Cuad 6to Lengua y Literatura 2023
Cuad 6to Lengua y Literatura 2023
Literatura
El universo de la Literatura reúne miles de obras de diferentes autores en el
ámbito de los distintos géneros literarios. Entendiendo la Literatura en su
sentido más amplio- como arte de la expresión escrita o hablada o teoría de la
composición de las obras escritas en prosa o verso- novela, teatro, poesía y de
la crítica literaria.
¿Qué es literatura?
Definir qué significa literatura, se ha vuelto en un tema complejo y difícil debido a la
polisemia de significados que este ha ido adquiriendo y cambiando a lo largo contexto sociocultural e histórico.
Su etimología proviene del latín Littera, que significa ―letra‖ o ―lo escrito‖.
El problema es que, si basamos el concepto de literatura, a partir de su etimología: esta definición dejaría por
fuera aquella literatura antigua, que se caracterizaba por ser de tradición oral, y la cual, para mucho pensador
fue primera manifestación literaria conocida.
Luego, de esta definición tan alegórica; ha habido varios intentos por definir lo qué es literatura de una forma
general, pero aun así no se ha llegado a una definición universal de lo que se conoce como literatura.
Todas estas definiciones tienen pros y contras, ya lo menciona Terry Eagleton; el hecho de intentar
puntualizar, qué es literatura, qué se entiende o como se define, encierra consigo un gran problema,
debido a que la literatura es un conjunto fijo de características intrínsecas, y el hecho de identificar
rasgo distinto es imposible. El hecho de encasillar término de literatura, lo va desligar de una realidad.
Entonces el término literatura, es un término de carácter más funcional que ontológico, es decir, se va
referenciar a lo que hace y no a lo que es, por lo cual se puede coincidir como una definición hueca,
puramente [Link], embargo, y debido a la necesidad puramente didáctica, se puede tomar la
definición dada por la RAE, ya que la literatura se puede ver como una construcción humana.
▪ Género narrativo: Se utiliza para presentar historias realizadas por personajes que pueden
intervenir mediante el diálogo.
El narrador cuenta la historia y para ello puede utilizar distintas formas de elocución, esto es, la
narración, la descripción, la exposición o la argumentación.
Se define movimientos literarios, a todas aquellas tendencias que surgen dentro de las artes literarias,
que van marcando etapas y tendencias que desarrollan dentro de la literatura por parte de un grupo de
autores.
Los movimientos literarios, son el reflejo del pensar y del sentir de los hombres, que mucha vez
coinciden con otros en este fenómeno de creación.
La historia de la literatura habla de tres épocas fundamentales: Época Antigua Época Medieval Época
Moderna Época Contemporáneo.
PERIODO LITERARIO CARACTERÍSTICAS AUTORES DESTACADOS
Época clásica * La obra debe ser equilibrada, armónica y presentar unidad. Género dramático:
Esplendor de la literatura de * Se destacan las virtudes y se denuncian los defectos. Sófocles, Terencio,
Grecia y Roma. *Las obras giran en torno al deber y la moral: el hombre debe Plauto.
Siglo VI a C. a siglo I d C. someterse a las leyes de los dioses. Género épico: Homero,
* Platón, Aristóteles y Horacio dan las reglas de la poética. Virgilio. Género lírico:
* Subgéneros más usados: comedia, tragedia, epopeya y sátira. Safo, Catulo, Horacio.
Edad Media * Literatura culta (escrita por autores pertenecientes al clero). Literatura culta: Santo
Europa * Mester de clerecía: poesía culta escrita por clérigos. Tomás de Aquino,
Siglo VI a XIV * Literatura popular (oral, en romance, de autor anónimo). Gonzalo de Berceo,
* Cantares de gesta: epopeyas que contaban las hazañas de los Arcipreste de Hita.
héroes y llegaban a tener hasta veinte mil versos. Literatura popular:
* Romancero: colección de poesías narrativas sobre temas Romances y Cantares de
fuertes de interés popular: la vida y la muerte, el amor y la gesta.
guerra.
Renacimiento * Humanismo: el hombre pasa a ser el centro de interés. Italia: Dante Alighieri,
Tiene su centro en * Se imitan los modelos clásicos (griegos y romanos) y se siguen Petrarca.
Florencia (Italia). las reglas de Aristóteles y Horacio. España: Boscán y
Siglo XVI * Esplendor de la pintura y la escultura: Botticelli, Leonardo Da Garcilaso
Vinci, Rafael, Donatello.
Transición entre edad media y *La obra ya no es anónima, sino creación autónoma de un autor. Teatro: Fernando de
moderna * En 1492 comienza el siglo de Oro Español (dos siglos), con tres Rojas. Novela picaresca:
Siglos XIV a XVI. acontecimientos fundamentales: la Reconquista española, el Vida del Lazarillo de
descubrimiento de América y la publicación de la primera Tormes (anónimo),
Gramática del castellano. Guzmán de Alfarache, de
Mateo Alemán.
Manierismo * También considerado como la extensión del Renacimiento William Shakespeare.
Fines del siglo XIV y fuera de Florencia (Renacimiento Internacional). Miguel de Cervantes.
comienzos del XVII. * Utilización del contraste en acciones y personajes. Christopher Marlowe.
* Personajes complejos: mezclan rasgos positivos y negativos. Michel de Montaigne.
* Juego con la desproporción y la deformidad. Grotesco.
* Polifonía: presencia en el texto de muchas voces.
Barroco * Llamado también "Arte de la Contrarreforma". Poetas místicos: Santa
España. * Abundan las figuras retóricas, como metáfora, hipérbaton e Teresa, San Juan de la
Principios del siglo XVII a hipérbole (exageración). Cruz, Fray Luis de León.
mediados del siglo XVIII. * Mayor contraste: antítesis (literatura) y claroscuro (pintura). Conceptismo: F. de
* En España, se dan el conceptismo y el culteranismo, dos estilos Quevedo, B. Gracián,
que trabajan respectivamente con el concepto y la forma. Lope de Vega.
* Finaliza el Siglo de Oro Español con la muerte de Calderón. Culteranismo: Luis de
Góngora, Calderón de la
Barca.
Clasicismo * La tendencia de imitar el arte grecorromano y sus reglas tiene Nicolas Boileau.
Fines del siglo XVII a su esplendor en el teatro francés de esta época. Molière. Jean Racine.
principios del siglo XVIII en * Nuevas normas para la poética de Boileau y Malherbe: Jean de la Fontaine
Francia. naturalidad, verosimilitud. División en géneros altos y bajos.
Neoclasicismo * Oposición a los excesos del Barroco: vuelta a la austeridad, la Teatro: Fernández de
Surge en Francia en XVIII. armonía y el equilibrio propios del "espíritu clásico". Moratín. Ensayo: JJ.
* Lo ideal por sobre lo real; la razón por sobre los sentimientos. Rousseau, Montesquieu.
* Importancia de la virtud cívica, desinterés y patriotismo. Novela: Voltaire.
* Reaparece la finalidad moral de la obra. Fábulas: Tomás de
*Censura: no todo puede o debe ser expresado. Iriarte.
Romanticismo * Rompe con la tradición clásica y las reglas. Se lucha por la Alemania: J. von Goethe.
Fines del siglo XVII a libertad de expresión, de culto y de pensamiento. Inglaterra: Lord Byron.
mediados del siglo XIX. * El artista es un creador que actúa por impulso. La inspiración y España: G. A. Bécquer.
Surge en Alemania e la imaginación son más importantes que la razón. Francia: Víctor Hugo, A.
Inglaterra, pero se extiende * La obra literaria debe ser sublime, debe lograr una catarsis. * Dumas.
rápidamente por toda Interés por la literatura oral popular. [Link]: E. A. Poe.
Europa y América. * Amor por la naturaleza, lo impulsivo e irracional. Argentina: E. Echeverría,
José Mármol, Sarmiento.
Gótico * Trabaja con las emociones fuertes, como el amor y el terror. H. Walpole, Mathew
Surge con el primer *Retoma temáticas de las leyendas y supersticiones medievales. Lewis, Mary Shelley,
romanticismo * Inclusión de lo fantástico y lo irracional. Edgar A. Poe, Bram
1760 en adelante. *Se extiende más allá del Romanticismo, relacionándose con el Stoker
Realismo, la psicología y la ciencia ficción.
Realismo * Se opone al Romanticismo, por ser muy fantasioso y subjetivo. Stendhal, Gustave
Surge en Francia a *Cree que "La novela es un espejo al costado del camino". Flaubert, Charles
mediados del siglo XIX. * Intenta mostrar la realidad desde una visión crítica. Dickens. Rusia: A. Chéjov,
(1860 A 1880) * La función de la literatura es generar un cambio social. L. Tolstoi, N. Gogol, F.
* Es la época de oro de la novela rusa. Dostoievski, Crimen y
Castigo.
Naturalismo * Intenta ser más objetivo que el Realismo, tratando de mostrar Emile Zola, G. de
Surge en Francia a fines del las miserias humanas en forma casi descarnada. Maupassant, Benito
siglo XIX. * El novelista es un científico que estudia la naturaleza humana. Pérez Galdós.
(1870 en adelante) *Toma ideas del determinismo (el medio condiciona al hombre). Argentina: Eugenio
En América se vinculó con el indigenismo Cambaceres.
Parnasianismo 1860 en * Los parnasianos se oponen a los excesos del Romanticismo. Parnasianismo: Teophile
adelante. También se alejan del Realismo, pues creen que la finalidad del Gautier, Leconte de
Simbolismo 1880 en adelante arte es el arte en sí mismo. L'isle, Sully Prudhomme.
(surge en Francia). * Los simbolistas están en contra de la moral burguesa, la Simbolismo: Charles
sensiblería y el realismo. La belleza está escondida en los rincones Baude laire, Arthur
más sórdidos. Buscan lo prohibido, lo burdo y lo erótico. Rimbaud, Paul Verlaine,
Stéphane Mallarmé.
Vanguardia * Los artistas buscan nuevas formas de expresarse y plasmar el Georg Trakl, Rainer M.
Fines del siglo XIX, cambio radical de la sociedad. Rilke, Guillaume
primeras décadas del siglo * Es un período de "exploración". Surrealismo: juega con lo Apollinaire, André
XX. subconsciente, la imaginación y lo anticonvencional. Bréton, Tristan Tzara,
Surrealismo, Impresionismo: el arte debe transmitir las impresiones que las Vicente Huidobro, Jorge
Impresionismo, cosas provocan y no copiar la realidad tal cual es. Luis Borges, Bertolt
Expresionismo, Futurismo, Ultraísmo: se centra en la metáfora. Brecht.
Ultraísmo, Creacionismo,
Dadaísmo, Cubismo.
Posmodernismo * Postura crítica hacia los medios y la incomunicación; protesta Escritores
Se da globalmente desde política y denuncia de lo absurdo y ridículo de la sociedad. latinoamericanos:
mediados del siglo XX. * Desafío al lector: inversión del tiempo, cambio inesperado de Neruda, García Márquez,
narrador, inclusión de una realidad dentro de otra, duplicidad. Vargas Llosa, Benedetti,
* Se produce el llamado "boom de la literatura latinoamericana". Allende, Cortázar, Storni.
Teatro del Absurdo:
Beckett, Genet, lonesco.
LA LÍRICA ARGENTINA CONTEMPORÁNEA. SUS EXPONENTES Y
SUS VOCES: ALFONSINA STORNI y ALEJANDRA PIZARNIK
A finales del siglo XIX el matrimonio formado por Alfonso Storni y Paulina Martignoni, ambos de
nacionalidad suiza, se unió a la ola de inmigrantes europeos y se instalaron en la ciudad de San Juan y
allí nacieron sus dos primeros hijos. Sin embargo, en 1890 decidieron regresar a su país natal y se
asentaron en un pequeño pueblo llamado Sala Capriasca, ubicado en la Suiza italiana. Allí nació
Alfonsina, el 29 de mayo de 1892. Cuatro años después, la familia decidió viajar de nuevo a San Juan
donde residió hasta 1900, año en que se trasladó a la ciudad de Rosario en busca de nuevas
oportunidades.
Alfonsina creció en un ambiente de estrechez económica y por ello, cerca de los once años, tuvo que abandonar
sus estudios y ayudar a su madre que trabajaba como modista para compensar la falta de recursos causada, en
gran medida, por la inestabilidad laboral y emocional de Alfonso Storni. En 1906, cuando muere su padre,
Alfonsina entra a trabajar como aprendiz en una fábrica de gorras. Más adelante comienza a trabajar en el
teatro, sin embargo, no la abandona su deseo de estudiar y en 1909 se matricula en la Escuela Normal Mixta de
Maestros Rurales de Coronda, donde también ocupa el cargo de celadora. Al año siguiente obtiene el título de
maestra rural e inicia sus prácticas en la ciudad de Rosario.
En esta época empieza a publicar sus primeros poemas en revistas locales pero muy pronto, cuando le faltan
pocos meses para cumplir los veinte años, abandona Rosario y toma el tren rumbo a Buenos Aires: embarazada
de un hombre casado y veinticuatro años mayor que ella. Desde ese momento hasta su muerte, afrontará la
vida como madre soltera pasando por alto los prejuicios morales de la sociedad.
Durante sus primeros años en Buenos Aires debe ajustar las exigencias domésticas y la crianza de su hijo a su
incorporación al mundo literario. En 1919 se hace cargo de una sección fija en la revista La Nota y más tarde en el
periódico La Nación, en las que escribe de las mujeres y del lugar que merecen en la sociedad: «Llegará un día en
que las mujeres se atrevan a revelar su interior; este día la moral sufrirá un vuelco; las costumbres cambiarán» (en
«Cositas sueltas»). A menudo se refiere, no sin ironía, a la actitud de las mujeres huecas; por ejemplo, en «Diario
de una niña inútil» habla de las vidas tediosas y superficiales de las caza-novios. Asimismo, escribe sobre el
derecho al voto femenino —que las leyes argentinas no aprobarán hasta el año 1946— y cuestiona las pesadas
tradiciones que les impide a la mayoría de mujeres a elegir un camino más allá del matrimonio. Estas ideas, en la
década de los años veinte, y en Hispanoamérica, resultaban realmente innovadoras. De allí que las mujeres de su
tiempo se dividieran ante su actitud libre y desprejuiciada: unas la admiraban y otras la consideraban peligrosa.
La obra poética de Alfonsina es el mejor legado para intentar comprender su vida, marcada por la lucha cotidiana.
Sus primeros cuatro poemarios (La inquietud del rosal, El dulce daño, Irremediablemente, Languidez), publicados
entre 1916 y 1920, todavía imitan el estilo romántico-modernista, herencia de sus lecturas de Rubén Darío. Aunque
Alfonsina en esta primera etapa escribió dentro de este estilo particular, es justo decir que estos primeros
poemarios nacen, ante todo, de profundos temas humanos, de experiencias vividas; en definitiva, poemas sinceros
y autobiográficos. Alfonsina ahonda en el vértigo del mundo emocional a la par de lo cotidiano. El resultado:
poemas de tono íntimo y doméstico donde también sobresalen temas transgresores como el deseo femenino que le
valieron los más duros comentarios por parte de la crítica tradicional, la doble moral a la que está sometida la
virginidad de la mujer, la igualdad erótica entre los sexos y el derecho de independencia de ellas, la posición
subordinada y el legado de silencio heredado por las mujeres. Y, por supuesto, su constante obsesión por la
muerte.
En sus tres últimos obras: Ocre, Mundo de siete pozos y Mascarilla y trébol, su estilo poético cambia: se percibe
más libertad de su cuerpo, la percepción del mundo es más violenta y el dolor físico y anímico más profundo.
En la madrugada del 25 de octubre, Alfonsina, de cuarenta y seis años, se arroja al mar dejando como testamento
un poema, «Voy a dormir», y una carta de despedida a su hijo Alejandro.
Obras: POESIA: La inquietud del rosal (1916); El dulce daño (1918) Irremediablemente (1919);
Languidez (1920); Ocre (1925); Poemas de amor (1926) –en prosa-; Mundo de siete pozos (1934) y
Mascarilla y trébol (1938).TEATRO: El amo del mudo (1927) y Dos farsas pirotécnicas (1932) .
Movimiento literario
Alfonsina Storni se ubica en el Posmodernismo, término que designa a la generación intermedia entre el
modernismo y las escuelas de vanguardia cuyo crecimiento se ubica entre 1910 y 1930. El modernismo
empieza a diluirse con la aparición de esta nueva generación dejando de lado el abuso de los símbolos, su
estética es el sencillismo es decir la simplicidad temática y expresiva.
Con Alfonsina la aguda sensibilidad de la mujer empieza a expresarse sin recato, es la aparición de la mujer
como testigo y personaje principal de las confidencias sentimentales
Alfonsina Storni se sitúa en la periferia de la sociedad y critica los roles adjudicados y los abusos de poder a los
que son sometidas las mujeres en un sistema discriminatorio, machista y patriarcal. Su literatura femenina
revisa discursos culturales, instalados durante generaciones que han establecido el modo de ser del varón o la
mujer, construyendo rasgos de personalidad específicos para cada uno. También, da voz a la necesidad de
romper con los cánones tradicionales que le impiden a la mujer liberarse.
Tú me quieres blanca
Tú me quieres alba, Huye hacia los bosques,
Me quieres de espumas, Vete a la montaña;
Me quieres de nácar. Límpiate la boca;
Que sea azucena Vive en las cabañas;
Sobre todas, casta. Toca con las manos
De perfume tenue. La tierra mojada;
Corola cerrada Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Ni un rayo de luna
Bebe de las rocas;
Filtrado me haya.
Duerme sobre escarcha;
Ni una margarita Renueva tejidos
Se diga mi hermana.
Con salitre y agua;
Tú me quieres nívea,
Tú me quieres blanca, Habla con los pájaros
Tú me quieres alba. Y llévate al alba.
Y cuando las carnes
Tú que hubiste todas Te sean tornadas,
Las copas a mano,
Y cuando hayas puesto
De frutos y mieles En ellas el alma
Los labios morados.
Que por las alcobas
Tú que en el banquete Se quedó enredada,
Cubierto de pámpanos
Entonces, buen hombre,
Dejaste las carnes Preténdeme blanca,
Festejando a Baco.
Preténdeme nívea,
Tú que en los jardines
Preténdeme casta.
Negros del Engaño
Vestido de rojo
Corriste al Estrago
Tú que el esqueleto
El dulce daño (1918)
Conservas intacto
No sé todavía
Por cuáles milagros,
Me pretendes blanca
(Dios te lo perdone),
Me pretendes casta
(Dios te lo perdone),
¡Me pretendes alba!
Glosario:
Alba: Período que transcurre desde que aparece en el horizonte la luz del sol hasta
que sale el sol y se hace de día.
Casta: En algunas sociedades, grupo cerrado que constituye una clase especial y se
diferencia de los demás por su raza, religión o costumbres.
Dios Baco: Baco, dios del vino, era hijo de Júpiter y Semelé. Nació en la isla de Naxos
y Mercurio le llevó a la mansión de las ninfas de Nisa, que cuidaron de alimentarle.
Sileno le enseñó a plantar la viña y las Musas le instruyeron en el canto y la danza.
Estrago: Daño o destrucción producida por una acción natural o por una guerra.
Nácar: Sustancia dura, blanca, irisada que se forma en el interior de especies de
algunos moluscos y que produce brillos y tonos de distintos colores cuando refleja la
luz; está compuesta de carbonato cálcico, materia orgánica y agua y se emplea para
hacer objetos de adorno.
Nívea: Que tiene una blancura semejante a la de la nieve.
Pámpanos: Brote verde y blando que tiene la vid cuando las hojas todavía no se han
abierto.
a. Reflexione sobre el título del poema, ¿a quién se dirige y cuál es el significado de esa
blancura para ese ―tú‖ receptor?
b. Enuncie un tema para cada estrofa.
c. Si lo cree conveniente, puede agregar otras palabras al glosario cuyo significado
desconozca.
d. Subraye el tema que mejor expresa el contenido del poema y luego justifique su elección:
Defensa y exaltación de la feminidad
Resentimiento hacia el hombre por su doble moralidad
Crítica el machismo de la época
Canto a la libertad de las mujeres en todas las órdenes.
e. Mencione palabras del poema que formen el campo semántico sobre la ―pureza de la
mujer‖.
f. Rastree en el texto algunas metáforas y explique qué quiere decir la autora en esas
expresiones.
Intertextualidad
En otra época, más atrás en el tiempo, Sor Juana Inés de la Cruz se anticipó a lo que posteriormente
Alfonsina promulgaría en su poesía. Investigue quién fue Sor Juana y transcriban algunos datos
relevantes de su biografía.
1. Lea la información dispuesta en el siguiente cuadro comparativo y escrito en que Coinciden y en
qué se diferencian las autoras.
Cambatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
Dejad de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.
4. Ahora, les compartimos otro poema de Alfonsina Storni. Léanlo detenidamente, luego
resuelvan:
Hombre pequeñito
Irremediablemente (1919)
a. Analicen el título del poema. ¿Con qué finalidad la autora le habrá colocado ese título?
b. Expliquen cuál es el sentido de lo que expresa Alfonsina en este poema.
c. Reconozcan en el poema: una personificación y una imagen sensorial.
d. Con palabras del poema, elabore un campo semántico vinculado con la prisión y con la
libertad.
El clamor
6. Lea el siguiente poema de Alfonsina Storni, luego relea los datos referidos a su biografía
¿Qué relación pueden establecer entre el contenido del poema y la biografía de
Alfonsina?
Dolor
Quisiera esta tarde divina de octubre
pasear por la orilla lejana del mar;
que la arena de oro, y las aguas verdes,
y los cielos puros me vieran pasar.
1. La última inocencia
Partir
en cuerpo y alma
partir.
Partir
deshacerse de las miradas
piedras opresoras
que duermen en la garganta.
He de partir
no más inercia bajo el sol
no más sangre anonadada
no más formar fila para morir.
He de partir
Se fuga la isla
Y la muchacha vuelve a escalar el viento
y a descubrir la muerte del pájaro profeta
Ahora
es el fuego sometido
Ahora
es la carne
la hoja
la piedra
perdidos en la fuente del tormento
como el navegante en el horror de la civilización
que purifica la caída de la noche
Ahora
la muchacha halla la máscara del infinito
y rompe el muro de la poesía.
7. ¿Qué temáticas emergen de los poemas de Pizarnik? Enuncie para cada poema al
menos dos temas que puedan desprenderse de su lectura.
8. Explique el título de cada poema en relación con el contenido de los mismo.
UNIDAD Nª 2:
El sentimiento de lo fantástico
(...) En vez de buscar una definición preceptiva de lo que es lo fantástico, en la literatura o fuera
de ella, yo pienso que es mejor que cada uno de ustedes, como lo hago yo mismo, consulte su
propio mundo interior, sus propias vivencias, y se plantee personalmente el problema de esas
situaciones, de esas irrupciones, de esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra
inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos
habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando
su lugar a una excepción.
Ese sentimiento de lo fantástico, como me gusta llamarle, porque creo que es sobre todo un
sentimiento e incluso un poco visceral, ese sentimiento me acompaña a mí desde el comienzo de mi
vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar a escribir. Me negué a aceptar la
realidad tal como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros. Yo vi siempre
el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente
delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un
elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía
explicarse con la inteligencia razonante.
Ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de
extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me
sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el
ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa
realidad y es por ahí, donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la
presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico. Eso no
es ninguna cosa excepcional, para gente dotada de sensibilidad para lo fantástico, ese sentimiento,
ese extrañamiento, está ahí, a cada paso, vuelvo a decirlo, en cualquier momento y consiste sobre
todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo
que nuestra inteligencia acepta desde Aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve
bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de, de viento interior, que los desplaza y
que los hace cambiar.
Un gran poeta francés de comienzos de este siglo, Alfred Jarry, el autor de tantas novelas y
poemas muy hermosos, dijo una vez, que lo que a él le interesaba verdaderamente no eran las
leyes, sino las excepciones de las leyes; cuando había una excepción, para él había una realidad
misteriosa y fantástica que valía la pena explorar, y toda su obra, toda su poesía, todo su trabajo
interior, estuvo siempre encaminado a buscar, no las tres cosas legisladas por la lógica aristotélica,
sino las excepciones por las cuales podía pasar, podía colarse lo misterioso, lo fantástico, y todo
eso no crean ustedes que tiene nada de sobrenatural, de mágico, o de esotérico; insisto en que por
el contrario, ese sentimiento es tan natural para algunas personas, en este caso pienso en mí
mismo o pienso en Jarry a quien acabo de citar, y pienso en general en todos los poetas; ese
sentimiento de estar inmerso en un misterio continuo, del cual el mundo que estamos viviendo en
este instante es solamente una parte, ese sentimiento no tiene nada de sobrenatural, ni nada de
extraordinario, precisamente cuando se lo acepta como lo he hecho yo, con humildad, con
naturalidad, es entonces cuando se lo capta, se lo recibe multiplicadamente cada vez con más
fuerza. (...)
Yo los dejo a ustedes con esta pequeña apertura, sobre el misterio y lo fantástico, para que
cada uno apele a su propia imaginación y a su propia reflexión y desde luego, a partir de este
minuto estoy dispuesto a dialogar y a contestar, como pueda, las preguntas que me hagan.
Actividades
Ahora que conocemos algo sobre el universo Cortázar, podemos adentrarnos a analizar alguno de
sus cuentos más célebres: La continuidad de los parques
CONTINUIDAD DE LOS PARQUES
JULIO CORTÁZAR
Actividades
A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la
motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio
que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adónde iba. El sol se filtraba entre los
altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la
máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba
los pantalones.
Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle
Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga,
bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras,
apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como
correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez
su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la
esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles.
Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el
choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.
Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la
moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía
soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas
sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había
estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le
ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante
del accidente no tenía más que rasguños en la pierna. ―Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo
saltar la máquina de costado…‖; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y
alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña
farmacia de barrio.
La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo
tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio
sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba
sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un
accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no
parecía muy estropeada. ―Natural‖, dijo él. ―Como que me la ligué encima…‖ Los dos rieron y el
vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco;
mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos
de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una
pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y
dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el
tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi
contento.
Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el
pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le
acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo
pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le
brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.
Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a
pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no
volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en
que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que
andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva,
cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que solo ellos, los motecas, conocían.
Lo que más lo torturaba era el olor, como si aún en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara
contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. ―Huele a guerra‖,
pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido
inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños
abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos,
probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo
teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un
animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada,
pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar
al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el
suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los
tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una
bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.
-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de
sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado,
colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros,
pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba
ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto,
entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando
a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le
frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que
subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero
que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando
blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y
dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin
embargo en la calle es peor; y quedarse.
Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más
precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y
solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida.
Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil
dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes
sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.
Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o
confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de
copas de árboles era menos negro que el resto. ―La calzada‖, pensó. ―Me salí de la calzada.‖ Sus pies
se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los
arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y
el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a
verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango
del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto
protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica
a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se
le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le
hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches.
Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de
las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya
habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los
sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo
sagrado, del otro lado de los cazadores.
Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte,
vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el
primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo
rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga
lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome
agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara
violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a
veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin… Pero no quería seguir
pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo,
las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua
mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala,
las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja
le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera
pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir
que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en
que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo
tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo,
más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El
choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras, al salir del pozo negro había sentido
casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la
ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y
auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el
sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la
frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta
de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.
Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el
olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil
abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y
sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas
helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente
el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria
podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales
de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.
Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que
gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que
iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que
ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca,
tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un
esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose,
luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba
hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las
antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de
los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados,
en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras
como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban
por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de
paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo
llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba
con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la
escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a
acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en
la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado
el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.
Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba.
Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de
agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó
buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados.
Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado, pero
gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a
amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada… Le costaba
mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano
sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío
otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él
boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de
sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los
ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir
de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo
subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras,
las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y
el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte.
Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que
lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a
muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el
cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a
despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los
sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces
verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus
piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le
había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos
cerrados entre las hogueras.
FIN
1- Deduzcan por el contexto o recurran al diccionario para buscar el significado de las siguientes
palabras:
marismas – ceñidor – vivac – venteando – incienso – opalino – moteca – chaparral – atabales – teocalli
– mazmorras
4- En este cuento confluyen en un mismo individuo dos tiempos históricos distintos, dos culturas
diferentes. ¿Cuáles son?
5- ¿Qué elementos en común tienen los protagonistas de ambas historias? (Ej.: los dos transitaban una
calzada y desviarse hacia la izquierda les resulta fatal)
6- ¿Qué diferencias pueden señalar entre una y otra? (Ej.: el motociclista, a pesar del accidente, se
siente seguro, protegido, etc. El moteca, en cambio, padece miedo y la angustia.)
7- ¿Qué pistas brinda el narrador que permite al lector descubrir que el personaje es una solo? (Ej.: el
motociclista se siente como si hubiera corrido kilómetros, cuando en realidad el que ha corrido es el
moteca)
8- ¿En qué momento del día ocurre cada una de las historias?
9- Expliquen a qué alude el título.
10- a)¿En qué persona gramatical se narra? ¿Qué tipo de narrador es?
b) Este narrador ¿Emite juicios, explica los hechos, o se limita a narrar estrictamente lo
necesario para que el relato se manifieste a sí mismo?
ABELARDO CASTILLO
“La literatura está cargada de fatalidad y de tristeza. ¿Por qué? La vida no es siempre fea.
Lo que pasa es que, en el fondo, la literatura es un conjuro contra la infelicidad y la desdicha. La
gente quiere ser feliz. Pero la felicidad no hay que escribirla: hay que vivirla.
O por lo menos intentar vivirla. En la literatura se pone el deseo, la nostalgia, la ausencia, lo que se
ha perdido o no se quiere perder. Por eso es tan difícil escribir una buena historia
feliz. La historia de amor más hermosa que se ha escrito es Romeo y Julieta. Pero es una
catástrofe. Ella tiene catorce años y él dieciocho, y terminan suicidándose. Qué linda
historia de amor. Uno confunde la felicidad con las felicidades, con
ciertos momentos
transitorios de dicha o alegría. La felicidad absoluta no existe, y
uno escribe, justamente,
porque la felicidad no existe. Existen pequeños instantes de
felicidad, o alegrías fugaces, que, si se consigue perfeccionarlos en
la memoria, pueden ayudar a vivir durante muchísimos años. La
literatura también es un intento de eternizar esos momentos."
✑Abelardo Castillo. En: Ser escritor. Buenos Aires: Seix Barral, 2007. Pág. 36.
Para reflexionar…
BIOGRAFÍA
Abelardo Castillo nació en Buenos Aires, el 27 de marzo de 1935. La familia se trasladó
inmediatamente a San Pedro, donde el escritor vivió hasta los diecisiete años, y en 1952 regresó a
Buenos Aires.
Publicó su primer cuento, "Volvedor", que ganó un concurso de la revista Vea y Lea. Junto con Arnoldo
Liberman, Humberto Constantini, Oscar Castello y Víctor García Robles fundó la revista de literatura El
Grillo de Papel, que fue prohibida en 1960 por el gobierno de Arturo Frondizi.
En 1961 fundó y dirigió conjuntamente con Liliana Heker El Escarabajo de Oro que apareció hasta
1974.
Castillo ha sido uno de los grandes defensores del relato breve, y recibió una mención en el Premio
Casa de las Américas (Cuba), categoría cuentos por Las otras puertas, pero también ha cultivado el
teatro, en 1963 su obra de teatro Israfel recibió el Primer Premio Internacional de Autores Dramáticos
Latinoamericanos Contemporáneos del Institute International du Theatre, UNESCO, París y en 1964 El
otro Judas obtuvo el Primer Premio en el Festival de Teatro de Nancy.
En 1969 conoció a la escritora Sylvia Iparraguirre, quien se convertirá en su mujer. A través de El
Escarabajo de Oro, conoció al escritor Julio Cortázar. En 1974 cesó esta revista, pero dos años
después ya estaba involucrado en la revista El Ornitorrinco, junto a Liliana Heker y Sylvia Iparraguirre,
esta publicación logró salir hasta 1985 y ha sido considerada una de las publicaciones más importantes
en el campo de la resistencia cultural a la dictadura militar instaurada el 24 de marzo de este año.
Recibió en 1993 el Premio Nacional Esteban Echeverría por el conjunto de su obra. Y en 1994 el
Premio Konex de Platino, otorgado por la Fundación Konex, al mejor cuentista argentino del quinquenio
1989-1993. En 2007 recibió el Premio Casa de las Américas de Narrativa José María Arguedas por El
espejo que tiembla.
Su obra ha sido traducida al inglés, francés, italiano, alemán, ruso y polaco.
La vieja Tomasina, la partera se lo dijo, tas preñada, le dijo, y ella sintió un miedo oscuro y pegajoso:
llevar una criatura adentro como un bicho enrollado, un hijo, que a lo mejor un día iba a tener los
mismos ojos duros, la misma piel áspera del viejo. Estás segura, Tomasina, preguntó, pero no
preguntó: asintió. Porque ya lo sabía; siempre supo que el viejo iba a salirse con la suya. Pero m‘hija,
había dicho la mujer, llevo anunciando más partos que potros tiene tu marido. La miraba. Va a estar
contento Anteno, agregó. Y Paula dijo sí, claro. Y aunque ya no se acordaba, una tarde, hacía cuatro
años, también había dicho:
–Sí, claro.
Esa tarde quería decir que aceptaba ser la mujer de don Antenor Domínguez, el dueño de La Cabriada:
el amo.
–Mire que no es obligación. –La abuela de Paula tenía los ojos bajos y se veía de lejos que sí, que era
obligación. –Ahora que usté sabe cómo ha sido siempre don Anteno con una, lo bien que se portó de
que nos falta su padre. Eso no quita que haga su voluntad.
Sin querer, las palabras fueron ambiguas; pero nadie dudaba de que, en toda La Cabriada, su voluntad
quería decir siempre lo mismo. Y ahora quería decir que Paula, la hija de un puestero de la estancia
vieja –muerto, achicharrado en los corrales por salvar la novillada cuando el incendio aquel del 30–
podía ser la mujer del hombre más rico del partido, porque, un rato antes, él había entrado al rancho y
había dicho:
–Quiero casarme con su nieta –Paula estaba afuera, dándoles de comer a las gallinas; el viejo había
pasado sin mirarla. –Se me ha dado por tener un hijo, sabes. –Señaló afuera, el campo, y su ademán
pasó por encima de Paula que estaba en el patio, como si el ademán la incluyera, de hecho, en las
palabras que iba a pronunciar después. –Mucho para que se lo quede el gobierno, y muy mío.
¿Cuántos años tiene la muchacha?
–Diecisiete, o dieciséis –la abuela no sabía muy bien; tampoco sabía muy bien cómo hacer para
disimular el asombro, la alegría, las ganas de regalar, de vender a la nieta. Se secó las manos en el
delantal.
Él dijo:
–Qué me miras. ¿Te parece chica? En los bailes se arquea para adelante, bien pegada a los peones.
No es chica. Y en la casa grande va a estar mejor que acá. Qué me contestas.
–Y yo no sé, don Anteno. Por mí no hay… –y no alcanzó a decir que no había inconveniente porque no
le salió la palabra. Y entonces todo estaba decidido. Cinco minutos después él salió del rancho, pasó
junto a Paula y dijo ―vaya, que la vieja quiere hablarla‖. Ella entró y dijo:
–Sí, claro.
Y unos meses después el cura los casó. Hubo malicia en los ojos esa noche, en el patio de la estancia
vieja. Vino y asado y malicia. Paula no quería escuchar las palabras que anticipaban el miedo y el
dolor.
Duro, retorcido como un alambre, bailando esa noche, demostrando que de viejo sólo tenía la edad,
zapateando un malambo hasta que el peón dijo está bueno, patrón, y él se rió, sudado, brillándole la
piel curtida. Oliendo a padrillo.
Solos los dos, en sulky la llevó a la casa. Casi tres leguas, solos, con todo el cielo arriba y sus estrellas
y el silencio. De golpe, al subir una loma, como un aparecido se les vino encima, torva, la silueta del
Cerro Negro. Dijo Antenor:
–Cerro Patrón.
Después, al pasar el último puesto, Tomás, el cuidador, lo saludó con el farol desde lejos. Cuando
llegaron a la casa, Paula no vio más que a una mujer y los perros. Los perros que se abalanzaban y se
frenaron en seco sobre los cuartos, porque Antenor los enmudeció, los paró de un grito. Paula adivinó
que esa mujer, nadie más, vivía ahí dentro. Por una oscura asociación supo también que era ella quien
cocinaba para el viejo: el viejo le había preguntado ―comieron‖, y señaló los perros.
Ahora, desde la ventana alta del caserón se ven los pinos, y los perros duermen. Largos los pinos,
lejos.
–Todo lo que quiero es mujer en la casa, y un hijo, un macho en el campo –Antenor señaló afuera, a lo
hondo de la noche agujereada de grillos; en algún sitio se oyó un relincho–. Vení, arrímate.
Ella se acercó.
–Mande –le dijo.
–Todo va a ser para él, entendés. Y también para vos. Pero anda sabiendo que acá se hace lo que yo
digo, que por algo me he ganao el derecho a disponer. –Y señalaba el campo, afuera, hasta mucho
más allá del monte de eucaliptos, detrás de los pinos, hasta pasar el cerro, abarcando aguadas y
caballos y vacas. Le tocó la cintura, y ella se puso rígida debajo del vestido. –Veintiocho años tenía
cuando me lo gané –la miró, como quien se mete dentro de los ojos–, ya hace arriba de treinta.
–Vení a la cama.
II
No la consultó. La tomó, del mismo modo que se corta una fruta del árbol crecido en el patio. Estaba
ahí, dentro de los límites de sus tierras, a este lado de los postes y el alambrado de púas. Una noche –
se decía–. muchos años antes, Antenor Domínguez subió a caballo y galopó hasta el amanecer. Ni un
minuto más. Porque el trato era ―hasta que amanezca‖, y él estaba acostumbrado a estas cláusulas
viriles, arbitrarias, que se rubricaban con un apretón de manos o a veces ni siquiera con eso.
–De acá hasta donde llegues –y el caudillo, mirando al hombre joven estiró la mano, y la mano, que era
grande y dadivosa, quedó como perdida entre los dedos del otro–. Clavas la estaca y te volvés. Lo
alambras y es tuyo.
Nadie sabía muy bien qué clase de favor se estaba cobrando Antenor Domínguez aquella noche;
algunos, los más suspicaces, aseguraban que el hombre caído junto al mostrador del Rozas tenía algo
que ver con ese trato: toda la tierra que se abarca en una noche de a caballo. Y él salió, sin apuro, sin
ser tan zonzo como para reventar el animal a las diez cuadras. Y cuando clavó la estaca empezó a ser
don Antenor. Y a los quince años era él quien podía, si cuadraba, regalarle a un hombre todo el campo
que se animara a cabalgar en una noche. Claro que nunca lo hizo. Y ahora habían pasado treinta años
y estaba acostumbrado a entender suyo todo lo que había de este lado de los postes y el alambre. Por
eso no la consultó. La cortó.
Ella lo estaba mirando. Pareció que iba a decir algo, pero no habló. Nadie, viéndola, hubiera
comprendido bien este silencio: la muchacha era una mujer grande, ancha y poderosa como un animal,
una bestia bella y chucara a la que se le adivinaba la violencia debajo de la piel. El viejo, en cambio,
flaco, áspero como una rama.
–Contesta, che. ¡Contesta, te digo! –se le acercó. Paula sentía ahora su aliento junto a la cara, su olor
a venir del campo. Ella dijo:
Obedecer es fácil, pero un hijo no viene por más obediente que sea una, por más que aguante el olor
del hombre corriéndole por el cuerpo, su aliento, como si entrase también, por más que se quede
quieta boca arriba. Un año y medio boca arriba, viejo macho de sementera. Un año y medio sintiéndose
la sangre tumultuosa galopándole el cuerpo, queriendo salírsele del cuerpo, saliendo y encontrando
sólo la dureza despiadada del viejo. Sólo una vez lo vio distinto; le pareció distinto. Ella cruzaba los
potreros, buscándolo, y un peón asomó detrás de una parva; Paula había sentido la mirada caliente
recorriéndole la curva de la espalda, como en los bailes, antes. Entonces oyó un crujido, un golpe seco,
y se dio vuelta. Antenor estaba ahí, con el talero en la mano, y el peón abría la boca como en una
arcada, abajo, junto a los pies del viejo. Fue esa sola vez. Se sintió mujer disputada, mujer nomás. Y no
le importó que el viejo dijera yo te voy a dar mirarme la mujer, pión rotoso, ni que dijera:
En la casa, claro. Y lo decía mientras un hombre, todavía en el suelo, abría y cerraba la boca en
silencio, mientras otros hombres empezaron a rodear al viejo ambiguamente, lo empezaron a rodear
con una expresión menos parecida al respeto que a la amenaza. El viejo no los miraba:
–Qué buscas.
–La abuela –dijo ella–. Me avisan que está mala –y repentinamente se sintió sola, únicamente
protegida por el hombre del talero; el hombre rodeado de peones agresivos, ambiguos, que ahora, al
escuchar a la muchacha, se quedaron quietos. Y ella comprendió que, sin proponérselo, estaba
defendiendo al viejo.
–Qué miran ustedes –la voz de Antenor, súbita. El viejo sabía siempre cuál era el momento de clavar
una estaca. Los miró y ellos agacharon la cabeza. El capataz venía del lado de las cabañas, gritando
alguna cosa. El viejo miró a Paula, y de nuevo al peón que ahora se levantaba, encogido como un
perro apaleado–. Si andas alzado, en cuanto me dé un hijo te la regalo.
III
A los dos años empezó a mirarla con rencor. Mirada de estafado, eso era. Antes había sido
impaciencia, apuro de viejo por tener un hijo y asombro de no tenerlo: los ojos inquisidores del viejo y
ella que bajaba la cabeza con un poco de vergüenza. Después fue la ironía. O algo más bárbaro, pero
que se emparentaba de algún modo con la ironía y hacía que la muchacha se quedara con la vista fija
en el plato, durante la cena o el almuerzo. Después, aquel insulto en los potreros, como un golpe a
mano abierta, prefigurando la mano pesada y ancha y real que alguna vez va a estallarle en la cara,
porque Paula siempre supo que el viejo iba a terminar golpeando. Lo supo la misma noche que murió la
abuela.
Alguien lo había dicho en el velorio: cuarenta y tantos. Los años de diferencia, querían decir. Paula miró
de reojo a Antenor, y él, más allá, hablando de unos cueros, adivinó la mirada y entendió lo que todos
pensaban: que la diferencia era grande. Y quién sabe entonces si la culpa no era de él, del viejo.
Ésa fue la primera noche que Paula le sintió olor a caña. Después –hasta la tarde aquella, cuando un
toro se vino resoplando por el andarivel y hubo gritos y sangre por el aire y el viejo se quedó quieto
como un trapo– pasó un año, y Antenor tenía siempre olor a caña. Un olor penetrante, que parecía
querer meterse en las venas de Paula, entrar junto con el viejo. Al final del tercer año, quedó encinta.
Debió de haber sido durante una de esas noches furibundas en que el viejo, brutalmente, la tumbaba
sobre la cama, como a un animal maneado, poseyéndola con rencor, con desesperación. Ella supo que
estaba encinta y tuvo miedo. De pronto sintió ganas de llorar; no sabía por qué, si porque el viejo se
había salido con la suya o por la mano brutal, pesada, que se abría ahora: ancha mano de castrar y
marcar, estallándole, por fin, en la cara.
–Yo te voy a dar retraso –Antenor repetía las palabras, las mordía–. Yo te voy a dar retraso. Mañana
mismo le digo al Fabio que te lleve al pueblo, a casa de la Tomasina. Te voy a dar retraso.
La había espiado seguramente. Había llevado cuenta de los días; quizá desde la primera noche, mes a
mes, durante los tres años que llevó cuenta de los días.
Una ternera boca arriba, al día siguiente, en el campo. Paula la vio desde el sulky, cuando pasaba
hacia el pueblo con el viejo Fabio. Olor a carne quemada y una gran ―A‖, incandescente, cha-
muscándole el flanco: Paula se reconoció en los ojos de la ternera.
Al volver del pueblo, Antenor todavía estaba ahí, entre los peones. Un torito mugía, tumbado a los pies
del hombre; nadie como el viejo para voltear un animal y descornarlo o caparlo de un tajo. Antenor la
llamó, y ella hubiera querido que no la llamase: hubiera querido seguir hasta la casa, encerrarse allá.
Pero el viejo la llamó y ella ahora estaba parada junto a él.
–Ceba mate. –Algo como una tijera enorme, o como una tenaza, se ajustó en el nacimiento de los
cuernos del torito. Paula frunció la cara. Se oyeron un crujido y un mugido largo, y del hueso brotó,
repentino, un chorro colorado y caliente. –Qué fruncís la jeta, vos.
Ella le alcanzó el mate. Preñada, había dicho la Tomasina. Él pareció adivinarlo. Paula estaba
agarrando el mate que él le devolvía, quiso evitar sus ojos, darse vuelta.
Estaba mirándolo otra vez, mirándole las manos anchas, llenas de sangre pegajosa: recordó el bofetón
de la noche anterior. Por el andarivel traían un toro grande, un pinto, que bufaba y hacía retemblar las
maderas. La voz de Antenor, mientras sus manos desanudaban unas correas, hizo la pregunta que
Paula estaba temiendo. La hizo en el mismo momento que Paula gritó, que todos gritaron.
Y todos, repentinamente, gritaron. Los ojos de Antenor se habían achicado al mirarla, pero de
inmediato volvieron a abrirse, enormes, y mientras todos gritaban, el cuerpo del viejo dio una vuelta en
el aire, atropellado de atrás por el toro. Hubo un revuelo de hombres y animales y el resbalón de las
pezuñas sobre la tierra. En mitad de los gritos, Paula seguía parada con el mate en la mano, mirando
absurdamente el cuerpo como un trapo del viejo. Había quedado sobre el alambrado de púas, como un
trapo puesto a secar.
Y todo fue tan rápido que, por encima del tumulto, los sobresaltó la voz autoritaria de don Antenor
Domínguez.
–¡Ayúdenme, carajo!
IV
Esta orden y aquella pregunta fueron las dos últimas cosas que articuló. Después estaba ahí, de
espaldas sobre la cama, sudando, abriendo y cerrando la boca sin pronunciar palabra. Quebrado,
partido como si le hubiesen descargado un hachazo en la columna, no perdió el sentido hasta mucho
más tarde. Sólo entonces el médico aconsejó llevarlo al pueblo, a la clínica. Dijo que el viejo no volvería
a moverse; tampoco, a hablar. Cuando Antenor estuvo en condiciones de comprender alguna cosa,
Paula le anunció lo del chico.
Un brillo como de triunfo alumbró ferozmente la mirada del viejo; se le achisparon los ojos y, de haber
podido hablar, acaso hubiera dicho gracias por primera vez en su vida. Un tiempo después garabateó
en un papel que quería volver a la casa grande. Esa misma tarde lo llevaron.
Nadie vino a verlo. El médico y el capataz de La Cabriada, el viejo Fabio, eran las dos únicas personas
que Antenor veía. Salvo la mujer que ayudaba a Paula en la cocina –pero que jamás entró en el cuarto
de Antenor, por orden de Paula–, nadie más andaba por la casa. El viejo Fabio llegaba al caer el sol.
Llegaba y se quedaba quieto, sentado lejos de la cama sin saber qué hacer o qué decir. Paula, en
silencio, cebaba mate entonces.
Y súbitamente, ella, Paula, se transfiguró. Se transfiguró cuando Antenor pidió que lo llevaran al cuarto
alto; pero ya desde antes, su cara, hermosa y brutal, se había ido transformando. Hablaba poco, cada
día menos. Su expresión se fue haciendo cada vez más dura –más sombría–, como la de quienes, en
secreto, se han propuesto obstinadamente algo. Una noche, Antenor pareció ahogarse; Paula
sospechó que el viejo podía morirse así, de golpe, y tuvo miedo. Sin embargo, ahí, entre las sábanas y
a la luz de la lámpara, el rostro de Antenor Domínguez tenía algo desesperado, emperradamente vivo.
No iba a morirse hasta que naciera el chico; los dos querían esto. Ella le vació una cucharada de
remedio en los labios temblorosos. Antenor echó la cabeza hacia atrás. Los ojos, por un momento, se
le habían quedado en blanco. La voz de Paula fue un grito:
–¡Va a tener el chico, me oye! –Antenor levantó la cara; el remedio se volcaba sobre las mantas, desde
las comisuras de una sonrisa. Dijo que sí con la cabeza.
Esa misma noche empezó todo. Entre ella y Fabio lo subieron al cuarto alto. Allí, don Antenor
Domínguez, semicolgado de las correas atadas a un travesaño de fierro, que el doctor había hecho
colocar sobre la cama, erguido a medias podía contemplar el campo. Su campo. Alguna vez volvió a
garrapatear con lentitud unas letras torcidas, grandes, y Paula mandó llamar a unos hombres que,
abriendo un boquete en la pared, extendieron la ventana hacia abajo y a lo ancho. El viejo volvió a
sonreír entonces. Se pasaba horas con la mirada perdida, solo, en silencio, abriendo y cerrando la boca
como si rezara –o como si repitiera empecinadamente un nombre, el suyo, gestándose otra vez en el
vientre de Paula–, mirando su tierra, lejos hasta los altos pinos, más allá del Cerro Negro. Contra el
cielo.
V
El campo y el vientre hinchado de la mujer: las dos únicas cosas que veía. El médico, ahora, sólo lo
visitaba si Paula –de tanto en tanto, y finalmente nunca– lo mandaba llamar, y el mismo Fabio, que una
vez por semana ataba el sulky e iba a comprar al pueblo los encargos de la muchacha, acabó por
olvidarse de subir al piso alto al caer la tarde. Salvo ella, nadie subía.
Cuando el vientre de Paula era una comba enorme, tirante bajo sus ropas, la mujer que ayudaba en la
cocina no volvió más. Los ojos de Antenor, interrogantes, estaban mirando a Paula.
Después, al salir, cerró la puerta con llave (una llave grande, que Paula llevará siempre consigo,
colgada a la cintura), y el viejo tuvo que acostumbrarse también a esto. El sonido de la llave girando en
la antigua cerradura anunciaba la entrada de Paula –sus pasos, cada día más lerdos, más livianos, a
medida que la fecha del parto se acercaba–, y por fin la mano que dejaba el plato, mano que Antenor
no se atrevía a tocar. Hasta que la mirada del viejo también cambió. Tal vez, alguna noche, sus ojos se
cruzaron con los de Paula, o tal vez, simplemente, miró su rostro. El silencio se le pobló entonces con
una presencia extraña y amenazadora, que acaso se parecía un poco a la locura, sí, alguna noche,
cuando ella venía con la lámpara, el viejo miró bien su cara: eso como un gesto estático, interminable,
que parecía haberse ido fraguando en su cara o quizá sólo en su boca, como si la costumbre de andar
callada, apretando los dientes, mordiendo algún quejido que le subía en puntadas desde la cintura, le
hubiera petrificado la piel. O ni necesitó mirarla. Cuando oyó girar la llave y vio proyectarse larga la
sombra de Paula sobre el piso, antes de que ella dijera lo que siempre decía, el viejo intuyó algo
tremendo. Súbitamente, una sensación que nunca había experimentado antes. De pronto le perforó el
cerebro, como una gota de ácido: el miedo. Un miedo solitario y poderoso, incomunicable. Quiso no
escuchar, no ver la cara de ella, pero adivinó el gesto, la mirada, el rictus aquel de apretar los dientes.
Ella dijo:
VI
Nació en invierno; era varón. Paula lo tuvo ahí mismo. No mandó llamar a la Tomasina: el día anterior
le había dicho a Fabio que no iba a necesitar nada, ningún encargo del pueblo.
–Ni hace falta que venga en la semana –y como Fabio se había quedado mirándole el vientre, dijo: –
Mañana a más tardar ha de venir la Tomasina.
Después pareció reflexionar en algo que acababa de decir Fabio; él había preguntado por la mujer que
ayudaba en la casa. No la he visto hoy, había dicho Fabio.
–Ha de estar en el pueblo –dijo Paula. Y cuando Fabio ya montaba, agregó: –Si lo ve al Tomás,
mándemelo. Luego vino Tomás y Paula dijo:
–Podes irte nomás a ver tu chica. Fabio va a cuidar la casa esta semana.
Desde la ventana, arriba, Antenor pudo ver cómo Paula se quedaba sola junto al aljibe. Después ella se
metió en la casa y el viejo no volvió a verla hasta el día siguiente, cuando le trajo el chico.
Antes, de cara contra la pared, quizá pudo escuchar algún quejido ahogado y, al acercarse la noche,
un grito largo retumbando entre los cuartos vacíos; por fin, nítido, el llanto triunfante de una criatura.
Entonces el viejo comenzó a reírse como un loco. De un súbito manotón se aferró a las correas de la
cama y quedó sentado, riéndose. No se movió hasta mucho más tarde.
Cuando Paula entró en el cuarto, el viejo permanecía en la misma actitud, rígido y sentado. Ella lo traía
vivo: Antenor pudo escuchar la respiración de su hijo. Paula se acercó. Desde lejos, con los brazos
muy extendidos y el cuerpo echado hacia atrás, apartando la cara, ella, dejó al chico sobre las
sábanas, junto al viejo, que ahora ya no se reía. Los ojos del hombre y de la mujer se encontraron
luego. Fue un segundo: Paula se quedó allí, inmóvil, detenida ante los ojos imperativos de Antenor.
Como si hubiera estado esperando aquello, el viejo soltó las correas y tendió el brazo libre hacia la
mujer; con el otro se apoyó en la cama, por no aplastar al chico. Sus dedos alcanzaron a rozar la
pollera de Paula, pero ella, como si también hubiese estado esperando el ademán, se echó hacia atrás
con violencia. Retrocedió unos pasos; arrinconada en un ángulo del cuarto, al principio lo miró con
miedo. Después, no. Antenor había quedado grotescamente caído hacia un costado: por no aplastar al
chico estuvo a punto de rodar fuera de la cama. El chico comenzó a llorar. El viejo abrió la boca, buscó
sentarse y no dio con la correa. Durante un segundo se quedó así, con la boca abierta en un grito
inarticulado y feroz, una especie de estertor mudo e impotente, tan salvaje, sin embargo, que de haber
podido gritarse habría conmovido la casa hasta los cimientos. Cuando salía del cuarto, Paula volvió la
cabeza. Antenor estaba sentado nuevamente: con una mano se aferraba a la correa; con la otra,
sostenía a la criatura. Delante de ellos se veía el campo, lejos, hasta el Cerro Patrón.
Al salir, Paula cerró la puerta con llave; después, antes de atar el sulky, la tiró al aljibe.
Propuesta de actividades
No va a venir. Son mentiras lo de la enfermedad y que va a tardar unos meses; eso me lo dijo tía,
pero yo sé que no va a venir. A vos te lo puedo decir porque vos entendés las cosas. Siempre
entendiste las cosas. Al principio me parecía que eras como un tren o como los patines, un juguete,
digo, y a lo mejor ni siquiera tan bueno como los patines, que un conejo de trapo al final es parecido a
las muñecas, que son para las chicas. Pero vos no. Vos sos el mejor conejo del mundo, y mucho
mejor que los patines. Y las muñecas tienen esos cachetes colorados, redondos. Caras de bobas, eso
es lo que tienen.
A mí no me importa si no está. Qué me importa a mí. Y no me vine a este rincón porque estoy
triste, me vine porque ellos andan atrás de uno, querés esto y qué querés nene y puro acariciar, como
cuando te enfermas y andan tocándote la frente, que parece que los tíos y los demás están para
cuando uno se enferma y entonces todo el mundo te quiere. Por eso me vine, y por el estúpido del
Julio, el anteojudo ese, que porque tiene once años y usa anteojos se cree muy vivo, y es un pavo que
no ve de acá a la puerta y encima siempre anda pegando. Se ríe porque juego con vos, mírenlo, dice,
miren al nenito jugando al arrorró. Qué sabe él. Los grandes también pegan. Las madres, sobre todo.
Claro que a todos los chicos les pegan y eso no quiere decir nada, pero igual, por qué tienen que
andar pegando siempre. Vos, por ahí, vas lo más tranquilo y les decís mira lo que hice, creyendo que
está bien, y paf, un cachetazo. Ni te explican ni nada. Y otras veces puro mimo, como ahora, o como
cuando te hacen un regalo porque les conviene, aunque no sea Reyes o el cumpleaños.
Yo me acuerdo cuando ella te trajo. Al principio eras casi tan alto como yo, y eras blanco, más
blanco que ahora porque ahora estás sucio, pero igual sos el mejor conejo de todos, porque entendés
las cosas. Y cómo te trajo también me acuerdo, toma, me dijo, lo compré en Olavarría. El primo Juan
Carlos que vive en Olavarría a mí nunca me gustó mucho: los bigotes esos que tiene, y además no es
un primo como el Julio, por ejemplo, que apenas es más grande que yo. Es de esos primos de los
padres de uno, que uno nunca sabe si son tíos o qué. Era una caja grande, y yo pensaba que sería un
regalo extraordinario, algo con motor, como el avión del rusito o una cosa así. Pero era liviano y
cuando lo desaté estabas vos adentro, entre los papeles. A mí no me gustaba un conejo. Y ella me
dijo por qué me quedaba así, como el bobo que era, y yo le dije esto no me gusta para nada a mí, mira
la cabeza que tiene. Entonces dijo desagradecido igual que tu padre. Después, cuando papá vino del
trabajo, todavía seguía enojada y eso que había estado un mes en Olavarría, lejos de papá, y que
papá siempre me dice escribile a tu madre que la extrañamos mucho y que venga pronto, pero es él el
que más la extraña, me parece. Y esa noche se pelearon. Siempre se pelean, bueno: papá no, él no
dice nada y se viene conmigo a la puerta o a la placita Martín Fierro que papá me dijo que era un
gaucho. A papá tampoco le gustó nunca el primo Juan Carlos. Y yo no te llevo a la placita, pero
porque tengo miedo que los chicos se rían. Ellos qué saben cómo sos vos. No tienen la culpa, claro,
hay que conocerte. Yo, al principio, también me creía que eras un juguete como los caballos de
madera, o los perros, que no son los mejores juguetes. Pero después no, después me di cuenta que
eras como Pinocho, el que contó mamá. Ella contaba cuentos, a la mañana, sobre todo, que es
cuando nunca está enojada. Y al final vos y yo terminamos amigos, mejor que con los amigos de
verdad, los chicos del barrio digo, que si uno no sabe jugar a la pelota en seguida te andan gritando
patadura, anda al arco querés, y malas palabras y hasta delante de las chicas te gritan, que es lo peor.
Una vez me dijeron por qué no traes a tu hermanito para que atajen juntos, y se reían. Por vos me lo
dijeron, por los dientes míos que se parecen a los tuyos. Me parece que te trajeron a propósito a vos,
por los dientes.
Ellos vinieron todos, como cuando la pulmonía. Y puro hacer caricias ahora, se piensan que uno es
un nenito o un zonzo. O a lo mejor saben que sé, igual que con los Reyes y todo eso, que todo el
mundo pone cara de no saber y es como un juego. Y aunque el Julio no me hubiera dicho nada era lo
mismo, pero el Julio, la basura esa, para qué tenía que venir a decirme. Era preferible que insultara o
anduviera buscando camorra como siempre y no que viniera a decir esa porquería. Si yo ya me había
dado cuenta lo mismo. Papá está así, que parece borracho, y dice hacerme esto a mí. Y ellos le piden
que se calme, que yo lo estoy mirando. Entonces me vine, para hablar con vos que lo entendés a uno
y sos casi mucho mejor que el tren y ni por un avión como el del rusito te cambiaba, que si llegan a
imaginar que yo te iba a querer tanto no te traen de regalo, no. Y nadie va a llorar como una nena
porque ella está enferma y no puede volver por un tiempo. Y si son mentiras mejor. Oscarcito tampoco
lloraba. Ese día también había venido mucha gente, pero era distinto. En la sala grande había un
cajón de muerto para la mamá de Oscarcito. Estaba blanca. Oscarcito parecía no entender nada, nos
miraba a todos los chicos, pero no lloró, le decían que la mamá de él estaba en el cielo. Y esto es
distinto. Mi mamá no está en el cielo, en Olavarría está. El Julio, la basura esa de porquería me lo dijo,
pero a lo mejor se fue enferma a algún otro lado y por qué no puede ser. Todos lo dicen. Todos menos
el primo Juan Carlos, que tampoco está. Y mejor si no está, que a mí no me gustó nunca por más que
ella dijera tenés que quererlo mucho, y una vez que yo fui a Olavarría no los dejaba que se quedaran
solos. Anda a jugar al patio, siempre querían que me fuera a jugar al patio: ella también. Y después
puro regalar conejos, sí. Se creen que uno no se da cuenta, como ahora, que si estuviera enferma no
sé para qué lo andan aconsejando a papá y él me mira, y se queda mirándome y me dice hijo, hijo. Y a
veces me dan ganas de contestarle alguna cosa, pero no me sale nada, porque es como un nudo. Por
eso me vine. Y no para llorar tranquilo sin que me vean. Me vine porque sí, para hablar con vos que lo
entendés a uno, y sos el mejor conejo de todos, el mejor del mundo con esas orejas largas, y dos
dientes para afuera, como yo cuando me río.
Me parece que no me voy a reír nunca más en la vida yo. Eso es lo que me parece.
Y al final a nadie se le importa un pito de los dientes, porque yo te quiero lo mismo y te quiero
porque sí, porque se me antoja. No porque ella te trajo y mejor si no va a volver. Ojalá se muera. Y lo
que estoy viendo es que esa cabeza, que tenés no es nada linda, no, y si quiero vamos a ver si no te
tiro a la basura, que al final de cuentas nunca me gustaste para nada vos. Y lo que vas a ganar es que
te voy a romper todo, los dientes, y las orejas, y esos ojos de vidrio colorado como los estúpidos, así,
sin que me dé ninguna gana de llorar ni nada, por más que te arranque el brazo y te escupa todo, y
vos te crees que estoy llorando, pero no lloro, aunque te patee por el suelo, así, aunque se te salga
todo el aserrín por la barriga y te quede la cabeza colgando, que para eso tengo el tren y los patines
y...
En: Cuentos completos. Buenos Aires: Sudamericana, 1997.
Resuelve:
Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires en 1899 y falleció en Ginebra en 1986 y es
para muchos, uno de los escritores argentinos más interesantes de todos los tiempos.
Como tal, sin embargo, tiene sus enemigos. Todo depende de los ojos con los que lo
leamos y de lo que busquemos en la literatura como lectores.
Borges construyó un universo que está a mitad de camino entre lo fantástico y lo real,
apoyándose en gran medida en el universo literario de Leopoldo Lugones (precursor del
género fantástico argentino), y que supo llevar a diversos géneros literarios: cuento, poesía
y ensayo. Otra característica que algunos le reconocen es el saber trascender las fronteras
de los géneros para crear una obra híbrida y versátil.
La obra de Borges puede leerse como una lectura intensa a través de diferentes autores a los
que el escritor admiró. Su biblioteca personal fue, por lo tanto, su fuente principal de inspiración. A
través de sus creaciones intentó explicar conceptos universales como el tiempo, los laberintos y los
nombres de las cosas. A través de una fantasía curiosa y de un uso inexplicable y elevado del
lenguaje creó en torno a todos esos temas espacios mágicos y fantásticos a través de los cuales
explicar su forma de entenderlos, siempre enlazada, a su vez, con sus lecturas de referencia.
Algunas de sus creaciones más notables son los cuentos «El Aleph», «El libro de arena» y «La
memoria de Shakespeare». Entre sus obras poéticas podrían destacarse «El hacedor», «Elogio
de la Sombra» y «La rosa profunda». De sus ensayos, «El tamaño de mi esperanza» e
«Inquisiciones». Asimismo, fueron llamativas algunas de sus conferencias en universidades y
casas de la cultura a lo largo de todo el mundo, algunas de las cuales también se publicaron y
difundieron a través de diferentes medios; entre ellas podríamos citar «Siete noches» y «El tango.
Cuatro conferencias».
Aunque su nacimiento tuvo lugar en Argentina, cuando tenía poco más de una década sus padres
se trasladaron a Europa por motivos económicos; vivieron en diversos países hasta asentarse
finalmente en Suiza, en la ciudad de Ginebra. Allí Borges comenzó a desarrollar su actividad
literaria con más asiduidad. Unos años más tarde regresó a Buenos Aires donde puso en práctica
todo lo aprendido en Europa y fundó un grupo literario con ideas vanguardistas, las que ya se
estaban explotando en Europa en ese momento.
En ese sentido fue uno de los escritores argentinos más europeos y de ahí que su obra haya
tenido un particular recibimiento en el viejo continente. En España, por ejemplo, la devoción por
Borges puede resultar por momentos excesiva, y seguramente esté vinculada a esa mirada
europeísta no sólo de la literatura sino también de la vida que el escritor tenía; una mirada, por otra
parte, burguesa y que entiende la literatura como una expresión de la vida acomodada, de la cosa
estrafalaria y rebuscada.
De todas formas, su fama como escritor tardaría en llegarle. En ese sentido su relación con las
hermanas Ocampo (Victoria y Silvina) y con Adolfo Bioy Casares contribuyó absolutamente con
su despegue como autor. Y sus traducciones de Virginia Woolf, William Faulkner y Henri Michaux
también sirvieron para otorgarle un cierto prestigio en el universo literario y le permitieron dar a
conocer su amplio manejo del lenguaje.
Además de ser uno de los fundadores de la revista Sur en Buenos Aires y uno de los
colaboradores fundamentales en la revista Martín Fierro, trabajó como bibliotecario durante un
tiempo. Un accidente grave le llevó a perder gran parte de la visión y comenzó a recurrir a la ayuda
de otros para poner ponerlos en palabras: su voz estaba en las historias, pero su ceguera le
impedía plasmarlo en un papel. Este es uno de los elementos más peculiares de su obra: que haya
podido construir un universo tan amplio sin haber escrito una sola palabra.
Ahora que conocemos algo sobre el universo Borges, podemos adentrarnos a analizar alguno de
sus cuentos más célebres: Las ruinas circulares.
LO REAL Y LO FANTÁSTICO: algunos cuentos, parecen a primera vista relatos realistas. Los
hechos son, o pudieron ser, verdaderos. Lo que destruye su certidumbre son las relaciones
que se introducen entre ellos. En el caso del cuento citado, Borges apunta a mostrar lo que él
mino denominó ―intersticios de sinrazón‖ que pueblan nuestro mundo aparentemente sólido y
comprensivo.
EL LABERINTO: este tópico es un motivo repetido en las ficciones de Borges. Por una parte,
representa la imposibilidad humana de comprenderlo, ya que estamos en un mundo creado por
dioses que son los únicos de comprenderlo. En muchos de sus cuentos, es un incesante
símbolo, en otros la estructura de la narración es laberíntica, en algunos el orden y el ritmo de
una descripción sugiere la idea de un laberinto. Borges proyecta su cosmovisión, y en tal ―el
mundo es un caos y dentro de ese caos el hombre está perdido como en un laberinto‖. “La
casa de Asterión” es uno de los cuentos que ejemplifica la idea de ―laberinto‖, en dicha
narración el laberinto se puede entender desde dos interpretaciones posibles: la primera se
refiere al laberinto como símbolo del mundo, un mundo en donde el hombre vie solo, en el que
vive y padece en soledad hasta que la muerte lo encuentre inevitablemente solo, el minotauro
recorre incansablemente el laberinto en busca de otros que acaben con su soledad, al igual
que los hombres buscan a los otros hombres. La otra interpretación se refiere al laberinto visto
desde lo psíquico, intelectual y cognitivo, el hombre no entiende el mundo por eso construye
conceptualmente una realidad o un universo análogo a esa realidad inentendible, una realidad
en la que se pierde.
EL UNIVERSO COMO CAOS: el universo para Borges es un caos azaroso e incompresible, es
impenetrable y la inteligencia humana no puede reconstruir un orden que no existe o que si
existe está regido por leyes divinas inaccesibles a la inteligencia del hombre.
LA EXISTENCIA COMO AZAR: esta visión del universo escéptica y cargada de irracionalidad,
se conjuga con una semejante referida a nuestra existencia y nuestro destino como hombres.
El triunfo o la desgracia dependen de poderes ocultos, inalcanzables que decretan la suerte
que nos tocará en los juegos.
PANTEISMO: la noción panteísta hace referencia a que ―todo está en todas partes y cualquier
cosa es todas las cosas‖. La noción de que un hombre es los otros significa la anulación de la
identidad individual o más exactamente la reducción de todos los individuos a una identidad
general y suprema que los contiene a todos y que hace, a su vez, que todos están contenidos
en cada uno de ellos. (Ej. “El Zahir”)
DIOS COMO IMPOSIBILIDAD HUMANA: divino está vedado al hombre porque formamos
parte de una realidad absolutamente distinta. O somos seres divinos o somos humanos, entre
ambas esferas se extiende una barrera infranqueable. Borges sabe que al hombre le está
vedado alcanzar la visión de Dios. Y entonces el aparente fracaso expresivo muestra lo
imposible de esta antigua y vana ambición humana. (Ej. “El Zahir”)
EL TIEMPO: el esquema temporal preferido por Borges es el tiempo circular o cíclico. De todas
las versiones del eterno retorno, la que el autor prefiere es aquella que considera que los ciclos
que se repiten, no son idénticos sino similares.
LO ESENCIAL ARGENTINO: la obra de Borges está poblada de arrabales porteños, retazos
de la Pampa, patios, calles, almacenes, baldíos y paseos de la ciudad de Bs. As. El autor ha
sido uno de los más fieles al tema criollo.
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el
fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su
patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña,
donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es
que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las
cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto
circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de
la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha
profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo
despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos
pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese
templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían
logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y
muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito
inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los
hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su
magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con
hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre:
quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había
agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o
cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo
inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores
también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas
de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se
soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de
alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de
distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de
anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder
con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos
de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la
vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores,
adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera
participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos
alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una
contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían
ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes
eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el
amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un
muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No
lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo
de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe
sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la
tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y
todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva,
extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de
visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas
breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de
ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen
los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del
orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el
viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación
que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un
mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de
soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó
durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna
fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios,
pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un
corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de
un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas
noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a
observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y
muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón,
desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego
retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos
principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la
tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni
podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie;
tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del
mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le
hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies
de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese
crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro,
sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese
múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros
iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de
suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de
carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado
cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto.
En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle
los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto
de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehízo el
hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había
acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo.
O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre
lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada
vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez
impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos
blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no
supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el
olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se
prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos,
en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los
hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de
esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una
suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en
años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le
hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse.
El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que
componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo,
apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio
anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la
proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le
interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es
natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por
rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de
una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo
que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el
metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace
muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba
sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó
refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a
absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos
lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror,
comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
Actividades
1- El cuento dice ―Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche‖ ¿qué quiere decir con
―unánime‖?
2- ¿Hacia dónde se dirige ese hombre? ¿Qué características tiene ese lugar?
gris –
4- ¿Cuál era el propósito de este hombre?
5- Durante su sueño es observado por los hombres del lugar. El narrador dice: ―Rastros de pies
descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado
con respeto su sueño y solicitado su amparo o temían su magia‖ ¿qué cualidades le otorgan a
ese hombre?
6- ¿Cómo se describe a aquellos que son soñados en el primer intento? ¿A quién elige?
7- - ¿Qué diferencia hay entre el primer intento fracasado y el segundo?
10- - ¿Qué mensaje le transmiten los remeros que encuentran al soñador? ¿Qué temor crece en él?
11- – Explique la frase final del cuento: ―Caminó contra los jirones del fuego. Estos no mordieron su
carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con
terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo‖ con la
caracterización del templo al que llega el hombre después de navegar durante la noche al comienzo
del cuento.
Unidad nº 3:
La literatura gauchesca es un subgénero literario propio de Latinoamérica, que intenta recrear la vida
del gaucho y su modo de expresión. Tiene como personaje central al gaucho y las acciones transcurren
en el medio rural, pero es una literatura producida en la ciudad y utilizada por autores cultos para
expresar ideas políticas, críticas sociales o como forma de protesta.
Los prototipos presentados son: gauchos, negros, aborígenes, mestizos y gringos. En el lenguaje se
distingue el empleo de metáforas, neologismos, arcaísmos y algunos términos aborígenes. Se usan
pocos sinónimos y predomina el monó[Link] literatura gauchesca adquiere importancia hacia el siglo
XIX. Los precursores son Hilario Ascasubi, Bartolomé Hidalgo y Estanislao del Campo, aunque l a
obra más famosa es la de José Hernández.
El Martín Fierro fue publicado entre 1872 y 1879 y corresponde a la poesía gauchesca. Posteriormente
autores como Ricardo Güiraldes (Don Segundo Sombra) y Leopoldo Lugones (La guerra gaucha),
entre otros se dedicaron a la narrativa gauchesca y Florencio Sánchez (M’hijo el dotor) a la
dramaturgia
Época de
Desde la Colonia A partir de mediados del S XIX
producción
Autores Anónimos Conocidos y cultos
Intención Entretener, educar Política, crítica social, denuncia
Trasmisión Oral Escrita
Público Habitante del medio rural Habitante de la ciudad
Imitación ficcional del habla del
Lenguaje Refinado para el medio
gaucho
Temática Universal Costumbrista
Género literario
Predominio de la lírica Lírico, narrativo y dramático
usado
La poesía gauchesca es una forma rioplatense original surgida durante el proceso revolucionario que
separó a nuestro país de España. Se considera que Bartolomé Hidalgo es su fundador. Hidalgo fue
barbero y soldado, y en sus obras declara que peleó en los sitios de Montevideo, en 1811 y 1812.
“Solían los sitiadores acercarse a las murallas, tendidos detrás de la contraescarpa a gritar
improperios o a cantar versos”. Otras veces eran las famosas mujeres-dragones, como la muy
celebrada `Victoria la cantora´ que solía algunas noches acercarse detrás de la contraescarpa a
cantar con la guitarra”. Poesía popular, que no se distinguía por su delicadeza, que utilizaba los
metros de la décima y el cielito, que se acompañaba del instrumento, que inventaba el sarcasmo, el
insulto, la grosería, para perpetrárselos al enemigo en un modo que será consustancialmente
nacional”.
Sin embargo, un crítico argentino de fines del siglo XIX, observó, de un modo característico en su
época, que la poesía gauchesca no debía ser confundida con la literatura:
José Hernández, el último de los gauchos, dirige sus letras al lector culto. Pero, más tarde convive en el
sur de Buenos Aires con el pueblo gauchesco y se hace allí otra pieza sufriente de la misma máquina.
Escuchó los lamentos de los gauchos, entendió sus quejas, comprobó sus penurias y estuvo en la
contemplación de los atropellos y de los fraudes de que eran víctimas. Entonces, tomó su defensa y lo
hizo de una manera magistral para que las voces de los gauchos traspasaran las fronteras de su
entorno y llegaran a los oídos de todos. Es autor de un libro eficiente para las labores campesinas
―Instrucción del estanciero‖ y ―Vida del Chacho‖, donde volcó su tremenda pasión partidaria. Fundó un
periódico ―El Río de la Plata‖, de notable trascendencia en la vida política de su época porque
escribieron en él destacados hombres de letras del país. Fue Senador y Diputado. Rosas lo contó entre
sus adeptos más fervientes. Derrocado Rosas se alió a Urquiza. Desde muy joven debió radicarse en
un establecimiento rural de la provincia de Bs. As. En busca de salud. Allí conoció profundamente el
paisaje pampeano, la vida campesina, al gaucho sus costumbres y necesidades.
De la realidad a la ficción
El 28 de noviembre de 1872 el diario "La República" anuncia la publicación de un folleto en versos
gauchos, que tiene por título "El gaucho Martín Fierro" y cuyo autor es José Hernández. Contiene un
poema formado por dos mil trescientos dieciséis versos octosílabos. A manera de prólogo, lleva una
carta del autor a su amigo y editor, don José Zoilo Miguens. En ella, el poeta declara su propósito de
―presentar un tipo que personificara el carácter de nuestro gaucho‖, con su ―modo de sentir, de pensar
y de expresarse que le es peculiar‖.La obra, reeditada once veces, con un total de cuarenta y ocho mil
ejemplares, determina su continuación siete años después. Tal vez la segunda parte ya estaba en la
mente del autor y el éxito fue sólo el factor desencadenante de un proyecto latente. Aparecida en 1879,
llevó por título "La vuelta de Martín Fierro".
Esta segunda parte, editada por el mismo Hernández, totaliza treinta y tres cantos, que comprenden
cuatro mil ochocientos noventa y cuatro versos. Los años no han pasado en vano ni para Hernández ni
para Fierro, que ahora pide trabajar y vivir en paz
Una de las obras más destacadas de la literatura argentina y universal es Martín Fierro, un texto
que se inscribe dentro de la literatura gauchesca y que narra el estilo de vida de los gauchos,
habitantes de la Pampa argentina que se convirtieron en los héroes ideales para los románticos.
Introducción a Martín Fierro y la literatura gauchesca
El Gaucho Martín Fierro es un poema narrativo, escrito en verso por José Hernández en 1872, obra
literaria considerada ejemplar del género gauchesco. Debido a que tiene una continuación, La vuelta
de Martín Fierro, escrita en 1879, este último libro también es conocido como «La vuelta» y la
primera parte, como «La ida». Ambos libros han sido considerados como libro nacional de la
Argentina, bajo el título genérico de «El Martín Fierro».
En «La ida», Martín Fierro es un gaucho trabajador al que la injusticia social del contexto histórico lo
vuelve un gaucho matrero (fuera de la ley). Narra el carácter independiente, heroico y sacrificado del
gaucho. El poema es, en parte, una protesta en contra de la política del presidente argentino
Domingo Faustino Sarmiento de reclutar forzosamente a los gauchos para ir a defender las
fronteras internas contra los indígenas.
La vuelta de Martín Fierro también fue escrito en verso por José Hernández en 1879. Constituye la
secuela de El Gaucho Martín Fierro, escrito en 1872. Ambos libros han sido considerados como
libro nacional de la Argentina, bajo el título genérico de \"Martín Fierro\". En \"La vuelta\", Martín
Fierro, quien se había mostrado rebelde en la primera parte y convertido en gaucho matrero (fuera
de la ley), aparece más reflexivo y moderado, a la vez que el libro se vuelca a la historia de sus
hijos.
Hoy en día, Martín Fierro se ha convertido en uno de los libros más representativos de la cultura
argentina y ha sido traducido a más de 70 idiomas.
Uno de los puntos más destacados de este poema gauchesco es el uso del lenguaje y, por eso, no
podíamos dejar de mencionarlo. Y es que José Hernández quería reflejar realmente cómo era el
gaucho argentino y, por ello, tenía que cultivar el lenguaje exacto que se hablaba entre la gente
de esta comunidad. Cabe destacar que el lenguaje del gaucho Martín Fierro corresponde al de una
persona que no tuvo la posibilidad de alfabetizarse o educarse en un establecimiento educativo.
Durante el poema nos encontramos con expresiones y palabras propias de las comunidades
rurales de Argentina y, con esto, lo que el autor consigue es dignificar el habla rural al colocarla en
un texto poético y literario. Por este motivo, a lo largo del texto podemos encontrarnos con un tipo
de habla informal que presenta características como las que aquí descubriremos:
Reducción vocálica: en el habla no escolarizada es habitual que se apueste por una pronunciación
más sencilla y, por eso, aparecen formas como "pacencia" en lugar de "paciencia"
Reducción de los grupos consonánticos: también es habitual que se reduzcan algunas formas
consonánticas para facilitar la pronunciación o hablar más rápido. Es el caso de usar la palabra
"vítima" en lugar de "víctima"
Perdida de la "d" intervocálica: a final de palabra, en terminaciones con "/-ado" es habitual que en
zonas rurales esta "d" se debilite y llegue a elidirse.
La "d" se transforma en "l": esta característica fonética tiene lugar también en España, sobre
todo, en las Canarias. Es cuando se cambia el uso de la "d" por la "l" en palabras como "amol" en
lugar de "amor". Un rasgo que también es muy típico del habla cubana.
Aspiración de la "h": suele haber un cambio fonético importante en el que la "h" se convierte en
aspirada creando un sonido similar al de la "j" española.
Actividades
1. Busquen la biografía del escritor José Hernández y extraigan los datos más relevantes de su vida.
Para ello consideren: fecha y lugar de nacimiento, fecha y lugar de fallecimiento, reconocimientos
(premios o distinciones), obras publicadas y aspectos relevantes de su formación académica.
2. Especifiquen, con exactitud, el año en que se publicó La ida y la La vuelta del Martín Fierro. ¿Quién
estaba a cargo de la presidencia de la nación en estos años?
3. Cuando escuchan o piensan en la palabra GAUCHO, ¿qué ideas o imágenes se les vienen a la
cabeza? Elaboren un listado de palabras que, según sus conocimientos previos, pueden asociar con
el ideal de gaucho que ustedes conocen. Por ejemplo: caballo.
4. ¿Por qué creen ustedes que la figura del gaucho se constituye como una parte fundamental de
nuestra identidad como argentinos? Para responder a esta pregunta, elaboren un texto breve que
dé cuenta de su punto de vista sobre la importancia de la literatura gauchesca y de la figura del
gaucho en la construcción de la identidad nacional. También pueden consultar el abordaje realizado
en la guía anterior sobre el origen de la literatura gauchesca y el Fausto de Estanislao del Campo.
Bibliografía:
Literatura 3 Argentina/Latinoamericana - Polimodal. Activa Puerto de Palos.
LENGUA Y LITERATURA
En la actividad anterior, nos adentramos en el universo literario de José Hernández, nos introdujimos
en su obra más notable, El Martín Fierro; conocimos algunos aspectos relevantes de esta obra que se
erige como hito de nuestra historia y como parte esencial de nuestra identidad como argentinos.
Ahora es el momento de analizar esta célebre obra de Hernández, con la salvedad de que solamente
abordaremos algunos fragmentos de ambas partes que la componen.
Actividades
Lean con atención los siguientes fragmentos y luego resuelva:
Canto XXXIII
Después a los cuatro vientos
Los cuatro se dirigieron;
Unas promesas se hicieron
Que todos debían cumplir;
Mas no la puedo decir
Pues secreto prometieron.
(…)
En su corazón mi historia:
Me tendrán en su memoria
Para siempre mis paisanos.
Actividades
1. En el prólogo de 1872, Hernández declara que su intención es presentar tanto las virtudes como
los vicios del gaucho. Lean los fragmentos y extraigan uno o más ejemplos que presenten las
virtudes del gaucho y uno o más ejemplos que traten sobre sus vicios o defectos.
2. ¿Creen ustedes que tanto las virtudes como los defectos del gaucho que reconocieron en la
actividad anterior nos representan como argentinos? ¿Por qué?
3. ¿Cómo aparecen caracterizados en el poema los indios y los negros? ¿Qué relación tienen con el
gaucho?
4. Relean el canto XXVII de La vuelta de Martín Fierro y expliquen brevemente cómo es la relación
entre el gaucho con la ley, la justicia y el gobierno.
5. El autor del Martín Fierro reproduce el habla de los gauchos. Para ello utiliza arcaísmos (mesmo),
sustituye -hie por -ye (hielan-yelan), h por g (huella-güeya), pérdida de consonante (retobado-
retobao), apócope (para-pa‘), diptongación incorrecta (peor-pior). Busquen y extraigan de los
fragmentos otras palabras en donde se presenten estos fenómenos lingüísticos (arcaísmos,
sustitución, pérdida de consonante, apócope, diptongación incorrecta)
Los consejos en La vuelta de Martín Fierro
En la segunda parte de El Martín Fierro, es decir, en La vuelta, Fierro se reencuentra con sus hijos, ya crecidos, y
les da una serie de consejos sobre cómo actuar en la vida y cuáles son los valores que deben respetar. Muchos
de esos consejos han pasado a la tradición popular bajo la forma de refranes que expresan la sabiduría del
pueblo.
Actividades
Primera parte
1. Identifiquen un refrán en cada una de las sixtinas del poema de Hernández que a continuación
transcribimos:
Segunda parte
Antes de comenzar con el abordaje del cuento de Borges, es necesario recordar el concepto de intertextualidad
dado que en esta ocasión lo que haremos es poner en relación dos textos: El Martín Fierro, de José Hernández, y
el cuento Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, de Jorge Luis Borges.
Intertextualidad: Vamos a considerar lo intertextual como la relación dialógica entre dos o más textos que
produce un efecto en el modo como podemos leer un texto concreto. Es decir, la intertextualidad es una relación
explícita o implícita en el interior de un texto a otro texto con el cual el autor(a) dialoga. El enfoque central de la
intertextualidad es el diálogo.
Atendiendo a esta definición, lo que haremos es poner en diálogo dos textos. Comenzamos con la lectura del
cuento y luego resolvemos las actividades.
El seis de febrero de 1829, los montoneros que, hostigados ya por Lavalle, marchaban desde el Sur para
incorporarse a las divisiones de López, hicieron alto en una estancia cuyo nombre ignoraban, a tres o cuatro
leguas del Pergamino; hacia el alba, uno de los hombres tuvo una pesadilla tenaz: en la penumbra del galpón, el
confuso grito despertó a la mujer que dormía con él. Nadie sabe lo que soñó, pues al otro día, a las cuatro, los
montoneros fueron desbaratados por la caballería de Suárez y la persecución duró nueve leguas, hasta los
pajonales ya lóbregos, y el hombre pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las guerras del Perú y
del Brasil. La mujer se llamaba Isidora Cruz; el hijo que tuvo recibió el nombre de Tadeo Isidoro.
Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, solo me interesa una noche; del
resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda. La aventura consta en un libro insigne; es
decir, en un libro cuya materia puede ser todo para todos (1 Corintios 9:22), pues es capaz de casi inagotables
repeticiones, versiones, perversiones. Quienes han comentado, y son muchos, la historia de Tadeo Isidoro,
destacan el influjo de la llanura sobre su formación, pero gauchos idénticos a él nacieron y murieron en las
selváticas riberas del Paraná y en las cuchillas orientales. Vivió, eso sí, en un mundo de barbarie monótona.
Cuando, en 1874, murió de una viruela negra, no había visto jamás una montaña ni un pico de gas ni un molino.
Tampoco una ciudad. En 1849, fue a Buenos Aires con una tropa del establecimiento de Francisco Xavier
Acevedo; los troperos entraron en la ciudad para vaciar el cinto: Cruz, receloso, no salió de una fonda en el
vecindario de los corrales. Pasó ahí muchos días, taciturno, durmiendo en la tierra, mateando, levantándose al
alba y recogiéndose a la oración. Comprendió (más allá de las palabras y aun del entendimiento) que nada tenía
que ver con él la ciudad. Uno de los peones, borracho, se burló de él. Cruz no le replicó, pero en las noches del
regreso, junto al fogón, el otro menudeaba las burlas, y entonces Cruz (que antes no había demostrado rencor, ni
siquiera disgusto) lo tendió de una puñalada. Prófugo, hubo de guarecerse en un fachinal: noches después, el
grito de un chajá le advirtió que lo había cercado la policía. Probó el cuchillo en una mata: para que no le
estorbaran en la de a pie, se quitó las espuelas. Prefirió pelear a entregarse. Fue herido en el antebrazo, en el
hombro, en la mano izquierda; malhirió a los más bravos de la partida; cuando la sangre le corrió entre los dedos,
peleó con más coraje que nunca; hacia el alba, mareado por la pérdida de sangre, lo desarmaron. El ejército,
entonces, desempeñaba una función penal; Cruz fue destinado a un fortín de la frontera Norte. Como soldado
raso, participó en las guerras civiles; a veces combatió por su provincia natal, a veces en contra. El veintitrés de
enero de 1856, en las Lagunas de Cardoso, fue uno de los treinta cristianos que, al mando del sargento mayor
Eusebio Laprida, pelearon contra doscientos indios. En esa acción recibió una herida de lanza.
En su oscura y valerosa historia abundan los hiatos. Hacia 1868 lo sabemos de nuevo en el Pergamino: casado o
amancebado, padre de un hijo, dueño de una fracción de campo. En 1869 fue nombrado sargento de la policía
rural. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era.
(Lo esperaba, secreta en el porvenir, una lúcida noche fundamental: la noche en que por fin vio su propia cara, la
noche que por fin oyó su nombre. Bien entendida, esa noche agota su historia; mejor dicho, un instante de esa
noche, un acto de esa noche, porque los actos son nuestro símbolo.) Cualquier destino, por largo y complicado
que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es.
Cuéntase que Alejandro de Macedonia vio reflejado su futuro de hierro en la fabulosa historia de Aquiles; Carlos
XII de Suecia, en la de Alejandro. A Tadeo Isidoro Cruz, que no sabía leer, ese conocimiento no le fue revelado
en un libro; se vio a sí mismo en un entrevero y un hombre. Los hechos ocurrieron así:
En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos muertes a
la justicia. Era este un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel Benito Machado; en una
borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas; el informe
agregaba que procedía de la Laguna Colorada. En este lugar, hacía cuarenta años, habíanse congregado los
montoneros para la desventura que dio sus carnes a los pájaros y a los perros; de ahí salió Manuel Mesa, que
fue ejecutado en la plaza de la Victoria, mientras los tambores sonaban para que no se oyera su ira; de ahí, el
desconocido que engendró a Cruz y que pereció en una zanja, partido el cráneo por un sable de las batallas del
Perú y del Brasil. Cruz había olvidado el nombre del lugar; con leve pero inexplicable inquietud lo reconoció… El
criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas; estos, sin embargo, lo
acorralaron la noche del doce de julio. Se había guarecido en un pajonal. La tiniebla era casi indescifrable; Cruz y
los suyos, cautelosos y a pie, avanzaron hacia las matas en cuya hondura trémula acechaba o dormía el hombre
secreto. Gritó un chajá; Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento. El criminal salió
de la guarida para pelearlos. Cruz lo entrevió, terrible; la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara.
Un motivo notorio me veda referir la pelea. Básteme recordar que el desertor malhirió o mató a varios de los
hombres de Cruz. Este, mientras combatía en la oscuridad (mientras su cuerpo combatía en la oscuridad),
empezó a comprender. Comprendió que un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el
que lleva adentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de
lobo, no de perro gregario; comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura; Cruz arrojó por
tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra los
soldados junto al desertor Martín Fierro.
FIN
Actividades
1. Realicen la traducción del epígrafe con el que da inicio el cuento. ¿Qué relación pueden establecer entre
lo que dice el epígrafe y el contenido del cuento? Expliquen.
2. ¿A qué se refiere el narrador del cuento cuando afirma: "La aventura consta en un libro insigne"? Busque
en el cuento la parte en donde aparece esta cita e intente explicarla.
3. ¿Qué elementos de El gaucho Martín Fierro retoma Borges? ¿Qué nuevos elementos introduce Borges?
4. ¿Qué sucesos relevantes ocurren en la vida de Tadeo Isidoro en 1849; 1869; 1870?
‗En los últimos días del mes de junio de 1870, recibió la orden de apresar a un malevo, que debía dos
muertes a la justicia. Era este un desertor de las fuerzas que en la frontera Sur mandaba el coronel
Benito Machado; en una borrachera, había asesinado a un moreno en un lupanar; „
¿A qué episodio relatado en El Martín Fierro se refiere?
6. En la narración, se presenta la siguiente reflexión: "Cualquier destino, por largo y complicado que sea,
consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es."
¿Qué interpretación pueden darle a la frase?
DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO COMO ESCRITOR ROMÁNTICO. FACUNDO, INTRODUCCIÓN
Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas es un libro escrito en 1845 por D. F. Sarmiento
durante su exilio en Chile. Además de su valor literario, la obra resulta fundamental porque analiza los
conflictos que surgieron en Argentina luego de la independencia, partiendo de la confrontación entre los
conceptos de civilización y barbarie.
Actividades
Lea detenidamente la introducción de Facundo de Domingo Faustino Sarmiento y luego resuelva:
Facundo
Domingo Faustino Sarmiento
Introducción
¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus
cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un
noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aún después de tu trágica muerte, el hombre de las
ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: «¡No, no ha
muerto! ¡Vive aún! ¡Él vendrá!» ¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la
política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento: su alma ha pasado a este otro
molde, más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en
sistema, efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en esta metamorfosis en arte, en
sistema y en política regular capaz de presentarse a la faz del mundo, como el modo de ser de un pueblo
encarnado en un hombre, que ha aspirado a tomar los aires de un genio que domina los acontecimientos, los
hombres y las cosas. Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fue reemplazado por Rosas, hijo de la culta
Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y
organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo. Tirano sin rival hoy en la tierra
(…) Necesítase, empero, para desatar este nudo que no ha podido cortar la espada, estudiar prolijamente
las vueltas y revueltas de los hilos que lo forman, y buscar en los antecedentes nacionales, en la fisonomía del
suelo, en las costumbres y tradiciones populares, los puntos en que están pegados.
(…)
El que haya leído las páginas que preceden creerá que es mi ánimo trazar un cuadro apasionado de los
actos de barbarie que han deshonrado el nombre de don Juan Manuel de Rosas. Que se tranquilicen los que
abriguen este temor. Aún no se ha formado la última página de esta biografía inmoral; aún no está llena la
medida; los días de su héroe no han sido contados aún. Por otra parte, las pasiones que subleva entre sus
enemigos son demasiado rencorosas aún, para que pudieran ellos mismos poner fe en su imparcialidad o en su
justicia. Es de otro personaje de quien debo ocuparme: Facundo Quiroga es el caudillo cuyos hechos quiero
consignar en el papel.
Diez años ha que la tierra pesa sobre sus cenizas, y muy cruel y emponzoñada debiera mostrarse la
calumnia que fuera a cavar los sepulcros en busca de víctimas. ¿Quién lanzó la bala oficial que detuvo su
carrera? ¿Partió de Buenos Aires o de Córdoba? La historia explicará este arcano. Facundo Quiroga, empero, es
el tipo más ingenuo del carácter de la guerra civil de la República Argentina; es la figura más americana que la
revolución presenta. Facundo Quiroga enlaza y eslabona todos los elementos de desorden que hasta antes de su
aparición estaban agitándose aisladamente en cada provincia; él hace de la guerra local, la guerra nacional,
argentina, y presenta triunfante, al fin de diez años de trabajos, de devastaciones y de combates, el resultado de
que sólo supo aprovecharse el que lo asesinó.
He creído explicar la revolución argentina con la biografía de Juan Facundo Quiroga, porque creo que él
explica suficientemente una de las tendencias, una de las dos fases diversas que luchan en el seno de aquella
sociedad singular.
He evocado, pues, mis recuerdos, y buscado para completarlos los detalles que han podido suministrarme
hombres que lo conocieron en su infancia, que fueron sus partidarios o sus enemigos, que han visto con sus ojos
unos hechos, oído otros, y tenido conocimiento exacto de una época o de una situación particular. Aún espero
más datos de los que poseo, que ya son numerosos. Si algunas inexactitudes se me escapan, ruego a los que
las adviertan que me las comuniquen; porque en Facundo Quiroga no veo un caudillo simplemente, sino una
manifestación de la vida argentina, tal como la han hecho la colonización y las peculiaridades del terreno, a lo
cual creo necesario consagrar una seria atención, porque sin esto la vida y hechos de Facundo Quiroga son
vulgaridades que no merecerían entrar, sino episódicamente, en el dominio de la historia. Pero Facundo, en
relación con la fisonomía de la naturaleza grandiosamente salvaje que prevalece en la inmensa extensión de la
República Argentina; Facundo, expresión fiel de una manera de ser de un pueblo, de sus preocupaciones e
instintos; Facundo, en fin, siendo lo que fue, no por un accidente de su carácter, sino por antecedentes
inevitables y ajenos de su voluntad, es el personaje histórico más singular, más notable, que puede presentarse a
la contemplación de los hombres que comprenden que un caudillo que encabeza un gran movimiento social no
es más que el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades,
preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia. (…)
Por esto nos es necesario detenernos en los detalles de la vida interior del pueblo argentino, para
comprender su ideal, su personificación.
(…)
Actividades
1. Busquen la biografía de Domingo Faustino Sarmiento, léanla cuidadosamente y luego escriban un texto
breve sobre la vida de Sarmiento y su obra. Para ello pueden considerar los siguientes interrogantes:
¿Qué roles cumplió? ¿Por qué se lo recuerda/conmemora? ¿Cuál podría pensarse como su "género
predilecto" (teatro, narrativa, lírica, ensayo)? ¿Por qué? ¿Qué polémicas surgen de su pensamiento y de
su producción literaria?
Continuamos adentrándonos en la vida de Juan Facundo Quiroga, el caudillo riojano vivazmente retratado por
nuestro escritor Domingo Faustino Sarmiento. A través de su pluma romántica nos muestra en esta
oportunidad algunos aspectos de la infancia y juventud de este célebre personaje. Los invito a adentrarse en
la lectura de este capítulo del Facundo para luego resolver la propuesta de actividades.
Actividades
1. Lea detenidamente el capítulo Infancia y juventud de Facundo de Domingo Faustino Sarmiento
(adaptación) y luego resuelva:
Facundo
Domingo Faustino Sarmiento
―Media entre las ciudades de San Luis y San Juan un dilatado desierto que, por su falta completa de agua,
recibe el nombre de ―travesía‖. El aspecto de aquellas soledades es, por lo general, triste y desamparado, y el
viajero que viene de oriente no pasa la última ―represa‖ o aljibe de campo sin proveer sus ―chifles‖ de
suficiente cantidad de agua‖ (…) ―Las cuchilladas, tan frecuentes entre nuestros gauchos, habían forzado a
uno de ellos a abandonar precipitadamente la ciudad de San Luis, y ganar la ―travesía‖ a pie, con la montura
al hombro, a fin de escapar de las persecuciones de la justicia‖ (…) ―No eran por entonces sólo el hambre o la
sed los peligros que le aguardaban en el desierto aquél, que un tigre ―cebado‖ andaba hacia un año siguiendo
los rastros de los viajeros, y pasaban ya de ocho los que habían sido víctimas de su predilección por la carne
humana‖ (…) ―Cuando nuestro prófugo había caminado cosa de seis leguas, creyó oír bramar al tigre un
gruñido como el del chancho, pero agrio, prolongado, estridente, y que, sin que haya motivo de temor, causa
un sacudimiento involuntario en los nervios, como si la carne se agitara ella sola al anuncio de la muerte.
Algunos minutos después el bramido se oyó más distinto y más cercano; el tigre venía ya sobre el rastro, y
sólo a una larga distancia se divisaba un pequeño algarrobo‖ (…) ―Al fin, arrojando la montura a un lado del
camino, dirigióse el gaucho al árbol que había divisado, y no obstante la debilidad de su tronco, felizmente
bastante elevado, pudo trepar a su copa y mantenerse en una continua oscilación, medio oculto entre el
ramaje. Desde allí pudo observar la escena que tenía lugar en el camino: el tigre marchaba a paso
precipitado, oliendo el suelo y bramando con más frecuencia a medida que sentía la proximidad de su presa‖
(…) ―Acercábase a saltos, y en un abrir y cerrar de ojos sus poderosas manos estaban apoyándose a dos
varas del suelo sobre el delgado tronco, al que comunicaba un temblor convulsivo que iba a obrar sobre los
nervios del mal seguro gaucho. Intentó la fiera un salto impotente‖ (…) ―La postura violenta del gaucho, y la
fascinación aterrante que ejercía sobre él la mirada sanguinaria, inmóvil, del tigre, del que por una fuerza
invencible de atracción no podía apartar los ojos, habían empezado a debilitar sus fuerzas, y ya veía próximo
el momento en que su cuerpo extenuado iba a caer en su ancha boca, cuando el rumor lejano del galope de
caballos le dio esperanza de salvación‖. ―En efecto, sus amigos habían visto el rastro del tigre y corrían sin
esperanza de salvarlo‖ (…) ―La fiera estirada a dos lazos, no pudo escapar a las puñaladas repetidas con que
en venganza de su prolongada agonía le traspasó el que iba a ser su víctima. ―Entonces supe lo que era tener
miedo‖-decía el general don Juan Facundo Quiroga, contando a un grupo de oficiales este suceso‖.
―También a él lo llamaron ―Tigre de los Llanos‖, y no le sentaba mal esta denominación, a fe‖ (…) ―Facundo,
pues, era de baja estatura y fornido; sus anchas espaldas sostenían sobre un cuello corto una cabeza bien
formada, cubierta de pelo espesísimo, negro y ensortijado. Su cara, poco ovalada, estaba hundida en medio
de un bosque de pelo, a que correspondía una barba igualmente espesa, igualmente crespa y negra, que
subía hasta los pómulos, bastante pronunciados, para descubrir una voluntad firme y tenaz. Sus ojos negros,
llenos de fuego y sombreados por pobladas cejas, causaban una sensación involuntaria de terror en aquellos
a quienes alguna vez llegaban a fijarse, porque Facundo no miraba nunca de frente, y por hábito, por arte, por
deseo de hacerse siempre temible, tenía de ordinario la cabeza inclinada y miraba por entre las cejas‖ (…) ―La
estructura de su cabeza revelaba, sin embargo, bajo esta cubierta selvática, la organización privilegiada de los
hombres nacidos para mandar‖ (…) ―La sociedad en que nacen da a estos caracteres la manera especial de
manifestarse: sublimes, clásicos, por decirlo así, van al frente de la humanidad civilizada en unas partes;
terribles, sanguinarios y malvados, son en otras su mancha de oprobio‖ (…) ―En la casa de sus huéspedes
jamás se consiguió sentarlo a la mesa común; en la escuela era altivo, huraño, y solitario; no se mezclaba con
los demás niños sino para encabezar actos de rebelión y para darles de golpes‖ (…) ―Cuando llega a la
pubertad, su carácter toma un tinte más pronunciado. Cada vez más sombrío, más selvático, la pasión del
juego, la pasión de las almas rudas que necesitan fuertes sacudimientos para salir del sopor que las
adormeciera, domínalo irresistiblemente a la edad de quince años. Por ella se hace una reputación en la
ciudad; por ella se hace intolerable en la casa en que se hospeda‖ (…) ―Desde que llega a la ciudad adulta, el
hilo de su vida se pierde en un intrincado laberinto de vueltas y revueltas por los diversos pueblos vecinos;
oculto unas veces, perseguido siempre, jugando, trabajando en clase de peón, dominando todo lo que se le
acerca y distribuyendo puñaladas‖ (…) ―Porque en Facundo era el juego una pasión feroz, ardiente, que le
resecaba las entrañas. Estas adquisiciones y pérdidas sucesivas debieron cansar las larguezas paternales,
porque al fin interrumpió toda relación amigable con su familia‖ (…) ―Facundo reaparece en Buenos Aires,
donde en 1810 es enrolado como recluta en el regimiento de ―Arribeños‖ que manda el general Ocampo, su
compatriota, después presidente de Charcas. La carrera gloriosa de las armas se abría para él con los
primeros rayos del sol de mayo‖ (…) ―Pero el alma rebelde de Quiroga no podía sufrir el yugo de la disciplina,
el orden del cuartel, ni la demora de los ascensos. Se sentía llamado a mandar, a surgir de un golpe, a
crearse él solo, a despecho de la sociedad civilizada en hostilidad con ella; una carrera a su modo, asociando
el valor y el crimen, el gobierno y la desorganización‖ (…) ―Después Quiroga, como Rosas, como todas esas
víboras que han medrado a la sombra de los laureles de la patria, se ha hecho notar por su odio a los militares
de la Independencia, en los que uno y otro han hecho una horrible matanza‖ (…) ―Pero su carácter y hábitos
desordenados no cambian, y las carreras y el juego, las correrías del campo, son el teatro de nuevas
evidencias, de nuevas puñaladas y agresiones, hasta llegar, al fin, a hacerse intolerable para todos e insegura
su posición. Entonces, un gran pensamiento viene a apoderarse de su espíritu, y lo anuncia sin empacho. El
desertor de ―Arribeños‖, el soldado de ―Granaderos a caballo‖, que no ha querido inmortalizarse en
Chacabuco y en Maipú, resuelve ir a reunirse a la montonera de Ramírez, vástago de la de Artigas, y cuya
celebridad en crímenes y en odio a las ciudades a que hace la guerra, ha llegado hasta los Llanos y tiene
lleno de espanto a los gobiernos‖ (…).
―Aquí termina la vida privada de Quiroga, de la que he omitido una larga serie de hechos que sólo pintan el
mal carácter, la mala educación y los instintos feroces y sanguinarios de que estaba dotado. Sólo he hecho
uso de aquéllos que explican el carácter de la lucha, de aquellos que entran en proporciones distintas pero
formados de elementos análogos, en el tipo de los caudillos de las campañas que han logrado al fin sofocar la
civilización de las ciudades, y que últimamente han venido a completarse en Rosas, el legislador de esta
civilización tártara, que ha ostentado toda su antipatía a la civilización europea en torpezas y atrocidades sin
nombre aún en la historia‖ (…) ―Ha nacido así y no es culpa suya, se abajará en las escalas sociales para
mandar, para dominar, para combatir el poder de la ciudad, la partida de la policía. Si le ofrecen una plaza en
los ejércitos la desdeñará, porque no tiene paciencia para aguardar ascensos, porque hay mucha sujeción,
muchas trabas puestas a la independencia individual, hay generales que pesan sobre él, hay una casaca que
oprime el cuerpo; y una táctica que regla los pasos; ¡todo es insufrible! La vida de a caballo, la vida de peligros
y emociones fuertes han acerado su espíritu y endurecido su corazón; tiene odio invencible, instintivo, contra
las leyes que lo han condenado, contra toda esa sociedad y esa organización de que se ha substraído desde
la infancia y que lo mira con prevención y menosprecio. Aquí se eslabona insensiblemente el lema de este
capítulo: ―Es el hombre de la naturaleza que no ha aprendido aún a contener o disfrazar sus pasiones, que las
muestra en toda su energía, entregándose a toda su impetuosidad‖. Ese es el carácter del género humano, y
así se muestra en las campañas pastoras de la República Argentina. Facundo es un tipo de la barbarie
primitiva; no conoció sujeción de ningún género; su cólera era la de las fieras; la melena de sus renegridos y
ensortijados cabellos caía sobre su frente y sus ojos en guedejas, como las serpientes de la cabeza de
Medusa; su voz se enronquecía y sus miradas se convertían en puñaladas‖ (…) ―En todos sus actos
mostrábase el hombre bestia, aún sin ser por eso estúpido y sin carecer de elevación de miras. Incapaz de
hacerse admirar o estimar, gustaba de ser temido; pero este gusto era exclusivo, dominante, hasta el punto de
arreglar todas las acciones de su vida a producir el terror en torno suyo, sobre los pueblos como sobre los
soldados, sobre la víctima que iba a ser ejecutada, como sobre su mujer y sus hijos. En la incapacidad de
manejar los resortes del gobierno civil, ponía el terror como expediente para suplir el patriotismo y la
abnegación; ignorante, rodeándose de misterios y haciéndose impenetrable, valiéndose de una sagacidad
natural, una capacidad de observación no común y de la credulidad del vulgo, fingía una presciencia de los
acontecimientos que le daba prestigio y reputación entre las gentes vulgares‖.
2. El capítulo 1 de Facundo dado anteriormente se encuentra dividido en tres bloques (cada bloque se
corresponde con un párrafo, es decir, son tres párrafos). Relean cada párrafo y sintetice en no más de cuatro
oraciones el contenido de cada uno de ellos.
4. Responda:
a. ¿Por qué Sarmiento considera apropiado apodar a Facundo como EL TIGRE DE LOS LLANOS? Para
responder observen cómo se presenta en el texto la relación hombre – naturaleza.
b. Consideren lo ya trabajado en guías anteriores sobre el movimiento literario romanticismo y justifique por qué
Facundo Quiroga emerge como un personaje romántico.
c. Analicen las anécdotas sobre Facundo que se relatan en el texto y determinen qué aspectos positivos y
negativos coexisten en la personalidad del caudillo riojano (Facundo).
d. ¿Qué aspectos de Quiroga permiten a Sarmiento verlo como el HOMBRE GRANDE, representativo? ¿Con
quiénes lo compara?
Continuamos adentrándonos en la vida de Juan Facundo Quiroga tal como lo presenta Domingo Faustino
Sarmiento en su libro Facundo.
En la actualidad la oposición civilización – barbarie sigue vigente en nuestro mundo globalizado.
Un artículo publicado en el Diario La Nación nos pinta este panorama antinómico de manera exquisita. Leámoslo.
Actividades
1. Lean con atención el siguiente artículo y luego resuelvan las actividades.
LA NACION | OPINIÓN
La marcha hacia la barbarie
Por Jeffrey D. Sachs Para LA NACION
5 de julio de 2004
NUEVAYORK
Entre otras consecuencias, la guerra de Irak ha puesto al descubierto, una vez más, la falsa división entre
naciones "civilizadas" y "bárbaras". Los abusos cometidos en la cárcel Abu Ghraib han demostrado que Estados
Unidos es tan capaz de caer en la barbarie como cualquier otro país. Las más de las veces, no queda registro
alguno de las brutalidades perpetradas en Irak, como cuando los tanques norteamericanos irrumpen en los
barrios iraquíes y matan a docenas de inocentes, so pretexto de combatir a los "insurrectos". Pero, por otro lado,
la horripilante decapitación de un rehén norteamericano evidenció que la barbarie está presente en muchas
partes.
En determinadas circunstancias, toda sociedad puede descender a la barbarie. Muchos historiadores han
sostenido que la sociedad alemana, bajo Hitler, fue singularmente malvada. Es falso. Alemania fue
desestabilizada por su derrota en la Primera Guerra Mundial, la dura paz de 1919, la hiperinflación de los años 20
y la Gran Depresión de los 30, pero no se singularizó por su barbarie. Por el contrario, a comienzos del siglo XX,
Alemania era uno de los países más ricos del mundo, con niveles de educación y de competencia científica
envidiablemente altos. Hannah Arendt estuvo más acertada cuando escribió acerca de la "banalidad del mal", y
no de su singularidad.
Todos los descensos a la barbarie se caracterizarían por dos cosas. Primera: la inexorable tendencia humana a
clasificar al mundo en "nosotros" y "ellos" o, mejor dicho, "nosotros" v. "ellos", para luego rebajar a "ellos" a una
condición infrahumana. Una explicación probable del origen y evolución de estas clasificaciones es que
fortalecían la cohesión interna del grupo y facilitaban la cooperación entre sus miembros valiéndose del odio
hacia "los de afuera".
Segunda: el miedo potenciaría las manifestaciones del odio y la violencia contra "los otros". Son reacciones de
supervivencia. Por lo general, las caídas en la barbarie ocurren en medio de crisis económicas o estallidos de
violencia localizados. Impulsado por el miedo, un grupo se une para protegerse, quizás atacando a otro grupo
rival.
Esta pauta fue evidente en las guerras de los 90 que desmembraron Yugoslavia. Etnias que hasta entonces
habían convivido en una paz relativa se enzarzaron en guerras civiles, en medio de una profunda crisis
económica. De manera similar, israelíes y palestinos han cometido actos de barbarie, en una interacción trágica
de temores mutuos que potencia a los extremistas en ambas comunidades. Es una debacle sin gloria. Pero
Israel, con un ejército tanto más poderoso, podría y debería haber tomado decisiones políticas mucho más
sensatas que ocupar y colonizar Cisjordania.
Nuestras reacciones ante las escenas de tortura en Abu Ghraib, seguidas de la decapitación de Nicholas Berg, el
rehén norteamericano, muestran con claridad cuál es el camino hacia la barbarie en un país supuestamente
civilizado. Días atrás, The New York Times hizo una encuesta entre sus lectores de Oswego (Illinois), una zona
de suma importancia política. Un empresario retirado exhortó: "Acabemos con todos ellos. Barrámoslos de la faz
de la Tierra". Un líder nazi no se habría expresado de otro modo.
Un camionero opinó así sobre la decapitación de Berg: "Simplemente confirma lo que yo venía pensando. No
somos lo bastante duros. Esto es algo que tenemos que hacer. Debemos atacar a nuestros enemigos en forma
directa y no retroceder hasta que triunfemos". Una mujer dio una respuesta parecida: "Hubo tanta indignación en
torno de los abusos de prisioneros, que por cierto no apruebo, pero esto fue mucho peor. No podemos permitir
que una maldad de este tipo eche raíces. Tenemos que combatirla ya mismo, terminantemente, o no podremos
extirparla jamás".
Es fácil pensar barbaridades. Y los derechistas atizan los ánimos: "Ellos son los pervertidos -clamó Rush
Limbaugh en su programa radial-. Ellos son los peligrosos. Ellos son los infrahumanos. Ellos son la hez de la
humanidad, y no los Estados Unidos de América, ni nuestros soldados, ni nuestros carceleros".
No quiero decir con esto que Estados Unidos sea más depravado que otros países. Sí digo que la sociedad
humana, aun en el siglo XXI, es capaz de deslizarse hacia pensamientos y actos bárbaros, sea cual fuere su
nivel de "desarrollo".
Atribuir a una nación, cualquiera que fuere, una superioridad moral o una hegemonía por elección divina es un
pensamiento peligroso. La importancia del derecho internacional y de instituciones tales como la ONU resulta
mucho más obvia, no bien reconocemos cuán vulnerable es el mundo entero a esta clase de descenso a la
violencia. La ONU logró resistir las fuertes presiones de Estados Unidos para que tolerara una guerra con Irak,
pese a las reiteradas afirmaciones norteamericanas (ahora sabemos que eran falsas) en el sentido de que los
iraquíes poseían armas de destrucción masiva. El proceder de la ONU dio resultado. Lo que falló fue la política
de Washington.
Lo ocurrido en Abu Ghraib subraya por qué son tan vitales las Convenciones de Ginebra sobre tratamiento de
combatientes y otras normas internacionales afines. Al ponerse por encima de la ley, Estados Unidos se permitió
ceder a comportamientos bárbaros. Asimismo, estos hechos nos demuestran por qué es igualmente vital la Corte
Penal Internacional. Si ayer Estados Unidos se opuso enérgicamente a someterse a su jurisdicción, hoy los
abusos cometidos en Abu Ghraib nos muestran por qué Estados Unidos debe acatar el derecho internacional.
Tal vez, esa lección -la necesidad de que hasta el país más poderoso se someta a ese derecho- sea un efecto
beneficioso de esa guerra, por lo demás desastrosa, que Estados Unidos ha emprendido contra Irak. Si la
aprendemos, el mundo estará mucho más seguro. Nosotros mismos, los norteamericanos, estaremos más
seguros, en parte porque habrá menos probabilidades de que un día desencadenemos una espiral de violencia,
atizados por nuestros miedos irracionales y nuestra incomprensión del mundo.
2. ¿Cuál es el punto de partida del artículo? Recordar que el punto de partida es el hecho concreto del que
parte el autor para comenzar su desarrollo argumentativo.
3. ¿Cuáles son las causas de la caída de la barbarie? ¿Qué circunstancias suelen ser las más propicias?
4. ¿Qué organismos simbolizan la civilización? ¿Por qué son importantes para evitar la barbarie?
5. ¿Cómo clasifican los derechistas estadounidenses a los iraquíes?
6. En la conclusión ¿con qué palabra el autor incluye a los lectores para que se adhiera a su propuesta?
7. Enuncie brevemente cuál es la tesis que el autor plantea en el texto.
Recordar:
Tesis: opinión, posición, punto de vista personal sobre un determinado tema.
El texto expositivo
Se podría identificar al texto expositivo como un escrito que tiene como objetivo informar algo de
manera imparcial, sin puntos de vista ni opiniones. Pueden tratar gran diversidad de temas, pero
deben suscitar un cierto interés que incite a su lectura.
EL TEXTO EXPOSITIVO
VOCABULARIO
RECURSOS
FUNCIÓN DEL ESPECÍFICO EXPLICATIVOS
LENGUAJE -Definición
(Propio de la
materia con la que -Ejemplificación
se vincula el texto) -Reformulación
INFORMATIVA
-Analogía etc.
Actividades
El gobierno de Rosas se extendió por veinte años, desde 1829 a 1832 y desde 1835 1852.
Representó a los sectores terratenientes vinculados con la producción ganadera y al comercio.
Estos fueron acrecentando su poder gracias al comercio de exportación ganadero.
De esta manera el Gral. Paz extendió su influencia sobre el interior y logró en agosto de 1830 la
firma del la Liga del Interior o Liga Unitaria. La respuesta de los federales no se hizo esperar y el 4
de enero de 1831, Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos firmaron el Pacto Federal. Unos meses
más tarde Corrientes se sumó al acuerdo. Sin embargo, antes de que ambas coaliciones se
enfrentaran, Paz fue capturado y hecho prisionero. Sin su dirección, la Liga Unitaria se
desmoronó y Quiroga recuperó el control de las provincias del interior que se
sumaron al Pacto Federal.
Hay que encontrar las causas en algunas cuestiones económicas y políticas. Rosas entregó
subsidios a las provincias para que pudieran hacer frente a sus gastos pero se opuso al reparto de
los derechos aduaneros. Esta medida perjudicaba a las provincias del litoral (como ya estudiamos
enla etapa 1). Rosas de esta manera mantuvo la exclusividad sobre el puerto de Buenos Aires, el
manejo de la aduana y el control de los ríos interiores.
Por otra parte, su política tendió a mantener una organización entre las provincias (a través de pactos)
sin Constitución.
Rosas consideraba que la convocatoria a un congreso generaría mayores conflictos y enfrentamientos
entre las provincias. Además pensaba que las provincias carecían de experiencia y de recursos
económicos.
¿Creés que Rosas tendría otros motivos para frenar la sanción de un proyecto constitucional para todo
el país?
Con la sanción de la Constitución, la provincia de Buenos Aires perdería el control exclusivo de
la aduana y sus recursos. Las provincias del litoral reclamaban la libre navegación de los ríos
interiores como condición para el acuerdo constitucional.
1. Este texto expone una serie de hechos que se suceden en el tiempo y que podríamos organizar en una
línea de tiempo. Te pedimos que la completes deacuerdo con los datos que el texto te brinda:
2. Otro elemento importante de los textos expositivos es que explican las causas y las consecuencias de
determinados hechos.
Hechos Consecuencias
Firma de la liga unitaria.
Hechos Causas
No es fácil hallar testimonios directosde las
cautivas.
Conectores
En este tipo de textos encontramos los conectores temporales para indicar la sucesión de los
acontecimientos. Algunos de estos conectores son:
después seguidamente
posteriormente
4. Escribí un breve texto expositivo sobre del Gobierno de Rosas, utilizando estos conectores.
RECURSOS EXPLICATIVOS
A efectos de que el texto expositivo resulte lo más claro posible, se utilizan los siguientes recursos
explicativos:
“Los dioses griegos formaban una sociedad organizada en términos de autoridad y poderes. Así,
por ejemplo, Zeus es el dios del cielo y Hera la diosa del matrimonio y las mujeres casadas.”
Marcadores lingüísticos: por ejemplo, a saber, es el caso de, y signos como los dos
puntos, los guiones y los paréntesis.
2.-Definición: expresa el significado de vocablos o expresiones que los lectores pueden
desconocer. Hay distintas formas de definir.
“En la mitología griega, la ambrosía es unas veces la comida y otras la bebida de los dioses.”
Marcadores lingüísticos: los verbos ser y significar, los dos puntos, los guiones y los
paréntesis.
Marcadores lingüísticos: se usa/se utiliza para, sirve, cumple la función de, su función es.
c.- Describiendo las características particulares del objeto. Ejemplo:
“La mitología griega está formada por un conjunto de leyendas que provienen de la religión de
esta antigua civilización del Mediterráneo oriental.”
Marcadores lingüísticos: los verbos ser, consistir, poseer, y expresiones como está
formado por.
“Los manatíes y los dugongos pertenecen a la familia denominada trichichidae (de solo tres
especies).”
3.- Reformulación o paráfrasis: Consiste en decir lo mismo con otras palabras para aclarar
un término o una expresión anterior.
Ejemplo:
“Los griegos sentían un miedo tremendo a lo que ellos llamaban hybris, es decir, a la
desmesura, a la arrogancia humana que toma para el hombre aquello que pertenece a los
dioses, o sea, trascender los propios límites humanos.”
Marcadores lingüísticos: es decir, o sea, dicho de otro modo, de otra manera, en otras
palabras, o usando paréntesis.
4.- Analogía: Para facilitar la comprensión se realiza una comparación desde un elemento
conocido a uno desconocido o desde un contexto disciplinar a otro.
Ejemplo:
“El genoma humano es como una biblioteca que tuviera miles de libros, cada uno de ellos con
miles de páginas y en cada página, miles de caracteres o letras.”
Marcadores lingüísticos: como si, es como, tal como, es lo mismo que, etc.
1.A partir del siguiente texto construya uno nuevo, incorporando al mismo los recursos
explicativos resaltados en negrita.
Arquímedes fue el físico más importante de la antigüedad (Breve biografía). Como ingeniero construyó un
tornillo hidráulico (explicación y descripción) y máquinas de guerra como (ejemplificación) que se usaron
para la defensa de su ciudad. Existe una leyenda referida al descubrimiento del llamado principio de
Arquímedes. Según esta leyenda (narración). El principio de Arquímedes plantea que (explicación)
TEXTOS ARGUMENTATIVOS
Se trata del tipo de textos en los que se presentan las razones a favor o en contra de
determinada "posición" o "tesis", con el fin de convencer al interlocutor. Se trata de
manera fundamental, aunque no exclusivamente, de juicios de valor, apreciaciones
positivas o negativas acerca de lo expuesto (Bueno, malo, feo, bello); válido/ no válido,
adecuado/no adecuado.
El texto argumentativo tiene un claro objetivo, que es convencer. Para esto el emisor, o
agente argumentador, hará uso de distintos elementos que apoyen sus ideas, como
datos, opiniones, pruebas, etc. Estos serán sus argumentos. La tesis será la visión que el
emisor quiere ver aceptada por el receptor.
Todo discurso argumentativo posee distintas formas de razonamientos que permiten
desarrollar el componente persuasivo y que van vinculando las bases con la tesis.
Dichas modalidades se diferencian considerando si el énfasis está puesto en lo lógico-
racional o en lo emotivo-afectivo.
1- Argumentos lógico-racionales
Ejemplo: “La madre de Juanito fumó durante su embarazo, por eso Juanito
es un niño débil y con bajo peso”.
Argumentos emotivo-afectivos
Signos de puntuación
Modos verbales
Los subjetivemas
Los subjetivemas son una serie de unidades lingüísticas que el emisor utiliza para
asumir de manera explícita su opinión sobre una temática en el texto. Se les llama
―subjetivemas‖ o ―expresiones subjetivas‖, por la carga valorativa que añaden al
discurso implicando explícitamente al emisor. Dentro de los recursos o estructuras
lingüísticas que pueden funcionar como subjetivemas se encuentran los
verbos, adjetivos y verbos. Ejemplos
“Ese estúpido programa”, “Esta me tiene harta”, "Es una belleza", etcétera.
El valor de la televisión en la sociedad.
En uno de esos opúsculos ingeniosos y burlescos que publicaba mensualmente bajo el título Les
guêpes (Las avispas), el periodista parisiense y fundador del Journal, Alphonse Karr (1808-1890),
puede leerse una afirmación, tan contundente como falaz, que, ciento sesenta años después de que
fuera escrita, todavía recoge el sentir de no pocos ciudadanos, especialmente
norteamericanos: ―Si se quiere abolir la pena de muerte, que comiencen los señores asesinos.‖
En efecto, aunque el movimiento abolicionista iniciado en Europa precisamente al
tiempo que Karr sentenciara en su contra haya recogido sus frutos, lo cierto es que son, todavía, al
menos noventa los países que en su sistema punitivo cuentan con la pena capital, alguno de ellos
incluso para condenar delitos no homicidas. Este año 2000, sin ir más lejos, han sido ya más de
setenta y cinco los condenados a la pena capital y ejecutados en Estados Unidos, mediante silla
eléctrica, inyección letal u otros métodos tan indoloros como inhumanos.
Pero hay, con todo, datos consoladores. En los últimos doce años, veintitrés países han abolido
completamente (es decir, también en tiempos de guerra) la pena de muerte. Entre estos se
encuentra España, que, por ley orgánica cerró, en noviembre de 1995, el último resquicio que el
artículo 15 de nuestra Constitución de 1978 había dejado a la pena de muerte en las leyes penales
militares. Un año antes lo había hecho Italia, habitual compañera de viaje, en los mismos términos.
(…)
Siendo la democracia, por definición, el gobierno del pueblo, no puede, también por definición,
excluir en ningún caso a un ciudadano integrante de ese pueblo, sea reduciéndolo a estado servil,
sea eliminándolo en pago por sus crímenes, por atroces o crueles que estos fueren. Así pues, la
pena de muerte, aunque pueda convivir, como de hecho y por desgracia coexiste, con la democracia
(¡esta lo aguanta todo!), es sin duda un elemento extraño y nocivo para ella, que la debilita en todo
caso, con riesgo incluso, especialmente en sistemas democráticos poco consolidados, de aniquilarla.
Permitir la pena de muerte en un sistema democrático es tanto como autorizar el tiranicidio en una
dictadura.»
Rafael Domingo, El País Digital, 12 de diciembre de 2000.
Actividades