Jibaro
Jibaro
NACIONAL”
UNIVERSIDAD NACIONAL DE LA AMAZONÍA PERUANA
FACULTAD DE INDUSTRIAS ALIMENTARIAS
ESCUELA DE FORMACIÓN PROFESIONAL DE
BROMATOLOGÍA Y NUTRICIÓN HUMANA
MONOGRAFIA N°1
LOS JIBAROS
IQUITOS – PERÚ
2022– II
INDICE
1.UBICACION GEOGRAFICA.................................................................................................2
2.TRIBUS JIBARAS..................................................................................................................3
2.1. FAMILIA LINGÜÍSTICA JIVOROANA.........................................................................4
3. HABITAD NATURAL.............................................................................................................4
4. HSTORIA...............................................................................................................................4
4.1 LLEGADA DE LOS MISIONEROS...................................................................................8
4.2 GUERRA..............................................................................................................................8
4.3 TROFEOS............................................................................................................................9
4.3.1 PREPARACION DE LOS TROFEOS..........................................................................10
5. CARACTERISTICAS..........................................................................................................12
6. ORGANIZACION SOCIAL.................................................................................................13
6. 1 DISTRIBUCION DEL TRABAJO....................................................................................15
7. VIVIVENDA..........................................................................................................................28
8. CLIMA...................................................................................................................................33
9. ECONOMIA (SUS ACTIVIDADES ECONOMICAS).......................................................33
10. ASPECTO FISICO (FEMENINO Y MASCULINO)........................................................34
11. VESTIMENTA....................................................................................................................36
12. ORGANIZACION SOCIAL...............................................................................................37
13. CERAMICA (CINTYA)......................................................................................................37
14.SHAMANISISMO...............................................................................................................38
15. DIVIDINADES....................................................................................................................50
16. CELEBRACIONES...........................................................................................................75
17. MUERTE............................................................................................................................75
18. SEPULTURA.....................................................................................................................76
19. ORGANIZACIONES FEDERATIVAS A PARTIR DE LOS AÑOS 60..........................76
20. DEMANDAS EXIGIDAS POR LAS FEDERACIONES.................................................77
21. BIBLIOGRAFIA.................................................................................................................78
1.UBICACION GEOGRAFICA
El territorio de los jibaros está comprendido entre los grados 2 y 5 de latitud sur
y 77 y 79 de longitud. Topográficamente, esto incluye parte de las cabeceras de
los ríos Tigre, y las vertientes bajas del río Pastaza al norte y del Morona al
Este, incluye el Upano, y los afluentes bajos del Alto Marañón desde el río
Nieve hasta incluir el Agapa. (1)
Figura n°1 Mapa de la ubicación de los jibaros
2.TRIBUS JIBARAS
3. HABITAD NATURAL
Los Shuar viven en los valles pequeños de los ríos Upano y Zamora
hasta el Alto Marañón.
Los Aguarunas viven en la orilla derecha del marañón entre los ríos
Nieve y Apaga.
Los Huambisas ocupan las orillas derechas del Morona y del Mongosia,
incluyendo todo el territorio oeste hasta la orilla izquierda del Santiago
Los Achuales ocupan el territorio entre el Pastaza y Morona desde el
lago Puralina hacia el norte de los Andes. Cada tribu ocupa allí un
territorio claramente delimitado que defiende del acceso de los otros.
4. HSTORIA
Según los estudios realizados en la zona, se puede hablar de fragmentos
cerámicos y líticos con dataciones de hace 2.500 años, ratificando, que al
menos un área ocupada por los shuar estaba habitada por poblaciones de
alfareros, posiblemente horticultores, siendo muy distintos los primeros
vestigios encontrados a los de la cerámica actual Shuar, que parece difícil
establecer con seguridad una conexión cultural directa. (1)
No se conoce con exactitud los orígenes de la Nacionalidad Shuar. Algunos
autores como Alfredo Germany Uj´ Juank señalan que los Shuar son resultado
de la fusión de un grupo de la amazonia de lengua Arawak con otro de lengua
Puruhá Mochica de ascendencia andina. Este pueblo posteriormente se habría
dividido en cuatro ramas: Shuar, Achuar, Awuarunas y Wuampis, todos
pertenecientes a la familia lingüística Jíbaro.
Parece que los Shuar, formaban parte del pueblo Palta, asentados en la actual
provincia de Loja; quienes, huyendo de la conquista Inca, bajarían hacia la
región amazónica, a partir del siglo XV. La huella Arawak que aparece en
muchos de sus vocablos así parece confirmarlo. Estudios etnohistóricos han
confirmado que las colonias Cañaris asentadas en el alto valle del Upano,
terminaron asimilándose a los Shuar. (2)
Las características del hábitat y su espíritu guerrero los preservo aislados por
mucho tiempo. Los incas nunca pudieron conquistarlos, ya que las tropas de
Túpac Yupanqui encontraron una tenaz resistencia. Túpac Yupanqui excuso su
fracaso, declarando que “los habitantes de Bracamoros eran indignos de ser
sus súbditos.”
En 1549 los Shuar hacen fracasar la expedición española de Hernando de
Benavente. Al parecer se guiaron por el rio Paute, hasta su unión con el Upano,
Benavente había proyectado la fundación de una ciudad en estos lugares, pero
encontró a sus habitantes demasiado hostiles, y un ambiente desagradable
para poder establecer una colonia.
En 1552, se fundaron dos “ciudades”, por mandato del Virrey de Perú: Logroño,
posiblemente ubicadas en la unión de los ríos Paute y Zamora, y Sevilla de
Oro, probablemente en algún sitio hacia la mitad del rio Upano.
Según Ciesa de León con la dominación española, se les somete a un régimen
de explotación brutal, que provocó la sublevación indígena de 1.599 al mando
de Quiruba, más de veinte mil Shuar, sitiaron y ocuparon Logroño y ajusticiaron
al gobernador de Macas; posteriormente se tomaron Sevilla de Oro. Los pocos
que se salvaron, se retiraron hacia el norte, a la parte superior del valle Upano,
fundando allí la colonia de refugiados de Macas, desde 1599 hasta 1879, el
único enclave blanco permanente cerca de los Shuar. (1)
Con la dominación española, se les somete a un régimen de explotación brutal,
que provoco la sublevación indígena de 1.599 al mando de Quiruba, más de
veinte mil Shuar, sitiaron y ocuparon Logroño y ajusticiaron al gobernador de
Macas, posteriormente se tomaron Sevilla de Oro.
Desde 1599, hasta finales del siglo XIX, fracasaron los intentos de colonización
de los Shuar, la relación con los blancos era muy esporádica y a nivel de
intercambio de productos. A finales del siglo XIX, incursionan las mismas
religiosas y con ellas los colonos mestizos del Azuay, que se dedican a la
explotación del oro, cuya fiebre llega a su término a finales de la década del 30,
para luego dedicarse a la ganadería, actividad que es introducida por los
Jesuitas. (2)
A finales de la década del 50, los Shuar fronterizos se encontraban en pleno
contacto con la sociedad nacional y regidos por sus normas y leyes. A partir de
la década del 60, se inicia un proceso organizativo que culmina con la creación
de la federación de Centros Shuar, inicialmente promovido por los Salesianos,
pero que después adquiere autonomía propia, convirtiéndose en una de las
organizaciones indígenas más fuertes del ecuador y cuya acción, estructura y
propuestas, se han ampliado y vigorizado hasta el presente. (1)
La expansión del frente extractivista (comerciantes de cascarilla, caucho y
canela; misiones Salesianas de evangelización; colonización favorecida
especialmente por la guerra de 1941 con el Perú; intromisión de las empresas
transnacionales petroleras) provocaría no solo la perdida de sus territorios y la
degradación de su medio ecológico, sino además la transformación violenta de
sus prácticas productivas, de su organización social, política y de su identidad y
su cultura. A finales de la década del 50, los Shuar fronterizos se encontraban
en pleno contacto con la sociedad nacional y regidos por sus normas y leyes. A
partir de la década del 60, se inicia un proceso organizativo que culmina con la
creación de la Federación de Centros Shuar, inicialmente promovido por los
Salesianos, pero que después adquiere autonomía propia, convirtiéndose en
una de las organizaciones indígenas más fuertes del Ecuador y cuya acción,
estructura y propuestas, se han ampliado y vigorizado hasta el presente.
Como consecuencia de la expansión de la frontera extractivista, de la presión
demográfica y los incontrolables procesos de colonización, los Shuar, se han
visto empujados a ocupar tierras ribereñas y de selva baja en territorios
vecinos, que pertenecen a los Achuar (2)
Debido a que el Shuar ha sido un pueblo eminentemente guerrero y además
porque antiguamente tenían la costumbre de hacer después de sus guerras, el
rito de la reducción de la cabeza de sus enemigos, conocido como Tsantsa a fin
de poder preservarla como trofeo de guerra, han sido generalmente conocidos
en forma despectiva como Jíbaros o salvajes; denominación que rechazan por
su contenido etnocéntrico y racista; por ello reivindican su derecho a
autodenominarse como Shuar que significa gente, persona.
La región que habitan los Shuar, corresponde a un ecosistema de montaña,
pues se encuentran ubicados en las estribaciones de la cordillera oriental de
los Andes, en una zona de Bosque Húmedo Tropical (BHT) en la parte
suroccidental de la región Amazónica, disponen por ello de una rica diversidad
de flora y fauna; sin embargo, su territorio es escabroso, los suelos son pobres
en cuanto a riquezas minerales y la topografía es variada.
Los modelos de poblamiento de los Shuar responden a un tipo de
asentamiento interfluvial, caracterizado por la división entre tierras altas y
bajas, en las que, la inversión de trabajo es más fuerte, el nomadismo es más
amplio y más significativa la dispersión de las unidades residenciales. El hábitat
ribereño, permite en cambio, sedentarismo y asentamientos más concentrados.
La familia constituye la unidad de reproducción biológica, económica, social,
política y cultural más importante entre los Shuar, se trata de una sociedad
clánica, en la que sus miembros se encuentran unidos por lazos de sangre y
conformados en familias ampliadas. La poliginia o matrimonio de un hombre
con varias mujeres, preferentemente sororal, es decir con las hermanas de la
esposa, o sea sus cuñadas; y el levirato, o matrimonio con la viuda del
hermano; han sido entre los Shuar las reglas tradicionalmente aceptadas.
El número de esposas dependía de las cualidades del hombre, este debe ser,
un valiente guerrero, trabajador, buen cazador, demostrar su honradez y
veracidad; los futuros suegros juzgaban si estas cualidades se cumplían, para
poder autorizar el matrimonio. Hoy son pocos los hombres que tienen dos
mujeres, ese privilegio lo tienen casi siempre los ancianos guerreros y los
shamanes. Actualmente, esta regla poligámica de matrimonio, se encuentra en
un proceso de transición a un tipo de matrimonio monogámico.
Mujeres Shuar Adornos típicos de las mujeres shuar: el tukunap, palo de
carrizo que se coloca en un agujero hecho en el labio inferior; los aretes akiamu
hechos con plumas de tucán, mullos, pepas de nupi y alas de coleópteros; los
cinturones shakap que son en realidad instrumentos musicales, con los cuales
las mujeres llevan el ritmo en el baile; están hechos con pedazos de churos
hallados en la selva y/o con pepas diversas, nupi, makich o kumku.
La residencia generalmente es patrilocal, las parejas recién casadas, van a vivir
en la casa del padre del novio. La residencia matrilocal, o sea vivir en la casa
de los padres de la novia, sucede en determinadas ocasiones; por ejemplo,
cuando el novio no entrega al suegro una escopeta como don, le toca ir a vivir
con este, para pagarle en trabajo; durante este periodo, el yerno está
duramente sometido a la autoridad del suegro, de la cual es difícil
desprenderse; es por ello que la residencia matrilocal aunque sea temporal, es
generalmente evitada.
Tradicionalmente, no existía entre los Shuar diferenciación de status sociales,
estos estaban dados por referentes simbólicos. Distinguían entre los hombres
maduros, diferenciando el status de Kakáram y de Wea. Un hombre gana
prestigio por sus habilidades de cazador, su conducta guerrera y valentía,
entonces se lo reconoce como Kakáram u hombre poderoso, invencible,
distinguido por su valor y liderazgo en la guerra, ya que posee la fuerza que le
transmite el Arútam. Por eso es temido por sus enemigos y respetado por sus
vecinos y parientes. Conforme aumenta su prestigio y su influencia política, el
Kakáram se transforma en Uunt (viejo o grande) y establece a su alrededor una
zona de influencia basada en grupos de parentesco y afiliación. Los Wea, son
en cambio anciano, maestro de ceremonias, considerados sabios y respetados
por ser la memoria viva de la cultura, por su ancestral sabiduría y por sus
conocimientos rituales.
También posee autoridad simbólica, el Uwishin o shamán, considerado el
intermediario con las fuerzas y espíritus de la naturaleza; dado el rol arriesgado
que cumple, pues está expuesto a la agresividad de los otros shamanes, goza
de cierto status diferenciado que se refleja en una relativa abundancia de
bienes y mujeres. Actualmente, el comercio de bienes; la posesión de ganado;
los niveles de formación educativa y profesionalización; el liderazgo étnico, se
han convertido en los instrumentos de diferenciación interna y competencia
social.
Tradicionalmente practicaban una economía de subsistencia basada en la
caza, la pesca y la recolección; actualmente viven un proceso de transición a
una economía de mercado que se basa en la agricultura intensiva, la
ganadería, la artesanía, el turismo y la comercialización de madera. (3)
6. ORGANIZACION SOCIAL
De las aseveraciones que hemos hecho previamente respecto de la
distribución de las tribus jíbaras, se desprende que su organización social es
dispersa. De hecho, el total de las gentes se divide en un gran número de tribus
que a su turno se subdividen en clanes más pequeños que comprenden unas
pocas familias estrechamente emparentadas entre ellas por la sangre. Estas
subtribus no forman comunidades asentadas en poblados; cada familia habita
su propia casa comunal grande (héa), pero éstas no se ubican cerca unas de
otras, sino que están desparramadas en la selva virgen. Generalmente uno
tiene que caminar una o varias horas para llegar a la casa más cercana. Cada
casa jíbara forma -de hecho- una unidad social, política y económica
independiente y separada, con su propio conjunto de familias, sus propias
plantaciones en la vecindad de la casa, y su propio gobernante o jefe, el mayor
de los jefes de familia, quien de manera alguna es controlado por nadie en
tiempo de paz. Es en mucho la misma característica que encontramos en otras
partes de Sud América tropical, donde las selvas vírgenes impenetrables
necesaria- mente, conducen a la desintegración social, que se incrementa aún
más por las tendencias antisociales que son comunes entre los indios. El
estado de las cosas entre los Jíbaros, sin embargo, es único en muchos
aspectos.
Su sociedad se basa de esta manera en el lazo de sangre. Solamente las tribus
que reconocen alguna clase de consanguinidad presentan un sentimiento de
solidaridad, el resto, aunque hablan el mismo idioma son mirados no solamente
como extraños, sino como verdaderos enemigos naturales, una característica
que será ilustrada más prolija- mente en la parte que trata de sus guerras. Es
casi una regla general, que ocurran las guerras de exterminio entre las distintas
subtribus.
Sin embargo, como aparece en su historia, ha habido ocasiones en las que han
podido vencer la natural antipatía que los separa y unirse contra un enemigo
común. Este ha sido el hombre blanco, que ha amenazado tan frecuentemente
la libertad de las gentes, pero las alianzas, tal como la de 1599, han sido
excepcionales y totalmente debidas a la influencia de una sola eminente
personalidad. Estrechamente conectada con este antagonismo entre las
diversas tribus jíbaras, está su marcada endogamia. Los matrimonios, como
regla, son contraídos únicamente entre personas que pertenecen a familias
emparentadas entre ellas y social- mente unidas. La idea de que ellas, igual
que otros indios, hacen la guerra contra otras tribus con el fin de procurarse
mujeres1 y que regularmente las es- posas de los enemigos vencidos se
convierten en las esposas de los vencedores, es ciertamente una exageración.
Los Jíbaros temen y detestan a las tri- bus extrañas, especialmente de su
propia nación y no ponen pie en sus dominios excepto con intenciones hostiles.
La manera como los Jíbaros consideran los matrimonios exógamos, o las
relaciones sexuales con miembros de tribus extrañas en general, puede
inferirse del hecho de que, si una viuda o alguna otra mujer ha sido preñada
por un hombre que pertenece a otra tribu, la mujer es obligada a matar a la
criatura si es un niño, tan pronto nazca, “a fin de que el hombre extraño no deje
descendientes dentro de la tribu...”. Las relaciones con tribus extrañas serán
tratadas de nuevo en conexión con las guerras de los indios. Por el momento
es importante señalar que no es probable que los Jíbaros tomen sus esposas
de tribus que ellos consideran enemigos mortales, tales casos más bien son
excepciones que confirma la regla. Esto nos conduce a examinar las
costumbres matrimoniales de los indios.
cosas. No es sino hasta las cuatro ó cinco que se toma la segunda comida del
día. Mientras están afuera, los Jíbaros solo beben la cerveza de yuca que
llevaron en la forma de substancia de yuca fermentada envuelta en hojas de
plátano.
Ilustración 2. El autor es agasajado con cerveza de yuca por la esposa del
anfitrión
PAPEL DE LA MUJER
La moral social de los Jíbaros ha sido ya ilustrada por ciertas costumbres
relatadas en los capítulos previos. Algunas de éstas, por ejemplo, el brutal
tratamiento para las mujeres infieles, no los presenta bajo una luz favorable.
Para hacer el cuadro más completo, en este capítulo expongo algunos hechos
relacionados con el intercambio social, la costumbre del infanticidio, el
tratamiento a los ancianos, y la posición de las mujeres.
La compasión social y el sentimiento de solidaridad es bastante fuerte dentro
de la familia y la subtribu, los miembros de las cuales están unidos por lazos de
sangre. Por ejemplo, el parentesco cercano entre dos hermanos varones, y los
deberes que surgen de ello, ya han sido señalados cuando describí la
costumbre del levirato, y será ilustrado más aún en relación con la institución
de la venganza de sangre. Sin embargo, aun dentro de la familia, a veces
surgen conflictos; puede que sea por causa de las mujeres, de la amenaza de
hechicería, y en algunos casos pueden conducir a tragedias sangrientas.
Pueden también surgir peleas en las reuniones de tragos. En general, la
compasión social no ha desarrollado entre ellos esas formas ex- tremas que se
dan entre los más primitivos indios del Chaco, que los ha llevado a una especie
de comunismo práctico o socialismo, al menos en lo que concierne al alimento;
pero los Jíbaros, con una vida fácil apoyada en su propio trabajo, no dependen
entre sí a tal extremo. Hemos visto, por ejemplo, que los extraños a los que se
los considera amigos se les demuestra gran hospitalidad; pero esta
hospitalidad no es, por así decirlo, una virtud natural, sino un asunto de
etiqueta, o más estrictamente hablando, una costumbre que forma parte y es
un segmento de la diplomacia india. La propiedad es estrictamente respetada:
todas las personas de la casa, no solamente el padre de la familia extraña, sino
también las mujeres y los niños, tienen sus propias cosas privadas en la
mayoría compuestas de adornos de alguna clase sobre las cuales tienen pleno
control. El robo es desconocido en la vida social de los Jíbaros, al menos entre
las tribus no afectadas por la civilización cristiana. Robar a una persona que
nunca lo ha ofendido está claramente en desacuerdo con ese fuerte sentido de
justicia que es una de las características morales del Jibaro. Desgraciadamente
esto es diferente con los medios civilizados indios Canelos de quienes oí varios
casos graves de robo.
Conectada estrechamente con la característica honestidad del indio Jibaro en
su estado natural, está la fidelidad a su palabra. Cuando contrataba a los indios
para cargar mi equipaje, usual- mente les pagaba por adelantado, a razón de
tan- tas yardas de tela por un viaje de tantos días. Cuando los indios habían
recibido el pago de ello equivalía a un compromiso, y yo, como regla, podía
estar seguro de que ellos lo mantendrían y que estarían listos para partir en el
día señalado para el viaje. Si por alguna razón, por ejemplo debido a
enfermedad, el indio no podía partir, él devolvía la tela que se le había pagado
por adelantado. En este aspecto los salvajes Jíbaros eran mucho más
confiables que los “cristianos” indios Canelos. Los primeros nunca faltaron a
sus promesas, mientras que los últimos, por otra parte, me engañaron al
menos en un caso, y se me contó que otros viaje- ros habían tenido
experiencias similares. La honestidad y la buena fe están entre las costumbres
naturales que los indios pierden fácilmente por el contacto con la civilización.
De cualquier manera, tal es la moral india en relación con una persona que se
gana su confianza. No creo que la sinceridad sea generalmente una virtud
social que él presente en su trato con sus compañeros de tribu. Las continuas
guerras llevadas a cabo entre las tribus a través de los siglos, y la necesidad
que tiene el indio jíbaro de estar alerta en contra de los designios malignos de
enemigos secretos o declarados, lo ha hecho naturalmente más o menos
traicionero e inclinado al disimulo. El indio jíbaro puede ser franco y sincero con
la persona en quien confía; pero con las personas que él no conoce es
suspicaz, y a las personas que él considera sus enemigos las engañará de la
manera más deliberada.
Puesto que, aparte de la familia, no existe una sociedad en el estricto sentido
de la palabra, es natural que las clases sociales, la distinción entre ricos y
pobres etc., sean también inexistentes, al igual que la distinción entre
gobernantes y gobernados. Si podemos hablar de un “Gobierno”, él es
puramente patriarcal, siendo el cabeza de la familia y el propietario de la casa
al mismo tiempo el “jefe” de esta pequeña comunidad, y quien, teóricamente,
tiene el poder absoluto. Es de particular interés cómo ellos en la práctica
ejercen este poder.
De acuerdo con el criterio primitivo prevaleciente entre la mayoría de las tribus
sudamericanas, los infantes recién nacidos son de la exclusiva propiedad de
sus padres, quienes de este modo tienen el derecho a matarlos si así lo
deciden. Este infanticidio existe también entre los indios Jíbaros y los Canelos,
aunque está constreñido a los más o menos excepcionales casos que he
mencionado antes. Los primeros frecuentemente matan a sus niños cuando la
mujer ha sido embarazada por un hombre perteneciente a una tribu extraña; a
criaturas deformes que los Jíbaros llaman pasúna, se les elimina
inmediatamente después del matrimonio. Hemos visto que a menudo se cree
que tales criaturas son nacidas como consecuencia de matrimonios ilegales y
que se les atribuye una influencia demoníaca misteriosa. Consecuentemente,
en estos casos el infanticidio se debe, no a la falta de sentimientos paternales,
sino a pura superstición. Tal criatura, de acuerdo con su opinión, no es de
hecho un ser humano, sino un demonio cuya aparición en la tribu es
extremadamente desafortunada. El nacimiento de un pasúna es uno de los
casos en que no solo la familia individual sino la subtribu toda tiene que ver,
epidemias y mala suerte general pueden ser la consecuencia de ello. Entre los
indios Canelos pasa lo mismo con los gemelos, de los cuales, como lo he
establecido, el segundo es siempre muerto por ser un supai huahua, “el hijo del
demonio”.
Es evidente que el infanticidio no se debe a la falta de sentimientos paternales;
inclusive el Jibaro salvaje está muy encariñado con sus hijos y la cuida de
todas las maneras posibles, sujetándose a privaciones considerables por un
largo tiempo, en favor de su hijo recién nacido. Las costumbres practicadas por
los indios Canelos en relación con el nacimiento de una criatura demuestran
que estos indios también se preocupan del futuro bienestar de sus hijos
jóvenes.
La posición de la gente anciana, y más particularmente de los ancianos
varones, es de especial interés. La manera como el poder de los ancianos
aumenta con los años en ninguna parte aparece tan claramente como en la
sociedad Jíbara. Nosotros hemos notado frecuentemente que en las grandes
fiestas las ceremonias siempre son dirigidas por algún anciano o anciana
(generalmente llamados whuéa y oháha) quien por ejemplo tiene que
administrar el jugo de tabaco y otras medicinas que se toman en esas
ocasiones. La gran fiesta de la victoria, descrita en la siguiente parte de este
trabajo, nos dará ejemplos tradicionales de ello. Es difícil definir más
exactamente la verdadera naturaleza de los poderes, que, de acuerdo con la
creencia india, aumentan en el hombre al incrementarse su edad, y lo cual
explica el respeto observado hacia la gente anciana y especialmente a los
ancianos varones. Es natural que, debido a su experiencia en la vida, ellos
representan la sabiduría de la tribu, igual que ellos son las únicas autoridades
en religión lo mismo que en las costumbres. Pero “experiencia” para los indios
significa algo más que para el hombre civilizado: ella significa poder misterioso
mágico o sobrenatural. Cada acción de una persona anciana, experimentado
en una particular esfera de actividad tiene por lo tanto especial énfasis, y cada
rito o ceremonia importante en una fiesta debe ser realizada por tales personas
de edad, especialmente elegidas para el propósito. Aun si un anciano no es un
profesional como hombre de medicina, él es, de acuerdo con los criterios
indios, siempre más o menos versado en magia. Esto para él significa
influencia social y autoridad, o de cualquier manera le asegura un tratamiento
respetuoso, aunque él puede que sea físicamente decrépito e incapaz para el
trabajo. Así, tanto los indios Jíbaros como los Canelos creen que los ancianos,
después de la muerte o aun dentro de su vida, aparecen en la forma de
jaguares, anacondas, u otros formidables o peligrosos animales y con este
disfraz castigan a sus parientes por descuidar su deber. El criterio peculiar que
los Jíbaros tienen sobre los ancianos será nuevamente analizado en relación
con sus jefes de guerra.
Algunas palabras pueden añadirse en cuanto a la posición de las mujeres.
Aquellos pocos escritores que han abordado la posición de la mujer jíbara la
han descrito en esa forma parcializada y errónea que ha sido norma
especialmente entre los misioneros cuando han tratado de la posición de la
mujer en las sociedades salvajes: ella no es sino una esclava oprimida sin
derechos, y apenas considerada como una persona. La verdad es que la mujer
casada jíbara no solo es completamente independiente dentro de su propia
esfera de actividad, sino que ejerce una notable influencia social y autoridad
aun en materias que principalmente conciernen a su esposo. Es interesante
dejar sentado en este respecto que un padre de familia nunca vende fruta u
otros artículos de alimentación sin el consentimiento de su esposa. Hay, creo
yo, pocas sociedades civilizadas en las que el hombre solicite con tanta
asiduidad consejo a su esposa, incluso en asuntos de poca importancia, como
entre estos salvajes. Ocurrió con mucha frecuencia, durante mis viajes por la
selva, que yo visité casas de jíbaros para comprar yuca o plátanos, y recibí la
contestación del “autócrata” de la casa: “Tengo que consultar primero con mi
esposa”.
Frecuentemente sucede que la esposa está ausente por el momento y
entonces la contestación era: “Espere a que llegue mi esposa”. Pude ver que
tenían almacenados yuca y plátanos en la casa, y hubiese sido cuestión fácil
para el hombre darme inmediatamente lo que necesitaba comprar; sin
embargo, él me compelía a esperar por un rato largo, tal vez por horas, solo
para poder pedir permiso a su esposa para hacer la insignificante transacción.
Parecería natural que ello suceda cuando la cuestión se refiere a alimentos.
Puesto que la esposa es la cuidadora de los alimentos y la responsable de la
existencia de un almacenamiento suficiente para las necesidades de la familia,
es natural que a ella deba permitírsele decidir respecto a qué cantidad de ellos
puede ser dada a extraños. Pero su influencia parece ser la misma en otras
materias. Tanto entre los indios Jíbaros como entre los Canelos, cuando traté
de encontrar a un indio que fuera conmigo a cierto viaje, frecuentemente recibí
la misma contestación: “Primero tengo que pedir consejo a mi mujer”. En una
ocasión, un indio Canelo de mediana edad me había ya dado una promesa
condicional de acompañarme en un largo viaje por canoa. El convenio definitivo
dependía del consentimiento de su esposa. Cuando más tarde él se lo solicitó,
ella hizo objeciones, resultando finalmente que el indio declinó entrar en mi
servicio. Cuando un objeto, por insignificante que fuera, debía ser negociado,
las mujeres siempre querían tener una palabra en el asunto y su decisión era
generalmente final. Lo natural sería que los hombres solamente tuvieran el
derecho a decidir, por ejemplo, respecto a los adornos de plumas y otros que
ellos mismos hacen y que son de su uso individual, cosas que de hecho son
siempre consideradas como propiedad personal. Sin embargo, al tratar de
negociar tales ornamentos frecuentemente recibí la contestación usual: “Debo
primero pedir consejo a mi esposa”.
Tales ejemplos sin discusión muestran la “autocracia” teórica del esposo indio
bajo un aspecto muy curioso.
Sería por lo tanto una gran equivocación inferir, de la crueldad con la que el
adulterio es a menudo castigado, que las mujeres jíbaras son generalmente
maltratadas por sus esposos; lo contrario es la norma. De las relaciones entre
marido y esposa en la familia Jíbara, puede que sea apropiado decir que están
reguladas de acuerdo con el principio: “El hombre gobierna”. Que la mujer
jíbara de ningún modo es una esclava de su marido, sino que puede, cuando la
situación lo requiere, mantener su independencia, aparece por ejemplo en el
siguiente incidente del que fui testigo en mi último viaje entre los indios. La
esposa de mi viejo amigo Angoasha, de nombre Yanua, había salido a los
campos a recoger fruta con las mujeres más jóvenes. Cuando regresaron tarde
en la noche, fueron recibidas con reproches por Angoasha porque él y los otros
hombres estaban sin cerveza de yuca y las mujeres no habían regresado a
tiempo para elaborarla. Pero Yanua que había estado trabajando con fuerza
todo el día, no estaba dispuesta a aceptar culpa alguna, que en su opinión era
completamente injustificada.
“Hazte tu propia cerveza” exclamó ella con indignación. “¿Quién limpiará los
campos y quién traerá a la casa la yuca, el camote, el maní, si las mujeres no
lo hacemos?”.
“¿Por qué las mujeres tienen siempre que hacer la cerveza de yuca?”, preguntó
una de las mujeres más jóvenes. “Los hombres por sí mismos deberían
hacerla; entonces ellos no dependerían de nosotras”.
Angoasha no contestó nada probablemente a causa de que comprendió que la
objeción era justificada.
Que el amor conyugal y el afecto también existen entre los salvajes Jíbaros,
con frecuencia pude confirmarlo por mí mismo. Así, aun las muchachas jóvenes
de entre ocho y diez años parecían más tiernamente atadas a sus esposos o
prometidos, que eran algunos años mayores que ellas. Cuando viajaba en la
compañía de indios Jíbaros, ellos a veces llevaban a sus esposas con ellos,
especialmente para cargar la masa fermentada de la cerveza de yuca,
indispensable en todos sus viajes. En estas ocasiones tuve oportunidad de
atestiguar la forma en que mis portadores indios cuidaban de sus esposas en el
camino, ayudándolas a vadear las rápidas corrientes y a trepar por las
inclinadas laderas.
Puede que todavía tal vez se objete que la división del trabajo es desfavorable
para la mujer jíbara, correspondiéndole a ella el trabajo más pesado.
Precisamente esta aseveración debe ser calificada de errónea, como debe
estar suficientemente claro con mis declaraciones previas. De este modo el
trabajo más pesado en la agricultura es sin duda el arduo trabajo inicial, tumbar
los árboles gigantescos, y despejar los troncos, lo mismo que limpiar el terreno.
Este trabajo, que requiere gran fortaleza corporal, es siempre entre los Jíbaros
al igual que entre otros indios del Amazonas occidental desempeñado por los
hombres. La agricultura en el propio sentido de la palabra, la siembra y la
implantación, la limpieza de la tierra, etc., es el trabajo que debe ser realizado
por las mujeres. Estas tienen también que llevar a casa las frutas que cultivan
aunque no el plátano que es cultivado por los hombres y debe admitirse que los
cestos que contienen la yuca son frecuentemente muy pesados. Los grandes
troncos y otra clase de materiales requeridos para la construcción de las casas,
por otra parte, son siempre traídos por los hombres, al igual que los pesados
troncos de chonta usados como combustible en las casas. Como una regla
general, puede establecerse que el trabajo más pesado en la sociedad india es
hecho por los hombres, mientras que ocupaciones que re- quieren menos
fuerza física o que mejor se adaptan al sexo más débil son inherentes a las
mujeres. Pero cualquiera que sea la división del trabajo no tiene nada que ver
con el “egoísmo” de los hombres o su deseo de oprimir a los miembros más
débiles de la comunidad.
La mujer jíbara, debido a su característica industriosidad e inteligencia, bien
merece la posición influyente que ella tiene en el grupo. Siendo de una
disposición calmada y tranquila, ella hace un contraste beneficioso con su
esposo, impulsivo, apasionado y vengativo. Así, como aparece de lo que he
aseverado anteriormente, las mujeres son árbitros naturales en la familia, y
cuando en las fiestas los hombres se emborrachan y se muestran díscolos, las
mujeres los apartan y les quitan sus armas, probablemente evitando así
calamidades mayores. Por otra parte, debe añadirse que esta actitud pacífica
no se mantiene hacia los enemigos de la familia y de la tribu. Cuando el castigo
a delitos de sangre por ejemplo el asesinato de un hijo o de un esposo está en
mientes, ellas parecen tan vengativas como los hombres y, aún más, los
excitan a tomar venganza.
La alta estima de que goza la mujer jíbara, sin embargo, no puede ser
entendida apropiadamente a menos que nos demos cuenta de que ella tiene,
por así decirlo, su fundamento en el criterio de los indios sobre el mundo. Al
describir la “fiesta de las mujeres” mencioné la misteriosa influencia que una
madre de familia se cree que ejerce sobre todas las esferas de la vida en las
que ella participa, una influencia que es incrementada por medios artificiales.
Solamente una mujer puede actuar sobre el espíritu femenino de la planta de la
yuca como para hacer que produzca una abundante cosecha; cultivada por un
hombre no rendiría más que una magra recolección. Solamente bajo el cuidado
de una mujer los cerdos y las aves de corral aumentan y engordan, y los perros
de caza llegan a ser capaces para rastrear la caza. Sin la educación que
imparte una madre prudente y hábil, los hijos y las hijas apenas crecerían para
ser hombres valientes y madres de familia inteligentes. El hombre que no
cuenta con una esposa, iniciada apropiadamente durante la “fiesta de la mujer”,
se encontrará pronto privado de las cosas necesarias y verá todo su grupo
familiar en ruina, sin importar lo bien que él se haya provisto al principio de
campos y animales domésticos. De aquí la extraordinaria importancia y la gran
influencia social de la mujer jíbara.
Nota
1 Es difícil dar una idea más incorrecta de la posición de la mujer jíbara que
la que da Rivet en el siguiente pá- rrafo: “Méprisées par leus mari elles ne soní
que des es- claves destinées a le servir, a préparer le chicha et les aliments, a
filer et a tisser le coton, a cultiver le chacra qui entoure le maison” (Les Indiens
Jíbaros, pág. 59). La ignorancia de las costumbres de los Jíbaros en la que se
basa esta aseveración puede inferirse del hecho de que la hilatura y el tejido
(“filer et tisser”) son ocupaciones exclusivamente inherentes a los hombres. Un
similar y erróneo relato es dado por Vacas Galindo en Nankiju- kima, pág. 121 y
siguientes, quien fue probablemente la autoridad de consulta de Rivet
7. VIVIVENDA
Al describir mis viajes entre los indios Jíbaros, tuve ocasión de mencionar
repetidamente que los salvajes Jíbaros nunca se asientan en las riberas de los ríos
principales, sino que prefieren hacer sus casas junto a pequeños afluentes en el
interior de su territorio. La razón de esto es obvia: es debido a su constante miedo a
los ataques hostiles. Escondiéndose en las selvas de la manera que lo hacen, no solo
evitan a los blancos, que viajan constantemente por los ríos principales, sino que
también están mejor protegidos contra las tribus indias hostiles. Las casas jíbaras
también son comúnmente construidas con vistas a impedir el acceso de huéspedes no
invitados; de hecho, cerca de cada casa hay una especie de fortaleza como se
presentará con mayor detalle en la parte que trata de la guerra de los indios.
En su construcción general, las casas de los indios Jíbaros son del mismo tipo que las
grandes casas comunales del territorio amazónico y del Brasil, llamadas maloca. La
casa es de forma elíptica y tienen una longitud de 15 a 20 metros y un ancho de 8 a 10
metros. El techo está sostenido por dos o tres postes grandes de fuerte madera de
chonta en dirección longitudinal, y a cada lado hay otras vigas más pequeñas. El techo
consiste en varias capas de hojas de palma secas, trenzadas cuidadosamente en una
cubierta llamada kambánaka. Las paredes se construyen similarmente con gran
cuidado y consisten en una hilera de vigas fuertes de madera de chonta, colocadas
vertical- mente y atadas con lianas a barras horizontales. Como no hay aperturas en
las paredes que sirvan como ventanas, se dejan entre las vigas angostos espacios
intermedios de cerca de dos centímetros, a través de los cuales se filtra la luz del día.
Estas hendiduras en las paredes también permiten a los habitantes de la casa mirar y
observar a las personas que se aproximan; pero por otro lado hacen posible que los
enemigos espíen a los ocupantes de la casa para observarlos y hasta atacarlos con
armas naturales o sobrenaturales. Por lo tanto, en tiempos de guerra las casas de los
Jíbaros son especialmente fortificadas con paredes extras y de otras maneras, como
lo veremos más adelante.
La casa tiene siempre dos puertas, una en cada tope; la una es usada por los hombres
y la otra por las mujeres. Se debe notar que una casa jíbara consta de dos
departamentos, uno de los cuales está destinado para las mujeres y niños y se llama
ekínturu, el otro para los hombres y para los huéspedes y se llama tangamasha. El
cuarto destinado para las mujeres se reconoce inmediatamente por ciertos arreglos
especiales. El derredor de las paredes en una casa jíbara tiene bancos bajos de rajas
de bambú, llamados peáka, que sirven como asientos durante el día y sitios para
dormir en la noche. Estos tarimones o extensiones para dormir, en el departamento de
los hombres, no tienen bordes o lados; pero en el departamento de las mujeres, cada
uno de ellos está cercado por rajas de bambú o en algunos casos solamente con hojas
de plátano, así forman divisiones cerradas por tres lados, algo parecidas a los carros
para transportar caballos. Para cada una de las esposas de la casa, hay una de estas
cajas; aquí se mantiene a los niños pequeños y los perros, estos últimos siempre
están atados ya que, siendo extremadamente salvajes y furiosos, de otra manera no
dudarían en atacar a los visitantes. Ningún huésped puede entrar a la casa excepto
por la puerta que lleva al departamento de los hombres, ni puede sin permiso especial,
entrar al interior de la casa o departamento de las mujeres. Solamente un huésped
bien conocido por los indios, o que ha vivido algunos días en la casa, puede entrar allí
o también usar ocasional- mente la puerta de atrás. Mientras los hombres casados
duermen en el ekínturu, los hijos ya crecidos y otros hombres solteros pasan la noche
en el tangámasha, donde tienen su banco para dormir y donde los visitantes
ocasionales pueden también tomar posesión de una peáka para la noche.
Generalmente las mujeres están en el ekínturu, cocinan- do la comida sobre uno de
los fuegos en el suelo o haciendo otras tareas domésticas, y, como regla general,
ponen pie en el departamento de los hombres solamente para ofrecer cerveza de yuca
a sus esposos o a los huéspedes, o para llevarles comida.
El piso de una casa jíbara es la tierra misma. No se usan esteras, sino que el suelo
natural se mantiene cuidadosamente limpio barriéndolo diariamente. Esto es de lo más
necesario ya que en la casa jíbara no solo hay seres humanos, sino también ciertos
ocupantes animales. Así, los pollos, aunque por regla general se mantienen afuera,
hacen visitas ocasionales a la casa, y además entre los miembros de la familia se
encuentran general- mente un paugi (Crax Paugi) domesticado, un pájaro trompetero,
o un perico, los cuales se mueven libremente. A pesar de esto, para un extranjero que
visita una casa jíbara por primera vez, la impresión completa es la de limpieza y
sentido del orden, que de hecho están entre las cualidades características de los
indios Jíbaros.
Los bancos, que también sirven a los indios Jíbaros como sitios para dormir en la
noche, son extremadamente simples e incómodos. El largo es de alrededor de un
metro y medio, pero a veinte o treinta centímetros del banco está un palo cruzado
(patáki) en el cual los indios apoyan sus tobillos cuando duermen. El banco tiene un
pequeño plano inclinado, la punta superior de éste se encuentra a treinta o cuarenta
centímetros, la inferior a veinte o veinticinco centímetros sobre el suelo. El indio que
está durmiendo puede tener una delgada piel de ciervo bajo él, pero frecuentemente
aun ésta falta y tampoco tiene nada que lo cubra. Sin embargo, como a menudo las
noches son frías, se mantiene fuego ardiendo toda la noche bajo el palo cruzado que
sostiene las piernas, de manera que la persona que está durmiendo puede mantener
calientes sus extremidades. En ninguna tribu Jíbara se usan hamacas.
Hay otras pocas cosas en una casa jíbara que podrían pasar como “muebles”. Casi las
únicas cosas que merecen este nombre son unos bancos más pequeños de rajas de
bambú (kutánga) y unos taburetes redondos bajos (chimbuí) que usan los hombres.
Sin embargo, hay varios utensilios y otras cosas que llamarían la atención. Por
supuesto, la mayoría de los utensilios se encuentran en el departamento de las
mujeres donde se prepara la comida y la bebida. La mayoría de ellos son alfarería;
casi la única excepción son las grandes botellas de calabaza (yúmi) en las que se
mantiene el agua. Así se pueden encontrar estantes llenos de ollas de barro, grandes
y pequeñas, algunas se usan en la cocción de los alimentos y se llaman ichingána,
mientras que en otras se guarda la substancia de yuca de la que las mujeres jíbaras
preparan la bebida nativa de los indios, la cerveza de yuca o nihamánchi. Las ollas en
que se guarda la cerveza de yuca son las más grandes de todas y se llaman muitsa.
Se encuentra usualmente una olla de barro de este tipo en el centro del ekínturu
parada en el suelo y sostenida con palos; generalmente su apertura está cubierta con
un plato de barro o de calabaza, de manera que la anfitriona de la casa está siempre
lista para preparar la cerveza mezclando una cierta cantidad de substancia de yuca
con agua, cuando llega un invitado. Las ollas para cocinar se encuentran
generalmente en uno de los fuegos que arden fuera de “las cajas de dormir”. Las otras
ollas y platos de barro serán descritos con más detalle más adelante, en relación con
el arte de manufacturas de los indios.
Tal es, en sus rasgos principales, el interior de una casa jíbara. Está destinada a alojar
a un gran número de personas, no solamente el padre de familia, sus esposas y sus
hijos sino también las hijas casadas con sus maridos e hijos y algunos parientes
mayores, especialmente de la línea masculina. En las grandes fiestas una casa jíbara
puede albergar más de cien personas.
En lo que se refiere a las casas de los indios Canelos (huasi), difieren de las de los
Jíbaros principalmente en que son mucho más pequeñas y usualmente faltan las
paredes. Estos indios no tienen el mismo interés en fortificar las casas como los
Jíbaros. En el interior de la casa, los bancos de dormir son casi el único tipo de mueble
que se ve, pero lo que atrae inmediatamente la atención de las casas de los indios
Canelos es el gran número de todo tipo de vasijas de barro que son arregladas en
estantes bajo el techo, muchas de ellas hermosamente adornadas.
Ilustración 1. Casa jíbara desde el lado de la puerta de la parte masculina. Río Upano
Ilustración 2. Casa jíbara con figuras de espíritus pintados en la puerta. Alto Pastaza
Ilustración XVII. 3. Interior de una casa jíbara del alto río Pastaza. Racimos de
bananas prenden del techo para ser consumidos en la fiesta
1 2
3 4
Ilustración XVIII. 1 y 2 . Vasijas de barro para cocinar las hojas de tabaco (yukunda) de
dos tipos diferentes,
3. Un pequeño plato de barro usado en las fiestas por las personas obligadas al
ayuno (J. del R. Upano).
8. CLIMA
En general el país es montañoso, puesto que incluye las bajas laderas del oriente de
los Andes, hasta oriente de los Andes, hasta el punto donde caen en el vasto valle del
Amazonas.
Esta región tiene una de las caídas más grandes de agua y el país entero está
poblado con un denso poblado con una densa selva tropical selva tropical.
9. ECONOMIA (SUS ACTIVIDADES ECONOMICAS)
Los principales productos sembrados por los jíbaros son:
- Yuca
- ñames
- maíz
- calabaza
- camote
- tabaco
- achiote (tinte)
- algodón
Actividades económicas:
- La caza es la principal fuente proveedora de proteínas.
- La pesca contribuye de manera importante en su dieta, pescan
especialmente cuando los ríos están bajos. Entre las especies que pescan
están: la rémora, los siluros, los cangrejos y ámbaros.
- La recolección complementa su dieta alimenticia. Generalmente
recolectan larvas de insectos, hormigas, saltamontes y mariposas. Entre las
plantas: Los cogollos de la chonta y de algunas variedades de la palma y una
gran variedad de frutos silvestres.
- Actualmente viven un proceso de transición a una economía de mercado
que se basa en la ganadería, la agricultura intensiva, el turismo y la
comercialización de madera.
- La ganadería es actualmente una de las principales actividades
económicas. Se dedican especialmente al ganado bovino y porcino que son
comercializados en los centros urbanos de la región.
- Es importante el trabajo artesanal cuya producción está destinada al
mercado turístico. Trabajan el arte textil, plumario y el cerámico.
- El ecoturismo es una actividad que recientemente han incorporado como
estrategia.
10. ASPECTO FISICO (FEMENINO Y MASCULINO)
Masculino Femenino
Las costumbres de guerra y la vida austera de los jibaros han influido en ellos
tanto fisico como mentalemnte. Para ser gente de las selvas virgenes
tropicales, están más bien fuertemente costituidos y son musculosos.
El carácter independiente y arrogante del indio jibaro se muestra también en su
porte, gestos y manera de hablar, haciéndolo parecer más alto de lo que en
realidad es. Mirando desde el punto de vista europeo, está más bien bajo la
estatura media, pero es paenas mas pequeño que otros indios del oeste del
Amazonas.
Los hombres: tienen una estructura media de 1.70, están n muy musculados y
cubiertos de cicatrices debido a que constantemente están n guerreando.
Tienen una gran agilidad.
Las mujeres se dejan crecer el pelo hasta más abajo de los hombros. Tienen
una estructura media de 1.61 m, son fuertes y bien constituidas. Los jíbaros j
son aficionados a tatuarse. Se señalan los miembros con dibujos sencillos: una
cruz, un círculo o una línea l curva.
El color de piel es café claro, quizás más claro de lo que es común entre los
indios del territorio Amazónico. Su cabello es negro, grueso y generalmente
lacio, los ojos café obscuro, la nariz regular y recta, rara vez aguileña, en
algunos individuos algo ancha y chata, la boca y los labios normales y la
barbilla ligera. La forma del cráneo coloca al indio jibaro entre las razas
bracicefálicas.
11. VESTIMENTA
Cuando los hombres van de caza, de guerra o alguna ceremonia especial
llevan una tela sujeta a las caderas llamada llevan una tela sujeta a las caderas
llamada itipi.
El vestido femenino se llama tarachi, que consiste en una pieza rectangular,
cuyo extremo superior pasa por cuyo extremo superior pasa por abajo del
brazo izquierdo y se por abajo del brazo izquierdo y se prende sobre el rende
sobre el hombro derecho.
Los hombres el único adorno que usan es una borla de tucán o cigüeña, que
ese atan al lóbulo de la oreja, la cual utilizan cuando van a la guerra o a
grandes festividades. El llevar estas plumas es también un signo de destreza. n
un signo de destreza.
El material usado en los vestidos de ambos sexos es de algodón, fabricación
casera, tejido por los hombres de la tribu y compuesto de hilos de distintos
colores que tiñen con colores vegetales.
Figura 3. Vestimenta de los jibaros
12. ORGANIZACION SOCIAL
La familia constituye la unidad de reproducción biológica, económica, social,
política y cultural más importante entre los Shuar; se trata de una sociedad
clánica, en la que sus miembros se encuentran unidos por lazos de sangre y
conformados por familias ampliadas.
La poliginia o matrimonio de un hombre con varias mujeres, preferentemente
sororal, es decir con las hermanas de la esposa (sus cuñadas), y el levirato
(matrimonio con la viuda del hermano) han sido entre los Shuar las reglas
tradicionalmente aceptadas. El número de esposas dependía de las cualidades
del hombre, este debía ser, un valiente guerrero, trabajador, buen cazador,
demostrar su honradez y veracidad; los futuros suegros juzgaban si estas
cualidades se cumplían, para poder autorizar el matrimonio. Hoy son pocos los
hombres que tienen dos mujeres, ese privilegio lo tienen casi siempre los
ancianos guerreros y los shamanes.
Actualmente, esta regla poligámica de matrimonio se encuentra en un proceso
de transición a un tipo de matrimonio monogámico y exógamo (fuera del grupo)
debido a las continuas y más ampliadas relaciones interétnicas que establecen.
Tradicionalmente los Shuar, como la mayoría de pueblos amazónicos, no
llegaron a constituir, en el sentido formal, una unidad política y social. La
estructura de poder tradicional era descentralizada; el poder político y religioso
estaba ejercido por un uwishin shamán. En caso de guerra se nombraba un
jefe cuyo mandato terminaba con la finalización de la misma. Las familias se
aglutinaban en "vecindarios dispersos", cuya unidad conformaba una
comunidad. Actualmente han adoptado el nombre jurídico de "centros". La
unión de varios centros conforma organizaciones más amplias, las
asociaciones, que se encuentran agrupadas en federaciones, estructura socio-
política a través de la cual establecen las relaciones externas. (3)
La cabeza de la familia es el hombre más viejo, llamado CAPITO.
El arte de la cerámica entre los jibaros y especialmente entre los indios Canelos, es efectuado
con un notable grado de perfección. La superioridad de los indios Canelos se muestra sobre
todo en su manera de pintar las vasijas de barro o, más propiamente hablando, en los dibujos
ornamentales con los que decoran.
Se debe añadir que, sobre este punto particular, la alfarería hasta cierto punto varía de acuerdo
a las diferentes tribus jibaras.
Mientras las tribus del Upano y del Morona, y similarmente los Aguaruna, rara vez aplican
dibujos ornamentales a sus ollas y platos de barro, los Achuaras del Pastaza ornamentan los
suyos de manera peculiar, como lo veremos ahora, y hasta en la forma de su alfarería es
particularmente original, probablemente debido al relativo aislamiento en el cual viven los
Achuara.
Para hacer cerámica, los indios jibaros y Canelos usan un tipo especial de barro que se
encuentra solamente en ciertos lugares del rio. Por lo menos algunas tribus, como por ejemplo
los Achuaras, tratan de hacerlo más durable y más adaptable a propósito mezclándolo con
ceniza de corteza quemada.
14.SHAMANISISMO
Como hemos visto, la función del curandero incluye, por un lado, el envío de
males a otras personas por medio de hechicería, y por otro lado, el curar a
personas hechizadas por otros brujos.
Primero examinaremos cómo procede el curandero cuando hechiza a sus
enemigos.
El tirar la flecha mágica o hechizar a otra persona se llama entre los Jíbaros
waweátinyu (el verbo en forma informal, tercera persona singular wawéama).
Cuando un wiskinyu o curandero quiere hechizar a otro indígena, se prepara
para la operación ayunando cinco días. Durante ellos se con- tenta con escasa
comida como le fue prescrita en el momento de la iniciación, comiendo solo
plátanos verdes hervidos, hechos puré en agua. Se abstiene de beber chicha
de yuca, pero repetidamente toma agua de tabaco por la nariz, las hojas de la
planta son hervidas en una vasija de barro pequeña, parcialmente llena de
agua. Cada noche bebe el narcótico natéma para ver los espíritus y ser
instruido por ellos con respecto al tipo de “flecha” que debe usar y otros
particulares. El acto siempre se lleva a cabo en la oscuridad, cuando los
demonios se mueven. Cuando está listo para disparar su tunchi, el brujo toma
agua de tabaco, tose y gargaJea algo que agarra con sus dedos, murmura una
especie de conjuro, dirige su flecha, silba y hace un movimiento peculiar con
sus dedos. El nombre del indígena que va a ser hechizado también debe
mencionarse durante el conjuro.
Suponiendo que ese nombre es Andiche, el curandero se dirige al tunchi con
las siguientes palabras:
Amuesha, tsinsaká Andiche numba umárta, namánkisha yuota kuránta matinyu.
Es decir:
“¡Tú, flecha, que puedas beber la sangre de Andiche y comer su carne, para
que pueda morir rápido!”.
El hechicero subsecuentemente dispara su flecha con movimientos de soplo.
Puede estar bastante cerca de su víctima, o puede pegarle a una distancia
considerable. Así, una persona puede ser hechizada mientras está sentada
tranquilamente en su casa en la noche, conversando con otras personas. El
brujo hostil se introduce en la casa, cubierto por la obscuridad, y dispara su
flecha invisible por una rajadura en la pared. Al mismo tiempo, la víctima dentro
de la casa sentirá un fuerte dolor en el pecho, tendrá un sobresalto y dirá a sus
compañeros: “Me siento enfermo, algo me ha pasado, debo haber sido
hechizado”. El hechicero, habiendo realizado su hazaña, se escabulle.
Entre los Canelos, cuando un brujo quiere descargar su “chonta” sobre un
enemigo, ayuna previamente durante dos días, comiendo solo plátanos verdes
tomando agua de tabaco en dosis repetidas. Cada noche toma aya huasca
para comunicarse con los demonios. La hechicería se practica de noche. El
hechicero agarra una avispa negra con un aguijón venenoso, acomoda tres
espinos de chonta pequeños en su abdomen y la envía con la siguiente
fórmula: “Chai runáta yaicugri; cutin tigramúngi; chapashámi chishí; allita
mikúshca shamúngi, nyúca nishcáta pactachispa”. Es decir, “Que puedas entrar
en ese hombre (se menciona el nombre del indígena), que puedas entrar más
adelante; yo te esperaré de noche; habiendo comido su carne para que puedas
volver, después de ejecutar mi orden”.
La flecha invisible del brujo se supone que entra en la víctima por su garganta o
su pecho, tal como si hubiera sido lanzada por una flecha real. Si el curandero
no es capaz de extraer la flecha, empeorará y morirá dentro de unos días. El
demonio, habiendo dejado la “flecha” en el cuerpo del paciente, regresa a su
maestro.
Frecuentemente, sin embargo, el brujo pega a su víctima mientras ésta se
encuentra lejos en otro pueblo y otra parte del país. En tales casos, él no
dispara su flecha directamente sino por medio de algún animal, pájaro, reptil o
insecto diabólico. Los últimos, entre los Jíbaros, son llamados tuchima o
“hechizados”. Un curandero, por lo tanto, puede esconder su tunchi o su alma
diabólica en un jaguar, un pájaro nocturno, una culebra venenosa, o un insecto
venenoso como una avispa o escorpión. Estas criaturas las envía con la
fórmula de conjuro usual a lugares distantes, donde encontrarán la víctima
propuesta. Se cree que los pájaros, por su vuelo, son especialmente capaces
de llevar el tunchi lejos, pero el éxito con que el curandero es capaz de usar
tales agentes del mundo animal naturalmente depende de su propia habilidad y
experiencia. El mismo hecho de que, por ejemplo, un jaguar o una culebra
venenosa asuman una actitud agresiva hacia el hombre, matándolo o
haciéndole daño, es considerado como prueba suficiente de que el animal o
reptil es tunchima, es decir, que ha sido enviado por un hechicero enemigo.
La siguiente situación puede ilustrar la idea indígena de “hechizado” o de
animales diabólicos. La esposa del brujo jíbaro Shakaëma en el río Upano salía
un día a cosechar yuca en las planta- ciones. Mientras estaba ocupada en el
trabajo, notó un buitre negro que vino volando hacia ella, desde el norte, en una
manera que atrajo su atención. El buitre descendió sobre el suelo a poca
distancia de la mujer, mirándola. Al mismo tiempo, ella sintió un dolor agudo en
el pecho, como si hubiera sido herida por una flecha invisible. Se asustó y
sospechó en seguida haber sido hechizada. Trató de espantar al pájaro fatal
con su machete, pero éste solo voló a corta distancia y aterrizó otra vez,
mirándola fijamente. El dolor en el pecho aumentó. La mujer rápidamente volvió
a su casa y contó a su gente lo que le había pasado. Un curandero bebió
natéma para averiguar la naturaleza y el origen del mal. Declaró que la mujer
había sido hechizada por el buitre, que era tunchima. El pájaro había sido
enviado por un brujo de los Jíbaros que vivían al norte del río Copataza, una
tribu hostil, con la que Shakaëma había hecho la guerra, hacía algún tiempo.
Todos los intentos de curar a la mujer fueron inútiles. Su condición se empeoró
y algunos días más tarde ella murió.
La autosugestión juega una parte importante en el indígena y debe tomarse en
consideración si queremos entender la psicología de la hechicería. Apenas uno,
por una razón u otra, cree que ha sido hechizado de una forma que supera la
posibilidad de curación, y que su última hora ha llegado, generalmente se
muere a pesar de cualquier tratamiento.
De cualquier modo, el brujo muy pocas veces se contenta con disparar una
sola “flecha” a un enemigo que quiere matar. Apenas una víctima ha sido herida
una vez, sus parientes generalmente llaman a un curandero que pueda ser
capaz de ex- traer el tunchi a tiempo y así salvar la vida del paciente. El brujo
hostil, por lo tanto, está ansioso por repetir su operación varias veces,
disparando una “flecha” tras otra para asegurarse el resultado deseado. Su
objetivo es el de llenar el cuerpo del enemigo con tantas tsinsakas que el
curandero no sea capaz de extraerlas todas, en cuyo caso el paciente está
destinado a morir.
Los métodos descritos anteriormente son, tal vez, los más comúnmente
practicados por los curanderos. Pero también hay muchos otros. Mientras más
experimentado es un brujo, más astuto es en buscar nuevas e ingeniosas
maneras de llevar a cabo sus designios malvados en contra de los miembros
de la tribu. Así, un brujo frecuentemente hechizo a sus enemigos secretos
mientras se está quedando en su casa de visita, o mientras los recibe como
huéspedes, durante una conversación aparentemente tranquila. El tunchi debe
ser enviado secretamente, sin gesticulaciones e invocaciones que llamen la
atención. Un brujo astuto es, por ejemplo, supuestamente capaz de hechizar a
personas a través de un toque aparentemente accidental e involuntario con la
mano o al esconder el tunchi en algún lugar de la casa, o en la comida o bebida
ofrecida al huésped. También puede esconderlo en el bosque, en el follaje de
un árbol o arbusto. La “flecha” está envuelta en hojas, posiblemente también
con algunas “medicinas” mágicas, y el pequeño atado es colgado por el camino
en que la deseada víctima debe pasar. A veces los indígenas, cuando caminan
por el bosque, creen descubrir por el olor la presencia de los atados
hechizados, escondidos por brujos enemigos. Por la misma razón, cuando
meten pie en terrenos extraños o pasan por casas habitadas por enemigos
declarados, caminan con mucho cuidado por miedo de ser heridos por tales
“flechas” escondidas. Cuando llegan a un lugar en el bosque donde tienen la
intención de pasar la noche, y donde viajeros indígenas anteriores han
levantado chozas de hojas de palma provisionales, nunca duermen en tales
chozas sin antes cambiar el techo, removiendo las hojas de palma viejas y
poniendo nuevas. La choza puede haber sido ocupada anteriormente por un
brujo que tal vez dejó su tunchi escondido entre las hojas para causar daño a
los indígenas que durmieran allí después. Tales trucos frecuentemente los usan
los brujos jíbaros, inclusive sin dirigirse a enemigos reconocidos. Algunos de
ellos simplemente toman gusto en hacer daño a otras personas, sean
enemigos declarados o no.
Muy comúnmente la hechicería se desarrolla por medio de los ojos. Los Jíbaros
creen en el “mal de ojo” (tuna hi), desde que un brujo experimenta- do puede
enviar el tunchi no solo con la boca si- no también con los ojos. El ojo para los
indígenas es el “espejo del alma” en el sentido más real de la palabra. Como es
del alma del curandero que sale este veneno mágico, podemos entender cómo
se cree que él es capaz de enviar su tunchi simplemente con una mirada
penetrante. La efectividad del ojo maligno se incrementa pintándose la cara de
rojo. El Jíbaro raramente entra a una casa extraña sin tener la cara pintada de
rojo, siendo ésta una protección para sí mismo de la “flecha” traidora de su
anfitrión y un medio de efectividad de sus propios poderes ocultos. Una tintura
roja usada frecuentemente en casos similares es la llamada múspa compuesta
de semillas rojas del Bixa orellana y las hojas secadas y golpeadas de la planta
simaika. Las mejillas y especialmente las partes alrededor de los ojos se pintan
con esta brillante tintura roja antes de entrar, con la perspectiva de incrementar
el poder mágico de la mirada del visitante. Este tipo de pintura de la cara se
dice que actúa particularmente como un hechizo de amor, de tal manera que el
indígena visitante es capaz de atraer y seducir a las mujeres cuando se
acercan y ofrecen chicha de yuca al huésped. Generalmente, sin embargo, el
mal de ojo del brujo significa enfermedad y muerte para la persona sobre quien
re- cae.
El “mal de ojo” funciona de diferentes maneras. Así los brujos jíbaros
comúnmente se aprovechan de heridas aparentemente insignificantes y envían
su flecha a la víctima simplemente mirándola. Una pequeña herida
accidentalmente causada por un cuchillo, por ejemplo, puede verse en principio
solo como una herida “natural”. Pero si la herida no se cura dentro de unos
pocos días en una forma normal, por el contrario, más bien se infecta
empezando a doler y causando hinchazón de todo el miembro, los curanderos
declararán en la mayoría de los casos que estas complicaciones inexplicables
han sido traídas por el mal de ojo de un brujo. El siguiente caso puede ilustrar
las ideas indígenas sobre este punto. Un hijo del gran jefe Jíbaro Nayapi en
Puyo fue traido una vez para ser curado de una misteriosa enfermedad.
Mostraba en la ingle una herida pequeña, cuyo origen los indígenas no podían
explicar y, a pesar de un tratamiento prolongado de parte de diferentes
curanderos, no se curaba. Por el contrario, el paciente se empeoró; se
estableció alguna enfermedad interna, acompañada de hinchazón del
estómago, y, luego de algunos días de sufrimiento, el joven mu- rió. Un
curandero, después de beber el natéma, declaró lo siguiente sobre la
naturaleza de la enfermedad: “La pequeña herida en la ingle no podía por sí
misma causar la muerte; pero algún brujo enemigo la había visto con mal ojo y
había enviado su tunchi hacia ella”. La “flecha” había tomado la forma de una
pequeña serpiente boa que había penetrado desde la ingle al vientre donde
había crecido, causando la hinchazón del estómago y finalmente la muerte del
paciente. En casos de mordeduras de culebras se acepta frecuentemente la
misma explicación. Hay, como hemos visto, culebras “naturales” y culebras que
son tunchima, “hechizadas”. La mordedura de las primeras no causa daño
particular a la persona mordida, mientras que la de la última con frecuencia
termina fatalmente. Ahora, en muchos casos, cuando la mordedura de culebra
tiene resultados fatales, conduciendo a la muerte del paciente o a serias
complicaciones, los indígenas razonan de la siguiente manera: la mordedura en
sí misma no causaría la muerte; pero alguna persona malvada debe haber
mirado la herida con mal ojo y así ha causado la catástrofe. En consecuencia,
cuando entre los Jíbaros alguien es mordido por una culebra, se toman
precauciones para que ninguna persona sospechosa tenga la oportunidad de
mirar al paciente. De hecho, es inmediatamente llevado al monte donde el
curandero se queda con él, mientras lo cura.
Un brujo puede operar solo o puede cooperar con un iguánchi. Estos demonios
no solo envían enfermedades en la manera descrita antes, sino que también
disparan las flechas mágicas como brujos humanos y lo hacen de una forma
más diestra que los mencionados. Cuando un brujo coopera con iguánchi, por
lo tanto, no hay remedio para la víctima. El demonio deliberadamente le dispara
flecha tras flecha, tan rápido que ningún curandero es capaz de extraerlas y el
paciente de seguro morirá.
De los diferentes tipos de “flechas” mágicas utilizadas por los brujos, algunas
son consideradas más efectivas que otras. El tunchi más peligroso consiste en
cristales y piedras brillantes, conocidas bajo el nombre de kaya wincha, y de las
cuales los brujos hacen uso frecuente cuando hechizan a personas. Si tal
piedra pega en la cabeza de la víctima está supuestamente condenada a
muerte segura; pocos curanderos son capaces de curar a dichos pacientes. De
acuerdo con esta idea, tales piedras brillantes se encuentran casi siempre entre
los mamúra u objetos mágicos del curandero.
Cuando se utiliza contra blanco, el tunchi como regla no tiene efecto alguno. La
gente blanca es inmune a la hechicería de los indígenas. Hay, dicen los
Jíbaros, solo una forma de hechizar a un apáchi u hombre blanco,
principalmente, disparando una “flecha” hecha de un hueso de gallina (atáshi
kúnchi). Esta idea está, sin duda, relacionada con el hecho de que las gallinas
fueron introducidas originalmente entre los indígenas por los blancos.
Mujeres y niños están más expuestos a la hechicería, y un hechicero cuando
quiere hacer daño a una familia enemiga o a una tribu, prefiere atacar a los
miembros más débiles de la comunidad. Los niños pequeños, a causa de su
delicadeza, están especialmente expuestos al mal de hechicería de los brujos
indios y a la “enfermedad”. Los Jíbaros, consecuentemente, de mala voluntad
muestran sus bebés a extraños y nunca los llevan con ellos a las casas de
indígenas que no conocen muy bien o con quienes no tienen una relación
perfectamente amigable. Puede suceder que en una casa extraña algún brujo
maléfico mire al niño con mal ojo a consecuencia de lo cual se enfermará y
morirá. Un hombre siempre tiene más poder de resistencia que una mujer o un
niño, y mientras más viejo más “duro” se hace contra los malos espíritus y
hechicerías. Los brujos viejos y los jefes a pesar de estar físicamente
decrépitos- entre los jíbaros, como entre otros indígenas son más temidos a
causa de su supuesta habilidad en manejar su formidable arma sobrenatural, el
tun- chi.
Nota
1 En el idioma Jíbaro la palabra para “ojo” (hi) es la misma palabra que se
utiliza para “fuego”.
Ahora veamos cómo procede el curandero cuando tiene que curar un paciente que
sufre de un mal enviado por otros brujos.
Para ser capaz de operar con éxito, el curandero tiene que prepararse de cierta
manera. Esta preparación, como es usual, consiste principalmente en ayunar. El
tratamiento de la persona enferma tiene lugar en la noche, después de la puesta del
sol. Solo en la mañana del mismo día, el curandero puede ingerir algún alimento y
tomar chicha de yuca. Después del mediodía no come nada, pero en lugar de la
comida toma por la nariz grandes cantidades de agua de tabaco. El cerdo se supone
que es particularmente dañino, así que evita, con cuidado no solo comerlo sino hasta
olerlo. Si come cerdo antes de la operación se despertará enfermo la siguiente
mañana. En la noche, el curandero debe tomar natéma, que mientras tanto ha sido
preparada en la casa del paciente. Todo el día ha estado hirviendo a fuego lento una
olla que contiene pedazos del tallo aplastado del bejuco Banisteria caapi y de otro
bejuco llamado iáhi. La parte principal del agua tiene que evaporarse, dejando solo
una cantidad pequeña, pero extremadamente concentrada. Este es el natéma.
Tan rápido como oscurece, el curandero va a casa del paciente llevando consigo la
bolsa mágica, que contiene su namúra, así como un atado de ciertas hojas mágicas
llamado shingishingu, del cual hace uso cuando trata a un paciente. Su cara está
generalmente pintada de negro con genipa. Previamente se ha preparado en la olla,
agua de tabaco, hirviendo las hojas, y se ha llenado con esta cocción una gran pininga
(plato de barro). Cuando todo está listo, todas las luces y fuegos de las casas de
apagan porque el curandero debe operar en completa oscuridad. Él empieza su
tratamiento tomando la pininga con el agua de tabaco y cantando sobre ella un largo
conjuro. El espíritu del tabaco (tsanga maso mari) viene, convocado, a tomar posesión
del curandero y ayudarle a encontrar el origen y naturaleza del mal que aqueja al
paciente. Cuando se acaba la invocación, toma un poco de agua de tabaco sin vaciar
el plato. Luego llena una pequeña taza con natéma y tira su contenido al aire. Luego el
curandero se apoya sobre el paciente que ha sido recostado sobre una banca en la
mitad de la casa y empieza a cantar sus con- juros. Después de un rato, durante sus
cantos y otras acciones con el paciente, toma una segunda dosis de natéma algunas
veces con un poco de agua de tabaco. Esto se repite una tercera, y a veces una
cuarta vez, de acuerdo a como sea necesario. La cosa principal es que el curandero
entre en trance (nambikma), pues de otro modo no pue- de seguir conjurado a los
demonios y todo su tratamiento resulta inútil. Este estado mental, sin embargo, no
debe ser provocado repentinamente y todo de golpe sino gradualmente, para evitar
violentas explosiones de éxtasis espiritual; ésta es la razón por la cual las medicinas
solo se toman en pequeñas dosis.
En su conjuro el curandero invoca a todos los demonios que se sospecha que han
enviado el mal. Debido a que los brujos, cuando hechizan personas, preferiblemente
se aprovechan de ciertos agentes diabólicos del mundo animal, los cuales esconden
su enfermedad y del tunchi que trae la muerte, entendemos por qué la mayoría de
demonios invocados son animales, pájaros, reptiles y hasta insectos. Es un principio
primordial en los conjuros indígenas que el remedio debe buscarse donde el mal tiene
su origen, en otras palabras, los mismos espíritus que han causado la enfermedad
están también apremiados a curarla.
Los espíritus recién mencionados por supuesto no son los únicos invocados por el
curandero jíbaro. Un número de otros demonios también figuran en sus conjuros, la
mayoría de estos seres sien- do animales, pájaros e insectos, algunos inclusive
espíritus locales de la naturaleza. Con respecto a las bestias carnívoras, no solo el
común jaguar (Felix onca) sino todos los animales de la familia de los felinos por
ejemplo, el gran jaguar negro (soa- cha), el puma (Felix concolor), y diferentes tipos de
tigrillos pueden servir como agentes de brujos y son, por lo tanto, invocados por los
curanderos. El tsingutsangu yawá, es probablemente solo una bestia mítica, “un
animal parecido al tigre que vive en los árboles”. De los monstruos de agua, además
de aquellos ya mencionados, el caimán (kan- yátsa) y la gran nutria de agua
(Wangánimi) son de especial importancia. Hay pájaros que, como sabemos,
frecuentemente llevan la “flecha” y por lo tanto son invocados. Entre éstos el tucán
(tsukánga o kuánga), el guacamayo verde y el rojo (yambúna, takímbi), el mango
(chui), y el gallo de la piedra (sunga) son los más importantes. Es un hecho curioso
que la mayoría de los demonios animales y pájaros que, se cree, envían enfermedad y
son invocados por los curanderos también figuren entre los arútam, que originalmente
fueron espíritus ancestrales. Los insectos que poseen “flechas” naturales aguijones,
etc.-, también pueden ser invocados por los curanderos. Entre éstos hay una gran
larva peluda, llamada wambángu que cuando se toma entre los dedos, es capaz de
inflingir un dolor punzante y es, por lo tanto, algunas veces utilizada por los curanderos
con el propósito de hechizar. Una vez más, entre los espíritus de la naturaleza, los
demonios de las colinas son especialmente invocados (neindyu, neindyu, winiti
“demonios de las colinas, qué puedan venir” (¡para sacar las flechas que han enviado!)
Las montañas altas y las cordilleras, como sabemos, se considera que son habitadas
por los espíritus de brujos muertos.
Aparte del conjuro en sí mismo, hay ciertas operaciones interesantes con el paciente a
las cuales debemos dirigir nuestra atención. Ya he mencionado el atado de hojas,
llamado shíngishingu, que forma parte del equipo mágico del curandero, y que se
utiliza como una especie de matraca. Las hojas son de una planta especial a la que se
atribuyen propie dades misteriosas y terminan en una punta larga. Estas puntas
forman la parte más esencial de toda la cosa, en cuanto que en ellas se concentra el
alma de la planta (wakáni) y su poder mágico. Las puntas se llaman inéi, es decir,
“lenguas” y se su- ponen que son idénticas a la lengua del brujo, de quien se dice que
les da esa forma puntiaguda peculiar más o menos como la lengua de la culebra en el
momento de disparar su “flecha” contra su enemigo. Las puntas de las hojas, por lo
tanto, son al mismo tiempo idénticas el tunchi mismo, el misterioso objeto que es tarea
del curandero extraer del cuerpo del paciente. Estas ideas explican completamente la
importancia atribuida al shingishingu. Durante sus operaciones, el curandero de
cuando en cuando, alza y sacude el atado sobre el paciente y en particular sobre la
parte del cuerpo donde se encuentra el mal, tal como si le estuviera abanicando con
un abanico. Este procedimiento se repite varias veces, alternando con otras
operaciones. Algunas veces el curandero interrumpe sus conjuros para empezar otro
tratamiento. De su bolsa mágica saca una de las piedras blancas (kaya wincha), y,
después de llenar la boca con agua de tabaco, pone la piedra en la boca y frota con
ella el lugar afectado. Por medio de este tratamiento, supuestamente está preparando
favorablemente el lugar para extraer el tunchi. Luego se inclina sobre él, sopla y
escupe y, finalmente, habiéndose llenado otra vez la boca con agua de tabaco,
empieza a chuparlo vigorosamente. Después de unos momentos pretende extraer algo
del cuerpo y sostiene un pequeño objeto que, en la obscuridad, no puede ser
claramente percibido. “He encontrado la flecha”, dice a los ciscunstantes “es un espino
de chonta”, (o una piedra, una lombriz, el pelo de una paca, etc.). “Pero esto”, añade
generalmente, “no es la única flecha que hay en su cuerpo. Hay algunas de ellas, pero
gradualmente las sacaré todas”.
De esta forma el curandero continúa sus operaciones por un largo rato, con frecuencia
varias horas, alternando el canto de sus conjuros e invocando a los demonios,
sacudiendo el atado de hojas shingishingu, escupiendo y soplando, frotando el lugar
adolorido con su namúra, etc. Frecuente- mente toma agua de tabaco y también
repetida- mente bebe una pequeña cantidad de natéma, así se encamina
gradualmente hacia el trance para finalmente empezar a bailar alrededor del paciente,
golpeando el piso y cantando con voz fuerte. Este es el grado más alto de la posesión,
el estado en el cual el curandero “ve” la enfermedad y descubre sus causas. Alrededor
de la medianoche interrumpe sus operaciones por esa noche, pero, como
generalmente hay más de una flecha por extraer el cuerpo del paciente, el tratamiento
en la mayoría de los casos continúa por varias noches sucesivas.
En el sueño producido por el natéma y el agua de tabaco, el curandero encontrará
después el origen último de la enfermedad, el malvado brujo que ha enviado el tunchi.
Habiendo sido descubierto el autor del problema, el curandero puede tratar de enviar
el tunchi de vuelta y los parientes del paciente pueden decidir el tomar venganza de él.
Generalmente, sin embargo, no se decide la venganza hasta que no han sucedido en
la familia una o varias muertes por hechicería.
Entre los Canelos, un curandero que cura personas hechizadas por los brujos que
tiran la chunta es llamado hámbic runa o simplemente hámbic, “un hombre que cura
con las medicinas”, la palabra hámbic deriva de hambi, medicina. Cuando se prepara
para sus operaciones, que se realizan por la noche, el curandero tiene que ayunar el
mismo día, tomando solamente agua de tabaco por la boca y la nariz, tal como es
costumbre entre los Jíbaros. En la noche toma aya huasca en repetidas dosis antes y
durante sus operaciones. Estas últimas son muy parecidas a las de los Jíbaros. Sin
embargo, los demonios invocados en los conjuros de los curanderos Canelos son
hasta cierto punto diferentes de aquellos de los Jíbaros, de acuerdo con las ideas
particulares que tienen los Canelos en cuanto a los espíritus que envían la
enfermedad. Estos espíritus han sido mencionados antes en relación con las creencias
religiosas de los Canelos. Solo la gran serpiente de agua, amárun supai, y el tigre,
puma supai, guardan posiciones iguales en la superstición de ambos pueblos, cada
uno de ellos siendo considerado por los Canelos como una encarnación del alma de
un hechicero y consecuentemente como un autor de hechicería. El curandero además,
como el wishinyu de los Jíbaros, hace uso de las piedras blancas y otros objetos
mágicos para curar al paciente, así como el atado de hojas, que entre los Canelos se
llama ilupánga.
A más de los casos ordinarios de hechicería, que solo pueden ser curados por un
curandero, hay un mal cuyo tratamiento es de particular interés: la mordedura de
culebra. Como he menciona- do antes, las culebras venenosas que atacan y hacen
daño a las personas son generalmente vistas como tuchima, es decir, como
reencarnaciones temporales de las almas de brujos malvados. Con el veneno de
culebra la “flecha” penetra el cuerpo del indígena mordido por ella. Donde tal idea
prevalece, es claro que solo un hombre iniciado en el arte mágico puede tratar
apropiadamente a la persona mordida. Sin embargo, entre los Jíbaros la persona más
competente para curar la mordedura de culebra no es el curandero ordinario, sino un
hombre que haya sido alguna vez mordido por una culebra venenosa y haya
sobrevivido. Tal indígena se considera que se ha “endurecido” en contra de las
culebras y, por lo tanto, posee cualidades especiales para curar a otros hombres
atacados por los reptiles diabólicos.
Tan pronto como un indígena ha sido mordido por una culebra, se convoca a un
hombre que, si es posible, alguna vez ha sido curado de las con- secuencias de la
mordedura de culebra. En tales ocasiones se toman precauciones especiales. A
ninguna persona extraña, ni siquiera a alguno de los parientes más cercanos del
paciente, se le permite ver la pequeña herida. Un enemigo secreto puede mirarla con
mal de ojo y mandar su “flecha” dentro de ella, con la consecuencia de que pueden
sobrevenir todo tipo de complicaciones peligrosas. Los Jíbaros generalmente recurren
a esta explicación cuando una mordedura de culebra que, tal vez, en el comienzo
parecía leve, repentinamente da origen a una enfermedad seria y causa la muer- te del
paciente. Por lo tanto a nadie, sino al curandero, le es permitido tratar al paciente, y la
curación toma lugar no en la casa, sino afuera, en el bosque, donde el “doctor”
cuidadosamente lleva a la persona mordida por la culebra. En el bosque ha sido
atacado por el demonio, en el bosque, por lo tanto, el mismo demonio debe ser
conjurado y los efectos de su ataque neutralizados. Levantan una choza provisional y
el curandero se queda allí, so- lo con el paciente durante todo el tiempo que lo está
tratando. El tratamiento consiste en conjuros y operaciones de tipo muy parecido a las
practica- das por curanderos ordinarios. La medicina más frecuentemente usada es el
jugo de tabaco. El doctor repetidamente toma la medicina en su boca y luego chupa
vigorosamente la herida causada por la culebra. Canta ciertas encantaciones, invocan-
do al demonio que actúa en la culebra venenosa. A más del jugo de tabaco, que en sí
mismo puede tener efectos benéficos, se utilizan ciertas otras medicinas naturales en
contra de la mordedura de culebra. La más común de éstas es la que se prepara con
la planta llamada piripiri. De esta gramínea existen cinco tipos, que difieren entre sí por
el tamaño de las hojas. El tipo utilizado contra el veneno de culebras se llama napi
piripiri (piripiri de la culebra). Los tubérculos de la planta se aplastan en cierta cantidad
de agua fría, y se lava cuidadosamente la pequeña herida con la solución. El paciente
debe también beber la misma medicina. Otro tipo de remedio se prepara con el ají
indio (Caspicum) que es extremadamente fuerte. Se disuelve en el agua una cantidad
de ají y la solución viene introducida en el recto con el tallo hueco de una planta de
zanahoria (Daucus carota). Un tercer remedio utilizado en tales casos se obtiene del
reino animal. Hay una especie de cangrejo, que vive en agua dulce, que los Jíbaros
llaman uriki. Todo el animal es aplastado con un mazo y hervido en agua, y el paciente
toma la cocción como medicina. También es provechoso para él comer el animal en sí.
A pesar de que todas estas medicinas pueden tener efectos benéficos, son utilizadas
por los indígenas principalmente por las propiedades mágicas o sobrenaturales que
supuestamente poseen. Ellos creen que al usarlas son capaces de sacar al mal
demonio del cuerpo del paciente.
Cuando un Canelo ha sido mordido por una serpiente y el reptil escapa antes de que
los indígenas sean capaces de matarlo, se desarrolla la siguiente ceremonia. Toman
un palo de balsa (Ochoroma piscatoria) y lo pintan con manchas y anillos rojos en todo
su alrededor, para que se parezca más o menos a la culebra. Para pintura usan las
semillas rojas crudas (Bixa orellana), tomadas directamente del árbol. Ajustan una
cuerda al palo pintado, después de lo cual un hombre lo arrastra del paciente a una
distancia corta en el bosque. Allí el palo viene roto en pedazos y tirado. Por medio de
este procedimiento los indígenas creen que matan el alma de la culebra y
consecuentemente el paciente se recuperará.
Los curanderos indígenas no son impostores conscientes, sino que ejercen su poder
en buena fe. Esto resulta de un estudio cercano de su psicología y su modo de operar.
Ellos simplemente comparten las creencias de su pueblo, solo que las encarnan de
una manera especial.
Los curanderos mismos son en gran medida víctimas de su propio engaño y propia
sugestión. Entre los Jíbaros salvajes, como hemos visto, hay un considerable peligro
unido con esta profesión. Tal como un brujo, a quien se sospecha haber matado a otro
indígena por hechicería, corre el riesgo de ser muerto por los parientes enojados de la
víctima, también un curandero, que fracasa en curar un paciente confiado a él, puede
ser castigado por su falta de habilidad. Si el paciente muere en vez de recuperarse, los
parientes argumentan que el chamán ha utilizado su habilidad para la destrucción y no
para su salud, y posiblemente busquen venganza. Que a pesar de este peligro haya
personas que voluntariamente se dediquen al arte de la curación y a la hechicería, se
debe al poder e influencia que van siempre conectados con esta profesión.
15. DIVIDINADES
Los Jíbaros, en su estado pagano, no tienen noción de un ser supremo y un creador
del mundo. Algunos indios del Upano mencionan al Dios cristiano bajo el nombre de
Yusam (una corrup- ción de Dios en español), pero no saben prácticamente nada más
sobre la religión de los apachi (su nombre para los blancos), religión que en su mente
tiene poco o nada que ver con los seres sobrenaturales en los cuales ellos creen. Sin
embargo, la religión de los Jíbaros no puede ser llamada de ninguna manera pura
demonología, ni tampoco se reducen sus prácticas religiosas a pura magia como se
han dicho frecuentemente de las tribus primitivas al este de los Andes. En relación con
los ritos de agricultura y la “fiesta del tabaco de las mujeres” ya tenemos familiaridad
con las ideas religiosas que pueden llamarse elevadas, y con un culto donde el
elemento mágico casi no puede reconocerse. Hemos visto que los Jíbaros creen en
dos deidades más altas, la Tierra-madre Nungüi y su esposo Shakaëma, venerados
como la madre y el padre de toda la cultura jíbara; pero estas deidades tienen poco en
común los seres supremos que se han encontrado entre otras razas inferiores,
diferentes partes del mundo.
La bondadosa Tierra-madre de los Jíbaros y su leal marido Shakaëma a pesar de que
ninguno de ellos es considerado como creador del mundo como ser normal en sentido
estricto, no obstante, es de un interés singular, siendo un caso genuino de creación de
la imaginación primitiva indígena.
La palabra wakani puede ser traducida con “alma” o “sombra”. Almas humanas
separadas del cuerpo temporalmente, por ejemplo, en sueños, o permanentemente en
la muerte, son llamadas wakani como también es la sombra reflejada en el agua, o en
el suelo o en un espejo. Cualquier imagen o semejanza de un hombre, por ejemplo,
una fotografía, es llamada su wakani o alma, pero los indios aplicar este nombre
especialmente a la parte espiritual de un hombre separado de su cuerpo en la muerte.
Hay una cierta diferencia entre el wakáni de un hombre muerto o, por ejemplo, la
“sombra” de una persona viva, que explicaré más adelante. Ya dije antes que los
Jíbaros, cuando primero los conocí, se oponían fuertemente a ser fotografiados. Ellos
creían que con mi cámara yo “sacaba sus almas” (wakáni), a consecuencia de lo cual
podía haber enfermedad o muerte, o sea como si el ser fotografiados tuviera una
influencia in- debida sobre la persona. La palabra wakani, sin embargo, se utiliza en un
sentido más amplio, para significar un ser sobrenatural en general. Hay wakáni o
almas no solo en los hombres sino también en los animales, en las plantas, en los
cuerpos celestes y en otros objetos de la naturaleza.
Todo el aire bulle con estos seres espirituales que aparecen en distintas formas,
especialmente como animales; pero, como regla, solo pueden ser vistos por quien ha
tomado natéma u otras bebidas alucinógenas.
Aunque todos los wakáni, especialmente los wakáni de personas muertas, despiertan
sentimientos misteriosos en los indígenas y por lo tanto son siempre más o menos
temidos, algunos de ellos se consideran más malignamente dispuestos hacia la
humanidad que los demás. Los peores y más poderosos de los espíritus son llamados
iguánchi. Todos los iguánchi son wakani pero no todos los wakani son necesariamente
iguánchi. Las almas de personas que han sido particularmente temidas en vida,
especialmente las almas de curanderos y brujos, se cree que se cambian a iguánchi
después de la muerte. Las almas de enemigos muertos en guerra también figuran
entre esta clase peligrosa de demonios. Los iguánchi de cualquier modo aparecen de
muchas formas distintas. Algunas veces ellos se manifiestan en formas que se
parecen a las humanas o como indios vivientes, usando preciosos ornamentos de
plumas y con la cara pintada de rojo. En su mayor parte, sin embargo, los demonios
asumen la figura de diferentes se- res animales, de cuadrúpedos, pájaros, reptiles y
hasta insectos. El “culto animal” entre los Jíbaros, si podemos hablar de tal cosa,
parece referirse en la mayoría de los casos a almas humanas reencarnadas en
animales. Generalmente éstas son almas de shamanes o brujos quienes toman
temporalmente la forma de diferentes seres animales para causar daño o matar a
otras personas. En ningún caso se considera a los animales como totems de
individuos o de grupos; el totemismo es un sistema religioso o social enteramente
desconocido por los Jíbaros y los Canelos.
Teóricamente, todos los animales, así como las plantas, tienen un alma como los
hombres, pe- ro el papel que los animales juegan en la religión de los indígenas
depende enteramente de la importancia que ellos tienen en su vida práctica. Ani-
males que se distinguen por su fuerza y ferocidad, su apariencia peculiar o hábitos de
vida, o sus efectos dañinos, por supuesto, son los primeros en convertirse en objetos
de creencias supersticiosas. Abajo consideraré los espíritus y demonios más
importantes de los Jíbaros, comenzando por aque- llos que aparecen en forma de
animales.
Algunos de los más formidables iguánchi apa- recen en la forma de ciertos animales
peludos del bosque, principalmente el mono negro, washi, el oso, cheiva, y el venado
hápa. El mono negro ordinario (Ateles niger) es muy apreciado por los in- dios por su
carne comestible, su piel y sus dientes y, por lo tanto, es muy cazado. El animal que
ellos temen como demonio, no obstante, no es exactamente idéntico al mono negro
“natural”. El washi iguánchi es del hecho un ser puramente mítico; es mucho más
grande que el mono negro real, no su- be a los árboles, pero camina en el suelo sobre
dos patas como un ser humano y se dice que se mue- ve por entre los caminos del
bosque, especialmente en la noche. El encontrarse con el demonio significa muerte
casi segura para el indio. El iguánchi lo toma y lo mata o se lo lleva a su misteriosa
morada. Hombres muertos y almas de enemigos muertos en batalla en su mayor parte
aparecen en esta forma.
Exactamente lo mismo puede decirse del oso demonio, cheiva iguánchi. El oso
sudamericano (Ursus albifrons) es comparativamente pequeño y no es particularmente
temido por los nativos. Como el demoníaco mono negro, el oso demonio es un ser
mítico que es mucho más grande y más formidable que el animal “natural”. Los
indígenas por lo tanto temen extremadamente el encontrárselo en la oscuridad,
creyendo que morirán. Solo cuan- do se lo encuentra en un sueño producido por
alucinógenos es, como otros iguánchi, supuestamente inofensivo y hasta amigable con
el hombre.
Por otro lado, el tímido e inocente venado es temido y siempre visto como un
formidable iguánchi.
Aquí nos encontramos con una curiosa superstición que los Jíbaros parecen compartir
con casi todas las tribus primitivas de indios en Sudamérica. Los Jíbaros nunca comen
carne de vena- do, creyendo que si lo hacen morirán de seguro, y si matan al animal,
es solo para vender su carne a los blancos. Las almas de las personas particularmente
temidas en vida toman la forma de venado después de muertas, pero parece existir la
creencia de que las almas de mujeres también prefieren reencarnarse en este animal.
La última idea es naturalmente asociada con la timidez del venado, así como su
movimiento sin ruido y la misteriosa rapidez con la cual desaparece en el bosque
fácilmente sugiere a la mente primitiva del indio la idea de un fantasma.
Algo parecido se cree del tapir pamá, que es asimismo mirado como un iguánchi, a
pesar de que no es tan temido como el venado. Los Jíbaros por eso evitan la carne del
tapir casi tan cuidadosamente como la del venado. Con su hocico puntiagudo y el
silbido que produce, el animal es supuestamente capaz de hechizar personas: el alma
de un brujo puede temporalmente tomar morada en él. Una superstición similar en
relación al tapir es conocida entre algunas otras tribus sudamericanas.
Naturalmente entre los iguánchi o demonios figuran también los más grandes y
peligrosos animales carnívoros de Sur América, por ejemplo, el jaguar y otras especies
más pequeñas de la familia de los felinos. Entre esta clase de animales demoníacos,
se mencionan los siguientes: sacha o gran jaguar negro, el más grande de todos los
felinos en América del Sur; además, los shiashia, yambinga, yawára, diferentes tipos
de jaguares manchados; el hapayawára, es el puma o león sudamericano, y, por
último, los amicha, yantána y undúchama, diferentes tipos de pequeños tigrillos. Todos
estos animales son particularmente temidos porque se cree que las almas de los
curanderos se reencarnan en ellos para matar a sus enemigos. Inclusive durante su
vida, un brujo es supuestamente capaz, ocasionalmente, de transformarse en un
jaguar para hechizar a personas. Si un jaguar ataca y mata a un indígena o toma uno
de sus cerdos o perros, es inmediatamente evidente al resto que un brujo enemigo ha
estado operando, tomando la forma de la bestia salvaje para llevar a cabo sus
designios malvados. De la misma forma, se considera que shamanes en la forma de
jaguares o tigrillos mandan enfermedades. Por lo tanto, cuando un shamán está
curando a un paciente, entre los diferentes animales demoníacos que tal vez enviaron
el mal, también menciona el jaguar, y los tigrillos. Por otro lado, esas bestias también
figuran entre los anima- les-demonios que se aparecen ante los indígenas en los
sueños causados por maikoa o natéma y que son llamados arútama, “Los viejos”. Los
demonios jaguar que se aparecen ante el indio en el sueño por alucinógeno son
considerados por ellos como ancestros muertos. Tendré ocasión de mencionar éstos
otra vez, al igual que otros arútama en conexión con otras bebidas alucinógenas.
Mucho más temido, sin embargo, es otro monstruo del agua que vive principalmente
en los ríos y lagos de la Amazonia, la gran boa de agua o anaconda (Eunectas
murinus). Los Jíbaros la llaman pangí. A veces en su encantación mágica le dan
también el nombre quicha de amárun. La anaconda es, de hecho, el peor de los
demonios que habitan el mundo espiritual de los indígenas. Los Jíbaros solo
comparten una creencia con respecto a este monstruo que parece ser común a todos
los indígenas de Sud América tropical. La gran boa es el padre de la hechicería, es de
su cuerpo que los curanderos toman el veneno con el cual ellos mismos están
impregnados y la flecha mágica (tunchi) que lanzan en contra de aquellos a quienes
quieren hacer daño. Tanto después de muertos como durante su vida, las almas de los
curanderos se su- pone que son capaces de transmigrar en anacondas, y cuando los
indígenas matan tal monstruo dicen que es un brujo malo que han matado. Los
especímenes más grandes de anaconda no son ni tocados por los Jibaros con sus
manos después de matarlos, por miedo de los efectos malignos que surgen por estar
en contacto con el demonio, pero la piel de boas más pequeñas es frecuentemente
utilizada para hacer grandes cintos, a los cuales se les atribuye gran poder mágico.
Debido a que la anaconda es vista como el padre de la hechicería, es natural que
también se la considere como el autor de todas las enfermedades atribuidas a la
brujería. De esta forma, el pangui junto con su “hermano”, el tsungi, son regularmente
mencionados en los conjuros mágicos por medio de los cuales los curanderos tratan
de curar enfermedades.
No solo la gran serpiente boa, sino también otros tipos de reptiles juegan un papel
importante en la religión de los Jíbaros. Así, el gran caimán o cocodrilo, kanyátsa, que
ataca a las personas nadando en los ríos, es un iguánchi y hasta es reconocido entre
los arútama. Mucho más temidos, sin embargo, son los demonios que aparecen en
forma de culebras venenosas. Sobre tales reptiles todos los indígenas ecuatorianos
parecen tener la misma idea: con la mordedura de la culebra venenosa un espíritu
malo entra en el cuerpo del paciente. Pero los Jíbaros van más lejos en su teoría: el
wakáni o iguánchi que entró en la persona, mordiéndola y causándole la muerte, era
de hecho nada más que el alma demoníaca de un brujo que había tomado la forma de
un reptil para matar a su enemigo.
Pocos fenómenos del mundo animal han im- presionado la mente indígena tan
fuertemente co- mo los de las culebras venenosas.
Los espíritus de las plantas tienen menor importancia en la religión de los Jíbaros que
los espíritus de animales. Es una creencia dentro de la filosofía animística de los
indígenas, que todos los árboles y plantas están animados por espíritus y al- mas, así
como lo están hombres y animales. Tampoco se diferencian un wuakáni de una planta
en esencia de un wakáni de un hombre o un animal. De acuerdo con la mitología de
los Jíbaros, todos los animales fueron alguna vez hombres y lo mismo las plantas.
Todo su animismo reside en la creencia de que hasta las plantas son, en cierta forma,
humanas, especialmente, en cuanto que los espíritus que las animan temporalmente
pueden, por un período corto o largo, tomar una forma humana. Los Jíbaros hablan de
las plantas como si estuviesen dotadas de pensamiento o sentimientos huma- nos, y
cuando están en trance a causa de bebidas narcóticas preparadas con ciertas plantas,
los espíritus de estas plantas se aparecen al indio en trance en una forma humana
definida, especialmente, como algún ancestro remoto de él. Además, la costumbre de
nombrar mujeres con nombres de plantas está íntimamente ligada a esta visión. Los
Jíbaros van tan lejos hasta atribuir un sexo especial a cada tipo de planta: algunos
árboles y plantas se suponen que son “hombres”, es decir, tienen el alma de un
hombre, otras -de hecho, la mayoría de ellas- se dicen que son “mujeres”, es decir,
tienen el alma de una mujer.
De los árboles que tienen gran valor para los Jíbaros desde un punto de vista
alimenticio, la palma chontaduro (Guilielma) es la de más importancia. Su excelente
fruto es la comida más apreciada por los indígenas durante un par de meses del año, y
tal vez la cerveza fermentada que hacen de él, es la más apreciada. La palma
chontaduru tiene un alma o wakáni de hombre y por lo tanto es plantada y atendida
por los hombres. Durante el período del año cuando el fruto madura, se realizan gran-
des celebraciones y en conexión con la preparación de la chicha y la bebida de ésta,
tienen lugar danzas y se entonan cantos para “acelerar” la maduración y el incremento
del fruto, y la fermentación de la chicha.
Por otro lado, la palma de chonta, cultivada con el propósito de obtener su útil fruto y la
especie silvestre, shingi, también considerada como árbol “demoníaco” a causa de sus
grandes espinas, juegan un papel importante en la hechicería indígena. Entre los
Jíbaros, así como entre los Canelos, los curanderos hacen frecuentes usos de los
espinos de chonta cuando quieren hechizar a sus enemigos, como veremos más
adelante. Desde este punto de vista, el espíritu de la chonta es un demonio malo o
iguánchi, una creencia que en parte se debe también a la madera dura como el hierro,
que tiene el árbol. No solo las espinas son utilizadas con propósitos mágicos, sino
también, con frecuencia, otras partes de la palma de chonta. Por eso, la lanza hecha
con madera de chonta tiene supuestamente poderes mágicos e inspira terror, no solo
a hombres vivientes sino también a espíritus o demonios. De aquí que en la gran fiesta
de la victoria de los Jíbaros esté el trofeo-cabeza (tsantsa) siempre atado a una lanza
de chonta cuando se lo necesita para las ceremonias. El espíritu del enemigo muerto
es por ello mantenido bajo restricción y control.
Otros árboles relacionados con la religión o superstición de los Jíbaros son, por
ejemplo, el árbol de genipa (Genipa americana) y el árbol de guayusa (Ilex). De la fruta
de la genipa los indígenas obtienen la tintura negra (sua), con la cual se pintan el
cuerpo y la cara para la guerra y para ciertas ocasiones ceremoniales a ella se
atribuye un poder mágico.
Los Jíbaros dicen que se pintan de negro para la guerra, “para parecerse al iguánchi”.
La genipa es, por lo tanto, una pintura “diabólica”. Virtudes sobrenaturales similares se
atribuyen a la infusión de hojas de árbol de guayusa (weisa), que tiene gran
importancia como un tonificador y como medio de purificación.
La pintura mágica más popular de los indígenas se prepara con las semillas rojas del
arbusto Bi- xa Orellana, que es uno de los árboles sagrados de los Jíbaros. Con esta
tintura roja (llamada ipyáku) los Jíbaros se pintan la cara con muchos fines, por
ejemplo, como protección contra las enfermedades y hechicería o en general para
adquirir fuerza y poder de resistencia, para ganar el amor de una mujer. Las
magníficas propiedades de la pintura se deben al espíritu que anima el árbol.
Plantas venenosas y plantas con propiedades extraordinariamente fuertes son las que
utilizan para la preparación del veneno de las flechas y las que juegan un papel en la
medicina de los indígenas, se considera que están animadas por espíritus o demonios
peligrosos, a quienes se deben estas propiedades extraordinarias Esto explica las
precauciones tomadas, por ejemplo, en la preparación del veneno, cuando el shaman
está supuestamente peleando con un demonio que él subyuga y cuyo poder utilizar
para sus propios fines. La idea es exactamente la misma que se sostiene respecto a la
preparación de bebidas fermentadas a base de yuca, chontaduru, etc., donde la fuerza
también se debe a los espíritus que habitan las plantas.
Otras plantas que juegan un rol importante en la religión y medicina mágicas de los
indígenas son, por ejemplo, aquellas aparecen bajo el nombre general de barbasco y
son usadas en parte para la pesca, en parte para la preparación del veneno de las
flechas, así como las plantas narcóticas del tabaco, natéma y maíkoa. Las primeras ya
han sido mencionadas en relación con las costumbres indígenas de pesca y de las
últimas se tratará en detalle a continuación. Todas estas plantas ilustran, de una forma
muy característica, las creencias indígenas sobre los espíritus de las plantas.
Los Jíbaros además extienden sus ideas animísticas a los cuerpos celestes, a
fenómenos y a objetos inanimados de la naturaleza. Un mito Jíbaro nos dice que el
sol, la Luna y las estrellas fueron una vez hombres en la tierra, y conservan ciertas
ideas mágicas, comunes a la mayoría de los indígenas sudamericanos, sobre la Luna.
Por otro lado, no queda rastro de una verdadera creencia sobre un espíritu del sol o de
la luna y menos todavía sobre otros cuerpos celestes. Los indígenas parecen
considerar que ellos están muy lejos y no tienen ninguna influencia sobre los
humanos, como para ser adorados. Por otro lado, ciertos fenómenos sorprendentes de
la naturaleza que a veces amenazan su bienestar, como el trueno y el rayo, los
terremotos y las erupciones volcánicas los atribuyen siempre a causas sobrenaturales.
El trueno, dicen los Jíbaros, es causado por un gran número de Shuaras (enemigos)
por ejemplo, los espíritus de guerreros Jíbaros muertos que ruidosamente atacan a los
indígenas. Durante fuertes tormentas de truenos, por lo tanto, los varones agitan las
lanzas contra las nubes, saltando, gritando y retando a sus invisibles asaltantes
sobrenaturales con las mismas palabras que gritan contra sus enemigos naturales
winiti, winiti, páhei, “¡que puedas venir, yo estoy listo!”. Los Jíbaros llaman el trueno
shuara manyamai o shuãra ipyamwai, es decir” los enemigos están peleando”. El rayo
(chareimbo) es también un viejo guerrero jíbaro, uno de esos ancestros de la raza
jíbara que se llaman arútama y que se aparece al in- dio cuando está bajo el efecto del
tabaco, el natéma o la maikoa. Entre estos mismos poderosos demonios figuran
algunos otros fenómenos celestiales sorprendentes, principalmente, el arcoíris
(tundyáka) los meteoritos y cometas o estrellas fugaces, llamadas con el nombre
común payára (“una cosa que cae”).
Los terremotos (urkai) son causados por poderosos iguánchi que están sacudiendo
sus cuerpos en la tierra.
El Sangay, uno de los volcanes más formidables de Ecuador, ha sido considerado con
miedo supersticioso como iguánchi hea, “la casa del iguanchi”, donde el demonio
atormenta hasta la muerte a aquellas personas que ha capturado y llevado. Los
misioneros católicos, cuando tratan de impartir a los indígenas la idea de infierno y de
retribución moral después de la muerte, se han aprovechado de las ideas sobre el
Sangay como el lugar donde el iguánchi está torturando a las personas por sus
pecados.
Chorreras y cataratas en los ríos, así como cascadas en las cordilleras (sása o
paccha), también se consideran como frecuentadas o habitadas por espíritus. El
Jíbaro, antes de tomar natéma o maikoa en el bosque, siempre toma un baño en una
sása con la creencia de que de esta manera él es llevado, a un contacto más íntimo
con los espíritus con los cuales se comunica durante el sueño provocado por
alucinógenos Los indígenas, en tales ocasiones generalmente se retiran hacia el
bosque, solos, porque los espíritus ancestrales que esperan encontrar en el sueño
usualmente residen en el bosque. Estos espíritus son temidos en la vida ordinaria,
pero en sueños, por el contrario, aparecen como amigos y consejeros del hombre,
como lo veremos más adelante.
Entre los Jíbaros existe hasta una especie de adoración a las piedras. A ciertas
piedras insignificantes, de forma o color peculiar o conectadas con incidentes
sorprendentes, con frecuencia se les atribuye un poder misterioso y se las eleva al
rango de verdaderos fetiches. Entre éstas hay las “piedras de rayo” que para los
Jíbaros son pequeñas piedras redondas negras que, se dice, fueron arrojadas desde
el cielo por un relámpago o, hablando más estrictamente, por aquellos guerreros
jíbaros cuyos espíritus se creen activos en el rayo y el true- no. Los poderes
sobrenaturales con los cuales han sido dotados se deben a su conexión con estos
espíritus. Como provienen de guerreros, se las considera especialmente útiles para el
éxito en la guerra. Aparte de esto, cuando se las mantiene por mucho tiempo, tendrán
el efecto de favorecer el crecimiento de los cerdos y aves domésticas. Esta creencia
particular está relacionada de cerca con el culto de antepasados muertos
característico de los Jíbaros. Los indígenas aprecian muchísimo sus “piedras de rayo”
y todos los fetiches similares y de ninguna manera se separarían de ellos.
Hasta un elemento como el fuego se supone que tiene alma “El fuego es una mujer”,
es decir, tiene un alma femenina o wakáni. Por esto las mujeres tienen que atender el
fuego y cuidar el trabajo más importante que se realiza con la ayuda del fuego, en
especial, cocinar la comida. Sin embargo, el fuego no es endiosado por los Jíbaros y
no hay un culto al fuego.
La filosofía animística de los Jíbaros va tan lejos como para asignar un wakáni o
espíritu a los objetos hechos por la mano humana. Así los utensilios y las armas, las
ollas de barro y los platos, el tejido y la rueca, las agujas, los cuchillos, las lanzas, las
cerbatanas, los escudos, etc., están dotados de un principio animado. Cuando los
indígenas están en trance por natéma o maíkoa, los espíritus de tales implementos y
armas aparecen ante ellos entre otros demonios en la forma de hombres jóvenes.
Estas ideas animísticas tienen una influencia en la división de trabajo entre los Jíbaros.
Si la persona enferma en los sueños escucha estos halagos del iguánchi, su alma le
seguirá hacia el bosque, donde verá la casa del iguánchi como la describió el
demonio. Pero con esto su destino está sellado y retornará a su casa y a su cama solo
para morir. Todos los que escuchan las invitaciones del iguánchi deben morir.
Los iguánchi, como hemos visto, pueden ser espantados por medios naturales con
gritos y rui- dos. Todos los demonios, de la misma manera, temen el arma asesina de
los Jíbaros, la lanza de chonta, como también el ruido de sus escudos. Acciones como
ésta suceden como en una ceremonia mágica en las fiestas de victoria. Sobre todo, se
dice que los demonios temen los disparos de rifle.
El más importante de estos narcóticos es sin duda el que los Jíbaros llaman natéma y
que los Quichua llaman ayahuasca. Es una enredadera venenosa que contiene un
alcaloide, como la maikoa, cuyo nombre científico, de acuerdo con el botánico inglés
R. Spruce, es Banisteria caapi1, de la fa- milia Malpighiaceae. El mismo viajero afirmó
que la planta también crece en el río Icana, en el Uapés y sus afluyentes en el
nordeste de Brasil, así como en las cataratas del Orinoco, siendo utilizada en todas
partes de la misma forma por los indígenas, para propósitos mágicos y de divinación2.
En Ecuador la liana es más conocida con el nombre quichua ayahuasca (“la
enredadera de las almas”)3; es así llamada por los indígenas de Napo, Curaray,
Bobonaza y Pastaza. Los Jíbaros llaman a la enredadera y al narcótico preparado de
ella natéma. Los Secoyas del río Aguarico y los salvajes Avishiris entre el Napo y
Curaray también conocen el uso de la planta. De igual forma, los primitivos Colorados
y Cayapas, en el occidente de Ecuador, cultivan la ayahuasca, utilizándola como una
me- dicina mágica y para divinación.
Los Jíbaros, como los Canelos, siempre preparan la bebida natéma al hervir la planta.
Algunos pedazos de la parte gruesa inferior son cortados, lavados cuidadosamente y
aplastados con mazos, para que puedan ser separados en fibras más finas. Estas se
cocinan en una olla con agua, en casos ordinarios solo por una o dos horas. Luego se
sacan las fibras y la bebida está lista. Tiene un color café verdoso y un sabor muy
amargo. Usualmente se añade un poco de agua de tabaco y, en algunos casos, se
colocan pedazos de la corteza de algunos árboles mágicos en la olla de agua
hirviendo, para realzar la eficacia de la bebida.
Con respecto a las diferentes ocasiones en las cuales los Jíbaros beben natéma, ya
he menciona- do la bebida ceremonial de natéma en la “fiesta de los perros” y la gran
fiesta de la victoria. En estas fiestas, sin embargo, se toma relativamente poco
natéma. Tienen también fiestas especiales de naté- ma que duran varios días; entre
las tribus del Pas- taza hasta ocho días. Todos los habitantes de la ca- sa, inclusive los
niños pequeños, toman parte en ellas. El hervor empieza temprano en la mañana y se
prolonga hasta el mediodía. Generalmente se añaden a las fibras de natéma pedazos
de corteza del árbol chingiáta y samiki. La bebida al comien- zo se hierve en varias
vasijas pequeñas, en diferen- tes lugares en la casa. Después, cuando el líquido se ha
evaporado, las diferentes cantidades se colo- can en una sola olla de barro. Como el
consumo, la preparación de la bebida es también ceremo- nial. Mientras el hervor
continúa y luego cuando se toma, el gran tambor de los Jíbaros, llamado tundúi, se
golpea en una forma lenta y regular co- mo es costumbre en las fiestas del natéma.
Los Jí- varos aseguran que al golpear el tambor están imi- tando al demonio
(iguánchi), quien según su creencia habita las colinas y está golpeando su propio
tundúi. El toque del tambor se supone que complace al demonio, quien vendrá al lugar
y lle- nará con su espíritu la bebida y a los indígenas que la toman.
Las fibras de natéma que permanecen des- pués que han hervido, se guardan
cuidadosamen- te en un lugar especial en la casa y se las conser- va por un período
largo. Los Jíbaros dicen que ha- cen esto solo para “saber cuánto natéma han teni- do
durante el año”. Evidentemente hasta estos restos de la enredadera son demasiado
sagrados co- mo para ser arrojados.
Si uno pregunta a los indígenas por qué be- ben natéma de forma tan excesiva, su
respuesta usualmente es: “Para que la gente no pueda seguir muriendo”. Por medio
de este tipo de divinación tratan de averiguar cuáles peligros amenazan a la familia, si
los enemigos están planteando un ata- que en su contra, si los brujos malos están
operan- do, si van a tener éxito en sus propias actividades, etc. La bebida mágica, que
como hemos visto tie- ne un efecto vomitivo, purifica el estómago de substancias
dañinas y de las flechas mágicas de hechiceros. Por esta razón los indígenas siempre
ponen mucha atención en lo que vomitan después de tomar esta medicina. Al mismo
tiempo, hom- bres y mujeres, al tomar el natéma, se hacen fuer- tes y astutos en sus
diferentes ocupaciones y obli- gaciones: los hombres en la cacería, la pesca, la guerra,
etc., las mujeres en la agricultura, la edu- cación de los hijos, el cuidado de los
animales de la casa, y otros trabajos domésticos que les son asignados.
Como hemos visto, entre los Jíbaros a las mu- jeres se les permite beber natéma. Por
lo tanto, en la fiesta de la victoria, tomar natéma en el segun- do día de la fiesta parece
ser inclusive obligatorio para las mujeres parientes más cercanas del triun- fador.
También se considera muy importante que las mujeres casadas más jóvenes tomen
parte en la fiesta general del natéma para que, de esta forma, adquieran fuerza,
habilidad y los conocimientos necesarios para sus ocupaciones domésticas. Du- rante
sus sueños reciben instrucciones de los espí- ritus en estas diferentes materias. En
estas ocasio- nes, entre otros espíritus, el ancestro mítico de la cultura Jíbaro, la
Tierra-madre Nungüi, se aparece a la mujer, dándole consuelo en los tiempos de fra-
caso en la cosecha y en los de hambre. En otras materias que interesan a las mujeres,
también reci- be consejos de los espíritus del natéma. Así, por ejemplo, una viuda que
está buscando un nuevo marido, tiene la costumbre de beber natéma para escoger
adecuadamente.
El siguiente ejemplo que nos habla de cómo una mujer recibió la sagrada piedra
nantára, nos da una idea de las revelaciones que las mujeres jí- varo creen tener
cuando están alucinadas con na- téma. Una vez, me dijo, mientras ella era todavía una
niña, le dieron natéma a beber. Cuando esta- ba muy alucinada, la abuela vino, tomó
sus dos manos, sopló sobre ellas y sobre sus brazos, regan- do zumo de tabaco de su
propia boca, y le dijo a la niña: “Tú no morirás pronto, tendrás una vida larga y mucho
para comer. La piedra que usas en la mano te traerá esto”. En ese mismo momento vi-
no, como un rayo del cielo y la niña escuchó la voz del espíritu que le dijo: “Yo soy tu
madre an- cestral (apachiru), yo te daré esta piedra para que tengas una larga vida”.
Luego la visión pasó, y cuando las manos de la niña fueran abiertas a la luz del día, se
descubrió en ellas una maravillosa piedra roja, nantára. La piedra, llamada nantára, es
consecuentemente vista por las mujeres jíbaro co- mo un fetiche que no solo da larga
vida y éxito en todas las tareas domésticas, sino que especialmen- te promociona el
crecimiento de los cultivos. Es, por lo tanto, utilizada por las mujeres en la agricul- tura
de la manera como hemos visto anteriormen- te.
Cuando los curanderos beben natéma para curar a los pacientes y para averiguar la
causa de la enfermedad, la bebida se prepara de una mane- ra algo diferente. En este
caso los bejucos se coci- nan un día entero sobre un fuego lento y el líqui- do se
evapora gradualmente hasta que finalmente solo queda una cantidad pequeña pero
extremada- mente concentrada. Algunas fibras del tallo parti- do así, como algunas
hojas de otro tipo de bejuco que los Jíbaros llaman iáhi (posiblemente Haema- dictyon
amazonicum) se colocan en la olla con las fibras de natéma y se las deja hervir. Las
hojas se manipulan con una pequeña ceremonia. El curan- dero, o el indio que prepara
la bebida, primero to- ma cuatro hojas de iáhi y las coloca entre los de- dos de la mano
izquierda, las arregla de tal forma que formen una cruz y las coloca en la olla entre las
fibras de natéma y de iáhi con la cara hacia abajo. Luego toma otras cuatro hojas de
iáhi, las arregla entre los dedos de la mano derecha y las coloca de la misma manera
entre las hojas en la olla. Así, en total ocho hojas de iáhi se añaden a las fibras de
natéma e iáhi y se cocinan juntas. El bejuco iáhi, que es especialmente cultivado por
los Jíbaros, es también un narcótico y se supone que realza la eficacia de la bebida.
Durante el tratamiento del paciente, el curan- dero toma natéma en dosis pequeñas
pero repeti- das, como he explicado antes. Como hemos visto, además del natéma se
toma también agua de taba- co. El efecto de las dos medicinas es un trance pro-
gresivo del curandero que alcanza un estado de éxtasis durante el cual entra en
comunicación con los demonios que han causado la enfermedad.
Los curanderos de los Jíbaros y de los Canelos no solo beben natéma (aya huasca)
cuando están curando a personas enfermas, sino también cuan- do quieren hechizar a
sus propios enemigos. En es- tas ocasiones tienen el hábito de pintarse la cara, y
especialmente las regiones alrededor de los ojos, con las semillas rojas del arbusto
Bixa orellana. En la cabeza usan un ornamento hecho con las plu- mas rojas y
amarillas del tucán (llamado tawása, tawasámba). Tratan de imitar a los demonios
(iguánchi, supai) en toda su apariencia, creyendo que así podrán convocar a los
espíritus. La pintura roja en la cara se supone que también los protege del mal de ojo y
de la contra-hechicería de brujos enemigos. Al mismo tiempo tocan un instrumento de
cuerdas peculiar, llamado tsayandúru y turúm- ba, cuyos suaves tonos se cree que
agradan a los demonios. Cuando el indígena ha tomado la bebi- da sagrada, se sienta
a tocar su instrumento y el es- píritu del natéma se apresura. Los indígenas me ex-
plicaron el significado de estos arreglos con las si- guientes palabras: “Los demonios
se adornan de la misma manera con pinturas faciales y coronas de plumas, y cuando
nos ven usando los mismos or- namentos que ellos usan y cuando escuchan el so-
nido del instrumento, ellos se complacen y se apa- recen como nuestros amigos”.
Entre los Canelos, los brujos también tocan este instrumento cuando toman huántuc,
el segundo gran narcótico de los indígenas.
Las ideas religiosas que están conectadas con el natéma o aya huasca las explico
ahora. Primero debo mencionar otras dos bebidas narcóticas cuyo uso se basa en
ideas muy similares.
Igual en importancia al natéma (aya huasca) e inclusive más fuerte en sus efectos es
el narcótico que se llama maikoa (maikiva) para los Jíbaros y huárauc para los
Canelos. Se prepara de un arbus- to, cuyo nombre científico es Datura arborea de la
familia Solanaceae. Sus propiedades venenosas pueden ser comparadas con las de la
belladona u opium, e inclusive parece sobrepasarlas. Insensibi- lidad, alucinaciones, y
hasta demencia temporal parecen ser los efectos regulares producidos por esta droga
narcótica. La especie Datura en Ecua- dor crece en bosque tropicales vírgenes y en
regio- nes montañosas subtropicales, pero hay por lo me- nos dos sub-especies de
ella, D. arborea y D. stra- monium. Las hermosas flores que se parecen en su forma a
una campana, son más grandes en la pri- mera sub-especie y casi completamente
blancas, las de la última son más pequeñas y de color ama- rillo-rojas. Ambas son
igualmente venenosas. Los indígenas semi-civilizados de la Sierra, cuando quieren
hacer daño a sus enemigos, practican la magia negra por medio de las flores del
Oriente ecuatoriano. El hermoso arbusto se cultiva cuida- dosamente en todas partes y
se encuentra usual- mente entre otras plantas de los huertos, fuera de las casas.
Para preparar la bebida de maikoa, el Jíbaro raspa un poco de la verde corteza del
tallo, y aplasta el jugo con la mano en una calabaza has- ta que consigue la cantidad
deseada, más o menos un pequeño vaso lleno (aprox. 200 gms.) Esa es la dosis que
toma la persona una sola vez, y parece ser suficiente para producir los efectos
deseados.
La maikoa entre los Jíbaros se bebe en casi las mismas ocasiones que el natéma, y
las revelacio- nes que se imaginan también son similares; sin embargo, en un grado
más alto que el natema, la maikoa es la bebida particular de los guerreros. Si uno
pregunta a un Jíbaro por qué bebe maikoa, su respuesta es generalmente: “Es para
ver si debo matar a mis enemigos” (shuara matinyu). El guerre- ro jíbaro, por lo tanto,
nunca empieza una expedi- ción de guerra sin previamente consultar a los es- píritus,
bebiendo maikoa. El mismo espíritu le dice si él está amenazado por sus enemigos, si
va a te- ner una larga vida, etc. Similarmente en otras ma- terias importantes, a pesar
de que no tengan nin- guna referencia especial hacia la guerra, el Jíbaro consulta a los
espíritus, bebiendo maikoa.
La ceremonia de bebida tiene lugar en la ca- sa, pero el indígena se prepara bebiendo
agua de tabaco en dosis repetidas, y para esto se retira al bosque. En un sitio remoto,
alejado de los hom- bres, construye un refugio de hojas de palma; es la “choza de los
sueños”, llamada ayámdai. Es mu- cho más grande y hecha con más cuidado que el
refugio común, afuera hay un espacio que se lim- pia y se nivela. En este espacio
abierto los espíritus aparecen bailando en todo tipo de figuras terribles, y en primer
lugar, vienen esos demonios podero- sos que los Jíbaros llaman arútama, los “Viejos”,
quienes dan al indígena dormido información y consejos sobre los asuntos que le
interesan.
La “choza de los sueños” se hace general- mente cerca de una cascada donde el agua
cae del acantilado de la montaña en el bosque, formando abajo una pequeña
hondonada. En esta hondona- da el indígena toma un baño antes y después de
dormir.
Los Jíbaros tienen la costumbre de retirarse al bosque en estas ocasiones porque los
arútama se supone que se les aparecen más fácilmente allí. Generalmente el indígena
que quiere soñar per- manece lejos tres o cuatro días. Puede ir solo, o acompañado
de otros hombres. Durante el camino debe ayunar estrictamente, pero en vez de comi-
da, toma agua de tabaco en dosis repetidas, por la nariz. Tan pronto como llega al
refugio, primero toma un baño parado en la laguna y permitiendo que el agua llegue
sobre sus hombros desnudos. El baño le prepara favorablemente para el sueño y las
revelaciones de los espíritus. Estos espíritus, debe entenderse, son demonios del
bosque, pero tam- bién están presentes en las aguas de las cascadas. Después del
baño, el indígena se va a la choza, donde durante la noche se prepara otra vez para
tomar agua de tabaco, hirviendo hojas en una pe- queña vasija de barro que ha traido
consigo para este propósito. Habiendo tomado un poco de la porción, se duerme en un
sueño profundo. La si- guiente mañana toma otro. Durante todo el día se queda en el
refugio, ayunando estrictamente sien- do su único alimento un plátano asado. Por otro
lado, sigue tomando agua de tabaco. Viviendo de esta manera se queda un par de
días en el bosque. El cuarto día, habiendo tomado su último baño en la cascada,
regresa a la casa donde cuenta sus sue- ños a los demás indígenas. Es solo en este
momen- to que toma maikoa, de una sola dosis. Después de que su sensibilidad
nerviosa ha sido realzada
La elaboración del gran tambor de signos, tundúi, también se celebra tomando maikoa
en la forma que ya hemos visto.
El Jíbaro toma maikoa después de que ha cas- tigado a su esposa por infidelidad. Así
los niños que se han portado mal y han sido desobedientes a sus padres deben tomar
maikoa como castigo, en la forma ya descrita.
A pesar de que la maikoa es la bebida parti- cular de los guerreros, puede también ser
tomada por las mujeres, tal como el natéma. Esto, sin em- bargo, parece ocurrir
relativamente menos. En es- tas ocasiones se supone que aparecen los espíritus
ancestrales, los arútatna, y especialmente la Tierra- madre Nungüi. Cuando aparecen
a las mujeres es- tos espíritus no las instruyen, por supuesto, sobre la guerra, sino
sobre el trabajo doméstico y las ocupaciones que conciernen a las mujeres, de la
misma manera como cuando beben natéma.
La descripción anterior se refiere particular- mente a las prácticas de los Jíbaros, que
son de in- terés especial. Los Canelos, que un día fueron tan belicosos como sus
parientes y vecinos los Jíbaros, tomaban anteriormente el huantuc en ocasiones
parecidas. Hoy en día no hacen la guerra contra sus enemigos. Inclusive ahora el
beber huántuc juega un papel bastante importante en la práctica religiosa de los
Canelos, pero principalmente está ligado a su magia y hechicería. El huántuc, como la
aya huasca, lo toman en especial los curanderos y brujos, tanto cuando curan
enfermedades como cuando quieren hacer daño a sus enemigos, por medio de magia
negra. En estas ocasiones el brujo se adorna en la forma descrita antes, usando pin-
tura facial roja y una corona de plumas en la cabe- za. Antes de que vacíe la mucahua
(plato de barro) que contiene la bebida sagrada, canta un largo conjuro sobre él,
invocado a ciertos demonios, y particularmente el paccha supai, el demonio de las
cascadas, invitándolo a aparecer y a llenar la bebi- da y al brujo con su poder. Esta
encantación se lla- ma taquishca. Después, mientras espera la inspira- ción divina o
demoníaca, también toca el instru- mento turumba para “apresurar” a los espíritus.
Los Jíbaros usualmente toman tabaco en for- ma líquida, pero en algunos casos lo
fuman, ha- ciendo grandes cigarros de las hojas. En el primer caso, las hojas son
hervidas en agua, o masticadas en la boca y cuidadosamente mezcladas con sali- va,
que se supone realza sus efectos sobrenatura- les. Esta medicina la prepara un
hombre viejo que conduce las ceremonias. También se le da a las personas en cuyo
honor se hace la fiesta. Los hombres en estas ocasiones siempre reciben el jugo de
tabaco por la nariz, las mujeres por la boca.
Cuando el Jíbaro se levanta en la mañana, no solo se lava la boca con guayusa, sino
que gene- ralmente también toma un poco de agua de taba- co, especialmente si por
alguna razón no se siente muy bien. Habiendo hervido las hojas en un pe- queño
recipiente de barro con agua, pone un po- co de la infusión en su mano, la inhala por
la na- riz y le permite salir por la boca. Este procedimien- to se repite varias veces. La
fuerte medicina limpia la cabeza y se cree que tiene efectos beneficiosos en todo el
cuerpo. En todos los casos de indisposi- ción general, de dolor de cabeza, de catarro,
y otras enfermedades livianas, el Jíbaro hace uso de este remedio maravilloso para
remover cualquier mal. Además, el tabaco es considerado como un excelente
profiláctico contra la hechicería. Para protegerse de las malas influencias, los Jíbaros
no solo toman jugo de tabaco como medicina, sino que tienen la costumbre de
pintarse el cuerpo con él. Así, en la fiesta de la victoria noté que algunos hombres se
pintaban todo tipo de figuras “geomé- tricas” en la cara y el pecho con jugo de tabaco,
una decoraci6n que, por supuesto, era poco visi- ble sobre la piel marrón de los
indígenas, pero que se supone poseía poder profiláctico.
Ahora ya conocemos los tres poderosos nar- cóticos de los Jíbaros y las formas en los
que los utilizan. Debemos analizar más detalladamente las ideas religiosas que están
conectadas con estas bebidas narcóticas. La primera pregunta a la que debemos
responder es qué ideas tienen los indíge- nas sobre los sueños en general.
Inclusive los sueños normales tienen un signi- ficado premonitorio para los indígenas.
Si, por ejemplo, el Jíbaro sueña que ve a sus enemigos, pelea con ellos y tiene éxito
en matarlos, cree que en hacerles la guerra será victorioso. Si sueña que mata a
muchos cerdos salvajes, monos y pájaros con su lanza o sus flechas venenosas, está
conven- cido que al día siguiente tendrá suerte en la cace- ría. Si en el sueño se
encuentra con indios miste- riosos u hombres blancos, está seguro que tales
huéspedes pronto llegarán a su casa. De igual ma- nera, si sueña que le sucede algún
desastre en el bosque o en el río interpreta esto como un mal presagio y al día
siguiente no sale de su casa. Un indígena del río Upano me dijo una vez que du- rante
la noche había soñado en una culebra vene- nosa que le había picado en el bosque.
Tenía la in- tención de salir a cazar ese día, pero, a cuenta del desagradable sueño, lo
dejó y no salió de la casa por tres días. Si hubiera salido al bosque, dijo, de seguro
hubiese sido picado por una culebra vene- nosa.
Sin embargo, los sueños proféticos son pro- piamente aquellos producidos por beber
natéma, maikoa y tabaco, ya que en tales casos los espíri- tus mismos están, por
conjuro, obligados a apare- cer, y son capaces de dar información sobre even- tos
futuros. Estos espíritus son esencialmente los ancestros (apáchiru) del indígena que
duerme que le dan consejos e instrucciones a su descendiente. Pero, por otro lado,
estos espíritus también son las almas (wakáni) de las plantas narcóticas mismas, con
quienes el indígena entra en comunión íntima al consumir las bebidas. Puede,
además, añadirse que los espíritus que animan el natéma, la maikoa, y el tabaco son
las almas de hombres; por lo tan- to, estas bebidas solo pueden ser preparadas por
hombres, así como las correspondientes plantas solo pueden ser plantadas por los
hombres.
Las visiones y otras expresiones que los indí- genas creen que tienen en el estado de
intoxica- ción producida por natéma (aya huasca) y maikoa (huántuc) son en detalle
descritas separadamente para los Jíbaro y los Canelos4. Los Canelos narco- tizados
por aya huasca, en primer lugar ven paisa- jes maravillosos, bosques, lomas, volcanes
cubier- tos de nieve, lagos ríos o, hablando más estricta- mente, a los espíritus (supai)
que habitan estas lo- calidades; en segundo lugar a los muertos (aya) en la forma de
esqueletos; más adelante, a personas vivientes -indígenas y hombres blancos,
hombres y mujeres-; finalmente, a todo tipo de animales, tu- canes y otros pájaros
mágicos, jaguares, pumas, osos, culebras venenosas y, especialmente, la gran
serpiente (amárun). Todos éstos son animales dia- bólicos, o formas en las cuales se
aparecen los de- monios (supai) ante los indígenas. Ya que los Ca- nelos atribuyen
enfermedades a muchos de estos demonios, y particularmente a los demonios de las
montañas (úrcu supai), a los jaguares (puma supai) y a las culebras venenosas, éstos
se aparecen en especial a los curanderos que han bebido aya huasca con el propósito
de curar enfermedades y están obligados a extraer la flecha hechizadora (chunta), que
ellos mismos han mandado, del cuerpo del paciente. Los espíritus también hablan al
indígena dormido, dándole consejos e informa- ciones.
El recibir las revelaciones de los espíritus en estado de alucinación es llamado por los
Jíbaros wuimektinyu, que simplemente significa “el ver”. Las cosas que “ven” son casi
siempre iguales en los sueños producidos por natéma, maikoa, y taba- co, solo con
una pequeña diferencia que ahora in- dicaré. Así, para el Jíbaro también se aparecen
pri- mero maravillosos paisajes, montañas, ríos y bos- ques, ya que los demonios que
habitan en estas lo- calidades (wakáni, iguánchi) están obligados a ve- nir.
Particularmente poderosos, a pesar de ser ge- neralmente malignos, son los demonios
que habi- tan las montañas y cordilleras (neindya iguánchi), que son las almas de
brujos muertos. Estos demo- nios, por lo tanto, se aparecen ante los curanderos
cuando curan alguna enfermedad. Cuando un Jí- varo, por ejemplo, bebe algún
narcótico durante una de las grandes fiestas, sus visiones tienen una referencia
especial a sus vida doméstica y econó- mica: ve a sus cerdos y gallinas numerosas y
gor- das, ve su casa rodeada de yuca y plátanos, etc. Más adelante ven todo tipo de
caza, pavos salva- jes, tucanes, loros, cerdos silvestres, agutíes, etc. Cuando el
indígena que duerme tiene tales visio- nes, puede suceder que repentinamente se
levante excitado, señale con el dedo a los pájaros y anima- les que imagina ver y
exclame: wuimekta, wui- mekta, úmi surústa, úmi wakérahei, eása wakéra- hei,
kúndinyaka túkusa yuahei, kuchi yuohei, atás- hi youhei, pákki yuohei, káyuka yuohei,
etc. es de- cir, “¡Mirad! mirad! Denme una cerbatana, quiero una cerbatana, quiero una
flecha con veneno, estoy disparando a la presa para comerla, estoy comiendo carne
de cerdo, estoy comiendo carne de gallina, estoy comiendo carne de puerco, carne de
conejo”, etc. En tales momentos debe ser sujetado a la cama por sus compañeros,
pero el hecho de que tenga experiencias de este tipo se ve como un buen presagio por
ellos: “Tiene buenas visiones, ciertamente ha visto a los espíritus”.
Por otro lado, algunos Jíbaros por lo menos, dicen que cuando han tomado natéma o
tabaco no ven a seres humanos, que solo se les aparecen después de haber bebida
maikoa. Entre otros espíritus que se les aparecen hay hombres, tanto indígenas
(Jíbaros) como hombres blancos “vestidos con ropa negra”. Todas estas apariciones
humanas son los ancestros (apachiru) del indígena que duerme (pues de acuerdo con
la tradición de los Jíbaros, hasta los blancos fueron alguna vez Jíbaros), quienes dan
consejos e instrucciones a sus descendientes. Los Jíbaros los llaman maikoa eintseri,
“la gente de la maikoa”.
Con la gente de la maikoa vienen otros espíritus. Entre éstos no están solo los
espíritus de la naturaleza y demonios animales mencionados antes; inclusive objetos
inanimados como artículos de vestir, implementos, armas, agujas, etc. se le aparecen
al durmiente como animados y asumen la forma de jóvenes indígenas.
Sin embargo, los más importantes de todos los espíritus son los misteriosos demonios
que ya han sido descritos bajo el nombre de arutama, y quienes hacen sus apariciones
tanto en forma animal como a manera de sorprendentes fenómenos de la naturaleza,
o en otras figuras. En todo caso, éstos son demonios que siempre se les aparecen
cuan- do, desde el punto de vista indígena, el sueño es favorable o “bueno”.
La palabra arútama significa “los Viejos”. Es- tos espíritus, debe entenderse, son los
primeros an- cestros de los Jíbaros, y eran grandes guerreros. En- tre los espíritus
hay, en primer lugar, dos aparicio- nes humanas. La primera se llama ikyáhinamchi. Él
es Jíbaro, “una forma roja envuelta en llamas” y, por lo tanto, no claramente visible. Su
voz, por otro lado, se escucha claramente. Llama al indíge- na que duerme con su
mano cerrada, algunas pa- labras en particular y con el tono incisivo que se
acostumbra entre los Jíbaros cuando, al efectuar el saludo Enéma, ceremoniosamente
se saludan: wi - wikáhei - shuara- nikápsatahei - andúcta, es decir: “Yo me voy (a la
guerra), me llevaré (las cabezas de mis enemigos), ¡escuchen!”. La otra forma hu-
mana se llama mayéi, y también es un Jíbaro. Su nombre se deriva de la costumbre
de llamar repe- tidamente al que duerme con voz fuerte: mayéita, mayéita, mayéita, es
decir: “¡mata, mata!”. El ver o escuchar al ikyáhinamchi o al mayéi en el sueño
alucinado es considerado como un buen presagio, por cuanto el guerrero será capaz
de matar a los enemigos con seguridad.
La mayoría de los arútama, sin embargo, son demonios animales. Entre éstos están
en primer lu- gar las más grandes y peligrosas bestias de rapiña que los indígenas
conocen, primero de todas las especies de la familia de los felinos: soacha, el gran
jaguar negro, yambinya, shis-shia, yantsa, diferentes especies de jaguares
manchados, el león o puma, hapayawára, diferentes tipos de tigrillos, llamados
amincha, yantána, undúchama.
Los pájaros demonios son particularmente numerosos entre los arútama. Entre éstos
primero están las aves de rapiña más grandes, la gran águila, unta pinchu, el cóndor,
yápu, y el búho, ambusha; más adelante, el demoníaco tucán, tsukánga, y otro pájaro
más pequeño de la familia del tucán llamado pininchi. Los grandes guacamayos, el
rojo, takúmbi, y el amarillo, yambúna, también son arútama; además, el loro verde
común, kávashu, el gallo de la peña (Rupicola), llamado súmga por los Jíbaros, el
pelícano, kauá, y otros pájaros del bosque que no he podido identificar y de los cuales
el primero se llama sicha en el lenguaje jíbaro, el otro chacu.
El indígena que sueña solo distingue borrosa- mente a los monstruos que se le
aparecen en el sueño como arútama, pero escucha sus voces cuando, cada uno a su
propia manera, le hablan. Escucha el rugido del jaguar, el poderoso murmullo del
aleteo de la gran águila, el terrible siseo de la culebra gigante, etc. Los animales y
pájaros más pequeños también aparecen en sueños alucinados en formas algo
diferentes que en la vida real: sus dimensiones son mucho más grandes, pero el
visionario solo los percibe en parte de los pájaros, por ejemplo, solo ve su cabeza y
cuello, pero no las alas y todos tienen facilidad de palabra ya que, como hemos visto,
las almas de los ancestros están encarnadas en ellos.
A pesar de que en la vida natural estos demonios, o por lo menos algunos de ellos,
son considerados como muy malignos, no hacen generalmente ningún daño al
indígena que duerme ya que están bajo control o influencia mágicas; por el contrario,
como regla, aparecen como sus amigos y consejeros. Igual puede suceder algunas
veces como me dijo un Jíbaro que un arútama totalmente subyuga al soñador y lo
mata ahí mismo. Esta idea parece indicar que, en casos excepcionales, los indígenas
pueden morir de una intoxicación demasiado fuerte.
De la misma forma, un Jíbaro que ha visto los arútama no temerá al rayo, el arco-iris,
un meteorito que cae o un huracán. Por el contrario, hasta a estos enemigos los reta
con su lanza y con palabras. En los sueños que tiene, de una vez, conoce a estos
fenómenos normalmente tan terribles para los indígenas; él conoce su verdadera
naturaleza y se ha endurecido en contra de ellos.
Entre los arútama hay algunas otras apariciones sorprendentes. Una se llama
uhúmuka: es una cabeza humana cortada, que se ve rodar por el suelo. El espíritu le
dice al indígena en sueños: “Tú te convertirás en un guerrero valiente, tú irás lejos en
el camino de la guerra y matarás a tus enemigos”. De igual manera, si un Jíbaro quiere
matar a un brujo de su propia tribu, el demonio uhúmuka le dice si va a tener éxito o
no. Otro arútama aparece como un brazo humano cortado que se ve flotar en el aire.
Si solo se ve el antebrazo con la mano, la aparición se llama wehánga; si el soñador
solo ve la parte superior del brazo, se llama kunduána. Si en el sueño el indígena trata
de agarrar este brazo, desaparece en el aire. El wehánga o kunduána le dice al
soñador: “Toma este brazo; soy tu antepasado, el brazo de tus ancestros (apáchiru).
No temas, con este brazo serás fuerte y matarás a tus enemigos”. Una tercera
aparición del mismo tipo es la makuána, una pierna cortada. Este arútama, también le
habla al soñador de la misma forma que los otros espíritus y le da buenas noticias.
Todos estos son los que llamamos “buenos” sueños. Podemos preguntar, por otro
lado, de qué tipo son los “malos” sueños. Si el joven indígena, durante un sueño
alucinado no tiene sueños del todo, se considera como un mal presagio. “No es un
hombre verdadero”, es en este caso el juicio de los hombres mayores de la tribu, “no
se convertirá en guerrero, y no podrá matar a sus enemigos”. Si el indígena no solo
duerme durante toda la noche, sino continúa haciéndolo durante el día siguiente hasta
el anochecer, también es visto como un presagio muy serio. “No vivirá mucho tiempo,
pronto se hundirá en la tierra como el Sol”. Si los arútama no se aparecen del todo, si
el joven indígena tiene otro tipo de visiones o sueños insignificantes, esto se considera
igualmente fatal. “El joven no vivirá mucho, no matará ningún enemigo, pronto caerá
víctima de ellos”. Tales son los juicios que dan sobre los “malos” sueños los viejos
intérpretes.
Aparte de esto, es natural que a veces los arútama y los maikoa eitseri den anuncios
negativos. Si, por ejemplo, el guerrero jíbaro pronto caerá víctima de los ataques de
sus enemigos, los espíritus pueden decírselo francamente. “Tú no vivirás largo, pronto
serás muerto por tus enemigos”. Si va a morir por causa de la flecha mágica, los
espíritus pueden anunciárselo de antemano. Es característico de los demonios que se
aparecen bajo la influencia de bebidas narcóticas que siempre hablen la pura verdad,
tal como si poseyeran tal conocimiento.
También puede suceder que el joven jíbaro de hecho vea a los arútama, pero en el
mismo sueño se asusta al verlos y se escapa de ellos, de tal manera que no puede ser
instruido por ellos o endurecido en contra de ellos. Este, por supuesto, es un “mal”
sueño.
Hasta aquí he hablado propiamente de las ideas de los Jíbaros. Sobre las visiones de
los Cane- los cuándos beben huántuc, debo todavía añadir que en estas ocasiones no
ven ningún demonio animal o espíritus de la naturaleza. Lo único que se les aparece
es un hombre blanco vestido de ropa negra. Este ser se llama pasúca entre los
Canelos, y es el verdadero demonio huántuc (huántuc supai). Le lleva al indígena que
duerme por los aires a un lugar lejano, donde le da las advertencias e instrucciones
que él busca.
Notas
2 E. Spruce, Notes of a Botanist on the Amazon and the Andes. Londres, 1908. II,
414 sqq., 423.
4 con respecto a los efectos que las bebidas prepa- radas de la Banisteria caapi
y Datura arborea producen en el hombre blanco, solo puedo de- cir, habiendo vivido
casi solo entre los indios que no me he arriesgado a consumirlas en grandes
cantidades para el propósito de establecer sus efectos mentales y fisiológicos. De
todas maneras he probado ambas encontrando la primera extremadamente amarga,
como la quinina, y la segunda, algo insípida y nauseabunda. Colonos blancos en
Canelos y Macas que han probado la aya huasca (natéma) me han dicho que en el
estado de alucinación en parte han tenido las mismas experiencias que los indígenas,
viendo maravillosos paisajes, lomas y ríos, hermosos pájaros, etc. Esos “espíritus”
particulares, por otro lado, que los indios aseguran ver, por supuesto no se presentan
a las personas que no comparten sus ideas religiosas y supersticiones.
16. CELEBRACIONES
Tipos de celebraciones:
- Cuando se casan.
- Los jóvenes cuando llegan a la pubertad.
- Cuando los perros completan su entrenamiento.
- Ceremonia de la Tzanza.
- Por los niños pequeños.
- También tienen celebraciones para las cosechas y las cacerías.
- La fiesta del Tabaco, la de la Yuca.
- Aparte están los ritos de iniciación.
17. MUERTE
- Sufren con estoicismo el dolor y la muerte de un familiar.
- Lloran con desesperación n la perdida y entonan cantos fúnebres.
- Las mujeres se cortan el cabello cuando mueren sus maridos (depende
de la cantidad de nupcias que tenga).
- Se llora sobre su tumba varios días d seguidos y cuando se llegan a
acordar del difunto.
18. SEPULTURA
Se envuelve al cadáver en su itipí o tarachi (según n sea el caso). El muerto es
enterrado dentro de su casa con sus pocas pertenencias y después ser enterrado y
llorado, se cierra la casa, se abandona la vivienda, si un niño o muere, es colocado en
una olla de barro y se entierra junto a la cama de los padres.
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