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Patakies

1) El documento presenta varios cuentos (patakies) sobre los orishas de la religión yoruba. 2) En uno, Orula es el único previsor que sembró ñames y tuvo comida durante el año, mientras los demás gastaban sin preocupación. 3) Otro relata cómo Orula le hizo una trampa a Olofin apostando a que el maíz tostado pariría con la ayuda de Eleguá y Shangó.

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Patakies

1) El documento presenta varios cuentos (patakies) sobre los orishas de la religión yoruba. 2) En uno, Orula es el único previsor que sembró ñames y tuvo comida durante el año, mientras los demás gastaban sin preocupación. 3) Otro relata cómo Orula le hizo una trampa a Olofin apostando a que el maíz tostado pariría con la ayuda de Eleguá y Shangó.

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PATAKIES

LA LETRA DEL AÑO

Olofin mandó a buscar a los Orishas para la ceremonia de apertura del año y todos


asistieron elegantemente vestidos. Orula, que llegó último, fue en ropa de trabajo y con
cuatro ñames en la mano, lo que ocasionó burlas y comentarios. La letra que salió decía
que iba a faltar la comida, pero como estaban en holganza económica se olvidaron de la
advertencia y comenzaron a gastar sin preocupación. Al final, tuvieron que pedirle
comida a Orula, que fue el único previsor, ya que sembró los ñames y tuvo comida todo
el año.

ORULA LE HACE TRAMPA A OLOFIN

Orula apostó con Olofin a que el maíz tostado paría. Olofin estaba seguro de que ello
era imposible, por lo que aceptó la apuesta en el convencimiento de que la ganaría.
Pero Orula llamó a Eleguá y a Shangó y se puso de acuerdo con ellos para ganarle la
apuesta a Olofin.

El día acordado, Orula acudió con un saco de maíz tostado y lo sembró en el terreno
escogido por Olofin. Después, ambos se fueron para el palacio de Olofin a esperar el
tiempo necesario. Esa noche Shangó hizo tronar en el cielo y ayudado por la luz de los
relámpagos, Eleguá cambió todos los granos por otros en perfecto estado.

Pasaron los días y una mañana Olofin le dijo a Orula que irían a ver si su dichoso maíz
tostado había parido o no. Como ya los granos que Eleguá había puesto comenzaban a
germinar, Olofin se quedó muy sorprendido y tuvo que pagarle lo apostado a Orula, el
que luego, en secreto, lo compartió con Shangó y Eleguá.

OSHUN Y ORULA

El rey mandó buscar a Orula, el babalawo más famoso de su comarca, pero el olúo se
negó a ir. Así sucedió varias veces, hasta que un día Oshún se ofreció para ir a buscar al
adivino.

Se apareció de visita en la casa del babalawo, y como de conversación en conversación


se le hizo tarde, le pidió que la dejara dormir en su cama aquella noche.

Por la mañana, se despertó muy temprano y puso el ékuele y el iyefá en su pañuelo.


Cuando el babalawo se despertó y tomó el desayuno que le había preparado Oshún,
ella le anunció que ya se tenía que marchar. Pero el hombre se había prendado de la
hermosa mulata y consintió en acompañarla un trecho del camino.

1
Caminando y conversando con la seductora mujer, ambos llegaron a un río. Allí el
babalawo le dijo que no podía continuar, pues cruzar debía consultar con el ékuele para
saber si debía hacerlo o no. Entonces Qshún le enseñó lo que había traído en el pañuelo
y el adivino, ya completamente convencido de que debía seguir a la diosa, pudo cruzar
el río y llegar hasta el palacio del rey que lo esperaba impacientemente.

El rey, que desde hacía mucho estaba preocupado por las actividades de sus enemigos
políticos, quería preguntar si habría guerra o no en su país, y en caso de haberla, quién
sería el vencedor y cómo podría identificar a los que le eran leales.

El adivino tiró el ékuele y le dijo al rey que debía ofrendar dos eyelé y oú. Luego de
limpiarlo con las palomas, fue a la torre más alta del palacio y regó el algodón en
pequeños pedazos; finalmente le dijo que no tendría problemas, porque saldría
victorioso de la guerra civil que se avecinaba, pero que debía fijarse en todos sus
súbditos, pues aquellos que tenían algodón en la cabeza le eran fieles.

De esta manera Obegueño, que así se llamaba el rey, gobernó en aquel país hasta el día
de su muerte.

ORULA SOMETE A IKU

El pueblo hablaba mal de Orula y le deseaba la muerte, pero Orula, que es adivino, se
había visto la suerte en el tablero con sus dieciséis nueces y había decidido que tenía
que hacer una ceremonia de rogación con un ñame, y luego, con los pelos de la vianda,
untarse la cara. Fue por eso que cuando Ikú vino por primera vez preguntando por
Orula, él mismo le dijo que allí no vivía ningún Orula y la Muerte se fue.

Ikú estuvo averiguando por los alrededores y se dio cuenta de que Orula lo había
engañado, por lo que regresó con cualquier pretexto, para observarlo de cerca, hasta
tener la certeza de que se trataba del sujeto que estaba buscando para llevarse.

Orula, cuando la vio regresar, ni corto ni perezoso, la invitó a comer y le sirvió una gran
cena con abundante bebida.

Tanto comió y bebió Ikú, que cuando hubo concluido se quedó dormida. Fue la
oportunidad que aprovechó Orula para robarle la mandarria con que Ikú mataba a la
gente.

Al despertar, Ikú notó que le faltaba la mandarria. Al pensar que sin este instrumento
ella no era nadie, le imploró a Qrula que se la devolviera.

Después de mucho llorar, Qrula le dijo que se la devolvería si prometía que no mataría a
ninguno de sus hijos, a menos que él lo autorizara. Desde entonces la Muerte se cuida
mucho de llevarse al que tiene puesto un idé de Orula.

2
ORULA ESTABA MUY POBRE

Cuentan que en una oportunidad Orula sólo tenía unos centavos en el bolsillo y no le


alcanzaba ni para darle de comer a sus hijos. Compró unos ekó que repartió entre los
muchachos y salió de la casa comiéndose uno y caminando lentamente, tan lento como
su tristeza.

Ya cerca del árbol que había escogido para suicidarse, el sabio tiró al piso las hojas que
envolvían el dulce que se había comido. Colgó una soga de las ramas del árbol y
entonces oyó que un pájaro le decía:

–Orula, mira qué sucedió con las hojas que envolvían el ekó. El hombre volvió el rostro
y pudo ver que otro babalawo se estaba comiendo los restos del dulce que
permanecían adheridos a la envoltura que él botara al piso.

–Y sin embargo –agregó el pájaro–, no ha pensado quitarse la vida.

OYÁ VENCE A SHANGO

Oyá tenía un rebaño de carneros. Había uno pequeño que por cariñoso se había
convertido en su mascota.

Un día Shangó invadió el reino de Oyá con un poderoso ejército y esta corrió a


esconderse.

El rey del fuego pensó que había ganado fácilmente la guerra; pero no encontró a la
soberana por ninguna parte, lo que hizo que se sintiera desconcertado.

Registró el palacio y en una de sus habitaciones liberó al carnerito que balaba


desconsolado. Sorprendido lo siguió hasta un pasadizo que no había visto antes y tras
una puerta sintió los pasos de Oyá, esta al verse en peligro lanzó una centella y los
soldados del Alafin dispararon sus armas.

La soberana emitió un sonido agudo y penetrante, comenzaron entonces a salir los


espíritus que venían de las entrañas de la tierra, formando una fuerza temible.

Los invasores temblaron de miedo y su jefe palideció. La organizada fuerza militar se


deshizo en segundos por donde mismo había venido.

Oyá, ahora vencedora, no quiso ver más a los carneros por los que había sido
descubierta y los echó de allí. El rebaño siguió los pasos de los hombres de Shangó, los
que al sentir aquel tropel pensaron que los espíritus los perseguían y corrieron cada vez
más rápido, para nunca volver.

3
EL PODER DE SHANGO

Shangó creció alimentando el rencor que Obatalá, su padre, le inculcaba hacia Ogún, el


hermano mayor que había tenido relaciones incestuosas con Yemú.

En una oportunidad Shangó pasó montado en su brioso corcel frente a casa de Ogún
y Oyá, la esposa de éste, se enamoró de él. Pensando que nunca tendría mejor ocasión
de vengarse, Shangó raptó a la mujer y la llevó a vivir a casa de su hermana.

Ogún le declaró la guerra de inmediato y luego de un feroz y encarnizado combate lo


derrotó.

Oyá no estuvo nada conforme con la derrota de su nuevo amante. Una mañana, Shangó
se estaba preparando para salir a la calle, fue hasta donde tenía un pequeño güiro que
le había regalado su padrino Osain, se mojó los dedos y luego se hizo una cruz en la
lengua. Oyá lo observaba a escondidas.

Cuando el guerrero abandonó el ilé, la mujer corrió a donde estaba el güiro e hizo la
misma operación. En eso entró Dadá, la hermana de Shangó y le preguntó algo. Cuando
Oyá fue a responder le salieron llamas de la boca. La hermana del orisha se entusiasmó
y le pidió a Oyá que le dijera el secreto.

De repente oyeron los pasos de Shangó que regresaba porque, al parecer, se le había
olvidado algo, y ambas corrieron a esconderse en una palma.

Shangó se dio cuenta que le habían tocado su güiro misterioso y salió a buscarlas. Al fin
dio con ellas y comenzó a recriminarlas.

Oyá le contestó:

–No sé cómo, si tienes tanto poder, no te decides a combatir con Ogún.

Shangó y Oyá emprendieron una nueva batalla contra el dios de las forjas y los metales,
en la cual éste saldría derrotado, pues contra el rayo de Shangó y la centella de Oyá le
fue imposible vencer esta vez.

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