CAP 3.
LA CULTURA Y LA POLÍTICA
LA GUERRA Y LA REVOLUCIÓN
A principios del siglo XX se hicieron visibles cambios en el mundo de los intelectuales. Aparecieron alternativas
profesionales para quienes trataban de dedicarse a las letras. El público potencial para revista y libros se ampliaba
paulatinamente, por el aumento de las tasas de alfabetización y por la entrada de sectores sociales más vastos a los
circuitos de consumo cultural. Estos fenómenos se aceleraron luego de la Gran Guerra, y expandieron el mercado de
bienes culturales. El mundo de los intelectuales adquiría mayor autonomía a través de la consolidación de criterios
propios, se fundaban nuevas revistas dedicadas estrictamente a la literatura, la crítica literaria y la vida cultural. Se
insinuaba lentamente una relación más compleja y con más mediaciones entre la elite social y política y el mundo de
la cultura. La primera guerra mundial tuvo un gran impacto en la juventud. Hacían constantes alusiones a los jóvenes
muertos en la guerra.
LA REFORMA UNIVERSITARIA
La Reforma Universitaria de 1918 se trató de universitarios que se movilizaban para obtener respuesta a sus
reclamos. El movimiento comenzó en la Universidad de Córdoba, donde la presencia católica entre profesores era
considerable. A fines de 1917 comenzó un reclamo de los estudiantes referido a cuestiones estrictamente
universitarias, como la del régimen de asistencia. Meses más tarde los estudiantes creaban el Comité Pro Reforma
encargado de asumir esos reclamos, a los que se agregó el de renovación del cuerpo de profesores.
El comité lanzo una huelga en marzo de 1918; días después el Consejo Superior clausuraba la Universidad, a lo que el
Comité respondió solicitando la toma de posición del presidente Yrigoyen, quien designó interventor a José Nicolás
Matienzo. El gobierno nacional acogió favorablemente a las demandas estudiantiles, pero el proceso de elección de
autoridades según las nuevas reglas naufragó hacia junio y el conflicto se intensifico, incluyendo una nueva huelga y
masivas manifestaciones callejeras a las que se sumaron dirigentes de nivel nacional como el socialista Alfredo
Palacios.
El proceso culminó con el triunfo de los reformistas, que lograron el reconocimiento de la participación estudiantil en
los organismos de gobierno, la docencia libre y la asistencia voluntaria a los cursos
En América Latina, la Reforma fue un hito al cual se filiaron algunos importantes grupos políticos, como la Alianza
Popular Revolucionaria Americana (APRA) creada en 1922. Durante los años veinte, el APRA animo los debates en la
izquierda latinoamericana, y puso en cuestión el imperialismo.
En la Argentina, la relación de los reformistas con los partidos fue más lejana y compleja en los años veinte, al punto
que varios de ellos intentaron sin mayor éxito, la organización de un partido político propio, el Partido Nacional
Reformista. Desde el comienzo el movimiento reformista argentino busco dirigirse también a sectores sociales
externos a la universidad.
La Reforma Universitaria era parte del proceso de apertura política que suscitaba la llegada del radicalismo al
gobierno y de transformaciones sociales que la excedían.
En los hechos, el gobierno de la universidad estaba reservado a miembros de familias notables, que se perpetuaban
en los cargos docentes y directivos. De todos modos, todavía se trataba de un fenómeno reducido.
UN CLIMA DE RENOVACION CULTURAL
Los hombres de las vanguardias y de la Reforma participaron en conjunto en numerosos emprendimientos culturales.
En los años de la posguerra, unas vanguardistas estéticas bastante moderadas comenzaban a buscar su lugar en el
mundo intelectual argentino. Otros intelectuales jóvenes se inclinaban a la denuncia social más clara.
El movimiento de renovación del universo literario y estético conto con varios frentes.
Ese movimiento renovador, con fuerte presencia juvenil, se expreso en la fundación de revistas. Proa, Inicial, Martín
Fierro fueron algunas de las que se crearon en Buenos Aires, mientras que en la palta se fundaron Valoraciones y
Sagitario. Los escritos que exaltaban el compromiso con las luchas sociales impulsaron las revistas Los pensadores,
Renovación, Extrema Izquierda y Claridad. Todas ellas fundadas entre 1921 y 1926, algunas contaban con dictado de
conferencias, que incluía la visita de prestigiosos intelectuales extranjeros.
La oposición entre el grupo Boedo – el del compromiso y la denuncia social- y el de Florida – que se suponía
preocupado exclusivamente con la experimentación estética resumía las alternativas y las disputas que se libraban
entre los intelectuales jóvenes. La política y la crítica social que buscaba hacer evidentes los males del capitalismo
eran asumidas por los integrantes de Boedo. Muchos eran hijos de inmigrantes, recién llegados al mundo cultural y a
las prácticas de la escritura. Varios fueron militantes de las formaciones de la izquierda. Entre quienes participaron en
estos años en las revistar reputadas como vanguardistas se encontraban Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges,
Ernesto Palacio, Oliverio Girondo, Raúl Scalabrini Ortiz, Albergo Hidalgo, Alfonsina Storni. La preocupación por la
identidad argentina era evidente
OTROS ITINERARIOS
La iglesia católica impulso proyectos que iban desde la intensificación de la actividad en las parroquias hasta el
establecimiento de lazos más estrechos con las fuerzas armadas.
En relación con la política seguida hacia el mundo de la cultura letrada, se registran dos acontecimientos de
importancia. En 1922, comenzaron a funcionar los llamados “Cursos de Cultura Católica”, donde algunos escritores se
empeñaron en la formación de jóvenes que luego tendrían una actuación de destacada tanto en los grupos católicos
en los nacionalistas.
Se gesto la creación de la revista Criterio en 1928´, concebida inicialmente como una publicación dirigida a los
intelectuales.
El semanario La Nueva República en 1927 fue una de las primeras empresas culturales de lo que empezaba a
denominarse nacionalismo. Sus responsables, Julio y Rodolfo Irazusta, y Ernesto Palacio, fueron fuertemente
antiyrigoyenistas. Los jóvenes que participaron allí intentaron atribuirse el papel de consejeros ideológicos del
general Uriburu. Algunos manifestaron simpatías por el fascismo.
La denuncia al imperialismo fue en la Argentina de los años 20 una actitud propia de la tradición cultural y política de
la izquierda y de algunos radicales, no de la derecha nacionalista, que se tornaría antiimperialista solo en la segunda
mitad de los años veinte. Durante la década de 1920 la denuncia apuntaba al imperialismo norteamericano.,
mientras que en 1930 se puso el acento en el imperialismo ingles. El antiimperialismo de los años veinte exhibía
diversas fuentes; una de ellas fue el “arielismo”, en alusión al título del libro Ariel, publicado por el escritor uruguayo
Jose Enrique Rodó en 1900. Allí uno de los personas denunciaba la mediocridad, el sentido utilitario y el crudo
materialismo que campeaban los Estados Unidos, mientras que se apreciaba la herencia hispanoamericana. En los
años veinte apareció otro frente importante y muy distinto de inspiración antiimperialista. En 1917, Lenin había
publicado El imperialismo, fase superior del capitalismo, y hacia 1924 la Internacional Comunista planteaba una
política de Frente Unido Antiimperialista para todo el mundo extra europeo, que significaba el apoyo comunista a los
movimientos de liberación nacional.
Hacia 1929 la militancia comunista argentina animaba la Liga antiimperialista, un activo participante en los actos a
favor del líder nicaragüense Augusto Cesar Sandino, quien resistía la invasión norteamericana en su país. A fines de
los años veinte, además de la Liga, en la argentina actuaban la Unión Latinoamericana, creada en 1925 y la Alianza
Continental, que cobijaba militantes radicales y socialistas.
MÁS ALLA DE LOS JÓVENES
La emergencia de estos jóvenes fue un dato fundamental. Pero intelectuales mayores, ya asentados y consagrados,
con los cuales en general las vanguardias tuvieron una actitud crítica, continuaron su actividad. La empresa de Rojas
por ejemplo, tenía un sentido político-cultural muy marcado: se trataba de probar que la literatura nacional tenía
efectivamente existencia.
La extensión de la identidad nacional, en su razonamiento, estaba dificultada por la inmigración.
Otro de los intelectuales relevantes de período fue José Ingenieros, un médico que en su juventud había militado en
el socialismo. Hacia 1915 creó la Revista de filosofía, se vio impactado por la Revolución Rusa, a la que miro con
simpatía. Apoyo la Reforma Universitaria y participio activamente en la fundación de la Unión Latinoamericana.
Leopoldo Lugones comenzó su producción a fines del siglo XIX participando en los primeros intentos organizativos
socialistas. Presidio la Sociedad Argentina de Escritores y recibió el premio Nacional de Literatura. Había reorientado
ya sus perspectivas políticas, y desde comienzos de la década adopto posiciones nacionalistas y autoritarias.
Reclamaba gobiernos fuetes y militares, un lugar común en estas vertientes del nacionalismo argentino. Desconfiaba
del catolicismo y -formo parte de los apoyos del general Uriburu.
MÁS ALLA DE LOS INTELECTUALES
Fuera del mundo de los intelectuales, otras transformaciones relacionadas con la cultura tenían lugar en los años
veinte y afectaban a amplias franjas de la población. El analfabetismo en el Censo de 1914 era de 36 por ciento
mientras que en Censo de 1974 había disminuido al 13,6 por ciento. La variación por jurisdicción era muy marcada.
La ciudad de Buenos Aires registro el menor índice. Este aumento de las personas que dominaban la habilidad de la
lectura fue la condición necesaria para que tuviera lugar uno de los procesos característicos d periodo de
entreguerras: la ampliación hacia los sectores medios y populares de los públicos lectores y del mercado para cierto
tipo de bienes culturales, como libros, diarios y revistas. Organización de una oferta cultural nueva, adaptada a la
demanda, las posibilidades y los gustos de los nuevos lectores recién llegados al mercado cultural, junto con la
extensión de la práctica de la lectura entre ellos. Diarios masivos, diarios que buscaban el éxito comercial, diarios
dirigidos por profesionales, diarios nuevos para un público también nuevo. Así, incorporaron secciones diversas que
trataban de captar los distintos intereses de los públicos ampliados: secciones deportivas, policiales, de espectáculos,
dedicadas a la vida en la ciudad; también los suplementos especializados cubrieron esas demandas. Las revistas
sufrieron transformaciones semejantes. Algunas editoriales, se sumaron a los emprendimientos dirigidos a los
nuevos lectores.
Tenían en general un precio accesible. Desde el precio, hasta el sistema de distribución, los autores, temas
involucrados, las propias características materiales de esos bienes, revelan la existencia de un proyecto dirigido a los
sectores populares que buscaba poner al alcance de mayor cantidad d gente la literatura que apreciaban quienes
eran parte del emprendimiento.
Una literatura como herramienta en la tarea de conquistar conciencias y espíritus para la transformación social en la
que estos hombres estaban empeñados. El teatro, el cine y la radio también formaban parte de la oferta cultural en
los años veinte; los dos últimos eran fruto de avances técnicos recientes.
LA CULTURA DE MASAS Y LOS CAMBIOS SOCIALES
Estas transformaciones tuvieron lugar, fundamentalmente, en las grandes ciudades, donde también se afirmaba el
futbol como espectáculo de masas. La radio comenzaba a trazar una red cuyo alcance terminaría siendo nacional.
Se afirmaba la presencia de medios de comunicación masiva en nuevos formatos, crecían públicos también nuevos y
se multiplicaban los productos culturales destinados a ellos.
Desapareció la figura del hombre de elite que cada tanto escribía por puro gusto como la de los lectores exclusivos,
escasos, poseedores de la destreza de la lectura que pocos disponían, y del hábito y el capital para acceder a un bien
caro, propias de etapas previas.
En los años veinte, la escala del fenómeno era diferente y se verifico por entonces el cruce de dos procesos
relevantes: la extensión de la alfabetización entre los sectores populares y la implantación estable de los medios de
comunicación masivos. Esa combinación señalo la apareció de una nueva formación cultural en las ciudades, una
cultura de masas asociada estrechamente a la industria cultural.