Carmín Inesperado - Clara Barceló Sellés
Carmín Inesperado - Clara Barceló Sellés
2
A mi prima, por invitarme a su maravillosa fiesta de
Halloween y hablarme sobre la alianza de los
monstruos. A ti, Aina, por ayudarme a sacar este
libro a la luz
3
Índice
I ................................................................................... 7
II ................................................................................ 12
III .............................................................................. 19
IV .............................................................................. 26
V................................................................................ 33
VI .............................................................................. 42
VII ............................................................................. 48
VIII............................................................................ 58
IX .............................................................................. 67
X................................................................................ 72
XI .............................................................................. 79
XII ............................................................................. 86
XIV ......................................................................... 105
XV........................................................................... 116
Epílogo .................................................................... 127
4
Nota de la autora
Querido lector,
Espero que lo disfrutes, que los personajes te hagan soñar y consiga, aunque sea por unos
momentos, evadirte de la realidad para meterte en un mundo de fantasía donde nada es lo que
parece.
Atentamente, la autora
5
Primera parte
6
I
o, mamá; no cierres la ventana, por favor —la niña se envolvió más con las mantas y
N
giró la cabeza hacia la ventana, observando la nítida neblina blanca que siempre
rodeaba la luna llena.
La mujer arqueó una ceja, preguntándose por qué su hija siempre quería la
ventana abierta cuando era luna llena. Hacía dos años, la niña le había contado que
había visto un lobo cuando su familia y ella habían salido de la ciudad unos días para ir a visitar
a los parientes, cerca de un bosque, en el pueblo. Dijo que tenía un tamaño más grande de lo
normal y unos ojos azules como el mar. La cría se había quedado mirando el animal con la
boca abierta, sin que éste la atacara ni se acercara a ella, sino observándola también. Pero sólo
duró unos segundos. Después, la madre de la niña la cogió rápidamente sin darse cuenta de
que el lobo había dado media vuelta y se había marchado de allí.
—Es que me gusta mucho oír aullar a los lobos a la luna. Es como una música que me
ayuda a dormir —giró la cabeza y, al ver la cara de su madre, añadió—: Me gustan los lobos,
mamá. ¿A ti no?
La mujer suspiró y salió de la habitación. No era normal que una niña de ocho años hiciera
esas cosas. Por los cuentos que se contaban sobre los lobos debería temerles; pero ella parecía
feliz al verlos, estar casi a su lado, rozarlos…
Sacudió la cabeza con tal de apartar esos pensamientos de ella. Muchos lobos habían
atacado a humanos en el bosque atrayéndolos con la mirada. Si eso mismo le ocurría a su hija
se sentiría desgraciada toda la vida. Dio media vuelta para asegurarse de que la niña seguía en
la cama.
Allí estaba, Alyssa, con sus enmarañados cabellos pelirrojos tirados por la almohada.
Sonrió y cerró la puerta.
Una figura oscura trepó hasta la ventana de la casa. Se alegró al comprobar que, como le
habían comunicado, la casa de los ricos Whiverlee, tenía la ventana ancha y, por tanto, podía
cogerse sin problemas. Hincó la rodilla en la madera y sintió un escalofrío con el contacto. Le
repelían las estacas. ¿Y si tenía pensado alguien clavarle una? Observó a la niña pelirroja
7
mientras dormía. Debía tener la sangre poco espesa, suave y deliciosa. Se agarró la mano con
tal de evitar la masacre. Había venido hasta allí para confirmar que era ésa la chica especial.
Se acercó un poco más a la cría. Le rozó la mejilla y un calambre recorrió todo su cuerpo. Ésa
debía ser. Se subió de nuevo al ventanal y se levantó, de espaldas a la luna. Su cabello largo y
oscuro ondeaba al viento. Sus ropas negras brillaban al contacto con la luna. Sus ojos rojos
parecían rubíes brillando enérgicamente.
Alzó las manos y una neblina oscura rodeó al personaje. Levantó la cabeza y miró unos
segundos la luna. Con un suspiro, su cuerpo humano se transformó en el de un murciélago y,
alzando el vuelo mientras se volvía hacia la luna, murmuró con una voz gélida pero seca:
—Ya te he encontrado.
Al día siguiente, Alyssa y sus padres se dirigieron al cementerio, pues era el aniversario
de la muerte de la hija mayor que, años atrás habían tenido.
Alyssa se arrodilló ante la cripta de su hermana y bajó la mirada. Recordar la muerte de
Flora le dolió en lo más profundo de su corazón.
Ella apenas tenía seis añitos, mientras que la joven ya iba por los dieciocho. Las dos habían
subido a un carruaje para que las llevara al pueblo, de compras, como hacían cada verano.
Estuvieron todo el trayecto hablando sobre lo que podrían comprarse y, de paso, llevarle algo
a la madre de las niñas.
Durante el viaje, el conductor desapareció sin dejar rastro y las niñas tuvieron que salir
para ver qué ocurría. Cuando estuvieron en el exterior, pudieron ver que ya se había hecho de
noche y… había luna llena.
Flora obligó a su hermana a subir de nuevo al carruaje y, cuando ella iba a hacerlo, unos
hombres saltaron sobre la muchacha y la acuchillaron allí mismo.
Alyssa derramó unas lágrimas al escuchar en su mente los gritos de terror de su hermana
mayor mientras la torturaban.
La dejaron tirada en el suelo, moribunda y débil. La niña salió del carruaje y trató de
levantar a su hermana para entrarla en el transporte, pero pesaba bastante. La miró a los ojos
unos instantes y la joven le susurró:
—Corre, Alyssa. No tardarán en ir a por ti.
La niña negó con la cabeza y se quedó al lado de su hermana. Ésta le apretó la mano
dejándosela manchada de sangre e insistió:
—Por favor. Puede que no tarde en morir. Vete y avisa a papá y a mamá. Diles que venga
alguien de inmediato.
Alyssa se incorporó y dio media vuelta. Respiró hondo y empezó a correr, dándose cuenta
de que estaba dejando a su hermana medio muerta sola. Se volvió y se dio cuenta de que unos
aullidos de lobos sonaban más cerca. A ella le gustaban éstos seres. Se acercó más a su hermana
pero se alejó al ver que unas figuras negras habían saltado sobre ella y se alejaban, a una
velocidad sobrehumana.
8
La niña apretó los dientes al recordar que no hizo nada por su hermana, ni siquiera les
contó a sus padres lo de los asesinos. Se limitó a decir que su hermana se había perdido por el
camino y que debían ir a buscarla. Se avergonzó de sí misma. ¿Por qué había hecho eso? No
se lo perdonaría jamás.
Se fijó en que el candado que cerraba la cripta había desaparecido. ¿Dónde estaría?
¿Alguien habría entrado a ver a su hermana muerta?
Recordaba que encontraron el cadáver de Flora tirado en el suelo, con la piel pálida y unas
ojeras que daban miedo. Se la llevaron y le hicieron un funeral y una cripta para ella.
Allí había descansado desde entonces, pero en lo que jamás se habían fijado en que, en el
cuello, tenía dos orificios rojizos.
Alyssa se paseó por el cementerio mientras sus padres oraban ante su difunta hija. Había
muchos muertos, sobre todo, jóvenes. Tres tumbas le llamaron la atención por la forma que
tenían de expresar la muerte de los propietarios. Una decía que había sido atacado por un
animal, otra, agredida por un murciélago, y la última, que a Alyssa no le hizo ninguna gracia,
decía asesinado por un chupasangre.
La niña sintió un escalofrío en su nuca y se volvió. No lejos de allí, junto a una tumba,
había un joven que debía tener unos dieciocho años. Apoyaba la espalda sobre la lápida y sus
brazos estaban cruzados sobre el pecho, sin cesar de mirar a la niña con una sonrisa sarcástica.
Tenía el pelo rubio, ondulado y largo que le llegaba hasta los hombros. Llevaba una camisa
blanca y unos pantalones marrones, con botas de cuero negras. Sus ojos eran azules,
seductores. Lo que más llamó la atención de la niña era que en su camisa blanca podían
distinguirse dos pequeñas huellas diminutas de lo que parecía ser sangre. Alyssa se dio la vuelta
y fue con sus padres. Sacudió la manga del vestido negro de su madre y le contó lo que había
visto. Se giró para mostrarle el extraño joven, pero se sorprendió al descubrir que ya no había
ni rastro de él.
Aquel día, a la ciudad acudía un célebre juglar que hacía algunos años que ya no pasaba
por allí e iba para narrar a algunos niños experiencias suyas o algún que otro relato tradicional
conocido por muchos pueblos. En la plaza de la ciudad se reunieron varios niños y adultos para
escuchar al famoso bardo. Éste se subió a una fuente y empezó a relatar una historia:
—Puede que nadie sepa este relato, por eso hoy estoy aquí para contároslo. Es la historia
de la Dama del Bosque…
>>Muchos cuentan que la han visto por la espesura, siempre radiante con su belleza natural
y seductora. Pasea vestida con su vestido hecho de la tela que le entregó su madre, la luna,
hace mucho, mucho tiempo, cuando la hermosa dama formaba parte del mundo de los dioses.
Pero la rodean un aura de color azul y una pútrida peste a azufre.
9
>>Se cuenta que un hombre se perdió por el bosque y decidió acampar allí, acurrucado
junto a un árbol grande y hueco. A medianoche, el individuo oyó pasos majestuosos,
inhumanos, bonitos, como de zapatos de cristal con campanitas de plata que sonaban
refinadamente en el silencio de la noche, acompañando la ya menos intensa melodía de los
grillos. Abrió los ojos y decidió averiguar de qué se trataba, pues solamente el ruido ya lo
atraía.
>>No muy lejos vio que, sobre una pequeña colina, observando atentamente a la luna,
había una muchacha joven con el pelo azul brillante y liso, que ondeaba al viento. Vestía una
prenda majestuosa que brillaba intensamente, como si estuviera hecho por miles de luciérnagas
o diamantes que relucían en la oscuridad. Su piel fina pero azulada destacaba sobre la prenda.
Pero sus ojos… negros como el ala de un cuervo, sin pupila, eran aterradores.
>>Poco a poco, el hombre vio que la piel de la muchacha iba volviéndose oscura y le salía
pelo blanco. Su nariz empezó a alargársele hasta transformarla en un hocico. De la cabeza le
salieron dos orejas enormes y peludas y todo su cuerpo se encogió hasta que la joven se
transformó en un lobo de gran tamaño que aullaba a la luna.
>>El hombre quiso correr, desaparecer de allí y avisar al pueblo de que había una mujer-
lobo en el bosque y matarla… pero estaba paralizado y no conseguía mover ni un dedo. Notó
muchos escalofríos en su cuerpo y calambres, cosquilleos y dolores. Pero por más que lo
intentara, no podía moverse.
>>Como si la luna notara la presencia, en un segundo brilló con más fuerza y la mujer-
lobo se giró. Al ver al hombre empezó a aullar sin cesar y otros aullidos le respondieron. Sólo
entonces, el individuo supo que era hombre muerto, que ese bosque debía estar infestado por
muchos otros seres como la Dama del Bosque y que irían a por él en segundos.
>>Una voz insólita pero acogedora acudió a su mente. Logró entender a un hombre con
voz ronca que le ofrecía la dirección de su casa para esconderse hasta que los lobos se hubiesen
marchado. De pronto, se vio a sí mismo correr con una velocidad sobrehumana hacia la
espesura. Hacia donde no alumbraba la luz de la luna. Hacia un castillo lúgubre, insólito y
tenebroso.
>>El hogar estaba rodeado de unas verjas forjadas en hierro puro oxidado, así los lobos
podían salir heridos si la mordían. Todas las puertas le permitieron el paso como si tuvieran
vida propia y el hombre pudo entrar al castillo rodeado de mantas, té caliente y un buen fuego
para entrar en calor. Los señores de la casa no tardaron en presentarse: un hombre de aspecto
rudo, delgado y con el pelo negro, largo hasta los hombros, una túnica negra y la piel pálida.
Su esposa, una mujer igual de pálida, con el pelo rizado, castaño claro larguísimo, con un
vestido poco escotado, de color oscuro. “Te ofrecemos hospitalidad hasta el amanecer, pues
los lobos ya no estarán. ¿Te parece bien, forastero?”, preguntó el señor del castillo. “Sí, gracias,
amable señor.”
>>El hombre se quedó dormido en un sillón sin saber lo que le esperaba. Sintió un dolor
punzante en el cuello y, cuando abrió los ojos, vio al señor del castillo clavándole unos
colmillos espeluznantes. El individuo gimió y gritó cuanto pudo hasta el punto de notar que la
10
muerte lo acogería pronto en su seno. Pero el señor del castillo no había finalizado su trabajo;
le hizo tragar a su nuevo sirviente un vaso de sangre animal y entonces… todas sus fuerzas
regresaron a él multiplicadas por mil, transformándose en la pesadilla de la humanidad: en un
vampiro, un piel-pálida, un chupasangre.
>>Los vampiros solían engañar a los humanos para atacarlos y alimentarse de su sangre,
hasta que los lobos se hartaron y quisieron pelear para poder comer. Y así se inició una de las
muchas guerras entre vampiros y hombres-lobo.
Todos los niños aguantaron la respiración mientras que se les ponían los pelos de punta.
No estaban nada acostumbrados a escuchar relatos de ésos. Alyssa recordó la tumba en la que
había leído: “atacado por un chupasangre”. ¿Eso era un vampiro? ¿Y su hermana? Había sido
atacada por seres de velocidad sobrehumana, ¿significaba que eran vampiros, los agresores de
Flora?
Mientras los niños se incorporaban y se iban con sus progenitores, Alyssa se levantó y fue
hasta el bardo.
—Disculpad, tengo una pregunta: ¿todos los chupasangre son vampiros? ¿Y ellos son
capaces de correr sobrehumanamente?
—Sí, querida. Los vampiros son chupasangre, así que ten cuidado, pequeña, no vaya a ser
que te quieran hacer algo. Además, los vampiros pueden transformarse en murciélagos y
sobrevolar bosques y montañas para alcanzar su objetivo: la sangre humana. Cuidado, Alyssa,
pueden ir a por ti.
El tono había sonado burlón, a la vez que brusco. La niña había podido ver que los ojos
del bardo eran negros como el carbón, sin pupila. Sus labios formaron una amable sonrisa y la
cría alcanzó a ver dientes blancos y puntiagudos, todos iguales, como si se los hubieran limado
expresamente para despedazar. Fingió una sonrisa, dio media vuelta y, sin ningún miedo pero
con desconfianza, se fue hasta donde sus padres la esperaban, junto a dos árboles. Los
progenitores prepararon el carruaje y dijeron al cochero a donde debía dirigirse, mientras que
Alyssa se volvió por última vez. El bardo la seguía mirando con un brillo insólito y tenebroso
en los ojos. Había dejado de sonreír momentos antes. Se había cruzado de brazos y la miraba
sin cesar.
El cabello largo y rizado de Alyssa ondeaba al viento, tirándosele por encima del rostro
hermosamente. Parpadeó varias veces y rompió la sonrisa que sus labios habían creado,
formando una mueca de desconfianza mientras que fruncía levemente el ceño. Había algo en
ese bardo que la atraía al mismo tiempo que le repelía.
Por un momento, justo tras el juglar, a Alyssa le pareció reconocer la figura del muchacho
del cementerio que le decía con los labios. Se concentró al máximo hasta que llegó a entender
lo que le decía:
“No te fíes. No le mires. Vete de aquí.”
11
II
L
a figura recorría con gran velocidad el bosque, jadeando a causa del esfuerzo.
A su espalda decenas de aullidos lo seguían sin descanso. El individuo volvió
la cabeza un momento para ver si los animales lo alcanzaban ya y vio un hocico
con dientes afilados y una boca hambrienta que lo alcanzaría en cuestión de
segundos. El hombre ahogó un gemido y aumentó la velocidad por miedo a que le hicieran
algo.
¿Por qué habría tomado el camino del bosque si siempre todos se perdían en él? Cuando
le habían dado el paquete para entregarlo en el pueblo, nunca debería ni haber pensado en pasar
por el bosque… de noche. Todos sabían que cuando anochecía, los lobos se volvían más
agresivos de lo normal y mataban por placer, no para comer.
Por suerte había oído decir que, cerca del bosque se encontraba un castillo antiguo y
deshabitado donde podría descansar, pasar la noche y esperar al amanecer, hasta que los lobos
se hubieran ido. Seguramente habría alguna que otra cama y comida, para él. Respiró hondo y
siguió avanzando mientras notaba el gruñido del animal casi encima de él.
Saltó por encima de raíces y esquivó ramas que podían entorpecerle la corrida. Pero, sobre
todo, no dejó de correr. A lo lejos avistó una torre negra y alta, que debía pertenecer al castillo
abandonado. Sonrió para sí mismo y aumentó la velocidad con todas sus fuerzas notando que
le quemaban las piernas, el sudor le cubría la frente y algunas gotas ya resbalaban por su rostro
y sus mejillas estaban sonrosadas a causa del esfuerzo.
Pero tuvo mala suerte, pues tropezó con una raíz que asomaba cerca de un árbol que no
había visto y cayó de bruces al suelo. Jadeante se volvió y gimió al ver la manada de lobos que
corría hacia él… y se lanzaban sobre el individuo gruñendo y anhelando probar carne humana.
Los gritos del hombre al notar los arañazos de las pezuñas de los animales eran infernales.
Las primeras gotas de sangre resbalaron por su piel hasta ser lamidas por los lobos.
Entonces, las bestias se apartaron de él, sollozando, volviendo la cabeza hacia una densa
niebla que se acercaba a ellos rápidamente, temiéndola. Podría ser por una apestosa fragancia
a azufre que rodeaba cada vez más el bosque. De la bruma tenebrosa salió una mujer de aspecto
seductor y atractivo. Pelo salvaje, largo, azul claro y brillante, piel azulada, lisa y suave, labios
12
rojos como la sangre y ojos negros como la oscuridad nocturna. Su hermoso vestido blanco
inmaculado brillaba con fuerza, haciéndola destacar en el más oscuro de los rincones.
Se alzó majestuosamente sobre el hombre y, con ternura le alzó la barbilla y le miró a los
ojos. El individuo se sintió tan conmovido y a la vez aterrorizado por la escalofriante mirada
que no pudo ni por un instante cerrar los ojos o apartar la vista.
—Vaya, vaya. Veo que hay un intruso por nuestro territorio. ¿Qué vamos a hacer? —
Todos los lobos, como si la hubieran entendido perfectamente, aullaron al unísono—. Exacto,
angelitos míos —acercó los labios al oído del hombre y le susurró—: Bienvenido al clan.
Lo último que vio el humano fue cuando los lobos se lanzaron hacia él, sin piedad alguna.
Alyssa abrió los ojos cuando los primeros rayos de sol le acariciaron la piel del rostro. Se
levantó y se vistió con el primer vestido que encontró. Debía ponerse guapa, ese día cumplía
ella nueve años. Se calzó con los nuevos zapatos que el día anterior le habían comprado y salió
de la habitación.
El mayordomo la esperaba junto a la puerta. Como siempre que le pagaban bien, ofreció
una cálida sonrisa a la niña que se la devolvió con gusto. El lacayo abrió la cancela
permitiéndole a Alyssa la salida.
Justo como había pedido en su cumpleaños, una carroza decorada con sus colores
favoritos: lila, azul, verde y blanco, esperaba en el patio. Las ruedas brillaban con un toque de
resplandor. Había dos caballos fuertes y resistentes que esperaban conducir a la niña rica.
—¿Qué, pequeña? —una mano cálida y suave se posó en su hombro, sobresaltándola.
—Es perfecto. Justo lo que pedí. Me encanta. Gracias, mamá. ¿Damos la vuelta por la
ciudad que me prometiste?
—Claro, hija.
Alyssa cogió la mano de su madre y las dos entraron en el carruaje, olvidando por
completo que aún no habían desayunado. La niña se acomodó en su asiento y miró por la
ventana el espacio urbano que las rodeaba. Deseaba salir de allí, respirar aire fresco de verdad,
no estar rodeada de tanta gente.
Deseaba ir al bosque del pueblo cercano.
Pero sabía que su madre no se lo permitiría por nada del mundo. Reprimió un suspiro de
resignación y se puso derecha, tal y como su madre le ordenaba. Tal y como debía comportarse
una dama.
—Y, ¿dónde quieres ir, exactamente?
—A donde sea fuera de este espacio. Como… ¿al bosque?
La mujer alzó la mirada y frunció el ceño. Respiró hondo con tal de no ponerse nerviosa
y miró a su hija un buen rato. Finalmente, respondió:
—No podemos ir al bosque. Creo que tendrás que conformarte con pasear por la ciudad.
¿Quieres ir al taller de una diseñadora con mucho talento? ¿O visitar a tu tía Belgett, cerca de
13
aquí? ¿Quieres ir a ver alguna tienda en especial? Lo que quieras. Pero no al bosque. No es un
lugar seguro.
—Todos dicen que no lo es de noche. Y ahora son las ocho de la mañana.
—Igualmente, no. Si nos mantenemos alejadas de ese lugar no pasará nada. Anda,
vayamos al taller.
Alyssa cruzó los brazos sobre el pecho maldiciendo en voz baja. Como sabía que la típica
carita de pena no haría que su madre cambiase de opinión, frunció el ceño y se limitó a mirar
por la ventana. Era el día de su cumpleaños y no le dejaban ir adonde quería. ¿Qué tenía de
malo el bosque? Había oído que de noche era peligroso, pero de día… ¿Por qué su madre no
quería acercarse a él ni cuando había sol? Recordaba la experiencia del lobo, pero dudaba de
que fuera ésa la causa por la que su madre le temiera al bosque.
Creía estar cerca de la solución pero, en realidad, era incapaz de entender nada.
Delghar avanzó a paso más rápido mientras silbaba con cierto nerviosismo. Se contaban
cosas terribles acerca del bosque, y atravesarlo daba miedo. Se decía que nadie había logrado
salir de él de noche. ¿Qué se escondería allí?
Miró los árboles mientras respiraba entrecortadamente. Éstos movían las ramas con
agilidad y el viento arrancaba alguna que otra hoja que bailaba hasta caer al suelo. En algunos
troncos había arañazos provenientes de zarpas afiladas y mortales, pero en el bosque no había
animales enormes que pudieran atacar, como osos. Sólo se sabía de algunas bestias insólitas y
algo peligrosas. Eran…
El hombre se sobresaltó al oír los primeros aullidos no muy lejos de donde él se
encontraba. Aumentó la marcha y dejó de silbar, por si acaso. En aquel bosque, desde hacía
años, habitaban lobos… sólo lobos. Y eran de gran tamaño, más agresivos de lo normal y
asesinos por placer.
Alzó la mirada y miró el cielo. El sol empezaba a ponerse, la noche se acercaba. Lo que
significaba…
Otro aullido acompañado de un gruñido le puso los pelos de punta, obligándole a correr
hacia donde su instinto le condujese, donde pudiera estar a salvo. Si se quedaba allí podía ser
atacado.
Entonces, tropezó con algo y cayó al suelo. Delghar se incorporó, se sacudió un poco los
pantalones con las manos y miró con lo que había tropezado. Era una gorra. Se agachó y la
cogió para observarla mejor. Tenía las iniciales “G. H.” El nombre cayó en su mente como una
losa. Dave Hernamm. El tipo que solía repartir paquetes al otro lado del bosque, al pueblo.
¿Qué haría allí su gorra?
Los aullidos sonaron cada vez más cercanos mientras el corazón del hombre se aceleraba
por momentos. Estaba decidido a dar media vuelta y regresar a la ciudad para ponerse a salvo.
Se levantó y dio media vuelta, pero, algo no muy lejos de él, que para Delghar había pasado
desapercibido, hizo que su respiración se detuviera por unos segundos.
14
Alyssa dio otro giro y rió, y luego se sentó en el suelo. Mientras, observaba a su madre.
Bailar se le daba fatal, sólo de verla, pero era la mejor progenitora del mundo. Ya no le
importaba el hecho de que no le dejase ir al bosque. Estaba en la ciudad, era su cumpleaños,
tenía muchos amigos…
Miró el cielo. Ya empezaba a oscurecer. Una mueca de decepción adornó su rostro durante
unos instantes. ¿Ya había acabado su aniversario? ¿Tan rápido? ¡Condenado tiempo! Si todos
los días fueran su cumpleaños, sería la niña más feliz del mundo, pero sabía que eso no podía
ser.
Se levantó y avanzó hasta su madre. Las dos se cogieron de la mano y fueron, juntas, hasta
el carruaje. Subieron y se acomodaron en los asientos. Había sido un día divertido, a la vez que
agotador. Durante todo el trayecto no se dignó a mirar a su madre ni por un solo momento. En
su mente aún andaba el deseo de internarse en el bosque, perderse por allí, admirar los lobos…
Ella no les temía a los lobos. Eran preciosos mientras corrían y el viento les acariciaba el suave
pelaje…
Su madre sacó la cabeza por la ventana y pareció estar intrigada al ver un círculo de
ciudadanos en torno a algo o alguien a quien le había sucedido alguna cosa. El carruaje paró
justo al lado de la reunión y la mujer bajó del transporte. Alyssa abrió la puerta y se asomó,
también curiosa por lo que podría estar pasando. Se decidió a descender del carruaje y dirigirse
al centro del círculo. Lo que vio la dejó sin aliento: el tipo que solía repartir paquetes y cosas
semejantes estaba tendido en el suelo, cubierto de sangre y heridas por todo el cuerpo, con la
ropa desgarrada y el pelo alborotado. Sus ojos estaban abiertos pero aún había en ellos el brillo
que delataba que seguía vivo. Junto a él estaba Delghar, un amigo de Dave que no cesaba de
repetir lo mismo:
—Han sido los lobos. Los lobos le han atacado y ahora mi amigo ha sufrido consecuencias
terribles. ¡Debemos ayudarle, por favor!
La madre de Alyssa se ofreció voluntaria para transportar al repartidor a su casa, donde le
observarían los mejores médicos que pudieran pagar. Pero no habían caído en la cuenta de que
esa noche… había luna llena.
El oscuro manto estrellado adornaba ahora el cielo. La luna brillante y blanca estaba allí,
como siempre, con su electrizante luz y atractivo. Esa noche, las estrellas brillaban menos,
como cediendo el honor al astro para brillar más.
Alyssa se paseaba por el jardín de su casa, imaginando a los lobos correr en el bosque,
deseando ir con ellos. Sentía arder el deseo de unirse a ellos, ser una más. ¿Qué le ocurría? Esa
noche, como algunas en especial, su padre se encerraba en su habitación y obligaba a su mujer
a dormir en otra. A saber por qué. ¿Desearía estar solo? ¿Qué le ocurría a ella con los lobos?
¿Por qué le gustaban tanto?
15
Se cogió la falda con gracia y subió a la enfermería. Allí, tumbado en una cama, con su
enrojecida camisa tirada en un rincón y su malherido pecho al descubierto, se encontraba Dave,
el repartidor. ¿Por qué habría querido atravesar el bosque de noche? Se inclinó para ver mejor
sus heridas. Eran graves arañazos y alguna que otra dentellada. Un espectáculo horrible. Y el
herido respiraba con dificultad, con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor, hablando en
sueños. ¿Estaría loco o algo por el estilo?
Dio media vuelta, dispuesta a salir de la habitación cuando oyó un grito de dolor de Dave.
Se giró de nuevo y se aterró al ver que muchos pelos del cuerpo del herido crecían a una
velocidad sobrehumana. Después, la nariz del hombre se alargó hasta transformarse en un
morro animal y unas orejas salieron de su montón de pelo, que se transformó en pelaje castaño
oscuro. Todo su cuerpo se encogió un poco hasta convertirse en un lobo de pelaje marrón
oscuro.
Alyssa se quedó pegada a la puerta, sin saber qué hacer. La bestia saltó al suelo y la miró
con los ojos centelleantes, las fauces abiertas y gruñendo sin cesar. La niña dejó escapar un
grito de puro terror mientras veía que el lobo se impulsaba para lanzarse hacia ella.
La mujer dejó la tela de bordar en la mesa y prestó atención. Le había parecido oír a su
hija gritar. ¿Qué demonios le pasaba? Así despertaría y molestaría al herido.
Otro grito se escuchó. La mujer se concentró para poder adivinar de dónde procedía el
chillido. Si había oído bien, el grito había venido de la habitación en la que se encontraba Dave.
Dio un suspiró de resignación y se levantó. ¿Cuándo aprendería su hija a no molestar a los
demás?
Entonces, se puso pálida. Apenas había puesto un pie en un escalón para subir a la
habitación y había visto un perro negro de gran tamaño corretear por ella, dirigiéndose arriba.
Se asomó un poco más y pudo ver que el perro era un lobo. Apretó los dientes y cerró los puños
al darse cuenta de quién era. Se le había adelantado, pero no se saldría con la suya.
Después, la madre de Alyssa, hizo como si nada y dio media vuelta, lista para actuar
cuando hiciese falta. La transformación sería suya.
16
—No me engañarás. No escaparás.
La niña soltó otro grito mientras notaba las uñas del lobo arañándole la falda. Estaba
paralizada. No podía mover un solo músculo.
Se oyeron unos arañazos en la puerta, pero el lobo no reaccionó. Entonces, la puerta se
abrió de par en par y un lobo negro como los cuervos entró corriendo. La primera cosa extraña
era que hubiese lobos en la mansión, la otra que el lobo negro se lanzó sobre el de color marrón
y no sobre la niña para devorarla.
Las dos bestias estuvieron luchando y gruñendo hasta que decidieron abandonar la casa
por la ventana.
Alyssa se quedó allí sentada en el suelo, petrificada por el miedo y respirando
agitadamente, mientras sentía que los ojos se le nublaban y caía al suelo, agotada por el largo
día y el terror que acababa de vivir. No imaginaba lo que ocurriría no mucho después.
Abrió los ojos. Se vio tumbada en el suelo del bosque, rodeada de árboles centenarios y
plantas de colores oscuros. Se incorporó, dispuesta a dar un paseo para ojear todo aquello, y
un acto reflejo le hizo peinarse el pelo con las manos. Cuando terminó el trabajo, se miró las
manos. Eran más grandes, los dedos más largos y delgados y las uñas bien cuidadas, mostrando
una manicura perfectamente conseguida. No era una niña de nueve años, eso estaba claro.
Cogió el espejo pequeño que siempre llevaba encima, escondido entre el corsé y el interior del
torso de la prenda, y se miró. Sus largos y rizados cabellos pelirrojos caían sobre sus hombros
y su espalda. Los tenía muy extensos y un poco despeinados. Había crecido. Sinceramente, ya
no era una niña de nueve años. Ahora debía tener dieciséis o así. Y era preciosa. Se guardó de
nuevo el espejo y aguzó el oído. Había oído unos pasos. Se dio la vuelta y, junto a un árbol con
la espalda apoyada en el tronco y con los brazos cruzados, vio al mismo joven del cementerio.
Debía tener dieciocho o diecinueve. Se fijó en sus largos cabellos rubios, alborotados y un
poco lisos. Llevaba la misma camisa manchada de lo que parecía ser sangre. Desde ese punto
de vista, a la joven le pareció un joven muy guapo y no pudo evitar sentir cierta atracción hacia
él. Dio un paso y lo saludó:
—Hola. ¿Quién eres?
El joven sonrió y se acercó hacia la joven. Era bellísima. Hizo una reverencia un poco
torpe y le besó la mano con cierta calidez.
Alyssa habría puesto cara de asco a cualquier muchacho de la ciudad que le besara la
mano, pues sentía repulsión a quien le hiciera eso, pero con el joven del cementerio sintió alivio
y a la vez un extraño escalofrío por todo el cuerpo.
—Hola, me llamo Carvien. ¿Y tú?
—Soy Alyssa.
—Un nombre muy bonito para alguien como tú.
La joven hizo una inclinación de cabeza para que el joven no viera que se ruborizaba
completamente. Levantó la mirada hacia él y puso una mueca seria.
17
—¿Qué hago aquí? ¿Por qué ya no tengo nueve años? ¿No debería estar en mi casa? ¿Qué
hago en el bosque? ¿No es peligroso? ¿Qué haces tú en él?
—Haces demasiadas preguntas, Alyssa. Esto es una visión de lo que puede sucederte de
aquí a algunos años —se fijó en que su voz grave sonaba algo burlona, lo que le hizo
desconfiar.
—¿Años? Yo te vi en el cementerio y tenías el mismo aspecto que ahora. ¿No deberías ser
mayor?
El joven acercó su rostro al suyo y Alyssa se ruborizó. No esperaba que un muchacho
desconocido la besara en un bosque peligroso. Pero en vez de eso, le dijo:
—Todas tus dudas tendrán respuesta cuando tengas casi mi edad, Alyssa. Ten cuidado,
pequeña. Pueden venir a por ti al igual que lo hicieron con tu hermana. Ellos ya saben dónde
estás y no te dejarán venir aquí. Ponte a salvo, pequeña. Adiós, Alyssa… Alyssa… Alyssa…
La imagen se hizo borrosa hasta desaparecer por completo.
—¡Alyssa! Despierta, cielo.
La niña abrió los ojos y miró en todas direcciones. No estaba en el bosque. No tenía
dieciséis años. No estaba Carvien junto a ella, sino su madre. Se llevó una mano a la frente y
frunció el ceño reprimiendo un gemido. Le dolía todo.
Recordó de pronto lo que había pasado; Dave, los lobos, su desmayo. Se acurrucó en la
cama de nuevo y miró a su madre.
—Me desmayé, ¿verdad?
La mujer asintió y le pasó una mano por la frente. No tenía fiebre ni nada. La besó en la
mejilla y se sentó en el lecho, junto a Alyssa.
—Todo lo que ha pasado ha sido un susto, nada más. Tranquila, tesoro. ¿Sabes qué hacían
esos lobos en casa? ¿Te han hecho daño? Ordenaré a los guardias que estén preparados por si
vienen otra vez, pero tal vez no lo hagan. No pueden salir del bosque, lo tienen prohibido. Les
diré que tengan más cuidado… digo… anunciaré al alcalde que vigile el bosque.
Alyssa arqueó una ceja. Su madre fingió una sonrisa y salió de la habitación, deseando
que su hija no hubiese entendido bien. Pero la niña era lista y sabía que sus padres ocultaban
un secreto.
18
III
D ave gruñó y se sacudió. Pronto sería de día. Aulló de dolor al notar cómo su pelo
iba encogiendo hasta desaparecer por completo. Su hocico se acható hasta
transformarse en una nariz humana, sus patas se alargaron hasta ser brazos y
pies, y su cola de lobo desapareció. Sabía que todavía no estaba acostumbrado
al agudo dolor de la transformación. Se levantó dificultosamente, pues acostumbrarse a ser un
hombre después de corretear por el bosque siendo una bestia de ésas era complicado.
Se miró de arriba abajo y reprimió un sollozo. No llevaba la camisa. Oyó unos pasos
humanos tras de sí y se volvió inmediatamente. Tras él estaba un hombre, el otro lobo que
había luchado frenéticamente para que Dave, en pleno descontrol, no acabase con la vida de
Alyssa. Era su padre.
—Aún debes acostumbrarte, amigo. La primera vez es difícil aguantar el dolor, pero
acabas por acostumbrarte.
—Yo quiero volver a ser un humano —sollozó el repartidor.
—No puedes. Cuando un hombre-lobo te ha mordido te transformas en lo que es él para
siempre. Pero lo mejor es que vives siglos.
Dave miró al suelo. Ser una bestia tenía sus defectos. Pero, aún sabiendo que el hombre le
decía aquello para animarle, el reciente licántropo sabía que el padre de la niña no era feliz. Se
le veía en la mirada.
—¿Tú llevas tiempo siendo lo que eres?
—Tengo más de doscientos años, amigo. Me he casado seis veces mientras que mis
mujeres han muerto por mi culpa o envejeciendo.
—¿Has tenido hijos?
—Sólo Alyssa y Flora. Pensé que cuando tuvieran dieciséis años, las transformaría en dos
de nosotros, pero ahora me doy cuenta de todo lo que las quiero y no deseo que les pase nada
malo. Pero mi hija mayor ya no está. Ha sido transformada en uno de nuestros enemigos y no
puedo evitar sentir cierta repulsión hacia ella.
—¿La has visto?
19
—Sí, decenas de veces. Volando, corriendo o atacando. Está muy guapa y pálida, pero ya
no es mi hija. Además, estoy seguro de que si todos los de su clan estuvieran dispuestos a
atacarnos, ella lo haría sin inmutarse. No la reconozco, ni ella a mí.
El hombre se sentó y se tapó la cara con las manos. Recordar a su hija mayor le dolía en
lo más profundo de su corazón, a la vez que sentía rabia. En ese momento, de entre los árboles
salió un joven vestido, rubio, que debía tener dieciocho o diecinueve años. El padre de Alyssa
lo reconoció al instante.
—Hola, Carvien. ¿Has hecho lo que te pedí?
—Sí, tu hija ya está avisada. ¿Crees que tu mujer podría atacarla ahora?
—Es posible. Se acerca la semana de la luna marina y su madre no podrá resistirse a
transformarse y atacar. No deberíamos vivir en la ciudad. Pronto atraeremos la atención hasta
convertirnos en un circo. Espero que mi mujer no haya tocado a Alyssa. Carvien, vigila a mi
hija mientras tanto. Yo pondré a raya a mi esposa. No quiero que, cuando le afecte la luna y
quiera encerrarse en el baño vaya a por Alyssa. Es lo único que me queda. Hazme este favor,
Carvien. Eres un gran amigo y no desearía que mi hija fuera uno de los del clan de su madre.
Carvien tragó saliva.
—Tengo una pregunta. Si sabéis lo que sois y el peligro que puede correr vuestra hija,
¿por qué os casasteis?
—Te lo he explicado mil veces, amigo. Nos conocimos y nos tomamos por humanos hasta
que nos enamoramos. Pero ahora veo que fue un error. Aunque lo único bueno que he sacado
de ella ha sido Alyssa. No quiero que sufra las consecuencias.
>>Quiero que muera siendo una humana y viejecita y no pase media vida siendo lo que
nosotros: un monstruo.
Carvien y Dave cruzaron una mirada pero no pudieron replicar. Ellos eran monstruos, no
podían evitarlo. El repartidor suspiró y se internó más en el bosque, queriendo acostumbrarse
a ser una bestia y no sufrir, pero ya había oído al padre de Alyssa, tenía toda una vida y más
para llorar su suerte. El joven dio media vuelta, listo para ir a cuidar a Alyssa, deseando que
creciera y pasara algo más.
La niña abrió los ojos y se los frotó. Ya era de día. Debía ser muy tarde, pues podía oírlos
a todos trabajando. Se sentó en su cama y su corazón palpitó con más fuerza al ver al muchacho
rubio de su sueño sentado en su cama, a sus pies. Pareció notar la incomodidad de la niña, pues
se apresuró a decir:
—Hola, Alyssa. Ya debes saber quién soy, ¿verdad?
La chiquilla asintió con la cabeza y, más tranquila por la dulce sonrisa del joven, salió de
la cama y se sentó a su lado.
—He visto a alguien parecido a ti en sueños, ¿eras tú?
El muchacho asintió.
20
—¿Por qué estoy en peligro?
La sonrisa de Carvien se borró y se puso serio.
—He venido para ser tu amigo y estar a tu lado. ¿Seremos amigos?
Alyssa sonrió y asintió. Le cogió la mano y, señalando la puerta, aventuró:
—Ven, te presentaré a mi mamá y seremos amigos para siempre.
El joven le puso las manos en los hombros y le murmuró:
—Yo no puedo estar con tu madre, pequeña. Ella no querrá que me quede contigo a
cuidarte. Pero podemos ser amigos aquí, en tu habitación. ¿Qué te parece?
La niña sonrió y asintió. Se sentó en la cama y le miró a los ojos. Eran de un azul profundo
más bonito que el propio mar. Guiada por sus impulsos, Alyssa le apartó un mechón rubio que
le caía sobre el rostro. El joven se sonrojó y miró al suelo.
—Así podrás ver mejor.
Carvien le acarició el sedoso cabello pelirrojo y sonrió al tacto. Prometió cuidar de esa
niña pasara lo que pasase.
—Eres muy guapa, ¿lo sabías?
—Sí. Carvien, pero ¿por qué mi mamá no querrá que esté contigo?
—Es que… somos muy diferentes. Ella es de la nobleza y yo no. Ella es una mujer y yo
un hombre. Además, no creo que nos llevemos muy bien.
—Yo soy una dama y me caes muy bien.
—Pero tú eres una niña.
—¿Por qué tienes la camisa manchada de sangre?
Carvien se quedó sin habla. Sintió los dedos de Alyssa tocando su pecho, señalando la
sangre. ¿Qué le contestaría para que no sospechara?
—Es que me gusta mucho pintar y me he ensuciado. ¿También quieres que te pinte?
El joven le rozó la nariz y la niña rió. Entonces, oyeron que la madre de Alyssa subía las
escaleras. Luego, golpes secos en la puerta.
—Cielo, ¿bajarás a desayunar? Te he preparado lo que más te gusta.
La niña se levantó y miró por el cerrojo de la puerta.
—Ahora bajo, mamá —dijo—. Carvien, conoce a mi madre y ya verás que… —empezó
susurrando, pero su voz se apagó por completo.
Se había dado la vuelta y el joven ya no estaba. ¿Sería un fantasma, una ilusión o atlético
y, por eso, muy rápido?
Frunció el ceño cruzándose de brazos. Algo le decía que todos los que le rodeaban
ocultaban algo que no querían decirle. Con lo que a ella le gustaban los secretos…
21
La puerta se abrió y Alyssa salió, vestida con uno de sus vestidos favoritos de color rojo.
—¿Por qué te has puesto el vestido escarlata?
—Es que es el color de la sangre que beben los vampiros y lobos.
La mujer se quedó helada ante la respuesta. ¿Qué mosca le había picado? Seguro que había
sido ese bardo. O incluso su padre. ¿La habría transformado ya? Faltaba muy poco para la
semana de luna marina y pensaba convertir a su hija en una de las criaturas más hermosas del
mundo, las criaturas marinas más bellas y vengativas.
Fingió una sonrisa y siguió a su hija hasta abajo. Se sentaron en la mesa. Allí les esperaba
el padre de Alyssa.
—Pequeña granuja. Pensábamos que no venías.
La niña se puso seria y se limitó a comer su desayuno sin pronunciar palabra. Cada dos
por tres miraba a sus padres. ¿Qué secreto ocultarían? Ya sabía que los hombres-lobo existían,
pues Dave ya era uno de ellos. Imaginaba que vivirían en el bosque. En la casa había otro
hombre-lobo, pues el tamaño del licántropo de color negro que le salvó la vida era el mismo
que el de Dave. Sabía que su padre en las noches de luna llena se encerraba en su habitación.
Éste se había ido por la noche no se sabía dónde y, según le había dicho su madre, ahora estaba
allí. Y Carvien… no tenía buenas relaciones con su madre. Se comunicaba con Alyssa y tenía
sangre en la camisa. ¿Qué estaba ocurriendo allí? Necesitaba respuestas. Se lanzó al ataque.
—¿A vosotros os gustaría que os guardase un secreto que desearíais saber cuál es pero yo
no os lo quisiera decir?
Sus padres cruzaron una mirada.
—Depende del secreto. Si es importante… sí. Pero tú puedes guardar secretos. Debes tener
una vida íntima, cielo. Y… ¿a qué viene esto ahora?
—Vosotros tenéis un secreto importante que queréis que yo no sepa. ¿Cuál es?
Zaire miró a su esposo, ceñuda. ¿Le habría dicho algo? Años antes, habían acordado no
transformar a sus hijas, pero una había sido metamorfoseada por los murciélagos, así que
alguien debía transformar primero a Alyssa para que no se pasara al clan de los Chupasangre.
Pero esperaban hacerlo sin que se diese cuenta, mientras durmiera, por ejemplo.
—¿No me lo diréis? Vale, pues yo os diré que tengo un secreto importante en mi cuarto y
no os lo voy a contar. Hala.
Se levantó y subió a su habitación, cerrando la puerta. Se tumbó en la cama y trató de
pensar. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué el bardo tenía los ojos y dientes raros? ¿Por qué
Dave se había transformado en un hombre-lobo? ¿Y quién era el otro? Esta vez, no tenía
muchas respuestas.
Sólo tenía una duda. ¿Por qué su padre se encerraba en su habitación durante la luna llena?
Se levantó de su cama y salió de su habitación, recorriendo el largo pasillo hasta las
escaleras que bajaban. Descendió y, evitando pasar por el comedor donde habían desayunado,
prosiguió hasta llegar a una sala un poco oscura, donde estaba la puerta de la habitación de su
padre. Abrió unas ventanas para que entrara luz solar y se dirigió a la cancela, observándola
largo rato.
22
Y, al ver la puerta destrozada, con cientos de arañazos, mordiscos y trozos de madera
esparcidos por el suelo por una fuerza brutal y sobrehumana, se arriesgó a aventurar lo que su
padre era.
Carvien corrió hasta el bosque. Con un poco de suerte, nadie lo había descubierto. Cuando
la espesura se lo tragó, se concedió el deseo de correr inhumanamente. Se rodeó de árboles
centenarios, troncos huecos y sin vida, matorrales espesos como cabellos enmarañados…
Se paró al divisar un resplandor azul a lo lejos. Ya había llegado. Se dirigió hacia el lugar
de donde procedía la bruma y se arrodilló ante ella, inclinando la cabeza. La peste a azufre
llegó a sus fosas nasales pero se mantuvo firme.
—Mi señora…
Un rostro femenino apareció entre la niebla. Tenía el pelo largo y de un tono azulado, al
igual que su piel. Sus ojos, todo pupila, eran negros como un pozo sin fondo.
—¿Qué ha hecho nuestra chiquilla?
—Empieza a sospechar de todos nosotros y de sus padres, mi señora. Si llegamos a
transformarla tratará de defenderse porque ya sabrá lo que somos y cuál es nuestro objetivo.
¿Qué hacemos?
La mujer clavó su mirada oscura en los ojos del joven y le leyó los pensamientos.
—Es verdad que quieres que crezca hasta tener tu edad. ¿Para qué, si de pequeña nos
ahorrará desastres?
—De mayor sabrá dominar más todo su poder, señora. Pero hay un problema.
—¿Y cuál es?
—Su padre quiere que siga siendo humana… para siempre.
—¿Por qué?
—No quiere que sea un monstruo —especificó Carvien.
La mujer no pareció ofendida, pero frunció el ceño.
—Bien. Continúa junto a Alyssa y gánate su confianza. Cuando creas que es el momento,
la conviertes, ¿entendido? Necesitamos su poder para que nuestra raza siga victoriosa para
siempre. Debemos acabar cuanto antes con los Chupasangre y todas las demás criaturas que se
interpongan en nuestro camino. Confío en ti, Carvien. No me decepciones.
—Eso haré, mi señora.
Hizo una inclinación de cabeza, se levantó, dio media vuelta y se fue a la ciudad. “Cuando
esté al lado de Alyssa, la transformaré para que sea uno de nosotros y pueda vivir una
eternidad.”
Pero en realidad, ése no era exactamente su deseo.
23
Salió a la terraza y observó cómo el sol se ponía cada vez más deprisa. Aquélla sería la
primera noche de luna marina, que sólo ocurría una vez cada diez años. Y esa semana
aprovecharía para transformar a su hija, pues si no tendría que esperar otros diez años. Pero…
¿Y si la niña ya sospechaba de ella? ¿Y si se defendía? En sus ojos había leído que ya no se
fiaba de su padre. Si tampoco se fiaba de ella, todo iría mal. No querría estar a solas con su
madre, acabaría por no querer hablar… Pero había algo que le preocupaba. Sentía que en la
habitación de su hija había una peste algo más fuerte que canina y no era la de su esposo.
¿Quién sería entonces? Debía vigilar a Alyssa. Era su hija y ella la transformaría.
La luna ya estaba saliendo. Sobre la luz blanca que solía hacer siempre, salieron tonos
azulados, como pinceladas y purpurina. Debía entrar. Su transformación la ayudaría a pensar.
Se internó en su habitación, cerró todas las puertas y ventanas con llave y avanzó hasta la
bañera llena de agua tibia y transparente. Se quitó el vestido y los zapatos y se soltó el pelo. Se
metió en la bañera y, mientras veía cómo su transformación seguía su curso, pensó que aquella
noche iría a ver a su hija y la metamorfosearía.
Carvien escaló por la pared hasta que llegó a la ventana de la habitación de Alyssa. Era
una ventana muy ancha y larga, casi de la medida de una persona mayor. Entró en la estancia
y sus ojos se acostumbraron a la oscuridad gracias a su capacidad de visión nocturna. Se acercó
a la cama y miró el cuerpo de la niña descansando. Estaba agotada. Era preciosa. Se acercó a
Alyssa y se inclinó para verla mejor. Con sumo cuidado y precaución por si se despertaba, le
cogió una mano y abrió la boca, dispuesto a cumplir las órdenes de su señora. Se acercó la
extremidad a sus fauces. “Muérdela. Muérdela y será tuya para siempre.” “No, no la muerdas
y espera a que crezca. Así, cuando tenga la edad que aparentas ya será tuya para siempre.”
Cerró los ojos y dejó su extremidad de nuevo sobre la cama. No podía hacerlo. Por una
parte, quería morderla y que fuera de los suyos para siempre, pues sentía que la quería, pero
deseaba esperar a que creciera. Por otra, su padre, su mejor amigo, le había pedido que la dejara
crecer y vivir en paz y él siempre le había ayudado en todo. Ahora debía ser Carvien quien le
devolviera el favor. Pero no sabía qué hacer, estaba confuso.
Se levantó y se sentó en la cama, junto a ella. Le rozó la mejilla y, al sentir el contacto con
la piel humana, le vinieron a la mente las imágenes de cuando él fue atacado y transformado.
De pronto, oyó pasos y gotas de agua cayendo al suelo. Se levantó y se escondió tras la
puerta, por si debía sorprender a quien fuera.
El extraño abrió sigilosamente la cancela de la habitación y entró. Una tenue luz de las
lámparas de aceite iluminó poca parte de la estancia. Se acercó a la cama, esperando unos
segundos.
Carvien pudo ver los contornos de una mujer con el pelo castaño, suelto, tapada con un
vestido de seda. Era casi transparente. El joven se sonrojó y apartó la mirada. Pero se le heló
la sangre al comprender que se trataba de Zaire, la madre de Alyssa… había venido a
transformarla. Tragó saliva y se decidió a vigilar a la mujer para atacarla antes de que le
24
realizara la metamorfosis a la niña. Respiró hondo para serenarse. Vio que la mujer se inclinaba
hacia la frente de su hija, levantaba el dedo índice de una mano, iluminado por una intensa luz
azul. Su transformación era muy distinta; ella era una sirena y, para transformar a su hija antes
debía hipnotizarla con su voz. Luego, le haría tragarse unos peces extraños que le destriparían
los pulmones hasta crear un órgano respiratorio acuático.
La mujer sonrió y le puso el dedo en la frente. Apenas había pronunciado unas notas
cuando oyó pasos en la oscuridad de la habitación. Se volvió a la defensiva y miró por todas
partes. Cansada de retrasar tanto la metamorfosis, levantó su mano en la que había una pequeña
esfera de agua con miles de peces pequeños en su interior. Abrió la boca de Alyssa para hacer
que se la tragase cuando oyó:
—¡Detente!
Un lobo de color marrón claro saltó sobre la sirena, que luchó y gritó para quitarse de
encima a ese animal. Hubo una gran pelea. La mujer arañó el cuerpo de la bestia con sus largas
uñas de oceánida, mientras que el lobo mordía las manos al monstruo.
Alyssa se sobresaltó y se despertó. Se levantó y miró por su habitación, pero ya no había
nada. Sólo gotas de sangre y agua por toda su cama, delatando que allí había pasado algo grave.
Y lo que le vino a la mente le heló la sangre; no estaba segura ni en su propia casa.
25
IV
L
en nada.
a mujer abrió los ojos. La luna ya había pasado. Se dirigió rápidamente a su
habitación y se vistió antes de que la descubriesen. Bajó las escaleras y se
encontró con Carvien, el lobo que la había atacado.
—¿Qué crees que estás haciendo, muchacho? —ladró.
—Proteger a su hija de usted. Su esposo no quiere que sea transformada
26
Levantó un puño para descargarlo contra el hombre pero éste le cogió la muñeca y la
debilitó. Se sentó en el suelo y se tapó la cara con las manos, sollozando.
—¡He perdido el control, maldita sea! He estado a punto de matar a mi hija. ¿Qué tipo de
madre soy yo, maldita sea?
El hombre se sentó junto a su mujer y le pasó un brazo por los hombros.
—El tipo de madre que dejará a su hija vivir en paz, ¿verdad? Yo también perdí el control
una vez y estuve a punto de matarte. Todos lo perdemos alguna vez. Pero nos paramos a tiempo
y reconocemos nuestros errores.
Por primera vez en mucho tiempo, Zaire abrazó a su marido y le besó tiernamente. Carvien
se sonrojó y apartó la mirada. De pronto cerró los ojos y se llevó las manos a la cabeza. El
padre de Alyssa se dio cuenta y se dirigió hacia él.
—¿Qué te ocurre, chico?
—Ellos… Los Chupasangre saben dónde tenéis vuestra hija. Saben dónde vive. No
tardarán en ir a por ella.
Zaire se levantó, sobresaltada y se reunieron los tres.
—¿Cómo ha podido saber eso?
—Ayer estuvo recorriendo el bosque en busca de información —especificó el hombre.
—Por la peste que desprendían, supe lo que tramaban.
—¿Y cómo puede saberlo? —inquirió Zaire.
—Tiene un pequeño don lobezno. Puede adivinar las pretensiones de los demás sólo con
el olfato.
Zaire los miró a la cara y dijo decidida:
—No dejaremos que nadie toque a Alyssa, por el bien de esta familia. Supongo que
Carvien nos ayudará, ¿no es cierto?
El joven sonrió levemente. ¿Cuándo les diría que él ayudaba a la Dama del Bosque, el
terror de los terrores, una de las enemigas más peligrosas del mundo entero? ¿Cuándo diría
que le había prometido fidelidad y que transformaría él mismo a Alyssa para que fuera una
chica-lobo que estaría al servicio de esa criatura? ¿Cuándo contaría que era un espía para
contarle todo lo que pasaba alrededor para metamorfosear a la niña a escondidas? Pero, sobre
todo, ¿cuándo diría que estaba enamorado de ella y que no podía hacerle ningún daño? Había
un dolor tan profundo en su corazón que no sabía qué hacer. Asintió con la cabeza sin darse
cuenta que sonreía amargamente, pero el matrimonio no pareció darse cuenta.
—Pues bien. Vigilaremos a Alyssa. No le pasará nada. Si alguien ve algo sospechoso que
lo diga. Protegeremos a nuestra hija con nuestra vida, si hace falta.
Carvien fingió una sonrisa y dio media vuelta, dispuesto a marcharse, cuando sintió que
Alyssa les estaba espiando tras la puerta, temblando como una hoja, aterrorizada por saber que
sus padres habían querido matarla.
27
¡Lo sabía! Sabía que sus padres escondían algo. Incluso que Carvien era sospechoso. Pero
no imaginaba que se describirían a sí mismos como bestias o monstruos. ¿Por qué habían
querido matarla o transformarla? Fuera lo que fuese, no era de su incumbencia, al menos en
ese momento. Dio media vuelta y se dirigió a su habitación, cerrando la puerta con llave, con
la esperanza de no morir a manos de los que la rodeaban.
Se tumbó en la cama y cerró los ojos. Al parecer su madre era asesina, su padre, un lobo.
¿Habían matado ellos a Flora? Aunque no podía ser, no tenía mucho sentido. Se acercó a la
ventana y sacó la cabeza, para que la brisa nocturna le peinara sus largos cabellos pelirrojos.
De pronto, entre la oscuridad le pareció ver la figura de un murciélago, y en su mente
danzaban estas palabras, con una voz apagada pero seductora: “Ven conmigo, ven conmigo,
Alyssa. Únete a nosotros y serás feliz para siempre.”
El sol salió de detrás de las montañas, saludando al nuevo día, como siempre. Alyssa no
había podido dormir en toda la noche, pensando en lo que, anteriormente, había sucedido.
¿¡Vivía en una familia de monstruos o algo parecido!? ¿Quién era ese murciélago? Había oído
hablar de bichos de ésos, llamados vampiros, que eran diferentes de los otros murciélagos,
también llamados Chupasangre. ¿Acaso eran ésos los que venían a por ella? No lo sabía. Lo
único en que podía estar segura era que tenía miedo. Mucho miedo.
Se revolcó en la cama hasta que cayó al suelo. Al final decidió levantarse, pero antes se
observó en el espejo. Tenía unas ojeras enormes. No imaginaba que Carvien trabajase para sus
padres, los monstruos. Soltó un gemido de asquerosidad. No sonaba nada bien. Pero si sus
padres tenían esa naturaleza, ¿cómo podía llamarles? Se miró al espejo detenidamente y se
preguntó:
—¿Tendré yo algo de mis padres? ¿Seré también un monstruo?
—Esta noche habrá también luna marina. Seguro que me descontrolaré, como cada diez
años. No me permitas que toque a mi niña, Sélthan.
El hombre le rodeó con sus brazos y, como no ocurría desde hacía mucho tiempo, volvió
a sentir un profundo amor por ella. Así fue como habían acabado juntos. No importaba lo que
fueran. Lo que sí importaba de verdad era que se querían y deseaban compartir sus vidas toda
la eternidad. Le besó levemente en la frente y le aseguró:
—Tranquila. Yo te ayudaré. Los primeros años como… criatura… pueden llevarte
problemas, pero yo, con el tiempo, he aprendido a controlarme. Te quiero, cielo mío y estaré a
tu lado todo el tiempo que haga falta.
Se besaron tiernamente, olvidando por unos instantes los problemas que les angustiaban.
Mientras, Carvien estaba frente a la puerta, cabizbajo y con las manos metidas en los
bolsillos, pensando en cómo ayudaría a su mejor amigo a la vez que le espiaría. Si hacía algo
28
que la Dama del Bosque no lo aceptaba, acabaría con él. Pero si defraudaba a Sélthan, el padre
de Alyssa, no volvería a verla jamás y eso le dolería toda la vida. Debía traicionar a alguien.
Y ya sabía a quién.
El hombre bajó del caballo y paseó la mirada por la plaza de la ciudad. El color de sus ojos
era tan oscuro y tenebroso que todos los niños que se encontraban cerca de él huían
despavoridos.
Decidió acercarse a una taberna cercana a la plaza sin molestarse en quitarse su capa y
sombrero negros como el ala de un cuervo. Cuando entró, todos los clientes lo miraron unos
instantes, luego empezaron a murmurar entre ellos.
El individuo avanzó hasta la barra y clavó su mirada en el dependiente.
—Deme un trago de sangre.
El hombre, creyendo que se estaba burlando de él, le sirvió un vaso de vino rojo. El
caballero se lo bebió y, sin apartar la vista del dependiente, que bajó la cabeza intimidado,
gritó:
—Soy el célebre caza-vampiros y lucho contra éstos y contra hombres-lobo. Yo acabo con
el mal para siempre. ¿Dónde creen que puedo divertirme un rato?
Todos los clientes se miraron un momento y luego se echaron a reír. Había una figura
entre las personas, con capucha y capa de color marrón oscuro, que se mantuvo firme.
—Si deseáis hombres-lobo, el bosque cercano está repleto de ellos.
El caza-vampiros observó al extraño y se acercó lentamente hacia él. Se permitió sentarse
frente al encapuchado y lo miró fijamente.
—¿Qué sabéis del bosque?
—Que es un lugar peligroso para cualquier mortal. Estas bestias no nos permiten ir al
pueblo a llevar recados o hacer visitas. Siempre acaban con los viandantes, se apoderan de su
alma y liberan un demonio en los cuerpos de los humanos, transformándolos en parte de ellos.
Si queréis ir al bosque a investigar, yo os acompañaré. Vos no conseguiréis ir solo. Además,
dicen que un acompañante fuerte siempre es de gran ayuda.
El caza-vampiros, que había estado escuchando atentamente las palabras del extraño, en
el interior de la capucha pudo ver unos ojillos rojos como la sangre, dientes horriblemente
puntiagudos y las célebres facciones del famoso bardo de la ciudad.
El sol se puso. La oscuridad fue apoderándose tanto de la ciudad como de los paisajes que
la rodeaban. No muy lejos del bosque, se encontraba un viejo castillo oscuro y deshabitado.
Decían que, siglos antes, había estado habitada por frailes.
Las paredes estaban desgastadas con marcas de garras y alguna señal de quemadura, pues
antes habían tratado de quemarla, pero al final desistieron, puesto que era muy difícil
29
incendiarlo parcialmente. Las ventanas estaban sucias, llenas de polvo, con alguna mancha de
pintura reseca.
El castillo tenía una torre alta, desde la que, años atrás, se espiaba a los enemigos y se
trazaba un plan para chantajearles y robarles.
El interior de la fortaleza estaba lleno de polvo y centenares de telarañas. Había pocos
muebles, sucios y astillados, una vieja chimenea que no había estado encendida desde que los
frailes abandonaron el castillo y alguna que otra estantería con biblias y libros antiguos con
encantamientos o así.
El alcázar tenía un lugar secreto que nunca nadie había descubierto… hasta ahora. Era un
sótano viejo, vacío, pero ahora, con diez ataúdes cerrados.
Uno de ellos se abrió y apareció el rostro de una joven de unos veinte años con el pelo
negro y liso. Su piel era pálida y unas profundas ojeras adornaban su rostro. Ésta abrió los ojos
y, con dificultad, se levantó. Se frotó los ojos y gritó:
—¡Eh, despertad! Hay una emergencia.
Pronto, todos y cada uno de los ataúdes se abrieron y varios rostros de pieles pálidas
salieron de los muebles, cansados y enfurecidos de que siempre los despertasen. La joven se
explicó:
—¿Os acordáis de Haven, el caza-vampiros? Está acompañado del bardo. Pronto
descubrirá que es un vampiro, pero será demasiado tarde.
—Pues mejor. Pronto verá la vida a nuestra manera y nos dejará descansar en paz —gruñó
un joven que aparentaba unos veinticinco años.
—Eso no es nada. Lo peor es que va a ir al bosque con el bardo. Seguro que os acordaréis
de que hace siglos que matamos a su familia.
Una mujer joven excusó:
—Teníamos hambre, Vanilka. Necesitábamos sangre humana. Además, en ese momento
escaseaban mucho los animales por culpa de la caza que hacían los humanos, así que, mirado
de esta manera, hacemos lo mismo que ellos.
La joven frunció el ceño, harta de que siempre la interrumpiesen.
—Aún no había terminado. Ahora seguro que querrá vengarse y dirigirá al caza-vampiros
hacia nosotros… otra vez. Debemos estar juntos hasta que todo esto pase. Ya sabéis que Haven
tiene… ¡puaj! ajos y estacas —le vino un escalofrío sólo de pronunciar esos objetos.
Todos se miraron unos instantes. Después, la mujer suspiró:
—Hay una persona que puede hacer que los monstruos dejen de sufrir. Se trata de una
humana.
>>Su nombre es Alyssa y es hija de un hombre-lobo y una sirena, y tiene unos poderes
especiales, aunque no lo sabe. Si la atraemos hasta aquí, podemos aprovechar para que nos
ayude. Pero para eso, todos debemos colaborar. Y ya sabéis que los Chupasangre, los vampiros
del bosque, no deben acercarse a ella. Ayudaremos. Ahora, debemos ir al bosque a
alimentarnos hasta el alba o no ganaremos esta batalla. Buena suerte, hijos míos.
30
Carvien se sentó junto a un roble del bosque y escondió la cabeza sobre las rodillas
mientras las rodeaba con los brazos. ¿Cómo protegería a Alyssa al mismo tiempo que
obedecería las órdenes de sus futuros agresores? Estaba claro que no podía hacer ambas cosas.
Había pensado varias veces que debía dejar a alguien. Pero tenía mil dudas.
Una mano se posó en su hombro. Se giró y vio la figura de Frahma, una violenta pero
seductora vampira, de parte de la Dama del Bosque.
—Ella quiere verte.
El joven se levantó y se internó en la floresta. Cada vez que se adentraba más, los árboles
iban tomando un aspecto moribundo y las hojas se oscurecían y caían al suelo. Era la señal de
que la Dama del Bosque no estaba de buen humor. Bajó la mirada, se metió las manos en los
bolsillos y supo que le esperaba una reprimenda.
Entrevió la figura del espíritu bajo un árbol muerto y desnudo. Estaba sentada, cabizbaja
mientras acariciaba un conejo que se había quedado atrapado en sus garras y ahora disfrutaba
de la sensación. En cuanto oyó los pasos de Carvien levantó la cabeza y el joven percibió
sentimientos de rabia y furia en el interior de la mujer.
—¿Sabes que te dije que debías transformar a la pequeña Alyssa y no lo has hecho? Ahora
sus padres la tienen vigilada y no se fían de nadie. Puede que ni siquiera de ti. No me has hecho
caso esta vez, Carvien, pero yo confío en ti. Eres el mejor hombre-lobo a mi disposición que
nunca he tenido y te necesito.
—Mi señora, no te he obedecido esta vez porque aún no tengo la confianza de Alyssa.
Voy a dejar que crezca un poco, se desarrolle y sus poderes tengan más fuerza. Cuando tenga
edad para ser una de nosotros, la transformaré. Lo prometo, mi señora.
—Esta vez dejaré que planees la metamorfosis a tu manera. Pero sabes que, si la próxima
vez no me haces caso, te mataré y sufrirás como ningún otro secuaz mío ha sufrido nunca.
>>Y sabes que yo siempre cumplo mis promesas.
El caza-vampiros avanzó entre la espesura. Hacía horas que estaba en aquel bosque y no
había encontrado ningún hombre-lobo. Empezaba a pensar que ese hombre quería engañarlo.
¿Qué querría, exactamente? ¿Robarle? No tenía nada, excepto protección contra vampiros y
hombres-lobo. ¿Reírse de él?
Un viento helado recorrió el cuerpo del hombre, que se giró mientras que su corazón
aceleraba por momentos. Su respiración era agitada y notaba que le sudaba la frente. Miró por
todos lados pero no vio nada.
—¿Señor? ¿Bardo? ¡Salid de donde estéis! O al menos, decidme en qué parte del bosque
estoy. ¿Por qué no hay hombres-lobo?
—Hola, Haven.
El caza-vampiros sintió un escalofrío. Hacía tiempo que nadie lo llamaba por su nombre.
Se volvió y vio un joven de unos dieciocho años con el pelo rubio y los ojos azules.
31
—¿Quién eres, muchacho? ¿Puedes ayudarme?
—¿A qué? ¿A llevarte a la cama?
El hombre sintió un viento helado en su nuca y se dio la vuelta. Lanzó un grito al ver que
una figura negra con ojos rojos y colmillos se lanzaba hacia él, dispuesto a matarlo.
Mientras, en el cielo, dos luces de gran tamaño dejaron de brillar.
32
V
A
lyssa abrió los ojos, como cada mañana que la luz solar le acariciaba los párpados.
Se levantó y vio a Carvien junto a ella. Por primera vez, no se alegraba de tenerlo
a su lado. Hizo como si no lo viera y avanzó hasta su armario, del que sacó un
hermoso vestido verde con mangas ajustadas y con el cuello abierto.
—¿Qué te ocurre, pequeña?
—Lo sabes bien.
—Yo no sé nada, Alyssa. Dímelo tú.
La cría le indicó que se diera la vuelta. Cinco minutos después, la niña se sentó en la cama,
con el vestido puesto, y miró con tristeza a Carvien.
—¿Por qué mis padres son monstruos? ¿De qué tienen que protegerme? ¿Soy yo también
un monstruo? ¿Por qué trabajas para ellos y no me habías dicho nada?
El joven levantó suavemente la barbilla de la niña y la miró fijamente. Él también desearía
tener una vida normal, como ella… junto a ella. Ser un humano, hacer cosas humanas. No
transformarse cada luna llena en un monstruo.
—Haces muchas preguntas, pequeña. Deberías preguntárselo a tus padres. ¿No crees? Y
tú no eres un monstruo. Ni tus padres. Ellos te quieren y por eso te protegen. De las cosas que
puede haber fuera. Y no trabajo para ellos. Sólo les echo una mano contigo. Soy tu amigo, ¿no
es así?
Alyssa bajó la mirada y parpadeó para contener las lágrimas. Carvien le estaba mintiendo.
Lo sabía.
Haven salió del bosque trotando sobre su caballo. Llevaba un bulto bajo su capa negra.
Corrió hacia la casa de los ricos Whiverlee para que pudieran ayudarle. Ellos eran los hombres
más poderosos de la ciudad y seguro que estarían encantados de echarle una mano. No dejó ni
por un segundo que nadie lo parara ni que el bulto se le cayera del caballo y fuera descubierto.
Paró ante la puerta de la casa y esperó a que le dejaran entrar. Dio tres golpes secos a la
cancela y le abrió un mayordomo.
—Espero que me deje tener una pequeña charla con los señores de la casa.
—¿Quién sois vos?
—Mi nombre es Haven, el caza-vampiros.
33
El mayordomo ahogó una risa y cerró de nuevo la puerta. El hombre se dirigió a su caballo
y cogió el bulto, procurando que quedara oculto bajo su capa. La puerta se volvió a abrir y una
bella mujer apareció. Llevaba un vestido de raso rojo que combinaba con sus negros cabellos
recogidos en un moño.
—Pasad, Haven. Estaré encantada de serviros una taza de té. ¿Y qué traéis ahí?
El hombre miró su capa y frunció el ceño.
—De eso precisamente quiero hablaros, señora.
Entró en la casa y se acomodaron en el salón, sentados en sillones. El marido de Zaire
estaba en el sofá y, cuando su mujer se sentó junto a él, le pasó un brazo por los hombros.
—¿Y de qué queréis hablar, Haven? ¿Qué lleváis ahí?
El caza-vampiros se sentó en un sillón y dejó el bulto en el suelo. Puso una mano sobre su
capa, y cuando la retiró, pudo sentir las caras de miedo e insatisfacción de los señores de la
casa cuando vieron bajo la tela negra el cuerpo del famoso bardo… muerto.
Alyssa miró al suelo y luego a Carvien. Le quería. Era un gran amigo. Pero sentía la
necesidad de bajar al salón a desayunar. Carvien lo entendió con la mirada y, con tristeza,
abandonó la habitación. Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas al comprender que así
podría arruinar la amistad que tenían. Salió de la estancia y bajó las escaleras. Al ver a su amigo
tras la puerta del salón, entreabierta mientras espiaba, se extrañó. Fue hasta él y asomó la
cabeza. Vio a un hombre desconocido, a sus padres sentados y un señor tumbado al suelo con
los ojos cerrados. ¿Sabría que aún no habían limpiado el suelo y que estaba lleno de polvo? Si
quería tumbarse en algún sitio, para eso estaban las camas. Pero sus padres parecían tristes al
mismo tiempo que aterrados viendo el hombre tumbado y escuchando al desconocido.
—¿Quién es? —susurró Alyssa.
—Es un hombre malo. Pero tus padres ya lo saben. Escucha y verás.
La niña se escondió tras la puerta y escuchó con atención.
—… y me dijo que si iba al bosque podría ayudarles a matar hombres-lobo, pero no
encontré a nadie. Sólo después de esperar unos segundos, el bardo se me echó encima como si
estuviera loco. Me eché a un lado y le pregunté qué hacía, pero seguía viniendo hacia mí, como
si quisiera algo. Al principio no lo entendí, pero luego entendí que se trataba de una especie de
destripador, como entenderán viendo sus dientes. Creo que son como una especie de criaturas
extrañas, emparentadas con los vampiros, aunque no estoy seguro. Como no sabía qué hacer,
traté de defenderme con ajos, y algo funcionó, pero como el efecto dejó de funcionar, no tuve
más remedio que atravesarlo con varias estacas.
—¿Y cómo estáis tan seguro de que era un destripador y no un loco?
—Señora, no tenéis más que mirarle los dientes. No son comunes entre los humanos.
Zaire y Sélthan cruzaron una mirada.
—¿Y cómo podéis demostrar que no ha sido un homicidio?
El hombre se levantó sobresaltado y se llevó una mano al corazón.
34
—¡No! Lo juro, señora. Yo no mataría a nadie humano. Os juro que el bardo no lo era. Ha
querido llevarme a una trampa. O tal vez a algún lugar. Está claro que quería comerme. Porque,
como sabéis, ayer era una de las noches de las Tres Lunas.
Los señores de la casa hicieron como si no supieran de qué estaba hablando.
—¿A qué os referís, Haven?
—¿Es que no lo sabéis? Es la noche en que hay dos estrellas que brillan igual de
intensamente como la luna y los tres astros forman un triángulo mágico. Es la noche en que un
ser diferente a los demás, que tiene unos poderes especiales, puede transformar en humanos a
criaturas. Ya sabréis que sólo ocurre una noche cada siete años. Y ayer era una de ellas. Y el
bardo creía que yo era un ser de ésos.
—¿Y qué tiene que ver eso? Algunas noches, muchos locos van al bosque a divertirse, a
ver quién es el más valiente. Puede que el bardo sólo quisiera asustaros.
El hombre, al ver que no le creían, se arrodilló ante Zaire y le cogió la mano.
—Lo juro, señora. Juro que era una bestia, como vos habéis dicho. Si no queréis creerme,
bien. Pero yo sé lo que he visto. Y si el bardo era un destripador y vivía en la ciudad, puede
que haya más y quieran atacar. Es mi última palabra. Señora, yo sólo quería ayudar.
Zaire lo miró seriamente.
—¿Y por qué has venido a contarnos todo esto?
—Sé que conocéis el bosque, sabéis que es peligroso y habéis visto monstruos de ésos con
vuestros propios ojos, y vuestra hija Flora seguro que fue atacada por uno de ellos. Sois los
únicos que sabéis de lo que hablo, casi todos los demás se lo toman en broma y hablar de esto
que no fuerais vosotros me llevaría a la tumba por asesinato. Quizás podáis ayudarme, por
favor.
—¿Y qué quiere que hagamos; no podemos esconder el cuerpo así sin más por la casa? —
reconoció Sélthan echándole un vistazo de nuevo; la sangre empezaba a ensuciar el suelo.
El caza-vampiros miró al suelo. Estaba perdido, debía estar seguro de ello. La esposa de
Sélthan le puso una mano en el hombro y le consoló dulcemente.
—No te preocupes, querido. Nosotros nos encargamos del cuerpo. Tan sólo te pido que
protejas a este pueblo como tú sabes y puedes. Y sobre todo, no digas nada de esto a nadie.
El hombre besó tiernamente la mano de Zaire y se levantó. Hizo una torpe reverencia y
salió de la sala.
En cuanto a Alyssa, que quiso abandonar la estancia para que no la descubrieran, sintió la
presencia del hombre desconocido tras de sí y se volvió rápidamente.
—¿Espiando?
La niña no articuló palabra. Notó la mano de Carvien en su hombro y se relajó. El joven
y Haven se miraron unos instantes. Sus miradas transmitían odio, repugnancia y extrañeza.
Alyssa los miró a los dos y dijo al fin:
—¿A qué habéis venido?
35
—Tenía que decirle algo a vuestra madre, señorita. ¿Y qué hacíais espiando? ¿Os gusta?
Cuando yo era joven, lo hacía muy a menudo. Por cierto, ¿sabéis algo de vampiros u hombres-
lobo?
—No. ¿Por qué? ¿Existen?
Haven miró fijamente a Carvien, que fruncía el ceño y abrazaba con fuerza a Alyssa,
dispuesto a protegerla con su vida si hacía falta.
—Puede ser, pequeña. Adiós.
El caza-vampiros se dirigió a la puerta. Alyssa miró a su amigo unos instantes y le sonrió.
La niña corrió hasta el hombre desconocido y le susurró:
—Cuando podáis y no os vea nadie, venid. Quiero hablar con vos sobre un asunto de estos
monstruos.
El sol se puso y la noche invadió todo el terreno. El bosque se sumió en las tinieblas
infinitas, tan sólo la leve luz de las escasas luciérnagas que habitaban el bosque lo iluminaban.
Había un lugar de la floresta que nunca ningún humano se atrevía a pisar: el pequeño
cementerio del bosque. Era una necrópolis antigua en el que las lápidas estaban sucias, rotas
por el tiempo y algunas descolocadas. Hacía siglos que ese camposanto no se utilizaba y los
cadáveres que yacían allí ya estaban descompuestos. Sólo había seis muertos que se
conservaban incorruptos… y con vida.
Una mano asomó de la tierra. Con gran esfuerzo, el cuerpo completo salió, se sacudió la
tierra que tenía por todas partes y se levantó. Observó unos instantes la luna mientras los otros
cinco se levantaban. El último se dirigió al primero y le susurró:
—¿Ya la has encontrado?
—Sí, pero antes nos tomaremos un festín en la ciudad. ¿Os parece?
Zaire rodeó el cuello de su marido con sus brazos y se abrazaron con ternura. Miraron el
cuerpo del bardo. Su sangre había cesado de manar, y el cadáver estaba envuelto en un gran
charco, que se preocuparían luego de limpiar.
—¿Qué hacemos con él? ¿Qué haría en el bosque de noche? ¿Los tuyos no lo habrían
despedazado?
—Sí. Son muy agresivos tanto con los humanos como con cualquiera otro. A no ser que…
El hombre se dio la vuelta y paseó de arriba abajo, pensativo y preocupado.
—¿A no ser? —le incitó su mujer a seguir.
Sélthan se giró a ella y le cogió las manos. Su rostro mostraba una mueca de preocupación.
—¿Te acuerdas del grupo de monstruos que se unieron para ser más fuertes porque
traicionaron a sus clanes y no pueden volver con ellos? ¿El grupo de razas distintas con los que
nos topamos una vez? Creo que el bardo pertenece a ellos. Y si así es, puede que hubiera
planeado atacar. Debemos estar alerta.
36
De pronto, se oyó un grito en la habitación de Alyssa.
Los seis individuos caminaban en fila recta internándose en el bosque. No muy lejos,
identificaron una intensa luz azulada.
—Ya estamos aquí —rugió el que debía ser el jefe.
Se pararon a unos metros de la luz. Se trataba de una mujer bellísima con ojos negros, con
la piel y el pelo azules. A su lado había unos cuantos monstruos, brujas y zombies.
—Esta noche es nuestra noche —sermoneó la mujer—. Hoy atacaremos la ciudad. Nos
haremos con almas de personas, su sangre, su carne… lo que queramos. Podemos atacar a
todos los humanos que queramos… menos uno. Ya sabéis a quién me refiero. ¡Ella es mía!
—¿Y qué pasa con nosotros? —manifestó el jefe de los seis individuos.
—Vosotros tendréis más de lo que imagináis si confiáis en mí. Creedme, esa niña es sólo
un entrante. Además, esta noche es intocable. Dentro de unos años… será nuestra.
Alyssa se metió en la cama sin poder dormir. ¿Qué pasaba a su alrededor? ¿Por qué le
ocultaban tantas cosas? Si tenía que hablar con alguien, lo haría con el hombre desconocido,
que parecía muy sabio para esas cosas. ¿Por qué ese día se había portado tan mal con Carvien?
Él no tenía la culpa de nada. Si sus padres le habían dicho que no dijera nada, era problema de
sus padres, no suyo. Se disculparía y serían amigos de nuevo. Todo arreglado.
Se subió las sábanas hasta el cuello y miró por la ventana. Esa noche no aullaban los lobos,
pero había una luna brillante y bonita. Sonrió y entornó los ojos. Una suave melodía con voz
femenina llegó a sus oídos. Dejándose llevar, se levantó y se dirigió a la ventana. Se subió a
una silla para ver mejor y miró la noche. Decenas de murciélagos volaban buscando insectos.
De pronto, los animalejos formaron un círculo sin dejar de volar, pero dando vueltas. En el
centro de ese aro, se formaron dos ojillos electrizantes de color rojo escarlata que hipnotizarían
a cualquiera. Luego apareció una cara de mujer joven de pelo castaño oscuro y labios rojos. Su
piel era verdosa pero igualmente era preciosa. Alyssa se subió a la ventana y no se dio cuenta
de que levantaba los brazos hacia ella. La mujer estiró los suyos, de forma que los dedos se
tocaron. La niña sintió un escalofrío al sentir el roce de la desconocida. Parpadeó varias veces
dándose cuenta de que había entrado en trance y que estaba a punto de caer. Sigilosamente,
bajó de la ventana hacia su habitación y miró a la mujer. Ahora tenía el rostro arrugado, el
cabello blanco y sólo un diente en la boca. Pero los ojos seguían rojos. Ésta siguió con la
canción tratando de hipnotizar a la niña, pero Alyssa no se dejó engañar y retrocedió hasta
darse cuenta de que estaba arrinconada entre la pared y el armario. De pronto, la mujer gritó,
estiró los brazos hacia la cría y se lanzó hacia ella, entrando en su habitación, esparciendo su
peste a azufre, dejando que la pobre niña gritara desconsoladamente, temiendo lo peor.
37
Carvien aumentó la marcha. Corrió hacia el bosque, buscando a su señora, para
comunicarle la noticia. La encontró en su sitio favorito, sentada bajo la sombra de un roble,
acariciando a un conejo. Pero esta vez estaba contenta. El joven se extrañó, pero empezó:
—Sé que debería estar en casa de los padres de Alyssa y todo eso, pero hoy ha venido
Haven y ha traído una cosa y… bueno. He estado espiando sin que nadie me viera ni oyera y…
—Ve al grano, querido Carvien —dijo la mujer con una dulzura y tranquilidad impropia
de ella.
El joven no pudo evitar arquear una ceja y quedarse sin palabras. ¿Qué le pasaba? ¿Tendría
un buen día? Miró a su alrededor y se sobresaltó al no ver a nadie. Era normal que a veces la
mujer estuviera tranquila en su rincón, pero siempre había algún que otro muerto viviente
paseando alelado. Ese día, en cambio, no había nadie. Ni un alma. Y empezó a temerse lo peor.
O habían ido de excursión todos juntos o estaban… atacando la ciudad, la diversión que habían
estado planeando desde hacía años, sin saber cuándo podrían llevarla a cabo. Trató de serenarse
y calmarse, pero no pudo evitar que le temblaran las piernas. Por suerte, la mujer no lo notó.
—Han matado al bardo, el espía. El caza-vampiros se deshizo de él. Ahora, no tenemos
contacto en la ciudad.
La mujer frunció el ceño y, sin poder evitarlo, clavó sus largas y afiladas uñas en el lomo
del conejo que, por suerte, era negro y no se notó el color de la sangre. El animal, temblando,
saltó de la falda de la Dama del Bosque al suelo y corrió a esconderse con tal de curarse. El
espíritu miró unos instantes al suelo y luego alzó la mirada hacia Carvien.
—Bien, ahora te tenemos a ti. Infórmanos de cualquier cosa. Pero hoy puedes quedarte
aquí, conmigo. Era lo que siempre habías deseado, ¿no?
El joven se ruborizó hasta las orejas y sonrió tontamente. La mujer sonrió sarcásticamente
y entonó una melodía hermosa, que hizo que el joven se sentara junto a ella. La mujer siguió
con su engatusamiento mientras se acercaba al muchacho.
Carvien sintió que la fría mirada de su señora se volvía tierna, hipnotizadora. Se dejó llevar
y se acercaron el uno al otro. La mujer le puso las manos en las mejillas y acercó sus labios a
los suyos. El joven cerró los ojos y notó que todo le daba vueltas.
De pronto sintió un escalofrío en su cabeza que aumentaba por momentos. Miró a la mujer
que tenía delante y frunció el ceño. Ella ni se inmutó.
—¿Qué le has hecho?
—¿A quién? —curvó sus labios en una sonrisa que se desviaba hacia inocente, pero
Carvien conocía muy bien a la Dama del Bosque y sabía que todo lo que tramaba no tenía nada
de bueno.
Eso sólo podía significar una cosa: la niña estaba en peligro. Entonces supo que la mujer
había querido distraerle. Claro, todos se habían ido menos él, que debía quedarse porque… la
dama ya sabía que protegería a Alyssa con su vida. Se levantó, dio media vuelta y se fue.
—¿Dónde crees que vas? —la voz fría, como siempre, de la mujer había sonado muy cerca
de su espalda.
Carvien frunció el ceño, apretó los puños y contestó:
38
—Seguro que ya lo sabes. Has estado espiando mi mente todo este tiempo.
El joven corrió hacia la ciudad, dispuesto a luchar por la vida de su mejor amiga.
Zaire y Sélthan subieron las escaleras rápidamente hasta llegar a la habitación de Alyssa.
Cuando llegaron, la puerta estaba cerrada con llave. El hombre cogió el pomo y lo giró con
fuerza, pero no consiguió abrir la cancela.
—¡Maldita sea! —gritó.
Aporrearon la puerta con todas sus fuerzas, la empujaron… Nada.
—¿Crees que aún estará bien? ¡Alyssa, escúchame!
Desde dentro se oyeron gritos infantiles llamando a su madre. A la mujer se le llenaron
los ojos de lágrimas pero parpadeó para retenerlas sin éxito.
Entonces, vieron una figura en la oscuridad que se dirigía a ellos.
—¡Carvien! —se alegró Sélthan.
El joven se dirigió a la cancela y, de una patada, la echó abajo. Vieron a una mujer de piel
arrugada con el pelo blanco y un collar siniestro que cogía con fuerza la muñeca de Alyssa, la
cual luchaba y daba patadas con tal de liberarse. ¡Era una bruja! Carvien entró y empujó a la
mujer hacia la ventana, pero se transformó en niebla y volvió a internarse en la habitación. La
bruja frunció el ceño y soltó una risa aterradora. Zaire y Sélthan entraron en la habitación y se
juntaron con Alyssa y Carvien. Se miraron unos instantes y respiraron hondo.
Las brujas tenían fama de monstruos terribles, soltando un apestoso olor a azufre. Podían
transformarse en aire y aparecer de nuevo, engatusar a las personas, cambiar su horrible
apariencia por la de una joven, transformar a sus víctimas en lo que fuera y… comérselas.
—Alyssa me pertenece. La necesito. ¡La quiero!
La niña se escondió tras su madre y cogió con fuerza la mano de Carvien. Esperaba que
no les pasase nada.
Seis murciélagos descendieron hasta la plaza. La poca gente que restaba hablando o riendo
se acercó hasta ellos, pues era muy raro que animalejos de ésos se acercaran a la ciudad. Debían
estar en el bosque. Vieron cómo los murciélagos aumentaban de tamaño hasta conseguir el de
un adulto y empezaron a transformarse. Las alas les desaparecieron y manos humanas les
salieron de los costados. El pelo se esfumó y aparecieron trajes raídos de color oscuro. Las
patas se convirtieron en pies calzados con botas o zapatos negros. Los rostros animales se
transformaron en caras de personas pálidas con ojeras y ojos rojos inyectados en sangre.
Las personas gritaron de puro terror y empezaron a correr. Dellain, una ciudadana, observó
cómo las criaturas saltaban sobre personas y les mordían en el cuello mientras que la gente se
desmayaba y otras corrían tratando de no ser atacadas por los temibles monstruos llamados
vampiros.
39
Dellain corrió hacia la fuente y se escondió tras la estatua para no ser vista por las criaturas,
aunque sabía que tarde o temprano la cogerían. Lo mejor era desaparecer de allí. Se levantó y
empezó a correr hacia su casa cuando notó una mano en su tobillo. Trastabilló y cayó al suelo.
Se giró y vio a un vampiro que se lanzaba sobre ella. Gritó y trató de quitárselo de encima,
pero tenía una fuerza sobrehumana y le apretaba el cuello con fuerza, asfixiándola. Dellain
veía borroso y sentía que perdería la conciencia pero, en el cielo, vio una densa luz azulada y
todos los monstruos, mirando hacia arriba, desaparecieron transformados en murciélagos.
La Dama del bosque gruñó. Se revolcó en la sombra del roble con tal de calmarse y
controlarse, pero no podía. ¡Carvien era un estúpido! Él debía quedarse en la floresta con ella.
No podía ir a la ciudad, con Alyssa. Estaba pensando en confiarle el trabajo a otro. Cerró los
ojos y viajó por las mentes de todos sus monstruos. Se paró en la de la bruja Pístula y apretó
los dientes, llena de rabia. Había dicho que nadie debía acercarse a Alyssa ni tocarla, pero esa
bruja era tan testaruda y cabezota que desobedecía siempre. Ya le prepararía el castigo a su
regreso. Se levantó y alzó las manos al cielo.
—¡Volved a mí, queridos! Dejad vuestro trabajo y venid a relajaros. ¡Regresad!
De sus manos apareció una neblina azul que se elevó hasta el cielo y se esparció por todos
lados.
En pocos segundos, pudo ver las figuras de los murciélagos, las escobas montadas por
brujas, algún que otro lobo y un destripador. Sintió pasos por el bosque y supo que, corriendo,
llegaban los demás monstruos sin alas.
—Me vengaré de ti, Pístula, por desobedecer a una orden muy importante. Carvien,
deshazte de ella —murmuró mientras su labios formaban una leve sonrisa sarcástica.
Carvien se lanzó sobre la bruja mientras trataba de morderle. Sélthan le cogió las manos
y Zaire, los pies. Alyssa se acercó a la bruja y la miró a los ojos.
“Nunca me tendrás. Mejor dicho, nunca me tendréis.”, pensó.
La bruja, como si hubiera entendido a la perfección, frunció el ceño y murmuró unas
palabras ininteligibles para los presentes. De pronto, un rayo lanzó a Carvien contra la pared y
a los padres de la cría al suelo. La vieja se levantó y miró a Alyssa fijamente.
—¿Quién te crees que eres? Tú ahora me perteneces. Si me hago con tu vida, podré volver
a ser yo. Ven conmigo, renacuajo.
—¡No! Vete de aquí, bruja.
En ese momento, las palabras de Alyssa sonaron como un grito espeluznante en los oídos
de la anciana, que se los tapó y cerró los ojos con fuerza. La niña frunció el ceño y,
aprovechando el momento de confusión de la bruja, la empujó hasta la ventana y cayó al suelo,
donde se transformó en una nube de polvo negro, desintegrándose.
40
La cría se asomó a la ventana y observó cómo la vieja había desaparecido. Se volvió hacia
sus padres comprobando que estaban bien y los abrazó con fuerza. Carvien, sin poder evitarlo,
achuchó a Alyssa.
La niña sonrió, cerró los ojos y disfrutó de aquella sensación. Tal vez sus padres tuvieran
un secreto oculto. A Alyssa no le importaba; eran sus padres y los quería con todo su corazón,
y ellos a ella más que a su vida. En esos momentos eso era lo único que importaba. No había
nada más de que hablar ni discutir.
41
VI
T odo estaba totalmente oscuro. Alyssa avanzó entre la oscuridad del bosque.
Cada vez notaba que se adentraba más y más. Los ruidos de animales extraños
la animaban a seguir. Cerró los ojos y se dejó llevar. Dejando que su instinto la
condujera, llegó a un claro. Era el único sitio de la floresta que estaba iluminado
por la luz de la luna. Alyssa vio que había miles de ojos rojos observándola tras los árboles que
delimitaban el claro. La niña, sin embargo, no se asustó. Al contrario; se sintió felizmente
acompañada por los seres que amaba. Aún no sabía quiénes eran pero sentía que estaban allí
con ella. Alzó la cabeza hacia la luna cerrando los ojos y alzando las manos. Notó una energía
insólita recorriendo cada parte de su cuerpo. Entonces, oyó una voz espectral, una voz
conocida. Bajó la mirada hacia los arbustos, de donde procedía el sonido, y toda ella se
sorprendió al ver a una joven saliendo de la espesura que le parecía repentinamente familiar.
Del ramaje vio salir la figura de Flora, su difunta hermana. Estaba igual de alta, delgada y
hermosa. Sólo dos cosas no eran como antes: estaba más pálida de lo normal y sus ojos eran
rojos como la sangre.
Alyssa arqueó una ceja, pero al ver a su hermana sana y salva, optó por correr a abrazarla
como hacía siempre, pero se contuvo.
—Hola, hermanita. Estás guapísima y muy mayor.
La niña sintió como los ojos se le llenaban de lágrimas al ver que su hermana seguía siendo
la de siempre. Sin borrar la bonita sonrisa, Flora abrió los brazos como si esperara un abrazo
de su hermanita.
—Ven, tienes que ayudarme. No me dejes morir. No dejes que nos maten, hermanita. No
dejes que te lo cojan.
De pronto, del bosque salieron figuras vestidas de negro corriendo sobrehumanamente que
cogieron a la joven y la empujaron hacia el interior del bosque, otra vez. Alyssa gritó y luchó
por correr hacia su hermana y llevarla a su casa y mostrar a todos que no había muerto, pero
una fuerza invisible la retenía en su lugar.
<<No puedes moverte, Alyssa. Te tenemos paralizada. Tu hermana ya no es de los
vuestros. Tu hermana será una Chupasangre y no podrás evitarlo.>>, dijo una voz en su cabeza.
42
De pronto, observó cómo otras sombras oscuras salían del bosque y despedazaban a las
figuras, llevándose consigo a Flora, condenando a Alyssa a no verla nunca más.
43
(que para entrar un adulto debía hacerlo a gatas y Alyssa sólo debía inclinar la espalda para no
pegarse con el techo) que escondía lo que precisaba para descubrir la verdad.
Zaire se llevó la taza a los labios sorbiendo un poco más de su té matinal. Miró a Sélthan
y luego a la ventana.
—Alyssa ya ha visto una bruja atacándola. Ya sabe algo. Espero que no nos descubra.
—Tranquilízate. Si fingimos ser personas normales, tal vez no sospeche de nosotros.
—Nuestra hija nunca va a dejar este asunto, la conozco. Cuando se mete en uno que la
atrae no lo suelta hasta el final.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Primero, voy a tranquilizarla por lo de anoche y a decirle que era una loca disfrazada.
Puede que nos ayude.
—Bien, pues ve a por ella.
Alyssa abrió la cancela y entró despacio. Entonces, como por arte de magia, cientos de
luces se encendieron solas desde la entrada hasta el final del túnel, a unos metros de ella, donde
parecía haber algo. Empezó a caminar con la espalda inclinada hacia delante. Miró las extrañas
luces que iluminaban el camino y se sorprendió al ver a diminutos seres que nunca había visto,
personas diminutas con el pelo alborotado y corto, ropa hecha de hojas y pelusas, con pequeñas
y brillantes alas pegadas a la espalda. Todo el cuerpo de las criaturas (de la cabeza a los pies,
incluidas las alas) brillaba con una intensa luz que alumbraba gran parte del túnel.
La niña vio que los seres la miraban con ternura y respeto, al mismo tiempo que
sorprendidos y contentos por ayudar a una nueva persona entrando en la galería.
Alyssa siguió avanzando hasta llegar al final del corredor, donde vio una mesa cuadrada,
de pequeño tamaño con un libro encima. La portada era marrón oscuro con algunos decorados
de color dorado y unas letras rojas donde decía: “El verdadero paraíso de los monstruos.”
44
“El verdadero paraíso de los monstruos, según los antiguos griegos, era el inframundo. La
mayoría de veces se comunican con él y con su amo, el demonio, y éste les da tiempo para que
esparzan todo el terror por la Tierra y sea un segundo infierno, como debió de ser siempre.”
Alyssa pasaba páginas y leía lo que conseguía entender, pues había palabras en un idioma
antiguo que sólo entendía un poco. Todo hablaba sobre tipos de monstruos y comunicarse con
el demonio. Aullidos a la luna llena, transformaciones especiales, y algunos hechizos para
transformar a humanos en criaturas… La niña sentía que la ira hervía en su interior. ¿Qué
sería? ¿Sentiría rabia al descubrir que sus padres tenían escondido un libro sobre lo que eran?
Encontró una página que hablaba sobre hechizos. Le vino a la cabeza la imagen de los lobos y
su repulsión hacia ellos, y uno de los textos desapareció y se escribió otro por arte de magia
que decía cómo deshacerse de los monstruos. Pero pasó página.
De pronto, encontró en una página un escrito especial:
“Leer si estoy descontrolada: Alyssa es mi hija y transformarla sería lo peor que podría
hacer en la vida. Debo dejar que viva su vida y yo seguiré la mía. Pero en la noche de las Tres
Lunas podré volver a ser humana y estaré junto a mi hija disfrutando de su compañía todo el
tiempo que nos quede de vida sin importarme por mi descontrol hacia la vida de Alyssa. La
quiero con toda mi alma y que fuera uno de los nuestros la condenaría a estar siempre triste y,
además, atacaría a los humanos para alimentarse. Debo protegerla de los peligros exteriores y
estar a su lado, porque soy su madre y la quiero con todo mi corazón.”
Alyssa dejó el libro, dio media vuelta y salió del túnel, hacia la habitación. Cerró con sumo
cuidado y silencio la puerta con tal de no hacer ruido y, cuando se giró para abandonar la
estancia, vio a su madre tras ella con los brazos en jarra.
—¿Qué haces en nuestro cuarto sin permiso? ¿No sabes llamar?
—Perdón, mamá. Es que estaba medio dormida y he debido venir aquí en vez de al
comedor. Lo siento mucho, no volverá a pasar.
La madre de la niña bajó al comedor junto a Alyssa, que se sentó en la mesa y se tomó su
chocolate con auténtico hambre evitando mirar a sus padres. Zaire se levantó e hizo una seña
a Sélthan para que lo imitara. Salieron del comedor y allí, la mujer empezó a jadear como si
estuviese preocupada.
—Lo sabe, Sélthan. Ha mirado el libro. ¿Qué vamos a hacer? Ahora no nos queda otra
opción que transformarla, ¿o sí?
El hombre cogió las manos de su esposa y la tranquilizó:
—Deja que piense lo que quiera. Podemos decir que ese libro es una broma de la familia.
—¡Pero ella ha visto a una bruja! ¡Ha visto un hombre-lobo en el bosque! ¡Y ese libro era
nuestra salvación! ¡El único medio para pasar desapercibidos entre los humanos! Ahora
alguien sabe lo que somos. Y ese alguien es nuestra hija. ¿¡Qué vamos a hacer!?
45
Sélthan vio cómo los ojos de su esposa se habían llenado de lágrimas y gotas de agua
plateada resbalaban por sus mejillas. El hombre la acercó a ella y la abrazó.
—Tranquila. Ya verás cómo se le olvidará. Y si no, utilizaremos nuestros poderes.
Alguien llamó a la puerta. Alyssa levantó la mirada hacia donde se habían ido sus padres.
¿Qué hacían tanto tiempo? Era mucho mejor no ir con ellos. Se levantó e hizo un gesto al
mayordomo para que abriera la cancela. La abrió y la figura del llegado iluminó los ojos de la
niña.
—¡Hola! Os estaba esperando.
Haven dedicó una cálida sonrisa a la cría y se dirigió a la mesa.
—Hola, pequeña. ¿Dónde están tus padres?
—Escondidos para que los encuentre —bromeó Alyssa.
—Genial, he venido a verte a ti. ¿Quién era ese tipo rubio?
—¿Qué es un tipo?
—Ese muchacho con el pelo rubio.
—¡Ah! Se llama Carvien, ¿por qué?
—¿Le conoces más?
—¿Más en sentido de amistad? Sí, es mi único amigo.
Haven frunció el ceño y pareció que la respuesta le había satisfecho.
—¿No crees que es un poco raro? Esa forma de mirar, tenebrosa… ¿Crees que tiene un
secreto?
—Sí, que es amigo de mis padres y comparte sus secretos con ellos y no conmigo. ¿A que
es injusto?
El caza-vampiros sonrió levemente. Empezaba a saber algo. Pero, ¿los padres de Alyssa
tendrían algo que ver con esas criaturas? Sólo había una forma de saberlo.
—¿Te has preguntado alguna vez quiénes son tus padres y si tienen algún secreto que no
te quieran contar?
—Sí, mis papás tienen un secreto pero yo ya lo sé.
Haven miró el techo. Estaba seguro de que la niña le daría una respuesta que no quería
saber pero no fue así.
—Mis padres son monstruos como las mujeres feas y viejas que hacen magia. Mis padres
son amigos de los… mmm, ¡ah, sí! … vampiros.
Los ojos de Haven se cerraron unos instantes. ¿Sería eso verdad? A veces los niños
hablaban inconscientemente. Pero desde hacía tiempo esos hombres tenían algo de extraño. Y,
cuando les mostró el cadáver del bardo hablaban como si vieran eso todos los días y, además,
habían querido quedarse el cuerpo. El caza-vampiros pensó a toda velocidad hasta que creyó
46
que la niña estaba diciendo la verdad y todos los datos encajaban a la perfección. Los padres
de Alyssa eran criaturas.
Se metió una mano en el bolsillo y sacó una cruz de plata, el símbolo de la iglesia. Se la
mostró a Alyssa y dijo, antes de levantarse e irse:
—Yo debo volver a mi país y no voy a poder ayudarte en tu aventura pero ten; esta cruz
es para ti.
>>No la pierdas, pues, cuando seas mayor, deberás utilizarla.
Zaire y Sélthan entraron de nuevo en el comedor y, de pronto, una sensación de ardor los
recorrió de arriba abajo. Miraron por todos lados hasta que vieron a su hija ante la mesa… con
una cruz de plata en la mano. La mujer sintió que cada vez que más la observaba o se acercaba
a ella, se quemaba viva, pero debía actuar con normalidad… aunque resultara ser una tortura.
Se acercó a la niña y sonrió forzadamente a pesar de que los ojos se le llenaban de lágrimas
por el dolor.
—Hija, ¿de dónde has sacado eso?
La niña la miró y alzó la cruz ante ella. Zaire sintió como si le hubieran pegado una patada
en el estómago y luego la hubieran apuñalado hasta matarla, pero reprimió el sollozo. Sin
embargo, las lágrimas resbalaron por sus mejillas como torrentes.
Alyssa se levantó y bajó la cruz.
—Sé lo que sois. Y no me importa, porque, además, sois mis padres y os quiero con toda
mi alma.
La niña se levantó y tiró la cruz, lejos de sus padres para que no sufrieran. Entonces, fue
hasta su madre y la abrazó con todas sus fuerzas mostrando así el afecto y cariño que le tenía.
La mujer dejó de llorar, pues el dolor había cesado, y, extrañada por el comportamiento de su
hija, la rodeó con los brazos mientras se fundían en un tierno abrazo. Sélthan miró a las dos
mujeres que más quería en su nueva vida y se acercó a ellas, abrazándolas.
Alyssa puso la cabeza sobre la barriga de su madre (pues era así de baja) y sonrió. Repitió
una y otra vez el comentario que había escrito su madre en el libro y se le llenaron los ojos de
lágrimas. Tal vez sus padres fueran monstruos, pero ya no le importaba. Ya no había secretos,
sólo cariño y ternura.
Estaba claro que su madre la quería tanto que luchaba por no descontrolarse y eso era una
de las mayores muestras del cariño que le tenía a su hija. Alyssa sonrió y disfrutó de aquella
sensación que hacía tiempo que no experimentaba sabiendo que, a partir de entonces, ella
también trabajaría para que los humanos que les rodeaban no descubrieran la verdad. Pero sólo
había una duda sin resolver: aún debía ir al bosque a averiguar lo de Flora y sólo había una
persona fiel que podía ayudarla.
Y ése era Carvien.
47
VII
Unos años después…
48
—No hace falta que regreses enseguida. Puedes tardar. Sólo trae las hierbas… es urgente.
En realidad, Alyssa se habría negado a ir a comprar, pero ese día era esencial que su madre
la dejara salir sin saber la razón, pues Carvien y ella habían planeado ir de excursión a un lugar
fantástico.
Al bosque.
Sélthan rodeó con el brazo la cintura de su esposa y la miró a los ojos. Parecía preocupada.
—Deberíamos ir a detenerla antes de que se cumpla lo que has visto. Le ahorraríamos un
dolor insoportable y muchas penas.
—No. Ella debe ir a investigar. Ya sabe quiénes somos pero no sabe el peligro que hay en
el bosque. Debe descubrir de quiénes debe protegerse. Traerá las hierbas y la curaremos. Pero
espero que no sufra tanto como he visto. Y te juro que me vengaré de ese lobo.
Alyssa se dirigió al mercado donde unas sirvientas solían comprar normalmente. Miró lo
que había hasta que encontró el mercader de hierbas. ¿Cuáles serían las hierbas que necesitaba
la curandera?
—Creo que es éste el herbaje que vos necesitáis, señorita.
La joven se sobresaltó y se volvió, sorprendida de ver a Haven sonriendo sarcásticamente,
señal de que algo no iba bien del todo. Además, ya no llevaba todas las estacas, cruces ni ajos
que, anteriormente, solía llevar encima. Y lo que más tenebroso era: parecía tranquilo, no como
antes, que siempre estaba alerta por si alguien le atacaba.
La joven, desconfiada, compró las hierbas y las metió en su cesta. Luego se quedó mirando
al hombre.
—Veo que habéis vuelto de nuevo. ¿Qué tal vuestra ausencia?
—Bien. Mucho lío, muchas guerras, muchos monstruos a los que matar. Mucho
entretenimiento.
Alyssa fingió una sonrisa y dio media vuelta pero Haven la retuvo del brazo.
—Jovencita, estás en peligro. Coge la cruz y llévala siempre encima. Es tu única salvación
ahora. A no ser que te descubran ellos, los demás caza-vampiros.
La joven se quedó helada al escuchar las palabras. Notó que le temblaban las piernas.
—Hazme caso, pequeña. Puede que tus padres ahora te parezcan inofensivos, pero si te
atacan, ya no lo serán. Y estarás atrapada en ambos mundos… como ellos.
Se volvió y fulminó con la mirada al hombre.
—Mis padres son mis padres. Y desde que nací no han dejado de preocuparse por mí. Son
las mejores personas que he conocido jamás, la verdad. No necesito que alguien como tú trate
de protegerme de las personas a las que más bien conozco de mi mundo. Además, a ti no te
conozco mucho y no debería fiarme de lo que dices. Ahora, si me dejas, debo volver a mi casa.
49
—Haz lo que quieras. Pero que sepas que debes tener siempre la cruz a mano. Buena
suerte, pequeña.
Dicho esto, dio media vuelta y desapareció entre las casas que rodeaban la plaza. Alyssa
sintió que el corazón se le aceleraba. Se volvió y avanzó hacia el camino por el bosque.
Todo estaba despejado. Carvien se dirigió al interior del bosque con la esperanza de que
Alyssa no le hubiera seguido. Aún el sol se hallaba sobre él e iluminaba gran parte del claro y
del bosque. Avanzó hasta una roca y aguardó a que ella viniera.
No tardó nada. No muy lejos de él, vio cómo una figura de contornos femeninos avanzaba
entre la floresta hasta llegar a su lado. Sus labios se curvaron en una sonrisa de satisfacción.
—He esperado siete años y no pienso aguardar más. Si esta noche no transformas a Alyssa,
vas a ver lo que es sufrir.
—No te preocupes, mi señora. La chica será transformada en uno de nosotros y estará a
nuestro lado ayudándonos… para toda la eternidad.
Carvien miró los ojos de la Dama del Bosque y se perdió en su mirada. Cuando la
observaba, se sentía atraído por su belleza, hipnotizado y debía decir lo que ella deseaba oír.
Suspiró flojo y dio media vuelta. Mientras se alejaba pudo oír a un compañero suyo
discutiendo con la señora:
—Yo ya estoy cansado de esperar. Voy a vigilarle para que no cometa ningún error y te
juro, mi señora, que yo te traeré a la chica.
Alyssa dejó la cesta en el suelo y observó el bosque desde lejos. ¿Qué se ocultaba en su
interior que nadie quería que ella lo pisase? No parecía peligroso. Un bosque tenía sus
animales, sus plantas, su vegetación…
—¿Aún quieres entrar en el bosque?
La joven se sobresaltó y se giró. Vio a Carvien justo tras ella, mostrando su mejor sonrisa
de perezoso. Alyssa se echó a reír y fue hasta él.
—Sí. Quiero saber qué hay ahí. Quiero explorar algo nuevo. Aventurarme. ¿Tú no?
Carvien la abrazó con todo su amor que tenía en el corazón. Ahora que tenía a Alyssa ante
él, ahora que la miraba a los ojos, no podía negarle nada. Pero no podía arriesgarse a que le
ocurriera algo. ¿Transformaría a su amiga, obedecería a la señora? No, no podía hacerlo. Sólo
había una forma de que todo aquello se solucionase.
—Alyssa… yo… debo confesarte algo.
La joven le miró a los ojos, sonriente y curiosa.
—No soy quien tú crees. Si supieras quién soy, huirías corriendo. No soy un muchacho de
dieciocho años. Soy un peligro. Soy una bestia. Soy…
—Un hombre lobo —soltó Alyssa, sin dejar de sonreír, lo cual dejó boquiabierto a Carvien
de tal forma que la joven no pudo evitar reír a carcajadas.
50
—¿Qué…? Pero… ¿Cómo…? ¿Lo sabes? ¿Cuándo…?
—Lo presiento; sigues con la misma apariencia desde que yo tenía nueve años, mantienes
secretos con mis padres, te quedas bloqueado cuando saco el tema de los monstruos y das
cualquier excusa para despistarme. Lo sé, y no me importa. Porque te quiero, Carvien.
El joven se quedó más bloqueado, más boquiabierto y le vinieron unas ganas tremendas
de echarse a llorar de nerviosismo. Había esperado ese momento desde hacía años y ahora…
—Yo…—trató de decir, pero Alyssa puso el dedo índice en sus labios.
—Nada de palabras.
Lentamente, acercó sus labios a los suyos y se besaron tiernamente. Carvien notó que se
le erizaba el pelo. Todas las sensaciones que no había sentido desde hacía siglos, desde que no
era más que un chaval desgraciado que fue transformado, regresaron a su cuerpo y pudo sentir
la energía vital de Alyssa en su interior. Entonces lo supo. No podía poner la vida de la joven
en peligro. No podía transformarla. La quería con toda su alma. Y sería así para toda la
eternidad. Rodeó la cintura de la muchacha con los brazos y ésta le envolvió el cuello. Por
primera vez desde su transformación, Carvien sintió la alegría de volver a estar vivo de verdad,
y que durante esos momentos, su vida no se esfumaría.
Se separaron y suspiraron. Habían sido unos momentos mágicos para los jóvenes. Alyssa
sonrió y abrazó a Carvien. Éste cerró los ojos deseando que la joven quedara siempre a su lado.
Era lo único que le haría feliz.
Entonces, oyeron un aullido desde los arbustos.
Alyssa se giró y Carvien la estrechó con fuerza, dispuesto a dar su segunda vida por ella.
De pronto, vieron un enorme lobo gris que salía del bosque trotando… dirigiéndose a ellos.
La joven sintió que el corazón se le aceleraba. La ciudad estaba bastante lejos de donde se
encontraban ellos, y antes de que la alcanzaran, la bestia ya los habría despedazado. Parecía
furioso. Entre los gruñidos, pudo distinguir difícilmente, cuatro palabras:
—Me las pagarás, traidor.
51
Carvien apartó a Alyssa de él y gruñó. Acumuló toda la rabia que se había encerrado en
su interior con el paso de los años y se lanzó sobre el lobo, deseando arrancarle una pata,
hacerle retroceder. Pero la bestia se lo quitó de encima y corrió hacia la joven. Ésta empezó a
correr hacia la ciudad, pero el monstruo la tiró al suelo y, antes de que un segundo lobo marrón
claro se lanzara sobre él empezando una pelea sangrienta, consiguió arañarle el hombro
izquierdo, abriéndole el vestido, clavándole profundamente las garras en la carne, dejando a la
vista una herida sangrienta que la bestia intentó lamer. Hacía años que no devoraba humanos
y ya lo echaba de menos.
El lobo marrón le mordisqueó las patas delanteras, con tal de hacerle caer al suelo, pero
su contrincante le había mordido el lomo y sentía un horrible dolor. Pero no había terminado.
Observó cómo Alyssa gemía y trataba de taparse la herida sin éxito y se autoproclamó ganador.
Con un esfuerzo sobrehumano, levantó la cabeza y mordió el cuello del lobo, que aulló de
dolor, retrocedió, y, dudando, dio media vuelta y se perdió entre los árboles que formaban el
bosque.
Carvien se transformó en humano y corrió hacia Alyssa. Estaba débil y sangraba
abundantemente. Sintió una gran culpa en su interior. Le había fallado. Si no le curaba la
herida, era probable que se metamorfoseara en medio-loba. La cogió en brazos y corrió como
nunca lo había hecho hacia la ciudad. A la casa de los Whiverlee. A ayudar a su amiga. A
ayudar a su único amor.
Abrió los ojos y parpadeó. ¿Había sido todo un sueño? Miró dónde se encontraba. Paredes
de color amarillo pálido, muebles modernos, un armario enorme lleno de ropajes caros, una
cama cómoda… No había ninguna duda de que se encontraba en su habitación. Se quitó las
mantas de encima y se sentó. Se rozó el hombro y sintió un agudo dolor que le hizo gemir. No,
nada había sido un sueño. Miró al suelo y compuso una sonrisa pícara, pues por una parte
estaba bien que no hubiera sido un sueño. Recordó los momentos en el camino, lo del beso…
Se tumbó de nuevo en la cama y suspiró. Esperaba que la herida se le curase rápido para ir al
bosque a caminar. Lo estaba deseando.
52
eso, esta noche quiero verte en el bosque con ella y verle el mordisco en el brazo. Pero, si te
veo solo… —la dama dio media vuelta y señaló con los dedos que podía marcharse.
Carvien se levantó y apretó los dientes. No podía transformar a Alyssa, pero si lo hacía, la
tendría para toda la eternidad a su lado. Era una elección difícil y, por una vez, el joven no
supo elegir… bien.
Estaba todo oscuro. La luna se posó sobre las nubes, ofreciendo su luz a quien la
necesitase.
En el castillo deshabitado del bosque, en el sótano, un ataúd se abrió de par en par. La
figura masculina de un joven se levantó sin hacer ruido y se dirigió a la biblioteca. Allí había
todo tipo de libros. Cogió un diccionario de monstruos y fue girando páginas hasta encontrar
la indicada:
Cuando se está prisionero por la sangre de un vampiro, al mismo tiempo que su mordisco,
uno se convierte en un Ghoul, que es un monstruo creado por los vampiros para servirles. No
pueden ser las mismas criaturas, pues si no se esconderían del sol y el día, ni tampoco
humanos, porque les abandonarían durante las horas de luz. Por eso, los vampiros les
muerden y les chupan gran cantidad de sangre, pero no toda, al mismo tiempo, que les dan de
beber un poco de vampírica, y así se crean unas criaturas con piel verdosa, astutas y
peligrosas. La única forma de acabar con ellos es sacarles la sangre vampírica con una navaja
de plata mojada con agua bendita y quemarla.
El joven cerró el libro. Se sentó en un sillón, cerró los ojos y trató de visualizar a Haven,
el caza-vampiros. Ya hacía tiempo que no perseguía criaturas y no iba armado ni protegido. Y
ese hombre estaba por la ciudad, persiguiendo a Alyssa, queriendo algo de ella. Sólo había una
respuesta: Haven había sido transformado en un Ghoul.
Los pasos se hicieron más ligeros y leves. Ni siquiera se oían. Carvien se arrodilló ante la
cama de Alyssa y le cogió el brazo. ¿La transformaba o no? ¿La tendría para toda la eternidad
a su lado o la dejaría vivir como humana hasta que muriera? La quería, la necesitaba. Por una
parte, debía obedecer a la Dama del Bosque, no sólo porque si la desobedecía lo despedazaría,
sino porque fue la única que lo aceptó como uno más de la banda cuando no era más que un
lobo recién transformado. Por otra parte, quería ayudar a Sélthan. Él había sido un gran amigo
todo el tiempo que había sido bestia y lo había transformado cuando había estado moribundo.
Pero, si transformaba a Alyssa, Sélthan y su mujer podrían tenerla toda la vida a su lado sin
morir, igual que ellos. Siempre que muere un ser querido, se le llora constantemente, deseando
que vuelva y si se le transforma en monstruo dejándole vivir eternamente, es un favor que se
hace.
Carvien suspiró. Abrió la boca y se acercó el brazo de la joven a ella, dispuesto a morderla.
Entonces, se acordó de lo que le había dicho la Dama del Bosque. Quería que Alyssa se uniera
53
a su bando. Al bando de los malos para hacer bestialidades y arrepentirse demasiado tarde. No
lo permitiría. Alyssa no debía ser transformada. Tendría a la joven a su lado, pero no
eternamente. No se merecía pasar toda la vida llorando por lo que era.
Con un suspiro, besó el brazo de la muchacha y la observó unos instantes. De pronto, la
puerta se abrió y apareció el padre de Alyssa con una mueca de sorpresa. Luego, se enfureció.
Sélthan escribió otra palabra y revisó de nuevo la carta entera. No estaba seguro de que le
saliera bien. Debía escribir un aviso al alcalde de la ciudad avisándole de que nadie se adentrara
en el bosque, pues había criaturas desconocidas y agresivas que eran capaces de atacar al
primero que pasaba. Pero no quería que la carta delatara que él era una de esas criaturas.
Mojó la pluma en el tintero y, temblando, escribió otras palabras. ¿Le saldría bien? Suspiró
y dejó la pluma en su sitio. Eso no se le daba bien. Ya la terminaría en otro momento. En ese
instante, la ventana que daba al bosque, a lo lejos, se abrió de par en par y una ráfaga de viento
irrumpió en la estancia y se quedó en el centro, girando como si fuera un torbellino, hasta que
tomó forma de contornos femeninos y una mujer de rasgos jóvenes apareció en la estancia.
Sélthan se levantó y frunció el ceño, reconociendo a Frahma, una vampira peligrosa a la
cual había conocido un día de paseo por el bosque. Sus nítidos ojos rojos mostraban un fulgor
seductor, al igual que sus labios escarlata, de los cuales salían dos colmillos blancos y
puntiagudos. Sus largos cabellos oscuros ondeaban al viento. Sus ropajes negros relucían a la
luz de la luna. Su sonrisa era sarcástica y era capaz de hacer temblar a quien la viera. Pero
Sélthan ya estaba acostumbrado a ver a vampiras así. ¿Qué demonios quería?
—Hola, querido. Supongo que ya sabes quién soy. Y el bando al que pertenezco.
—Ve al grano, Frahma, y márchate. Aquí no te necesitamos.
La mujer se echó a reír melódicamente y se giró. Puso una pose seductora que Sélthan
observó de arriba abajo y tragó saliva.
—Seguro que sabes que Carvien está aquí. Creo que te prometió que te ayudaría a cuidar
de Alyssa toda su vida, ¿no? Carvien no es quien tú crees, cariño.
Sélthan cerró los puños y apretó los dientes, gruñendo:
—¡Lárgate! Carvien es un amigo. Tú sólo eres una vampira traidora. Te fuiste con la Dama
del Bosque traicionando a tu clan. Ese espíritu es un gallina que se aprovecha de las criaturas
que poseen más fuerza y poder. Vete con ella antes de que sea yo el que acabe contigo aquí y
ahora.
—¿Con qué? No eres capaz ni de coger un crucifijo. Pero si me marcho, deberá ser con
Carvien, ya que nuestra señora le espera. ¡Ay, no!, es verdad, que ésta era la noche que
prometió que transformaría él mismo a tu hija y se la llevaría. Deberá estar ocupado en su
habitación.
Con una risa maliciosa, la mujer se rodeó de una neblina negra y se transformó en un
murciélago, que alzó el vuelo hacia la ventana y se perdió entre la oscuridad.
54
Sélthan se quedó temblando ante su escritorio. No podía ser verdad lo que había dicho
sobre Carvien. Él había prometido proteger a su hija y eso debía hacer. Pero, desde que Alyssa
había alcanzado edad para ser transformada sin problemas, el joven no salía de la habitación
de la muchacha. ¿Sería porque… preparaba la metamorfosis secreta? No, no podía ser.
Cerró los ojos y trató de localizar a Carvien con su poder telepático. Se dejó caer en la
silla al comprobar que el joven estaba ocupado pensando en si metamorfosear a Alyssa o no.
¡En ese momento, ya no dudaba y pensaba que eso era lo mejor! Se levantó como un rayo y
salió de su despacho sin darse cuenta de que, tras las cortinas, se escondía un murciélago que
sonreía satisfactoriamente.
Subió las escaleras tan rápido como le permitieron sus ágiles piernas e irrumpió en la
habitación de su hija. El alma le cayó a los pies cuando vio a Carvien a punto de morder a
Alyssa. Y entonces supo que Frahma había sido sincera en una cosa: Carvien era un traidor,
secuaz de la Dama del Bosque.
El joven dejó el brazo de Alyssa sobre la cama y se levantó en cuanto vio el rostro
enfurecido del padre de la muchacha. Fue hasta él y trató de explicárselo, pero Sélthan observó
a su hija, cogió a Carvien del brazo y salieron de la habitación cerrando la puerta tras ellos sin
darse cuenta de que Alyssa había visto lo que había pasado y se sentía triste por no haber sido
transformada.
—¿!A qué estás jugando, chico¡? —rugió el hombre en cuanto se alejaron lo bastante de
la estancia.
Con el alboroto, oyeron que Zaire subía las escaleras, molesta.
—¿Qué son todos estos gritos? —preguntó.
—Resulta que Carvien está de parte de la Dama del Bosque y trataba de transformar a
nuestra hija para llevársela. Es un traidor.
—¿¡Qué!?
El joven retrocedió unos pasos pero vio que su espalda había chocado contra la pared. No
tenía escapatoria.
—Puedo explicarlo. No pensaba transformarla. Además, yo no tengo amistad con la
seño… dama. Yo… no quiero que le pase nada a Alyssa.
—Pues parecía que desearas lo contrario.
—¡No lo entendéis! Hay muchos monstruos que vendrán hacia aquí para metamorfosear
a vuestra hija si nadie lo hace. Y si lo consiguen, será tarde. Ella tiene poderes que les ayudarían
a…
—¿Poderes? ¿Qué poderes?
—La poca pero poderosa magia que consiguen pocas escasas personas en el mundo. Al
parecer, ella es una de ellas. Y no ocurre todos los días, así que los monstruos aprovecharán
esta oportunidad para la noche de Las Tres Lunas, con su ayuda, y volver a la humanidad.
Alyssa debe ser extremadamente protegida o transformada cuanto antes, o si no…
55
Los ojos de Zaire se llenaron de lágrimas.
—Y pensar que tú me ayudaste a no matar a mi propia hija para que no fuese una de los
míos… Sólo nos despistabas para aprovechar que confiábamos en ti para transformarla.
¡Confiábamos en ti, bastardo!
—Señora, yo…
Sélthan y Zaire no quisieron oír más. El hombre cogió al joven del brazo, fue hasta la
puerta de entrada y lo echó de la casa.
—¡Fuera de aquí! Y no se te ocurra volver a nuestra casa. Ve a llorar a tu damita, si quieres,
porque ya no eres nuestro amigo… traidor.
Había fracasado. No pensaba traicionar a los Whiverlee. Ellos sí eran sus amigos. Tenía
pensado dejar el bando de la Dama del Bosque, ¿pero cómo? Estaba claro, que ya no tendría
otra oportunidad. Se alejó unos pasos de la casa y alzó la mirada hacia la ventana de la
habitación de Alyssa. <<¿Por qué he hecho esto? ¿Por qué siempre que miro al espíritu a los
ojos me hipnotizo?>> De pronto, entre la oscuridad que envolvía la casa, distinguió una figura
animal diminuta que volaba hacia él. Al llegar al suelo, se transformó en una mujer de rasgos
seductores, con el pelo largo y oscuro.
Frahma.
—¿Has sido tú? ¿Por qué has hecho eso?
—Estaba claro que nunca transformarías a Alyssa. Así que, ¿por qué no divertirme un
poco? No sólo has traicionado a la chica que quieres, Carvien, sino también a tu verdadera
familia.
Dicho esto, corrió hasta el final de la ciudad. Hacia el bosque. Y se perdió entre la
oscuridad.
El joven se agachó, echándose a llorar. Todas que las emociones que no sentía desde hacía
muchos años volvían a él de nuevo. Se sentía decepcionado, triste, humillado. No quería
hacerle eso a Alyssa. La quería. Pero lo había fastidiado todo. Por culpa de esa Dama del
Bosque había obedecido sus sucias órdenes. Se miró las manos y luego alzó la mirada hacia el
cielo, hacia la luna… llena. Vio cómo las uñas le crecían, el pelo se le alargaba, la nariz se
transformaba en un hocico… Dio un último grito humano y se transformó en lo que él llamaba
una bestia.
—¿Carvien?
El lobo se volvió y vio que Alyssa había salido de su casa en camisón, y estaba allí,
observándole melancólicamente. En cuanto miró los ojos del animal, se sorprendió.
—¡Tú! ¡Eras tú! El lobo que vi en el bosque aquel día que íbamos a comunicar la noticia
de la muerte de mi hermana a nuestros familiares. El lobo del que me enamoré, del que no he
dejado de pensar… —le tendió su mano y miró hacia otro lado. —Muérdeme. Muérdeme y así
estaremos juntos…, por favor.
En su mente apareció la voz de Carvien pero más ronca:
56
<<No. No puedo hacerte eso, Alyssa. No te mereces esto. Además, son tus padres los que
deben decidir tu futuro.>>
—¡Tengo edad suficiente para elegir mi futuro! Y quiero estar contigo… toda la eternidad.
El lobo se acercó a su mano y abrió las fauces. Alyssa cerró los ojos y respiró
agitadamente, esperando el momento del mordisco. Pero éste no llegó. En su lugar, sintió unos
lamidos en su muñeca. Sus ojos se llenaron de lágrimas al ver que su amigo daba media vuelta
y corría hacia el bosque. En su mente aparecieron unas últimas palabras de su mejor amigo,
lejanas:
<<Vive tu vida en paz y disfrútala, pequeña. Debes saber que la vida que tú tienes es el
mejor regalo que un monstruo como yo desearía.>>
La luz de la luna rozaba levemente sus rizos pelirrojos. Alyssa bajó la cabeza y se miró la
muñeca donde su mejor amigo le había dado uno de sus regalos. El último.
Sus lágrimas salían de sus ojos a borbotones. Susurró unas palabras ahogadas en un
sollozo:
—Te quiero…
Un aullido lejano fue su única respuesta.
El hombre alzó la vista hacia el balcón del despacho del señor Whiverlee. Allí estaba él.
Frunciendo el ceño y mostrando su majestuosa figura a la luz de la luna. No parecía estar
contento por lo que acababa de ver.
Ni él tampoco. Hacía años que se había dedicado a los monstruos y nunca había visto nada
parecido. Lo que sabía era que la hija de los Whiverlee tenía amistades con un hombre-lobo.
Lo que significaba que tendría que acabar con él.
Y con ella también.
57
VIII
H asta los árboles parecían enfadados. Agitaban sus ramas con tal violencia que
le arañaban la piel. Señal de que ella se había enterado. Frahma tenía razón:
no sólo había traicionado a sus amigos de verdad, sino también a la gente que
le ofreció ayuda. Si fuera valiente, habría desaparecido directamente del país,
pero debía ir a decirle a la Dama del Bosque que pensaba abandonar su bando
y crearía el suyo propio, reuniendo a pobres monstruos y enseñándoles a hacer el bien para la
humanidad.
Sintió cómo todas las sensaciones se arremolinaban en su estómago y estaba más
pendiente por lo que le había dicho a Alyssa y en si volvería a verla que no se había dado
cuenta de que, de nuevo, tenía aspecto humano, pero sin camisa.
Bajó la mirada ante la impotente figura del espíritu y soltó con un hilo de voz:
—He fracasado, mi señora. Pero vengo a deciros otra cosa. Dejo el clan. Buscaré mis
aventuras y deberes dependiendo de mí mismo. Gracias por ofrecerme vuestro apoyo, pero me
voy. Adiós.
La Dama del Bosque no parecía interesada en el asunto de la despedida. Como si no lo
supiera, miró por todos lados con la típica sonrisa de una niña que espera un caramelo y
preguntó, desconcertada:
—¿Dónde está ella?
Carvien no se atrevió a responder. Se agachó e inclinó la cabeza en señal de respeto. Luego
se levantó y dio media vuelta, dispuesto a marcharse, pero la mujer no pareció satisfecha.
—¿Dón-de es-tá e-lla? —vociferó entre dientes, separando cada sílaba.
—Os lo he dicho, señora. He fracasado. Pero ya no trabajo para vos.
La mujer frunció el ceño y se levantó. Fue hasta Carvien y le puso una mano en el hombro.
El joven supo que debía darse la vuelta y se volvió. Mostraba una mueca seria, desinteresada
por todo lo que le rodeaba.
—Sabía que te habías encaprichado con esa chica, pero no tanto como para dejarla vivir.
¡Pedazo de inútil! Te prometí que si no me la traías, sabrías lo que es sufrir y yo siempre
cumplo mis promesas.
58
Con suma velocidad, llevó la mano al abdomen del joven y le clavó las uñas, no sólo
desgarrándole la piel, sino también matándolo poco a poco. Carvien aulló de dolor y trató de
apartar al ser de él, pero estaba horriblemente paralizado.
—¿Por qué no la has traído? ¿Por qué no has tenido el valor de morderla? ¿Por qué no la
escuchas y haces de una vez lo que ella desea de verdad?
Carvien no se resistió más.
—¡Porque la amo y no quiero que caiga en manos en una bestia como tú!
La mujer pareció dolida y toda su tortura cesó. Carvien cayó al suelo, debilitado,
respirando débilmente con la frente mojada de sudor, mientras que la mujer alzó la vista al
cielo nocturno y repitió:
—Una… bestia…
Se le llenaron los ojos de lágrimas y una de ellas, plateada como la luna, resbaló por su
mejilla hasta caer en una de sus manos. La mujer la observó, sorprendida, como si nunca
hubiera visto llorar, y miró a Carvien.
—Has vivido siete años junto a humanos. Sabes cómo viven. Y tú te estás convirtiendo en
uno de ellos. Si lo que quieres es marcharte, vete. Ya no te necesito —Carvien debía seguir
totalmente paralizado, porque la criatura insistió levantando la voz—. ¡Lárgate, no quiero verte
más!
Carvien se incorporó con sumo esfuerzo, dio media vuelta y se marchó. La Dama del
Bosque aguardó en su sitio sin darse cuenta de que, algunas sensaciones humanas habían
entrado en su corazón y ahora lloraba como una persona. Cerró los puños y apretó los dientes.
Si Carvien quería estar junto a Alyssa, lo estaría. Pero por poco tiempo. Fue hasta un árbol
y cogió una capa con capucha negra. Carvien acabaría con la muchacha quisiera o no.
El hombre se reunió con otros tres. Les miró a los ojos y sonrió sarcásticamente. Al fin
había llegado el momento de la diversión.
—Traigo noticias —anunció el recién llegado—: se ve que la hija de los Whiverlee tiene
relación con un hombre-lobo. Pero la conduciremos a ella para su circo y ganaremos nuestra
parte. Al igual que su hermana Flora.
Alyssa no podía conciliar el sueño. Las últimas palabras de Carvien rebotaban en su cabeza
una y otra vez, sin esfumarse. Cerró los ojos y trató de pensar en otro tema, pero era inútil
dormir. La figura del lobo que era su amigo apareció en su mente diciendo todas las palabras
que habían fascinado a la muchacha durante los últimos siete años.
—Alyssa —la sobresaltó una voz.
La joven se levantó y miró por toda su habitación y, junto a la ventana, vio la figura de
Carvien, con una horrible herida sangrienta en el abdomen. Se abalanzó hacia él y lo abrazó
con todas sus fuerzas.
59
—¿Dónde has estado? ¿Por qué te fuiste así?
—Tu padre me vio y dedujo que quería transformarte, pero al final no fue así. Es una
historia larga de contar: mira; yo pertenecía al bando de los que querían metamorfosearte para
que cayeras en sus manos, pero los he dejado. Alyssa, ¡soy libre! Y permaneceré a tu lado para
que nadie te haga daño. Ahora que saben que no voy a atacarte, ellos pueden venir en cualquier
momento, pero lo evitaré. Te lo prometo.
La joven lavó y curó la herida del muchacho mientras éste relataba toda esa experiencia.
Obligó a Carvien a que se tumbara en la cama y descansara. El joven le acarició el brazo y la
hizo sentarse a su lado.
—Eres preciosa —subió lentamente el brazo hasta la mejilla de la joven y le pasó el pulgar
por los labios, lo que hizo sonreír a Alyssa—. No me extraña que todos los monstruos vayan
detrás de ti.
La joven no pudo evitar soltar una carcajada ante tal comentario. Se tumbó al lado de su
amigo y le acarició el pecho.
—¿Cómo son los demás monstruos? ¿Son como tú o más… bestiales?
El muchacho la miró, sorprendido ante la pregunta.
—Ningún monstruo es igual a otro. Todos tienen un aspecto humano y otro bestial. Hay
que no pueden controlarse y atacan sin razón, y otros que conocen a algún humano o conviven
con ellos y saben controlarse. Pero ahora todos tratan de unirse porque te necesitan. Por unos
poderes que tienes.
—¿Poderes? ¿Qué poderes?
—Muy pocas veces nace alguien, sea humano o criatura, con unos poderes muy especiales
capaces de transformar a una criatura en humana para siempre. Y por eso quieren
transformarte, supongo; para que así llegues a confiar en ellos y les entregues tu don. Porque
han descubierto que la vida humana es el mayor regalo que uno puede tener. Pero, por lo que
he intuido, la Dama del Bosque los quiere para otra cosa. Pero no se saldrá con la suya, porque
yo seguiré a tu lado procurando que mantengas tu vida así como es para siempre.
—Yo quiero saber algo más sobre estos poderes para devolverte a la vida humana. Me
gustaría mucho, Carvien. De verdad.
Se acercó a él y le besó levemente en los labios. El joven la abrazó y cerró los ojos
disfrutando de la sensación. Años atrás, habría dado lo que fuera por volver a ser humano, pero
ahora no estaba tan seguro.
Una mujer encapuchada recorría nerviosamente las calles oscuras de la ciudad. Cada paso
que daba parecía producir una onda azulada en el suelo. Toda ella era insólita: pelo azul, piel
azulada, toda la negrura de sus ojos era pupila…
Se paró ante una taberna y buscó a sus socios de entre las pocas personas que quedaban.
Desde que Carvien le pareció sospechoso, se escabullía a la ciudad para charlar con sus socios,
cuatro ghouls despiadados que le traían los monstruos que ella mandaba. A cambio, les pagaba
60
con sangre humana. Se sentó junto a sus compañeros y distinguió entre ellos a Haven, el
hombre al que atacó en su ciudad y transformó.
—Bien, amigos. Nuestros planes se han desbordado un poco, pero se acabó. En vez de
dejar que Alyssa sea transformada por Carvien, que no lo ha hecho, vosotros iréis a por ella
esta noche. Yo me encargaré de que nuestro hombre-lobo no se interponga en la pelea mientras
que vosotros os hacéis con la chica, y, cuando la transforme, podréis quedaros con Carvien y
hacer lo que queráis con él.
>>Esta noche no tendremos piedad.
Alyssa notó que se le cerraban los párpados. Al estar cerca de Carvien le vencía el sueño
rápida y fácilmente. Apoyó la cabeza sobre el pecho del joven y cerró los ojos unos instantes,
cuando notó que el muchacho se sobresaltó.
—¡Despierta! ¡Despierta, rápido!
La joven abrió los ojos y miró sin comprender la cara de pánico de Carvien.
—¿Qué ocurre?
Le tapó la boca con una mano y señaló que no hiciera ruido.
—Los ghouls… vienen hacia aquí. Saben que estás conmigo y que sabes lo de los poderes.
Debemos irnos cuanto antes… al único lugar donde no nos buscarán.
—¿Los qué? ¿Otro monstruo? ¿Nos buscan? ¿Por qué? ¿Qué tienen que ver ellos con los
poderes?
—Los ghouls fueron transformados por vampiros y ahora estos cuatro trabajan para la
Dama del Bosque, la más peligrosa de todas. Ella quiere tus poderes. Como te he dicho antes,
esa mujer quiere tus poderes para algo malvado, pero no sé qué es… Todos los monstruos
vendrán tarde o temprano a por ti, Alyssa. Ahora que sólo quedamos tú y yo despiertos…
estamos solos. Debemos irnos a ese lugar del que te he hablado.
—¿Y cuál es?
—El bosque.
La figura se acercó a la terraza. La luz de la luna iluminaba su piel de tal manera que
resplandecía como la plata. Cerró los ojos y se dejó llevar por los susurros que transportaba el
viento. De pronto, levantó los párpados y frunció el ceño. La mujer con apariencia de treinta
años se acercó a ella y le puso una mano en el hombro:
—¿Qué ocurre, Vanilka?
—La Dama del Bosque se lanza al ataque junto con cuatro Ghouls. Quieren transformar a
Alyssa.
—Pues debemos darnos prisa para que sea nuestra.
—Hay una cosa que quería comentarte, Arquidea. Se trata de que… yo no deseo que
Alyssa sea transformada a la fuerza. Yo tuve la mala fortuna de caer en manos de ese
61
Chupasangre que aniquilasteis, pero recuerdo que tuve pánico cuando supe que iba a ser
transformada. Esa chica seguro que debe estar igual si ya sabe que la quieren metamorfosear.
Ella debe tener al menos la oportunidad de tener una vida. La vida que ninguno de nosotros ha
podido finalizar. Si nosotros hemos sido transformados, ha sido porque hemos tenido mala
suerte. Pero yo quiero que esa chica tenga una oportunidad. Si es especial, es porque le ha
tocado, pero deseo que esté tranquila toda su vida.
>>Por tanto, me gustaría que fuésemos a aniquilar a los Ghouls y a la Dama de una vez
por todas y dejásemos en paz a la pobre niña…, por favor.
La mujer miró al suelo notando que las palabras le habían tocado el corazón muerto que
poseía. Se giró hacia su esposo y los demás vampiros con los que convivía y les informó de la
emboscada. Luego, sus palabras se convirtieron en un susurro.
—Que su vida siga en pie para siempre.
62
más que su mascota y miró por la ventana. Vio que la luna estaba en su lugar, iluminando todo
el terreno. Luego, el lobo se subió a la ventana y observó el suelo. Estaban a varios metros del
suelo, pero un hombre-lobo podría conseguirlo.
La joven cerró los ojos mientras notaba que el animal se impulsaba y…
…en menos de diez segundos estuvieron en el suelo. La joven alzó la cabeza hacia la
ventana de su habitación y escuchó el estruendo de alguien que derribaba una puerta. Acto
seguido, vio cómo dos hombres con la piel medio verdosa-azulada se asomaban a la ventana
con la madre de Alyssa cogida de la mano. Los ojos de la niña se humedecieron. Quiso apearse
del lobo, pero éste no se lo permitió.
—¡Debo volver y ayudar a mis padres! Además, aún voy en camisón.
<<Alyssa, no hay tiempo. Es sólo una trampa. Cuando te tengan te matarán. Tus padres
tienen la fuerza suficiente para deshacerse de ellos en un instante. Vayámonos de aquí cuanto
antes, pequeña.>>
La joven bajó la mirada hacia su amigo y luego la alzó hacia el bosque, a lo lejos. Con el
corazón en un puño, Carvien echó a correr mientras Alyssa se cogía con fuerza al cuello del
animal, resistiendo a los gritos de su madre. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas como
perlas, mientras se repetía en su interior que no valía la pena vivir si estaba perseguida.
Se internaron en la floresta mientras las ramas se movían hacia otra parte, como
permitiéndole el paso. Alyssa miró a un lado y a otro, todo el terreno que nunca había podido
observar. Ahora estaba allí y no pasaba nada. El bosque no era peligroso, sólo eran viejas
historias de los demás. De pronto, una fuerza invisible empujó a la joven y cayó al suelo y
cerró los ojos, sintiendo que todo le daba vueltas y que Carvien ya no estaba junto a ella. Algo
la atacaba y… estaba sola.
Vanilka corría a toda velocidad entre los árboles. Ya se habían topado con algunos
hombres-lobo que estaban con la Dama y los habían aniquilado. La vampira giró la cabeza
hacia sus compañeros y vio que no eran capaces de ir a su ritmo. Con un suspiro, siguió
corriendo hacia la niña.
Un escalofrío recorrió su cuerpo y un gemido pasó por su mente. La joven se paró, atónita,
y supo que venía de Alyssa. Cerró los ojos y se concentró en sus poderes, escuchar lo que le
decía el viento, y oyó que la niña estaba en el bosque, sola, y que alguien poderoso la estaba
atacando.
Con un gruñido recargó fuerzas, lista para ir en su ayuda, pero a lo lejos, oyó un rugido.
Se acercó más y, sobresaltándose, vio que se trataba de un despedazador, un perro enorme con
los dientes y pezuñas como cuchillos. Estaba allí para evitar que fuera a ayudar a la joven
Whiverlee. Él lo sabía. Le habían comunicado que ellos irían a ayudarla. Reprimió un grito de
frustración mientras se lanzaba encima del dragón, dispuesto a derrotarlo, para ir cuanto antes
a por Alyssa.
63
Abrió los ojos y resopló. Miró por todos lados. ¿Dónde estaba Carvien? No podía haberla
abandonado así como así. De pronto, ante ella vio al hombre que hacía años había sido
simpático, un compañero que le había ayudado a descubrir el secreto de sus padres y que ahora
se erguía ante ella con aires vengativos. Ante ella estaba Haven, el caza-vampiros, que ahora
tenía aspecto de ghoul.
—Te necesito, pequeña —dijo solamente.
La joven se levantó y por un momento se olvidó de que iba en camisón.
—¿Por qué hacéis esto? ¿Para qué queréis a mis padres? ¿Por qué no dejáis de
atormentarme?
—Eres muy especial, Alyssa. Y sólo una criatura puede salir beneficiada por tu poder.
Pero para eso debo transformarte. Yo… lo siento, Alyssa. Pero no sabes cuántas bestias quieren
ser de nuevo humanos y no pueden. Pero ahora, puedo volver a serlo. Con tu ayuda… Por
favor…
A la joven se le llenaron los ojos de lágrimas.
—A mí me encantaría ayudarte… pero… No quiero acabar siendo como tú. Además… te
matarían de nuevo así que… ¿de qué serviría?
Haven frunció el ceño. Su piel se volvió marrón oscura, las uñas se le alargaron, los dientes
se le prolongaron y afilaron, y el globo ocular se amarilleó plenamente. Avanzó hacia Alyssa
a gran velocidad, asustándola, haciendo que la joven cayera al suelo, y la siguió mirando con
odio.
—¡Mírame! ¡Mira lo que me han hecho! No quiero volver a ser uno de estos seres. ¡Hasta
odio observar mi reflejo! ¡Y si yo quiero que me ayudes, lo harás!
Varias lágrimas resbalaron por las mejillas de la joven. Ahora entendía por qué el bosque
era peligroso. Se levantó y avanzó hacia el hombre sin miedo, pero con cierto destello triste en
los ojos.
—Por favor. No me hagáis esto. No tengo la culpa de ser así… ni de que vosotros hayáis
tenido la mala fortuna de ser transformados. Pero estoy segura de que uno llega a
acostumbrarse. Deja vivir y verás que todo saldrá bien.
Haven detuvo su brutal transformación y regresó a su forma normal de Ghoul: lo más
parecido a un hombre excepto por su piel verde claro. Miró al suelo y puso una mueca triste.
—Yo… nunca creí que llegaría a esta opción… Pero… me has convencido.
Los labios de Alyssa se curvaron en una leve sonrisa de satisfacción y lo miró. El hombre
levantó la cabeza y le sonrió tristemente. Se llevó la mano al cinturón sin dejar de mirar a la
joven…
…y sacó una navaja que clavó directamente en el pecho de Alyssa.
64
El despedazador lanzó un rugido y se le lanzó encima. Abrió las fauces y le arañó un brazo
que tenía al descubierto. Vanilka gruñó. Desde que era un vampiro nunca había sentido dolores
que no fueran en el abdomen o en el pecho. Y ésa era una gran ventaja.
Con un gran esfuerzo, hizo que le crecieran las uñas y las clavó en el lomo del animal, que
rugió desesperado y se apartó un poco. Las garras de la vampira se normalizaron y se levantó,
pero el monstruo se lanzó sobre ella, aplastándola bajo su pesada y enorme barriga.
La joven gritó y trató de apartar a la bestia de encima de sí con su fuerza vampírica, pero
no hubo resultado. Para mover un despedazador adulto se necesitarían como cinco o seis
vampiros y hombres-lobo.
—¡Aparta, bicho apestoso! Debo ir a por ella. ¡Quiero ir a por mi…!
—Vanilka, ¿estás bien?
La vampira sacó un poco la cabeza con gran esfuerzo y vio a los amos del castillo, dos
varones jóvenes y una vampira de su misma edad. Eran los cinco vampiros más fuertes de la
fortaleza. Habían venido a ayudarla.
—¿Qué creéis? Esta postura no es la adecuada para tomar una taza de té, si os digo la
verdad. ¡Sacadme de aquí, por favor!
Entre los cinco, lucharon contra el animal y lo hicieron retroceder. El amo del castillo le
cortó una oreja al animal, uno de sus puntos débiles, y éste dio un respingo y huyó dolorido,
asumiendo su derrota.
Los cinco vampiros se acercaron a la joven y la levantaron delicadamente.
—Vamos, tenemos que irnos, Vanilka.
—Sí, he visto que le ha pasado algo.
La joven empezó a correr hacia el lugar indicado pero uno de los vampiros la cogió de la
mano, reteniéndola.
—¿Por qué te preocupas tanto por esa chica?
—Porque tiene derecho a vivir, como lo tuvimos todos nosotros.
—Eso no es. ¿Por qué le tienes tanto cariño y te preocupas tanto por ella?
Vanilka miró al suelo y luego a los cinco rostros que la observaban con curiosidad. La
joven respiró hondo. Había llegado el momento de la verdad.
—Porque es mi hermana.
>>Y la quiero.
—¡Dame tus poderes, bruja! Quiero volver a ser yo. ¡Lo necesito!
Alyssa se quedaba sin respiración. Sus ojos se llenaban de lágrimas que resbalaban por
sus mejillas, cayendo al frío suelo del bosque, que algún día fue cálido y dulce.
¿Por qué Haven se comportaba así? Mejor dicho, él ya no era Haven. No lo reconocía en
su interior, ni en sus ojos. Cuando alguien se transformaba en monstruo, se descontrolaba y era
capaz de asesinar a sus seres queridos o conocidos sólo pensando en sí mismo.
65
La joven apoyó su mejilla contra el suelo, sintiendo cómo un terrible frío recorría todo su
cuerpo. Su herida estaba matando todo su cuerpo por dentro, le desgarraba el corazón.
Alzó la mirada hacia el Ghoul y vio que éste seguía empuñando la navaja, dispuesto a
clavársela en cualquier momento, dándole muerte.
—Si no entregas tus poderes, pienso arrancarte el corazón y alimentarme con él.
—¿No lo entiendes? —aulló Alyssa con las pocas fuerzas que le quedaban—. Yo no sé
nada de mis poderes. No sé ni si existen ni cómo usarlos. No sé dónde están. Y yo no te he
hecho nada para que tú me hagas esto.
—Piensas mal, pequeña. Tú eres la que podría hacer que alguno de nosotros deje de sufrir.
Alzó el puñal y, dispuesto a clavárselo, lo bajó rápidamente hacia el corazón de Alyssa,
pero, la hoja apenas rozó el vestido de la joven cuando una figura negra apartó, de un empujón,
al monstruo de la muchacha moribunda.
Ésta entrecerró los ojos, sintiendo que la vida se le iba a cada segundo que pasaba. Vio
que la figura negra se trataba de Dave, el hombre-lobo al que ayudaron en su casa y que casi
la mató, pero al final no fue así. Forcejeó con el ghoul, le clavó la navaja en el pecho y se
desintegró.
Lo siguiente que observó fue que cinco personas se acercaban a ella a toda prisa.
—¡Ayúdala! —gritó una—. Se está muriendo. Debemos hacerlo para evitarlo.
—Pero su padre dijo…
—Seguro que su padre la quiere ver con vida y no muerta. Transfórmala en seguida.
>>Es la única opción que tenemos ahora.
Lo último que vio fue que un hombre pálido de pelo negro se acercó a ella. Puso sus labios
en su cuello. La mordió. Y sintió que le chupaba la poca sangre que le quedaba, tratando de
ayudarla.
Vanilka apretó los dientes y rezó, por primera vez, que su hermana no muriera
definitivamente.
Cuando los ojos de Alyssa se cerraron, todos bajaron la mirada, sabiendo que la vida de la
joven ya no sería en color.
Y perdería todo lo que más amaba.
66
IX
C arvien miró por todas partes. Hacía tiempo que buscaba a Alyssa, pero había
desaparecido. Tan sólo unos minutos atrás, había sentido una ráfaga de viento que
los empujaba un poco y luego, ya no había notado el cuerpo de su amiga sobre su
lomo. Se transformó en humano y corrió por todo el bosque buscando a la joven.
No había podido ir muy lejos. De pronto, sintió un frío en la nuca que conocía a
la perfección.
—Hola, Carvien.
El joven apretó los dientes y cerró los puños. Se giró y reconoció la figura de la Dama del
Bosque.
—¿Dónde está? ¡Dímelo!
—¿Dónde está, quién?
—Lo sabes perfectamente.
—Siempre arruinas las bromas que hago.
—¡¿Dónde está?!
La mujer sonrió sarcásticamente. Miró al suelo y luego levantó la mirada hacia el joven.
Éste vio que los ojos del espíritu se habían vuelto rojos. No era muy normal en ella.
—Está con Haven, mi más preciado ghoul. Me había prometido que le quitaría los poderes
a Alyssa con unos polvos mágicos que tenía y que, si ella se negaba, la destrozaría en un
periquete. Y conociendo el carácter de tu amiguita, a saber cómo la ha dejado ahora.
—¡Eres una bruja! ¿Por qué queréis hacerle eso a Alyssa?
La mujer se acercó lentamente a Carvien y le acarició la mejilla suavemente con la mano.
—¿Tú ves cómo nos dejaron nuestros antepasados? Nosotros sí merecemos volver a ser
humanos. Pero ya que sólo puede beneficiarse uno de los poderes de esa cría, que se beneficie
el más viejo. En pocas palabras: yo. Además, hay muchos humanos en el mundo. No la echarán
de menos si Haven la destroza.
Los ojos de Carvien se humedecieron. La mujer le besó en la mejilla, se levantó y se fue.
El joven se frotó el pómulo y se incorporó. Cerró los ojos tratando de localizar mentalmente el
lugar donde estaba Alyssa y fue hasta allí a toda prisa. Ante él vio el cuerpo de su amiga sobre
el suelo, con el pecho cubierto de sangre. Corrió hacia ella y le levantó la cabeza. Sus ojos sin
67
vida seguían abiertos y pudo distinguir un leve destello rojizo en ellos. Sabía lo que significaba.
Le miró los brazos, las piernas y luego el cuello. Y encontró lo que buscaba: unos orificios
rodeados de un ligero tono escarlata.
Le recorrió un escalofrío. Alyssa había sido mordida por esos vampiros sin corazón. Miró
el cielo mientras miles de lágrimas plateadas caían por sus mejillas y luego sobre el vestido
sucio y desgarrado por los dobladillos.
—Alyssa… —su voz se volvió un sollozo apagado.
Sus gritos llenos de amargura y tristeza se oyeron por todo el bosque mientras Carvien, en
su interior, se despedía de la única amiga que había tenido en la vida.
El cuerpo de la joven fue trasladado a la mansión de los Whiverlee, y sus padres y los
criados se ocuparon de vestirla y maquillarla para el momento en que la nueva Alyssa
abandonara la casa.
Zaire estuvo un par de horas, arrodillada ante su segunda difunta hija, mientras se despedía
de la última de sus dos hijas.
El hombre se acercó a su mujer y le puso una mano en el hombro.
—Es hora de que nos olvidemos de ella, al igual que hicimos con Flora.
Los ojos de la mujer se inundaron de lágrimas al recordar a su anterior hija.
—No puedo —sollozó—. Nos quitaron a Flora y ahora a Alyssa. Las únicas hijas que he
tenido. El único consuelo para no entristecerme de lo que soy. ¡Un monstruo! Ahora…
Los ojos de Sélthan se llenaron de lágrimas pero parpadeó para contenerlas. Avanzó hacia
su mujer y le pasó los brazos por los hombros.
—¿Crees que yo me enorgullezco de lo ocurrido? Alyssa era lo único que nos quedaba.
Pero por más que supliquemos que vuelva, no lo hará. Al igual que nuestros padres cuando
fuimos transformados. Hemos aprendido a tener una vida como podíamos, y hemos convivido
con humanos. Hemos formado una familia. Y ahora debemos aceptar que se han ido y…
debemos seguir nuestra vida. Alyssa irá con esos… chupasangre y tendrá una nueva vida. Pero,
al igual que nosotros, algún día volveremos a estar juntos… en el cielo. Y volveremos a ser
una familia feliz —esta vez, varias lágrimas resbalaron por las mejillas del hombre, pero éste
no se las secó—. Ya lo verás, cielo. Volveremos a ser tan felices como antes.
Zaire se levantó y avanzó hacia la cama en la que se encontraba su hija. Sus labios rojos
como rosas frescas eran ahora rojo escarlata con suaves tonos de color fresa. Sus cabellos
ondulados eran ahora rizos rojos como la luna de sangre. Y su piel se volvía cada vez más
pálida.
Le acarició suavemente la mejilla y un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Además de
pálida estaba fría como el hielo.
Una lágrima plateada cayó en la frente de Alyssa, el último regalo de parte de su madre.
68
Luego la mujer dio media vuelta y salió de la habitación, derramando más lágrimas. Su
hija ya no sería como ninguno de ellos, ni tan sólo humana. Pero seguiría siendo de la familia.
Y eso estaba aún presente en los corazones del matrimonio.
El joven trepó por la pared sujetándose de algunas ramas de árboles, como había hecho
anteriormente. Entró en la habitación con el máximo sigilo que su naturaleza le permitió y se
acercó a la cama de su amiga, donde ahora reposaba, pero no por mucho tiempo. Se sentó en
el lecho, junto al cadáver, y le cogió una mano. No pudo evitar que varias lágrimas la
empaparan.
—Desde que te conocí, siempre deseé que nunca te separaras de mí y que, al final, te
transformaras en uno de mi especie. Pero ahora me arrepiento de haber pensado eso… y de no
haber acudido junto a ti cuando caíste de mi lomo. Jamás me lo perdonaré. Sin embargo, ahora
tienes toda una eternidad para vivir… el tiempo que necesitaré para disculparme y poder seguir
siendo tu amigo. Pero quiero que sepas, que aunque nos separaremos durante el tiempo que no
pueda controlarme… vas a seguir estando en mi corazón. Donde nunca ha habitado una chica.
>>Nunca te olvidaré, Alyssa.
Le soltó la mano y se dirigió a la ventana. Se subió a la superficie de madera y observó el
cielo nocturno. La luna llena salió de detrás de las nubes, iluminando gran parte de la ciudad.
Carvien se miró las manos de las cuales empezó a crecerle pelo y las uñas se transformaron en
zarpas letales.
—Soy un monstruo. Y siempre lo seré —se lamentó.
En ese momento, el joven aulló y se metamorfoseó en una criatura peluda y temida que
saltó de la ventana y desapareció entre la oscuridad que envolvía la ciudad.
Su pecho, lenta y ligeramente, empezó a subir y a bajar. Su pelo se rizó y se tiñó del color
de la sangre. Su piel se volvió blanca como la leche y unas leves ojeras aparecieron en su
rostro. Abrió la boca para dar una bocanada de aire y unos pequeños pero afilados colmillos
rasparon su labio inferior. Abrió los ojos, unos ojos rojos escarlata y echó una ojeada. ¿Qué
había pasado? ¿Por qué se sentía rara? Todos los recuerdos aparecieron de repente en su mente:
la huida al bosque, la caída del lomo de Carvien, el regreso de Haven, el asesinato… Y luego
esas cinco personas que habían tratado de quitarle la vida… No, no se la habían quitado. Mucho
peor, se la habían dado eternamente. Lentamente, se llevó la mano a la cara y se la palpó.
Luego se tocó el pecho, donde antes había estado la herida. Todo parecía normal. Se llevó la
mano a la boca y, con dos dedos, rozó los nuevos dientes que le habían salido. Unos colmillos
muy puntiagudos. Volvió a poner la mano sobre el vientre y sintió un gran dolor y tristeza en
su interior. Pero sus ojos no se le llenaron de lágrimas. Entonces lo supo: se había transformado
en un vampiro.
69
Se levantó de su cama lentamente y se dirigió a la ventana. El aire nocturno acarició sus
rizados cabellos rojos como la luna que se tiñó ante ella.
El signo de que un nuevo monstruo había nacido.
Cerró los ojos y una neblina negra empezó a rodearla. Alzó los brazos en cruz y se
transformó en un murciélago, un animalejo nocturno. Batió las alas y emprendió el vuelo hacia
el bosque, fuera de la ciudad. Su energía empezó a agotarse mientras que un hambre voraz hizo
que le rugieran las tripas. Toda ella se descontroló, al igual que su transformación. Sus garras
se transformaron en dedos y sus patas en pies.
Apenas acababa de entrar en el bosque que volvió a su aspecto vampírico y cayó al suelo,
agotada… y se desmayó.
Poco después, una figura con aspecto humano tapada con una capa negra la encontró, la
cogió en brazos y se la llevó lejos, al interior del bosque.
En ese momento, dos estrellas se agrandaron y brillaron con tanta intensidad como la luna.
Tan sólo medio minuto más tarde, las estrellas se apagaron… y la luna se oscureció.
Desde entonces, los lobos no dejaron de aullar tristemente.
70
Segunda parte
71
X
M
i señora —la criatura se acercó cojeando hacia la mujer y, en seguida que le
llegó el tufo a azufre a la nariz, se enderezó y la miró seriamente—, la
chica… ya no es humana. Parece ser que el ghoul perdió el control y la
mató. También llegaron unos vampiros y la transformaron. Creo que… si
ya no puede ser uno de los nuestros… no conseguiremos su poder.
>>Y la Noche de las Tres Lunas… fue ayer.
Pero la mujer no dejó de sonreír sarcásticamente.
—Tranquilo, mi monstruito. Esta vez hemos fallado. Pero ya verás que, dentro de siete
años, será mía… para toda una eternidad.
El ocaso se extendía por todo el bosque y la ciudad. Las ramas de los árboles se removían,
inquietas, como si algo insólito fuera a pasar. Los lobos empezaron a aullar, como era normal
en la floresta.
En su interior, cerca de una colina, se encontraba una cueva ancha de interior con paredes
de granito cálidas por el día y húmedas por la noche.
No lejos de la entrada había una pequeña hoguera en la que se quemaban cuatro gruesas
ramas con el propósito de iluminar el interior de la cueva.
Junto a las paredes, en el frío suelo, estaba el cuerpo helado de Alyssa, con los ojos
cerrados y respirando entrecortadamente. Ya no llevaba puesto el camisón blanco como su piel
que sus padres le habían puesto. Ahora iba vestida con un conjunto negro como sus pupilas:
una camisa de cuello abierto, mangas estrechas y largas hasta las muñecas, unos pantalones
largos y ceñidos, al igual que unas botas que le llegaban hasta las rodillas. Atada al cuello
llevaba una capa azul oscuro como el océano por la noche, con la que algunos vampiros hacían
gran uso. Sus rizos ya no eran tan rojos, ahora tenían un tono más oscuro. Y sus labios carnosos,
seguían del mismo color de la sangre que acababa de beber estando inconsciente.
La joven subió los párpados y observó el lugar en el que se encontraba. Parecía una cueva.
Se enderezó y buscó por todos lados al ser que pudo salvarla la noche anterior, pero no lo
encontró.
72
Se levantó para observarse de arriba abajo. Sonrió al darse cuenta de que iba con
pantalones. Nunca había llevado y le gustaba la comodidad que ofrecían.
En ese momento, una figura encapuchada entró en la cueva. Alyssa se sentó en el suelo
mientras no dejaba de mirar con algo de miedo a la persona. Ésta tiró las seis ramas de tamaño
mediano que había traído al fuego y se acercó a la joven.
—Veo que ya estás despierta —le sonrió mostrando unos dientes blancos y puntiagudos,
y fijó sus ojos escarlata en Alyssa, que se removió algo inquieta e insegura en su sitio—. ¿Qué
tal la transformación? ¿Notaste algo?
La figura se quitó la capa y la dejó a un lado. Dejó al descubierto sus hermosos y largos
cabellos castaños como la leña. Apenas eran ondulados. Ella también llevaba un conjunto
negro, pero diferente.
Alyssa entornó los ojos sabiendo que esa chica le resultaba familiar, ¿pero de qué?
Entonces lo supo.
—¿Flora?
La joven sonrió tiernamente.
—Sí, cielo. Soy tu hermana. Pero ya no me llamo así. Cuando me transformaron me
bautizaron como Vanilka.
—¿A ti te… transformaron?
La joven miró al suelo, como si le doliera recordar.
—Sí. Cuando me apuñalaron en el bosque, justo después de que te fueras, acudieron en
mi auxilio cuatro personas y, transformándome, me curaron la herida.
—O sea que… transformándote… ¿te curaron?
—Sí, cuando te transformas tienes una segunda oportunidad en la que puedes olvidar tu
pasado como humana y concentrarte en tu nuevo aspecto y vida. Y, si estabas herida como
persona, como criatura ya no. A no ser que te destruyan con esos artilugios repelentes como
las… estacas y el agua bendita. Hasta el sol. Pero eso ya lo tenemos controlado. Gracias a esto
—cogió su capa y señaló la de su hermana— podemos salir de día sin que nos pase nada. Pero
debemos cuidar que el sol no nos dé al rostro, o en menos de media hora no seremos más que
un montón de polvo.
Alyssa sonrió.
—Y… ¿dónde están los que me transformaron?
—Oh, ¿esos vampiros? Viven en un castillo deshabitado, cerca de aquí. Pero por ahora es
mejor que te quedes a vivir aquí. Muchas criaturas, incluida la Dama del Bosque, saben que
aún posees los poderes y, si te encuentran, estamos todos perdidos.
—Oh, sí. Los poderes. ¿Para qué los quieren?
—¿No te das cuenta? Tienes la capacidad de transformar en humano de nuevo a alguien.
Por lo que he oído, sólo puedes hacerlo a una criatura, pero no creo que sea cierto. Yo pienso
que sólo puedes realizarlo una vez, pero a muchas criaturas.
Vanilka miró al suelo, tratando de que su hermana menor no viera la sonrisa de tristeza y
súplica que sus labios habían formado. Pero Alyssa se dio cuenta.
73
—Tú quieres ser humana, ¿verdad? Igual que yo… y que muchas pobres bestias. No tienen
la culpa de que hayan sido transformados en lo que son y seguro que sus vidas humanas eran
mucho mejores que… eso.
Las dos suspiraron. Luego observaron el fuego chispeante sin saber cómo proseguir la
conversación. Al fin, Alyssa habló:
—A mí me gustaría ayudarte. A todos, pero te juro que no sé nada de estos poderes ni
cómo se utilizan. Pero si lo supiera… te juro que los utilizaría primerísimamente contigo.
Luego ya vería.
—Pero no es eso, hermanita. Es en una noche especial. La Noche de las Tres Lunas.
Cuando dos estrellas…
—Sí —la interrumpió—, eso ya lo sé. Sólo surgen en esa noche. Pues esperaremos a ver
qué pasa. No debe faltar mucho, ¿no?
Vanilka compuso una sonrisa pícara.
—Sólo siete años y unos días.
—¡¿Qué?! Pero ya han pasado siete años desde que crecí. Así que… ya debería llegar esa
dichosa nochecita.
Vanilka suspiró y explicó:
—Por si no te has dado cuenta, ayer fue esa noche. Cuando te desmayaste, las dos estrellas
brillaron, pero como no usaste tus poderes, se apagaron. Es lo que ocurre cada vez.
Alyssa no supo si llorar o refunfuñar. ¡Cómo era posible! La noche en que podría haber
vuelto a ser normal.
—Y yo que quería volver a ser una humana como antes…
—Cielo, no eras una humana. Ni yo tampoco. Por favor, éramos el producto de un hombre-
lobo y una sirena. No podíamos ser humanas.
—Pero mamá me decía que yo era…
—Mamá y papá nos engañaban para protegernos. Es obvio que, cuando creciéramos, era
posible que nos transformáramos en una mezcla rara, pero llegaron los chupasangres y… ya
ves. No somos ni humanas ni la combinación. Somos vampiras. Y muy guapas, por cierto.
Alyssa soltó una carcajada que le hizo olvidar todo el dolor que tenía en su interior. Miró
la brisa nocturna que entraba desde fuera y suspiró. Ya era de noche. Vanilka se giró y sonrió.
—Voy a ir a cazar. Debemos tener una despensa por si mañana no abundan los animales.
¿Te unes?
La joven miró de nuevo su ropa. Iba vestida de hombre, ahora hablaba como ellos y cazaría
como ellos. Aprendería a ser un vampiro para distraerse durante los próximos siete años.
Pasaba el tiempo y Alyssa se iba transformando en una ágil y valiente vampira. Cada
noche, cuando había luna llena, su hermana y ella iban a cazar cuidando en todo momento que
no se toparan con ningún hombre-lobo rabioso o hambriento u otras criaturas. Antes del alba,
las dos vampiras regresaban a la cueva y se alimentaban de lo que habían conseguido, con tal
74
de reponer fuerzas para la caza que harían durante la noche siguiente o, en casos de emergencia,
en pleno día llevando la capa y cuidando que el sol no les diera en la cara.
Vanilka le mostró a su hermana sus poderes especiales: poder contactar con el viento
mientras que éste contactaba con la vampira. Alyssa trataba de olvidarse de la vida que había
dejado atrás; sus padres en peligro, su mejor amigo Carvien y asuntos pendientes con el
sinvergüenza de Haven. También intentaba olvidar que llevaba semanas, incluso meses, en el
bosque y que aún faltaba un eternidad para que la joven sufriera lo inevitable decidiendo a
quién transformaría en humano, pues su familia lo deseaba y ella también.
Cada noche que regresaban a la cueva y, cuando faltaban minutos para que el sol saliese,
mientras que Vanilka se marchaba a dormir, Alyssa se sentaba en la boca de la caverna y
observaba las estrellas y les ponía los nombres de los seres a quienes más amaba, así, cuando
al alba siguiente las observaba sentía que ellos estaban junto a ella. Y lo estarían siempre. Y
cuando observaba la luna veía en ella su rostro juvenil, cuando no era un vampiro. Cuando no
era un monstruo. ¿Por qué le había pasado eso? Según lo que había oído decir a Carvien, ser
una criatura de la noche era peor que la muerte. Y ella sabía la razón; cada persona había venido
al mundo para formar su propia aventura en un tiempo determinado y, cuando ya había
disfrutado al máximo, se iba al cielo donde empezaba un descanso hasta que su alma ocupase
el cuerpo de un nuevo recién llegado. Si una persona era transformada en una de esas criaturas,
el tiempo en el que habitaría en el mundo sería inagotable y acabaría por aburrirse y
desesperarse, pero lo peor era que su corazón se volvía negro y despiadado, y atacaba a lo
primero que viera, no importaba quién fuera. Y eso preocupaba a Alyssa. ¿Atacaría algún día
a su familia? ¿Sería capaz de destruir a Vanilka? ¿O incluso a Carvien?
Hubo algunos días que las hermanas salieron por la noche a practicar fuerza y velocidad
vampíricas. Subían y bajaban árboles en menos de un minuto y podían arrancarlos y volverlos
a plantar por sí solas. Las dos lucharon practicando nuevas patadas, saltos y defensas, por si
algún día les fuera útil. Alyssa evitaba casi todos los golpes de su hermana con su formidable
agilidad, pero Vanilka sabía golpear con descomunal fuerza y conseguía parar todos los golpes
que le devolvía Alyssa.
Un tiempo después, llegó una tormenta de nieve que, durante días y noches, heló los
árboles y las piedras, y la comida escaseó, lo que obligó a que las dos hermanas se mantuvieran
calientes con un pequeño fuego y sus capas en la gruta, pero aprendieron que, como eran
vampiras y sus interiores estaban muertos, no sentían mucho el frío. Sin embargo, el hambre
cada vez las debilitaba más y les faltó poco para salir volando y alimentarse de la sangre de los
ciudadanos o pueblerinos. Pero el frío no cesaba y llenó las calles tanto de la ciudad como del
pueblo y nadie salía por nada del mundo. Entonces, las hermanas se vieron obligadas a vivir
una temporada sin probar bocado sin descontrolarse.
Poco después, llegó la primavera y, aunque por las noches hacía un ligero frío, la comida
regresó y las vampiras se quitaron de encima esa horrible tentación a probar la sangre humana.
En cientos de ocasiones, Alyssa había sacado el tema de la familia vampírica que,
anteriormente, convivía con Vanilka. Ésta le había contado que eran nueve chupasangres y que
75
habitaban un castillo lejos de la gruta donde nadie se atrevía a acercarse. Desde la metamorfosis
de Alyssa, Vanilka se había ofrecido voluntaria para enseñarle a vivir como una auténtica
vampira, ser como ellos y sobrevivir toda una eternidad sin morir.
—Pero, ¿alguna vez iremos a visitarles o a pedirles ayuda en ocasiones urgentes como La
Nevada? —había pedido Alyssa.
—Sí, iremos. Y de paso nos quedaremos a vivir con ellos y a pedirles su apoyo en la batalla
que se librará dentro de siete años.
—¿Qué batalla? —Alyssa se había sentido llena de curiosidad.
—Es normal que la Dama del Bosque, una poderosa criatura, se sienta atraída por tu don.
En muchas ocasiones ha intentado tentarte para que se lo entregues, aunque tú no te hayas dado
cuenta. Y dentro de siete años no esperará a luchar y conseguir lo que quiere de verdad.
—¿Ser humana?
—Algo mucho peor.
Alyssa se había quedado con la duda. ¿Qué podía ser peor? Pero Vanilka no parecía
dispuesta a revelárselo.
Llegó un día que Alyssa hubo aprendido a luchar, cazar y sobrevivir junto a su hermana,
así que decidió probar una noche para cazar ella sola mientras que Vanilka añadía unos
retoques a la cueva para cuando llegara el próximo invierno y lo helara todo, incluso gran parte
del interior de la gruta.
Esa noche, cuando estaba a punto de salir el sol, Alyssa regresó con comida de sobra para
La Nevada que llegaría en unos días. Cuando el sol salió, la vampira pelirroja lo observó
mientras se tapaba con su capa.
—Ya ha pasado un año —suspiró.
Alyssa empezó a salir a menudo, tanto para cazar como para conocer a fondo el bosque, y
mientras aprendía a luchar contra hombres-lobo y algunos vampiros malignos, se ganó la
confianza de su hermana.
—A partir de ahora —le dijo una noche— puedes salir tanto de día como de noche. Confío
en que no te pasará nada y que volverás. Pero ni se te ocurra ir a la ciudad ni al pueblo. Los
humanos nos desprecian y, si te ven, no dudarán en torturarte.
—¿Pueden matarnos?
—Sí, pero no te irías al cielo. Te llevarían directa al infierno, el lugar más horrendo y lleno
de tortura que existe. Si me prometes que no irás, te doy mi permiso para que puedas salir.
—Lo prometo —murmuró Alyssa mirando el suelo.
76
La vampira pelirroja paseaba constantemente por el interior del bosque con su ya favorita
capa oscura mientras se aprendía caminos que conducían hacia distintos claros y aprendía los
nombres de las insólitas plantas que, años atrás, no pudo ni admirar de lejos. Cada vez que
aullaban los lobos, Alyssa se acordaba de Carvien o a veces hasta de su padre, y no podía evitar
echarse a llorar. ¡Toda la alegre vida que había dejado atrás para convertirse en una… bestia!
Esa noche los lobos habían callado y daban paso a un silencio sepulcral y tranquilo. Alyssa
paseaba entre la arboleda mientras se repetía para sí misma los nombres de las plantas que su
hermana le había enseñado cuando escuchó unos débiles aullidos provenientes de algún
lobezno herido. No debería hacerlo, según le repetía su hermana, pero no podía dejar pasar la
oportunidad de ayudar a alguien y, de paso, preguntarle por Carvien.
Empezó a correr hacia el lugar del que venía la súplica mientras las ramas de los árboles
le arañaban el rostro y trataban de desgarrarle la capa sin éxito.
La joven llegó al lugar del que se oían los aullidos y se sorprendió al ver a un lobo de gran
tamaño con el pelaje marrón claro que había tenido la mala suerte de caer en una trampa de
algún cazador humano. Alyssa se acordó de lo que le contaba su hermana, los vampiros no
tenían ninguna amistad con los lobos ni los hombres-lobo, es más, se peleaban entre sí a
muerte. Pero la joven no pudo evitar acercarse a las cadenas que asfixiaban cada vez más al
animal y romperlas con su fuerza vampírica. Tenía los ojos cerrados y respiraba agitadamente,
pero se notaba que se encontraba mejor. <<Debería llevármelo a la cueva hasta que me asegure
de que puede volver a correr libremente>>, pensó.
Vanilka ayudó a su hermana a depositar el cuerpo del débil lobo junto a un cálido fuego.
Luego, le cogió la mano con fuerza y la llevó a fuera.
—¡¿Estás loca?! —le gritó—. ¡Es un hombre-lobo! Una criatura descontrolada y
despiadada. ¡Cuando despierte es capaz de desgarrarnos! ¡Estos monstruos no saben agradecer
un favor! Y ya te dije que los vampiros y los hombres-lobo no tenemos ninguna amistad.
Tenemos suerte de que está debilitado y, que si nos ataca, lo hará rápidamente y con poca
fuerza. Lo que queda de noche y durante el día te quedarás despierta para vigilarlo y, si nos
ataca, te encargas tú. La próxima vez ya aprenderás —la castigó.
Acto seguido, entró en la cueva y se tumbó, lo más lejos posible del animal, y se tapó con
su capa, lista, como siempre, para cuando saliese el sol. Alyssa se internó y se tumbó al lado
de la pobre bestia. Cogió su oscura capa y tapó con ella el lomo del animal. Al menos no
cogería frío, pues los hombres-lobo no estaban muertos como los vampiros.
Le acarició suavemente el pelo de la cabeza, recordando tristemente la noche que huyó de
su casa montada en Carvien. ¿Dónde estaría ahora? Si le pasara algo y no estuviese ella para
ayudarle, no se lo perdonaría en la vida. Siguió acariciando suavemente la cabeza del animal
mientras se concentraba en recordar los buenos momentos junto a Carvien y su familia, sin
pensar un momento en quién podría ser ese hombre-lobo ni si era amistoso como pocos. Y,
mientras el sol empezaba a salir de detrás las montañas e iluminaba todo lo que se encontraba
77
bajo él al mismo tiempo que le daba la calidez necesaria para sobrevivir, Alyssa cerró los ojos
imaginándose que estaba, de nuevo, junto a sus seres queridos.
78
XI
U na figura encapuchada recorrió el bosque hasta que salió de él y, corriendo de
un modo sobrenatural, llegó a un cementerio lleno de lápidas situado cerca de
la ciudad.
El sol ya se encontraba en lo alto del cielo y, si no se daba prisa, los
ciudadanos saldrían de sus casas y, en cuanto la descubrieran, se metería en un
buen lío.
Recorrió gran parte de la necrópolis mientras oía en su cabeza los gritos de súplica y dolor
de algunas almas que habían sido llevadas al infierno. Buscó entre las lápidas la indicada y se
arrodilló ante ella. Era un poco más alta y ancha que todas las demás y el color, más oscuro al
igual que desgastado por el tiempo. Pero no decía el nombre del muerto… porque no lo estaba.
Una voz grave y lejana apareció en la mente de la figura cuando todos los chillidos cesaron.
<<Veo que has venido. Bien. ¿Lo tienes todo preparado?>>
—Aún no. No sé dónde pueden estar las instrucciones para el ritual que vamos a llevar a
cabo. Así que creo que se retrasará un poco.
<<Las instrucciones se encuentran en un libro especial que está en una mansión cerca de
aquí. Seguro que adivinarás qué familia es la que puede tener un libro lleno de cosas de
exorcismo, ¿no?>>
—Sí, seguro que sí. Pero… cuando vengas a la Tierra para llevar a cabo nuestra
venganza… quiero darte un regalo muy especial para darte la bienvenida.
<<¿Ah, sí? ¿Y qué regalo podrías darme tú?>>
<<Claro que te gustará. Pero cuando lo tengas no estarás vivo.>>, pensó la figura para sí
misma, esbozando una sonrisa sarcástica que borró de inmediato.
<<Bueno, ve a prepararlo todo. Recupera el libro y las instrucciones. Quiero que la
venganza sea tan dulce como tú, pequeña.>>
—Sí, padre —respondió la figura quitándose la capucha y dejando que el aire matutino
acariciara sus cabellos tan azulados como su piel.
El crepúsculo iba esparciendo su oscuridad mientras el sol se escondía tras las montañas.
Los ojos de la joven se abrieron y sonrió mientras la oscuridad invadía gran parte de la
cueva. Ante ella, apareció la imagen de Carvien. Parecía tan real…
—Buenos d… buenas noches, dormilona —se corrigió mientras le acariciaba la mejilla.
79
Alyssa deseó que esa imagen no desapareciera como solía hacer cuando se despertaba.
Quería disfrutar de esa sensación que parecía tan real el máximo tiempo posible. ¡Cómo echaba
de menos a su amigo Carvien! Si esa imagen fuera verdadera lo abrazaría con todas sus fuerzas
y le contaría todas las aventuras que había corrido en el bosque junto a su hermana. Le extrañó
que la imagen no se fuera y el rostro de su amigo le sonriera tiernamente mientras le acariciaba
las mejillas dulcemente. Las visiones que solía tener de sus seres queridos se esfumaban en
cuanto abría los ojos pero ésa…
—Estoy aquí, pequeña. Y que sepas que no pienso abandonarte mientras viva —prometió.
Los ojos de Alyssa se llenaron de lágrimas negras que resbalaron por sus mejillas y que
luego los cálidos dedos de Carvien apartaron.
—Hola, pequeña.
La joven se levantó y rodeó el cuello de su amigo con sus brazos con tanta fuerza que, por
un momento, creyó que lo iba a asfixiar. Varias lágrimas más resbalaron por las mejillas de
Alyssa que, llena de alegría, dejó que cayeran al suelo. Los amigos se separaron y se
observaron unos segundos.
—Veo que ya no eres… humana. Aunque sigues estando preciosa con este aspecto. Y ya
sabes cuidar de ti misma —le besó en la frente y aprovechó para susurrarle—: por cierto;
gracias por ayudarme aquella noche.
Alyssa se acordó de que debía haber vigilado al animal todo el día. Miró a su lado y vio la
capa en el suelo.
—¡Eras tú! No te he olvidado, Carvien. Este año ha sido un poco duro sin ti, sin mis
padres… Pero ahora soy una vampira. Debo aceptarlo. Ahora soy una criatura de la noche y
estoy junto a ti para toda una eternidad.
Le abrazó de nuevo pero el rostro de Carvien se ensombreció. Él habría deseado que su
amiga fuera una criatura, pero después de lo que Sélthan había dicho muchas veces, no estaba
seguro de que quisiera que Alyssa fuera aquello. Pero estaba junto a ella y eso era lo que
importaba en ese momento. Le puso una mano en la nuca y la otra en la espalda. ¡Cuánto
tiempo había pasado sin ella y cuánto había echado de menos abrazarla! Todas las sensaciones
que sólo con ella sentía regresaron de nuevo. Cerró los ojos y deseó que no cesaran, pero llegó
el momento del fin.
Se separaron y se sentaron junto a lo que quedaba de la pequeña hoguera que habían hecho
la noche anterior.
—No pensé que volvería a verte. Ya me imaginaba que estaría sólo con mi hermana los
seis años que faltan. Pero no me he olvidado de ti ni de mis padres. Por cierto, ¿sabes algo de
ellos?
—Me acuerdo sólo de que me echaron de tu casa esa noche y no he vuelto a verlos. Pero
les deseo que estén bien. Ahora están solos y… no sabes cuánto te echarán de menos. Mis
padres se sintieron así cuando me marché de casa una noche.
—¿Y qué pasó después?
80
—Que volví, me descontrolé… y acabé con ellos sin darme cuenta. En ese tiempo sólo
llevaba unos dos años siendo lo que soy.
—Y ahora… ¿cuántos tienes?
—Cuatrocientos veinticuatro.
—Pues pareces muy joven para ser tan viejo.
Carvien sonrió plácidamente. Cuánto la echaba de menos.
—¿Crees que algún día puedo volver a visitar a mis padres contigo?
—Seguro que sí. Pero deberás tener cuidado con los cazadores.
—¿Qué cazadores?
—En la ciudad hay muchos caza-vampiros que hacen como si no lo fueran desde el ataque
de los seis vampiros para, si ven a alguien sospechoso, deshacerse de él. Pero han estado tan
acostumbrados a mi persona que ya ni se fijan en mí. Así que… supongo que sí podremos ir
algún día.
—¡Ni hablar!—resonó una voz tras ellos.
Se trataba de Vanilka. Tenía el pelo castaño un poco despeinado, suelto por los hombros
y la espalda. El rojo de sus ojos brillaba con cierto temor y sus colmillos carrasqueaban con
los dientes de abajo. Tenía la capa cogida de una mano, como si estuviera lista para marcharse.
—Os prohíbo que piséis terreno humano. Por ahora el bosque nos pertenece a las criaturas,
pero si ven alguna en su territorio no dudarán en venir aquí y hacer del bosque una propiedad
humana más. Ni se os ocurra. Voy a ir a cazar yo sola. No quiero que vengáis. El chucho aún
necesitará descansar algo más. Volveré enseguida.
Antes de salir fue hasta su hermana, la cogió de la mano y la arrastró hasta fuera. Se llevó
la mano a la capa y sacó un papel amarillento. Se lo tendió.
—Es la página más importante de un libro. Hay una persona que quiere hacerse con ella.
Pase lo que pase, no lo sueltes. Ahora es tuyo, pero no dejes que lo tenga. Si lo consigue, todo
el mundo puede resquebrajarse o reducirse en cenizas. O algo mucho peor. Y si ocurre algo
inesperado no hagas caso. Podría tratarse de una trampa.
—¿Qué? ¿A qué viene esto? ¿Y cómo podré saber quién lo quiere?
—Esa persona ahora sabe lo que eres y cuando te encuentre te chantajeará, te atacará y
hará lo que sea con tal de conseguir la hoja o tus poderes. Pero haga lo que haga no le des nada.
Si no…
—¿De dónde lo has sacado?
—Ahora no importa. ¿Has oído hablar de la Dama del Bosque? No debes hacer tratos con
ella ni siquiera acercarte. Es un demonio del infierno. Ella, junto a su padre, empezó estas razas
que ahora llamamos monstruos o criaturas, y las separaron haciendo que se odiaran entre sí.
Pero en este papel, aunque parezca que no cabe casi nada, está todo lo que ella quiere: rituales,
hechizos, profecías incluso una explicación de cómo deberían ser estas razas. En una profecía
cuenta que en el interior de muchos monstruos se ocultan almas justicieras y limpias del veneno
que esparcieron esa mujer y su padre, pero como están obligados a escucharles, no hacen nada.
81
Tú, Alyssa, tienes un alma llena de paz y justicia. Olvídate de tus poderes, concéntrate en lo
que más quieres de verdad y rebélate. Es lo que muchos de los nuestros debieron hacer antes.
—¿Debo ir a pedirles ayuda a los que me transformaron?
—No…, ellos ya lo saben. Ésta es tu batalla, Alyssa. Lucha por tus derechos.
La vampira miró el papel que tenía en la mano. Por lo que contaba su hermana, debía de
ser muy importante. Alzó la vista hacia ella. Sonreía tristemente.
—¿Por qué no te quedas conmigo? También es tu batalla. La de todas las criaturas.
Debemos luchar juntos, ¿no?
—Yo voy a ir a avisar a los vampiros de los que te hablé. Antes de que despertaras, el
viento me ha avisado de que ese demonio se está preparando para hacer algo muy vengativo,
y mi estirpe y yo debemos ir a ver qué ocurre.
—¿Puedo ir también yo?
—De eso quería hablarte. A pesar de que estás entrenada para sobrevivir sola en el bosque,
aún no lo estás para enfrentarte a ella. Imagínate, somos once e iremos todos juntos y tal vez
pediremos ayuda porque es muy fuerte. Tú no aguantarías ante ella. Escóndete con Carvien
aquí. Guarda el papelito y no dejes que ni siquiera el chucho peludo lo coja. Ahora es tuyo.
Y… si no regreso…, ni se te ocurra venir a por mí. Tal vez, cuando pasen estos seis años que
esperas sabrás lo que debes hacer. Pero ahora…, lo siento. No puedes… no podéis
acompañarme.
Alyssa empezó a temblar.
—Por eso me has contado todo esto ahora. Porque crees que no... sobrevivirás. Sólo he
estado junto a ti un año desde que te fuiste. Y puedo asegurarte que ha sido una gran y
emocionante etapa. Obedeceré tus órdenes. Pero quiero que tú me prometas que, pase lo que
pase, tratarás de enviar una ráfaga de viento diciendo cómo estás. Es lo único que te pido. Y
que no pienses en negativo. No quiero ni imaginar que es posible que no vuelvas.
Vanilka y Alyssa se abrazaron unos largos minutos que pasaron rápidamente. Entonces,
en el cielo nocturno aparecieron volando nueve murciélagos. Se pararon al lugar donde estaba
Vanilka. Ésta avanzó hacia ellos, se puso la capa y alzó los brazos en cruz. Antes de
transformarse envió una última mirada de complicidad a Alyssa.
Tal vez la última.
A Vanilka le sorprendió el caso inmediato que había hecho su hermana y decidió
marcharse ya, pues la Dama del Bosque nunca retrasaba sus planes malvados en los que ella
saldría beneficiada. ¿En qué estaría pensando?
Alyssa vio cómo su hermana se marchaba volando junto los nueve desconocidos. Miró de
nuevo el papel doblado y lo agarró con fuerza. A parte de los recuerdos, sólo le quedaba aquello
de su hermana. Aunque le había obedecido para que no sufriera más de lo que parecía, pues
así lo sentía, Alyssa sabía que la Dama del Bosque recibiría su merecido por su parte.
82
Esa noche, la oscuridad invadió todo el territorio y la acostumbrada luz de la luna
desapareció. Los ciudadanos y pueblerinos cerraron sus casas con barrotes y clavos, como si
albergara un terrible miedo que los acobardara a estar una noche más con las ventanas abiertas
o las puertas casi cerradas. Las personas de esos terrenos habían cogido la costumbre de creer
que en una noche sin luna una criatura sin piedad, con el corazón petrificado, y llegada de un
mundo diferente podía atacarles hasta arrancarles la piel de un tirón. Aunque mucha gente no
creía en esa historia y hacía lo que quería. Y en muchas noches de luna nueva no había ocurrido
nada y la leyenda estaba cayendo en el olvido. Pero, sin embargo, esa noche no estaban
equivocados respecto a la criatura.
La mujer se acercó al cementerio y se agachó ante la lápida. Se peinó nerviosamente sus
mechones ondulados y empezó:
—Padre, yo... estoy cansada de esperar tanto tu llegada. Sé que había un hechizo que
adelantaba el tiempo con descomunal rapidez. Pero para eso necesito el libro y no sé cómo
conseguirlo ni quién puede tenerlo.
<<Y también necesitas paciencia. ¿Cómo crees que he sobrevivido yo aquí, en el infierno,
tantos miles de años? Con paciencia. Pero en el libro no está el ritual. Está en una hoja de él.
Y cuentan que esa página fue arrancada, así que el libro ya no sirve. Lo que necesitas es esa
hoja. ¡Búscala de inmediato!>>
—Claaaro, debo buscar una página que puede estar en algún lugar de una ciudad donde
viven más de mil personas y en un pueblo habitado por más de trescientas. No es fácil. Y sabes
que no tengo paciencia.
<<No es en el pueblo ni la ciudad donde debes buscar. Esa página está aquí, en el bosque.
Y tú lo conoces como la palma de tu mano. Concéntrate, pequeña. Tienes mucha ventaja aquí.
Si debes sacar la bestia que habita en ti, sácala. Pero tráeme la hoja.>>
—¡No te muevas, Hinna! —gritó una voz tras ella.
La mujer se sobresaltó al ver que alguien la llamaba por su nombre y dio media vuelta.
Vio a diez vampiros de brazos cruzados o en jarra y el ceño fruncido. Vestían ropas negras y
llevaban capas de distintos colores oscuros.
—¿Qué queréis ahora? Es de noche. Tengo derecho a descansar.
—¿En un cementerio?
La mujer se levantó y se plantó ante todos ellos. Las palabras de su padre resonaron por
su mente: “la página está en el bosque. Búscala”. ¿En qué parte del bosque? Decidió utilizar
uno de sus recursos. Sus ojos se iluminaron de rojo escarlata y su piel se volvió pálida. Su
vestido ahora era normal, negro y poco escotado. Se acercó a un hombre que aparentaba casi
cuarenta años y habló.
—Hace tiempo que anhelo reunirme con mi más preciado ser querido y para eso necesito
una cosa; sólo una página especial que habla de exorcismo y milagros. Y está en este bosque.
Pero necesito ayuda. ¿Podríais ayudarme?
83
El hombre se resistió a los tentadores poderes de la Dama del Bosque con fuerza de
voluntad. Su mujer le cogió la mano e hizo que una ráfaga de viento oscuro empujara a Hinna.
Ésta retrocedió y carcajeó sarcásticamente burlándose.
—¡Qué osada!
Vanilka se adelantó un paso y puso una mano en el hombro del hombre.
—Sabemos que andas tramando algo que puede perjudicarnos a todos y venimos a
prevenirte de que pueden pasar cosas terribles. No lo hagas. Si no sabes controlarte como eres,
puedes unirte a nosotros y ser como de la familia. Te ayudaremos. Pero deja de ser tan así.
—¡Como si yo fuera a escuchar a una cría arrogante e ingenua! Cuando pierdes algo muy
amado harías cualquier cosa por recuperarlo. Si perdieras a tu familia, ¿no lucharías por volver
con ella? Yo quiero a mi padre y lucharé por volver a su lado.
Unas suaves pero firmes palabras rozaron los oídos de Vanilka:
<<Está mintiendo. No quiere esto. Es pérfida y malvada. No quiere a su padre, sino el
poder. No dejes que te tienta. Lucha por tus derechos. Arrójala al infierno de una vez.>>
—¡Mientes! —rugió Vanilka.
—Mirad, si habéis venido a molestar, ya os podéis ir. Hoy me está entrando sueño y será
mejor que duerma un poco.
—¿Para planear mejor tus maléficos planes?
La mujer frunció el ceño y lanzó un ataque de electricidad hacia la vampira, que cayó al
suelo.
—¡Marchaos! ¡Dejadme en paz! No tenéis ninguna razón para molestarme. Lo único que
necesito es encontrar un papel mágico para volver con mi padre.
Las palabras lejanas de su padre cayeron como truenos en la mente de la mujer:
<<¡Es ella! ¡Ella lo tiene! Recupéralo.>>
La mujer frunció el ceño observando detenidamente a Vanilka. Con que lo tenía ella. Puso
los brazos en cruz y desapareció en el interior de una neblina azul oscuro que la rodeó y se
dispersó. Tenía pensado capturar a la joven cuando no estuviera a la defensiva.
Los diez chupasangres se miraron. Esa vez no había ocurrido nada inesperado. Se
volvieron y se transformaron, listos para regresar a su morada, pero sin bajar la guardia.
Vanilka se concentró para enviarle el mensaje deseado a su hermana pero entonces, tras
ella apareció la figura de un hombre con ropajes extraños y el abdomen al descubierto, que le
tapó la boca con una mano sudorosa y fuerte como una roca y le pasó la otra por el abdomen,
para que no pudiera moverse. Acto seguido, el individuo aulló y, sin dejar de agarrar con fuerza
a la vampira, se transformó en un lobo marrón oscuro que galopó lejos, fuera del posible
alcance de la Dama del Bosque.
84
Cuando se balanceaba, ése era uno de sus consuelos, consiguió superar la muerte de su
hija mayor Flora, pero por mucho que lo intentaba con Alyssa no era más que una mancha
negra en su cerebro que, por más que tratara de lavarla, siempre estaría allí.
Cerró los ojos y paró de moverse. Miró el reloj y no se sorprendió al ver que había estado
allí, balanceándose, más de tres horas seguidas. Se levantó y fue hasta el sofá, donde estaba su
marido con su ya inseparable taza de té en la mano. Tenía la mirada hacia un cuadro que había
colgado en el que se podía ver la pintura de él, su mujer y la pequeña Alyssa sonriendo.
Zaire le pasó la mano por los hombros y sonrió tristemente.
—Ya ha pasado un año y vemos que nada especial ha ocurrido, aparte de que nos llenamos
cada vez más de tristeza y dolor. Ahora que ya no tenemos a nuestra hija deberíamos volver al
bosque, el lugar del que nunca debimos salir. Pero lo hicimos para formar una familia. Y ahora
que ésta se ha roto, debemos irnos para proseguir el camino en el lugar que nos corresponde.
El hombre dejó la taza en la mesa y la miró.
—¿Crees que deberíamos dejar la casa y todo lo que hay dentro?
Zaire afirmó tristemente con la cabeza.
—Es lo mejor. Además, no somos humanos. Tarde o temprano podrían descubrirlo y venir
hacia aquí. Lo mejor es irse, amor mío.
La mujer se levantó, se dirigió a la ventana y observó la noche oscura sin luna. La noche
en que todos los monstruos podían ser libremente felices, si se dejaran serlo por una noche.
Alzó los brazos en cruz y varias ráfagas de viento llenas de humedad empezaron a rodearla.
Voluntariamente se transformó. Su pelo castaño oscuro se alisó, su vestido aterciopelado se
cambió por una tela resistente extrañamente realizada con perlas y espuma de mar. Siendo
sirena era preciosa.
El hombre se levantó y fue hasta ella. Le alzó la barbilla y la miró a los ojos. La mirada
de su esposa le cautivó completamente. La mirada que lo enamoró. Y, por esa noche, decidió
ser feliz una vez más. Aulló y se transformó en lo que era en realidad; una bestia negra y
peluda. Zaire acarició el pelo de la cabeza de su marido y luego fijó la vista hacia el comienzo
del bosque. Allí debían ir. Montó sobre la grupa de su marido y, juntos iniciaron la huida a la
floresta, deseando olvidarse de todo el dolor que sus corazones habían ido acumulando durante
el último año, pero ambos sabían que la mancha nunca desaparecería del todo.
85
XII
E sa noche, Carvien y Alyssa salieron a cazar juntos al bosque sin acordarse de
Vanilka y su mensaje. La vampira se dejó llevar por las sensaciones que sentía
cuando estaba cerca del licántropo. Ese año había sido muy duro sin los seres a
los que había abandonado involuntariamente y volver a estar cerca de uno de
ellos era como volver a vivir.
Apenas habían devorado un par de conejos cuando Carvien se acercó a Alyssa. La vampira
sonrió tiernamente y se sentó en el suelo, mientras el aire nocturno acariciaba sus cabellos. El
hombre-lobo se sentó junto a ella y le pasó el brazo por los hombros. Señaló una estrella
minúsculamente pequeña pero que, por lo que diría Carvien a continuación, era muy especial.
—¿Ves ese astro? Siempre que veo uno idéntico me acuerdo de mi historia.
>>Yo tan sólo era un mozo, un vulgar camarero que trabajaba en una taberna donde la
piratería corría arriba y abajo. Era un lugar apestoso y horrible, pero debía ganarme el pan de
alguna forma.
>>Mi padre siempre me decía que tenía muchas fantasías en la cabeza y que eso era bueno,
pero mi madre me repetía una y otra vez que me concentrase en mi vida, si no, no tendría
futuro. Y fue imposible que lo consiguiera.
>>Entramos en guerra meses después. Todo el pueblo acabó por arder y muchos corrieron
a una ciudad cercana, en busca de ayuda, pero los contrabandistas que crearon la destrucción
llegaron antes, y lo arrasaron todo.
>>Por aquel entonces se decía que por un bosque cercano al pueblo había muchos lobos,
y que muchas de ésas bestias eran especiales. Siempre que veía de lejos a esos animales
corriendo libremente fantaseaba con ser uno de ellos, correr libre como el viento y ser dueño
de mi propia vida. Pero todos decían que era una fantasía, un sueño imposible. Pero como suele
decirse, si se trabaja para conseguirlo, un día se consigue.
>>Mi familia y yo nos mudamos al bosque, construimos una casita de madera y
sobrevivimos como pudimos, con tal de que los piratas no nos encontrasen, pero estábamos
seguros de aquello, ya que los contrabandistas habían esparcido por el país el rumor de que el
bosque estaba infestado de unas criaturas llamadas licántropos.
>>Una noche sin luna, tan sólo con la compañía de algunas estrellas, decidí internarme en
la floresta para huir de ese lugar tan cruel. Me torturaba la idea de dejar solos a mis padres, ya
86
que habían estado cuidándome durante dieciocho años, dándome todo el cariño y ayudándome
en lo que podían… Pero decidí que dejarles solos sería lo mejor, así ya no sería más una carga
para ellos.
>>Los aullidos de los lobos me calmaban, empezaba a sentirme libre como ellos, así que
decidí aprovechar el tiempo que faltaba para el alba para marcharme corriendo, donde el
instinto me llevara… Pero llegó él; un lobo que parecía rabioso se abalanzó sobre mí. Me
mordisqueó gran parte de los brazos; parecía que le gustaba mi sangre. Pero me dejó ir, lo cual
me pareció extraño, ya que sabía perfectamente que un lobo, cuando cogía una presa, no la
dejaba viva.
>>Aguanté, herido, bajo la noche oscura mirando una estrellita que parecía brillar
débilmente. Sin embargo, no llegó a apagarse, haciendo su mayor esfuerzo para seguir
iluminando el cielo, sabiendo que ni aún así no sería suficiente. Pero parecía no importarle. Y
por un momento, me comparé con ella. Un muchacho pequeño de alma tan débil en medio de
un montón de gente feroz y fuerte. Tan sólo de ver los piratas que entraban en el local podría
haberme suicidado por no querer tener esa vida tan pobre y desgraciada. Cada día, muchos
contrabandistas gordinflones y borrachos se sentaban cerca de mí y empezaban a insultarme
por mi aspecto y lo debilucho que estaba. Pero ya ves, ni por un momento dejé de confiar en
que era capaz de seguir adelante sin preocuparme por lo que me rodeaba, y no dejé de dar la
mejor luz que pude. Pero, aunque no era la suficiente, los demás la aceptaron.
>>Creo que pasé una semana sin poder moverme del suelo, inconsciente, mientras mi
mente empezaba a llenarse de oscuras ideas que me picaban por todo el cuerpo y me
molestaban, pero ahí estaban. Cuando desperté, vi la luna llena en el cielo. Ya no sentía el
dolor en mis brazos, pero me notaba distinto. Tenía un nuevo cuerpo, una nueva alma, una
nueva oportunidad de vivir de una forma diferente. Tras examinar mi figura comprobé que ya
no era un humano, sino un lobo. Lo que los piratas llamaban un licántropo.
>>Hice cosas horribles durante los dos primeros años. La que mejor recuerdo fue cuando
acabé con la vida de mis padres. El hambre aumentaba cada vez más en mi interior, me dirigí
a la casita de mis padres y, al ver que habían sido saqueados y atacados por piratas, la tentación
hizo que tan sólo les mordiera y me alimentara de su sangre al ver que estaban débiles. Pero
no se transformarían en lo que yo soy, ya que ya no les quedó energía vital. Pero ese mismo
día juré acabar con todos los piratas que me fuera posible. Ahora que ya no era el debilucho
del pueblo, podía defenderme y atacar si era posible. Pero entendí que la estrellita que vi era
una señal. De forma que, transcurridos los años, llegó a apagarse. Ese pequeño astro con el que
me comparé era la señal de que la pequeñez que habitaba en mi interior se había esfumado, y
que el pobre y desgraciado, pero seguro de sí mismo muchacho que había habitado en mí…
había dado paso a una criatura descontrolada y feroz.
>>En muchas ocasiones se realizaron patrullas para cazarme, pero siempre huía o me
deshacía de ellos. Me dije que sería para siempre una bestia libre, pero no imaginé que llegaría
a llevar una existencia tan solitaria. Siempre que llovía observaba mi reflejo en el agua y
87
entendía que ya no era un jovenzuelo debilucho, ni siquiera el animal feliz y libre que había
querido ser siempre. Ahora era un monstruo.
>>Si te he contado esta historia es para que veas que muchas criaturas fueron
transformadas en lo que son porque se lo buscaron, como yo, y no merecen volver a ser
humanos. Pero pronto llegará el momento en que tendrás que elegir…
—Sí —le interrumpió Alyssa—, me lo contó mi hermana varias veces. Pero aún falta
mucho, así que…
Carvien le puso el dedo índice en los labios y sonrió recordando.
—Nada de palabras.
Alyssa sintió cómo algo en su interior batía con fuerza y que sus pálidas mejillas se
sonrojaban. Algo que no había ocurrido desde hacía largo tiempo. Se dejó llevar por el
sentimiento oculto y las dos criaturas terminaron por fundirse en un apasionado beso que
ninguno de los dos olvidaría jamás.
De pronto, unas súplicas que sintió como un lejano eco aparecieron en la mente de Alyssa.
La mujer entró en el cementerio. Tenía los dientes apretados y los puños cerrados. Su largo
y ondulado pelo estaba al descubierto y, como siempre, esparcía su peste a azufre por donde
iba.
Fue hasta la lápida de su padre y se sentó ante ella.
—He fallado; no tengo ni a la chica ni el papel. No creo que pueda conseguirlo.
<<Bueno, en ese caso… trataremos de proseguir sin él. Pero recuerda quién eres aquí.
Puedes conseguir lo que te plazca con tan sólo desearlo. Luego viene el esfuerzo. Ve lejos del
bosque, cerca del río. Hallarás una cabaña donde se oculta un líquido que puede servirnos en
nuestro plan. Cógelo y tráelo sin falta.>>
—¿Para qué lo quieres?
<<Para algo que ni te podrías imaginar…>>
La joven llenó el cubo de agua del río y se levantó. Justo antes de internarse en la insólita
y tenebrosa floresta, se tapó la cabeza con su roja capa. Era la obligación de las de su especie.
Los árboles la recibieron agitando sus ramas con fuerza, lo que hizo que la muchacha
empezara a asustarse, pues los arbustos nunca habían hecho eso… cuando estaba ella sola.
Cada dos por tres observaba su cubo lleno de agua, pues su interior le aseguraba que una fuerza
negativa andaba por el bosque, buscándola.
Aceleró el paso memorizando el camino hacia su cabaña, mientras sentía que se ponía
nerviosa. Entonces, no muy lejos de ella, algo azul marino corrió tras los árboles sin dejarse
ver. Utilizaba la rapidez de los vampiros, pero era azul. Era muy extraño.
La joven empezó a correr, sabiendo que algo anormal ocurría allí. Se detuvo de golpe y
dejó el cubo en el suelo. Tenía poderes para averiguar qué sucedía. Era una bruja.
88
Juntó las dos manos y susurró unas palabras mágicas en un idioma desconocido por los
humanos. De pronto, una energía invisible recorrió toda la parte del bosque que rodeaba a la
joven, que ahora respiraba aliviada al saber que tenía la fuerza suficiente para enfrentarse a
quien fuera. Las respuestas llegaron a su mente. Cerró los ojos para concentrarse en sentirlos
perfectamente, pero su corazón latió con fuerza al enterarse de que se trataba de un demonio
muy poderoso. ¿Qué querría? ¿Y qué haría un demonio en el bosque? Un rugido resonó detrás
de sí. La joven tragó saliva y se giró. Empezó a temblar al ver a una criatura con ojos rojos
escarlata, uñas de manos y pies largos y puntiagudos, con un denso pelaje azul marino que la
cubría y unas alas de murciélago escamosas que le salían de la espalda. Pero lo más horripilante
era su boca. Estaba llena de dientes amarillentos y afilados, con gotas de saliva que resbalaban
por su mentón hasta caer al suelo. En la cabeza tenía dos cuernos pequeños pero puntiagudos.
El monstruo rugió de nuevo y habló, con una terrible voz de ultratumba.
—Tienes algo que quiero, niña. ¡Dámelo!
La bruja miró a ambos lados, buscando una escapatoria. Luego giró la cabeza hacia atrás
y vio campo libre y, no muy lejos, la cabaña de madera en la que convivían la joven y su tía.
Retrocedió unos pasos velozmente pero tropezó con el cubo de agua y cayó al suelo. La bestia
se acercó a ella y la muchacha pudo percibir el pútrido olor de su boca. Entonces le vino una
idea brillante a la cabeza. Repitió una y otra vez para sí misma la llamada y, en pocos segundos,
una escoba voladora con apariencia de ser muy vieja llegó hasta la bruja. Ésta se levantó
ágilmente y se subió, iniciando el regreso a su casa. Pero no sería muy fácil, pues la bestia
había alzado el vuelo y la seguía a toda velocidad, esparciendo un asqueroso tufo a azufre por
todo el bosque.
Llegaron a la cabaña rápidamente y la joven abrió la puerta, cogió la escoba con una mano
y entró, cerrando la puerta con llave tras de sí. Acto seguido, realizó una barrera invisible
alrededor de la casa para que el demonio no consiguiera entrar.
El interior de la casa era algo lúgubre, con muchas estanterías y una mesa llena de pociones
de distintos colores, tarros repletos de ojos, especímenes exóticos, orejas y pequeñas
extremidades humanas y otras porquerías que utilizaban las brujas para sus hechizos. No había
ventanas, para que los humanos no las espiaran o entraran, por tanto todo estaba muy oscuro.
La joven corrió hacia la pequeña habitación que compartían su tía y ella, pero no consiguió
localizar a la mujer. Fue hasta la cama y miró bajo las sábanas para ver si se había dormido,
observó dentro del pequeño armario, incluso revisó debajo de la mesa. Su tía no estaba. ¿Qué
le habría pasado? En su mente aparecieron unos sollozos y gemidos. Venían del salón
principal, el salón en el que hacían sus pociones. Corrió hacia la estancia y se concentró en los
gemidos, que venían de… ¿el caldero? La joven bruja fue hasta la caldera e iluminó su interior
con un hechizo de luz. Se sorprendió al ver a su tía dentro, sollozando de dolor, con la cara y
los brazos amoratados. La muchacha se apresuró a sacar a la mujer de allí y sentarla en una
silla. Le acercó un trapo húmedo a los moratones y trató de reanimarla, pero estaba débil,
deliraba y… se estaba muriendo.
89
—Los humanos… Ellos han hecho esto… Se han llevado lo que tenía preparado… para
curarnos de la enfermedad…, pero me han dejado aquí… así.
Para sorpresa de la bruja, su tía abrió sus verdosos ojos y vio que el destello que siempre
tenía cuando la mujer estaba con vida, fue desapareciendo lentamente. La joven cogió con
fuerza las manos de su tía y empezó a sollozar y derramar lágrimas.
—No te vayas, por favor. Me persigue un demonio que quiere algo y no sé cómo
combatirlo. Aún no me has enseñado. Aún tenemos que hacer muchas cosas juntas, tía. No te
mueras.
—Sé que en nuestros corazones habita el bien, aunque los humanos crean lo contrario. Sé
cómo podemos acabar con el mal y desprecio que sienten los humanos hacia nosotras. Aunque
no siga aquí, a tu lado, deberás demostrar que en tu interior está repleto de bien. Únete a los
tuyos y demuéstraselo a los humanos. Este mundo no es sólo suyo.
La mujer tuvo que hacer un esfuerzo para pronunciar las palabras, pero respiró hondo y
susurró las siguientes, las últimas antes de fallecer:
—Y entonces serás una hechicera del último nivel que no necesitará lecciones. Lucha por
tus ideales, hija mía.
La joven frunció el ceño y empezó a llorar al ver cómo la vida de su tía se apagaba
rápidamente y sus ojos verdosos aún abiertos, estaban ya sin brillo. La bruja se echó a llorar
sobre la falda de la mujer mientras repetía:
—Los humanos apestan. No entienden que, aunque no seamos como ellos, tenemos todo
el derecho a vivir.
Un rugido sonó desde el exterior. La joven se levantó y fue hasta la mesa de pociones.
<<Si los humanos nos quieren atacar de nuevo, antes deberán enfrentarse a esto.>>, rió
vertiendo un líquido verde en una botellita que sujetó con su mano temblorosa a causa del
miedo y terror y que luego resbaló cayendo al suelo y formando un charco de veneno verde
derramado en el suelo. Se repitió, angustiada, para sí misma las palabras de su tía. Ella no se
unía a las demás brujas desde que expulsaron a su tía por razones inexplicables y se fue a vivir
con ella. Pero si quería acabar con el mal que los humanos representaban y vengar a su tía,
debía seguir sus indicaciones.
En ese mismo instante, se oyó un trueno y la puerta se abrió de repente. Justo ante los ojos
de la bruja había una mujer preciosa con apariencia de veintitantos años, con el pelo ondulado
y azul, al igual que la piel y un vestido blanco inmaculado. Tenía los ojos negros como la
oscuridad y los labios rojos como la sangre. A la nariz le llegó el olor a azufre y la reconoció.
Aunque su exterior no lo delataba, la bruja sabía que se trataba del demonio.
—¿Estás dispuesta a ayudarme?
—Yo no negocio con demonios.
—Bien —sonrió sarcásticamente la mujer.
Alzó las manos y un viento cálido y repleto del insoportable tufo invadió la casa. La bruja
miró por todos lados buscando una salida. Su escoba estaba lejos de su alcance y las pociones
90
se evaporaban ante tal peste. La bruja respiró hondo y trató de concentrarse. Pero en su mente
no paraban de revolotear las palabras: ¿Será éste mi final?
Alyssa respiró hondo y se llevó a la boca el trozo de manzana que Carvien le tendió.
Recordaba cómo le apasionaban las frutas cuando no era un vampiro. Antes de comérselo,
miró a su amigo de nuevo.
—Mi hermana decía que los vampiros no pueden comer fructosa ni otra comida que no
sea la carne o la sangre. ¿No me va a hacer daño?
—Sólo lo odiarás si es lo que piensas. Imagina que eres de nuevo humana y que te comes
este pedazo de fruta. Piensa en que te gusta muchísimo. Verás lo que ocurre.
Alyssa asintió y se lo comió al fin. Lo masticó unos segundos y cerró los ojos,
concentrándose en verse humana, en un bosque, bajo un árbol, devorando una manzana
alegremente. Sonrió y subió los párpados. Miró al licántropo y, por sorpresa de la vampira, que
ni supo por qué dijo eso, preguntó:
—¿Te queda más manzana?
El hombre-lobo se la tendió y la vampira la devoró en pocos instantes.
—Y yo que creía que nos envenenaría si incumplíamos la dieta…
Carvien rumió unos instantes lo que acababa de decir su amiga.
—Hay algo que me parece raro.
—¿El qué?—interrogó Alyssa sin dejar de masticar felizmente su fruta.
—Hace tiempo que tus padres no dan señales de vida. Y hace tiempo que no les visitas.
—¿Puedo ir a la ciudad? —se emocionó Alyssa.
—Si tienes cuidado, sí… creo.
—¿Podemos ir?
Un disparo sonó lejano y sobresaltó a la vampira, pero Carvien parecía estar ya
acostumbrado. Señaló con el dedo un lugar entre los arbustos, refiriéndose al ruido, y dejó
claro:
—¿Eso responde a tu pregunta?
—¿Qué ha sido eso?
—Cazadores. Vienen a cazar cuando no hay comida. Pero tranquila, no se atreven a
internarse tanto en el bosque. No nos encontrarán.
Alyssa miró al suelo y luego se dirigió hacia un árbol, lo miró y empezó a pasear alrededor
de Carvien. Éste la miró, sorprendido, pero a la vez seguro de lo que diría a continuación.
—¿Y qué hacemos durante todo este tiempo? No puedo estar tanto tiempo de brazos
cruzados mientras mi hermana está… —no se dio cuenta de lo que hablaba hasta que abrió los
ojos como platos y se pegó en la frente con una mano—. ¡Mi hermana! Me he olvidado por
completo de ella. Y no me ha llegado su mensaje. ¿Qué le habrá pasado?
91
La vampira empezó a caminar cada vez más rápido con nerviosismo mientras hablaba por
sí misma del caso. Carvien, en cambio, se limitó a mirar al suelo pensando en si era el último
momento que recordarían a la joven Vanilka viva.
De pronto, un grito sonó en la lejanía. Alyssa y el licántropo se volvieron hacia la espesura,
arqueando una ceja y pensando en qué podía estar ocurriendo para que alguien emitiese tal
grito. Vieron que, no muy lejos de allí, había una chica corriendo y llorando, completamente
aterrorizada… y que tras ella corría y trataba de volar una criatura peluda de color azul oscuro.
Alyssa miró a Carvien y preguntó:
—¿Qué es eso?
Pero el licántropo fruncía el ceño, preocupado y atento a la escena.
—Vamos, hemos de ayudarla.
—¿Y cómo vamos a luchar contra eso si ni siquiera sabemos qué es y cuáles son sus puntos
débiles?
—Lo sabrás cuando estés cerca. Todos lo saben.
Alyssa asintió y siguió mirando la bestia. ¿Qué podía ser? Se volvió hacia Carvien y vio
que se quitaba la camisa y se concentraba en su transformación, pues le era un poco difícil
adivinando que pronto amanecería. La vampira se puso la capa y respiró hondo, como cuando
le enseñaba su hermana a prepararse para luchar. Estaba preocupada por la ausencia de noticias.
¿Dónde estaría su hermana?
La bruja seguía corriendo pidiendo ayuda, pero sabía que en el bosque no ayudaban a los
que no eran de su especie, así que debería apañárselas ella sola. Pero la criatura, en la cabaña,
había debilitado sus poderes y la memoria de los hechizos. Y su mente trabajaba tanto, en aquel
momento, que sentía que le iba a estallar de un momento a otro. De pronto, la joven tropezó
con una piedra y cayó de bruces al suelo. Se volvió y trató de retroceder haciendo el cangrejo,
pero por allí había unas malas hierbas con espinas que se le clavaban en las manos. Vio cómo
el demonio llegaba hasta ella, le rugía, abría las fauces babeantes…
En ese instante, un aullido resonó tras unos árboles y un lobo enorme de pelaje marrón
claro y ojos azules corrió a ayudar a la joven, mientras que una figura negra que se desplazaba
a toda velocidad corría tras el animal. Los dos se colocaron al lado de la bruja, dispuestos a
luchar. La aprendiza de hechicera se fijó en que la figura negra se trataba de una joven de unos
dieciséis o diecisiete años, con el pelo largo y rizado de color rojo como la sangre, al igual que
sus ojos.
El demonio los miró y soltó una carcajada. Con voz grave, comentó:
—¡No me lo creo! Un grupo de monstruos diferentes, ayudándose mutuamente. Puede que
acabéis matándoos los unos a los otros.
La vampira frunció el ceño y mostró los colmillos que, amablemente, utilizaría contra esa
criatura. La bruja, aprovechando que el demonio no la atacaba, se levantó y se sacudió
92
instintivamente la falda. Luego, insegura, miró al demonio, dispuesta a ayudar a los seres que
se habían ofrecido a salvarla.
La criatura peluda rugió y se lanzó sobre el lobo, pero éste fue más rápido y le alcanzó el
cuello, el cual trató con todas sus fuerzas de morder. El demonio sintió un leve dolor y, con las
zarpas, separó los dientes y empujó al animal lanzándole al suelo. La vampira entendió que le
había llegado el turno. Trató de recordar cómo luchaba con su hermana y se abalanzó sobre el
lomo de la bestia peluda. Le clavó las uñas en la piel y el animal rugió y se agitó, con tal de
quitársela de encima, pero Alyssa luchó por no apearse. La bruja aprovechó ese momento para
pronunciar un hechizo, aunque estaba muy debilitada y le resultaba difícil. Vio cómo el lobo
se levantaba del suelo y, furioso por ver cómo estaba sufriendo la vampira al no soltarse, el
animal se lanzó sobre el cuello del demonio, de nuevo, mordiéndolo.
Era el momento oportuno; no podía fallar. La bruja se llevó una mano a los labios, pues
así le era más fácil recordar, cerró los ojos y luchó por acordarse de algún hechizo que
provocara dispersión, que el demonio, en la cabaña, casi le había arrebatado de la mente.
Trató de pronunciar unas palabras en el idioma en que las brujas emitían sus hechizos,
pero se desesperó al comprobar que muchos hechizos, incluido ése, ya no estaban en su cabeza.
En ese momento, el demonio logró tirar al suelo a la vampira, que se golpeó en la cabeza
y tardó unos segundos en reaccionar e incorporarse. El lobo seguía luchando y cada vez mordía
más fuerte, pero sintió que no aguantaba más allí colgado, sólo agarrado de la boca en el cuello
del demonio, y que caería tarde o temprano. La vampira, aún mareada, corrió como pudo hasta
la bestia y trató de arañarla o herirla, pero el animal levantó una zarpa y la tiró al suelo.
Aprovechando ese movimiento, se quitó de encima también al lobo, que cayó al suelo y, sin
resistir más la transformación, se metamorfoseó en un apuesto y atractivo joven rubio de ojos
azules que debía tener unos dieciocho o diecinueve años.
La bruja empezó a temblar. Vio cómo el demonio se agitaba, rugía y volvía al ataque, esta
vez con toda su fuerza. Entonces le vino una idea a la mente: recordaba perfectamente el idioma
de las brujas, pero no los hechizos y, como la magia brujeril sólo funcionaba con ese idioma,
podría inventarse un hechizo con esa lengua. Se llevó las manos a los labios y repitió varias
veces muchas palabras para ver cómo rimaba cada una con la otra y qué efecto podría surgir.
El tiempo pasaba rápidamente y el demonio, asegurándose de que ni el licántropo ni la
vampira saltarían de nuevo sobre él, se lanzó sobre la joven bruja para quitarle lo que más
necesitaba para su experimento, a parte de algunos potingues que había recogido en la cabaña:
su corazón.
¡Lo tenía! La bruja había creado su hechizo. Inhaló tanto aire como le cupo en los
pulmones y esperó. Cuando el demonio estuvo a punto de aterrizar sobre la aprendiza, ésta
pronunció con extraordinaria rapidez su hechizo y, de pronto, el demonio cayó al suelo,
debilitado y herido por dentro, sintiendo cómo una fuerza invisible le rasgaba los órganos. Pero
no podía pararse en ese momento si quería llevar a cabo su plan. Con un esfuerzo sobrehumano,
se levantó y se dispuso a saltar sobre la bruja con las pocas fuerzas que le quedaban.
Y sonó un disparo. Y otro. Y un último.
93
El demonio no tuvo más remedio que dar media vuelta y salir de allí. La bruja dio media
vuelta y vio que cuatro cazadores de avanzada edad se acercaban rápidamente hacia ellos
cogiendo con firmeza las escopetas.
Se acercaron a la joven pelirroja y al joven rubio y los levantaron, preguntándoles si se
habían hecho daño.
Alyssa se estremeció cuando el humano le tocó la piel y, por una vez, por poco cayó en la
tentación de lanzarse a su cuello. Carvien, en cambio, trató de disimular para que no adivinaran
lo que eran e hicieran lo mismo con ellos, pues sabía que los cazadores que venían al bosque
no iban con escopetas que no tuvieran balas de plata.
La bruja cayó de rodillas al suelo y respiró aliviada. Había hecho un gran trabajo. Sabía
que su tía se sentiría orgullosa si la hubiera visto. Y que las otras brujas habrían querido ponerla
de ejemplo para las otras aprendizas y, por una vez, se sintió satisfecha de sí misma.
El tercer cazador se acercó a ella y la levantó del suelo.
—¿Os encontráis bien? ¿Os ha hecho daño? Bestias como ésa no se han visto nunca, pero
por el aspecto que tenía debió de ser horrible para vosotros. ¿De dónde sois?
Alyssa empezó a temblar sintiendo el deseo de sangre humana en su mente, pero trató con
todas sus fuerzas disimularlo y no descontrolarse.
—Venimos… somos de… hemos llegado de… vivimos en… —la bruja, sin decidirse
cómo mentirles, soltó—: ¡nos hemos perdido! Verán, somos de ese pueblo de allí y nos
apasionaba la idea de venir a explorar el bosque, pero nuestros padres no nos lo permitían. Y
les desobedecimos. Ahora hemos aprendido que lo que hemos hecho está mal y no lo
repetiremos nunca más —la bruja fingió una cara de inocente que le salió muy bien y miró al
licántropo y su amiga, esperando que dijeran algo parecido.
Los otros cazadores se giraron a ellos y los miraron, arqueando las cejas. Carvien afirmó
con la cabeza:
—Sí, creímos que, como ya éramos mayores de edad o casi —dijo queriendo señalar a la
bruja, queriendo adivinar su edad—, no necesitábamos que nadie mayor nos acompañara.
Desobedecimos, sí. Pero acabamos de aprender, aparte de que es verdad que el bosque es
peligroso, que nunca hay que desobedecer a los mayores, que saben más que nosotros.
Alyssa, sin fuerzas para decir nada, asintió con la cabeza. Empezaba a sudar y no dejaba
de mirar el cuello de los humanos.
—Bien educados, sinceros y curiosos —rio uno de los hombres—. Os llevaremos a vuestra
casa y explicaremos a vuestros padres lo que ha pasado. Se sentirán orgullosos de lo que habéis
aprendido.
Alyssa no lo aguantó más. Por más que apretaba los dientes, cerraba los puños con fuerza
y los ojos para no ver, ese olor a sangre humana le llegaba a su nariz. Sin poder evitarlo, se
lanzó a un hombre, le arañó un brazo creando una pequeña herida y, de un pequeño hilillo de
sangre que discurrió, mojó dos dedos y se los llevó a los labios. La vampira hincó las rodillas
al suelo, decepcionada con sí misma notando la fría y asustada mirada de los cuatro hombres
sobre ella.
94
Alyssa se miró los dedos aún manchados de sangre y dos lágrimas de color negro
resbalaron por sus mejillas pálidas. Cerró el puño y los ojos y murmuró:
—Soy una bestia…
La bruja entornó los ojos, sin saber de qué estaba hablando.
Alyssa se incorporó y, antes de que pudiera pedir perdón al hombre, éste gritó:
—¡Un vampiro! ¡Un monstruo!
Los cuatro hombres se tiraron sobre la vampira. Uno de ellos sacó un crucifijo y lo puso
en la frente de Alyssa, que sintió que le quemaba todo el cuerpo.
Carvien frunció el ceño y apretó los dientes y, con la fuerza suficiente, se transformó y se
abalanzó sobre los cazadores, que cogieron las escopetas y le dispararon, pero el animal era
ágil y rápido y las esquivó todas. A pesar de todo, le dispararon una bala de plata que no le fue
posible esquivar.
Y le dio en un muslo.
Sin fuerzas, volvió a ser el joven rubio con el dorso desnudo y el muslo sangrando. Alyssa
empezó a gritar sintiendo cómo el crucifijo le quemaba y le dolía todo el cuerpo. Con un
esfuerzo, consiguió quitarse a los cuatro hombres de encima y quitarse la cruz de la cabeza que
tanto daño le provocaba.
Entonces los cuatro hombres se tiraron sobre ella, sobre Carvien y cogieron a la otra chica,
por si acaso, y los rodearon de rosarios (que llevaban encima, pues sabían de sobra que el
bosque era peligroso) de la iglesia, que los paralizó.
—Llevémoslos al pueblo— propuso uno de los cazadores.
—Sí, y mañana haremos una hoguera con ellos. Así los niños aprenderán que no pueden
venir al bosque ni aunque estén acompañados.
Los cuatro hombres cogieron a las criaturas y las llevaron al pueblo para, como había
pensado uno de los hombres, quemarlos delante de todos. A parte de eso, le habían quitado la
capa a Alyssa y lo peor era que… iba a salir el sol en un par de horas.
Por último, dos figuras se asomaron para ver la huida de los hombres con los jóvenes
monstruos. La figura femenina comentó:
—Sélthan, no podemos dejar que les pase eso.
—Tienes razón. Pero ya sabes que en el pueblo son más terribles en estos asuntos que en
la ciudad. Quizás los torturen.
Zaire se llevó las manos a las mejillas, preocupada.
—No puedo dejar que le hagan daño a mi niña —miró la fría mueca que había compuesto
su marido y aclaró—: Puede que ahora sea un vampiro y tu raza esté enfrentada a ellos desde
tiempos inmemoriales, pero sigue siendo nuestra pequeña y, quieras o no, iremos a por ellos.
¡Que te quede claro que sigo queriéndola aunque no sea una humana, o lo que se suponía que
era antes! Sé que sigues queriéndola y también sé que, aunque viste muchas veces a Flora
transformada, no quisiste ni acercarte, pero ahora necesita nuestra ayuda.
95
—¡Los han rodeado de rosarios, tú misma lo has visto! Y si queremos desatarlos
necesitaremos un milagro para que no nos quememos. Eso y que los cazadores y gente que los
vigile no nos ataquen.
Zaire fue hasta el lugar donde habían estado su hija y los demás y cogió algo que habían
tirado al suelo.
Era la capa de Alyssa.
—Eso, lo otro… y esto. Pronto saldrá el sol, y los vampiros pueden morir si no están
protegidos. Ahora, sigámosles.
96
XIII
E l demonio se escondió tras unos árboles y se transformó; el pelaje de todo su cuerpo
desapareció, sus cuernos se adentraron en su cabeza, sus dientes se normalizaron y
emblanquecieron, su cara se humanizó, sus garras se redujeron y sus alas se
pulverizaron. Ahora era Hinna, la mujer azulada, seductora y preciosa. Era la Dama
del Bosque. Se metió las manos en su blanco vestido y sacó un pequeño tarro lleno
de un líquido verdoso.
<<¿Lo tienes?>>
—Sí. ¿Funcionará?
<<¡Claaaro! Las brujas preparan muy bien sus pócimas y siempre funcionan. Espero que
así La Puerta se abra de una vez por todas. ¡Ah! Faltará…>>
—¿Más cosas, aún? ¿Cuándo abriremos La Puerta?
<<No sabes cuánto espero a que salgas para que recibas lo que mereces>>, pensó Hinna
frunciendo el ceño.
<<Hay que aprender a ser paciente. Cuando esté aquí, contigo, finalizaremos lo que tiempo
atrás no pudimos acabar.>>
—Sí, íbamos a hacernos con el poder de este mundo. Pero te descontrolaste y me
transformaste en… lo que soy. Una bestia. Y tú acabaste en el infierno —recordó amargamente
la Dama del Bosque, pero para su sorpresa pronunció como si nada la última frase, como si
fuera lo más normal del mundo.
<<Lo pasado, pasado está. No sabes cuánto me arrepiento de haberte transformado en…
eso. Pero sabes perfectamente que me pusieron la zancadilla de hierro por lo que mis poderes
se descontrolaron y… te los dirigí a ti sin querer. Pero cuando esté contigo te juro que lo
arreglaremos. Ahora debemos terminar de reunir los elementos para terminar con los
preparativos. Pero como no tenemos la hoja del libro tendremos que improvisar. Y para eso
necesitaremos un hombre-lobo.>>
La amargura y sed de venganza que Hinna había acumulado en su interior se esfumó de
repente y, llena de curiosidad, arqueó una ceja y preguntó:
—¿Un hombre-lobo? ¿Para qué?
<<Los licántropos esconden en su mente una información que podría sernos útil para
substituir la hoja, aunque no funcionará igual y no irá tan bien. Pero por ahora es lo que
97
tenemos. Cuando anochezca de nuevo te quiero aquí mismo con un hombre-lobo, Hinna.
Dentro de poco tendremos lo que necesitamos y por fin saldré de esta maldita prisión que me
tiene encarcelado. Así nos vengaremos de tu madre y de los que quisieron matarnos. Tú y yo
haremos historia, hija.>>
—Pero, padre. Cuando tengamos al hombre-lobo… ¿podremos adelantar el tiempo hasta
la noche en la que quiero darte un regalo de bienvenida?
<<¿Un regalo? ¿Qué regalo?>>
Hinna sonrió sarcásticamente.
—Es una sorpresa que ardo en deseos de darte. Estoy segura de que te encantará.
<<Bien, dejémonos de cháchara. ¿Sabes si hay algún hombre-lobo con el que puedas
hablar fácilmente?>>
—Conozco a uno un poco testarudo; aunque, si lo amenazo de nuevo, puede volver a ser
mi marioneta.
<<¿Volver a ser? ¿Es que ya lo fue?>>
—Sí, hace algunos años. Era muy especial, ¿sabes? Además, supe en cuanto le vi que se
encapricharía con una chica que podría habernos sido útil en un experimento, así que lo hice
mi marioneta. Pero llegó a dejarme. Aunque ahora tengo capacidades para hacer que se rinda
a mis pies, de nuevo. Será cosa de un abrir y cerrar de ojos, lo juro.
<<Eso espero. Hasta pronto, hija. Y trata bien a nuestro invitado. No desearía que antes
de sacarle lo que queremos se sienta incómodo.>>
—Descuida, papá.
La imagen de su padre se borró de su mente y los ruidos cesaron. La mujer se volvió y
empezó a correr entre los árboles para ir a buscar al licántropo que le sería útil. Sonriendo, no
pudo evitar decir:
—Cuando tengas tu sorpresa, el único que se sentirá incómodo serás tú, padre.
>>Me vengaré por lo que me hiciste.
Todo estaba oscuro y no reconocía el paisaje. No había árboles, sólo maíz muerto y la
tierra era seca. Ni de lejos se veía el famoso bosque ni la ciudad, pero Vanilka presentía que
no debía de estar muy lejos.
Se sentó en el suelo y acarició la tierra seriamente. Levantó la mirada hacia el hombre que
se la había llevado. Sus ojos verdes estaban llenos de dulzura, pero cuando su ceño se fruncía
emitían furia. Sus cabellos cortos, pero alborotados eran marrones como la tierra que pisaba y,
cuando se transformaba, todo era castaño. Llevaba el abdomen al descubierto y unos
pantalones desgarrados por los dobladillos y sucios. Se hacía llamar Dave.
—¿Por qué me has traído aquí?
—Estás en peligro. Al igual que tu hermana. Por eso es mejor que te quedes aquí. Y ella
también debería venir aquí hasta que los monstruos se cansen y dejen de atormentaros.
—¿Atormentarnos? ¿A las dos? ¿A qué te refieres?
98
El hombre la miró sonriendo. Creía que era una ingenua. Pero Vanilka no sabía a qué se
refería.
—¿Crees que tu hermana es la única que tiene estos poderes tan raros?
La vampira se quedó unos segundos boquiabierta y pensativa. Luego se miró las manos y
sonrió. A continuación se levantó y se dirigió a Dave:
—El viento me ha comentado que presiente que dentro de poco se desatará una guerra en
la que los monstruos no serán los únicos que lucharán. Si Alyssa va a estar allí… debería irme
con ella. Y debo decirle que yo… ¿cómo puedes saber si tengo poderes o no?
—Vuestra especie se creyó extinguida hasta hace unos años, cuando se fijaron en que,
durante una noche, dos estrellas se agrandaron hasta parecerse a la luna misma. A partir de ese
momento, la bautizaron como la Noche de las Tres Lunas. Y es fácil deducir que todavía
existen dos seres con poderes que no los han utilizado. Y yo he vagado por muchos sitios y sé
que tú eres la otra con poderes. En la Noche de las Tres Lunas tendréis la oportunidad de
transformar a una criatura en humano de verdad, excepto a sí misma. Será la noche en que
alguien será feliz de nuevo.
—¿Cómo sabes que soy yo la que tiene los poderes, tan sólo mirando las lunas? Eso no
tiene sentido, podría ser cualquiera.
El hombre se encogió de hombros y soltó una risa burlona.
—Deducción lobuna —se quedó mirando a Vanilka unos segundos, sonriéndole de oreja
a oreja, pero como la amabilidad no era su punto fuerte, sonreír le hacía parecer ridículo—.
Quizás si consigo caerte bien me ayudes a volver a ser lo que era antes.
Vanilka se humedeció el labio inferior y respiró hondo, lista para hablar sobre el pasado
de Dave.
—Sé que sufriste cuando te transformaste en hombre-lobo. Pero yo no tengo la culpa de
que…
—¡Fue ella! La Dama del Bosque me transformó, la muy canalla. No descansaré hasta que
esté en el mismo infierno.
Vanilka se sentó a su lado y no dejó de sonreírle tristemente.
—Cuando la vida de un humano se apaga y se substituye por la de una criatura de la
oscuridad, siempre es muy triste porque se deja de lado todo la que uno ama y se olvida del
futuro deseado. Pero ahora me doy cuenta de que, siendo lo que somos, tenemos capacidad
para acabar con nuestros enemigos y demostrarles a los humanos que no somos sus enemigos
ni los de las demás criaturas que no son de nuestra especie. Pero sólo lo conseguiremos si
trabajamos todos unidos… para demostrarlo. Así que necesito unir a todas las criaturas
posibles que estén dispuestas a ayudarnos para volver al bosque y ayudar a mi hermana. Es lo
único que me queda y que no deseo perder. Y sé que esa dama anda suelta… aún. ¿Querrías
ayudarme?
—No es lo único que te queda. Tus padres se sienten fatal, no sólo por la huída de tu
hermana, sino también por la tuya. Te echan de menos, Flora. Y sí…, me encantaría ayudaros,
pero éste es un terreno en el que ningún monstruo excepto yo sabe cómo orientarse y por dónde
99
volver, así que deberías quedarte aquí por tu propio bien. Sin embargo, la elección es tuya y
yo no soy tu padre así que haz lo que quieras. Pero que sepas… que siempre estaré contigo…
al menos hasta que haya conseguido vengarme.
Vanilka sonrió y lo abrazó. El hombre se sorprendió y la envolvió con sus cálidos brazos.
La vampira se levantó mirando al horizonte. Se estaba tiñendo de color amarillo claro. Pronto
saldría el sol. Miró a su nuevo amigo y le tendió una mano para que se incorporara.
—Si estamos juntos en esto… antes que nada deseo volver al bosque. No sólo para avisar
a mi hermana de que corre un gran peligro por culpa de la Dama, sino también porque… quiero
entregarle una cosa. Y es mejor que nos vayamos ahora; o al menos yo, pues saldrá el sol y no
me conviene estar mucho bajo él aunque lleve la capa puesta.
>>Así, pues… ¿en marcha?
Alyssa abrió los ojos, cansada y debilitada. Seguía sintiendo dolor por todo el cuerpo.
Entornó los ojos y observó el horizonte. Estaba a punto de salir el sol. ¡Y no llevaba la capa!
Se transformaría en polvo en menos de media hora. Miró a ambos lados y vio a Carvien
amarrado a un poste con rosarios, al igual que ella, y a la chica del lado izquierdo, igual. Ambos
tenían los ojos cerrados, probablemente, por todo el dolor causado por los rosarios.
Paseó la mirada por donde estaban: en una plaza, en concreto la del pueblo. Eran altas
horas de la madrugada y, como aún no había salido el sol, la mayoría de la gente estaba
durmiendo. Sin embargo, había una niña pequeña que no dejaba de observar a Alyssa
seriamente. No parecía que tuviera sueño y no se movía de donde estaba, de pie.
—Eres muy hermosa, vampira. Pero eres mala. Has atacado a mi padre y el castigo que te
caerá nunca lo olvidarás ni en el viaje al infierno que recorrerás.
—Mira, sé que lo que he hecho no ha estado nada bien. Y también sé que vosotros, los
humanos, no nos tratáis bien ni nos dais una oportunidad…
—¡Es que sois malos, todos! Siempre queréis matarnos o comernos. Es normal que
queramos defendernos.
—Y si nos veis aunque no os hagamos daño también nos torturáis. Eso no es defenderse.
Eso es cazarnos sin piedad.
—Es que… tomamos precauciones por si os atrevéis a matarnos.
—Mira, preciosa. Yo no tengo la culpa de que haya sido transformada en esto y te juro
que yo no quiero que me pase esto y que desee tanto la sangre, pero aunque ya no sea una
humana, tengo todo el derecho a vivir tal y como soy y para vivir necesito comer. Al igual que
vosotros matáis animales y hierbas para comer, yo como carne y creo que ahora también bebo
sangre. He descubierto que es nuestra forma de vivir. Pero es mi culpa por lo que mis amigos
y yo estamos aquí… a punto de morir. Y no sabes cuánto desearía decirles que lo siento.
También a tu padre.
100
No se había dado cuenta que la niña la escuchaba atentamente y que se esforzaba por no
sonreír tristemente… al igual que Carvien y la chica, que la observaban enternecidos. Alyssa
miró al suelo y siguió hablando:
—Hay alguien malo en el bosque que quiere matarnos. Y creo que ya se ha deshecho de
mi hermana… es normal que yo quiera castigarla. Pero no puedo hacerlo sola. Ni siquiera junto
a mis amigos lograríamos castigarla juntos. Pero si morimos aquí nunca le diremos que lo que
ha hecho está mal y seguirá haciéndolo. Incluso puede venir al pueblo o a la ciudad —dos
lágrimas negras resbalaron por las mejillas de la vampira—. Yo sólo deseo volver a ser lo que
era antes. Quiero vivir con mis padres, con mi hermana. Y que todas las criaturas que están
sufriendo dejen de hacerlo y que la maldita mujer que nos va matando a todos se vaya al
infierno, donde debe estar de verdad.
La niña miró al suelo y empezó a pensar. Al fin, levantó la mirada y quiso saber:
—¿Y cómo sé que no quieres comerme o destruir el pueblo y divertirte?
—Lo único que podría divertirme de verdad es un juego de mesa con el que jugaba con
mis padres y mi hermana. Y también me divertiría acabar con mi descontrol. Pero lo que más
me divertiría sería correr libre por el bosque, junto a mis padres, amigos y familia. Eso es lo
que me importa. Yo no he sido transformada en vampiro para matar y divertirme viendo sufrir.
Mi misión ahora es acabar con el verdadero mal que hay en vuestros corazones y en la Dama
del Bosque.
Un hombre se acercó a la niña y la arrastró hacia una casa que debía ser la suya. Antes de
cerrar la puerta, se dirigió a los tres jóvenes amarrados a los postes y escupió:
—Vosotros habéis sido transformados para morir en manos de los humanos e ir al infierno,
el lugar en el que siempre deberíais estar.
Alyssa miró al suelo y luego al horizonte, donde unos pocos rayos de sol empezaban a
asomar. Adivinó que Carvien y la chica la miraban y sollozó:
—Por si muero antes que vosotros; quiero que sepáis que lo siento y que no os merecéis
esto. Que tú, Carvien, te mereces otra oportunidad respecto a lo que te pasó y, a los dos, que
tenéis derecho a vivir la vida que no conseguisteis acabar. Aunque sea en el cielo. Que la única
criatura que merece estar en el infierno soy yo.
Carvien empezó a llorar y trató de secarse las lágrimas pero sus manos estaban atadas.
—Si éste va a ser el último momento que estemos juntos, Alyssa, no quiero que olvides
que te quiero con toda mi alma. Que siempre estaré a tu lado y velaré tus sueños, ahuyentando
las pesadillas. Que tú, pequeña, siempre serás mi mejor amiga.
Alyssa alzó la mirada al cielo y murmuró:
—Mamá, papá. Siempre habéis sido los mejores padres del mundo. Y siempre lo seréis.
Os he fallado. Me he separado de vuestro lado. Lo siento. Ahora desearía deciros cuánto os
quiero… y que lo siento.
—¿Y por qué no nos lo dices, tesoro? —interrumpió una voz femenina que venía de la
oscuridad que formaban las sombras de las casas.
101
Una figura negra se acercó a la plaza y se quitó una capa azul oscuro que llevaba puesta.
La de Alyssa.
—¡Mamá!
La mujer sonrió tiernamente y se le llenaron los ojos de lágrimas al reconocer a su querida
hija, pero parpadeó para contenerlas. Se acercó a la vampira para abrazarla y decirle todo lo
que la había echado de menos, pero sintió el dolor proveniente de los rosarios y retrocedió unos
pasos.
—No te preocupes, cielo: te sacaremos de aquí —le aseguró la sirena.
—¿“Sacaremos”? —repitió Alyssa.
Un lobo negro salió de la oscuridad y corrió al lado de la sirena. La vampira reconoció sus
ojos azules.
—Papá…
El animal se lanzó sobre los rosarios mordiéndolos y soportando el dolor como podía, pero
llegó un momento en que cayó al suelo, agotado y dolorido, mientras que los rosarios seguían
igual de resistentes. Alyssa observó el horizonte; una punta del sol estaba emergiendo de detrás
de las montañas y no tardaría en iluminar el pueblo. La vampira ya perdía las esperanzas
cuando Carvien le recordó:
—¡La hoja; la puedes usar!
—¿Cómo sabes que tengo…?
—¡No hay tiempo para habladurías! Zaire, saca la hoja doblada que hay en la capa de tu
hija.
La mujer desconfió de él unos instantes, pero al sentir algo de calidez por parte del sol
llevó la mano a la capa y empezó a agitarla con fuerza hasta que un papel amarillento, doblado
y algo arrugado cayó al suelo. La sirena lo cogió y lo observó.
—Pero si… esto es… ¡de nuestro libro! ¿Cómo ha venido a parar aquí?
El sol empezó a salir. Su calidez bañó al oscuro lobo agotado, la espalda de Zaire, los pies
de la bruja, de Carvien y llegó a alcanzar las rodillas de Alyssa, que reprimió un gemido al
sentir un dolor extremo, como si le estuvieran quemando las piernas. Un hilillo de humo salió
de sus pantalones y ascendió hasta el cielo. La vampira supo que se trataba de lo que le había
contado su hermana en el bosque: si un vampiro estaba bajo el sol, hilos de humo salían de su
cuerpo hasta que no era más que polvo. La vampira empezó a temblar. Si permanecía más
tiempo allí, en pocos instantes no sería más que una nube de polvareda.
Carvien la miró a los ojos y no estuvo de acuerdo.
—¡Zaire, date prisa o tu hija morirá dentro de poco! —la apremió el chico, empezando a
temer lo peor.
La sirena observó el papel y empezó a pensar. Sabía que el libro escondía hechizos y
secretos asombrosos y ella sabía usarlo desde que le enseñaron, pero con sólo una hoja no
sabría hacer gran cosa. Un deseo ardía en su interior: liberar a los tres infelices quemando o
rompiendo las cadenas de los rosarios. Miró la hoja una vez más y se fijó en que un párrafo
desapareció y en su lugar apareció un pequeño texto en su idioma. Un hechizo conocido. La
102
magia que haría que las cadenas se rompieran. Entonces lo supo, era aquella hoja mágica del
libro la que había sido arrancada. La que les indicaría en todo momento los hechizos que podían
usar.
Alyssa cerró los ojos. El sol ya le llegaba a la cintura y el dolor era insoportable. No
aguantaría mucho más tiempo consciente.
—¡Zaire, date prisa, por favor! —le gritó Carvien.
La sirena pronunció el hechizo como lo decía la hoja. Todas y cada una de las letras en su
idioma salieron de su boca bien pronunciadas y, antes de que el sol llegara al rostro de la
vampira, las cadenas se rompieron y Alyssa cayó al suelo, sin poder aguantar más. Sélthan, ya
transformado en hombre, le puso la capa azul encima y la abrazó con todas sus fuerzas.
La joven quinceañera, los dos hombres-lobo, la vampira y la sirena empezaron a correr
hacia el bosque sin darse cuenta de que, muchos cazadores habían salido de sus casas, se habían
percatado de lo ocurrido y, cogiendo sus armas, habían echado a correr tras los fugitivos para
asegurarse de que cinco monstruos desaparecerían del mundo.
La Dama del Bosque se escondió tras unos arbustos y repasó mentalmente el plan: esperar
a que pasaran los cinco correteando y raptar a Carvien. No hacía mucho, había utilizado sus
poderes para visualizar en su mente a Carvien y lo que estaba haciendo y, aprovechando que
huían, podría coger al licántropo mientras los demás se marchaban corriendo.
Se recordó a sí misma por qué quería hacer eso por su padre. <<El regalo, debo prepararlo
todo para el regalo. Que será ella. Y si aprovecho que estará buscando a Carvien y lo dará todo
por él, me la quedaré y llevaré a cabo mi venganza. Mi padre no se lo esperará y si quiere salir
vivo de allí, deberá darme toda su fuerza.>>
Estaba tan metida en sus pensamientos que no se dio ni cuenta de que cinco figuras habían
pasado cerca del arbusto tras el que se escondía y se adentraban más en el bosque, con tal de
huir de allí. La mujer volvió a la realidad y los miró. Se levantó y corrió tras ellos. No podía
dejar que su presa se fuera. ¿Y si raptaba directamente a Alyssa? No, debía dejarle clara una
cosa a Carvien. Que le quería.
El licántropo iba el último. Tenía la suerte de que nadie la vería. Ni él. Cuando se hubo
acercado lo suficiente a la espalda del hombre-lobo, le rodeó con sus brazos, haciéndole parar
y los dos cayeron al suelo. Le tapó la boca para que no pudiera gritar y lo adormiló con su tufo
a azufre.
Ya era suyo.
Alyssa se paró. Allí en el bosque, ya no daba tanto el sol. Y ya no oían cómo los cazadores
les perseguían. Podían parar tranquilamente, pues no pasaba nada. La quinceañera miró las
caras nuevas y sonrió nerviosamente. Entonces se dio cuenta:
—¿No había otro chico con nosotros?
103
Zaire y Sélthan cruzaron una mirada. Era verdad que habrían deseado deshacerse de él por
lo que hizo, pero no había sido obra suya. Se habría perdido, pensaron.
Alyssa se volvió hacia el camino que llevaba al pueblo y caminó sobre sus pasos pero se
detuvo cuando oyó unos gritos de triunfo de los cazadores. ¿Y si Carvien…? Varios
pensamientos crudos y amargos aparecieron en su mente, pero por más que trató de
ahuyentarlos, estaban allí. Sabía que su amigo era valiente. Sabía que era fuerte y ágil. Sabía
que los cazadores no podían haberlo cazado. Pero de una forma u otra, sabía que había perdido
a su mejor amigo.
El joven abrió los ojos y echó una ojeada al lugar en el que se encontraba. Era un lugar
lúgubre y húmedo, estaba muy oscuro, pero sin embargo había una pequeña luz sobre lo que
parecía un techo arenoso y seco y dibujaba la forma de un rectángulo. Una puerta. Pero, ¿dónde
estaba? Se levantó, avanzó unos pasos y pronto tropezó con algo no muy alto de madera. Se
sorprendió al ver que ya no sentía el dolor de su muslo ni sentía la bala de plata en su interior.
Inició su transformación de hombre-lobo sabiendo que así podría ver perfectamente en la
oscuridad del lugar. Sintió cómo le crecía le pelo, el hocico las orejas, la cola… Pronto, sus
ojos se acostumbraron a la oscuridad. Miró por todos lados y pensó hasta que se dio cuenta de
dónde estaba: en el interior de una cripta. Alguien lo había encerrado allí. ¿Pero quién?
Recordó que, antes, alguien lo había cogido cuando estuvo corriendo tras Alyssa, sus padres y
la chica desconocida. ¿Quién sería? Entonces se acordó de la peste a azufre y supo quién había
sido: Hinna.
Se volvió y vio lo que parecían dos tumbas de madera destapadas. Antes había chocado
contra una de ellas. Se acercó a ellas y las observó. Vio a dos personas en ellas. Eran un hombre
y una mujer. Ambos tenían los ojos cerrados y tenían la piel pálida y varios mordiscos en los
brazos por los que parecía que alguien les había quitado la energía vital. Se paseó por el lado
de las tumbas observando más los individuos que reposaban eternamente. Alguien los había
rociado con un ungüento asqueroso tanto de olor como sabor que evitaba la descomposición
en los cuerpos. Por más que trató de no olerlos, perdió la batalla, así que se olvidó de la peste
y los observó mejor. La mujer le resultaba familiar, al igual que el hombre. Ambos tenían el
pelo revuelto, como si antes de morir alguien les hubiera saqueado y atacado. Entonces
entendió por qué le resultaban tan familiares sus rostros. Se parecían mucho a sus padres. Se
acercó al hombre y le vio puesto el crucifijo que tenía puesto el día en que fue a la casita y
les… Y la mujer llevaba puesto el mismo vestido que tenía su madre la última vez que la vio
viva. Entonces lo supo… esas personas no sólo se parecían a sus padres.
Lo eran.
104
XIV
A lyssa condujo a sus padres y a la otra joven a la cueva en la que vivió Vanilka.
Zaire y Sélthan, por el día, salían y se disponían a encontrar un río o lago para
que la sirena pudiera remojarse durante las horas de sol. Mientras, Alyssa dormía
unas pocas horas y hablaba con su nueva amiga: Eybe. Se trataba de una
aprendiza de bruja que había perdido a su tía y no sabía si podía volver con las
de su especie.
Desde que el sol salía, las dos jóvenes se tapaban con sus capas y empezaban a hablar
sobre sus vidas y qué podrían hacer si se encontraban de nuevo cara a cara con el demonio. La
vampira, la mayoría de veces, se encontraba distante, pensando en Carvien. ¿Dónde estaría?
¿Estaría bien o ya no se encontraría en el mundo? Por la noche, cuando sus padres y Eybe se
encontraban profundamente dormidos, salía de la gruta y se disponía a caminar y avanzar por
la espesura del bosque mientras todos sus pensamientos iban dedicados a su mejor amigo.
Cada vez iba perdiendo más el hambre, pero, cuando nadie la veía, cogía una fruta de
algún árbol y se la comía recordando los momentos junto al licántropo.
El tiempo iba pasando y no tuvo ninguna noticia de su hermana ni de Carvien. Sus padres,
muy pocas veces, habían ido a la ciudad, a la mansión, por si necesitaban alguna cosa
importante, pues veinticuatro años entre humanos les habían quitado las habilidades de cazar
y apañárselas por sí solos.
Eybe se fabricó un caldero con troncos, piedras y algo de magia y practicaba pócimas,
como le había enseñado su tía, para asegurarse de que no había perdido las habilidades
brujeriles y para estar preparada si los humanos los atacaban. Una noche, junto a Alyssa, se
arriesgó a ir a la cabaña donde vivían para recuperar su escoba y el caldero auténtico, pues el
que se había fabricado tenía agujeros por la parte de abajo y muchas veces, las pócimas se
echaban a perder por ello.
Eybe y Alyssa regresaron a la cueva con la caldera y la escoba recordando la experiencia
en la cabaña: habían visto algunas ratas y el cadáver de la bruja. La aprendiza nunca olvidaría
esa mirada perdida y muerta que se le quedó grabada de su tía.
105
Eybe, a parte del caldero y la escoba, había cogido un libro antiguo de hechizos y estuvo
días practicando su lengua y memorizando hechizos que podrían ayudarle en guerras o
emboscadas.
Zaire y Sélthan habían salido aquella noche y habían ordenado a las jóvenes que no se
movieran de la cueva, pues era una noche peligrosa y había criaturas extrañas por el bosque,
por lo que era mejor que no se toparan con ellas. Las dos muchachas se hicieron las dormidas
hasta que estuvieron seguras de que ya estaban bastante lejos. Eybe se enderezó y sacudió el
brazo de Alyssa pensando que estaba dormida, con la intención de despertarla.
—¿Sabes qué noche es hoy? Es la noche de Halloween, la noche de las brujas. Se sabe
que ellas se reúnen en un aquelarre y cuentan cosas asombrosas junto a una hoguera. Ese día
tienen una magia especial que no poseen todos los días. Mi madre solía llevarme cuando estaba
viva y puede que, si vamos, nos digan dónde están Carvien y tu hermana. Incluso tal vez puedan
ayudarnos a revivir a mi tía y mi madre. ¿Quieres venir?
—Mis padres han dicho que no nos movamos. Créeme, ellos viven desde hace más de
doscientos años y han pasado esta noche todos los años, así que saben cómo es. Y si nos han
dicho que no nos movamos es que tienen razón.
Eybe se levantó y fue a por su escoba. Acto seguido, señaló la boca de la cueva y le mostró
el artefacto.
—Sí, pero… Es de noche y las brujas se unen cuando está oscuro y podemos ir volando si
no quieres que nos topemos con nadie. Si flotamos en el aire es imposible que alguien nos vea
en la oscuridad. Venga, vayamos…
Alyssa respiró hondo y cerró los ojos. ¿Y si lo que decía la bruja era cierto; que si iban al
aquelarre descubrirían dónde estaban dos de las personas a las que más quería? La vampira
sabía que lo daría todo por descubrir dónde estaban y ayudarlos y, si el ir allí, la ayudaría, pues
iría.
—Bueno, tal vez no sea una mala idea, al fin y al cabo —se incorporó y fue con Eybe.
Miró la escoba y luego a la bruja arqueando las cejas, desconfiando.
—¿Pero tú sabes conducir este trasto? ¿Estás segura de que no nos mataremos? ¿No nos
pasará algo si somos dos?
La bruja puso su escoba horizontal y se sentó sobre ella. Le señaló el pequeño trozo de
madera que le serviría a Alyssa como asiento y replicó:
—Tú solamente disfruta del viaje, porque éste será, tal vez, el único que harás por el aire.
Cierra los ojos, agárrate a mí y pon la mente en blanco. Verás cómo te gusta.
La vampira se quedó unos instantes distante, observando la escoba. Luego, atraída por las
palabras de su amiga, se colocó como ella en la escoba (lo cual resultó bastante difícil, ya que
nunca había probado de sentarse en nada tan incómodo y sus pensamientos decían que caería)
y rodeó la cintura de Eybe con sus brazos, pues si había dicho “flotar por el aire” significaba
que, si no se agarraba bien, se iría al suelo.
Acto seguido, la bruja cerró los ojos, se llevó los dedos a los labios y pronunció unas
palabras en un idioma bastante complicado y extraño cuya información era totalmente
106
desconocida por Alyssa. Entonces, la escoba empezó a temblar, se sacudió ligeramente… y se
elevó en el aire.
Las dos jóvenes montadas en el extraño artefacto flotaron en el aire y salieron de la cueva,
volando sobre el bosque. La vampira se quedó boquiabierta al ver lo hermoso que resultaba el
bosque bajo la luz de la luna visto desde arriba. El viento acariciaba sus rizados cabellos y le
quitó la capucha procedente de la capa que se había llevado, pues no salía nunca sin ella.
—¿Verdad que te gusta? —adivinó Eybe—. Ahora verás cuando nos acerquemos al
aquelarre. Pero debes prometerme que no revelarás a nadie el lugar en el que está ni que lo has
visto. Es información confidencial de las brujas. Ni siquiera yo debería saberlo, ya que soy una
aprendiza, aún. Pero, cuando lleguemos, debemos hacernos pasar por unas brujas y si te
preguntan por tu ropa, di lo primero que te pase por la cabeza, pero déjales claro que eres una
bruja. ¿Entendido?
Alyssa asintió con la cabeza. Sería todo muy fácil.
A lo lejos avistaron una luz, una columna de humo y oyeron algunos gritos.
—¿Cómo es posible que los humanos no las oigan?
—Tienen magia. Todo ser humano, esta noche, está obligado a dormir y a no enterarse de
nada. Pero nosotras no somos humanas y podemos oírlas. ¿Preparada para la actuación?
Recuerda que no puedes preguntar nada hasta que nos sentemos alrededor del fuego y la Bruja
Mayor reciba sus poderes.
—Vale, entendido. ¿Alguna cosa más?
—Mmmm… ¡Ah, sí! Hablarán en el idioma brujeril, pero no te preocupes, yo te traduciré.
Y cuando yo te lo diga, nos iremos, ¿entendido? No podemos dejar que nos descubran.
Alyssa asintió y se preparó para el aterrizaje. Eybe movió los brazos, sacudiendo
levemente la escoba y ésta descendió hasta que los pies de las jóvenes tocaron tierra. La bruja
se puso la escoba bajo un brazo y señaló el lugar del que provenían la luz, el humo y los gritos.
La vampira vio que se trataba de un enorme claro rodeado de árboles. En el centro había
una descomunal hoguera cuyas llamas debían ser más altas que los árboles. Varias mujeres
jóvenes con vestidos estrafalarios y peinados enmarañados bailaban alrededor del fuego
cantando al unísono una cantinela en el idioma brujeril. Varias mujeres más ancianas, igual de
mal vestidas, las observaban como si fueran jurados. Había una mujer que era distinta a todas
las demás. Era más alta, más vieja y sus labios formaban una mueca seria. Sus largos cabellos
grises y despeinados le caían por la espalda, hasta los pies, sobre una capa oscura que arrastraba
por el suelo. Su vestido, ajustado y sucio, era muy diferente de todos los que llevaban las
demás. Sus ojos rojos daban miedo y ayudaban a que los súbditos de aquella bestia la temieran
y obedecieran sin rechistar. Su piel era arrugada y pálida, su nariz puntiaguda y con una verruga
y sus labios secos y sonrosados. Sus uñas de las manos eran bastante largas y afiladas, al igual
que descuidadas y sucias.
—Es la Bruja Mayor. Todo lo que sé sobre ella es que todas le temen, es muy estricta y
quiere mantener a raya a los que están por debajo de ella, pero también es muy cruel cuando
alguien le desobedece o le traiciona, pero también con los intrusos.
107
—¿Nosotras somos intrusas?
—No, más bien visitantes. Haz lo que te he dicho, no te dirijas a ella a no ser que te
pregunte y todo saldrá bien.
Alyssa asintió con la cabeza y siguió avanzando junto a su amiga. Algunas brujas se fijaron
en ellas y fueron a recibirlas, pero las dos se mantuvieron firmes y se comportaron como
auténticas brujas.
Bailaron alrededor del fuego, bebieron un agua extraña que las más sabias decían que
hacía fuertes y poderosas a las que la bebían, comieron carne de ciervo y no se separaron ni un
segundo.
Durante todo el tiempo, la Bruja Mayor no movió ni una ceja, pero cuando todas las brujas
se sentaron alrededor del fuego y callaron, la mujer se dirigió al fuego y dio tres vueltas
alrededor de él. Luego empezó:
—Hoy estamos aquí una vez más, hermanas. Gracias por reuniros de nuevo conmigo y
con las almas de los animales a los que hemos sacrificado para esta celebración. Ya que los
humanos nos han dedicado esta noche tan magnífica para nosotras, podemos aprovechar que
es nuestra noche, hermanas. Alcémonos unidas y demostrémosle al mundo que pertenecemos
a él.
Eybe, procurando que nadie la oyera, tradujo las palabras a Alyssa, que se quedó
impresionada por el hermoso discurso de la mujer. Todas las brujas lanzaron unos gritos de
alegría y luego callaron súbitamente. La Bruja Mayor prosiguió:
—Como cada año, invocaremos a los poderes ancestrales para que nos beneficien a todas
y tengamos la fuerza suficiente para el día de mañana y los siguientes… hasta que volvamos a
encontrarnos el año que viene. Ahora, unid vuestras manos, hermanas. Pensad en aquello a lo
que amáis y entregad vuestras desgastadas fuerzas, renovándolas con las que os vendrán.
Mientras todas las brujas se cogían de las manos, Eybe tradujo a Alyssa y luego le cogió
la mano sin darse cuenta que, más de una vez, la Bruja Mayor las había observado frunciendo
el ceño.
—Pase lo que pase ahora, no te levantes, no hables ni atraigas la atención. He oído decir
a mi tía que, si lo que hace ahora con el fuego te atrae, la Bruja Mayor es capaz incluso de
castigarte. Sigue sentada y todo irá bien.
Todas las brujas cerraron los ojos y respiraron profundamente, señal de que se
concentraban. Alyssa cerró los ojos y obedeció a su amiga, temiendo que si hacía lo contrario,
algo terrible sucedería.
La vampira puso la mente en blanco con tal de no equivocarse, pero no pudo evitar pensar
en Carvien. Habían venido para saber dónde estaba y aún no lo sabían. Abrió los ojos y vio
ante ella la figura de su amigo algo borrosa e incorpórea. El joven sonrió y le tendió la mano.
—Ven conmigo, Alyssa. Estoy bien, ¿lo ves? No me ha pasado nada. Pero me pasará si
no vienes junto a mí. He estado más de cuatrocientos años esperándote. Y ahora que te he
encontrado no quiero que te alejes.
108
Alyssa, por unos segundos, se sintió atraída por sus palabras, pero recordó que debía
permanecer agarrada a la mano de Eybe y de la compañera que tenía a su izquierda, o si no les
pasaría algo malo.
—Ven, Alyssa. Cada vez que te veo me siento atraído por tu belleza y deseo estar a tu lado
toda la eternidad, pero si no vienes ahora desapareceré. ¿No ves que me estoy
desmaterializando? Sólo tú puedes pararlo. Te quiero, Alyssa. ¿Pero tú a mí?
La vampira cerró los ojos y apretó los dientes con tal de no escucharle, pues sabía que sólo
era un truco. Un truco muy bueno. Sin entender por qué, se soltó de las manos de sus
compañeras, se levantó y fue hasta Carvien, pero éste desapareció de pronto. Alyssa sacudió
la cabeza y parpadeó, sintiendo la mirada de todas las brujas, incluso la de la Bruja Mayor,
sobre ella.
—¿Cómo osas? —le preguntó tranquilamente, con un tono de voz que resultaba
amenazante.
Había hablado el idioma que Alyssa conocía, mirándole a los ojos con una frialdad que
Alyssa sintió que le temblaban las piernas. Se recordó a sí misma que no debía tenerle miedo.
Había estado frente a seres peores, como el demonio del bosque o incluso Haven, y la bruja
parecía estar por debajo de ellos. Se volvió y alzó la cabeza majestuosamente mostrando su
osadía y valentía.
—¿Por qué no has respetado las reglas que te ha dicho tu amiguita?
Alyssa miró a Eybe, al igual que todas las brujas, y sintió que le subían los colores a la
cara.
—Lo he intentado, señora, pero parece que alguien impedía que estuviésemos calladas,
sentadas y concentradas.
—Pues yo las veo a todas sentadas, calladas y concentradas. O lo estaban antes de que nos
interrumpieras a todas. ¿A qué has venido, intrusa?
Todas las brujas aguantaron la respiración. Sabían que si la Bruja Mayor se enfadada, el
espectáculo no sería divertido.
—He venido porque quiero ayudar a un amigo. Necesito saber dónde puede estar, si está
vivo y cómo puedo llegar hasta él. Quiero esa información, por favor.
La bruja observó unos instantes a Alyssa y luego caminó alrededor de ella observándola
atentamente.
—Tú no eres una bruja. Pero tampoco eres una humana —adivinó—. Eres alguien muy
especial que te preocupas por los que quieres. Piensas mucho en los seres queridos, pero ¿te
has parado a pensar sobre ti alguna vez? ¿En tu don? ¿En quién eres en realidad?
—Lo sé perfectamente. Soy un ser de la oscuridad que tiene unos poderes especiales que
sólo surgen una noche.
—¿Y te has preguntado por qué esa noche tiene tres lunas?
Alyssa se quedó callada, pues no sabía la respuesta. Por primera vez, la bruja le sonrió y
agitó las manos ante el fuego, que se hizo pequeño.
109
—Desde hace milenios, nuestro mundo tiene humanos, animales y seres de la oscuridad,
nosotros. Pero después empezaron a nacer personas especiales con dones extraordinarios.
Algunos eran para hacer crecer las plantas en segundos, otros para revivir a los animales, otros
para dar calor o frío. Y a esas personas especiales se les llamaron Guardianes de la Vida. Y
cada guardián poseía su luna. Cada siete años, una noche el cielo se iluminaba de estrellas que
luego eran lunas. Las lunas de los guardianes. Cada uno de ellos podía utilizar su poder una
vez en la vida y, cuando lo hacía, su luna se apagaba para siempre. Como te habrán explicado,
ahora sólo hay tres lunas. Lo que significa que sólo quedan dos guardianes. Y uno de ellos eres
tú.
—¿Y quién es el otro?
La anciana le sonrió tiernamente, algo que no hacía nunca por la cara de sorpresa que
mostraron la mayoría de las brujas presentes.
—Eso deberás descubrirlo tú.
—¿Qué pasa con la otra información? He venido para descubrir dónde puede estar un
amigo mío y mi hermana, que han…
—¿Desaparecido? Ya veo —se volvió al fuego y lo avivó agitando las manos. Luego se
llevó las manos a la cabeza y cerró los ojos—. Tu hermana está bien, según veo. Pero no veo
lo mismo con tu amigo.
El corazón de Alyssa se aceleró al oír eso.
—¿Cómo? ¿Dónde está? ¿Está muerto? ¿Qué le ha pasado?
—Haces muchas preguntas, querida. Pero, desgraciadamente, mi poder ha ido
envejeciendo al igual que yo y ya no tengo tanta capacidad para ver más allá del bosque. Sin
embargo, algo me dice que no está muerto —miró unos segundos a Eybe y prosiguió—, aunque
eso no significa que corra libre. Tiene algo que ver con… sí, el azufre. A ver, el azufre… ¡un
demonio! Una horripilante criatura de ésas está relacionada con la desaparición de tu amigo.
Muchas brujas empezaron a murmurar entre ellas. Una tuvo la osadía de levantarse y
aclarar:
—Pero, ¿los demonios no tenían prohibido el acceso al mundo? ¿O el amigo de esta joven
está en el infierno?
—No, querida hermana. Si no estuviera en el mundo no habría podido vislumbrar si estaba
vivo. Creo que son malas noticias, las que os traigo, hermanas. Hay un demonio corriendo libre
como el viento por el bosque.
Todas las brujas ahogaron gemidos incluso algunas gritaron.
—Pero no puede ser —comentaban algunas.
—¡Los demonios fueron encerrados en el infierno hace siglos! —se asustaban otras.
—Hay, sin embargo, un demonio que se hace pasar por una criatura de la oscuridad desde
hace varios siglos y aún no ha vuelto a su verdadero hogar por codicia y venganza —una
anciana que no parecía tan vieja como la Bruja Mayor se abrió paso entre la multitud y se
dirigió junto a la portavoz:
110
—Creo saber de quién se trata; su nombre es Hinna y está camuflada bajo el aspecto de
una bella mujer con cabellos y piel azules, y vestido blanco inmaculado. Cuando ataca por sí
misma se transforma en una bestia azulada con cuernos, largo pelaje y garras destripadoras.
Así es en realidad: un auténtico horror.
Alyssa se volvió y observó con ojos aterrorizados a Eybe, que ponía la misma expresión.
Se entendieron perfectamente con la mirada. El demonio contra el que habían luchado en el
bosque era Hinna, una malhechora que ahora tenía a Carvien y, por cómo los debilitó en el
bosque, no quería ni pensar qué le había hecho al licántropo. Volvió la mirada a la anciana,
que dejó de sonreír.
—Ahora será mejor que os vayáis. Dentro de poco saldrá el sol y no te conviene estar bajo
él… otra vez. Así que marchaos, pequeñas y recordad que el don de un Guardián de la Vida es
tan preciado que no puede malgastarse en tonterías, pues una oportunidad así no se encontrará
en otra parte.
Las dos jóvenes se levantaron y se internaron en el bosque. Eybe sacó mágicamente la
escoba que había guardado bajo su capa y se montó en ella. Miró a Alyssa esperando verla
reaccionar y la vampira subió tras ella. Se agarraron fuerte y, antes de que la joven Whiverlee
pudiera darse cuenta, ya estaban flotando en el aire.
Durante todo el viaje, Alyssa no dejaba de repetirse las palabras que la Bruja Mayor le
había comentado acerca de los guardianes e Hinna. Algo en su interior le decía que debía
hacerle frente al demonio. Lo necesitaba.
Sin que se diera cuenta, los pies de ambas rozaron el suelo. Ya habían llegado. Bajaron de
la escoba y entraron en la cueva asegurándose de que los padres de Alyssa no habían llegado
aún y podían reprenderlas por su huida al bosque. Se sentó en el frío suelo de la gruta y pensó
en lo que había dicho la bruja, de nuevo. Si era una guardiana de la vida, ¿por qué no podía
hacer milagros? ¿Y por qué sólo podía utilizar sus poderes una vez en la vida? Ésa era la
pregunta que más rondaba en su cabeza buscando una respuesta.
Eybe dejó la escoba y se sentó a su lado.
—Estás pensando en él, ¿verdad? En Carvien.
Alyssa volvió la cabeza hacia la pared para que su amiga no la viera triste.
—Le quieres, ¿verdad?
—Sí, creo que lo que siento por él es algo más fuerte que la amistad. Y quiero lo mejor
para él, que ahora es rescatarle de donde esté. Yo… yo le necesito. Le quiero junto a mí. ¿Has
sentido tú alguna vez algo semejante?
La bruja la abrazó consolándola.
—No… creo que yo nunca me he enamorado. Pero por cómo lo dices, debe de ser muy
bonito.
Alyssa volvió la cabeza y la miró a los ojos. Tenía una mueca triste y estaba llorando las
lágrimas de las criaturas de la oscuridad: las lágrimas negras.
111
—Es que… desde pequeña él estuvo a mi lado y, siendo ya lo que era, me protegió con su
vida y no me atacaba. Ahora él ya no está aquí. ¡A saber dónde lo ha dejado esa tal Hinna! No
sabes lo que me gustaría hacerle.
—Cálmate, Alyssa. Quejándote no lograrás nada salvo disgustarte más. Deja que el tiempo
pase y lo decida por ti. Ya verás que la solución acudirá a ti y entonces la reconocerás… y
podréis volver a estar juntos. Ya lo verás.
La vampira le sonrió tristemente. A veces le venía muy bien tener una amiga. Acto
seguido, se incorporó y salió de la cueva, no sin antes decir:
—Voy a cazar. Estoy hambrienta. Ahora vuelvo.
Eybe se quedó sola en la cueva. ¿Qué podía hacer? Le daba auténtica pena ver a su mejor
amiga así. Se levantó ella también y fue al rincón donde había dejado Alyssa su capa. La
recogió y la dobló. En ese momento, un papel amarillento y arrugado cayó al suelo. La bruja
se lo quedó mirando y lo recogió. ¡Era la hoja mágica de los hechizos! La guardó bajo la capa,
pues Alyssa no quería que cayese en malas manos y por ahí podría haber de invisibles. Se sentó
en un rincón, sin saber qué hacer, y pensó en su tía. Ella habría estado orgullosa de verla volar
con la escoba sin dar vueltas ni estrellándose contra los árboles. Pero ella ya no podría volver
a verla nunca ni aplaudirle por las cosas bien hechas que haría posteriormente, pues estaba
muerta. De pronto, se acordó de lo que había dicho Zaire el día que estuvieron en el pueblo.
Esa hoja mágica hacía aparecer los hechizos que el lector quisiera. Mirando a un lado y a otro,
se levantó deseando que nadie la viese y volvió a coger la hoja, cuidando de que ni el viento la
rozara. “Hechizos para revivir a los muertos, por favor.”, pensó. En ese instante, un extenso
texto se borró y apareció uno más corto, en idioma brujeril, que servía para devolver a la vida
a aquellos que la perdieron tiempo atrás. Lo repitió varias veces en su mente y, sonriendo, fue
hasta su escoba y salió de la cueva, volando hacia el lugar que dejó hacía tiempo. A la cabaña
donde murió su tía.
Aterrizó justo al lado de la casa. Estaba intacta desde que Alyssa y ella regresaron para
recoger algunas cosas. Abrió la puerta y se dirigió a la sala de pociones. Allí, sentada en la
silla, estaba su tía, muerta y pálida con esos ojos verdes sin vida, aún abiertos.
Eybe se llevó los dedos de una mano a los labios y los de la otra los cruzó, sin dejar de
coger con fuerza el papel, rezando para que saliera como lo había planeado. Pronunció lenta y
perfectamente las palabras según estaban escritas en la hoja mientras no dejaba de observar a
su tía, por si se movía. Cuando finalizó el hechizo, su alma le cayó a los pies al ver que no
hacía ningún efecto. Cerró los ojos para hacer caer las lágrimas que se habían acumulado en
ellos y se volvió, rindiéndose. Fue hasta la puerta de salida cuando escuchó un gemido. Y otro.
Y otro más. Se volvió abriendo los ojos como platos y vio a su tía con la mirada perdida,
levantándose de la silla dificultosamente como si le doliera una pierna, pero sin quejarse. Eybe
sonrió y soltó un grito de triunfo. Fue hasta la bruja y la abrazó, mientras ésta la observaba sin
saber quién era ni qué estaba haciendo, y mirándola como si fuera un primer bocado delicioso.
Pues Eybe no sabía que el hechizo no era exactamente para traer a muertos al mundo en
perfecto estado. Era para hacer muertos vivientes.
112
Zombies sin corazón.
Eybe cogió el papel y lo dobló, guardándolo rápidamente en uno de los pliegues de su
capa.
—¡Le diré a Alyssa que así ella puede recuperar la vida que perdió! Se enorgullecerá al
saber que ella y Carvien pueden volver a vivir así. Ahora mismo vuelvo, tía.
La bruja aprendiz dio media vuelta y salió de la cabaña, dejándose la puerta abierta sin
saber los desastres que podría provocar su tía en el mundo, ahora que era un muerto viviente.
Tampoco se dio cuenta de que una ráfaga de viento cargada con la peste a azufre le agitó
levemente la capa y le arrebató el papel, haciéndolo caer al suelo. Eybe siguió corriendo, se
subió a su escoba y echó a volar sin saber que los próximos desastres que sucederían… serían
por su culpa.
Una figura vestida de azul salió de detrás de unos árboles. Acababa de ver todo lo
sucedido. Vio a la joven bruja alejándose por el oscuro cielo azul, pues pronto amanecería. El
momento en que todos presenciarían su triunfo. Ella obtendría lo que siempre había querido
mientras que una niñata de quince años le había facilitado el camino al poder oscuro.
Fue hacia donde se le había caído el papel y lo recogió. Por fin era suyo. Su padre, su
madre, los demonios… todos pagarían por lo que le habían hecho sufrir. Se guardó el papel en
el vestido y se volvió hacia la puerta, por donde ahora una mujer con aspecto pálido y mirada
perdida salía tambaleándose.
—Vamos, querida criatura, sal y corre libre. Trágate el mundo si lo deseas. Verás qué
bonito es ser el gerente de un lugar tan grande.
Acto seguido, la mujer se rodeó de una densa niebla azul oscuro y desapareció.
El zombie gimió y miró a su alrededor. Era libre. Podía salir y hacer cuanto quisiera. Y,
por encima de todo, estaba hambrienta.
Alyssa miró el horizonte. Estaba a punto de salir el sol. ¿Y dónde estaban sus padres? ¿No
deberían haber venido ya? Estaba confusa.
Se limpió la sangre del jabalí que había cazado y se incorporó. ¡Se había olvidado por
completo de Eybe! La pobre, debería estar bastante aburrida allí sola.
Se volvió hacia el camino que llevaba a la cueva y echó a correr. Le pediría mil perdones
a Eybe y le cazaría lo que quisiera. De pronto, una insólita y desgastada voz la paró. Se dio la
vuelta y pudo ver cómo una anciana vestida con ropajes semejantes a los de las brujas avanzaba
hacia ella mostrándole una sonrisa adornada por un solo diente.
—Hola, querida. Sé que llevas tiempo buscando a tu amigo, preciosa. Yo sé dónde está.
Y te diré el camino hacia él.
113
Alyssa estuvo a punto de caer en la tentación de hacerle caso. Pero no podía. No debía. Su
deber ahora era volver a la cueva para ver si sus padres y Eybe estaban bien. Pero era verdad
que quería saber dónde estaba Carvien. Sin confiar demasiado, preguntó:
—¿Quién sois vos? ¿Qué queréis?
—Soy una vieja bruja que, desde hace tiempo perdí a un amigo muy querido y ahora sólo
quiero que las pobres criaturas que se quedan sin felicidad la consigan de nuevo. ¿Quieres que
te conduzca a él, hija mía?
Alyssa giró la cabeza hacia el sendero a la cueva, la casa que había compartido con su
hermana, Carvien, sus padres y Eybe. Durante ese tiempo había estado llena de felicidad y, era
verdad que, desde que Carvien desapareció, muchos corazones expulsaron la felicidad. Quería
al licántropo. Era el único amor que había tenido en toda su vida y no quería perderlo, así que
si Eybe se extrañaba por su tardanza, tendría una buena razón.
—Bien, querida señora. Indicadme dónde está —se decidió.
La bruja sonrió sarcásticamente pero borró esa sonrisa de inmediato. Señaló el camino que
llevaba a las afueras del bosque y explicó:
—Tu amigo está en la ciudad. Ha sido raptado por unos cazadores y creo que no tienen
buenas intenciones.
—Pero, ¿no eran cazadores del pueblo?
—Bueno… puede haberlos de todas clases. Además, tienes que irte de inmediato. Pronto
saldrá el sol y, si no lo has liberado, es posible que mueras. Date prisa, hija mía. Salva a tu
amigo.
Alyssa le dio las gracias y echó a correr hacia las afueras del bosque, a la ciudad. No
regresaría con las manos vacías.
La bruja la vio alejarse. Sacó un papel amarillento del vestido y pronunció unas palabras
mágicas. De pronto se transformó en quien era en realidad: Hinna. Sonrió sarcásticamente
pensando en lo ingenua que era la joven vampira.
—Eso, querida, ve hacia tu trampa.
Eybe aterrizó y se guardó la escoba mágicamente bajo su capa. Echó a correr en dirección
a la cueva pensando que Alyssa ya estaría allí y que la reñiría por haberse escapado sin decir
nada. Y sobre todo, por haberle cogido el papel.
Entonces oyó la voz de Alyssa y la de una anciana. Se escondió tras unas matas y observó
perpleja cómo su amiga charlaba con una vieja con aspecto terrorífico. ¿Quién sería?
Trató de entender lo que decían, pero fue en vano. Vio cómo la vampira aceptaba algo y
sonreía de oreja a oreja. Después, dio media vuelta y se dirigió hacia… ¡la ciudad! ¡Estaba
loca! Pronto amanecería y los ciudadanos no la recibirían con los brazos abiertos. Debía
pararla, pero no pudo moverse.
114
Se quedó boquiabierta al ver cómo la anciana sacaba un papel de debajo de su vestido muy
parecido al suyo. Mejor dicho, era el suyo. Se llevó las manos a su capa y buscó sin éxito el
papel. ¿Cómo había ido a parar a las manos de esa bruja?
No le dio tiempo ni de pensar la respuesta, ya que de pronto, la anciana señora se
transformó en nada menos que la hermosísima, seductora y malvada Hinna, como habían
descrito las brujas del aquelarre.
La sangre se le heló en las venas al descubrir qué había hecho el demonio; había llevado
a Alyssa hacia una trampa y eso no era bueno. Carvien no podía estar en la ciudad. Debía
tenerlo ella, en algún lugar. Y, para poder ser útil por una vez en la vida, se decidió a buscar al
hombre-lobo con tal de que éste la ayudara a salvar a Alyssa de las garras de los cazadores, ya
que ella sola era un desastre, la mayoría de veces.
Cuando Hinna se hubo ido riendo a carcajadas, Eybe se llevó las manos a la cabeza, cerró
los ojos y se concentró en buscar a Carvien. Hacía tiempo había descubierto que las brujas
podían hacer ese tipo de cosas con la mente, así que decidió ponerlo en práctica. Se acordó de
todas aquellas veces que lo había practicado, con su madre, su tía o por sí sola, pera jamás le
había salido bien.
Pero, justo en aquel instante, le funcionó.
Sabía dónde estaba Carvien.
115
XV
E
l hombre entró en el despacho y dejó caer un libro pesado sobre el escritorio
del alcalde. El noble leyó el título y alzó la vista hacia Saider, su ministro.
—¿Qué ocurre?
Saider frunció el ceño y explicó:
—Desde hace poco, muchos ciudadanos se quejan de que, al parecer, en
el bosque hay criaturas extrañas a las que llaman “monstruos oscuros”. Ya sabéis, vampiros,
hombres-lobo…
—Sí, sé de qué me habla. Pero, ¿por qué me enseña esto? ¿y por qué a estas horas?
—Esos ciudadanos dicen que en ocasiones han visto a algunos de estos monstruos
camuflados en animales corrientes y, por lo que respecta a las historias antiguas, dicen que lo
mejor es acabar con ellos, ya que sólo pueden traer desgracias y masacres a la civilización
humana.
—¿Y qué es este libro?
—Es toda la información de estos seres. A muchos ciudadanos les ha salvado la vida
hojeárselo, ya que así han podido defenderse de ellos sin luchar, tan sólo conociendo sus puntos
débiles.
—¿Y?
—Que yo de vos lo hojearía un poco. Desde la famosa fiesta de las brujas, hay algunas
criaturas que nos acechan sin descanso. Es fundamental estar preparados por si nos atacan de
nuevo, ¿no creéis?
El alcalde cogió el libro con ambas manos y lo abrió. Leyó la primera línea. La segunda.
La tercera. Era bastante aburrido. Tan sólo hablaba del origen de las criaturas, quién se suponía
que las creó, cuál es su finalidad…
El noble miró fijamente a Saider a los ojos y sonrió:
—Puede irse.
El individuo hizo una pequeña reverencia y salió del despacho, cerrando la puerta tras de
sí.
El alcalde se quedó observando el libro, reflexionando las palabras de su ministro y
decidiéndose si debía leer el libro o no. Bostezó mirando por la ventana. El aire matutino le
116
rozaba el cutis un poco envejecido y lo saludaba, dando paso a un nuevo día. El sol apenas
había salido.
Miró de nuevo el libro y resopló, apartándolo de su vista. En aquel momento, alguien
llamó a la puerta.
—Adelante.
Los ojos del alcalde se fijaron en la mujer que acababa de entrar en su despacho. Su figura
femenina era perfecta, como una diosa. Su piel, algo pálida, contrastaba perfectamente con el
negro vestido que llevaba puesto. Sus cabellos, de color extraño, por lo que veía el alcalde eran
azules, pero rizados y preciosos, parecían olas en un mar sin fin. Sus labios rojos como la
sangre eran hermosos. Cualquier hombre desearía poder observar aquellos labios toda una
eternidad. Y sus ojos. Sus ojos eran oscuros, casi negros, como la noche.
El alcalde se perdió en esa seductora mirada que la mujer no dejaba de exhibir. Era una
mujer preciosa y delicada. Pero entonces se acordó de que tenía esposa y le había jurado
fidelidad eterna. Y cumpliría su palabra, costara lo que costase.
—Por favor, sentaos —reaccionó el alcalde señalando una silla en un rincón.
La mujer obedeció y se sentó en el asiento. Echó una ojeada a la sala, asombrada, como si
nunca hubiera estado en un despacho, y luego observó al alcalde con su sonrisa tierna.
—Bueno, ¿a qué se debe vuestra visita, señorita…?
La dama miró el techo, pensativa, y el alcalde sospechó que no tenía nombre o no lo
recordaba.
—Grennah. Mi nombre es Grennah. Y vengo a hablaros sobre una persona en especial. Y
a deciros que la ciudad corre peligro, alcalde.
—¿Qué ocurre?
La mujer sacó un papel doblado de un bolsillo de su vestido, lo abrió y se lo mostró al
noble. El alcalde lo miró, sin entender. El papel no era más que un retrato hecho con carbón
fino de una joven de unos quince años. Por el nombre que ponía debajo, la reconoció.
—¿“Alyssa Whiverlee”? —leyó—. ¿Qué quiere con ella?
—Hace algo más de un año se transformó en una criatura de la oscuridad. Además, hace
poco he estado en el bosque, cogiendo setas para mi madre—mintió la mujer. En eso era la
mejor—, y he visto que esa muchacha corría hacia aquí con rabia. Y eso no es buena señal.
—Ah… ¿y qué hacíais vos en el bosque?
—Ya lo he dicho: coger setas para mi madre. Pero, por si lo queréis saber, he venido
corriendo por un camino corto hacia aquí para comunicároslo. Yo de vos reuniría cuanto antes
a los mejores hombres para pararla en la entrada antes de que haga algo terrible.
El alcalde frunció el ceño, inseguro de lo que decía. ¿Cómo podía saber que se acercaba
un monstruo y les atacaría?¿Y cómo podía correr tan rápido, según lo que había dicho?
—Mirad, yo…
Antes de que el noble pudiera finalizar la frase, la mujer se incorporó y avanzó hasta la
mesa del alcalde, apoyando las manos sobre el escritorio y mirándole fijamente a los ojos. El
117
alcalde no sólo se sintió atraído por esa preciosa y seductora mirada, sino que también se notaba
mareado, y no podía cerrar los ojos.
—Escuchadme bien; dentro de poco una criatura pelirroja con ropa negra vendrá aquí
pensando que tenéis a su amigo. Torturadla hasta que se quede sin fuerzas y, entonces, me la
entregáis a mí, que sé perfectamente cómo hacerla sufrir. ¿Te ha quedado claro?
El hombre, sin dejar de observarla, afirmó con la cabeza. Acto seguido, la mujer adoptó
una figura distinta: el pelo rizado y azul, la piel del color del cielo y el vestido blanco. Pero sus
ojos y sus labios seguían igual. Dio media vuelta y salió del despacho, sonriendo. Entonces, se
transformó en una vieja con aspecto de bruja y se marchó. Si Alyssa la obedecía, su plan estaría
completo y su venganza finalizaría exitosamente. El alcalde se quedó boquiabierto, con la
mente en blanco y congelado. Unos instantes después, parpadeó y volvió en sí. Se frotó los
ojos y gritó:
—¡Saider! Venga aquí inmediatamente.
El individuo entró en la sala e hizo una reverencia mal hecha.
—¿Mi señor?
—Quiero que reúna ahora mismo a los mejores cazadores y al sacerdote y aguarden en la
entrada de la ciudad. Pronto me reuniré con ustedes.
Saider se quedó perplejo unos instantes, pero al recordar cómo se ponía el alcalde cuando
se enojaba, asintió con la cabeza y abandonó el despacho.
118
La joven les observó, asustada y, como había practicado en el bosque mucho tiempo, se
transformó en un hermoso murciélago y echó a volar hacia el interior de la ciudad, sin renunciar
a encontrar lo que quería.
El sacerdote se quedó boquiabierto al ver tal criatura. Cogió su crucifijo y se dispuso a
lanzárselo con la espléndida puntería que aprendió de niño con su padre. Agitó la mano y el
rosario salió disparado hacia el animal. Llegó a rozarle las alas y, el animal, dolorido, se desvió
y cayó al suelo. Se metamorfoseó en lo que había sido, una bellísima joven de unos dieciséis
o diecisiete años con una mueca de miedo en el rostro. Los alimañeros corrieron hacia la
criatura y la cogieron de las extremidades para que no pudiera moverse. El sacerdote se agachó
para coger su crucifijo que se lo acercó a la joven y, con lágrimas en los ojos, sentenció:
—Tú, joven Alyssa, has tenido la mala suerte de llenarte de oscuridad y maldad, como los
demás de tu especie, ahora, que se esconden por el bosque. Puede que tu exterior sea joven y
bello, pero como la ciudad necesita vivir mucho tiempo más, debes extinguirte.
Acto seguido, colocó el crucifijo en el pecho de Alyssa que, cerrando los ojos, no pudo
evitar comenzar a gritar.
Eybe corrió por todo el bosque, tratando de localizar a Carvien. Antes le pareció haberlo
hallado, pero ahora se sentía perdida. Sin embargo, un grito que debía pertenecer a Alyssa llegó
a sus oídos. Los ojos de la bruja se llenaron de lágrimas.
—Todos lucharemos por ti, amiga. Te lo mereces.
Dio media vuelta y empezó a correr por otro sitio sin dejar de esforzarse en localizar al
licántropo. En ese momento, dos aullidos y un grito la detuvieron. Se volvió y sonrió al ver
que, de detrás de unos arbustos salieron dos lobos: uno negro como el carbón y otro marrón
oscuro. Tras ellos apareció una mujer con aspecto joven a la que conocía muy bien.
—¡Zaire!
Los lobos se transformaron en dos hombres con el pecho descubierto. Uno era Sélthan y
al otro no lo conocía.
—Acabamos de enterarnos de qué está ocurriendo. Iremos a morir, si hace falta.
Eybe bajó la mirada, intimidada ante las posturas majestuosas de los licántropos.
—Lo siento, yo la obligué a que nos fuéramos. Y ahora ella está allí… sufriendo. Aceptaré
el castigo. Moriré por ella, si es lo que deseáis y…
—Más tarde hablaremos de eso. Ahora queremos que reúnas inmediatamente a todas las
criaturas posibles para que vayan a la ciudad. Los humanos se han revelado y, además, no están
solos —dijo Zaire con amargura.
—Hinna está con ellos. Seguro que sabes quién es.
Eybe asintió con la cabeza.
—Tiene en mente un plan que puede destruir el mundo entero y si no atacamos primero
puede matarnos a todos. Corre, Eybe, y no nos sigas. Puede ser muy peligroso.
La bruja compuso una mueca de tristeza y asintió.
119
Sélthan y su compañero se transformaron en lobos y aullaron en dirección al bosque. En
ese momento, decenas de lobos de distintos clanes saltaron de rocas, arbustos y corrieron hacia
la ciudad. Acto seguido, los dos lobos corrieron hacia la población humana, seguidos de Zaire.
Eybe se quedó tristemente paralizada en ese lugar. No sabía cómo podía ayudarles sin
fastidiar ni ser un desastre. Pero había una persona que podía ayudarla más que nadie. Y ése
era Carvien. Pero estaba perdido. Ella estaba perdida. Cayó de rodillas al suelo y se tapó la
cara con las manos. Nunca sería una gran bruja como lo había deseado.
—Algo me dice que esta damita está en apuros y necesita ayuda, ¿verdad?
Eybe se sobresaltó y se volvió. Tras ella vio a un hombre de ojos verdes y cabellos
marrones y alborotados. Al igual que Sélthan tenía el pecho al descubierto.
—¿Quieres que te ayude a encontrar a alguien?
—¿Có… cómo lo ha sabido?
El hombre rió divertido como si esa pregunta se la hicieran siempre.
—Soy un hombre-lobo, pequeña. Puedo leer la mente de los demás e incluso localizarlos
con los ojos cerrados. Y bien, ¿cómo se llama el chico al que debemos buscar? ¿Es tu novio?
—¡No! Ni siquiera sé si somos amigos. Pero sí que es la pareja de una gran amiga mía que
ahora está en peligro y debo encontrarle para que la salvemos entre todos.
—¿Salvemos todos? —repitió—. ¿Qué todos?
—Muchos más hombres-lobo han ido a la ciudad a luchar. Hay un peligro allí y deben
atacar antes de que sea tarde —reveló sin saber que había dicho demasiado.
—Ajá. ¿Y cómo se llama tu “amigo”? —repitió el hombre.
—Carvien. Su nombre es Carvien.
El hombre se quedó congelado unos segundos.
—¡Carvien! Ese viejo amigo. ¿Dónde está? ¿Está en peligro?
—No lo sé. Ya le he dicho que estoy tratando de encontrarle. Al parecer Hi… alguien
malvado lo ha encerrado en algún lugar y llevo tiempo buscándole. Pero es como si no
estuviera, aunque la señal no deja de brillar en mi mente.
El hombre se acercó a la joven y le puso las manos en la cabeza. Cerró los ojos y miró el
cielo. Se estaba concentrando. Mientras, Eybe no dejaba de pensar que, a lo mejor, ese hombre
era un pervertido. De pronto, el individuo abrió los ojos y sonrió.
—¡Ya sé por qué no lo encontrabas! Carvien está bajo tierra. Y sé un lugar donde hay
lugares espaciosos bajo tierra. En el cementerio.
Hinna observaba, desde la torre del campanario la lucha que se realizaba allí en la ciudad.
Varios lobos habían aparecido y atacaban con tal de proteger a Alyssa. Pero la joven seguía
sufriendo por culpa del sacerdote, que la cogía con fuerza y le ponía el crucifijo en la cabeza.
Mientras, ahuyentaba a las criaturas con otro rosario que siempre llevaba consigo.
120
El demonio observó el sol y sonrió. Era el momento de actuar. Cogió el papel amarillento
de hechizos que tenía en su vestido y supo que había llegado el momento. “Padre, verás lo que
es ser un monstruo cuando vengas”. Acto seguido, mientras el sol salía, pronunció:
—Deseo con todo mi corazón que la Noche de las Tres Lunas sea hoy.
Lo repitió varias veces y, entonces, un viento helado recorrió todas las calles y las casas,
cerrando ventanas y puertas, deteniendo a los combatientes, que alzaron su mirada al cielo.
Todos vieron cómo el cielo se oscurecía de nuevo, el sol se escondía tras las montañas, el
aire nocturno helaba todo lo que encontraba. La luna salió y empezó a brillar con la intensidad
que todos conocían. En ese momento, junto a ella, dos estrellas se hicieron enormes, de igual
tamaño que la luna y brillaron con la misma intensidad que la luna. Todos se quedaron
boquiabiertos. La Noche de las Tres Lunas era aquélla.
Y Alyssa se estaba muriendo.
Hinna sonrió y bajó de la torre con auténtica agilidad. Pasó desapercibida entre los
combatientes que habían proseguido la lucha de nuevo y tenían previsto acabar con aquella
amargura. El demonio pronunció unas palabras que había leído en el papel y todos los humanos
que luchaban se volvieron verdes con los ojos blancos como el papel, sin mirada. Ahora no
eran personas, eran diablillos creados por un demonio. Eran luchadores más fuertes y
resistentes.
El demonio fue hasta el sacerdote y lo apartó de un empujón. Alyssa cayó al suelo,
desfallecida y se quedó mirando a la mujer.
—¿Tú eres Hinna? ¡Tienes a Carvien! ¡Dime dónde está!
—Te lo diría encantada, preciosa… —sonrió sarcásticamente y, cogiendo la estaca de la
mano del sacerdote, se la clavó en el vientre de Alyssa, muy cerca del corazón y, sobre los
gritos de dolor de la vampira (pues ese suplicio sí lo sentía, al estar tan cerca de su órgano
vital) reprochó—: pero no tienes fuerzas para ir, así que se quedará donde está. Y, ya que
hemos iniciado la conversación, quiero que me hagas un favor pequeño. Es sólo un capricho.
Hinna quitó la estaca y la vampira cayó al suelo, agotada y con los ojos cansados.
—¿Cómo quieres que te ayude, si tú no me das lo que yo quiero?
—Pues o me lo haces o morirás antes de que te entregue a tu… amigo.
—Haré lo que quieras, pero no le hagas daño a Carvien, por favor.
—Oh, qué bonito es el amor. Bien, ricura, quiero que digas una cosa cuando yo te diga.
Sólo debo prepararme para…
—¡Hinna! —gritaron tres voces al unísono.
El demonio y Alyssa, debilitada, giraron la cabeza hacia las puertas de la ciudad. Allá,
alzándose majestuosamente, estaban Carvien, Dave y Eybe.
Unidos.
Vanilka alzó la cabeza al oír un grito femenino. Le resultaba familiar. Dejó que el viento
le trajera más información y siguió corriendo por el bosque hacia la cueva. Entonces le llegó
121
un amargo comentario de parte de la brisa. Alyssa estaba en peligro… en la ciudad… los
humanos la atacaban… al igual que Hinna… el demonio más terrible y poderoso del mundo.
Frunciendo el ceño se transformó en un murciélago y se elevó, volando a toda velocidad
hacia el lugar que conocía, el castillo de sus “padres”.
Cuando alcanzó la ventana, vio que nueve criaturas estaban en aquella sala, observándola.
Vanilka, aún en forma de animal, dijo a través del viento:
—Es la hora.
Eybe seguía al lobo a toda velocidad. El hombre, al parecer llamado Dave, era un
licántropo y ahora rastreaba el lugar donde podía estar el cementerio.
Alzó el hocico hacia un lugar lejano, cercano a la ciudad, donde se suponía que lo había
encontrado. Empezaron a correr hacia la necrópolis pensando en Alyssa, en Carvien y en todos
los demás. Debían ganar aquella batalla. No sólo para vivir en paz una eternidad, sino también
para unir a las criaturas de diferentes especies. Desde hacía siglos, las especies de criaturas
habían estado siempre enemistadas, pero, uniéndose, podían ser un grupo, una unión muy
potente que desterraría a Hinna del mundo y se dirigiría al lugar donde correspondía: al
infierno.
Alcanzaron el cementerio. Parecía bastante viejo, por el color que tenían las lápidas.
Entraron y Dave siguió rastreando. Se paró ante una lápida de gran tamaño donde estaban
escritos dos nombres antiguos y medio borrados por el tiempo.
El licántropo se transformó nuevamente en hombre y empezó a cavar bajo la lápida. Eybe
lo imitó y cavaron hasta que sus manos rozaron una puerta metálica cubierta de tierra. La
entrada a… ¿una cripta?
Subieron la cancela y gritaron el nombre del muchacho. Al no obtener respuesta, cerraron
la puerta, ya que ahí dentro estaba muy oscuro y olía a moho, humedad y podrido. De repente,
oyeron unos aullidos seguidos de los gritos de algún joven.
—¡Carvien! —gritó Eybe.
Dave estiró la mano hacia el interior esperando que alguien la cogiera. Finalmente, el
joven la agarró con fuerza y, entre la bruja y el hombre-lobo, sacaron al muchacho de la cripta.
122
Eybe no pudo evitar abrazarle. Carvien, quedándose perplejo, la observó sin entender, pues
casi no la conocía. La bruja se sonrojó y se separó. Luego, excusó:
—De parte de Alyssa. ¡Ah, Alyssa! ¡Está en peligro! Debemos ir a rescatarla rápido.
Vio que los hombres no la escuchaban, que miraban boquiabiertos el cielo.
—¿Me escucháis?
Carvien señaló el cielo, sin dejar de observarlo, entre horrorizado y sorprendido. Eybe dio
media vuelta y no pudo evitar arquear las cejas al ver que, no sólo era de nuevo de noche, sino
también que había tres lunas.
Hinna soltó una carcajada al ver a dos niños y un inútil cobarde en la entrada.
—¿Y vosotros qué hacéis aquí? ¿Os habéis perdido?
—Deja en paz a Alyssa. Ella no merece esto —dijo Carvien.
—¿Y vosotros habéis venido a pararme? ¿Dos lobos y una brujita fracasada? —Eybe no
pudo evitar sentirse ofendida ante el comentario—. No hacéis más que estorbar. Quitaos de en
medio.
Alyssa se quedó mirando a Carvien. Estaba allí, sano y salvo. Había venido a por ella. Sus
ojos azules la observaban a ella. Y supo que lo que sentía por él no era amistad. Era amor.
—Bien, ricura. Ahora haremos lo que he dicho, ¿vale? Cuando te diga ya… emplearás tu
poder para matar a mi padre y yo me quedaré con su poder, ¿entendido?
—¡No!
Alyssa se había incorporado pese a su profunda y dolorosa herida y, al saber el plan de
Hinna, se opuso completamente.
—¿No? Ahora verás.
Se llevó los dedos índices a los labios y soltó un fuerte y claro silbido, observando el cielo
nocturno. Entonces, un rugido sobresaltó a todos los combatientes. Alzaron la mirada hacia el
cielo y vieron que lo que llegó a la ciudad no era un pájaro de gran tamaño. Ni un águila lista
para cazar.
Era un una especie de monstruo con alas y cuernos, mostrando unas fauces mortíferas. A
causa de los destellos distinguieron que sus zarpas eran de plata pura.
Se lanzó sobre Carvien y quiso atrapar también a Eybe y Dave, pero éstos se apartaron.
La criatura puso una pata sobre Carvien para que no se moviera, pues su pezuña era tan grande
como un hombre de arriba abajo, y se quedó mirando a Hinna. Ésta volvió la cabeza hacia
Alyssa y le sonrió.
—¿Y bien?
La vampira frunció el ceño y cerró los puños. No quería ayudar al demonio, pero tampoco
deseaba que le pasara nada a Carvien.
Hinna, al ver que no reaccionaba, hizo un gesto al monstruo y éste entendió perfectamente.
Alzó la pata con la que tenía atrapado al hombre-lobo y, acto seguido, clavó una de sus uñas
123
de plata en el pecho de Carvien. Éste abrió mucho los ojos y luego la boca, pero los cerró
dejando ir un gemido que se fue apagando lentamente.
Alyssa no se pudo creer lo que veía. ¡Había matado a Carvien! Cayó al suelo de rodillas y
gritó el nombre del licántropo llorando lágrimas negras. Hinna la miró seriamente y preguntó:
—¿Y bien? Si quieres puedo hacer que lo destroce más.
Alyssa cerró los ojos y le vinieron a la mente las palabras de su hermana: “Esa persona
sabe lo que eres y cuando te encuentre te chantajeará, te atacará y hará lo que sea con tal de
conseguir lo que quiere. Pero haga lo que haga, no le des nada.”
La vampira empezó a temblar. No podía dejar morir a Carvien. Por una vez, la joven supo
que traicionaría a todos sus seres queridos para complacer a alguien malvado. Pero no pudo
evitar recordar lo que dijo Vanilka luego: “Tienes un alma justiciera y llena de paz.” Debía
olvidarse de sus poderes y concentrarse en lo que más quería. Ella deseaba que Carvien no
muriera, que Hinna no lograra su objetivo, que todos estuvieran a salvo. Debía obedecer a la
Dama del Bosque para que, con sus poderes, salvara a Carvien. Y ésa era su decisión.
—¡No, no, no! Muy bien. Haré lo que quieras. Pero no le toques más.
El demonio hizo un gesto a la criatura, que se elevó en el aire y regresó de donde había
venido; al bosque.
Dave y Eybe se acercaron al joven, quien tenía el pecho ensangrentado, aunque sabían que
no podían hacer nada. Ni la magia de la bruja lo reanimaría. Carvien se estaba muriendo.
Hinna fue hasta el centro de la plaza y alzó los brazos en cruz. Acto seguido pronunció
unas palabras ininteligibles tanto para los humanos como para las criaturas. Ni siquiera era el
idioma brujeril. Era la lengua nativa de Hinna. Invocaba algún demonio.
Después, retrocedió unos pasos viendo cómo una espesa y densa niebla roja aparecía en
el centro, creando una forma de gran tamaño y demoníaca.
El demonio de volvió hacia Alyssa y le susurró:
—Haz tu magia ahora.
La vampira se quedó perpleja. ¿Hacer su magia? Si ni siquiera sabía cómo debía hacerla
aparecer. Vio cómo la niebla iba desapareciendo y en su lugar se formaba la figura de una
criatura de descomunal tamaño recubierta de escamas, con cuernos y dientes puntiagudos, ojos
amarillentos llenos de furia y sed de venganza, zarpas afiladas y letales, cola puntiaguda… Un
demonio: el padre de Hinna.
Ésta señaló a Alyssa frunciendo el ceño. La vampira miró el cielo. No sabía cómo hacerlo.
Ni siquiera sabía si quería hacerlo, pues sabía que Hinna los utilizaría con fines malvados.
Entonces pensó en Carvien. Pensó en Zaire. En Sélthan. En Dave. En Eybe. Y en su hermana.
Todos habían confiado en ella y había fallado. Pero si, ayudando a Hinna conseguiría salvarlos
a todos, lo haría.
Cerró los ojos y se concentró en la luna. Su luna. Se imaginó a sí misma brillando como
el astro. Entonces surgió un destello. La joven se rodeó de brillantes estrellitas y se miró las
manos. De ellas salían un fulgor plateado y cargado de energía. Sin saber de dónde habían
salido, dijo estas palabras:
124
—Demonio del infierno, padre de las tinieblas, transfórmate en humano, pues así yo te lo
ordeno.
Alzó las manos hacia el padre de Hinna y un rayo de luz salió disparado de ellas. En su
interior, albergaba la esperanza de que el demonio estuviera preparado, pues lo que le esperaba
no era nada bueno.
Sin embargo, el demonio mostró una sonrisa llena de dientes puntiagudos y amarillentos
y se dirigió a su hija:
—¿Creías que podías engañarme? ¿Pensabas que podías quedarte con mi poder? ¿Acaso
creías que te transformé en lo que eres por error? Sabía perfectamente lo que querías hacer,
pues tienes la misma sed de venganza sin razón de tu madre y no mereces estar ni en este
mundo ni en el infierno. Tu lugar está entre los muertos.
Dicho esto, juntó las manos creando un extraño escudo que evitó que los rayos de luz
llegaran a él y éstos fueron directamente a Hinna. Ésta gritó al ver que los poderes de Alyssa
llegaban a ella y la rodeaban. Aulló y chilló al ver que su piel se volvía suave y de color rosa
pálido. Sus cabellos se volvían negros y sus ojos de un marrón profundo. Su vestido
desapareció y en su lugar surgieron unos harapos sucios y desgarrados. En ese momento, una
de las tres lunas empezó a perder luz, pero aún no se había apagado del todo.
El demonio rió sarcásticamente y ordenó:
—¡Alyssa, mátala!
Sin saber por qué lo hacía, la vampira cogió rápidamente una estaca que había en el suelo
y la clavó en la espalda de Hinna, viendo cómo la punta sobresalía de su pecho alrededor de
una gran mancha de sangre.
Hinna gritó aún más fuerte. Toda ella se volvió pálida y empezó a sudar, algo que nunca
había experimentado, y sus ojos se inyectaron en sangre. Se estaba muriendo. En ese momento,
la misma neblina luminosa que había llegado a ella transformándola en humana, ahora huía de
su cuerpo y entraba en el de Alyssa. Los poderes habían vuelto a ella, ya que a Hinna no le
habían hecho falta. No pudo darse cuenta de que la luna que había perdido luz brillaba
intensamente, de nuevo. Acto seguido, se desplomó en el suelo y, sin más fuerzas que usar,
cerró los ojos y se quedó sin respiración.
Alyssa la observó sin tener pena alguna. Luego miró al demonio, que le sonreía
tiernamente (o eso parecía tratar de hacer). Alzó una zarpa hacia su vientre y un pequeño rayo
blanco le curó la fea herida que tenía.
—Gracias por todo, pequeña.
El demonio se rodeó de una niebla roja y desapareció.
Alyssa se quedó paralizada, sin saber qué hacer. Los poderes ya no pertenecían ni a Hinna
ni al demonio. Ahora eran suyos, de nuevo. Para siempre. Entonces se acordó de Carvien.
Ahogó un grito y corrió hacia él con lágrimas negras en las mejillas.
Toda la ciudad cesó de luchar. Los humanos recobraron su aspecto humano mientras que
los lobos y los murciélagos se transformaban en hombres, niños, niñas y mujeres. Al igual que
125
los ciudadanos, se quedaron observando a la vampira y al hombre-lobo que, supuestamente,
había muerto.
Alyssa puso una mano en la nuca del licántropo y la otra la puso en su herida. No se sentía
por nada atraída por su sangre, sabiendo que pertenecía al ser que más amaba en el mundo.
Carvien subió lentamente los párpados y la observó, sonriendo débilmente.
—Siempre había deseado estar junto a ti toda una eternidad. Pero siempre ha sido
imposible. Siempre nos hemos separado y jamás lograremos estar juntos. Pero quiero que
sepas… que te quiero. Siempre te querré. No lo olvides.
En ese momento, el joven cerró los ojos. Alyssa compuso una mueca de tristeza y varias
lágrimas negras cayeron al pecho ensangrentado del muchacho. Había muerto. La vampira
respiró entrecortadamente, luego agitadamente y al final se puso a gritar, observando su luna.
—No quiero que te vayas. No te lo mereces. Mereces ser humano y vivir con los demás,
como la gran persona que eres. Te quiero y pienso luchar para acabar a tu lado como sea
posible. Te amo y quiero que tú tengas ese poder. Ahora serás humano, Carvien. Es lo que
debías ser desde hace siglos. Y lo serás.
Un haz de luz rodeó a los dos individuos y un rayo de luz se internó en la herida de Carvien.
Toda la sangre desapareció y la herida se cerró. En ese momento, toda la ciudad aguantó la
respiración, mirando qué sucedería a continuación.
Entonces, una de las dos lunas se apagó por completo lentamente. La luna de Alyssa había
muerto. ¡Sus poderes habían surgido efecto! Los párpados de Carvien subieron y observaron
detenidamente a la vampira, que no dejaba de sonreír. Aún un poco débil, dijo:
—¿Nunca te había dicho lo hermosa que eres a la luz de la luna?
Alyssa ahogó un grito de alegría y rodeó el cuello de su amigo con los brazos. El joven se
sentó y la abrazó también, viendo que toda la ciudad los observaba. Habían dejado de luchar y
sonreían abiertamente.
Los dos jóvenes se incorporaron y se besaron. Momentos más tarde, las lunas
desaparecieron y el cielo empezó a clarear. El sol estaba saliendo.
Todas las criaturas se retiraron y corrieron hacia el bosque, no sin despedirse antes de los
humanos. Cuando los primeros rayos de sol salieron, Carvien se quedó mirando a Alyssa,
tristemente. Él ya era un humano, pero ella seguía siendo un vampiro.
La joven observó el cielo para que el muchacho no viera la horrible mueca de tristeza que
habían compuesto sus labios. Alyssa dio media vuelta y ya iba a irse, cuando Carvien la detuvo
agarrándola de la mano y llorando.
—¿No puedes quedarte conmigo? Te quiero… te necesito.
—Yo también te quiero, pero soy un vampiro… no quiero hacerte daño… no puede ser.
Dicho esto, la vampira dio media vuelta y, asegurándose de que no la veían llorar, echó a
correr hacia las afueras de la ciudad, hacia el bosque. En ese momento tenía por seguro que
jamás volvería a ver a su amigo.
Pero, al menos, le había salvado la vida.
126
Epílogo
Tres años después
E l cielo oscureció, como cada noche. Los lobos cantaban para ella, aullándole
mientras que el viento la mecía en sus invisibles brazos y las ramas de los árboles
le acariciaban la fría y pálida piel. Sin embargo, las luciérnagas la acompañaron
durante todo el trayecto hasta la cueva. Su casa.
La joven pelirroja se sentó en su rincón predilecto mientras se quitaba la capa
y la dejaba, como siempre, a su lado para luego, cuando fuera hora de cerrar los ojos y
descansar mientras el día seguía su curso, no tener que moverse mucho para taparse. De uno
de los bolsillos que contenían sus pantalones, sacó una manzana recién cogida y jugueteó con
ella seriamente. Sólo de observarla se acordaba a Carvien. Su mejor amigo. El compañero que
había perdido. Hacía tres años que lo había abandonado, pues ahora era un humano y si, iba
con él, posiblemente cayera en la tentación de su sangre. Ahora él vivía felizmente en la casa
que Zaire y Sélthan le habían cedido para que pudiera aprender a tener una vida humana. Su
antigua casa, aunque ya nunca volvería pues era una vampira. Cada día, el padre de Alyssa
visitaba al joven y le enseñaba alguna cosa distinta de la del día anterior y el muchacho
aprendía modales típicos de un mozo de su rango, pues acostumbrado a vivir entre lobos tantos
siglos le habían hecho olvidar por completo su educación humana.
Alyssa lanzó la manzana lejos de sí, negándose a recordar, pues le dolía rememorar el
rostro sombrío y triste de su amigo cuando la vampira le anunció que jamás podrían verse.
Pero había hecho una buena obra: había sacado a Carvien de las zarpas de la muerte a cambio
de cederle sus poderes.
Ya no tenía magia; ya no era una Guardiana de la Vida.
La joven se abrazó las rodillas temblando por primera vez de frío y miedo, pues esa vez
sentía el bosque mucho más oscuro e insólito de lo que recordaba. Sin embargo, unas
luciérnagas acudieron en su ayuda.
—Gracias —agradeció la vampira, aunque de sobra sabía que ni la oían ni la entendían.
En ese momento, un grito femenino señalando victoria sonó en la oscuridad. Alyssa no
pudo evitar sonreír reconociendo la voz. Era Eybe y, por su reacción, debía traer buenas
noticias. Como imaginó, por la entrada de la cueva apareció la joven bruja, agitando un papel
amarillento en la mano. Se sentó al lado de su amiga y, sacudiéndole el brazo por la emoción,
gritó:
—¿Sabes qué? ¿Sabes qué? ¿Sabes qué? No, no lo sabes. Pues te lo diré: ¿te acuerdas que
hace dos años te prometí no dejar de buscar la fórmula mágica para adelantar la Noche de las
127
Tres Lunas y demostrarte así que soy una buena bruja? ¡Oh, una manzana! —se agachó, la
mordió y prosiguió —. Puef que fepaf que he dado con ella nada máf empefar efta mañana.
¡Aquí eftá!
Le tendió el papel y Alyssa sonrió admirando el gran trabajo que había hecho su amiga,
pero lo dejó caer rememorando que su luna había muerto y que el otro Guardián de la Vida no
lo conocían, así que no había esperanzas de que esa historia tuviera el final feliz que Eybe
siempre juraba a la vampira. La bruja, al ver de nuevo el rostro de su amiga, supo que se rendía
y, por tanto, su trabajo había sido en vano. Se dejó caer al suelo y resopló, exhausta. No había
forma de que Alyssa, por un momento, se parara a pensar que su historia podía acabar bien.
No exactamente con comieron perdices, pero la joven se merecía vivir feliz junto a la persona
que había abandonado sabiendo que, a causa de su ser, podía empeorar la situación.
La suerte habló por ellas en ese momento. La voz de Zaire sonó en la lejanía anunciando,
como una vez cada dos o tres semanas, que venía de visita. La figura de la bella sirena ataviada
con vestidos aterciopelados que debió de recuperar de la mansión, apareció ante ellas con un
papel en una mano y, en la otra, una cesta cuyo bulto había en su interior estaba tapado con un
pañuelo negro.
—Hola, queridas. Alegrad esas caras, que traigo noticias.
Eybe se levantó, dispuesta a averiguar si la mujer le había traído un regalo de la ciudad,
pero Alyssa se quedó sentada, seriamente con la mirada perdida.
Zaire le tendió el papel a la joven y ésta, mirando la cara de su madre, lo cogió sin rechistar
y lo desplegó. Decepcionada, pudo comprobar que, a causa de su tiempo que había dejado de
dedicar al aprendizaje de lectura y escritura, se había vuelto analfabeta y que el papel se trataba
de una carta no muy larga escrita a mano con tinta negra y una letra no muy clara.
—La ha escrito Carvien. Se nota sabiendo que aún está aprendiendo a escribir.
—¿Y qué dice? —preguntó Alyssa curiosa por saber cómo le iba a su amigo, sin darse
cuenta de que algo en su interior palpitaba con fuerza.
—Lo que te imaginas; que está muy bien, que le ha costado un poco acostumbrarse a la
nueva vida que lleva y que está satisfecho con la mansión que tiene ahora. ¡Ah, y que se ha
quedado con tu habitación!
—Ya veo… —la vampira se decepcionó descubriendo que no decía nada de si la echaba
de menos o estaba enfadado por cómo le dejó… Estaba claro que la había echado de su vida.
Pero Zaire aún no había finalizado.
—También dice que le cuesta vivir sin ti a su lado…
Alyssa curvó levemente los labios creando una sonrisa. Eybe no pudo evitar sonreír y
mostrarse tierna al ver el comentario del joven.
—… y que esta noche quiere verte.
La vampira se quedó perpleja. ¿Tener una cita con Carvien? ¿Había dado él el primer
paso? ¡Al fin! Sonrió de oreja a oreja, se incorporó y se sacudió un poco la ropa. Cogió su
capa, sin saber que también había cogido el papel mágico, se la puso y, al fin, se mostró ante
128
su madre y su amiga. Eybe sonrió y aplaudió, como siempre calificaba. Pero su madre frunció
el ceño.
—Por una vez no vas a ir tan… rutinaria. Además, quiero que esta noche sea especial y
necesitas ir bien. Te he traído una cosa —se llevó la mano a la cesta, quitó el pañuelo y sacó
un vestido verde esmeralda con mangas ajustadas, al igual que la cintura, cuello abierto y falda
fruncida con pliegues. Había sido el vestido favorito de Alyssa cuando fue humana. Pero ahora
lo observaba arqueando las cejas, sabiendo que le costaría ponerse un vestido, pues llevaba
poco más de cuatro años llevando pantalones.
Eybe soltó un grito de emoción al ver tal vestido. Jamás había visto tal preciosidad y
observar a su amiga con esa prenda puesta sería como una princesa, pues su piel y su rojo pelo
resaltarían el color del vestido.
—¡Póntelo, póntelo! —la animó la bruja.
—Mamá, no sé si… —trató de excusarse la vampira, aunque fue en vano.
Poco tiempo después, Alyssa se alzaba tímidamente ante las dos mujeres, observando sus
rostros complacidos. Además, ella debía asimilar que el vestido le iba bien, era su talla y estaba
preciosa con él. Dio una vuelta recordando cómo disfrutaba en la mansión ataviándose con
prendas similares y sonrió.
—Estás lista para tu cita, cariño —concluyó Zaire.
Una figura negra atravesó el bosque con gran rapidez. Su capa oscura ondeaba al viento,
mientras éste la seguía. Llegó a su destino, la cueva. Se acercó a la entrada sin hacer ruido y
pudo observar, complacida, que, junto a una capa azul oscuro, había un papel amarillento. El
papel mágico. El papel que le ayudaría en su plan. Vio, para su decepción, que dos mujeres
charlaban alegremente junto a un fuego al final de la gruta. No sería fácil coger el papel sin
que le vieran. Se adentró un poco y se tapó con su capa, con tal de pasar desapercibida entre la
oscuridad que invadía el principio de la cueva, aunque sabía que una de las dos mujeres era
una sirena y, gracias a un sexto sentido, era capaz de oír el mínimo ruido.
Dócilmente, dio un paso. Luego otro. Y finalmente otro. Pero tuvo la mala suerte de pisar
una ramita seca que había bajo sus pies y, como había imaginado, la sirena se alarmó y se
levantó. La figura retrocedió más y se escondió tras unos arbustos, deseando que las dos
mujeres volvieran a lo suyo y le dejaran realizar su plan tranquilamente.
La sirena y la otra joven se sentaron de nuevo, seguras de que no había peligro alguno y
la figura respiró hondo. Sabiendo que no podría volver a entrar para coger el papel sin hacer
ruido, se volvió al viento y ordenó:
—Cógelo.
La ráfaga la obedeció, se internó en la cueva y, como las dos mujeres estaban
acostumbradas a escuchar la brisa que pasaba y salía, estiró el papel silenciosamente hasta
sacarlo de la cueva y sumirlo en la oscuridad. La figura se lo agradeció, se agachó y cogió el
papel. Sonrió para sí misma. Ahora podía proseguir su plan sin interrupciones.
129
Alyssa corría como el viento mientras los lobos aullaban para ella, las ramas se agitaban
mostrando su felicidad y la brisa acariciaba sus rizados cabellos. Saltó unas cuantas veces con
la agilidad de una pantera y siguió galopando con la rapidez de un tigre mientras varias
luciérnagas le facilitaban el campo de visión.
Su madre le había dicho que el encuentro con Carvien se realizaba en el prado que había
entre la ciudad y el bosque, el lugar en el que el lobo y Alyssa compartieron el primer beso.
Tenía ganas de verle, tocarle, abrazarle, decirle todo lo que lo sentía y que le había echado
mucho de menos. Esos tres últimos años habían sido muy duros sin Carvien.
Sonrió al ver las afueras del bosque. Estaba llegando. Antes de que pudiera darse cuenta,
gracias a su velocidad sobrehumana, sus pies rozaban la fresca, cuidada y verde hierba que
había en el prado. La luz de la luna brillaba sobre las plantas y reflejaba un destello plateado.
Impaciente, movió la cabeza en todas direcciones mirando si Carvien había acudido a la
cita o aún estaba por llegar, ya que ya no era capaz de correr tan rápido como cuando era un
lobo. Se desanimó al ver que no encontraba a su amigo por ningún lado. No había acudido.
Debió imaginárselo, estaba enfadado con ella y quería demostrarle lo que era sentirse solo,
pero Alyssa, al ser tan ingenua, se lo había creído. Ahora estaba sola en medio de un gran prado
donde el viento silbaba amenazadoramente. Sentía frío. Sentía miedo. Y sentía tristeza.
—Lo siento, Carvien. Yo no quería hacerte eso, pero tampoco quería atacarte —sollozó
Alyssa para sí misma.
—¿Por qué te disculpas, pequeña? —preguntó una voz tras ella.
Alyssa se volvió rápidamente y se alegró al ver que Carvien estaba tras ella. Algo más
alto, más corpulento y más atractivo.
—¡Has venido! —se emocionó Alyssa—. ¿No estás enfadado?
—¿Enfadado? No puedo estarlo. Me salvaste la vida, pequeña.
—Lo sé. Y estoy contenta al ver que te sientes… feliz. Por fin experimentas de nuevo
cómo era tu vida humana… o al menos cómo querías que fuera.
Carvien miró el cielo, serio, y le dio la razón:
—Sí, ahora todo es muy fácil. Y gracias a tu padre estoy aprendiendo muchas cosas. Os
debo mucho a todos. Sobre todo a ti.
Se acercó a la vampira y le rodeó la cintura con sus brazos.
—Te echo de menos, Alyssa.
La joven se sonrojó al ver que ya no utilizaba el término pequeña y sabía que lo decía de
verdad. Le rodeó el cuello con los brazos y asintió:
—Yo también te echo de menos. Estos tres años han sido muy difíciles sin ti. Pero ya
sabes que no puede ser. Tú ahora eres un humano y, si por un momento me descontrolo, puedo
causar una catástrofe.
—Ésa es una de las cosas que quería proponerte. Transfórmame y estaremos juntos. Verás
que no será como ninguno de los dos habíamos imaginado, pero seremos iguales y felices.
130
—¿¡Estás loco!? Nunca haría tal tontería. Y menos sabiendo que así, mis poderes habrán
sido en vano. No, Carvien. Está todo mejor así como está y…
Se sorprendió al ver que su amigo había posado sus labios sobre los de Alyssa. La joven
no adivinó si era para hacerla callar u otra cosa, pero disfrutó de la sensación y respondió al
beso. Y entonces lo supo: lo echaba de menos. Carvien podía tener razón: si lo transformaba
podían estar siempre juntos y disfrutar una eternidad sin fin. Se separó de su amigo y acercó
sus labios al cuello del joven. Éste aguantó la respiración, deseando que el dolor no fuera muy
fuerte. Alyssa rozó la cálida piel de su amigo y, por una vez, sintió que no deseaba que fueran
vampiros los dos. Deseaba de todo corazón ser una muchacha normal y corriente, con la
temperatura normal, la piel del color normal… Ser normal. Lo deseaba. Separó sus labios de
la piel del joven y le miró a los ojos. Era una mirada triste.
—No puedo, Carvien. Te quiero y no puedo hacerte esto.
Los dos jóvenes se fundieron en un cálido abrazo amistoso mientras Carvien sentía que se
le despedazaba el corazón y Alyssa deseaba romper a llorar y gritar, pero se contuvo.
En ese momento, en el cielo una estrella aumentó de tamaño y brilló con gran intensidad.
Era una segunda luna. La luna del otro Guardián de la Vida.
La figura se escondió entre las ramas de los árboles con tal de que aquellos dos no le
vieran. Acababa de pronunciar el hechizo de la noche de las Dos Lunas y había surtido efecto.
Sonrió al ver que los jóvenes se abrazaban. Estaban pasando por unos momentos difíciles y
necesitaban el apoyo del otro.
Vio que la joven sonreía tristemente. Su corazón muerto se rompía a pedazos cada vez que
pensaba en que debía despedirse de su amigo, pues podía descontrolarse en cualquier
momento. Merecía con toda justicia ser una humana. Había llorado, sudado y sufrido por la
gente a la que amaba y merecía recibir su deseo. Era el mayor regalo que podía hacer por ella.
La figura se quitó la capucha y dejó que la luz de las dos lunas iluminara el pálido rostro
de Vanilka. En esos tres años había guardado sus poderes para esa ocasión. Para entregárselos
a Alyssa. Su hermana.
Respiró hondo, observó su luna y repitió para sí misma el deseo.
Carvien derramó una lágrima que resbaló por sus mejillas hasta el hombro de Alyssa.
Entonces, se dio cuenta de que su lágrima no había provocado dolor en la joven. Sintió que la
fría piel de su amiga ya no era tan fría. Lentamente se tornó más cálida, como la suya. Algo
extraño estaba ocurriendo.
—Alyssa, ¿qué te ocurre?
La joven alzó la cabeza para mirarle a los ojos. El joven entornó los ojos al ver que la piel
de su rostro se volvía rosa claro, sus labios ya no eran tan rojos, su cabello tomó un color más
131
oscuro y dejaba de estar tan seco para pasar a estar lleno de vida. Vio que sus ojos rojos se
volvían azules como el mar más profundo y bello.
—¡Alyssa!
—¿Qué?
La joven se sorprendió al sentir que su voz no era tan muerta, sino más bien dulce y
cantarina. Se miró las manos y las acercó a sus mejillas. Estaban cálidas, la misma temperatura
que Carvien. Sonrió de emoción y se alegró al sentir una lágrima fría, de verdad, resbalando
por sus mejillas. ¡Era una humana! Pero, ¿cómo podía haber sucedido? No lo entendía.
—Soy humana, Carvien —lloró Alyssa de alegría—. Una humana como tú.
Sin poder resistirlo más, los dos jóvenes se fundieron en un apasionado beso lleno de
recuerdos y alegría que definía el final favorito de Eybe: vivieron felices para siempre.
Mientras, en el cielo, una de las dos lunas titiló unos segundos, luego se volvió translúcida
y finalmente, desapareció por completo.
En ese momento sólo había una luna, el astro que todos conocían; la luna que aguardaría
en su lugar toda la eternidad.
132