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Nostalgia y Desarraigo Migrante

La obra Gris de ausencia de Roberto Cossa representa el desarraigo y la nostalgia del migrante que nunca deja de sentirse extranjero. La ausencia en la obra se refiere a la falta de identidad y pertenencia del migrante, que no logra integrarse en su nuevo hogar ni separarse completamente de su tierra natal. El regreso es paradójicamente un no-regreso, ya que el migrante ya no encaja en su país de origen. La frontera es el único espacio que habita el migrante, un lugar de soledad y conflictos

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Nostalgia y Desarraigo Migrante

La obra Gris de ausencia de Roberto Cossa representa el desarraigo y la nostalgia del migrante que nunca deja de sentirse extranjero. La ausencia en la obra se refiere a la falta de identidad y pertenencia del migrante, que no logra integrarse en su nuevo hogar ni separarse completamente de su tierra natal. El regreso es paradójicamente un no-regreso, ya que el migrante ya no encaja en su país de origen. La frontera es el único espacio que habita el migrante, un lugar de soledad y conflictos

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A propósito de "Gris de ausencia" de Roberto Cossa

Gris de ausencias y desarraigos

Fernanda Elisa Bravo Herrera

Gris de ausencia de Roberto Cossa (1981) es la representación del desgarre de una


doble nostalgia que marca, en forma indeleble, la condición del migrante que nunca
deja de serlo y que vive por ello en una permanente frontera sin construir, o
reconstruir, el sentido de pertenencia y radicación. El tema de esta obra, como explica
Cossa, no es casual y su representación, durante la época de la dictadura, constituía,
por una parte, una metáfora del exilio, sea interior sea exterior, y, por otra parte, una
expresión de la disyuntiva de muchos argentinos durante el «terrorismo cultural».
Cossa cuenta que escribió esta obra para ser representada en el Teatro Abierto, luego
de un viaje a Europa en el que visitó a sus amigos argentinos exiliados y conoció a
otros argentinos, también exiliados, ninguno de los cuales, señala, era feliz, sea que se
integraran o rechazaran el nuevo lugar en el que vivían. La experiencia de ese viaje se
inscribe entonces en la escritura de Gris de ausencia, modelizando el tópico del exilio y
el de la (doble) inmigración.

La ausencia en  Gris de ausencia  es múltiple y compleja porque indica


fundamentalmente la falta de una identidad definida, de un horizonte de
representación identitaria e identificatoria. Es, por tanto, una no-posesión indicativa
de la condición del migrante que no ha logrado integrarse al nuevo medio ni separarse
completamente de su tierra de origen. Ésta se vuelve, desde la distancia o desde el
regreso, imposible en su recuperación. La ausencia implica entonces un estado
permanente de extrañamiento.
El regreso, paradójicamente, es un-no-regreso, no solamente porque es imposible
recuperar un recorrido biográfico en la tierra de origen que se ha interrumpido por la
partida, sino también porque el emigrante/inmigrante se ha transformado en un
sujeto que se quedó fijado en la frontera temporal o espacial. En suma, es un exiliado
de cualquier posibilidad de pertenencia, un extraño fuera de lugar, suspendido,
fragmentado, alternando en su recomposición identitaria espacios que no logran
configurarse desde un presente real, sino desde proyecciones fragmentarias,
incompletas, reelaboradas desde el pasado premigratorio.
La frontera es, entonces, ese espacio único en el que habita, lábil, pero no
necesariamente de encuentros, sino de soledad y entrecruzamientos conflictivos que
revelan una crisis y una angustia existencial y, con ella, a veces, la crítica a un proyecto
político de integración o de mitificación de la inmigración que no han logrado
concretarse o se revelan inútiles en el recorrido individual y dramático de los sujetos
escindidos. La frontera, espacio del emigrante, lugar de la ausencia en sus múltiples
sentidos, queda, pues, fragmentada como la identidad y como el lenguaje, en sus
idiolectos.
El desarraigo es asimismo lingüístico y, como tal, expresa la oscilación identitaria, la
deshilachada identidad por las hibridaciones y los contactos culturales y,
fundamentalmente, la imposibilidad de la comunicación incluso entre los miembros de
una misma familia. Desintegración de la sociedad desde su núcleo –es decir, la
familia–, enfrentamiento entre los miembros de la comunidad, desplazada geográfica y
culturalmente y, sobre todo, soledad de los sujetos, que deben enfrentarse con la
sociedad, pero más aún con sus recuerdos, con las imágenes de una patria ya
imposible de recuperar o de construir.
El exilio permanente, la fragmentación y el extrañamiento deconstruyen el mito de la
emigración y la utopía vinculada a éste, revelan y desenmascaran –como si se tratara
de la introspección en la conciencia al modo del teatro pirandelliano– una distopía,
una equivocación, el engaño, los desengaños, en el fracaso del proyecto inmigratorio.
Es un largo proceso en el que se desarman, se desmontan, se neutralizan los diferentes
mecanismos y estrategias de los personajes, tendientes a defenderse de la
desposesión, de la carencia de un espacio de pertenencia y de identificación, en última
instancia, de la ausencia de un lazo histórico y afectivo que los proyecte y una
dándoles raigambre y estabilidad.
El desarraigo es, finalmente, lo que se revela en el desenmascaramiento, la
extraterritorialidad cultural, en una doble configuración, ya que en Gris de ausencia la
emigración se presenta como aquella que trata de regresar a la tierra de origen, es
decir, la que abandonando Argentina para retornar a Italia, una vez en la «patria» de
origen, sufre el extrañamiento como lo había sufrido en Argentina. Con la metáfora del
desarraigo se evidencian el fracaso del proyecto de pertenencia cultural y el
exilio simbólico, no solamente de una patria, de una tierra, sino de una utopía, el de la
construcción de la identidad, que se revela grotescamente inalcanzable. 

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