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Sucesion Incaica 2

SUCESION INCAICA
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LILIANA REGALADO DE HURTADO

SUCESION INCAICA
Esta obra es una aproximación al
complicado tema de la sucesión incai-
ca. Su autora se basa principalmente
en las informaciones recogidas por el
cronista Juan Diez de Betanzos y ade-
más ordena la mayor parte del material
historiográfico y etnohistórico existen-
te en torno a la sucesión incaica y los
asuntos del poder y mando entre los
Incas.
Parentesco y ritual, relaciones rea-
les y simbólicas han sido tomadas en
cuenta al tratar de esclarecer la forma
cómo se organizó la élite incaica y se
produjo la sucesión de los gobernantes
el Tawantinsuyu. Para ello se han teni-
do presentes la organización social ba-
sada en el ayllu y el sistema curacal.
LILIANA REGALADO DE
HURTADO es profesora asociada del
Departamento de Humanidades de la
Pontificia Universidad Católica del
Perú donde realizó sus estudios y ob-
tuvo el doctorado en Historia con la
tesis La élite incaica frente a la crisis
del Tawantinsuyu. Ha investigado en
el Archivo General de Indias y publi-
cado Religión y evangelización en
Vilcabamba 1572-1602 lo mismo que
una nueva edición de Instrucción al
Licenciado don Lope García de Cas-
tro del Inca Titu Cusi Yupanqui.
En sus investigaciones ha enfocado
temas como «Mitmaqkuna: poder y
tecnología en los Andes» «De Caja-
marca a Vilcabamba: una querella
Andina» entre otros que han sido pu-
blicados en revistas especializadas.
SUCESION INCAICA .
Liliana Regalado de Hurtado

LA SUCESION INCAICA
Aproximación al mando y poder entre los Incas
a partir de la crónica de Betanzos

~-
" ~
i~J PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATOLICA DEL PERU
~ FONDO EDITORIAL 1993
Primera edición: marzo de 1993

La Sucesión Incaica
Aproximación al mando y poder entre los Incas a partir de la crónica de
Betanzos

Copyright© 1993 por Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Cató-


lica del Perú. Av. Universitaria, cuadra 18 San Miguel. Lima, Perú. Telfs.
- 626390 y 622540 Anexo 220

Derechos Reservados

ISBN 84-89309-59-0

Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o par-


cialmente, sin permiso expreso de los editores'.

Impreso en el Perú - Printed in Peru


A mi hija Dísela cuyo
interés en el tema
motivó esta obra
SUMARIO

INTRODUCCION 13

Capítulo I
COSMOVISION Y ORGANIZACION ANDINAS.................. 19

LA CATEGORIA DUAL: La dualidad como criterio


de clasificación . . . . . .. . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . .. .. . . . . . ... . . . . .. .. . . . . . . . ... . 21
LA ORGANIZACION SOCIAL ANDINA.............................. 27
EL A YLLU Y LAS RELACIONES DE PARENTESCO .. . . . . . . . . . . . 31
EL PARENTESCO ANDINO: Algunas consideraciones .. . . . . . . . . . . . 33
ORGANIZACION SOCIAL CUZQUEÑA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 38
LAS PANACAS: Estructura y rol ... . .. . . . . .. . .. . . . . . .. .. . . .. . . . .. . . ... .. . 45

Capítulo II
ESTRUCTURA DE LA ELITE Y CORREINADO..... ............. 55

Capítulo III
EL PROCESO SUCESORIO............................................. 71

LA ELECCION DEL INCA: Consideraciones generales .. . . .. . . . . . . . . 73


ACTOS MAS IMPORTANTES DEL PROCESO SUCESORIO:
La información del cronista Betanzos ......... ; . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . .. . .. 77
Actividad ritual y exequias del Inca desaparecido .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 78
Reorganización del Tawantinsuyu y de la élite .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 82
Las guerras de conquista de los incas: Control y reparto
de excedentes . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 85
Nuevos establecimientos incaicos y edificaciones .. . . . . . . ... . . . . . . . .. . . 88

Capítulo IV
LA SUCESION DESDE HUAYNA CAPAC HASTA
LOS INCAS DE VILCABAMBA . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 93

LA SUCESION DE HUAYNA CAPAC ................................. 95


LA SUCESION INCAICA EN VILCABAMBA........................ 106

BIBLIOGRAFIA ............................................. _.............. 117

DOCUMENTOS .. . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 124

LISTA DE GRAFICOS:

Cuadro Nº 1:
CLASIFICACIONES TRIADICAS Y OTRAS SERIES . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 33

Cuadro Nº 2:
RELACIONES DE PARENTESCO DE LA ELITE:
ESPOSA/«PRIMA» ............................................................ 37

Cuadro Nº 3:
CUENTA DE GENERACIONES . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 40

Cuadro Nº 4:
PARENTESCO FEMENINO CON HUAYNA
CAPAC EN CUENTA GENERACIONAL.................................... 41

Cuadro Nº 5:
PARENTESCO CON LAS CATEGORIAS
COLLANA,PAYAN,CAYAOYCARU .................................... 45

Cuadro Nº 6:
ESQUEMA INCOMPLETO DE CORREINADO .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 59

Cuadro Nº 7:
MODIFICACION A DOS DUALIDADES.................................... 60
Cuadro Nº 8:
DOBLE DIARQUIA EN LA SUCESION DE PACHACUTEC.... .. . . ... ... 63

Cuadro Nº 9:
NUEVA POSICION DE INCAS EN LA DOBLE DIARQUIA............... 65

Cuadro Nº 10:
DOBLE DIARQUIA EN EL GOBIERNO DE PACHACUTEC. ... . ........ 81

Cuadro Nº 11:
TRANSFORMACION DE LA DOBLE
DIARQUIA CON PACHACUTEC............................................. 82

Cuadro Nº 12:
DOBLE DIARQUIA CON HUAYNA CAPAC EN
POSICION. PRINCIPAL .. . . . . . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . .. . . . . .. . . . . . . . . 82

Cuadro Nº 13:
PROBABLE DOBLE DIARQUIA EN TIEMPO
DEHUAYNACAPAC......................................................... 96

Cuadro Nº 14:
DOBLE DIARQUIA CON HUASCAR Y ATAHUALPA .................. 99

Cuadro Nº 15:
POSIBLE DOBLE DIARQUIA EN VILCABAMBA . . . . .. . .. .. . . . .. . . . .. .. . 111

Cuadro Nº 16:
MODIFICACION DE LA DOBLE DIARQUIA
A LA MUERTE DE MANCO................................................. 112

Cuadro Nº 17:
DIARQUIA PRINCIPAL A LA MUERTE DE SAYRI TUPAC . . . . . . . . . . . . 113

Cuadro Nº 18:
DIARQUIA PRINCIPAL A LA MUERTE DE mu CUSI.. ................ 113
INTRODUCCION

«Pudiera ser simplemente, que la cultura


andina sea verdaderamente una amalgama de
diferentes tipos de sociedades que no muestren
mayor semejanza entre sí. Pero también pudie-
ra ser,-y esto nos parece mucho más probable-
que no hayamos encontrado todavía los ele-
mentos básicos de ella, 'su estructura profun-
da'»
R.T. Zuidema, 1989

El vigor de la cultura andina, transitando a lo largo de un tiempo


milenario y a través de diferentes períodos y sistemas de organización so-
cial y política, es algo que todavía no deja de asombrar. Desde los co-
mentarios dejados por los cronistas, muestra de admiración pero asimis-
mo de escasa comprensión de lo que realmente se mostraba ante sus ojos,
hasta la sorpresa _que suscita en la actualidad la firmeza de ciertos viejos
patrones y convicciones que, como la solidaridad o responsabilidad com-
partida, son llevados hoy a la práctica de manera variada y cotidiana.

En nuestra época, pese al esfuerzo desplegado por los investigado-


res desde las posturas indigenistas que no llegaron a penetrar del todo en
el enmarafiado tejido del pensamiento y la organización andinas hasta la
más reciente historiografía, no se han conseguido entender a plenitud va-

13
ríos de los problemas más sustantivos de la realidad del Tawantinsuyu a
fin de calar en su estructura profunda. Premunidos de diferentes métodos
y teorías, los especialistas se empeñan en desentrañar cuestiones que se
plantearon desde el mismo siglo XVI. El parentesco andino y la sucesión
incaica son algunos de dichos problemas.

No vamos a discutir en este trabajo, que constituye como se anun-


cia en el título una aproximación al tema de la sucesión entre los incas,
cuestiones que aunque consideramos fundamentales para iniciar nuestra
tarea, por et momento resultan aparentemente claras para los estudiosos
del pasado andino, tales como: las características y «racionalidad» de sus
organizaciones sociales, políticas y económicas; las características del es-
tado incaico, los ·mecanismos que permitieron el crecimiento y expansión
del dominio de los incas a partir del Cosco, lo mismo que el carácter sa-
grado que se encontraba detrás de actividades e instituciones. Nos acerca-
-mos al asunto de la sucesión incaica con la pretensión de avanzar aunque
fuere un corto trecho en el camino hacia su esclarecimiento. Para ello he-
mos tomado como fuente principal la crónica de Juan Diez de Betanzos
en su versión completa publicada hace pocos años. Como sabemos, este
cronista manejó información proveniente de la élite, característica que la
hace particularmente sugerente, sobre todo en relación con el asunto de la
sucesión en el gobierno del Tawantinsuyu. Otro propósito de este trabajo
· es ordenar buena parte del material existente en torno a la sucesión
incaica, lo mismo que reiniciar y vigorizar el debate sobre tan complica-
do tema. ·

Siguiendo a los cronistas, la historiografía tradicional describió los


mecanismos de la sucesión incaica tomando en consideración las catego-
rías europeas de las dinastías sucesivas, la autoridad única del Inca, la he-
rencia de padre a hijo, la «legitimidad», etc. A partir de las informacio-
nes del siglo XVI en relación al tema de la sucesión incaica se destacó la
situación planteada a la muerte de Huayna Cápac y el conflicto surgido
entre Huáscar y Atahualpa, tal como lo vieran los españoles al llegar a
los Andes. Se pensó entonces que dicha crisis sucesoria se debió casi ex-
clusivamente a la muerte repentina del Inca, hecho que no habría dado
oportunidad para que nominara a su definitivo sucesor, tras algún intento
que no resultó aprobado por los augurios. También se adjudicó el origen
de la crisis a la mera rivalidad entre dos hermanos: uno «heredero legíti-
mo», el otro aspirante «bastardo».

14
El importante trabajo de Rostworowski sobre el Inca Pachacútec
abrió el camino hacia la comprensión cabal de la estructura del gobierno
incaico al hablar de un sistema dual o correinado. Los esfuerzos y la
perspectiva introducida por Valcárcel habían iniciado el desarrollo del
método etnohistórico para hacer el estudio de la realidad prehispánica.
Años después, Franklin Pease, con acusada influencia de trabajos como
los de Eliade en materia de historia de las religiones, llamaría la atención
sobre el Tawantinsuyu y 'Los últimos incas del Cusco' proponiendo un
análisis de la guerra entre Huáscar y Atahualpa distinto al tradicional,
enfatizando su carácter de contienda religiosa, planteamiento que ha am-
pliado y modificado recientemente (Pease 1991).

Los aportes de otras disciplinas fueron sumando esfuerzos a la difí-


cil tarea de reconstruir el pasado prehispánico en general; la antropología,
la arqueología y la etnología han venido dando importante material y cri-
terios para que la historia discutiera todo aquello que tradicionalmente se
había considerado como eficientemente analizado y suficientemente co-
nocido. Todo esto enmarcado en una interesante discusión acerca del ca-
rácter del Tawantinsuyu, su «modo de producción» y hasta la existencia
de «lo andino», debido al reclamo de la perspectiva marxista que exigía
una validez universal a los patrones culturales surgidos en el Ande para
aceptar que constituyeran un modelo. Con Murra se aprendió a advertir
ciertas particularidades de la realidad social y sobre todo de la economía
andina, debido también a que los geógrafos comenzaban a insistir en la
existencia de numerosos microclimas 1 que creaban condiciones especia-
les en el espacio andino desde épocas muy antiguas:

Otros estudiosos aportaron al conocimiento del Ande prehispánico,


con sus métodos funcionalistas y estructuralistas. Las primeras conclusio-
nes importantes sobre el parentesco, la organización social y sobre la
existencia de una noción religiosa o ritualizada del espacio no se hicieron
esperar, estableciéndose asimismo que todo aquello tenía mucho que ver
con la jerarquía de la élite incaica y el desarrollo de las relaciones socia-
les y políticas antes y durante el Tawantinsuyu. Tal el caso de Zuidema,
por ejemplo, quien tocó estos temas, en especial cuando estudió los
ceques cuzqueños.

Troll (1958); Pulgar Vidal (1967) entre otros.

15
De esta forma, según el estado actual de la investigación, el estudio
de los incas y el Tawantinsuyu, en cualquiera de sus aspectos, no puede
ser entendido como un asunto aislado, circunscrito a la última década de
existencia del estado incaico, es decir a los años anteriores a la llegada de
los españoles. Diferentes investigaciones han permitido la convicción de
que los incas presidieron la última de varias organizaciones de carácter
panandino y que, con manifiesta habilidad, supieron aprovechar patrones
e instituciones conocidas con anterioridad en los Andes. Eso sí, introduje-
ron las modificaciones debidas para su funcionamiento, en relaeión al
cambio de escala de su aplicación, puesto que el Tawantinsuyu fue el es-
tado de mayor extensión en la región andina.

Por eso, al acercamos al estudio de la sucesión incaica, será nece-


sario tener presente a la organización social basada en el ayllu, lo mismo
que a las relaciones de parentesco y sucesión curacal, para entender la or-
ganización de la élite incaica y la problemática sucesoria. Otra cuestión
de la mayor importancia a considerar es la necesidad de establecer
distingos entre la <<realidad mítica» y la «realidad histórica» que se entre-
mezclan en las informaciones proporcionadas por las fuentes. Lo simbóli- ·
co y mitológico son las principales categorías que ordenan el proceso
sucesorio, por lo tanto, en lo que a dicho tema se refiere, no debe preocu-
parnos si en verdad existió tal o cual Inca o quién en efecto sucedió al
anterior. Interesan los paradigmas, que configuran una estructura del po-
der y ordenan la capacidad de mando entre los incas durante el tiempo
que desarrollaron un dominio panandino en los Andes. De todas maneraS,
todos sabemos cuán difícil es manejar con criterio histórico las categorías
simbólicas.
1

El presente trabajo se desarrolló durante un semestre de investiga-


ción que me concedió la Pontificia Universidad Católica del Perú en el
año 1990. Agradezco a la institución las facilidades brindadas. La redac-
ción tuvo que esperar más de lo usual en estos casos, debido a algunos
imprevistos y a la necesidad personal de concluir y revisar trabajos ante-
riores, acceder al pedido de redactar algunos textos de divulgación para
uso escolar, lo mismo que atender tareas docentes, más alla del estricto
ámbito de las aulas. La pacienda mostrada por la Dirección de Investiga-
ciones hasta la entrega del manuscrito de esta obra es algo que también
debo agradecer.

16
Las observaciones hechas por Juan Ossio, las acotaciones de
Franklin Pease y la discusión de nuestros puntos de vista han sido bastan-
te enriquecedores y por ello les agradezco. Una vez más debo reconocer
que el aliento y colaboración de mi familia facilitaron enormemente mi
trabajo.

17
CAPITULO 1

COSMOVISION Y ORGANIZACION ANDINAS


LA CATEGORIA DUAL: La dualidad como criterio de clasificación.

La imagen que los hombres andinos tenían del mundo se basaba en


la noción de dualidad. Los dioses y héroes actuaban en pareja, el espacio
se dividía en dos partes principales que podían ser arriba y abajo, izquier-
da y derecha (usándose diferentes denominaciones como hanan y hurin;
ichoc y allauca). La duplicación de la dualidad daba lugar a la cuatripar-
tición, surgiendo de esta manera la división ritual del territorio del Ta-
wantinsuyu en cuatro suyus.

- CompÍetaba estos criterios la noción de tripartición 2 que se advier-


te, por ejemplo, en la división vertical del espacio de arriba hacia abajo
en Hanan Pacha o «mundo de arriba» donde habitaban los dioses del
cielo, Kay Pacha o «mundo de aquí», lugar donde habitan las generacio-
nes presentes y Ucu (Hurin) Pacha o «mundo de abajo»(subterráneo),
parte del espacio poblado por los antepasados y un conjunto de seres so-
brenaturales. En este caso Hanan Pacha y Hurin Pacha forman una
dualidad o pareja y Kay Pacha sería un plano intermedio, un auténtico
chaupi cuya función en el Cuzco, lo mismo que en el resto del área an-

2 Sin embargo, puede sospecharse que esta noción contenga criterios occidentales que
se filtraron a tr~vés de las fuentes del siglo XVl

21
dina, sería la de constituirse en «centro», lugar de convergencia de un es-
pacio físico pero también social, entendido en términos de dualidad.

Harris, en un interesante trabajo antropológico en el norte de


Potosí, pudo advertir cómo, desde épocas lejanas, en la localidad de
Laymi la organización dual tomaba de manera simbólica la forma de
triada, como criterio de resolución del antagonismo planteado por el
dualismo (Harris, 1986). Dicho de otro modo: dos elementos y un centro.

El chaupi 3 resultaba indispensable para apreciar la existencia y re-


lación de las dos mitades antagónicas, especialmente en el «espacio so-
cial». Detrás de las apariencias del dualismo se pueden detectar las reglas
de una sociedad en las que se entendieron las relaciones espaciales y
sociopolíticas en términos trivalentes de dos elementos y un centro
(Bouysse-Cassagne, 1986: 201 pss.).

En las relaciones de parentesco -dice Zuidema- la gente del chaupi


es centro del sistema y a la vez extraño al mismo (Zuidema, 1989 2: 126-
127).

Siendo la simetría de la dualidad imperfecta por el predominio de


uno de sus dos términos, otra forma de resolverla es conferir significan-
cia al centro, tal como lo hicieron los incas, de manera que el llamado
«centralismo» cuzqueño estableció los principios básicos de jerarquiza-
ción en el Tawantinsuyu (véase Bouyesse-Cassagne 1986: 225 pss.).

El desenvolvimiento del mundo obedecía entonces a dos principios


fundamentales y necesarios: ·

a) Oposición: Existente entre dos mitades o términos de la


dualidad. De esta manera, hanan (arriba) resultaba opuesto a Hurin (aba-
jo); icho, chauca o lloque (izquierda) era contrario a aUauca (derecha). La
oposición se advierte también entre los dos géneros, masculino y femeni-
no; y

3 Taypi en Aymara significa cualquiera que está situado en medio, lo mismo todo aque-
llo que es de estatura media (ni alto, ni bajo por ej.), conforme lo menciona Bouysse-
Cassagne, Therese (1986).

22
b) Complementariedad: Principio que resolvía la oposición, ya
que, por ejemplo, el «espacio completo» debía comprender las dos mita-
des arriba/abajo, puesto que no se puede entender una porción sin la otra
de la misma manera como no podemos entender la idea de derecho sin
que consideremos el término opuesto, es decir, izquierdo.

Ambos principios de oposición y complementariedad, así como la


dualidad, fueron considerados de manera muy especial en la organización
de la sociedad preincaica e incaica. Así sabemos que quienes dirigían los
ejércitos o los curacas, lo mismo que los incas, actuaban en parejas. Pue-
de decirse que oposición y complementariedad son características que
juntas expresan mejor el sentido y funcionamiento de la dualidad y re-
suelven la asimetría que se deriva de la relación entre los opuestos:

« ... el dualismo está relacionado con la inevitable asimetría en las re-


laciones humanas (... )
He identificado una variedad de modos en que esta asimetría puede estar
resuelta, por ejemplo, en el nivel económico, por un balance cuidadoso de
funciones o en el ritual, por diversas formas de tripartición.» (Harris
1986:279). 4

En efecto, la dualidad tenía claras connotaciones rituales y según


diferentes testimonios antiguos y modernos, el lado derecho correspondía
a las mujeres y el izquierdo a los hombres (Mendizábal, 1989 4:122 y
SS;).

Los grupos étnicos se dividían en dos y se empleaba la .dualidad


para ordenar las relaciones de parentesco. En efecto, la división Hanan-
Hurin no sólo constituía una división del espacio sino que se alzaba
como un principio o criterio ritualizado y/o jerárquico de organización
social, visible de manera especial en las organizaciones étnicas y en el
mismo Cuzco. Cada término de la dualidad implica la presencia de su
opuesto, pero la simetría es imperfecta pues según el caso predomina uno
de ellos (arriba sobre abajo, varón sobre mujer, derecho sobre izquierdo)
(Bouysse-Cassagne, 1986: 201).

4 La traducción del texto en inglés es nuestra.

23
Recogiendo información de Garcilaso, que da cuenta de la organi-
zación de la élite incaica, se puede considerar que los ay 11 us hanan del
Cuzco provenían de los «hermanos mayores», constituyéndose en segui-
dores del Inca; en tanto que los hurin derivaban de los «hermanos segun-
dos» y se convertían en seguidores de la Coya (citado por Rostworowski,
1983 5: 132). Las crónicas más antiguas y particularmente Acosta y Polo
señalan que los linajes o dinastías Hanan y Hurin de la organización
cuzqueña fueron contemporáneos (mencionado por Zuidema, 1989 5:
199).

Hanan-Hurin eran a todas luces categorías sociales relacionadas en-


tre sí. Zuidema las asocia con principios paralelos matrilirieal y
· patrilineal:

«La distinción macho/hembra encuentra su expresión en el sistema


de parentesco quechua, en el que se oponen dos principios organizadores:
uno patrilineal para los hombres y otro matrilineal para las mujeres»
(Ibídem 3: 119). ·

Sin embargo, cabe anotar que en términos históricos parece discuti-


ble de la existencia de estos dos principios en la estructura de la élite
incaica, dado que sólo resultan evidentes en una fuente tardía como la de
Hernández Príncipe (1622) y bastante lejos del Cuzco y del orden del
Tawantinsuyu (Cajatambo colonial). Es obvio que la realidad descrita por
el cura de Ocros en la segunda década del siglo XVII mostraba los efec-
tos de la interferencia y/o influencia de los patrones occidentales.

A pesar de que advertimos problemas para asumir el criterio de pa-


rentesco paralelo patrilineal y matrilineal, no debemos tampoco olvidar
que temprano o tardíamente estamos frente a categorías no históricas sino
más bien simbólicas, hecho que validaría las apreciaciones de Zuidema a
pesar de las características de la fuente empleada. Debe considerarse ver-
dadera la existencia de linajes paralelos hanan y hurin en la estructura de
la élite, gracias a las precisiones señaladas por Duviols, quien ha probado
la validez del modelo en base a un análisis minucioso de las fuentes que
permiten considerar este asunto, descartando el modelo de «dinastías» su-
cesivas hurin y hanan. buviols (1980) rastreó las informaciones recogi-
das en las crónicas y estableció que una fuente como Polo de Ondegardo
[1585] (1916), resulta confiable. Asimismo explicó las razones por las
cuales otras como Cieza de León [1550] (1967) y Betanzos [1551]

24
{1987}, dan la imagen de dinastías sucesivas, pero que en el fondo, ana-
lizadas de otra manera, permiten suscribir el modelo de dinastías simultá-
neas. Nuestra lectura de la información proporcionada por Betanzos, en
efecto, nos permitió confirmar ese criterio proporcionándonos informa-
ción valiosa al respecto.

A pesar de nuestra observación acerca de los límites que ofrece el


tratamiento del tema referido a la existencia de líneas patrilineales o
matrilineales, el principio de complementariedad parece mostrarse en los
Andes prehispánicos de diferentes maneras y es notorio que, por ejemplo,
resultaba fundamental en la actividad económica para asegurar el uso de
la mano de obra y el acceso a la producción. Tenía, como se ve, una apli-
cación múltiple, en tanto se empleaba como criterio de clasificación. En
última instancia, matrilateralidad y patrilateralidad se relacionan a funcio-
nes masculinas y femeninas 5.

Platt señaló la posibilidad de que el modelo formal de la organiza-


ción incaica no era independiente de la naturaleza de las técnicas de cen-
so y matemática empleadas para controlar directamente recursos demo-
gráficos, en un contexto de incremento de la especialización de las activi-
dades product~vas (Platt, 1986).

Puede decirse que la complementariedad significaba una forma de


ordenar que al interior de la élite -y seguramente también en los curacaz-
gos- no fue tan rígida como se pudiera imaginar, existiendo, a nivel indi-
vidual, la posibilidad de un cambio de ubicación o pértenencia (Zuidema,
1986: 196). Así lo expresa Rostworowski cuando dice que una persona
podía pertenecer por línea paterna a una mitad y por su madre a otra
(Rostworowski, 1983 6: 176).

En este caso también habría que objetar en Rostworowski el crite-


rio de líneas paterna y materna, tal cual se manifiesta en fuentes que, in-

5 Lo importante es llamar la atención acerca de que lo más probable es que tales cate-
gorías no se correspondan exactamente a nuestras nociones de lo «masculino y feme-
nino», para el efecto recuérdese cómo en la tradición oral para referirse a circunstan-
cias especiales se dota a las mujeres de atributos «masculinos», como sería por ejem-
plo el caso [Link] Huaco.

25
sistimos, dieron evidente cabida a los conceptos de parentesco occidental.
Parece bastante cierto, sin embargo, el cambio de pertenencia ligado a
funciones o actividades y apelando a vínculos parentales (sea por vía de
la madre o el padre) a arquetipos o antepasados. Lo que tratamos de ex-
plicar es que, a nuestro juicio, lo que parece tener real preponderancia en
el criterio clasificatorio es más bien el arquetipo y su función que el pa-
rentesco en sí, entendido a la manera europea sobre la base de linajes
masculino o femenino. Asimismo, debe entenderse que el cargo o fun-
ción asignado o escogido por un integrante de la élite haría variar super-
tenencia a uno de los citados «linajes», o más bien mitades, ya que tradi-
cionalmente las crónicas vinculan las actividades militares y religiosas
con Hurin o Hanan, respectivamente, en términos variables según la posi-
ción o fuerza de los sectores en cuestión en un momento dado.

Importante para la organización andina es el concepto de yanantin,


que alude a una relación que contiene un principio de complementa-
riedad. Se ha significado su sentido de «Compañero, que ayuda a» o, en
todo caso., que expresa una relación mutua, bilateral, en donde la com-
plementación parece ser la idea básica de la relación entre dos indjvi-
duos.

Se analizó el concepto singularizando su ambigüedad y sugiriendo


que presentaba, como simétricas e iguales, relaciones que carecen en rea-
lidad de esa simetría (Platt 1986: 228 pss.) ·

Schaedel discute el sentido que le otorgó Núñez del Prado (1972 y


1979), para quien yanantin designaba no sólo una reciprocidad sino que
implicaba un principio jerárquico, algo así como un «primo ínter pares»
(citado por Schaedel, 1991:72); lo mismo que lo aseverado por Platt
(1976 y 1986) en cuanto aludía a una relación entre pares homólogos
marcada por una obligatoriedad, al interior de una multitud de relaciones
practicadas en los Andes, identificadas por dichos estudiosos como reci-
procidad (Schaedel, 1991: 71-72).

Schaedel declara estar de acuerdo en principio con ambos, pero no


cree que las ideas de jerarquía implícitas correspondan a las sociedades
andinas sin estado (Ibidem: 73). Lo que propone, en suma, es que las
complicadas estructuras de dualidad, tripartición y el yanantin mismo,
como categorías vigentes en el ámbito andino, en relación al funciona-

26
miento de organizaciones políticas y sociales jerarquizadas, deben consi-
derarse plenamente expresadas sólo a partir de la existencia de entes po-
líticos suficientemente estructurados como «estados», sean éstos de ca-
rácter locaVregional o panandinos. Schaedel prefiere hablar de regulación
y control, proyectados a la visión del mundo:

«En suma, los estudios etnográficos nos proporcionan la evidencia


que ciertos andinos tienen sistemas conceptualmente entendidos en térmi-
nos de la metáfora y el ritual que transmiten sistemas de regulación y reci-
procidad (intercambio simétrico) en vez de control y regulación (intercam-
bio asimétrico).» (Schaedel 1991: 77).

LA ORGANIZACION SOCIAL ANDINA

· Con raíces que eran muy antiguas, difíciles de rastrear en el tiempo


y aun diríase en el espacio, la organización social andina, dada su com-
plejidad, no pudo ser demasiado reciente en los Andes que conocieron
los españoles a su llegada. Puede presumirse que su desarrollo debió
arrancar de las primeras formas de organización de los horticultores do-
mesticadores de animales y plantas, que iniciaron asimismo la costumbre
de habitar en grupo.

Antes de los incas la organización social andina se basaba en la


existencia de familias extensas que conocemos con el nombre de ayllu.
Este grupo familiar estaba unido por diferentes vínculos y sus miembros
(con el liderazgo de uno de ellos: el curaca), tenían múltiples derechos y
obligaciones recíprocas.

En el período preincaico los curacazgos tuvieron una organización


dual, así lo anota Rostworowski, indicando que existen noticias de ello
en el Cuzco primitivo y en otras partes de los Andes (Rostworowski
1977 y 1983 5: 114). Las informaciones recogidas durante la colonia
mencionaban permanentemente a los curacas actuando junto con sus «se-
gundas personas», pues los españoles proyectaban así sus propios esque-
mas de organización, correspondientes a la jerarquía política que ellos
conocían, en la cual, por ejemplo, el Rey tenía en el Virrey un represen-
tante directo a la vez que una autoridad dependiente de su testa. Lo que
los españoles llamaban segunda persona era para los indígenas el
yanapaque, nombre con el que se designaba al «compañero» o «ayuda-

27
dor» del curaca, en términos de una clara relación de parentesco y reci-
procidad (Relaciones Geográficas Tomo II: 72).

En todo caso, debe diferenciarse al yanapaque que Rostworowski


entiende como un doble del curaca principal dentro de una misma mitad
o parcialidad (Rostworowski, 1983 5: 117), del o los curacas subordina-
dos a otro mayor o más importante, en la relación entablada entre dos
mitades de un mismo curacazgo o en un grupo étnico.

Esa dualidad en los curacazgos y la existencia de curacas mayores


«Hatun curacas», que tenían bajo su autoridad a otros curacas subordina-
dos, también ha sido tratada por Rostworowski (1977):

«En el Tahuantinsuyu cada curacazgo se dividía en dos mitades que


correspoi:idían a la visión indígena de hanan y hurin (Anan y Lurin) o de
Ichoc y Allauca (izquierda:..derecha). Cada una de estas dos mitades era go-
bernada por un curaca, siendo numerosos los documentos que informan so-
bre el particular. Uno de los curacas de las dos mitades se hallaba siempre
subordinado al otro, aunque esta dependencia po.día variar, en unos casos
podía ser más importante la mitad de arriba (como en el Cusco) y en otros
la de abajo (tal era el caso de lea) (Rostworowski, 1988 Segunda parte, IV:
190).

Pero, como es natural, detrás de la estructura del poder se encuen-


tran, de un lado, la configuración o división ritual del espacio, y de otro,
relaciones de parentesco que deben intentar entenderse desde su base,
vale decir, el ayllu.

En relación al tema del espacio concebido ritualmente (como un te-


rritorio sagrado), es importante considerar en primer lugar que sólo en ta-
les condiciones de sacralidad el espacio podía contener relaciones socia-
les con sentido real o verdadero. No olvidemos que los miembros de un
ayllu se consideraban parientes porque provenían de un mismo lugar (un
punto en el territorio) que era· sagrado: pacarina. La existencia de los
suyus y las sayas, dos términos de una relación binaria jerarquizada
completarán el criterio.

Dice Zuidema que saya se refiere a la división jerárquica en las


unidades políticas y tierras cultivadas en una unidad y/o pueblo, poseyen-
do además una connotación masculina (Zuidema, 1989 6: 221) que la ca-

28
racteriza todavía más como término en una dualidad. Lo opuesto a saya
es suyu, que se refiere a la división de la tierra fuera de una comunidad
que no es poseída o no pertenece a una unidad o pueblo y estaría a dispo-
sición del servicio cíclico de grupos avasallados al centro político, pose-
yendo connotación femenina ([Link].). Esta aseveración de Zuidema nos
permitiría entender por qué los incas al reclamarse «señores de los cuatro
suyus», consideraban también que tenían derecho sobre todas las tierras y
proclamaban que las habían entregado o cedido a los diferentes ayllus y
grupos étnicos. En suma, la ideología incaica que sustentaba su poder se
.afirmaba en parte sobre este concepto dual del espacio. De cualquier ma-
nera, saya y suyu refleja una oposición (dentro-fuera) (Ibídem: 222). La
.misma debió ser sumamente importante para definir las relaciones con
los incas y los diversos pueblos, según estuvieran «dentro» o «fuera» del
Tawantinsuyu. Citando a Latchman (1928: 192-211), Hyslop recordaba
que la división Hanan fue representativa de pueblos directamente relacio-
nados al Cuzco, tales como los mismos incas o sus miti-maes; en cam-
bio, la división Hurin estuvo asociada con los pueblos no incas (Hyslop
1990 5: 114). Se refiere esto al hecho de que fuera del ámbito cuzqueño
los diversos pueblos no-incas, serían hurin respecto al Cuzco tomado
como referente, criterio que se extendería a sus representantes (como los
mitimaes).

En el Cuzco -como probablemente en muchas otras partes de los


Andes prehispánicos- factor importante para la división dual del espacio
y la organización social en él contenida parece haber sido, en lo espacial,
la división hidrológica que, por ejemplo, en el valle del Cuzco se mate-
rializó a partir del río Huatanay; y en lo social y político en relación a
derechos acuáticos Zuidema (1986: 196 pss.) hace referencia a este asun-
to y analiza el rol asignado en la memoria oral cuzqueña al control de las
aguas 6. Asimismo, menciona diversos ejemplos en los que se otorga im-
portante valor religioso a las diferentes fuentes acuáticas y canales de
irrigación.

En 1977 Rostworowski llamaba la atención acerca de la importan-


cia que tenía en la situación socio-política de los curacazgos del valle de

6 En el litoral hurin o lurin se relacionaba con el mar, la orilla y la playa, dice Ros-
q
tworowski 977: 270)

29
lea el hecho de que tanto la parte de hurin como de hanan dominaran las
tomas de regadío «hecho trascendental en la costa por estar la agricultura
supeditada a los derechos de agua y su libre disposición» (Rostworowski
1977: 259), lo que sugiere que aunque la importancia del acceso y con-
trol de las aguas se daba en todo el Ande, en el caso de los curacas de
lea se habría llegado a un equilibro en este aspecto, por lo que el predo-
minio de una autoridad sobre la otra debió determinarse por otros facto-
res; la cantidad de población a su cargo pudo ser uno de ellos y quizás el
más importante?.

La dualidad que permitía una distinción hurin y hanan se planteaba


de manera variada en los Andes prehispánicos con diferencias en la costa
y la sierra, utilizándose referentes diversos (Rostworowski 1977).

Hyslop ha llamado la atención acerca de la importancia de la hipó-


tesis que, basada en los datos del Cuzco, plantea que los recursos prima-
rios de agua para un establecimiento inca eran accesibles primero a la di-
visión hanan y en segundo lugar a la división hurin s. Cada división, se-
gún esta interpretación, podría estar encerrando a las tierras agrícolas ad-
yacentes en las cuales se utilizba el agua. De cualquier forma, indica este
investigador, algunos centros incas estuvieron localizados en áreas donde
las actividades de irrigación eran inexistentes o muy limitadas y por lo
tanto, hubo otros factores además del agua que se emplearon en el
planeamiento de los asientos incas a fin de determinar la división de los
establecimientos, aunque en verdad esta división debió encontrarse siem-
pre presente en los centros administrativos y las grandes instalaciones mi-
litares (Hyslop Op. cit. 5: 144).

La consideración que mencionábamos en páginas anteriores, de un


centro como punto de convergencia de los opuestos, permite entender la
existencia de un ordenamiento territorial y social.

7 Al estudiar a la comunidad de Andamarca ubicada en Lucanas (Ayacucho), Juan


Ossio destacó la importancia que desde antiguo se daba en el lugar a la «fiesta del
agua» con rituales estructurados sobre una base dual que finalmente supone una -inte-
gración comunal (Ossio, 1992 Parte III, Capítulo I).
8 Se basa el autor en varias fuentes y autores, especialmente Sherbondy (1982).

30
EL AYLLU Y LAS RELACIONES DE PARENTESCO

En efecto, para referirnos al parentesco es indispensable considerar


en primer lugar el ámbito social más inmediato en donde se ordenaba el
parentesco en los Andes: el ayllu.

Varios estudiosos se han ocupado del ayllu y hoy se tienen ideas


bastante precisas sobre él, en el sentido de que era un grupo de parentes-
co real (reforzado simbólica o religiosamente), cuyos miembros estaban
unidos por diferentes vínculos religiosos, sociales, políticos y económi-
cos. Sin embargo, volviendo a considerar los planteamientos de Zuidema
sobre este asunto digamos que, basándose en la información recogida en
Ancash por Hernández Príncipe (Hernández Príncipe, 1923), señala que
el concepto antiguo de ayllu se funda en

«...una relación jerárquica entre un grupo de personas de una parte y


la tierra que dicho grupo ocupa, así como el agua nec~saria para su
irrigación y cultivo, de la otra.»(Zuidema, 1989 3: 118)

Es iq:iportante llamar la atención acerca del concepto mencionado,


pues contiene un criterio pocas veces considerado al estudiar a los ayllus
andinos y que resulta de especial significación para nuestro tema. Se trata
de la presencia de una relación jerárquica entre los integrantes del ayllu,
en clara alusión a la ubicación de los individuos dentro del grupo, para
ordenar y definir las relaciones de parentesco.

De una antigua y evidente vinculación de los miembros de un ayllu


con referencia a su ubicación en una porción del territorio y el uso y ac-
ceso a la tierra y al agua, -probablemente asociados al vínculo religioso
representado en la pacarina- , el ayllu andino parece haber derivado a
formas variadas y más complejas, en relación con las necesidades que te-
nían estos grupos familiares de organizar sus relaciones tanto a nivel in-
terno como externo.

«El concepto de un ayllu local no implica en absoluto que su


estructuración interna se construya en base a lazos reales de parentesco,
sino tan sólo que es un grupo delimitado y con un jefe político propio. Su
importancia en términos de parentesco es que permite una distinción entre
matrimonios dentro del grupo y aquellos que se realizan fuera de él»
(Zuidema, 1989 2: 93).

31
Para reforzar la idea anterior, volvía a basarse Zuidema en las in-
formaciones de Hemández Príncipe que permitían advertir una relación
jerárquica de los ayllus en pueblos .de Ancash, puesto que de cuatro
ayllus de una población, el primero y el cuarto definían su jerarquía por
relaciones internas y el segundo y el tercero por su relación con el exte-
rior (Ibidem 4: 150).

Esta cuestión tiene asimismo gran importancia para intentar escla-


recer el asunto del parentesco y la sucesión al interior de la élite incaica.
Como en el caso de los ayllus andinos, la organización de las relaciones
entre los miembros de cada panaca en particular y la élite en general, de-
bieron considerar una estructuración que permitiera un trato al interior de
la élite misma y otro hacia el exterior, que facilitara justamente el esta-
blecimiento de vínculos (jerárquicamente ordenados) entre el grupo inca
y las diferentes etnías. Recordemos en este punto la dualidad existente
entre saya y suyu (dentro-fuera) que obviamente tendría que ver con todo
esto.

La dualidad y el elemento mediador originaban tres rangos o cate-


gorías de relación. A la dualidad se añadía un criterio de cuatripartición
sobre los tres rangos anteriores; ambos permitían que se establacieran re-
laciones parentales y de diverso tipo dentro y fuera del ayllu

De esta manera Collana distinguía a los matrimonios endógamos,


Payan se refería a los descendientes de las uniones mixtas (exogamia) y
Cayao eran los foráneos (Zuidema, 1989 2: 93) (CuadroNº 1) 9.

9 Rostworowski sugirió que «la división social de Collana, Payan y Cayao se pudo ha-
ber originado en la costa teniendo su sustento en el mito recogido por Calancha que
habla de tres huevos : de oro, plata y cobre del que nacieron los hombres nobles , las
mujeres nobles y la gente del común, respectivamente (Rostworowski 1977: 250
infra).

32
Cuadro Nº 1: CLASIFICACIONES TRIADICAS Y OTRAS SERIES

CLASIFICACIONES

COLLANA: Primero, principal, jefe


PAYAN: Segundo
CAYAO: Origen, base

Otras

ALLAUCA: A la derecha
CHAUPI ó CHAUIN: En el centro
ICHOC~ A la izquierda
HA TUN: Grande numeroso
HUCHUY: Pequeño

(Tomado de Zuidema 1989 6: 222)

¿Hasta qué punto estos rangos eran más que funcionales para espe-
cificar un parentesco en relación con la noción dentro-fuera y el matri-
monio? ¿Tendrían que ver con la posición más o menos prominente de
los miembros de un ayl_lu, válida por ejemplo para el acceso al respectivo
curacazgo?. De ser así, ¿cuál era entonces el valor de la descendencia
real o simbólica de carácter matrilineal o patrilineal, en caso de que real-
mente existiera tal diferenciación?. Para intentar contestar a estas
interrogantes vayamos al somero análisis del sistema de parentesco
andino.

EL PARENTESCO ANDINO: Algunas consideraciones

La estructura del parentesco andino contemplaba la existencia de


«linajes» referidos a antepasados masculinos o femeninos para hombres y
mujeres, no sabemos a ciencia cierta si respectiva o indistintamente. Se

33
ha postulado, en base más bien a fuentes tardías, que la línea de descen-
dencia de una pareja, la generación correspondiente a los «tataranietos»
es la que podría contraer matrimonio entre sí (Zuidema, 1989 1: 51). De
ser valedero este criterio se podría considerar la existencia de tabú matri-
monial por tres generaciones, abarcando hasta los «bisnietos».

«El linaje andino-se basaba en los conceptos de jerarquía y locali-


dad, su estructura interna era definida por medio de un modelo de dos lí-
neas de descendencia una masculina y otra femenina, que constaban a su
vez de cuatro generaciones descendientes de un hombre» (Ibídem 2: 114).

La doble descendencia, -considerada en su sentido estricto- aca-


rrea ciertos problemas ya que indistintamente podían jugar cualquiera de
las dos «líneas», cuando se trataba de definir determinadas situaciones
como las que, sin lugar a dudas, se presentaban en las sucesiones cura-
cales o de los incas.

Para el caso de los incas, Rostworowski ha llamado la atención so-


bre el particular:

«... al existir la doble descendencia, tanto masculina como femenina,


esta costumbre aumentaba la importancia del origen y status de la madre
de un futuro Inca, y pesaba enormemente en la elección de un candidato,
no sólo por el linaje más o menos ilustre o poderoso de la madre, sino por
la reciprocidad que podía suscitar la parentela femenina de un
soberano.»(Rostworowski, 1983 6: 159).

Insistimos que la noción de doble descendencia entendida como lí-


neas de parentesco paralelas (matrilineal y patrilineal) parecen ser resul-
tado de la aplicación de criterios occidentales en las fuentes del siglo
XVII. Sin embargo, podría considerarse que dichas informaciones están
escondiendo nociones andinas en las cuales los antepasados masculino y
femenino se refieren a funciones o roles sociales ritualizados.

Más adelante veremos cómo la elección de un Inca y su consolida-


ción en el cargo tenían que ver a través de comportamientos rituales con
sus relaciones o las de su panaca con los grupos étnicos, basadas en
alianzas y parentescos .y no sólo por el dominio que sobre ellos pudiera
alcanzar a través de acciones bélicas.

Volviendo al tema del parentesco andino en general, conviene to-

34
mar en cuenta que no cabía la posibilidad de efectuar una distinción entre
hijos l~gítimos y naturales, por lo menos así se desprende del estudio del
runa simi, lengua en la cual ningún término, dice Mendizábal, permite
efectuar tal diferenciación (Mendizábal, 1989 VI: 286).
-
La terminología del parentesco incaico era, sin embargo, bastante
diversa, siendo factible utilizar varias relaciones terminológicas para la
misma conexión genealógica, dependiendo del contexto en el que se utili-
zaba el término (Zuidema, 1989 2: 115) y de manera especial el sexo del
hablante.

Consecuencia de todo ello era:

- Exclusión de la madre de la unidad genealógica del padre y sus


hijos. Por esta razón Zuidema considera que los términos Yaya «padre»
y Chori «hijo» tienen connotaciones genealógicas fuertes (Ibidem
6:225); . - -

- El hermano de la esposa, así como el hermano de la madre, son


considerados foráneos respecto a la unidad genealógica conformada por
el padre.y sus hijos;

- Un grupo de cuatro generaciones asociado «en ambas líneas ma-


trilineal y patrilineal» -dice Zuidema- 10, a antepasados que desciendan
de un ancestro varón puede ser representado por un grupo de cuatro her-
manos o cuatro hermanas, cuando a tal grupo se oponen parientes leja-
nos; y

- Los hijos de la hermana de un varón se igualan a los propios hijos


de éste en las esposas secundarias (Ibidem 6: 225-226). En este caso la
referencia alude obviamente al caso de la élite incaica.

Esquematizando algunas informaciones proporcionadas por el cro-


nista Betanzos es posible apreciar con mayor claridad las anteriores con-
. sideraciones (Cuadro N º2).

10 Nosotros entendemos esto de manera diferente más bien «que destacan role~ masculi-
nos o femeninos».

35
« ... llegó un orejón y dijo a Yamque Yupangue que allí estaba junto
al Ynga que su mujer Tocto Ocllo había parido una hija de lo cual
Yamque Yupangue se holgó por ser hija( ... ) y como Guayna Capac lo
oyese dijo: esa es mi madre y para mí la quiero yo y luego mandó que se
aderezase para que después de los cuatro días pasados le quería hacer una
gran fiesta a aquella muchacha e ansi fue hecha y al año cumplido del na-
cimiento della Guayna Capac y los demás señores y señoras le hicieron la
fiesta y traquiláronla y ofreciéronla sus dones y Guayna Capac dijo que en
aquella fiesta que él la quería para él y que había de ser Pivi guarmi de
Atahualpa su hijo diciendo que había de ser su mujer legítima y principal
de su hijo Atahualpa y mandó que se señalase ésta su sobrina Cuxirimay
Ocllo ( ... )y mandóla que fuese mujer de Atahualpa si viviese porque de
parte de las madres eran primos hermanos y las madres eran hermanas.»
(El subrayado es nuestro) (Betanzos, [1551] 1987 Primera Parte, XLVII:
197-198).

Recientemente se ha propuesto que para el caso de los Andes las


relaciones sociales (parentesco incluido) que implican una estructura je-
rárquica deben considerarse como propias de las organizaciones «estata-
les» a través de mecanismos de «control», y que tal jerarquía debió ser
más bien metafórica y ritual a través de mecanismos de «regulación>~
para la8 formaciones no estatales (Schaedel, 1991). Sin embargo, una teo-
ría del poder y las jerarquías, con su expresión en la estructura de paren-
tesco de ·la élite de los incas como una vieja herencia preincaica y gene-
ralizada en las sociedades andinas, puede considerarse lo suficientemente
válida ~por lo menos en sus aspectos medulares- aún cuando se
circunscriban los alcances y el nivel de la jerarquización implícita en di-
chas relaciones 11.

11 Schaedel declara estar de acuerdo con Platt y Núñez del Prado pero no cree que las
ideas de jerarquía implícita s co rrespondan a las sociedades andinas sin es tado
(Schaedel, 1991: 73), como antes se mencionó.

36
Cuadro Nº 2: RELACIONES DE PARENTESCO DE LA ELITE:
ESPOSA/«PRIMA»

P A C H A C U T E C («abuelo»)

T U P A C 1N C A Y U P A N Q U 1 («padre»)

HUAYNA CAPAC : YAMQUE YUPANQUI : Tocto Ocllo


(«primos») (~esposos»)

ATAHUALPA Cuxirimay Ocllo


(«esposos»)

37
ORGANIZACION SOCIAL CUZQUEÑA

· En relación al parentesco en los Andes prehispánicos, R.T. Zuide-


ma ha afirmado que estaba vinculado con la organización política en la
cual grupos locales y jerárquicos como los ayllus se insertaban en círcu-
los concéntricos qut; eran organizaciones políticas más grandes cada vez
(Zuidema, 1989 2: 96).

Si consideramos que a pesar de sus antecedentes históricos de ca-


rácter regional o panandino el incario siendo una organización política de
grandes dimerisiones; pudo ser capaz de coexistir con organizaciones so-
eiales y políticas variadas que incluían, por ejemplo, «los grandes reinos
altiplánicos», «estados» costeños como Chimú o Chincha y organizacio-
nes simples como los ayllus, no siempre contenidos en los primeros o po-
niendo en práctica sus patrones. Entonces resulta necesario matizar lo
planteado por Zuidema para indicar que de lo que se está hablando es de
. una estructura sumamente compleja, que con el consiguiente cambio de
escala i_ntrodujo varianies significativas en todo orden de cosas, desde la
cosmogonía, hasta las reglas del parentesco. Seguramente por eso es que
a las informaciones recogidas por los cronistas se proyectó la imagen del .
«incesto real» y la poligamia, como prerrogativas exclusivas de la élite
incaica. No habría que tomar necesariamente en cuenta una secuencia de
complejización de menor a mayor y menos de manera concéntrica, desde
el ayllu hasta la organización estatal. Incluso es posible consíderar distin-
tas reglas para el parentesco y la sucesión que funcionaran paralelamente
en cada unidad socio-política; por ejemplo, en algunos curacazgos de la
región central la sucesión recaía en el hermano y sólo más tarde, al ago-
tarse su número, pasaba a la siguiente generación, mientraS que en la re-
gión del norte el criterio que prevalecía era el de la mayor habilidad, no
haciéndose por .esa causa mayor distinción entre los candidatos respecto a
si eran hermanos, hijos o sobrinos del difunto (Rostworowski 1977: 264;
1983 6: 154 y 156).

Sólo así tendría mayor coherencia la especificación del mismo


Zuidema respecto a dos. tipos de «ayllus» en la organización inca, el
ayllu de orientación y el ayllu de procreación. ·

·Ayllu de orientación sería el grupo de parientes de un individuo, a


partir de («fundado por>>), el tatarabuelo y dentro del cual esciría permití-

38
da la endogamia. Ayllu de procr eación sería el fundado por un hombre,
que se convertía así en «tatarabuelo» de sus descendientes (Zuidema,
1989 3: 122). Dicho de otra manera, un individuo tendría en el ayllu de
procreación a sus descendientes, colocándose él a la cabeza «en la posi-
ción de «tatarabuelo»; en cambio, su ayllu de orientación comprendería a
sus ascendientes: padre, abuelo, bisabuelo y tatarabuelo. Si se considera
que se contaban las generaciones, debiéramos entender que cada catego-
ría abarcaría a los parientes de una misma generación, de tal suerte que
por ejemplo, en la categoría del padre estarían comprendidos los tíos.

Citando a Hemández Príncipe, Zuidema habla de mallqui como si-


nónimo de villca, término recíproco para bisabuelo y bisnieto (Ibídem 3:
121). Si talera así, es decir que se empleaba un mismo término para de-
signar a individuos de diferentes generaciones relacionados entre sí (Cua-
dro Nº 3), resulta comprensible que en la cita de Betanzos que consigna-
mos anteriormerile, se mencione que Huayna Cápac señale que adoptaba
como «madre» a una recién nacida, al tiempo que la designaba como mu-
jer de su hijo (Atahualpa) convirtiéndola en («hija política») suya (Cua-
dro Nº 4).

« ... y como Guayna Capac lo oyese dijo: esa es mi madre y para mí


la quiero yo y luego mandó que. se aderezase para que después de los cua-
tro días pasados le quería hacer una gran fiesta a aquella -muchacha e ansi
fue hecha y al año cumplido del nacimiento della Guayna Capac y los de-
más señores y señoras le hicieron la fiesta y traquiláronla y ofreciéronla
sus dones y Guayna Capac dijo que en aquella fiesta que él la quería para
él y que había de ser Piviguarmi de Atahualpa su hijo diciendo que había
de ser su mujer Zégítima y principal de su hijo Atahualpa ... ». (El subraya-
do es nuestro)(Betánzos,[1551] 1987 Primera Parte, XLVII: 197-198).

Este cronista manejó jnformación «oficial» de Ja élite cuzqueña y


aunque aparentemente considera como válidos los criterios de primo-
genitura y legitimidad (no necesariamente entendidos a la manera espa- .
ñola), especifica una formá de sucesión en la que posiciones ritualizadas
y vinculadas a figuras femeninas dan la impresión de un predominio del
parentesco «matrilineal»_,-:a-:rartir del cual podía tomar la borla el hijo de
una mujer «hermana o deuda» del inca (Ibídem XVI: 78-. 79).

De acuerdo al uso de uña_misma denominación para los miembros


de generaciones homólogas en cueritas ascendente y descendente, debe

39
Cuadro Nº 3: CUENTA DE GENERACIONES

(1) T A T A R A B U E L O (iva )

. (2) B 1 S A B U E L O (üia): (Vüica)

(3) A B U E L O (iia)

(4) PADRE (ia)

(5) EGO

(6) H 1 JO (id)

.(7) N 1 E T O (iid)

(8) B 1 S N 1 E T O (iiid): Vüica

(9) T A T A R A N 1 E T O (ivd)

Leyenda:

(1 a 9) cuenta general de generaciones


(i a iv a) cuenta ascendente de generaciones a partir de Ego
(i a iv d) cuenta descendente de· generaciones a partir de Ego
(i a viiica) cuenta ascendente para cruce de generaciones

40
considerarse que algo similar ocurría con los individuos que formaban
parte de una misma generación en relación al antepasado común. Por esa
causa hijo/a resultaba lo mismo que nuestro equivalente a sobrino/a y así
el término hermano/a debiera tomarse como correspondiente a primo/a.

Se ha señalado que los incas proyectaron su organización jerárquica


hacia el pasado, reduciéndola a un período significativo de cinco genera-
ciones, contadas hacia atrás a partir del último inca reinante (Zuidema,
1989 5: 201). Este paradigma habría servido de sustentación al funciona-
miento de las relaciones entre las diferentes generaciones, que obviamen-
te tenían que ver con rangos y funciones específicas al interior de la mis-
ma élite, lo mismo que a su correspondencia con un territorio [Link]
y su adhesión o vinculación con las «huacas y adoratorios».

Nótese en el Cuadro Nº3 que las terceras generaciones contadas


desde un individuo (EGO), ocupan la tercera posición (de los ascendien-
tes) el bisabuelo y (de los descendientes) el nieto. Llamándose ambos
villca.

De cualquier manera en cuanto es difícil pensar y establecer que en


los Andes prehispánicos se consideraban exactamente categorías
generacionales, concebidas de la manera indicada por los cronistas y se-
gún como lo recoge Zuidema, lo importante de todo esto es llegar, a par-
tir de una generación presente y un Ego, a la filiación con un antepasado
considerado villca en un lapso determinado.

Cuadro Nº 4: PARIENTESCO FEMENINO CON HUAYNA CAPAC


EN CUENTA GENERACIONAL

MADRE (la)

HUAYNA CAPAC

H 1 JA (Id)

41
También se ha considerado que en la organización social incaica el
Inca -gobernante era tenido como el «centro del universo» de un cosmos
no sólo religioso sino también físico, social y político. En cuanto a la es-
tructura de parentesco, «sus antepasados, sus descendientes y sus hijos
nacidos de mujeres de diferentes rangos sociales estaban organizados a su
alrededor en orden decreciente» (Zuidéma, 1989 2: 125).

- Zuidema ha mencionado que en la jerarquía incaica el Inca ocupa-


ba el lugar más alto, seguido de sus hijos, nietos, etc. y que según este
sistema, los tataranietos descendían hasta la posición no-noble más baja,
o equivalente a la que las crónicas llamaban «nobleza secundaria». Un
rango más abajo todavía estarían los individuos que formaban las pobla-
ciones de los alrededores del Cuzco y que los cronistas denominaron
«incas de privilegio» (Ibidem 5: 200).

Si contando a partir de un Inca gobernante, los integrantes de la


quinta generación posterior eran miembros de una «nobleza secundaria»
y los de la tercera generación posterior eran «villca» (término que signifi-
ca antepasado, cosa sagrada); estaríamos ante una diferenciación de ca-
rácter funcional, vale decir que para un directo acceso al ejercicio del po.,
der en sus más altos rangos, por lo tanto, se tendría que considerar el vín-
culo del o los candidatos con antepasados de la primera de tres genera-
ciones ·anteriores. Una directa influencia para el proceso de elevación o
elección para el desempeño de ciertos cargos o rangos estaría dada tam-
bién a partir de la quinta generación anterior. Aunque con frecuencia en -
las crónicas se mencionan a los «abuelos» para indicar los rangos, así su-
cedió con los incas que conocieron los españoles 12.

En el mundo andino prehispánico ¿cómo se entendían y contaban


las generaciones?. Lo más probable es que no se usaran criterios iguales
a los actuales.

Aunque al tratar el tema de las edades del mundo según Guamán


Poma, Szeminski se muestra bastante expeculativo, es interesante su hi-

12 Los planteamientos de Zuidema si bien son bastante sugerentes en este pun-


to, merecen considerarse con sumo cuidado, por la naturaleza de sus fuentes,
de cualquier manera debemos señalar que no es fácil definir los conceptos.

42
pótesis de que «cada cuatro épocas (que en el fondo son solamente dos)
sigue una sola que pone fin al caos e impone la armonía» (Szeminski
1983: 95). Esta imagen, trasladada al caso de las generaciones en térmi-
nos de parentesco puede significar que quede reforzado el planteamiento
de una cuenta generacional de tres, válida para las diferentes relaciones
parentales ligadas a la sucesión entre los incas.

-Una estructura tan bien armada como la que se consigue desde la


perspectiva de Zuidema dejaría la impresión de adolecer_de una gran rigi-
dez. Sin embargo, uno tiene la sensación de que, por el contrario, el gra-
do de flexibilidad fue bastante alto, dependiendo en todo caso la «movili-
dad social», al interior de la élite, de la posición que en determinado mo-
mento pudieran obtener sus integra_ntes, en espe~ial si era el Inca gober-
nante quien daba a los miembros de su parentela una ubicación determi-
nada 13. Los cambios o ·modificaciones de este tipo al interior de la élite
son fácilmente observables en las fuentes, especialmente en Betanzos, lo
que sin duda explica las pugnas que llegaban a la beligerancia y ha5ta la
eliminación entre sus integrantes en el práceso de elección de· un nuevo
Inca. No olvidemos que, para acreditar el elevado rango dentro de la élite
de su mujer Angelina Yupanqui (descendiente de Huáyna Cápac), el cro-
nista Betanzos señala cómo, el mencionado inca puso a una sobrina suya
en la posición de madre/hija suya.

Aun cuando s_e entiende que el cronista acomoda la información en


ben({ficio de su inujer, el criterio de fondo ref~rido a fa mecánica del pro-
cedimiento puede considerarse válido.

Otra manera de permitir cierta flexibilidad a la estructura de la élite


incaica habría sido la forma tripartita que Zuidema considera básica en
las relaciones del parentesco incaico: Callana, Payan, Cayao.

Por su parte, Rowe indicaba en 1985 que el sistema social y cere-


--- monial del Cuzco, dado que aparece en las informaciones como un siste-
ma lógico y complejo, debió ser «creación» de una persona: Pachacútec,

13 Debe anota.Í'se que Zuidema admite una reclasificación de los integrantes de


la élite incaica en términos de parentesco con cada nuevo Inca al momento
de su elección (Zuidema, 1989 2: 108 y 109).

43
considerando, asimismo, que en este caso dicha «creación» debe ser en-
tendida a la manera andina, vale decir una ordenación de materiales ya
existentes (Cfr Rowe 1985: 35). El mismo investigador apunta que en di-
cho sistema cuzqueño habían dos clases de «nobles», los de ascendencia
real, ligados directamente a cada uno de los incas que habían gobernado
y que formaban las panacas y los «parientes lejanos» de los mismos incas
gobernantes que constituían otro grupos, ambos formando las dos mita-
des clásicas hanan y hurin, considerando también las categorías collana,
payan y cayao (Rowe 1985: 35-36).

Basándose en la información de Pérez Bocanegra (1631) prove-


niente del Cuzco, Zuidema señala que cada una de las personas integran-
tes de las panacas reales eran descendientes de incas anteriores, troncos
de estas familias a quien el autor de su fuente denomina con el término
genérico de Manco. De esta forma, collana eran los parientes en primer
grado del Inca que obraba como ancestro; payan los de segundo grado;
cayao los de tercer grado y caro los parientes de cuarto grado (Zuidema,
1989 2: 94-95). Sin embargo, todos los miembros del grupo endogámico
al que pertenecía el Inca y los cuatro rangos antes mencionados podían
considerarse «hermanos» entre sí, puesto que en conjunto formaban a su
vez el grupo collana. En cambio, los descendientes de un Inca tenidos en
mujeres no-incas, eran considerados hijos suyos pero pertenecían al gru-
po payan. Dentro de este contexto, dice el autor citado, los nietos perte-
necían al grupo cayao (Cuadro Nº 5).

Conviene traer aquí a colación una información proporcionada por


· Betanzos que dice así:

« ... y Topa Ynga Yupangue rogó a Y amque Yupangue como a su


hermano mayor y persona que le había hecho a él señor que le pisase
aquellas insignias que de la guerra traía Yamque Yupangue lo hizo ... » (El
subrayado es nuestro) Betanzos [1551] 1987 Primera Parte XXXIII: 152-
153).

No es el momento de comentar lo concerniente al proceso ceremo-


nial y a las señales que iban marcando la posición preeminente de un
Inca y la de su correinante, lo que haremos más adelante; sin embargo,
debemos llamar la atención acerca de la ubicación en la línea de paren-
tesco y las relaciones derivadas de ella, que deben entenderse también
vinculadas a las funciones asignadas y no sólo respecto a los rangos o las

44
categorías generacionales. En la cita de Betanzos se deja ver que el
«compañero» (hermano) de Inca Yupanqui, respecto a la línea de suce-
sión de Wiracocha, es llamado por el futuro Pachacútec «hermano mayor
y persona que lo había hecho a él señor», en la que para nosotros, es una
clara alusión a las funciones sacerdotales de Yamque Yupanqui.

Cuadro Nº 5: PARENTESCO CON LAS CATEGORIAS


COLLANA, PAYAN, CAYAO Y CARU

Rey [Inca]

Collana HJO.

Payan HJO. HJO. Collana

Cayao HJO. HJO. HJO.

Caro HJO. HJO.


HJO. HJO.

HJO. HJO. HJO. Payan HJO.


HJO. HJO.

HJO. HJO. HJO.


HJO. HJO. HJO. C~yao HJO. HJO.

(Tomado de Zuidema 1989 2: 98)

LAS PANACAS: Estructura y rol

A partir de las informaciones de los cronistas que en todos los ca-


sos coinciden al respecto, se ha identificado a la panaca como un grupo
familiar' descendiente de un Inca gobernante que Incluía por lo tanto a los
descendientes de ambos sexos, con excepción .de su sucesor, quien a su
vez fundaba la propia (Zuidema, 1989 2: 78; Rostworowski, 1983 5:
138).

45
Considerando la raíz pana del término, se ha indicado que la es-
tructura de la panaca era básicamente exogámica y «matrilineal» ~ coexis-
tiendo dos líneas: «masculina y femenina» de descendencia respecto a un
individuo varón (Rostworowski, 1983 6: 168; Zuidema,1989 2: 79).

· No debe perderse de vista la gravitación de las figuras femeninas


dentro de la élite incaica, la misma queda refrendada por la permanente
alusión que se hace a las mujeres en los mitos de fundaciori del
Tawantinsuyii y al mismo término panaca, cuya raíz significa la denomi-
nación con la que el varón se refería a su «hermana». Todo parece indi-
car que los «elementos de opción profesional o política» (funciones) ju-
garon un importante papel en su constitución (Zuidema, 1986: 196) y en
la de los ayllus cuzquefios (los ayllus custodios mencionados por
Rostworowski). - --\ --

La panacas eran piezas importantes en la dinámica-y_-funcionamien-


to de la élite incaica. Su organización parece sustentarse en un modelo.
que estaría representando los sistemas cosmológico, de par~ntesco y Je-
rarquía social (Zuidema, 1989 1: 43-44). En todo caso, ello debió supo-
ner algo más que una «representación» y, tomando en cuenta las catego-
rías de la cosmovisión andina, debe entenderse que tales sistemas aporta-
rían las claves o constituirían los paradigmas en la dinámica de las rela-
ciones implicadas en los grupos de parentesco al interior de la élite.

Asimismo, las panacas poseerían estructuras diferentes a la de los


ayllus, evidenciado por el hecho de que al tomar la mas~apaicha cada
Inca fundaba una panaca, lo que significaba el abandono formal de aque-
lla a la que había pertenecido desde su nacimiento y a lo que pudo haber-
se sumado la adopción de un nuevo nombre. Sin embargo, también esto
apunta a la posibilidad del paso de un linaje a otro (Rostworowski, 1983
5: 143)'.

Los cambios de linaje y la fundación obligatoria de una nueva


panaca debieran pensarse no sólo en relación a necesidades exogámicas
sino también a las obligaciones rituales de cada nuevo Inca como el en-
cargado de «refundar el cosmos incaico» o «un nuevo Tawantinsuyu», lo
cual implicaba conservar y expandir el dominio incaico, contando con un
conjunto -difícil de determinar- de allegados, cuya adhesión al nuevo

46
Inca dependía en mucho de las conexiones que los miembros de la
panaca podrían conseguir.

Principales obligaciones de una panaca eran:

- A la muerte del inca que la había fundado, hacerse cargo del cui-
dado de su momia; y

- Conservar la tradición oral que daría cuenta de su vida y hazañas


especialmente a través de cantos, aunque además se utilizaban pinturas y
quipus.

En cuanto a su actuación, está demostrado que como grupo, las


panacas intervenían directamente en la elección de cada nuevo Inca, lo
que -como dijimos- habitualmente originó tensiones al interior de la
élite incaica. Ejemplo de esto lo tenemos en la pugna entre Huáscar y
Atahualpa a la muerte del Inca Huayna Cápac, situación -que puso en
conflicto a las panacas.

Cada una de las panacas contaba con servidores, sacerdotes, tierras


y productos, tanto para su propio mantenimiento cuanto para la constante
celebración de rituales en homenaje a la momia de su Inca fundador.

Siguiendo el modelo cosmológico, todo Inca comenzaba su período


como un 'Viracocha' y luego de su muerte era desplazado con cada ge-
neración sucesiva a categorías inferiores dentro d~ la estructura total de
la élite (Zuidema, 1989 1: 44). En este caso también es probable que las
respectivas panacas vieran mermado su poder al interior de la élite, lo
que también explica las fuertes pugnas durante las crisis sucesorias, que
permitirían cambios en las posiciones de las panacas existentes.

La Coya era la mujer principal del Inca por pertenecer a la élite


incaica dentro de las categorías más inmediatas a la del Inca gobernante.
Según las crónicas se trataba de una «hermana del Inca», sin embargo,
cabe aclarar que el término hermana puede llevarnos a equivocaciones en
la medida que el parentesco andino, durante la época prehispánica, coloca
en la categoría de «hermanos» a los parientes de una misma generación
(pri~os por ejemplo, haciendo la analogía con nuestras categorías de pa-
rentesco), y l~s generaciones se contaban a partir de un antepasado co-

47
mún. Por lo tanto, no necesariamente el Inca y la Coya serían hijos de
una misma madre o padre y en cambio sí hijos de parientes que para no-
sotros podrían ser primos o primos-hermanos.

Se sabe que el Inca tenía varias mujeres, cuyo rango era inferior al
de la Coya. Por eso, cualquiera de los hijos habidos con ella -en tanto
fuera hábil o capaz- era el que tenía mayores posibilidades de ser elegido
para suceder al Inca gobernante. Sin embargo, este no era un criterio ab-
soluto y cualquier otro miembro de la élite cuya madre perteneciera a
ella, es decir que fuera «noble», podía legítimamente aspirar a ocupar el
cargo.

A partir de los mitos se puede entender bastante bien el rol femeni-


no en la organización de la élite. Rostworowski ha hecho alguna indica-
ción al respecto, considerando el niito de los Ayar.

«Es posible que la estructura mítica andina hiciera necesario que .


cada uno de los Ayar tuviese una mujer de procedencia di~tinta, es decir
una de Hanan y otra de Hurin, para mantener el principio de dualidad y
oposición» (Rostworowski, 1983 5: 133).

· ¿De qué manera se siguió este patrón en el matrimonio del Inca?.


Probablemente se haya expresado en la posibilidad del soberano de tomar
otras mujeres en número no determinado. Pero en todo caso, aunque no
siempre se las mencione en las crónicas, su existencia estaría marcada
por el rango alcanzado por sus respectivos hijos, tal el caso de Huáscar y
Atahualpa, cuyá existencia reaí y su también auténtica aspiración al cargo
de Inca darían cuenta de la existencia e importancia que por lo ménos
dos mujeres del Inca Huayna Cápac tendrían al interior de la élite almo-
mento de desatarse la crisis sucesoria.

Una información proporcionada por Betanzos llama poderosamen-


te la atención respecto al papel de la Coya, ·en su relación con la doble
dualidad establecida por Túpac Inca Yupanqui y conformada por Huayna
Cápac-Yamque Yupanqui y Apo Gualpaya - Otorongo Achache. Dice el
cronista que el Inca señaló un tutelaje de los primeros respecto a los
otros dos y enseguida añade que les encargó: ·

« ...que tuviesen cuidado de mirar por su mujer Mama Ocllo, madre


del Guayna Capac que la respetasen todos como su señora y madre y que

48
lo que ella les dijese y rogase paresciéndole que era cosa que conviniese al
bien del Cuzco y sustentación que lo hiciesen al tiempo que ella viviese ... »
(El subrayado es nuestro) (Betanzos, [1551} 1987 Primera Parte XXXVIII:
176).

La referencia anterior parece indicar dos cosas de especial impor-


tancia: una designación de la primacía de Huayna Cápac dentro de la
diarquía, debida al papel de su «madre» como Coya o mujer principal de
Túpac Inca, y el rol organizador que se otorga a Mama Ocllo, que re-
cuerda el desempeño de las mujeres de los fundadores del Tawantinsuyu
en los mitos de origen y en el resto de la tradición oral y que remite a los
primeros tiempos del llamado -por algunos investigadores modernos-
«reino Cuzco».

Aunque para Zuidema existen varias posibilidades para las uniones


matrimoniales del Inca que incluyen una de carácter ritual con su herma-
na de padre y madre y otros matrimonios con una media hermana por lí-
nea paterna y parientes del segundo al cuarto grado hasta poder hacerlo
con una mujer foránea o no-inca (Zuidema, 1989 2: 94-95 y 109), la opi-
nión del distinguido investigador parece adolecer del empleo, en este
asunto específico, de categorías occidentales, fruto tal vez de una inter-
pretación literal de las informaciones recogidas en las fuentes del siglo
XVI y XVII.

Una apreciación bastante diferente a la anterior es la planteada por


Mendizábal, quien afirma que el Sapan Inca como_collana del suyu, es
collana del Hanan lchoq suyu. Sus hijos, independientemente del
ceque 14 al que pertenezcan por filiación, tienen por suyu al Hurin Ichoq
suyu en la saya materna. Sin embargo, por filiación paterna tienen dere-
chos en el suyu Hanan lchoq. De esta forma, el que resulta triunfante en
la disputa sucesoria ocupa la posición de collana Hanan lchoq y .como tal

14 El sistema de ceques era un sistema estable de huacas (sitios sagrados en el


Cuzco y sus alrededores) asociados de distintas maneras a grupos o personas
de acuerdo a contextos específicos. Junto con las «líneas de mira» organiza-
ban el espacio sagrado del valle cuzqueño mediante orientaciones imagina-
rias, que partiendo en algunos casos del templo central del sol, se dirigían
hacia el horizonte en todas direcciones (Zuidema, 1989 2: 57 y 4: 184).

49
tiene acceso a las mujeres del suyu Hurin allawca, reputadas pana, por
ser él Hurin Ichoq. Agrega que de este hecho no comprendido surge la
suposición del «incesto real» (Mendizábal, 1979 VI: 284).

Algunos de los criterios y conclusiones acerca del parentesco in-


caico señalados por F.G. Loundsbury nos parecen de .especial importan-
cia para intentar caracterizar (a manera de resumen) al parentesco
incaico.

El mencionado autor considera que el mismo fue un sistema «bifur-


cado y de convergencia», tal resultaba ser un principio clasificatorio de
los integrantes de la élite.

«.;.en el sentido clásico de esa caracterización, vale decir que los


términos del parentesco cerrado son sistemáticamente extendidos para in-
cluir gar-;ntías de paralelo más distantes del mismo sexo y generación,
como la principal distinción de estos términos» (Loundsbury 1986: 121-
122) 15

Por lo tanto, la «colateralidad por sexos» es otra de sus principales


características, dado que los familiares colaterales están llamados a ser
/ . '
ordenados de forma paralela· o simultánea (Ibidem: 122). Insistimos acer-
ca de lo discutible de un paralelismo matrilineal o patrilineal. Hemos
considerado probable que la simultaneidad y «cuenta paralela» se refiera
sólo a funciones masculinas y femeninas, agregando ahora que tales roles
no tendrían que ser necesariamente exclusivos para hombres o mujeres.
Al respecto recuérdese-cómo Mama Huaco es caracterizada en la tradi-
ción oral con ciertos atributos masculinos y desempeñando actividades
viriles. .

Se ha considerado, además, un rol importante del antepasado en la


cuenta del parentesco « ... donde la generalización proGede del status de
antepasado hacia abajo de la línea femenina», en especial para efectos de
los matrimonios de primos cruzados (Ibidem: 125).

En todo caso, cabe preguntarse si el antepasado es pariente consan-

15 La lraducción del texto en inglés es nuestra.

50
guíneo en ambas «líneas», no patrilineal y matrilineal sino en dos líneas
de roles o funciones y si en algún caso el parentesco es meramente ritual
o simbólico.

Los testimonios que recoge el autor parecen evidenciar -según su


criterio- la coexistencia de dos líneas de parentesco: patrilineal y
matrilineal, situación que se podría explicar por las siguientes razones:

1) Que los datos provengan no de un sistema único sino de dos sis-


temas o diversos tipos, ambos existentes en la región y que en el sistema
incaico esos principios: patrilineal y matrilineal de descendencia fueron
variables. Vale decir, patrilineal en algunas situaciones y matrilineal en
otras (Ibidem: 126);

2) Que esos dos principios diferentes pudieron haber sido emplea-


dos, tanto por una como por varias personas, pero bajo diferentes cir-
cunstancias, en distintas situaciones y con diversos propósitos

« ...de modo que en un momento un familiar podría estar nombrado


o referido en una manera, expresando una faceta de su relación social del
usuario del término, inientras que en otra situación, el mismo vínculo po-
drá estar referido de una mañera diferente, dando expresión a una faceta
diferente de las relaciones» (Ibídem: 126-127); y

3) Existencia de complementariedad de los dos principios. Aunque


concebidos como contradictorios, su empleo simul~eo permitía una ma-
yor libertad, de tal suerte que probablemente se usaron con restricciones
respecto a dominios referenciales complementarios. Así, en la forma de
parentesco paralelo uno o más atributos sociales que pueden estar señala-
dos a la descendencia (en algún sentido de ese término), se entienden
como transmitidos de generación en generación, en la línea masculina
para los hombres y en línea femenina para las mujeres. Asimismo, junto
con la forma paralela se empleó la descendencia en forma de cruz (Ibi-
dem: 126 pss).

Consecuencias importantes derivadas de estas características del


sistema de parentesco incaico son:

a) La misrna relación puede ser presentada de manera diversa en


distintos contextos, de acuerdo con diferentes opciones clasificatorias

51
apropiadas a circunstancias particulares (lbidem: 127). Surgen aquí las
posibilidades de equivalencias en la terminología de parentesco: «madre
y sobrina» por ejemplo (lbidem: 123);

b) Consideración de ciclos de tres generaciones para la clasifica-


ción de los parientes dentro del sistema y en ambas líneas (matrilineal y
patrilineal) (Ibidem: 126-127); y

c) Matrimonios matrilineales entre primos cruzados (lbidem: 122).

Observación importante que toma en cuenta el autor es que estos


tres ciclos s0n posiblemente una consecuencia de un funcionamiento
asimétrico de alianza prescriptiva en el círculo mínimo del connubio. Tal
sistema matrimonial funcionaba haciendo viable una distinción entre el
círculo de mujeres: «esposas donantes», donde los hombres obtenían sus
esposas, y otro al cual dichos varones entregaban a sus hermanas: «espo-
sas receptoras», permitiendo así una distinción categórica ·entre
patrilaterales y matrilaterales primos cruzados (Ibídem: 128).

Los tres ciclos generacionales cuya implicancia es importante para


efectos matrimoniales parece demostrarse en las equivalencias de ciertos
· términos de parentesco que se ubican en los extremos de dichos ciclos.
Así, wawqe «hermano de un hombre», se aplica también al bisabuelo y
recíprocamente al bisnieto (Ibídem: 128) .

De la misma manera, una descendiente en línea femenina de prime-


ra generación tiene la misma equivalencia de categoría con una descen-
diente de cuarta generación ([Link].).

Los matrimonios entre primos cruzados habrían excluido, tal vez de


manera bastante estrecha, a los primeros primos cruzados en la línea
patrilateral (Ibidem: 130). El tabú se extendía también a los primos para-
lelos en un número de grados. Esta medida permitía recrear las relaciones
iniciales al cabo de tres generaciones, pues sus respectivos sucesores se-
rían nuevamente reputados como «hermanos» (Ibídem: 130).

Añade Loundsbury que no hay certeza si los patrones de ciclos de


tres generaciones fueron generales o sólo exclusivos de la élite incaica
(Ibídem: 129).

52
La aplicación de criterios patrilineales y matrilineales resulta discu-
tible por falta de cimentación de tales criterios, puesto que uno de los te-
mas que da la impresión de encontrarse bastante afectado por criterios
occidentales en las fuentes es sin lugar a dudas el que se refiere al paren-
tesco.

, Tratando de mirar los datos y .las conclusiones mismas que se deri-


van de la idea de patrilateralidad y matrilateralidad paralela, las nociones
de 'funciones y complementariedad serían las más constantes y
rescatables. Asimismo, las de generaciones y ciclos, cuyos exactos signi-
ficados y duración nos parecen difíciles de precisar a partir de la infor-
mación a mano y más confiable.

53
CAPITULO 11

ESTRUCTURA DE LA ELITE Y CORREINADO


Así como el estado incaico surgió recién en la época atribuida a
Pachacútec, la estructm:a de la élite debió hacerse más compleja por
aquel entonces. Hasta ese momento, los incas no habrían hecho sino
compartir con las cabezas visibles de otros grupos la calidad de grandes
autoridades y, al fin, pudieron convertirse en los supremos gobernantes
de un estado panandino como el Tawantinsuyu.

«En este tiempo <leste Viracocha Ynga había más de doscientos se-
ñores caciques de pueblos y provincias cincuenta y sesenta lugares en la
redonda del Cuzco los cuales se intitulaban y mandaban en sus tierras y
pueblos Capac Ynga que quiere decir señores e reyes y lo mismo hacía
este Viracocha Ynga ... » (Betanzos [1551] 1987, Primera Parte VI: 23)

Debe entenderse entonces que Cápac o Sapan era un apelativo aña-


dido al nombre del Inca que señalaba probablemente una posición un tan-
to más prominente en una estructura no sólo dual sino cuatripartita.

Este testimonio remite directamente a un modelo cuzqueño previo a


la presencia incaica en aquel valle y que fue tomado por los incas, proba-
blemente no sólo para la caracterización de la figura principal de su go-
bierno, sino también para la organización o estructuración de su élite. De
cualquier manera, debemos considerar que dicho «modelo cuzqueño» no
tiene por qué entenderse como demasiado diferente a los existentes en
otras partes de -los Andes, aunque es pertinente señalar que la tradición

57
recogida por los incas en materia de organización del poder tuvo que ha-
ber sufrido las modificaciones necesarias para adaptarse a las necesidades
de un estado regional en proceso de rápida expansión panandina.

Las evidencias de co-gobierno curacal señaladas por Rostworowski


para el valle del Rímac (Rostworowski, 1983 6: 156) acreditan, junto con
lo que han comprobado otros investigadores para distintas partes de los
Andes, la difusión alcanzada por dicha forma de organización. Aunque es
difícil establecer con toda precisión el origen de ese patrón y su verdade-
ro carácter ancestral o si se trató de una innovación de influencia
cuzqueña.

La 'Suma y Narración de los Incas' de Betanzos permite apreciar


una dualidad en la estructura de la élite incaica que naturalmente debe
extenderse al ejercicio del poder o co-gobiemo y que el cronista hace re-
montar al mismo «período fundacional» del Tawantinsuyu.

La versión de-Betanzos permite observar dos dualidades paradig-


máticas al comienzo y fin de una lista parcial de incas que hemos con-
signado en un cuadro (Cuadro Nº 6). La primera dualidad conformada
por Manco Cápac y Ayar Auca, y la segunda constituida por Wiracocha
e Inca Urco, antes del advenimiento de la expansión estatal.

Habría que considerar la manera como se caracteriza a estas dos


parejas de Incas en la tradición oral que recogieron los cronista ,·para ver
si forman en esencia un mismo modelo o paradigma de organización _en
relación a las funciones que se les asignan.

Poco importaría en todo caso el nombre del correinante del «Inca


gobernante» sino la actividad o función que parece representar y su ubi-
cación en uno de los dos «linajes».

58
Cuadro Nº 6: ESQUEMA INCOMPLETO DE CORREINADO

PRIMEROS INCAS Y «CORREINANTES»

MANCOCAPAC AYAR AUCA

l. MANCOCAPAC ALCAVIZA

II. SINCHIROCA LLOQUE YUPANQUI

III. CAPAC YUPANQUI ?

IV . . MAYTACAPAC ?

v. INCA ROCA ?

VI. Y AHUAR HUACA ?

VII. WIRACOCHA INCA ROCA

WIRACOCHA INCA YUPANQUI

(Basado en Betanzos Op. cit. Primera Parte V: 21-22; VI: 26)

59
En tanto el cronista omite los nombres de uno de los incas en cua-
tro de las posibles dualidades (III, IV, V y VI), es probable que sólo este-
mos en realidad ante dos de ellas (que pasarían a formar las parejas III y
·IV en nuestro Cuadro Nº 7).

Cuadro Nº 7: MODIFICACION A DOS DUALIDADES

ID. CAPAC YUPANQUI MAYTA CAPAC

IV. INCA ROCA YAHUAR HUACA

Aparentemente, el correinado incaico tenía una función doble: 1)


Expresar el criterio de dualidad a nivel de la estructura política o de go-
bierno pero adquiriendo probablemente uno de los incas cierta primacía,
adjudicándose a su nombre la etapa de gobierno; y 2) Como elemento
importante en el complicado mecanismo sucesorio.

En el segundo caso, es difícil deslindar a primera vista si aquellos a


quienes los cronistas solían llamar las «segundas personas» o «lugarte-
nientes» de los incas, se constituían en co-gobernantes o sólo ocupaban
un lugar en la segunda dualidad de la cuatripartita cúspide del poder
incaico, cumpliendo funciones específicas.

«Ordenó y mandó que el que Cápac fuese e yngas señor, tuviese un


su lugarteniente para que ante él viniesen con los negocios de la tierra y
ansi mesmo de la ciudad porque ante el Ynga y señor no había de parescer
ninguna con nunguna cosa por su grandeza y señorío y que este tal señor
le diese razón al Ynga de los tales negocios y nuevas que ante él viniesen
para que el Ynga los despachase ... » (Betanzos, [1551] 1987 Primera Parte
XXI: 111).

Se hace difícil imaginar una actitud tan burocrática entre los incas,
por lo tanto, lo descrito por Betanzos, si bien parece obedecer al esquema
occidental de las cortes y los aparatos administrativos modernos, debe es-
tar escondiendo un comportamiento ritual. Se conoce perfectamente que

60
el acceso directo al Inca exigía un proceder de esta índole, -señalado
por este y otros cronistas-, lo cual significaba por ejemplo que se tenía
que llevar una carga en la espalda y acudir descalzo a la presencia del
«soberano del Tawantinsuyu» (inca en posición hanan dentro de la
diarquía principal).

Si algún cambio se operó en la estructura de la élite, el mismo de-


bió corresponder a la etapa del desarrollo estatal, atribuible por lo tanto a
Pachacútec. Betanzos, a quien consideramos bien informado en este pun-
to, nos cuenta que hallándose Wiracocha fuera del Cuzco, Inca Yupanqui
quedó en la ciudad con tres «señores» más «amigos suyos» acompañados
de sus respectivos «criados»: Pata Yupanqui, Mullo Ronga y Apo
Yupanqui Uxuta Urco Guaranga (Betanzos [1551] 1987 Primera Parte
VI: 25-26).

Puede entenderse que las menciones «amigos suyos» y «criados»


estén aludiendo a la categoría de yanantin, por lo que estaríamos frente a
una probable doble diarquía en la que se incluiría el propio Inca Yupan-
qui. Independientemente, claro está, de la dualidad conformada por éste y
el Inca Wiracocha.

En varias oportunidades Betanzos ofrece informaciones parecidas


que permiten conocer la existencia de varias estructuras diárquicas simul-
táneas al interior de la élite incaica, referidas específicamente a los incas
gobernantes y sus respectivos correinantes. De la misma forma, considera
el cronista el grado de parentesco entre sus componentes en relación a los
incas antepasados y las coyas, pero la mayor parte de sus referencias re-
lacionadas con el poder de los incas tiene que ver con el control de mano
de obra y excedentes. Por eso, sus menciones a sucesivas campañas de
«conquista», llevadas a cabo por los miembros de la diarquía incaica.

Menciona que Pachacútec envió a «SU hijo mayor», Yamque Yu-


panqui a «conquistar» el Chinchaysuyo. Este eligió como acompañante a .
su «hermano» Cápac Yupanqui y ambos fueron desde los Soras hasta
Cajamarca, para finalmente volver al Cuzco «por los valles de los
yungas». Dice la crónica que recogieron semilla y gente, siendo ésta ins-
talada en calidad de mitimaes en los alrededores del Cuzco (Betanzos,
[1551] 1987 Primera Parte XXIV: 123).

61
Conforme vimos en el capítulo precedente, las menciones «hijo
mayor» y «hermano», aluden a categorías generacionales y posiciones de
los individuos en cuestión dentro de la élite. Sin lugar a dudas, la refe-
rencia establece uno de los probablemente variados mecanismos que per-
mitían que se armaran las dualidades para el gobierno incaico. En este
caso, quien tiene un rango superior «elige» a su compañero.

Para María Rostworowski el Cápac del Chinchaysuyu tenía la ma-


yor autoridad en el Tawantinsuyu. Su segunda persona era el Cápac del
Antisuyu, correspondiendo ambos al Hanan Cuzco. Al Hurin Cuzco per-
tenecería el Villac Umu, siendo el Cápac más importante de ese sector
[¿Collasuyu?], y su segunda persona el Cápac del otro suyu [¿Contisuyu?]
(Rostworowski, 1983 6: 177-178). De cualquier manera, otra información
proporcionada también por Betanzos puede llevar a pensar que uno de
los miembros de la dualidad principal, vale decir el Inca o su correinante,
constituía un elemento para formar la clásica cuádruple estructura de go- ·
biemo respecto a cada uno de los suyus, y que, probablemente, tanto el
Inca como su correinante se consideraban para formar una organización
cuádruple del gobierno (dual) incaico en los puntos más important,~s del
Tawantinsuyu 16.

« ... acordaron que fuesen a la provincia de Chinchaysuyu para que la


gobernasen hasta el Quito tres hermanos del Topa Ynga Yupangue los cua-
les se llama ron Tambo Topa y Gualpache y Guaina Yupangue ( ... ) ansi
mismo acordaron que fuesen otros dos hermanos del Ynga a gobernar la
provincia de Condesuyo ( ... ) los cuales señores que a Condesuyo fueron se
llamaron Incaquico y Camasque» (Betanzos, [1551] 1987 Primera Parte
XXXIV: 155).

No hay lugar para poner en tela de juicio que, requisito principal


para ubicarse y -por qué no- mantenerse dentro de una diarquía, era la
capacidad demostrada para desarrollar un control sobre poblaciones y re-
cursos, por lo tanto, el cronista menciona que Yamque Yupanqui y Cápac
Yupanqui realizaron con éxito su empeño conquistador, volviendo con
gente que ubicaron cerca del Cuzco.

16 La condición de Inca gobernante suponía funciones y características de prestigio reli-


gioso particulares muy especiales y significativas, lo que supone la existencia de un
Sapan Inca.

62
De esta forma se va estructurando una doble dualidad alrededor del
Inca Pachacútec y Yamque Yupanqui, pues los datos de la crónica de
Betanzos indican que Pachacútec permaneció en el Cuzco acompañado
de Cápac Yupanqui, mientras Yamque Yupanqui volvía sobre el Chin-
chaysuyu para sujetar a los guancavilcas y a los cañaris. Esta vez lo
acompañaba otro «hermano»: Túpac Inca Yupanqui. A su regreso, ambos
ingresaron en andas al Cuzco y Pachacútec entregó la borla a Yamque
Yupanqui (Cuadro Nº 8).

Cuadro Nº 8: DOBLE DIARQUIA EN LA SUCESIÓN DE


PACHACUTEC

PACHACUTEC CAPAC YUPANQUI

YAMQUE YUPANQUI TUPAC INCA YUPANQUI

Betanzos afirma que Túpac Inca también fue reconocido como Inca
y que, aunque recibió la borla, mantuvo una segunda posición jerárquica,
pero añade que Pachacútec dio mujer a Yamque Yupanqui (Betanzos,
[1551] 1987 Primera Parte XXV: 125-126).

Como vemos, el cronista es explícito cuando toca el tema de la su-


cesión de Pachacútec, señala que en vida de este Inca tomaron la borla
Yamque Yupanqui y Túpac Inca Yupanqui y que de inmediato salieron
del Cuzco a conquistar Tumipampa. En esta [Link]ón - dice- Yamque
Yupanqui dio mujer a Túpac Inca, siendo ambos los que conquistaron
hasta Yahuarcocha y poblaron Quito (Betanzos [1551] 1987 Primera Par-
te XXVI: 127-129).

En cuanto a las relaciones entabladas entre los integrantes de las


diarquías según Betanzos, merece nuestra atención el hecho de que
Pachacútec entregara mujer a Yamque Yupanqui, y que éste hiciera lo
propio en favor de Túpac Inca Yupanqui. Evidentemente, a través de este

63
mecanismo, en su oportunidad, tanto Yamque Yupanqui como Túpac
Inca Yupanqui 17 adquieren una posición importante dentro de la estruc-
tura. Naturalmente que ello también debió estar relacionado con la ubica-
ción o relación de dichas mujeres respecto al Inca más importante, que
era el que señalaba la unión o hacía la entrega de esposa a su contraparte,
cuestión que veíamos en el primer capítulo 18.

Importa considerar que las afirmaciones de Betanzos nos remiten a


los mecanismos sucesorios, por lo tanto, las conquistas a las que también
alude deberán considerarse un procedimiento ligado a lo anterior y enten-
derse como el control incaico sobre nuevos grupos étnicos y curacazgos
o, en todo caso, el restablecimiento del dominio inca sobre la base de
nuevas relaciones con quienes estarían integrando una dualidad pronta a
ocupar una posición principal o ejercer directamente el gobierno.

El hecho de que uno de los miembros de la pareja de Incas diera


mujer a su compañero indica, por un lado, un rango o posición parental
superior del primero sobre el segundo y -como veíamos en el capítulo
anterior- todo ello supone una reestructuración del parentesco y organi-
zación de la élite en relación a la mujer señalada, en el caso mencionado,
a Túpac Inca.

17 Túpac Inca fue nombrado Cápac, lo que acredita que había alcanzado una posición
principal en la diarquía en vida de Pachacútec (Betanzos, [1551] 1987 Primera Parte
XXVII: 131.
18 Es pertinente considerar lo que Rostworowski advirtió en su estudio de los
curacazgos en la costa, por ejemplo en el caso de lea, en relación a que el
curaca (autoridad) estaba obligado a entregar bienes (dones) a sus subordina-
dos en un claro procedimiento redistributivo (Rostworowski 1977: 265).

64
Cuadro Nº 9: NUEVA POSI CI ON DE I NCAS EN LA DOBLE
DIARQUIA

TUPAC INCA Y:LJPANQUI YAMQUE YUPANQUI

PACHACUTEC CAPAC YUPANQUI

En la cita se indica, asimismo, que ambos «poblaron Quito». El he-


cho de que se poblara algún lugar (fuera o no Quito), resulta un requisito
importante para mostrar que tal hecho afirmaba el poder y prestigio de
los dos incas en camino de asumir el gobierno. Poblar implica construir
un establecimiento, movilizar mano de obra, controlar excedentes y, en
suma, establecer supremacía en un lugar; poblar significaba «ordenar» al
modo incaico, «incorporar» al Tawantinsuyu un espacio y una población
que en todo caso deben entenderse especialmente afiliados o vinculados a
determinados incas. Esto último quizás tenga algún valor para compren-
der la rapidez con la que, a la llegada de los españoles, ciertos grupos
étnicos deshicieron sus vínculos con el Cuzco, prueba entonces de una
forma «personal» de adscripción de territorios y poblaciones para el
Tawantinsuyu y no manifestación de rechazo abierto al dominio incaico,
conforme algunos han pretendido ver 19 .

Volviendo a la cita de Betanzos que mencionábamos líneas arriba,


debemos agregar que la referencia continúa, señalando que considerándo-
se cercana la muerte del inca Pachacútec, Yamque Yupanqui, tomando en
cuenta que él mismo era bastante mayor, decidió ceder su borla en favor
de su hermano y correinante Túpac Inca Yupanqui (Betanzos, [1551]
1987 Primera Parte XXVI: 127-129) (Cuadro Nº 9).

19 Este criterio queda bastante claro si consideramos que en la narración de Betanzos se


señala que muerto Pachacútec y estando Yamque Yupanqui y Túpac Inca Yupanqui
en el Cuzco, recibieron la noticia de cómo «la provincia de los Andes era rebelada a
causa de que habían sabido la muerte de su señor Ynga Yupangue» (Betanzos, (1551]
1987 Primera Parte XXXIII: 151).

65
Aunque la manerª como se nos informa da al suceso las caracterís-
ticas de una especie d~ abdicación a la manera europea, el «ceder la bor-
la» seguramente está indicando el proceso de selección de un candidato
para la sucesión. -

Las consiguientes modificaciones en la estructura de la élite obede-


cían a diferentes causas, aunque relacionadas entre sí:

1) Estructu-ra de la diarquía con cuatro integrantes, cada uno con


rangos diferentes;

2) La posición que cada uno ocupaba estaba en relación al Inca que


la encabezaba (PachacJÍtec en la referencia citada), y el papel principal
otorgado a un segundo miembro; y

3) La ubicación de este «Inca» (Yamque Yupanqui en la misma re-


ferencia) se determinaba por la función que desempeñaba y que parece
asociada al rango de-:..su mujer en relación al Inca, en cuanto a su capaci-
dad para ampliar y/o-conservar dominio sobre determinados grupos
étnicos (equivalente,sin lugar a dudas, a sus relaciones con algunas de
las panacas que adquirían así una posición importante dentro de la élite).

Señales de u na mayor preponderancia del Irica frente a su


correinante en la diarquía principal, lo mismo que para el caso de deter-
minar una posición más elevada de un miembro de la diarquía secundaria
sobre el otro, serían las siguientes:

a) Colocar el uno la borla al otro. Así lo hizo Yamque Yupanqui


con Huayna Cápac, por lo que este último fue reconocido con mayor pro-
minencia (Betanzos Op. [Link] Parte XXXIX: 175-176.);

b) Llamarlo a viva voz por su nombre y Sapa [Cápac] Inca (Loe .


. ); y
cit. \

c) A la inversa, el hecho de que un miembro de la diarquía entrega-


ra al otro parte de lo obtenido personalmente era una forma de signi-
ficarle que era «mayor», entendiéndose en este caso que dicha mayoría
equivalía a que lo consideraba como miembro de una «generación pasa-
da». Ello evidenciaba el carácter activo del donador y pasivo del recep-

66 .
tor, aunque por cierto su preponderancia anterior pasaba a expresarse
ahora en términos religiosos por estarle generalmente reservadas funcio-
nes sacerdotales.

« ...y Topa Inga Yupangui rogó a Yamq~e Yupangue como a su her-


mano mayor y persona que lo había hecho a él señor que le pisase aque-
llas insignias que de la guerra traía Y amque Yupague lo hizo ...» (El subra-
yado es nuestro) (Betanzos Op. cit. Primera Parte- XXXIII: 152-1-53).

Podemos explicitar algunos aspectos de la dinámica de la dualidad


ubicándon0s en la época-de-Wiracocha y e-stndfallcyo-sus relaciones con-
Inca Yupanqui. En efecto, es clara una relación dual-entre ambos, lo mis-
mo que su correinado, a lo que hay que añadir que cada uno manejaba
mano de obra y excedentes (Betanzos, [1551] 1981 Primera Parte X: 43
pass.), vale decir que cada cual tenía un manifiesto-dominio sobre impor-
tantes grupos que sin duda les significaba una posición de predominio al
interior de la élite. El correinado y la posición prominente de ambos de-
terminaba de suyo una «rivalidad» con connotaciones rituales.

Las funciones sacerdotales tenían obviamente una gran importan-


cia, pero en el estado incaico en su época de mayor expansión las mis-
mas aparecen reservadas para aquellos miembros de- las diarquías que n<_?
están en el ejercicio directo y real del gobierno, esto es, encargados de
procurar y mantener el dominio efectivo de los incas en los Andes. Los-
de mayor y menor edad en las diarquías, e incluso aquellos que quedan
fuera de toda posibilidad para acceder a la posición -prominente (diga-
moslo de alguna manera: Inca principal), se colocaban por eso en posi-
ción Hurin y pasaban a ejercer primordialmente funciones de carácter re-
ligioso. Tales los casos conocidos de Amaru Yupanqu-i, de-W-iracocha y
finalmente de Huayna Cápac y Yamque Yupanqui, cuando incorporados
estos últimos a la doble diarquía se les señala como encargados del gana-
do del sol:

« ... y luego Topa Ynga Yupangue dio e hizo merced a Yamque


Yupangue su sobrino que fuese proveedor mayor- del Cuzco de todo el ga-
nado que el Cuzco tenía en toda la tierra ( ... ) Y luego Topa Ynga
Yupangue dio e hizo merced a su hijo Guainacapac.-que alíende de ser se-
ñor que fuese proveedor del ganado del sol.. .. y que s~ nombrase
apacentador del ganado del sol...» (Betanzos Op. cit. Primera Parte
XXXIX: 175- 176). .

67 ,
Antes de tomar la borla y nombrarse Pachacútec, Inca Yupanqui
conformó una doble dualidad con el propio Wiracocha, Amaru Túpac
Inca Yupanqui y Paucar Usno. Así se indica en la 'Suma y Narración de
los Incas' cuando se mencionan conquistas en el Collasuyo (Ibídem Pri-
mera Parte XXXIII: 153).

Como sabemos, su posición de Inca fue adquirida tras la derrota de


los chancas, acción a la que se sumaron, entre otras, las siguientes:

-Entronización de la divinidad solar, «reconstrucción» del templo


solar (Inticancha) que pasa a llamarse Coricancha;

-«Reconstrucción» del Cuzco, que quedó ordenado ritualmente por


el Inca, y organización (¿reorganización?) de las panacas; y

-Despliegue de tecnología con acopio y gasto abundante de exce-


dentes 20 asociado con celebraciones rituales (Betanzos [1551] 1987 Pri-
mera Parte IX a XVI).

Aparentemente, tras estos acontecimientos, el correinado y duali-


dad entre el entonces llamado Pachacútec y Wiracocha se mantiene, pero
obviamente, invirtiéndose las posiciones de ambos incas. Esto parece
desprenderse del acatamiento que Wiracocha ofrece al nuevo Inca, su in-
tervención en la elevación de Pachacútec al cargo, lo mismo que en su
matrimonio, y el trato a que se hace merecedor por parte de éste (Betan-
zos, [1551] 1987 Primera Parte XVII: 81-83).

Retomando el tema de la sucesión de Pachacútec, debemos consi-


. derar otras cuestiones no menos importantes en cuanto tienen que ver con
las relaciones entre los integrantes de la élite a la muerte del Inca. En
efecto, es bien conocida la pugna entre las panacas a propósito de la gue-
rra entre Huáscar y Atahualpa y la eliminación deliberada que en medio
de ella se hizo de ciertos sectores de la élite. Esta situación que es tenida
por Rostworowski como habitual en tales casos, tendría que ver con la
reestructuración de la élite, ligada a la modificación de las jerarquías o
rangos del parentesco, lo mismo que de las funciones de sus integrantes

20 Sobre este tópico puede verse Regalado de Hurtado (1984).

68
en medio del proceso de elevación definitiva de uno de sus miembros a
la posición de Inca a las que nos hemos venido refiriendo. Algo parecido,
aunque -según la referencia de Betanzos- de manera menos dramática,
sucede a la muerte de Pachacútec

« ... y mandó Topa Ynga Yupangue después de la muerte de su pa-


dre que [Link] de los descendien tes ·de Ynga Yupangue su padre poblase
de la parte afuera de los dos arroyos del Cuzco y a los descendientes <leste
Ynga Yupangue llamaron desde entonces hasta hoy Cápac aillo Ynga
Yupangue Haguaymin ... » ([Link], [1551] 1987 Primera Parte XXXIl:
150).

Estamos ante la asignación de una posición dentro de la estructura


de la élite, que innegablemente tenía una connotación ritual, probable-
mente resultado de una modificación un tanto más radical de la organiza-
ción formada por el conjunto-de las panacas. La posición dada al Inca an-
terior en la estructura de parentesco era válida para el establecimiento de
rangos y filiaciones jerárquicos de toda la élite.

Dice además el cronista que Túpac Inca salió del Cuzco y empren-
dió numerosas conquistas «desde Chile hasta la ciudad del Cuzco y desde
la costa de la mar has~ la provincia de los Andes» (Ibídem Primera Parte
XXXVI: 165). Como hemos afirmado anteriormente, esta acción señala
un mecanismo en el proceso de sucesión en vida del Inca y una función
específica que aparentemente corresponde a uno de los Incas, cosa que se
ratifica por las aseveraciones que siguen a la cita menc_ionada:

« ... y como llegase devuelta a un pueblo que dicen Moyna que es


cuatro leguas de la ciudad del Cuzco supo tuvi nueva que su hermano
Y amque Yupangui que él había dejado en su lugar y el que a él lo había
nombrado señor y dádole la borla del estado había expirado» (Loe. cit.)

Más adelante el mismo Betanzos menciona de qué manera Túpac


Inca reconstruye la diarquía incorporando a la misma a un individuo de
otra generación «hijo de Yamque Yupanqui», .a quien le señala el mismo
nombre

« ... hízole muchas y grandes mercedes y mandó que este muchacho


se criase y estuviese en compañía de su hijo Guayna Capac que ansi mis-
mo era de doce años» (lbidem Primera Parte XXXVI: 167).

69
De cualquier manera, si bien Rostworowski ha señalado -como ya
lo hemos mencionado- que pugnas fuertes en las panacas se sucedían a la
muerte de cada Inca al momento de determinar de manera definitiva la
sucesión, debemos preguntarnos en qué ocasiones esas pugnas que seña-
laban la existencia de un «pachacuti» -vale decir «una vuelta del mundo»
o «crisis cósmica»- , significaron, históricamente hablando, cambios es-
tructurales en lo social, político y económico debidos al crecimiento del
Tawantinsuyu. .

Un dato ofrecido por Betanzos bien pudiera ser. un indicio que per- ·
mita aventurar la hipótesis de que verdaderas «crisis cósmicas» se daban
cuando se completaba el ciclo completo de una doble dualidad. Hablando
de~ proceso sucesorio en tiempo de Pachacútec, el cronista señala la in-
corporación del joven Huayna Cápac en la estructura diárquica inca y
añade:

« .. .les hacía saber [Pachacútec] que después de sus días habían de


rebelarse las provincias de Collasuyo y Andesuyo [Link] después de los
días de aquel su nieto Guayna Cápac habría pachacuti que dice vuel-
ta de mundo (subrayado nuestro)» (Betanzos, [1551] 1987 Primera Parte
XXIX: 137).
. . .

Es obvio que esta mención también debió obedecer a que, dada .la
concepción del tiempo entre los hombres andinos de la época
prehispánica, la creencia en la existencia de un augurio que en efecto
anunciara con antelación un hecho real resultaba verosímil y en corres-
pondencia perfecta con 1a lógica y categorías a partir de las cuales aque-
llos hombres percibían el mundo y explicaban los distintos sucesos, so-
bre todo si se considera el carácter de los mitos que de rrianera esencial
podían modificarse a fin de «acomodar el pasado» a una realidad presen-
te.

70
CAPITULO 111

-
E~ PROCESO SUCESORIO
LA ELECCION DEL INCA: Consideraciones generales

Algunos criterios básicos han sido aportados por diferentes investi-


gadores respecto a la sucesión incaica. Trabajos como los de María
Rostworowski han sabido expresarlos de manera precisa. Ella considera
que, dada la estructura de las panacas, lo más probable sería que las pa-
rentelas maternas jugaran un rol muy importante, pues a través de ellas
los aspirantes a la borla habrían hecho valer sus derechos. De esta mane-
ra se efectuaban convenios entre los linajes a los cuáles pertenecían las
madres. Los grupos de parentela materna también permitían diferenciar a
los numerosos hijos de un Inca, otorgando a algunos más rango o catego-
ría. Además, dice que no sólo importaba la posición social de la madre
sino también si gozaba de una profusa parentela, hecho muy estimado en
los Andes (Cfr. Rostworowski, 1983 6: 168).

Aparentemente, la pugna entre las panacas culminaba un largo y


complicado proceso sucesorio iniciado en vida del Inca anterior. El suce-
sor del Inca era finalmente designado a través de un procedimiento ritual
que incluía consultas oraculares o de adivinación como la llamada callpa,
que consistía en el examen, a cargo de un sacerdote, de las vísceras de
una llama purificada.

73
Para asegurar su posición, el nominado debía mostrar su habilidad
para el desempeño de sus tareas y hacerse cargo de los rituales funerarios
de su antecesor. Ambas cosas en realidad se integraban en un solo proce-
so y las realizaba el sucesor llevando a cabo nuevas conquistas o «recon-
quistas» que mostraran su capacidad para restablecer el orden, obteniendo
mano de obra y productos, cosas que, de acuerdo a la cosmovisión
andina que ya conocemos, expresaban su capacidad para restaurar el
cosmos y el dominio incaico en los Andes, ocasionados por la muerte del
Inca.

Paralelamente debía realizar la reconquista simbólica del Cuzco, sa-


liendo de la ciudad y regresando para ser aceptado por la élite, cuya opi-
nión pesaba bastante ..Al parecer se trataba de uno de varios rituales que
debía cumplir. Además, de acuerdo a las informaciones que aparecen
en las crónicas, puede pensarse que el procedimiento se repetía varias ve-
ces . .

De los diversos testimonios se desprende que en vida del Inca go-


bernante (principal en la diarquía) iban surgiendo «los candidatos» para
sucederle, la mayoría de las veces (por no decir todas), ellos formaban
parte de la doble estructura diárquica del poder incaico. Probablemente
fueron las noticias sobre tal procedimiento las que llevaron a los españo-
les a afirmar que cada Inca elegía a su sucesor.

Siguiendo al cronista Sarmiento, Rostworowski afirma qué el dere-


cho sucesorio entre los incas correspondía a las panacas y los llamados
ayllus custodios 21 (Rostworowski, 1983 6: 157).

En cuanto a la elección en sí, un modelo ejemplar estaba dado en


todo aquello que según la mitología hizo posible la supremacía de
Ayarmanco. Recogiendo datos de Betanzos (Betanzos, [1551] 1987 Pri-
mera Parte IV: 19-20}, fuente que consideramos sumamente valiosa para
el tema, consideremos lo siguiente:

l) Señales de la divinidad solar: «Oro»;

21 Los ayllus encargados de algunas huacas o ceques cuzqueños.

74
2) Capacidad para obtener control de la producción:

a) Tubérculos
b) Coca y ají
c) Maíz

.3) Incremento de la parentela (a través de las mujeres);

· 4) Tener ancestros prestigiosos ocupando rangos importantes en la


jerarquía (Pacarina=Pacaritambo, ídolo=ave en el caso específico de
Ayarmanco). En la práctica sucesoria, el prestigio de un antepasado situa-
. do al comienzo de un ciclo de tres generaciones anteriores resultaba fun-
damental;

5) Dominio sobre el grupo extenso de parientes, vale decir la élite


(referido en el mito a través de la eliminación de los «hermanos» en la
época de la fundación, y más adelante equivalente a las «conquistas» eje-
cutadas por los candidatos a ceñirse la mascapaicha); y

6) Dominio territorial (según el mito, desplazamiento de antiguos


pobladores del valle cuzqueño).

En la tradición oral incaica, los relatos que daban cuenta sobre el


enfrentamiento entre incas y chancas han ofrecido a la historiografía mo-
derna un conjunto valioso de referencias para entender las características .
de la organización del Tawantinsuyu, entre otros temas. Por eso importa
tomar en cuenta, a manera de ejemplo, lo que consigna el cronista que
acabamos de citar en relación a los actos previos llevados a cabo por
Inca Yupanqui para suceder, con el nuevo nombre de Pachacútec, al Inca
Wiracocha. De lo referido por Betanzos podemos sacar en claro que de la
serie de acciones que la tradición adjudicaba a Pachacútec, se desprende
un patrón que correspondería al proceso sucesorio:

1) Reunión de su gente: parientes y seguidores y reparto de exce-


dentes;

2) Derrota de un grupo enemigo importante (representado por los


chancas y su principal jefe Uscovilca) y reparto del botín (excedentes)
conseguido;
3) «Edificación» del templo solar y confección del «bulto del dios
sol», así como la realización de diversos actos rituales;

4) «Remodelación» del Cuzco, dedicándose básicamente a ganar y


repartir tierras 22 y edificar depósitos con la mano de obra que «personal-
mente» o directamente dispone. Acceso a la energía, que puede entender-
se a partir del desarrollo de vínculos personales (a través del dominio mi-
litar, alianzas y acuerdos diversos) y de su prestigio religioso;

5) Reorganización de la población cuzqueña, que asimismo supone


reestructuración de la propia élite incaica y de las relaciones entabladas
entre el Cuzco y los diferentes y principales grupos étnicos;

6) Desempeño de funciones sacerdotales, que en el caso de Pacha-


cútec incluyeron la transformación u organización del culto solar; y

7) Parámetros de todas estas acciones en el inicio y conclusión del


proceso de asunción al cargo, parecen haber sido los rituales funerarios
dedicados a su antecesor.

En efecto, según Betanzos, el ritual funerario culminaba al cabo de


un año con gran consumo de excedentes, en especial ganado y tejido.
Luego debía reponerse lo gastado de los depósitos y

«traer de nuevo todo lo necesario para el servicio del nuevo señor


ansí de oro como de plata como de ganados y ropa y de los demás menes-
teres ... » (Betanzos, [1551] 1987 Primera Parte, XXXII: 149.

Así pues, las informaciones contenidas en las crónicas mencionan


el real procedimiento sucesorio entre los incas, detrás del criterio de sus
autores que señalaban diversas formas de nombramientos, como: legiti-
midad, primogenitura, mayoría de edad, pugnas palaciegas y herencias
establecidas, suponiendo en muchos casos que las designaciones eran he-
chas por los respectivos antecesores con una también imaginaria preci-
sión.

22 En todo caso, entiéndase que el «dominio territorial» o el «ganar tierras» adquieren


sentido sólo en relación directa con la captación y aplicación de energía humana.

76
Parte de la verdad debe hallarse detrás de la mayoría de tales con-
ceptos, que sin lugar a dudas han llegado hasta nosotros en corresponden-
cia con el particular punto de vista de los cronistas, fruto de su experien-
cia histórica y su bagaje cultural.

En las páginas siguientes buscaremos aclarar cuanto nos sea posible


este problema, con el ánimo de analizar de manera global el tema de la
sucesión incaica, aunque evidentemente sin llegar a arribar a conclusio-
nes que puedan considerarse definitivas del todo.

Acudimos a la crónica de Juan Diez de Betanzos como fuente prin-


cipal, aunque con la convicción de que sólo será un nuevo punto de parti-
da para continuar, en el futuro, tratando el tema en confrontación con
otras informaciones.

ACTOS MAS IMPORTANTES EN EL PROCESO SUCESORIO: A


partir de la información del cronista Betanzos

Al revisar la 'Suma y Narración de los Incas' en su versión com-


pleta, uno puede advertir, entre otros, los siguientes tópicos:

1) Las actividades rituales de los incas, en especial aquellos rela-


cionados con las funerales de sus antecesores;

2) Reorganización del Cuzco y del Tawantinsuyu en diferentes as-


pectos: social, político y religioso;

3) Las guerras y actividades diversas desplegadas por los miembros


de las diarquías incaicas en relación con el control sobre poblaciones y la
consiguiente expansión del estado incaico; y

4) Ocupación territorial y edificación de establecimientos incaicos.

Señalados así estos temas surge de inmediato la siguiente reflexión:


Cuando hablamos de las diferentes crisis sucesorias registradas por los
cronistas ¿no estamos acaso ante sucesivos y constantes procesos de ex-
. pansión del Tawantinsuyu, en todo caso quizás más pormenorizados que
aquellos grandes movimientos de ocupación panandina, señalados por las
mismas fuentes?.

77
Conforme al orden en que han sido mencionados, los pasos primero
y segundo parecen corresponder a una dinámica interna en lo que se re-
fiere a la estructura de la élite y a sus funciones en relación con el «orden
incaico» estafüecido en todo el Tawantinsuyu. Ello a su vez tendría que
ver con la posición de los- miembros de la doble diarquía de gobierno y
sucesión incaicos como del resto de los integrantes de las panacas en re-
lación a un Inca antepasado, a partir del cual se contaría un ciclo comple-
to de tres generaciones. Por eso, seguramente, el acento en el aspecto re-
ligioso, las obligaciones del nuevo Inca en cuanto a la celebración de las
exequias de su antecesor y la reorganización del Tawantinsuyu, en todo
caso equivalente a la-renovación de un orden o cosmos incaico.

Las acciones enumeradas en tercer y cuarto lugar parecen apuntar


en primer término a una complementación de los pasos anteriores, lo
mismo que a demostrar la habilidad o capacidad del postulante a la pri-
macía en la estructura diárquica para suceder a su antecesor. Veamos es-
tos actos uno por uno:

Actividad ritual y exequias del Inca desaparecido

Diversos rituales rodeaban la incorporación, en vida de sus antece-


sores, de un miemb~o de la élite a la diarquía incaica, y es por esa causa
que se presenta la imagen de una estructura doble, vale decir, con cuatro
integrantes. En buena cuenta, aquello tenía que ver también con la posi-
ción que iban tomando las panacas y los candidatos a la próxima suce-
sión.

Como hemos mencionado en páginas anteriores, debía contarse el


reconocimiento de los parentescos femeninos (madre-esposa), que
involucraba a las integrantes de la élite en el asunto de la estructuración
de las diarquías. Así se ve, por ejemplo, cuando luego de la nominación
de Huáscar, la madre de este Inca, Ragua Ocllo y su hija Chusquihuipa
[S uquisuipa], «hicieron su encierro y ayuno» (Ibídem Primera Parte
XLVIII: 201). Estos rituales tendrían que ver con la incorporación a la
diarquía principal (principal o secundaria), la cual daba al nuevo miem-
bro el carácter de hijo-hermano del Inca. Así se aprecia cuando se incor-
pora a Huayna Cápac a la diarquía y es el gobernante Túpac Inca
Yupanqui quien dispon~lebraciones riq1ales en el Cu~cn, haciéndose

78
en este caso sacrificios «a todas las guacas e ídolos de toda la tierra y a
la mar» (Betanzos [1551] 1987 Primera Parte XXXIX: 177).

Una referencia aislada de Betanzos llama poderosamente l~ aten-


ción, se trata de la muerte de la coya Mama Ocllo y la realización por
parte de Huayna Cápac de rituales funerarios siguiendo un procedimiento
semejante al que se hacía a la muerte de cada Inca, es decir, acopio de
excedentes y salida y retorno al Cuzco (Ibidem Primera Parte XLIV:
190).

Otro de estos rituales, pero posterior a la muerte del soberano, de-


bió estar relacionado con la adopción de un tipo de función (militar o re-
ligiosa: en posición Hanan o Hurin) y vinculado en algún caso con el
cambio de nombre, situación que probablemente sólo se producía durante
una crisis cósmica 23 que debió coincidir con el fin ~e un ciclo completo.
Por eso las crónicas registran cambios de nombres sólo en casos muy
particulares. Por ejemplo, cuando Inca Yupanqui adopta el nombre de
Pachacútec o Atahualpa es denominado de manera diferente 24:

« ... como el Inga Atahualpa tomase la borla del estado dieronle por
nombre Cuxi Yupangue y los señores que alli estaban este nombre Caccha
Pachacuti Inga Yupangui Inga que dice el Caccha es el nombre del ydolo
de las batallas diciendo que imitaba a él en el guerrear el Pachacuti dice
vuelta de mundo el Inga Yupangue era de su bisabuelo Inga Yupangue el
Inga postrero decía rey» (Betanzos (1551] 1987 Segunda Parte VI:220-
221)

Asimismo, es notorio que el cambio de nombre debió ser la fase

23 Entendemos por crisis cósmica un cambio dramático que compromete de manera más
general al orden establecido. Significa, en efecto, un «darse vuelta el mundo»con
implicancias más profundas en lo religioso, estructura de la élite, ordenamiento políti-
co, etc., pero conceptualizado como una «recreación» radical.
24 Aunque era obvio el interés del cronista Betanzos de dar a Atahualpa una posición
preponderante y singular, dado su matrimonio con Angelina, descendiente de aquel
Inca; no por eso deja de tener importancia la mención que revela diversos usos opa-
trones entre los incas, relacionados con el vínculo a un antepasado (bisabuelo), fun-
ciones sacerdotales y reordenadoras del orden incaico, etc., aunque tal vez no corres-
pondieran al verdadero rol o posición de Atahualpa. Más adelante nos ocuparemos de
este problema.

79
crucial o culminación del proceso sucesorio, por eso es que se afirma ha-
berse llevado acabo, en los respectivos casos, luego de que los incas en
cuestión habían tomado la borla.

En cuanto a los principales rituales funerarios de un Inca, se men-


ciona de manera especial una celebración que involucraba a las panacas,
quienes ocupan sus posiciones en dos bandos: Hanan y Hurin

« .. .que saliesen dos escuadrones de gente de guerra uno de la gente


de Hanan Cuzco y [o]tros de Hurin Cuzco y que el un escuadren saliese
por una parte de la plaza y el otro por la otra y que batallasen y que se
mostrasen vencidos los de la gente de Hurin Cuzco y vencedores los de
Hanan Cuzco significando las guerras que el señor tuvo en su vida ...»
(Ibidem Primera Parte XXXI: 147): 25

De la misma manera, a juicio nuestro, en el transcurso de cada ci-


clo de tres generaciones se habría contemplado un rol preponderante para
el integrante sobreviviente de la diarquía principal, quien debía pasar a
un segundo lugar, es decir, integrar la diarquía secundaria y ratificar al
nuevo inca, o postularse para reemplazar al fallecido. Tal parece ser el
caso que menciona Betanzos a la muerte de Pachacútec cuando indica
que fueron llamados en secreto los señores del Cuzco y se dio a Yamque
Yupanqui la prerrogativa de cie~idir al respecto (lbidem Primera Parte
XXX: 141)

Datos como este último son los que pudieron haber sido entendidos
por los cronistas españoles como claras alusiones a una sucesión de pa-
dres a hijos, señalada con anticipación en vida del gobernante y que lue-
go sólo pasaría por un simple proceso de «ratificación».

También cuenta Betanzos que, en los rituales que se hicieron para


dar la borla a Túpac Inca Yupanqui en vida de Pachacútec, este Inca se-
ñaló a un «hijo» de Túpac Inca como sucesor (incorporación a la diarquía

25 Rowe llamó la atención acerca de que los miembros que él llama la «nobleza real»
(descendientes de los incas que habían gobernado) y los «grupos no reales» (parientes
lejanos de los mismos) participaban en actividades rituales en el Cuzco, como en la
ceremonia anual de purificación Citua (Zithuwa). Lo hacían en grupos y armados, mi-
rando hacia las distintas partes del Tawantinsuyu (Rowe 198:S: 37-38).

80
secundaria). En tal sentido, se le dio la borla junto con el apelativo de
Huayna Cápac. El cronista aclara que Cápac no significa en este caso
«rico», sino que alude a la alta dignidad del niño (¿posición Hanan en la
diarquía secundaria?). Aclarando en buena cuenta el mecanismo que re-
gía a las dos diarquías, Betanzos especifica que, desde entonces, el mu-
chacho -quien reemplazaría a Túpac Inca en caso de que muriese- quedó
al cuidado de Pachacútec, que se retiró de la vida pública (Ibídem Prime-
ra Parte XXVII: 131-132).

En este caso, otra doble diarquía, cuando Pachacútec se hallaba en


el ejercicio del poder habría sido:

Cuadro Nº 10: DOBLE DIARQUIA EN EL GOBIERNO DE


PACHACUTEC

PACHACUTEC TUPAC INCA YUPANQUI

YAMQUE YUPANQUI HUAYNACAPAC

La estructura de sucesión anterior parece haberse debido a la incor-


poración de Huayna Cápac a la misma. Más adelanté, cuando Pachacútec
pasa a una posición secundaria (abandona la vida pública) y Huayna
Cápac no cuenta con la edad suficiente, la diarquía se transforma de la si-
guiente manera:

81
Cuadro Nº 11: TRANSFORMACION DE LA DOBLE DIARQUIA
CON PACHACUTEC

TUPAC INCA YUPANQUI YAMQUE YUPANQUI

HUAYNA CAPAC YAMQUE YUPANQUI

Cuando Huayna Cápac pasa a ocupar la posición principal estable-


ce una nueva estructura, como la que se puede apreciar en el Cuadro Nº
12.

Cuadro Nº 12: DOBLE DIARQUIA CON HUAYNA CAPAC EN


POSICION PRINCIPAL

HUAYNACAPAC YAMQUE YUPANQUI

HILAQUITA TOPA INCA


(«Hijo mayor» de Túpac («Hermano» de
Inca Yupanqui) Hilaquita)4

Reorganización del Tawantinsuyu y de la élite

Toda vez que se llevaba a cabo un proceso sucesorio el Tawan-


tinsuyu era «reorganizado», vale decir que cada nuevo Inca debía «re-
construir» o replantear las relaciones de la élite incaica con los distintos y
principales curacazgos. Tal hecho explica también por qué las crónicas
registran a cada paso, al referirse a los gobernantes supremos en los An-
des, sucesivas y numerosas conquistas, muchas de las cuales habrían
sido, en efecto, verdaderos actos de expansión. Otros, en cambio, bien
pudieran considerarse meras ratificaciones de dominios logrados con an-

82
terioridad. Por lo tanto, postulamos la idea de que cada Inca hacía «su
Tawantinsuyu» o restablecía el dominio incaico sobre la base de acuerdos
o conquistas «personales» con los curacazgos respectivos. Este modo de
proceder se explica si recordamos que en la práctica, más allá del presti-
gio religioso incaico y de la ideología que amparaba el poder cuzqueño,
se hallaba una reciprocidad marcadamente asimétrica entre los incas y las
poblaciones que formaban el Tawantinsuyu. Aunque no equivalente, reci-
procidad al fin y, por lo tanto, amparada en mi conjunto de obligaciones
y derechos mutuos intransferibles. Tal situación explica la facilidad con
la cual numerosos grupos étnicos actuaron por cuenta propia prestando
colaboración a los españoles tan pronto iniciada la conquista, y que, en
muy breve lapso, el Tawantinsuyu dejara de ser una realidad.

De cualquier forma, la reestructuración o reorganización del Ta-


wantinsuyu debía pasar necesariamente por una reacomodación de la pro-:
pia élite incaica. Un ejemplo podría tomarse del paradigma señalado en
la tradición oral incaica acerca de la crisis ocurrida en tiempo de
Wiracocha, que trajo como consecuencia la elevación de Inca Yupanqui a
la posición de Inca gobernante. En efecto, dice Betanzos que el futuro
Pachacútec recibió bien a los miembros de la élite que habiendo abando-
nado el Cuzco con Wiracocha retornaron a él; les dio mujeres, casas y
ropas y no les quitó lo que tenían antes, como casas, tierras, depósitos de
comida y ropa (Ibídem Primera Parte IX: 40). Esta situación refleja el rol
de la élite en lo que se refiere a la consecución del dominio incaico. A
semejanza de lo que sucedía con el Inca gobernante, el resto de la élite
debió tener relaciones entabladas con diferentes curacazgos y, por esta
causa, un convenio con su propia pa,rentela facilitaba al Inca el logro de
acuerdos o dominio con o sobre los distintos grupos étnicos.

La reorganización de la élite en relación a cada crisis sucesoria im-


plicaba también cambio de posiciones de sus miembros al interior de la
misma que, aunque sabemos basado en criterios religiosos y bajo formas
ceremoniales, no deberíamos considerar de manera aislada de las posibili-
dades reales de acceso a energía y producción que tenían los integrantes
de las panacas.

También debemos mencionar que tal reestructuración de la élite en


relac ió n a cada proc eso sucesorio, que arrancaba en las sucesivas
estructuraciones .de la doble diarquía1 se expresa con claridad en la entre- .

83
ga de mujeres a los miembros de la élite. Como sabemos, ello podía ha-
cer variar, inclusive de manera considerable, la situación específica de los
integrantes de la misma en particular y de las panacas en general.

Refiere Betanzos que luego de la elevación de Túpac Inca a la


diarquía principal y de Huayna Cápac a la secundaria, Pachacútec entre-
gó como «esposas» a los principales del Cuzco a mujeres incas [«sus hi-
jas»] y lo propio hizo en beneficio de «ciertos señores y caciques princi-
pales de la tierra».

Se afirma que en los establecimientos de Yucay y Vilcas 26 Huay-


na Cápac

« ... dio estancia a los señores del Cuzco ansí a vivos como a los
muertos que estaban en bultos para que alli pusiesen sus yanacOnas mozos
de su servicio para que les labrasen ... » (lbidem Primera Parte XCIII: 87)

En numerosas ocasiones los cronistas han mencionado que los dife-


rentes incas habían refaccionado o reedificado la ciudad del Cuzco. Aun-
que es lógico pensar que esto era así y se refería al crecimiento de la ciu-
dad en la medida que también se incrementaba la élite, no debe ser me-
nos cierto que las citadas reconstrucciones del Cuzco están aludiendo a
una reorganización de carácter social y ritual de la ciudad, es decir, de la
élite que habitaba en ella.

Las relaciones de los incas iban, como se ha dicho antes, más allá
de su propio entorno social: la élite incaica, y se orientaban a los
curacazgos principales, en especial a aquellos que tenían gente ubicada
en los alrededores del Cuzco. Betanzos señala que luego de reedificar el
Cuzco y hacer celebraciones rituales a los bultos de sus antepasados,
Huayna Cápac salió de la ciudad a visitar «los pueblos y provincias en
tomo a la ciudad eran veinte leguas» llevando bienes a redistribuir entre
sus curacas. Continúa señalando el cronista que dichas autoridades reci-
bían al Inca y le entregaban «ropa y peluca» 27 a la usanza de cada pue-

26 Vilcas, que se hallaba a unas 40 leguas del Cuzcco, había sido además señalado por
Huayna Cápac al bulto de Yamque Yupanqui (Ibidem Primera Parte XLI: 183).
27 Conviene recordar que aunque basándose en un caso de la costa sur, Rostworowski re-
cordaba que el vestido (el material empleado) así como «los adornos de cabeza» ser

84
blo para que el Inca se la pusiese y así vestido se sentaba en su usnu, ce-
lebrando un ritual. El recorrido del soberano se completaba al volver a
Yucay, para desde ahí retornar al Cuzco (Ibidem Primera Parte XLII:
185-186).

Más aún, el cronista informa que además Huayna Cápac envió a


«visitar» el Tawantinsuyu y a «colocar» autoridades en su nombre y
mandó «reedificar» o «reparar» los edificios del Cuzco lo mismo que
acequias y acueductos 28; toma cuenta del ganado del sol y acude al tem-
plo solar donde realiza sacrificios, cosa que también repite en homenaje a
los bultos de Pachacútec, Túpac Inca Yupanqui y Yamque Yupanqui
(Betanzos Op. cit. Primera Parte XLI: 183).

Las guerras de conquista de los incas: Control y reparto de exceden-


tes

De hecho, el proceso sucesorio en cuanto a la recomposición de re-


laciones del Inca con los diferentes grupos étnicos conllevaba la capta-
ción de energía con la consiguiente obtención de excedentes y su necesa-
ria redistribución. En lo que se refiere a esto último, está claro que las
mismas celebraciones rituales en tomo a las nominaciones, incorporación
a las diarquías y las exequias del antecesor, así como las «guerras de
conquista» emprendidas por los incas, implicaban acopio y gasto de ex-
cedentes, existiendo abundante información en las crónicas y en especial
en la 'Suma y Narración de los Incas'.

Los ejemplos son numerosos y muy especialmente en lo que se re-


fiere al proceso sucesorio desde Túpac Inca hasta Huayna Cápac, a los
cuales se refiere Betanzos con mayor detalle. Sin embargo, encontramos
una clara alusión al patrón andino que establecía una directa relación en-
tre poder, manejo de energía y captación de excedentes, de larga y difun-

vían para diferenciar a las personas en los Andes prehispánicos (Rostworowski 1977:
266).
28 La importancia de este tipo de acciones para el control de las aguas y su significado
ha sido tratado por varios autores,recuérdese a Sherbondy 1979 y al que hemos men-
cionado anteriormente: Zuidema 1986. .

85
dida data en los Andes preincaicos 29, cuando se refiere el cronista a los
chancas y dice que estos decidieron atacar a los incas y sujetarlos porque
ellos tenían más gente. La campaña de los chancas supuso la entrega a
las tropas no sólo de armas sino también de bienes como: carne y pesca-
do seco, maíz y demás .comidas, además de que se permitiría a los com-
batientes tomar «el despojo de la guerra», consistente en ropa, ganado,
oro, plata, mujeres y yanaconas (Betanzos Op. cit. Primera Parte VI: 23-
24).

En pleno proceso sucesorio, en la información se destaca la labor


del nominado para hacerse de excedentes, especialmente ganado, coca y
ají. Estos últimos a utilizarse abundantemente en los rituales funerarios.
Betanzos menciona que deberían ser «comprados» (léase intercambiados)
(Ibidem Primera Parte XLIV: 189), con lo cual está subrayando que a
esas alturas del proceso se exige al nuevo Inca culminar el ritual funera-
rio de su antecesor, pero teniendo aseguradas sus relaciones y afirmado el
poder suficiente que le permitieran obtener tales productos por la vía de
los «intercambios», es decir en base al desarrollo de patrones sociales.
De la misma manera, al culminar las campañas de conquista se repartían
excedentes cuyo valor estaba señalado por la tradición oral y obviamente
debido a su uso ritual y/o económico. Tal es la mención hecha por nues-
tro cronista hasta en tres oportunidades de la entrega de sal realizada por
Inca Yupanqui durante su campaña en la r~gión del Antisuyu (Ibídem
Primera Parte XXVIII: 133-135).

Las guerras de conquista entre las sociedaMs prehispánicas, en es-


pecial hacia la época de los incas, parecen haber estado destinadas más
bien a alcanzar control sobre poblaciones que dominios territoriales, en el
sentido más preciso del término. No olvidemos que en los Andes la terri-
torialidad era discontinua y que la posesión o derechos sobre la tierra se
lograban a través de una ocupación efectiva. Recuérdese asimismo que
entonces la «riqueza y pobreza», como también el «poder», se medían en
términos de la cantidad de parientes y/o subordinados a los que tuvieran
acceso tanto un curaca como una persona.

El juego de alianzas con diferentes curacas es evidente en los prin-

29 Tratado también en Regalado de Hurtado (1984).

86
cipales conflictos bélicos de los incas, por ejemplo en aquel paradigmá-
tico inca-chanca, que también tiene que ver con modificaciones al inte-
rior de la élite y una crisis sucesoria, según parece desprenderse de la tra-
dición oral.

« ... que por cuanto eran orejones que luego les fuesen trasquilados
los cabellos y ansí ellos mismos se trasquilaron todos viendo la voluntad
del Inga y vando que les hacían mercedes en aquello porque el traje de
Inca Yupangue y de los del Cuzco era andar atusados y hecho esto
mandolos que se fuesen todos a su pueblo a que viviesen en paz ... »
(Betanzos Op. cit. Primera Parte X: 44).

Según la cita anterior, a partir de un conflicto como el que se pro-


dujo (según la memoria oral) entre incas y chancas se modifica la élite
incorporando a quienes en algún momento llegaron a reputarse como
enemigos. Tal procedimiento pudo haber tenido gran significado como
mecanismo para asegurar y mantener el dominio incaico conseguido pre-
viamente por las armas, cuanto una forma de retribuir un cambio de con-
ducta de ciertos curacazgos, en la medida que de enemigos se tornaban
en aliados. Asimismo, es importante tomar en cuenta que este tipo espe-
cial de alianza parece tener lugar con quienes tendrían una posición estra-
tégica en las inmediaciones del Cuzco; tal el caso de Xaquixahuana.
Igualmente, debe considerarse importante como demostración de la habi-
lidad o capacidad para el gobierno de un Inca, quien en medio de un con-
flicto sucesorio haría alarde de su poder de convocatoria y aseguraría
alianzas valiosas para el contrapeso a su favor de las diversas fuerzas en
pugna al interior de la élite.

Fue común, durante la vigencia del Tawantinsuyu, que los gober-


nantes cuzqueños realizaran campañas de «conquista y reconquista», por
razones de -estrategia y con un sentido ritual entre cuyos objetivos se
contaba el dirimir fuerzas en medio de los conflictos de la élite durante
los procesos sucesorios, cuestión esta última que tenía que ver con las re-
laciones que se debían entablar con diferentes curacazgos.

Inca Yupanqui en plena fase de alcanzar la primacía para convertir-


se en el Inca Pachacútec obtiene el apoyo y reconocimiento de numero-
sos curacas, hecho que conocido por Wiracocha habría determinado que
lo reconociese como Inca gobernante. Esto es indicado por Betanzos,
quien además agrega que Inca Yupanqui «ordena>> a varios curacas entre-

87
gar mano de obra a Wiracocha, aunque siguiendo el tradicional patrón
andino de reciprocidad, por lo cual Wiracocha les da a cambio bebida, te-
jido, hondas y coca (Betanzos Op. cit. Primera Parte X: 46-47). La acti-
tud de Pachacútec debe entenderse como una clara demostración de su
poder ante Wiracocha.

Como decíamos, las incursiones de los miembros de las diarquías


realizando campañas de conquista en las diferentes regiones del
Tawantinsuyu y movilizando población hacia los alrededores del Cuzco
tendría un sentido ritual pero naturalmente un enorme significado social,
político y económico.

Nuevos establecimientos incaicos y edificaciones

El poder del Inca se expresaba también en su capacidad para llevar


a cabo edificaciones, fundar establecimientos, etc. Todo ello bien podría
ser la réplica simbólica de las acciones primordiales de la divinidad al or-
denar el mundo en el tiempo de los orígenes y, por lo tanto, formar parte
de las funciones sacerdotales del monarca. En efecto, el prestigio y poder
de Pachacútec ha sido registrado en las crónicas no sólo en relación a su
papel de renovador del culto y artífice de la gran expansión íncaica, sino
también a través de una constante alusión a sus actos encaminados a re-
novar o edificar establecimientos y edificios incaicos a lo largo y ancho
del Tawantinsuyu (Betanzos Op. cit. Primera Parte XI: pass).

Este tipo de actividades frecuentemente adjudicadas a los diferentes


incas en momentos críticos de la historia del Tawantinsuyu y en especial
durante los procesos de sucesión, tiene un gran significado religioso en
tanto se pueda creer, por ejemplo, que resultarían ser las expresiones tan-
gibles de las potencialidades atribuidas a los incas 30, tratándose además
de actos fundacionales.

De hecho, no debe tampoco llamamos la atención que se mencione


en las fuentes una gran actividad incaica en materia de la erección de
santuarios, establecimientos, etc. Bien se sabe que la arquitectura incaica

30 No se olvide que se atribuye al Inca el poder mover las piedras, allanar los cerros,etc.

88
jugó un rol muy importante en el proceso de expansión del dominio del
estado y la difusión de la cultura incaicos. Los períodos correspondientes
a Pachacútec, Túpac Inca y Huayna Cápac parecen representar la fase du-
rante la cual se produce una considerable estandarización en la forma y
los toques secundarios en importantes edificios de factura inca, haciéndo-
se inclusive más complejos (Hyslop 1990: 26).

Betanzos adjudica a Huayna Cápac la edificación de un santuario


para rendir culto a Wiracocha en Cacha 31, lugar situado en la región del
Collao, y se señala igualmente que alrededor de este recinto sagrado se
levantaron por mandato del Inca varios edificios en donde se establecie-
ron acllas y yanaconas (Betanzos, Op. cit. Primera Parte XLV: 191-
192) 32. Lo interesante de todo esto es que el lugar gozaba de una gran
reputación religiosa puesto que en la mitología andina vinculada al dios
Wiracocha, Cacha era un lugar importante en el proceso de creación del
mundo llevado a cabo por dicha divinidad.

Detrás de la necesidad de instalar pueblos, construir santuarios y


edificar palacios está también un ritual de ocupación que otorga control
territorial. En la práctica, también esencial para el Inca y el estado cuz-
queño por razones políticas, sociales y económicas .

El valor ritual incluso es evidente cuando la acción de edificar o te-


ner un asiento preciso se relaciona con el hecho de pasar a ocupar una
posición de antepasado, de todas maneras válida para definir situaciones
en el proceso de la sucesión. Así vemos cómo en la pugna (evidentemen-
te ritual) entre incas y chancas, Wiracocha se retira del Cuzco y funda un
«pueblo» en «un peñol 33 de Caquia Xaquixahuana», a siete leguas del

31 En otra parte de su crónica Betanzos indica que Cacha Inga era el nombre que tam-
bién se daba al bulto de Punchao o «Ídolo de las batallas» (Ibidem Segunda Parte ID:
212).
32 La referencia no parece dar información válida respecto a la autoría y lugar preciso de
la mencionada construcción, lo que no le quita en lo más mímino importancia a la re-
ferencia en cuanto resalta el valor simbólico concedido a las edificaciones incaicas y
su adjudicación a la voluntad de los incas para los fines que estamos considerando.
33 Sitio en el área del Cuzco, también conocido como Huchuy Cuzco, citado por Hyslop
1990 4: 126, quien dedica un capítulo de esa obra a las piedras y cúmulos en el Ta-
wantinsuyu._Además, vale la pena mencionar que Huchuy significa <<nuevo».

89
Cuzco por encima de Calca (Ibidem Primera Parte IX: 40). En este caso
la functtición no significará para el Inca una vigencia política sino cere-
monial.

Es también evidente que en todos los casos se establece una rela-


ción precisa entre las funciones sacerdotales de los incas y las fundacio-
nes y edificaciones realizadas por ellos, por eso es que Betanzos señala
las tareas sacerdotales de Túpac Inca Yupanqui en el Cuzco antes y des-
pués de adjudicarle la construcción de Sacsayhtiaman. Enseguida añade
que mandó edificar el establecimiento de Chinchero para que se asentara
la élite vinculada a su persona. La descripción hecha por Betanzos denota
con claridad el carácter ritual de la participación del Inca en la citada
construcción, aunque también el uso de enorme mano de obra procedente
de distintos lugares de los Andes, y aunque las cifras resulten exageradas,
de todas formas se manifiesta la capacidad de convocatoria del inca ante
los curacas (Ibidem Primera Parte XXXVII y XXXVIII).

Una larga pero esclarecedora cita de Betanzos, refiriéndose a


Huayna Cápac, abunda en detalles y nos releva de mayor comentario so-
bre el tema:

« ... mandó que de toda la tierra viniesen cien mil indios y los más
que ser pudiesen y luego fue sumando a todas las provincias y dentro de
seis meses se juntaron ciento y cincuenta mil indios en la ciudad del Cuzco
y como el Ynga los viese mandó a los señores del Cuzco que se fuesen
con aquella gente y la llevasen al valle de Yucay y él ansi mismo fue con
ellos y luego puso en obra en adere zar del valle e hizo que el río fuese
echado por la parte de hacia el Cuzco haciéndole fortalecer y haciéndole
madre por do fuese y por la parte que el río iba hizo derribar los cerros y
allanarlos y ansí hizo el valle llano y de manera que en él se sembrase y
cogiese y hizo que en él se edificasen casas y aposentos do él se fuese a
recrear en el cual valle dio estancias a los señores del Cuzco ansía los vi-
vos como a los muertos» (Ibídem Primera Parte XLIII: 187-188).

Nuevamente está claro que en términos sociales el poder del Inca


se manifiesta por medio de su capacidad para manejar mano de obra y
desarrollar con ella una tecnología que requería adecuados niveles de or-
ganización y contingentes considerables de energía. Además, están las
cuestiones relacionadas con una serie de acciones de evidente importan-
cia religiosa, como la remoción de piedras, control de las aguas, etc.,

90
evidentes en términos arquelógicos en distintos establecimientos in-
caicos 34. Más adelante, la información vinculada a la crisis sucesoria a la
. muerte de Huayna Cápac nos obligará a desarrollar más este tema.

34 Consúltese por ejemplo la obra de Hyslop 1990, antes citada.

91
CAPITULO IV

LA SUCESION DESDE HUAYNA CAPAC HASTA LOS


INCAS DE VILCABAMBA
Si bien es cierto que la contienda entre Huáscar y Atahualpa consti-
tuye un fenómeno propio del comportamiento de las estructuras del
Tawantinsuyu durante las fases sucesorias y no puede usarse como argu-
mento para suponer la decadencia del Tawantinsuyu (Zuidema 1989 5:
198), no es menos real, por lo que se conoce, que la sucesión de Huayna
Cápac constituyó una «crisis cósmica» -en el sentido que dábamos al
concepto en las páginas anteriores-, no solamente por haberse cubierto un
ciclo completo de tres generaciones, sino porque la situación del
Tftwantinsuyu en el momento de su máxima expansión requería en mu-
chos aspectos una nueva adaptación de los patrones tradicionales andinos
a las exigencias de una organización con dimensiones tan grandes como
·1as alcanzadas entonces por el incario (Regalado de Hurtado 1987).

LA SUCESION DE HUAYNA CAPAC

No parece necesario resumir aquí los-eventos recogidos en las cró-


nicas que han servido para caracterizar la guerra desatada entre Huáscar
y Atahualpa y profundizar su sentido. En este caso nos interesa observar
en la contienda los elementos de una crísis sucesoria, tanto en sus mani-
festaciones más típicas -conforme las hemos ido señalando en los capítu-
los precedentes- cuanto en aquellos rasgos que parecen salirse fuera de
esas normas.

95
En vida de Huayna Cápac se deja entrever la existencia de una do-
ble diarquía integrada de la siguiente manera:

Cuadro Nº 13: PROBABLE DOBLE DIARQUIA EN TIEMPO DE


HUAYNA CAPAC

HUAYNACAPAC YAMQUE YUPANQUI (II)

HUAS CAR ATAHUALPA

Esta estructura se advierte cuando en la crónica de Betanzos se re-


fiere la salida de Huayna Cápac de la ciudad sagrada en compañía de
Atahualpa «para ir a conquistar Quito», mientras en el Cuzco [Link]
Yamque Yupanqui (el mayor del grupo) y Huáscar, (Betanzos Op. cit.
Primera parte XLVIII: 199). Aparentemente ambos quedaron en ejercicio
del poder pero en posición ceremonial.

Más tarde, el famoso asunto destacado por los cronistas acerca de


la frustrada elección de Ninancuyochi durante la gravedad de Huayna
Cápac, aparece mencionado también por el mismo Betanzos, quien agre-
ga que el nominado tenía sólo un mes de nacido (Ibidem: 200-201). De
acuerdo a lo que venimos planteando, bien se puede creer en la elección
de Ninancuyochi, pero, por ser el miembro más joven de la doble estruc-
tura, tendría que entenderse que su designación no se refería a la suce-
sión de Huayna Cápac en tanto Inca gobernante (en la diarquía principal)
sino para ocupar un puesto en la diarquía secundaria.

Muerto Huayna Cápac, no quedan dudas acerca del encumbra-


miento de Huáscar a la posición principal en la diarquía. El mismo
Betanzos, quien manifiestamente y por razones personales subraya la po-
sición e importancia de Atahualpa, no deja de mencionar que tan pronto
como se produjo el deceso de Huayna Cápac, Huáscar realizó el ayuno
correspondiente y tomó la borla adoptando el nombre de Topa Cuxi

96
Gua1pa 35. No circunscribe a eso el procedimiento sucesorio a favor de
Huáscar sino que también añade que este Inca mandó enseguida que se
quitaran las tierras de coca y maíz al sol y a los bultos de los Incas y de
Huayna Cápac, aplicándolas para sí. Dice asimismo que «afrentó» a su
«madre», acusándola de ser mujer de Atahualpa en Quito (Betanzos Op.
cit. Segunda Parte I: 286).

De lo afirmado por Betanzos resultan rescatables por lo menos tres


cuestiones:

1) La toma de borla y cambio de nombre del Inca, indicativo de


una crisis cósmica y el inicio de un nuevo ciclo que debía incluir tres ge-
neraciones;

2) Modificaciones importantes al interior de la élite expresadas en


«quitar las tierras» (en realidad, mano de obra) «aplicándola para sí»
(equivalente en todo caso a colocar en mejor posición y otorgar mayor
poder a los miembros de su panaca); y

3) La «afrenta» a su «madre» quizás deba entenderse como la rup-


tura con un sector de su parentela, lo que incidiría en la modificación de
la estructura de la élite.

En cuanto a estas modificaciones de la élite realizadas por Huáscar,


deberíamos mencionar también la eliminación de algunos de sus miem-
bros por mandato de este Inca. Tal es el caso de Guamán Titu o Guari
Titu y Mayta Yupanqui, quienes habrían sido asesinados cuando se halla-
ban camino al Cuzco luego de haberse entrevistado con Pizarro en
Cajamarca (Pizarro, Pedro [1571] 1978 9: 43-44).

Una posible doble diarquía a la que habría pertenecido Huáscar se-


ría la conformada con Huanca Auqui, Aguapante y Curiatao (Coriatao),
personajes visibles en la información de Betanzos como cabezas de los
ejércitos contra Atahualpa (Betanzos Op. cit. Segunda Parte VII: 224).
Aunque en todo caso debió tratarse más bien de una doble dualidad con

35 Desde aquí parece arrancar el apelativo de Cuxi (Cusi) que usará más tarde uno de los
Incas de Vilcabamba.

97
carácter específicamente militar, vale decir, válida en la estructura de las
tropas incaicas en un momento determinado. Diarquía existente en aquel
momento de la crisis (¿tal vez simultáneamente?), es la conformada pri-
mero por Huáscar y Quilisca Auqui, calificado por nuestro cronista como
«Hijo de Túpac Inca y primo hermano de Huáscar y Atahualpa». Este
personaje fue a pelear contra Atahualpa, resultando prisionero en Jauja;
sin embargo, Atahualpa lo habría enviado a «cogobernar» Quito (lbidem
VIII: 228).

Otra posibilidad se ofrece a partir de la aseveración de Guamán


Poma, quien asegura que en tiempos de Huáscar vivía en el Cuzco un tal
Cápac Apo Guamanchana como segunda persona del Inca (Guamán
Poma [1615] 1980 Tomo 1: 291). Nos inclinamos por aceptar la informa-
ción de Betanzos, quien a pesar del sesgo que impone a su relato, eviden-
temente recogió sus informaciones de la élite incaica, a diferencia de
Guamán Poma, quien además compuso su obra mucho más tarde.

Como se sabe, los cronistas recogieron una tradición oral que tra-
dujeron en términos históricos, combinando las versiones mítico legenda-
rias con sucesos reales. Por esa causa, importa considerar -en lo refetido
por Betanzos- los criterios andinos subyacentes al relato historizado.
Así, se desprende de la versión anterior que la diarquía inicial entre
Quilasca Auqui y Huáscar se transforma luego para establecer una rela-
ción entre el primero de los nombrados y Atahualpa.

Betanzos agrega que apenas iniciada la pugna 36, Huáscar da los


pasos necesarios para asentar su primacía: sale del Cuzco en compañía de
mucha gente y edifica Calca (Ibídem III: 211). Recuérdese que este com-
portamiento de salir del Cuzco con gente (integrante de la élite) para fun-
dar un establecimiento repite -entre otras- la conducta señalada a dife-
rentes incas, en especial a Wiracocha cuando se establece en Xaquixa-
huana.

El procedimiento de hacerse fuerte fuera del Cuzco y regresar a él

36 Algunos testimonios, entre los que se cuenta la información ofrecida por el cronista
Pizarro, arrojan una antigüedad aproximada de diez años para el período más álgido
de la crisis general del Tawantinsuyu y de unos tres años para la gu'.'! rra entre Huáscar
y Atahualpa (Pizarro [1571] 1978 10: 49-50).

98
para tomar la borla se advierte también a la muerte de Pachacútec, cuan-
do Túpac Inca Yupanqui, que estaba en Quito, pasó furtivamente a
Yucay antes de retornar a la ciudad sagrada y elevarse como «Inca go-
bernante» 37 (Murúa [1590] 1946 Lib. I, XI: 71-72).

Más adelante, Huáscar hizo trasladar a Calca a los «parientes» de


Atahualpa, entre los que se contó Cuxi Yupanqui, «hijo» de Yamque
Yupanqui. La crónica citada dice que este grupo pertenecía a los Hanan
Cuzco 38 y que Huáscar habría colocado a Cuxi Yupanqui a la cabeza del
mismo, con el encargo de que fuesen «a matar» a Atahualpa.

Cuxi Yupanqui llevaba consigo el bulto Punchao que cuando niño


le había sido entregado por el propio Huayna Cápac y que Betanzos lla-
ma ídolo de las batallas o «Cacha Inga» (Ibidem: 212).

Cuadro Nº 14: DOBLE DIARQUIA CON HUASCAR Y


ATAHUALPA

HUASCAR CUSI YUPANQUI

ATAHUALPA QUILASCA AUQUI

Considerando todos estos datos e interpretándolos como referencias


que indican una estructura de doble diarquía en este proceso sucesorio,
tendríamos la que se representa en el Cuadro Nº 14.

Aunque es evidente la intención de Betanzos de señalar ante los


ojos de los españoles los derechos indiscutibles de Atahualpa para ceñirse

37 Usamos la frase «Inca gobernante» para indicar que está ocupando una posición
preferencial en la diarquía principal. .
38 Afirmación que debe entenderse como parte del esfuerzo de Betanzos por dar a lapa-
rentela de Atahualpa -a la cual pertenecía su mujer Angelina- un status mayor.

99
la mascapaicha, los datos que ofrece a lo largo de su obra resultan valio-
sos para entender la mecánica sucesoria partiendo de la doble estructura
diárquica. Referencias diversas hechas en su 'Suma y Narración de los
Incas' permiten esclarecer algunos aspectos del Cuadro en cuestión:

1) Atahualpa tenía parecido físico a «su abuelo» Túpac Inca


Yupanqui. Se nota aquí cómo la filiación con el antepasado, que tenía en-
tre los incas claras connotaciones simbólicas, es transformada por el cro-
nista en semejanza física;

Por «línea materna» descendía de Pachacútec (Cápac Aillo del


Cuzco), siendo por esta razón Hanan.

2) Huáscar, aunque descendiende de Pachacútec por «línea mater-


na», sería Hurin por ser su madre «un tanto deuda» de aquel Inca; y

3) Finalmente, menciona a Cuxi Yupanqui «hijo» de Yamque


Yupanqui, a quien el propio Huayna Cápac habría integrado a una de las
diarquías, pues él mismo le puso nombre (Ibídem Primera Parte XLVI:
193-195).

Con lo considerado hasta ahora por la moderna historiografía


andina ya no existen razones de verdadero peso para seguir considerando
la «ilegitimidad» de Atahualpa para aspirar a convertirse en Inca gober-
nante. Todo lo que venimos planteando en estas páginas da mayor aside-
ro a dicha convicción. Por lo tanto, no discutiremos este tema y más bien
pasaremos a revisar algunas informaciones que corroboren lo dicho sobre
el proceso sucesorio 39.

En efecto, se dice que Atahualpa luego de conquistar a los partos


regresa a Carangue, donde había levantado un establecimiento, y toma la
borla de manos de Cuxi Yupanqui, recibe a su Coya o mujer principal,

39 Algunas de las fuentes que mencionan la bastardía e ilegitimidad de Atahualpa y la ·


legitimidad de Huáscar son las siguientes: Sarmiento [1572] 1920 LXIII y Cabello
Valboa [1586] 1951 XXVI. En la historiografía moderna podemos mencionar entre
otros a: Guillén 1979:. 33; Wachtel 1978: 48 y Szeminski 1984: 49. Este último habla
de la bastardía de Atahualpa pero señala que seria el primer mea de una nueva era.

100
deja en ese sitio a Quico (¿Quizo?) -un orejón cuzqueño-, y parte a Qui-
to. El mencionado Quico, que se dice dejó en Carangue, estaría actuando
como cogobernante de Atahualpa en el lugar 40. Acto seguido habría
mandado confeccionar el bulto «que imitaba a su persona» (Ibidem Se-
gunda Parte VI: 219-220).

Las acciones previas a la toma de la borla son significativas.


Atahualpa repite lo que hicieron sus antecesores e inclusive lo practicado
por Huáscar, a quien habría reemplazado en la posición principal. Vale
decir que edifica un establecimiento y toma mujer, adoptando de esta for-
ma una «madre o cabeza» para un sector de su parentela.

Aunque puede dudarse de lo afirmado por Betanzos, es significati-


vo que este cronista mencione que la Coya en cuestión fuera Cuxirimay
Ocllo, descendiente de -Pachacútec.

De todo lo mencionado, la entrega de la borla de manos de Cuxi


Yupanqui es una cuestión de suma importancia. Conforme a los procedi-
mientos sucesorios que ya hemos considerado, esta acción significaría
que Cuxi Yupanqui se transforma en «mayor» en relación a Atahualpa,
pasando en vida a una posición pasiva o no vigente para el gobierno y
después de morir a la categoría de «antepasado».

Es por demás interesante que se señale que luego de varias victo-


rias Atahualpa recibió de buen grado a Cuxi Yupanqui como su «primo
hermano» (Ibídem: 214), vale decir, miembro de su misma generación,
aunque --como hemos visto- luego el citado personaje ocupará una posi-
ción diferente en la red de parientes y en la estructura diárquica.

Todo este conjunto de hechos, que marcan la nueva ubicación de


Atahualpa, queda subrayado por cuanto en Carangue, donde se afirma
que Atahualpa tomó la borla, este Inca -dice Betanzos- habría hecho
guardar el bulto de Huayna Cápac (Ibídem: 215).

40 Es importante mencionar que en otros documentos se menciona a Quizo como un per-


sonaje principal que actúa permanentemente «en nombre y representación» de
Atahualpa.

101
Sin embargo, Quito es el lugar al que los cronistas, incluido Betan-
zos, dieron la mayor importancia en relación con el encumbramiento de
Atahu~lpa. Este cronista llega a afirmar que Atahualpa «no quiso» entrar
al Cuzco sino que escogió establecerse en Quito, pero llevando gente ex-
traída de la ciudad sagrada «para poblar un nuevo Cuzco» 41 (Ibidem
XIX: 261-262). Vemos en este caso que el Inca está haciendo lo mismo
. que Huáscar cuando estableció Calca y trasladó gente cuzqueña de los
Hanan Cuzco. En ambas situaciones se trató de una modificación de la
conformación de la élite, además del sentido religioso que tienen en sí las
fundaciones.

La historiografía ya se ha ocupado sobre el carácter religioso del


enfrentamiento entre Huáscar y Atahualpa y el sentido ritual de sus ac-
ciones durante la contienda reseñada por los cronistas españoles (Véase
Pease 1975), haciendo hincapié en que la descripción de la guerra como
un asunto meramente político es resultado de la simple aplicación de los
criterios occidentales de los autores de las citadas fuentes.

Este sentido religioso y su relación con el proceso de afirmación


de uno u otro contrincante en busca de alcanzar la posición de Inca go-
bernante queda claramente expresado en la afirmación de Betanzos, cuan-
do señala que a pesar de que en el Cuzco Huáscar ya había procedido a
dar inicio a los rituales funerarios de Huayna Cápac y confeccionar su
bulto, Atahualpa hacía algo similar en Quito. Es más, dice que mandó
confeccionar dos bultos, uno para dejarlo en Quito y otro para llevarlo
consigo (como huaca) a donde fuera y que, asimismo, envió a Huáscar
una ofrenda de ropa, la cual no fue aceptada por su rival, quien procedió
a declararse integrante de los Hurin Cuzco (lbidem Segunda Parte 11:
209-210).

Tal descripción resulta sumamente valiosa por cuanto subraya los


siguientes aspectos:

1) Quito (o en todo caso Tumipampa, según otras versiones), se

41 La gente provenía del Cuzco y 30 leguas alrededor, dice Betanzos. Los curacas del
Cuzco que fueron convocados eran de canas y collas, canchis, papiris, quivios,
yanahuaras y quechuas (Betanzos Op. cit. Segunda Parte XIX: 262).

102
constituye de manera indiscutible en un nuevo centro del Tawantinsuyu
en medio de la pugna por la posición principal en la diarquía.

«Tumipampa se colocó como foco de oposición al Cuzco, de mane-


ra circunstancial, en razón de hallarse en la región hacia donde se había di-
rigido la expansión inca de los últimos tiempos» (Regalado de Hurtado
1987 Tomo I, III: 111); y

2) El envío de dones realizado por Atahualpa en favor de Huáscar


es una abierta propuesta para que éste reconozca la primacía de su oposi-
tor. El consiguiente rechazo marca de manera radical el hecho de que el
asunto no quedaba definitivamente dirimido y, más aún, es manifesta-
ción de que ambos bandos, Hanan Cuzco y Hurin Cuzco, mantenían en-
tonces sus fuerzas suficientemente equilibradas.

De otro lado, se menciona que Huáscar conminó en varias oportu-


nidades a Atahualpa para que acudiese al ~uzco, sin conseguirlo (Pizarro
Op. cit. 10: 50). El acatamiento que mutuamente se reclaman Huáscar y
Atahualpa significaba que el orden del Tawantinsuyu, con un Inca afian-
zado en su posición principal en la diarquía, todavía no se había conse-
guido.

Más adelante se menciona el proceso que culminaría con la alianza


de Atahualpa con los cañaris, registrada en las fuentes de diversa manera,
por ejemplo, la decisión del Inca de que en cuanto ~e lograra tomar pri-
sionero a su principal jefe, un tal Ucoxicha, no se le diera muerte sino
que por el contrario «se le hiciese honra» (Ibídem: 133); como también
que se proclamara Inca con apoyo de sus parientes y de los cañaris
(Pizarro Op. cit. 10: 51).

Tal actitud recuerda con bastante claridad el paradigma ofrecido


por Pachacútec frente a la élite y poblaciones de Xaquixahuana, durante
la contienda entre incas y chancas, en el respectivo proceso de la consoli-
dación de su posición como Inca gobernante. En el caso de Atahualpa, su
valioso control sobre los cañaris se expresa finalmente cuando los esta-
blece en calidad de mitimaes en Guambos (Ibídem V: 216). Todo esto es
importante para considerar que en los conflictos sucesorios, sobre todo a
estas alturas del desarrollo del Tawantinsuyu, ciertas poblaciones que
constituían para los incas un acceso «exclusivo» a la energía (servicios o

103
trabajo especializado), se convierten en verdaderos grupos de presión en
los que parecen apoyarse los miembros de la élite (Regalado de Hurtado
1987 III: 104, Tm. I). Así lo indica el hecho mencionado por Cieza en el
sentido de que Huáscar buscó entre los mitimaes adhesiones a su favor
(Cieza [1550] 1985: 24).

En calidad de Inca y con clara ventaja sobre Huáscar, Atahualpa,


. siguiendo según Betanzos el patrón señalado por Pachacútec

« ... mandó luego hacer un bulto de sus mismas uñas y cabellos el


cual imitaba a su persona y mandó que se llamase este bulto Ynga
Guauquin [wawqe] que dice el hermano del Ynga y este bulto ansí hecho
mandó que fuese puesto en unas andas y mandó a un criado suyo que se
decía Chima quedando a este bulto que le sirviese y que tuviese cargo de
guardarle y mirarle y dando a este bulto otros muchos mozos y servicios
mandó que luego fuese tomado el bulto y llevado de sus andas por la posta
a dó sus capitanes estaban Chalcuchima y Quizquiz para que las provincias
y gentes que sujetasen diesen obediencia a aquel bulto en lugar de super-
sona... » (Betanzos Op. cit. Segunda Parte VI: 220).

A todas luces se trata de una conquista ritual y al parecer también


el establecimiento de la panaca de Atahualpa. Lo corroboran las mencio-
nes del cronista acerca de que en la fase inicial de la conquista llevada a
cabo por los españoles y cuando todavía no había concluido la pugna de-
rivada del proceso sucesorio de Huayna Cápac (Véase Regalado de Hur-
tado 1987), se procedió a esconder el mencionado bulto en Xaquixa-
huana junto con una parte de sus parientes, entre los que se contaba el tal
Chima. Todo lo cual se habría ejecutado por indicación de Quizquiz
(Betanzos Op. cit. Segunda Parte XXV: 281).

Luego de la ejecución de Atahualpa, Cuxi Yupanqui (quien aparen-


temente habría recobrado por esa causa una posición privilegiada), robó
el cuerpo de Atahualpa para llevarlo a Quito. Dice Betanzos que en el ca-
mino fue atajado por Rumiñahui, quien le dio muerte y se quedó con el
cuerpo de Atahualpa (Ibidem XXVI: 285-286).

El cronista señala además que Rumiñahui aspiraba a convertirse en


Inca y que por esa causa tomó dicho cuerpo ([Link].). Podría considerar-
se entonces que Atahualpa, Cuxi Yupanqui, Quizo y Rumiñahui serían
los integrantes de una doble diarquía proveniente de una élite estruc-

104
turada fuera del Cuzco pero que, dadas las circunstancias de la ocupación
española de los Andes, no se llega a producir su entronque con la élite
cuzqueña, siendo así que el proceso sucesorio luego de la muerte de
Huayna Cápac no queda concluido.

Siendo la incaica una sociedad ordenada por criterios de carácter


religioso, tal situación equivalía también a una crisis no sólo política y
social sino también religiosa, representada por el conflicto sucesorio sus-
citado a la muerte de Huayna Cápac, es decir, la guerra entre Huáscar y
Atahualpa.

No se trató de un simple enfrentamiento entre dos aspirantes a ocu-


par el cargo de Inca gobernante sino de una crisis, que aunque habitual
en tales casos (sucesión a la muerte de un Inca), tenía esta vez una grave-
dad mayor, que debilitaba al estado incaico mientras no se resolvieran to-
dos los problemas antes mencionados: reorganización del estado y conso-
lidación en el poder de un nuevo Inca.

En esas circunstancias, la presencia en los Andes de los españoles


encabezados por Francisco Pizarro impidió la resolución del conflicto y
favoreció bastante (aunque no creemos que determinó) la rápida caída del
Tawantinsuyu y el éxito inmediato de la conquista española.

Huáscar y Atahualpa eran miembros de la élite incaica y tenían de-


recho a ocupar la posición de Inca gobernante, la guerra fue un conflicto
que en muchos aspectos debemos considerar «necesario» en términos ri-
tuales o religiosos, para asegurar el dominio incaico.

Como lo vemos ahora, lo que realmente se presentó ante los ojos


de los europeos recién llegados a los Andes fue una diarquía en equili-
brio, pugnando por dirimir el papel principal de uno de sus miembros. Se
combinaban de esta forma las acciones de carácter bélico, los procedi-
mientos rituales y el funcionamiento de los usuales mecanismos sociales
y políticos que permitían llevar a cabo no sólo el proceso sucesorio sino
la recomposición del «orden del Tawantinsuyu» o la reconstrucción del
«COSIDOS perdido».

105
LA SUC~SION INCAICA EN VILCABAMBA

Tras la muerte de Atahualpa los españoles intervienen, logran-


do que un sector de la élite acceda a dar a Túpac Hualpa la borla de
los incas, notándose una rivalidad abierta entre este personaje y Ru-
miñahui 42, quien 'terminó sus días a manos de los conquistadores. Túpac
Hualpa también pereció y es entonces que parece tener fin el enfren-
tamiento entre dos¡sectores importantes de la élite, afianzados cada uno,
de manera particular, en relación a dos centros que habían alcanzado
gran importancia por aquella época : Cuzco y Tumipampa, recuperando
el primero y su élite !Odo su tradicional peso en la vida del Tawantin-
suyu.

Igualmente se advierte que las rivalidades de las panacas para com-


pletar el proceso sucesorio 'interrumpido se relacionan a partir de ese mo-
mento con las figuras de Manco y Paullu, personajes ligados directamen-
te con el Cuzco. De otro lado, la presencia de los españoles, su influencia
e intervención, permiten considerar que estamos ante dificultades todavía
mayores para desentrañar el proceso sucesorio que los miembros de la
élite pretenden llevar a cabo, en la medida que se comienza a jugar con
nuevos criterios y circunstancias, tales como la evidente ruptura del or-
den prehispánico, junto con la adecuación de la población andina en ge-
neral, y de la élite incaica en particular, al nuevo estado de cosas.

Betanzos pretende establecer una clara distinción entre los dos nue-
vos rivales para asumir la posición de Inca gobernante y dice respecto a
Manco que

« ...era hijo de Guaina Cápac e aunque no era hijo de madre que fue-
se de las señoras del Cuzco que era hijo de una señora principal del pueblo
de Anta que es tres leguas de la ciudad del Cuzco ... » (Betanzos Op. cit.
Segunda Parte XXVIII: 289).

Otra información añade que antes de tomar la borla Manco había

42 Guillén considera que entonces fueron dos los candidatos: Túpac Hualpa y Manco
Inca y que además se barajaron los nombres de Paullu y Túpac Atauchi (Guillén
1980: 141-142 del [Link]). En todo caso tendríamos aquí dos parejas.

106
tenido a su cargo la panaca Tome Balba (¿Tumibamba?) que guardaba la
momia de Huayna Cápac (Memorial del pleito ... N° 119 fol.804 en
Rostworowski 1970).

En relación a Paullu (a quien Betanzos llama Paullu Topa), el cro-


nista afirma que también era hijo de Huayna Cápac y de una mujer lla-
mada Añas, natural de Guaillas (Betanzos Op. cit. Segunda Parte XIX:
260).

Es de especial importancia otra información ofrecida por el mismo


cronista cuando indica que Paullu, con ayuda de un tal Marticote, eliminó
a «otro hermano» suyo por ef temor de que Pizarro lo hiciese Inca
(lbidem XXVIII: 290). Exactamente cierto o no, esta referencia permite
entender cómo en esa fase de la conquista la relación de la élite con los
españoles involucraba la pugna habitual de los integrantes de las panacas
para hacerse de la posición más importante dentro de la estructura de la
élite.

Manco toma la borla en alianza eón los españoles, siendo un cro-


nista tardío como Guamán Poma quien da algunos pormenores interesan-
tes, a pesar de que no se ocupó mucho de Manco y sus descendientes.
Dice que cuando este Inca fue elegido intervinieron los sectores Hanan y
Hurin de la élite cuzqueña. En el primero menciona sólo a ocho persona-
jes: Quizquiz, Añapante, Yucra Nallpa, Amaro, Huanca Auqui, Yllatopa
y Curiñani Yuta Inga; mientras que en el segundo cuenta a doce principa-
les: Colle Aymara, Chuquillauqui, Supaguam·an, Chumiguaman,
Chambimallco, _Apomallco, Castellapari Apomollo, Condorchaua,
Cuchichaua, Cusichaqui y Huayanay (Guamán Poma Op. cit. Tm. I:
291). En esta información llama la atención que el nú~ero de los perso-
najes hanan sea menor que los del sector hurin, aunque en ambos casos
se trata de cantidades pares.

A pesar de la nominación de Manco, a partir de la muer te de


Atahualpa todo parece indicar que tanto Manco como Paullu procuraron,
en la medida de lo posible, seguir el .procedimiento tradicional para esta-
blecer su primacía. Así debieran considerarse sus acciones posteriores a
la llegada de los españoles al Cuzco; y su coµ¡prensión de la presencia de
aquellos extranjeros, a quienes aparentemente ambos consideraron en un
. /'

107
primer momento como un grupo que podría darles la fuerza suficiente ca-
paz de inclinar la pugna a su favor 43.

En su momento, Paullu acompañando a Almagro a la fracasada


conquista de Chile, y el cerco del Cuzco emprendido por Manco, fueron
acciones que de alguna forma significaron para el uno y el otro conquis-
tas que perseguían ir afirmando su posición o resolver de manera definiti-
va la pugna entre ambos.

Similar sentido tuvo la incursión de Manco en el territorio de los


huancas destruyendo a su principal divinidad para finalmente edificar un
pueblo en Cocha, encima de Azángá.ro a 5 ó 6 leguas de Huamanga (se-
gún cálculo y ubicación de Betanzos).

« ... bien así como la traza del Cuzco y mandó que se llamase
Rueguiri y en este pueblo hizo matar a un cacique de los angaraes y a otro
de Aco y a un señor orejón de los suyos ... » (Ibidem Segunda Parte XXX:Il:
301).

La mención de Betanzos acerca de la ejecución de curacas lugare-


ños, .lo mismo que de un orejón, indican asimismo que además del acto
de edificar -cuya significación e importancia hemos analizado en este
trabajo- , se debe considerar el probable intento de Manco de afectar a
Paullu, variando la correlación de fuerzas al interior de la élite incaica.

Aunque no se especifican mayores acciones de Paullu en el mismo


sentido, uno tiene la impresión que bastante de ello hubo en su perma-
nencia en el Cuzco al lado de los españoles, sus vínculos con Almagro o,
por lo que parece, su intervención en el encuentro programado entre el
Adelantado y Manco, lo que impidió que se avanzara en un acuerdo entre
los españoles y el Inca.

A partir de la retirada de Manco Inca, primero a Vitcos y después


definitivamente a Vilcabamba, se dio inicio a una situación particular,
pues la élite incaica se encontró dividida de manera más radical, dado
que un sector acompañó a Manco a su refugio de los Andes orientales y
otro permaneció en el Cuzco en contacto directo con los españoles.

43 Asunto tratado extensamente en nuestra tesis doctoral Regalado de Hurtado 1987 .

108
Debe tomarse en cuenta que la retirada de Manco Inca tuvo que te-
ner un sentido ritual, si se recuerda el valor simbólico que para los incas
tenía el acto de salida y retomo al Cuzco (extrañamiento y recuperación),
lo mismo que el valor de la posición de la vasta región «Anti» en la geo-
grafía sagrada del Tawantinsuyu.

El lugar que el Inca Manco escogió para retraerse era un sitio en la


cordillera de Vilcabamba, que Murúa en un pasaje de su crónica denomi-
na «Bailerai, que está encima de Yucay» (Murúa, [1590] 1946, cap. XIII,
libro II:37). Allí probablemente reconstruyó antiguos edificios incaicos o
levantó nuevos.

Durante el gobierno que se atribuye a Pachacútec los incas habrían


ocupado el valle de Tambo y penetrado en la región tropical, llegando
hasta Vilcabamba transitando por Pampacona y Vitcos (Valcárcel, 1964:
21-22).

El asiento incaico en el que habitó Manco ·contó con un templo so-


lar y se trasladó a Vilcabamba el Punchao o «bulto solar» y también las
momias de antepasados incas (Titu Cusi [1570] 1985 Folio 46 v).

Todo esto da un carácter deliberado a la elección de Vilcabamba


como el sitio donde Manco habría de retraerse para intentar recuperar el
Cuzco, librarse de los españoles y afirmar su supremacía al interior del
mundo indígena. La trayectoria solar este-oeste parece aquí señalar un iti-
nerario al Inca, marcando sus expectativas de reorganizar el destruido
cosmos incaico 44.

Los pasos dados por Manco indican la manera como la élite incaica
percibió el suceso de la conquista española del Tawantinsuyu y en qué
circunstancias y bajo qué premisas actuaron él y sus descendientes.

Cuando se asienta en Vitcos y Vilcabamba y levanta algunos edifi-


cios, no sólo construye un lugar en donde acogerse, sino que acredita su
jerarquía y abre sus posibilidades a la ocupación de nuevos territorios y

44 Para mayores precisiones sobre este tópico puede verse Regalado de Hurtado 1984.

109
el control sobre mayor cantidad de población (energía), cuestiones indis-
pensables para, tal vez más tarde, intentar la recuperación del Cuzco.

Debemos considerar dentro del ámbito de influencia de Vilca-


bamba a otros sitios cercanos como Vitcos (llamado frecuentemente
Pitcos por los españoles), que fue el primer empla·zamiento de Manco
Inca al internarse en los Andes orientales. Baltasar de Ocampo describió
el lugar en los siguientes términos:

«La fortaleza de Pitcos que está en un altísimo ce rro, donde señorea


una gran parte de la provincia de Vilcabamba, donde tiene una plaza de
suma grandeza y llanura en la superficie, y edificios suntuosísimos de
grande magestad, hechos con grande saber y arte, y todos los umbrales de
las puertas, así principales como medianas, por estar asi labradas, son de
piedra mármol famosamente obradas, de donde sacaron [los indígenas] al
dicho Topa Amaro Inga y dieron la obediencia como a su señor natural»
(Ocampo [1610] 1928: 163).

Se ha postulado que durante su permanencia en el Cuzco bajo el


cautiverio de los españoles Manco Inca tuvo en el Villac Umu a su se-
gunda persona 45, lo que en efecto quedó de manifiesto durante el cerco
del Cuzco. El intercambio de funciones entre ambos es notorio, tanto así
como el papel descollante del supremo sacerdote frente a los naturales,
por cuanto el Villac Umu denota una gran capacidad de convocatoria an-
tes y durante el cerco. De cualquier forma, tal situación no anula la
dualidad (rivalidad) establecida entre Manco y Paullu, pues sabemos que
cabían simultaneidades de esta índole acreditadas en la existencia de
diarquías dobles y alternancias de funciones militares y sacerdotales.

Luego de una prolongada permanencia en Vilcabamba, Manco Inca


pereció a manos de unos españoles que tras las guerras civiles se habían
alojado en ese lugar huyendo de la justicia. Le sucedió Sayri Túpac,
quien más tarde aceptó salir de Vilcabamba para beneficiarse con el re-
partimiento de Yucay, base económica del marquesado de Oropesa. En

45 Así lo plantearnos en nuestro primer acercamiento al texto de Titu Cusi Yupanqui


(Regalado de Hurtado 1981: 51). Rostworowski lo señaló también dos años después
(Rostworowski 1983 6: 164) y lo desarrollarnos más ampliamente en la tesis doctoral
(Regalado de Hurtado 1987).

1.10
1561 murió Sayri Túpac fuera de Vilcabamba. En tanto, Titu Cusí, quien
había permanecido en los Andes orientales junto con otros miembros de
la élite, entre los que se contaba Túpac Amaru, fue reconocido como Inca
gobernante por los naturales y las propias autoridades españolas, las cua-
les comenzaron a insistir para que también abandonara Vilcabamba y de-
pusiera su actitud.

Titu Cusi fue hijo de Manco Inca y aunque en las crónicas sostie-
nen que su madre no pertenecía a ninguna de las panacas incaicas, son
también categóricas al indicar que tenía en Chimpu Ocllo a su mujer
principal o coya, señalándola como integrante de la «alta élite» de los
incas.

En la Instrucción y relación que mandó componer en 1570 Titu


Cusi se proclama hijo de Manco Inca y nieto de Huayna Cápac, señores
naturales del Perú. De esta manera sigue la práctica de los indígenas du-
ran te la época colonial, empleando categorías occidentales no sólo en lo
que al parentesco se refiere sino utilizando las nociones de dereche y se-
ñorío natural, ampliamente desarrolladas por el pensamiento español y
aplicadas por Vitoria y las Casas a las sociedades nativas de América.

Titu Cusí actuó en todo momento como un Inca en ejercicio, desta-


cándose el desempeño de sus funciones religiosas. No cabe discusión al-
guna acerca de su «legitimidad o ilegitimidad» como soberano, máxime
si tomamos en cuenta que el sistema de parentesco incaico era complica-
do.

Por el momento, cabe señalar que la estructura de la doble diarquía


en Vilcabamba estuvo en un comienzo configurada de la siguiente forma:

Cuadro Nº 15: POSIBLE DOBLE DIARQUIA EN VILCABAMBA

MANCO TUPACAMARU

SAYRITUPAC TITU CUSI

111
Pareciera como si en p1ena concordancia con su nombre, Manco
reiniciaba la cuenta de los incas del Tawantinsuyu, de un Tawantinsuyu
vuelto «al revés» por la invasión española, pues no en vano se había esta-
blecido en la parte del Antisuyu (del lado del sol naciente). En algún sen-
tido, Manco y Vilcabamba están sumergidos en el pasado, aunque como
tal, el mismo constituye una virtualidad conforme a la concepción cíclica
del tiempo.

Se puede implicar entonces que, tras la desaparición de Manco, la


doble diarquía se estructuró conforme aparece en el Cuadro Nº 16.

Cuadro Nº 16: MODIFICACION DE LA DOBLE DIARQUIA A LA


MUERTE DE MANCO

SAYRITUPAC TITUCUSI

? TUPACAMARU

Antes de la salida de Sayri Túpac y para no crear dudas entre los


españoles acerca de que con ello se conjuraría cualquier ataque en su
contra, Titu Cusi les indica que en tanto Túpac Amaru alcanzara la ma-
durez necesaria, la autoridad y sobre todo el manejo de la gente de guerra
lo tenía Sayri Túpac (Carta de Titu Cusí de 20 de junio de 1559: 84).
Pero ocho años después de aquello, en 1559, Titu Cusi se declara Inca

«de la gente que consigo trae en estos montes y tataranieto de


Pachacuti Inga ( ... ) y es sumo sacerdote en sus ritos y ceremonias»
(Ibidem: 73-74).

Todo esto parece aclararse en cierta forma sobre la base de otras


declaraciones atribuidas al mismo Titu Cusí:

« ... dixo que entre ellos era usanza que no aviendo hijo lexitimo,
eredaua el que era bastardo; e que asi él era sumo sacerdote en lo que lla-

112
mamos nosotros aca espiritual y esto era a falta de otro hermano que fuese
a lo menos mas biejo que él, e asi mesmo que eredaua el señorio temporal;
e que él estaua en la posesion e por tal le obedecían los yndios que con él
estauan. .. » (Rodríguez de Figueroa Op. cit. 110).

Si comparamos los cuadros 14 y 15 podemos intentar establecer


cómo se realizó el cambio de posiciones. Aparentemente se hizo en dos
movimientos: en primer lugar, la diarquía secundaria conformada por
Sayri Túpac y Titu Cusi pasa a ser principal en la posición superior, en
tanto que Túpac Amaru ocupa su mismo puesto (hurin), pero pasando a
la diarquía secundaria con un compañero cuyo nombre no intentaremos
especificar por el momento (Cuadro Nº 17).

Muerto Sayri Túpac se habría producido un segundo movimiento:


Titu Cusí cambia a la ubicación hanan en la diarquía principal mientras
que Túpac Amaru asciende manteniendo su posición hurin, la diarquía
secundaria estaría integrada por otros miembros cuyos nombres no trata-
remos de averiguar por ahora.

Cuadro Nº 17: DIARQUIA PRINCIPAL A LA MUERTE DE


SAYRI TUPAC

TITU CUSI TUPACAMARU

Por eso, cuando muere Titu Cusi, Túpac Amaru repite el primer
movimiento y de la posición hurin pasa a gobernar en calidad hanan
(Cuadro Nº 18).

Cuadro Nº 18: DIARQUIA PRINCIPAL A LA MUERTE DE


TITU CUSI

TUPACAMARU QUISPE TITU (?)

113
Es interesante llamar la atención sobre la figura de Túpac Amaru,
quien a todas luces desempeña un rol religioso en posición hurin, hasta
que finalmente pasa a ser hanan a la muerte de Titu Cusi. En efecto, se
conoce que durante los gobiernos de Sayri Túpac y Titu Cusi permaneció
en el templo solar de Vilcabamba, de donde fue sacado para tomar la
borla. Su nombre Amaru y la función religiosa que lo caracterizó están
en concordancia con la imagen ejemplar de otro Amaru (Yupanqui).
Rostworowski recuerda que en las crónicas se menciona a Amaru Yu-
panqui dedicado a la agricultura y a «chacras» ubicadas en el Antisuyu:

«No solamente se aplicaba al cultivo, sino que se le menciona em-


prendiendo visitas a templos y huacas con la misión de ordenar el culto ... »
1
(Rostworowski 1983 6: 163).

Es más, considera esta autora que su persona representó al Inca del


Antisuyu, de menor jerarquía que el de Chinchaysuyu que sería la contra-
parte de la imagen del guerrero de hanan (cfr. Rostworowski [Link].).

En cuanto a los miembros de la élite vilcabambina cuyos nombres


declaramos desconocer, bien pudieron haber sido los siguientes: Yamque
Mayta y Vilcapari. Guamán, personajes prominentes al lado de Titu Cusi,
conforme a 1-a versión de Diego Rodríguez de Figueroa quien visitó
Vilcabamba y se entrevistó con el Inca (Rodríguez de Figueroa Op. cit.:
96 y 100-101). El mismo informante nos da una referencia más específi-
ca al respecto cuando dice que Yamque Mayta «el gobernador del inca»
se ubicó en la entrevista de Pampacona a la derecha de Titu Cusí y tam-
bién en algún momento fue enviado a parlamentar con el enviado de las
autoridades españolas (Ibídem: 102). De otro lado, Calancha menciona a
un tal Coripaucar como a un personaje importante de la élite vilcabam-
bina, adjudicándole responsabilidades de carácter militar (Calancha
[1638] 1978 Lib. IV, cap. V: 1840).

También habrá que considerar al hijo de Titu Cusi, Quispe Titu 46


como posible integrante de la diarquía en base a la opinión -desgraciada-
mente no demasiado confiable (por razones políticas sobre todo)- de

46 Según la información disponible se le conocen a Titu Cusí dos hijos, varón y mujer:
(Felipe) Quispi Titu y (Beatriz) Chimpu Aca.

114
quien llegó a ser gobernador de Vilcabamba tras la ocupación ordenada
por Toledo. Se trata de Martín Hurtado de Arbieto, quien afirmó que a la
muerte de Titu Cusí la rebelión de los incas de Vilcabamba continuaba a
cargo de Quispe Titu «SU hijo que le sucedió» y Túpac Amaru hermano
de Titu Cusi (A.G.I Probanza de méritos de Martín Hurtado 1575 f.3).

En cuanto al probable cogobernante de Túpac Amaru a la muerte


de Titu Cusi, Calancha menciona a un tal Aucalli, personaje que habría
participado en el asesinato del fraile Ortiz y que según el cronista quedó
gobernando en Vilcabamba tras la muerte de Titu Cusi y la captura de
Túpac Amaru (Calancha Op. cit. Lib. IV, cap V: 1866).

De cualquier forma, luego de la ejecución de Túpac Amaru en


1572, no se volvió a producir otro fenómeno similar al de Vilcabamba,
no contándose entonces con nuevos ejemplos de organizaciones de la an-
tigua élite incaica en cuyo seno se llevaran a cabo procesos sucesorios.
Como se ha podido notar por algunas de las referencias citadas, la antro-
pología y también la arqueología modernas han acudido a las informacio-
nes del siglo XVI pero sobre todo al análisis etnológico para proyectar
una visión retrospectiva acerca de estos importantes temas.

Nuestro trabajo no ha terminado la discusión sobre el asunto, en el


mejor de los casos sólo la está reiniciando. Deberemos proseguir buscan-
do y revisando información para afinar o reexaminar los criterios.

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Curacas, Reciprocidad y Riqueza. 1992. 212 págs.

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Civil XII. 1992. 222 págs.

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lonial

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