulliver,
así que supuse que no había intentado verlo. Nuestras pocas llamadas
telefónicas los primeros días después de su llegada a los Estados Unidos
habían sido muy cortas y carentes de información.
—La envié lejos. Me di cuenta de que ya estaba con la gente
equivocada.
—¿Qué tipo de gente?
Gulliver se levantó y comenzó a limpiar la olla de sopa.
—Solo escuché rumores de que estaba buscando patrocinadores para
sus sueños infantiles.
—Tiene potencial. Todos siempre le han dicho que podría ser una
modelo exitosa.
Gulliver no reaccionó como si mi argumento ni siquiera fuera digno
de una respuesta.
—¿Dónde estaba buscando patrocinadores?
—Será mejor que no sigas sus pasos. Lo que podrías encontrar no es
para los débiles de corazón.
—¿Qué significa eso? —Me levanté y llevé el tazón al fregadero—.
Si sabes algo, tienes que decírmelo. Por favor, tío. Seguimos siendo familia.
Ayúdame a encontrar a mi hermana.
Gulliver me quitó el cuenco y lo lavó con una calma estoica, lo que
me hizo subir por la pared. Sabía que me estaba poniendo a prueba,
especialmente mi paciencia, así que me contuve y esperé a que me dijera lo
que tenía que decir en sus propios términos.
—Tu hermana eligió el camino fácil, como era de esperar. En lugar de
trabajar por su dinero, eligió ir a buscarlo a Sodoma.
—¿Sodoma? —Apenas logré detener un resoplido. ¿De verdad iba a
usar referencias bíblicas para todo lo que había hecho Imogen?
Gulliver negó con la cabeza.
—Ese es el nombre del lugar donde fue Imogen.
Nunca había oído hablar de ese lugar antes.
—¿Está en Nueva York?
—Es el nombre que ciertas personas usan para una ciudad no muy
lejos de aquí. Una ciudad de pecado, no un lugar al que iría por elección.
Escuché que tu hermana buscó suerte en Doom Loop allí. Es un lugar de
almas perdidas.
—¿Almas perdidas que asisten a tu misa? —pregunté mordazmente.
Teniendo en cuenta que vivía en el barrio irlandés más antiguo de
Nueva York, uno que estaba gobernado por el segundo hijo mayor del clan
Devaney, dudaba que hubiera dejado de ser el confesor de la mafia
irlandesa. Ojalá mamá hubiera sido más comunicativa con la información.
No me gustaba entrar en una situación a ciegas.
La expresión de Gulliver se volvió cautelosa.
—Muchas personas asisten al servicio. Tú también deberías. Te haría
bien. Tu madre evitaba ir a la iglesia con demasiada frecuencia.
—Asistiré a la iglesia mañana, ¿de acuerdo? —dije, con la esperanza
de entrar en sus buenas gracias. El tío Gulliver tenía contactos que podrían
ayudarme con mi búsqueda—. Los irlandeses aún te confiesan todo, ¿no?
—Si alguno de ellos estuviera relacionado con la desaparición de Imogen,
se lo habrían confesado a Gulliver. Un escalofrío helado se extendió por mi
cuerpo al pensar en ello. Mamá esperaba lo peor, pero yo aún tenía
esperanza.
—Hice un juramento y no lo romperé.
—¿Un juramento ante Dios o ante los Devaney?
La expresión de Gulliver se endureció.
—Soy un hombre de Dios.
—Entonces ayúdame. ¡Dime si alguno de los mafiosos te confesó
algo sobre Imogen!
—Aislinn, estoy obligado por mi juramento. Algunas cosas son más
importantes que los asuntos terrenales.
—¿Incluso más importante que la familia?
—Incluso eso —dijo—. Ahora deberías irte a la cama. La misa
comienza a las nueve.
Se levantó, despidiéndome. Me levanté del banco y entré en mi
habitación. Le había dado a mamá una llamada rápida cuando aterricé, y si
el dinero no fuera un problema, la habría llamado de nuevo solo para
escuchar su voz y sentirme un poco más cerca de casa. Incluso una hora
después de hundirme en el suave colchón, aún estaba completamente
despierta. Había dormido la mayor parte del vuelo, así que aterrizar en
Nueva York y estar aquí con el tío Gulliver ahora me parecía surrealista. Un
sueño del que quería despertar lo más rápido posible, con suerte antes de
que se convirtiera en una pesadilla.
***
El tío Gulliver me despertó demasiado temprano para prepararme
para la misa. Me puse el único vestido bonito que había empacado, un
vestido blanco de verano con botones en el frente. Me llegaba a las rodillas
y las mangas me tocaban los codos, lo suficientemente casto para ir a la
iglesia. Según mamá, me hacía parecer una buena colegiala católica.
También había empacado un cárdigan blanco a juego, pero se suponía que
hoy haría un calor sofocante, obviamente, no algo raro para principios de
septiembre.
La iglesia aún estaba vacía cuando Gulliver me hizo entrar veinte
minutos antes del servicio. Desapareció en el frente para preparar todo. Me
estremecí por el frío. Se suponía que el día sería caluroso, alrededor de 32
grados centígrados, pero el agradable calor del exterior aún no había
penetrado en el interior de la nave.
Elegí sentarme en una de las últimas bancas, principalmente para
tener un buen punto de vista de la congregación. Hundiéndome en el frío
banco, crucé las manos sobre mi regazo. Iba a la iglesia todos los domingos,
siempre sola, porque ni a mamá ni a Imogen les importaba la iglesia
católica. Calmaba la inundación furiosa dentro de mí. Encontraba un gran
consuelo en la idea de que había alguien vigilándome, especialmente
cuando había estado sola en casa mientras mamá estaba en el trabajo e
Imogen se había escapado de nuevo.
Pronto llegaron los primeros feligreses, santiguándose y saludando
con la cabeza en mi dirección. Como era de esperar, había un número
ridículamente alto de hombres con cicatrices y hombros anchos con tatuajes
que se asomaban debajo de sus bonitas camisas de vestir. Me escanearon de
pies a cabeza al pasar, y sus expresiones no eran apropiadas para la iglesia.
O eran descaradamente hostiles (los extraños obviamente no eran
bienvenidos) o miraban con lascivia. Ignoré su atención y fingí estar
concentrada en la biblia en mi regazo, hasta que algo en la atmósfera
cambió. Era difícil de explicar, pero simplemente tenía que mirar.
Gulliver seguía dando la bienvenida a todos los visitantes, pero su
comportamiento había cambiado: se volvió sumiso. Hasta ese momento,
había invitado a todos a entrar, pero ahora el hombre que se alzaba sobre él
hacía que mi tío pareciera un invitado en su propia iglesia, como si Gulliver
tuviera que pedir permiso para estar aquí.
Reconocí al hombre de las fotos en el periódico.
Lorcan Devaney habló con Gulliver con una sonrisa benévola que no
llegó a sus cautelosos ojos oscuros. Era un hombre alto y ancho que se veía
imponente con su traje gris carbón, pero habría generado el mismo respeto
si hubiera estado vestido con un chándal. Su tez estaba bronceada, a juego
con su cabello castaño oscuro. La barba incipiente en su barbilla y mejillas
solo se sumaba a su rudo encanto. Algunas personas pensaban que la sangre
irlandesa significaba cabello rojo y pecas, pero los irlandeses tenían muchas
formas, y muchas personas de cabello oscuro tenían sangre celta corriendo
por ellos.
Si recordaba correctamente las historias que circulaban por
Merchant's Arch, él acababa de cumplir treinta años recientemente y tuvo
una gran fiesta de cumpleaños en un pub del Bronx.
Su mirada escudriñó los bancos, y rápidamente agaché la cabeza,
concentrándome en la biblia. Solo podía esperar que su atención pasara
sobre mí. Si pensaba que estaba interesada en él, solo sospecharía. Pero si
Imogen de verdad hubiera buscado patrocinadores en los rincones
equivocados, entonces la mafia irlandesa, específicamente el jefe de su clan,
Devaney, eran las personas a las que probablemente se habría acercado. El
secreto del tío Gulliver con respecto a las confesiones que había tomado
solo encendió mis sospechas.
Después del servicio, me quedé en mi asiento y observé cómo Lorcan
Devaney desaparecía en el confesionario. Tuve que sofocar un resoplido.
¿De verdad pensaba que confesar hacía las cosas mejor? Con suerte, la
venta de indulgencias fuera una práctica abandonada durante mucho tiempo
en la iglesia católica, pero ¿quién podría decir cuándo Gulliver se inclinaba
ante la mafia?
Me levanté y me acerqué discretamente al confesionario. Fue
construido de pino y teñido de un rojo intenso con tres puertas, cada una
rematada por un pequeño techo. Lorcan había desaparecido detrás de la
puerta de la derecha. Había lugar para otro penitente detrás de la puerta
izquierda, pero nadie se había puesto en fila para confesarse. Tal vez era
una regla no escrita que nadie podía acercarse al confesionario el día que
Lorcan confesaba. El lugar de Gulliver estaba en el medio. Tal vez esa era
una buena analogía para su posición en la vida en general; quedó atrapado
entre dos taburetes. Desafortunadamente, la puerta del confesionario se
abrió antes de que pudiera acercarme lo suficiente para escuchar a
escondidas, y Lorcan salió. Mi tío salió del confesionario también, y ambos
hombres miraron en mi dirección, el tío Gulliver con una expresión de
reprimenda, pero la mirada de Lorcan tenía una intensa curiosidad mientras
escaneaba mi rostro. Sin apartar los ojos de mí, con voz profunda preguntó:
—Sacerdote, ¿es tu sobrina?
—Sí, por favor conoce a Aislinn Killeen. —Me indicó que avanzara y
me acerqué a regañadientes a los dos hombres, intimidada por la mirada
penetrante del mafioso.
—Se parece a tu hermana cuando era joven.
¿Lorcan conocía a mi madre? Le envié a Gulliver una mirada
inquisitiva pero me ignoró.
—Heredó la apariencia, pero afortunadamente no el temperamento o
la disposición pecaminosa.
Resoplé. El tío Gulliver apenas me conocía.
Lorcan asintió.
—Es un placer conocerla, señorita Killeen. —Su acento profundo
envió un escalofrío, no del todo desagradable, por mi columna vertebral.
Extendió una mano grande y fuerte cubierta de cicatrices. Dudé
brevemente, y su boca se torció con una expresión que tuve problemas para
descifrar. Tuve que apartar la mirada de su mirada demasiado personal.
Al momento en que mi palma tocó la suya, mi pulso se aceleró y sentí
un hormigueo de la forma más confusa. Rápidamente me retiré y le di una
pequeña sonrisa.
—Aislinn servirá.
Sus labios se torcieron en lo que pensé que era una sonrisa, pero
nunca llegó.
—Entonces, Aislinn.
Gulliver nos miraba como un halcón. Tal vez desaprobaba que yo
interactuara con la mafia tanto como mamá.
—Lorcan, tenemos que irnos en cinco si queremos hacer la primera
reunión en Sodoma —dijo un hombre gorila con un fuerte acento Kerry. Su
cabello rubio estaba muy corto y era muy musculoso. Yo lo pondría en
torno a los cincuenta.
Lorcan asintió y dio un paso atrás, permitiéndome respirar más
libremente. Su presencia había sido como un peso en mi pecho.
—¿Conociste a mi hermana? —Solté antes de que tuviera la
oportunidad de irse. Ignorando la expresión enfurecida de Gulliver, solo
miré a Lorcan. Entrecerró los ojos brevemente y se volvió hacia Gulliver
con una sonrisa aguda que no era para nada amistosa.
—Parece que los Killeen han vuelto para causar problemas en Nueva
York, ¿eh?
Gulliver se rio nerviosamente, su mano agarrando la manija de la
puerta de madera.
—En absoluto, en absoluto, Lorcan. Mi sobrina está aquí para recibir
orientación moral y refrescar los lazos familiares, nada más.
—Por supuesto —dijo Lorcan arrastrando las palabras, y con una
mirada de examen de conciencia en mi dirección, se alejó. Tuve que luchar
contra el impulso de bajar la cabeza.
Al momento en que Gulliver y yo estuvimos solos, me agarró del
brazo.
—¿Has perdido la cabeza?
—Solo pregunté por Imogen. Eso no es un crimen, ¿verdad?
Gulliver negó con la cabeza, su rostro cada vez más rojo.
—No es un crimen, sino una tontería. Ahora Lorcan sabe que estás
buscando a tu hermana.
—No dije que la estaba buscando. Si sabe que la estoy buscando, eso
significa que sabe que ella está desaparecida.
Los labios de Gulliver se afinaron.
—Aislinn, créeme, no te pongas del lado malo de Lorcan.
—Solo quiero encontrar a Imogen. Eso es todo —dije encogiéndome
de hombros—. Tal vez debería ir a Sodoma hoy si Lorcan está allí.
—Sodoma no es un lugar donde simplemente caminas. Incluso si tu
hermana fue allí, no deberías seguir su mal ejemplo. Nunca sale nada bueno
de poner un pie en Sodoma. Aislinn, es un lugar impío. Solo las almas
perdidas deambulan por allí.
—Supongo que conoces a la mayoría de ellos. También es un centro
de negocios para los irlandeses, ¿verdad?
Gulliver miró a su alrededor para asegurarse de que estábamos solos
en la iglesia.
—Los irlandeses, y también otras organizaciones.
—¿Imogen podría haber ido allí para encontrar un agente?
Gulliver resopló.
—La gente va allí a buscar drogas, dinero, armas.
—Tal vez Imogen fue allí a pedir dinero prestado para sus fotos.
Después de todo, los fotógrafos de modelos son caros.
Gulliver no dijo nada, eso solo podía significar que estaba en el
camino correcto.
—Aislinn, no vayas a Sodoma. Incluso mis oraciones no te protegerán
allí.
—Gracias, tío, pero puedo cuidarme sola.
4
Aislinn
Tomé un autobús a Sodoma esa tarde. Era la última parada. Cuanto
más nos acercábamos al final de la ruta, más vacío estaba el autobús, lo cual
era muy apropiado teniendo en cuenta que Sodoma era el final de toda
esperanza. En la penúltima parada, solo quedamos otras dos chicas vestidas
con minivestidos brillantes y con un maquillaje perfecto pero pesado y yo.
Hablaban en voz baja y ocasionalmente me lanzaban miradas curiosas.
—Última parada, Sodoma —ladró el conductor del autobús mientras
estacionaba en una parada de autobús de cemento gris cubierta de grafiti.
Bajó la ventanilla y encendió un cigarrillo.
La vista fuera de las ventanas del autobús cubiertas de mugre no era
muy atractiva con los contenedores de basura desbordados y el pavimento
agrietado lleno de más basura y caca de perro. Peor que las casas cubiertas
de grafiti y los escaparates cubiertos de cartón era la gente que se arrastraba
por la acera. El término almas perdidas era más que apropiado. Con sus ojos
atormentados y rostros arrugados por la preocupación, parecían haberse
asimilado demasiado voluntariamente a Sodoma.
—Bájate o compra un boleto de regreso —gritó el conductor del
autobús cuando aún estaba encorvada en mi asiento después de que las dos
chicas se habían bajado. Me levanté, agarré mi bolso y salí del autobús.
Tenía toda la intención de conseguir un boleto de regreso más tarde
(Sodoma no iba a ser el final para mí) pero primero tenía una misión.
Afuera, una brisa fresca tiraba de mi cabello y mi vestido. Teniendo en
cuenta que Sodoma parecía el mejor camino al infierno, me sorprendió que
no fuera más cálido. Inmediatamente me arrepentí de haberme quedado con
mi vestido blanco de verano, y no solo por el descenso de la temperatura.
La gente me miraba como si fuera un extraterrestre.
Cuadrando mis hombros, corrí detrás de las dos chicas que acababan
de doblar la esquina de la calle. Tenía la sensación de que se dirigían a
donde yo necesitaba ir. Respirando pesadamente, las alcancé. Hicieron una
pausa, dándome miradas perplejas. Apretando mi bolso contra mi pecho
agitado, debieron pensar que era una loca.
—Estoy buscando el Doom Loop —jadeé.
Intercambiaron una mirada y luego me escanearon de pies a cabeza.
—¿Segura? —preguntó la chica de cabello negro, arqueando una ceja
burlona.
Ni siquiera la culpé. No tenía por qué ir a un centro de la mafia con
un vestido de iglesia blanco y bailarinas de gamuza falsa color caramelo,
nada menos.
—Tal vez es un acto virgen. Probablemente trae mucho dinero con la
gente adecuada —dijo su amiga.
Parpadeé, perdiendo el hilo de su conversación.
—¿Puedo acompañarlas?
—Claro —dijo la chica de cabello negro.
Pronto llegamos a un distrito de almacenes con edificios tan
decrépitos que me sorprendió que aún no se hubieran derrumbado. Los
hombres que caminaban por estas calles me daban escalofríos con sus ojos
altivos y lascivos, y muchas de las mujeres parecían más desesperanzadas
de lo que me había sentido en mis momentos más oscuros.
Mis dos compañeras, por otro lado, charlaban animadamente sobre
conseguir un patrocinador.
—¿Qué es un patrocinador? —pregunté finalmente.
Los escaparates brillaban en rojo y naranja, y mujeres medio
desnudas se sentaban en taburetes detrás de los escaparates, vendiendo la
única mercancía que tenían: sus cuerpos. Me recordó a las fotos que había
visto del barrio rojo de Ámsterdam. Nunca había salido de Irlanda antes de
mi viaje a Nueva York, por lo que mi conocimiento sobre otras ciudades
provenía de la televisión o Internet.
Intercambiaron otra mirada que dejó en claro que pensaban que yo era
tan estúpida como el pan.
—Alguien que te proporcione un buen nivel de vida a cambio de sexo
y compañía.
—Exacto —dije—. No estoy buscando un patrocinador. No tengo
mucho tiempo.
—Si solo ofreces negocios por hora, debes dirigirte allí. — Señalaron
la peor parte del Doom Loop—. Vamos a los clubes nocturnos donde los
hombres ricos buscan una aventura o una novia.
Seguí la dirección que me indicaron. Era un edificio enorme que solía
ser un matadero, si se podía confiar en la mitad de las letras despegadas.
Tragué saliva, pero antes de que pudiera preguntarles si estaban seguras, se
marcharon con sus tacones puntiagudos.
Mientras me acercaba al matadero, un anciano se apoyó contra el
frente del edificio. Me detuve a su lado.
—Estoy buscando un lugar donde pueda conseguir dinero. —Me
negué a creer que Imogen hubiera puesto un pie dentro de este lugar para
pedir dinero prestado.
—El Cunt Yard está allí —gruñó, señalando el matadero.
Parpadeé, segura de que no lo había oído bien, pero me dedicó una
sonrisa sucia llena de dientes faltantes.
—Cariño, ¿algo más que necesites de mí?
Sacudí la cabeza con vehemencia y retrocedí.
Tomando una respiración profunda, me dirigí hacia las amplias
puertas dobles de acero que marcaban la entrada a dicho Cunt Yard.
Un hombre corpulento con el cabello rubio peinado hacia atrás
custodiaba las puertas. Sus ojos me recorrieron.
—¿Qué estás vendiendo?
—No estoy vendiendo nada. Estoy aquí para buscar información.
—Si no estás vendiendo nada, entonces no puedes entrar. O estás aquí
por negocios o puedes llevar ese trasero bonito a otra parte.
Apreté los dientes.
—Entonces estoy aquí por negocios. —Podría pretender ofrecer algo
por un precio demasiado alto y no aceptar ofertas más bajas, ¿verdad?
—Entonces, entra. —Abrió una de las puertas y entré. Era un edificio
enorme con pilares de acero y un techo de varios pisos de altura. Las
paredes y el suelo eran de piedra. Ganchos colgaban del techo cerca de las
paredes. Supuse que alguna vez se habían usado para desangrar cadáveres
de animales. En la parte de atrás, pude ver un escenario con mesas redondas
colocadas frente a él. Los hombres se sentaban a su alrededor, e incluso si
no hubiera estado en Doom Loop, habría sabido que eran gánsteres.
Parecían sombríos.
Una multitud de mujeres se había reunido a mi alrededor, esperando
que dos hombres escribieran sus nombres en iPads. La mayoría de estas
mujeres estaban vestidas de una manera muy sexy, pero algunas me
sorprendieron con uniformes escolares o trajes de látex. Una incluso vestía
un disfraz de gato con collar.
Cuando fue mi turno de darle mi nombre a uno de los tipos, aún
estaba tan aturdida por mi entorno y la gente que no había decidido qué
nombre falso usar para registrarme.
—Mi nombre es…
—Sin nombres —se burló el chico del bigote.
—Bien.
—¿Una noche o más?
—Uhhh… una —dije. No tenía intención de regresar al Doom Loop,
por lo que el acceso por una noche era suficiente. ¿Tendría que pagar por el
acceso?
—Funciona mejor con el papel de virgen, ¿verdad?
No dije nada. Una drag queen se subió al escenario y empezó a
interpretar «The Best» de Tina Turner. Más y más hombres tomaban asiento
alrededor de las mesas cercanas al escenario.
—¿Cuáles son sus especialidades y talentos?
Parpadeé, completamente desconcertada por la pregunta.
—¿Qué está tomando tanto tiempo? —llamó una mujer desde el otro
lado de la línea.
—Uhh, bueno, puedo llevar seis pintas de cerveza al mismo tiempo y
puedo girar las ruedas —solté. La mirada del chico me dijo que eso no era
lo que esperaba o pedía. Snickers sonaron detrás de mí. Me sonrojé,
dándome cuenta de mi error y de lo que realmente había preguntado. Intenté
pensar en algo que atrajera a los hombres, pero mi mente estaba en blanco.
Nunca había sido aventurera.
—La doncella irlandesa, pura como la primera nevada —dijo el
hombre riendo—. Eso va a hacer subir las ofertas. —Me empujó hacia
adelante.
—¿Qué? No estoy… —Hice una pausa—. ¿Ofertas? Tengo un precio
fijo. —Por lo menos, cincuenta millones de dólares, para que nadie
comprara… a mí, mi cuerpo. Obviamente, solo había una cosa que las
mujeres vendían en este lugar.
Mientras ese hombre me ignoraba, otro hombre me agarró del brazo y
me arrastró hacia la fila de mujeres que esperaban ser conducidas al
escenario una vez que la drag queen terminara con su actuación. Con una
reverencia y un saludo, se despidió y comenzó la primera subasta. La oferta
inicial por la mujer era de veinte dólares por noche.
—Oye —dije, intentando liberarme del agarre del hombre—. Tengo
un precio fijo.
—Las mujeres no determinan su precio. El subastador lo hace.
Me soltó al final de la cola.
—Esto es un malentendido. No estoy aquí para subastarme. Debería
irme.
El hombre me cerró el paso.
—Estás aquí. Ahora, serás subastada. La única forma de salir es
después de que tu comprador haya terminado contigo… o si nadie te
compra.
Intenté discutir con él, pero me guio por la fila hasta que llegamos al
escenario. Me empujó y me tropecé en las escaleras. Mi corazón latía con
furia. Mientras mi mirada recorría a los invitados reunidos, mi coraje se
evaporó. Los hombres que me miraban lascivamente parecían criminales,
como si hubieran sido transportados aquí directamente desde Sing Sing, o
como se llamara la peor prisión de los Estados Unidos. La mayoría de ellos
estaban tatuados y llenos de cicatrices con miradas frías e indiscretas.
Querían devorarme, consumirme y herirme o matarme por la expresión de
algunos de sus rostros. Como camarera en una zona turística de Dublín, en
ocasiones me sentía como un trozo de carne fresca y había recibido una o
dos bofetadas en el culo, pero no se comparaba con el miedo profundo a ser
presa.
Mi pulso se disparó. Busqué a tientas dentro de mi bolso mi teléfono,
pero me di cuenta de que no estaba. El tipo del bigote debe haberlo tomado
cuando registró mi bolso. Un sudor frío estalló por todo mi cuerpo.
Giré sobre mis talones, repentinamente abrumada por el terror. No
podía hacer esto. Tendría que encontrar otra forma de encontrar a Imogen.
Tal vez Gulliver encontraría en su corazón ayudarme.
Un tipo enorme sonrió ampliamente pero me impidió salir del
escenario.
—No hay posibilidad, muñeca. Firmaste el contrato. Sin escapatoria.
¿Qué contrato?
Me congelé, mi respiración irregular.
—Pero…
—Sin pero. Vuelve al escenario o te llevaré allí. Incluso tenemos
cadenas si eso no es suficiente.
Tropecé hacia atrás, lejos de él y hacia el centro de atención.
Tragando pesado y tratando de ocultar mi pánico, me enfrenté a la multitud
de hombres hambrientos.
En subasta: pelirroja tímida recién salida de Dublín.
Se encendió otra luz, cegándome momentáneamente.
Oferta inicial: veinte dólares hasta el amanecer.
¿Hasta el amanecer? ¿Veinte dólares? Mi garganta se secó y a mi
pánico le creció alas y comenzó a revolotear locamente en mi vientre. Recé
para que nadie me quisiera. ¿Qué podría hacer para repelerlos? Mi mente
estaba zumbando con demasiados pensamientos. ¿Quizás vomitar? No
estaba lejos de eso de todos modos.
—Aquí —llamó un hombre con un acento fuerte, definitivamente
europeo del este. Mi corazón se hundió. Busqué desesperadamente entre la
multitud el origen de la voz, pero los focos hacían difícil ver. Solo pude
distinguir formas indistintas, especialmente en la parte trasera del edificio.
—Veinticinco —gritó un estadounidense.
Finalmente, las luces se atenuaron ligeramente y mis ojos pudieron
enfocarse en la multitud nuevamente. Sin embargo, esto proporcionó poco
consuelo ya que nuevamente me enfrenté a las miradas lascivas de docenas
de hombres.
—¡Treinta!
—¡Cincuenta!
Las ofertas aumentaron más, alcanzando los tres dígitos cuando un
acento irlandés me llamó la atención.
—Doscientos —dijo una voz profunda y autoritaria.
Reconocí la voz de inmediato. Dudaba que alguna vez lo olvidaría.
No necesitaba levantar la voz para llamar la atención del subastador o la
mía. Mi mirada lo encontró como tirada por una cuerda. Lorcan Devaney
estaba detrás de la última fila de sillas y me miraba. Un grupo de hombres
se hallaba sentado alrededor de una mesa junto a él; solo una silla estaba
vacante, probablemente la suya.
Conociendo la reputación de Devaney, no quería que él me comprara.
Pero tampoco quería que él no me comprara. Los otros hombres no eran
mejores opciones y si había leído bien las palabras crípticas de Gulliver,
Lorcan era el hombre que sabía más sobre Imogen.
Sobre todo, quería correr, pero había guardias por todas partes,
asegurándose de que las mujeres no se fueran sin ser subastadas.
Estaba atrapada, y mi única esperanza posiblemente era Lorcan
Devaney. Tuve que rezar para que su conexión con mi tío hiciera que se
apiadara de mí. Desafortunadamente, no parecía un hombre que sintiera
lástima a menudo. Su expresión era fría y calculadora cuando hizo su oferta
por mí.
La subasta tomó una eternidad, y deseé un milagro: que Gulliver
apareciera y me salvara. Muchos de los matones llevaban cruces alrededor
del cuello o se las habían tatuado en la piel. Eran temerosos de Dios. Eso
tenía que contar para algo. ¿Verdad?
A medida que las ofertas subían más y más, parecía volverme más y
más pequeña. Finalmente, el subastador golpeó el mazo, que era una figura
de una mujer desnuda e inclinada, sobre la mesa.
—Una noche con nuestra doncella irlandesa, va al señor Lorcan
Devaney.
Me sacaron de mis pensamientos, mi respiración se liberó
rápidamente. Lorcan Devaney había comprado una noche conmigo por
varios miles de dólares.
Era el resultado que esperaba al considerar mis otras opciones, pero
ahora, mientras miraba al hombre alto y melancólico, se me heló la sangre.
¿Qué había hecho? Debía esperar algo a cambio de tanto dinero, y aunque
no lo hiciera, deberle algo a un hombre como él era una idea horrible.
Dios me ayude.
Lorcan
Cansado de la conversación y el despliegue de mujeres desesperadas
vendiéndose al mejor postor, estaba listo para partir. La mayoría de ellas
apenas valían la oferta mínima de veinte dólares y la vergonzosa exhibición
de aquellas que estaban demasiado andrajosas para ser compradas incluso
por veinte dólares me irritaba los nervios. Nunca había pagado dinero por
sexo, y nunca lo haría.
Mi brújula moral ciertamente estaba dañada, pero la idea de tener a
una mujer en mi cama que no quería que me la follara era desagradable.
Mierda, tenía orgullo.
Asentí a mis socios comerciales, sin saber por qué favorecían este
lugar. Estos sórdidos establecimientos parecían tener un atractivo especial
para los buenos católicos, casados, ancianos del IRA.
—A continuación, una noche con una genuina doncella irlandesa
directamente de la isla verde.
Vi su cabello rojo llameante por el rabillo del ojo. Me volví hacia el
escenario y una extraña sensación de déjà vu me golpeó. Aislinn Killeen se
tambaleó hacia el centro con los ojos grandes y llenos de miedo, apretando
un bolso de cuero gastado contra su pecho y aun usando el mismo vestido
que había usado en la iglesia hoy.
Seamus siguió mi mirada hacia el escenario. El reconocimiento cruzó
por su rostro.
—Lorcan, esa es la sobrina de Gulliver, ¿no?
Asentí, pero mi atención estaba únicamente en la pelirroja asustada en
el escenario.
—Creo que, después de todo, me quedaré por otro trago.
Se rio.
—Al sacerdote le va a dar un infarto cuando se entere.
No me importaban los sentimientos de Gulliver o su salud.
Pero definitivamente me importaba esta subasta. Era obvio que
Aislinn Killeen estaba fuera de lugar. No creía que ella supiera en lo que se
estaba metiendo cuando entró en este edificio.
Aislinn Killeen me había llamado la atención en el momento en que la
vi sentada en el banco con su vestido blanco, luciendo como una niña
católica sumisa, excepto por la aguda atención de su expresión y el fuego
curioso en sus ojos.
Tenía ojos como hojas de trébol, como los interminables valles
cubiertos de hierba de Kerry. La piel tan pálida como la espuma de las
bulliciosas olas que golpean los brutales acantilados de Kent. Cabello tan
rojo como la puesta de sol sobre Dublín. Incluso olía a hogar: al viento
salado que soplaba sobre el océano, a hierba recién cortada y algo más
cálido. Tocar su mano esta mañana había despertado un anhelo dentro de mí
que había reprimido durante mucho tiempo, un anhelo por la belleza de mi
país natal y la compañía de una atrevida mujer irlandesa.
Aislinn era todo lo que extrañaba de Irlanda y mucho más. La quería.
Su inocencia. Su cuerpo. Su sonrisa. Todo.
Esta noche, inesperadamente, se presentó una oportunidad. Por
supuesto, podría haberle pedido a Gulliver su mano en matrimonio, por una
deuda olvidada hace mucho tiempo que debía pagarse, pero no tenía
intención de repetir la historia. No, esta era una forma mucho mejor de
poner mis manos sobre la señorita Killeen.
Me hundí en la silla que había dejado libre no hacía mucho tiempo.
Los viejos tontos lascivos levantaron sus copas en un brindis. Pronto, varios
hombres participaron en la subasta, elevando la oferta a más de tres cifras.
Y por primera vez en mis treinta años, me uní a una subasta en Cunt
Yard.
Los ojos de Aislinn brillaron con reconocimiento al escuchar mi voz,
y pronto esos ojos verdes se posaron en mí. Estaban llenos de una potente
mezcla de esperanza y temor.
Cuando el mazo se estrelló y compré a Aislinn para pasar la noche,
las mismas emociones se reflejaron en su rostro.
No estaba segura de si yo era su salvador o su muerte.
Ni yo lo sabía.
5
Aislinn
Un hombre me condujo hacia una habitación en la parte trasera de la
casa de subastas en completo silencio. Estaba equipado con todo lo que un
buen burdel requería: una cama redonda, un columpio sexual, espejos del
piso al techo frente a la cama y una amplia silla de cuero; había una cabina
de ducha y una pared llena de ganchos que sostenían azotes de cuero,
látigos, esposas y mucho más.
Mi boca se abrió, dándome cuenta de la situación en la que me había
metido. Pero aún no todo estaba perdido. Las cosas podrían haber sido
mucho peores si alguien que no fuera Lorcan Devaney me hubiera
comprado. ¿Verdad?
La voz profunda de Lorcan sonó en la puerta donde intercambió una
palabra rápida con el tipo. Miré hacia la puerta, sin querer darle la espalda a
un hombre como Lorcan Devaney. Podría tener conexiones con Gulliver,
pero dudé que eso lo detuviera.
Mis preocupaciones se confirmaron cuando Lorcan entró y cerró la
puerta. La mirada en sus ojos era ansiosa… hambrienta.
—Señorita Killeen, no esperaba volver a verla tan pronto, y menos en
un lugar tan sórdido como este. No estoy seguro de que esto sea lo que yo
llamaría una sorpresa agradable.
Me mostró sus dientes blancos.
—Esto es un malentendido —dije con firmeza, intentando ocultar mi
miedo.
—Un malentendido, ¿eh? —Se acercó, más como merodeando, sus
ojos oscuros sin dejarme nunca. Tenía las manos metidas en los bolsillos de
una manera que se suponía que sugería relajación, pero su cuerpo estaba
demasiado tenso para eso.
Forcé una sonrisa. A medida que Lorcan se acercaba, el nudo en mi
vientre se apretó. Era imposiblemente alto y ancho, una estatura que no
encajaría fácilmente en trajes de negocios, pero hacía que incluso esa
apariencia funcionara. Sin embargo, no llevaba corbata. Los dos botones
superiores de su camisa blanca estaban abiertos y asomaba un poco de vello
recortado en el pecho.
—Vine aquí con la esperanza de encontrar información sobre mi
hermana Imogen. Me preocupa que haya buscado dinero aquí.
—Entonces, ¿también decidiste venderte por dinero?
—¡No! —exclamé—. No sabía que iban a subastarme. El portero me
dijo que solo podía entrar al edificio si tenía negocios que hacer.
Su boca se torció con una sonrisa burlona.
—En Doom Loop respetamos los contratos. Lo que se promete
siempre se cumple. —Apenas podía respirar por el pánico mientras me
rodeaba como un león acechando a su presa.
—¿De dónde eres exactamente? Recuerdo que Gulliver mencionó una
vez Dublín —preguntó, permitiendo que su acento saliera a la luz.
—Dublín.
—¿Dónde?
—Temple Bar, Merchant's Arch, justo enfrente del puente Ha'penny.
—Verse como una virgen católica tensa fue una buena elección en
cuanto al dinero. Todos esos hombres estaban dispuestos a pagar una
pequeña fortuna por el pretexto de tener tu primera noche. Un juego de rol
tonto si me preguntas. Una chica así no se encontraría en un lugar como
Sodoma, y mucho menos vendería su cuerpo, ¿y por qué alguien querría
pagar dinero por alguien que no tiene ninguna experiencia de la que hablar?
Se detuvo justo en frente de mí, mirándome fijamente. Si quería
hacerme sentir como una idiota, lo estaba consiguiendo. Su aroma a
sándalo, tal vez a cuero y canela también, llegó a mi nariz.
Tragué pesado, cerca de las lágrimas. Estaba al borde de las lágrimas.
No era rival contra su carisma. Me hizo querer encogerme ante su aura
poderosa, pero estaría condenada si no intentaba ocultarlo.
—No tenías que comprarme. Y si no soy lo que esperabas, puedes
cancelar el trato —dije en voz baja, esperando que aceptara. No podía
devolverle los tres mil dólares que pagó por mí.
Su sonrisa se amplió y lo hizo parecer casi juvenil por un momento,
excepto por sus ojos. Esos eran agudos y afilados, desprovistos de cualquier
humor. Sin embargo, no eran tan oscuros como parecían desde la distancia.
Eran de un tono fascinante de verde que tenía un anillo exterior más oscuro.
Estaba absolutamente aterrorizada de él, pero al mismo tiempo su voz
baja y profunda y su olor varonil tuvieron un impacto casi visceral en mí.
Me hizo querer inclinarme más cerca y presionar mi nariz en su garganta.
—¿Eso significa que mentiste cuando viniste al Doom Loop? ¿Que lo
que ofreciste fue un fraude?
Su voz contenía una amenaza.
—No… como dije, fue un malentendido. No soy una mentirosa.
—Entonces, ¿obtengo lo que me ofreciste por mi dinero?
Sostuvo mi mirada mientras bajaba el tirante de mi vestido. Se deslizó
a lo largo de mi brazo casi tortuosamente. Ahora no podía retractarme del
trato. Nunca saldría ilesa de Sodoma si Lorcan Devaney presentara una
denuncia. Este lugar no parecía ser amable con aquellos que rompían las
reglas.
Su barba rozó mi hombro cuando se inclinó más cerca. Se me puso la
piel de gallina. Cuando llegó a mi garganta y respiró hondo, me mordí el
labio inferior.
—Entonces, ¿la búsqueda de información sobre tu hermana te trajo
aquí? —Su cambio de tema me desconcertó, lo que supuse que era su
intención.
—Sí. Alguien por aquí debe saber algo.
—Tal vez podría encontrar algo para ti.
—Eso sería increíble —dije, mi respiración se detuvo cuando su
lengua salió disparada para probar mi garganta. Su cercanía y contacto
estaban causando estragos en mi capacidad de pensar con claridad. Las
pocas veces que Patrick me había besado en la garganta, me había
recordado al bulldog francés del vecino babeando sobre mí. ¿Pero la boca
de Lorcan contra mi piel? Envió un hormigueo a través de mi cuerpo que
estalló justo a través de mi miedo.
—Podría ayudarte —murmuró Lorcan—, pero soy un hombre de
negocios y todo tiene un precio.
—No voy a trabajar para ti, ni vender mi cuerpo.
—Técnicamente, ya soy dueño de tu cuerpo, al menos por esta noche.
Hasta el amanecer, lo que me da mucho tiempo para descubrir cada
centímetro.
Tragué saliva.
—Tal vez mi tío pueda devolverte el dinero que gastaste en mí.
Lorcan se rio entre dientes.
—Aislinn, tu tío gasta todo su dinero en cigarros caros y whisky, o lo
pierde en juegos de póquer. Ya me debe dinero y no agregaré más a su
cuenta. —Se echó hacia atrás un poco para fijarme con una mirada
aterradora—. Pagué por cada centímetro de tu cuerpo. ¿O quieres estar en
deuda conmigo?
Los ojos de Lorcan se hundieron profundamente en mí, deshaciendo
mi control. Una parte de mí quería ser utilizada por él, tal vez para vengarse
de Patrick, o tal vez por razones aún peores. No podía pensar claramente
con él tan cerca.
—¿No sería incómodo si tienes que confesarle esto a mi tío? —
pregunté.
Su expresión se endureció.
—Si este es tu intento de chantajearme, deberías reconsiderar tus
opciones.
—¡No! Solo estaba pensando… —Pero, por supuesto, había sido mi
miserable intento de usar su respeto por la iglesia y un sacerdote para salir
de esto. Al menos no lo amenacé con la policía. Eso hubiera sido un
suicidio. Ya había escuchado suficientes historias sobre los Devaney
mientras trabajaba detrás de la barra en Merchant's Arch.
—Entonces, ¿qué será, Aislinn? ¿Me darás lo que pagué o me deberás
una deuda? Pero una palabra de advertencia… mis tasas de interés son
terriblemente injustas.
Lo miré, despreciando su tono condescendiente. Nuestros rostros
estaban tan cerca que pude ver motas de color verde claro en sus ojos verde
bosque y un pequeño surco en su barbilla cubierto por una barba incipiente.
Solo me habían atraído los chicos de mi edad, pero mi cuerpo
definitivamente reaccionó a su presencia con más que terror.
—No te deberé nada. Si insistes en este trato, entonces puedes tomar
lo que quieras.
Mamá siempre se había asegurado de que me mantuviera alejada de la
mafia irlandesa, pero incluso yo sabía que estar en deuda con ellos era un
error horrible. Mi boca se secó cuando las palabras salieron de mis labios.
Sus dedos jugaron con la correa de mi otro hombro, y su dedo índice
se deslizó debajo de mi escote. Me alegré por el sostén que llevaba puesto
hasta que su dedo se hundió dentro. Pasó el dorso de su dedo sobre mi
pezón, que se arrugó bajo el contacto. Tragué un grito ahogado. Mi cuerpo
se estremeció de nervios y para mi total sorpresa… excitación.
Él se alejó.
—¿Qué tal si me muestras por lo que pagué?
—¿Quieres que me desnude?
Sonrió. Toda esta experiencia aún se sentía surrealista. No estaba
segura de estar despierta de verdad.
—En efecto.
Tragando pesado, me di la vuelta.
—No —dijo—. Quiero ver tu cara cuando te desnudes.
Lo miré mientras el calor subía a mis mejillas. Se dejó caer en una
silla, con los brazos extendidos sobre los reposabrazos y las piernas
separadas con confianza. Una curiosidad enfermiza se apoderó de mí
cuando mi mirada fue atraída a su entrepierna.
Con la cabeza en alto, mi barbilla sobresaliendo, me negué a dejar que
me intimidara incluso si tenía todo el poder. Mis dedos temblaron cuando
toqué el primer botón de mi vestido y lo abrí. Me concentré en los botones
y no en el hombre que me observaba atentamente. Para mi sorpresa, disfruté
sabiendo que me estaba observando con gran atención mientras me tomaba
mi tiempo.
Si Patrick alguna vez me hubiera pedido que me desnudara, me habría
negado. La intensa mirada de Lorcan era más afrodisíaca que cualquier cosa
que hizo Patrick. Algo estaba terriblemente mal conmigo y si alguna vez
escapaba del Doom Loop, me tomaría mi tiempo para reflexionar sobre el
asunto.
—Mírame mientras te desvistes —ordenó, y no pude rechazar la
orden en su voz. Arrastré mi mirada hacia arriba hasta que se cruzó con su
mirada penetrante.
Mi boca se secó a medida que mis dedos trabajaban en los botones
restantes de mi vestido de verano revelando la sencilla ropa interior blanca
debajo. No estaba usando algo sexy para la ocasión. Después de todo, no
sabía que terminaría vendiendo mi cuerpo en Doom Loop. No es que
tuviera algo remotamente sexy, especialmente ropa interior. Nunca tuve una
razón para comprar lencería. Patrick y yo siempre habíamos tonteado en la
oscuridad.
Empujé el vestido por mis hombros y se amontonó a mis pies. La
boca de Lorcan se torció cuando vio mi ropa interior.
—Muy práctico—dijo.
Su tono condescendiente hizo que mis mejillas se calentaran, pero la
ira comenzó a hervir a fuego lento de una manera familiar en la boca de mi
estómago. Rara vez perdía los estribos, pero cuando lo hacía, nunca era
bueno.
—¿Por qué no sales de eso? —En realidad, no era una pregunta.
Mi corazón latía salvajemente cuando llegué a mi espalda para
desabrocharme el sostén. Me tomó tres intentos mis dedos temblorosos
antes de tener éxito. A pesar de mi deseo de bajar los ojos, los mantuve
justo en Lorcan mientras mi sostén se deslizaba por mis brazos y dejaba al
descubierto mis pechos. Su expresión no vaciló en lo más mínimo, como si
no pudiera importarle menos si me desnudaba frente a él. Probablemente
había visto a cientos de mujeres desnudas, tal vez incluso a Imogen. Ese
pensamiento me dio nuevas fuerzas. Estaba aquí para averiguar qué le pasó
a mi hermana y traerla de vuelta a casa. Si Lorcan tenía la información que
necesitaba, tendría que tontear con él, y si resultaba ser el responsable de su
desaparición… entonces le haría pagar.
La piel de gallina apareció a lo largo de mi piel e hizo que mis
pezones se endurecieran. La mirada de Lorcan se desplazó hacia mis pechos
y, a pesar del frío aire acondicionado, de repente sentí demasiado calor.
—Continúa —su voz profunda rompió mis pensamientos.
Un pequeño escalofrío me recorrió la espalda cuando metí los dedos
en la cinturilla de mis bragas. Con un tirón desesperado, las empujé por mis
piernas. Cuando cayó el último rastro de modestia, sentí una mezcla de
alivio y temor.
—Ha pasado un tiempo desde que tuve una mujer con un aspecto
natural —reflexionó, escaneando el triángulo rojo entre mis piernas.
Me sonrojé.
—Lo recorté —solté.
El fantasma de una sonrisa cruzó su rostro.
—Ah, veo eso, Aislinn, pero sigue siendo más natural que cualquier
coño que haya visto en mucho tiempo.
Estaba intentando inquietarme y, por desgracia, lo estaba
consiguiendo. Era difícil ocultar la vergüenza o la ira con mi tez pálida. Me
sonrojaba demasiado rápido, lo que algunos encontraban atractivo, pero lo
odiaba con pasión.
—Acércate.
Avancé unos pasos hacia él.
—Más cerca.
Unos pasos más.
—Más cerca.
Mis espinillas desnudas chocaron con las perneras de sus pantalones.
—Pagué por una noche de entretenimiento. ¿Qué tal si me entretienes
ahora? Me estoy aburriendo. —Se inclinó hacia atrás, señalando su cuerpo
—. Soy todo tuyo.
—Como si esto no hubiera sido ya entretenido para ti —siseé, mi
temperamento saliendo a la luz. Disfrutaba avergonzándome. No estaba
segura de lo que le había hecho para merecer esto, o tal vez estaba en su
naturaleza jugar con la gente. Probablemente lo último.
—Si te refieres a esta versión cómica de un striptease, te puedo
asegurar que ha sido un lastre.
Apreté los dientes.
—Me estás torturando.
—¿Crees que soy yo quien te tortura? —Un tono peligroso había
entrado en su voz.
—Por supuesto. Disfrutas avergonzándome y obligándome a hacer
algo que no quiero hacer.
Se puso de pie de un tirón, haciéndome dar un paso atrás, y se inclinó
sobre mí con una expresión asesina.
—Vendiste un producto, y compré dicho producto por un precio muy
elevado, debo agregar. Si no tenías intención de entregar, entonces no
deberías haberlo ofrecido en primer lugar. De donde yo vengo, las deudas
se honran. Y me debes una noche contigo.
Él tenía un punto. Había vendido mi cuerpo y ahora él esperaba que
yo se lo entregara. No importaba que yo hubiera sido demasiado ingenua
para darme cuenta de la naturaleza del negocio, al menos a sus ojos.
—Entonces toma lo que te debo —gruñí—. No estaré en deuda
contigo.
Me tomó el cuello con la mano, con más delicadeza de lo que
esperaba, e hizo una reverencia, así que estábamos a la altura de los ojos.
Mis pestañas revolotearon nerviosamente. Atrajo mi labio inferior hacia su
boca antes de pasar su lengua por la comisura de mis labios.
—Tan dulce como pensé. Ah, Aislinn, te metiste demasiado profundo.
La forma en que dijo mi nombre me resultó demasiado familiar, como
si supiera más de mí de lo que debería.
Su sonrisa era oscura, los ojos triunfantes. Se hundió en el sillón para
que su rostro sonriente estuviera al mismo nivel que mi parte más privada.
—¿Cuáles son tus planes para mí? ¿Qué podría valer tres mil dólares?
—preguntó.
—No sugerí que valiera tanto. Tú y los otros hombres asumieron que
yo lo valía.
Inclinó la cabeza.
—Entonces, ¿pagué demasiado por ti?
—Supongo que, eso depende del punto de vista —dije con altivez.
Sus ojos viajaron desde mis pechos desnudos hasta el vértice de mis
muslos. Una comisura de su boca se torció en una sonrisa.
—La vista es prometedora, aunque no vale tres mil.
—Entonces haz lo que debas para obtener el valor de tu dinero. Está
aquí para tomarlo.
6
Aislinn
¿Cuánto me quitaría Lorcan y lo dejaría? ¿Tenía siquiera una opción?
Lorcan tocó mi cadera, el anillo de oro con el escudo de su familia
frío contra mi carne. Trazó la palma de su mano sobre la curva de mi
cadera, a lo largo de la parte superior de mi muslo muy ligeramente, y luego
volvió a subir con la misma lentitud, hasta que su pulgar rozó mis costillas.
Sus agudos ojos siguieron el efecto que su simple toque tuvo en mi cuerpo.
Mi piel estaba en llamas, los pezones endureciéndose hasta el punto de casi
dolor. Y lo que es peor, pero afortunadamente escondido de sus agudos
ojos, el calor se había extendido entre mis muslos mientras la sangre se
acumulaba en mis labios, haciéndolos palpitar con un anhelo que el toque
de Lorcan Devaney no debería evocar en mí.
—Las mujeres se me echan encima por varias razones. No fingen que
estar conmigo es una tarea insoportable. Mis mujeres siempre están
ansiosas por mi toque y mi polla.
—¿Incluso las mujeres que compras en una casa de subastas?
—Esto no sucede tan a menudo como probablemente piensas. —La
diversión en su voz realmente me enfureció, pero era difícil concentrarme
en otra cosa que no fuera su mano acariciando mi costado.
—Vendí mi cuerpo, no mi mente. Así que toma lo que compraste,
pero no esperes que lo disfrute. Eso no era parte del trato.
—Aislinn, soy muy experto en conseguir lo que quiero. No soy uno
de los chicos a los que besas en el puente Ha'penny después de una noche
en un pub lúgubre de la esquina.
La ira se apresuró a través de mí por sus suposiciones, pero no lo
contradije. No quería contarle más sobre mí, especialmente que no estaba
jugando a ser virgen.
Su segunda mano subió para tocar mi cadera, y pronto ambas manos
se deslizaron a lo largo de mis costados. Sus ojos recorrieron mi cuerpo
todo el tiempo mientras archivaban cada reacción hacia él. Quería
esconderme, pero no era solo mi cuerpo el que estaba al descubierto. Sus
palmas encallecidas trazaron mi espalda baja y luego aún más abajo hasta
que ahuecó mis nalgas en sus grandes manos.
Mi respiración se detuvo inesperadamente.
—¿Esto aún es parte de tu deuda? —El timbre de su voz retumbó en
mi pecho—. Di que pare si no lo es.
Me desafió a detenerlo, a revelar mis verdaderos colores y admitir la
derrota. yo no lo haría
Inclinándose hacia adelante, mordisqueó la piel sobre mi cadera con
los dientes antes de calmarla con la lengua. Mi núcleo se contrajo y mis
labios se sentían hinchados y calientes, casi insoportablemente. Sus ojos se
encontraron con los míos, su mejilla sin afeitar descansando ligeramente
contra mi bajo vientre.
—¿O quieres que recolecte más?
Tragué. Mi mente y mi cuerpo estaban en desacuerdo, al menos
parcialmente.
—Dulce Aislinn, ¿quizás incluso lo disfrutas?
Entrecerré los ojos. Agarrándome por las caderas de nuevo, se puso
de pie y me giró hacia el espejo que había evitado mirar hasta ahora. Me
criaron para ser tímida con mi desnudez y era tímida por naturaleza con mi
sexualidad, pero Lorcan parecía decidido a empujarme más allá de mi zona
de confort.
Mordió suavemente la nuca de mi cuello, haciéndome saltar de la
sorpresa. Se elevó sobre mí y tocó mis caderas y luego lentamente dejó que
sus manos se deslizaran por mis muslos. Extendió sus pulgares para que
rozaran los bordes de mi montículo. Sentí un hormigueo en el centro y aún
más sangre se acumuló en los labios de mi vagina, haciéndolos lucir
hinchados y rojos con mi clítoris asomándose ansiosamente.
Con una sonrisa oscura, Lorcan se concentró en las áreas sensibles de
mi cuerpo. Siguió acariciando a lo largo de mis muslos internos.
—La lujuria es algo curioso —murmuró. Luego se sentó en la silla
detrás de mí de nuevo, desapareciendo de la vista—. Aislinn, siéntate en mi
regazo —ordenó. Su voz me dijo que no estaba en discusión, así que me
hundí en sus musculosos muslos sin dudarlo. Apreté mis piernas y me senté
en el borde de sus piernas, muy consciente de que solo la tela de sus
pantalones era lo único que nos separaba.
Me sonrió en el espejo, pero no de forma amistosa. Se me erizaron los
vellos de la nuca, pero al mismo tiempo mi cuerpo reaccionó con un
torrente de excitación ante su proximidad y el peligro que prometía su
expresión. No estaba segura de cómo detenerlo. Era esclava de la reacción
visceral de mi cuerpo ante Lorcan Devaney.
—Abre tus muslos —gruñó, acentuando la orden con un suave
mordisco en mi hombro. Separé las piernas unos centímetros, solo para que
mi parte más privada siguiera oculta a la vista—. Estoy acostumbrado a que
se sigan mis órdenes, pero tengo que admitir que puede que no haya sido
claro. ¿Debería remediarlo?
Tragué pesado.
—Quiero que balancees tus piernas sobre mis rodillas.
A pesar de mi vergüenza, me senté a horcajadas sobre sus piernas
para que mis pies quedaran a cada lado de los suyos.
—¿Ves? ¿Eso no fue tan difícil? —murmuró y comenzó a separar las
piernas. Al hacer esto, separó mis muslos más y más hasta que quedé
completamente expuesta. Me encogí ante la vista que le ofrecía. Mi coño
estaba hinchado y rojo, mi clítoris también, y mi carne brillaba con rastros
de excitación.
—Mmm —retumbó contra mi hombro, su barba incipiente me hizo
cosquillas en la piel—. Que vista. —Su lengua salió disparada, dibujando
pequeños círculos en mi brazo, haciéndome pensar en todos los otros
lugares en los que anhelaba que me tocaran así. Su mano acarició la parte
interna de mi muslo una vez más, de un lado a otro lentamente. Se inclinó
hacia adelante, sus ojos se encontraron con los míos y tomó el lóbulo de mi
oreja entre sus labios y luego comenzó a chuparlo suavemente. Mi centro
latía con enojo, desesperado por un toque que nunca pediría. Pero mi deseo
era claro como el día. Mi cuerpo gritaba por Lorcan, por liberación. No
reconocí este lado lascivo de mí y me sentí traicionada por mi propia carne.
Con Patrick, el control había llegado fácilmente. La espera se había sentido
natural.
Puso sus grandes manos sobre mis rodillas y luego pasó sus palmas
por la parte interna de mis muslos. Apreté los dientes para contener un
gemido. No estaba segura de lo que estaba mal conmigo. Sus manos
alcanzaron la parte superior de mis muslos, sus pulgares se arrastraron a lo
largo del surco entre mi coño y la parte interna de los muslos. Quería
apartarlo de un empujón, cerrar las piernas de golpe, levantarme e irme.
Con ese mismo fervor quise quedarme sobre sus musculosas piernas,
sentir sus callosas palmas sobre mi piel y sus dedos sobre mi zona más
íntima. Me alegré de que no pudiera leer mis pensamientos, pero la forma
en que miraba sus pulgares acariciando mis curvas debió haberme delatado.
Lorcan se rio entre dientes.
—Querer lo que uno no debería querer… es frustrante, ¿no?
—No sé de lo que estás hablando…
Rozó los labios externos de mi vagina, robándome las palabras y el
aliento. Me sentí como un arco demasiado tenso, listo para romperse en mil
pedazos diminutos.
Sus pulgares seguían acariciando ligeramente los labios exteriores de
mi vagina, pero el toque era potente. Mi excitación se burló de mí en el
espejo. Lorcan Devaney me quería dispuesta y lasciva, y lo estaba
consiguiendo. Intenté pensar en Patrick, con la esperanza de que la culpa
controlara mi lujuria, pero al recordar sus palabras sobre divertirse me hizo
querer hacer lo mismo: disfrutarme. Por supuesto, era ridículo pensar que
podía disfrutar estando con Lorcan Devaney.
Su pulgar hizo un desvío sobre mi clítoris y jadeé, sorprendida y
alarmada. Se frotó el pulgar y el índice uno contra el otro, esparciendo mi
excitación entre ellos.
Nuestros ojos se encontraron y la mirada de Lorcan parpadeó con
triunfo y diversión cuando reanudó la ligera burla del pliegue entre mi coño
y la parte superior del muslo.
—Detén el juego y toma lo que quieras —dije entre dientes. No
quería que me diera placer. Quería que tomara lo que quisiera, que me
follara y terminara con eso. Sería una primera experiencia de mierda, una
de la que probablemente me arrepentiría toda mi vida y de la que tendría
pesadillas en los próximos años, pero era mejor que la mortificación de ser
testigo de la reacción de mi cuerpo al toque de Lorcan.
—¿Lo que quiero? —reflexionó, sus dedos encontrando la abertura de
mi coño y separándome. Ahogué un gemido cuando se deslizó entre mis
labios hinchados y me acarició. Su uña rozó mi clítoris, casi haciéndome
llorar de necesidad. Lorcan tenía una presencia que no podía ser ignorada y
una vibra de peligro sexual que parecía causar un corto circuito en mi
cerebro. Su pulgar me golpeó de nuevo antes de que me lo quitara.
—¿Qué quieres, dulce Aislinn? —Lorcan tarareó junto a mi oído
antes de succionar suavemente mi lóbulo con su boca. Su pulgar trazó mi
hendidura y rodeó mi abertura. Lo quería dentro de mí. Al ver su dedo
provocándome, no pude pensar en otra cosa, pero no lo hizo. En cambio,
viajó más alto una vez más y comenzó a tocar mi clítoris con la yema de su
pulgar. El ligero toque pareció encender una lujuria que había estado
enterrada bajo el heno seco durante mucho tiempo. Mi centro se contrajo,
pero luché contra la liberación. No quería correrme del toque de Lorcan, no
tan rápido. En absoluto. No cuando mi cuerpo solo había sucumbido a un
orgasmo con mis propias manos y una larga persuasión. Lorcan debe haber
sentido mi lucha. Su segunda mano se acercó y pellizcó mi pezón al mismo
tiempo que su pulgar presionaba con fuerza contra mi clítoris. Apenas podía
contenerme. Mi coño se contrajo, mis dedos en el reposabrazos se apretaron
mientras intentaba ocultar la reacción de mi cuerpo. Estaba al borde, tan
cerca de volcarme. Me mordí la lengua, tirando de las riendas de mi cuerpo,
pero aún estaba demasiado cerca, aún demasiado ansiosa por más.
Lorcan se rio entre dientes.
—Terca. Esto no funcionará. Al amanecer estarás exhausta por los
múltiples orgasmos y estas sábanas estarán empapadas con tus jugos. —
Hizo un gesto hacia la cama.
No tuve la oportunidad de contradecirlo. Agarró mi garganta, inclinó
mi cabeza hacia un lado y me miró fijamente.
—No puedo esperar a oírte decir mi nombre cuando te vengas.
Soltando mi garganta, ahuecó mi coño con la palma de su mano antes
de comenzar a deslizar su dedo índice y medio en una V a lo largo de mis
pliegues, rozando mi clítoris cada vez.
Incluso mientras hundía mis dientes más profundamente en mi
lengua, el placer seguía aumentando. Estaba peleando una batalla perdida,
pero no podía admitir la derrota.
Sus grandes dedos, brillando con mi excitación, se deslizaron a lo
largo de mi coño hinchado. Su pulgar e índice seguían tirando y pellizcando
mi pezón de una manera casi dolorosa que solo aumentaba mi lujuria.
Observé cómo mi cuerpo se estremecía bajo la fuerza de un orgasmo
que no tuve oportunidad de suprimir. Mis labios se abrieron cuando un grito
salió de mi garganta.
El calor me recorrió mientras me apretaba bajo la fuerza de mi
liberación. El orgasmo duró solo unos segundos, pero llevaría el recuerdo
conmigo para siempre. Lorcan redujo la velocidad de sus dedos, luego los
sacó de mi carne caliente y los frotó en la parte interna de mi muslo.
—Levántate y arrodíllate en la cama —ordenó con dureza.
Lo miré por un momento, mi lujuria desapareciendo mientras el
miedo se apoderaba de mi cuerpo.
—Adelante —ordenó. Tropecé con mis pies, mis piernas temblaban
por mi liberación y la situación.
Me detuve frente a la cama. Mi cuerpo se erizó ante la idea de
arrodillarme y exponerme, incluso si lo había hecho voluntariamente solo
unos momentos antes. Pero esta posición parecía peor.
—Estoy esperando.
Lanzándole una mirada de enojo por encima del hombro, me subí a la
cama y dejé de lado todos mis pensamientos mientras me apoyaba en las
palmas de mis manos, con el trasero en el aire.
Lorcan chasqueó la lengua.
—Hermoso. —Luego, escuché el sonido de su cinturón al
desabrocharse y una cremallera bajando. Esto era todo. Lorcan Devaney me
montaría como a un caballo.
7
Lorcan
No tenía la intención de comprar a Aislinn Killeen por ningún otro
motivo que no fuera protegerla de Sergej y todos los demás pervertidos que
pujaban en la subasta.
Y, sin embargo, al segundo en que puse un pie en la habitación donde
Aislinn me esperaba como un ciervo frente a los faros, un deseo primario
había estallado. Aún me habría controlado y llevado a Aislinn directamente
a la puerta de su tío si no hubiera visto el destello de emoción e incluso
deseo en sus ojos. Puede que Aislinn no esté lista para admitirlo, pero se
sentía atraída por mí. Su cuerpo anhelaba la emoción del peligro, el toque
firme de un hombre. Y yo quería dárselo.
Ahora, mientras observaba su culo alegre sobresalir y la insinuación
de su vello púbico rojo asomándose por el espacio entre sus muslos
lechosos, se me hizo la boca agua ante la idea de saborearla, de enterrar mi
polla dentro de ella. Tres mil no era un precio elevado para una chica como
Aislinn. Pagaría diez veces, incluso cien veces la cantidad si ella fuera solo
mía.
Mi polla estaba lista para rasgar las costuras de mi costoso traje. Abrí
mi hebilla y cremallera, notando la tensión de Aislinn. Quería follármela
ahora mismo así, pero nunca había sentido placer por el dinero, y no lo
haría, especialmente no con una chica como Aislinn. Eso no significaba que
había terminado con ella. Lejos de ahí. No solo porque había captado mi
interés, sino porque era una Killeen.
Agarré la punta de mi polla y apreté con fuerza, siseando entre dientes
pero ganando concentración. Esta noche no era la noche en que obtendría la
satisfacción que anhelaba. Me levanté y caminé hacia Aislinn. La vista era
demasiado tentadora. Le acaricié la nalga, pero solo podía pensar en cómo
se sentiría hundirme en ella.
—Creo que podría querer quedarme contigo —murmuré.
—No soy una mascota que puedas tener. No pertenezco a nadie.
—Dulce Aislinn, aún me perteneces hasta el final de la noche.
Aislinn estaba más tensa que antes y no respondió. Me di cuenta de
que aún estaba excitada, pero esa emoción ya no estaba a la cabeza. Regresé
a mi silla, aunque me costó todo mi autocontrol.
—Aislinn, tócate con el dedo para mí. Quiero ver.
Se tensó aún más por un breve momento, pero luego se relajó cuando
su mano apareció entre sus piernas. Se acarició durante un rato, haciéndome
agua la boca al pensar en su sabor. Mi polla se puso aún más dura. Ignoré
mi necesidad. Aislinn sería mía muy pronto y luego me quedaría con todo.
Su coño, su culo, su boca. Y ella gritaría por más.
Finalmente, Aislinn empujó un elegante dedo dentro de sí misma. Era
evidente que no se toqueteaba a sí misma con frecuencia, especialmente
para el disfrute de otra persona. Después de algunos empujones lentos,
agregó un segundo dedo y continuó con la misma lentitud.
Renunciando a controlarme, saqué mi polla de mis bóxer y comencé a
frotarme con firmeza, sin apartar la vista de Aislinn y sus ágiles dedos.
Mi respiración pronto se volvió más profunda, más rápida y, a su vez,
los dedos de Aislinn se aceleraron, la excitación goteando por su muñeca.
La pequeña pelirroja disfrutaba siendo observada y sabiendo que me estaba
excitando con la vista.
Cuando la espalda de Aislinn se inclinó bajo su orgasmo, mi propia
liberación se apoderó de mí. Apenas evité mis pantalones y me maldije
justo después por mi asombrosa falta de control. Aislinn dejó caer la mano
y la tensión se apoderó de su cuerpo una vez más.
Tal vez se dio cuenta de la enormidad de su estupidez al venir a un
lugar como Doom Loop, especialmente a Cunt Yard. Pero no tenía
intención de ser fácil con ella. Será mejor que pierda su ingenuidad de
inmediato. Tomé mi billetera y conté tres mil dólares. Envolviéndolos, los
arrojé sobre la cama justo al lado de la cabeza de Aislinn. Ella se estremeció
como si la hubiera abofeteado.
La mayoría de las personas sufrían más que herir su orgullo cuando
cometían un error en Sodoma. Podía considerarse afortunada.
—El veinte por ciento pertenece al subastador, pero lo arreglé para
que obtuvieras los tres mil completos por el entretenimiento tan pleno que
brindaste.
Se puso rígida, las puntas de sus orejas se pusieron rojas.
Dulce Aislinn, este es el patio de los niños grandes. No juegues si no
juegas rudo.
—Así que, ahora me despido de ti.
Con una última mirada persistente a su hermosa espalda y trasero, su
melena roja extendiéndose por toda la cama y cubriendo su rostro de mi
vista, salí de la habitación.
Esto no fue una despedida. Hoy me había ofrecido una pequeña
muestra de Aislinn, pero quería devorarla entera.
Aislinn
Había venido al Doom Loop para obtener respuestas, pero me quedé
con una miríada de nuevas preguntas y un montón de vergüenza.
No me moví, respirando con dificultad en la ropa de cama. No podía
creer que me había masturbado justo en frente de Lorcan Devaney. Y
ciertamente no podía creer que lo disfruté y que había llegado incluso. Tal
vez el aire acondicionado de este edificio esparciera feromonas por todo el
lugar. Tal vez yo no era responsable de perder el control de mi cuerpo tan
fácilmente.
Tal vez…
Algo aterrizó junto a mi cara. Cuando parpadeé, un fajo de billetes se
enfocó a través de los mechones de mi cabello. Mi estómago se retorció con
repugnancia, dándome cuenta de que Lorcan acababa de pagarme por mis
servicios como una puta común.
—El veinte por ciento pertenece al subastador, pero lo arreglé para
que obtuvieras los tres mil completos por el entretenimiento tan pleno que
brindaste.
Mis dedos agarraron las sábanas. ¿En serio me había dado una
propina, el imbécil arrogante? Lágrimas de ira y vergüenza ardían en mis
ojos, pero me mordí la lengua para mantener a raya mis emociones y el
desagradable insulto.
—Así que, ahora me despido de ti.
Sus pasos sonaron y luego la puerta hizo clic. Esperé un par de latidos
más antes de levantarme y sentarme en cuclillas. Mi mirada se detuvo en el
fajo de billetes. Lo tomé y lo arrojé contra la puerta. El rollo se desplegó y
los billetes revolotearon por la habitación, aterrizando por todo el suelo.
Me levanté de la cama y recogí mi ropa. Aunque quería ducharme,
quería irme de este lugar aún más. Me puse la ropa, me alisé el cabello y
agarré mi bolso. Mis ojos vagaron sobre el dinero esparcido en el suelo. El
daño ya estaba hecho, pero este dinero podría comprarnos a mí y a Imogen
un billete de vuelta a Dublín. Tragándome mi orgullo, recogí cada centavo.
Antes de salir de la habitación, vacilé en el pasillo, sin saber qué hacer.
¿Podría simplemente irme? ¿Le había dicho Lorcan a los guardias que había
cumplido con mi parte del trato?
Una nueva ola de mortificación quemó un rastro de fuego a través de
mí. Balanceando mi bolso sobre mi hombro, me dirigí por el pasillo.
Mantuve la cabeza en alto, incluso si quería esconderme en un rincón.
Un paseo de la vergüenza. Siempre me había burlado de la idea. Solía
trotar por Temple Bar los domingos por la mañana y, a veces, notaba a una
mujer de aspecto arrugado que caminaba avergonzada hacia su casa después
de una noche con alguien lamentable. Siempre había pensado que la gente
debería reconocer sus errores y usarlos para aprender.
Ahora, estaba en mi primer paseo de la vergüenza. Me tragué mis
propios pensamientos del pasado. Reconocer mi error fue mucho más difícil
de lo que pensaba, especialmente cuando dicho error era Lorcan Devaney.
A pesar de mi intención inicial, no quería quedarme con el dinero; no
podría si quisiera mirarme en el espejo. Lo que había pasado entre nosotros
no era por el dinero. Podría necesitar dinero, y probablemente haría que mi
búsqueda de Imogen fuera mucho más fácil, pero mi orgullo me prohibía
usarlo.
La sensación demasiado caliente entre mis piernas se burlaba de mí
con cada paso que daba, recordándome cada detalle sórdido de la noche.
Solo tres horas y, sin embargo, sabía que afectarían mi vida por mucho más
tiempo.
¿Había aprendido algo que no sabía antes?
Lorcan Devaney me había hecho perder el control. Mi cuerpo
reaccionó a él como el fuego a la gasolina. Pero en lo que se refiere al
paradero de Imogen, estaba tan despistada como antes. Lorcan podría
ayudarme, porque estaba involucrado o porque conocía a las personas
adecuadas para adquirir información. De cualquier manera, no estaba
segura de cómo superar mi orgullo y enfrentarlo de nuevo para recopilar
información. Tal vez fuera lo mejor que me mantuviera alejada de la mafia
irlandesa. Tenía que haber otra forma de encontrar a Imogen.
Volví a encender mi teléfono y apareció un mensaje de Patrick.
Patrick: Te extraño. Cuando vuelvas, estaré listo para el siguiente
paso. Este descanso era lo que necesitábamos. Te amo.
Dejé escapar una risa ahogada y luego me quedé en silencio cuando la
culpa me abrumó. La ira siguió rápidamente. No tenía por qué sentirme
culpable. Patrick probablemente buscó todas las faldas a la vista para
aprovechar al máximo nuestro descanso, para «no tener que volver a ser
infiel». ¿Y qué diablos quiso decir con el siguiente paso? ¿De verdad
pensaba que me acostaría con él una vez que regresara? ¿Perder mi
virginidad con él?
Teniendo en cuenta que casi la había perdido nada menos que con
Lorcan Devaney, necesitaba reconsiderar toda mi opinión sobre el sexo. Tal
vez debería ir a un convento de monjas y renunciar a los hombres, como
había hecho mamá, menos la parte del convento.
Con un poco de distancia, no podía creer que en realidad asentí
cuando Patrick sugirió un descanso en lugar de romper. Había estado
demasiado aturdida y, como de costumbre, demasiado dulce.
Demasiado dulce. Resoplé. Nada dulce en mí esta noche.
Patrick no esperaba que me desahogara como él lo hizo. Era
demasiado dulce, demasiado cuidadosa. Estaba a punto de contarle sobre mi
noche con Lorcan, pero cuando una nueva ola de vergüenza por lo que
había hecho se apoderó de mí, descarté esa idea rápidamente.
—¿Señorita Killeen? —preguntó un hombre.
Salté, sin haber esperado que alguien estuviera tan cerca. Cuando
miré hacia arriba, un hombre alto con cabello rojo cobrizo y ojos marrones,
uno de los hombres de Lorcan, se paró justo frente a mí. Mi piel se calentó,
preguntándome qué sabía ese tipo.
—Soy Seamus. El segundo al mando de Lorcan. Me pidió que te
llevara de vuelta con tu tío.
Negué con la cabeza rápidamente, con los ojos muy abiertos.
—Uhh, no, gracias. Tomaré el autobús.
Seamus sonrió como si fuera una tonta.
—Desafortunadamente, esa no es una opción. Lorcan insiste en que
me dejarás que te lleve de vuelta.
Parpadeé.
—No estoy obligada a seguir las órdenes del señor Devaney, así que
tomaré el autobús.
Seamus se interpuso en mi camino, su sonrisa se volvió más firme,
sus ojos más duros.
—Pronto aprenderás que es mejor seguir las órdenes de Lorcan. Y me
recordó que aún está a cargo de tu paradero hasta el amanecer, así que esto
es parte de tu deuda.
No podía creerlo. Asentí escuetamente y seguí a Seamus hasta una
camioneta grande estacionada en el estacionamiento en la parte trasera del
matadero. Me metí en el asiento trasero, mi mirada fija fuera de la ventana.
De vez en cuando podía sentir la mirada curiosa de Seamus sobre mí. Solo
podía imaginar lo que pensaba de mí. Y no podía culparlo. Había creado tal
lío.
Si el tío Gulliver se enterara, me echaría a la calle sin dudarlo. A sus
ojos, me convertiría en una pecadora como mamá e Imogen. Para ser
honesta, probablemente estaba peor.
—¿Puedes estacionar en la calle? No quiero despertar a mi tío.
Seamus me dio una mirada divertida en el espejo retrovisor, pero
estacionó algunas casas lejos de la iglesia. Salí sin decir una palabra.
Agradecerle parecía ridículo considerando que no había pedido que me
llevara.
Cerré la puerta de golpe y corrí por la calle, queriendo llegar a casa lo
antes posible. Maldije para mis adentros cuando vi luces iluminando desde
la ventana. Gulliver aún estaba despierto. Miré mi celular. Eran cerca de las
cuatro de la mañana. Quizá acababa de levantarse y yo podía fingir que
había ido a dar un paseo matutino.
Casi me rio de la idea.
No tuve la oportunidad de abrir la puerta. Se abrió en el momento en
que la llave tocó la cerradura, Gulliver me miró con una expresión de
desaprobación.
—¿Dónde has estado?
—Te dije que iría a Sodoma para averiguar más de Imogen —dije,
esperando que mi rostro no revelara ningún detalle vergonzoso sobre mi
viaje al Doom Loop.
—Te esperé despierto toda la noche. ¿Qué te tomó tanto tiempo?
La sospecha y el juicio en su voz hicieron que mi cara se encendiera,
pero esperé que la tenue iluminación del pasillo lo escondiera de los ojos
entusiastas de Gulliver.
—Miré a mi alrededor y hablé con algunas personas.
—Esperemos que no a las personas equivocadas. ¿Descubriste algo
útil?
—Aún no —admití—. Pero seguiré preguntando y en algún momento
alguien tendrá información para mí.
—No te das cuenta de los problemas en los que podrías meterte si
atraes la atención equivocada.
Un poco tarde para ese consejo…
Solo podía esperar que Lorcan no le mencionara nada a Gulliver, o
mejor aún, que se olvidara de nuestra noche lo antes posible. Pero sabía que
no lo haría.
8
Lorcan
Seamus levantó la vista de su café cuando entré en la cocina de
nuestro almacén en el puerto. Un importante cargamento de armas
regresaba a Irlanda y hoy llegaría un contenedor lleno de drogas. Mucho
que hacer, pero mi mente estaba en otra parte, a saber, la pelirroja ardiente.
Recogí una taza de café para mí. Después de solo dos horas de sueño,
ésta definitivamente no sería mi última dosis de cafeína del día.
—¿Llega a tiempo el carguero? —pregunté.
—Así parece.
Asentí y luego miré el reloj. Siete. El cargamento no llegaría hasta las
once de la mañana o incluso más tarde. Eso me daba algo de tiempo.
Seamus y mis hombres podrían ocuparse de todo hasta entonces, y yo
podría hacerle una visita a Gulliver.
—Necesito salir una vez más.
Seamus dejó su taza y entrecerró los ojos.
—¿Se trata de la chica?
—Estás pasando demasiado tiempo en mis asuntos personales.
—Solo si tu asunto personal es parte de una vendetta personal que nos
traerá problemas a ti, y a mí.
—No me meteré en problemas y tú tampoco.
—Lorcan, los Killeen significan problemas. Si extrañas tu hogar,
encuentra algo más que te lo recuerde.
—Suficiente —gruñí. Hace diez años, Seamus había dejado nuestra
tierra natal para venir conmigo a Nueva York. Extrañaba Irlanda tanto como
yo, tal vez incluso más, pero se quedó por lealtad. Él y yo habíamos sido
amigos desde que tengo memoria, en muchos aspectos éramos tan cercanos
como hermanos, o en el caso de mis hermanos, incluso más cercanos.
Palmeé su hombro—. No te preocupes. Puedo manejar una Killeen.
Me bebí el resto de mi café.
—Llámame si hay problemas con el envío. Me aseguraré de volver a
tiempo para descargar.
Seamus me dio un asentimiento descontento. Ignoré sus payasadas y
salí de la cocina. Aún estaba desierto. Los muchachos llegarían a tiempo
para el envío, sin duda, pero anoche no fui el único que se acostó tarde.
Olly estaba celebrando el nacimiento de su tercer hijo y mi equipo ya estaba
hecho polvo cuando me fui justo antes de la medianoche. Tenía una
reunión, por lo que no pude unirme a ellos por mucho tiempo, aunque, para
ser honesto, mi velada había sido mucho más entretenida de lo que
esperaba.
Me subí a mi viejo Land Rover Defender y me dirigí a la casa de
Gulliver. No tenía ninguna duda de que estaría de acuerdo con mi
propuesta, me conocía lo suficientemente bien como para saber que mis
propuestas eran por lo general órdenes encubiertas. La madre de Aislinn
estaba lejos y tenía la sensación de que Aislinn era demasiado orgullosa
para pedirle ayuda.
Solo pensar en la reacción de Aislinn me hizo sonreír. Valdría la pena
cualquier problema que ella causara en el futuro.
Como era de esperar, la luz ya estaba encendida en la cocina de
Gulliver. Llamé a la ventana. Gulliver estaba en la estufa, esperando a que
hirviera el agua de su tetera. Se volvió con una expresión de reproche, que
se transformó en sorpresa cuando me vio. Se acercó a la ventana y la abrió.
—Lorcan. ¿Ha pasado algo? ¿Aislinn causó problemas?
Una comisura de mi boca se levantó. Causó muchas cosas,
principalmente en mi mente sucia y mis pantalones, ninguno de los cuales
era asunto de Gulliver.
—¿Qué tal si me dejas entrar para que podamos discutir por qué estoy
aquí?
Gulliver asintió. La preocupación nubló su rostro.
—Por supuesto, por supuesto.
La tetera dejó escapar un chirrido ensordecedor. Gulliver saltó y gritó,
su mano agarrando la cruz alrededor de su cuello.
—Estás muy nervioso esta mañana hermosa —dije arrastrando las
palabras, asintiendo en dirección a la puerta principal y me dirigí
directamente hacia ella. Esto iba a ser divertido.
Aislinn
Sentía una resaca inexplicable cuando caminé hacia la cocina a la
mañana siguiente. Después de deshacerme de Gulliver, me metí en la cama
a las 4:30 y dormí como una piedra. Mi encuentro con Lorcan Devaney
obviamente había sido demasiado para mi mente… y mi cuerpo.
Esperaba tener pesadillas, pero nunca llegaron, lo que me hizo
preocuparme por mi cordura. Si una noche con un hombre como Lorcan no
tuvo ningún impacto negativo en mí, tal vez tenía una racha psicótica. Sin
dinero para la terapia, nunca lo sabría.
Me congelé en la puerta de la cocina. Un escalofrío me recorrió, luego
mi cuerpo enrojeció cuando los ojos oscuros y divertidos de Lorcan y la
mirada furiosa de Gulliver se posaron en mí. Rápidamente agarré mi bata de
baño cerrada, a pesar de que no estaba escasamente vestida debajo. De
hecho, estaba en pantalones de chándal y una camiseta vieja de Duran
Duran de mi madre, pero por alguna razón necesitaba otra barrera entre el
escrutinio de ambos hombres y yo, especialmente Lorcan.
Mis ojos se movieron entre este último y mi tío.
—¿Qué está haciendo él aquí? —solté.
Gulliver pareció dispuesto a persignarse y caer de rodillas ante Lorcan
para pedirle perdón por mi mala educación. Con cualquier otra persona, me
habría pateado a mí misma por ser tan grosera, mamá me había criado para
ser hospitalaria después de todo, pero no con Lorcan sin embargo. La
vergüenza de la noche anterior aún estaba demasiado fresca y aunque parte
de ella era culpa mía, el resto era claramente culpa suya.
—Ayer fuiste más accesible —dijo Lorcan arrastrando las palabras.
Tal vez fue solo mi imaginación, pero hizo que la última palabra sonara tan
sucia. Mis mejillas explotaron con calor. El recuerdo de él tirándome dinero
tampoco ayudó.
—Aislinn no es una persona mañanera. No te preocupes por ella. Por
lo general, es una chica buena —dijo Gulliver. No sabría decir si notó la
insinuación en las palabras de Lorcan. Obviamente, mi tío también era
bastante hábil para mentir, considerando que no me conocía lo
suficientemente bien como para decir que no era una persona madrugadora.
—Ciertamente, es una chica muy buena —dijo Lorcan, su sonrisa
volviéndose lobuna.
Si mi cara no estuviera ya en llamas, eso lo habría hecho.
Aclarándome la garganta, pregunté:
—¿Debería irme?
—No, tenemos negocios que discutir —dijo Gulliver.
Después de anoche, no tenía intención de volver a hacer negocios con
Lorcan. Si no hubiera suscitado tantas preguntas, dejaría su dinero justo
delante de él.
—¿Y bien? ¿Qué tipo de negocios?
Los labios de Lorcan se torcieron ante la cautela en mi tono.
Obviamente encontró diversión en mi incomodidad. Pocas personas
evocaban mi molestia, pero Lorcan Devaney, a pesar del poco tiempo que lo
conocía, llegó al principio de mi lista.
—Los Killeen y los Devaney tienen cierta historia.
Mi mirada se dirigió a mi tío. Su voz transmitía un profundo
arrepentimiento y más que un pequeño reproche, como si yo fuera
personalmente responsable de lo que fuera que había pasado entre nuestras
familias.
—Más que eso —dijo Lorcan—. Y podrían haber estado aún más
cerca si no fuera por la frivolidad de tu madre.
Fruncí el ceño.
—¿Qué tiene que ver mi madre con todo esto?
Lorcan sonrió, pero el tío Gulliver parecía listo para explotar.
—Gulliver, ¿por qué no iluminas a tu sobrina?
—Tu madre estuvo comprometida con el tío de Lorcan. Fue un
vínculo que la comunidad irlandesa consideró muy amable teniendo en
cuenta las líneas de sangre de nuestras familias.
Mamá no tenía contacto con su gran familia, a excepción de una tía
peculiar en Belfast. Nunca había sido muy comunicativa en cuanto a por
qué había roto el contacto, pero Imogen y yo siempre asumimos que tenía
algo que ver con que nacimos fuera del matrimonio cuando mamá aún era
una adolescente.
—¿Mamá estuvo comprometida con un Devaney?
Gulliver me envió una mirada de advertencia.
—En efecto —dijo Lorcan. Un hoyuelo apareció en su mejilla
derecha cuando la comisura de su boca se inclinó hacia arriba—. Pero eligió
quedar embarazada de uno de nuestros soldados, con la esperanza de que
esto hiciera que mi tío rompiera el compromiso. Pero los Devaney
insistieron en el vínculo. Tu madre escapó, y cuando finalmente la
encontramos, no solo había dado a luz a tu hermana Imogen, también estaba
embarazada de ti. Eso fue demasiado. Simon estaba furioso y tu madre
huyó de vuelta a Dublín.
—Está bien —dije lentamente—. Aun no entiendo por qué me
cuentas todo esto.
—Tu familia ha estado en deuda con nosotros desde entonces.
Dejamos amablemente que tu madre encontrara una vida nueva en Dublín,
a pesar de la vergüenza que le provocó a mi tío. Sabíamos que llegaría un
momento en que su familia podría compensar el incumplimiento del
contrato.
Estaba empezando a tener un mal presentimiento sobre esto.
—Lorcan me informó que él y su familia han decidido la
compensación que requieren para borrar nuestra deuda.
—¿Esto tiene algo que ver con Imogen?
—No del todo —dijo Lorcan con una sonrisa depredadora.
Miré a Gulliver.
Se aclaró la garganta.
—Lorcan acordó aceptar tu mano en matrimonio.
Parpadeé y luego me eché a reír. Ni Gulliver ni Lorcan agregaron más
aclaraciones, y lentamente mi risa también se apagó.
—¿Están bromeando, verdad? —pregunté.
—En absoluto —dijo Lorcan.
La expresión de Gulliver era suplicante.
—Es una oferta muy amable.
—No lo es. Es mi vida. No tengo absolutamente ninguna intención de
casarme en este momento, y ciertamente no…
No tuve la oportunidad de terminar porque el tío Gulliver saltó del
banco, me agarró del codo y me arrastró hacia el pasillo, murmurando
«Disculpa», en dirección a Lorcan. Cerró la puerta de la cocina antes de
enfrentarme con una mirada furiosa.
—Te advertí que no atrajeras la atención de ciertas personas. Pero no
quisiste escuchar.
—¡Me lo presentaste en la iglesia!
—Pero esa no es la única vez que lo viste, ¿verdad?
Me sonrojé, preocupada por lo que exactamente Lorcan le había dicho
a Gulliver. Aún estaba intentando quitarme de la cabeza las imágenes de
anoche.
—Nos encontramos en Sodoma.
—En efecto, y encontrarse contigo dos veces obviamente fue
suficiente para que Lorcan decidiera que serías perfecta como su esposa.
—No me casaré —murmuré. Mi cuerpo podría no haber odiado el
toque de Lorcan, pero no quería involucrarme con un hombre como él.
Mamá había tomado la decisión correcta al huir, incluso si ahora me mordía
el trasero.
—¿De verdad crees que esa sigue siendo tu decisión?
—¡Por supuesto que lo es! Tendré que decir que sí para que un
matrimonio sea válido.
—En nuestros círculos el vínculo ante un sacerdote es suficiente. No
hay necesidad de una ceremonia.
Parpadeé.
—Pero ambas partes tienen que estar de acuerdo.
—Dirás que sí, Aislinn, ¿verdad? —Lorcan arrastró las palabras.
Tanto Gulliver como yo saltamos. No nos habíamos dado cuenta de
que Lorcan abrió la puerta y se paró en el umbral. Sus hombros eran tan
anchos que casi rozaban el marco de la puerta, especialmente cuando
cruzaba los brazos y abultaba sus bíceps.
—Déjame tener unas palabras con tu sobrina —dijo Lorcan en un
tono agradable que no compré ni por un segundo. Sus ojos no eran amables
en absoluto. No estaba segura de cuánto había escuchado, pero obviamente
lo había enojado. Su voz envió otro escalofrío por mi espalda. No podía
explicar por qué mi cuerpo reaccionaba tan fuertemente a este hombre.
Nunca había sentido tanta atracción por alguien así.
—Por supuesto —dijo Gulliver, girando sobre sus talones con otra
mirada de advertencia en mi dirección antes de desaparecer en su oficina.
—¿Le dijiste a mi tío de la subasta? —Tal vez por eso estaba tan
ansioso por deshacerse de mí.
—No entré en detalles de nuestro encuentro, solo le dije que me
aseguré de que no te metieras en problemas.
—Me compraste en una subasta.
—Y me aseguré de que no te metieras en problemas.
No podía creerlo.
—¿Le dirás a mi tío lo que sucedió de verdad?
—Le diré a tu tío lo que crea conveniente. Él me responde a mí, no al
revés.
—Se enterará de la subasta.
—Lo más probable es que sí, pero lo que pasó entre nosotros sigue
siendo nuestro dulce secreto, ¿verdad?
—¿Qué clase de juego es este? —gruñí.
La sonrisa de Lorcan se volvió dura.
—No estoy jugando. No tengo tiempo para juegos.
—Entonces, ¿por qué quieres casarte conmigo? No tiene sentido.
¿Estás enojado porque no obtuviste lo que querías anoche?
Se acercó más, pero me mantuve firme a pesar del aumento en mi
ritmo cardíaco por su proximidad.
—Obtuve lo que quería —murmuró, su mirada demorándose en mis
labios—. Incluso obtuve cosas que nunca supe que quería.
—Si quieres que te devuelvan tu dinero, no hay problema. De todos
modos, no lo quiero. Nunca lo quise en primer lugar. Puedo sacarlo de mi
habitación. —Lorcan agarró mi antebrazo, impidiendo que me fuera.
—No quiero el dinero. Tengo suficiente. Te quiero.
—¿Por qué? ¿Porque quieres acostarte conmigo?
Se rio.
—Dulce Aislinn, si solo quisiera follarte, entonces solo te follaría y
terminaría con esto. No. Mi padre ha estado buscando una novia para mí
durante un tiempo, pero ninguna de las mujeres que me sugirió dejó la
impresión que tú dejaste. Verás, tengo treinta años, así que es hora de
establecer un vínculo con una buena mujer irlandesa.
Apreté los dientes ante el sonido de su burla.
—No soy buena.
—Ah, Aislinn, ahí es donde tenemos que estar en desacuerdo. Tengo
la sensación de que eres una chica muy buena.
Mis mejillas se sonrojaron por el calor. ¿Cómo podía hacer que esas
pocas palabras sonaran tan sucias?
—No puedes esperar que me case contigo —dije.
—Tu madre insultó a mi familia al huir. Esa no es una transgresión
menor. Sin mencionar que tu padre robó una cantidad considerable de
dinero poco antes de desaparecer. Tu madre ha estado en deuda con
nosotros desde entonces. Lucha para mantenerse al día con nuestras tasas de
interés todos los meses. Sería una verdadera lástima si ella no puede pagar
esa deuda.
¿Mamá estaba en deuda con los Devaney? Eso explicaba por qué
nunca podía llegar a fin de mes.
—Mi padre nos dejó. Si robó dinero, no es culpa nuestra. En lo que a
mí respecta, puedes perseguirlo y castigarlo.
—El pobre diablo ya no está disponible para ser castigado, al menos,
por mis manos. Según nuestros estándares, eso lo convierte en tu problema.
Hemos esperado mucho tiempo para que nuestra deuda sea pagada en su
totalidad. No le concederemos a tu madre otra moratoria. Es hora de pagar.
No tengo que decirte cuánto interés se ha acumulado por ahora. Me temo
que tendrías que pasar muchas noches en Doom Loop para recuperarlo.
—Te dije que fue un malentendido. No tengo absolutamente ninguna
intención de vender mi cuerpo, ni siquiera para quitarnos de encima a tu
clan. —Mi mente zumbaba con los comentarios de Lorcan sobre mi padre.
¿Significaba eso que había muerto? ¿Fue asesinado? No conocía al hombre,
apenas podía recordarlo. Nunca fantaseé con un feliz reencuentro padre-
hija, era demasiado realista para eso, pero de alguna manera la posibilidad
de nunca llegar a hacerle algunas preguntas o darle mi opinión me
molestaba.
Lorcan chasqueó la lengua y apartó un mechón de mi cabello de mi
cara con una de sus manos grandes y callosas.
—Mi padre es viejo y quiere ver la redención cumplida antes de
conocer a su creador.
—¿Es por eso que Imogen desapareció?
Una extraña sonrisa se dibujó en sus labios.
—Podría recopilar información sobre tu hermana para ti como regalo
de bodas.
Lo miré fijamente, sacudiendo la cabeza. No estaba segura de a qué
juego estaba jugando en realidad. De lo único que estaba segura era de que
era peligroso.
Lorcan agarró mi mano y besó mis nudillos. Luego, tiró de mí hacia
él y choqué con su fuerte pecho. Mi cuerpo se inclinó hacia él antes de que
mi mente tomara el control y di un paso atrás.
—Aún no tomes tu decisión. Tienes hasta esta noche. Espero que
Gulliver y tú me visiten en los muelles a las siete para comunicarme su
decisión.
No necesitaba hasta esta noche, pero sabía que no debía ofender a
Lorcan Devaney al no aprovechar el tiempo ofrecido. No me casaría con él.
No tiraría mi vida por la borda, y casarme con un hombre como él acabaría
con todos mis sueños. No es que hubiera hecho ningún progreso para abrir
mi propio restaurante algún día. Mis planes de ahorrar dinero del trabajo en
el bar siempre se habían visto frustrados por facturas inesperadas que mamá
no podía pagar. Ahora entendí por qué.
Poco después de que Lorcan se fuera, Gulliver me rodeó de nuevo. Le
conté sobre la reunión y el color desapareció de su rostro.
—¿Los muelles?
—Sí —dije.
—Tienes que aceptar su propuesta de matrimonio.
Me quedé boquiabierto.
—No puedes hablar en serio. Tengo diecinueve. No estoy lista para
casarme, y definitivamente no soy una mafiosa. Siempre me aseguré de no
meterme en problemas. No me casaré con uno de ellos.
—Si querías no meterte en problemas, no deberías haber seguido a
Imogen por su camino impío, y ciertamente no al Doom Loop. Ahora es
demasiado tarde.
—Nada es demasiado tarde. Solo diré que no.
—No puedes decirle que no a un hombre como Lorcan Devaney. ¿No
lo entiendes?
—¿Qué puede hacer?
—Los Devaney saben dónde vive tu madre. Saben dónde vivo.
El tío Gulliver estaba siguiendo su propia agenda y no estaba
sincronizada con la mía.
—Estás preocupado por ti mismo.
—Soy el que tiene más probabilidades de sobrevivir. Los Devaney
trabajan en estrecha colaboración con el IRA y ese grupo nunca toleraría
que mataran a sacerdotes, pero tu madre y tú no están protegidas de esa
manera.
—Solo estás intentando asustarme. ¿Por qué te importa tanto que me
case con Devaney?
—Aislinn, deberías tener miedo. Si aún no lo tienes, es mi deber
como tío cambiar eso.
9
Lorcan
Timothy, además de Seamus, era uno de mis hombres de mayor
confianza y se dirigía hacia mí. Tenía una leve cojera en la pierna izquierda,
producto de una puñalada que le propinó un contrabandista chino hace unos
años cuando intentó apoderarse de parte de nuestros almacenes para su
negocio de tráfico de drogas y personas. La cojera apenas se notaba, pero
conocía a Timothy de toda la vida. Se acercaba a los cincuenta y se había
vuelto aún más estoico desde el ataque, aunque nunca había sido un hombre
muy hablador.
—Lorcan, ahí estás.
—Aquí estoy —dije mientras salía de mi Land Rover. Por la forma
apretada de la boca de Timothy y los profundos surcos de su frente supe que
algo estaba pasando—. ¿Problemas? —pregunté, siguiéndolo más allá de
nuestro almacén más pequeño y varios contenedores, que con suerte
contenían nuestro cargamento del mejor opio que el dinero podía comprar a
lo largo de la antigua Ruta de la Seda. El negocio seguía floreciendo, pero
no por vías legales.
—Uno de los trabajadores portuarios intentó robarnos —explicó
Timothy cuando entramos en nuestro almacén principal. Algunos de mis
muchachos estaban haciendo inventario de los nuevos contenedores
mientras Seamus miraba a un hombre de mediana edad que no reconocí. El
área del puerto era enorme y los trabajadores cambiaban todo el tiempo. La
mayoría de ellos, incluso los nuevos, sabían mantenerse alejados de
nuestros envíos. Seamus asintió hacia mí.
—No estaba seguro si querías tratar con él tú mismo. No contestaste
tu teléfono.
—Estaba ocupado.
Seamus dejó escapar un silencioso suspiro, mostrando nuevamente su
desaprobación.
—Ahora estoy aquí —le dije. El imbécil siempre encontraba la
manera de hacerme sentir como un jodido colegial necesitado de una
reprimenda. Ese era el problema con los amigos. Tal vez debería renunciar
al concepto.
El estibador me miró como un cachorro rogando por una golosina. Si
buscaba empatía, se sentiría decepcionado. Teniendo en cuenta su labio
partido y su ojo hinchado, Seamus o quienquiera que hubiera atrapado al
idiota en el acto, ya le había dado una pequeña muestra de lo que aún estaba
por venir.
—¿Dónde está Rody?
—Por allí —dijo Seamus con una sonrisa astuta mientras señalaba mi
barra de hierro favorita, que había viajado conmigo durante los últimos diez
años y le había dado una última despedida a muchos traidores, ladrones y
personas que me molestaban muchísimo. Me llevé dos dedos a la boca y
silbé con fuerza, atrayendo la atención de Nollaig y Riordan, nuestras
últimas incorporaciones de Irlanda. Riordan me dio una sonrisa torcida.
—Tráeme a Rody.
Miró a su alrededor, intentando averiguar a qué chico me refería.
—No es la vela más brillante del pastel, ¿eh? —Seamus rio
secamente.
Negué con la cabeza. Estaba de un humor excepcionalmente bueno
gracias a mi reunión con Aislinn, así que solo arqueé una ceja y no le di un
puñetazo al niño. Timothy se acercó a los dos chicos, quienes parecían
listos para salir corriendo.
—¿Los reclutaste del coro de la iglesia? ¿Por qué estos dos son como
jodidos corderos recién nacidos?
—No te preocupes, pueden lanzar un puñetazo. Solo tienen diecisiete.
Primera vez fuera de casa. Crecerán y estarán asombrados por el infame
Lorcan Devaney.
Timothy los golpeó a ambos en la nuca y agarró mi barra de hierro.
Nollaig se rio.
—Rody. Buen nombre.
Le di a los dos niños una mirada que hizo que él y el otro niño se
deslizaran hacia el interior del contenedor.
—¿Fuimos así alguna vez? —preguntó Seamus.
—Lejos de eso —murmuró Timothy mientras me entregaba mi Rody.
El trabajador a mis pies me miró horrorizado.
—Tu turno es lo suficientemente pronto —le dije.
—Lorcan, ¿qué estás esperando?
—Esperamos visitas a las siete. Quiero que sean testigos del talento
de Rody.
Timothy miró entre Seamus y yo y luego pareció decidir que no
quería involucrarse y se dirigió hacia donde un montacargas traía un
contenedor más pequeño.
—Déjame adivinar, ¿la chica Killeen?
—Y Gulliver. Siento que necesita que le recuerden quién manda en
este lado de las nubes.
Seamus me miró por unos instantes.
—Vas a hacer algo que va a hacer que tu padre sea realmente infeliz.
—Seamus, ese es mi trabajo. Pero estoy trayendo justicia a nuestro
clan.
—No me digas que vas…
—… a casarme con una Killeen, en buena tradición familiar, solo que
ella no se irá.
—¿Cómo lograste que aceptara? ¿La chantajeaste? ¿O le prometiste
algo a cambio?
—Aún no ha dicho que sí, pero estoy seguro de que lo hará esta
noche.
Seamus negó con la cabeza con una risita. Empujó su bota con punta
de acero contra el trabajador del muelle.
—No es un buen día para estar del lado malo de Lorcan.
Mis ojos recorrieron una de las cadenas de acero que usábamos para
colocar las cajas dentro de los contenedores.
—Rody podría no tener hoy su turno. Tengo ganas de alargar un poco
el espectáculo para mi futura esposa.
Aislinn
Como el tío Gulliver no tenía auto, tomamos un taxi y llegamos al
puerto alrededor de las siete menos cuarto. Una brisa fresca llegó desde el
Hudson cuando salimos del auto, el olor a combustible de barco y agua
flotaba en el aire. Pero extrañé el olor familiar del Liffey. El puerto de
Dublín no era un lugar donde me sintiera cómoda, pero esto justo aquí, con
los rascacielos y la energía nerviosa de la ciudad demasiado grande me
dieron ganas de tomar vuelo. Una jungla de contenedores de transporte
proyecta sus sombras sobre nosotros. Me froté los brazos. Hacía más frío de
lo esperado. Debería haber empacado una chaqueta, pero ya me había
preocupado demasiado sobre qué ponerme para la ocasión. ¿Qué atuendo
decía «no, gracias»? ¿Qué tipo de vestido haría que Lorcan reconsiderara su
decisión de preguntarme en primer lugar?
Opté por una falda larga de flores, una camiseta sin mangas blanca y
un cárdigan que metí en la cintura de la falda. Me sentía bien con el
atuendo, cómoda, y teniendo en cuenta que Lorcan haría todo lo posible
para inquietarme, sentirme confiada era de suma importancia. Mantendría
mi decisión.
El tío Gulliver me condujo hacia un almacén al final del muelle. Se
puso más tenso a medida que nos acercábamos a los dos hombres que
hacían guardia frente a la amplia puerta de acero. Ambos portaban
ametralladoras y tenían tatuajes de tréboles, cruces gaélicas y citas en
gaélico por todos los brazos expuestos.
Asintieron a Gulliver y apenas miraron en mi dirección antes de abrir
la puerta.
El aire estaba más frío dentro del almacén, lo que parecía imposible.
Más hombres caminaban por el interior, cargando cajas de madera o
llenando bolsas con polvo blanco en otras cajas. Rápidamente miré hacia
otro lado. No quería saber nada de esto. Quería una vida normal y aburrida,
y una vez que encontrara a Imogen, planeaba volver exactamente a eso: mi
antigua vida aburrida en Dublín, sin Patrick.
Desafortunadamente, Lorcan parecía tener toda la intención de evitar
eso. Aún tenía la esperanza de que solo estaba jugando conmigo, intentando
castigarme con esta broma estúpida. Gulliver y yo doblamos la esquina de
varias cajas de madera apiladas una encima de la otra.
Y allí estaba. Por primera vez, no llevaba traje.
Lorcan Devaney era una bestia de hombre, y hoy lo parecía aún más.
Ninguna otra palabra le habría hecho justicia. Era alto, casi dos metros, con
cabello castaño oscuro y patillas, y una sombra áspera de barba incipiente
en sus mejillas y barbilla. Tenía los ojos penetrantes de un perro de caza.
Una vez había visto una manada de ellos en la caza del zorro en el campo
irlandés. Habían buscado sangre, con un solo objetivo en mente: encontrar y
matar al zorro. Lorcan vestía una camiseta blanca que dejaba al descubierto
unos brazos musculosos y un vello oscuro en el pecho.
En sus grandes manos sostenía una enorme cadena de acero. Se
arrastró por el suelo junto a sus desgastadas botas marrones. Cada tintineo
ponía más piel de gallina en mi piel. Mis palmas se pusieron sudorosas.
No se molestó en mirar en mi dirección, pero sabía que notó mi
entrada. Lorcan no era un hombre que se perdía nada de lo que pasaba a su
alrededor. Esto era un espectáculo para mí. No tenía ninguna duda al
respecto.
Se detuvo frente a un hombre que estaba sujeto por otros dos
hombres; uno de ellos era Seamus, mi chofer de anoche. El otro era un
hombre robusto de mediana edad con la cabeza rapada, un tipo gorila de la
iglesia. Soltaron a su cautivo y él cruzó las manos. No estaba segura si
estaba rezando a Dios o rogándole a Lorcan Devaney. Fuera lo que fuera,
no tuvo el efecto deseado. Mis ojos se abrieron con sorpresa cuando Lorcan
balanceó la cadena de acero y golpeó al hombre con ella. El hombre gritó
cuando la cadena impactó contra su rodilla, un grito agudo no muy diferente
al del zorro siendo destrozado por la manada.
Retrocedí un paso, pero mi tío me agarró de los hombros,
manteniéndome en el lugar.
—Aislinn, observa atentamente. Tal vez ahora te des cuenta de a lo
que te enfrentas y por qué necesitas decirle que sí a Lorcan Devaney. Estoy
orando por el alma perdida frente a nosotros, como lo he estado haciendo
por ti desde que apareciste en mi puerta.
La bilis subió por mi garganta cuando Lorcan azotó la cadena sobre
su víctima una y otra vez. Pronto, su camiseta estaba salpicada de sangre y
pedazos de carne, que se adhirieron a la cadena y salpicaron por todas
partes. Lágrimas calientes rodaron por mis mejillas y luché contra las
peores náuseas de mi vida. Me clavé las uñas en las palmas de las manos en
un intento por evitar vomitar. ¿Todo esto fue por mi culpa? ¿Había elegido
una víctima para poder darme un espectáculo que me aterrorizaría? Incluso
sin casarme con Lorcan Devaney, ya había sangre en mis manos.
Después de lo que pareció una eternidad, Lorcan se separó del
hombre inmóvil y su mirada se posó en nosotros.
Quería correr, pero este monstruo frente a mí no me lo permitiría.
Lorcan me quería, por la ridícula razón que fuera, y el único propósito de
este espectáculo era intimidarme para que dijera que sí.
Lorcan dijo algo a sus hombres antes de caminar hacia nosotros, la
cadena de acero en su mano arrastrándose sobre la piedra áspera, dejando
un rastro de sangre detrás. El tintineo del metal envió un escalofrío a través
de mí. No había un punto en mi piel que no estuviera ya cubierto de piel de
gallina. A medio camino de nosotros, dejó caer la cadena sin
contemplaciones pero no se molestó en limpiar los signos de su carnicería
de su cuerpo.
Temí que reclamara un beso, pero afortunadamente se detuvo a cierta
distancia. Asintió a mi tío y me dio una sonrisa que parecía una amenaza.
No escondía al depredador que acechaba detrás del rudo atractivo de
Lorcan.
—Me alegro de que pudieras venir —dijo arrastrando las palabras.
Como si esta hubiera sido una invitación agradable, como si cualquier cosa
fuera mi elección—. ¿Ya te has decidido con mi propuesta?
Tragué pesado. No quería tomar decisiones por miedo, pero se trataba
de algo más que mi propia seguridad. Los Devaney no tendrían ningún
problema en agarrar a mamá y hacerle daño. Y ni siquiera estaba segura si
Imogen no estaba en sus manos también. Finn necesitaba a mamá, ahora
más que nunca conmigo en Nueva York, e Imogen posiblemente se había
ido para siempre.
Lorcan Devaney era mi único boleto para Imogen. Una vez que la
encontrara, podría pensar en una forma de huir con mamá, Finn e Imogen y
esconderme de los Devaney. Tenía que haber un lugar donde no tuvieran
ningún contacto.
Mis ojos recorrieron las salpicaduras de sangre en todo el cuerpo y los
brazos de Lorcan. Incluso había sangre en su frente y en sus párpados.
Tenía el tatuaje del clan Devaney en su bíceps derecho, un trébol de cinco
hojas. Todos los hombres en este almacén mostraban el mismo tatuaje.
Luché contra mi repugnancia. La mirada del tío Gulliver
prácticamente me estaba haciendo una radiografía.
—Aislinn, el silencio no te sienta bien —dijo Lorcan arrastrando las
palabras, mostrándome sus dientes blancos. No había sangre en ellos,
aunque no me habría sorprendido que Lorcan más tarde se diera un festín
con su víctima.
—Digo que sí… a tu propuesta. —La última palabra me dejó un sabor
amargo en la lengua y sentí como si acabara de firmar mi vida. El
matrimonio no había sido parte de mi plan durante los dos años siguientes,
incluso antes de que Patrick me engañara. Siempre supe que Patrick era
demasiado inmaduro para un vínculo así, y nunca estuve lo suficientemente
enamorada de él como para verme a su lado indefinidamente, pero esto era
algo de lo que solo me di cuenta después de su confesión. Lorcan estaba
lejos de ser inmaduro, pero casarme con él me desafiaría de una manera que
ni siquiera quería considerar en este momento.
La sonrisa de respuesta de Lorcan fue triunfante y posesiva, y cuando
sus ojos se arrastraron sobre mi cuerpo, deteniéndose en mis muslos como
si aún pudiera verlos separados como anoche, una ola de calor me atravesó.
—Eso requiere un brindis —dijo Lorcan, luego más alto—. Tenemos
una razón para celebrar. Aislinn Killeen aceptó convertirse en mi esposa.
Los aullidos y los aplausos resonaron en el almacén, enviando un
nuevo escalofrío a través de mi cuerpo. Seamus se acercó con una botella
de whisky irlandés Tealing y una pila de vasos de chupito. Me entregó uno
a mí y luego a Lorcan y a los hombres que se reunían a nuestro alrededor.
Ninguno de ellos parecía molesto por el hecho de que celebramos nuestro
compromiso poco después de que Lorcan golpeara brutalmente a alguien
hasta matarlo. Esto era lo de siempre para ellos.
Seamus llenó nuestras copas generosamente, y aunque yo no era de
los licores fuertes, me bebí el whisky de un trago antes de que Lorcan
levantara su copa para brindar. Algunos hombres se rieron.
—Una mujer sedienta —gritó alguien. Forcé una sonrisa forzada,
siguiendo el juego tanto como me permitía mi estómago revuelto. Si
quisiera recopilar información y no solo esperar los datos misericordiosos
de Lorcan sobre Imogen, gustarles a sus hombres sería útil.
Seamus volvió a llenar mi copa, y esta vez esperé a que Lorcan
levantara su copa.
—Por mi apasionada novia irlandesa, Aislinn Killeen. Que nuestro
vínculo traiga suerte a nuestras familias.
No pude leer su voz, pero por un loco momento me pregunté si tal vez
no todas las razones de Lorcan para casarse conmigo eran malas.
Todos vaciaron sus vasos, y yo también, aunque mi garganta aún
ardió con furia por el primer trago. Mis ojos se humedecieron y mi cuerpo
enrojeció con calor mientras el alcohol viajaba a través de mi sistema.
Lorcan me miró con un toque de diversión. Uno por uno, los hombres
de Lorcan se alejaron, dándonos privacidad. Lorcan se acercó mucho, tanto
que pude oler el olor metálico de la sangre en él.
—Deberías empezar a buscar un vestido. No tengo intención de
esperar. No te daré tiempo para que huyas.
—No voy a huir —le dije con firmeza, lo que ni siquiera era una
mentira. Al menos, hasta que supiera que Imogen estaba a salvo.
—Qué razonable de tu parte —dijo, sus ojos oscuros sosteniéndose en
los míos con una intensidad que me hizo olvidar todo lo que nos rodeaba
por un momento. Por suerte, el olor a sangre era tan potente que me
catapultó de vuelta al presente, recordándome la naturaleza sanguinaria de
mi futuro esposo.
Hasta hace unos minutos, había estado preocupada por Lorcan, tal vez
incluso un poco asustada, pero después de la exhibición que acababa de ver
estaba realmente aterrorizada de estar a solas con él otra vez. No podía
imaginar que tuviera ningún plan para convertirse en un esposo decente.
En el viaje en automóvil de regreso a la casa de Gulliver (Lorcan se
había negado a dejarnos tomar un taxi), mi tío con su voz más suave dijo:
—Aislinn, tomaste la única decisión posible.
—Si solo hay una opción, en realidad no es una opción.
10
Lorcan
Cuando sonó mi teléfono con un número familiar irlandés, reprimí
una sonrisa. El anciano. Por supuesto, él ya se había enterado. Mis hombres
me eran leales, pero muchos de ellos también lo eran a mi padre. Uno de
ellos obviamente se había encargado de informar a mi padre de las
próximas nupcias. Apenas había otra razón por la que llamaría,
especialmente si no se tenía en cuenta el momento.
—Padre —dije—. La mansión debe estar ardiendo para que llames.
—Llamaría a la brigada de bomberos si la mansión estuviera
ardiendo, o a Balor. No se fue del país —gruñó.
Balor no era el único que no se había ido, pero no tenía sentido
mencionarle este hecho a mi padre. Su hijo mayor, su sucesor, siempre
había sido y será el mayor orgullo de mi padre.
No señalé que alguien necesitaba dirigir el negocio aquí, que esa era
la razón por la que yo estaba aquí. Dudaba que padre me extrañara muy a
menudo, si es que lo hacía, por lo que vivir al otro lado del gran estanque
no debería haber agriado su estado de ánimo.
—Durante años te presenté mujeres, todas irlandesas, hermosas y con
un excelente pedigrí, pero ahora escucho que te comprometiste sin siquiera
consultarme de tu futura novia.
La fuerte nota de decepción en su voz no era noticia y ya casi no me
impactaba. Los días en los que anhelaba la aprobación de mi padre habían
quedado atrás.
—Tendré que compartir una cama y mi vida con esta mujer, así que
deberías estar feliz de que haya encontrado a alguien.
—Estoy más preocupado por la razón de tu elección —dijo
arrastrando las palabras. Al menos, la felicidad no estaba en el repertorio
estándar de padre, ya no—. El apellido Killeen me deja un sabor amargo en
la boca. ¿Estás seguro de que puedes controlar a la chica?
—No tengo absolutamente ninguna duda.
—Eso es lo que pensó mi hermano con la madre y mira a dónde lo
llevó. Killeen y Devaney… es mala sangre, te lo aseguro.
—Padre, por favor no empieces con tus supersticiones. Sabes que no
creo en estos…
Disparates.
Mi padre y yo hemos tenido muchos desacuerdos a lo largo de los
años, pero no le faltaría el respeto.
—Independientemente de mi postura sobre el matrimonio con
Killeen, ¿qué es esa tontería que escucho de casarse con ella dentro de
quince días? ¡Y en Estados Unidos nada menos!
—Padre, teniendo en cuenta lo frívolos que suelen ser los Killeen,
prefiero una boda más temprana. Estoy seguro de que lo entiendes.
—Lo que entiendo es que sigues actuando como un adolescente
bullicioso a pesar de tu edad. Algunas decisiones no deben apresurarse, y
las bodas son una de ellas. Si tu madre aún viviera… —La fuerte nota de
tristeza en la voz de padre disparó la mía, pero la reprimí. Mamá había
estado muerta durante cinco años. Había habido tiempo para el luto y la
tristeza, pero eso había pasado.
—Pero no está viva —dije en voz baja.
—No está viva —coincidió papá y un silencio espeso cayó entre
nosotros. Después de un par de minutos, padre se aclaró la garganta—.
Tendrás que volver a celebrar tu boda en Irlanda, en nuestra mansión, como
han hecho todos los Devaney de la historia. Es una tradición y no serás el
primero en romper con ella.
—Padre, no lo haré —murmuré. Siempre se las arreglaba para
hacerme sentir como un niño de cinco años—. Tomará muchos meses de
planificación. No tengo ese tiempo. ¿Qué tal si le pides a uno de mis primas
o tías que empiece a rodar la pelota? Pueden elegir una fecha el próximo
verano.
—¿Estás seguro de que la chica seguirá siendo tu esposa para
entonces?
—Si no lo es, entonces no hemos desperdiciado dinero en una gran
boda.
Podía imaginar la mirada pellizcada de padre.
—Hijo, no es bueno bromear así del vínculo sagrado del matrimonio.
No es bueno en absoluto. Ve a Gulliver y mira qué puede hacer para la
expiación.
—Padre, hablar mal del matrimonio es la menor de mis
preocupaciones cuando me siento en confesión.
—No sabes cómo pesa Dios tus pecados.
—Estoy bastante seguro de que pesa más matar que hablar mal del
matrimonio.
—Sigues siendo el chico impertinente.
—Hasta mi último día. Hasta mi último día.
—Hasta los míos, hasta los míos.
Colgó y me reí.
Ahora era el momento de contarle a la afortunada novia sobre la fecha
de nuestra boda. Aislinn era una chica inteligente, así que tal vez
sospechaba que no querría esperar varios meses para casarme, pero estaba
bastante seguro de que no esperaba casarse conmigo en dos semanas.
Recogí el teléfono y la llamé. Cuando no contestó después del sexto
timbre, comencé a preocuparme de que ya hubiera hecho lo que hacen los
Killeen y se escapó. Tal vez mi amenaza velada de hoy no había
funcionado. ¿De verdad me haría perseguirla? Porque lo haría. Aislinn se
convertiría en mi esposa aunque tuviera que arrastrarla al altar.
—Ya estás cansándome —respondió Aislinn a la llamada después del
octavo timbre.
Sonreí. Mujer descarada. Iba a ser divertido mostrarle quién mandaba.
—¿Hay alguna razón por la que llamas tan tarde o solo quieres
asegurarte de que no escapé?
—Sé que no huirás. Eres demasiado inteligente para semejante
imprudencia.
No dijo nada.
—Lorcan, ¿qué quieres? Necesito llamar a mi madre para contarle las
buenas noticias.
Era mucho más sarcástica por teléfono que en persona. Tal vez fuera
más fácil olvidar quién era por teléfono. Tal vez debería asustarla un poco
más durante nuestra próxima reunión, solo para asegurarme de que no se
convierta en una novia fugitiva.
—Quiero informarte de nuestra boda. Pensé que querrías saberlo para
acelerar la compra de tu vestido de novia y cualquier otra cosa que hagan
las mujeres antes de casarse.
—¿Esto no puede esperar? No es que nos casemos mañana. —Hubo
una pausa—. ¿Verdad? —El toque de ansiedad en su voz me hizo sonreír.
—Incluso con mis contactos, se necesitan dos semanas para organizar
una fiesta de bodas decente por aquí.
Aislinn dejó escapar una risa nerviosa.
—¿Dos semanas? Estás bromeando, ¿verdad?
—Para nada, dulce Aislinn.
Dejó escapar un suspiro de incredulidad.
—No puedes esperar para exigir tu reclamo, ¿verdad?
—Ah, exigiré mi reclamo, no te preocupes. Lo reclamaré una y otra y
otra vez. Con mis dedos, mi lengua y mi polla. Tu boca, tu coño, pronto
serán míos, dulce Aislinn. Esta noche quiero que te toques como lo hiciste
anoche. Quiero que recuerdes cómo se sentían mis manos sobre ti, cómo tu
clítoris se hinchaba de necesidad, cómo palpitaba cuando mis dedos le
daban lo que necesitaba.
Colgó, pero no podía ocultar su respiración eufórica. Me eché hacia
atrás, recordando cómo sus dedos ágiles trabajaron en su coño e imaginé
cómo estaba haciendo lo mismo ahora. Maldición, no podía esperar para
reclamarla.
Aislinn
Respiré pesadamente mientras mis dedos agarraban el teléfono.
Cuando Lorcan llamó, finalmente reuní el coraje para decírselo a mamá,
pero ahora estaba demasiado agitada y, para mi mortificación, demasiado
cachonda para llamarla.
Las sucias palabras de Lorcan habían accionado un interruptor y
ahora mi cuerpo se sentía caliente y necesitado. Me asustó que tuviera este
tipo de poder sobre mí, especialmente porque su poder solo crecería una vez
que nos casáramos. Quería jugar conmigo como un títere, y aparentemente
mi cuerpo estaba listo para ser puesto en cuerdas.
Me di una ducha fría a pesar del grito de desaprobación de Gulliver
de que dos duchas al día eran un lujo que no podía permitirse. Si supiera
por qué estaba intentando calmarme, apoyaría mi decisión de todo corazón.
***
Era tarde esa noche, mucho después de la medianoche, cuando
descolgué el teléfono para llamar a mi madre. Usé mi último dinero para
comprar una tarjeta telefónica para poder llamar al extranjero y contarle la
noticia a mi madre antes que Gulliver. Incluso si no se hablaban, tenía la
sensación de que ella podría llamarlo para asegurarse de que estaba bien, y
Gulliver probablemente no ocultaría la monumental noticia.
Cuando terminé de contarle a mamá sobre mi boda con Lorcan
Devaney, omitiendo las razones detalladas de mi acuerdo, el silencio reinó
al otro lado.
—Aislinn, no sabes en lo que te estás metiendo. No arruines tu vida
porque Imogen arruinó la suya. No puedo perderlas a los dos, por favor.
—Esto no solo es por Imogen —dije y luego me encogí porque no
quería que mamá se sintiera mal.
—Te chantajearon porque hui. Debí haber sabido. No es propio de los
Devaney dejar pasar algo. Siempre me pregunté por qué nunca me hicieron
pagar. Ahora sé. Pero, Aislinn, por favor, no hagas esto solo por mí. puedo
esconderme. Sé cómo piensan estos mafiosos.
—Mamá, ¿cómo vas a esconderte con Finn? Él necesita tratamiento
médico y tú necesitas dinero. El clan Devaney te atrapará en poco tiempo, y
entonces tendremos que sufrir aún más. Puedo con esto. Déjame encontrar a
Imogen y luego podremos decidir qué hacer. Estoy segura de que
resolveremos algo.
—Aislinn —dijo mamá en voz baja—. No arruines tu vida.
—Puedo manejarlo —dije con firmeza, y con eso me refería a Lorcan.
Tal vez era un sociópata sádico, y eso era muy probable, dado lo que había
visto hoy, pero aparentemente tenía cierto interés en mí. Eso podría darme
una ventaja al principio. Solo tenía que asegurarme de encontrar a Imogen
antes de que Lorcan perdiera interés en mí.
***
A la mañana siguiente, Gulliver anunció que Lorcan y yo tendríamos
una conversación preliminar con él en la iglesia esa tarde. Sabía que estas
conversaciones estaban destinadas a implorar la importancia del
matrimonio y las responsabilidades mutuas de la pareja, lo cual era
completamente innecesario en nuestro caso. Nuestro matrimonio no se
basaba en ninguna razón moral y mi tío lo sabía. Forzarme a soportar una
conversación como esa era innecesario, pero tal vez Lorcan también estaba
detrás de eso. Obviamente disfrutaba torturándome, incluso antes de que
fuera oficialmente su esposa.
—Lorcan me pidió que te dijera que cree que deberías comprar un par
de vestidos, especialmente para la iglesia.
Apreté los dientes. Aún tenía el dinero de mi noche en el Doom Loop,
pero la idea de usarlo para comprarme algo me revolvía el estómago. Tal
vez eso era lo que pretendía Lorcan, recordarme el mortificante comienzo
de nuestro vínculo. Como si necesitara un recordatorio.
—Creo que Lorcan tiene razón. Deberías comprar algunos vestidos
para causar una buena impresión en nuestra comunidad. Pronto buscarán tu
guía como esposa de Lorcan.
¿Orientación para qué? Era la esposa de un mafioso. Tenía
diecinueve. Lo único en lo que era buena de verdad era en cocinar, cuidar a
Finn y apilar docenas de vasos de chupito para no tener que correr de un
lado a otro para limpiar las mesas.
Asentí, guardando cada grano de mi espíritu de lucha para mi
matrimonio con Lorcan.
—¿Hay una bonita boutique en la zona?
Gulliver me dio una mirada vacía, y con un murmurado «No
importa», me excusé y agarré mi bolso y algo de dinero. Tal vez podría
aprovechar la oportunidad para preguntar un poco. Tenía que haber gente
que hubiera visto a Imogen. Era alta y llamativa, y solo tenía una manera de
llamar la atención, pero no siempre de la buena manera.
Mientras deambulaba por nuestra comunidad irlandesa, varias
personas que nunca había conocido me saludaron. ¿Se envió un boletín con
mi foto y un anuncio de boda? En realidad, no se lo dejaría pasar a Lorcan.
Asentí torpemente y caminé más rápido hasta que una tienda de
segunda mano me llamó la atención y entré. Una mujer, tal vez en sus
veintitantos años, estaba parada detrás del mostrador y su sonrisa se volvió
más tensa cuando me vio.
—Todo esto es de segunda. Estoy segura de que preferirías elegir otra
cosa.
Ladeé la mirada. Su tienda era elegante y los vestidos y las faldas que
se exhibían eran de mi agrado. Sin mencionar que Imogen, considerando su
falta de dinero, podría haber venido aquí para comprar ropa asequible para
llamar la atención.
—Gracias, me gusta lo que veo —dije. La mujer seguía
observándome y poco a poco comencé a preguntarme si desconfiaba tanto
de mí porque yo era la futura señora Devaney. O tal vez pensó que me veía
como alguien que podría intentar tomar algo sin pagar. Mi ropa de hoy no
eran mis piezas más bonitas. Eso hizo que mis mejillas ardieran. Tampoco
había prestado mucha atención a mi cabello. Probablemente era una melena
salvaje.
—Sabes, no soy una ladrona de tiendas —dije cuando no pude
soportar más la atención de la mujer.
Sus cejas marrones subieron poco a poco y su rostro en forma de
corazón se levantó.
—Si Five-Leaf Clover lo acepta como parte de mi dinero de
protección, toma lo que quieras y te cobraré un precio ridículo.
—Así que sabes quién soy. —Eso me hizo sentir mejor que ella
pensando que yo era una ladrona.
Sonrió extrañamente.
—Estaba esta mañana en el boletín comunal. Normalmente no lo leo,
pero hoy estaba atrapada en el metro.
Mis mejillas se encendieron. ¿Un boletín? ¿En serio?
Negué con la cabeza y estuve tentada de salir de la tienda, pero luego
me pateé internamente y saqué la foto de Imogen de mi bolso.
—¿La conoces?
La mujer entrecerró los ojos ante la foto y luego sus ojos se clavaron
en mí.
—¿Es tu hermana?
—¿Cómo lo supiste?
—Por el parecido. Pero ella lleva su belleza en bandeja de plata, y tú
la usas casualmente.
Parpadeé, sin saber si era un cumplido.
—Entonces, ¿la has visto?
—¿Estás preguntando en nombre de Five-Leaf Clover?
—¿Mi respuesta cambiará la tuya?
Inclinó la cabeza y me miró durante mucho tiempo. Luego se encogió
de hombros.
—No precisamente. Solo prométeme que no me meteré en problemas.
—No lo harás. —Lo dije como si mi palabra tuviera algún impacto en
Lorcan o su pandilla, cuando no lo tenía y no lo tendría.
—Estuvo aquí una vez, pero me dijo que no regresaría una vez que
encontrara un trabajo de modelo o un hombre rico que pagara ropa nueva de
diseñador.
Hice una mueca. Así que Imogen en realidad estaba buscando un
patrocinador, y Sodoma, como supe de primera mano, era el lugar para eso.
—No regresó, así que asumo que es lo último en el caso.
—¿Por qué no lo primero? —pregunté bruscamente, no me gustó
cómo la mujer empujó a Imogen en cierta caja, incluso si era la correcta.
Levantó las palmas.
—Esto es Nueva York. Las calles están llenas de chicas atractivas
intentando triunfar. Algunas son más bonitas que tu hermana, algunas son
más despiadadas y algunas tienen mejores contactos.
Asentí porque era lo que le había dicho a Imogen, pero estaba tan
llena de esperanza y convicción. La admiraba por eso, por su absoluta
creencia en sí misma pero no por su crueldad para llegar allí. Suspiré.
—Gracias.
Me fui sin comprar nada. De alguna manera se habría sentido extraño
seguir comprando después de nuestra conversación. Fui a otra boutique, no
súper chic, pero con artículos más nuevos y definitivamente más caros que
los que solía comprar. Imogen también había estado aquí pero, como en la
primera tienda, no la habían visto en semanas.
Después de comprar dos vestidos, una falda y una blusa, seguí por el
barrio. La zona estaba llena de pubs irlandeses, la mayoría de ellos trampas
para turistas como Temple Bar en Dublín, pero algunos eran tan atractivos
que me hubiera encantado entrar y tomar una pinta, o visitar algunas tiendas
con nombres irlandeses. Me recordó a mi hogar, pero no lo era. El olor era
diferente, más parecido a una ciudad, aunque Dublín era una gran ciudad
por derecho propio. Aquí, el ambiente era más errático, la gente
simplemente pasaba de largo, mientras que en Dublín la gente charlaba y
bebía juntos.
No estaba segura de cuánto tiempo me llevaría encontrar a mi
hermana, pero una vez que lo hiciera, regresaría a Dublín. Nada me
detendría, ni siquiera Lorcan y nuestro vínculo condenado.
11
Lorcan
Llegué a la iglesia con cinco minutos de sobra. Mis padres me habían
inculcado el respeto por la iglesia y sus sirvientes, y aunque no me gustaba
demasiado Gulliver, los viejos hábitos eran difíciles de morir. Después de
un duro día en los muelles, volví corriendo a casa para darme una ducha
rápida y ponerme traje y chaqueta, sin corbata.
Aislinn salió del apartamento de su tío y se congeló cuando me vio
esperando frente a las puertas de la iglesia.
—Estás aquí.
Arqueé una ceja.
—Si no me equivoco, me pidieron que viniera como parte de esta
unión.
Nerviosa, asintió y se alisó el vestido. Era un vestido lavanda suave
con botones en todo el frente y un cinturón ancho alrededor de su delgada
cintura. Llevaba zapatos blancos con un tacón modesto. Parecía una buena
chica irlandesa católica, y una llamada telefónica a casa esta mañana había
revelado que eso era exactamente lo que era. Uno de nuestros hombres allí
se había reunido con Patrick para hablar intensamente sobre Aislinn y,
aunque ella apestaba a inocencia a pesar de la situación comprometedora en
Doom Loop, sus palabras confirmaron una sospecha que no me había
atrevido a albergar. Esto haría que nuestros esfuerzos por la noche de bodas
fueran aún más entretenidos.
Extendí mi brazo.
—Entremos.
Dudó brevemente antes de aceptar mi brazo con un toque apenas
visible.
Ahogué una sonrisa a medida que la conducía a la iglesia. Gulliver
estaba al frente, preparando todo para el servicio vespertino. Se dio la
vuelta y cruzó las manos frente a su estómago mientras esperaba que nos
dirigiéramos hacia él.
—En menos de dos semanas, alguien más te guiará por este pasillo
hacia mí.
Los dedos de Aislinn en mi brazo se flexionaron.
—No sé quién podría hacerlo.
—Lo resolveremos.
—Lorcan, Aislinn, me alegro de que pudieran asistir. Siempre insisto
en una conversación así antes de casar una pareja. Me da la oportunidad de
ver su sinceridad.
Hizo una pausa.
Mi deseo por Aislinn era sincero, al igual que mi interés por ella. Pero
todos sabíamos que él no daría testimonio de nuestro verdadero amor hoy,
aunque la Iglesia Católica no requería necesariamente amor, solo devoción.
Podía sentir la impaciencia de Aislinn salir de ella en oleadas. No
quería nada de esto, lo que me hizo desearlo aún más.
Seguimos a Gulliver hasta una oficina con montones de libros a un
lado. Tomó asiento en un sillón ancho y tuvimos que sentarnos frente a él
en un sofá angosto. Me aseguré de que nuestras piernas se tocaran,
disfrutando del pequeño estremecimiento de Aislinn y la piel de gallina que
se extendió por su piel.
—¿Qué esperan del matrimonio? —preguntó Gulliver después de casi
diez minutos de un monólogo sobre las formalidades de nuestra unión.
¿Hablaba en serio?
No había venido aquí para compartir detalles personales.
—Primero las damas —dije.
—Espero honestidad, fidelidad, confianza… —Aislinn se apagó.
No esperaba que respondiera en absoluto, pero definitivamente no
honestamente.
Cuando se hizo evidente que no continuaría, Gulliver se volvió hacia
mí.
—Estoy de acuerdo.
Gulliver sabía que no debía empujarme y Aislinn hizo una mueca
como si no creyera una palabra de mi boca.
Gulliver tomó su biblia y comenzó a leer algunos pasajes que hacían
referencia al matrimonio y su importancia.
—¿Por qué no asisten a mi servicio vespertino? De esa manera
nuestra comunidad podría verlos a los dos juntos. Enviaría un mensaje
importante.
Aislinn se movió en el sofá, la vacilación llenó sus ojos.
—Gulliver, esa es una buena idea —dije, tomando la mano de Aislinn
y llevándola a mis labios para plantar un beso en sus nudillos.
Su sonrisa de respuesta fue rígida.
La noticia de la boda se había extendido como la pólvora, no solo
entre mis hombres sino también en la comunidad, y pronto sería
ampliamente conocida también en el submundo.
Aislinn quería encontrar temprano un lugar en la iglesia para evitar
demasiada atención, pero eso era lo último que tenía en mente.
—Esperaremos para nuestra gran entrada —le dije y sostuve su mano
para mantenerla en su lugar. Solo teníamos tres minutos de sobra cuando
finalmente tiré de Aislinn a través de la entrada lateral de la iglesia. Los
murmullos silenciosos se calmaron y luego aumentaron con aún más fervor.
Llevé a Aislinn a la segunda fila, donde normalmente me sentaba y saludé a
un par de mis hombres. La mayoría de ellos solo asistía al servicio
dominical, pero algunos necesitaban más apoyo piadoso para ocuparse de
nuestros asuntos diarios.
Me hundí y Aislinn no tuvo más remedio que sentarse a mi lado
mientras aún sostenía su mano. La única otra persona en nuestra fila era una
anciana, pero se sentaba en el otro extremo. Por lo general, la gente se
mantenía alejada de mi banco, no porque no permitiera que la gente se
sentara cerca de mí.
La congregación se quedó en silencio cuando Gulliver comenzó su
servicio. Aislinn intentó liberar su mano de mi agarre, pero puse nuestras
manos entrelazadas en su regazo mientras observaba el sermón de Gulliver
con gran atención.
Se rindió en algún momento y se concentró en las palabras de su tío.
Cuando estuve seguro de que estaba completamente distraída, deslicé dos
dedos en un espacio entre los botones de su vestido. Se puso rígida cuando
las yemas de mis dedos rozaron su montículo, deslizándose más abajo hasta
que Aislinn inhaló bruscamente y me dijo que había encontrado el lugar que
estaba buscando. Aislinn intentó apartar mi mano, pero frustré su intento,
sofocando una sonrisa cuando sus uñas se clavaron en mi piel. Aumenté la
presión sobre su dulce botón. Aislinn también puso su segunda mano sobre
la mía, mirando a su alrededor con nerviosismo. Nadie podía ver dónde
estaban mis dos dedos. Además, la gente estaba demasiado concentrada en
Gulliver de todos modos. Intentó cruzar las piernas pero apretó mis dedos
contra su coño, aumentando la presión aún más. Se inclinó más cerca.
—¿Qué estás haciendo?
—¿No es obvio? Estoy intentando hacerte cantar aleluya.
Me envió una mirada mordaz y luego se volvió hacia el frente,
enderezando la espalda. Pude ver el brillo obstinado en sus ojos y la
determinación en su boca. Estaba intentando luchar contra eso (yo) y los
estragos que estaba causando en su cuerpo. Pronto, sus bragas se mojaron al
tacto y su lucha fue en vano. Aumenté la presión, moví mis dedos a pesar
de su confinamiento contra su protuberancia. Sus dientes se hundieron en su
labio inferior y un rubor se extendió por su garganta y escote. Sus uñas se
clavaron aún más profundamente en mi mano, y luego sentí los más leves
espasmos de su coño contra mis dedos mientras exhalaba un suspiro
tembloroso. Sus ojos permanecieron enfocados en el frente de la iglesia, su
expresión era una máscara de interés. Para el resto de la congregación,
parecía que Aislinn estaba escuchando obedientemente el sermón de
Gulliver, pero yo sabía que su mente estaba muy lejos mientras luchaba por
ocultar su liberación. Detuve mis dedos, sonriendo con suficiencia ante la
humedad que se juntaba contra ellos.
Mantuve mis dedos contra su coño, disfrutando de mi triunfo y
disfrutando de su calor y lujuria. Aislinn me ignoró por completo. Aún
pensaba que podía ganar este juego. Pensaba que podría mantener el control
de nuestro matrimonio, tal vez incluso usarme a su favor para encontrar a su
hermana, pero tenía diez años y muchos juegos mentales jodidos sobre ella.
Aislinn
No podía creer lo que acababa de hacer Lorcan. Tenía la esperanza de
evitar pasar demasiado tiempo con él antes del día de nuestra boda, y en
secreto deseaba encontrar milagrosamente a Imogen antes de que
pudiéramos huir antes de tener que decir «Sí, acepto».
Mis mejillas estaban ardiendo, al igual que todo mi cuerpo. Era muy
consciente de cómo mis bragas estaban pegadas a mi carne aún palpitante.
Lorcan apenas había movido los dedos, pero la presión y la situación habían
mejorado su ligero toque. Acababa de correrme en medio de la iglesia, en
medio del servicio. Me sentí un poco enferma y culpable al pensar en ello.
Si no hubiera llamado mucho la atención, a nosotros, me habría ido de la
iglesia ahora mismo. Quería estar lo más lejos posible de Lorcan.
Sus dedos aún estaban presionados contra mi coño, y aún sentía un
hormigueo. Aún hinchada. Aún al borde de otra liberación. No entendía mi
cuerpo, cómo podía sucumbir tan fácilmente al rudo encanto de Lorcan.
Sabía sin lugar a duda que, mi cuerpo se habría callado si Patrick hubiera
intentado algo en público conmigo.
Lorcan finalmente deslizó sus dedos fuera de mi vestido cuando
tuvimos que levantarnos. Habría dejado escapar un suspiro de alivio si una
nueva preocupación no hubiera entrado en mi mente: ¿y si mi delgado
vestido de lino mostrara rastros de lo que habíamos hecho? Moriría de
mortificación si la gente detrás de nosotros viera una mancha húmeda. Tal
vez pensarían que me oriné en las bragas, lo cual, sinceramente, preferiría a
la verdad.
Lorcan y yo nos pusimos de pie y salimos de nuestro banco. Pronto la
gente se reunió para felicitarnos por nuestra próxima boda. Mantuve mi
sonrisa. Esto era por Imogen. No era el final de mi historia. Solo era un
pequeño bache en mi plan de vida.
El cuerpo de Lorcan se puso tenso y mi interés se despertó, cuando un
hombre delgado con cabello naranja zanahoria se acercó a nosotros.
—Felicitaciones al clan Devaney por este vínculo prometedor. Y
felicidades a usted señorita Killeen. Soy Desmond.
Mis cejas treparon por mi rostro. Su tono sugería una familiaridad que
no estaba allí, como si supiera más sobre mí y mi familia que yo.
—Mi esposa no necesita conocerte por tu nombre de pila. ¿No
deberías buscar orientación moral en tu comisaría? —preguntó Lorcan
bruscamente.
—A veces me gusta volver a mis raíces. —Asintió a modo de
despedida antes de irse.
—Traidor.
—Soplón.
Miré alrededor con curiosidad a las personas que habían murmurado
maldiciones entre ellos.
—¿Era parte de la comunidad irlandesa antes de convertirse en oficial
de policía?
—En efecto. —Lorcan me miró con dureza—. Aislinn, tu búsqueda
de tu hermana no te llevará a la policía. Si quieres información me la
preguntas a mí, a nadie más. ¿Está claro?
La amenaza fue inconfundible, y tuve que admitir que tenía miedo de
Lorcan. Durante nuestro encuentro sexual, casi olvido quién era. Pero
ahora, mientras miraba sus ojos fríos y despiadados, estaba muy claro el
tipo de hombre que era. Ahuecó mi cuello, que podría haber parecido
amoroso desde el punto de vista de un extraño, pero su agarre era
demasiado fuerte, aún no doloroso, pero con la promesa de que podría serlo.
—Aislinn, ¿está claro?
—Sí —gruñí—. Sin policías.
Asintió una vez y luego me soltó. Gulliver salió en ese momento y
Lorcan miró su reloj.
—Tengo asuntos en los muelles. —Gulliver asintió.
Lorcan se volvió hacia mí.
—Le daré tu número a la esposa de Seamus. Ella te ayudará a ir a
comprar un vestido de novia. —Se inclinó y presionó un casto beso contra
mi mejilla. La piel de gallina estalló en todo mi cuerpo—. Por ahora, me
despido de ti, dulce Aislinn.
Dio un paso atrás y me dio la espalda. Lo vi irse, mis manos
cerrándose en puños.
—¿Todo bien? —preguntó Gulliver vacilante como si no estuviera
seguro de querer saber la respuesta.
—Bien. —¿Y si la policía sabía más de Imogen? Mamá había
llamado desde Irlanda y denunció su desaparición. No se habían
preocupado demasiado. Aparentemente, pensaron que Imogen solo estaba
disfrutando de su libertad en la gran ciudad.
***
Seis días antes de la boda, Lorcan me envió a comprar un vestido de
novia con la esposa de Seamus, una chica bajita y curvilínea un par de años
mayor que yo con una risa escandalosa, mechones salvajes de color miel y
grandes ojos marrones. Me saludó con un fuerte abrazo que me tomó por
sorpresa considerando que era la primera vez que nos veíamos.
—Hola, Aislinn, estoy muy emocionada de ayudarte a elegir tu
vestido.
A pesar de ser irlandesa, tuve que escuchar con atención para
entender su fuerte acento que revelaba que venía de algún lugar alrededor
de Donegal. Casi había renunciado a mi acento desde que comencé a
trabajar en el bar, o al menos aprendí a atenuarlo lo suficiente para que los
turistas lo encontraran entretenido pero aún pudieran entenderme.
Definitivamente me había golpeado con toda la fuerza de su acento, así que
dejé que mi propio acento saliera a la luz.
—Ojalá no fuera por mi boda con un Devaney —dije con una sonrisa.
Chasqueó la lengua.
—Dijiste que sí, muchacha.
—¿Crees que Lorcan habría aceptado mi respuesta si fuera no?
Se encogió de hombros.
—Seamus siempre habla muy bien de Lorcan, y lo que he visto de él
hasta ahora no ha sido desagradable.
—Entonces, supongo que no mató a golpes a alguien con una cadena
de hierro frente a ti.
Maeve negó con la cabeza, apretando los labios, pero aparte de eso no
reaccionó. Tal vez Seamus compartía los espantosos detalles de los asuntos
del clan con ella. No me atrevía a preguntar si se habían casado por amor.
No quería abrir posibles heridas.
—Espero no haber revelado demasiado. Sabes lo que hace Seamus,
¿verdad?
Se rio.
—Sí. Difícil no hacerlo. He perdido la cuenta de las veces que llegó a
casa cubierto de sangre o herido. De haberlo sabido, habría tomado algunos
cursos de medicina.
Intenté imaginar cómo sería mi vida con Lorcan. Hasta ahora, mi
mente se negaba a pensar más allá del día de nuestra boda. No podía ni por
mi vida imaginarme siendo la enfermera de Lorcan cuando regresara a casa
con heridas. No podía imaginarme compartiendo una vida, apartamento o
cama con Lorcan. Punto. Sería arrastrada a la oscuridad de Lorcan, sin
duda, pero haría todo lo posible para que no me cambiara.
—¿Vamos? —Maeve señaló su reloj. La seguí por la calle, mirando
detrás de mi espalda para ver si alguien nos seguía.
—¿Estamos siendo observadas?
Maeve miró por encima del hombro y luego frunció el ceño.
—Seamus no vigila cada uno de mis pasos. Tal vez Lorcan piensa que
necesitas que te vigilen para que no corras. ¿Correrás?
—No. Estoy aquí por una razón.
Asintió, la curiosidad se reflejaba en sus amables ojos, pero no
insistió. Tal vez pudo ver en mi cara que no quería hablar de eso en este
momento. Entrelazó nuestros brazos.
—Incluso si no estás emocionada por tu boda, eso no significa que no
puedas estar emocionada por el vestido. Aislinn, no pude ir de compras con
mi hermana menor el año pasado cuando se casó, así que necesito vivir
indirectamente a través de ti.
A pesar de la alegría en su voz, pude escuchar una sutil nota de
tristeza.
—¿Viniste a Nueva York por Seamus?
—Sí. Cuando me pidió la mano, supe que tendría que mudarme a
Estados Unidos. Seamus no regresará a Irlanda mientras Lorcan esté en
Nueva York. Aquí está —dijo Maeve cuando llegamos frente a una pequeña
tienda con un escaparate con vidrio esmerilado para que no pudieras ver el
interior.
Un cartel descolorido sobre la puerta decía: «Servicio de Costura y
Lavandería de Talulla».
Arqueé una ceja. No tenía grandes expectativas, pero esto no era lo
que había imaginado cuando pensé en comprar un vestido de novia.
Maeve me palmeó el brazo.
—Confía en mí, Talulla es una maga con una máquina de coser y
sobre todo una aguja de bordar.
Maeve me abrió la puerta. Una diminuta campanilla sobre la puerta
anunció nuestra llegada. Cuando entré, el olor a detergente me golpeó. La
tienda era pequeña y las paredes detrás del mostrador estaban cubiertas de
ropa a la espera de ser recogida.
Nadie estaba dentro.
—¡Tal! —rugió Maeve, haciéndome saltar. Era bajita pero
aparentemente su amplio pecho podía resonar—. ¡Tal!
Tuve que ahogar una risita. Era la primera vez en días que tenía ganas
de reír. Maeve me miró de soslayo con una sonrisa tímida.
—Tuve que cuidar a mis cuatro hermanos menores. Ahí fue donde
aprendí a gritar.
La hilera de pantalones que colgaban de las perchas se abrió justo en
el medio del mostrador y una mujer alta, probablemente solo un par de años
mayor que yo, con cabello negro y ojos marrones, se deslizó. Era lo que
llamamos Black Irish por su cabello oscuro.
—¿Por qué estás causando tanto alboroto? —Le dio a Maeve una
mirada de desaprobación antes de que sus ojos se posaran en mí. Su
expresión permaneció estoica.
—Estoy aquí con una cliente importante.
—Todos los clientes son igualmente importantes —corrigió Talulla, e
inmediatamente me gustó a pesar de su rudo encanto. No esperaba
encontrar tantas mujeres irlandesas de mi edad en Nueva York, pero la
comunidad irlandesa en esta parte de la ciudad era muy unida y me
recordaba a mi hogar, lo que disminuyó un poco mi nostalgia.
—Ah, cállate —dijo Maeve, agarrando mi brazo y arrastrándome
detrás del mostrador—. Dudo que eso sea lo que dijiste ayer cuando
mediste a Lorcan para su traje.
—¿Lorcan estuvo aquí?
—Por supuesto —dijo Talulla con un dejo de orgullo—. Sígueme.
Empujó los pantalones a un lado, revelando una puerta estrecha.
Cuando entramos en la habitación detrás de ella, no pude evitar sonreír.
Esto parecía más un lugar donde podía verme comprando un vestido de
novia. Estantes repletos de rollos de tela se alineaban en las paredes a
izquierda y derecha. Una mesa con una máquina de coser estaba apretujada
en una esquina en la parte de atrás, y otra mesa con bocetos estaba
empujada contra la pared justo al lado. En el centro de la habitación, un
podio bajo y un espejo alto esperaban a quien necesitara ser colocado.
—Tengo cuatro diseños básicos de vestidos de novia que se pueden
adaptar a tu gusto y se ajustarán a tu cuerpo. Echa un vistazo. Están ahí. —
Seguí su dedo índice hacia un perchero con cuatro vestidos blancos.
—No olvides que debes poder bailar —agregó Maeve—. Cometí el
error de elegir una tela pesada, lo que hizo que subirse a las mesas fuera
realmente arduo.
—¿Vamos a bailar en las mesas? —pregunté. Nunca me habían
invitado a una boda, y las pocas celebraciones de boda que presencié en
Merchant's Arch habían estado lejos de ser bulliciosas.
—Sí, en algún momento. En la última boda, el novio se cayó de la
mesa y se rompió el codo.
Intercambié una mirada con Talulla, quien se encogió de hombros.
—Tengo un par de telas más ligeras. Si tienes la intención de
enloquecer, entonces no elegiría una cola larga.
Asintiendo, comencé a mirar los vestidos. Aunque esta no era una
boda que significara nada para mí, de repente me invadió la tristeza de que
ni mamá ni Imogen estuvieran aquí.
Maeve me tocó el hombro.
—¿Estás triste porque tu madre no está aquí?
—¿Cómo lo sabes?
—Yo lo estaría.
—Está bien. Está más segura en Dublín y, de todos modos, no
aprueba este matrimonio. —Eso fue un gran eufemismo. Estaba bastante
segura de que lo único que impedía que mamá volara y me arrastrara fuera
del altar era su falta de dinero y su renuencia a dejar solo a Finn.
Saqué un vestido sedoso de línea A con mangas largas acampanadas y
un profundo escote en V. Estaba bordado en blanco, pero tenía otra cosa en
mente.
—¿Puedes bordar las mangas, el escote y el dobladillo con flores
irlandesas y hojas de trébol?
Los ojos de Talulla se iluminaron.
—Por supuesto. Tendré que trabajar día y noche para hacerlo a
tiempo.
—Ah, no quise causarte trabajo extra.
—Tonterías —dijo con una sonrisa—. Este es tu día especial, y me
gusta la idea. Será hermoso. No te preocupes, se hará a tiempo. Ahora ponte
ese vestido para que pueda tomar tus medidas y empezar a trabajar. Tengo
una reputación que mantener.
Después de una hora, Maeve y yo salimos de la tienda para almorzar.
Talulla había estado demasiado ocupada para unirse a nosotras.
—¿Quieres comida irlandesa?
Por lo general, habría elegido comer comida local, pero en este
momento me sentí un poco perdida y nostálgica y necesitaba el consuelo de
una comida familiar.
—¿Hay buenos restaurantes irlandeses por aquí?
Maeve se encogió de hombros.
—Hay algunos lugares decentes, pero ninguno de ellos es
excepcional. Me ofrecería a cocinar para ti, pero mis habilidades tampoco
son sobresalientes. Creo que Seamus solo lo come porque me ama.
—No te preocupes. Está bien. He vivido en Dublín toda mi vida. Hay
muchos lugares que tienen comida irlandesa horrible para los turistas, así
que lo he visto todo.
Maeve nos condujo a un pub que ofrecía una variedad de comida
irlandesa. Nos acomodamos en una mesa rústica de madera que estaba un
poco pegajosa en algunos lugares.
—Dos Guinness —gritó Maeve cuando el dueño no salió lo
suficientemente rápido de detrás de la barra. —Sonreí. Era mi tipo de chica.
No pude evitar preguntarme cómo se había involucrado con alguien como
Seamus.
El propietario colocó dos vasos de Guinness frente a nosotras con
demasiada fuerza, derramando parte del líquido. Eso explicaba por qué mi
manga estaba pegada a la mesa. Tampoco fue porque fuera grosero. Sus
manos temblaban. Puso dos menús frente a nosotras y luego regresó al bar.
—¿Él sabe que estamos involucradas con la mafia? —Era extraño que
tuviera que incluirme en esto ahora.
Maeve levantó su vaso y tomó un largo sorbo y luego asintió.
—Por supuesto. Esta es una comunidad pequeña. El chisme se
propaga rápido. ¿Por qué?
—Porque estaba temblando mucho.
Maeve se echó a reír.
—El viejo Donáll tiene Parkinson. No está aterrorizado de nosotras.
Me sonrojé y tomé un sorbo de mi Guinness.
—¿Cómo se siente la gente de la comunidad acerca de la pandilla
Five-Leaf Clover?
—Los respetan. Muchos piensan que están protegiendo nuestros
valores y asegurándose de que los chinos no se apoderen de nuestra área.
Un poco de miedo también está involucrado. Pero todos saben qué hacer
para no meterse en problemas, así que todo está bien.
—¿Conoces a Desmond?
—Es policía, lo que significa que es problemático, Aislinn. Mantente
alejada de él. Deberías intentar ganarte la confianza de Lorcan si quieres
que el matrimonio funcione.
No quería que este matrimonio funcionara, y la única razón por la que
consideraría ganarme la confianza de Lorcan era para averiguar detalles
sobre Imogen. No estaba segura si realmente sabía algo, pero Lorcan tenía
hombres en Doom Loop e Imogen era una chica irlandesa llamativa. Estaba
segura de que alguien le había mencionado algo.
—Vine a Nueva York para encontrar a mi hermana, no para
quedarme, y luego Lorcan se cruzó en mi camino.
—Espero que la encuentres pronto. Lorcan es un hombre ingenioso.
Él puede ayudarte.
Estaba segura de que podría ayudarme si eso era lo que él quería y lo
que servía a sus intereses. Pero, ¿y si Lorcan estaba involucrado de alguna
manera? Era parte del submundo donde desapareció Imogen.
Ganarme la confianza de Lorcan podría acercarme a Imogen, pero tal
vez Desmond también podría ser una opción. Solo tenía que ser sigilosa al
respecto.
12
Lorcan
Le había advertido a Seamus que no se pasara de la raya con mi
despedida de soltero. Faltaban solo dos días para la boda y, aunque todos
teníamos una gran tolerancia al alcohol, no quería dejarme inconsciente por
completo.
Estaba sentado en mi caótico escritorio en la pequeña oficina de
nuestro almacén en los muelles cuando Seamus y Timothy entraron con
sonrisas que significaban problemas. Inclinándome hacia atrás, entrecerré
los ojos.
—Te lo advertí. Si tienes planes de vestirme con un maldito disfraz de
Borat o chaparreras con mi trasero desnudo, te arrojaré al fondo de un
contenedor de grava.
Seamus intercambió una mirada con Timothy.
—Te dije que eso es lo que él diría.
—Lo digo en serio.
—Lo sabemos —dijo Timothy con voz ronca—. Pero los planes de
hoy no son nuestra responsabilidad.
—¿No lo son? —pregunté dudoso. Mis ojos se deslizaron hacia una
cabeza alta y rubia oscura que apareció detrás de mis dos amigos—. ¿Qué
les está tomando tanto tiempo?
La sorpresa se apoderó de mí.
—Aran.
Aran era dos años menor que yo, el hermano más cercano a mí en
edad. No era tan corpulento, más decatleta que boxeador de peso pesado, y
sus ojos eran azules como los de nuestro padre. No compartíamos muchos
rasgos físicos, pero nuestros temperamentos eran similares.
—Lorcan —saludó Aran con una amplia sonrisa. Me levanté de la
silla, rodeé el escritorio y abracé a mi hermano, palmeando su hombro. No
lo había visto en cerca de un año. Me retiré.
—¿Qué le pasó a tu cara de bebé? —pregunté, inspeccionando la
sombra de barba incipiente en su barbilla y mejillas. Nunca lo había visto
sin afeitar.
Aran se pasó la mano por la cara.
—Voy por el aspecto desaliñado, como tú.
—¿Eres el único? —pregunté, mirando a través de la ventana de
vidrio de mi puerta, pero el pasillo estaba vacío.
—Todos están afuera esperándote.
Entrecerré los ojos.
—No te excedas. No me importa si es tradición o no.
—Cállate y ponte en marcha —murmuró Aran.
Le envié a Timothy y Seamus otra mirada de advertencia. Era
imposible amenazar a mi hermano, pero esos dos deberían saber mejor que
no tener planes vergonzosos para mí. Aran no sería el problema, pero me
preocupaba la participación de los gemelos. Si estaban aquí, las cosas se
intensificarían.
Seguí a Timothy, Seamus y Aran a través del almacén y salí a una
limusina Hummer que esperaba.
—¿Apostando por el estilo de vida americano?
Aran se encogió de hombros.
—No es mi idea.
—Por supuesto que no.
La puerta de la limusina se abrió y nuestro hermano menor, el gemelo
número dos y la razón principal por la que Caden y Callahan eran
conocidos como TNT entre nuestros hombres (eran una combinación
igualmente explosiva), asomó su cabeza rubia. Me dedicó una sonrisa que
habría enorgullecido a su dentista, todos esos perfectos dientes blancos
como perlas.
—La estrella del espectáculo.
—Caden, nada de espectáculos, nada de vergüenzas, o te juro que voy
a patearte el culo como si aún tuvieras cinco años.
—En su mente, aún lo tiene —comentó Callahan cuando apareció
junto a su hermano gemelo en la puerta del auto. Su cabello tenía un toque
de rojo, prácticamente lo único que los distinguía a los dos, a primera vista.
—No eres mucho mejor.
—¡Pensé que serías menos gruñón considerando nuestra rara reunión
familiar! —Caden saltó y se acercó a mí. Me tiró en un abrazo y olía a
alcohol.
—Veo que empezaste la fiesta sin mí.
—Un trago para probar la calidad —dijo Callahan antes de que él
también me abrazara.
—Hablando de reunión familiar, no lo es mientras Balor no esté aquí.
Caden enarcó las cejas e inclinó la cabeza.
Me congelé y miré a Aran.
—Balor no está aquí, ¿verdad?
—Lo está —dijo Balor arrastrando las palabras desde algún lugar
dentro del auto y luego más alto—: Estamos pagando por hora, entonces,
¿qué tal si dejas de perder el tiempo?
Con una sonrisa, me subí a la limusina. Era enorme, con una barra
repleta a la derecha y cómodos asientos de cuero alrededor. El piso estaba
cubierto con una alfombra verde oscuro y la barra también brillaba con un
verde espeluznante. Puntos verdes de luz bailaban alrededor del auto.
Balor, con traje oscuro, abrigo y zapatos Budapest, se sentó en un
rincón con su habitual expresión estoica.
—Estás aquí —le dije, aún en estado de shock. Mi hermano rara vez
salía de Irlanda o de su mansión, excepto cuando los negocios lo requerían.
—Considéralo mi regalo de bodas. Los vuelos cuestan un ojo de la
cara.
—Mierda por Dios, Balor, nadas en puto dinero, deja de quejarte —
dijo Aran.
—No están escondiendo a padre en algún lugar de un pastel sorpresa,
¿verdad?
Balor negó con la cabeza cuando finalmente dejó de fruncir el ceño a
Aran.
—Ya conoces la aversión de nuestro padre hacia Estados Unidos. Te
felicitará cuando te cases de nuevo en nuestra mansión, como es tradición.
—Por supuesto.
El breve parpadeo de decepción me molestó muchísimo, así que lo
empujé hacia abajo.
Mis hermanos, Seamus y Timothy tomaron asiento y brindamos con
una botella de Kilkenny.
Una exploración rápida de la nevera mostró que estaba repleta de
cerveza irlandesa, y el bar también tenía whisky irlandés.
Callahan buscó a tientas un panel de sonido y pronto un fuerte
retumbe sacudió la limusina.
—Balor, quítate el abrigo. Me vuelves loco luciendo como un puto
anuncio de Burberry.
Balor le dirigió a Aran una mirada levemente exasperada, como el
espalda plateada que toleraba las molestas travesuras de su descendencia.
Se quitó el abrigo y lo dobló a su lado en el asiento.
La limusina comenzó a moverse y después de unas cuantas cervezas y
whiskies más, incluso Balor se relajó un poco. Caden había abierto el techo
corredizo y estaba gritando obscenidades a cualquiera que pasáramos.
—¡Veo nuestra primera parada! —gritó, y poco después aparcamos.
Me preguntaba si había sido así a los veintidós. No podía recordar.
—Abre la puerta —dijo Caden mientras asomaba la cabeza hacia
atrás en el vehículo.
Callahan abrió la puerta e hizo un gesto de bienvenida a una mujer de
largo cabello castaño y piel bronceada.
—¡Adelante! —La mujer que vestía un disfraz de enfermera subió
adentro. Se deslizó hacia mí y empezó a bailar, con sus tetas medio
presionadas contra mi cara. Quince minutos más tarde, estaba desnuda, a
excepción de su gorra de enfermera, y estaba rebotando su trasero desnudo
arriba y abajo del regazo de Caden mientras él la empalaba con su polla.
—Aún podría ser tuya —dijo con una sonrisa.
Lo deseché.
—Disfruta. —Nunca me gustó la idea del sexo por dinero, lo cual era
irónico considerando la forma en que Aislinn había encontrado el camino
hacia mis garras.
—Esto es tan insípido como esperaba que fuera una despedida de
soltero en Nueva York —dijo Balor, intentando no mirar el espectáculo
porno. Callahan subió el volumen de la música para ahogar los gemidos de
la stripper. Por la forma en que agitaba las pestañas hacia Caden, ni siquiera
estaba seguro de si sus gemidos eran falsos. Su encanto siempre atraía a las
chicas.
Me encogí de hombros y tomé otro trago de mi cerveza.
—Balor, hemos tenido unas cuantas fiestas de mal gusto en los viejos
tiempos, incluso si ahora estás actuando como un anciano.
La limusina se detuvo de nuevo y, cuando Callahan abrió la puerta,
entraron dos chicas más con botellas de gin-tonic. Rodajas de lima colgaban
de hilos delgados alrededor de su cintura y pecho.
No sé cuándo regresamos al almacén, pero cuando recuperé el
sentido, estábamos todos tirados en los asientos de la limusina. Los
ronquidos llenaron el auto y apestaba a alcohol derramado. Estaba sin
camisa, pero aún tenía los pantalones puestos, a diferencia de Caden, que
estaba completamente desnudo. La stripper le había apuntado su número
privado en el antebrazo. Negué con la cabeza. Caden abrió los ojos en ese
momento y siguió mi mirada hasta su antebrazo.
—Ese podrías haber sido tú si hubieras sido un poco más accesible.
—Estoy a punto de casarme. No necesito su número.
—Avísame si cambias de opinión. De todos modos, no le devolveré la
llamada.
Por supuesto, no lo haría. Pero no tenía ningún interés en otras
mujeres. Quería a Aislinn y pronto la tendría.
Balor estaba sentado en mi escritorio, bebiendo de una taza, cuando
entré al almacén.
—Tu café es una mierda.
Me serví una taza antes de hundirme en la incómoda silla frente al
escritorio ya que mi hermano mayor no hizo ningún movimiento para
desocupar la silla de mi escritorio.
—Está destinado a ahuyentar a los invitados.
—Está teniendo éxito —dijo Balor en su habitual tono serio. Él
siempre había sido así. Incluso de niño había sido la voz de la razón entre
nosotros. Echó un vistazo a su reloj—. Debería regresar a mi habitación de
hotel. Tengo una reunión por Zoom con una de nuestras conexiones de
morfina.
Negué con la cabeza.
—Vas a traer trabajo a mi boda.
—Hoy no vas a casarte.
Puse mis pies calzados con botas sobre el escritorio. El rostro de
Balor se contrajo con desaprobación, pero no hizo ningún comentario. Al
principio, siempre había jugado al jefe cuando venía a los Estados Unidos
hasta que le dije que se fuera a la mierda porque este era mi maldito
territorio. Sabía que había estado actuando en nombre de padre. Tenía que
demostrar mi valía antes de que confiaran en mí para representar a nuestro
clan en este lado del charco.
—He estado pensando en este matrimonio —dijo Balor.
Tomé un sorbo de mi café, esperando que dijera lo que tenía que
decir.
—No veo por qué te casarías con la chica Killeen, excepto para irritar
a nuestro padre.
—¿Por qué mi decisión de finalmente casarme lo irritaría? Es
irlandesa, así que su peor pesadilla de que yo me case con una
estadounidense no se está haciendo realidad. —A padre le gustaba el dinero
que se podía ganar en los Estados Unidos, pero solo quería sangre irlandesa
en nuestra familia. Fue por eso que Balor había renunciado a su primer y
único amor hace más de una década. Era por eso que mi hermano mayor
aún no estaba casado y por qué mi padre me había estado molestando para
que cerrara el trato para que al menos uno de nosotros pudiera continuar
con la línea Devaney.
—No elegiste a cualquiera. Elegiste una Killeen. Tenemos historia. Se
vería extremadamente mal si permitiéramos que otra Killeen escape y nos
haga quedar mal.
—Puedo controlar a Aislinn.
Balor asintió.
—Aun no entiendo por qué.
Seamus había dicho lo mismo. En realidad, tampoco sabía por qué.
Todo lo que se me ocurrió fue:
—Me recuerda a Irlanda.
Aislinn
Cuando Lorcan y Gulliver hablaron sobre el matrimonio, esperaba
meses, posiblemente años, de planificación, especialmente porque me iba a
casar con un Devaney.
No esperaba casarme menos de dos semanas después, solo rodeada de
los hombres de Lorcan y sus esposas y novias. Siempre había querido que
mi familia estuviera en mi boda, pero no me atreví a dejar que esta farsa
contara. Este matrimonio tenía fecha de caducidad, al menos para mí. En el
momento en que encontrara a Imogen, regresaría a Irlanda y Lorcan
seguramente encontraría una nueva mujer a la que molestar.
Maeve asintió satisfecha mientras colocaba otra flor blanca en mi
cabello.
—¡Ese vestido es una maravilla, y tú también!
Con las mejillas sonrojadas y los ojos llorosos, ella estaba más
emocionada por el día de hoy que yo. Incluso me invitó a su casa hace dos
días para ver películas y emborracharnos, nuestra versión de una despedida
de soltera. Estaba increíblemente agradecida por su apoyo.
Tenía que admitir que en realidad amaba mi vestido de novia. Las
flores irlandesas bordadas y las hojas de trébol eran absolutamente
impresionantes. Lo único que podría haber hecho sin él era el pequeño
trébol de cinco hojas. Me pregunté si Lorcan le habría dicho a Talulla que lo
agregara como un sello de propiedad.
—¿Estás nerviosa? —preguntó Maeve.
Sorprendentemente, no lo estaba, aún no. Se sentía demasiado
surrealista, como una pesadilla de la que despertaría muy pronto. No había
visto a Lorcan desde nuestro encuentro en la iglesia. Tal vez por eso
también mi ansiedad no era muy alta. Rápidamente negué con la cabeza.
Maeve me apretó la parte superior del brazo.
—Estoy segura de que eso cambiará una vez que veas a Lorcan. Se ve
muy elegante con su traje de boda, pero no debería revelar demasiado.
Fue entrañable que Maeve pensara que estaría extasiada al ver a
Lorcan. No dudaba que mi ansiedad aumentaría una vez que lo viera.
Después de su amenaza en la iglesia, definitivamente me preocupaba estar a
solas con él.
Sonó un golpe. Maeve corrió hacia la puerta de la habitación de hotel
que Lorcan había reservado para mí para que pudiera prepararme. Estaba a
pocas cuadras de la iglesia y solo tenía unas veinte habitaciones. La
habitación en la que estábamos era una habitación pequeña con dos camas
individuales pero más que suficiente para ponernos un vestido.
—Señor Devaney —dijo Maeve, llena de respeto.
Me volví, sorprendida. ¿Estaba aquí el padre de Lorcan? Nunca había
visto a Devaney senior, pero no pensé que alguien de la familia de Lorcan
se presentaría hoy. Mi ansiedad se disparó. Tal vez Lorcan se tomó más en
serio nuestro matrimonio de lo que inicialmente pensé.
—Señora O'Leary —dijo una profunda voz masculina. No sonaba lo
suficientemente viejo como para pertenecer al padre de Lorcan, y cuando
un hombre alto con un cuerpo similar al de Lorcan pasó junto a Maeve, me
di cuenta de que debía ser uno de sus hermanos, presumiblemente el mayor,
el líder del clan Devaney en Irlanda.
Desde atrás, podría haber confundido a este hombre con Lorcan,
aunque el cabello de este hombre era más corto. Sin embargo, sus ojos y
expresión eran muy diferentes. Parecía reservado, comedido, casi
impasible. Lorcan emitía la energía caótica de una bestia salvaje en una
jaula.
—Soy Balor Devaney, el hermano mayor de Lorcan, y te llevaré por
el pasillo.
—Soy Aislinn Killeen —dije estúpidamente, como si él no supiera
exactamente quién era yo. Estaba demasiado estupefacta por su presencia.
—Entonces, ¿Aislinn?
—Por supuesto —dije. Miré a Maeve, que parecía un poco perdida.
—¿Estás lista para ir?
—¿Ya? —Me sonrojé por cómo sonó eso, pero dudaba que alguien
creyera que esta boda fuera por amor. Cualquiera con cerebro tenía que
saber que Lorcan me estaba obligando a casarme con él.
La expresión de Balor permaneció indiferente.
—Necesitamos cinco minutos para llegar a la iglesia y la ceremonia
comienza en diez minutos.
Había perdido completamente la noción del tiempo.
—Voy a seguir adelante. Probablemente Seamus me esté esperando.
Asentí para mostrarle a Maeve que estaba bien. Con una sonrisa de
apoyo, se deslizó fuera de la habitación. Balor hizo un gesto hacia la puerta
y rápidamente pasé junto a él. Una limusina negra esperaba frente al
edificio.
Balor se sentó al frente con el conductor, lo cual me pareció bien. Su
presencia me inquietaba. Cuando el auto finalmente se detuvo, mi corazón
se aceleró. Esto era todo. Iba a convertirme en una Devaney. Para mantener
a raya mi creciente pánico, tuve que recordarme a mí misma que esto era
solo temporal.
Imogen, me debes mucho.
***
La puerta se abrió y Balor me tendió la mano. Le permití que me
ayudara a salir del auto y me condujese al vestíbulo de la iglesia. Un arpa
celta, seguida de una flauta de Uilleann, empezó a tocar. Mi corazón se
llenó de calidez ante los sonidos familiares de mi hogar, y me sentí
extrañamente emocionada. Siempre quise que mi boda fuera acompañada
de música tradicional, los suaves tirones del arpa y las agudas llamadas de
la flauta. Que Lorcan hubiera elegido la música de nuestro país de origen
me hizo tolerarlo un poco más.
Las puertas de la iglesia se abrieron y me estremecí por la baja
temperatura dentro de la vasta nave. La mitad de los bancos estaban llenos
de invitados, en su mayoría hombres de Lorcan y sus familias. Al final del
largo pasillo, vi a Gulliver con una mirada serena en su rostro. ¿En serio
estaba complacido con esta unión?
Mis ojos se deslizaron hacia un lado, deteniéndose en el imponente
cuerpo de Lorcan. Estaba sorprendida y un poco complacida cuando vi el
traje de boda de Lorcan. Había optado por una falda escocesa tradicional,
una chaqueta de Brian Boru, una camisa de esmoquin blanca con pajarita,
calcetines hasta la rodilla a juego con su tartán, un Sporran con un trébol de
cinco hojas y zapatos Ghillie Brogue. Se veía excepcionalmente bien en él.
Algunas personas pensaban que los hombres no podían lucir varoniles con
una «falda». Lorcan con sus musculosas pantorrillas y su imponente figura
demostró que estaban equivocados.
A su lado estaban sus padrinos de boda que, solo podía adivinar, sus
hermanos; aparte de Balor, sus similitudes con Lorcan eran limitadas. Todos
eran altos y en forma, pero su cabello era más claro y también lo era su
aura.
Balor comenzó a caminar y no tuve más remedio que seguirlo. Todos
los rostros de la iglesia se volvieron hacia mí. Pude ver sospecha en muchos
rostros: ojos entrecerrados, labios apretados, frentes arrugadas. Aún no me
había ganado su confianza. Puede que sea irlandesa, pero era una intrusa en
su comunidad, y mi apellido probablemente tampoco ayudó. La única cara
amistosa era la de Maeve. Me sonrió como una madre orgullosa y no pude
evitar devolverle la sonrisa. Su energía positiva era imposible de ignorar.
Cuando llegamos al frente, mis mejillas ardían bajo la fuerza de la
atención de todos. Definitivamente no estaba lista para el matrimonio,
definitivamente no estaba lista para esto, para Lorcan y todo lo que
implicaba un vínculo con él. Era un trato por tiempo limitado, al menos por
mi parte, pero no hizo que la presión actual fuera más fácil.
Gulliver asintió, lo que probablemente quiso hacerlo como aliento,
antes de volverse hacia el hermano Devaney más cercano a nosotros.
—Aran, ¿quieres atar el nudo?
Mis cejas se dispararon hacia arriba cuando el hombre alto y rubio dio
un paso adelante con una cuerda en sus manos.
Lorcan se inclinó hacia mí con una sonrisa.
—Aislinn, la unión de manos es una tradición celta. No hay necesidad
de la cara de asombro. Deberías guardarla para cuando te ate esta noche al
poste de la cama.
Dejó escapar una risita ante mi expresión y luego se enderezó en toda
su altura. No tuve oportunidad de contestar porque Aran se colocó frente a
nosotros con una mirada seria en su rostro. Como el resto de los hermanos,
vestía tradicionalmente.
—Tomen sus manos —instruyó, con un toque de impaciencia
coloreando su voz. Lorcan tomó mis dos manos entre las suyas, y Aran
comenzó a envolver la cuerda alrededor de nuestras muñecas y manos hasta
que no hubiéramos podido separarnos aunque lo intentáramos.
Probablemente era una metáfora de cómo sería mi matrimonio con el jefe
de un clan.
Cuando Aran dio un paso atrás, Gulliver tomó su lugar y comenzó a
leer la Biblia. El calor que emitía el cuerpo de Lorcan era inmenso y
aumentaba mi estado sonrojado. Aunque intenté concentrarme en las
palabras de Gulliver, mi mente se desvió hacia imágenes de lo que podría
esperarme esta noche en el dormitorio. Lorcan no podía haber hablado en
serio acerca de atarme a un poste de la cama. No para nuestra primera
noche juntos… ¿verdad?
Lorcan flexionó los dedos, haciéndome estremecer por la presión
adicional. Miré hacia arriba, pero la atención de Lorcan estaba al frente.
Gulliver esperaba expectante mi sí a los votos que acababa de leer en
voz alta.
Miré hacia Lorcan. El verde oscuro de su chaqueta hacía juego con
sus ojos, y los tirantes que asomaban por debajo tenían herraduras y hojas
de trébol en ellos como muestras de buena suerte. Parecía relajado, incluso
en paz.
Ojalá pudiera decir lo mismo de mí. Mi pulso no se había
desacelerado desde que puse un pie dentro de la iglesia. Mi cuerpo estaba
en modo vuelo.
Nada de esto se sentía real. Nada parecía real estas últimas dos
semanas.
Y ahora, de pie junto a mi futuro esposo con mi hermoso vestido
bordado a mano hasta el suelo y una guirnalda de flores en el cabello,
incluso menos que antes. Cuando éramos niñas, Imogen y yo nos
turnábamos para ponernos el vestido de novia de mamá, una prenda barata
de poliéster blanco de la que no podía desprenderse a pesar de la infidelidad
de papá. Solíamos admirarnos en el espejo, a veces incluso organizábamos
ceremonias de boda. Eso se había sentido más real que la ceremonia que
tenía lugar frente a mí.
—Sí, acepto —dije, sonando clara y segura. Fue como si se hubiera
accionado un interruptor, la realidad y la enormidad de la situación
finalmente se hundieron. Esta era una boda real. Incluso si huía, tendría que
encontrar una manera de salir de este vínculo. Si asumiera una nueva
identidad, que podría ser mi única opción para escapar de mi esposo, no
tendría que preocuparme por el divorcio.
—Puedes besar a la novia.
Lorcan tiró de mí hacia su cuerpo con nuestras manos aún atadas, y lo
miré. Era diabólicamente atractivo y cruel. Sus labios encontraron los míos,
suaves y castos, un espectáculo ante la iglesia. A pesar de todo lo que
sucedió después de la subasta, fue nuestro primer beso, un testimonio de
nuestro vínculo retorcido. Lorcan olía bien, como aserrín fresco y algo
fresco y herbal. No pude evitar preguntarme cómo sería un verdadero beso
de Lorcan.
Los aplausos llenaron la iglesia y los hermanos de Lorcan
comenzaron a tocar pequeñas campanas para ahuyentar a los malos
espíritus mientras Gulliver desataba la cuerda. El vínculo que representaban
nuestros votos era más fuerte que cualquier cuerda, por lo que podía ser
removido. Balor dio un paso adelante con un cojín verde. Sobre él
descansaban dos anillos de oro blanco con grabados celtas y piedras
esmeraldas.
Después de intercambiar los anillos, aceptamos rápidamente las
felicitaciones antes de pasar a un pub irlandés para las festividades. Al
imaginar mi boda, nunca consideré una fiesta espléndida, pero un pub
definitivamente fue decepcionante.
Una vez que todos los invitados se filtraron en las dos grandes salas
del pub, estaba abarrotado. El aroma de la reconfortante comida carnosa
saturó el aire. Las mesas estaban decoradas con herraduras reales, hojas de
trébol dorado y una pequeña campana rústica sobre cada plato. En el centro
de cada mesa había un arreglo floral con musgo, margaritas y velas blancas
hechas a mano con botellas como soportes.
—¿Te gusta? —preguntó Maeve mientras tomaba, para mi sorpresa,
su asiento a mi lado.
—Sí, es encantador. ¿Lo hiciste?
Ella asintió. Lorcan se sentó a mi lado y tomó mi mano una vez más,
que solo había soltado brevemente para conversar con el dueño del pub. El
nivel de ruido era extremo, no los murmullos silenciosos que esperarías
antes de la cena en una boda.
Seamus se sentó al lado de Maeve y el resto de la mesa estaba
ocupada por los hermanos de Lorcan y un hombre de mediana edad y su
esposa que había visto antes en la iglesia. La comida y las bebidas eran
rústicas, sabrosas pero sencillas.
Aun así, disfruté el sabor de Irlanda, especialmente la Guinness y el
bistec con cerveza. A través de conversaciones, pronto descubrí que varios
de sus hombres eran primos, primos segundos o sobrinos, pero el círculo
íntimo del clan Devaney vivía en Irlanda.
Me preguntaba qué pensaría el padre de Lorcan sobre el matrimonio.
¿Estaba ausente porque no lo aprobaba? O tal vez lo vio como una forma de
atormentarme como parte del castigo de nuestra familia. Ojalá pudiera decir
que Gulliver nunca ayudaría a Lorcan en tal búsqueda, pero él era más un
hombre de la iglesia y la mafia que una parte de nuestra familia.
Estábamos a mitad de la cena cuando Aran se volvió hacia mí.
—¿Qué te hizo decir que sí a mi hermano?
Lancé una mirada a Lorcan, preguntándome si su hermano se estaba
burlando de mí o si Lorcan en realidad había inventado algún tipo de
historia de amor ridícula que no debería contradecir.
—Soy difícil de resistir —dijo Lorcan, recostándose en su silla para
que sus pectorales se flexionaran bajo su camisa blanca. Había tirado la
chaqueta sobre el respaldo después de la sopa de jamón y guisantes, que se
sirvió con pan de soda crujiente.
—Eres difícil, te lo concedo —dijo Aran secamente.
Balor no había dicho mucho, y cuando lo hizo, fue en voz baja sobre
negocios con Seamus y Timothy.
Pronto, la fiesta se puso bulliciosa. Hombres desnudos hasta el pecho
desnudo, bailando con botellas de licor en la mano y cantando melodías
irlandesas que hicieron que mi corazón se sintiera pesado por la nostalgia.
—Deberíamos unirnos a la diversión —dijo Lorcan, tendiéndome la
mano. Aún usaba su camisa con tirantes, pero los botones superiores
estaban abiertos, revelando su vello oscuro en el pecho y una cruz antigua
que casi me hizo poner los ojos en blanco. Forcé una sonrisa, haciendo mi
parte. En el momento en que llegamos a la pista de baile, todos se reunieron
en un círculo a nuestro alrededor y comenzaron a pisotear y aplaudir.
Dejé que la música sonara en mis huesos y moví mis extremidades
instintivamente. Lorcan se movía sorprendentemente bien para alguien tan
alto y musculoso. Como un cazador con los ojos puestos en su presa, la
mirada de Lorcan nunca abandonó mi cuerpo mientras bailaba.
—¡Sobre la mesa! —gritó alguien, y Lorcan me subió a una mesa
larga antes de saltar para unirse a mí. La mesa vibró bajo nuestros pies
cuando saltamos y giramos al ritmo acelerado de la música. Pronto, más
personas se unieron a nosotros en la mesa, incluso Maeve y Seamus.
Seamus atrajo a Maeve contra él para darle un beso apasionado mientras le
apretaba el trasero. Cuando se separaron, la piel de Maeve estaba roja como
una remolacha. Golpeó juguetonamente a su esposo.
—No puedo dejar que se roben el espectáculo —se rio Lorcan,
mientras me agarraba por el cuello y tiraba de mí hacia él. Sus labios se
estrellaron contra los míos y se tragaron mi jadeo, que pronto se convirtió
en un gemido ahogado cuando su lengua jugueteó conmigo magistralmente
mientras su mano masajeaba mi trasero. Mi cabeza daba vueltas cuando le
devolví el beso, intentando igualar el fervor de Lorcan incluso cuando me
mareé por la falta de aire y el latido abrumador entre mis piernas. Nunca
había tenido un beso como este, ni con Patrick ni con mi primer
enamoramiento antes de Patrick. Cuando Lorcan me soltó, me tambaleé, sin
aliento y desorientada. Los vítores y aplausos de la multitud que nos
rodeaba me devolvieron al presente.
—¡Ayuda a ese hombre a quitarse la camisa! —gritó Seamus, y
pronto se unieron más. Por ahora, Lorcan era el único hombre que aún
vestía una camisa. Se detuvo y extendió los brazos con una sonrisa
expectante. Afortunadamente, mis manos estaban firmes cuando comencé a
desabotonar su camisa. La música había desterrado mi nerviosismo por
ahora. Cuando se abrió el último botón, deslicé sus tirantes y lo ayudé a
quitarse la camisa. Era la primera vez que veía el pecho de Lorcan y deseé
que no me impactara. Pero Lorcan era un oso de hombre: musculoso, fuerte
y con la cantidad justa de vello en el pecho que me hizo querer pasar mis
dedos por él. La idea me hizo sentir calor, y como si Lorcan pudiera seguir
mi hilo de pensamiento, sonrió mientras se ponía los tirantes y extendía su
mano para otro baile.
Mi deseo por mi esposo estaba siempre presente. No me hizo menos
nerviosa por esta noche. Mi primera vez con Lorcan no sería el amor lento y
considerado que había imaginado en el pasado. Sería sucio y caliente y
probablemente condenadamente doloroso.
13
Aislinn
Era pasada la medianoche cuando Lorcan y yo finalmente nos
despedimos. Había alquilado la habitación más grande encima del pub para
pasar la noche. Mis piernas empezaron a temblar cuando subimos las
escaleras. Intenté concentrarme en lo positivo, lo increíble que me había
hecho sentir el toque de Lorcan, lo fuertes que habían sido mis orgasmos.
Había soñado con ellos todas las noches desde la subasta. Hoy,
probablemente tendría al menos otro antes de que Lorcan me follara. No
hay necesidad de fingir que sería otra cosa.
Mi bravuconería desapareció cuando Lorcan cerró la puerta detrás de
nosotros. Era una habitación gótica, con madera oscura y cortinas de raso
púrpura sobre una enorme cama con dosel. El armario casi hasta el techo
me recordó a los viejos confesionarios y le dio a la habitación una sensación
de aprensión.
Una enorme bañera de cobre se alzaba sobre cuatro patas en forma de
garra de oso en la habitación, justo en frente de la ventana. Las cortinas
estaban cerradas, pero a juzgar por las casas vecinas eso era algo bueno.
Una puerta conducía a otra habitación, el baño, supuse. No vi el bolso de
Lorcan por ninguna parte, solo mi pequeña maleta apoyada contra la pared
al lado del armario. Tenía todas mis pertenencias que traje conmigo a los
Estados Unidos. No regresaría a la casa de Gulliver, así que había
empacado todo. No me detuve en el hecho de que tendría que vivir bajo el
mismo techo que Lorcan.
La naturaleza gótica de la habitación no era la que hubiera elegido
para una noche de bodas. Era más adecuado para un ritual satánico.
Aunque, considerando que era mi noche de bodas con Lorcan Devaney, esto
último parecía más adecuado.
Lorcan se dirigió al amplio sillón que parecía haber sido transportado
aquí directamente desde una mansión irlandesa en el campo y luego tomó
un control remoto para encender una chimenea eléctrica.
—Prefiero el fuego real —dije por falta de algo más que decir.
—Yo también —dijo Lorcan en voz baja. Aún estaba sin camisa y
estaba sentado con las piernas abiertas, mirándome. Me preguntaba qué
llevaría debajo de la falda escocesa, pero seguro que pronto lo descubriría.
Mi cuerpo reaccionó a la vista de su amplio pecho con una calidez
traicionera en mi interior, pero mi mente reprodujo los eventos del almacén.
—Tendré que refrescarme —murmuré y me apresuré hacia la puerta
del baño. Antes de que pudiera entrar y esconderme, Lorcan habló.
—Estoy seguro de que sabes deliciosa de cualquier manera.
Mi boca se secó cuando me apoyé contra la puerta, dejando que sus
palabras entraran. Me lavé la cara, luego, después de un momento de
debatir, tomé un paño y me refresqué entre las piernas. No sabía lo que
Lorcan tenía reservado para mí esta noche, pero si su comentario era una
indicación, podría lamerme en lugares que prefería limpiar antes de tal
esfuerzo. Lorcan me había comprado un camisón blanco para la ocasión y
colgaba de un gancho en la pared. Me lo puse, sorprendida por su modestia,
y solté un suspiro tembloroso. La idea de estar con Lorcan no evocó en mí
el tipo de miedo que hubiera esperado. A pesar del espectáculo brutal que
había montado, y sabiendo que no tendría problemas para deshacerse de mí
también, tenía más curiosidad que miedo. Mi cuerpo había reaccionado de
tal manera al toque de Lorcan que me hizo desear más, incluso sabiendo
que no debería.
No me mataría esta noche. Probablemente.
Pero el hecho era que seguía siendo uno de los sospechosos de la
desaparición de Imogen. Y quién era yo para decir que él no se había
casado con Imogen de la misma manera hacía unos meses, había pasado
unas horas felices con ella y luego la había hecho desaparecer. Nadie me lo
hubiera dicho.
Tal vez Gulliver estaba involucrado. Pensaba que mamá era una
pecadora, e Imogen también, y después de la subasta, si él lo supiera,
también debe verme como una pecadora.
Necesitaba dejar de pensar en eso o sería un desastre aterrorizado esta
noche, y no quería eso. No quería que Lorcan supiera que estaba igualmente
aterrorizada y excitada por él. Y más que eso, quería disfrutar de mi primera
vez, a pesar de quién fuera mi esposo. Patrick probablemente se estaba
divirtiendo enormemente, y yo también lo haría.
Cuando salí del baño, Lorcan estaba en la cama y estaba
considerablemente menos vestido… si mis ojos no me engañaban. La
delgada sábana estaba envuelta sobre su pelvis, revelando un rastro de vello
oscuro entre su ombligo y el asomo de vello púbico. Tenía un delicioso
paquete de seis, hombros anchos y brazos fuertes. Su vello en el pecho
estaba recortado y lo hacía lucir varonil de una manera tosca que envió una
nueva ola de calor a través de mi cuerpo.
—Acércate más —dijo bruscamente, apenas dándome tiempo para
superar mi sorpresa y excitación al verlo.
Cada fibra cuerda de mi cuerpo me instó a tomar vuelo, pero yo no
era una corredora y no daría marcha atrás hasta que encontrara a Imogen, o
a la persona responsable de su desaparición. Sin embargo, después de eso
corría tan rápido como mis cortas piernas me lo permitieran y me
escondería con mi familia en el rincón más lejano del mundo donde ni
siquiera un Devaney pudiera encontrarnos.
Los nervios casi me paralizan cuando me acerco a mi bestia de
esposo. Se recostó contra la cabecera, su ropa descuidadamente esparcida
por el suelo. La fina manta no dejaba absolutamente nada a la imaginación.
La forma de un pene sorprendentemente grande estaba bastante definida.
Aún ni siquiera estaba erecto, solo descansaba sobre la parte superior de su
muslo izquierdo.
Había visto a Patrick desnudo un par de veces y no tenía nada sobre
Lorcan. Y había visto antes chicos y hombres en traje de baño, así que
había visto el contorno de algún pene ocasional, e incluso había visto
algunos sin ropa interior cuando los borrachos orinaban en las calles, pero
se veían cómicamente pequeños en comparación con lo que Lorcan
Devaney escondía debajo de las sábanas.
En mi camisón blanco, me sentí como un sacrificio virginal a punto
de ser sacrificado. Lorcan me miró como un cazador a medida que me
acercaba a la cama. Mis rodillas golpearon el colchón y me detuve. Mi
corazón latía tan rápido y mi pulso latía con tanta fuerza que estaba segura
de que Lorcan podía oírlo. De repente, la idea de que Imogen podría haber
estado en esta misma posición no hace mucho tiempo y luego desaparecer
sin decir una palabra me pasó por la cabeza como un mantra angustioso.
Se sentó y se deslizó hasta el borde de la cama, haciendo que la
sábana se deslizara aún más abajo, revelando su hueso púbico cubierto de
vello oscuro recortado y la base de una gruesa polla, que lentamente se
estaba llenando de sangre. Di un paso atrás por instinto y me maldije por
ello. Lorcan inclinó la cabeza.
—Como un pajarito a punto de emprender el vuelo —gruñó. No podía
dejar de ver las salpicaduras de sangre en sus manos y rostro. Separó las
piernas y colocó los pies a cada lado de mí, enjaulándome con sus enormes
muslos. Solo el borde de la manta ahora cubría su pene. Su cabeza se acercó
a mi pecho. Era extraño mirar a un hombre como él. Sin embargo, no
parecía tener problemas para admirarme. A Lorcan no le faltaba confianza
—. Aislinn, ¿me tienes miedo?
La forma en que dijo mi nombre con su acento profundo aún me puso
la piel de gallina.
—Lorcan, ¿alguien no te tiene miedo?
—Mmmmm —tarareó mientras agarraba el dobladillo de mi camisón
y comenzaba a sacarlo por encima de mi cabeza. Incluso cuando la ansiedad
se apoderó de mí, levanté los brazos para que fuera más fácil para él. Yo
había accedido a esto. No podía arriesgarme a ponerme del lado malo de
Lorcan si quería que esto funcionara. Esto era por Imogen, por la verdad,
incluso por mamá.
—Tu tío me aseguró que es la voluntad de Dios que un esposo
consuma el matrimonio en su noche de bodas. Es el deber del esposo.
Gulliver era un bastardo. ¿Por qué le importaba si Lorcan y yo
dormíamos juntos?
—¿Eres tan religiosa como tu tío? —preguntó.
—Creo en Dios —dije.
—Entonces, ¿estarías de acuerdo en que es mi deber ante Dios
reclamarte esta noche?
Apreté los dientes cuando una ola de ira cayó sobre mí. La humanidad
había utilizado la supuesta voluntad de Dios en demasiadas ocasiones para
perseguir sus propios deseos.
—Hazme un favor y no finjas que estás haciendo esto por piedad
cuando ambos sabemos que no crees en Dios y solo lo haces por tu propio
deseo.
Lorcan sonrió sombríamente.
—Aislinn, no me digas lo que creo. Pero tienes razón. Te voy a follar
toda la noche porque mi polla ha estado pidiendo tu dulce coño desde el
primer momento que te vi. Solo se ha vuelto más fuerte después de que hice
que te corrieras tan fuerte, y es mucho mejor si sigo el consejo de un
sacerdote al hacerlo, ¿no crees?
Agarró mis caderas, matando mi respuesta mientras tomaba aire
sorprendida. Lorcan Devaney quería asustarme porque le había contestado
y, lamentablemente, lo estaba consiguiendo. Empujó a un lado mis bragas.
Sus ojos recorrieron la franja de vello rojo en mi montículo y, a pesar de
todo, la lujuria en sus ojos verde oscuro hizo que mi centro se tensara.
Podía ver su polla llenándose de sangre debajo de la fina tela, creciendo de
impresionante a aterradoramente grande.
Era como un animal. Indómito, peligroso y salvaje. Dios, ¿en qué me
había metido? Aun así, la excitación jugueteaba como una nutria marina
juguetona en el agitado océano de mi miedo. Mi cuerpo anhelaba más de lo
que Lorcan me había dado.
—Ante nuestra iglesia nuestro matrimonio no es real hasta que lo
hayamos consumado. Entonces, si no quieres esto, aún podemos cancelarlo
todo. No te detendré.
Lo miré. Me retó a dar marcha atrás, a huir de él. Tenía la sensación
de que me perseguiría si lo hacía, pero, aun así, no tenía intención de
echarme atrás, incluso si eso significaba que tendría que dejar que Lorcan
Devaney me atravesara con su enorme polla. Me aseguraría de divertirme
hasta ese momento al menos, y luego sobreviviría a lo que viniera después.
Era un monstruo y sin duda disfrutaría haciéndome daño.
—Elegí este matrimonio —dije con firmeza—, para salvar a mi
familia. —No quería que pensara que en realidad lo había elegido.
—Eso es bueno, Aislinn. Voy a disfrutar esta noche. —Se inclinó
hacia adelante sin previo aviso y chupó mi pezón con su boca mientras
agarraba mis caderas con sus grandes manos—. Y sé que lo vas a disfrutar
mucho más. —El latido entre mis piernas al sentir su boca caliente en mi
pecho hizo que se me escapara un gemido, para mi consternación.
Lorcan gruñó su aprobación contra mi pecho mientras trabajaba en mi
pezón, que se endureció hasta un grado impactante bajo su hábil lengua, y
su mano amasó mi otro seno. Su barba de vez en cuando me arañaba el
pezón, y era un contraste excitante con las suaves caricias de su lengua. Se
tomó su tiempo con cada pecho, lamiendo y chupando como si estuviera
devorando un delicioso manjar, hasta que mis dedos se aferraron a sus
anchos hombros, mis piernas estaban como de goma y mi núcleo palpitaba
de necesidad. Sus ojos estaban fijos en los míos, registrando cada reacción a
su toque.
Si alguna vez hubiera imaginado una noche de bodas con alguien
como Lorcan, nunca habría considerado que sentiría este fuego en mi
interior, ni siquiera cerca. Repulsión, miedo y desprecio, esas podrían haber
sido sensaciones para las que me había preparado, pero no la forma rápida
en que mi carne sensible se llenó de sangre y la sensación de humedad entre
mis piernas.
Nunca supe que las manos y la boca de alguien en mis pechos podrían
acercarme al orgasmo, pero Lorcan sabía exactamente cómo jugar con mis
pezones para obtener el máximo placer.
Lorcan tenía poder sobre mi cuerpo, y yo estaba demasiado borracha
con la sensación para luchar contra él. Se puso de pie de repente,
elevándose sobre mí en toda su gloria aterradora. Ahuecó mi garganta,
inclinó mi cabeza hacia arriba para que me encontrara con su mirada antes
de que su boca descendiera sobre la mía y su lengua me tomara cautiva. Su
barba incipiente me arañó la barbilla y los labios, y me excitó aún más.
Respiré pesadamente por la nariz mientras me sometía al beso de Lorcan.
Su agarre en mi garganta solo aumentó mi excitación. No había nada
romántico en esto.
Lorcan dejó caer su mano de mi garganta, me agarró por las caderas,
me levantó del suelo y me arrojó sobre la cama. El impacto exprimió el aire
de mis pulmones o de lo contrario habría gritado de sorpresa. Se subió
encima de mí, me besó bruscamente antes de que su boca agarrara mi pezón
para una fuerte succión. Lentamente metió más de mi pecho en su boca,
chupando y lamiendo. Sus ojos oscuros nunca dejaron mi rostro. Su mano
amasó mi otro seno, apretando mi pezón entre el índice y el pulgar, tirando
y retorciendo.
Esta no era la torpeza sin práctica de Patrick lo que hizo que mi mente
divagara a lugares más entretenidos. Lorcan mantuvo mi cuerpo y mi mente
cautivos con su toque exigente, y mi cuerpo respondió con una oleada de
excitación que me aturdió por completo. Lorcan vagó más abajo y agarró
mis bragas entre sus dientes, mostrándomelas como un perro rabioso antes
de tirar con saña. La tela transparente se rasgó y él la escupió, su boca
torciéndose con un gruñido hambriento. Bajó la cabeza, empujó mis piernas
aún más separadas y lamió mi raja desde mi abertura hasta mi clítoris.
Grité con completa sorpresa y absoluto placer. Sus ojos estaban
entrecerrados mientras miraba mi coño como un placer detectable. Me
lamió de la misma manera otra vez, acariciando firmemente mi carne
sensible. No se detuvo. Devastó mi coño de una manera animal que me dejó
sin palabras excepto por los gemidos aturdidos y los jadeos abrumados que
brotaban de mis labios. Yo era su comida, destinada a ser saboreada. Y él lo
hizo. Empujó mis piernas hacia arriba para que mis rodillas casi tocaran mis
hombros, exponiéndome aún más. La vergüenza se apoderó de mí por mi
estado expuesto, pero el toque controlador y la lengua de Lorcan no dejaban
lugar para tales nociones. Lamió desde mi culo hasta mi clítoris,
completamente impactante y absolutamente intoxicante. Luego, cerró su
boca sobre mi abertura y comenzó a follarme con su lengua mientras su
pulgar jugaba con mi clítoris.
Apenas tuve tiempo de procesar lo que estaba sucediendo, de captar
incluso el más breve pensamiento claro. La excitación salió de mí, y los
músculos de mis piernas se acalambraron mientras mi núcleo se contraía.
Me corrí con un grito áspero, los músculos de mis muslos temblaban
bajo los dedos firmes de Lorcan sosteniéndolos en su lugar. Mi pierna
izquierda descendió sobre el musculoso hombro de Lorcan. Mi núcleo latía
alrededor de la lengua de Lorcan de una manera que nunca había
experimentado. Lorcan gruñó, haciéndome pensar que en realidad estaba
con una bestia. Siguió empujando su lengua dentro de mí, pero a un ritmo
más lento que prolongó mi orgasmo hasta que pude sentir que mi placer
volvía a crecer. Sus movimientos se volvieron casi juguetones, gentiles a
medida que me trazaba con su lengua.
Se echó hacia atrás y miró mi coño con satisfacción. Podía sentir más
de mi excitación saliendo de mí y bajando por mis nalgas, empapando la
manta debajo.
Estaba dividida entre la vergüenza y el asombro de lo excitada que
estaba. No sabía que mi cuerpo podía reaccionar así. Cuando Patrick y yo
jugábamos, pensé que me había venido de vez en cuando, especialmente
cuando recordaba fantasías agradables en mi mente, pero en retrospectiva,
me di cuenta de que no había sido nada. Siempre había sido seca y
convencida de que necesitaría lubricante si alguna vez tuviéramos sexo real.
Pero Lorcan me dejó mojada. Chico, muy mojada.
Volvió a bajar la cabeza y cerró la boca sobre mis pliegues internos,
chupándolos suavemente entre sus labios. Las estrellas bailaron ante mis
ojos por la sensación. Un nuevo torrente de mi lujuria brotó, y la lengua de
Lorcan rápidamente se zambulló para recogerlo.
—Aislinn, sabes delicioso. Pronto serás tan adicta a mis lamidas
como yo lo soy a tu gusto.
No lo dudaba. La lengua suave y experimentada de Lorcan era
adictiva.
Acentuó las palabras con unos largos lametones entre mis pliegues, lo
que me hizo temblar de placer. La lengua de Lorcan se sentía mágica. Todo
mi cuerpo hormigueaba, y cada terminación nerviosa entre mis piernas
estaba disparando fuegos artificiales. Lorcan sonrió mientras se apartaba,
admirando mi clítoris. Estaba hinchado y reluciente con mis jugos. Lorcan
lo tomó y comenzó a succionar. Agarré su cabello, casi delirando de lujuria.
Lo miré, igualmente avergonzada y fascinada. Sonrió alrededor de mi
clítoris, frotándolo suavemente entre sus labios húmedos. Exhalé, sintiendo
que se formaba otra liberación. Mi clítoris comenzó a latir y luego otra ola
de placer se estrelló sobre mí, provocando una nueva oleada de mi
excitación.
Lorcan se incorporó sobre sus rodillas, aun sujetando una de mis
piernas para que quedara abierta. Puso su dedo medio dentro de su boca con
una sonrisa y luego lo bajó a mi coño. Lo empujó en mi abertura con un
rápido empujón. La sensación era muy diferente a la de su lengua, más
firme, más fría pero no incómoda. Sus ojos me clavaron en la cama
mientras añadía un segundo dedo. Mi centro se apretó a su alrededor,
disfrutando de la sensación.
—Mira —ordenó Lorcan y bajé la mirada hacia sus dedos brillantes
deslizándose en mi coño. Su dedo meñique y su dedo índice acariciaron mi
piel sensible mientras me follaba con sus dedos medios. Tomó velocidad,
yendo más profundo, la base de su mano ocasionalmente golpeando contra
mi clítoris por un relámpago de placer—. Dulce Aislinn, ¿alguna vez el
bueno de Patrick te tocó así?
Mis ojos se abrieron alarmados, mi cuerpo se tensó de inmediato, lo
que hizo que mis músculos se apretaran alrededor de los dedos de Lorcan y
aumentó mi placer aún más.
—¿Cómo? —me ahogué.
Lorcan sonrió y se inclinó para morder mi clítoris, haciéndome perder
la concentración por un instante.
—¿Cómo sabes de Patrick?
Lorcan levantó la cabeza, su barbilla brillando con mi excitación.
—Soy un hombre ingenioso.
Me provoco solo con la punta de su lengua, un toque ligero como una
pluma, y sus dedos también se ralentizaron pero parecieron profundizar aún
más, alcanzando un punto que me hizo ahogarme con un gemido.
Intenté entender cómo pudo haberme espiado. Gulliver no sabía nada
de mi exnovio… a menos que mamá lo hubiera mencionado en una de sus
pocas llamadas telefónicas, lo que parecía muy poco probable.
—Dulce Aislinn, escuché que nunca llegó a poner nada dentro de ti.
Ni sus dedos sucios, ni su diminuta polla infiel.
El pánico se apoderó de mí ante su conocimiento.
—¿Qué hiciste?
Intenté levantarme pero él bajó la cabeza, presionando sus hombros
contra la parte posterior de mis muslos mientras succionaba mi clítoris entre
sus labios. Sus dedos se aceleraron una vez más.
—¡Lorcan! —Tenía la intención de exigir una explicación, pero salió
más como una súplica desesperada por más.
Mientras sus dedos me empalaban rápidamente, mi cabeza daba
vueltas en tanto su lengua rodeaba mi clítoris.
—Lorcan, dime —medio gimoteé, completamente a su merced.
Ignoró mi súplica y siguió tocándome. Los sonidos que hacía eran
sucios, animales y me hacían sentir como la mujer más sexy del mundo. Era
una locura, pero ser devorada por Lorcan casi se sentía como una
adoración. Mi cuerpo se tensó con tanta fuerza que me preocupaba que mis
piernas comenzaran a tener calambres. En cambio, me corrí con tanta fuerza
que mi espalda se arqueó fuera de la cama, por lo que solo quedaron mis
omóplatos y mi trasero sobre el colchón. Mis dedos de los pies se curvaron
cuando grité, incapaz de controlar el impulso, abrumada por el intenso
placer que me daban la lengua y los dedos de Lorcan.
Me tomó mucho tiempo bajar de mi altura, recuperar mi habilidad
para formar oraciones coherentes. Lorcan permaneció entre mis piernas, su
mejilla sin afeitar descansando posesivamente contra mi muslo interior.
Observó mientras sacaba sus dedos mojados con mis jugos.
—¿Qué hiciste? —grazné.
—Hice que uno de los hombres de mi padre hablara con Patrick.
Encontró al chico en la cama con una mujer de Limerick celebrando su
despedida de soltera en Temple Bar.
Un infiel y convertir a una futura esposa en infiel también.
—No lo mataste, ¿verdad?
Que incluso tuviera que preguntar mostró lo surrealista que se había
vuelto mi vida. Lorcan entró lentamente en mí con tres dedos, haciéndome
estremecer.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Sigues enamorada de Patrick?
—No —jadeé mientras mis paredes se aferraban a los dedos de
Lorcan. La sensación era intensa y me dificultaba articular mis
pensamientos—. Es un tramposo. Pero eso no significa que quiera que lo
lastimen.
—Conozco a muchas mujeres a las que les encantaría ver a su ex
infiel recibiendo un trato especial de uno de mis hombres.
—¿Le hiciste daño? —gruñí.
Lorcan curvó sus dedos dentro de mí y chupó mi clítoris. Clavé mis
uñas en su hombro.
—Deja de distraerme.
—La violencia no fue necesaria. El pobre chico se orinó en los
pantalones sabiendo que un soldado Devaney estaba allí. —Empujó mi
clítoris casi juguetonamente con su lengua—. Y no te estoy distrayendo. Te
estoy preparando para tomar mi polla porque he terminado de esperar.
14
Aislinn
Lorcan se puso de pie y luego me dio la vuelta para que yo yaciera
boca abajo.
—Levanta ese dulce trasero. —Lo hice y empujó una almohada
debajo de mis caderas—. Qué dulce vista.
Miré por encima del hombro e inmediatamente deseé no haberlo
hecho. Lorcan se paró detrás de mí, completamente desnudo, con su polla
firme. Sonrió ante la mirada aterrorizada en mi rostro y se subió a la cama,
arrodillándose detrás de mí. Empujó mis piernas ligeramente separadas y
apoyó mi trasero aún más alto.
Aún estaba mojada, aún excitada, pero sabía que esto no sería
cómodo. Lorcan era enorme.
Sus dedos se deslizaron en mi abertura de nuevo, dos al principio,
luego tres, y exhalé por la presión. Era casi demasiado.
—Esto no es nada —gruñó. ¿Promesa o amenaza?—. Pronto, te
llenaré por completo.
Algo presionó contra mi abertura. Definitivamente no los dedos de
Lorcan esta vez. Contuve la respiración, mis dedos se clavaron en el
colchón para prepararme para lo que estaba por venir.
—Silencio, dulce Aislinn. Tu coño va a dar la bienvenida a mi polla
fácilmente.
Frotó su punta sobre los labios de mi vulva, cubriéndola con mis
jugos, antes de aumentar la presión en mi abertura. Su punta me atravesó y
me quedé sin aliento por lo llena que ya me hacía sentir esta parte de la
polla de Lorcan.
Lorcan dejó escapar un zumbido bajo, casi como el ronroneo de un
león, y pude sentirlo entre mis piernas. Sus grandes manos agarraron mis
caderas mientras se deslizaba otro par de centímetros dentro de mí.
Exhalé bruscamente, intentando relajarme incluso cuando sentía que
me estaba partiendo por la mitad.
—Muy bien —elogió Lorcan mientras se deslizaba más profundo. La
presión era casi insoportable, y no podía creer que el fuerte agarre de mi
cuerpo pudiera ser placentero para él. Su gemido bajo, sin embargo, sugería
que disfrutaba la sensación.
Cuando estuve segura de que no podía más, Lorcan se inclinó hacia
adelante y colocó una mano debajo de mí, palmeando mis senos.
—Tomarás cada centímetro de mí, dulce Aislinn —murmuró,
empujando más profundo. Mis dedos agarraron el colchón y clavé los
dientes en mi labio inferior hasta que el olor a metal explotó en mi lengua.
Empecé a temblar. Lorcan me acarició la espalda—. Ya casi allí.
Finalmente, el hueso púbico de Lorcan presionó contra mis nalgas
mientras me llenaba por completo.
—Ahí está —dijo con voz áspera—. Tu coño es perfecto para mi
polla.
No podía hablar, solo podía respirar por la nariz. La presión era tan
intensa que mis ojos ardían con lágrimas no derramadas. Tuve problemas
para forzar el aire en mis pulmones.
—Esta posición te da la oportunidad de voltear tu rostro y pretender
que soy otra persona tomando tu coño por primera vez. Alguien dulce y
agradable. Un chico amable.
Cerré los ojos, pero no quería imaginar a nadie más. Lorcan Devaney,
a pesar de su monstruosidad, prendió fuego a mi cuerpo. Eso no significaba
que no lo odiara, porque justo en este momento, estaba segura de que
Lorcan me enseñaría rápidamente el odio real.
—Espero que estés lista porque ahora te voy a follar. —Su pecho
presionó mi espalda, apoyándose en sus antebrazos a cada lado de mí y
forzando su pene dentro aún más profundo, lo que parecía imposible.
Me estremecí y cerré los ojos. Tal vez Lorcan esperaba que le pidiera
que fuera amable o incluso que se detuviera, pero no le daría la satisfacción
de hacerme un favor, de tener ese poder sobre mí. Podría tomar lo que
tuviera reservado para mí.
Su aliento se abanicaba sobre mi cuello cuando comenzó a deslizarse
fuera de mí insoportablemente lento, solo para reclamar mi cuerpo de
nuevo. Sus caricias eran lentas y duras, llenándome tan profundamente que
sentí una extraña conexión con Lorcan que desprecié de todo corazón. La
cama tembló bajo las embestidas de Lorcan, que se volvieron más rápidas,
y pronto el dolor disminuyó, pero aún estaba lejos de la liberación.
—Mírame —gruñó.
—Pensé que esta posición me permitía pretender que eres otra
persona —dije entre dientes.
Lorcan cerró sus dedos alrededor de mi garganta mientras sus labios
presionaban mi oído.
—Mírame, Aislinn.
Torcí el cuello hasta que mis ojos se encontraron con los suyos.
Empujó más rápido dentro de mí, su mano aún alrededor de mi garganta
mientras su rostro se contraía con lujuria y concentración.
—Tu coño toma mi polla tan bien —dijo con voz áspera—. Qué
buena chica. —Mi mente se rebeló contra el elogio, pero mi cuerpo en
realidad se sonrojó de emoción—. Maldición, esto es el paraíso —dijo
Lorcan mientras sus ojos se cerraban con absoluto placer.
El dolor se intensificó cuando explotó dentro de mí. Su rostro
presionado contra mi cabello. Luego mordió el hueco de mi cuello,
haciéndome jadear y apretarme alrededor de él.
—Mmmn —tarareó, su voz casi adormecida por el placer.
Permaneció encima de mí, pero su peso no era aplastante ya que usó sus
piernas y brazos para sostenerse. Podía sentir su polla latiendo dentro de mí
mientras respiraba pesadamente en mi cuello.
Detrás del intenso dolor, pude detectar un sutil deseo de más. Sus
dedos acariciaron mi garganta.
—Lo hiciste bien. —Finalmente, se apartó de mí y salió. Hice una
mueca, medio de luto, medio disfrutando del repentino vacío.
Lorcan se quitó el condón teñido de rosa con mi sangre y lo tiró en un
contenedor en la esquina de la habitación antes de regresar desnudo, con el
pecho brillante por el sudor. Sus ojos recorrieron mi cuerpo. No me había
molestado en moverme. Me sentía demasiado agotada, mental y
físicamente. Sin una palabra, Lorcan volvió a subirse a la cama, agarró mis
muslos y los separó ampliamente. Lo observé por el rabillo del ojo,
preguntándome qué más tenía reservado para mí. ¿Quizás otra ronda? Mi
cuerpo no se sentía remotamente listo para ser tomado de nuevo, pero no
dije nada.
Lorcan
Mi corazón latía con fuerza en mi pecho, mi cuerpo vibraba con los
restos de uno de los orgasmos más intensos de mi vida. En parte era porque
no había estado con una mujer en casi seis meses, pero la otra parte era todo
Aislinn. Incluso ahora, al ver su trasero pálido apoyado en la almohada, su
espalda y sus nalgas enrojecidas por mi sexo, podía sentir que la sangre
regresaba a mi pene nuevamente. Mi lujuria era tan intensa que
probablemente podría haber manejado varias rondas sin descanso.
Agarré su trasero, masajeando los suaves globos antes de separarlos.
Las señales de reclamarla aún eran evidentes. Aislinn intentó cerrar las
piernas, pero la detuve.
—¿Dije que había terminado contigo?
—Consumamos nuestro matrimonio —dijo.
—No se trata solo de la consumación formal. Se trata de la lujuria.
—¿Tuya o mía? —Su voz estaba medio amortiguada por el cojín
donde había enterrado su rostro.
Le masajeé el culo. Aislinn Devaney. Mi esposa.
Tomaría tiempo acostumbrarse. Siempre había tenido una idea
específica del matrimonio y de cómo conocería a mi esposa. Aislinn se topó
con mi vida. Nada sobre nuestro vínculo coincidía con mis expectativas.
Pero podría dar ejemplo actuando como un esposo considerado, incluso si
mi polla tuviera otros planes. Presioné un beso en su carne dolorida. Estaba
destinado a ser un beso relajante, una especie de despedida de la noche para
que su dulce coño pudiera recuperarse del asalto de mi polla y estar listo
para recibirlo nuevamente en la mañana. Pero mi lengua tenía otros planes y
tenía que arriesgarse a probar otra vez a Aislinn. Jadeó en la almohada
cuando lamí su raja, pero no protestó. Mi pulgar comenzó a frotar su clítoris
mientras mi lengua calmaba su dolorido orificio. Pronto, ella se relajó. Me
tomé mi tiempo y me puse más cómodo, apoyando mis antebrazos en el
colchón. Aislinn gimió cuando la punta de mi lengua jugueteó con su
clítoris junto a mi pulgar. Apenas resistí el impulso de descubrir su dulce
trasero. Eventualmente, el dolor se olvidó y Aislinn se meció contra mi
lengua, llevándola más adentro de su coño mientras frotaba su clítoris.
—Cerca —gruñí, y como si fuera una señal, Aislinn sacudió su coño
contra mi cara, gritando mientras sus paredes se contraían alrededor de mi
lengua. Cuando me eché hacia atrás y me limpié la cara, sonreí. Aislinn
rodó sobre su espalda, todo su cuerpo enrojecido y sus mechones rojos
pegados a su rostro sudoroso.
Su pecho agitado y se veía absolutamente deslumbrante.
—¿Qué tal un baño?
Aislinn siguió mi mirada hacia la bañera con patas de garra.
—Parece una pieza de una mazmorra medieval.
—Si ese fuera el caso, se habría llenado con agua ardiendo o plomo
fundido. Me gusta caliente, pero no tanto.
Me dirigí a la bañera y abrí los grifos. Después de algunos giros, la
combinación de las dos corrientes de agua creó una temperatura aceptable
del agua. Podía sentir los ojos de Aislinn sobre mí. Le gustaba lo que veía.
No le caía bien, pero su cuerpo no estaba impresionado por su cautela hacia
mí.
Me volví hacia ella y sus ojos se deslizaron por mi cuerpo hasta mi
pene medio erecto.
—Hora del baño —dije.
Se deslizó hasta el borde de la cama, con el rostro torcido por la
incomodidad, lo que me hizo sentir posesivo e incluso más cachondo.
Agarró la manta como para cubrirse, luego pareció pensarlo mejor y se
acercó a mí.
Cerré el agua, disfrutando de la vista de Aislinn en esta posición más
baja. Se movió, una pizca de nerviosismo apareció en su rostro. Que aún se
sintiera nerviosa por su desnudez después de la hermosa vista que me había
brindado hoy era asombroso. Su coño era absolutamente perfecto, al igual
que el resto de ella. Aún saboreaba la dulzura picante de su orgasmo en mi
lengua, y era mejor que el mejor whisky. Probé el agua con las yemas de los
dedos una vez más antes de agarrarla por la cintura y meterla en la bañera.
Se agarró a mis hombros con un grito de sorpresa. Subí y me hundí en la
bañera. No era una bañera enorme, pero ofrecería suficiente espacio para
los dos si Aislinn presionaba su cuerpo contra el mío.
—¿Aún tímida? Mis dedos, lengua y pene estuvieron enterrados
dentro de ti no hace mucho, y derramaste tus dulces jugos en mi boca.
Dulce Aislinn, puedes acercarte.
Sus labios se apretaron pero se sumergió en el agua sin decir una
palabra y se hundió contra la pared de la bañera frente a mí. Con la falta de
espacio, no le quedó más remedio que poner sus pies sobre mis muslos.
Agarré un pie, riéndome de su repentina tensión, y comencé a
masajearlo. Tenía pies esbeltos y elegantes y sus uñas estaban pintadas de
un rosa polvoriento. Pronto se relajó bajo mi toque, pero me miró con un
toque de curiosidad y mucha cautela, siempre sospechando un motivo
oculto para mis acciones. Ella tenía razón. Rara vez actuaba sin un plan,
pero esta vez solo tenía ganas de darle un masaje. Me gustaba tocar su piel
suave, me encantaba ver lo que le hacía a su cuerpo, cómo podía moldearla
a mi voluntad con unas simples caricias.
Aislinn quería ser una gata salvaje, pero empezó a ronronear en el
momento en que la acaricié.
Se humedeció los labios, un movimiento que atrajo mi atención hacia
su rostro. Un rubor se extendió por su rostro. Negué con la cabeza. Mi dulce
Aislinn.
—Me gusta saber que tomé tu inocencia, que mi polla es la única que
ha estado dentro de tu dulce coño.
Miró hacia otro lado, sus cejas se juntaron, y tiró de su pie lejos de mi
mano.
—¿Aún puedes sentirlo? —murmuré, queriendo empujarla.
—¿Qué?
—Mi polla estirándote. Apuesto a que aún lo sientes.
Tragó pesado y entrecerró los ojos.
—¿Qué es para ti? ¿Cómo vamos a llevar a cabo este matrimonio?
¿Esto es una broma para ti?
—Es un matrimonio para mí.
—Entonces, ¿vas a adorarme, respetarme, cuidarme, serme fiel? —Lo
último fue escupido sarcásticamente.
La furia corrió por mis venas. Ella pensó que me conocía.
—Tal vez soy un criminal y un mal hombre, pero soy fiel. Nunca
engañé a una mujer con la que estaba. El bueno de Patrick no puede decir lo
mismo, ¿o sí, dulce Aislinn?
No dijo nada en defensa de Patrick porque sabía que no merecía su
protección. No me gustaba el estúpido cabrón. La idea de que un perdedor
como él alguna vez puso sus garras sobre Aislinn me hizo querer desollarlo
vivo.
—No puedo creer que un hombre como tú nunca haya engañado a
nadie. Sería una de tus transgresiones más pequeñas en tu indudablemente
larga lista de pecados.
Era un pecador. No hay dudas allí.
—¿No me crees? —pregunté con una sonrisa irónica.
—Eres un hombre que tiene muchas oportunidades de estar con
mujeres.
—Sí, pero si elijo estar con una mujer, entonces es la única mujer con
la que quiero estar.
Aislinn no parecía convencida. Valoraba el matrimonio. Valoraba a la
familia. Ser un asesino no cambiaba eso. Muy pronto se daría cuenta. Mi
padre era un asesino brutal, un líder despiadado, pero también era un
católico piadoso y había sido un esposo amoroso para mi madre.
—Que elija cometer ciertos pecados no significa que elija cometerlos
todos.
La mirada de Aislinn se inclinó hacia la vieja cruz en la mesita de
noche. Me la había quitado para evitar daños por agua.
—¿Qué significa para ti?
Mi corazón se apretó. Aislinn era mi esposa, pero aún no se había
ganado mi confianza. La cruz había sido de mi abuela, y ella me la había
dado en su lecho de muerte.
—Lo que significa para todo buen católico.
Entrecerró los ojos, captando la mentira. Era inteligente. Tuve la
sensación de que ella captaría destellos detrás de mi máscara rápidamente si
no tenía cuidado. Mi padre había dejado caer todas las máscaras ante mi
madre. Era por lo que me esforzaba, pero era realista. Las posibilidades de
que Aislinn se convirtiera en mi confidente eran casi nulas. La mayoría de
los matrimonios tenían la suerte de alcanzar un nivel de tolerancia mutua.
—Para muchos, es una balsa que los mantiene a flote en un mar
embravecido. Les da respuestas a preguntas aterradoras. Les da un
propósito.
—Tengo un propósito, y si quiero respuestas a mis preguntas, tengo
formas de obtener respuestas —dije arrastrando las palabras. Aislinn estaba
intentando romper el hielo entre nosotros, pero no le contaría mis entrañas
por un anillo y una noche compartida. Ella tenía sus secretos y yo tenía los
míos. Tendría que contarme los suyos antes de que yo considerara revelar
algunos de los míos.
15
Aislinn
Un murmullo bajo se filtró a través de la oscuridad del sueño, seguido
de una caricia por mi brazo sobre mi cadera y de regreso.
—Dulce Aislinn.
Las palabras desencadenaron un recuerdo pero no pude captarlo. Me
di la vuelta sobre mi espalda, aún borracha. Una mano cálida se deslizó a lo
largo de mi brazo.
—Aislinn, es hora de despertar.
Abrí los ojos y me asusté cuando la alta forma de Lorcan Devaney
tomó forma a mi lado.
—¿Tú?
—Yo. Tu esposo, querida esposa.
La verdad comenzó a asimilarse. Levanté mi mano con su anillo y
luego la dejé caer sobre las sábanas. Era una pieza hermosa, pero solo me
provocaba desprecio. Miré a mi alrededor y los eventos de ayer se filtraron
en mi mente. No bebí mucho, tal vez una o dos copas de Guinness, pero mi
mente estaba ansiosa por borrar la boda.
Me senté con la sábana envuelta a mi alrededor. Después de nuestros
encuentros íntimos, puede parecer ridículo, pero me sentía mejor con esta
barrera entre Lorcan y yo. Mis ojos revolotearon hacia la bañera y nuestra
conversación sobre la fidelidad. De hecho, no había tomado en
consideración que Lorcan me sería fiel, que honraría nuestro vínculo.
Esta era una parte de Lorcan que me gustaba, lo que a su vez casi me
hizo desear que no hubiera revelado este dato sobre sí mismo. Prefería que
no me gustara. Mi única esperanza era que resultara ser un tramposo.
Ahora que la boda había terminado, la necesidad de avanzar en mi
búsqueda de Imogen surgió como una inundación repentina. En las últimas
dos semanas, apenas había reunido información. No importa con quién
hablé, sus respuestas no fueron útiles.
—¿Hoy me ayudarás a buscar a Imogen? —pregunté. Saqué las
piernas de la cama y le di la espalda a Lorcan. Su intenso escrutinio me
puso nerviosa y también un poco caliente.
—¿En nuestro primer día como pareja casada?
Lo miré por encima del hombro.
—Prometiste ayudarme.
Lorcan se levantó con una polla sorprendentemente erecta y su
expresión se endureció.
—Y lo haré, pero hoy no. Creo que primero debes mostrarme que te
estás tomando este matrimonio en serio.
Me puse de pie, permitiendo que la cubierta se deslizara hasta el
suelo, revelando mi cuerpo desnudo.
Me acerqué a la bañera y consideré tomar otro baño para calmar el
dolor entre mis piernas. Lorcan se detuvo a unos pasos de mí,
descaradamente desnudo y duro como una roca. Tenía la sensación de que
sabía cómo quería que demostrara que me tomaba este matrimonio en serio.
No quería charlar ni revelar nada personal, lo cual había quedado muy claro
durante nuestra conversación de anoche. Incluso si su rostro no lo mostraba
abiertamente, desconfiaba de mí como el resto de los irlandeses en esta
comunidad.
—¿Qué quieres? —pregunté con altivez.
Sonrió.
—¿Qué es lo que puedes darme? No es tu amor eterno, estoy seguro.
¿Amor? Nuestro vínculo estaba podrido hasta la médula. El amor no
podía crecer en suelo envenenado.
—Solo dime.
—Dulce Aislinn, quiero una oferta. Tengo todo el día, incluso
semanas o meses. No hay prisa.
Pero no tenía tanto tiempo. Imogen probablemente no tenía tanto
tiempo. ¿Y si Lorcan me estaba distrayendo a propósito? ¿Y si estaba
intentando descarrilarme de un sendero caliente que se enfriaba cada día
que pasaba?
—Me quieres.
—Te tengo.
Apreté los dientes y me acerqué a él. La polla de Lorcan pareció
crecer aún más mientras hablábamos, aunque no sabía cómo era posible.
Lágrimas de ira picaron en mis ojos.
—Deja de jugar. Ordenas a la gente todo el tiempo. Solo dime qué
quieres que haga.
La rabia estalló en sus ojos. Cruzó la distancia entre nosotros y cerró
sus dedos sin apretar alrededor de mi garganta, levantando mi cabeza para
que tuviera que mirarlo a los ojos.
—Doy órdenes a mis soldados. ¿Quieres ser tratada como uno de mis
soldados? No tengo problemas para darte órdenes, pero prepárate para las
consecuencias si no obedeces.
Tragué pesado, aturdida por su ira. Una parte de mí quería decir que
sí, porque seguir órdenes era más fácil que tomar mis propias decisiones y
tener que vivir con ellas. Pero mamá me había enseñado a ser
independiente. Entonces, ¿por qué no podría hacerlo? ¿Por qué estaba
aterrorizada de seguir mis instintos cuando estaba cerca de Lorcan?
—Como pareces incapaz de tomar una decisión, la tomaré por ti hoy,
y tal vez mañana estés lista para encontrarme a la altura de los ojos en este
matrimonio.
Como si Lorcan me quisiera a la altura de los ojos. Dudaba que
pudiera soportar mi honestidad por mucho tiempo.
—Aislinn, ponte de rodillas y chúpame la polla.
Mis ojos se agrandaron.
—Yo nunca…
Sus dedos alrededor de mi garganta se apretaron y se inclinó con una
expresión dura.
—No te permití hablar. Ponte de rodillas y chúpame la polla.
¿Entendido?
Con la presión alrededor de mi garganta, no me atrevía a hablar, así
que simplemente asentí. Lorcan me soltó y caí de rodillas. Lorcan era
demasiado alto por lo que su pene se cernía sobre mis ojos. Amplió su
postura un poco hasta que su gruesa erección rebotó arriba y abajo frente a
mis labios.
—Abre la boca.
Lo hice. Lorcan agarró su polla y la guio hacia mi boca. La punta rozó
mi lengua y probé una sutil salinidad de lo que supuse que era líquido
preseminal. Agarró mi cuello y empujó más profundo, su eje se deslizó a lo
largo de mi lengua hasta que su punta tocó la parte posterior de mi garganta.
Con náuseas, intenté alejarme, pero el agarre de Lorcan me mantuvo en el
lugar.
—No —ladró. Mis ojos comenzaron a lagrimear mientras lo miraba.
No podía respirar por la boca y empezaba a marearme.
—Respira por la nariz.
Lo hice.
—Buena chica.
Mi coño se apretó y mis mejillas se enrojecieron. Los labios de
Lorcan se abrieron en una sonrisa dominante.
—Trabajaremos en esto. Me llevarás más profundo en tu garganta.
Empecé a negar con la cabeza, convencida de que me ahogaría si se
movía.
—Escucha —gruñó—. Abre más la boca y relaja la mandíbula.
Adelante.
No estaba segura si lo estaba haciendo bien, pero finalmente mi
reflejo nauseoso disminuyó. Entonces Lorcan se deslizó más profundo. Sus
dedos se clavaron en mi cuello, sus ojos en mí. Tragué torpemente
alrededor de su grueso eje. Se sentía pesado en mi lengua.
Comenzó a moverse lentamente, con los ojos fijos en mi rostro. Era
una sensación extraña, estar en posesión de alguien de esa manera. No pude
encontrar una palabra mejor para la sensación porque se sentía un poco
como si estuviera poseída. Seguí las órdenes de Lorcan sin dudarlo, sin
pensar. Estaba atrapada en el momento, en el agarre de Lorcan. Me sentí
extrañamente ingrávida, como si me hubieran quitado el peso de la
responsabilidad de los hombros. Me relajé, me dejé caer, enfocándome en el
calor entre mis piernas y la mirada hambrienta en los ojos de Lorcan, su
respiración pesada.
Aflojó su agarre en mi cuello y dio un paso atrás. Llena de confusión
y un poco de temor, ahora era mi turno de tomar una decisión, pero Lorcan
no parecía un hombre dispuesto a ceder el control.
—Chúpame las bolas.
Mis ojos se precipitaron hacia abajo y sin pensarlo me incliné hacia
adelante y chupé una de sus bolas en mi boca. Lorcan pasó sus dedos por
mi cabello, y su otra mano comenzó a acariciar su polla. Ver a Lorcan
tocándose mientras yo chupaba sus bolas envió una oleada de lujuria a
través de mí. Nunca hubiera hecho algo así sin la coerción de Lorcan,
demasiado avergonzada por la mera idea. Incluso ahora, al darme cuenta de
cuánto me excitaba esto, estaba mortificada, pero debido a que Lorcan me
había quitado la elección de las manos, podía sumergirme en el momento.
La respiración de Lorcan se volvió inestable, sus movimientos más
bruscos.
—Ponte a cuatro patas, de espaldas a mí.
Lo solté y caí de rodillas, luego me di la vuelta y me puse a cuatro
patas. Mi mente estaba en blanco, como si estuviera programada para
obedecer.
—Dulce Aislinn, tienes el trasero y la espalda más bonitos que he
visto —gruñó Lorcan y luego soltó un gemido. Algo aterrizó en mi espalda
y nalgas. Me estremecí, mi coño se apretó cuando me di cuenta de que
Lorcan acababa de correrse sobre mí.
Lentamente, la vergüenza por lo que acababa de pasar me venció. Fue
tan potente como nuestro primer encuentro en Doom Loop.
—La próxima vez, tal vez quieras actuar y no obligarme a darte
órdenes. —Lorcan se arrodilló a mi lado y me mordió ligeramente la nuca
mientras deslizaba la punta de un dedo por mi columna, luego sobre mi
trasero hasta que se sumergió entre mis pliegues. Me mordí el labio cuando
acarició mi piel sensible y húmeda. Estaba empapada. Ni siquiera me había
dado cuenta de lo excitada que estaba dándole placer a Lorcan, pero era
innegable. Mi cuerpo no mentía. Lorcan se rio por lo bajo en su garganta—.
Pero veo que te gusta que te digan lo que tienes que hacer. Te gusta ser mi
chica buena, ¿no?
Mi cara ardía de vergüenza y negación se sentó en la punta de mi
lengua a pesar de la evidente excitación de mi cuerpo. Tragué saliva cuando
Lorcan acarició dos dedos en forma de V a lo largo de mis pliegues.
—No. No me gustó.
Lorcan presionó su boca contra mi oído.
—Mentirosa.
Agarró mis caderas y me volteó sobre mi espalda, acunando mi
cabeza antes de que pudiera tocar el suelo. Con sus dedos en mi cuello,
forzó mi mirada hacia mis piernas separadas. Frotó dos dedos a lo largo de
mi coño y luego me mostró cómo brillaban.
—¿Entonces no te gustó cuando te dije que tomaras mi polla?
Apreté los dientes y tercamente me encontré con su mirada. Su
sonrisa se volvió peligrosa. Deslizó dos dedos dentro de mí, haciendo que
mi centro se contrajera. Estaba dolorida pero también tan excitada que
necesitaba fricción. Sin dejar de mirarme, sacó los dedos y los cubrió aún
más con mi lujuria. Separó los dedos, por lo que mi lujuria giró entre ellos
como una telaraña. La vista me llenó de vergüenza pero también de una
nueva ola de necesidad. No estaba segura de qué tipo de hechizo lanzó
Lorcan para que mi cuerpo mostrara este tipo de reacción.
—Lástima que no puedas admitir la verdad. Te hubiera lamido hasta
que llenaras mi boca con tu dulce jugo, pero no recompensaré la mentira.
Soltó mi cuello y se puso de pie. Rápidamente me levanté, no
queriendo estar a los pies de Lorcan.
—Voy a tomar una ducha —dije, pasando junto a él sin mirarlo.
—Creo que me uniré a ti en el baño para asegurarme de que no toques
ese dulce coño. Queremos que el castigo dure, ¿verdad?
Me di la vuelta, casi chocando con su amplio pecho. Una mirada a su
dura sonrisa, y me tragué mi respuesta desagradable. Estaba presionando
mis botones a propósito. No estaba segura de cuál era su juego final. Lorcan
Devaney era un hombre peligroso. No podía olvidar eso. Y no podía
permitir que me dejara distraerme de mi única razón para estar aquí y estar
casada con él: Imogen.
—¿Vas a mirarme todo el día? —pregunté con voz tensa pero
controlada.
—Por supuesto que no. Tengo una reunión a última hora de la tarde.
—La tensión en mis hombros se disolvió ante sus palabras—. Pero Seamus
te vigilará el resto del día.
Resoplando, me acerqué a la ducha y la abrí tan fría como pude
tolerar. Imaginé que mi furia habría reducido mi excitación, pero no fue así.
Tal vez porque nuestra atracción mutua se basaba en el tira y afloja de
nuestro vínculo.
Lorcan se recortó la barba mientras yo me duchaba. Una vez que
ambos estuvimos vestidos, Lorcan y yo subimos a su auto.
—Tengo que ir a buscar a Imogen. Los preparativos de la boda me
impidieron seguir investigando. No puedo permitir que pase más tiempo.
Imogen me necesita.
No me importaba si él no quería que lo molestaran con mi búsqueda
de mi hermana. Sabía que esa era la razón por la que yo estaba en Nueva
York en primer lugar. Sabía que era mi único objetivo en este momento.
Detenido en un semáforo, Lorcan me miró con un brillo
condescendiente en sus ojos.
—¿Estás segura de que lo hace? ¿Pidió tu ayuda?
—No lo hizo, muy probablemente porque no puede.
—O porque quiere un descanso limpio, una vida lejos de sus
anteriores responsabilidades.
—No la conoces. Es mi hermana. —Hice una pausa, tragándome mi
ira inicial—. ¿O sabes algo que no me estás diciendo? ¿Has visto a Imogen?
Sodoma es parte de tu imperio. Debes haber oído hablar de una chica
irlandesa que hizo acto de presencia.
—Mi enfoque principal son nuestros envíos, no coños para la venta.
—No vendió su cuerpo.
—¿Solo tú lo hiciste?
Metí los dientes en mi lengua.
—Sabes que fue un malentendido.
—Por lo general, así es como comienza y luego a menudo termina
con un asiento junto a la ventana en Cunt Yard.
—Entonces, supongo que tengo suerte de que me hayas salvado.
—Supongo que sí.
El estado de ánimo de Lorcan se había ensombrecido
considerablemente desde que mencioné a Imogen. Algo estaba pasando. ¿Y
si él no supiera algo sobre su paradero? ¿Y si estaba involucrado?
Decidí dejar el asunto de lado por ahora. Investigaría por mi cuenta
hoy. Si Lorcan aún no quería ayudarme, o no quería ayudarme, no estaba
dispuesta a escuchar sus advertencias. Tal vez Desmond, el oficial de
policía, era un traidor a los ojos de la comunidad, pero yo no era parte de
ella, y mi lealtad estaba con mi familia, no con la comunidad
estadounidense de origen irlandés, y mucho menos con un Devaney.
Tendría que encontrar una manera de contactar a Desmond sin que nadie se
enterara, o sería la próxima Killeen en desaparecer.
Lorcan
El rostro de Aislinn no pudo ocultar su sorpresa cuando abrí la puerta
de mi apartamento de una habitación en Woodlawn. Había vivido en el
Bronx desde que vine por primera vez a Nueva York hace casi una década.
La mayoría de mis hombres y de nuestra comunidad irlandesa vivían en el
Bronx.
Aislinn miró alrededor de mi casa. Tenía una cocina abierta, suelos de
madera y paredes blancas. Los únicos muebles en la sala de estar eran un
sofá de cuero negro, un televisor y una mesa de café. Aislinn se dirigió a las
ventanas que daban a la concurrida calle, pero gracias a los árboles de la
acera al menos había algo de verde. Cuando estaba buscando apartamentos,
recibí varias ofertas de lugares con vistas al Central Park. Woodlawn tenía
áreas muy lujosas, pero decidí alejarme de estos rincones donde la gente
estaba dispuesta a pagar una fortuna por echar un vistazo a un poco de
verde que, de todos modos, nunca podría compararse con la exuberante
vegetación de Irlanda. Este vecindario era más sensato y gracias a la renta
más barata, muchos de mis soldados también vivían en el área. La mayoría
de ellos tenían grandes familias extensas en su hogar en Irlanda y preferían
enviar el dinero que desperdiciarlo en el alquiler.
Me di cuenta de que Aislinn esperaba algún tipo de morada
decadente, tal vez un ático con grifos dorados y una gran terraza en la
azotea.
—¿No es lo que esperabas?
—No, si estoy siendo honesta. No es un lugar en el que esperarías que
viviera un jefe de clan asquerosamente rico.
—¿Asquerosamente rico? No significa que tenga que arrojar mi
dinero por la ventana. Este lugar es suficiente para mí, y será suficiente para
nosotros dos si puedes abandonar tu lujosa vida hasta ahora. Una vez que
tengamos pequeños Devaney, podemos mudarnos a un lugar más grande.
El rostro de Aislinn brilló con sorpresa y luego con incredulidad,
como si los niños no fueran parte del trato. Para ella, este matrimonio era
una oferta por tiempo limitado, una que intentaría evadir al momento en que
obtuviera lo que quería. Pero no tenía absolutamente ninguna intención de
dejarla ir, y quería tener hijos.
Después de un momento para recuperar la compostura, Aislinn se
burló.
—¿Qué lujos? Mi madre es camarera y yo también. No teníamos la
opción de elegir un lugar barato para vivir para ahorrar dinero, simplemente
no teníamos. No me importa vivir en este lugar.
—Entonces, ¿por qué la cara? —murmuré, cada vez más molesto. No
traía a muchas personas aquí, y su desaprobación inicial se sintió personal.
Eso me molestó más de lo que hubiera pensado. Aislinn era mi esposa, pero
no confiaba en ella.
Se dirigió a la ventana de la cocina que conducía a la escalera de
incendios. Abrió la ventana y salió, luego se hundió con las piernas
cruzadas sobre la rejilla de metal. Esperé frente a la ventana, mirándola
cuidadosamente.
Inclinando la cabeza, dijo:
—Este lugar se siente como algo que alguien elegiría de interino.
Algo que nunca estuvo destinado a durar. Como si lo hubieras elegido
porque nunca tuviste la intención de quedarte en Nueva York y aún no lo
haces. Por eso sigues aquí y aún no has añadido ningún toque personal. Es
como si planearas volver a Irlanda cualquier día.
Apreté los dientes, la rabia burbujeó. Miré a mi alrededor, intentando
sofocar mi furia, lo que solo confirmaría la astuta evaluación de Aislinn.
¿Cómo podía leerme tan fácilmente? Ahora que expresó sus observaciones,
me di cuenta de que tenían un verdadero núcleo. Esto nunca se había
sentido realmente como en casa y nunca se suponía que fuera así. Cuando
hablaba de casa, me refería a Irlanda. Me refería a la mansión Devaney. Me
refería a Dublín. No me refería a Nueva York. Este era mi territorio. Mis
hombres vivían aquí. Había vivido aquí durante mucho tiempo y, sin
embargo, mi corazón no estaba aquí.
Aislinn se quedó mirando, su cabello rojo ondeando en el viento.
Septiembre rara vez mostraba su lado más fresco y duro, pero hoy, como un
maravilloso homenaje a nuestro país de origen, lo hizo. Me recordaba a mi
hogar, a todo lo que extrañaba. ¿Qué esperaba lograr con este matrimonio?
¿Traer un poco de casa a Nueva York? Mierda. Aislinn no quería nuestro
matrimonio ni quería quedarse en Nueva York. Ella estaba aquí con un
propósito.
—Llego tarde a mi reunión. —Un envío de componentes explosivos
debía llegar en un carguero desde Shanghái. Necesitábamos revisar la
mercancía y volver a embalarla para su transporte a Dublín. Padre quería
una actualización sobre el envío para poder hablar con Declan, el jefe del
IRA.
No quería dejar a Aislinn. Quería pasar las próximas semanas
chupando su clítoris y hundiendo mi polla en su boca y coño, pero el
negocio era lo primero.
Aislinn se encogió de hombros.
—Adelante. No necesito un chaperón. Seamus puede llamarme
cuando esté listo para recogerme. Mientras tanto, caminaré un poco por el
vecindario.
—No vas a caminar sola —le dije mientras le tendía la mano. Ella la
tomó y me permitió ayudarla a volver a entrar.
—Nadie va a atacarme. Puedo hacerme cargo de mí misma.
—No lo dudo. Pero no quiero que te metas en problemas con tus
preguntas entrometidas. Seamus se asegurará de que evites ciertas personas
y áreas.
Aislinn entrecerró los ojos.
—¡Quieres evitar que encuentre información de Imogen!
—Por supuesto que no, pero prefiero dirigir las investigaciones yo
mismo. Revolverás la suciedad que debería permanecer bajo tierra. —Tomé
su barbilla—. Ahora dame un beso de despedida, esposa.
Los ojos verdes de Aislinn ardieron de rabia. Sabía que intentaría
evadir mi vigilancia, así que tuve que tirarle un hueso para mantenerla bajo
control.
—No me des esa mirada. Le diré a Seamus que te ayude a preguntar
un poco hoy. ¿Qué hay de eso? Y mañana, reuniré información en Cunt
Yard para ti.
—Quiero ir contigo. Sé qué preguntas hacer porque conozco a mi
hermana.
Froté mi pulgar sobre su boca tensa.
—Ya veremos. Tal vez te permita venir conmigo.
—¿Qué quieres a cambio? Ya soy tu esposa.
—Lo eres. Esta noche, cuando regrese del trabajo, quiero que seas
una buena chica.
—Si eso es lo que se necesita. —La lucha arrugó su hermoso rostro.
Me incliné y besé sus labios. Al principio estaba tensa, pero luego se
suavizó y abrió la boca. Esto era parte de su espectáculo, pero pronto mi
beso la afectaría de una manera que no podría fingir. Su respiración se
aceleró y el dulce aroma de su excitación, que rápidamente se estaba
convirtiendo en un aroma familiar y definitivamente mi favorito, bromeó en
mi nariz. Me alejé, sonriendo con suficiencia ante la mirada abrumada en su
rostro. Si Aislinn no respondiera tan bien a mi toque, este juego no sería ni
la mitad de divertido.
—Mantén tus manos alejadas de tu coño. Lo sabré si te tocaste.
Sonó un golpe.
Aislinn saltó y se arregló la blusa y la falda, aunque no estaban
torcidas, pero supuse que se sentía un poco trastornada. La cantidad de
excitación que había mostrado esta mañana no fue suprimida fácilmente.
Necesitaba alivio, y no podía esperar para dárselo.
Mi idea de un buen matrimonio implicaba más que sexo satisfactorio,
pero para alcanzar el nivel de confianza requerido para tal vínculo, ambas
partes debían estar dispuestas a dejarse caer. Prefería tirar a la gente a los
pozos.
16
Aislinn
Si Lorcan pensó que me sentaría y vería pasar el tiempo mientras mi
hermana estaba desaparecida, estaba equivocado.
Seamus me dio un asentimiento amistoso. No podía imaginar que
estuviera feliz con sus deberes de niñera. Era el segundo al mando de
Lorcan y probablemente tenía mejores cosas que hacer que seguirme como
un cachorro perdido. Sin embargo, cuando le pregunté al respecto, solo
sonrió amablemente.
—Hago lo que Lorcan necesita que haga, sea lo que sea.
En el momento en que salimos a la calle, me di cuenta de lo que
significaba ser la esposa de Lorcan en esta parte de la ciudad. La gente me
saludaba o me lanzaba miradas curiosas. Estaba acostumbrada al anonimato
y siempre disfruté de la libertad que me brindaba; nadie prestaba atención,
ni a los buenos, y sobre todo a los malos. Ahora, con todos observando cada
uno de mis movimientos, cada percance sería el chisme de la próxima
semana, o peor… todo lo que hiciera eventualmente llegaría a los oídos de
Lorcan. ¿Cómo podría investigar así la desaparición de Imogen?
Necesitaba deshacerme de Seamus para poder contactar a Desmond.
Probablemente podría ayudarme, pero si Lorcan se enteraba de que había
hablado con la policía, las cosas se volverían realmente incómodas para mí.
En realidad, era arriesgado. Si Lorcan tenía la intención de ayudarme y solo
estaba esperando para ver si valía la pena, una reunión con la policía podría
arruinar cualquier posibilidad de usar sus recursos.
La voz de Seamus rompió mis pensamientos.
—Le agradas a Maeve. Le gustaría pasar más tiempo contigo.
—A mí también me agrada. ¿Ha sido difícil para ella hacer amigos
aquí?
Seamus hizo una pausa y me detuve a su lado.
—Siempre ha tenido a sus hermanas como amigas. Hacer amigos
fuera de la familia es algo nuevo para ella.
—Dudo que tenga problemas para hacer nuevos amigos. Es divertida
y amable. Y parecía llevarse muy bien con Talulla, la costurera.
—Sería una buena amiga para ti —dijo Seamus y luego agregó con
voz más tensa—: Conozco a Talulla. No es el tipo de persona con la que tú
o Maeve deberían ser amigas.
—Parecía tan agradable. —De hecho, no lo pareció. Había sido
reservada y cautelosa, pero aún sentí la necesidad de defenderla por una
razón desconocida.
—A Maeve también le agrada. Pero a ella le gusta probar los límites
de nuestras reglas.
Era bueno saberlo. Era exactamente el tipo de persona que necesitaba.
—Lorcan la eligió costurera para nuestra boda, así que no puede ser
tan mala.
Seamus dejó escapar una risa amarga.
—A Lorcan le gusta mantener a sus enemigos muy cerca. Talulla aún
no es el enemigo, pero es una espina en nuestro costado. Quiero que sepas
eso si continúas interactuando con ella.
—¿A Maeve se le permite ver a Talulla?
—Sí, y sabe que debe ser cautelosa. Por lo que tú deberías. Maeve
sabe sin lugar a duda dónde se encuentran sus lealtades, por lo que puede
trazar límites cuando sea necesario. Creo que tus lealtades aún son un poco
turbias.
Levanté mis cejas. No esperaba que fuera tan directo, pero lo aprecié.
—Tengo que ganarme mi lealtad.
—Lorcan espera lealtad. De todos los que lo rodean, especialmente de
las personas más cercanas a él. Elige sabiamente tus batallas, señorita
Killeen.
—Señora Devaney —corregí, incluso si el recuerdo de mi matrimonio
con Lorcan envió un pequeño escalofrío por mi espalda—. Ahora me
gustaría ver a Talulla. Prefiero tomar mis propias decisiones.
Seamus asintió escuetamente y me condujo dos cuadras hacia la
tienda de Talulla. Cuando entramos, estaba ocupada con una anciana que
quería reparar un viejo abrigo de piel. Fue comido por polillas y blanqueado
por el sol. Si el pobre zorro pudiera ver qué había sido de su hermoso pelaje
brillante, probablemente moriría de nuevo. Sostenía un Kerry Blue Terrier
con la correa y él nos ladró una advertencia.
—Uggie, eso no es educado.
Seamus inclinó la cabeza hacia la anciana.
Talulla seguía inspeccionando el abrigo de zorro.
—Haré lo mejor que pueda, pero las polillas se cobraron su precio. Es
viejo.
—No tiene que sobrevivirme, así que haz lo que puedas para que dure
unos meses más o tal vez un año. Ahí es cuando se me acaba el tiempo.
Talulla le indicó que se fuera y Seamus chasqueó la lengua.
—Señora Byrne, nos sobrevivirás a todos.
—Noventa es donde estoy dibujando la línea —dijo la anciana—. Es
suficiente. Cuatro años sin mi Jack. Es suficiente.
—¿Qué hay del bueno de Uggie? ¿No intentarás llegar a cien por tu
perro? —preguntó Seamus con una pizca de sarcasmo.
La señora Byrne lo señaló con el dedo.
—Seamus, el sarcasmo no te sienta bien. Te recuerdo a ti y a Lorcan
corriendo por Kenmare con tus pañales de tela empapados.
Mis ojos se abrieron del todo. Interesante. Tal vez la señora Byrne
podría ser otra fuente valiosa para mí, sino para mi búsqueda, al menos una
forma de comprender mejor a mi esposo.
Le di a la mujer una sonrisa cálida. Había una pizca de cautela en sus
ojos antes de que me ofreciera una sonrisa cortés. La señora Byrne sería un
hueso más duro de roer.
—La nueva señora Devaney.
Lo hizo sonar como si hubiera habido una señora Devaney antes que
yo, aunque tal vez mi propio carrusel de pensamientos me llevó a mi
suposición.
—Encantada de conocerla a ti y a Uggie. —Uggie me dio la misma
mirada rígida de su dueña.
La señora Byrne asintió y me estrechó la mano brevemente. Era leal a
Lorcan y Seamus, o al menos más leal a ellos que a mí, una completa
extraña.
—Conocí a tus abuelos. Buena gente. Con el corazón roto después de
lo que hizo tu madre, por supuesto.
Me quedé helada.
—¿Siguen vivos? —pregunté antes de que pudiera controlar mi
primer impulso. Seamus se movió a mi lado. Si no le gustaba el rumbo que
estaba tomando la conversación, aún no iba a intervenir.
—Solían vivir al lado mío y de mi esposo antes de que nos
mudáramos a Dublín y luego a Estados Unidos. —Negó con la cabeza con
una sonrisa triste—. Tu abuelo falleció hace quince años y tu abuela murió
hace tres años. Cáncer. El dolor destruyó su salud.
Asentí. No fue difícil adivinar que la señora Byrne no había sido una
gran admiradora de mi madre y, por lo tanto, de mí. Aun así, tenía toda la
intención de caer en su favor. Le dio a Talulla una rápida sonrisa, luego una
más cálida para Seamus antes de asentir brevemente y salir de la tienda con
su perro gruñón.
—No le agrado —dije.
—Se siente protectora con Lorcan y con el resto de los chicos.
Resoplé.
—Si alguien necesita protección, soy yo. Estoy casada con Lorcan
Devaney. Deberías saber lo que eso significa.
—Sé que Lorcan tiene un gran respeto por el vínculo sagrado del
matrimonio. Como su esposa, estás más segura que todos los demás, a
menos que rompas la confianza que Lorcan te está otorgando.
Dudaba que Lorcan confiara en mí de alguna manera. Él no me
conocía. Quizá había intentado conocerme a través de Patrick pero no lo
había conseguido.
Talulla parecía desinteresada en nuestra conversación. Recogió el
abrigo de piel y entró en la trastienda de su tienda. La seguí y, por supuesto,
Seamus hizo lo mismo.
—¿No puedes darme un poco de privacidad?
Seamus miró a Talulla, que estaba ocupada inspeccionando el abrigo
como si ninguno de los dos mereciera su atención.
—Recuerda lo que dije. —Dio media vuelta y se deslizó hacia el
frente de la tienda.
—¡Nadie entrará en mi tienda si el clan está presente! —gritó Talulla
—. ¡Pensarán que no pagué mi protección!
—No lo hiciste —gritó Seamus—. Tienes hasta mañana, o Ian va a
tomar efectivo de tus clientes en las próximas semanas.
Talulla soltó un resoplido. Sus ojos se posaron en mí.
—¿Qué estás haciendo aquí? No necesito más Devaney en mi vida.
—No soy una Devaney.
—Lo eres. En papel. En nuestro mundo. En Irlanda. No puedes ser
una Killeen y una Devaney. Y Lorcan tomó la decisión por ti —susurró y
luego agregó más fuerte—. Estoy ocupada. Le prometí a la señora Byrne un
trabajo rápido.
—¿Por qué la señora Byrne se mudó a Nueva York? Es una dama
irlandesa.
—Su esposo había trabajado para los Devaney desde que era un
adolescente. Era uno de los mejores falsificadores de Irlanda, quizás de toda
Europa. Su hijo murió la noche en que nació Lorcan. Su esposo lo vio como
una señal y juró que trabajaría para Lorcan una vez que estuviera en el
negocio, así que empacaron sus cosas y se mudaron a Nueva York con
Lorcan hace diez años.
—Pero su esposo está muerto. Podría regresar a Irlanda.
—Su esposo está enterrado aquí. No quería que su cuerpo viajara por
el Atlántico y quiere quedarse cerca de su tumba, así que está atrapada aquí.
Admiraba un amor tan profundo. Nunca lo había encontrado. Mamá
no creía en el amor, ni tampoco Imogen, y yo no estaba segura de querer
creer en él.
Talulla suspiró.
—¿Qué quieres de mí?
Me acerqué.
—Te lo dije, mi hermana está desaparecida. Necesito encontrarla.
Pero no puedo preguntar sin que Lorcan se entere. Como dijiste, soy una
Devaney. La gente me mira.
Talulla negó con la cabeza.
—Si empiezo a hacer preguntas sobre una Killeen, la noticia también
llegará a Lorcan. Normalmente me ocupo de mis propios asuntos. Si no lo
hago, sumará dos y dos.
Mordí mi labio. Probablemente tenía razón.
—Lorcan es tu mejor apuesta para encontrar a tu hermana… si él
quiere que la encuentres.
—¿Qué quieres decir?
Talulla se encogió de hombros.
—Tu hermana es una Killeen. Si vino aquí, Lorcan debe haberlo
sabido.
—¿Crees que está involucrado?
—Ah, no permito que mis pensamientos deambulen así.
—Pero, ¿la gente sabría si Lorcan hubiera estado con mi hermana? —
La idea de que Lorcan pudiera haber estado en el sentido físico con Imogen
me hizo sentir enferma. Vi de primera mano de lo que era capaz. Tal vez
todo esto era parte de un juego enfermizo.
—Supongo que, eso se habría sabido. Si en realidad quieres enterarte
de los chismes de las calles, tendrás que preguntarle a la señora Byrne.
—Dudo que me ayude. No parecí agradarle.
—Por supuesto que no. Aún no le diste una razón para hacerlo.
—¿Qué puedo hacer?
Talulla me miró por un rato antes de suspirar.
—De acuerdo. Te ayudaré. Volverá a morderme el culo, lo sé. La
señora Byrne no es buena cocinera. Siempre almuerza en Plough, al final de
la calle, pero su dueño murió y ahora la comida es horrenda. Su hijo no
puede cocinar para salvar su vida. Se ha estado quejando conmigo por eso.
Si sabes cocinar, llévale un buen estofado irlandés. Lo prefiere con cordero.
Y una barra fresca de pan de soda. Eso podría cambiar el rumbo para ti.
Podía cocinar. En casa, por lo general me aventuraba a probar platos
más exóticos: indio, tailandés o turco, pero mamá e Imogen a menudo me
pedían platos más tradicionales, así que sabía que podía cocinar un estofado
muy bueno.
—Gracias.
Talulla volvió a centrar su atención en el abrigo de piel.
—¿Estás en peligro? ¿Por dinero?
—No te preocupes. Pagaré antes de que tengan que ponerse
desagradables.
Eso de hecho no me tranquilizó, pero entendí mi señal y me fui. Le
pedí a Seamus que me llevara a una tienda de comestibles que tuviera
alimentos básicos irlandeses y luego regresé a casa. Quería empezar con el
estofado. Sabía mejor al día siguiente, y quería hacerle una visita a la señora
Byrne mañana. Estaba sobre alfileres y agujas para progresar.
—Lorcan estará pronto en casa.
Asentí mientras cortaba zanahorias, chirivías y papas.
—Puedes irte. Estoy ocupada cocinando.
Seamus vaciló, pero luego apareció un mensaje en su teléfono y su
expresión me dijo que era Maeve.
—Está bien. Le haré saber a Lorcan que estás sola.
Puse los ojos en blanco y luego arrojé grandes trozos de cuello de
cordero en el aceite caliente para quemarlos por todos lados. Compré una
olla grande porque supuse que la cocina de Lorcan no estaba equipada con
los utensilios de cocina adecuados, y tenía razón. Dudaba que Lorcan
hubiera usado alguna vez su cocina excepto para calentar la avena rápida
para microondas de Flahavan que encontré en su armario.
Acababa de poner el pan de soda en el horno cuando la puerta del
apartamento se abrió y Lorcan entró, vestido con pantalones cargo, una
camiseta sin mangas y sus gruesas botas. El bulto en sus bolsillos me dijo
que estaba fuertemente armado. Se detuvo en la puerta, cejas oscuras
trepando por su frente.
—Qué vista. Mi esposa preparándole una comida caliente a su esposo
trabajador.
Cerró la puerta y cruzó la sala de estar hacia la cocina. Se acercó justo
detrás de mí, sus caderas presionando contra mi trasero, y miró por encima
de mi hombro mientras revolvía el estofado.
—Huele delicioso.
—Aún falta una hora más para que la carne esté tierna, y el pan
tampoco está hecho.
Había hecho suficiente comida para que Lorcan también pudiera
saciarse. No quería que sospechara. Y tal vez un estómago lleno lo haría
más accesible.
—¿Recibo un beso de bienvenida a casa? —murmuró junto a mi oído.
Su voz baja y el sutil olor a pólvora y sudor varonil le hablaron a la parte
visceral de mí que no sabía que existía antes de Lorcan. Me puse de
puntillas y presioné un rápido beso en sus labios, luego me apoyé contra el
mostrador. Mis ojos se sintieron atraídos por la forma en que su camiseta se
tensaba sobre su pecho musculoso, y cómo el cinturón de cuero desgastado
acentuaba sus caderas estrechas. El cuerpo de Lorcan me llamaba. Pasó un
dedo por mi garganta hasta mi escote hasta llegar al primer botón de mi
blusa suelta. Lo abrió, luego otro y empujó la tela por mi hombro izquierdo,
revelando mi bralette blanco. El contorno de mis pezones era visible a
través del fino algodón y tomó un pezón entre el índice y el pulgar y
comenzó a tirar—. ¿El estofado es para mí?
—Por supuesto que lo es.
—Seamus me dijo que hoy conociste a Mairead y resulta que a ella le
encanta su estofado con cordero.
—Tienes razón. Cociné una gran porción para poder llevar algo de
comida a una anciana irlandesa. Pensé que sería una buena forma de
obtener la aprobación de la comunidad.
Lorcan se rio entre dientes y apretó mi pezón un poco más fuerte,
haciéndome respirar rápidamente. Mi núcleo se apretó. Ya estaba
empapada, como si la memoria muscular también funcionara allí.
—Buena chica.
Respiré lentamente en un intento de controlar la reacción de mi
cuerpo. Pero cuando miré el cuerpo de Lorcan y vi el enorme bulto en sus
pantalones, mi necesidad se convirtió en un torrente. La parte de mí que
Lorcan había despertado, esa cosa salvaje y lujuriosa, quería ponerse de
rodillas, liberar su erección y tomarlo profundamente en mi boca. Tal vez
esta vez controlaría a Lorcan con mis manos y mi lengua y lo haría esclavo
de su necesidad.
Una comisura de la boca de Lorcan se levantó. No dejó de jugar con
mi pezón mientras usaba su mano izquierda para abrir sus pantalones. Le
tomó un poco sacar su grueso eje. Rebotó entre nosotros, y mi centro se
tensó con una necesidad que despreciaba. Aún no había superado mi
sorpresa inicial por lo grande que era.
—Vamos —instó en voz baja y suave.
Sabía lo que él quería. Sabía lo que yo quería.
—¿Necesito darte órdenes otra vez? —preguntó con voz ronca. A
pesar de la excitada sacudida de mi interior ante la perspectiva de
convertirme en la lujuriosa marioneta de Lorcan, sabía que estaba al borde
de un precipicio que marcaría el tono de nuestro matrimonio. Si bien me
gustaba que Lorcan tuviera el control, él necesitaba saber que yo podía estar
a su altura, que era alguien en quien podía confiar. Quería que él creyera lo
último, aunque no fuera cierto.
Agarré la base de su eje con una mano y tiré de su camiseta con la
otra.
—Te necesito desnudo.
Levantó una ceja oscura en duda, pero el brillo ansioso en sus ojos me
dijo que estaba en el camino correcto. Esto era un quid pro quo.
Lorcan agarró el cuello de su camiseta sin magas y la rasgó, hasta que
los jirones de tela cayeron al suelo.
Solté una risa atónita.
—Pensé que no te gustaba gastar dinero. Desgarrar tu ropa es el
epítome del despilfarro.
—Necesito que pongas mi polla en tu boca descarada.
Puse mis palmas contra su amplio pecho y hundí mis dientes en mi
labio inferior. Estaba caliente y se sentía tan fuerte. Este hombre podría
haber sido diseñado en base a mis fantasías más oscuras, menos sus
tendencias asesinas.
Pasando mis dedos por su pecho, el paquete de seis e incluso el hueso
púbico, disfruté su siseo cuando rocé su polla con mis uñas.
Me arrodillé, rodeé su base con la mano y chupé la polla de Lorcan
con mi boca. Relajé mi mandíbula como me había indicado y logré tomar
un poco más de la mitad de él en mi boca.
—Aprendizaje rápido y estudiante entusiasta, ambas cualidades que
aprecio.
Lorcan sostuvo mi cabello mientras establecía un ritmo lento y
descuidado. Pronto, mi cuerpo rebosaba de necesidad, pero no me detuve.
Quería mostrarle a Lorcan que podía controlar mi cuerpo y el suyo. Por
supuesto, él no lo permitiría. Agarró mi garganta y lentamente sacó su
erección de mi boca.
—Es hora de parar.
Soltó mi garganta y agarró mi cintura, levantándome del suelo y sobre
el mostrador. Con un golpe descuidado, los cuchillos, una cuchara y una
tabla de cortar se estrellaron contra el suelo.
El temporizador de huevos chirrió y Lorcan lo arrojó contra la pared,
silenciándolo.
—El pan —dije, un poco sin aliento cuando Lorcan se interpuso entre
mis piernas. Apagó el horno sin mirarme, sus ojos solo en mí.
Su punta gorda separó los labios de mi vulva, e implacablemente
jugueteó con mi clítoris. Jadeé, mi cuerpo temblando de necesidad pero
también de temor por tener que adaptarme a su tamaño nuevamente.
—Levanta un poco tu lindo trasero —ordenó.
Lo hice. Lorcan acarició mis pliegues para aumentar mi excitación
antes de empujar entre mis pliegues. Su punta empujó mi entrada. La
presión aumentó y me tensé aún más. La vista de lo grande que se veía su
polla contra mi coño solo aumentó mi ansiedad. La mayor parte de mi
placer se evaporó al recordar el dolor de antes.
Lorcan acarició mi garganta.
—Relájate para mí.
Quería hacerlo, pero mi cuerpo luchó contra su tamaño.
—Eres demasiado grande.
Sus dedos se flexionaron contra mi garganta.
—Tu cuerpo ya me acogió una vez. Lo harás de nuevo. Tomarás cada
centímetro de mí, dulce Aislinn y lo disfrutarás. Pronto, apreciarás cada
centímetro de mí. Una pequeña polla solo es útil la primera vez. Después de
eso, es una pérdida de tiempo.
Resoplé, mis cejas se arrugaron con diversión por su astuto
comentario. Su agarre en mi garganta se apretó ligeramente, y se inclinó
hacia adelante, sus labios tomando los míos en un lento beso. Un brazo
serpenteó a mi alrededor, la palma contra mi trasero, sosteniéndome rápido
mientras movía sus caderas y forzaba los primeros centímetros de su pene
dentro de mí.
Exhalé bruscamente, pero él solo profundizó nuestro beso. Su mano
dejó mi garganta y ahuecó mi pecho, pellizcando, apretando, acariciando,
girando hasta que la intensa presión entre mis muslos se convirtió en una
palpitación. Lorcan comenzó a deslizarse dentro y fuera de mi coño, pero
sin profundizar más. Su mano cayó de mis pechos y recogió mi excitación
en sus dedos. Empezó a frotar mi clítoris. Pronto, la sensación de sus
embestidas superficiales y los círculos de su pulgar sobre mi clítoris me
acercaron a la liberación. Mis párpados revolotearon mientras jadeaba.
Lorcan me empujó hacia atrás hasta que me acosté en el mostrador. Se
inclinó, sus labios atrapando mi pezón. No dejó de jugar con mi clítoris
hasta que estuve al borde del orgasmo. Luego, a pesar de mi resoplido de
protesta, se detuvo y se deslizó otro par de centímetros dentro de mí. Mis
labios se abrieron, mi cuerpo temblando de dolor y placer. Lorcan frotó mi
clítoris de nuevo hasta que estuve lista para caer de nuevo.
Sus labios rozaron mi oído.
—Prepárate —advirtió, pellizcando mi clítoris.
Mi cuerpo comenzó a temblar, sacudiéndose, y Lorcan empujó dentro
de mí todo el camino. Grité.
Y entonces cada centímetro de él estaba dentro de mí, y chico, Lorcan
tenía razón. Por un momento estuve segura de que me desmayaría, pero
luego una mezcla de dolor y placer creciente me atravesó. Grité de nuevo,
mis ojos se cerraron con fuerza, abrumada por la sensación de estar llena
hasta el borde. Negué con la cabeza, sin estar segura de poder soportar otro
segundo pero también desesperada por más. Su punta presionó un lugar
dentro de mí que hizo que los dedos de mis pies se curvaran de placer.
—Dulce Aislinn, no me regales tus orgasmos tan rápido. Mi ego no
necesita ningún impulso —dijo Lorcan con voz espesa, sus labios
deslizándose suavemente sobre mi garganta y luego succionando mi pezón.
Empezó a empujar dentro de mí. Mis piernas colgaban sin fuerzas del
borde del mostrador mientras miraba a Lorcan con ojos entornados. Agarró
mis tobillos para abrirme, mis talones presionando sus bíceps.
Entrecerré los ojos, lista para un comentario inteligente, pero Lorcan
empujó hacia arriba con fuerza, llevándose aún más profundo. Grité, casi
corriéndome de nuevo, incluso cuando me dolía el cuerpo por el tamaño de
Lorcan.
Los musculosos muslos de Lorcan se flexionaron con cada embestida.
Su polla se sentía como si me estuviera partiendo en dos, pero mi cuerpo
gritaba por más y Lorcan se lo dio. Propulsó sus caderas más rápido,
conduciendo su polla aún más adentro de mí. Luego, colapsó encima de mí
con un gemido gutural mientras se liberaba dentro de mí. Con mi propia
respiración entrecortada, envolví mis piernas alrededor de su cintura.
Cerré los ojos, escuchando los latidos del corazón de Lorcan, o tal vez
lo estaba sintiendo. Estar tan cerca de alguien desdibujaba las líneas de
nuestros cuerpos. Me hizo sentir conectada con Lorcan en un nivel
profundo. Me sentía sin huesos y profundamente cansada. Medio dormida,
acaricié el cuello de Lorcan.
Lorcan
La respiración de Aislinn se hizo más lenta, superficial y suave. Sus
dedos acariciaron mi cuello, poniendo la piel de gallina en mi piel. Cerré los
ojos, descansando mi frente en el mostrador. No quería levantarme, no
quería alejarme de Aislinn. Estar dentro de ella era como un regreso a casa
y un renacimiento. No estaba seguro de qué había en Aislinn que me
emborrachaba de lujuria y me desesperaba por más. Presioné un beso en el
hueco entre su hombro y su garganta, pero ella no reaccionó. Sus dedos
descansaron flojamente sobre mi cuello. Levanté la cabeza para encontrarla
profundamente dormida debajo de mí.
Negué con la cabeza, pasando mi pulgar por su mejilla. Ella era una
belleza natural. No estaba seguro de si usaba maquillaje, pero
definitivamente no era del tipo que notarías. Era fogosa y tímida, inocente y
lasciva. Me volvía loco.
Padre estaba seguro de que se escaparía en el momento en que tuviera
la oportunidad. Sabía que esperaría hasta encontrar a Imogen. Nunca me
molesté en perseguir a una mujer, pero me preocupaba que Aislinn pudiera
ser la que cambiara eso.
Me enderecé y salí lentamente de ella. Mi polla estaba teñida de rosa
de nuevo. Hice una pausa, intentando decidir si había olvidado el condón a
propósito. No estaba seguro. Quería hijos. Pero quería que crecieran en un
buen hogar. Follarnos como adolescentes cachondos no significaba que
estuviéramos equipados como padres.
Me pasé una mano por el cabello. Era demasiado pronto para
nosotros, pero tal vez demasiado pronto era todo lo que conseguiríamos.
Negué con la cabeza, molesto por mis pensamientos cursi. Di un paso atrás
y consideré dejar que Aislinn durmiera en el mostrador con las piernas
separadas. La pondría absolutamente mortificada y furiosa una vez que
despertara.
Opté por no irritarla y deslicé mis brazos debajo de sus piernas y
espalda, levantándola del mostrador. Se acurrucó contra mí mientras la
llevaba al dormitorio. Era la primera vez que estaría en mi cama. La puse en
el centro y la miré. De hecho, detestaba la idea de que intentara huir de mí.
***
Regresé a la cocina. No estaba cansado en lo más mínimo. Con los
años, mi cuerpo se había acostumbrado a un mínimo de sueño. Aunque me
moría de hambre. El estofado aún burbujeaba ligeramente en la estufa.
Levanté la tapa de cristal y respiré hondo. Mis ojos se cerraron y fui
transportado en el tiempo a la cocina de mi abuela. El estofado que había
preparado para mí y mis hermanos olía así. Abrí los ojos, agarré una
cuchara del cajón y la sumergí en el estofado. Lo llevé a mis labios,
preparado para la decepción. Aún tenía que probar un estofado tan bueno
como el de mi abuela. Los estofados que servían en los pubs de Nueva York
eran una vergüenza. Aún los comía porque hasta un mal estofado me
recordaba a casa.
Al momento en que probé el estofado de Aislinn, mis labios dibujaron
una sonrisa nostálgica. Tomé otra cucharada, sin siquiera molestarme en
abrir los ojos. Me quemé la lengua, pero eso apenas importó.
Un ruido hizo que mis ojos se abrieran y mi mano se lanzara hacia el
arma en mi bolsillo.
Aislinn levantó las palmas de las manos. Estaba vestida con una de
mis camisetas.
—Deberías dormir —gruñí, molesto porque ella me miraba.
—Y no se debe comer un buen estofado directo de la olla. Debe
saborearse sentado con un trozo de pan.
—No es un buen estofado.
Aislinn se sonrojó, el dolor atravesó su rostro. Me sorprendió. Me
había burlado y bromeado mucho con ella desde que nos conocimos, pero
nunca mostró ningún dolor real por ninguno de mis comentarios.
—Es como Irlanda en una cuchara. Es jodidamente asombroso.
Se mordió el labio inferior, sus mejillas se pusieron rojas. Vino hacia
mí, descalza y con una sonrisa cada vez mayor en el rostro.
—El estadounidense está brillando.
Mis cejas se fruncieron.
—Jodidamente increíble —repitió con una pequeña risa y me dio un
ligero empujón con la cadera—. Hazte a un lado y siéntate. Te llenaré un
cuenco.
Retrocedí y me hundí en un taburete de la barra mientras observaba a
Aislinn servir la sopa en un tazón. Luego se inclinó y sacó el pan. Cortó un
trozo grande y lo colocó junto con el tazón frente a mí. Comí un bocado, y
todos los gustos parecieron acercarme un poco más a casa.
—Primero te saboreé en la encimera y ahora tu sopa. No puede ser
mejor que eso —dije con una risa sucia.
—¿Estás intentando dejarme embarazada?
Levanté una ceja.
—No me des esa mirada. No usaste condón. No soy estúpida. Eres un
hombre cauteloso. No olvidarías usar condón. Los niños son un lastre en tu
mundo y te lo pensarías dos veces antes de crearlos.
Me eché hacia atrás, mi vientre estaba caliente con la sopa de Aislinn.
Tal vez ella tenía razón. Nunca olvidaba un condón, ni siquiera en mis días
más cachondos de adolescente.
—Eres mi esposa. Hacer bebés es para lo que sirve el matrimonio,
¿verdad? Pregúntale a tu tío si no me crees.
Sus manos se cerraron en puños a su lado. Negó con la cabeza y soltó
un suspiro bajo.
—La gente suele conocerse antes de casarse. De esa manera pueden
saber si deben tener hijos o no. No nos conocemos. ¡Pero necesitamos
conocernos antes de siquiera considerar tener un hijo!
—¿De verdad quieres llegar a conocerme? —pregunté. Aislinn estaba
asustada por muchos aspectos de mi personalidad, y por una buena razón.
Aislinn me miró exasperada.
—¿De verdad quieres tener hijos con una mujer que no conoces?
Cuando envié a nuestro soldado a visitar a Patrick, no solo le hice
cuestionar al cabrón idiota sobre los esfuerzos sexuales de Aislinn. Quería
saber todo.
—Sé algunas cosas que me dicen que serías una buena madre. Sé que
cuidaste al hijo de tu hermana porque ella no quería. Solo tenías dieciséis
años pero no dudaste en asumir toda la responsabilidad. No fuiste a la
universidad porque las deudas de tu familia son demasiado altas. En
cambio, trabajaste como camarera y gastaste cada centavo en tu familia.
Aún cuidas al pequeño Finn, y ahora estás intentando cuidar a tu hermana
ingrata.
Aislinn permaneció en silencio.
—Podrías haber sido solo una adolescente. Salir de fiesta, ir a la
universidad, besuquearte, divertirte. En cambio, elegiste convertirte en la
madre sustituta de Finn. Convertirse en madre de un niño que ni siquiera es
tu hijo, a una edad tan temprana, ya es difícil, pero Finn ni siquiera es un
niño normal con sus impedimentos.
El rostro de Aislinn se puso rojo, sus ojos se abrieron de par en par de
rabia.
—Es tan normal como tú y como yo. ¡No digas eso! Una vez pateé el
trasero de tres adolescentes porque se burlaban de los espasmos de Finn, y
no me importa quién eres o de lo que eres capaz, también te patearé el
estúpido trasero si lo insultas.
Tragó pesado, con el pecho agitado. La gente no me insultaba, pero
no estaba enojado por el arrebato de Aislinn, solo confirmó lo que mi
investigación había revelado sobre ella.
—¿Puedo comer otro cucharón de sopa?
Tragó de nuevo pesado y luego asintió lentamente. Tomó el tazón, lo
llenó con sopa y luego lo dejó frente a mí.
—Siéntate. Quiero compañía —dije bruscamente, y ella obedeció.
—Soy consciente de mi cuerpo —dijo simplemente—. No voy a
ovular en los próximos días, así que no puedes dejarme embarazada.
—Ovular. Qué palabra tan sexy.
Sus labios se apretaron.
—Fue en vano.
—Ah, ahí es donde te equivocas. Fue muy placentero, y habrá otras
ocasiones en las que pueda dejarte embarazada.
Aislinn negó con la cabeza.
—Finn no fue querido. Imogen intentó quererlo, pero él siempre
sintió que había sido un medio para un fin, su boleto para salir de Dublín, su
manera de chantajear a un tipo rico. Tendrá que vivir con esa carga toda su
vida. No quiero tener hijos que no se sientan queridos porque los tenemos
por las razones equivocadas.
—¿Y cuáles serían esas razones?
—Quieres atarme a ti. Mi madre impidió un matrimonio con su
embarazo y tú estás intentando salvar el nuestro con uno.
Me reí amargamente.
—Dulce Aislinn, estás atada a mí. Y nuestro matrimonio acaba de
empezar. Si dejaras de ser tan terca, no necesitarías salvarlo. Pero creo que
tienes miedo de que te guste.
17
Aislinn
Creo que tienes miedo de que te guste.
Eso era cierto.
Me escocían los ojos, no por esas palabras sino por su evaluación de
mí. Las palabras de Lorcan de anoche seguían repitiéndose en mi cabeza. A
menudo había dudado de mí misma a lo largo de los años. Finn me había
visto llorar más de una vez. Un par de veces, perdí los estribos y le grité,
solo para romper a llorar inmediatamente después. No sentía que lo cuidé lo
mejor posible. Escuchar la opinión de Lorcan sobre las cosas alivió algunas
de mis preocupaciones. Tal vez era ridículo creerle a un criminal juzgar mi
carácter, pero él fue la primera persona que me dijo que no había fallado.
Mamá nunca dijo que fracasé, pero tampoco me elogió. No la culpaba.
Tenía demasiadas preocupaciones.
Quería tener hijos algún día, cuando mi vida ya no fuera un desastre y
cuando tuviera una pareja a mi lado que también estuviera dispuesta a
cuidar de ellos. Era ridículo imaginar a Lorcan como esa persona. ¿Un
criminal puede ser un buen padre? Tal vez. No lo sabía. Había mucha gente
que no eran delincuentes que eran muy malos padres.
Di vueltas y vueltas en la cama. Había estado despierta desde las
cuatro de la mañana, cuando Lorcan se fue a los muelles. No había dormido
mucho esa noche, no por el sexo. Simplemente se sentía extraño quedarse
dormida al lado de Lorcan. Nunca había dormido al lado de nadie, a
excepción de Imogen o Finn. Lorcan no parecía estar molesto por mi
presencia en lo más mínimo. Estaba profundamente dormido poco después
de que nos acostáramos.
La oscuridad en la habitación fue interrumpida por la luz de mi
teléfono. Tan pronto como vi el nombre de mamá en la pantalla, lo alcancé.
No había encontrado tiempo para llamarla desde la boda. No sé qué decirle.
—¿Mamá?
—¡Aislinn! ¡Estoy muriendo de la preocupación! ¿Por qué no
llamaste?
—Mamá, me casé hace solo dos días y Lorcan me ha mantenido
ocupada. —Mi cara ardía. Mi mente privada de sueño había arrojado
palabras que realmente no quería decirle a mi madre.
—No te atrevas a actuar como Imogen. Tú eres la responsable. No
puedo perderte a ti también.
—Mamá, estoy bien. Estoy a salvo. No tienes que preocuparte.
Simplemente no tuve tiempo de llamarte. ¿Estás llegando a casa del
trabajo?
—Estuve trabajando en el turno diurno y vespertino. Estoy trabajando
en más turnos, en caso de que necesite ir a Nueva York para salvarte a ti e
Imogen.
Negué con la cabeza.
—¿Qué hay de Finn?
—La vieja Sinead está durmiendo en nuestro sofá para no estar solo
por la noche. Si se despierta y llama por ti o por mí y no se calma, va a
buscarme y termino mi turno. Es mejor que nada.
Sinead era nuestra vecina. Era bastante agradable, pero no era de la
familia.
—Me siento tan mal por Finn. Ya ha perdido demasiado en su corta
vida.
—En efecto, así que asegúrate de que no te pierda, Aislinn. Ten
cuidado.
—Lo tendré, mamá. Promesa. Voy a llamar de nuevo por la tarde para
poder charlar con Finn.
Hablamos un par de minutos más, pero podía escuchar el cansancio
en la voz de mamá, el miedo y la preocupación.
—Prométeme que no te preocuparás por mí. Estoy bien. Puedo
manejar a Lorcan, mamá. Concéntrate en ti y en Finn. Yo me ocuparé del
resto.
Mamá suspiró.
—Así no es como se supone que debe ser.
—Así es como son nuestras vidas.
—En efecto.
Colgamos y me levanté de la cama, ya sin poder descansar.
Necesitaba hacer algo, cualquier cosa que me permitiera regresar a Irlanda,
con Finn y mamá.
Tomé una ducha rápida, tomándome más tiempo para lavarme entre
las piernas, pero eso no cambió cómo me sentía. Era como si Lorcan se
hubiera impreso en mí. Aún podía sentirlo. Probablemente estaría adolorida
durante las próximas semanas, especialmente si Lorcan seguía asaltándome
en cualquier oportunidad que tuviera.
No eran ni las ocho cuando salí del apartamento con una vieja canasta
de mimbre llena de un recipiente de plástico de sopa y la mitad del pan.
Dejé una gran porción de estofado y una rebanada de pan para Lorcan. La
calle estaba llena de gente que se dirigía al trabajo y camiones de reparto
que proporcionaban productos a las tiendas y restaurantes locales. Muchas
personas me saludaron con la cabeza.
Mi teléfono sonó y lo saqué de mi bolsillo, sorprendida de ver
aparecer el nombre de Lorcan.
Lorcan: No tomes ningún desvío en tu camino a Mildread.
Apreté los dientes.
Aislinn: ¿Me estás vigilando?
Lorcan: Tengo ojos y oídos en todas partes.
Miré a mi alrededor y de repente los saludos amistosos me parecieron
hostiles. Aceleré, odiando esta sensación de ser observada.
Cuando llegué a la puerta de la señora Byrne, eran solo las 8:30,
definitivamente demasiado temprano para estofado, pero no tenía otro lugar
a donde ir y estaba ansiosa por hablar con alguien que sabía todo sobre la
comunidad local y Lorcan.
Llamé al timbre. Inmediatamente se escuchó un fuerte ladrido,
seguido de rasguños y aullidos. Alguien no estaba contento con los
visitantes.
La señora Byrne regañó a su perro por lo que pareció media hora
antes de que la puerta finalmente se abriera y ella apareciera en la estrecha
abertura. Me miró.
—¿Tú?
—Yo —dije con una sonrisa agradable. Me había puesto mi vestido
de iglesia y me había recogido el cabello con un peinado casto, todo para
ganarme a la señora Byrne. Levanté la cesta—. Hice estofado de cordero y
pan de soda para ti.
La señora Byrne abrió la puerta un poco más y carraspeó.
—¿Lo hiciste? —Me miró como si no pudiera imaginar que una
jovencita como yo supiera algo de cocina—. Pensé que las chicas como tú
querían igualdad de derechos. Sin cocinar, limpiar o lavar la ropa. Solo hace
que las tiendas sean más ricas y la gente más infeliz.
Asentí como si estuviera de acuerdo. Por lo general, esa era una
historia contada por los viejos caballeros que visitaban Merchant's Arch,
por lo que estaba familiarizada con la narración.
—Me gusta cocinar.
Como ayer, estaba impecablemente vestida con una falda larga y una
blusa, y tenía maquillaje, incluso lápiz labial.
—Bueno, estás aquí. Entra. Pero no puedes quedarte mucho tiempo.
Tuve que encerrar a Uggie en el dormitorio para que no se ejercitara
demasiado. Aún no ha recibido su medicación para el corazón.
A juzgar por los ladridos y los arañazos detrás de la puerta del
dormitorio, se estaba ejercitando de todos modos. Seguí a la señora Byrne
por un pasillo angosto, que mostraba docenas de fotos de ella, su esposo y
sus hijos, cinco en total si conté bien. Llegamos a una acogedora cocina
comedor. Había un sofá cubierto con una manta blanca de ganchillo y un
pequeño televisor muy antiguo. Pude ver una habitación espléndida a través
de la puerta frente a la cocina que tenía un lujoso sofá floreado y una
alfombra colorida. Apuesto a que nunca lo usó. Era la agradable sala de
estar, la reservada para invitados especiales y banquetes, los cuales
probablemente ahora eran una rareza en la vida de la señora Byrne.
Aunque, apuesto a que Lorcan se sentaba en la sala de estar cuando la
visitaba.
Coloqué la cesta sobre la mesa de madera y desempaqué el recipiente
de pan y sopa. La señora Byrne no me pidió que me sentara en el sofá, así
que me quedé torpemente junto a la mesa mientras ella sacaba una cuchara
y un cuchillo. Abrió la tapa y olió. Frunció los labios y luego hundió la
cuchara en el estofado. Probó solo la sopa, entrecerrando los ojos. Aún sin
decir una palabra, cortó una rebanada de pan y le dio un mordisco. Sus ojos
azules se posaron en mí. Forcé una sonrisa mientras esperaba su juicio.
Sabía que era sabroso, pero la señora Byrne estaba decidida a no gustarle,
así que me enfrentaba a algo más que a sus papilas gustativas.
—Puedes cocinar —dijo—. ¿Por qué sigues parada como si estuvieras
huyendo? Siéntate. No seas grosera.
Parpadeé y rápidamente me senté en el sofá, sintiendo un resorte
clavarse en mi nalga izquierda. La señora Byrne puso el resto del estofado
en una olla y lo calentó mientras cortaba el pan en rebanadas.
—¿Has desayunado?
—No.
—Entonces, comeremos. —Me señaló con un dedo—. Un buen
estofado se puede comer en cualquier momento.
Asentí, no queriendo discutir.
—Siéntate a la mesa, niña. ¡No puedes comer en el sofá! ¿No te han
enseñado modales?
Me levanté con una sonrisa tensa y me deslicé hacia la mesa donde
me senté en una silla incómoda. La señora Byrne colocó un tazón de
estofado frente a mí antes de tomar asiento frente a mí con una porción
generosa para ella. Una tabla con rebanadas de pan y una mantequera de
cerámica creaban una frontera entre nosotras. Comimos en silencio y me
alegré de estar ocupada untando el pan con mantequilla.
Cuando le di un mordisco, gemí.
—¿Qué es esto?
—Mantequilla casera. Cuando tengo tiempo, tomo un autobús a una
granja a las afueras de la ciudad donde tienen buenas vacas, no vacas
irlandesas, sino buenas vacas, y hago mi propia mantequilla como me
enseñó mi madre.
—Es increíble. Si alguna vez tengo la oportunidad de abrir mi propio
restaurante, quiero servir mantequilla como esa como entrada con pan de
soda caliente hecho en casa.
Me sonrojé ante la mirada curiosa en el rostro de la señora Byrne.
—¿Un restaurante?
Asentí y tomé otro bocado.
—Es un sueño tonto.
Entrecerró los ojos pensando.
—Tonta es quien tonta se hace.
No estaba segura de lo que se suponía que significaba eso, así que me
concentré en el estofado.
—Lorcan es un hombre ingenioso. Podría abrir un restaurante para ti.
—No quiero depender de su dinero y poder.
Negó con la cabeza y chasqueó la lengua.
—El matrimonio se trata de unidad. Lo que es de él es tuyo. Lo que es
tuyo es de él. Juntos pueden hacer lo que no se puede hacer solo.
Tal vez en un matrimonio honesto, pero no en el nuestro. Si tomaba
algo de Lorcan, esperaría algo a cambio. Estaría en deuda.
—No hemos estado casados por mucho tiempo.
—No es cuestión de tiempo sino de voluntad. Puedo decir que no
confías en Lorcan.
Tragué con fuerza.
—Aún no lo conozco muy bien. Necesito llegar a conocerlo. ¿Quizás
podrías ayudarme? Lo conoces mejor que yo. Después de todo, lo conoces
desde que era un niño pequeño.
—Ciertamente, pero no sé si es mi historia para compartir.
—Ya sabes cómo son los hombres. Quieren impresionar, pero hablar
de su infancia los hace sentir tontos.
Ella asintió. Sabía que esas palabras darían en el blanco.
—Lorcan era un chico bullicioso. Podía hacer que la vena de la frente
de su padre se hinchara como ningún otro. Pero también era un niño de
mamá. Amaba a su madre. Sus padres tenían un muy buen matrimonio, al
igual que Jack y yo. Creo que se esfuerza por lograr la misma unidad en el
matrimonio que experimentó en casa.
Fruncí el ceño. Comenzar un matrimonio con chantaje era la forma
incorrecta de hacerlo.
—La familia es importante —dije suavemente—. Es por eso que
estoy tan desconsolada por la desaparición de mi hermana. Apenas puedo
concentrarme en otra cosa. Tal vez en realidad podría comenzar a dar todo
en este matrimonio si la encontrara.
—Soy vieja, pero no estoy senil.
Sonreí como si no supiera de qué estaba hablando.
—¿Estás intentando que te ayude a encontrar a tu hermana?
Mi sonrisa se volvió tímida.
—Lo siento. Estoy desesperada y sé lo bien conectada que estás en
esta comunidad. Imogen era una mujer irlandesa llamativa. Habría llamado
la atención sobre sí misma si hubiera caminado por estas calles.
—Muéstrame su foto.
Saqué mi cartera de mi bolso rápidamente, y saqué la última foto que
había tomado de Imogen frente al puente Ha'penny con el sol poniéndose
detrás de ella.
La señora Byrne lo miró durante mucho tiempo, pero tuve la
sensación de que no era solo por Imogen.
—Nunca me gustó Dublín —dijo—. Prefería Killarney y el campo,
pero ahora extraño incluso Dublín.
—Lo sé. Yo también, incluso Temple Bar los domingos por la
mañana.
Sonrió con nostalgia.
—Vi a tu hermana una vez, en la iglesia, pero nunca regresó. Debería
haberle pedido ayuda a Lorcan.
—¿Estás segura de que no lo hizo?
La señora Byrne enderezó los hombros.
—Espero que no sugieras que tu esposo está involucrado en la
desaparición de tu hermana.
—No, claro que no. Solo me pregunto por qué no lo contactó si
encontró su camino en esta comunidad. Ella no aceptó la ayuda de Gulliver,
por lo que Lorcan habría sido la siguiente opción lógica.
—Bueno, supongo que tendrás que preguntarle si alguna vez la
encuentras. —Miró el reloj de la pared—. Es hora de la medicación para el
corazón de Uggie.
Supe cuando me iban a despedir. Me levanté y agarré mi canasta.
—¿Está bien si te traigo comida casera de vez en cuando?
—Haz lo que debas —dijo, pero me di cuenta de que estaba
complacida.
Me dirigí afuera. De hecho, no había encontrado ninguna respuesta,
pero le creí a la señora Byrne. Así que si ella no había oído hablar de la
reunión de Lorcan e Imogen, era poco probable que mi esposo hubiera
estado involucrado en la desaparición de Imogen. No estaba segura de si
eso me hacía feliz, ya que significaba que no tenía ninguna pista.
Maeve me llamó de camino a casa para preguntarme si quería ir a
tomar té y galletas esta tarde. Estuve de acuerdo. De repente, sintiéndome
claustrofóbica ante la idea de regresar al apartamento de Lorcan, era suyo,
no nuestro, decidí descubrir un poco más el área. El clima era hermoso,
soleado aunque un poco más fresco que los días anteriores. Aún más cálido
que septiembre en Dublín.
Mis pasos vacilaron cuando pasé por la estación de policía del Bronx.
¿Era aquí donde trabajaba Desmond? Miré alrededor discretamente. Nadie
me miraba. O al menos eso parecía, pero no confiaba en Lorcan, y él no
confiaba en mí. La mayoría de la comunidad irlandesa espiaba para él. A
pesar de mi deseo de averiguar lo que Desmond podría saber, aceleré el
paso y pasé corriendo junto al edificio. Me sentí un poco perdida después
de eso. Tal vez necesitaba regresar a Sodoma. Era el lugar donde se
enterraban las respuestas. Podía sentirlo. Entré en Central Park y seguí un
pequeño sendero empinado a través de la vegetación. Era un trozo de
naturaleza en la gran ciudad lo que calmó mis preocupaciones. Finalmente
me senté en un banco y cerré los ojos, escuchando el sonido distante de los
niños jugando y el canto de los pájaros.
Pasé el resto de la mañana en el banco, pensando en posibles lugares
que aún podría visitar para saber más sobre Imogen. La primera de la lista
era una pequeña agencia de modelos no muy lejos de donde vivíamos
Lorcan y yo.
Después de tomar un sándwich Reuben en un camión de comida y
tener una conversación rápida con el dueño para ver si sabía algo (no lo
sabía), me dirigí a la agencia. Me congelé cuando me encontré con una fila
de chicas en el pasillo, carpetas en mano. Pronto me di cuenta de que era un
casting. Al menos veinte chicas esperaban frente a mí, y esas eran solo las
que podía ver.
No tenía tanto tiempo. Intenté pasar entre las chicas que esperaban,
pero una de ellas me agarró la muñeca y me clavó las uñas afiladas. Otra
me gritó:
—¡Haz fila!
—No estoy aquí para ser modelo. Estoy buscando a mi hermana. Solo
quiero hacer algunas preguntas.
La chica que agarró mi muñeca se burló.
—Bien. Eso es lo que todos dicen. Vuelve a la fila, perra.
Mis cejas se dispararon hacia arriba. Sacudí su agarre y luego lancé
una mirada a las otras chicas. Todas parecían dispuestas a sacarme los ojos
si me atrevía a pasar junto a ellas.
—No soy competencia.
—Obviamente —se rio una de ellas.
Suspiré y finalmente regresé al final de la fila.
—¿Cuánto tiempo llevará esto?
—Todo el día.
Hundí mis dientes en mi labio inferior. Todo el día. Busqué a tientas
mi teléfono. Tragándome mi orgullo, llamé a Lorcan.
—Qué dulce sorpresa —dijo.
—Lorcan, necesito tu ayuda.
—¿Qué es? —La preocupación y la tensión en su voz, como si
estuviera listo para pulverizar todo lo que se interpusiera en mi camino, me
aturdió.
—Uhhh. Estaba aburrida, así que fui a una agencia de modelos local
para preguntar por Imogen.
—Te dije que me dejaras manejarlo.
—Sí, cuando se trata de investigaciones del submundo y preguntas en
la comunidad, pero esto es algo normal. Puedo manejarlo. Me volveré loca
si me quedo en casa todo el tiempo.
—Si puedes manejarlo, ¿por qué necesitas mi ayuda?
La condescendencia en su voz me hizo arrepentirme de llamar, pero
no quería quedarme aquí por horas.
—Hay una larga fila de chicas que van a un casting y no puedo pasar.
Lo que no dije fue que necesitaba a alguien que me llevara al frente
de la fila y que pudiera hablar con la recepcionista. Lorcan se rio entre
dientes.
—Ahhh, necesitas un matón.
Me sonrojé.
—No.
—Veré lo que puedo hacer. —Colgó. Mordí mi labio inferior,
esperando que esto no fuera un error.
La chica frente a mí puso los ojos en blanco y luego se echó el cabello
por encima del hombro, abofeteándome en la cara con él. Di un paso atrás y
me apoyé contra la pared. Me resigné a horas de aburrimiento a menos que
Lorcan me enviara a alguien. No estaba segura si lo haría. Tal vez lo vio
como una lección para mí.
—Guau. ¿También hacen modelos masculinos?
—Él podría interpretar la nueva versión más sexy de Wolverine —
murmuró otra chica.
Apoyada con la espalda contra la pared, comencé a quedarme
dormida, muerta de aburrimiento y cansada de las miradas maliciosas de las
chicas a mi alrededor. Mis labios se abrieron con sorpresa cuando Lorcan
subió los escalones hasta el primer rellano donde yo esperaba. Estaba
sudoroso, vestía pantalones cargo manchados de aceite y una camiseta
verde oliva que acentuaba sus músculos. Botas pesadas con punta de acero
completaban su atuendo; su atuendo le habría valido el papel de villano en
cualquier película.
Al ver las miradas lujuriosas de las chicas a mi alrededor, sentí una
pizca de celos que me tomó por sorpresa. Lorcan dijo que no tendría que
compartirlo, y ahora me di cuenta de que definitivamente no quería hacerlo.
18
Aislinn
Lorcan se detuvo a mi lado y se inclinó para darme un beso muy largo
y obsceno que hizo que mis mejillas ardieran de calor cuando finalmente se
apartó. La atención de todas estaba ahora sobre nosotros. Tuve que sofocar
una sonrisa de suficiencia ante las miradas atónitas en los rostros de las
chicas.
—Estoy aquí para ayudar. Ahora démonos prisa. Tengo asuntos reales
que atender. —Lorcan tomó mi mano y tiró de mí pasando a las chicas
frente a mí.
—¡Oye!
—¡Incluso si eres su agente, eso no te da derecho a colarte en la fila!
Lorcan les dio a las chicas una dura sonrisa.
—Un consejo. Los gatitos deben mantener sus garras adentro cuando
juegan con un tigre.
Parpadearon y me empujó más escaleras arriba, a través de una puerta
y hacia una sala de espera que también estaba llena de chicas esperando. La
mujer detrás del mostrador de recepción se puso de pie e inmediatamente
negó con la cabeza.
—¡Así no es cómo funciona!
—Obviamente eres nueva aquí, así que voy a darte un respiro. —
Lorcan nos empujó más allá de las chicas que esperaban y se inclinó sobre
el mostrador—. Llama a Greg. Dile que necesita hablar con mi esposa.
La mujer aun así negó con la cabeza, completamente horrorizada.
—Greg está ocupado, y si no te vas ahora mismo, llamaré a la policía.
Lorcan se rio entre dientes. La mujer tomó el teléfono de su escritorio,
pero Lorcan clavó un cuchillo en la pantalla y la astilló.
—Greg puede chupar polla más tarde. Dile que Lorcan está aquí.
Hará tiempo. Ahora.
Mi cara ardía de vergüenza, pero mantuve la cabeza en alto como si
estuviera acostumbrada a esto. No vine aquí para jugar bien. Vine aquí para
tener éxito, y si eso requería usar las muy efectivas tácticas de miedo de
Lorcan, que así sea. Le confesaría todo a Gulliver y le pediría que me
absolviera. Había funcionado para los Devaney durante años, así que ahora
también debería funcionar para mí.
La mujer estaba congelada en su lugar. Se abrió una puerta al final del
pasillo y salió un hombre con el cabello intrincadamente peinado, una
chaqueta rosa y zapatillas con fragmentos de cristal brillantes por todas
partes. Su cabello estaba teñido de azul, pero el tinte pálido de su piel y sus
pecas me dijeron que era irlandés. Simplemente lo supe sin que una sola
palabra saliera de su boca.
—Greg —dijo Lorcan.
Los ojos de Greg se abrieron de par en par cómicamente. Miró a su
recepcionista, se aclaró la garganta y luego dijo:
—Está bien, Masha. Yo lo manejaré.
Nos indicó a Lorcan y a mí que fuéramos a la habitación y ordenó al
resto de su equipo que saliera. Me escaneó con un pequeño ceño fruncido.
—Lorcan, hago todo lo que puedo para hacerte feliz, pero necesito
chicas muy altas para mi próximo espectáculo.
Me reí.
—No quiero ser modelo.
Greg miró entre Lorcan y yo.
—Pagué lo que debo. Sabes que pagaré el resto después de este
espectáculo. Será un éxito. A los críticos les encanta mi nueva colección y
tengo tantas chicas nuevas bajo contrato. Es asombroso.
—Greg es el dueño de esta agencia, pero también un diseñador de
moda en ciernes. Un zorro para cuidar el gallinero.
—Soy homosexual. Estas chicas no tienen que acostarse conmigo
para tener éxito.
—Si me preguntas, una oportunidad desperdiciada.
No estaba segura si se estaban burlando el uno del otro. Greg
definitivamente tenía mucho respeto por Lorcan, incluso miedo, pero había
algo más… como si se conocieran desde hace mucho tiempo.
—¿Qué puedo hacer por ti si no estás aquí para hacer de esta chica
una modelo?
—Esta chica es mi esposa y me gustaría mantener su cuerpo sexy para
mí.
Me sonrojé furiosamente, pero Greg asintió.
Lorcan me indicó que hablara. Me aclaré la garganta, sorprendida de
que me dejara manejar la conversación. Con él presente, no estaba segura
de cuán exitoso sería de todos modos. La gente siempre elegiría sabiamente
sus respuestas para no ofender a Lorcan y su pandilla.
Saqué la foto de Imogen de mi bolso y se la di a Greg.
—Esa es mi hermana, Imogen. Llegó a Nueva York hace unos dos
meses para trabajar como modelo. Es alta y delgada. Es exactamente lo que
querrías en una modelo de pasarela.
Greg entrecerró los ojos mientras pensaba.
—Veo a cientos de chicas cada mes, pero creo que la recuerdo. Vino
sin cita previa. No tenía un buen portafolio. Mi asistente le dijo que tomara
fotos nuevas con uno de los fotógrafos con los que trabajamos y regresara
con mejores fotos.
—Pero eso es caro, ¿verdad? Imogen no tenía dinero.
Greg se encogió de hombros.
—La mayoría de las chicas que vienen a Nueva York para convertirse
en modelos no tienen dinero. Trabajan duro. Algunas consiguen
patrocinadores. Hay muchos viejos a los que les gusta una bella joven a su
lado y en su cama a cambio de dinero.
Tragué pesado.
—¿Como un servicio de escolta?
Greg miró a Lorcan, quien respondió:
—Hay agencias de acompañantes en Sodoma, pero las chicas también
pueden conocer patrocinadores sin intermediarios en Doom Loop. Más
riesgo, más dinero.
—¿Imogen regresó? ¿Con fotos nuevas? ¿Un portafolio nuevo?
Greg frunció los labios.
—Déjeme ver. Tengo un montón de aplicaciones nuevas en mi
escritorio. Entre el próximo espectáculo y la convocatoria de casting, aún
no he tenido la oportunidad de verlos. Pero si tu hermana realmente quisiera
trabajar para mí, debería estar hoy aquí.
Seguí a Greg hacia su escritorio. Había al menos cincuenta carpetas
apiladas en los elegantes muebles de cristal. Greg los hojeó y luego levantó
uno.
—Aquí.
Lo abrió y me mostró fotos de Imogen. Había fotos de rostros, fotos
en bikini y ropa interior, fotos en la playa y algunas imágenes en blanco y
negro. Eran impresionantes. Ella era impresionante. No eran de su tiempo
en Irlanda. Debe haber dejado que un fotógrafo la retratara aquí.
—Eligió a Laurence como su fotógrafo. Bueno pero una opción
costosa. La habría invitado a una prueba con este portafolio nuevo. Si la
encuentras, puedes decirle que quiero verla.
—¿Sabes cuándo trajo este portafolio?
Greg recogió el teléfono.
—Jo, ¿puedes venir?
Un hombre barbudo con pestañas postizas y un chándal Versace muy
colorido entró por la puerta de cristal. Asintió hacia Lorcan y luego se
detuvo junto a Greg. Era obvio que tenían algo entre ellos.
—¿Sabes cuándo se trajo este portafolio?
—¿En cuál pila estaba?
Greg dejó escapar un suspiro.
—Tal vez aquí.
—Entonces, ¿tal vez hace dos o tres semanas?
Eso fue cuando llegué a Nueva York. Así que, había estado alrededor
entonces. Dejé escapar una risa ahogada. Tal vez estaba bien. Tal vez en
realidad estaba tan atrapada en su carrera como modelo que se había
olvidado por completo de nosotros. Mi corazón se hundió. No era lo que
esperaba, pero era mejor que otras alternativas.
—¿Puedes darnos la dirección del fotógrafo? —pregunté.
—Laurence está vinculado a Sergej —dijo Greg.
Lorcan asintió.
—Danos la dirección.
Greg lo anotó y luego se lo entregó a Lorcan, quien se lo guardó en
los pantalones. Entonces Lorcan me arrastró fuera de la puerta.
—¡Gracias! —grité.
Lorcan me condujo hacia su auto. Subí, mareada por la información
que había reunido.
—Necesito hablar con Laurence.
—Hoy no —dijo Lorcan mientras se alejaba de la acera.
—Tengo una pista caliente. Necesito seguirla.
—Hoy no tengo tiempo para acompañarte. Podemos hacerlo mañana.
—Puedo ir sola. Laurence es un fotógrafo, no un matón.
—¿Qué te hace pensar que no puede ser ambos?
Fruncí los labios.
—Es francés, ¿verdad?
Lorcan levantó una ceja oscura.
—También hay matones franceses.
Resoplé.
—Greg dijo algo sobre un Sergej.
—De hecho, por eso no irás a Laurence sin mí. No está bajo mi
protección. Está vinculado a los rusos.
—¿La mafia?
—No, el ballet estatal —murmuró Lorcan sarcásticamente. Su estado
de ánimo se había oscurecido desde que Greg había mencionado a Sergej.
Tragué pesado.
—Si está vinculado a la mafia rusa, ¿eso significa que mi hermana
también estuvo involucrada con ellos?
Lorcan se encogió de hombros.
—Laurence es caro, como dijo Greg. Si quieres dinero fácil, ciertos
hombres de negocios rusos son una buena opción.
—Entonces esto no puede esperar. ¡Tenemos que hablar hoy con él!
Lorcan detuvo el auto.
—No. Y esa es mi última palabra. Obedecerás, Aislinn. Tal vez tu
hermana fue tan estúpida como para abrirse de piernas para un patrocinador
ruso, pero no te quiero cerca de la Bratva. Yo los manejaré. Esto no es un
juego de niños. Tenemos reglas. Tenemos territorios. No nos gusta cuando
las chicas entrometidas se meten con nuestro negocio.
Apreté los dientes, pero me di cuenta de que sería inútil presionar a
Lorcan. No me permitiría ir sola a Laurence. Si al menos tuviera su
dirección, tal vez podría escabullirme.
—Está bien —dije en voz baja y me incliné para besarlo. La sorpresa
cruzó el rostro de Lorcan cuando presioné mis labios contra los suyos, mi
mano frotando círculos en su pecho.
Lorcan gruñó y agarró mi otra mano que había estado intentando
sacar el papel de su bolsillo. Su agarre era fuerte, y sus ojos tenían una
advertencia.
—Cuidado. No me empujes demasiado.
Me soltó y asintió hacia la casa a mi derecha. Maeve estaba de pie en
la puerta.
—Tiempo para el té.
Salí del auto y me dirigí hacia Maeve. Lorcan esperó hasta que la
alcancé antes de irse. Maeve me agarró del brazo y tiró de mí hacia adentro
y hacia su pequeña pero acogedora sala de estar. Vivían en una casa de dos
dormitorios con un jardín en miniatura. Tomé asiento en el sofá de cuero.
—¿Estás bien?
Sacudiendo la cabeza, tomé la taza de té que Maeve me ofreció.
Estaba demasiado caliente, así que lo soplé durante un rato.
—Encontré información sobre mi hermana, pero conduce a la mafia
rusa.
Solo sabíamos que mi hermana había dejado que Laurence, que tenía
conexiones con los rusos, le tomara fotos, pero eso no significaba que ella
también tuviera conexiones con ellos. ¿Pero quién pagó por las fotos? No
era una experta, pero apuesto a que las fotos de cartera cuestan varios miles
de dólares.
—¿Conoces a un Laurence?
—No. Suena francés.
Saqué mi teléfono y busqué en Google fotógrafos con el nombre de
Laurence. Encontré dos en Nueva York, pero solo uno estaba cerca del
Bronx. Era mestizo, piel como el café con demasiada leche y ojos que
tenían un borde ligeramente exótico, tal vez chino o japonés, no estaba
segura, pero era muy bonito. Su estudio estaba a unos treinta minutos de
aquí si tomaba un Uber.
No tenía tarjeta de crédito, así que no podía usar la aplicación. Pero
tenía algo de dinero en efectivo del evento indescriptible en Sodoma, así
que podría llamar a un taxi.
—No puedo dejar que te vayas —dijo Maeve con una sonrisa
avergonzada—. Seamus me dijo que te mantuviera aquí hasta que Lorcan te
recogiera. Las dos nos meteremos en problemas si te vas.
—Maldita sea, ese idiota. Sabía que no me importaba si me metía en
problemas, pero contigo en la mezcla me veo obligada a quedarme quieta.
—Lo siento —susurró Maeve, y su mano se movió a su vientre.
—¿Estás embarazada?
Apartó la mano con una sonrisa tímida.
—Solo diez semanas.
—Felicidades.
—Gracias. ¿Y tú?
—¡No estoy embarazada!
—Quiero decir, ¿estás intentando quedar embarazada?
—No, es demasiado pronto.
Maeve asintió. Después de eso me contó de sus hermanas menores,
historias de travesuras que me hicieron reír a carcajadas, pero de vez en
cuando mi mente volvía a Laurence y lo que él sabía. Si Lorcan no me
llevara mañana con él, iría sola. No me importaba si eso lo enfurecía. No
estaba aquí para hacerlo feliz.
Lorcan me recogió alrededor de las seis.
—Me alegra que hayas obedecido.
No reaccioné.
—Entonces, ¿mañana iremos con Laurence?
Lorcan me envió una mirada molesta.
—Si me dejas de molestar. Pero te digo, todo lo que he escuchado
hasta ahora me hace creer que tu hermana no quiere ser salvada. Encontró a
un tipo rico que paga por todo, y pensó que es mejor que trabajar como
modelo.
Negué con la cabeza.
—Era su sueño. Convertirse en modelo era todo lo que siempre quiso.
La única razón por la que estaría con un hombre rico era para acercarse a
ese objetivo.
—Usa a los hombres para su propio beneficio. Parece venir de
familia.
Mis ojos se abrieron del todo con indignación.
—No me des esa mirada. Tu madre sedujo a tu padre para que la
dejara embarazada y ella pudiera evadir el matrimonio. Te casaste conmigo
para que te ayudara a encontrar a tu hermana. Y tu hermana usa a los
hombres por dinero y sus conexiones.
Mis mejillas ardieron. Lo hizo sonar como si fuera cierto. ¿Era cierto?
¿Las mujeres Killeen éramos manipuladoras?
—Me chantajeaste para que me casara contigo.
—Y ahora me estás usando para conseguir lo que quieres.
—Dudo que estés sufriendo.
—No lo estoy.
De camino a casa, Lorcan compró hamburguesas y papas fritas para
nosotros, pero una vez que llegamos a casa, se enfriaron. Lo primero que
hizo Lorcan fue empujarme contra el espejo del pasillo de su apartamento.
Empujó mis bragas a un lado y me tocó con fuerza. Me apoyé contra el
espejo, mi rostro retorcido por la lujuria, mi piel roja por el placer y la
vergüenza.
Lorcan empujó dos dedos dentro de mí y me folló brutalmente con
ellos. Observé cómo se adentraban en mí, y luego su aliento caliente se
abanicó sobre mis nalgas y su lengua se deslizó sobre mi entrada trasera.
Jadeé y luego gemí cuando su lengua se presionó contra mí mientras
sus dedos seguían follándome. Cerré los ojos contra mi propio reflejo y me
perdí en el toque de Lorcan, en su hábil lengua, y pronto en la combinación
de dolor y placer que estallaba a través de mí a medida que me follaba.
***
Estábamos comiendo la comida fría en el sofá cuando sonó mi
teléfono. Era de casa. Atendí.
—¿Mamá?
—¿Aislinn? —dijo la pequeña voz de Finn.
—¡Finn! ¿Mamá está contigo?
—No. Nuestro vecino me prepara el almuerzo. Pero quería hablar
contigo. Te extraño. —Sus palabras salieron en un mal tartamudeo, pero
entendí lo que dijo.
—Yo también te extraño, Finn. Volveré pronto.
Podía sentir los ojos de Lorcan sobre mí. En realidad, no podía
regresar a Dublín como la esposa de Lorcan. Se esperaba que me quedara
aquí. Pero no tenía la intención de ser la esposa de Lorcan por mucho
tiempo. Sin embargo, Lorcan no lo sabía. O tal vez lo hacía.
—Te extraño mucho —susurró Finn—. ¿Puedo ir de visita?
—Finn, es un vuelo largo. No creo que mamá pueda tomarse tanto
tiempo libre del trabajo. Nos veremos pronto. Lo prometo.
Me contó sobre su última sesión de terapia con caballos y luego
nuestro vecino tomó el teléfono y colgó.
Cerré los ojos, sintiendo nostalgia y culpa por dejar a Finn.
—¿Por qué no traes a Finn aquí? Podemos resolverlo. No tomará
mucho tiempo encontrar un nuevo lugar para vivir con un dormitorio
adicional.
Miré a Lorcan con sorpresa. ¿Estaba hablando en serio?
—Irlanda es su hogar. Debería quedarse con mamá, y mamá no se irá
de Irlanda.
—Tu madre parece ocupada manteniendo la cabeza a flote. No tienes
que trabajar. Tendrías tiempo para cuidar a tu sobrino, y él podría recibir un
mejor trato aquí. El dinero no es un problema. Aún es joven. Nueva York
podría ser su hogar.
¿Lorcan estaba siendo amable? ¿O esta era su forma de mantenerme
en Nueva York? ¿Mantenerme con él?
—¿Lo hizo por ti?
—No, pero tenía veinte cuando vine aquí. Mis raíces están en
Kenmare, en Irlanda. Tu sobrino aún es pequeño. Los recuerdos no lo
atarán a Irlanda.
Podía sentirme considerando seriamente su oferta. Echaba de menos a
Finn, y él me echaba de menos. Sabía que Lorcan tenía razón.
Probablemente mamá estaba trabajando horas extras para compensar el
dinero que faltaba por mí. A Finn le gustaba nuestra vecina, pero no era de
la familia y era mayor. Quería a Finn a salvo. Pero, ¿en serio estaba a salvo
en Dublín? Todos los que estaban conectados con la pandilla Five-Leaf-
Clover sabían de mi matrimonio con Lorcan a estas alturas. Eso significaba
que la gente se enteraría de mamá y Finn. No estaba segura si Balor se
aseguraría de que mi madre y Finn estuvieran a salvo. Si Finn estuviera
aquí, podría protegerlo y, por alguna razón, no creía que Lorcan
representara un peligro para él.
Todo dependía de cuánto tiempo tomaría mi búsqueda de Imogen.
¿Semanas? ¿Meses? Y una vez que encontrara a Imogen, ¿podría regresar
de inmediato? Probablemente no. Así podría pasar más tiempo. Tal vez más
semanas o meses. ¿Y si eso significaba un año sin Finn? Era el más cercano
a mí, siempre lo había sido, y tenía tiempo como había dicho Lorcan.
¿De verdad podría arrastrar a Finn a esto?
—Deberías traerlo. Si las cosas no funcionan, puede regresar a
Dublín. Ningún daño hecho. No me importan unos pocos miles de dólares
para pasajes aéreos. Incluso tu madre puede volver a su antiguo territorio
por lo que a mí respecta.
Asentí.
—Hablaré con ella y con Finn.
19
Aislinn
Lorcan se había negado a llevarme con él a la reunión con Laurence.
Afirmó que era para protegerme, pero no pude evitar preguntarme si lo hizo
para elegir qué información compartir conmigo. Odiaba que me dejaran al
margen, especialmente porque se trataba de mi hermana. No le importaba
su bienestar.
Abandonada a mi suerte, decidí que era hora de comprar comestibles.
Cuando me di cuenta de que era imposible cargar yo sola con las cuatro
pesadas bolsas, pedí un taxi. No tenía carné de conducir. Nunca lo había
necesitado en Dublín y no tenía dinero para conseguirlo. Teniendo en
cuenta el tráfico de Nueva York, probablemente era lo mejor. De vuelta en
casa, me puse a cocinar. Gracias al boletín de nuestra parroquia irlandesa
que ahora seguía, me enteré de la comida compartida que tendría lugar este
domingo después de misa. Gulliver no me había hablado desde la boda. No
sabría decir si era porque no le importaba lo suficiente o porque le había
remordido la conciencia y no soportaba preguntar por mi bienestar. Estaba
segura de que Lorcan querría asistir al servicio del domingo e incluso a la
comida. Necesitaba participar en la comunidad, y yo tenía toda la intención
de abrirme camino en sus corazones a través de la comida. La cocina
tradicional irlandesa no era mi fuerte, porque me encantaba experimentar
con los platos para darles un nuevo toque. Para la comida compartida quería
ceñirme a las tradiciones, pero no me metería en esto sin practicar, así que
había hecho una lista de recetas para probar. Primero, hice la tarta de
manzana y la salsa de natillas para acompañarla. Luego preparé el pan de
avena y soda. Por último, pero no por ello menos importante, empecé a
preparar los dos platos principales, un coddle de Dublín, una receta que
nunca había hecho antes con beicon, salchichas, cebolla y patatas, y un
pastel con guisantes y carne picada.
Alrededor de la hora del almuerzo ya había terminado con todo y
había empacado una parte en una canasta. Luego me dirigí hacia la señora
Byrne. Después de dejarle un recipiente con cada plato, para su sorpresa y
su agradecimiento a regañadientes, me dirigí a la tienda de Talulla. Su
rostro se tensó cuando me vio.
—Vengo con una ofrenda de paz —dije.
Dejé la canasta sobre la encimera y saqué mi comida. Talulla me
observaba con las cejas levantadas. Hoy llevaba el cabello oscuro recogido
en un moño desordenado.
—Comida tradicional irlandesa. Estoy practicando para la comida del
domingo.
Tras un momento de vacilación, se zampó la tarta con una generosa
porción de salsa de natillas.
—Es mejor que cualquier cosa que sirven en los pubs de por aquí.
Bueno, muy bueno.
Sonreí.
—Ahora puedes centrarte en tu trabajo y no tienes que ocuparte de la
comida y la cena.
Con un saludo, me fui. Cuanta más gente tuviera de mi lado, más
fáciles me resultarían las cosas. Mi última parada fue en casa de Maeve. Ya
me dolían los pies y tenía el brazo agarrotado de tanto llevar la cesta, pero
la expresión de éxtasis de Maeve cuando me vio delante de su puerta calmó
mi dolor físico.
—Tienes que comer conmigo. Seamus no regresará hasta muy tarde
esta noche. Él y Lorcan están visitando al fotógrafo al que fue tu hermana y
luego tienen una reunión en el Doom Loop.
—Ah, ¿sí? —pregunté. Al parecer, Seamus siempre informaba a
Maeve de los acontecimientos importantes. Lorcan seguía siendo un libro
cerrado. Tenía que cambiar eso.
Ayudé a Maeve a poner la mesa y descargar el resto de la canasta.
—Guau —respiró—. En realidad, me encantaría comenzar con la
tarta, pero me portaré bien.
Me reí entre dientes.
—Haz lo que quieras. No me importa.
Consideró la tarta y luego sacudió la cabeza con una sonrisa resuelta.
—Primero pastel salado, luego tarta.
Hundimos los dientes y le conté lo de Finn y la sugerencia de Lorcan
de traerlo a Nueva York.
—¡Es una idea maravillosa! Me encantaría ayudarte a cuidarlo. Me
encantan los niños y tengo experiencia cuidándolos. Prácticamente crie a
mis hermanas.
—Aún no lo sé. Sería parte del mundo de Lorcan. No quiero eso para
él.
—Estoy segura de que Lorcan no esperará que forme parte de su clan,
especialmente por su… —Maeve me miró con incertidumbre en los ojos.
Asentí. Sabía a lo que se refería, y aunque no quería que Finn formara parte
de Five-Leaf-Clover, tampoco quería que sus espasmos o su tartamudeo
fueran el motivo.
—Solo tiene tres años.
—Sí. —En el fondo de mi corazón, quería a Finn aquí. Mamá estaba
ocupada con el trabajo, y Finn estaba casi siempre abandonado a su suerte.
Mamá lo amaba, pero sabía cómo la deuda la obligaba a trabajar horas
extras. Siempre había sido así. Imogen y yo nos habíamos tenido la una a la
otra, pero Finn no tenía a nadie.
—Llamaré a mi madre esta noche.
Maeve tomó mi mano.
—Te ayudaré en lo que pueda. He estado buscando algo que hacer.
Me aburro como una ostra.
Me reí entre dientes y señalé su vientre. El embarazo de Maeve aún
no era aparente porque estaba un poco curvilínea y no estaba muy
avanzada.
—Pronto estarás ocupada.
—¡Eso es en seis meses! Y antes cuidé a un bebé y a un niño
pequeño.
Me sentí más ligera cuando dejé a Maeve y me dirigí a casa, volví a
pasar por delante de la comisaría, mis ojos buscaban las ventanas enrejadas
y me preguntaba dónde estaría Desmond. Pero no aminoré el paso.
Eran las seis cuando regresé a casa, y tomé el teléfono antes de perder
el valor.
Mamá no respondió. Era poco antes de la hora de comer en Dublín.
Metí toda la comida que había cocinado en la nevera. Si Lorcan no volvía
para cenar, no necesitaba dejarla a temperatura ambiente. Resoplé. Era una
esposa de verdad, cocinando y calentando la cama de mi esposo.
Sonó mi teléfono y lo respondí inmediatamente.
—Aislinn, ¿qué pasa?
Apenas podía oír a mamá por encima de las voces y el ruido de los
platos de fondo. ¿Estaba en el pub? Pensé que tenía el turno de noche.
—¿Estás en el trabajo?
—Sí, Sean me necesitaba y yo necesito el dinero. —No tuve que
preguntar quién cuidaría a Finn todo el día.
—Mamá, creo que lo mejor sería que Finn viniera a Nueva York.
Silencio.
—¿Disculpa?
—Tengo tiempo para cuidarlo. Y Lorcan pagará todos los costos. Te
facilitará las cosas.
—Aislinn, quizás las cosas aún no lo parezcan, pero formar parte de
la vida de un Devaney no es fácil ni seguro.
—Lo sé, mamá. Esto no es para siempre. Tú lo sabes. Solo hasta que
pueda volver. Pero Finn necesita a alguien que le quiera. No sé cuándo
volveré. No se le puede dejar al margen hasta entonces.
—Aislinn, estoy haciendo todo lo que puedo. No sé qué más hacer.
Tal vez debería casarme con Sean. —Se rio amargamente.
—¿Qué?
—No me hagas caso. Las cosas han sido duras sin ti —suspiró—. De
acuerdo. Te enviaré a Finn.
La sorpresa me invadió. Las cosas tenían que estar muy mal para que
mamá cediera así. No me lo estaba contando todo. Cuando volviera,
también me ocuparía de eso, pero ahora tenía que preocuparme por Imogen,
y pronto por Finn. Una cosa después de otra.
—¿Puedes comprobar los vuelos?
—Finn necesita pasaporte.
—Hablaré con Lorcan, ¿de acuerdo? Mamá, nosotros nos
encargaremos. Cuídate. Por favor.
—¡Aoife! —Alguien gritó el nombre de mamá en el fondo.
—Debo irme.
Colgó. Exhalé un suspiro. Finn vendría a Nueva York a quedarse
conmigo. Cerré los ojos y sonreí.
***
Ya estaba en camisón cuando Lorcan llegó a casa aquella noche sobre
las diez y, para mi sorpresa, iba vestido de traje, como de costumbre sin
corbata.
— Hay pastel de carne y coddle de Dublín en la nevera por si tienes
hambre, e incluso tarta de manzana si te apetece algo dulce.
Lorcan se acercó a la cama. Parecía agotado, y su barba incipiente se
estaba convirtiendo poco a poco en barba. Aún no le había visto afeitarse.
—Tengo hambre. De algo dulce.
La mirada en sus ojos me dijo que yo era el dulce.
Treinta minutos después, los dos estábamos jadeando, estirados boca
arriba, con los cuerpos resbaladizos por el sudor. Lorcan había hecho un
trabajo rápido esta vez. Fue nuestro encuentro sexual más corto hasta el
momento, probablemente debido a su agotamiento, pero no por ello menos
exitoso. Después de un orgasmo rápido pero potente por su lengua, me dio
otro con su polla al estilo perrito. Esta vez había usado condón. Presté
especial atención.
—Hablé con mi madre —dije cuando por fin pude volver a hablar—.
Aceptó enviar a Finn a Nueva York.
Lorcan se puso de lado y apoyó la cabeza con la palma de la mano.
—Buena decisión. —Me examinó el rostro—. Estás feliz.
—Lo estoy. Lo extraño —admití.
Asintió.
—¿Cuánto dinero necesitas para el vuelo?
—No lo sé. Pagué unos setecientos cincuenta. Aunque no sé cómo se
organiza un vuelo para un niño de tres años. Tal vez haya cargos extra.
Alguien tendrá que cuidar de él antes y durante el vuelo —suspiré,
abrumada por la idea de que Finn hiciera esto solo.
—Se supone que debo conseguir dos reclutas nuevos para el clan en
un mes. Hablaré con Balor y le diré que los necesito antes. Tu hermano
puede volar con ellos.
—¿En serio? —Hice una pausa—. No dan miedo ni nada así,
¿verdad?
Lorcan se rio entre dientes y me apartó un mechón de cabello del
rostro.
—No dan tanto miedo como yo, y tú te manejas bien conmigo. Finn
es pariente tuyo, estará bien.
Me reí.
—Hay otra cosa. Finn aún no tiene pasaporte. Tomará semanas
conseguir uno. —Esperé un poco más de tres semanas por el mío—. Lo
necesitaremos para reservar el vuelo y conseguir el ESTA1.
—Yo me encargo. Haré que alguien le expida un pasaporte. Pero tu
madre tiene que hacerle una foto.
Asentí. Entonces Finn viajaría con un pasaporte falsificado. Teniendo
en cuenta que no había querido involucrarme en absoluto en los asuntos de
Lorcan, cada vez cosechaba más beneficios. Supongo que era otra cosa que
añadir a mi lista para confesarme este domingo.
—¿No tienes curiosidad por saber qué me dijo Laurence?
Mis ojos se abrieron de par en par. Con toda la situación de Finn, me
había olvidado por completo del fotógrafo. Y todos los momentos sexuales
también me revolvieron el cerebro. Esa era probablemente la intención de
Lorcan. Mantenerme demasiado agotada como para causar problemas. El
dolor entre mis piernas se había convertido en un dolor constante que
probablemente nunca cesaría.
—¡Dime!
—¿Por favor? —La sonrisa de Lorcan envió un escalofrío por mi
espalda, pero luché contra la reacción de mi cuerpo.
—Por favor —grité.
—Como era de esperar, tu hermana no pagó los cuatro mil dólares
ella misma.
—¿Cuatro mil?
—Supongo que es un buen fotógrafo.
—¿Quién pagó? ¿Un hombre de negocios ruso?
—Laurence fue un poco reservado con sus respuestas. Pero sí, un
hombre de negocios ruso. No es difícil de adivinar teniendo en cuenta la
relación de Laurence con ellos.
—¿Averiguaste quién era? Golpeas a la gente si no te dicen lo que
quieres saber.
No podía creer lo que había dicho, pero la vida con Lorcan me estaba
pasando factura.
Lorcan soltó una risita sombría.
—Ahh, dulce Aislinn. —Me pasó un pulgar por los labios—. Tu
inocencia se está desvaneciendo demasiado rápido.
—¿Perdiendo el interés?
—En absoluto, para nada.
Tragué pesado ante la mirada hambrienta en sus ojos.
—Entonces, ¿no averiguaste nada más?
—Como he dicho, Laurence está bajo la protección de la Bratva.
Nueva York no es toda mía. La Bratva y Five-Leaf Clover tienen una
especie de entendimiento. No nos metemos en los territorios o negocios del
otro. Los chinos ya causan suficientes problemas. No necesitamos estrés
adicional. Así que incluso si tengo muchas maneras de extraer información
de alguien, no siempre uso mis métodos. Laurence pertenece a Sergej, no a
mí.
Me mordí el labio inferior.
—Pero tenemos que averiguar quién es la persona. Imogen podría
estar atrapada en sus garras.
—Y descubriré quién es. No te preocupes. Seamus y yo estuvimos en
Sodoma para una reunión con el jefe de un laboratorio de falsificaciones
con el que pretendemos cooperar, y hablé con algunos contactos rusos. De
nuevo, no van a soltar ninguna información sin la aprobación de Sergej,
pero él y yo vamos a quedar para comer la semana que viene.
—¿La próxima semana? Pueden pasar muchas cosas de aquí a
entonces. Tenemos que averiguar más. ¿Te sentarías a esperar un almuerzo
con un jefe del crimen ruso si alguien me hubiera secuestrado?
—Si un ruso te secuestrara, la paz sería cosa del pasado y yo haría lo
que más me gusta… utilizar mi vara de hierro para romper la mayor
cantidad de los doscientos seis huesos del cuerpo humano y averiguar
dónde estás. Mataría y torturaría, hasta que volvieras a mi cama. Pero
Imogen no es tú y lo más probable es que no haya sido secuestrada. A pesar
de su hermetismo, Laurence mencionó lo íntimos que habían sido el ruso y
tu hermana. Ella se lo está follando por dinero, y probablemente esté
dejando que el sol brille en su culo ahora mismo mientras le chupa la polla
en algún lugar del Caribe. Tu hermana no es una buena chica. Es una
serpiente. No hay necesidad de protegerla.
No quería creerlo, pero Imogen era Imogen. Aun así, necesitaba saber
la verdad, sin importar cuál fuera. En realidad, la odiaría si no respondiera a
mis llamadas porque estaba ocupada follándose a un gánster ruso por dinero
y una posible carrera.
20
Aislinn
Me frustraba la falta de urgencia de Lorcan. A él no le importaba
esperar una semana, sin embargo a mí sí. Pero acercarme yo misma a los
mafiosos rusos me parecía una muy mala idea.
Di un largo paseo por Central Park, como se había convertido en un
hábito en mi corta estancia en Nueva York, para despejarme.
Una rama se rompió detrás de mí cuando subía por el estrecho
sendero que atravesaba una espesa zona de árboles del parque. Miré a mi
alrededor, pero no vi a nadie. Aceleré el paso cuando, de repente, una mano
me tapó la boca y me sacó del sendero. Forcejeé, desorientada, hasta que
me giré y miré a Desmond a la cara. No llevaba uniforme de policía.
—Siempre voy de civil. Facilita ciertas investigaciones. —Bajó la
mano—. No grites.
—No lo haré —dije, aún sin aliento por el miedo.
—No tenemos mucho tiempo. Tu esposo tiene sus espías por todas
partes, y yo no necesito una diana en mi cabeza ni tú tampoco.
—¿No estás en su lista de objetivos por lo que haces?
—Aún no he dirigido ninguna investigación contra Five-Leaf Clover.
Entrecerré los ojos.
—¿Qué quieres de mí?
—Vayamos al grano. Ambos sabemos que no amas a Lorcan. Este
matrimonio es una broma. La única razón por la que no huyes lejos de tu
esposo es tu hermana.
Mis ojos se abrieron del todo.
—Mi madre llamó a la policía. No sabían nada.
Desmond se echó a reír, con los ojos escrutando nuestro entorno.
Apenas me miraba, siempre ocupado en asegurarse de que no había nadie
cerca.
—Si realmente quieres encontrar a tu hermana, Lorcan no será quien
te ayude.
—¿Por qué?
—Porque está involucrado.
Me congelé.
—¿Cómo lo sabes? Lorcan me dijo algo muy diferente.
—¿De verdad te sorprende que no admita estar implicado en la
desaparición de tu hermana? Está retrasando tus investigaciones, ¿no?
No dije nada.
—Tu hermana necesitaba dinero cuando vino aquí, y como cualquier
mujer astuta, fue a buscarlo en un hombre. Lorcan tiene mucho dinero y
poca paciencia.
—Nadie de la comunidad los vio juntos.
Desmond volvió a reírse.
—Tu hermana intentó engañar a tu esposo, y eso no le gustó ni un
poco.
—¿Por qué me cuentas esto? Si sabes que Lorcan lastimó a mi
hermana, ¿por qué no lo arrestas?
—Porque mis jefes quieren a Five-Leaf Clover en bandeja de plata.
No les importa una chica moralmente gris.
Apreté los dientes.
—¿Quieres que reúna información? ¿Que sea tu topo?
—Ni siquiera sé cuánta información puedes reunir, o si algo de ella
será útil, pero si no quieres acabar como tu hermana y quieres tener una
pequeña posibilidad de quizá encontrarla viva, entonces deberías ayudarme
como puedas.
Di un paso atrás, más cerca del sendero.
—No puedo simplemente confiar en tu palabra. Necesito pruebas de
que Lorcan conoció a Imogen, que está involucrado.
Desmond me dedicó una sonrisa tensa.
—Si puedes esperar tanto. Tengo todo el tiempo del mundo.
Me di la vuelta y eché a correr. No me gustaba Desmond. Era
espeluznante y extraño, pero era policía y Lorcan era un criminal. Uno de
los dos mentía, pero no sabía cómo averiguar quién.
***
A pesar de mi frustración inicial por la semana de espera para obtener
más información, los días pasaron en un instante. Estaba ocupada
organizando y reservando el vuelo de Finn, hablando por teléfono con uno
de los hombres que lo acompañarían para asegurarme de que sabían sobre
las necesidades de Finn y cocinando para la comida compartida. Evité el
parque y traté de no pensar demasiado en las palabras de Desmond. Tenía
un mal presentimiento sobre él. Me había parecido demasiado insistente y
necesitado, como si fuera a hacer cualquier cosa para progresar, incluso
mentir.
No confiaba ni en Lorcan ni en Desmond.
Estaba en un callejón sin salida, al menos hasta la reunión de Lorcan
con Sergej o hasta que Desmond decidiera mostrarme pruebas. En realidad,
esperaba que esto último no fuera así, porque no solo sería malo para
Imogen, sería malo para mí, malo para Finn e incluso para mamá. Menudo
lío.
***
Lorcan parecía divertido cuando llevaba dos cestas llenas de comida a
la pequeña cocina situada en una habitación lateral de la iglesia.
—Estás intentando ganártelos con comida deliciosa. Muy inteligente.
—Me empujó contra él y me besó. Por supuesto, una anciana de la
comunidad entró en la habitación en ese momento. Mis mejillas estallaron
de calor y murmuré una disculpa, pero ella se limitó a guiñarle un ojo a
Lorcan.
—Eres el demonio —susurré en su dirección cuando nos fuimos.
La mirada que me dirigió hizo que mi cabeza se llenara de
preocupación. Estaba tramando algo.
Al entrar a la iglesia con Lorcan a mi lado, como marido y mujer,
sentí un breve destello de vergüenza. Este era un vínculo que habíamos
hecho ante Dios, pero no era más que una mentira. Lorcan me tocó la
espalda baja, instándome a seguir adelante, y me di cuenta de que me había
detenido justo después del umbral, no dispuesta a exhibir nuestra farsa de
matrimonio ante los ojos de todos.
Pero Lorcan quería que nos vieran, así que nos dirigimos al frente y
nos sentamos. Los susurros y las miradas curiosas nos siguieron todo el
camino.
Seamus y su esposa pronto se sentaron a nuestro lado.
Gulliver me envió un gesto apreciativo. Parecía ser la persona más
feliz con el vínculo, a excepción de Lorcan. Definitivamente mi esposo
encontraba una gran satisfacción, física y mental, en tenerme atada a él.
Escuché a medias las tonterías de Gulliver y me alegré cuando
terminó la misa. En el pasado, me encantaban estos momentos de
autorreflexión, pero ahora me sentía como un fraude.
—Hora de confesar nuestros pecados —murmuró Lorcan en mi oído.
Puse los ojos en blanco.
—La absolución de tus pecados no funciona si tienes la intención de
seguir pecando. No hay boleto gratis para salir del pecado, incluso si tienes
un sacerdote en tu nómina.
Lorcan se encogió de hombros.
—Algún día puede que deje de pecar. Hasta entonces la confesión
semanal tendrá que equilibrar mi balanza.
—Estoy segura de que no es así como funciona —repetí. Lorcan
sostuvo mi mano con fuerza mientras me conducía hacia el confesionario.
El tío Gulliver seguía ocupado charlando con un grupo de ancianas. Fuimos
los primeros en llegar al confesionario. La gente obviamente sabía que era
el turno de Lorcan primero, y no querían estar cerca cuando revelara sus
pecados. Tuve que admitir que rara vez me había confesado en el pasado,
no porque nunca hubiera pecado, sino porque nunca me había sentido
cómoda hablando de ello—. Parece que mi tío aún está ocupado. Tal vez
hoy deberías considerar saltarte la confesión. —Quería salir de la iglesia lo
más rápido posible. La comida sería más fácil de manejar. La gente
charlaba sobre comida y no sobre pecados.
Lorcan sonrió, como de costumbre disfrutando de mi incomodidad.
—Me temo que no puedo hacer eso. Ambos tenemos pecados que
confesar.
Me arrastró hasta con él al confesionario con él y luego presionó sus
labios contra mi oreja.
—Dulce Aislinn, me usaste para adquirir información. Usas nuestro
matrimonio como un artilugio para conseguir lo que quieres. No honras el
sagrado vínculo del matrimonio.
¿Usarlo? ¡Me follaba todas las noches como un animal! Y ambos lo
disfrutábamos. Ciertamente no estaba sufriendo. Y yo ni siquiera quería
este matrimonio.
Como si pudiera leer mis pensamientos, se rio entre dientes en mi
oído.
—Un arrebato de ira también es un pecado.
—¿Me estás hablando de arrebatos de ira? —susurré indignada—. No
voy por ahí golpeando a la gente con cadenas de acero.
—Es terapéutico. Quizás deberías intentarlo.
Su humor seco casi me hizo reír a pesar de la horrible verdad de sus
palabras.
—Esta semana, hablé con unos viejos amigos rusos sobre tu
hermana…
Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Por qué no había dicho nada
antes?
—¿Qué descubriste?
Olvidé momentáneamente que él era uno de mis principales
sospechosos cuando se trataba de la desaparición de mi hermana,
principalmente por falta de otras pistas y porque Desmond había plantado la
semilla de la duda en mi mente.
—Quid pro quo, dulce Aislinn. —Me metió el lóbulo de la oreja en su
boca y luego me mordió suavemente, apretándome el pecho con la palma de
la mano—. Primero me chupas la polla y luego obtienes las respuestas que
deseas.
—¡No haré eso en la iglesia!
—Seguro que puedes reunir la información por ti misma.
Hizo un movimiento como para abandonar el confesionario.
Le agarré del brazo.
—No.
Lorcan cerró la cabina una vez más y me sonrió.
—Quieres información, y quiero derramar mi semen por tu garganta
aquí y ahora.
Cerré los ojos brevemente, intentando olvidar dónde estábamos. Esto
podría ser un vestidor o algún otro tipo de cabina.
—¿Estás rezando?
Abrí los ojos y me arrodillé antes de que pudiera cambiar de opinión.
En la penumbra, pude ver a Lorcan sacando su enorme miembro de los
confines de sus finos pantalones de vestir. Casi se me hizo la boca agua al
verlo. ¿Qué me pasaba? Nunca me había puesto así. La culpa asomó la
cabeza. Estábamos en una iglesia y yo tenía hambre de la polla de Lorcan.
—Chupa mi polla —ordenó.
Le di una mirada incrédula.
—¿No te sientes un poco culpable? Estamos en la iglesia.
—Y estoy seguro de que derramar mi semen por tu dulce garganta me
hará cantar aleluya. Ahora chúpame.
Me incliné hacia delante y me lo llevé a la boca. Olía a jabón, como si
se hubiera limpiado justo antes de la misa porque sabía que tendría su polla
en la boca justo después. Rodeé su punta y la chupé mientras mi mano le
acariciaba las bolas.
—Más profundo.
Lorcan acunó la parte posterior de mi cabeza y metió su eje
lentamente en mi boca hasta que me atraganté y tosí. Empezaba a gustarme,
y Lorcan también, a juzgar por su respiración entrecortada. Se detuvo,
permitiéndome encontrar un ritmo lento con él tan dentro de mi boca.
—Bien, Aislinn. Esto es tan jodidamente bueno.
Tarareé, mi núcleo se apretó ante su alabanza.
Sonaron pasos y una puerta crujió… la puerta de la cabina al otro lado
del confesionario.
Me tensé y me aparté, pero Lorcan se inclinó.
—Si te detienes antes de que te lo diga, no te daré la información.
—Esto es una blasfemia —murmuré.
—¿De verdad crees que Dios no tiene mayores problemas que dos
personas haciéndolo en un confesionario hecho por el hombre?
—Estoy aquí para escuchar tus pecados —dijo Gulliver.
Negué con la cabeza, mis labios quietos en la punta de Lorcan.
—Oh, padre, he pecado —dijo Lorcan mientras agarraba mi cabeza y
deslizaba su punta en mi boca. La salinidad de su excitación floreció en mi
lengua.
Me pasó los dedos por el cabello, empujándome hacia delante,
haciéndome señas para que me metiera aun más de él en la boca. Su punta
me presionó la garganta y luché contra mi reflejo nauseoso por miedo a
hacer ruido. Se me humedecieron los ojos mientras me penetraba la boca
con profundas y lentas embestidas.
—Hijo, estoy aquí para tomar tu confesión —dijo el tío Gulliver.
Cerré los ojos mientras la polla de Lorcan acariciaba mi lengua y
presionaba contra la parte posterior de mi garganta.
—Arrojé a alguien al Hudson hace un par de días, con una piedra
pegada a sus pies.
Mis ojos se abrieron de golpe y se clavaron en Lorcan. Él también me
observaba, una sonrisa burlona jugueteando en su rostro mientras tomaba
mi boca a medida que confesaba crímenes horripilantes. Siguió hablando,
revelando más horrores con voz tranquila y sin disculparse, y yo seguí
chupándosela. Para mi horror, pronto me sentí incómodamente húmeda
entre las piernas. A pesar de sus palabras horrendas, mi cuerpo respondía a
Lorcan, como siempre.
Tal vez era tan monstruosa como mi esposo.
—Oh, padre —dijo Lorcan, sonando atormentado, pero la vibración
en su voz no era de emoción contenida. Sus bolas palpitaron bajo mis
dedos, y luego se derramó dentro de mí. Tuve problemas para tragar con su
polla enterrada tan profundamente en mi boca. Lorcan se retiró un poco
solo para establecer un ritmo más lento de bombeo dentro de mí, aun
temblando por la intensidad de su orgasmo. No me amilané y seguí
chupándosela. A estas alturas, mi excitación goteaba fuera de mí y también
las lágrimas. No podía creer lo que estaba haciendo, lo que me estaba
haciendo.
Había esperado el matrimonio para tener relaciones sexuales, aunque
no intencionadamente, pero me había entregado por todas las razones
equivocadas al hombre equivocado. Y lo peor de todo era que lo disfrutaba.
Lorcan se quedó quieto, con los ojos cerrados y el pecho agitado. Cuando
sus ojos volvieron a abrirse, contenían el mismo hambre que antes, y mi
cuerpo estalló de necesidad hasta los huesos.
—Necesito tiempo para pensar en mis pecados. Dame un momento —
dijo Lorcan arrastrando las palabras, sin dudar siquiera en mentirle a un
sacerdote. No sabía por qué aún me sorprendía.
—Por supuesto, hijo.
Casi puse los ojos en blanco ante el tono benevolente de Gulliver,
cuando por lo general siempre se inclinaba ante cada orden de Lorcan.
Lorcan me acarició el cabello como si fuera un buen gatito. Me senté
y dejé que su polla se deslizara fuera de mi boca. Me limpié la boca con
asco, furiosa con mi esposo, con mi cuerpo, con la situación en la que me
había metido Imogen. Me puse en pie de un empujón, me arreglé la ropa y
el cabello, y salí del confesionario antes de que Lorcan pudiera obligarme a
hacer algo más. ¿Pero qué podía ser peor que lo que ya habíamos hecho?
¿Quizás me follaría en el altar?
Las ancianas me miraron con curiosidad cuando hui del
confesionario. Me alegré de que Gulliver no me hubiera visto, aunque una
de las ancianas probablemente le mencionaría algo.
Necesitaba tiempo para pensar, incluso si mis propios pensamientos a
menudo me asustaban hoy en día. Tenía que aceptar lo que estaba
sucediendo, tenía que encontrar la manera de detenerlo. Lorcan me estaba
convirtiendo en alguien que apenas reconocía. ¿Esta chica lasciva siempre
había sido parte de mí? ¿Estaba latente, esperando a que un pecador la
despertara? Me ahogué en una carcajada. Me estaba volviendo loca.
Me apresuré a bajar a la cripta y me arrodillé en el suelo frío detrás de
un sarcófago de piedra. Aún podía saborear a Lorcan, aún podía sentirlo.
Cerré los ojos. Tal vez intentaba demostrarme lo fácil que era atraerme al
pecado. Tal vez esperaba que me sintiera mejor con sus pecaminosas
costumbres. Pero tener sexo en la iglesia y ahogar a alguien en un río eran
niveles completamente diferentes de pecado.
¿Verdad?
No estaba segura de cuál sería la respuesta de Gulliver a eso.
Probablemente le horrorizaría más mi confesión que la de Lorcan. Pronto,
los murmullos distantes de la congregación se desvanecieron.
Probablemente se habían trasladado al patio donde tendría lugar la comida.
Me levanté, con las piernas agarrotadas por el frío, y me atreví a volver a la
nave.
Estaba vacía, excepto por un anciano que salía del confesionario. Sin
saber por qué ni qué podía confesar, me dirigí a la cabina y entré.
—Estoy aquí para escuchar tus pecados —dijo el tío Gulliver.
Siempre había sido honesta en el confesionario, nunca había omitido
mis pecados. Hasta hoy. No podía decirle a mi tío que Lorcan me había
follado la boca durante su confesión, que lo había chupado con entusiasmo
y que me había excitado. Que mis bragas aún estaban empapadas de mi
lujuria, que solo de pensarlo me encogía de vergüenza y me estremecía de
lujuria.
—Me casé con un asesino —dije en lugar de todos los pecados que
debería haber confesado.
Hubo una pausa. Gulliver debió reconocer mi voz, y mi confesión
probablemente también era una pista bastante obvia.
—El amor no es un pecado, y el matrimonio es un vínculo sagrado,
niña.
—Incluso si el amor y el matrimonio son una mentira.
—El matrimonio no puede ser una mentira si se acuerda ante Dios, y
el amor a veces tarda años en construirse.
El amor. Nunca habría amor entre Lorcan y yo. Lujuria. Ah, sí.
Mucha lujuria. ¿Pero la lujuria no era también un pecado?
—El matrimonio no es fácil. No se supone que lo sea. Se trata de
sacrificio. Dios nos prueba de esa manera también. No falles.
Sacudí la cabeza. ¿En serio se trataba de que Dios quería este
matrimonio? ¿O de que a Gulliver le preocupaba meterse en problemas con
Lorcan? Consideré decirle que había hablado con Desmond. Pero eso no era
pecado. ¿O era porque lo estaba haciendo a espaldas de Lorcan? ¿Porque
podría traicionar a mi propio esposo? No estaba segura de cuáles eran las
reglas en este caso. Supuse que Gulliver las modificaría para adaptarlas a
los deseos de Lorcan.
—Lorcan te ha estado buscando. No deberías preocupar a tu esposo.
Las palabras de Gulliver me arrancaron de mis pensamientos. Parecía
ansioso por sacarme del confesionario. Tal vez estaba preocupado por los
secretos que podría revelar.
—Por supuesto que no —dije—. Gracias por escuchar mis pecados.
Me levanté, sin esperar otra palabra de Gulliver.
Seamus me esperaba delante de la cabina cuando salí y me acompañó
al patio, donde alguien ya había colocado mi comida en la mesa. Lorcan
estaba de pie junto a la mesa y charlaba con un grupo de hombres que
estaban comiendo mi pastel de carne. Me acerqué a ellos con una sonrisa
forzada. Pronto, más personas se cernían frente a mi mesa, comiendo mi
comida y alabándola. Nadie parecía haber notado el vergonzoso episodio en
el confesionario. Lorcan, por supuesto, seguía dándome miradas
hambrientas apenas veladas que hacían que mi cuello se enrojeciera de
calor y mi sangre palpitara de rabia.
—Querida, deberías abrir un restaurante —dijo una de las señoras
mayores.
—Debería —convino Lorcan.
—De hecho, siempre ha sido mi sueño abrir un restaurante irlandés
con clásicos pero también con interpretaciones modernas.
Me sonrojé cuando Lorcan me miró con curiosidad. Siempre me
sentía tonta cuando hablaba de ello.
—El pub Plough necesita un nuevo dueño. Necesitamos buena
comida casera en nuestra comunidad. La última tarta casera que comí era
una vergüenza —dijo otra mujer mayor.
—Veremos qué podemos hacer —dijo Lorcan.
Me pregunté si hablaba en serio. ¿De verdad me ayudaría a abrir un
restaurante?
¿Y en qué demonios estaba pensando?
Me planteé trabajar con la policía, traicionar a mi esposo y huir de él
lo antes posible. No tenía futuro en Nueva York. Definitivamente no como
propietaria de un restaurante a través de la organización benéfica de Lorcan.
Me alegré cuando terminó la comida. Mi cerebro necesitaba un
descanso de todas las posibilidades.
Una vez que estuvimos en el auto de Lorcan y de camino a casa, me
relajé un poco, pero mi indulto duró poco.
—Huiste antes de que terminara contigo.
Le di una mirada confusa, incapaz de seguir su línea de pensamiento.
—En el confesionario. —Su sonrisa hizo que mi sangre bombeara de
nuevo, pero no en excitación por una vez.
—¡Me hiciste chupártela delante de mi tío!
—No lo vio, ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba sucediendo.
—Pero sé lo que hice. ¿Cómo se supone que voy a enfrentarlo?
—Con un poco de práctica, te acostumbrarás a pecar. —Crucé los
brazos y miré por la ventana—. ¿Tu coño aún está mojado?
Hundí mis dientes en mi labio inferior, burlándome.
—No voy a follarte ahora. Estoy enojada contigo.
—Follar enojado es lo mejor.
***
Lorcan y yo no teníamos una relación en el sentido tradicional.
Follábamos como animales. Ojalá pudiera fingir que no lo disfrutaba, pero
mi cuerpo ardía de pura lujuria en cuanto veía a mi brutal esposo. A pesar
de mis palabras en el auto, acabamos en la cama.
Me odié un poco por ello. Al mismo tiempo, sentí una satisfacción
enfermiza al pensar en Patrick, que probablemente estaba recibiendo menos
acción que yo.
—Si en serio quieres abrir un restaurante, te apoyaré. Creo que te hará
bien tener un propósito y salir de la casa por otras razones que no sean
husmear. Y una vez que hayas encontrado a tu hermana y te des cuenta de
que no necesita que la salven, será otra cosa que te mantendrá ocupada.
Me puse de lado. Lorcan ya estaba frente a mí, y eso nos acercó
mucho. Me sonrojé ante la repentina proximidad. Aunque ya nos habíamos
visto desnudos varias veces, y ya casi nunca me avergonzaba, estos
momentos íntimos que no eran de naturaleza sexual me resultaban extraños.
Lorcan y yo éramos extraños.
—¿Por qué te importa? ¿No preferirías que me pasara el día en casa,
limpiando, cocinando, y esperándote?
Lorcan me golpeó suavemente la frente.
—Dulce Aislinn, lo que hay ahí dentro necesita un desafío, algo para
mantenerte ocupada o simplemente te meterás en problemas.
Resoplé.
—No era propensa a los problemas antes de que entraras en mi vida.
—No fui el que se subastó a sí mismo en Cunt Yard.
—¿Nunca dejarás de recordármelo?
—No lo creo.
Se rio entre dientes y no pude evitar reírme un poco también.
—Quiero que tengas tu propia vida. Tengo el clan, y me mantiene
muy ocupado. Tú también deberías tener algo.
—Pronto llegará Finn. No tendré tiempo para trabajar en un
restaurante todo el día, y mucho menos para crear un concepto, un menú y
todo lo que implica crear un negocio de éxito.
—Cierto. Pero si decides que se quede aquí, al final irá a la guardería
o al jardín de infancia. Eso te dará tiempo, y a nadie le importará que lo
tengas en el restaurante. Tendrás personal. Serás el jefe. Nadie te dirá
cuándo tienes que trabajar.
¿En serio Lorcan estaba considerando tener a Finn viviendo con
nosotros indefinidamente? Tenía la sensación de que cuando Lorcan
imaginaba tener un hijo, era alguien que siguiera sus pasos, alguien que no
tuviera tartamudez ni espasmos. Tal vez le gustaba el concepto general de
un niño bajo su techo, pero estaba segura de que pronto se cansaría de la
responsabilidad.
—Claro, pero será mi restaurante, mi responsabilidad. No puedo
simplemente aparecer un par de horas por día. Quiero cocinar y estar cerca
—suspiré.
El hecho de que incluso estuviera discutiendo esto parecía surrealista,
pero también me hizo sentir ridículamente mareada. Un restaurante siempre
había sido un sueño muy lejano. Con Lorcan a mi lado, era una posibilidad,
pero no quería usar el poder y el dinero de Lorcan.
Sacudí la cabeza.
—Tal vez algún día. Aún no. No hasta que haya encontrado una rutina
aquí con Finn y sepa lo que le pasó a Imogen.
—No quieres apoyarte en mí —musitó Lorcan con un toque de
amargura.
—Quiero alcanzar mis metas sola.
—No es así como funciona el matrimonio. Quizás algún día te
permitas considerar esto realmente un matrimonio.
No dije nada. Lorcan siempre fingía que su corazón estaba en este
matrimonio, pero yo no lo creía. Tal vez, como ocurre con los niños, le
gustaba la idea general y tenía una imagen idealizada del matrimonio en la
cabeza por lo que había presenciado con sus padres.
—Nuestro matrimonio se basa en el chantaje.
—No significa que no pueda desarrollarse en la dirección correcta.
—Aún ni siquiera entiendo por qué querías casarte conmigo en primer
lugar. Seguro de que tuviste muchas oportunidades de casarte con una chica
irlandesa.
Lorcan me pasó un dedo por el brazo y la cadera.
—Me gustaste desde el primer momento en que te vi.
—Entonces, fue únicamente físico.
—El sexo es importante, también la atracción, pero hubo más. Me
gustó el aire de chica modesta de pueblo que desprendías con ese toque de
descaro. Sabía que eras el tipo de chica que se tomaría una Guinness
conmigo después de una buena comida, a la que no le desagradaba el
trabajo duro.
Me reí indignada.
—Soy de Dublín.
—Sí, pero en el fondo no eres una chica de gran ciudad. Te gustan los
rincones tranquilos, las callejuelas oscuras. Te gusta el pub de al lado y las
caras conocidas.
—¿Pudiste ver todo eso con una sola mirada en la iglesia?
—Unas cuantas miradas más para ser sincero, pero sí. Soy bueno
leyendo a la gente, pero tengo la sensación de que aún guardas algunos
secretos.
—¿No lo hace todo el mundo? ¿Tú no?
—Todos lo hacemos. Algunos para proteger a otros, otros para
protegernos.
21
Aislinn
En mi paseo diario por el vecindario, pasé por el pub que necesitaba
un nuevo dueño. Las ventanas estaban tintadas, así que no podía distinguir
mucho mientras miraba a través de ellas. Sacudí la cabeza con una risa.
Esto era ridículo.
Finn llegaría a Nueva York esta noche, y Lorcan tenía su reunión con
el ruso hoy. Hubo un cambio de planes de última hora: Lorcan tuvo que
marcharse ayer por la tarde para reunirse con Sergej en otro lugar,
supuestamente por motivos de trabajo. Por supuesto, no aprovecharía la
reunión para hablar de Imogen. Ella no era importante para él. Tenía otras
cosas de las que preocuparse además de un restaurante.
Me dirigí de nuevo a Central Park. Alguien me seguía. Podía sentirlo
en mi cuello, como un toque fantasma que te hacía querer volar. Lancé otra
mirada sobre mi hombro. De repente, una sombra cayó sobre mí,
haciéndome gritar de asombro y miedo. Retrocedí a trompicones, dispuesta
a correr, pero me topé con otro cuerpo alto.
—Señora Devaney, NYPD. No hay razón para entrar en pánico.
Mi cerebro aterrorizado tardó un momento en procesar lo que había
dicho el hombre que tenía delante.
—¿Policía de Nueva York? —repetí, confundida. No era Desmond.
—Policía —dijo una voz familiar detrás de mí.
—Lo sé.
Miré a ambos de un lado a otro. Ambos vestían chaqueta de mezclilla
y zapatillas deportivas. El hombre que tenía ante mí, que parecía proceder
de México o Puerto Rico, se metió la mano en el bolsillo trasero y sacó una
placa de policía que me presentó.
—Se pueden comprar por cincuenta pavos en Sodoma y de mejor
calidad —dije altivamente porque no me gustaba cómo me acorralaban.
Nunca había tenido problemas con la policía. Mis únicos encuentros
con ellos habían sido cuando un cliente del Merchant's Arch había bebido
demasiado y se había puesto agresivo. Pero Desmond y su colega me
hicieron sentir arrinconada. Me trataron como si también fuera una
delincuente, quizás porque estaba casada con uno.
Desmond me dedicó una sonrisa condescendiente.
—Señora Devaney, este es el original. Si no nos cree, podemos
llevarla al departamento de policía para tener esta conversación.
—¿Qué clase de conversación?
Desmond levantó las manos.
—Escucha, tal vez esta reunión comenzó con el pie equivocado.
Estamos aquí para ayudarte a cambio de información.
—Ya me han dicho que creen que Lorcan es el responsable de la
desaparición de mi hermana.
—Y eliges no creernos —dijo Desmond.
Asintió a su colega, que sacó dos fotos. Habían sido tomadas de
noche y estaban ligeramente borrosas, pero era muy evidente quién aparecía
en ellas. Imogen y Lorcan. La foto había sido tomada a través de una
ventana. Imogen llevaba solamente ropa interior blanca o un bikini y
Lorcan la había apoyado contra una mesa redonda con un elegante banco de
cuero blanco detrás. ¿Dónde se había hecho la foto? No en el apartamento
de Lorcan, eso estaba claro. La siguiente foto mostraba a Lorcan arrojando
un fajo de billetes sobre la mesa, junto a la pierna desnuda de Imogen.
Tragué pesado, recordando cómo me había pagado después de nuestra
noche en Sodoma.
—¿Cuándo tomaron estas? —pregunté con la voz apagada. Mi vientre
se volteó y estaba segura de que vomitaría.
Desmond y su colega intercambiaron una mirada.
—Hace unas tres semanas y media. Poco antes de que aparecieras.
—¿Dónde?
—¿Dónde crees? —preguntó Desmond, haciéndome sentir como una
niña estúpida.
—En Sodoma. —Todo tenía sentido, el dinero, el estado semidesnudo
de Imogen. Esta era probablemente la parte de Sodoma que no había visto,
aquella en la que las chicas buscaban patrocinadores en lugar de subastarse.
Sabía lo que Imogen había hecho por el dinero, y sentí como si
estuviera a punto de desmayarme. Mi estómago se rebeló cuando mi visión
se volvió borrosa.
—¿Estás bien? —Desmond me alcanzó, pero yo di un paso atrás.
Me aclaré la garganta.
—Estoy bien.
—¿Seguro?
—¿Qué pasó después de que se tomó esta foto?
—Nuestro contacto no pudo tomar más fotos para su propia
protección. Pero tu hermana y Lorcan se mudaron a una de las habitaciones
privadas para intensificar su primer encuentro. No sabemos si siguieron
viéndose después de esta reunión inicial, pero creemos que es probable.
La cuestión era cómo terminó. ¿Por qué no le pidió la mano a Imogen
si empezaron de forma parecida a nosotros? O tal vez lo había hecho y ella
solo quería su dinero para el fotógrafo y no un esposo. A Imogen nunca le
había interesado el matrimonio, y siempre había dicho que la única razón
por la que se casaría sería si conociera a un multimillonario de noventa años
sin herederos que no insistiera en un acuerdo prenupcial. Lorcan tenía
dinero, pero no estaba a punto de morir, al menos no por causas naturales.
—¿Saben dónde está mi hermana ahora?
—Creemos que tuvo que huir de Nueva York porque tomó mucho
dinero de Lorcan, pero no le dio lo que él quería a cambio.
Así que tal vez fingió que se casaría con él para obtener más dinero y
luego huyó.
—Entonces, ¿no sabes si Lorcan la atrapó?
—Lorcan es un hombre de recursos. Incluso si tu hermana lograra
sacarle varios miles de dólares, no llegaría muy lejos. Papeles falsos, una
imagen nueva… eso es caro, y supongo que no está acostumbrada a huir de
la mafia.
Asentí.
Tal vez debería tomar a Finn esta noche y embarcar en el próximo
avión de regreso a Dublín.
—Eso no significa que tu hermana esté muerta. Creemos que Lorcan
podría haberla vendido a los rusos. Tratan con esclavas sexuales. El clan,
debido a sus conexiones con la iglesia católica, se abstiene de participar con
trabajadoras sexuales, pero eso no les impide desdibujar las líneas en
ocasiones.
—¿Qué quieres de mí?
—Información sobre Lorcan, sobre el clan, sobre su reunión con la
mafia rusa. Parecen buscar una nueva asociación. Nos gustaría saber de qué
se trata.
—Lorcan no comparte mucho de sus negocios conmigo.
—Gánate su confianza, sé un poco más accesible. Dale lo que quiera
para que puedas darnos lo que necesitamos para arrestar al clan y salvar a tu
hermana.
No sería tan fácil. No podía creer que hubiera permitido que Finn
viniera a Nueva York.
Pero, ¿en serio estaba a salvo en Dublín? Mientras Lorcan y su clan
estuvieran libres, nadie de mi familia estaría a salvo.
—Te ayudaré lo mejor que pueda.
Sabía que esto era un gran riesgo. Si Lorcan se enterara, estaría
condenada.
—Lo ideal sería ponerte un micrófono, pero teniendo en cuenta tu
estado íntimo con Lorcan eso es probablemente demasiado arriesgado.
—Sin micrófonos. —Me sentí asquerosa cuando consideré llevar
micrófonos en mi cuerpo.
Desmond abrió una caja pequeña con tres dispositivos muy pequeños.
—Estos son micrófonos. Puedes ponerlos debajo de la cama, dentro
del auto de Lorcan y en su oficina.
—¿Y si usa detectores?
—Si no actúas de manera sospechosa, no tendrá motivos para
registrar su propia casa y automóvil. Así que ten cuidado. Si puedes
esconder uno de los micrófonos en su oficina en los muelles, eso nos
ayudaría más. Ahí es donde habla de negocios con su equipo.
Metí la caja en mi bolso.
—Tu hermana no es la única en peligro —dijo Desmond—. Nuestros
contactos nos dijeron que tu madre está en la lista de objetivos del clan
Devaney.
—Eso no puede ser —dije—. Nunca la molestaron mientras vivía en
Dublín. —Al menos, eso era lo que yo pensaba, pero no estaba muy segura.
Mamá no había sido realmente un libro abierto sobre estas cosas. ¿Esa era
la razón por la que quería que Finn viniera a Nueva York? ¿Sabía que
estaba en peligro?
—Eso es porque se olvidaron de ella. Tu madre estaba pasando
desapercibida, pero entonces tu hermana apareció en Nueva York e insultó a
otro Devaney. Ahora tú estás aquí. Se han alzado voces que dicen que hay
que rectificar la vergüenza del pasado.
Me preguntaba si sería cierto. Pero en realidad, no podía preguntarle a
nadie. No confiaba en Gulliver. Sus lealtades obviamente estaban con la
mafia y no con su familia. Incluso Dios estaba en segundo lugar detrás de
sus aliados criminales. Y mamá nunca me diría la verdad. Intentaría lidiar
con las cosas por su cuenta. Tendría que confiar en mis instintos, pero
incluso esos me estaban dando señales contradictorias en este momento.
—Podemos proteger a tu madre y a ti. Podemos ponerlas en el
programa de protección de testigos una vez que tengamos tu testimonio.
Si alguna vez llegaba tan lejos. Asentí porque en ese momento no
había nada más que pudiera hacer.
—Tengo que irme —dije, mirando mi reloj. Necesitaba recoger a Finn
a las nueve en punto. Eso era dentro de dos horas.
—Intentaremos verte de nuevo la próxima semana. El mismo lugar.
Lo sabremos cuando estés cerca.
Regresé al sendero y salí corriendo del parque, desesperada por llegar
a casa y deshacerme de los micrófonos. Con ellos en mi bolso, me sentía en
peligro inmediato. En cuanto entré en el apartamento, coloqué un
micrófono en la parte inferior de la mesa y el otro en la parte posterior de la
cabecera del dormitorio. Me sonrojé al pensar en lo que escucharía la
policía… aunque después de ver a Lorcan con Imogen, la idea de acostarme
con él me daba náuseas. Pero, ¿cómo podía librarme de intimar sin hacerle
sospechar? Tal vez podría echarle la culpa a Finn, al menos por unos días,
pero Lorcan probablemente no aceptaría esa excusa por mucho tiempo.
Utilicé un cuchillo para hacer un agujero en uno de mis tampones y metí el
último micrófono dentro. Lo guardaría así en el bolso hasta que estuviera en
el auto de Lorcan y pudiera meterlo debajo del asiento. No estaba segura de
cuándo estaría en la oficina de Lorcan, así que por ahora los micrófonos del
apartamento tendrían que bastar. Lorcan nunca había hablado de nada
comprometedor en el apartamento, que yo recordara. Por alguna razón, me
alegré de no haber tenido la oportunidad de esconderlo en su despacho. Era
un lugar peligroso, en el que probablemente buscaba a menudo y en el que
probablemente soltaría algún secreto que podría llevarlo a la cárcel.
Aún no estaba convencida al cien por cien de que la policía me
hubiera contado toda la verdad y, hasta entonces, prefería no ser
responsable de la detención inmediata de Lorcan.
***
Dos hombres altos caminaban a ambos lados de Finn, uno de ellos
llevándole la maleta del Hombre Araña. Finn sonrió cuando me vio. No
parecía en absoluto asustado. Empezó a correr, aunque su lado izquierdo le
daba hoy algunos problemas. Corrí hacia él y lo tomé en brazos,
abrazándolo con fuerza contra mi pecho y levantándolo del suelo.
—Finn, te extrañé mucho.
Besé su mejilla varias veces hasta que se retorció un poco, y
finalmente me retiré para mirarlo a la cara. Le había echado tanto de menos,
su bonita voz y la forma en que miraba con su chupete cuando dormía,
incluso sus dedos pegajosos cuando me tocaba justo después de comerse
una tostada de mermelada.
—Tam-también te-te extra-ñé —dijo, aun sonriendo ampliamente.
—¿Cómo estuvo el vuelo?
—¡Ge-ge-genial! Pu-pu-pudimos ver la ca-ca-cabina y hablar con el
pi-pi-piloto, y yo tenía un asiento enorme con mi-mi propia tele y el asiento
to-to-totalmente convertido en cama. —Estaba tan emocionado, su
tartamudeo era mucho más evidente, pero no tuve ningún problema para
entenderlo.
—Eso suena increíble. ¿Viajaste en clase ejecutiva?
—Sí —dijo el hombre más joven—. Gracias a este pequeñín, Lorcan
también nos ofreció el lujo de la clase ejecutiva. Siempre estaremos en
deuda con usted, sir Finn. —Finn y el hombre intercambiaron una sonrisa.
El hombre me saludó con la cabeza—. Soy Sullivan, y este es mi hermano
mayor Murphy. —Señaló al hombre con barba, ligeramente obeso pero
musculoso detrás de él—. Estamos aquí para ayudar a su esposo a ampliar
su negocio.
—Encantada de conocerlos.
Nos dirigimos hacia la salida. Finn se aferró a mí como un mono
araña, así que lo cargué. Por suerte, era un niño pequeño y no tuve
problemas con su peso.
—No tengo auto. Vine en un taxi —expliqué mientras pasábamos por
las puertas correderas.
Maeve se había ofrecido a llevarme, pero hoy no tenía ganas de
compañía. La conversación con la policía me había sacudido demasiado.
—Seamus viene a buscarnos —dijo Sullivan.
Fruncí el ceño.
—Seamus está fuera por negocios con Lorcan.
—Está allí.
Seguí el dedo índice de Sullivan hacia un Cadillac. Seamus se
apoyaba contra él, hablando nada menos que con Lorcan.
El color se me fue del rostro al instante. No esperaba que Lorcan
volviera hasta mañana. Pensé que tendría tiempo hasta entonces para
prepararme, para hacer mi papel. Ahora estaba totalmente desprevenida.
Me sentí como un ciervo en los faros cuando caminé hacia él.
Aunque su expresión se había calentado un poco, cuando me miró a
los ojos frunció las cejas. Contrólate, Aislinn. Tienes que hacer tu papel. No
lo estropees.
Forcé una sonrisa, pero sabía que no era convincente.
Lorcan saludó brevemente a Murphy y Sullivan antes de detenerse
frente a mí. Finn miró a Lorcan y rápidamente enterró su rostro en mi
hombro. Siempre era tímido con los extraños, especialmente con los
hombres, y Lorcan era un hombre muy imponente.
—Finn, no hay necesidad de ser tímido. Tengo mi baúl lleno de
juguetes para ti. Espero que te gusten algunos. No estaba seguro de lo que
te gustaría.
Finn se asomó por un ojo, la curiosidad llenó su rostro, pero aún se
aferraba a mí. Bostezó. Era evidente que la diferencia horaria le estaba
afectando.
Lorcan abrió la puerta trasera, y mis ojos se abrieron de par en par al
ver un flamante asiento para niños.
—Seamus lo compró hace un par de días. No tengo ni idea de los
asientos infantiles.
Puse a Finn en él, pero rápidamente agarró mi mano, sin soltarla.
—Me sentaré en la parte de atrás contigo, ¿de acuerdo? Solo necesito
abrocharte el cinturón. —Me soltó la mano pero no me quitó ojo mientras
cerraba la puerta y me movía hacia el otro lado. Lorcan esperaba junto al
asiento del conductor.
—No pareces contenta de verme.
El corazón me martilleaba en el pecho.
—Solo me sorprendí.
—No fue una sorpresa.
Piensa, Aislinn, piensa. Eché un vistazo a Finn, que nos observaba
atentamente desde el interior del auto.
—¿Estás preocupada por él?
—Sí —dije rápidamente—. Mucha gente lo trata como si fuera
diferente. No saben cómo actuar a su alrededor por sus espasmos y
tartamudeo. No me pareces un hombre paciente, y cuidar a Finn requiere
paciencia. Estaba ansiosa por tu primer encuentro.
Lorcan me tiró contra él, y me tensé.
—No frente a él —susurré, esperando que Lorcan se lo creyera.
Se rio entre dientes.
—Tranquilízate. Te estoy abrazando. Estoy seguro de que no le
importará. Y ahora sobre tu preocupación de que lo trate diferente. Es un
niño como cualquier otro. No lo trataré diferente, excepto tal vez, para
mimarlo mucho.
—¿Por qué? —pregunté. No quería que Lorcan fuera amable, no
después de las fotos que vi hoy. ¿Qué estaba pasando? ¿A qué estaba
jugando? No entendía nada de esto, pero en el fondo tenía la sensación de
que Finn estaría a salvo aquí.
—Porque él es importante para ti, y este matrimonio es importante
para mí.
Me soltó y se subió al auto. No había dicho que yo fuera importante,
solo este matrimonio. Tal vez por eso le creí.
Me deslicé en la parte trasera del auto y tomé la mano de Finn que me
tendía. Llevábamos quince minutos conduciendo cuando recordé el
micrófono escondido en mi tampón. ¿En serio era el momento de
esconderlo en algún sitio? Quería deshacerme de él cuanto antes. En el
pasado, Finn había utilizado mis tampones como flotadores en el retrete o
en la bañera, y me imaginaba que esto volvería a ocurrir y que Lorcan
encontraría el micrófono en el agua. Saqué el tampón del bolso. Finn estaba
distraído mirando el horizonte y Lorcan maldecía al tráfico, golpeando el
claxon con la mano. Finn ya había oído bastantes palabrotas en su vida, así
que ya no me molestaba en ocultarle las malas palabras. Mamá tenía fama
de malhablada.
Había metido el micrófono muy bien dentro del tampón y volver a
sacarlo resultó todo un reto. Al final Finn se dio cuenta.
—¿Tienes la mal-mal-dición? —preguntó, su tartamudeo un poco
mejor que en el aeropuerto.
Me congelé, el tampón en la mano. El micrófono asomaba por la parte
inferior.
Lorcan miró por encima del hombro al tampón y luego a Finn.
—¿La maldición?
— Es la-la-for-for-ma en que-que Na-na-nana lo-lo ha-ha-ce cuan-
cuan-do ne-ne-cesita un-un tam-tam-pón.
Me había tensado durante la respuesta de Finn. Había tardado mucho
en hablar debido a la atención de Lorcan, pero mi esposo no lo interrumpió.
Mucha gente terminaba las frases de Finn aunque no estuvieran seguros de
lo que iba a decir. Rara vez les contradecía, y eso siempre me partía el
corazón.
—Supongo que, es un poco como una maldición —dijo Lorcan y se
volvió hacia la calle.
Tal vez podría fingir que tenía mi período. No llegaría hasta dentro de
unos días, pero Lorcan no lo sabía. Podría detener sus avances.
Cuando Finn y Lorcan perdieron el interés, seguí tanteando el tampón
y por fin conseguí extraer el micrófono. Tosí y lo dejé caer.
—Mierda. —Me incliné hacia delante como si fuera a recogerlo y fijé
el micrófono a la parte inferior del asiento de Lorcan antes de enderezarme
con el tampón en la mano.
—Espero que no lo uses una vez llegue al suelo —dijo Lorcan con
una sonrisa.
Me sonrojé y estuve a punto de comentar que su polla había estado en
sitios peores, pero con Finn presente me controlé. Necesitaba quedar bien
con Lorcan. Tenía que seguir actuando y más, hacer que confiara en mí.
Necesitaba reunir información para que la policía pudiera meter a Lorcan
entre rejas. Solo podía rezar para que mi familia y yo entráramos en el
programa de protección de testigos lo antes posible. Si fuera responsable de
enviar a un Devaney a prisión, el resto del clan nos daría caza.
22
Lorcan
El día anterior
Seamus y yo íbamos de camino a Miami. Habíamos reservado el
vuelo más temprano que pudimos conseguir cuando Sergej nos reveló la
información. Ante todo era un hombre de negocios, y hacer negocios
conmigo era más importante que proteger cierta información.
—¿Por qué no se lo contaste, a Aislinn?
—Aún no es el momento adecuado. No sabemos qué encontraremos.
Me gustaría saber los detalles antes de revelar algo a Aislinn. Está
emocionalmente involucrada.
—Es su hermana. ¡Por supuesto que lo está! Tú también te
involucrarías si uno de tus hermanos desapareciera.
—Si uno de mis hermanos desapareciera, sabría que están muertos o
en grave peligro. La hermana de Aislinn está tras dinero y penes. No está en
peligro.
—Está con un hombre de negocios ruso, no es la mejor fuente de
dinero.
Imogen no era mi problema, y sin embargo lo era. Aislinn no
descansaría hasta saber qué le había pasado a su hermana. Por lo que había
averiguado sobre la mujer que Gulliver describió y los innumerables relatos
de la gente del Doom Loop, era obvio lo que había pasado. Era una
sanguijuela y estaba chupando dinero de un gilipollas rico a cambio de
chuparle la polla.
Nada más aterrizar, tomamos un taxi hasta el puerto deportivo. Sergej
me había dado el número del embarcadero donde encontraría el yate en el
que vivía Imogen. Maksim, el propietario de dicho yate, sabía de nuestra
visita. La palabra de Sergej fue probablemente la única razón por la que nos
recibió.
El sol se ponía sobre el océano mientras nos dirigíamos por el muelle
hacia su yate «ALYONA», bautizado así en honor a su esposa. Sonreí
irónicamente.
—¿Crees que Imogen sabe lo de su mujer?
—No le importa.
—Quizás le contó una historia triste de su viudez.
Dirigí una mirada incrédula hacia Seamus.
—Como si fuera necesario. Quiere su dinero, no su corazón, si es que
tenía uno.
Dos guardaespaldas estaban de pie al final del embarcadero,
impidiendo el paso hacia el yate. Era uno de los medianos, pero conociendo
el precio del alquiler en aquel lugar, Maksim seguía siendo apestosamente
rico.
—¿Sin violencia?
—Hoy no hay violencia. Estamos aquí como amigos de Sergej.
Debemos actuar en consecuencia.
—Amigos —espetó Seamus.
Me reí entre dientes. Detrás de los dos guardaespaldas apareció un
hombre muy alto, rubio, de unos cincuenta años. Estaba en forma, vestía
completamente de blanco, incluso hasta las zapatillas blancas, y estaba
claro que su rostro se había sometido a unas cuantas cirugías plásticas, pero
en general Imogen podría haber elegido peor, al menos desde el punto de
vista físico. No tocaría a muchos de los patrocinadores de Sodoma ni con
un palo de tres metros.
—Sergej me advirtió de tu visita. —Los dos guardaespaldas se
hicieron a un lado—. Sube a bordo. Los amigos de Sergej son mis amigos.
—Hizo un gesto de bienvenida, pero no me dejé engañar. Seamus vigilaría
a los dos guardias mientras yo conversaba con Maksim y más tarde con
Imogen.
Le estreché la mano a Maksim y le di una sonrisa apretada.
—¿Sergej te dijo por qué quería visitarte?
—Por Imogen. Dice que tienes interés en ella. —Sus ojos se
volvieron como los de una serpiente. No era protector, tal vez un poco
posesivo, pero sobre todo estaba interesado en un posible trato.
—Es la hermana de mi esposa. Cesó el contacto, lo que hizo que mi
esposa se preocupara. Pensó que algo podría haberle pasado.
Maksim se rio.
—Está gastando mi dinero, eso es lo que está pasando.
Asentí.
—¿Supongo que no tienes la intención de dejar a tu esposa por ella?
Volvió a reírse y se pasó una mano por el cabello.
—Mi esposa es leal. También gasta mi dinero, pero al menos no se
queja. Imogen no es una chica con la que te casas, es una chica con la
que… —Se rio entre dientes y movió las cejas—. Ya sabes.
—Maldición. —Me pasé una mano por el rostro, no estaba de humor
para andarme con rodeos.
Asintió.
—Me entretiene, así que pienso quedármela un rato. —Entonces su
mirada se desvió hacia algo que había detrás de mí. Me giré y vi a Imogen
en la zona de asientos del interior del yate—. Sergej me dijo que confiara en
ti, así que te daré privacidad. Debes saber que no me importa compartir,
pero prefiero mirar.
—No la tocaré. Estoy casado con su hermana y soy leal.
Maksim desapareció a la cubierta superior, y bajé los pocos escalones
que había bajo cubierta. La hermana de Imogen se pintaba las uñas, pero se
detuvo al verme. Vestida solo con un bikini blanco muy escaso, se puso en
pie. Ladeó la cabeza y sonrió.
—Te recuerdo.
—¿Lo haces?
Asintió.
—Vi algunos artículos en Internet. Eres Lorcan Devaney. Te casaste
con mi hermana.
Así que sabía que Aislinn estaba en Nueva York.
—¿Y no consideraste llamar a tu hermana para decirle que estás bien
o tal vez felicitarla?
Me acerqué a ella, cada vez más molesto por su actitud
despreocupada.
—Parecía que le iba bien. Nunca hubiera pensado que sería tan
aventurera, pero me alegro de que por fin saque la cabeza de la arena.
¿Era tonta o simplemente se hacía la tonta?
—Tu hermana vino a Nueva York porque estaba preocupada por ti.
Pensó que algo había sucedido, especialmente cuando descubrió que
estabas buscando patrocinadores en el Doom Loop.
Imogen se rio, pero sonó apagada. Me miraba con recelo. Quizás por
fin se había dado cuenta de que estaba cabreado y no me había dejado
seducir por su cuerpo o encanto. Había muchas mujeres como ella a la caza
de patrocinadores en el Doom Loop. Siempre me había mantenido lejos de
ellas.
—Siempre se preocupa por nada.
Perdí el control y me acerqué a ella, apoyándola contra la mesa.
—Entonces, deberías haberla llamado y decirle que estás bien.
—Aislinn no me habría creído. Habría intentado hablar conmigo en
persona o hacerme sentir culpable.
—¿Por dejar a tu hijo?
Palideció.
—¿Te refieres a Finn?
—¿Hay más niños por ahí que abandonaste por tus propias razones
egoístas?
—Tengo mis razones. Finn no me necesita. Tiene a mamá y a Aislinn.
Apreté los dientes.
—Está en Nueva York, conmigo y con Aislinn. Cuando regreses,
puedes verlo.
—No volveré. Maksim y yo estaremos de crucero por el Caribe unas
semanas y, después, me va a presentar a un productor de Los Ángeles.
Nueva York quedará atrás.
—Si yo fuera tú, no pondría demasiada fe en Maksim. Este yate lleva
el nombre de su mujer, no el tuyo ni el de las muchas amantes que te
precedieron. Para él, solo eres un parpadeo en el tiempo.
Sonrió con una confianza falsa.
—Puedo ocuparme de mí y de Maksim.
Saqué un fajo de billetes del bolsillo.
—Tres mil dólares por si necesitas dinero para volver a Nueva York o
alejarte de Maksim. Por si acaso.
—Maksim ha sido muy generoso. —Aun así, metió mi dinero en el
bolso Louis Vuitton que había en el banco de cuero—. No le digas a Aislinn
que me has encontrado. Empeorará las cosas. Seguirá queriendo ponerme a
salvo de la vida que elegí y me hará sentir culpable. No puedo tener eso
ahora. Necesito centrarme en mí misma. Esta es mi oportunidad.
Mis labios se curvaron con desprecio. Giré sobre mis talones y
regresé a cubierta. Maksim se apoyó en la barandilla por encima de mi
cabeza.
—¿Todo resuelto?
—Efectivamente. Disfruta del Caribe —murmuré con un saludo.
Luego, desembarqué del yate, odiando la sensación del suelo bajo mis pies
cuando volví a tierra. No me gustaban los barcos ni los yates, nunca me
habían gustado. Me gustaba la vida estable que ofrecía una casa o un
apartamento.
Seamus me alcanzó mientras pedía un Uber en mi teléfono.
—¿Sin suerte?
—Está decidida a usar a Maksim hasta que tenga lo que quiere. Un
patrocinador nuevo con más dinero y mejores contactos.
—La dejará antes de que eso suceda. El Doom Loop está lleno de
chicas desesperadas y muy bonitas.
—Lo sé, y creo que también ella. Se cree muy lista, y puede que lo
sea, pero desde luego no tanto como cree.
—Aislinn querrá hablar con ella.
—Probablemente —dije. Aunque Aislinn confiara en mí, que no lo
hacía, querría hablar con su hermana en persona cuando le contara la
verdad. Ella creía que su hermana era una buena persona. Se equivocaba—.
Pero no se lo diré. No la hará sentir mejor. Solo la lastimará.
El Uber se detuvo y entramos. El conductor nos miró con evidente
preocupación, pero condujo de todos modos.
—Simplemente no olvidará a su hermana. Seguirá buscando y
temiendo lo peor, o incluso sospechará de ti.
—Preguntó por ahí. Nadie me vio con Imogen. ¿Por qué debería
sospechar de mí sin ninguna pista? Estará ocupada con Finn durante unas
semanas, y puede que para entonces Imogen se esté arrastrando de vuelta a
Nueva York con el rabo entre las piernas porque Maksim ha encontrado un
nuevo coño.
Seamus me miró con las cejas fruncidas.
—Sabes, tendrás que decírselo en algún momento. La verdad saldrá a
la luz. Siempre lo hace.
—¿Con qué resultado?
—Se le romperá el corazón, pero la incertidumbre puede ser igual de
mala.
—Te equivocaste de vocación. Deberías tomar el lugar de Gulliver y
apelar a la conciencia de la gente. Eres mejor en eso que él.
—A él no le importa la conciencia de la gente. Quiere que sigan las
órdenes de Dios. Hay una diferencia.
—Me estás poniendo de los nervios. No se lo diré, fin de la historia.
Por ahora las cosas están bien entre nosotros.
Seamus se encogió de hombros.
—Tal vez solo te preocupa que huya una vez que su búsqueda de
Imogen no la ate a Nueva York.
—Cuidado —le advertí—. Si quisiera que me disecaran el cerebro,
iría a un psiquiatra.
—No es tu cerebro de lo que estoy hablando.
Saqué mi arma y la presioné contra sus bolas.
—Está bien, Seamus. Eres mi mejor amigo, lo reconozco, y estaré
muy triste si tengo que ver cómo te desangras a mis pies, pero deberías
saber cuándo cerrar la puta boca. A Maeve se le romperá el corazón si
pierdes la polla.
El conductor parecía listo para sacar el auto de la carretera y huir.
Seamus levantó las palmas de las manos.
—Amigo, solo estoy preocupado. No hay necesidad de violencia. Y
fue mi boca la que te enfureció, no mis pelotas, así que por favor apunta a
mi rostro.
—Bastardo. Aún necesito tu boca suelta para los negocios, no tus
bolas peludas.
—Mi voz sería desagradablemente alta si me castras.
—Ah, cállate. —No me gustaba pensar en el hecho de que Seamus
pudiera tener razón, que Aislinn huiría si se enteraba de que su hermana no
necesitaba que la salvaran, y me gustaba aún menos que me molestara
seriamente. Nuestro matrimonio seguía estando lejos de mi ideal, pero me
gustaba Aislinn, su carácter luchador, su lado cariñoso, aunque aún no me
lo hubiera mostrado, y su inocencia gratuita. Si huía, probablemente la
cazaría y la atraparía, pero eso convertiría nuestro matrimonio en algo aún
menos parecido a lo que yo pretendía.
***
Después de recoger a Aislinn y Finn en el aeropuerto, volvimos a casa
juntos. Aislinn no se separó de Finn en ningún momento. Subió a Finn en
brazos por las escaleras. Ver su lado maternal me hizo apreciarla aún más,
sobre todo teniendo en cuenta las carencias de su hermana en ese aspecto,
como había podido comprobar ayer en Miami.
Finalmente dejó a Finn cuando abrí la puerta del apartamento y les
hice un gesto para que entraran. Era un niño muy pequeño. Tenía varios
sobrinos, más de los que me importaba contar (tenía treinta y dos primos y
todos se reproducían como conejos), y algunos eran de su edad pero
definitivamente más altos y robustos. No soltó la mano de Aislinn mientras
le enseñaba el apartamento. Tenía la sensación de que ella no se habría
separado de él de todos modos. Las vibraciones protectoras que desprendía
eran fuertes. Estaba en modo madre osa y dispuesta a arrancarme la cabeza
si daba un paso en falso hacia el niño.
Llevé las tres bolsas con juguetes al dormitorio de invitados. Aislinn
había comprado ropa de cama del hombre araña para hacerla más amigable
para niños. Cuando entró en la pequeña habitación con Finn a su lado, este
la empujó inmediatamente hacia la cama y tocó la ropa de cama.
—Si te gusta el Hombre Araña, te gustarán algunos de estos —dije
mientras dejaba las bolsas en el centro de la habitación. Finn las miró con
curiosidad, pero no se acercó a ella—. Adelante —lo animé.
Miró a Aislinn en busca de aprobación, y cuando asintió, tiró de ella
hacia las bolsas. Pronto todo lo que le había comprado estaba
cuidadosamente alineado en el suelo. Sus favoritos eran una figura del
Hombre Araña y un avión con control remoto. Los observé a él y a Aislinn
durante un rato, cómo se la veía feliz con el niño cerca, como si una parte
de ella que le había faltado volviera a estar completa por fin. Tras echarles
un último vistazo, volví al salón y me acerqué a la nevera. Sonreí cuando vi
un recipiente lleno de lo que parecía otro estofado.
Lo abrí y lo olí. Esta vez era carne. Podría acostumbrarme a la cocina
de Aislinn. Me recordaba a mi infancia, a Irlanda, a una época en la que mi
única preocupación había sido si sería capaz de gastarle una broma a Balor
y salir indemne. Rara vez había sido así. Balor siempre había sido
demasiado precavido. Más tarde, cuando los gemelos se unieron a las
bromas, pude echarles la culpa de muchas de mis artimañas, aunque al final
tampoco funcionaron.
Riéndome de los recuerdos, tomé una olla y vertí el estofado en ella.
Aislinn debería abrir un restaurante. Sería su mejor cliente y muchos de mis
hombres, que echaban de menos nuestro país natal tanto como yo, también
pasarían allí las horas del almuerzo. La risa de Finn sonó, seguida poco
después por la de Aislinn. Había vivido solo desde que me mudé a Nueva
York. Antes había vivido con mi familia en la mansión o había compartido
piso con Balor y luego con Aran en Dublín. No me había sentido solo.
Había tenido compañía: mis hombres, amigos como Timothy y Seamus, mis
hermanos cuando me visitaban y, durante períodos breves, mujeres.
Siempre había sabido que quería casarme y tener hijos. Durante décadas,
los hombres de nuestro clan se las habían arreglado para ser padres y líderes
de pandillas, habían sido la mano brutal en los negocios y la mano estricta
pero justa en la familia.
Pero en los últimos años, y durante muchos intentos fallidos de
emparejamiento por mi padre cada vez que ponía un pie en suelo irlandés,
comencé a preguntarme si alguna vez sentiría el verdadero deseo de
casarme. Aislinn me tomó por sorpresa. Era conocido por las decisiones
precipitadas, por la cabeza caliente, aunque había mejorado a lo largo de los
años, o eso creía.
Dar la bienvenida a Aislinn en mi casa nunca me había parecido una
intrusión. Aunque ella se resistiera a mí como podía, yo disfrutaba de su
presencia, no solo por el sexo tan entretenido.
Me gustaba volver a casa con una mujer, aunque rara vez me sonriera.
Tenía la sensación de que tampoco me importaría la presencia de Finn. No
me apetecía convertirme en su figura paterna. El chico tenía un bagaje a su
corta edad, gracias a sus padres horribles, y dudaba que me aceptara de
buen grado en su vida. Pero lo protegería como a mis sobrinos y sobrinas.
Seamus a menudo me había molestado para que me estableciera.
Había tenido sus ojos puestos en Maeve durante mucho tiempo, por lo que
su matrimonio era inamovible, y era de los que querían la misma felicidad
ñoña para todos los que le rodeaban.
Siempre estaba demasiado ocupado, con la mente ocupada en ampliar
nuestro negocio en Nueva York durante la última década. Los clanes
irlandeses tenían negocios en Nueva York y la Costa Este desde el siglo
XIX. Debido a las guerras entre mafias irlandesas e italianas de los años
setenta, la mayoría de los clanes dejaron de operar en esta parte del mundo
y volvieron a sus raíces en Irlanda o intentaron llevar una vida normal.
Nuestra familia nunca había abandonado del todo Nueva York, pero nuestro
negocio se había visto afectado por la guerra. Por suerte, muchas de las
familias italianas se habían trasladado a la Costa Oeste o se dedicaban a
otros negocios clandestinos distintos de los nuestros. Los italianos estaban
metidos en la construcción y el juego, y a nosotros no nos interesaba nada
de eso. Nos centramos en lo que hacíamos mejor: chantaje, tráfico de armas
y asesinatos a sueldo.
El estofado burbujeaba en el fuego.
—Se quemará si no remueves y bajas la temperatura —dijo Aislinn al
entrar en la habitación.
Hice lo que me dijo.
—Por eso siempre uso el microondas.
—Es una blasfemia calentar un estofado casero en el microondas.
—Hemos sido propensos a acciones blasfemas en el pasado —dije
con una sonrisa. El rostro de Aislinn se puso rojo y miró hacia la habitación
de Finn. Pero el niño estaba ocupado intentando dirigir el avión con el
control remoto.
—No frente a Finn.
—Dudo que entienda la insinuación.
—Es inteligente.
—No dije que no lo fuera —dije, con respecto a su postura defensiva.
No estaba seguro de lo que había presenciado en el pasado, pero estaba
claro que estaba acostumbrada a saltar en defensa de Finn. Dejé la cuchara
y me puse a su lado, pasándole el brazo por la cintura, a pesar de su tensión
—. Pero las insinuaciones sexuales están más allá de la comprensión de un
niño. —Se resistió cuando intenté atraerla para darle un beso. Me reí entre
dientes—. Creo que Finn sobrevivirá algunos besos. —Besé su frente y
luego me alejé.
—¡Finn, la cena está lista! —llamó Aislinn. Estaba muy tensa, como
si temiera que me abalanzara sobre ella. Había crecido en una familia
católica irlandesa en el campo. Sabía que debía limitar mis palabras sucias y
mis manoseos a cuando estábamos solos.
Finn entró en la habitación, con la figura del hombre araña en la
mano. Tiró de la cadera de Aislinn. Ella le alborotó el cabello.
—¿Qué-qué-qué hay pa-pa-para comer?
Su tartamudeo era más fuerte en mi presencia y me costaba
entenderle. Aislinn estaba familiarizada con su forma de hablar y
probablemente yo también me acostumbraría pronto y ya ni siquiera lo
notaría.
—El famoso estofado de Aislinn —le dije guiñándole un ojo.
Me dio una sonrisa tímida antes de esconderse detrás de Aislinn. Nos
acomodamos en la mesa, cada uno con un plato de estofado.
Finn pronto comenzó a contar cada segundo de su viaje mientras
recogía trozos de papa y zanahoria de su estofado.
Aislinn sacudió la cabeza con una sonrisa cariñosa a Finn. Mi pecho
se contrajo al verlo. Mierda. Tal vez Seamus tenía razón.
—Pusiste el listón muy alto al dejarle volar en clase ejecutiva en su
primer vuelo —dijo.
—Te dije que lo mimaría mucho.
Finn miró entre Aislinn y yo, mordiéndose el labio inferior. No se
parecía a Aislinn ni a su hermana. Era evidente que había heredado el
aspecto de su padre: cabello castaño claro, ojos azul claro y muchas pecas.
Finn dejó la cuchara tras extraer las verduras del estofado.
—Si quieres crecer grande y fuerte, necesitas comer carne —dije con
un gesto de cabeza hacia los cubos de carne en su cuenco. En el momento
en que las palabras salieron de mi boca, podría haberme pateado el estúpido
trasero. Eran las mismas palabras con las que me habían regañado mis
padres y mis abuelos cuando habían intentado obligarme a comer verduras.
Bajó la mirada y se retorció en la silla. Miró hacia abajo y se retorció en la
silla.
—No-no-no me-me-me… —Miró a Aislinn en busca de ayuda.
—No le gusta mucho la carne, así que no tiene que comerla —me
dijo, pero estaba mirando a Finn—. ¿Estás lleno?
Finn asintió.
—De acuerdo, pero tendrás que quedarte en la mesa hasta que
acabemos.
La mayoría de los niños de mi familia eran pequeños alborotadores.
Finn era un niño tímido. Definitivamente tendría que reconsiderar mi
enfoque.
Después de cenar, Finn volvió a su habitación a jugar un poco más,
aunque parecía muerto de cansancio. Probablemente seguía funcionando
por pura excitación.
Aislinn limpiaba la mesa, pero me di cuenta de que tenía algo que
decir. Tenía que admitir que me sorprendía que aún no me hubiera
preguntado por mi encuentro con Sergej. Aunque no supiera nada de mi
viaje a Miami, pensaba que Sergej me había dado información sobre su
hermana. Quizás quería esperar a que Finn se durmiera para evitar que
escuchara a escondidas. Debía de ser duro para el pobre niño que su madre
lo abandonara así, sobre todo porque su padre también estuvo ausente toda
su vida.
—Tienes algo que decir —le dije mientras me ponía detrás de ella. Se
dio la vuelta, con la espalda apoyada en el mostrador mientras yo apoyaba
los brazos a ambos lados de ella.
—Por favor, no obligues a Finn a comer si no quiere.
—Solo era un dicho que escuchaba a menudo cuando era niño.
Tragó pesado, emocionada. Rara vez se le llenaban los ojos de
lágrimas conmigo, y si se le llenaban de lágrimas, normalmente eran de
rabia.
—Finn ha tenido dificultades sensoriales en el pasado. Algunas
texturas desencadenan su reflejo nauseoso. Le tomó mucho tiempo hacer
que comiera comida consistente. No quiero que retroceda. Avanza a su
propio ritmo, y eso está bien.
Tenía muchos chistes sobre los reflejos nauseosos, pero incluso yo no
era tan insensible.
—Tú mandas cuando se trata de Finn.
Aislinn enarcó una ceja.
—Eres mi chica obediente en todas las áreas que importan.
Resopló y le robé un beso, mi lengua se coló en su boca antes de que
pudiera apartarme. Por un momento se relajó en el beso y luego separó sus
labios de los míos.
—¿No tienes curiosidad por mi reunión con Sergej? —murmuré.
Dirigió una mirada hacia la habitación de Finn.
—Más tarde.
No tenía prisa por mentirle. Tal vez lo correcto hubiera sido decirle la
verdad, pero eso solo complicaría la vida de todos. A Imogen obviamente
no le importaba su familia. Solo podía esperar que algún día Aislinn lograra
sentir lo mismo por su hermana.
23
Lorcan
Rastreé los barcos programados para llegar mañana. A veces
dividimos envíos más grandes entre diferentes buques de carga para reducir
el riesgo de perderlo todo si la aduana marca un solo contenedor.
Aislinn había preparado a Finn para ir a la cama y luego se acostó a
su lado de modo que se durmiera en su nuevo entorno. Eso había sido hace
más de una hora, y había perdido la esperanza de volver a verla esta noche
cuando la puerta finalmente se abrió. Probablemente habría preferido
compartir la cama con Finn en vez de conmigo, pero imaginé que su
curiosidad por su hermana la atraía hacia mí.
Bostezó al entrar, ya vestida con un camisón de algodón blanco con
encaje en el escote y en el dobladillo. Se veía lo suficientemente bien como
para comer. Dejo mi portátil en la mesita de noche. El negocio era ahora lo
último que tenía en mente.
Aislinn se detuvo en medio de la habitación como un ciervo que había
atraído la atención del cazador: yo. La última vez que tuvo esa mirada en su
rostro fue nuestra noche de bodas.
Se acercó a mí con cautela, y perdí toda la paciencia. Envolví mi
brazo alrededor de su cadera y la arrastré a la cama conmigo. Ella dejó
escapar un grito asombrado.
—¡Lorcan! Finn está en la habitación de al lado.
—Y se quedará en esa habitación durante mucho tiempo. Si bien
disfruto follarte en lugares diferentes, no tengo intención de no follarte en
nuestra habitación porque hay un niño al lado. Si todo sale bien, algún día
habrá muchos más niños viviendo bajo nuestro techo.
Aislinn encontró mi mirada.
—¿Muchos más? ¿De cuántos estamos hablando?
—Me encantó crecer con cuatro hermanos.
—No voy a dar a luz cinco veces.
Acaricié su cuello, pero ella no se relajó.
—Que sean dos pares de gemelos, y eso lo reduce a tres embarazos.
—Sonreí antes de escuchar la respuesta de Aislinn, sabiendo que estaba
presionando otra vez sus botones.
—O solo intento unos quintillizos. Entonces, terminaría con un
embarazo —murmuró.
Le mordí el lóbulo de la oreja.
—Quiero más de uno y como máximo cinco. Suficiente para contar
con una mano, eso es todo. La decisión final depende de ti. Supongo que lo
veremos una vez que crucemos ese puente.
Aislinn se quedó callada. Besé su garganta y luego su clavícula
mientras mi mano se deslizaba sobre su pecho. Su pezón se erizó contra mi
palma.
—En realidad, es extraño escucharte hablar de niños como si fueras
un hombre y un esposo normal.
—Si ignoras mi trabajo, soy un tipo normal.
Ella resopló.
—Asesinas personas. Le dices a la gente qué hacer, y me chantajeaste
para que me casara contigo. ¿Y eso es normal?
—Supongo que los valores de mi familia son normales, por supuesto,
aparte de la parte de chantajearte para que te cases.
—Por supuesto.
Deslicé su correa hacia abajo, revelando su bonito pezón. Era de un
hermoso color rosado, pequeño y firme, coronando un perfecto pecho
blanco lechoso. No pude resistir. Bajé la cabeza y lo chupé en mi boca.
Aislinn aferró la parte posterior de mi cabeza.
—Lorcan, en serio creo que no deberíamos.
—Mmm. —Succioné su pezón.
—Ibas a contarme de tu reunión y lo que averiguaste sobre Imogen.
Acaricié su vientre y luego dejé que mi mano vagara entre sus
muslos, rozando sus pliegues a través de la tela.
—Eso puede esperar.
Empujé mi dedo medio en el pliegue, sabiendo que el algodón de sus
bragas y camisón agregaría fricción adicional.
Aislinn apretó las piernas.
—Lorcan —gritó entre dientes—. He esperado una semana. No
esperaré otra hora antes de que me des la información.
—Una hora, ¿eh? Ya me estoy volviendo codicioso. —Aislinn podría
haber sido tallada en mármol, así que levanté la cabeza de su pecho—.
Sergej me dijo que su hermana encontró a un hombre de negocios ruso con
el que ha estado trabajando durante años y que está navegando por el Caribe
con él.
—¿Pero te mostró pruebas? Podría estar mintiendo. ¡Podría ser una
esclava sexual o estar muerta! ¿Cómo sabes que está diciendo la verdad?
Parece demasiado simple. Si Imogen fuera feliz y saludable, contestaría mis
llamadas.
—Tal vez ya no tenga su teléfono viejo. Su patrocinador millonario
podría haberle comprado un teléfono nuevo con un número de Estados
Unidos. Por lo que me dijiste de tu hermana, es muy egocéntrica, así que
probablemente ni siquiera se dé cuenta de que te preocupas por ella.
Aislinn se quedó en silencio. Su rostro estaba tenso con una emoción
que tuve problemas para leer. Aun así, no podía ver cómo mejoraría su
estado de ánimo si le contaba de mi reunión con su hermana.
Probablemente me rogaría que volara con ella a Florida para convencer a la
perra egoísta de que viniera con nosotros a Nueva York. En dos días,
Imogen se broncearía su trasero codicioso en el Caribe y nada de lo que
pudiera hacer la dulce Aislinn cambiaría eso.
—Escucha, Sergej quiere intensificar nuestros esfuerzos comerciales.
Mentirme establecería el tono equivocado. No parecía en lo más mínimo
preocupado. —Me deslicé por el cuerpo de Aislinn y le levanté el camisón
antes de apartar las bragas de su coño. La vista me atrapaba cada vez.
Sumergí mi pulgar entre sus pliegues, pero no estaba muy excitada. Solo el
mínimo indicio de sus jugos cubrió mi dedo. Mordí el interior de sus
muslos suavemente—. Deja de preocuparte tanto. Le pedí a Sergej que me
informara una vez que Imogen esté de regreso en los Estados Unidos y
luego puedes hablar con ella. Ahora que Sergej sabe que tengo un interés
personal en tu hermana, se asegurará de que regrese con vida. —Besé el
pliegue entre su muslo y su coño y luego sus labios.
Tiré de sus bragas aún más hacia un lado con mi pulgar y besé su
pliegue y luego la depresión que escondía su canal apretado.
—Lorcan… —protestó en voz baja. Separé los labios de su coño con
mi lengua y la arrastré sobre su abertura, sentí que se apretó contra mi punta
y mi pene se endureció por completo en respuesta.
Empujé hacia arriba y tiré de sus bragas hasta abajo de sus piernas y
luego las arrojé al suelo. No le quité el camisón. Me gustaba lo sexy e
inocente que se veía en él. Pronto sería un contraste precioso con sus gritos
lascivos y gemidos desesperados mientras derramaba su jugo en mi boca.
Aislinn yacía inmóvil frente a mí, observándome con los ojos
entrecerrados como si se hubiera resignado a su destino. La convencería de
que volviera a la vida. Agarrándola por las caderas, la hice rodar sobre su
vientre. Besé sus nalgas, y luego las separé.
—Lorcan…
—Aislinn —advertí, apretando sus nalgas con fuerza—. Quiero que te
calles a menos que pidas chuparme la polla.
Ella resopló y tracé mi lengua por su coxis, siguiendo la piel suave
hacia su agujero firme. Se tensó aún más, exhalando. La provoqué con mi
lengua, dando vueltas alrededor de su abertura apretada con movimientos
lentos para dejarla bonita y húmeda, después empujé mi lengua dentro.
Jadeó y volví a lamerla. Pronto su olor se volvió embriagador. Pasé mi
pulgar a lo largo de sus pliegues, separándolos y fui recibido por sus jugos.
Cerré mis labios sobre su entrada y chupé ligeramente. Aislinn hundió la
cara en la almohada.
—Te gusta eso, mi dulce chica —gruñí y luego presioné mi lengua
contra su abertura resistiéndose hasta que me deslicé.
Establecí un ritmo lento con mi lengua, entrando en su coño al mismo
tiempo con mi dedo medio. Pronto Aislinn estaba retorciéndose, intentando
contener los sonidos. La volteé sobre su espalda, empujé sus piernas contra
su cuerpo y me sumergí entre sus pliegues. Mis labios apenas se habían
cerrado alrededor de su clítoris cuando se arqueó fuera del colchón, con una
almohada presionada contra su rostro mientras un estremecimiento violento
se apoderaba de su cuerpo. Sonreí contra su coño. Pero mi polla necesitaba
sentir sus paredes apretadas. Me arrodillé frente a ella, agarré sus muslos y
hundí en ella con una estocada profunda. Se me escapó un gemido bajo y
Aislinn me golpeó el pecho con fuerza.
—Shhh.
Me reí, pero solo conseguí una mirada de muerte de ella. Aun así,
intenté estar callado después de eso. Para castigarla por esa bofetada, me
moví muy lentamente e ignoré por completo su clítoris. Me devolvió la
mirada obstinadamente, pero la lujuria en sus ojos contaba una historia muy
clara.
—Discúlpate.
—No.
Aceleré y luego frené de nuevo.
—Aislinn, te dejaré ir a la cama sin otro orgasmo.
—Ya tuve uno.
—Como si eso fuera suficiente para ti.
Se sonrojó. Por supuesto, no lo era.
—Lo siento —dijo con petulancia.
Arqueé una ceja.
—Eso es una mentira. También puedo mentir, ¿sabes?
—Ah, estoy muy consciente de eso. —Me pregunté de qué mentira
me estaba acusando. Probablemente había omitido más de una verdad, no
solo sobre Imogen. Supuse que Aislinn se dio cuenta. O tal vez solo
pensaba que era un mentiroso en general.
—Dejaré que cuente, porque necesito follarte duro y rápido. Estás de
suerte. —Me moví, listo para bombearla con toda mi fuerza cuando sonó un
golpe en la puerta.
—¿Aislinn?
Los ojos de Aislinn se abrieron de golpe, su expresión aterrorizada.
Me arrojé de espaldas junto a Aislinn mientras ella se acomodaba el
camisón y se cubría con la manta. Rodé sobre mi estómago antes de que
Finn entrara en la habitación porque ni siquiera una manta ocultaría mi
erección.
Gemí cuando el dolor atravesó mi pene por estar enterrado debajo de
mí. Sentí como si me hubiera roto la polla. Fingí estar dormido, incluso
añadí el ronquido ocasional por si acaso. El colchón se movió cuando
Aislinn se levantó.
—¿Quieres que cante para ti?
No hubo respuesta, pero asumí que Finn había dado algún tipo de
afirmación porque Aislinn apagó la luz, cerró la puerta y poco después
escuché un canto suave en la habitación contigua.
Ese era el problema de tener hijos. Sabía que mis hermanos y yo
habíamos sido terribles cortarollos para mis padres, y Balor. Rodé sobre mi
espalda y froté mi pene maltratado, riendo.
Ahora entendía por qué Balor siempre había estado tan cabreado.
Finn ni siquiera lo había hecho a propósito. Mis hermanos y yo, por otro
lado, definitivamente lo hicimos.
Como era de esperar, Aislinn no volvió a la cama esa noche, así que
terminé con las bolas azules. A la mañana siguiente tuve que irme
temprano, así que no tuve la oportunidad de remediarlo.
En mi auto camino a los muelles, Sergej me llamó para preguntarme
sobre mi reunión con Maksim, aunque sabía que él ya había sido informado
de los detalles de nuestra reunión. Me aseguró una vez más que si bien
Maksim era mujeriego, no representaba un peligro para Imogen.
Personalmente, no me importaba si él la arrojaba al océano, pero por el bien
de Aislinn tenía que asegurarme de que la perra egoísta sobreviviera ilesa.
Colgué, satisfecho. Sergej y yo nos encontraríamos para cenar en
unos días para discutir formas de inundar el mercado con falsificaciones
baratas del sudeste asiático mientras brindamos a nuestros clientes solo lo
mejor. Sería nuestra primera gran colaboración, una que prometía llenar
nuestras billeteras con dinero, pero también significaba que tendríamos que
llevarnos bien por un tiempo.
Seamus ya estaba esperando frente al almacén, observando a algunos
de nuestros pandilleros más jóvenes descargar un contenedor de envío.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó.
Le envié una mirada de advertencia. Esperaba que la incorporación de
Finn a mi pequeña familia no lo hiciera sentir como si necesitara meterse
aún más en mis asuntos personales. Dado que su esposa estaba embarazada,
se sentía aún más calificado para aconsejar a otros de cómo lograr la
máxima felicidad. Tonterías. Era uno de mis mejores asesinos a sueldo.
Frío, eficiente, despiadado cuando se le encargaba matar, pero a veces podía
ser un verdadero tonto.
—Conseguí bolas azules del tamaño de Dublín porque el niño no
podía dormir solo.
Seamus dejó escapar una risa paternal.
—Suele pasar.
—Ya veremos una vez que Maeve tenga al pequeño.
Lo puse al tanto rápidamente de mi conversación con Sergej antes de
que tuviera más comentarios ingeniosos para mí.
—¿Qué le dijiste a Aislinn? —preguntó al momento en que terminé
de hablar.
—Le dije que su hermana está navegando por el Caribe. Es lo más
cercano a la verdad que puedes conseguir, así que deja de molestarme.
Seamus se encogió de hombros y nos dirigimos juntos dentro del
almacén. Tuve que llamar a Balor y a padre más tarde hoy para informarles
del estado de las cosas con Sergej. Les enviábamos un cargamento de armas
para que se las quedaran; también servirían como punto de referencia para
las armas falsificadas. Sería una hazaña logística, pero estaba ansioso por
expandir nuestro negocio.
***
Finn y yo nos acercamos lentamente en las próximas cuatro semanas.
Me habló más, y me costó menos entenderlo. Aislinn siguió revoloteando,
sin dejarnos nunca fuera de su vista como si le preocupara que me comiera
al niño. Pero fue un poco entrañable, aunque jodidamente molesto. Nuestra
vida sexual aún estaba un poco deprimida. Antes de que Finn viviera con
nosotros, lo hacíamos por la mañana y por la noche. Ahora tenía suerte si
lográbamos una buena follada por la noche.
Sofoqué mi frustración, sabiendo que las cosas volverían a mejorar
una vez que Aislinn encontrara una rutina nueva con Finn viviendo bajo
nuestro techo. Aún no le había dicho, pero comencé a buscar un lugar más
grande para nosotros. Mi apartamento nunca había sido diseñado para tres
personas, y si Aislinn alguna vez se sintiera lista para tener un hijo propio,
las cosas serían aún más estrechas.
Estaba revisando nuestra contabilidad en mi oficina, cuando Aislinn
llamó a la hora del almuerzo.
—Lorcan, estoy atascada en el tráfico. Ha habido un accidente.
—¿Estás herida?
—No, estoy bien, pero estaba en camino a recoger a Finn en casa de
Maeve. Iba a cuidarlo por un par de horas.
—Seamus lo mencionó. ¿Necesitas que lo recoja?
Ella vaciló.
—Sí. Maeve tiene una cita con el médico. Tiene que irse en un rato.
—No te preocupes. Lo buscaré y lo mantendré entretenido hasta que
regreses. Aunque, tendré que llevarlo a los muelles.
Hizo otra pausa larga.
—Está bien, pero, Lorcan… —terminó con un suspiro—. Finn es
sensible.
—Lo sé, lo sé. Me portaré lo mejor posible y también mis hombres.
Deja de preocuparte.
Colgué y me levanté de la silla de mi escritorio. Tomé mis llaves y me
dirigí a mi auto. Seamus no estaba cerca; estaba explorando una posible
víctima: un político quería que desapareciera una expareja molesta. Le dije
a Timothy a dónde iba y luego me fui.
Maeve no pareció sorprendida cuando abrió la puerta. Aislinn
probablemente le había dado un aviso.
—Hola, Lorcan, es muy amable de tu parte recoger a Finn.
Finn se cernía detrás de ella, mordiéndose el labio inferior.
—Hola amigo, ¿qué tal si vamos al autoservicio de un McDonald y te
alimentamos con una Cajita Feliz? Creo que en este momento tienen
figuritas de Marvel.
Sus ojos se iluminaron y dio un paso adelante, asintiendo con
entusiasmo.
Maeve tomó mi brazo.
—Eres bueno con él —susurró.
Me aclaré la garganta.
—Gracias por cuidarlo. ¿Qué estaba tramando Aislinn?
Maeve se sonrojó.
—Ah, no pregunté. Tal vez solo quería algo de tiempo para sí misma.
—Tal vez. —O tal vez aún estaba husmeando detrás de su hermana.
Era tan jodidamente testaruda.
—¿Estás listo? —pregunté a Finn, y él asintió, la determinación
asentándose en su rostro, recordándome la mirada que Aislinn mostraba tan
a menudo. Nos dirigimos juntos hacia mi auto estacionado en la acera, y me
aseguré de reducir la velocidad de mis pasos por Finn.
—¿Necesitas ayuda para sentarte en el asiento para niños? —
pregunté, abriendo las puertas para él.
Él asintió, mirando al suelo.
—No hay problema. —Lo levanté del suelo, sorprendido por lo ligero
que era, y lo puse con cuidado en el asiento para niños—. Finn, creo que
ahora necesito tu ayuda. Nunca he asegurado uno de estos.
Finn sonrió y asintió. Luego me mostró cómo abrochar los cinturones
de su asiento.
—Fácil.
—Fácil —coincidí.
Me puse detrás del volante.
—¿Listo para tu Cajita Feliz?
—Sí.
Me dirigí al McDonald más cercano, que aún estaba un poco desviado
de camino al puerto, pero no me importó. Finn sonrió alegremente cuando
le entregué la Cajita Feliz. Pedí una BigMac para mí y nos la comimos
mientras me dirigía a través del tráfico.
Un taxi se detuvo justo frente a mí, cortándome el paso. Toqué la
bocina.
—¡Imbécil!
—Oh, no —exclamó Finn.
Una vez que me calmé y le mostré al taxista mi dedo medio, me giré
hacia Finn.
—Lo siento. No le digas a Aislinn que maldije.
Finn pareció aterrorizado, con los hombros encorvados.
—¿Qué pasa? No te estaba gritando, lo sabes, ¿verdad?
Finn asintió y luego hizo un gesto hacia el suelo.
—Se me cayeron algunas papas.
—No te preocupes. Este auto ha visto cosas peores. Lo limpiaré más
tarde.
Finn pareció curioso, pero me alegré de que no me preguntara a qué
me refería. Aislinn me mataría si le contara a Finn algo de mis negocios.
Cuando llegamos a los muelles, el auto de Seamus también estaba
estacionado allí. Estaba hablando a un lado con Timothy, donde varias cajas
de madera esperaban para ser transportadas al almacén.
Salí y ayudé a Finn a salir del auto. Seamus se dirigió hacia nosotros.
—Hola, jovencito —saludó. Finn permaneció cerca de mí y se sintió
bien que el niño buscara mi cercanía.
—¿Puedes llamar a un recluta? Tuvimos un accidente con las papas
fritas y alguien necesita limpiar mi auto.
Seamus se metió los dedos en la boca y silbó. Nollaig se acercó
inmediatamente corriendo.
Señalé el asiento trasero.
—Mi auto necesita limpieza.
Nollaig asintió y se puso a trabajar inmediatamente. Seamus, Finn y
yo caminamos hacia el almacén. Varios de mis hombres nos miraron, luego
a Finn, antes de continuar con su trabajo.
Finn siguió mirando el carguero anclado en el punto de amarre más
cercano. No era uno de los grandes, pero aun así bastante impresionante,
especialmente para un niño pequeño.
—¿Quieres acercarte? —sugerí.
Asintió con entusiasmo y nos dirigimos hacia el barco. Seamus
retrocedió para darnos un poco de privacidad. Finn escudriñó el barco con
la boca abierta, su cabeza inclinada completamente hacia atrás para captar
la enormidad de este.
Vi por el rabillo del ojo a Nollaig haciendo señas a Seamus para que
se acercara, quien lo hizo, y luego se produjo una discusión. Seamus parecía
preocupado, lo que a su vez me preocupó, especialmente cuando vi sus
gesticulaciones salvajes.
—Finn, podemos ver el barco más tarde. Necesito hablar un segundo
con Seamus. —Finn y yo nos dirigimos hacia el auto, pero Seamus me
encontró a mitad de camino con una expresión tensa.
Extendió la mano. Un dispositivo pequeño que reconocí de inmediato
se encontraba en su palma. Mis cejas se fruncieron, mi pulso acelerándose.
Un maldito micrófono.
24
Lorcan
—¿El auto? —articulé en silencio, asumiendo que la cosa aún estaba
transmitiendo. Necesitábamos a nuestro especialista en tecnología.
Destruirlo solo alertaría a la policía, así que teníamos que ser inteligentes al
respecto.
Seamus asintió. Hice un gesto a un automóvil cercano, puse el
micrófono en el asiento trasero y luego cerré la puerta con un golpe fuerte.
De esa manera, la policía pensaría que cerré mi auto con el micrófono aún
adentro.
—Hablaré con Nollaig. Necesito saber exactamente dónde lo
encontró. —Miré a Finn—. Finn, Seamus va a mostrarte nuestro almacén,
¿de acuerdo?
Asintió, después de un momento de vacilación, y siguió a Seamus.
Caminé hacia mi auto. Nollaig estaba limpiando debajo de los asientos
delanteros.
—¿Dónde estaba? —gruñí, sin tiempo para cortesías.
Nollaig se golpeó la cabeza con el techo del auto cuando se levantó.
Se sonrojó y luego señaló el lugar debajo del asiento delantero. Alguien
debe haberlo fijado al asiento mientras estaba sentado en el respaldo.
Dudaba que Finn lo hubiera hecho. Las únicas personas que había
transportado en mi auto fueron un par de mis hombres, mis hermanos
cuando los llevé al aeropuerto y Aislinn.
—Consigue algunos chicos más y desmonta el auto. Quiero
asegurarme de que no haya más —gruñí, intentando controlar mi rabia—.
También envía algunos hombres a mi oficina. No dejes nada sin remover.
Nollaig salió corriendo y regresó poco después con tres muchachos
más.
—Esconde el auto en el almacén. No quiero que todos vean lo que
estamos haciendo.
Nollaig se subió al volante y condujo mi auto a un ritmo
ridículamente lento y cauteloso a través de las puertas del almacén que los
otros hombres mantenían abiertas para él. Los seguí y luego me dirigí a la
oficina, donde Seamus le mostraba a Finn el modelo de un velero viejo que
había construido un par de años atrás y me lo había regalado.
Mi teléfono sonó con un mensaje.
Aislinn: Estoy en los muelles. ¿Dónde estás?
Aislinn. Después de lo que acababa de descubrir, en realidad no tenía
muchas ganas de verla. Aún no sabía nada del micrófono, pero Aislinn era
sospechosa.
—Aislinn está aquí. Vamos. Te llevaré a ella. —Finn me siguió hasta
donde Aislinn ya estaba dando vueltas con una mirada preocupada.
—¡Finn! —llamó, su rostro iluminándose. Lo envolvió en sus brazos.
Luego se volvió hacia mí con una sonrisa agradecida—. Gracias por cuidar
de él.
—Nos divertimos, ¿no?
—¡Sí! —exclamó Finn.
Aislinn inclinó la cabeza, entrecerrando los ojos confundida.
—¿Ocurre algo? Pareces tenso.
Sonreí.
—Lo habitual. Nada de lo que debamos hablar ahora.
Miró a Finn y asintió. Era extraño lo bien que Aislinn podía leer mi
estado de ánimo. Pocos eran tan expertos.
—¿Alguien puede llevarnos a casa?
—Le diré a Timothy que los lleve. Tiene hijos, así que tal vez Finn
quepa en el asiento para niños de su auto.
—¿Qué hay de tu auto? —Miró a su alrededor—. No lo veo por
ninguna parte.
—El motor no sonaba bien, así que mis hombres lo están revisando.
—Ah —dijo y sonrió—. Entonces, ¿cómo irás a casa?
—Encontraré una manera.
Se acercó a mí, se puso de puntillas y me besó en la mejilla.
—Gracias otra vez. Seré una muy buena chica esta noche para
mostrar mi aprecio.
Forcé una sonrisa. Llamé a Timothy para que los llevaran. Luego
volví al almacén.
No quería creer que Aislinn estaba involucrada.
Seamus vio a los chicos desarmar mi auto.
—¿Aún nada? —pregunté. El almacén era un pasillo enorme con
muchos ruidos fuertes, de modo que dudaba que colocaran un micrófono
aquí, e incluso si lo hicieran, sería imposible escuchar nada.
Sacudió la cabeza.
—¿Cuándo fue el último chequeo?
—¿Hace unos dos meses? —dijo Seamus encogiéndose de hombros.
Por lo general, revisábamos todos nuestros autos en busca de
micrófonos cada dos meses.
Seamus se acercó a mí.
—Hice una lista de las personas que recuerdo haber visto en tu auto.
—La lista lo incluyó a él y a Timothy, otros cinco de mis hombres que
habían trabajado para mi familia durante mucho tiempo, mis hermanos,
Aislinn y Finn.
—Bueno, no fuiste tú o Timothy.
Seamus frunció el ceño.
—Me honra que confíes en mí, pero no deberías tachar a las personas
de la lista demasiado pronto.
—¿Qué quieres? ¿Una reunión con Rody? Puedes soportar la tortura.
—De acuerdo, no fui yo.
Puse los ojos en blanco.
—Sí, gracias por el aviso. Entonces, Timothy y tú pueden ser
tachados. No creo que fuera uno de los otros hombres. Los conozco a ellos
y a sus familias. Maldita sea.
—Podrían ser ellos. Tal vez la policía hizo un trato con ellos. Nunca
sabes.
—Quiero hablar hoy con ellos. Llámalos si están trabajando en otro
lugar.
—Lo haré. —Vaciló—. Tus hermanos también están fuera de
discusión, ¿cierto?
—Cierto.
—¿Qué hay de Aislinn? —preguntó Seamus cuidadosamente.
Apreté los dientes, intentando reprimir mi rabia por su sugerencia
incluso si el mismo pensamiento había cruzado por mi mente.
—Vamos a tachar a los demás antes de que sospechemos de mi
esposa. —Podía decir que Seamus no estaba de acuerdo, pero asintió—.
Apuesto a que Desmond está involucrado. Puedo sentirlo. Ha estado sobre
mí durante mucho tiempo.
—Podría ser. Ha estado escondido, pero siempre supimos que se
enfocaría en nosotros en algún momento.
—Deberíamos ponerle las manos encima e interrogarlo.
Los ojos de Seamus se abrieron del todo.
—Sabes que no podemos liberarlo después de torturarlo.
—Antes torturábamos a las personas y luego los dejábamos ir.
Funciona si están lo suficientemente aterrorizados. —Me encogí de
hombros—. O lo matamos. De todos modos, no me gusta su estúpida cara.
—Si un oficial de policía desaparece, las cosas podrían ponerse
realmente difíciles por un tiempo y con nuestro nuevo negocio con Sergej…
—Seamus resopló.
Tenía un punto. No podíamos estar en el centro de una investigación
mientras intentábamos inundar el mercado con armas falsificadas. A Sergej
no le gustaría eso.
Pero Desmond podría ser el único que podía arrojar algo de luz sobre
la situación del micrófono.
—Si fue Aislinn, es muy posible que también haya micrófonos
ocultos en tu apartamento.
—Lo comprobaré esta noche. Ahora consígueme los hombres de
nuestra lista.
Tres horas más tarde, había hablado con todos los hombres de la lista,
a solas y cara a cara. No podía creer que uno de ellos me hubiera
traicionado. Pero ese era el problema con los espías. A menudo estaban
muy cerca de ti.
—Quiero que agarren a Desmond por mí —le dije a Timothy y
Seamus a medida que nos sentábamos alrededor de la mesa en la cocina
pequeña del almacén al final de la tarde después de haber buscado en cada
rincón.
Timothy respiró hondo.
—¿Esta noche? ¿O quieres esperar a lo que revela tu búsqueda en el
apartamento?
—Lo que revele mi búsqueda no importa. Tenemos que saber lo que
ha oído Desmond.
—¿Revelaste algo sobre el trato con los rusos?
—Ni en el auto, ni en mi apartamento. No soy un novato. Estas cosas
fueron manejadas en persona. No creo que haya revelado nada importante
en el auto o el apartamento, pero tenemos que estar seguros. No quiero
seguir sin saber.
—Entonces, lo agarraremos y lo traeremos aquí.
—Bien. Ahora iré a casa.
Seamus me siguió hacia mi auto que me esperaba afuera nuevamente.
—Sé que esto debe ser difícil para ti, pero tal vez no fue Aislinn. Tal
vez alguien irrumpió en el auto mientras estaba estacionado en el
aeropuerto.
—Seamus, no te preocupes. Mi corazón no se romperá si fue Aislinn.
Estoy seguro de que tendré un montón de folladas por lástima como un
viudo joven.
Seamus asintió, pero la preocupación permaneció en su rostro. Quise
aplastarla. No necesitaba su preocupación o lástima.
Me subí a mi auto y salí a toda prisa. Mierda, esperaba que no fuera
Aislinn, pero tenía razones para traicionarme. No había querido casarse
conmigo, y la policía podría haberla tentado con su hermana.
Aislinn y Finn me estaban esperando en la mesa del comedor. Había
preparado una musaka y estaba absolutamente deliciosa, pero mi mente
estaba ocupada en otras cosas. Intenté encontrar cualquier indicio de su
traición en su rostro. Había estado tensa desde que llegó Finn, pero tenía
sentido. ¿Y si hubiera estado tensa por otras razones?
—¿Lorcan? —Encontré su mirada. Levantó la cuchara de servir—.
¿Quieres más?
Le ofrecí mi plato y ella lo llenó con otro pedazo del platillo de
berenjena. Debería disfrutar de sus habilidades culinarias mientras pudiera.
La amargura se extendió por todo mi cuerpo. Aislinn frunció los labios
confundida, pero siguió charlando con Finn cuando se dio cuenta de que no
estaba de humor para hablar.
Cuando desapareció en la habitación de Finn para leerle cuentos antes
de dormir, dejé que mis ojos escanearan el apartamento. ¿Dónde escondería
un micrófono? Aunque, esa probablemente era la pregunta equivocada.
¿Dónde escondería un micrófono alguien que no esté familiarizado con la
mafia? Pasé las palmas de mis manos por debajo de la mesa y encontré un
bulto rápidamente. Clavé mi uña debajo y se soltó. Era el mismo tipo de
micrófono que en mi auto. Lo puse de nuevo. Mientras Desmond no
estuviera en nuestras manos, no quería que la policía sospechara.
Me levanté y revisé algunos lugares más en la cocina y la sala de estar
antes de pasar al dormitorio. Aislinn era tímida con el sexo en público, de
modo que para ella poner un micro en nuestra habitación debe haber sido
difícil, pero si trabajaba con la policía, lo exigirían. Me acerqué a la cama y
pasé las palmas de las manos por debajo del marco de la cama. Nada.
Luego metí la mano detrás de la cabecera y efectivamente había otro.
También dejé ese en su lugar y después me senté en el borde de la cama.
Aunque no estaba seguro, todo apuntaba a Aislinn como el topo. Por
supuesto, la policía podría haber entrado en mi auto y mi apartamento para
esconder los micrófonos. Ya les había pasado antes a otros.
La puerta se abrió y entró Aislinn, vestida con un camisón color
albaricoque con ribetes de encaje. Me contempló por un momento antes de
acercarse a mí. Podría exigirle ahora respuestas, mostrarle los micrófonos y
ver cómo reaccionaba, pero maldita sea, en este momento no quería hacer
esto.
—Día duro —murmuré.
—Por culpa de Finn.
—No. Estuvo bien.
Ella asintió.
—Por lo general lo es, pero también tiene sus momentos. —Se detuvo
justo en frente de mí y tomó mis hombros. Mi cuerpo cobró vida por el
simple toque. Aislinn me había puesto bajo un hechizo.
Caí hacia atrás y la atraje encima de mí. No quería hablar justo ahora,
no solo por los micrófonos. No quería pensar en el futuro. Quería disfrutar
de mi esposa, tal vez por última vez.
Maldición, esperaba que no fuera la culpable. Besé a Aislinn con
dureza, y ella me devolvió el beso con el mismo fervor. La había excitado
lo suficiente como para que pudiera tomar mi polla.
—Móntame —ordené.
Se subió encima de mí. Esta era la primera vez que probábamos esta
posición. Los ojos de Aislinn se encontraron con los míos a medida que se
posicionaba sobre mi pene. El fuego en sus ojos verdes fue directo a mi
polla. Bajó lentamente sobre mi longitud y gemí, especialmente cuando sus
uñas arañaron mi pecho mientras se acomodaba en mi base. Sus labios se
abrieron, dejando escapar un gemido suave y sus ojos se pusieron en
blanco. Empezó a montarme, sus caderas girando lentamente, pero no las
levantó. Me mantuvo tan profundamente como yo entraría en ella. Me
encantó observarla, la pasión en su rostro, el marcado contraste de su
cabello rojo contra su piel pálida. Un mechón se pegó a su teta y lo aparté,
queriendo ver su pezón erguido. Aislinn me dio una sonrisa. No fue burlona
o presuntuosa. Fue honesta, gentil. ¿Por qué tenía que darme esa mirada?
Me senté y la atraje para darle un beso. Mis manos en sus caderas guiaron
sus movimientos, manteniendo el ritmo lento. Me contempló con
curiosidad. Me encantaba follarla como un animal salvaje. Duro, profundo
y rápido. Pero en este momento, quería esto.
***
Sentí resaca cuando desperté a las cinco de la mañana. Anoche, muy
tarde, Seamus envió un mensaje diciendo que lo atrapó. Nunca había sido
tan reacio a torturar a alguien para obtener información como lo estaba hoy.
Temía la verdad por varias razones.
Aislinn aún estaba dormida cuando me fui, y me alegré.
Encontré a Desmond encadenado al techo de un contenedor de envío,
en una parte del puerto que no usábamos con frecuencia. Cuando teníamos
que torturar a la gente, especialmente a la gente de interés, nos
asegurábamos de cambiar de lugar.
—Este es un gran error —murmuró cuando entré seguido de Seamus.
—No deberías haberme espiado.
—No sé de qué estás hablando.
Me reí y agarré a Rody. Seamus ya lo había apoyado contra una
esquina para intimidar a Desmond. Él y sus colegas habían encontrado en el
pasado más de un cuerpo maltratado y conocían mi estilo característico.
La rabia que no me había permitido con Aislinn la noche anterior
burbujeaba ahora dentro de mí, caliente y hambrienta.
—Creo que para comenzar, primero te presentaré a Rody y luego
puedes decidir si estás listo para una conversación honesta.
Antes de que pudiera pronunciar una palabra, lo golpeé en el codo
con la barra de acero. Se rompió y su brazo se torció en un ángulo extraño.
Él gritó. Colgar de una cadena no hacía esto más placentero. Le di la
espalda cuando siguió gritando.
Seamus observaba todo con una calma estoica. Incluso si había
dudado en agarrar a un oficial de policía, ahora estaba completamente a
favor. Sabía que siempre estaba de mi lado.
Desmond gritó en silencio con el tiempo a un lloriqueo menos
molesto, y finalmente lo enfrenté de nuevo. Su piel sudorosa y pastosa.
—Entonces, ¿ya estás listo para hablar?
Se estremeció.
—Necesito una respuesta —dije—. O Rody se encargará del otro
codo.
—No —gruñó—. Voy a hablar.
Desmond cantó como un canario con la ayuda de Rody, que lo llevó a
una rótula rota y un tobillo roto, y mis peores suposiciones resultaron ser
correctas.
Aislinn había colocado los micros en mi auto y apartamento.
Lo había hecho porque la policía prometió ayudarla a encontrar a su
hermana. Le habían mostrado fotos de Imogen y mías. Podía imaginar lo
comprometedoras que se verían las fotos tomadas desde cierto ángulo
mientras hablaba con Imogen en Miami. Aislinn lo había visto como una
confirmación de sus peores sospechas, y había actuado en consecuencia.
Podríamos haber sido un buen equipo. Confió en las personas
equivocadas. Me traicionó. Estuvo lista para arrojarme a los lobos.
Seamus y yo salimos del contenedor de envío.
—¿Crees que dijo la verdad?
Asentí. No tenía ninguna duda.
—¿Qué vas a hacer?
—Quiero que traigas aquí a Aislinn. Dile a Maeve que tiene que
cuidar a Finn.
—Está bien —dijo Seamus lentamente—. ¿Quieres que busque a
Gulliver?
—No.
Seamus asintió y luego se fue.
Aún no estaba seguro si quería matar a Desmond o no.
Podría ser útil si lo controlábamos con amenazas y sobornos. Aislinn
por otro lado… apreté los dientes.
Había elegido su bando y sellado su destino.
25
Aislinn
El timbre sonó. Como no esperaba a nadie, dudé en abrir la puerta,
pero me sentí aliviada cuando vi a Seamus. Mi alivio pronto se convirtió en
confusión y preocupación cuando noté su expresión fría.
—Seamus, ¿ha pasado algo?
Me dio una sonrisa tensa.
—Lorcan necesita verte. Es urgente.
Volví a mirar a Finn, que estaba haciendo un rompecabezas.
—Maeve lo vigilará.
Asentí, pero algo no estaba bien. Los vellos pequeños en mi cuello se
erizaron. Lorcan también había estado un poco raro anoche. ¿Y si
sospechaban de mí? ¿Pero si ese fuera el caso, habría enviado a Seamus a
recogerme?
—Me pondré los zapatos y se lo diré a Finn.
Entré pero Seamus me siguió, lo que solo me puso más ansiosa. Le
conté a Finn del cambio de planes, intentando que no viera o sintiera mi
preocupación. Tal vez solo estaba exagerando. En los primeros días después
de esconder los micrófonos, había estado nerviosa y aterrorizada
constantemente de que Lorcan los encontrara. Mientras Seamus estaba
ocupado con Finn, palpé rápidamente debajo de la mesa de la cocina. El
micrófono seguía donde lo había dejado. Si Lorcan lo hubiera encontrado,
lo habría quitado y me habría confrontado de inmediato. A menos que solo
hubiera encontrado el micrófono en su auto. Negué con la cabeza. Me
estaba volviendo loca.
Me puse los zapatos y luego ayudé a Finn a ponerse los suyos antes
de dirigirnos al auto de Seamus. Siguió contándole chistes a Finn, lo que me
hizo sentir mucho mejor.
Saludé a Maeve cuando salió para sacar a Finn del auto, después nos
dirigimos hacia el puerto. Seamus se quedó muy callado ahora que
estábamos solos. Lo contemplé de cerca, intentando averiguar qué estaba
mal.
Cuando nos detuvimos frente al almacén, no vi a Lorcan por ninguna
parte. Seamus y yo salimos. Resistiendo el impulso de huir, seguí a Seamus
al interior del almacén. Lorcan salió de su oficina y se dirigió hacia
nosotros.
Encontré su mirada, necesitando alguna afirmación de que estaba
siendo estúpida, pero la mirada dura en sus ojos solo encendió mi
preocupación.
Se detuvo frente a mí y se inclinó para besarme la garganta y la oreja.
—Aislinn, ¿de verdad pensaste que no descubriría que eres una
soplona?
Me quedé helada.
—No sé a qué te refieres. —Las palabras fueron apresuradas y
chillonas, no controladas e indignadas como deberían haber sido.
Me agarró por la garganta y se apartó para mirarme fijamente, sus
ojos fulgurando con furia pura.
—No me mientas. Sé que estás trabajando con la policía.
Tragué pesado, aterrorizada. Nunca debí haber aceptado ese trato. La
policía no me había ayudado hasta el momento a encontrar a Imogen.
—Desvístete. Quiero asegurarme de que no tengas micrófonos
encima.
Mis ojos se abrieron del todo.
—Lorcan…
—Seamus, sal y asegúrate de que nadie entre mientras la reviso en
busca de micrófonos. —Seamus asintió sin siquiera mirarme, como si ni
siquiera pudiera verme después de lo que había hecho, y se fue.
—Lorcan…
La mirada en el rostro de Lorcan me hizo cerrar la boca. Parecía
realmente aterrador, como si quisiera matarme. Tenía la sensación de que
ese era el castigo estándar para los traidores. A él no le importaría por qué
lo había hecho.
—No llevo micrófonos —dije en voz baja, sabiendo que ahora no era
el momento para la provocación.
—Desvístete, ahora.
Lorcan cruzó los brazos delante de su pecho y esperó.
Tragando pesado, me quité el vestido y luego me quité la ropa
interior.
Me paré frente a él completamente desnuda, como lo había hecho
antes tantas veces, pero esta vez me sentí sucia y avergonzada bajo su
escrutinio frío.
Me rodeó como lo había hecho esa primera noche. Me miró fijamente
y casi me derrumbé bajo su ira.
—Levanta tus brazos.
Lo hice. Me levantó el cabello, palpó mi cuero cabelludo.
—Inclínate hacia adelante y separa las nalgas.
Parpadeé, recordando un informe sobre cómo registraban a los
reclusos de la misma manera. Me incliné hacia adelante y separé mis
nalgas.
—Puedes ponerte de pie.
Lo hice y me volví hacia él.
Sus ojos cautelosos se posaron en mi coño.
—Si hubiera un micrófono escondido allí, lo habrías encontrado de
inmediato —dije y solté una risa ahogada.
Pensé por un segundo que él también se reiría.
—Puedes vestirte de nuevo —gruñó, y me volví a poner la ropa
rápidamente.
—Lorcan, no sé lo que crees que sabes, pero…
—Encontré los micrófonos e interrogué a Desmond. Cada palabra que
salga de tu boca es energía y tiempo desperdiciados. ¡Seamus! —llamó.
Desesperada, intenté alcanzar su brazo. Me sacudió—. Llévala a la parte de
atrás y encadénala al techo.
Mis ojos se abrieron del todo, pero antes de que pudiera pedirle que lo
reconsiderara, Lorcan desapareció de mi vista.
Seamus me agarró del brazo, y grité por reflejo.
—Nadie vendrá a ayudarte —dijo con naturalidad y me arrastró a
través de una puerta lateral a un pasillo más pequeño con cadenas colgando
del techo. Mi estómago dio un vuelco.
—Seamus, por favor. Maeve es mi amiga. No hagas esto.
Seamus me miró con desprecio. No recibiría ninguna pizca de
misericordia de él.
—Te dije que no rompieras la confianza de Lorcan.
—No fue mi intención. —Resopló—. Para empezar, nunca tuve su
confianza.
—No sabes de lo que estás hablando. —Puso las esposas frías
alrededor de mis muñecas a pesar de mi lucha. Luego tiró de la cuerda que
estaba atada a las esposas y levantó mis brazos por encima de mi cabeza
hasta que tuve que ponerme de puntillas.
—Tal vez Lorcan lo haga rápido. Le diré a Gulliver que rece por tu
alma.
—¡No quiero que rece por mí! Quiero vivir.
Seamus se fue sin decir una palabra más.
¿Qué hay de Finn? Un miedo frío se extendió a través de mí. Pero no
podía imaginar a Lorcan lastimando alguna vez a Finn.
***
Las esposas se clavaron en mi piel y me dolieron las articulaciones
por la posición incómoda. No estaba segura de cuánto tiempo había estado
colgando así. Las puntas de mis pies rozaban el suelo frío. Lágrimas sin
derramar ardían en mis ojos y piel de gallina cubría mi cuerpo a medida que
el frío de la habitación se filtraba en mí.
Sonaron pasos y una pesada puerta de acero se abrió, revelando a mi
esposo en toda su gloria alta y ancha.
Arrastraba una cadena familiar detrás de su cuerpo, y en la otra mano
llevaba un bastón negro, que parecía algo que podrían usar los oficiales de
policía de Nueva York. Se sentó en una silla frente a mí, con las piernas
abiertas y la cadena colgando de su mano descansando entre ellas. Su
expresión ya no lucía enfurecida. Ahora era fría y calculadora, lo que me
asustó aún más.
—Lorcan…
—Dulce Aislinn, incluso encadenada, te ves hermosa. Ahh, cómo ese
rostro tan dulce me escondió tantos pensamientos engañosos.
—No te traicioné.
Sus ojos centellearon con ira y se puso de pie y avanzó hacia mí. El
sonido metálico de la cadena en el suelo de hormigón me erizó los vellos de
la nuca.
—Entonces, ¿cómo lo llamarías? Trabajaste con la policía. Les
hablaste de mí y de mi clan a mis espaldas. En mi libro, eso es traición.
—Se acercaron a mí. No fui a ellos. Me hicieron creer que fuiste
responsable de la desaparición de Imogen, que te habías acostado con ella
antes de conocernos.
—¿Celosa? —se burló.
Había estado un poco celosa, pero sobre todo triste e incluso un poco
asqueada. Me había sentido como si también fuera reemplazable. Ahora
nada de esto importaba.
—Nunca me acosté con tu hermana ni hablé con ella antes de ir a
buscarla en tu nombre.
Me quedé helada. ¿Él la encontró?
—Fui a verla a Miami cuando me reuní con Sergej. Como era de
esperar, estaba a punto de zarpar con un ruso rico y le importaba un carajo
que la estuvieras buscando.
Tragué con fuerza.
—Le dijiste que la estaba buscando.
—Lo hice y que estabas totalmente preocupada, pero a ella
simplemente no le importó. Solo quería divertirse con su patrocinador
millonario. No te lo dije porque pensé que solo te haría daño. Supongo que
fui un estúpido idiota.
—Lo siento. Si lo hubiera sabido, nunca habría seguido las órdenes de
la policía, pero Desmond hizo que pareciera que tú habías matado a Imogen
y que mi familia y yo necesitábamos protección. Me prometieron
protección.
—¡Soy la única protección que necesitas! —gruñó.
Ya no. Ahora él era el peligro. ¿Podría hacer que me perdone? Cometí
un error, un error muy estúpido y severo.
—No lo sabía en ese entonces. Nunca les dije nada de importancia.
—Porque no sabías nada. Por eso te hicieron esconder esos
micrófonos.
—No les habría dicho incluso si lo hubiera hecho. Y no puse
micrófonos en el almacén o en tu oficina. Si hubiera querido podría haberlo
hecho.
¿Por qué no lo hice? Habría sido la elección lógica. Pero ni siquiera lo
consideré. ¿Tal vez porque en el fondo nunca quise que Lorcan fuera a la
cárcel?
Lorcan negó con la cabeza, apretando los dedos alrededor de la
cadena. Levantó el bastón y me estremecí, esperando un golpe. En cambio,
pasó la punta del bastón por el valle entre mis senos, a lo largo de mi
esternón, mi ombligo y luego sobre mi montículo, rozando mi clítoris
brevemente antes de dejar caer el bastón. Mis labios se habían abierto con
asombro, y para mi total sorpresa… lujuria. Incluso colgando de una
cadena, a merced de mi brutal esposo, mi cuerpo anhelaba cada gota de
placer que él pudiera ofrecer.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Pasé las últimas horas pensando en qué debería hacer contigo,
cómo castigarte por esta traición. La muerte sería la elección lógica.
Una roca pesada se instaló en la boca de mi estómago. Pero el miedo
a morir no fue lo único que sentí. Lo que en realidad me sorprendió fue el
sentimiento de culpa que me invadió cuando vi lo decepcionado que estaba
Lorcan. Y luego una preocupación nueva me golpeó fuerte. Finn.
—Por favor, no lastimes a Finn. Te lo ruego. Es un niño inocente. No
merece sufrir.
—De cualquier manera sufrirá. Si mueres, otra de sus personas más
cercanas lo habrá dejado.
Tragué pesado. Oh, Dios. Mi dulce Finn. No se merecía nada de esto.
—Por favor, no le hagas daño.
Lorcan negó con la cabeza con una mirada de disgusto.
—Sé que no piensas mucho de mí como lo demuestra tu disposición a
creer que me acostaría contigo y tu hermana, pero no soy ese tipo de
monstruo. Finn está a salvo. Pagaré su vuelo de regreso a Dublín, donde
podrá volver a vivir con tu madre.
Mis ojos ardieron de alivio, pero también de miedo por mí. De hecho,
nunca había pensado en la muerte, pero ahora que estaba tan cerca, sabía
que no estaba lista para considerarla.
—Pero luego me di cuenta de que no quiero perderte con la muerte.
—Recogió el bastón y lo levantó entre mis piernas, presionándolo
firmemente contra mi coño—. Aún no y tal vez nunca. —Pasó el bastón a
lo largo de mi hendidura, haciendo que mi núcleo se tensara y mi cuerpo se
calentara desde adentro, ahuyentando parte del frío que sentía—. Tengo que
castigarte. No hay forma de evitarlo —murmuró, hablando más para sí que
para mí mientras observaba cómo el bastón acariciaba mi hendidura. Dejó
la cadena y el bastón en el suelo y acercó una silla aún más, pero no se
sentó. En lugar de eso, se acercó tanto que el calor de su cuerpo pareció
envolverme en un capullo suave.
Agarró el escote de mi vestido y lo rasgó hasta que la prenda se
deshizo y cayó al suelo junto a mis pies descalzos.
—Me duelen los brazos —dije en voz baja—. ¿Puedes liberarme?
Lorcan sonrió sombríamente.
—Dulce Aislinn, no te soltaré, aún no, y pronto no solo te dolerá los
brazos.
Sus ojos viajaron a lo largo de mí. La piel de gallina cubrió cada
centímetro de mi cuerpo, y mis pezones se endurecieron como guijarros. No
estaba excitada, en realidad, no. El miedo era demasiado prominente, y no
podía imaginar que pudiera llevarme al borde de un orgasmo en una
situación como esta. Se inclinó y rozó mi pezón con los dientes antes de que
su lengua emergiera para girar alrededor de mi pezón. Luego tiró hacia atrás
y lo pellizcó con fuerza entre sus dedos. Jadeé, sorprendida. Succionó mi
pezón con su boca, el calor contrastando con el frío del almacén.
—Lorcan —comencé, pero succionó aún más fuerte, robándome las
palabras. Tragué con fuerza y lo intenté de nuevo—. No fue mi intención
traicionarte. —Mordió mi pezón en advertencia, pero seguí hablando—.
Solo quería encontrar a Imogen y era obvio que no tenías intención de
ayudarme.
Sus dedos se engancharon en la cinturilla de mis bragas, y se puso de
rodillas hasta que estuvo a la altura de mi coño. Deslizó mis bragas hacia
abajo lentamente, pero se detuvo cuando la parte superior de mi hendidura
quedó a la vista. Extendió la mano y apartó mis pliegues con el pulgar y el
índice, revelando mi clítoris. Mi núcleo se contrajo, recordando lo que
podía hacer el toque de Lorcan. Era adicta a cómo me hacía sentir, la
libertad absoluta que sentía durante un orgasmo.
—Una parte tan pequeña de ti pero tan poderosa —gruñó Lorcan.
No entendía su plan para mí. ¿Quería follarme una vez más antes de
matarme? No necesitaba darme placer por eso. Lorcan tomó la yema de su
pulgar en su boca y luego la deslizó lentamente sobre mi clítoris. Con los
ojos en mi coño, frotó una y otra vez hasta llegar a mi clítoris.
Se inclinó hacia delante y respiró hondo.
—Me encanta el olor de tu excitación. Lo extrañaré.
—Lorcan.
Ignorando una vez más mi intento de hablar, me frotó con la yema de
su pulgar, dando vueltas y vueltas. Levantó la cabeza para mirar mi rostro
cuando mi respiración se aceleró. Los dedos de mis pies se curvaron a
medida que la sensación se acumuló en mi centro. La humedad se reunió
entre mis pliegues. Me estaba acercando, pero antes de que pudiera
encontrar mi liberación en un fuego artificial de placer, se echó hacia atrás,
privándome de su toque. Observó mi rostro sonrojado sin un atisbo de
emoción. Luego su mirada se deslizó más abajo a mi carne palpitante.
Había estado tan cerca. Aún sentía como si el roce de una pluma me fuera a
hacer explotar. No estaba segura de por qué mi cuerpo reaccionaba tan de
buena gana. Tal vez era mejor que la alternativa, el terror de mi muerte
inminente. Después de todo, no podía creer que me dejaría vivir.
Lorcan recogió la cadena del suelo otra vez, arrancándome
instantáneamente de mi burbuja de placer. ¿Ahora comenzaría la verdadera
tortura?
Arrastró la cadena de acero por el suelo con un sonido escalofriante y
se detuvo justo frente a mí. Levantó el brazo con la cadena y la sostuvo
cerca de mi cuerpo. El acero helado tocó mi carne caliente, deslizándose a
lo largo de mi montículo y pecho. Jadeé cuando un escalofrío se extendió
por mi cuerpo. Mis pezones se endurecieron aún más, casi dolorosamente,
por la fricción fría, y me descubrí deseando que la cadena se deslizara por
mi hendidura y no solo por mi montículo. La mirada de Lorcan se clavó en
la mía como si él también pensara lo mismo. Bajó la cadena y balanceó el
extremo entre mis piernas, atrapándola con la otra mano. Como había
querido, levantó la cadena hasta que la presionó contra los labios de mi
vagina.
Dividida entre un shock helado y una necesidad ardiente, inhalé
bruscamente. Comenzó a frotar la cadena de acero de un lado a otro a lo
largo de mi coño dolorido. Mis labios se abrieron a medida que jadeaba.
—Lorcan, por favor, suéltame —susurré, retorciéndome contra mis
ataduras.
—No —gruñó, aumentando la presión de la cadena brevemente,
haciéndome gemir cuando se deslizó por mi clítoris. Siguió haciendo esto
hasta que mi respiración se aceleró de nuevo. Estaba persiguiendo mi
liberación, pero justo cuando estaba casi allí, soltó la cadena sin
contemplaciones. El sonido brusco me hizo estremecer.
—Lorcan —susurré, medio suplicante. La cadena resplandecía de mis
jugos. Lorcan se presionó contra la parte delantera de mi cuerpo, y todo lo
que quise fue liberarme de las ataduras y tocarlo, hacerle sentir la misma
necesidad de liberación, hacerlo casi estallar solo para privarlo de mi toque.
Los ojos verde oscuro enojados y heridos de Lorcan se clavaron en los
míos, y mi corazón latió dolorosamente en mi pecho. No debí haber
confiado en la policía. Tampoco me acercaron más a encontrar a Imogen.
Solo abrieron una brecha entre Lorcan y yo. Era extraño pensar que eso me
importaba.
Me besó con dureza, su lengua conquistando mi boca sin piedad. La
tela de su camiseta se frotó deliciosamente sobre mis pezones. Ya estaba tan
excitada que la simple fricción me hizo gotear aún más.
Sus dedos comenzaron a jugar con mis pezones, retorciendo y tirando.
Podía sentir cada toque entre mis piernas.
—¿Cuánto más quieres seguir torturándome así? —susurré contra sus
labios.
Los ojos de Lorcan brillaron.
—Hasta que me pidas que te lastime de verdad para que te permita
correrte.
26
Aislinn
—Eso es ridículo. —Jadeé cuando pellizcó con fuerza mi pezón. Su
dedo índice viajó más abajo, apenas tocando mi piel. Rozó mi clítoris y lo
apreté con fuerza, pero el toque fue breve a medida que avanzaba más,
separando mis pliegues con su dedo índice muy suavemente y rozando el
punto sensible en el interior.
—Tan mojada —murmuró—. Tendré que probar. —Se hundió en la
silla de modo que estuviera a la altura de mi coño. Mi cuerpo se tensó con
una anticipación casi insoportable cuando se inclinó hacia adelante. Su
aliento abanicó sobre mi coño mojado. Entonces, su lengua se precipitó
entre los labios de mi vagina, lamiendo una vez a lo largo de mi hendidura,
antes de inclinarse hacia atrás para observar mi expresión desgarrada por la
lujuria—. Dulce Aislinn, casi te corres. Tendré que tener más cuidado.
Tendrás que sufrir mucho más. —Sacudió la cabeza a medida que se pasaba
la lengua por el labio superior—. Tus jugos saben más dulces que cualquier
cosa que haya probado. Será una búsqueda difícil encontrar a otra mujer
cuyos jugos sean igualmente deliciosos.
Mi corazón se apretó ante la idea de que Lorcan estuviera con alguien
más. ¿No hace mucho tiempo no había soñado con dejarlo? ¿Por qué me
molestaba la idea de que se follara a otra mujer?
Se encogió de hombros, sus músculos flexionándose. Se estiró de
nuevo y deslizó su dedo medio sobre mi hendidura, con la palma hacia
arriba. Su otra mano se acercó para tirar de mi pezón. Sostuve su mirada
mientras me acercaba otra vez al borde.
Lorcan siguió provocándome con su dedo suavemente, acariciando
mis pliegues y mi clítoris con toques de pluma, retorciendo mis pezones y
arriesgándose a lamerlos ocasionalmente, durante al menos otra hora. La
carpa en sus pantalones fue impresionante, pero no intentó encontrar alivio
para sí mismo ni una sola vez, ignorando por completo su propia necesidad.
Deseé tener su autocontrol. Estaba repleta de tanta necesidad, estaba cerca
de pedirle que me lastimara si solo me daba después un orgasmo.
Lorcan probablemente podía sentir que estaba cerca de romperme. No
estaba segura de por qué había elegido esta forma de tortura, que en
realidad no era el castigo que esperaba. Conociendo la brutalidad de mi
esposo, me temí lo peor. No entendía su razonamiento, pero ya no me
importaba. Mi excitación cubría la palma de Lorcan y la parte interna de
mis muslos. El almacén estaba en silencio, excepto por mis jadeos y las
respiraciones bajas y concentradas de Lorcan mientras hundía su dedo
medio en mi abertura. Mis paredes se aferraron a su dedo, necesitando más.
Cuando estuvo enterrado hasta los nudillos dentro de mí, Lorcan dejó de
moverse. Sacudí mis caderas para aumentar la fricción, pero Lorcan bajó la
mano hasta que solo la punta de su dedo quedó dentro de mí.
Dejé escapar un suspiro desesperado. Solo quería que Lorcan hiciera
lo que sea que tuviera en mente, que terminara lo que había comenzado. Me
había estado provocando durante demasiado tiempo. Todo mi cuerpo estaba
tenso como un arco, listo para liberarse.
Lorcan se puso de pie y caminó hacia el lugar donde su bastón estaba
apoyado contra la pared. Lo recogió del suelo.
—¿Lista para el dolor?
Me tensé, mis ojos abriéndose del todo y mi corazón martilleando
salvajemente en mi pecho.
Lorcan rio entre dientes.
—¿Aún no? —Asintió y se acercó a mí con el bastón, golpeándose la
palma de la mano con la punta.
Acercó la punta a mi esternón y luego la deslizó hacia abajo como lo
había hecho antes, pero esta vez deslizó la punta del bastón a lo largo de mi
carne hinchada y la presionó contra mi abertura. Apreté, queriendo algo
dentro de mí, incluso este bastón. Observando mi rostro de cerca, movió la
punta del bastón en mi abertura. Jadeé al sentir el material frío dentro de mi
canal caliente. Estaba acostumbrada al eje grueso de Lorcan, así que me
acostumbré rápidamente a ser estirada por el arma. Lorcan solo me provocó
con la punta, deslizándola alrededor de unos centímetros solo para sacarla
otra vez. Mi núcleo aferró el bastón, intentando contener el placer que traía,
incluso si no era nada en comparación con la polla de Lorcan. Me folló con
demasiada delicadeza solo con la punta hasta que me estaba meciendo de
ida y vuelta, intentando hundir el bastón aún más profundamente en mí,
pero las cadenas de las que colgaba lo impidieron. Lorcan me contempló
estoicamente a medida que sacaba el bastón a pesar de mi protesta.
—Abre la boca.
Lo hice sin dudarlo y permití que Lorcan empujara la punta del bastón
en mi boca, saboreando mi excitación ácida. Rodeé la punta con mi lengua
y luego la chupé profundamente en mi boca, mientras observaba a Lorcan
fijamente, queriendo que imaginara que era su pene.
Apartó el bastón, y reprimí una sonrisa. También lo había afectado.
—Dulce Aislinn, quieres más, ¿verdad? —gruñó.
Asentí frenéticamente, ya sin importarme la dignidad. El placer había
desterrado el miedo desgarrador que estaba sintiendo desde que Lorcan me
ordenó ir a los muelles.
—Lorcan, te deseo. Tu polla, tus dedos, tu lengua, todo de ti. —Las
palabras escaparon, enterrando cualquier rastro de vergüenza y timidez a su
paso.
Lorcan tragó con fuerza, su mirada volviéndose tan feroz que me
estremecí con un anhelo profundo que casi me hizo correrme sin tocarme ni
penetrarme.
—Tengo muchas ganas de lastimarte —gruñó, y pude escuchar la
necesidad de brutalidad en su voz, pude verla en la tensión de sus músculos
—. Pero al mismo tiempo, quiero follarte y hacer que te corras tan fuerte
que mi nombre será la última oración en tus labios.
—Eso es una blasfemia —susurré con dificultad, tan desesperada por
más de él, por que viera que era suya.
—Añádelo a mi lista de pecados. —Acarició mi mejilla—. ¿Quieres
correrte?
—Sabes la respuesta.
—Respóndeme.
—Sí, quiero correrme.
—¿Aceptarás el dolor a cambio del placer?
No estaba segura de lo que tenía reservado para mí. Estaba medio
aterrorizada, medio excitada. Lorcan abrió su cremallera y liberó su
erección gruesa. Relucía con su propia necesidad.
—Veo que estás demasiado asustada para responder —murmuró,
rodeándome hasta que se detuvo detrás de mí. Su aliento abanicó sobre mi
cuello a medida que su longitud dura presionó contra mis nalgas. Se meció
de modo que la punta encajó entre mis mejillas, separándolas lentamente
hasta que rozó mi otra abertura. Me puse rígida.
Su aliento cálido pasó como un fantasma sobre mi oído.
—Tengo que lastimarte. Tengo que follarte. Tengo que hacer que te
corras. Quiero tus lágrimas de lujuria y dolor.
Presioné hacia atrás, conduciendo la punta de su polla aún más lejos
entre mis nalgas de modo que su punta empujó mi abertura con más fuerza.
Lorcan aferró mi garganta, sus ojos clavándose en los míos. Frotó su palma
sobre mi coño, juntando mis jugos en su pene hasta que estuvo resbaladizo.
—Dulce Aislinn, primero el dolor, luego la liberación.
Sus ojos se clavaron en los míos con una miríada de emociones
mientras su polla se abría paso aún más profundamente en mi canal
apretado. Me tensé, mis labios abriéndose en un gemido por el dolor feroz,
la sensación absoluta de ser estirada más allá de lo imposible. Cerré los ojos
con fuerza cuando no pude más, lista para rogarle a Lorcan que se
detuviera. Pero sin una palabra de mí, se detuvo cuando tal vez estaba a la
mitad. Respiré lentamente, intentando obligar a mi cuerpo a relajarse.
—Cuando descubrí que estabas trabajando con la policía, sentí como
un cuchillo en mi corazón. ¿Crees que el dolor que sientes ahora es peor?
Tragué pesado.
—No. —Sabía que nada dolía más que te rompieran la confianza o el
corazón.
—Exacto —dijo Lorcan con voz áspera—. Quiero lastimarte mucho
más, pero al mismo tiempo odio verte sufrir y quiero mejorarlo. Aislinn, me
debilitas y no me gusta.
La palma de Lorcan sujetó mi pecho y masajeó suavemente. Luego la
deslizó más abajo hasta que sus dedos alcanzaron mi clítoris. Empezó a
frotarme hasta que el placer volvió a acumularse y sentí que me relajé a su
alrededor. Sus dedos se movieron más rápido y luego hundió dos en mi
coño. Follándome con fuerza con sus dedos mientras la palma de su mano
golpeaba contra mi clítoris, corrí hacia la liberación. Grité ante las primeras
chispas de mi orgasmo. Lorcan agarró mi garganta y empujó más profundo
dentro de mí. Estaba demasiado ida para dejar que el dolor detuviera mi
orgasmo y me estremecí de dolor y placer a medida que Lorcan metía su
polla aún más profundamente en mí con embestidas superficiales mientras
sus dedos seguían follándome sin piedad. No estaba segura de cuánto más
podría soportar, pero Lorcan no se detuvo. Frotó mi clítoris suavemente con
su dedo índice mientras follaba mi culo con aproximadamente dos tercios
de su longitud.
Respiraba superficialmente, sintiéndome abrumada. A pesar de la
sensación demasiado estirada, la sensación de Lorcan dentro de mí desde
atrás hacía que su manipulación sobre mi clítoris fuera aún más intensa.
Pronto, estaba jadeando una vez más. Esta vez, cuando caí por el borde,
estuve preparada para el dolor cuando Lorcan me reclamó por completo. Su
pelvis presionó contra mi trasero y gimió. Pude sentirlo contraerse dentro
de mí y saber que le dio tanto placer me excitó a pesar de la situación.
Pronto comenzó a follarme lentamente, y mi respiración se atascó en
mi garganta cada vez que me llenó. Dos de sus dedos se deslizaron en mi
coño y comenzó a follarme con ellos al ritmo de sus embestidas.
Colgué sin fuerzas de las cadenas mientras jadeaba. El dolor y el
placer tenían mi cuerpo en un agarre tortuoso del que no habría escapatoria.
Lorcan se estrelló contra mí con más fuerza y también sus dedos. Temblé,
sintiendo una ola de placer a punto de aplastarme.
—Puedo sentir mi polla dentro de ti —dijo Lorcan con voz áspera—.
Reclamando cada parte de ti.
Grité cuando mi orgasmo me golpeó, y Lorcan dejó escapar un
gruñido áspero. Su pene se expandió dentro de mí, haciéndome ver estrellas
por un segundo. Me estremecí, mi clítoris palpitando ferozmente.
Mi cabeza cayó hacia atrás sobre su hombro, completamente
abrumada. Lorcan presionó su rostro en mi cabello por un segundo. Ahora
era extraño estar tan cerca de él, escuchar los latidos de su corazón, sentir
su calor. Demasiado pronto, Lorcan dio un paso atrás y sacó su polla de mí.
Hice una mueca ante el dolor agudo. Lorcan aflojó el nudo manteniéndome
encadenada al techo. La cuerda cayó y de repente quedé libre. Mis piernas
se doblaron y caí al suelo. Mis pantorrillas temblaban, no solo por mi
orgasmo sino también por el frío y la avalancha de emociones. Lorcan se
subió el cierre de los pantalones mientras yo intentaba orientarme. Cuando
finalmente me puse de pie, me temblaron las piernas. Pude sentir la
liberación de Lorcan salir de mí, y de repente me sentí vacía. Lorcan sacó
su billetera y me lanzó un fajo de billetes.
Mis ojos se abrieron del todo con indignación y conmoción. ¿De
verdad me estaba pagando por lo que acababa de pasar?
—Estamos casados.
—Cómprate un billete de ida de regresa a Dublín. No quiero volver a
verte en Nueva York. Te enviaré los papeles del divorcio para que los
firmes. Considera esta follada y tu vida como mi regalo de bodas para ti.
No podía creer lo que estaba diciendo. Siempre pensé que tendría que
huir de Nueva York y esconderme de Lorcan para escapar de nuestro
matrimonio. ¿Ahora me estaba dejando libre, así como así?
Lo peor era que, no quería que me dejara como si no significara nada.
Estaba confundida y ya no estaba segura de lo que estaba sintiendo. Estos
últimos meses buscando a Imogen y convirtiéndome en parte del mundo
brutal de Lorcan me habían trastornado completamente la cabeza. Era
aterrador. Nuestro tiempo con Finn había cambiado las cosas. Vi un lado de
Lorcan que no creía que existiera. Pocas personas habían sido tan amables
con Finn mientras lo trataban como a un niño normal.
—¿Me estás enviando lejos?
—¿Preferirías que hiciera lo que suelo hacer con los traidores?
—No les dije nada. Solo quería encontrar a Imogen. Aún necesito
encontrarla. No puedes enviarme lejos.
Lorcan se acercó lentamente, sus ojos ardiendo con furia.
—Puedo y lo haré, y será mejor que aceptes esta oferta. Aislinn,
tienes tanta jodida suerte. —Ahora no era el momento de discutir con
Lorcan. Estaba furioso, por una buena razón.
Agarré mi vestido y me lo puse rápidamente, pero estaba arruinado.
Lorcan se movió hacia una fila de casilleros de acero que no había visto
antes y sacó unos pantalones cargo y una camisa a cuadros.
—Son de Nollaigh. Es jodidamente delgado. Deberían servirte.
Me arrojó la ropa, y apenas la atrapé. Sentí ganas de llorar. Estaba
completamente abrumada por la situación.
Cuando estuve vestida, Lorcan tomó su teléfono.
—Ya puedes llevártela.
Cinco minutos más tarde, los cinco minutos más largos de mi vida
porque cada segundo en la presencia iracunda de Lorcan me hizo sentir más
culpable, Seamus entró en el lugar. Si estaba sorprendido de que aún
estuviera de una pieza, no lo demostró. Tal vez Lorcan había compartido
sus planes con él. Ni siquiera me importaba que no estuviera usando bragas
y calcetines. La ropa cubría todo lo que quería cubrir, y aún estaba en
estado de shock cuando Seamus me condujo afuera hacia su auto. Lorcan
me dio la espalda como si no quisiera verme. ¿Esta era nuestra despedida?
Lorcan había sido una parte tan crucial de mi vida estos últimos meses…
No podía creer que solo hubieran pasado unos meses. Sentía como si
me hubiera convertido en una persona nueva en ese tiempo corto.
Seamus no habló mientras condujo. El ruido sordo del auto llenó el
silencio incómodo. Pronto me di cuenta de que no nos dirigíamos hacia el
apartamento.
—¿A dónde me llevas?
—Con Gulliver. Después de buscar en tus pertenencias pistas de tu
traición, se las enviamos a tu tío. Te quedarás con él hasta que tu vuelo
salga mañana por la mañana.
—¿Tan pronto? —susurré, sorprendida.
—Ya no tienes asuntos en Nueva York.
—Pero mi hermana…
—Por una vez, escucha mi consejo. Regresa a Dublín y olvida todo lo
que pasó aquí. Tu hermana es una adulta. Deberías salvarte. Tienes suerte
de que Lorcan no te haya matado.
Presioné mis labios entre sí. No podía volver a Dublín así. Sin
Imogen. Sin haber hablado con ella al menos una vez. Y una parte de mí se
preguntó si extrañaría a Lorcan. Fue extraño considerarlo. Nunca quise
nuestro matrimonio. Despreciaba lo que hizo. Y, sin embargo, una parte de
mí aún no podía creer que me abandonara así, como si no significara nada
para él.
Tal vez solo fue sexo. Pero si ese fuera el caso, entonces ¿por qué me
perdonó?
—¿También llevarás a Finn con Gulliver?
—Sí. Una vez que te deje, iré a casa con Maeve y lo recogeré.
—Él no entenderá lo que está pasando.
—Supongo que puedes explicarle todo.
¿Cómo podría explicarle todo? Apenas entendía nada de esto.
—Hora de salir —murmuró Seamus. Miré por la ventana para
encontrar a Gulliver en la acera, acurrucado bajo un paraguas enorme para
evitar la lluvia fuerte—. Mañana los recogeré a ti y a Finn, y los llevaré al
aeropuerto. Alguien estará vigilando la casa. No intentes hacer nada.
Cuando no salí de inmediato, se inclinó y abrió la puerta de un
empujón. La lluvia y el viento me golpearon. Gulliver corrió hacia mí y
medio me arrastró fuera del auto y luego hacia la puerta principal. Una vez
dentro, cerró la puerta de golpe y la bloqueó dos veces antes de guardarse
las llaves. Cerró el paraguas antes de volverse hacia mí. Apartó la mirada
rápidamente como si no pudiera soportar mirarme.
—Supe que significabas problemas al momento en que te vi en el
escalón de mi puerta.
Lo miré furiosa, harta de ser insultada y castigada.
—Tu mundo ya estaba plagado de problemas sin mi presencia. Nunca
quise que nada de esto sucediera, pero al menos actué porque quería ayudar
a mi hermana. ¿Cuáles son las razones de tus acciones?
—No tengo que darte explicaciones. Alégrate de que Lorcan no te
haya matado. No es un hombre indulgente. Tienes suerte.
No me sentí afortunada. Me sentía a la deriva e impotente. Pasé
corriendo junto a Gulliver y me dirigí a mi antigua habitación, donde me
esperaba mi maleta. Mis pertenencias habían sido metidas en la maleta a
toda prisa y estaban arrugadas. Me puse un suéter y una falda antes de ir a
buscar a mi tío.
Se sentaba a la mesa de la cocina, encorvado sobre una taza de té, con
expresión tensa. Me senté frente a él.
—No puedo irme ahora. Tengo que encontrar a Imogen. Está en
Florida, así que ni siquiera tengo que quedarme en Nueva York, pero aún no
puedo regresar a Dublín. ¿No puedes hablar con Lorcan?
Gulliver golpeó la mesa con la palma de la mano. El té se derramó
por el borde de su taza. Hizo una mueca, se levantó y limpió la mesa
rápidamente con un paño de cocina.
—No hablaré con Lorcan. Tú tampoco deberías. Que sigas viva y
coleando es un milagro de grandes proporciones. ¿No entiendes? Aislinn,
Lorcan no muestra misericordia, pero permitirte vivir después de tu traición
es misericordia. Lorcan honró tu matrimonio. Valoró el vínculo sagrado,
incluso cuando tú no lo hiciste.
—Es un vínculo que nunca quise.
—Pero un vínculo al que aceptaste.
—No fue mi intención traicionar a Lorcan. Quería encontrar a
Imogen, y la policía prometió ayudarme. Eso es más de lo que hizo Lorcan
en todo el tiempo.
Gulliver negó con la cabeza. Levantó un dedo.
—No sabes nada.
Fruncí el ceño.
—¿Sabes algo? —Me pregunté si Gulliver confirmaría la historia de
Lorcan sobre Imogen.
—Estoy seguro de que ya te lo ha dicho. Lorcan encontró a tu
hermana hace unas semanas. En Florida. Estaba a punto de embarcarse en
un crucero por el Caribe con un oligarca ruso que conoció en Sodoma. No
quiso posponer su viaje, incluso cuando Lorcan le habló de ti.
Tragué pesado. Escucharlo nuevamente no facilitó las cosas. Quería
defenderla, decir que Imogen no lo haría, pero en realidad sonaba como
algo que Imogen haría. No para hacerme daño, sino porque ella pensaba
primero en sí misma y no se detenía a pensar en las consecuencias para los
demás.
—¿Por qué Lorcan no me lo dijo de inmediato? Con todos sus
secretos prácticamente me obligó a caer en brazos de la policía.
Gulliver se encogió de hombros.
—Eres su esposa. ¿No tienes idea?
—Quería encadenarme a él, a Nueva York. Sabía que intentaría irme
una vez que encontrara a Imogen.
—Lorcan tiene sus formas de mantenerte donde quiere que estés. Tal
vez quería protegerte.
Resoplé. Aún estaba tambaleándome por todo lo que había sucedido.
Necesitaba encontrar una manera de llegar a Imogen. Pero sin el nombre del
yate o del oligarca, eso era imposible.
Gulliver se inclinó sobre la mesa y agarró mis manos.
—Tienes que aceptar la decisión de Imogen y, lo que es aún más
importante, tienes que respetar la de Lorcan. Te dio la oportunidad de
volver con tu madre. Piensa en Finn. Regresa inmediatamente a Dublín. Ya
hablé con tu madre y le dije que mañana volverás. Está emocionada de
tenerte a ti y a Finn de vuelta.
Aparté mis manos de Gulliver. Sabía que tomaría el vuelo por Finn.
No quería que él se enterara de lo que estaba pasando. Las cosas estaban
demasiado volátiles en este momento en Nueva York.
—¿Puedes pedirle a Lorcan detalles sobre el yate y el oligarca?
Gulliver se puso de pie.
—Veré qué puedo hacer, una vez que estés de vuelta en Dublín. Pero,
Aislinn, debes ser consciente de que no puedes dejar el pasado atrás. El
apellido Devaney siempre será parte de tu historia. Todos los que importan
en Dublín e Irlanda saben del matrimonio. No puedes volver a la vida que
conocías, incluso si lo intentas.
No entendería a qué se refería Gulliver, no hasta después.
27
Aislinn
Veinte minutos después, Finn estaba en el umbral con Seamus a su
lado. Gulliver abrió la puerta y me cerró el paso como si le preocupara que
pudiera escapar. De todos modos, ¿adónde se suponía que iba a correr,
especialmente con Finn?
—Hola, Finn —lo saludé con una sonrisa. Se despidió de Seamus
antes de que entrara. Gulliver le dio unas palmaditas en la cabeza
brevemente. Finn agarró mi mano y me dio una mirada inquisitiva. Entendí
su confusión. Lo había traído a Nueva York y ahora regresábamos a Dublín.
No estaba segura de cuánto le había dicho Seamus.
—Entren —dijo Gulliver en tono cortante—. Seamus y yo tenemos
cosas que discutir.
Asentí, no estaba de humor para una discusión. Estaba a punto de
darme la vuelta cuando Seamus dijo:
—El anillo. Ya no lo necesitarás.
Me quité el anillo de matrimonio, tragando pesado, y se lo entregué a
Seamus. Luego llevé a Finn a mi habitación.
—¿Quieres comer algo?
—Maeve pidió pizza para nosotros.
Sonreí y luego la tristeza me abrumó. Ni siquiera tendría la
oportunidad de despedirme de Maeve.
—Lorcan dijo que tú y yo volveremos a Dublín.
Me quedé helada.
—¿Viste a Lorcan?
—Vino a la casa de Maeve para despedirse.
—¿Dijo por qué tenemos que irnos?
—Dijo que eran cosas complicadas de adultos de las que no debería
preocuparme.
—Tiene razón.
—¿Es por mi culpa?
Lo abracé.
—¡No! Por supuesto que no. A Lorcan le encantó tenerte en su
apartamento. Esto es algo entre nosotros.
Estaba bastante segura de que era la verdad. A Lorcan le agradaba
Finn. Me sorprendió ver ese lado tierno de él. Que se tomara el tiempo para
despedirse de Finn a pesar de su furia conmigo también lo demostraba.
—Eso es lo que él dijo.
Acaricié el cabello de Finn.
—Mamá estará feliz de tenernos de vuelta.
Finn asintió, y luego susurró.
—Extrañaré a Lorcan.
Tenía la sensación de que yo lo haría, aunque no tuviera sentido. No
debería extrañar a un hombre como él.
***
Cuando Finn y yo aterrizamos en Dublín, me di cuenta por primera
vez de que tal vez Lorcan me había dejado ir de verdad. Mi traición había
sido demasiado. No quería sentirme culpable. ¿En serio había hecho algo
malo al trabajar con la policía? Lorcan era un criminal. Pertenecía a la
cárcel, de eso no había duda. Aun así, no podía quitarme la sensación de
estar equivocada. Tal vez eso sucedía cuando vivías entre criminales el
tiempo suficiente: olvidabas lo que estaba bien y lo que estaba mal. Todo
estaba patas arriba.
Mamá nos estaba esperando en el aeropuerto de Dublín. Mi corazón
explotó de amor. Tenía sus defectos, pero siempre había estado ahí para
nosotros. Cuando Finn corrió hacia ella y lo tomó en sus brazos, mis ojos
ardieron con lágrimas contenidas. Miré a un par de personas que se
quedaron boquiabiertas por los espasmos que ralentizaron sus movimientos.
Empujando de nuestro equipaje detrás de mí, me uní a ellos y abracé a
mamá con fuerza. Comencé a llorar inmediatamente.
—¡Regresaste! —susurró, y los abracé aún más fuerte.
Los brazos de mamá me rodearon, y dejó escapar un suspiro
tembloroso. Cuando me retiré, sus ojos estaban llenos de lágrimas y restos
de miedo. Finn tomó mi mano y la de mamá y nos arrastró fuera del
aeropuerto, hacia el auto de Sean. Mamá prefería fingir que no sabía que él
estaba enamorado de ella, pero todos los demás lo sabían.
Finn y yo nos sentamos en el asiento trasero, y mamá tomó el volante.
Era una mala conductora. No tenía auto propio y tenía muy poca
experiencia conduciendo. Me aferré a Finn a medida que nos conducía a
través del tráfico. Cuando llegamos a Merchant's Arch, sentí una sensación
extraña de melancolía. Si bien este lugar aún se sentía como estar en casa,
también se sentía diferente. Nada había cambiado. Nada más que yo. Tal
vez en unas pocas semanas me sentiría como la Aislinn del pasado. Tal vez
entonces Dublín sería el hogar que tanto extrañé.
Mamá le devolvió las llaves del auto a Sean mientras yo cargaba a
Finn escaleras arriba. Subir escaleras seguía siendo algo que le causaba
grandes problemas, especialmente los escalones empinados y desiguales
que conducían a nuestro apartamento. Después de su última caída, mamá y
yo solíamos cargarlo.
Finn y yo habíamos comprado algunos recuerdos del edificio Empire
State y la Estatua de la Libertad durante nuestro primer recorrido por la
ciudad. Teníamos la intención de enviárselos a mamá, pero ahora podríamos
dárselos personalmente. Cuando entramos en el apartamento, Finn le
presentó con orgullo nuestros regalos. Luego se puso la camiseta de los
Gigantes de Nueva York que Lorcan le había regalado.
—Como un verdadero jugador de baloncesto —dijo ella, acariciando
su cabeza.
—Fútbol —corregimos Finn y yo.
—Pensé que a los estadounidenses no les gustaba el fútbol.
—No nuestro fútbol. El suyo. Nuestro fútbol se llama balompié allá
—dije.
Mamá negó con la cabeza y se sentó en la mesa de la cocina. Finn
comenzó el rompecabezas de la Estatua de la Libertad, aunque era para
mamá y demasiado difícil para un niño de su edad. Le encantaban los
rompecabezas y probablemente nos rogaría más tarde a mamá o a mí que lo
ayudáramos con este rompecabezas de mil piezas.
Mamá aferró mi mano.
—Estaba segura de que no volvería a verte.
Miré a Finn, que estaba concentrado en el rompecabezas, antes de
susurrar:
—Aquí estoy. Siento no haber traído a Imogen conmigo.
Mamá soltó una carcajada.
—Nunca pensé que lo harías. Imogen quería una vida nueva. Somos
parte de la antigua. Debe dejarnos ir para convertirse en alguien nuevo.
Parecía resignada, pero también como si hubiera aceptado el hecho
hace mucho tiempo. Ojalá pudiera aceptar tan fácilmente que Imogen se
alejó de nosotros.
—¿Hablaste con ella?
—Oh, no. Gulliver me dijo que encontró a un hombre rico que la
llevará al Caribe en su yate.
Asintió como si tuviera sentido para ella. Mamá no sabía que Imogen
lo había conocido en Sodoma. Pocas personas honestas iban allí, y un
multimillonario ruso en busca de una mujer joven probablemente tampoco
era un buen tipo sin importar lo que dijera Lorcan.
Pero, ¿qué significaba eso? Estaba casada con Lorcan, y nunca me
había lastimado, en realidad no. Un escalofrío recorrió mi espalda al
recordar nuestro último encuentro. No podía creer que en realidad fuera el
último.
—¿Cómo estás?
Parpadeé a mamá.
—Estoy… bien. Creo. Han pasado muchas cosas.
Mamá apretó mi mano.
—Nunca quise esto para ti. Five-Leaf Clover, los Devaney y todo lo
que representan. —Soltó un suspiro—. ¿En serio crees que Lorcan va a
dejarte ir? ¿Permitir que te divorcies de él?
—Eso es lo que dijo. Aquí estoy, así que ya no me quiere.
—No es propio de un Devaney renunciar a alguien que quiere.
—Te dejó un Devaney.
—Porque estaba embarazada del hijo de otro hombre. Sabía que esa
era la única manera de deshacerme de él. ¿Estás embarazada?
—No —respondí con una risa rápida. Tenía la sensación de que
Lorcan no me habría dejado salir viva de Nueva York si lo hubiera
engañado. Para ser honesta, nunca me había imaginado estar con otro
hombre desde que conocí a Lorcan. Su toque me consumió tan plenamente
que no hubo lugar para nadie más—. No estoy embarazada. Lorcan
descubrió que trabajaba con la policía, por eso se deshizo de mí.
Mamá se congeló.
—Ah, Aislinn. Tomaste un gran riesgo. No puedo creer que te haya
dejado ir a pesar de tu traición. En serio debe sentir algo por ti.
Fruncí los labios.
—Lo dudo.
—¿Por qué si no te dejaría vivir?
Me había hecho la misma pregunta, pero la idea de que Lorcan y su
corazón retorcido se preocuparan de verdad por mí me hizo sentir aún más
culpable por trabajar con la policía, lo cual definitivamente no debería.
¿Verdad?
—No lo sé —admití—. Ahora estoy aquí. Eso es todo lo que importa.
Mamá apretó mi mano.
—Me alegro. Pero, ¿ahora cuáles son tus planes?
Sí, ¿y ahora qué? Aún no podía imaginar estar con nadie más que
Lorcan. Tal vez el tiempo lo borraría de mi memoria, aunque pareciera
imposible.
—¿Crees que Sean me acepta de vuelta? Necesito trabajo.
—No sé. Aislinn, sigues siendo una Devaney. No puedes ser
simplemente una camarera. Dudo que a los Devaney les guste eso. Podría
causarle muchos problemas a Sean. Tengo suficiente dinero para pasar los
próximos dos meses hasta que te divorcies y puedas trabajar como quieras.
—Podría ir a los Devaney y pedir permiso para trabajar. Balor está en
la mansión, pero Aran está en la ciudad. Podría ir a hablar con él.
—Hablas de ellos como si los conocieras. ¿Lo haces? ¿De verdad?
—No. —Solo los había visto una vez en la boda. Mi tiempo con
Lorcan había sido demasiado corto para otra reunión familiar. Y después de
mi traición, de la que probablemente Lorcan ya los había informado, estaría
loca si me acercaba a cualquier Devaney.
Finn pasó la noche en mi cama, acurrucado a mi lado. No pude evitar
la sensación de que extrañaba Nueva York, especialmente a Lorcan. Tal vez
porque Lorcan había sido la primera figura paterna en su corta vida, y una
vez más se lo habían arrancado.
Besé su frente, sintiendo una ola potente de culpa. Amaba la
sensación de su cuerpo pequeño junto al mío, pero extrañaba mucho más el
calor familiar de Lorcan, su toque posesivo y la forma en que me llenaba de
fuego.
***
Tal como mamá sospechó Sean no se atrevió a recibirme de vuelta.
Pagaba dinero de protección a los Devaney, de modo que tener a alguien
con ese apellido como camarera era un riesgo demasiado grande.
Mamá pasó el día con Finn, aunque en realidad no podíamos
permitirnos que se tomara un día libre en el trabajo, pero él la extrañaba y el
dinero no lo era todo.
Caminé hacia el puente Ha'penny y escuché su torrente familiar a
medida que dejaba que mi mirada vagara por mi ciudad natal. A decir
verdad, la extrañaba, pero también extrañaba Nueva York, mi rutina allí,
Maeve, Talulla, incluso la gruñona señora Byrne.
Y Lorcan. Lo extrañaba. Tal vez era lujuria. Tal vez mi cuerpo
transformó la necesidad en algo más. Canciones navideñas sonaron en un
pub cercano, ya que era el comienzo de diciembre.
Cerré los ojos, respiré hondo.
—No le creí a Amal cuando me dijo que estabas de vuelta en la
ciudad.
Mis ojos se abrieron lentamente y giré mi cabeza hacia la fuente de la
voz. Patrick se apoyaba en la barandilla a solo un brazo de distancia. Miró a
su alrededor con nerviosismo como si esperara que alguien saltara sobre él
en cualquier momento. Casi sonreí ante la idea.
Lo escaneé de pies a cabeza. Era más bajo de lo que recordaba y
mucho más delgado. Su intento de dejarse crecer la barba seguía siendo
patético. Las salpicaduras de acné a lo largo de su frente me dijeron que su
dieta actual consistía en pizza, papas fritas y cerveza.
—Te ves bien —dijo cuando me quedé en silencio—. Diferente, pero
bien.
No había cambiado nada en mi apariencia, pero me sentía diferente,
así que tenía sentido que se reflejara en el exterior.
Pensé en preguntarle a Patrick sobre sus esfuerzos sexuales y
confrontarlo con mi propio entrenamiento sexual muy animado con Lorcan,
pero ahora me daba cuenta de que Patrick no significaba nada para mí. Ya
no. No desperdiciaría mi aliento en él. Era una cosa del pasado. Lorcan
había erradicado de verdad cualquier pensamiento de Patrick de mi cuerpo a
la velocidad de la luz.
—Gracias —dije simplemente.
—¿Dónde está tu esposo? Escuché rumores de que tú y él terminaron.
La comunidad irlandesa era un maldito charco de chismes. ¿Nuestra
ruptura ya había aparecido en el boletín? Esto era ridículo.
—Así es, nos separamos. Sucede.
Se frotó la nuca.
—Entonces, uhh, ¿estás libre esta noche? Pensé que podríamos
continuar donde lo dejamos, a menos que tu esposo esté en contra.
Mis cejas se elevaron. ¿De verdad quería volver a salir conmigo?
¿Qué era esto? ¿Algún tipo de problema del ego masculino en el que
necesitaba reclamarme?
Negué con la cabeza.
—Sí, estoy libre, pero no quiero continuar donde lo dejamos.
Tampoco quiero salir contigo por ningún otro motivo. Se acabó. Ya no
tengo sentimientos por ti.
Patrick se rio como si no pudiera creerlo. Luego se puso serio.
—No te tomó mucho tiempo seguir adelante, ¿eh? Probablemente
hayas abierto las piernas para Devaney después de unos días.
Asentí.
—De hecho, en nuestra primera noche. Es difícil resistirse a él. —La
pulla escapó antes de que pudiera detenerla.
Patrick se puso rojo como una remolacha. Luego dio media vuelta y
se alejó. Mamá me había dicho que lo había visto borracho un par de veces,
montándoselo con una de mis amigas de la escuela a quien no había visto
desde que nos graduamos.
En las próximas semanas, intenté encontrar un trabajo nuevo, pero
nadie me contrató. Tenía la sensación de que no solo era el apellido. El clan
Devaney probablemente le había dicho a toda la ciudad que era una paria. Y
el dinero escaseó cada día más.
Estar de vuelta en Dublín también complicó enormemente mi
búsqueda de Imogen. A pesar de lo que me había dicho Lorcan, no podía
dejar las cosas en paz. Necesitaba saber lo que sucedió de verdad, y más
que eso, necesitaba escucharlo de Imogen. Necesitaba que me dijera que no
quería contactarnos. Tal vez entonces podría aceptarlo en realidad. Llamé a
la oficina encargada de los embarcaderos varias veces, una vez incluso
fingiendo que era la policía irlandesa e investigando la desaparición de
Imogen, pero eso no cambió nada en cuanto a su confidencialidad. Si sabían
algo, no tenían absolutamente ninguna intención de compartirlo conmigo.
Si estuviera en Miami, podría preguntar a los dueños de los otros yates si
sabían el nombre del yate o su dueño.
Una tarde, exactamente tres semanas después de mi regreso a Dublín,
intenté llamar a Lorcan. Ni siquiera estaba segura de por qué. ¿Qué había
que decir? Debería alegrarme que estuviera dispuesto a olvidarme.
Me senté en la mesa de la cocina esa noche, mirando el pequeño árbol
de Navidad de plástico en nuestra cocina. Era mi cumpleaños.
Veinte.
No tenía planes para celebrar. Finn estaba dormido y mamá trabajaba
en el turno nocturno. La puerta se abrió y ella entró, completamente
exhausta, con el cabello desordenado. Trabajaba incluso más horas ahora
que Finn y yo habíamos regresado y yo no tenía dinero para contribuir. Me
sentía horrible, pero intenté todo lo que pude.
Se dejó caer en el asiento frente a mí y colocó un muffin de chocolate
con una sola vela frente a mí.
—Feliz cumpleaños.
Soplé, sonriendo.
—Busca un cuchillo. Lo compartiremos. Apuesto a que apenas
comiste.
Mamá cortó el muffin por la mitad, y comimos en silencio durante un
rato.
Sin embargo, por la forma en que me contempló, supe que algo estaba
pasando.
—Lorcan está en la ciudad para celebrar la Navidad con su familia.
Pensé que deberías saberlo.
Tragué con fuerza. Me dolió que ella supiera de su llegada antes que
yo. Aún estábamos casados. Aún no me habían entregado los papeles del
divorcio. No sabía cuánto tardaban estas cosas, pero si un Devaney quería
divorciarse de ti, supuse que por lo general era algo rápido. Por extraño que
parezca, me sentí aliviada por ello. ¿Por qué no quería deshacerme de un
matrimonio que ni siquiera había querido en primer lugar?
Lorcan no había visitado a su familia en los últimos tres años y en su
lugar, decidió celebrar con sus hombres en Nueva York. ¿Por qué ahora
estaba de vuelta, especialmente después de nuestra ruptura? ¿Me buscaría?
Tal vez porque era mi cumpleaños.
No debería desearlo, pero la idea de que Lorcan podría arrinconarme
en un callejón oscuro y hacer lo que quisiera conmigo encendió mi cuerpo.
Tal vez podría volver a intentar explicar mis razones para trabajar con la
policía, aunque dudaba que eso cambiara su opinión.
—No estás pensando en verlo, ¿verdad?
—No puedo simplemente entrar en la mansión de su familia o la sede
del clan y preguntar por él, así que no.
—Deberías rezar para que se mantenga alejado.
—Lo sé —dije—. ¿Has vuelto a saber de Gulliver?
—No desde que regresaste.
—Prometió llamarnos cuando supiera alguna noticia sobre Imogen.
Seguramente su crucero debe haber terminado, ¿verdad?
—Nunca hice un crucero por el Caribe, así que no lo sabría.
Ambas nos reímos y luego nos pusimos serias otra vez. Un crucero
por el Caribe definitivamente no estaba en mi futuro cercano.
—¿Crees que Gulliver está más enojado conmigo o contigo?
Mamá consideró eso.
—No quedaste embarazada fuera del matrimonio, y en realidad te
casaste con una Devaney, así que definitivamente soy yo.
—Entonces, lo llamaré.
—Hazlo. —Se pasó la palma de la mano por la cara.
—Pediré trabajo en algunos restaurantes más.
—Las cosas serán más fáciles una vez que Lorcan se divorcie de ti.
Asentí, y mi mente se desplazó una vez más hacia mi esposo enojado.
¿Estaba ahora en Dublín? ¿O en la mansión de su familia en Kenmare?
28
Lorcan
No estaba seguro de por qué había pensado que volver a casa para
Navidad este año era una buena idea. Tal vez me había sentido nostálgico.
Seamus probablemente me echaría la culpa de que extrañara a Aislinn. Le
echaba la culpa de cada cambio de humor a ella. Aún recordaba
vívidamente nuestra conversación después de que le envié a Patrick otro
mensaje muy claro.
—Balor mencionó que enviaste a uno de sus hombres a darle una
paliza a Patrick después de que tuvo una charla con Aislinn —dijo Seamus
a modo de saludo cuando entró en mi oficina y se sentó en el borde de mi
escritorio.
Lo miré furioso.
—Hay una silla. ¿Por qué no la usas?
—¿Es porque aún es tuya oficialmente y quieres hacer una
declaración para los demás, o es porque aún sientes algo por ella y estás
celoso de cualquier tipo que intente algo con ella?
Me recosté en mi silla. Debí haber sabido que Balor llamaría a
Seamus. Estos dos habían decidido convertirse en la ruina de mi existencia.
—Seguir teniendo sentimientos requeriría que en primer lugar haya
tenido sentimientos por mi futura exesposa.
—Lorcan, no has movido ni un solo dedo por el divorcio. Tal vez otros
crean esta mierda, pero te conozco desde que tocaste tu primera teta detrás
de la tienda de pescado y papas fritas. Tuviste y tienes sentimientos por
Aislinn.
Tenía razón. La mera idea de que otro hombre tocara lo que era mío
me enfurecía. Se suponía que era mía. Sin embargo, la eché de mi vida. Lo
único que podría haber hecho en la situación de mierda, excepto matarla.
Esto último era lo que debería haber hecho. Sin importar por qué Aislinn
hubiera hecho lo que había hecho. Había hablado con la policía. Fin de la
historia.
Pero mi estúpido corazón aún no había renunciado a ella. Maldita
sea, eso me molestaba muchísimo.
—La olvidaré en algún momento. Hay muchas más mujeres por ahí.
—No has mirado a ninguna de ellas desde que la mandaste lejos.
—¿Qué tal si mantienes tu nariz fuera de mis asuntos?
—Te traicionó. Ese fue un gran error, pero no ha sido criada en
nuestro mundo. Ve a la policía a través de otros ojos. Tal vez pueda
compensarte y demostrar su lealtad. Y si no quiere o no puede, entonces
puedes dejarla ir de verdad.
Pensé mucho en las palabras de Seamus y tal vez por eso estaba aquí.
—El matrimonio es sagrado —comenzó padre. Mis hermanos,
nuestro padre y yo nos habíamos acomodado alrededor de la enorme
chimenea de piedra con un vaso de buen whisky irlandés. Mañana era
Nochebuena, y el ama de llaves de padre estaba preparando un festín. Los
ronquidos de los tres perros lobo irlandeses de mi padre llenaban la
habitación; era un sonido que siempre asociaba con mi hogar. Echaba de
menos tener un perro, pero Nueva York no era lugar para ningún perro, y
mucho menos para un perro lobo irlandés.
Me hundí aún más en mi sillón, y vacié la mitad de mi vaso. Sabía
que esto vendría. Mi padre me llamó cinco veces cuando se enteró de que
había enviado a Aislinn de vuelta a Dublín.
Balor me miró de reojo por encima de su vaso. No le había dicho a
ninguno de ellos la verdad sobre Aislinn. Solo Timothy y Seamus sabían los
detalles de su traición, y tenía la intención de mantenerlo así. Pero Balor
sabía que algo estaba pasando. No podía adivinar lo que era en realidad.
Aislinn era mi asunto y aún mi esposa. Me encargaría de ella, pero si
mi padre y mis hermanos supieran de su cooperación con la policía, se
involucrarían.
—Me estoy haciendo viejo y ninguno de mis cinco hijos ha
considerado darme nietos.
Miré a Aran, pero no dijo nada. Parecía contento con dejar que padre
hablara.
—Muchos matrimonios fracasan. Es por eso que las tasas de divorcio
son tan altas —dije.
—¡Divorcio! —murmuró padre y sacudió la cabeza con disgusto—.
En mi tiempo, esa palabra nunca cruzaría la boca de nadie.
—Incluso entonces, la gente se divorciaba. No eres tan anciano —
murmuré—. Aislinn simplemente no era la mujer adecuada para mí.
—Tal vez simplemente no estuviste dispuesto a darle tiempo. Un
buen matrimonio necesita trabajo, tiempo y paciencia. No diste el tuyo y
luego devolviste a tu esposa como un paquete indeseado. Es una desgracia.
—Padre, estoy seguro de que Lorcan tuvo sus motivos —murmuró
Aran.
Padre hizo un sonido desdeñoso.
Tenía una muy buena razón.
—No deberías pedir el divorcio —insistió—. Deberías darle otra
oportunidad a esto.
—Estuviste en contra de mi matrimonio con una Killeen.
—Lo estaba, pero ahora es tu esposa ante Dios, y ese es un vínculo
que no debes tomar a la ligera.
Gulliver había escupido la misma tontería, dijo que debería
disciplinarla y someterla a mi voluntad. Por supuesto, podría romper a
Aislinn fácilmente en mente y cuerpo. ¿Pero para qué? No me haría confiar
en ella. No quería una esposa que no tuviera voluntad propia, que se
encogiera a mis pies. Quería una esposa que no me apuñalara por la
espalda.
Aun así, no había encontrado la voluntad para iniciar el proceso de
divorcio. No podía olvidar lo que había dicho Desmond, que Aislinn fue
una inútil porque no tuvo acceso a mi oficina ni al almacén. Esos eran los
lugares donde él había querido colocar los micrófonos. Aislinn había estado
en mi oficina y en el almacén después de su encuentro fatídico y, sin
embargo, nunca había colocado un micrófono allí e incluso le había
mentido a la policía. Me había protegido, hasta cierto punto. La policía la
había engañado hábilmente, se había aprovechado de su mayor temor: que
yo estuviera involucrado en la muerte de su hermana. Aún estaba enojado
porque Desmond no supiera quién había informado al contacto de Miami de
mi visita al yate de Maksim. Alguien del lado ruso debe haber soltado todo.
Quería patearme porque aún no había avanzado. El hecho de que
Aislinn estuviera a solo dos horas en auto tampoco ayudaba. Hoy era su
cumpleaños. Lancé el collar con el colgante de hoja de trébol al Hudson en
un ataque de ira después de echarla. Estaba casi decidido a hacerle una
visita en Dublín, solo para probarla.
—Padre, tendrás que aceptar con el tiempo que se acabó.
Podía sentir los ojos de Balor sobre mí. Uno de sus hombres vigilaba
a Aislinn y me informaba directamente al final de cada día. Balor no lo
aprobaba. Probablemente sospechaba que algo más que su frivolidad era la
razón por la que la había mandado lejos.
Tal vez la vigilaría el día después de Navidad. Sabía que sería un
error, pero no sería capaz de resistirme.
Balor se interpuso en mi camino, de camino a la habitación.
Suspiré. Solo podía suponer de qué se trataba.
—Si se trata de Aislinn, déjalo. Padre ha estado hablando lo suficiente
por una noche del sagrado vínculo del matrimonio.
—Obviamente, tampoco te has dado por vencido con tu matrimonio,
o por qué tengo que prestarte a uno de mis hombres.
Apreté los dientes. Balor tenía suficientes hombres. Tener a uno de
ellos vigilando a Aislinn no contaba como una molestia.
—Deja que mi matrimonio sea mi problema. Y ambos sabemos que a
veces nos aferramos a las mujeres por más tiempo del que es saludable e
inteligente.
Su expresión se tensó como siempre lo hacía cuando alguien
mencionaba su primer amor.
—Mi hombre notó que alguien vigilaba a Aislinn. No pudo averiguar
quién era, porque la persona fue demasiado cuidadosa, pero parece que
alguien más tiene un gran interés en tu esposa.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? Esto no es un descubrimiento
nuevo, ¿verdad?
—Se dio cuenta hace dos días, pero queríamos confirmar que esto era
algo común. Al menos uno de mis soldados la vigila las veinticuatro horas
del día, los siete días de la semana. No hay motivo para preocuparse.
Maldición. Sabía que Aislinn se metería en problemas. No había
dejado de remover la tierra después de regresar a Dublín. Sus llamadas a la
oficina del embarcadero no habían pasado desapercibidas. La pregunta era
por qué alguien no quería que ella removiera la tierra. Sabía que Imogen
estaba en el yate de Maksim. ¿O se trataba de algo más que de Imogen? ¿Y
si alguien estaba interesado en Aislinn porque era mi esposa y ahora estaba
lejos de mi protección?
—Padre espera que mañana asistas a la cena de Nochebuena. Si
desapareces, querrá una explicación y la única que aceptará como disculpa
es que vayas a Dublín a hablar con tu mujer.
—Entonces esa es la mentira que puedes darle —murmuré—. Ahora
me voy a Dublín. Quiero saber quién está vigilando a mi esposa. Esto
podría estar relacionado con mi nuevo negocio con Sergej. No dejaré que
ningún otro jugador me arruine el juego.
—Claro —dijo Balor arrastrando las palabras—. Todo se trata de
negocios.
Entré a mi habitación y le cerré la puerta en la cara antes de comenzar
a empacar un par de cosas para unos días. Atraparía a quienquiera que
estuviera tras el rastro de Aislinn. Tal vez los hombres de Balor no habían
tenido éxito, pero no tenían la misma motivación que yo.
***
Llegué al Merchant's Arch alrededor de las dos de la mañana. El pub
seguía abierto y lleno de gente. Las posibilidades de que la madre de
Aislinn trabajara en un turno eran altas, así que no entré. En cambio, fui a
una parte más tranquila del callejón donde me encontré con un chico que
recordaba de Kenmare. Me dio un asentimiento, no un poco sorprendido.
Balor debe haberle contado de mi llegada.
—¿Pasó algo esta noche?
Sacudió la cabeza y se ajustó el abrigo a su alrededor. Hacía mucho
frío, pero mi ira y mi preocupación me mantenían caliente.
—Nada. Aislinn entró al apartamento con el niño alrededor de las
cuatro de la tarde y no ha salido desde entonces. Su madre se fue a trabajar
alrededor de las cinco.
—¿Alguien entró en la casa aparte de Aislinn y Finn?
—Solo una anciana que también vive en el lugar.
—Ya puedes irte. Llamaré a Balor cuando necesite que alguien me
releve.
Él asintió y se alejó. Me apoyé contra la pared, lo que me dio una
buena vista de la puerta principal. Debido al Merchant's Arch, hubo un poco
de ir y venir, pero nadie se acercó a la puerta principal, excepto un tipo
borracho que orinó contra ella. Tenía la sensación de que sucedía con
bastante frecuencia, y odiaba que Aislinn y Finn vivieran en un lugar donde
tuvieran que pasar por encima de la orina de la gente.
No es mi puto problema.
Esa noche no pasó nada, y cuando Aislinn y Finn salieron del
apartamento por la mañana para caminar hacia un parque infantil, los seguí
a distancia para asegurarme de que no me notaran. También miré a mi
alrededor en busca de alguien más que pudiera estar mirando. Gracias a
Balor, ahora alquilaba un apartamento pequeño de una habitación frente a la
casa de Aislinn, de modo que esa noche pudiera ver su puerta desde la
ventana. Nochebuena.
Pude ver a Aislinn a través de la ventana de la cocina, cenando con su
madre y Finn. Ella misma lo había cocinado. La había visto trabajar en la
cocina durante las últimas tres horas y casi podía oler el asado que había
preparado. Comí tikka masala bastante soso de un restaurante al final de la
calle e ignoré las llamadas de mis hermanos y mi padre. Esta era una de las
Nochebuenas más tristes de los últimos años. Seamus siempre me invitaba,
así que nunca celebraba solo. Sabía que mi padre me habría vuelto loco,
pero incluso eso era preferible a estar solo. Pero incluso si nunca lo
admitiría, sobre todo deseaba que Finn, Aislinn y yo hubiéramos podido
celebrar la Navidad juntos.
Cuando se apagaron las luces en el apartamento de Aislinn, me
arriesgué a dormir una siesta. Uno de los hombres de Balor se haría cargo
durante unas horas por la mañana. Necesitaba dormir un poco.
***
Reanudé mi guardia después de una siesta de cuatro horas. No tuve
que esperar mucho antes de que Aislinn saliera de su apartamento. Finn
estaba con ella. También extrañaba al pequeño. Mis labios se dibujaron en
una sonrisa cuando vi lo que sostenía en su mano. Un control remoto.
Aislinn llevaba el Batimóvil que le había regalado por Navidad. Hubo una
nota en el paquete, por lo que definitivamente sabía que era mío. No se
había sentido bien no enviarle algo al niño por Navidad. Ya había sufrido
bastante abandono a su edad, y no quería que pensara que yo también lo
dejé caer como una papa caliente. Seguí a Aislinn y Finn a gran distancia.
Aun así, fue arriesgado. Aislinn miró por encima del hombro varias veces.
Tal vez sus instintos le decían que estaba en peligro.
Fueron a un estacionamiento al otro lado del puente Ha'penny de
modo que Finn pudiera probar su Batimóvil. Los observé durante un
tiempo. Aislinn sonrió alegremente a medida que veía a Finn disfrutar de su
regalo, pero su expresión se tornaba sobria, casi desolada en ocasiones. Era
débil pensar que me extrañaba. Se había opuesto a nuestro vínculo desde el
principio y nunca lo ocultó.
A última hora de la tarde, Aislinn volvió a salir del apartamento, pero
esta vez sola. Ya estaba oscureciendo. Su paso era decidido, con un destino
definido en mente. La seguí hacia un restaurante italiano. Tal vez estaba
solicitando un trabajo. Me apoyé contra una pared en un callejón lateral que
aún me permitía una vista parcial de la entrada del restaurante.
La falta de sueño me estaba alcanzando y sentí que mis ojos se
cerraron de vez en cuando. Quizás quienquiera que hubiera seguido a
Aislinn perdió interés.
Desperté de golpe. Me había quedado dormido brevemente. Solo
capté la insinuación del cabello de Aislinn cuando dobló una esquina y
desapareció de vista. Maldita sea.
Me aparté de la pared. La calle estaba ocupada y la crucé
eventualmente, haciendo que los autos tocaran la bocina y pisaran los
frenos con las llantas chirriando.
Trotar o correr te hacía parecer sospechoso. Eso es lo último que
necesitabas cuando seguías a alguien. Aun así, mi caminar rápido
difícilmente podría considerarse un caminar real. Cuando doblé la esquina,
aún no vi a Aislinn. Esta parte de Dublín tenía muchos callejones más
pequeños bifurcándose entre sí. Se escuchó un grito seguido de un estallido
metálico. Mierda. Empecé a correr.
Aislinn
Me sentía eufórica. Mi entrevista de trabajo en el restaurante italiano
fue realmente bien. Incluso me invitaron a trabajar un turno la próxima
semana para ver si encajaba bien. El primer indicio de progreso desde que
me mudé a Dublín.
Miré por encima del hombro cuando salí del restaurante. Tal vez mi
tiempo con Lorcan me volvió paranoica, pero estos últimos días había
sentido que me observaban. Al principio, había esperado que fuera Lorcan,
pero ahora pensaba que mi mente solo me estaba jugando una mala pasada.
Aún estaba decepcionada de que Lorcan no hubiera intentado verme,
lo cual era completamente idiota de mi parte. Él no quería tener nada que
ver conmigo.
Pasos crujieron detrás de mí. Miré por encima de mi hombro una vez
más y por un segundo, estuve segura de haber vislumbrado una figura
familiar, alta y musculosa. Entonces, un sonido me hizo dar la vuelta y una
sombra cayó sobre mí, haciendo que un grito saliera arrancado de mi
garganta. Un hombre alto me agarró y tiró de mí hacia un lado, hacia un
callejón angosto sin luces en la calle. Ese definitivamente no era Lorcan.
No olía como él. Este hombre olía a puros y sudor. Luché contra su agarre
pero me empujó contra una pared. Mi cabeza golpeó la piedra, enviando un
dolor punzante a través de mi cráneo.
La luz del callejón principal se reflejó sobre una cuchilla y el miedo
me atravesó. ¿Era un violador? ¿Un asesino a sueldo? ¿Quizás de los
Devaney? Tal vez esta era la forma de divorcio de Lorcan.
Un brazo musculoso se enganchó alrededor de la garganta de mi
atacante y tiró de él hacia atrás, lejos de mí. Ahora que mis ojos se habían
acostumbrado a la penumbra, pude distinguir a dos hombres altos luchando.
Lorcan era uno de ellos, y tenía a mi atacante en una llave de cabeza. El
hombre aún tenía su cuchillo y lo empujó hacia atrás.
—¡Lorcan! ¡El cuchillo! —grité.
Lorcan reaccionó incluso antes de que terminara mis palabras.
Empujó hacia un lado de modo que el brazo del hombre se estrellara contra
la pared. Sonó un crujido repugnante, y el hombre aulló de dolor. Estaba
congelada contra la pared. Lorcan apretó su agarre alrededor de la garganta
del hombre y mi atacante se hundió en el suelo lentamente. Lorcan pareció
inmune a los codazos que envió hacia atrás con su brazo sano. El hombre se
atragantó y finalmente terminó inerte. Lorcan lo soltó, y cayó inmóvil de
costado. Lorcan pateó sus costillas con fuerza y luego tomó el cuchillo. Me
preparé para que matara al hombre, pero simplemente cerró el cuchillo y se
lo metió en el bolsillo.
La mirada de Lorcan me golpeó. Sus ojos me escanearon y luego
caminó hacia mí. Ahora que había pasado el primer pico de adrenalina, me
daba cuenta de lo fuerte que estaba temblando y algo cálido recorría mi
cuello. Lorcan tomó mi mejilla, sorprendiéndome. Me incliné hacia el toque
sin pensarlo. Sus cejas se fruncieron a medida que inclinaba mi cabeza.
—Estás sangrando. Puede que necesites puntos de sutura. ¿Tu visión
está borrosa o sientes náuseas?
Negué con la cabeza. Cientos de preguntas pasaban por mi cabeza,
pero ninguna salió de mis labios.
—¿Estás herida en algún otro lugar?
Negué nuevamente con la cabeza.
Mis ojos pasaron de Lorcan al hombre inmóvil en el suelo.
—¿Está…? —No creía que estuviera muerto, pero tenía que
preguntar.
—No, aún no. Necesitaré algunas respuestas antes de que muera.
Asentí. Por supuesto. Tenía sentido. Tal vez. En este momento, ya
nada tenía sentido.
—Llamaré a mi hermano, y después te llevaré a casa.
—No puedo ir así a casa. Mamá se preocupará muchísimo si aparezco
con sangre en la cabeza.
—Te llevaré conmigo y trataré tus heridas, luego puedes irte a casa —
dijo Lorcan, su voz sonaba tensa con una emoción que no pude descifrar. Se
alejó un paso de mí y casi le pedí que regresara, pero en vez de eso me
rodeé con los brazos—. Balor, atrapé al tipo. Envía a alguien para que lo
vigilen hasta que tenga tiempo de interrogarlo. —La expresión de Lorcan se
tensó aún más ante algo que dijo su hermano—. No. Aislinn está aquí
conmigo. Tendré que llevarla a casa, así que envía a alguien.
Lorcan colgó y luego se agachó junto a mi atacante y buscó en sus
bolsillos. Encontró un teléfono celular, una pistola pequeña, otro cuchillo y
algo de dinero en efectivo. Examinó el cuello, los brazos y las pantorrillas
del hombre. Tal vez por algún tatuaje que delatara quién lo había enviado
detrás de mí.
No estaba segura de quién querría lastimarme, tal vez incluso
matarme, pero esa ni siquiera era mi pregunta más apremiante en este
momento. ¿Por qué Lorcan me salvó y por qué sabía que necesitaba
salvarme?
Me estremecí por el frío. Lorcan me miró, luego se puso de pie y se
acercó a mí. Se quitó la chaqueta negra y me la echó sobre los hombros.
Debajo, vestía un suéter de lana blanca. Nunca lo había visto usar algo así
en nuestro tiempo en Nueva York. Tal vez lo consiguió en la mansión en
Navidad. Se veía aún más corpulento, pero también más accesible con el
cómodo suéter de lana de oveja.
—¿No tendrás frío?
—Estoy bien —se quejó—. Ponte bien mi chaqueta. Estás temblando.
Metí los brazos en las mangas y cerré la chaqueta. Olía al perfume de
Lorcan. Por supuesto, era demasiado grande para mí.
—Déjame ver la parte posterior de tu cabeza. Quiero asegurarme de
que no estás perdiendo demasiada sangre. —Le di la espalda. Se encendió
una linterna cuando Lorcan usó su teléfono para revisar mi herida. Solo
sentía un latido sordo, en realidad no sentía dolor. Lorcan me separó el
cabello y fue entonces cuando hice una mueca.
—Es un corte pequeño. Dos tiritas deberían servir. Pero unos puntos
podrían ser mejores por el cabello.
Me di la vuelta porque necesitaba ver la cara de Lorcan y él apagó la
linterna de su teléfono.
—¿Por qué estás aquí? —susurré.
La mandíbula de Lorcan se flexionó y luego se formó una sonrisa
condescendiente.
—Para salvar tu lindo trasero. ¿Preferirías que no lo hubiera hecho?
Negué con la cabeza. Aún estaba demasiado conmocionada para la
ira. Sonaron pasos, y Lorcan se colocó frente a mí, su mano yendo a un
arma en su bolsillo trasero.
—¿Lorcan? —llamó un hombre.
Lorcan se relajó.
—Estamos aquí. Está despejado.
Dos hombres entraron en el callejón. Saludaron con la cabeza a
Lorcan y luego a mí antes de recoger al hombre inconsciente.
—Balor te enviará los detalles de adónde lo llevaremos para que
puedas unirte cuando estés listo —dijo el hombre mayor, que había dicho
antes el nombre de Lorcan.
—Bien.
Los hombres se fueron sin otra palabra, arrastrando al hombre
inconsciente por los brazos, dejándome sola con Lorcan. Nadie les echaría
un vistazo. La gente simplemente asumiría que estaban arrastrando a casa a
un amigo borracho, algo que ocurría con frecuencia.
—Tendremos que caminar de regreso —dijo Lorcan. Me sacó del
callejón, con su mano en mi espalda baja. Seguí su ejemplo, sin saber a
dónde me llevaría. Mi confusión solo aumentó cuando nos acercamos a
casa.
—Lorcan, no puedo ir así a casa.
—No te llevaré a tu casa. —No dio más detalles, y cuando entramos
en Merchant's Arch, mi confusión llegó a su punto máximo. Sin embargo,
no me llevó a mi puerta, sino que se acercó a un edificio frente al mío y
abrió la puerta allí. La sostuvo para mí y atravesé la entrada estrecha.
Estaba oscuro y olía a orina—. Segundo piso.
Di el primer paso y me invadió una oleada de vértigo. Lorcan sujetó
mi espalda, estabilizándome. Me aferré a la barandilla y subí las escaleras
lentamente. Si no me hubiera sentido inestable, habría bombardeado a
Lorcan con preguntas, pero necesitaba concentrarme en subir. Lorcan abrió
la puerta del segundo piso y me indicó que entrara. Era un apartamento
diminuto de una habitación. Había un sofá cama, una cocina pequeña, sillas
plegables y una mesa. Me acerqué a la ventana estrecha, que tenía una vista
clara del Merchant's Arch y la puerta de mi casa, así como la ventana de la
cocina de nuestro apartamento.
Lorcan rebuscó detrás de mí. ¿No se explicaría? Apareció detrás de
mí, una presencia cálida que había extrañado a pesar de mi determinación
de no hacerlo.
—Ahora limpiaré la herida y la arreglaré con tiritas. Aún puedes ir a
un médico y obtener puntos si las tiras se caen.
Pasó mi cabello hacia un lado y luego algo frío tocó la parte posterior
de mi cabeza. Siseé por la sensación de ardor.
—¿Cuánto tiempo has estado en este lugar?
—Un par de días —respondió Lorcan. Su voz sin revelar nada. Sus
dedos aplicaron presión a mi herida, luego dijo—: Listo.
Me giré de inmediato, necesitando ver su rostro, aunque estaba tan
cerrado como lo había estado su voz.
—¿No crees que es extraño que vivas en un apartamento frente al mío
y estés cerca cuando me atacan? ¿Qué está sucediendo? Esta es mi vida.
Merezco saber si estoy en peligro.
—Por supuesto que lo estás. Lo que acaba de pasar debería haber
probado eso. Pero estás protegida.
Negué con la cabeza, sin saber qué hacer con esto.
—Entonces, ¿viniste desde Nueva York a Dublín para protegerme?
—Estaba aquí para celebrar la Navidad con mi familia.
Descubrimientos recientes me hicieron cancelar estos planes y vigilarte.
Entonces, mi instinto no había fallado. Lorcan en realidad me había
acechado. Pero también mi atacante. Piel de gallina estalló a lo largo de mi
piel.
—¿Por qué viniste? Me echaste. Tienes todas las razones para
quererme muerta. Pero esta noche, me protegiste.
—Sigues siendo mi esposa.
—Me echaste.
—Eso hizo que algunas personas obviamente pensaran que ya no
estabas bajo mi protección. Espero que mis acciones esta noche les hayan
mostrado su error.
—¿Quiénes son? ¿Quién quiere hacerme daño?
—No lo sabré hasta que interrogue a tu atacante.
—¿Qué pasa con Finn, está en peligro, y mamá?
—Lo interrogaré y luego sabré más. Pero ni Finn, ni tu madre ni tú
corren peligro. Alguien te vigilará hasta que determinemos que el peligro ha
pasado, incluso cuando regrese a Nueva York.
—¿Es por Imogen? ¿Pensé que estaba a salvo?
—Aislinn, no lo sabré hasta que le suelte la lengua al imbécil
torturándolo. Pero a algunas personas simplemente no les gusta la gente
entrometida y fuiste entrometida con tus llamadas a las oficinas del
embarcadero de Miami. A muchas personas que tienen sus yates allí, no les
gusta la atención.
Caminé hacia el sofá cama y me hundí en él. Bajé mi cara a mis
palmas, abrumada por todo lo que pasó, por lo que reveló.
Gulliver había tenido razón. No podía simplemente volver a mi
antigua vida. Por muchas razones. Porque los demás no me dejarían. Porque
había cambiado. Porque una parte de mí anhelaba volver a Nueva York y
esa parte era aún más ruidosa con Lorcan en una habitación conmigo. Esta
noche me salvó. Habría sido fácil deshacerse de mí de esta manera, sin
mancharse las manos con mi sangre.
Sentí ganas de llorar. El sofá cama gimió y se movió, luego Lorcan
tocó mi espalda.
—No tienes que tener miedo. Sigues siendo una Devaney y me
aseguraré de que todos lo sepan.
—¿Y qué sucederá una vez que ya no sea una Devaney? ¿Entonces la
gente perderá interés en lastimarme?
Lorcan metió su dedo debajo de mi barbilla, obligándome a levantar
la cara.
—Esa no es una preocupación inmediata. Eres mi esposa.
Busqué sus ojos, intentando entender al hombre frente a mí. Había
sometido fácilmente al atacante alto y corpulento, por lo que parece, podría
haberlo matado. Tampoco tuvo reparos al respecto, pero nunca me lastimó a
pesar de lo que había hecho. Moví mi rostro hacia Lorcan sin pensarlo,
buscando su toque reconfortante.
29
Lorcan
Los ojos de Aislinn se cerraron cuando se inclinó hacia mí. Esta era
una mala idea.
Por innumerables razones.
Tomé su rostro entre sus manos y presioné mis labios contra los
suyos. Se sintió como una eternidad desde la última vez que la besé.
Cualquier progreso que hubiera hecho para olvidar a mi esposa, ahora lo
estaba deshaciendo.
Mi lengua separó sus labios y la atraje hacia mí, uno de mis brazos
serpenteando alrededor de su cintura y levantándola sobre mi regazo.
Aislinn obedeció, su cuerpo suave y dispuesto.
Nos besamos así durante mucho tiempo. Todo en mí me obligaba a ir
más lejos, y podía sentir que Aislinn también lo quería. Froté su espalda y
luego más abajo hasta que amasé su trasero.
Aislinn necesitaba esto. ¿Y yo?
Había soñado con esto desde que la envié lejos. Tomó la decisión por
mí cuando sus dedos encontraron mi cremallera y la bajó para poder
masajear mi polla a través de mi ropa interior. Empujé una mano debajo de
su falda y rasgué un agujero en sus medias, luego mis dedos se deslizaron
debajo de sus bragas. Ahogué un gemido al sentirla, su calor y excitación.
Nos besamos y nos tocamos, Aislinn aún en mi regazo, nuestros cuerpos
cerca.
—Te necesito más cerca —gruñí.
Aislinn asintió bruscamente y liberó mi polla de sus confines. Con mi
ayuda, levantó y colocó mi punta en su entrada. Ambos exhalamos cuando
se hundió lentamente sobre mi polla. Estaba apretada y lo tomó despacio,
haciendo que las sensaciones fueran aún más intensas. Se detuvo con mi
longitud alrededor de dos tercios dentro de ella y comenzó a mover sus
caderas. Incliné su cabeza para profundizar el beso, dejándola determinar el
ritmo.
Sintiendo que mi orgasmo se formaba, me estiré entre nosotros para
tocar el clítoris de Aislinn. Empujó mi mano suavemente, y sacudió la
cabeza. Giró las caderas, se movió más rápido y luego me permití perderme
en ella. Su cara contra mi hombro, envolvió sus brazos alrededor de mi
cuello.
Se quedó inmóvil y yo también.
Esto se sentía más íntimo que todos nuestros encuentros anteriores y
eso me asustó muchísimo.
—No te corriste —dije con voz áspera en algún momento.
—No quería. Solo quería esto.
Esto.
No le pregunté exactamente a qué se refería. Lo sabía porque yo
también lo quería.
—¿Puedo quedarme a pasar la noche?
Asentí. Nos estiramos en el sofá cama y Aislinn se quedó dormida
pronto. Tomé su teléfono y le envié un mensaje a su madre, fingiendo que
era Aislinn y diciéndole que pasaría la noche en otro lugar. Sabía que
Aislinn odiaría preocupar a su madre innecesariamente.
No tardó en responder.
Mamá: Esto es un error. Deberías olvidarte de Lorcan. No dejes que
te atraiga de vuelta.
Sentí una sensación extraña de alivio porque Aoife no pudiera
imaginarse a Aislinn pasando la noche con nadie más que yo.
Me estiré junto a Aislinn por un momento y cerré los ojos, aspirando
su aroma dulce. Pronto mi relajación se convirtió en enfado conmigo
mismo. Solo podía imaginar lo que Seamus diría de todo esto.
Había disfrutado de mi esposa. No significaba nada. En el pasado, a
menudo me acostaba con mujeres que no significaban nada para mí.
Mierda. Pero esto no era así. No importaba. Estaría de vuelta en
Nueva York en un par de días y Aislinn se quedaría aquí.
Me levanté e ingresé una alarma en el celular de Aislinn. Su madre
tenía que trabajar por la mañana, de modo que Aislinn tenía que cuidar a
Finn.
Me fui con una última mirada a mi esposa dormida, medio esperando
que esta fuera la última vez que la viera y sabiendo que probablemente no
sería capaz de mantenerme alejado.
***
Cuando llegué al antiguo almacén en las afueras de Dublín donde los
hombres de Balor se habían llevado al atacante de Aislinn, Balor ya me
esperaba. Su mirada de leve desaprobación cuando entré en el gran espacio
repleto de cajas de madera me molestó.
—¿Dónde está? —pregunté.
—En la parte de atrás, pero primero me gustaría hablar contigo.
Me detuve a su lado, odiando cómo su mirada intentó diseccionarme.
—¿Qué es?
—Los eventos de las últimas semanas y lo que sucedió hoy de hecho
me dieron curiosidad. Hice algunas averiguaciones y parece que tu esposa
podría haber hablado con la policía. Por eso la mandaste lejos.
—Tienes que aprender a mantenerte fuera de mis asuntos. Lo que
suceda en Nueva York no es de tu incumbencia y no digas que podría
afectar negativamente los negocios aquí.
Balor escuchó mi diatriba sin pestañear. Su habilidad para permanecer
estoicamente calmado siempre me había vuelto loco.
—Tu esposa es asunto tuyo. Pero si habla con la policía, aquí en
Irlanda, podría tener resultados desagradables.
—Balor, no quiero que la toques.
—Es asunto tuyo. Pero si sabe ciertas cosas, debemos asegurarnos de
que pueda guardarlas para sí misma. Incluso si no quieres tener nada que
ver con ella… —Podía escuchar que no lo creía ni por un momento—,
tenemos que mantenerla bajo control. Y si decides darle otra oportunidad a
tu matrimonio, entonces también necesitas saber cuál es su posición.
Apreté los dientes, pero sabía que tenía razón.
—¿Qué sugieres?
—Le pediré a Eddy que se acerque a ella. Se asustará después del
ataque y se dará cuenta de que aún está en peligro. Él jugará con sus miedos
y tratará de ofrecerle protección y la oportunidad de escapar del apellido
Devaney.
Eddy era uno de nuestros contactos en la policía de Dublín. Asentí
brevemente y luego me di la vuelta, dirigiéndome a la parte trasera. Antes
de que estuviera fuera del alcance del oído, Balor llamó:
—Nunca aproveché mi oportunidad. Si crees que ella es la tuya, no la
desperdicies. No sin primero haber movido cada piedra.
Su oportunidad en el amor, a eso se refería. Me dirigí a la habitación
donde dos hombres vigilaban al atacante de Aislinn. Estaba atado a una
silla. Su mirada obstinada mientras me veía me dijo que le habían enseñado
a soportar la tortura.
Veríamos cuánto duraría eso. Necesitaba información y la
conseguiría.
Resultó muy difícil de romper y lo que reveló apenas valió la pena
mencionarlo. Su sarta de improperios delató que era ruso, pero la única
información que reveló sobre las personas que lo enviaron fue que había
encontrado un paquete con dinero e instrucciones en la puerta de su casa en
Londres, supuestamente su forma habitual de encontrar clientes. No creía
eso. Tal vez trabajara así en alguna ocasión, pero tenía la sensación de que
esta vez no había sido el caso. Frustrado, lo maté en algún momento con un
cuchillo en el corazón.
Llamé a Sergej nuevamente. Respondió de inmediato a pesar de lo
tarde que era en Nueva York.
—Lorcan, amigo mío, ¿a qué debo el placer de esta llamada tardía?
Su acto jovial me molestaba, pero nos llovía el dinero de nuestro
nuevo negocio. Tal vez Five-Leaf Clover al final podría tener el negocio sin
los rusos, pero entonces se produciría una guerra horrible.
—Estoy en Dublín durante las fiestas y desafortunadamente tuve que
matar a un asesino a sueldo ruso que atacó a mi esposa.
—Tristes noticias. ¿Tu esposa y tú ya se han reunido?
Mis labios se curvaron, pero contuve un comentario desagradable.
—Mi esposa está bajo la protección de Five-Leaf Clover. Es mi
esposa. Los asesinos a sueldo rusos suelen estar vinculados a la Bratva.
—Pueden serlo, pero no todos.
—¿Estás permitiendo que la gente te quite tu negocio?
—No. ¿De dónde era este asesino? Puedo decirte que no era uno de
los míos y dudo que fuera de mi territorio.
—Tenía su base en Londres.
—No tengo conexiones fuertes con el Pakhan allí, así que si quieres
información, tendrás que contactarlo. Temo que, es menos accesible que yo.
—¿Has vuelto a saber de Maksim? ¿Podría tratarse de Imogen?
—Lo dudo. Maksim no contrataría a un asesino a sueldo. Tal vez fue
la hermana porque tu mujer no dejó de fisgonear.
¿Estaba intentando hacerme enojar a propósito?
Continuó antes de que pudiera decir algo de lo que me arrepintiera
más tarde:
—Si se trata de un asesino a sueldo independiente, tal vez lo planeó
alguien a quien no estás tomando en consideración. Tal vez tu familia, por
la separación de tu esposa.
—Cuidado —gruñí—. Sergej, mi familia y yo no tenemos secretos.
—Por supuesto. Espero sinceramente que esto no afecte nuestro
negocio negativamente.
—No si no lo permitimos. Tengo trabajo que hacer. —Colgué. No me
importaba si había sido grosero. Sergej estaba intentando ponerme en contra
de mi familia y no lo dejaría.
Cuando salí, Balor aún estaba allí.
—¿Nada? —supuse al mirarme a la cara.
—Poco. Es ruso, un asesino a sueldo de Londres. Podría ser
independiente, pero estoy seguro de que tiene contactos con la Bratva. No
sé por qué o si estuvieron involucrados.
Balor asintió.
—Me puse en contacto con Eddie. La buscará hoy en algún momento.
Te dejaré saber cómo va la reunión. ¿La verás mañana antes de tu vuelo?
Se suponía que debía avisarle del interrogatorio, pero si la volvía a
ver hoy, sería aún más difícil irme. Tal vez incluso decidía llevarla
conmigo, y eso sería una tontería, sin importar cómo haya ido hoy la prueba
de lealtad de Balor. Tenía que mantener el control de la situación y, en este
momento, Aislinn me hacía perder el control con demasiada frecuencia.
—Envía a uno de tus hombres para que le diga lo que descubrimos y
que no tiene que preocuparse.
Balor me contempló.
—Podrías llevarla contigo. Solo para protegerla.
—Se queda. Ahora tengo que irme.
No tenía que hacerlo. No tenía planes importantes para hoy. Pero no
quería hablar más de Aislinn con Balor.
Fui a un pub en las afueras de Dublín donde los turistas eran raros y
definitivamente no me cruzaría con Aislinn.
Era tarde en la tarde, y Balor aún no me había llamado. Había bebido
algunas cervezas, pero aún me sentía decepcionado y sobrio.
—¿Te importa si me uno a ti?
Miré por encima del hombro a Aran. Saludó con la cabeza al dueño
del pub, probablemente quien le había informado a él o a Balor de mi
presencia. Eso es lo que siempre odié de Dublín. Ni siquiera podía orinar
sin que mi familia lo supiera.
—Si Balor te envió, entonces no tienes buenas noticias —refunfuñé
—. Espero que padre no lo sepa.
—Solo Balor y yo. —Aran se sentó en el taburete de la barra a mi
lado—. Supongo que, buenas noticias. Depende del punto de vista.
—Escúpelo.
Aran levantó dos dedos hacia el dueño del pub y luego se volvió hacia
mí.
—Tu esposa fue bastante grosera con Eddy. No quiso tener nada que
ver con él. Definitivamente no hubo cooperación. Le dijo que debería
mantenerse alejado.
Me encogí de hombros como si no fuera una gran noticia, pero
maldita sea, me sentí aliviado.
—Nada se interpondrá en el camino para que la lleves contigo de
vuelta a Nueva York.
—Terminé con ella.
El dueño del bar colocó dos vasos con un líquido ámbar frente a
nosotros. Aran y yo chocamos los vasos y luego tomamos un sorbo.
—Ambos sabemos que ese no es el caso.
—¿Alguna vez metí la nariz en tus asuntos?
Aran sonrió.
—Haz lo que quieras.
Pasamos el resto de la noche bebiendo whisky y cerveza por turnos
hasta que Aran me llevó a casa con él porque no quería volver al
apartamento frente a Merchant's Arch. Aún estaba borracho cuando abordé
el vuelo temprano a la mañana siguiente.
***
Hacía una semana que estaba de regreso en Nueva York cuando
Seamus entró en mi oficina con una mirada compungida.
—Uno de nuestros contactos en Miami acaba de llamar.
Me recliné en mi silla.
—¿Y? ¿La señorita Killeen ha regresado de su crucero?
—Así es —dijo Seamus—. Una prostituta la encontró hace un par de
días, apareció en la orilla.
Me levanté lentamente.
—¿Está muerta?
Seamus negó con la cabeza.
—No. La reanimaron, pero entró en coma. Alguien la golpeó
severamente antes de arrojarla al océano para que muriera.
Golpeé mi puño contra el escritorio.
—Maksim. Tengo que llamar a Sergej, y quiero estar en el próximo
vuelo a Miami. Yo mismo haré algunas preguntas y me aseguraré de que
Imogen esté protegida. Quienquiera que haya intentado matarla,
probablemente aún quiera hacerlo.
¿Qué carajo estaba pasando aquí? Mis hermanos y yo habíamos
utilizado todos nuestros contactos en Londres para recopilar información,
pero solo habíamos confirmado parte de lo que había dicho el atacante de
Aislinn. Era un trabajador independiente con conexiones con la Bratva. Eso
dejaba mucho espacio para las opciones, y ahora aparece Imogen casi
muerta. Tendría que volver a llamar a Balor de modo que pudiera agregar
otro hombre a los protectores de Aislinn.
—Uno de nuestros contactos está ahora con ella.
—Bien. Elegiré a dos o tres hombres que la custodiarán
indefinidamente.
Seamus entrecerró los ojos pensativo.
—¿Vas a llamar a Aislinn y decírselo?
—Aún no. Primero quiero ver las cosas por mí mismo.
Seamus me contempló con los ojos entrecerrados y luego asintió.
Sabía que tenía más que decir, pero estaba esperando el momento adecuado,
que con suerte nunca llegaría.
Empecé a buscar vuelos en Internet y Seamus se fue para organizar
todos los detalles restantes para mi partida.
Treinta minutos después, agarré una bolsa de viaje que siempre
guardaba en la oficina y me dirigí directamente al aeropuerto. Había
logrado conseguir el último asiento en un avión con destino a Miami que
salía en tres horas. Seamus mantendría el fuerte en Nueva York.
Llamé a Sergej en el auto.
—Lorcan, escuché de Imogen.
—¿Y no me llamaste?
—Me enteré hace una hora. Comprenderás que necesitaba hacer
algunas llamadas antes de poder hablar contigo.
—¿Una llamada con Maksim?
—También eso. No la arrojó al océano. No deberías intentar matarlo.
No sería bueno para nosotros. Imogen saltó de barcos, por así decirlo.
Encontró a otro hombre estúpido que le arrojara dinero por chuparle la
polla, pero aparentemente ese hombre fue menos dócil que Maksim.
No estaba seguro de creerle. Maksim no parecía alguien que tuviera
experiencia en matar, pero casi todo el mundo era capaz de matar a alguien
si se les daba el incentivo adecuado. Tal vez Imogen había exigido una
cantidad ridícula de dinero y amenazado con decírselo a su esposa.
—¿Quién es el otro tipo?
—Maksim no lo sabía y yo tampoco. Debe ser más rico que Maksim.
Dudo que lo haya dejado porque encontró a su verdadero amor.
—Me dirijo ahora a Miami. Entenderás que necesito hablar con
algunas personas yo mismo, incluido Maksim.
—Lorcan, Maksim está bajo mi protección. Puedes hablar con él, por
supuesto, pero debo pedirte que seas civilizado.
—No te preocupes. —Colgué. Ser civilizado no era mi fuerte, pero
Sergej era un socio comercial importante e Imogen no me agradaba
especialmente. Aun así, quería saber qué había pasado por el bien de
Aislinn. No estaba seguro de por qué aún sentía que le debía esto. Esa
mujer había retorcido mi mente en un pretzel.
***
Mi primera parada en Miami fue el hospital al que habían llevado a
Imogen. Un joven, de unos diecinueve años, estaba encorvado en la silla
frente a su habitación. No sabía su nombre. Trabajaba para nosotros.
Seamus conocía a su familia, pero no era parte de Five-Leaf Clover, al
menos aún no. Llevaba casi cuarenta y ocho horas de guardia y se notaba.
—Ahora me haré cargo —le dije. Se irguió de golpe, alcanzando su
chaqueta, donde supuse que había un arma escondida, pero luego me
reconoció. Se levantó.
—Señor Devaney. ¿Hay algo más que pueda hacer?
—Duerme un poco. Te llamaré por la mañana para discutir la
situación.
Dos de mis hombres estaban en el próximo vuelo a Miami, y estarían
aquí en dos horas. Vigilaría hasta entonces.
Él asintió y luego se marchó. Mi llegada ya había llamado la atención,
y una enfermera se dirigió hacia mí. Me miró con cautela.
—No sé lo que está pasando, pero…
—Estoy cuidando a la paciente.
Entrecerró los ojos.
—Está en estado crítico.
—Tal vez puedas informarme de los detalles. —Saqué un fajo de
billetes y se lo metí en el bolsillo. Ella se congeló.
—No puedes comprarme.
—Apuesto a que tienes dos o tres hijos que irán pronto a la
universidad. No te apresures. Soy el cuñado de Imogen, y solo tengo en
mente su mejor interés, pero necesito saber qué pasó y quién le hizo esto.
Metió la mano en el bolsillo, probablemente sintiendo lo grande que
era el fajo de billetes. Le acababa de dar cincuenta de los grandes. No
ayudaría a sus hijos a ir a la universidad, pero era mucho dinero para
alguien con su salario.
—¿Enviaste al joven que la custodiaba?
—Lo hice. Quiero evitar que quienquiera que la golpeó hasta la
muerte termine el trabajo.
Ella asintió lentamente, aún reflexionando sobre mi oferta.
Finalmente, comenzó a hablar:
—La golpearon salvajemente. Algunas de sus lesiones pueden ser el
resultado de que haya caído por la borda, pero la mayoría fueron causadas
por patadas y golpes. La policía está convencida de que es una prostituta
por su atuendo. Llevaba tacones muy altos con tiras en los tobillos y
pantorrillas, y un vestido muy corto. Probablemente no estarán demasiado
involucrados en resolver el crimen.
—¿Tenía otras heridas además de los golpes? ¿Señales de violación o
tortura?
La mujer negó con la cabeza. No palideció ni dudó. Una enfermera
veía muchas cosas feas, y la mayoría de ellas ni siquiera estaban
relacionadas con el submundo.
—No, no que pudiéramos decir, pero había estado en el agua por un
tiempo. Eso borra ciertos rastros.
Asentí. El agua siempre era una buena manera de deshacerse de un
cuerpo si lo sobrecargabas. De lo contrario, cosas como esta sucedían. La
persona que había intentado matar a Imogen había actuado con una ira
aguda o simplemente no tenía experiencia en deshacerse de un cuerpo.
Incluso con ira, no podía imaginarme olvidar los conceptos básicos más
importantes para deshacerme de las pruebas.
—¿Hay alguna posibilidad de que despierte?
—Es difícil de decir. Tiene el cerebro inflamado, y ha estado sin
oxígeno durante algún tiempo. Pero, por otra parte, no podemos estar
seguros de cuánto tiempo exactamente. El agua en estas costas no es lo
suficientemente fría como para prevenir lesiones cerebrales por mucho
tiempo. Si despierta, es muy probable que tenga algún daño cerebral. Una
vez que esté más estable, los médicos probablemente intentarán una cirugía
cerebral.
Después de hablar con la enfermera, entré en la habitación de hospital
de Imogen. No habría reconocido a la persona en la cama. Su rostro estaba
descolorido e hinchado, su cabeza envuelta en un vendaje del que
sobresalían mechones de cabello. El color era indistinguible por los rastros
de sangre en él.
Teniendo en cuenta la preocupación de Aislinn por su hermana, esto
la destrozaría.
Una vez que mis hombres llegaron para vigilar a Imogen, salí del
hospital y conduje hasta el puerto deportivo. El yate de Maksim estaba
nuevamente anclado en el mismo embarcadero. Esta vez, tres
guardaespaldas lo custodiaban. O Sergej no confiaba en mi moderación, o
Maksim estaba intentando garantizar su seguridad.
Los guardias me cerraron el paso cuando llegué al final del
embarcadero. Les di una sonrisa áspera. Si Sergej no estuviera involucrado,
les habría pateado el trasero. Mis hermanos siempre creyeron que no tenía
autocontrol, pero ya no era una adolescente.
—Estoy aquí para hablar con Maksim.
Un par de minutos después, Maksim apareció en cubierta. Su
expresión fue tensa, casi temerosa. Incluso si se había arruinado la cara con
demasiadas cirugías plásticas, no era estúpido. Sabía que encontraría una
manera de matarlo si eso es lo que quería. Había una razón por la que se
contrataba a Five-Leaf-Clover para los asesinatos por contrato más difíciles.
—No fui yo.
—Fuiste la última persona con la que vi a Imogen. Tal vez te
chantajeó.
Se agarró a la barandilla de su yate. Su anillo de bodas relumbró
burlonamente bajo el sol.
—Mi esposa sabe de mis aventuras. No le importa, mientras tenga
acceso ilimitado a mi dinero, y yo sea discreto al respecto. Hemos estado
casados por un tiempo. No había nada con lo que Imogen pudiera haberme
chantajeado.
Le creía. Pero tal vez sus preferencias sexuales se salieron de control
o era un borracho agresivo. Eso explicaría el trabajo desastroso al
deshacerse del cuerpo.
—¿Qué pasó?
—Anclamos en St. Barth y tuve una reunión con un viejo conocido de
negocios. Las cosas se salieron un poco de control. Pasé una noche en su
villa con un par de prostitutas. Cuando regresé al yate al día siguiente,
Imogen se enojó porque mi camisa estaba cubierta de lápiz labial y olía a
otras mujeres. —Se rio—. ¿Creía que le sería fiel?
—Continúa —gruñí. No podía soportarlo por mucho tiempo.
—Dijo que había conocido a alguien que la apreciaba más. ¿Puedes
imaginártelo? ¡Había estado buscando una polla incluso antes de saber que
me había follado a las prostitutas! —Sacudió la cabeza con disgusto. No
creía que tuviera ningún derecho a juzgarla, pero no interrumpí su diatriba
—. Supongo que encontró a un idiota con aún más dinero que le prometió
amor eterno.
—¿No sabes quién fue?
—No me molesté en preguntar. Para ser honesto, en ese momento
simplemente me alegré de deshacerme de ella. Hay más chicas dispuestas
por ahí, y muchas son mucho menos problemáticas que Imogen. Empacó
sus cosas y se fue. Nunca la volví a ver. No sé si abordó otro yate. Eso
explicaría por qué terminó en tierra.
Asentí, luego me di la vuelta y me fui. Tenía la sensación de que
torturarlo no me acercaría más a descubrir lo que le pasó a Imogen. Maksim
no era del tipo que mataba. Mi vuelo a Nueva York salía a la mañana
siguiente. Eso me daba esta noche para preguntar un poco más.
Mi conversación con la prostituta que la encontró no arrojó ninguna
luz sobre lo que le pasó a Imogen, y un contacto en el departamento de
policía de Miami me dejó la misma información que tenía antes. Tal vez la
única que en realidad sabía lo que había sucedido era Imogen. Podía
nombrar a su atacante. Era poco probable que despertara, e incluso si lo
hiciera, era aún menos probable que lo recordara, pero tendría que mantener
un guardia frente a su habitación indefinidamente.
***
Cuando regresé a Nueva York, le conté a Seamus lo que había
descubierto.
—Deberías decírselo a Aislinn. Tal vez encuentre una manera de
transportar a su hermana de vuelta a Dublín. Entonces ya no será nuestro
problema.
—No está lo suficientemente estable. Y dudo que Imogen tuviera un
seguro médico de viaje. Además, siento que este es nuestro problema.
Sergej y Maksim saben que Imogen es mi cuñada. ¿Cómo se vería si no
intento vengarla?
Si Aislinn se enteraba de lo de su hermana, se metería en problemas.
Intentaría investigar.
—Estás a punto de divorciarte de Aislinn. —Seamus hizo una pausa.
Su expresión me indicó que solo lo dijo para provocarme. El hijo de puta
sabía que no estaba ni cerca de solicitar el divorcio—. ¿Cierto?
Ignoré su pregunta. No estaba seguro de querer discutir los detalles de
mi situación emocional, incluso con mi mejor amigo. Me despreciaba por
mi debilidad cuando se trataba de Aislinn.
—Este es un asunto Devaney. Fin de la historia.
Seamus suspiró.
—Muy bien. Pero tienes que decírselo. Es su hermana.
—Se sentirá obligada a pasar cada momento junto a su hermana.
Querrá creer en un milagro y desperdiciar su vida en una esperanza tonta.
—Es su decisión, ¿no crees? ¿Por qué te importa? Te traicionó. Para
ser honesto, pensé que te desharías de ella. —Inclinó la cabeza y me
contempló con curiosidad.
—No digas lo que sea que quieras decir. No estoy de humor para tus
mierdas de psiquiatra. Recuerda por una vez que soy tu jefe, no solo tu
amigo.
Seamus se encogió de hombros.
—Es tu juego. Solo soy un jugador.
Sabía que no permanecería en silencio por mucho tiempo. Esto lo
estaba molestando.
—Escucha, no me importa si te enojarás, pero necesito decir esto.
Aún te preocupas obviamente por Aislinn, como demuestra tu insistencia en
mantenerla a salvo. Entonces, ¿por qué no ves a Imogen como una
oportunidad para una reunión? Ahora puedes traer a Aislinn de regreso a
Nueva York sin tener que admitir tus sentimientos. Mantendrás las
apariencias y conseguirás lo que quieres: ella. Tal vez este matrimonio
merezca otra oportunidad. Puede demostrar su lealtad en los próximos
meses y años.
Lo miré fijamente.
—Balor te lo contó todo, ¿no?
Seamus se encogió de hombros, como si fuera obvio.
—Piénsalo.
Asentí, sin saber qué decir. Tenía un punto. Esta era una manera fácil
de traer a Aislinn de vuelta a Nueva York, conmigo. Pero, ¿en serio debería
arriesgarme? ¿Debería arriesgarme a abrirme a más debilidad?
***
Una semana después, organicé un helicóptero médico para transportar
a Imogen a Nueva York. Aún no estaba exactamente estable, pero mis
hombres habían notado tipos extraños deambulando por el hospital y el
estacionamiento. Intentaron atrapar a uno de ellos, pero fueron
profesionales y supieron cómo escapar, lo que me hizo creer que
pertenecían a una familia criminal o alguien con muy buenas conexiones en
el submundo. No creía que fuera Sergej. Esperaba que no fuera así. Nuestro
esfuerzo comercial con las armas falsificadas había tenido un comienzo
prometedor. Pero no podía garantizar la seguridad de Imogen en Florida. No
era mi territorio. No tenía suficientes contactos allí, y no podía enviar un
número suficiente de hombres allí. El único lugar donde Imogen estaría a
salvo de las personas que habían intentado deshacerse de ella era Nueva
York.
Sobrevivió al transporte, pero, por supuesto, tenerla en Nueva York
hizo que Seamus solo me irritara aún más los nervios. Y no podía dejar de
pensar en decírselo a Aislinn.
No podía dejar de pensar en Aislinn.
Punto.
Significaría que ella regresara. Era quien la había mandado lejos,
quien no quería volver a verla, pero ahora la idea de tenerla cerca otra vez
hacía que mi corazón latiera de la manera más molesta posible. Nuestro
encuentro en Dublín había socavado mi determinación.
¿Debería dejar que Aislinn volviera a mi vida? ¿Por qué razón?
¿Algunas noches más placenteras? Tenía la sensación de que ella estaría
dispuesta a aceptarlo. Siempre tuvo problemas para resistirse a mi toque.
Solo pensar en lo mojada que se puso cuando la tocaba y lamía hizo que mi
polla se llenara de sangre.
El problema era que, quería algo más que follar. Quería que nuestro
matrimonio fuera lo que siempre había imaginado.
30
Aislinn
Dos semanas después de Navidad, finalmente encontré un trabajo
temporal en la cocina de un restaurante italiano como lavaplatos y empleada
general. Era un trabajo duro y mal pagado, pero quería contribuir a nuestro
alquiler. Y necesitaba estar ocupada urgentemente. No había dejado de
cuidarme la espalda desde el ataque. Al menos ahora los guardias que me
vigilaban por orden de Lorcan siempre se mostraban, así que sabía que
estaban cerca. Cosa que me ayudó con mi ansiedad.
Tenía que admitir que estaba decepcionada de que Lorcan no
cumpliera su promesa de contarme sobre el interrogatorio de mi atacante.
En cambio, envió a uno de los hombres de su hermano Balor. Cuando la
alarma me despertó la mañana después del ataque, me sobresalté de miedo,
desorientada y sin aliento. Me tomó un tiempo darme cuenta de dónde
estaba: en el apartamento temporal de Lorcan de modo que pudiera
observarme.
Ese día había estado en piloto automático, porque tenía que funcionar
por el bien de Finn.
Había anhelado la presencia de Lorcan. Me habría sentido segura con
él a mi lado. Los otros guardias solo fueron un pequeño consuelo. Nuestra
noche juntos me había recordado el anhelo que había intentado reprimir.
Extrañaba a Lorcan, y sus acciones me hicieron esperar que él también me
extrañara. Pero había regresado a Nueva York sin decir una palabra más.
Tal vez eso en realidad significaba que había terminado. Tal vez había
querido una última follada.
La vida tenía que continuar. Tendría que encontrar la manera de
volver a Dublín en cuerpo y mente.
Mis brazos se hundieron en agua caliente cuando mi teléfono vibró en
mi bolsillo trasero, interrumpiendo mis pensamientos errantes. Lo ignoré,
pero cuando la persona lo intentó tres veces más, supe que era importante.
Me sequé las manos en el delantal.
—Tu hermana está en un hospital en Nueva York —dijo alguien al
momento en que contesté.
—¿Qué? —Apenas entendí lo que la persona estaba diciendo. La voz
sonó amortiguada, así que no pude decir quién era. Pensé que podría ser un
hombre, pero también podría haber sido una mujer imitando una voz
masculina. Después de un momento, asimilé las palabras—. ¿Mi hermana?
¿Dónde? ¿Por qué? No entiendo.
La persona me dio una dirección y luego colgó. Parpadeé,
completamente aturdida. ¿Mi hermana estaba en un hospital en Nueva
York? ¿Desde cuándo? ¿Y por qué no me había llamado Lorcan? Sabía por
qué. ¿Y si esto era un truco?
Habían pasado demasiadas cosas en el pasado para que creyera en una
voz extraña. Podrían ser las personas que me atacaron, o la policía
intentando atraerme nuevamente a su lado. Desde que me casé con Lorcan,
ver policías en las calles no me evocaba la misma sensación de protección
que había sentido en el pasado. Me habían arrastrado a su mundo sombrío.
Después de arrojar a un lado mi delantal y agarrar mi bolso, salí del
restaurante sin decir una palabra y corrí a casa. Incluso si desconfiaba de la
voz, tenía que averiguar más lo antes posible. Habría perdido el trabajo en
un par de semanas, cuando se dieran cuenta de quién era.
Mamá no estaba en casa y Finn estaba con nuestro vecino.
¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Necesitaba averiguar si era
cierto. Pero, ¿a quién podría llamar? La policía estaba fuera de cuestión. El
hospital probablemente tampoco me daría información por teléfono. Y la
noticia podría alcanzar a Lorcan si llamaba al hospital.
Maeve. O Gulliver. Esas eran mis únicas opciones.
Elegí a Maeve. Gulliver era leal a Five-Leaf-Clover, y le diría a
Lorcan.
Maeve descolgó después del quinto timbre.
—Maeve, soy yo, Aislinn. —No la había llamado desde que Lorcan
me envió lejos. Estaba casada con Seamus, así que asumí que no se le
permitía estar en contacto conmigo. Ahora, me preguntaba si debería
haberlo intentado antes. Me encantó pasar tiempo con ella y sabía que si
nos hubieran dado tiempo, nos habríamos convertido en las mejores amigas.
Le conté rápidamente de la llamada que acababa de recibir.
Se quedó callada, luego murmuró.
—No fui yo, si eso es lo que piensas.
Había pensado que podría ser ella.
—¿Sabes si es verdad? Seamus te habla de los negocios.
Soltó un suspiro pequeño. Sabía que estaba pidiendo demasiado.
Seamus confiaba en ella y Maeve lo amaba.
—Lo está.
Solté un suspiro tembloroso.
—Gracias. Muchas gracias. Lamento no haber llamado. —Colgué.
Necesitaba dinero para volar a Nueva York. Necesitaba dinero muy
rápido. Corrí escaleras abajo hacia Merchant's Arch, donde mamá estaba
haciendo el turno de la tarde.
Después de algunas idas y venidas, Sean se negó a darme el dinero.
No estaba segura de lo que había pasado entre mamá y él, pero parecía que
finalmente se dio cuenta de que no tenía ninguna oportunidad con ella.
Estaba desesperada y llamé a Gulliver. No tenía muchas esperanzas,
pero no podía llamar a Lorcan. No después de todo lo que había pasado.
Gulliver respondió casi de inmediato y las palabras brotaron de mí
una vez más.
—Necesito dinero para un vuelo.
—Si accedes a volver a hablarme de tu matrimonio —dijo.
Tragué pesado.
—Lorcan me envió lejos. Tú mismo lo dijiste, tengo suerte de que no
me haya matado.
—He tenido tiempo para reconsiderarlo.
¿Lorcan le había dicho algo a modo de confesión? ¿Quizás de nuestra
reunión en Dublín? ¿Cómo me había salvado y aun así se aseguró de que
estuviera a salvo? Mis pensamientos zumbaban en mi cabeza como un
tornado. Intentaba no pensar demasiado en los motivos de Lorcan porque
solo reavivaba mi propio anhelo.
—Hablaré contigo, ¿de acuerdo?
—Te daré los datos de mi tarjeta de crédito. Nada de clase ejecutiva.
Me reí. Ni lo hubiera soñado. Simplemente estaba feliz de que me
estuviera ayudando. Entonces se me ocurrió una idea. ¿Gulliver fue quien
llamó? Parecía poco probable, pero mi vida se había convertido en una serie
de eventos improbables.
Una hora más tarde, mi vuelo estaba reservado y estaba programado
para salir mañana por la mañana. Temía mi despedida con Finn,
especialmente porque no podía decirle por qué me iba.
Fue más comprensivo de lo que esperaba.
—¿Te reconciliarás con Lorcan?
Dejé escapar un suspiro. No había dejado de mencionar a mi esposo.
El niño lo extrañaba, y yo también. Lorcan era brutal y arrogante, pero
nuestras interacciones me hicieron sentir una chispa que había echado de
menos en mi vida antes que él, y había sido bueno con Finn.
—Hablaré con él, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —susurró y se acurrucó a mí durante la noche—. ¿Me
llevarás pronto a Nueva York?
Pude oír su nostalgia. No me había dado cuenta de lo mucho que le
gustó estar allí.
—Haré lo mejor que pueda.
Y ahora tenía que hacerlo porque se lo prometí. No estaba segura si
en realidad era inteligente hablar con Lorcan, especialmente porque estaba
enojada con él por alejarme de Imogen y porque me había dejado sola sin
razón en esa cama después de nuestro encuentro. Ahora no era el momento
de preocuparse por eso. Necesitaba ir a Nueva York y ver a mi hermana.
***
Conduje directamente al hospital desde el aeropuerto. Me las arreglé
para colarme más allá de la recepción. No quería explicar por qué estaba
allí. Sabía el número de la habitación gracias a mi llamada anónima.
Me congelé cuando doblé la esquina hacia el corredor donde estaba la
habitación. Uno de los hombres de Lorcan, fácilmente reconocible por el
tatuaje de un trébol de cinco hojas asomando por debajo de la manga de su
camisa, se sentaba en una silla junto a la puerta. Estaba leyendo algo en su
teléfono y aún no me había notado. Mi corazón comenzó a acelerarse y me
apresuré, apretando mi bolso contra mi pecho. Finalmente levantó la vista y
el reconocimiento seguido de incertidumbre cruzó su rostro. Se levantó y
paró frente a la puerta.
El temor se instaló en la boca de mi estómago. Tuve una sensación de
hundimiento por esto.
—Señora Devaney —dijo el guardia—. ¿Qué está haciendo aquí?
Entrecerré los ojos.
—¿Quién está detrás de esta puerta?
—Nadie de interés.
—Si ella no fuera de interés, Lorcan no pondría un guardia frente a su
puerta —gruñí—. Déjame pasar.
—No puedo.
—¿Cómo te llamas?
—Corbin.
—Corbin, déjame pasar en este preciso momento, o llama a mi
esposo, porque no me iré hasta que haya visto quién está detrás de esta
puerta.
Llamó a Lorcan. No esperaba menos. Los hombres de Lorcan nunca
irían en contra de sus órdenes directas, y obviamente le ordenó al bueno de
Corbin que me mantuviera fuera de la habitación del hospital de mi
hermana.
—¿Le gustaría sentarse? —Corbin señaló la silla que ocupó
anteriormente. Una ola nueva de ira se apoderó de mí, pero la aplasté.
Seguía órdenes porque así lo dictaban las duras reglas del clan Five-Leaf-
Clover. Él no era la persona a la que quería arremeter. Esa persona llegaría
muy pronto, y entonces vería cuánta furia tenía dentro de mí. Sabía que
debía contenerme. Lorcan me guardaba rencor, y su temperamento era más
peligroso que el mío.
Diez minutos insoportables después, Lorcan dobló la esquina, ancho
de hombros y vestido con un traje, como si lo hubiera arrancado de una
reunión de negocios. Su expresión era imposible de leer. Cerré mis manos
en puños, sofocando el impulso de correr hacia él y golpearlos contra su
pecho. Mi corazón también dio una sacudida pequeña que preferí ignorar.
Lorcan asintió con desdén a Corbin, quien tomó su señal y se fue.
—Aislinn, ¿qué haces aquí? ¿No fui claro cuando te envié lejos?
Le fruncí el ceño.
—Ambos sabemos por qué estoy aquí. Y tus señales no son tan claras
como crees. Nuestra noche juntos en Dublín podría dar lugar a algunos
malentendidos. ¿Me dejarás entrar o intentarás detenerme como lo hizo
Corbin?
Ignoró mi comentario sobre nuestra noche, sin siquiera pestañear. O
no le importaba, o se esforzaba mucho para que pareciera de esa manera.
No tenía la capacidad emocional para analizarlo.
—No lo intentaría. Te detendría —retumbó con esa voz profunda que
siempre provocaba un escalofrío por mi espalda, especialmente cuando
hablaba sucio.
—Imogen está detrás de esta puerta, ¿verdad?
Lorcan me miró con el ceño fruncido.
—Algunas puertas deberían permanecer cerradas.
Empujé un dedo contra su pecho, abrumada por la ira y la
preocupación. La moderación parecía imposible.
—No si mi hermana está detrás de esto.
Lorcan soltó un suspiro largo y luego dio un paso adelante y abrió la
puerta.
—Lo hice por tu propio bien.
¿Lo hizo, no? Obviamente estaba enojado conmigo. Ignoré su
comentario y entré a la habitación donde había una cama individual en el
centro, rodeada de máquinas que estaban unidas a una figura pálida. En el
fondo, sabía que era Imogen, pero apenas la reconocí. Era una sombra de la
hermana que vi por última vez. Estaba delgada, muchísimo más delgada de
lo que jamás la hubiera visto, y había probado todas las dietas del planeta en
su búsqueda por convertirse en modelo. Sus mejillas huecas estaban
estiradas por el tubo de respiración desapareciendo entre sus labios
agrietados. Su cabello rubio estaba enmarañado y había sido afeitado en su
lado izquierdo, donde ahora una cicatriz larga estropeaba su cráneo. Salían
tubos que drenaban algún tipo de líquido de su cabeza. Las náuseas se
apoderaron de mí. El indicio de moretones aún era visible en todo su
cuerpo. Me arrastré hacia ella, completamente angustiada al ver a mi
ambiciosa hermana tan sin vida, un caparazón desnudo.
Agarré una de sus manos. Aunque parecía muerta, estaba caliente. Su
pecho subía y bajaba lentamente. Tragué el nudo en mi garganta.
—¿Qué pasó? —grazné—. Dijiste que el hombre con el que estaba no
le haría daño porque sabía que eras el cuñado de Imogen. Dijiste que no era
del tipo violento. Esto no lo parece. —Mi voz había adquirido un tono
histérico, pero no pude evitarlo. Las últimas veinticuatro horas habían sido
demasiado. No había dormido nada.
Vi que Lorcan se acercaba por el rabillo del ojo. Una parte de mí
quería sacarlo de aquí, pero necesitaba respuestas. Y no quería estar sola.
Imogen en realidad no estaba aquí.
—Hice mi propia investigación. Nada apunta a que su patrocinador
original sea el culpable. Parece que encontró un patrocinador nuevo con aún
más dinero en St. Barts. Se cambió a su yate y eso es lo último que pude
averiguar. De alguna manera, terminó arrastrada a la orilla en una playa de
Miami.
Podría haber sucedido de esa manera. No era inusual que Imogen
dejara a un hombre por una mejor opción.
—La golpearon severamente antes de arrojarla al océano. Tuvo suerte
de que una prostituta la encontrara de madrugada. Estaba a punto de hacerle
una mamada a un cliente en la playa.
Sentí náuseas cuando imaginé a Imogen flotando sin vida en el
océano, arrojada allí como basura, como si fuera algo de lo que pudieras
deshacerte.
—Tu hermana tuvo suerte de que la prostituta no hiciera la vista
gorda. La mayoría quiere evitar problemas y una mujer medio muerta
siempre significa problemas. Su cliente huyó, pero ella llamó a la policía y
a una ambulancia.
Apenas podía respirar por el nudo en mi garganta.
—Debido a su lesión en la cabeza, tuvieron que abrirla para aliviar un
poco la presión. Ha estado en estado vegetativo desde entonces. Fue
admitida sin identificación. Pensaron que era una prostituta que fue
golpeada por su cliente. Fue una coincidencia afortunada que uno de mis
contactos en mi Miami estuviera atento por mujeres desconocidas. Prefiero
estar preparado.
—¿Cuándo te enteraste? —Pasé mi pulgar por la mano seca de
Imogen. Tal vez podía sentir mi presencia. No estaba muerta, de modo que
aún tenía que estar allí en alguna parte.
—Hace unos diez días. La encontraron un par de días antes de que
recibiera la llamada.
Acaricié la piel de Imogen una vez más antes de colocar su mano
suavemente sobre la cama. Salí de la habitación sin decir una palabra.
Lorcan me siguió y cerró la puerta. Estaba al borde de las lágrimas, a punto
de perder por completo el control. ¿Cómo le diría a mamá de esto? Ella
sospechaba lo peor y yo también. Esto no era eso, pero estaba cerca. Y
Finn.
Ah, Finn. ¿Debería decirle?
Dejó de preguntar por Imogen. Tal vez debería permitirle seguir
adelante.
Lorcan
Sabía lo que venía cuando Aislinn salió de la habitación. Podía sentir
su ira saliendo de ella en oleadas.
Al momento en que la puerta se cerró, se acercó a mí.
—¡No tenías derecho a ocultarme la verdad! Imogen es mi hermana.
¡Sabías que la había estado buscando durante meses, y nunca te molestaste
en decirme que estaba en un hospital a la vuelta de la esquina luchando por
su vida!
Aislinn, no está luchando por su vida. Está a las puertas de la muerte.
Los médicos dejaron muy claro que sus posibilidades de despertar son
escasas, y aunque despierte, no será la hermana que viste por última vez en
Dublín. Le dieron la paliza de su vida.
Aislinn se estremeció y su rostro se puso aún más rojo, sus ojos
fulgurando con rabia.
—¡No tenías derecho a ocultarme esto!
—Quería protegerte de la dura verdad.
Sus ojos verdes se llenaron de lágrimas sin derramar. Casi me acerqué
a ella, pero sabía que simplemente me habría empujado. Ni siquiera debería
considerar consolarla. Cuando Corbin llamó, me tomó por sorpresa, y verla
tan de cerca hizo cosas en mi cuerpo y corazón que desprecié. Sabía que
nada bueno saldría de tener a Aislinn de vuelta en Nueva York.
—¡No necesito ni quiero protección de la verdad! Puedo manejarlo.
Es mejor que la incertidumbre.
—Pero Aislinn, aún hay incertidumbre. Ahora estarás atascada, como
tu hermana, porque tendrás esperanza aunque sea inútil. Pondrás tu propia
vida en espera para ayudar a tu hermana, incluso si no puedes salvarla.
—No me conoces. Pero incluso si tienes razón, y paso las próximas
semanas o meses junto a la cama de hospital de mi hermana, esa es mi
decisión, no tuya. No deberías haber tomado esta decisión por mí.
—Tal vez.
—No suenes como si en realidad te importara —siseó—. Me odias
por traicionarte. ¿No deberías regodearte con mi dolor?
Sonreí con fuerza.
—Ah, debería, y créeme, estoy enojado porque no me siento de esa
manera, pero de alguna forma te metiste debajo de mi maldita piel, y no
puedo arrancarte. Tal vez olvidaste que fui a Dublín para salvarte. Si
quisiera tu dolor, entonces no lo habría hecho.
Me miró con una mezcla de esperanza y temor. Dio un paso atrás, no
por miedo.
—En este momento no puedo lidiar con esto. Estoy exhausta, estoy
triste, estoy desesperada, tengo mucho miedo. En este momento no puedo
lidiar contigo, con tus juegos, con el ida y vuelta. No quiero hacerlo.
Necesito cuidar a Imogen. Necesito averiguar qué hacer ahora. Yo… —Se
quedó en silencio, con lágrimas brillando intensamente en sus ojos.
—¿Qué hay de Finn? ¿Y tu madre? ¿No te necesitan? Deberías volver
a Dublín. Me aseguraré de que Imogen esté protegida y cuidada.
—Entenderán. No me iré. No puedo. No me importa si me quieres
fuera de tu ciudad. No me importa si me amenazas, me golpeas o me haces
lo que quieras hacerme, me quedaré hasta que Imogen pueda ser
transportada.
Había muchas cosas que quería hacerle a Aislinn, pero ella las
disfrutaría. Y maldita sea, no quería que se fuera. Quería a Aislinn en
Nueva York. La quería en mi apartamento, en mi cama. No confiaba en ella,
pero estaba dispuesto a darle otra oportunidad a este matrimonio
condenado. La confianza se podía construir, en ambos lados. Se había
negado a la policía irlandesa cuando Eddy se le acercó. Ese fue un primer
paso. Estaba dispuesto a dar un pequeño paso tras otro. Mi padre decía que
el matrimonio era trabajo.
Y era tan idiota cuando se trataba de Aislinn.
—Aislinn, no está lo suficiente estable para volar sobre el estanque.
Sé razonable. Podrían pasar años antes de que muera. Aquí tiene atención
médica de primer nivel. Trasladarla solo representaría un riesgo innecesario.
Y ella quería estar en Nueva York, así que tal vez deberías dejarla estar.
—Quería estar en Nueva York para convertirse en una modelo
famosa. No quería que la golpearan hasta casi matarla, luchando por su
vida. No finjas que sabes lo que quiere, y no finjas que te importa. —Tragó
pesado y se encontró con mi mirada—. ¿Me permitirás quedarme?
Mi corazón se aceleró, pero oculté mi euforia.
—Sí, pero solo bajo una condición.
Ella se tensó.
—Quiero que te quedes en mi apartamento. Sigues siendo mi esposa,
como tal, deberías quedarte conmigo.
Dejó escapar un suspiro apresurado.
—Me echaste como una traidora. ¿La gente no se confundirá si me
permites regresar?
—Solo muy pocas personas saben de tu pequeño trato con la policía.
Para todos los demás, simplemente me cansé de tus payasadas.
Inclinó la cabeza como si estuviera intentando entender mi
razonamiento. Me preocupaba que pudiera ser capaz de hacerlo.
—Está bien. Si eso es lo que se necesita, me quedaré contigo. —Miró
hacia otro lado rápidamente antes de que pudiera leer la emoción en sus
ojos—. Tengo que llamar a mi madre. Ella necesita saber.
—Ella y Finn pueden volar hasta aquí. Pagaré el vuelo y su hotel, o se
pueden quedar con nosotros. Somos familia.
Negó con la cabeza, hundiendo los dientes en su labio inferior.
—Dudo que mamá te vea como familia. Luchó tanto para mantener a
nuestra familia alejada de los Devaney. Créeme, mi matrimonio contigo no
la hizo cantar aleluya.
Sonreí con dureza.
—No tengo que agradarle. No soy del agrado de todos. Pero somos
familia y nada cambiará eso, dulce Aislinn.
Me contempló con curiosidad.
—No pensé que alguna vez volvería a escucharte llamarme así.
Yo tampoco, pero Aislinn me tenía envuelto alrededor de su dedo
meñique.
—Avísame si tendré que reservar los boletos de avión una vez que
hayas hablado con tu madre. Estoy seguro de que a Finn le gustaría volver a
Nueva York. —Sentía la necesidad de besarla, de sentir su cuerpo contra el
mío, pero retrocedí. Necesitaba controlarme—. Corbin te vigilará. Si me
necesitas, estoy a solo una llamada de distancia.
Me volví cuando la voz de Aislinn volvió a sonar, tranquila pero
firme.
—¿Qué hay de los hombres que le hicieron esto a Imogen?
¿Intentarás encontrarlos?
Hice una pausa y miré a mi esposa por encima del hombro.
—Hago lo que puedo, no solo por tu hermana, sino que quienquiera
que le haya hecho esto a Imogen también podría estar relacionado con el
ataque contra ti. Pero me temo que solo Imogen puede arrojar luz sobre sus
atacantes.
Los ojos de Aislinn parpadearon con vacilación, pero su voz no lo
reflejó.
—Quiero que sean castigados por lo que le hicieron a Imogen.
—No tengo el hábito de trabajar con las fuerzas del orden —dije,
aunque sabía que no era eso lo que quería decir. Aislinn era una persona
buena, pero incluso una persona buena tenía una línea que, si se cruzaba,
podía hacer que hiciera cosas malas.
—Lorcan, eso no es lo que quiero decir —susurró Aislinn con dureza.
Cruzó la distancia entre nosotros y se detuvo justo delante de mí—. Quiero
que los castigues por lo que hicieron. Quiero que paguen con sus vidas.
Toqué su mejilla. No se apartó. Había usado todos mis contactos para
recopilar información, pero St. Barts definitivamente estaba fuera de mi
alcance. Tuve que confiar en la información de Sergej, y había sido escasa.
Ya sea porque no sabía más o porque estaba protegiendo a alguien de rango
alto. Significaría un gran problema con la Bratva si comenzaba a torturar a
las personas bajo su protección.
—Si eso es lo que quieres, si alguna vez encuentro a los culpables, les
daré su castigo justo. —Si estuvieron relacionados con el ataque a Aislinn,
recibirían un trato especial de mi parte.
—Sí, eso quiero.
—Entonces, esperemos que Imogen despierte. Guarda los secretos de
lo que pasó.
Aislinn asintió antes de alejarse y regresar a la habitación de su
hermana. Doblé la esquina donde encontré a Corbin fuera del alcance del
oído. Se enderezó, listo para mis órdenes.
—Quédate y vigila. No quiero que Aislinn esté sola. Enviaré a
alguien para que la recoja.
—Entendido, Lorcan.
Salí del hospital y llamé a Seamus, aunque sabía lo que diría.
—¿Y?
—Aislinn volvió y está enojada conmigo.
—Te dije que lo estaría. Debiste habérselo dicho. ¿La enviarás de
vuelta a Dublín?
—Aún no.
—Eso significa que nunca.
—Si dices te lo dije, te patearé el trasero.
Colgué antes de que pudiera darme algún consejo indeseado. Tomé la
multa de estacionamiento de mi parabrisas, la arrojé y me senté detrás del
volante. Era hora de ir a la oficina de Sergej para una conversación
personal. Tal vez sería más comunicativo si me presentaba personalmente.
Nuestra relación comercial había sido sorprendentemente buena. Tenía la
sensación de que los eventos con Imogen podrían volverla amarga muy
pronto. Por Aislinn, estaba dispuesto a arriesgarme.
31
Aislinn
Me senté junto a Imogen durante mucho tiempo, sosteniendo su mano
mientras reunía el coraje necesario para llamar a mi madre. Era última hora
de la mañana en Dublín. Incluso después de una noche dura en el bar, mamá
estaría despierta para recoger a Finn de nuestro vecino y pasar tiempo con
él. Odiaba arruinar así su día, quitarle la esperanza y darle esta horrible
noticia.
Entonces, recordé mi enfado con Lorcan porque no me lo había dicho
y marqué el número de mamá. Merecía saberlo. Imogen era su hija.
Mamá contestó después del segundo timbre, sonando un poco
apresurada.
—Aislinn, salí corriendo de la ducha para atender tu llamada. ¿Estás
bien?
Se preocupaba por mí constantemente.
—Estoy bien. Yo… —Tragué pesado—. ¿Cómo está Finn?
—Aislinn, te extraña terriblemente. ¿Cuándo vas a volver?
Me aclaré el nudo en la garganta.
—Mamá, Imogen está… —Un sollozo sacudió mi cuerpo. Todas las
emociones que había estado reprimiendo amenazaron con desbordarse.
El silencio resonó al otro lado de la línea.
—¿Está muerta? —El miedo absoluto en la voz de mamá me hizo
estremecer.
—No —respondí ahogadamente.
Mamá dejó escapar un sollozo, y luego se aclaró la garganta. La
imaginé cerrando los ojos con fuerza, como siempre hacía cuando intentaba
no llorar. Eso había sucedido muy a menudo en el pasado. Sin embargo, en
los últimos años, mamá se había endurecido con nuestra realidad. A veces
la admiraba por su caparazón duro, a veces la resentía. Ahora, lo sabía
mejor. Iba camino a ser así.
—Pero, mamá, no está bien. En absoluto bien. Hubo un accidente. —
¿Por qué estaba mintiendo? ¿No había peleado con Lorcan porque me
mintió? Pero no me atrevía a decirle a mamá que Imogen había elegido al
tipo equivocado, un criminal casado, y que había intentado matarla cuando
muy probablemente ella lo chantajeó. Conociendo a Imogen, esa era la
única explicación que tenía—. Sufrió daño cerebral y está en coma.
Mamá soltó un suspiro tembloroso.
—¿Hablaste con los médicos? ¿Despertará?
Solo había hablado brevemente con uno de los médicos de Imogen,
pero al igual que Lorcan, ofreció pocas esperanzas para el futuro de mi
hermana, despertara o no.
—No saben. Me aseguraré de que reciba la mejor atención médica y
hablaré con ella todos los días para que sepa que la aman. Es una Killeen.
No se rendirá sin una buena pelea.
—Debería estar allí, contigo, con Imogen.
Mordí mi labio. La quería aquí, no quería nada más, pero sabía que
mamá escapó de Nueva York por una razón. Incluso si el tío de Lorcan
hubiera muerto hace mucho tiempo, mamá aún podría tener enemigos aquí.
—Si quieres volar hasta aquí, Lorcan pagará por ti y Finn. Hablé con
él. Para él eres familia.
—Familia —resopló, pero luego se quedó callada—. No quiero
ninguna caridad, no de un Devaney. Le preguntaré a Sean si puede darme
algo de dinero.
Dudaba que le diera algo teniendo en cuenta su reacción cuando le
pedí dinero, pero tal vez mamá lo había envuelto otra vez alrededor de su
dedo.
—Está bien. Pero vamos a pagar el boleto de Finn. Sin discusiones.
Sean tenía un negocio exitoso, pero le gustaba el whisky caro, el
póquer y los autos antiguos, de modo que incluso si decidiera prestarle
dinero a mamá, tampoco tendría suficiente dinero para Finn.
—¿Vamos? ¿Lorcan y tú son otra vez pareja?
La voz de mamá fue neutral. Me congelé, sacudí la cabeza y luego
comprendí que mamá no podía verlo. ¿Y en serio habría sido la verdad?
Lorcan y yo aún estábamos casados. Pero él me había enviado lejos… y
ahora estaba de regreso y se suponía que debía regresar a nuestro
apartamento y tal vez a su cama. Mamá nunca mencionó la noche que pasé
con Lorcan, aunque me di cuenta de que ella sabía que había estado con él.
—Mamá, no te preocupes por mí. Me encargaré de todo. Dime
cuándo estarás allí.
—Sé que lo harás, solo estoy preocupada por lo que eso significa.
Colgué, y volví a tomar la mano de Imogen. Las palabras de mamá
repitiéndose en mi cabeza. Mamá usaba el enamoramiento de Sean a su
favor de modo que él le prestara dinero. En realidad, nunca le dio esperanza
de que pudieran ser pareja, y solo lo hacía cuando las cosas eran realmente
terribles para nosotras. Aun así, lo usaba. Imogen siempre había usado su
belleza para conseguir lo que quería. Rara vez sus motivos fueron nobles. Y
ahora estaba usando a Lorcan, y lo había estado haciendo desde el momento
en que lo conocí en Sodoma. Usar hombres parecía ser un rasgo Killeen.
Lorcan me chantajeó. ¿Pero aun así lo estaba usando? Había accedido
a vivir en su apartamento. ¿Estaba haciéndolo para conseguir lo que quería?
Quería quedarme en Nueva York. Quería encontrar a los atacantes de
Imogen. Necesitaba la ayuda de Lorcan para eso. No volvería a ir a la
policía. Por un lado, no creía que pudieran ayudarme con esto. Y no quería
volver a traicionar a Lorcan. Aunque me hubiera ocultado la aparición de
Imogen, se aseguró de que estuviera protegida y cuidada. No tenía que
hacerlo. No la conocía y probablemente no le agradaba. Lo había hecho por
mí. Me froté la cara. Estaba cansada y confundida. Apoyé la cabeza en la
cama de hospital de Imogen, intentando apagar mis pensamientos.
Debo haberme quedado dormida poco después.
—¿Señora Devaney? —Gemí, desorientada—. ¿Señora Devaney?
Levanté la cabeza, sorprendida por el uso del apellido. En Dublín me
había presentado como Killeen, pero ahora, de regreso en Nueva York, era
de nuevo la esposa de Lorcan.
Corbin estaba de pie en la puerta.
—Son las siete. Se supone que ahora debo llevarla a casa.
Casa. El apartamento de Lorcan. Miré a mi hermana de soslayo, que
yacía tan inmóvil como cuando llegué. Tal vez esperaba un milagro. Que
despertara si escuchaba y sentía a una persona familiar.
Besé su frente, luego me levanté y seguí a Corbin. Había agarrado mi
maleta pequeña. Me sentí extrañamente nerviosa cuando llegamos a la calle
de Lorcan. Salí del auto con un agradecimiento rápido y tomé mi maleta.
Corbin esperó hasta que llegué a la puerta principal, que se abrió, revelando
a Lorcan. Hizo un gesto con la cabeza a Corbin, luego me quitó la maleta y
subimos juntos las escaleras. No hablamos, lo que solo aumentó mis
nervios.
Todo seguía exactamente como lo recordaba. La planta en maceta que
había comprado aún estaba viva, apoyada en el alféizar de la ventana de la
sala de estar, lo que me sorprendió. Habría pensado que ya estaría toda seca.
Lorcan debe haberla regado.
—Estoy seguro de que tienes hambre —dijo Lorcan.
Asentí.
—Esto es de un pub nuevo a la vuelta de la esquina. No es muy
bueno. Nada se compara con tu cocina.
Lorcan llenó dos tazones con estofado y comimos. Lo miré de vez en
cuando. Una disculpa se aferraba a la punta de mi lengua, pero no pude
sacarla. Se reclinó cuando terminó de comer, luciendo tan varonil y
poderoso como fantaseaba en mis sueños obscenos. Especialmente nuestro
último encuentro en Nueva York, yo colgando de cadenas, se había
reproducido a menudo en mis fantasías. Fue salvaje, abrumador, doloroso y
excitante de una manera que aún me aceleraba el pulso y tensaba mi canal
con necesidad, aunque dudaba que necesitara una repetición de ese
incidente.
—Mamá va a pagar su propio boleto, como era de esperarse, pero le
dije que vamos a pagar por Finn.
Cerré mis labios de golpe, dándome cuenta de que dije otra vez
«vamos».
La boca de Lorcan se formó en la sombra de una sonrisa lentamente,
casi una mueca, pero un poco más suave.
—¿Vamos?
—Es tu dinero, así que tú, por supuesto.
—Pero dijiste «vamos».
Lo había hecho, y no estaba segura de por qué mi mente parecía tan
lista para aceptar nuevamente mi vínculo con Lorcan. Cuando me envió de
vuelta a Dublín, pensé (más bien esperé) que podría volver a mi antigua
vida y reprimir todos los recuerdos de Nueva York y mi tiempo con Lorcan.
Obviamente, eso no sucedió.
Me encogí de hombros como si no importara, pero para un hombre
como Lorcan, los pequeños lapsus de lengua no eran nada. En su negocio,
tenía que prestar atención a cada pequeño detalle para leer a su oponente. Y
mi necesidad por él después del ataque probablemente también había sido
un buen indicador de mi estado emocional cuando se trataba de él.
Reprimí un bostezo, pero apenas podía mantener los ojos abiertos.
Habían sido cuarenta y ocho horas largas y emocionalmente agotadoras.
—Ve a la cama —ordenó Lorcan. Alcancé mi cuenco—. Solo
prepárate para ir a la cama. Me encargaré del resto.
Sonreí levemente.
—¿Quieres decir arrojar todo al fregadero para que yo lo ponga en el
lavavajillas mañana por la mañana?
Arqueó una ceja y señaló sus encimeras.
—¿Ves algún plato sucio? Mantuve este apartamento limpio durante
una década antes que tú.
—Entonces, ¿por qué no lo hiciste mientras estaba aquí?
Se rio entre dientes.
—Supongo que quería ver tu lado doméstico, y fue agradable que te
cuidaran para variar.
Sus palabras contuvieron honestidad incluso si fueron pronunciadas
con poca emoción.
—Quieres decir que te gustó que te atendieran.
Lorcan reaccionó exactamente como esperaba.
—Ah, disfruto ser atendido por ti en todo tipo de formas.
La mirada en sus ojos hizo que un escalofrío recorriera mi espalda,
pero no estaba segura si en este momento podría, si debería permitir la
cercanía física. Me puse de pie rápidamente.
—Voy a prepararme para ir a la cama.
Lorcan no dijo nada, pero pude sentir su mirada siguiéndome hasta el
dormitorio. Una vez instalada, comprendí que era nuestro dormitorio.
Podría haber ido a la habitación de invitados. ¿No habría tenido más
sentido?
Ahora no importaba. De todos modos, Lorcan probablemente me
habría dicho que moviera mi trasero a nuestra habitación, pero que hubiera
ido allí sin preguntarle probablemente le daba la misma señal que mi uso
descuidado de la palabra «vamos». Tomé un camisón de mi maleta y entré
al baño. Lorcan no había botado mi cepillo de dientes ni mi desmaquillador.
Me sentí extrañamente conmovida por esto. Definitivamente había
terminado por esta noche.
Al momento en que me estiré en la cama, y el aroma del detergente
familiar y Lorcan golpeó mi nariz, mis ojos se cerraron y me quedé
dormida.
***
Me levanté de un tirón con un grito ahogado, mis manos yendo a mi
garganta.
Una mano cálida tocó mi mejilla.
—Estás a salvo —retumbó una voz profunda, familiar y sin embargo
desconocida en su tono reconfortante.
Se encendió una luz tenue, y el rostro de Lorcan tomó forma ante mí.
Parecía como si lo hubiera arrancado del sueño. Tragué con fuerza.
—Tuve una pesadilla.
Lorcan apartó algunos mechones pegados a mi frente sudorosa.
—¿Con tu hermana?
Asentí.
—Creo que sí, pero estaba en su posición. Estaba en un bote y un
hombre comenzó a golpearme. Intenté pelear con él, y luego me empujó al
agua. —Masajeé mi garganta—. No podía respirar y entré en pánico. Había
sangre por todas partes en el agua. —Me estremecí, imaginando que esto
podría muy bien estar cerca de lo que Imogen había experimentado en sus
últimos momentos de vigilia.
Lorcan se acercó aún más. Como siempre, su aroma tuvo un efecto
visceral en mí, no solo sexual sino también haciéndome sentir protegida.
—Créeme, nada de eso te sucederá jamás. Eres mi esposa. Te
protegeré. Después de lo ocurrido en Dublín, más que nunca. Nadie volverá
a lastimarte nunca más.
—A menos que me encuentres con otro hombre en un bote —dije en
un intento de broma.
Se rio entre dientes, pero algo oscuro llenó sus ojos.
—Primero lo arrojaría a él al océano. Pero tengo la sensación de que
no eres alguien que me engañara alguna vez. Eres una persona clara como
yo.
Eso era cierto. Nunca entendí por qué la gente no acababa con las
cosas si no podía ser fiel. E incluso cuando estuve de regreso en Dublín, a
pesar de que nuestro matrimonio terminó, nunca pensé en otros hombres.
Ahora tenía la sensación de que tal vez después de todo no había terminado.
—Nunca pensé en nadie más que en ti mientras estuve en Dublín.
Extraño, ¿verdad?
La posesividad llenó los ojos de Lorcan a medida que me agarraba del
cuello. No me atrajo para besarme, pero pude ver que quería hacerlo.
—En absoluto. No le he dado a ninguna otra mujer ni una segunda
mirada desde que entraste en mi vida.
Tal vez esto era una mala idea, y mi cuerpo probablemente estaba
demasiado agotado, pero quería estar con Lorcan. Sabía que me haría
olvidar todo lo demás.
—Necesito…
No tuve que terminar mi oración. Los labios de Lorcan se presionaron
contra los míos, mucho más gentiles de lo que los recordaba. Toqué su
pecho, permitiendo que su calor se filtrara en mí para desterrar cualquier
remanente de mi sueño.
La suave fricción de nuestros labios agitó algo dentro de mí, y cuando
su lengua separó mis labios y jugueteó con mi boca, estaba lista para
entregarle todo el control a Lorcan. Solo quería sentir, sin pensar, ni actuar.
Quería ser masilla en sus manos. Lorcan empujó mi tirante hacia abajo,
revelando mi pecho. Sus dedos encontraron mi protuberancia y tiraron, al
principio suavemente y después con más fuerza. Hizo rodar mi pezón entre
el pulgar y el índice, pero nuestro beso siguió siendo lento. Aun así, sentí
cada caricia de su lengua y cada tirón de mi pezón entre mis piernas. Un
calor familiar llenó mi canal.
Lorcan se apartó y me quitó el camisón por la cabeza y luego me
empujó hacia la cama.
—Cierra los ojos —exigió.
Mis párpados se cerraron a medida que mi cuerpo se hundía en el
colchón. Me preocupó por un momento que la oscuridad invitara a
imágenes indeseadas, pero entonces calor envolvió mi pezón cuando
Lorcan lo succionó con su boca. Un dedo rozó mi otro seno y luego trazó
mi areola suavemente. Chupó mi pezón con fuerza, haciendo que mi
espalda se arqueara, mientras su dedo continuaba el trazo delicado. El
contraste de los dos toques fue embriagador, y mis bragas se aferraron a mi
centro húmedo. Su dedo siguió la parte inferior de mi pecho hasta mi
ombligo, y también lo rodeó, haciéndome reír.
—Un punto débil —gruñó Lorcan contra mi pecho antes de cerrar sus
labios una vez más alrededor de mi pezón.
Demasiado concentrada en su dedo deslizándose hacia abajo y
acariciando el dobladillo de mis bragas, no dije nada. Necesitaba tanto su
toque.
—Lorcan…
—Silencio, dulce Aislinn, obtendrás exactamente lo que necesitas.
Su dedo se deslizó sobre mi montículo, rozó mi clítoris por un
segundo antes de seguir mis bragas mojadas hasta el pliegue entre mis
pliegues. Gemí suavemente cuando deslizó su dedo suavemente de adelante
hacia atrás. Mis bragas estaban completamente arruinadas a estas alturas.
—Maravillosamente mojada —dijo Lorcan en voz baja.
Siguió provocándome suavemente, llevándome al borde, pero no lo
suficientemente cerca como para caer. Lorcan soltó mi pezón y sus labios
siguieron el mismo camino que tomó su dedo hasta que posó su boca sobre
mi coño. Empujó mis piernas más separadas para poder acomodarse entre
ellas. Entonces su lengua empujó entre mis pliegues, saboreándome a través
de la tela de mis bragas. Fue extrañamente erótico y la sensación fue más
excitante de lo que hubiera pensado.
—Tus bragas están goteando. Puedo saborearte perfectamente. —
Sumergió su lengua aún más profundo, acuñando la tela contra mi abertura.
Gemí y separé mis piernas aún más. Quería su lengua y sus dedos dentro de
mí y luego su polla. Quería todo de él.
El colchón se movió cuando su peso cambió y luego cerró mis piernas
para poder deslizar mis bragas por ellas. Con mis piernas juntas, las empujó
contra mi pecho.
—Hermosa.
Piel de gallina cubrió mi piel ante su alabanza. Dejó besos en mis
nalgas y pliegues, y luego los chupó suavemente con su boca antes de
forzar su lengua entre ellos. La presión tensa de mis piernas cerradas
intensificó la sensación de su lengua contra mi carne sensible. Más
excitación escurrió y la lengua de Lorcan la lamió y luego descendió hasta
la abertura que había reclamado cuando me castigó. Me tensé, una mezcla
de lujuria y ansiedad recorriéndome, pero su lengua solo trajo placer. Luego
se fue y una presencia más firme separó mis pliegues. Empujó un solo dedo
dentro de mí. Jadeé por lo intenso que se sintió gracias a la posición. Lo
metió y sacó lentamente. Gemí cuando dejó de tocarme. Después su dedo
rozó mis labios, cubriéndolos con mis jugos.
—Abre.
Lo hice y chupé su dedo para limpiarlo, probándome y dejándome
inesperadamente aún más excitada por ello. Lorcan soltó mis piernas y las
bajé y separé tentadoramente.
—¿Quieres ser lamida?
Asentí escuetamente.
Se movió y un suave toque húmedo provoco mi clítoris. Lorcan lo
besó, y luego el colchón se movió de nuevo. No pasó nada durante un
tiempo. Necesité todo mi autocontrol para no abrir los ojos. Mis labios se
abrieron con sorpresa cuando su punta gruesa entró en mis pliegues. No
esperaba eso. La rozó sobre mi clítoris hasta que estaba jadeando, y su
punta estaba resbaladiza por mi lujuria. Se deslizó más profundo, y hundí
mis dientes en mi labio inferior ante la presión firme contra mi abertura. Me
atravesó hasta que su punta fue engullida por mis paredes. Solté el aliento
que estaba conteniendo. Después de estas últimas semanas de abstinencia,
tuve que volver a acostumbrarme a su grosor. El estiramiento estuvo cerca
de ser doloroso, pero al mismo tiempo aumentó una sensación de placer
muy profunda que llenó todo mi cuerpo. Lorcan no me tocó en ningún otro
lugar mientras hundía toda su erección en mí.
—Extrañé esto —gimió.
No pude decir nada, demasiado abrumada por la sensación de él
llenándome tan plenamente. Salió lentamente, volvió a deslizarse y después
desapareció. Mis ojos se abrieron.
—Cierra los ojos —advirtió Lorcan, y lo hice sin dudarlo—. Ponte de
rodillas.
Me arrodillé con la ayuda de Lorcan, y me coloqué sobre su rostro.
Cuando su aliento cálido acarició mi carne sobrecalentada, contuve la
respiración, tan lista para más, para cualquier cosa que Lorcan tuviera
reservado para mí.
—Ahora que mi polla preparó ese coño, puedo follarte profundamente
con mi lengua.
Y lo hizo. Sus manos en mis caderas me guiaron más abajo. Su
lengua entró en mí y acarició mis paredes internas. Fue una follada mucho
más delicada que con su polla. Mi ascenso hacia la liberación fue lento, casi
tortuoso, pero al mismo tiempo fue una experiencia tan profunda, relajante
y sensual que quería revivir una y otra vez. Pronto giré mis caderas, monté
su lengua y sus labios, mis propias necesidades guiándome. Encontré un
ritmo que obligó a la lengua de Lorcan a penetrarme profundamente a
medida que su barba incipiente jugueteaba con mi clítoris. Me moví
lentamente, permití que mi placer creciera, concentrada en realidad en la
forma en que la lengua de Lorcan acariciaba mi piel sensible, la forma en
que sus labios acariciaban mis pliegues y clítoris. Grité cuando mi
liberación rodó sobre mí en una ola violenta. Las manos de Lorcan en mi
cintura me centraron, guiaron mis movimientos mientras mi orgasmo ondeó
a través de mí. Abrí los ojos y miré por encima del hombro, necesitaba ver.
El rostro de Lorcan relumbraba con mis jugos, su lengua aún dentro de mí.
Sus ojos tenían una sonrisa cuando se encontraron con los míos. Me levantó
alrededor de unos centímetros, su lengua deslizándose afuera, luego
comenzó a acariciar a lo largo de mi abertura y clítoris. Me estremecí
nuevamente.
Los ojos de Lorcan nunca dejaron los míos a medida que me lamía.
Pronto, la sensación sobreestimulada volvió a convertirse en una necesidad
sutil.
—Inclínate hacia adelante y chupa mi polla mientras te saco más
néctar.
Bajé encima de Lorcan hasta que su erección estuvo directamente en
mi cara. Cerré mis labios a su alrededor, saboreando mi gusto y el familiar
sabor salado de Lorcan. Su palma acarició mi espalda y luego empujó mi
cabeza, así que lo tomé aún más profundamente en mi boca. Su lengua se
deslizó de un lado a otro a lo largo de mi hendidura, ignorando mi clítoris.
Después empujó dos dedos dentro de mí y su lengua rodeó mi
protuberancia hinchada.
Empujó hacia arriba en mi boca, llevándose más y más profundo, más
duro y más rápido, al igual que sus dedos dentro de mi coño. La liberación
de Lorcan llenó mi boca y mi propio orgasmo se estrelló sobre mí. Gemí
alrededor de su erección sacudiéndose. Tragué lo mejor que pude, pero cada
roce de la lengua de Lorcan contra mi carne sensible envió un temblor a
través de mi cuerpo. Lorcan y yo nos quedamos inmóviles tiempo después.
—Sigue adelante. Tienes que levantarlo otra vez. Quiero darte tu
próximo orgasmo follándote.
Agotada, curvé mis dedos alrededor de su base y luego chupé su pene
medio erecto.
Lorcan acarició mi abertura con el pulgar.
—¿Necesitas preparación adicional?
Negué con la cabeza rápidamente. En este momento no podría tomar
más.
Me reí oscuramente y luego me relajé a medida que lo chupaba lenta
y profundamente. Sin embargo, Lorcan no pudo quitarme las manos de
encima por mucho tiempo. Su pulgar trazó mis pliegues suavemente,
ignorando mi clítoris.
—No puedo resistirte. —Su pene se llenó rápidamente de sangre
hasta que estuvo tan duro como antes de su orgasmo. Cada vez que gemí a
su alrededor, un toque salado brotó en mi lengua. Arremoliné mi lengua a
su alrededor, comprendiendo de repente por qué Lorcan siempre estaba tan
contento cuando estaba mojada. Me mostraba exactamente lo caliente que
estaba Lorcan por mi culpa. Mis gemidos, mi coño, mi excitación, lo
encendían y a su vez me encendía. Lorcan azotó mi trasero.
—Necesito estar dentro de ti. Acuéstate de espaldas.
Demasiado exhausta, rodé fuera de él con poca elegancia. Lorcan se
subió encima de mí, con los codos a cada lado de mi cuerpo y su pecho
pegado al mío. Envolví mis brazos alrededor de él, mis palmas contra su
espalda fuerte. Su peso me hizo sentir centrada y segura. Cuando se deslizó
dentro de mí lentamente y sus labios encontraron los míos para un beso
apasionado, todo lo demás pasó a un segundo plano.
Después de que ambos encontráramos la liberación, Lorcan rodó
fuera de mí. Me atrajo hacia su cuerpo y nos cubrió con las sábanas.
—Ahora duerme. Sin pesadillas.
Asentí.
Me quedé dormida en los brazos de Lorcan, demasiado exhausta para
todo, incluso para las pesadillas.
***
Cuando desperté, ya eran las 8:30, mucho más tarde que mi hora
habitual de despertarme. Me sentí sorprendentemente bien descansada a
pesar de acostarme tan tarde y el desfase horario. Mi sueño había sido
increíblemente profundo gracias a que Lorcan me agotó al máximo. Revisé
mi teléfono. Tenía dos mensajes de mamá diciendo que necesitaría un par
de días para conseguir el dinero, lo que sea que eso significara, y
preguntándome si quería que Finn volara antes.
Respondí que no rápidamente porque de momento, quería que alguien
se quedara junto a Imogen todos los días, y si Finn estaba aquí sin mamá,
tendría tiempo para cuidarlo. No quería que viniera aquí y tuviera que pasar
todo su tiempo con Maeve.
Me pregunté si habría alguna manera de engañar a mamá para que
aceptara el dinero de Lorcan. Le envié un mensaje, pidiéndole nuevamente
que aceptara «nuestro» dinero para el vuelo ya que esta era una situación
grave.
Aún era de noche en Dublín, y probablemente mamá aún estaba
trabajando o acababa de ir a la cama, así que no esperaba una respuesta
pronto. Encontré una nota de Lorcan en la mesa que decía que Seamus me
recogería a las nueve y que debería llamarlo a la hora del almuerzo para
asegurarse de que estaba bien.
Algo dentro de mí se conmovió con su nota. No quería insistir en mis
propias emociones, o lo que estaba pasando entre nosotros. Solo me
alegraba por el apoyo de Lorcan, sin importar lo que nos deparara el futuro.
***
Estaba dormida en la silla junto a Imogen cuando mi teléfono vibró.
Con los ojos nublados, miré la pantalla. Era mamá. Contesté de inmediato.
—Mamá, ¿tienes el dinero para el vuelo?
—No —respondió mamá vacilante.
—Mamá, por favor acepta el dinero. Imogen te necesita aquí. Te
necesito aquí.
—Aceptaré el dinero de Lorcan, como un préstamo oficial con
intereses.
—Mamá…
—No, Aislinn. Esa es mi condición. La aceptas o les pido un
préstamo a los Devaney aquí.
Sacudí la cabeza con frustración.
—Está bien. Estoy segura de que Lorcan te dará el dinero como un
préstamo.
—Con intereses. Las tarifas habituales.
Reprimí mi comentario. Podría discutir con mamá una vez que
estuviera en Nueva York.
—Está bien, está bien, mamá. Solo reserva el primer vuelo para ti y
Finn, así te tendré aquí conmigo, por favor.
—Estaré ahí pronto. Finn no deja de hablar de Nueva York y Lorcan.
Sonreí levemente. Finn estará encantado de volver a ver a Lorcan.
—No le dijiste por qué vienen de visita, ¿verdad?
—Por supuesto que no. No veo por qué debería abrumarlo con la
verdad.
—Nos vemos pronto. Avísame cuando hayas reservado un vuelo, ¿de
acuerdo?
—Hasta pronto, Aislinn.
Colgué y solté un suspiro pequeño. Era la una, y se suponía que debía
llamar a Lorcan. Descolgó después del segundo timbre.
—Me preguntaba si te habías olvidado de mí —murmuró con un
toque de diversión.
—Me quedé dormida y luego mamá llamó.
—No debí mantenerte despierta toda la noche.
Sonreí.
—Ayudó con las pesadillas.
—Es bueno saberlo. —El sonido del puerto, las bocinas de los barcos
y el sonido del metal llenaron el fondo—. ¿Qué hay de tu madre?
Le expliqué la situación, agitándome de nuevo.
Lorcan se rio entre dientes.
—Es terca como tú.
—Puedo ser terca, pero no soy irrazonable. Mamá es ambas cosas. El
dinero ya es escaso. Si te pide un préstamo con las tasas de interés ridículas
de Five-Leaf-Clover, nunca podrá devolverlo.
—Es su decisión. No la obligaré a aceptarme como familia y si
prefiere las tarifas de Five-Leaf Clover, entonces cumpliré su deseo.
Negué con la cabeza, frustrada.
—Volveré a hablar con ella una vez que esté aquí. Estoy segura de
que puedo hacerla entrar en razón.
—Haz lo que debas. Haré lo que pueda.
—Gracias —susurré en voz muy baja. No estaba segura de haberle
dado las gracias por su ayuda.
Se quedó en silencio en el otro extremo, y deseé poder ver su rostro.
—Es lo que hacen los esposos.
32
Aislinn
Mi brazo se había quedado dormido por el ángulo incómodo de
sostener la mano de Imogen a medida que descansaba mi cabeza en el
colchón para una siesta por la tarde. El desfase horario definitivamente me
había alcanzado. Sonó un golpe y me levanté de un tirón. Maeve asomó la
cabeza, sonriendo vacilante. Su mirada revoloteó hacia mi hermana y sus
ojos se abrieron en estado de shock que enmascaró rápidamente.
—Lo siento.
—No te preocupes. También me impactó la primera vez que la vi.
—¿Está bien si entro?
—Por supuesto.
Maeve entró y cerró la puerta. En las cuatro semanas que no nos
habíamos visto, su barriga había crecido y ahora parecía visiblemente
embarazada. Sostenía un recipiente de plástico en la mano.
—Muffins de chocolate con relleno de queso crema. Es una de las
pocas cosas que puedo hornear bien.
Sonreí.
—Gracias.
Me acerqué al sofá pequeño debajo de la ventana, y Maeve me siguió.
Abrió la tapa y el dulce aroma del chocolate llegó a mi nariz
inmediatamente. Maeve me pasó un muffin. Retiré el envoltorio de papel y
le di un gran mordisco. La parte de chocolate fue casi demasiado dulce,
pero el relleno de queso crema carecía casi por completo de azúcar, de
modo que era la combinación perfecta.
—Me alegra que hayas vuelto, incluso si la razón es terrible —dijo
Maeve en voz baja.
—Creo que también estoy contenta de estar de vuelta. Irlanda siempre
será mi hogar, pero una parte minúscula de mi corazón ahora está arraigada
en Nueva York.
—¿Por Lorcan? —preguntó Maeve, inclinando la cabeza y
mirándome con una sonrisa de complicidad.
—Las cosas entre nosotros siguen siendo complicadas. Tenemos
mucho por lo que trabajar. Lo que hice, lo que hizo para que me casara con
él y que me ocultara encontrar a Imogen… —Me encogí de hombros. Eché
un vistazo a Imogen—. Estará conmigo todo el tiempo que tarde en
despertar Imogen.
—Dudo que vuelva a dejarte ir. —Bajó la voz a un susurro
conspirador—. Por lo que me dijo Seamus, Lorcan te extrañó. Es decir,
estaba enojado, muy enojado, pero el matrimonio es muy importante para él
por lo que le enseñaron sus padres. Por eso se aseguró de que estés a salvo.
—¿Tuvieron un buen matrimonio?
—Sí, estuvieron juntos casi toda la vida y se amaron mucho. Tal vez
puedes preguntarle a Lorcan al respecto. Cuando habla de sus padres, te das
cuenta de que hay más en él que ser el líder de Five-Leaf Clover.
—Pero también es un criminal. —Un asesino, alguien que torturaba a
la gente con una cadena por diversión. Si bien mi tiempo colgando de una
cadena había sido mayormente placentero, sabía que la mayoría de las
personas tuvieron una experiencia muy diferente y no vivieron para
contarlo.
—Sí, también eso. Seamus es… —Acercó sus labios a mi oído—. El
mejor asesino a sueldo de Lorcan, pero también es el hombre que amo.
Acepto ese lado de él porque amo las otras partes, y rezo por su alma todos
los días. —Maeve metió la mano en su bolso—. Antes de que lo olvide, la
señora Byrne quería que te diera esto cuando me crucé esta mañana en su
camino. —Me entregó una caja de trufas de chocolate—. Dijo, «para
nervios de acero y porque el chocolate lo mejora todo». Y Talulla envía sus
mejores deseos a tu hermana.
Tenía que admitir que me conmovía su consideración. A pesar del
poco tiempo que había vivido en Nueva York, había podido entablar
amistades que apreciaba de verdad. En Dublín, la vida había estado tan
centrada en Patrick, el trabajo y las tareas del hogar que no me había
permitido conservar las conexiones de la escuela o construir otras nuevas.
Maeve asintió con decisión.
—Ya dejaré de molestarte.
Tomé su mano.
—Quédate conmigo un poco más, si no te importa.
Su sonrisa se iluminó y se puso cómoda. Maeve me puso al tanto de
los últimos chismes circulando, aunque no conocía a la mitad de las
personas que mencionó.
Aun así, me alegré por su compañía. Mantuvo mi mente ocupada.
Lorcan vino al hospital más tarde ese día. Aún no eran ni las cinco, y
normalmente trabajaba hasta mucho más tarde, así que me sorprendió.
Cerró la puerta, se acercó a mí y tomó mi cuello con la palma de la mano.
Solté un suspiro contenido. El gesto se sintió como un permiso para dejar ir
mi miedo y mis preocupaciones, el peso de la responsabilidad, como si él
fuera a cargarlo ahora.
—¿Alguna actualización? —preguntó aunque sabía que no esperaba
nada.
Negué con la cabeza.
—Entonces, ven. Vamos a casa.
Apreté la mano de Imogen.
—Mañana regreso. —Después, me levanté y tomé la mano extendida
de Lorcan. Me condujo fuera con pasos confiados, y lo seguí. El tatuaje del
trébol de cinco hojas asomaba por debajo de la manga de su camisa.
Recordé las palabras de Maeve. ¿Podría aceptar esa parte de Lorcan? ¿No
lo había hecho ya a estas alturas? Compartía una cama con él, e incluso
permití que Finn viviera bajo el mismo techo. Lorcan no era un hombre
bueno, pero era leal y tenía ciertos valores que muchas personas normales
habían olvidado, como la fidelidad. Había sido amable con Finn, incluso
después de que lo traicioné.
—Estás callada. Eso nunca es algo bueno —comentó Lorcan cuando
llevábamos un rato conduciendo en silencio.
—Pasan muchas cosas en mi mente. Me pregunto si hay algo que
deba comprar antes de que llegue Finn en dos días.
—Comestibles, para que le cocines un rico estofado o una tarta.
Puse los ojos en blanco.
—Y eso es completamente altruista de tu parte.
—Me encanta cada sabor que creas.
Lo había redactado de una manera que contuvo insinuaciones. Me
sonrojé con calor, y una sonrisa complacida tiró de mis labios.
***
Después de la cena (había hecho tarta de cabaña, porque cocinar
siempre me relajaba) Lorcan y yo nos sentamos en el sofá. Sintonizó un
cantante de folk irlandés cuya voz suave me produjo un efecto casi
hipnótico. Lorcan me rodeó con un brazo.
A pesar de mi somnolencia creciente, finalmente tuve el coraje de
preguntar:
—¿Por qué me aceptaste de nuevo? —Insistió en que volviera a vivir
aquí con él y prácticamente reanudó nuestro matrimonio como si nada
hubiera pasado.
Lorcan encontró mi mirada. Sus ojos verde oscuro aún me atrapaban
cada vez. Había una intensidad en ellos que siempre me hacía temblar un
poco.
—Cuando pronuncié los votos en la iglesia, los dije en serio. Algunas
personas los dicen como si estuvieran recitando letras que escucharon por
primera vez. Sin entender el significado real.
No me había tomado este matrimonio en serio porque nunca pensé
que Lorcan lo haría. Si hubiera sabido lo que significaba este vínculo para
él, probablemente lo habría pensado dos veces antes de aceptar ayudar a la
policía. Sin embargo, ni siquiera había sido de gran ayuda para ellos
considerando que a Lorcan no le preocupaba mucho que lo atraparan.
—Sabes, estaba desesperada. No pensé que podía confiar en ti, pero a
pesar de eso, elegí no esconder los micrófonos donde te lastimarían de
verdad.
—Lo sé. —Lorcan frotó mi hombro ligeramente, y casi ronroneé—.
Aunque, salió algo bueno de eso. Asustamos a Desmond y ahora nos da
algo de información ocasional sobre las investigaciones en curso. Dudo que
alguna vez me hubiera arriesgado a torturarlo si no hubiera sido por ti.
¿Ahora Desmond trabajaba para Five-Leaf-Clover? Ni siquiera quería
saber qué había hecho Lorcan para convencerlo. Asentí, decidiendo cambiar
la dirección de nuestra conversación.
—Maeve mencionó que tus padres son tus modelos a seguir cuando
se trata del matrimonio.
Lorcan sonrió sardónicamente.
—Qué bueno que te estás convirtiendo en la mejor amiga de la esposa
de mi mejor amigo para que pueda informarte de todo.
—No dijo mucho. Pero, despertó mi curiosidad.
—Mis padres estuvieron casados durante treinta y cinco años hasta
que mi madre murió de cáncer. Tuvieron sus altibajos. Mi madre tuvo
problemas con las actividades comerciales de mi padre, como tú. Pero
lucharon por su matrimonio y con el tiempo, fueron una unidad inseparable.
Mi padre cuidó de mi madre el último año de su enfermedad. Fue entonces
cuando entregó el negocio en Irlanda a mi hermano Balor. Tenía solo
cincuenta y cuatro años en ese momento. Demasiado joven para que un
líder de clan se retire.
Tenía que admitir que estaba sorprendida. Se necesitaba mucha
paciencia, dedicación y amor para cuidar de un ser querido moribundo. No
habría pensado que un Devaney fuera capaz de un nivel tan profundo de
conexión. Parecía que tenía que trabajar en mis propios conceptos erróneos.
—¿Y quieres lo que tenían?
—Aún tienen. Mi padre aún ama a mi madre. A pesar de muchas
ofertas de mal gusto de mujeres hambrientas de un hombre poderoso, no ha
estado con nadie desde que murió mi madre. Y sí, ese es un vínculo que
busco.
Tragué con fuerza. Eso era mucho para estar a la altura. No es que un
vínculo como ese no sonara maravilloso.
—Las opiniones de mi madre sobre el amor y el matrimonio son
mucho menos románticas. Tal vez por eso soy tan hastiada con el tema.
Lorcan se rio entre dientes.
—Supongo que elegiste a Patrick por tu visión hastiada. Por eso es
bueno que te quité la elección de las manos y te hice casarte conmigo.
Resoplé. Luego, me quedé en silencio, buscando el rostro de Lorcan.
—¿De verdad crees que podemos ser así?
—Moriré antes que tú, eso es seguro —respondió con una sonrisa,
pero entonces se puso muy serio. Giró la parte superior de su cuerpo hacia
mí y tomó mi cuello—. Nunca lo sabremos si no lo intentamos. Nunca
quise arriesgarme a intentarlo porque me preocupaba fallar, lo cual es una
mierda. Nunca llegarás a ninguna parte en la vida y el amor si piensas de
esa manera. Me hiciste querer arriesgarme a fracasar.
—No estoy segura de tener confianza en nosotros si lo dices de esa
manera —murmuré con una risita pequeña. Pero tenía que admitir que, las
palabras de Lorcan en realidad me alentaron a intentarlo, y no fallar.
¿Estaba loca por luchar por algo en lo que ni siquiera había creído antes de
Lorcan, con alguien como Lorcan? Tal vez—. Pero, ¿alguna vez podrás
perdonarme por traicionarte? Odié a Patrick por engañarme. Nunca podré
superar eso.
La expresión de Lorcan se tensó.
—No es lo mismo. Si te hubieras acostado con otro hombre, nunca
podría haberte perdonado. Para mí, eso habría sido una violación del
principio más básico del matrimonio. Lo que hiciste sigue siendo malo,
sigue siendo una forma de traición, pero entiendo cómo sucedió. No
confiabas en mí, y mis acciones te dificultaron hacerlo. Estabas
desesperada. Sé que no volverá a suceder, porque ahora te estás permitiendo
confiar en mí, no del todo, pero es un comienzo. Y he empezado a
perdonarte por lo que hiciste. Eso no significa que alguna vez lo olvidaré,
pero en algún momento solo será parte de nuestra historia, de las
dificultades que tuvimos que superar para construir una base sólida para
nuestro matrimonio.
Tragué pesado. Ojalá Lorcan me hubiera hablado así unos meses
antes. No estaba segura de haber creído sus palabras, pero tal vez eso
hubiera cambiado las cosas.
—No volveré a traicionarte. La policía se me acercó en Dublín
después del ataque. Querían asustarme, conquistarme y me prometieron
seguridad. Los ahuyenté.
Lorcan asintió.
—Lo sé. Fue la forma en que Balor te puso a prueba.
Me quedé boquiabierta, y me invadió una pizca de ira por haber sido
engañada así, pero luego decidí que me alegraba.
—Está bien, es justo —dije con un suspiro—. Pero en el futuro,
debemos ser honestos entre nosotros. Las mentiras solo generan
desconfianza. No quiero eso. En este momento están sucediendo tantas
cosas que, quiero estar segura de que estás de mi lado.
—Estoy de tu lado. Creo que mis acciones lo prueban.
—Lo hacen. Y Lorcan, estoy de tu lado, incluso si me asusta
admitirlo.
Lorcan
Recogí a Finn en el aeropuerto. Aislinn no quiso dejar el lado de su
hermana después de que el corazón de Imogen se detuviera esta mañana y
se necesitaran dos intentos para revivirla. Una parte de mí pensaba que era
mejor que Imogen muriera. Era un bastardo cruel y la muerte era parte de la
vida, pero más que nada, estaba preocupado por Aislinn. Ahora toda su vida
giraba en torno a su hermana y el hospital. No era saludable y no había final
a la vista. Tal vez la llegada de Finn llevaría a un cambio lentamente.
Otro de mis hombres había acompañado esta vez a Finn porque la
madre de Aislinn necesitaría un pasaporte nuevo y tendría que tomar un
vuelo unos días después. Teniendo en cuenta nuestras tarifas altas, me
pregunté cómo planeaba pagar el pasaporte además del vuelo más los
intereses, pero ese era su problema. Mi oferta seguía en pie.
El soldado que acompañó a Finn había regresado a Irlanda para una
visita familiar porque su abuela había muerto. Él y Finn entraron por las
puertas corredizas del aeropuerto.
Finn parecía un poco tímido. Brody no era el más comunicativo de las
personas. Le di un asentimiento agradecido. Al momento en que Finn me
vio, su rostro se iluminó y corrió hacia mí, casi tropezando por los
espasmos. Lo encontré a mitad de camino y lo recogí.
—Hola, amigo.
Miró a su alrededor.
—¿Dónde está Aislinn?
—Una amiga suya tuvo un pequeño accidente, y Aislinn accedió a
llevarla al hospital. La recogeremos allí en unas horas, ¿de acuerdo?
¿Estarás bien pasando el día conmigo?
Aislinn no quería que Finn supiera de Imogen. Pensaba que sería
demasiado para él. Me preguntaba si ese era realmente el caso. Finn
probablemente había comenzado a distanciarse de su madre siempre
ausente hace mucho tiempo. Por otro lado, el niño ya había vivido
suficiente angustia por culpa de su madre, así que tal vez era mejor
ahorrarle la noticia hasta que fuera definitiva.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó con una sonrisa astuta.
Me reí.
—¿Es una negociación?
Él se rio. El niño era inteligente y divertido. Mierda, me gustaba
mucho. Siempre me habían gustado los niños, incluso sus travesuras
desagradables, pero Finn era especial. Tal vez porque era una parte de
Aislinn. Ni siquiera me importaba que no tuviera mi sangre corriendo por
sus venas. Si Aislinn lo quisiera, lo adoptaría.
Empujé el pensamiento a un lado. De verdad que estos Killeen se
habían metido bajo mi piel, y maldita sea, tenía que controlarme.
—¿Qué tal si visitamos el puente de un buque portacontenedores y
hablamos con el capitán? Estoy seguro de que puedes tocar la bocina del
barco.
Los ojos azules de Finn se abrieron del todo.
—¡Sí!
—Está bien, entonces vamos.
Tomé la maleta de Finn de manos de Brody antes de que Finn y yo
saliéramos.
Finn conversó animadamente de sus aventuras en Dublín durante
nuestro viaje al puerto, en su mayoría juegos que había jugado con su
antiguo vecino o películas que había visto. La madre de Aislinn no tenía
dinero ni tiempo para emprender aventuras reales con el niño, pero él seguía
siendo muy feliz. A pesar de su tartamudeo, Finn ya no se contenía a mi
alrededor, y ahora lo entendía perfectamente. Aran había tenido un
tartamudeo ligero cuando era niño, pero había sido grande y fuerte, y
venció a cualquiera que se burlara de él. Finn optaba a menudo por
permanecer en silencio sin ninguna forma de defenderse de las burlas. Tal
vez eso cambiaría si se convertía en un Devaney.
***
Cuando recogimos a Aislinn por la tarde, estaba pálida, su rostro
reflejaba preocupación, pero forzó una sonrisa para Finn. Al momento en
que se unió a él en el asiento trasero, él le contó nuestras aventuras. Me
envió una sonrisa agradecida a través del espejo retrovisor.
Cuando se unió a mí en la cama tarde esa noche, se hundió contra mí
con un suspiro exhausto.
—Hoy de verdad pensé que Imogen moriría, pero se recuperó. Los
médicos confían en que ahora lo tienen bajo control.
—Ahora que Finn está aquí, no puedes pasar todo el día en el hospital
—dije con firmeza.
—Lo sé. —Besó mi pecho desnudo, sorprendiéndome. Acaricié su
cabeza.
—Puedo liberar algunas horas por las mañanas y pasar tiempo con
Finn, y si no puedo, estoy seguro de que a Maeve no le importará participar,
siempre y cuando aún sea capaz de hacerlo. Después puedes hacerte cargo a
la hora del almuerzo. Podemos buscar pronto una guardería permanente
para Finn.
Aislinn miró hacia arriba.
—¿Permanente?
—Ahora que hemos decidido que te quedarás conmigo en Nueva
York, creo que deberíamos considerar dejar que Finn viva con nosotros
indefinidamente. Podemos ser una familia.
Incluso había considerado mencionar el tema de la adopción, pero
Aislinn y yo aún teníamos que resolver algunos de nuestros problemas antes
de dar ese paso.
Los ojos de Aislinn se abrieron de par en par.
—¿Qué hay de Imogen?
—¿En serio crees que le importaría? Ya cuidaste de Finn cuando aún
estaba por aquí.
Asintió lentamente, sus ojos solemnes.
—No. Probablemente lo habría dado en adopción al nacer si no
hubiera sido por mamá y por mí. Se sintió aliviada de que lo cuidáramos.
Fue demasiado para ella. —Tragó pesado, sus ojos buscando mi rostro—.
¿Estás seguro?
—Absolutamente. El niño me agrada y tendrá un mejor futuro con
nosotros que en Dublín con tu madre, que necesita trabajar todo el tiempo
para poder sobrevivir.
—A mamá no le gustará.
Le di una mirada dubitativa.
—Sabe que eres la mejor cuidadora para Finn, y sabe que mi dinero y
poder pueden comprarle a Finn un futuro que tal vez no tenga en Dublín por
varias razones.
—Tal vez. No dudó en enviarlo aquí. —Aislinn levantó la barbilla de
esa manera obstinada—. Pero no quiero que sea parte de tus negocios. Finn
es inteligente. Quiero que vaya a la universidad y haga algo con un
verdadero propósito en la vida.
Mis cejas se levantaron ante los muchos insultos que Aislinn había
logrado incluir en sus palabras.
—Entonces, ¿soy un bruto estúpido sin un propósito en la vida?
Aislinn ahogó una carcajada, sus mejillas enrojeciendo.
—No, no eres estúpido. Pero eres un bruto, y quiero otro propósito
para Finn además de ganar dinero.
—Supongo que el niño decidirá qué propósito quiere en la vida. Pero
ciertamente no lo obligaré a formar parte de Five-Leaf Clover. El negocio
no es para todos. Tienes que estar dedicado a la causa. Prefiero tener
hombres leales que hombres que necesitan ser coaccionados para trabajar
para mí.
Atraje a Aislinn para darle un beso. Podía decir que esta vez, Aislinn
estaba más dispuesta a darnos una oportunidad a este matrimonio y a
nosotros. Me alegré de haber logrado controlar mi furia cuando me enteré
de su cooperación con Desmond. Mi reacción contenida probablemente
había hecho la diferencia. Tal vez fue la primera vez que vio que no solo era
un matón sin sentido. Según mi padre, mis padres habían trabajado en su
matrimonio todos los días de sus vidas. Un buen matrimonio no es fácil. Se
necesita trabajo, consideración y, en ocasiones, moderación. Estaba
dispuesto a trabajar en ello. Aislinn apoyó la cabeza en mi hombro y tuve la
sensación de que Aislinn también lo estaba haciendo. Acarició mi pecho,
sus dedos jugando con la cruz colgando de la cadena de oro alrededor de mi
cuello.
—Esto era de mi abuela —dije en voz baja.
Aislinn se quedó inmóvil. Sus ojos se encontraron con los míos.
—¿Eran unidos?
—Mucho. Me hacía sentir como su nieto favorito cuando estaba con
ella. Pero se las arregló para que cada uno de mis hermanos se sintiera de la
misma manera cuando estaba con ellos. Tenía tanto amor para dar que nos
hizo sentir especiales a todos, incluso cuando nos invitaba a todos. Admiro
su paciencia y dedicación. Tener a cinco chicos en casa era salvaje y
caótico, pero ella nunca perdió la paciencia.
—Suena maravillosa —dijo Aislinn en voz baja—. Ojalá hubiera
podido conocerla.
—Te habría amado. Tu paciencia con Finn me recuerda a ella.
—Entonces, ¿te dio la cruz antes de morir? —Como de costumbre,
Aislinn tuvo problemas para escucharme elogiarla, especialmente sobre lo
genial que era con Finn.
—Me dio la cruz en su lecho de muerte. Era muy devota. Cada uno de
mis hermanos consiguió otra pieza de sus tesoros religiosos. Murió hace
dos años.
—Debe ser horrible perder a alguien de tu familia. Siempre tuve a
Imogen y a mamá, y luego a Finn como familia, así que aún no he tenido
que ver morir a un ser querido. —Tragó con dificultad.
Acaricié su cabeza. Estaba preocupada por Imogen y podía ofrecerle
un pequeño consuelo. La situación no pintaba bien.
—¿Anhelabas una familia más grande?
—Sí, especialmente en Navidad o cumpleaños. Algunos de mis
amigos en la escuela tenían familias grandes y sus historias sobre bodas
grandes y reuniones familiares desastrosas siempre me dieron celos. —Se
rio, pero me di cuenta de que ese era un tema que la había molestado en el
pasado.
—Mi familia es grande y desastrosa, así que estarás satisfecha y
siempre podremos crear nuestra propia familia pequeña. En unos años
podremos tener más niños.
Aislinn se levantó y me besó en los labios.
Arqueé una ceja.
—¿Por qué fue eso?
—Por decir más niños como si Finn también fuera nuestro hijo.
—Si vive con nosotros, eso es lo que es, ¿verdad?
Aislinn asintió y agachó la cabeza rápidamente, pero había visto lo
vidriosos que se habían vuelto sus ojos. Nos sentamos en silencio durante
unos minutos y jugué a tientas con el anillo de bodas de Aislinn, que había
llevado en mi billetera desde que se lo quité después de su traición. Solo
que esta mañana lo había sacado y lo había llevado en mi bolsillo todo el
día.
Dudaba en ponérselo otra vez porque no estaba seguro de que aún
fuera el momento. Pero quería que se lo pusiera para demostrar que me
pertenecía. Saqué su anillo de bodas de mi bolsillo y lo sostuve frente a ella.
Mi corazón comenzó a acelerarse por alguna razón. Sus ojos se abrieron
con sorpresa. Buscó mi rostro y luego extendió su mano sin una sola
palabra de mi parte. Deslicé el anillo y luego besé sus dedos, y mi corazón
volvió a latir más lento.
—Espero que, esta vez para siempre.
33
Lorcan
Finn y yo recogimos a la madre de Aislinn en el aeropuerto una
semana después de que Finn llegara a Nueva York. La mujer se mantuvo
obstinada. Aceptó mi dinero para pagar el vuelo, pero insistió en que solo
era un préstamo que quería pagar con intereses. Teniendo en cuenta que ya
le debía dinero al clan, sabía lo altas que eran nuestras tasas de interés. Tal
vez cambiaría de opinión una vez que me conociera.
Finn saltaba emocionado sobre sus talones mientras esperábamos a su
abuela en el vestíbulo del aeropuerto. Cuando entró por las puertas
correderas, la reconocí de inmediato. No solo porque Aislinn me había
enseñado una foto, sino porque tenía un extraño parecido con Aislinn e
Imogen, aparte de su cabello castaño teñido. Solo era siete años mayor que
yo, ya que había tenido a sus hijas tan temprano en la vida. Era un poco
extraño y sin duda haría que padre soltara algún comentario ocasional si
alguna vez se reunían las familias Killeen y Devaney, lo cual era poco
probable. Aoife me dio una mirada muy fría a medida que se acercaba. Con
su cabello más oscuro y la chaqueta de cuero negra y los jeans negros
desteñidos, parecía la oveja negra de los Killeen, lo que me hizo sonreír.
Los ojos de Aoife se entrecerraron, pero luego bajó la mirada hacia Finn,
que se había soltado de mi agarre y corría hacia ella.
Dejó caer su bolsa de viaje, se puso en cuclillas y lo abrazó. Hablaron
un rato, y permanecí inmóvil. Probablemente estaba interrogando a Finn
sobre mí. Dudaba que tuviera algo malo que decir. Finalmente, se dirigieron
hacia mí.
—Lorcan —dijo con frialdad. Si no fuera familia, no me hubiera
gustado su actitud irrespetuosa. Pero estaba acostumbrado al encanto rudo
(o simple rudeza, como algunos podrían llamarlo) de las mujeres Killeen,
así que solo me divirtió.
—Aoife. ¿O debería llamarte mamá? —No pude resistir el golpe.
—Aoife. —Se aclaró la garganta—. ¿Dónde está Aislinn?
—En el hospital con una amiga.
Aoife asintió, mirando a Finn brevemente.
—¿Cuándo la veré?
—Finn y yo tenemos planes de conocer a algunos jugadores de los
Gigantes de Nueva York, así que te dejaré ahora mismo en el hospital para
que la veas.
—Lo siento, abuela —dijo Finn con una sonrisa tímida.
Aoife se rio.
—No te preocupes. Me alegra que te estés divirtiendo. Pero ten
cuidado. Nueva York es una ciudad grande. —Me dio una mirada
sospechosa.
—Ha estado antes en Nueva York. Él y yo podemos manejar la gran
ciudad, ¿verdad, amigo? —Extendí mi mano, con la palma hacia arriba.
—¡Claro! —Finn me chocó los cinco. Y me di cuenta de que Aoife
estaba intentando ocultar su sorpresa, pero falló.
Nos dirigimos hacia mi auto, y Aoife ató a Finn, como si yo no
pudiera hacerlo. ¿Quién creía que lo había atado antes al asiento del auto?
Pero no me interpuse en su camino. Había perdido mucho en los últimos
meses.
Cerró la puerta, pero no subió al auto. En cambio, me enfrentó. Sonreí
a sabiendas. Estaba a punto de decir lo que no podía decir con Finn cerca.
—No confío en ti. No sé por qué Aislinn cambió de opinión de
repente. No puedo cambiar el hecho de que es tu esposa, pero no nos veo
como familia. Te devolveré el dinero que te debo como lo haría cualquier
otro deudor. No quiero ningún descuento familiar.
—Entonces, haré que Aran se encargue. Se ocupa de nuestros
deudores en Irlanda. Estoy seguro de que enviarán a uno de nuestros
cobradores para una introducción formal y los detalles de nuestro nuevo
acuerdo comercial.
Por supuesto, Aoife aún recibiría un trato especial. No permitiría que
la lastimaran, incluso si estaba actuando como una perra. Pero tal vez uno
de los hombres de Aran podría asustarla de vez en cuando para que se
sintiera como una verdadera deudora. Estaba seguro de que no podría pagar
nuestras tarifas a tiempo, y a Aran no le importaría jugar este juego.
Aislinn
Se me hizo un nudo en el estómago a medida que esperaba que
llegara mamá. A mamá le gustaba hacerse la dura, pero ver a Imogen así la
lastimaría mucho.
—Mamá llegará pronto —le dije a Imogen probablemente por
enésima vez ese día. Nunca recibí la más mínima reacción de ella, pero al
menos había estado estable los últimos días. Sin más incidentes espantosos.
Tal vez con la presencia de mamá, Imogen finalmente mejoraría.
La puerta se abrió y mamá asomó la cabeza. Nuestros ojos se
encontraron y los míos se llenaron de inmediato de lágrimas. Había estado
demasiado emocional todo el día. Me dio una sonrisa pequeña y entró,
luego se congeló al ver a Imogen. Su rostro se quedó completamente rígido,
y cerró la puerta lentamente pero no se acercó.
Había perdido peso. Sus jeans y chaqueta de cuero colgaban de su
cuerpo. Tragó pesado, cuadró los hombros y se acercó a mí. Me puse de pie
y medio caí en sus brazos. Empecé a sollozar, incapaz de contenerme.
Mamá palmeó mi espalda.
—Aislinn, todo estará bien. Ya estoy aquí. Manejaremos esto como
hemos manejado toda la mierda que nos han arrojado a lo largo de los años.
Me aparté, asentí y me sequé las lágrimas. Mamá se inclinó sobre
Imogen y acarició su mejilla con los nudillos.
—Imogen, tienes un futuro brillante por delante. Puedo sentirlo. Solo
tienes que encontrar la fuerza dentro de ti misma.
Se inclinó y besó la sien de Imogen, y tuve que secarme otra vez los
ojos. Mamá se sentó en la silla que había puesto junto a la mía y tomó la
mano de mi hermana. Nos sentamos en silencio por un rato. Mamá
necesitando recomponerse. Podía verlo en la tensión de su mandíbula. No
quería llorar.
—Esto no fue un accidente, ¿verdad?
Negué con la cabeza. Ya no podía mentir con mamá mirándome
directamente a los ojos. Se merecía la verdad por dolorosa que fuera.
—¿Saben quién le hizo esto?
Supuse que se refería a Lorcan y los suyos, pero no estaba segura. La
respuesta de cualquier manera era la misma. Negué con la cabeza.
—Probablemente alguien con conexiones con la mafia rusa, pero
Imogen subió por capricho al yate de esa persona en el Caribe. Es difícil
conseguir información. Lorcan está haciendo todo lo posible.
—Supongo que tiene formas más efectivas de recopilar información
que la policía.
—Está haciendo lo que puede. Sé que no te gusta que vuelva con él,
pero deberías verlo con Finn. Nunca había visto a Finn tan feliz y
despreocupado.
Mamá entrecerró los ojos en consideración.
—Entonces, se trata de Finn. ¿Te sientes responsable de darle una
figura paterna? Aislinn, ese no es tu trabajo.
—Lo sé, y no es la única razón por la que cambié de opinión con
Lorcan. Pero que sea bueno con Finn me demuestra que no solo es un mal
tipo, al menos no con la familia.
—Entonces, ¿qué pasa con él?
Me gustaba estar cerca de Lorcan. Me hacía sentir que no toda la
responsabilidad recaía sobre mis hombros. Sabía que me respaldaba. Tenía
un sentido del humor oscuro que apreciaba. Me gustaban sus pensamientos
sobre la familia y el matrimonio. Y el sexo… era absolutamente alucinante.
—Aislinn, si esto solo es para rascarte una picazón después de que
Patrick te fuera infiel, entonces hay maneras más fáciles de conseguir sexo.
Mis ojos se abrieron del todo. Mamá nunca me había hablado así
abiertamente. Sabía que podía ser así porque los clientes de Merchant's
Arch me lo habían dicho, pero con Imogen y conmigo, siempre había sido
una madre estricta.
—No es por eso que cambié de opinión con Lorcan. —No tenía
planes de discutir mi vida sexual con mamá. Solo la idea me dio ganas de
vomitar.
Mamá suspiró.
—Eres una adulta. Tienes que tomar tus propias decisiones, incluso si
quiero protegerte. Todos tenemos que aprender de nuestros errores.
—¿Lo hiciste? —pregunté, luego me mordí el labio con culpa.
Mamá aún estaba amargada por el pasado y esa amargura le impedía
disfrutar el presente. Miró a Imogen, evitando mi mirada.
—No quería que tú e Imogen conocieran una nueva figura paterna
cada dos años. Por eso nunca salí con nadie. Quería darles consistencia.
—Pero Imogen y yo hemos tenido la edad suficiente para manejar a
un hombre a tu lado desde hace un tiempo.
Mamá se encogió de hombros.
—Supongo que estoy demasiado hastiada.
—Eso es lo que pensaba de mí misma.
Mamá resopló.
—Solo eres un bebé.
—Y tú no eres una hurraca vieja, así que deja de actuar como tal.
Mamá acarició la mano de Imogen.
—Ahora no es el momento.
***
Mamá se quedó en Nueva York durante diez días, pero el estado de
Imogen no cambió en lo más mínimo, y los médicos nos dieron pocas
esperanzas de que fuera diferente en el futuro previsible. Mamá tenía
cuentas que pagar y quería volver a trabajar, así que no pudo quedarse más
tiempo. Sin mencionar que quería evitar estar cerca de Lorcan tanto como
fuera posible, y siendo Finn el mayor admirador de Lorcan, eso resultó
realmente difícil.
La noche antes del vuelo de regreso de mamá, la visité en casa de
Gulliver para hablarle de los planes de Lorcan y míos de que Finn se
quedara con nosotros indefinidamente. Debido a su falta de dinero, decidió
quedarse con su hermano a pesar de sus problemas. Para ella, Gulliver
parecía ser el mal menor en comparación con Lorcan.
Mamá se quedó en silencio durante mucho tiempo cuando le conté
nuestros planes, con los dedos envueltos con fuerza alrededor de su vaso de
Guinness.
—Siempre has sido la figura materna de Finn. Si alguien debe
cuidarlo, eres tú, pero no sé cómo me siento con que Lorcan está tan cerca
de él.
—Finn lo ama y Lorcan es muy bueno con él. Finn necesita
estructura. Es probable que Imogen no despierte. —Era la primera vez que
me lo admitía. No quería creerlo, pero por el bien de Finn tenía que ser
honesta—. Y sé que ella estaría encantada.
Mamá asintió lentamente.
—Es un mundo cruel, especialmente para un niño como Finn, así que
supongo que convertirse en un Devaney le dará una verdadera oportunidad
de luchar para tener éxito.
Si vivía con nosotros, estaría bien protegido, era cierto, pero esa ni
siquiera era la razón principal por la que sabía que Finn prosperaría
viviendo con nosotros. Tal vez algún día incluso podamos adoptarlo. Se me
hizo un nudo en el estómago de solo pensarlo. Sentía como si le estuviera
quitando algo a Imogen.
—Te visitaremos y tú también puedes visitarnos, así que nos verás a
menudo. Sé que es un gran cambio para ti, vivir sola de repente.
Mamá me dio una sonrisa firme.
—Soy una adulta. Puedo manejarlo. Aislinn, no es tu trabajo hacerme
feliz. Esa es mi responsabilidad. Usaré mi nueva libertad para trabajar más
y poder devolverle el dinero a Lorcan.
Puse los ojos en blanco.
—Mamá, no puedes simplemente trabajar. Necesitas vivir un poco.
Considera aceptar la oferta de Lorcan. Es una locura estar en deuda con los
Devaney sin ninguna buena razón.
—Tengo una buena razón.
Gulliver entró en ese momento en la cocina. Después de regresar a
Nueva York, solo lo había visto durante el servicio, pero podía decir que
aprobaba mi disposición a trabajar en mi matrimonio con Lorcan.
—Niña, solo es terca. No te molestes en discutir con ella.
—Tómate un trago con nosotros —dijo mamá.
Gulliver tomó una de sus botellas de whisky escocés más caras del
gabinete acompañada de tres vasos, luego se sentó a la mesa. Él y mamá
hablaron de su infancia, y me sentí mejor con la vida y el futuro ahora que
las cosas parecían ir lentamente en la dirección correcta. Después de
despedirse de mamá, Gulliver me acompañó al taxi esperando frente a su
casa.
Me volví hacia él antes de entrar.
—¿Fuiste tú quien me llamó en Dublín?
Se aclaró la garganta.
—Hace frío. Deberías entrar en el auto.
Sonreí.
—Gracias.
Dio un asentimiento breve, luego me empujó a medias dentro del taxi
y cerró la puerta.
No podía ayudar a Imogen. Ya no. Solo podía asegurarme de que Finn
tuviera todo lo que necesitaba.
Cuando regresé esa noche a casa, Lorcan ya había acostado a Finn.
Era la primera vez que lo hacía.
—¿Cómo te fue?
Estaba un poco ebria por el whisky escocés y la cerveza que habíamos
consumido.
Lorcan arqueó una ceja.
—Leímos El Grúfalo unas cinco veces. Luego se durmió. Y
obviamente te has tomado unos cuantos tragos.
Me hundí a su lado en el sofá.
—Mamá accedió a dejar que Finn se quede con nosotros.
Lorcan escaneó mi cara.
—No pareces feliz por eso.
—Estoy feliz. Pero también estoy ansiosa. Esto significa una cantidad
completamente nueva de responsabilidad.
—Has sido responsable de Finn toda su vida. Y no tendrás que cargar
sola con el peso de la responsabilidad. La llevaré contigo.
Me incliné hacia atrás con una sonrisa.
—Lo sé. Me alegro por tus hombros anchos.
Lorcan negó con la cabeza, riéndose.
—Tal vez algún día podamos considerar la adopción.
Me quedé helada.
La expresión de Lorcan se tensó.
—¿No?
—Hoy estuve pensando lo mismo, pero no estoy segura de poder
hacerle esto a Imogen.
—La única persona que importa en este caso es Finn. Pero no
tenemos que decidir esto ahora mismo. —Besó mi palma—. Mi padre llamó
hace unos días. Quiere que vayamos a la mansión para su cumpleaños el
veintiséis de febrero.
Eso era en unas pocas semanas. ¿Podría dejar sola a Imogen por unos
días? ¿Y siquiera quería conocer al señor Devaney? Los hermanos de
Lorcan parecían estar bien, aunque intimidantes, pero el señor Devaney
estaría en otro nivel.
—¿Que quiera verme es buena o mala señal?
—Una buena. Eres mi esposa. Es lógico que tengas que conocer a mi
padre.
Tragué pesado, de repente en absoluto ebria. En pocas semanas
estaría bajo el escrutinio de todos, la nuera tan esperada. Lorcan y yo aún
estábamos al comienzo de nuestra relación, aun intentando superar el
pasado y construir un futuro juntos. Íbamos por buen camino, cierto. Podía
ver en los ojos de Lorcan que esto significaba mucho para él. Su padre era
importante para él. Ya era bastante malo que mi madre desaprobara nuestra
unión. Sería bueno tener al menos la aprobación del señor Devaney.
—¿Qué hay de Finn?
—Mi padre también quiere conocerlo. Le dije que Finn va a ser parte
de nuestra vida. Padre está emocionado de dar la bienvenida a su primer
nieto a la familia. Y estoy seguro de que a Finn le encantará la mansión.
Puede ser un poco espeluznante, y hay pasillos y habitaciones interminables
por descubrir.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. ¿De verdad los Devaney recibirían a
Finn con los brazos abiertos?
—También te dará la oportunidad de descubrir tus raíces. Los Killeen
también vivieron siempre en Kenmare. Una tía y un tío, además de varios
primos, aún lo hacen.
—Está bien. Pero en serio, estoy aterrorizada de conocer a tu padre.
Se siente como una prueba.
—Probablemente le agradarás enseguida a mi padre, y estás de suerte.
Me culpa por nuestra ruptura. Solo volverá a reclamarme por echarte de
aquí.
Sonreí tímidamente. Tenía que admitir que estaba muy contenta de
que casi nadie supiera la verdad. Ojalá pudiera retroceder en el tiempo y
deshacerlo, pero tal vez Lorcan y yo necesitábamos un llamado de atención.
¿Quién sabía?
34
Aislinn
Apenas pude quedarme quieta en nuestro viaje de una hora desde el
aeropuerto de Cork hasta la mansión Devaney cerca de Kenmare. Finn
estaba dormido en el asiento para niños, con la boca abierta por el
agotamiento extremo. Mi corazón se sintió lleno mientras vi pasar el
campo, pero mi nerviosismo por conocer al padre de Lorcan fue casi
aplastante.
Lorcan se sentaba al frente junto a su hermano Aran, quien nos había
recogido en su Land Rover cubierto de tierra. Aran me había ofrecido un
saludo amistoso, sin señales de que supiera algo de los eventos
desafortunados del pasado. Tal vez estaba dispuesto a darme una
oportunidad si Lorcan lo hacía.
Y eso me hizo sentir mejor.
—Ahí está —dijo Lorcan, su voz llena de orgullo.
Miré hacia el frente donde una mansión cubierta de hiedra con
innumerables chimeneas y varias torres se elevaba entre la vegetación
exuberante. Tenía un techo de pizarra y una hilera de ventanas reflejaban
los pocos rayos de sol que se colaban entre las nubes. Finn se incorporó en
su asiento y también miró hacia afuera.
Su boca se abrió cuando vio la mansión. Nunca había visto una
propiedad tan extensa que no fuera un espectáculo histórico, pero los
turistas definitivamente nunca pondrían un pie en la mansión Devaney.
Aran avanzó por el camino de adoquines. Él y Lorcan salieron del
vehículo, pero Finn y yo permanecimos en una especie de estupor atónito.
Lorcan abrió mi puerta y me tendió la mano. La tomé y le permití sacarme.
Estiré el cuello para tener una buena vista de la mansión. ¿Por qué
alguien necesitaría tantas chimeneas? Intenté contarlas, pero al final, perdí
la pista.
—Cincuenta y dos chimeneas ornamentadas y trescientos sesenta y
cinco ventanas emplomadas —dijo Lorcan a medida que levantaba a Finn
de su asiento para niños y lo dejaba en el camino.
Negué con la cabeza.
—Es un castillo.
—Mi padre puede contarte cada pequeño detalle al respecto. Si
quieres impresionarlo, pregúntale si es neogótico.
Lo miré en blanco.
—Muchos piensan que es gótico, pero fue construido más tarde.
Asentí y luego me reí. Definitivamente lo olvidaría todo cuando
conociera a Devaney senior. De todos modos, estaba nerviosa.
—Este es un lugar donde esperas que viva la realeza. Un señorío o
algo por el estilo, no una familia mafiosa.
—Sin sangre real ni nada parecido. Nuestra familia solía ser de
agricultores, y esta área era parte de su parcela, que arrendaron a un gran
terrateniente. Era una parcela pequeña, que apenas producía papas
suficientes para alimentar a mis antepasados, y luego la Gran Hambruna
golpeó al país, y la gente comenzó a morir a diestra y siniestra. Nuestra
familia se separó en ese entonces. Fueron dos hermanos que intentaron
salvar a sus familias. Un hermano se arriesgó a viajar a Nueva York con la
esperanza de un futuro mejor para él y su familia, pero tres de sus seis hijos
no sobrevivieron al viaje. Dos habían muerto en la hambruna antes de eso.
Una vez en Nueva York, fueron tratados como escoria, y él se convirtió en
trabajador ferroviario y su esposa en lavandera, pero apenas
sobrevivieron… hasta que él y algunos compatriotas irlandeses se unieron
como pandilla. El otro hermano se fue a Dublín, y después de intentar
alimentar a su familia con un trabajo honesto, también se convirtió con el
tiempo en parte de una pandilla que pronto lideró. Así que, dos hermanos,
sin saberse el uno al otro, se vieron obligados a tomar la misma dirección
para sobrevivir.
—¿Todo eso es cierto? —pregunté. Sonaba demasiado bueno para ser
verdad, casi como si fueran los Robin Hood modernos.
—Lo es. Pregúntale a mi padre o lee nuestra historia familiar. Hay un
tomo gordo en la biblioteca.
El olor salado del océano flotaba en el aire. En la distancia, pude
distinguir el mar bullicioso. La mansión Devaney se encontraba a orillas de
la bahía de Kenmare. La costa no era tan accidentada aquí como lo era en
los acantilados de Moher.
—¿La propiedad llega al océano?
—Sí, hay un camino desde el invernadero hasta los acantilados.
Negué con la cabeza, sonriendo. Extrañaba Irlanda más allá de las
palabras, especialmente Dublín. Pero incluso el campo verde y exuberante,
con sus ovejas blancas aquí y allá, así como el rocío salado del océano,
reconfortaron mi corazón.
La puerta principal se abrió y un hombre mayor, alto, de hombros
anchos, con cabello gris y barba apareció en el umbral. Luego, tres perros
enormes, perros lobo irlandeses, salieron trotando y bajaron las escaleras.
Finn dio un paso más cerca de Lorcan y de mí, y tomó nuestras manos.
—Parecen lobos pero actúan como ovejas, no te preocupes —dijo
Lorcan, pero incluso yo me tensé cuando los perros enormes corrieron hacia
nosotros. Saludaron a Lorcan y luego nos olfatearon agitando sus colas,
pero después se calmaron y mostraron moderación.
—William, Butler y Yeats —presentó Lorcan a los tres gigantes. Sus
cabezas casi llegaban a mi pecho. Sonreí irónicamente por su nombre—. A
mi padre le encantan sus poemas —dijo Lorcan y luego nos dio un empujón
a Finn y a mí en dirección a la puerta principal.
Me había puesto un precioso vestido de lana nueva y elegantes botas
de cuero para causar una buena impresión. No había querido ser parte de la
familia Devaney, pero ahora que lo era, quería gustarles. Nunca había
tenido una familia numerosa y siempre la anhelé. Incluso si este no era mi
ideal de una familia normal, sabía que también sería bueno para Finn.
Lorcan y su padre se abrazaron muy brevemente. Fue obvio que
tenían problemas para mostrar afecto. Y fue casi entrañable.
—Padre, esta es mi esposa, Aislinn, y este es Finn.
Tomé la mano de Devaney senior y sonreí nerviosamente.
—Aislinn, es bueno conocerte finalmente. Es lamentable que tu
esposo no haya considerado necesario presentarnos antes de su boda. —Lo
último fue dicho con reproche en dirección a Lorcan—. Llámame Thomas.
Parpadeé, sorprendida.
—Thomas, encantada de conocerte. Ojalá hubieras estado en nuestra
boda. —En ese entonces, me había sentido aliviada por su ausencia, pero
ahora deseaba que hubiéramos tenido una boda con nuestras dos familias
presentes.
—Entonces, mi hijo y tú debieron haberse casado en Irlanda como se
esperaba.
Me sonrojé. Lorcan se inclinó y me susurró al oído:
—Ahora que te está haciendo sentir culpable, ya eres parte de nuestra
familia.
Thomas entrecerró los ojos.
—No escuches lo que sea que esté diciendo. Ha sido una espina en mi
costado desde que nació.
Sonreí tímidamente, sin saber cómo reaccionar ante sus bromas
constantes.
Thomas se volvió hacia Finn entonces, que estaba medio escondido
detrás de mí.
—Jovencito, bienvenido a la familia. ¿Te gusta el tiro al plato?
Finn frunció el ceño.
—Te mostraré más tarde —dijo Thomas—. ¿Qué tal si me llamas
abuelo?
Asintió levemente, después de mirarnos a mí y a Lorcan.
—Pasen, vamos a dejar entrar el frío.
Entramos en el enorme vestíbulo de entrada de la mansión. Una
alfombra de seda larga y colorida le daba a la habitación un aspecto
acogedor. Una gran escalera conducía al primer piso. Los escalones tenían
un hundimiento ligero en el centro debido a siglos de uso. Tapices con
escenas de caza decoraban las paredes y una chimenea se sumaba al
ambiente acogedor. Pasamos a una especie de salón, que también tenía una
chimenea, aunque más grande.
—La gran chimenea está en la sala de la chimenea —dijo Lorcan con
un guiño.
—Por supuesto —murmuré por lo bajo.
La boca de Finn se abrió a medida que examinaba nuestro entorno.
Uno de los perros lobo se acercó a él, y lo palmeó cuidadosamente. El perro
era más alto que Finn.
—Son dóciles —volvió a asegurarnos Lorcan.
—¿Te gusta el pastel de chocolate? —preguntó Thomas a Finn. Él
asintió con entusiasmo.
—Mi cocinera horneó uno para ti. Vamos a la cocina.
Le dediqué a Finn una sonrisa alentadora, y tomó la mano de Thomas.
Me mordí el labio mientras los veía alejarse.
—Papá es bueno con los niños.
A Finn parecía gustarle el anciano, al igual que le había gustado
Lorcan desde el principio.
—¿Quieres un recorrido por la casa?
—No lo llames casa. Es un castillo, pero sí.
Lorcan me tomó de la mano y me condujo de vuelta al vestíbulo de
entrada y luego escaleras arriba.
—Solo Aran está aquí. Balor, Callahan y Caden llegarán hoy más
tarde.
Las alfombras de seda en todas las habitaciones deben haber costado
una fortuna. Parecían hechas a mano y antiguas. Mis labios se abrieron con
asombro cuando Lorcan me condujo a través del primer piso, luego el
segundo y tercero. Mi boca no se cerró cuando descubrimos las muchas
habitaciones, escaleras e incluso el ático. Nadie necesitaba tanto espacio,
pero ya estaba enamorada del lugar.
La mansión pertenecía a una película de terror. Hitchcock sin duda
habría encontrado una gran inspiración en cada rincón y grieta del enorme
lugar. Era perfecto.
Ovejas pastaban en las laderas rodeando la mansión, y caballos se les
unían un poco más lejos.
—¿Quién se encarga de esto cuando todos ustedes viven en Dublín?
—Un jardinero vive en la casa por la que pasamos, pero siempre ha
habido al menos uno de nosotros viviendo bajo el techo en un momento
dado. Nunca está desierto. Mi padre siempre ha dicho que una casa necesita
ser habitada para calificar como un hogar.
Asentí, recordando la pequeña casa de piedra en el camino de entrada.
Thomas tenía razón. Habría sido un desperdicio tener una mansión como
esta y solo cuidarla en lugar de vivir en ella.
Lorcan me llevó al pasillo y luego abrió la puerta de un armario de
escobas. Levanté mis cejas.
—Aquí es donde atrapé a Balor y su primer amor cerrando el trato. —
Me empujó hacia el armario y cerró la puerta, envolviéndonos en la
oscuridad. Ni siquiera quería pensar en todas las arañas escondidas aquí. La
oscuridad me ponía cada vez más nerviosa.
—Lorcan, ¿qué…?
Sus manos cálidas subieron mi vestido, y pude sentirlo arrodillarse.
Tiró de mis bragas a un lado.
—Lorcan, ¿y si alguien nos atrapa?
Besó mis pliegues y luego deslizó su lengua entre ellos. Agarré su
cabeza y amplié mi postura para darle un mejor acceso mientras su lengua
acariciaba mi carne sensible con precisión experta. Quince minutos
después, Lorcan y yo salimos del armario, mi piel enrojecida por dos
orgasmos gracias a la lengua y los dedos de Lorcan. Mi núcleo aún latía
ligeramente. Mis ojos tardaron un momento en acostumbrarse a la luz, y
cuando vi a Lorcan, me mordí el labio. Tenía los labios brillantes, y la
barbilla y mejillas rojas por la fricción.
—¡Todos sabrán lo que estuvimos haciendo!
Lorcan tomó mi mano y me arrastró por el pasillo.
—Aún no vamos a bajar. Hay más armarios por explorar.
En el armario de al lado, me tocó a mí devolverle el favor con mi
boca. Cuando salimos de esa habitación, supe sin mirarme en el espejo, que
mis labios estaban hinchados y rojos.
En el siguiente, Lorcan me levantó del suelo y envolvió mis piernas
alrededor de su cintura para poder follarme contra la pared. A estas alturas
estaba demasiado envuelta en el placer para preocuparme si alguien podía
escuchar los sonidos de las estocadas de Lorcan estrellándome contra la
pared. Estaba perdida en la sensación de él, sus besos apasionados. Rodeada
de oscuridad, mis otros sentidos se intensificaron, haciendo que cada
bombeo de la longitud de Lorcan fuera más intenso. Cuando ambos
explotamos, Lorcan se hundió en el suelo conmigo sentada en su regazo.
Permanecimos así durante mucho tiempo, simplemente escuchando la
respiración irregular del otro y disfrutando del resplandor de nuestro acto
sexual.
Me quedé helada. Era la primera vez que lo pensaba así. ¿Era más que
follar? Ahora mismo, aquí mismo, en la oscuridad se sentía así.
—¿Qué pasa? —retumbó Lorcan contra mi mejilla.
—¿Qué es esto?
—¿No deberías saberlo a estas alturas?
Negué con la cabeza, mi garganta apretada.
—No se siente como follar.
Mi voz fue apenas audible.
—Ah, ¿no?
—Se siente como más.
Lorcan besó mis labios y tomó mi cabeza. Me alegré por la oscuridad,
ya que hizo que esta conversación fuera más fácil.
—Lo es.
Permanecimos en silencio un buen rato.
—Como… —Tragué pesado. ¿Era demasiado pronto?
—Como hacer el amor —murmuró Lorcan.
Asentí. No podía verlo, pero podía sentirlo.
—Tengo miedo de llamarlo así —admití.
Las últimas semanas habían sido intensas. Lorcan estuvo a mi lado,
me ayudó con Finn e Imogen. En realidad, habíamos trabajado juntos como
pareja, tal vez porque las circunstancias nos impidieron mirar nuestros egos.
—Hace mucho tiempo que me enamoré de ti. No tengo miedo de
nada. Ni siquiera mis sentimientos por ti, dulce Aislinn.
Me estremecí. Lorcan aún estaba enterrado dentro de mí, nuestros
cuerpos aún estaban conectados íntimamente y ahora sentía como si
nuestras almas tuvieran la misma conexión.
—No quería desarrollar sentimientos por ti. —Lorcan me besó
lentamente. Envolví mis brazos fuertemente alrededor de él—. Creo que te
amo.
—Creo que también te amo —dijo Lorcan con una risita pequeña.
Nuestros labios se tocaron una vez más y nos besamos en la oscuridad
durante mucho tiempo, olvidando todo lo demás.
Lorcan
Cuando Aislinn y yo nos cruzamos con Aran al bajar las escaleras, me
guiñó un ojo. Probablemente aún era bastante obvio lo que habíamos estado
haciendo Aislinn y yo.
—Salgamos a tomar un poco de aire fresco —dije, arrastrando a
Aislinn al invernadero y a la terraza elevada con vista al jardín de la cabaña
y al océano más abajo.
Aislinn se apoyó contra mí. No habíamos hablado desde que salimos
de la oscuridad del armario. Era demasiado pronto para afirmar nuestras
palabras a la luz del día. Aunque en la oscuridad tuvimos la oportunidad de
admitir algo para lo que ambos no estábamos preparados.
El viento frío tiró de nosotros, pero lo dejamos. Eché un vistazo a
Aislinn. Su cara ya no estaba enrojecida y sudorosa por haber hecho el
amor. Ahora tenía las mejillas y la nariz sonrosadas por el frío.
—Entremos.
Ella asintió levemente y me siguió adentro, nuestras manos unidas.
Mis hermanos ya habían llegado y pronto todos nos acomodamos
alrededor de la mesa larga. Doreann, la cocinera y criada de mi padre, había
preparado un delicioso festín de varios pasteles de carne y pollo, sopa de
guisantes, pan de soda y pastel de manzana. Lo sirvió con sidra del huerto
de manzanos de su familia. Pude ver que la comida sabrosa relajó a Aislinn,
y Finn escuchaba con curiosidad los cuentos de caza de mi padre. Por
primera vez desde el accidente de Imogen, Aislinn parecía realmente
relajada. Tal vez finalmente había aceptado que el estado de su hermana no
cambiaría pronto y que ella también tenía una vida que vivir.
Después de la cena, todos nos instalamos en la sala de la chimenea.
Había suficientes sofás y sillones para todos. Padre me acorraló antes de
que pudiera sentarme junto a Aislinn, que se estaba relajando en el sofá más
cercano al fuego.
—No te lo pondrá fácil.
Sonreí irónicamente.
—Créeme, lo sé. ¿Mamá te lo puso fácil?
Padre se rio entre dientes, sus ojos melancólicos.
—Oh, no. Desafió mi paciencia todos los días. La extraño.
Apreté su brazo.
—Ve con tu esposa. Le prometí al niño otra historia sobre mis
cacerías de jabalíes.
Padre se sentó junto a Finn en una piel de oveja frente a la chimenea
con los tres perros lobos estirados a su alrededor. Los ojos de Finn se
abrieron del todo ante algo que dijo padre. Padre sabía cómo hilar una
historia cautivadora. Era bueno torciendo un poco la verdad. Es lo que lo
convirtió en un hombre de negocios exitoso.
Me acerqué a Aislinn, me hundí y la acerqué a mi costado. Balor y
Aran estaban ocupados hablando de negocios y los gemelos bebían de
petacas, aunque ya estuvieran borrachos.
—Espero que Caden no vomite otra vez en las llamas.
Los ojos de Aislinn se agrandaron, luego su mirada volvió a Finn.
Nos dirigiríamos en un par de días a Dublín para visitar Aoife. Finn la había
extrañado, pero cuando le preguntamos si prefería vivir de nuevo con ella,
dijo que quería vivir con nosotros. Se alegró cuando le contamos nuestros
planes de que viviera con nosotros indefinidamente y le aseguramos que
seguiría viendo a su abuela con la mayor frecuencia posible. Mi padre
también se alegró de que tuviéramos motivos para volver a Irlanda más a
menudo.
Una hora más tarde, Finn yacía acurrucado frente a la chimenea,
dormido profundamente, Yeats tumbado a su lado. Padre se había quedado
dormido en su sillón favorito y roncaba ruidosamente. Aran había
acompañado a Caden y Callahan afuera hace un par de minutos de modo
que pudieran vomitar entre los arbustos, así que ahora solo quedaba Balor.
Nos contempló a Aislinn y a mí con una expresión ilegible, luego se levantó
y asintió en mi dirección. Necesitaba una esposa, pero sabía que su corazón
aún pertenecía a la mujer que no había visto en una década.
Acaricié el brazo de Aislinn. Ella inclinó la cabeza hacia atrás y me
dio una sonrisa cansada. La besé dulcemente y luego apoyé mi mejilla sobre
su cabeza. Me sentí listo para quedarme dormido, relajado por el calor del
fuego y el suave cuerpo de Aislinn contra el mío. Aún no habíamos llegado
a donde queríamos estar, pero estábamos en el camino correcto.
Epílogo
Lorcan
Después de la pregunta de esta mañana de por qué mi padre no había
recibido ninguna foto en varios días, envié tres fotos de Aislinn y Finn que
había tomado ayer. En realidad, varios días solo significaban uno o dos días
sin fotos nuevas, pero obviamente eso era demasiado tiempo en la mente de
mi viejo. Tenía que admitir que estaba sorprendido, pero también muy
complacido por lo mucho que mi padre se había encariñado con Finn. De
hecho, se llevaron muy bien durante nuestra visita hace cinco meses.
Estacioné el auto frente a la guardería donde Finn había pasado la
mañana, y saludé con la cabeza a las mujeres que reconocí como esposas de
mis hombres. Un par de mis soldados también recogían a sus hijos porque
lo había convertido en un hábito. Finn estaba charlando con unos chicos de
su edad cuando llegué. Me saludó, radiante. Le encantaba ir a la guardería y
había hecho dos amigos cercanos. Los demás fueron al menos respetuosos,
en lo que respecta a sus historias. Su apellido tenía peso en esta área y lo
protegería por ahora, pero sabía que aún tendría que pelear muchas batallas
solo. Finn Devaney. Finalizamos la adopción hace un mes. Balor y yo
habíamos logrado manejar las cosas rápidamente.
Finn se despidió de sus amigos, y se acercó a mí. Tomó mi mano.
—Amigo, ¿qué tal tu día?
Él sonrió.
—Hoy visitamos un refugio para perros.
—Y ahora quieres un perro.
Asintió con entusiasmo.
—Pero no tenían perros lobo.
—Rara vez lo hacen. No los ves por aquí. Necesitan el campo para
poder correr tan rápido como les permitan sus patas largas.
Finn asintió, luciendo un poco desinflado.
—En seis semanas estaremos de regreso en Irlanda para la boda.
Entonces podrás jugar con los sabuesos todo lo que quieras.
Finn me sonrió alegremente.
—¡Yo llevaré los anillos!
—Sí, así es.
Reprimí una sonrisa por lo emocionado que estaba porque Aislinn y
yo nos casáramos en Irlanda con la familia. Hace un tiempo, admitió que
estaba triste porque no lo hubieran invitado la primera vez. Esta vez casi
todos estaban invitados. Padre se había asegurado de ello. Medio Kenmare
y todos los Devaney de todo el mundo también irían. La mansión estaría a
reventar, pero no había discutido. Mi padre y mi tía Siobhan se habían
encargado de la planificación.
—¿Tienes hambre? —pregunté, dirigiendo el auto hacia The Sassy
Maiden2. Siempre tenía una gran sonrisa en mi cara cuando veía el letrero
sobre el pub. Era un cartel de madera con letras doradas en cursiva
estampadas sobre cabello rojo ondeando al viento.
Estacioné justo en frente y ayudé a Finn a salir del auto antes de
entrar al pub. Solía apestar a humo viejo y grasa rancia, pero ahora estaba
lleno de un delicioso aroma de papas con mantequilla, masa de pastel dulce
y carne cocinada a fuego lento llenando el aire. Aislinn, algunos de mis
hombres y yo habíamos renovado el interior con un color nuevo más claro
para las paredes, los pisos y los muebles. Aislinn había elegido roble blanco
para el suelo porque le recordaba a la madera flotante, y las mesas y sillas
eran de un blanco rústico. Me recordaba a una pequeña tienda de pescado y
papas fritas cerca de Kenmare que visité a menudo cuando era niño y
adolescente. Una camarera nueva me saludó desde detrás de la barra y
luego desapareció en la cocina, probablemente para decirle a Aislinn que
estábamos aquí. Poco después, Aislinn salió con el cabello recogido en un
moño alto, la cara brillante por el calor de la cocina y su carga de trabajo,
pero feliz, y como de costumbre con un delantal rojo. Las servilletas y los
manteles también eran rojos. Sonrió radiante a medida que se dirigía a
nuestra mesa. Siempre escogíamos la misma mesa cada almuerzo. Era la
única mesa libre en el restaurante. En los dos meses de su existencia, The
Sassy Maiden ya se había vuelto popular en nuestra comunidad irlandesa y
más allá. Aislinn se inclinó y besó la mejilla de Finn antes de besar mis
labios.
—¿Cuál es el especial de hoy? —pregunté como lo hacía todos los
días.
—Morcilla envuelta en hojaldre con chutney de ruibarbo y ensalada
de berros. Recomiendo las papas fritas cortadas a mano doblemente
crujientes y también la deliciosa merluza rebozada con cerveza —dijo
Aislinn con un guiño.
Finn casi siempre pedía pescado y papas fritas, por lo que esto último
era obligatorio.
—Entonces pediré el especial y huevo escocés con cebollas
encurtidas extra.
Aislinn se mordió el labio con un asentimiento feliz, luego se dio la
vuelta y desapareció en la cocina. Poco después, gracias a la camarera
nueva, apareció una sidra frente a mí y un té helado de ruibarbo casero
frente a Finn.
Aislinn se unió a nosotros para almorzar veinte minutos después. Solo
con una sopa de vegetales de raíz.
—¿Llena? —pregunté. Aislinn siempre probaba todo lo que cocinaba.
Eso significaba que rara vez tenía hambre durante la hora del almuerzo,
pero de todos modos quería unirse a nosotros con un plato.
—Y destrozada —respondió con una sonrisa cansada—. Pero la
cocinera nueva es muy buena y está ansiosa por aprender. Será de gran
ayuda y estará lista para hacerse cargo de la cocina en una semana o dos.
Hasta ahora, Aislinn se había encargado sola de la cocina. Después de
dejar a Finn en la guardería, se dirigía al restaurante y cocinaba como una
loca durante horas hasta que Finn y yo veníamos a almorzar. Después, por
lo general, trabajaba unas cuantas horas más mientras Finn miraba sus
programas favoritos, y cerraba el restaurante alrededor de las 3:30, al no
haber servicio nocturno. No es que necesitáramos el dinero, pero tener un
servicio nocturno hubiera sido una ventaja para el sueño de Aislinn de
establecer un gastropub irlandés de renombre en la zona. Una vez que
entregara más responsabilidades a otras personas, las cosas serían más
fáciles.
Tan pronto como terminé con mi comida, miré mi reloj. Todo el
mundo sabía que me tomaba dos horas libres durante la hora del almuerzo,
pero no podía permitirme más que eso. Nuestro negocio de armas con los
rusos aún estaba despegando. Sergej insistió en que no sabía qué le había
pasado a Imogen y mis propias investigaciones no habían resultado en más
información del paradero de Imogen en las cinco semanas entre el momento
en que dejó Maksim y cuando terminó arrastrada a la orilla.
Me levanté y acuné la cabeza de Aislinn para darle un beso de
despedida antes de alborotar el cabello de Finn. Entonces me fui. El
almuerzo con Aislinn y Finn siempre me dejaba sintiéndome renovado. Era
una rutina que nos permitía pasar tiempo juntos, aparte de una cena breve
antes de que Finn se fuera a la cama. Padre también hacía tiempo a menudo
para un descanso a la hora del almuerzo cuando éramos más jóvenes y
luego, cuando estuvimos en la escuela, se aseguró de volver para la cena. A
pesar de sus negocios, mamá había insistido en nuestro tiempo en familia.
Algunas personas creían que no se podía ser un hombre de familia amoroso
y un líder brutal a la vez, pero simplemente no tenían el incentivo adecuado.
Sabía que las cosas serían más difíciles una vez que Aislinn y yo
tuviéramos un bebé. Seamus estaba destrozado todo el tiempo por su hijo
pequeño. De momento, su estado privado de sueño lo dejaba inaccesible
para los asesinatos por contrato más difíciles.
Cuando regresé a los muelles, encontré a Seamus en mi silla, con los
brazos sobre el escritorio y la cabeza apoyada en lo alto, roncando
ruidosamente. Tomé mi portátil del escritorio y salí de nuevo. Mañana
llegaría otra entrega de armas, y nuestro clan y los rusos tenían que
asegurarse de que se distribuyera ampliamente.
Acababa de terminar una llamada con Sergej cuando llamó Aislinn.
Al momento en que escuché la primera palabra de su boca, supe que algo
había sucedido.
—Lorcan —dijo, con voz temblorosa. A juzgar por el ruido de fondo,
estaba en el auto—. ¿Puedo dejarte a Finn?
—Seguro. ¿Qué ocurre?
—Después te digo. —Colgó y traté de no convertirme en un maníaco
preocupado. Si hubiera estado en peligro, lo habría dicho.
Se detuvo frente al almacén diez minutos después, con las mejillas
sonrojadas. Corrió hacia mí y dejó a Finn en el auto.
—¿Qué ocurre? —pregunté cuando chocó conmigo.
—Imogen despertó. Recibí la llamada hace veinte minutos. Necesito
verla, y no quiero que Finn lo sepa antes de saber los detalles de su estado.
Miré a Finn. Su cabeza estaba baja en concentración. Probablemente
estaba jugando uno de sus juegos en su teléfono. Le habíamos hablado de
Imogen hace un mes, cuando volvió a preguntar por ella. Se había tomado
la noticia considerablemente bien, tal vez porque su estado actual no
cambiaba las cosas para él. Aún no era una madre cariñosa, como nunca lo
había sido, y él nos tenía. Éramos su familia. Nada cambiaría eso, ni
siquiera que Imogen despertara.
—Lo llevaré al parque. Me tomaré el resto del día libre, pero el resto
de la semana será ocupado. Tendremos que preguntarle a Maeve si lo demás
falla.
—Tiene un recién nacido exigente. Finn adora a la señora Byrne. Ella
lo cuidará con gusto. —Recogí a Finn y Aislinn salió corriendo después de
un beso breve.
Finn me miró de reojo.
—¿Está bien?
—Sí. Maeve necesita ayuda con el bebé, eso es todo. Nos
divertiremos en el parque. ¿Qué tal si damos un paseo en bote?
—¡Sí!
—Primero vamos a despertar al viejo Seamus para que pueda
encargarse del negocio mientras no estamos.
Finn asintió con entusiasmo y sonrió. Éramos un buen equipo.
***
Aislinn llegó tarde a casa, mucho después de la cena, así que Finn y
yo disfrutamos de un sándwich Reuben en el mejor camión de comida de la
ciudad. Cuando entró en el apartamento, Finn ya estaba dormido. Estaba
sentado en el sofá, leyendo el inventario del envío que intervinimos cuando
Aislinn se dejó caer junto a mí en el sofá y apoyó la cabeza en mi hombro
sin decir palabra. Dejó escapar un suspiro estremecido. Toqué su cabeza y
la dejé llorar, esperando que estuviera lista para hablar conmigo.
—Despertó. Le quitaron el tubo de respiración, pero no puede hablar.
Los médicos dicen que lo está haciendo sorprendentemente bien. Pero
puedo decir que no me recuerda. Me senté junto a su cama y me miró, pero
me di cuenta de que no sabía por qué estaba allí. Era una extraña para ella.
Los doctores dijeron que no debería sobrecargarla con información. Muchas
personas con lesiones cerebrales y amnesia se molestan fácilmente si los
familiares intentan que recuerden, así que se supone que debo tomarme las
cosas con calma. Estuvo dormida la mayor parte del tiempo después de que
abrió los ojos inicialmente. —Me miró a los ojos—. No puedo imaginarme
olvidarme de ti, de Finn o de mamá. Parece absolutamente horrible. Espero
que recuerde pronto.
—Tampoco puedo imaginarme olvidarme de ti o de Finn. Ahora eres
una parte tan integral de mi vida.
Aislinn apretó mi muslo.
—Espero que la conexión de Imogen conmigo sea lo suficientemente
fuerte como para traerla de vuelta, para recordarle quién es y quién es su
familia.
Acaricié su brazo.
—No creas que toda la responsabilidad recae sobre tus hombros.
Estoy seguro de que hay muchos más factores interviniendo en la amnesia
de Imogen. Y tal vez su cerebro esté usando la amnesia para protegerla del
pasado. Te ayudaré en lo que pueda, pero creo que deberías tener en cuenta
que Imogen nunca será la hermana que conociste.
—Lo sé. Los médicos dicen que su lesión cerebral contribuye a la
amnesia, pero a veces otras partes del cerebro asumen las tareas de las
partes lesionadas.
—¿Qué hay de Finn? ¿Se lo dirás? —Tenía mis propios pensamientos
sobre el asunto, pero incluso aunque Aislinn y yo cuidábamos ahora juntos
de Finn, siempre dejaría que tuviera la última palabra. Era extraño para mí
dejar que otros decidieran, pero en este caso sentía que era lo correcto.
Aislinn suspiró.
—He estado pensando en ello desde que recibí la llamada, pero estoy
desgarrada. Es su madre, pero él es demasiado joven para entender lo que
está pasando. Si se entera de que está despierta, querrá verla, y si ella no lo
recuerda…
—Estará desconsolado —terminé—. ¿Quieres mi opinión?
—Por supuesto. Estamos a cargo de Finn, así que creo que
deberíamos decidir juntos.
Mierda, intenté ocultar lo mucho que significó eso para mí. Me estaba
convirtiendo en un blandengue.
—Aún no se lo diría. Esperemos un poco. No solo porque le haría
daño a Finn, sino también porque saber que ella no recuerda a su propio
hijo también podría inquietar a Imogen.
—Tienes razón. Las cosas están bien como están en la vida de Finn.
Se lo diremos una vez que Imogen esté más estable.
***
Aoife llegó a Nueva York una semana después. Esta vez aceptó el
vuelo como un regalo, incluso si aún insistía en devolver el resto del dinero
que le debía a Five-Leaf Clover.
Finn pensó que estaba aquí para verlo y ayudar a Aislinn con las
compras de última hora para la boda, lo cual era cierto, pero principalmente
pasó tiempo en el hospital cuando Finn estaba en la guardería de modo que
Aislinn pudiera seguir trabajando en su restaurante. Fuimos educados el uno
con el otro, y tuve la sensación de que se estaba acostumbrando poco a
poco.
Una noche, unos diez días después de que Imogen despertara del
coma, Aislinn y yo nos sentábamos en el sofá. Sus días eran aún más largos
ahora que pasaba aún más tiempo en el hospital. Estaba exhausta.
—¿Deberíamos cancelar la boda? Podemos tenerla el próximo año
cuando las cosas se hayan calmado —dije.
Mi padre estaría furioso y definitivamente me sermonearía. Su viaje
de culpabilidad sería de otro mundo. Ya estaba todo preparado. El estado de
Imogen había mejorado muy ligeramente; permanecía despierta durante
períodos más largos, reaccionaba con expresiones faciales y sus ojos
cuando le hablaban, y emitía sonidos básicos, pero aún no podía hablar y no
reconocía a Aoife o Aislinn.
Aislinn levantó la vista y sacudió la cabeza.
—No. Sé que has estado deseando renovar nuestro vínculo en Irlanda.
Y no quiero ofender a tu padre.
Asentí. No era la respuesta que esperaba.
—¿Qué hay de ti? Quiero que disfrutes el día. Probablemente no
disfrutaste la primera vez, y no quiero que esta vez también se vea
empañada por la preocupación.
Sonrió levemente.
—No disfruté de nuestra última boda, aunque el baile fue agradable.
—Tocó mi mejilla—. Quiero esta boda. No quiero posponerlo. No hay
garantía de que Imogen vaya a estar mejor el próximo año. La vida debe
continuar, para nosotros y para Finn. Y no dejaré que nada arruine nuestro
día especial.
La besé. La vida seguía poniéndonos obstáculos, pero hasta ahora los
habíamos saltado juntos.
Aislinn
El clima irlandés nos regaló sol, calidez y una brisa ligera el día de
nuestra boda a fines de agosto. Habíamos decidido una boda al aire libre,
aunque el personal había estado preparado para mover todo adentro si
estallaba la lluvia. Se había instalado una docena de carpas enormes en el
jardín exuberante con vistas al océano justo en frente de la mansión
Devaney para la cena y el baile.
Todos estaban vestidos festivamente, como si estuvieran a punto de
asistir a una carrera de caballos; las mujeres vestían vestidos de cóctel,
sombreros extravagantes y otras tocados, mientras que los hombres vestían
esmóquines o faldas escocesas.
El pastor que había casado a la mayoría de los Devaney en los últimos
cuarenta años tomó nuestros votos justo en los acantilados con todos
nuestros invitados rodeándonos. Conocía a menos del diez por ciento de
ellos, pero no importaba. Estaba feliz de que Finn, mamá, Maeve y su
familia, la señora Byrne, Gulliver y mi familia más alejada de Kenmare
estuvieran presentes.
No me permití sentirme triste por la ausencia de Imogen. Le conté de
la boda durante una de mis últimas visitas. Aún no estaba lo
suficientemente en forma para viajar un camino tan largo, y dudaba que se
hubiera sentido cómoda estando rodeada de tanta gente que no conocía,
incluyéndome a mí. Aún no recordaba nada, pero lo estaba manejando
sorprendentemente bien. Lorcan le había asignado un guardaespaldas
constante para que no tuviera que ver demasiadas caras nuevas que la
confundieran aún más.
El rostro de Lorcan se iluminó cuando me vio con mi vestido de novia
a medida que caminaba por el pasillo hacia él con Finn a mi lado. La mano
de Finn en la mía estaba sudada, o tal vez era mi mano. Los dos estábamos
nerviosos con tantos ojos sobre nosotros.
—Concéntrate en Lorcan y el océano —murmuré en voz baja para
quitar algo de su nerviosismo, y el mío.
Había elegido un vestido de novia similar al de la última vez, solo que
con una enagua más grande y más bordados, y esta vez usé un velo como
era tradición en la familia Devaney.
Cuando llegué a Lorcan, tomó mi mano de Finn que estaba sonriendo
radiante. Lorcan le dio unas palmaditas en el hombro y el orgullo de Finn lo
hizo parecer veinte centímetros más alto. Después nos entregó nuestros
anillos cuando intercambiamos nuestros votos. Esta vez, los sentí muy
dentro de mi corazón y quise decir cada palabra.
Lorcan había demostrado su lealtad y amor en los últimos meses. Me
había apoyado y se había convertido en el compañero que nunca me había
atrevido a esperar. Cuando nos besamos, un enjambre de gaviotas voló
sobre nuestras cabezas con chillidos emocionados. Una de ellas se lanzó
hacia uno de los invitados y le arrancó el sombrero particularmente brillante
y extravagante de su cabello. La mujer gritó y trató de agarrar el sombrero,
pero el pájaro fue más rápido y voló hacia el cielo.
Me reí, incapaz de contener el sonido ante la escena ridícula. Callahan
y Caden sacaron sus armas y apuntaron a la gaviota, pero fallaron al pájaro
chillón.
Mis ojos se abrieron del todo, y Lorcan se encogió de hombros.
—Ya están demasiado ebrios para dar en el blanco. —No estaba
segura si quería ver cómo disparaban a un pájaro en el cielo el día de mi
boda, pero la escena era demasiado buena para perdérmela.
Después de otra ronda de disparos, el pájaro dejó caer el sombrero y
se fue volando. Desafortunadamente, el chillido del pájaro y la emoción
general habían alterado a los perros lobo, y corrieron hacia el sombrero
cayendo, pensando que era una presa. Una vez que lo alcanzaron, lo
destrozaron en segundos.
La mujer se aferró el corazón en total conmoción, pero Thomas se
movió rápidamente a su lado y comenzó a hablarle. Pronto, ella estaba
riéndose. Nos envió a Lorcan y a mí un guiño rápido antes de que su rostro
volviera a ser su habitual máscara controlada.
—Lo llamaría un buen comienzo para las celebraciones de nuestra
boda. Después de esto, solo se volverá más caótico. Es una tradición de la
familia Devaney.
Me mordí el labio con una sonrisa feliz y me apoyé en Lorcan
mientras veía a Finn sonreír a medida que perseguía a mamá hacia los
perros. La gente comenzó a felicitarnos y abrazarnos mientras bajábamos a
la carpa donde se estaba realizando la recepción con sidra espumosa. Mi
pequeño bolso blanco con bordados a juego con mi vestido contenía mi
teléfono, que había comenzado a vibrar. Miré adentro y vi que era un
mensaje de Imogen, felicitándonos. Sabía que debió haberle pedido a su
guardaespaldas o a una enfermera que lo escribiera, y me conmovió
increíblemente. Lorcan apretó mi mano y besó mi sien.
Lorcan y yo aceptamos copas con la sidra espumosa de los camareros.
Me sentí completamente a gusto por primera vez en mucho tiempo. Le
sonreí a Lorcan cuando ambos levantamos nuestras copas, y los ojos de
Lorcan reflejaron la misma alegría que sentía. Finn apareció al frente de los
invitados con un vaso de jugo de manzana y Lorcan le indicó que se
acercara. Corrió y se colocó entre nosotros cuando finalmente tomamos
nuestro primer trago como pareja casada.
La mayoría de los invitados bebieron su sidra de un solo trago. Luego,
los aplausos y los silbidos se apoderaron de nosotros. Finn saltó de arriba
abajo emocionado. Y yo no podía dejar de sonreír.
Sabía que la vida seguiría arrojándonos desafíos, pero Lorcan, Finn y
yo los manejaríamos juntos.
Sobre la autora
Cora Reilly es autora de Born in Blood Mafia Series, The Camorra
Chronicles y muchos otros libros, la mayoría de ellos con chicos malos
peligrosamente sexis. Le gustan los hombres como sus martinis: indecentes
y fuertes.
Cora vive en Alemania con su hija pequeña, un lindo pero loco
Bearded Collie, así como con el lindo pero loco hombre a su lado. Cuando
no pasa sus días soñando con libros sexis, planea su próxima aventura de
viaje o cocina platos demasiado picantes de todo el mundo.
Notes
[←1]
ESTA: se requiere para los ciudadanos extranjeros que visiten los [Link]. por hasta 90 días
para hacer turismo u otros fines, y deben completar el proceso de solicitud de ESTA antes de
abordar su vuelo o embarcación con destino a los [Link].
[←2]
The Sassy Maid: al español, la Doncella Descarada.