ENTRE PARANOIA Y MELANCOLÍA: EL CASO WAGNER
Clase para el Departamento de Psicopatología 11.01.2021
Beatriz García Martínez
La paranoia es tomada por Freud y Lacan como paradigma de la
psicosis, por lo mucho que enseña sobre cómo se constituye la
subjetividad. Para el primer Lacan, en el origen hay un desorden
imaginario sobre el que lo simbólico tiene que montarse para
ordenarlo, y si no ocurre así lo imaginario prevalece en su
dimensión de caos y agresividad con el semejante. Existe una
malevolencia incluida en la propia cadena significante, porque
uno es hablado por el Otro desde antes de su llagada al mundo,
que si no es velada por un fantasma neurótico aparece como
certeza en el campo del Otro: el Otro quiere mi mal.
En el texto de presentación de la traducción francesa de las
memorias de Schreber, Lacan aventura una definición de la
paranoia como la posición subjetiva de identificar el goce en el
lugar del Otro como tal: el Otro goza de mi. Es decir, en la
paranoia el Otro no encarna el lugar del ideal sino que se
convierte en otro malvado, despectivo, indiferente o
aterrorizante. Esto es lo que hace que la paranoia tenga una gran
afinidad con el sentido, lo que le da al paranoico una fuerte
consistencia, a diferencia de lo que ocurre con el esquizofrénico.
A partir del encuentro traumático con un vacío de significación,
como veremos que le ocurre aquí a Wagner con sus primeras
masturbaciones, el paranoico no queda inerme como le sucede
al esquizofrénico, que podemos considerar una patología más
grave, sino que interpreta y produce sentido: el Otro lo vigila,
conoce sus pensamientos más íntimos, nada sucede al azar, todo
tiene una lógica relacionada con la maldad del Otro etc.
Desde la perspectiva lacaniana en el ser hablante se trata
siempre de qué hace uno con el goce que lo habita por el hecho
de estar atravesado por el lenguaje. Los seres hablantes estamos
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“parasitados” por el significante. El significante produce efectos
de goce en el cuerpo (esto ya es el último Lacan) y sabemos que
es el lenguaje el que produce también efectos de extracción de
ese goce, en el mejor de los casos. Si no se produce la operación
de separación del goce que llamamos metáfora paterna, estamos
en la psicosis, que es la manifestación de un goce producido por
el significante (los animales no enloquecen) que no ha podido ser
a su vez ordenado por el lenguaje. El lenguaje ordenado con sus
operaciones de metáfora y metonimia tiene la facultad de
separar al sujeto de su goce y localizarlo en ciertas zonas. Esta es
la operación que se registra en la neurosis.
En la psicosis el lenguaje no ha ejercido su función pacificadora y
una forma de pensar las estructuras es según en qué lugar se
coloca el goce inasimilable: si se coloca en el lugar del Otro, se
localiza fuera, estamos en la paranoia. Si retorna sobre el cuerpo
estamos en los fenómenos xenopáticos de la esquizofrenia. Si
cae sobre el propio sujeto, éste encarna el mal radical y es
culpable de todo el mal del mundo, como sucede en la
melancolía
El estudio de los historiales clínicos es una manera privilegiada
de acercarnos a la psicopatología. En esta ocasión, vamos a
adentrarnos en el estudio del caso Wagner, un hombre que en
1913 asesinó a su esposa y cuatro hijos, amén de a 12 vecinos de
un pueblo en el que años atrás había ejercido como maestro. El
historial fue escrito por Robert Gaupp, psiquiatra a quien se
encargó valorar su estado mental, y que en 1914, redactó este
informe de más de doscientas páginas, traducido y publicado en
castellano por la AEN, valiéndose de sus entrevistas con Wagner
y de la autobiografía que, previamente a sus crímenes, este
había ido escribiendo durante 4 años.
Lacan se opuso francamente a las tesis de Kraepelin,
hegemónicas en la época, que en su tratado de 1899 tomaba la
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psicosis como “un sistema delirante, duradero e imposible de
quebrantar, que se instala con una conservación completa de la
claridad y el orden en el pensamiento, la volición y la acción”, un
proceso incomprensible e incurable. Lacan, al igual que Gaupp y
Kretschmer, se desmarcó de estas concepciones, apoyando ya
en su tesis doctoral sobre la paranoia la existencia de formas
clínicas de la paranoia comprensibles en su lógica, que
guardaban una relación con los acontecimientos de la vida del
paciente, que conservaban las facultades cognitivas del paciente
y que podían remitir al cabo de un tiempo.
En la misma línea es destacable el llamado delirio sensitivo
escrito en 1918 por Ernest Kretschmer. Para este autor este tipo
de delirio tenía un carácter psicógeno. Aparecía en personas
sensitivas (susceptibles) ante una serie de vivencias de carácter
vergonzante (fracaso erótico, fracaso profesional) con la cual el
sujeto no se puede conformar, de aquí surge el delirio con un
carácter de sobrecompensación de la autoestima dañada.
Proponía la psicoterapia como forma de tratamiento.
Volviendo a Lacan, este cuestionará la concepción de Kraepelin y
marcará como esencial la certeza que tiene el sujeto acerca de la
intencionalidad de la persecución y malevolencia del Otro. En
esta oportunidad vamos a desarrollar el punto esencial de la
persecución y la injuria utilizando el historial del caso Wagner,
quien nos permite adentrarnos en la infraestructura psicológica
de un tipo de psicosis paranoica que se caracterizaría por la
sistematización del acto criminal, más que por la construcción de
un sistema delirante. Es una forma de paranoia paradigmática,
que busca un intento de estabilización por medio del pasaje al
acto criminal.
El informe de Gaupp.
Primero, el relato de los hechos, que comienza el asesinato a
cuchilladas de su mujer y sus hijos dormidos en septiembre de
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1913. A continuación, armado de varias pistolas viaja a
Mulhausen, el pueblo donde años atrás, en 1902 , había ejercido
como maestro, y tras incendiar varios graneros comienza a
disparar a cuantas personas de sexo masculino encuentra en su
camino, matando a 8 e hiriendo a 12. Tras ser reducido por los
vecinos, es llevado a un hospital donde le amputan el antebrazo
malherido. Interrogado por el juez se declara culpable de todos
los crímenes, dice que su intención era suicidarse después y
señala como móviles de su acción una serie de delitos de zoofilia
cometidos por él en el año en que ejerció como maestro en
Mulhausen. Estos delitos acabaron creándole serios
remordimientos y ciertas alusiones de los habitantes de
Mulhausen lo llevaron a pensar que estaban enterados de sus
delitos contra la moral, por lo que había decidido vengarse de su
maledicencia.
En la investigación que se abre nadie del pueblo se declara
enterado de dichos delitos y en general es descrito como un
hombre afable, culto y dedicado a la enseñanza, además de un
buen padre de familia. Se abre la sospecha de una enfermedad
mental y se lo interna en la clínica de Tubinga para su examen
psiquiátrico por el profesor Gaupp. Gracias a su informe, Wagner
es declarado irresponsable y el juez determina el sobreseimiento
del proceso penal. Wagner rechaza indignado su diagnóstico de
paranoia y reclama ser juzgado por sus crímenes de los que se
considera responsable. Hay que señalar que, si bien se arrepintió
de haber matado a sus antiguos vecinos de Mulhaüsen, siempre
sostuvo que se alegraba de haber matado a sus hijos porque
siendo la suya una estirpe enfermiza, habrían heredado su
condición y sufrirían tanto como él.
El estudio de este caso nos va a permitir ahondar en la relación
entre melancolía y paranoia, así como la distinción entre certeza
y delirio. Y finalmente también en la tan frecuente articulación
entre la maldad del Otro, el ser un perseguido y la asunción de
una misión megalómana de redención de la humanidad, cuestión
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que ya encontramos en el caso Schreber. Wagner es un hombre
que se siente perseguido, pero antes es un hombre que se siente
muy culpable. Es un culpable que se siente también víctima
inocente, esta oscilación en el caso es fundamental: va a pasar
casi inadvertidamente de la posición de degenerado donde el
Kakón o la maldad están en él, a la de purificador, donde el Otro
es malo y lo persigue y él debe vengarse.
El kakón es un término griego que se refiere a la maldad, el dolor
o la desgracia padecidas por un ser humano. Usando los
términos lacanianos hablaríamos de la vertiente mortificante del
goce, que es lo que se ocupa de tratar el psicoanálisis. Esa
porción del goce del cuerpo que no puede ser asumida por lo
simbólico y lo imaginario y que es la piedra en el zapato de
cualquier ser hablante, que en la psicosis puede ocupar casi todo
el espacio. Una aportación fundamental de Lacan es la que nos
muestra que la ubicación en la estructura depende de lo que
cada uno hace con ese resto de goce maligno que nos habita. El
neurótico lo sitúa en el marco de un fantasma. El psicótico no
dispone de este recurso y se le ofrecen varias posibilidades:
encarnar ese kakón, como sucede en la melancolía, o situarlo en
el campo del otro, que se convierte en malo y perseguidor.
Wagner empieza por culparse horriblemente de su onanismo y
después de su bestialismo, y gradualmente esas faltas que tiene
la certeza de que constituyen los peores delitos y atentados
contra la humanidad, son puestas en boca de los habitantes del
pueblo, que lo acusan de ellos haciéndolo sufrir, por lo que
considera que deben ser asesinados, sin que él aprecie ninguna
incoherencia en el hecho de que él es el primero en acusarse de
esos crímenes. La hipótesis de J.M. Álvarez que hacemos nuestra
es que el paso de la posición de culpa e indignidad a la posición
paranoica, el agarrarse a la certeza de la maldad del otro, es un
modo de defenderse de la caída melancólica, que es mucho más
terrible.
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Unos apuntes biográficos nos señalan a Wagner, nacido en 1874
en la Baja Sajonia, en una zona donde se hablaba el dialecto
suabo, impuro con respecto al alemán, lo cual tendrá su
importancia. Sus conocidos hicieron notar que nunca hablaba el
suabo sino que se jactaba de hablar el alto alemán puro. Noveno
de 10 hijos, su padre muere cuando él tiene dos años. Su madre
solía decir que había sido una suerte que muriera. Al parecer se
trataba de una mujer un tanto melancólica y sombría y no del
todo cuerda, a la que Wagner atribuye gran influencia sobre él
en sus memorias, diciendo que él ya era pesimista en el vientre
de su madre. “El chavalín de la viuda” es el modo con el que los
vecinos lo conocen y, dice “en la voz no se advertía el menor
asomo de compasión”. Es interesante este apunte que hace en
su autobiografía, porque muestra ya la atribución de maldad al
Otro que se registra muy tempranamente. Miller habla en
“Cuando el Otro es malo” de cómo la maldad del otro es una
significación fundamental ligada a la cadena significante. Para
todo sujeto hay un “se charla de él”, que puede constituirse en
una suposición de goce malvado porque la cadena significante
siempre da lugar a un sobreentendido y porque después de todo
el goce del otro siempre nos es desconocido.
Buen alumno, se inclina por los estudios de magisterio, en los
que destaca, pero, dirá “lo que dio a mi vida toda su orientación
marcadamente infeliz, lo que me hizo perder mi juventud, lo que
acabó hundiéndome aún más en el fango fue el hecho de
sucumbir al onanismo…Se me notaba”. A los 18, entonces, las
primeras poluciones son vividas como acontecimientos
inasimilables en los altos ideales culturales que lo sostenían,
teniendo además la vivencia de que lo acontecido en él era
claramente percibido e imposible de esconder a la mirada del
Otro. “Nadie me lo dijo directamente, pero todo el tiempo
escuchaba alusiones. Por ejemplo, un compañero de estudios le
deja en la cama una nota diciendo “levántate juerguista”, lo cual
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es interpretado por él como aludiendo a su degeneración. “todos
los fracasos y pesares de mi vida guardan en el fondo relación
con ciertas anomalías sexuales y la sensación de abatimiento que
las acompaña”. En esa época se sintió enfermo, con dolores en
diversas partes de cuerpo y sueños agitados que lo llevaron a
estar de baja varios meses. Se había abierto una profunda grieta
en su naturaleza.
Aquí encontramos claramente el inicio de los fenómenos
elementales que culminarían con el desencadenamiento franco
de la psicosis. En el texto “De una cuestión preliminar a todo
tratamiento posible de la psicosis” Lacan pone el acento en que
el psicótico lo es porque carece de un significante que le
permitiría significar el goce de su cuerpo y el goce del cuerpo del
Otro. A partir del seminario 3 Lacan explica la aparición de los
fenómenos imaginarios del cuerpo, los delirios y las
alucinaciones a partir de un agujero en el Otro simbólico, donde
falta el significante del Nombre del padre que vendría a poner
orden en el caos de las significaciones y de las imágenes.
Lo que Wagner experimenta en el momento de sus primeras
manifestaciones sexuales, los sueños agitados, el abatimiento y
los dolores corporales son signos de la forclusión del nombre del
padre, si seguimos la clínica de esta primera enseñanza de Lacan.
En definitiva, algo de lo real del goce del cuerpo no puede ser
significado y asimilado dentro de una idea si mismo aceptable. Si
se hubiera tratado de una neurosis, la representación intolerable
habría dado lugar a una sustitución por otra y a un síntoma. Sin
embargo esta posibilidad no está disponible en la psicosis, falta
la defensa neurótica frente al goce, que como se ve lo invade
completamente y lo enferma, llevándolo hacia un delirio.
Vemos también como primeramente hay una transición desde la
culpa y el autorreproche a la autorreferencia: hablan mal de él.
Una maniobra en la que el Kakón se traslada del sujeto al Otro,
en un intento de apaciguamiento del malestar que lo invade.
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Esta autoreferencia es el fenómeno elemental más característico
de la paranoia, que deja traslucir la presencia de otro malvado,
pues si alguien se siente aludido o referido es porque hay Otro
que le observa y murmura de él.
Por retomar el tema de la clase anterior, a diferencia de lo que
ocurre en a esquizofrenia, en la paranoia los fenómenos
elementales, es decir, estos S1 fuera de la cadena son
susceptibles de una articulación y producir un S2, es decir un
delirio, un universo de discurso que, aunque sea parcial, podrá
abrochar el significante con el significado. En la esquizofrenia el
fenómeno elemental no toma valor presignificante, hay una falla
más profunda en la simbolización originaria, el sujeto escucha
murmullos por ejemplo, pero esto no introduce ningún tipo de
orden o sentido. Por eso es un polo más destructivo, digamos, y
delirar al modo paranoico es un buen intento de curación, de
hacer entrar en el sentido lo experimentado como invasivo y
doloroso.
Entonces, el inicio del goce masturbatorio fue catastrófico para
Wagner, pero lo peor estaba aún por llegar.
Entre 1901 y 1902 pasará algo más de un año destinado en
Mulhausen, donde cometió una serie de actos delictivos
(relaciones sexuales con animales de los que nadie se enteró,
según testimoniaron los vecinos, quienes además dejaron muy
claro que nadie se mofaba de él sino que era respetado y
estimado como maestro). Al poco tiempo comienza relaciones
con la hija del mesonero a la que dejará embarazada, motivo por
el cual es relevado de su puesto y enviado a Radelstetten, donde
permanecerá 10 años. Con ella se casará posteriormente,
aunque dirá que lo hizo porque no podía ofrecerle una
compensación económica, pero que no la quería. Lo cual no le
impidió tener 5 hijos con ella, uno de los cuales murió y llevar
una vida familiar muy tradicional y ordinaria. Aún poniendo
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tierra de por medio del lugar de sus crímenes las habladurías de
la gente respecto a su bestialismo se van haciendo más
presentes, al punto de que Wagner vive en un continuo
sobresalto con el temor a ser descubierto por sus crímenes
zoofílicos y salía a la calle con una pistola para matarse en caso
de ser descubierto. El suicidio empieza a presentarse como una
alternativa para eliminar el kakón de su ser. Sabemos que no fue
esa la salida que finalmente se impuso, sino la de arrasar el linaje
de los Wagner, incendiar el lugar donde había cometido sus
delitos para borrarlo de la memoria y vengarse de quienes se
burlaban de su oprobio. La vergüenza por su goce encontró en el
odio una mala salida. Dice JM Alvarez “El odio le resultaba
arrebatador. Cuando se lo acaricia tan de continuo y se goza
tanto de él, es muy fácil despeñarse al abismo del acto”.
En Radelstetten continúan los fenómenos autoreferenciales y
aparece un cierto histrionismo y declaraciones megalomaníacas
del tipo “Qué Schiller ni que Goethe! Yo soy el dramaturgo
alemán más importante!”. “Soy infinitamente superior a todos
vosotros, yo acabaré siendo un hombre célebre y se seguirá
hablando de mi durante siglos. A dios no lo necesito, yo soy mi
propio dios” (Estas declaraciones megalomaníacas aparecían
únicamente durante los estados de euforia consiguientes a la
ingesta de grandes cantidades de cerveza. En este lugar continúa
como maestro respetado y querido 10 años hasta que pide su
traslado a un destino superior, en Degerloch, un barrio de
Stuttgart, donde al poco de llegar cometería el primero de su
crímenes, el asesinato de su familia. A continuación viaja a
Mulhausen a ejecutar su venganza. El tercer acto que tenía
planeado, su suicidio, nunca llega a ejecutarlo. Había soñado con
un final apoteósico, llegar al palacio de Ludwigsburg, prenderle
fuego y tumbarse en el lecho de la duquesa y arder entre las
llamas.
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Vamos ahora con los efectos subjetivos del acto: tras su
detención Wagner dijo que no se arrepentía de sus actos.
Justificó el asesinato de sus hijos por motivos altruistas,
convencido como estaba de que habrían heredado las mismas
tendencias inmorales que él, ya que su estirpe era de gente
degenerada, lo cual lo sumía en la más negra de las melancolías y
la cosa no tenía más tratamiento que la muerte. “Considero que
muertos están perfectamente protegidos y a buen recaudo”,
expresó. A su mujer la mató por pena y por compasión, para
evitarle la desgracia de sobrevivir a la muerte de todos sus hijos.
Los asesinatos de Mülhausen tenían una motivación distinta, el
odio y la venganza contra la colectividad, ya que no se refería a
nadie en concreto.
El motor del acto ¿cuál fue? El axioma “Soy bestialista”
concentraba todo el drama de Ernst Wagner. La culpabilidad y el
autorreproche son primarios y se engarzan rápidamente en la
autorreferencia que lo lleva al odio y la venganza. Pero primero
podríamos decir que en el asesinato de su familia no se trata de
odio sino de una loca pasión altruista que lo lleva a protegerlos
del “carácter inexorable de la degeneración de su familia”. Al
matarlos toca algo propio, como si su degeneración se
extendiera y se alojara en el cuerpo de los suyos.
En cuanto a los efectos subjetivos del acto, parece que Wagner
se mostró pacificado y aliviado. Por fin se sentía “puro” y su odio
había cedido un poco. Sus ideas de grandeza no cambiaron, se
veía a si mismo como alguien extraordinario, con una misión que
cumplir, un escritor político, pedagogo y purificador de la raza
humana. En sus escritos él mismo reconocía que tales ideas de
superioridad surgían por contraste a sus padecimientos por la
persecución que sufría.
Entre 1914 y 1920 Wagner continuó sufriendo el tormento de la
autorreferencia, escribiendo esta frase proverbial refiriéndose a
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su estancia en Mulhausen: “La cosa llegó a tal extremo que, en
cuanto se reunían dos, yo era el tercero del cual se hablaba. La
verdad es que el aire debió espesarse tanto con mi nombre que
hasta hubieran podido meterlo en sacos”. El tormento de la
autorreferencia pertenece a quien no puede hacerse cargo de
sus dichos. En 1920 Wagner escribe “Hay cosas que te llenan la
cabeza y que gusta trasladarlas a las cabezas de los demás”.
Durante su internamiento al menos dos veces volvió de forma
virulenta la intensidad de las alusiones (los internos imitaban
ruidos de animales) y un año antes de morir le confía al médico
que “casi todo el mundo había dicho recientemente que yo era
un follador de animales”. El sujeto se sabe aludido por los otros
en algo tocante a su abyección y sabe también que el Otro goza
de eso.
Los años que permaneció en el manicomio Wagner continuó
escribiendo piezas dramáticas. En 1923, 10 años después de los
crímenes, se produjo un giro inesperado, la aparición de un
nuevo delirio: de pronto Wagner cae en la cuenta de que había
sido objeto de plagio por parte de Franz Werfel, un dramaturgo
judío de la época. Este hecho le dolía mucho porque ponía en
peligro sus pretensiones de hacerse un nombre como escritor y
dio lugar una segunda etapa de su delirio paranoico que le
dominó hasta su muerte. En este, el axioma “el Otro me plagia”
lo conduce a una mejoría mucho mayor que la experimentada
con sus crímenes, debido a que, por una parte logra localizar la
maldad de modo muy claro en los judíos, contra los que
desarrolla un apasionado odio, y a que se siente llamado a una
misión: reclamar oficialmente por el plagio y de paso purificar la
lengua alemana de la influencia perniciosa de los judíos. El kakón
ha sido situado inequívocamente en otro al que combatir y él es
el encargado de devolver la pureza a la lengua. Siempre es más
fácil hacer algo con la lengua que con el kakon de la pulsión, o
dicho en palabras de Wagner, de la degeneración sexual.
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Si bien al principio se trataba de la degeneración sexual (soy
bestialista), esto lo llevaba a la autorreferencia pero no dio lugar
a un delirio formado. En cambio, con el tema de la degeneración
de la lengua permitió empezar a delirar, si por tal entendemos, a
partir de un axioma (soy plagiado) construir una trama de
sentido que da al sujeto la razón de por qué otro malvado lo ha
tomado como objeto de su goce. Vemos aquí la diferencia entre
el axioma delirante y el delirio propiamente dicho. Las
invenciones delirantes aportan algún margen de maniobra,
mientras que la autorreferenca deja al sujeto ante algo oscuro e
indiscernible que le concierne sin saber porqué.
En todo caso cuando aparece el Otro malvado y se indica el
motivo del abuso originario hacia el sujeto en posición de
inocente, cuando aparece el postulado “el Otro me…”, estamos
en la fórmula específica de la paranoia que se diferencia de la
melancolía y la esquizofrenia, para empezar porque está el Otro
y ha tomado la iniciativa respecto del sujeto. Si Wagner al
principio no rompió a delirar y solo experimentó la dimensión de
la autorreferencia, en este caso las difamaciones, tal vez fue esto
lo que lo condujo al acto homicida como solución frente a su
postulado melancólico. Tal es la hipótesis de J.M. Álvarez, que
no deja de ser una hipótesis, se podría ver de otro modo, pero es
ciertamente interesante. También se apunta a que tal vez la
escritura frenó el pasaje al acto durante 4 años. Lo cierto es que
para que se de una transición de la melancolía a la paranoia es
necesario un movimiento subjetivo en el que el kakón bascule
del sujeto al Otro y se instale en él.
Wagner se sabía impuro desde su juventud, un sujeto
degenerado que solo podía delirar sobre su impureza, y el Otro
solo le servía como soporte de las habladurías sobre él. Pero eso
no lo llevaba a ninguna explicación de por qué esa maldad ni
mucho menos una misión, permaneciendo atascado en una
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trama de alusiones que se hacía más densa cada vez. El hallazgo
del delirio de plagio, en cambio, le permite encontrar una misión,
que casualmente es limpiar lo impuro de la lengua alemana y
purificar el mundo. Parece que los delirios de los melancólicos
solo aportan más dolor mientras que los de los paranoicos traen
algún alivio.
Wagner sabía qué hacer con los otros para purificarlos: primero,
matarlos, luego se afilió al partido nazi y pregonaba la eugenesia,
la eutanasia y el exterminio de los judíos. Lo que no sabía tan
bien era qué hacer consigo mismo. La pureza significaba para él
vivir en paz con su conciencia, lo que implicaba no atormentarse
con la culpa, los autorreproches y el autodesprecio. Se puede
establecer la cuestión de “lo puro” como el S1 que lo sostenía
(es cuando se siente impuro que todo empieza) y que atraviesa
toda la locura de Wagner, desde la purificación de la
degeneración sexual con el asesinato (locura patética, sin delirio
propiamente dicho) hasta la purificación de la lengua alemana de
las impurezas judías con su escritos, donde se aprecia una
invención delirante.
En Wagner entonces, apreciamos los dos polos, el melancólico y
el paranoico. En el polo melancólico hay una dificultad para
entretejer un delirio más allá del postulado de base, lo cual
puede haber contribuido al paso al acto, en tanto está también la
vertiente paranoica de la autorreferencia. Cuando el polo
paranoico vira hacia la construcción de una trama delirante con
una misión para el sujeto hay un relativo atemperamiento del
sufrimiento subjetivo.
La aportación estabilizadora de la creación artística no es el único
rasgo que emparenta a Wagner con Schreber, el otro paradigma
de la paranoia, pues también el primero abogará por su
responsabilidad como sujeto, pretenderá rechazar la
incapacitación penal por su locura, si bien en una línea
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argumental distinta a la del magistrado, pues el maestro busca
precisamente que la ley le castigue, que acabe con su vida.
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