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Origen del Estado en La Política de Aristóteles

Este documento resume los orígenes del Estado y la sociedad según Aristóteles. Explica que el Estado surge de la necesidad natural de los seres humanos de vivir en sociedad para satisfacer sus necesidades básicas. Las primeras asociaciones son la familia, compuesta por el amo y el esclavo y el esposo y la esposa, y luego varias familias forman un pueblo. Finalmente, la unión de muchos pueblos constituye un Estado completo, que es el objetivo final de la naturaleza y la forma más desarrollada de
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Origen del Estado en La Política de Aristóteles

Este documento resume los orígenes del Estado y la sociedad según Aristóteles. Explica que el Estado surge de la necesidad natural de los seres humanos de vivir en sociedad para satisfacer sus necesidades básicas. Las primeras asociaciones son la familia, compuesta por el amo y el esclavo y el esposo y la esposa, y luego varias familias forman un pueblo. Finalmente, la unión de muchos pueblos constituye un Estado completo, que es el objetivo final de la naturaleza y la forma más desarrollada de
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Aristóteles

La Política

Libro primero
De la sociedad civil. De la esclavitud.
De la propiedad. Del poder doméstico

Capítulo I
Origen del Estado y de la sociedad

Todo Estado es, evidentemente, una asociación, y toda asociación no se forma sino en
vista de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean, nunca hacen
nada sino en vista de lo que les parece ser buen ser bueno. Es claro, por tanto, que
todas las asociaciones tienden a un bien de cierta especie, y que el más importante de
todos los bienes debe ser el objeto de la más importante de las asociaciones, de aquella
que encierra todas las demás, y a la cual se llama precisamente Estado y asociación
política.
No han tenido razón, pues, los autores para afirmar que los caracteres de rey,
magistrado, padre de familia y dueño se confunden. Esto equivale a suponer que toda la
diferencia entre éstos no consiste sino en el más y el menos, sin ser específica; que un
pequeño número de administrados constituiría el dueño, un número mayor el padre de
familia, uno más grande el magistrado o el rey; es de suponer, en fin, que una gran
familia es en absoluto un pequeño Estado. Estos autores añaden, por lo que hace al
magistrado y al rey, que el poder del uno es personal e independiente, y que el otro es
en parte jefe y en parte súbdito, sirviéndose de las definiciones mismas de su
pretendida ciencia.
Toda esta teoría es falsa; y bastará, para convencerse de ello, adoptar en este estudio
nuestro método habitual. Aquí, como en los demás casos, conviene reducir lo
compuesto a sus elementos indescomponibles, es decir, a las más pequeñas partes del
conjunto. Indagando así cuáles son los elementos constitutivos del Estado,
reconoceremos mejor en qué difieren estos elementos, y veremos si se pueden sentar
algunos principios científicos para resolver las cuestiones de que acabamos de hablar.
En esto, como en todo, remontarse al origen de las cosas y seguir atentamente su
desenvolvimiento es el camino más seguro para la observación.
Por lo pronto, es obra de la necesidad la aproximación de dos seres que no pueden
nada el uno sin el otro: me refiero a la unión de los sexos para la reproducción. Y en
esto no hay nada de arbitrario, porque lo mismo en el hombre que en todos los demás
animales y en las plantas existe un deseo natural de querer dejar tras sí un ser formado
a su imagen.
La naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos
seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de
previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades
corporales de ejecutar las órdenes, obedezca como esclavo, y de esta suerte el interés
del señor y el del esclavo se confunden.
La naturaleza ha fijado, por consiguiente, la condición especial de la mujer y la del
esclavo. La naturaleza no es mezquina como nuestros artistas, y nada de lo que hace
se parece a los cuchillos de Delfos fabricados por aquéllos. En la naturaleza un ser no
tiene más que un solo destino, porque los instrumentos son más perfectos cuando
sirven, no para muchos usos, sino para uno sólo. Entre los bárbaros, la mujer y el
esclavo están en una misma línea, y la razón es muy clara; la naturaleza no ha creado
entre ellos un ser destinado a mandar, y realmente no cabe entre los mismos otra unión
que la de esclavo con esclava, y los poetas no se engañan cuando dicen:
«Sí, el griego tiene derecho a mandar al bárbaro,»

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puesto que la naturaleza ha querido que bárbaro y esclavo fuesen una misma cosa.
Estas dos primeras asociaciones, la del señor y el esclavo, la del esposo y la mujer, son
las bases de la familia, y Hesíodo lo ha dicho muy bien en este verso:
«La casa, después la mujer y el buey arador;»
porque el pobre no tiene otro esclavo que el buey. Así, pues, la asociación natural y
permanente es la familia, y Corondas ha podido decir de los miembros que la componen
«que comían a la misma mesa», y Epiménides de Creta «que se calentaban en el
mismo hogar».
La primera asociación de muchas familias, pero formada en virtud de relaciones que no
son cotidianas, es el pueblo, que justamente puede llamarse colonia natural de la
familia, porque los individuos que componen el pueblo, como dicen algunos autores,
«han mamado la leche de la familia», son sus hijos, «los hijos de sus hijos». Si los
primeros Estados se han visto sometidos a reyes, y si las grandes naciones lo están aún
hoy, es porque tales Estados se formaron con elementos habituados a la autoridad real,
puesto que en la familia el de más edad es el verdadero rey, y las colonias de la familia
han seguido filialmente el ejemplo que se les había dado. Por esto, Homero ha podido
decir:
«Cada uno por separado gobierna como señor a sus mujeres y a sus hijos.»

En su origen todas las familias aisladas se gobernaban de esta manera. De aquí la


común opinión según la que están los dioses sometidos a un rey, porque todos los
pueblos reconocieron en otro tiempo o reconocen aún hoy la autoridad real, y los
hombres nunca han dejado de atribuir a los dioses sus propios hábitos, así como se los
representaban a imagen suya.
La asociación de muchos pueblos forma un Estado completo, que llega, si puede
decirse así, a bastarse absolutamente a sí mismo, teniendo por origen las necesidades
de la vida, y debiendo su subsistencia al hecho de ser éstas satisfechas.
Así el Estado procede siempre de la naturaleza, lo mismo que las primeras
asociaciones, cuyo fin último es aquél; porque la naturaleza de una cosa es
precisamente su fin, y lo que es cada uno de los seres cuando ha alcanzado su
completo desenvolvimiento se dice que es su naturaleza propia, ya se trate de un
hombre, de un caballo o de una familia. Puede añadirse que este destino y este fin de
los seres es para los mismos el primero de los bienes, y bastarse a sí mismos es, a la
vez, un fin y una felicidad. De donde se concluye evidentemente que el Estado es un
hecho natural, que el hombre es un ser naturalmente sociable, y que el que vive fuera
de la sociedad por organización y no por efecto del azar es, ciertamente, o un ser
degradado, o un ser superior a la especie humana; y a él pueden aplicarse aquellas
palabras de Homero: «Sin familia, sin leyes, sin hogar...»

El hombre que fuese por naturaleza tal como lo pinta el poeta, sólo respiraría guerra,
porque sería incapaz de unirse con nadie, como sucede a las aves de rapiña.
Si el hombre es infinitamente más sociable que las abejas y que todos los demás
animales que viven en grey, es evidentemente, como he dicho muchas veces, porque la
naturaleza no hace nada en vano. Pues bien, ella concede la palabra al hombre
exclusivamente. Es verdad que la voz puede realmente expresar la alegría y el dolor, y
así no les falta a los demás animales, porque su organización les permite sentir estas
dos afecciones y comunicárselas entre sí; pero la palabra ha sido concedida para
expresar el bien y el mal, y, por consiguiente, lo justo y lo injusto, y el hombre tiene esto
de especial entre todos los animales: que sólo él percibe el bien y el mal, lo justo y lo
injusto y todos los sentimientos del mismo orden cuya asociación constituye
precisamente la familia y el Estado.

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