EL MODERNISMO
En 1880 surgió el modernismo, fue una reacción de la sociedad mercantilista y utilitaria de finales
del XIX denunciando la doble moral burguesa y como mecanismo de evasión ante la revolución
industrial. Su estilo busca la belleza ideal, reivindicando la libertad creadora del autor que se
autoexcluye en un gesto de independencia intelectual y superioridad estética.
En las repúblicas hispanoamericanas los poetas estaban descontentos con la sociedad y con el
arte. Estos abrieron sus obras a influencias francesas aclimatándolas a sus respectivos países.
Los tres precursores fueron José Martí con su tono intimista, gusto por la sencillez y
espontaneidad sentimental heredadas de las Rimas de Bécquer, Ismaelillo, Versos libres, Versos
sencillos y Flores del destierro. Julián del Casal fue el introductor en nuestra lengua del
decadentismo, corriente estética francesa que incidía en el pesimismo y tendencias
autodestructivas, muy influyentes en el modernismo, con sus obras Bustos y Rimas o Rey solitario
como la aurora entre otras. Manuel Gutiérrez Nájera fundó La revista azul en 1894, anticipó ya
con el uso del decasílabo y otros metros la revolución métrica que culminó Rubén Darío.
La renovación de la poesía de Rubén Darío en la lengua española ha resultado esencial.
Incorporó al castellano las formas y los temas de poetas parnasianos y simbolistas franceses.
Tras su muerte en 1916 se marca el final de la época creadora del modernismo; pero su huella en
América fue tan profunda que se prolongó hasta mediados del siglo XX y todavía es visible un
siglo después. Sus obras más conocidas son Los Raros y Tierras solares. En su primer viaje a
España se encontró con los grandes escritores del XIX español (Zorrilla, Pardo Bazán, Galdós,
Valera), en su segundo viaje conoció a escritores de su generación como Miguel de Unamuno,
Ramón María del Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez y a los hermanos Manuel y Antonio Machado.
Todos ellos se sumaron al credo modernista y así el modernismo arraigó con fuerza el suelo
español y se sucedieron las tertulias, revistas y libros.
Entre los jóvenes nombrados anteriormente destacaron los hermanos Machado. Manuel publicó
Alma y Caprichos, obras fundamentales en la renovación de la poesía española. Antonio por su
parte publicó Soledades, ampliada en 1907 con el título de Soledades, galerías y otros poemas.
Renunció al decorado voluptuoso del modernismo más exaltado. Juan Ramón Jiménez fue el
favorito de Rubén Darío, publicó la obra de Ninfeas y Almas de violeta. Otros poetas influyentes
fueron Ricardo Gil, quien estuvo vinculado a Murcia y es autor de La caja de música, Salvador
Rueda con su obra Los caballos andaluces y Manuel Reina con Andantes y Allegros.
El estilo modernista influyó tanto en poetas como en escritores en prosa. La ruptura con el
realismo decimonónico se produjo con Ramón María del Valle-Inclán, la riqueza sensorial y
rítmica de su prosa y el peculiar mundo que recrea mezclando elementos convirtiendo a sus
Sonatas en la cumbre de la prosa modernista, otras de sus obras son Cuento de Abril, La media
Noche o Martes de carnaval. Destacó también Gabriel Miró, novelista del modernismo, con obras
como Las cerezas del cementerio o Del huerto provinciano.
En el teatro sobresalían las obras cómicas de arte popular conocidas como sainetes, en las que
fueron maestros los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero con obras como Mañana de
sol, La calumniada o Ventolera. Otro tipo de teatro fue cultivado por los poetas Francisco
Villaespesa con éxitos como El alcázar de las perlas o Doña María de Padilla y Eduardo Marquina
con Las hijas del Cid o En Flandes se ha puesto el sol, ambos triunfaron con dramas históricos de
tono heroico. Villaespesa fue el que más luchó por dar a conocer a Rubén Darío.
Pero sin duda alguna el gran triunfador sobre el escenario fue Jacinto Benavente, abarca desde
el sainete al drama, fue premio Nobel de la literatura en 1922 y sus obras más conocidas son La
noche del sábado , Los intereses creados y La [Link] la actualidad el término
modernismo abarca el período que llega hasta la Primera Guerra Mundial en 1914 y se caracterizó
por la renovación del arte y las ideas. Tras el modernismo llegaron las corrientes literarias
vanguardistas en la primera mitad del siglo XX que propondrían una ruptura con las
convenciones del lenguaje.
LA GENERACIÓN DEL 98
Los autores de la generación del 98 muestran junto a su preocupación por los problemas
sociales y nacionales de España, un propósito de superación del realismo con nuevas técnicas y
un deseo de modernidad sin renunciar a la tradición literaria y espiritual . La novela española a
comienzos del siglo XX se caracteriza por el rechazo realista naturalista al que acusan de no
captar la complejidad de la vida y la búsqueda de nuevas técnicas narrativas capaces de
mostrarla.
El término modernismo se contraponía al concepto de generación del 98. Mientras que los
modernistas estaban preocupados por cuestiones políticas y existenciales, sin embargo esta
contraposición es falsa. El modo de narrar de los autores de esta época, los más afines al
modernismo, responde al deseo de superar tanto la temática como el modelo de la novela
naturalista. Esto implicaba romper los límites de los géneros literarios tradicionales incorporando
en la novela la reflexión filosófica o la confesión íntima autobiográfica; y en segundo lugar dotar
al lenguaje de la novela de la intensidad lírica de la poesía.
Con respecto a los autores, destacamos a Miguel de Unamuno. Fue un dramaturgo liberal e
individualista, marcado por una lucha entre fe y razón, hizo de la duda y de la lucha entre
contrarios su razón de ser, aparece en todas sus obras, entre las que sobresalen En torno al
casticismo, Vida de don Quijote y Sancho, Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del
Cristianismo. Publicó su primer libro, Poesías en 1907 y se siente más cerca de Quevedo y de
Góngora. Sus versos se dedicaron a analizar las grandes obsesiones religiosas y existenciales del
autor en un tono de confesión íntima poco usual en la época, comparte con los modernistas el
tono de dolorido malestar, el rechazo burgués y la necesidad de superar al realismo. Poemas
como Romancero del destierro denunciando la política tras la Guerra Civil o su obra lírica
Cancionero subtitulado Diario poético, reflejan las emociones más íntimas, sus dudas y
contradicciones, inventó el término nivola.
Pio Baroja fue más tradicional que Unamuno en su concepción novelística. La cohesión de sus
relatos se obtiene mediante la naturalidad de la lengua que pretende ante todo la comunicación
con el lector, el tono adecuado en cada momento y un ritmo muy personal. El predominio de la
narración de sucesos y de la acción sobre las descripciones, quieren captar el fluir de la vida,
que para Baroja es caótico y sin finalidad. Destacamos sus obras Camino de perfección, El árbol
de la ciencia, Zalacaín el aventurero o su trilogía de La lucha por la vida.
Azorín, seudónimo de José Martínez Ruiz; pretendió conseguir la verosimilitud psicológica no por
la acumulación de detalles dispuestos cronológicamente sino por fragmentos separados que
transmitían al lector las sensaciones de los personajes. Él es autor de obras como Los pueblos,
La Voluntad o La Ruta de don Quijote.
Ramón María del Valle-Inclán rompe la linealidad de la acción y la sustituye por la simultaneidad
de acontecimientos, crea un habla fundiendo modos lingüísticos. Obras importantes de
Valle-Inclán son El ruedo ibérico, Divinas palabras o la trilogía Comedias bárbaras. El escritor
rompe la división tradicional en actos en el teatro cristalizando la concepción del Esperpento en
su obra Luces de bohemia. Contando con las características de esta nueva concepción como la
visión distante de la realidad, intención crítica con la deformación paródica de la realidad,
animalización y cosificación de los personajes, uso de un lenguaje expresivo y eficaz, estética
expresionista y revitalización de la tradición satírica española.
La poesía de Antonio Machado comienza a alejarse del simbolismo para emprender en solitario
un camino que podríamos calificar de ascético, quiso eternizar lo momentáneo sin abandonar la
introspección. Todo esto ya está presente en su autorretrato de 1903.
La Primera Guerra Mundial marcó el final de la belle époque y comenzó una etapa oscura para
muchos. La generación del 98, término elaborado y difundido por Azorín; quedó atrás dando
paso a los movimientos de vanguardia y el novecentismo.
LOS MOVIMIENTOS DE VANGUARDIA Y EL NOVECENTISMO
La Primera Guerra Mundial marcó el final y el inicio de una nueva etapa, pese a que España
permaneció neutral en el conflicto, la situación general no era buena.
Apareció un nuevo movimiento denominado Novecentismo o generación del 14, un grupo de
intelectuales que giraron en torno a la labor de José Ortega y Gasset, por otro lado las
vanguardias son movimientos artísticos y literarios que tenían la intención de provocar una
revolución en la cultura.
Las principales características del Novecentismo que compartían sus autores son: eran
moderados, dialogantes y partidarios del reformismo burgués, era europeístas, atendían a las
novedades artísticas de Europa, reniegan del irracionalismo visceral y defienden un ideal clásico,
buscan la pureza estética con una literatura culta, defienden posturas sobre la realidad
circundante. El ensayo novecentista fue cultivado con éxito para expresar sus ideas.
José Ortega y Gasset con su estilo, cuidado y vocación clásica, buscó la claridad de la
exposición, la precisión y el orden metodológico. De entre sus obras cabe destacar El tema de
nuestro tiempo; de sus ensayos, Meditaciones del Quijote y referidas a temas artísticos La
deshumanización del arte.
Eugenio d'ors publicó la novela La ben plantada, tres horas en el Museo Del Prado y Lo barroco.
Gregorio Marañón tiene escritos sobre diversos personajes: Luis vives, El conde-duque de
Olivares, El Greco y Toledo, Don Juan, Historia de un resentimiento o Ensayos sobre el origen de
su leyenda. Manuel Azaña, quien llegó a ser presidente durante la Segunda República; publicó El
problema español, la invención del Quijote, El jardín de los grales y La velada en Benicarló.
En la generación del 14 destacaron Gabriel Miró, Ramón Pérez Ayala y Ramón Gómez de la Serna
entre otros.
Gabriel Miró fue el creador más genuino de la novela lírica con obras como Las cerezas del
cementerio, Nuestro Padre san Daniel, El obispo leproso y Figuras de la Pasión del señor.
Calificadas también como intelectuales, las novelas de Ramón Pérez de Ayala más importantes
fueron Tinieblas en las cumbres, Troteras y danzaderas.
Las novelas de Urbano y Simona, Relormino y Apolonio y Tigre Juan. Experimentó con técnicas
innovadoras como el multiperspectivismo. Entre otros novelistas con éxito destacaron Vicente
Blasco Ibáñez autor de La catedral o Los cuatro jinetes del Apocalipsis; Wencelasco Fernández
Flórez autor de Volvoreta, casa de la lluvia o Relato inmoral. Felipe Trigo con El médico rural y
José López Pinillos con Cintas rojas.
Juan Ramón Jiménez fue el poeta que mejor representó la modernidad de la época, sus obras
más destacables fueron Platero y yo, Rimas y Jardines lejanos.
Las vanguardias por su parte rechazaron el sentimentalismo, revisan y critican la tradición
literaria atendiendo así a lo novedoso y actual. Se muestra en ellas interés hacia lo incoherente,
la mirada objetiva y la negación a imitar a la naturaleza, intentando así provocar el escándalo.
Las primeras vanguardias históricas surgieron a finales del siglo XX y se ceñían a las artes
plásticas pretendiendo la renovación formal. El mayor representante será Ramón Gómez de la
Serra con obras como El toreto Caracho, Los medios reses o El doctor inverosímil. La novela
deshumanizada de los años veinte fue una transformación radical creada por una generación
que querían poner en práctica conceptos de Ortega y Gasset, empezando de esta manera la
generación del 27.
GENERACIÓN DEL 27
La generación del 27 contaba con diversidad de propuestas literarias. A pesar de esto, todos
compartieron unos rasgos muy significativos como la excelente formación académica, temas
universales, una poesía pura, escriben desde el influjo juanramoniano, mantienen las formas
tradicionales aunque utilizan el verso libre, el versículo y el poema en prosa.
Juan Ramón destacó por su devoción por el oficio del poeta y su búsqueda de la belleza ideal.
Esto influyó en autores como Pedro Salinas y Jorge Guillén.
Pedro Salinas tiene libros esenciales de amor como Razón de amor y Largo lamento.
Jorge Guillén representa la encarnación de la poesía pura con una técnica compositiva
excelente. Su primer libro fue Cántico y se le unirán Clamor y Homenaje.
Junto a Salinas y Guillén, Gerardo Diego, Aleixandre, Federico García Lorca, Concha Méndez, Luis
Cernuda y Rafael Alberti, fusionaron lo tradicional y lo vanguardista como se aprecia en el
Romancero gitano de Federico García Lorca.
De Gerardo Diego destacan sus juegos verbales y su espiritualidad, sus obras más
representativas son Imagen y Versos humanos.
Vicente Aleixandre en su primera etapa con el verso libre y los poemas en prosa destacan
Poemas como labios o La destrucción o el amor. En su madurez creadora abre un mundo más
personal y solidario con la obra Historia del corazón.
Federico García Lorca se convirtió en un poeta conocido y admirado con la publicación de
Canciones, su mundo trágico adquiere fuerza en Romancero Gitano. En el viaje que hizo a
Estados Unidos encontró la inspiración para escribir su obra Poeta en Nueva York.
Lorca también destacó en el teatro con rasgos como el drama rural, la alegoría, el uso de la lírica
popular o la renovación del lenguaje escénico, todo esto creando un teatro poético y simbolista.
Un gran ejemplo es La casa de Bernarda Alba o El público.
Concha Méndez usó estilos de los cancioneros medievales y canciones tradicionales castellanas,
en ellas destacan obras como Vida vida y Niño en sombra.
Luis Cernuda, homosexual, introvertido y solitario, con obras como Los placeres prohibídos o
Donde habite el olvido. Rafael Alberti se dio a conocer con Marinero en tierra, fue también un
reconocido autor teatral con obras como Noche de guerra en el Museo del Prado. Se casó con la
escritora María Teresa León, autora del libro autobiográfico Memoria de la melancolía. Manuel
Altolaguirre, marido de Concha Méndez, escribió Las islas invitadas y Amor.
Con respecto a la evolución de la poesía del 27, tras la Guerra Civil, tanto el neopopularismo como
el Gongorismo desaparecieron casi por completo, los poetas rehumanizaron su poesía.
El valor de la producción lírica ha tenido el efecto de eclipsar la prosa narrativa y ensayística.
Ramón J. Sender publicó antes de la guerra las novelas Imán y Siete domingos rojos, también es
autor de novelas de carácter histórico como Bizancio.
Max Aub defendió una literatura comprometida y del que sobresale una extensa serie de novelas
en las que analiza el origen y desarrollo de la Guerra Civil, por ejemplo Campo cerrado, Campo
de sangre, Campo abierto y Campo del Moro.
Otros autores fueron Francisco de Ayala que publicó relatos de vanguardia como Cazador en el
alba. Arturo Barea con La forja de un rebelde. Por último Manuel Chaves Nogales con relatos
como A sangre y fuego.
Tras un período de libre expresión literaria y desarrollo cultural llega con la Dictadura Franquista
un período de censura literaria y aislamiento internacional, de la que surge la narrativa de la
generación de los cincuenta y más tarde de los años sesenta.
LA NOVELA ESPAÑOLA EN EL SIGLO XX (DE 1939 HASTA 1975)
Tras un período de libre expresión literaria y desarrollo cultural llega con la Dictadura Franquista
un período de censura literaria y aislamiento internacional, de la que surge la narrativa de la
generación de los cincuenta y más tarde de los años sesenta.
En cuanto a las características del realismo social en los años cincuenta encontramos la
limitación del narrador como testigo imparcial de la situación, el protagonismo de la situación y
del contexto más que de los personajes, el objetivismo, el comportamiento de los personajes
justificado por las situaciones sociales y políticas, el personaje arquetipo representando una
clase social. Condensación espacio-tiempo en un breve espacio de tiempo y espacios reducidos.
Los jóvenes novelistas empezaron a escribir desde cero obviando la renovación estilística
anterior de la guerra, evolucionaron desde la angustia existencial hacia una conciencia social y
crítica.
Camilo José Cela cuya primera novela es La familia de Pascual Duarte evolucionó a formas más
complejas en obras como La colmena.
Carmen Laforet se sirvió de la experiencia para escribir Nada, la Mujer nueva o La insolación.
La primera novela de Miguel Delibes fue La sombra del ciprés es alargada, Cinco horas con
Mario y Parábolas de un náufrago. Gonzalo Torrente Ballester, con su trilogía Los gozos y las
sombras se convirtió en uno de los autores más importantes de la segunda mitad del siglo.
La narrativa de los años 50, son novelas dominadas por un realismo objetivista en el que el
narrador externo, muestra situaciones socialmente injustas. Algunos autores son:
Jesús Fernández Santos, que publicó Los bravos, una novela ambientada en un pueblo de León,
lleno de violencia. Rafael Sánchez Ferlosio, fue nombrado novelista tras su obra El Jarama, una
muestra perfecta del realismo social. Carmen Martín Gaite publicó Entre visillos donde analiza la
situación opresiva de las mujeres en Salamanca. Ana María Matute, su obras Los Abel o Los
niños tontos reflejaban un mundo conflictivo en el que los débiles y los pobres son víctimas de la
injusticia social. Ignacio Aldecoa fue autor de cuentos como El fulgor y la sangre. José Manuel
Caballero Bonald, poeta antes que novelista, es autor de Dos días de septiembre y Ágata ojo de
gato. Juan Benet, lleva a cabo la superación, mediante un estilo y lenguaje riguroso y autónomo
con Volverás a Región.
La narrativa en los años 60 se caracteriza por el uso del monólogo interior, la aparición de un
narrador problemático, la ruptura del tiempo cronológico y los saltos en el tiempo. Algunos
autores son:
Luis Martin Santos, mediante Tiempo de silencio logró a la perfección la renovación de la
narrativa. Juan Goytisolo, con su obra Señas de identidad llega al punto de superación del
realismo social. Juan Marse en Últimas tardes con Teresa se burla sarcásticamente de la novela
social, La oscura historia de la prima Montse tiene una estructura más elaborada. Eduardo
Mendoza inició con La verdad sobre el caso Savolta, novela ambientada en la violenta Barcelona,
más tarde escribió La ciudad de los prodigios. Miguel Espinosa escribió Escuela de mandarines,
fue su primera novela y constó de dieciocho años de trabajo. Francisco Umbral, escribió Mortal y
rosa una obra sobre la muerte de su hijo de 6 años a causa de leucemia. Al mismo tiempo publicó
Las ninfas una novela sobre la vida de un adolescente, y su acceso al mundo del erotismo.
Otros autores a los que podemos nombrar son: Alfonso Grosso comienza bajo el realismo social
con La zarja y en su etapa de madurez con Los invitados. De Fernando Quiñones destaca La
gran temporada. Y por último Álvaro Cunqueiro quien escribió Merlín y familia.
En conclusión, el panorama narrativo de estos años se caracteriza por su riqueza y por ser
reflejo de las secuelas de la guerra y los problemas existenciales A partir de 1975 se volverá a una
estética realista, regresando al placer de contar historias.
LA POESÍA ESPAÑOLA A PARTIR DE 1936 (HASTA 1975)
Tras la posguerra, años de poesía arraigada y desarraigada, solo la literatura social se
manifiesta. Una vez desaparecida la dictadura, los escritores optan por evitar la literatura social
y olvidan el experimentalismo, recuperando la tradición sin desaprovechar los recursos técnicos
recientes.
Entre estos escritores destacó Carmen Conde, muy cercana al magisterio de Juan Ramón
Jiménez, fue co-fundadora de la Universidad Popular de Cartagena, maestra y pedagoga.
Destaca por su poesía íntima como la presente en su libro Mujer sin Edén y el poema Nostalgia
de mujer.
Miguel Hernández fue un caso inusual, tuvo gran facilidad para imitar y le apasionaba aprender,
lo demuestra en su obras Perito en lunas, El rayo que no cesa, Viento del pueblo y El hombre
acecha. Sus últimos poemas están recogidos en Cancionero y romancero de ausencias.
Ramón Gaya defendió la elegancia y la clasicidad, con proyectos literarios, artísticos y teatrales.
Destaca su poema De pintor a pintor.
La poesía arraigada solía seguir una temática clásica, tenía una visión optimista y esperanzada,
un lenguaje depurado y seguía la métrica clásica. Por otro lado, la desarraigada se caracterizaba
por temas sociales, visión pesimista, lenguaje agrio, rupturas sintácticas y presencia frecuente de
los traumas causados por la guerra.
En los años cuarenta destacaron estos poetas arraigados, mantuvieron los distintos grados de
reserva y distancia, los temas principales son la familia, el paisaje o las vivencias y ritos religiosos.
Entre los poetas destacó Leopoldo Panero con Escrito a cada instante, fue su libro más
significativo, un ejemplo de poema de este autor es Hijo Mío.
Luis Rosales siguió las mismas pautas del grupo pero se fue distanciando de la temática, publicó
La casa encendida, Diario de una resurrección, y la trilogía La carta entera.
Dentro de los desarraigados de la poesía social destacó Gabriel Celaya con Tranquilamente
hablando, Más allá de las ruinas de Germán Bleiberg, José Luis Hidalgo publicó Los muertos y
José Hierro publicó Tierra sin nosotros.
El Cántico fue fundado por poetas como Juan Bernier, Ricardo Molina, Mario López, Julio
Aumente y Pablo García Baema, destacando de este el poema Junio.
Por otra parte los poetas relacionados con el postismo quisieron recuperar el estilo de la
vanguardia destacando a Carlos Edmundo de Ory con el poema Teoría finita, Gloria Fuertes,
Ángel Crespo y Juan Eduardo.
A mediados de los cincuenta comenzó a tomar forma una nueva generación poética de gran
diversidad, pero con hondos lazos comunes como ser antirrománticos usando la ironía y el
perspectivismo. En esta generación destacaron poetas como Ángel González con Palabra sobre
palabra, Valente con su libro A modo de esperanza o El inocente, María Victoria Atencia con su
principal libro El coleccionista. Francisco Brines con su obra Aún no.
La poesía de estos autores supuso una evidente superación de la poesía social, la rechazaban y
a comienzos de los setenta, apareció un grupo de poetas llamados novísimos, reivindicando el
esteticismo más decadente. Algunas de las obras más representativas de estos años fueron Arde
el mar de Pere Gimferrer, Una educación sentimental de Manuel Vázquez, Museo de cera de José
María Álvarez o Sepulcro en Tarquinia de Antonio Colinas.
Tras este período donde se evitó la poesía social, aparecerán a partir del año 1975 nuevas
tendencias en la poesía como son la rehumanización, la reivindicación de la subjetividad, el uso
del humor y de la ironía y se extiende la preocupación social y existencial.
EL TEATRO ESPAÑOL A PARTIR DE 1936 (HASTA 1975)
El teatro español posterior a la Guerra Civil presenta limitaciones respecto a la riqueza creativa
del teatro extranjero. La creación teatral se vio afectada por el exilio de los autores más
innovadores, afines al bando republicano. Por lo tanto, las corrientes renovadoras de la
dramaturgia europea se reflejarán tarde en las obras de los autores españoles.
En este panorama triunfó un teatro convencional, carente de riesgo y pensado para el
entretenimiento de la burguesía. Un teatro concebido como entretenimiento, totalmente
conservador transmite los ideales que sustenta el régimen.
Enrique Jardiel Poncela intenta una renovación del teatro inteligente y moderno del humor, como
en Eloísa está debajo de un almendro y Cuatro corazones con freno y marcha atrás.
Continuando con este teatro del humor nombramos a José López Rubio La otra orilla; Miguel
Mihura, trabajó el humor del absurdo y los juegos de palabras en obras como Tres sombreros de
copa. Debemos citar también a Edgar Neville con La familia Mínguez.
También tuvo éxito el teatro de Alejandro Casona, que reestrenó obras como La dama del alba o
La barca sin pescador.
La década de los 50 supuso para España el fin del racionamiento, pero no terminó con las
desigualdades sociales ni la censura. En este contexto, la obra de una nueva generación de
escritores vino a renovar el panorama teatral, a pesar de ser difícil llegar a los escenarios.
Nombramos a Antonio Buero Vallejo como el dramaturgo por excelencia de este periodo. El
estreno de Historia de una escalera inauguró el teatro existencial y supuso un éxito, también
destaca El tragaluz.
Alfonso Sastre consiguió estrenar La taberna fantástica. Realizaba tragedias complejas
combinando lo épico y lo grotesco, mezclando diferentes registros.
Otros nombres destacados son: Lauro Olmo con La camisa. Juan Martín con El teatrito de don
Ramón; Carlos Muñiz, con El grillo; Rodríguez Méndez en Los inocentes de la Moncloa; y Antonio
Gala con Anillos para una dama.
Se caracterizan por usar un lenguaje directo, violento y provocativo, incluyendo formas
coloquiales, continuando con la denuncia social.
Desde finales de los años sesenta, la censura comenzó a ser menor, lo que favoreció la creación
de obras más innovadoras. Cabe destacar la obra de Fernando Arrabal, quien creó el teatro
pánico. Esta nueva concepción del teatro concilia el esperpento o el surrealismo entre otros
como medios para mostrar la sinrazón del mundo. Destacan obras como El cementerio de
automóviles. Francisco Nieva también participa de esta renovación teatral que rompe con los
esquemas realistas, destaca El combate de Ópalos.
En los años sesenta se inician tendencias experimentalistas. Se caracterizan por
considerar la representación un espectáculo total, de ahí la importancia que adquieren otros
elementos como las luces, el sonido o la escenografía. Además, se intenta romper con esa
frontera entre el escenario y los espectadores, implicando al público en el espectáculo, y el
diálogo da paso a los elementos primitivos del teatro. Para salvar la censura se recurre a la
parábola y a la presencia de objetos simbólicos que han de ser interpretados. Este concepto del
teatro es el que desarrollan las compañías de teatro del momento y que siguen activas hasta
nuestros días. Destacan grupos como el TEU de Murcia.
Finalizada la dictadura y eliminada la censura, parecían abrirse caminos prometedores para el
teatro, apoyado por el Estado. Las obras pierden el tono reivindicativo, vuelven a representarse
los autores silenciados, se consolidan las compañías de teatro independiente y prolifera el teatro
de calle. Pero todos estos elementos no favorecen el renacimiento de la vida dramática española;
el teatro ha dejado de ser el espectáculo por excelencia y sufre la competencia de otras ofertas
de entretenimiento.