CLAUDIO R.
BOLLINI
EL ACONTECIMIENTO
DE DIOS
UNA INTRODUCCIÓN A LA TEOLOGÍA
PARA UNIVERSITARIOS
UCA - Biblioteca Teología
11000209147
FACULTAD DE TEOLOGIA
IJ.C.A.
BIBLIOTECA
EDUCA
'í
ÍNDICE
Abreviaturas empleadas 7
Presentación II
Prólogo 13
I. La situación de la fe en el mundo contemporáneo 17
I. El proceso de secularización y la cultura contemporánea 17
a. Secularización y secularisino 19
b. El surgimiento del subjetivismo y las corrientes filosófi
cas subsecuentes 20
1) Prioridad al pensamiento: idealismo y racionalismo . 21
2) Prioridad a los sentidos: empirismo y materialismo .. 22
c. Consecuencias negativas en la cultura contemporánea ... 23
1) Una diversidad de elementos valiosos 23
2) Pérdida del sentido de la gratuidad 24
3) La concepción de la verdad funcional y el relati
vismo 26
4) Degradación de la idea de comunidad humana 27
5) Menosprecio del sentido de misterio e intento de au-
torredención 27
d. Impacto en la aceptación de la fe 28
1) El sentido de la gratuidad 28
2) Una verdad no funcional 29
3) La comunidad eclesial 29 H
4) El sentido de misterio 29
2. El ateísmo como problema teológico y antropológico 30
a. El concepto “Dios” 30
b. Ateísmo en nombre de la autonomía del hombre 32
I) Ateísmo optimista o militante 32
a) Feuerbach: la búsqueda y la huida en el acto
de fe 32
b) Marx: la construcción del mundo y el Reino de
Dios 34
232 CLAUDIO R. BOLLINI
2) Ateísmo angustiado o humanismo ateo 35
a) Nietzsche: ética cristiana y sentido de la cruz 35
b) Sartre: origen y sentido de la libertad humana 37
c. Ateísmo en nombre de la autonomía del mundo 38
3. Los falsos conflictos entre la ciencia y la fe 39
a. Desde la cosmología: ¿excluye el "Big Bang” a un Dios
Creador? 39
1) Una nueva visión del universo 39
2) Deísmo y fundamentalismo; sus influencias en las
cosmologías científicas 40
3) La Iglesia y la afirmación de la justa autonomía del
cosmos 42
b. Desde la biología: ¿apareció la vida por mero azar? 44
1) La aparición de la vida en la Tierra 44
2) La irrupción de la filosofía del azar y el ocasionalis
mo en la biología 44
3) Azar y Providencia 45
Desde la antropología: ¿contradice la teoría de la evolu
ción la fe en la creación divina del hombre? 46
1) Darwin y la teoría de la evolución 46
2) La deformación cientificista de Haeckel y la contro
versia fijista 47
3) La teoría de la evolución y la fe de la Iglesia 48
4) La fe de la Iglesia y la exégesis magisterial de los
textos bíblicos 50
a) La interpretación fundamentalista 50
b) La posición del Magisterio sobre la hermenéutica
de los textos bíblicos 52
c) El contenido esencial del relato bíblico 54
d. Desde la psicología: ¿es Dios una obsesión neurótica
universal? 55
1) Freud y su concepto de Dios como “ilusión infantiloi-
de” 55
2) La idea de Dios y la psiquis humana 55
e. Desde la sociología: ¿Es Dios un concepto de una etapa
primitiva en la humanidad? 56
1) El relativismo cultural 56
2) Religión y sociología 57
Bibliografía adicional para la Primera Parte 57
II. La Revelación divina y la respuesta del hombre . 59
1. La capacidad del hombre de conocer a Dios 60
a. Conocimiento natural y sobrenatural de Dios 61
b. La necesidad de la Revelación divina 61
EL ACONTECIMIENTO DE DIOS 233
c. Los caminos para el conocimiento natural de Dios 62
1) La vía cosmológica 62
2) La vía antropológica 65
d. Razón humana y Revelación 66 ll
1) Entre el racionalismo y el fideísmo 66
2) Lenguaje humano y Revelación 67
2. La experiencia religiosa y sus deformaciones 68
a. La esencia de la experiencia religiosa 68
b. Las concepciones religiosas deformadas 69
1) La idolatría 70
2) Las religiones no creacionistas 70
a) El panteísmo 70
b) El deísmo 72
c) El politeísmo 73
d) El dualismo 73
c. La originalidad de la Revelación judeocristiana 74
3. El acontecimiento de la Revelación 75
a. Las notas esenciales 75
b. Dios se revela al modo humano 77
1) Libertad 77
2) Racionalidad 77
3) Historicidad 78
c. La transmisión de la Revelación divina 78
1) Las Sagradas Escrituras 79
2) La Tradición eclesial y el Magisterio de la Iglesia .... 81
4. La respuesta humana a la Revelación: el acto de fe 83
a. Las características humana y divina del acto de fe 83
1) La esencia del acto de fe 83
2) El objeto del acto de fe 84
3) Un asentimiento integralmente humano 85
b. La opción fundamental 86
C. La eclesial idad de la fe 87
1) La dimensión interpersonal 87
2) Los sacramentos de la Iglesia 88
d. La pertenencia a ¡a Iglesia y la salvación de los no católi
cos 90
1) Los grados de pertenencia a la Iglesia
2) “Los hombres de buena voluntad” y la recta concien
90
í
cia 93
Bibliografía adicional para la Segunda Parte 96
III. LOS CONTENIDOS FUNDAMENTALES DE LA REVELACIÓN A LO LARGO
DE LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN 97
1. La fe en la Creación y su significado 98
234 CLAUDIO R. BOLL1NI
a. La creación del universo en los relatos del libro del
Génesis 98
1) En Génesis 2 98
2) En Génesis 1 99
b. Concepto teológico de creación 100
1) Introducción histórica 100
2) Reflexión teológica 102
3) Creación e historia 103
c. La acción divina en el mundo y la pregunta sobre el mal 105
1) La Providencia divina y el universo 105
a) El concepto de Providencia 105
b) La Providencia y las causas segundas 106
2) El misterio del mal 106
a) La pregunta y el escándalo del mal 106
b) La disyuntiva de la finitud 108
c) La respuesta desde la fe 109
d. El hombre, ser creado y llamado 113
1) La cuestión del hombre en la teología 113
2) La creación del hombre en los primeros capítulos del
Génesis 114
a) En Génesis 2 114
b) En Génesis 1 115
3) La persona humana, imagen de Dios 116
2. La ruptura del hombre y la redención de Dios 1 17
a. Pecado Original y sus implicancias 117
1) La armonía original 117
2) El relato bíblico de la caída 118
3) La esencia del pecado original 119
4) Las consecuencias del pecado original 120
5) Transmisión del pecado original 121
b. La redención del pecado en Jesucristo 123
c. La Gracia divina y la libertad humana 124
1) La esencia de la Gracia 124
2) La Gracia creada e increada 125
3) La Gracia habitual y actual 126
4) Las virtudes naturales y sobrenaturales 126
5) La necesidad de la Gracia 128
a) ¿Necesita el hombre la Gracia divina para llevar
una vida ética? 128
b) ¿Puede el hombre llegar a la fe sin ayuda de Dios? 129
6) La respuesta de la libertad humana 129
7) Conclusión 130
3. La gradual intervención de Dios en la historia 131
a. La Revelación del Dios de la promesa a Abraham 132
EL ACONTECIMIENTO DE DIOS 235
b. La Revelación del nombre divino a Moisés y la libera
ción de Egipto 134
c. Los profetas y su anuncio de la intervención de Dios 136
4. El acontecimiento de Jesucristo y la plenitud de la historia .. 140
a. El problema de la historicidad de Jesús 141
b. Los evangelios de la infancia 143
c. La proclamación del Reino de Dios y el drama mesiá-
nico 144
1) El mesianismo de Jesús 144
2) El mensaje central de Jesucristo 146
3) La cercanía filial con el Padre 148
4) Los milagros como presencia del Reino 148
d. Su pasión y muerte redentoras 149
1) La pasión de Jesús como preparación para el aconte
cimiento pascual 149
2) La muerte redentora de Jesús 151
e. La resurrección de Jesucristo, acontecimiento histórico y
Ii
salvífico 152
5. La culminación de la Revelación: un Dios Trino y Salvador
del hombre 154
a. El Hijo nos revela al Padre y nos envía el Espíritu Santo.
1) El Padre misericordioso del Antiguo Testamento y el
Abbá de Jesús 154
2) El Hijo, Palabra y Mesías del Padre 155
a) Verbo o Palabra de Dios 155
b) La Sabiduría 156
c) Hijo, Hijo de Hombre, Hijo de Dios 156
d) Mesías 157
3) El Espíritu Santo, santi Picador del mundo y de la
historia 158
b. La apertura del Evangelio al mundo pagano y sus desa
fíos 161
Bibliografía adicional para la Tercera Parte 162
[Link] fe de la Iglesia en Dios Uno y Trino y en Jesucristo......... 163
1. La fe trinitaria: Tres Personas en la unidad de la naturaleza
divina 164
a. Los esbozos de los primeros siglos 165
1) El modalismo 165
2) El subordinacionismo 165
b. Las definiciones conciliares 167
c. Implicancias teológicas.................................... — 168
d. La vida intratrinitaria: las Tres Personas Divinas y sus
mutuas relaciones 169
236 CLAUDIO R. BOLLINI
1) El lenguaje sobre Dios y las analogías de naturaleza y
persona 170
a) La definición de persona 171
b) La definición de naturaleza 172
2) Esencia y atributos divinos 172
3) Unidad y trinidad en Dios 174
a) La naturaleza de Dios Trino es una 174
b) Las personas divinas son realmente distintas en
tre sí 175
4) Las procesiones intratrinitarias 176
5) Las misiones trinitarias 177
e. La participación del hombre en la Vida de Dios Trino ... 178
1) Imagen por la creación 179
2) Imagen por la Gracia 179
3) Imagen por la glorificación 179
2. La fe cristológica: Jesucristo, verdadero hombre y verdadero
Dios 180
a. Los primeros intentos de solución 180
b. Nestorio: la negación de la divinidad de Jesús 181
c. El Concilio de Efeso y sus derivaciones 182
d. Eutiques: la negación de la humanidad de Jesús 183
e. El Concilio de Calcedonia: la formulación definitiva de
la fe en Jesucristo 184
f. El misterio de la unión hipostática 185
g. La Virgen María en el misterio de Cristo 187
h. La Iglesia en el misterio de Cristo 189
1) La Iglesia es Una 190
2) La Iglesia es Santa 190
3) La Iglesia es Católica 191
4) La Iglesia es Apostólica 191
Bibliografía adicional para la Cuarta Parte 192
V. El advenimiento de la consumación definitiva del hombre y
el universo: la escatología cristiana 193
1. La parusía y la plenificación del universo 195
a. Plenificación. no destrucción 195
b. La Nueva Creación 196
c. La promoción cristiana en favor del mundo 198
2. La resurrección de todos los muertos 198
a. La resurrección de Cristo y nuestra resurrección 198
b. La confusión del “estado intermedio” y el destino final
del alma 200
c. Hombres completos por toda la eternidad 201
3. La autorrevelación en el Juicio Final 204
I
EL ACONTECIMIENTO DE DIOS 237
a. La imagen distorsionada de un proceso judicial humano 204
b. Un juicio que revela la profundidad de nuestro ser 205
4. El Purgatorio como manifestación de un Dios no excluyeme.. 207 I
a. La necesidad de purificación 207
b. Una parábola a modo de ilustración 208
c. La esencia del Purgatorio 209
5. La autocondena del infierno 210
a. La caricatura del lugar de la tortura divina 210
b. Dimensión evangélica del dogma del infierno 211
1) La esencia del infierno 212
2) Un "no” anquilosado por siempre 214
3) ¿Está el infierno habitado? 215
6. El Cielo: la glorificación del hombre en la comunidad y el
mundo 215
a. El mundo 217
b. La humanidad 219
c. Dios 220
Bibliografía adicional para la Quinta Parte 221
VI. Conclusión 223
Bibliografía 229
EL ACONTECIMIENTO DE DIOS 83
Papa goza de infalibilidad cuando proclama, explícita y solemnemente y
en cuestiones de fe o moral, una verdad para ser creída por los fieles cató
licos. Asimismo, también el cuerpo episcopal posee este carisma cuando
ejerce su misión magisterial en comunión con el Papa, principalmente en
los Concilios Ecuménicos (cfr. Constitución Pastor Aeternus, 1870 Cap
IV; ¿G, 25; C1C, 891).
4. La respuesta humana a la Revelación: el acto de fe
Por su capacidad de escucha de Dios, el hombre es un ser expectante
de la Palabra. Al revelarse. Dios interpela al hombre exigiéndole, desde su
capacidad de escucha y su libertad de elección, una respuesta interperso
nal. De este modo, el ser humano es puesto ante una opción fundamental
cuya actualización constituye el acto de fe.
a. Las características humana y divina del acto de fe
1) La esencia del acto de fe
Contra cierta interpretación demasiado intelectualista que acentúa el
aspecto racional de la verdad aceptada, la concepción bíblica original adopta
un sentido más personalista. El término “fe” proviene del hebreo “estar fir
me”, como actitud de confianza vital ante Dios. Antes que asentimiento a
una ley, el acto cristiano de fe es ante todo una adhesión confiada al Dios
revelante, fundamentada en Su fidelidad e infalibilidad.
Pero estas consideraciones no deben llevarnos al extremo opuesto.
Es común concebir la fe como “una cuestión de sentimiento individual",
sin estructura intelectual alguna. Se le cierra así todo acceso racional y se
la tacha de incomunicable. Se la reduce a un simple estado de ánimo su
perficial que fluctuaría con las circunstancias cotidianas. Extrapolando esta
idea llegamos al absurdo de tener que desistir de una identidad como cre
yentes: un día nos sentiríamos católicos fervorosos y al siguiente escépti
cos o tibios.
La fe tampoco es un mero acto de una voluntad ciega, concepción tan
apreciada por numerosos pastores de las llamadas “iglesias electrónicas”,
poseedores de grandes redes de comunicación. Se trata aquí de una decla
mación difusa de una fórmula de salvación sin contenidos objetivos. El adep
to es instado al gesto singular de aceptar a Jesús en su vida y ser así salva
do. De forma similar al caso anterior, éste se siente invadido por una súbita
emoción y cree haber alcanzado su redención. Este acto acontece a expen
sas de una adhesión interior firme que se exprese en una identificación con
una verdad objetiva. Semejantes ceremonias no suelen producir en el fiel
84 CLAUDIO R. BOLLINI
una seria conversión que fructifique de cara a su crecimiento humano ni a
su compromiso concreto con el prójimo.
Santo Tomás en su Suma Teológica definió la fe como un “acto de la
inteligencia que asiente, voluntariamente y movido por la gracia, a la ver
dad divina" ([Link]., II-II, q2 a9). Nótese que aquí se ponen en juego tanto la
inteligencia y libertad humanas como la Gracia divina. En el acto de fe se
encuentran en efecto Dios y el hombre, en un gesto divino y humano a la
vez: por un lado, Dios conduce al hombre hacia Sí mismo por la acción, a
veces anónima, de la Gracia. Jesús afirma en el evangelio de Juan: “Nadie
puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae” (Jn. 6,44). Pero,
aunque es divino en su origen, el acto de fe es además totalmente humano
(cfr. CIC, 153-154). El hombre pone en acto dos notas espirituales funda
mentales: su libertad y su inteligencia, a la vez que su sensibilidad, afecti
vidad e intuición. Es decir, el hombre dinamiza la totalidad de sus factores
humanos cuando adhiere a Dios (cfr. CIC, 150).
A modo de fórmula sintética, afirmamos, pues, que el acto de fe es
acoger con la totalidad de nuestro ser, desde nuestra inteligencia y a tra
vés de nuestra libertad, la presencia y el mensaje de Dios, revelados en
Jesucristo, como nuestro sentido último y meta de nuestra vocación so
brenatural.
2) El objeto del acto de fe
Ahora bien, es imposible pensar el acto con prescindencia de su obje
to. Dios es por cierto el “objeto” de mi fe. Pero esta verdad no debe llevar a
cosificarlo, degradarlo a un corpas de verdades a las que adhiero.
Santo Tomás aclara en qué sentido Dios es objeto de nuestra fe ([Link].,
II-II ql al). Se trata de un único acto de fe que posee un triple objeto, cu
yos factores están mutuamente implicados:
a) Creer lo que Dios dice (objeto material o contenido): en ciertas in
terpretaciones tradicionales se ha considerado este elemento como el único
constitutivo, empobreciendo la comprensión integral del acto de fe. En un
primer nivel, asentimos al contenido de los artículos de fe al razonar dis
cursivamente sobre ellos. Dios es quien ha revelado aquello a lo que adhe
rimos a través del credo de la Iglesia.
b) Creer a Dios (objeto formal “quo" o motivo): de un modo más per
sonal, también asentimos con nuestra inteligencia a Dios como testigo infa
lible. Así como nos fiamos en el testimonio de un amigo, con mayor razón
confiamos en grado superlativo en el testimonio de Dios Verdad, “que no
puede engañarse ni engañarnos” (CIC, 156 citando al Concilio Vaticano I).
Jesucristo, Palabra Encarnada, es el testigo por antonomasia a cuya verdad
adhiero, pues “el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha conta
do” (Jn. 1,18).
EL ACONTECIMIENTO DE DIOS 85
c) Creer en Dios (objeto formal “quod" u objeto primario): esta nota
refiere a asentir a Dios tendiendo vitalmente hacia Él como nuestro fin. La
preposición “en" alude en castellano a un cierto inmovilismo, un “instalar
se en". Sin embargo, tanto el griego como el latín denotan un dinamismo,
un hacia. "Creer en” es, pues, “creer arrojándose en los brazos de Dios”.
3) Un asentimiento integralmente humano
Cuando Jesucristo me interpela, respondo poniendo enjuego mi liber
tad con una opción que polariza mi existencia. De este modo, mi eventual
rechazo no es una falla psicológica de mi percepción, sino una actitud de
cerrazón ante un signo.
Esta actitud aparece a menudo en los oyentes de las parábolas de
Jesús, cuando rechazan el mensaje implicado, no por la supuesta oscu
ridad de las metáforas sino por el “endurecimiento de su corazón” (cfr.
Jn. 12,39; Me. 4.11). Él nunca forzaba la adhesión a su persona (cfr. la
Encíclica de 1964 de Pablo VI, “Ecclesiam Suam”, n. 29).
Hay un momento dado en que debo arriesgar una opción entregando
toda mi persona, inteligencia, voluntad, amor, sensibilidad y corporeidad,
en los brazos de Dios. En esta actitud doy el paso entre percibir con mi in
teligencia al Dios Creador y Providente y adherir con todo mi ser al Dios
Trino y Salvador. En suma, la fe implica un salto.
Ahora bien, según la sensibilidad y circunstancias de cada persona,
pueden resultar signos de credibilidad tanto las vt'as cosmológica o antro
pológica como testimonios concretos de santidad o de conversión. Si bien
la fe, como acabamos de afirmar, es un salto, comprendemos ahora que no
es salto ciego. (Recuérdese lo expresado en el apartado “Entre el raciona
lismo y el fideísmo”).
El asentimiento no clausura en modo alguno el dinamismo del acto de
la fe, como si se tratase de un satisfecho instalarse en un bien ya consegui
do. San Agustín ya se había referido al mutuo dinamismo entre la fe y la
inteligencia con su famosa expresión: “creo para comprender y comprendo
para creer mejor” (Sermones, 43,7,9). El Doctor Angélico, por su parte,
definió este proceso como “un pensar con asentimiento” ([Link]., II-II, q2).
Veamos un ejemplo por contraposición para intentar comprender este
proceso. El matemático que se empeña en la resolución de una ecuación
compleja transita por dos etapas bien diferenciadas: primero aplica su ra
zonamiento discursivo para resolverla por pasos sucesivos; cuando final
mente arriba a una solución, su intelecto admite la conclusión como evi
dente y descansa en ella. Por el contrario, en el desarrollo del acto de fe el
pensar es simultáneo al asentir. Quien entrega su fe a Dios jamás puede
86 CLAUDIO R. BOLLINI
instalarse en Él como si fuero algo definitivamente adquirido. Dios no se
presenta nunca de modo evidente ni a su inteligencia ni a sus sentidos. Por
eso, si pretendiera imitar el razonamiento del matemático de nuestro ejem
plo y buscara descansar con su inteligencia en una evidencia antes de asen
tir, jamás podría arribar al acto de la fe.
Nuestro intelecto finito nunca puede agotar el misterio infinito de Dios,
y ésta es la razón por la que el acto de fe es un pensar simultáneo al asenti
miento. A la vez que nuestra libertad opta libremente por Dios, nuestra in
teligencia sigue ahondando en sus profundidades insondables. No es un
conocimiento evidente, pero podemos obtener una certeza vital e intelec
tual que fundamente nuestra adhesión a Cristo.
b. La opción fundamental
Como acabamos de ver, la fe “en” Dios, lejos de una instalación en
algo adquirido, denota un movimiento vital que permea la existencia coti
diana. Algunos teólogos modernos han desarrollado el concepto de "opción
fundamentar’ para reformular el acto de fe de modo más existencia!.
Para ampliar este tema puede leerse, entre una abundante biblio
r grafía. la excelente sinopsis de Fidel Herraez, La opción fundamental.
También el asunto es tratado en la magna obra de teología moral en 3
i tomos de Bemard Haring, Libertad y fidelidad en Cristo, en el tomo I
(“Los fundamentos”), págs. 177-232.
Cuando decimos que la fe es un acto, no nos referimos a un gesto sin
gular que agote nuestro despliegue como creyentes y excuse ulteriores elec
ciones. Ninguna opción verdaderamente importante se realiza de una vez para
siempre, sino que ha de ser actualizada progresivamente a lo largo de nuestra
historia. A pesar de las circunstancias cambiantes y nuestros múltiples lími
tes y miserias, somos humanamente capaces de ir construyendo libre y
conscientemente una orientación fundamental en nuestra vida. Aquello que
somos no surge de un accidente que sobreviene desde afuera, sino por un pro
ceso constituido por la intención profunda de nuestro núcleo personal que se
encama en un determinado proyecto existencia! de cara al prójimo y a Dios.
La opción por esta orientación esencial de la existencia se presenta
como ineludible a nuestra condición humana y por ende, aun sin un acto
explícito de fe. Incluso la decisión de no querer optar constituye en sí mis
ma una actitud que polariza nuestra vida. Habrá, asimismo, quien opte por
la utilidad, el placer, el poder, el saber, la autonomía o hasta la solidaridad
como valores determinantes.
Ahora bien, Cristo es el principio y el fin de toda la realidad creada, el
Alfa y el Omega, y por lo tanto todo ser humano posee en Él el fundamento
1
EL ACONTECIMIENTO DE DIOS 87
último de la existencia. La antropología recibe su fundamento y razón últi
ma en la cristología. O en palabras del Concilio “el misterio del hombre no
se esclarece sino a la luz del Verbo Encarnado” (DV, 22). En la opción de
fe la persona se adhiere libremente a este sentido último, percibiéndolo y
aceptándolo como un valor configurador para su existencia.
Para el cristiano esta opción fundamental se toma personah'sima. No
se trata de un valor abstracto, aun cuando fuese éticamente loable, sino de
una persona histórica y concreta. Jesucristo es Aquel que se constituye el
principio unificador de mi existencia, el “desde donde” de mi cosmovisión.
A través de El la entera escala de mis valores se reestructura en torno a esta
nueva perspectiva. Como expresa San Pablo “Ya no soy yo quien vive, sino
que Cristo vive en mí” (Gal. 2,20).
Al devenir centro de nuestra existencia, Jesucristo nos sitúa en la pers
pectiva eclesial: más que un ingresar de Jesús en el propio universo axiológi-
co, somos nosotros mismos los que nos adherimos a él, a través de su Cuerpo
que es la Iglesia. Vivimos así nuestro ser-persona desde la interpersonalidad
de la magnitud eclesial, donde el prójimo es el lugar por excelencia donde
Cristo se manifiesta (cfr. Mt. 25,31 y sigs.).
Esta orientación fundamental dirige, además, nuestra existencia hacia
una meta última, que los proyectos intramundanos, aun siendo dignos pero
siempre provisionales y falibles, no pueden proporcionarme. Ese Cristo por
quien opto es el mismo que vendrá en gloria en la Segunda Venida para
plenificar definitivamente el universo.
c. La eclesialidad de la fe
1) La dimensión interpersonal
Hemos afirmado ya que el hombre no es sólo individuo sino además
persona. Por esto los acontecimientos más significativos de su vida son vi
vidos de modo comunitario. Casamientos, aniversarios, logros deportivos
o profesionales son motivo de banquetes con amigos y familiares, donde
prepondera el gesto de compartir los alimentos y la alegría. La sociedad
posee múltiples organizaciones como colegios, clubes, instituciones barriales
o sociedades de fomento que congregan ciudadanos reunidos bajo un mis
mo interés. En suma, la referencia a los demás es esencial a la condición
humana. Dios ha asumido este modo natural creado por Él mismo, y así el
cristiano está llamado también a vivir su fe en la pertenencia de esa comu
nidad orgánica que es la Iglesia.
Este principio se reflejó ya desde las primeras comunidades cristianas
en la práctica del rito del bautismo. El celebrante efectuaba una serie de
preguntas que comenzaban con un “¿Crees...?”, a lo que el catecúmeno res-
88 CLAUDIO R. BOLL1NI
pondía “Creo...”. Este estilo dialogal vertebró desde un principio la confe
sión del credo en Dios Uno y Trino, en Jesucristo y en la Iglesia. Es un dato
primario el que nuestra fe no nos fue comunicada infusamente por Dios,
sino que la hemos recibido a través de la palabra de un prójimo. Más aún,
todos los sacramentos de la Iglesia poseen esta misma estructura comunita
ria; es siempre un otro el que media la Gracia de Jesucristo.
2) Los sacramentos de la Iglesia
Los sacramentos son precisamente mediaciones instituidas por Jesu
cristo mismo (cfr. CIC, I I 14) para prolongar su presencia salvífica en el
tiempo y en el espacio. Son signos sensibles que realizan aquello a lo que
remiten, es decir, “confieren la Gracia que significan" (CIC, 1 127). Actua
lizan eficazmente la Gracia de Cristo, por lo que obran ex opere opéralo, o
sea por la misma acción realizada y no por los méritos del celebrante; por
eso. si existe la disposición de recibir el sacramento, el poder redentor de
Cristo llega infaliblemente a través del mediador e independientemente de
su santidad (cfr. CIC, I 127-1128; para una definición solemne respecto de
los sacramentos cfr. Concilio de Tiento, sesión VII, 1547). Mons. É. Karlic
sintetiza estos conceptos afirmando que los sacramentos “son acciones de
Cristo por medio de la Iglesia, que suponen la fe, comunican la gracia y
conducen a la vida eterna” (citado en el Comentario al Catecismo de la
Iglesia Católica, pág. 298).
Hay tres sacramentos que sólo se confieren una vez: el bautismo,
i
■
la confirmación y el orden sagrado, pues otorgan lo que los Padres de
la Iglesia llamaron carácter, es decir un “sello espiritual indeleble” (C/C,
1272) o permanencia mitológica en el ser de quienes lo reciben. El ca
rácter del bautismo capacita al cristiano para el sacerdocio bautismal
común a todos los fieles (C/C, 1272-1274); el de la confirmación, para
la perfección de ese sacerdocio (CIC, 1304-1305); y el del orden sa
grado para actuar como mediador sacramental de Cristo (CIC, 1581-
1584). Gracias al carácter, estos sacramentos no pueden ser borrados
por nuestros pecados (cfr. CIC, 1272).
Si bien existe una clara distinción entre ellos (“son siete, a saber, Bau
tismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Unción de los enfermos, Orden
sacerdotal y Matrimonio”, CIC, 1210), no debe vérselos como aislados o de
significado yuxtapuesto, sino que los siete forman un organismo sacramental
que se corresponde con las diversas etapas y situaciones significativas a lo
largo de nuestra existencia, dando “nacimiento y crecimiento, curación y
misión a vida de fe de los cristianos” (íd.). Así, el Catecismo resalta su ca
rácter orgánico y la particularidad de cada uno dentro de) conjunto: los tres
EL ACONTECIMIENTO DE DIOS 89
primeros son de iniciación, los dos siguientes de curación y los dos últimos
de servicio (cfr. CIC, 121 I).
Los sacramentos de iniciación (bautismo, confirmación y euca
ristía) establecen los fundamentos de la vida cristiana, a imagen del
origen, crecimiento y sustento de la vida natural (cfr. C/C, 1212). El
bautismo es el inicio y raíz de la vida de la fe; por él todos nuestros
pecados son perdonados (cfr. CIC, 1263) y somos regenerados como
nuevas creaturas en Cristo e incorporados a la Iglesia (cfr. CIC, 1265-
1270), sumergiéndonos con Jesús para “con-resucitar” en Él (cfr. Rom.
6.3; CIC, 1213). La confirmación profundiza la Gracia bautismal me
diante la plena comunicación del Espíritu Santo, y concede al bautiza
do la fortaleza para proclamar la fe de la Iglesia mediante sus palabras
y el testimonio de su vida (cfr. C/C, 1302-1303). La eucaristía es fuen
te y cumbre de la vida cristiana, el sacramento al que los demás se or
denan (cfr. C/C. 1324). A través de la transformación del pan y vino en
verdaderos Cuerpo y Sangre de Cristo (cfr. C/C, 1373-1381), la Euca
ristía realiza eficazmente en Cristo la comunión con Dios Trino y la
unidad de la Iglesia (cfr. C/C, 1322-1325), como banquete y memorial
del sacrificio pascual (cfr. C/C, 1382). Así como el bautismo y la con
firmación introducen al cristiano en el camino de la Gracia eclesial. la
Eucaristía lo rescata de la monotonía en su cotidiano peregrinar. En la
celebración eucarística de la Misa acontece la máxima manifestación
de la Gracia de Jesucristo, y se opera dominicalmente el rescate de la
rutina y el hastío de la repetición monocorde de los interminables ci
clos semanales por los que transcurre la vida humana. (Cfr. Lucio Gera,
Eucaristía y vida cotidiana, cuadernillos del SEDOI. número especial,
1984).
Los sacramentos de curación (la penitencia y reconciliación y la
unción de los enfermos) están relacionados con las realidades del su
frimiento y del pecado con las que tenemos que convivir hasta que Je
sús vuelva para manifestar definitivamente su victoria. El sacramento
de la reconciliación y penitencia restablece, mediante la absolución
efectuada por el sacerdote en nombre de Jesús, la comunión del peca
dor con Dios y con la Iglesia (cfr. CIC, 1440-1445). Para este perdón
son necesarios la conversión, que es a la vez una reorientación hacia
Dios y el propósito de cambio de vida (cfr. 1431, 1451-1454); la confe
sión, con la que se asume la realidad personal ante Dios y se libera el
ser para volver a amarlo (cfr. CIC, 1455-1458); y la satisfacción, que
es la reparación de la ruptura de la relación con Dios y del daño al pró
jimo y así mismo, causados ambos con el pecado (cfr. CIC, 1459-1460).
Por el sacramento de la unción de los enfermos, el cristiano aquejado
90 CLAUDIO R. BOLL1NI
por una enfermedad grave se asocia a la pasión redentora de Cristo mis
mo. quien le otorga el don de la paz de espíritu para vivir cristianamente
su trance (cfr. CIC, 1520-1522).
Los sacramentos de servicio (Orden y Matrimonio) están orien
tados al servicio al prójimo (cfr. CIC. 1534) y constituyen consagra
ciones particulares del don que los fieles ya habían recibido mediante
el bautismo y la confirmación (cfr. CIC, 1535). El sacramento del or
den prolonga en la historia la misión apostólica confiada por Jesús a
sus discípulos, al ser el ordenando "configurado con Cristo Sacerdote,
Maestro y Pastor" (CIC, 1585). El orden posee tres grados, a saber, el
episcopado, plenitud del sacramento del orden, el presbiterado, que se
ejerce como colaboración con los obispos para la misión apostólica
instituida por Cristo y el diaconado, vivido como servicio a los obis
pos y sacerdotes en la celebración de los sacramentos (cfr. LG. 28: CIC,
1536. 1554-1571). Jesucristo otorga a quien recibe válidamente este
sacramento la capacidad de mediarlo en persona entre los hombres. Si
bien todos los cristianos adquieren el sacerdocio común de Cristo, el
ordenando es ungido con un sacerdocio ministerial, es decir, es consa
grado para el servicio del sacerdocio común de los bautizados; ambos
r sacerdocios se fundamentan en el sacerdocio y la mediación únicos de
Jesucristo (cfr. LG, 10-11; CIC. 1545-1547. 1551). El sacramento del
matrimonio otorga a los contrayentes la Gracia de Cristo para "perfec
cionar el amor de los cónyuges" y "fortalecer su unidad indisoluble”
(CIC, 1641; cfr. LG, i 1). Este amor, en efecto, “exige la indisolubili
dad y la fidelidad; y se abre a la fecundidad" (CIC 1643) mediante la
i procreación y educación de sus hijos (cfr. CIC, 1652). El aspecto de
servicio de este sacramento se encama pues en la edificación de la "Igle
sia Doméstica" (LG. 11. cfr. 1655-1658) a imagen de la “Sagrada Fa
milia” de Belén.
d. La pertenencia a la Iglesia y la salvación de los no católicos
1) Los grados de pertenencia a la Iglesia
Es una verdad católica fundamental el hecho que todos los hombres
son llamados a la salvación pues Dios quiere que todos ellos se salven (cfr.
ITim. 2,4). La tradicional fórmula “fuera de la Iglesia no hay salvación”,
ideada por Orígenes y exacerbada por el rigorismo de San Cipriano de Car-
tago (t258), debe leerse a la luz de este principio (cfr. LG, 16, CIC, 846-
848). Si nadie va al Padre sino por Jesucristo, al ser Él el único mediador
entre Dios y el hombre, entonces allí donde acontece la salvación, Cristo
está presente mediándola a través de su Iglesia; una Iglesia que es ella misma
EL ACONTECIMIENTO DE DIOS 91
sacramento de la presencia temporal de Jesucristo, y que por eso se extien
de más allá de su aspecto visible (fieles y estructura jerárquica, la vida sa
cramental y sus templos). Ahora bien, cada persona participa en diferente
grado de la Gracia salvífica de Cristo, al ser también diversos los niveles
de pertenencia a la Iglesia, (cfr. CIC, 836-845; LG, 13-16; NA, 2):
a) En la Iglesia Católica, es decir universal, subsiste la plenitud de la
verdad, por la íntegra presencia sacramental de Cristo. Ella es el medio or
dinario que Jesús ha dispuesto como necesario para que la humanidad toda
pueda acceder a Dios.
Pertenecen a la Iglesia Católica aquellos que “aceptan íntegramen
te su constitución y todos los medios de salvación establecidos en ella
y están unidos, dentro de su estructura visible, a Cristo, que la rige por
medio del Sumo Pontífice y de los obispos, mediante los lazos de la
profesión de fe. de los sacramentos, del gobierno eclesiástico y de la
comunión” (LG. 14). Pero esta pertenencia no coloca automáticamente
al católico en un estado de salvación adquirido irreversiblemente. Aun
que esté incorporado a la Iglesia, no podrá alcanzar la salvación si no
permanece en el amor (cfr. Un. 4,16). En este caso estaría sólo en el
cuerpo de la Iglesia, pero no en su corazón (cfr. LG, 14. CIC, 837).
b) En las iglesias cristianas separadas puede encontrarse verdadera
mente a Cristo y accederse a su Gracia a través de la fe y el sacramento del
bautismo. Sin embargo, carecen éstas de la comunión con el Papa como
sucesor de Pedro y de la integralidad sacramental dada por Cristo a su Igle
sia. (Cfr. UR, 3.19-23).
Lejos de una actitud de irreconciliable rechazo, la Iglesia ha decla
rado en el Vaticano II y reafirmado en el Catecismo que “se siente unida
por muchas razones con todos los que se honran con el nombre de cris
tianos a causa del bautismo, aunque no profesan la fe en su integridad o
no conserven la unidad de la comunión bajo el sucesor de Pedro” (CIC,
838; cfr. UR, 3). De entre ellas, las Iglesias Orientales u Ortodoxas son
la que mayor comunión guardan con la Iglesia Católica, al compartir
verdaderamente su fe (cfr. UR, 14; CIC. 838) y sus sacramentos (cfr. UR,
15). Especial respeto merecen asimismo las llamadas “iglesias históri
cas”, primeramente el anglicanismo (cfr. UR, 13), el luteranismo y el
calvinismo, que deben ser diferenciadas del fenómeno de las congrega
ciones sin tradición previa y, más marcadamente aun, de las sectas.
c) En el Judaismo encontramos el comienzo de la respuesta de Dios, a
través de su Revelación y acción sobrenaturales: la adopción del Pueblo de
92 CLAUDIO R. BOLLINl
Israel, la Alianza establecida con Moisés y las promesas dadas a los pro
fetas son verdaderos dones divinos. Es al pueblo judío a quien Dios se ha
revelado por primera vez, inaugurando la historia de la salvación (cfr. NA,
4; CIC, 839).
Ahora bien, aquello que nuestros hermanos mayores aún aguar
dan, la Iglesia proclama que ha acontecido definitivamente en la En
camación del Verbo (cfr. CIC, 840). De esta manera, el cristiano no
permanece en un puro esperar. Aunque reste la plena manifestación de
sus frutos en el final de los tiempos, creemos que Dios ha salvado defi
nitivamente la historia humana a través de la Pascua de Cristo.
d) El Islamismo venera a Mahoma (t632), que considera el mayor y
definitivo profeta, aunque conserva la fe en la inspiración divina de Abra-
ham y en Jesucristo, en la calidad de profetas inferiores a Mahoma.
Al contrario del caso de la religión judía, la Iglesia no considera
verdadera la revelación de Alá a Mahoma. pues confiesa que Jesucris
to es el único mediador entre Dios y los hombres, y el máximo acerca
miento de Dios a la historia; por eso no cabe esperar ulteriores revela
ciones. sino una profundización de aquello que fue dado a conocer de
modo definitivo por Cristo.
De todos modos, los musulmanes reconocen junto con cristianos y
judíos, al Dios único. Creador y Misericordioso, que juzgará a los hombres
al final de los tiempos. Constituye así una de las tres grandes religiones
3 monoteístas de la historia (cfr. LG, 16; NA, 3).
i
e) En el resto de las religiones es dable hallar algunos elementos de
verdad y santidad que San Justino llamó “semillas del Verbo” (cfr. 2da.
Apología, 8,1-2,1-3; 13,3-6).
El Concilio Vaticano II retomó esta idea. La Declaración Nostra
Aetate (sobre la relación de la Iglesia con las religiones nos cristianas)
admite que estas religiones "no pocas veces reflejan un destello de aque
lla verdad que ilumina a todos los hombres” (NA, 2; cfr. LG, 16); por
su parte. Juan Pablo II en su Encíclica de 1990 sobre el mandato misio
nero Redemptoris Missio. refiriéndose a la omnipresencia del Espíritu
Santo, recuerda que el Concilio había reafirmado su acción en el cora
zón de todos los hombres, al llamarlos a Cristo por medio de las “semi
llas de la Palabra” (cfr. AG. 11.15). Agrega el Papa que esta llamada se
manifiesta incluso “en las iniciativas religiosas, en los esfuerzos de la
actividad humana encaminados a la verdad, el bien y a Dios” (n. 28).
I
EL ACONTECIMIENTO DE DIOS 93
Tal es el ejemplo de la idea de la disponibilidad en la oración en el
hinduismo o de la misericordia en el budismo. A través de estos “semi
llas" y “destellos” del Verbo es posible, aunque con límites y errores,
acercarse y abrirse al Dios de Jesucristo. Por eso estas religiones pueden
representar una verdadera “preparación para el Evangelio” (LG, ¡6, cfr.
NA, 2; CIC, 843).
f) Existen también aquellos que individualmente, sin participar en una
comunión religiosa, “entre sombras e imágenes buscan al Dios desconoci
do” (LG, 16). También a ellos, si permanecen en humilde apertura y escu
cha, Dios puede revelarse a través de ciertos signos que los conduzcan a Su
Verdad que subsiste en la Iglesia (cfr. LG, 16; GS, 22; CIC, 851, 1260).
g) Finalmente, encontramos aquellos que no creen en Dios, pero si
guen sin embargo con honradez los dictados de su conciencia. Estos hom
bres son considerados por la Iglesia "de buena voluntad”, pues procuran
seguir su recta conciencia, es decir, poner en práctica lo que honestamente
ven como bueno (cfr. LG, 16; AG, 7; CIC, 1260).
2) "Los hombres de buena voluntad" y la recta conciencia
Un hombre de buena voluntad es aquel que sigue con sinceridad el
camino señalado por su recta conciencia, a la vez que se esfuerza con ho
nestidad y humildad en conocer inscripta en el fondo de esa conciencia la
ley moral natural como participación de la verdad divina, infinitamente
mayor que su limitada subjetividad, que le permite discernir el significado
del bien y del mal (cfr. CIC, 1954-1960).
El hombre tiene la obligación ética de seguir rectamente los dictáme
nes de su conciencia. “La persona debe obedecer siempre el juicio cierto
de su conciencia. Si obrase deliberadamente en contra de este último, se
condenaría a sí misma” (CIC, 1790; cfr. CIC, 1777-1779.1782). La presen
cia de una buena voluntad en el corazón de la persona constituye la actitud
fundamental para alcanzar la salvación, pues implica una disposición para
adherir humildemente a aquello que su conciencia les muestre como un
valor, de modo que si conociera verdaderamente al Dios de Jesucristo, lo
aceptaría.
Un ejemplo claro lo encontramos en Saulo de Tarso. Saulo era
un fariseo piadoso que perseguía con pasión y sinceridad a los cristia
nos, siguiendo los dictados de su conciencia. En el momento que Jesús
se le manifestó camino a Damasco (Hech. 9,15 y sigs.) comenzó a abra
zar la fe con idéntico celo y llegaría a ser San Pablo el gran Apóstol de
los paganos.
94 CLAUDIO R.BOLLIN1
A fin de comprender mejor esta problemática conviene distinguir en
tre conciencia recta y conciencia verdadera', la conciencia recta es la acti
tud subjetiva por la cual el hombre adhiere con su voluntad a lo que percibe
como bien. La conciencia verdadera es la recepción por parte de la inteli
gencia del orden objetivo de valores y verdades. Por eso, tomando ambos
aspectos fundamentales, el Catecismo considera que la “conciencia bien
formada” es “recta y veraz” (C1C, 1783).
Por entrar en juego en todo acto humano tanto la verdad objetiva
como la libertad subjetiva, es posible para un hombre obrar de buena fe
pero, víctima de una “ignorancia invencible”, realizar a la vez un acto
gravemente malo (conciencia recta pero falsa), en cuyo caso no sería
culpable del mal cometido (cfr. C1C, 1793). Contrariamente, una per
sona puede obrar mal, a sabiendas de lo que sus actos significan (con
ciencia verdadera pero torcida), en cuyo caso pecaría gravemente (cfr.
C1C, 1790).
Esta decisión entre el bien y el mal no es una cuestión meramen
te subjetiva. Todo ser humano posee la capacidad natural de percibir,
mediante el ejercicio de su juicio prudencial, la verdad universal del
bien (cfr. C1C, 1780-1781). Afirmaba el gran teólogo moralista B.
Haring en su obra Libertad y Fidelidad en Cristo que “cuando una perso
na busca verdaderamente lo bueno y lo recto se produce en la concien
cia una especie de indefectibilidad. [...] Este imperativo, escrito en el
corazón, merece honores morales incluso cuando se apoya en un cono
cimiento moral defectuoso y llega a emitir un juicio completamente
erróneo”. Es por eso que “si intentamos sinceramente descubrir la vo
■
luntad del Señor en una búsqueda limpia de la verdad y con la inten
ción de actuar de acuerdo con ella, el Señor ve nuestro corazón.” (págs.
250-251).
La Constitución Pastoral Gaudium et Spes afirma que no quedan es
tos hombres de buena voluntad fuera de la intención de salvación universal
de Jesucristo, pues su gracia obra en sus corazones de modo invisible. Si
Cristo murió por todos los hombres, y la vocación suprema del hombre es
Dios, entonces "debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibi
lidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio
pascual” (GS, 22). La constitución Lumen Gentium, por su parte, explicita
más aun esta posibilidad: “Pues los que inculpablemente desconocen el
Evangelio de Cristo y su Iglesia, y buscan con sinceridad a Dios, y se es
fuerzan bajo el influjo de la gracia en cumplir con las obras de Su voluntad,
conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación
eterna.” (LG, 16; cfr. AG, 7; C1C, 1260).
EL ACONTECIMIENTO DE DIOS 95
Debe tenerse suma cautela a la hora de ciertas interpretaciones
excluyentes. El texto no sólo refiere a aquellos que jamás han escucha
do el anuncio del Evangelio, como es el caso de las multitudes de per
sonas en Asia o África que jamás han sido evangelizadas, sino también
los que habiéndolo escuchado lo rechazaron, sin libertad y conocimiento
plenos.
La cuestión de la libertad ante la opción fundamental es de enor
me complejidad e involucra aspectos psico-sociales y biológicos. Debe
señalarse, sin embargo, que en la medida que el hombre no sea res
ponsable de sus actos, tampoco puede colocárselo bajo las categorías
de aceptación y rechazo. En cuanto al factor del conocimiento, nos
referimos a los hombres que perciben el verdadero Evangelio propues
to por la Iglesia, y no a la multitud de caricaturas que pudieran
haberse ofrecido ante su opción por catcquesis deficientes. Aunque
resulte paradójico, una persona formalmente atea por haber rechaza
do una falsa imagen de Dios se acercaría más al Dios verdadero que
aquel que se considerara creyente por adherir a ese ídolo.
La Iglesia confía en que existen medios, desconocidos por ella y fue
ra de su aspecto de institución visible, por los que Dios salva a quienes no
hayan optado conscientemente por Él. Por este camino anónimo es factible
alcanzar la salvación siguiendo la recta conciencia. Aunque un ateo crea
rechazar a Dios con la razón, realiza con la ayuda de la Gracia Su Volun
tad a través de sus actos.
Estas consideraciones no atenúan la necesidad y la urgencia de
la evangelización. Por el contrario, resulta imprescindible evangelizar
por el derecho de todos los hombres a conocer la verdad y acceder a la
plenitud de los medios para la salvación (cfr. AG. 7; CIC, 848). Desde
el comienzo. Dios quiso revelarse y formar una Alianza con un pueblo,
no con individuos aislados y solitarios. Si el Señor se da a Sí mismo en
una comunidad, es porque quiere que el hombre mismo viva su fe co
munitariamente en la Iglesia.
Antes de concluir esta sección debemos mencionar la posibilidad de
condenación para aquellos que, sabiendo que Cristo fundó la Iglesia como
necesaria para la salvación, no hayan querido entrar o perseverar en ella.
Quienes conozcan el Evangelio de Jesucristo y eventualmente elijan recha
zarlo como una opción fundamental para su existencia, se colocan a sí mis
mos en una situación de autoexclusión, y no querrán tampoco participar, a
la hora de la Segunda Venida de Jesús, en la comunión definitiva del Reino
(cfr. infra esta cuestión en la sección de la escatología).