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Este documento resume la fragmentación política en el Perú entre 2000 y 2006 como resultado del colapso del sistema de partidos tras la caída del gobierno de Alberto Fujimori. Las elecciones de este período mostraron una creciente fragmentación partidaria y el surgimiento de "políticos sin partido", con poca lealtad a las organizaciones tradicionales. Aunque Alan García y su partido Aprista ganaron las elecciones presidenciales de 2006, el documento argumenta que esto se debió más al carisma de García que a la recuperación del
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Este documento resume la fragmentación política en el Perú entre 2000 y 2006 como resultado del colapso del sistema de partidos tras la caída del gobierno de Alberto Fujimori. Las elecciones de este período mostraron una creciente fragmentación partidaria y el surgimiento de "políticos sin partido", con poca lealtad a las organizaciones tradicionales. Aunque Alan García y su partido Aprista ganaron las elecciones presidenciales de 2006, el documento argumenta que esto se debió más al carisma de García que a la recuperación del
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Revista Encrucijada Americana ISSN: 0718-5766

FRAGMENTACIÓN POLÍTICA EN EL PERÚ (2000–2006):


REPERCUSIONES DEL COLAPSO DEL SISTEMA DE PARTIDOS

Daniel Bello 1 . [email protected]

Resumen: En este artículo se propone dar una mirada al sistema de partidos peruano,
poniendo el foco en la muy especial coyuntura de los primeros años del siglo XXI; años
particularmente convulsionados, signados por la estruendosa caída del gobierno de Alberto
Fujimori (1990-2000) y todo el complejo entramado mafioso que le dio sustento por una
década. Se intenta poner en evidencia, revisando los resultados de las elecciones que
tuvieron lugar entre el 2000 y 2006, la fragmentación política que aqueja al Perú, y la
práctica inexistencia de un sistema de partidos propiamente tal. Finalmente, se buscan
posibles explicaciones que permitan entender el porqué del colapso de los partidos
“tradicionales” y del sistema en conjunto, abogando por la conveniencia de optar por una
explicación que conjugue, tanto factores estructurales, como aquellos relacionados con el
quehacer de actores específicos, considerando además ciertas tendencias históricas que
contribuyen a configurar un escenario social y político determinado.

Palabras clave: Perú - Fragmentación política - Sistema de partidos peruano – políticos sin
partido.

1
Investigador del Instituto de Estudios Internacionales (INTE), Universidad Arturo Prat, Santiago, Chile.

Revista Encrucijada Americana. Año 2. Nº 2 Primavera-Verano 2008 1


Revista Encrucijada Americana ISSN: 0718-5766

I. INTRODUCCIÓN

El presente trabajo propone dar una mirada al –digamos eufemísticamente-


“fantasmagórico” sistema de partidos peruano durante la muy especial coyuntura de los
primeros años del siglo XXI. Años particularmente convulsionados, signados por la
estruendosa caída del gobierno de Alberto Fujimori (1990-2000) y todo el complejo
entramado mafioso que le dio sustento por una década.

Los resultados de las elecciones del 2000, 2001 y 2006 ponen de manifiesto que el
Perú carece en realidad de un sistema de partidos, y que la configuración partidaria
existente responde –como se verá- más bien a lo que Cavarozzi y Casullo (2002) llaman
esquema de “políticos sin partido” (p.14). Tal condición –como señalan los autores- se
sustenta en una tendencia histórica, pero que además –en el caso peruano- es potenciada por
la crisis económica y política de fines de la década de 1980, que se resuelve con la
emergencia de un “político sin partido”, Fujimori.

Según Martín Tanaka (1998; 2002; 2004; 2006), aquel desenlace político -en las
elecciones de 1990- marca el inicio del colapso del sistema de partidos existente desde el
fin del gobierno militar de Francisco Morales Bermúdez (1975-1980). Este colapso –
entendido como la caída simultánea del respaldo electoral de todos los partidos
tradicionales- estaría dado por dos tipos de factores: a) estructurales, relacionados con la
crisis del modelo desarrollista Estado-céntrico, que afecta a toda Latinoamérica; y b) de
actores –o de agencias-, vinculados a las decisiones y circunstancias específicas de cada
organización política, en cada país.

En el Perú, la sumatoria de factores se tradujo en catástrofe, y la catástrofe fue


reforzada por una campaña sistemática de desprestigio, por parte del entonces presidente
Fujimori, a las instituciones del Estado y a los partidos. Esta campaña llegó a un punto
culmine –más no final- con el autogolpe del 5 de abril de 1992.

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A partir de aquel momento, la configuración partidaria 2 tendió hacia una creciente


fragmentación y disociación entre organizaciones políticas, hacia particularismos y
personalismos, hacia una progresiva divergencia entre partidos nacionales y agrupaciones
regionales y locales.

Al terminar abruptamente el gobierno de Fujimori -luego de una ilegítima, aunque


legal, segunda reelección el año 2000-, a causa –principalmente- de fuertes presiones de
Estados Unidos por la venta de armas a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC) (Tanaka 2002), se abrió un espacio que pudo servir para el reposicionamiento de
los partidos tradicionales, y para la consolidación de un nuevo sistema de partidos. Sin
embargo, la debilidad y la incapacidad mostrada por aquellos actores para oponerse al
autoritarismo del aparato fujimorista, y para construir una opción electoral creíble y
confiable, desvaneció tal posibilidad, y allanó el camino para el triunfo –en las elecciones
del 2001- de otro “político sin partido”, Alejandro Toledo (Cavarozzi y Casullo 2002).

Las elecciones presidenciales del 2006 marcaron el retorno triunfal, a la primera


magistratura, del ex presidente Alan García (1985-1990; 2006- ), como cabeza y
representante del Partido Aprista Peruano (PAP). Este hecho podría considerarse como un
resurgir del que quizá es el “único partido de carácter nacional” (Cavarozzi y Casullo 2002)
sobreviviente, pero en realidad suponer eso sería un error. Quien resurgió de las cenizas –
luego de un catastrófico primer gobierno- fue el propio García, gracias a su extraordinario
carisma y pulida retórica, pero además gracias al “voto útil” contra otro “político sin
partido” que casi llega al poder, Ollanta Humala –como veremos más adelante-.

El 2006 es un año particularmente interesante porque pocos meses después de las


elecciones presidenciales se desarrollan elecciones regionales y municipales. Esto permite
contrastar resultados y reforzar la idea de que en vez de sistema de partidos sólo tenemos
una “configuración partidaria”, plagada de “políticos sin partidos”, con una gran
fragmentación horizontal y vertical, y un electorado sumamente volátil.

2
Concepto con el que Cavarozzi y Casullo (2002) reemplazan al más convencional -y menos ajustado a la
realidad de algunos de los países de la región- sistema de partidos.

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II. EL OCASO DEL FUJIMORISMO Y UN NUEVO AMANECER: ELECCIONES


DEL 2000, 2001 Y 2006

El año 2000, luego de diez años de gobierno fujimorista –un autogolpe (1992), una
reelección (1995), y varios escándalos de diverso tipo entre medio-, el Perú afrontó un
nuevo proceso eleccionario, que estuvo marcado por la “… debilidad generalizada de los
actores políticos, incluido el propio fujimorismo, una alta volatilidad, y por tanto, un
escenario abierto a varios desenlaces” (Tanaka 2002:334). Luego de la reelección de 1995
la popularidad de Fujimori empezó a decaer, en gran parte por los errores y escándalos
vinculados a las maniobras para hacer legalmente admisible una futura re-reelección. A
pesar de esto, y de que la oposición -encabezada por el entones reelecto alcalde de Lima,
Alberto Andrade- logra, entre los años 1997 y 1998, igualar al fujimorismo en las encuestas
de intención de voto, Fujimori repunta, entre el 1999 y el 2000, y termina ganando con
relativa comodidad la primera vuelta (con el 46% del total de los votos emitidos). A decir de
Tanaka (2002), esto sucede principalmente porque la oposición representada por Andrade
no logró construir una imagen proyectiva de gobernabilidad –en un contexto de nueva crisis
económica- y más bien se estancó en una negativa y poco fructífera diatriba contra el
gobierno.

Sorpresivamente, ante la progresiva caída de Andrade (quien llega al 8% de


intención de voto en marzo del 2000), el electorado de oposición vuelca su respaldo hacia
Alejandro Toledo, un personaje poco conocido, –al igual que Fujimori- no relacionado con
los partidos políticos tradicionales, y que consigue encarnar “… la esperanza de renovación,
pero sobre la base de una propuesta de centro: continuar lo bueno del gobierno, corregir sus
errores, poniendo énfasis en la creación de puestos de trabajo” (Tanaka 2000:10). Toledo
pasa de tener un respaldo del 6% en octubre de 1999, a un apoyo del 27% en marzo del
2000, y a concentrar el 37% de los votos en la elección de abril (los demás candidatos
opositores quedan muy rezagados, por debajo del 2,8% obtenido por Andrade. El PAP suma
152 519 votos, correspondientes al 1,37% de los votos válidos). Esta primera etapa del
proceso no estuvo exenta de controversias. Las encuestas a salida de urna mostraron un
resultado favorable a Toledo, de 46% frente a 42% de Fujimori. La diferencia de estos

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resultados con los resultados oficiales del escrutinio de votos –que fueron favorables a
Fujimori- hicieron pensar en un posible fraude, lo que generó una gran movilización social,
y presiones desde el exterior para evitar que Fujimori lograra una victoria sin necesidad de
ir a la segunda vuelta (contando sólo los votos válidos estuvo a décimas de conseguir el
porcentaje requerido). “Así, la percepción de fraude permitió a Toledo convertirse en un
gran referente de oposición y de alternancia, y consolidar el crecimiento aluvional ocurrido
desde febrero” (Tanaka 2002:340).

En este contexto enrarecido, Toledo –en forma de protesta ante las irregularidades
del proceso- toma la decisión de no presentarse a la segunda vuelta, y llama a votar viciado.
La elección se lleva a efecto con un solo candidato, y sin los elementos básicos necesarios
para conferirle transparencia y legitimidad (observadores, personeros de oposición, etc.).
Así, Fujimori gana las elecciones –y es re-reelecto- con el 51,22% de los votos emitidos,
mientras que Toledo, pese a todo, obtiene un 17,22%, y el voto nulo llega a casi el 30%.
Desde aquel momento y hasta la fecha de cambio de mando (28 de julio), la oposición
buscó deslegitimar el proceso eleccionario y cuestionar –y eventualmente desbalancear- al
gobierno, mediante la movilización ciudadana y aprovechando la favorable –en principio-
nueva correlación de fuerzas en el Congreso. A juicio de Tanaka (2002), las movilizaciones
sociales tuvieron un impacto más bien negativo –producto de algunos actos de violencia- en
la consecución de los objetivos de las fuerzas opositoras, resultando incluso dañada la
imagen de Toledo. Por otro lado, la idea de sacar provecho del nuevo escenario
parlamentario –en el que la oposición (sumamente heterogénea y fragmentada) había
logrado obtener la mayoría (68 de 120 escaños)- fue conjurada por las oscuras artes de
importantes personeros del régimen. Antes de la instalación del novel Congreso, el
fujimorismo elevó el número de sus congresistas de 52 a 64; muchos de estos congresistas
“tránsfugas” –como nos enteramos posteriormente- fueron directamente comprados por el
gobierno (no en sentido figurado).

De esta forma se dio inicio al tercer mandato de Fujimori. Como vemos, el escenario
político estaba bastante convulsionado, el gobierno era profusamente cuestionado por parte
importante de la sociedad, pero a pesar de ello, gracias a las sólidas redes mafiosas sobre las

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que estaba construido el aparataje gubernamental, logró mantenerse incólume haciendo


patentes las debilidades de las organizaciones políticas –muchas de ellas agrupaciones
nuevas sin raíces, fácilmente corrompibles-, y la poca efectividad de los movimientos
huelguísticos y de protesta –en una era de altísima informalidad y atomización laboral 3 -.

Teniendo en cuenta la coyuntura descrita –caracterizada por la debilidad de los


partidos-, es difícil pensar que la caída del presidente Fujimori –meses después de (re)tomar
posesión del cargo- se haya debido a presiones internas. Siguiendo los planteamientos de
Tanaka (2002) podríamos decir -más bien- que la implosión del régimen se debió a factores
externos, poco relacionados con lo narrado anteriormente. Según el autor citado, todo el
destape de la grotesca red de corrupción del gobierno –que efectivamente ocasionó un gran
terremoto interno- fue producto de la intervención del gobierno de los Estados Unidos ante
una supuesta venta de armas a las FARC -hecho que perturbó los intereses estadounidenses
en Colombia-. Esta situación generó una ruptura entre el “hombre fuerte tras bambalinas”,
Vladimiro Montesinos, y la CIA, y un quiebre al interior de las Fuerzas Armadas. Luego de
la “fuga de información”, que permitió vislumbrar la punta de un iceberg de intrigas y
corrupción, las condiciones se tornaron insostenibles para Fujimori, quien decide convocar
a elecciones anticipadas, y finalmente, aprovechando un viaje oficial, renuncia a la
presidencia vía fax desde Japón.

La renuncia de Fujimori permitió la instauración de un gobierno de transición,


presidido por el presidente del Congreso, Valentín Paniagua, que –en nueve meses- logró
estabilizar el país y realizar un limpio proceso eleccionario.

Las elecciones del 2001 pueden servir para ejemplificar la precariedad de la


configuración partidaria. De los nueve partidos o agrupaciones que participaron en las
elecciones presidenciales del 2000, sólo dos volvieron a participar, siendo justamente las
dos que alcanzaron la segunda vuelta: Perú Posible (PP) –con el candidato Alejandro
Toledo-, y el Partido Aprista Peruano (PAP) –con Alan García-. Siete organizaciones
desaparecieron o mutaron. Este dato resulta –cuando menos- sorprendente. Además
3
Asunto que explica –entre otras cosas- el porqué las paralizaciones tuvieron tan poco impacto en la
producción.

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podemos observar también la preponderancia de los personajes por sobre los partidos.
Recordemos que el PAP obtuvo en las elecciones presidenciales del 2000 un paupérrimo
1,37% de la votación, mientras que el 2001 consiguió –de la mano de García- el 25,8% y el
paso a segunda vuelta.

Yendo más puntualmente al desarrollo del proceso, podemos ver que García tuvo un
importante crecimiento en las encuestas de intención de voto entre enero y abril –mes de las
elecciones-, Pasando de un 14% -en el tercer lugar de las preferencias- a un 17% en marzo
–a 12 puntos del segundo lugar y 25 del primero-, a finalmente colarse en la segunda vuelta
con el 25,8% -11 puntos bajo Toledo y 1,5 sobre Lourdes Flores (candidata del
conglomerado de centro derecha Unidad Nacional)-. Esto se puede explicar –al menos en
parte- por el carisma de García, la relativa consistencia partidaria del PAP –en relación a los
demás partidos-, y los múltiples errores y desgastantes enfrentamientos de/entre Toledo y
Lourdes Flores (Tanaka 2002).

Toledo, en tanto, supo mantener medianamente el respaldo obtenido durante la


campaña anterior. Pasó del 40% en enero, a un 38% a comienzos de abril, para finalmente
ganar la primera vuelta con el 36,5% de los votos.

La segunda vuelta –entre Toledo y García- no presentó mayores sorpresas y permitió


confirmar el liderazgo –circunstancial- del primero, quien resultó electo presidente con el
52,7% de los votos, frente al 47,3% de García.

Aunque no entraremos en detalles, cabe comentar que el gobierno de Toledo (2001-


2006) sufrió muchísimos contratiempos debido a la insolvencia política del partido que le
dio sustento. Sin un soporte ideológico o programático claro, hubo de “redireccionar el
navío” en múltiples ocasiones, cosa que mermó su respaldo popular –que llegó más de una
vez a situarse en cifras de un solo dígito-.

Si las elecciones del 2001 sirvieron para ejemplificar el complejo panorama político,
las elecciones del 2006 ayudan a complementar la preocupante imagen. Un dato que resulta

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significativo es el relacionado con la cantidad de organizaciones inscritas legalmente para


participar en las elecciones para el Congreso y para la presidencia, 24 y 20 respectivamente.
Es decir, una fragmentación extrema. Y en este alud de partidos-movimientos-
organizaciones-candidatos, dos hechos resultan tanto “curiosos” como decidores: el partido
de Toledo –Perú Posible- “no encuentra candidato” y no se presenta; y el emergente líder
nacionalista “etno-cacerista” Ollanta Humala, no logra inscribir a su partido, y se ve
obligado a pactar –para ser candidato- con una pequeña agrupación inorgánica, creada por
Javier Pérez de Cuellar 4 para enfrentar las elecciones de 1995, Unión Por el Perú (UPP)
(Panfichi 2007; Revesz 2006). Esto no es más que una prueba de que los partidos –muchos
de ellos- se han ido convirtiendo en simples etiquetas -sin esencia-, que requieren ser
significadas por personajes carismáticos.

No obstante la amplia gama de posibilidades, la intención de voto –para las


elecciones presidenciales- se concentró desde un inicio en tres candidatos, Lourdes Flores
(UN), Ollanta Humala (UPP), y Alan García (PAP). Las encuestas parecían indicar que la
disputa sería entre Flores y García por ver quien de los dos acompañaba a Humala en la
segunda vuelta. Luego de una ardua campaña, los votos finalmente dieron por ganador de la
primera vuelta a Humala con el 30,6%, mientras que García superó estrechamente a Flores
por 0,5 puntos porcentuales (24,3% contra 23,8%).

La campaña para la segunda vuelta estuvo marcada por una clara división étnico-
cultural-geográfica, entre la base de apoyo de Humala, la población de la sierra sur, centro y
norte, y de gran parte de la selva, -que se mostraba esperanzada vislumbrando cualquier
tipo de cambio propuesto por el caudillo; y, por otro lado, la población de la costa norte y
Lima, que se volcó mayoritariamente en respaldo de García por temor a esas mismas, poco
sustentadas, propuestas de cambio. Así, se dio una campaña exenta de debate
fundamentado, centrada en vituperios y advertencias, de la cual salió airoso García (PAP)
con el 52,5% de los votos válidos, frente al 47,5% de Humala (UPP) (Panfichi 2007;
Revesz 2006).

4
Ex secretario general de las Naciones Unidas y ex candidato presidencial.

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La altísima votación que el líder nacionalista obtuvo en el “Perú profundo”, llevó a


suponer que este –o más precisamente su partido (UPP)- se alzaría con algunas importantes
victorias en las contiguas elecciones de presidentes regionales y alcaldes. Pocos meses
después, cuando se realizaron tales comicios, los resultados fueron totalmente contrarios a
la “lógica”, y mostraron -una vez más- la gran volatilidad y poco arraigo político de los
electores, la gran fragmentación horizontal y vertical de la configuración partidaria
nacional 5 , etc. (Panfichi 2007). Este panorama es descrito de la siguiente manera por
Álvarez Rodrich (2006):

Los principales partidos fueron literalmente barridos y reducidos a una escasa presencia a
nivel nacional. El APRA perdió en el otrora 'sólido norte', Ollanta Humala prácticamente
desapareció en el sur, Unidad Nacional no existe más allá de Lima y el fujimorismo brilló
por su ausencia en el podio de los triunfadores de la jornada, mientras alrededor de dos
tercios de las presidencias regionales y un gran número de alcaldías provinciales fueron
ganadas por un conjunto variopinto de nuevos movimientos locales inconexos entre sí (s/p).

Todo lo expuesto anteriormente permite ver que el sistema de partidos peruano –si
en realidad existió como tal- colapsó abruptamente y dejó un escenario “informe”, propicio
para la fragmentación política, la volatilidad partidaria-organizacional, y la poca o nula
identificación sustentada y sostenida entre partidos y electorado. Esto nos lleva a
preguntarnos sobre las causas de tal desplome, y a una búsqueda de respuestas que
propongo emprender a continuación.

III. ANTECEDENTES DEL COLAPSO DEL SISTEMA DE PARTIDOS:


¿ALGUNA EXPLICACIÓN PLAUSIBLE?

¿Por qué es que colapsa el sistema de partidos? Ensayaremos tres posibles explicaciones.

En primer lugar, volviendo a la propuesta de Cavarozzi y Casullo (2002), podemos


buscar respuesta a esta pregunta en ciertos factores sucesos o hechos que determinan lo que
sería una tendencia histórica. Estos autores –como se mencionó anteriormente- señalan que
la configuración política del Perú clasifica dentro del marco de lo que denominan un

5
es decir que la realidad fragmentada se expresa tanto dentro de los niveles administrativos particulares (nivel
municipal, regional, nacional) como entre los distintos niveles

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esquema de “políticos sin partido”. Esta particular configuración –que corresponde también
a los rasgos del “seudo-sistema” brasilero- está caracterizada por la extrema debilidad de las
organizaciones políticas, y tal debilidad –dicen- está dada por tres sucesos o hechos
históricos –o al menos se presenta en países donde también se presentan “casualmente”
aquellos sucesos-: a) el orden oligárquico nunca llegó a generar una arquitectura partidaria
nacional; b) “… la transición a un orden político de masas y la estructuración de la matriz
estado-céntrica se dio sin que los partidos políticos jugaran un papel central” (p.14); y c)
“… las fuerzas armadas actuaron frecuentemente de manera correctiva para marginar a las
fuerzas de tendencias populistas o de izquierda, o para castigar a los políticos que se
atrevían a transgredir los ‘pactos de caballeros’” (p.14).

La realidad histórica peruana calza perfectamente con esta caracterización. La


oligarquía –dueña del espacio de poder hasta la década del 1960 (Pease 1979)- nunca llegó
a estructurar partidos sólidos más que por la solidez de uno que otro personaje caudillesco 6 .
La transición hacia una matriz Estado-céntrica fue propulsada por el gobierno militar de
Velasco Alvarado (1968-1975), que tomó el poder ante la incapacidad del gobierno del
acción-populista 7 Belaúnde Terry (1963-1968) de llevar adelante las reformas prometidas
en la campaña del 1963, tendientes en parte a darle aquel nuevo protagonismo al Estado.
Por último, las fuerzas armadas siempre estuvieron listas para saltar a la arena política en
caso de impertinencias o cualquier tipo de “desorden”. El saldo de una docena de militares
en la presidencia a lo largo del siglo XX confirma lo anterior. En aquel contexto, el Partido
Aprista Peruano (PAP) –único partido de carácter nacional, reformista y democrático
(Cavarozzi y Casullo 2002)- se vio imposibilitado de acceder al poder, y de hecho pasó
largos periodos proscrito.

De lo anterior se puede desprender la idea de que en realidad nunca existió un


sistema de partidos en el Perú, y por lo tanto, más que hablar de un colapso podríamos decir
que en 1990 se esfumó una ilusión. Como dice el periodista Cesar Hildebrandt (2006) “La
llamada crisis de la partidocracia es un invento de algunos generosos. La historia política
del Perú no es una historia de partidos sino de jefazos, generalotes, caudillos y canallas”
6
Ver: Pease, 1979; Cotler, 2006.
7
Del partido Acción Popular (AP).

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(s/p).

Una segunda explicación válida -reconsiderando la existencia de un sistema de


partidos al menos en el periodo 1980-1990- está relacionada con las acciones específicas de
los distintos actores políticos. Se podría decir que la sumatoria de acciones individuales o
colectivas derivó finalmente en la caída estrepitosa del respaldo a los partidos tradicionales.
Partiendo por la mala gestión –al menos aparente dados los resultados sociales y
económicos- de los gobernantes y partidos que estuvieron en el poder durante la década de
1980, es decir Belaúnde Terry/Acción Popular (1980-1985), y Alan García/Partido Aprista
Peruano (1985-1990). Esta “mala gestión” –producto en alguna medida de la crisis
económica mundial-, allanó el camino para la entrada al ruedo de un outsider –un “político
sin partido”-, cuyo éxito al sortear la “ola crítica” –estando ya en la presidencia- hipotecó la
suerte futura de los partidos tradicionales.

En tanto, los errores políticos de los dos conglomerados con mayores opciones de
ganar las elecciones de 1990 –Frente Democrático (Fredemo) e Izquierda Unida (IU)-
propiciaron el vertiginoso ascenso del “independiente” Albero Fujimori –el mencionado
outsider-. Esta es una historia de desaciertos, contratiempos y deslices. Como ejemplo basta
recordar que la IU, poco antes de las elecciones, deja de estar unida y finalmente presenta
dos candidatos –Alfonso Barrantes y Henry Pease-, obteniendo entre ambos tan sólo 10%
de los votos.

Finalmente, siguiendo esta misma línea de acciones particulares que corroen


progresivamente al sistema, podemos –o debemos- agregar la estrategia del presidente
Fujimori de desprestigiar a la clase política en su conjunto como medio para ampliar los
márgenes de acción, en un contexto en que los partidos tradicionales ejercían una férrea
oposición 8 . Tal estrategia sienta las bases que permiten legitimar el autogolpe de 1992,
gracias al cual el presidente se libra de los opositores en el Congreso de la República y en el
Poder Judicial, dejando la “cancha vacía” –lista para ser copada- y un sistema político

8
Recordemos que en las elecciones de 1990, los partidos tradicionales mantuvieron una alta –aunque
reducida- votación -cercana al 65%-, debido a lo cual la correlación de fuerzas al interior del congreso fue
desfavorable para Fujimori (Tanaka 1998).

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desarticulado. Además, el relativo éxito económico del gobierno –luego de la aplicación de


políticas de shock-, claramente visible en el control de la hiperinflación heredada de Alan
García, permite el rápido crecimiento y consolidación del apoyo a la figura de Fujimori, y
debilita aun más la imagen de los partidos tradicionales. Todo lo anterior se ve reflejado en
los resultados de las elecciones de 1995, en las que la suma de votos obtenidos por todos los
partidos o frentes que podrían ser considerados como tradicionales (PAP, IU, AP y PPC 9 ),
alcanzó al 6,3% del total 10 (Tanaka 1998).

Por último, como tercera opción, podemos considerar los efectos de los cambios
estructurales sobre los partidos y sobre el sistema de partidos. A decir de Tanaka (2002), la
profunda crisis económica –de origen exógeno- que afectó al Perú principalmente durante
la segunda mitad de la década del 1980, -y que “empatizó” con la crisis del modelo
desarrollista Estado-céntrico- generó –entre otras cosas- un gran cambio social,
particularmente en el ámbito laboral. La masiva pérdida de trabajos formales ocasionó el
crecimiento del sector informal, y con ello, las organizaciones secundarias de gran escala, y
en general los entes de articulación de trabajadores y movimientos sociales, fueron
quedando vacíos, inútiles en esta realidad de trabajos inestables, temporales y no
aglutinantes. Los partidos políticos, que durante buena parte de los 80’s desarrollaron
exitosas estrategias de interacción con la sociedad a través de estas organizaciones –
sindicatos, gremios, federaciones, etc.- fueron incapaces de adecuarse a las nuevas
circunstancias, y se vieron paulatinamente distanciados de la población. Esto podría
explicar la derrota de los partidos tradicionales en las elecciones de 1990, el progresivo
debilitamiento de la “clase política”, la emergencia de un outsider –Fujimori- que llega a la
presidencia, y el dramático colapso del sistema de partidos.

IV. COMENTARIOS FINALES

En las líneas y párrafos precedentes hemos intentado dar una mirada al “fantasmagórico”
sistema de partidos peruano, es decir, más apropiadamente, a la configuración partidaria de
políticos sin partido, en el periodo inmediatamente previo y posterior a la caída del régimen
9
Partido Aprista Peruano (PAP), Izquierda Unida (IU), Acción Popular (AP), Partido Popular Cristiano (PPC).
10
En la década del ochenta, estos partidos concentraban cerca del 90% del total de los votos (Tanaka 1998).

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de Alberto Fujimori –entre el 2000 y el 2006-.

Nos percatamos de una realidad, la práctica inexistencia de un sistema de partidos,


que se concretiza entre fines de la década de 1980 y primeros años de los 90’s, y cuya causa
puede estar asociada por un lado a factores históricos, por otro a los efectos de
transformaciones estructurales, o también a la agregación de las acciones particulares de los
distintos actores políticos. Desde mi perspectiva, las tres opciones explicativas ensayadas, si
bien son válidas y plausibles, no logran, por sí solas, dar cuenta de la totalidad y
complejidad del fenómeno, y por lo tanto no pueden constituirse en axiomas de causalidad
lineal, o correlaciones (de causa-efecto) unívocas e incontrastables. Más bien creo útil –
siguiendo en cierta forma lo planteado por Tanaka (2002; 2004; 2006)- recoger las tres
opciones para generar un marco explicativo amplio y satisfactorio.

En primer lugar, es claro que los procesos históricos tienen un peso importante en la
constitución y desarrollo de las fuerzas políticas y del sistema –o configuración- al interior
del cual tales fuerzas –partidos, frentes, movimientos- interactúan, pero no pueden ser
nunca determinantes exclusivos del devenir de estas. Al igual que los efectos producidos
por los cambios estructurales, la historia prepara un cierto escenario, ayuda a constituir un
cierto contexto, en el cual los actores “actúan” con un grado variable de libertad, tomando
decisiones acertadas o erradas –considerando sus propios fines-. Estas mismas decisiones
pueden potenciar o modificar tendencias, maximizar o minimizar los efectos de cambios
estructurales, y generar nuevos escenarios para la acción.

Si tomáramos en cuenta sólo factores históricos o estructurales, probablemente no


podríamos entender las diferencias –muchas veces abismales- que existen entre países de la
región. Al contrario, si sólo concentráramos la mirada en las acciones particulares de los
actores involucrados en determinado fenómeno o proceso, nos costaría entender el porqué
se repiten ciertos patrones y se replican algunas tendencias.

Más allá de este intento explicativo, lo único cierto es que entre los años 2000 y
2006 la debilidad de los partidos en el Perú se hizo evidente y la fragmentación política fue

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incrementándose, generando un muy incierto panorama para el futuro. Como bien expresó
el director del diario Perú 21 Augusto Álvarez Rodrich (2006) un día después de las
elecciones:

Si los líderes de los 'principales' partidos políticos -APRA, Nacionalista, Unidad Nacional-
no interpretan lo que el Perú les está diciendo en cada nueva elección, como la de ayer, es
decir, el hartazgo que sienten por ellos debido a la frustración que producen en el ciudadano,
y se siguen refugiando en explicaciones alambicadas para ocultar su fracaso, como las que
hemos escuchado anoche, no solo pecarán de sordos sino también de irresponsables, pues
pueden estar conduciendo al país -por su irresponsabilidad- a una creciente fragmentación
del sistema político, con las obvias consecuencias negativas que ello implica (s/p). ■

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BIBLIOGRAFÍA

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noviembre, s/p.

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Latina hoy: ¿consolidación o crisis?”. Pp. 9-30 en El asedio a la política: los partidos
latinoamericanos en la era neoliberal, editado por Marcelo Cavarozzi y Juan Manuel
Abal Medina, Rosario: Homo Sapiens Ediciones.

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ƒ Tanaka, Martín. 1998. Los espejismos de la democracia: el colapso del sistema de


partidos en el Perú. Lima: IEP

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neoliberal, editado por Marcelo Cavarozzi y Juan Manuel Abal Medina, Rosario: Homo
Sapiens Ediciones.

ƒ ------. 2004. “Situación y perspectivas de los partidos políticos en la Región Andina: el


caso peruano”. Pp. 93-112 en Partidos políticos en la Región Andina: entre la crisis y el
cambio, Lima: IDEA-Ágora democrática.

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institucional, autoritarismos competitivos y los desafíos actuales”. Working Paper Nº
324, The Kellogg Institute Working Papers.

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