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El Viejo y El Mar Taller Grado 7°

Este documento presenta un resumen de una lectura sobre "El viejo y el mar" de Ernest Hemingway. El texto describe a un viejo pescador llamado Santiago que lleva 84 días sin pescar un pez. Aunque un muchacho ya no pesca con él, sigue ayudándolo. El viejo es descrito como delgado y con cicatrices de pescar. A pesar de su mala suerte, mantiene la esperanza de pescar otro día. El muchacho lo acompaña a beber una cerveza y ofrece ayudarlo a conseguir carnadas para

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El Viejo y El Mar Taller Grado 7°

Este documento presenta un resumen de una lectura sobre "El viejo y el mar" de Ernest Hemingway. El texto describe a un viejo pescador llamado Santiago que lleva 84 días sin pescar un pez. Aunque un muchacho ya no pesca con él, sigue ayudándolo. El viejo es descrito como delgado y con cicatrices de pescar. A pesar de su mala suerte, mantiene la esperanza de pescar otro día. El muchacho lo acompaña a beber una cerveza y ofrece ayudarlo a conseguir carnadas para

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INSTITITUCIÓN EDUCATIVA EL BAGRE

LENGUA CASTELLANA
Docente: Yina Gisela Bueno

Área: Español
Tiempo: 2 horas
Grado: 7°c
Objetivo: Alcanzar velocidad lectora expresión oral adecuada y acorde a su edad.
Mejorar el nivel de comprensión lectora. Usar la lectura como fuente de información y
entretenimiento.

ACTIVIDAD
Lee con atención el siguiente texto y responde las preguntas que hay al
final.
EL VIEJO Y EL MAR (Fragmento)
(Ernest Hemingway)

Era un viejo que pescaba solo en un bote en el Gulf Stream y hacía ochenta
y cuatro días que no cogía un pez. En los primeros cuarenta días había
tenido consigo a un muchacho. Pero después de cuarenta días sin haber
pescado los padres del muchacho le habían dicho que el viejo estaba
definitiva y rematadamente salao, lo cual era la peor forma de la mala
suerte, y por orden de sus padres el muchacho había salido en otro bote
que cogió tres buenos peces la primera semana. Entristecía al muchacho
ver al viejo regresar todos los días con su bote vacío, y siempre bajaba a
ayudarle a cargar los rollos de sedal o el bichero y el arpón y la vela
arrollada al mástil. La vela estaba remendada con sacos de harina y,
arrollada, parecía una bandera en permanente derrota.

El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas profundas en la parte posterior


del cuello. Las pardas manchas del benigno cáncer de la piel que el sol
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produce con sus reflejos en el mar tropical estaban en sus mejillas. Esas
pecas corrían por los lados de su cara hasta bastante abajo y sus manos
tenían las hondas cicatrices que causa la manipulación de las cuerdas
cuando sujetan los grandes peces. Pero ninguna de estas cicatrices era
reciente. Eran tan viejas como las erosiones de un árido desierto.

Todo en él era viejo, salvo sus ojos; y estos tenían el color mismo del mar y
eran alegres e invictos.
–Santiago –le dijo el muchacho trepando por la orilla desde donde quedaba
varado el bote–. Yo podría volver con usted. Hemos hecho algún dinero.
El viejo había enseñado al muchacho a pescar y el muchacho le tenía
cariño. –No –dijo el viejo–. Tú sales en un bote que tiene buena suerte.
Sigue con ellos. –Pero recuerde que una vez llevaba ochenta y siete días
sin pescar nada y luego cogimos peces grandes todos los días durante tres
semanas.
–Lo recuerdo –dijo el viejo–. Y yo sé que no me dejaste porque hubieses
perdido la esperanza.

–Fue papá quien me obligó. Soy al fin chiquillo y tengo que obedecerle.
–Lo sé –dijo el viejo–. Es completamente normal.
–Papá no tiene mucha fe. –No. Pero nosotros, sí, ¿verdad?
–Si –dijo el muchacho–.
¿Me permite brindarle una cerveza en la Terraza? Luego llevaremos las
cosas a casa.
– ¿Por qué no? –Dijo el viejo–. Entre pescadores.

Se sentaron en la Terraza. Muchos de los pescadores se reían del viejo,


pero él no se molestaba. Otros, entre los más viejos, lo miraban y se ponían
tristes. Pero no lo manifestaban y se referían cortésmente a la corriente y a
las hondonadas donde se habían tendido sus sedales, al continuo buen
tiempo y a lo que habían visto. Los pescadores que aquel día habían tenido
éxito habían llegado y habían limpiado sus agujas y las llevaban tendidas
sobre dos tablas, dos hombres tambaleándose al extremo de cada tabla, a
la pescadería, donde esperaban a que el camión del hielo las llevara al
mercado, a La Habana. Los que habían pescado tiburones los habían
llevado a la factoría de tiburones, al otro lado de la ensenada, donde eran
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izados en aparejos de polea; les sacaban los hígados, les cortaban las
aletas y los desollaban y cortaban su carne en trozos para salarla.

Cuando el viento soplaba del este, el hedor se extendía a través del puerto,
procedente de la fábrica de tiburones; pero hoy no se notaba más que un
débil tufo porque el viento había vuelto al Norte y luego había dejado de
soplar. Era agradable estar allí, al sol en la Terraza.
–Santiago –dijo el muchacho.
–Que –dijo el viejo–. Con el vaso en la mano pensaba en las cosas de hacía
muchos años.
– ¿Puedo ir a buscarle sardinas para mañana?
–No. Ve a jugar al béisbol. Todavía puedo remar y Rogelio tirará la atarraya.
–Me gustaría ir. Si no puedo pescar con usted me gustaría servirlo de
alguna manera.
–Me has pagado una cerveza –dijo el viejo–. Ya eres un hombre.
– ¿Qué edad tenía cuando me llevo por primera vez en un bote?
–Cinco años. Y por poco pierdes la vida cuando subí aquel pez demasiado
vivo que estuvo a punto de destrozar el bote. ¿Te acuerdas?
–Recuerdo cómo brincaba y pegaba coletazos, y que el banco se rompía, y
el ruido de los garrotazos. Recuerdo que usted me arrojó a la proa, donde
estaban los sedales mojados y enrollados. Y recuerdo que todo el bote se
estremecía, y el estrépito que usted armaba dándole garrotazos, como si
talara un árbol, y el pegajoso olor a sangre que me envolvía.
– ¿Lo recuerdas realmente o es que yo te lo he contado?
–Lo recuerdo todo, desde la primera vez que salimos juntos.
El viejo lo miró con sus amorosos y confiados ojos quemados por el sol. –Si
fueras hijo mío me arriesgaría a llevarte, dijo. Pero tú eres de tu padre y de
tu madre y trabajas en un bote que tiene suerte.
– ¿Puedo ir a buscarle las sardinas? También sé dónde conseguir cuatro
carnadas.
–Tengo las mías que me han sobrado de hoy. Las puse en sal en la caja.
–Déjeme traerle cuatro cebos frescos.
–Uno –dijo el viejo. Su fe y su esperanza no le habían fallado nunca. Pero
ahora empezaban a revigorizarse como cuando se levanta la brisa.
–Dos –dijo el muchacho.
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Escribe en tu cuaderno como título “El viejo y el mar” y realiza el
siguiente taller.

1. En el último párrafo de la lectura la palabra “revigorizarse” quiere


decir que: A, La fe y esperanza del viejo se levantaban B, La fe y
esperanza del viejo decaían. C, Ya el viejo no tenía fe ni esperanza
D, El viejo debía buscar la fe y la esperanza.
2. ¿Cómo se llamaba el viejo de esta historia, según la primera hoja
del texto y has una descripción física de él?
3. Escribe la opción correcta. La palabra “hedor” al final e inicio de las
páginas, la podemos reemplazar por:
A, Mal olor del puerto B, Olor del mar C, Mal olor de los tiburones
D, Mal olor de la plaza de mercado
4. ¿Cómo era el trato del viejo con el muchacho? Escribe un renglón
de la lectura que así lo demuestre.
5. ¿Cómo era el trato del muchacho con el viejo? Escribe un renglón
de la lectura que así lo demuestre.
6. Las sardinas son peces pequeños ¿Para qué las utilizaba el viejo?
7. En el primer párrafo, debes de leerlo, la expresión “por ende”
quiere decir:
A, Aunque. B, porque C. Por eso. D, sin embargo

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