7° Año
Unidad 1: Héroes y Heroínas
Guía 1
La Historia de Hércules
(Mito griego) Versión de Mario Meunier
U n día Zeus,el padre omnipotente de los dioses, compadecido ante los males
que atormentaban a los infortunados mortales, dijo luego de reflexionar:
— Voy a engendrar, para ventura de los hombres y de los dioses, a un héroe magnífico,
inigualado. Él será el protector de todos frente a los peligros que continuamente los
amenazan. Su fuerza excepcional y sus heroicas virtudes serán la salvaguardia del
mundo.
Dicho esto, descendió Zeus una noche a la ciudad de Tebas. Allí, en magnífico palacio,
habitaba la reina Alcmena, que sobresalía entre todas las mujeres fértiles por la belleza
de sus ojos y la nobleza de su elevada estatura. Su esposo, el rey Anfitrión, se encontraba
ausente debido a la guerra. Entonces Zeus, para lograr acercarse a Alcmena sin
despertar sospechas, tomó los rasgos del propio Anfitrión y como tal se presentó ante el
portero de palacio. Los criados, convencidos de que veían nuevamente a su amo,
acudieron a recibirlo a toda prisa, lo rodearon y sin demora le allanaron el camino hacia
las habitaciones de su real esposa. Y en el abrazo de esa misma noche la reina Alcmena
concibió del soberano del Olimpo, y sin haberlo reconocido, a quien sería el poderoso
Hércules.
Pero desde el instante mismo de su nacimiento, el futuro héroe atrajo sobre sí el odio
de Hera, la esposa de Zeus. En efecto, apenas el niño hubo salido de las entrañas de su
madre, la reina de los dioses, aprovechando las tinieblas de una noche especialmente
oscura, envió al palacio de Alcmena a dos feroces serpientes. Todo el mundo se hallaba,
al igual que el niño, sumido en un profundo sueño. Penetraron los reptiles en silencio
por la puerta abierta de la habitación y deslizaron sus formas horribles y sinuosas, a la
luz del fuego de sus propios ojos, hasta llegar al escudo que servía de cuna al divino
infante. Los dos monstruos, silbando, se disponían a clavar sus colmillos envenenados en
el rostro del niño para luego ahogarlo con sus anillos.
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Pero este, despertándose de pronto, atrapó con sus manos a las dos espantosas
serpientes, y con tal fuerza apretó las gargantas henchidas de veneno, que las estranguló
a ambas a la vez.
Cuando sus años lo aconsejaron, su madre Alcmena se preocupó de proporcionarle una
educación esmerada y completa. Lino, hijo del hermoso Apolo, le enseñó la ciencia de las
letras; Hércules era un notable glotón desde su nacimiento, un gran comedor y por tanto
eligió escribir un ensayo cuyo título era El perfecto cocinero. Irritado por semejante
elección, Lino criticó ácidamente la desmedida voracidad que atormentaba a su discípulo
y llegó incluso a amenazarlo, alzando su mano por lo que consideraba una conducta
grosera e indigna del futuro héroe. Hércules, sintiéndose agredido y creyendo actuar en
legítima defensa, y presa a la vez de una cólera tan súbita y violenta como incontrolable,
tomó una cítara —el primer objeto que vio a mano— y rompió el instrumento en la cabeza
de su maestro, causándole una muerte instantánea. Para castigarlo por semejante crimen,
Anfitrión envió a Hércules a vivir entre los pastores que guardaban sus numerosos
rebaños en lo alto de las montañas. Allí, los continuos ejercicios de la caza desarrollaron
su cuerpo adolescente y les confirieron a sus flexibles miembros una fuerza aún más
prodigiosa. Es así como, con tan sólo dieciocho años de edad, Hércules mató con sus propias
manos a un león que asolaba la comarca.
El rey de Tebas Creonte, concedió al héroe la mano de su propia hija, Megara. De esta
unión nacieron muchos hijos, pero todos habrían de morir antes de tiempo, a manos de
su propio padre. En efecto, en un ataque de locura provocada por Hera, el desdichado
Hércules mató a sus propios hijos, juntamente con la madre, asaeteándolos sin piedad
con sus ya célebres flechas. Tras haberse manchado con la sangre de sus hijos, Hércules
se arrepintió amargamente del crimen y marchó a Delfos para consultar al oráculo de Apolo
de qué manera le sería posible purificarse de tan horrendo delito. El oráculo le ordenó
que se dirigiera a la ciudad de Tirinto y allí se sometiera durante doce años al servicio del
rey Euristeo. Hércules obedeció.
Pero cuando Euristeo, un príncipe débil y pusilánime, vio frente a sí a ese héroe
magnífico, tembló ante la sola idea de que un día el valeroso semidiós le arrebatara el
trono. Para deshacerse de tan importuno advenedizo, y con la secreta esperanza de que
Hércules no tardaría en sucumbir, Euristeo impuso al intrépido hijo de Alcmena, una tras
otra, las tareas más difíciles que se pudiera concebir. Pero Hércules salió vencedor de
todas las pruebas, y las altas gestas que llevó a cabo en aquel período —y que narramos
a continuación— son lo que se ha llamado los “Doce trabajos de Hércules”:
Antes que nada, Euristeo solicitó al héroe que le trajese la piel del león de Nemea. Esta
terrible fiera causaba espanto entre los habitantes de los bosques y valles de la Argólide.
Tan estruendosos eran sus rugidos que, cuando llegaban a oídos de los labriegos y
pastores, éstos se encerraban en sus casas y se agazapaban, pálidos de terror, en los
rincones más ocultos. Pero Hércules, asió con una mano el arco y el carcaj repleto de
flechas, y con la otra blandió la nudosa maza y, sin vacilación, fue al encuentro de aquel
temible devorador de rebaños.
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Apenas lo vio, disparó contra él, una tras otra, todas sus flechas mortales. Pero el enorme
animal parecía invulnerable, pues su piel era tan dura que el agudo hierro no le hacía
apenas un rasguño, y las flechas caían blandamente sobre la hierba, o bien rebotaban
en el duro suelo. Furioso ante el fracaso de su primer ataque, Hércules agitó su pesada
maza y, dando un alarido, se fue en persecución de la fiera. El león, atemorizado, se
refugió en una caverna que tenía dos entradas. El hijo de Alcmena tapó una y penetró por
la otra.
El monstruo entonces, con la melena erizada y rugientes las fauces, se aprestó al asalto.
Hércules, envuelto en su rojo manto, se defendió disparando con una mano su flecha más
filosa y, levantando con la otra la terrible maza, la descargó contra el broncíneo cráneo de
la indomable fiera.
Fue tan violento el golpe que la maza se partió en dos pedazos. El león, aturdido, se
tambaleaba. Tirando entonces las armas a un lado, Hércules se enzarzó en una peligrosa
lucha cuerpo a cuerpo con la fiera. Con sus musculosos brazos enlazó el cuello del león,
apretándolo con tal fuerza contra su amplio pecho que logró arrancarle la vida. Cuando lo
hubo ahogado, Hércules desolló al animal y se cubrió con su piel leonada, como una coraza
impenetrable al bronce y al hierro.
Después de haber empleado ocho años y un mes en la ejecución de los doce trabajos
que le impuso Euristeo, Hércules fue liberado de aquella servidumbre. Entonces este
ilustre guerrero se lanzó de nuevo a recorrer el mundo, no para combatir a monstruos esta
vez, sino para luchar contra la injusticia de los hombres. Por donde iba castigaba a los
bandidos y prestaba el apoyo generoso y siempre triunfante de su brazo a los pueblos
humillados por la maldad de sus vecinos.
Fuente: Centro de Estudios Públicos/ Colección Cuento contigo. Tomo III.
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1.- ¿Por qué la Diosa Hera odiaba tanto a Hércules, hijo de Zeus?
2.- ¿Qué anhelos tenía la reina Alcmena para su infantil hijo hércules y cómo
responde él?
3.- Menciona dos características físicas y dos características psicológicas de
Hércules en su juventud.
Físicamente Psicológicamente
4.- ¿Qué cambios puedes notar en el personaje principal desde el inicio al final de
la historia? ¿Qué crees que hizo cambiar al personaje?
5.- ¿Qué textos similares con personajes con fuerza sobrehumana conoces?
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6.- Busca la definición de las palabras ennegrecidas y subrayadas del texto. Luego
escribe una oración por cada un considerando: Sujeto - Verbo - Predicado.
PALABRA DEFINICIÓN
Engendrar: Dar existencia una persona o un animal a un nuevo ser por medio de la
fecundación.
Portero:
allanaron
henchidas
indigna
legítima defensa
fauces
PALABRA: ORACIÓN
Engendrar: Cacupin engendró nuevos cachorros
Sujeto Verbo Predicado
Portero:
allanaron
henchidas
indigna
legítima defensa
fauces