Revolución de Mayo y Virreinato del Río de la Plata
Revolución de Mayo y Virreinato del Río de la Plata
Mariano Fain
Diplomatura Superior en
HISTORIA ARGENTINA
DEL SIGLO XIX
Seminario 1
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parte del reino de España, dificultaba la exportación y la importación de productos cuyos pre-
cios se elevaban desmesuradamente.
Esto alentó el contrabando y despertó la codicia de la Gran Bretaña que, en los comienzos de
su Revolución Industrial, estaba ávida de materias primas y de mercados para imponer sus
productos. Este estado de cosas dio lugar a las invasiones inglesas de 1806 y 1807, rechaza-
das por las milicias locales formadas por criollos y españoles que democráticamente (des-
pués de la deslucida huida del virrey Sobremonte) eligieron a sus jefes.
Fue en el seno de estas milicias que comenzaron a florecer las ideas y las ilusiones que, en
medio de intensas discusiones políticas, iban a terminar por dar lugar al Cabildo abierto de
mayo de 1810.
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nación libre de toda dominación extranjera. La participación de los vecinos en el Cabildo abier-
to del 22 de mayo y la formación de una Junta de Gobierno fueron los primeros pasos dados
en este sentido. El 25 de mayo de 1810 se formó finalmente la Primera Junta presidida por Cor-
nelio Saavedra. Sus secretarios fueron Mariano Moreno y Juan José Paso.
Se ponía de esta manera fin al gobierno virreinal.
El proceso revolucionario abierto en 1810, cuyo objetivo era consolidar la independencia polí-
tica, constituyó un gran desafío para la nueva clase dirigente criolla. Para muchos de ellos la
revolución debía ir más allá de los cambios en las formas políticas de gobierno; había que
hacer que los cambios se manifestaran también en lo económico y lo social. Debían encontrar
la manera de utilizar el poder político, económico y militar para lograr una sociedad más iguali-
taria y moderna.
En esta lucha se iban a destacar Manuel Belgrano, José de San Martín y Martín Miguel de
Güemes. Las campañas sanmartinianas serán las que terminarán, después de liberar a Chile,
con el centro del poder español en Lima.
En el seno de la propia Junta las diferencias eran manifiestas. Por un lado, hombres como Ma-
riano Moreno y Juan José Castelli tenían una visión más radical de la revolución y querían
apurar la ruptura con España.
Según Moreno, la revolución había llegado para que quienes antes habían sido sometidos y
humillados, es decir, los criollos, pasaran a ser los protagonistas del destino de la nueva patria.
Por otra parte, los conservadores liderados por Cornelio Saavedra veían al gobierno indepen-
diente de España sólo como un traspaso de los privilegios antes usufructuados por funciona-
rios y comerciantes españoles a manos de los nuevos amos, los funcionarios y hacendados
criollos. A esta tensión interna de la Junta se sumaba la generada por la puja de intereses entre
Buenos Aires y el interior.
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En efecto, Buenos Aires, dueña del puerto y la aduana, se negaba a abandonar la primacía de
la que había gozado durante el virreinato. No iba a ser fácil superar estas antinomias y a la
naciente república le costaría muchas décadas de enfrentamientos y guerras civiles lograrlo.
La primera dificultad que esta Primera Junta patria debió enfrentar fue precisamente la de
conformar un gobierno que representara tanto los intereses de Buenos Aires como los del inte-
rior. Como primera medida invitó a los cabildos a que enviaran a sus representantes.
Montevideo, Asunción, Córdoba y Mendoza manifestaron su hostilidad a Buenos Aires, pero
Moreno estaba decidido a enfrentar las dificultades con Medidas radicales de gobierno, a la
vez que publicaba enérgicos artículos en la Gazeta de Buenos Ayres, periódico creado por la
Junta para dar a conocer sus ideas y los actos de gobierno. La influencia de Moreno en la
orientación del periódico fue decisiva.
En agosto de 1810 Moreno presentó el Plan de Operaciones que la Junta le había encargado
que redactara para delinear los propósitos y estrategias de la revolución.
Era un plan revolucionario, con la dureza que las revoluciones exigen. Allí se explicaba que
nadie debía “escandalizarse por el sentido de mis voces, de cortar cabezas, verter sangre y
sacrificar a toda costa. Para conseguir el ideal revolucionario hace falta recurrir a medios muy
radicales”.
Mientras tanto se envió una fuerza militar al Alto Perú cuya misión era detener el avance de las
fuerzas virreinales que se movilizaban desde Lima. En su camino, esta fuerza logró sofocar en
Córdoba una contrarrevolución encabezada por el héroe de las invasiones inglesas y luego
popular virrey, Liniers. Éste y sus principales seguidores fueron fusilados. Resultaba claro que
los conservadores tenían mucha fuerza en el interior. El choque entre esas fuerzas encabeza-
das en Buenos Aires por Saavedra y Moreno era inevitable. Moreno renunció el 18 de diciem-
bre.
Las fuerzas revolucionarias en el Alto Perú vencieron en la batalla de Suipacha, pero la fuerza
militar enviada a Paraguay fue derrotada en Paraguarí y Tacuarí.
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El nuevo gobierno, el Segundo Triunvirato, de inmediato se fortaleció con los triunfos del com-
bate de San Lorenzo (3 de febrero de 1813) y la batalla de Salta (20 de febrero de 1813).
A pesar de la oposición de varios sectores que representaban al interior, la Asamblea se sostu-
vo y pudo avanzar con muchos de sus objetivos. Sin declararla formalmente, afirmó la inde-
pendencia del nuevo Estado soberano al suprimir todos los signos de dependencia política en
los documentos públicos y las monedas y aprobó como himno nacional la obra compuesta por
Vicente López y Planes que presentaba al mundo una “nueva y gloriosa nación”.
En medio de vibrantes discursos, la Asamblea suprimió los títulos de nobleza, otorgó la liber-
tad a quienes nacieran de padres esclavos, disolvió para siempre la Inquisición y ordenó que
se quemaran en la plaza pública los instrumentos de tortura.
Pero con el correr de los meses, el entusiasmo se debilitaba ante las pretensiones de los porte-
ños encabezados por Alvear para desmayo de los representantes del interior. Además, las
fuerzas criollas en el Alto Perú fueron dos veces derrotadas, en Vilcapugio el 1 de octubre y en
Ayohuma el 14 de noviembre de 1813.
Así pues, la Asamblea resolvió, a fines de enero de 1814, crear un ejecutivo unipersonal, el
Director supremo de las Provincias Unidas. El primero en ocupar ese cargo fue Gervasio Anto-
nio de Posadas.
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Entre los altos jefes militares se hacía cada vez más clara la existencia de dos opiniones clara-
mente divergentes.
Alvear, convertido en Director supremo desde enero de 1815, creía que la única opción era
ponerse al amparo de Gran Bretaña. San Martín, por su parte, veía la solución en una audaz y
casi gigantesca operación que permitiera eliminar el centro de poder español en Lima. San
Martín se convirtió en gobernador de Mendoza desde donde iba a preparar su expedición a
Chile y Perú. Alvear por su parte se dedicó a conseguir la ayuda inglesa por medio de comple-
jas y oscuras maniobras diplomáticas que fueron muy mal vistas por sus opositores, y sobre
todo por las provincias, que se atrincheraron en posiciones federalistas como la de Artigas con
Montevideo y las provincias mesopotámicas, que pronto lo siguieron.
El 3 de abril se sublevó el ejército con el que Alvear iba a reprimir la insurrección de Santa Fe, a
la que Artigas apoyaba. La crisis obligó a Alvear a renunciar y se disolvió la Asamblea. El
mando supremo le fue encomendado a Rondeau, en ese momento al mando del Ejército del
Alto Perú.
La rebelión federal de Fontezuelas dejaba en claro que el gobierno de Buenos Aires era inviable
sin el apoyo del interior. El orden político vigente desde mayo de 1810, que perpetuaba el siste-
ma virreinal, llegaba a un punto crítico.
Además, la amenaza externa no cedía, sobre todo después de la derrota de Rondeau en
Sipe-Sipe, en noviembre de 1815. A partir de ese momento la frontera norte sólo iba a ser
defendida por los gauchos guerrilleros de Martín Güemes.
Fernando VII había vuelto a su trono en marzo de 1814 y, sin duda, los españoles, recuperada
la estabilidad en la península, no iban a demorar en reanudar su ofensiva para recuperar las
colonias. Morelos había caído en México, Bolívar había sido derrotado en Venezuela y en octu-
bre de 1814 los criollos chilenos fueron derrotados en Rancagua.
Ante tantas amenazas internas y externas, el gobierno decidió afrontar la situación convocan-
do a un congreso que debía reunirse en la ciudad de Tucumán.
El 24 de marzo de 1816 comenzaron las sesiones del congreso y se resolvió que la presidencia
fuera rotativa y mensual. Se designaron dos secretarios, Juan José Paso y José Mariano
Serrano, diputado altoperuano.
El primer asunto que debió tratar el congreso fue el reemplazo del Director Supremo, Ignacio
Álvarez Thomas, que había renunciado. Fue elegido para el cargo el diputado por San Luis,
coronel mayor Juan Martín de Pueyrredón. El nuevo director viajó de inmediato a Salta para
confirmar a Güemes como comandante de la frontera norte.
Luego los congresales se abocaron a debatir acerca de la forma de gobierno. La mayoría de
ellos estaba de acuerdo con establecer una monarquía constitucional que era la forma más
aceptada en la Europa de la restauración.
La única república importante que quedaba en pie en el mundo era la de los Estados Unidos de
Norteamérica.
En la sesión secreta del 6 de julio de 1816 Belgrano, que acababa de llegar de Europa tras su
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principio del Orden” en el que los congresales dejaban en claro que les preocupaba dar una
imagen de moderación frente a los poderosos de Europa que, tras la derrota de Napoleón, no
toleraban la irritante palabra “revolución”.
Un Imprescindible.
Monteagudo, el primer revolucionario.
El 20 de agosto de 1789 nació en Tucumán Bernardo de Monteagudo, hijo del español Miguel
Monteagudo y de la tucumana Catalina Cáceres.
Sus estudios concluyeron en la Universidad de Chuquisaca.
Allí conoció, junto a compañeros como Mariano Moreno y Juan José Castelli, las obras del
Iluminismo, de pensadores que determinaron su inclinación hacia ideales libertarios.
A los 19 años fue el redactor de la proclama de la rebelión de Chuquisaca de 1809, con la cual
se proponían frenar los abusos de la administración virreinal y explicitar su adhesión a la
formación de un gobierno propio. Las palabras de Monteagudo hicieron que fuera encarcela-
do. Ya en libertad, viajó hacia Potosí para incluirse en el ejército de Castelli; enseguida los dos
revolucionarios estrecharon amistad y Castelli lo nombró su secretario. En el Alto Perú, ambos
habían visto una de las mayores muestras de la explotación del hombre por el hombre: las
minas de Potosí. Por ello, en el afán de continuar de alguna manera la rebelión indígena tupa-
mara, Castelli condenó a muerte a los principales ejecutores de las masacres de Chuquisaca y
La Paz, recientemente capturados por las fuerzas patriotas. Al año siguiente, en Huaqui, las
tropas patriotas fueron desarmadas por los realistas. De todos modos, los revolucionarios no
cesaban en su elaboración de una patria justa e igualitaria. Quizás entonces comenzó a imagi-
narse el plan político que los morenistas expondrían en la Sociedad Patriótica.
En Bueno Aires, Monteagudo se hizo cargo de la dirección de la Gazeta de Buenos Ayres, luego
fundó su propio diario, Mártir o Libre, propagador de las ideas de la Sociedad Patriótica y Lite-
raria inaugurada el 13 de enero de 1812, para “asegurar los progresos de la Ilustración y
cimentar el augusto templo de la libertad, cuyo precio no se puede conocer en medio de las
tinieblas de la ignorancia. La reunión de hombres ilustrados es uno de los medios de propagar
las luces, crear el espíritu público y fomentarel patriotismo”.
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Sus miembros, Julián Álvarez, AntoniovBeruti, Domingo French, Manuel de Oliden y Cosme
Argerich, apoyaban a Moreno y se oponían al núcleo saavedrista del gobierno. Llevaban cinti-
tas celestes y blancas prendidas al sombrero o al ojal de la solapa. Junto a la recién fundada
Logia Lautaro participaron del derrocamiento del Primer Triunvirato y la instalación del Segun-
do que convocó al Congreso Constituyente, la Asamblea del Año XIII, en la que Monteagudo
participó como diputado por Mendoza.
Por los vaivenes políticos de la época, en 1815 fue desterrado, vivió en Europa y regresó en
1817 para colaborar con San Martín: redactó el Acta de la Independencia de Chile que firmó
O’Higgins; la fundación que el Libertador hizo en Lima de una Biblioteca Pública y de una
Sociedad Patriótica local fueron impulsadas por Monteagudo. Fue testigo del histórico
encuentro de San Martín y Bolívar en Guayaquil, luego permaneció cerca del Libertador vene-
zolano; se le encargó la tarea de preparar la reunión del Congreso que debía reunirse en
Panamá para concretar la ansiada unidad latinoamericana. Sin embargo, entre la gente de
Bolívar se contaban algunos enemigos de Monteagudo. Una noche
de enero de 1825, se dirigía a visitar a su amante cuando fue sorprendido y apuñalado en el
pecho. El asesino fue detenido, Bolívar lo interrogó pero el sicario nunca confesó.
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“La mujer tiene el mismo uso de razón que el hombre: sólo el descuido que padece en su ense-
ñanza la diferencia. Si la educación […] en los hombres y las mujeres fuera igual, podría resol-
verse el vano problema, de si lo es también su entendimiento […]. Como todo depende de la
educación, por aquí debe empezar la aplicación útil del sexo, enseñando desde luego a las
niñas y acostumbrándolas a las ocupaciones proporcionadas.1
En consonancia con estas ideas el rey Carlos III emitió este documento el 14 de agosto de
1768:
La educación de la juventud no se debe limitar a los varones por necesitar las niñas también
de enseñanza, como que han de ser madres de familia, siendo cierto que el modo de formar
buenas costumbres depende principalmente de la educación primaria
[…]. Mando que en los pueblos principales donde parezca más oportuno, se establezcan casas
de enseñanza competentes para niñas, con matronas honestas e instruidas que cuiden su
educación; instruyéndolas en los principios y obligaciones de la vida civil y cristiana, y ense-
ñándoles las habilidades propias del sexo,
entendiéndose preferentes las hijas de labradores y artesanos, porque a las otras puede pro-
porcionárseles enseñanza a expensas de sus padres, y aun buscar y pagar maestros y maes-
tras.2
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Parece que no le hicieron mucho caso al ilustrado monarca en lo referente a quiénes estaban
destinadas estas escuelas, ya que más de dos décadas después hubo que insistir con una
nota aclaratoria:
Teniendo noticia de que por algunas de las maestras gratuitas se procedía con algún abando-
no en el cuidado y educación de las niñas pobres tratándolas con algún rigor y aspereza,
poniendo su atención en las niñas pudientes, resolvió que la Sala por medio de los Alcaldes
cele y cuide de que dichas maestras den a las niñas pobres la debida educación y enseñanza,
tratándolas con la suavidad y benignidad que corresponde, sin desatender este cuidado por
dedicarse a las pudientes, que no deben tener preferencia, porque su institución fue para la
educación y enseñanza de las pobres y miserables.3
Las ideas ilustradas llegaron a las colonias españolas de América mediante las obras de escri-
tores franceses e ingleses que ingresaban de contrabando, ocultándose de las requisas oficia-
les. Si bien muchos libros prohibidos por la censura se encontraban en las bibliotecas de per-
sonajes tan poco revolucionarios como el obispo de Buenos Aires, don Manuel Azamor, su
circulación era bastante restringida, porque era muy poca la gente que estaba en condiciones
de leer. Más que las letras fueron los cambios económicos, sociales y administrativos los que
influyeron en la lenta transformación de las costumbres.
La condición de las mujeres no varió sustancialmente en lo jurídico, y en todo caso se puede
decir que con normas como la Real Pragmática de 1776 se acentuaron las facultades de los
padres sobre sus hijos, mujeres incluidas. Pero el rápido crecimiento de las ciudades virreina-
les que formaban parte de la red que unía el Río de la Plata con el Alto Perú y que a través de
Córdoba vinculaba también a Cuyo, alteraron la «quietud» que había prevalecido durante los
dos siglos previos.
El crecimiento urbano requería y permitía la ocupación de mayor cantidad de personas; en el
caso de las mujeres, como lavanderas, costureras, vendedoras ambulantes, pulperas. Algo
similar ocurrió en los campos del litoral (incluidas las campañas bonaerense y de la Banda
Oriental), donde comenzó a extenderse la «frontera agropecuaria» sobre territorios hasta
entonces «dejados» a los pueblos originarios. La sustitución de las vaquerías o expediciones
de caza de ganado cimarrón por la cría de rodeos en estancias, junto con el establecimiento de
fortines para delimitar la «frontera con el indio», aumentaron la escasa población rural de esta
parte del naciente virreinato que se convertiría en su zona más rica y próspera en un par de
décadas. Llegaron muchos comerciantes, que en la medida en que tenían relaciones con las
grandes casas mercantiles monopolistas de Cádiz o Bilbao, se enriquecieron. Se trató, por lo
general, de hombres jóvenes que, una vez establecidos, se casaron con hijas de familias tradi-
cionales de «vecinos», sobre todo en ciudades como Buenos Aires, y pasaron a formar una
nueva elite cuyos apellidos serían los del «patriciado» en tiempos de la Revolución.
Para las familias más encumbradas, el mayor movimiento comercial y el aumento de la buro-
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cracia colonial traían aparejado un mejor nivel de ingresos, al tiempo que el afán de estar a la
altura de sus nuevas jerarquías llevaba a que los virreyes y los gobernadores intendentes en
sus respectivas capitales promovieran mejoras urbanas de todo tipo y emulasen las cortes en
miniatura de los centros más tradicionales como Lima o México.
No obstante, el Virreinato no era ninguna fiesta, al menos para la mayoría de sus habitantes.
Junto con el enriquecimiento de comerciantes y el remedo de hábitos cortesanos en la elite
urbana, las reformas borbónicas trajeron aparejada una mayor segmentación social y, sobre
todo, una mayor presión sobre las clases populares. Las reformas, que buscaban hacer más
«eficiente» la explotación y administración de las colonias, tenían un punto clave en el sistema
impositivo. La «carga fiscal» crecía tanto por el aumento de los valores aplicados, como por
mecanismos que buscaban asegurar su cobro. La nueva política fiscal produjo levantamientos
populares, de los que participaron criollos y mestizos, como los de los «comuneros» de Nueva
Granada (la actual Colombia). Pero, sin duda, la mayor «convulsión» fue la revolución andina
iniciada en 1780 por el curaca de los pueblos de Surinama, Tungasuca y Pampamarca, José
Gabriel Condorcanqui, más conocido como Túpac Amaru II.
La mayor presión para cobrar a los «pueblos de indios» el tributo e impuestos a las ventas fue
el detonante de esta revolución que abarcó buena parte del Perú y, dentro del recién creado
Virreinato del Río de la Plata, al Alto Perú (la actual Bolivia). Los detalles de este movimiento,
precursor de las luchas por la independencia, figuran en otra obra de mi autoría,300 pero aquí
es necesario recordar que en él tuvieron notable participación las mujeres.
Mucho antes de que las criollas de la elite se interesaran por las «novedades de Europa» en
materia política, las mujeres de las comunidades quechuas y aymaras se sumaron a los ejérci-
tos rebeldes que llegaron a hacer tambalear al poder colonial. Esas decenas de miles de comu-
neros «indios» armados contaban con las mujeres para su «logística» y abastecimiento, pero
muchas de ellas también se contaban en las filas de los combatientes. Las crónicas registra-
ron, en especial, el nombre de dos de ellas, posiblemente por ser las esposas de dos de los
grandes líderes, pero en ambos caso su papel excedió el de meras «acompañantes». Fueron
Micaela Bastidas y Bartolina Sisa.
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recorrida por ellas comenzó a ser un paseo más habitual para las damas de familias pudientes.
Como señalaba Héctor Iñigo Carrera:
Las clases altas […] gozan ampliamente de los beneficios del empuje rioplatense en la etapa.
Las mujeres principales por lo tanto aparecen envueltas en el torbellino de las nuevas modas
donde lo francés deslumbra sin borrar los otros estilos. La peluca empolvada; los accesorios y
rellenos para las faldas (tontillo, sobrefaldas, moños, volados, trencillas, etc.); los pechos más
que insinuados en un escote progresivamente bajo; zapatos de tacones altos con seda y gran-
des hebillas; peinado amanerado en bucles con diadema de flores y perlas. Frivolidad, exage-
ración, amaneramiento; a este estilo se lo llama rococó en Francia y churriguerismo en España.
Son las reuniones de gala virreinales del Fuerte, las que encabezan como modelo este estilo al
que sin duda se adhieren las mujeres de todas las regiones rioplatenses, que pertenecen de
una forma u otra a los sectores vinculados al mundo oficial español y a las fuerzas vivas
más pudientes. 4
Hacia fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, en cambio, entre los sectores criollos sobre
todo, se adoptaron modas de mayor sencillez, venidas de la Francia revolucionaria y de la
Inglaterra burguesa. Esta moda, que es la que solemos ver en los retratos de época y en las
pinturas de reconstrucción histórica realizadas desde fines del siglo XIX, será la predominante
hasta entrada la década de 1820. En uno y otro caso,
[…] el largo de las polleras continuó hasta la altura del empeine, pero el tronco fue sometido a
la presión del corsé o ajustador sin ballenas, ni mangas, que ceñía el cuerpo hasta la cintura.
Sobre el corpiño interior se usaba una chupa o jubón. La mantilla, reemplazada en la clase
media y baja por el rebozo de menor calidad y tamaño, se usaba también para cubrir la cabeza
y los brazos. Iba adornada con puntillas, que denotaban cierta influencia francesa. El rebozo se
confeccionaba con bayeta de pellón, que era una trama tejida en telares domésticos, casi
siempre de las provincias del noroeste.5
Pero la división más tajante, al decir de Mariquita Sánchez de Thompson, estaba dada por el
calzado: entre las que lo usaban y las que no, y según las calidades.
Los había de raso, en distintos colores, aunque predominaba el blanco. Los de gran lujo tenían
bordados de oro, plata y piedras que costaban una onza de oro. Los fabricados por zapateros
estaban hechos en badana de mala calidad, olor y aspecto. En estos casos, las mujeres de la
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clase alta los hacían ribetear para quitarles la mala apariencia exterior. Ante la ausencia de
cabritilla, se usaban los cueros curtidos llamados cordobanes, que eran duros, ásperos y pro-
vocaban lastimaduras. Éste era el calzado que usaba la gente de medios económicos escasos,
ya que los carentes de todo medio iban descalzos, fueran hombres o mujeres. De aquí viene la
palabra chancletas, porque los ricos daban los zapatos usados a los pobres y éstos no se los
podían calzar y entraban lo que podían del pie y arrastraban lo demás. La gente pobre andaba
muy mal vestida; los medios de ganar, escasos. Las gentes que podían gastar lo hacían todo
con esclavos y todo costaba mucho.6
Citas
1. Pedro Rodríguez de Campomanes , Discurso sobre la educación popular, Editora Nacional, Madrid,
1978.
2. Novísima Recopilación de las leyes de España, Imprenta de la Publicidad, Madrid, 1850, tomo III, Libro
VIII, T ítulo I, Ley IX,
página 11, citado por Cés ar García Bels unce (dir.), Buenos Aires, 1800-1830, Educación y asistencia
social, Ediciones del Banco Internacional y del Banco Unido de Inversión, Buenos Aires , 1978.
3. Ibidem.
4. Héctor Iñigo Carrera, La mujer argentina, Centro Editor de América Latina, Serie «La his toria popular.
Vida y milagros denuestro pueblo», Buenos Aires , 1972, pág. 17.
5. Andrés Carretero, Vida cotidiana en Buenos Aires, tomo I: 1810-1864, Planeta, Buenos Aires , 1999,
pág. 77.
6. María Gabriela Mizraje, Intimidad y Política, diario, cartas y recuerdos de Mariquita Sánchez de
Thompson, Adriana Hidalgo, Buenos Aires , 2003.
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https://www.elhistoriador.com.ar/antecedentes-de-la-revolucion-de-mayo/
https://www.elhistoriador.com.ar/25-de-mayo-de-1810-revolucion-de-mayo/
https://www.elhistoriador.com.ar/plan-de-materias-de-primera-y-preferente-atencion-para-las-discusiones-y-deliberaciones-del-soberano-congreso/
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https://www.elhistoriador.com.ar/el-motin-de-las-trenzas-por-felipe-pigna/
Sugerencias de visionado:
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Sugerencias de lectura:
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3) ¿Por qué puede afirmarse que en Mayo de 1810 se inicia un proceso revolucionario que, sin
embargo, no culmina allí?
4) ¿Por qué razones la Primera Junta fue sustituida por la Junta Grande a fines de 1810? ¿Cuá-
les eran los distintos posicionamientos políticos e ideológicos al interior de la Primera Junta
que se tornaron relevantes en la convocatoria de la Junta Grande? ¿Qué objetivos tenía la
Junta Grande?
5) ¿Por qué razones el Segundo Triunvirato reemplazó al Primer Triunvirato? ¿Cuál era el obje-
tivo de la Asamblea del año XIII? ¿Qué conflictos políticos se desencadenaron tras su convo-
catoria? ¿Qué medidas determinó la Asamblea?
6) Qué objetivos tenía el Congreso de Tucumán que se reunió en 1816?
Para investigar
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• ¿Qué cosas cambiaron y qué cosas no cambiaron para las clases populares luego de la Revo-
lución de Mayo?
Uno de los grandes ejes del debate historiográfico giró en torno a la ideología del grupo revolu-
cionario de Mayo. Sugerimos que los estudiantes reconstruyan su pensamiento a partir de uno
de los discursos de Castelli, y de la versión original de la “Marcha patriótica” sancionada por la
Asamblea del año XIII, que luego se convertiría en el Himno Nacional Argentino.
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Filmografía recomendada:
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