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Manual Penal

Este documento analiza la participación en el suicidio ajeno desde una perspectiva jurídica. Explica que mientras el suicidio propio no es punible, la ley sí castiga a terceros que induzcan o ayuden al suicidio de otro. Se discuten cuestiones como los bienes jurídicos protegidos, los sujetos del delito, los elementos objetivos y subjetivos requeridos, y distintas interpretaciones sobre cuándo se consuma este delito de participación en el suicidio ajeno.
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Manual Penal

Este documento analiza la participación en el suicidio ajeno desde una perspectiva jurídica. Explica que mientras el suicidio propio no es punible, la ley sí castiga a terceros que induzcan o ayuden al suicidio de otro. Se discuten cuestiones como los bienes jurídicos protegidos, los sujetos del delito, los elementos objetivos y subjetivos requeridos, y distintas interpretaciones sobre cuándo se consuma este delito de participación en el suicidio ajeno.
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Participación

en el suicidio



I. Introducción
El homicidio castiga, como hemos visto, el hecho de “matar a otro”, por lo que
el hecho de matarse a uno mismo no sería típico ex artículo 138 CP. El Código
Penal no castiga al autor de su propio suicidio, lo cual sólo podría plantearse
cuando se hubiese producido una tentativa de suicidio (José se tira por la ventana
desde un piso tercero, pero cae sobre un vehículo estacionado en la calle y no muere), pues
si el suicidio se consuma, el resultado de muerte impedirá exigir responsabilidad
penal al suicida (de lo poco bueno que tiene la muerte es que acaba con la
responsabilidad penal del reo, ex artículo 130.1 CP).
El suicidio es la muerte de una persona, que quiere que ello suceda y es
capaz de comprender las consecuencias y circunstancias de sus actos. Existen
varias razones de política criminal práctica para no castigar el suicidio, entre
ellas, se plantea el efecto negativo que podría tener en una persona que ha
intentado un suicidio, que se le castigue con una pena que agrave más su
situación (lleve o no aparejada el ingreso en prisión), o el nulo efecto preventivo
general que puede tener la imposición de una pena a una persona que ha
decidido acabar con su vida.
En palabras de la STS de 28 de junio de 2017 (nº.482/2017), Quitarse voluntariamente la vida es
un acto atípico, siempre que esa voluntad se haya formado libremente y se trate de persona responsable
con capacidad para decidir. Es decir, cuando se trata del suicidio de un imputable.

Lo importante es que la voluntad del sujeto sea relevante. Los suicidas no son necesariamente personas
de voluntad «débil», sino sujetos para los cuales, en sus circunstancias, la vida no merece ser vivida.

El suicidio es tratado por el derecho como un mal que se trata de evitar. Un acto que no se sanciona por
razones empíricas, pragmáticas o de política criminal, pero que el ordenamiento considera ilícito, de
ahí que se tipifiquen los actos de inducción o ayuda en el suicidio ajeno.

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Pero si el CP no castiga el suicidio, sí tipifica y castiga la participación en el
suicidio de otro, ya sea induciendo a un tercero a que se suicide o realizando
actos de cooperación necesaria para ayudar a un tercero a que se auto mate. Ello
podría encontrar su fundamento en el carácter indisponible del bien jurídico
vida, y si bien el Estado ha decidido no castigar al suicida por, entre otras las
razones expuestas, sí considera oportuno penar al tercero que participa en el
suicidio, pues a pesar de que el portador del bien jurídico haya decidido
eliminarlo, su decisión y consentimiento no faculta a que terceros participen en
la muerte de otro. Por lo tanto, nos encontramos con una extraña situación donde
el CP no castiga al autor del hecho y sí a los partícipes.
Debido al principio de accesoriedad, sólo podrá castigarse la participación sin
autoría cuando así lo prevea expresamente el CP, como sucede en este caso. El
artículo 143 castiga la inducción y la cooperación necesaria al suicidio, con una
pena específica. No se contempla expresamente castigo para la complicidad, lo
que provoca la imposibilidad de castigarla por aplicación, precisamente, del
citado principio de accesoriedad.
En el último epígrafe del artículo 143 CP se tipifican las situaciones límites de
eutanasia, donde el portador del bien jurídico sufre una enfermedad grave que
producirá su muerte o padecimientos permanentes difíciles de soportar, y solicita
a un tercero que acabe con su vida.
Es una figura peculiar, pues tipifica como delitos formas de participación en
un hecho que resulta impune (por atípico) para el autor del mismo (el suicida).


II. Elementos comunes
Bien jurídico protegido
El bien jurídico protegido sigue siendo la vida humana independiente.
Debido a su consideración como bien jurídico indisponible, el hecho de que
su titular renuncie al mismo, libre y voluntariamente, no elimina la
antijuridicidad de la acción, pero sí atenúa la respuesta penal que se prevé
respecto de los partícipes en un suicidio ajeno.
Sujeto activo
Podrá ser cualquier persona, salvo el titular del bien jurídico protegido
(quien se auto mata), pues el suicidio propio es una conducta atípica.
Sujeto pasivo
El titular del bien jurídico vida, aunque haya renunciado a ella.


Objeto material
El cuerpo del suicida sobre el que recae la acción.
Consumación
El suicidio se consuma con la muerte del suicida, pero nos hemos de plantear
si ese resultado es extrapolable a los supuestos de participación en el suicidio

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de otro. Ello adquiere especial importancia en los supuestos 1 y 2 del artículo
143 CP
ü Si se considera que la muerte de la persona es el resultado típico del
delito, la participación en un suicidio que no terminase con la muerte,
se podría castigar como una tentativa de participación en el suicidio
(opción elegida por AP de Vizcaya y ratificada en la STS de 30 de
diciembre de 2009). No obstante, la participación como tal no quedaría
intentada – la inducción o la cooperación han sido consumadas – sino
el suicidio posterior que podría ser ajeno al control del partícipe.

ü Un sector de la doctrina – OBREGÓN GARCÍA, entre otros – defiende
que: En estos supuestos, parece razonable entender que la muerte del suicida
representa una condición objetiva de penalidad: además de la literalidad del
precepto, abona esta tesis el hecho de que la producción del resultado de
muerte se encuentra fuera de la voluntad (y de la acción) del sujeto activo, ya
que es el propio suicida (o un tercero) el que ejecuta la acción de matar. Por
lo tanto, si el resultado de muerte no se produce, la participación en
un hecho no punible – ya que la condición objetiva de punibilidad no
se ha producido - no podría ser castigada.

ü En opinión de el que suscribe existe otra tercera interpretación
(aplicable al caso de la inducción), que considera consumada la
inducción en el momento que el suicida da comienzo a la ejecución del
acto que le produciría la muerte, con independencia de que se
consume el suicidio. Desde esta perspectiva, la conducta típica de la
inducción ha sido completa y efectiva, pues ha conseguido hacer nacer
en el tercero la voluntad de suicidarse y ha comenzado su ejecución, -
en la cual el inductor ya no debe participar - con independencia de que
posteriormente ésta se consume o no.

Juan convence a Miguel de que su vida es un desastre, y que lo mejor que puede
hacer es tirarse por un balcón. Miguel se tira, pero el impacto es atenuado por un
vehículo estacionado y Miguel no muere. Según esta última interpretación la
inducción estaría consumada, pues fue lo suficientemente intensa para que el
autor del hecho intentase quitarse la vida.

En el supuesto del art. 143.3 CP – homicidio asistido – donde el sujeto
participe aumenta su implicación y finalmente acaba ejecutando el hecho de
matar, el resultado típico en esta ocasión aparece más claramente como el
resultado de muerte, y en donde se representa de un modo más nítido la
tentativa.
Juan pide a Pedro que acabe con su vida. Para ello, Pedro toma un narcótico y cuando
Juan está estrangulando a Pedro cumpliendo la voluntad de este, entra en la habitación
Javier que impide que el acto se consume. Tentativa de cooperación ejecutiva al suicidio.

Elemento subjetivo

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Esta forma de participación ha de ser dolosa, no castigándose la participación
imprudente en el suicidio de un tercero.
La participación en el suicidio ajeno, en el caso de la cooperación necesaria
al suicidio, exige el conocimiento de determinadas circunstancias:
1. Conocimiento de que un tercero ha tomado, libre, voluntaria y
conscientemente la decisión de suicidarse.
2. Conciencia de que ha sido solicitada su ayuda para que la otra
persona muera.
3. Voluntad de cooperar con actos necesarios a ese fin, y conocimiento
de que, si se ejecutan, la persona que ha solicitado la ayuda, morirá.
4. Compromiso para interrumpir la participación en el momento en
que la persona que quiere morir cambie de opinión.

Si en vez de esos elementos, lo que se produce previamente es un
engaño doloso en la persona para que ésta tome la decisión de matarse,
estaríamos ante un homicidio en autoría mediata, pues no se ha
renunciado libre y conscientemente al bien jurídico vida, sino que esta
decisión ha estado condicionada por un error, causado dolosamente por
un tercero.
Juan quiere que Ramón fallezca para cobrar su herencia. Juan falsifica unas
pruebas médicas y convence a Ramón de que tiene una enfermedad terminal que
le acarreará muchos sufrimientos. Ramón, debido a ese error, decide suicidarse
y solicita la ayuda de Juan.

El tipo tampoco abarca supuestos de auto puesta en peligro, los


cuales podrían reconducirse al caso del homicidio (doloso o imprudente)
cuando el resultado no sea objetivamente imputable a la víctima, o atípicos
cuando sí lo son, al poder ser considerados una suerte de provocación
imprudente al suicidio. Téngase en cuenta que el suicidio imprudente no
se castiga, ni tampoco la participación imprudente en el suicidio.
Resulta interesante, en este ámbito, el supuesto donde una persona reta a otra a
beberse una botella de whisky, la otra acepta y a consecuencia de la ingesta
alcohólica fallece. La sección tercera de la AP de Córdoba sobreseyó la causa en
su Auto nº. 44/1995, de 26 de septiembre bajo la siguiente argumentación:
Aplicando la anterior doctrina (imputación objetiva) al caso de autos, se puede decir a
lo sumo, que Antonio J. C. creó un riesgo para la vida del fallecido Antonio L. G.,
quien aceptó y asumió el riesgo, por más que sus facultades estuvieran mermadas por
el alcohol que ya antes había ingerido, al igual que presumiblemente el citado J. C., pero
por esa circunstancia no es de recibo imputarle el resultado de la muerte de aquél, pues el
mismo ocurrió fuera del ámbito de protección de la norma que se previó al dictar la norma
penal.
Podrá ser inmoral la invitación al reto, la apuesta efectuada, e incluso si el
infortunado joven fuese menor de edad podría haber infracción de los reglamentos y
disposiciones administrativas sobre la materia, pero más allá de una pura relación de
causalidad naturalista o física no puede imputársele el resultado a J. C. Estamos
ante la creación de un riesgo irrelevante penalmente. El caso no es muy distinto al
que induce a otro a subir una escarpada montaña o a realizar ejercicios acrobáticos en una
cuerda floja. En pura técnica penal se podrá hablar en estos supuestos y otros parecidos

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de provocación imprudente al suicidio, más esto es totalmente atípico, pues sabido
es que la figura descrita en el artículo 143 del Código Penal respecto de la inducción al
suicidio sólo admite la forma de comisión dolosa.

III. Inducción al suicidio


Castiga el artículo 143.1 CP, al que induzca al suicidio de otro a la pena de prisión
de 4 a 8 años. Así, nos encontramos una expresa tipificación de la inducción y
una pena específica para ese supuesto.
Es necesario que en la inducción se concreten sus elementos:
ü Ha de ser directa respecto de la otra persona.
ü Utilización de la persuasión, razonamiento u otro método para
convencer al tercero.
ü Hacer nacer en otro la necesidad de cometer un acto criminal
concreto (en este caso sería hacer nacer la necesidad de quitarse la
vida, aunque sea atípico)
ü Inicio de la ejecución del acto por parte del inducido.
ü Ha de ser doloso: el inductor ha de plantearse el resultado de su
influjo psíquico frente a otra persona y el resultado que con
probabilidad se concretará.

Se ha de tener en cuenta que una vez se ha producido la inducción, quien
domina la ejecución del hecho es el inducido, pues si no ésta se convertiría en
un modo de autoría mediata. Como advierten MUÑOZ CONDE/GARCÍA
ARÁN, La inducción se caracteriza porque el inductor hace surgir en otra persona
(inducido) la idea de cometer un delito; pero quien decide y domina la realización
del mismo es el inducido, porque, de lo contrario, el inductor sería verdadero autor
mediato (algunas veces se plantean verdaderos casos límite con respecto a la inducción
de menores, enfermos mentales, etc.).
Se considera atípica la conducta consistente en reforzar o apoyar la
decisión previa tomada por el autor del suicidio (salvo que se convierta en
cooperación necesaria).
Juan ha tomado la decisión de suicidarse, y se lo confiesa a Pedro. Éste apoya su decisión.

Jurisprudencialmente no ha sido considerada punible como inducción al


suicidio los supuestos en los que no se incita directamente a este [ casos de
separación previa a un suicidio donde la depresión generada por la situación
provoca el suicidio (SAP Asturias 20 febrero 2002) o cuando el suicidio no se
encuentre abarcado por el dolo del autor y es provocado por una situación de
humillación, como en los supuestos de Bullying. (SJM Guipúzcoa 12 de mayo
de 2005).


IV. Cooperación al suicidio
El artículo 143.2 CP castiga con una pena de 2 a 5 años de prisión al que coopere
con actos necesarios al suicidio de una persona. La acción típica consiste en cooperar,
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con actos necesarios para la causación del resultado, que sean anteriores a la
muerte del suicida.
La cooperación ha de ser necesaria, y dado que la complicidad no se
castiga expresamente, y por lo tanto resulta atípica, es indispensable poder
concretar si la participación adquiere, o no, ese nivel. Para ello, es importante
recordar la Teoría de los bienes escasos, enunciada por GIMBERNAT y acogida por
la jurisprudencia, según la cual, la diferencia entre ambas figuras – cooperación
y complicidad – radica en la importancia objetiva de la contribución. El
cooperador aporta un bien o servicio escaso, analizado el contexto y la situación
del hecho, mientras que el cómplice aporta un bien o servicio que no tiene ese
carácter. Ello obliga a realizar un juicio valorativo de lo sucedido, y desde una
posición ex ante, valorar si para el caso concreto (objetiva), para ese sujeto
(subjetiva) y de acuerdo con las especiales circunstancias, el bien aportado por
éste puede ser considerado escaso.
En ocasiones se ha planteado si la cooperación necesaria puede llevarse a
cabo mediante la omisión de aquel que se encuentra en posición de garante de
acuerdo con el artículo 11 CP. El supuesto más habitual es el de quien pudiendo
evitar el suicidio de otro, no lo hace. Ante ello se han de plantear los siguientes
inconvenientes.

El primero es de tipo gramatical, pues el art. 143.2 CP castiga al que
coopere “con actos necesarios”. Dada la especialidad de la punición de esta
participación, se habrá de ser especialmente escrupuloso con la interpretación
estricta del tipo penal.

El segundo es de tipo material, al plantearnos si existe una verdadera
posición de garante frente a otra persona que libre, consciente y voluntariamente
ha decidido “hacer algo que la ley no le prohíbe” que es matarse, ya que no existe
una obligación de vivir. Resulta ciertamente complejo construir una posición de
garante frente a una persona adulta y mentalmente cuerda que no quiere ser
protegida, y por lo tanto no se encuentra desamparada.

La sección tercera de la Audiencia Provincial de Gerona, en su Sentencia
nº. 184/2001, de 23 de marzo, revocó la condena a una medida de seguridad (se
aplicó la eximente del artículo 20.1 CP) de cooperación necesaria por omisión de
un marido que encontró a su mujer intentado suicidarse mediante el
procedimiento de inhalar gas en una bolsa de plástico y no impidió el resultado
de muerte. La sentencia razona la absolución del modo siguiente:

Ahora bien, teniendo en cuenta que el suicidio de la señora N. fue un acto doloso, ella sabía lo que
hacía y quería hacerlo cuando cubrió su cabeza con una bolsa de plástico e introdujo en su interior
una manguera conectada a una bombona de butano que tenía su espita abierta, el problema
expuesto anteriormente se puede plantear de una forma si se quiere más genérica, así: si es posible
lógica y jurídicamente la participación por omisión en la acción dolosa de otro.

[…] que el suicidio sea impune no significa que no tenga un autor que es precisamente la propia
suicida, pues ella es la que funcionalmente lo domina toda vez que puede interrumpir su acción de

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muerte en cualquier momento. El autor, esto es en este caso la suicida, realiza en la ejecución
de su propia muerte que obviamente es dolosa, su propio plan. Luego, como la cooperación es
precisamente la intervención en el plan que ha sido determinado por la autora ha de ser
necesariamente una intervención activa y dolosa, pues implica por parte del que interviene
configurar de una determinada manera el hecho de otro y evidentemente dicha intervención no es
posible por la omisión de una acción determinada ya que precisamente la omisión es un no hacer,
esto es, todo lo contrario de una acción. De ahí que, por no ser posible la intervención por
omisión en un hecho ajeno, no pueda tampoco ser posible la cooperación por omisión en
una acción. El que omite precisamente no hace nada, sino que deja que transcurra el curso
causal, no interviene en el hecho ajeno.

Pero, hay además otra razón que fundamenta la imposibilidad de la participación por omisión en la
acción y se refiere a la diferente estructura que tiene el dolo en la omisión. En la omisión, concepto
esencialmente normativo, el dolo es un concepto jurídico que no tiene el mismo contenido que el dolo
en la acción. Si en la acción es necesario que el sujeto sepa lo que está haciendo y quiera hacerlo, esto
es, que es necesario un conocimiento y voluntad que se haga realidad mediante acciones objetivas o
si se quiere un conocimiento y voluntad que se manifieste en un actuar real, en la omisión basta con
que el sujeto tenga conciencia de lo que está pasando, esto es, del peligro, de su deber jurídico de
actuar y de la conducta concreta que debe llevar a cabo que es precisamente la que omite.

Luego, en la omisión al contrario que en la acción, no es necesario el elemento volitivo, éste se queda
reducido a la mala voluntad del sujeto pero no se objetiva. Basta con el conocimiento. El dolo como
exigencia, en la omisión queda reducido al mero conocimiento de la situación. Por ella, en la doctrina
se suele hablar cuando se hace referencia al dolo en la omisión de un «cuasidolo». En coherencia
con lo expuesto anteriormente el propio tenor literal del art. 143.2 CP excluye la
posibilidad de la comisión por omisión del delito de cooperación al suicidio. En efecto,
debe tenerse presente que este precepto castiga al «que coopere con actos necesarios al
suicidio de una persona». Claramente el CP manifiesta que la cooperación ha de ser
mediante acciones. Podría argumentarse que en el CP y más concretamente en dicho precepto se
recoge un concepto amplio de acción que comprendería también la omisión. Sin embargo, ello en el
estado actual de la doctrina resulta difícil sostenerlo, más aún cuando el propio CP distingue
claramente entre acción y omisión en los artículos 10, 11 y 12, por ejemplo.

La STS de 28 de julio de 2017 (nº. 482/2017) resuelve un interesante supuesto donde el


policía aprecia que un detenido intenta suicidarse en los calabozos y lo impide. Tras
esperar un rato a que éste se calme y creerlo dormido se sube a la primera planta, momento
en que el detenido lo vuelve a intentar y consigue auto matarse. Los familiares del fallecido
le acusaban de homicidio imprudente en comisión por omisión. El TS ratifica su
absolución, considerando que lo que se ha producido por parte del policía es una
imprudencia, con el siguiente fundamento:

Más allá de la polémica sobre cuáles son los límites constitucionales del derecho a la vida y su posible
colisión con la libertad individual de quien consciente y voluntariamente decide poner fin a la misma,
la cuestión estriba en determinar qué calificación corresponde al comportamiento de quien, pudiendo
hacerlo, no impide que otro se suicide. Es decir, cual sería en delito de referencia ante la omisión que
se atribuye el acusado.

La tesis de los recurrentes, que fue rechazada por la sentencia de instancia, es que el delito de
referencia ha de ser el homicidio, en este caso imprudente, pues el no hacer que se le imputa fue
equivalente a no evitar la muerte del detenido. Sin embargo nos encontramos ante un importante
escollo vinculado al principio de legalidad. El delito de homicidio se describe en el CP, en su versión
dolosa y en la imprudente, como «el que matare a otro...» o «el que causare la muerte de otro...».
Parte de la ajenidad de la vida que se sega, lo que presupone que se acaba con la existencia de otra
persona, la víctima, contra su voluntad.

Cuando se trata de suicidios, por mucho que se ostente la posición de garante, y por más que la
omisión pudiera ser equivalente a no evitar su muerte, no se actúa contra la voluntad libremente

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formada de quien pierde la vida, por el contrario se coadyuva a sus designios. Se trata en definitiva
de un supuesto de intervención omisiva en el suicidio ajeno.

[…] De tal manera, ante esa decidida voluntad suicida del Sr. Bruno , el comportamiento que
rememora el relato fáctico de la sentencia recurrida no cubre los presupuestos de tipicidad del delito
de homicidio imprudente, único por el que se ha solicitado la condena.

Nos encontramos ante un supuesto de atipicidad, conclusión que extrapolamos, siempre


que de comportamientos imprudentes se trate, a otras posibles calificaciones a las que
aludió la sentencia recurrida, que han sido ampliamente debatidas por la doctrina.

No nos adentraremos en la polémica jurídica, no suscitada por ninguno de los recursos, sobre la
consideración que merece el comportamiento de quien pudiendo hacerlo no evita el suicidio ajeno. Lo
contrario exigiría una toma de postura acerca de si las modalidades recogidas en el artículo 143 CP
admiten la comisión por omisión (en línea con lo en su día afirmado por la STS de 23 de noviembre
de 1994 (RJ 1994, 8870) en el recurso 17/1994 ) o si por su propia configuración exigen un
comportamiento activo que relega el meramente pasivo al delito de omisión de socorro del artículo
195. No dejaría de ser un pronunciamiento obiter dicta. Pese a ello insistimos en la atipicidad por
aplicación del artículo 12 CP cuando, como en este caso, se descarta la existencia de dolo, pues
ninguno de los preceptos citados tienen prevista su versión imprudente.

V. Cooperación ejecutiva al suicidio – Homicidio solicitado


El artículo 143.3 CP castiga con una pena de 6 a 10 años de prisión cuando la
cooperación llegara hasta el punto de ejecutar la muerte. Como se puede apreciar, lo
que se tipifica no deja de ser un homicidio solicitado por la víctima, pues cuando
la cooperación se transforma en la ejecución del hecho principal, se convierte en
autoría.

La rebaja de pena, respecto del homicidio (castigado con prisión de 10 a 15
años), se debe a que la muerte se causa a otra persona que lo ha solicitado, y que
tiene la posibilidad – hasta el último momento – de interrumpir el curso causal y
decidir vivir. De este modo, el tercero que ejecuta la acción se debe asimilar a
un mero instrumento que responde a la voluntad del autor. Si el suicida decide
interrumpir la acción, pero el ejecutor no atiende a su demanda y sigue
ejecutando los hechos hasta la muerte, el homicidio se tornará de consentido a
homicidio básico, castigándose con la pena habitual.

VI. Eutanasia

El artículo 143.4 CP contempla los supuestos de eutanasia, donde se atenúa la
pena (en uno o dos grados) de aquel que cooperare con actos necesarios (143.2) o
causare la muerte de un tercero (143.3), siempre que concurran las siguientes
condiciones:
1. Petición seria, inequívoca y expresa de la persona en la que se
manifieste su voluntad de acabar con su vida. Ello no ha de
confundirse con los testamentos vitales, que consisten en documentos
con instrucciones previas, sobre el rechazo o interrupción de un
tratamiento en una situación límite, pero no puede incluir

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instrucciones antijurídicas, por lo que no pueden ordenar la causación
activa de una muerte.
2. La víctima ha de sufrir un padecimiento grave, crónico e
imposibilitante o una enfermedad grave e incurable, con sufrimientos
físicos o psíquicos constantes e insoportables.

El 25 de abril de 2021 se publicó en el BOE la Ley Orgánica 3/2021, de 24
de marzo, de regulación de la eutanasia. En ella se desarrolla el procedimiento
para que el consentimiento de una persona, para que otra acabe con su vida, en
determinadas situaciones sea válido para excluir la responsabilidad penal del
tercero que coopera con actos ejecutivos a la muerte de otro. En la disposición
final primera, se modifica el Código Penal y se incluye un apartado 5 en el
artículo 143 CP donde se incorpora una causa de ausencia de responsabilidad
penal cuando la causación o cooperación activa en la muerte esté amparada por
la ley que regula la eutanasia, incorporando ex lege una causa de justificación –
ejercicio legítimo del derecho a morir del solicitante – cuando se cumplan los
requisitos contemplados en la Ley (se puede interpretar como una suerte de
causa de justificación de una ley penal en blanco).

Art. 143. 5 CP. No obstante lo dispuesto en el apartado anterior, no incurrirá en responsabilidad
penal quien causare o cooperare activamente a la muerte de otra persona cumpliendo lo
establecido en la ley orgánica reguladora de la eutanasia.

VII. Difusión de la promoción del suicidio de menores de edad


La Ley Orgánica 8/2021, de 4 de junio, de protección integral a la infancia y
la adolescencia frente a la violencia ha introducido en el Código Penal un nuevo
artículo 143. bis que castiga: La distribución o difusión pública a través de Internet, del
teléfono o de cualquier otra tecnología de la información o de la comunicación de
contenidos específicamente destinados a promover, fomentar o incitar al suicidio de
personas menores de edad o personas con discapacidad necesitadas de especial
protección será castigada con la pena de prisión de uno a cuatro años.
En la estrategia global de protección a la infancia y frente a la proliferación de
materiales que fomentan el suicidio entre jóvenes – como el juego llamado
Ballena azul – el legislador ha decidido criminalizar no solo la inducción directa,
sino la distribución o difusión de este tipo de materiales. Por lo tanto, lo que se
persigue no es al autor de este tipo de contenidos, sino a aquel que consciente de
su peligrosidad los distribuya o difunda.

La difusión engloba el reenvío de este tipo de materiales, por lo que habremos
de plantearnos la plausible expansión del tipo penal, pues no exige que el
distribuidor o difusor tenga una intención trascendente, sino que conociendo el
contenido específicamente destinados a promover, fomentar o incitar al suicidio
de personas menores de edad o personas con discapacidad necesitadas de
especial protección lo difunda.

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El tipo penal no especifica que los destinatarios deban ser menores de edad o
personas discapacitadas, pero para que la conducta adquiera la peligrosidad
objetiva esos contenidos deben estar accesibles, aun potencialmente, a este tipo
de personas especialmente protegidas.


VIII. Supuestos prácticos.
1) José participa voluntariamente en un juego de ruleta rusa, junto a Ramón
y Marcelo. En la tercera ronda, José aprieta el gatillo y se pega un tiro en
la cabeza. José muere en el acto.

2) Fernando quiere quitarse la vida. Le confiesa sus intenciones a Manuel y
le pide que lo lleve en su coche a un puente, desde el que pretende tirarse.
Fernando podría ir al puente por sus propios medios, pero prefiere que lo
acompañe Manuel. Éste lo lleva. Al llegar, Fernando sale del coche y se
precipita al vacío, muriendo en el impacto.

3) María quiere divorciarse de José, pero teme que debido a la situación, éste
haga alguna locura, pues ya le ha advertido que si se divorcia se tira por
un barranco. A pesar de la situación, María decide divorciarse. Al día
siguiente, José se toma unas pastillas para intentar quitarse la vida, pero
no lo consigue por la rápida intervención del SAMUR.

4) Mario, harto de la vida, coge una escopeta de cartuchos y se pega un tiro
en el pecho. No obstante, no consigue acabar con su vida. Se arrastra hasta
el dormitorio donde está su mujer y le pide dos cartuchos más que estaban
en un altillo. Su mujer se los alcanza. Mario vuelve a cargar el arma y se
vuelve a disparar, muriendo del segundo impacto. (STS 15 de marzo de
1986).

5) El día 5 de septiembre de 2019, sobre las tres horas y media, Carlos de
veintiún años, se hallaba en compañía de otros jóvenes en el interior del
chalet de los padres de uno de ellos, celebrando una velada, y, en un
momento dado, Héctor de veinte años tomando una botella, retó a Carlos
a acertarle a la misma de un disparo, mientras bebía, ya que el procesado
era portador de una pistola Star Parabellum de 9 mm. semiautomática,
que le había sido oficialmente adjudicada en su calidad de miembro de la
Guardia Civil y con la cual había estado jugando y haciendo alardes de
puntería desde su llegada al lugar, aceptando éste la proposición,
apuntando con la citada arma a la botella que sostenía Héctor, y
disparando sobre ella en el instante mismo en que aquél efectuaba un
movimiento con el cuerpo para limpiarse algo de vino que le había caído
encima, siendo alcanzado por el proyectil en el hemitórax derecho y
falleciendo como consecuencia de ello veintitrés días más tarde.

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