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La edición independiente en crisis

Este documento es el prefacio de André Schiffrin para las ediciones latinoamericanas de su libro "La edición sin editores". Schiffrin expresa su alegría de que el libro se publique en América Latina dado los problemas compartidos en mantener la edición independiente. También destaca la importante contribución de autores latinoamericanos a la vida literaria y los esfuerzos de su editorial anterior Pantheon Books para publicar obras políticas y literarias relevantes de la región.

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La edición independiente en crisis

Este documento es el prefacio de André Schiffrin para las ediciones latinoamericanas de su libro "La edición sin editores". Schiffrin expresa su alegría de que el libro se publique en América Latina dado los problemas compartidos en mantener la edición independiente. También destaca la importante contribución de autores latinoamericanos a la vida literaria y los esfuerzos de su editorial anterior Pantheon Books para publicar obras políticas y literarias relevantes de la región.

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André Schiffrin

La edición sin editores


Las grandes corporaciones y la cultura
Título original: L’Édition sans éditeurs

André Schiffrin, 1999

Traducción: Eduardo Gonzalo


Prefacio para las ediciones latinoamericanas

Me complace particularmente que este libro vaya a aparecer en América


Latina. Los problemas de que se ocupa se han ido volviendo cada vez más claros
para todo el mundo de habla hispana y las dificultades para mantener la edición
independiente en cada país se hacen mayores con cada año que pasa. Los
conglomerados internacionales que trabajan en América Latina no son
necesariamente los mismos que tienen el control en Estados Unidos, pero su
agenda es muy similar y el poder que representan igualmente imponente.

Aparte del tema del control de la edición, que nos afecta a todos, también
está el problema muy real de quién seguirá nutriendo la vida literaria
extraordinariamente rica que ha caracterizado a América Latina en las últimas
décadas. Ciertamente sus autores han escrito muchos de los libros más importantes
y estimulantes que publicamos durante los años que yo estuve en Pantheon Books.
Uno de nuestros primeros libros fue The Winners [Los premios], de Cortázar, y
seguimos publicando prácticamente toda su obra hasta su muerte. A principios de
los sesenta, cuando sus libros aparecieron por primera vez en Nueva York,
representaron una maravillosa sorpresa para los lectores estadounidenses, en su
mayoría desconocedores de la inteligencia y la imaginación que ya empezaban a
ser reconocidas en todo el mundo. Mas tarde tendríamos igual éxito con la trilogía
de Galeano, que tuvo un extraordinario impacto en Estados Unidos y colaboró a
cambiar en muchas personas, las opiniones tradicionales sobre la historia
latinoamericana. También publicamos a Elena Poniatowska, cuya obra
presentamos en Estados Unidos y que ha seguido siendo una presencia importante
en la vida literaria estadounidense.

Si estas obras literarias fueron importantes, igualmente fuerte fue nuestro


compromiso con las luchas políticas que tenían lugar en América Latina. Desde el
principio, tratamos de alentar a los lectores estadounidenses sobre los efectos que
tenía la política exterior de su país en todo el continente. Entre nuestros primeros
libros se hallaba una investigación de Jack Langguth sobre la ayuda prestada por
Estados Unidos a la dictadura brasileña. Como menciono en el libro, también
trabajamos muy cerca de Orlando Letelier para la publicación de la obra de
Allende en Estados Unidos. Publicamos también el reportaje de Patricia Politzer
sobre la vida cotidiana bajo Pinochet, Fear in Chile. Conforme las luchas
centroamericanas se convertían en parte esencial del debate político en Estados
Unidos, publicamos un gran número de libros sobre lo que ocurría en esos países y
el alto precio pagado por la intervención estadounidense. Esos infortunados
vínculos nos unieron inextricablemente a una lucha política común, que pesa
mucho en el pasado de Estados Unidos. En The New Press nos esforzamos
continuamente por documentar la intervención y la responsabilidad
estadounidense por lo que sucedió en América Latina durante los terribles años de
dictadura. Pronto publicaremos todos los expedientes del Departamento de Estado
y de la CIA relacionados con la ayuda que le dimos a Pinochet, y esperamos
publicar el año que viene el primer informe sobre la complicidad de Estados
Unidos en la infame operación Cóndor que a tanta gente asesinó en el Cono Sur.

Desde un ángulo más optimista, hemos estado interesadísimos en los


cambios que tienen lugar en México, y hemos publicado dos importantes libros de
Jorge Castañeda antes de que se convirtiera en secretario de Relaciones Exteriores.
Esperamos que en los próximos años se publicará más tanto en México como en
Estados Unidos sobre la necesidad de modificar las relaciones entre estos dos
países, y reflexionar de manera más fructífera sobre los horrendos problemas
derivados de la desigualdad entre ambos y la imposibilidad de mantener una
frontera funcional cuando tal desigualdad existe.

Los estadounidenses deben enterarse mucho más sobre lo que ha estado


ocurriendo en el sur, ya sea a través de la notable narrativa que aún se sigue
escribiendo o mediante el trabajo de los periodistas y los científicos sociales.
Esperamos en el futuro hallar libros tan estimulantes e importantes como los que
pudimos publicar en el pasado. Pero también es útil para los lectores
latinoamericanos conocer las presiones que existen en Estados Unidos y las
limitaciones que a tantos nos han impedido publicar más obras de este tipo. Las
siguientes páginas procuran explicar tanto lo ocurrido hasta ahora como sus
implicaciones para el futuro.
Introducción

Si se dejan de lado las memorias que, como el presente libro, despiertan


siempre ciertas suspicacias, la historia de la edición no ha suscitado muchos
trabajos, al menos en inglés. Sin embargo, la edición representa siempre un
microcosmos de la sociedad de la que forma parte, refleja sus grandes tendencias y
fabrica en cierta medida sus ideas, y de ahí su interés. En los últimos años, la
edición se ha transformado radicalmente. País tras país, ha pasado de un estadio
artesanal de carácter decimonónico a una industria dominada por los grandes
grupos, que ejercen todo tipo de actividades en la industria cultural y de la
información.

En el siglo XX, no siempre se ha admitido la idea de que el gran público sólo


desea distraerse, aunque 1984 de Orwell y Un mundo feliz de Huxley ya habían
vaticinado que el mundo iba a ser así. En la Europa y los Estados Unidos de los
años veinte y treinta, se hicieron esfuerzos para llegar a una amplia audiencia con
obras serias. Un caso ejemplar en este sentido es el de Penguin Books en Gran
Bretaña. Penguin era en sus comienzos una editorial políticamente comprometida,
impulsada por ideas de izquierda, que trataba de proporcionar al público
simultáneamente saber y entretenimiento. Durante la guerra, en los territorios no
ocupados, la edición mantuvo su papel en las movilizaciones, contribuyendo al
esfuerzo general al intentar paliar el cansancio de obreros y soldados con un poco
de distracción. Después de 1945, este optimismo persistió hasta el comienzo de la
guerra fría, cuando la edición empezó a seguir cada vez más a otros medios de
comunicación en su tendencia a describir los campos de batalla de un mundo cada
vez más dividido.

El final de la guerra fría no tuvo una influencia nítida sobre la edición, al


menos no en mayor medida que sobre otros medios de comunicación. Pero ésta
presenció el desarrollo de una nueva ideología que reemplazó a la de la
democracia occidental frente al bloque soviético. La fe en el mercado, en su
capacidad de conquistar el mundo, la prisa por someter a él todos los otros valores
se han convertido en una marca de fábrica de la edición, no sólo en el mundo
occidental sino también en los países antes comunistas y aun en los que, como
China, todavía forman parte, al menos formalmente, del antiguo bloque
comunista.

Sería una tarea imposible describir lo que ha sucedido en el mundo editorial


en todos los países del mundo a lo largo de este siglo. He elegido contar un
episodio, concreto pero significativo, espero, cuya evolución he seguido como
testigo y como actor durante cerca de cincuenta años. Al comienzo de la década de
1940, mi padre participó en la creación en Estados Unidos de una pequeña
editorial en el exilio con el nombre de Pantheon Books que, durante los veinte años
de su existencia independiente, dio a conocer en ese país a un gran número de
autores europeos. Al crecer seguí su camino y luego, por razones que mencionaré
más adelante, me encontré inesperadamente tras las huellas de mi padre. Los
treinta años que pasé en Pantheon constituyen un buen ejemplo de la evolución de
la edición independiente tal como existía entonces en Europa y en Estados Unidos:
éxito, fracaso y finalmente desaparición, al menos como presencia importante.

Antes de entrar en Pantheon trabajé en una de las principales editoriales


estadounidenses de libros de bolsillo, la New American Library, que sucedió en
Estados Unidos a Penguin Books US. Esta experiencia me enseñó mucho sobre la
transformación de la edición dedicada al gran público, especialmente en Gran
Bretaña y en Estados Unidos, transformación que considero un capítulo
importante en la historia de la cultura de masas. Más tarde, cuando dejé Pantheon,
fundé una pequeña editorial independiente con fines no lucrativos, The New Press.
Los resultados de los primeros años de esta nueva empresa indican que tal vez
existe una alternativa a una edición cada vez más estrechamente controlada por los
grandes grupos. En suma, tratando de aprovechar la experiencia de los otros, lo
que me propongo relatar aquí está esencialmente basado en mi propia experiencia
y en las lecciones que creo posible sacar de ella.

Puede decirse sin temor que la edición mundial ha cambiado más en el curso
de los últimos diez años que durante el siglo anterior. Estos cambios son
especialmente impresionantes en los países anglosajones que aparecen como
modelos de lo que puede producirse en otros lugares en los próximos años. Hasta
hace bien poco, la edición era esencialmente una actividad artesanal, a menudo
familiar, a pequeña escala, que se contentaba con modestas ganancias procedentes
de un trabajo que todavía guardaba relación con la vida intelectual del país.
Durante los últimos años, los grandes grupos internacionales fueron adquiriendo
las pequeñas editoriales una tras otra. En Gran Bretaña y en Estados Unidos la
mayoría de estos grupos son inmensos holdings que reinan en el ámbito de los
medios de comunicación de masas, la industria del ocio o bien de lo que
actualmente se denomina industria de la información. Han acostado la edición en
el lecho de Procusto y la han obligado a introducirse en una u otra de esas
opciones. Las editoriales compradas por los grupos implicados en la industria
cultural han visto desaparecer de sus catálogos los títulos más prestigiosos o
aquellos destinados a la enseñanza. En cuanto a los grupos centrados en la
información, se desembarazaron muy pronto de las editoriales y publicaron sólo
libros de interés general.

Respecto a esta evolución —cuyos detalles se encontrarán más adelante—


hay que subrayar ante todo hasta qué punto ha aumentado el volumen de
actividad económica. En 1998 en Estados Unidos se vendieron cerca de 2500
millones de libros, cifra muy superior a la de cualquier otro país occidental. El
monto global de las ventas alcanzó unos 21 mil millones de dólares,
aproximadamente ocho veces el valor de los libros vendidos en Francia (14 400
millones de francos en 1997). Como la población estadounidense es más o menos
cuatro veces y media superior a la de Francia, estas cifras no son sorprendentes en
sí mismas. Lo interesante es que en 1998 se publicaron unos 70 mil nuevos títulos
en Estados Unidos, mientras que en Francia fueron 20 mil. En Finlandia, en 1997,
se publicaron 13 mil títulos, de ellos 1800 de ficción. Esto muestra que los
estadounidenses se concentran en un menor número de títulos, en tiradas más
elevadas y en ventas más altas, exactamente lo que desean los nuevos propietarios.

Hace algunos años existía un gran número de editoriales en Estados Unidos.


En la actualidad la biblioteca del Congreso tiene censadas hasta 50 mil que
publican por lo menos un libro al año. Pero sólo 2600, o sea 5 por ciento, son
reconocidas por la Asociación de Editores estadounidenses, y 80 por ciento de los
libros actualmente publicados proceden de los cinco grandes grupos que controlan
el grueso de la edición en Estados Unidos.

En Francia también existe una fuerte concentración en dos grandes grupos,


Hachette y Vivendi/Havas, que publican aproximadamente 60 por ciento de la
producción del país[1]. Pero la mayor diferencia entre Francia y Estados Unidos no
reside en las cifras sino en la importancia y calidad de los libros publicados.
Muchos libros importantes que aparecen en Francia provienen todavía de
editoriales autónomas, a menudo familiares. Las más prestigiosas —Gallimard, Le
Seuil, Minuit, Flammarion— todavía se mantienen independientes, aunque la
estructura de su capital hace que esta independencia a veces sea frágil. De ello
resulta que, en su conjunto, la producción francesa no haya cambiado de manera
tan marcada como en Estados Unidos —y en menor grado en Gran Bretaña—,
donde una ojeada a los catálogos de los editores revela con claridad la búsqueda
cada vez más evidente de ganancias. Los libros suelen publicarse más por su
supuesto interés comercial que por aspectos intelectuales y culturales que antes los
editores valoraban a la hora de incluir un libro en su catálogo. He escuchado a
muchos responsables de los suplementos culturales quejarse de que buscan en
vano en los catálogos de las grandes editoriales un solo libro que justifique una
reseña seria.

El tema de este libro es cómo se ha producido este cambio. Pero antes de


describir este proceso hay que volver la vista atrás, al oficio de editor tal como se
practicó a lo largo del siglo. Veremos que en Estados Unidos las editoriales
independientes eran capaces no sólo de publicar una gran variedad de títulos, sino
también de venderlos en cantidades a menudo importantes al mismo público que
hoy consume best-sellers. El sistema formado por las pequeñas editoriales y las
librerías independientes estaba muy logrado y permitía llegar a un público amplio.
Los cambios de estos últimos años no están justificados por la búsqueda de una
mayor eficacia. Los ha provocado el cambio de propietarios y de finalidad.
Empezaré con un ejemplo relativamente único, el de una editorial trasladada al
suelo estadounidense durante la segunda guerra mundial.
Uno

Antes de escribir este libro sobre la edición, tuve grandes dudas motivadas
por el sentimiento de que esta tarea debería más bien haberle correspondido a mi
padre. Nacido en Rusia en la década de 1890, había llegado a Francia poco después
de la primera guerra mundial, y emprendido a comienzos de la década de 1920
una carrera de editor y traductor. Con medios muy escasos, empezó a publicar
clásicos rusos y franceses y, con su amigo André Gide, a traducir al francés muchos
clásicos rusos; algunas de esas traducciones todavía hoy se encuentran disponibles.
Bautizó su editorial con el nombre de Les Éditions de la Pléiade y concibió en los
años treinta la colección que después se haría célebre, La Pléiade, consagrada a los
clásicos de la literatura. El objetivo de esta colección era que la literatura universal
fuera accesible a un precio razonable. En la actualidad son libros de lujo, pero en
su origen estaban destinados a formar una colección relativamente económica y de
fácil acceso con textos cuidadosamente editados. Los primeros títulos, como la obra
de Proust, no eran mucho más caros que las ediciones en rústica de la época.

La empresa tuvo tal éxito que el capital limitado del que mi padre disponía
muy pronto fue insuficiente. En consecuencia recurrió a Gallimard, donde entró en
1936 para dirigir La Pléiade en el seno de una estructura mucho más adecuada.
Pensaba realizar allí su carrera de editor. Pero al estallar la guerra fue movilizado
por el ejército francés, a pesar de su edad. Poco después de la ocupación
descubriría que el «embajador» alemán, Otto Abetz, había confeccionado una lista
de gente, especialmente judíos, que debían ser eliminados de la vida cultural
francesa. El nombre de mi padre estaba entre los primeros y el 20 de agosto de 1940
recibió de Gallimard una carta muy breve informándole que ya no formaba parte
de su personal (aunque este episodio se produjera bajo la presión del ocupante, se
comprende que la familia Gallimard haya preferido olvidarlo y que durante
muchos años no haya hecho alusión alguna al papel de mi padre en la creación de
La Pléiade en Gallimard ni tampoco a su cese. Los detalles de este acontecimiento
están descritos en la excelente historia de la edición en Francia durante la
ocupación[1], que explica con toda crudeza cómo actuó el mundo de la edición
durante esos años sombríos).

Judío de origen extranjero que figuraba en la lista de Abetz, mi padre


comprendió muy pronto que era peligroso quedarse en Francia. Una vez
desmovilizado pasó un año de angustia tratando de obtener visas, permisos de
salida y cualquier boleto hacia la salvación. Nosotros seguimos, pues, el itinerario
clásico, de la zona norte ocupada hasta la zona «libre», donde durante algunos
meses vivimos en lo que era nuestra casa de vacaciones en Saint-Tropez.
Finalmente, gracias a Varian Fry[2] pudimos obtener los papeles necesarios para
trasladarnos de Marsella a Casablanca en la primavera de 1941. La mayoría de los
otros pasajeros eran exiliados alemanes. Todavía recuerdo las pilas de pasaportes
en el puente del barco, la mayoría de los cuales llevaban la cruz gamada en la
cubierta. El gobierno había declarado hipócritamente que los hoteles de
Casablanca estaban desbordados por la afluencia de refugiados que, por lo tanto,
se veían obligados a alojarse en el desierto en terribles condiciones. Nos salvamos
de los campos de concentración que Vichy había preparado gracias a la
intervención de Gide, quien nos prestó su apartamento en la ciudad. Después de
unos meses de espera en Casablanca llegamos a Lisboa y luego a Nueva York. Y
allí, muy pronto, mi padre apostó por volver a publicar, en francés, en ese país
extranjero.

En 1941 ya existía en Nueva York una pequeña colonia francesa, compuesta


esencialmente por gente llegada antes de la guerra para trabajar en restaurantes o
en otros pequeños comercios. Posteriormente se unieron a ellos otros exiliados,
intelectuales y políticos, la mayoría de ellos más decididos en la oposición a Vichy
que los anteriores, tanto que la comunidad francesa se encontró dividida, como
cabía esperar, entre los que eran favorables a Pétain, a los que se podía calificar
como a muchos de sus compatriotas en Francia de attentistes, y el pequeño grupo
de partidarios de De Gaulle o de Giraud. Tanto su número como su influencia eran
limitados, a pesar de su importante presencia intelectual, con la llegada entre otros
de Lévi-Strauss y de Georges Gurvitch, el sociólogo, que contribuyó decisivamente
a la creación de una universidad en el exilio en la New School de Nueva York.

La Fundación Rockefeller y otras instituciones se dedicaban a obtener


visados para los intelectuales franceses y a encontrarles puestos en las
universidades estadounidenses. En conjunto, esos esfuerzos fueron doblemente
infructuosos. En principio, el Departamento de Estado quería limitar a cualquier
precio el número de refugiados procedente de Europa, como bien describió David
Wyman en The Abandonment of the Jews [El abandono de los judíos]. Por otra parte,
existía una fuerte oposición antisemita al proyecto en muchas universidades
estadounidenses. Instituciones tan prestigiosas como la de Harvard, que se
suponía que acogerían de buena gana a los intelectuales refugiados, mostraron una
fuerte resistencia abiertamente xenófoba y antisemita.

Sin embargo, a pesar de las cuotas y de todos los obstáculos, a finales de la


década de 1930, o incluso después del inicio de la guerra, centenares de miles de
refugiados llegaron a Estados Unidos. La mayoría —unos 300 mil— venían de
Alemania y de Austria. Entre ellos había grandes editores alemanes, muchos de los
cuales se esforzaron por fundar una editorial en el exilio, algunos en México, pero
la mayoría en Nueva York. Algunos publicaban en alemán, como la familia que
estaba al frente de Fischer Verlag. Otros trataron de crear editoriales que
publicaran en inglés, a veces en ámbitos muy diferentes de los que abordaban en
su país de origen. Kagan, por ejemplo, el editor de la Metropolis en Berlín —
conocido en Europa desde los años veinte por publicar a los exiliados rusos de
entonces—, se encontró al frente de una nueva editorial, International University
Press, especializada en el psicoanálisis freudiano. Kurt Wolff, uno de los más
prestigiosos editores alemanes de entreguerra, célebre por sus publicaciones
originales de la obra de Kafka, fundó Pantheon Books en Nueva York con su mujer
Helen y un socio estadounidense.

Aunque a pesar de todo fueron pocos los editores, los periodistas y otros
hombres de los medios de comunicación que se encaminaron a Nueva York, para
ellos mi padre empezó a publicar libros que aparecían entonces clandestinamente
en Francia. Con un pequeño capital reunido entre amigos, empezó con su nombre
una colección que permitió a los estadounidenses leer los textos de la Resistencia.
El silencio del mar de Vercors apareció en Nueva York poco después de que la RAF
arrojó ejemplares sobre Francia. Otros libros como El ejército de las sombras de
Joseph Kessel y los poemas de Aragón, se publicaron en rústica, a la francesa. Estos
libros tenían la ventaja de establecer para los franceses instalados en Estados
Unidos un vínculo con lo que pasaba en Europa. La editorial pudo firmar contratos
con editores de América Latina que compartían las mismas ideas. Ediciones Sur de
Victoria Ocampo, en Buenos Aires, era de las que seguían las publicaciones de mi
padre, lo que permitió que muchos de sus libros se editasen en Argentina.

En 1942, poco después de la fundación de Pantheon Books, mi padre unió


sus fuerzas a las de Kurt Wolff. Pantheon ya había empezado a publicar, en inglés
y en alemán, un catálogo de muy alto nivel literario y cultural. Algunos autores
alemanes y austriacos como Hermann Broch se publicaban simultáneamente en
alemán e inglés. Curiosamente, los 1500 ejemplares alemanes de La muerte de
Virgilio se vendieron de inmediato, mientras que se necesitaron más de veinticinco
años para que una tirada similar en inglés terminara de agotarse. Las oficinas eran
un oasis feliz en Washington Square. En una de esas casas georgianas que
bordeaban el sur del jardín, cerca de la vivienda de Henry James, este pequeño
grupo de europeos se esforzaba por encontrar en su cultura lo que pudiera
apreciar el nuevo público.
En conjunto, al comienzo, los éxitos fueron poco numerosos. Gide envió
desde Túnez sus Intervenciones imaginarias y Teseo, publicados los dos por primera
vez en la colección de mi padre en francés, como El extranjero de Camus,
inmediatamente después de su primera edición francesa. Wolff, por su parte,
publicaba obras representativas de la cultura alemana, por ejemplo, los poemas de
Stefan George en edición bilingüe, del que se sospechaba que alcanzaría en Estados
Unidos un éxito moderado. Aunque el público de lengua alemana y francesa
contaba con compradores entusiastas, era poco numeroso, y el público
estadounidense seguía en su conjunto sin conocer el trabajo de la editorial.

Después de algunos años, el catálogo de clásicos europeos era apreciado por


un pequeño grupo de lectores, pero el impacto de la empresa seguía siendo muy
limitado. Surgió una ayuda inesperada en la persona de Mary Mellon, la mujer del
millonario Paul Mellon, cuyo padre era Andrew Mellon, ex secretario de Estado
para el Tesoro y generoso mecenas de la National Gallery de Washington. Mary
Mellon se había psicoanalizado con Jung y decidió rendirle homenaje creando una
colección para publicar sus obras en inglés, así como el trabajo de junguianos
célebres, en su mayoría exiliados alemanes y austriacos. Gracias a la ayuda
sustancial de los Mellon, Pantheon empezó a publicar lo que se convertiría en la
colección Bollingen, por el nombre de la casa de campo de Jung. De manera
totalmente inesperada, esa colección iba a desempeñar un papel importante en la
cultura estadounidense durante los años siguientes, aunque los trabajos publicados
al principio tuvieran un alto nivel de erudición y una gran exigencia intelectual.
Debido a los lazos que Kurt Wolff y mi padre mantenían con la emigración
intelectual, muchos autores buscaban publicar sus trabajos en la colección
Bollingen cuando podían integrarse en ella. Uno de los primeros títulos, Prehistoric
Caves Paintings [Pinturas rupestres prehistóricas], era de Max Raphael, gran crítico
marxista alemán refugiado primero en Francia y luego en Estados Unidos; Rachel
Bespaloff escribió un homenaje a Simone Weil titulado On the Iliad [Sobre la Ilíada].
El catálogo se amplió progresivamente con títulos que se alejaban del campo
junguiano. Mi padre negoció la publicación de los tres volúmenes de Psicología del
arte de André Malraux y muy pronto las obras de Valéry se unieron a las de Jung.

La influencia de Jung, al igual que el recuerdo que tenían los Wolff de su


educación en la Alemania de Weimar, hicieron que las publicaciones de la editorial
se extendieran también a importantes estudios sobre el arte oriental, como
testimonian el gran trabajo de Heinrich Zimmer sobre el arte de la India y las obras
de Joseph Campbell, que tendrían una influencia extraordinaria en los años
sesenta. Asimismo la traducción del I Ching, texto importante en los círculos
junguianos, se convirtió en una obra mítica que vendió más de un millón de
ejemplares. Es curioso comprobar este acercamiento entre la cultura
estadounidense y la de la Alemania de Weimar, con su fascinación por las
religiones orientales, lo irracional y las obras espiritualistas, que pasaron del nivel
del esoterismo más cerrado a formar parte de la cultura de masas.

La salud de mi padre se había deteriorado seriamente durante la guerra: con


una edad considerable había sufrido las condiciones de la vida del soldado. Su
estado, que le había impedido regresar a Francia al terminar la guerra como
esperaba, se agravó al final de los años cuarenta. En 1950 murió de un enfisema
pulmonar, lo que rompió los lazos de la familia con Pantheon, entonces pensé que
para siempre. Sin embargo, yo seguí atento a las aventuras de la editorial, que
estarían marcadas por una serie de acontecimientos imprevistos.

Al final de los años cincuenta, Pantheon contrató una difícil novela rusa de
la que hizo un tiraje de 4 mil ejemplares. Se titulaba El doctor Zhivago. El premio
Nobel hizo de ella un best-seller internacional y Pantheon, sumergida en pedidos,
vendió más de un millón de ejemplares en versión encuadernada y luego más de 5
millones de libros de bolsillo. A este éxito seguiría el de El gatopardo, de
Lampedusa, y en unos meses Pantheon, de editorial marginal que luchaba por
sobrevivir, se convirtió en una sociedad que generaba grandes ganancias.

Como sucede a menudo, el flujo de dinero cambiaría irrevocablemente el


destino de la empresa. Aparecieron tensiones entre los Wolff y su socio
estadounidense. Ellos decidieron volver a Europa y se instalaron en Suiza, desde
donde esperaban seguir dirigiendo la sociedad. Este sistema ya habría sido difícil
en las mejores circunstancias, pero con las tensiones crecientes la colaboración
inicial se rompió y los Wolff se volvieron hacia Harcourt Brace, donde pudieron
seguir publicando durante varios años. Privados de su dirección editorial, los
accionistas de Pantheon decidieron que había llegado el momento de vender su
participación. Encontraron un comprador en Bennett Cerf, entonces al frente de
Random House. Random acababa de adquirir la prestigiosa editorial de Alfred
Knopf, conocida tanto por sus libros sobre la sociedad y la historia
estadounidenses como por sus excelentes traducciones que iban de Thomas Mann
y Albert Camus a Tanizaki y Abe. Random se convertía así en una de las más
importantes editoriales estadounidenses. La adquisición de Pantheon, por menos
de un millón de dólares, constituía una aportación importante al fondo común de
las tres editoriales, y todo ello parecía un buen presagio para una nueva vida.
Dos

Mientras Pantheon era una sociedad pequeña y marginal —hasta en sus


éxitos—, su estructura no era muy diferente de las otras editoriales de Estados
Unidos y Europa occidental. La publicación de libros estaba asegurada por una
gran variedad de editoriales, desde empresas muy pequeñas hasta sociedades
cuyas ventas se acercaban a los 10 millones de dólares y que entonces se
consideraban grandes, aunque en la actualidad esas cantidades parezcan
desdeñables para los grandes grupos. La mayoría de las editoriales pertenecía a
sus fundadores y pocas cotizaban en Bolsa. Por supuesto —salvo excepciones— los
editores estadounidenses y europeos no desdeñaban las ganancias. Pero
implícitamente se consideraba que algunos libros estaban condenados a perder
dinero, en especial las primeras novelas y la poesía. Se daba por sentado que los
autores constituían una inversión para el porvenir y que seguirían fieles al editor
que los había descubierto y alimentado. En conjunto, los editores de libros
destinados a la librería admitían que perdían dinero o que apenas cubrían gastos
en la primera edición y que las ganancias se producían luego, en las ventas a los
clubes y en las ediciones de bolsillo.

Hasta la década de 1980 el dueño de Doubleday, una de las más grandes


editoriales estadounidenses, consideraba que perdía dinero en 90 por ciento de los
libros que publicaba y que algunos best-sellers pagaban por los otros. Estaba
aceptado que un editor mantenía disponibles todos los libros de sus autores y que
en contrapartida los autores le daban prioridad respecto de sus nuevos
manuscritos. Robar los autores de otras editoriales no se consideraba honorable.
Todo esto no quiere decir que la edición estadounidense en su periodo de
inocencia fuese perfecta. Los libros publicados tanto en Estados Unidos como en
Gran Bretaña tenían en su mayoría un horizonte provinciano y limitado,
destinados como estaban a un público fiel. En las listas de best-sellers de los años
cuarenta y cincuenta se encontraban siempre los mismos nombres carentes de
riesgo y era muy raro que apareciera un autor nuevo.

Sin embargo, existían editores[*] que trataban de ampliar las fronteras, de


buscar nuevos lectores, de mejorar el nivel general de la literatura destinada al
gran público. Varias editoriales de gran difusión trabajaban en este sentido, y entre
ellas, la más importante era la New American Library of World Literature. Es allí
donde empecé a trabajar en la edición.
La New American Library era la continuación de Penguin US. Su lema era
«buenos libros para el gran público» y en esa época estaba claro que aquélla era
para mucha gente que trabajaba en el mundo editorial la principal motivación.
Recuerdo que en las reuniones los editores discutían seriamente la mejor manera
de presentar al gran público obras nuevas y difíciles. Por supuesto, se publicaban
numerosas novelas de aventuras, policiacas, etcétera. Pero también todo Faulkner,
sin contar autores europeos como Malaparte y Pasolini. En el catálogo también se
encontraba Martin Eden, un clásico radical de Jack London, hoy inencontrable, o
bien Adolescencia y cultura en Samoa de Margaret Mead o incluso Sweden. The Middle
Way[1] de Marquis Child y muchos títulos del mismo nivel.

Eran libros en rústica que costaban entre 25 y 35 centavos, se podían


comprar en los quioscos y en los drugstores. Teniendo en cuenta la inflación
costarían en la actualidad entre 2.5 y 3.5 dólares. Se consideraba que el libro debía
costar aproximadamente lo mismo que un paquete de cigarrillos. Uno de los más
caros que publicamos fue Lonigan Trilogy, de Studs Lonigan[2], un libro tan grueso
que tuvimos que aumentar el precio a 50 centavos. El equipo comercial decidió que
el lomo debía dividirse en dos franjas para mostrar claramente que se trataba del
equivalente de dos libros, de manera que el comprador no se sintiera estafado.

Es verdad que las portadas de estos libros en rústica eran siniestras. Sin leer
el título no se podía distinguir un Mickey Spillane de un Faulkner. Pero se hacía un
real esfuerzo por aportar a un amplio público lo mejor que se podía publicar.
Aunque se presentaba a Faulkner en todos sus libros como el autor de Santuario
(sin duda el único libro atrevido al alcance de los adolescentes), toda su obra estaba
en el catálogo. Habían de pasar años para que esos libros se convirtieran en tesoros
universitarios y perdieran su público popular para elevarse al nivel canónico.

Otro ejemplo de esta ética de la edición era New World Writing, una revista
literaria de calidad que apareció en la misma época. Se inspiraba en la famosa New
Writing[3] publicada por Penguin, con la misma actitud «frente popular» sobre las
relaciones entre masas y literatura: la idea de que cualquiera es capaz de leer lo
mejor y tiene que poder encontrarlo en todas partes. Para dar un ejemplo, por
cierto extremo, uno de los números proponía una antología de la poesía coreana
contemporánea. A pesar de todo se trataba de una publicación destinada a un
público amplio, con tiradas iniciales de 50 mil a 70 mil ejemplares. Los editores de
la New American Library no consideraban a los lectores una élite restringida y al
público una masa cuyo mal gusto tuviera que ser halagado. Aun en el ámbito de la
ficción popular, como las novelas policiacas de Mickey Spillane o Ambre, había que
tratar de publicar los mejores textos posibles. Y aunque se intuyera un súper best-
seller, había un límite para la demagogia que impedía publicar pornografía o libros
degradantes para el espíritu humano, como los que hoy inundan el mercado.

La New American Library era en sus comienzos la rama estadounidense de


Penguin, de la que había conservado lo esencial del método y de la ideología. En la
edición de gran difusión, Penguin Books era sin duda la sociedad de más éxito e
influencia, y tanto en Europa como en Estados Unidos se trataba de imitarla.
Fundada en los años treinta por un pragmático hombre de negocios llamado Allen
Lane (más tarde, sir Allen Lane), la editorial reclutó muchos responsables
editoriales expertos en diversas disciplinas, entre ellos V. K. Krishna Menon, que
sería embajador de la India en la ONU. Como se ha demostrado en varios libros
inteligentes —en especial The Uses of Literacy [Los usos de la alfabetización], de
Richard Hoggart—, Penguin aportó al público inglés no sólo lo mejor de la ficción
contemporánea sino también una línea nueva, distinta de la novela. Para una
colección denominada Pelican Books, Penguin pidió una serie impresionante de
trabajos originales en el ámbito de las ciencias naturales, las ciencias humanas e
incluso la historia del arte. Estos libros, que en su mayoría adoptaban un punto de
vista progresista, formaban parte de la vida de la izquierda inglesa de la época,
pero como se dirigían a un público lo más amplio posible, no eran nada sectarios.
Historias de todos los grandes países, introducciones a las diferentes ciencias,
obras sobre la política contemporánea, todo este conjunto de libros terminó por
constituir para la gran mayoría de los ingleses que habían dejado la escuela antes
de los dieciséis años una útil herramienta para continuar su educación. Su éxito
representa un capítulo importante de la historia de la sociedad inglesa de los años
treinta y cuarenta y contribuyó a crear la base de la aplastante victoria de los
laboristas inmediatamente después de la guerra.

Nítidamente a la izquierda de Penguin se encontraba el Left Book Club


creado por un editor popular, Victor Gollancz, asociado con el Partido Comunista
inglés. Sus libros seguían totalmente la línea del Partido de la época. Por ejemplo,
mientras que el club había publicado con éxito algunos libros de los comienzos de
Orwell como El camino de Wigan Pier, otros títulos como Homenaje a Cataluña fueron
rechazados por el comité de lectura debido a su crítica —a justo título virulenta—
del papel de la Rusia soviética en la guerra de España. Los publicaron editores de
izquierda independientes, Secker & Warburg en este caso. A pesar de esta
adhesión a la línea del Partido, el Left Book Club ponía a disposición de un amplio
público una ingente cantidad de trabajos y estudios importantes. En su sello
aparecieron los libros de Edgar Snow sobre la revolución china y los principales
textos que analizan el ascenso del nazismo y la inminencia del conflicto en Europa.
Estos libros, de los que se vendían decenas de miles de ejemplares a precios
comparables a los de Penguin, contribuyeron a crear una opinión pública de
izquierda extremadamente bien informada. Es interesante señalar que los libros del
mismo tipo que se publican hoy provienen de editoriales universitarias con tiradas
muy bajas y precios prohibitivos, con el pretexto de que no hay público para este
tipo de obras. Sin embargo, esta experiencia de los años treinta, evidentemente
apoyada en otro contexto político, muestra que entonces era posible encontrar una
gran masa de lectores para libros exigentes, sobre temas que a menudo debían
parecer muy alejados de las preocupaciones cotidianas de la mayoría de los
ingleses.

En Estados Unidos, durante los años de guerra, los libros sobre los temas
políticos del momento también se vendían en gran cantidad. Algunos, como One
World [Un mundo], de Wendel Wilkie, que analizaba las razones de la entrada en
la guerra de Estados Unidos, alcanzaron cifras de venta de más de un millón de
ejemplares en rústica de gran tamaño, en un país cuya población era la mitad de la
actual.

Los libros publicados por la New American Library eran muy deudores de
esta tradición: llevar el debate a la plaza pública, considerar que las decisiones
políticas cruciales no las debe tomar una élite de expertos y políticos profesionales,
y dar por sentado que la población en su conjunto debe tener voz en este asunto.
Recuerdo que, cuando yo iba a la escuela, el semanario destinado a los de doce
años, como era mi caso, contenía investigaciones detalladas sobre la política
estadounidense en materia de alojamiento o de electrificación del campo. En la
euforia del optimismo de posguerra, se consideraba que hasta los niños podían
interesarse por temas que hoy serían considerados como demasiado
«especializados», demasiado alejados de las preocupaciones cotidianas para
interesar a algo más que a un grupo de alumnos.

Como crecí en medio de libros de este tipo e hice mis primeras armas en la
edición en la New American Library, para mí era normal pensar que este tipo de
publicaciones formaba parte de lo que un editor digno de ese nombre debía
publicar.
Tres

Después de la muerte de mi padre —yo tenía quince años— perdí todo


contacto con Pantheon y nunca pensé que reanudaría mis lazos con ellos. Por lo
tanto me sentí muy sorprendido cuando, en 1961, la dirección de la editorial se
puso en contacto conmigo para preguntarme si desearía trabajar con ellos. Acepté
encantado y llegué a Pantheon Books a comienzos de 1962, tan ignorante de los
problemas de la edición como se puede ser a los veintiséis años (en la NAL era un
editor asistente sin ninguna experiencia financiera ni comercial). Con gran placer
me volví a encontrar en la esquina de la calle 4 y la Sexta Avenida, delante del
rascacielos triangular que llaman el «pequeño Flatiron»[1] donde el despacho de mi
padre había permanecido vacío como homenaje varios años después de su muerte.
Era un edificio más bien calamitoso, ocupado por artesanos como un fabricante de
acordeones y una multitud de confeccionistas. Pero también estaban allí ubicadas
algunas de las más interesantes editoriales del país, New Directions, Pelligrini and
Cuddahy, en el mismo piso que nosotros, con periódicos de izquierda, The Nation y
la marxista Monthly Review.

Una vez que se fueron los Wolff, la editorial quedó a cargo de quienes antes
se ocupaban de la producción y las ventas, todos ellos gente encantadora y llena de
buenas intenciones, pero a la que por desgracia le faltaba talento editorial para
mantener el nivel del catálogo y cumplir las expectativas de Random.

Entre los libros con los que debía trabajar había uno o dos títulos
maravillosos, como las memorias de Constantin Paoustovski, Histoire d’une vie
[Historia de una vida], pero básicamente se trataba de textos de segundo orden
cuya publicación se había decidido al azar confiando ciegamente en el entusiasmo
que mostraban los informes de lectura. Esta situación no podía durar mucho. Al
cabo de unos meses nuestros despachos se mudaron a un pequeño edificio, cerca
de Random House, en la esquina de la calle 50 y Madison Avenue, y los nuevos
propietarios empezaron a prestar mayor atención a lo que habían comprado. No
habían perdido dinero: los fondos de Pantheon y sus fructíferas colecciones de
libros juveniles valían mucho más que el millón de dólares pagado. Pero el
programa de libros para adultos era un desastre, y en los meses que siguieron a mi
llegada, mis dos superiores decidieron marcharse.

Los colegas que quedaron eran en su mayoría de mi edad, un puñado de


jóvenes no más versados que yo en la política editorial. Nos reunimos y sugerí que
propusiéramos a Random que nos dejara llevar el negocio a nosotros solos. Les
expliqué a los asociados que dirigían la sociedad, Bennett Cerf y Donald Klopfer,
que no correrían gran riesgo. Teníamos suficientes títulos en marcha para
mantenernos algunos meses. Si no éramos capaces de encontrar otros más
atractivos, siempre podrían recortar los gastos. A los veintiséis años buscar trabajo
no era algo aterrador. Por su parte, si la experiencia resultaba, su imperio se vería
aumentado con un nuevo sector. En aquel momento no se me ocurrió que no era
costumbre dejar las riendas a un equipo tan joven, pero existía al menos un
argumento a nuestro favor: Random House acababa de comprar la prestigiosa
editorial literaria Knopf, y no quería tener que cerrar sus nuevas filiales para
fundirlo todo en un sello único. De hecho, Alfred Knopf temía que el futuro de su
propia casa se viera comprometido si Pantheon desaparecía.

Pero, independientemente de estas consideraciones prácticas, había una


parte de idealismo en la decisión de Random. Los asociados se sentían volver a su
juventud, a sus comienzos en la edición, y nuestra apuesta les parecía una forma
estupenda de acabar con la rutina. Nos apoyaron incondicionalmente y nos dieron
carta blanca en los primeros años. Fue bastante más tarde cuando una expresión
como «centro de beneficio» entró a formar parte de mi vocabulario. Tratábamos de
publicar los mejores libros que podíamos encontrar y, si bien nos preocupaban las
ventas, nuestras inquietudes quedaban muy por debajo de lo habitual, aun en esa
época, en la edición estadounidense.

Esta situación nos permitió invertir nuestro tiempo en la búsqueda de los


textos que nos parecían más interesantes. No éramos tan ingenuos como para
descuidar la publicación de un eventual best-seller, y examinamos con atención los
títulos que nuestros predecesores habían dejado. Gracias a los Wolff publicamos en
el primer año El tambor de hojalata, de Günter Grass, y algunos autores de éxito en
Pantheon, como Mary Renault y Zoe Oldenbourg. La experiencia, pues, era viable,
y nadie tenía nada que objetar a los libros aparentemente más difíciles que
empezamos a incluir en el catálogo.

En la vida cultural, 1962 fue un año rico en oportunidades. Aunque en


principio el macartismo había terminado hacía diez años, desempeñaba todavía un
papel importante en la vida política y en la educación en Estados Unidos. Yo había
crecido durante esos años y había visto desaparecer del paisaje estadounidense
cualquier punto de vista crítico, o simplemente progresista. Aunque era
firmemente anticomunista, no podía dejar de percibir que numerosas voces habían
sido reducidas al silencio o marginadas. En mis primeros meses en Pantheon
propuse, pues, publicar a I. F. Stone, periodista de izquierda que había sido uno de
los pocos en levantarse contra la locura de la era McCarthy y considerado desde
entonces una gloria del periodismo estadounidense, un mentor para toda una
generación de escritores y críticos. Esta propuesta incomodó a mis superiores: se
excusaron explicándome que no les era posible lanzarse a una empresa tan
polémica. Y, de hecho, recuerdo que en 1963, en las oficinas del New York Review of
Books, el jefe de redacción, Bob Silvers, que acababa de encargar un artículo a I. F.
Stone, estaba muy alterado: ¿quedaría arruinada la reputación del periódico? ¿Se
darían de baja los suscriptores?

Como consecuencia de este clima, existían en la vida intelectual


estadounidense grandes lagunas que pensábamos cubrir lo mejor y más
rápidamente posible. Por fortuna, Victor Gollancz llegó un día a mi despacho con
las pruebas de un vasto trabajo histórico de E. P. Thompson titulado La formación de
la clase obrera en Inglaterra. Desde que empecé a leerlo, esa misma noche, vi que
tenía entre las manos el tipo de libro de historia que había buscado durante todos
mis años de universidad. Presentaba la historia social y económica de la gente
común de una forma completamente nueva en el panorama de los estudios en
lengua inglesa en los años cincuenta. Para nosotros suponía una verdadera suerte,
un acontecimiento. Gollancz aceptó una oferta por 1500 ejemplares y lanzamos
nuestro catálogo de historia (este libro, del que se vendieron más de 60 mil
ejemplares, sigue disponible). Después de Thompson publicamos a otros
historiadores ingleses más bien mal vistos en Estados Unidos, como Eric
Hobsbawm, Christopher Hill, George Rudé y Dorothy Thompson. En la misma
época recibimos una tesis doctoral sobre la historia de la esclavitud, escrita por un
marxista estadounidense llamado Eugene Genovese, The Political Economy of
Slavery [La economía política de la esclavitud], que había sido rechazada por doce
editoriales universitarias, debido a la metodología marxista de su autor, que
disimulaba mal su verdadera ideología, totalmente conservadora. A pesar de mis
limitados conocimientos sobre la historia estadounidense, el extraordinario interés
del trabajo era evidente. A su publicación siguieron otros títulos de Genovese
(algunos publicados en Francia por François Maspero), a los que se añadieron los
libros de prestigiosos historiadores estadounidenses como Herb Gutman e Ira
Berlin, cuyo trabajo en muchos puntos era paralelo al de E. P. Thompson o
Hobsbawm. Estos títulos fueron el origen de una nueva manera de pensar entre los
historiadores en lengua inglesa, comparable en muchos aspectos a la Escuela de los
Anales de Francia.

Las miras de los intelectuales estadounidenses no iban más lejos del rechazo
del marxismo. La mayoría de las ideas innovadoras parecían demasiado
arriesgadas. La historia de la locura, de Michel Foucault, publicada desde hacía años
en Francia, no había llamado la atención de una sola editorial universitaria.
Descubrí el libro husmeando en una librería parisiense. Desde la primera página
supe que se trataba de algo totalmente excepcional, aunque el autor fuera para mí
un desconocido. Poco a poco, Pantheon publicó todos los libros de Foucault, a
pesar de contar con una audiencia muy reducida. Resultaba difícil incluso
conseguir que alguna universidad lo invitara a dar una conferencia, tal era la
estrechez de miras dominante en los departamentos de historia. Las críticas en los
periódicos del establishment eran abiertamente desfavorables y sólo al aparecer la
quinta obra empezó a labrarse un público.

Foucault fue sólo uno entre los numerosos autores franceses que
publicaríamos más adelante. Entre éstos se encontraban científicos como François
Jacob y Octave Mannoni, numerosos especialistas en ciencias humanas que iban
desde Edgar Morin hasta Georges Balandier y Jean Duvigneau, periodistas como
Claude Julien y André Fontaine, historiadores entre los que destacaban Georges
Duveaux, Georges Duby, Moshe Lewin y muchos otros. Gracias a Gustav
Bjurström, que trabajaba en Pantheon desde los años cincuenta, entramos también
en el campo de la ficción, con autores que con el paso del tiempo serían célebres.
Como otros editores se encontraban bajo la presión constante de la rentabilidad,
hasta Jean-Paul Sartre estaba entre los autores rechazados (por Knopf, que hasta
entonces había publicado la mayoría de sus textos). Con gran alegría publicamos
sus últimos libros, al mismo tiempo que los de Simone de Beauvoir: las últimas
Situaciones, los Diarios de guerra y la Ceremonia del adiós. Me parecía curioso que
nadie en Francia se hubiera decidido a escribir una biografía de Sartre. Lo comenté
con muchos editores franceses, pero Sartre parecía pasado de moda y nadie se
interesaba por el proyecto. Me dirigí, pues, a Annie Cohen-Solal, cuya biografía de
Nizan nos había parecido notable. Aceptó lanzarse a esa tarea colosal y tuvimos la
satisfacción de vender los derechos del libro a Gallimard por un millón de francos.
También tuvimos la suerte de publicar El amante, de Marguerite Duras, la primera
novela francesa que fue un best-seller en Estados Unidos después de Los
mandarines. Posteriormente publicamos muchas de sus primeras obras en bolsillo y
mucho más tarde fue un gran honor para nosotros que Duras aceptase que The
New Press contara entre sus primeros títulos con El amante de la China del Norte.

En el contexto en el que tuvimos la suerte de trabajar no se daba por sentado


que cada título produjera ganancias de inmediato, ni que abriera ese camino para
el libro siguiente del autor. De haber sido ése el caso, ninguna de las obras que he
citado hubiera llegado a la imprenta. Mis criterios, por el contrario, eran muy
simples. Lo que buscaba era esencialmente textos nuevos capaces de aportar a la
vida estadounidense ese dinamismo intelectual que le faltaba, pero también quería
encontrar portavoces que expresaran las opiniones políticas reprimidas durante los
años del macartismo y de las que me sentía personalmente muy próximo. Era
necesario que tomara contacto con aquellos que más admiraba y respetaba y que
tratara de acercarlos a nosotros. En épocas normales tales proyectos son una
utopía, pero a comienzos de los años sesenta tuve la suerte de admirar a autores a
menudo descuidados o rechazados por otras editoriales. Tal fue, por ejemplo, el
caso de Gunnar Myrdal, cuyos trabajos políticos y sociológicos me parecían
cruciales para comprender nuestro país. Le encargué una serie de obras, la primera
de las cuales, Reto a la sociedad opulenta, fue, al igual que La sociedad de la opulencia
de Galbraith[2], uno de los primeros libros en plantear el problema de unos Estados
Unidos divididos en dos: un país para los ricos y otro para los pobres. Se dice que
este libro se encontraba sobre la mesa de Kennedy en el momento de su asesinato.
De otra gran figura, Richard Titmuss, el principal teórico del estado de bienestar en
Gran Bretaña, publicamos un libro que se convirtió en un clásico, The Gift
Relationship [La relación de donación], donde la donación de sangre se tomaba
como símbolo de las relaciones sociales. A medida que el clima de los años sesenta
iba evolucionando, el New York Times presentaba esos libros en primera página. Es
difícil decir en qué medida contribuimos a esos cambios en la opinión, pero es
innegable que, unos años después de nuestros comienzos, los libros por los que
apostábamos empezaban a suscitar gran interés.

La oposición a la guerra de Vietnam nos llevó a publicar muchos libros, en


especial los de Chomsky. Su El poder americano y sus nuevos mandarines se convirtió
en una referencia para los militantes contra la guerra, pero también para aquellos
que trataban de comprender los errores que habían permitido que se
desencadenara. Teníamos libros sobre Asia, que chocaban con las tesis oficiales
sobre China y Vietnam, empezando por Una aldea de la China Popular, de Jan
Myrdal. Habíamos recibido el libro en sueco, y nuestro lector especializado hizo un
informe positivo pero aconsejaba una tirada lo más pequeña posible, por temor a
que llevara a muchos lectores a simpatizar con la China comunista. El New York
Times, en una crítica muy seria pero negativa, lo convirtió en un acontecimiento
importante. Al leer atentamente el artículo quedaba en claro que el periodista tenía
acceso al legajo de la CIA sobre Myrdal: el artículo estaba plagado de referencias a
conversaciones que había mantenido en Pekín y que sólo podían proceder de los
servicios secretos. Pero el tiempo jugaba a nuestro favor y la mayoría del público
estadounidense empezaba a ver de otra manera la revolución china.

Nuestro horizonte se ampliaba también a América Latina y en especial a


Chile. Teníamos en proyecto un pequeño libro de entrevistas de Allende con Régis
Debray, sobre el futuro de la revolución chilena. Le pedí un prefacio al embajador
de Chile en Washington, Orlando Letelier, y en el curso de un almuerzo al
comienzo de la administración Nixon, le pregunté sobre Estados Unidos: ¿Iban a
dejar en paz a su gobierno? Totalmente ignorante de los complots de Kissinger, me
contestó que Washington tenía una actitud amistosa y que Nixon tal vez seguiría el
mismo camino que lo había llevado a establecer relaciones con China. Después del
golpe de estado que derrocaría a Allende, Letelier fue asesinado en Washington
por la DINA, la policía secreta chilena. Tuve al menos la satisfacción de publicar
un libro que arrojaba luz sobre ese asesinato y que fue importante para llevar a los
culpables ante la justicia.

Sin embargo, fue en Europa donde encontramos nuestros mejores aliados


entre los editores. Libros como los de Chomsky y otros fueron traducidos en todos
los grandes países. Y como nosotros admirábamos mucho el trabajo de colegas
como Paul Flamand, de Seuil, François Maspero y Jérôme Lindon de Éditions de
Minuit, seguíamos atentamente su producción y traducíamos sus libros siempre
que nos era posible. También buscábamos colaborar con editores europeos
impulsando textos para publicar conjuntamente. Con los editores que habían
traducido el libro de Myrdal sobre China, encargamos una serie de informes del
mismo tipo sobre los pueblos de todo el mundo, utilizando la historia oral como
documento sobre las conmociones sociales, con palabras de la gente corriente más
que cuestionarios de sociólogos. En esta colección, para la cual colegas de media
docena de países se dividieron la tarea de encontrar a los autores y de encargar los
textos, se publicaron más de doce volúmenes. Dos de los libros más interesantes de
la serie fueron encargados directamente a autores franceses: Edgar Morin, que
aceptó utilizar sus investigaciones sobre el pueblo bretón de Plozevet para redactar
su fascinante Comuna de Francia, y Jean Duvigneau, que retomó sus notas y sus
grabaciones en un oasis tunecino para escribir Chebika, que se convertiría en un
clásico de la sociología y la antropología francesas. Nuestra principal motivación
era vencer la tendencia mercantilista en la edición. La idea de que los editores
debían unir sus esfuerzos únicamente para ganar dinero nos parecía inapropiada
para los problemas del momento. Con el tiempo, se estableció una colaboración
internacional de alcance mundial, con Penguin a la cabeza, tratando de prolongar
las transformaciones de los años sesenta en el curso de los setenta.

Uno de los mayores éxitos de esta colección fue Division Street: America, de
un autor de Chicago poco conocido llamado Studs Terkel. Basándose en un estudio
de los alrededores de Chicago, trabajó sobre los cambios producidos en Estados
Unidos desde la década de 1930 hasta 1960.

Este libro hizo vibrar la fibra sensible de todo el país. Fue el inicio de una
serie de libros de historia oral que terminaron por componer un panorama único
de la sociedad estadounidense en el siglo XX, una crónica de la vida del país
durante la gran depresión, la segunda guerra mundial y los años siguientes. Todos
estos libros se convirtieron en best-sellers, y el trabajo de Terkel fue saludado con
entusiasmo por las más prestigiosas instancias literarias y culturales del país. Más
tarde constituiría la columna vertebral de The New Press en el momento de su
fundación: sin vacilar, ni tomar en consideración sus intereses económicos, fue el
primero de los autores de Pantheon que tomó abiertamente partido por nuestra
nueva empresa. Pero de esto hablaremos más adelante.

Durante los años que trabajé en Pantheon, nuestras relaciones con España
fueron especialmente estrechas. En parte, debido a mi interés por el modo en que
se transformaba el país en su dejar atrás la época franquista; en parte, debido a mis
relaciones familiares. Mi mujer es madrileña y sigue conservando la nacionalidad
española. Su padre fue un militar de carrera, el coronel Federico de la Iglesia, uno
de los pocos oficiales del estado mayor que permanecieron leales a la República.
Participó en la defensa de Madrid y al final de la guerra logró escapar a Gran
Bretaña, a donde lo siguieron su mujer y su hija. María Elena y yo nos conocimos
siendo estudiantes en Cambridge y, después de casarnos, realizamos desde
principios de los sesenta frecuentes viajes a España. Como mi familia había
permanecido en Francia y la suya en España, teníamos una amplia red de
familiares que visitar. Su madre había comprado una casita en lo que entonces era
un minúsculo y deprimido pueblo de pescadores llamado Fuengirola. Fue ahí,
paradójicamente, donde nació el primero de una serie de proyectos sobre la
historia de España. Ahí conocí a Ronald Fraser, un joven inglés que vivía en el
cercano Mijas y que había escrito una historia oral del antiguo alcalde republicano
de esa localidad. Escondido narraba la extraordinaria historia de su vida clandestina
en Mijas durante el franquismo. El relato constituía un notable microcosmos de la
vida durante aquel difícil periodo histórico; el libro se convirtió en un gran éxito en
España y también recibió gran atención en el resto del mundo. Con Escondido inicié
una larga colaboración con Fraser que desembocó en una historia oral de Mijas
(incluida dentro de nuestra colección Village Series) y luego en la gran historia oral
de la propia guerra civil española, Recuérdalo tú y recuérdaselo a otros, considerada
todavía hoy un clásico del género.

Año tras año contemplamos con fascinación la transformación de España en


la democracia moderna que es hoy. Leí con admiración y asombro periódicos como
El País, que pareció surgir ya formado de la frente de Zeus y que podía compararse
favorablemente con Le Monde y otras instituciones que habían gozado de mucho
más tiempo para desarrollarse. También contemplamos con interés y curiosidad
las primeras elecciones, que daban a entender que, a pesar de lo relativamente
exiguo de las cuotas de los afiliados, los partidos políticos españoles disponían de
inmensas sumas de dinero. Años más tarde leería en las memorias de Kissinger su
relato del modo en que el dinero de la CIA había sido canalizado hacia los partidos
españoles usando la fundación socialdemócrata alemana Friedrich Ebert como
pantalla para el dinero dirigido al PSOE. Poco después tuve ocasión de publicar un
libro de Willy Brandt y durante la cena le pregunté por lo que decía Kissinger. «Es
típico de Henry —dijo— atribuirse el mérito de una idea mía». Sin embargo, la
historia ha quedado confirmada.

Aunque los periódicos pudieron crecer sin años de preparación, los libros
tardaron más en ser escritos. Desde los inicios de Pantheon habíamos publicado a
importantes novelistas en español, como Cortázar y Galeano, pero sólo mucho más
tarde publicamos a Delibes. Los libros que publicábamos sobre España procedían
sobre todo de autores que no eran españoles, como en el caso de la biografía de
García Lorca realizada por Ian Gibson. Ese libro tardó veinte años en ser escrito y
supongo que habría sido muy difícil que lo escribiera un investigador español. Sin
embargo, los problemas de encontrar no ficción que traducir del español no
significaban en absoluto una falta de intereses comunes con los editores españoles.
Desde el principio de mi época en Pantheon, desarrollamos grandes vínculos con
editores afines de España, como Crítica, Anagrama, Empùries y otras editoriales
catalanas, así como Destino. Sobre todo en los sesenta y principios de los setenta,
muchos de nuestros autores importantes, como Chomsky, encontraron enseguida
editores en España, y con ellos trabajamos de forma estrecha en Frankfurt y otras
partes, desarrollando proyectos comunes.

Cuando mis colegas y yo dejamos Pantheon, la respuesta más fuerte se


produjo en España. No sólo los editores y los periódicos se unieron a las protestas
que se enviaron a Newhouse, sino que los editores de Barcelona me invitaron a
hablar de los cambios producidos en Estados Unidos y de sus implicaciones para
Europa. La calidez de su apoyo y su amistad fueron muy importantes para
nosotros, embarcados como estábamos en los planes para lanzar The New Press.
Hace, pues, una década que la prensa española empezó a escribir sobre las
experiencias descritas en estas páginas y a debatir sus implicaciones para el futuro
de la propia independencia intelectual española. Es de esperar que España sea
capaz de evitar en toda su magnitud los cambios que han tenido lugar en Estados
Unidos y Gran Bretaña.

Con el paso del tiempo resultó claro que Pantheon no sería una fuente de
ganancias sino que simplemente no haría perder dinero a Random. Algunos títulos
que podían parecer muy intelectuales ya estaban en las listas de lecturas de varias
universidades. Los fondos se vendían más cada año, lo que cubría en lo esencial los
costos fijos. En el momento en que salimos de Random House, las ventas de
Pantheon alcanzaban los 20 millones de dólares, cantidad aceptable para una
editorial independiente aunque sólo representara una minúscula fracción del
global de Random, que se acercaba a los mil millones. Nuestra experiencia era un
éxito intelectual y si no producía grandes ganancias era, sin embargo, el tipo de
empresa que un grupo editorial serio debía mantener en el marco general de sus
actividades.

Por una ironía del destino, en el momento en que, en nuestro optimismo,


nos esforzábamos por cambiar la sociedad en la que vivíamos, se producían
cambios sustanciales en el grupo al que pertenecíamos. RCA, gigante de la
electrónica y de la industria del ocio, y ejemplo clásico de gestión empresarial,
compró Random. La racionalización que se producía en la edición estadounidense
empezaba a alcanzarnos, pero sólo era el principio. Random empezó a imponernos
ciertas reglas de rentabilidad habituales en el conjunto de la edición de la época. Ya
no nos atribuían las ganancias de nuestros excelentes libros juveniles ni de
nuestros libros universitarios, sino que se incluían en la contabilidad general del
grupo. Los libros destinados a librerías eran por naturaleza deficitarios, todos los
editores dependían de actividades más lucrativas y de los derechos subsidiarios
para equilibrar la cuenta de resultados. Más tarde las reglas volverían a cambiar y
cada libro debía hacer su aportación marginal para cubrir los gastos generales y
dar ganancias que se suponía debían aumentar cada trimestre aunque, en las
empresas más comerciales, esa curva fuera difícil de sostener. Robert Bernstein, el
nuevo presidente de Random, estaba sometido a la presión constante que
originaban tales exigencias, presión que todavía no recaía enteramente sobre
nosotros.

La compra de Random House por RCA sólo era un caso más en una gran
marea de adquisiciones. Otros grupos de electrónica/entretenimiento habían
seguido este ejemplo y comprado editoriales. En esa época Wall Street ardía en
rumores sobre la idea de sinergia. Se suponía que RCA entraba en el nuevo campo
de las máquinas de enseñar, primera e infructuosa versión de lo que más tarde
serían las computadoras. Esperaban que los manuales editados por Random
House aportaran contenido a esta tentativa para beneficio de todos. Pero la
adquisición no había sido bien pensada y RCA no se había dado cuenta de que los
manuales eran uno de los puntos débiles de Random. Además, las leyes antitrust
de la época prohibían tales acuerdos dentro de un mismo grupo. Random no era lo
que RCA suponía, al igual que Holt no había sido lo que CBS esperaba o lo que
Raytheon esperaba, por citar las otras adquisiciones importantes de la época.
Todos estos reagrupamientos iban a deshacerse al cabo de unos años, dejando a las
editoriales varadas como ballenas en la arena, sin saber quién podría venir a
socorrerlas.
Cuatro

En una época en que todos los días nos enteramos de la noticia de una
gigantesca adquisición realizada por uno de los grandes grupos internacionales,
me parece interesante describir una operación de ese tipo en la que estuve
involucrado. Los detalles pueden variar, pero el fondo de la historia es siempre el
mismo, año tras año, en todas partes.

Cuando RCA decidió vender Random House, la sociedad se encontró en


una posición muy incómoda. Varias editoriales importantes estaban entonces en
venta sin encontrar compradores. En ese momento las dimensiones de Random
eran excesivas para un comprador independiente tradicional y la emisión de
nuevas acciones parecía problemática. Los diferentes grupos, recientemente
envueltos en una cascada de adquisiciones, habían pasado por la misma
experiencia negativa. Por lo tanto no aparecía ningún comprador.

Para Bob Bernstein y sus colegas supuso un gran alivio cuando contactó con
ellos S. I. Newhouse que, como Rupert Murdoch, formaba parte del puñado de
multimillonarios que reinaban sobre los medios de comunicación. Él y su hermano
Donald habían recibido de su padre en herencia una cadena de periódicos de
segundo orden pero extremadamente rentables. Con cabeceras tan prestigiosas
como Advance de Staten Island o el Star Ledger en Newark, habían amasado una
fortuna que les permitió adquirir el imperio de revistas de Condé Nast y una red
muy rentable de canales de televisión por cable. Los hermanos detentaban el
control absoluto de su imperio, sin accionistas, sin nadie a quien rendir cuentas ni
con quien compartir ganancias. Su fortuna se calculaba como mínimo en 10 mil
millones de dólares.

«S. I.», como lo llamaban, era una personalidad muy conocida y bastante
polémica. Famoso por la colección de obras de arte que había reunido gracias a los
consejos de Alex Lieberman, el director editorial de Vogue, podía pasar por un
modelo de millonario intelectual y sofisticado. Se decía que en una ocasión había
pagado 17 millones de dólares por un Jasper Johns sin vacilar ni un momento, y
que lo había revendido más tarde perdiendo 10 millones con la misma
ecuanimidad. Un simple cheque de 60 millones no era algo que lo inquietara.

Yo había conocido a Newhouse y a su mujer, Victoria, que hablaba muy bien


francés, en una situación divertida. Tenía que decidir la suerte de una subvención
federal solicitada por una pequeña editorial de arquitectura, de fines no lucrativos,
que dirigía Victoria. Fue en razón de ese contacto y no en un marco profesional
que S. I. me preguntó un día si hacía bien comprando Random. Le contesté que si
lo que pretendía era agregar a su imperio el grupo editorial más prestigioso de
Estados Unidos, se trataba de una oportunidad única. Pero añadí sin
contemplaciones que si lo hacía para ganar más dinero que con sus otras
sociedades, lo mejor era que desistiese. Newhouse sonrió educadamente, sin duda
sorprendido por la inocencia y la ingenuidad de uno de sus nuevos colaboradores.

Al retomar la sociedad, Newhouse nos había ofrecido formalmente


seguridad. Nos había comprado por nuestras cualidades intelectuales y culturales.
No tenía ninguna intención de entrometerse en la gestión editorial. Estaba
encantado con el equipo y su intención era permitirnos continuar haciendo lo que
hacíamos tan bien, simplemente con más medios. Exactamente las mismas
promesas que hizo años más tarde al comprar el New Yorker: lo comparaba con un
Rembrandt que deseara colgar en la pared para admirarlo. Estas promesas se
rompieron durante el año siguiente. En Random llevó un poco más de tiempo.

Mirado con distancia, es evidente que ante las promesas de Newhouse todos
dimos prueba de una credulidad que rozaba lo ingenuo. Teníamos ganas de creer
en el genio de los cuentos de hadas cuya varita mágica de 10 mil millones de
dólares iba a barrer todas las dificultades a las que una editorial puede enfrentarse.
Por lo que sé, ninguno de nosotros fue a preguntar a sus colegas en otras empresas
del grupo cómo había tratado Newhouse al resto de su imperio, y a qué precio. Si
lo hubiéramos hecho habríamos descubierto un esquema de inquietante claridad.
Después de comprar Condé Nast, las publicaciones del grupo sufrieron una tras
otra las mismas mutaciones: en todos los casos, se reprochaba a una revista de gran
renombre que se dirigía a un público demasiado restringido y que tenía en
consecuencia una rentabilidad insuficiente. Aun las revistas que ganaban mucho
dinero eran acusadas de no explotar todo su potencial. Así es como Vogue cambió
su fórmula tradicional, dejó de ser una revista elitista de moda para dirigirse a un
público mucho más amplio. En sí este cambio no entristeció a mucha gente. Pero lo
claramente más grave fueron las transformaciones dirigidas a incrementar la
publicidad. Se modificó el diseño de manera que desapareciera la frontera entre lo
redactado y la publicidad y se necesitaba una mirada especialmente atenta y aguda
para distinguirlos. Se empezó por borrar la diferencia entre los reportajes
independientes y los informes pagados por los anunciantes. Por ejemplo, Vogue ya
no pagaba los viajes de sus periodistas al extranjero: eran subvencionados por las
compañías aéreas y por todos aquellos que daban por descontado artículos
favorables. La idea no era economizar unos miles de dólares, sino garantizar a los
anunciantes un entorno no sólo benevolente sino suficientemente corrupto para
que estuvieran seguros de ser bien servidos.

Con el tiempo, estos cambios afectarían a revistas que iban desde


Mademoiselle a New Yorker. Esta última, una publicación que debía su gloria —casi
su definición— a una frontera hermética entre publicidad y texto de redacción, se
transformaría bajo el reinado de Newhouse en una revista que consagraba
números especiales a temas como la moda, a la espera de jugosos contratos
publicitarios.

La aplicación de este esquema a Random House era inevitable, y si


hubiéramos sido más perspicaces lo habríamos comprendido enseguida. Mientras
proclamaba que se abstendría de cualquier decisión editorial, Newhouse
introducía muy pronto en Random cambios en la orientación comercial. De
entrada vendieron el fructífero departamento de textos universitarios: Newhouse
tenía tanta prisa por desembarazarse de él que estaba dispuesto a aceptar una
suma dos veces menor que la que recibió finalmente. Dedicó el dinero obtenido a
la compra de una de las editoriales más comerciales de Estados Unidos, Crown
Books. Se trataba de conseguir ventas colosales en el segmento de precios más
barato del mercado, pero el negocio resultó menos rentable de lo previsto. En esta
operación, como en las otras, el deseo de ganar cada vez más dinero predominaba
sobre los dictados de la prudencia. Newhouse perdió mucho dinero en la venta y
compra de partes de Random House, como más tarde con el New Yorker y otros
periódicos, porque estaba convencido de que la disminución del nivel intelectual
es el camino más seguro hacia los grandes beneficios.

En el ámbito editorial, estaba teniendo lugar el mismo proceso. Newhouse


insistió personalmente en que Random pagara un enorme anticipo sobre derechos
de autor a Donald Trump, grotesco especulador inmobiliario neoyorquino, blanco
favorito de innumerables artículos en los periódicos. Pero Newhouse, que hablaba
con gran admiración de sus amigos los magnates, protagonistas de la serie
televisiva Ricos y famosos, se sentía atraído por el oropel como la mariposa por la
llama. Hizo pagar adelantos también considerables a otros personajes que tenían
poco que decir, pero cuyo nombre, a su juicio, bastaría para atraer la curiosidad del
público. Hizo entregar a Nancy Reagan tres millones de dólares por sus memorias,
suma que nunca cubrieron las ventas: los malpensados se preguntaban si se trataba
de un anticipo de derechos de autor o de una propina por los servicios prestados.

En HarperCollins, Murdoch empujó a sus editores a pagar adelantos del


mismo tipo, a menudo a personajes de la misma orientación política. Jeffrey
Archer, autor de novelas policiacas y uno de los líderes del partido conservador
inglés, cobró 35 millones de dólares por tres libros, cuyo fracaso fue tan estrepitoso
que las finanzas de HarperCollins se vieron seriamente afectadas. Con los años,
Newhouse iba a institucionalizar dentro de Random House un sistema que
alentaba y agravaba estas locuras: permitía a los dirigentes de las diferentes
empresas del grupo pujar unos contra otros, en lugar de ponerse de acuerdo como
antes.

Bob Bernstein, el director de Random House, se sentía cada vez peor frente a
estas extravagancias. Y sin embargo él había organizado el crecimiento comercial
de la sociedad cuyo departamento de ventas había dirigido en los comienzos. Pero
en el fondo era un hombre reflexivo, cuidadoso del papel que la editorial podía
desempeñar en la cultura estadounidense y aun mundial, y soportaba la presión de
Newhouse cada vez con mayores dificultades.

A pesar de estos procedimientos, las cuentas de Random House mejoraron


de manera regular. La sociedad comprada por 60 millones de dólares en 1980 valía,
diez años más tarde, unos 800. Pero esta multiplicación espectacular del valor de
su capital no era suficiente para Newhouse. Cada año quería más ganancias y
Random House, aunque con ganancias, no conseguía alcanzar los niveles de
rentabilidad exigidos. No sabíamos —las cifras de Newhouse se mantenían en
secreto— que una parte de sus preocupaciones procedía de sus extravagancias en
Condé Nast, cuyos gastos habían puesto a nueve de once publicaciones en
números rojos. Sin duda pensaba que Random iba a producir suficientes ganancias
para cubrir esas pérdidas. En este contexto, los enormes adelantos pagados con
miras a hipotéticos triunfos sólo eran tentativas cada vez más desesperadas de
ganar esa batalla financiera. También en esto es impactante el paralelismo con el
imperio Murdoch, donde se practicaba la misma política de adelantos irreflexivos.
La locura de un imperio alimentaba la del otro. Como los dos competían a golpe de
millones, los agentes literarios podían subir los precios sin límite. Un día u otro,
uno de los dos se quedaría en la calle, pero mientras, decenas de millones de
dólares se dilapidaban en esas apuestas dudosas.

En ese contexto, el porvenir de Pantheon estaba evidentemente


comprometido. Algunos años después de la llegada de Newhouse, a pesar de
todas las demostraciones de apoyo y admiración, empezó a circular el rumor de
que tenía la intención de cerrar Pantheon. Se decía que la editorial existía todavía
gracias, únicamente, al apoyo de Bernstein. Sin embargo, en la década de 1980 el
catálogo de Pantheon siguió reforzándose, las ventas crecían regularmente y
nuestros títulos aparecían cada vez con mayor frecuencia en la lista de los más
vendidos del New York Times o en la selección de los mejores libros del año.
También nos esforzábamos por encontrar nuevas fórmulas para llegar a una
generación de lectores más acostumbrados a la imagen que al texto: las ventas de
nuestra colección «Para Principiantes» lanzada por Rius, un autor mexicano,
alcanzaría el millón de ejemplares, con títulos como Marx para principiantes o Freud
para principiantes. También lanzamos muchas novelas ilustradas y cómics, en
especial Maus, de Art Spiegelman que, rechazado por decenas de editores
estadounidenses, vendería centenares de miles de ejemplares y obtendría el premio
Pulitzer. También nos lanzamos a la fotografía e hicimos conocer a los
estadounidenses, entre otros, el trabajo de Brassai, cuyo Paris secret des années 30
[París secreto de los años treinta] vendió más ejemplares en Estados Unidos que en
Francia. A pesar de todo esto nuestra facturación sólo constituía 2 por ciento del
total de Random House, y la contribución a las ganancias resultaba desdeñable:
algunos años Pantheon ganaba algo de dinero, pero a veces sucedía que no cubría
la parte de gastos generales que le imputaban los que dirigían las finanzas de
Random. A pesar de todo, como insistía Bernstein a menudo, nunca Pantheon
llegó a costarle dinero a la casa madre.

Hacia finales de la década de 1980, Newhouse decidió despedir a Bernstein


con la misma brutalidad de la que había dado prueba en sus revistas. Se anunció
su «dimisión» para asombro del mundo de la edición: el New York Times anunció el
acontecimiento en primera página y le dedicó varios artículos, pero sin plantear las
evidentes cuestiones sobre los cambios en curso en Random House. Su significado
iba a quedar de manifiesto cuando se conoció el nombre del sustituto de Bernstein.
Alberto Vitale había empezado su carrera en la banca, en Italia, sin gran éxito. Se
trasladó entonces a Estados Unidos donde un día lo pusieron al frente de
Bertelsmann USA, grupo editorial entonces limitado a Doubleday y Bantam Dell.
Estaba a punto, se decía, de dejar esta editorial cuando Newhouse contactó con él y
le propuso lo que se consideraba el puesto más importante de la edición
estadounidense. Al leer las biografías de Newhouse y las memorias de aquellos
que trabajaron para él, resulta claro que este hombre muy tímido e insatisfecho se
sentía atraído por los temperamentos opuestos, por los hombres de negocios de
trato agresivo, actitudes antiintelectuales, con aire de buscavidas capaces de agitar
las cosas y en especial de aumentar el rendimiento.

Nos presentaron a Vitale, no obstante, como un hombre sensible y cultivado,


reputación rápidamente socavada por su insistencia en repetir que se encontraba
demasiado ocupado para abrir un libro. Un poco más tarde corregiría esta
afirmación y admitiría que solía leer las obras de Judith Krantz, autora de best-
sellers rosa de la editorial Crown. Cuando lo vi por primera vez en la lujosa casa
de Newhouse en East Side, me acogió con un «Ah, Pantheon, usted hace todos
estos maravillosos libros». Inmediatamente me di cuenta de que se trataba de un
reproche y no de un cumplido, porque una de sus primeras preocupaciones sería
precisamente librarse de nosotros.

Apenas ocupó su puesto empezaron a extenderse rumores sobre la muerte


inminente de Pantheon. Esto formaba parte —retrospectivamente una vez más—
de la táctica estándar en el grupo Newhouse donde, para debilitar la posición de la
gente que ya no estaba bien considerada, se utilizaban los rumores, ya fuera para
ponerlos en situación de inferioridad en una negociación —lo que había pasado
con la jefa de redacción del New Yorker, Tina Brown—, o para preparar su despido.
Mientras Random House perdía enormes sumas de dinero con la absurda
adquisición de Crown, la atención se enfocaba de pronto en la rentabilidad
insuficiente de Pantheon. Tras una serie de reuniones sobre este tema, mis colegas
y yo llegamos a la convicción de que la suerte de Pantheon estaba echada. Vitale
había lanzado la idea de que podríamos ser mucho más rentables recortando
nuestro programa y nuestro equipo en dos tercios y concentrándonos en los títulos
de gran tirada. Tratamos de explicarle detenidamente que era absurdo entrar en
competencia con las casas comerciales del imperio Random, cuyos equipos
conocían mejor que nosotros ese campo y que nuestra fuerza se basaba en la
construcción lenta de un fondo destinado a durar muchos años. Llegamos incluso a
encargar al departamento financiero del grupo un informe que demostraba que
Pantheon sería claramente menos rentable si su programa se recortaba de manera
tan radical.

Durante una reunión decisiva pudimos constatar el abismo que nos


separaba. Vitale pasaba revista a los libros que íbamos a publicar, lista de la que
me sentía especialmente orgulloso. «¿Quién es este Claude Simon?», preguntó con
desprecio, visiblemente sin haber oído hablar jamás de él, «¿y este Carlo
Ginzburg?». Observé que sus ojos se centraban primero en la parte derecha de la
hoja, la de la columna de cifras, y sólo después en los títulos de los libros. Era como
si dirigiéramos una fábrica de calzado y fabricáramos sistemáticamente zapatos
demasiado pequeños para la mayoría de los clientes. ¿Cuál era el interés de
publicar libros de tirada tan pequeña? ¿No teníamos vergüenza? ¿Cómo podía yo
mirarme al espejo por la mañana sabiendo que iba a publicar títulos tan
lamentablemente deficitarios? Por una ironía del destino, esa famosa lista incluía el
primer título de una serie basada en un programa de televisión muy popular, Los
Simpson, que muy pronto vendería más de un millón de ejemplares, cuando el
autor y el responsable editorial abandonaron Pantheon por otro editor. El éxito de
esos libros sin duda habría compensado ampliamente las pérdidas con títulos más
difíciles. Pero, según la nueva ideología, cada título debía ser rentable por sí mismo
y ya no se admitía que un libro pudiera subvencionar a otro.

Las sombrías supresiones en el programa y en el equipo sólo eran una parte


del orden del día. Vitale me dijo —lo que evidentemente luego negaría— que
debíamos dejar de publicar «tantos libros de izquierda» y publicar más libros de
derecha. Newhouse estaba descontento de que en su imperio se editaran títulos
cuyas posiciones políticas detestaba, y hoy me resulta diáfano que ésta fue una de
las razones que lo llevaron a colocar el asunto Pantheon a la cabeza de los asuntos
más urgentes. Newhouse, orientado muy a la derecha desde sus años de
universidad, era hostil tanto a que Bernstein publicara a disidentes soviéticos como
a que Pantheon lo hiciera con los disidentes estadounidenses. En unos meses se
desembarazaría de esas dos espinas.

A lo largo de las discusiones, cobramos conciencia de que estábamos


embarcados en una pura farsa. Lo que pasaba tenía más que ver con el cierre de
una fábrica en un lugar industrial abandonado que con un debate sobre el futuro
de una editorial. Ingenuamente habíamos pensado que teníamos frente a nosotros
a interlocutores que expondrían con honestidad sus objetivos y escucharían
nuestros argumentos con amplitud de miras. Desde el principio fue de otra
manera, y las promesas hechas durante una sesión quedaban desmentidas con
vehemencia en la siguiente. Ante esta práctica permanente de la mentira llegué a la
convicción de que estas discusiones carecían de interés alguno. Desde su punto de
vista tal ejercicio podía tener dos razones de ser: o bien tenían la idea de hacer
recortes en Pantheon para convertirla en una pequeña editorial cuya falta de
rentabilidad podrían demostrar con facilidad uno o dos años más tarde, y así
poder cerrarla, o bien su objetivo era simplemente desalentarnos con la esperanza
de que nos marcháramos por nuestra propia voluntad. Pienso que la primera
hipótesis es la correcta.

Sabía que mis colegas no tenían la intención de aceptar el desmantelamiento


de Pantheon. Cuando fue evidente que alguno de ellos iba a ser despedido, sabía
que tampoco lo aceptarían y que dimitirían en masa. Advertí pues a Vitale y a sus
colegas que su plan no funcionaría, pero el aviso fue papel mojado. En la edición,
normalmente, la gente no abandona una posición confortable. Todos están
dispuestos a explicar por qué vale más que los conserven a ellos que a sus colegas
y que están dispuestos a dar lo mejor de ellos mismos en esas circunstancias. Que
mis colegas estuvieran dispuestos a cerrar filas por una cuestión de principios con
seguridad le parecía inverosímil a gente para quien los principios rara vez eran
una razón para actuar. Según los informes que tuvimos después, la dimisión en
masa del equipo de Pantheon causó una gran sorpresa, al igual que la
manifestación que tuvo lugar ante las oficinas de la editorial. Mis colegas, muchos
de los cuales eran de los años sesenta, sabían organizar bien una protesta, y en
unos días se envió una oleada de cartas a nuestros autores y amigos de todo el
mundo para pedirles su apoyo. De esto resultó un alud de publicidad sin
precedentes. Varios centenares de personas manifestaron su indignación ante el
edificio de Random House, Vitale recibió innumerables cartas de protesta, la New
York Review of Books publicó toda una página de publicidad con los nombres de
centenares de autores —algunos de los cuales más vinculados a Random que a
Pantheon— y Publishers Weekly, el semanario profesional, criticó severamente en
un editorial las decisiones de Vitale y Newhouse.

Ante la amplitud de esta protesta, imprevista y sin precedentes, la máquina


de las relaciones públicas de Random House se puso a funcionar día y noche.
Distribuyó cifras de pérdidas aberrantes, negó toda intención de cerrar Pantheon y
para terminar reclutó —por muy poco tiempo— a un editor cuyo origen alemán
debía contribuir a crear la ilusión de una continuidad en la tradición de Pantheon.
Sin embargo, leal con sus empleados, Fred Jordan reunió al pequeño grupo todavía
presente en las oficinas de Pantheon, y desde las primeras palabras les anunció que
la editorial no publicaría más libros políticos. Y de hecho, el año siguiente,
Pantheon abandonó su programa anterior y se encontró totalmente absorbido, bajo
el control de Knopf (Jordan no duraría más que un año). El catálogo se fundiría con
el de Random House. Los libros que trataban de problemas sociales y los textos de
alto nivel intelectual fueron los primeros en desaparecer. En el otoño de 1998, el
libro más publicitado con el sello de Pantheon era una obra sobre fotografías de las
muñecas Barbie.

Los cambios en Pantheon, por importantes que fueran para mí, no eran sino
un elemento entre otros que mostraban el gran giro de Random House en su
conjunto: durante los años de Vitale, la casa evolucionaría en la dirección de la que
Pantheon había sido una muestra.

Hasta Knopf, editorial muy rentable, iba a sufrir recortes en las traducciones,
que habían conformado su reputación, así como en sus obras de filosofía e historia
del arte; en una palabra: en todos sus títulos menos comerciales. Random House,
propiamente dicha, bajando cada vez de calidad, entraba en competencia con
Knopf sobre los títulos que se creía eran capaces de aportar las ganancias
indispensables para la máquina. Al permitir que las editoriales del grupo
compitieran las unas con las otras, al alentarlas vivamente a hacerlo, el sistema
hacía subir los adelantos de derechos de autor a niveles desproporcionados, al
igual que los gastos extravagantes para la promoción publicitaria de los autores y
de sus agentes. En 1997, Random House decidió cambiar la línea de Times Book, la
única filial que publicaba libros sobre temas de actualidad y políticos. Como su
propio nombre indica, Times Book colaboraba estrechamente con el New York
Times, a cuyos periodistas publicaba al mismo tiempo que a personalidades como
Yeltsin y Clinton. A pesar de esta producción nítidamente más comercial, Times
Book no tardaría en correr la misma suerte que Pantheon. Sus dirigentes se
enterarían de que su rentabilidad era insuficiente y de que dedicaban demasiado
tiempo a libros excesivamente serios para llegar al gran público. También fueron
despedidos, y la producción de la editorial se redujo en lo esencial a obras de
práctica comercial. Una vez más se repetía el mismo escenario.

En la misma época, otros grandes grupos tomaron decisiones análogas. En el


imperio Murdoch, HarperCollins decidió parar y luego vender la prestigiosa
editorial Basic Books, el equivalente de Pantheon en ese grupo, con un excelente
catálogo de psicoanálisis y ciencias humanas. La editorial no perdía dinero, pero
como sus publicaciones estaban destinadas a un público de profesionales y no a la
gran distribución, las ventas nunca podían alcanzar los niveles exigidos por
Harper para cubrir los gastos generales y lograr ganancias. Después de dos años de
desmoralizadores esfuerzos para encontrar libros más populares, el hacha terminó
por caer. Por una ironía del destino, Simon & Schuster iba a tomar las mismas
medidas con una editorial recientemente adquirida, The Free Press, la más
reaccionaria de las editoriales estadounidenses. Durante los años de Reagan, The
Free Press tenía éxito con libros que explotaban el ambiente político de la época.
Luego cambió el clima y la editorial perdió una o dos grandes bazas.
Curiosamente, la mayor cantidad de dinero se fue con una biografía de Hillary
Clinton que no era suficientemente hostil como para gustar a su público. Decidida
a evitar tales errores, Simon & Schuster vació la casa como si fuera un cascarón y la
limitó también a los libros técnico-comerciales. Hasta las revoluciones de derecha
pueden devorar a sus propios hijos.

La reputación de Random House fue declinando a medida que la editorial se


acercaba a sus competidoras más comerciales. Entre los periodistas, no pasaban
inadvertidos los efectismos y el machaqueo mediático, aunque el día que Random
House terminó su carrera como casa independiente, muchas noticias necrológicas
subrayaban que de hecho había dejado de existir. El final de Random tuvo el efecto
de un trueno en el cielo de la edición estadounidense. Después de ocho años de
régimen Vitale, Newhouse decidió que la sociedad nunca alcanzaría el nivel de
rentabilidad esperado. La decisión de vender Random al gigante alemán
Bertelsmann sorprendió por lo imprevisto: no había ninguna filtración que
indicara que Newhouse estaba cansado de su papel de editor, o que Random
House perdiera dinero. Las cifras que se hicieron públicas asombraron incluso a
quienes seguían la sociedad de cerca. En 1997, Random había superado en
pérdidas los 80 millones de dolares de anticipos en derechos, que nunca fueron
cubiertos por las ventas: la política que consistía en arriesgar cada vez más dinero
en libros con la esperanza de ventas cada vez más altas se saldaba con un enorme
fracaso. Fuera de esta pérdida excepcional, la sociedad declaraba ganancias de 1
por ciento de las ventas, cifra tan baja que todo el mundo creyó que se trataba de
un error tipográfico del New York Times. Esa tasa de ganancia estaba muy por
debajo de la que Random había declarado en los años anteriores a Newhouse.
Estaba claro que las promesas de Vitale, las perspectivas de crecimiento
espectacular de las ganancias eran totalmente irreales. En cuanto a Newhouse,
aunque a menudo había expresado todo el interés que tenía en su imperio
editorial, uno de sus amigos, citado por un periódico neoyorquino, decía que «no
era la satisfacción de sus intereses intelectuales lo que lo había llevado a tener
varios miles de millones». Las pérdidas de Random House eran muy duras de
tragar. Mientras que el valor de la sociedad había pasado de 60 a casi 800 millones
de dólares con la dirección de Bob Bernstein, Random se vendió por poco más de
mil millones: en ocho años de una estrategia obcecada en las ganancias, el ritmo de
crecimiento se había hecho más lento. Newhouse había logrado la hazaña de
arruinar el capital intelectual de la casa, disminuir su reputación y perder dinero al
mismo tiempo.

La misma situación se repitió en el New Yorker. Allí Tina Brown, la jefa de


redacción, se fue después de muchos años consagrados de lleno a aumentar la
difusión de la revista. El New Yorker, como Random House, siempre había dado
ganancias, pero Newhouse, que cada vez quería más, se empecinó en duplicar la
difusión para incrementar la ganancia. Para una revista no es muy complicado
aumentar la difusión: basta con bajar masivamente los precios para los nuevos
abonados y eso es lo que hicieron. Pero los costos de aumentar la difusión a casi un
millón de ejemplares eran enormes y las pérdidas de los primeros años ascendían,
según observadores independientes, a cerca de 175 millones de dólares, más
elevadas aún que las de Random House. En ese mismo momento en el grupo
Murdoch, HarperCollins anunciaba que tenía una cantidad asombrosa de
pérdidas: 270 millones de dólares de adelantos no cubiertos. Notas internas de la
sociedad preconizaban el regreso a métodos más tradicionales, a esfuerzos para
reconstruir un fondo y a terminar con la especulación salvaje sobre hipotéticos
best-sellers. No atendieron estos consejos y Harper continuó hundiéndose cada vez
más, alineándose de esta manera con los otros componentes del imperio Murdoch.
Hubiera podido pensarse que esas pérdidas tan espectaculares en los dos
líderes harían reflexionar a los otros. El grupo Bertelsmann, al tomar el control de
Random House, publicó inmediatamente un comunicado en el que anunciaba que
esperaba ganancias de 15 por ciento en los próximos años, lo que quería decir que
las ganancias debían pasar de 10 a 150 millones de dólares para unas ventas
anuales de aproximadamente mil millones. Por supuesto, los medios para lograrlo
no se especificaban. No era posible que esas ganancias procedieran sólo de
economías sobre la masa salarial (despidos que seguirían inevitablemente a la
fusión de los dos grupos). El nuevo grupo, con el nombre de Random House,
publicaría un libro de cada tres de los distribuidos en las librerías en Estados
Unidos. Representaría 40 por ciento de las ventas mundiales de Bertelsmann. A
pesar de este gigantismo, las demandas de aplicación de la ley antimonopolio
dirigidas al fiscal general —por los autores, entre otros— quedaron sin respuesta.
Este mamut iba a crecer aún más al integrarse en el departamento de venta
electrónica de la cadena de librerías Barnes & Noble. También los grupos franceses
anuncian constantemente nuevas adquisiciones en el extranjero, en especial en
España y Gran Bretaña: recientemente Hachette ha tomado el control del grupo
inglés Orion —que posee entre otras la venerable casa Weidenfeld— y
últimamente de Cassels, otro editor inglés. La lista se alarga sin cesar, porque
todos estos grandes grupos tratan de internacionalizarse y por lo tanto de adquirir
en primer lugar grandes editoriales de lengua inglesa, pero también de absorber
editoriales más pequeñas, preferentemente las que poseen un fondo prestigioso.

Lo que asombra en estas adquisiciones es que adoptan de manera invariable


el mismo esquema. En un primer momento el grupo comprador publica una
declaración entusiasta, que elogia la sociedad comprada y se compromete a
mantener sus gloriosas tradiciones. No tendrá lugar ningún gran cambio y, en la
medida de lo posible, no habrá despidos. Después se anuncia que se harán
economías absolutamente necesarias para mejorar la eficacia: se fusionarán los
servicios administrativos y muy pronto la contabilidad, los almacenes, los servicios
de expedición estarán en el mismo edificio. Después se reúnen las unidades de
venta, porque es inútil que el mismo territorio esté cubierto por equipos diferentes.
Acto seguido, se descubren enojosos recortes en el ámbito de la producción
editorial, lo que hace necesario algunas racionalizaciones. Como el número total de
libros disminuye, se prescinde de los servicios de ciertos editores y sus asistentes.
Se hace cada vez más difícil distinguir la producción de las diferentes editoriales.
En la rama inglesa de Random House, por ejemplo, la misma persona se encarga
de varios catálogos, que anteriormente eran los de las respetables editoriales
independientes, pero que ahora sólo representan nombres en las tapas de los
libros. Para terminar se anuncia la creación de una nueva estructura editorial que
será común a las diferentes secciones de los catálogos colectivos, bien porque se
trate de reediciones en libros de bolsillo de títulos antiguos o de novedades
producidas superando la antigua e «ineficaz» división del trabajo.

Lo más curioso en este proceso es que, en conjunto, el personal de las


sociedades compradas acepta las indicaciones tranquilizadoras del comienzo. La
desgracia no caerá sobre ellos. Es verdad que habrá despidos, pero no en su sector.
Los responsables, y aun los directivos, están convencidos de que las seguridades
que les han dado están grabadas en mármol y que nada fundamental va a
experimentar cambios. Las lecciones de casos semejantes en el pasado quedan
olvidadas.
Cinco

Los acontecimientos de los últimos años, y en especial los que acabo de


describir, ilustran bien los efectos de la doctrina liberal del mercado sobre la
difusión de la cultura. Estimulados por las convulsiones políticas de la era
Thatcher-Reagan, los propietarios de editoriales siempre trataron de justificar sus
giros invocando al mercado: no corresponde a las élites imponer sus valores al
conjunto de los lectores, el público debe elegir lo que quiere, y si lo que quiere es
cada vez más vulgar, qué se le va a hacer. Casas tan respetables como lo fue Knopf
no dudan en lanzar libros tan malsanos y violentos que ya han sido rechazados por
otros grupos. La cuestión es saber elegir los libros que producirán mayores
ganancias y no los que corresponden a la misión tradicional del editor.

El desarrollo de la ideología del mercado va a la par con modificaciones


presupuestarias que también han cambiado la fisonomía de la edición. En Gran
Bretaña, como en Estados Unidos, se han reducido drásticamente los fondos
destinados a las bibliotecas, lo que compromete una de las infraestructuras de base
de la edición seria, tanto para la no ficción como para la novela. En estos dos
países, hubo una época en que las compras de las bibliotecas bastaban para cubrir
una buena parte de los costos editoriales.

Otro giro en el trabajo editorial: la decisión de publicar o no un libro ya no la


toman los editores sino lo que se llama el «comité editorial», donde el papel
principal lo desempeñan los responsables financieros y los comerciales. Si se
considera que un libro venderá menos de cierto número de ejemplares —número
que se incrementa cada año, y en la actualidad gira alrededor de 20 mil en la
mayoría de las grandes editoriales—, se afirma que la sociedad «no puede
permitirse» lanzarlo, sobre todo si se trata de una primera novela o de un ensayo
serio. Lo que El País ha llamado sensatamente la «censura del mercado» funciona a
fondo en el proceso de decisión, basado en la existencia o en la ausencia de un
prepúblico para cada libro. Por tanto, lo que se busca es el autor conocido, el tema
de éxito, y los nuevos talentos o los puntos de vista originales difícilmente
encuentran lugar en las grandes editoriales.

Las nuevas ideologías no nacen evidentemente de la nada. Participan del


Zeitgeist, del espíritu de la época, pero también del surgimiento de estructuras
nuevas, en este caso los grandes grupos internacionales. Lo que sucede en los
países anglosajones es notable por su uniformidad: todas las grandes editoriales
han expresado públicamente la opinión de que, a finales de siglo, los medios de
comunicación estadounidenses (y por lo tanto mundiales) estarán dominados por
media docena de majors. Y cada una manifiesta claramente su determinación de
formar parte de ellas. Hay que hacer notar, de paso, la importancia de los medios
de comunicación en la economía estadounidense: ocupan el segundo lugar de las
exportaciones después de la industria aeronáutica, y si se tiene en cuenta el papel
esencial de los militares en esta última, puede afirmarse que los medios de
comunicación representan la primera fuente de exportación puramente civil. En
consecuencia, la discusión sobre la preponderancia de los filmes estadounidenses
en las pantallas europeas es muy importante en términos económicos. Algunas
películas para el gran público como Parque Jurásico cubrieron gastos gracias a la
exportación, sin contar con la recaudación en Estados Unidos. En menor grado, los
grupos editoriales estadounidenses cuentan con Europa para cubrir una parte de
los anticipos que necesitan para producir cada vez más best-sellers. Aunque la
exportación todavía representa una pequeña parte de la rentabilidad de la edición
estadounidense, y aunque a su vez el libro sólo supone una pequeña parte en la
industria de los medios de comunicación, hay que tener presente el marco global
cuando se discute el porvenir de los grupos mediáticos y su importancia para la
cultura mundial.

La concentración creciente ha llevado a los grandes grupos, como hemos


visto, a exigir tasas de rendimiento espectaculares. En la mayoría de las editoriales
estadounidenses desde la década de 1920, sea en periodo de prosperidad o durante
la gran depresión, la tasa media giraba alrededor de 4 por ciento después de
impuestos, tanto para las editoriales muy comerciales como para las de perfil más
exigente, intelectualmente hablando. En el mismo orden de ideas, es muy
interesante echar una ojeada a las cifras actuales de las editoriales que todavía no
han sido absorbidas por los grupos. Le Monde, en un estudio muy ilustrativo
realizado en 1996 sobre la edición en Europa, procuraba cifras precisas. En Francia,
la más prestigiosa de las editoriales tradicionales, Gallimard, sólo obtenía un poco
más de 3 por ciento de ganancias, a pesar de contar con un fondo que es sin duda
el mejor de Europa y con un sector juvenil muy creativo y floreciente. Seuil, otra
gran editorial literaria, apenas alcanzaba más de 1 por ciento de ganancias. Estas
dos editoriales pertenecen todavía a las familias fundadoras y a sus aliados, pero la
estructura de su capital es frágil y su independencia no está garantizada en el
futuro. Ahora bien, el nivel de sus ganancias está próximo al de los buenos editores
estadounidenses de décadas anteriores.

Los nuevos propietarios de las editoriales absorbidas por los grupos exigen
que la rentabilidad de la edición de libros sea idéntica a la de sus otros sectores de
actividad, periódicos, televisión, cine, etcétera, todos ellos notoriamente lucrativos.
Las nuevas tasas de ganancia esperadas se sitúan en una franja comprendida entre
12 y 15 por ciento, o sea tres o cuatro veces más de lo que era tradicionalmente la
edición. Sin embargo, no puede decirse que los grandes editores históricos, los
Alfred Knopf y otros, se hayan jubilado en condiciones miserables. Pero se daban
por satisfechos al ver que el valor de su editorial crecía regularmente de año en
año, no buscaban desangrarla porque eran conscientes de que se necesitaba capital
para mantener el nivel del catálogo. Por el contrario, los nuevos propietarios
insisten en guardar cada año, y aun cada trimestre, los beneficios previstos en sus
presupuestos.

Para satisfacer estas demandas, los editores han modificado completamente


la naturaleza de lo que publican. Todo el sistema se basa en los best-sellers, y los
enormes anticipos pagados a los autores representan lo que se necesita para
enganchar las «locomotoras» que se suponen tiran del resto del tren. Pero
progresivamente los vagones de pasajeros desaparecen, y las locomotoras a
menudo no tienen potencia suficiente para llegar al final del camino. Enormes
anticipos se convierten en pérdidas, se generan déficits gigantescos y los editores
se ven obligados a recortar aún más lo esencial, a eliminar todo lo que no son best-
sellers, a arañar lo que queda de los presupuestos de lanzamiento y de publicidad
de los «pequeños» libros, para intentar una vez más cambiarlos por un Jeffrey
Archer o una Danielle Steele. Según la prensa británica, los recientes despidos en
HarperCollins en Londres estaban directamente relacionados con el fracaso de un
libro por el que se había pagado a Archer un anticipo de 35 millones de libras.

Que cierto tipo de libros desaparezca sólo representa la mitad del problema:
en los cambios actuales, lo que está en juego es la naturaleza misma de los libros
publicados. Un reciente artículo del New York Times pone el acento en el hecho de
que las grandes compañías cinematográficas empiezan a publicar libros, y obtienen
sustanciales ganancias con títulos tomados de sus películas de éxito (tie-ins). La
Disney Corporation fundó en 1990 su propia editorial, Hyperion, para explotar los
tie-ins de Disney. Un agente importante, Robert Gottlieb, describió el sentido de
esta nueva empresa en el New York Times: «No estamos aquí para discutir con
Farrar & Straus. No olviden que se trata de una empresa de entretenimiento muy
comercial».

Para adaptarse, los editores de los grandes grupos cambian la naturaleza de


su producción. Para ello, cambian de personal. El grupo Pearson colocó al frente de
su división internacional —aureolada por el prestigio de Penguin Books— a
Michael Lytton, que venía de Disney y que, apenas llegó, explicó cómo el famoso
logotipo de Penguin iba a utilizarse para vender productos derivados, discos,
etcétera. HarperCollins de Nueva York contrató como director general —por poco
tiempo— a Althea Disney, que había sido la jefa de redacción de TV Guide, una de
las publicaciones más populares y más rentables del imperio Murdoch. En 1997, el
grupo creó una nueva rama, Harper Entertainment, que anunció la publicación de
136 libros en el primer año, todos consagrados a la televisión y a los tie-ins,
aplastando así al resto de la producción de HarperCollins.

Es inútil señalar que no todas las editoriales pueden cumplir tales objetivos.
Como hemos visto, algunos grupos son mucho menos rentables que hace cinco
años, cuando realizaban una política tradicional y diversificada. Pero basta con que
una sociedad lo logre para que se conmine a las otras a aumentar su esfuerzo. Si en
alguna parte se alcanza 15 por ciento anual, se exigirá de las otras lo propio, y el
infortunado que está a la cabeza deberá pasar a 16 por ciento.

Otro buen ejemplo del precio a pagar por las concentraciones lo aporta la
historia del grupo angloholandés Reed Elsevier, que además de las editoriales y las
filiales en los medios de comunicación es propietario de Publisher Weekly, el
semanario profesional de libreros y editores. Sabemos por gente que trabaja allí
que algunas filiales de Reed logran hasta 30 por ciento de ganancia anual, pero se
les pide que establezcan presupuestos que prevean un incremento de la
rentabilidad durante años, cuando ya es dos veces más alto que las tasas máximas
exigidas en otros lugares de la profesión. Para terminar, el grupo llegó a la
conclusión lógica de su política: después de haber comprado algunas editoriales de
entre las más respetadas de Gran Bretaña —Methuen, Heinemann, Secker &
Warburg, etcétera— y de haberlas agrupado bajo la significativa denominación de
«Consumer Product Division» [Departamento de los productos de consumo], Reed
anunció en agosto de 1995 su intención de vender sus editoriales tradicionales,
porque «la edición de consumo», según su elegante fórmula, no puede de verdad
alcanzar tasas de ganancia suficiente. Ahora bien, las cifras publicadas mostraban
una rentabilidad general del sector edición de Reed de 12 por ciento, pero este
nivel, que muchas empresas tratan infructuosamente de alcanzar, es considerado
insuficiente por quienes tienen inversiones más rentables en otras partes: un
auténtico Sísifo financiero. Es curioso que un grupo cuyas filiales más rentables
son las que publican informaciones destinadas a los profesionales del libro y
organizan las ferias del sector, trabaje para disminuir el número de editoriales de
las que dependen en última instancia.

Reed decidió no invertir más en la edición tradicional sino concentrarse en


las obras de referencia y en la edición electrónica. Cada vez más los editores hablan
de concentrarse en la punta de la jugosa pirámide de la información, haciendo
accesibles por ordenador los datos que hasta ahora se obtenían en los libros.

Aunque mi propósito no sea discutir aquí los méritos de esas nuevas


tecnologías, que por supuesto son muy importantes, hay que señalar sin embargo
que un número creciente de grupos considera este ámbito extremadamente
rentable. Todavía no sabemos cómo se organizará el pago para tener acceso a la
información en el futuro, pero el hecho de que los mismos que están al frente del
cambio vean en él una fuente de ganancia potencial debe considerarse una señal de
peligro. Ante la política del gobierno estadounidense sobre las «autopistas de la
información», algunos se inquietan y temen que las bibliotecas públicas y otras
instituciones de acceso gratuito tengan cada vez menos facilidades para obtener la
información. Se puede imaginar una situación, en un futuro no muy lejano, en la
que habrá que pagar un importe elevado para obtener datos que hasta ese
momento se obtenían gratuitamente. Como el comunismo, que se ha derrumbado
por limitar el acceso a la información, podemos ver aparecer un sistema donde la
tarjeta de crédito reemplace al carné del Partido para obtener lo que debe ser
accesible a todos y gratuitamente.

Y como si todo esto no fuera suficiente, la edición tiene que soportar un peso
más, el de los gastos generales. Entre los efectos secundarios de la concentración,
hay uno que todavía no ha sido estudiado: la tendencia de los editores de libros a
imitar el estilo de vida de sus homólogos de Hollywood. En otra época, la edición
se consideraba, al menos en los países anglosajones, como un «oficio de
caballeros», eufemismo que en la práctica comportaba salarios relativamente bajos.
Durante décadas a los editores se les pagaba más o menos como a los profesores
universitarios. Recuerdo que en la época en que iba regularmente a Gran Bretaña,
el director de Hutchinson, editorial todavía independiente, ganaba la fabulosa
suma de 10 mil libras por año —una secretaria de la sociedad cobraba entonces
veinte veces menos. Pero en la actualidad los salarios de los editores han alcanzado
la cima con millones de dólares anuales. Una reciente encuesta de Publishers Weekly
revela que el PDG (presidente director general) de McGraw-Hill gana más de 2
millones de dólares por año, más que los de Exxon o Philip Morris. El principal
ejecutivo de Viacom, editorial pendiente de venta por rentabilidad insuficiente,
ganaba 3.25 millones. ¿En qué medida la falta de ganancias está relacionada con los
insensatos salarios de los dirigentes de Viacom, invertidos en detrimento de los
libros y sus autores?

Además de estos salarios aberrantes, los despachos de los editores, cada vez
más lujosos, empiezan a parecerse a los de los banqueros. En Random House, las
reuniones de agentes de venta se realizan a menudo en lugares de prestigio, en las
Bermudas u otro lugar parangonable, lo que costaba en la época en que me fui un
millón de dólares dos veces por año. (Nuestros distribuidores actuales, W. W.
Norton, realizan sus reuniones en un modesto hotel de Nueva York, por una
ínfima fracción de esta suma). Los editores, al no poder enorgullecerse de lo que
editan, se consuelan con las delicias de la vida de los grandes grupos, restaurantes
de lujo, coches con chofer y otros símbolos de estatus social. Así, a la fuerte censura
que impone el mercado se añaden estas exigencias internas, que nada tienen que
ver con las necesidades objetivas de la producción y de la venta de libros. Forman
parte de la nueva ideología del oficio. Cuando los editores ya no pueden sentirse
orgullosos de su producción, cuando ya no pueden justificar su carrera por los
libros que han sacado a la luz, buscan las compensaciones más cínicas para colmar
esa brecha moral.
Seis

Después de que tantas editoriales han pasado al control de los grupos, la


ideología política de los libros publicados en Estados Unidos ha cambiado
sustancialmente. Harper, Random House, Simon & Schuster eran en otra época
bastiones del liberalismo del New Deal, con responsables editoriales más bien de
izquierda. En la actualidad, por el contrario, la corriente dominante en la edición
estadounidense es francamente de derecha. Como el reclutamiento de los
responsables de la edición apenas ha cambiado, cabe plantear la hipótesis de que
están sometidos a nuevas presiones.

En un reciente estudio sobre libros políticos, Publishers Weekly pudo hacer


una lista de unos cuarenta libros, todos favorables a Gingrich[*] y a la derecha, salvo
uno que habíamos publicado nosotros en The New Press. Las grandes editoriales
se han desentendido más que nunca de los libros de izquierda que en la actualidad
publican las editoriales independientes o alternativas como Beacon, South End y
otras.

No sostendré que en el pasado la edición estuviera libre de presiones


políticas. Aunque muchas editoriales tuvieron desde sus comienzos un marcado
perfil político. En Europa occidental, algunos estaban incluso afiliados a partidos
políticos o a sindicatos. Las opiniones de los propietarios repercutían en las
decisiones editoriales, lo que no era una sorpresa. Pero si bien siempre existió un
cierto grado de censura, puede decirse que se remitía más a los valores defendidos
por aquellos que poseían o controlaban las editoriales, que a consideraciones
puramente comerciales. En la actualidad, aunque los escasos propietarios
independientes pueden todavía sentirse tentados a hacer prevalecer sus miras, lo
que priva de hecho son los intereses globales de los grandes grupos. El mejor
ejemplo para describir este cambio se encuentra probablemente en la historia de
Harper’s, casa estadounidense que en otra época fue prestigiosa. En vísperas de la
entrada en guerra de Estados Unidos, Harper’s, que había publicado hasta
entonces las obras de Trotsky, recibió las pruebas manchadas de sangre de su
último texto contra Stalin. Estas pruebas estaban en el escritorio de Trotsky en el
momento en que Ramón Mercader le dio su famoso golpe de piolet. Sus allegados,
todavía bajo el shock, mandaron apresuradamente las pruebas a Nueva York con
la esperanza de que la obra se publicara de inmediato. El editor de Harper’s, que
en esa época era Cass Canfield, sabía que Estados Unidos iba a entrar muy pronto
en guerra y que necesitaría a Stalin. Sin ninguna presión por parte del gobierno, se
puso en contacto con un amigo del Departamento de Estado y los dos llegaron a la
conclusión de que era conveniente esperar un momento más propicio para
publicar el libro, de modo que los ejemplares —que mientras tanto se habían
impreso— fueron acumulando polvo en el almacén hasta el final de la guerra. ¿El
ataque de Trotsky contra Stalin hubiera podido influir a la opinión pública
estadounidense hasta el punto de suscitar una visión crítica de la política soviética
durante esos años cruciales? Nadie lo sabe. Pero la decisión del editor y la manera
en que se tomó simbolizan perfectamente la actitud de la élite que dirigía la edición
angloestadounidense de la época. Era la decisión a adoptar en tanto que
ciudadano, y cualquiera que fuera el costo para la casa, se tomó sin discusión. Se
trataba, tal vez, de «censura patriótica», pero en todo caso se suspendía la
búsqueda de ganancias.

Otros tiempos, otras costumbres. Basic Books, prestigiosa editorial de


ciencias humanas antes controlada por HarperCollins (y que en la actualidad
pertenece a un grupo financiero), ha publicado recientemente una biografía de
Deng Xiaoping escrita por su hija. El libro no tiene apenas interés ni como
espécimen de hagiografía a la china: mal escrito, lleno de digresiones, carente de
información, es el texto que cualquier editor occidental duda en aceptar en
circunstancias normales. Pero Basic no se contentó con publicarlo, lanzó una
campaña publicitaria masiva de 100 mil dólares en el curso de la cual hicieron
venir a la autora de China y la presentaron a la prensa y al público, etcétera.
Finalmente apareció un artículo preguntando por qué tantos esfuerzos por
semejante libro. La respuesta era evidente: Murdoch buscaba a cualquier precio
obtener la autorización para emitir en el territorio chino con su red de televisión
Sky. Ya había aceptado censurar esa red bloqueando BBC News, que se podían
captar en China, pero esas garantías todavía no eran suficientes para cerrar el
contrato. Todavía se necesitaban argumentos más persuasivos, de ahí la
publicación del libro. Si Murdoch hubiera tenido que negociar derechos
radiofónicos para Alemania en los años treinta, cabe imaginar un lanzamiento de
Mi lucha en Estados Unidos con una inmensa campaña publicitaria en las
principales ciudades del país.

Para Murdoch es normal utilizar la edición para favorecer otros designios.


Así se sirvió de sus periódicos en Gran Bretaña y Estados Unidos para obtener
favores de los sucesivos gobiernos. Como contrapartida a una excepción a su favor
en las leyes antimonopolio británicas, Thatcher se benefició del apoyo de los
periódicos de Murdoch. Para obtener autorizaciones para una compañía aérea que
creó (Dios sabe por qué), Murdoch prometió al presidente Carter el apoyo del New
York Post, periódico tradicionalmente demócrata que de todas maneras hubiera
estado de su parte, y que por otro lado después pasó a la extrema derecha. En el
mismo orden de ideas, la prensa insistió mucho sobre el adelanto de 4.5 millones
de dólares pagado a Newt Gingrich por HarperCollins, la editorial estadounidense
de Murdoch. Se prestó menos atención al hecho de que las ventas cubrirían a lo
sumo un tercio de este anticipo. Aun con la perspectiva de una versión en libro de
bolsillo y de un futuro segundo título, queda bien claro que la suma pagada al
honorable miembro del Congreso superaba lo que se podía razonablemente
deducir de las ventas. En este contexto, las discusiones entre Murdoch y Gingrich
sobre el futuro de sus concesiones de TV —con apuestas financieras colosales—
adquieren toda su significación.

En estos ámbitos la prensa ha adquirido tal importancia que la última vez


que el partido conservador ganó las elecciones, la prensa de Murdoch podía titular
«It’s Us Who Done It!» [¡Nosotros lo hicimos!], porque su propaganda pro tory
había minado en el último minuto la ventaja que los laboristas estaban seguros de
tener. Por un curioso giro de las cosas, el periódico que había dirigido el ataque
contra los laboristas era el Sun, reencarnación de lo que en otra época fue el Daily
Herald, periódico del Partido Laborista. Luego el apoyo de Murdoch fue
determinante en la victoria de Blair y ahora resulta claro que, como contrapartida,
Blair aceptó apoyar los intereses de Murdoch no sólo en Gran Bretaña sino también
en el extranjero. El último año hemos asistido al molesto espectáculo de un Blair
que presionaba al gobierno italiano para ayudar a Murdoch a extender su imperio
en ese país. Es probable que en otras partes se hayan hecho esfuerzos semejantes
que no han llamado la atención de la prensa.

La edición política, sobre todo en los años de elecciones, ha sido durante


mucho tiempo una práctica tradicional en Estados Unidos. Sin embargo, entre 1992
y 1996, años de elecciones presidenciales, prácticamente no aparecieron libros que
trataran temas esenciales del país dirigidos al gran público. Respecto de las
cuestiones que afectan a todo el mundo —el seguro de enfermedad, el futuro del
sistema de protección social—, no se encontraba ningún libro salvo los que
defendían un punto de vista de extrema derecha, a menudo subvencionados por
fundaciones ultraconservadoras y publicados por los grandes grupos. Para mí no
existen dudas de que los temas más controvertidos, como el TLC o el National
Health Care [seguro nacional de enfermedad], habrían recibido soluciones muy
diferentes si se hubiera realizado un debate público, estimulado por libros dignos
de ese nombre.

Las grandes editoriales dirán que todo esto está dictado por las leyes del
mercado. Pero ¿cómo aceptar la idea de que de pronto no existen lectores para
oponerse a la ideología dominante, para interesarse por soluciones alternativas? De
hecho, los notables éxitos de los libros políticos publicados por The New Press
confirman a la vez la existencia de un verdadero público y la necesidad para la
edición de cumplir un papel a contracorriente de las ideas del momento.

La penuria de tales libros se agrava por la penetración de las grandes


cadenas de librerías como Barnes & Noble, B. Dalton y otros, que comparten
ampliamente con los grandes grupos de los medios la ideología de las ganancias.
En el curso de los últimos años, las grandes cadenas han ocupado un lugar enorme
en Estados Unidos, donde venden actualmente más de 50 por ciento de los libros
disponibles en el comercio (en 1996 «sólo» representaban 45.5 por ciento, lo que
muestra la rapidez de la progresión). Las librerías independientes sólo cubren 17
por ciento de las ventas, y esta cifra disminuye año tras año.

La situación francesa todavía no es tan grave, aunque las trescientas librerías


más grandes venden entre 70 y 80 por ciento de los libros y las librerías
independientes ven que su parte disminuye, y han pasado de 46 por ciento en 1988
a 37 por ciento en 1996. FNAC —que abarca por sí solo entre 20 y 25 por ciento de
las ventas—, Leclerc y Virgin son los grandes ganadores de la prueba. La compra
de FNAC por un grupo ajeno al mundo del libro —Pinault-Printemps-La
Redoute— hace temer a los editores franceses que muy pronto tendrán que
soportar las mismas presiones que han debilitado la edición estadounidense. La
decisión de FNAC de establecer un sistema de compra nacional centralizado para
los títulos más vendidos ha suscitado gran inquietud. Como se ha podido constatar
en Estados Unidos, las cadenas, al controlar una parte tan importante de la
producción de novedades, pueden exigir a los editores condiciones cada vez más
favorables, condiciones que les dan una ventaja claramente desleal sobre las
librerías independientes.

En Gran Bretaña y en la mayoría de los países de Europa, a pesar de una


enorme concentración en el ámbito de la edición, las librerías siguen siendo
independientes, o son reemplazadas por cadenas (como Waterstone) cuya filosofía
no está muy alejada de la librería tradicional. En Estados Unidos, por el contrario,
las grandes cadenas ponen toda su energía en los best-sellers en detrimento de
otros títulos. Gestionadas en su mayoría por ejecutivos que proceden de otras
ramas comerciales y que no tienen interés particular por los libros, las cadenas
estadounidenses se focalizan en el número de dólares recogidos por centímetro
cuadrado de superficie útil. He escuchado quejarse a la gente que trabaja allí —
incluso si están de acuerdo con la ideología de la ganancia— de no tener tiempo de
vender bien los supuestos best-sellers que tienen en existencia. Si no tienen el éxito
que se espera en los primeros días se exilian al fondo de la tienda o simplemente se
devuelven al editor.

En sus esfuerzos frenéticos por vender cada vez más libros, las cadenas han
acentuado los cambios de los que hemos hablado. Los que se ponen delante son los
libros de mayor tirada y se invita a los editores a que paguen fuertes sumas en
publicidad en los lugares de venta, si quieren estar seguros de que sus títulos están
bien colocados. Prácticamente, Barnes & Noble exigen de los editores un dólar por
ejemplar para colocar sus libros en un lugar bien visible en la tienda, servicio que
los libreros tradicionales aportaban, por supuesto, gratuitamente. Por otro lado, los
independientes acaban de ganar un proceso contra los grandes grupos de edición
que ayudan a las cadenas de esta manera. Para tener una idea del gigantismo de
estas cadenas, basta con conocer las sumas que cobran los directivos. Len Riggio, el
presidente director general de Barnes & Noble, se atribuye un salario de un millón
de dólares por año, lo que no es nada en comparación con los 100 millones de
dólares que cobró por poner en el mercado las acciones de su compañía. Suma que
es interesante comparar con los salarios de los libreros independientes.

Evidentemente, el pequeño editor que corre riesgos con un título tiene


dificultades para pagar el dólar suplementario que piden las cadenas, y en
consecuencia su libro tendrá pocas posibilidades de mostrarse bien visible y en
cantidad suficiente. En cuanto a las librerías independientes, están bajo la amenaza
constante de las cadenas cuya política agresiva lleva a abrir tiendas muy cerca de
las principales independientes, a veces enfrente. Cada vez más libreros
independientes se ven obligados a cerrar: en el centro de Nueva York sólo queda
un puñado, y en los últimos meses tres de ellos debieron cesar su actividad. La
restricción progresiva de este canal independiente se suma a las dificultades de los
editores: la pequeña librería que hacía una cuestión de honor de promover tal
novela o un libro de poesía es reemplazada por una gran superficie que utiliza el
último grito en las técnicas de marketing. Algunas cadenas llegan incluso a pedir a
los editores que limiten las giras de sus autores a sus propias tiendas, incitándolos
a no entrar en contacto con las pequeñas librerías. Algunos autores, como Stephen
King, se han negado a obedecer estas conminaciones y en su última gira por el
país, King insistió en visitar sólo librerías independientes. Pero, por importantes
que sean tales gestos, lo cierto es que la tendencia al monopolio de las grandes
cadenas constituye un hecho de lo más preocupante.
Siete

Cuando mis colegas y yo abandonamos Pantheon en 1990, tuvimos que


encontrar una nueva solución para continuar en el mundo editorial. Pero la
mayoría de mis amigos necesitaba encontrar trabajo sin demora y no podía
permitirse el lujo de esperar. Con gran pesar por mi parte, el grupo que había
funcionado tan bien se dispersó y la mayoría encontró un buen empleo en
diferentes editoriales.

En cuanto a mí, tenía varias elecciones posibles. Me habían ofrecido crear


una nueva estructura en uno de los grupos, pero esta solución implicaba las
mismas incertidumbres, los mismos riesgos que acabábamos de dejar atrás. En el
mismo orden de ideas, había recibido proposiciones de sociedades de capital-
riesgo que deseaban financiar una nueva editorial. Pero en la actualidad el capital-
riesgo busca un resultado sobre las inversiones en tres años, de manera que
hubiéramos podido enfrentarnos a las mismas dificultades muy pronto. Sabía que
necesitábamos una solución totalmente diferente. ¿No era posible fundar una
editorial sin accionistas, sin fines lucrativos, que en cierto aspecto se pareciera a las
ediciones universitarias pero sin estar unida a una universidad, que se dirigiera al
público general y no a una élite universitaria, y tendiera a la vez al más alto nivel
intelectual? En el paisaje cultural estadounidense existían estructuras de este tipo,
pero sólo en el sector de la radio y la televisión. Durante la década de 1960,
aparecieron nuevos medios —Public Broadcasting System (PBS) y National Public
Radio (NPR)— en una época en que todo ese ámbito se había vuelto
desesperantemente comercial (en efecto, mucho tiempo antes se había producido
en las ondas un proceso totalmente comparable al de la edición: redes conocidas
por la calidad de sus documentales, de sus noticieros y hasta de sus orquestas
sinfónicas habían reemplazado todos esos servicios culturales por emisiones cada
vez más comerciales). Al tratarse de una época más progresista, los fondos
federales se consagraron a estas dos nuevas estructuras que todavía existen:
aunque dependen cada vez más del apoyo de los grandes grupos, ofrecen cierta
alternativa a los medios de comunicación comerciales, aunque en una forma cada
vez más bastarda.

Por fortuna, se necesita mucho menos dinero para lanzar una editorial que
una cadena de televisión. Todos nuestros autores, casi sin excepción, nos siguieron
en la aventura, muchos de ellos aceptando perder las elevadas sumas de derechos
que hubieran podido cobrar en otra parte. Necesitábamos un millón de dólares
para empezar, o sea menos de 1 por ciento de las sumas recaudadas sólo por PBS
de Nueva York cada año. Esa suma podía encontrarse, nos parecía, en las
fundaciones privadas. Al comienzo, encontramos muchas vacilaciones, porque
tradicionalmente a las fundaciones no les gusta ayudar a la edición en Estados
Unidos. Pero por fin logramos persuadir a una docena de fundaciones clave de que
valía la pena correr el riesgo. Luego se unieron otras veinte, para aportar a The
New Press la parte —relativamente menor— de un presupuesto no cubierta por la
venta de los libros. El sistema funciona como un equivalente de las becas
concedidas «por méritos» en la educación superior en otra época. Los libros se
aceptan por sus méritos y no por su contribución a la ganancia neta de la sociedad.
The New Press, en la actualidad en su séptimo año, publicó toda una gama de
libros —traducciones de autores extranjeros y obras eruditas sobre la teoría del
derecho, libros de historia y textos a contracorriente de las ideas dominantes sobre
temas de actualidad (como la reforma del sistema nacional de salud, tema de uno
de nuestros libros recientes)— en ámbitos en los que las editoriales comerciales
bien consolidadas tienen cada vez más miedo a entrar. Hemos comprobado que
cierto tipo de libros, y de lectores, habían quedado descuidados ya antes de que los
grandes grupos tomaran en sus manos la edición: en una industria que tenía y
tiene todavía empleados y presupuestos surgidos principalmente de la clase media
blanca, es comprensible que durante mucho tiempo no se haya tenido en cuenta la
existencia de otros públicos. Una especie de imaginaria línea roja llevaba a pensar
que ciertos públicos no se interesarían por ciertos libros o no los comprarían.
Desde el comienzo lanzamos proyectos experimentales para demostrar que las
cosas suceden de otra manera. Por ejemplo, publicamos varios libros sobre historia
del arte especialmente destinados al público negro. No eran grandes libros
costosos sino ediciones baratas, casi todas agotadas en unos meses, con unas
primeras tiradas de 7500 ejemplares.

No sólo se subestima a las minorías: en general se acepta que no existe un


verdadero público para los libros que exigen un esfuerzo intelectual. Poco después
del lanzamiento de The New Press, nos dimos cuenta de que los grandes debates
en la Suprema Corte de Estados Unidos habían sido grabados durante más de
cuarenta años, pero que las bandas sonoras, que se conservaban en los archivos
nacionales, nunca se habían transcrito. Decidimos publicar una selección —en
forma de libro con casette— a pesar de la opinión de los colegas que
unánimemente nos predecían un público muy limitado, muy especializado,
integrado sobre todo por profesores de derecho. La mayoría nos aconsejó una
tirada inicial de 5 mil ejemplares, que tardaríamos diez años en vender. Y sucedió
que ese libro fue nuestro gran éxito. Se debió en parte a la publicidad provocada
por la oposición del presidente de la Suprema Corte al proyecto y también a la
difusión de algunas grabaciones por la radio. Pero es seguro que el libro no
hubiera tenido nunca ese éxito sin el interés de gran número de personas por la
manera en que se interpretaba la ley. En la actualidad el libro lleva vendidos 75 mil
ejemplares y las reediciones continúan regularmente.

Otro ejemplo. En 1995 nos propusieron un extenso estudio que comparaba


los once libros de historia estadounidense más utilizados en la enseñanza
secundaria. En este caso también nos aconsejaban prudencia en la tirada. El autor,
el sociólogo James W. Loewen, escribía bien, con mucho humor, y había
encontrado un excelente título: Lies My Teacher Told Me: Everything Your American
History Textbook Got Wrong [Las mentiras que mi profesor me enseñó: todo lo que
había de falso en su libro de historia estadounidense]. Incluidas las ediciones para
club y de bolsillo, en la actualidad hay más de 200 mil ejemplares de este título en
circulación, lo que demuestra el inmenso interés del público por lo que se enseña a
los niños.

La lección que se desprende es que a pesar de la dificultad siempre creciente


para vender determinado tipo de libros —y el aislacionismo intelectual
estadounidense agrava la situación para la narrativa extranjera—, los públicos
potenciales de ciertos temas están sin explotar, por la simple razón de que nadie
trata de llegar a ellos. De esta manera, ya sea por racismo o por elitismo, muchos
lectores son devueltos a su vacío. Cae por su propio peso que para encontrarlos se
necesita una estructura con fines no lucrativos. Algunos responsables editoriales
de las casas comerciales se sentirían con seguridad encantados de intentar
experiencias como la nuestra, pero se ven forzados a concentrarse en un puñado de
libros que, si todo va bien, les permitirán satisfacer las exigencias de sus
propietarios. Los que recuerdan la era BC (before conglomerates [antes de las
corporaciones]) lamentan la práctica desaparición de la edición de calidad. Pero el
problema es que los que se incorporan hoy a la carrera no tienen referente alguno
de comparación. Para ellos, la situación presente es la norma, «el mundo real» y no
un sistema para criticar y cambiar.

Las editoriales universitarias también han hecho grandes esfuerzos para


tomar a su cargo una parte del territorio abandonado por los grupos, y publican
libros que salen del marco académico (sin embargo, también ellas están sometidas
a la presión de los que financian las universidades y éstos pueden ser muy
exigentes con las ganancias[1]). Por otra parte, muchos pequeños editores
independientes como Dalkey Archive, Graywolf, Seven Stories o Four Walls Eight
Windows están dedicados a la ficción extranjera contemporánea (basta con leer The
New York Times Book Review para ver cuántas primeras novelas y novelas
extranjeras provienen de estas pequeñas editoriales). De la misma manera, muchos
libros sobre política contemporánea y temas sociales son actualmente publicados
por fundaciones como la Heritage Foundation, el Century Fund, la Brookings
Institution, o entidades sin ánimo de lucro semejantes a The New Press, como
Beacon, Orbis o Verso. Como dice en su catálogo el editor alemán Klaus
Wagenbach, «las editoriales pequeñas no están repletas de expertos en marketing.
Las lleva gente que hace libros, animada por la pasión o por la fuerza de sus
convicciones, y por cierto no por la perspectiva de ganancias […]. Si los libros de
tiradas pequeñas desaparecen queda comprometido el porvenir. El primer libro de
Kafka tiró 800 ejemplares, y el de Brecht 600. ¿Qué habría pasado si alguien
hubiera decidido que no valía la pena publicarlos?».

A pesar de todo esto, sería una locura considerar lo que ha pasado en la


edición como una historia con final feliz, en la que los pequeños editores y las casas
universitarias recuperan lo que otros abandonan, y el mercado muestra una vez
más su capacidad reguladora. No hay que sobrestimar la importancia cuantitativa
del trabajo de las pequeñas editoriales: en conjunto representamos una fuerza que
no llega al tobillo de ningún gran grupo. Sólo constituimos 1 por ciento de las
ventas totales de libros. Nos falta dinero y personal para mantener seriamente
nuestro lugar en las cadenas de librerías y los otros canales de venta que dominan
actualmente la distribución de libros. Aunque algunos de nosotros podemos
enorgullecernos de ciertos grandes éxitos —y The New Press ha tenido su parte—,
es innegable que más de 30 por ciento de los best-sellers del año pasado provienen
de editoriales del grupo Bertelsmann-Random House.
Conclusión

Si se deja de lado la expansión de las pequeñas editoriales independientes,


forzosamente limitada, ¿qué esperanzas pueden formularse para la edición en los
años venideros? El progreso, a mi parecer, puede llegar de tres direcciones
diferentes. La primera es tecnológica. Ya se ha dicho todo sobre la importancia de
internet para la difusión de la información, y la proliferación de páginas web da
vértigo: sólo en Estados Unidos se cree que existen más de 400 mil y esta cifra
aumenta cada día. Cualquier individuo puede crear la suya, cualquier autor puede
dar a conocer su trabajo, cualquier periódico puede publicar con la esperanza de
encontrar en alguna parte del mundo un público receptivo. Pero el número de
páginas es a la vez una ventaja y un inconveniente. Los que utilizan regularmente
internet saben que es imposible juzgar la fiabilidad o los fines de la mayoría de
ellas. Una página de apariencia inocente puede servir de fachada para una
empresa publicitaria, para un grupúsculo político o una secta de racistas perversos.
También puede tratarse de divagaciones de gente bien intencionada pero mal
informada. A tal efecto, puede advertirse la ventaja de tratar con editores que al fin
y a la postre son gente cuyo oficio es hacer una selección, elegir el material que van
a publicar según ciertos criterios. Su nombre en la cubierta de los libros basta como
garantía —o inquietud— sobre la naturaleza del contenido. De un libro publicado
por determinada editorial se espera que respete o no ciertos criterios, que tenga tal
o cual orientación política, que su contenido sea o no fiable; en una palabra, el
nombre del editor procura cierta garantía. Lo menos que puede decirse de las
páginas web es que todavía no poseen este tipo de identidad. Es verdad que
muchas editoriales han creado su propia pagina. Pero encontrar el buen camino en
la red sigue suponiendo una dificultad innegable.

Otro problema es el de los costos, porque los sistemas para hacer pagar a los
lectores no están todavía perfeccionados. Montar y hacer funcionar una página
puede convertirse en una empresa costosa. Evidentemente la red representa una
enorme ventaja para los autores que se sienten felices de dar a conocer
gratuitamente sus trabajos o para las instituciones públicas como la Biblioteca del
Congreso. Pero para quienes tienen que pagar a los autores y preparar el trabajo, la
remuneración de la consulta sigue siendo una barrera importante. Existen
procedimientos complejos que permiten que se pague cada página leída. La
consulta de Le Monde, por ejemplo, cuesta tan cara como comprar el periódico en el
quiosco. La alternativa actual es o bien ofrecer gratuitamente el material o bien
montar un sistema muy caro y complicado para que se pague la consulta de la
página.

Pero es cierto que la red ayuda a los editores a difundir informaciones y


ofrecer bibliografías. En Estados Unidos, [Link] y [Link]
libran una gran batalla publicitaria para persuadir al público de que dan acceso al
mayor número de obras y se jactan de tener más de ocho millones de títulos
disponibles. Aunque todavía estén repletas de errores, estas bibliografías tienen
evidente interés para cualquiera que trate de encontrar un libro, y dentro de algún
tiempo los editores sin duda podrán encontrar cantidad de lectores gracias a esos
sistemas. El aspecto negativo es, evidentemente, que los libreros entrarán en crisis
y que los independientes que luchan por sobrevivir tendrán la vida cada vez más
difícil frente a las cadenas y a sus competidores online. Por otra parte, las páginas
web ya siguen la política de las cadenas de librerías y hacen pagar su promoción.
Un artículo reciente del New York Times informa que Amazon pide de 5 mil a 10
mil dólares para promover un nuevo título, utilizando sus listados para hacer
publicidad encubierta.

La segunda objeción a la influencia creciente de los grandes grupos es de


naturaleza política. Hemos visto que en Gran Bretaña y en Estados Unidos los
grupos son tan poderosos, controlan tanto los medios clave, que los gobiernos
temen utilizar las barreras representadas en otra época por las leyes
antimonopolio. Murdoch, por ejemplo, obtuvo favores en ambos países
prometiendo su apoyo a los gobiernos respectivos. En Gran Bretaña, el gobierno
Thatcher le autorizó a comprar el prestigioso Times de Londres, aunque ya poseía
otras cabeceras en la misma ciudad, lo que hubiera debido impedir esa
adquisición. En Nueva York, se produjo el mismo fenómeno con el New York Post,
que nunca hubiera debido poder comprar porque ya poseía una importante cadena
de televisión. No es muy realista esperar una descarga de valor cívico por parte de
los gobiernos que cedieron a la presión de los grupos, de aquellos que, como Blair
y Clinton, deben holgadamente su lugar a los monopolios que se considera que
deben controlar.

Tal vez la situación en la Unión Europea permite un poco más de


optimismo. Hace poco tiempo, la Comisión bloqueó la fusión de Reed-Elsevier con
Walter Kleuwers, otra empresa inicialmente neerlandesa, convertida en un grupo
internacional que tiene una parte importante en el campo de las obras de referencia
y de la industria de la información. Juiciosamente, la decisión apuntaba que esta
fusión habría dado lugar a una entidad que habría gozado de un «quasi-
monopolio» en los sectores clave de la información. Tal vez no es del todo ingenuo
esperar que los gobiernos europeos, conscientes de la amenaza que los grupos
representan para la independencia nacional en el ámbito de la cultura, tomen
medidas para frenar estas fusiones-adquisiciones, e incluso cuestionen las que ya
se han realizado.

La tercera vía consistiría en incrementar la ayuda pública a la edición, en el


marco general del apoyo a las instituciones culturales. En el momento actual, casi
todos los gobiernos europeos disponen de un programa de ayuda a la creación
cinematográfica y de un sistema de apoyo a las cadenas de televisión culturales. La
mayoría de las buenas películas producidas en estos últimos años en Europa se
han realizado gracias a la participación de cadenas de televisión públicas o
subvencionadas. Se han creado nuevas entidades, como la cadena francoalemana
Arte, cuyo nivel es superior a todo lo que se hace en otras partes del mundo.
Cabría imaginar que la producción de libros un día se beneficiará de un apoyo
semejante. No faltan estructuras que permitirían distribuir los apoyos a la
publicación, en forma de subvenciones o de becas para los autores [1]. Podría
ayudarse selectivamente a los editores en las obras o los campos destinados a ser
deficitarios. También habría que invertir la tendencia actual a restringir los fondos
de compra de las bibliotecas, y permitir que esas compras recuperaran su papel
tradicional de apoyo de las obras de alto nivel[2]. No es éste el lugar para hacer una
larga lista de todos los programas culturales factibles, pero los mecanismos son
bien conocidos y pueden, con poco gasto, asegurar la supervivencia del trabajo
intelectual en un medio hostil, organizado por las reglas del mercado.

Podría esperarse que el clima político europeo, actualmente dominado por


la socialdemocracia —en el poder en catorce países—, fuera favorable a la eclosión
de tal debate. Pero por el momento no ha aparecido ningún indicio en ese sentido.
Es cierto que existen problemas más urgentes y más rentables electoralmente que
la defensa de la independencia cultural, aunque esta preocupación existe más en el
continente que en los países anglosajones. Pero, en el fondo, la primera etapa del
debate debería ser la publicación de libros que estudiaran seriamente los
problemas de la edición y propusieran soluciones adaptadas al marco político de
cada país de Europa. Espero que los editores independientes que aún quedan
aceptarán el desafío mientras todavía se esté a tiempo.

Entre los acontecimientos más interesantes y prometedores de estos últimos


tiempos hay que dar un lugar especial a la colección «Raisons d’Agir», lanzada por
Pierre Bourdieu, que ha conseguido encontrar una solución a partir del problema
que analizaba: utilizando la televisión a partir del Collège de France para lanzar
Sobre la televisión (que The New Press publicó en Estados Unidos), sacaba partido
del mismo medio al que criticaba, y mostraba así que son posibles soluciones
alternativas eficaces. No se comprende por qué otros no siguen este ejemplo, ya se
trate de universidades o de nuevos editores. Entre todos los fenómenos recientes
en este campo en Europa, se trata ciertamente del éxito más alentador.

Para hacer frente a los muy graves problemas del libro en este fin de siglo, la
existencia de un grupo de editores de todo el mundo, que tratase de delimitar los
verdaderos problemas y aportar respuestas a los mismos, podría cumplir un papel
crucial. Si el campo de las ideas se abandona a los que sólo buscan divertirse o
aportar informaciones triviales el debate esencial no tendrá lugar. De ahí el silencio
que se ha abatido sobre la vida cultural estadounidense. Esperemos que en Europa
la lucha contra el dominio del mercado y la búsqueda de alternativas viables se
lleve a cabo con más determinación.

Hace diez años, antes de la caída del muro de Berlín, estaba yo en Moscú
con motivo de una conferencia que reunía a historiadores estadounidenses y
soviéticos que trabajaban juntos en cómo reescribir la historia de la guerra fría. Los
debates se desarrollaban de manera curiosa, porque los participantes rusos tenían
tendencia a culpar a la Unión Soviética de todos los males, y a disculpar a Estados
Unidos de cualquier responsabilidad en los conflictos que habían agitado el
mundo en los cuarenta últimos años. Los estadounidenses, en su conjunto más
bien de izquierda, sostenían puntos de vista más matizados que trataban de
compartir las responsabilidades entre los dos campos y no hacer de Estados
Unidos la inocente víctima de Stalin. La conferencia terminó con esta nota ambigua
y volví a mi hotel a pie, a través de los parques. Miraba a los jóvenes que paseaban,
que sacaban a sus hijos ese fin de semana, y observé que en su mayoría llevaban
pins de las marcas estadounidenses más conocidas: Nike, Marlboro, Coca-Cola, en
lugar de las insignias de Lenin y otras memorabilia soviéticas de las que yo había
hecho provisión para mis hijos. Occidente había ganado la guerra ideológica, pero
sobre todo la guerra del consumo. La nueva generación rusa, como confirmó la
sucesión de acontecimientos, se inclinaba claramente por la imitación de la
sociedad de consumo occidental, que la había seducido mucho más que los ideales
democráticos. Las fuerzas del mercado habían prevalecido, como en la actualidad
en toda la Europa del Este y en China. Triunfan hoy más que ninguno de los dos
bloques en el pasado, imponen sus miras más totalmente que las antiguas
maquinarias de propaganda. Nuestras ciudades están atiborradas de paneles para
pegar carteles, la publicidad domina la radio y la televisión, el cine es un modo
cada día más eficaz de difusión de la ideología del consumo. La maquinaria
internacional de persuasión comercial es más poderosa que todo lo que se hubiera
podido imaginar hace unos años.
La batalla también se desarrolla en el terreno del libro, que poco a poco se
convierte en un simple apéndice del imperio de los medios, ofreciendo diversión
ligera, viejas ideas y la seguridad de que todo es lo mejor en el mejor de los
mundos. ¿Por qué diablos los que poseen máquinas tan provechosas en el cine y la
televisión aceptarían producir, con menor ganancia, libros susceptibles de hacer
reflexionar de otra manera, de poner de manifiesto las dificultades? Lo hemos visto
con los ejemplos ingleses y estadounidenses citados más arriba: la publicación de
un libro no orientado hacia una ganancia inmediata es ya prácticamente imposible
en los grandes grupos. El control de la difusión del pensamiento en las sociedades
democráticas ha alcanzado un grado que nadie pudo imaginar. El debate público,
la discusión abierta, que son parte integrante del ideal democrático, entran en
conflicto con la necesidad imperiosa y creciente de beneficio. Lo que se forma en
Occidente es el equivalente al samizdat de la era soviética. Por supuesto, hoy los
editores independientes no se arriesgan a la prisión ni al exilio. Se les deja el
derecho de buscar las pocas fallas que persisten en la armadura del mercado, y
persuadir a quienes deseen con sus pequeñas tiradas y su difusión restringida.

Sin embargo, la batalla no está completamente perdida. Aunque la situación


en los países anglosajones es tan desastrosa como la he descrito, la cuestión no está
solucionada en Europa, donde algunas fuerzas arcaicas como el nacionalismo y
una determinada mentalidad localista, por alejadas que estén del ideal
democrático, pueden ser aliadas eficaces. En las decisiones de la Comisión
Europea, en los debates parlamentarios, en las discusiones que se producen en el
seno de cada editorial, pero por encima de todo en el espíritu de la población, el
combate continúa. Para nosotros, que observamos la situación desde el exterior, el
resultado es de suma importancia porque lo que está en juego nos concierne a
todos.
Posfacio

Me ha complacido mucho seguir el debate que mi pequeño libro, La edición


sin editores, ha suscitado en las páginas de Le Monde. Las cuestiones que he tratado
de subrayar se vinculan al porvenir de una cultura independiente, no sólo en
Estados Unidos, sino también en Europa, y a ese respecto he apreciado los
numerosos y útiles comentarios publicados. Morgan Scortes tiene toda la razón en
destacar que el verdadero problema no es el dominio estadounidense. Es una
cuestión más vasta, es la comercialización de las ideas, la industrialización de la
edición y el control de la cultura por los grandes grupos internacionales que exigen
una rentabilidad sin parangón en las normas de la edición. De las cinco empresas
que detentan 80 por ciento del mercado estadounidense, tres están en manos de
grupos europeos. Bertelsmann controla más de 30 por ciento de las ventas de libros
en Estados Unidos y los grupos ingleses Pearson y Murdoch reinan también en un
importante sector de la industria del libro estadounidense. A lo largo de los
últimos años, tres editoriales estadounidenses han sido puestas a la venta porque
no conseguían obtener 15 por ciento de beneficio que exigían los grupos que las
poseían. Como he descrito en mi libro, la búsqueda de best-sellers a cualquier
precio les había hecho perder sumas sin precedentes en el negocio. Que firmas
como Bertelsmann hayan buscado escaparse de las exigencias del mercado de
lengua alemana, no significa en modo alguno que no vayan a imponer los mismos
niveles de beneficios a sus nuevos holdings. Han declarado, por otro lado, que ésa
es su intención. Alianza en España, y muchos otros grandes grupos, no imponen a
las casas editoriales que han adquirido objetivos de beneficios análogos, sino
superiores.

La causa profunda de la transformación de la edición tal y como la hemos


conocido es el paso de una rentabilidad de 3 o 4 por ciento, que era la norma tanto
en Estados Unidos como en Francia, a exigencias de 15 por ciento e incluso más.
Ése es el argumento central de mi libro.

Los artículos aparecidos en Le Monde giran en torno a dos cuestiones


relativas a ese argumento. La primera es saber si la situación estadounidense es
efectivamente tan grave como yo la describo. La segunda se centra en la
posibilidad de que se consolide una situación análoga en Europa, en particular en
Francia.

La situación estadounidense no es tan grave como yo la describo, es mucho


peor. Las fusiones van a buen paso. Recientemente Murdoch ha adquirido Hearts,
un grupo de tamaño mediano, y en los dos meses siguientes ha despedido a 80 de
un total de 200 trabajadores. Resulta evidente que el propósito no es publicar más
libros, según la optimista explicación de Monique Nemer. Se trata de agrupar los
títulos más rentables de las diferentes editoriales y eliminar el mayor número
posible de los restantes libros. No se trata de encontrar un equilibrio entre la
calidad y las exigencias del mercado. Se trata de ganar la mayor cantidad posible
de dinero. Para estar seguro de que no exageraba los efectos de estas fusiones, he
estudiado recientemente los catálogos de las tres editoriales estadounidenses más
importantes, HarperCollins, Simon & Schuster y Random House. He encontrado
numerosos libros destinados a las listas de los best-sellers, pero lo que me ha
sorprendido es que cierto tipo de libros había desaparecido de dichos catálogos.
Entre los 500 títulos publicados, no existía una sola traducción, ni un libro de
historia serio, ni una investigación científica, y ya no hablemos de filosofía,
teología, historia del arte, etcétera, todos ellos ámbitos familiares de los editores en
el pasado.

Sobre si Francia y el resto de Europa están a salvo de una evolución


semejante, no puedo evitar recordar una visita a Suecia hace cuatro años. Los
editores suecos hablaban de mi libro como los comentaristas franceses. Suecia era
un país demasiado pequeño, demasiado singular para que los grupos se
arriesgasen a intervenir en él. En los meses siguientes, Norstedts, la segunda
editorial del país, era adquirida por el grupo holandés Wolter-Kluvers. Despojada
de sus activos más rentables, con su prestigioso catálogo a la deriva, su propia
supervivencia devino problemática, hasta que fue readquirida por un movimiento
cooperativo. Toda editorial francesa cuyo capital está en manos del público corre el
riesgo de ser comprada. Es peligroso pensar en términos de una línea Maginot
cultural, que defendería las fronteras de ese tipo de incursiones. Tanto Olivier
Bétourné como Olivier Nora insisten en las defensas internas de la edición
francesa. Con justicia, se sienten orgullosos de sus catálogos, que pueden resistir la
comparación con los mejores de Europa, y yo comparto la esperanza de que sus
editoriales continuarán prosperando. Pero para poder estar seguros de conservar
su independencia, no deben fiarse de las promesas de sus propietarios. Ésa es una
lección que mis colegas y yo hemos aprendido, después de que todas las promesas
que se nos han hecho hayan quedado incumplidas, como ha ocurrido en tantas
editoriales y periódicos de Estados Unidos. Fayard y Calmann-Lévy pueden
continuar publicando excelentes listas de títulos porque no se les ha pedido
incrementar su rentabilidad a 15 por ciento, como claramente indica el artículo de
Bétourné. Pero si, en un momento dado, sus propietarios cambian de política, no
serán las diferencias culturales que evoca Monique Nemer el factor que los proteja,
ni a ellos ni a los restantes editores franceses. El excelente editor alemán Klaus
Wagenbach ha publicado recientemente un artículo sobre la edición en su país,
donde, de manera elocuente, define la rentabilidad de 15 por ciento como la «todes
zone», la zona mortal donde ninguna edición de valor puede sobrevivir. Y cita a
Hans Magnus Enzensberger, que ha dicho que en cincuenta años no había
encontrado en el catálogo Bertelsmann un solo título destinado a perdurar.

La edición que amamos sólo es posible si no está sometida a estas directrices.


¿Qué cortafuegos hay que colocar para salvaguardarla?

En la Feria del Libro de Frankfurt, los editores franceses y alemanes han


realizado grandes esfuerzos para que el precio fijo del libro (la ley Lang en Francia)
se mantenga en la Unión Europea. En Francia, el porcentaje de librerías
independientes desciende peligrosamente y se aproxima al nivel estadounidense:
21 por ciento contra 17 por ciento. El ministro de cultura alemán, Michel
Naumann, considera que 80 por ciento de las librerías alemanas corre el riesgo de
cerrar sus puertas si se elimina el precio fijo. Sin embargo, el frente de los editores
—alemanes y otros— no está unido en este punto. En los grandes grupos, muchos
consideran que ganarán cuota de mercado si el precio fijo desaparece y si las
cadenas de librerías pueden entrar en la guerra de los precios para vender los best-
sellers que producen.

La señora Aubry ha abordado en Le Monde varias cuestiones muy próximas,


en relación con el porvenir de la industria cinematográfica que va sujetándose
progresivamente al control de los grupos estadounidenses de «entertainment».
Hay que ser conscientes de que tal peligro amenaza la edición del futuro. Monique
Nemer critica, con justicia, la frase de mi conclusión sobre un «espíritu localista».
Se trata de una traducción. Yo hacía más bien referencia a una especie de gaullismo
cultural, a una voluntad de proteger la edición independiente en Francia y en
Europa. No ya para dar alas a alguna mediocridad local que se me escapa, sino
para que quienes intentan mantener una cultura independiente dispongan de un
espacio donde respirar. Me hubiera gustado que los artículos aparecidos hubieran
también sugerido medidas estructurales para poner en práctica, apoyándose en la
legislación europea contra los monopolios, organizando la defensa de la librería
independiente. Como hemos constatado dolorosamente en Estados Unidos, la
tradición cultural y la independencia tradicional —que nosotros también
tenemos— no constituyen una garantía suficiente contra la globalización de la
economía.
Notas

[1]Hachette Livres, filial del grupo Lagardière, controla en Francia, entre


otras, Calmann-Lévy, Le Chêne, Édition 1, Fayard, Grasset, Harlequin, el grupo
Hatier (Hatier, Foucher, Didier, Rageot), Hazan, Lattès, Le Livre de Poche,
Marabout, Le Masque, Stock (la más antigua editorial francesa, fundada en el siglo
XVIII).

Vivendi/Havas (ex Générale des Eaux) controla Armand Collin, Belfond,


Bordas, Bouquins, Dalloz, La Découverte, Dunod, 10-18, Fixot, Julliard, Laffont,
Larousse, Masson, Nathan, Orban, Perrin, Plon, Pocket, Presses de la Cité, Retz, Le
Robert, Seghers, Solar, Syros… <<

[1]
Pascal Fonché, L’Édition française sous l’Occupation, Bibliothèque de
Littérature Française Contemporaine, 1994. <<

[2]
Varian Fry, diplomado en Harvard, se encontraba en Marsella con la
misión de salvar intelectuales y artistas amenazados por los nazis. Ayudará en
especial a Chagall, Hannah Arendt, Max Ernst, André Breton… Abandonado por
el Departamento de Estado, más bien favorable a Vichy, terminará por ser
expulsado. <<

[*]En el texto se entiende por editor al responsable de la edición de un libro o


a un director de colección. Aunque esta acepción es ya muy frecuente en el mundo
editorial español cabe señalar que el equivalente de lo que aquí llamamos «editor»
(entendido como empresario editorial) es publisher en inglés. (T.). <<

[1]
Se trataba de una presentación al gran público de la socialdemocracia
sueca, que mostraba a los estadounidenses la posibilidad de una política de
izquierda. <<

Novela popular del prolífico James T. Farell, que describía la vida de los
[2]

adolescentes en Chicago en los años treinta y que tuvo una gran influencia. <<

[3]
Revista literaria publicada en forma de libro de bolsillo durante la guerra,
dirigida por el célebre editor John Lehmann, y destinada a mantener informados a
los soldados sobre la literatura contemporánea. <<
Flatiron = plancha. El «gran Flatiron» es el célebre edificio de Broadway y
[1]

la Quinta Avenida, a la altura de la calle 23. <<

Obra cuya influencia fue inmensa y contribuyó a la aplicación de las


[2]

reformas de los años sesenta en Estados Unidos. <<

[*] Newt Gingrich, líder republicano ultraconservador. (T.). <<

[1] Véase al respecto el edificante artículo de sir Keith Thomas en el Times


Literary Supplement del 5 de febrero de 1999, «The Purpose and the Cost: Why the
Oxford University Press Must Concentrate on the Things it Does Best» [El
propósito y el costo: ¿por qué Oxford University Press se debe concentrar en
aquello que hace mejor?], sobre el tema del abandono por parte de la editorial de
su colección de poesía contemporánea. <<

[1]
En Francia, el Centre National du Livre, que depende del Ministerio de
Cultura, distribuye, por decisión de comisiones especializadas, préstamos
reembolsables sin intereses y en ciertos casos subvenciones no reembolsables
(traducciones, ayuda a sectores en dificultades, revistas, etcétera). <<

[2]
Los efectos del préstamo gratuito por parte de las bibliotecas pueden
tener, a pesar de esto, efectos perversos (véase el artículo de Jérôme Lindon en Le
Monde, 9 de junio de 1998, «L’Édition sans éditeurs»). En Francia el número de
obras prestadas en las bibliotecas municipales ha pasado de 59 millones en 1980 a
145 millones en 1996. Lindon cita el caso de un libro de genética solicitado 444
veces durante 1994 en la única biblioteca universitaria d’Orsay. El editor,
Flammarion, tan sólo vendió 21 ejemplares en todo el año. <<

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