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Filosofía: Búsqueda y Crítica del Saber

La filosofía se define como el amor a la sabiduría y busca responder preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida humana, la naturaleza del conocimiento y la realidad. Aunque la filosofía no puede proveer certezas absolutas, sirve para ampliar nuestras perspectivas cuestionando lo obvio y contemplando posibilidades alternativas. Estudiar filosofía es valioso porque fomenta una mente abierta y una comprensión más profunda del universo.
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Filosofía: Búsqueda y Crítica del Saber

La filosofía se define como el amor a la sabiduría y busca responder preguntas fundamentales sobre el sentido de la vida humana, la naturaleza del conocimiento y la realidad. Aunque la filosofía no puede proveer certezas absolutas, sirve para ampliar nuestras perspectivas cuestionando lo obvio y contemplando posibilidades alternativas. Estudiar filosofía es valioso porque fomenta una mente abierta y una comprensión más profunda del universo.
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Ficha 1- Filosofía y crítica de los Saberes

Material de apoyo para la primer parte del año

Martha De Francesco
En busca de un concepto

A menudo entendemos la palabra filosofía como algo oscuro, abstracto y difícil. ¿Qué es eso de
la filosofía?, ¿qué se da en esas clases y para qué sirve? Preguntas que fácilmente se escuchan
cuando comenzamos a hablar con alguien que se está
familiarizando con esta palabra. A la sorpresa y la
curiosidad se le une a menudo el desprecio: la filosofía no
sirve para nada, se dice, en una sociedad en la que el mero
hecho de valorar las cosas en función de su utilidad

Del griego Φιλοσοφία: “amor a la sabiduría”


(etimología).
El término Filosofía está compuesto por dos raíces: filo, que significa aspiración, amor,
y sofía, que significa sabiduría. Por lo que se puede interpretar como la aspiración, la
búsqueda de la sabiduría. Diferenciamos así la aspiración, el deseo, de la posesión que
reduciría a un sin sentido su búsqueda.

Actitud de búsqueda de la sabiduría: El término sabiduría ha de diferenciarse del de


saber. Este último denota un conjunto de conocimientos teóricos de los cuales
tenemos garantía de su certeza; en tanto que la sabiduría apunta a una práctica sabia
de vida, cuidadosa y reflexiva, tanto en el plano teórico del conocer como en el
práctico del hacer.

¿Tiene la vida humana un sentido? ¿Qué podemos conocer? ¿Es posible que nuestros
sentidos nos engañen? ¿El ser humano es libre o sus actos están determinados por
Dios o el destino? ¿Cómo debemos actuar? ¿Por qué algunas personas encuentran
hermoso lo que otras encuentran feo? ¿Existe Dios? ¿El mundo es eterno, o tuvo un
comienzo y tendrá fin? Es posible que alguna vez usted se haya hecho preguntas como
éstas. Tal vez le haya preocupado alguno de estos temas.

Preguntarse, dudar, buscar respuestas con curiosidad, a veces con angustia, son
características propias de los seres humanos. Sin embargo, las urgencias de la vida
cotidiana, o la convicción de haber encontrado una respuesta satisfactoria pueden
hacer que olvidemos tales preguntas.

La filosofía es un hacer y un saber interrogador, critico, radical y global: es un


pensar problematizador.

Sobre el valor de la Filosofía:

1
“…bueno será considerar, para concluir, cuál es el valor de la filosofía y por qué debe
ser estudiada. Es tanto más necesario considerar esta cuestión, ante el hecho de que
muchos, bajo la influencia de la ciencia o de los negocios prácticos, se inclinan a dudar
que la filosofía sea algo más que una ocupación inocente, pero frívola e inútil, con
distinciones que se quiebran de puro sutiles y controversias sobre materias cuyo
conocimiento es imposible.
…si no queremos fracasar en nuestro empeño, debemos liberar nuestro espíritu de los
prejuicios de lo que se denomina equivocadamente «el hombre práctico». El hombre
«práctico», en el uso corriente de la palabra, es el que sólo reconoce necesidades
materiales, que comprende que el hombre necesita el alimento del cuerpo, pero olvida
la necesidad de procurar un alimento al espíritu. Si todos los hombres vivieran bien, si
la pobreza y la enfermedad hubiesen sido reducidas al mínimo posible, quedaría
todavía mucho que hacer para producir una sociedad estimable; y aun en el mundo
actual los bienes del espíritu son por lo menos tan importantes como los del cuerpo. El
valor de la filosofía debe hallarse exclusivamente entre los bienes del espíritu, y sólo
los que no son indiferentes a estos bienes pueden llegar a la persuasión de que
estudiar filosofía no es perder el tiempo.
..De hecho, el valor de la filosofía debe ser buscado en una, larga medida en su real
incertidumbre. El hombre que no tiene ningún barniz de filosofía, va por la vida
prisionero de los prejuicios que derivan del sentido común, de las creencias habituales
en su tiempo y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la
cooperación ni el consentimiento deliberado de su razón. Para este hombre el mundo
tiende a hacerse preciso, definido, obvio; los objetos habituales no le suscitan
problema alguno, y las posibilidades no familiares son desdeñosamente rechazadas.
Desde el momento en que empezamos a filosofar, hallamos, por el contrario, como
hemos visto en nuestros primeros capítulos, que aun los objetos más ordinarios
conducen a problemas a los cuales sólo podemos dar respuestas muy incompletas.
La filosofía, aunque incapaz de decirnos con certeza cuál es la verdadera respuesta a
las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas posibilidades que amplían nuestros
pensamientos y nos liberan de la tiranía de la costumbre. Así, el disminuir nuestro
sentimiento de certeza sobre lo que las cosas son, aumenta en alto grado nuestro
conocimiento de lo que pueden ser; rechaza el dogmatismo algo arrogante de los que
no se han introducido jamás en la región de la duda liberadora y guarda vivaz nuestro
sentido de la admiración, presentando los objetos familiares en un aspecto no familiar.
Aparte esta utilidad de mostrarnos posibilidades insospechadas, la filosofía tiene un
valor —tal vez su máximo valor— por la grandeza de los objetos que contempla, y la
liberación de los intereses mezquinos y personales que resultan de aquella
contemplación. La vida del hombre instintivo se halla encerrada en el círculo de sus
intereses privados: la familia y los amigos pueden incluirse en ella, pero el resto del
mundo no entra en consideración…
Para resumir nuestro análisis sobre el valor de la filosofía: la filosofía debe ser
estudiada, no por las respuestas concretas a los problemas que plantea,
puesto que, por lo general, ninguna respuesta precisa puede ser conocida como
verdadera, sino más bien por el valor de los problemas mismos; porque estos
problemas amplían nuestra concepción de lo posible, enriquecen nuestra imaginación
intelectual y disminuyen la seguridad dogmática que cierra el espíritu a la

2
investigación; pero, ante todo, porque por la grandeza del Universo que la filosofía
contempla, el espíritu se hace a su vez grande, y llega a ser capaz de la unión con el
Universo que constituye su supremo bien.”
Russell, B “Los problemas de la Filosofía”

Es todo una cuestión de actitud…

El pensamiento filosófico exige abandonar la actitud cotidiana


que acepta lo dado sin revisarlo, para asumir una actitud
crítica que cuestione lo obvio (lo que se da por supuesto o se
considera evidente). La Filosofía indaga reflexivamente los problemas, e intenta
realizar esta búsqueda de modo preciso y riguroso, fundado en argumentos racionales.
Sin embargo, toda respuesta filosófica es a su vez, susceptible de discusión y análisis,
porque no hay soluciones únicas y definitivas a los problemas filosóficos.

Pero la búsqueda filosófica no queda limitada a cada uno, sino que se expresa en el
marco de un diálogo respetuoso con otros. En el diálogo nos reconocemos
mutuamente y precisamos nuestros puntos de vista a través del intercambio de ideas.
El diálogo filosófico dura ya más de veinticinco siglos, y estamos invitados a participar
en él a través de la reflexión crítica sobre las ideas de los filósofos de todas las épocas.

Podemos ahora mencionar algunos rasgos propios del conocimiento filosófico: es un


conocimiento crítico, porque duda, cuestiona y analiza todo lo que el sentido común
considera evidente u obvio; racional, porque se fundamenta mediante razones, es
decir, se apoya sobre argumentos y nunca sobre una autoridad (sea ésta una iglesia, un
partido político, una escuela filosófica, etc.); reflexivo, porque se vuelve sobre sí mismo
(por ejemplo, considera la cuestión misma de "qué es la Filosofía"), y radical, porque es
una búsqueda reflexiva que no da por concluida ninguna cuestión; la mirada crítica
investiga no sólo aquello que se afirma, sino también sus supuestos o fundamentos, lo
que le sirve de base o apoyo (en este sentido, "radical" se vincula con "raíz").
Texto tomado de: MARENGO, Roberto, OTROS Guía de estudio: Filosofía, Educación de
adultos 2000 (2002), Secretaría de educación: Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos
Aire.

¿Por qué filosofía aquí y ahora?


Las preguntas de la filosofía son preguntas que no todos quieren preguntar, porque sus
preguntas involucran toda la existencia. Por ello, todo está organizado para que la gente no se
haga esas preguntas. Por ejemplo, ¿por qué a veces las cosas son injustas? ¿Por qué hay
hambre? ¿Por qué hay gente que tiene tanto y gente que tiene tan poco? Esas son preguntas
filosóficas. Pero además la filosofía tiene preguntas fundamentales, como ¿Por qué hay lo que
hay? No hay nada más revolucionario que pararse frente a la realidad, la teología o los
gobiernos y dudar de ellas, cuestionarlas. Por ello el pensamiento requiere de la libertad para
ejercerse. Dudar de todo, no creer en aquello que nos han dicho sin reflexionarlo. La filosofía
nos hace no dejar que nos metan vértigos consumistas en nuestra conciencia, exige que
siempre tengamos un pensamiento libre y sólo una conciencia crítica es libre.
José Pablo Feinmann

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Uno de los objetivos esenciales de la filosofía consiste en la problematización de la realidad:
hacer de la realidad un problema, es decir una cuestión a analizar, estudiar, criticar.

Pero la filosofía no sólo hace de la realidad un problema, sino que también analiza cómo se
plantea el problema.

El concepto de: Problema


Del griego πρόβλημα, problema, lo puesto delante, del verbo proballo, poner
delante, presentar. Dificultad, tanto teórica como práctica, que alguien se propone, o
debe, resolver. El sujeto que se plantea un problema puede ser también la sociedad o
la humanidad entera: «el problema de los residuos nucleares» o «el problema de la
capa de ozono». Cuando la dificultad es de orden práctico se denomina tarea. En la
práctica de las ciencias, sean las formales o sean las de la naturaleza o las ciencias del
espíritu, la resolución de problemas requiere el recurso a un procedimiento más o
menos formal denominado cálculo o método. Los problemas filosóficos tienen
algunas características:
Se refieren a cuestiones «vitales», tanto prácticas como teóricas y proponen respuestas
que no sólo no pueden considerarse definitivas, sino que incluso
replantean, o ponen en discusión, los términos en que se ha propuesto
el mismo problema.

Aunque las preguntas que se plantean los problemas filosóficos sean


del tipo que suele llamarse de «preguntas abiertas» no quiere decir
que sean preguntas carentes de sentido. Un problema o una pregunta
carece de sentido, o no es significativa, si no va orientada a obtener
una respuesta, existente o meramente posible, que a su vez tenga
sentido. A poner de relieve esta circunstancia fundamental se orientan principalmente
las críticas que autores de diversas corrientes de la filosofía analítica dirigen contra el
planteamiento de determinados problemas, cuestiones y preguntas. En general, un
problema tiene sentido cuando plantea una cuestión a la que es lógicamente posible
darle respuesta; los problemas insolubles, por estar mal planteados, carecen de
sentido. Algunos problemas considerados «profundos» son, para esta corriente
filosófica, simplemente problemas mal planteados y, por lo mismo, carentes de
sentido. Entre estos problemas considerados profundos se enumeran, sobre todo, los
siguientes: « ¿Por qué existimos?», « ¿Por qué existe el mundo», «Por qué existe algo y
no más bien nada?, etc.». Se sostiene -sobre todo dentro de la corriente de filosofía
analítica o aledaños- que dichos problemas carecen de sentido sea porque se trata más
bien de quejas y lamentaciones personales, sea porque, si se pregunta por el
«universo» o el «todo», sin restricción alguna, no se puede suponer al mismo tiempo,
sin faltar a la lógica, que haya algo fuera del todo que sea la explicación del mismo. Se
les considera también «misterios» o preguntas teológicas.

Un problema es siempre un interrogante, una pregunta para la que no tenemos aún


una respuesta satisfactoria. Para que sea filosófico:
• Debe ser un problema significativo para los seres humanos como tales. Es decir, un
problema que no sea privado ni trivial.
4
• Puede coincidir total o parcialmente con interrogantes que se plantean en el ámbito
religioso, artístico, político o científico; en este último caso no tiene que coincidir con
los interrogantes específicos de cada una de las ciencias.

• Puede tener que ver con situaciones límite — aquellas que no podemos cambiar y
nos enfrentan con fronteras que no podemos traspasar —, con elecciones de vida, con
lo que sabemos e ignoramos, con las relaciones entre individuo y sociedad, etc.

La palabra problema viene del griego y etimológicamente significa “lanzar o arrojar


hacia delante”. En este sentido un problema es algo que está frente a mí, algo con que
me encuentro y me enfrento. En otras palabras, un problema es un obstáculo. Pero
para que algo sea vivido como un obstáculo no es suficiente que esté presente ante mí.
Es indispensable que yo me proponga, que sienta la necesidad de sortearlo, de pasar al
otro lado, de salir de esa situación. Es decir, no toda interrogante es vivida como
problema para el hombre. No alcanza con tener conciencia de que ignoramos algo, no
alcanza con constatar la aparente incompatibilidad entre los datos con que cuento. El
hombre contemporáneo percibe con claridad que desconoce muchas cosas pero puede
habituarse a vivir con su ignorancia sin intranquilizarse por ello. El problema en cambio
se caracteriza por su dimensión de problematicidad para alguien. La situación se hace
problemática cuando el sujeto siente la necesidad de superarla como una exigencia. La
situación adquiere entonces dramatismo. En cuanto a su contenido, tanto el problema
como su solución se caracterizan por su historicidad. La solución siempre tiene una
zona de validez limitada, fuera de la cual será sustituida por otra. Pero los problemas
mismos son históricos y esto en dos sentidos: un mismo problema es una realidad
variada a lo largo de la historia. Pero además, permanentemente aparecen problemas
nuevos y otros dejan de serlo.

El sabio y el filósofo

La palabra griega “filósofo” se formó en oposición a “sofós”. Se trata del amante del
conocimiento, a diferencia de aquél que, estando en posesión del conocimiento se
llama sapiente o sabio. Este sentido de la palabra ha persistido hasta hoy: la busca de la
verdad, no la posesión de ella, es la esencia de la filosofía, por frecuentemente que se
la traicione con el dogmatismo, esto es, con un saber enunciado en
proposiciones, definitivo, perfecto y enseñable. Filosofía quiere decir ir
de camino. Sus preguntas son más esenciales que sus respuestas, y toda
respuesta se convierte en una nueva pregunta. K. Jaspers

Para el común denominador de las personas “el ignorante” sería aquél


que no sabe de nada o sabe poco y sabio sería aquél que, por el
contrario, sabe mucho, de muchas cosas. Deberíamos “cuestionar” un
poco estos términos y resignificarlos.
Ignorante es aquél que tiene una actitud cerrada a nuevas ideas, no
escucha, no cuestiona ni se cuestiona, no trasciende su zona de comodidad.
En cambio, la sabiduría sería todo lo contrario, no va en la cantidad de cosas que
sepamos, sino en la calidad. Sabio sería aquél que se cuestiona y cuestiona la realidad
en la que vive. Indaga, busca...está abierto a nuevas ideas, reflexiona: ama y desea la

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sabiduría, pero desde su humilde concepción intelectual, sabe que no la posee, por eso
la busca.

Orígenes…comienzo.

Jaspers plantea que no es lo mismo hablar de orígenes que de comienzo. El comienzo


se refiere a un dato cronológico concreto, un cuando y un dónde, sin embargo, el
origen puede ser múltiple, de hecho lo es. Con origen se refiere al porqué. A la razón o
al conjunto de razones que nos permiten entender porqué el hombre empezó a
filosofar, cuáles fueron, son y serán las vivencias que lo empujan a hacer filosofía.

“La Historia de la filosofía como pensar metódico tiene sus comienzos hace dos mil
quinientos años, pero como pensar mítico mucho antes.
Sin embargo, comienzo no es lo mismo que origen. El comienzo es histórico (…).
Origen es, en cambio, la fuente de la que mana en todo tiempo el impulso que
mueve a filosofar. Únicamente gracias a él resulta esencial la filosofía actual en cada
momento y comprendida la filosofía anterior.
Este origen es múltiple. Del asombro sale la pregunta y el conocimiento, de la duda
acerca de lo conocido el examen crítico y la clara certeza, de la conmoción del hombre
y de la conciencia de estar perdido la cuestión de sí propio. Representémonos ante
todo estos tres motivos.
Primero. Platón decía que el asombro es el origen de la filosofía. Nuestros ojos nos
hacen ser partícipes del espectáculo de la estrellas, del sol, y de la bóveda celeste. Este
espectáculo nos ha dado el impulso de investigar el universo. De aquí brotó para
nosotros la filosofía (…). Y Aristóteles: Pues la admiración es lo que impulsa a los
hombres a filosofar: empezando por admirarse de lo que les sorprendía por extraño,
avanzaron poco a poco y se preguntaron por la vicisitudes de la luna y del sol, de los
astros y del origen del universo”.
El admirarse impele a conocer. En la admiración cobro conciencia de no saber. Busco
el saber, pero el saber mismo, no para satisfacer ninguna necesidad común. (…)
Segundo. Una vez que he satisfecho mi asombro y admiración con el conocimiento de
lo que existe, pronto se anuncia la duda. (…) Los conocimientos se acumulan, pero
ante el examen crítico no hay nada cierto. Las percepciones sensibles están
condicionadas por nuestros órganos sensoriales y son engañosas o en todo caso no
concordantes con lo que existe fuera de mi independientemente de que sea percibido
o en sí. Nuestras formas mentales son las de nuestro humano intelecto. (…)
Filosofando me apodero de la duda, intentando hacerla radical (…).
Y tercero. (…) Estamos siempre en situaciones. Las situaciones cambian, las ocasiones
se suceden. Si éstas no se aprovechan, no vuelven más. Puedo trabajar para hacer que
cambie la situación. Pero hay situaciones por su esencia permanentes, aun cuando
altere su apariencia momentánea y se cubra de un velo su poder sobrecogedor; ni
puedo menos de morir, ni de padecer, ni de luchas, estoy sometido al azar, me hundo
inevitablemente en la culpa. Estas situaciones fundamentales de nuestra existencia las
llamamos situaciones límites. Quiere decirse que son situaciones de las que no
podemos salir y que no podemos alterar. La conciencia de estas situaciones límites es
después del asombro y de la duda, el origen más profundo aun de la filosofía. (…)”

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“(…) muy propio del filósofo es el asombro como estado del alma. Porque la filosofía
no conoce otro origen que éste.”
(Platón, Teeteto, o de la ciencia, 155,d.)

“Ya que entonces (los primeros filósofos) como ahora fue la


admiración lo que inicialmente empujó a los hombres a
filosofar. (…) Buscar una explicación de las cosas y admirarse
de ellas es reconocer que se las ignora; por esta razón el
filósofo es un hombre aficionado a los mitos, porque el mito se
construye sobre asuntos maravillosos.”
(Aristóteles, Metafísica, cap. 2 982 a/983 a)

Los autores destacan la significación filosófica de la capacidad


de inquietarse frente a los acontecimientos, de vivenciar un
cierto desasosiego, de re-vivir la percepción como si el espectáculo, aun de lo
cotidiano, se presentara por primera vez. Sólo a partir del asombro se dispara cualquier
esfuerzo de re-flexión. El asombro se nos manifiesta como condición necesaria, aunque
no suficiente, de la actitud filosófica. Es generador de interrogantes que dinamizan el
diálogo del hombre consigo mismo y con el mundo.

La filosofía como actitud

La actitud contrapuesta al asombro es la indiferencia. Es improbable el desinterés


absoluto. Sin embargo es frecuente un interés circunscripto solo a lo vital. El individuo
permanece como anestesiado frente a cualquier circunstancia del mundo que no
ponga en juego su presente inmediato; es por tanto incapaz de maravillarse e
involucrarse en profundidad con las cosas.
Una modalidad de esta actitud consiste en estructurar la existencia en la persecución
del placer inmediato, la satisfacción de pulsiones perentorias, la respuesta a
preferencias pasajeras. La indiferencia, o el hedonismo inmediatista en la lógica del
consumismo restringen el espacio para el autoexamen o la reflexión crítica.
El asombro como impulso inicial frente a acontecimientos desconocidos,
sorprendentes o inciertos, puede desembocar en fuerte conmoción afectiva. Puede
tomar la forma de temor, estupor o veneración. Este estado emocional, que
compromete todo el ser del hombre, estructura de una manera peculiar su relación
con los acontecimientos y puede generar una riquísima producción artística o religiosa.
En cambio, la indagación supone una actitud diferente. Se nutre de lo afectivo pero
implica además intención de aprehender conceptualmente los fenómenos, de
comprenderlos. La conciencia asombrada deviene en conciencia que interroga y el
interrogante se organiza en un problema a dilucidar. A partir de ahí surgirán hipótesis
más o menos plausibles. El sujeto se dinamiza, sondea el objeto de su interés,
interactúa con él. El proceso de indagación pone en juego tres dimensiones en que el
hombre se mueve y que caracterizan su praxis: dimensión cognoscitiva, práctica y
axiológica. Es decir, el hombre como un ser capaz de conocer, transformar y valorar. Y
estas tres posibilidades se involucran entre sí al pinto de no tener autonomía.
La indagación tendrá como resultado algunas respuestas a los interrogantes que ha
generado el asombro. Si el hombre toma esas respuestas como definitivas e

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inapelables, si las maneja como supuestos rígidos de su conocimiento y su acción en el
mundo, incurre en lo que filosóficamente se denomina actitud dogmática.
El dogmatismo es una postura anti-filosófica por excelencia. Pues si supongo que estoy
en posesión de la verdad se vuelve estéril toda indagación. Sin embargo, es necesario
reconocer que el dogmatismo no es extraño a la historia del pensamiento filosófico.
Muchos filósofos, si bien parten de una reflexión crítica y revulsiva respecto a otros
pensadores, terminan por plantear su alternativa como la verdad última. Es decir, a
veces en forma inadvertida el filósofo resulta traicionando el camino que él mismo ha
emprendido.
Al dogmatismo se contrapone el escepticismo, como aplicación rigurosa de la duda
crítica. No en el sentido desviado que el término ha tomado hoy en el lenguaje vulgar,
como un “no creer en nada”. Desde su etimología la postura escéptica supone escrutar
las verdades, hacerse cuestión de las cosas, problematizarlas allí donde otros creen
haber llegado a hacerlas incuestionables.
La conciencia de los límites del conocimiento humano y sus contradicciones conduce
en ocasiones, a un escepticismo radical. En este caso, el sujeto se limita a marcar la
duda y la suspensión de todo juicio como las únicas posturas coherentes. Esta
modalidad del escepticismo también es negadora de la filosofía pues la concibe como
una empresa inútil.
Hay sin embargo un escepticismo que es inseparable de la filosofía. Como dice Marta
López Gil “se trata de resguardarla suprimiendo todo acabamiento toda palabra última,
toda fundamentación final”. Es casi una exigencia ética para el filósofo aplicar su
mirada lúcida, haciendo uso de la duda como método orientado a descubrir y
reconstruir la argumentación. En este sentido, la seguridad y comodidad intelectual no
son compañeras de la filosofía. La conciencia filosófica es corrosiva, vive en
desasosiego, en conflicto consigo misma.

“Urgencia y presencia de la filosofía”


¿Se saca algo en limpio de la filosofía?
Pues sí, al menos algo muy importante: las preguntas mismas.
Los filósofos se contradicen en las respuestas, pero se confirman unos a otros en las
preguntas. En Filosofía las respuestas varían y se enredan unas con otras, pero las
preguntas vuelven una y otra vez, quizás planteadas de un modo más rico y sutil. Son
las preguntas de nuestra vida, el catálogo esencial de nuestros ¿por qué? En el centro,
la que las condensa a todas, la que nadie humano – es decir consciente y racional-
puede dejar de hacerse: ¿qué significa todo esto (la vida, la muerte, lo que nos pasa,
los demás, las cosas, el tiempo, el miedo, el gozo, la pena...)?
Nadie se dedica full time a estos interrogantes radicales porque nadie filosofa día y
noche. Pero todo el mundo, antes o después, empujado por alegrías o desgracias,
filósofa alguna vez en su vida, es decir, se hace a su modo, las grandes preguntas. Y es
que vivir resulta una tarea fundamentalmente intrigante. (...) Por eso es que
Aristóteles indicó que el comienzo de la actividad filosófica – es decir de la manía
interrogativa- consiste en asombrarse.
Lo que vemos a nuestro alrededor, lo que sentimos en nuestro interior, lo que oímos
que los demás aseguran muy serios, todo puede suscitar asombro cuando uno lo
considera ingenuamente, es decir: con libertad y sin prejuicios. (...) Algo así quería
señalar Sócrates cuando dijo que “una vida sin indagación no merece la pena de ser
vivida”. Al repetir las grandes preguntas intentamos hacernos dueños de nuestra vida.

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Preguntarse es dejar de trajinar como animales, automáticamente programados por los
instintos, y erguirse para decir: Aquí estamos los humanos. ¿Qué hay de lo nuestro?
Aunque lo verdaderamente irrenunciable sean las preguntas, tampoco las respuestas
que proponen los filósofos (o cualquiera de nosotros cuando hacemos de filósofos)
resultan desdeñables. Esas contestaciones filosóficas se distinguen porque nunca tapan
del todo la pregunta que las suscita y siempre dejan algún hueco por el que se cuelan
nuevas interrogantes.
Las respuestas filosóficas suelen ser un cóctel racional con dos ingredientes básicos:
escepticismo e imaginación. Lo primero, escepticismo porque quien se lo cree todo
nunca piensa nada.
Para empezar a pensar hay que perder la fe; la fe en las apariencias, en las rutinas, en
los dogmas, en los hábitos de la tribu, en la “normalidad” indiscutible de lo que nos
rodea. Pensar no es verlo todo clarísimo, sino comenzar a no ver nada claro lo que
antes teníamos por evidente. El escepticismo acompaña siempre a la filosofía, la
flexibiliza, le da sensatez; solo los tontos no dudan nunca de lo que oyen y solo los
chiflados no dudan nunca de lo que creen.
No hay nadie menos imaginativo que los que ven fantasmas, brujerías y milagros por
todas partes. Quien carece de imaginación siempre está dispuesto a dar crédito a
realidades nuevas y desconocidas, mientras que quienes tienen imaginación buscan lo
nuevo a partir de la realidad tal como la conocemos.
Con escepticismo e imaginación van tramando los filósofos sus respuestas a las grandes
preguntas.
Pero, ¿De veras nos hace falta la filosofía? ¿No es mejor confiar en la ciencia que es la
hija moderna y eficaz de la filosofía, con un sentido práctico mucho mayor que el de su
mamá? Por supuesto, entre la ciencia y la filosofía no hay que elegir una sola,
rechazando la otra: lo mejor es quedarnos con las dos...
Pero son distintas, porque a la ciencia le interesa ante todo la eficacia de las respuestas
que propone y a la filosofía lo radical de las preguntas que plantea.
La ciencia pretende captar como funciona lo que hay, sean los átomos, los planetas, el
aparato digestivo, o las sociedades humanas; la filosofía se preocupa más bien por lo
que significa para cada hombre, existir entre átomos y planetas, tener sistema
digestivo o vivir en sociedad.
Los saberes científicos fragmentan la realidad para estudiar mejor cada uno de sus
aspectos y resolver problemas concretos, mientras que la filosofía pretende una y otra
vez no perder de vista lo que relaciona a las partes del conjunto, la vida humana con la
inquietante realidad global.
En el mundo siempre están pasando cosas, modas, catástrofes, hallazgos
revolucionarios y pérdidas irreparables: cada semana tienen lugar dos o tres
acontecimientos “históricos” y no hay mes que no se celebre la boda “del siglo”, por no
hablar de las rebajas de los grandes almacenes que siempre son “colosales”. Está más
que visto que siempre tiene que ocurrir lo nunca visto.
Entre tantos que se ocupan de las cosas que pasan, ¿no habrá nadie que se ocupe de
las que no pasan? Entre tantas voces que proclaman novedades, ¿nadie se ocupará de
vez encunado de lo de siempre? Si no me equivoco, tal podrá ser una de las tareas de
la filosofía, es decir de ustedes y mía cuando nos da por repetir las grandes preguntas,
por intentar con escepticismo e imaginación darles nuestras pequeñas respuestas.

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(...) Lo que filosóficamente cuenta es lo de siempre, lo que nunca pasa de moda: La
conciencia humana de saberse vivo y mortal, aquí y ahora. El momento de las
preguntas y del desconcierto, de la lucha y del gozo, el momento de la humanidad es a
la vez incesantemente pasajero y eterno. La filosofía ayuda a vivir humanamente
porque no predica la buena nueva ni el apocalipsis, sino que defiende con escepticismo
e imaginación el presente – lo de siempre- lo que nunca pasa de moda.
Fernando Savater
“Urgencia y presencia de la Filosofía”
Art. “La Nación”, Bs. As. 1995

¿Qué es lo que diferencia a la filosofía de la ciencia?


Decir que la ciencia es un saber desinteresado, teórico, susceptible de aplicación
práctica o técnica, que es riguroso, metódico, tiene el inconveniente de que no permite
distinguirlo de la filosofía.
Es común considerar a la ciencia como un modo de conocimiento que, aspira a
formular, mediante lenguajes rigorosos, apropiados, leyes por medio de las cuales se
rigen los fenómenos. Estas leyes son de distinto orden. Todas tienen en común, ser
comprobables por medio de la observación de los hechos y de la experimentación; ser
capaces de predecir acontecimientos futuros. Las ciencias elaboran teorías, es decir,
explicaciones de distintos hechos o sucesos; las teorías son puestas a prueba
cotejándolas con los hechos y aceptándolas o rechazándolas según los resultados de
esas pruebas, para lo cual se sirve de la experimentación. En cada ciencia, en un
momento dado, hay un conjunto de teorías que se consideran básicas y que son
aceptadas por el conjunto de la comunidad científica. Cuando se estudia ciencia,
entonces, se estudia una serie de conocimientos definidos, y ciertos métodos de los
que se vale esa ciencia.
La filosofía a diferencia de lo que ocurre con las preguntas que se formula la ciencia,
las preguntas filosóficas han recibido y reciben múltiples respuestas, como producto de
la reflexión racional, y no ha sido posible, en general, someter a prueba estas
respuestas a través de un método de observación o experimentación. Tampoco hay
unanimidad, ni un progreso claro al modo de las ciencias.
Por otra parte, la ciencia se asienta en ciertos supuestos, es decir, en admitir sin
necesidad de demostración y, sin hacer explícitas ni tematizar, la afirmación del valor
del conocimiento científico, o la validez de la observación sensible como instrumento
final para contrastar las teorías con la realidad. La filosofía, en cambio, aspira a
constituirse en un saber sin supuestos, en un saber que sea fundamento de cualquier
otro saber, o, al menos en un saber en el que cualquier supuesto pueda ser tematizado.

BREVE RESEÑA HISTÓRICA

LOS COMIENZOS DE LA FILOSOFÍA

La historia de la filosofía comienza en Grecia. Aunque los griegos fueron los primeros en
comenzar a filosofar, no lo hicieron de un día para otro; tampoco fueron los primeros en
formular preguntas filosóficas, sino que fueron los que iniciaron una consideración racional de
esas preguntas y con ello los que dieron nacimiento a la filosofía.

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Con anterioridad los mismos griegos y muchos otros pueblos se habían preguntado por los
comienzos del mundo, elaborando diferentes cosmogonías, explicaciones acerca del modo en
que se había generado el cosmos. Estas cosmogonías tenían un carácter mitológico, es decir
constituían explicaciones que no pretendían ser racionales, eran aceptadas como una creencia.
La filosofía se fue diferenciando progresivamente de las explicaciones mitológicas en la medida
en que los filósofos trataban de dar explicaciones más o menos racionales que podían ser
aceptadas o rechazadas por medio de la argumentación.

El mito y el logos

Los mitos son las narraciones y doctrinas tradicionales, no justificadas racionalmente, y


generalmente trasmitidas por los poetas, acerca del mundo, los hombres y los dioses.  

Del griego mythos (palabra, narración, discurso). En el mundo griego, los mitos eran


narraciones transmitidas. Los mitos contaban a los griegos el origen del mundo, del hombre...;
describían igualmente aspectos vitales como los relativos a la vida, la muerte, el amor, el
destino, la libertad, la culpa. Los mitos les enseñaban también reglas políticas, sociales y
morales, e incluso reglas técnicas para la fabricación de armas y útiles de trabajo.
Con la aparición de la filosofía los mitos compitieron con las descripciones racionales en su
pretensión de explicar los acontecimientos básicos de la Naturaleza (tormentas, viento,
nacimiento de animales y hombres) y el sentido último de la existencia.

Mediante los mitos el hombre conseguía dar una explicación a los distintos acontecimientos de
su vida, tanto los relativos a cuestiones concretas pero fundamentales de su existencia (el
desenlace de una batalla, la muerte de un amigo...), como a los grandes problemas de la vida
(el nacimiento, la muerte, el sufrimiento, el origen del mundo...), y mediante los ritos creían
poder dominar las fuerzas de la naturaleza y de la vida social de acuerdo con sus propios
intereses.

El mundo griego anterior a la aparición de la filosofía vivía instalado en esta actitud; el gran
acontecimiento espiritual que inician los griegos en el siglo VI a.C. consiste precisamente en
intentar superar esta forma de estar ante el mundo con otra forma revolucionaria que apuesta
por la razón como el instrumento de conocimiento y de dominio de la realidad. Sin embargo,
no hay que creer que la actitud mítica desaparece completamente a partir de esta fecha, más
bien ocurre que son unas pocas personas las que viven en el nuevo y revolucionario modo de
pensar, y que éste poco a poco se va haciendo más universal. Pero la actitud mítica todavía no
ha desaparecido: en nuestra época muchos siguen confiando en explicaciones de este tipo, y
personas que parecían haber conquistado definitivamente este nuevo estado, caen en la
actitud mítica cuando su vida se torna difícil o en ella hay imprevistos no solucionables con el
ejercicio de la razón.   

Frente a la explicación mítica del mundo aparece en Grecia en el siglo VI a. C. la actitud


racional, actitud en la que se debe englobar no sólo la filosofía sino también la ciencia pues en
este momento no hay fronteras definidas entre ambas.
El griego descubre que las cosas del mundo están ordenadas siguiendo leyes, descubren que el
mundo es un COSMOS, no un Caos.
Además, los griegos desarrollaron otro concepto vinculado profundamente con el anterior: el

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concepto de permanencia o esencia. El que las cosas se comporten siguiendo leyes quiere decir
que un cuerpo no se manifiesta primero de una manera y luego de otra completamente
distinta, sino que en su manifestación  hay cierto orden, hay sólo un ámbito de posibilidades
para la expresión de cada objeto, y eso es así en virtud de lo que los griegos denominaron
Esencia o Naturaleza de los objetos.

ÉPOCAS HISTÓRICAS:

ANTIGÜEDAD [Link] a.C AL V d.C

La filosofía equivale a sabiduría. Dentro de esta etapa se presentaron diferentes problemas a


tratar:

Al comienzo tenemos un predominio cosmológico (problema del universo). Se busca el origen


de todas las cosas (ARJÉ). Hay un intenso estudio de la naturaleza, en especial del aspecto
físico de los fenómenos celestes. Este primer período se caracteriza por plantear sus problemas
en torno al universo y tratando de averiguar cuál es la sustancia fundamental que constituye la
naturaleza de las cosas.

Tales que vivió en el siglo VII a.C. en la ciudad de Mileto en Jonia es considerado el primer
filósofo.

La pregunta que se formula TALES es de qué están hechas todas las cosas, cuál es su principio o
fundamento; su respuesta fue el agua. En el fondo todo está hecho de agua. Pero lo que
distingue la explicación de Tales de una respuesta mitológica es que llegó a ella a partir de
ciertas observaciones y por un proceso de razonamiento. Tales observó que el agua es
fundamental para todos los seres vivos, que el agua puede pasar del estado líquido al sólido y
gaseoso, etc.

Estas razones hoy no nos resultan convincentes, pero en el tiempo en que fueron dadas deben
valorarse como un intento de pensar racionalmente y por cuenta propia.

Luego se presentó un problema antropológico (problema del hombre). Más que indagar la
naturaleza de la realidad, interesa ahora el hombre y el conocimiento. El centro de interés se
desplaza de la naturaleza al hombre. La llegada de un gobierno democrático en Atenas,
despierta la preocupación por formar ciudadanos participativos.

En este marco surge un grupo de hombres llamados SOFISTAS, y que son una especie de
profesores que van de ciudad en ciudad, enseñando a los jóvenes una cultura general más o
menos útil para desempeñarse en la vida pública; entre sus enseñanzas se encuentran la
oratoria y la argumentación para persuadir, necesarias para participar en asambleas.

Los sofistas cobraban a sus alumnos por la enseñanza que impartían; esta novedad introducida
por ellos, produjo un gran escándalo, ya que hasta entonces no se había considerado el saber
como medio de vida.

Al enseñar algunos sofistas transmitían ciertas doctrinas acerca del hombre, del conocimiento
y de la vida moral, que dieron lugar a grandes controversias.

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El filósofo que reacciona contra los sofistas es SÓCRATES, quien lo hace a partir de la propuesta
de un método.

FILOSOFIA MEDIEVAL (S. V al XV)

En general para los filósofos cristianos medievales, la filosofía ya no es como para los antiguos,
el saber supremo. La filosofía se encuentra subordinada a la teología, que es el saber acerca de
Dios, el mundo, el hombre. La investigación filosófica no podrá contradecir las verdades
aceptadas por la fe.

La fe hace posible el entendimiento; la razón por sí sola es ciega: necesita por lo tanto hallarse
iluminada por la fe.

Es característico de la filosofía medieval, una concepción en la que la realidad está regulada por
Dios y con la nada como pensamiento originario.

EDAD MODERNA (S. XVI al XVIII)

A lo largo de los siglos XV y XVI se producen una serie de cambios, en lo económico, político,
social, científico y cultural.

En el plano económico-social, el capitalismo va desplazando al feudalismo. Una nueva clase


social, vinculada con el comercio y las finanzas, marcadamente urbana, la burguesía se va
haciendo fuerte.

La autoridad de los reyes, apoyados por la burguesía, se impone sobre los señores feudales y
enfrenta exitosamente al papado. Se desarrolla el mercantilismo, S. XVII, que propicia una
economía nacional dirigida, con aduanas e impuestos nacionales.

En materia religiosa, en el S. XVI, se produce la Reforma Protestante que defiende la libre


interpretación de la Biblia. Con la reforma, la religión se recluye en la conciencia individual y se
retira de los asuntos públicos.

En el S. XVI Copérnico postula el sistema astronómico heliocéntrico, en reemplazo de la


concepción tradicional que ubicaba a la Tierra en el centro del Universo.

Poco después en el S. XVII Galileo realizará astronomía observacional y una lectura matemática
de la naturaleza. Estas ideas se abrirán camino luchando contra la intolerancia de la Iglesia que
llevará a Giordano Bruno, defensor de las teorías de Copérnico y de la idea de la infinitud del
universo, a la hoguera (1600) y que obligará a Galileo a abjurar de sus teorías.

Este conjunto de cambios llevan a una crisis de la concepción medieval del mundo centrada en
Dios y en considerar al ser humano una criatura trascendente cuyo auténtico destino es la
salvación del alma. La modernidad va a elaborar una concepción más antropocéntrica, menos
religiosa, para la cual la auténtica vida es la que se da en este mundo y el cuerpo es más
valorado que el alma. Con la crisis de la concepción medieval del mundo se cuestionan las
grandes autoridades medievales: la Biblia y la iglesia. Como contrapartida, con el desarrollo
científico, los tiempos modernos darán progresivamente más importancia a la observación y la
experimentación que a cualquier autoridad.

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En materia filosófica van a cobrar gran importancia las cuestiones gnoseológicas, RELATIVAS AL
PROBLEMA DEL CONOCIMIENTO.

La confianza en la razón se ve acompañada por un creciente espíritu crítico. Se sueña con un


hombre universal e ideal, que concilie naturaleza y razón, defensor de derechos humanos y
difusor de cultura.-

Bibliografía:

-Bertollini, Langón, Quintela, “Materiales para la construcción de cursos de Filosofía”

-Frassineti, Salatino, “Subjetividad e historicidad de los problemas” “Filosofía, esa búsqueda reflexiva”

-Russell, B “Los problemas de la filosofía”

-Jaspers, “Qué es la filosofía”

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