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LQL SR La Malasangre

Este documento presenta cuatro obras de teatro de la dramaturga argentina Griselda Gambaro. Incluye la obra La malasangre dividida en escenas, con la descripción de la primera escena. También presenta otras tres obras breves de Gambaro: El nombre, Decir sí y En la columna. Finaliza con un estudio introductorio de las obras realizado por Alicia Stacco.

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LQL SR La Malasangre

Este documento presenta cuatro obras de teatro de la dramaturga argentina Griselda Gambaro. Incluye la obra La malasangre dividida en escenas, con la descripción de la primera escena. También presenta otras tres obras breves de Gambaro: El nombre, Decir sí y En la columna. Finaliza con un estudio introductorio de las obras realizado por Alicia Stacco.

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com/ec
© 1974, 1984, 1994, Griselda Gambaro
© De esta edición:
2018, Santillana S. A.
Calle De Las Higueras 118 y Julio Arellano, Monteserrín
Teléfono: 335 0347
La malasangre
Quito, Ecuador
y otras obras de teatro
Av. Víctor Emilio Estrada 626 y Ficus, Urdesa Central
Teléfono: 461 1460
Guayaquil, Ecuador Griselda Gambaro
Primera edición en Loqueleo Ecuador: Octubre 2018

Estudio de la obra: Alicia Stacco


Fotografía de portada: Santiago Bubis
Realización gráfica: Alejandra Mosconi

Edición en Ecuador
Dirección editorial: María Soledad Jarrín
Edición: Annamari de Piérola
Diagramación: Kaloyan Amores y Diana Novillo

ISBN: 978-9942-31-107-8
Impreso por Imprenta Mariscal

Estudio: Alicia Stacco

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni
en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información,
en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magné-
tico, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito de
la editorial.
Índice

A título personal......................................................................9
por Griselda Gambaro

La malasangre........................................................................15
El nombre...............................................................................85
Decir sí....................................................................................93
En la columna...................................................................... 105

Estudio de La malasangre y otras obras de teatro............... 143


por Alicia Stacco
[A título personal]
Por Griselda Gambaro

H ablar de teatro me impone forzosamente hablar de mí


misma, no tanto por soberbia, o quizás sí, un poco, sino
porque en términos exactos no soy una estudiosa del teatro
sino una dramaturga cuya relación con él tiene que ver fun-
damentalmente con mis propias obras, con el camino que
esas obras recorrieron dentro y fuera del escenario.
Mi camino hacia la literatura teatral empezó insólita-
mente por la narrativa. Y digo que empezó por la narrativa
porque en ese género —leyendo y escribiendo narrativa—
aprendí el valor de la buena escritura; solo tuve que saber
después que en el teatro debía tener un plus que era el de
sostener la acción dramática, el de ser ella misma acción
dramática. Para quienes escribimos dramaturgia, la estruc-
tura verbal posee la misma densidad que la estructura dra-
mática, guarda con ésta una relación recíproca e ineludible.
Hasta hoy, de modo continuo, alterno la narrativa con
la dramaturgia. Una o dos obras teatrales me imponen un
paréntesis en el que escribo narrativa —novelas o cuentos—

A título personal
y me olvido casi totalmente del teatro. En esos momentos,
ante los otros, solo simulo ser una escritora de teatro.
Naturalmente, cuando escribo teatro, la narrativa queda
[9]
silenciosa, aunque en acecho. Nunca sé por qué una situa- Diría que mi método de trabajo se apoya en la observa-
ción, una imagen se me presenta para ser desarrollada con ción, no parte del contacto con actores o directores, de ver
la exigencia del espacio, de la corporeidad, de la voz, del teatro asiduamente —de hecho lo frecuenté poco en mis
tiempo acotado de la representación teatral, o me pide la primeros años de juventud—, o de aprender en el escenario
escritura más lenta, más introspectiva diría, de la narrativa. mismo. Pero bien está dicho que cada autor busca la pre-
Yo agradezco poder saltar de un género a otro, de una ceptiva que le conviene y que las formas de acercarse a un
forma a otra. Las dos me han dado ocasión para gratitudes arte, a la dramaturgia en este caso, son infinitas si están
diferentes, no solo porque ambas me han permitido ejercer amparadas por el deseo de morder su médula.
prácticas creativas que me resultaban necesarias, sino tam- En ese trabajo en soledad, en esa creación a través de la
bién porque así he podido acceder a dos espacios públicos: el página escrita, yo soy la autora y también los personajes, el
del lector, el del espectador. Bien sabemos que el espectador escenario, la escenografía, incluso la música y las alterna-
es también un posible lector, pero será siempre un lector tivas del clima con lluvia o en bonanza. Soy todo esto y al
particular. Ni aun leyendo a Shakespeare podrá entregarse mismo tiempo organizo escrupulosamente mi propia puesta
solo a su magia verbal, a la inagotable sucesión de metá- en escena. Soy la primera realizadora de mis obras. Pero una
foras y analogías de su lenguaje. Si quiere leer bien deberá realizadora cuya puesta en escena solo ella ve, desdoblada
estar disponible, por lo menos, a una de las infinitas puestas en una espectadora ideal; en la omnipotencia que le brinda
en escena que propone el texto. escribir un texto puede creer que produce un fenómeno
Los dos espacios públicos a los que he accedido devuel- teatral, pero una vez escrito se da cuenta de que solo tiene
ven la misma respuesta, aunque sea diferente su manifes- un texto, solo hipotéticamente le pertenece una parte del
tación: la de los espectadores, exteriorizada en el aplauso, fenómeno, que exige para su concreción el trasvasamiento
inmediata y presente; y la del lector de una obra narrativa, a una forma corpórea. Y esto es aplicable a cualquier texto
dilatada en el tiempo y distante por la lectura solitaria. Sin dramático, que no es, como censuraba Tadeusz Kantor, “algo
embargo, al término, ambos devolverán la misma respuesta listo y cumplido”, sino flexible e inacabado, por más perfecta
no obstante de las diferencias de recepción: ese lector aisla- que sea su expresión literaria.
do, si la obra es perdurable, se multiplicará en una presencia Como dije ya, lo que me acercó al teatro fue la gran
más silenciosa que la del público de teatro, pero igualmente literatura dramática, esos autores que leí cuando ignora-
colectiva. ba mis propias expectativas: Shakespeare, Lope de Vega,
Por otra parte, si la literatura me enseñó inicialmente el Chejov, Pirandello, O’Neill y, por supuesto, los argentinos

A título personal
A título personal

valor de la buena escritura, la literatura dramática me ense- como Armando Discépolo y otros que fueron audaces en la
ñó a escribir para el teatro cuando me descubrió la manera, Argentina para su época, como Defilippis Novoa en alguna
la técnica, los matices, la palabra de la especificidad teatral. de sus piezas, y Roberto Arlt.
[10] [11]
Esa literatura, cuya diferencia con otras formas literarias,
como la novela o la poesía, es obviamente su necesidad de
la escena, me llevó al teatro. Y lo que me salvó, creo, de
ser discursiva o farragosa contando con una preparación
tan literaria, es que al escribir mis piezas siempre he tenido
presente, de modo instintivo y cognoscitivo a la vez, esa
necesidad propia de la escritura teatral.
A título personal

* Fragmento de la conferencia cuyo título propuesto por la Universidad de


Cuenca fue “Mis aportes al teatro”. Universidad de Cuenca, Madrid, 1998.
Publicado en Gambaro, Griselda, El teatro vulnerable, Aguilar, Altea,
Taurus, Alfaguara S.A. de Ediciones, Buenos Aires, 2014.
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La malasangre
Escena I

Un salón hacia 1840, las paredes tapizadas de rojo


granate. La vestimenta de los personajes varía tam-
bién en distintas tonalidades de rojo. Una gran mesa
de roble lustrado, enteramente vacía, un sofá, tres
sillas de alto respaldo y un pesado mueble, aparador
o cómoda, con candelabros. Un piano en un extremo.
Dos puertas laterales y a foro una ventana con cor-
tinas.
El Padre, que viste de rojo muy oscuro, casi negro,
está de pie, de espaldas, enteramente inmóvil, y mira
hacia abajo a través de los vidrios de la ventana.
Después de un momento, entra la Madre. Trae una
bandeja con un botellón de cristal y dos copas.

Madre. — Acá está el vino. (Con una sonrisa tímida). Te


lo quise traer yo.
Padre. — Te lo agradezco. (Una pausa. Secamente). ¿Por
qué dos copas? ¿Quién bebe conmigo?
Madre. — Pensé…

La malasangre
Padre. — Mejor que no pienses. (La Madre deja la ban-
deja sobre la mesa. El Padre vuelve a mirar por la
ventana, el rostro ácido y malhumorado). Ninguno
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me gusta. Ninguno me gusta de todos esos. No hay Padre. — ¡Solo mi cara tenés que mirar, puta!
uno que valga nada. Creen que van a venir acá y que Madre. — Te miro, ¡y no me insultes!
soy ciego y tonto. Padre. — (Como si hubiera oído mal, se toca la oreja.
Madre. — (Se acerca y mira con él). El tercero… Mira a su alrededor, divertido). ¿Qué? Yo dicto la ley.
Padre. — (Fríamente). El tercero, ¿qué? Y los halagos. Y los insultos. Dije lo que dije, y lo
Madre. — Parece agradable. puedo repetir. (Muy bajo). Puta.
Padre. — (Oscuro). Sí. Madre. — Te pedí que no me insultes.
Madre. — (Pierde seguridad). Va a estar en la casa. Padre. — ¿Por qué?
Padre. — Sí. ¿Y con eso? Madre. — Por respeto.
Madre. — (Tímidamente). Es mejor que sea agradable, Padre. — (Como siguiéndole el juego, alarmado). ¡Y
¿no? pueden oír!
Padre. — Sí. Y también parece inteligente, (la remeda) Madre. — Sí.
¿no? Padre. — No. Lo dije muy bajo. ¡Y lo puedo gritar alto!
Madre. — (Insegura). No sé. Nadie oye lo que yo no quiero. Oyen, pero no en-
Padre. — ¿Y qué otras condiciones tiene? (Le toca un tienden. ¡Fuera, fuera de aquí!
seno groseramente). Mi mujercita sagaz. Madre. — (Se aleja hacia la puerta, se vuelve.
Madre. — (Se aparta). Benigno, por favor. Suavemente). Te odio.
Padre. — (La rodea con un brazo, la hace mirar por la Padre. — (Se dirige hacia ella). ¿Qué?
ventana. Con dulzura). Miremos juntos. Dos ven más Madre. — No quise decirlo.
que uno. ¿Qué más ves? Padre. — ¿Qué? (Le toma el brazo, como si quisiera
Madre. — Tiene aspecto… (Se interrumpe). hacerle una caricia. Pero después de un momento se
Padre. — Sí. lo tuerce). ¿Qué? Yo tampoco entiendo lo que no me
Madre. — Es muy atildado. gusta oír. (Le tuerce más el brazo). ¿Qué?
Padre. — Querés decir buen mozo. Madre. — (Aguanta el dolor, luego). Te amo.
Madre. — No. Que está bien vestido. Con guantes… rojos. Padre. — (Dulcemente). ¡Después de tanto tiempo! Otra
Padre. — ¡Qué vista penetrante! ¿Y qué más ves? Estuve vez…
atinado en pedirte que miráramos juntos. Madre. — (Guarda silencio un momento, luego, como el
Madre. — (Insegura). Y… y no veo más. Padre acentúa la presión). Te… amo.
Griselda Gambaro

La malasangre
Padre. — Sí. Ves más. ¡Te gusta la cara! (La empuja Padre. — (La suelta, la besa en la mejilla. Con natura-
brutalmente). ¡Fuera! lidad). Gracias, querida. Ahora dejame. Hace frío en
Madre. — ¿Pero por qué? el patio. Deben de estar congelados. No quiero que
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esperen más. (La Madre sale. El Padre toca el cordón vueltas… El que menos luce…
del timbre. Mira por la ventana. Se asoma Fermín. Fermín. — ¿Lo echo a patadas?
Es alto y robusto, se advierte que entre el Padre y él Padre. — ¡No! Traelo aquí.
hay una especie de complicidad, de acuerdo tácito en Fermín. — ¿Los otros?
sus respectivos roles). Padre. — Que esperen. El frío es sano. Baja los humos.
Fermín. — ¿Señor? (Fermín sale. El Padre se sirve vino y bebe. Contento).
Padre. — (Mira por la ventana). El tercero que se vaya. Veremos si con este ocurre lo mismo. (Ríe espasmó-
Hace frío. dicamente. Canturrea). La madre se me calienta, la
Fermín. — Sí, señor. hija se me enamora…
Padre. — ¡Fermín! Si tarda, podés empujarlo. Fermín abre la puerta a Rafael, quien entra y se in-
Fermín. — (Como siguiendo un juego). ¿Cómo sé que tarda? clina. Viste un traje de tela liviana, está amoratado
¿Debe correr? (El Padre se encoge puerilmente de hom- de frío. Tiene rostro muy hermoso, sereno y manso.
bros. Fermín, con una sonrisa). Lo haré, señor. (Sale). Su espalda está deformada por una joroba y camina
Padre. — (Mira por la ventana). Tomaste frío tonta- levemente inclinado.
mente. Se va a mirar en el espejo y desconfiará Padre. — (Con una sonrisa cordial). Adelante. (Avanza
de su cara o de sus uñas roñosas bajo los guantes. hacia Rafael. No le da la mano. Lo rodea y le mira
(Se vuelve. Infantil). ¿Qué hice, qué hice? ¿Por qué la espalda. Ríe con su risa espasmódica). Sí… Es
me echan? Yo estaba ahí en la fila, ¡buenito! ¡Y me contrahecho…
compré guantes rojos! (Mira). ¡No con tanta brus- Rafael. — Señor…
quedad, Fermín! ¡Qué bruto es! (Ríe espasmódica- Padre. — Estará bien con nosotros. Como ve, tengo buen
mente, se atora. Ácido). Ninguno me sirve de todos carácter. (Rafael sorbe). Hacía frío afuera, ¿no? Me
esos. El primero demasiado orgulloso, el segundo levanté tarde, la cama estaba caliente. Por eso espe-
demasiado alto, el tercero no está, el cuarto… Y ese raron tanto. Pero acá no. No hace frío. ¿O sí?
que sale de la fila, ¿cómo se atreve? ¿Es que “yo” Rafael. — No… No, señor, no hace frío.
dije que podían saltar como canguros para entrar en Padre. — (Tímido). Quiero pedirle… (Se interrumpe).
calor? (Mira algo que lo sorprende, se vuelve). ¡Oh! Rafael. — ¿Qué?
¡Oh, oh, Dios mío! (Ríe espasmódicamente, con ale- Padre. — No lo tome a mal. Soy brusco, nadie me quie-
gría. Sacude el cordón del timbre). Dios mío, te agra- re, pero no se puede pedir a la gente que lo quiera
Griselda Gambaro

La malasangre
dezco: Te agradezco la consideración a mis deseos, a uno. Si no hay un interés… Usted tiene un interés.
yo pecador. (Canturrea). La madre se me calienta, la Rafael. — Sí, señor.
hija se me enamora… (Se asoma Fermín). El que da Padre. — Entonces… no digo amor, pero comprenderá.
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Rafael. — (No entiende). Sí, señor. Rafael. — ¿Por qué?
Padre. — (En un arranque). ¡Bueno, se lo pido! (Se queda Padre. — (Remeda). ¿Por qué, por qué? Por su linda ca-
en silencio, inmóvil. Luego camina nervioso. Se de- ra. (Se acerca y le da vueltas alrededor). Y es limpio.
tiene, mira a Rafael como si esperara algo). (Le pasa el pulgar por la mejilla). Afeitado. (Señala
Rafael. — A sus órdenes. la joroba). ¡Pero esto! ¿Me deja… tocarla? Da suerte.
Padre. — ¡Es lo que quería oír! ¡Después no se queje! (Ríe). ¡Hombre afortunado!
(Ríe, nervioso y espasmódico. Una pausa. Luego, Rafael. — (Pálido de humillación). Soy un buen profesor.
tierno y casi lascivo). Desnúdese. Padre. — (Suavemente). Lo veremos. (Ansioso). ¿Me permite?
Rafael. — ¿Qué? Rafael. — No.
Padre. — ¡Dijo que sí, dijo que sí! Padre. — (Se acerca a la ventana, aparta la cortina y
Rafael. — (Retrocede). No… mira). Llueve. Y no se van. Ni se guarecen bajo el ale-
Padre. — Vamos… Entre hombres. Mi mujer quería que- ro. Disciplinados y en fila. Saben hacer buena letra.
darse, pero la eché. Saben que todo camino empieza con la buena letra.
Rafael. — ¿Por qué? (Se vuelve hacia Rafael). Pero yo ya elegí. A usted.
Padre. — ¿Por qué la eché? Rafael. — Soy un buen profesor.
Rafael. — No. Por qué usted quiere… Padre. — (Blandamente). Eso cuenta también. Desnúdese.
Padre. — ¡Nunca vi! (Ríe, se atora). (Ríe). Hasta la cintura. Más no. (Le toca la ropa).
Rafael. — (Humillado). No soy una curiosidad. Limpia, pero raída. Liviana. Afeitado, pero macilento.
Padre. — Yo tampoco. Y me desnudo. ¡Solo cuando me Eso se llama hambre. Y no todos, en esta ciudad (ríe),
baño! (Tierno y confidencial). A oscuras. Lo otro a quieren tener a un contrahecho en casa. Pero yo sí. Y
oscuras. Con un agujero en el camisón. (Ríe, se tapa no será un criado. Tendrá cuarto aparte. Se sentará a
la boca, con vergüenza). la mesa con nosotros. Y comerá. Nos trataremos de
Rafael. — No puedo. (Saluda inclinándose y se aleja igual a igual.
hacia la puerta). Rafael. — Gracias.
Padre. — ¡Señor! (Rafael se vuelve). ¿Vio cuántos espe- Padre. — Váyase, si quiere.
ran en el patio? Un silencio. Se oye la lluvia.
Rafael. — Sí. Rafael. — No quiero irme.
Padre. — Una larga fila. Muertos de frío. Saben que mi Padre. — ¡Trato hecho! Ordenaré que se vayan los otros.
Griselda Gambaro

La malasangre
casa es rica, que mi trato es bueno. Y yo los miré, Carece de sentido hacerlos esperar. (Sacude el cordón
hace rato que los miro, y cuando apareció usted dije: del timbre). Llueve mucho y el puesto está tomado.
ese. Ese. Fermín. — (En la puerta). ¿Señor?
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Padre. — El puesto está tomado. Rafael. — (Con mortificación). Hueso y carne.
Fermín. — Me alegro, señor. (Una pausa). ¿Me necesita? Padre. — Es muy lisa.
Padre. — ¿Yo? Rafael. — Sí, muy lisa.
Fermín. — Usted llamó, señor. Padre. — (Tiende la mano con asco, toca apenas). Es la
Padre. — ¿Que yo llamé? No me acuerdo qué quería. primera vez que veo, que toco. Me da asco. Fuerte,
¿Qué quería? compacta. ¿No le pesa? Pobrecito, debe pesarle.
Fermín. — Ya entramos las jaulas con los pájaros. Como cargar una bolsa con piedras. Siempre. Cuando
Padre. — ¡Ah! ¡Eso! ¡Llueve tanto! duerme y come y camina. Y… hace el amor.
Fermín. — Usted sabe que a los pájaros los cuido. No Rafael. — No.
debiera preocuparse, señor. Padre. — (Ansioso). ¿No hace el amor?
Padre. — Gracias, Fermín. (Fermín se retira. Padre sonríe Rafael. — No me pesa.
a Rafael). Debiera preguntarle qué materias enseña. Padre. — Los genes se acoplaron mal. (Se tienta. Ríe
Rafael. — Francés y latín, señor. Botánica, matemáticas. espasmódicamente). ¡Qué capricho! (Se despereza,
Padre. — ¿Matemáticas también? ¡Soberbio! A mí me enderezando su espalda). Cúbrase. ¡A ver si se le
enseñará matemáticas, las niñas solo necesitan saber resfría! (Ríe). Brindemos. Lo acepto. (Sacude el
que dos más dos son cuatro. (Vagamente lascivo). cordón del timbre. Sirve dos copas. Tiende una a
¿Y… y lo que le pedí…? (Bajo). Desnúdese. Rafael, quien se está vistiendo torpemente. Espera
Rafael. — ¿Para qué? con la copa tendida. Risueño). Ligero… Al amo no
Padre. — (Bromista). Para saber si no miente. se lo hace esperar. (Rafael toma la copa, nervioso,
Rafael. — No miento. (Con una sonrisa crispada). Tengo intenta beber, se la tira encima. El Padre lo obser-
joroba desde la infancia. Mi padre quizás fue joroba- va, ríe). Casi perfecto. (Canturrea). La madre se me
do también… Nadie pudo decirme cómo la conseguí. calienta, la hija se me enamora… (Un poco antes
Si usted quiere, puede tocarla. ha entrado Fermín, respondiendo al llamado. Con
Padre. — (Seco). No a través de la ropa. curiosidad burlona ha observado los gestos torpes
Rafael. — No… puedo. de Rafael).
Padre. — (Dulce y ansioso). Quiero verla. Por favor. Fermín. — La corbata, señor, ¿se la anudo?
Rafael lo mira fijamente. Después, con lentitud, se Rafael. — No, gracias.
deshace el nudo de la corbata, se quita la chaqueta, Padre. — (A Fermín). Que vengan las damas. Está el
Griselda Gambaro

La malasangre
la camisa. profesor. (Sale Fermín). Usted jamás hubiera pensado
Padre. — (Se acerca y observa con curiosidad, como a un tener tanta suerte… Ni le pido referencias. Suerte,
animal extraño). Nunca había visto. ¿Es un hueso? ¿eh? ¿Y por qué?
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Rafael. — No sé, señor. Se lo agradezco. torcido en la vida, o la espalda (festeja riendo con
Padre. — ¡Su joroba! ¡Muchacho, le da suerte! (Ríe). una corta risa que interrumpe cubriéndose la boca)
Rafael. — Sí, señor. y no son peligro para nadie. (A la Madre). Traete
Padre. — (Se asoma a la ventana). Llueve. Dicen que en tu bordado y sentate allí. (Le señala el sofá). Pero te
estos tiempos nadie es capaz de obstinarse en nada. autorizo a ausentarte. (Ríe espasmódicamente y sale).
(Ríe). ¡Pero esos de ahí abajo! ¡Qué buena madera! La Dolores mira a Rafael, seria e inamistosamente.
necesidad es la mejor obstinación… Esperan y no se Madre. — (Con una sonrisa torpe). Bienvenido. Estará
convencen… ¡de que ya están sonados! cómodo con nosotros. Dolores es…
Entran Dolores y la Madre. Dolores es una hermosa Dolores. — (La interrumpe, secamente). Como soy.
muchacha de veinte años, de gestos vivos y apasio- Madre. — Siéntese.
nados, y una especie de fragilidad que vence a fuerza Rafael. — Gracias. (Pero no lo hace, ya que Dolores y la
de orgullo, de soberbio desdén. Madre están de pie).
Padre. — Mi mujer, mi hija Dolores. (A Rafael). ¿Cuál Dolores. — (Lo mira. Después de un silencio). Es mejor
es su nombre? morirse de hambre que aceptar lo que no merecemos.
Rafael. — Rafael Sánchez. Rafael. — Soy un buen profesor.
Padre. — Rafael, digamos. (A Dolores). Te enseñará latín Dolores. — O lo que merecemos por taras.
y francés. Botánica. ¿Sabés lo que es botánica? Madre. — (Confusa). No le haga caso. Siéntese. (Se sien-
Dolores. — Sí. ta. Rafael hace lo mismo). ¿Comerá con nosotros?
Padre. — Cómo son las hojitas y los árboles y los pajari- (Teme haber hablado de más. Se levanta. Rafael hace
tos en los árboles. (Alusivo). ¿Te lo enseñaba el otro? lo mismo). O… tal vez con los criados. Pero la comida
(Dolores le vuelve la espalda). Y dibujo. (A Rafael). es buena. La misma. Sin vino.
¿Dibujo sabe? Rafael. — Comeré con ustedes, señora. El señor ha teni-
Rafael. — Sí, señor. do esa bondad.
Padre. — ¡Una alhaja! Dolores, podés darle la bienveni- Dolores. — ¡Qué extraordinario! Papá es demasiado bon-
da. (A Rafael). Estaba muy encariñada con su viejo dadoso. (Con una sonrisa torcida). Ya lo verá usted.
profesor. Bueno, no tan viejo, ¿no? Una bondad desbordante como un río… (borra la
Dolores. — (Lo mira desafiante). No. sonrisa) que ahoga. Mamá, te mandaron a buscar tu
Madre. — (Tímidamente). No estuvo mucho tiem… bordado. Y todavía estás acá. ¡Vaya, perrito!
Griselda Gambaro

La malasangre
Padre. — (La hace callar con una mirada). Ese es el Madre. — ¡Dolores!
peligro. Si son viejos son ñoños, y si son jóvenes Dolores. — Y después venga, pero no habrá peligro. Lo
son aprovechados. Pero algunos ya entran con el pie dijo papá (mirando a Rafael) ¡y es cierto!
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