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El Soldado Jacob: Terror y Locura

Este documento relata la historia de un soldado llamado Jacob que sufrió un trauma psicológico durante la guerra franco-prusiana. Fue gravemente herido y quedó atrapado debajo de un cadáver. Pasó horas luchando contra el cadáver que parecía querer asfixiarlo. Este evento traumático lo dejó con un trastorno mental que lo hacía repeler constantemente algo invisible que parecía querer abatirse sobre él. Finalmente estranguló a un guardia del hospital psiquiátrico donde estaba internado, rep

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El Soldado Jacob: Terror y Locura

Este documento relata la historia de un soldado llamado Jacob que sufrió un trauma psicológico durante la guerra franco-prusiana. Fue gravemente herido y quedó atrapado debajo de un cadáver. Pasó horas luchando contra el cadáver que parecía querer asfixiarlo. Este evento traumático lo dejó con un trastorno mental que lo hacía repeler constantemente algo invisible que parecía querer abatirse sobre él. Finalmente estranguló a un guardia del hospital psiquiátrico donde estaba internado, rep

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EL SOLDADO JACOB

Medeiros e Albuquerque
París, 3 de diciembre de…
NO LES HARÉ una crónica de París, porque, hastiado de rumor y movimiento, me encerré
en mi sencillo aposento de estudiante, y en él permanecí durante dos semanas. Verdad es
que tal espacio de tiempo resultó suficiente para que cayera un ministro y subiera otro.
Pero ni aquella caída ni aquella subida tienen nada de interesante. Así, pues, me limito a
contarles la visita que hice al hospital de la Charité, de la cual me quedó un pungente
recuerdo.
El hospital de la Charité está dirigido por el célebre psiquiatra doctor Luys, cuyos recientes
estudios sobre el magnetismo han suscitado tantas discusiones. De hecho, el ilustre
médico ha revivido, con el patrocinio de sus altos méritos científicos, teorías que parecían
definitivamente sepultadas. No es de ellas, sin embargo, que quiero hablarles.
Había en el hospital, hace veintitrés años, un viejo soldado maníaco que yo, como todos
los médicos que frecuentaban el establecimiento, conocía bastante bien. Era un sujeto
alto, moreno, anguloso, de largos cabellos blancos. Pero lo que tornaba extraordinaria su
fisonomía era el contraste entre la tez oscura, los dientes y los cabellos albísimos, de un
blanco de nieve inmaculada, y los indescriptibles ojos brillantes, ardientes y profundos. La
nieve de aquellos hilos blancos derramados sobre los hombros y el calor de aquellos ojos
que exhalaban brasas atraían, invencibles, la atención hacia el rostro del viejo.
Había, no obstante, algo que la atraía más aún. Constantemente, con gesto brusco y
mecánico, an. dando o parado, sus brazos se encogían y extendían, nerviosos, rechazando
alguna cosa que a cada instante parecía querer abatirse sobre él. Era un movimiento
maquinal, un balanceo rítmico de pistón, que se contraía y distendía, regular y
automáticamente. De un solo vistazo podía sentirse que el viejo tenía frente a sí una
especie de fantasma, alguna alucinación de su cerebro demente, y luchaba por apartarla.
A veces, cuando sus gestos eran más bruscos, el rostro asumía tal paroxismo de pavor,
que nadie conseguía escapar a la impresión de la escena. Los cabellos se le erizaban (era
un fenómeno tan francamente visible, que lo seguíamos con los ojos) y de todas las
arrugas de aquel rostro aceitunado se desprendía tal mensaje de terror, y de tal modo se
le estremecía la faz, que a su paso, bruscamente, se hacía un silencio de muerte.
Los que entran por primera vez en una clínica de disturbios mentales se sienten
impulsados a hacer preguntas. Al observar fisonomías extrañas y curiosas, tics y manías
que juzgan raras, multiplican las interrogaciones, queriendo saberlo todo, indagarlo todo.
Generalmente, las explicaciones son simples, y parecen desacertadas: una mujer que se
extiende en largas frases de pasión, y arrulla y gime sollozos de amor, con grandes
actitudes dramáticas… Todos calculan, al verla, que existió tal vez, como causa de su
locura, algún drama dolorosísimo.
Indagando, viene a saberse que el motivo de su demencia fue una caída que le afectó el
cerebro. Y ese simple traumatismo tuvo la facultad de desajustar de modo tan extraño la
máquina intelectual, imprimiéndole la más bizarra de las direcciones.
Así, los que frecuentan clínicas psiquiátricas por simple exigencia de su oficio, olvidan con
frecuencia ese lado pintoresco de las escenas que contemplan y, en los casos en que el
enfermo no está bajo su estudio, se desentienden pronto de él. Era eso lo que me había
sucedido en relación con el viejo maníaco.
Tenía éste libre tránsito por todo el edificio; se le veía constantemente, ora aquí, ora allí, y
nadie le prestaba demasiada atención. Nunca se me había ocurrido indagar cosa alguna
acerca de su historia.
Una vez, sin embargo, vine a saberla involuntariamente.
Estábamos en el curso. El profesor Luys disertaba sobre la conveniencia de las
intervenciones quirúrgicas en la idiocia y en la epilepsia. En la sala se hallaban tres idiotas,
dos hombres y una mujer, y cinco casos femeninos de epilepsia. El ilustre médico discurría
con su claridad y su altura habituales, teniéndonos a todos pendientes de su palabra.
A todas estas, el viejo maníaco, que había conseguido burlar la atención del portero,
entró. Con su gesto habitual de repulsa, cruzó el aula, apartando siempre el imaginario
bulto del espectro, que a cada paso parecía estorbarle la marcha. Hubo, sin embargo, un
momento en que su fisonomía reveló un horror tan profundo, tan terrible, tan pavoroso,
que a un tiempo las cinco epilépticas se pusieron de pie, aullando de terror, con un
lúgubre aullido de perro, y un instante después se tiraron al suelo, babeando, temblando,
mordiéndose unas a otras con las bocas blancas de espuma, mientras los miembros, en
espasmos, se agitaban furiosamente.
Fue extremadamente difícil separar aquel grupo demoníaco, del cual nadie, sin haberlo
visto, podría hacerse una idea exacta.
Por su parte, los idiotas, de ojos serenos, acompañaban la escena, contemplando sin
expresión lo que sucedía frente a ellos.
Un compañero, cuando salimos ese día del curso, me contó la historia del maníaco, a
quien todos en el hospital llamaban "el soldado Jacob”. La historia era simplísima.
En 1870, con ocasión de la guerra franco-prusiana, fue gravemente herido en un combate,
rodando luego hasta el fondo de un barranco. Cayó sin sentido, con todo el cuerpo
lacerado. Y allí quedó, de espaldas, sin poder moverse. Al volver en sí vio, sin embargo,
que tenía sobre él un cadáver que, por malhadada circunstancia, yacía justamente sobre
su cuerpo, rostro contra rostro, frente contra frente.
Se hallaba a veinte metros o aun más abajo del nivel del suelo. El barranco formaba una
franja estrecha de donde era imposible huir. No era posible apartar al difunto. Por fuerza
tenía que soportarlo sobre sí. Además, el soldado Jacob, semi-muerto, sólo conservaba el
movimiento de los brazos, y aun éste mismo débil en exceso. El cuerpo -una enorme llaga-
no obedecía a su voluntad: yacía inerte.
¡Cuán pavorosa debió ser aquella irremisible situación!
Al principio, aferrándose a un resto de esperanza, quiso pensar que el otro estaría apenas
desmayado, y lo sacudió vigorosamente, con el escaso vigor de sus pobres brazos heridos.
Después, cansado, y sin poder ya moverlos, intentó aún un nuevo esfuerzo, mordiendo al
soldado caído en pleno rostro. Sintió, con una indescriptible repugnancia, la carne fría y
viscosa del muerto, y su boca se llenó de los gruesos pelos de su barba, que se habían
desprendido. Un pánico inmenso le heló entonces el cuerpo, al tiempo que una náusea
terrible le revolvía el estómago…
Desde ese instante, todo fue un suplicio que no puede nombrarse con palabras; ¡ni
siquiera, y sea cual sea la capacidad de imaginación, llega a comprenderse bien! El muerto
parecía enlazarse a él, parecía asfixiarlo con su peso, oprimirlo con una crueldad
deliberada. Los ojos vidriosos se abrían sobre los suyos, desorbitados, con una expresión
sin nombre. La boca se asentaba contra su boca, en un beso fétido, asqueroso...
Para luchar, sólo tenía un recurso extender los brazos, manteniendo al difunto a cierta
distancia. Pero los miembros cedían al cansancio, y poco a poco iban descendiendo,
descendiendo, hasta que de nuevo las dos caras se tocaban. ¡Y lo horrible era el tiempo
que ese descenso duraba, con sus brazos flaqueando poco a poco sin que él, viendo cada
vez más cercana la aproximación, pudiese evitarla! Los ojos del cadáver parecían reflejar
una expresión de mofa. En la boca, veíase la lengua seca, entre coágulos negros de sangre,
y la boca parecía tener una sonrisa hedionda de ironía…
¿Cuánto duro este combate? Pocas horas tal vez, para quien las pudiese contar fríamente,
lejos de allí. Para él, fueron eternidades.
El cadáver, entretanto, tuvo tiempo de comenzar su descomposición. De la boca, primero
a gotas y luego en un hilo continuo, empezó a escurrir una baba escuálida, un líquido
infecto y sofocante que mojaba la barba, la cara y los ojos del soldado, siempre acostado,
y cada vez más forzosamente inmóvil, no sólo por las heridas, sino también por el terror,
de instante en instante más profundo.
¿Cómo lo salvaron? Por acaso. La cueva en que estaba era sombría y profunda. Soldados
que pasaban, sospechando que hubiese al fondo algún río, deslizaron un balde amarrado
a una cuerda. El sintió el objeto, tiró de él repetidas veces, dando señal de su presencia, y
fue rescatado.
En los primeros días, durante el tratamiento de las heridas, pudo contar el suplicio
horroroso que había padecido. Después, el recuerdo persistente de la escena se apoderó
de todo su cerebro. A cada paso apartaba de él el cadáver recalcitrante, que intentaba
siempre ahogarlo de nuevo bajo su peso asqueroso…
Anteayer, sin embargo, al entrar al hospital, encontré al soldado Jacob preso a un lecho,
con una camisa de fuerza, tratando en vano de agitarse, pero con los ojos más encendidos
que nunca, y más que nunca el rostro contraído por un terror innominado y loco.
Acababa de estrangular a un viejo guardia, aplastándolo contra una pared, con su gesto
habitual de repulsa. Le arrancaron la víctima de las manos asesinas, completamente
inerte, muerta sin que hubiese tenido tiempo de proferir una sola palabra.

De Un hombre práctico, 1898.

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