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El Pecado de Mama Bayou - Joaquin Guerrero-Casasola

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Gil Baleares, detective privado en México D. F.

, es contratado por uno


de sus viejos compañeros de la policía para una misión extra oficial:
encontrar al hijo de uno de los jueces más influyentes del país, del
que lo último que se sabe es que participa en espectáculos de
travestismo. En paralelo a la investigación se suceden los asesinatos
de personajes relacionados de alguna manera con el desaparecido. Y
todas las víctimas son halladas con la misma marca sobre el cuerpo:
restos de carmín negro. Gil Baleares acepta el caso únicamente, y a
pesar de su rechazo inicial a todo lo que tenga que ver con su antigua
profesión, porque se ofrecen a ayudarle a resolver el secuestro de su
padre. Este, el Perro Baleares, es un viejo ex policía corrupto y
salvaje del que nadie tiene noticias y al que su hijo se niega a dar por
muerto.
El pecado de Mama Bayou es un explosivo cóctel de violencia, humor
negro y tequila reposado.

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Joaquín Guerrero-Casasola

El pecado de Mama Bayou


ePub r1.0
Titivillus 09.11.2017

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Título original: El pecado de Mama Bayou
Joaquín Guerrero-Casasola, 2008

Editor digital: Titivillus


ePub base r1.2

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A mi madre y mi hermano.
A mis colombianos: Rivita y Sanchica

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—¿A QUIÉN CREES que se parece?
Eso fue lo primero que me preguntó Teresa Sábato cuando abrí la puerta
y la vi cargando a ese bebé rozagante. Di por hecho que bromeaba porque su
boca dibujó una sonrisa; era colombiana, así que sabía sonreír de esa forma
en que uno parece ser el astro rey de su universo.
La invité a pasar, pensando cómo echarla. Ella miró a su alrededor con
ojos de que le gustaría vivir aquí, o al menos eso me pareció. Pero yo valgo
poco tratándose de intuición cuando los nervios me traicionan. Y un poco
menos si me siento acorralado.
—Cuanto tiempo, Gil.
Un año y algo, pensé, calculando la edad del bebé.
—¿Quieres cargarlo?
Di un paso atrás cuando intentó echarme encima a aquella cosita
inconsistente y jamonosa. Teresa tomó asiento y se lo puso en una rodilla.
Comenzó a hacerle caballito. Al fulanito parecían gustarle esas buenas
zarandeadas porque hacía gorgoritos babosos de felicidad.
—¿Qué ha sido de tu vida, Gil?
—Lo de siempre, un poco de esto, otro poco de lo otro.
—¿Y tu padre? ¿Apareció?
Moví la cabeza.
—Lo siento.
—¿Y tu madre? —pregunté.
—Tampoco.
—Yo también lo siento…
Me pidió la cocina para calentarle un biberón al nene. La miré mezclar,
diestramente, agua y leche en polvo de un bote que decía «Segunda Etapa».

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Encontraba mis utensilios de cocina sin problema, y el bebé devoraba con sus
ojos oscuros de esponja cada rincón de mis espacios vitales. Míos, aunque a
las paredes les hiciera falta una buena mano de pintura y a los muebles irse a
un museo de los años setenta.
Le metió la mamila al zoquete y este puso los mismos párpados a media
persiana que cuando yo me pegaba a la teta de su madre. Estuve a punto de
preguntar por qué razón no le daba pecho, pero consideré que mi actitud
hacia el crío debía ser la de estar frente a un ser incorpóreo, puro muñequito
de roscón de Reyes.
—¿Sabes quién es este señor? —le preguntó al mocoso.
El bebé me lanzó una mirada dubitativa.
Corté el juego y le dije a Teresa que estaba a punto de salir.
—Gil —dijo ella, seriamente—, el niño es tuyo.
Tuvo que repetirlo porque se me colgó la quijada.
—Tuyo.
—Ya.
—Ya, no. Tuyo.
—¡Carajo! No me hagas esto.
—¿Que yo no te haga qué? Lo hicimos juntos.
No podía refutar esa posibilidad, le habíamos dado gusto al cuerpo entre
abril y octubre del año anterior, pero ahora me veía en la necesidad de
formular la odiosa pregunta:
—¿Y cómo sé que es mío?
Y ella espetó la respuesta esperada:
—¡Hijoputa!
Comprendí su enfado. Era una buena mujer y parecía aún mejor madre.
Solo que yo no me consideraba listo para volver a ser un padre de dudosa
definición.
—¿Por qué me lo vienes a decir ahora?
—Porque intenté rehacer mi vida.
—¿Y no lo conseguiste?
—Sí. Pero la conciencia no me dejaba en paz, Saúl lleva tu sangre, y un
día querrá saber quién es su padre.
Nunca hubiera querido oír ese nombre, se me notó en la cara, y la cara de

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Teresa se contrajo en un gesto herido y peligroso.
Opté por hacerla razonar.
—¿Será buena idea que el niño sepa que su padre es un pobre diablo?
—Eres un hombre que se esfuerza.
—Eso dije yo, solo que con otras palabras. Los pobres diablos somos eso,
gente que se esfuerza sin llegar a ningún lado. ¿Por qué no lo piensas un poco
más?
—Ya lo hice, sabes que nunca tomo una decisión si no la medito
concienzudamente.
Mentía. Teresa era de esas personas que tienen un concepto erróneo de sí
mismas. Se creía insegura cuando, en realidad, tenía don de mando. Si aún
trabajaba en lo mismo, contaba con mil quinientas empleadas a su cargo en
una fábrica de corte y confección.
—¿Qué quieres de mí exactamente?
—¿Qué piensas tú, Gil?
—Tal vez lo que se suele pedir en estos casos…
—¿El qué?
Me arrepentí de ir por ese camino, intenté dar marcha atrás:
—¿Sigues en el ramo de la costura?
—¿Qué podría pedirte, Gil?
—Matrimonio.
El silencio duró dos segundos. Teresa echó una carcajada muy de las
suyas: estruendosa y grave. Se levantó de golpe. Alerté las manos no para
defenderme, sino por si tenía que cubrir mis ojos, pues en esos casos es mejor
que el contrincante se desahogué hasta el final con el menor daño posible
para uno.
Pero su reacción me desarmó por completo.
—Pobre diablo —dijo con la tristeza de un ángel ante un vago que se
niega a ser rescatado del infierno. Luego dio la media vuelta. El bebé me
lanzó una mirada inquietante. Su cabecita bailaba sobre sus hombros; parecía
repetir con el gesto las mismas palabras. Pobre diablo. De pronto, se echó a
llorar, no sé si de compasión o porque los bebés perciben el futuro. Y el mío
debió verlo desolador.
La puerta se cerró y me quedé con la cruda sensación de haber escupido

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encima de mi propia sangre.

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NO LE HABÍA dicho nada decente a Teresa Sábato, pero sí la verdad. Estaba
por salir. Y no con una mujer, pues por absurdo que parezca, desde mi
divorcio había sido célibe, a excepción de haberme involucrado con la propia
Teresa. Como también es la pura verdad que de aquellos dos millones de
pesos que obtuve al resolver el secuestro de Alicia del Moral sólo gasté
treinta y tres mil machacantes en siete meses.
Recapitulando. Cuando desapareció mi viejo recibí una llamada de los
secuestradores. Esta me llevó a aquel callejón sin salida donde encontré una
barda y más allá las luces de la ciudad convertida en un laberinto
inexpugnable. No volví a saber nada de mi padre. Los secuestradores no
volvieron a llamar. Seguí esperando. Como novia de pueblo. Abandonada.
Paseándome por las callecitas con la mirada al suelo, viviendo la agonía de
tener esa buena suma con que darme una vida mejor y no hacerlo, sabiendo
que los billetes se ponían viejos y serenos al adquirir el olor de los
detergentes de la alacena. Sólo gastaba en el súper, en el sueldo de Lupe, mi
sirvienta, en cervezas de las que saben a lata y botulismo, y en tener en
buenas condiciones a mi viejo Datsun modelo 77, al que le cambié medio
corazón de fierro cuando le dio el último infarto a mitad del periférico.
(Aquel Tsuru Nissan color gris plata, último modelo, se volvió otro de mis
sueños difuminados). Cierto, a veces me daba algunos lujillos, copas en el
Tupinampa con mi compadre el trompetista, Chucho Santos. Fines de semana
yo solito en un hotel con piscina en Cuernavaca, nada como para hacerse el
importante, pero sí como para vivir entre el derecho de echar la panza al sol y
sentir la cruda moral de arrancarle piquitos al dinero que podría servir para
recuperar a mi padre.
Dejé pasar dos meses antes de atreverme a no estar en casa, pendiente de

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una posible llamada de los secuestradores. Fue cuando me aventuré a viajar a
Cuba, donde conocí a Teresa Sábato. La química hizo lo suyo —además de la
sincronía de miserias—, ella también tenía un familiar perdido. Solo que su
madre dejó una carta donde explicaba que ya se había sacrificado bastante
por la familia y ahora quería vivir un poco de alegría personal antes de ser
devastada por la osteoporosis. No era mucho pedir. La historia de la señora
era tristísima, creció en un hospital, padecía de un soplo en el corazón, se
casó muy niña, a varios de sus hijos los mataron paramilitares y guerrilleros.
Sus regalos siempre fueron lavadoras, planchas, productos para quitarle bien
la mierda a su casita. Así que no me sorprendió que se largara, sino que
tuviera la gentileza de avisar.
Yo le conté a Teresa lo sucedido con mi padre, enfermo de alzhéimer,
víctima del secuestro en México. Se lo conté de cara a Varadero. Las olas nos
sacudían a manotazos. Inyecté dolor al recuento de mis daños. Teresa me
abrazó. Sentí sus pezones como dos balines de metal. Le sonreí dichoso. Se
me levantó la dignidad. Supongo que eso le restó sinceridad a mi dolor.
Debo aclarar que lo de Teresa no fue turismo sexual. Ella era tan libre
como yo de salir de la Isla. Vivía en México desde el año 92, su familia en
Bogotá o Medellín, no lo recuerdo, nunca me llevó a conocerlos. No hubo
tiempo. Nuestra relación se fue apagando sin cerveza Bucanero de por medio.
Agua pasada.
Manejé por Insurgentes, de norte a sur, sin poder quitarme de la cabeza la
cara de Teresa cuando me dijo «pobre diablo» y los ojos infantiles de Saúl
Mocoso. Me daba miedo tropezar con la misma piedra. Ya tenía una hija a la
que llamaba así, la hija, por no saber si era mía. La única forma de no repetir
la historia era poner dureza al corazón. Sin embargo, me considero un tipo de
sentimientos medianamente humanos. Hay de dudas a dudas. Algunas
corroen el alma, otras divierten como esos acertijos del periódico dominical.
Corroen o divierten no según el calibre de la duda, sino de eso que se llama
tener principios…
La cita fue en una de esas terrazas donde aparte de beber café puedes
respirar la peste de los coches que pasan a unos cuantos metros de las mesas,
quemando gasolina, taladrándote los oídos a punta de pitazos.
No fui yo quien propuso el lugar de encuentro, fue Wintilo Izquierdo,

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antiguo compañero de los lejanos años de la secundaria 148 y colega de mis
tiempos de policía con nómina, seguro social y pistolita de culata vieja.
Wintilo insistió en presentarme a aquel jefazo suyo para que me diera un
empleo decente. La invitación nació una tarde en que Wintilo y yo nos
encontramos saliendo del cine en un centro comercial, hablamos de camino al
estacionamiento; ese trecho le bastó para darse cuenta de que no andaba en
mis mejores días —lo de no gastar ahorros incluía trajes, camisas y zapatos
—. Me dijo, te voy a echar una mano, hermano, ya verás, pronto se te quitará
esa cara de pánico a la vida. Y como el tipo era generoso me habló de dos
opciones, una, interceder con su jefe, dos, la de conectarme con su primo
Margarito Izquierdo, que se dedicaba a revender ataúdes. Los compraba a
doscientos pesos en las funerarias grandes, donde los dolientes los donaban
para los pobres. Les cambiaba los forros y los revendía a dos mil pesos en las
funerarias chicas.
Le pregunté a Wintilo si eso no provocaba infecciones, me dijo que, hasta
el momento, ninguno de los muertos se había quejado de eso.
De cualquier forma, el negocio de los estuches para gente muerta no me
llamaba la atención. Acepté que intercediera con su jefe, eso, sin darle mayor
importancia. ¿Quién podía tomar en serio a un tipo que en la secundaria se
liaba en guerras de escupitajos?
A los tres días me habló por teléfono y me citó en el café.
Acudí con una frase esculpida en la frente. Ningún empleo por debajo de
cincuenta mil pesos mensuales vale perder la dignidad del ocio.
Me costó trabajo hallar donde aparcar el coche, así que cuando llegué a la
terraza ya iba con ganas de inventar un pretexto para largarme.
Wintilo y el tal jefazo estaban bien trajeados, yo de suetercito a rombos.
Eso como que me bajó la moral. Pedí disculpas por el retraso y me senté a
escucharlos.
—Gil, te presento al teniente Aníbal Carcaño.
El nombre me sonó a cómico de circo itinerante.
—Teniente —dijo Wintilo, dejando caer una mano en mi hombro como
para mostrar la mercancía—, este que ve aquí no es cualquier pendejo.
—Sí, ya —la voz de Carcaño sonaba a cuando uno rasca los zapatos en la
tierra para quitarse una caca de perro—, he oído hablar mucho de ti, aquel

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rollo de los maricas con los que te agarraron tuvo su gracia…
Recordé de golpe aquella primera pesquisa en el caso de Alicia del Moral.
Sospechando de un mozo de Vips, lo seguí hasta su departamento y lo
encontré jugando al burrito con Yayo, pariente de Alicia. Los periódicos se
dieron gusto llamándome mujercito entrometido y muchas cosas más.
—¿Y qué has hecho desde entonces, Gil? —me preguntó Carcaño.
—Un poco esto y otro poco de lo otro.
—Pero trabajando, supongo.
Asentí.
—Bien, porque un hombre sin trabajo vale lo mismo que un pedo. ¿Bebes
algo, Gil?
Pensé en tequila, pero sus cafés me intimidaron, así que pedí lo mismo.
Un capuchino con espuma a rebosar.
—¿Sabes manejar armas, Gil?
—Lo habitual…
—¿Cuerno de chivo? ¿AK-47? ¿AR-15? ¿Uzis? ¿Browning 9
milímetros?
Wintilo salió en mi auxilio:
—Gil sabe de todo, jefe. Y lo que no, lo aprende rápido. O yo se lo
enseño…
Pero el interrogatorio, aún no se terminaba.
—¿Por qué nos abandonaste? —arguyó Carcaño.
Su pregunta me sonó a Jesucristo en la agonía.
—Me refiero a la policía…
—Pasé por una crisis personal.
—Se divorció y se lo llevó el carajo —apostilló Wintilo.
El teniente Carcaño me lanzó una de esas miradas que esconden cierta
dicha por el fracaso ajeno. Luego habló de cosas que no venían a cuento ni
guardaban relación entre sí; el cambio climático, su abuela de Michoacán que
sabía cocinar albóndigas como Dios manda, sus zapatos de piel de cocodrilo
y el deterioro de la Catedral Mayor.
Un golpe de letargo se fue apoderando de mí. Eran las seis de la tarde, la
ciudad comenzaba a tener ese aire de que el día está por irse al cúmulo de
objetos perdidos. De los microbuses subían y bajaban pelotones de oficinistas

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cansados, obreros, estudiantes, mercachifles.
—Muy bien —dijo Carcaño—, los voy dejando.
Me pregunté si lo había escuchado bien. Y sí. El tipo se sacudió las
migajitas de unas galletas que le habían dado con el café. Se levantó. Era un
hombretón pulcro, prieto y feo. Llamó aparte a Wintilo. Supongo que para
darle instrucciones, pues este asentía como perro fiel.
Un cochazo azul oscuro salió del subsuelo de la cafetería. Se atravesó sin
pudor en la avenida Insurgentes, deteniendo el tránsito. Ningún coche se
atrevió a pitarle, supongo que cada vez la gente tiene más olfato; un coche
judicial no necesita llevar un cartel que diga cuidado con el perro.
Dos fulanos corpulentos salieron del coche. Uno de ellos abrió la puerta
trasera. El otro miró alrededor igual que esos guardias de seguridad bancaria
antes de meter la pasta a la camioneta blindada.
Carcaño se despidió de mí con un gesto. Partieron raudos. Y la avenida
Insurgentes recobró su tránsito habitual.
—Bien, cabrón —me dijo Wintilo dándome una palmada fuerte en la
espalda—. Le gustaste. Ya estás dentro.

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NO VOLVÍ A pensar en Aníbal Carcaño. Aunque dijo cosas desconcertantes
sobre el cambio climático. Según él, cuando el problema se agudice, ideas de
nación, raza, cultura, economía, cambiarán lo quieran o no los conservadores
y nacionalistas. Por un buen tiempo, los habitantes de la tierra volveremos a
ser nómadas en busca de tierras prometidas. Habrá sitios que jamás de los
jamases vuelvan a ser habitables. Esto se podría comparar a partes de un
cuerpo humano que ha quedado inutilizado por los excesos. Siguen ahí. Pero
no sirven de nada. Son la pierna inútil, el medio corazón muerto, las neuronas
extraviadas, etcétera…
Quizá fuera cierto, pero yo sólo sabía algo, que según el noticiero de la
tele un vagabundo había muerto de frío en pleno septiembre. No estábamos
preparados para el frío. No me refiero a hacer pistas de hielo en la ciudad de
México, donde la gente vaya a patinar los sábados por la tarde, aprovechando
el cambio climático. Solo que si combinamos nieve y una ciudad caótica, la
cosa no va bien. Supongo que eso es lo más mediocre que se puede decir
sobre el problema. Pero yo se lo advertí a Teresa Sábato, no es buena idea
que un niño se entere de que su padre es un pobre diablo.
Otra cosa, cuando Carcaño se fue decidí que mi desplazamiento por el
Distrito Federal no sería el vía crucis del Nazareno. Le propuse a Wintilo que
fuéramos a ponernos pedos al Tupinampa.
Contestó que había dejado el trago, definitivamente.
Terminó más pedo que yo. Salimos a eso de las nueve de la noche del bar,
y aún tuvimos el valor civil de irnos a Garibaldi. Yo odiaba Garibaldi por una
razón: mariachis. Lo he dicho mil veces y lo diría cincuenta mil más si eso
sirviera para crear un movimiento de depuración del ruido. Odio la música.
Los mariachis no son la excepción. Al contrario, los odio junto con sus

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trompetas y sus voces frustradas por no ser como la de Jorge Negrete, Infante
o Aguilar (a quiénes también odio aunque ya estén muertos).
Garibaldi fue un sacrificio, cierto, pero había un lugarcito donde se bebía
a gusto, además de que, en El Aquelarre de Villa, preparan unos tacos de
carne más suave que la caricia de las alas de un ángel recién nacido.
Yo no quería hablar de Carcaño. Wintilo sí. Habló de él como del líder de
una de esas sectas gringas que te llevarán al cielo en una nave nodriza cuando
sea el fin del mundo. Lo calificó de astuto, chingón, hábil político. Dijo que
iba en vertiginoso ascenso y que él era su hombre de confianza. Mientras
hablaba, reviví al Wintilo de trece años, fascinado por el liderazgo de los
muchachos grandes, con quienes asumía el papel de lacayo golpeador.
Wintilo era bueno para el trompo, el moquete, la patada de retache y el
cabezazo inesperado en la nariz. De hecho, me salvó el pellejo innumerables
veces. ¿Qué le ofrecía yo? Suele pasar que el débil brinda al fuerte alimento
intelectual. No fue mi caso. Lo único que no se me daba mal era Biología,
pero la reprobaba por no querer abrir ranas ni conejos. Así que supongo que
si Wintilo dio la cara por mí todas esas ocasiones pudo ser por tres cosas: mi
simpatía personal, su buen corazón o que le repugnaba mi poca destreza para
los chingadazos.
Prefiero no hacer un análisis más exhaustivo de los hechos.
Fue mi turno de decir algo. Como no tenía opiniones preconcebidas, hice
dos preguntas. A qué grupo político pertenecía Carcaño, y si era policía de
carrera o de los que ya nacen sabiendo cómo disparar un arma.
Wintilo me respondió con tal esmero panfletario que no le presté
atención. Le pareció de vital importancia decirme que no me dejaría afuera
del carro de la abundancia.
—Nomás te digo una cosa, Gil Baleares. Para su gente, Aníbal Carcaño
tiene las manos abiertas, y para los cabrones nomás un dedo muy parado.
Un grupo de mariachis se nos acercó.
—Te la dedico, hermano —dijo Wintilo.
Los mariachis cantaron Cartas marcadas. La voz de Wintilo luchaba por
achicar sus voces en una competencia absurda y cruenta, ahogándose en su
pecho mientras sentenciaba, «con música la luna se desvela». «Al sol se le
hace tarde pa’ salir». «Ya no quiero tu amor, ya no te espero». «Si vamos a

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gozar yo soy primero». «Al son que yo te toque has de bailar». «Pa’ de hoy
en adelante yo soy malo». «Sólo cartas marcadas has de ver, y tú vas a saber
que yo siempre gano…».
Opté por irme.
Le oí gritar que me quería, que era su hermano y que íbamos a ser los
amos de la ciudad. Todo eso lo dijo aún con el fondo de mariachis. Así que
supuse que decía la verdad.

Amanecí con tres resacas: tequila, Teresa y su bebé, Saúl Mocoso. Fui a
buscar a una empleada suya, Irene Sandoval, experta en overol y punto de
cruz. La encontré soplándose las uñas que acababa de pintarse de color plata.
Fui al grano. Le pregunté si estaba enterada de lo del bebé. Me dijo que sí,
pero que no sabía que yo era el padre.
—Y no lo soy —advertí seriamente.
Sonrió mordaz.
—¿Teresa está metida en broncas? ¿Sabes si necesita dinero?
—¿Quieres callar tus culpas con dinero?
Ay, hija de la chingada, pensé. Dije que no. Le pedí que no le hablara de
mi visita y salí deprisa.
Tranquilizado por mi buen comportamiento, cerraba los ojos e intentaba
ver si la cara de Saúl se parecía a la mía. Lo cierto es que los bebés se
parecen a cualquiera. Aunque he oído que el padre universal de todos es
Winston Churchill. Son feos en el sentido estricto de la palabra. La diferencia
entre ellos y un adulto es que no dan asco cuando hacen caca, sino ternura, al
menos me creo capaz de cambiar un pañal si un día se dan las circunstancias.
Ese mediodía, dos visitas me cayeron juntas. Los presenté. Fue obvio que
se repelieron como peces beta; y si de pocas cosas sé en la vida, es de peces
beta.
—Me tengo que ir —pretextó Wintilo—, me acordé que tengo dentista.
¿Me acompañas abajo, Gil?
Se despidió de Teresa con una mueca que ella respondió con otra.
En la puerta del edificio, a Wintilo se le aceleró la voz:
—El jefe te quiere con nosotros lo más pronto posible.

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—¿Cuánto ganaría?
—Suficiente, y más cuando hagas méritos.
—Aun así no sé si me interesa.
—¿De qué estás hablando, cabrón? ¿No querías el trabajo?
—Todavía no me decido…
—No mames, señorita. ¿Necesitas o no el dinero?
—Como cualquiera.
—Entonces tienes hambre. Mañana vengo por ti a las nueve.
—No me gusta Carcaño.
—Cabrón, si no te lo vas a tirar.
—Teresa me está esperando.
—¡Teresa mis cojones! —bramó Wintilo.
No vi razón para seguir discutiendo. Di la media vuelta.
—¡Perdóname, hermanito! —dijo Wintilo—. Entiende que llevó mucho
tiempo esperando estar junto a un cabrón que de verdad sea importante. ¿Sin
rencores, carnal?
Asentí y seguí mi camino.
—Mañana vengo, entonces…
—No vengas. No voy a volver a la policía judicial.
Subí la escalera.
—¡Te vas a arrepentir, hijo de tu pinche madre! —gritó.
Entré al apartamento. Teresa espetó:
—¿Quién te crees para ir a preguntarle a Irene si necesito dinero? ¿Fue
eso lo que te pedí cuando vine? No tienes moral, desgraciado.
Intenté aclararle que lo había hecho por decencia. La palabra le sonó
sobrada para mí. Fui a sacar una Coronita del refrigerador. No le ofrecí,
esperando que cuando diera la vuelta, ya no estuviera ahí. Pero lo estaba. Y
brazos en jarra.
—Hay una forma de aclarar esto —dije—. La prueba del ADN.
No se violentó. Al contrario, su rostro se encogió como una mano metida
en un guante de goma y se echó a llorar.
La abracé. Teresa puso su cabeza debajo de mi cuello. Solo eso bastó para
revivir los mares de ternura, su cintura fácil de encontrar, sus nalgas
voluptuosas debajo de esas ropas de algodón, los manotazos del agua salada,

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mis penas contadas entre mojito y mojito en La Floridita. Unas cuantas canas
que se me cayeron en la mesa y que me hicieron sentir un poco viejo. La
verdad es que siempre me gustaron esas carnes que se agitan un poco cuando
las mujeres echan a correr. Dudé si hacía lo correcto. No lo hacía, pero aun
así, lo hice: recorrí la cintura de Teresa Sábato y me detuve en la redondez de
sus nalgas vitales. ¿Sería correcto pensarlas vitales?, no lo sabía, pero fue la
palabra que se me vino a la cabeza.
Teresa cortó el llanto y dijo:
—¿Estás seguro de esto, Gil?
Dije que no lo estaba. Y luego hicimos el amor.

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ESPERÁBAMOS A CARCAÑO en un despacho de paredes color aguacate, con
escritorio negro lacado tipo chino, sobre el que había uno de esos retratos en
el jardín de la casa, donde el tipo viste la ropa jodida del domingo y la
expresión de su rostro parece la de un hombre bueno mientras abraza a tres
niños pequeños y la mujer pasa en segundo plano, mirando al curioso
fotógrafo.
Wintilo me propuso una oferta que no pude rechazar. Carcaño buscaría a
mi padre si yo aceptaba volver a la Policía Judicial. Y no creo que su
insistencia fuera por mis cualidades, seguramente Wintilo me vendió muy
bien. ¿Wintilo sí creía en mis cualidades? Tampoco. Lo que necesitaba era un
testigo de su ascenso social. Para algunos los billetes valen poco si no pueden
abofetear a nadie con ellos.
En cuanto a mi padre, yo había seguido la senda del ciudadano de a pie,
es decir, la senda del perdedor. Levanté la denuncia correspondiente en la
delegación Benito Juárez. Pegué papeletas en muchas estaciones del metro.
Ofrecí recompensa a tres conocidos míos capaces de machacar a cualquiera
por dos mil pesos y una botella de ron barato. Y lo más desesperado, consulté
a uno de esos videntes que ponen su anuncio junto al de las putas en los
periódicos.
No sirvió de nada. La razón era obvia, pero no me entraba en la cabeza.
Los secuestradores no habían querido mi dinero, sino mi dolor eterno por
joderles el negocio al rescatar a Alicia del Moral.
Cualquiera sabe que un tipo con un alto cargo en la policía judicial puede
ser más milagroso que Changó. Decidí ponerle su buena veladora a ese
Aníbal Carcaño. Entró a su oficina. Me tendió su mano pulcra, maciza. Pidió
café para los tres a su secretaria y cuando se puso cómodo en su gran silla

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con respaldo alto y rechinante, dijo:
—Te has hecho de rogar, Gil.
—No se ofenda, pero soy del estilo solitario.
—Esos no llegan demasiado lejos…
—Wintilo dice que usted puede ayudarme.
—Wintilo es un hablador, ¿no crees?
La sonrisa de Carcaño no era desagradable. Su broma nos cayó bien. El
propio Wintilo se la tomó a la ligera. Pero Carcaño se guardó la sonrisa al
instante y dijo:
—¿Crees que tu padre está vivo?
—Francamente, no lo sé.
—¿Cuándo fue la última vez que supiste de él?
—Hace año y medio.
La cara de Carcaño esbozó el pésame.
—Quiero enterrar a mi muerto si de eso se trata —dije.
—Es mi turno —dijo el tipo, cruzando las manos; los dedos mostraban
dos anillos gordos, uno de casado y otro de graduado de una de esas escuelas
comerciales donde se aprende Administración de Empresas en seis meses. Iba
a decirme algo que parecía importante, pero la secretaria entró para ver si
estábamos a gusto. Carcaño me miró con deferencia. Yo dije que estaba bien
con mi cafecito negro. En realidad, quería un trago de aquella botella de
whisky que se empolvaba en una repisa junto a la figura adusta de un
Napoleón de fierro. Pero sentí que no debía dar mala imagen tan temprano.
Cuando la secretaria se fue, Carcaño se dio su tiempo para ponerle azúcar
al café y darle un sorbito. Wintilo no le quitó la vista de encima. Lo miraba
con la misma intensidad que un perro labrador al amo. Sólo le faltaba sacar la
lengua, oír el escopetazo para ir por la presa, regresar con una tusa entre los
dientes y recibir una caricia de su jefe mientras este le decía, buen chico,
échate ahí y esconde ya la lengua.
—Te voy a decir qué cartas tengo, Gil Baleares.
Cartas marcadas, pensé, por la gravedad de su tono.
—Vivo rodeado de pura mierda.
Por lo que a mí respecta, aquella frase dejaba mal parado a Wintilo
Izquierdo.

21
—Él es una excepción —corrigió Carcaño, como leyéndome la mente—.
Pero fuera de Wintilo cualquiera es capaz de sacarme las tripas a mordidas.
Te hablo tal cual. Al chile. De hombre a hombre. Sin pendejadas de que yo
soy el jefe. Estoy metido en un agujero de alacranes. Corren tiempos
peligrosos. No necesito decírtelo. Todos los días aparecen muertos, más del
lado de la ley que de los ladrones. Necesito rodearme de gente de confianza y
que al mismo tiempo tenga los huevos muy en su lugar.
—Gil así los tiene —apostilló Wintilo—. Y de buen tamaño.
Le lancé un latigazo de reproche.
—¿Cuál sería mi trabajo?
—De todo un poco.
—¿De qué tan de todo un poco estamos hablando? Porque no le entro a
nada demasiado sucio. Y ya no por honradez, sino porque mi salud no me lo
permite.
Carcaño miró a Wintilo, lo de este era escupir la mierda:
—Aquí no nos ocupamos del tipo que vende grapas de coca afuera de la
escuela ni del secuestro de la hija de un dulcero comepedos ni de un cura que
se anda cogiendo al monaguillo de la parroquia. Llevamos asuntos especiales.
—Lo especial es un concepto relativo —opiné.
—Aprende, Wintilo —señaló Carcaño, tocándose la sien—. Este Gil sabe
usar lo que tiene encima de los hombros.
Tal vez él se refería a mi cabeza, pero yo lo que veía encima de mí era el
mundo.
—No puedo entrar en detalles, Gil. Piénsalo. Si aceptas, hablamos. Esto
es la policía Ligas Mayores. Tiene sus peligros, sí, hay violencia, también.
¿Te voy a hablar de servir a la patria? No si no me ayuda a convencerte. Pero
una cosa sí te digo, somos los buenos. Ahora, ve y discurre. Sácale brillo a la
cabeza. Piensa en tu padre. Merece una esperanza, ¿no te parece?
El cabrón me tocó el si bemol.
Wintilo me acompañó al ascensor donde hizo una seña de silencio cuando
intenté retomar el tema. Una vez en la calle, me dijo que para la siguiente
entrevista viniera con todos los documentos de mi padre; desde su acta de
nacimiento hasta su certificado de bautismo, absolutamente todo.
La cosa parecía ir en serio. Y eso me hizo sentir vulnerable.

22
Lupe encontró las huellas de la pasión bajo el sofá; los calcetines que me
quité, apresuradamente, y un lápiz labial que rodó debajo del mueble cuando
Teresa quiso cobrar compostura. Pero Lupe no era de las que atacan directo.
Daba consejos al estilo parábolas inquietantes. Me habló de los viejos
estúpidos que se lían con jovencitas y terminan haciendo el ridículo. No sé
por qué pensó que Teresa sería una jovencita. Tenía treinta y cinco años.
No hice caso de la parábola del ridículo. Miré el periódico. Había una
declaración de Aníbal Carcaño, subdirector de Asuntos Especiales de la
Policía Judicial del Distrito Federal. Su cargo era más extenso que lo que
decía sobre su programa de trabajo. En ninguna parte leí el significado de
Asuntos Especiales.
Sonó el timbre de la puerta. Oí a Lupe hacer voces de tonta en el pasillo.
Le hablaba a un bebé. Cuando regresó, lo cargaba en brazos hablándole de
ese modito infantil.
La madre me miró lacónica. Le invité café. Aceptó.
—Café, cafecito pa mami —replicó Lupe con su voz boba, llevándose al
bebé a la cocina.
—La otra tarde tuve un momento de debilidad contigo —dijo Teresa.
—Los dos lo tuvimos —respondí.
—No, tú no. Tú lo aprovechaste. Vine a despedirme de ti.
—¿Regresas a Colombia?
—No tan lejos, pero no volveré a buscarte. Y no acepto lo que me dijiste.
Lo de la prueba de ADN. Me pareció muy ofensivo.
—Eso tiene la ciencia.
Se sentó a mi lado. Y habló despacio:
—Me duele ver lo solo que estás, Gil Baleares.
Debo confesar que tenía razón. Me sentía solo. Muy solo en la vida. Y no
tanto por la ausencia de mi viejo o por acompañarme las noches con películas
viejas en la televisión, en vez de una alma gemela o al menos, parecida a mí.
—Tu padre, tu ex mujer, tu hija, todos se fueron. ¿Te has preguntado por
qué? ¿Qué hiciste para apartarlos de tu vida? ¿Te gusta la soledad, Gil?
Negué con la cabeza, aunque ese era un asunto controversial.
Decidí darle un giro al interrogatorio. Le conté, parcialmente, que lo de

23
mi padre me tenía loco. Y que si lo encontraba no sabría cómo tratarlo. Quizá
el viejo regresaría convertido en un perfecto desconocido a causa de su
alzhéimer.
—¿No daría lo mismo que me trajeran a cualquiera? —inquirí—.
¿Cuántos viejos hay por ahí a los que sus hijos decidieron darles una patada
en el culo? Uno de esos padres necesitaría de mí, y yo de él…
—Pobrecillo —me tomó la mano—. ¿Por qué no me dijiste que te sentías
así? ¿Quieres seguir hablando de esto?
La besé en la boca.
—No —dijo—, no hagas eso.
Le pedí perdón.
Se me fue encima y me besó mordiéndome el labio inferior con fuerza.
—¡Cabrona! —chillé y la cogí por la nuca para volver a besarla.
La puse de pie y la llevé al baño. Cerré la puerta usando el propio cuerpo
de Teresa. La sujeté de las orejas y le hundí la boca en el cuello, que se le
encendió de un aceite parecido al de un limón. Afuera, se oyó una voz:
—El café de mami, de mami, de…, ¿dónde está mami?
Mamita y yo lo hicimos rápido y nos sentamos temblorosos en el suelo.
Yo con los calzones entre las piernas. Ella, el sujetador enredado bajo las
tetas. No nos atrevíamos a mirarnos las caras. Mis ojos se pusieron a seguir
las líneas de yeso de los mosaicos. Teresa se rascó la piel. El ruido se oyó
áspero e imperativo.
Sentí que no hacía bien si no le daba una caricia, pero me dio miedo que
me malinterpretara. Necesité poner algo de ternura para no aterrizar en la
cruda realidad de ese baño que olía un poco a cañería. Así que lo hice, le puse
una mano sobre la rodilla.
Teresa se levantó bruscamente. Salió del baño y cerró la puerta. Eché la
cabeza a la pared y luego la bajé al cuello, mirándome los huevos con
reclamo, como si fueran entes independientes a mí.
Segundos después, oí cerrarse la puerta principal.

Me tomaron las huellas digitales de cada dedo, fotos de perfil y de frente.


Una tomografía donde mi cráneo se veía al desnudo (puras tinieblas de humo

24
blanco). Llené un cuestionario con preguntas desde las más comunes hasta
las más extravagantes; nombre, edad, estudios. Ha practicado sexo con… A)
Su mismo sexo. B) Menores de edad. C) Animales. D) Otros… Especifique
cuáles.
Estuve tentado de marcar D y en especifique cuáles, alienígenas. Y no por
mordacidad ni desacato a la autoridad, sino por Teresa Sábato.
Preguntaron sobre mis creencias religiosas, inclinaciones políticas, salud
física, mental. Sobre mi padre y mi madre, etcétera. Me sacaron sangre, orina
y mierda como para montar una clínica de transfusiones o vender estiércol a
una de esas fábricas que transforman todo desecho en energía nuclear.
La tortura comenzó a las ocho de la mañana y terminó a las cuatro de la
tarde, conmigo convertido en un guiñapo color dengue. Wintilo me
acompañó de una oficina a otra dentro del complejo de la judicial, y a otros
lugares; recorrimos de cabo a rabo la ciudad. Según él, podía sentirme
afortunado porque Carcaño había dicho que mi caso era especial y eso
simplificó los trámites.
Al final, me invitó a comer donde quisiera. No había probado alimento,
pues lo primero del día fue el análisis de sangre y requería estar en ayunas.
Aun así le dije a Wintilo que tenía un compromiso, preferí estar solo para
llorar mi dolor. Entré a una marisquería y pedí un vuelvealavida y tres
Coronitas de una vez.
Pensaba en el día anterior, Teresa se me estaba metiendo en la cabeza
despacio, igual que la mugre en esas líneas de los mosaicos. No quería
quererla. Nuestra primera ruptura había sido como rascarse el corazón con la
tapa de una lata de chiles. Aquella ocasión, para deshacerse de mí, echó mano
de argumentos parecidos a los de mi ex mujer cuando me pidió el divorcio.
Mi falta de metas en la vida, mi inmadurez, mi poca estabilidad económica y
hasta el tipo de revistas que leía: ciencia futura.
Sonó el teléfono. Era Wintilo. Quería verme de inmediato.
Fui a la farmacia. Compré un tubo pequeño de dentífrico y un cepillo. Me
metí en el baño de un Sanborns. Me lavé los dientes y como no tenía donde
guardar el cepillo y la pasta, los tiré en el bote de basura. Miré el pegotito en
el brazo donde me habían picado. Lo quité y salió un puto chisguete de
sangre, mi camisa se puso perdida.

25
Llegué al edificio de la judicial en cuanto pude. No tenía autorización
para cruzar más allá de la recepción. Wintilo vino a recibirme. Me llevó por
un laberinto de ascensores y pasillos donde vi poca gente, pero todos con
caras de hacer cosas más importantes que yo.
Cuando Wintilo vio mi camisa sangrada movió la cabeza y me prestó su
americana. Debo aceptar que lucía una bonita camisa color azul pizarra,
aunque le faltaba cuello para verse elegante.
En cuando entramos a la oficina de Carcaño, puse una carpeta en su
escritorio.
—Ahí está todo. Fotos, papeles, todo sobre mi padre.
Miró un poco el contenido de la carpeta y la cerró.
—Le daremos seguimiento. Ahora, si ya estás listo, manos a la obra.
—¿Qué significa darle seguimiento?
—Que ya está en buenas manos —aclaró Wintilo.
Esta vez fue Carcaño quien me dio una carpeta.
Lo primero que miré en ella fue la foto de una mujer de unos veinte años,
morena, de boca hinchada al estilo colágeno, justo a la mitad de provocar
deseo y repulsión.
—Su nombre es Roberto, pero se hace llamar Maika. Tienes que
encontrarlo.
Aquello no me lo podía tomar muy en serio, así que dije:
—¿Tiene que ser a este mismo?, porque si se da una vuelta en coche por
la zona Rosa se consigue uno con más cara de mujer.
—Va en serio —me reprochó Wintilo.
—Tranquilo —dijo Carcaño—, un poco de humor resta hierros.
Volví a mirar la foto. Roberto o Maika tenía una mirada de melancolía
inquietante.
Carcaño miró a Wintilo. Este fue junto a la ventana y bajó las persianas
que daban a un pasillo interior del edificio. Yo, por instinto, también cerré
algo; las piernas.
—¿Recuerdas a Marcial Oviedo, policía judicial? —me preguntó Wintilo.
El susodicho se me vino a la cabeza. Dos imágenes: cuando me pisó un
pie descalzo y cuando se cargó a balazos a dos muchachos. Todo por querer
llevarse la pasta de mi caso Alicia del Moral.

26
Asentí.
—Estuviste a punto de rescatarlo en aquella casa y lo sabemos —dijo
Carcaño.
Esa era una premisa falsa, yo no intentaba rescatar a ese hijoputa, pero los
dejé seguir hablando.
—Entraste a aquella casa en Iztacalco, Gil. A por Alicia del Moral. No
pudiste salvar al agente Oviedo porque ya lo habían ejecutado.
Y de qué manera. Recordé a Marcial Oviedo con un martillo metido en el
culo hasta donde el fierro transversal pide cirugía mayor.
—¿Qué tiene que ver Oviedo y Roberto? —pregunté.
—Hermanos. Su padre es el juez Ernesto Oviedo Cruz.
Sonó el teléfono. Carcaño contestó. Respondió con monosílabos.
Empecé a carburar. El juez Oviedo tenía fama de hombre escrupuloso,
conservador, de una sola pieza. Debía ser vergonzoso para él que a sus dos
hijos les metieran cosas por el culo. A uno por la fuerza y al otro por placer.
Carcaño colgó el teléfono. Dijo que debía salir. Le pidió a Wintilo que
terminara de explicarme las cosas. Se fue con cara de ir al cadalso.
Wintilo resumió:
—Roberto trabajaba en un antro de la Zona Rosa. Hubo una bronca y
despareció. ¿Qué más necesitas saber?
—Eso dímelo tú.
—Un tipo que frecuentaba a Roberto fue apuñalado en un hotel, a la
vuelta del antro. Roberto es sospechoso porque estaba con él. El muerto tenía,
además de las puñaladas correspondientes, sello de autor. Besos negros.
—¿Negros?
—Como tu conciencia. Hechos con lápiz labial apestoso.
Volví a mirar la foto. Los ojos de Roberto comenzaron a parecerme capas
de hielo delgado. Y su boca pintada de negro, la de una araña.
—¿Tenemos que buscarlo para su padre o para la justicia?
—Creo que ya sabes la respuesta, pinche Gil.
—¿Y el asesinato en el hotel?
—¿Qué asesinato?

27
A LAS OCHO de la noche Wintilo y yo ocupamos una mesa de aquel antro
llamado Espejismo, en el corazón de la Zona Rosa, donde las calles pulsan
como las arterias del arco iris sea día o noche. Y las parejas del mismo sexo
se besan por el adoquín rosado. Judith, la mejor amiga de Roberto, no
hablaría con nosotros hasta después de hacer su número, en el escenario, así
que no tuvimos más remedio que esperarla.
Acepté la sugerencia del camarero, terciopelo negro: cerveza negra con
ginebra. Wintilo, en cambio, al reconocer en el camarero, maquillado de
mujer, las discretas huellas de la virilidad, dijo muy tajante:
—Tequila blanco, derecho y sin pendejaditas.
El primero en el escenario fue un travesti que se presentó como Marilyn
Monroe. Pensé que sí lo era, pero en la foto donde ya está muerta.
Wintilo me preguntó qué opinaba de «esta gente».
—¿Qué gente? —dije.
—Los maricas.
—Ni fu ni fa.
—¿Y de los transexuales?
—¿No son lo mismo?
—Ellos dicen que no.
A decir verdad, yo no sabía demasiado del asunto.
Wintilo le dio un buen trago a su bebida. Me di cuenta que rehusaba mirar
al escenario.
—¿Tú serías capaz, Gil?
—¿De qué?
—Ya caliente, digamos…
—¿Ya caliente, qué?

28
La voz de la Monroe muerta daba pujiditos caprichosos. Sus tetas y su
cuerpo parecían de mujer, su cintura no tanto. Sus pies tampoco. Su voz
menos. Pero tenía encanto y me divertía y admiraba el profesionalismo con
que se empeñaba en ser la muerta cuando estaba viva.
—Dicen que en tiempos de guerra… —aventuró Wintilo.
—¿Por dónde va a comenzar Carcaño a investigar lo de mi padre?
—Él sabrá.
—No me chingues. ¿Cómo que él sabrá?
—Nada se resiste al poder. Ni siquiera lo imposible. Sólo te digo que
cualquier día tu padre regresa a casita y ese día hacemos una pinche fiesta por
todo lo alto.
No era la primera vez que pensaba en el retorno del viejo. Yo mismo
había pintado su habitación. Incluso colgué su manopla de los Diablos Rojos,
pensando que le daría gusto verla ahí; en plan terapia de bienvenida y
también en plan culpa. (¿Qué hice mal? ¿Por qué nunca le dije que lo
respetaba? ¿Cómo no tomé precauciones?).
Al paso de los meses, tuve un sentimiento inconfesable: no quería volver
a verlo. Después de todo me había librado de sus episodios de alzhéimer, de
su mal carácter, de sus burlas por mis fracasos. En secreto, me reía de los
secuestradores. Los imaginaba vueltos locos por las rabietas del Perro
Baleares, muy capaz de desarmarlos y morir a tiros con ellos.
Una ráfaga de aplausos y unos cuantos abucheos cerraron el numerito de
la Monroe. Ella se despidió empinando las nalgas de cara al público, girando
y lanzando un besito con su boca de culo fruncido. Su vestido revoloteó
merced al truco de un ventilador debajo del suelo. Yo, como cualquiera,
había visto esa escena en televisión sucediéndole a la Monroe verdadera.
Pues bien, a la Monroe muerta le sucedió lo mismo y sacó aullidos de gozo.
Le aplaudí sin recato.
—¡Qué puto asco! —gruñó Wintilo. Pero no me sonó muy sincero.
Una música nostálgica se esparció en el aire. Las luces se atenuaron
lánguidas como el humo de un cigarro que estaba cerca de mí; un fulano tenía
apoyada su mano en el respaldo de mi silla, las mesas estaban muy pegadas,
y yo sólo esperaba a ver a qué hora me quemaba con la punta viva del cigarro
para darle un codazo en la nariz.

29
Lo primero en salir de la cortina de terciopelo rojo fue una pierna muy
torneada, después, de cuerpo entero, Judith. Llevaba un vestido de lentejuelas
color sangre y miel. La espalda descubierta. Ancha y varonil. Cogió el
micrófono; lanzó un susurro que anunciaba cuánto duelen los anhelos cuando
están atorados. No cantaba bien en absoluto, pero al menos tampoco
desentonaba. De hecho, le agradecí que no cantara. Que más bien pareciera
platicamos su triste canción. La letra era la repetición del tema de toda la
vida. Me dejaste, vuelve a mí y ese tipo de miel estreñida…
—Cómo la destroza —chirrió Wintilo.
—¿Qué cosa?
—La canción, hermano. Es de los Bukis.
—¿Qué Bukis?
—¿No conoces a los Bukis?
—¿Los Beatles?
—¡Bukis, pendejo! ¡Son mejores!
Agité mi vaso. El camarero lo vio desde la distancia, asintió sonriendo.
—Ya ligaste, hermano —me dijo Wintilo.
—Uno que tiene su pegue.
—¡Puto asco!
—Espero que sea verdad y tenga un poder irresistible.
—¿Quién? —Wintilo miró con desconfianza al camarero.
—Carcaño, Aníbal Carcaño.
—Ah, cabrón. Ya me estabas asustando. Ya verás que sí. Y el juez
Oviedo, más.
Le pregunté si conocía al juez en persona. Confesó que no, pero se apuró
a decir:
—Esa gente es dadivosa cuando está contenta.
—¿Y a ti qué te darán cuando encontremos a Roberto?
—Lo que más quiero en esta vida.
—¿Dinero a montones?
—Impunidad para gastarlo.
Alcé mi vaso y dije salud.
Judith se limpió una lágrima de la mejilla y agradeció sin aspavientos el
aplauso del público. Bajó del escenario y vino directamente a nuestra mesa.

30
—¿Los judiciales?
—Gil Baleares, este que te mira desconfiado, Wintilo Izquierdo.
—Pero bien derecho —apostilló Wintilo.
Judith se sentó frente a nosotros. Lanzó un grito fuerte al camarero; esa
fuerza le sacó una voz más gruesa de la que tenía cantando bajito.
—¡Lo mismo que mi amigo! —señaló mi vaso.
Wintilo me lanzó una mirada burlona.
El camarero trajo tres terciopelos negros. El mío, el de Judith y otro para
Wintilo.
—Yo no bebo mierda —reprochó este, ofendido.
El camarero estaba por regresar la bebida a la charola, pero la puse junto
a la mía para tener reserva.
—¿Qué tan difícil es vestirse de mujer? —le pregunté a Judith.
Ella lanzó una risilla. Le dio un trago a su bebida y respondió:
—Si te portas bien, un día te dejo ver cómo me visto.
—Me conformo con que me digas si Roberto era tan simpática como tú.
—Yo le digo Maika. Y no la llamaría simpática, más bien callada.
—¿Algo bueno que decir de ella?
—Buena amiga.
Wintilo iba a hablar, pero le hice una seña para que no interrumpiera.
Judith titubeó y soltó más prenda:
—Le sembraron al muerto. Maika no mataba ni una mosca.
—Una mosca no es un hombre —dije—. Aunque a veces los hombres
valen menos que las moscas y dan ganas de aplastarlos…
—Me gusta cómo hablas, Gil Baleares —Judith me lanzó una mirada
eléctrica.
Wintilo parecía incrédulo de mi facilidad de palabra.
—¿A qué te refieres con eso de que le sembraron al muerto?
—A eso, nada más…
—¿Quién? ¿Y de qué manera?
—No lo sé, pero imagino que Maika se metió a bañar y cuando salió,
Efrén ya estaba cadáver.
—¿Efrén?
A Judith le temblaron las postizas. Se le había escapado el nombre.

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—Venía los viernes. Al principio no por ella, pero después fue obvio que
Maika y él estaban hechos el uno para el otro. Querían casarse. No aquí,
claro, sino en un país donde se respete lo que somos…
—¿Y qué son? —acusó Wintilo con un poco de desprecio y otro tanto de
indignación.
Judith parecía decidida a contestarle. Pero yo sabía que aquel no era
momento de pelear los derechos de nadie, así que rescaté el punto:
—¿Cómo llegó aquí Efrén?
—De la nada. Como todos. Como si hubiera nacido en una de estas
mesas. Mirando a las chicas, bebiendo tragos como ustedes dos.
—No compares —advirtió Wintilo.
—¿Venía solo? —interrogué.
—Siempre. Y lo poco que dijo es que se dedicaba a vender ropa
deportiva. Era muy reservado.
—¿Y qué pasó con la relación si todo era de miel y arrocito con leche?
—Que la miel, papito, debió producir ácidos estomacales a otro.
—Dijiste que Efrén no venía aquí por Maika. ¿Por quién, entonces?
—Por mí.
—Carajo. Siento decirte esto, Judith, pero eres sospechosa.
—¿De qué, papito? ¿De perder en el amor?

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CUANDO SALIMOS DEL Espejismo, estaba a tope de terciopelos negros, así que
le pedí a Wintilo que me dejara en mi edificio. Yo pasaría a recoger mi coche
otro día, solo que el Datsun tenía sus trucos e intenté explicárselos.
—Cuando gires la llave pisa el acelerador tres veces, dos fuertes y una
suave, después, sácalo de golpe y mete rápido la primera, pero un poco como
si fuera segunda. Si lo oyes gorgorear, vuelve a primera y acelera
intensamente.
No lo consiguió. Así que manejé pedo por la Zona Rosa. Eran las doce y
algo y el metro estaría cerrado. En cierto modo, esperaba que una patrulla
apareciera y nos llevaran a pasar la noche al trullo para no provocar un
accidente. No sucedió.
Wintilo iba muy serio:
—Ya no eres el mismo de antes, Gil Baleares. Esas bromitas que te
gastabas con el putarrete te dejan mal parado.
—Sólo quería que se abriera.
—Pues casi lo consigues…
—No negarás que dijo cosas importantes.
—Sobre todo cuando te llamó papito.
—No te enceles. ¿Qué sabes de Efrén?
—Un don nadie. Si quieres verlo vamos al hospital de la universidad, no
reclamaron su cuerpo, así que los estudiantes deben estarle escarbando las
tripas.
—Judith dijo que era vendedor de ropa.
—Judith dijo lo que quiso decir, pero mañana mando a dos Judas a
detenerla por matar a Efrén, y ya en caliente, que le den una puta chinga por
depravado, vas a ver, de mí no se va a reír esa cabrona…

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Wintilo hablaba con un odio demasiado personal.
—¡Puto asco!
Le dije que llevaba toda la noche diciendo las mismas dos palabras.
—¡Asco! ¡Asco! ¡Asco! —dijo, escupiendo gotitas de saliva.
De pronto, se quedó embrutecido. Encendió la radio. Daban la misma
canción que Judith había cantado en el Espejismo. Wintilo se echó hacia atrás
y cerró los ojos.
—No vayas a mandar a golpearla.
—¿Por qué no? —abrió los ojos.
—Porque nos puede llevar hasta Roberto, recuerda que son amigas.
—Y eso me repugna. Esos transexuales son peor que los maricas. ¿Qué
son? ¿Un chiste de Dios? ¿Una provocación del diablo?
—No jodas… Déjala tranquila. Seguro se comunica con Roberto.
—Más a mi favor. Voy a mandar a dos cabrones y vas a ver que la hacen
confesar a pura patada en los huevos, que al fin y al cabo nomás le cuelgan
como aretes.
Ya no quise discutir.
Wintilo volvió a cerrar los ojos hasta que llegamos a su edificio en Villa
Coapa.
Dio unos pasos vacilantes hacia la puerta. Regresó y me soltó una
perorata bíblica en la que Dios le pide a Abraham que sacrifique a su hijo
Isaac. Después, citó lo que la Biblia dice de los homosexuales. Quería saber
si estaba de acuerdo. Su cara esperaba con arrogancia mi respuesta. Yo tenía
una confusión en cuanto a la relación entre ambas citas bíblicas, pero le dije
que lo consideraba un erudito y se fue tranquilo.
La verdad no me parecía justo que golpearan a un tipo que tarda tanto
tiempo en vestirse de mujer y que, a fin de cuentas, insistió en pagar los
terciopelos negros.
En avenida Cuauhtémoc sucedió el milagro. Una patrulla me echó las
luces y tuve que aparcar. Cuando el poli me preguntó si había bebido más de
la cuenta —cosa obvia por mi tufo—, me confesé borracho a tres cuartas
partes de mi capacidad.
Aplicó el alcoholímetro. Comprobó que no mentía. Mi coche quedó
aparcado; dijo que podía llevarlo al corralón, pero que me iba a hacer ese

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favor de dejarlo en la calle solo por no ser un borracho terco. Fuimos a la
delegación en la patrulla 307. Debo decir que desde el Ministerio Público
hasta el policía que me llevó a la celda, fueron corteses. Me sentí un tipo que
alquila el cuarto de un hotel. Sabanita limpia con olor a cloro y camastro
duro.
Compartí la celda con un tipo llamado Arturito. Usaba gafas de pasta, era
flaco y tenía los hombros echados pa’lante. No necesité preguntarle por qué
razón estaba ahí. Me dijo que sufría episodios de ansiedad. Y que había
salido a romper unas cuantas ventanas a la calle para relajarse. Él mismo
llamó a la policía. Sorprendente. Ya éramos dos los ciudadanos
autoinmolados. Yo al confesar que sí andaba pedo. Él al llamar a la patrulla.
Una hipótesis surgió en mi mente de borracho: cuando la impunidad se
desborda, necesitamos castigar a alguien, aunque sea a nosotros mismos.
Arturito resultó un conversador interesante. Me dijo que trabajaba en una
tienda de artículos eróticos del centro. No me pareció raro cuando dijo que
comenzó a oír voces, voces que le pedían salvación.
—Supuse, Gil, que se trataba de un alma en pena. Pero descubrí que una
de las muñecas inflables me llamaba desde su caja de cartón. La llevé a mi
casa. Le puse por nombre Laura y la convertí en mi amante. Por las noches,
se lo hacía tres o cuatro veces. Sólo pensaba en ella, a todas horas y en todo
lugar. Tanto que a diario me hacía dos o tres puñetas. Ya sólo vivía para eso.
Para Laura y las puñetas. Conocí a una mujer de carne y hueso, Elena Soto
Balderas. Estudiaba Física nuclear, pero le daban miedo los hombres. La
conocí en un concierto de Madonna. Yo no tenía nada que hacer en el
concierto de Madonna. Hubiera preferido a Zeppelin. Pero Zeppelin nunca
vino a México. ¿Sabes por qué Zeppelin nunca vino a México, Gil?
Comenzó a hartarme su divagación. De cualquier forma, interrogué con la
mirada.
—Por culpa de los presidentes. Siempre le tuvieron miedo a los disturbios
sociales nacidos de la música. Mis padres fueron hippies. Estuvieron en
Woodstock y en Avándaro. Sé de lo que te estoy hablando, Gil. Los
presidentes mataron a miles de hippies ayudados por la CIA. Ellos mismos,
los presidentes, eran agentes de la CIA. Fueron reclutados. Para esto, el
pacto, lo sé porque tengo informantes, presupone un juramento muy severo, y

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para sellarlo, el candidato se lo tiene que chupar a un hombre que se pone
crema de maní en el palo. La crema de maní es el símbolo de los Estados
Unidos junto con el Ojo Avizor, lo sé porque…
Me atreví a cortarle el rollo.
—¿Y qué sucedió con la mujer de carne y hueso?
—Salimos dos o tres veces, pero me ponía nervioso. Ella trataba de
mostrarse natural. Yo sólo pensaba en Laura, en Laura y las puñetas.
Nunca me había acostado con una muñeca desechable, así que le pedí
detalles.
—No es lo mismo —aceptó—, pero te las ingenias. Acabas inventando
fantasías de la misma forma que si fuera una mujer. ¿Piensas que estoy loco,
Gil?
Le dije que no podía juzgar los gustos de nadie que alcanza la felicidad
suprema. Dijo que pronto se dio cuenta de que la felicidad no existe, pues
usaba condón, temeroso de ser contagiado de SIDA por su chica infiable.
—La gota que derramó el vaso fue cuando se me rompió un condón.
Aluciné. La emprendí a puñetazos contra Laura. Ya no fue lo mismo.
Seguimos teniendo sexo, pero siempre con violencia y llanto de por medio.
—Las muñecas no lloran —dije.
—El llorón era yo. Y para mí ella tenía sentimientos.
¿Qué podía decir a eso?
—¿Ahora me puedes amarrar las manos, Gil?
Me mostró una pañoleta que había pasado a escondidas bajo la camisa.
Me explicó que necesitaba dormir con las manos amarradas para no rascarse
los huevos hasta sangrarse.
—Mis manos me odian —dijo.
Y lo dijo de forma tan sincera que ni por asomo lo taché de loco. Todas
las ciudades tienen gente así, aunque el resto nos miremos las puntas de los
zapatos cuando nos preguntan algo. De cualquier manera, no quería amarrarle
las manos, menos en la cárcel. Le dije que lo lamentaba.
—No te preocupes, Gil. Eres un hombre bueno.
—¿Cómo lo sabes?
—Detrás de ti está tu padre muerto, diciéndomelo.
No quise oír más. Le dije que tenía sueño. Cuando lo oí roncar, le amarré

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las manos con la pañoleta. Sólo por la salvación de sus huevos y tal vez
también de los míos.
Al día siguiente, fui el primero en despertar. Desamarré las manos de
Arturito y puse sus gafas con cuidado en la orilla de la cabecera para que no
las pisara.
Pagué la multa correspondiente y salí a beber un trago de sol.

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ACORDAMOS TERRENO NEUTRO. Ni su casa ni la mía. El parque Hundido de
la colonia Nápoles. De cara al gran reloj floral que marca las horas de la
calle.
Teresa llevaba un vestido color verde claro, de una sola pieza, y un
sencillo collar de cristales blancos. Nos mostramos cohibidos, y eso, por raro
que parezca, facilitó la comunicación, pues ninguno parecía querer replicar lo
sucedido en mi casa.
—Tenemos un problema, Gil.
—Lo sé.
—No nos podemos contener.
—Es cierto.
—Creí que lo nuestro estaba muerto.
—Yo también lo creí.
—Pero ya sabes, donde hubo fuego…
—Cenizas quedan…
—¿No te parece que si seguimos así vamos a salir muy heridos, Gil?
Sentí que su aspecto me decía lo contrario, que no podía lastimarla, sino
amarla intensamente.
—Es cierto, tú y yo podemos hacernos mucho daño —acepté.
Mi respuesta le nubló los ojos.
—Gracias por ser sincero —me tomó la mano.
Justo antes de quemarse la piel, la soltó.
—Me dolió dejarte la última vez. No quiero volver a pasar por eso.
—Yo tampoco —dije—. Cuando te fuiste aullé como un perro. ¿Tú
también?
—No tanto, gracias al trabajo y a la terapia salí adelante.

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—Imagínate yo que no tenía trabajo. ¿Qué terapia?
Me dijo que entre su triste infancia, el abandono de su madre y la ruptura
conmigo terminó en el diván de un terapeuta. Le fue importante aclarar que el
tipo no era freudiano, sino transaccional, aunque yo no entendí la diferencia.
—Deseo que seas feliz, Gil.
—Lo mismo para ti. Felicidad a mares. Felicidad aunque no demasiada…
—¿Cómo así?
—No tanta porque confieso que me gustaría que al recordarme sientas un
poco de tristeza…
—¿Podrás perdonarme algún día?
—¿Perdonarte de qué?
—Te llevé a Saúl. No era mi intención presionarte, pero en la terapia…
—¿Qué terapia?
—Estoy en terapia. Te lo acabo de decir…
—¿De qué estás enferma?
—Terapia psicológica.
—Ya.
—Llegué a la conclusión de que, en mi inconsciente, quise vengarme de
ti usando a Saúl; mi hijo es la exteriorización de mi niño interior; quería que
valoraras a mi niño interior como no lo hiciste conmigo. Pero te pido que
imagines que nunca conociste a Saúl.
—Eso es un poco difícil.
—No crees que seas su padre —se frenó—. Ya estoy comenzando de
nuevo. Olvídalo. ¿Lo podrás intentar, Gil? ¿Puedes borrar al bebé de tu
mente?
Asentí.
—¿Amigos en la lejanía? —dijo esa frase baladí, tendiéndome su mano
larga.
Me pregunté qué significaba la lejanía si la tenía tan cerca.
—¿Amigos en la lejanía? —insistió como diciendo: Mira qué frases
especiales soy capaz de inventar.
Quizá la había inventado su terapeuta y significaba algo muy profundo.
Sonaba un poco poético, lo acepto. Me recordó esos barcos que pasan lejos y
braman como si tuvieran pena; y uno los ve desde el puerto y siente ganas de

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hundirse en el mar de la desolación.
Imaginé al terapeuta de gafas pequeñas, pelo ensortijado color tabaco con
destellos de miel, estilo intelectual. Chalequito de rombos, camisa blanca de
las más caras. Quizá uno de esos judíos que tienen mucho que contar del
holocausto.
Sentí celos.
Su mano seguía estirada. Mi niño interior estaba furioso. Era fácil
pedirme que olvidara al bebé. Cierto que era un tipo pequeño, casi
inexistente. Ni siquiera hablaba, aún no mostraba personalidad, pero no podía
engañar a mi cerebro. Eso de bórralo era una cruel petición. No era cosa de
coger un borrador mental e irle quitando el cuerpo al muñequito. O eliminarlo
en una cámara de gas mental al estilo nazi. Saúl existía. Lo había visto con
mis propios ojos. Y ella, esa mujer que estaba ahí, había dicho, es tuyo. Sin
ADN de por medio. Sin yo verla antes panzona. No había dicho, quiérelo. Ser
o no ser padre. Tu bi or no tu bi, ese es el infierno.
—Adiós, amigo —Teresa me rodeó con sus brazos, haciendo hacia atrás
sus pechos redonditos.
—Sé feliz —dije yo.
—Tú también —recargó su cabeza debajo de mi cuello.
Detrás de la banca había una fila de arbustos. Más allá, un terreno de
hierba tupida y descuidada. Últimamente, todos los prados de la ciudad
estaban así. No les daban mantenimiento. Nunca pensé que lo agradecería,
calculé dos movimientos audaces. En el primero, sujeté a Teresa Sábato por
los cabellos de la nuca, en el segundo, me arrojé con ella detrás de los
arbustos. Intentó resistirse. No se lo tomé por rechazo, sino por temor de que
su espalda se diera contra la hierba. Y eso pasó. Se dio un golpazo que le
sacó el aire. El aire sonó en mi nariz y en mi boca que quedó cerca de su boca
y su nariz. Ese aire tan íntimo y tibio, me enloqueció. La besé furioso. Le
busqué con mi lengua hasta las muelas del juicio.
Teresa volteó de lado, evadiendo mi boca. No se lo tomé a rechazo.
Miraba si alguien nos estaba observando.
Yo hubiera dado lo que fuera por oír risas, una tos. Cualquier cosa capaz
de frenarme. Aquella tomografía de mi cráneo no mentía, mi cerebro era una
nebulosa blanca. Y el cambio climático aún no tenía efectos en el deseo de

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apareamiento más elemental. Lo estábamos haciendo a mediodía; por la orilla
de sus bragas color rosa tenue, a través de mi bragueta que me lastimaba con
sus pequeños dientes de metal.
Pensé en Arturito y su muñeca, pensé que yo estaba a punto de desinflar a
la mía en cada empellón ansioso. El reloj de tierra marcaba las doce y treinta
y cinco de un día de septiembre.

Así es la ciudad. Se puede nacer y morir en el mismo instante.


No era la primera vez que veía fotos de muertos. Pero las que me mostró
Wintilo en su coche me hicieron dar un par de arcadas de asco. Salí del coche
a vaciar el estómago, junto a las raíces de un ficus que ni la debía ni la temía.
Un golpe de aire me devolvió a la vida.
—Para que veas de lo que son capaces los putos cuando están en brama
—Wintilo me ofreció unas pastillas de menta, detrás de mí, por encima de mi
hombro.
Uno quisiera salvaguardar ciertos recuerdos privados de las vulgaridades
de la vida. Justo en ese momento, mi mente viajó a la hierba. A Teresa
tapándome los labios con un dedo cuando quise decirle algo; se puso en pie.
Se alejó acomodándose la falda, caminando chueco pues llevaba los zapatos
torcidos. Despeinada. Abrumada. Atarantada. Cogida. Igual que yo, ahí tirado
bocarriba, mirando las nubes caprichosas en el cielo arrastradas por el aire
como basura de humo.
—Tienes que verlas —dijo Wintilo.
Era verdad. Tenía que ver esas fotos. Cobré arrestos. Regresé al coche. El
cuerpo del muerto presentaba tajos en los costados, nalgas y piernas. La
espalda estaba limpia en ese sentido, pero llena de besos dibujados con lápiz
labial color negro.
Sobre el buró del hotel había un par de botellas de vidrio de Coca-Cola,
una caja de cigarros Lucky Strike y una caja de condones Durex.
—¿Qué dijo el encargado del hotel?
—Lo de cajón, que sólo oyó gritos. ¿Quieres que vayamos a interrogarlo?
—¿Por qué me lo preguntas a mí?
—Currículum manda —se me cuadró Wintilo—. Le conté al teniente

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nuestra entrevista con el joto del Espejismo. Le gustó tu actitud. Yo dudaba.
Pero reconsideré. Hiciste bien, Gil. Te echaste al marica al bolsillo en el buen
sentido de la palabra. En cambio yo me ofusqué por la aversión que les tengo
a los invertidos. No tengo tanta experiencia como tú en tratar con ellos. Pero
bueno, Carcaño dice que tú mandas, y yo me disciplino.
—Vamos a dividirnos. Uno vigila a Judith. El otro regresa con el
encargado del hotel y le saca más información.
—Tú el marica. ¿Qué quieres saber del hotelero?
—Primero su nombre. Aunque ya deberías saberlo.
—Tampoco me regañes, güey, se llama Benjamín Sánchez.
—Pregúntale si conocía bien a Roberto y a Efrén. Si la pareja iba con
frecuencia, incluso si la habitación tenía un número de mala suerte. Por
cualquier parte puede saltar un detalle que nos sirva de algo.
—Ya te echaba de menos, Gil Baleares —sonrió Wintilo—, si siempre he
dicho que al dejar la pobcía cometiste el peor error de tu vida y que te ibas a
morir de hambre.
Supuse que tenía razón y no cuestioné su franqueza.
—Conozco una cantina que acaban de abrir y que si chupas tres
submarinos sin ponerte pedo, te regalan la comida. Ahí nos vemos como a las
cinco —propuso.
—Necesitamos estar sobrios. Nos vemos en mi casa.
Subió a su coche y se largó.
Regresé en el metro. Tuve que atravesar el pasaje de la estación Pino
Suárez que conecta la línea rosa y la línea azul. Todavía andaba con resaca de
las últimas parrandas, así que me faltó oxígeno y me recargué en el barandal
de cara a la pirámide ubicada en un patio interior a cielo abierto. Nunca he
sabido si es auténtica o puro cemento.
Millones de personas que pasan por ahí todos los días y, precisamente,
del otro lado del barandal estaba mi ex mujer. La última vez que la vi dijo
que no quería volver a verme ni a cien metros. No después de que
desenmascaré a su novio que fingió tener cáncer y lo que tenía era gonorrea.
Ella fue la que rompió la distancia. Nos saludamos. Le pregunté por la
hija.
—Creciendo. ¿Y tú?

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—Un poco de esto y otro poco de lo otro…
Revisé sus ojos en busca de un indicio de piedad o de desprecio. No había
nada.
—Me dio gusto verte —tendió su mano.
Esa mano me recordó otra que se me había tendido a mediodía. Mis ojos
miraron, veleidosos, aquel molote de mis antepasados. Imaginé que saltaba la
barda con mi Malinche para montármela en la piedra. Pero Ana no era la
Malinche ni yo un azteca.
—Hasta pronto —dije.
—Un día ve a ver a la niña. Le dará gusto.
Sentí alegría al oír esa especie de tregua. Di la vuelta para largarme antes
de que se arrepintiera, entonces dijo algo extraño a mis espaldas.
—Adiós, hombre cebolla…
Fue uno de esos momentos en que uno no entiende, pero tampoco es
capaz de preguntar, y sonríe como si entendiera el chiste.
Caminé en dirección a la línea rosa. Después de unos cuantos metros,
sentí que debía pedir explicación a eso del hombre cebolla y de paso fijar una
fecha para ver a la hija.
Ana seguía junto a la pirámide. Un tipo de trajecito color verde enfermo
se acercó a ella. La besó. Yo estorbaba el paso. Los desconocidos me
empujaban como a mamarracho de película cómica. Volví a tomar el cauce
del río humano. Cargando a cuestas unos celos que no me pertenecían.

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JUDITH NO ME dejó subir a su apartamento. Me preguntó por interfono quién
me había dado su dirección. No me anduve con rodeos, le expliqué que la
policía la tenía vigilada por razones obvias. Agregué que necesitaba más
detalles de Roberto.
—Para mí es Maika —me recordó—. No tengo más que decir. Dile a tu
amigo que me deje en paz.
—¿A qué amigo?
—El cara de bestia. Regresó borracho al Espejismo.
—¿Cuándo?
—Esa misma noche que hablé con ustedes.
—¿Y qué quería?
—Golpearme, por suerte siempre salgo con las muchachas. Le dijimos
que le íbamos a dar una madriza si no me dejaba en paz, y se largó. Cobarde
al fin y al cabo, como todo mataputos.
Le pedí que habláramos cara a cara del asunto. Ya no respondió.
Media hora más tarde, regresé a mi apartamento. Le marqué a Wintilo.
Dijo que no podía acercarse porque habían anunciado una manifestación de
campesinos que venían de Chiapas a protestar al Zócalo. Acepté verlo en la
nueva cantina de la que me había hablado. Se llamaba el Nuevo Encanto y se
podía llegar a ella atajando hasta Municipio Libre, en la Del Valle.
Sólo le puse una condición. Dos copas estrictas y de ahí a seguir hablando
del caso. Mi idea era resolverlo pronto, pues presentía que Aníbal Carcaño
escatimaría lo de mi padre hasta que yo encontrara a Roberto Oviedo.
Para cuando dieron las diez de la noche, llevábamos bebida tres cuartas
partes de una botella de Havana Club. Wintilo me había llevado ahí con
trampas; la manifestación de campesinos no sería hasta la siguiente semana.

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Los campesinos apenas venían caminando por Tlaxcala.
Al menos, Wintilo no mintió en algo, antes de beber el ron nos ocupamos
de tres submarinos cada uno y nos regalaron la comida. Vale la pena recordar
el menú: caldo de hongos en chile morita, mojarras al mojo de ajo,
empanadas de cuitlacoche con queso, y de postre, flan de anís con cajeta de
Celaya, que los dos rehusamos temerosos de que lo dulzón desatara los
fulgores de la peda.
Lo malo es que no faltaron los mariachis. Y que Wintilo volvió a pedir
Cartas marcadas. Esta vez no tuve forma de escaquearme. Después de oír
siete veces la misma canción, despedí a los mariachis, Wintilo quiso ir tras
ellos, pero se contuvo cuando pedí digestivos de anís chinchón.
Me contó su entrevista con Benjamín Sánchez, el hotelero.
—Eran las siete de la noche, escuchó gritos en el quinto piso.
—¿De cuántos pisos estamos hablando?
—¿Qué chingaos importa eso?
—Todavía no lo sé…
—Diez o quince.
—¿Y subió a ver qué pasaba?
—Le dio miedo, pero llamó a la policía. Llegamos y encontramos al
muertito en la 309.
—¿Llegamos?
—Eso dije.
—¿Tú también?
—Oh, cabrón, ya te dije que sí.
—¿Por qué tú?
—¿Cómo qué por qué yo? Soy policía, no taxista.
—Pero hasta ahora no me dices que también tú encontraste al muerto.
—¿Eso cambia las cosas?
—Las cambia en la medida en que viste el escenario del crimen.
—Eso parecía, un escenario, pero de teatro. El occiso estaba tendido
hocico pa’bajo nalgas pa’rriba. Cigarros, condones, tal cual lo viste en las
fotos. Las fotos las tomó Madariaga. ¿Recuerdas a Madariaga? No hay quien
le gane en retratar cadáveres. Es un artista el hijo de la chingada. Lástima que
se está quedando ciego. Se va a perder un talento.

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Le pedí que no se desviara del tema y me dijera qué más vio.
—Pues que picaron al muerto como si se tratara de ponerlo en su jugo.
—¿Por qué los llamaron a ustedes si son de Asuntos Especiales?
—Porque el evento ocurrió en la demarcación.
—¿Qué demarcación?
—Donde está el Espejismo.
—¿Y qué demarca al Espejismo?
—Qué, no, quién.
—¿Quién, entonces?
—Dios, pendejo.
Supuse que el juez Oviedo había ordenado a Carcaño vigilancia al lugar y
sus alrededores. En ese sentido, el terreno estaba demarcado y la policía
dejaba trabajar con absoluta autonomía a Asuntos Especiales.
—¿Qué más te dijo Benjamín?
—¿Me estás interrogando?
—Viste al muerto y hablaste con Benjamín, el encargado del hotel, así
que sí, te interrogo.
—Tranquilo. En palabras de Benjamín Sánchez, una noche Roberto y
Efrén fueron, como de costumbre, a chocar espadas. Y un tipo se presentó a
armarles el escándalo.
—Descripción.
—Benjas sólo recuerda la voz, pues según dice, se entretenía leyendo el
Código Da Vinci. Menciono el libro porque te gustan los detalles. Levantó la
cara del libro cuando escuchó los gritos.
—¿Qué gritos?
—Los del tipo cuando Roberto, Maika o como se llame la cabrona, lo
mordió.
—¿Dónde lo mordió?
—Dónde más le duele a un hombre.
Los decibelios de la música ahogaron las palabras de Wintilo. Le pedí que
esperara y me acerqué a la barra. Antes que pudiera protestar, el encargado
me señaló a otro tipo un poco más entrado en carnes. Aquel me miró con cara
de gato roñoso. Tenía varias esclavas de oro en sus gordas muñecas.
—Saque la pistola —me dijo perspicaz—. Ya sé que es judicial, pero no

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le tengo miedo. Me ampara la Santa Muerte. Máteme si puede…
Uno no puede discutir cuando se apela a tales cosas.
Regresé a mi sitio. Encontré a Wintilo usando la mesa de almohada. Le
vertí un poco de anís en un oído. Se revolcó como un poseso.
—Vámonos.
—¿Adónde?
—Adonde no haya ruido.
—¿Cuál ruido?
Vi que podía sostenerse por sí solo y saqué mi billetera.
—¡Quieto, pendejo! —Wintilo me tiró la billetera de un manotazo más
rápido que Clint Eastwood un revólver—, estos son gastos de oficina, los
paga la Corporación, lo mismo que a las putas que al rato nos vamos a coger.
Llamó al mesero. Un muchacho muy finito de cuerpo. Wintilo mostró su
billetera bien nutrida, pagó con su tarjeta plus cuan perfecta. Rellenó el papel
con su firma complicada. Incluyó una propina que ofendía, y no por la
cantidad, sino porque le preguntó al mesero si tenía hermanas, para que les
comprara tangas. El muchacho tuvo el buen tino de darse cuenta que Wintilo
era un borracho impertinente. Pero no hay peor ofensa para un borracho
impertinente que el silencio.
—Cabrón —le dijo al muchacho mirándole de pies a cabeza—, otro
poquito y naces mujer…
Le di un tirón a Wintilo y lo llevé a la calle. Un fulano que usaba chaleco
color verde duende trajo nuestros coches. Mi Datsun parecía el sirviente del
Ford último modelo que pusieron frente a Wintilo.
—Sí, es nuevo. ¿Y qué pedo? Ganado con el sudor de mis cojones. Dime
adónde la seguimos. ¿Otra vez Garibaldi o ya nos vamos con las putas?
Lo llevé al Siracusa, un lugarcito en Coyoacán donde tocan jazz.
Cuidado. No se me malentienda. Iba ahí porque el jazz no es música, es un
conjunto de notas que se van tocando a lo pendejo y sin ánimo de ofender a
nadie; además, en ese sitio, las tocan imperceptibles al oído humano. Solo los
perros pueden escucharlas.
La primera vez que fui al Siracusa descubrí que había encontrado el
paraíso artificial; botellas en una pared de espejos detrás de la barra,
penumbra azul, un barman que no se hacía el psicólogo y meseras sin ánimos

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de perturbar la virilidad de nadie, así que cualquiera podía sumirse en una de
esas mesas redondas de madera oscura, a beber sin ser jodido por los
paparazis que atacan a la gente anónima, es decir, otros anónimos que buscan
amigos a quienes contarles sus miserias.
Lo único que no me gustaba del Siracusa era la concurrencia: fulanos con
caras de saber la fecha exacta del fin del mundo. Una noche me sentaron con
varios desconocidos mientras se despejaba una mesa. Esa gente habló de jazz.
Todos tenían opiniones doctas. Sus ojos me veían como disfrutando mi
silencio que presuponía ignorancia. ¡Ellington! Exclamé, recordando el
apellido de un jazzista. Pero ellos esperaron el resto de la historia. No la
había. Ni siquiera recordaba el nombre de pila de Ellington —luego me
enteré que tenía nombre de pato: Duke—; aquella noche, doña petulancia me
derribó en la lona de mi ignorancia y el desprecio de los siracuenses.
Wintilo pareció decepcionado con el Siracusa.
Una muchacha, agradablemente fea, nos tomó la orden.
—¿Y usted qué bebe, señor?
—Ilumíname —le dije, repitiendo la palabra que había en un letrero
pegado en la pared detrás de la muchacha, junto a varios carteles de jazz
donde esos negros tocan trompetas y ríen gozosos porque tienen más vida
que la gente blanca.
—¿Un Alfonso XIII?
Carajo. Esa bebida me recordó a mi viejo. Su lechita con ron.
In memóriam, tuve que aceptar.
Le pedí a Wintilo que continuara contándome sobre el tipo que fue a
fastidiar el romance entre Roberto y Efrén.
Dijo que se había ido rápido y adolorido de los huevos, sin que Benjamín
lo viera como para describirlo al detalle.
—Noches después —siguió Wintilo—, Roberto alias Maika y Efrén
marica, llegan al hotel. Benjamín les da su llave de costumbre. La 309. Ellos
suben. Benjas a lo suyo. La lectura del Código Da Vinci. Treinta minutos más
tarde, gritos que a pesar de venir del quinto piso llegan a los oídos de Benjas.
Se lo piensa dos veces antes de subir. Decide llamar a la policía. Llegamos.
Precintamos el hotel. Revisamos las habitaciones. Nada. Sólo el muerto, sólo
Benjas Sánchez, cagado de miedo. Las huellas digitales halladas en el cuarto

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son de todo el mundo, pues todo el mundo ha pasado por ahí. Si me lo
preguntas, hasta yo seguro he ido a echar un palo a ese lugar; te dan de
cortesía dos mini botellitas de whisky.
—Judith me contó que regresaste al Espejismo —saqué a colación.
—Para darles sus chingadazos —admitió Wintilo—. Tú sabes que andaba
yo pedito.
Le advertí que no volviera a actuar a mis espaldas. Me guiñó un ojo y
alzó la mano en plan de juramento.

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HORAS DESPUÉS, TODO se movía vertiginosamente; el techo, los muebles, mis
tripas y mis ideas. Recordaba haber salido del Siracusa desconcertado porque
Wintilo me ocultara su segunda visita a Judith y también que, de primera
mano, encontrara el cadáver de Efrén y no me pusiera al tanto de eso.
Tampoco me convenció lo que le dijo Benjamín, así que fuimos juntos a
buscarlo. Pero apenas pudimos hacernos explicar de la peda que traíamos. A
regañadientes, nos autorizó a revisar el hotel, pero sin que importunáramos a
los huéspedes. Cuando nos vio subir a trancas por las escaleras, movió la
cabeza.
Subimos a la azotea, del lado norte había un terreno baldío, del sur, la
azotea de un edificio más bajo que el hotel. No imaginé a Roberto vestido de
Maika tirándose por ahí. Y si lo hizo, debía tener nalgas de goma. Caminé
hacia una puertita de esas que parecen comunicar a las escaleras de servicio.
Un ruido feroz me hizo girar. Wintilo vomitaba. No en un rinconcito, sino
de cara al vacío. Al vil vacío de ciudad. Cuando terminó, se tendió en la
azotea brazos y piernas abiertas al estilo del monigote de Da Vinci. Dijo que
se estaba muriendo y que tenía miedo de ir al infierno. Temblaba. Lo levanté
y bajamos despacio. Cuando llegamos a la recepción, Benjamín miró a mi
compañero con expresión de ver un fantasma en pie. Y eso era Wintilo
Izquierdo, un fantasma de piel cerosa. Incluso tenía un olor extraño. Si se me
permite, diré que olía a hígado. No sé a qué huela el hígado, pero creo que
olía a eso, a un hígado reventado de cirrosis, entre amargo y fúnebre.
No podíamos seguir revisando el hotel así. Le pedí a Benjamín que me
dejara guardar el coche de Wintilo en el parking del hotel. Wintilo le advirtió,
voz traposa, que si encontraba un solo rasguñito en su vehículo, le partiría la
madre.

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Benjamín, como el mesero del Siracusa, optó por el silencio. Y, de nuevo,
el silencio ofendió al borracho.
—¿Lo dudas, pinche gordo? —inquirió Wintilo.
Lo llevé de un tirón a la calle.
Me puse detrás del volante. El coche tenía mil trucos. En eso, ironía de
ironías, se parecía a mi viejo Datsun. Tardé mucho tiempo en aparcarlo, no
sin rasparle una puerta y sentir pena por Benjamín Sánchez.
Volví al hotel. Wintilo se había dormido a lo largo del sillón.
Lo llevé en mi coche hasta su casa. En el camino, abrió los ojos. Me dijo
que fuéramos a conseguir una raya de coca. Le dije que eso no era lo mío.
—¿Entonces qué te metes para ser feliz? —me preguntó.
Le respondí que yo no buscaba ser feliz, así que no necesitaba meterme
nada. Cierto que de vez en cuando me metía morfina, pero en cumplimiento
del dolor y no en la búsqueda de la felicidad, pues para mí la felicidad, como
diría Arturito el muñequero, es peligrosa porque causa acostumbramiento.
—Chopenjagüer —balbuceó Wintilo—, tú eres mi Chopenjagüer de
bolsillo, hermano. ¿Te acuerdas del maestro Chopenjagüer? ¿El de filosofía?
Ese tipo me cambió la vida. Me hizo un intelectual, hermano.

Al día siguiente, no sonó el teléfono hasta mediodía. Era Wintilo. Me dijo


que ya estaba pinchado el teléfono de Judith. Quedamos de vernos a las seis
de la tarde en las oficinas de la Judicial.
Ninguno de los dos mencionó la posibilidad de comer juntos en ninguna
cantina.
El resto del día, no hice demasiado. Leí una revista que hablaba de
enanismo y gigantismo. Dos cosas como para sentir que Dios tiene su vis
cómica. Sonó el teléfono. Número equivocado. Descubrí lo mucho que
esperaba la llamada de Teresa Sábato. Decidí hacerle frente al asunto.
Visité a Irene Sandoval.
Fue un chasco verla abrir la puerta con Saúl Mocoso en brazos. La mirada
analfabeta del pequeño me taladraba como si supiera lo que yo le estaba
haciendo a su madre.
—¿Quieres cargarlo?

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Antes que rehusara, Irene lo puso en mis brazos. La levedad del niño me
produjo el mismo traumatismo que el de sostener una granada sin seguro. Lo
devolví a los brazos de Irene que, por sus ojos, risueños y burlones, disfrutó
la provocación. Me ofreció un refresco. Le reclamé haber sido indiscreta. Se
disculpó diciendo que Teresa era de esas personas a las que no se les puede
engañar porque son muy intuitivas. Le supliqué que, esta vez, no le dijera de
mi visita. Salí de aquella casa, pitando, bajando de dos en dos los escalones.
Todo a causa de haber cargado a ese bebé. Consciente de que me estaba
metiendo en la cueva del lobo. Ese niño, otra vez, me había abierto los ojos a
la verdad y al pánico.
No quería ser padre.
Eran las seis de la tarde. Así que me dirigí a la Judicial. Cuando llegué
frente al edificio color cemento aún faltaban quince minutos para ver a
Wintilo. Bajé del coche y caminé unas calles. Me hice una pregunta estúpida.
¿Y si Roberto sigue escondido en el hotel? Detuve mis pasos. Marqué el
teléfono.
—Wintilo, tengo una corazonada…
Le dije cuál. Esperé que me mandara al carajo. Me sorprendió su
pregunta:
—¿Quieres sentir un poco de poder, cabrón?
Ocurrió como en esas películas donde se resumen horas en instantes.
Escuché sirenas de patrullas rabiar a lo lejos. Llegaron tres. Una se detuvo
junto a mí. Abrió la puerta. Los transeúntes también se detenían, excitados de
curiosidad. Subí a la patrulla. Volteé y vi que el coche de Wintilo nos seguía
detrás.
Pese al tráfico, denso y caliente, llegamos al hotel Emporio en cuatro
minutos. Esa magia de hacer a un lado coches, semáforos en rojo y
transeúntes espantados, tenía su dosis de emoción. Wintilo, yo y seis policías
más, fuimos directo hacia Benjamín Sánchez, y Wintilo, sin detenerse, le
espetó:
—¡No te muevas ojete! ¡Vamos a revisar todo el puto hotel! ¡Ay de ti si
tienes escondido al putito!
—¿Traen una orden de cateo?
—¡Tómala y léela despacito! —Wintilo lo jaló por la camisa y le metió

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un cabezazo en la nariz, el cual consideré innecesario, pero ya estaba dado y
generó sangre en abundancia.
Instantes después, comenzaron a salir huéspedes de las habitaciones como
cucarachas tras una fumigada. Benjamín se escondía la cara con papeles
llenos de sangre e intentaba decir a los huéspedes que los policías estábamos
haciendo una inspección rutinaria, que no se fueran. Era triste oírlo ser
amable y verlo sangrar copiosamente.
El teléfono de la recepción timbró. Benjamín iba a cogerlo, pero Wintilo
se lo arrebató de las manos y lo levantó como para golpearlo en la cabeza.
—¡Abusado, el puto o me lo chingo!
Me mantuve tan quieto como Benjamín. No sé si se dio cuenta de que le
ofrecí una disculpa con los ojos. Creo que no, las pupilas se le desaparecieron
bajo la hinchazón.
Wintilo habló unos segundos por teléfono y me dijo:
—Encontraron algo…
Subimos en el ascensor. Cruzamos la puerta de la 309. Los policías
habían volteado todo de cabeza, incluyendo la cama. Encontraron ropa de
mujer, una peluca y un par de lápices labiales. Corté un pedazo de papel de
baño y levanté uno de esos labiales del suelo ayudado por el papel. Pinté
sobre el otro pedazo. Era labial negro.
Un violento frenazo, seguido por un golpe, nos llevó a los policías, a
Wintilo y a mí a asomarnos a la ventana. A media calle, tendido bocabajo,
estaba Benjamín. Al parecer, lo habían atropellado en su intento de escapar.
Una patrulla se puso en movimiento y fue detrás de un coche.
Wintilo y yo bajamos rápido por la escalera, salimos a la calle. Al vernos,
Benjamín comenzó a arrastrarse. No llegó lejos. Wintilo le puso un pie en la
espalda.
—¿Buscando una grieta, pinche gusanito gordo?

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No HAY PEOR peste que el de las colillas de cigarro revuelto con el del hedor
de una silla de vinilo barato. Ese era el caso de aquel cuartucho a varios
metros bajo tierra en uno de los edificios de la policía judicial al que Wintilo
llamaba La cueva del Oreja. Fuimos ahí después de nuestra parada en el
hospital del Chopo (habíamos seguido a la ambulancia en la patrulla). Sirena
contra sirena. Velocímetro contra velocímetro. Neumáticos contra
neumáticos. Pero al llegar al hospital los paramédicos no nos dejaron
acercarnos a Benjamín Sánchez. Wintilo amenazó con traer un grupo de
asalto que tomaría el hospital con gases lacrimógenos y armas de alto poder.
Los médicos se rieron de él. Wintilo se les fue encima. Tuve que sacarlo de
ahí —cosa que ya se estaba haciendo costumbre— mientras nos gritaban de
todo. Lo menos, asesinos con placa.
Unos reporteros de nota roja intentaron acosarnos en busca de
«información» encaminada a la brutalidad policial. Wintilo les dijo que si
salíamos en el noticiero se quedarían sin cojones. No se intimidaron. Estaban
acostumbrados a ese tipo de cosas.
—Quinientos pesos para sus refrescos si se largan mucho a la chingada
—propuso Wintilo.
—Okay, vienen los mil pesos —reviraron.
A Wintilo le encantó la chulería. Les pagó y de camino, me dijo:
—A mí que me hagan pendejo, pero que me dejen contento…
En La cueva del Oreja había una consola de grabación, computadoras,
paredes de corcho y una alfombra gruesa que olía a saliva y polvo. Wintilo
intentaba manejar los controles. Me dio la sensación de que no sabía un
carajo de tecnología.
Aproveché para increparlo por la agresión al hotelero.

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—¿Por qué lo defiendes? —dijo él—. Es obvio que nos ocultó que
Roberto se escondió en la 309. Donde le dio tiempo de deshacerse de peluca,
bragas y lápiz labial. Vete tú a saber si hasta pasó frente a todos los policías
ya vestido de hombre. El hotelero está metido en el ajo. Te lo firmo.
—Si se muere o nos demanda, no vamos a poder interrogarlo más.
Wintilo me cambió de tema.
—¿Estás listo para oír a tu novia? —pulsó un botón de la consola y la voz
de Judith surgió con nitidez en todo el cuarto. Hablaba con alguien por
teléfono.
—Ahora, Darth Vader, güey —Wintilo pulsó otro botón.
La voz de Judith se tornó metálica y profunda.
—Una gringa que cacarea mal el español…
De nueva cuenta, Wintilo manipuló los controles y convirtió la voz de
Judith en lo que había dicho, una gringa hablando mal el español. Hizo otras
monadas. Partió la voz en cachos, le hizo cantar, llorar, reír y hasta gemir de
placer descojonante.
—Si ya te divertiste —dije—, déjame oír lo que dice de verdad.
—Te voy a traer al Charli para que te enseñe a manejar a La Chatarra.
—¿Quién es Charli?
—Te voy a ser sincero, Gil.
—¿No lo has sido antes?
—Sí, pero ahora más. La verdad es que me ando cepillando a la hermana
de Charli. Roxana, se llama la cabrona, me pidió que ayudara a su carnal a no
perder el empleo. Trabaja de informático, pero lo van a despedir muy pronto.
—¿Por qué razón?
—Digamos que su reino no es de este mundo…
—¿Y para qué debo saber todo esto?
—Nomás para que lo trates bien.
No supe si Wintilo hablaba en serio. Parecía que sí. Eran las nueve de la
noche. Le pregunté si podía beber mientras trabajaba. Dijo que estaba
prohibido, pero ofreció colarme cerveza de contrabando.
Antes de marcharse dijo:
—Ojo. No te confundas, nuestro trabajo no es saber quién se cargó a
Efrén ni la salud de Benjamín Sánchez. Ese hotelero es puro bulto. Ya verás

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que con un poco de electricidad en los cojones se le va a soltar la lengua y
nos lleva hasta nuestro objetivo.
Le dije que dudaba de sus procedimientos.
—¿Procedimientos, dices? Los procedimientos son cosa del Pulpo.
—¿Qué Pulpo?
—Mira, hermano. Acepto que eres más decente que yo con la escoria, y
seguro que te vas a ir al Cielo con todo y placa, pero no has estado aquí los
últimos años. Yo sí. He visto caer imperios de cristal. Los de este y aquel
cartel de la droga. El jefazo chico y el jefazo grande. Todos van y vienen
tomaditos de las manos, jugando a las coleadas, mordiendo el polvo. ¿Sabes
cuándo lo muerden? Cuando se les olvida que por encima de todos está el
Pulpo. Siempre caen. Entonces se hacen cirugía plástica, huyen a vivir a casa
de la chingada. No sirve de nada. El pulpo te encuentra donde quiera que te
escondas, tiene muy largos los tentáculos. Tampoco sirve hacerse el
graciosito, el sumiso o el simpático. Hay que moverse sabrosito cuando hace
falta. Si quieres sobrevivir, seré tu guía en el infierno. Charli, por ejemplo,
está condenado a que le marquen el zapato en el culo. Con todo gusto, le yoy
a echar la mano hasta donde su hermana me siga dando cariñito. Pero no hay
remedio. Charli no conoce al Pulpo. ¿Lo conoces tú? ¿Lo conozco yo? Ese es
el juego, Gil Baleares, conocer al Pulpo —y comenzó a cantar afeminado—,
¡el Pulpo, el Pulpo, ay, que te coge el Pulpo, ay, sí, sí, ay! —e intentó
pellizcarme las nalgas; las protegí contra la pared.
Cuando terminó de jugar y de burlarse, dio un chasquido con la boca y se
largó riendo ferozmente.
Judith cantaba bajo la regadera su canción de amor deshecho.

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EL CUBO DE las escaleras parecía la boca de un lobo viejo. Al menos olía al
tufo de un animal con caries. La voz de Judith estallaba en mi cabeza. La
había oído hablar demasiadas horas. Ya podía considerarme un experto en
lencería y en cómo un hombre se esconde el miembro entre las piernas. Pero
no la había oído hablar ni una sola palabra de Roberto Oviedo alias Maika.
No tenía pistas, solo una sensación cada vez más clara de ser el títere de
Wintilo Izquierdo y Aníbal Carcaño. Más me valía meterme en la cabeza que
Efrén sólo era un muerto sin pasado ni identidad. Un despojo, un fiambre,
algo que se borraría de mi cabeza por más duras que fueran las fotos de su
cadáver acuchillado. Y quizá la mejor definición de Benjamín Sánchez era la
que me dijo Wintilo. Un bulto. Un saco al que puedes cambiar de sitio,
moverlo a rastras y golpes.
El mejor desenlace posible sería encontrar a Roberto y que su padre
hiciera con él según su divina sabiduría. Como Dios con Abraham e Isaac.
Podía matarlo, perdonarlo, sacarlo del país o tan sólo mandarlo a dormir sin
beber su leche por asesinito travieso.
Mi cerebro no dejaba de escupir preguntas.
¿Quién mato a Efrén? ¿Roberto? ¿Aquel otro sujeto que fue a encararlos
al hotel? ¿Benjamín? ¿Judith? Y lo más importante, ¿cuándo desenvolviera la
madeja, quería yo seguir trabajando para la policía judicial? ¿Carcaño
cumpliría su palabra y traerían de regreso a mi padre?
Un hombre se acostumbra a comer tres veces al día. Y eso pone en riesgo
la dignidad del tipo más decente. Así que trabajar en la judicial podía ser mi
futuro por algunos años, el futuro aterrador, el que logró ver Saúl Mocosa
desde sus ojos infantiles, videntes, sabios.
Escuché un lamento, se me encogió el estómago al subir la escalera del

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edificio. Sentada en un rinconcito estaba ella. Tenía la cabeza escondida entre
las piernas. Llevaba el vestido verde claro. Levantó la cara. Me vio con
tristeza y un poco de esperanza.
—Te amo, Gil Baleares. Estoy perdida.
Entramos a la casa. El trayecto a la cama no fue corto, lo aproveché todo
lo que pude para besuquearla. Nos desnudamos apuradamente, nos tendimos
en la cama. Le pasé los dedos por la piel como acariciando las cuerdas de una
guitarra española, si es que las guitarras se acarician de ese modo sean
españolas o texanas. Su piel no sacó música, pero sí se estremeció varias
veces, si me lo preguntan, tal vez en re menor. Sé un carajo de música, pero
me parece que esa fue la nota tristona y subyugante que la hizo estremecerse.
—Te diré la verdad, Gil. Te la diré aunque me haga vulnerable decirla.
—En ese caso es mejor que te calles.
—Tengo que hablar.
—Te escucho.
—Una pregunta antes. ¿Por qué fuiste a ver a Irene Sandoval?
—Tu amiga no sabe callarse nada.
—¿Fuiste por mí? ¿Por encontrarme?
Asentí.
—¿Sólo quieres eso de mí?
—¿Te refieres al sexo?
Asintió.
—No estoy seguro. Pero siempre pienso que con eso bastará. Y no es así.
El sexo nunca basta. Es un saco roto. Sobre todo contigo. ¿Cuál es la verdad
que ibas a decirme?
—Que ya no estoy viva. Ahora soy sólo un fantasma.
—Eso pensé cuando te escuché sollozar a oscuras.
—No me gusta quererte ni desearte. Eres un veneno. Ya me había librado
de ti. No debí buscarte. Pero Andrés dijo que debía confrontarte.
—¿Andrés?
—¿Tienes hambre, Gil?
—¿Andrés?
—Mi terapeuta, Andrés Sifuentes. ¿Tienes hambre? Quiero cocinar para
ti. Jugar a que vienes del trabajo muy cansado y yo te cuido mucho.

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—No necesitas jugar, porque sí lo estoy. Cansado, muerto de pie. La vida
es una mierda, Teresita.
—Espera, no me sigas contando, no quiero perderme nada, voy por la
cena.
—Sólo tienes que ir a meter en el microondas lo que dejó Lupe.
—¿Te gusta lo que ella te cocina?
—No tengo más remedio que comerlo.
Teresa dio un salto de la cama. Uno de sus senos se agitó con cierta
firmeza. Me estiré como un gato vagabundo. El juego era bonito. Yo, un
marido que venía del trabajo. Ella, una esposa con ganas de hacerle a su
hombre algo delicioso. Quizá una bandeja paisa, muy de su tierra. ¿Se puede
pedir más cuando nunca se han tenido ideales en la vida? Después de cenar la
bandeja paisa me la cenaría a ella. Saboreándola sin prisa, al puro al dente.
Después, pisando la pared con nuestros pies desnudos, le contaría del trabajo.
¿Qué podría contarle? ¿Los besos negros en el cadáver de un tal Efrén? ¿Lo
que duele la ciudad cuando sales de La cueva del Oreja? ¿Los aullidos de las
ambulancias y patrullas que se escuchan de otro modo cuando escapas de las
entrañas del Pulpo?
Oí freír algo, mover cacharros. Teresa llegó con una charola. Me gustó
verla desnuda con esa charola en sus manos. Pero me decepcionó el platillo.
Ensalada de lechuga. Cogí el tenedor y trinché. La ensalada me fue sabiendo
a gloria, tenía trocitos de tocino frito. Lo que desentonaba era la bebida.
Leche fría. Pero no le pedí que fuera a buscar otra cosa para no perderme el
placer de verle el pelaje suave entre las piernas mientras mi boca hacía crujir
los trozos de lechuga. Y sí, digo pelaje porque en ese instante éramos bestias
mitológicas. Al menos tuve esa sensación reforzada por pequeñas pulsaciones
debajo del ombligo.
—¿Cómo te fue en el trabajo, mi amor? —comenzó el juego.
—Vendí tres coches. El gerente está contento. Parece un buen tipo.
—¿Cómo se llama?
—Aniceto Pensado.
—¿Tiene esposa?
—Tiene pinta de tenerla.
—Perfecto, amor. Invítalos a cenar el viernes. Les haré pasta y abriremos

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una botella de Cabernet Sauvignon.
—¿Eso es vino tinto?
—Sí.
—Creo que mi jefe preferirá cubatas y que veamos el partido de fútbol.
—Entonces las mujeres beberemos vino. Ustedes hablarán de fútbol. Y
no te preocupes, Gil, los trataré muy bien, te va a subir el sueldo. Ya lo verás.
—Ojalá, para que demos el enganche de la casa.
—¿Estás seguro de que quieres la casa con jardín?
Tardé un poco en responder, nunca me había preguntado ese tipo de cosas
ni siquiera en fantasía, no cuando la mayor parte de mi vida la he pasado en
la misma ratonera, este departamento de tamaño regular, viejo, un cajón más
del edificio decadente al que, por fuera, se le empiezan a caer trozos de yeso
como a una puta vieja el maquillaje…
—Sí, jardín —dije mecánicamente—, jardín y el perro.
Teresa avanzó de rodillas sobre la cama, me pasó la mano por el pecho,
me miró con las pupilas dilatadas. Hicimos el amor tan violentamente como
siempre. Y como siempre, se vistió y se fue.

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LOS TIPOS DE la recepción discutían con Wintilo al teléfono, diciéndole que si
yo no tenía «mostaza» no podía entrar. Parecieron ceder. Un tipo de traje
oscuro y corbata azul me llevó hasta una habitación donde me ordenó
desnudarme.
—Abra las piernas, señor.
—Señorito. Y lo quiero seguir siendo.
El fulano pasó una cosa magnética entre mis piernas. Me ordenó ir detrás
de un biombo. El tipo miró en un monitor. Supongo que a través de rayos
equis. Lo único que encontraría sería una esquirla de bala calibre 22 que los
médicos del Seguro Social no pudieron sacarme en su momento, según ellos
por estar cerca de la femoral, según yo porque me operaron mientras
contaban chistes de Pepito.
—Puede vestirse, caballero.
El tipo me custodió hasta La cueva del Oreja. Adentro, me recibió la voz
de un cantante pop.
Un tipo de flequillo escuchaba música, tarareando el estribillo.
—Un poco de Sting por la mañana —se disculpó el muchacho y bajó el
volumen a la música—. Anoche me entretuvieron los jefes y cuando vine
usted ya se había ido —me tendió la mano—. Soy Charli, el cuñado de
Wintilo.
Le miré la mano en el aire. La escondió debajo de la silla. Su cara se puso
más roja que el infierno.
Wintilo tenía razón, ese Charli no duraría mucho tiempo trabajando en la
Policía Judicial. Y no por la perorata del tal Pulpo, sino porque parecía tener
buenos sentimientos.
—¿Cuántos años tienes, cabrón?

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—Diecinueve.
—¿Estudiaste electrónica?
—Informática.
—La electrónica es la base —corregí algo avergonzado—. De ahí sale
todo, incluyendo la robótica y la cuántica.
Las delgadas cejas de Charli se fruncieron desconfiadas.
—¿Sabes lo que es «mostaza»?
Me mostró la credencial que le pendía del pescuezo.
Ya no le pregunté más. Le pedí que nos adentráramos en el mundo de
Judith. Pulsó botones. Fugazmente, escuchamos a un gobernador hablando de
drogas. Charli se disculpó nervioso y enseguida corrigió su error. Al principio
sólo se oían pasos. Después, Judith marcó el teléfono y otra vez le contó a
alguien sobre su lencería.
Charli movió algunos botones. Le pregunté qué hacía. Me dijo que
localizar con quién hablaba Judith. En la pantalla apareció un número
telefónico y a nombre de quién estaba la línea, además del domicilio. Charli
dio otro toquecito sobre el nombre, esta vez apareció una ficha policiaca con
fotos y todo. Se llamaba Jazmín Vázquez y había sido detenido unas cuantas
veces por robo menor mientras ejercía la prostitución en la calle.
Cuando Charli trabajaba, su cara de niño era la de un profesional.
Comencé a respetarlo. Pero solo un poco. Nadie que trabaja en un lugar que
apesta a culo merece más respeto de la cuenta.
Seguimos escuchando. La cosa iba de aburrida a peor. Charli me sugirió
llevar una agenda con palabras que se repitieran, pues tal vez eran parte de un
lenguaje cifrado. Por lo visto me necesitaba poco. Le dije que continuara solo
y me largué de ahí.
De nuevo fui revisado de cabo a rabo en la recepción. Sentí que yo
tampoco duraría mucho en ese trabajo. Pero recordé mis angustias del año
anterior antes del secuestro de mi padre. El poco dinero en mi cuenta
bancaria. Los bolsillos rotos. La ansiedad despertándome por las noches; el
corazón latiendo a cien por hora, irrigando sangre viciada de terror a mi
cerebro. Todas aquellas preguntas sobre mi futuro. ¿Con qué dinero enterraré
a mi padre? ¿De qué viviré de viejo? ¿Qué respeto podía tener de mí una hija
a la que no era capaz de mantener? ¿Había sido justo que mi mujer me diera

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cortón por no saber ganarme la vida? Esas preguntas no me sirvieron para
valorar mi nuevo empleo. Lo cual me hizo sentir un bicho raro. Con trabajo o
sin él, no era feliz —si es que la felicidad es un elemento digno de tomarse en
cuenta—. Pero seguiría adelante, por inercia, por la hija y quizá por el hijo,
no para hacerme cargo de Saúl Mocoso, sino para librar a su madre del
bochornoso silencio de los tres segundos cuando el hijo le hiciera la fatal
pregunta, y mi padre ¿qué hizo con su vida?
Puta telenovela. Culebrón a todo lo que da la vida.
Caminé hasta la esquina. El semáforo se puso a mi favor, al oír la sirena
de una patrulla decidí esperar a que pasara de largo. La patrulla se detuvo
frente a mí. No podía creerlo. Otra vez aquella puerta abierta, otra vez
Wintilo en su coche, detrás de la patrulla.
Recorrimos la ciudad ninguneando obstáculos, apurando transeúntes. Ya
no fue emocionante. Ya nada significó que el tránsito se diluyera ante el
poder de la torreta y el aullido feroz de la autoridad. Eso es lo que tiene el
poder para los pendejos como yo, que les aburre pronto, con una probadita
basta y sobra. Llegamos a Polanco. Unas calles antes, el poli silenció la
sirena. Avanzamos como gatos a punto de saltarle al pájaro. Nos detuvimos
frente a uno de esos edificios de oficinas lujosas con vidrios de espejo.
Wintilo salió de su coche, yo de la patrulla.
—Carcaño quiere verte —dijo, seriamente.
—¿Y para eso venimos con escolta?
—Lo del teniente es después. Estamos aquí por otra cosa. ¿Te acuerdas
que te dije que volveríamos a interrogar a Benjamín? Anoche lo hicimos…
Me quedé callado, esperando lo peor de eso.
—Confesó conocer al novio celoso de Roberto. El de los huevos
mordidos. Se llama Rosendo Galindo. Es abogado. Tiene un despacho en este
edificio. Así que vamos a ver si nos dice dónde anda su putito.
Wintilo le dio una orden al policía que seguía en la patrulla:
—No dejes salir a nadie sin que se identifique. Y si hay un Rosendo
Galindo lo metes de los pelos a la pinche patrulla mientras regresamos.
¿Estamos?
El poli asintió inexpresivo.
El conserje del edificio parecía prevenido de nuestra visita, no nos

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detuvo.
Wintilo me dijo en el elevador:
—Cabrón, ya córtate el pelo. Pareces niño viejo…
Me miré en el espejo. Mi pelo no estaba largo, sólo un poco a lo salvaje.
La puerta se abrió en el octavo piso. Cruzamos el despacho. Una
secretaria levantó la vista y nos miró. Wintilo le hizo una seña de silencio.
Ella también parecía cómplice de nuestra visita. Seguimos hacia otra puerta.
Wintilo dio unos golpecitos leves.
—¿Licenciado Galindo?
No hubo respuesta.
—Somos policías judiciales.
Silencio.
Wintilo abrió con cautela. Bocabajo, sobre el escritorio, estaba aquel tipo
de traje, amarrado de las manos, complicadamente, con su propia corbata que
aún tenía puesta. Sus pantalones estaban bajados hasta los tobillos. Las nalgas
elevadas y desnudas, manchadas de lápiz labial negro. La espalda tasajeada
como la de Efrén. Una víbora de sangre iba desde su cabeza hasta el borde
del escritorio. La sangre había seguido su curso sin caer al piso,
acumulándose en la orilla del escritorio cuyo extremo era algunos centímetros
más alto, así que la sangre daba vuelta casi por todo el borde interior
dibujando un recuadro carmesí.
El tipo tenía los ojos y boca entreabiertos. Su mueca reflejaba lejanía, un
dolor secreto.
La secretaria llegó detrás, lanzó un pujidito de incredulidad y espanto.
Se oyó una voz en la puerta formulando una pregunta cargada de ironía
involuntaria.
—¿Ya anda por aquí, licenciado Galindo? ¿Cómo está?
La secretaria no pudo abrir la boca para decirnos de quién se trataba.
Quería gritar, pero iba camino a la parálisis.
Le hice una seña a Wintilo para que se quedara con ella. Salí a la
recepción.
Una señora envuelta en una de esas pieles que roban a las focas en
Canadá, matándolas a garrote limpio, me sonrió.
—Hoy no podrá atenderla el licenciado —dije.

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—Tengo cita.
—Ya. Pero no podrá atenderla. Tuvo un contratiempo.
—La otra vez me dio el mismo pretexto.
—Esta vez es diferente…
Los ojitos redondos de la mujer me miraron incrédulos.
—¿Quién es usted, su secretario? ¿Dónde está Carito?
Carito salió pálida como la misma muerte. Se desplomó en la silla y al fin
pudo gritar y llorar a todo pulmón. La dejé con la matafocas y volví al
despacho.
Wintilo miraba de cerca las nalgas del muerto. Yo diría que con una leve
sonrisa burlona. Afuera, el llanto y los gritos ya no sólo eran de Carito, sino
también de la matafocas.
—Lo único que nos queda claro es que por aquí anduvo la Roberta —
Wintilo habló alto.
—¿Tú crees?
—¿Creo? ¡Puto psicokiller!, se anda cargando a todos los que le dieron
ñonga.
Eché un vistazo alrededor. Había unas fotos en la pared donde Galindo
aparecía con un hombre y una mujer viejos —quizá sus padres— en
diferentes ciudades del mundo. Los zapatos del muerto tenían las suelas
nuevas. Un par de esos debían costar lo que el abrigo de foca. Me dieron
ganas de robárselos. Pero no tenía un buen traje para hacerlos lucir y el
muerto parecía más alto que yo.

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DIEZ MINUTOS DESPUÉS, comíamos en un McDonald’s. Tres niños hacían
añicos los juguetes del Happy Meal y se iban descalzos a los juegos de
plástico. Un relajado Aníbal Carcaño estaba frente a nosotros. Quizá lo único
que conservaba de su gravedad era la línea vertical que le marcaba el
entrecejo. No hizo comentarios del lugar donde nos citó para hablar de
Roberto y sus muertos.
—Todos los días Wintilo me dice algo bueno de ti, Gil Baleares —el tipo
le pegó una mordida a la hamburguesa, a la que se le salió una plasta de
cátsup con mostaza. Masticó, engulló y se chupó un meñique—. Eres listo,
deductivo, no pierdes el control. Eres el tipo de gente que quiero junto a mí…
—Gil y yo creemos que Roberto es un asesino serial —dijo Wintilo.
Pero Carcaño no le prestó atención. Seguía con sus ojos clavados en mí:
—Tienes buen olfato, vas por buen camino, no hay duda.
—El encargado del hotel ya nos llevó a dos muertos —apunté—. Creo
que sería bueno volver a hablar con él.
—¿Sigue en el hospital? —le preguntó Carcaño a Wintilo.
—No, teniente. Del hospital pasó a ser interrogado. Lo tenemos en
comisaría. Pero una cosa, si me permite, ahí sí difiero de mi pareja. Creo que
Benjamín Sánchez ya dijo todo lo que tenía que decir. No necesitamos
interrogarlo otra vez.
—¡Dylan! ¡Bájate de ahí! —Carcaño le gritó a uno de los niños, que se
había trepado sobre el túnel de plástico. El niño lanzó una mirada de diablo a
su padre y se dejó caer al suelo. Pero el cabrón era de goma y rebotó.
—Quiero hablar con Benjamín —dije.
—Que lo interrogue —ordenó Carcaño a Wintilo.
Wintilo me lanzó una mirada de reproche.

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El teniente también me miró, pero de arriba abajo. Luego le dijo a Wintilo
que me llevara a comprar trajes, camisas y corbatas.
—¿Ya tienes teléfono celular de Especiales?
—Hoy mismo se lo doy —se apresuró Wintilo.
—Hecho —dijo Carcaño y se levantó en plan de fin de la conversación.
—¿Cómo va lo de mi padre? —pregunté.
Un latigazo de miseria y rabia cruzó los ojos de Aníbal Carcaño.
—En eso estamos…
Odié a Carcaño tanto como a los restos de su hamburguesa hechos
bazofia sobre la mesa.
Una mujer con cara de melodrama radiofónico se acercó a nosotros.
—Mi señora —la presentó Carcaño.
Wintilo y yo la saludamos cortésmente y luego nos largamos al infierno.

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EN EL COCHE, Wintilo me dijo que lo había humillado ante el jefazo.
—Vamos a hacer un trato —propuse—, en cuanto Carcaño me devuelva a
mi padre te quedas con tu trabajo de mierda.
—Uyuyuy. No mames que la muerdes. En primer lugar, ¿por qué dices
cuando el teniente me devuelva a mi padre? ¿Qué, él te lo escondió, pendejo?
—Fue un decir…
—¡Un decir ni madres! El teniente y yo te estamos ayudando. No es
nuestra obligación encontrar a tu padre, que te quede claro. No somos Reyes
Magos, programita de televisión pendejo ni Policía Antisecuestros. Lo
hacemos porque somos gente bien nacida. Estás en deuda con nosotros,
cabrón, espero que te quede claro o no vamos a llegar muy lejos. Y para la
otra, antes de abrir el puto hocico, pregúntame… ¿Por qué saliste con tu
mierda de quiero interrogar otra vez al hotelero? ¿No me lo podías haber
dicho a discreción? ¿Ahora de dónde carajos voy a sacar al huelepedos ese?
—¿Cómo de dónde? Dijiste que estaba en comisaría.
—¿Y qué querías que dijera? ¿Te das cuenta en el gran pedote en que
acabas de meterme? Me duele, hermano, no sabes cómo me duele tu traición.
—¿Adónde está Benjamín?
—¡Se fue! ¡El pájaro voló del cable! ¡Se piró! ¡Huyó! ¡Ya no hay
cagabolas!
—¿Por qué?, si él no hizo nada malo.
—¡Ay, pendejo! ¡Tu ingenuidad me estremece hasta la rayita de las
nalgas! ¡Le partimos la nariz! ¿Te acuerdas? ¡Lo atropelló un coche por salir
corriendo del hotel! ¡Le dimos calambres en los tompiates! ¡Pozolito en el
retrete! ¡Tirones de uñas con las alicatas! Le hablamos a su mamá delante de
él y le dijimos que nos estábamos masturbando y obligamos a Benjas a

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decirle a la señora que nos la estaba chupando… ¿Crees que está esperando
por más?
—La cagaste, cabrón de mierda…
—¿Cómo me llamaste? ¿Sabes qué? ¡Párate! —me señaló una calle—.
¡Párate ahí, puto!
Seguí de largo.
—¡Qué pares el coche, te digo!
—¿Para qué?
—Para damos en la madre. ¿Traes cargada el arma?
Dije que no.
—¿Me tienes miedo, puto?
Sólo me faltaba que estuviera hablando en serio. Bajar del coche. Acabar
hinchados a golpes. Sin Roberto, sin Benjamín Sánchez, sin mi padre. Sin
haber comido porque no tuvimos tiempo ni de pedir una de esas
hamburguesas dobles. Pero no podía rehusar, era una cuestión de territorio,
de dejarle claro que haría las cosas a mi modo. Así que detuve el coche y abrí
la puerta.
Entonces, Wintilo echó una carcajada y dijo:
—¿Cómo crees que le voy a partir la madre a mi mejor amigo?
Manejé sin decirle adónde. Tratando de entender a ese tipo al que conocía
desde la niñez y que, al mismo tiempo, era un perfecto desconocido. De
chamaco se escudaba en sus arranques de violencia, en su risa victoriosa. De
pronto, tenía ese punto de quiebre, y lloraba. Lloró cuando al final de la
secundaria nos firmamos las camisas. Lloró porque se acababa esa época que
debió parecerle gloriosa y a mí la peor, porque la secundaria había sido una
penitenciaría. De hecho, los edificios de las secundarias públicas se parecen a
los reclusorios, el mismo gris cemento, los mismos ladrillos rojos. Las bardas
altas para no escapar. Las puertas de lámina de los salones. Los pintan igual
para que los niños se acostumbren a esa posible alternativa. Pero en fin, que
Wintilo Izquierdo lloró y firmó camisas y se dejó firmar la suya. Firmó la de
sus amigos, las de sus enemigos. Las de aquellos a los que atormentó durante
tres años escupiéndoles gargajos, poniéndoles apodos siniestros, robándoles
dinero, comida, dignidad. Puso frases entrañables en esas camisolas color
caqui, pero también palabras despreciables que el de la camisa no podía ver,

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pues la camisa era firmada por la espalda. Por la espalda, a traición, igual que
esos besos negros, besos que, quizá, Efrén y Rosendo Galindo recibieron
temblorosos de deseo, besos negros que ardían en la piel, y de pronto, una
cuchillada, otra, otra más…
Fuimos a la oficina de Galindo. La secretaria empacaba en cajas de cartón
las cosas de su jefe. De solo vernos se le asomaron dos gruesos lagrimones y
comenzó a temblar.
Le dije que seríamos breves.
—Ya dije todo lo que sé.
Wintilo le preguntó cómo era posible que no se diera cuenta de que su
jefe estaba siendo asesinado en la oficina. Carito juró que no había oído un
solo ruido.
—Entonces tuvo que suceder cuando no estaba aquí —dije.
—Necesitábamos tóner para la impresora —confesó—. Salí a comprarlo.
—¿Cuánto tiempo estuvo ausente?
—Tres horas.
Le alcancé la caja de pañuelos desechables al ver que se le inundaban los
ojos.
—¿Sabía que su jefe se acostaba con un cabrón? —le preguntó Wintilo.
Carito bajó la cara.
—¿Lo sabía o no?
—Bueno, sí, pero mi jefe no era homosexual.
—Ah, cabrón —Wintilo se rascó la cabeza—. ¿Entonces qué era?
¿Nomás un curioso que quería saber si todos los hombres tienen los huevos
en el mismo sitio?
A Carito le abochornó la burda rudeza de Wintilo y apenas explicó:
—Mi jefe creía que Roberto era una mujer. Lo parecía demasiado. Se
vestía muy femenina, tenía lindas piernas, la voz suave, y no se movía
exagerado como otros. De veras tenía su carita de mujer.
—¿Y cómo fue que Galindo descubrió que el pollo tenía polla?
Las ironías echaban para atrás a la secretaria, así que tomé la palabra.
—¿Cómo se dio cuenta?
—No lo sé. Pero sí, se dio cuenta. Y se vino abajo. A partir de ese día se
volvió callado, taciturno. Un día me pidió mi opinión.

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—¿Y cuál fue esa?
—Le dije que en el amor y la guerra, todo se vale.
—¿Y eso piensa?
—No. ¿Pero qué se le puede decir a un hombre que se hace maricón y no
quiere serlo y es el que te paga el sueldo?
Wintilo y yo nos miramos. Carito supuso que no teníamos más preguntas
que hacerle y volvió a su trabajo de guardar las pertenencias de Galindo. Eran
unas cuantas cosas de oficina. Nada parecía importante.
—¿Su jefe era casado?
Carito movió la cabeza, negativamente.
—Déjeme adivinar —dije—. Su jefe le contó lo de Roberto y usted
aprovechó para pedirle un aumento de sueldo, a cambio de no andárselo
diciendo a media humanidad…
Carito se sorprendió con mi repentina acusación.
—¿Por qué iba a chantajearlo?
—Por dinero o por envidia. O por las dos cosas juntas.
—¿Envidia de qué, señor? Yo sé cuál es mi sitio.
—Quería más sueldo y se lo iba a sacar como fuera.
La mujer y Wintilo me miraron sorprendidos.
—Cuando entramos aquí la vi echar en esa caja de cartón las fotos de su
jefe como si fueran basura. Se viste con ropa de mercado, y su jefe, al menos
ese día, llevaba uno de esos buenos trajes de lino. A pesar de que este edificio
es lujoso usted parece más la secretaria de un dueño de camiones de carga
que de un licenciado al que le gustaba el arte —señalé los cuadros en las
paredes; con obras de esos pintores del pasado—. Sus lágrimas de cocodrilo
le salen muy fingidas. Y si me atreviera a probarlas me harían agujeros en la
lengua por el ácido de que están hechas. Ácido de odio, de rencor, porque su
jefe lo tenía todo y usted nada.
—No hablaré más hasta ver a un abogado.
—Nadie la está acusando de nada.
—¿Y toda la mierda que me ha dicho, cabrón mamarracho?
—Cabrona usted —refuté—. Una cabrona fea y envidiosa.
—¡Todos son unos putos! —estalló Carito—. ¡Se van a morir de SIDA!
¡De SIDA! ¿Me oyen? ¿Quién se la mete a quién, eh? ¿Usted a él? —me

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empujó—. ¿Él a usted? ¿Lo saben sus esposas? ¡Yo les voy a abrir los ojos a
esas dos pendejas! ¡Denme sus teléfonos! ¡Dénmelos ahora mismo! —tronó
los dedos.

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AQUEL EPISODIO NOS llevó a una cantina en Coyoacán, donde te ponen sobre
la mesa una cubeta de peltre con veinte Coronitas hundidas en hielo y una
bandeja mar y tierra: mitad mariscos, mitad carnes a las brasas. Una fila de
cazuelitas con salsas, desde el tradicional guacamole, hasta la borracha, el
habanero y chiles triturados en aceite de olivo.
Wintilo no dejaba de alabar mi intuición respecto a la secretaria rijosa.
—Sólo quería desquitarme con alguien porque estábamos interrogando a
la persona equivocada —confesé.
Wintilo esbozó una sonrisa incrédula mientras chupaba un limón que le
sacó brillo a sus dientes de granito.
—Lo que sea, hermano, pero por la forma en que reaccionó esa pinche
zorra creo que se chingó a su jefe, el abogado mayate. Fíjate, mano, pasó así.
Ella y Roberto son cómplices. ¿Viste cómo lo describió? Dijo que tenía su
carita muy bonita. Suena a perversión, hermano, a perversión de la más
cochina… Ya los estoy viendo, juntitas, pensando en cómo extorsionar a
Galindo. Y como el Galindo debió de ser un tipo avaro, duro de roer, le
dieron su pasaje al maldito infierno. Así son los maricones, traicioneros y
cabrones. Sugiero que regresemos a meterle un susto a la fulana, pero con
pistola en mano para que no saque las uñas. Ya verás que nos dice dónde está
la Roberto.
—Mejor vamos al Emporio. Los empleados sabrán dónde se fue
Benjamín.
—Si no eres tan pendejo como pareces, mi Gil. Chíngate otra cervecita,
vamos a relajarnos. Puta secretaria, de verdad no descartaría que ella y
Roberto sean la pareja de la muerte.
—Leiste mucho a Kalimán cuando eras chavo.

73
No debí decir eso, se puso sentimental y me preguntó si me acordaba de
los partidos de fútbol en el patio de tierra del patio de la secundaria, de las
madrizas contra los albañiles de la construcción aledaña, del tipo que vendía
naranjas con chile; uno al que le daban ataques de epilepsia y tenía una hija
más buena que una sandía en el verano. De que una vez robó una guitarra y la
aprendió a tocar y la llevaba a las excursiones, excursiones a ese ingenio
azucarero en San Martín Regla, apestoso y sofocante, y al balneario en
Oaxtepec.
De vuelta en el autobús, Wintilo cantaba cancioncillas de enamorado
cagón con su guitarra de pino pandeado, y cuando el sol se apagaba y el
autobús seguía comiendo carretera, terminaba manoseando a la primera que
se dejara, fea o no fea, porque según él, el chiste era tocar chichis, humedad.
Pero yo siempre terminaba solo, mirando el paisaje tenebroso a través de la
ventana del autobús, metido en mi propio mundo. No puedo decir que fuera
un hijo abandonado, lo tenía todo, todo lo contradictorio, juguetes y cigarros,
viajes a Disneylandia y a Las Vegas. Nanas piojosas y sirvientas que habían
sido putonas de lujo de políticos. Fiestas con un montón de amigos que nunca
había visto hasta el día de mi cumpleaños, o solo, en el tejado de la mansión
del ratero grande de la policía de ese entonces, mirando tigres en su gran
jardín, moviéndose de un lado a otro, atados a una cadena, locos de tristeza.
Yo, a mis trece años, bebiendo el whisky del Sha de Irán —al que habían
refugiado en México—. Esperando que mi padre terminara de reír, de beber,
de farolear, de participar en la bacanal en el salón grande de la casa. Perrito,
Perro Baleares, lo llamaban, unos para ponerse de tapete en busca de favores,
otros, los de arriba, para darle órdenes que él cumplía a la perfección.
Y cuando se terminaba la bacanal salía al jardín y miraba a la azotea.
Bájate, cachorro, me decía, ya nos vamos. El hombre estaba más pedo que
tres juntos, pero nunca se le notaba. Manejaba con destreza su Camaro 74.
Sus brazos eran gruesos, su piel de correa. Sus ojos claros, agudos —esa
agudeza se la llevó el alzhéimer de forma impresionante—. Y decía, mira,
pinche cachorro, ve aprendiendo, hay que llegar tarde y salirse temprano.
Porque si llegas temprano y sales tarde, eres un pendejo, un don nadie, un
estorbo. Miraba el reloj del coche. Si eran las dos de la madrugada nunca
íbamos directo a la casa. En ese entonces, nuestra casa era casa de verdad,

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grande, espaciosa; se perdió, se esfumó como todo lo mal habido que ganó mi
padre.
Íbamos a comer tacos desvelados a la colonia San Cosme. El Perro tenía
sus amores con la taquera, y con la cabaretera y con la viuda y con tantas que
pudieron ser mi madre. Alguna lo fue. Nunca supe cuál.
Quería odiarlo. No podía. Supongo que la razón era que igual que a todo
el mundo, supo comprarme, o que se comportaba como un amigo manga
ancha. Y eso me iba bien cuando era adolescente.
El Perro Baleares era el Wintilo de su tiempo, sabía obedecer a los de
arriba y joder a los de abajo. Nadie los paraba. Mandaban cerrar el Viaducto
para que los hijos de los jefazos jugaran carreras de coches. Traía putas de
cualquier rincón del mundo para una noche de juerga y las ponía de vuelta en
un avión privado al día siguiente; cargadas de abrigos de pieles, dólares,
joyas, todavía caminando con las piernas medio abiertas y el culo adolorido.
El Perro manejaba droga, separando en partes la que debía quemarse, la del
consumo para sus jefes y la que debía revenderse. Él nunca la probó, decía
que quemaba el cerebro y calcinaba la verga. Sus dos tesoros más preciados,
según él…
Pero, volviendo a Wintilo, aproveché su recuento del pasado para mirarle
los dientes, no sé por qué razón, pero se los miré. Eran los mismos de sus
trece años, pero como ya no tenía la cabeza de niño se le veían menos
amenazantes. Recordé que una vez peleó con uno más grande, a la primera
aquel le resonó la cabeza de un puñetazo seco, Wintilo, al verse perdido, se le
lanzó a mordidas. Descubrí la conexión, Wintilo me recordaba al Perro.
Lo obligué a apurar la comida y volvimos al Hotel Emporio. Tuve más
suerte de la que esperaba. Un Benjamín irreconocible por los moretones
absorbidos en sus ojos, y la cadera salida grotescamente, hacía cuentas con
un empleado detrás del mostrador, había una maleta en el suelo. Parece que
se disponía a huir.
Al vernos, se le bajó el color. El empleado hizo mutis.
—Ya no me vayan a madrear —suplicó Benjamín.
—Danos nombres y nos vamos —dije—. ¿Con quién más salía Roberto?
—¡Yo qué sé!
Wintilo pegó un puntapié a la silla donde Benjamín estaba sentado. Este

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parpadeó y cantó:
—¡Carmelo! ¡Darío! ¡Jorge! ¡Tobías! ¡Rubén! ¡Había muchos! ¡Algunos
venían con él, otros nunca los vi, pero Roberto me hablaba de ellos!
—¿Así que era tu amiguita? —dijo Wintilo.
—Digamos que yo escuchaba sus problemas.
—Uy, qué bonito. ¿Y lo consolabas de a burrito?
—Cállate —le ordené a Wintilo, y le pregunté a Benjamín qué clase de
problemas le contaba Roberto.
—Problemas con sus novios…
Le pedí que escribiera en un papel dónde podíamos encontrar a cada uno
de esos tipos. Dijo que haría su mejor esfuerzo.
—Y nosotros también —le advirtió Wintilo—. De no llevarte al baño,
sacar los cables de la electricidad y ponértelos en el culo mojado hasta que
saque humo.
El tipo comenzó a escribir los nombres, su puño temblaba. No podía con
Wintilo a un lado. Escribió un nombre y lo tachó. Wintilo le preguntó por
qué.
—Porque lo escribí mal —dijo.
—Pues abusado, puto. O te enseño a escribir con el lápiz apretado en el
culo.
Cogí la lista, la revisé.
—¿Por cuál podemos empezar?
—¿Ya me puedo ir? —preguntó Benjamín.
—Tranquilito —Wintilo lo cogió de una oreja como a un niño—. Ya
escuchaste a mi pareja, así que ponle números a los putos nombres,
empezando por el más amiguito del putón.
—Sólo había uno muy especial, Delfino Paredes, y luego todos los
demás.

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EN TLANEPANTLA LAS calles son tortuosas, atravesadas a capricho por
galerones de fábricas de todo tipo, desde fundidoras hasta ensambladoras de
coches y otras máquinas que fabrican máquinas. Las bocanadas de humo se
respiran por doquier. Uno no sabe a lo que huele ahí. Grasas, detergentes,
perfumes y extraños ácidos se disputan el aire. Los arbustos crecen como
niños enfermos de leucemia en un pabellón de desahuciados. No tienen
futuro, pero tampoco para cuándo morir. Los sacude el viento con relativa
facilidad. Sus ramas caen con tristeza. Las hojas son grises. Y ya como para
agraviarlos más, la tierra que los colinda es donde los perros callejeros cagan.
Pues bien, esa lindeza del paisaje era nada comparado a escuchar las
quejas de Wintilo. Le pareció que abrí la caja de Pandora al pedir a Benjamín
aquellos nombres. Tenía razón. El abanico estaba demasiado abierto, pero
debo decir algo a mi favor. Sé un carajo de métodos de investigación. Me
guío un poco por intuición y otro poco por impulsos, ni más ni menos que
como cualquier rata de ciudad.
¿Qué hay de malo en improvisar? Esas calles rotas, que terminaban de
golpe en el muro de una fábrica, eran también improvisadas. Pero no dejaban
de existir. Siempre conducían a cualquier sitio, aunque fuera un callejón sin
salida.
Detuvimos el Datsun frente a un sitio llamado Fundiciones y
Licuefacciones Chafiro Hermanos. En cuanto Wintilo mostró su credencial
«mostaza» y yo mi jeta de judicial mal encarado, un obrero nos llevó por una
escalera desde la que podíamos ver el interior de la fábrica; aquellos tazones
gigantes se sacudían como si adentro tuvieran una horda de demonios
queriendo escapar. Máquinas capaces de triturar un barco bramaban furiosas,
los obreros se movían de aquí para allá, pero muchos estaban quietos en una

77
sola tarea, obsesivamente. Todos ellos templados por el trabajo tenían algo
rudo en su forma de moverse, de gesticular y de comunicarse entre ellos.
El obrero nos hizo pasar a una oficina cuya pequeñez contrastaba con el
galerón. Apenas cabía el escritorio y la silla rota. Sobre las paredes había un
corcho con facturas, notas, calendarios, avisos pegados con tachuelas.
El encargado entró. Fui al grano. Le dije que no queríamos hablar con él,
sino con Delfino Paredes.
Se le cayó levemente la sonrisa.
—Tuvo un accidente.
—¿Qué clase de accidente?
—Mortal. Pero todo en orden, ¿eh? Le pagamos a su viuda conforme
marca la ley. ¿Vienen por eso? ¿Quieren que les enseñe los papeles? Los
firmó la viuda.
Dijimos que no veníamos a hablar del accidente. De cualquier forma,
insistió en enseñarnos el documento donde la viuda aceptaba diecisiete mil
pesos de indemnización. Debió alcanzarle para la caja de pino del muerto, la
corona de flores y el cementerio.
—¿Cómo fue el accidente? —pregunté ya entrado en curiosidad.
—Un descuido suyo, no se puso el arnés, pero quisimos vernos solidarios
y por eso aceptamos ayudar a la viuda…
—¿Podemos echar un vistazo a la fábrica? —preguntó Wintilo.
—¿Para qué?
—Para ver cómo trabajan.
—No se puede. Es por su propia seguridad.
—¿Algo más que nos quiera decir de Delfino Paredes?
—Que en paz descanse, era un buen muchacho, y muy trabajador.
Salimos hasta la calle, custodiados por el obrero. Cerró el portón y lo
oímos echar una cadena.
Alguien venía detrás de nosotros. Nos detuvimos para que nos alcanzara.
Era otro obrero, más joven.
—¿Puedo hablarles?
Asentimos.
Miró hacia atrás, cuidándose las espaldas.
—No fue un accidente. A Delfino lo mataron.

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—¿Quién?
—El arnés estaba viejo y se rompió. Por eso Delfino se cayó.
—¿Conocías bien a Delfino? —pregunté.
—Más o menos.
—¿Qué es más o menos?
—Estábamos en el equipo de fútbol de la fábrica.
—¿Le conociste alguna novia llamada Maika o algún amigo llamado
Roberto Oviedo?
El obrero negó con la cabeza.
—Tengo una duda —dijo Wintilo—. ¿De qué altura se cayó Delfino?
—De metro y medio…
—¿Cayó de cabeza o qué chingaos?
—Cayó en una fundidora de metales, al rojo vivo.
—Puta madre.
—Lo mataron esos cabrones por no tener equipo nuevo. ¿Por qué no van
y ven en qué condiciones nos tienen trabajando?
Le sugerimos que fuera a poner una denuncia a Conciliación y Arbitraje
Obrero Patronal. Nos miró desencantado. Escupió en el suelo y dio la vuelta
para irse.
—Oye —lo llamó Wintilo—, ¿cómo sacaron el cuerpo de la fundidora?
El obrero nos miró con dura tristeza y dijo:
—No sacamos nada.

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No HUBIERA SABIDO cómo salir del laberinto, preferí que Wintilo comenzara
a decirme qué calles tomar. El tipo iba de mal humor repentino. Me hizo
detener el coche frente a una barda con un portón de madera chupada por el
sol. Golpeó el portón. Una mujer corpulenta, con las manos y los brazos
llenos de agua jabonosa y la frente perlada de sudor, nos abrió. Al ver a
Wintilo, se le endurecieron los ojos.
—¿Y Petra? —inquirió Wintilo, igual de duro.
—Dentro —la mujer dio la vuelta.
Aquel terreno era grande, quizá dos mil metros en rectángulo. Wintilo me
dijo que lo esperara ahí y fue hacia una vivienda cuyas puertas eran dos
cortinas raídas. Me quedé mirando a la mujer, que llegó frente a una pileta de
agua y se inclinó a lavar ropa. Su cuerpo se agitaba, salvajemente. El ruido
del agua era como un remedo de olas furiosas.
Unos cuantos niños jugaban en la tierra. El más pequeño pateaba una
pelota de colores. Los mayores se la regresaban y él se tendía en tierra más
como un jugador de béisbol que como un futbolista, esto hacía reír a los
grandes, y debo decir que también a mí me sacó una sonrisa.
En otra parte del terreno, se apilaba un montón de casetas de teléfono de
las que uno ver por las calles. Un grupo de mujeres separaban las piezas.
Wintilo salió de la vivienda. Se acercó a los niños. Levantó al pequeño en
brazos y le dio un billete de cincuenta pesos. Demasiado para un niño de tres
años y poco para quitarle la carita de hambre. Wintilo dejó al niño y se acercó
a mí. El niño vino corriendo con la pelota de colores, y se la mostró a
Wintilo. Este la levantó y la giró sobre un dedo, los colores se mezclaron por
el movimiento y los ojos del niño se embriagaron de fascinación.
Salimos de ahí.

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—Yo manejo —dijo Wintilo, en tono de orden.
Le pregunté si todo estaba bien.
—Qué chingaos te importa. No es tu pedo —respondió tajante.
Tenía razón, pero su desplante tuvo un precio, quedarse solo cuando los
ojos se le llenaron de tristeza y la ciudad se hizo una sopa densa de humo,
coches y ruidos.

Dos horas a vuelta de ruedas por todo el periférico y sin cruzar palabra,
sumidos en una especie de enfado compartido; paramos en un Vips donde
bebimos varias tazas de café antes de volver a comunicarnos. Escribimos en
una servilleta un diagrama con un nombre al centro, Roberto, del que partían
otros nombres —Efrén (muerto en el hotel), Galindo (muerto en su
despacho), Benjamín (el hotelero) y Delfino Paredes (muerto en una
licuadora de fuego)—. Sólo conseguimos una geometría con forma de
diamante. Cero hipótesis. Así que resolvimos dejar aquello para el día
siguiente.
—Descansa, güey —dijo Wintilo, con una amabilidad poco frecuente en
él.
Fui a casa. Me disponía a leer una revista en la tina cuando sonó el
teléfono. Era Teresa Sábato. Lloraba. Apenas pude entenderla. Dijo que no
podíamos seguir así. Le propuse que viniera a hablar de ello. Dijo que,
precisamente, de eso se trataba, de no vernos más, pues mi sugerencia
escondía negras intenciones.
—Y a ti lo negro no te gusta —repliqué.
Guardé silencio. Murmuró que lo nuestro apestaba y colgó.
No pude pegar el ojo hasta las cuatro de la mañana, reconstruyendo una y
otra vez la caída de un tipo sin fisonomía en un perol de fuego líquido.
Planeaba dormir hasta mediodía, nunca imaginé verme, temprano, en los
pasillos de la Cámara de Diputados. La razón fue que a eso de las siete de la
mañana Lupe hacía la limpieza y, como de costumbre, se acompañaba de la
televisión. Alguna vez intenté prohibírselo. Su reacción fue tajante; si no
podía darse ese gusto, entonces renunciaba, por mucho que necesitara el
empleo.

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El hecho es que, según el informativo, varios políticos debatían algún
asunto de importancia nacional en la Cámara. Ahí se encontraba el juez
Ernesto Oviedo. Una suerte de instinto —o desesperación—, me hizo saltar
de la cama y salir sin comerme los huevos revueltos que Lupe había dejado
sobre la mesa.
De pronto, me pareció que si alguien podía tener información de los
hábitos de Roberto, sería su padre.
Salí de casa.
El pasillo de la Cámara era un semillero de periodistas de televisión y
prensa. Al mirarme en un espejo, me descubrí fuera de tono con mi pantalón
arrugado y mi camisa de cuadros rojos y negros y una gorra para el frío.
Parecía un puto leñador de Montana o algo así. Fui a sentarme en la escalera.
Un policía me hizo una seña para que levantara el culo.
Obedecí sin chistar.
Las voces se dejaron oír en la parte alta del recinto, los periodistas
alertaron cámaras y micrófonos. Varios tipos trajeados comenzaron a bajar.
Los periodistas fueron hacia ellos. Busqué al juez con la mirada. No lo vi, así
que decidí subir la escalera a contracorriente. Miré hacia atrás, y aquel policía
me lanzó una mirada desconfiada, pero no me detuvo.
En el segundo nivel, descubrí al juez hablando con otro hombre. Me
detuve a un par de metros, esperando que terminaran su conversación. Me
miraron de reojo, bajaron la voz. Hablaban a señas. Me importaba un rábano
si tramaban un robo o una juerga, lo que quería era que acabaran pronto su
charla, así que me acerqué a ellos.
—Juez Oviedo, ¿puedo robarle unos segundos?
Creo que la palabra robar no le gustó mucho. O eso o mi ropa de leñador
y mi gorra de vago. Me quité la gorra y eso fue peor, porque me planté como
un limosnero a punto de pedirle caridad.
—Se trata de Roberto —espeté.
Otra vez la había cagado. El juez pensaría que su hijo y yo teníamos una
amistad más cariñosa de la cuenta.
—Luego te veo —le dijo el otro tipo y se largó.
Entonces, aclaré las cosas:
—Trabajo para el teniente Aníbal Carcaño, en Asuntos Especiales.

82
Esto no relajó su expresión.
—Necesito que me dé la información que pueda para encontrar a su hijo.
—Vaya abajo y espéreme. Enseguida lo atiendo, joven —dijo.
La planta baja seguía llena de periodistas y políticos entrevistados. Traté
de pasar desapercibido. Fui a un rinconcito. Desde ahí miré el espectáculo.
Contemplé a esos políticos con sus modalitos de cartón y sus corbatas que
competían en parecer adornos de regalos.
El salón se fue vaciando, las pocas voces que quedaron adquirieron ese
aire de eco que hay en los espacios grandes y vacíos.
Miré un gran reloj redondo en la pared. Eran las nueve en punto. Dieron
las nueve y media, y yo seguía ahí, esperando al juez Oviedo, revisando mi
conversación, preguntándome si quizá lo había entendido mal cuando dijo,
enseguida lo atiendo, joven.
El policía, del otro lado del salón, ya no aguantó más el recelo. Supe que
venía a echarme y que yo no se lo permitiría. Dos tipos de traje bajaron las
escaleras y se acercaron a mí. Al verlos, el policía regresó a su sitio.
—Ven con nosotros —me dijo uno.
—Estoy esperando a alguien —respondí.
—Te vamos a llevar a su oficina.
Salimos a la calle. Subimos a un coche grande color tabaco. Yo, en la
parte trasera como un bulto, ellos dos en el asiento delantero.
Su silencio me incomodó.
—¿Quieren ver mi «mostaza»? —pregunté estúpidamente.
No respondieron.
Sabía que aún no la tenía, pero que tal vez el sólo mencionarla los
relajaría. Aunque también cabía la posibilidad de que el término «mostaza»
fuera desconocido para ellos, así que intenté aclararlo.
—Es la credencial de Asuntos Especiales. ¿Conocen al teniente Aníbal
Carcaño?
—Ya nos contarás después, cariño…
¿Cariño?
Echaron una risotada cómplice.
En unos cuantos minutos salimos del centro por calzada de Tlalpan.
Dimos vuelta en una calle de San Antonio Abad. Detuvieron el coche.

83
Bajamos. Uno de los tipos me señaló la entrada de un edificio estrecho.
—Esto no tiene facha de oficina —dije.
—Entra. El juez no tiene tu tiempo…
Eso hice, entrar, y al ver una escalera, giré y pregunté:
—¿Es arriba?
Recibí el primer puñetazo en plena cara, que me hizo ver luz color
centella, esplendorosa como el amanecer. Caí de espaldas contra las escaleras
de granito y me llevé un golpe que sólo Dios sabe por qué no me rajó la nuca.
Los dos tipos me dieron unas cuantas patadas fuertes y precisas. No me
pegaban al mismo tiempo, sino en turnos.
—Fíjate bien, Pascual —decía uno—, ahora le pegaré en el culo.
Y eso hacía, pegarme en el culo, sacándome el mayor ruido posible.
—¿Cuánto apuestas a que yo le saco un pedo? —dijo el otro.
—Cincuenta pesos.
—Van.
Y venga la patada en el estómago.
—¿Y el pedo?
—No salió.
—Es mi turno…
El ruido de una puerta los alertó. Se encaminaron hacia la salida del
edificio.
—¡El juez me dijo que lo esperara! —reclamé.
Los tipos regresaron y volvieron a tundirme, esta vez sin ton ni son.
—¡Soy agente judicial! —aullé. Pero eso solo agravó los chingadazos.
Dije que ya había entendido. Y ellos volvieron a ir hacia la puerta.
Me toqué la nariz. Me quité un poco de sangre caliente.
—¡Trabajo para él juez! —aullé de nuevo.
Los tipos volvieron. Alcé las manos en plan piedad.
Salieron del edificio y sentí que quería ver muertos a esos dos cabrones,
pero ese milagro no iba a suceder ni en cien años. Tal vez porque Dios no
existe o porque si los malos pagan en este mundo, se libran del infierno.
En cuanto a mí, si tenía suerte, podría llegar a casa a pincharme algo de
morfina.

84
MI MANO TEMBLOROSA sujetaba aquel tazón con caldo grasiento en el que
flotaba un ala de pollo. Me cubría una cobija que mi padre dejó oliendo a
orines, como esos gatos que no se van del todo, y la misma ropa con la que
había ido a buscar al juez, llena de sangre medio seca. El sofá era mi refugio.
Y lo defendería a morir.
—Pareces un mojón de mierda —observó Wintilo.
Chupé la alita de pollo.
—Pero llegaron los Santos Reyes, güey…
El ruido de sus manos estrujando aquellas vistosas bolsas de papel con la
marca de uno de esos grandes centros comerciales me revolvieron el
estómago.
Wintilo comenzó a sacar camisas, trajes y hasta calzones.
—Todo para el caballero. Para que el teniente te empiece a ver con
respeto. Y no digo que no te lo tenga, digo que se le desvanece cuando dices
cosas inteligentes pero traes tu pantalón de aguantacacas.
—Se acabó. Renuncio.
Wintilo arqueó las cejas, me miró totalmente sorprendió. Y no paró de
reír. Mi aspecto le sacaba lágrimas vivas.
—Ay, hermano. ¿Por qué tenías que ir a molestar al juez? Tomemos por
ejemplo esto. Contratas a una sirvienta para que te limpie el baño, ¿qué le
dirías si viene a enseñarte los papeles con mierda que encontró por ahí? ¿No
merecería una buena patada en el culo esa cabrona impertinente?
Miró la ropa como si fuera a quedarme un poco grande, y dijo:
—Aprovecha tu suerte, Carcaño ya te adoptó. ¿Tienes cervezas?
Cerré los ojos y lo ignoré. Le oí dar pasos. Ir a la cocina, abrir el
refrigerador, luego, una lata de cerveza. Cuando volví a abrir los ojos, estaba

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de nuevo frente a mí, en una mano tenía la cerveza, con la otra me ofrecía su
teléfono.
—Díselo, dile que te vas. Pero si te arranca los huevos no me chilles.
Cogí el teléfono. Oí la voz de Carcaño del otro lado de la línea. Estaba al
tanto de todo. No me pidió disculpas, más bien adoptó el mismo tono de
regaño que Wintilo, sin embargo, dijo que olvidaríamos el asunto y
seguiríamos adelante. Y para acorralarme, mencionó a mi padre.
—¿Ya no lo quieres recuperar? Dímelo antes de que siga gastando
recursos, movilizando a mi gente. ¿Lo seguimos buscando o ya lo damos por
muerto?
Guardé silencio.
—Pásame con Wintilo…
—Entiendo, jm, sí —eso decía Wintilo mientras yo alcanzaba a ver en el
espejo que el hocico se me había floreado como el culo de un elefante—. Sí,
jefe, sí, claro, jm. Ya, ya estoy tratando de hacérselo comprender. Claro, eso
digo yo, la ropita nueva, su papá… Justicia. Desde luego, mi teniente. No se
alarme. Todo saldrá como lo ha pensado… Uno a uno, sí, uno a uno…
Wintilo fue de nuevo al refri, trajo otra cerveza fría, me la dio y yo me la
puse en la frente.
Terminó su charla con Carcaño y se sentó a mi lado.
—Qué huevos tienes, hermano. El jefe va a acelerar lo de tu padre. Pero
ya le sembraste la duda de que seas de fiar. Y aunque no te importe oírlo, me
pones en una situación comprometida. Hasta ahora, no has hecho otra cosa
que quejarte y no tener ni puta idea de dónde puede estar Roberto. Eso me
dijo Carcaño, pero también me habló de tu padre… ¿Quieres saber qué me
dijo de tu padre?
No respondí.
—Cree que sigue vivo. Tiene pistas, pero todavía no puede hablarte de
ellas.
—¿Qué clase de pistas?
—No puedo decirte más.
Dicho esto, se metió la mano en el bolsillo de la camisa, sacó una libreta
y un lápiz mordisqueado. Apuntó algo en una hoja, la arrancó y la dejó
encima de la cama.

86
—Se llama Paulo Pila. Es el primero que le dio calor a Roberto. No
creemos que sepa gran cosa porque eso fue hace muchos años, pero quizá
tengas suerte.
Dio una palmada en mi pierna y añadió:
—No vuelvas a cagarla, Gil. La vida de tu padre depende de ti. Te lo
firmo.
Luego se marchó.
Cogí el papel, vi la dirección y el nombre de Paulo Pila. Lo arrugué, me
lo metí a la boca y lo escupí lejos.
Fui al baño, saqué del botiquín un chute de morfina. Cuando la aguja iba
hacia mi brazo, tocaron la puerta y se me cayó la jeringa al suelo, no tenía
fuerzas para agacharme, así que la moví con el pie, detrás del excusado.
Caminando como el ayudante jorobado del doctor Frankenstein, llegué a
la puerta. Encontré una sonrisa tímida y unas manos que sostenían un gato
gris, más piojoso que yo.
Era Teresa Sábato, el gato no sé, todavía no tenía nombre.

87
—A DIARIO ME deberían dar una madriza —le dije a Teresa Sábato mientras
las yemas de sus dedos dejaban correr por las heridas de mi cara un ungüento
que olía a hierbas suaves y mentoladas. Sonrió, pero no dijo nada. Pregunté
una estupidez—: ¿Estudias o trabajas?
Sonrió más ampliamente.
—¿Por qué no te traes tus cosas?, así ya no gastas en taxis.
Detuvo sus manos en el arco de mi nariz.
—Tráete todo, incluyendo al niño.
Añadí que las palabras salían de mi corazón aunque no lo tuviera en su
lugar. Pero Teresa no respondió. Se apartó y dijo:
—¿Cómo le pondrás de nombre? —se refería al gato.
—¿Dónde lo encontraste?
—Debajo de un coche.
—Entonces lo llamaré Chalán…
—Es demasiado guapo para ese nombre.
—Chalán Delón.
—Un poco anticuado ese galán.
—¿Qué nombre te parece bien?
—No lo sé, ya es tu gato.
—¿Y si no me gustan los gatos?
—Te gustan.
—¿Te lo dije en Cuba?
—No.
—¿Entonces cómo sabes que me gustan?
—Porque no has dejado de mirarlo.
—Es que está muy feo.

88
—No es verdad. Báñalo, cuídalo, llévalo a que lo vacunen. Sé bueno con
él.
Teresa fue hacia la puerta. Sentí que se estaba despidiendo
definitivamente. No podía dejar que se marchara así, esta vez no. Le pregunté
a qué había venido. Dijo que ya no lo sabía. Pero no le acepté esa respuesta.
—Lo nuestro no puede ser —aventuró su frase de canción barata.
—¿Y si lo intentamos? —repliqué en el mismo tono de canción.
—Un pobre diablo pasa, pero los monstruos asustan a los niños.
Sentí que la cara se me inflaba de golpe.
Abrió la puerta y aclaró:
—No digo que lo seas por dentro…
El resto de la tarde recuperé fuerzas a base de caldo de pollo con esas
alitas que no tenían otra cosa que tendones pero que, al masticarlas, me
hacían sentir capaz de arrancarle retazos a la vida. No sentía dolor gracias a
mamá morfina. En cuanto al dolor del alma, parecía más bien el eco de algo
importante, pero lejano. Dediqué hilachos de ideas a despedirme de mi padre.
Tú habrías hecho lo mismo en mi lugar, decir adiós, le dije a su fotografía.
El Perro se quedó callado.
Teresa también venía a mi mente, en oleadas de dolor quedito.
Cualquiera, yo mismo en otros tiempos, habría sido feliz con aquellas caricias
que me prodigaron sus dedos, pero al definirme como un monstruo, todo se
derrumbó. De noche, salí a la calle. No había nadie. Así que «el hombre
elefante» podía darse un paseo sin causar horror.
La electricidad robada del alumbrado público iba hasta un foco que
pendía sobre un puestito de tacos. Encaré la posibilidad de que la vendedora
me atravesara con una estaca de palo en cuanto me viera, pero mi cara
magullada no sacó chispa de espanto en sus ojos acostumbrados a la calle.
—¿Cuántos, joven?
—Tres, y póngales bastante salsa borracha.
—¿Refresco?
—Cola.
—No está muy frío, el de naranja, sí.
—Cola caliente, entonces.
La mujer tenía el pelo corto y plateado, hecho como de alambrones. Era

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un poco otro hombre igual que yo, pero más decidido y seguro de sí mismo.
Me atendía en una especie de pacto donde yo respetaba su digna pobreza y
ella mi anonimato nocturno. Cogió una botella de vidrio de un balde con
agua, la limpió en su delantal y la destapó sacándole un sonido a corcho de
champán.
Unos borrachos aparecieron en la esquina, intentaban tomar un taxi.
Ninguno se detenía. Fue cuando la mujer habló:
—Mire a esos. Ya van como culos de botella, sentados, verdosos y
apestosos.
Pagué la cuenta y di las buenas noches.
Encendí la tele, daban uno de esos programas de telemercadeo donde uno
puede ser feliz si compra la música que hizo vibrar al mundo entero hace
cuatro décadas, anunciada por un sesentón con cara de vicioso y una mujer
con cara de que no volvió a tirarse a nadie desde que Armstrong dio el
pequeño paso para el hombre y grande para la humanidad.
Sonó el teléfono. Me traje la mesita con un pie y contesté. La voz
metálica del otro lado de la línea me sonó graciosa en un principio, mientras
los melenudos aullaban su vieja canción a Satanás.
—Oye, y oye bien, pendejo, porque esto no te lo repito. Quieres levantar
al zombi y eso te puede costar muy caro.
Enseguida respondí:
—De drogo a drogo creo que tú y los pendejos que estoy mirando por la
tele están igual.
Colgué el teléfono. Volvió a sonar.
Contesté sin espanto:
—¿Qué pedo?
—¿Quieres a tu padre vivo?
—¿De qué padre estamos hablando?
—El Perro sigue vivo. Y ladra tu nombre.
No supe qué decir.
—Ya te llamaremos. Pero diles a esos mamones de Asuntos Especiales
que no sigan revolviendo la mierda o tu padre se jode. Esto será entre tú y yo.
Colgaron.

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—No DEJA DE asombrarme que sea el clásico padrecito de los chistes —dije
en voz baja, pero clara—. O dígame si me equivocó. ¿Se podría hacer un
chistecito con usted, con su comportamiento?
No hubo respuesta. Las paredes oscuras del confesionario olían a madera
vieja.
—¿Escuchó lo que le acabo de decir, padre Pila?
—¿Qué es lo que tienes que confesar? —preguntó con su voz triturada.
—Nada, no tengo pecados, me los como todos, me los trago día a día.
¿Sabe a qué saben los pecados, padre Pila? Amargos, salados, ácidos, pero
uno tiene la sensación de que si se los traga todo va a estar bien. No digo que
los pecados sean un buen alimento. No me malentienda. Digo que se comen
ya con la plena idea de cagarlos. Ahora, hábleme de Roberto, cuénteme de
cuando le metió la verga. Y se lo digo así de claro para que nos saltemos
pronto ese asunto y me diga dónde está.
Escuché un ruido brusco, unos pasos presurosos. Salí del confesionario.
El padre corría a lo largo del pasillo central, la sotana no le dejaba agilidad.
Fui detrás. En las bancas cercanas a la puerta había unos feligreses, nos
miraron.
En la calle, el padre detuvo un taxi, pero lo alcancé y lo sujeté del brazo
antes de que lo abordara.
—Venga conmigo, no se ponga pendejo.
Lo llevé a mi coche. Y le pedí que fuéramos a su casa. En cuanto dejó de
temblar, se exculpó:
—Yo era joven entonces, estaba enfermo. Ya no soy el mismo.
—¿Dónde está Roberto?
—Le perdí la pista. Te lo juro, hijo.

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—Qué hijo ni qué chingada. Vamos a su casa para que nos bebamos uno
de esos buenos vinos que seguro guarda en su barcito personal y, mientras
nos conocemos, se relaje y haga memoria.
—Te juro que…
Le pegué una cachetadita brusca. Saltó demasiado. Entramos al coche. Un
buen coche con asientos de piel. Ajusté el espejo retrovisor. Era cierto lo
dicho por Teresa. Mi cara era de monstruo.
Paulo Pila vivía en una de esas casitas elegantes y viejas de la Colonia
Condesa. Su salita encantadora me hizo sentir que podíamos beber vino sin
golpes de por medio. Sirvió dos vasos, le pregunté si era Cabernet Sauvignon,
me dijo que tempranillo. El nombre me gustó para un caballo.
—¿Usted cree en el Infierno, padre?
Hizo su mejor esfuerzo para contestarme.
—¿Te refieres a si existe o a si creo que existe?
—¿Cuál es la diferencia?
—Puedo creer o no creer, pero eso no cambia las cosas.
—¿Y cree?
—A veces sí, a veces, no.
—¿Por qué duda si es sacerdote?
—Pero también soy un hombre.
—Entonces, duda…
—Dudo, pero existe.
—¿Cómo puede estar seguro?
—Porque creo.
—Siento que me está tomando el pelo.
—Se trata de cuestiones teosóficas.
—Lo sé, no estamos hablando de gastronomía. ¿Cree que los malos van
al Infierno?
—Dicho con simpleza, sí, ahí se van los malos.
—¿Un lago de fuego con demonios azuzando a todo pecador?
—Quizá sí, quizá nada de eso, pero sí algo que duele al espíritu.
Le serví más vino. Saqué mi 45, la puse encima de la mesa. El padre
parpadeó.
—¿Quiénes son los malos, padre?

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—Es difícil de explicar —balbuceó.
—Para usted todo parece difícil de explicar.
—Te lo juro, eso fue hace mucho tiempo. Yo era un hombre enfermo y…
Cogí el arma y con la culata le machuqué un dedo meñique, el que me
quedó más cerca. El golpe se lo di al estilo de los que me patearon el culo,
más cargado de precisión que de enojo. Ni siquiera tuve que emplear mucha
fuerza. Ya la tenía la propia cacha de hierro. El padre Pila no gritó. Se miró el
dedo, lo escondió entre sus piernas.
—Beba —le ofrecí el vaso.
Lo cogió temblando y le dio un sorbito.
—¿Si lo mato iré al infierno, padre?
—¡Sí!
—Lo dice porque le conviene.
—No matarás, está escrito.
—Y también no le darás por el culo a nadie. Y eso hizo usted con
Roberto. Darle por el culo cuantas veces quiso. Si usted era joven entonces,
me pregunto qué era él. ¿Un niño?
—No fue así.
—Muy bien, hablemos del cómo, pero no se vaya a calentar…
Se quedó callado.
—¿No dice nada? ¿No me va a decir si lo ponía en cuatro patas? ¿No me
va a contar cómo lo engañó, qué amenazas uso para obligarlo a tener la boca
cerradita?
—Existe el arrepentimiento.
—Entonces tengo ese chance, padre, matarlo y luego arrepentirme.
—No funciona así.
—Explíqueme cómo. Tenemos toda la tarde.
—Me está doliendo el dedo. Y no puedo respirar.
Le serví más vino.
—¿Cómo funciona? Dígamelo, quiero entender, necesito entender.
—No debe haber premeditación.
—¿Y si la hay, qué pasa?
—El arrepentimiento es falso.
—¿Y si es falso, pero después, sinceramente, me arrepiento de haberlo

93
premeditado, qué sucede, hay perdón de Dios? Dicho de otro modo, si hago
esfuerzos por arrepentirme, pero en el fondo sé que la tentación es invencible,
¿Dios se apiadará de mí? ¿Quitará las piedras de mi camino? ¿Me llevará por
sitios donde el pecado no esté al alcance de mi mano?
Volvió a quedarse callado.
Me puse de pie y eché un ojo alrededor, dándole la espalda al padre. Ver
la pistola abandonada sobre la mesa debió suponerle un gran dilema. El
saloncito estaba en orden. Le pregunté si tenía sirvienta. Dijo que sí. Supuse
que era más limpia que la mía, pero también que el padre era más limpio que
yo.
—Ahora hablaremos de Roberto —abrí una vitrina donde había una
botella de brandy. La destapé y la olí. Parecía tener sus buenos años. Eso me
alegró bastante el corazón. Serví un poco en los vasos donde habíamos
bebido el vino. Le deslicé el vaso al padre. Lo cogió con la mano sana y lo
llevó temblando hasta su boca. Bebió de un solo trago. Pero sus labios secos
no se humedecieron. Hice lo mismo. Beber. Luego serví otro par de vasos.
—¿Crees en Dios, hijo?
Volví a tomar la pistola por la culata. El padre me detuvo con un gesto.
La puse de nuevo sobre la mesa.
—Creo que no vamos a llegar a entendernos en el tema religioso, mejor
hábleme de Roberto, ¿dónde lo encuentro?
—Necesito pensar…
—Eso me parece muy correcto. Tómese su tiempo.
Me acerqué a mirar unas fotos que estaban en la pared. Volví a pensar en
el dilema del padre, en su tentación de coger la pistola. Podría estar
descargada y fallar en su propósito de dispararme, pero el sólo hecho de
intentarlo le costaría caro. Por otra parte, podría estar cargada y, de todos
modos, no saber usarla. Todo eso debía pasar por su cabeza de pelos blancos
y escasos.
—¿Quiénes son estos, padre? —dije, observando una de las fotos.
—Niños de la calle.
—¿Y este sitio?
—La colonia Buenos Aires.
Había una virgen en un escaparate callejero, adornada con muchas flores.

94
Al fondo, un edificio con un letrero enorme que decía Centro Juvenil
Esperanza.
—Ahí conocí a Roberto —dijo el padre.
—¿Roberto era niño de la calle? ¿Cómo es eso, si su padre es juez?
—Los niños de la calle vienen de muchos ámbitos.
—¿No le dijo que su padre es juez?
—Demasiados niños, demasiadas historias para recordar.
—¿Cuándo dejó de verlo?
—Cuando no regresó al centro de acogida.
—¿Y usted no lo buscó para seguir recogiéndolo?
—Ya te lo dije, demasiados niños, demasiadas historias para recordar.
—Para qué buscarlo si ya le había dado hasta por debajo de la lengua…
—¡No es verdad! Le enseñé muchas cosas. ¡Lo llevaba los sábados a los
manicomios, a los comederos de pobres, a todo lugar donde aprendiera a
ayudar a gente que tenía problemas más graves que los de él! ¡Y eso lo sacó
de sí mismo! ¡De sus intentos suicidas! ¡Que te lo diga él cuando lo
encuentres! ¡Que te diga si me guarda rencor! ¡Le di lo mejor de mí!
Levanté al padre de un mechón de peto, pero el pelo se me quedó en la
mano. Entonces, lo levanté del cuello y con una mano le apreté los huevos.
—¿Lo mejor de usted, cabrón? —interrogué feroz.
Los ojos del padre se inyectaron de angustia. Con la mano con la que lo
sostenía de la garganta lo arrojé sabiendo que detrás había un sillón y caería
en él. Así fue. Se giró quedando bocabajo, como escondiendo la cara.
Cogí la botella de brandy y bebí directo de ella. Luego dije:
—Le dio un propósito de vida; ayudar al próximo. Eso es mucho para no
saber qué fue de él ni que era hijo de un juez muy importante, creo que no me
está diciendo toda la verdad. ¿Le suena el apellido Oviedo?
No tuve respuesta.
Cogí la pistola decidido a ir a darle un susto un poco más serio. Lo giré
bruscamente. Tenía la boca abierta. Muy abierta. Como si hubiera querido dar
el alarido más grande de toda su vida y se le hubiera quedado trabada la
mandíbula. Nunca vi una boca más abierta que esa. Ninguna quijada es capaz
de abrirse tanto sin partirse en dos.
Le toqué la yugular. Estaba muerto.

95
NO NECESITÉ MORFINA para dormir tranquilo. Solo la 45 debajo de la
almohada. Tampoco tuve pesadillas. Oí ruidos en la sala. Oí una voz
cantando. Era Lupe. Me di un baño. Salí a desayunar. Lupe me puso un plato
de chicharrón en salsa verde, tortillas y una Pepsi-Cola fría. Me pidió
permiso para faltar la siguiente semana, pues venían los días de Los Santos
Difuntos.
Preguntó si necesitaba algo antes de que se fuera.
—Que limpies bien el excusado porque nunca le quitas el sarro. Después
ve y tráeme del súper mi bolsa de ciruelas secas porque, aquí en confianza, te
digo que no las como por capricho, sino por laxarme.
—¿Algo más, señor? —preguntó malhora.
Le pagué su dinero. Lo contó. Se lo guardó a la antigua, es decir, entre las
tetas.
—Le voy a poner una veladora a su papacito el Día de Muertos.
No supe si darle las gracias o mentarle la madre.
Dudaba de su sinceridad tanto como de las intenciones de una araña.
Cierto que según ella a mi padre le dio por espiarla mientras se bañaba. Con
lo cual, o le guardaba rencor o lo había perdonado.
Lupe se fue.
Cargué la 45 y también salí a la calle.
La 45 la dejé debajo del asiento del coche, pues donde iba me la podían
encontrar.
Era una visita de paso, de esas que hacía cada fin de mes.
Fui a buscar a mi propio sacerdote o psicólogo de cabecera. Lo esperé en
la sala de visitas. Llegó y tendió la mano, expectante. Le deslicé sobre la
mesa la bolsa de dulces Toficos. Desde que resolví el caso de Alicia del

96
Moral (cuyo padre era dueño de esa fábrica de dulces) a José Chón le
gustaban dos cosas; que le contara cómo iba su taquería ahora que era de otro
dueño, y que le trajera Toficos siempre que viniera a visitarle. Hablábamos de
muchas otras cosas, pero no de su crimen ni de su familia, quien tenía
prohibido visitarlo. Sólo una vez habló, advirtiéndome que jamás volvería a
tocar el tema del crimen. No maté a ese muchacho, Juanelo, porque
desvirgara a mi hija, dijo, el diablo me movió la mano y me hizo picarle el
hígado. La gente cree que al haberme puesto en esta cárcel estoy castigado,
pero se equivocan porque aquí me la paso bien. Trabajo menos que en la
taquería, conozco gente, tengo amigos entrañables, y hasta estoy escribiendo
un libro de recetas de cocina y otro de magia negra… ¿Sabes cuál es mi
verdadero castigo, Gil? Ser esclavo del maligno. Se abrió la camisa y me
mostró un demonio tatuado en el pecho. Era un demonio clásico, de cuernos
retorcidos y barba picuda, pero el color verde del tatuaje y la piel prieta de
José Chón lo hacían un poco impreciso. Aparte de eso, se había tatuado la
palabra demonio en inglés, devil, pero con b. «Débil», lo cual jodía toda
pretensión de producir espanto.
Esta vez, le conté de todo un poco, Teresa Sábato, el bebé, el caso de
Roberto, Wintilo, Carcaño. La posibilidad de recuperar a mi padre. No
necesité decirle que necesitaba consejos, pues mi voz se oía aplastada.
—Ponte del lado del que gana —me aconsejó.
—¿De qué lado crees que estoy?
—Del lado del pendejo.
Un hombre bajo las circunstancias de José Chón no te puede estar
mintiendo. Bajó la voz y me dio la receta de un ritual para invocar al demonio
y ofrecerle adoración a cambio de poder. Consideré la posibilidad de que se
estuviera volviendo loco. El amor a su familia. No verlos, no tenerlos cerca,
no cuidar a su hija —por la que fue capaz de matar para no verla en brazos de
Leonel, al que consideraba poca cosa— debía serle insoportable.
—¿Lo harás, Gil? ¿Le hablarás al diablo?
—Si él me dice dónde está Roberto, puede que lo haga.
—No seas mamón. El diablo no es la puta chismosa del barrio. Hay que
pedirle cosas importantes. En cuanto al tal Roberto, cuando quieres peces,
¿dónde los buscas? ¿En el mar o en la montaña?

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—¿Es esa una parábola religiosa, José Chón?
—Lárgate ya, cabrón.
—¿Te saludo a alguien allá afuera?
Se puso de pie y se fue.
La receta de José Chón era clásica. Debía verter la sangre de un inocente
si quería volverme discípulo del chamuco y ganarme sus favores; el paquete
clásico; sexo, dinero y poder, pero yo sólo pediría uno en todo caso, dejar de
ser un perdedor.
Parece una broma llegar a tal punto. Ver pasar gente y preguntarse a cuál
de todos sacrificar. A quién desaparecer sin que lo echen de menos. Pensé en
algún conductor de microbús, y eso porque de toda la música la que más
detesto es la que escuchan ellos. A todo volumen. Siempre hablando de
amores inmaduros, de rima fácil, con voces chillonas y ese fondo de tambora
y trompetazo… Busca un inocente, Gil, dijo José Chón, no tiene que serlo del
todo, pues entonces no lo encontrarías nunca. Uno ni muy bueno, ni muy
malo. Ten preparado un poco de formol en un pañuelo. Le saltas por la
espalda, lo duermes, lo metes al maletero de tu coche, lo llevas a un paraje y
ahí le sacas el corazón con un cuchillo de buen filo; yo te puedo explicar qué
tipo de cuchillo y cómo se saca un corazón, porque no es tan fácil como en
las películas. Si no sabes hacerlo nomás haces un mierdero. Una vez que lo
consigas, no tienes que levantar el corazón en alto ni decir pendejadas con
voz ronca, te lo comes, así, a pura mordida, como perro loco, saboreándolo, y
si vomitas qué mejor; irán sucediéndote las cosas, la sensación extraña, el
desconcierto, el pavor de haber cruzado la línea. Pero no te detengas, sigue,
ya no hay retorno, Satán te espera. Satán y sus favores.
Le hubiera dicho que había matado a un sacerdote. Es decir, por
accidente. Quizá eso ya me valía de algo.
El teléfono vibró en mi pantalón. Yo sabía quién era. Lo presentía como
si cada timbrazo dejara de ser sonido y se convirtiera en excitación. Saqué el
teléfono y sólo pulsé la tecla que dejó pasar la voz.
—Espero que todavía tengas esos dos millones de pesos que te robaste,
pinche idiota. Porque si no los tienes a tu padre se lo va a cargar la chingada
—dijo la voz metálica.
—¿Dónde te los entrego?

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—Primero vas a deshacerte de esos cabrones de Asuntos Especiales.
—Ya les dije que renunciaba…
—No quiero que levantes sospechas. Nomás diles que ya dejen en paz a
tu muerto.
—¿Muerto?
—Tú diles así. Y cuando nos des el dinero entonces te damos a tu padre.
—¿Vivo?
No hubo respuesta.
El contador comenzaba su cuenta regresiva. Marqué el teléfono y le dije a
Wintilo que debíamos vernos. Él quería saber cómo me había ido con Paulo
Pila. Mis objeciones de hablar por teléfono le despertaron el escarnio. ¿Por
qué tanto misterio? ¿Ya muy detective privado desde que no traes los
calzones rotos? ¿Sabes de cuánto va a ser tu primer cheque? Siéntate, no te
vayas a cagar parado cuando te lo diga. ¡Te vas a forrar, pendejo! En tu vida
viste tanto dinero junto. Pero Roberto, primero Roberto. Urge Roberto
Oviedo. ¿Entiendes cuando te digo que urge, culero?
Roberto era un fantasma, mi padre otro, y yo tenía en la punta de la
lengua decirle a Wintilo que los secuestradores me habían contactado.
Balbuceé algo.
—Te veo más tarde, Gil. Ahora estoy en medio de un desmadre.

99
LA PUERTA DEL apartamento estaba abierta. Así que entré sin pedir permiso.
Las mujeres comenzaron a cuchichearse. Unas ventanas grandes daban a la
avenida Reforma. Eché un vistazo al Ángel de la Independencia. Su figura
dorada se veía de buenas dimensiones y desde una perspectiva que no había
tenido oportunidad de contemplar.
—Les presento a Gil, chicas —se oyó la voz de Judith.
Escuché un coro de voces variopintas, hola, Gil.
Judith me cogió de la mano. Y me llevó hasta la cocina. Ahí me preguntó
si acaso me había invitado a su cumpleaños o yo era un cínico gorrón.
—¿Es cierto que Roberto fue niño de la calle?
Parpadeó cargada de fastidio.
—¿No te preocupa que ande por ahí, a salto de mata? —inquirí.
—Su vida es su vida.
—Su vida será corta si no lo encuentro…
—¿Quién lo va a matar? ¿Tu amigo Wintilo?
—¿Por qué dices eso?
—Porque lo intuyo.
—¿Sabes quién es el padre de Roberto?
—La mayoría de nosotras procuramos no hablar de nuestras familias.
Suelen ser un desastre. ¿Me ayudas a preparar el pastel mientras continúas el
interrogatorio?
Cuando me di cuenta ya estaba enfrascado en esa cosa de batir huevos
con harina, mantequilla y esencia de canela. Las demás chicas venían a ratos
por alguna cosa y me miraban con picardía. Sobre todo cuando Judith se puso
detrás de mí para atarme un delantal. Yo no sabía cómo comportarme ni
cómo llamarlas o llamarlos. Judith se daba cuenta y dijo:

100
—¿Cuál es tu problema? Si te incomodamos, ¿qué haces aquí?
—¿Quién te dijo que me incomodan?
—Tu actitud.
—No me incomodan, sólo que no sé qué son. Si lo supiera, sería más fácil
nombrarlos.
—No te creas, por ejemplo, tú eres un pendejo y no es fácil decírtelo.
Mira, Gil, voy a tratar de instruirte —me cogió de la mano e hizo que me
asomara a la puerta, desde donde se veía a las demás en el salón—. Aquella
es Malena, antes Jaime, se operó porque nació en un cuerpo equivocado.
—O sea que ya se anda tirando a cualquier tipo sin tanta bronca.
—Te equivocas. Es lesbiana.
—Carajo.
—Aquella es Jenny, también se operó, pero a ella sí le gustan los
hombres. Y la rubia es Amaral, no quiere operarse, le gusta su cuerpo mixto,
sus hermosas tetas, sus nalgas y su pene, y es bisexual. Aquel es José, se viste
de mujer por puro disfraz, no es transexual, es homosexual. ¿Te va quedando
claro?
—Más o menos —me rasqué la cabeza.
—Idiota —sonrió Judith—. Tus pantalones están muy bonitos —dijo—.
No te los vayas a ensuciar. Ven a seguir haciendo el pastel…
Volvimos a la cocina.
—¿Y quién es el padre de Maika? —preguntó.
—Eso sí es fácil de explicar —dije—, el juez Ernesto Oviedo.
—¿Y qué con él?
—Está buscando a su hijo.
—¿Para qué vuelva a casa? —sonrió Judith.
—Tal vez esté mejor en casa que a salto de mata.
—Que yo sepa Maika no tenía familia ni casa, alquilaba cuartos de hotel,
los pagaba por semana o mes, se estaba en ellos hasta que se aburría y luego
se cambiaba a otros.
—Necesito que me des mejor información.
—¿Para qué, mi niño? Si Maika no quiere ver a su padre será por algo.
Tal vez ya se fue muy lejos…
—¿Qué tan lejos?

101
Judith me llamó manipulador, dijo que tenía harina en la punta de la nariz
y me la quitó con un dedo. Luego lo metió en la masa del pastel, lo chupó,
guiñó un ojo y dijo que era hora de meterlo en el horno.
—Si no lo encuentro yo, lo van a encontrar otros que lo quieren matar.
Judith se quedó con el refractario a medio camino del horno. Eso me hizo
pensar que mi embuste había sido eficaz.
—No sé qué decirte para que lo encuentres.
—Por ejemplo, nombres de sus amigos, de los más cercanos…
—Pablo Javier, Los hermanos David y Joel Salmerón. Pablo Javier canta
en el bar del Sanborns de Villa de Cortés. David es cirujano plástico, y su
hermano, comerciante. No saben que Maika se tira a los dos o si lo saben ella
es la engañada. A David lo encuentras en el 1160 de Insurgentes, ahí tiene su
consultorio; estas me las hizo él —se levantó las tetas—. A Joel en
Izazaga 29, donde los judíos suelen tener sus talleres de costura. Sólo me
acuerdo de esos tres nombres. Pero hay más. Ya sabrás, amores frustrados,
desconocidos que le ofrecieron bajarle la luna y lo que le bajaron fueron las
bragas, lo sé porque eso es de lo que hablábamos siempre. No de padres ni
familias. De desilusiones. Porque también a mí me han dicho que la luna está
cerquita y que es de queso con miel. Recuerdo una vez que fuimos a
Veracruz. ¿Conoces Veracruz? Es sucio, pero una sabe que esta parada en un
puerto de verdad. El café la Parroquia, las golfas bajo la farola y la luna de
plata tendida en el mar, todo es de verdad. Nada escenográfico como Cancún,
que es para turistas. Conocimos un capitán de barco noruego. Se veía
elegante con su uniforme. Se llamaba Comelius. Las dos estábamos locas por
comérsela a Comelius —echó una carcajada—. El tipo la lastimó mucho —se
le apagó la risa—. Un pervertido.
—Hablando de eso, ¿te suena Paulo Pila?
Negó con la cabeza.
Metió el pastel en el horno y me dijo que fuéramos a beber y a esperar
con las demás chicas. Le dije que no me gustaba lo dulce. Y tampoco esperar.
—¿Más preguntas entonces, Gil Baleares?
—Sí, una, ¿tu amiguita era puta por el placer de serlo o porque le
pagaban?
—Las dos cosas. Pero no te hagas historias. El negocio es cruel. Peor que

102
el de las mujeres, a nosotras nos maltratan no sólo los clientes o el poli que te
da tu trozo de banqueta a cambio de dinero o sexo, entre nosotras hay guerra.
Tenemos que pelear el territorio hasta con los dientes. El territorio de la calle
y también del cuerpo. Está el maricón que se inyecta pechos, o como yo, que
soy mujer de verdad, pero que nací en un cuerpo equivocado, ya te lo
expliqué. El maricón dice que no es cierto, que yo también soy maricona, y
no es verdad… ¿Sabes algo, Gil? Se me hace que el asesino del hotel es eso,
un maricón disfrazado de mujer, y no una como yo, disfrazada de lo que
debió ser, pero que le negó la vida.
—¿Eso es Roberto? ¿Una mujer en cuerpo de hombre?
Judith asintió.
—¿Tú también te acuestas por dinero?
—¿Es queja o invitación?
—Sólo saber si a ti también te ponen tus chingadazos en las calles.
Esa pregunta no la quiso responder. Pero su rostro se apagó.
Saliendo de su casa, volví a marcarle a Wintilo, le dije que tenía nuevos
nombres. Acordamos visitar por separado a los hermanos Salmerón y, de
noche, al cantante de Sanborns.
Miré hacia lo alto del edificio. Judith me observaba desde la ventana.
Algo en su rostro no me gustó, pero estaba demasiado lejos como para saber
si ese gesto era de tristeza o desprecio.

103
ME DIJE: LO primero que haré es mostrar la 45 en cuanto alguien abra la
puerta del edificio lujoso de consultorios, pues sentí un chiflón de aire en la
nuca y, eso sí, de pronto me atacan destellos de intuición, presentimiento o
superstición —las tres cosas se parecen mucho—. No sé quién abrió la
puerta. Una figura se movió rápidamente hacia la escalera. Corpulenta como
la del padre Pila, cosa que me encogió el estómago. Subí al segundo piso y
toqué el timbre de una segunda puerta. Una voz me preguntó por interfón qué
buscaba.
—Al doctor Salmerón —dije.
—¿Tiene cita?
—Desde luego.
La puerta se abrió eléctricamente. Una secretaria, detrás de un escritorio
que le llegaba hasta el cuello, levantó la vista:
—Su nombre.
—Gil Baleares.
—No lo tengo anotado.
—Dígale al doctor que estoy aquí.
—El doctor acaba de irse.
No me detuve a saber si mentía. Fui hacia la puerta contigua. Abrí. No
había nadie, solo una segunda puerta. La abrí. Era el baño. Detrás llegó la
secretaria.
—¿Adónde se fue el doctor?
—De viaje.
—¿Entonces por qué me preguntó si tenía cita?
—Para cambiarle la fecha.
—No suena muy convincente.

104
—Es lo que es.
—Y es nada. ¿Adónde fue Salmerón?
Dudaba en darme respuestas. Le dije que era poli. Entonces, cantó:
—Recibió una llamada. Cuando colgó el teléfono me dijo que le
cancelara todas las citas, que debía hacer un viaje repentino y salió deprisa.
No me dijo adónde. ¿Tiene algún problema el doctor? Porque la verdad soy
nueva y no quiero verme en líos por este trabajo.
—¿Cuánto valen unas tetas como esas? —señalé la foto en la pared.
—¿Son para usted?
Me gustó su cinismo. La miré detenidamente; tenía la boca carnosita y
unos dientes impecables. Fuera de eso no mayor gracia que un pájaro
mojado.
Y yo no tenía tiempo que seguir perdiendo.
Al coche le rechinaban los frenos. Paré en un taller mecánico. Me dijeron
que necesitaba balatas nuevas. Costaban más que mi dentista, además, debía
dejarles el coche y recogerlo el fin de semana. Le pedí al mecánico que le
diera un apretón provisional. Lo hizo, pero no me garantizó la vida.
Manejé por los carriles de baja velocidad. Acomodé el espejo retrovisor
presintiendo que detrás vería al padrecito Paulo Pila mirándome con cara de
muerto encabronado.
Sonó el teléfono. Era la voz de metal.
—Prepárate para viajar a Cuernavaca, puto.
No dijo más. Yo tampoco hice preguntas. Era la mejor manera de mostrar
sangre fría. Mariano del Moral se me vino a la cabeza. Todas esas veces que
lo vi sudar la gota gorda mientras hablaba con los secuestradores de su hija y
yo le indicaba qué responder. No es lo mismo estar parado en el escenario de
tarima de fuego que ver a otros encima de él.
De nuevo sonó el teléfono. Era Wintilo. Me ordenó ir a cierta dirección y
cuando le pregunté para qué, sólo oí su respiración tortuosa. Cuarenta
minutos más tarde, él y yo avanzábamos por aquel pasillo sucio de paredes
carcomidas color verde olvido. Su teléfono celular no dejaba de sonarle
dentro de la gabardina; se le veía enorme. Parecía la de un cómico de carpa.
—¡Carajo! —Wintilo se detuvo—. ¡Otra vez la cagaste, pinche Gil!
Sacó el teléfono móvil. Miró de quién se trataba, hizo una mueca de

105
impotencia y respondió resignado:
—Sí, teniente. Dígame, señor… —se detuvo en seco a mitad del pasillo.
Una puerta con marcos de aluminio se abatió empujada por un carro en el que
venía un cuerpo en su horizontal circunstancia, cubierto por una sábana
blanca; aquellos fulanos indolentes (uno de ellos sacándose mocos de la
nariz) se lo llevaron en ese carro de ruedas rechinantes rumbo a otra puerta—.
No, teniente, sí, teniente… ¿El pecado de quién? —Wintilo me hizo una seña
de que sacara un bolígrafo para apuntar algo. Me busqué en los bolsillos. No
tenía ninguno—. Sí, capi, ya lo tengo. El pecado de Mama Bayou… ¿Se
pronuncia Bayú? Sí… No… Es que no sé inglés, mi jefe. Entiendo. Sí, ya
estamos aquí —me miró con reproche—. Sí, señor, es mi culpa. Ya sabe que
soy medio pendejo, pero que intento componerme —colgó y dio un golpe
duro en la pared.
—Toma —me tendió un segundo teléfono celular—, es de Asuntos
Especiales, no vuelvas a darme información confidencial desde tu puto
teléfono porque alguien nos está pinchando las llamadas…
Cruzamos una de aquellas puertas. Un tipo que sudaba como cerdo y
escarbaba las tripas de un difunto giró y clavó sus ojos saltones en nosotros.
—¿Doctor Palanca? —interrogó Wintilo.
—Lo que queda de mí —dijo el tal Palanca, estirándose el cuello de la
bata; una bata tan sucia como la que usaba José Chón en su taquería—. Llevo
dieciocho horas trabajando sin dormir. Ya hasta veo cómo los muertos me
sonríen. ¿Y creen que me van a pagar horas extras? ¡Ni madres! Y si me
quejo, hacen como que mi hoja de servicios se extravió y ya me chingué a no
cobrar la puta pensión…
—¿Joel Salmerón? —Wintilo señaló al muerto.
—Salmerón o carajón, pero podría ser mi madre y no me he dado cuenta.
¿Traen el papelito rosa?
Wintilo le mostró un papel de ese color.
Palanca lo cotejó con otro de color amarillo. Miró al cadáver y asintió:
—Sí, es este cabrón. Pero está tibio, en seis horas les digo de qué se piró.
—¿Nos puede dar un adelanto? —interrogué.
—Sus huevos, se los acabo de cortar, ¿los quieren con café y licor Kalúa?
—Tranquilo, doc. Solo hacemos nuestro trabajo.

106
—¿Y yo nomás me estoy haciendo pendejo o qué?
Miré al cadáver. Tenía los ojos hinchados.
—¿Cuál de los dos Salmerón es? —pregunté a Wintilo.
—El comerciante —respondió.
—Al menos díganos su opinión —le dije a Palanca—, ¿de qué minió?
El médico se talló la frente con una manga. Dio unos pasos y abrió
bruscamente una gaveta. Había un paquete completo con cajetillas de
cigarros Faritos. Sacó una de esas cajetillas, luego un cigarro. Lo encendió y
fumó:
—Está bien —echó el humo—, da lo mismo. No creo que cuando lo
escarbe cambie el resultado. Tóquenlo, no hay rigor mortis. La muerte es
reciente. Causa —el médico giró el cadáver. La espalda tenía varios cortes—.
A puro navajazo. Y esos besos parecen hechos con lápiz labial.
La puerta se abatió haciendo un ruido brutal. Los dos fulanos traían otro
cadáver en un camilla rodante, el muerto estaba vestido, sólo sus pies estaban
desnudos. A golpe de vista, me pareció un campesino.
—¿Otro? —protestó el médico.
Los tipos se miraron socarrones. Dieron la media vuelta y salieron.
—¿Y Magaña, qué? ¡Llévense a Magaña! ¡Ese cabrón nomás se hace
pendejo! ¡Puto becario de cagada!
Los tipos no le respondieron.
—¿Ven lo que les digo? —nos reclamó Palanca—. ¡Llegan a todas horas!
Ustedes que están allá afuera, díganme la verdad. ¿Están acribillando a todo
mundo o qué chingaos? ¡Puta ciudad! —se desplazó frente al nuevo muerto
—. A ver, pendejo, ven p’acá. —Lo llevó a un rincón—. Ahorita te
atendemos. No tienes prisa, ¿verdad?
—¿Algo más de nuestro Salmerón, doc? —preguntó Wintilo.
—Y ahora hasta prisa… Sí. Algo más. El ano.
—¿El qué?
El doctor dibujó un ano con su propio dedo índice, haciéndolo redondo:
—El ano, el agujero, el pinche anillo fruncido —dijo con brutalidad—.
Lo tiene floreado. A este le metieron cuarta y le forzaron la reversa.
—¿Penetración? —pregunté.
—No, güey, insuflación, ¿pues qué fue lo que dije? ¡Sí, lo penetraron!

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—¿Lo?
—¡Penetraron!
—Lo que pregunto es si habla en plural, si lo penetraron muchos.
—Yo diría que sí porque de tanto ver uno ya distingue. ¿Algo más,
señores? Los muertos me están llamando, y no es metáfora.
Salimos sin compartir comentarios. No era tiempo de soltar la lengua.
—¡Wintilo! —una voz cristalina retumbó en aquel pasillo horrendo.
Una muchacha de cabellera negra y mirada angelical se acercó a Wintilo
y le dio un beso en la boca. Usaba bata de doctora muerte, aunque se veía
más limpia que el aura de Cristo.
Wintilo la miró de cabo a rabo y le espetó un:
—¿Qué chingados quieres, Susana?
El rostro de la muchacha tembló como la hoja de un árbol sacudida por
un vendaval. Yo mismo estaba asombrado de la reacción de Wintilo. ¿Qué
idiota trata así a su ángel de la guarda? Corrijo: ¿qué animal como Wintilo
Izquierdo tiene un ángel de la guarda?
—¡Órale, cabrona! ¡A chingar a su madre! ¡Ya!
Ella no pudo moverse.
—Vámonos, cabrón —tiré de su brazo. Se zafó y clavó sus ojos violentos
en la muchacha y le gritó tan fuerte que pensé que los muertos vivientes
vendrían a buscarlo—. ¡A la verga, Susana! ¡Sácate a la pinche verga! ¡Ya!
Me lo llevé a tirones. Él no dejaba de voltear a ver a la chica, que
permanecía en el mismo sitio, impotente y desmadrada.
Diez minutos después, Wintilo manejaba a ochenta kilómetros por hora
en calles estrechas, sumido en una rabia inexplicable. Quería matarse. O
matamos a los dos. Soltó el volante, abrió la guantera, hundió la mano y se
trajo una montañita de cocaína en la palma. Le metió una larga respiración.
Después, un suspiro exangüe.
Cogió el volante abriendo los ojos, muy grandes, al darse cuenta de que
íbamos directo a encajarnos en la puerta de una casa. Giró el volante en el
último momento. Yo clavé los dedos en el asiento.
—Nunca andes con chamaquitas, no te lo recomiendo…
—¿Es la hermana de Charli?
—Está buena la cabrona, ¿no? —sonrió maquinal.

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Desaprobé con la cabeza.
—¿Y esa mueca qué, pendejo? ¿A poco tú muy caballero?
—No te la mereces, cabrón.
—¿Te gustó la niña? ¿Quieres que te la encandile?… ¡Habla, puto! ¿Eso
quieres? Dilo y te la coloco —me cogió por la nuca—. ¡Pinche hermano!
¡Eres mi carnal! ¡Y yo doy todo por mi carnal! ¡Si quieres a Susana te la
pongo, güey! ¡Sólo pídelo! ¿No me crees? —mi silencio lo exasperó—. Te
voy a demostrar que no estoy jugando… —dio un enfrenón. Por fortuna, el
semáforo estaba en rojo. Se metió la mano en el bolsillo, sacó un cortaplumas
y se lo llevó a la palma de la mano. No terminé de formular la pregunta: ¿qué
carajos haces?, cuando Wintilo ya se había saltado un punto de sangre con el
cortaplumas—. ¡Ahí está cabrón! ¡Mi sangre! ¡Bébetela, pinche hermanito!
—me untó la mano en la cara y yo escupí—. ¡Chúpala, güey! ¡Somos dos
putos vampiros! ¡No la escupas! ¡Ya la tienes adentro, ya estás contaminado
de Wintilo Izquierdo! ¡Ya somos igual de culeros! ¡Dos cabrones demonios!
—encendió la radio a todo volumen y se puso a dar alaridos.
Apagué la radio. Wintilo dio medio alarido más, enmudeció. Me miraba
repentinamente taladrado por una suerte de miseria insoportable. Pensé que
rompería a llorar. Sus ojos estaban a punto. Su boca se movió temblorosa.
Quería decir algo que no podía soportar, pero no podía hacerlo. Y yo lo supe.
Supe que ese dolor estaba demasiado atorado. Que no lo sacaría ni en cien
años.
Poco a poco, sonrió y volvió a ser el mismo Wintilo de siempre.
—No vuelvas a hablarme desde tu teléfono —advirtió—. Por eso se
chingaron a Salmerón, porque me dijiste sus datos. Cuando fui a Izazaga ya
estaban ahí los de la morgue. Se lo jodieron antes de que yo llegara…
Quedamos de vernos a las nueve de la noche en el Sanborns para
interrogar a Pablo Javier, el cantante.
Pedí a un taxista que me llevara a donde había dejado mi coche. Después,
manejé a casa. Abrí la puerta. Chalán Delón maullaba. Le puse un plato de
leche y a la leche ron —si quería quedarse conmigo tendría que volverse
borracho—. Lamió la leche que daba gusto.
Sonó el teléfono. Era la mamá del gato. Me pidió disculpas por haberme
llamado cara de monstruo. Demasiado tarde, el monstruo ya se había cargado

109
a un cura en su camino al infierno.
Me contó una historia. Un señor llamado Saúl —como Saúl Mocoso— y
su mujer, doña Leandra, tienen miedo de que la guerrilla colombiana se lleve
a sus hijos. La vecina les cuenta que hay una forma de evitarlo. Y les
consigue una entrevista con ciertos amigos. Estos ofrecen protegerla a
cambio de que conviertan su casita en el botiquín para los drogos del barrio.
Saúl y Leandra acceden. Al principio, la cosa no parece tan mala. Mira,
mujer, si hasta nos dan comisión. Y dicen que la policía no va a ser bronca.
Es cierto. Una patrulla apostada en la esquina vigila el orden, el orden de la
compraventa. Pero un día llegan otros policías y cargan con Saúl y Leandra.
Los interrogan. Los intimidan. Ellos se mantienen firmes. Los sueltan en
cuestión de horas. ¿Cómo así?, pregunta doña Leandra. ¿Por qué tan fácil nos
echaron pa’ la calle? Llegan a su casa. Los narcos les preguntan qué le
dijeron a la policía. Nada, juran don Saúl y su mujer. Vaya, dicen ellos, qué
parejita tan de buena ley. Y se van sin hacerles daño.
Una noche, un grupo de desconocidos irrumpe en la casa, se llevan a los
hijos de don Saúl y Leandra, menos a la niña. La pareja se desgarra el alma,
no las vestiduras porque ya son hilachos. Días después, oyen una voz que
grita: ¡cocos, cocos frescos! Agüita de coco, mami, dice don Saúl, para las
penas… Salen a la puerta. Hay un costal. Lo abren. No son cocos frescos.
Son las cabezas de los hijos robados. Mi padre se vuelve loco, me dice Teresa
Sábato, y mi madre no dura, no soporta, se va de la casa. Yo me quedo, yo
crezco escuchando las mil historias que se cuentan por ahí. Que a mis
hermanos los mataron los guerrilleros, que no, que fueron los narcos, que no,
que fue el señor que vendía cocos… Me acuerdo más de esas historias que de
la cara de mi madre. Dicen que cometió un gran pecado al dejarnos solos. Yo
también lo pensaba, pero ya no.
—Lo siento —digo.
Teresa cuelga.

110
WINTILO PARECÍA SOBRIO. De vez en cuando movía la cabeza y colgaba la
mandíbula de una forma extraña, aflojando los músculos. Yo movía los ojos
cada vez que las luces de un coche se estampaban sobre la fachada de El
pecado de Mama Bayou; encima del lugar había un letrero de neón en letras
cursivas que decía ese nombre.
Veníamos del Sanborns, donde nos dijeron que Pablo Javier había
renunciado para irse de viaje, es decir, la misma huida repentina que el
cirujano Salmerón. Al hermano de este no le había dado tiempo de empacar
maletas; la última llamada del doctor Palanca nos confirmaba las causas de su
muerte, apuñalado y despedido con lápiz labial negro en la espalda.
—¿Qué hacemos aquí?
—Pescar —dijo Wintilo.
Mama Bayou era uno de esos antros donde va gente rara. O eso me
pareció al ver hacer fila a jóvenes vestidos de vampiros con sus gafas
rectangulares y flequillos escondiéndoles los ojos. Mujeres blanquísimas de
piel. Hombres mayores con gestos de que ya vieron las siete maravillas del
mundo y les hicieron bostezar.
—No es que no la quiera —balbuceó Wintilo—. Fue bonito mientras
duró…
No le seguí el tema.
—¿Cuándo entramos?
—Ahorita, pendejo, te estoy haciendo una confidencia. Dame un consejo.
—¿Qué confidencia?
—Ya la dije.
—No la escuché…
—Susana, hablo de Susana. Digo que fue bonito mientras duró. Pero no

111
quiero historias, y la niña sí las quiere… Me gusta. Es como Carmen, ¿te
acuerdas de Carmen Valdés?
El nombre me sonó, vagamente.
—Todos estábamos enamorados de Carmen Valdez.
—¿Vamos a entrar o no?
—Ya te dije que ahorita, no hay prisa… Susana es Carmen Valdez que
regresa del túnel del tiempo —Wintilo se echó en el respaldo del asiento; su
voz tenía un tono muy lúcido—. Pero llega tarde, ¿me entiendes? Llega
cuando ya hay demasiada mierda en ese río que fue cristalino…
—Quieres un consejo, ¿verdad? —le pregunté.
Wintilo asintió.
—Déjala en paz.
—Cabrón, el consejo era para mí, no para ella.
—Sólo déjala en paz.
De pronto, Wintilo pareció entender mi mensaje y asintió. Asintió no sin
un leve gesto de reproche.
—Vamos, puto, es hora.
Llegamos frente al tipo de la puerta. Wintilo lo cogió de un brazo e
intentó llevarlo más allá. Se resistió. Pero se vio obligado por algo que
Wintilo le dijo al oído. Discretamente, le mostró el interior de la gabardina.
El tipo se puso nervioso y Wintilo lo abrazó con un sentimiento fraternal. Lo
tomó con una mano por la nuca y le sonrió. Después sacó unos billetes y se
los puso en la mano.
Entramos sin ser revisados.
La barra era una pecera de unos doce metros de largo, iluminada con luz
interior; varios peces grandes de ojos perversos la recorrían de cabo a rabo.
La música era eso que los entendidos llaman blues. Un tipo negro tocaba su
trompeta en un escenario del tamaño de un cajón de muerto; sus mejillas se
inflaban torturadas, pero sus ojos exudaban placer.
A menos de dos metros, un tipo flaco descargaba sus garras sobre las
teclas de un piano de esos que uno no se atrevería a tocar ni con el pétalo de
una rosa, pues parecen hechos solo para un Beethoven.
Escogimos un rincón desde donde veíamos tanto a la gente que se
acercaba a la barra como a los que hacían su aparición en la puerta.

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—¡Mama Bayou! —presentó el tipo del piano.
Una mujer de brazos envidiables para esos tipos que hacen pesas, negra
como la noche en que lloraron los campos sureños de algodón, subió al
escenario. Se adueñó del micrófono y lanzó un par de frases en inglés.
Alcancé a descifrar algo sobre la tristeza de perder la capacidad de amar, pero
su voz sonaba a deseo puro; a ese mismo deseo que yo sentía por Teresa
Sábato. Un deseo angustioso, inabarcable, insaciable.
Wintilo me codeó. El mesero esperaba que pidiéramos nuestras bebidas.
Pedí ginebra, Wintilo su irreprochable tequila blanco.
—Canta ya, Gil, tú te traes algo…
—¿Yo?
—Sí, tú.
Me encogí de hombros.
—Te conté mi bronquita con Susana. Cuéntame una tuya siquiera…
No vi más razón para callarme. Le conté las llamadas de los
secuestradores y que no querían que Asuntos Especiales siguiera buscando a
mi padre.
—¿Ya se lo dijiste a Carcaño?
Negué.
—Pues ni una palabra. ¿Sabes qué significa esto?
—No.
—Estamos infiltrados, saben todo… Sigue las instrucciones que te digan
esos cabrones, yo voy a hacer lo que pueda para que en Asuntos Especiales
no sigan removiendo lo de tu padre hasta saber quién es la rata que tenemos
en el barco. Pero eso sí, cuando vayas a entregar el dinero, me dices, quiero ir
contigo a reventar a esos hijos de tu puta madre, hermano.
Mama Bayou cantó fuerte. Su boca de negra acariciaba la cabeza
cuadrada del micrófono, y sus manos se movían como alas que tratan de
remontar el vuelo; eso era difícil, porque su cuerpo era un tonel, uno que
debió tener sus buenos pechos y nalgas y que, pese a la gordura, se resistía a
deformarse.
Yo jugaba con un pedazo de hielo en los dientes. Bebía despacio la
ginebra. Me hubiera gustado llorar por tantas cosas, pero ya lo hacía por mí
Mama Bayou. Su maldita canción comenzó a gustarme un poco, lo cual

113
significaba que la bebida era mala y yo comenzaba a dejar de ser Gil
Baleares.
Olí la bebida, parecía limpia.
Hubo súbitos aplausos. Mama Bayou dijo gracias y explicó en su mal
español que regresaba a Nueva Orleáns. Una mujer subió al escenario y le
entregó un ramo de rosas blancas que hacían juego con las manazas negras de
Mama.
La gente aulló. Yo también aullé y agregué:
—Fuck your music, Mama Bayou!
Mi voz se perdió en el barullo o no debió entenderse, pues Mama Bayou
me mandó un beso tan fuerte que se le sacudió la carne del brazo. Agradecí a
los ángeles el leve ardor de la bebida en la garganta.
Mama y su pianista hicieron una pausa y se fueron al carajo.
Wintilo también se había ido, alcancé a ver que llegaba a la puerta.
Consideré la gravedad de que Asuntos Especiales estuviera podrido como
las raíces de esos árboles que nunca reverdecen a las orillas del asfalto. No
había salvación. Yo no era un héroe, un vengador de la ciudad, sólo un tipo
traído y llevado como papel arrugado, como piedra rodante, como mierda de
perro, de un zapato a otro, del zapato de Wintilo al de Carcaño, de las
emociones de Teresa Sábato a las mías, insondables, de este caso al otro, y
cada caso parecía uno de esos chistes que sólo los rápidos de mente
entienden. Uno sonríe, pero por dentro naufraga.
El ritmo amenazador de otra canción comenzó a escucharse.
Un hombre le sacaba electricidad a una cosa que me pareció un bajo:
—Polk Salad Annie! —aulló el bajista.
Mama Bayou y el pianista regresaron entre aplausos.
Ella comenzó a contar, no a cantar, algo sobre una chica que vivía en un
pantano de Lousiana y que era tan cabrona que, incluso, los cocodrilos le
tenían respeto. De hablar la canción, comenzó a cantarla con su voz profusa
de colores calientes.
Down in Louisiana, where the alligators grow so mean, lived a girl that I
swear to the world, made the alligators look tame…
Comencé a descender a los infiernos. Aquello era una pesadilla donde
todo se repite, donde das un giro en círculo y terminas sentado en el mismo

114
lugar de siempre. Saqué el teléfono y lo miré. Esperaba la llamada. Una
instrucción precisa. Y otra vez, como aquella noche, la que busqué a mi
padre, al Perro Baleares, emprendí la senda del desesperado. Giras, signes de
largo, das vuelta. Conducido por los perros negros del infierno. Esos, a los
que les brillan rojos los ojos cuando las luces de unos fanales se les echan
encima.
Quería moverme, pero no podía, estaba pegado a la silla. Mama Bayou
me estaba haciendo vudú con su canción. Y se daba cuenta, bien que se daba
cuenta porque sus ojos negros y sus dientes blanquísimos se reían de mí.
Cerré los ojos para que poseyera mi alma hasta el final.
Mama Bayou dio las gracias en español. La música seguía de fondo.
Presentó a su esposo. Era el tipo del piano. Se veían disparejos, pero parecían
quererse demasiado a fuerza de hoteles y de ciudades desconocidas.
Wintilo me hizo una seña desde la entrada.
La voz de Mama retomó la canción. Sin embargo, me permitió
despegarme de la silla y salí corriendo. La oí decirme honey y reírse de mí.
No me atreví a girar, pues seguro me convertiría en estatua de sal o, al
menos, en azúcar moreno.
Nos metimos al coche. Algo de mí estaba roto por dentro, quizá esa
música tenía alguna especie de droga que alteraba la conciencia, o la sombra
del padre Pila me estaba siguiendo, o el cuento de Teresa Sábato y las
cabezas en el costal comenzaba a revolverme el estómago junto con los
tragos de ginebra.
—¿No que veníamos a pescar? —pregunté.
—Y eso hicimos.
Un ruido se dejo oír en alguna parte del coche. Pensé en los frenos, y miré
los pies de Wintilo moverse en los pedales.
—¿Oyes ese ruido? —pregunté.
Llevó una mano a los botones de la radio y puso música. Era una música
cualquiera, tampoco a él parecía interesarle. Poco a poco, aún con todo y
música, volví a escuchar los ruidos.
—Puede ser el motor —opiné—, es mejor detenernos.
—No, mi Gil, no es el motor…
—¿Entonces?

115
—Traemos el maletero cargado.
—¿Cargado de qué?
—De algo que se mueve…
Cambió la radio de estación. Una música tropical rompió alegre. Wintilo
la tarareaba. Tomó el periférico, busco el carril de alta velocidad que lucía
despejado. Bajó la ventanilla y el aire le sacudió el copete. El de Wintilo era
un buen copetazo negro y violento.
—¿Me abres la guantera, Gil?
—¿Otra vez vas a jalarle?
—Abre la puta guantera —dijo sin gritar.
Lo hice.
—¿Me la pasas? Digo, para no soltar el volante y no atropellar a ningún
pendejo.
Le di la bolsa con coca. Wintilo metió la nariz directamente en ella y
aspiró como un hombre que sale del mar después de varios minutos de
asfixia. Me devolvió la bolsa y la puse de nuevo en la guantera.
Abandonó el periférico, tomó una avenida ascendente hacia el Desierto de
los Leones.
—¿A quién traemos en el maletero?
No respondió.
Las casas fueron siendo menos frecuentes. Comenzaron a pasar trozos de
oscuridad, árboles muy grandes, vacíos de campo traviesa.
—Tú nomás me dices cuándo te hablan los secuestradores y nos vamos
armados hasta con balas debajo de los huevos. Vas a ver, cabrón, pura
AK-47. ¡A todos les damos pa’dentro! ¿Ya te conté como conocí a Aníbal
Carcaño?
Negué.
Los ruidos en el maletero fueron aumentando. Eran fuertes, constantes,
acompañados de una especie de lamento chirriante.
—¿Te acuerdas del Atún? ¿Ese güey que nació con las manos cortas
porque su madre se tomó no sé qué pastillas? ¿Uno que dejó la secundaria
cuando se murió su padre y se metió a trabajar en una fábrica de solventes y
luego se quemó la garganta y le hicieron cuatro cirugías y le quedó la pinche
voz como de niña cagona?

116
Asentí.
—Me lo volví a encontrar cuando el servicio militar. El cabrón era un
desmadroso, cortito de manos, pero no perdía el buen carácter. Le gustaba
eso de ser soldadito de plomo. Pero no podía ni sostener el rifle. Un día, un
coronel que se apellidaba Bedoya o Claraboya, ya no me acuerdo bien del
nombre de ese ojete, le dijo que subiera el rifle a la altura reglamentaria. Lo
hizo nada más por fastidiar al Atún, porque, siendo sinceros, mi Gil Baleares,
ni el Atún podía levantar un rifle a la altura reglamentaria ni nadie lo iba a
mandar a una guerra por delante, a menos que fuera para desconcertar al
enemigo a carcajada limpia…
El coche tomó un camino de terracería, tropezó con unas piedras, se
sacudió bruscamente. En el maletero se oyó un claro gemido.
—¿Me pasas a mi Blanca Nieves?
Volví a darle la bolsa y él le volvió a clavar la nariz y a aspirar fuerte.
Esta vez tosió y puso los mismos ojos de infarto que el padre Pila. Decidí que
no volvería a darle la bolsa cuando me la pidiera, pero no hacía falta. La
bolsa estaba vacía. Wintilo la lamió y la tiró por la ventana.
—El coronel Bedoya o Mamadoya, jodió al Atún enfrente de todo el
grupo de conscriptos. Le llamó cuerpo-morsa, manos de guiñol y Fliper. Y
también le hizo unas cuantas preguntas difíciles de responder, una de ellas
tenía cierto sentido: ¿cómo se limpiaba el culo si las manos apenas le
llegaban al pecho? Te confieso, hermano, que Bedoya no fue el único en reír.
¿Te hubieras reído tú?
—Creo que sí, pero por instinto.
—Me alivia que digas eso, porque yo tuve un chingo de instinto; reí hasta
perder el aire. Pero ¿qué te parece si te digo que Bedoya echó del servicio
militar al Atún por no sostener el rifle a la altura reglamentaria? ¿Y que años
después me encontré al Atún trabajando de policía en el metro y nos fuimos a
tomar unos tragos y me habló de un tipo muy importante que se casó con su
hermana, el cual lo ayudó a entrar de poli al metro, uno que, según el Atún,
también a mí me sacaría de la mierda? ¿Adivina quién es ese tipo? ¿Te doy
pistas?
—¿Aníbal Carcaño?
Wintilo estiró una sonrisa. Detuvo el coche en medio de un paraje.

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—La naturaleza es más injusta que George Bush, hermano… ¿Sabes que
la hermana del Atún estaba más buena que ninguna? Y mira tú, su hermano,
deformito.
—¿La que vimos en McDonald’s, la esposa de Carcaño? No parecía tan
buena.
—Todo por servir se acaba.
Bajamos del coche. El aire limpio del campo hizo toser a Wintilo; sacó
ruidosamente algunas flemas y las escupió. Abrió el maletero. Un bulto
humano comenzó a moverse. Tenía cinta adhesiva en la boca y en las manos.
Parecía una mujer, pero cuando se irguió un poco me di cuenta de que era un
tipo vestido de mujer. Wintilo lo sacó de un brazo y lo dejó caer en tierra; se
golpeó una mejilla y lanzó un gemido ahogado.
—¿Quién es ese? —pregunté.
Wintilo sacó una lámpara de mano y alumbró aquel bulto; la lucecita
recorrió el cuerpo. Usaba minifalda, zapatos de tacón delgado. Se detuvo en
un rostro de ojos espantados y peluca rubia.
—Amárrame las manos —me ordenó Wintilo dándome una cinta
adhesiva.
Era la segunda vez que alguien me pedía lo mismo en poco tiempo.
—Amárramelas.
—¿Para qué?
—Hazlo.
Obedecí por curiosidad. Una vez amarrado, me pidió que ayudara al tipo
a salir del maletero. Eso hice, tratando de no lastimarlo, aunque se revolvió
temeroso en cuanto lo toqué.
Wintilo y él quedaron de frente, ambos amarrados de las manos.
—Oye bien —le dijo Wintilo—, tú y yo nos vamos a romper la madre a
cabezazos. ¿Entendiste? El travesti respondió con ojos de espanto.
—¡Va!
Wintilo le metió el primer cabezazo en la nariz. El travesti se fue dando
pasos con sus tacones de aguja hacia atrás, tratando de no caer, pero sólo
consiguió salvar dos pasos y se fue de nalgas. Sus piernas abiertas con la
falda corta hicieron reír a Wintilo, que se acercó y le pateó suavemente.
—¡Trucha, pendeja!

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El hombre lloriqueó.
—Párate o te chingo en el suelo.
No tuvo más remedio que pararse.
—¿Pones musiquita, Gil? Digo, para animar el baile…
No me moví de mi lugar. Wintilo se acercó al tipo y le ensartó otro
cabezazo. El tipo se tambaleó de nuevo. La sangre le cubría los ojos, de
pronto, haciendo un ruido furioso y ahogado por la cinta que le tapaba la
boca, se lanzó contra Wintilo, cabeza por delante, pero este también bajó la
cabeza.
Las dos cabezas chocaron duro. La sangre estalló por todas partes. Un
goterón me cayó en los ojos y me hizo parpadear.
No se dieron tregua. Buscaban colocar el cabezazo más certero. Sus
narices sacaban vaho. Pegaron aquí y allá. Diestros en pelear de ese modo.
Pero Wintilo hizo algo inesperado, dio un cabezazo a la inversa, es decir,
bajó la cabeza dentro del pecho de su rival, la levantó y le pegó fuerte debajo
de la quijada. El golpe hizo que la peluca del tipo saliera volando. Su cabeza
al desnudo tenía esa calvicie que forma una especie de cinta de pelo a los
lados del cráneo.
Cayó de rodillas en tierra. Luego de frente, y su cara se dio de lleno
contra la hierba.
Quedó inconsciente.
Wintilo me tendió sus manos, las desaté. Apenas le salía algo de sangre
de la boca. Estaba excitado. No dejaba de jalar aire y de abrir el pecho
victorioso.
—¿Quién era? —pregunté mirando al tipo.
—Ya te lo diré.
Fue y desató las manos del travesti.
—Vámonos, cabrona —le dijo.
El tipo negó con la cabeza.
—No te pongas pendeja y párate.
Wintilo me hizo una seña, entre ambos paramos al travesti y lo
devolvimos al maletero.
Subimos al coche. Emprendimos el camino de regreso.
—Es Edgardo, amigo de Roberto. Le compró un pasaje de autobús a

119
Tijuana. O sea que lo ayudó a fugarse.
—¿Se acabó la búsqueda?
—Tenemos gente buscando en Tijuana, nosotros seguimos buscando
aquí…
Callamos unos kilómetros y le pregunté qué haría con Edgardo. Dijo que
lo dejaría frente a la Cruz Roja.
—¿Quieres ir de putas, Gil?
Moví negativamente la cabeza.
—¿Me acompañas por coca?
—Tampoco.
—Te me estás volviendo viejo…
Me dejó frente a la puerta del edificio. Salí del coche, cavilé una duda y
regresé a preguntársela.
—¿Y por qué lo golpeaste de ese modo?
—Para ver si sigo siendo el rey del cabezazo. Y porque me dejaste
hacerlo.

120
ABRÍ LA PUERTA. Se movió el enano. Saqué la pistola y le apunté.
—¡Quieto ahí, cabrón!
Su ruidito infantil me heló la sangre. Recorrí la mano sobre la pared hasta
encontrar el interruptor. Encendí la luz. Saúl Mocoso me miraba sin asombro,
sentadito en el piso. Guardé la pistola. Di dos pasos hacia el niño. Las piernas
no me sostenían de tanto temblar. Tuve que sentarme.
Grité el nombre de la madre. Nadie vino. Fui a buscarla por todos los
rincones. Sólo encontré a Chalán Delón en la cocina.
Regresé junto a Saúl Mocoso. Sus ojos audaces señalaron la puerta. Su
tranquilidad me hizo pensar que llevaba poco tiempo solo.
Marqué el teléfono de casa de Irene Sandoval. Nadie respondió.
Fue el momento de echar a andar la bolita de la ruleta que cada idiota
tiene en el cerebro. Conclusión: su madre me había dejado al bebé igual que a
ella la dejó su madre. Carajo. Sólo pedía a Dios que Saúl no hiciera algo
imposible de arreglar para mí, como llorar. Lo recogí del suelo y lo senté en
un sillón.
Chalán Delón llegó maullando.
Cogí el gato y lo puse al lado de Saúl. Los contemplé satisfecho. Saúl y el
gato se miraban hermanados. Pero supe que esa tranquilidad duraría poco.
Saúl hizo ruidos, pequeños gorgoritos que llenaban la casa, como si siempre
hubiera sido parte de ella.
Tocaron a la puerta. Abrí. Una Teresa angustiada pasó de largo, sin
mirarme; fue directa al niño y lo alzó en brazos.
Estaba a punto de decirle que yo no había robado a su hijo para pedirle
rescate o algo parecido, cuando ella tomó la palabra. Al volver del trabajo, no
vio al bebé, e Irene, muy fresca, le dijo que lo había traído aquí para darme

121
un escarmiento.
—¿Y cómo entró? —pregunté.
—Porque tú le diste una llave alguna vez, según ella…
Tenía razón. Recordé cierta ocasión en que se la di medio ebrio,
diciéndole que la conservara por si me pasaba algo y mi padre no podía entrar
a casa.
—¿Se quedan a cenar? —pregunté, estúpidamente.
Teresa me dio un beso en la mejilla y se fue con el niño.
A medianoche, se me subió el muerto. Vino la sensación de horror, el
corazón palpitándome en los oídos, la garganta estrecha. Chalán Delón saltó
en la cama. Eso me bastó para volver a la realidad. Cogí el gato y lo metí
debajo de las sábanas. No hay mejor amuleto que un felino al que has sacado
de las calles. No da la vida por ti como un perro, pero sabe enfrentar a los
fantasmas, se alerta en medio de la noche y los detiene con sus ojos
inquietantes.
No era la primera vez que se me subía el muerto, pero sí la primera vez
que ese muerto era un conocido. El padre Paulo Pila. Su olor a naftalina me
pareció inconfundible. ¿Qué quieres, cabrón?, le pregunté.
El timbre del teléfono pareció su queja instantánea.
Eran las 3.33 a. m., quizá eran los secuestradores. Puse el auricular en mi
oído, pero no dije nada.
—Lo siento —otra vez era Teresa.
El reloj cambio a 3.34 a. m.
Dio un suspiro y me dijo que cuando se vive en un país donde la violencia
te arrebata todo, te acostumbras a abrir las manos para que se lleven lo poco
que te queda. Supuse que se refería al Distrito Federal, a Bogotá, a cualquier
ciudad entrañable y laberíntica.
—Pero ahora no, Gil, ahora no puedo abrir las manos porque en ellas
tengo algo que no se debe entregar bajo ninguna circunstancia. Si me lo
quieren quitar, que se lo lleven muerto… Solo quería que lo conocieras, y él a
ti, pero vivir juntos ya es otra historia.
—Lo podemos intentar —dije.
Lancé un buen arsenal de argumentos por los que deberíamos estar
juntos, ni siquiera yo mismo podía creer en mis palabras, en la imperiosa

122
necesidad de convencerla.
—Mañana, a las seis de la tarde, estaremos contigo.
Colgué despacio el teléfono, incrédulo de lo que acababa de escuchar.
Intenté envalentonarme, me serví un tequila, puse los pies descalzos frente a
un ventilador y alcé la copa. Pensé en lo fácil que le era a Mama Bayou abrir
la boca y dejar que salieran todos esos aullidos hermosos y duros. ¿Por qué
no podía hacer yo lo mismo, pero con mi vida?
—Que te den por el culo, padre Pila —dije—, y alcé mi copa.
El ronroneo de Chalán Delón me condujo por los pasajes del sueño. Y
aunque esos pasajes tenían las paredes del color del tanatorio donde Palanca
hurgaba muertos, se difuminaron.
Teresa, Saúl, el gato y yo construiríamos nuestra madriguera. Viviríamos
con esos insectos que, pese a ser pequeños, se salvan de la plaga mayor: el
hombre.

123
10 A. M.
—Izquierda. Derecha. ¡Dije izquierda, pinche sordo de porquería!
Unos chingadazos le hubieran bajado los humos, pero pobre tipo, su
rostro tenía ese aspecto agrio, el llanto debajo de la piel a punto de reventarle
los poros.
Me había hablado a las siete de la mañana, diciendo que me lo contaría en
cuanto nos viéramos. Pero cuando llegó, ya no parecía interesado en hablar,
sólo en tratarme como a su sirviente. Nos dirigíamos a Tlalnepantla, veinte
minutos después, no tuvo que darme indicaciones. Yo mismo conduje hasta
la casa. Apagué el motor y la ausencia de ruidos desplomó a Wintilo.
Me miró con los ojos como repletos de sal cortante.
La puerta de la casa estaba abierta de par en par. No necesité demasiado
tiempo para descubrir el tufo luctuoso en el patio. Algunos niños jugaban
discretos por ahí. Los adultos bebían café, licores, refrescos. Wintilo, igual
que la vez anterior, me dijo que lo esperara. Fue hacia un grupo de hombres y
se abrazó con cada uno. Los abrazos fueron de diferente intensidad, algunos
cálidos, otros fríos como témpanos de hielo.
Entró a la vivienda.
Decidí esperarlo en el coche, pero una mujer cerró el zaguán. Regresé
sobre mis pasos y volví a quedarme a mitad del patio, donde me sentí
observado. Opté por también ir hacia la vivienda. Aparté la cortina con una
mano. Del otro lado, en un saloncito estaba el ataúd. Blanco y pequeño.
Wintilo apenas me miró. Una anciana le decía cosas al oído. Él asentía y
se tallaba los ojos mientras hacía muecas lastimeras con la boca estirada hacia
abajo como una máscara.
Me arrepentí de no haberme quedado en el patio.

124
El teléfono me timbró en el bolsillo, salí deprisa.
—Hola, mi pastelero…
Era la voz de Judith.
—¿Podemos vemos?
—Estoy en medio de un velorio.
Lanzó una risotada. Le dije que no era broma.
—Me llamó Roberto.
Un par de claxonazos no me dejaron escuchar. Mi coche estorbaba la
entrada del zaguán. Fui a moverlo mientras le decía a Judith que no colgara.
Pero ya lo había hecho.
Alejé el coche de la casa. Una camioneta funeraria entró en reversa al
patio.
Mi teléfono volvió a sonar.
—¿Dónde está? —pregunté.
—¿Dónde estás tú, Gil?
—No me jodas y responde, ¡dónde está Roberto!
—Si me tratas mal no te lo diré.
—Mierda de marica, ¡habla ya!
Judith colgó.
Y yo me arrepentí de insultarlo.
—Vámonos —dijo Wintilo.
Tenía en la punta de la lengua decirle lo de Judith, pero su cara seguía
con ese aspecto de tener las lágrimas debajo de la piel, a punto de desgajarla a
grietas. Se tallaba los ojos con los pulgares como si quisiera sacárselos.
—¡Vámonos, pinche güey, no me mires así! —ordenó.
Kilómetros y tiempo después, nos convertimos en un gusano de coches a
vuelta de rueda, siguiendo a la camioneta mortuoria. El calor cuajaba los
sesos, tardaríamos en llegar no sé cuántas horas, siempre es así, lo que queda
después de la muerte es lento, sofocante.
—¿Tienes hijos, Gil?
—Creo que sí.
—¿Qué?
—Una, dos, no sé.
—Cabrón, estás loco… Siempre lo has estado. Loco y perdido.

125
No dijimos más hasta llegar al panteón de Dolores. Iban apareciendo esas
personas de la casa de Tlanepantla, hasta que nos detuvimos en torno al
agujero pequeño y rectangular. Había dejado el teléfono en el coche, pensé
escabullirme, pero la mano de una mujer gorda me sujetó el brazo. Una
fuerza invisible nos sacudió y nos movimos como un mismo cuerpo. Dos
hombres se abrieron paso con el pequeño ataúd. Wintilo era uno de ellos.
Bajaron el ataúd al agujero. Todo fue llorar, gemir. Incluyendo la mujer, que
clavó su boca en mi oreja y lanzó un bramido furioso y amargo.
El cura hizo su aparición, se paró a la cabeza del agujero, dijo algo que no
entendí a causa del ruido de abejas humanas que rezaban, pero que guardaba
relación con los niños que van al cielo. Echó agua bendita al hoyo y se
apartó. Un hombre le puso unos billetes en la mano. El cura los guardó sin
verlos. Otro ruido sacudió el aire. Era un grupo de mariachis en trajes negros
y vistosos. Envidié sus grandes sombreros que les protegían del sol, pero odié
sus guitarrones y trompetas, que se alzaban con desgarbo.
Quise largarme, pero la mujer no dejaba de sujetarme del brazo cada vez
con más fuerza.
—¡Ay! —me dijo.
—Sí, ay —le respondí.
Cuando parecía que el repertorio de canciones iba a terminar y que las
lágrimas inundarían la fosa, los mariachis cantaron Cartas marcadas y
Wintilo no perdió ocasión para competir en voz dolida y furiosa. Cantó
abrazando a unos y a otros, mientras la piel de su cara cumplía la amenaza de
llenarse de grietas por donde fluían sus lágrimas, aunque no supe si era llanto
o sudor. No lejos, había un árbol seco y hostigado. El vapor caliente me
deformaba la visión de tal forma que lo vi arder, perennemente.
«Cantando no hay reproche que no duela», cantaba Wintilo, abrazando a
este y aquel, a esta y la otra. «Se puede bendecir o maldecir…».
La desconocida me abraza. Mi nariz se hunde en su sobaco que huele a
gata vieja. Flores de colores, juguetes de madera caen al sepulcro. Unas
manos ponen en las de Wintilo aquella pelota de colores. Ya no canta, no
puede aunque lo intenta. Las guitarras siguen rasgando el mismo acorde. El
tiempo se congela. Wintilo hace girar la pelota en la punta de sus dedos y los
colores se mezclan y sus ojos hipnotizados sonríen; dos lágrimas se le quedan

126
en el borde, no caen, ni siquiera cuando deja caer la pelota al agujero y la
pelota rebota en el ataúd y después queda quieta.
«¿Yo pa’ qué quiero riquezas, si voy con el alma perdida y sin fe?», canta
uno de los mariachis.
Wintilo se aleja. Lo sigo. Va agachado, estremeciéndose como títere.
«¡La vida no vale nada! ¡Comienza siempre llorando, y así llorando se
acaba!».
Por momentos me parece que va a caer junto a uno de esos ángeles de
piedra.
«Subí a la sala del crimen, le pregunté al presidente, si es delito quererte,
que me sentencien a muerte…».
Lanza un berrido de cara al cielo.
«¡El día que a mí me maten que sea de cinco balazos y estar cerquita de ti
para morir en tus brazos!».
Hay un árbol, voy detrás, espero a que Wintilo se detenga o reviente.
Asomo la cara y lo veo caminar despacio hacia la salida del panteón.
Llegamos al coche. Suena el teléfono. Contesto:
—¿Judith?
—¿Sabes cómo son los hombres, Gil Baleares? Como las moscas, tú lo
dijiste, dan ganas de aplastarlos. Lo dijiste tan bonito que desde ese día sólo
pienso en moscas. Qué tonta —sorbe el llanto, Wintilo, a mi lado, me mira
despedazado—. ¿Crees que se pueda tener una mosca de mascota, Gil? Las
moscas se paran en la mierda, pero también tienen derecho a vivir. Yo no
digo frases tan bonitas como tú cuando hablas de moscas… ¡Ay, Gil!
¿Quieres saber cómo me llamaba antes de ser Judith? ¿Me seguirás queriendo
si te lo digo? ¿De dónde saco yo que tú me quieres? ¿Será que te preocupaste
por mí cuando me preguntaste si a mí también me daban mis chingadazos en
las calles? ¿Me estás oyendo? Dime algo. No dejes que me desbarate. Acabo
de decirte algo que me parte en dos. Responde, ¿sí?
—Dónde está Roberto.
Judith guarda silencio unos segundos y dice:
—Junto a la virgen rota.

127
SÓLO HAY UN modo de cruzar Tlalpan, por los pasajes que hay cerca de las
estaciones del metro. El metro avanza por la superficie. A los lados circulan
los coches, de norte a sur y de sur a norte. Llegan los convoyes uno tras otro,
color naranja, lanzando un ruido cómico y salvaje.
Bajé por las escaleras de uno de esos pasajes, en la estación San Antonio
Abad, y me encontré, en el interior largo y estrecho, puestos de reparación de
calzado, películas con portadas de golfas chupando enormes penes negros,
una peluquería, un restaurancito y hasta un gimnasio con cuatro bicicletas
fijas y roñosas.
Me detuve al final del pasaje, frente a aquella virgen. Antes la había visto
en la fotografía en casa del padre Pila. No supe si era la de San Juan de Los
Lagos u otra, pero no la Guadalupana. Esta tenía en brazos al niño Jesús,
desproporcionado, demasiado diminuto. Sus manitas se tocaban el corazón. A
la cara de la virgen le faltaba un pedazo de nariz, esa rotura dejaba ver el yeso
blanco y un pedazo de alambrón que debía ser el alma de la figura.
—Dicen que fue en el terremoto del 85…
Me giré discretamente.
Era más flacucho de lo que pensaba. Morenillo y finito de facciones.
Usaba el pelo corto, pero con flequillo hasta las cejas. Vestía pantalones
guangos y una sudadera color verde oscuro donde escondía las manos en un
bolsillo atravesado.
—¿Caminamos? —preguntó.
Asentí.
Se persignó ante la virgen. Subimos las escaleras.
—Ten cuidado —me dijo—, los filos están desgastados.
Se refería a la protección de fierro de los escalones.

128
En el nivel de la calle, giramos hacia la izquierda, donde llegamos a un
taller de carpintería que no se limitaba al local, varios muchachos reparaban
sillas a mitad de la calle. Por todas partes olía a pegamento revuelto con
aserrín.
—¿Quieres conocerlos? —señaló a los muchachos—. Crecimos juntos…
—¿Cuándo escapaste de tu casa? —pregunté.
—¿Quieres ver dónde crecimos?
—No hay tiempo. Es hora de irnos.
—Judith dijo que sólo querías hablar conmigo. ¿Por qué me persigues?
Pensé en Dios diciéndole eso a San Pablo, y respondí lo mismo que el
Creador:
—Para que vuelvas a la senda del bien…
Sonrió tímidamente.
—Vas dejando besos negros por todas partes, Roberto, Maika o como
quiera que te llames —dije.
Me miró como si hubiera hecho una travesura.
—Tu padre quiere verte.
—Yo no tengo padre.
—Lo tienes aunque estés peleado con él.
—No, no lo tengo, murió hace mucho…
Un coche rechinó en la esquina. Lo miramos. Roberto me miró
sorprendido y empezó a correr.
—¡Párate, cabrón! —chilló Wintilo, saliendo del coche y sacando una
pistola en alto.
Fuimos detrás de Roberto. Entró a la estación del metro, saltó uno de los
torniquetes, yo detrás, a trancas y mancas. El poli se acercó a detenerme, pero
ya Wintilo le enseñaba su credencial «mostaza».
El metro entró al andén aullando como herido de muerte. Roberto corrió a
lo largo y se lanzó a un vagón en cuanto abrió las puertas, yo también
conseguí entrar, pero ya no vi a Wintilo.
El ruido de una bocina me reventó los tímpanos. Era uno de esos tipos
que venden música pirata y la anuncian dando trozos de cada canción, a todo
volumen. Había demasiada gente, las caras se parecían al anonimato, y por lo
que respecta a mí, me picaba la boca de sudor y sentía cosquillas nerviosas en

129
el culo.
Miré hacia todas partes, buscando dar con la fisonomía de Roberto, pero,
ciertamente, no la tenía tan fija en mi mente y algunos rostros se le parecían.
Avancé cauto por el pasillo, seguido por el maldito tipo con su bocina a todo
volumen.
El metro se detuvo, abrió las puertas. Vi la sudadera verde oscura,
moverse, salir del vagón. Hice lo mismo. Salí y ya Roberto caminaba rápido
hacia la escalera. Pero se detuvo al ver que Wintilo bajaba hacia él.
No tenía escapatoria, a menos que se lanzara a las vías.
El metro, en sentido contrario, asomó su nariz de fierro a la entrada del
andén. Nadie podía detener el futuro. Si Roberto estaba decidido a lanzarse,
lo haría. Y quizá ese era su propósito, pues miraba las vías con hambre y
ansiedad.
Lo único que pudo hacer Wintilo fue dejar su pistola en el suelo y alzar
las manos para que Roberto no tomara una mala decisión.
El metro pasó feroz. Roberto seguía en su mismo sitio. Caminé hacia él.
Metió una mano en la sudadera y sacó una pistola calibre 22. Wintilo se
sorprendió al ver que Roberto me apuntaba. Los ojos del muchacho se
parecían a los de la virgen rota. Me veían con esa misma expresión de que la
humanidad no tiene remedio. Giró el arma y me la entregó por la
empuñadura. Luego me dio un beso fuerte en los labios.
Di dos pasos hacia atrás. Roberto me lanzó una mirada risueña y
descarada.
Algo me hizo mirar más allá de esa circunstancia. Del otro lado de la
avenida estaba Aníbal Carcaño afuera de su coche, como aguardando.
Wintilo sujetó a Roberto por la parte trasera del pantalón.
—Este cabroncito ya es nuestro… No —me dijo cuando intenté seguirlos
—. Vete a dar una vuelta, luego te hablo…
Se lo llevó como si cargara un almohadón relleno de plumas. Y yo no me
moví del mismo lugar en un par de minutos. Ni siquiera moví un dedo para
quitarme la picazón de la boca. La calibre 22 cabía en mi mano. Estaba
caliente de haber estado abrigada en esa sudadera.
Poco después, en la calle, Wintilo llegaba con Roberto, frente a Carcaño y
el coche. Yo los seguía mirando desde el andén.

130
Una hora de coches y microbuses me impidió seguir viéndolos.
Llegó el siguiente convoy del metro. Lo abordé.
Otro vendedor de música atacó los oídos de la gente a cinco mil
decibelios, ofreciendo la música de las películas de Walt Disney.
Me dieron ganas de sacar la calibre 22 y pegarle un tiro en la frente.

131
NI SIQUIERA CONSIDERÉ la posibilidad de quedarme con algunos billetes para
mí. Los acomodé todos juntos en la mochila. Cogí la pistola calibre 22. Me la
guardé entre las piernas, tal cual me instruyera Judith, como se guarda el
miembro para verse liso. Sería difícil sacármela rápido del calzoncillo —y
desde luego que no me la metí en el culo para que no se piense mal de mí—,
pero no tenía otra forma más ingeniosa de escondérmela. Y por último, debo
decir que tampoco se puede guardar bien. El paquetito me daba aires de
sátiro.
Mi vieja 45 la guardé donde siempre, junto a mi corazón.
Ya en el coche, seguí las señas que el de la voz metálica me había
indicado previamente. El corazón me latía a tropezones, no por miedo a la
delincuencia, sino porque quizá volvería a ver a mi padre, un año más viejo,
más enfermo de olvido, más insolente. En ese caso, si lo rescataba, sería para
verlo agonizar por la evolución de su enfermedad. Carajo, ¿tenía caso ir a
buscarlo? Aún lo dudaba.
Ese dinero podía llevarme lejos, a kilómetros de distancia del alzhéimer,
lejos del asco que me producía ser judicial. Lejos junto con mi nueva familia,
Teresa Sábato, Saúl Mocoso y Chalán Delón…
Analicé mis posibilidades, solo una, sacar la pistolita de debajo de mis
huevos. La pistola no era gran cosa. Lo importante es que tenía balas. Sólo
faltaba un poco de suerte.
La puerta tenía un timbre, pero estaba abierta, simplemente, empujé
despacio y accedí a ese patio a cielo abierto donde parecía celebrarse una
fiesta infantil con un tipo disfrazado de conejo, pastel de siete pisos, mucha
gente, niños y algarabía. Avancé con la mochila bien apretada en una mano,
nadie reparó en mí, sólo el hombre conejo que me saludó moviendo una de

132
sus manos de peluche sucio.
El teléfono vibró en mi bolsillo. Lo llevé a mi oído.
—¿Ya estás aquí? —preguntó la voz—. Sí —respondió por sí misma—,
ya puedo olerte, sigue hasta la última puerta…
Tropecé con una abuela.
—¿Ya comió, joven? —me ofreció un plato con un tamal envuelto en
hoja de plátano.
Negué con la cabeza, supongo que con gesto fúnebre porque se hizo a un
lado y me dejó seguir mi camino como si hubiera visto al hombre sin cabeza
de la leyenda de su pueblo.
Aquel patio formaba una L, giré hacia la derecha. En ese trozo de patio no
había nadie. Solo quedaba una puerta. Me dispuse a tocarla, pero se abrió
antes de que lo hiciera.
—Entra, hermano…
Wintilo no se detuvo a esperarme, dio la vuelta, entró a la casa. Vestía
ropa deportiva muy holgada.
—La maleta déjala en la mesa —indicó.
Puse la maleta junto a un plato con tamales.
—Cómete uno —Wintilo fue a la cocineta y llenó dos vasos con whisky y
un poco de agua del grifo.
—Primera comunión, hermano, de eso va la fiesta ahí en el patio —me
dio uno de los whiskies.
—¿Y este otro, de qué va?
—¿Cómo te lo explico sin que te sientas pendejo?
Me encogí de hombros.
—Está bien, hermano, te hicimos pendejo. Para qué más que la verdad…
—¿Tú y Carcaño?
—Yo y Carcaño.
Un lamento se dejó oír en la puerta contigua.
—Carajo, a ver qué quiere ahora —protestó Wintilo. Y caminó hacia la
puerta, yo fui detrás.
Esposado a una cama, estaba aquel tipo de cara machacada. Si lo reconocí
fue por la peluca que estaba cerca de él como una rata muerta. Lloró al
verme.

133
Wintilo cogió una pistola que había sobre una mesita redonda y se acercó
apuntándome.
—¿Me entregas la tuya, hermano?
Saqué la 45 y se la di por la empuñadura.
—Gracias —se la guardó en la cintura junto con la suya.
Judith sollozaba.
—Otra vez quiere lo suyo —Wintilo fue hacia él. Lo giró de espaldas
sobre la cama y eso hizo, darle lo suyo, sin dejar de mirarme y de sonreír—.
¡Uajú! ¡Uajú! —exclamó como un jinete del oeste cabalgando—. Al
terminar, le metió un culatazo en la cabeza a Judith. Se apartó de él y fue
junto a la mesita redonda, de donde cogió una caja de Marlboro y se encendió
un cigarro.
—Aunque parezca al revés, yo soy el esclavo, hermano.
Me ofreció la caja de cigarros. No me moví de mi sitio.
—¿Qué quieres que te diga? A ver, por partes —se sentó—. ¿O quieres
hacer preguntas y yo te las voy contestando? ¿No? El asombro es mudo…
Bueno, ¿ya pescaste que Roberto no es hijo del juez Oviedo o eso todavía no?
Se apellida Oviedo igual que el juez, de ahí se me ocurrió lo demás. Pensé
que te la ibas a tragar completa, y sí. Aunque por poco la escupes. De pura
casualidad no te funcionó ir a buscar al juez. Si él te hubiera aclarado que no
tenía ni puta idea de quién es Roberto tal vez no estaríamos aquí, pero ya ves,
hermano, esa gente flota, somos caca para ellos, no le mereciste ni una
aclaración, nomás te mandó a sus dos perros para que te rompieran tu puta
madre y no volvieras a molestarlo.
—¿Y Marcial Oviedo?
—¿Marcial qué?
—¿Tampoco era hijo del juez ni hermano de Roberto?
—¡Puta madre, Gil! —rio Wintilo—. Por eso no sales de jodido. ¿Eso
importa ahora?
Miré a Judith que comenzaba a sollozar de nuevo.
—Es insaciable la cabrona —dijo Wintilo. Y volvió a ponerse de pie.
Judith comenzó a balbucear que no lo hiciera, que no le diera lo suyo.
Pero Wintilo fue hacia él.
—Ahí te va la parte más difícil de entender, Gil, así que presta atención.

134
A Roberto, y a esta cabrona, los conocimos en el Espejismo hace como tres
años, sólo que este ya no se acordaba porque yo sólo fui una vez, Carcaño
más, Carcaño a cada rato. Carcaño hasta la obsesión. ¿Sabes qué pienso? Que
por eso el antro se llama el Espejismo. Te hacen creer lo que no son. En fin,
mi jefe le puso apartamento a Roberto. ¿Y qué hacía esa cabrona? —Wintilo
le dio una larga aspirada al cigarro y luego lo apagó en las nalgas de Judith.
Ella lanzó un alarido que no duró demasiado, pues Wintilo lo empujó contra
la cama para que ahogara ahí el grito—. No te engaño, Gil, tú mismo lo viste.
Roberto tenía una larga lista de nombres. Carcaño se lo dijo, córtalos a todos.
Córtalos ya. Te quiero sólo para mí. Pero Roberto no los cortaba. Me consta
que no porque a mí me tocaba vigilarlo. Le gustaban demasiado los hombres.
Los fulanos duros, esa clase de tipos que parece que van a rescatar a alguien
de la mierda y lo que hacen es empujarla más al fondo con el pie. Se lo dije al
jefe. Le dije, lo siento, pero ese amiguito suyo no entiende la lección.
Provoca a los clientes desde el escenario. Bebe con ellos, ríe con ellos, sale
con ellos. Coge con ellos. A veces la veo banquetear. Meterse al coche de
cualquiera y salir limpiándose la boca. El jefe fue paciente. Aníbal Carcaño
tiene buen corazón aunque no lo creas. Hasta mandó a Roberto con un
loquero para ver si lo componía. ¿Qué crees que dijo el arreglazoteas? Que a
Robertito le faltaba amor. ¡Puta madre! —rio Wintilo—, cobraba cinco mil
pesos la sesión para salir con esa mamada. Le falta amor. ¿Y a quién no?,
digo yo… No importa que Roberto hubiera sido niño de la calle. Da lo
mismo. ¿A ti no te faltó amor, Gil? A mí, sí. ¡A Cristo le faltó amor! En fin,
mi jefe se lo llevó lejos de la ciudad pensando que lo alejaba del infierno y de
sus tentaciones… Espérame tantito, mano…
Wintilo le pegó a Judith varias veces en la cabeza con la cacha de la
pistola, hasta que dejó de sollozar y se quedó inconsciente.
—¿En qué nos quedamos? Ah, sí, se lo llevó a vivir a Cuernavaca. Pero
quién sabe cómo le hacen estos putos; deben ser como las gatas que van
dejando orines para que los gatos las sigan. Aún en Cuernavaca, siguió
echando palo hasta con los fantasmas, carnal, y no te hablo de cualquier casa,
no, mi hermano. Te hablo de una residencia a prueba de asaltos, bien
blindada, inexpugnable, de esas que usamos para llevar gente y sacarle la
verdad a punta de madrazos… Comprenderás que el teniente Carcaño llegó a

135
su límite… ¿Tienes preguntas hasta aquí, Gil? ¿Otro whisky? ¿O gustas
postre? —me señaló a Judith con una sonrisa.
Negué.
—¿Sabes por qué te defendía cuando éramos niños?
—Porque tenías buen corazón.
Wintilo abrió los ojos como platos y rompió a reír.
—Sí. ¡Por eso! ¡Por este corazón que no me cabe en el pecho!
Cuando paró de reír, retomó el hilo de su explicación:
—Yo mismo se lo propuse. Le dije, teniente Carcaño, tal vez esto le
suene descabellado, pero podría funcionar… Para esto, hermano, él y yo ya
habíamos filosofado bastante sobre ese asunto de los orines de las gatas. Así
que mi propuesta le sonó coherente. Y el jefe dijo, sí, Wintilo, vamos a
hacerlo. Y soltamos a Roberto. Lo dejamos andar por esta barda y por
aquella, por ese callejón y por el de más allá. Y los gatos iban a buscarla a
todas partes. Y nosotros, a cazarlos. Efrén, Galindo, el Salmerón, otros más
de los que tú ni te enteraste, todos fueron cayendo uno por uno. Por cierto, te
cuento para que no te corroa la duda, efectivamente, aquella vez por donde
escapamos fue por la azotea del hotel Emporio. Había una puertita que daba a
unas escaleras. No la viste porque esa noche estábamos muy pedos. Y porque
cuando te vi fijarte demasiado me tendí bocarriba. ¿Te acuerdas? Bueno, lo
del licenciado Galindo fue un poco más elaborado. Verás, a su secretaria, la
Carito, me la ligué por Internet —Wintilo sonrió como duende travieso y
demoniaco—. Le escribía unas cartas que ni Juan Tenorio. Llevó sus meses
conquistarla, mientras tanto no nos quedamos cruzados de brazos. Nos
encargamos de otros cabrones, y bueno, llegó el gran día, cité a Carito en un
café, para conocernos mejor. Ella te dijo que fue por el tóner de la impresora.
¿Qué te podía decir la pobrecilla? Yo sabía que me iba a estar esperando en
ese sitio las mismas horas que invertí en tirarle rollito por Internet. ¿Sabes
cuánto me esperó sentada en ese café de la esquina? Calcúlale. Échale
cuentas. Sólo te diré que nos dio tiempo de agasajarnos sin prisa a Galindo, y
ella no regresaba de traer el dizque pinche tóner… Ya se está moviendo…
Otra vez…
Judith comenzó a recuperar la conciencia y se retorcía en la cama
apretando los ojos adolorido.

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—Por cierto —Wintilo se bajó el cierre—, qué jodido dejaste al padre
Pila… Se te pasó la mano, ¿no, carnal? —se acercó a Judith, la giró de
espaldas y volvió a darle lo suyo—. El jefe me dijo, ¿sabes qué? Creo que por
muchos gatos que matemos nunca vamos a terminar con la especie. Y tenía
razón, hermano, la tenía porque, qué curioso, esa noche yo había visto un
documental en el Discovery donde decían que en la Edad Media intentaron
exterminarlos, porque creían que los felinos eran hijos del diablo. Casi lo
consiguen, pero a menos gatos más ratas. La peste negra. ¡Puaf! —gruñó con
asco apartándose de Judith—. Fue cuando se nos perdió Roberto. No
dábamos con él. Y esa es la historia a grandes rasgos…
—¿Y yo dónde entro?
Wintilo echó las tripas de reír.
—Hermano Baleares. Llegaste como anillo al dedo. Te encontré en aquel
centro comercial. Ya me sabía esa historia de los maricas con los que te
agarraron en el caso que resolviste. ¿Por qué no?, pensé. ¿Y sí mi carnal tiene
buen olfato para los putos? Carcaño estaba desesperado por encontrar a su
putito, así que te vendí como buen perro de cacería, eso es todo…
—¿Y mi padre?
—Carajo, me parte el alma que me lo preguntes de ese modo. Un día te lo
telegrafié, pero no la pescaste. Nosotros no somos de Antisecuestros. Pero
como jodías tanto y tanto, el jefe me dijo, vamos a decirle que tenemos a su
padre, que queremos el dinero del rescate, y así la vamos estirando hasta
donde se pueda. No hizo falta estirar mucho, diste con Roberto. En cuanto a
tu padre, ¿sabes qué pienso? Que el Perro Baleares, en paz descanse, ya fue
banquete de los gusanos… ¿Seguro no quieres otro whisky?… Verás,
hermano, yo gano bien, ya lo sabes, pero el dinero nunca sobra. ¿No te parece
justo que me dejes de herencia el dinero del rescate de tu padre? No es
personal, carnal. El pedo fue ese beso. ¡Puto Roberto! ¿Por qué tuvo que
besarte frente a Carcaño? ¡Carajo! ¡Siempre, siempre quieren lo suyo! El jefe
me dijo: Hay un último gato, uno que no me quito de la cabeza. Uno al que
veo en mis pesadillas. No puedo vivir con eso, no puedo, Wintilo. Yo sé que
Gil es tu hermano, pero tenemos que quitarlo de mi cabeza y, sobre todo, de
la cabeza de mi niño Roberto… Así que estás aquí por culpa de ese beso. El
jefe ya no tarda… ¿Seguro no quieres ese último whisky?

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—No bebo con ojetes.
—Entonces párate y acuéstate junto a la putita…
Wintilo sacó las dos pistolas, la suya y la mía. E indicó con ellas que me
fuera a la cama.
La sangre fría de las sábanas me provocó escalofrío instantáneo. Quizá ya
nunca me levantaría por mí mismo de ahí.
Wintilo movió a Judith y este apenas reaccionó, entonces le quitó las
esposas y, sin dejar de apuntarme, me esposó de una mano a la cabecera.
Después regresó a sentarse a la silla junto a la mesita redonda donde puso las
dos pistolas.
—Debiste pedir ese whisky, Gil Baleares.

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DEBO DECIR ALGO a mi favor. A favor del miedo frío que me recorría las
venas en lugar de sangre caliente, que pocos tipos pueden salir avante de algo
así, uno de ellos, el autor de mis días. Quizá. Casi seguro, pero el Perro fue
digno hijo de su tiempo. Llegó al D. F. a mediados de los años cincuenta,
cuando no era difícil oír esa frase de que a los «perros se les amarra con
longaniza» o «úntate saliva para que no se te encone la herida» o «no salgas a
la calle en caliente porque te da un aire y se te tuerce la boca». No es que le
reste importancia, pero seguro no era lo mismo una ciudad con tres millones
de habitantes que con treinta. Tampoco le resto importancia al México bronco
de entonces, exaltado por aquella imagen de un tipo clavado entre espinas de
maguey pulquero, pero, si hago caso a los rumores, al Perro le dio tiempo de
aclimatarse cuando llegó de Tecalitlán, Jalisco, a los quince años de edad. No
le faltó un lugar de a veinte centavos la noche en el barrio de la Merced ni
trabajo ahí mismo, en el mercado, cargando bultos de verduras, aprendiendo
a trabajar el pescado con un tipo al que mencionaba seguido, Manuelito Tres
Dedos, labio leporino, pero refranero y de buen trato. Y si perdió esas
dádivas para un muchacho recién llegado de provincia fue porque enseguida
se hizo amigo del trago y de las putas a las que arrebató a sus padrotes a
puñetazos y punta de picahielos.
Cualquiera dirá que dibujo una caricatura. No es así. Si lo fuera el Perro
hubiera sido invencible, diente de plata, adorado en el barrio como Tin Tan.
Nada de eso. Tuvo la suerte de que a temprana edad lo recogiera de entre la
basura un tipo llamado Sócrates Potosí, golpeador, rompedor de huelgas de
un célebre jefe de sindicato de trabajadores. Ese fue el primer verdadero
padre de mi padre, porque el otro, el gallego, el que se quedó en Tecalitlán,
sólo le dio el apellido y un poco la estampa. Fue Sócrates Potosí quien le

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enseñó todo lo que debe saber un tipo que se va a dedicar a cabrón. Arrebatar
antes que pedir. Disparar y después rezar por el muerto. Reír cuando se debe
llorar. Y llorar cuando se debe reír.
Pero el engendro no estaría completo si no añadimos que su otro padre, o
padres mejor dicho, fueron esa camada de agentes del Servicio Secreto. Los
de la Policía mexicana que tenían sus oficinas y calabozos de interrogatorios
debajo del edificio de la Lotería Nacional. Ahí el Perro aprendió primero a
ser torturado y después a torturar. Muchos años después, caminando un día
por la avenida Reforma le vi detenerse y saludar con cariño a un viejecito
tembleque. Cuando nos alejamos, me dijo, ese hombre, ahí como lo ves, fue
el primero que me metió la cabeza en un retrete.
Así que cuando el Perro agarró edad, corpulencia y plenitud en los años
setenta, ya era un experto en lo malo y lo peor. No, no estoy seguro de si el
Perro hubiera salido de cualquier peligro. No lo sabré nunca hasta que lo
encuentre.
Entonces, podré resolver ese dilema, el de su inmortalidad…

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HABÍAN PASADO UNOS diez minutos desde que Wintilo me esposó a la cama.
Judith abrió los ojos y, como si despertara de una pesadilla para encontrarse
con otra, se tapó la boca mirándome con horror y súplica.
—¿Ya, Bella Durmiente? —le preguntó Wintilo.
Judith se mordió los dedos.
—¿Sabías que Gil y yo nos conocemos desde chamacos? No teníamos
nada, apenas esa secundaria pública, esos maestros mal pagados, esas
barrigas vacías, pero éramos felices. Gil no era de muchas palabras, pero
cuando abría el hocico le prestabas atención. Ahora se va a morir y es tu
culpa. Deberías hacer algo por él antes de que se muera. ¿Me estás oyendo?
Haz algo por mi hermano…
—¿Qué cosa? —sollozó Judith.
—Haz algo por mi hermano.
Los ojos de Judith se movieron temblorosos hasta enfocar mi cara. Yo
también lo miré, fijamente, y moví la cadera hacia ella.
—Ya lo decía yo —Wintilo se irguió en la silla—, en tiempos de
guerra…
Judith deslizó sus dedos por mi pantalón. Me bajó la bragueta y los dedos
siguieron su camino; sólo esperé que no se decidiera por la pistola
equivocada. Supongo que el duro hierro la desconcertó unos momentos, pero
en cuanto le encontró forma, esos mismos ojos se llenaron de esperanza.
—¡Ajúa! —aulló Wintilo—. ¡Aquí va a haber acción!
Judith sacó la 22 y le apuntó. Pero Wintilo no tuvo tiempo de
sorprenderse, primero lo hice yo cuando la de la pistola me hizo la singular
pregunta:
—¿Cómo se dispara?

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Wintilo giro al lado y cogió las dos pistolas de la mesita. Regresó a su
posición y disparó sobre Judith, un tiro le reventó el hombro, el otro pegó en
la cabecera de la cama, cerca de mi mano esposada.
Giré de lado, no podía ir más lejos.
Judith tiró del gatillo, pero el disparo le reventó el dedo de su propio pie.
Aulló. Wintilo reía hasta la nausea. De pronto, un disparó lo sentó en la silla.
Se miró el estómago. Levantó la cara y mirando a Judith le dijo:
—Me chingaste, puta —levantó las pistolas, apuntándole con cuidado;
Judith arrojó la 22 pese a que le dije que volviera a disparar.
De pronto, Wintilo puso las pistolas sobre la mesa y se acomodó en la
silla con la cabeza baja, mirándose el estómago, donde la mancha de sangre
se iba expandiendo.
—Quítame esto —le dije a Judith. Pero ella seguía mirando a Wintilo—.
¡Judith! —sacudí la mano esposada.
Como traída de ultratumba, tembló al oír su nombre. Se levantó de la
cama y fue hacia Wintilo. Lo miró de cerca.
—¡Soy inmortal, cabrona! —Él levantó la cara.
Judith lanzó un grito, se colocó el arma en la sien. Tras el disparo cayó
sentada de rodillas con la cabeza encima de Wintilo como una niña en el
regazo de su padre. Este le puso una mano encima del pelo.
—Chúpamela, pendeja —dijo con mordacidad postrera cargada de cierta
ternura. Y luego se quedó quieto.
Pasaron los minutos y yo escuchaba la canción del Ratón Vaquero que
venía del patio. Y también la voz del conejo al micrófono, felicitando al niño
de la fiesta, todo eso lo oí atado a la cabecera de la cama, en medio de un
charco de sangre que parecía lava ardiendo. Y con Wintilo sentado en la silla
y Judith muerta e hincada sobre él. Pensé en mi madre, raramente pienso en
ella, pues no sé en quién pensar, en cuál de todas las que me inventó mi
padre. Pensé en la madre de Teresa Sábato. Pensé en todas las madres del
mundo, incluso en Mama Bayou aunque tal vez no existiera.
Y eso me oprimió el corazón.
Hice un par de movimientos, logré sentarme, tiré de la cabecera y la zafé
de su sitio. Me puse de pie. Arrastré la cabecera tratando de no lastimar mi
mano esposada. Las pistolas estaban cerca de Wintilo. La idea era valerme de

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una y darle un tiro a las esposas.
Wintilo alzó la cara. Ahora sudaba a mares.
—La pelota, Gil. ¿La ves, hermano? Está girando, girando, girando…
Sus ojos cobraron aquella misma hipnosis de cuando hizo bailar la pelota
encima de sus dedos, pero esta vez así se quedaron.
Cogí mi 45, apunté a la cadena, no tenía balas. Lo mismo sucedió con el
arma de Wintilo. La 22 no se veía por ninguna parte.
Conseguí llegar a la otra habitación con todo y cabecera. Con la mano
libre saqué los fajos de billetes de la mochila y me los guardé,
atropelladamente, en la camisa. Todos menos uno que se me fue a medio
pasillo. Iba a regresar a recogerlo pero, por la puerta principal de la casa,
apareció ese tipo alto y fuerte con la boca pintada de negro y los ojos
delineados de rímel, era Aníbal Carcaño, aproveché su sorpresa; me lancé
contra él con la cabecera por delante.
Caímos a mitad del patio. La cabecera se hizo añicos. Pero aún tenía mi
mano esposada a un palo. Nos pusimos de pie. Carcaño abrió una navaja de
peluquero. Lanzó el primer tajo sin fuerza, desubicado por la caída. No
consiguió tocarme. Corrí hacia el patio donde estaba la fiesta, pero las piernas
se me fueron en sentidos opuestos como las de un títere borracho. Carcaño se
me lanzó a navajazos. Interpuse el palo, algunos navajazos lo astillaron, otros
me tasajearon las manos. El dolor fue tan insoportable e instantáneo que no
pude gritar.
La gente nos miraba incrédula en medio de su fiesta congelada, pero
seguía sonando la música del Ratón Vaquero a todo volumen.
«El Ratón Vaquero tiró dos balazos, se chupo las balas y cruzó los
brazos».
Carcaño lanzó otro navajazo, amplio y circular. Una mujer se atravesó a
quitar del paso a un niño de trajecito blanco. Y se miró el estómago. Usaba
ese tipo de ropa que deja ver el ombligo. Una línea roja, larga y muy fina se
le dibujó horizontal en la piel.
—¡Lola! —dos mujeres corrieron a socorrerla. Cayó medio desguanzada
en sus brazos.
Un tipo cogió una varilla de un rincón y caminó despacio hacia Carcaño.
Este pareció olvidar que traía una navaja. Dejó que el hombre le asestara la

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varilla en la cabeza. El ruido fue parecido al de partir una nuez de tamaño
gigante. Pero aun así Carcaño siguió de pie. Algunos hombres y mujeres
comenzaron a coger cuchillos de las mesas, piedras del suelo, varillas
arrinconadas en las paredes.
El conejo gigante se escondió a llorar detrás de un árbol. Y yo, antes de
que le pareciera un cazador, salí lo más deprisa que pude.

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QUERÍA LLEGAR CUANTO antes al baño, pero sólo conseguí dar dos pasos y
ahí solté las tripas en arcadas que duraron una eternidad. Me miré las manos,
temblaban incontrolables; eran dos manojos despellejados. Saqué los fajos de
billetes de mi camisa. Los dejé caer en el piso. Exprimí las manos. El ruido
de la sangre se parecía al de retorcer una jerga mojada. Me dio gusto ver
cómo se limpiaban y dejaban ver pedazos de piel intacta, pero enseguida esa
piel volvía a teñirse de un rojo violento. Sin embargo, no pensaba en la
sangre ni en qué tan profundas eran esas heridas, pensaba en ese fajo de
billetes que no recogí de aquella casa. ¿Cuántos sería? ¿Treinta? ¿Cincuenta
mil pesos? ¿Cuántos días podría haberme dado de vacaciones con ese dinero?
¿Cuánto dinero lograría conservar el día que los secuestradores del Perro me
dijeran ya estamos listos?
Fui al cuarto. Abrí un cajón, no sin sentir que perdería las manos o al
menos un dedo, saqué unos calcetines grandes. Me até uno en cada mano
estirando el nudo con los dientes. Me tumbé de espaldas en la cama,
esperando el desmayo, pero las punzadas comenzaron a ceder. Aproveché ese
lapso de misericordia para ir al baño y coger la morfina que había dejado
junto al excusado. A esas alturas, el dolor ya había vuelto y casi me sacaba
aullidos. Me ensarté la jeringa directamente en una mano. No sabía si eso iba
a funcionar. Dejé caer la jeringa, luego la cabeza contra el espejo y lo partí.
Después se me doblaron las piernas, pero alcancé a sujetarme del lavabo
antes de llegar al suelo. De cualquier forma, caí, sólo que más despacio.
Al cabo de un rato, pude regresar a la sala y juntar los fajos de billetes.
Contaba el dinero, pero se me iba la cuenta a causa del vago bienestar de
morfina.
Volví a vomitar, esta vez encima del dinero, luego del sillón, ahí se

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movió una cosa peluda. Era Chalán Delón.
Tocaron el timbre dos veces. Fui y coloqué las manos encima de la
puerta. Ya había perdido uno de los calcetines y el otro estaba muy empapado
de sangre.
Volvieron a tocar dos veces seguidas.
Yo bufaba con la nariz pegada a la puerta, pensando en todo lo que
Wintilo me había confesado. En esos muertos, en aquella pelea suya a
cabezazos, en que tenía razón cuando dijo que no hice nada para evitar que
machacara a ese tipo vestido de mujer. Pensé en Judith, la triste Judith, la
patética Judith muerta mientras había una fiesta de niños, me pregunté si
Roberto volvería a su verdadero hogar cuando viera que Aníbal Carcaño no
regresaba. ¿Sería eso lo único bueno que conseguí de todo eso? ¿Regresar al
transexual a las entrañas de los pasajes del metro Tlalpan? ¿A que cada
mañana pudiera rezarle a la virgen rota antes de andar por ahí, dando
rondines, orinando las bardas como dijo Wintilo Izquierdo?
—¿Gil? ¿Estás ahí?
El gato llegó junto a mis pies. Maulló pegando la nariz al filo de la puerta.
—Gil, ya estamos aquí…
Era Teresa Sábato con Saúl Mocoso.
Miré hacia atrás. Contemplé los fajos de dinero desperdigados, la sangre,
los vómitos, el calcetín arrumbado. Al padre Pila infartándose en mi sillón.
Contemplé mis noches pasadas, solo, mirando todos esos programas de
telemercadeo que te venden la felicidad en tres pagos, miré la foto del Perro
Baleares; su cara de pena, pidiendo que lo sacara del bajo astral, de ese
purgatorio que no era cielo ni infierno, solo un trozo de ciudad. Descubrí
pequeños soldados bajando por un hilo del sofá. Los guerrilleros, también
diminutos, cruzaban charcos de sangre, algunos se ahogaban en el mar de
vómitos. Uno de ellos, que parecía el comandante, se aferraba a un trocillo de
plátano, pero el trozo giraba sobre babas pegajosas y arrastraba consigo al
comandante llevándoselo al fondo de los miasmas.
Sus gritos atrajeron a los soldados. Comenzó la matanza. Los disparos. La
metralla. Los helicópteros barriendo con fuego la selva. Una mujer, que me
pareció la madre de Teresa Sábato, salía entre llamas, buscando a sus hijos.
Ay, mis hijos, decía, ay, mis hijos, y junto a ella pasaba un vendedor de frutas

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empujando un carro de madera con ruedas, y gritaba, ¡cocos, cocos frescos!
Y la madre de Teresa buscaba entre esos cocos las cabezas que no aparecían.
Y yo, bañado de sudor, imaginaba que abría la puerta y Teresa Sábato se
quedaba con la boca tan abierta como la del padre Pila cuando veía todo ese
mismo espectáculo. Y Saúl, mi hijo, también devoraba todas esas imágenes
con sus ojos de esponja… y ya nunca abandonaban su mirada.
—Gil, te oigo respirar… ¡Ábrenos! ¡Venimos a quedarnos contigo!
—¡Sácate a la pinche verga! —aullé.
Un llanto de mujer, unos tacones rápidos alejándose con eco por todo el
pasillo. Y mucho más lejos, un bebé que también rompía a llorar.
Pero ya estaba hecho.
Cuando quité las manos de la puerta, quedaron dibujadas en rojo, como
los besos negros en la piel de todos esos muertos. Me deslicé de espaldas y
caí sentado. Chalán Delón se acercó a lamerme las heridas. Así fue como se
convirtió en vampiro. En un gato vampiro.
Sollocé sobre su pelaje suave. Maulló quedito como si mi pena fuera
suya.
Volvieron a tocar la puerta. Un latigazo eléctrico me alertó. Abriría
aunque Saúl quedara envenenado de ciudad, pues a fin de cuentas todos
vivimos en el mismo infierno. Todo se soporta en este laberinto, menos estar
solo. Vivir solo. No compartir el vacío. No llenarlo con otro vacío. No hacer
un gran vacío de dos tan grande como una casa…
—Señor —dijo una vocecita—, sé que ahí está mi gata. La estoy oyendo,
se llama Sherry. Devuélvamela.
—¡Shh! —le dije a Chalán Delón—, no digas nada, tal vez se vaya.
Y los ojos del gato me enseñaron sus dos grandes precipicios.

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Índice
El pecado de Mama Bayou 3

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