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Análisis del Amor Romántico y Patriarcado

Este documento analiza el concepto del amor romántico y cómo este perpetúa la desigualdad de género. Explica que el amor romántico promueve la idea de que el amor debe ser incondicional y total, lo cual es irrealista. También argumenta que el amor romántico mantiene a las mujeres enfocadas en encontrar una pareja en lugar de luchar por la justicia de género. Finalmente, discute cómo los chistes y estereotipos machistas perpetúan la noción de que los hombres son infie

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Análisis del Amor Romántico y Patriarcado

Este documento analiza el concepto del amor romántico y cómo este perpetúa la desigualdad de género. Explica que el amor romántico promueve la idea de que el amor debe ser incondicional y total, lo cual es irrealista. También argumenta que el amor romántico mantiene a las mujeres enfocadas en encontrar una pareja en lugar de luchar por la justicia de género. Finalmente, discute cómo los chistes y estereotipos machistas perpetúan la noción de que los hombres son infie

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Material para analizar El Amor Romántico en la película Ni dios ni patrón ni marido

Extracto del libro: Mujeres que ya no sufren por amor de Coral Herrera
Tercer año Cet 3
Docente jarkowiec Cristina

EL AMOR TOTAL: INCONDICIONAL Y PARA SIEMPRE

(...).

En el Laboratorio del Amor hablamos mucho sobre la necesidad de tener pareja, y


sobre lo difícil que es no soñar con un compañero o compañera con la que com partir la
vida. Muchas de nosotras somos mujeres autó nomas y empoderadas, vivimos solas y
somos independientes económicamente, pero no renunciamos al sueño de encontrar el
"amor verdadero". Muchas de nosotras somos feministas, y vivimos la contradicción de
querer un mundo mejor y a la vez seguir soñando con el paraíso romántico.

Sabemos que las relaciones de pareja no son tan maravillosas, ni tan fáciles, ni tan
perfectas como en los mitos. Pero seguimos soñando con el amor total, y fantaseamos
con encontrar a alguien que nos quiera incondicionalmente y para siempre. Ese alguien
que nos haga compañía hasta el final de nuestros días, que esté en las buenas y en las
malas, que nos apoye en todo, que nos acune y nos sostenga cuando el mundo se nos
venga enci ma. Anhelamos una relación que nos proporcione estabi lidad, que nos
haga sentir seguras, protegidas y cuidadas. Que nos autorrealice como mujeres, que
nos haga sentir plenas y nos permita dar lo mejor de nosotras mismas.

Es un deseo muy íntimo y a veces nos cuesta reconocernos a nosotras mismas cuán
profundamente arraigado está en nuestros corazones. Sabemos que el amor de pareja
no es inmutable, ni puro, ni absoluto. Está vivo y cambia, evoluciona, se transforma, a
veces se estropea de golpe. otras veces se va desgastando con el tiempo. En la
realidad, el amor de pareja dura un ratito, un mes, diez años, y no es tan maravilloso
como nos cuentan en las películas. Pero claro, son muchos años escuchando el mismo
cuento sobre las mitades que se encuentran y se fusionan en el amor.

Somos conscientes de que el amor hay que trabajarlo. hay que alimentarlo, hay que
construirlo, y para mantener una pareja se necesitan toneladas de generosidad, de ter
nura, de empatía, de solidaridad. Todas las parejas tienen que elaborar sus pactos
para convivir, para formar equipo frente al mundo, para criar hijos e hijas, si los hay.
Estos pactos se van revisando conforme vamos evolucionando. A veces no se
encuentran motivos suficientes para seguir con ellos, a veces la ruptura de esos pactos
por parte de uno de los dos miembros de la pareja hace que la relación estalle en mil
pedazos.

El romanticismo patriarcal nos hace creer que el amor es fácil, una energía mágica e
inagotable que surge por sí sola y se mantiene igual en el tiempo. En este sentido, es
como las religiones, porque nos seduce con el paraíso del amor total.
Nos hace creer que hay alguien superior a nosotras que nos ama y nos cuida en la
distancia, que nunca nos falla, que siempre nos protege, que nos concede todos los
deseos, nos vigila y nos castiga si no nos portamos bien, y no deja de amarnos jamás,
hagamos lo que hagamos. Si tenemos fe, el amor nos llevará a la vida eterna; si
aguantamos los sufri mientos de este valle de lágrimas, algún día podremos vivir felices
en el paraíso romántico.

La necesidad de ser amadas de una manera absoluta surge desde el mismo momento
en el que salimos del vientre materno: nos pasamos la vida queriendo volver a entrar
en ese espacio en el que estamos seguras, calentitas, acompañadas. Cuando
nacemos nos convertimos en crías muy vulnerables, frágiles y dependientes de la
madre o de las personas que nos cuidan. Nos mueve el instinto de su pervivencia: nos
aterra quedarnos solas porque, cuando nos dejan en una habitación, no sabemos si
van a ser solo dos minutos o si nos van a abandonar para siempre. Todos ne
cesitamos sentirnos queridos y acompañados, y si no logra mos cubrir nuestras
necesidades básicas (comer, beber, amar, dormir...), nuestro cerebro y nuestro sistema
emo cional se dañan.

(...)
El romanticismo nos hace creer que es posible volver a sentir la fusión total que
experimentamos en el vientre materno y durante algunos meses más de vida, en los
que creíamos que éramos la misma persona que mamá. No importa si lo vivimos
durante cinco minutos o durante cinco años de nuestra vida: todas, todos soñamos con
ser queridos así, sin condiciones, sin límites, sin miedos.

Este anhelo de fusión es muy humano, pero es un espejismo. El amor no es


incondicional, o no debería serlo: si no hay condiciones para amar, si amar duele, si no
nos tratan bien, si abusan de nosotros, entonces no es posible construir una relación
amorosa.

(...)
El amor es una forma de relacionarse con el mundo,por eso no puede encerrarse en
una sola relación. No deberíamos exigirle a nadie que cubra toda nuestra necesidad de
afecto, que nos llene la vida por completo, que nos haga felices y nos mantenga
entretenidas todo el tiempo. Ni siquiera el amor de madre más intenso da para tanto:
las mamás, además de mamás, somos personas autónomas con nuestros proyectos,
nuestros afectos,nuestras necesidades, nuestros sueños, nuestras pasiones propias.
Lo único que podemos hacer es aprender a convivir con esa necesidad de amor total.
Cuanto más vivimos la ilusión del romanticismo, menos importancia damos a nuestros
afectos reales, a la gente que nos quiere y a la que queremos. El patriarcado nos
quiere entretenidas en la utopía romántica, rivalizan do con las demás por enamorar a
los machos alfa de la manada y soñando con el principe azul. Así es como nos
olvidamos de la lucha por un mundo mejor para todas: la utopía romántica está basada
en la filosofia del "Sálvesequien pueda", que es el lema bajo el que funciona el capi
talismo más salvaje.

Muchos movimientos sociales y políticos se desarticulan con drogas: a las mujeres nos
controlan con el romanticismo, la droga que nos mantiene a todas engan chadas a una
utopía individualista y alejadas de cualquier utopia social.
…………………………
LA GUERRA DE LOS SEXOS, EL AMOR ROMÁNTICO Y LA VIOLENCIA MACHISTA

Cuando las mujeres nos rebelamos, empiezan los conflictos y la lucha de poder con la
pareja y nuestro entorno familiar: como todo grupo dominado, las mujeres generamos
unas resistencias al patriarcado que van aumentando conforme nos empoderamos
individual y colectivamente. A medida que nuestra autoestima y nuestra confianza
aumentan, disminuye nuestra dependencia emocional.

Muchos hombres se resisten a cambiar las condiciones del juego: en sus planes no
está renunciar a todos sus privilegios de reyes absolutistas. Otros aprenden a negociar
y asumen que en una democracia familiar ya no pue den tomar las decisiones
unilateralmente. Gracias a las leyes del divorcio del siglo XX, no tenemos por qué sopor
tar los matrimonios infernales de nuestras abuelas, que tenían que batallar para
hacerse respetar, para poder opi nar, para tomar decisiones y para que ellos
cumplieran al menos con sus roles de género (traer dinero a casa en lugar de gastarlo
en prostitutas o en fiestas).

Sin embargo, y debido a los avances del [Link]ía hoy muchos hombres se
sienten victimas de una conspiración para someterlos y para quitarles sus privilegios.
Hay una profunda resistencia a aceptar los cambios y admitir que seríamos todos
mucho más felices si pudiésemos acabar con el patriarcado y construir nue vas formas
de relacionarnos y de organizarnos más allá de la estructura de dominación y sumisión
a la que estamos acostumbrados.

Los chistes machistas reflejan mejor que cualquier otro relato cómo se crea y se
alimenta el patriarcado y el odio contra las mujeres. En ellos los hombres nos
representan como interesadas, gastonas, mandonas, controladoras y desconfiadas. La
frase "le pedí a los. reyes una mujer como Dios manda y me trajeron una que manda
como Dios" ejemplifica lo anterior. También diálogos "cómicos" como: "Cariño, mañana
tengo cena de empresa./Manolo, tú lo que quieres es irte de putas. / Pero, ¿qué dices,
amor mío? / Manolo, que llevas un año en el paro, qué cenas de empresa ni cenas de
empresa". Estos chistes no hacen sino perpetuar el mito de que los hombres siempre
están intentando ponerle los cuernos a sus esposas y ellas siempre están vigilantes
intentado pillarles in fraganti para aplicarles su merecido castigo.

En el imaginario colectivo, los hombres son unos niños traviesos, y las mujeres son
madres que siempre piensan mal y aciertan. Madres que se cabrean mucho y te pegan
con la zapatilla, te mandan a dormir al sofá tres noches y luego te perdonan "los
pecadillos" porque te quieren y porque saben que no tienes remedio.

Este estereotipo de mujer-policía y mujer-carcelera viene de la cosmogonía de la


Antigua Grecia. Zeus y su esposa Hera vivían en la guerra constante: Zeus busca chica
guapa para ser infiel a Hera. Hera los descubre y planea la venganza, que
generalmente recae sobre la vic tima de Zeus, quien si no podía conquistar a una
mujer,la violaba. Estos y otros relatos del patriarcado culpabilizan a las mujeres de las
infidelidades de los hombres. A las esposas, porque no los vigilan lo suficiente, y a las
demás, porque son unas robamaridos y unas seductoras malvadas. Hera vive muy
entretenida persiguiendo y per donando a su marido: ni se le pasa por la cabeza
mandarle a freír espárragos y hacer su vida. Prefiere vivir así, en guerra permanente
contra Zeus. amargada y cabreada todo el día, en lugar de liberarse y disfrutar de la
vida sola o con su gente querida.

La idea del matrimonio como una prisión (en el que las mujeres somos las carceleras y
los hombres, los pre sos) perpetúa el machismo porque es una forma de alimentar la
guerra contra las mujeres, en la que nosotras somos las tiranas (las malas), y los
hombres son los rebel des que luchan por ser libres (los buenos).

La guerra de sexos está basada en un juego sucio en el que "todo vale" para dominar a
la pareja y sobre todo, para no dejarse dominar. Es una forma de relacionarse basada
en tres refranes populares que legitiman la violencia
pasional

● Del amor al odio hay un paso


● Los que más se pelean, más se desean
● Quien bien te quiere te hará llorar
Estos refranes perpetúan la idea de que hombres y mujeres somos muy diferentes y
por eso nos peleamos y tratamos de dominarnos los unos a los otros. Por eso nos
hacen creer que es normal odiar y maltratar a alguien a quien quieres, bajo la excusa
de que tanto el amor como el odio son sentimientos muy intensos, y los hombres a
veces no saben controlar sus emociones, sobre todo. cuando nos quieren mucho.
Cuanto más nos aman, más nos pegan, más nos controlan, más nos regañan, más nos
maltratan. Esta lógica es la que justifica a los asesinos de mujeres: la mató porque no
soportó la idea de perderla, o porque ella queria abandonarlo, o porque tenía un aman
te. Asesinar a las mujeres es un acto de amor: eso es lo que nos venden los medios de
comunicación tradiciona les y machistas cuando utilizan el término "crimen pasional"
para hablar de feminicidios.

Pero la cruda realidad es que la guerra contra las mujeres se cobra miles de víctimas al
año. Para mantener sus privilegios, muchos hombres siguen utilizando la vio lencia
psicológica, emocional y física, que lleva en muchos casos a la muerte. Una violencia
silenciada durante siglos que ahora ve la luz gracias a la lucha feminista. El machis mo
justifica los feminicidios tratando de culpabilizar a las víctimas. No sucede con otro tipo
de violencias: nunca se responsabiliza a los asesinados por el terrorismo yihadis ta, por
ejemplo, pero sí a las mujeres que son violadas o asesinadas. Muchos encuentran una
justificación a los feminicidios en la ropa que llevamos, en el alcohol, en que
caminamos solas por la noche, en que queremos acabar con la familia tradicional, en
que llevamos a los hombres a situaciones de gran estrés emocional y por nuestra culpa
enloquecen y acaban desesperados...

Lo cierto es que los hombres tienen un grave problema con su masculinidad. Cuanto
más frágiles, más violentos son. Cuanto más inseguros, más atacados se sien ten por
todos los avances de la lucha feminista. Muchos nos acusan de querer hacer con ellos
lo mismo que hacen con nosotras, por eso todo el tiempo tenemos que expli carles que
no queremos mutilar sus genitales, que no que remos encerrarlos en casa, que no
queremos hacerlos tra bajar gratis para nosotras, que no queremos pagarles menor
salario, que no queremos acosarlos por la calle, que no vamos a someterlos, ni a
traficar con sus cuerpos, ni vamos a violarlos. Existen grupos de hombres en muchos
países que ya han empezado a trabajar individual y colectivamente para
despatriarcalizarse. Hacen concentraciones de hombres contra la violencia machista,
se responsabilizan de su parte en las tareas domésticas, disfrutan de la paternidad y de
la crianza, se miran por dentro y se cuestionan, y se lo trabajan para construir
relaciones libres e igualitarias con sus compañeras y con los demás hombres. Hacen
falta muchos más como ellos, aliados del feminismo que están demostrando que otras
masculinidades son posibles, que hay muchas formas de ser hombre y que es urgente
liberar a las nuevas generaciones del patriarcado para que puedan construir su
identidad de género al margen de los mandatos, los mitos y los roles del machismo.
EL AMOR TE CAMBIA LA VIDA: EL MITO ROMÁNTICO DE LA TRANSFORMACIÓN

Uno de los mitos románticos más potentes de nuestra cultura patriarcal es la idea de
que la magia del amor nos cambia la vida, nos salva de todos los males y nos solucio
na todos los problemas. El amor convierte a los sapos asquerosos en príncipes azules,
deshace el hechizo de las bellas durmientes, rescata de su encierro a las muchachas,
transforma a la criada que limpia chimeneas en una prin cesa. En su versión
contemporánea, el amor romántico también convierte a periodistas en reinas, como le
pasó a Letizia de España.

El mensaje que nos lanzan las historias de Blancanieves y Cenicienta es que el amor
nos libera de las tareas domés ticas, de los abusos de madrastras malvadas y enanitos
tiranos, de la pobreza y la explotación del mercado laboral. Solo tenemos que saber
esperar y tener fe, como cuando esperamos el regreso de Jesucristo a la Tierra en el
siglo XX: nos piden que confiemos ciegamente en la llegada de ese día en el que el
amor llamará a nuestra puerta y nos cambiará la vida.

Es curioso cómo en los cuentos los cambios siempre son mágicos: nunca tienen que
ver con el esfuerzo personal o colectivo. El amor convierte a los malos en buenos: la
Bestia es un maltratador que se convierte en principe azul gracias a la ternura de su
enamorada. Ella se libera del maltrato sin hacer nada, solo esperando a que la Bestia
cambie algún día.

El gran mito en el que se sustenta casi toda nuestra cultura amorosa es la idea de que
el amor lo puede todo. Es el mejor argumento para que no nos sintamos responsa bles
de nuestro bienestar y nuestra felicidad, y para que creamos que el causante es un
apuesto príncipe. Es la me jor arma para mantenernos esperando, pasivas, depen
dientes y necesitadas de amor. Es la mejor manera de asegurarse de que las mujeres
no vamos a alterar el orden patriarcal: solo vamos a confiar en que la magia del amor
transforme nuestras vidas.

El mito de la omnipotencia del amor nos hace mucho daño, porque nos hace creer que
no importa que ese hombre no te trate bien o no te valore: si tú persistes en tu empeño,
si eres paciente y bondadosa, si te muestras sumisa y desvalida, al final él se dará
cuenta de lo mucho que vales, de lo especial que eres y de lo grandiosos y puros que
son tus sentimientos. La recompensa por amar con tanta devoción es que seremos
correspondidas en algún momento. Y así es como el amor nos atrapa, haciéndonos
creer que el sacrifi cio merece la pena y que él no podrá resistirse a la idea de ser
amado con tanta abnegación y entrega.
Por eso el amor es una trampa: millones de mujeres se enamoran de donjuanes
creyendo que el amor los transformará en hombres monógamos, fieles y honestos.
Otras tantas creen a los hombres casados, aunque estos pasen años prometiendo que
el próximo mes se divorciarán de sus esposas. También hay muchas que aguantan la
violencia de su pareja creyendo que en algún momento algo ocurrirá y él cambiará. Así
es como interiorizamos el
patriarcado: nos autoengañamos para autoboicotearnos, y para hacernos daño a
nosotras mismas. Además, buscamos la salvación adoptando el rol de salvadoras, de
mujeres que solucionan todos los problemas, de esposas madres que lo dan todo por
sus hijos. Por eso hay tantas mujeres que creen que podrán curar al alcohólico, al
ludópata, al corrupto, al mentiroso, al problemático.... Salvar a otra persona no es un
acto puramente altruista: lo hacemos para obtener a cambio su agradecimiento infinito
y eterno, su lealtad y su amor. A las mujeres nos resulta muy atractiva la idea de
convertirnos en salvadoras, porque nos transforma en imprescindibles y nos da poder
sobre la persona a la que le salvamos la vida: estará siempre en deuda con nosotras y
no tendrá más remedio que amarnos toda su existencia.

(...)
El amor, sin embargo, no puede transformar la reali dad como por arte de magia:
nuestra vida no cambia el día en el que conseguimos pareja. Los cambios ocurren
cuando somos capaces de analizar nuestra vida y tomamos decisiones, cuando se nos
ocurren buenas ideas y nos po nemos manos a la obra para sacar adelante nuestros
proyectos, cuando decidimos cambiar lo que no nos gusta de nosotras mismas o de
nuestras relaciones, cuando dejamos de ponernos obstáculos, cuando confiamos en
nuestra capacidad para incidir positivamente en nuestro entorno, cuando nos juntamos
con otras personas para transformar el mundo.

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