La Colmena
ISSN: 1405-6313
ISSN: 2448-6302
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Universidad Autónoma del Estado de México
México
La golondrina
Fuentes-Caro, Oscar
La golondrina
La Colmena, núm. 93, 2017
Universidad Autónoma del Estado de México, México
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Abeja en la colmena
La golondrina
Oscar Fuentes-Caro *
Independiente, Chile
Uno de mis hijos la trajo a casa una tarde. La encontró en el parque,
desfallecida. Estaba en el suelo y no podía levantar vuelo pues una de
sus alas estaba inmovilizada. Algún moscardón o avispa, envidioso de la
belleza y alegría de su vuelo, la había picado al posarse en alguna rama
para descansar. Había caído al suelo y estaba indefensa, a merced de algún
depredador, de esos que abundan en el parque.
Mi hijo la levantó y acunándola amorosamente entre sus manos la llevó
La Colmena, núm. 93, 2017 a casa. La golondrina estaba aterrada y su corazoncito latía violentamente.
Universidad Autónoma del Estado de Ignoraba que había sido llevada a un refugio para todo tipo de animales en
México, México desgracia. En casa hemos recibido gatos abandonados, perros enfermos y
Recepción: 01 Julio 2016 todo tipo de pájaros traídos por nuestros hijos, que han sido dotados por
Aprobación: 27 Agosto 2016
el Creador con la gracia de la compasión.
La golondrina recibió todo tipo de atenciones y cuidados. Uno de mis
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articulo.oa?id=446351733011 hijos le fabricó una casa con una caja de cartón y ropas viejas, mientras
otro, dirigido por mi amada, la Flaca, trataba de darle de beber con un
gotero. Por mi parte, y en compañía de un tercero, salí en búsqueda de
alimento para pájaros.
La golondrina estuvo en casa varios días, recuperándose de su herida.
Perdió rápidamente el temor y empezó a volar dentro de nuestro
departamento. En algún momento se posó en la cabeza de mi hijo
Rodrigo, y a partir de ese instante la cabeza de mi hijo se transformó en su
lugar de descanso permanente. Producía emoción ver a mi hijo Rodrigo
moverse dentro de la casa, en sus actividades hogareñas normales, con
la golondrina en su cabeza, vigilante. Por méritos suyos y del resto de la
familia, Rodrigo había sido transformado por la golondrina, conocedora
del antiguo rito de la isla de Pascua, y por historias que seguramente oyó
de su abuela, en un hombre pájaro, honor antes concedido únicamente al
bravo nadador que cada año recogía en un islote lejano y al término del
invierno el primer huevo de manutara (gaviota en pascuense).
Desde tiempos inmemoriales, la golondrina ha sido símbolo de paz y
felicidad, y eso fue, precisamente, lo que nos trajo a casa durante esos días
que permaneció con nosotros.
Días después, cuando la creíamos curada, Rodrigo la tomó suavemente
entre sus manos y la colocó en la baranda de nuestro balcón. La golondrina
paseó su mirada por árboles, nubes y cerros un largo rato, y luego voló
a posarse nuevamente en la cabeza de mi hijo. Creo que no quería
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Oscar Fuentes-Caro. La golondrina
abandonarnos todavía. ¿Sería que no tenía aún suficientes fuerzas para
regresar a sus golondrinerías? O tal vez sería que también, por pico de
su abuela, había conocido la historia del Príncipe feliz y esperaba que, al
igual que hizo el príncipe con la golondrina de ese bello cuento, Rodrigo le
entregara su corona de joyas, su manto de oro y sus ojos de esmeraldas para
repartirlos entre los pobres y ayudar a mitigar el sufrimiento de la gente,
antes de emprender el vuelo hacia su mundo.
La separación estaba cerca. Al día siguiente, al terminar la tarde y con
la familia reunida, Rodrigo nuevamente la bajó de su cabeza y la puso en
la baranda del balcón. Ocurrió algo maravilloso que aún me emociona
recordar: una bandada de golondrinas empezó a volar en círculos que
pasaban muy cerca del balcón donde estaba nuestra, su golondrina. El
vuelo y el canto de la bandada era una clara invitación para que la
golondrina regresara con los suyos.
Después de un largo rato la golondrina se incorporó a la bandada. Su
vuelo alegre nos hizo creer que ahora todo estaba bien. Sin embargo,
una cosa pensábamos nosotros y otra la golondrina. Al día siguiente, al
terminar la tarde, uno de nuestros hijos nos llamó con urgencia: ¡Vengan!
¡Vengan! ¡La golondrina está revoloteando frente al balcón! Corrimos y
sí, ¡ahí estaba! Volaba en círculos pasando una y otra vez frente a nuestro
balcón. Su visita se prolongó por varios minutos y luego se retiró. ¿Sería la
magia del amor lo que te permitió, golondrina, distinguir nuestro balcón
entre tantos otros? ¿Sería la magia del amor la que le permitió a nuestro
hijo reconocerte?
¿Qué pasaba por tu mente, golondrina? No lo sé. Sospecho que querías
fijar nuestros rostros en tu mente para contarle a tu nieta, más tarde,
la historia de un niño que no era el príncipe feliz pues carecía de
riquezas, pero a quien, de todos modos, por su bondad y la de su familia,
transformaste, por unos días, en hombre pájaro.
Notas de autor
* Talca, Chile, 1941-Santiago de Chile, 2016. Ingeniero en
Electrónica, jubilado. Una enfermedad pulmonar lo tuvo
confinado a su departamento donde luchó “por disfrutar de
cada nuevo día que me ha sido regalado, al lado de mi
compañera de toda la vida”. Le entretenía mucho escribir
historias cortas. Algunas centradas en recuerdos. Otras eran
producto de su imaginación. Le encantaba compartir estas
historias “con personas dispuestas a leerlas y con la paciencia y
bondad que se requiere para enviarme un comentario crítico que
me permita mejorarlas”. Le gustaban la música y el futbol: “Mi
gusto en música es muy variado: desde música tropical, rock and
roll y jazz (tradicional) a música clásica. En música clásica, partes
de algunos conciertos me emocionan hasta las lágrimas. Ése, más
o menos, soy yo”, apuntó en su ficha curricular. Este cuento se
publica con la autorización de sus familiares.
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