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Historia de Abuso y Redención

Eduardo habla con un hombre que conoció a su madre. Explica que su padre se volvió violento después de un incidente que destruyó su vida, golpeando a su madre y hermana. Eduardo observó a su madre deprimirse hasta que conoció al hombre, lo que la hizo sonreír de nuevo. Eduardo los vio juntos y se alegró de que ella encontrara a alguien que la quisiera. Lamentablemente, su padre borracho la mató, aunque Eduardo cree que no lo habría hecho de no estar ebrio.
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Historia de Abuso y Redención

Eduardo habla con un hombre que conoció a su madre. Explica que su padre se volvió violento después de un incidente que destruyó su vida, golpeando a su madre y hermana. Eduardo observó a su madre deprimirse hasta que conoció al hombre, lo que la hizo sonreír de nuevo. Eduardo los vio juntos y se alegró de que ella encontrara a alguien que la quisiera. Lamentablemente, su padre borracho la mató, aunque Eduardo cree que no lo habría hecho de no estar ebrio.
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"Réquiem con Tostadas" (Mario Benedetti)

Sí, me llamo Eduardo. Usted me lo pregunta para entrar de algún modo en


conversación, y eso puedo entenderlo. Pero usted hace mucho que me conoce,
aunque de lejos. Como yo lo conozco a usted. Desde la época en que empezó a
encontrarse con mi madre en el café de Larrañaga y Rivera, o en éste mismo. No crea
que los espiaba. Nada de eso. Usted a lo mejor lo piensa, pero es porque no sabe
toda la historia. ¿O acaso mamá se la contó? Hace tiempo que yo tenía ganas de
hablar con usted, pero no me atrevía. Así que, después de todo, le agradezco que me
haya ganado de mano. ¿Y sabe por qué tenía ganas de hablar con usted? Porque
tengo la impresión de que usted es un buen tipo. Y mamá también era buena gente.
No hablábamos mucho de ella y yo. En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra
mi padre. Pero el Viejo hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea
casi todas las noches, y entonces más bien gritaba. Los tres le teníamos miedo:
mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y aprendí muchas
cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan, son en el fondo unos
pobres diablos. Pero entonces yo era mucho más chico y no lo sabía. Mirta no lo sabe
ni siquiera ahora, pero ella es tres años menor que yo, y sé que a veces en la noche
se despierta llorando. Es el miedo. ¿Usted alguna vez tuvo miedo? A Mirta siempre le
parece que el Viejo va a aparecer borracho, y que se va a quitar el cinturón para
pegarle. Todavía no se ha acostumbrado a la nueva situación. Yo, en cambio, he
tratado de acostumbrarme. Usted apareció hace un año y medio, pero el Viejo se
emborrachaba desde hace mucho más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a
pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto, duele bastante, pero a mamá le
pegaba con el puño cerrado. Porque sí nomás, sin mayor motivo: porque la sopa
estaba demasiado caliente, o porque estaba demasiado fría, o porque no lo había
esperado despierta hasta las tres de la madrugada, o porque tenía los ojos hinchado
de tanto llorar. Después, con el tiempo, mamá dejó de llorar. Yo no sé cómo hacía,
pero cuando él le pegaba, ella ni siquiera se mordía los labios, y no lloraba, y eso al
Viejo le daba todavía más rabia. Ella era consciente de eso, y sin embargo prefería no
llorar. Usted conoció a mamá cuando ella ya había aguantado y sufrido mucho, pero
sólo cuatro años antes (me acuerdo perfectamente) todavía era muy linda y tenía
buenos colores. Además era una mujer fuerte. Algunas noches, cuando por fin el Viejo
caía estrepitosamente y de inmediato empezaba a roncar, entre ella y yo lo
levantábamos y lo llevábamos hasta la cama. Era pesadísimo, y además aquello era
como levantar a un muerto. La que hacía casi toda la fuerza era ella. Yo apenas si me
encargaba de sostener una pierna, con el pantalón todo embarrado y el zapato
marrón con los cordones sueltos. Usted seguramente creerá que el Viejo toda la vida
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fue un bruto. Pero no. A papá lo destruyó una porquería que le hicieron. Y se la hizo
precisamente un primo de mamá, ese que trabaja en el Municipio. Yo no supe nunca
en qué consistió la porquería, pero mamá disculpaba en cierto modo los arranques del
Viejo porque ella se sentía un poco responsable de que alguien de su propia familia lo
hubiera perjudicado en aquella forma. No supe nunca qué clase de porquería le hizo,
pero la verdad era que papá, cada vez que se emborrachaba, se lo reprochaba como
si ella fuese la única culpable. Antes de la porquería, nosotros vivíamos muy bien. No
en cuanto a la plata, porque tanto yo como mi hermana nacimos en el mismo
apartamento (casi un conventillo) junto a Villa Dolores, el sueldo de papá nunca
alcanzó para nada, y mamá siempre tuvo que hacer milagros para darnos de comer y
comprarnos de vez en cuando alguna tricota o algún par de alpargatas. Hubo muchos
días en que pasábamos hambre (si viera qué feo es pasar hambre), pero en esa
época por lo menos había paz. El Viejo no se emborrachaba, ni nos pegaba, y a
veces hasta nos llevaba a la matinée. Algún raro domingo en que había plata. Yo creo
que ellos nunca se quisieron demasiado. Eran muy distintos. Aún antes de la
porquería, cuando papá todavía no tomaba, ya era un tipo bastante alunado. A veces
se levantaba al mediodía y no le hablaba a nadie, pero por lo menos no nos pegaba ni
la insultaba a mamá. Ojalá hubiera seguido así toda la vida. Claro que después vino la
porquería y él se derrumbó, y empezó a ir al boliche y a llegar siempre después de
media noche, con un olor a grapa que apestaba. En los últimos tiempos todavía era
peor, porque también se emborrachaba de día y ni siquiera nos dejaba ese respiro.
Estoy seguro de que los vecinos escuchaban todos los gritos, pero nadie decía nada,
claro, porque papá es un hombre grandote y le tenían miedo. También yo le tenía
miedo, no sólo por mi y por Mirta, sino especialmente por mamá. A veces yo no iba a
la escuela, no para hacer la rabona, sino para quedarme rondando la casa, ya que
siempre temía que el Viejo llegara durante el día, más borracho que de costumbre, y
la moliera a golpes. Yo no la podía defender, usted ve lo flaco y menudo que soy, y
todavía entonces lo era más, pero quería estar cerca para avisar a la policía. ¿Usted
se enteró de que ni papá ni mamá eran de ese ambiente? Mis abuelos de uno y otro
lado, no diré que tienen plata, pero por lo menos viven en lugares decentes, con
balcones a la calle y cuartos con bidet y bañera. Después que pasó todo, Mirta se fue
a vivir con mi abuela Juana, la madre de mi papá, y yo estoy por ahora en casa de mi
abuela Blanca, la madre de mamá. Ahora casi se pelearon por recogernos, pero
cuando papá y mamá se casaron, ellas se habían opuesto a ese matrimonio (ahora
pienso que a lo mejor tenían razón) y cortaron las relaciones con nosotros. Digo
nosotros, porque papá y mamá se casaron cuando yo ya tenía seis meses. Eso me lo
contaron una vez en la escuela, y yo le reventé la nariz al Beto, pero cuando se lo
pregunté a mamá, ella me dijo que era cierto. Bueno, yo tenía ganas de hablar con
usted, porque (no sé qué cara va a poner) usted fue importante para mí, sencillamente
porque fue importante para mi mamá. Yo la quise bastante, como es natural, pero
creo que nunca podré decírselo. Teníamos siempre tanto miedo, que no nos quedaba
tiempo para mimos. Sin embargo, cuando ella no me veía, yo la miraba y sentía no sé
qué, algo así como una emoción que no era lástima, sino una mezcla de cariño y
también de rabia por verla todavía joven y tan acabada, tan agobiada por una culpa
que no era suya, y por un castigo que no se merecía. Usted a lo mejor se dio cuenta,
pero yo le aseguro que mi madre era inteligente, por cierto bastante más que mi
padre, creo, y eso era para mi lo peor: saber que ella veía esa vida horrible con los
ojos bien abiertos, porque ni la miseria ni los golpes ni siquiera el hambre,
consiguieron nunca embrutecerla. La ponían triste, eso sí. A veces se le formaban
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unas ojeras casi azules, pero se enojaba cuando yo le preguntaba si le pasaba algo.
En realidad, se hacía la enojada. Nunca la vi realmente mala conmigo. Ni con nadie.
Pero antes de que usted apareciera, yo había notado que cada vez estaba más
deprimida, más apagada, más sola. Tal vez por eso fue que pude notar mejor la
diferencia. Además, una noche llegó un poco tarde (aunque siempre mucho antes que
papá) y me miró de una manera distinta, tan distinta que yo me di cuenta de que algo
sucedía. Como si por primera vez se enterara de que yo era capaz de comprenderla.
Me abrazó fuerte, como con vergüenza, y después me sonrió. ¿Usted se acuerda de
su sonrisa? Yo sí me acuerdo. A mí me preocupó tanto ese cambio, que falté dos o
tres veces al trabajo (en los últimos tiempos hacía el reparto de un almacén) para
seguirla y saber de qué se trataba. Fue entonces que los vi. A usted y a ella. Yo
también me quedé contento. La gente puede pensar que soy un desalmado, y quizá
no esté bien eso de haberme alegrado porque mi madre engañaba a mi padre. Puede
pensarlo. Por eso nunca lo digo. Con usted es distinto. Usted la quería. Y eso para mí
fue algo así como una suerte. Porque ella se merecía que la quisieran. Usted la quería
¿verdad que sí? Yo los vi muchas veces y estoy casi seguro. Claro que al Viejo
también trato de comprenderlo. Es difícil, pero trato. Nunca lo pude odiar, ¿me
entiende? Será porque, pese a lo que hizo, sigue siendo mi padre. Cuando nos
pegaba, a Mirta y a mi, o cuando arremetía contra mamá, en medio de mi terror yo
sentía lástima. Lástima por él, por ella, por Mirta, por mí. También la siento ahora,
ahora que él ha matado a mamá y quién sabe por cuanto tiempo estará preso. Al
principio, no quería que yo fuese, pero hace por lo menos un mes que voy a visitarlo a
Miquelete y acepta verme. Me resulta extraño verlo al natural, quiero decir sin
encontrarlo borracho. Me mira, y la mayoría de las veces no dice nada. Yo creo que
cuando salga, ya no me va a pegar. Además, yo seré un hombre, a lo mejor me habré
casado y hasta tendré hijos. Pero yo a mis hijos no les pegaré, ¿no le parece?
Además estoy seguro de que papá no habría hecho lo que hizo si no hubiese estado
tan borracho. ¿O usted cree lo contrario? ¿Usted cree que, de todos modos hubiera
matado a mamá esa tarde en que, por seguirme y castigarme a mí, dio finalmente con
ustedes dos? No me parece. Fíjese que a usted no le hizo nada. Sólo más tarde,
cuando tomó más grapa que de costumbre, fue que arremetió contra mamá. Yo
pienso que, en otras condiciones, él habría comprendido que mamá necesitaba
cariño, necesitaba simpatía, y que él en cambio sólo le había dado golpes. Porque
mamá era buena. Usted debe saberlo tan bien como yo. Por eso, hace un rato,
cuando usted se me acercó y me invitó a tomar un capuchino con tostadas, aquí en el
mismo café donde se citaba con ella, yo sentí que tenía que contarle todo esto. A lo
mejor usted no lo sabía, o sólo sabía una parte, porque mamá era muy callada y
sobre todo no le gustaba hablar de sí misma. Ahora estoy seguro de que hice bien.
Porque usted está llorando, y, ya que mamá está muerta, eso es algo así como un
premio para ella, que no lloraba nunca.

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