Clausewitz Karl Von - de La Guerra
Clausewitz Karl Von - de La Guerra
Karl von
Clausewitz
De la guerra
príncipe Augusto de Prusia, junto al cual sirvió en el infortunado encuentro con las
tropas de Napoleón en Jena (1806). Caído en poder de los franceses, permaneció prisio-
nero hasta 1809. Tras recuperar la libertad, actuó como profesor en la misma academia
militar berlinesa donde había consolidado su experiencia, y con posterioridad asumió el
cargo de jefe de sección del Ministerio de la Guerra alemán. En 1812 decidió formar
parte del ejército ruso. Tan dramática iniciativa permite captar a las claras el concepto
de la ética militar que Clausewitz poseía, pues la confrontación con su propio país no
constituía para él más que el recurso de valerse de la guerra para liberar a aquél del
dominio francés. Federico Guillermo III se había visto obligado a someterse a la presión
de Napoleón, y Prusia se había convertido en aliada forzosa de Francia. Clausewitz
alimentaba la esperanza de que el zar Alejandro I redimiría a su nación de la atadura
napoleónica, y esa expectativa fue la que le impulsó a ocupar el bando contrario a sus
mismos compatriotas, con el fin de conseguir la anhelada liberación. En efecto, la bata-
lla de Leipzig significó la extinción de la influencia francesa sobre Alemania, y él, tras
escribir, por encargo de otra gran personalidad militar prusiana, el mariscal de campo
August von Gneisenau, el libro La campaña de 1813 hasta el armisticio, se incorporó de
nuevo, en 1814, al ejército prusiano, con el que pudo asistir a la batalla triunfal de
Waterloo. De 1816 a 1830 ejerció la dirección de la Academia Militar de Berlín, la cual
sólo dejó para ocupar un cargo en el Estado Mayor alemán. Falleció en 1831 en
Breslau, fulminado por el cólera, cuando contaba 51 años. Su obra De la guerra, que le
procuraría la fama, tuvo una publicación póstuma, a instancias de su viuda.
De la guerra comprende ocho libros, de los que la edición que se ofrece recoge
integramente los tres primeros. De los libros IV y V se incluye un resumen del contenido,
mientras que del libro VI, dedicado a La defensa, se reproducen los capitales capítulos I,
II, III y XXVI, y se hace lo propio con el libro VII, relativo al Ataque, del que se incluye
el capítulo XXII, no sin dar siempre noticia de lo omitido. Finalmente, del libro VIII,
siguiendo la misma pauta, se ofrece el concluyente capítulo VI, en sus dos partes.
Se presenta de este modo la parte más esencial de la obra de Clausewitz, cuya
influencia sobre la concepción de la guerra no sólo constituyó la base del pensamiento
militar alemán hasta la ascensión al poder del nacionalsocialismo, sino que fue tenida en
cuenta por un pensador marxista como Engels, y luego por gerifaltes de la misma
tendencia, como Lenin o Mao Zedong, en la delineación de su estrategia revolucionaria.
No así por Stalin, quien, como vencedor de la Wehrmacht, no dudó en rebatirla
tajantemente.
Sin embargo, la vigencia de las doctrinas de Clausewitz no ha cesado de ponerse de
manifiesto en los numerosos estudios especializados que se les han dedicado y en el
hecho de que hayan contribuido a asentar los principios que conforman la teoría actual
de la guerra.
Índice
Cap. I. La estrategia
Cap. II. Elementos de la estrategia
Cap. III. Las fuerzas morales
Cap. IV. Las principales potencias morales
Cap. V. Virtud militar de un ejército
Cap. VI. La audacia
Cap. VII. La perseverancia
Cap. VIII. La superioridad numérica
Cap. IX. La sorpresa
Cap. X. La estratagema
Cap. XI. Concentración de fuerzas en el espacio
Cap. XII. Concentración de fuerzas en el tiempo
Cap. XIII. Las reservas estratégicas
Cap. XIV. La economía de fuerzas
Cap. XV. El elemento geométrico
Cap. XVI. Sobre la suspensión de la acción en la guerra
Cap. XVII. Del carácter de la guerra moderna
Cap. XVIII. Tensión y reposo
acientífico que las caracteriza, no constituyen más que un hatillo de trivialidades, lugares
comunes y sandeces que pretenden ser coherentes y absolutas. De ello cabe hacerse una
idea con la lectura del siguiente párrafo de un reglamento referido a casos de incendio,
debido a Lichtenberg:
«Cuando una casa es presa del fuego, ante todo hay que tratar de proteger el muro
derecho del edificio de la izquierda; porque si se intentara, por ejemplo, proteger el muro
de la izquierda del edificio de la izquierda, el muro de la derecha de la propia casa se
encontraría a la derecha del muro de la izquierda, y como el fuego está a la derecha de
ese muro y del muro de la derecha (porque suponemos que la casa está situada a la
izquierda del incendio), el muro de la derecha estará más cerca del fuego que el de la
izquierda y el muro de la derecha de la casa podría ser destruido por el fuego si no fuese
protegido antes de que el fuego alcance el muro de la izquierda, que está protegido; en
consecuencia, algo que no esté protegido podría ser destruido, y destruido más
rápidamente que otra cosa, incluso aunque no estuviera protegido; por lo tanto es preciso
abandonar aquél y proteger éste. Para representarse la cosa, debemos notar además: si la
casa está a la derecha del incendio, es el muro de la izquierda y si la casa está a la
izquierda, es el muro de la derecha.»
Para no provocar el cansancio del lector, sin duda hombre de espíritu, con la relación
de otras paparruchadas como ésta, y no restar sabor a lo que tengan de bueno,
diluyéndoselo, el autor se ha inclinado a presentar, como si de pequeños granos de metal
puro se trataran, las ideas que largos años de reflexión sobre la guerra, el trato con
hombres inteligentes que la conocían y un considerable número de experiencias
personales han hecho nacer y han quedado fijadas en su ánimo.
Este es el origen de los diferentes capítulos que forman este libro, cuya unidad podrá
parecer débil, si bien confío en que no carecerán de cohesión interna. Tal vez no habrá
que esperar mucho tiempo para ver cómo un espíritu superior al del autor sabe presentar,
en lugar de estos granos dispersos, un conjunto fundido y exento de toda aleación.
LIBRO PRIMERO
Capítulo I
1. Introducción
Nos proponemos considerar, en primer lugar, los distintos elementos que conforman
nuestro tema; luego las diversas partes o miembros que los componen y, finalmente, el
todo en su íntima conexión. Es decir, iremos avanzando de lo simple a lo complejo. Pero
en la cuestión que nos ocupa, más que en ninguna otra, será preciso comenzar con una
referencia a la naturaleza del todo, ya que aquí, más que en otro lado, cuando se piensa en
la parte debe pensarse simultáneamente en el todo.
2. Definición
Muchos espíritus dados a la filantropía podrían fácilmente imaginar que existe una
manera artística de desarmar o abatir al adversario sin un excesivo derramamiento de
sangre, y que esto sería la verdadera tendencia del arte de la guerra. Se trata de una
concepción falsa que debe ser rechazada, pese a todo lo agradable que pueda resultar. En
temas tan peligrosos como es el de la guerra, las falsas ideas surgidas del sentimentalismo
son precisamente las peores. Siendo así que el uso de la fuerza física en su máxima
extensión no excluye en modo alguno la cooperación de la inteligencia, el que se sirva de
esta fuerza sin miramiento ni recato ante el derramamiento de sangre habrá de obtener
ventaja sobre el adversario, siempre que éste no actúe del mismo modo. Así, cada uno
justifica al adversario y cada cual impulsa al otro a adoptar medidas extremas, cuyo
límite no es otro que el contrapeso de la resistencia que le oponga el contrario.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Forzosamente tenemos que darle al tema este enfoque, ya que tratar de ignorar como
elemento constitutivo la brutalidad porque despierta repugnancia significaría una
tentativa inútil o algo peor.
Si las guerras entre naciones civilizadas son presuntamente menos crueles y
destructoras que las que enfrentan a unas no civilizadas, la razón estriba en la condición
social de los Estados considerados en sí mismos y en sus relaciones recíprocas. La guerra
estalla, adquiere sus rasgos y limitaciones y se modifica de acuerdo con esa condición y
sus circunstancias. Pero tales elementos no constituyen una parte de la guerra, sino que
existen por sí mismos. En la filosofía de la guerra no se puede introducir en absoluto un
principio modificador sin acabar cayendo en el absurdo.
En las luchas entre los hombres intervienen en realidad dos elementos dispares: el
sentimiento hostil y la intención hostil. Hemos elegido el último de ellos como rasgo
distintivo de nuestra definición porque es el más general. Es inconcebible que un odio
salvaje, casi instintivo, exista sin una intención hostil, mientras que se dan casos de
intenciones hostiles que no van acompañados de ninguna hostilidad o, por lo menos, de
ningún sentimiento hostil que predomine. Entre los seres salvajes prevalecen las
intenciones de origen emocional; entre los pueblos civilizados, las determinadas por la
inteligencia. Pero tal diferencia no reside en la naturaleza intrínseca del salvajismo o de la
civilización, sino en las circunstancias en que están inmersos, sus instituciones, etc. Por
lo tanto, no existe indefectiblemente en todos los casos, pero prevalece en la mayoría de
ellos. En una palabra, hasta las naciones más civilizadas pueden inflamarse con pasión en
un odio recíproco.
Vemos, pues, cuán lejos nos hallaríamos de la verdad si atribuyéramos la guerra entre
hombres civilizados a actos puramente racionales de sus gobiernos, y si concibiésemos
aquélla como un acto libre de todo apasionamiento, de tal modo que en definitiva no
tendría que ser necesaria la existencia física de los ejércitos, sino que bastaría una
relación teórica entre ellos, o lo que podría ser una especie de álgebra de la acción.
La teoría empezaba a orientarse en esta dirección cuando los acontecimientos de la
última guerra nos hicieron ver un camino mejor.2 Si la guerra constituye un acto de
fuerza, las emociones están necesariamente implicadas en ella. Si las emociones no son
las que dan origen a la guerra, ésta ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o
menor sobre ellas, y la intensidad de la reacción depende no del estado de la civilización,
sino de la importancia y la permanencia de los intereses hostiles.
Por lo tanto, si constatamos que los pueblos civilizados no liquidan a sus prisioneros,
no saquean las ciudades ni arrasan los campos, ello se debe a que la inteligencia
desempeña un papel importante en la conducción de la guerra, y les ha enseñado a aqué-
llos a aplicar su fuerza recurriendo a medios más eficaces que los que pueden representar
esas brutales manifestaciones del instinto.
La invención de la pólvora y el perfeccionamiento constante de las armas de fuego
muestran por sí mismos, de manera suficientemente explícita, que la necesidad inherente
al concepto teórico de la guerra, la destrucción del adversario, no se ha visto en modo
alguno debilitada o desviada por el avance de la civilización. Reiteramos, pues, nuestra
afirmación: la guerra es un acto de fuerza, y no hay un límite para su aplicación. Los
adversarios se justifican uno al otro, y esto redunda en acciones recíprocas llevadas por
principio a su extremo. Es esta la primera acción recíproca que se nos presenta y el
primer caso extremo con que nos encontramos.
2
La guerra que enfrentó a Alemania con Napoleón. (N. del Ed.)
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6. Modificaciones en la práctica
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Al referirnos al primero de estos puntos hemos de recordar que ninguno de los dos
oponentes es para el otro un ente abstracto, ni aun considerándolo como factor de la
capacidad de resistencia, que no depende de algo externo, o sea, de la voluntad. Tal
voluntad no constituye un hecho totalmente desconocido; lo que ha sido hasta hoy nos
indica lo que puede ser mañana. La guerra nunca estalla de improviso ni su preparación
tiene lugar en un instante. De ese modo, cada uno de los oponentes puede, en buena
medida, formarse una opinión del otro por lo que éste realmente es y hace, y no por lo
que teóricamente debería ser y hacer. Sin embargo, debido a su imperfecta organización,
el hombre suele mantenerse por debajo del nivel de la perfección absoluta, y así estas
deficiencias, inherentes a ambos bandos, se convierten en un principio reductor.
8. La guerra no consiste en un golpe insostenido
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
El segundo de los tres puntos enumerados nos sugiere las observaciones que siguen.
Si el resultado de la guerra dependiera de una decisión única, o de varias decisiones
tomadas simultáneamente, los preparativos para esa decisión o para esas decisiones
diversas deberían ser llevados hasta el último extremo. Nunca podría recuperarse una
oportunidad perdida; la sola norma que podría aportarnos el mundo real para los
preparativos a efectuar sería, en el mejor de los casos, la medida de los preparativos que
lleva a cabo nuestro oponente, o lo que de ellos alcanzáramos a conocer, y todo lo demás
tendría que quedar de nuevo relegado al terreno de la abstracción. Si la decisión
consistiera en varios actos sucesivos, cada uno de éstos, con las circunstancias que lo
acompañan, podría suministrar una norma para los siguientes y, así, el mundo real
ocuparía el lugar del mundo abstracto, modificando, de acuerdo con ello, la tendencia
hacia el extremo.
Sin embargo, si toda guerra tuviese que limitarse indefectiblemente a una decisión
única o a una serie de decisiones simultáneas, si los medios disponibles para la
beligerancia fueran puestos en acción a un tiempo o pudieran serlo de este modo, una
decisión adversa tendería a reducir estos medios, y, de haber sido éstos todos empleados
o agotados en la primera decisión, no habría porqué pensar en que se produjera una
segunda. Todas las acciones bélicas que pudieran producirse después formarían, en
esencia, parte de la primera, y sólo constituirían su persistencia.
Pero tal como hemos visto, en los preparativos para la guerra el mundo real ocupa el
lugar de la idea abstracta, y una medida real el lugar de un caso extremo hipotético. Cada
uno de los oponentes, aunque no fuera por otra razón, se detendrá por tanto, en su acción
recíproca, alejado del esfuerzo máximo y no pondrá en juego al mismo tiempo la
totalidad de sus recursos.
Sin embargo, la naturaleza misma de tales recursos, y de su mismo empleo, torna
imposible su entrada en acción simultánea. Estos recursos comprenden las fuerzas
militares propiamente dichas, el país, con su superficie y su población, y los aliados.
El país, con su superficie y su población, no sólo constituye la fuente de las fuerzas
militares propiamente dichas, sino que es, en sí mismo, también una parte integrante de
los factores que actúan en la guerra, aunque sólo sea aquel que proporciona el teatro de
operaciones o tiene marcada influencia sobre él.
Ahora bien, los recursos militares móviles pueden ser puestos en funcionamiento
simultáneamente, pero esto no concierne a las fortalezas, los ríos, las montañas, los
habitantes, etc., en una palabra, al país entero, a menos que éste sea tan pequeño que la
primera acción bélica lo afecte totalmente. Además, la cooperación de los aliados no es
algo que depende de la voluntad de los beligerantes, y con frecuencia resulta, por la
misma naturaleza de las relaciones políticas, que no se hace efectiva sino con
posterioridad, cuando de lo que se trata es restablecer el equilibrio de fuerzas alterado.
Más adelante intentaremos explicar con todo detalle que esta parte de los medios de
resistencia que no puede ser puesta en acción a un tiempo es, en muchos casos, una parte
del total mucho más grande de lo que podría pensarse y que, por lo tanto, es capaz de
restablecer el equilibrio de fuerzas, aun cuando la primera decisión se haya producido con
gran violencia y aquél haya sido alterado seriamente. Por ahora bastará con dejar sentado
que resulta contrario a la naturaleza de la guerra el que todos los recursos entren en juego
al mismo tiempo. Esto, en sí mismo, no tendrá que ser motivo para disminuir la
intensidad de los esfuerzos en la toma de decisión de las acciones iniciales. Ya que un
comienzo desfavorable significa una desventaja a la cual nadie querría exponerse por
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propia voluntad, dado que, si bien la primera decisión es seguida por otras, mientras más
decisiva resulte aquélla, mayor será su influencia sobre las que la sigan. Pero el hombre
suele eludir el esfuerzo excesivo amparándose en la posibilidad de que se produzca una
decisión subsiguiente y, por lo tanto, no concreta ni pone en acción todos sus recursos a
efectos de la primera decisión, en la medida en que hubiera podido hacerlo de no mediar
aquella circunstancia. Lo que uno de los oponentes no hace por debilidad se convierte
para el otro en base real y motivo para reducir sus propios esfuerzos y, así, de resultas de
esta acción recíproca, la tendencia hacia el caso extremo conduce una vez más a efectuar
un esfuerzo limitado.
Así, todo el acto de la guerra deja de estar sujeto a la ley estricta de las fuerzas
impulsadas hacia el punto extremo. Dado que no se teme ni se busca ya el caso extremo,
se deja que la razón determine en vez de ello los límites del esfuerzo, y esto sólo puede
ser llevado a cabo de acuerdo con la ley de las probabilidades, por deducción de los datos
que suministran los fenómenos del mundo real. Si los dos oponentes no son ya
abstracciones puras sino estados o gobiernos individuales, y si la guerra no es ya un
desarrollo ideal de los acontecimientos, sino uno determinado de acuerdo con sus propias
leyes, entonces la situación real suministra suficientes datos como para determinar lo que
se espera, la incógnita que tiene que ser despejada.
De acuerdo con las leyes de la probabilidad, por el carácter, las instituciones, la
situación y las circunstancias que definen al oponente, cada bando extraerá sus
conclusiones respecto de cuál será la acción del contrario y, a tenor de ello, determinará
la suya propia.
Requiere ahora de nuevo nuestra atención un tema que habíamos obviado, o sea, el
que se refiere al objetivo político de la guerra. Hasta ahora, esto había sido absorbido,
por así decir, por la ley del caso extremo, por el intento de desarmar y abatir al enemigo.
El objetivo político de la guerra debe aflorar nuevamente a un primer plano a medida que
la ley pierde su vigor y la posibilidad de realizar aquel intento se aleja. Si toda la consi-
deración es un cálculo de probabilidades tomando como base unas personas y unas
circunstancias determinadas, el objetivo político, como causa original, tiene que asumir el
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papel de factor esencial en este proceso. Cuanto menor sea el sacrificio que exijamos de
nuestro oponente, debemos esperar que sean tanto más débiles los esfuerzos que haga
para realizar ese sacrificio. Sin embargo, cuanto más débil sea su esfuerzo, tanto menor
podría ser el nuestro. Por añadidura, cuanto menor sea nuestro objetivo político, tanto
menor será el valor que le asignaremos y tanto más pronto estaremos dispuestos a dejarlo
a su arbitrio. Por ello, también por ello nuestros propios esfuerzos serán más débiles.
Así, el objetivo político, como causa original de la guerra, será la medida tanto para el
propósito a alcanzar mediante la acción militar como para los esfuerzos necesarios para
cumplir con ese propósito. En sí misma, esa medida no puede ser absoluta, pero, ya que
estamos tratando de cosas reales y no de simples ideas, lo será en relación con los dos
Estados oponentes. Un mismo objetivo político puede originar reacciones diferentes, en
diferentes naciones e incluso en una misma nación, en diferentes épocas. Por lo tanto,
cabe dejar que el objetivo político actúe como medida, siempre que no olvidemos su
influencia sobre las masas a las que afecta. Corresponde considerar, por tanto, también la
naturaleza de estas masas. Será fácil comprobar que las consecuencias pueden variar en
gran medida según que la acción resulte fortalecida o debilitada por el sentimiento de las
masas. En dos naciones y estados pueden producirse tales tensiones y tal cúmulo de
sentimientos hostiles que un motivo para la guerra, insignificante en sí mismo, puede
originar, no obstante, un efecto totalmente desproporcionado con su naturaleza, como es
el de una verdadera explosión.
Esto resulta cierto en relación con los esfuerzos que el objetivo político pueda exigir
en uno y otro estado y en relación con el fin que pueda asignarse a la acción militar.
Algunas veces puede convertirse en ese fin, por ejemplo, cuando se trata de la conquista
de cierto territorio. Otras, el objetivo político no se ajustará a la necesidad de
proporcionar un fin para la acción militar y en tales casos tendremos que recurrir a una
elección de ese tipo, capaz de servir de equivalente y de ocupar su lugar para firmar la
paz. Pero también en estos casos siempre se presupone que tiene que guardarse la
consideración debida al carácter de los estados interesados. Hay circunstancias en las que
el equivalente debe tener mucha más importancia que el objetivo político, si es que éste
ha de ser alcanzado por su mediación. Cuanto mayor sea la indiferencia presente en las
masas y menos grave la tensión que se produzca en otros terrenos tanto de los dos estados
como en sus relaciones, mayor será el objetivo político, como norma y por su propio
carácter decisorio. Hay casos en los que, casi por sí mismo, constituye el factor
determinante.
Si el fin de la acción militar se erige en equivalente del objetivo político, aquélla
disminuirá, en general, en la medida en que lo haga el objetivo político. Más evidente
resultará esto mientras más claro aparezca el objetivo. Así se explica por qué razón, sin
que exista contradicción interna, pueden producirse guerras de todos los grados en
importancia e intensidad, desde la de exterminio a la simple vigilancia armada. Pero ello
nos conduce a una cuestión de otro tipo, que deberemos analizar y explicitar.
¿Es posible que una acción militar pueda ser suspendida, aun por un momento, sea
cual fuere el carácter y la medida de las reclamaciones políticas hechas por cualquiera de
los dos bandos, sea cual fuere la debilidad de los medios puestos a disposición, o sea cual
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fuere la futileza del fin perseguido por esa misma acción? Es esta una pregunta que atañe
a la esencia misma del tema.
Cada acción requiere para su realización cierto tiempo, que es lo que llamamos
persistencia. Esta puede ser más larga o más corta, según quienes actúen en ella se
muestren más o menos rápidos en sus movimientos.
No vamos a detenernos aquí en esto. Cada cual realiza las cosas a su manera, pero lo
cierto es que la persona lenta no actúa lentamente porque quiera emplear más tiempo,
sino porque, debido a su propia naturaleza, necesita más tiempo, y si hubiera de hacerlo
con mayor rapidez no lo haría tan bien. En consecuencia, ese tiempo depende de las
causas subjetivas, o queda reflejado en la duración real de la acción.
Si a cada acción de la guerra se le reconoce una duración, tenemos que admitir, por lo
menos al pronto, que todo gasto de tiempo más allá de esa duración, o, lo que es lo
mismo, cualquier suspensión de la acción militar, parece ser absurda. En relación con
ello, tendremos que recordar siempre que la cuestión no se centra en el progreso de uno u
otro de los oponentes, sino en el progreso de la acción militar como un todo.
13. Existe únicamente una causa que puede suspender la acción, y esto parece
ocurrir siempre tan sólo en un solo bando
Si dos bandos se han armado para la lucha, tiene que existir un motivo hostil que los
haya impulsado a hacerlo. Así, pues, mientras se mantengan en pie de guerra, es decir,
mientras no hagan la paz, este motivo permanecerá presente y sólo dejará de actuar en
cualquiera de los dos oponentes por una sola razón, la de que se prefiere esperar un
momento más favorable para la acción. Obviamente esta razón sólo puede surgir en uno
de los dos bandos, debido a que, por su propia naturaleza, se opone diametralmente a la
del otro. Si a uno de los que ejercen la jefatura le conviene actuar, al otro le convendrá
esperar.
Un equilibrio cabal de fuerzas no puede producir jamás una interrupción de la acción,
porque una tal suspensión supondría necesariamente la minoración de iniciativa del que
tenga el propósito positivo, es decir, el atacante.
Pero de concebir un equilibrio en el que quien asume la finalidad positiva, y por tanto
el motivo más poderoso, es al mismo tiempo quien dispone de menor número de fuerzas,
de manera que la ecuación surgiría del producto de las fuerzas y de los motivos, aun así
tendríamos que afirmar que si no se vislumbra un cambio en este estado de equilibrio,
ambos bandos tienen que firmar la paz. Pero de vislumbrar un cambio, éste redundaría en
favor de uno de los bandos solamente y, por la misma razón, el otro se vería obligado a
actuar. Constatamos, por tanto, que la idea de un equilibrio no puede justificar una
suspensión de las hostilidades, pero sirve para fundamentar la espera de un momento más
favorable. Por ejemplo, supongamos que uno de los dos estados oponentes tiene un
propósito positivo, o sea, el de conquistar un territorio del adversario que podría ser
usado como moneda de cambio en la negociación de la paz. Lograda esa conquista, se ha
alcanzado el objetivo político; la acción ya no resulta necesaria y cabe tomarse un
descanso. Si el oponente acepta el resultado, deberá firmar la paz; en caso contrario, debe
actuar. Si en ese momento cree que en un período de tiempo determinado se encontrará
en mejores condiciones para hacerlo, entonces cuenta con razones suficientes como para
posponer su acción.
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Pero desde ese momento, la necesidad de actuar parece por lógica recaer en su
oponente, a fin de no darle tiempo al que se halla en desventaja para que se prepare para
la acción. Todo ello, por descontado, en el supuesto de que tanto uno como otro bando
tengan un conocimiento cabal de las circunstancias.
14. La acción militar tendría de este modo una continuidad que de nuevo
impulsaría todo hacia una situación extrema
Al suponer que los intereses de uno de los que ejercen la jefatura son siempre
diametralmente opuestos a los del otro, dejamos sentada la existencia de una verdadera
polaridad. Más adelante dedicaremos todo un capítulo a este principio, pero mientras
tanto nos parece oportuno hacer una observación con referencia a ello.
El principio de polaridad sólo es válido si, como tal, es la misma cosa, en la que lo
positivo y su contrario, lo negativo, se destruyen mutuamente. En una batalla, cada uno
de los bandos oponentes desea vencer, lo que constituye una verdadera polaridad, porque
la victoria del uno resulta la derrota del otro. Pero si nos referimos a dos cosas diferentes
entre las que exista una relación común objetiva, no serán las cosas, sino sus relaciones,
las que posean polaridad.
16. El ataque y la defensa son cosas de clase distinta y de fuerza desigual. Debido
a ello no pueden ser objeto de polaridad
Si sólo existiera una forma de guerra, digamos la que corresponde al ataque del
enemigo, no habría defensa; ello es tanto como decir que si hubiera de distinguirse al
ataque de la defensa sólo por el motivo positivo que el uno posee y del que la otra carece,
si los métodos de lucha fueran siempre invariablemente los mismos, en tal empeño,
cualquier ventaja de un bando tendría que representar una desventaja equivalente para el
otro, existiendo entonces una verdadera polaridad.
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Pero la acción militar adopta dos formas distintas, la de ataque y la de defensa, que
son muy diferentes y de fuerza desigual, como mostraremos más adelante con detalle. La
polaridad reside, pues, en que ambos bandos guardan una relación, como es la decisión,
pero no en el ataque o en la defensa mismos. Si uno de los comandantes en jefe deseara
posponer la decisión, el otro debería desear acelerarla, pero, por supuesto, solamente en
la misma forma de conflicto. Si a A le interesara no atacar a su oponente inmediatamente,
sino cuatro semanas más tarde, el interés de B se centraría en ser atacado inmediatamente
y no cuatro semanas más tarde. Se trata de una oposición directa; pero no se desprende
necesariamente de ello que a B le beneficie atacar a A de inmediato. Evidentemente, es
algo muy distinto.
Todavía existe otra causa que puede suspender la acción militar, y es la del
conocimiento imperfecto de la situación. Cada comandante en jefe sólo tiene un
conocimiento personal exacto de su propia posición y no conoce la de su adversario más
que por informes inciertos. Puede cometer errores de interpretación y, como
consecuencia de ello, puede llegar a creer que la iniciativa corresponde a su oponente,
cuando en realidad le corresponde a él mismo. Esta merma de conocimientos podría, en
verdad, dar lugar tanto a acciones inoportunas como a inoportunas inacciones, y
contribuir por sí misma a causar tanto retrasos como aceleramientos en la acción militar.
Pero siempre deberá ser considerada como una de las causas naturales que, sin que im-
plique una contradicción subjetiva, puede llevar a la acción militar a un estancamiento.
Así como consideramos, sin embargo, que por lo general nos sentimos más inclinados e
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inducidos a deducir que la fuerza de nuestro oponente es demasiado grande antes que
demasiado pequeña, ya que hacerlo así es propio de la naturaleza humana, tendremos que
admitir también que el conocimiento imperfecto de la situación en general deberá contri-
buir sensiblemente a detener la acción militar y a perturbar los principios en que se basa
su dirección.
La posibilidad de una pausa introduce una nueva reducción en la acción militar,
diluyéndola, por así decir, en el factor tiempo, lo que corta el avance del peligro y
aumenta la capacidad de restablecer el equilibrio de fuerzas. Cuanto más grandes sean las
tensiones que han determinado la explosión de la guerra y cuanto mayor sea, en
consecuencia, la energía que se imprime a esta última, más breves serán los períodos de
inacción; cuanto más débil sea el sentimiento hostil, más largos serán aquéllos. En efecto,
los motivos más poderosos acrecientan nuestra fuerza de voluntad y ésta, como se sabe,
constituye siempre un factor, un producto de nuestras fuerzas.
19. Los períodos frecuentes de inacción alejan aún más a la guerra del ámbito de
la teoría absoluta y la convierten todavía más en un cálculo de probabilidades
Cuanto mayor sea la lentitud con que se desarrolle la acción militar y cuanto más
largos y frecuentes sean los períodos de inacción, tanto más fácilmente se podrá rectificar
un error. El comandante en jefe se aventurará a ampliar sus suposiciones y al propio
tiempo se mantendrá con mayor holgura por debajo del punto extremo que preconiza la
teoría, y basará todas sus deducciones en la probabilidad y la conjetura. En consecuencia,
el curso más o menos pausado de la acción militar dejará más o menos tiempo para
aquello que la naturaleza de la situación concreta reclame por sí misma, es decir, un
cálculo de probabilidades acorde con las circunstancias que concurran en el caso.
20. El azar es el único elemento que falta para hacer de la guerra un juego, y es
de este elemento del que menos carece
21. Tanto por su naturaleza subjetiva como por su naturaleza objetiva, la guerra
se convierte en un juego
intrepidez y la temeridad son todas manifestaciones del valor, y tales esfuerzos del
espíritu tienden hacia lo accidental, porque es su propio elemento.
Vemos, pues, que, desde el principio, el factor absoluto, el llamado matemático, no
cuenta con ninguna base segura en los cálculos del arte de la guerra. De entrada nos
hallamos ante un juego de posibilidades y de probabilidades, de buena y de mala suerte,
que hace acto de presencia en todos los hilos, grandes o pequeños, de su trama y es el
responsable de que, de todas las ramas de la actividad humana, sea la guerra la que más
se parece a un juego de cartas.
23. La guerra sigue siendo todavía un medio serio para alcanzar un objetivo
serio
Así es la guerra, así el jefe que la dirige y así la teoría que le atañe. Pero la guerra no
constituye un pasatiempo, ni una simple pasión por la osadía y el triunfo, ni el fruto de un
entusiasmo sin límites; es un medio serio para alcanzar un fin serio. Todo el encanto del
azar que exhibe, todos los estremecimientos de pasión, valor, imaginación y entusiasmo
que acumula, son tan sólo propiedades particulares de ese medio.
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La guerra entablada por una comunidad ––la guerra entre naciones enteras––, y
particularmente entre naciones civilizadas, surge siempre de una circunstancia política, y
no tiene su manifestación más que por un motivo político. Es, pues, un acto político.
Ahora bien, si en sí misma fuera un acto completo e inalterable, una manifestación
absoluta de violencia, como hubo que deducir considerándola en su concepción pura, en
cuanto se pusiera de manifiesto por medio de la política ocuparía el lugar de ésta y, como
algo completamente independiente de ella, la descartaría y sólo se regiría por sus propias
leyes. Algo parecido a lo que ocurre cuando se acciona una mina y no puede variarse su
rumbo hacia otra dirección como no sea la marcada en el ajuste previo. Hasta ahora,
también en la práctica esto ha sido considerado de esta forma, siempre que la carencia de
armonía entre la política y la conducción de la guerra ha llevado a distinciones teóricas de
esta naturaleza. Pero tal idea es básicamente falsa. Como hemos visto, la guerra, en el
mundo real, no es un acto extremo que libera su tensión mediante una sola descarga; es
una acción de fuerzas que no se desarrollan en todos los casos de la misma forma y en la
misma proporción, pero que en un momento preciso llegan a un extremo suficiente como
para vencer la resistencia que les oponen la inercia y la fricción, mientras que a la par son
demasiado débiles para producir efecto alguno. La guerra constituye, por así decir, un
embate regular de violencia, de mayor o menor intensidad y vehemencia, y que, a conse-
cuencia de ello, libera las tensiones y agota las fuerzas de una forma más o menos rápida
o, en otras palabras, conduce al objetivo propuesto con mayor o menor rapidez. Pero
siempre tiene una duración suficiente como para ejercer, durante su transcurso, una
influencia sobre ese objetivo, de modo que puede hacerlo cambiar en uno u otro sentido.
En definitiva, puede durar lo suficiente como para estar sujeta a la voluntad de una
inteligencia directora. Si es cierto que la guerra tiene su origen en un objetivo político,
resulta que ese primer motivo, que es el que la promueve, constituye, de modo natural, la
primera y más importante de las consideraciones que deben ser tenidas en cuenta en la
conducción de la guerra. Pero el objetivo político no se convierte, por ello, en una regla
despótica. Debe adaptarse a la naturaleza de los medios a su disposición, y, de ese modo,
cambiará a menudo por completo. Pero siempre deberá ser considerado en primer
término. La política, por lo tanto, asumirá un papel en la acción total de la guerra, y
ejercerá una influencia continua sobre ella, hasta donde lo permita la naturaleza de las
fuerzas explosivas que contiene.
Cuanto más intensos y poderosos sean los motivos y las tensiones que justifiquen la
guerra, más estrecha relación guardará ésta con su concepción abstracta. Cuanto más
encaminada se halle en la destrucción del enemigo, tanto más coincidirán el propósito
militar y el objetivo político, y la guerra aparecerá más como puramente militar y menos
como política. Pero cuanto más débiles sean las motivaciones y las tensiones, la
tendencia natural del elemento militar, o sea la tendencia a la violencia, coincidirá menos
con las directrices políticas; por tanto, cuanto más se aparte la guerra de su trascendencia
natural, mayor será la diferencia que separa el objetivo político del propósito de una gue-
rra ideal, y mayor apariencia tendrá la guerra de ser política.
Pero con el fin de impedir que el lector llegue a conclusiones erróneas, es preciso
hacer notar que por esa tendencia natural de la guerra entendemos solamente la tendencia
filosófica, estrictamente lógica, y de ningún modo la de las fuerzas que realmente
intervienen en el conflicto, hasta el punto de que, por ejemplo, deberíamos incluir todas
las emociones y pasiones de los combatientes. Es cierto que éstas pueden, en muchos
casos, ser avivadas hasta tal extremo que sólo con dificultad cabrá mantenerlas reducidas
al campo político; pero por lo general no se plantea esta contradicción, porque la
existencia de emociones tan fuertes implica también la elaboración de un gran plan que
las englobe. Si este plan se dirige tan sólo hacia un objetivo vano, la agitación emotiva de
las masas será tan débil, que en todo caso necesitará ser alentada antes que contenida.
26. Todas las guerras tienen que ser consideradas como actos políticos
En relación con nuestro tema principal, podemos apreciar que, si bien es verdad que
en cierta clase de guerras la política parece haber desaparecido por completo, mientras
que en otras aparece de forma bien definida, cabe afirmar, sin embargo, que unas son tan
políticas como las otras. Efectivamente, si consideramos la política como la inteligencia
del Estado personificado, entre las combinaciones de circunstancias que deben ser tenidas
en cuenta en los cálculos debemos incluir aquella en que la naturaleza de las
circunstancias provoca una guerra de la primera clase. Pero si el término política no es
entendido como un conocimiento amplio de la situación, sino como la idea convencional
de una añagaza cautelosa, astuta y hasta deshonesta, contraria a la violencia, es en este
caso cuando el último tipo de guerra correspondería, más que el primero, a la política.
En primer lugar vemos, pues, que en toda circunstancia tiene que considerarse a la
guerra no como algo independiente, sino como un instrumento político. Tan sólo si
adoptamos este punto de vista podremos evitar caer en contradicción con toda la historia
de la guerra y hacer una apreciación inteligente de su totalidad. En segundo lugar, este
mismo punto de vista nos muestra cómo pueden variar las guerras de acuerdo con la
naturaleza de las motivaciones y de las circunstancias de las cuales aquéllas surgen.
El primer acto de discernimiento, el mayor y el más decisivo que llevan a cabo un
estadista y un jefe militar, es el de establecer correctamente la clase de guerra en la que
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Capítulo II
carecen de fuerza, resulta a menudo que los matices diferenciales más insignificantes son
decisivos a la hora de escoger tal o cual método de aplicar la fuerza. Por ahora sólo nos
interesa mostrar que, bajo ciertas condiciones, existen otras vías posibles para alcanzar
nuestro objetivo, no siendo ni contradictorias, ni absurdas, y ni siquiera erróneas.
Además de aquellos dos medios, se pueden también llevar a cabo tres maneras
especiales de acrecentar en forma directa el desgaste del enemigo. En primer término
aludiremos a la invasión, es decir, la ocupación del territorio enemigo, no con el pro-
pósito de permanecer en él, sino para exigir una contribución sobre él o para devastarlo.
El objetivo inmediato no es aquí ni la conquista del territorio enemigo ni la derrota de sus
fuerzas, sino solamente el de causarle daño en un sentido general. La segunda vía es la
que dirige nuestra acción con preferencia hacia allí donde cabe causar mayores daños al
adversario. Nada resulta más fácil que concebir dos direcciones distintas en las que
pueden ser empleadas nuestras fuerzas, la primera de las cuales debe ser preferida si
nuestro objetivo es derrotar al enemigo, mientras que la otra es más ventajosa si no
constituye esa nuestra intención. A tenor de nuestro modo de expresarnos, la primera
sería considerada como la forma más militar, mientras que la segunda sería la más
política. Pero, desde un punto de vista más elevado, ambas son igualmente militares, y
cada una resultará efectiva si se adapta a las condiciones presentes. La tercera vía, sin
duda en mayor grado la más importante, debido al gran número de casos en que se aplica,
es el desgaste del enemigo. Elegimos esta expresión, no sólo para dar con ella una
definición verbal, sino porque la representa exactamente, y no es tan figurada como de
pronto parece. La idea de desgaste en una lucha implica un agotamiento gradual del
poder físico y de la voluntad del adversario por la prolongada continuidad de acción.
Ahora bien, si por nuestra parte queremos sobrevivir al enemigo en esa continuidad
de la lucha, debemos limitarnos a fijar objetivos lo más modestos posibles, porque es
evidente que un objetivo de altos vuelos exige un gasto de fuerzas mayor que uno
pequeño. El objetivo más modesto que podemos plantearnos, empero, es la resistencia
pura, es decir, una lucha sin ninguna intención positiva. En este caso, por tanto, nuestros
medios serán utilizados casi al máximo y la seguridad de éxito será mayor. ¿Hasta que
punto es posible perseverar en este modo negativo de actuar? Evidentemente, no hasta
llegar a la pasividad absoluta, porque un simple aguante cesaría de ser un combate; pero
la resistencia es algo activo, y mediante ella es posible que la destrucción causada surta
efecto, hasta el punto de lograr que el enemigo abandone su intento. Este será nuestro
único propósito en cada caso aislado, y en ello residirá, en rigor, el carácter negativo de
nuestra intención.
Sin duda la intención negativa, en su acción aislada, no tiene la misma eficacia que
una acción positiva realizada en el mismo sentido, siempre, por descontado, que esta
última sea victoriosa; pero precisamente la diferencia en su favor es la de lograr el éxito
con mayor facilidad que la positiva, y, en consecuencia, ofrecer mayor seguridad. Lo que
pierde en eficacia en su acción aislada puede ser recuperado con el tiempo, esto es, con la
continuidad de la lucha; por tanto, esa intención negativa, que constituye la esencia de la
resistencia pura, es también el medio natural de sobrevivir al enemigo en la continuación
de la lucha, o sea, de rendirlo por cansancio.
En ello reside el origen de la diferencia entre ofensiva y defensiva, tema dominante en
todo el ámbito de la guerra. Sin embargo, en su análisis no cabe ir aquí más allá de la
observación de que esa intención negativa encierra todas las ventajas y las formas más
potentes de combate que aparecen como propias de la defensiva, en las cuales queda
englobada esa ley filosófico––dinámica que establece una relación constante entre la
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Que esto será siempre así, a pesar de la diversidad y complicación que ofrece la
realidad, es algo que puede ser probado por una vía muy sencilla. Todo cuanto ocurre en
la guerra, lo hace mediante las fuerzas militares; allí donde se emplea una fuerza, es
decir, hombres armados, la idea del combate tiene que prevalecer necesariamente por
encima de todo.
Por tanto, todo cuanto se relaciona con las fuerzas militares y, en consecuencia, todo
lo que pertenece a su creación, mantenimiento y empleo, es propio de la actividad de la
guerra.
La creación y el mantenimiento constituyen, evidentemente, sólo los medios,
mientras que el empleo corresponde al objetivo a perseguir.
En la guerra, el combate no es una lucha de individuos contra individuos, sino un
todo organizado que integran muchas partes. En este gran conjunto tienen que
diferenciarse unidades de dos tipos: una, la determinada por el sujeto, la otra, por el
objeto. En un ejército, las masas de combatientes constituyen siempre nuevas unidades,
cuyos miembros forman una ordenación superior. El combate que llevan a cabo cada uno
de esos miembros da lugar, en consecuencia, a unidades más o menos diferenciadas.
Además, el propósito del combate ––y por lo tanto, su objetivo–– convierte a éste en una
unidad.
Cada una de estas unidades que se diferencian en el combate se distinguen con el
nombre de un encuentro.
Siendo así que la idea de combate tiene como fundamento el empleo de fuerzas
armadas, entonces el empleo en general de estas fuerzas no es otra cosa que la
determinación y la ordenación de cierto número de encuentros.
De modo que toda actividad militar se refiere necesariamente a los encuentros, ya sea
en forma directa como indirecta. El soldado es reclutado, vestido, armado, adiestrado, se
le hace dormir, comer, beber y marchar, solamente para combatir en el lugar indicado y
en el momento oportuno.
En consecuencia, si todos los hilos de la actividad finalizan en el encuentro,
podremos también aferrarlos todos cuando dispongamos los preparativos de los
encuentros; los efectos provienen solamente de estos preparativos y de su ejecución, y
nunca proceden en forma directa de las condiciones que los han motivado. Ahora bien, en
el encuentro, toda actividad está dirigida a destruir al enemigo, o, más bien, de privarle de
su capacidad de luchar, ya que esto es inherente a su concepción. La destrucción de las
fuerzas contrarias constituye siempre, en consecuencia, el medio de alcanzar el objetivo
que busca el encuentro.
Tal objetivo puede ser asimismo la simple destrucción de las fuerzas del enemigo;
pero esto no es, de ningún modo, necesario, y puede adoptar también una forma bastante
diferente. Ya que, por ejemplo, como hemos señalado, la derrota del enemigo no
constituye el único medio de alcanzar el objetivo político, pues hay otras cosas que
pueden conformar el objetivo de la guerra, se desprende de ello que esas cosas pueden
convertirse en objetivos de actos bélicos aislados, y, por tanto, en objetivos también de
esos encuentros.
Pero ni siquiera esos encuentros, que, como actos subordinados, están destinados, en
el estricto sentido de la palabra, a la derrota de las fuerzas enemigas, precisan tener como
objetivo inmediato la destrucción de éstas.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
que debe asignárseles en relación con los otros objetivos. En casos determinados, esto
dependerá de las circunstancias y es por un principio general por lo que hemos dejado sin
determinar su valor. Ahora nos referiremos de nuevo a este tema y analizaremos el valor
que forzosamente hay que atribuirle.
En la guerra, el encuentro es la única actividad efectiva; en él, la destrucción de las
fuerzas oponentes es el medio para alcanzar el fin. Esto es así, aun cuando en realidad no
llegue a producirse el encuentro, ya que, sea como fuere, en la raíz de la decisión yace el
supuesto de que tal destrucción debe ser llevada a cabo sin paliativos. Así, la destrucción
de las fuerzas del enemigo constituye la piedra fundamental de todas las combinaciones
que descansan sobré la actividad bélica, al igual que el arco descansa sobre sus pilares.
En consecuencia, todas las acciones se llevan a cabo sobre la base de que, si la decisión
por la fuerza de las armas hubiera de tener una traducción en los hechos, habría de ser
una decisión favorable. En la guerra, la decisión por las armas equivale, tanto en las
operaciones grandes como en las pequeñas, al pago al contado en las transacciones
comerciales. Por remotas que sean estas relaciones, por más que las liquidaciones rara
vez se produzcan, al final tienen que realizarse.
Si la decisión por la fuerza de las armas se halla en la base de todas las
combinaciones posibles, resulta que nuestro oponente podrá hacer impracticable
cualquiera de ellas, no sólo mediante una decisión semejante a la que atañe directamente
a nuestra combinación, sino también a través de cualquier otra, siempre que ésta tenga
suficiente entidad. Pues toda decisión armada significativa, vale decir, la destrucción de
las fuerzas del enemigo, reacciona respecto de todas las que la precedieron, puesto que,
como si de un líquido se tratara, tiende a alcanzar su nivel.
Así se presenta la destrucción de las fuerzas enemigas siempre como el medio
superlativo y más eficaz, al que deben ceder paso todos los demás.
Sin embargo, sólo cabe asignar una superior eficacia a la destrucción de las fuerzas
oponentes cuando exista una supuesta igualdad en las demás condiciones. Sería, por lo
tanto, un grave error concluir que un ataque a ciegas tendría que imponerse in-
variablemente a la destreza prudente. Atacar sin ton ni son conduciría no a la destrucción
de las fuerzas enemigas, sino a la de las nuestras, lo cual no puede ser nunca nuestro
propósito. La eficacia mayor corresponde no al medio, sino al fin, y al decir esto sólo
comparamos el efecto de un fin alcanzado con el otro.
Al referirnos a la destrucción de las fuerzas enemigas tenemos que dejar
expresamente indicado que no se está obligado a ceñir esta idea a la simple fuerza física.
Por el contrario, la fuerza moral resulta del mismo modo necesariamente implícita,
debido a que, en efecto, ambas están entrelazadas hasta en los menores detalles y, por
tanto, no pueden ser realmente separadas. En relación con el efecto inevitable sobre las
otras decisiones por las armas, al que nos hemos referido al mencionar un gran acto de
destrucción (una gran victoria), es precisamente el elemento moral el que presenta mayor
fluidez, si es que cabe usar esta expresión, y el que se distribuye con mayor facilidad por
todas las demás partes. En oposición al valor superior que tiene la destrucción de las
fuerzas enemigas respecto de todos los demás medios se encuentran el gasto y el riesgo
que éste implica, provocando el empleo de otros métodos sólo con el propósito de evi-
tarlo.
Es razonable que los medios en cuestión tengan que ser los más costosos, ya que, si
bien otras cosas son equiparables, el gasto de nuestras fuerzas será siempre mayor cuanto
mayor sea el propósito de destruir las del enemigo. El riesgo de este medio reside empero
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
en el hecho de que, cuanto mayor sea la eficacia que se busque, si fracasamos se volverá
contra nosotros, lo cual representa una gran desventaja. Otros medios serán, por lo tanto,
menos costosos cuando determinen el éxito y menos arriesgados cuando conduzcan al
fracaso; pero esto implica necesariamente la condición de que deben oponérseles otros
semejantes, es decir, que el enemigo emplee los mismos métodos. Porque si éste
resolviera adoptar el método de tomar una gran decisión por las armas, bastaría ese solo
hecho para que tuviéramos que cambiar nuestro propio método, incluso contra nuestra
voluntad, por uno similar. Todo depende, pues, del resultado del acto de destrucción. Es
evidente que, siendo otras cosas equiparables, en este caso estaremos en desventaja en
todos los aspectos, porque nuestras intenciones y nuestros métodos han tenido que ser
dirigidos parcialmente hacia otras cosas, lo que no ha ocurrido en el caso del enemigo.
Dos objetivos diferentes, de los cuales uno no forma parte del otro, se excluyen entre sí,
y, de ese modo, la fuerza aplicada a alcanzar uno de esos objetivos no puede servir al
mismo tiempo para el otro. Por lo tanto, si uno de los beligerantes está decidido a adoptar
una gran decisión por las armas, cuenta con muchas posibilidades de obtener éxito tan
pronto como tenga la certeza de que el otro no quiere seguir ese camino, sino que busca
alcanzar un objetivo diferente. Y, cualquiera que se decida por ese otro objetivo, sólo
podrá hacerlo razonablemente en el supuesto de que su adversario tenga tan pocas
intenciones como él mismo de adoptar una gran decisión por las armas.
Pero la mención que hasta ahora hemos hecho sobre otra dirección de las intenciones
y las fuerzas sólo se refiere a otros objetivos positivos que, aparte del de la destrucción de
las fuerzas oponentes, pudiéramos proponernos en la guerra, y de ninguna manera a la
resistencia pura, que puede adoptarse con el fin de agotar las fuerzas del enemigo. En la
resistencia pura falta la intención positiva, y, por lo tanto, en este caso nuestras fuerzas no
pueden ser dirigidas hacia otros objetivos, sino que deben limitarse a hacer fracasar las
intenciones del enemigo.
Ahora corresponde considerar el lado negativo de la destrucción de las fuerzas
enemigas, o sea, la conservación de las nuestras. Estos dos esfuerzos siempre van juntos,
puesto que re accionan uno respecto del otro; son partes integrantes de una idéntica
intención y sólo habrá que examinar los efectos producidos por el predominio de uno o
de otro. El esfuerzo destinado a destruir las fuerzas enemigas tiene un objetivo positivo y
conduce a resultados positivos, cuyo propósito final sería la derrota del adversario. La
conservación de nuestras propias fuerzas tiene un objetivo negativo, y consiste en intentar
desbaratar las intenciones del enemigo, es decir, conduce a la resistencia pura, cuyo
propósito último no puede ser otro que el de prolongar la duración de la contienda, para
que el enemigo agote sus propias fuerzas.
El esfuerzo con objetivo positivo da por resultado el acto de destrucción; el esfuerzo
con objetivo negativo permanece a su espera.
Cuando nos ocupemos ampliamente de la teoría del ataque y de la defensa, en cuyo
origen aún nos encontramos, consideraremos con mayor detalle cuál tendrá que ser la
duración de esa espera y hasta dónde podrá llevarse a cabo. Por ahora tenemos que
limitarnos a decir que la espera no debe ser un simple aguante pasivo, y que la acción
ligada a ella para la destrucción de las fuerzas enemigas involucradas en el conflicto
puede ser uno de los propósitos, tanto como cualquier otro. Sería un grave error relativo a
los principios fundamentales suponer que el esfuerzo negativo tiene como consecuencia
impedirnos elegir como objetivo la destrucción de las fuerzas del enemigo, viéndonos
obligados a preferir una decisión incruenta. Sin duda el mayor peso del esfuerzo negativo
puede conducir a esto, pero solamente a riesgo de que no sea el método más conveniente,
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cuestión esta que depende de condiciones totalmente diferentes, que yacen no en nosotros
mismos, sino en nuestro oponente. Esta otra vía, la incruenta, no puede, por lo tanto, ser
considerada de ninguna manera como el medio natural de satisfacer la creciente
necesidad de conservar nuestras propias fuerzas. Por el contrario, en los casos en que esa
vía no fuera la adecuada a las circunstancias imperantes, lo más probable sería que
condujera a una ruina total. Gran número de generales en jefe han cometido este error y
se han visto arrastrados al fracaso por él. La demora en tomar una decisión es el único
efecto que necesariamente resulta de ese mayor peso que corresponde al esfuerzo
negativo, de modo que el defensor se refugia, por así decir, en la espera del momento
decisivo. Por lo general, esto tiene como consecuencia el retraso de la acción en el
tiempo y también en el espacio, hasta donde éste está relacionado con ello, tanto como lo
permitan las circunstancias. Si ha llegado el momento en que ya no es posible seguir
haciendo esto sin caer en una aplastante desventaja, debe considerarse que la ventaja del
esfuerzo negativo se ha esfumado, y entonces surge inalterado el esfuerzo encaminado a
destruir las fuerzas del enemigo, reservado como contrapeso, y nunca descartado.
Las consideraciones anteriores nos han hecho ver que en la guerra existen muchas
vías para alcanzar su propósito, es decir, para cumplir con el objetivo político; se ha
comprobado, sin embargo, que el encuentro es el único medio y que, por tanto, todo debe
estar sometido a una ley suprema: la decisión por las armas; que, cuando la acción del
enemigo exige esta decisión, ese recurso no puede ser rechazado, y que, por lo tanto,
cuando uno de los bandos beligerantes se propone tomar otra vía, debe estar seguro de
que su oponente no echará mano de ese recurso, a no ser que quiera correr el riesgo de
perder su caso ante ese tribunal supremo. Vemos, pues, en suma, que la destrucción de
las fuerzas enemigas se presenta siempre como el objetivo primordial entre todos los
otros que puedan perseguirse en la guerra.
Más adelante, pero sólo de manera gradual, nos será dado definir lo que es posible
lograr en la guerra mediante combinaciones de otra naturaleza. Aquí nos limitaremos a
reconocer, en términos generales, su posibilidad como algo que refleja la desviación de la
práctica respecto del concepto que otorga jurisdicción a las circunstancias particulares.
Pero no podemos dejar de señalar, ya aquí, que cabe atribuir a la solución sangrienta de
la crisis, el esfuerzo por destruir las fuerzas del enemigo, el carácter y la condición de
hijo primogénito de la guerra. Es posible que ante unos objetivos políticos carentes de
relevancia, ante motivaciones débiles y reducida tensión de las fuerzas, un general en jefe
cuya característica sea la prudencia intente otras vías por las cuales, sin caer en grandes
crisis ni soluciones sangrientas, puede inclinarse la balanza hacia la paz, tomando por
base las debilidades características de su contrario, tanto en los despachos como en el
campo de batalla. No tendríamos derecho a vituperarlo si sus suposiciones contaran con
un buen fundamento y fueran susceptibles de alcanzar el éxito, pero deberemos exigirle,
no obstante, que sea consciente de que está recorriendo caminos sinuosos en los que el
dios de la guerra puede sorprenderlo, y que debe vigilar constantemente al enemigo, a fin
de que cuando éste empuñe una afilada espada, él no tenga que defenderse con un
espadín.
En nuestras consideraciones futuras, debemos observar y tener siempre presentes las
consecuencias que entraña la naturaleza de la guerra, la forma como actúan en ella los
medios y los fines, la manera como las desviaciones de la práctica hacen que la guerra se
aparte, unas veces más y otras menos, de su estricta concepción original, sus
fluctuaciones tanto hacia adelante como hacia atrás, a la vez que su constante
permanencia bajo esa concepción estricta, a modo de ley suprema, si es que deseamos
ajustarnos a una correcta comprensión de sus relaciones verdaderas y de su cabal
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Capítulo III
Para ser realizada con cierta perfección, toda actividad de carácter especial exige
cualidades especiales de entendimiento y temperamento. Cuando estas cualidades poseen
un alto grado de excelencia y se ponen de manifiesto a través de realizaciones ex-
traordinarias, se distingue al espíritu al cual pertenecen con el término de «genio».
No nos cabe la menor duda que este término tiene significados que varían en gran
manera, tanto en su aplicación como en su naturaleza, y que constituye una labor muy
ardua distinguir la esencia del genio en muchos de estos significados. Pero como no
pretendemos ejercer ni de gramáticos ni de filósofos, nos será permitido atenernos al
sentido usual en el lenguaje corriente, y entender por «genio» una capacidad mental
eminente para la ejecución de ciertas actividades.
Conviene dedicar por un momento la atención sobre este valor y esta aptitud del
espíritu humano, para señalar con más precisión su justificación y conocer con más
detalle el contenido que entraña su concepto. Pero no podemos ocuparnos del genio que
ha obtenido su título gracias a un talento superlativo, del genio propiamente dicho,
porque este es un concepto que no presenta unos límites definidos. Lo que tenemos que
hacer es considerar todas las tendencias combinadas de las fuerzas del espíritu hacia la
actividad militar, y considerar entonces a éstas como la esencia del genio militar.
Decimos tendencias combinadas, porque el genio militar no consiste en una cualidad
única para la guerra, por ejemplo, el valor, al tiempo que pueden faltar otras cualidades
del entendimiento o del carácter, o tomar una dirección inútil para la guerra, sino que
resulta una combinación armoniosa de fuerzas, en la cual puede predominar una u otra,
pero ninguna debe hallarse en oposición.
Si se exigiera que cada combatiente poseyese en una medida u otra genio militar,
probablemente nuestros ejércitos serían muy débiles, dado que, justamente porque el
genio implica una tendencia especial de las fuerzas del espíritu, sólo se dará en raras
ocasiones, allí donde en un pueblo se presenten y sean adiestradas en aspectos muy
diversos. Pero cuantas menos actividades diferentes ofrezca un pueblo, y cuanto más
predomine en ellas la militar, tanto más predominante será en ese pueblo el genio militar.
Esto, sin embargo, sólo determina su alcance y de ninguna manera su grado, pues este
último depende por lo general del desarrollo espiritual general del pueblo. Si dirigimos
nuestra mirada a un pueblo agreste y belicoso, comprobaremos que el espíritu guerrero de
sus individuos es mucho más patente que entre los pueblos civilizados, pues en el
primero casi todos los combatientes lo poseen, mientras que en los últimos hay toda una
multitud de personas que han sido movilizadas tan sólo por necesidad, y de ningún modo
por su inclinación interior. En realidad, en los pueblos agrestes nunca encontraremos a un
gran general en jefe, y muy raramente lo que podríamos denominar un genio militar,
porque esto exige un desarrollo de las fuerzas intelectuales que no puede darse en un
pueblo poco civilizado. De más está decir que incluso los pueblos civilizados pueden
presentar también una tendencia y un desarrollo más o menos belicosos, y, cuanto
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
mayores sean éstos, con mayor persistencia aparecerá el espíritu militar en los individuos
que componen sus ejércitos. Cuando ello coincide con el más elevado grado de civi-
lización, esos pueblos proporcionan un brillante cuadro de realizaciones militares, como
lo demostraron los romanos y los franceses. En estos y en el resto de los pueblos famosos
por sus empresas guerreras, los grandes nombres surgen siempre tan sólo en épocas de
elevado nivel de formación.
De aquí podemos inferir en seguida la importancia de participación que las fuerzas
intelectuales tienen en el genio militar superior. Examinaremos esto con más atención.
La guerra implica un peligro, y, en consecuencia, el valor es, por sobre todas las
cosas, la primera cualidad que debe caracterizar a un combatiente. El valor puede ser de
dos clases: en primer lugar, el que hace acto de presencia ante un peligro contra la
persona, y en segundo, el que requiere la existencia de una responsabilidad, ya sea ante el
tribunal de una autoridad externa ya ante el de una autoridad interna, que es la
conciencia. Nos referiremos aquí únicamente a la primera clase.
El valor ante un peligro personal comporta también dos clases. En la primera, puede
consistir en una indiferencia hacia el peligro, debida ya sea a la forma en que está
constituido el individuo, ya al desprecio por la muerte o al hábito; en cualquiera de estos
casos el valor debe considerarse como una condición permanente. En la segunda, el valor
puede proceder de motivos positivos, como la ambición, el patriotismo, el entusiasmo de
cualquier naturaleza; en este caso, el valor es más bien una emoción, un sentimiento,
antes que una condición permanente.
Cabe comprender que estas dos clases de valor actúan de forma diferente. La primera
es más segura, pues, habiéndose transformado en una segunda naturaleza, nunca
abandona al hombre; la segunda, a menudo lo induce a ir más allá. La primera pertenece
más a la constancia, la intrepidez, a la segunda. La primera procura más sosiego al
entendimiento; la segunda, a veces acrecienta su poder, pero también a menudo le causa
perplejidad. Las dos clases combinadas constituyen la forma más perfecta del valor.
La guerra implica un esfuerzo físico y un sufrimiento. Para no verse desbordados por
ellos se necesita cierta fortaleza de cuerpo y de espíritu que, de manera natural o
adquirida, produzca indiferencia ante uno y otro.
Dotado de estas cualidades, entre las cuales se encuentra el simple sentido común, el
hombre puede constituir un buen instrumento para la guerra, y así es como estas
cualidades se encuentran muy comúnmente entre los pueblos semicultivados y agrestes.
Si ahondamos en las exigencias que la guerra plantea a sus secuaces, encontraremos que
predominan en ellas las cualidades intelectuales. La guerra implica una incertidumbre;
tres cuartas partes de las cosas sobre las que se basa la acción bélica yacen ofuscadas en
la bruma de una incertidumbre más o menos intensa. Por tanto, aquí se precisa, antes que
nada, un entendimiento fino y penetrante que perciba la verdad con un juicio atinado.
Una inteligencia normal puede ocasionalmente dar con esta verdad, y por azar, un
valor anormal puede, en ocasiones, enmendar un error; pero en la mayoría de los casos el
promedio de los resultados revelará siempre un entendimiento escaso.
La guerra es el territorio del azar. En ningún otro ámbito de la actividad humana hay
que dejar tanto margen para ese intruso, porque ninguno esta en contacto tan constante
con él, en todos sus aspectos. El azar aumenta la incertidumbre que preside todas las
circunstancias y llega a trastornar el curso de los acontecimientos.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
trance, el jefe tiene que actuar con gran fuerza de voluntad. Tal resistencia no debe
interpretarse como si se tratara de una desobediencia o una réplica, aunque éstas se
presenten con bastante frecuencia en los individuos, sino que la lucha que debe librar el
jefe en su interior es con la impresión general de la disolución de todas las fuerzas físicas
y morales y el espectáculo angustioso del sacrificio sangriento, y luego con todos
aquellos que, directa o indirectamente, depositan en él sus impresiones, sus sentimientos,
sus ansiedades y sus esfuerzos. A medida que los individuos, uno tras otro, van agotando
sus fuerzas, y cuando su propia voluntad ya no basta para alentarlos y mantenerlos, la
inercia de toda la masa comienza a descargar su peso sobre las espaldas del comandante.
Será la fuerza de su aliento, la llama de su espíritu, la firmeza de su propósito las que
harán brillar de nuevo la luz de la esperanza en los otros. Sólo en la medida en que sea
capaz de hacerlo, el jefe dominará a las masas y seguirá comandándolas. Cuando ocurra
un descalabro, y su valor no tenga la fuerza suficiente como para hacer revivir el valor de
los demás, las masas lo arrastrarán consigo hacia el abismo, hacia las profundas regiones
de la más baja animalidad, en las que se rehuye el peligro y no se concibe vergüenza
alguna. Tal es la carga que deben soportar el valor y la fuerza espiritual de un jefe en la
lucha si éste desea realizar algo extraordinario. Esta carga aumenta en relación con las
masas que se hallan bajo su mando, y, en consecuencia, para que las fuerzas en cuestión
continúen igualando el peso que recae sobre sus hombros, deberán aumentar en
proporción con el rango que ocupe.
La energía en la acción expresa la fuerza de la motivación por la cual la acción se
pone de manifiesto, ya tenga el móvil su origen en una convicción propia del
entendimiento, ya en un impulso de los sentimientos. Este último difícilmente puede estar
ausente cuando haya que hacer una gran demostración de fuerza. Debemos admitir que,
de todos los excelsos sentimientos que colman el pecho humano en ––el esfuerzo cruel de
la lucha, no hay ninguno tan poderoso y constante como el de la sed de honores y de
fama, a los que tan injustamente trata el idioma alemán, que no se recata en
menospreciarlos con dos indignas asociaciones: Ehrgeiz (codicia de honores) y
Ruhmsucht (búsqueda de gloria). Sin duda, el mal uso de estas gallardas aspiraciones del
espíritu produjo, especialmente en la guerra, más de una insoportable injusticia para la
especie humana, pero por su origen estos sentimientos deben ser considerados entre los
más nobles de nuestra naturaleza, y en la guerra constituyen el verdadero soplo de vida
que anima a ese cuerpo gigantesco. Aunque otros sentimientos pueden ejercer una
influencia más general, y muchos de ellos, como el amor a la patria, la sujeción fanática a
una idea, la venganza, el entusiasmo de cualquier índole, etc., parecería que ocuparan una
posición más elevada, no convierten en superfluas la ambición y la búsqueda de la fama.
Esos otros sentimientos pueden animar en general a grandes masas, e inspirarles
sentimientos sublimes, pero no producen en el jefe el deseo de descollar entre sus
compañeros, lo cual constituye el requisito esencial de su posición, si es que se propone
lograr algo digno de mención. A diferencia de la ambición, estos sentimientos no
convierten al acto militar individual en una propiedad particular del jefe, quien se
esfuerza luego en utilizarlos para sacar una mayor ventaja, labrando trabajosamente y
sembrando con cuidado para poder recoger una abundante cosecha. Estas aspiraciones,
compartidas por todos los jefes, desde el de mayor graduación hasta el menos importante,
esta especie de diligencia, este espíritu de emulación, este acicate, son los que determinan
en particular la eficiencia de un ejército y lo hacen triunfar. Y en lo que respecta a los
hombres de vértice, preguntamos: ¿ha habido alguna vez un gran general en jefe
desprovisto de ambición, o puede siquiera concebirse tal circunstancia?
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
equilibrio. Con frecuencia carecen de motivos positivos para la acción, o sea, de fuerza
impulsora, y, por tanto, de actividad; pero no acostumbran a echar a perder nada.
La peculiaridad del segundo tipo, como se ha dicho, es la de excitarse con facilidad
ante asuntos insignificantes, pero frente a cuestiones relevantes se quedan también en
suspenso. Los hombres de este tipo muestran una gran actividad cuando se trata de
ayudar a un semejante en desgracia, pero el peligro que amenaza a una nación no hace
más que deprimirlos en lugar de animarlos a la acción.
En la guerra, tales hombres no dejarán de mostrarse activos ni carentes de equilibrio,
pero no realizarán nada de envergadura, a menos que un planteamiento inteligente muy
poderoso les procure los motivos para ello. Pero muy raramente tales temperamentos van
ligados a una inteligencia muy fuerte e independiente.
Los sentimientos excitables e inflamables no suelen adaptarse a la vida práctica, y,
por tanto, no son muy apropiados para la guerra. Es cierto que cuentan con la ventaja de
promover impulsos fuertes pero éstos no duran. No obstante, si la vitalidad de tales
hombres se inclina por el valor y la ambición, pueden llegar a ser muy útiles en la guerra
cuando ocupan posiciones inferiores, simplemente porque en la acción bélica que
controlan los jefes situados en una escala inferior tiene por lo general una duración más
corta. A veces bastará con una decisión valerosa, una expansión de las fuerzas del
espíritu. Un ataque intrépido, un fuerte embate son cuestiones de pocos minutos, mientras
que la valerosa lucha en el campo de batalla puede desarrollarse durante todo un día, y
una campaña abarcar como tarea todo un año.
Debido a la rápida evolución de sus sentimientos, resulta doblemente difícil para los
hombres que hemos descrito mantener el equilibrio emocional, y pierden por ello con
frecuencia la cabeza. Es este, por tanto, el peor de sus defectos respecto de su capacidad
para la conducción de la guerra. Pero sería ir en contra de la experiencia afirmar que los
hombres de temperamento explosivo no son nunca fuertes, es decir, que no son capaces
de mantener su equilibrio bajo el efecto de un estímulo poderoso. ¿Por qué no habría de
existir en ellos el sentimiento de su propia dignidad, ya que por lo general son de
naturaleza noble? Tal sentimiento raramente falta en ellos, pero lo que ocurre es que no
tiene tiempo de manifestarse. En su mayoría, después de un arranque son presa de un
sentimiento de humillación. Si gracias a la educación, a la vigilancia de sus propios actos
y a la experiencia aprenden tarde o temprano a defenderse de sí mismos, y en momentos
de excitación desatada alcanzan con rapidez a tener conciencia del choque de sus fuerzas
interiores, pueden también llegar a ser capaces de dar fe de una gran fortaleza de espíritu.
Por último, encontramos a hombres que difícilmente se conmueven, pero que por esa
misma razón tienden a hacerlo en profundidad; hombres que con respecto a los
precedentes están en la misma relación que el calor con la llama. Son los más indicados
para poner en movimiento, haciendo uso de su fuerza titánica, masas ingentes, entre las
cuales caben ser representadas figurativamente las dificultades que entraña la acción en la
guerra. El efecto de sus sentimientos se equipara al movimiento de grandes masas, que,
aunque más lento, resulta sin embargo avasallador.
Aunque tales hombres no se ven tan desbordados por sus sentimientos ni tan
arrastrados por la propia vergüenza como los anteriores, sería también contrario a la
experiencia creer que no pueden perder nunca el equilibrio o que nunca pueden ser objeto
de una pasión ciega. Por el contrario, esto ocurrirá tan pronto como falte el noble orgullo
del dominio de uno mismo o cuando éste no tenga un peso suficiente. Muy a menudo nos
lo demuestran hombres eminentes pertenecientes a pueblos agrestes, en los que el escaso
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
lado puede alcanzar a los detalles más nimios de la localidad, por otro puede abarcar los
más amplios espacios.
Así, la relación que existe entre la guerra y el terreno y el lugar otorga a la acción de
aquélla un carácter muy particular. Si hiciéramos mención de otras actividades humanas
que guardan relación con estos elementos (la horticultura, la agricultura, la construcción,
las obras hidráulicas, la minería, la caza, la silvicultura, etc.), veríamos que todas ellas se
efectúan en espacios ciertamente limitados, que pueden ser explorados y determinados
con exactitud suficiente. Pero el jefe en la guerra tiene que ceñir la tarea en que está
empeñado dentro de un espacio que le obliga a limitarse, que sus ojos no pueden abarcar,
que el celo más aguzado no puede explorar siempre y con el cual rara vez puede
familiarizarse adecuadamente, a causa de los cambios constantes que se producen. Es
cierto que el oponente se encuentra por lo general en la misma situación; sin embargo, en
primer lugar, la dificultad, aunque sea común a ambos, no deja de constituir por ello una
dificultad, y el que la domine con su talento y su experiencia adquirirá una gran ventaja;
en segundo lugar, esta igualdad en las dificultades se produce sólo de modo general y no
necesariamente en un caso particular, en el cual, como norma, uno de los dos
combatientes (el defensor) suele tener un mayor conocimiento del lugar que el otro.
Esta dificultad tan peculiar debe ser superada mediante un tipo especial de capacidad
mental, llamado sentido del lugar, que no deja de ser un término muy restringido.
Consiste en la capacidad para formarse con rapidez una representación geométrica
correcta de cualquier porción de territorio y, en consecuencia, para encontrar en
cualquier momento, de modo ajustado y fácil, una posición en él. Esto constituye,
evidentemente, un acto de la imaginación. La percepción está formada, sin duda, en parte
por la apreciación visual y en parte por la del intelecto, el cual, por medio de juicios
derivados del conocimiento de la ciencia y de la experiencia, proporciona los datos que
faltan y forma un todo con los fragmentos visibles para el ojo. Pero, para que este todo se
presente vívidamente a nuestra mente, y se convierta en una imagen en el mapa dibujado
en el cerebro, para que esta imagen sea permanente y los detalles no se dispersen de
nuevo, todo esto sólo puede efectuarse por medio de la facultad mental que llamamos
imaginación. Si algún poeta o pintor se sintiera herido porque atribuimos a su diosa una
tarea semejante, si se encoge de hombros ante la idea de que a un hábil guardabosque se
le tiene que reconocer, por ese motivo, una imaginación de primer orden, admitiremos de
buena gana que en ese caso nos referimos sólo a una aplicación muy limitada del término,
y a su uso en una tarea realmente inferior. Pero, por pequeño que sea su servicio, tiene
que ser, no obstante, obra de ese don natural, porque si éste faltara, sería difícil formarse
una idea clara y coherente de las cosas, como si las tuviéramos delante de los ojos. Admi-
timos sin vacilar que una buena memoria resulta una gran ayuda para ello, pero tenemos
que dejar pendiente de decisión si la memoria ha de ser considerada como una facultad
independiente de la mente, o si se trata tan sólo de una capacidad para formar imágenes
que fijan mejor estas cosas en la mente; en efecto, resulta realmente difícil pensar en estas
dos facultades mentales separadas una de la otra.
No negamos que la práctica y una conclusión inteligente tienen mucho que ver con el
sentido del lugar. Puysegur, el administrador militar del famoso general Luxemburg, solía
afirmar que al principio tenía poca confianza en sí mismo a este respecto porque había
notado que, si tenía que dar la contraseña a distancia, siempre se desviaba del camino.
El ámbito para la aplicación de este talento aumenta, naturalmente, cuanto más nos
elevamos en la jerarquía. Así como el húsar o el cazador al mando de una patrulla tienen
que ser capaces de localizar fácilmente su posición en veredas y atajos apartados,
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
necesitando para este propósito pocas señales y sólo un don limitado de observación e
imaginación, el general en jefe, por su parte, que se ve obligado a poseer un conocimiento
de los rasgos geográficos generales de una región o de un país, ha de tener siempre
vívidamente ante sus ojos la dirección de los caminos, de los ríos y de las montañas,
pudiendo prescindir, al mismo tiempo, del sentido limitado del lugar. Sin duda, en líneas
generales constituirán una gran ayuda las informaciones de toda clase que pueda poseer,
mapas, libros o memorias, y, para los detalles, la colaboración de su entorno; sin
embargo, es evidente que la posesión de un talento capaz de comprender rápida y cla-
ramente las características de un terreno presta a su acción un desarrollo más fácil y más
firme, lo libra de cierta orfandad mental y lo convierte en menos dependiente de los
demás.
Si esta capacidad es atribuida en definitiva a la imaginación, será casi el único
servicio que la actividad militar exige de esa diosa excéntrica, cuya influencia resulta más
dañina que útil.
Creemos haber pasado revista a aquellas manifestaciones de las fuerzas de la mente y
del espíritu que la actividad militar exige de la naturaleza humana. En todas las
cuestiones, el entendimiento aparece como una fuerza cooperadora primordial, y por ello
podemos comprender porqué la tarea de la guerra, aunque parece simple y sencilla, no
puede ser nunca dirigida con éxito por personas que no posean una capacidad intelectual
sobresaliente.
Desde este punto de vista, no precisamos considerar como el resultado de un gran
esfuerzo mental algo tan natural como conseguir un cambio de posición del enemigo, lo
cual ha sido realizado mil veces, u otras cien acciones como ésa.
Evidentemente estamos acostumbrados a ver en el soldado simple y eficiente algo
opuesto a las mentes reflexivas, a esos hombres que rebosan de capacidad de invención y
de ideas, esos espíritus esplendentes que nos deslumbran con su prodigalidad intelectual.
Tal antítesis no está en modo alguno reñida con la realidad, pero no nos dice que la
eficiencia del soldado consista simplemente en su valor ni que no exija asimismo una
cierta energía especial y una eficiencia mental para ser algo más que lo que se llama un
buen espada. Tenemos que insistir una y otra vez en que no hay nada más común que la
existencia de hombres que pierden su capacidad de acción al ser promocionados a una
posición superior, para la cual sus facultades ya no obran de la misma manera. Pero
tenemos que recordar también que estamos hablando de hazañas notables, que dan lustre
a la rama de la profesión a la que pertenecen. Cada grado de mando en la guerra crea,
pues, su propio tipo de cualidades necesarias del espíritu, su honor y su fama.
Existe un inmenso abismo entre un general en jefe, es decir, un general que asume el
mando supremo de toda una guerra o del teatro de la guerra, y su segundo en el escalafón,
por la simple razón de que este último está sometido a una dirección y supervisión mucho
más detallada y está limitado, en consecuencia, a un ámbito mucho menor de actividad
mental independiente. Es por ese motivo por el cual la opinión corriente no aprecia que se
requiera una actividad intelectual notable, excepto en las posiciones superiores, y piensa
que basta una inteligencia ordinaria para ocupar las inferiores; es por eso también por lo
que la gente común se siente inclinada a otorgar un punto de incapacidad a un jefe
subalterno que ha envejecido en el servicio y cuyas actividades exclusivas han producido
en él un evidente empobrecimiento del espíritu, y, con todo respeto hacia su valentía, se
mofan de su simplicidad. No constituye nuestro objetivo intentar conseguir para esta
brava gente una mejor distinción; ello no contribuiría en nada a su eficiencia y muy poco
a su felicidad. Deseamos únicamente presentar las cosas tal como son y apercibir contra
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Capítulo IV
será esto difícil, y menos aún lo parecerá. Pero tales momentos, que no proceden, sin
embargo, de un único impulso, como se podría suponer, sino que son algo así como los
tónicos recetados por los médicos, que deben ser diluidos y tomados a intervalos de
tiempo, tales momentos, repetimos, son los que más escasean.
Acompañemos al militar bisoño en el campo de batalla. A medida que nos acercamos
a éste, el tronar de los cañones se hace más intenso y pronto es acompañado por el
estampido de los disparos, que acapara ahora la atención de los inexpertos. Los
proyectiles empiezan a batir contra el suelo, cerca de nosotros, por delante y por detrás.
Nos dirigimos hacia el cerro donde se encuentra el comandante en jefe y su nutrida
escolta. Aquí, el fragor cercano de los obuses y el estallido de las granadas son tan
frecuentes que la trascendencia de la vida se impone por encima del cuadro juvenil de la
imaginación. De pronto cae alguien que nos es conocido. Una granada explota entre la
tropa y causa algunos movimientos involuntarios. Empezamos a sentirnos incómodos e
intranquilos, e incluso el más valiente se muestra aturdido, por lo menos hasta cierto
punto. Luego nos adentramos más en la batalla que se desarrolla ante nosotros, y nos
dirigimos al siguiente general de división, tal como si estuviéramos en un escenario
teatral. Aquí las balas suceden a las balas, y el tronar de nuestros propios cañones
acrecienta el grado de confusión.
Del general de división al brigadier. Éste, hombre de probada bravura, se mantiene
precavidamente detrás de una loma, una casa o unos árboles, segura señal de que existe
un peligro creciente. La metralla estalla sobre los techos de las casas y en los campos; los
obuses zumban por encima de nosotros, en todas direcciones, y ya se siente un constante
silbido de balas de mosquete. Otro paso más hacia la tropa, hacia esa aguerrida infantería
que, con indescriptible resistencia, se ha mantenido durante horas bajo el fuego, aferrada
a su terreno. Aquí el aire se colma con el silbido de las balas que, al pasar a poca
distancia del oído, la cabeza o el pecho, anuncian su proximidad con un ruido seco y
breve. A todo ello se agrega el sentimiento de compasión que agita nuestros corazones, la
piedad que nos inspira la contemplación de los heridos y los que se desploman con
lamentos de desesperación.
El militar bisoño no pasará por ninguna de estas etapas de peligro creciente sin tener
la sensación de que la luz de la razón se mueve aquí a través de otros medios, y se refleja
por otra forma que cuando se encuentra imbuida por la actividad. Más todavía, tendrá que
ser un hombre muy extraordinario aquel que, bajo la presión de esas primeras
impresiones, no pierda la capacidad de tomar una decisión rápida. Es cierto que el hábito
suele embotar con prontitud esas impresiones; a la media hora empezamos a mostrarnos
más indiferentes, en mayor o menor grado, a todo lo que ocurre en nuestro entorno. Pero
el hombre común nunca alcanza una plena frialdad y una elasticidad de espíritu natural.
Comprobemos, por tanto, una vez más, que no bastan las cualidades comunes, lo cual
será tanto más cierto en cuanto se amplíe el ámbito de actividad que haya de ser
abarcado. Se requiere una entusiasta, estoica e innata valentía, una ambición imperiosa, o
una dilatada familiaridad con el peligro, para que todos los efectos producidos en este
medio cada vez más agravante no escapen a la medida que desde un despacho puede
aparecer solamente como común.
El peligro pertenece a la fricción propia de la guerra. Para comprenderlo de manera
real se precisa apreciarlo correctamente, y es por esta razón por la que nos hemos referido
a él en este capítulo.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Capítulo V
DEL ESFUERZO FÍSICO EN LA GUERRA
Capítulo VI
LA INFORMACIÓN EN LA GUERRA
Capítulo VII
una sola pieza, sino que está compuesta de múltiples individuos, cada uno de los cuales
mantiene su propia fricción hacia todas las direcciones. En teoría, esto suena muy bien: el
jefe de un batallón es responsable de ejecutar la orden recibida, y como el batallón, por su
disciplina, está como fundido en una sola pieza, y su jefe tiene que ser un militar de
reconocida diligencia, la palanca gira sobre ese pivote de hierro con poca fricción.
Pero no ocurre así en la realidad, y todo lo que encierra de exagerado y falso la
concepción se pone inmediatamente de manifiesto en la guerra. El batallón sigue estando
compuesto de un número determinado de hombres, y, si el azar lo dicta, el menos
significado de ellos es capaz de causar una demora o una anomalía. Los peligros que la
guerra entraña, los esfuerzos físicos que exige intensifican de tal forma la posibilidad de
un infortunio, que unos y otros deben ser considerados como sus causas más importantes.
Esta terrible fricción, que no se halla concentrada, como en la mecánica, en unos
pocos puntos, aparece por lo tanto en todas partes en contacto con el azar, y produce así
incidentes casi imposibles de prever, justamente porque corresponden en gran medida al
azar. Un ejemplo de ese azar lo constituye el tiempo. Aquí la niebla provoca que el
enemigo sea descubierto a destiempo, que un fusil se dispare en el momento menos
oportuno, o que un informe no llegue a manos del general en jefe; allí, la lluvia impide la
llegada de un batallón y hace que otro no aparezca en el momento exigido, porque tal vez
ha tenido que marchar ocho horas en lugar de tres, o no deja que la caballería ataque
eficazmente, porque la pesadez del terreno la tiene como anclada en el suelo.
Estos detalles se dan a guisa tan sólo de ejemplo y con el fin de que el lector pueda
seguir al autor en este tema, pues de otro modo deberían escribirse volúmenes enteros
sobre tales dificultades. Para dar una idea de la multitud de los pequeños obstáculos a los
que hay que hacer frente en la guerra podríamos apelar a un sinnúmero de ejemplos, pero
confiamos que bastarán los pocos que hemos dado para evitar el riesgo de resultar
pesados.
La acción en la guerra equivale a un movimiento en un medio penoso. Al igual que
un hombre sumergido en el agua es incapaz de ejecutar incluso el más simple y natural de
los movimientos, como es el de caminar, del mismo modo, en la guerra, mediante el uso
de las fuerzas corrientes no podemos mantenernos siquiera en el plano de la medianía.
Esta es la razón por la cual el teórico que actúa con corrección es como el maestro de
natación que manda hacer en seco los movimientos que serán necesarios en el agua, los
cuales pueden parecer ridículos y exagerados a quienes no piensan en la naturaleza del
agua. También es esta la razón por la cual los teóricos que nunca se han sumergido en ese
elemento, o que no saben abstraer ninguna generalización de sus experiencias, se
muestran faltos de práctica y hasta devienen absurdos, porque solamente enseñan algo
que cualquiera sabe: caminar.
Por añadidura, toda guerra abunda en aspectos individuales. En consecuencia, es
como un mar inexplorado, repleto de escollos, que el juicio del comandante en jefe,
aunque nunca los haya visto con sus propios ojos, puede presentir, de tal modo que sea
capaz de esquivarlos en la noche oscura. Si se desencadena un viento adverso, o sea, si se
produce accidentalmente un grave acontecimiento en su contra, deberá realizar
denodados esfuerzos, mostrar presencia de ánimo y la habilidad más consumada para
hacerle frente, en tanto que para un observador distante todo parecerá desarrollarse por sí
mismo. El conocimiento de esta fricción constituye una parte principal de esa experiencia
bélica de la que tanto se alardea y que se exige a todo buen general. Es cierto que no es el
mejor el que la tenga en mayor medida presente y por tanto la tema (es el tipo de
generales inquietos en exceso, que tanto abunda entre los más experimentados). Pero el
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
general en jefe tiene que ser consciente de la existencia de esa fricción, para poder
superarla hasta donde le sea posible, y a fin de no confiar en que sus acciones posean tal
grado de precisión en sus efectos como el que no cabe obtener precisamente por la
existencia de esa fricción. Además, nunca se alcanzará ese conocimiento por la vía
teórica, e incluso si ello fuera posible, faltaría siempre ese juicio práctico que llamamos
instinto y cuya necesidad resulta mayor en ese ámbito repleto de minucias diversas que
en situaciones mayores y más decisivas, ante las cuales solemos deliberar con nosotros
mismos y con los demás. Del mismo modo que el juicio instintivo, que se convierte casi
en hábito, hace que el hombre mundano hable, actúe y se mueva sólo en la forma que
corresponde a cada ocasión, así también será sólo el oficial experimentado en la guerra
quien decida y actúe siempre en forma adecuada a cada situación, sea grande o pequeña,
a cada pulsación, desearíamos decir, de la guerra. De esta experiencia y de esta práctica
nace por sí misma en su mente la reflexión sobre lo que funciona y lo que no. Y así le
será posible evitar caer con facilidad en situaciones que le lleven a mostrar debilidad, lo
cual, si ocurre con frecuencia en la guerra, hace tambalear la base fundamental de la
confianza y resulta extremadamente peligroso.
En consecuencia, la fricción, o lo que aquí hemos denominado así, constituye lo que
en la realidad convierte en difícil aquello que parece fácil. A medida que prosigamos con
nuestra exposición saldrá a relucir más de una vez este tema, y por ello ha de resultar
evidente que, además de la experiencia y una firme voluntad, se requieren algunas otras
cualidades especiales del espíritu para hacer que un general se distinga por su excelencia.
Capítulo VIII
en tiempo de paz de modo que se incluyan en ellos alguna de las causas de fricción para
que el juicio, la prudencia y hasta la decisión de los distintos jefes puedan ser puestos en
práctica encierra un valor mucho más grande de lo que piensan los que no conocen la
cuestión por experiencia. Resulta enormemente importante que el soldado, cualquiera que
sea su rango, superior o inferior, no se enfrente por primera vez en la guerra con esos
fenómenos que, al ser contemplados con nuevos ojos, asombran y confunden. Si de algún
modo los experimenta con anterioridad, aun cuando sólo sea una vez, se sentirá ya medio
confiado ante ellos. Esto se aplica incluso a los esfuerzos físicos, que deben ser
practicados, no tanto para acostumbrar el cuerpo a ellos, sino para adiestrar la mente. En
la guerra, el soldado novel tiende a considerar los esfuerzos desusados como una
consecuencia de faltas serias, errores y dificultades en la conducción del conjunto, y por
esa razón se siente doblemente deprimido. Esto no le sucederá si ha sido preparado de
antemano mediante ejercicios en tiempo de paz.
Otro medio menos amplio, pero sin embargo importante, a efectos de habituarse a la
guerra en tiempo de paz, es fomentar la incorporación a las propias filas de oficiales de
ejércitos extranjeros que tengan una experiencia bélica. La paz reina rara vez en toda
Europa, y nunca en todo el mundo. Un estado que goce de paz durante largo tiempo
tratará siempre, por lo tanto, de asegurarse la colaboración de oficiales que hayan actuado
en los teatros de guerra, por supuesto, sólo de quienes hayan acreditado un buen
desempeño, o bien enviará a esos escenarios a algunos de sus propios oficiales para que
puedan extraer la debidas lecciones del conflicto bélico.
Por muy reducido que parezca el número de oficiales de este tipo, en relación con la
gran masa de un ejército, su influencia se hará no obstante sentir con todo vigor. Su
experiencia, su manera de ser, el desarrollo de su carácter influirán sobre sus su-
bordinados y sus camaradas. Además, aunque no ocupen posiciones de mando superior,
siempre podrán ser considerados como hombres familiarizados con el tema, a los cuales
cabrá consultar en muchos casos particulares.
LIBRO II
Capítulo I
puede ser omitida, porque el estado de ánimo es el que ejerce la más decisiva influencia
sobre las fuerzas que se emplean en la guerra.
Las necesidades del combate han conducido a los hombres a efectuar invenciones
particulares con el fin de decantar en su favor las ventajas que aquél puede depararles.
Como consecuencia de estos hallazgos, el combate ha experimentado grandes cambios,
pero cualquiera que sea la dirección por la que se encamine, su concepto permanece
inalterado, siendo él el que define a la guerra.
Los inventos se refieren, en primer término, a armas y equipos para uso de los
combatientes individuales. Tienen que ser suministrados y aprendidos en su manejo antes
de entrar en combate. Se crean de acuerdo con la naturaleza de éste y, por lo tanto, se
supeditan a él; pero es evidente que su invención se aparta del combate en sí: se trata tan
sólo de una preparación para el combate, y no de su ejecución. De ello se desprende que
ni las armas y ni los equipos forman una parte esencial del concepto de combate, ya que
una simple lucha constituye asimismo un combate.
El combate determina todo cuanto se refiere a las armas y los equipos, y éstos a su
vez modifican la esencia del combate. En consecuencia, existe una relación recíproca
entre unos y otro.
No obstante, el combate constituye una forma bastante peculiar de actividad, tanto
más cuanto que se desarrolla en torno a un elemento muy especial, como es el peligro.
Por lo tanto, si en algún lugar se presenta la necesidad de trazar una línea entre dos
actividades diferentes, ese lugar es éste, y para darnos claramente cuenta de la
importancia práctica que encierra esta idea bastará con recordar cuán a menudo la aptitud
personal, capaz de obtener un buen resultado en un terreno, no se manifiesta en otros, por
grande que sea, sino en forma de pedantería trivial.
Tampoco resulta difícil hacer una distinción en su aplicación en una actividad u otra,
si consideramos a las fuerzas armadas y equipadas como unos medios que nos son dados.
Para el uso eficaz de esas fuerzas no necesitamos conocer otra cosa que sus resultados
más importantes.
En consecuencia, el arte de la guerra, en su verdadero sentido, es el arte de hacer uso
en combate de los medios dados, y a ello no cabe asignarle un nombre mejor que el de
«conducción de la guerra». Por otra parte, en el más amplio de los sentidos, todas
aquellas actividades que concurren, por descontado, en la guerra ––todo el proceso de
creación de las fuerzas armadas, es decir, el reclutamiento, el armamento, el
equipamiento y el adiestramiento–– pertenecen a ese arte de la guerra.
Para establecer una teoría ajustada a la realidad resulta fundamental separar esas
actividades de conducción y preparación, ya que fácilmente se advierte que, si todo el
arte de la guerra se agotara en cómo organizar y adiestrar las fuerzas armadas para la
conducción de la guerra, de acuerdo con las exigencias de ésta, tan sólo sería posible su
aplicación en la práctica a los pocos casos en que las fuerzas realmente existentes
respondieran exactamente a esas exigencias. Si, por otro lado, nuestro deseo se encamina
a disponer de una teoría que se adecúe a la mayoría de los casos y sea aplicable a todos
ellos, debe tener ésta como fundamento la gran mayoría de los medios usuales que sirven
para hacer la guerra, y, con respecto a ellos, basarse sólo en sus resultados más
importantes.
La dirección de la guerra equivale, por lo tanto, a la preparación y la conducción del
combate. Si éste fuera un acto único, no habría necesidad de ninguna otra subdivisión.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Pero el combate está compuesto de un número más o menos grande de actos aislados,
cada uno completo en sí mismo, que llamamos encuentros (como hemos señalado en el
libro I, capítulo I) y que forman unas nuevas unidades. Se derivan de aquí dos actividades
distintas: preparar y conducir individualmente estos encuentros aislados, y combinarlos
unos con otros para alcanzar el objetivo de la guerra. La primera de estas actividades es
llamada táctica, la segunda se denomina estrategia.
Tal división en táctica y estrategia se usa ahora de forma bastante general, de manera
que todos saben medianamente bien en qué parte cabe colocar cualquier hecho aislado,
sin necesidad de conocer con claridad sobre qué base se efectuó esa división. Pero para
que esa distinción entre una y otra sea adoptada ciegamente en la práctica, tiene que
existir una razón profunda. Nuestras inquisiciones nos permiten afirmar que ha sido tan
sólo el uso de la mayoría el que nos ha hecho tener conciencia de ella. Por otro lado,
debemos considerar como ajenas al uso corriente ciertas definiciones arbitrarias y fuera
de lugar nacidas de la búsqueda realizada por algunos escritores.
Por lo tanto, siempre de acuerdo con nuestra clasificación, la táctica constituye la
enseñanza del uso de las fuerzas armadas en los encuentros, y la estrategia, la del uso de
los encuentros para alcanzar el objetivo de la guerra.
Porqué la idea del encuentro aislado e independiente es más concretamente definida,
y sobre qué condiciones descansa esta unidad, será cosa difícil de elucidar, hasta tanto no
examinemos con más detalle el encuentro. Por ahora nos limitaremos a decir que, en
relación con el espacio, esto es, en el caso de encuentros simultáneos, la unidad se
extiende sólo hasta el mando personal, pero en relación con el tiempo, o sea, en el caso
de encuentros sucesivos, aquélla se prolonga hasta que haya terminado por completo la
crisis presente en todo encuentro.
El hecho de que puedan surgir casos dudosos, en los cuales varios encuentros pueden
ser igualmente considerados como una unidad, no bastará para desestimar el principio de
clasificación que hemos adoptado, porque comparte esa peculiaridad con todos los
principios similares que se aplican a las realidades que, aunque distintas, tienen siempre
lugar siguiendo uno a otro tipo de transición gradual. Así podrá haber, por descontado,
casos particulares de acción que cabe también considerar, sin que ello implique cambio
alguno en nuestro punto de vista, como pertenecientes tanto a la táctica como a la
estrategia: por ejemplo, posiciones muy amplias, semejantes a cadenas de puestos,
disposiciones efectuadas para ciertos cruces de ríos, y casos análogos.
Nuestra clasificación comprende y agota solamente el uso de las fuerzas armadas.
Pero existe en la guerra cierto número de actividades, subordinadas y sin embargo
diferentes, que están relacionadas con este uso más o menos estrechamente. Todas ellas
se refieren al mantenimiento de las fuerzas armadas. Así como la creación y el
adiestramiento de estas fuerzas precede a su uso, así su mantenimiento es inseparable y
resulta una condición necesaria para él. Pero, en un sentido estricto, todas esas
actividades relacionadas entre sí deben ser consideradas siempre como preparativos para
el combate. Por supuesto, por estar relacionadas muy estrechamente con la acción, están
presentes en todo el desarrollo de la guerra y aparecen alternativamente durante el uso de
las fuerzas. En consecuencia, podemos con todo derecho excluirlas del arte de la guerra
en su sentido estricto, es decir, de la conducción de la guerra propiamente dicha, y
tenemos que proceder así si queremos cumplir con el principio original de toda teoría: la
separación de las cosas que son distintas. ¿Quién incluiría en la conducción misma de la
guerra cosas tales como la manutención o la administración? Es cierto que se hallan en
constante relación recíproca con el uso de las tropas, pero difieren esencialmente de él.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
referimos entonces a una marcha decisiva, hábilmente concebida, y con ello queremos
significar la forma en que fue librado el encuentro al cual condujo esa marcha. Esta
sustitución de una idea por otra es demasiado lógica y la concisión de la expresión
demasiado expresa para ser rechazada, pero se trata únicamente de un encadenamiento
abreviado de ideas, y al recurrir a él no debemos dejar de tener presente su significado
estricto, si no deseamos caer en el error.
Tal error consistiría en atribuir a las combinaciones estratégicas un poder
independiente de los resultados tácticos. Las marchas y las maniobras se combinan, el
objetivo es alcanzado y sin embargo no se trata de ningún encuentro; la conclusión que
extraemos es que existen medios para vencer al enemigo sin que se produzca un
encuentro. Sólo más adelante podremos mostrar toda la magnitud de este error, tan
proclive a funestas consecuencias.
Pero aunque una marcha pueda ser considerada absolutamente como una parte
integral del combate, existen no obstante ciertas cuestiones relacionadas con ella que no
pertenecen al combate y que, en consecuencia, no son ni tácticas ni estratégicas. Se trata
de todos los preparativos concernientes al alojamiento de las tropas, a la construcción de
puentes, a la apertura de vías de tránsito, etc. Éstos constituyen tan sólo requisitos pre-
vios; en numerosos casos pueden asemejarse mucho al uso de las tropas y llegar casi a ser
idénticos a él, como es el de la construcción de un puente bajo el fuego enemigo, pero en
sí mismos siempre serán actividades ajenas, cuya teoría no forma parte de la
correspondiente a la conducción de la guerra.
Los campamentos, que responden a la disposición de las tropas en concentración, o
sea, listas para el combate, son lugares donde las tropas descansan y se reponen. Al
mismo tiempo entrañan también la decisión estratégica de presentar batalla en el mismo
lugar donde están situados, de modo que la forma en que son establecidos indica ya a las
claras el plan general del encuentro, condición ésta de la cual se desprende todo
encuentro defensivo. Los campamentos son, por lo tanto, partes esenciales de la
estrategia y de la táctica.
Los cuarteles reemplazan a los campamentos en la función de lograr que las tropas
puedan recuperar sus fuerzas. Como los campamentos, corresponden a la estrategia en
relación con su posición y extensión, y a la táctica con respecto a su organización interna,
cuyo propósito es el aprontamiento para la batalla. Los campamentos y los cuarteles,
además de contribuir a la recuperación de fuerzas, tienen generalmente otro objetivo; por
ejemplo, el dominio sobre una parte del territorio o el mantenimiento de una posición.
Pero también pueden centrarse en cumplir sólo con aquel primer objetivo. No cabe
olvidar que los objetivos que persigue la estrategia pueden ser extremadamente variados,
porque todo lo que parece constituir una ventaja puede ser el objetivo de un encuentro, y
la conservación del instrumento con el cual se conduce la guerra se convierte, muy a
menudo, en el objetivo de combinaciones estratégicas especiales.
En consecuencia, si en un caso así la estrategia procura solamente la conservación de
las tropas, no nos encontraremos por ello en un país extraño, por así decir, por el hecho
de estar considerando todavía el uso de las fuerzas armadas, ya que este uso engloba toda
disposición de esas fuerzas en cualquier punto del teatro de la guerra.
El mantenimiento de las tropas en campamentos y cuarteles pone de manifiesto
actividades que no corresponden al uso de las fuerzas armadas propiamente dichas, como
la construcción de barracones, levantamiento de tiendas, servicios de subsistencia y de
sanidad, de tal modo que no forman parte ni de la táctica ni de la estrategia.
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Capítulo II
En el arte del asedio fue donde, por vez primera, se aludió a la conducción de la
guerra en sí y a los movimientos del pensamiento a los que eran confinadas esas
cuestiones materiales; pero, en líneas generales, se evidenció como tal por sus resultados,
en la medida en que el pensamiento incorporaba nuevos objetos materiales, como son los
ataques, las trincheras, los contrataques, las baterías, etc. Lo único que hacía falta era
cómo ensartar todas estas creaciones materiales aisladas. Dado que en esta clase de
guerra la mente encuentra su expresión casi únicamente en esas cosas, la forma de
encararlas fue, por lo tanto, más o menos adecuada.
como se pasó de la guerra de los encuentros cuerpo a cuerpo medievales a una forma más
regular y compuesta, las reflexiones erradas sobre esta materia se impusieron en el
pensamiento de los hombres, pero en la mayor parte de los casos solamente aparecieron
en memorias y narraciones, en forma incidental y, por así decirlo, de manera solapada.
Los autores de teorías experimentaron muy pronto las dificultades que implicaba el.
tema y encontraron la excusa para evitarlas limitando sus principios y sus sistemas a las
cosas materiales y a una actividad unilateral. Pretendían, como ocurre en las ciencias que
tratan de la preparación para la guerra, llegar a resultados perfectamente establecidos y
positivos y, como resultado de ello, tomar en consideración solamente aquello que pudie-
ra convertirse en materia de cálculo.
8. La superioridad numérica
En un desarrollo más que nada teórico, se intentó sistematizar otro elemento material,
convirtiendo al sustento de las tropas, de acuerdo con la proposición de cierto carácter
orgánico del ejército, en árbitro supremo de la conducción de la guerra en la cúspide.
Por esta vía se llegó realmente a cifras definidas, pero eran cifras basadas en un
cúmulo de suposiciones bastante arbitrarias, que no pudieron superar la prueba de la
experiencia.
10. La base
Como reacción frente a esta falsa dirección se dio preponderancia a otro principio
geométrico, es decir, el de las llamadas líneas internas. A pesar de que este principio
reposa sobre una base justa, la de que el encuentro es el único medio eficaz en la guerra,
sin embargo, debido precisamente a su simple naturaleza geométrica, no constituye sino
una nueva parcialidad que de ningún modo debe privar sobre la vida real.
Todos estos intentos de establecer una teoría tienen que ser considerados como un
progreso en el terreno de la verdad sólo en la medida en que son analíticos; en su parte
sintética son inútiles tanto en sus progresos como en sus reglas.
Se ciñen a cantidades determinadas, mientras que en la guerra todo es indeterminado,
y los cálculos deben ser realizados con cantidades claramente variables.
Dirigen su atención sólo a cantidades materiales, mientras que la acción militar está
por completo impregnada de fuerzas y efectos espirituales.
Consideran sólo la acción unilateral, mientras que la guerra es una acción recíproca
constante entre un bando y el otro.
Todo ello no podía ser abarcado por esa sapiencia escatimosa que desestimaba
cualquier elemento, excepto uno que se situaba fuera del coto cerrado de la ciencia, el
correspondiente al ámbito del genio, que se eleva por sí mismo por encima de todas las
reglas.
¡Ay del guerrero que tenga que arrastrarse en ese mezquino mundo de las reglas,
carentes de valor para el genio, quien se considera superior a ellas y de las cuales en todo
caso puede burlarse! Lo que el genio haga será siempre la más hermosa de las reglas, y la
teoría no puede hacer nada mejor que mostrar cómo y por qué esto es así.
¡Ay de la teoría que se oponga al espíritu! No podrá compensar esta contradicción
con sumisión alguna, y cuanto más sumisa se muestre, tanto más pronto el menosprecio y
el ridículo la alejarán de la vida real.
Para comprender claramente la índole del problema que implica una teoría de la
conducción de la guerra y para deducir de ello el carácter que debe corresponder a dicha
teoría, habrá que examinar más de cerca las principales particularidades que determinan
la naturaleza de la acción bélica.
bien no exista la animosidad al comienzo, el combate mismo será el que prenda la llama
del sentimiento hostil. Si por orden de su superior alguien realizara un acto de violencia
contra nosotros, excitaría nuestro deseo de desquitarnos y de vengarnos antes del ejecutor
que del poder superior bajo cuyo mando ese acto fue realizado. Esto es humano, animal,
si se quiere, pero es un hecho cierto. Teóricamente, tendemos a considerar el combate
como una prueba abstracta de fuerza, como un fenómeno aislado en el cual los senti-
mientos no tienen intervención. Éste es uno de los muchos errores en que caen
deliberadamente las teorías, porque nunca están dispuestas a apreciar las consecuencias
de ello.
Además de esa exarcerbación de los sentimientos que nace de la propia naturaleza del
combate, existen otros que no pertenecen esencialmente a él ––la ambición, el deseo de
dominio, exaltaciones de cualquier clase, etc.––, pero que pueden asociársele fácilmente
por la afinidad de que hacen gala.
Sin embargo, para poder apreciar correctamente la influencia que en la guerra ejerce
el peligro sobre los jefes, no cabe limitar su esfera de acción al peligro físico del
momento. El peligro domina al jefe no sólo porque lo amenaza a él personalmente, sino
también mediante la amenaza a todos aquellos que se hallan bajo sus órdenes; no sólo en
el momento en que se hace presente en realidad, sino por medio de la imaginación en
todos los momentos relacionados con el presente, y, por último, no sólo directamente, por
sí mismo, sino también de manera indirecta, por la responsabilidad que asume, la cual
provoca que en la mente del jefe el peligro adquiera un peso diez veces mayor. ¿Quién
podría afrontar o resolver una gran batalla sin sentir su espíritu más o menos excitado y
paralizado por el peligro y la responsabilidad que implica ese gran acto de decisión? Cabe
afirmar que la acción en la guerra, siempre que se trate de una acción verdadera y no de
una simple presencia, no se halla nunca por entero fuera del ámbito del peligro.
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Las peculiaridades del espíritu en aquel que actúa, junto con las emotivas, ejercen
también una gran influencia. Cabe esperar cosas muy diferentes de una mente
imaginativa, extravagante e inexperta, en comparación con las que proceden de un
entendimiento frío y poderoso.
Por último, la gran incertidumbre que rodea los datos disponibles en la guerra
constituye una dificultad característica, porque, hasta cierto punto, la acción debe ser
dirigida prácticamente a oscuras, lo que, por añadidura, como la niebla y la luz de la luna,
otorga con frecuencia a las cosas un contorno exagerado y una apariencia engañosa.
Todo aquello que esa débil luz prive de una clara visión debe ser adivinado por el
talento o quedar librado a la suerte. Es así como, una vez más, el talento o el simple
vaivén de la fortuna tendrán que servir de guía a falta de un saber objetivo.
Ante esta naturaleza de la cuestión, hay que admitir como imposibilidad pura el dotar
al arte de la guerra, mediante un conjunto de reglas positivas, una estructura que pueda
apuntalar, como si de un andamiaje se tratara, por todos lados la posición del que actúa.
En todos los casos en que queda librado a su capacidad, éste se encontrará fuera de ese
armazón de reglas e incluso en oposición a él. Por versátil que pudiera ser su construc-
ción, se obtendría un resultado idéntico a aquel del cual ya hemos hablado: el talento y el
genio actuarían por encima de la ley, y la teoría se apartaría por completo de la realidad.
fuerzas físicas se enfrentan entre ellas y, si bien no estarán ausentes los elementos
espirituales, también hay que otorgarle a lo material sus derechos. Sin embargo, en el
efecto del encuentro, donde los resultados materiales pasan a ser motivos, sólo tenemos
que vérnoslas con la naturaleza espiritual. En suma, la táctica dispondrá con menos
dificultad de una teoría que la estrategia.
27. La teoría debe ser una consideración, no una regla para la acción
usuales, que, a manera de señales de tránsito, indican la vía que hay que tomar para su
ejecución.
La teoría, por lo tanto, tiene que considerar la naturaleza de los medios y los fines.
En la táctica, los medios están constituidos por las fuerzas armadas adiestradas, que
han de llevar a cabo el combate. El fin es la victoria. Más adelante, al considerar el
encuentro, explicaremos esta idea de manera más precisa. Por ahora nos limitaremos a
calificar la retirada del enemigo del campo de batalla como un indicio de victoria. A
través de esta victoria, la estrategia logra el objetivo fijado para el encuentro, el cual
constituye su significado real. Este significado ejerce una influencia indudable en la na-
turaleza de la victoria. Una victoria que tenga por objeto debilitar las fuerzas del enemigo
difiere de la que se propone simplemente dominar una posición. En consecuencia, el
significado de un encuentro puede ejercer una influencia notable en su planeamiento y en
su dirección, y de ahí que sea un elemento a considerar al tratar de la táctica,
El lugar del encuentro, que conviene limitar a la idea de región y de terreno, podría no
ejercer, en términos estrictos, influencia alguna si el encuentro se produjera en una
llanura árida y completamente uniforme.
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Ese caso puede ocurrir en regiones provistas de grandes estepas, pero en las comarcas
cultivadas de Europa es casi una ficción. En consecuencia, difícilmente puede concebirse
entre naciones civilizadas un encuentro en el cual la región y el terreno no tengan
influencia.
La hora influye en el encuentro por la diferencia existente entre el día y la noche; pero
esa influencia se extiende, como es lógico, más allá de los simples límites de estos
períodos, pues cada encuentro transcurre en un cierto plazo de tiempo y las grandes
batallas suelen durar muchas horas. Al planear una gran batalla, el que ésta comience por
la mañana o por la tarde constituye una diferencia esencial. Sin embargo, en muchas la
cuestión de la hora no tiene casi importancia, y en la mayoría de los casos su influencia es
irrelevante.
Resulta aún mucho más infrecuente que el tiempo ejerza una influencia decisiva, y,
en la mayoría de los casos, esto sólo ocurre cuando se levanta la neblina.
significados, tienen que ser considerados como medios. La conquista de una posición es
el éxito de un encuentro aplicado al terreno. Pero no sólo han de ser considerados como
medios los diferentes encuentros con sus fines particulares. Siempre que en la
combinación de los encuentros para alcanzar un fin común se ponga de manifiesto un
juicio más profundo, éste ha de ser también concebido como un medio. Una campaña
invernal constituye una combinación de ese tipo aplicada a la época del año.
En consecuencia, restarán sólo como objetivos los que conduzcan directamente a la
paz. La teoría ha de abarcar todos estos fines y medios de acuerdo con la naturaleza de
sus efectos y de sus relaciones recíprocas.
37. La estrategia extrae únicamente de la experiencia los fines y los medios que
han de ser abarcados
He aquí otra cuestión: ¿hasta dónde debería abarcar la teoría en el análisis de los
medios? Es evidente que sólo hasta el punto en que los diferentes componentes se pongan
en evidencia para el uso que se considere oportuno. El alcance y los efectos de las
distintas armas tienen especial importancia para la táctica; su formación, aunque tales
efectos resulten de esta última, es una cuestión que no tiene ningún interés. Porque la
conducción de una guerra no consiste en la producción de pólvora y de cañones sobre la
base de determinadas cantidades de carbón vegetal, azufre y salitre, de cobre y de estaño;
las cantidades precisas para la conducción de la guerra son las armas ya terminadas y sus
efectos. La estrategia hace uso de mapas, sin preocuparse por la triangulación; no
investiga qué instituciones debe tener un país y cómo deber ser adiestrado y gobernado
un pueblo para que dé los mejores resultados en la guerra, sino que toma estos extremos
tal como se encontrarán en el conjunto de los estados europeos y advierte acerca de
dónde la existencia de unas condiciones muy diferentes puede ejercer una influencia
notable sobre la guerra.
Así, resulta fácil percibir que se ve muy simplificado el número de materias que
puede elaborar la teoría y que es muy limitado el conocimiento requerido para la
conducción de la guerra. La gran masa de conocimientos prácticos y de habilidades que
sirven para la actividad militar en general, y que son necesarias antes de que entre en
acción un ejército armado, se concentran en unos cuantos grupos principales, antes de
alcanzar el punto en que se presente en la guerra la finalidad última de su utilización, del
mismo modo que las corrientes de agua de un país se unen en ríos antes de dar al mar.
El estudioso que desee canalizar el curso de estas actividades sólo debe familiarizarse
con las que desembocan directamente en el mar de la guerra.
40. Esto explica por qué se forman tan rápidamente los grandes generales y por
qué los generales no son hombres de estudio
Debido a que no se tuvo en cuenta esta simplicidad del conocimiento requerido para
la guerra, sino que fue confundido con todo el enojoso conjunto de conocimientos y
habilidades subordinadas de que está provisto, sólo se pudo solucionar la contradicción
obvia en que se vio sumergido ante las manifestaciones del mundo real, asignando toda la
tarea al genio, que no necesita ninguna teoría y para el cual se descartaba que ésta debiera
haberse formulado.
42. Por esta razón fue negado el uso del conocimiento y todo fue atribuido al
talento natural
Las personas dotadas de sentido común comprendieron cuán distante se halla el genio
de orden superior del pedante ilustrado. En cierta manera se convirtieron en
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Es preciso considerar todavía una condición que es más necesaria que cualquier otra
para el conocimiento de la conducción de la guerra: la de que este conocimiento tiene que
llegar a formar por completo parte de uno mismo. En casi todas las otras artes y
actividades de la vida, la persona que actúa puede servirse de verdades que ha aprendido
una sola vez, pero de las cuales ya no percibe su sentido ni su espíritu, sino que las extrae
de libros polvorientos. Incluso las verdades que maneja y usa diariamente pueden
convertirse para ella en algo completamente externo. Si el arquitecto toma la pluma para
determinar, por medio de un cálculo complicado, la resistencia de un contrafuerte, la
verdad que obtiene como resultado no es una emanación de su propia mente. En primer
lugar, ha tenido que buscar los datos laboriosamente y someterlos a una operación mental
cuya regla no ha descubierto y de cuya necesidad en ese momento sólo es consciente en
parte, pero que por lo general aplica mecánicamente. Esto no sucede nunca en la guerra.
La reacción mental, la forma siempre cambiante de las cosas, hacen necesario que la
persona que actúa sea portadora de la totalidad de su provisión mental de conocimientos
y sea capaz de tomar por sí misma las decisiones oportunas, en todas partes y en
cualquier momento. Por lo tanto, al asimilar completamente el conocimiento y acoplarlo
a su propia mente y a su propia vida, lo transformará en una habilidad real. Esta es la
razón de que parezca tan fácil el conocimiento en los hombres que descuellan en la
guerra y de que todo sea atribuido a su talento natural; y lo denominamos talento natural
para diferenciarlo del que se forma y madura gracias a la observación y al estudio.
Creemos haber explicado, mediante estas reflexiones, el problema que entraña una
teoría de la conducción de la guerra e indicado cómo puede ser éste resuelto. De los dos
ámbitos en que hemos dividido la conducción de la guerra, la táctica y la estrategia, la
teoría de la segunda, como hemos manifestado antes, es la que presenta, sin duda alguna,
las dificultades mayores, porque la primera está limitada casi enteramente a un conjunto
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circunscrito de objetos, mientras que la última, en lo que se refiere a los objetivos que
conducen directamente a la paz, tiene ante sí un campo indefinido de posibilidades. Pero
como es el general en jefe el único que no ha de perder de vista estos fines, la parte de la
estrategia en la que actúa estará también particularmente afectada por esta dificultad.
En la estrategia, especialmente cuando se trate de realizar actos de primera magnitud,
la teoría se detendrá mucho menos que la táctica en la pura consideración de las cosas. Se
contentará con proporcionar a la persona que actúa una visión de las cosas que, mezclada
con la totalidad del pensamiento, otorgue a su desarrollo soltura y seguridad, sin ponerla
jamás en oposición consigo misma, a fin de mantenerse adherida a una verdad objetiva.
Capítulo III
Parece ser que todavía no ha recaído la elección entre los términos de arte y ciencia y
que nadie sabe sobre qué base ha de ser decidida, pese a la sencillez que preside el tema.
Ya hemos afirmado en otra parte que el conocimiento es algo distinto de la capacidad. La
diferencia es tal, que no debería confundirse uno con otra. La capacidad no puede ser
contenida, en forma adecuada, en los límites de un texto y el «arte» nunca tendría que
figurar, en consecuencia, en el título de un libro. Pero, debido a que nos hemos
acostumbrado a colocar juntas las ramas de conocimiento requeridas para la práctica de
un arte (ramas que por separado pueden constituir una ciencia entera) bajo la denomi-
nación de «teoría del arte», o simplemente «arte», resulta coherente mantener esta
distinción y llamar arte a todo, cuando el objetivo es la capacidad creadora ––por
ejemplo, el arte de edificar––, y ciencia, cuando se trata simplemente de conocimiento ––
como en las matemáticas, por ejemplo, y en la astronomía––. Es evidente, y convendría
no confundirse en ello, el hecho de que en cada teoría individual del arte puedan aparecer
ciencias enteras. Pero también cabe hacer notar que resulta casi imposible la existencia de
un conocimiento sin arte. En matemáticas, por ejemplo, el empleo de la aritmética y del
álgebra constituye un arte, pero no representa esto ningún límite. La razón reside en que,
pese a lo claramente perceptible que pueda ser la diferencia existente entre conocimiento
y capacidad, dentro de la combinación de diferentes ramas del conocimiento humano,
resulta difícil para el hombre mismo trazar una clara línea de demarcación.
Todo pensamiento constituye, en verdad, un arte. Allí donde la lógica traza una línea,
allí donde encuentran su límite las premisas que son el resultado del conocimiento, y
comienza a actuar el juicio, allí empieza el arte. Pero todavía más: incluso el
conocimiento del espíritu es juicio y, en consecuencia, arte, y finalmente lo es también el
conocimiento mediante los sentidos. En suma, resulta tan imposible imaginar a un ser
humano que posea tan sólo la facultad del conocimiento sin la del juicio como lo inverso,
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y así el arte y el conocimiento nunca pueden separarse completamente el uno del otro. En
cuanto esos sutiles elementos iluminadores tomen en mayor medida la forma corporal de
cosas del mundo exterior, mayor será la separación existente entre sus reinos.
Afirmémoslo una vez más: allí donde se trata de creación y de producción, allí se
encuentra el ámbito del arte. Si el objetivo es la investigación y el conocimiento, allí
reina la ciencia. En consecuencia, resulta evidente que corresponde más hablar de «arte
de la guerra» que de «ciencia de la guerra».
Con esto debería ser suficiente, ya que no se puede prescindir de esas concepciones.
Pero ahora sale a nuestro encuentro la constatación de que la guerra no es ni arte ni
ciencia en el verdadero sentido de la palabra, y que es precisamente por haber adoptado
ese punto de partida ideológico por lo que se ha tomado una falsa dirección, y lo que ha
determinado que se colocara a la guerra al nivel de otras artes y otras ciencias, y con-
ducido a establecer muchas analogías erróneas.
Ciertamente se había advertido ya antes sobre ello y a partir de esa base se había
sostenido que la guerra es un oficio. Pero con esta afirmación fue más lo que se perdió
que lo que se ganó, ya que un oficio es tan sólo un arte inferior y, como tal, está sujeto a
leyes más definidas y rígidas. Para ser exactos, el arte de la guerra tuvo, en cierto
momento, el espíritu de un oficio, por ejemplo, en el tiempo de los condottieri. Pero si
tomó esta dirección fue por razones externas, no internas, y la historia de la guerra
demuestra cuán antinatural e insatisfactoria fue esa circunstancia.
4. Diferencia
Capítulo IV
METODOLOGÍA
Para exponer con claridad la idea de método y de «metodología», que tan importante
papel desempeñan en la guerra, nos detendremos a considerar rápidamente la jerarquía
lógica por medio de la cual es gobernado el mundo de la acción, como si fuera mediante
autoridades regularmente constituidas.
La ley, la más general entre las concepciones válidas para el conocimiento y la
acción, contiene evidentemente, en su significado literal, algo subjetivo y arbitrario y, no
obstante, expresa con exactitud aquello de lo que dependemos tanto nosotros como las
cosas externas. Como sujeto del conocimiento, la ley contiene la relación entre las cosas y
sus efectos entre sí; como sujeto de la voluntad, constituye una determinante de la acción
y equivale entonces a mandato y prohibición.
El principio es también una ley para la acción, con la diferencia de que no dispone del
significado formal y definido que la ley posee, sino que sólo constituye el espíritu y el
sentido de la ley, que de esta manera permite al juicio una mayor libertad de aplicación,
cuando la diversidad del mundo real no puede ser incluida dentro del concepto definido
de una ley. Como el juicio debe encontrar razones para explicar los casos en que no es
aplicable el principio, éste se convierte, en ese sentido, en una verdadera ayuda o destello
orientador para la persona que actúa.
El principio es objetivo cuando es el resultado de verdades objetivas y, por tanto,
adquiere igual valor para todos los hombres; es subjetivo, llamándose entonces por lo
general axioma, o sea, una regla de conducta propia, si contiene relaciones subjetivas y,
por lo tanto, adquiere un valor positivo sólo para la persona que lo formula.
La regla es tomada con frecuencia en el sentido de ley, significando entonces lo
mismo que el principio, ya que decimos «no hay regla sin excepción», pero no que «no
hay ley sin excepción», lo que demuestra que con la regla conservamos una mayor
libertad de aplicación.
En otro sentido, regla constituye el medio utilizado para reconocer la verdad que
subyace en el fondo de un signo particular más próximo, a fin de aplicar a este signo la
ley de acción que atañe a la verdad en su conjunto. De este tipo son todas las leyes que
rigen los juegos, todas las formas abreviadas de procedimiento en matemáticas, etcétera.
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Las regulaciones y los métodos son incorporados a la conducción de la guerra por las
teorías de la preparación, en la medida en que se insuflen, a modo de principios activos,
en las tropas ya formadas. Todas las instrucciones para las formaciones, los ejercicios y
los servicios de campaña son regulaciones y métodos. En los ejercicios de instrucción
predominan las primeras, y en las instrucciones de servicios de campaña, los últimos. La
conducción real de la guerra va unida a ellos; recurre a ellos, por tanto, a modo de formas
dadas de procedimiento, y raíz de tal carácter tienen que integrar la teoría de la
conducción de la guerra.
Pero para aquellas actividades que conserven una libertad de uso de esas fuerzas no
puede haber regulaciones, esto es, no puede haber instrucciones definidas, precisamente
porque esto excluiría la libertad de acción. Los métodos, por otra parte, constituyen una
forma general de realizar una tarea, a medida que vayan apareciendo, sobre la base, tal
como ya pusimos de relieve, de la probabilidad media. Como conjunto que aporta princi-
pios y reglas aptos para ser aplicados, pueden formar ciertamente parte de la teoría de la
conducción de la guerra, siempre que no adopten una representación diferente de lo que
son en realidad, o se presenten como leyes de acción absoluta y de relación necesaria
(sistemas), sino como la mejor forma que puede ser aplicada o sugerida como vía más
corta en lugar de una decisión individual.
Se advertirá que la aplicación de un método constituirá con frecuencia el factor más
esencial en la conducción de la guerra, teniendo en cuenta las múltiples acciones que se
realizan sobre la base de meras conjeturas o en una completa incertidumbre. Las medidas,
en la guerra, deben ser siempre establecidas según un cierto número de posibilidades.
Uno de los bandos parece incapaz de apreciar las circunstancias que influyen en las
disposiciones del otro. Aun en el caso de que se conocieran, realmente las circunstancias
que influyen en las decisiones del oponente, uno no cuenta con tiempo suficiente como
para poner en práctica las medidas necesarias para contrarrestarlas, debido a su extensión
y complejidad. Cada acontecimiento se ve envuelto en un número de circunstancias
menores que deben ser tenidas en cuenta, y no existe otro medio de hacerlo sino
deduciendo una de la otra y basando los cálculos tan sólo sobre lo que es general y
probable. Por último, debido al aumento creciente de oficiales, a medida que se desciende
en la escala jerárquica, y cuanto más bajo sea el ámbito de acción, tanto menor será la
cantidad de cosas que pueden ser dejadas a merced del juicio individual. Cuando se
accede al grado en que no cabe esperar otro reconocimiento que el que permiten las
regulaciones del servicio y la experiencia, se debe afrontar el acontecimiento con
métodos de rutina surgidos de esas regulaciones. Ello será válido tanto como afirmación
de aquel juicio como de dique contra las deducciones extravagantes y erróneas,
especialmente temibles en un ámbito en el que la experiencia resulta tan costosa.
Además de su carácter indispensable, cabe asimismo atribuir a la metodología una
ventaja positiva, es decir, el hecho de que, mediante la aplicación constante de fórmulas
invariables, se gana en rapidez, precisión y firmeza en la dirección de las tropas, lo cual
conduce a una disminución de la fricción natural y permite a la maquinaria moverse con
mayor presteza.
El método, por tanto, tendrá un uso más general y resultará más indispensable en la
medida en que las personas actuantes ocupen un menor puesto jerárquico, mientras que,
al ascender en la escala, ese uso disminuirá, hasta desaparecer por completo en las
posiciones más elevadas. Por dicha razón, más indicado estará en la táctica que en la
estrategia.
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Capítulo V
CRÍTICA
La influencia de las verdades teóricas sobre la vida práctica siempre se ejerce más por
medio de la crítica que por medio de la instrucción, ya que la crítica equivale a la
aplicación de verdades teóricas a acontecimientos reales, de tal modo que no sólo acerca
esas verdades a la vida, sino que permite que el entendimiento se acostumbre más a éstas,
gracias a una aplicación repetida hasta la saciedad. Debido a ello, creemos necesario
establecer el punto de vista de la crítica junto con el de la teoría.
En principio tenemos que diferenciar la narración crítica de la narración simple de los
acontecimientos históricos, la cual sitúa simplemente las cosas una al lado de la otra y a
lo sumo toma en cuestión sus relaciones causales más inmediatas.
En esa narración crítica se hacen patentes tres actividades distintas del entendimiento.
En primer lugar, el descubrimiento y la constatación histórica de los hechos dudosos.
Nos encontramos aquí con la investigación histórica pura, que no tiene nada en común
con la teoría.
En segundo lugar, la deducción del efecto, partiendo de sus causas. Esto es la
investigación crítica propiamente dicha, que resulta indispensable para cualquier teoría,
porque, en teoría, todo lo que ha de ser establecido, sustentado o incluso sólo explicado a
través de la experiencia únicamente puede ser resuelto de esta forma.
En tercer lugar, la constatación de los medios empleados, es decir, la crítica
propiamente dicha, que contiene elogios y reproches. Es aquí donde la teoría resulta útil a
la historia, o más bien a la enseñanza que se deriva de ella.
En estas dos últimas partes, estrictamente críticas, de la consideración histórica, todo
depende de la investigación de las cosas hasta sus elementos finales, o sea, hasta las
verdades que permanecen fuera de toda duda, y no de la detención a mitad de camino con
suposiciones arbitrarias o hipótesis, sin seguir adelante, como sucede tan a menudo.
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Con respecto a la deducción de un efecto por sus causas, se tropieza a menudo con la
dificultad externa e insuperable de que las causas verdaderas son apenas conocidas. En
ninguna otra circunstancia de la vida se produce ello con tanta frecuencia como en la
guerra, en la cual los acontecimientos rara vez son totalmente conocidos y aún menos lo
son los motivos, que, o bien son ocultados a propósito por las personas que han interve-
nido en ellos, o bien pueden desvanecerse para la historia cuando tienen un carácter muy
transitorio y accidental. Por tanto, la narración crítica tiene que correr parejas con la
investigación histórica, e incluso así, con frecuencia persiste una disparidad tal entre
causa y efecto que no se justifica que la historia considere los efectos como
consecuencias necesarias de las causas conocidas. En este caso, por tanto, aparecerán
necesariamente lagunas, es decir, se llegará a resultados históricos de los que no se puede
extraer enseñanza alguna. Lo único que la teoría puede exigir es que la investigación sea
conducida con rigidez hasta esas lagunas, y allí tendrá que dejar en suspenso sus
exigencias. El problema real sólo surge si, indefectiblemente, lo que se conoce tiene que
bastar para explicar los resultados, y se le atribuye así una engañosa importancia.
Unida a esta dificultad, la investigación crítica encuentra también otra de carácter
intrínseco muy profunda en el hecho de que en la guerra los efectos rara vez proceden de
una sola causa, sino de varias causas unidas, y, en consecuencia, no basta reconstruir con
disposición sincera e imparcial las series de acontecimientos hasta sus comienzos, sino
que además es necesario asignar el valor que les corresponde a cada una de las causas
originarias. Por lo tanto, ello conduce a una investigación más detallada de su naturaleza,
y es así como la investigación crítica puede derivar hacia el terreno propio de la teoría.
La consideración crítica, es decir, la constatación de los medios, lleva a la cuestión
de saber cuáles son los efectos propios de los medios aplicados, y si estos efectos eran los
que se proponía la persona actuante.
Los efectos propios de los medios conducen a la investigación de su naturaleza y, de
esta forma, nuevamente al terreno de la teoría.
Hemos visto que, en la crítica, todo consiste en alcanzar verdades que estén fuera de
cualquier duda, es decir, no detenerse en proposiciones arbitrarias que no sean válidas
para otros, a las que se oponen entonces otras afirmaciones quizás igualmente arbitrarias,
de modo que no habrá límite para los pros y los contras y el conjunto carecerá de
resultados y, por lo tanto, de valor como enseñanza.
Hemos visto también que la investigación de las causas y la constatación de los
medios conducen al terreno de la teoría, es decir, al terreno de la verdad universal que no
se deduzca únicamente del caso individual que se está examinando. Si se dispone de una
teoría útil, la investigación crítica recurrirá a lo que ha sido resuelto en ella, y en ese
punto debe detenerse la investigación. Pero allí donde no se dispone de esa verdad
teórica, la investigación debe ser proseguida hasta los elementos finales. Si aparece a
menudo esta necesidad, el historiador se verá obligado a ocuparse de detalles cada vez
mayores. Se verá de este modo muy atareado y le será casi imposible tratar todos los
puntos con la debida reflexión. Como consecuencia, para limitar su examen se detendrá
en afirmaciones arbitrarias que, aunque no lo sean realmente para él, continuarán sin
embargo siéndolo para los demás, porque no son ni evidentes por sí mismas ni han sido
demostradas.
Por lo tanto, una teoría útil es el fundamento esencial para la crítica, y sin la ayuda de
una teoría razonable es imposible que la crítica alcance el punto en que realmente
comienza a ser instructiva, es decir, a ser una demostración convincente.
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Pero equivaldría a una esperanza quimérica creer en la posibilidad de una teoría que
se ocupara de toda verdad abstracta y sólo dejara a la crítica la tarea de situar el caso
individual bajo la ley que le corresponda. Constituiría una pedantería ridícula establecer
como regla que la crítica debe siempre detenerse y girar en redondo al llegar a los límites
de la sagrada teoría. El mismo espíritu de investigación analítica, que es el origen de la
teoría, debe guiar también al crítico en su trabajo; en consecuencia, puede y suele suceder
que se desvíe hacia el terreno de la teoría y que siga adelante hasta explicar por sí mismo
esos puntos que para él tienen especial importancia. Por el contrario, es mucho más
probable que la crítica deje por completo de alcanzar su objetivo si se convierte en una
aplicación mecánica de la teoría. Cuanto más carezcan de universalidad y de verdad
absoluta los resultados de la investigación teórica, tanto más llegarán a ser todos los
principios, reglas y métodos que pueda establecer, reglas positivas para la práctica.
Existen para el uso requerido y debe dejarse siempre que el buen juicio decida si son
adecuados o no. Esos resultados de la teoría nunca deben ser usados en la crítica como
reglas o normas fijas, sino simplemente como una ayuda para el juicio, en la misma
forma en que tendrá que usarlas la persona que actúa. Si en la táctica es cosa decidida
que, en el orden general de la batalla, la caballería debe ser colocada detrás de la
infantería y no en la misma línea, sería sin embargo un disparate reprobar toda desviación
a esa norma. La crítica debe investigar las razones que han determinado la desviación, y
sólo si éstas son inadecuadas tendrá el derecho de hacer referencia a lo que ha establecido
la teoría. Además, si la teoría acepta que un ataque dividido disminuye la probabilidad de
éxito, siempre que se produzca ese ataque dividido y con ello un resultado desafortunado
sería poco razonable considerar este último como una consecuencia del primero, sin
investigar con más detalle si realmente ha sido ese el caso. Del mismo modo, sería
también poco razonable deducir de ello que sea engañoso lo que afirma la teoría. El
espíritu crítico investigador se niega a asentir a cualquiera de las dos premisas. En
consecuencia, la crítica se basa esencialmente en los resultados de la investigación
analítica obtenidos por medio de la teoría. Lo que ésta ha admitido no necesita ser
establecido de nuevo por la crítica, y ha sido así para que la critica pueda encontrarlo ya
establecido.
Esta tarea de la crítica de investigar qué efecto ha sido producido por una causa, y si
el medio empleado ha sido el que se necesitaba para alcanzar su fin, resultará fácil si se
hallan próximos la causa y el efecto, el fin y los medios.
Si un ejército es sorprendido y no puede por tanto hacer uso normal e inteligente de
sus fuerzas y recursos, el efecto de esa sorpresa no será dudoso. Si la teoría ha establecido
que, en una batalla, un ataque envolvente conduce a un mayor éxito pero con menor
seguridad, la cuestión, entonces, radica en saber si quien emplea el ataque envolvente ha
considerado como principal objetivo la magnitud del éxito. En ese caso, el medio fue ele-
gido correctamente. Pero si el deseo del atacante sólo fuera asegurar el éxito y si esta
esperanza estuviese basada no en circunstancias particulares, sino en la naturaleza del
ataque envolvente, entonces se habría equivocado al calibrar la naturaleza de ese medio y
habría cometido un error, como ha sucedido cientos de veces.
Aquí resulta fácil el trabajo de investigación militar y demostrativo, y siempre lo será,
si se limita a los efectos y los fines inmediatos. Se podrá hacer esto exactamente a gusto
de cada cual, a condición de que se consideren las cosas separadamente de su relación
con el conjunto, y que sólo se estudien así separadas.
Pero en la guerra, lo mismo que en general en el mundo común, existe una relación
entre todo lo que pertenece al conjunto; en consecuencia, toda causa, por pequeña que
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
sea, debe influir con sus efectos sobre el resto de la guerra y modificar en cierto grado el
resultado final, por más débil que pueda ser ese grado. Del mismo modo, todo medio
puede ejercer su influencia hasta la obtención del fin último.
Por lo tanto, podemos deducir los efectos de una causa, hasta donde se observen
señales indicativas, y, de la misma manera, no sólo se puede poner a prueba un medio
para su fin inmediato, sino también probar este mismo como medio para un fin más
elevado y ascender así a lo largo de un encadenamiento, subordinado cada fin al superior,
hasta que lleguemos a uno que no requiera ser puesto a prueba, porque su necesidad es
indudable. En muchos casos, especialmente si se trata de medidas importantes y
decisivas, el examen tendrá que extenderse hasta el fin último, o sea, el que dé lugar a la
paz.
Es evidente que, al ascender de este modo, en cada nuevo tramo al que se llegue se
adaptará para el juicio un punto de vista nuevo, de forma tal que el mismo medio que
parece ventajoso desde un punto de vista inmediato debe ser rechazado cuando se
considera desde un punto de vista más alejado.
Al analizar en forma crítica un capítulo de la historia, siempre deben ir acompasadas
la investigación de las causas de los fenómenos y la constatación de los medios, de
acuerdo con los fines a los que sirven, porque sólo la investigación de la causa nos
conduce a objetos dignos de ser puestos a prueba.
Este intento de recorrer de un extremo a otro el encadenamiento causal implica una
dificultad considerable, porque, cuanto más lejos de un acontecimiento se halle la causa
que se busque, tanto mayor habrá de ser el número de otras causas que, al mismo tiempo,
deben ser examinadas y analizadas en relación con la participación que puedan haber
tenido en dar forma a los acontecimientos, y eliminadas en consecuencia; porque cuanto
más elevado se halle un fenómeno en esa cadena causal, más numerosas serán las fuerzas
y circunstancias separadas que lo condicionan. Si hemos dilucidado las causas de una
batalla perdida, también habremos dilucidado, sin duda, parte de las causas que
corresponden a las consecuencias de esa batalla perdida en el conjunto de la guerra. Pero
sólo habremos dilucidado una parte, porque los efectos de otras causas contribuirán en
mayor o menor medida, de acuerdo con las circunstancias, a determinar el resultado final.
En la constatación de los medios, a medida que nuestros puntos de vista se eleven
sucesivamente se presentará la misma multiplicidad en lo que habremos de tratar, porque
cuanto más elevados sean los fines, más cuantiosos tendrán que resultar los medios
empleados para alcanzarlos. El fin último de la guerra es perseguido simultáneamente por
todos los ejércitos y, por lo tanto, se tiene también que tomar en consideración cuanto a
su respecto ha sido llevado a cabo, o hubiera podido ser llevado a cabo.
Evidentemente, ello puede conducir, a veces, a un terreno muy amplio de
investigación, donde es fácil perderse y en el que prevalecen las dificultades, porque
deben avanzarse gran número de suposiciones sobre cosas que no han sucedido
realmente, pero que eran probables y, en este sentido, no pueden dejar de ser
consideradas.
Cuando, en 1797, Bonaparte, a la cabeza del Ejército de Italia, avanzó desde el río
Tagliamento contra el archiduque Carlos, lo hizo con la intención de obligarle a tomar
una decisión antes de que éste recibiera los refuerzos que esperaba procedentes del Rin.
Si consideramos solamente la decisión inmediata, el medio fue bien elegido. Y el
resultado lo demostró, pues el archiduque quedó tan debilitado que no efectuó más que
un intento de resistencia sobre el Tagliamento. Cuando vio la resolución y fortaleza de su
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adversario, abandonó el campo de batalla y los pasos que conducían a los Alpes Nóricos.
Ahora bien, ¿qué se había propuesto Napoleón con esta acción? ¿Penetrar en el corazón
mismo del imperio austríaco? ¿Facilitar el avance de los ejércitos del Rin al mando de
Moreau y Hoche y lograr una estrecha comunicación con ellos? Esta fue la posición
adoptada por Bonaparte y desde este punto de vista actuó con acierto. Pero si la crítica se
sitúa en un punto de vista más elevado, o sea, el del Directorio francés, cuyo mando era
incapaz de ver, y debió haber visto, que la campaña del Rin no tenía que haberse iniciado
hasta seis semanas más tarde, entonces el avance de Napoleón sobre los Alpes Nóricos
sólo puede ser considerado como una baladronada extemporánea, porque si los austríacos
hubieran hecho intervenir en masa a sus ejércitos del Rin para reforzar su presencia en
Estiria, permitiendo de este modo que el archiduque se arrojara sobre el Ejército de Italia,
no sólo ese ejército probablemente habría sido derrotado, sino que quizá se habría
perdido para Francia toda la campaña. Fue esta consideración, que se impuso por sí
misma a Napoleón en Villach, la que indujo a éste a firmar con tanta celeridad el
armisticio de Leoben.
Si la crítica parte de una posición aún más elevada y se sabe que los austriacos no
poseían reserva alguna desplegada entre el ejército del archiduque Carlos y la ciudad de
Viena, se deduce, entonces, que la capital austríaca habría caído bajo la amenaza del
Ejército de Italia.
Supongamos que Bonaparte hubiera sabido que Viena se hallaba de esa forma
desprotegida y también que contaba en Estiria con esa decisiva superioridad numérica
sobre el archiduque.
Entonces, su precipitado avance contra el corazón de los estados austríacos ya no
habría carecido de propósito, puesto que su valor habría dependido sólo de aquel que los
austríacos hubieran asignado a la conservación de Viena. Si ese valor hubiese sido para
ellos tan grande como para haberles inducido a aceptar las condiciones de paz que
Bonaparte estaba dispuesto a ofrecerles, antes que perder la ciudad, la amenaza contra
Viena debería ser considerada como el propósito esencial del avance. Si por alguna razón
Bonaparte hubiera sabido esto, la crítica podría detenerse aquí; pero si se hubiera
mostrado indeciso a ese respecto, la crítica debería situarse en una posición aún más
elevada y preguntarse qué habría ocurrido si los austríacos hubieran abandonado Viena y
se hubiesen retirado más allá, en el confín de las vastas extensiones cuyo dominio todavía
poseían. Pero resulta fácil advertir que esta cuestión no puede ser contestada sin tomar en
consideración el curso probable de los acontecimientos en la confrontación de los
ejércitos del Rin por ambos bandos. En vista de la decidida superioridad numérica del
lado de los franceses ––130.000 contra 80.000––, no cabrían muchas dudas respecto del
resultado. Pero entonces surgiría otra cuestión: ¿qué uso habría hecho el Directorio de esa
probable victoria? ¿Habría ampliado su triunfo hasta alcanzar los límites de la monarquía
austríaca, intentando desmembrar y destruir, por lo tanto, ese poder, o se habría
contentado con la conquista de una parte considerable del territorio, que le pudiera servir
como garantía de la paz? Debe estimarse, en cada caso, el resultado probable, a fin de
llegar a una conclusión sobre la plausible elección del Directorio. Supongamos que el
resultado de estas consideraciones hubiera sido el de que las fuerzas francesas eran
demasiado débiles para derrotar completamente a la monarquía austríaca, de suerte que el
intento por sí mismo habría invertido completamente la situación, y que incluso la
conquista y ocupación de una parte considerable del territorio de aquélla habría colocado
a los franceses en una posición estratégica para la cual sus fuerzas probablemente eran
insuficientes. Entonces ese resultado habría condicionado su juicio sobre la situación del
Ejército de Italia, hasta hacerle ver la conveniencia de disminuir sus posibilidades. Sin
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
duda, esto fue lo que indujo a Bonaparte ––aun cuando pudo darse cuenta, a primera
vista, de la impotencia del archiduquea firmar la paz de Campoformio, que no impuso a
los austríacos mayores sacrificios que los de la pérdida de regiones que no habrían
reconquistado ni tras las campañas más afortunadas. Pero los franceses no podrían haber
contado siquiera con el moderado tratado de Campoformio, y, por lo tanto, no podrían
haberlo fijado como objetivo de su osado avance, si no hubieran entrado en consideración
dos cuestiones. La primera, determinar qué valor habrían asignado los austríacos a cada
uno de los resultados antes mencionados; si, no obstante la probable obtención de un
resultado satisfactorio en cualquiera de los dos casos, habría valido la pena hacer el
sacrificio que implicaban, es decir, continuar la guerra, cuando ese sacrificio podría haber
sido ahorrado mediante una paz basada en cláusulas no demasiado humillantes. La
segunda, saber si el gobierno austríaco habría sopesado seriamente el posible resultado
final de una resistencia continuada, y si no se habría dejado llevar por el desaliento bajo
la impresión causada por los descalabros del momento.
La consideración que entraña la primera cuestión no constituye una sutileza baladí,
sino que tiene una importancia práctica tan decisiva que surge siempre que se discute un
plan para llevarlas cosas hasta sus últimos extremos. Esto es lo que con gran frecuencia
evita que esos planes se ejecuten.
La segunda cuestión es igualmente necesaria, porque la guerra se entabla no con un
oponente abstracto, sino con uno real, que siempre debe ser tenido en cuenta. Podemos
estar seguros de que el audaz Bonaparte no descuidaba este punto de vista, es decir, no
desdeñaba la confianza basada en el temor que despertaba en sus enemigos. Esta misma
confianza fue la que, en 1812, lo condujo a Moscú, y allí lo abandonó en el infortunio. El
terror que inspiraba se había evaporado en cierto modo en las gigantescas luchas en las
que se vio implicado. Por supuesto, no había sufrido ningún desgaste en 1797 y no se
había revelado todavía el secreto de su fuerza de resistencia llevada hasta el último
extremo. Sin embargo, incluso en 1797 su intrepidez lo habría conducido a un resultado
negativo si, como ya hemos dicho, gracias a una especie de presentimiento, no hubiera
elegido la paz moderada de Campoformio como una tabla de salvación.
Tenemos que examinar esto de manera terminante. Bastará mostrar con un ejemplo la
amplia esfera de actividad, la diversidad y la dificultad que puede presentar un examen
crítico si nos adentramos en los fines esenciales, es decir, si nos referimos a medidas de
carácter importante y decisivo que necesariamente deben influir sobre ellos. Este examen
revelará que, además de la comprensión teórica de la cuestión, el talento natural debe
también ocupar su lugar a la hora de enjuiciar el valor del examen crítico, porque de él
dependerá principalmente la posibilidad de aclarar la relación de las cosas, distinguiendo
las que son esenciales de las incontables relaciones recíprocas de los acontecimientos.
Pero el talento se emplea todavía de otra manera. La consideración crítica no
constituye una mera constatación de los medios empleados realmente, sino un examen de
todos los posibles, que, por lo tanto, primero deben ser descubiertos y especificados; y,
evidentemente, no estamos en disposición de desdeñar ningún medio en particular, a
menos que seamos capaces de especificar uno mejor. Sin embargo, por pequeño que sea
el número de combinaciones posibles en la mayoría de los casos, debe admitirse que
señalar las que no han sido usadas no constituye un simple análisis de las cosas reales,
sino una realización espontánea que no se deja prescribir sino que depende de la capa-
cidad de producción de la mente.
Estamos lejos de considerar que un caso en el cual todo debe ser investigado hasta
que se llega a unas pocas combinaciones prácticamente posibles y muy simples
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
presionado hasta el Rin? Estamos convencidos de que se habría producido una inversión
completa de la campaña y que el ejército de los Aliados, en lugar de marchar hacia París,
se habría retirado detrás del Rin. No pretendemos que otros compartan nuestra
convicción, pero ya que esta alternativa ha sido mencionada, ningún experto pondría en
duda que esa crítica tendría que ser considerada junto con las demás posibilidades.
En este caso los medios de comparación se encuentran también mucho más cerca que
el primero. Fueron igualmente pasados por alto, porque se siguió ciegamente una
tendencia determinada, sin recurrir a un juicio imparcial.
De la necesidad de proponer un medio mejor en lugar del que fue rechazado ha
surgido una clase de crítica que es casi la única que se usa y que se contenta con señalar
un procedimiento supuestamente mejor, sin aducir la verdadera prueba para ello.
Consecuencia de esto es que mientras algunos no están convencidos, otros actúan
exactamente de la misma forma y surge, entonces, una controversia que no proporciona
base ninguna para la discusión. Toda la literatura de la guerra abunda en esta clase de
ejemplos.
La prueba que solicitamos es siempre necesaria cuando la posibilidad que pone de
manifiesto el medio no es tan evidente como para desechar todas las dudas, y consiste en
investigar cada uno de los medios sobre la base de sus propios méritos y compararlo con
el fin propuesto. Si, de esta forma, la cuestión ha sido investigada hasta alcanzar la simple
verdad, la controversia debería cesar, o por lo menos conducir a nuevos resultados,
mientras que, en la otra forma de procedimiento, los pros y los contras siempre se
destruyen entre sí. Si, por ejemplo, no nos satisface la afirmación hecha en el caso antes
mencionado, y deseamos probar que haber persistido en perseguir a Blücher hubiera sido
mejor que acosar a Schwarzenberg, debemos tener en cuenta las realidades siguientes:
1. En general, resulta más ventajoso perseverar en los golpes en una misma dirección
que golpear en diferentes direcciones, porque esto último implica una pérdida de tiempo,
y, además, porque cuando la fuerza moral del enemigo se ha visto debilitada por haber
sufrido bajas considerables, es más fácil obtener nuevos éxitos. En ese sentido, por lo
tanto, la superioridad ya ganada es aprovechada íntegramente.
2. Blücher, aun siendo más débil que Schwarzenberg, debido a su espíritu combativo
era todavía el adversario más importante; por lo tanto, en él se encontraba el centro de
gravedad en el que confluía todo lo demás.
3. Las pérdidas sufridas por Blücher equivalían a una derrota y habían otorgado a
Bonaparte un tal predominio en la situación, que casi no podía dudarse de la retirada de
aquél sobre el Rin, porque en la zona en que se hallaba no existían refuerzos de
importancia.
4. Ningún otro éxito posible hubiera parecido tan formidable o hubiera adquirido
proporciones tan gigantescas para la imaginación; tener que enfrentarse a un Estado
Mayor indeciso y timorato, como era notoriamente el de Schwarzenberg, constituía una
ventaja inmensa. El principe Schwarzenberg tenía que conocer bastante
aproximadamente las pérdidas sufridas por el príncipe de Eugenio de Württemberg, en
Montereau, y por el conde Wingenstein en Mormant. Por otro lado, de la serie de descala-
bros que Blücher habría experimentado en su zona completamente separada e inconexa,
que se extendía desde el Marne hasta el Rin, sólo le habrían llegado noticias a través de
rumores. El movimiento desesperado que Bonaparte realizó sobre Vitry, a finales de
marzo, para probar qué efectos ejercería sobre los Aliados la amenaza de un movimiento
envolvente, estaba basado, evidentemente, en el principio de terror sorpresivo, pero bajo
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Por otro lado, todavía le resulta más difícil renunciar a lo que conoce tal vez
demasiado. Esto solamente es fácil respecto de las circunstancias accidentales, es decir,
de aquellas que no guardaban necesariamente una relación con la situación, sino que
habían llegado a estar mezcladas con ella. Pero, en todas las cuestiones esenciales, la
crítica resulta extremadamente difícil y nunca se logra llevarla a cabo por completo.
Consideremos en primer lugar el resultado. Si éste no proviniera de circunstancias
accidentales, sería casi imposible que su conocimiento no influyera sobre el juicio de las
circunstancias de las que provenía realmente porque vemos estas circunstancias desde el
punto de vista de ese resultado, y en cierto modo, solamente gracias a él adquirimos
nuestro conocimiento de las circunstancias y establecemos nuestra opinión sobre su
importancia. La historia de la guerra, con todos sus acontecimientos, constituye una
fuente de enseñanza para la propia crítica, y es natural que ésta arroje sobre las cosas la
misma luz que ha obtenido de la consideración del conjunto. Por lo tanto, si en muchos
casos la crítica hubiera intentado prescindir por completo de ello, nunca lo habría
conseguido plenamente.
Pero esto ocurre no sólo en lo que se refiere al resultado, es decir, a lo que no se
produce hasta más tarde, sino también en lo que respecta a lo que ya existe, o sea, a los
datos que determinan la acción. En la mayoría de los casos, la crítica dispondrá de un
mayor número de datos que el que tenía la persona que actuaba. Ahora bien, podríamos
suponer que habría sido fácil descartarlos por completo, y sin embargo no es así. El
conocimiento de las circunstancias anteriores y simultáneas no descansa sólo sobre
informaciones definidas, sino sobre un amplio número de conjeturas y suposiciones. En
realidad, apenas no hay una información referente a las cosas que no son puramente ac-
cidentales, que no haya sido precedida por conjeturas o suposiciones, las cuales
substituirán a la información auténtica, si ésta continúa faltando. Entonces puede
concebirse que la crítica, que en una época posterior tiene delante de sí, como hechos,
todas las circunstancias precedentes y presentes en el acto, no se sienta con ello prevenida
cuando se pregunta qué parte de las circunstancias desconocidas habría considerado
como probable en el momento de la acción. Mantenemos que, en este caso, como en el de
los resultados, y por la misma razón, es imposible llegar a una abstracción.
En consecuencia, si el crítico quiere loar o censurar cualquier acto aislado, sólo hasta
cierto punto logrará colocarse en la posición de la persona que actuaba. En muchísimos
casos estará en disposición de hacer esto hasta un grado suficiente como para alcanzar un
propósito práctico, pero en otros no podrá hacerlo en forma alguna, lo cual no debemos
perder nunca de vista.
Pero no es necesario ni deseable que la crítica se identifique completamente con la
persona actuante. En la guerra, como en todas las actividades que exigen cierta
capacidad, se requiere una aptitud natural que llamamos maestría. Esta puede ser grande
o pequeña. En el primer caso, fácilmente puede ser superior a la del crítico, porque, ¿qué
crítico pretenderá poseer la maestría de un Federico el Grande o de un Bonaparte? Por lo
tanto, si la crítica no tiene que abstenerse de emitir su opinión en lo que respecta a un
talento eminente, se le debe permitir hacer uso de la ventaja que le proporciona la visión
de un amplio horizonte. En consecuencia, la crítica no puede verificar la solución dada
por un gran general a su acción con los mismos datos como se verifica una suma en
aritmética, sino que, estudiando el resultado, estudiando la forma en que invariablemente
éste es confirmado por los acontecimientos, debe reconocer con admiración lo que
corresponda a la actividad superior del genio, y aprender a considerar como un hecho
establecido la relación esencial que éste presiente con su visión.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Pero incluso para las manifestaciones más pequeñas de virtuosidad es necesario que
la crítica adopte un punto de vista más elevado, para que, rica en las razones que han
conducido a la decisión, sea lo menos subjetiva posible, y para que la limitación mental
del crítico no se convierta en medida para el juicio.
La posición superior de la crítica, sus loas y sus censuras, emitidas de acuerdo con el
conocimiento completo de las circunstancias, no encierran en sí mismas nada que ofenda
nuestros sentimientos; solamente lo hacen cuando el crítico se adelanta y se expresa
como si toda la sabiduría obtenida por su conocimiento cabal del acontecimiento
considerado fuera debida a su propio talento. Por más burdo que pueda ser este engaño, la
vanidad lo comete con facilidad y esto, naturalmente, molesta a los demás. Pero con gran
frecuencia, aunque no se halle en la intención del crítico caer en esa autoexaltación
presuntuosa, el lector apresurado se la atribuye, a menos que expresamente se ponga en
guardia contra ello, y, en ese caso surge la acusación de falta de juicio crítico.
Por lo tanto, cuando el crítico señala un error cometido por un Federico el Grande o
un Bonaparte, esto no significa que él mismo no lo habría cometido. En realidad podría
admitir que, de haber ocupado el lugar de esos generales, habría podido cometer errores
mucho más grandes, pero no deja de saber cuáles son estos errores, y, por la relación
general de los acontecimientos, exige de la sagacidad del general en cuestión que haya
reparado en ellos.
En consecuencia, se trata de una opinión formada sobre la base de la relación de los
acontecimientos y, por lo tanto, también sobre la base del resultado. Pero el resultado en
sí tiene sobre el juicio otro efecto bastante diferente, es decir, cuando es usado
simplemente como evidencia, en pro o en contra de la procedencia de una medida. Esto
puede ser llamado juicio de acuerdo con el resultado. A primera vista, este juicio parece
inútil, y sin embargo, no lo es en absoluto.
Cuando Bonaparte, en 1812, marchó sobre Moscú, todo dependía de si, gracias a la
toma de la ciudad y los acontecimientos precedentes, habría sido capaz de llevar al
emperador Alejandro a firmar la paz, como había hecho después de la batalla de
Friedland en 1807, y como había obligado a hacer al emperador Francisco I en 1805 y
1809, después de Austerlitz y Wagram. Porque si Bonaparte no obtenía la paz en Moscú,
no le quedaba otra alternativa que el regreso, o sea, una derrota estratégica. Omitiremos
lo que hizo Bonaparte para llegar a Moscú y si, en su avance, habría perdido muchas
oportunidades de inducir al emperador Alejandro a firmar la paz. Excluiremos también
toda consideración sobre las circunstancias desastrosas que jalonaron su retirada y que tal
vez tuvieron su origen en la conducción general de la campaña. La cuestión será siempre
la misma, porque, aunque el resultado hasta el momento de llegar a Moscú podría haber
sido mucho más brillante, siempre quedará la incertidumbre de saber si el emperador
Alejandro se habría atemorizado y habría firmado la paz. Y aun si la retirada no hubiera
contenido en sí misma esos gérmenes de desastre, nunca hubiese podido ser sino una gran
derrota estratégica. Si el emperador Alejandro hubiera convenido en una paz desventajosa
para él, la campaña habría estado al nivel de las de Friedland, Austerlitz y Wagram. Pero
éstas, si no hubieran conducido a la paz, probablemente habrían terminado también en
catástrofes similares. Por lo tanto, por grandes que fueran la fuerza, la habilidad y la
sabiduría con que el conquistador del mundo encaró su tarea, esta última «cuestión
expuesta al azar» continuó siendo la misma. ¿Descartaremos, entonces, las campañas de
1805, 1807 y 1809 y, a causa de la de 1812, diremos que fueron actos de imprudencia,
que su éxito iba en contra de la naturaleza de las cosas y que en 1812 la justicia
estratégica finalmente encontró por sí misma expedito el camino contra la ciega fortuna?
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Sería esta una conclusión injustificable, un juicio muy arbitrario al que le faltaría
necesariamente parte de la prueba, porque ningún ser humano puede investigar el hilo
que enlaza el encadenamiento necesario de los acontecimientos, hasta llegar a la decisión
tomada por los generales vencidos.
Tampoco podemos decir que la campaña de 1812 merecía el mismo éxito que las
otras y que la razón por la que dio uno resultado distinto residía en algo que era
antinatural, pues difícilmente la firmeza de Alejandro puede ser considerada como tal.
¿Qué más natural que decir que, en 1805, 1807 y 1809, Bonaparte juzgó
correctamente a sus oponentes, y que en 1812 se equivocó? Por lo tanto, en los primeros
casos tuvo razón; en el último, cayó en el error, y debemos admitir que la justificación
para nuestra opinión reside siempre en el resultado.
Como ya hemos afirmado, en la guerra las acciones no se rigen por resultados
seguros, sino por los probables. Todo lo que adolece de incertidumbre debe quedar
siempre librado al destino o al azar, como se quiera llamar. Podemos pedir que esto
ocurra lo menos posible, pero sólo en relación con el caso particular, es decir, tan poco
como sea posible en este caso particular, pero no podemos pedir que se prefiera siempre
el caso en que la incertidumbre sea menor. Esto sería un craso error, como cabe deducir
de todos nuestros puntos de vista teóricos. Hay casos en que la osadía más grande
constituye la sabiduría más grande.
Ahora bien, en todo aquello que la persona que actúa debe dejar librado a la suerte
parece haberse agotado completamente su mérito personal y, por lo tanto, extinguido su
responsabilidad.
No mucho menos sabemos reprimir un íntimo sentimiento de satisfacción cuando
nuestras esperanzas se realizan y, si éstas han sido defraudadas, nos quedamos
embargados por un cierto malestar. Y aun el juzgar si una medida es justa o equivocada
no debería significar nada más que lo que deducimos del simple resultado, o, más bien,
de lo que encontramos en él.
Pero no puede negarse que la satisfacción que nos produce el éxito, así como el
disgusto que causa el fracaso, reposan sobre el vago sentimiento de que existe una
relación sutil, invisible para los ojos del espíritu, entre el éxito atribuido a la suerte y el
que cabe atribuir al genio de la persona que actúa, y esta suposición nos proporciona
placer. Lo que tiende a confirmar esta idea es el hecho de que nuestra simpatía aumenta y
se convierte en un sentimiento más definido si el éxito o el fracaso se repiten
frecuentemente en el caso de la misma persona. Así, llega a comprenderse por qué en la
guerra el azar adquiere un carácter mucho más noble que en el juego. Por lo general, nos
complacerá seguir al militar afortunado siempre que no afecte a nuestros intereses a lo
largo de su carrera.
Por lo tanto, la crítica, después de haber sopesado todo lo que integra el cálculo y la
convicción humanos, permitirá que el resultado sea la norma para juzgar esa parte donde
la correlación profunda y misteriosa de las cosas no da forma a fenómenos visibles, y por
un lado protegerá a este juicio sereno ante una autoridad superior basada en un tumulto
de opiniones imperfectas, mientras que, por el otro, rechazará el burdo abuso que pueda
hacerse de esa instancia suprema. Este veredicto del resultado tiene, en consecuencia, que
proporcionarnos lo que la sagacidad humana no puede descubrir, y esto será exigido,
principalmente, por las condiciones y las actividades de la mente, en parte porque lo
menos que éstas admiten es que se forme con ellas un juicio aceptable, y en parte debido
a que su íntima relación con la voluntad les permite ejercer más fácilmente una mayor in-
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
fluencia. Cuando el miedo o el valor precipitan una decisión, no hay nada objetivo que
permita decidir entre ellos y, en consecuencia, no hay nada gracias a lo cual la sagacidad
y el cálculo puedan llegar al resultado probable.
Incluiremos ahora aquí algunas observaciones sobre el instrumento de la crítica, o
sea, el lenguaje que usa, porque en cierto sentido éste se halla estrechamente relacionado
con la acción en la guerra, ya que el examen crítico no es otra cosa que la deliberación
que tiene que haber precedido a esa acción. Por lo tanto, consideramos muy esencial que
el lenguaje de la crítica tenga el mismo carácter que debe asumir el de la deliberación en
la guerra, porque, de otro modo, dejaría de ser práctico y no proporcionaría a la crítica
acceso a las realidades de la vida.
Al considerar la teoría de la conducción de la guerra, afirmamos que debe educar la
mente del jefe, o, más bien, que debe guiar su educación, lo cual no tiene por objeto
suministrarle enseñanzas y sistemas que podría usar como instrumentos mentales. Pero
así como en la guerra, para juzgar el caso que se plantee, no se necesita apelar a la ayuda
científica, o por lo menos en escala tal como sea admisible, si la verdad no ha de parti-
cipar en ello, por lo menos en forma sistemática, y si no ha de encontrársela nunca en
forma indirecta, sino de modo directo, mediante la visión mental librada a sí misma, esto
también habrá de ocurrir en el examen crítico.
Es verdad que, como ya hemos observado, en todos los casos en que sería muy
complicado definir la naturaleza real de las circunstancias la crítica debe confiar en las
verdades que la teoría ha establecido sobre ese punto. Pero del mismo modo que en la
guerra la persona que actúa se somete a estas verdades teóricas, no porque las considere
como leyes exteriores e inflexibles, sino porque ha asimilado el espíritu de esas verdades,
también la crítica debería utilizarlas no como ley exterior o fórmula algebraica cuya
verdad no necesita ser demostrada en cada caso, sino que debería permitir que esas
verdades brillaran desde el principio hasta el fin, dejando sólo a la teoría la prueba más
pormenorizada y circunstancial. Así evitaría la fraseología misteriosa y oscura y
adoptaría el camino de un lenguaje sencillo y de un claro encadenamiento de ideas, o sea,
siempre visible.
Es evidente que esto no puede ser obtenido en todo momento de forma completa,
pero aun así tiene que ser el propósito que se imponga la exposición crítica. Ésta habrá de
usar las formas complejas del conocimiento lo menos posible y no deberá nunca apelar a
la interpretación científica como si se tratara de un aparato que contuviese en sí mismo la
verdad, sino que habrá de realizar todo mediante una percepción interior libre y natural.
Pero, lamentablemente, hasta ahora rara vez ha prevalecido en los exámenes críticos
tal intención piadosa, si se nos permite esta expresión; la mayoría de ellos, encabezados
por la vanidad, hacen gala más bien de un ostentoso despliegue de ideas.
El primer defecto con el que nos encontramos indefectiblemente es la aplicación
torpe, totalmente inadmisible, de ciertos sistemas unilaterales como si se tratara de un
verdadero código de leyes. Pero no resulta problemático mostrar la unilateralidad de este
sistema, y no se necesita nada más para rechazar definitivamente su veredicto. Aquí
tenemos que tratar con un objetivo definido, y como, después de todo, el número de
sistemas posible no puede ser grande, también en sí mismos sólo constituyen un mal
menor.
Una desventaja mucho más seria reside en el hecho de que estos sistemas se
acompañan ostentosamente de términos técnicos, expresiones científicas y metáforas, que
son llevados a uno y otro lado como si fueran el populacho alborotado o los civiles que
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
siguen sin jefe visible a un ejército. Todo crítico que no haya adoptado todavía un sistema
completo, ya sea porque ninguno le satisface o porque aún no ha conseguido dominar uno
a fondo, querrá al menos aplicarlo en forma fragmentaria, del mismo modo que uno
aplicaría una regla a fin de mostrar las equivocaciones cometidas por un general. La
mayoría de estos críticos son incapaces de razonar sin apoyarse, siquiera en un
fragmento, en teorías militares científicas. Los fragmentos más insignificantes, que
consisten en meras palabras científicas y metáforas, a menudo no son más que artificios
decorativos de la narración crítica. Naturalmente, todas las expresiones técnicas y
científicas que pertenecen a un sistema pierden su propiedad, si alguna vez la han tenido,
tan pronto como son separadas de ese sistema para ser usadas como preceptos generales,
o como diminutas aristas de verdad que rivalizan en fuerza de demostración con el
lenguaje sencillo.
Así ha sucedido que nuestros libros teóricos y críticos, en lugar de ser simples y
sencillos, en los cuales el autor por lo menos siempre sabe lo que dice y el lector lo que
lee, rebosan de términos técnicos que constituyen puntos oscuros de intersección, donde
el autor y el lector se alejan uno de otro. Pero con gran frecuencia son algo todavía peor:
cáscaras huecas sin germen alguno. El mismo autor no tiene una percepción clara de lo
que desea decir, y recurre entonces a ideas vagas que si fueran expresadas con claridad no
serían satisfactorias ni siquiera para él.
El tercer defecto de la crítica es el del abuso de los ejemplos históricos y el gran
despliegue de material de lectura y erudición. Ya hemos definido qué entendemos por
historia del arte de la guerra, y en capítulos especiales desarrollaremos nuestros puntos de
vista sobre los ejemplos y sobre la historia de la guerra en general. El uso a la ligera y en
forma precipitada de un hecho puede conducir a sostener los puntos de vista más
opuestos, y cuando se describen en la forma más heterogénea tres o cuatro de estos
hechos, evidenciados a tenor de tierras lejanas y tiempos remotos, y puestos juntos, sólo
conducen por lo general a distraer y conturbar el juicio, sin que se obtenga demostración
alguna; porque, al ser expuestos a la luz, resultan ser sólo floreos y hojarasca, que
sirvieron de material para que el autor hiciera alarde de erudición.
¿Qué beneficio para la vida práctica puede deducirse de estas concepciones oscuras,
parcialmente falsas, confusas y arbitrarias? Tan escaso es el beneficio, que por causa de
ellas la teoría siempre fue la verdadera antítesis de la práctica, y con frecuencia cayó en el
ridículo ante aquellos cuyas cualidades militares en el campo de batalla los colocaban por
encima de toda cuestión.
Sería imposible que esto hubiera ocurrido si la teoría, con lenguaje sencillo y
mediante un modo natural de tratar las cosas que constituyen la conducción de la guerra,
hubiera tratado simplemente de demostrar sólo lo que admitía ser demostrado; si,
evitando todas las pretensiones falsas y el despliegue extemporáneo de formas científicas
y paralelos históricos, se hubiera limitado a tratar el tema y hubiese actuado al unísono
con los que deben conducir los asuntos en el campo de batalla, sirviéndose de su íntima
percepción natural.
Capítulo VI
DE LOS EJEMPLOS
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Los ejemplos históricos aclaran todas las cuestiones y proporcionan, por añadidura, el
tipo de prueba más convincente en el terreno empírico del conocimiento. Esto reza para
el arte de la guerra más que para cualquier otro. El general Scharrihorst, cuyo compendio
sobre la guerra real es el mejor de todos cuantos hayan sido escritos, declara que los
ejemplos históricos constituyen en este tema la parte más importante, y los utiliza de
forma admirable. Si hubiera sobrevivido a la gran guerra en la que cayó, nos habría
proporcionado una prueba aún más explícita del espíritu observador y esclarecedor con el
que trataba todas sus experiencias.
Pero rara vez los escritores teóricos hacen un uso adecuado de los ejemplos
históricos. En su mayoría, la forma en que los utilizan más bien está planteada no sólo
para dejar descontenta a la inteligencia, sino incluso para ofenderla. En consecuencia,
creemos que es importante considerar en especial el uso correcto y el abuso de los
ejemplos.
Sin duda, los conocimientos que constituyen la base del arte de la guerra pertenecen a
las ciencias empíricas. Pero si bien derivan principalmente de la naturaleza de las cosas,
sin embargo, en su mayor parte sólo partiendo de la experiencia podemos llegar a
conocer la esencia de esa naturaleza. Además, la aplicación práctica es modificada por
tantas circunstancias, que los efectos nunca pueden ser percibidos por completo a partir
de la mera naturaleza de los medios.
Los efectos de la pólvora, ese gran agente de la actividad militar, sólo fueron
aprehendidos a través de la experiencia, y hasta la fecha se realizan continuamente
experimentos para investigarlos de forma más completa. Es obvio, sin duda, que una bala
de plomo a la que por medio de la pólvora se le ha dado una velocidad de 1000 pies por
segundo, tiene que destrozar todas las cosas vivientes que alcanza en su recorrido.
No necesitamos que la experiencia nos lo demuestre. Pero, al determinar este efecto,
¡cuántas circunstancias conexas se hallan implicadas, algunas de las cuales sólo pueden
ser percibidas por medio de la experiencia! Y no consideramos únicamente el efecto
físico; nos interesa también el efecto moral, y el único camino para percibirlo y calcularlo
es el de la experiencia. En la Edad Media, cuando las armas de fuego acababan de ser
inventadas, su efecto físico, debido a su construcción imperfecta, era insignificante, como
es lógico, comparado con el que tiene ahora, pero su efecto moral era mucho mayor. Uno
tendría que haber visto realmente la firmeza de esas masas adiestradas y conducidas por
Bonaparte, en su ciclo de conquistas, bajo el cañoneo más intenso e ininterrumpido, para
comprender lo que pueden realizar tropas curtidas por la extensa práctica en el peligro,
cuando una retahíla de victorias las ha llevado a actuar siguiendo la excelsa regla de
exigir de sí mismas el máximo posible. Esto nunca sería verosímil para la simple
imaginación. Por otra parte, es bien sabido que, aún hoy, en los ejércitos europeos existen
tropas que pueden ser dispersadas fácilmente con algunos disparos de cañón, como son
las de los tártaros, los cosacos, los croatas, etc.
Pero ningún campo empírico del conocimiento, y en consecuencia ninguna teoría de
la guerra, puede complementar siempre sus verdades con pruebas históricas; en cierta
medida, también sería difícil ilustrar cada caso individual con la única base de la
experiencia.
Si en la guerra cierto medio se muestra muy eficaz, se tiende a repetirlo. Uno copia al
otro, y el medio llega a ser una forma corriente y de uso, con base en la experiencia
ocupando su lugar en la teoría, que se contenta con recurrir a la experiencia, para indicar
su origen, pero no para demostrar su eficacia.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
bastaría con citar algunas derrotas en las cuales la caballería se encontraba en los flancos
de la infantería y algunas victorias en las que la caballería se hallaba en la retaguardia, y,
en el último caso, no sería suficiente remitirnos a las batallas de Rívoli y Wagram, al
ataque de los austríacos sobre el teatro de la guerra en Italia en 1796 o al de los franceses
en el teatro de la guerra alemán, en el mismo año. Por medio de la investigación detallada
de las circunstancias y de los acontecimientos considerados uno por uno debe ser
mostrada la forma en que estos diferentes ataques y posiciones pudieron contribuir a que
se produjera el mal resultado en cada uno de estos casos. Sólo entonces sabremos en qué
medida pueden ser censuradas esas formas, punto que es muy necesario señalar, ya que
una censura total, efectuada de cualquier modo, no se correspondería con la verdad.
Ya ha sido demostrado que, cuando es imposible un relato detallado de los hechos,
una prueba deficiente puede ser reemplazada en alguna medida por la cita de un cierto
número de casos; pero es indudable que es este un recurso peligroso y del cual se ha
hecho demasiado abuso. En lugar de un ejemplo expuesto con gran detalle, se tratan
ligeramente tres o cuatro, dándose así la apariencia de una prueba convincente. Pero hay
cuestiones en las que no se prueba nada por mucho que se presenten una docena de casos
similares, como son aquellas que se producen con frecuencia, frente a las cuales pueden
ser presentados con la misma facilidad otros doce casos de resultado opuesto. Si se
enumeran doce batallas perdidas en las que el bando derrotado atacó en columnas
separadas, podemos citar otras doce ganadas en las que se usó el mismo orden. Es
evidente que por este camino no puede obtenerse ningún resultado.
Mediante la cuidadosa consideración de estas diferentes circunstancias podemos ver
con cuánta facilidad cabe hacer mal uso de los ejemplos.
Un acontecimiento que es mencionado en forma superficial, en lugar de ser
reconstruido minuciosamente en todas sus partes, es como un objeto observado a gran
distancia, que presenta la misma apariencia por todos sus lados y en el que no puede
distinguirse su verdadera composición. Tales ejemplos han servido en realidad para
fundamentar las opiniones más contradictorias. Para algunos, las campañas de Daun
constituyen un modelo de restricción. Para otros no son otra cosa que un ejemplo de
timidez y falta de resolución. El paso de Bonaparte por los Alpes Nóricos, en 1797, puede
parecer la más eximia de las resoluciones, pero también un acto de pura temeridad. La
derrota estratégica de Bonaparte en 1812 puede ser interpretada como la consecuencia ya
sea de un exceso de energía como de una falta de ella. Estas dos opiniones han sido
expresadas, y es fácil ver que pueden haber surgido porque cada una interpretó la relación
existente entre los acontecimientos de forma diferente. Al propio tiempo, estas opiniones
antagónicas no pueden reconciliarse recíprocamente y, por lo tanto, una de las dos debe
ser necesariamente falsa.
Por más que agradezcamos al excelente Feuquiéres los numerosos ejemplos que
incluye en sus memorias ––en parte porque con ello se han conservado gran número de
incidentes históricos que de otra forma se habrían perdido, y en parte porque fue el
primero en relacionar las ideas teóricas, o sea abstractas, con la vida práctica, hasta donde
los casos presentados pueden considerarse que explican y definen con mayor precisión lo
que es afirmado teóricamente––, no obstante, de acuerdo con la opinión de los lectores
imparciales de nuestros días, apenas alcanzó el objetivo que se propuso a sí mismo: el de
probar los principios teóricos por medio de ejemplos históricos. Porque, aunque a veces
describe los hechos con gran minuciosidad, sin embargo deja de mostrar que las
deducciones extraídas provienen necesariamente de la relación existente entre estos
acontecimientos.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
fueron las primeras en las que se puso de manifiesto la superioridad de una buena
infantería sobre la mejor caballería. Una mirada general a la época de los condottieri nos
enseña cómo el método total de conducir la guerra depende del instrumento que se use,
porque en ningún otro período las fuerzas utilizadas en la guerra habían presentado en tal
alto grado las características de un instrumento especializado y habían sido separadas en
forma tan completa del resto de la vida civil y política. La forma extraordinaria como los
romanos, en la segunda guerra púnica, atacaron a los cartagineses en España y África,
mientras Aníbal se encontraba en Italia sin haber sido todavía derrotado, puede ser
estudiada como un caso muy instructivo, ya que se conocen suficientemente bien las
relaciones generales de los estados y los ejércitos en las cuales residía la eficacia de esa
resistencia indirecta.
Pero cuanto más descienden las cosas a lo particular y más se desvían de las
generalidades puras, tanto menos podremos buscar ejemplos y experiencias en los
períodos muy remotos, porque no tenemos el medio de juzgar en forma adecuada acon-
tecimientos análogos, ni podemos aplicarlos a nuestros medios, por completo diferentes.
Lamentablemente, sin embargo, siempre ha existido una gran tendencia al apriorismo
al tratar los acontecimientos de los tiempos antiguos. No discutiremos qué participación
pudieron haber tenido en ello la vanidad y la palabrería, pero en la mayoría de los casos
no somos capaces de descubrir ninguna intención honesta ni ningún esfuerzo serio para
enseñar y convencer y, en consecuencia, sólo podemos considerar esas alusiones como
adornos floreados destinados a tapar resquicios y ocultar defectos.
Sería de inmensa utilidad enseñar el arte de la guerra por medio de ejemplos
históricos, como se propuso hacer Feuquiéres. Pero sería este un trabajo que ocuparía
toda una vida, si hemos de concluir en que el que lo emprendiera debería primero adquirir
la competencia para la tarea mediante una larga experiencia personal en la guerra real.
Quienquiera que, llevado por convicciones íntimas, desee emprender esa tarea, tiene
que prepararse para cumplirla como si tuviera que efectuar un largo peregrinaje. Tendrá
que sacrificar su tiempo, no retroceder ante esfuerzo alguno, ni temer a ningún poder
temporal, y habrá de elevarse por encima de todo sentimiento de vanidad personal y de
falso pundonor, para decir, de acuerdo con el código francés, sólo la verdad, toda la
verdad y nada más que la verdad.
LIBRO III
Capítulo I
LA ESTRATEGIA
sus relaciones principales; el encuentro es determinado por éstas y, a su vez, ejerce sobre
ellas unos efectos inmediatos. El encuentro mismo debe ser estudiado en relación tanto
con sus resultados posibles como con las fuerzas espirituales y del carácter, que son las
más importantes en el uso de ese encuentro.
La estrategia es el uso del encuentro para alcanzar el objetivo de la guerra. Por lo
tanto, debe imprimir un propósito a toda la acción militar, propósito que debe concordar
con el objetivo de la guerra. En otras palabras, la estrategia traza el plan de la guerra y,
para el propósito aludido, añade la serie de actos que conducirán a ese propósito; es decir,
traza los planes para las campañas por separado y prepara los encuentros que serán li-
brados en cada una de ellas. Como todas estas son cuestiones que en gran medida sólo
pueden ser determinadas sobre la base de suposiciones, algunas de las cuales no se
materializan, mientras que cierto número de decisiones referentes a detalles no pueden
ser tomadas de antemano en forma alguna, es evidente que la estrategia debe estar
presente en el campo de batalla, para concertar esos detalles sobre el terreno y hacer las
modificaciones al plan general, cosa que es en todo momento necesaria. En consecuencia,
la estrategia no puede ni por un instante dejar de ejercer su tarea.
Tal punto de vista no siempre había sido adoptado, al menos en cuanto al conjunto, lo
cual se pone de manifiesto por la antigua costumbre de mantener a la estrategia en los
despachos y no en el seno del ejército. Esto sólo es aceptable si el despacho permanece
tan próximo al ejército que puede ser considerado como su cuartel general.
En consecuencia, la teoría seguirá a la estrategia en este plan, o, hablando con mayor
propiedad, arrojará luz tanto sobre las cosas mismas como sobre sus relaciones
recíprocas, y hará hincapié en lo poco que se desprendía de ellas como principios o
reglas.
Si recordamos lo expresado en el primer capítulo del libro I, en el sentido de que la
guerra atañe a tantas cuestiones de la mayor importancia, comprenderemos que la
consideración de todas ellas presupone una singular intervención del espíritu.
Un príncipe o un general que sabe cómo organizar la guerra exactamente de acuerdo
con sus objetivos y sus medios, los cuales no utiliza ni demasiado ni muy poco,
proporciona con ello la prueba más grande de su genio. Pero los efectos de esa genialidad
se ponen de manifiesto no tanto en la invención de nuevas formas de acción, que podrían
causar una inmediata impresión, como en la conclusión afortunada del conjunto. Lo que
debería ser admirado es el cumplimiento exacto de las suposiciones silenciosas, la
armonía sosegada de toda acción que únicamente se hace patente en el resultado total.
El investigador que, partiendo del resultado total, no perciba esa armonía es el que
buscará la genialidad donde ésta no existe y donde no puede existir.
En realidad, los medios y las formas que utiliza la estrategia son tan extremadamente
sencillos, tan bien conocidos por su repetición constante, que resulta ridículo para el
sentido común que los críticos se refieran a ellos con tanta frecuencia y presuntuoso
énfasis. La acción de rodear un flanco, que ha sido realizada miles de veces, es
considerada por unos como indicio de la genialidad más brillante, y por otros como
prueba de la penetración más profunda y hasta del conocimiento más amplio. ¿Es posible
que se caiga en el mundo libresco en aberraciones tan absurdas?
Esto resulta todavía más risible si pensamos en que los mismos críticos, de acuerdo
con la opinión más común, excluyen de la teoría todas las fuerzas espirituales y no le
permiten a ésta considerar más que las fuerzas materiales, de modo que todo queda
limitado a algunas relaciones matemáticas de equilibrio y preponderancia, de tiempo y de
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Silesia, durante los ocho días anteriores a la batalla de Liegnitz tuvo que realizar
constantemente marchas nocturnas y se vio forzado a dirigirse de modo alternativo hacia
la derecha y hacia la izquierda, a lo largo del frente enemigo. Esto le costó un gran
esfuerzo y le impuso asimismo inmensas privaciones.
¿Cabe suponer que todo esto pudo hacerse sin producir una gran fricción en la
maquinaría? ¿Puede un general en jefe realizar esos movimientos con la misma facilidad
con que la mano de un topógrafo maneja la alidada? ¿No se sentirá conmovido mil veces
el corazón del jefe y el de sus generales a la vista de los sufrimientos de sus soldados
hambrientos y sedientos? ¿No habrán de llegar a sus oídos las quejas y dudas que éstos
manifiesten? ¿Tendrá un hombre corriente el valor de exigir tales sacrificios? ¿No
desmoralizarían inevitablemente al ejército esos esfuerzos, no destruirían su disciplina y,
en suma, no minarían sus virtudes militares si no los compensara una sólida confianza en
la grandeza e infalibilidad del jefe? Por lo tanto, ante eso es ante lo que habremos de
inclinarnos; estos milagros de ejecución son los que tenemos que admirar. Pero no es po-
sible comprender esto en toda su magnitud sin haberlo experimentado de antemano. Para
la persona que conoce la guerra sólo por los libros y los campos de adiestramiento, no
existe en realidad ninguno de estos efectos paralizantes sobre la acción; por lo tanto, le
pedimos que acepte de nosotros, con fe y confianza, todo lo que ella es incapaz de aportar
por experiencia personal.
Por medio de este ejemplo nos propusimos clarificar el desarrollo de nuestras ideas, y
al cerrar este apartado nos apresuramos a decir que, al considerar la estrategia,
describiremos los aspectos individuales que nos parezcan más importantes, sean de
naturaleza material o espiritual. Procederemos de lo simple a lo complejo y concluiremos
con la relación interna de todo el acto de la guerra, en otras palabras, con el plan para una
guerra o para una campaña.
Un encuentro llega a ser posible por la mera disposición de las fuerzas armadas en un
punto, pero no siempre se produce realmente allí. ¿Debe considerarse esa posibilidad
como una realidad y por lo tanto como algo factible? Evidentemente. Es así en virtud de
sus consecuencias, y estos efectos, cualesquiera que sean, no pueden faltar nunca.
1. Los encuentros posibles han de ser considerados como reales debido a sus
consecuencias
Si un destacamento es enviado para cortar la retirada del enemigo que huye y éste se
rinde sin ofrecer mayor resistencia, su decisión se debe al encuentro que podría provocar
ese destacamento.
Si una parte de nuestro ejército ocupa una zona enemiga que estaba indefensa y priva
así al enemigo de medios considerables con los que podría reforzar su propio ejército,
continuamos en posesión de esa zona solamente gracias al encuentro, ya que, en el caso
de que el enemigo se propusiera recuperar la zona, ese destacamento haría que el
enemigo preyera la posibilidad de ese encuentro.
Por lo tanto, en ambos casos, la mera posibilidad de un encuentro ha producido
consecuencias y, por consiguiente, ha accedido a la categoría de cosa real. Supongamos
que en estos casos el enemigo hubiese opuesto a nuestras tropas otras superiores en
fuerza, y de este modo hubiera obligado a las nuestras a abandonar su objetivo sin que se
produjese el encuentro; entonces, sin duda, nuestro plan habría fallado, pero el encuentro
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
que propusimos al enemigo no habría dejado de surtir efecto, porque habría atraído a las
fuerzas enemigas. Incluso si toda la empresa hubiera significado una pérdida para
nosotros, no podremos decir que estas posiciones, estos encuentros posibles, no hayan
surtido efecto. Tales efectos, por lo tanto, son similares a los de un encuentro perdido.
Así, vemos que solamente se logra la destrucción de las fuerzas militares del enemigo
y la aniquilación del poder enemigo por medio de los efectos del encuentro, ya sea que el
encuentro se produzca realmente o que sólo sea propuesto y no aceptado.
Pero estos efectos también son dobles, o sea, directos e indirectos. Son indirectos si
intervienen otras cuestiones que pasan a ser el objetivo del encuentro, cuestiones que en
sí mismas no pueden ser consideradas como la destrucción de las fuerzas enemigas, sino
que sólo se supone que conducen a ella, sin duda en forma indirecta, pero con mayor
fuerza. La posesión de zonas, ciudades, fortalezas, caminos, puentes, polvorines, etc.,
puede ser el objeto inmediato de un encuentro, pero nunca el objetivo final. Cosas como
las descritas sólo deben ser consideradas como un medio de lograr una superioridad, para
que el encuentro pueda ser finalmente propuesto al oponente, de tal forma que éste se vea
imposibilitado de aceptarlo. Por lo tanto, todas estas cuestiones solamente deben ser
consideradas como pasos intermedios, o sea, como guías para el principio efectivo, pero
nunca como el principio mismo.
3. Ejemplos
Capítulo II
ELEMENTOS DE LA ESTRATEGIA
Las causas que condicionan el uso del encuentro en la estrategia caben ser divididas
convenientemente en elementos de distinta clase, es decir, en elementos morales, físicos,
matemáticos, geográficos y estadísticos.
La primera clase incluye todo lo que se pone de manifiesto por medio de cualidades y
efectos espirituales; la segunda abarca la magnitud de la fuerza militar, su composición,
la proporción de armamentos, etc.; la tercera comprende el ángulo de las líneas de
operación, los movimientos concéntricos y excéntricos, en cuanto su naturaleza
geométrica adquiere algún valor en el cálculo; la cuarta considera la influencia del
terreno, como son los puntos dominantes, las montañas, los ríos, los bosques, los ca-
minos; y, por último, la quinta clase incluye todos los medios de abastecimiento, etc. El
hecho de que por el momento consideremos separadamente estos elementos tiene la
ventaja de que aclara nuestras ideas y nos ayuda a calcular el valor más alto o más bajo
de las diferentes clases a medida que avanzamos. Porque, al considerarlas por separado,
muchas de ellas pierden espontáneamente su importancia. Por ejemplo, vemos con
bastante claridad que, si no deseamos considerar más que la posición de la línea
operativa, el valor de una base de operaciones, aun incluso bajo esa simple forma;
depende mucho menos del elemento geométrico, del ángulo que esas operaciones
constituyen entre sí, que de la naturaleza de los caminos y del país que éstos atraviesan.
Sin embargo, sería una idea de las más desafortunadas tratar la estrategia de acuerdo
con estos elementos, pues por lo general son múltiples y están relacionados íntimamente
unos con otros en cada operación aislada de la guerra. En tal caso nos perderíamos en el
análisis más deslabazado y, como en una pesadilla, en vano buscariamos trazar un arco
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
que relacionara estos fundamentos abstractos con los hechos pertenecientes al mundo
real. ¡Que el cielo proteja a todo teórico que intente esta empresa! Nosotros nos
ocuparemos del mundo de los fenómenos complejos, y en cada ocasión no llevaremos
nuestro análisis más allá de lo necesario para dar claridad a la idea que deseamos expo-
ner; idea que nos hemos formado no mediante una investigación especulativa, sino a
través de la impresión surgida de la realidad de la guerra en su totalidad.
Capítulo III
Tenemos que referirnos de nuevo a esta cuestión, que fue tratada ligeramente en el
libro II, capítulo III, porque las fuerzas morales constituyen uno de los temas más
importantes en la guerra. Son el espíritu que impregna toda el ámbito bélico. Se adhieren
más tarde o más temprano, y con conformidad mayor, a la voluntad que activa y guía a
toda la masa de fuerzas y, por así decir, se confunden con ella en un todo, porque ella
misma es una fuerza moral. Lamentablemente tratan de apartarse de la ciencia libresca,
porque no pueden ser ni medidas en números ni agrupadas en clases, mientras que, al
mismo tiempo, requieren ser vistas y sentidas.
El espíritu y otras cualidades morales de un ejército, de un general o de un gobierno,
la opinión pública en las zonas donde se desarrolla la guerra, el efecto moral de una
victoria o de una derrota, son cosas que en sí mismas varían mucho de naturaleza y que
pueden ejercer también una influencia muy diferente, según como se planteen con
respecto a nuestro objetivo y nuestras relaciones.
Aunque poco o nada cabe encontrar en los libros sobre estas cosas, pertenecen sin
embargo a la teoría del arte de la guerra tanto como todo lo demás que constituye esta
última. Porque tenemos que repetir aquí una vez más que nuestra filosofía sería mezquina
si, de acuerdo con los viejos moldes, estableciéramos reglas y principios prescindiendo de
todas las fuerzas morales, y después, tan pronto como estas fuerzas fueran apareciendo,
comenzáramos a considerar las excepciones, que de tal modo formularíamos hasta cierto
punto científicamente, o sea, erigiríamos en regla; o si recurriéramos a hacer una llamada
al genio, que está por encima de todas las reglas, con lo cual daríamos a entender que las
reglas no sólo fueron hechas para los necios, sino que en sí mismas tienen que constituir
realmente una necedad.
Aun cuando la teoría de la guerra no hiciera en realidad más que recordar estas cosas,
mostrando la necesidad de adjudicar todo su valor a las fuerzas morales y tomándolas
siempre en consideración, aun así habría abarcado dentro de sus límites este ámbito de las
fuerzas inmateriales y, al adoptar dicho punto de vista, habría condenado de antemano a
todo el que hubiera tratado de justificarse ante sí mismo apelando a las meras condiciones
físicas de las fuerzas.
Además, en consideración a todas las otras susodichas reglas, la teoría no puede
desterrar a las fuerzas morales de su campo de acción, porque los efectos de las fuerzas
físicas y morales están completamente fusionados y no pueden ser separados como una
aleación por medio de un proceso químico. En toda regla relacionada con las fuerzas
físicas, la teoría debe tener presente al mismo tiempo la participación que cabe asignar a
las fuerzas morales, si no quiere caer en el error de establecer proposiciones categóricas,
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
que son a veces tan demasiado pobres y limitadas como demasiado amplias y dogmáticas.
Aun las teorías menos espirituales han perdido su rumbo, inconscientemente, dentro de
este ámbito de la moral, porque, por ejemplo, los efectos de una victoria nunca pueden
ser totalmente explicados sin considerar las impresiones morales. En consecuencia, la
mayoría de las cuestiones que examinaremos en este libro están compuestas de causas y
efectos, mitad físicos, mitad morales, y podemos decir que lo físico no es casi nada más
que el asa de madera, mientras que lo moral es el metal noble, la verdadera arma,
brillantemente pulida.
El valor de las fuerzas morales y la influencia que ejercen, a menudo increíble, se
hallan muy bien ejemplificados en la historia. Con respecto a ello, debe tenerse en cuenta
que los gérmenes de la sabiduría, que habrán de producir sus frutos en el pensamiento,
son sembrados no tanto por medio de demostraciones, exámenes críticos y tratados
eruditos, sino por medio de sentimientos, impresiones generales y rasgos de intuición
aislados y clarificadores.
Podemos examinar los fenómenos morales más importantes en la guerra y tratar de
ver, con todo el esmero de un maestro diligente, lo que podríamos afirmar sobre cada
uno, ya fuera algo bueno o malo. Pero al aplicar tal método caeríamos con mucha
facilidad en lo vulgar y común, mientras que desaparecería el verdadero espíritu del
análisis y, sin saberlo, no haríamos más que repetir las cosas que todo el mundo conoce.
Por lo tanto, aquí más que en ninguna otra parte preferimos ser incompletos y permanecer
estables, contentándonos con haber atraído la atención sobre la importancia de la
cuestión, en un sentido general, y con haber señalado el espíritu del que han surgido los
puntos de vista desarrollados en este libro.
Capítulo IV
Las principales potencias morales son las siguientes: las capacidades del jefe, las
virtudes militares del ejército y su espíritu nacional. Nadie puede determinar de forma
general cuál de es tas potencias tiene mayor valor, porque resulta muy difícil aseverar
algo concerniente a su fuerza y más aún comparar la fuerza de una con la de la otra. Lo
mejor es no subestimar a ninguna de ellas, defecto en el que incurre el juicio cuando se
inclina, en vacilación caprichosa, ora a un lado, ora al otro. Es mejor basarse en la
historia para poner en evidencia suficiente la eficacia innegable de estas tres potencias.
Sin embargo, es cierto que en los tiempos modernos los ejércitos de los estados
europeos han alcanzado casi el mismo nivel en relación con la disciplina y el
adiestramiento. La conducción de la guerra se ha desarrollado con tal naturalidad, como
expresarían los filósofos, que ha pasado a ser una especie de método, común a casi todos
los ejércitos, haciendo que ni siquiera en lo que al jefe se refiere podamos contar con la
aplicación de planes especiales en el sentido más limitado. En consecuencia, no puede
negarse que la influencia del espíritu nacional y del hábito de un ejército para la guerra
proporciona una mayor capacidad de acción. Una paz prolongada podría alterar de nuevo
las cosas.
El espíritu nacional de un ejército (el entusiasmo, el fervor fanático, la fe, la opinión)
se pone de manifiesto sobre todo en la guerra de montaña, donde todo el mundo, hasta el
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
último sol dado, depende de sí mismo. Por esta razón las montañas constituyen los
mejores campos de batalla para unas fuerzas populares.
La habilidad técnica en un ejército y ese valor bien templado que mantiene unida a la
tropa, como si hubiera sido fundida en un molde, muestran claramente su ventaja máxima
en la llanura abierta.
El talento de un general tiene un mayor campo de acción en terrenos quebrados y
ondulados. En las montañas surte muy poco efecto sobre las partes separadas, y la
dirección de todas ellas desborda su capacidad; en llanuras abiertas resulta ésta muy
sencilla y no agota esa capacidad.
Los planes deben ser formulados de conformidad con estas afinidades electivas
evidentes.
Capítulo V
Ésta se diferencia de la simple valentía, y aún más del entusiasmo que despierta la
causa de la guerra. La valentía constituye, por supuesto, una parte necesaria de la virtud
militar, pero así como la valentía, que en el hombre común es un don natural, también
puede hacer acto de presencia en el soldado, como miembro de un ejército, a través del
hábito y del adiestramiento, del mismo modo la virtud militar ha de adoptar en él una
dirección diferente de la que toma en el hombre común.
Debe perder ese impulso hacia la desenfrenada actividad y manifestación de fuerza
que es su característica en el individuo, y tiene que someterse a exigencias de nivel
superior, como son la obediencia, el orden, la regla y el método. El entusiasmo por la
causa proporciona vida y mayor ardor a la virtud militar de un ejército, pero no constituye
una parte necesaria de ella.
La guerra es una ocupación determinada. Y por más general que pueda ser su relación
y aun si hubiera de practicarla toda la población masculina de un país en condiciones de
llevar armas, sin embargo continuaría siendo diferente y permanecería separada de todas
las demás actividades que ocupan la vida del hombre. Estar imbuido del espíritu y la
esencia de esta ocupación, adiestrar, mover y asimilar las fuerzas que habrán de ser ac-
tivas en ella, abrirse camino en ella con inteligencia, adquirir confianza y destreza en su
desarrollo por medio del ejercicio, compenetrarse con ella en cuerpo y alma, identificarse
con el papel que se nos ha asignado en ella, esta es la virtud militar de un ejército en
particular.
Por más escrupuloso que se sea en concebir la coexistencia del ciudadano y del
soldado en un mismo individuo, por más que consideremos las guerras como cuestiones
nacionales, y por más alejadas que estén nuestras ideas de las de los condottieri de los
tiempos antiguos, no será nunca posible suprimir la individualidad de la rutina
profesional. Y si esto no puede hacerse, entonces todos los que pertenecen a dicha
profesión, y mientras pertenezcan a ella, se considerarán siempre como una especie de
corporación, en cuyas regulaciones, leyes y costumbres se manifiesta de forma
predominante el espíritu de la guerra. Así es esto en la realidad. Aun si nos inclináramos
de forma decidida a considerar la guerra desde el punto de vista más elevado, sería muy
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
erróneo menospreciar ese espíritu corporativo, ese esprit de corps que puede y debe
existir en mayor o menor grado en todo ejército. Este espíritu corporativo forma, por así
decir, el lazo de unión entre las fuerzas naturales que están activas en lo que hemos
llamado virtud militar. Los gérmenes de la virtud militar fructifican más fácilmente en el
espíritu corporativo.
Un ejército que mantiene su formación usual bajo el fuego más intenso, que nunca
vacila ante temores imaginarios y resiste con todas sus fuerzas a los bien fundados, que,
orgulloso de sus victorias, no pierde nunca el sentido de la obediencia, el respeto y la
confianza en sus jefes, aun en medio del descalabro de la derrota; un ejército con sus
potencias físicas templadas en la práctica de las privaciones y el esfuerzo, como los
músculos de un atleta; un ejército que considera todas sus tareas como medios para
conseguir la victoria, no como una maldición que se posa sobre sus hombros, y que
siempre recuerda sus deberes y virtudes mediante el código conciso de una sola idea, o
sea, el honor de sus armas, un ejército como este se halla imbuido del verdadero espíritu
militar.
Los soldados pueden luchar con valentía, como los vandeanos, y realizar grandes
proezas, como los suizos, los americanos o los españoles, sin desarrollar esta virtud
militar. Un jefe puede alcanzar el éxito a la cabeza de ejércitos permanentes, como el
príncipe Eugenio de Saboya o Marlborough, sin gozar de los beneficios de su ayuda. Por
lo tanto, no cabe decir que sin esa virtud no puede ser imaginada una guerra victoriosa.
Prestamos una atención especial a este punto para poder proporcionar mayor
individualidad a la concepción aquí expuesta, a fin de que nuestras ideas no se diluyan en
generalizaciones vagas y no caigamos en la consideración de que la virtud militar es lo
único que importa. Esto no es así. La virtud militar en un ejército aparece como una
potencia moral definida que puede ser dilucidada y con una influencia, en consecuencia,
que cabe considerar como un instrumento cuya fuerza puede ser calculada.
Habiéndola caracterizado de este modo, nos referiremos a su influencia y a los
medios con los que ésta puede ser adquirida. La virtud militar es siempre para las partes
lo que el genio del jefe es para el todo. El general sólo puede dirigir el conjunto, no cada
parte por separado, y allí donde no pueda dirigir la parte, el espíritu militar debe
convertirse en conductor. Un general es elegido por la fama de sus cualidades
sobresalientes; los jefes más distinguidos de grandes masas lo son tras un examen cuida-
doso. La consistencia de este examen disminuye a medida que se desciende en la escala
jerárquica y, precisamente, en la misma medida cabe confiar cada vez menos en las
capacidades individuales; pero lo que falta a este respecto debe ser suministrado por la
virtud militar. Este papel está representado justamente por las cualidades naturales del
pueblo movilizado para la guerra: bravura, aplomo, capacidad de resistencia y
entusiasmo. En consecuencia, estas propiedades pueden substituir la virtud militar y
viceversa, de lo que puede deducirse que:
1. La virtud militar es sólo una cualidad propia de los ejércitos permanentes, y éstos
están muy necesitados de ella. En las insurrecciones nacionales y en la guerra, las
cualidades naturales que se desarrollan con mayor rapidez son substituidas por la virtud
militar.
2. Los ejércitos permanentes que se enfrentan con ejércitos permanentes pueden
renunciar a esta virtud con más facilidad que un ejército permanente que se opone a una
insurrección nacional, porque en este caso las tropas están más dispersas y las partes
dependen más de sí mismas. Pero allí donde el ejército pueda mantenerse concentrado, el
genio del general desempeña un papel muy importante y compensa lo que falta en el
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espíritu del ejército. En consecuencia, la virtud militar por lo general se hace más
necesaria cuanto más se complica la guerra y más se dispersan las fuerzas debido al
escenario de las operaciones y a otras circunstancias.
La única lección que ha de extraerse de estas realidades es que si un ejército cede en
esa potencia debería hacer todo lo posible para simplificar sus operaciones bélicas o
duplicar la atención puesta en otros puntos del dispositivo militar y no esperar de su
simple nombradía como ejército permanente lo que sólo las circunstancias mismas
pueden dar.
Por lo tanto, la virtud militar de un ejército constituye una de las fuerzas morales más
importantes en la guerra, y donde ha faltado esta virtud vemos que o bien ha sido
reemplazada por una de las otras, como son la superior grandeza del jefe o el entusiasmo
del pueblo, o bien se han producido resultados que no guardaban relación con el esfuerzo
realizado. En la historia de los macedonios bajo Alejandro Magno, de las legiones
romanas bajo César, de la infantería española bajo Alejandro Farnesio, de los suecos bajo
Gustavo Adolfo y Carlos XII, de los prusianos bajo Federico el Grande y de los franceses
bajo Bonaparte, vemos cuántas hazañas grandiosas se llevaron a cabo gracias a este es-
píritu, este valor genuino del ejército, este refinamiento del mineral que se transforma en
metal brillante. Si nos negáramos a admitir que los éxitos magníficos de estos generales y
su gran capacidad para hacer frente a situaciones de extrema dificultad sólo fueron
posibles con ejércitos que, por medio de la virtud militar, adquirieron un poder de
eficacia superior, mentalmente habríamos echado a propósito un cerrojo a todas las
pruebas históricas.
Este espíritu sólo puede surgir de dos fuentes, y éstas sólo pueden engendrarlo si se
presentan juntas. La primera implica una serie de guerras y resultados afortunados; la otra
es la práctica de hacer rendir frecuentemente al ejército hasta la última partícula de su ser.
Sólo al realizar este esfuerzo el soldado aprende a conocer sus fuerzas. Cuanto más exija
el general de sus tropas, más seguro estará de que sus exigencias serán satisfechas. El sol-
dado se siente tan orgulloso de los escollos vencidos como lo está del peligro superado.
Por lo tanto, este germen sólo florecerá en el terreno de la actividad y del esfuerzo
incesantes, pero lo hará también sólo bajo los rayos de la victoria. Una vez que se haya
transformado en un árbol consistente, resistirá las tormentas más intensas de la desgracia
y la derrota y, al menos por un tiempo, incluso la indolente inactividad de la paz. En
consecuencia, sólo puede originarse en la guerra y bajo el mando de grandes generales,
pero indudablemente puede ser duradero por lo menos durante varias generaciones,
incluso a lo largo de períodos de paz considerables.
No cabe comparar ese esprit de corps excelso y comprensivo de un grupo de
veteranos marcados por las cicatrices y endurecidos por la guerra, con el amor propio y la
vanidad de los ejércitos permanentes que sólo se mantienen unidos por el lazo de las
regulaciones de servicio y disciplinarias.
Una severidad inflexible y la disciplina estricta pueden mantener vigente la virtud
militar de una tropa, pero no la crean. Sin embargo, por más que estas cosas conserven
cierto valor, tampoco conviene exagerarlo. El orden, la habilidad, la buena disposición y
también cierto grado de orgullo y un sobresaliente temple son cualidades de un ejército
adiestrado en época de paz que deben ser valoradas, pero que, sin embargo, no tienen una
importancia por sí mismas. El conjunto sostiene al conjunto y, al igual que el cristal que
es enfriado muy rápidamente, una sola grieta puede quebrar toda la masa. En especial, el
temple más firme del mundo se sume con demasiada facilidad en la depresión ante la
primera desgracia, o, podríamos decir, en una especie de jactancia temerosa, en el sauve
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qui peut francés. Un ejército como ese sólo puede lograr algo por medio de su jefe, pero
nunca por sí mismo. Debe ser conducido con doble precaución, hasta que gradualmente,
en la victoria y en el esfuerzo, vaya adquiriendo fortaleza en su severa preparación.
¡Cuidado entonces con confundir el espíritu de un ejército con su temple!
Capítulo VI
LA AUDACIA
misma forma que cualquier otro. ¡Feliz del ejército en el que se manifieste la audacia con
frecuencia, aunque sea de manera inoportuna! Es una floración excesivamente
esplendorosa, pero que indica la presencia de un rico suelo. Incluso la temeridad, que
equivale a la audacia sin objetivo alguno, no tiene que menospreciarse;
fundamentalmente, es la misma fuerza de carácter, pero usada a modo de pasión sin
ninguna participación de las facultades intelectuales. La audacia deberá ser reprimida co-
mo un mal peligroso únicamente cuando se rebele contra la obediencia del espíritu,
cuando se manifieste de manera categórica en contra de una autoridad superior
competente; pero habrá de serlo no por ella misma, sino en relación con el acto de
desobediencia que cometa, ya que nada en la guerra tiene mayor importancia que la
obediencia.
Decir que, a igual nivel de inteligencia, en la guerra se pierde mil veces más por causa
de la timidez que de la audacia sólo cabe expresarlo para asegurarnos la aprobación de
nuestros lectores.
Substancialmente, la intervención de un motivo razonable facilitaría la acción de la
audacia y, en consecuencia, aminoraría el mérito que puede encerrar; pero en realidad
resulta todo lo contrario.
La participación del pensamiento lúcido y, más aún, la supremacía del espíritu
despojan a las fuerzas emotivas de una gran parte de su intensidad. Por esa causa, la
audacia pasa a ser menos frecuente, mientras más se asciende en la escala jerárquica, ya
que, si bien es posible que la perspicacia y el entendimiento no aumenten con la
jerarquía, también es cierto que las magnitudes objetivas, las circunstancias y las
consideraciones se inponen a los jefes en sus distintas fases de tal forma y con tanta
fuerza desde el exterior, que el peso que recae sobre ellos por estas causas aumenta en la
medida en que disminuye su propia perspicacia. Esto, por lo que a la guerra se refiere, es
el fundamento básico de la verdad que encierra el proverbio francés: Tel brille au second
qui s'éclipse au premier.
Casi todos los generales que la historia nos ha presentado como simples
mediocridades y como carentes de decisión, mientras estaban a cargo del mando
supremo, fueron hombres que sobresalieron por su audacia y decisión cuando ocupaban
un lugar inferior en la escala jerárquica.
Debemos hacer una distinción con los motivos de un comportamiento audaz que
surge bajo la presión de la necesidad. La necesidad presenta diversos grados de
intensidad. Si es inmediata, si la persona que actúa en persecución de un objetivo se ve
acosado por un grave peligro cuando intenta escapar de otros peligros igualmente
grandes, entonces lo único digno de admirar es la determinación, la cual, no obstante,
tiene también de por sí su valor. Si un joven salta por encima de un profundo abismo para
mostrar su habilidad como jinete, entonces es audaz, pero si da el mismo salto al verse
perseguido por un grupo de turcos desaforados, sólo muestra determinación. Pero cuanto
más lejana se encuentre la necesidad de acción y mayor sea el número de circunstancias
que tenga que considerar el espíritu para realizarla, tanto mayor será el descrédito de la
audacia. Si Federico el Grande consideró, en el año 1756, que la guerra era inevitable y
solamente pudo rehuír la destrucción adelantándose a sus enemigos, tuvo la necesidad de
comenzar él la guerra, pero al mismo tiempo es evidente que fue muy audaz, ya que muy
pocos hombres en su lugar hubieran decidido hacerlo.
Aunque la estrategia pertenece solamente al terreno propio de los comandantes en
jefe o de los generales en las posiciones más elevadas, la audacia sigue siendo en todos
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los demás miembros del ejército una cuestión tan indiferente para ellos como lo son las
otras virtudes militares. Con un ejército proveniente de un pueblo audaz y en el que
siempre se haya alimentado el espíritu de audacia, todas las cosas pueden ser
emprendidas, menos aquellas que sean extrañas a esa virtud. Por esta razón es por la que
hemos mencionado la audacia en conexión con el ejército. Pero nuestro objetivo se centra
en la audacia del comandante en jefe y, sin embargo, todavía no hemos manifestado gran
cosa sobre ello, después de haber descrito esa virtud militar en un sentido general, de la
mejor forma como hemos sabido hacerlo.
Cuanto más nos elevamos en las posiciones de mando, mayor será el predominio del
intelecto y de la perspicacia en la actividad de la mente, y, por ello, tanto más será dejada
de lado la audacia, que es una propiedad del temperamento. Por esta razón la
encontramos tan raramente en las posiciones elevadas, pero es en ellas donde más
merecedora es de admiración. La audacia dirigida por el predominio del espíritu es el
signo del héroe: no consiste en ir contra la naturaleza de las cosas, en una clara violación
de las leyes de la probabilidad, sino en un enérgico apoyo de esos elevados cálculos que
el genio, con su juicio instintivo, realiza con la velocidad del rayo e incluso a medias
consciente cuando toma su decisión. Cuanto más preste la audacia alas a la mente y a la
perspicacia, mayor altura alcanzarán éstas en su vuelo y mucho más amplia será la visión
y mayor la posibilidad de corrección del resultado; pero, evidentemente, sólo en el sen-
tido de que a mayores objetivos, mayores serán los peligros. El hombre común, para no
hablar del débil y del indeciso, llega a un resultado correcto en la medida en que es
posible hacerlo sin una experiencia vivida, y mediante una eficacia concebida en su
imaginación, alejado del peligro y de la responsabilidad. En cuanto el peligro y la
responsabilidad lo acosen desde todas direcciones, perderá su perspectiva, y si la
mantuviera en cualquier medida debido a la influencia ajena, habría perdido no obstante
su poder de decisión, debido a que en este punto no hay quien pueda ayudarle.
Creemos, entonces, que no puede pensarse en un general distinguido carente de
audacia, es decir, éste no puede surgir de un hombre que no haya nacido con esta
fortaleza de temperamento, que consideramos, en consecuencia, como requisito puntual
de esa carrera. La segunda cuestión es la de establecer qué grado de fortaleza innata,
desarrollada y moldeada por la educación y las circunstancias de la vida le resta al
hombre cuando alcanza una elevada posición. Cuanto mayor sea la conservación de este
poder, mayor será el vuelo del genio y más altura ganará. El riesgo se hace mayor, pero el
objetivo se acrecienta también en concordancia. Que las líneas emanen y adopten su
dirección de una necesidad distante, o que converjan hacia la base fundamental de un
edificio que la ambición ha levantado, que sea un Federico el Grande o un Alejandro
quienes actúen, es prácticamente lo mismo desde el punto de vista crítico. Si la última
alternativa alimenta más la imaginación porque es la más audaz, la anterior satisface más
al entendimiento porque contiene en sí misma una mayor necesidad.
Resta, sin embargo, considerar aún una circunstancia muy importante.
En un ejército puede hacer acto de presencia el espíritu de audacia, ya sea porque
exista en el pueblo o porque haya surgido de una guerra victoriosa conducida por
generales audaces. En este último caso habrá que convenir, sin embargo, que faltaba al
comienzo.
En nuestros días, difícilmente habrá otro modo de educar el espíritu de un pueblo, a
este respecto, como no sea mediante la guerra y bajo una dirección audaz. Únicamente
esto puede contrarrestar ese sentimiento de lasitud y esa inclinación a gozar de las
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Capítulo VII
LA PERSEVERANCIA
Capítulo VIII
LA SUPERIORIDAD NUMÉRICA
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o a los ingleses y los hindúes, como a los franceses y los alemanes. Pero dediquemos
nuestra atención a las condiciones militares propias de Europa, a fin de llegar a algunas
ideas más concretas sobre este asunto.
Aquí encontramos ejércitos que se parecen mucho más a equipos, en organización y
habilidad práctica de todo tipo. Sólo cabe distinguir todavía una diferencia momentánea
en la virtud militar del ejército y en el talento del general. Si estudiamos la historia de la
guerra en la Europa moderna, no encontramos en ella ninguna batalla como la de
Maratón.
Federico el Grande, con aproximadamente 30.000 hombres, venció en Leuthen a
80.000 austríacos y en Rossbach, con 25.000, hizo lo propio frente a unos 50.000 de los
Aliados. Pero estos son los únicos ejemplos de victorias obtenidas contra un enemigo que
contaba con una superioridad numérica doble o aun mayor. No cabe citar con propiedad
la batalla que Carlos XII libró en Narva, porque en esa época los rusos apenas podían ser
considerados como europeos, y, además, las circunstancias principales de esta
confrontación no son demasiado bien conocidas. Bonaparte contaba en Dresde con
120.000 hombres contra 220.000 y, por lo tanto, la superioridad no llegaba a duplicar su
propio número. En Kollin, Federico el Grande, con 30.000 hombres, no alcanzó el éxito
contra 50.000 austríacos, ni tampoco triunfó Bonaparte en la batalla de Leipzig, donde se
encontró luchando con 160.000 hombres contra 380.000, siendo por lo tanto la
superioridad del enemigo mucho más del doble.
Podemos deducir de esto que, en la Europa actual, resulta muy dificil, incluso para el
general más dotado de talento, alcanzar una victoria sobre un enemigo dos veces más
fuerte. Ahora bien, así como vemos que la superioridad numérica doble demuestra tener
un peso de envergadura en la balanza, incluso contra los generales más sobresalientes,
podemos estar seguros de que, en los casos comunes, tanto en los encuentros grandes
como en los pequeños, por más desventajosas que puedan ser otras circunstancias, para
asegurar la victoria será suficiente con disponer de una superioridad numérica importante,
sin que necesite ser mayor del doble. Por supuesto podemos concebir el caso de un paso
en la montaña, en el que ni siquiera una superioridad diez veces mayor sería suficiente
para doblegar al enemigo, pero entonces no cabría hablar de ningún modo de un en-
cuentro.
Por lo tanto, creemos que, en nuestras propias circunstancias tanto como en todas las
similares, la acumulación de fuerza en el punto decisivo es una cuestión de capital
importancia y que, en la mayoría de los casos, resulta categóricamente lo más importante
de todo. La fuerza en el punto decisivo depende de la fuerza absoluta del ejército y de la
habilidad con que ésta se emplea.
En consecuencia, la primera regla sería adentrarse en el campo de batalla con un
ejército lo más fuerte posible. Esto parecerá una perogrullada, pero en realidad no lo es.
Para demostrar que durante largo tiempo la magnitud de las fuerzas militares de
ningún modo fue considerada como una cuestión vital, sólo necesitamos observar que en
la historia de la mayoría de las guerras del siglo XVIII, incluso en las más reseñadas, no
se menciona en absoluto la magnitud de los ejércitos, o sólo se hace ocasionalmente, y en
ningún caso se le adjudica un valor especial. Tempelhoff, en su historia sobre la guerra de
los Siete Años, es el primer escritor que se refiere a ella con regularidad, pero sólo lo
hace muy superficialmente.
Incluso Messenbach, en sus múltiples observaciones criticas sobre las campañas
prusianas de 1793-1794 en los Vosgos, da una amplia referencia de las colinas y los
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valles, de los caminos y los senderos, pero nunca dice una palabra sobre la fuerza que
integraba uno y otro bando.
Otra prueba reside en una idea portentosa que obsesionaba las mentes de muchos
críticos, de acuerdo con la cual existía cierta medida que era la mejor para un ejército,
una cantidad normal, más allá de la cual las fuerzas excesivas eran más gravosas que
útiles. 3
Por último, encontramos cierto número de casos en los que todas las fuerzas
disponibles no fueron usadas realmente en la batalla, o en el transcurso de la guerra,
porque no se consideró que la superioridad numérica tuviera esa importancia que corres-
ponde a la naturaleza de las cosas.
Si estamos convencidos de que por medio de una superioridad numérica manifiesta se
puede obtener cualquier victoria, no cabe dejar de señalar esa convicción ante los
preparativos de la guerra, a fin de que se pueda afrontar la batalla con tantas tropas como
sea posible y obtener una supremacía o por lo menos contrarrestar la que demuestre
poseer el enemigo. Eso basta en cuanto a la potencia absoluta con la que debe conducirse
la guerra.
La medida de esta potencia viene determinada por el gobierno, y si bien con esta
determinación comienza la verdadera actividad militar, si bien forma una parte esencial
de la estrategia de la guerra, todavía en la mayoría de los casos el general responsable del
mando debe considerar su fuerza absoluta como algo fijado de antemano, bien porque no
hubiera intervenido en su determinación, bien porque las circunstancias hubiesen impe-
dido darle una magnitud suficiente.
Por lo tanto, en el caso de que no pudiera lograrse una superioridad absoluta, no
queda otra cosa que conseguir una relativa en el punto decisivo, por medio del hábil uso
de la que se posea.
El cálculo del espacio y del tiempo aparece entonces como la cuestión más
importante. Ello ha inducido a considerar que esta parte de la estrategia abarca casi todo
el arte de utilización de las fuerzas militares. En realidad, algunos han ido tan lejos como
para atribuir la estrategia y la táctica de los grandes generales a un órgano interno
adaptado particularmente a este propósito.
Pero aunque la coordinación del tiempo y del espacio reside en los fundamentos de la
estrategia, y es, por así decir, su sustento diario, sin embargo no constituye ni la más
difícil de sus tareas, ni la más decisiva.
Si recorremos con una mirada imparcial la historia de la guerra, veremos que son muy
raros los casos en los que los errores en dicho cálculo han demostrado ser la causa de
pérdidas serias, al menos en la estrategia. Pero si el concepto de una correlación hábil del
tiempo y del espacio hubiera de explicar todos los casos en que un comandante en jefe
activo y resuelto vence con el mismo ejército a varios de sus oponentes, por medio de
marchas rápidas (Federico el Grande, Bonaparte), entonces no haríamos más que crear
una confusión innecesaria con un lenguaje convencional. Para que las ideas sean claras y
útiles, es necesario que las cosas sean siempre llamadas por sus justos nombres.
3
Tempelhoff y Montalembert son los autores que nos vienen a la memoria con respecto a esto, el
primero expresándolo en un pasaje de la primera parte de su obra, el segundo en su correspondencia
relacionada con el plan de operaciones ruso para 1759
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Capítulo IX
LA SORPRESA
El esfuerzo general por lograr una superioridad relativa, que ocupó como tema el
capítulo precedente, es seguido de otro esfuerzo que, por ser correlativo, tiene que ser de
naturaleza igualmente general: este es la sorpresa que se causa en el enemigo, la cual
constituye, más o menos, la base de todas las iniciativas, porque sin ella no cabe concebir
que se cree una superioridad en el punto decisivo.
La sorpresa deviene, pues, el medio con el cual puede lograrse la superioridad
numérica; pero también cabe considerarla en sí misma como un principio independiente,
a causa del efecto moral que provoca. Cuando la sorpresa consigue alcanzar el éxito en
alto grado, las consecuencias que acarrea son la confusión y el desaliento en las filas
enemigas, y esto multiplica el efecto del éxito, como puede ser mostrado mediante
suficientes ejemplos, tanto grandes como pequeños. No nos referimos ahora a una súbita
irrupción, que corresponde al capítulo correspondiente al ataque, sino al esfuerzo para
sorprender al enemigo por medio de medidas generales y, en especial, por la distribución
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4
. Tempelhoff, Der Vetercan Fríedrich der Grosse.
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Capítulo X
LA ESTRATAGEMA
Capítulo XI
La mejor estrategia consiste en ser siempre muy fuerte, primero en un sentido general,
y luego en el punto decisivo. Por lo tanto, aparte del esfuerzo en crear las fuerzas
suficientes y que no siempre corresponde al general en jefe, no hay ley más simple y más
imperativa para la estrategia que la de mantener concentradas las fuerzas. Nada tiene que
ser separado del conjunto principal, a menos que lo exija algún objetivo perentorio. Nos
mantenemos firmes en este criterio y lo consideramos como guía en la que se puede y se
debe confiar. Veremos muy pronto sobre qué bases razonables puede ser realizada la
separación de fuerzas. Comprobaremos entonces que este principio no puede producir en
todas las guerras los mismos resultados generales, sino que éstos difieren de acuerdo con
los medios y el fin.
Parece increíble, y sin embargo ha sucedido cientos de veces, que unas fuerzas
puedan haber sido divididas y separadas solamente a causa de una adhesión nebulosa a
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ciertas costumbres tradicionales, sin que se supiera claramente la razón por la cual se
actuaba de esa forma.
Si se reconoce como norma la concentración de toda la fuerza, y toda división y
separación como la excepción que tiene que ser justificada, no sólo se evitará por
completo ese desatino, sino que también serán eliminadas muchas de las razones erróneas
que conducen a separar a las fuerzas.
Capítulo XII
Abordaremos aquí una concepción que, cuando se aplica a la vida activa, contribuye a
crear una serie de ilusiones engañosas. Por lo tanto, consideramos que es necesario
formular una definición clara de la idea y de su desarrollo, y confiamos en que nos sea
permitido efectuar otro breve análisis.
La guerra es el choque de unas fuerzas opuestas entre sí, de lo que resulta, en
consecuencia, que la más fuerte no sólo destruye a la otra, sino que la arrastra en su
movimiento. Básicamente, esto no admite la acción sucesiva de fuerzas, sino que es-
tablece como ley principal de la guerra la aplicación simultánea de todas las fuerzas
destinadas a intervenir en el choque.
Esto es así en la realidad, pero sólo en la medida en que la lucha tenga también una
semejanza real a un choque mecánico. Siempre que consista en una duradera acción
recíproca de fuerzas destructivas podremos imaginar por supuesto la acción sucesiva de
esas fuerzas. Este es el caso en la táctica, principalmente porque las armas de fuego
forman la base de toda táctica, pero también por otras razones. Si en un encuentro con
armas de fuego se utilizan 1.000 hombres contra 500, entonces el total de las pérdidas
será la suma de las sufridas por las fuerzas enemigas y por las nuestras. Mil hombres
disparan dos veces más tiros que quinientos hombres, pero los disparos alcanzarán más a
los 1.000 que a los 500, porque hemos de suponer que permanecen en un orden más
cerrado que estos últimos. Si supusiéramos que el número de impactos es doble, entonces
las pérdidas en cada bando serían iguales. De los 500 habría, por ejemplo, 200 heridos, y
de los 1.000 habría la misma cantidad; ahora bien, si los 500 han mantenido otro cuerpo
de igual número en reserva, completamente alejado del fuego, entonces ambos bandos
tendrían 800 hombres disponibles; pero de éstos, por un lado permanecerían 500 frescos,
completamente equipados con municiones y en posesión de su fuerza y de su vigor; por
el otro lado habría sólo 800, todos igualmente desorganizados, sin municiones suficientes
y con su fuerza física debilitada. La suposición de que 1.000 hombres, sólo debido a que
su número fuera mayor sufriesen pérdidas dos veces mayores que las que en su lugar
habrían experimentado 500 no es por supuesto correcta; en consecuencia, tiene que ser
considerada como una desventaja la pérdida mayor que sufre el bando que ha mantenido
en reserva la mitad de su fuerza. Además, ha de admitirse que, en la mayoría de los casos,
los 1.000 hombres podrían obtener al pronto la ventaja de hacer abandonar su posición al
adversario y obligarlo a retirarse. Pero si estas dos ventajas son equivalentes o no a la
desventaja de encontrarse con 800 hombres desorganizados en cierta medida por el
encuentro, que se oponen a un enemigo que al menos es materialmente más débil en
número y que cuenta con 500 hombres completamente frescos, es una cuestión que no
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podrá ser decidida por medio de nuevos análisis. Debemos aquí confiar en la experiencia,
y será raro encontrar un oficial con un cierto historial bélico que, en la mayoría de los ca-
sos, no conceda la ventaja al bando que cuenta con las tropas frescas.
De esta forma se hace evidente cómo puede ser desventajoso el empleo de
demasiadas fuerzas en un encuentro; porque, sean cuales fueren las ventajas que en el
primer momento pueda proporcionar la superioridad, luego se tendrá que pagar caro por
ello.
Pero este peligro llega sólo hasta donde alcanzan el desorden, el estado de
desintegración y la debilidad, en una palabra, hasta la crisis que todo encuentro acarrea,
incluso para el vencedor. Mientras dure ese estado de debilidad será decisiva la aparición
de cierto número adecuado de tropas frescas.
Pero donde termina este efecto desintegrante de la victoria, y por lo tanto sólo resta la
superioridad moral que esa misma proporciona, ya no es posible que las tropas frescas
subsanen esas pérdidas, pues se verían arrastradas por el movimiento general. Un ejército
derrotado no puede ser conducido de improviso a la victoria mediante la aportación de
fuertes reservas. Nos encontramos aquí en el origen de la diferencia más esencial entre
táctica y estrategia.
Los resultados tácticos, obtenidos durante el encuentro, y antes de su culminación, se
encuentran en su mayor parte dentro de los límites de ese período de desintegración y
debilidad. Pero el resultado estratégico, es decir, el resultado del encuentro considerado
en su conjunto, el resultado de la victoria alcanzada, ya sea grande o pequeña, se halla
fuera de los límites de ese período. Solamente cuando los resultados de los encuentros
parciales se han combinado en un todo independiente se logra el éxito estratégico, pero
entonces el estado de crisis ha terminado, las fuerzas han recobrado su forma original y
sólo han sido debilitadas en la medida de las pérdidas reales que hayan sufrido.
La consecuencia de esta diferencia es que la táctica puede usar las fuerzas de forma
sucesiva, mientras que la estrategia lo hace de modo simultáneo.
Si, en la táctica, no puedo decidir todo por el primer éxito obtenido, si he de temer el
momento próximo, resulta lógico que emplee mi fuerza sólo lo necesario para obtener el
éxito del primer momento y que mantenga el resto fuera de los efectos de la lucha, tanto
por las armas como en el cuerpo a cuerpo, para poder oponer tropas frescas a las tropas
frescas del enemigo o vencer con ellas a las que están debilitadas. Pero no sucede así en
la estrategia. En parte, como acabamos de demostrar, porque no tiene tantos motivos para
temer una reacción después de haber logrado el éxito, ya que con ese éxito la crisis llega
a su fin; y en parte porque no resulta indefectible que todas las fuerzas empleadas
estratégicamente estén debilitadas. Sólo lo están por la estrategia las que tácticamente
hayan entrado en conflicto con la fuerza del enemigo, o sea, las que hayan intervenido en
un encuentro parcial. En consecuencia, a menos que la táctica las haya gastado
inútilmente, sólo se debilitan en la medida en que es inevitablemente necesario, pero de
ningún modo todas las que estratégicamente se hallen en conflicto con el enemigo.
Muchas unidades que debido a su superioridad numérica general han intervenido muy
poco o nada en la lucha, cuya mera presencia ha contribuido a determinar una decisión,
después de ésta se encontrarán tal como estaban con anterioridad y se hallarán tan
preparadas para intervenir en nuevas iniciativas como si hubieran permanecido
completamente inactivas. Resulta de por sí evidente en qué gran medida estas unidades,
que constituyen nuestra superioridad, pueden contribuir a alcanzar el éxito total; en
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realidad, es fácil ver que incluso pueden hacer que disminuya considerablemente la
pérdida de fuerzas de nuestro bando, comprometido en el conflicto táctico.
Por lo tanto, si en la estrategia la pérdida no se acrecienta con el número de tropas
empleadas, sino que, por el contrario, a menudo incluso disminuye, y si, como resultado
lógico, la decisión a nuestro favor es más segura por ese medio, se deducirá,
naturalmente, que nunca serán demasiadas las fuerzas que podamos emplear y que, en
consecuencia, las que se encuentran disponibles para la acción deberán ser utilizadas de
forma simultánea.
Pero deberemos justificar esta proposición sobre otra base. Hasta aquí sólo nos hemos
referido al combate mismo, que es la actividad realmente propia de la guerra. Pero
también deben ser tenidos en cuenta los hombres, el tiempo y el espacio, que aparecen
como agentes de esa actividad, e igualmente han de ser considerados los efectos de su
influencia.
La fatiga, el esfuerzo y las privaciones constituyen en la guerra un agente especial de
destrucción, que no pertenece esencialmente al combate, pero que está ligado con él en
forma más o menos inseparable y que, por supuesto, corresponde de modo especial a la
estrategia. Sin duda existen también en la táctica, y tal vez en grado más elevado; pero
desde el momento en que la duración de las acciones tácticas es más corta, los efectos del
esfuerzo y de la penuria no podrán ser tomados en cuenta. Por el contrario, en la
estrategia, donde el tiempo y el espacio asumen una escala mayor, su influencia no sólo
es siempre digna de atención, sino que muy a menudo resulta completamente decisiva. El
hecho de que un ejército victorioso pierda muchos más hombres por enfermedad que en
el campo de batalla no es de ningún modo excepcional.
Por lo tanto, si en la estrategia consideramos este ámbito de destrucción en la misma
forma en que hemos tenido en cuenta la lucha por las armas y cuerpo a cuerpo en la
táctica, podremos entonces imaginar perfectamente que todo lo que se exponga a ese
nivel de destrucción habrá de ser debilitado, al final de la campaña o en cualquier otro
período estratégico, lo que torna decisiva la llegada de fuerzas nuevas. En consecuencia,
podemos deducir que existe un motivo, tanto en el primer caso como en el segundo, para
esforzarse en obtener el primer éxito con las menores fuerzas posibles, y poder así
reservar esta nueva fuerza para intentar alcanzar el éxito final.
Para determinar exactamente el valor de esta conclusión, que en numerosos casos de
la vida real tendrá grandes visos de verdad, debemos dirigir nuestra atención a las ideas
aisladas que contiene. En primer lugar, no debemos confundir la idea de un simple
refuerzo con la de unas tropas frescas no utilizadas. Existen pocas campañas en cuyo
tramo final no sería sumamente deseable cierto aumento de las fuerzas, tanto para un
bando como para el otro, y en realidad parecería decisivo; pero este no es el caso aquí,
porque ese aumento no sería necesario si la fuerza hubiera sido suficientemente grande al
comienzo del encuentro.
Sin embargo, sería ir en contra de toda experiencia suponer que un ejército recién
llegado al campo de batalla haya de ser tenido en más alta estima, desde el punto de vista
del valor moral, que el ejército que se encontraba ya en aquél, como si una reserva táctica
tuviera que ser más valorada que un cuerpo de tropas baqueteado en el encuentro. Así
como una campaña infortunada afecta al valor y a la fuerza moral del ejército, del mismo
modo una campaña victoriosa acrecienta ese valor. Por lo tanto, en la mayoría de los
casos, estas influencias se equilibran entre sí, y entonces queda el hábito para la guerra
como ganancia adicional. Además, debemos considerar aquí antes las campañas con un
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
resultado favorable que las que no lo ofrecen, porque, si bien el curso de estas últimas
puede ser previsto con mayor probabilidad, las fuerzas faltarán ya de todos modos y, por
lo tanto, no puede pensarse en reservar parte de ellas para su uso ulterior.
Habiendo dejado establecido este punto, queda todavía la siguiente cuestión: ¿las
pérdidas que sufre una fuerza por la fatiga y las penurias se acrecientan en proporción a la
magnitud de esa fuerza, como sucede en el encuentro? A esto tenemos que contestar
negativamente.
La fatiga proviene en mayor grado de los peligros que en todo momento acechan y se
hacen más o menos presentes en el acto de la guerra. Enfrentarse con estos peligros en
todos los puntos, avanzar con seguridad en el camino trazado, es el objeto de gran
número de actividades que constituyen el dispositivo táctico y estratégico del ejército.
Este dispositivo encierra tanta más dificultad cuanto más débil sea el ejército, y resulta
más fácil a medida que aumenta la superioridad numérica sobre la del enemigo. ¿Quién
dudará de ello? La campaña contra un enemigo mucho más débil costará menos fatiga,
por lo tanto, que contra un enemigo igualmente fuerte o mucho más fuerte.
Esto basta en cuanto a la fatiga. Sucede algo diferente con las penurias. Estas
consisten principalmente en dos cosas: falta de alimento y falta de refugio para las tropas,
ya sea por alojamiento en cuarteles o en campamentos adecuados. Por supuesto, cuanto
mayor sea el número de hombres que se encuentran en un lugar, mayores podrán ser estas
deficiencias. Pero, ¿no proporciona también la superioridad numérica mejores medios
para ocupar más lugar y, por lo tanto, para conseguir más medios de subsistencia y de
cobijo?
Si en su avance hacia el interior de Rusia, en 1812, Bonaparte concentró su ejército
en grandes masas en un único desplazamiento, de forma nunca vista hasta entonces, y de
este modo produjo una penuria igualmente única, debemos atribuirlo a la aplicación de su
principio de que, por fuerte que sea el ejército en el punto decisivo, nunca lo es
demasiado. Estaría fuera de lugar decidir aquí si en ese caso no extremó demasiado el
alcance de ese principio. Pero es evidente que si se hubiera propuesto evitar las
penalidades así causadas sólo habría tenido que avanzar en un frente más amplio. No era
precisamente lugar para este fin lo que faltaba en Rusia, y en muy pocos casos sería
escaso en cualquier otra parte. Por lo tanto, ello no puede servir como prueba de que el
empleo simultáneo de fuerzas muy superiores produzca obligadamente una mayor
debilidad. Pero supongamos ahora que el viento, el estado del tiempo y las fatigas
inevitables de la guerra hubieran producido pérdidas incluso en esa parte del ejército que,
como fuerza suplementaria, pudiese haberse reservado para un uso ulterior en cualquier
caso. Entonces, pese a la eventual ayuda que podía proporcionar al conjunto dicha fuerza,
nos vemos obligados, no obstante, a examinar de forma amplia y general toda la
situación, y por lo tanto, preguntarnos: ¿afectará esa disminución a la compensación de
fuerzas que tenemos que ser capaces de lograr a través de más de un medio, gracias a
nuestra superioridad numérica?
Pero todavía queda por hacer mención de uno de los puntos más importantes. En un
encuentro limitado, cabe determinar aproximadamente, sin mucha dificultad, la fuerza
necesaria para obtener el resultado que ha sido planeado, y, en consecuencia, del mismo
modo determinaremos la que sería superflua. En la estrategia esto es prácticamente
imposible, porque el éxito estratégico no tiene unos objetivos tan bien definidos ni unos
límites tan circunscritos como el táctico. Así, lo que en la táctica puede considerarse
como exceso de fuerzas, en la estrategia tiene que adoptarse como un medio de ampliar el
éxito, si se presenta la oportunidad. Con la magnitud de ese éxito aumenta al mismo
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Capítulo XIII
Las reservas tienen dos objetivos que se diferencian claramente uno del otro; o sea, en
primer lugar renovar y prolongar el combate, y en segundo ser usadas en caso de
cualquier acontecimiento imprevisto. El primer objetivo implica la utilidad de la
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Pero incluso esta decisión del encuentro total sólo tiene una importancia relativa, con
gradaciones muy diferentes, según que la fuerza sobre la que ha sido obtenida la victoria
constituya una parte más o menos amplia e importante del todo. La pérdida de una batalla
por un cuerpo de ejército puede ser subsanada con la victoria de un ejército en su
conjunto. Incluso la pérdida de una batalla por un ejército puede ser contrarrestada no
sólo por una victoria obtenida en una batalla más importante, sino que podría ser
transformada en un acontecimiento afortunado (los dos días de Kulm, el 29 y 30 de
agosto de 1813). Nadie puede ponerlo en duda; pero es completamente evidente que el
peso de cada victoria (el resultado afortunado de cada encuentro total) es tanto más
independiente cuanto más importante resulte la parte conquistada y que, en consecuencia,
disminuye en la misma proporción la posibilidad de remediar la pérdida por los
acontecimientos subsecuentes. Tendremos que examinar esto con más detalle en otro
lugar, pero por el momento bastará con haber llamado la atención sobre la existencia
incuestionable de esta progresión.
Por último, si añadimos a estas dos consideraciones la tercera, o sea, si en la táctica el
uso sucesivo de las fuerzas siempre traslada la decisión principal hacia el final de toda la
acción, por el contrario, en la estrategia, la ley del uso simultáneo de las fuerzas invita a
dejar que la decisión principal (que no necesita ser la final) tenga lugar casi siempre al
principio de la acción principal.
Con estas tres conclusiones contamos, pues, con un fundamento suficiente para
considerar que las reservas estratégicas son tanto más superfluas, inútiles y peligrosas
cuanto más general sea su propósito.
No resulta difícil determinar el punto donde comienza a hacerse insostenible la idea
de las reservas estratégicas: ese punto es la decisión principal. Todas las fuerzas tienen
que ceñirse a la decisión principal y es absurda cualquier reserva (fuerzas activas
disponibles) que sólo esté destinada a ser usada después de esa decisión.
Por lo tanto, así como la táctica dispone en sus reservas no sólo de un medio para
enfrentar disposiciones imprevistas de parte del enemigo, sino también para subsanar las
que nunca pueden ser previstas, o sea, el resultado del encuentro, en caso de ser éste
desfavorable, la estrategia, por el contrario, al menos en lo que al fin principal se refiere,
debe renunciar al uso de estos medios. Como regla general, sólo en algunos casos, por
medio del movimiento de tropas de un lugar a otro, la estrategia puede remediar las
pérdidas sufridas en cierto punto por ventajas adquiridas en otro. La idea de prepararse de
antemano para esos reveses, manteniendo las fuerzas en reserva, no debe nunca ser
tomada en consideración en la estrategia.
Hemos señalado como absurda la idea de una existencia de reservas estratégicas que
no estén en disposición de cooperar en la decisión principal. Como esto está tan fuera de
duda, no habríamos sido conducidos al análisis que hemos hecho en estos dos capítulos si
no fuera porque esa idea aparece con frecuencia enmascarada por otros conceptos y
parece entonces tener una apariencia mejor.
Una persona la considera el colmo de la sagacidad y la cautela estratégicas; otra la
rechaza y con ello la idea de cualquier clase de reservas, aun las de carácter táctico. Esta
confusión de ideas se traslada a la vida real, y para demostrarlo sólo tenemos que
recordar que Prusia, en 1806, dejó una reserva de 20.000 hombres acuartelada en el Mark
(Brandeburgo), bajo el mando del príncipe Eugenio de Württemberg, que no pudo llegar
al Saale a tiempo para prestar su colaboración, y que otra fuerza de 25.000 hombres,
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
perteneciente al mismo poder militar, permaneció en el este y el sur del país, a la espera
de ser puesta en pie de guerra como reserva.
Estos dos ejemplos bastarían para rechazar la acusación de haber estado pugnando
con molinos de viento.
Capítulo XIV
LA ECONOMÍA DE FUERZAS
El hilo de la razón, como ya hemos dicho, rara vez admite ser reducido por principios
y opiniones a una mera línea. Siempre queda cierto margen. Es lo que sucede en todas las
artes prácticas de la vida. Para las líneas de la belleza no existen abscisas y ordenadas; los
círculos y las elipses no se producen por medio de sus fórmulas algebraicas. Por lo tanto,
la persona que actúa en la guerra debe confiar en un momento dado en el juicio instintivo
y sutil que, fundado en la sagacidad natural y formado en la reflexión, encuentra la vía
justa casi de manera inconsciente; en otro momento debe simplificar la ley, reduciéndola
a rasgos distintivos sobresalientes que constituyen su regla, y, aun en otro, la rutina
establecida debe pasar a ser la norma a la que cabe adherirse.
Consideremos el principio de procurar continuamente la cooperación de todas las
fuerzas o; en otras palabras, de cuidar constantemente que ninguna parte de ellas
permanezca ociosa, como uno de esos rasgos distintivos simplificados o como un asidero
para el espíritu. Será un mal administrador de sus fuerzas quienquiera que las mantenga
en lugares donde su adaptación a las actuaciones del enemigo no les dé suficiente
destinación, quien tenga parte de sus fuerzas sin ningún uso ––es decir, que les permita
estar ociosas––, mientras que las del enemigo permanecen en pie de guerra. En este caso
existe un derroche de fuerzas que es peor que su uso inapropiado. Si tiene que producirse
una acción, la primera necesidad, entonces, sería que actuaran todas las partes, porque
incluso la actividad más inadecuada ocupa y contrarresta una parte de las fuerzas del
enemigo, mientras que las tropas completamente inactivas son neutralizadas en todo
momento de forma total.
Es evidente que esta idea guarda relación con los principios contenidos en los tres
últimos capítulos. Es la misma verdad, pero considerada desde un punto de vista algo más
amplio y resumida en una sola concepción.
Capítulo XV
EL ELEMENTO GEOMÉTRICO
atacarlas, rigen los ángulos y las líneas de ese elemento geométrico como si fueran
codificadores que tuvieran que decidir la contienda. Muchas teorías han sido aquí mal
aplicadas y otras constituyen simples banalidades. Sin embargo, incluso en la táctica
actual, en la que el propósito de todo encuentro es el de cercar al enemigo, el elemento
geométrico ha alcanzado nuevamente una gran influencia. Pero en la táctica, donde todo
es más movible, donde las fuerzas morales, los rasgos individuales y el azar asumen
mayor importancia que en la guerra de asedio, el elemento geométrico nunca puede
alcanzar el mismo grado de supremacía que logra en esta última. Su influencia es menor
aún en la estrategia. Sin duda alguna, aquí también tienen gran influencia la disposición
de las tropas y la configuración de los países, pero el elemento geométrico no es tan
decisivo como lo es en el arte de las fortificaciones, ni tan importante como en la táctica.
La forma en que se manifiesta esta influencia sólo podrá ser mostrada más adelante en los
puntos donde aparezca y merezca ser considerada. Aquí más bien procedemos a dirigir
nuestra atención hacia la diferencia que en esta cuestión existe entre la táctica y la
estrategia.
En la táctica, el tiempo y el espacio disminuyen con rapidez hasta llegar a un mínimo
absoluto. Si un cuerpo de ejército es atacado por el enemigo en el flanco y en la
retaguardia, pronto se alcanzará un punto en el que la retirada ya no es factible, tal
posición estará muy próxima a la imposibilidad total de continuar la lucha. Por lo tanto,
ese ejército intentará rehuir esa dificultad o evitar caer en ella. Así, todos los recursos que
se utilicen para lograr este propósito resultarán, desde el comienzo, muy eficaces,
principalmente a causa del efecto moral que sus consecuencias producen en el enemigo.
Por esta razón, la disposición geométrica de las fuerzas deviene un factor de máxima
importancia con vistas al resultado.
Esto sólo se manifiesta débilmente en la estrategia, debido a que abarca tiempos y
espacios mayores. En efecto, en ella no nos precipitamos de un teatro de guerra al otro; y,
a menudo, pasan semanas y meses antes de que pueda ser ejecutado un movimiento
estratégico destinado a cercar al enemigo. Además, las distancias son tan grandes que,
aun adoptando los mejores preparativos, la probabilidad de acertar al fin con el punto
justo resulta escasa.
Por lo tanto, en la estrategia es mucho menor el alcance de tales recursos, o sea, el del
elemento geométrico y, por la misma razón, será mucho mayor el efecto de la ventaja
realmente obtenida en cualquier punto. Esta ventaja tendrá tiempo de mostrar sus efectos
antes de que sea superada o más bien neutralizada por golpes de efecto contrarios. En
consecuencia, en la estrategia no vacilamos en considerar como verdad comprobada que
todo depende más del número y de la magnitud de los encuentros victoriosos que de la
forma general en que éstos se relacionan.
La teoría moderna ha tendido a adoptar como tema central un punto de vista
justamente opuesto, porque de este modo ha supuesto que se otorgaba mayor importancia
a la estrategia. En la estrategia se ha considerado que intervienen las funciones mentales
más elevadas, y con ello se ha pensado ennoblecer la guerra y hacerla más científica, por
así decir, mediante una nueva substitución de ideas. Sostenemos que uno de los servicios
más útiles que puede prestar toda teoría completa es el de poner de manifiesto esas
conclusiones caprichosas, y como por lo general el elemento geométrico resulta la idea
fundamental de la que provienen, hemos hecho expresamente hincapié en este punto.
Capítulo XVI
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Sin embargo, estos factores difícilmente pueden explicar, sin ser violentos, las largas
suspensiones que sufrían las acciones en las guerras primitivas, las cuales no se veían
perturbadas por ninguna causa importante y en las que la inactividad consumía las nueve
décimas partes del tiempo en que las tropas permanecían en pie de guerra. Este fenómeno
tiene que provenir, principalmente, de la influencia que ejercen en la conducción de la
guerra las exigencias de un bando y las condiciones y sentimientos del otro, como hemos
observado en el capítulo sobre la esencia y el objetivo de la guerra.
Estas cuestiones pueden adquirir tal preponderancia que lleguen a hacer de la guerra
un asunto frío y carente de entusiasmo. A menudo la guerra no es más que una
neutralidad armada o una actitud amenazadora destinada a entablar unas negociaciones, o
un intento moderado de ganar alguna ventaja y esperar luego el resultado, o bien una
obligación desagradable impuesta por una alianza y que se cumple en la forma menos
onerosa posible.
En todos estos casos en que el impulso que motiva el interés es débil y asimismo lo es
el principio de hostilidad, en que no se desea causar gran daño al contrario, y tampoco
éste es de temer, en suma, en donde no haya motivos poderosos que impulsen y
presionen, los gobiernos no tenderán a violentar el juego. De ahí esa forma suave de
propiciar una guerra, en la que se mantiene agazapado el espíritu hostil de una guerra
verdadera.
De esta manera, cuanto más se transforme la guerra en una cuestión fría e irrelevante,
tanto más llegará a estar su teoría desprovista del sostén y del soporte necesarios para el
razonamiento; lo necesario disminuye constantemente, lo accidental aumenta igualmente
de forma constante.
Sin embargo, en este tipo de guerra actuará también cierta sutileza; en realidad, su
acción se halla quizá más diversificada y ejercida en un ambiente más amplio que en el
otro tipo de guerra. El juego de azar que se lleva a cabo con monedas de oro parece
haberse transformado en un intercambio comercial efectuado con centavos. Y en este
terreno, donde la conducción de la guerra dilata el tiempo, medio en serio y medio en
broma, con cierta cantidad de pequeños artificios, con escaramuzas en las avanzadas, con
prolongadas maniobras carentes de sentido, con posiciones y marchas, que después son
llamadas científicas sólo porque sus causas infinitamente pequeñas han sido olvidadas y
el sentido común no repara en ellas, aquí, en este terreno, muchos teóricos sitúan el
elemento del arte de la guerra.
En estas fintas, estos desplazamientos y estos ataques incompletos de las guerras
pasadas encuentran la base para toda teoría, la supremacía del espíritu sobre la materia.
Las guerras modernas son para ellos simples luchas salvajes, de las que nada puede ser
aprendido y que deben considerarse como meros progresos hacia la barbarie. Esta
opinión es tan superficial como banales son los objetivos a que se refiere. Por supuesto,
donde falte una gran fuerza y una gran pasión será más fácil que la sagacidad ponga de
manifiesto su destreza. Pero dirigir grandes fuerzas, llevar el timón con mano firme en
medio del embate de las olas y de la tempestad, ¿no es en sí mismo un ejercicio superior
de las facultades del espíritu?, ¿no está incluido e implícito en la otra forma de conducir
la guerra esa especie de maniobra de esgrima convencional?, ¿no guarda la misma
relación con ella que la de los movimientos que se producen sobre un barco con respecto
al movimiento del barco mismo? Ciertamente sólo puede suceder bajo la condición tácita
de que el adversario no actúe mejor. ¿Podemos asegurar hasta cuándo optará éste por
respetar esas condiciones? ¿No se desencadenó sobre nosotros la Revolución francesa en
medio de la seguridad imaginaria de nuestro viejo sistema de guerra y nos condujo desde
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Capítulo XVII
La atención que requiere el carácter de la guerra moderna ejerce una gran influencia
sobre los planes, especialmente los estratégicos.
Todos los métodos convencionales fueron trastocados por la suerte y la audacia de
Bonaparte, y fuerzas de primer orden fueron aniquiladas casi de un solo golpe. Los
españoles, con su obstinada resistencia, mostraron lo que puede realizar la movilización
general de una nación y las medidas insurgentes en gran escala, pese a la debilidad y falta
de consistencia que evidenciaban en ciertos aspectos particulares. Rusia, en la campaña
de 1812, nos enseñó que un imperio de grandes dimensiones no puede ser conquistado (lo
que fácilmente podría haberse sabido antes) y, además, que la probabilidad del éxito final
no disminuye en todos los casos en la misma medida en que se pierden batallas, regiones
y capitales (lo que constituía antiguamente un principio irrebatible para todos los
diplomáticos y hacía que estuvieran siempre prontos a aceptar cualquier paz temporal por
onerosa que fuera). Por el contrario, Rusia probó que a menudo una nación es más
poderosa en el corazón de su propio país cuando el poder ofensivo del enemigo se ha
agotado y permite poner en evidencia con qué enorme fuerza la defensa puede pasar
entonces a la ofensiva. Además, Prusia (1813) demostró que los esfuerzos súbitos pueden
multiplicar seis veces un ejército por medio de la milicia y que esta milicia es tan apta
para el servicio en el extranjero como en su propio país. Estos acontecimientos mostraron
que el corazón y los sentimientos de una nación pueden ser un factor influyente en su
total fuerza política y militar, y, puesto que los gobiernos han descubierto todas estas
ayudas adicionales, no cabe esperar que en las guerras futuras dejen de utilizarlas, va sea
porque el peligro amenace su propia existencia, ya porque los impulse una ambición
fervorosa.
Es fácil percibir que la guerra librada con todo el peso del poder nacional en ambos
bandos debe ser organizada sobre la base de otros principios que aquellos en los que todo
estaba calculado de acuerdo con las relaciones recíprocas de los ejércitos permanentes.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
En otros tiempos, los ejércitos permanentes guardaban una cierta relación con las flotas,
la fuerza terrestre se asemejaba a la fuerza naval en sus lazos de unión con el resto del
Estado, y por esto el arte de la guerra terrestre tenía algo de la táctica naval, que ahora
casi ha perdido.
Capítulo XVIII
TENSIÓN Y REPOSO
En el capítulo XVI de este libro hemos visto que, en la mayoría de las campañas, se
solía pasar mucho más tiempo en suspensión e inactividad que en acción. Ahora bien,
aunque, como hemos observado en el capítulo anterior, la forma actual de la guerra tiene
un carácter bastante diferente, sin embargo es indudable que la acción real quedará
siempre interrumpida por pausas más o menos largas, y esto conduce a la necesidad de
examinar más detalladamente la naturaleza de estas dos fases bélicas.
Si en la guerra hay una suspensión de la acción, es decir, si ningún bando aspira a
algo positivo, habrá reposo y, en consecuencia, equilibrio; pero, por supuesto, un
equilibrio en el sentido más amplio, en el que se toman en consideración no sólo las
fuerzas militares, morales y físicas, sino todas las circunstancias e intereses concurrentes.
Tan pronto como uno de los oponentes se propone un objetivo positivo y da los pasos
necesarios para lograrlo, aunque sólo sea por medio de preparativos, y en cuanto el
adversario se opone a esto, se creará una tensión de fuerzas. Esto perdurará hasta que se
produzca la decisión, o sea, hasta que un bando abandone su objetivo o bien el otro le
permita alcanzarlo.
Esta decisión ––cuya base siempre reside en la eficacia de las combinaciones de
encuentros que se originan en ambos bandos–– es seguida por un movimiento en una u
otra dirección.
Cuando este movimiento se haya agotado, ya sea por las dificultades que ha tenido
que superar para vencer su propia fricción interna, ya por la intervención de nuevos
contrapesos, entonces, o bien se llega nuevamente al estado de reposo o se produce una
nueva tensión y una nueva decisión, y, luego, un nuevo movimiento, en dirección opuesta
en la mayoría de los casos.
Esta distinción teórica entre equilibrio, tensión y movimiento es más importante para
la acción práctica de lo que pudiera parecer a simple vista.
En el estado de reposo y equilibrio pueden prevalecer varias clases de actividad que
resultan de meras causas accidentales, y no cambian mucho en sus objetivos. Esta
actividad puede incluir encuentros importantes ––incluso grandes batallas––, pero en ese
caso su naturaleza es muy diferente, y por eso actúa por lo general de modo distinto.
Si existe un estado de tensión, los efectos de la decisión siempre serán más grandes,
en parte porque se pone de manifiesto una mayor fuerza de voluntad y una presión más
grande de las circunstancias, en parte porque todo ha sido preparado y dispuesto para un
movimiento notable. La decisión en tales casos recuerda el efecto de una mina bien
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
LIBRO IV
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
EL ENCUENTRO
LIBRO V
LIBRO VI
LA DEFENSA
Capítulo I
ATAQUE Y DEFENSA
1. Concepto de la defensa
aplicarse, por lo tanto, al concepto considerado como un todo; no debe extenderse a todas
sus partes. Un encuentro parcial es defensivo si esperamos la acometida, la carga del ene-
migo; una batalla es defensiva si esperamos el ataque, o sea, la aparición del enemigo
ante nuestra posición, de tal modo que se ponga al alcance de nuestro fuego; la campaña
es defensiva si esperamos que el enemigo entre en nuestro teatro de guerra. En todos
estos casos, el signo de esperar y de detener el golpe corresponde a la concepción
general, sin que surja contradicción alguna con la concepción sobre la guerra, porque
puede constituir una ventaja para nosotros esperar la carga contra nuestras bayonetas o el
ataque a nuestra posición y a nuestro teatro de guerra. Pero, puesto que estamos obligados
a devolver los golpes del enemigo si hemos de librar realmente la guerra en nuestro lado,
esta acción ofensiva en la guerra defensiva hay que definirla, pues, en cierto sentido, con
el título de defensa, es decir, que la ofensiva, de la que hacemos uso, se adscribe al
concepto de posición o teatro de la guerra. Por lo tanto, podemos guerrear atacando en
una campaña defensiva; en ella podemos usar algunas fuerzas con propósitos ofensivos,
y, por último, mientras permanecemos simplemente en posición, aguardando la acome-
tida del enemigo, podemos enfrentarnos con él, atacando sus filas con nuestro fuego de
fusilería. En consecuencia, en la guerra, la forma defensiva no es un simple escudo, sino
un escudo que va acompañado de golpes asestados con habilidad.
2. Ventajas de la defensa
cosa que no hace el primero, a fin de expresarnos con claridad debemos decir que, en
abstracto, la forma defensiva de guerra es más poderosa que la ofensiva. Este es el
resultado al que queríamos llegar, porque, si bien es absolutamente natural y ha sido
confirmado miles de veces por la experiencia, es todavía contrario por entero a la opinión
predominante, lo que prueba cómo las ideas pueden confundirse en manos de escritores
superficiales.
Si la defensiva contiene la forma más poderosa de conducir la guerra, pero tiene un
objetivo negativo, es evidente por sí mismo que sólo debemos hacer uso de ella cuando
estemos obligados a ello por nuestra debilidad, y que debemos abandonarla tan pronto
como nos sintamos suficientemente fuertes como para proponernos el objetivo positivo.
Ahora bien, como nuestra fuerza relativa mejora por lo general si alcanzamos una victoria
mediante el sostén de la defensa, por lo tanto, el curso natural de la guerra es comenzar
con la defensa y terminar con el ataque. En consecuencia, se halla tan en contradicción
con el concepto de la guerra suponer que la defensa constituye su objetivo fundamental,
como era una contradicción entender que la pasividad pertenece no sólo a la defensa
como un todo, sino también a todas las partes de la defensa. En otras palabras: una guerra
en la que las victorias son usadas meramente para detener los golpes, y donde no se
intenta devolver éstos, sería tan absurda como una batalla en la que prevaleciera la
defensa más absoluta (pasividad) en todas las medidas que se tomasen.
Contra la exactitud de este punto de vista general pueden ser citados muchos
ejemplos de guerras en las que la defensa continuó siendo tal hasta el fin y no se intentó
nunca una reacción ofensiva; pero sólo podríamos hacer esa objeción si perdiéramos de
vista el hecho de que aquí se trata de una concepción general, y que todos los ejemplos
que cabe oponer a ella deben ser considerados como casos en los que todavía no se había
presentado la posibilidad de una reacción ofensiva.
Por ejemplo, en la guerra de los Siete Años, al menos en sus últimos tres años,
Federico el Grande no pensó nunca en atacar. En realidad, creemos que el rey prusiano
incluso llegó a considerar el ataque en esta guerra sólo como un medio mejor para
defenderse. Toda su situación le obligó a seguir este caminó, siendo natural que sólo
tuviera en cuenta aquello que guardaba relación inmediata con ella. Sin embargo, no
podemos considerar este ejemplo de ––defensa en gran escala sin suponer que la idea de
una posible reacción ofensiva contra Austria se encontraba en el fondo de todo ello, y sin
pensar que el momento para esa reacción ofensiva simplemente todavía no había llegado.
La conclusión de la paz muestra que, aun en este caso, esta idea no carece de
fundamento; porque nada podría haber inducido a los austríacos a firmar la paz, excepto
el pensamiento de que no estaban en condiciones de hacer frente al talento del rey prusia-
no únicamente con sus propias fuerzas; que en cualquier caso sus esfuerzos habrían de ser
aún más grandes que los realizados hasta entonces y que el relajamiento más leve en sus
filas podía conducirles a nuevas pérdidas de territorio. Y, en efecto, ¿quién puede dudar
que Federico el Grande habría tratado de conquistar de nuevo Bohemia y Moravia si
Rusia, Suecia y el Sacro Imperio Romano no hubieran desviado sus fuerzas?
Definida de este modo la concepción de la defensa en su verdadero significado, y
habiendo establecido sus límites, recalcamos nuestra afirmación de que la defensa es la
forma más poderosa de hacer la guerra.
Esto aparecerá con perfecta claridad si examinamos y comparamos más de cerca el
ataque y la defensa. Pero por el momento nos limitaremos a observar que un punto de
vista opuesto estaría en contradicción consigo mismo y con los resultados de la
experiencia. Si la forma ofensiva fuera la más fuerte, no habría nunca ocasión para usar la
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
defensa. Pero como la defensa en todos los casos tiene sólo un objetivo negativo, todos
necesariamente querrían atacar, y la defensa resultaría un absurdo. Por otra parte, es muy
natural que el objetivo más elevado tenga que ser logrado con un sacrificio mayor. Quien
se sienta suficientemente fuerte como para hacer uso de la forma más débil puede
proponerse el objetivo más grande; quien se proponga el objetivo más pequeño sólo
puede hacer esto a fin de obtener el beneficio de la forma más fuerte. Si recurrimos a la
experiencia, sería probablemente algo raro que, en el caso de dos teatros de la guerra, la
ofensiva fuera adoptada por el ejército más débil y la defensa fuera dejada en manos del
más fuerte. Pero si en todas partes y en todo tiempo se ha producido precisamente lo
contrario, ello indica con claridad que los generales responsables sostienen todavía que la
defensa constituye la forma más fuerte, aunque su propia inclinación los impulse al
ataque. En los capítulos próximos procederemos a explicar algunos puntos adicionales.
Capítulo II
En primer término tenemos que investigar cuáles son las condiciones que conducen a
la victoria en un encuentro.
No nos referiremos aquí a la superioridad numérica ni a la valentía, a la disciplina y a
otras cualidades de un ejército, porque, por norma, dependen de cosas que se encuentran
fuera del ámbito del arte de la guerra, en el sentido en que lo estamos considerando ahora.
Además, habrían de ejercer el mismo efecto en la ofensiva que en la defensiva. Ni
siquiera puede considerarse aquí la superioridad numérica en general, ya que el número
de tropas es también una cantidad dada y no depende de la voluntad del general. Estas
cosas no guardan una relación particular con el ataque y la defensa. Pero, aparte de éstas,
sólo existen otras tres cuestiones que nos parecen de importancia decisiva, y son la
sorpresa, las ventajas del terreno y el ataque desde varios lados. La sorpresa produce su
efecto al oponer al enemigo, en algún punto particular, muchas más tropas que las que
éste esperaba. La superioridad numérica en este caso es muy diferente de la superioridad
numérica general; es el agente más poderoso en el arte de la guerra. La forma en que la
ventaja del terreno contribuye a la victoria es en sí misma bastante comprensible, y sólo
tenemos que observar que no se trata simplemente de una cuestión de obstáculos que
obstruyan el avance del enemigo, como pudieran ser los terrenos empinados, las
montañas elevadas, las corrientes de agua cenagosas, los setos, etc., sino que también
puede provenir de que el terreno nos proporcione la oportunidad de organizarnos sin ser
vistos. En realidad, podemos decir que, incluso si el terreno no presenta unas
características especiales, la persona que conoce el terreno puede extraer de él un buen
partido. El ataque desde varios lados incluye todos los movimientos tácticos envolventes,
grandes y pequeños, y sus efectos derivan, en parte, de la eficacia duplicada del fuego, y
en parte del temor que pueda albergar el enemigo de verse aislado.
¿Cómo se relacionan entre sí el ataque y la defensa con respecto a estas cosas?
Teniendo en cuenta los tres principios de la victoria recién descritos, la respuesta a
esta pregunta es que sólo una pequeña parte del primero y del último de ellos se inclina a
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
favor de la ofensiva, mientras que la parte más grande de ambos y el segundo están
exclusivamente a disposición de la defensa.
El agresor sólo cuenta con la ventaja de la sorpresa real de toda la masa con el todo,
mientras que el agredido está en condición de sorprender de forma incesante, durante el
curso del encuentro, por la intensidad y la forma que dé a sus ataques.
El agresor encuentra mayores facilidades que el defensor para rodear y aislar al
conjunto del enemigo, ya que el defensor ocupa una posición fija, mientras que aquél está
en estado de movimiento con referencia a esa posición. Pero este movimiento envolvente
se aplica nuevamente al conjunto, porque en el curso del encuentro, y para las secciones
separadas, un ataque desde varios lados resulta más fácil para el defensor que para el
agresor, porque, como dijimos más arriba, la defensa está en mejores condiciones para
sorprender, mediante la intensidad y la forma de sus ataques.
Es evidente que el defensor goza en un grado más elevado de la ayuda del terreno; su
superioridad en la sorpresa, mediante la intensidad y la forma de sus ataques, resulta del
hecho de que el agresor está obligado a acercarse por caminos y senderos donde puede
llegar a ser observado con facilidad, mientras que el defensor oculta su posición y
permanece casi invisible para su agresor hasta el momento decisivo. En el momento en
que el método correcto de defensa se ha hecho general, los reconocimientos casi han
pasado de moda, es decir, han llegado a ser irrelevantes. Es verdad que a veces se
practican todavía reconocimientos, pero raras veces proporcionan mucha información.
Siendo tan considerable la ventaja de poder elegir el terreno para disponer las tropas y de
llegar a familiarizarse perfectamente con él antes de la batalla, no es menos evidente que
el defensor que acecha en esa posición elegida puede sorprender a su adversario mucho
más fácilmente que lo que podría hacerlo el agresor. Sin embargo, hasta este momento no
ha sido descartada todavía la vieja concepción de que una batalla aceptada es una batalla
medio perdida. Esto se debe al antiguo tipo de defensa practicado hace veinte años y
también, en parte, durante la guerra de los Siete Años, cuando la única ayuda que se
esperaba del terreno era que formaba un frente que sólo con dificultad pudiera ser
atravesado (laderas empinadas, etc.), donde la falta de profundidad en la disposición y la
dificultad de mover los flancos produjera tal debilidad que los ejércitos se esquivasen
mutuamente de una montaña a la otra, haciendo con esto que las cosas empeoraran cada
vez más. Si se encontraba cierto apoyo sobre el que descansaran las alas, todo dependía
entonces de impedir que el ejército, extendido entre estos puntos, al igual que un delicado
trozo de tela en un bastidor, pudiera ser roto y en parte atravesado. El terreno ocupado
poseía valor directo en cada punto y, por lo tanto, en todas partes se necesitaba una
defensa directa. En estas circunstancias, estaba fuera de cuestión cualquier movimiento o
sorpresa durante la batalla; era precisamente lo opuesto a lo que constituye una buena
defensa y a lo que ésta es en realidad en la guerra moderna.
En verdad, el menosprecio por la defensa fue en todo momento el resultado de una
época en la que perduró cierto estilo defensivo; y este fue también el caso del método
arriba mencionado, porque, en épocas anteriores al período a que nos hemos referido, ese
método se consideraba superior a la ofensiva.
Si estudiamos el desarrollo del arte moderno de la guerra, encontramos que al
principio, o sea, en la guerra de los Treinta Años y en la de Sucesión española, el
despliegue y la disposición del ejército constituía uno de los puntos más importantes en la
batalla. Revelaban la parte más significativa del plan de acción. Esto otorgaba al
defensor, por norma, una gran ventaja, puesto que se encontraba ya en su posición y
estaba desplegado antes de que el ataque pudiera comenzar. Tan pronto como las tropas
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
adquirieron una capacidad mayor de maniobra, cesó esta ventaja y por un tiempo la
superioridad se decantó hacia el lado de la ofensiva. Entonces, la defensa buscó
protección detrás de los ríos o valles profundos, o en las montanas. Recuperó de este
modo una ventaja decisiva y continuó manteniéndola hasta que el agresor adquirió tal
movilidad y tal destreza en los movimientos que pudo aventurarse en terrenos quebrados
y atacar en columnas separadas, y por lo tanto fue capaz de atacar de flanco a su
adversario. Esto condujo a una expansión que iba continuamente en aumento, como
resultado de la cual sucedió, naturalmente, que la ofensiva se concentró en algunos
puntos y se abrió paso entre las líneas débiles del enemigo. Así, por tercera vez, la
ofensiva alcanzó la superioridad y la defensa se vio obligada de nuevo a alterar su
sistema. Esto lo realizó en las guerras más recientes, manteniendo sus fuerzas
concentradas en grandes masas sin desplegar la mayor parte de ellas y ocultándolas
donde era posible, ocupando simplemente una posición y aprestándose a actuar de
acuerdo con las medidas que tomara el enemigo, tan pronto como se pusieran de
manifiesto de forma suficiente.
Esto no excluye por completo una defensa parcialmente pasiva del terreno; su ventaja
es demasiado grande como para impedir que fuera usada cientos de veces en una
campaña. Pero esta defensa pasiva del terreno, por lo común, deja de constituir el punto
principal, el punto que aquí nos interesa.
Si la ofensiva descubriera algún método nuevo y poderoso que pudiese otorgarle una
ventaja decisiva ––hecho este no muy probable, si consideramos que ahora todo tiende y
marcha hacia la sencillez y la necesidad esencial––, entonces la defensa tendría que
alterar nuevamente su método. Pero siempre contará con la ayuda del terreno, que le
asegurará en general su superioridad natural, ya que las características especiales del país
y del terreno ejercen ahora más influencia que nunca en la guerra.
Capítulo III
3. En la estrategia, debido a que abarca una extensión más grande, la eficacia de las
líneas interiores, o sea, las más cortas, es mucho más considerable, y esto constituye una
gran oposición contra los ataques desde varias direcciones.
4. Un nuevo principio hace su aparición en la sensibilidad de las líneas de
comunicación; o sea, en el efecto que se produce simplemente al interrumpirlas.
Sin duda cae por su base que, en la estrategia, debido a la extensión más grande que
se abarca, el ataque envolvente, o desde varios lados, sólo es posible como norma para el
bando que mantiene la iniciativa, o sea, la ofensiva, y que el defensor, en el curso de la
acción, no está en condiciones, como no lo está en la táctica, de devolver el golpe al
enemigo cercándolo a su vez. No puede hacer esto porque no es capaz ni de alinear sus
fuerzas en esa profundidad relativa ni tampoco de maniobrar con ellas en secreto. Pero,
entonces, ¿qué utilidad tiene para el agresor la facilidad de cercar al enemigo, si sus
ventajas no son evidentes? En consecuencia, no cabría en la estrategia considerar de
ningún modo el ataque envolvente como un principio para alcanzar la victoria si no pasa
por la influencia que ejerce sobre las líneas de comunicación. Pero este factor raras veces
es significativo en un primer momento, cuando el ataque y la defensa se hallan
enfrentados y todavía opuestos uno a la otra en su posición original. Sólo adquiere
importancia a medida que avanza la campaña, cuando el atacante situado en territorio
enemigo se convierte más y más en defensor. Entonces, las líneas de comunicación de
este nuevo defensor se debilitan y la parte que originariamente se encontraba en la
defensiva, al tomar la ofensiva, puede extraer una ventaja de esa debilidad. ¿Pero quién
no ve que esta superioridad de la ofensiva no cabe atribuírsela como algo general, ya que
en realidad ha sido creada en una gran proporción por la defensa?
El cuarto principio, la ayuda que proporciona el teatro de la guerra, constituye,
naturalmente, una ventaja para el bando de la defensa. Si el ejército atacante inicia la
campaña, se aleja de su propio teatro de la guerra y, de este modo, se debilita; o sea, deja
tras de sí fortificaciones y depósitos de todas clases. Cuanto más grande es el campo de
operaciones que ha de atravesar, más se debilitará el ejército atacante (mediante marchas
y establecimiento de guarniciones); el ejército defensor continúa manteniendo todas sus
conexiones; o sea, cuenta con el apoyo de sus fortificaciones, no se debilita en forma
alguna y se mantiene próximo a sus fuentes de abastecimiento.
En cuanto al quinto principio, el apoyo del pueblo, es verdad que no cabe encontrarlo
en todas las defensas, porque una campaña defensiva puede ser llevada a cabo en
territorio enemigo; pero en realidad, este principio deriva solamente de la idea de defensa
y se aplica en la gran mayoría de los casos. Además, tiene que ver principalmente,
aunque no de forma exclusiva, con la eficacia del llamamiento general y del armamento
nacional, aportando por añadidura una disminución de la fricción y haciendo que las
fuentes de abastecimiento estén más próximas y fluyan con mayor abundancia.
La campaña napoleónica de 1812 nos proporciona, como a través de un cristal de
aumento, un ejemplo muy claro de la eficacia que entrañan los medios especificados en
los principios tercero y cuarto. Medio millón de hombres cruzaron el Nieman, 120.000
lucharon en Borodino, y muchos menos llegaron a Moscú.
Podemos decir que el efecto mismo de ese asombroso intento fue tan grande que los
rusos, incluso si no hubieran emprendido ninguna ofensiva, se habrían visto durante un
tiempo considerable fuera del peligro de enfrentar cualquier nuevo intento de invasión.
Es verdad que, con excepción de Suecia, no hay país en Europa que se halle en una
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Los capítulos siguientes (IV al XXX) del libro Vl tratan del carácter concéntrico y
excéntrico del ataque y de la defensa; del alcance de los medios de defensa desde el
punto de vista estratégico y en su acción recíproca con el ataque; de la defensa en la
montaña y a lo largo de ríos y corrientes de agua; de las nociones de cordón, de llave del
país, de acción contra un flanco y de la retirada hacia el interior del propio país, lo cual
conduce a la noción del «teatro de la guerra» (capítulos XXVII y XXVIII).
Capítulo XXVI
EL PUEBLO EN ARMAS
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
La guerra del pueblo en la Europa civilizada es una manifestación del siglo XIX.
Tiene sus partidarios y sus opositores; los últimos, porque la consideran, o bien en
sentido político, como un medio revolucionario, un estado de anarquía declarado legal,
tan peligroso para el orden social de nuestro país como para el del enemigo, o bien, en
sentido militar, como un resultado que no guarda proporción con la fuerza empleada. El
primer punto no nos interesa aquí, porque estamos considerando la guerra del pueblo
simplemente como un medio de lucha y, por consiguiente, en su relación con el enemigo;
pero, con referencia al segundo punto, cabe observar que, en general, una guerra del
pueblo ha de ser considerada como consecuencia de la forma en que, en nuestros días, el
elemento bélico ha roto sus antiguas barreras artificiales; por consiguiente, como una
expansión y un fortalecimiento de todo el proceso fermentativo que llamamos guerra. El
sistema de requisiciones, el enorme aumento del volumen de los ejércitos mediante ese
sistema, el reclutamiento general y el empleo de la milicia son cosas que siguen todas la
misma dirección, si tomamos el limitado sistema militar de épocas anteriores como punto
de partida; y la levée en masse, o el pueblo en armas, se encuentra también en la misma
dirección. Si las primeras de estas nuevas ayudas para la guerra son una consecuencia
natural y necesaria de las barreras derribadas y si han acrecentado en forma tan enorme el
poder de aquellos que las utilizaron en primer término, hasta el punto que el enemigo fue
arrastrado por la corriente y obligado a adoptarlas de la misma forma, también ocurrirá lo
mismo con las guerras nacionales. En la mayoría de los casos, la nación que hace un uso
acertado de este medio adquirirá una superioridad proporcional sobre aquellos que lo
desprecian. Si esto es así, entonces el único problema consiste en saber si esta nueva
intensificación del elemento bélico es, en conjunto, beneficioso o no para la humanidad,
problema éste que resultaría casi tan fácil de solucionar como el de la guerra misma.
Dejamos ambos problemas en manos de los filósofos. Pero cabe adelantar la opinión de
que los recursos que requiere la guerra del pueblo podrían ser empleados más
provechosamente si se utilizaran para proporcionar otros medios militares; por tanto, no
se necesita una investigación muy profunda para convencerse de que tales fuerzas, en su
mayor parte, no se hallan a nuestra disposición y no pueden ser utilizadas a voluntad. No
sólo esto, sino que una parte esencial de esas fuerzas, o sea, el elemento moral, solamente
se pone de manifiesto cuando se emplea de esta forma.
Por consiguiente, ya no nos preguntamos ¿cuánto cuesta a la nación la resistencia que
todo el pueblo en armas es capaz de ofrecer?, sino ¿cuál es la influencia que puede tener
esa resistencia? ¿Cuáles son sus condiciones y cómo ha de ser usada?
Naturalmente, una resistencia realizada en forma tan amplia no es apropiada para
efectuar golpes de magnitud notable, que requieran una acción concentrada en el tiempo
y en el espacio.
Su acción, como el proceso de evaporación en la naturaleza, depende de la extensión
de la superficie expuesta. Cuando mayor sea ésta, mayor será el contacto con el ejército
enemigo, y cuanto más se extienda ese ejército, tanto mayores serán los efectos de armar
a la nación. Al igual que un fuego que continúa ardiendo silenciosamente, destruye los
fundamentos del ejército enemigo. Como necesita tiempo para producir sus efectos,
existe, mientras los elementos hostiles actúan uno sobre otro, un estado de tensión que, o
bien cede gradualmente si la guerra del pueblo se extingue en algunos puntos y prosigue
lentamente su acción en otros, o bien conduce a una crisis, si las llamas de esta
conflagración general envuelven al ejército enemigo y lo obligan a evacuar el país antes
de quedar destruido totalmente.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Que una simple guerra del pueblo pueda producir esa crisis presupone o bien que la
extensión superficial del estado invadido excede la de cualquier país de Europa, excepto
Rusia, o bien que existe una desproporción entre la fuerza del ejército invasor y la
extensión del país, que nunca se presenta en la realidad. Por lo tanto, para evitar
aferrarnos a una cuestión irreal, debemos imaginar siempre una guerra del pueblo en
combinación con una llevada a cabo por un ejército regular, y que ambas se realicen de
acuerdo con un plan que abarque las operaciones del conjunto.
Las condiciones bajo las cuales la guerra del pueblo puede llegar a ser eficaz son las
siguientes:
1. que la guerra se realice en el interior del país;
2. que no la decida una catástrofe aislada;
3. que el teatro de la guerra abarque una extensión considerable del país;
4. que el carácter nacional favorezca las medidas a tomar;
5. que el terreno del país sea muy accidentado e inaccesible, ya sea a causa de las
montañas, o de los bosques y los pantanos, ya por el tipo de cultivo que se utilice.
Que la población sea o no numerosa tiene poca importancia, ya que hay menos
probabilidad de que exista escasez de hombres que de cualquier otra cosa. Que los
habitantes sean ricos o pobres tampoco es un punto relevante, o al menos no debería
serlo. Pero cabe admitir que, por lo general, una población pobre, acostumbrada al trabajo
duro y pesado y a las privaciones, se muestra más vigorosa y se adapta mejor a la guerra.
Una peculiaridad del país, que favorece en gran medida la acción de la guerra del
pueblo, es la distribución diseminada de los núcleos habitados, tal como la que se da en
muchas partes de Alemania. De este modo, el país está más dividido y más protegido; los
caminos se vuelven peores, aunque más numerosos; el alojamiento de las tropas se
acompaña de dificultades infinitas, pero especialmente se repite en pequeña escala esa
peculiaridad que una guerra del pueblo posee en gran escala, a saber, que el espíritu de
resistencia existe en todas partes, pero no es perceptible en ninguna.
Si los habitantes viven en aldeas, muchas veces las tropas son acuarteladas donde se
encuentran los más rebeldes, o bien como castigo aquéllas son saqueadas, sus casas
quemadas, etc., sistema que no podría llevarse a cabo con mucha facilidad en la
comunidad campesina de Westfalia.
Las levas nacionales y las masas de campesinos armados no pueden ni deben ser
empleadas contra el cuerpo principal del ejército enemigo, ni siquiera contra ninguna
fuerza considerable; no deben intentar romper el núcleo central, sino atacar sólo la
superficie y por sus límites. Deberían actuar en regiones situadas a los lados del teatro de
la guerra y allí donde el agresor no aparezca con toda su fuerza, a fin de alejar a esas
regiones de su influencia. Donde todavía no hace acto de presencia el enemigo no falta el
valor para oponérsele, y el grueso de la población se enardece gradualmente con ese
ejemplo. De este modo, el fuego se propaga como en un brezal y llega finalmente a esa
parte de terreno en la que se encuentra el agresor; se apodera de sus líneas de
comunicación y destruye el hilo vital mediante el cual se mantiene en pie. Porque incluso
si no abrigáramos una idea exagerada sobre la omnipotencia de una guerra del pueblo,
incluso si no la consideráramos como un elemento inagotable e inconquistable, sobre el
cual la simple fuerza de un ejército tuviera tan poco control, como la voluntad humana
tiene sobre el viento o la lluvia, en otras palabras, aunque nuestra opinión no estuviera
fundada en opúsculos retóricos, debemos admitir que no cabe conducir delante dé
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
un cuerpo de irregulares, y formar con él una línea defensiva extensa y débil, mediante
cuyo procedimiento podemos estar seguros de que tanto el ejército regular como las levas
nacionales resultarían a la postre destruidos; y en parte, porque la experiencia parece
indicarnos que cuando existen demasiadas tropas regulares en una región, la guerra del
pueblo cede en vigor y en eficacia. Las causas de esto son, en primer lugar, que
demasiadas tropas del enemigo son atraídas de este modo a esa región; en segundo lugar,
que los habitantes confían entonces en sus propias tropas regulares; y, en tercer lugar, que
la presencia de cuerpos notables de tropas exige demasiado del pueblo en otros sentidos,
o sea, en el suministro de alojamientos, transporte, contribuciones, etcétera.
Otro medio de prevenir cualquier reacción demasiado seria de parte del enemigo
contra la guerra del pueblo constituye, al mismo tiempo, un principio capital en el método
de usar esas levas. Tal es la regla, o sea, que con estos poderosos medios estratégicos de
defensa, la defensa táctica no se produciría nunca o muy raras veces. El carácter de los
encuentros librados por levas nacionales es el mismo que el de todos los encuentros de
tropas de calidad inferior: gran impetuosidad y ardor vehemente al principio, pero poca
serenidad o firmeza si el combate se prolonga. Además, si bien no asume gran
importancia el hecho de que una fuerza de la leva nacional sea derrotada o dispersada,
puesto que ha sido formada para eso, un cuerpo de esas características no debería ser
desmembrado o dividido por pérdidas demasiado grandes en muertos, heridos o
prisioneros, ya que un estrago de esta clase pronto enfriaría su ardor. Pero dichas pecu-
liaridades son totalmente contrarias a la naturaleza de la defensa táctica. En el encuentro
defensivo se requiere una acción sistemática, lenta, persistente, y en él se corren grandes
riesgos. Un simple intento, del cual podemos desistir tan pronto como queramos, nunca
conducirá a resultados positivos en la defensa. Por lo tanto, si la leva nacional ha de
encargarse de la defensa de cualquier obstáculo natural, su objetivo nunca tendrá que ser
entablar un encuentro decisivo; porque, por más favorables que sean las circunstancias, la
leva nacional será derrotada. Por consiguiente, puede y debería defender, mientras fuera
posible, los accesos a las montañas, los diques de los pantanos, los pasos sobre los ríos;
pero en el caso de que haya quedado debilitada, deberá dispersarse y continuar su defensa
mediante ataques inesperados, antes que concentrarse y permitir que la encierren en algún
último reducto, en una posición defensiva regular. Por más valerosa que sea una nación,
por más guerreras que sean sus costumbres, por más intenso que sea el odio que sienta
por el enemigo, por más favorable que sea la naturaleza del terreno en el que se opera,
constituye un hecho innegable que la guerra del pueblo no puede mantenerse viva en un
ambiente cargado de peligro. Por consiguiente, si su material combustible ha de ser
aventado para que produzca una llama considerable, debe serlo en puntos lejanos, donde
disponga de aire y donde no pueda ser extinguido mediante un golpe poderoso.
Estas consideraciones son antes una percepción de la verdad que un análisis objetivo,
porque el tema todavía no ha sido en realidad puesto en evidencia y muy poco tratado por
aquellos que lo han observado desde hace tiempo personalmente. Sólo tenemos que
añadir que el plan de defensa estratégico puede incluir la cooperación de una leva general
de dos formas diferentes, ya sea como último recurso, después de una batalla perdida, ya
como ayuda natural antes que se haya librado una batalla decisiva. El último caso supone
una retirada hacia el interior del país, en un tipo de acción indirecta del que ya nos hemos
ocupado anteriormente. Por lo tanto, sólo dedicamos algunas palabras a la convocatoria
de la leva nacional después de que se haya perdido una batalla.
Ningún estado debería creer que su destino, o sea, toda su existencia, pueda depender
de una batalla, por más decisiva que ésta sea. Si es derrotado, la llegada de nuevos
refuerzos y el debilitamiento natural que sufre toda ofensiva pueden, a la larga, producir
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un vuelco de la suerte, o se puede recibir ayuda del exterior. Siempre hay un tiempo para
morir, y del mismo modo que el impulso natural del hombre que se está ahogando es el
de asirse a la más pequeña rama, ocurre de manera similar en el orden natural del mundo
moral, y el pueblo apelará a los últimos medios de salvación cuando se vea situado al
borde del abismo.
Por más pequeño y débil que sea un estado en comparación con su enemigo, si
renuncia a realizar un último esfuerzo supremo, deberemos convenir en que ya no queda
alma alguna en su interior. Esto no excluye la posibilidad de que se salve de la
destrucción completa mediante la conclusión de una paz colmada de sacrificio. Pero ni
siquiera este propósito extinguirá la utilidad de las nuevas medidas para la defensa; éstas
harán que la paz no sea ni más difícil ni peor, sino más fácil y mejor.
Todavía son más necesarias esas medidas si se espera una ayuda de aquellos que
están interesados en mantener nuestra existencia política. Por lo tanto, cualquier gobierno
que después de la pérdida de una gran batalla se apresure a permitir que su pueblo goce
de los beneficios de la paz, y, abrumado por un sentimiento de esperanza defraudada, no
sienta dentro de sí el valor y el deseo de estimular y aguijonear todas y cada una de sus
fuerzas, se hace culpable por debilidad de una grave inconsecuencia y demuestra que no
merece la victoria, y tal vez precisamente por esa razón fue completamente incapaz de
obtenerla.
Por más decisiva que sea la derrota experimentada por un Estado, será preciso, pues,
que mediante la retirada del ejército hacia el interior del país, ponga en acción sus
fortificaciones y sus levas nacionales. En relación con esto, resultará ventajoso que los
flancos del principal teatro de la guerra estén limitados por montañas o partes de territorio
que sean muy accidentadas. Estas se presentan entonces como bastiones cuyo fuego de
flanqueo estratégico podrá castigar al agresor.
Si el enemigo se dedica tras su victoria a acciones de asedio, si ha dejado tras de sí
fuertes guarniciones para asegurar sus comunicaciones o, más aún, si ha destacado tropas
para obtener un más amplio espacio y mantener bajo control a las zonas adyacentes, si ya
está debilitado por diversas pérdidas en hombres y en material de guerra, entonces ha
llegado el momento de que el ejército defensivo se apreste de nuevo y, mediante un golpe
bien dirigido, haga tambalear al agresor en la posición desventajosa en la que se halla.
LIBRO VII
EL ATAQUE
El libro VII está dedicado al ATAQUE. Clausewitz declara en este sentido: «Si dos
ideas forman una exacta antítesis lógica, es decir, si una es el complemento de la otra,
entonces, fundamentalmente, una estará implícita en la otra». Y añade: «Creemos que
los primeros capítulos sobre la defensa arrojan suficiente luz sobre los puntos de ataque
que no tratan más que ligeramente».
En relación con los otros temas, el autor examina la búsqueda del punto culminante
del ataque» y las diferentes posiciones en que se encuentra el atacante (frente a
obstáculos como ríos, posiciones fortificadas, montañas, bosques, etc.). Precisa asi-
mismo lo que debemos entender por «acciones de diversión» e «invasión». Finalmente,
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
define deforma penetrante el .punto culminante de la victoria», que es, para él, la
resultante del ataque.
Capítulo XXII
6) Los aliados del enemigo pueden abandonar a éste y otros unirse al agresor.
7) Por último, el desaliento que invade al enemigo hace, en cierta medida, que deje
caer las armas de sus manos.
Las causas de la disminución de fuerza en el ejército atacante son:
1) Que se esté obligado a sitiar las fortificaciones enemigas, a bloquear su acceso y a
vigilarlas; o que el enemigo haya hecho lo mismo antes del desenlace y en el curso de la
retirada atraiga estas tropas hacia el cuerpo principal.
2) Desde el momento en que el agresor penetra en territorio enemigo, cambia la
naturaleza del teatro de la guerra; éste se hace hostil; se tiene que ocupar porque sólo nos
pertenece mientras lo ocupemos, lo cual crea dificultades a toda la maquinaria en todas
partes y tenderá necesariamente a debilitar sus efectos.
3) Nos alejamos mucho de nuestras fuentes de recursos, mientras que el enemigo se
acerca a las suyas; esto causa un retraso en la reposición de las fuerzas gastadas.
4) El peligro que amenaza a la nación enemiga provoca en ella el reclutamiento de
otras fuerzas para su protección.
5) Finalmente, los esfuerzos más grandes que realiza el adversario, debido a la
intensificación del peligro; por otro lado, se produce en el bando de la nación agresora un
debilitamiento de esos esfuerzos.
Todas estas ventajas y desventajas pueden coexistir, encontrarse unas con otras, por
así decir, y proseguir su camino en direcciones opuestas. Sólo las últimas se enfrentan
como verdaderos contrarios; no pueden complementarse y, por lo tanto, se excluyen
mutuamente. Esto muestra de por sí cuán diferente puede ser el efecto de la victoria,
según que el vencido sea aplastado o estimulado a realizar un esfuerzo más grande.
Trataremos ahora de precisar por separado los puntos que afectan al aumento de
fuerzas, haciendo algunas observaciones.
1) Las pérdidas de las fuerzas enemigas pueden alcanzar el nivel máximo en el primer
momento de la derrota y luego disminuir diariamente en cantidad, hasta que lleguen a un
punto en el que se equilibren con las nuestras; pero también pueden aumentar cada día en
progresión geométrica. Esto viene determinado por la diferencia de las situaciones y las
condiciones. En general, podemos decir que el primer caso se producirá con un buen
ejército, y el segundo con uno malo. Además del estado de ánimo de las tropas, el del
gobierno constituye aquí uno de los factores más relevantes. En la guerra es muy
importante distinguir entre los dos casos, a fin de no detenernos en el punto donde
precisamente deberíamos comenzar, y viceversa.
2) Las pérdidas que sufre el enemigo en lo referente a los recursos naturales pueden
aumentar y disminuir de la misma forma, y esto dependerá de la situación eventual y de
la naturaleza de los depósitos. Sin embargo, este asunto, en la actualidad, no tiene una
importancia comparable con la de los otros.
3) La tercera ventaja debe acrecentarse necesariamente a medida que avanza el
ejército. En realidad cabe decir que no se la toma en consideración hasta que el ejército
haya penetrado profundamente en territorio enemigo. Es decir, hasta que haya sido
dejado atrás un tercio o un cuarto del territorio. Además, el valor intrínseco que tenga la
zona, en relación con la guerra, debe tomarse también en consideración.
Del mismo modo, la cuarta ventaja debe aumentar con el avance.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
Pero con respecto a las dos últimas tiene que observarse también que raras veces se
siente de forma inmediata su influencia sobre las fuerzas militares que intervienen en la
lucha; éstas sólo actúan lentamente y de forma vaga e indirecta. En consecuencia, no
deberíamos aventurarnos a tensar el arco, es decir, no deberíamos colocarnos en una
posición demasiado peligrosa a causa de ellas.
La quinta ventaja es de nuevo considerada cuando se ha realizado un avance
considerable y cuando, por la forma del territorio enemigo, algunas zonas pueden
separarse de la parte principal, ya que éstas, al igual que los miembros unidos a un
cuerpo, si se desmembran tienden a dejar de existir.
En cuanto a los puntos 6 y 7, cuando menos resulta probable que se produzcan con el
avance. Volveremos a ocuparnos de ellos más adelante.
Consideremos ahora las causas que llevan al debilitamiento.
1) El asedio, ataque o bloqueo de las fortificaciones aumentará por lo general a
medida que avanza el ejército. Esta sola influencia debilitante actúa en forma tan
poderosa sobre la condición inmediata de las fuerzas militares que puede contrapesar con
facilidad todas las ventajas obtenidas. Es evidente que en las épocas modernas se ha
introducido el sistema de atacar las fortificaciones con un número pequeño de tropas o de
vigilarlas con un número aún más reducido. En estas fortificaciones el enemigo suele
mantener guarniciones, constituyendo sin duda un gran elemento de seguridad. La mitad
de las guarniciones están integradas, por lo general, por hombres que no han tomado
parte previamente en la lucha. Para el asedio de estas plazas fuertes, situadas por lo
común cerca de las líneas de comunicación, el agresor tiene que dedicar una fuerza que
duplique al menos la de la guarnición; y si se desea sitiar seriamente una fortificación
importante o vencerla por el hambre, se requerirá para ese propósito un pequeño ejército.
2) La segunda causa, el establecimiento del teatro de la guerra en territorio enemigo,
aumenta necesariamente con el avance y surte todavía un efecto mayor sobre la situación
permanente de las fuerzas militares, aunque no sobre sus condiciones momentáneas.
Sólo debemos considerar como nuestro teatro de la guerra la parte de aquel territorio
enemigo que podamos ocupar; es decir, allí donde hayamos dejado pequeños
destacamentos a cielo descubierto o guarniciones diseminadas en las ciudades más im-
portantes, o puestos militares a lo largo de los caminos, etc. Por más pequeñas que sean
las guarniciones que dejamos atrás, debilitan, sin embargo, de manera considerable a las
fuerzas militares. Pero este es el menor de los males.
Todo ejército presenta unos flancos estratégicos, o sea, el territorio que limita ambos
lados de sus líneas de comunicación. Sin embargo, como el ejército del enemigo posee
igualmente esos flancos, la debilidad de estas partes no se pone de relieve de manera
ostensible. Pero ello sólo puede ocurrir en tanto nos encontremos en nuestro propio
territorio; tan pronto como nos adentremos en el del enemigo se percibe en gran manera
la debilidad, porque de la operación más insignificante cabe esperar algún resultado
cuando va dirigida contra una línea muy larga protegida sólo débilmente, o que no lo está
en forma alguna; y estos ataques pueden realizarse desde cualquier dirección en el
territorio enemigo.
Cuanto más se avanza, tanto más dilatados se hacen esos flancos, y el peligro que
surge de ellos crece en progresión geométrica. Porque no sólo son difíciles de proteger,
sino que tienden a activar el espíritu combativo del enemigo, haciendo que éste se
aproveche de las largas e inseguras líneas de comunicación, cuya pérdida puede
ocasionar, en caso de una retirada, consecuencias extremadamente graves.
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Todo esto contribuye a imponer una nueva carga sobre el ejército atacante, en cada
etapa de su avance. De manera que si no ha iniciado su ataque con una gran superioridad,
se verá cada vez más impedido para realizar sus planes. Su fuerza de ataque se debilitará
gradualmente y, por último, podrá caer en un estado de incertidumbre y de angustia con
respecto a su situación.
3) La tercera causa, o sea, la distancia hasta la fuente desde la cual la fuerza militar en
constante disminución tiene que ser también constantemente reforzada, aumenta con el
avance. A es te respecto, el ejército atacante es como una lámpara: cuanto más disminuya
el aceite en el recipiente y se aleje del centro de luz, tanto más pequeña se hará esa luz,
hasta que al fin se extingue por completo.
La riqueza de las zonas conquistadas puede hacer disminuir en gran medida este
perjuicio, pero no lo hará desaparecer por completo, porque siempre existe un cierto
número de cosas que tienen que obtenerse del propio país, en especial los hombres. Los
suministros que proporciona el territorio del enemigo no llegan en la mayoría de los casos
ni con tanta rapidez ni tanta seguridad como los aportados por el nuestro, siendo así que
los medios para hacer frente a cualquier necesidad inesperada no pueden ser obtenidos
con tanta diligencia; y porque las confusiones y los errores de toda índole no pueden ser
descubiertos y remediados tan pronto.
Si el príncipe no conduce personalmente su ejército, como sucedió habitualmente en
las últimas guerras, o si no se encuentra siempre cerca de él, surgirá entonces otro
inconveniente muy grande, debido a la pérdida de tiempo que representa el ir y venir de
las comunicaciones, porque los plenos poderes conferidos a un comandante de ejército
nunca son suficientes como para encarar cada caso con la amplitud que alcanzan sus
actividades.
4) Si los cambios en las alianzas políticas, nacidos de la victoria, llegaran a ser
desventajosos para el atacante, lo serían probablemente en relación directa con su avance,
del mismo modo que lo serían si fueran de naturaleza ventajosa. Todo depende aquí de
las alianzas políticas existentes, de los intereses, las costumbres y las tendencias de los
príncipes, los ministros, los favoritos y otros. En general, sólo cabe decir que cuando se
conquista un gran Estado que cuenta con aliados más pequeños, éstos por lo común
rompen muy pronto sus alianzas, de suerte que el triunfador, en este aspecto, se hace más
fuerte con cada golpe. Pero si la nación conquistada es pequeña, surgen mucho más
pronto los protectores cuando su existencia se ve amenazada, y otros, que habían
contribuido a hacer flaquear su estabilidad, cambiarán de frente para impedir su caída
completa.
5) La resistencia creciente, puesta de manifiesto por parte del enemigo. Algunas
veces, el enemigo, aterrorizado y atónito, deja que las armas caigan de sus manos. Otras
veces se apodera de él un entusiasmo exacerbado: todo el mundo se apresura a tomar las
armas y, después de la primera derrota, la resistencia es mucho más firme y fuerte de lo
que lo fue anteriormente. El carácter del pueblo y del gobierno, la naturaleza del país y
sus alianzas políticas son los datos de los cuales cabe predecir un efecto probable.
¡Cuántos cambios infinitamente diferentes no producen estos dos últimos puntos en
los planes que pueden y deberían trazarse en la guerra, en uno y otro caso! Mientras en
uno despilfarramos y dejamos escapar la mejor oportunidad de éxito, debido a nuestros
escrúpulos y al llamado procedimiento metódico, en el otro nos precipitamos de bruces
en la destrucción, llevados por la temeridad y la imprudencia.
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el abatimiento extremo. Con ello aumentan las pérdidas durante la retirada, y el hasta
entonces bando triunfador eleva sus preces al cielo si puede salir de ello con la única
pérdida de lo que haya ganado, sin tener que abandonar parte de su propio territorio.
Aclaremos ahora una contradicción aparente.
Se podría pensar, por supuesto, que desde el momento que la continuidad del avance
en el ataque implica la existencia de una supremacía y dado que la defensa, que
comenzará al final del avance victorioso, es una forma de guerra más poderosa que el
ataque, habrá tanto menos peligro de que el triunfador se convierta inesperadamente en la
parte más débil. Sin embargo, este peligro existe, y, teniendo en cuenta la historia,
debemos admitir que el peligro más grande de que se produzca un revés no aparece a
menudo hasta el momento en que cesa la ofensiva y ésta se convierte en defensa.
Trataremos de averiguar la causa de ello.
La superioridad que hemos atribuido a la forma de guerra defensiva consiste en lo
siguiente:
1) la utilización del terreno;
2) la posesión de un teatro de la guerra preparado de antemano;
3) el apoyo de la población;
4) la ventaja de permanecer a la espera del enemigo.
Es evidente que estas ventajas no pueden aparecer siempre y ser activas en igual
grado; que, en consecuencia, una defensa no es siempre igual a otra, y que, por lo tanto,
la defensa no tendrá siempre esta misma superioridad sobre la ofensiva. Este debe ser
particularmente el caso en la defensa que comienza después de la consumación de la
ofensiva y que tiene situado su teatro de la guerra, por lo común, en el vértice del
triángulo ofensivo dirigido muy hacia adelante. De las cuatro ventajas mencionadas
arriba, esta defensa sólo mantiene la primera sin alterar, o sea, la utilización del terreno.
La segunda desaparece por completo, la tercera se convierte en negativa y la cuarta
resulta en gran manera debilitada. A manera de explicación, nos extenderemos un poco
más con respecto al último punto.
Bajo la influencia de un equilibrio imaginario, campañas enteras se desarrollan a
menudo sin que se produzca resultado alguno, porque el bando que debería asumir la
iniciativa carece de la resolución necesaria. Precisamente en esto reside la ventaja de
mantenerse a la espera. Pero si este equilibrio es alterado por una acción ofensiva, si se
acosa al enemigo y su voluntad es incitada a la acción, entonces disminuirá en gran
medida la probabilidad de que permanezca en ese estado de indecisión indolente. La
defensa que se organiza en territorio conquistado tiene un carácter mucho más desafiante
que la que se desarrolla sobre nuestro propio suelo; el principio ofensivo se inserta en
ella, por así decir, y con ello se debilita su naturaleza. La paz que Daun concedió a
Federico II en Silesia y Sajonia nunca le habría sido otorgada a éste en Bohemia.
De este modo se hace evidente que la defensa, que está entretejida con una acción de
carácter ofensivo, se debilita en todas sus principales principios y, por consiguiente, no
contará ya con la superioridad que se le atribuía originariamente.
Así como ninguna campaña defensiva está totalmente compuesta de elementos
defensivos, del mismo modo ninguna campaña ofensiva está constituida por entero de
elementos ofensivos; porque, además de los cortos intervalos que existen en toda
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campaña, en los cuales ambos bandos permanecen a la defensiva, todo ataque que no
conduzca a la paz debe terminar necesariamente en una defensa.
De este modo, la defensa misma es la que contribuye al debilitamiento de la ofensiva.
Esto está lejos de constituir una sutileza estéril; por el contrario, la consideramos la
principal desventaja que encierra el ataque, debido a que, una vez efectuado, quedamos a
causa de ello reducidos a una defensa muy desventajosa.
Y esto explica de qué modo en la guerra se reduce en forma gradual la diferencia que
existe originariamente entre la fuerza de la forma ofensiva y la de la defensiva.
Mostraremos ahora que esta diferencia puede desaparecer por completo y que, por corto
tiempo, la ventaja puede transformarse en desventaja.
Si se nos permitiera utilizar un concepto extraído de la naturaleza para explicar
nuestro punto de vista, podríamos expresarnos con más concisión. Es el tiempo que
requiere toda fuerza del mundo material para producir su efecto. La fuerza que, aplicada
lentamente y por grados, basta para que un cuerpo en movimiento pase al estado de
reposo, será vencida por este mismo, si se decide de nuevo a actuar. Esta ley del mundo
material es una imagen sorprendente de muchos de los fenómenos de nuestra vida
interior. Si nuestro pensamiento sigue cierta dirección, no todas las razones, suficientes
en sí mismas, serán capaces de cambiar o de detener esa corriente. Se requiere tiempo,
tranquilidad e impresiones duraderas sobre nuestra conciencia. Lo mismo ocurre en la
guerra. Cuando la mente ha adoptado una tendencia decidida hacia cierto objetivo o bien
retrocede hacia un bastión de refugio, puede suceder con facilidad que los motivos que
obligan a un hombre a detenerse, y que desafían a otro a entrar en acción y a arriesgarse,
no se hagan sentir inmediatamente con toda su fuerza; y mientras continúa
desarrollándose la acción, esos hombres son arrastrados por la corriente del movimiento
más allá de los límites del equilibrio, más allá del punto culminante, sin siquiera darse
cuenta de ello. En verdad, hasta puede suceder que, pese al agotamiento de sus fuerzas, el
agresor, apoyado por las fuerzas morales que residen principalmente en la ofensiva,
encuentre que le resulta menos difícil avanzar que detenerse, al igual que un caballo que
lleva su carga cuesta arriba. Creemos haber demostrado, sin caer en contradicción alguna,
cómo el agresor puede rebasar ese punto que, en el momento en que se detiene y asume la
forma defensiva, le promete todavía buenos resultados, o sea, el equilibrio. Por lo tanto,
la determinación de ese punto es importante al proyectar el plan de campaña, tanto para el
agresor, de modo que no emprenda lo que está más allá de sus fuerzas y no incurra en
débitos, por decirlo así, como para el defensor, de suerte que pueda percibir y sacar
provecho de ese error, si lo cometiera el agresor.
Si echamos una mirada retrospectiva a todos los puntos que el comandante en jefe
debe tener presente al tomar su decisión, y si recordamos que sólo puede estimar la
tendencia y el valor de los que sean más importantes, gracias a la consideración de
muchas otras circunstancias cercanas y lejanas, que en cierta medida deberá adivinar ––
adivinar si el ejército enemigo, después del primer golpe, mostrará un núcleo central más
fuerte y una solidez que se acrecienta firmemente o si, al igual que un frasco boloñés,
quedará pulverizado tan pronto como se dañe su superficie; adivinar el grado de debilidad
y de paralización que producirá en la situación del enemigo el agotamiento de ciertas
fuentes, la interrupción de ciertas comunicaciones; adivinar si el enemigo se desplomará
impotente debido al dolor intenso que le produzca el golpe asestado, o si, al igual que un
toro herido, se excitará hasta entrar en un estado de furia, y por último adivinar si las
otras potencias serán presas del terror o se encolerizarán y qué alianzas políticas serán
disueltas o se formarán––, entonces diremos que tiene que apuntar con tino y acertar con
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su juicio en todo esto y mucho más aún, del mismo modo que el tirador da en el centro
del blanco, y concederemos que esa proeza del espíritu humano no constituye ninguna
menudencia. Miles de sendas diferentes que corren en una u otra dirección se presentan
ante nuestro juicio; y lo que no consiguen el número, la confusión y la complejidad de las
materias lo logran el sentido del peligro y la responsabilidad.
Esto explica que la gran mayoría de los generales prefieran mantenerse muy alejados
de la meta, antes que aproximarse a ella demasiado. De este modo suele suceder que un
espíritu dotado de iniciativa y valor actúe por encima de sus límites y, por lo tanto, no
logre cumplir con su objetivo. Sólo aquel que realice grandes hechos con medios
pequeños habrá acertado felizmente.
LIBRO VIII
Capítulo VI
Nunca se verá que un estado que abraza la causa de otro tome ésta tan seriamente
como si se tratara de la suya propia. Por lo general, lo que hace es enviar un ejército
auxiliar de fuerza moderada y, si éste no tiene éxito, entonces el aliado considera que el
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dos los otros medios, al igual que el impulso moral requerido para los grandes esfuerzos,
son muy a menudo insuficientes. En ese caso, el implicado se arreglará lo mejor que
pueda y esperará que se presenten, en el futuro, acontecimientos favorables, aunque no
tenga la más ligera base para esa esperanza. Y mientras tanto, la guerra se arrastrará
penosa y débilmente, al igual que un cuerpo agostado y rendido por la enfermedad.
De este modo llega a suceder que la acción recíproca, el esfuerzo para imponerse, la
violencia y la idefectibilidad de la guerra se esfumen por el hecho de estancarse en
móviles débiles y secundarios, y porque ambas partes sólo se mueven con cierta
seguridad en ámbitos muy reducidos.
Si se permite la imposición de esta influencia del objetivo político sobre la guerra,
como debe ser, no quedará ya ningún límite y habrá que tolerar que se recurra a ese
método de guerra que consiste en la simple amenaza al enemigo y en la negociación. Es
evidente que la teoría de la guerra, si ha de constituir y seguir siendo una reflexión
filosófica, se encontrará aquí en dificultades. Parece escapar de ella todo lo inherente al
concepto de lo que es esencial en la guerra, y cae en el peligro de restar sin ningún punto
de apoyo. Pero pronto aparece la solución natural. A medida que el principio moderador
se impone sobre el acto de guerra o, más bien, a medida que los motivos para la acción se
tornan más débiles, tanto más se convierte la acción en una resistencia pasiva, tanto
menos se produce y tanto menos necesita de principios conductores. El arte militar se
convierte entonces en mera prudencia, y su principal objetivo será apercibirse de que el
equilibrio inconstante no se vuelva súbitamente en contra de nosotros y esa guerra a
medias no se convierta en una guerra verdadera.
Hasta aquí hemos tenido que considerar, ya sea de un lado o del otro, el antagonismo
en que se halla la naturaleza de la guerra con relación a los demás intereses de los
hombres, considerados individualmente o en grupos sociales, a fin de no descuidar
ninguno de los elementos opuestos, antagonismo que se funda en nuestra propia
naturaleza y que, en consecuencia, ninguna razón filosófica puede descifrar y aclarar.
Nos ocuparemos ahora de esa unidad a la cual confluyen, en la vida práctica, estos
elementos antagónicos, al neutralizarse en parte uno al otro. Habríamos considerado esta
unidad desde el comienzo, si no hubiera sido tan necesario subrayar estas contradicciones
evidentes como considerar también separadamente los diferentes elementos. Esta unidad
es la concepción de que la guerra es sólo una parte del intercambio político y, por lo
tanto, de ninguna manera constituye algo independiente en sí mismo.
Sabemos, por supuesto, que la guerra sólo se produce a través del intercambio
político de los gobiernos y de las naciones. Pero en general se supone que ese
intercambio queda interrumpido con la guerra y que sigue un curso de las cosas total-
mente diferente, no sujeto a ley alguna fuera de las suyas propias.
Sostenemos, por el contrario, que la guerra no es más que la continuación del
intercambio político con una combinación de otros medios. Decimos «con una
combinación de otros medios» a fin de afirmar, al propio tiempo, que este intercambio
político no cesa en el curso de la guerra misma, no se transforma en algo diferente, sino
que, en su esencia, continúa existiendo, sea cual fuere el medio que utilice, y que las
líneas principales a lo largo de las cuales se desarrollan los acontecimientos bélicos y a
las cuales éstos están ligados son sólo las características generales de la política que se
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prolonga durante toda la guerra hasta que se concluye la paz. ¿Cómo podría concebirse
que esto fuera de otra manera? ¿Acaso la interrupción de las notas diplomáticas paraliza
las relaciones políticas entre los diferentes gobiernos y naciones? ¿No es la guerra,
simplemente, otra clase de escritura y de lenguaje para sus pensamientos? Es seguro que
posee su propia gramática, pero no su propia lógica.
De acuerdo con esto, la guerra nunca puede separarse del intercambio político y si, al
considerar la cuestión, esto sucede en alguna parte, se romperán en cierto sentido todos
los hilos de las diferentes relaciones, y tendremos ante nosotros algo sin sentido, carente
de objetivo.
Esta forma de considerar la cuestión sería de rigor incluso si la guerra fuera una
guerra total, un elemento de hostilidad completamente desenfrenado. Todas las
circunstancias sobre las cuales descansa y que determinan sus características principales,
es decir, nuestro propio poder, el poder del enemigo, los aliados de ambas partes, las
características del pueblo y del gobierno respectivamente, etc., tal como han sido
enumeradas en el libro I, capítulo I, ¿no son acaso de naturaleza política, y no están co-
nectadas tan íntimamente con todo el intercambio político que es imposible separarlas de
él? Pero este punto de vista es doblemente indispensable si pensamos que la guerra real
no consiste en un esfuerzo consecuente que tiende hacia el último extremo, como debería
serlo de acuerdo con la teoría abstracta, sino que es algo hecho a medias, una
contradicción en sí misma; que, como tal, no puede seguir sus propias leyes, sino que
debe ser considerada como una parte de un todo, y este todo es la política.
La política, al hacer uso de la guerra, evita todas las conclusiones rigurosas que
provienen de su naturaleza; se preocupa poco por las posibilidades finales y sólo se atiene
a las probabilidades inmediatas. Si, debido a ello, toda la transacción está envuelta en la
incertidumbre, si la guerra se convierte con ello en una especie de juego, la política de
cada gobierno alimenta la creencia segura de que en este juego superará a su adversario
en habilidad y discernimiento.
De este modo, la política convierte a los elementos poderosos y temibles de la guerra
en un simple instrumento; la formidable espada de las batallas, que debería empuñarse
con ambas manos y descargarse con toda la fuerza del cuerpo, para que diera un solo
golpe, es convertida por ella en un arma liviana y manejable, que a veces no es nada más
que un espadín que la política usa, a su vez, para las acometidas, las fintas y las paradas.
Así es como se pueden solventar las contradicciones en las que el hombre,
naturalmente tímido, se ve envuelto en la guerra, si aceptamos esto como una solución.
Si la guerra pertenece a la política, adquirirá naturalmente su carácter. Si la política es
grande y poderosa, igualmente lo será la guerra, y esto puede ser llevado al nivel en que
la guerra alcanza su forma absoluta.
Al concebir la guerra de esta manera, no debemos por tanto perder de vista la forma
de guerra absoluta, mejor dicho, su imagen debe estar siempre presente en el fondo de la
cuestión.
Solamente gracias a esta forma de concebirla la guerra se convierte una vez más en
una unidad, solamente así podemos considerar todas las guerras como cuestiones de una
sola clase; y sólo así el juicio podrá obtener las bases y los puntos de vista reales y
exactos con los cuales habrán de trazarse y juzgarse los grandes planes.
Es verdad que el elemento político no penetra profundamente en los detalles de la
guerra. Los centinelas no son apostados ni las patrullas enviadas a hacer sus rondas
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A partir de este punto de vista, nuestros planes emergen al igual que de un molde;
nuestra comprensión y nuestro juicio se hacen más fáciles y más naturales; nuestras
convicciones ganan fuerza, los móviles son más satisfactorios y la historia se hace más
inteligible.
A partir de él, por lo menos, no existe ya el conflicto natural entre los intereses
militares y los políticos, y donde este conflicto aparece ha de considerársele meramente
como producto de un conocimiento imperfecto. Que la política exigiera de la guerra lo
que ésta no puede cumplir sería contrario a la presunción de que la política conoce el
instrumento que ha de usar, contrario, por lo tanto, a una presunción que es natural e
indispensable. Pero si la política juzga correctamente el curso de los acontecimientos
militares, será de su incumbencia determinar qué acontecimientos y qué dirección de
éstos es la que corresponde a los propósitos de la guerra.
En una palabra, bajo el punto de vista más elevado, el arte de la guerra se transforma
en política, pero, por supuesto, en una política que entabla batallas en lugar de redactar
notas diplomáticas.
De acuerdo con este punto de vista, ntiene que descartarse y es incluso perjudicial
admitir la distinción de que un gran acontecimiento militar o el plan para ese
acontecimiento debiera llevar a la aprobación de un juicio puramente militar; en verdad,
no resulta un procedimiento razonable consultar a soldados profesionales acerca del plan
de la guerra, de modo que puedan dar una opinión puramente militar, tal como hacen los
gabinetes con frecuencia. Pero es aún más absurda la exigencia de los teóricos de que
deba hacerse ante el comandante en jefe una declaración sobre los medios disponibles
para la guerra, de modo que aquél pueda desarrollar, de acuerdo con esos medios, un plan
puramente militar para la guerra o la campaña. La experiencia nos enseña también que,
pese a la gran diversidad y el desarrollo del sistema de guerra actual, el esquema principal
de una guerra ha sido determinado siempre por el gobierno, o sea, expresado en lenguaje
técnico, por un organismo puramente político y no por uno militar.
Esto se halla completamente en la naturaleza de las cosas. Ninguno de los planes
principales que son necesarios para la guerra pueden ser trazados sin tener conocimiento
de las condiciones políticas, y cuando la gente se refiere, como hace a menudo, a la
influencia perjudicial de la política en la conducción de la guerra, expresa realmente algo
muy diferente de lo que se propone decir. No es esta influencia, sino la política misma, la
que debería ser censurada. Si la política es justa, es decir, si logra sus fines, sólo podrá
afectar a la guerra favorablemente, en el sentido de esa política. Allí donde esa influencia
se desvía del fin, la causa tiene que buscarse en una política errónea.
Sólo cuando la política espera equivocadamente un determinado efecto de ciertos
medios y medidas militares, un efecto opuesto a su naturaleza, podrá ejercer, mediante el
curso que imprime a las cosas, un efecto perjudicial sobre la guerra. Así como una
persona que no domina por completo un idioma dice muchas veces lo que no se proponía,
del mismo modo la política dará con frecuencia órdenes que no corresponden a sus pro-
pias intenciones. Esto ha sucedido muy a menudo y muestra que cierto conocimiento de
los asuntos militares es esencial para la administración del intercambio político.
Pero antes de seguir adelante debemos apercibirnos contra una interpretación errónea
que se insinúa con prontitud. Estamos lejos de sostener la opinión de que un ministro de
la guerra, enfrascado en sus papeles oficiales, o un ingeniero erudito, o hasta un militar
que ha sido bien adiestrado en el campo de batalla constituirían, necesariamente, el mejor
ministro de Estado en un país donde el soberano no actuara por sí mismo. En otras pala-
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bras, no queremos decir que esta familiaridad con los asuntos militares sea la cualidad
principal que deba poseer un ministro de Estado. Las principales cualidades que tienen
que caracterizar a éste son una mente extraordinaria, de índole superior, y fortaleza de
carácter; ya que el conocimiento de la guerra le puede ser suministrado de una u otra
forma. Francia nunca fue peor aconsejada en sus asuntos militares y políticos que cuando
lo estaba por los dos hermanos Belleisle y el duque de Choiseul, aunque los tres eran
buenos soldados.
Si la guerra tiene que concordar por entero con los propósitos de la política y la
política ha de adaptarse a los medios disponibles para la guerra, en el caso en que el
estadista y el soldado no estén conjugados en una sola persona sólo quedará una
alternativa satisfactoria, que es la de integrar al general en jefe en el gabinete, de suerte
que pueda tomar parte en sus consejos y decisiones en ocasiones importantes. Pero esto
sólo es posible si el gabinete, o sea, el mismo gobierno, se halla próximo al teatro de la
guerra, de modo que las cosas puedan decidirse sin gran pérdida de tiempo.
Esto es lo que hicieron el emperador de Austria en 1809 y los soberanos aliados en
1813, 1814 y 1815, y esta disposición resultó ser completamente satisfactoria.
La influencia que sobre el gabinete ejerce cualquier militar, a excepción del general
en jefe, es peligrosa en extremo; muy raras veces conduce a una acción sana y vigorosa.
El ejemplo de Francia entre 1793 y 1795, cuando Carnot, mientras residía en París,
asumía al propio tiempo la conducción de la guerra, es completamente censurable, porque
un sistema de terror no está a disposición de nadie que no sea un gobierno revolucionario.
Terminaremos con algunas reflexiones extraídas del estudio de la historia.
En la última década del siglo pasado, cuando se produjo en Europa un cambio notable
en el arte de la guerra, a raíz de lo cual los mejores ejércitos vieron que una_ parte de su
manera de conducir la guerra se tornaba ineficaz y los éxitos militares se producían con
una magnitud que hasta entonces nadie había podido concebir, parecía, sin duda, que
todos los cálculos erróneos debían ser atribuidos al arte de la guerra. Era evidente que,
mientras se hallaba limitada por la costumbre y la práctica dentro de un círculo de ideas
estrechas, Europa había sido sorprendida por posibilidades que se hallaban fuera de este
círculo, pero que sin lugar a dudas no eran ajenas a la naturaleza de las cosas.
Los observadores que adoptaron un punto de vista más amplio atribuyeron la
circunstancia a la influencia general que la política había ejercido durante siglos sobre el
arte de la guerra, para su gran detrimento, y como resultado de lo cual había llegado a ser
una cuestión a medias, a menudo un simple simulacro de lucha. Tenían razón en cuanto
al hecho, pero se equivocaban al considerarlo como una condición evitable que surgía por
casualidad.
Otros pensaron que todo tenía su explicación por la influencia momentánea de la
política particular desarrollada por Austria, Prusia, Inglaterra, etc.
Pero ¿era verdad que la sorpresa real experimentada se debía a un factor en la
conducción de la guerra o más bien a algo que se hallaba dentro de la política misma? O
sea, según nuestra manera de expresarnos, ¿procedía la desgracia de la influencia de la
política sobre la guerra o de una política intrínsecamente errónea?
El formidable efecto producido en el exterior por la Revolución francesa fue causado,
evidentemente, mucho menos por los nuevos métodos y puntos de vista introducidos por
los franceses en la conducción de la guerra que por el cambio en el arte de gobernar y en
la administración civil, en el carácter del gobierno, en la situación del pueblo, etc. Que
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
otros gobiernos consideraran todas estas cosas desde un punto de vista inadecuado, que se
esforzaran, con sus medios corrientes, en defenderse contra fuerzas de nuevo tipo y de
poder abrumador, todo esto fue un craso error de la política.
¿Habría sido posible advertir y corregir esos errores desde el punto de vista de una
concepción puramente militar de la guerra? No lo creemos. Porque aun cuando hubiera
habido un estratega filosófico que hubiese previsto todas las consecuencias y captado las
posibilidades remotas, partiendo simplemente de la naturaleza de los elementos hostiles,
habría sido casi imposible, sin embargo, que ese argumento totalmente teórico produjera
el menor resultado.
Solamente si se hubiera elevado hasta el punto de efectuar una apreciación ajustada
de las fuerzas que habían despertado en Francia y de las nuevas relaciones en la situación
política de Europa, la política podría haber previsto las consecuencias que habían de
sobrevenir con respecto a las grandes características de la guerra, y sólo por este camino
podría haber llegado a adoptar un punto de vista correcto sobre el alcance de los medios
necesarios y el mejor uso que podía hacerse de ellos.
En consecuencia, podemos decir que los veinte largos años de victorias de la
Revolución francesa pueden ser atribuidos principalmente a la política errónea de los
gobiernos que se le oponían.
Es verdad que estos errores fueron puestos de manifiesto primero en la guerra, y los
acontecimientos bélicos frustraron por completo las esperanzas que acariciaba la política.
Pero esto no se produjo porque la política descuidara consultar a sus consejeros militares.
El arte de la guerra en el que creían los políticos de esa época, es decir, el que se
desprendía de la realidad de ese tiempo, el que pertenecía a la política del momento, ese
instrumento familiar que había sido usado hasta ese entonces, ese arte de la guerra, estaba
imbuido, por naturaleza, del mismo error en que incurría la política y, en consecuencia,
no podía enseñarle a ésta nada mejor.
Es verdad que la misma guerra ha sufrido cambios importantes, tanto en su naturaleza
como en sus formas, que la han aproximado más a su configuración absoluta; pero estos
cambios no se produjeron porque el gobierno francés se hubiera liberado, por así decir, de
las andaderas de la política, sino que surgieron de un cambio de política que provenía de
la Revolución francesa, no sólo en Francia, sino también en el resto de Europa.
Esta política había puesto de manifiesto otros medios y otras fuerzas, mediante los
cuales 'se pudo conducir la guerra con un grado de energía que nadie hubiera imaginado
factible hasta entonces.
Los cambios reales en el arte de la guerra son también consecuencia de las
alteraciones en la política, y lejos de ser un argumento para la posible separación de una y
otras constituyen, por el contrario, una evidencia muy intensa de su íntima conexión.
Reiteramos, pues, una vez más: la guerra es un instrumento de la política; debe incluir
en sí misma, necesariamente, el carácter de la política; debe medir con la medida de la
política. La conducción de la guerra, en sus grandes delineaciones, es, en consecuencia, la
política misma que empuña la espada en lugar de la pluma, pero que no cesa, por esa
razón, de pensar de acuerdo con sus propias leyes.
Los capítulos VII y VIII contienen unas consideraciones generales acerca de los
propósitos de la guerra ofensiva y defensiva, según los conceptos ya expuestos
anteriormente. Y el capítulo LV y último presenta un esbozo de lo que debe ser un plan
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz
de guerra «cuando el objetivo es la destrucción del enemigo». Clausewitz afirma que hay
«dos principios fundamentales que abarcan el conjunto del plan de guerra y que
determinan la orientación de todo lo demás. El primero es el siguiente: atraer al grueso
de las fuerzas enemigas hacia centros de gravedad tan poco numerosos como sea
posible, y si se puede a uno solo. A continuación, limitar el ataque contra esos centros de
gravedad a un número de acciones principales tan poco numerosas como sea posible, y
si se puede a una sola; finalmente, mantener todas las acciones secundarias tan
subordinadas como sea posible. En una palabra, el primer principio es: concentrarse
tanto como se pueda. El segundo es: actuar tan rápidamente como sea posible, no permi-
tiendo retrasos ni retrocesos sin una razón de peso».
EPÍLOGO
CLAUSEWITZ EN LA ACTUALIDAD
5
Fritz Sternberg, Die Militärische und die Industrielle Revolution, 1958.
Librodot De la guerra Karl von Clausewitz