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Características de la Adolescencia

El documento describe la adolescencia como una etapa de reestructuración de la identidad. La identidad construida durante la niñez debe ser abandonada a medida que el adolescente deja de ser un niño pero aún no es un adulto, por lo que debe construir una nueva identidad adulta. Este proceso genera una alta sensibilidad y vulnerabilidad en los adolescentes ya que cuestionan su identidad heredada de la familia sin haber desarrollado completamente una nueva.

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Características de la Adolescencia

El documento describe la adolescencia como una etapa de reestructuración de la identidad. La identidad construida durante la niñez debe ser abandonada a medida que el adolescente deja de ser un niño pero aún no es un adulto, por lo que debe construir una nueva identidad adulta. Este proceso genera una alta sensibilidad y vulnerabilidad en los adolescentes ya que cuestionan su identidad heredada de la familia sin haber desarrollado completamente una nueva.

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Universidad de Buenos Aires - Facultad de Derecho

Profesorado en Ciencias Jurídicas – Año 2007


Asignatura: Psicología Educacional.
Profesora: Gabriela Fairstein.

Ficha de cátedra:
CARACTERÍSTICAS DE LOS ADOLESCENTES

En los diversos textos que componen la unidad, se aborda la temática de la


adolescencia desde diferentes perspectivas. En la presente Ficha de Cátedra,
ofrecemos una síntesis que rescata diversos rasgos de los adolescentes abordados
por los autores.

Para comprender a los adolescentes, lo más importante será entender que la


adolescencia es un momento evolutivo caracterizado por una reestructuración de la
identidad. Es decir, la identidad construida durante la niñez deberá ser abandonada,
ya que el sujeto deja de ser un niño. Pero aún no es un adulto, por lo que habrá que
construir una nueva identidad. Esto llevará sus años. Son los que se transitan en la
adolescencia, que entonces estarán caracterizados por este camino: el paulatino
abandono de la identidad infantil y la también paulatina construcción de la identidad
adulta.

De modo que la adolescencia es una etapa de transición, de cuestionamientos y de


búsqueda. Ello no implica que no haya rasgos de la identidad infantil que se
mantengan ni tampoco que la adolescencia deba definirse exclusivamente como un
tránsito. Pero sí nos permite comprender algunas características de la personalidad de
los adolescentes, que los diferencian tanto de los niños como de los adultos.

En las páginas que siguen trataremos de comprender los significados de esta etapa
y qué consecuencias tiene en los modos de actuar y de sentir de los adolescentes.

¿Qué es la identidad?

Vale comenzar preguntándose que entiende la Psicología por “identidad”. Eric H.


Erikson, uno de los grandes psicólogos del siglo XX que se ha dedicado al estudio de
la adolescencia, señala que la identidad podría definirse, en un primer acercamiento,
como “una sensación subjetiva de mismidad y continuidad vigorizantes”1. Siguiendo a
este autor, el investigador español Alfredo Fierro explica que el elemento nuclear de la
identidad es “la imagen psicológica que el individuo tiene de sí mismo: la
autoconciencia o conciencia de la propia identidad, la cual es de naturaleza psicosocial
e incluye elementos cognitivos. El individuo se juzga a sí mismo a la luz de cómo
advierte que le juzgan los demás, en comparación con otras personas y en el marco
de los modelos culturales y baremos valorativos dominantes”2. Destaca además, que
este juicio sobre uno mismo permanece implícito en su mayor parte y no es de
naturaleza conciente.

Si bien la identidad se va construyendo durante toda la vida, Erikson sostiene que la


adolescencia es un “momento crucial, un punto crítico necesario en el que el desarrollo
debe tomar una u otra dirección”(op. cit. P.14). La formación de la identidad es un

1
Erikson.E. (1974) Identidad, juventud y crisis. Buenos Aires: Paidós. p.16.
2
Fierro, A. (1997): “La construcción de la identidad personal”. En: E. Martí y J. Onrubia (coord): Psicología del
desarrollo: el mundo del adolescente. Barcelona: ICE-Universitat de Barcelona/Horsori. p. 89.

1
proceso progresivo a lo largo de toda la vida, que se inicia con vínculo muy simbiótico
y dependiente con la madre y que lentamente se va diferenciando, a partir de
establecer relaciones con otras personas. Sin embargo, “este desarrollo tiene su crisis
normativa en la adolescencia...” (op. cit. p.19).

Ahora bien, el autor señala que “el término «crisis» se usa aquí en un sentido
evolutivo para connotar no una amenaza o catástrofe sino un momento decisivo, un
período crucial de vulnerabilidad incrementada y potencial y, por lo tanto, fuente
ontogenética de fuerza y desajuste generacional” (op. cit. p. 79) Es interesante notar
que Erikson la explica como una crisis “normativa” o evolutiva, y no patológica. En otro
pasaje de la obra, sostiene que esta crisis constituye uno de los varios “conflictos
«normativos» que todos los niños deben experimentar en su infancia, y cuyos residuos
todos los adultos llevan consigo en los lugares más recónditos de su personalidad.
Porque el hombre, para permanecer psicológicamente vivo, constantemente vuelve a
resolver estos conflictos de la misma manera que su cuerpo combate sin cesar la
intrusión del deterioro físico” (op. cit. p.75)

Adolescencia: etapa de reestructuración de la identidad.

La idea de que la adolescencia es un momento crucial de reestructuración de la


identidad es recogida por los diversos especialistas que se dedican al tema:

Macelo Urresti3 señala que la adolescencia “supone, básicamente, el momento


problemático en el que se consuma la madurez corporal y se discute por primera vez
la herencia familiar en la constitución de la personalidad. De modo que se manifiesta
como un período de crisis en el que se abandonan maneras habituales de situarse en
el mundo de las edades y se asumen nuevas posiciones de rol junto con una
corporalidad en desarrollo. Con otras palabras, se trata de una etapa transicional de la
vida de las personas en la que se atraviesa una crisis profunda, un interregno que se
origina con la madurez sexual y que se va definiendo con el proceso de las moratorias
hasta desembocar en el reconocimiento social que supone ser adulto.

Tal como fuera tematizado clásicamente por Erikson, el período adolescente


escenifica una crisis: por un lado un abandono, una pérdida, la del cuerpo y el lugar
del niño, y por otro una búsqueda, la de la identidad en el mundo adulto. Al igual que
en el caso de la juventud, no todas las culturas ni épocas históricas reconocen este
problema de la transición y la búsqueda: hay sociedades que con ritos de pasaje
precisos definen la transformación del niño en adulto, y por lo tanto, al no percibir el
momento crítico, no tienen adolescencia.

En sociedades como las nuestras, la crisis se manifiesta en el cuestionamiento que


el adolescente hace del sistema de referencias que constituyen la identidad que se ha
heredado de la familia” (op. cit. p.22 -23)

Más adelante, señala que la adolescencia “aparece como un período crítico en el


que, elaboradas y superadas situaciones de desacople, y según distintos enfoques
que enfatizan aspectos diversos, sobreviene la madurez psicológica propia de la
constitución del adulto promedio sano: con un nuevo sistema de identificaciones que lo
define y una forma de sexualidad asumida. En esto podrán variar los ritmos según las
clases sociales o las familias, pero no el proceso. (op. cit. p.23- 24)

3
Urresti, M. (2000): “Cambio de escenarios sociales. Experiencia juvenil urbana y escuela”. En E. Tenti Fanfani
(comp.): Una escuela para los adolescentes. Buenos Aires: Losada/UNICEF.

2
También Irene Konterllnik4 recoge estas ideas:

“…la adolescencia es un momento de cambios importantes en la identidad y en las


relaciones con otros, representa el nacimiento de nuevos vínculos y espacios de
sociabilidad, diferentes al ámbito privado de las relaciones familiares. Esa otra
natalidad, que no es biológica (más allá de que también se producen cambios
biológicos importantes) sino social, necesita desplegarse y los adolescentes, como
hemos visto, intentan «darse a luz» a través de distintas expresiones”. (op. cit. p. 104)

Por su parte, Alfredo Fierro señala que “la crisis de identidad en jóvenes y
adolescentes es- como otras crisis- evolutivamente necesaria, pero no siempre o
necesariamente dramática. El problema y el conflicto intergeneracional (jóvenes frente
a adultos) forma parte integrante del proceso de génesis de identidad en cada nueva
generación de adolescentes.” (op. cit. p.91)

Esta breve caracterización de la situación vital de la adolescencia nos permite


comprender algunos de los rasgos de personalidad que evidencian los sujetos en esta
etapa de la vida, los cuales pueden interpretarse como consecuencias de esta crisis
de reestructuración de la identidad.

Alta sensibilidad

En primer lugar, si entendemos que la identidad funciona como una “piel” que nos
contiene, podemos comprender que el paulatino desprendimiento de la identidad
infantil genera una alta sensibilidad frente a la realidad. Urresti explica que “en la
experiencia habitual del niño, la familia aparece como el grupo de pertenencia natural,
espontáneo e incuestionado durante la infancia, que constituye al niño como sujeto, a
su lugar en el entorno próximo y en el mundo que lo rodea. La familia funciona como la
primera matriz de sentido en la que se elabora una representación del sí mismo y del
mundo social. (op. cit. p.23)

En relación con esta idea, es posible sostener que, cuestionada esta matriz de
sentido, cuestionado el “sistema de referencias que constituyen la identidad que se ha
heredado de la familia”, la adolescencia sea una etapa de alta sensibilidad y
vulnerabilidad. Si bien, sin lugar a dudas, hay rasgos de la identidad que se
mantienen, y no debemos entender que el adolescente se siente desprovisto
absolutamente de esa “sensación de mismidad”, es cierto que el progresivo
desprendimiento de la identidad infantil y la ausencia aún de una nueva identidad
adulta ya consolidada, generan una mayor vulnerabilidad frente a los acontecimientos.
Sin embargo, es importante resaltar que no se trata de un “sentimiento de
vulnerabilidad” sino más bien de un estado, no necesariamente conciente. Por el
contrario, como veremos más adelante, otro rasgo de los adolescentes será que se
perciben a sí mismos como invulnerables.

Para ilustrar esta idea, cabe observar, por ejemplo, como en la adolescencia, las
emociones parecen vivirse de un modo más intenso que en otras etapas de la vida: la
pelea con un amigo o amiga, para citar una situación en extremo sencilla, en la
adolescencia puede ser vivida como algo terrible. Un dato escalofriante en este
sentido, que da cuenta de esta vulnerabilidad y sensación de falta de contención es

4
Konterllnik, I. (2000): “La participación de los adolescentes. ¿Exorcismo o construcción de ciudadanía?”. En E.
Tenti Fanfani (comp.): Una escuela para los adolescentes. Buenos Aires: Losada/UNICEF.

3
que la tasa de suicidio en adolescentes es considerablemente mayor que en otros
grupos etarios, considerándose a los adolescentes (junto con los ancianos) uno de los
grupos de mayor riesgo. Frente a circunstancias similares de sufrimiento, el adulto
tiene otras redes que lo contienen -su historia, su familia- que le permiten de algún
modo relativizar el sufrimiento. Para el niño, por su parte, aún será válido el refugio de
los padres, a quienes el infante atribuye omnipotencia. Para el adolescente, los padres
ya no son los de la infancia y este refugio no será suficiente.

Diversos autores marcan esta diferencia en “cómo se viven las mismas experiencias”
en la adolescencia que en otras etapas de la vida. Urresti señala que la adolescencia
“supone crisis, desorientación, pérdida de rumbos y una dolorosa vivencia al tratar de
encontrarlos” (op. cit. p. 25). Asimismo, el autor marca la diferencia entre los
adolescentes y los adultos, al cuestionar la hipótesis -que otros autores sostienen- de
que la adolescencia habría desaparecido como “etapa de la vida” y se habría
constituido tan solo en una “estética”, que es asumida también por los adultos. En este
sentido comenta: “habría que ver si los adultos, solo por su cambio de opciones
estéticas, comienzan a vacilar respecto de las decisiones sobre su futuro, su identidad
y su situación vital” (op. cit. p.25)

Otra investigadora argentina, Perla Zelmanovich5 también señala las diferencias


entre adolescentes y adultos, inclusive en los casos, como sucede en la Argentina de
hoy, en que ambos estén viviendo situaciones de “desamparo”. La autora propone
prestar atención a “la diferencia entre lo que es ser un niño de cinco, siete o diez años,
un joven de catorce o diecisiete y un señor o señora de treinta y pico en adelante. Me
refiero a aquello que hace diferencia entre unos y otros en cuanto a su forma de
participar, al valor de experiencia que para cada uno tienen las mismas escenas, al
modo en que se hallan concernidos por los mismos hechos, los unos y los otros. Es en
esa diferencia en la que quisiera detenerme, en esa diferencia que hace a las
posibilidades de implicación en los acontecimientos, a las posibilidades de responder,
de asumir los actos y sus consecuencias, es decir, de asumir la propia
responsabilidad. Me refiero también a la diferencia en cuanto a las posibilidades que
tienen unos y otros, de tejer ese velo protector que se construye sobre la base de
significaciones.” ([Link]. p.51)

La autora entiende que la vulnerabilidad del niño y la del adolescente no son


equiparables a la del adulto porque el aparato psíquico del sujeto está aún en
constitución. Ello implica “que requiere de ciertas condiciones para poder poner la
realidad en sus propios términos, para poder arreglárselas con ella, para poder
soportarla. Condiciones que le permitan poner distancia para ordenarla, para otorgarle
sentido. Si hay pura realidad, y más aún cuando ésta se presenta despiadada y no hay
posibilidad de significarla, se corre el riesgo de que la vulnerabilidad se imponga, que
conmocione de tal manera al sujeto que dificulte seriamente el ingreso de estos chicos
desprovistos de un adulto en el universo de la cultura.” ([Link]. p. 53)

La idea que estamos analizando, por último, podría entenderse en relación con el
planteo de Urresti relativo a que la diferencia entre un adolescente (aunque parezca
adulto por las experiencias que ha vivido) y la de un adulto (aunque parezca
adolescente por la estética que asume) está en su “posicionamiento fáctico” en el
mundo de las generaciones, en “el lugar temporal que marca la experiencia, que sitúa
al sujeto en el mundo de la vida y que le indica las probabilidades de afrontar
efectivamente la muerte”, en definitiva, en “la experiencia de vida diferencial que

5
Zelmanovich, P. (2003): “Contra el desamparo”, en I. Dussel y S. Finocchio (comps.) (2003): Enseñar hoy. Buenos
Aires: FCE.

4
supone tener una edad y no otra” ([Link]. p.26–27) “Ese tiempo diferencial que
distancia de la muerte es el mismo que se expresa en la asociación de cadenas de
acontecimientos, dándole un sentido temporal a la existencia, un sistema de
referencias de momentos anteriores o posteriores […]dentro de los cuales un sujeto
posiciona su propia duración en el conjunto de las duraciones sociales e históricas”
([Link]. p..27)

Cuestionamiento al mundo adulto

Un segundo rasgo, quizás el más conocido, de la personalidad de los adolescentes,


y que también se deriva del proceso de reestructuración de la identidad, es el
cuestionamiento del mundo adulto. Como ya hemos señalado, Urresti explica que, en
sociedades como las nuestras, la crisis adolescente se manifiesta, básicamente, “en el
cuestionamiento que el adolescente hace del sistema de referencias que constituyen
la identidad que se ha heredado de la familia” ([Link]. p..23)

La interpelación al mundo adulto será uno de los caminos por los que irá
construyendo la nueva identidad: “La adolescencia comienza en lo corporal con la
madurez sexual y en los psicosocial con el cuestionamiento de esta herencia recibida,
y a través de las búsquedas posteriores, afirma la necesidad de constituirse frente al
mundo de los padres, en oposición y conflicto frente al mismo. La familia otorga una
historia en la que se es individualizado, y la adolescencia supone el primer paso en la
construcción autónoma de esa nueva historia que constituirá la nueva identidad”
([Link]. p. 23)

De este modo, continúa el autor, “el famoso conflicto generacional puede ser
entendido como la discusión de la herencia familiar y la progresiva decisión del sujeto
en la elección de lo que serán sus grupos de pertenencia. La adolescencia coincide
con la salida desde la familia hacia los grupos de pares, hacia la relación autónoma
con otras instituciones o con la comunidad en general, que comenzarán a ser, de
modo creciente, elecciones autónomas de los sujetos, situación que supone un
enfrentamiento con las elecciones predeterminadas por la familia, que al final del
camino podrán ser recuperadas, aceptadas, transformadas o negadas, desenlaces
que no anulan el desajuste inicial por el que, casi inevitablemente, pasan.” ([Link].
p..24. el subrayado es nuestro)

Irene Konterllnik coincide con esta mirada: “La adolescencia representa el momento
en que se va dando una reestructuración en la construcción de la identidad y se van
diversificando, con mayor fuerza que en la infancia, las referencias de «otros»
(grupos, personas) más allá de los padres. La afirmación como un otro distinto de los
padres se presenta en general como una necesidad de diferenciación con relación a
pautas, valores, elecciones estéticas. Las formas que asume el disenso varían y tienen
características particulares en cada época.” ([Link]. p.89)

En este sentido, si bien suele hablarse de “rebeldía adolescente”, es importante no


entenderla como la rebeldía de la niñez -el berrinche, el capricho- que ahora se habría
exacerbado o convertido en estado permanente. Se trata de una rebeldía de carácter
diferente, en la que prima una interpelación al mundo adulto, a los padres, los
docentes, los valores.

Sin embargo, hay que notar que esta característica de los adolescentes, en una
época en donde ese mundo es cuestionado por los propios adultos, puede dejar a
estos últimos, de algún modo, “indefensos” ante esta interpelación. Alfredo Fierro
explica que si bien “el problema y el conflicto intergeneracional (jóvenes frente a
adultos) forma parte integrante del proceso de génesis de identidad en cada nueva

5
generación de adolescentes”, […] “la crisis adolescente suele estar hoy en día
ahondada y transida por la crisis de identidad en la sociedad, en la cultura…” ([Link].
p.91)

Diversos autores señalan que actualmente la adolescencia es colocada en el lugar


de modelo social y cultural. Ello impactaría tanto sobre los jóvenes, en el sentido de
que no tendrían tan claro a qué oponerse, “en la medida en que no habría ideologías
fuertes con las que elaborar el contraste” (Urresti, [Link]. p.24), como sobre los adultos,
en tanto resultaría más difícil sostener sus valores frente a la interpelación. Urresti
comenta la plausibilidad de esta hipótesis (si bien discute la idea de homologar a la
adolescencia solo con una estética): “es difícil negar que la adolescencia, poco a poco,
se va convirtiendo en un modelo social a imitar, que se extiende cada vez más por la
acción del mercado, los medios masivos y la publicidad, que difunden como
generalizable las características de su imagen, con lo que va dejando de ser una etapa
para convertirse en un estado permanente. Una prueba adicional de ello podría ser
que la vejez se va convirtiendo en algo vergonzoso, que habría que esconder. La
adolescencia sería una forma de la estética muy atractiva que hasta los más viejos
estarían imitando: la presión por lograr el cuerpo ideal, de evitar el paso de los años,
serían tendencias evidentes de la desvalorización por la que pasa hoy en día el ser
adulto. Por otra parte, el conflicto generacional que antes se daba por el deseo que los
adolescentes expresaban de ser adultos, hecho que los impulsaba a diferenciarse de
los modos de ser adulto ya existentes, se invierte de los adultos hacia los
adolescentes. El modelo de socialización parecería estar en las antípodas”. ([Link]. p.
25)

Las ideas que hemos desarrollado nos conducen a considerar que si bien ya no se
trata de un niño, el adolescente sigue necesitando contención y protección por parte
de los adultos, dado el estado de vulnerabilidad y fragilidad en que lo coloca la
situación de estar reestructurando su identidad. Esto es así aunque, como hemos visto
esta ayuda pueda ser rechazada y desvalorizada, así como cuestionados los valores
desde los que se elabora, al tiempo que los propios adultos puedan sentirse
desvalidos frente a la interpelación adolescente. Agreguemos ahora un tercer rasgo,
que también obstaculizaría las posibilidades de ayuda de los adultos: muchas veces,
por su apariencia y su discurso, los adolescentes aparecen, a los ojos adultos, como
portadores de una identidad firmemente establecida. Analizaremos a continuación esta
cuestión.

Pruebas y ensayos

Como ya hemos señalado, el proceso de “abandono” de la identidad infantil


heredada de la familia ocurre en forma simultánea con el proceso de construcción de
una nueva identidad. En esta búsqueda, los adolescentes van asumiendo o
adoptando, circunstancialmente, diferentes “identidades” que ofrecería el “mercado
cultural”. Así, la adolescencia es entendida como una etapa de búsqueda, de ensayo.

Irene Konterllnik señala que “la adolescencia es una etapa de búsqueda, de ensayo
y error, de avances y retrocesos. «Al contrario de un tour donde todo está organizado
y planificado previamente, el recorrido del viaje adolescente se organiza desde la
imprevisibilidad absoluta» (Efrón, 1996).” ([Link]. p. 89)

A través de procesos de identificación, los adolescentes ensayan distintos lugares en


el mundo adulto, como quien se prueba diferentes disfraces o máscaras. Estos
ensayos pueden caracterizarse tanto por su vehemencia e intensidad (adscripciones
fuertes) como por su velocidad y radicalidad (cambios abruptos). Ello puede ilustrarse

6
con el ejemplo de cómo los adolescentes pueden cambiar sus gustos y consumos
culturales, así como sus ideas, con mayor facilidad y frecuencia que un adulto. Así,
pueden pasar de “punks” a “hippies”, o de una visión idealista del mundo a una
descarnada, de un modo más drástico y veloz al de un adulto que se posicione en
alguno de esos mismos lugares. Es decir, en esta comparación, si bien los consumos
culturales y los rasgos de identidad pueden coincidir, el modo de “vivirlos” será
diferente en los adolescentes.

Podría entenderse que los adolescentes, sin los prejuicios y limitaciones de los
adultos, se lanzan a la aventura creativa de experimentar diferentes posiciones en el
mundo adulto. En este sentido, se expresa Marcelo Urresti en otro artículo6: “…la
adolescencia implica una suerte de "segundo nacimiento" con los dolores y las
sorpresas que ello depara: esto se refiere especialmente a un tipo de experiencia casi
adánica, original y de apertura, cercana a la vivencia de la aventura, característica vital
definitivamente perdida la vida de los adultos. Esto en parte ilustra que la modelización
de la adolescencia no resulta más que una ilusión compartida: por más desorientado
que se encuentre un adulto en relación con su futuro, por más rejuvenecido que se
encuentre en sus opciones vitales, y por más rutinas y cuidados físicos que haya
generado una imagen conservada, un adulto no es un adolescente. En definitiva,
transitar la adolescencia es atravesar una crisis personal y vivir adánicamente una
experiencia histórica de lo social, hechos que definen una pertenencia generacional
concreta y un material imaginario específico con el que elaborar las identificaciones
que desembocarán en la personalidad futura.” ([Link]. p.38)

Zelmanovich alerta sobre el riesgo de mirar estas identidades como las de un adulto.
Como lo explica en la cita a continuación, los adolescentes, si bien pueden asumir
circunstancialmente una identidad del mundo adulto, “no son aquello que los nombra”,
sino que están “ensayando” lugares del mundo adulto: “ensayos que le permiten al
sujeto entrar y salir de ese mundo hasta que pueda instalarse «de verdad », esto es,
hasta poder sostener en términos propios la escena del mundo, asumiendo y
afrontando las consecuencias de sus actos”. ([Link]. p. 56):

“Asistimos diariamente al espectáculo variopinto de esas «bandas de jóvenes»,


fanáticos del rock o del fútbol, pibes chorros, bailan teros, hackers) fanáticos de las
computadoras, militantes del boleto estudiantil, drogadictos, anoréxicas, lolitas,
estudiantes con uniforme, estudiantes con guardapolvo, estudiantes. Seguramente, no
nos alcanzan las categorías para nombrarlos y nombrarlas. Nombres que dan cuenta
de que todos y cada uno de ellos se encuentran atravesando un «drama subjetivo».

Si trocamos todos esos nombres por «personajes de un drama subjetivo»,


podremos pararnos de un modo diferente frente a ellos. En tanto los nombres sugieren
que se trata de sujetos cuyo destino ya está jugado, es decir, «son»aquello que los
nombra, la palabra drama da cuenta de vicisitudes por las que está atravesando un
sujeto que está en vías de constitución, que está «ensayando»cómo procurarse un
lugar desde donde pararse para afrontar el mundo de los adultos.” ([Link]. p. 56)

De modo que si bien debe mirarse a estas identidades como “ensayos”, no puede
olvidarse que se trata de identidades tomadas del mundo adulto. La adolescencia es
“el grado cero de la vida adulta”, lo que implica que el sujeto ya está maduro física e
intelectualmente para asumir roles adultos. Entonces, más allá de que se trate de
“ensayos”, estos ya no son un juego sino que implican un vínculo real con las
instituciones y los otros.

6
Urresti, M. (2002): “Mi vida es mi vida. Consumos culturales y usos de la ciudad”. En Revista de la
Universidad de Buenos Aires, Encrucijadas, Año 2, Nº 16, Febrero de 2002. (pp. 36 – 43)

7
En síntesis, en el proceso de construcción de esta nueva identidad intervienen
múltiples factores, entre los que hemos destacado las diversas identificaciones que se
van produciendo. A continuación analizamos un último rasgo, el papel importante que
juegan los grupos de pares y grupos de pertenencia en este proceso.

El papel del grupo de pares

Si bien hemos dejado este rasgo para el final, es uno de los más característicos de
esta etapa, en tanto los grupos de pares cumplen un papel muy diferentes del que
representan tanto en la infancia como en la adultez. Para comprender el valor del
grupo, señalemos, que, abandonada la familia como grupo de referencia y de
contención, el adolescente encuentra en los grupos de pares el espacio para ensayar
y reconocerse, para “hermanarse”.

Marcelo Urresti lo explica del siguiente modo: “Familias y escuelas, ámbitos


primordiales de la niñez mayoritaria, comienzan entonces a compartir su espacio con
otras dimensiones de la vida social en las que los adolescentes expanden las redes de
relaciones dentro de las que normalmente actúan. Mientras transcurre la crisis -más o
menos violenta según los casos familiares, las clases sociales y las tradiciones
geográficas y culturales en las que se inscriban-, los adolescentes construyen
espacios «propios». En ellos, procurando una mayor independencia respecto de la
mirada de sus mayores, rearticulan los mecanismos de identificación a través de los
que construyen las diversas facetas de su identidad.

En este sentido, entre los múltiples factores que actúan en esta fase hay dos
especialmente importantes por el efecto que producen: el primero de ellos, el más
importante, es el grupo de pares; el otro es el sistema de escenarios y ámbitos
institucionales que hacen de marco al encuentro y la cotidianidad de dichos grupos.”
(Urresti, 2002; pp. 37-38)

Por su parte, Irene Konterllnik señala: “Los grupos de pares representan una
referencia importante en la construcción de la identidad adolescente. «Los
intercambios y los movimientos que se suscitan a través de estos grupos son un
eslabón clave en la conformación de la identidad adolescente porque se trata de un
ensamblaje cualitativamente distinto entre lo histórico que se va reestructurando y lo
actual » (Efrón, 1996). […] Por la positiva o la negativa, los grupos de pares son
referentes de identidad, son un espacio de diferenciación en relación con el mundo
adulto. En muchos casos, el agrupamiento juvenil espontáneo "es un espacio sobre el
cual la sociedad tradicional, a partir de sus instituciones, ejerce un débil control [ ... ] es
esencialmente un agrupamiento de resistencia a la situación de relegamiento en que
se encuentran" (Jiménez Caballero, 1991). ([Link]. p.90)

Retomando una metáfora utilizada anteriormente, podría decirse que el grupo de


pares funciona como una “piel” que contiene al sujeto. Para comprender la importancia
diferencial del grupo de pares en la adolescencia, nuevamente es interesante apelar a
la comparación con el papel que desempeñan en otras etapas de la vida. Pero la
comparación no se refiere a la estrechez del vínculo de amistad, sino al significado
que tiene el grupo en la vida del adolescente y del adulto. Como señalamos más
arriba, en la adolescencia, los grupos de amigos funcionan como espacios para
ensayar y reconocerse, para “hermanarse”.

8
Marcelo Urresti señala: “…son los grupos de pares lo que constituye la novedad en
la vida de las personas que atraviesan la adolescencia. Estos grupos, a su vez,
definen espacios y tiempos en los que van construyendo un mundo compartido, que
será fundamental para el resguardo de las identificaciones adolescentes, distantes de
la familia y de la escuela, los dos ámbitos característicos del desarrollo previo. Los
grupos de pares están conformados por lo general con una presencia marcada de
miembros de la misma edad y género. Esto no imposibilita grupos mixtos o grupos en
los que sea aceptado algún miembro que es notablemente mayor o menor, pero habla
de su baja probabilidad. Estos grupos son la primera ampliación de la red de
relaciones en la que entran los adolescentes, son los grupos de amigos y amigas más
cercanos, que se reúnen a pasar el tiempo, a escuchar música, a compartir largas
charlas, a hacer deportes, a planear salidas, a recorrer espacios. Esos grupos de
adolescentes son ámbitos de contención afectiva y representan espacios de
autonomía en los que se experimentan las primeras búsquedas de independencia.”
(Urresti, 2002; p. 39)

En este sentido, el grupo de pares permite “ensayar” en forma más o menos


protegida, a la que vez que brinda cierta independencia de la mirada de los adultos.
De este modo, los adolescentes construyen espacios propios, desde los cuales
empiezan a transitar en forma más autónoma por las instituciones y van haciendo usos
propios de los espacios sociales y culturales.

“Los grupos de pares funcionan como entidades intermedias entre el espacio social
general en el que se definen las clases sociales que incluyen a las familias y el
espacio íntimo de los sujetos que estas grandes estructuras configuran. […]
Entendidos entonces de este modo, los grupos de pares funcionan como programas
culturales en los que se articula en una escala menor a la de la clase y la familia, una
medida específica de la experiencia social e histórica de los adolescentes. […] Los
grupos de pares son redes que acompañan la adolescencia, apuntalando relaciones,
apoyando procesos de identificación. En estos procesos, tanto los consumos cultu-
rales como los usos del espacio serán fundamentales (Urresti, 2002. pp. 40 – 41)

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