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Martini, Carlo - Donde Arde El Espítiru

Libro católico del Espíritu Santo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
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Martini, Carlo - Donde Arde El Espítiru

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Cario Maria Martini

Donde arde
el Espíritu
Verbo Divino
C A R L O M A R IA
M A R TIN I, jesuíta,
cardenal arzobispo de
Milán desde 1980, es
una personalidad de
relieve en el panora­
ma católico italiano
e internacional. Do­
cente de crítica textual en el Pontificio
Instituto Bíblico, ha sido rector del mismo y de
la Pontificia Universidad Gregoriana. Formó
parte de la comisión internacional que elabo­
ró el texto crítico del Nuevo Testamento y fue
presidente del Consejo de las Conferencias
Episcopales Europeas.

Otras obras de este autor publicadas en Edi­


torial Verbo Divino son:
Al alba te buscaré
La radicalidad de la fe
Dos peregrinos por la justicia
Oración y conversión
Las confesiones de Pedro
Túrne sondeas y me conoces
Para ti tocaré el arpa de diez cuerdas
Guías en el desierto
Y el discípub la acogió en su casa
Sólo Dios basta
En el misterio de la Transfiguración
iPor qué Jesús hablaba en parábolas?
Por los senderos de la Visitación
En el drama de la incredulidad
Al final del milenio, ¡soñemos!
El retomo al Padre de todos
Busco una verdad
El fruto del Espíritu en la vida cotidiana
lQué Belleza salvará al mundo?
Donde arde el Espíritu
Ejercicios espirituales predicados
por Cario Maria Martini,
cardenal arzobispo de la Diócesis de Milán

JtfinSUOCAMiNO A OHIMALHUAÜ/
MMWOBNVECHICOLiMKAft, «i*». <W»
URs fpit.- « s« v v t"'
Carlo Maria Martini

Donde arde
el Espíritu
Ejercicios espirituales predicados
por el cardenal arzobispo
de la Diócesis de Milán

EDITORIAL VERBO DIVINO


A v d a. de P am p lon a, 41
31 2 0 0 E stella (N a v a rra ), E sp añ a
2001
E ditorial V erbo D iv in o
A v en id a de P am plon a, 41
3 1 2 0 0 Estella (N a v a rra ), Españ a
T eléfon o: 9 4 8 55 65 11
Fax: 9 4 8 55 45 06
In ternet: http://w w w .verbodivino.es
E-m ail: evd@ v erbo divin o.es

Traducción: J o s é P érez E sco b a r.

T ítu lo original: D o v e a rd e lo Spirito • © IT L spa - M ilán,


1998 • © Editorial Verbo D ivino, 2001 • Es propiedad •
Printed in S p a in • Im presión: G raphyC em s, Viíírttuerra
(N avarra) • D epósito legal: N A . 1.438-2001.

IS B N 84-8169-461-4
1. La piedad

Motivos y objetivos de
los ejercicios espirituales

ada vez que inicio unos ejercicios espirituales


me siento emocionado, porque se trata de una
intensa aventura del Espíritu. En esta tarde, la emo­
ción se acrecienta por el hecho de que, mientras
estamos en la espléndida e histórica basílica de San
Ambrosio, a pocos pasos de su tumba y a los 1.600
años de su muerte, con nosotros están conectadas,
mediante la radio o la televisión, decenas de miles
de personas de la diócesis, en sus casas o en las
parroquias, que, en profunda comunión con no­
sotros, participan en los ejercicios con la oración.

Esta extraordinaria iniciativa está motivada por


dos intenciones especiales: el año santo ambrosiano
y, sobre todo, la celebración del Gran Jubileo.

C on esta finalidad, la Iglesia local de Roma y


también otras Iglesias han organizado misiones en
la ciudad y en la diócesis; la Iglesia de Bolonia ha

7
acogido el Congreso Eucarístico Nacional. Por
nuestra parte, considerada la enorme extensión de
la diócesis, y confiando con la posibilidad de llegar
a todas las parroquias mediante la radio diocesana
y la televisión, hemos pensado en una forma de
movilización general que son precisamente los
ejercicios. Aunque de forma abreviada, vespertina,
éstos quieren ser un estímulo para un verdadero
camino espiritual. Juan Pablo II, en su carta apos­
tólica Operosam Diem, escrita a la Iglesia de Milán
con motivo del XV I centenario del tránsito de san
Ambrosio, nos ha exhortado a seguir el camino de
vida de nuestro santo patrón y guía espiritual, para
movernos más expeditamente hacia el fortalecí-
miento de la fe, de la esperanza y del testimonio.

Éste es, por tanto, el objetivo de los ejercicios


que estamos a punto de comenzar.

Sin embargo, sobre el trasfondo de este objetivo


principal, os sugiero a cada uno de vosotros una pre­
gunta: “¿Qué me propongo personalmente partici­
pando en los Ejercicios? ¿Qué quiero conseguir para
mi vida espiritual? ¿Qué le pido al Señor?”.

Para algunos, puede ser el fruto de una buena


confesión o la superación de un momento difícil;
para otros, una pacificación del corazón o una
reconciliación de la familia, o un nuevo empuje para
la oración, o una fidelidad más intensa a la misa

8
dominical. En suma, todo propósito que el Espíritu
Santo nos haga intuir como fruto, como gracia de
estos días. Precisando con rapidez, podríamos decir
que los ejercicios deberían ser ejercitaciones del espí­
ritu mediante las que nos ponemos en camino hacia
una meta concreta, con la ayuda del Señor, invo­
cado en la oración.

El tem a de los ejercicios

editaremos sobre el Espíritu Santo y sus


M dones, el tema al que está dedicada mi
reciente carta pastoral Tres relatos del Espíritu,
porque la doctrina de los dones es muy útil para
tomar conciencia de la extraordinaria riqueza que
procede del bautismo y de la confirmación; para
estimularnos a poner en práctica esa riqueza,
llevando una vida personal y comunitaria más feliz
y más bella.

Parto -e n cuanto base de la meditación sobre


los dones- de una reflexión fundamental, una espe­
cie de breve antropología del Espíritu, evocando la
imagen del hombre y de la mujer que la fuerza del
Espíritu de Jesús resucitado forma en nosotros. Pos­
teriormente reflexionaré, aunque de forma breve,
sobre la piedad como primer don del Espíritu.

9
Pongamos, por tanto, nuestro camino bajo la pro­
tección de Ambrosio para que él, que fue un ilustre
maestro del Espíritu Santo en la Iglesia latina, sea
también nuestro maestro interior. Asimismo, nos
ponemos bajo la protección de santa Teresita del
Niño Jesús, de quien hemos celebrado el primer
centenario de su muerte, y cuyas reliquias hemos
honrado con alegría hace sólo unos días. Ella, que
fue extraordinariamente dócil a los dones del Espí­
ritu, nos ayudará con su intercesión a penetrar en las
riquezas -m ás grandes que todos los tesoros de la tie­
rra- que el Espíritu infunde en nuestro corazón.

I. M editación fundamental

1. Esta primera reflexión introductiva me sirve,


como ya decía, para enmarcar las reflexiones pos­
teriores. En ésta quiero comentar algunas palabras
del profeta Isaías:

“Saldrá un renuevo del tronco de Jesé,


un vastago brotará de sus raíces.
Sobre él reposará el espíritu del Señor:
espíritu de inteligencia y sabiduría,
espíritu de consejo y fortaleza,
espíritu de conocimiento y temor del Señor”
( 11 ,1- 2 ).

10
Estos dos versículos inician un poema mesiánico
n i el que el profeta describe al Mesías, futuro
descendiente de David, hijo de Jesé. U n futuro
descendiente comparado a un vástago, a un ramito
que brota de un árbol abatido por una gran tor­
menta. Ha habido, por tanto, una tormenta, un
huracán, un terremoto; parece que todo está muerto,
pero, en cambio, nace un renuevo, algo novedoso.

El renuevo tiene sus características, expresadas


en tres parejas de sustantivos: sabiduría-inteligen­
cia, consejo-fortaleza, conocimiento-temor.

A estos seis dones, que leemos en la Biblia


hebrea, la Biblia griega y latina han añadido el don
de la piedad. Todas ellas son características de un rey
bueno, sabio para la paz (como sabio, lleno de sabi­
duría e inteligencia era Salomón), un rey estratega y
valeroso para la guerra (como David, rey lleno de
consejo y valor), un rey piadoso y religioso (como
Josías y Ezequiel), lleno de conocimiento y temor
del Señor.

Se habla, por tanto, de un rey extraordinario,


misterioso y futuro.

2 . ¿Quién es este rey tan dotado? Es, sobre todo,


Jesús, sobre quien reposa el Espíritu Santo, según el
Nuevo Testamento.

Hablar del Espíritu Santo es hablar de un hom­

11
bre, es decir, de Jesús, sobre quien ha descendido el
Espíritu Santo en plenitud; sobre él permanece,
reside, reposa y se.encuentra cómodamente, como
en su propia casa. El Espíritu se ha expresado inme­
jorablemente en la vida de Jesús, el Hijo del Padre.
Jesús es el que posee la plenitud de los siete dones.

Pero el texto de Isaías alude también a todo el


que vive en Jesús, a quien está en Jesús. En primer
lugar, María (“El Espíritu Santo descenderá sobre ti”:
Le 1,35), que es la “llena de gracia”. Después, todo
bautizado, todos los que, por el bautismo, hemos
recibido estas características, estas cualidades.

Surge aquí, por tanto, una antropología de los


dones del Espíritu Santo. Ambrosio es el primero que
la bosqueja; después es desarrollada en los siglos
posteriores, y podemos decir que alcanza su apogeo
con santo Tomás de Aquino. Efectivamente, Tomás
explica ampliamente que para “hacerse” cristiano es
necesario ese conjunto que llamamos fe, esperanza
y caridad; sin embargo, éstas no son suficientes para
actuar de forma divina en medio de las contra­
dicciones del mundo y de la historia, y, por tanto,
es necesario que el cristiano sea dócil a las mocio­
nes del Espíritu que actúan en la línea de la sabidu­
ría, la inteligencia, el consejo, la fortaleza, la cien­
cia, la piedad y el temor del Señor.

Ciertamente, es consoladora esta antropología

12
cristiana de los dones: todo cristiano vive de fe,
esperanza y caridad; la fe es perfeccionada por el
espíritu de inteligencia, ciencia y consejo; la espe-
ranza, por el espíritu de temor de Dios y de forta­
leza; la caridad se expresa plenamente cuando es
perfeccionada por la piedad y la sabiduría.

El cristiano es, por consiguiente, una persona


rica en virtudes y dones. A estos siete dones corres­
ponden las bienaventuranzas: “Dichosos los pobres
en el espíritu, porque suyo es el Reino de los
Cielos. Dichosos los que están tristes, porque serán
consolados. Dichosos los humildes, porque here­
darán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y
sed de justicia, porque serán saciados. Dichosos los
misericordiosos, porque encontrarán misericordia.
Dichosos los puros de- corazón, porque verán a
Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque
serán llamados hijos de Dios” (M t 5,3-9).

Y también los frutos del Espíritu que menciona


el apóstol Pablo: “Los frutos del Espíritu son: amor,
alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe,
mansedumbre y dominio de sí mismo” (G al 5,22).

Todo este conjunto -virtudes, dones, bienaven­


turanzas y frutos del Espíritu- es una forma de indi­
car la excepcional riqueza y la inmensa vitalidad de
la vida de gracia. A sí somos nosotros, y debemos
dar cuenta de ello; el Espíritu nos colma de dones

13
para llevamos a la plenitud del seno de Dios, a la
plenitud eterna.
A menudo, las cristianos somos tímidos, teme­
rosos, no suficientemente osados, porque carecemos
de la conciencia de estos dones. Sin embargo,
cuando tomamos conciencia de ellos -ojalá que así
sea mediante los ejercicios que estamos haciéndo­
la vida cristiana puede desarrollarse en nosotros
como un arroyo, un torrente, un río. Qué bello sería
que, incluso mediante la exhortación de mi carta
pastoral Tres relatos del Espíritu, nuestra comunidad
diocesana descubriese los dones que están presen­
tes en ella y que todo cristiano pudiera exclamar:
“¡Qué maravillas realiza en mí el Espíritu Santo!”.

II. El don de la piedad

17) Consideremos ahora, aunque sea breve­


mente, el don de la piedad. Es el que nos permitirá
vivir mejor nuestros días de ejercicios. Este don es
el que nos hace orar de buena gana y gustosamente,
con entusiasmo; es el que hace salir del corazón una
oración fluida, serena, sosegada.
C on frecuencia, nuestra oración es forzada, rígi­
da, aburrida, y es el don de la piedad el que precisa­
mente nos pone en condición de vivir la oración de

14
los hijos que llaman a Dios invocándole con el ape­
lativo “¡Padre!”. Se trata de un don excelente, ex­
traordinario, que acompañó toda la existencia
terrena de Jesús. Os leo un fragmento del evangelio
de Lucas que lo ilumina:
“U n día en que se bautizó mucha gente, también
Jesús se bautizó. Y mientras Jesús oraba se abrió el
cielo y el Espíritu Santo bajó sobre él en forma
corporal, como una paloma, y se oyó una voz del
cielo: ‘Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco’”
(3,21-22).

Notemos especialmente que en la primera pre­


sentación pública de Jesús que hace Lucas, lo
encontramos en oración. Aparece como orante,
como aquel que ora. Y ora desde su condición de
Hijo, como atestigua la voz del cielo, la voz del
Padre: “Tú eres mi H ijo amado”.
Jesús vive profundamente el don de la piedad
porque siente el gusto interior de ser Hijo, de lla­
mar a Dios “Padre”, como ya se lo había dicho a
María y a José cuando, a los 12 años, lo encontra­
ron en el templo: “¿No sabíais que debo ocuparme
de las cosas de mi Padre?” (Le 2,49).
El don de la piedad es, por consiguiente, la capa­
cidad de hablar con Dios filialmente, tiernamente; de
alabarlo y adorarlo.
En mi carta pastoral escribo: “La piedad es la

15
orientación del corazón y de la vida entera para
adorar a Dios como Padre, para darle el culto que
lo reconozca como fuente y meta de todo auténtico
don. La p iedad es sentir ternura por Dios, estar
enamorados de él y desear darle gloria en todas las
cosas. Es tan grande la misericordia del Señor hacia
nosotros, que él desea recibir nuestra caridad. Gra­
cias a la piedad, el cristiano no sólo busca el con­
suelo de Dios, sino que desea acompañarle en su
alegría y en su dolor por el pecado del mundo”.

2 V: Este don se manifiesta en la vida de los


santos. Pienso en santa Teresita del Niño Jesús, en
su espontaneidad para dirigirse al Padre celestial,
en el afecto que la invadía en sus relaciones con
Dios. Un día, la hermana C elina quedó estupefacta
al ver que Teresita, mientras cocinaba con presteza,
parecía inmersa en la contemplación, y le pre­
guntó: ‘“¿En qué estás pensando?’. ‘Medito el Padre
nuestro -respondió-, es tan dulce llamar a Dios
Padre nuestro’. Y las lágrimas brillaron en sus ojos”
(cf. Consigli e ricordi, C ittà Nuova 1973, pp. 94-95).

La misma santa, en el Manuscrito autobiográfico


B, hace una confidencia: “Place a Jesús mostrarmi'
el único camino que conduce al horno divino, es
decir, al abandono del niño, que se duerme sin miedo
entre los brazos de su Padre” (n. 24).

16
En una composición poética del 7 de junio de
1896, cuando ya se habían manifestado los primeros
ataques de la grave enfermedad y había entrado en
el absoluto sufrimiento del espíritu, decía: “Mi cielo
es quedarme siempre ante mi Dios, llamarle ‘Padre’”.
El don de la piedad, aunque no lo percibamos
por su profundidad, nos hace mirar a Dios con
simplicidad filial y con sinceridad.

3) Éste se manifiesta también en el modo de com -


portarse con los demás. Es el don de la sensibilidad
en las relaciones humanas, que nos permite tratar a
todos con suma delicadeza, con total afecto. Me
viene a la mente el papa Pablo VI, a quien tuve la
gracia de conocer bien: totalmente respetuoso con
todos, delicadísimo con todos.
Si, efectivamente, tenemos el espíritu de piedad,
que nos sitúa ante Dios como Padre, resulta natural
ver a los demás como hijos amados de Dios.
Es, por tanto, un don que penetra por sí mismo
la vida cotidiana, la vida familiar, las relaciones de
cada día, haciéndolas bellas, fáciles, gustosas; un
don que quita espinas, enfrentamientos, y descanta
los ángulos de nuestras relaciones.

. 4 Es interesante observar que la tradición espi­


)

ritual, al preguntarse por la actitud contraria a la

17
piedad, no la haya denominado “impiedad” -impie-
dad significa despreciar a Dios y todo cuanto es
sagrado-, sino dureza de corazón, insensibilidad, no
saber comprender a los otros. La dureza de corazón
es la expresión externa de no sentirse hijos deDios,
de no creer en él como Padre bueno; así, tratamos
mal tanto a Dios como a los hermanos.

Quisiera subrayar la importancia social del don


de la piedad,, que es penetrante y benéfico;
comienza con la oración filial y afectuosa y se
extiende a las relaciones de los hijos con los padres,
de los padres con los hijos, de los esposos; a las
relaciones laborales, de amistad; en las parroquias,
comunidades y grupos, porque se nutre de la aten­
ción, del respeto y de la sensibilidad.

III. U n breve exam en de conciencia

Considero útil concluir con algunas preguntas


para un breve examen de conciencia.

1. ¿Cómo recito el Padrenuestro que santa Teresita


recitaba casi llorando, al pensar que tenía a Dios
como Padre?

2 . ¿Cómo supero las angustias de la vida? ¿Me echo


con confianza en los brazos de Dios, sabiendo que es

18
mi Padre y que, por tanto, nada me hará realmente
daño? El don de la piedad elimina la angustia, la
vence y la supera.
3. ¿Trato con respeto amoroso a las personas de
casa, a los vecinos y a quienes me encuentro cada
día?
La piedad es una virtud que se ejercita sobre
todo en la familia, mediante la atención cuidadosa
de quienes son nuestros prójimos, y que desgracia­
damente descuidamos con la excusa de preocu­
parnos de los que están lejos o de losque nunca
encontraremos, porque, obviamente, nos resulta
más fácil relacionarnos con quienes no vemos.
Pero la piedad es el don de las relaciones breves y
sencillas con Dios -e n la oración espontánea,
inmediata, confiada- y con los otros.

19
2. La sabiduría

E l de la sabiduría es el primero de la lista de los


siete dones. Como el término piedad -sobre el
i|ue hemos reflexionado en la meditación anterior
para denominar el excelente don del amor filial-, se
trata de un término poco usado en la actualidad.
Normalmente lo aplicamos a cosas poco nobles o a
personas por las que sentimos cierta compasión. La
palabra sabiduría, que no está de moda y parece alu­
dir a algo misterioso (la sabiduría de los antiguos), es
por eso sustituida por el término ciencia. El científico
es una persona que cuenta, no el sabio o el docto.
Sin embargo, tanto el sustantivo sabiduría como
los adjetivos docto o sabio se encuentran entre los
términos más frecuentes de la Biblia. U n libro en­
tero tiene por título Sabiduría o Sabiduría de Salo­
món y forma parte de una colección de libros deno­
minada sapienciales (Job, Proverbios, Q ohelet o
Eclesiastés, Sirácida o Eclesiástico).
¿Qué significado tiene, por consiguiente, la pa­
labra sabiduría, que la Sagrada Escritura considera
tan importante?
Queremos responder a esta pregunta recorriendo
un camino de cinco peldaños, en cierto modo co­

21
mo los cinco peldaños que suben hasta el altar de
esta basílica de San Ambrosio: la sabiduría de Jesús;
la sabiduría del cristiano; la sabiduría de la cruz; el
don de la sabiduría; lo opuesto a la sabiduría, a
saber, la necedad, la estulticia, la estupidez.

I. La sabiduría de Jesús

1. En el evangelio de Lucas aparece la sabidurí


de Jesús a partir del discurso inaugural en Nazaret:
“Llegó a Nazaret, donde se había criado. Según
su costumbre, entró en la sinagoga un sábado y se
levantó para hacer la lectura. Le entregaron el libro
del profeta Isaías y, al desenrollarlo, encontró el
pasaje donde está escrito:
‘El espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido para anunciar
la buena noticia a b s pobres;
me ha enviado a proclamar
la liberación a los cautivos
y dar vista a b s ciegos,
a libertar a los oprimidos
y a proclamar
un año de gracia del Señor'.
Después enrolló el libro, se lo dio al ayudante y se
sentó. Todos los que estaban en la sinagoga tenían
sus ojos clavados en él. Y comenzó a decirles: ‘Hoy se
ha cumplido ante vosotros esta profecía’” (Le 4,16-21).

22
Para entender bien el sentido del texto de Lu­
cas, podemos tener presente también el paralelo de
Marcos (M e 6 ), que, al describir el discurso de
Jesús, subraya que la gente, admirada al escucharle,
exclamaba: “¿De dónde le viene a éste todo esto?
¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?”.
Nos pódemos preguntar cómo es un discurso
sabio y por qué se muestra sabio Jesús al explicar la
Escritura.
Releamos algunos elementos del fragmento, pues
se trata realmente de un fragmento muy denso.
Jesús habla en Nazaret, donde había aprendido
la sabiduría humana, que, sin embargo, no era sufi­
ciente para que pronunciase aquellas palabras; és­
tas, por tanto, proceden de Dios, no de la educación
que había recibido.
Habla en día de sábado, en el día sagrado, en la
sinagoga, que es un lugar sagrado.
Lee un fragmento profètico de la Escritura, que
es, por excelencia, el libro sagrado; concretamente,
un fragmento que atañe al futuro Mesías y afirma:
“Hoy se ha cumplido ante vosotros esta profecía”.
Jesús se muestra sabio porque con su palabra abre
el misterio de la historia, escondido durante siglos en
las páginas proféticas: afirma que el misterio está
allí; él mismo es quien la actualiza, el que hace

23
presente el Reino, el que desvela el plan de Dios.
Realiza, por tanto, un acto supremo de sabiduría al
revelar el misterio del Reino; es sabio porque está
dentro de los misterios de Dios, porque le son
connaturales.
La sabiduría de Jesús, considerada a la luz del
fragmento de Lucas, es su conocimiento experiencia!
-por connaturalidad- del misterio del Reino, hasta el
punto de poder afirmar: “Está aquí, soy yo". Su co­
nocimiento experiencial de la voluntad salvífica de
Dios es lo que le permite proclamarla. Se trata del
conocimiento del misterio de Dios enraizado en
la Trinidad, de la que forma parte y cuya realidad
proclama.
Con otras palabras, la sabiduría de Jesús es su ca­
pacidad de abrazar todo el misterio de Dios como
quien está dentro de él y lo ve en su totalidad; abra­
zar todo el misterio de la historia como quien está en
el origen de la historia y sobre la historia.
Jesús es el sabio en grado sumo, porque en él
todo se cumple, todo llega a su perfección porque
en él se revela todo.

2. Hay otro texto, no del evangelio, sino de un


carta de san Pablo, que proclama la centralidad de
Jesús en el misterio de Dios:
“Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de

24
Dios, al pueblo de Dios que está en Éfeso y cree en
Cristo Jesús. A vosotros, gracia y paz de parte de
Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor.
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesu­
cristo, que desde lo alto del cielo nos ha bendecido
por medio de Cristo con toda clase de bienes espi­
rituales. El nos eligió en Cristo, antes de la creación
del mundo, para que fuéramos su pueblo y nos man­
tuviéramos sin m ancha en su presencia. Llevado
por su amor, él nos destinó de antemano, conforme
al beneplácito de su voluntad, a ser adoptados como
hijos suyos por medio de Jesucristo, para que la
gracia que derramó sobre nosotros, por medio de su
Hijo querido, se convierta en himno de alabanza a
su gloria. Con su muerte, el Hijo nos ha obtenido la
redención y el perdón de los pecados, en virtud de
la riqueza de gracia que Dios derramó abundante­
mente en nosotros en un alarde de sabiduría e
inteligencia. El nos ha dado a conocer sus planes
más secretos, los que había decidido realizar en
Cristo, llevando la historia a su plenitud al consti­
tuir a Cristo en cabeza de todas las cosas, las del
cielo y las de la tierra” (Ef 1,1-10).

Notemos cómo se repite la afirmación de la


centralidad de Cristo: en él, en Cristo, en el Hijo.
“Nos ha bendecido por medio de Cristo”; “nos eligió
en Cristo”; “la gracia que derramó sobre nosotros
por medio de su Hijo querido”; “el Hijo nos ha obte­
nido la redención”; “constituir a Cristo en cabeza de
todas las cosas”. El apóstol nos enseña con este ad­

25
mirable himno que Cristo, al estar en el centro del
plan divino, todo lo integra y todo lo abraza. Jesús
es la misma sabiduría de Dios, que conoce y penetra
todo misterio divino y humano. Por esto, san Pa­
blo, al final del himno, pide deseando que el “Padre
de la gloria” conceda a todos los cristianos “un espí­
ritu de sabiduría y una revelación que permita cono­
cer más profundamente a Cristo Jesús” (cf. v. 17).

II. La sabiduría del cristiano

D
e la sabiduría de Jesús, que todo lo conoce, na­
ce la sabiduría del cristiano como participación
en la de Jesús. Es el don de ver las cosas como las ve
Jesús, de ver la realidad como la escruta el Señor
desde lo alto; el don de ver la relación de todo con
el misterio de la Trinidad.

Por encima de cualquier otra, la criatura que ha


obtenido ese don es María. Ella es sabia de la forma
más alta permitida a la humanidad. Si recitamos
lentamente el cántico del Magníficat, nos damos
cuenta de cómo contempla María los aconteci­
mientos desde el punto de vista de Dios, el cual
“dispersa a los soberbios, enaltece a los humildes,
colma de bienes a los hambrientos y a los ricos
despide vacíos” (cf. Le 1,46-55). Su contemplación

26
de la historia parte de Dios y de los pobres, no
como la leída por los hombres, desde la perspectiva
de los vencedores.
Así como la sabiduría de María es participación
en la de Jesús, de igual modo lo es también la del
cristiano.

III. La sabiduría de la cruz

l tercer peldaño consiste en la sabiduría de la


E cruz. Esta sabiduría de Dios, de la que participa
el cristiano, es, de hecho, la sabiduría de la cruz. Es
ésta la que distingue la sabiduría de Dios y la
del cristiano de todas las otras sabidurías de este
mundo, que se fundamentan en la eficiencia, en el
resultado, en el éxito, el dinero o el poder. A l
contemplar la cruz de Jesús, el cristiano descubre,
por el contrario, que el Reino de Dios pasa a través
de la humildad, lo insignificante, la adversidad, y
también a través de la cruz y de la muerte.
Descubrir esto es ciertamente un gran don. Sin
el don del Espíritu Santo no es posible practicar la
sabiduría de la cruz, porque repugna al modo
común de ver la realidad, que sólo busca lo que
tiene valor, lo que da buen resultado. Comprender
el misterio de Dios en las contrariedades, en la

27
pobreza, en el rostro de Cristo crucificado, significa
adquirir la sabiduría cristiana. Por tanto, compren-
- der la cruz es comprender la vida, es comprender
la existencia humana y comprendernos a nosotros
mismos.

IV. El don de la sabiduría

^ T " 1 n qué consiste, por tanto, el don de la sabidu-


^ X ^ría, que se nos da a cada uno en el bautismo y
que constantemente actualiza en nosotros el Espí­
ritu, impulsándonos interiormente?
Es el don de ver todo con los ojos de Dios, con
su mirada; de verlo todo desde lo alto. Es el don de
ver las situaciones y los acontecimientos como los
ve Jesús crucificado y resucitado, desde lo alto de la
cruz y desde la gloria de la resurrección. Se trata de
ver desde lo alto y desde el centro. No mediante
una peculiar inteligencia o luz intelectual, sino
más bien por instinto divino, por connaturalidad.
Santo Tomás de Aquino utiliza a menudo, al ha­
blar de los dones del Espíritu, la expresión “como
por instinto divino”.
Veamos que se trata de instinto divino porque
estamos con Jesús, que está en el centro, y con
Dios, que está por encima de todo.

28
El conocimiento por connaturalidad es comparado
al gusto, y se le denomina “sabiduría”, que significa
precisamente sabor, algo con sabor y que tiene
gusto. Esta la experimentamos en el momento en
que advertimos que una decisión, una toma de
posición, una elección, es o no es según el Reino de
Dios, y lo advertimos por instinto sobrenatural. Así
como siento que un alimento es dulce o salado no
por razonamiento ni por el análisis químico de los
componentes de la sal o del azúcar, sino por sinto­
nía entre lo dulce, lo salado y las papilas gustativas,
de igual modo, de forma análoga, el cristiano,
movido por el Espíritu, advierte lo que es o no
según el plan de Dios, lo que está o no está bien, lo
que es conforme o disconforme con el Evangelio.
Lo advierte más con el corazón que con la mente,
y, así, este don está relacionado con la caridad, con
el amor más que con la inteligencia. Es, efectiva­
mente, la inteligencia del amor, del corazón.

En síntesis, podemos decir que la sabiduría es


una penetración am orosa y sabrosa en los misterios de
Dios: en el misterio trinitario, en el misterio de la
cruz, en los misterios del Reino y en el misterio de
la historia.

■„Esta sabiduría es dada incluso a las personas más


sencillas; más aún, se les da más a ellas que a cual­
quier otro. En este sentido, dice Jesús: “Te bendigo,

29
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se
las has revelado a los sencillos” (cf. M t 11,25).

M e viene a la mente una bellísima página del


beato Contardo Ferrini, hombre docto, culto, pro­
fesor universitario en Pavía, concejal de Milán, a
quien le gustaba mucho el monte:
“Cuántas veces, cansado tras una larga jomada
de caminar por los montes, sentado a la sombra de
un abeto que me defendía del sol que caía, he
hablado con el pastor de los Alpes, con la pobre
mujer hija de la montaña. Y siempre me quedé
maravillado y confundido: ¡qué sentido de la pro­
videncia divina!, ¡qué menosprecio de las cosas
terrenas!, ¡qué paz!, ¡qué gozo el de una vida pura!”
(Contardo Ferrini, Gli scritti religiosi).

He aquí el don de la sabiduría en las personas


sencillas. Y al hablar, escuchar y visitar a los enfer­
mos y ancianos, yo mismo exclamo: “¡Cuánta sabi­
duría, don de Dios! ¡Qué recto pensamiento! ¡Qué
capacidad para comprender el valor de ciertas
cosas y no valorar otras!”.

No pretendo decir que el don de la sabiduría se


encuentra solamente en los más sencillos y humil­
des. C iertam ente, se trata de un don que afecta
incluso a los aspectos más cotidianos de la vida.
Pero así como el don de la piedad se expresa

30
mejor en la oración filial, y especialmente en la
gran oración litúrgica, así también me parece que
el don de la sabiduría se expresa mejor, de forma
privilegiada, en la sabiduría pública, en el
gobierno de la cosa pública, en la política.

Hacer política es una cuestión de sabiduría, no


sólo de competencia o astucia. Así, la sabiduría es
el don que permite enmarcar los problemas indi­
viduales en un cuadro más amplio, en el cuadro
del bien común. Es un don muy necesario para
quien tiene responsabilidades públicas. C on fre­
cuencia nos lamentamos de los políticos, pero
¿rezamos por ellos?, ¿pedimos para ellos el don de
la sabiduría?’

V. La estulticia

a Biblia da diversos nombres a lo opuesto a la


L sabiduría -necedad, estulticia, estupidez- y con
frecuencia habla de esta actitud contraria a la sa­
biduría. Sustancialmente, es la falta de sabor de las
cosas de Dios, falta del sentido de Dios, del sentido del
misterio, del sentido de la Providencia. Una falta que
nos vuelve ciegos y nos pierde, y que se encuentra
en el origen de muchas angustias, miedos y
confusiones mentales.

31
Presento tres simples ejemplos bíblicos de estul­
ticia, de falta de sabiduría.

En Le 12,16ss, Jesús cuenta la parábola de un


terrateniente que, tras haber agrandado los grane­
ros para almacenar todo el grano y todos sus bienes,
decide descansar, comer, beber y divertirse. Pero
Dios le dijo: “¡Insensato! Esta misma noche vas a
morir”. Es la historia de un hombre que ha hecho
sus cuentas sin Dios, sin la muerte, sin la brevedad
de la vida. Su necedad es la necedad secular carac­
terística de quien vive con la cabeza dentro del
saco, preocupándose sólo del presente.

Hay otro caso de necedad más profunda que es


fuertemente reprendida en el Nuevo Testamento.
El reproche lo pronuncia Jesús dirigiéndose a los
discípulos de Emaús: “¡Qué torpes y tardos de
corazón para creer!” (Le 2 4 ,25). Se trata de la
necedad de quien no comprende, en los aconteci­
mientos oscuros o contrarios a sus expectativas,
el plan divino, de quien realiza sus cálculos sin
la cruz.

El tercer ejemplo se encuentra en M t 7,25,


donde se habla de la necedad de un hombre que ha
construido la casa sobre arena, desconociendo el
orden de vida evangélica expresado en el sermón
de la montaña. Su vida es necia y torpe porque no
pone en práctica las enseñanzas de Jesús. Se trata
J e la torpeza del discípulo, de una torpeza que
conduce a la ruina.

Se refiere, en primer lugar, a la torpeza de un


individuo, pero ésta también puede golpear a una
comunidad parroquial entera, a un grupo y a un
movimiento, si se fundamentan en la arena. Y se
cdifica sobre arena cuando no se reconoce el orden
ile vida evangélica expresado en M t 18: hacerse
pequeños, no buscar los primeros puestos, respetar
a los más débiles, cuidar del hermano, respetar la
autoridad, amar la vida comunitaria, perdonar las
ofensas.

Una comunidad que no se fundamenta en estos


valores evangélicos carece de la sabiduría de Dios.

Hemos intentado comprender en qué consiste la


sabiduría de Jesús, de María y la del cristiano, la
sabiduría de la cruz y el don de la sabiduría, en con­
traste con la necedad y la estulticia.

Queremos, especialmente, dar gracias a Dios


por habernos colocado en este camino, por desear
llenarnos de este don, y pedirle que nos dejemos
llenar por él.

Añado finalmente una precisión importante: el


don del Espíritu no se percibe de forma consciente:
pienso, reflexiono, realizo un trabajo de introspec­
ción y descubro la sabiduría dentro de mí. No se

33
trata de esto. A l contrario, se trata de un don ins­
tintivo, que percibimos posteriormente cuando
decimos: “El.Señor me ayudó en aquella situación
difícil a juzgar correctam ente”. O bien: “C ierta­
mente, aquella persona habló justam ente”. Por
tanto, es después cuando nos damos cuenta de su
acción.
Quien pretenda poseer el don se arriesga a des­
naturalizarlo y destruirlo. Quien, por el contrario,
se entrega al Espíritu Santo, invocándolo con sen-
> cillez, se dará cuenta posteriormente -ta l vez en el
examen de conciencia o en la revisión de vida—de
que ya poseía el don. No es necesario que lo sinta­
mos conscientemente, porque el Espíritu no necesita
dejarse sentir para actuar en nosotros.

Tres preguntas para


el momento de silencio

C
oncluyo sugiriendo tres cuestiones para el
silencio.
1. ¿Qué lugar ocupa en mi vida, en mis progra
mas, en mis proyectos, el plan de D ios? ¿Refle­
xiono de vez en cuando sobre el plan que Dios
tiene para mí, para mi vida, para la historia?
¿Logro tener una visión estimulante sobre mi vida

34
o, por el contrario, me dejo someter por visiones
medrosas y estrechas?
La sabiduría nos ayuda a conocer, a percibir, casi
a husmear, ampliando los horizontes y el corazón,
aquella parte que corresponde al plan de Dios en
nuestra existencia.

2. ¿Qué lugar ocupa en mi vida la sabiduría de la


cruz? ¿Asumo su significado positivo en los aconte­
cimientos negativos o, por el contrario, éstos me
perturban, me aplastan, me enfurecen conmigo
mismo, con los otros, con la vida y con todo? ¿Cul­
tivo la sabiduría de la cruz o soy torpe y tardo de
corazón para creer en la obra que Dios realiza en
mí, incluso a través de la cruz?

3 . ¿Me alimento del pan de la sabiduría que es


la Sagrada Escritura, y en particular los evangelios?
¿Me alimento del pan de la sabiduría que es la
eucaristía, que nos da el sentido de Cristo, nos
introduce en el corazón del misterio de Cristo y,
por tanto, connaturalmente, nos hace partícipes
del don de la sabiduría?
Pidamos el don de la sabiduría para nosotros,
para los demás, para la Iglesia y para toda la huma­
nidad.

35
3. El temor de Dios

nvoquemos al Espíritu Santo para que nos dé el


I temor de Dios; oremos a aquel Espíritu del que
decía san'Ambrosio en el tratado Los seis días de la
creación: “El Espíritu es como un fuego que devora
todo lo que es material y terreno, aprueba todo
cuanto es auténtico, y cuanto toca su llama queda
mejorado”.
Hablaremos en esta tercera meditación del
“temor de Dios”, distanciándonos, por así decirlo,
del tradicional orden bíblico que hace seguir a la
“sabiduría”, la “inteligencia” y el “consejo”.
Nuestro modo de ordenar los dones es diferente
por dos motivos. El primero es de tipo arquitecto'
nico, pues tratamos de conectar los dones del Espí­
ritu con las grandes virtudes teologales -fe , espe­
ranza y caridad-. Hemos comenzado con la piedad
y la sabiduría, que perfecciona la virtud de la cari­
dad; ahora reflexionamos sobre el temor de Dios,
que es un aspecto, una perfección, de la esperanza;
mañana nos centraremos en los dones de consejo y
de ciencia, conectados con la fe.
Además del motivo arquitectónico, de armo­
nía, hay otro, que llamaría “dinámico”, con refe­

37
rencia al camino de los ejercicios. En efecto, los
ejercicios espirituales son un itinerario formado
por etapas, aqnque los nuestros, al ser breves, no
lo manifiesten claramente. Comienzan con una
llamada a la oración, para hallar las fuerzas que
recibimos de ella y del don de la piedad; después,
nos sitúan frente al plan divino de la creación y
de la redención -e l llamado principio y fundamento-,
y para aprehenderlo necesitamos el don de la sa-
biduría.

Frente al plan de Dios, comprendemos nuestro


mal, nuestro pecado, y así esta tercera etapa es la
del arrepentimiento, la del temor. Por consi­
guiente, nos encontramos en esta tercera tarde en
el momento privilegiado para una buena confe­
sión sacramental; nos hallamos en un momento
penitencial, y es por eso importante meditar sobre
el temor de Dios.

Sin embargo, parece que nos encontramos ante


un término aparentemente un poco obsoleto. La
expresión “temor de Dios” o “santo temor de Dios”
está lejos del lenguaje actual; es más, llega a per­
turbarnos.

Si la religión cristiana es la religión del amor,


¿cómo entonces se menciona el temor entre los
dones del Espíritu? ¿No evoca esta palabra métodos
arcaicos de educación ya superados, basados en el

38
miedo y en la intimidación? ¿Cómo es posible que
pueda temerse a Dios, que es Amor, Misericordia y
Bondad ?
Son preguntas que todos nos hacemos en nues­
tro interior.
Sin embargo, sabemos que el “temor de Dios”, el
“temer a Dios”, es, análogamente a lo que hemos
visto con la sabiduría, una de las expresiones que
más aparecen en el Antiguo Testamento.

^E1 temor de Dios está estrechamente conectado


con la sabiduría: temer a Dios es la síntesis de toda
la religiosidad bíblica, es la actitud más noble del
hombre^ A este respecto, cito un fragmento del
libro del Sirácida o Eclesiástico:

“El temor del Señor es gloria y honor,


deleite y corona de alegría.
El temor del Señor alegra el corazón,
da deleite, alegría y larga vida.
El que teme al Señor tendrá un buen final,
el día de su muerte será bendecido.
Principio de la sabiduría es temer al Señor;
ella embriaga a los fieles de sus frutos...
Corona de sabiduría es el temor del Señor;
en ella florecen la paz y el bienestar...
Raíz de la sabiduría es temer al Señor,
sus ramas son larga vida” (1 ,1 1 -2 0 ).

Así pues, el temor del Señor no es algo que

39
aplaste, sino que ensancha el corazón, alegra, pro­
duce alegría y júbilo; es principio, plenitud,
corona, raíz de la sabiduría. No es casual que la
Biblia honre al que teme a Dios. Se trata de una
actitud sublime, positiva, intensamente deseable;
con palabras de hoy, se trata de una actitud alta-
mente promocional.

Tratemos ahora de comprender qué entendemos


por “temor de Dios”, en qué consiste este don del
temor de Dios, mediante tres pasos: Jesús vive el
temor de Dios; Jesús infunde temor; el temor como
don en la vida del cristiano.

I. Jesús vive el temor de Dios

ubrayo, sobre todo, que el temor de Dios -e n su


S genuino significado- está presente en Jesús: él
vive en una profunda reverenda ante el Padre y su
voluntad. La máxima expresión de tal reverencia
es, quizás, la oración en Getsemani: “Padre, no se
haga mi voluntad, sino la tuya” (cf. Le 22,42).

Cada uno de vosotros, releyendo los evangelios,


podrá encontrar fácilmente los fragmentos en los
que se percibe el temor amoroso y reverencial de
lesús ante el Padre.

40
II. Jesús infunde temor

e interesa especialmente detenerme en otro


M aspecto de la vida de Jesús que presenta
mayores dificultades: sus palabras duras, cortantes,
que infunden temor; sus amenazas.
Leo un fragmento del evangelista Lucas que
comprende cuatro series de “ay”, palabras amena­
zantes de Jesús, frecuentemente olvidadas, que
siguen a las cuatro bienaventuranzas:

“¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis


recibido vuestro consuelo!
¡Ay de los que ahora estáis satisfechos, porque
tendréis hambre!
¡Ay de los que ahora reís, porque gemiréis y llo­
raréis!
¡Ay, cuando todos los hombres hablen bien de
vosotros, que lo mismo hacían sus antepasados con
los falsos profetas!...
¡Ay de ti, Corozaín! ¿Ay de ti, Betsaida! Porque
si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros
realizados en vosotras, hace tiempo que, vestidas de
saco y sentadas sobre ceniza, se habrían convertido.
Por eso será más tolerable el día del juicio para Tiro
y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafamaún, ¿te ele­
varás hasta el cielo? ¿Hasta el abismo te hundirás!
(6,24-26; 10,13-15).

La de Jesús es ciertamente una pedagogía del te­

41
mor, y sus maldiciones a las dos ciudades de Galilea
dan que pensar.

Otro contekto evangélico nos presentan los “ay”


contra los escribas, los fariseos y los doctores de la
ley; se trata de amonestaciones gravísimas que gol­
pean incluso hoy a quienes en la Iglesia o en la so­
ciedad tienen algún saber, poder o responsabilidad.

“Vosotros limpiáis por fuera la copa y el plato,


mientras que vuestro interior está lleno de rapiña y
de maldad. ¡N ecios!... ¡Ay de vosotros, que trans­
gredís la justicia y el amor de Dios...! ¡Ay de vo­
sotros, que os gusta ocupar el primer puesto en
las sinagogas...! ¡Ay de vosotros, que imponéis a los
hombres cargas insoportables y vosotros no las
tocáis ni con un dedo!” (cf. Le 11,39-47).

Recordemos también la serie de amenazas contra


Jerusalén, cuando Jesús llora sobre la ciudad santa.

“ ¡Si en este día comprendieras tú también los


caminos de la paz! Pero tus ojos siguen cerrados.
Llegará un día en que tus enemigos te rodearán con
trincheras, te cercarán y te acosarán por todas par­
tes; te pisotearán a ti y a tus hijos dentro de tus
murallas. No dejarán piedra sobre piedra en tu
recinto, por no haber reconocido el momento en
que Dios ha venido a salvarte” (Le 1 9,42-44).

De todos estos fragmentos y de otros parecidos,


concluimos que Jesús no tiene miedo de usar un

42
lenguaje fuerte, de infundir miedo o temor. Nos
preguntamos: ¿por qué? ¿Hay tal vez una pedagogía
del miedo en la acción de Jesús?

No resulta fácil responder. Quisiera simplemente


examinar más de cerca por lo menos las primeras
palabras citadas, esas que siguen a las bienaventu­
ranzas: “¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis
recibido vuestro consuelo! ¡Ay de los que ahora
estáis satisfechos, porque tendréis hambre! ¡Ay de
los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! ¡Ay,
cuando todos los hombres hablen bien de vosotros,
que lo mismo hacían sus antepasados con los falsos
profetas!”.

La objeción salta espontáneamente: al fin y al


cabo, ¿qué malo hay en tener riquezas, en comer
hasta saciarse, en tener algo de buena fama?|Si
examinamos con atención las palabras de Jesús,
nos damos cuenta de que no tienen nada que ver
con una pedagogía moral. No dice: “Ay de voso­
tros, lujuriosos; ay de vosotros, ladrones; ay de
vosotros, homicidas; ay de vosotros, violentos.
Estas serían palabras obvias.. El va más allá, para
educar en la responsabilidad, en la toma de concien­
cia de la gravedad del momento. Su pedagogía es la
de la responsabilidad: el Reino está aquí, con sus
valores supremos; el Reino es Jesús, y desgraciados
aquellos que se adhieren a los valores mundanos

43
como si fueran los últimos: perecerán junto a esos
valores. 5
Por tanto* no se trata de una pedagogía del
miedo. Lo que nos enseña Jesús es que quien pone
su confianza en los valores mundanos, quien
rechaza el primado del Reino, firma su propia sen­
tencia, cava su propia tumba. \
El temor tiene una función pedagógica, que es la
de responsabilizar, la de hacer comprender la serie­
dad del Evangelio; en términos seculares, la de
hacernos comprender el sentido de la seriedad de
la existencia humana y de la responsabilidad de las
propias acciones; el sentido de la responsabilidad
hacia los otros -especialm ente hacia los más débi­
le s-, el sentido de la responsabilidad hacia la tierra,
hacia el cosmos.

III. El don del tem or de Dios

a pedagogía de Jesús es ciertamente importante,


L pero no se trata todavía del don positivo del
temor de Dios, que supone todo esto pero va más
lejos.
Ciertamente, el don del temor está relacionado
co n la seriedad de la vida, con la urgencia del
R eino, con la responsabilidad. Sin embargo, se

44
rrata de algo más delicado, más profundo, más sutil;
algo capaz de abrir el corazón y liberar el espíritu.

El don del temor de Dios es un amor a Dios cons-


dente de ¡a propia fragilidad; por tanto, consciente de
la posibilidad de ofender al Señor, de perder su
amistad. Se trata de una actitud de profunda reve-
rencia hacia un misterio que nos supera total-
mente, que no podemos poseer ni manipular,
porque se nos da constantemente como don, y
nosotros tenemos siempre la posibilidad de recha­
zarlo, de perderlo, de despreciarlo. El temor de Dios
contempla la acción moral no como simple obe­
diencia a una ley, sino como relación con una per­
sona: relación personal con Dios Padre, con el
Señor Jesús. Por esto, el temor de Dios nos permite
vivir la acción moral con toda la delicadeza, el res­
peto, la diligencia y el afecto que caracterizan la
relación auténtica con una persona, y que exige la
relación con el mismo Dios, Padre y Señor.

El don del temor de Dios es ser consdente de


que Dios es -d e acuerdo con la famosa expresión-
M ysterium fasdnans, misterio que atrae y fascina
por su amabilidad; y, junto a esto, la conciencia de
que Dios es también M ysterium tremendum, con el
cual no se puede jugar, que nos interpela profunda
y seriamente, precisamente porque es amor total y
exigente, relación personal de alianza y don.

45
El misterio divino no puede ser trivializado. En
este sentido, el temor de Dios es signo de madurez,
de moralidad .sublime, de responsabilidad experi-
mentada, de genuina religiosidad.
> jEn la práctica, se trata de un complejo de acti­
tudes que nos hacen superar la banalidad, la super­
ficialidad, la prisa con la que, por ejemplo, rezamos
o entramos en la iglesia o vivimos los sacramentos.
Es un don que purifica./En sucesivas ocasiones,
Dios nos pone a prueba mediante la oscuridad y las
noches del espíritu para que se desarrolle este don
del temor. |t
San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia y gran
místico, a propósito de la purificación del espíritu,
afirma que “al tratar con Dios nace al alma un
mayor comedimiento y más cortesanía, que es lo
que siempre ha de tener el trato con el Altísim o”
(N oche oscura, 1.12.3).
Me parece útil presentar un ejemplo contempo­
ráneo del don del temor de Dios.
Recientem ente, he recibido el Diario de una
joven de nuestra diócesis que murió el pasado 13 de
mayo, a los 26 años de edad, a causa de un grave
tumor, y que estaba casada desde hacía dos años.
Resulta extraordinario percibir en las páginas de
Cristina (nombre de la joven) el enorme deseo de
curarse, de vivir, de tener niños, al tiempo que una

46
apertura al don del Espíritu Santo para dejarse
filiar por los senderos del amor, de la fe, de la espe­
ranza y del temor de Dios.
Es, ciertamente, un testimonio excepcional del
Espíritu Santo. Os leo algunas palabras escritas
pocos días antes de su muerte:
“Estoy muy tranquila y siento el aliento de Dios
sobre mí, que está tratando de ayudarme, pero no lo
consigue del todo porque todavía no soy un alma
pura donde El pueda expresar libremente su volun­
tad. Si bien no hay otra cosa que más desee que
hacer lo que El quiere, lo que me tiene reservado:
sólo su voluntad”.

Éste es el don del temor de Dios: el miedo de fal­


tar, de no estar a la altura de tanto amor y, al mismo
tiempo, el intenso deseo de ser totalmente de Dios.
En este sentido, añade:
“Exulto y quedo asombrada, como una niña, por
tanto amor, alegría, misericordia y caridad. Y pienso
que soy realmente afortunada por tener como Padre
celestial al Amor, y cuando la más pequeñísima de
sus chispas me golpea y me invade, se produce en
mí una sensación tan fuerte que nunca jamás
podrán expresar las palabras”.

Habría mucho que decir todavía sobre el temor


de Dios, relacionado con los otros dones; debería
incluso hablar de las actitudes contrarias al temor

47
de Dios, como la superficialidad, la li g e r e za, el
descuido en la oración y en la vida. Pero el tiempo
no nos lo perpiite, y paso, por tanto, a sugerir tres
preguntas>

Tres preguntas para


el m om ento de silencio

J J e pensado en tres sencillas preguntas.

1. ¿Cómo inicio la oración? ¿Cómo inicio las accio­


nes importantes de la vida? ¿Cómo me acerco a los
encuentros significativos de la vida? ¿Lo hago alo­
cadamente, tirándome de cabeza, como si tuviese
que subir a un tranvía en marcha? ¿O, en cambio,
antes de la oración, dedico un momento a reflexio­
nar para tomar conciencia de lo que voy a hacer?
¿Pienso antes de decir una palabra? ¿Me paro un
momento para recogerme antes de tener un
encuentro importante o de realizar un trabajo rele­
vante?
El temor de Dios es la educación del respeto
frente al misterio de Dios, de las cosas y de las per­
sonas: nada es banalizado, nada realizado con prisa,
de forma superficial o distraídamente. Y no debe­
mos asombrarnos si, tomando todo de forma alo­

48
cada, y enfilando una acción tras otra, la oración
110 nos alimenta, ni nos edifica la eucaristía ni los
sacramentos, o si nos aburren y nos resultan inso-
portables los encuentros con la gente. U na liturgia
descuidada no resulta educativa y es claramente un
signo de la falta de temor de Dios.

La primera pregunta se refiere, por tanto, al


comienzo de nuestra jornada.

2 . Cuando tengo remordimientos, ¿a qué se deben?


¿Tal vez porque he sido incoherente o porque he
hecho el ridículo? ¿O más bien porque he frustrado
las esperanzas que Dios ha puesto en mí? El tipo de
remordimiento que experimentamos denuncia el
tipo de amor que vivimos. El Espíritu nos mueve
desde un temor de falta, servil e interesado, hacia
un temor filial y humilde que da paz al corazón,
con la certeza de ser perdonados por el Padre.

3 . ¿Cuál es mi sentido de la responsabilidad con los


otros, sobre todo con los más débiles? ¿Y qué sentido
de responsabilidad tengo con la naturaleza y el
medio ambiente? Todas son imágenes de Dios que
hay que respetar y, evidentemente, venerar, espe­
cialmente la imagen de Dios en el pobre, en el que
sufre, en el anciano, en el marginado, en toda per­
sona con dificultades.

49
Éste era el gran don de la madre Teresa de
Calcuta: la profunda reverencia hacia el pobre, el
moribundo, el llagado; un signo del temor de Dios.
¿Cómo expreso, por tanto, no sólo mi solidaridad
ayudando a los demás, sino también mi respeto por
todos?
Concluyendo, el temor de Dios no es en abso­
luto una cosa del pasado; es la garantía de una vida
buena, es la prueba de una sociedad justa y fra­
terna; es la custodia del futuro de un pueblo y de
toda la humanidad; es el signo de la cercanía al
misterio de Dios.

50
4. Consejo y ciencia

omenzamos esta tarde con un texto del


evangelio de Lucas. En nuestras meditaciones
nos hemos centrado siempre en algunos episodios
de Lucas en los que aparecen los dones del Espíritu
Santo en la vida de Jesús. Hemos contemplado en
primer lugar la escena del bautismo de Jesús para
percibir en él el don de la piedad (capítulo 3 ); pos­
teriormente, hemos recordado el discurso inaugural
de Jesús en Nazaret para comprender el don de la
sabiduría (capítulo 4); ayer por la tarde reflexiona­
mos sobre las amenazas pronunciadas por Jesús en
varios fragmentos de Lucas, para analizar el don del
temor de Dios (capítulo 6.10.11.19).

I. El don de consejo en Jesús

P artimos ahora del capítulo 6 para tratar del don


de consejo y, después, más brevemente, del don
de ciencia.
“Otro sábado entró Jesús en la sinagoga y se puso
a enseñar. Había allí un hombre que tenía atrofiada
la mano derecha. Los maestros de la ley y los fari­
seos lo espiaban para ver si curaba en sábado y tener

51
así un motivo para acusarle. Jesús, que conocía sus
pensamientos, dijo al hombre de la mano atrofiada:
‘Levántate y ponte ahí en medio’. El hombre se
puso de pie. Jesús les dijo: ‘Os voy a hacer una
pregunta: ¿Qué está permitido en sábado, hacer el
bien o el mal? ¿Salvar una vida o destruirla?’. Y,
mirándolos a todos, dijo al hombre: ‘Extiende tu
mano’. Él lo hizo y su mano quedó restablecida”
(Le 6,6 -1 0 ).

El problema central de este fragmento no es


tanto el de la curación, expresado en una línea en
el último versículo; se trata más bien del pro­
blema de discernimiento, de un conflicto de inter­
pretaciones. Por una parte, están en la sinagoga el
hombre enfermo y Jesús, que tiene el poder de
curarle; por otra, está la ley, que prohíbe -según
cierta interpretación- realizar cualquier actividad
en el día santo del sábado. Tan bueno es observar
la ley como socorrer una necesidad humana; tan
buena es la ley como la compasión por un
enfermo.
Siempre ha habido conflictos entre deberes, y
especialmente en la actualidad. Tocamos aquí un
asunto importante de la moral: la moral no co n ­
siste simplemente en realizar lo bueno y evitar lo
malo. Si fuese así, todo sería realmente fácil. Pero
el problema es mucho más complejo, porque surge
la pregunta: en esta circunstancia determinada, ¿qué

52
es lo auténticamente bueno y lo auténticamente
m alo? Y en particular: entre dos bienes que entran
en oposición y se excluyen, ¿cuál debemos elegir?
¿Cómo actuar frente al mal menor cuando es pre­
cisamente el único bien posible? ¿Cómo discernir
cuál de las dos interpretaciones de una ley es la más
verdadera? ¿Cómo aclararnos dentro de la comple­
jidad de la vida, de la pluralidad de opiniones, del
choque entre culturas y morales, de la confronta­
ción entre religiones?
Se trata de todo aquello que suscita dudas, con­
fusión mental, ansiedad, bloqueo de la acción,
mala conciencia, cobardía de rendirse a la opi­
nión de moda.
Pero Jesús supera el conflicto de forma resuelta
y decidida, aunque sabe que su elección en favor
del hombre que debe ser curado le costará cara y
tendrá que pagarla. Él actúa con espíritu de consejo
y con espíritu de fortaleza, del que trataremos
mañana.
Somos invitados a contemplar a Jesús saliendo
airoso del conflicto de las interpretaciones, mo­
viéndose tranquilamente entre los meandros de las
opiniones contrapuestas, expresando con pocas pa­
labras las razones para la decisión justa: “¿Qué está
permitido en sábado, hacer el bien o el mal?”.
Jesús se dirige a lo esencial, a las grandes certe­

53
zas que la mezquina casuística pierde de vista. Éste
es el don de consejo: saber orientarse en la compleji-
dad moral de la vida. Tomás de Aquino escribe: “El
don de consejo es una llamada práctica a que los
motivos de la fe entren en la acción”. Y añade: “El
don de consejo se da a los hijos de Dios, pues es el
Espíritu Santo el que instruye a la razón sobre las
acciones que deben realizar”.

II. El don de consejo en el cristiano

l don de consejo es, por tanto, sumamente ne­


E cesario para el cristiano; en particular, por dos
razones.
Hemos dicho más arriba que las situaciones hu­
manas son frecuentemente confusas, que el bien y
el mal se encuentran mezclados, que cualquier rea­
lidad puede comprenderse desde puntos de vista
diferentes que conducen a diversas valoraciones.
Esta es la razón por la que el cristiano necesita una
soltura interior, la libertad de los hijos de Dios, que
ayuda a percibir, con una especie de sentido estético,
qué es lo que responde a la voluntad del Padre, al
plan de Dios.
Son muchas las ocasiones de búsqueda de la vo­
luntad de Dios que se presentan en la vida perso­

54
nal, en la vida de pareja, en la de la familia y en la
de la comunidad. Y también en la vida pública y
política.
¿Cómo conectar, por ejemplo, la defensa de la
ley moral con una ley que sea al mismo tiempo fru­
to del consenso de la mayoría? ¿Cómo hacer para
que una ley no favorezca el mal y, al mismo tiempo,
no elimine la libertad? Ciertamente, lo tienen difí­
cil los legisladores en las cuestiones referentes al
matrimonio, el divorcio, el aborto, las parejas homo­
sexuales, la justa concepción de la familia, la lucha
contra la droga, el dilema entre Estado de bienestar
y competencia económica, y tantos otros asuntos.
Qué difícil es evaluar los “pros” y “contras” en las
disposiciones que afectan al bien común.
Hay otra segunda razón que hace muy necesario
el don de consejo. C on frecuencia, precisamente
por su complejidad, nos hallamos en la incertidum-
bre y la duda, en ocasiones realmente angustiados,
cuando tratamos de tomar una decisión difícil.
El don de consejo nos permite ver todo a la luz
de la eternidad, bajo la voluntad de Dios como
Eadre bueno; de este modo, cesada ..angustia y regre­
san la paz al corazón y la claridad para la acción.
En este sentido, escribió Tomás de Aquino una
frase cargada de significado: gracias al don de con­
sejo en orden a la acción “sedatur anxietas dubitatio-

55
nis”, es decir, la ansiedad de la duda que retrasa
indefinidamente algunas decisiones, queda tran­
quilizada, calmada y suavizada.

En ocasiones me he encontrado con estas dudas


paralizantes, especialmente en chicos y chicas que
afrontan las decisiones importantes de la vida (elec­
ción de carrera, de estado de vida, de la persona con
quien compartir la existencia).

Naturalmente, el don de consejo no es una_va-


rita mágica, pero enseña un camino para encontrar
la luz y la paz, para asumir con valentía las decisio-
nes auténticas, sin entretenerse durante meses, o
años en esperas frustrantes. Cuando se aplazan las
decisiones porque no se sabe qué hacer o se prefiere
no pensar en ellas y se sigue adelante con la ilusión
de que alguien nos las dirá, eso significa que se
carece del don de consejo.

Tal vez sepáis que en estos años he acompañado


a más de mil chicos y chicas en su búsqueda voca-
cional, proponiéndoles un itinerario anual de dis­
cernimiento para ayudarles a precisar su propia
opción. Les pedía, a lo largo del año, algunos ejer­
cicios ascéticos de oración y reflexión, y dos reglas
a las que tenían que atenerse: renunciar por un año
a la televisión y arrojar del corazón toda ansiedad y
angustia por el futuro. Pues bien, todos, de común
acuerdo, encontraron fácil la primera regla, pero

56
bastante difícil la segunda. Y así es, porque arrojar
del corazón la angustia provocada por las decisiones
comprometidas es un don del Espíritu Santo, que
debe ser pedido con confianza y perseverancia.

En este momento, nos podemos preguntar: ¿exis-


ten reglas, ayudas, para prepararse a recibir el don de
consejo?

La tradición espiritual ha desarrollado las llama-


das reglas del discernimiento de los espíritus, que aún
son actuales y pertinentes. Aunque no tengamos
tiempo de desarrollarlas, deseo, por lo menos, apun­
tar el principio fundamental, que es sencillo y casi
inesperado: el primado de la alegría. El Espíritu San­
to produce alegría. Es, por tanto, necesario apren­
der a distinguir entre alegría y tristeza de corazón,
a evaluar la diferencia entre el placer superficial y
la alegría profunda, entre la alegría auténtica y su
caricatura. Lo importante, sin embargo, es que, en
todo caso, permanece el principio de la alegría,
porque la acción del Espíritu, que entra en nosotros
con el don de consejo, nos conduce hacia la ale­
gría, hacia la serenidad, hacia un entusiasmo sin­
cero, hacia una acción valiente y límpida.

Ésta es la belleza del don de consejo: hace per­


sonas fuertes, tranquilas, seguras de sí mismas; por
el contrario, la acción del espíritu del mal consiste
en conducirnos a la tristeza, al repliegue sobre no-

57
sotros, a una confusión que bloquea la mente, a una
-> ansiedad que desgarra y nos impide decidirnos, ha­
ciéndonos estar siempre en el mismo punto.

III. El don de ciencia

> T ? 1 de ciencia es otro don relacionado con la vir-


de la fe, exactamente como el don de con­
sejo. Conjuntamente, nos ayudan a vivir la fe en las
circunstancias difíciles de este mundo, a profesar la
fe con libertad, alegría y soltura.
Actualmente, ciencia es un término venerado, y
cuando se dice “el veredicto de la ciencia” en­
tendemos con ello algo que es inapelable. El cientí­
fico es un poco como el profeta de nuestros días: pa­
ra los problemas médicos, económicos, sociales, nos
dirigimos a la ciencia como a una instancia casi sal-
vífica.
Pero el significado del término ciencia en la S a ­
grada Escritura es diferente. El mismo término h e­
breo del texto de Isaías 11,12 -d el que hemos par­
tido-, “Espíritu de conocimiento y de temor del
Señor”, se refiere, sobre todo, al conocimiento de
Dios. El futuro Mesías conocerá al Señor, como pi­
de en tantas ocasiones la Biblia: “Reconoced que el
Señor es Dios” (Sal 100,3); “el conocimiento del

58
Señor llenará el país como las aguas cubren el mar”
(Is 11,9); “quiero amor, no sacrificios; conocimiento
de Dios, y no holocaustos” (Os 6,6).

La ciencia como don del Espíritu es el conoci­


miento de Dios y de todas las cosas creadas en su
relación con Dios.

Es, por consiguiente, en este sentido en el que


hablamos del don espiritual de la ciencia, es decir,
de la capacidad de referir a Dios todas las cosas del
mundo, yendo más allá de las apariencias, compren­
diendo el valor simbólico, relativo, de toda criatura
con relación a la existencia y el misterio de Dios,
que ha creado todo.

Este don de ciencia es extremadamente impor­


tante. Quisiera a este respecto repetir las palabras
que he usado en mi carta pastoral Tres relatos del
Espíritu: gracias al don de ciencia nacieron los
grandes sistemas teológicos de la historia de la fe, y
el cristianismo es capaz de contribuir a la búsqueda
del significado último y de las urgencias penúltimas
frente a las cuestiones y los desafíos culturales y éti­
cos más diversos. Este don de ciencia tiene, por
consiguiente, un gran relieve cultural, ético y social.
Gracias a la ciencia de la fe es posible aprehender los
signos de los tiempos y los gérmenes evangélicos que
están presentes por doquier, incluso en las situacio­
nes aparentemente más cerradas a la luz de la verdad

59
revelada. Gracias a la ciíencia es posible compren-
'-xler las necesidades conccretas de una determinada
comunidad y diseñar para ella un adecuado proyecto
pastoral.
Pero no debemos penisar que se trata de un don
reservado a los estudioscos y científicos, aunque es
ciertamente necesario p^ara ellos. Es un.daa-bautis'
mal de todos los fieles, yy, a menudo, como ocurre
con el resto de los otros (dones, se encuentra en las
personas más humildes^
El ejemplo que tal vejz nos provoca con mayor
fuerza es la figura del santto cura de Ars, párroco en
este pueblecito, cerca de>. Lyon, en el siglo pasado.
No era ni muy culto ni ttampoco muy inteligente,
pero atraía hacia él a todla Francia y sabía explicar
con extrema simplicidad |y profundidad los miste­
rios de Dios; conocía a fcondo las necesidades de la
gente y leía en sus corazosnes. C ito una frase suya a
propósito del don de ciem cia:

“U n cristiano movúido por el Espíritu Santo sabe


distinguir. El ojo del rmundo no ve más allá de la
vida, así como mi ojo ¡ no ve más allá de este muro
cuando se cierra la pueerta de la Iglesia; pero el ojo
del cristiano ve hasta eel fondo de lo eterno”.

El don de sabiduría esttuvo presente de manera


muy particular en la jovem Teresita del Niño Jesús,

60
la santa carmelita, proclamada el 19 de octubre por
el papa “doctora de la Iglesia”, es decir, “científica”
de la ciencia de Dios, conocedora y maestra autén­
tica de las cosas de Dios. En 1896, cuando ya había
entrado en la oscuridad de la fe, en la “noche del
espíritu”, escribía:

“No crea que navego en la consolación, ¡no! Mi


consuelo no está en la tierra. Sin mostrarse, sin ni
siquiera escuchar su voz, Jesús me instruye en el
interior: no por medio de libros, porque no
entiendo lo que leo, sino, en ocasiones, se trata de
una palabra como ésta que he encontrado al final
de la oración (tras haber permanecido en el silen­
cio y en la aridez) y que viene a consolarme: ‘Mira
el maestro que te doy; te enseñará todo cuanto
debes hacer. Quiero hacerte leer en el libro de la
vida, donde se contiene la ciencia del Am or’”.

Y exclama:

“La ciencia del Amor, ¡oh, sí! La palabra resuena


dulce en mi alma; sólo deseo esta ciencia. Por ella,
incluso habiendo entregado todas mis riquezas,
pienso, como la esposa del Cantar, que aún no he
entregado nada” (Manuscrito autobiográfico B, a la
hermana sor María del Sagrado Corazón, n2 241). ■

Somos, por tanto, invitados a preguntarnos por


la ciencia del amor y por el don de consejo.

61
Tres preguntas para
el m om ento de silencio

^ Ju g ie ro ahora, como es habitual, tres preguntas.

1. He dicho que el don de consejo está relaciona­


do co n el gozo interior, con la alegría. ¿Qué es lo
que da una alegría profunda, espiritual, a mi vida?
¿Qué pienso cuando oigo hablar de la alegría del
corazón? ¿Qué momentos, qué sueños, me vienen
a la mente?
A l responder a la pregunta, aprenderemos a
conocernos y a saber si nuestra alegría procede del
Espíritu Sarvto, que nos impulsa a hacer el bien,
que infunde serenidad, certeza y solidez a nuestras
acciones.

2 . He subrayado la relación entre el don de consejo


y la complejidad del mundo actual -complejidad ética,
jurídica, social y cultural-. ¿Me asusta esta comple­
jidad? ¿Busco tal vez refugiarme en la lamentación
o en la crítica, soñando con un mundo diferente?
¿O trato, con la ayuda del Espíritu, de discernir el
bien allí donde se encuentre, para dar gracias a Dios
y para acogerlo y promoverlo?
El don de consejo nos impulsa a buscar el bien
porque Cristo ha resucitado y vive en medio de

62
nosotros, y, por tanto, propone, propugna y pro­
mueve el bien.

3. Teniendo en cuenta que la ciencia de Dios es


también ciencia del hombre y que existe una cien­
cia del hombre evangélico que hay que aprender a
conocer, a declinar en nuestra propia vida, me pre­
gunto: ¿Me dejo guiar por la ciencia auténtica del hom­
bre, por la ciencia que se halla en el Evangelio1 ¿Me
dejo guiar, dándoles su justo valor, por actitudes
como las de orar por los enemigos, saber perder
para ganar, preferir'la gratuidad a la ganancia, pre­
ferir el desinterés al interés?
Ésta es la verdadera ciencia del hombre, la antro­
pología evangélica. Todos son aspectos de la ciencia
del Evangelio que el Espíritu Santo comunica a los
creyentes para suscitar el hombre nuevo, la nueva
criatura que viva en el Espíritu, en la filiación
divina, con la certeza de la eternidad, mirando al
futuro con fe y esperanza.
Oremos para que se derrame sobre nosotros la
abundancia de todos los dones del Espíritu.

63
5. Inteligencia y fortaleza

n estos días celebra el papa Juan Pablo II el


E vigésimo año de su pontificado. Nos sentimos
cercanos a él en la oración y pedimos para él la
abundancia de los dones del Espíritu Santo, en
particular de los dones de la inteligencia y de la
fortaleza, de los que hablaremos en esta última
meditación de nuestros ejercicios.

La inteligencia es un don apreciado por todos; to­


dos quisiéramos tenerlo; algunos piensan que lo tie­
nen más que otros. Nadie puede decir: “A mí no me
interesa”. Es tan ambiciosa la inteligencia que in­
cluso pensamos en producirla artificialmente. Pero
¿qué entendemos, al catalogar los siete dones, por
don del intelecto, de la intuición o de la in­
teligencia?

Trataremos de comprenderlo junto con el don de


la fortaleza. También el término fuerza está de moda,
sobre todo como fuerza física o apariencia física; ha­
blamos bastante de la salud, de la sanidad como va­
lor irrenunciable, absoluto, totalmente deseable; se
habla frecuentemente de esa versión elegante y refi­
nada de la fuerza física que es el fitness, la realización
elegante de las propias capacidades físicas. Se habla

65
además de fuerza política, militar, contractual. Por
el contrario, apenas se habla de la fuerza moral o de
la fuerza de ánimo, que parece una rara mercancía
en estos tiempos de conformismo.

Es precisamente de esta fuerza de ánimo, don del


Espíritu, de la que queremos tratar conjuntamente
con el don del intelecto, para comprender cómo se
hallan en Jesús y cómo se nos dan los cristianos.

I. El don de la inteligencia
en Jesús y en los cristianos

J eo dos fragmentos del evangelio de Lucas.

“Jesús dijo: ‘El Hijo del hombre debe sufrir


mucho, ser rechazado por los ancianos, por los jefes
de los sacerdotes y por los maestros de la ley; ser eje­
cutado y resucitar al tercer día’. Entonces se puso a
decir a todo el pueblo: ‘El que quiera venir en pos de
mí que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz
de cada día y me siga’” (9 ,2 2 -2 3 ).

A esta primera predicción de la pasión sigue una


segunda:
“Todos estaban admirados de las cosas que
hacía. Entonces dijo Jesús a sus discípulos. ‘Vosotros
escuchad atentamente estas palabras: El Hijo del

66
hombre va a ser entregado en manos de los hom­
bres’. Pero ellos no entendían lo que quería decir;
les resultaba tan oscuro que no llegaban a com­
prenderlo, y tenían miedo de hacerle preguntas
sobre ello” (9,43b -45).

1. Sobre todo, lo que se dice es que el H ijo del


hombre debe sufrir mucho. Se trata, por tanto, de
un misterio divino, de una orden divina que, sin
embargo, no es, como a veces se piensa, una pre­
destinación casi perversa (es absolutamente nece­
sario que sufra), sino la consecuencia del amor.
Jesús vive totalmente para el Padre, para los demás,
e intuye con toda claridad hacia dónde le llevará su
amor en un mundo perverso. Este debe indica la
profunda intuición de Jesús sobre lo que le ocurrirá
al vivir con total dedicación al Padre y a los hom­
bres en un mundo de pecado. Debe sufrir mucho. Y
esto repugna al hombre, a todos nosotros.

Pero no se trata sólo de sufrir, sino también de


ser rechazado; un sufrimiento que alcanza a todas las
dimensiones de la persona: no sentirse aceptado,
sentirse malquerido, aplastado y eliminado por la
sociedad. Pero no por cualquiera, sino por las auto­
ridades civiles, religiosas y culturales -ancianos,
sumos sacerdotes y escribas-. Es como decir que
Jesús ya no tiene ningún espacio para vivir.

Finalmente, debe ser ejecutado, rechazado hasta

67
ser eliminado. Y después, resucitar, que es lo que da
un vuelco a todo.

En las palábras de Jesús contemplamos su inteli­


gencia del misterio de Dios, que es amor hasta la
muerte y victoria de la vida a través de la muerte.
Jesús intuye y comprende hasta el fondo todo esto.
Se trata de su don, de una actitud de profunda inte­
ligencia de los misterios de Dios, del hombre y de
la historia.

2. Frente a la lucidez de la inteligencia de Jesús


notamos la incapacidad de comprensión de los dis­
cípulos; más aún, su deseo de no comprender, por­
que hasta tenían miedo de hacerle preguntas.
Los dos fragmentos de Lucas ponen en eviden­
cia un contraste entre dos actitudes: por una parte,
la intuición que Jesús tiene de su destino, del mis­
terio del Reino, del misterio del amor hasta la
muerte, del misterio de la victoria de la vida sobre
la muerte; por otra, la falta de inteligencia y la
resistencia de los hombres a comprender, e incluso
la resistencia de los propios discípulos.
Nos preguntamos: ¿por qué tanta resistencia? La
explicación se nos da en el v. 23 del texto evangé­
lico: “El que quiera venir en pos de mí que renun­
cie a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día
y me siga”.

68
^ El hombre advierte, tal vez en su inconsciente,
que si entra en la intuición de Jesús, en el misterio
del amor, de la cruz y de la muerte, deberá recorrer
un camino semejante al suyo, cargando con la cruz
cada día y siguiéndolo. Es por esto por lo que nos
resistimos inconscientem ente a la inteligencia
espiritual. Preferiríamos no tenerla, no saber,
andar a ciegas. Y, sin embargo, esta inteligencia es
un don excelente del que tenemos una gran nece­
sidad.

Lo necesitamos para comprender los misterios


divinos, la relación entre la Cruz y la Trinidad,
entre la Cruz y la paternidad de Dios; para poder
intuir, en este misterio divino, el misterio de nues­
tra vida y nuestra muerte. Sin este don, no lograre­
mos mirar hacia delante con valentía.

Lo necesitamos para comprender cómo el miste­


rio de Dios se revela en nuestro tiempo; para com­
prender cómo está escondido en nuestro tiempo y,
.sin embargo, cómo podemos encontrarlo; para
comprender cómo Jesús, crucificado y resucitado,
vive entre nosotros y podemos encontrarlo; para
comprender cómo el Espíritu actúa en nosotros y
podemos dejarnos vivificar por él.

Esta inteligencia de nuestro tiempo, visitado y


amado por Dios, es extremadamente importante
para no perder el ánimo ante fenómenos como el

69
secularismo o la indiferencia religiosa, fenómenos
que parecen convertir en desierto nuestra sociedad.
Podemos décir, con una imagen, que la inteli­
gencia de los misterios de Dios en nuestro tiempo
es el don de descubrir los jardines, los espacios ver­
des, los ramilletes de hierba que crecen entre las
piedras; y darles el aire, el agua y el sol que necesi­
tan para que crezcan mejor, nos alegren y transfor­
men el rostro marchito de nuestra sociedad.
—■7 Resumiendo, el don del intelecto espiritual es fun­
damental para dar claridad, fuerza y serenidad a nues­
tra acción; para descubrir entre las arrugas de la vida
cotidiana la presencia del Padre, del Hijo y del Espí­
ritu Santo y para contemplar en nuestras cruces la
presencia del Resucitado.

II. El don de fortaleza


en Jesús y en los cristianos

A
compañando al don de inteligencia está el don
de fortaleza, de la fuerza moral, de ánimo, el
último de los dones sobre el que queremos meditar.

1. La fortaleza de Jesús aparece, sobre todo, en su


actitud ante la muerte.
“Hacia el mediodía las tinieblas cubrieron toda la

70
región hasta las tres de la tarde. El sol se oscureció y
el velo del templo se rasgó por medio. Entonces Jesús
lanzó un grito y dijo: ‘Padre, en tus manos entrego mi
espíritu’. Y dicho esto, expiró” (Le 23,44-46).

Se produce una gran oscuridad sobre la tierra; to­


do está envuelto en la angustia y en el miedo; el velo
del templo se rasga, es decir, caen las seguridades de
las instituciones humanas, y Jesús mira cara a cara
a la muerte con un grito de abandono confiado.
Incluso ante la muerte, vive el misterio del Padre,
de la paternidad, en cuyas manos está su vida.
:;>La fortaleza de Jesús es la victoria sobre el miedo a
la muerte y a cualquier otro mal, porque es cons­
ciente de estar en los brazos del Padre que nunca le
abandona.

2. Éste es el significado del don de la fuerza de


ánimo para los cristianos. La fortaleza es el don que
nos da la capacidad de profesar la fe en medio de las
cgntradicciones y de los peligros. El caso más compro­
metido de la fortaleza es el martirio, la superación
del temor a la muerte porque nos encontramos en
las manos de Dios.
San Ambrosio tenía en gran estima a los márti­
res; por esta razón se hizo sepultar aquí, al lado de
los mártires Gervasio y Protasio. El estimaba la for­
taleza como un gran don, como patrimonio espiri­

71
tual de una antigua grandeza en cuyos lados quería
descansar.
El don d» fortaleza es el don que perfecciona la
virtud de la esperanza llevándola hasta el heroísmo,
al desprecio de la muerte, a la superación del miedo
a morir.
Nunca rezaremos bastante para lograr los dones
de inteligencia y de fuerza de ánimo, que se nos
entregan precisamente mediante la oración.
Escuchemos, en este sentido, unas palabras de
Teresita del Niño Jesús, que escribió a lápiz en los
últimos meses de su vida:
“Dijo un sabio: ‘Dadme una palanca, un punto
de apoyo, y levantaré el mundo entero’. Esto que
Arquímedes no logró, porque su petición no se
dirigía a Dios y estaba expresada sólo desde un
punto de vista material, lo han conseguido plena-
mente los santos. El O m nipotente les entregó
com o punto de apoyo a él mismo y solamente a él;
com o palanca, la oración que inflama con fuego
de amor, y es así como pudieron levantar el
mundo; es así como lo levantan los santos de la
Iglesia militante y lo seguirán levantando los futu­
ros santos, hasta el fin del mundo” (Manuscrito
autobiográfico C , na 338).

Ésta es la oración por la que se adquiere inteli'


gencia y fortaleza. Estas se adquieren gracias al
Señor, como nos enseña san Pablo en la carta a los

72
Efesios: “Pedid que el Señor os conforte con su
fuerza poderosa” (6,10).

Ésta es la fuerza que necesitamos especialmente


para profesar nuestra fe en un ambiente hostil y en
un mundo indiferente. Sabemos que la gran tenta­
ción para un chico o una chica que se asoman a la
vida es el miedo de comportarse de manera dife­
rente a la del grupo, de ser objeto de burla de los
compañeros, de no actuar como los demás. Esto
explica los abandonos, las deserciones, las huidas
del oratorio de tantos chicos. No tienen la valen­
tía, la fuerza de ir contracorriente.

Todos tenemos necesidad del don de fortaleza, y


por eso debemos pedirlo en oración para nosotros y
parados demás.

>La fuerza de ánimo es además especialmente


necesaria en las pruebas de la vida, los sufrimien­
tos, las enfermedades, las separaciones, es decir, en
todas aquellas situaciones en las que nuestra debi­
lidad parece insuperable. A este respecto, quisiera
citar una frase de Cristina, la joven que murió de
cáncer a los 26 años, de la que ya os he hablado.
Escribe en su Diario:
“Jesús, no logro sostenerte en la cruz, porque ya
no te siento. N o obstante, toma mis miedos y mi
malestar y salva a alguien, así no será inútil. Te lo
ofrezco aunque en este momento ya no te sienta.

73
Sé que tú estás y, aunque ya no puedo aguantarlo
más, trataré de encontrar fuerza”.

A l escuchar estas palabras de Cristina, que son


palabras de nuestro tiempo, podemos exclamar:
“¡Realmente, está presente hoy en muchas personas
el Espíritu Santo, con sus dones de inteligencia y
fortaleza!”.

Tres reflexiones conclusivas

stamos finalizando nuestros encuentros vesper­


E tinos. Os agradezco vuestra presencia en San
Ambrosio y también la presencia de innumerables
rostros y corazones unidos a nosotros mediante la
televisión y la radio. He percibido, gracias a vo­
sotros, el aliento vivificante del Espíritu de Dios.
Quisiera concluir con tres reflexiones que me
han surgido a lo largo de estos días.
La primera es una objeción: hablamos tanto del
Espíritu..., pero ¿dónde se encuentra?
La segunda es una reflexión sintética: ¿qué es lo
que hace la síntesis entre los siete dones del Espíritu
(y de muchos otros, porque “siete” es sinónimo de
setecientos y de siete mil dones)?
La tercera es una constatación que presento en

74
último lugar porque podría ser incluso el fruto de
nuestros ejercicios.

1. La objeción. Cada tarde, al regresar a casa,


después de mi charla, advertía que nacía y crecía
en mí una dificultad que tal vez crecía también en
vosotros: si realmente existen los dones del Espíritu,
¿cómo es posible que la acción de los cristianos sea
tan laxa, incierta e incoherente? ¿Cómo hay tanta
necesidad de pedir perdón por nuestras faltas histó­
ricas -co m o lo ha hecho el papa-, si el Espíritu nos
asistía?

Nos hallamos en un punto nuclear de los ejerci­


cios. Si, efectivamente, los hemos concluido, es con
la conciencia sufriente de que muchos cristianos
no tienen en cuenta al Espíritu Santo, no toman
en serio sus mociones, sus sugerencias; no se entre­
gan a sus dones ni lo reconocen en su vida.

Éste es el gran sufrimiento de la Iglesia: que el


Espíritu Santo, tan rico en sus dones, sea el gran
desconocido n o tanto desde el punto de vista doc­
trinal cuanto en la práctica. Es tanta la gente -q u i­
zás también nosotros mismos- que se mueve por su
propia cuenta, que cuenta sólo con sus fuerzas, que
piensa tener todo en sus manos... Así, los dones del
Espíritu no pueden manifestarse y permanecen iner­
tes, asfixiados.

75
U n primer fruto de nuestros encuentros vesper­
tinos que realmente os deseo a todos es que perci-
bamos, que tomemos conciencia de que tenemos los do­
nes del Espíritu; de que un cristianismo espiritual
es un cristianismo que se deja mover no por razo­
nes humanas o por conveniencias sociales y polí­
ticas, sino por el Espíritu de Dios. Este es el sen­
tido de toda mi carta pastoral Tres relatos del
Espíritu: dejémonos mover por los dones, no espe­
remos sentir la posesión de la fuerza, de la inteli­
gencia o de la sabiduría; no nos bloqueemos pen­
sando que no los tenemos. Pero tampoco nos
arrojemos a la acción como si todo dependiese de
nosotros mismos. Invoquemos al Espíritu y proce­
damos con la certeza de que El viene en ayuda de
nuestra debilidad.

Realmente, quisiera que naciese de estos ejerci­


cios la conciencia de un cristianismo espiritual cuya
fuerza motriz y fundamental fuera el Espíritu de Jesús
resucitado.

2. La reflexión sintética: ¿existe una visión sin­


tética de los siete dones, una palabra que unifique
a todos?

Ciertamente. Todos son dones del Espíritu que


nos hace hijos en el Hijo Jesús. La síntesis es, por tan­
to, la paternidad divina, el ser hijos de Dios en Jesús,

76
en plenitud, alegría, creatividad y entusiasmo. Se
trata, por consiguiente, de participar en la sabidu­
ría, la inteligencia, el consejo, la fuerza de ánimo,
de temor de Dios, de ciencia y de piedad de Jesús,
tomando conciencia de que también somos noso­
tros hijos, de que en Jesús podemos dirigirnos a
Dios como Padre. Sólo entonces podemos ver todo
en relación con El, con auténtica sabiduría; nos
podemos mover así con libertad, fortaleza e inteli­
gencia entre las realidades de este mundo, viendo
en todas ellas un don del Padre y un camino hacia
el Padre. De aquí proceden todas las riquezas de
ciencia, de piedad y de temor de Dios concedidas a
los hijos.

La síntesis, por tanto, puede expresarse con la


oración del Padre nuestro.

3. La tercera reflexión, como último fruto de los


ejercicios, es llegar a tener una idea grande, noble
y excelente de la vida cristiana en la perspectiva
del Espíritu.

La vida bautismal, con las virtudes de la fe, la


esperanza y la caridad, y con los dones de sabiduría,
inteligencia, fuerza de ánimo..., que acompañan
estas actitudes fundamentales de la existencia, no
es una vida mediocre, arrastrada, triste, a media luz;
por el contrario, es una vida digna, rica, alegre, li­

77
bre, siempre nueva y llena de frescura, atenta a los
demás, atenta a Dios sin olvidar a los otros. Y, efec­
tivamente, se. trata de la única propuesta de una
vida rica y completa que el mundo contemporáneo
puede ofrecer. Porque se trata de la misma vida de
Jesús en nosotros, de la vida del Espíritu que
engrandeció a san Ambrosio, que engrandeció el
alma humilde y sencilla de Teresita del Niño Jesús;
es la vida en el Espíritu que nos llama a todos a la
grandeza de ánimo y a la nobleza de la existencia.
Es la vida que nos deseamos mutuamente, con la
que queremos servir a nuestra sociedad introdu­
ciendo en ella la fuerza nueva del Espíritu para uti­
lidad de todos. Es el sueño pastoral de Ambrosio,
que aún es el sueño pastoral de nuestra Iglesia: qui­
siéramos que esta fuerza, inteligencia, sabiduría,
conocimiento, consejo, temor de Dios y piedad
fueran comunicados a todos.
Oremos intensamente para que el fuego del
Espíritu arda no sólo en nuestros corazones, sino que
caliente e ilumine los corazones de toda nuestra
sociedad.

78
Apéndice

Decálogo para un exam en


de conciencia comunitario

uisiera convocar a todas nuestras comunidades


-parroquias, asociaciones, grupos, movimien­
tos- al siguiente examen de conciencia, para que se
sometan, libre y generosamente, al juicio de la Pa­
labra de Dios y se abran al aliento del Espíritu.

1. Sé una comunidad de fe alimentada por la fe de


toda la Iglesia; vive en la adhesión incondicional del
corazón y de la vida al Dios viviente, c¡ue nos ha
hablado en Jesucristo. Cultiva la rectitud de intencio­
nes; sé alegre en la aflicción, pronta en la misericordia
hacia los alejados y los cercanos.

¿Es tu fe la de la Iglesia católica? ¿Vives inten­


samente la adhesión al Dios viviente que la Iglesia
te ha ayudado a encontrar? ¿Eres una comunidad
que escucha la Palabra con fe, que celebra la litur­
gia divina y da testimonio del Evangelio del Señor
Jesús? ¿Cómo vives las bienaventuranzas de los

79
puros de corazón, de los que sufren, de los miseri­
cordiosos?

2. Sométete a ¡a Palabra de Dios en ¡a oración inte-


rior y en la comunión con tus pastores, para ser una
comunidad rica en inteligencia espiritual, capaz de rea­
lizar la síntesis en medio de la fragmentación y confu­
sión de nuestro tiempo.
¿Cómo vives la inteligencia espiritual? ¿Estás
dispuesta a someterte a la Palabra de Dios? ¿Te
dejas cuestionar por ella? ¿Eres en tu interior una
“escuela de oración” y de lectio divinal ¿Te adhieres
sinceramente al magisterio de los pastores? ¿Mides
la inteligencia relacionada con tu carisma y tus
maestros interiores, con el intelecto de la fe cató­
lica y con la guía a la inteligencia de las Escrituras
ofrecida por el papa y los obispos?

3. Sé una comunidad deseosa de crecer en la cien­


cia de la fe, alimentada por maestros sólidos, que sean
voces de la sinfonía de la verdad que ilumina y salva,
presente en la variedad y riqueza de los testimonios
dados en toda la comunidad católica, en el tiempo y en
el espacio, en el pasado y en el presente. Sé una comu­
nidad que escriba y realice un plan pastoral en fidelidad
al Espíritu.
En todas nuestras comunidades es necesario
abrirse al don del Espíritu Santo en comunión con
toda la Iglesia: ¿eres una comunidad que se ali­

80
menta de la ciencia de la fe? ¿Cuidas la formación
catequética y teológica de todos tus miembros? ¿Te
preocupas de escuchar a los maestros de teología y
de experiencia espiritual que el Espíritu suscita en
la Iglesia y que ella te propone o recomienda? ¿Estás
atenta a los proyectos pastorales?

4. Sé una comunidad dócil al don de consejo,


respetuosa con los caminos personales de maduración
espiritual y dispuesta a ayudar a cada uno a vivir
en libertad sus propias opciones, bajo la acción del
Consolador y con la ayuda de personas sabias e inte-
nórmente Ubres.

¿Eres una comunidad que aprecia y promueve el


don de consejo? ¿Respetas y valoras los itinerarios
de maduración personal de las conciencias incluso
cuando pueden crear problemas al camino comu­
nitario? ¿Alientas a todos los miembros de la
comunidad a la práctica de la dirección espiritual,
dirigida especialmente por personas que sean sufi­
cientem ente libres respecto a la tentación de abso-
lutizar la pertenencia al grupo? ¿Eres consciente de
que tu movimiento o grupo es “un camino”, uno
de tantos dentro de la Iglesia? ¿Y que este “camino”
es realmente eclesial sólo cuando reconoce que
también otros “caminos” son, o pueden ser, voca­
ciones de Dios y que sin ellos no está completo el
plan salvífico en la Iglesia de hoy?

81
5 . Sé una comunidJad viva d e esperanza, capaz de
testimoniar a todos y esn todas ocasiones la grandeza
de las promesas de Diops, que nos libera de toda cárcel
de b s males del presenttte y del m iedo a la muerte y nos
hace mirar hacia a d e la n te con confianza, con desapego
de los bienes terrenos o ~>del dinero y con una seguridad
superior a todo error, p e rse c u c ió n o derrota.

¿Eres una comunidad I rica en esperanza? Ante


tantos males del p resentte, ¿m antienes en alto la
capacidad de mirar, siemppre y en todos los aspectos,
el horizonte de lo que EPios nos tiene preparado?
¿Das testimonio de la essperanza a cuantos llegan
hasta ti? ¿Vives la alegría i de quienes esperan en el
Señor? ¿Vives la bienavernturanza de los pobres de
espíritu, de los que tienen i hambre de justicia, de los
perseguidos?

6. Sé una comunicdad que vive bajo la mirada


de Dios, deseando agrandarle en todo sólo a Él y, por
tanto, vigilante y com prom etida en el temor de su santo
nombre, libre de cálculoss y valoraciones exclusivamente
mundanas.

¿Qué lugar ocupa el tennor de D ios en tus valora-


ciones y en tus proyectos? ¿Eres una comunidad que
se deja juzgar por el Señor,, preocupada por agradarle
en todas las cosas? ¿Te evallúas co n las exigencias del
Evangelio y del seguim iento de Jesús o te dejas, en
ocasiones, fascinar por el é x ito mundano?

82
7. Sé una comunidad fuerte en la esperanza, perse­
verante en el camino que Dios ha trazado para ti y que
la Iglesia ha confirmado mediante sus pastores; libre y
valiente en la fidelidad y el testimonio, aunque sea cos­
toso; liberadora para los de dentro y para quienes se
aproximen a ti, con el don de la plena libertad que pro­
cede del Señor.

¿Eres una comunidad fuerte en esperanza? ¿Eres


constante en tus caminos, perseverante en tu fideli-
dad a la llamada de Dios? ¿Eres digna de confianza?
¿Te mantienes fiel a los compromisos asumidos, aun­
que te cueste y te exija fuertes sacrificios?

8. Sé una comunidad viva y activa en la caridad,


abierta, capaz de gestos concretos de reconciliación, aco­
gedora y generosa con todos los hermanos y hermanas de
fe, aunque sean diferentes de ti, dispuesta a habilitar un
espacio para el otro, quienquiera que sea y de donde
venga, recibiéndolo con respeto y amor y ofreciéndole
con gratuidad el don que Dios te ha regalado. Perdona
magnánimamente con alegría, trabaja con todas tus
fuerzas para la pacificación de los corazones.

¿Eres una comunidad abierta? ¿Eres acogedora y


generosa? ¿Respetas la diversidad que existe en la
Iglesia no sólo de palabra, sino con hechos y since­
ramente? ¿Eres abierta y acogedora con el que se
acerca a ti desde fuerza y que está en búsqueda del
rostro de Dios y desea encontrarse con Jesucristo?
¿Estás dispuesta no a servirte de la Iglesia, sino a ser­

83
virla, para que crezca el Reino de Dios, aunque tú
tengas que desaparecer? ¿Cuál es tu mansedumbre
ante la incomprensión y las ofensas? ¿Cuál es tu ser-
vicio a la comprensión y a la paz?

9. Sé una comunidad rica en piedad, enamorada de


Dios y deseosa de responder a su amor con un amor
humilde pero tierno, apasionado y dispuesto a acompa -
ñar su dolor y su alegría en todo momento.
Una comunidad de fe, esperanza y caridad se
deja reconocer particularmente por su piedad.
¿Eres una comunidad entregada a adorar y venerar
a Dios en todas tus opciones? ¿Alimentas a tus
miembros con esta ternura por Dios, que es el fruto
de un gran amor recibido de lo alto y que debe ser
dado con total gratuidad? ¿Das testimonio en este
mundo de la urgencia de amar al Señor sobre todas
las cosas, con todo el corazón, con toda tu mente y
con todo tu ser?

¡ 0. Sé una comunidad rica en sabiduría espiritual,


capaz de medir y vivir todo bajo el primado de la cari'
dad que procede de Dios y nos hace participar en la
vida de Dios; más que hacerte tu propio camino en
este mundo, haz un camino para El y para su amor
infinito.
¿Eres una comunidad que vive la experiencia del
amor y la sabiduría de la cruz? ¿Realizas en todo el
primado de la caridad? ¿Te dejas amar por Dios para

84
ser acogedora y amorosamente generosa con cada
uno de tus miembros?

85
y

Indice

1. LA PIED A D .......................................................................... 7
M otivos y objetivos
de los ejercicios e s p ir itu a le s .................................... 7
El tem a de los e je r c ic io s ............................................. 9
I. M ed itación fu n d a m e n ta l....................................... 10
II. El don de la p ie d a d .................................................. 14
III. U n breve e x a m e n de c o n c i e n c i a ....................18

2. LA S A B ID U R ÍA ...................................................................21
I. L a sabiduría de J e s ú s ................................................22
II. La sabiduría del c r i s t i a n o .....................................26
III. La sabiduría de la c r u z ............................................ 27
IV. E l d on de la sabiduría...............................................28
V. La e s t u l t i c i a .................................................................31
Tres preguntas para el tiem po de silencio . . . . 34

3. EL TEM O R DE D I O S ........................................................37
I. Jesús vive el te m o r de D ios.....................................4 0
II. Jesús infunde t e m o r ................................................41
III. El don del te m o r de D io s .....................................44
Tres preguntas p ara el tiem po de silencio . . . . 48

87
4. CO N SEJO Y C I E N C I A .................................................51
I. El d on de con sejo en J e s ú s ..................................51
II. El don de cop sejo en el c r is tia n o ....................54
III. El d on de c i e n c i a .................................................. 58
Tres preguntas para el tiem po de s i l enc i o. . . . 62

5. IN TELIG EN CIA Y F O R T A L E Z A ............................ 65


I. El d on de la inteligen cia en Jesús
y e n los cristian o s..................................................... 66
II. El don de fortaleza en Jesús
y en los cristian os..................................................... 70
Tres reflexiones c o n c lu s iv a s .................................... 74

A P É N D IC E .............................................................................. 79
D ecálogo para un exam en
de co n cie n cia c o m u n ita rio ....................................... 79

88
Colección SURCOS

J. L- Martín Descalzo
1 - TESTAMENTO DEL PÁJARO SOLITARIO

N. J. Tonin
2 - CON EL CORAZÓN ABIERTO
(Psicología y espiritualidad)

R. Schnackenburg
3 -EL CAMINO DE JESÚS
(Meditaciones sobre la crónica de un viaje escrita por san Lucas)

Cario Maria Martini


4 -AL ALBA TE BUSCARÉ

A. Sève
5 -INVENTAR EL OTOÑO
(Meditaciones para la tercera edad)

F. Núñez Uribe
6 - EL SAN NUESTRO DE CADA DÍA

J. L. Martín Descalzo
9 -NACIDO DE MUJER

Cario Maria Martini


12 - LA RADICALIDAD DE LA FE

L. Boff
17 - UN COMPROMISO LIBERADOR
(Selección de textos sociales)
J. Garrido
1 9 -NI SANTO NI MEDIOCRE
(Ideal cristiaho y condición humana)

V. Elizondo
2 0 -VÍA CRUCIS
(La pasión de Cristo en América Latina)

Carlo Maria Martini


21- DOS PEREGRINOS POR LA JUSTICIA

A. Fascianelli
2 4 -ADMIRARSE DE LA VIDA

Carlo Maria Martini


25 - ORACIÓN Y CONVERSIÓN

Carlo Maria Martini


26 - LAS CONFESIONES DE PEDRO
(Meditaciones sobre el camino vocacional del apóstol)

J. Mauleón
27 - PALABRAS AL AMANECER
(Saludos en Radio Nacional)

A. de Mello
28 - CAMINAR SOBRE LAS AGUAS

M. de C. Azevedo
29 - VIDAS CONSAGRADAS
(Caminos y encrucijadas)

Carlo Maria Martini


30 - TÚ ME SONDEAS Y ME CONOCES
Cario María Martini
32 - PARA TI TOCARÉ EL ARPA DE DIEZ CUERDAS

R Finkler
34 - AL ENCUENTRO DEL SEÑOR

Cario María Martini


35 - GUÍAS EN EL DESIERTO
(Moisés, Pedro, Ignacio y... nosotros)

Cario María Martini - G. Barrette


36 - Y EL DISCÍPULO LA ACOGIÓ EN SU CASA
(María y los "afectos" del discípulo)

A. de Mello
37 - CUERPO Y ALMA EN ORACIÓN
(Métodos y prácticas)

Cario María Martini


38 - “SÓLO DIOS BASTA”
(La oración en la vida del Pastor)

Cario María Martini - Hno. Roger


39 - EN EL MISTERIO DE LA TRANSFIGURACIÓN

F. Núñez - P. M“ Zalbide - J. Mauleón - S. Gil de Muro


40 - LA FELICIDAD NO ES COSA DE TONTOS

Cario María Martini


41 - ¿POR QUÉ JESÚS HABLABA EN PARÁBOLAS?

Anselm Grün
42 - /CÓMO ESTAR EN ARMONÍA CONSIGO MISMO?
(Caminos espirituales hacia el espacio interior)
J. Mauleón
43 - SALMOS DE £YER Y HOY

Carlo Maria Martini


4 4 ' POR LOS SENDEROS DE LA VISITACIÓN
(La búsqueda de la voluntad de Dios en las relaciones de cada día)

Manuel Guerra Campos


45 - LA CONFESIÓN DE UN CREYENTE NO CRÉDULO

Cario Maria Martini y otros


46 - EN EL DRAMA DE LA INCREDULIDAD
con Teresa de Lisieux

C. Mesters
47 - CON JESÚS, ¿SÍ O NO?

P. M. Delfieux
48 - UN CAMINO MONÁSTICO EN LA CIUDAD
(Libro de Vida de las Fraternidades Monásticas de Jerusalén)

Anselm Grün
4 9 -EL GOZO DE VIVIR
(Rituales que sanan)

Juan Pablo II
50 - NO TEMAMOS A LA VERDAD
(Las culpas de los hombres y de la Iglesia)

Cario Maria Martini


51 - AL FINAL DEL MILENIO, ¡SOÑEMOS!

Carlo Maria Martini


52 - EL RETORNO AL PADRE DE TODOS
Anselm Grün
53 - RECUPERAR LA PROPIA ALEGRÍA

Carlo Maria Martini


54 - BUSCO UNA VERDAD. PALABRAS A LOS JÓVENES

Anselm Grün
55 - DESCUBRIR LA RIQUEZA DE LA VIDA

Virgil Elizondo
56 - VIRGEN DE GUADALUPE,
MADRE DE LA NUEVA CREACIÓN

Carlo Maria Martini


57 - EL ABSURDO DE AUSCHWITZ

Carlo Maria Martini


58 - EL FRUTO DEL ESPÍRITU EN LA VIDA COTIDIANA

Anselm Grün
59 - QUÉ ENFERMA Y QUÉ SANA A LOS HOMBRES

Neylor J. Tonin
60 - ORACIONES, SALMOS, ALABANZAS

Francisco Contreras
61 - A LA SOMBRA DE DIOS TRINIDAD

Cario Maria Martini


62 - ¿QUÉ BELLEZA SALVARÁ AL MUNDO?

Feliciano Blázquez
6 3 -JUANXXIII
Anselm Grün
64 - ORIENTAR PERSONAS, DESPERTAR VIDAS

Martin Padovani
65 - CÓMO SANAR SENTIMIENTOS HERIDOS

María Pilar de la Figuera


66 - ACARICIAR, ¿PROHIBIDO POR DIOS?

Anselm Grün - Christiane Sartorius


67 - PARA GLORIA EN EL CIELO Y TESTIMONIO EN LA TIERRA
La madurez humana en la vida religiosa

Francisco Contreras Molina


68 - SONETOS DE JESÚS CRUCIFICADO

Anselm Grün - Maria M. Robben


69 - ¡FRACASADO? ¡TU OPORTUNIDAD!

Carlo Maria Martini


70 - DONDE ARDE EL ESPÍRITU
Cario Maria Martini nos habla en esta oca­
sión sobre el Espíritu Santo y sus dones, una
extraordinaria riqueza que procede del bautismo
y de la confirmación y que puede estimulamos
a llevar una vida personal y comunitaria más
feliz y más bella.
El sueño de la Iglesia de hoy, como lo fue
hace muchos siglos el de san Ambrosio, creador
de la antropología del Espíritu Santo, es que los
dones de Este -fortaleza, inteligencia, sabiduría,
conocimiento, consejo, temor de Dios y pie­
dad- sean comunicados a todos; que su fuego
arda en nuestros corazones y caliente e ilumine
los corazones de nuestra sociedad.
La lectura de las reflexiones de Martini, que
nos habla de cómo el Espíritu Santo es el gran
desconocido para muchos cristianos no tanto
desde el punto de vista doctrinal como en la
práctica, se orientan precisamente a la consecu­
ción de ese sueño.
ISBN 84-8169-461-.

788481 694611

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