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Axiomas de la Comunicación

Este documento resume los primeros dos axiomas de la comunicación propuestos por Watzlawick. El primer axioma establece que es imposible no comunicar, ya que todo comportamiento transmite un mensaje, incluso el intento de no comunicar. El segundo axioma señala que toda comunicación tiene un nivel de contenido y otro relacional, y que el contexto y la relación entre los interlocutores califican el significado del contenido. El documento ilustra estos axiomas con ejemplos y explica sus implicaciones para la terapia sistémica, enfocánd
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Axiomas de la Comunicación

Este documento resume los primeros dos axiomas de la comunicación propuestos por Watzlawick. El primer axioma establece que es imposible no comunicar, ya que todo comportamiento transmite un mensaje, incluso el intento de no comunicar. El segundo axioma señala que toda comunicación tiene un nivel de contenido y otro relacional, y que el contexto y la relación entre los interlocutores califican el significado del contenido. El documento ilustra estos axiomas con ejemplos y explica sus implicaciones para la terapia sistémica, enfocánd
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Manual de Terapia Sistémica: principios y herramientas de

intervención, EditadoFernández, Alicia Moreno, Editorial Desclée de Brouwer, 2014.


ProQuest Ebook Central, http://ebookcentral.proquest.com/lib/bibudlimasp/detail.action?
docID=5103016.
4. Axiomas de la comunicación
4.1. Primer axioma
Un mensaje, para Watzlawick (op. cit.), es cualquier unidad comunicacional.
Si comunicación es igual a conducta, no hay nada que sea no conducta, por lo
que, por mucho que se intente, no se puede dejar de comunicar. Así pues, el
primer axioma de la comunicación plantea la imposibilidad de no comunicar.
Sea actividad o inactividad, palabra o silencio, todo tiene siempre valor de
mensaje: influye sobre los demás, quienes a su vez no pueden dejar de
responder a tales comunicaciones, y así también comunican. Es decir, hay
conducta aunque ésta no sea intencionada, consciente o eficaz (tres premisas
que habitualmente definen el entendimiento mutuo).
El intento de no comunicarse puede existir en cualquier contexto en que se
desea evitar el compromiso inherente a toda comunicación. Frente a un
mensaje o comunicación hay tres reacciones posibles: el rechazo, la
aceptación y la descalificación de dicha comunicación; esta última modalidad
se realiza a través de una respuesta que queda invalidada por su forma, a
través del empleo de autocontradicciones, incongruencias, cambios de temas,
tangencializaciones, malentendidos, estilo oscuro, interpretaciones literales de
la metáfora o interpretaciones metafóricas de las expresiones literales,
etcétera. Ejemplos de este tipo de respuestas son: “Qué buen día hace”; en una
propuesta de iniciar una conversación, el interlocutor continúa leyendo el
periódico sin responder, o a lo sumo con una interjección sin sentido claro.
Otro modo de descalificación de la comunicación son las respuestas que
eluden el mensaje o pregunta del otro: “¿Cuánto ganas en tu trabajo?”
“Depende, el año pasado con la crisis hubo una reducción de plantilla... los
beneficios bajaron, pero depende de tantas cosas...”
Hay una última modalidad de respuesta para Watzlawick (op. cit.): “el
síntoma como
.

comunicación”. En ocasiones se finge somnolencia, sordera, cualquier


deficiencia e incapacidad que justifica nuestra imposibilidad de comunicar;
evidentemente esta solución tiene una falla porque se sabe que se está
engañando al otro. El mensaje es muy potente para la relación cuando el
síntoma es “real”, es decir, hay un diagnóstico de depresión, alcoholismo,
etcétera. El mensaje relacional del síntoma se impone: “hay algo más fuerte
que yo, que mi voluntad, de lo cual no puede culpárseme, que hace que me
comporte de determinada manera”. De este modo la treta comunicacional se
vuelve perfecta porque el sujeto (y su contexto) está convencido de que se
encuentra a merced de fuerzas que están más allá de su control.
¿Por qué es importante traer a colación con un cierto detalle las propiedades
de la comunicación y en concreto esta primera –la imposibilidad de no
comunicar– y la definición de síntoma desde el punto de vista relacional?
Porque tiene consecuencias fundamentales en tres niveles. En primer lugar
para la relación, ya que la posibilidad de negociar los acuerdos o desacuerdos
entre una díada se ve bloqueada o distorsionada por la presencia del síntoma
(“no soy yo el que no quiere sino que algo superior a mí me lo impide”), de
modo que se cierran todas las posibilidades de negociación, y por ende, un
ulterior conflicto en el caso de desacuerdo. Un breve ejemplo puede ayudar a
ver la magnitud de esta conceptualización del síntoma como mensaje
interpersonal. Un miembro de la pareja con consumos abusivos de alcohol
envía un mensaje a través del síntoma por el que agrede a su cónyuge, ¿cómo?
No es él el que hace “sufrir a su esposa”, no es él el que evita determinadas
situaciones (responsabilizarse de los hijos, de la economía y de su propia
conducta), sino que es el alcohol el causante de lo que ocurre, del sufrimiento
que se genera. Por otro lado, no es infrecuente escuchar que la esposa defiende
a su marido y sitúa “la maldad” en el alcohol. En segundo lugar, la afirmación
hecha arriba no está exenta de complicaciones por cuanto: cuando alguien
emite un mensaje, ¿está siempre dirigido al otro, según el axioma? No
necesariamente, ya que el comportamiento de un sujeto puede estar
determinado por situaciones no derivadas de la relación sino por otras
motivaciones (internas o externas). Si seguimos con la conducta alcohólica del
cónyuge, los determinantes del consumo pueden también estar en relación con
su mundo interno o con otros contextos (un duelo congelado o reciente, un
fracaso laboral, etc.). ¿Cómo discriminar si el mensaje sintomático está
vinculado con la interacción, con el cónyuge? Si es una pauta repetitiva, si
todas las dinámicas interaccionales están alrededor del alcohol –véase la
noción de “sistema alcohólico” (Steinglass, Bennett, Wolin y Reiss, 1989)–
estamos frente a un mensaje de la conducta sintomática que debemos descifrar
en términos relacionales. Asimismo, cuando observamos que frente a
conflictos relacionales inevitables en cualquier relación, aquéllos no pueden
ser explicitados de manera franca (por el temor al conflicto y al fantasma de la
ruptura de la relación) ahí aparece el síntoma que permite expresar la
diferencia sin aceptar el compromiso de su conducta. Y, por último, este
axioma pone de manifiesto que es imposible “no intervenir”; tanto si decimos
o no decimos, hacemos o no hacemos, siempre es un mensaje para el otro que
éste va a descifrar.
4.2. Segundo axioma
El segundo axioma de la comunicación, para Watzlawick (Watzlawick et al,
1971), plantea que toda comunicación tiene dos niveles: un nivel de contenido
y un nivel relacional. El primero transmite información, es el marco
referencial, mientras que el segundo está referido a qué clase de mensaje
debe entenderse que es el primero, es decir, indica el tipo de relación entre
los comunicantes. Así, toda comunicación está conformada por la
información que se trasmite en ambos niveles. Por ejemplo, el mensaje
“ordena tu cuarto” connota dos aspectos, el primero informa acerca del orden
o desorden del cuarto –contenido–, y el segundo implica un compromiso
(obedecer o desobedecer), por último y además define la relación entre los
comunicantes (nivel relacional) que podría comportar múltiples aspectos:
relación complementaria, simétrica, conflicto, consenso, etc. En definitiva,
el nivel relacional proporciona información acerca del contenido y constituye
un tipo lógico superior al de los datos.
En general el contexto donde se desarrolla el intercambio comunicacional
proporciona una información relacional, que siempre engloba y califica el
nivel de contenido. En un contexto muy jerarquizado (por ejemplo, el ejército)
una solicitud se ha de entender como una orden, así se pone de manifiesto que
el nivel relacional califica y da sentido al nivel de contenido, y el contexto
califica a ambos. Una pareja en conflicto crónico va a interpretar cualquier
comentario del otro –“vas muy mal vestido para la fiesta”– no como un acto
de cuidado sino como una agresión, que podría tener como respuesta:
“siempre me descalificas cómo me visto”. De nuevo es el nivel de contenido
el que obtiene significado por el nivel relacional.
Teniendo en cuenta este axioma, ¿qué evaluamos en la dinámica familiar? La
pauta relacional repetitiva que vincula a los sistemas y que las más de las
veces les tiene atrapados en las dificultades; por eso disminuye la importancia
del nivel de contenido y adquiere relevancia el nivel relacional. Es decir, en
una coalición transgeneracional la cuestión importante no es qué contenido ha
llevado a esa coalición, por ejemplo, entre madre e hija, sino el hecho de que
se ha establecido esa unión especial entre ellas en contra de un tercero (el
padre). Esto es lo francamente disfuncional, y ha de ser el foco de
intervención.
Entre los dos niveles –contenido y relación– pueden darse combinaciones
diversas. Puede ocurrir que los participantes concuerden o que estén en
desacuerdo en ambos niveles. También pueden darse formas mixtas, por
ejemplo, cuando están en desacuerdo en el nivel de contenido, pero ello no
perturba su relación. Esta es la forma más madura de manejar el desacuerdo ya
que los participantes acuerdan estar en desacuerdo, con la posibilidad de hacer
pactos. Por otra parte puede ocurrir que los interlocutores estén de acuerdo en
el nivel de contenido (ayudar a un hijo con problemas) pero no en el
relacional, por lo que la estabilidad de la relación se verá amenazada cuando
deje de existir la necesidad de acuerdo en el nivel de contenido (mejoría del
hijo). Además pueden darse confusiones entre los niveles de contenido y
relacional, como cuando se intenta resolver un problema relacional en el nivel
de contenido. Una pareja discute sobre si es interesante o una pérdida de
tiempo ver fútbol en la tele, cuando en realidad el desacuerdo está a nivel de
relación; lo que realmente está en juego es cuánta cercanía quiere cada uno, tal
vez el reclamo de la mujer para que el marido le preste más atención, etc.
Una última posibilidad, muy deletérea para los sujetos, se da en situaciones en
que una persona se ve obligada de un modo u otro a dudar de sus propias
percepciones en el nivel de contenido, a fin de no poner en peligro una
relación vital con otra persona.
¿Qué consecuencias tiene este axioma en la práctica de la intervención
sistémica? Los aspectos de contenido han de pasar a un segundo plano porque
son calificados por los relacionales, de forma que la dimensión fundamental
en la evaluación e intervención es la pauta relacional. Es decir, a riesgo de ser
redundante, lo que un terapeuta sistémico ha de destacar en su valoración
diagnóstica (y en sus objetivos de cambio) es el patrón relacional.
Un concepto esencial en este punto es el de metacomunicación. Con este
término se entiende la capacidad para hablar acerca de la relación, es decir,
trascender el nivel de contenido para preguntarnos qué está ocurriendo a nivel
relacional entre los sujetos que interactúan. La metacomunicación es necesaria
en todas aquellas dinámicas interaccionales donde se abordan las dificultades
en el nivel de contenido de la comunicación cuando en realidad el desacuerdo
está a nivel relacional, como ocurre a veces en la relación terapeuta-paciente.
Así, cuando una familia “aparentemente” coopera con los terapeutas,
acudiendo a las entrevistas, asintiendo a los contenidos de las intervenciones,
etcétera, pero sistemáticamente llegan media hora tarde, es necesario
metacomunicar acerca de ello, es decir, hablar con la familia acerca de lo que
está ocurriendo (que llegan tarde) y qué significado puede tener.
4.3. Tercer axioma
Según el tercer axioma de la comunicación, la puntuación de la secuencia de
hechos siempre es arbitraria. Así, una serie de comunicaciones puede
entenderse como una secuencia ininterrumpida de intercambios, pero esa
secuencia será puntuada de forma arbitraria, en función de la perspectiva del
observador. Por ejemplo, en la secuencia del caso expuesto anteriormente,
podemos plantear que la sobreimplicación de la madre contribuye a que el
padre se quede al margen, pero igualmente podemos establecer otra
puntuación de la secuencia, en la que la desvinculación del padre genera una
mayor implicación de la madre, para intentar cubrir ese vacío.
De hecho, en una secuencia prolongada de intercambios, los participantes
puntúan la secuencia de modo que uno de ellos o el otro tiene iniciativa,
predominio, dependencia, etc. Es decir, establecen entre ellos patrones de
intercambio, que constituyen las reglas de contingencia, generan
automatismos y limitan la experiencia, pero también dan seguridad y
previsibilidad a las relaciones y las conductas. La puntuación, pues, organiza
los hechos y las descripciones que los sujetos hacen de sí mismos y de los
otros. Por ejemplo, la identidad de una esposa de un depresivo está
determinada por su rol de cuidadora y sostenedora emocional de su pareja,
posición que constriñe y limita su experiencia, como decíamos anteriormente,
pero le da estabilidad a la relación y a sí misma.
Por otro lado, la falta de acuerdo con respecto a la manera de puntuar la
secuencia de hechos es la causa de innumerables conflictos en las relaciones.
El corolario para Watzlawick (op. cit.) de este axioma es que la naturaleza de
la relación depende de la puntuación de las secuencias de comunicación entre
los comunicantes. La naturaleza de la relación dota de identidad y da una
visión del mundo a los sujetos que tiene consecuencias pragmáticas de primer
orden. La esposa del alcohólico emite un mensaje al resto de la familia,
puntuando la secuencia: el problema está en el marido alcohólico. De este
modo los hijos se coaligan con ella en contra del padre; mientras éste puntúa
la secuencia al revés: la soledad y marginación a la que se ve sometido por
dicha coalición le genera una tristeza y enfado que justifican su
comportamiento.
A su vez, dice Stierlin, la puntuación o “la estructuración y organización que
hace un observador de una secuencia de hechos y conductas” tiene
consecuencias importantes para la intervención. La manera en que es puntuada
la secuencia de interacción determina “el significado que se le asigna y la
manera en que se evaluará la conducta de cada persona” ; crea, sin exagerar
realidades diferentes. Así “las modificaciones introducidas en la puntuación
no sólo originan nuevas maneras de enfocar un problema sino que
proporcionan además nuevos recursos y soluciones” (Stierlin, 1997, p. 296-
297). Por ejemplo un cambio en la puntuación de la secuencia de hechos es
señalar la posición del hijo en la díada padre alcohólico-madre (es decir que
está en una posición de marido-padre), o en términos de Minuchin (1977), que
está parentalizado. El cambio es revolucionario por cuanto para la familia el
eje organizador de la disfunción es la adicción del padre.
4.4. Cuarto axioma
El cuarto axioma plantea que la comunicación tiene otros dos niveles de
análisis: el analógico y el digital. La comunicación analógica es la no verbal y
se observa en las secuencias, los ritmos, los tonos de voz, y los contextos. El
nivel relacional, descrito anteriormente, se basa prioritariamente en lo
analógico, que siempre calificará el nivel digital. La comunicación digital o
verbal es el contenido que se transmite a través de la palabra.
Es importante destacar este axioma porque se pueden dar errores de
traducción que provocan dificultades en las relaciones. Una situación muy
común es la contradicción entre ambos niveles: el sujeto dice “no estoy triste”,
mientras llora desconsoladamente. Ante este tipo de contradicciones, quienes
perciben de manera correcta saben “leer” el significado a tener en cuenta, que
es el expresado a nivel analógico (en realidad está triste). Sin embargo, en
determinadas patologías (véase psicosis) los sujetos presentan dificultades a la
hora de discernir el mensaje correcto; en este tipo de dinámicas relacionales se
observa lo deletéreo o dañino que es para el receptor del mensaje (porque se
confunde) este tipo de comunicación. En estas familias la calidad
comunicacional o relacional es un factor esencial de análisis. Aunque no es
éste el espacio para desarrollar estos conceptos, animamos al lector a que
revise las importantes aportaciones de autores como R. D. Laing y A. Esterson
(1980) y su concepto de “mistificación”; la noción de desconfirmación de
Watzlawick (Watzlawick et al, 1971); el doble vínculo de Bateson et al.
(1974), y la noción de desviación comunicacional de L. Wynne et al. (1977).
4.5. Quinto axioma
El último axioma plantea que todas las relaciones están basadas en la igualdad
o en la diferencia. En las primeras los participantes tienden a igualar su
conducta recíproca, es decir, . son interacciones simétricas, mientras que las
segundas, denominadas complementarias, están sostenidas en las
diferencias. El ejemplo paradigmático de relación simétrica es la pareja,
mientras que de las relaciones complementarias lo es la relación paterno-
filial. Son muchas las consideraciones que podemos hacer derivadas de este
axioma, tanto para la comprensión de las dificultades relacionales como para
establecer objetivos terapéuticos. Valga aquí sólo señalar que para que una
relación simétrica perdure ha de estar basada en complementariedad
alternante, ya que la simetría llevada a los extremos sólo genera patología,
luchas de poder, es decir, escaladas simétricas. Por otro lado, las relaciones
complementarias tienen su correlato disfuncional en la complementariedad
rígida, en la que la definición del sí mismo de cada parte de la díada sólo
puede mantenerse si el otro desempeña el rol específico, es decir,
complementario. Por ejemplo una complementariedad rígida en una pareja
hace que el que está en posición up sin tener conocimiento de contenidos
específicos de la profesión de su esposa (profesora de francés) le corrige la
pronunciación en público; ésta acepta incondicionalmente dicha corrección,
sabiendo que su marido nunca estudió francés.
Hasta aquí hemos desarrollado los conceptos fundamentales que guían el
paradigma sistémico. Estos fundamentos han de dirigir la mirada de los
profesionales que desean sostener una epistemología orientada al cambio de
las relaciones; de manera que en la evaluación incorporen al sistema familiar
y/o a los sistemas significativos para dar un sentido a la pauta que subyace a la
sintomatología o las dificultades. Sin embargo, en este punto es oportuno
introducir algunos cuestionamientos que ponen en evidencia la necesidad de
una mirada que complemente la perspectiva interaccional expuesta. Un
ejemplo común nos ayudará en la argumentación. Cualquiera que haya vivido
o viva en pareja sabe que las dificultades en el nivel interaccional están
sostenidas en determinadas dinámicas individuales, que no son más que la
expresión de pautas interiorizadas transgeneracionalmente; a su vez estos tres
niveles de análisis (las pautas interaccionales, las dinámicas individuales y las
transgeneracionales) están interrelacionados, y además están constituidos y
son constituyentes de determinado contexto sociocultural en el que vive la
pareja (Scheinkman, 2008). ¿Quiere decir que hay que soslayar el análisis de
la dinámica relacional? En modo alguno. Lo que estamos sosteniendo es que
el modelo sistémico, como todos los enfoques teórico-prácticos, evoluciona y
se enriquece con otras miradas.

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