— ¿Piso?
—Tercero, gracias. Contestó la mujer indiferente.
—Momo momomento popo porfavovor, sesesegundo pipiso. Decía el
hombre apresurado por entrar con un maletín bajo el brazo, traje gris: holgado
y económico y un gato negro que se enredaba en sus piernas.
—¿Es suyo? Preguntó la mujer, mostrando desagrado por la presencia
felina.
—No no. Respondió el recién ascendido
—Fuera gatito, vamos fuera— Decía la mujer— ¡Vamos fuera fuera!
¡Fuish fuish! ¡Saquen ese gato de aquí! Y decididamente se ubicaba detrás de
Pablo, que para congraciarse con ella, colocaba el empeine de su pie derecho
en el pecho del gato y lo arrojaba, con el mayor disimulo que le era posible, lo
más lejos que pudo.
El gato cayó sobre sus cuatro patas, encorvó su cuerpo y giró hacia
ellos. Con el pelo erizado, los bigotes rígidos y las orejas aplanadas los miró
fijamente y cambió, lo que era un ataque inminente, por varias vueltas sobre sí
mismo y una carrera desenfrenada perdiéndose en algún sitio.
El ascensor se cerró mostrando la puerta de acero: hermética, brillante,
fuerte, segura. Arrancó y sus ocupantes se miraron. Estaban multiplicados
hasta el infinito por el juego de imágenes que provocaban los espejos del
habitáculo del ascensor, el zumbido de los motores lograban concentrar la
atención sin particularizar ningún detalle.
—¡Está bajando! Exclamó Teresa.
—Nos habrán llamado.
— Pepepero este assscensor nono notitiene subsuelos.
—No diga estupideces ¿quiere?
—Cocó, como quiqui quiera señoñora.
—Yo tengo la misma sensación. Estamos bajando. En un tono pausado,
tratando de demostrar aplomo Pablo comentaba sus impresiones enfundado en
un traje de alpaca gris topo, camisa blanca, la inoportuna corbata Veneciano,
zapatillas Adidross y un morral de lona cruzado en bandolera. Llevaba consigo
cuarenta y tantos años de vida, veinte de profesión: abogado, y desde siempre
escritor o contador de historias irreales, como le gustaba decir.
—Totodo muy lilindo, pepepero este edifificio titiene tres pipisos y
totodos papara arriba.
— ¡Le suplico que presione el botón de detener en este mismo instante!
visiblemente nerviosa, más que pedir, exigía Teresa, siempre elegante con su
traje sastre de falda, el bolso Gucci, su corte de pelo pixie y sus aires de ex
legisladora. Era una mujer de cierta edad, con envolvente verborragia y ojos
verdes, profundos y gigantes.
—Oooiga seseñora ¿Ve? Nono respoponde, yo lo apriprieto pepero no
me da bobola. ¡Y claclaro cócomo me va a dar bobola si no hay ababajo! ¡Esto
titiene que estatar subibiendo! Trataba de explicar José Luis intentando de
mantener la calma a sabiendas que en nada lo beneficiaba ponerse más
nervioso.
— Hace más de un minuto que el ascensor se lo siente en franco
descenso y al tocar detener no responde, además el indicador de pisos no
registra ningún movimiento ¿Podrían operar el comando para abrir las puertas?
Modulaba Teresa en un tono falsamente tranquilo y haciendo gala de
exposiciones camerales de otros tiempos.
—¡Estatá bibien seseñora! Ya totoqué totodos los bototones: paparar,
abrir, alalarma los bombeberos y al momozo. Nanadie me da bobola. ¿En—tien
—de? No dan bobola .
—¡El caballero tiene razón señora! No es un problema de operar
comandos. Todos creemos que bajamos pero en realidad, dado que este edificio
no tiene subsuelos como lo manifiesta el señor, a quien le creo, o estamos
parados o en ascenso.
¡Señor! Si yo siento mi estómago pegado a mi paladar superior no ha de
ser por estar en ascenso, más bien lo contrario ¿No le parece?
—Con todo respeto señora…
— ¿Qué pasó?
Se había cortado la luz. El zumbido de los motores y el ventilador
estaban detenidos, lo que hacía más pronunciado el silencio. El vacío que
provocaba el no verse reflejado indefinidamente en los espejos, la ausencia de
ellos mismos replicados, evocaba la soledad más profunda .
— ¡Se paparó!
La oscuridad era total y absoluta, tanto que generaba una sensación de
ingravidez. No era posible verse la mano sujetando la punta de la propia nariz.
Nadie se animó a hablar, había temor de romper la poca armonía aún existente.
José Luis estaba de espaldas a la puerta y sintió cómo se separaban las
hojas hacia los lados. Giró y extendió la mano que tenía libre tanteando el
espacio oscuro. Salió del ascensor y tragó saliva, sabía que dejaba atrás un
lugar seguro, un punto de referencia.
Pablo, pasó sus manos por sobre el espejo, reconoció el ángulo de las
paredes,reconocióla botonera y encontró el espacio abierto. Salió, y al poner un
pie fuera del ascensor sintió agua, agua que inundaba sus zapatillas.
—¡No me dejen sola! Ya no tan compuesta pedía Teresa, que otrora
jamás hubiese utilizado esa frase.
—Tranquilícese. Le pidió Pablo a Teresa. Aquí está inundado y no se
ve absolutamente nada.
—No importa no importa no importa. Histérica Teresa.— Si se cierran
las puertas y me quedo sola aquí dentro puedo enloquecer.
—De acuerdo.
Pablo volvió a buscar el vano de la puerta y blandiendo la mano tocó
aTeresa. Ella , apresurada, sujetó la mano que la tocaba. Él la imaginó sonreír
un poco, algo desconcertada yfantaseó que esa mano, pequeña, delicada, hecha
a los ademanes y arreglos femeninos,erala misma mano que descorría los
mechones de pelos para dejar ver esos ojos únicos, que hasta ahora jamás había
visto. Ciñó fuerte esa mano y atrajo a la mujer junto a sí. Se recriminó por no
poder dejar su codicia ni en los momentos más críticos, pero era fiel a sus
instintos de cazador.
—¡Se cecerraron las puepuertas! Gritó José Luis— ¡El agua meme
tatapa la memedias! ¡So…cocorro so…cocorro!
—Tranquilo hombre, tranquilo. Deme su mano así estamos los tres
juntos.
La respiración agitada de José Luis, el llanto nervioso y contenido de
Teresa y la carraspera de Pablo eran los únicos sonidos en la oscuridad. Las
pupilas se dilataron todo lo posible pero no hubo ninguna forma, ningún
contorno que se pudiera distinguir. El agua sobrepasaba las rodillas de todos y
el silencio era atronador. José Luis comenzó a llorar desconsoladamente.
Teresa quedó aterida. Pablo apretó fuertemente cada una de las manosde sus
compañeros y comenzó a caminar sin rumbo por el agua que sólo subía, subía
y subía en completo silencio.
Pablo pensó en un vaso de ginebra mientras miraba la oscuridad sin
fondo, apretaba las manos de esos seres que había tomado a su cargo sin
explicarse todavía por qué y buscaba en alguna novela, en algún cuento el final
para esa historia.
El maullido estentóreo quebró abruptamente el silencio. Los ojos del
gato llenos de luz emergían de la profundidad, recortaban contra la oscuridad
las figuras de ellos tres, proyectando sus sombras gigantes y deformes que
danzaban sobre el agua.
El gato cerró los ojos.